Preparativos para el regreso a Madrid

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El fin de la guerra se acercaba y miembros de la Obra se preparaban para volver a Madrid. En primer lugar, se propusieron conseguir lo necesario para la instalación de un oratorio. Habían encargado un cáliz y un sagrario casi al principio de su estancia en Burgos. Escrivá pidió a varias mujeres su ayuda para coser los ornamentos. Era difícil encontrar telas apropiadas, y se alegró cuando le regalaron un cubrecama de seda que podría ser transformado en una casulla.

Otra de las prioridades era almacenar libros para las bibliotecas de la futura residencia que se restablecería en Madrid y de los centros de la Obra que se preveían en otras ciudades. Con la ayuda de Albareda, Escrivá había reunido a un buen número de personas del mundo académico para que firmaran una solicitud de libros a diversas instituciones de España y del extranjero. En una carta de junio de 1938, participaba a los demás su alegría por ver que los libros comenzaban a llegar. En sus cartas de julio continuaba con su gozo por ver que los libros no paraban de llegar. Esperanzado en que ese “negocio” resultara un éxito, no dejaba de hacer referencia a los otros “negocios” y a tener la vista puesta en Dios.

A pesar de su entusiasmo, quedaba mucho por hacer y el fin de la guerra estaba a las puertas. En un punto de “Camino” relata el magro resultado de sus gestiones: “Libros. -Extendí la mano, como un pobrecito de Cristo, y pedí libros. ¡Libros!, que son alimento, para la inteligencia católica, apostólica y romana de muchos jóvenes universitarios. -Extendí la mano, como un pobrecito de Cristo… ¡y me llevé cada chasco! -¿Por qué no entienden, Jesús, la honda caridad cristiana de esa limosna, más eficaz que dar pan de buen trigo?”[1].

Los libros y el material para el oratorio eran el último de los problemas. La casa de Ferraz 16 en la que habían instalado la residencia justo antes de estallar la guerra estaba prácticamente destruida. Escrivá pudo ver su estado con unos prismáticos cuando, en julio de 1938, fue a visitar a Fernández Vallespín, convaleciente en un hospital de campaña. Haría falta mucho dinero para reparar los daños o, en el peor de los casos, cambiar la residencia de lugar. En esos momentos, en que Escrivá y Botella no tenían ni las veinte pesetas que costaba a diario la habitación del Hotel Sabadell, calcularon que para restablecer las actividades apostólicas y sus instrumentos en Madrid haría falta un millón de pesetas.

Además de rezar ardientemente para conseguir los medios necesarios, Escrivá y los demás acudieron a parientes, amigos y conocidos para pedir su ayuda. Don Emiliano, padre de uno de los chicos de la residencia, sugirió que don Pedro, un buen amigo suyo, podría hacer un cuantioso donativo. Escrivá respondió: “(…) ¡Ojalá! Me alegraré por él, que iba a coronar magníficamente su vida de caridad oculta. Pero, créame don Emiliano: veo el apuro enorme que se nos viene encima: no veo la solución humana objetiva… Y, sin embargo, no me intranquilizo: trabajamos por Él y en lo que Él quiere: le hemos dado la hacienda –poca o mucha-, la actividad intelectual –que es lo más grande que tiene el hombre-, el corazón…, ¡la honra! Parece justo pensar, llenos de confianza, que el millón de pesetas que necesitamos vendrá, a su tiempo, quizá pronto. ¿Don Pedro? Puede ser. Pidámoslo al Señor. Me alegraré por don Pedro”[2].

Nada llegaba por aquella petición, pero Escrivá continuaba optimista: “Se ha cumplido un año de nuestra llegada a Burgos, y es justo que tenga deseos –que pongo en práctica- de hablar con vosotros, para que, juntos hagamos un balance de nuestra actuación y señalemos el camino de la próxima labor.

Pero antes quiero anticiparos en una palabra el resumen de mi pensamiento, después de bien considerar las cosas en la presencia de Dios. Y esta palabra, que debe ser característica de vuestro ánimo para la recuperación de nuestras actividades ordinarias de apostolado, es optimismo (…).

¿Labor inmediata? Disponeos a vivir intensamente la obediencia, como hasta aquí la habéis vivido, y veréis, al llegar la paz, cómo renace con vida intensa nuestra casa (…). Después… ¡el mundo!

¿Medios? Vida interior. Él y nosotros.

¿Obstáculos? No me preocupan los obstáculos exteriores: con facilidad los venceremos. No veo más que un obstáculo imponente: vuestra falta de filiación y vuestra falta de fraternidad, si alguna vez se dieran en nuestra familia. Todo lo demás (escasez, deudas, pobreza, desprecio, calumnia, mentira, desagradecimiento, contradicción de los buenos, incomprensión y aun persecución por parte de la autoridad), todo, no tiene importancia, cuando se cuenta con Padre y hermanos, unidos plenamente por Cristo, con Cristo y en Cristo. No habrá amarguras, que puedan quitarnos la dulcedumbre de nuestra bendita caridad.

Tendremos medios y no habrá obstáculo, si cada uno hace de sí a Dios en la Obra un perfecto, real, operativo y eficaz entregamiento.

Hay entregamiento, cuando se viven las Normas; cuando fomentamos la piedad recia, la mortificación diaria, la penitencia; cuando procuramos no perder el hábito del trabajo profesional, del estudio; cuando tenemos hambre de conocer cada día mejor el espíritu de nuestro apostolado; cuando la discreción –ni misterio, ni secreteo- es compañera de nuestro trabajo… Y, sobre todo, cuando de continuo os sentís unidos, por una especial Comunión de los Santos, a todos los que forman vuestra familia sobrenatural”[3].

El 26 de marzo de 1939 comenzó el último asalto de las tropas nacionales a Madrid. No encontraron especial resistencia. A través de un amigo que trabajaba en la Subsecretaría del Interior, Escrivá consiguió un salvoconducto para entrar en Madrid. El 28 se las arregló para montarse en uno de los primeros camiones de abastecimiento que llegaron a la capital.

Los tres años de guerra civil fueron una prueba muy dolorosa. Al cabo de diez años, el Opus Dei no tenía un centro ni recursos de ningún tipo. Dos de sus miembros –José Isasa y Jacinto Valentín Gamazo- cayeron en el frente. Otros tres, que quizá no habían asimilado totalmente la vocación antes de estallar la guerra, no perseveraron a causa de los prolongados periodos de tensión y aislamiento. Ninguna de las mujeres que pertenecía al Opus Dei al comienzo del conflicto pudo perseverar en su vocación, también a causa del aislamiento a que se vieron sometidas. Durante este periodo sólo se unieron a la Obra Lola Fisac y José María Albareda. El Opus Dei salía de la guerra con sólo dieciséis miembros –quince hombres y una mujer-, todos ellos sólidos, probados, poseedores de una profunda vida interior de oración y de sacrificio y firmemente dispuestos a vivir su vocación.

Antes de hablar sobre sus esfuerzos para sacar adelante el Opus Dei en los años inmediatamente posteriores, conviene describir las circunstancias políticas, sociales y económicas de la posguerra española.

[1] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 467

[2] AGP P03 1986 p. 128

[3] Ibid. p. 547-550

5. Afán por todas las almas

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Hasta el momento mismo de su muerte, el Fundador del Opus Dei manifestó su amor ‑su auténtica pasión‑ por la san­tidad de todos los sacerdotes. En la mañana del 26 de junio de 1975, dos horas antes de morir, el Fundador decía en un Centro de la Sección de mujeres del Opus Dei en Castelgandolfo:

Vosotras, por ser cristianas, tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo aquí. Podéis y debéis ayudar con esa alma sacerdotal y, con la gracia de Dios, al ministerio sacerdotal de nosotros, los sacerdotes. Entre todos, haremos una labor eficaz.

Sacad motivo de todo para tratar a Dios y a su Madre Ben­dita, Nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Ángeles Custodios, para ayudar a esta Iglesia Santa, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio a su Iglesia y al Santo Padre.

Se trataba de un tema muy original que predicó sin interrup­ción a lo largo de los años ‑nadie hasta él había precisado esa realidad teológica del alma sacerdotal propia de todos los fieles, también de las mujeres‑, y una vez más pedía ayuda.

Su amor por los sacerdotes ‑y por los religiosos y las reli­giosas, aunque siempre advertía que no era ésta su vocación­- fue constante en su vida. Lo destacaba el Arzobispo de Zaragoza. Mons. Cantero, en la homilía que pronunció en un funeral por el alma del Fundador del Opus Dei, con una anécdota expresiva: “Yo jamás olvidaré uno de mis encuentros personales con mi querido y llorado amigo Josemaría Escrivá. Inesperadamente, al caer la tarde del 14 de agosto de 1931, se presentó en mi casa en Madrid, con un calor de bochorno, en cuyo cielo, aun después de tres meses, parecía seguir flotando el humo de la quema de los conventos. Aquella visita y conversación con Josemaría Escrivá cambió la perspectiva de mi vida y ministerio pastoral”.

Mons. Abilio del Campo, obispo de Calahorra, La Calzada y Logroño, testificó también su amor incondicional e incondicio­nado al Romano Pontífice, su veneración a la Jerarquía y a los sacerdotes, sus hermanos, y su cariño a los religiosos. Y recalcó con especial fuerza su amor a los sacerdotes diocesanos, para los que providencialmente abrió un lugar en el Opus Dei, y a los que siempre inculcó obediencia rendida al Ordinario propio. En su diócesis ha conocido a diversos sacerdotes realmente ejemplares, socios de la Obra, que “siempre han sido para mí hijos obedientes v celosos colaboradores en las tareas pastorales”.

A su vez, Mons. Méndez, Arzobispo de Pamplona, declaraba en una entrevista periodística de urgencia, al tenerse noticia del fallecimiento del Fundador del Opus Dei: “También advertí su dimensión sacerdotal. El tema del sacerdocio afloraba con vivo amor. Todo lo relacionado con los sacerdotes le interesaba de forma apasionada”.

Y vivió esta solicitud en todo momento, incluso, en circuns­tancias muy duras. Así, en los bosques de Lérida, mientras espe­raba en el invierno de 1937 el momento de iniciar el camino que por los Pirineos debía llevarle hasta Andorra, había un sacerdote de Pons, escondido en el feudo de Vilaró, que fue a ver al Fun­dador del Opus Dei, y charló con él en diversas ocasiones. en otra cabaña, aproximadamente a una hora de distancia, hacía un grupo de sacerdotes refugiados desde el primer día de la guerra. No dejó de visitarlos, para reforzar su optimismo y su visión sobrenatural.

Experimentaba con gran claridad que de la santidad de todos los sacerdotes depende la santidad de muchas almas. Lo observó un sacerdote de León, don Manuel Martínez Martínez, oyéndole predicar los ejercicios espirituales para los sacerdotes de aquella diócesis, poco después de terminar la Guerra de España. Le había invitado el P. Ballester, obispo de León, que un día de aquellos observó: ‑¿,Ha visto usted cómo le escuchan? Y Mons. Escrivá de Balaguer respondió al prelado que procuraba esmerarse con los sacerdotes, porque ellos tendrían luego que moverla piedad de los fieles: si se consigue ‑decía‑ que los sacerdotes sean hombres de más fe, más virtuosos, se habrá conseguido todo».

Este amor a todas las almas explica que el Fundador (¡el Opus Dei predicase, por aquellos años cuarenta, tantos ejercicios y retiros espirituales a sacerdotes de toda España. No le sobraba el tiempo, porque entonces su trabajo para impulsar la Obra era enorme y ‑hasta 1944‑ fue el único sacerdote del Opus Del. Tenía que preparar a los socios de la Obra para el apostolado, y hacía además una amplia labor con otros muchos fieles, que bus­caban en él dirección espiritual y aliento. Por si fuera poco, le llamaban obispos de toda España para predicar a sacerdotes `° a religiosos. Al acabar la guerra española tenía 37 años, y eran muchos los prelados que le apreciaban. Por eso acudían a él. para que les ayudase a formar a sus sacerdotes.

Don Jesús Enjuto, que tenía 73 años en 1975, asistió en el verano de 1942 ‑o 1943, no sabe precisar de memoria‑ a los ejercicios espirituales que el Fundador del Opus Dei dirigió en el Seminario diocesano de Segovia, invitado por el Obispo, Mon­señor Platero. Como, hasta fechas recientes, todos los prelados organizaban ejercicios para el clero de sus diócesis, no es arries­gado pensar que quizá algún sacerdote acudiera más por cumplir con el obispo que por verdaderos deseos de aprovechar ese medio tradicional para aumentar la vida interior. Precisamente en aquel verano, a don Jesús Enjuto le dio por pensar la unanimidad de todos: “fueron unos ejercicios espirituales como nunca se habían tenido”, por la fuerza de su predicación, llena de cariño, de amor, de espiritualidad, que “no empleaba las disyuntivas tre­mendistas al uso, desalentadoras a veces y que presentaban la santidad como algo inasequible”. A1 contrario, era “una predica­ción estimulante, que a todos, sin excepción, nos movió, nos en­tusiasmó”. Se notaba que el predicador amaba a los religiosos, pero no amaba menos a sus hermanos en el sacerdocio y los quería también santos, tan santos como el religioso más obser­vante (idea ésta ‑es preciso subrayarlo hoy‑ no habitual en aquellos tiempos, en que la vida de santidad, la perfección, se asociaba al claustro, a la entrega propia de los religiosos).

Numerosísimos sacerdotes ponderan hoy ‑al cabo de más de treinta años‑ los ejercicios o retiros a los que asistieron enton­ces. Algunos conservan notas, como don Jaime Bertrán Crespell, que estuvo del 13 al 18 de octubre de 1941 en el Seminario Conci­liar de Lérida. Era coadjutor de la parroquia de San Juan Bautis­ta y profesor adjunto de Religión en el Instituto de segunda enseñanza de aquella ciudad. La idea central que retiene de aquellos días fue “enamorarme de Jesucristo”. Y sus dos prime­ros propósitos, “sentirse sacerdote cien por cien” y “aparecer tal en todas partes”, inspirados por el director de la tanda.

Una de las cosas más expresivas la publicó don Juan Ordóñez Márquez, en el diario ABC de Sevilla. Comenzaba su artículo: “No sabemos si ha muerto un santo. La Iglesia juzgará en su día. Sólo sabemos que ha muerto un sacerdote que hizo camino. Y ;qué sacerdote!”. Hacía luego toda una descripción del sacer­docio sin fronteras del Fundador del Opus Dei, que culminaba ‑como supremo elogio‑ en la afirmación de que fue un “sacerdote, en fin, capaz de contagiar de entusiasmo sacerdotal a Íos propios sacerdotes en la Iglesia”.

Para conseguir esa sintonía, ese entusiasmo, no parecía hacer nada extraordinario. Era uno más, hermano de sus hermanos, que les quería con locura, y por esto, nunca dejó de abrumarle el hecho de que debiera ser él quien les predicara: en más de una ocasión, les decía que era como vender miel al colmenero. Nada raro, nada extraordinario había en sus ejercicios espirituales. Don Francisco Álvarez Rodrigo, párroco de San Francisco de la Vega, en León, estuvo en una de esas tandas: ni sabía. ni w imaginó entonces, ni pudo deducirlo, que quien dirigía los ejer­cicios era e1 Fundador del Opus Dei. Veía en él simplemente al amigo del obispo, el P. Ballester, que le había traído para pre­dicar a los curas de su diócesis. “Es más, según se expresaba y por los ejemplos que ponía, me hice a la idea de que era de Ávila o de Segovia. Y como a mí creo que les pasó a muchos”.

A esta misma tanda concurrió don Gumersindo Fernánduz García, que guarda las notas tomadas entonces. Entre las muchas cosas que escuchó, sobre la Virgen y San José, sobre la devoción a la Eucaristía y el amor a la Santa Misa, etc. Destaca la impor­tancia de la vida de oración y de la vida de fe: “De la fe n,‑)s habló mucho, mucho. Es donde más he oído hablar de vivir vicia de fe: durante estos ejercicios”. A don Gumersindo le admiró cómo dominaba las Sagradas Escrituras, la facilidad con que citaba pasajes evangélicos, datos de las Epístolas, de memoria, al detalle, sin vacilar: “vivía el Evangelio y nos lo hacía vivir”.

Los ejercicios le dejaron una honda huella que el tiempo no ha podido borrar, pues todos los años repasa y medita los apun­tes que tomó entonces: “El día en que recibí la noticia de 1_: muerte del Padre estuve leyendo los apuntes de la meditació1 sobre la muerte que había dado en aquellos ejercicios”.

Apenas hacía un año que, en Buenos Aires, el Fundador del Opus Dei evocaba ante un nutrido grupo de sacerdotes argentinos. aquel trabajo suyo de los años cuarenta:

Yo comencé a dar muchos, muchos cursos de retiro espiritual ‑se hacían de siete días en aquella época‑, por diversas dióce­sis de España. Era muy joven, y me daba una vergüenza tremen­da. Comenzaba siempre diciendo al Señor: Tú verás lo que dice a tus curas, porque yo… ;Avergonzadísimo! Y después, si no venían, los llamaba uno por uno. Porque no tenían costumbre de hablar con el predicador.

El Fundador del Opus Dei recorrió prácticamente todas las diócesis de España. Llevaba en el alma su pasión por sus herma­nos en el sacerdocio, que no le abandonó nunca. También des­pués de haber trasladado su residencia a Roma en 1946, siguió, en la medida de lo posible, predicando a los sacerdotes. Allí le cono­ció, por ejemplo, Monseñor Infantes Florido, actual Obispo de Canarias, que asistió en 1957 a un retiro espiritual para el clero secular en Castelgandolfo. A Monseñor Infantes le impresionó la insistencia con que les urgía a fomentar una seria y responsable santidad sacerdotal, en fiel comunión con la Jerarquía (nihil sine Episcopo), y en cordial fraternidad con todos los sacerdotes, que hiciese imposible el desaliento o el aislamiento.

Prelados del mundo entero, desde el Cardenal Enrique y Ta­ranc6n, Presidente de la Conferencia Episcopal Española, al Car­denal Parecattil, Arzobispo de Ernakulam (Estado de Kerala, India), o al Cardenal Cooke, Arzobispo de Nueva York, han exteriorizado públicamente su gratitud a Mons. Escrivá de Bala­guer por este desvelo que tanto bien hizo a los sacerdotes de sus diócesis, prestando un servicio magnífico a la Iglesia. Con cierta emoción, lo encomiaba Mons. José María Guix, obispo auxiliar de Barcelona, al conferir el diaconado a cincuenta y cuatro socios del Opus Dei, pocos días después del fallecimiento de su Funda­dor. Y les animaba a quererle más, para que, desde el Cielo, les continuara ayudando a ser cada vez mejores hijos de la Iglesia: “buenos sacerdotes, que amen ‑como él amó‑ a la Santa Igle­sia, al Romano Pontífice y a la Jerarquía”.

Mons. Escrivá de Balaguer inculcó a los fieles la importancia de rezar por todos los sacerdotes, el deber de no dejarlos solos, la obligación de atenderlos también en sus necesidades materiales.

En ocasiones, dirigiéndose a laicos, exclamaba a voz en grito, como en el Teatro Coliseo de Buenos Aires, el 23 de junio de 1974:

Rezad por todos los sacerdotes ‑pecadores como yo‑, para que no hagamos locuras y para que, en el altar y fuera del altar, nos portemos como Jesucristo y Nuestra Madre la Iglesia quieren. No hay ningún sacerdote malo, son buenos todos. Serían mejores si rezáramos más. ¡Vamos a pedir más!

A los sacerdotes diocesanos recalcó siempre con términos parecidos a los que empleó un día de mayo de 1974 en Brasil: Yo tengo vuestra misma vocación. Nunca he tenido otra. Por eso, no ofendo a los religiosos ‑a quienes tanto quiero‑, si a vos­otros os amo de una manera muy particular. Es una obligación especial de fraternidad.

“Me consta también cuánto amaba a los religiosos, concre­tamente la vida contemplativa, como claramente lo manifestaba en sus cartas, e infundía en sus hijos esta estima y aprecio por la oración de las almas contemplativas”, afirma sor María Rosa Pérez, monja Clarisa en un Monasterio de Valencia.

En estas páginas se han citado, y se citarán, testimonios diversos de religiosos que profesaron profundo afecto a Mons. Escrivá de Balaguer, y que reflejan la gran estima que él tenia del estado religioso, aun no habiéndole en absoluto llamado Dios por ese camino. El Fundador del Opus Dei tenía que promover y difundir el afán de santidad en medio de la calle; se dirigía a los que viven y trabajan en circunstancias ordinarias. Y el gran medio con que contaba era la oración. También la oración de las religiosas y los religiosos, de quienes mendigaba esa limosna de sus oraciones con notable perseverancia. “En sus cartas ‑con­firma esta monja clarisa de Valencia‑ me rogaba igualmente pidiera por él y por la Obra”.

Pero no se acordaba de ellos sólo para obtener las oraciones que necesitaba, sino que, preocupado y vibrante por toda la Iglesia universal, rezaba y hacia rezar por los religiosos. Conse­guía vocaciones también para la vida religiosa (como aquel car­tujo de Porta‑Coeli, al que alude un artículo de Aurelio Mota en el diario Las Provincias, de Valencia, el 2 de julio de 1975). Y, cuando se lo pedían, trabajó directamente en favor de ellos.

Un agustino, Eduardo Zaragüeta, dejaba constancia de estas realidades en La Voz de España de San Sebastián (8 de julio de 1975): “Los agustinos sabemos de su carácter y de su sencillez cordial cuando dio ejercicios en el monasterio de San Lorenzo el Real, de El Escorial. Escrivá amaba a San Agustín y la rica tra­dición de la Orden que él fundara hace dieciséis siglos, en cir­cunstancias muy parecidas a las actuales”.

Fray Joaquín Sanchis Alventosa, franciscano, que ocupó puestos de gobierno relevantes en su Orden, y participó activa­mente en el Concilio Vaticano 11, no ha olvidado los primeros pasos del Opus Dei en Valencia, allá por el año 1939. La casa de la calle de Samaniego, sede de una residencia de estudiantes, estaba cerca de su convento de San Lorenzo, y el director de la resi­dencia les encargó que celebrasen allí diariamente una Misa y oficiasen los sábados la Bendición con el Santísimo. Surgió así una relación muy amistosa, de la que Fray Joaquín elogia “el cariño y las deferencias que tenían con nosotros, religiosos fran­ciscanos, aquellos universitarios que empezaban a vivir una espi­ritualidad seglar. Esta veneración era muestra del amor al estado religioso que Mons. Escrivá infundía en esos hijos suyos, que buscaban la santificación en medio de sus afanes profesionales”.

Quedaba claro ‑como la Iglesia universal sancionaría an­dando los años‑ que la vida en el Opus Dei es muy diversa de la vocación religiosa. Pero esta nítida diferencia, lejos de ser motivo de separación, lleva a la admiración y al cariño mutuos. Si a Fray Joaquín le encantaba que unos jóvenes universitarios le tratasen con tanto cariño, emociona también la grandeza de espíritu ‑magnanimidad cristiana‑ con que este fraile franciscano se alegra al ver la misericordia de Dios en las actividades del Opus Dei: “Muchos ex‑alumnos de nuestros colegios franciscanos me han contado el papel decisivo que para ellos ha tenido el apos­tolado de la Obra a su llegada a la Universidad. No pocos han recibido la vocación al Opus Dei. Me viene ahora a la memoria el gozo que me produjo encontrar, en Roma, a uno de mis queridos ex‑alumnos, que había recibido la ordenación como sacerdote del Opus Dei”.

El Fundador del Opus Dei difundió por todo el mundo la lla­mada universal a la santidad, también y sobre todo para los se­glares. Pero, como reconoce el P. Aniceto Fernández, que fue Maestro General de los Dominicos, esta realidad nunca significó en él, ni en los socios de la Obra, “una minusvaloración o censura de la vida religiosa, ni disminuir en nada la excelencia de la vocación religiosa”.

Otra manifestación práctica de su amor a los religiosos aparece en la decisiva ayuda que prestó para la restauración de la Orden de los Jerónimos, en el Parral (Segovia), desde 1940. José María Aguilar Collados, monje jerónimo, capellán hoy del Monasterio de San Bartolomé en Inca (Mallorca), testifica que debe su vocación de jerónimo a Mons. Escrivá de Balaguer, y amplía con los nombres de algunos estudiantes, a los que tam­bién el Fundador del Opus Dei confirmó en su camino de reli­giosos.

En el Monasterio del Parral le conoció y trató, al principio de los años cuarenta, don Pío María, hoy monje camaldulense en el Yermo de Santa María de la Herrera (San Felices, Logroño). Les dirigió algunos ejercicios espirituales, en los que ponía todo su esfuerzo ‑humano y sobrenatural‑ por remover de verdad a cada uno, aunque les decía con frecuencia que él no era monje… De hecho, además, indica don Pío María, nunca quiso entrome­terse en el gobierno de la Orden; en más de una ocasión le oyó: ‑Cada uno debe gobernar según su espíritu.

Desde el Yermo, en un rincón apartado de Logroño. don Pío María atestigua en 1975, veintinueve años después de su último encuentro con Mons. Escrivá de Balaguer: “Al saber ahora que el Opus Dei se ha desarrollado por los cinco continentes, me he llenado de alegría, pero no ha sido para mi una sorpresa”.

Son algunos retazos de la solicitud que el Fundador del Opus Dei tuvo por los religiosos, del cariño mutuo que surgía entre ellos, a pesar de la diversidad de vocaciones. Nunca dejó de rezar por todos y, siempre que pudo, les visitó, para responder a su afecto, a sus oraciones y también a las invitaciones que constan­temente recibía para que estuviera un rato con ellos.

De esta manera, en 1972, durante los meses de octubre y no­viembre, en que hizo una amplia labor por toda la Península Ibérica, no dejó de ir a algunos conventos de religiosas contem­plativas. Estuvo en Navarra con las monjas cistercienses del Mo­nasterio de San José en Alloz. En Madrid visitó una tarde a las agustinas recoletas de Santa Isabel, de cuyo Real Patronato fue Rector muchos años antes. Estuvo en el Carmelo de Coimbra. En Cádiz, con las monjas de una comunidad de carmelitas descal­zas. Luego, en Valencia, con las carmelitas de Puzol. Por último, en Barcelona, casi al final de esos dos meses de actividad ince­sante, conversó con las monjas clarisas del Monasterio de Pedral­bes. Para todas tuvo palabras de aliento sobrenatural y de agra­decimiento.

‑Sois el tesoro de la Iglesia, resumió muchas veces, también en Puzol, un convento de carmelitas rodeado de naranjales, que visitó durante su estancia en Valencia:

‑La Iglesia se quedaría árida sin vosotras, y no podríamos decir: sacad con alegría las aguas de las fuentes del Salvador. Es aquí donde sacáis las aguas de Dios, para que nosotros podamos convertir la tierra seca en un huerto lleno de naranjos. Sin vues­tra ayuda no haríamos nada; por eso vengo a daros las gracias. Estoy persuadido de que muchos sacerdotes que sufren y lloran ahora en el mundo, al escuchar vuestros cánticos ‑también los de la recreación‑ se llenarán de gozo. ;Mil veces benditas seáis!

En estas visitas, insistía en el amor con que las monjas debían ser fieles a su llamada y les prometía rezar para que tuvieran muchas vocaciones:

‑No soy religioso, pero los amo con toda mi alma, y sufro cuando veo que no tienen vocaciones. Pediré mucho para que esta comunidad tenga también gente joven.

Muchos religiosos y religiosas han manifestado también su afecto y su gratitud al Fundador del Opus Dei, cuando supieron de su fallecimiento. A veces, como señala la Superiora General de las Siervas de los Pobres, porque de sus escritos habían reci­bido impulso para luchar por la santidad personal y para vivir generosamente su propia vocación. La Superiora General de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados asegura: “Sus escri­tos, conocidos por todas nosotras, nos han ayudado a aumentar nuestro amor a la Iglesia y al Papa, y a profundizar en la doc­trina de Jesucristo” . La comunidad de carmelitas descalzas de la Encarnación (Ávila) destaca especialmente la veneración que el Fundador del Opus Dei tuvo por los sacerdotes, que a ellas, coma quería su Madre Santa Teresa, les produce “gran alegría y estímulo”. Y las monjas de San José ‑el primer monasterio fundado por la Santa de Ávila‑ subrayan cariñosamente la fre­cuencia con que Mons. Escrivá de Balaguer citaba en su predica­ción a Santa Teresa, así como la estima que “tanto él como sus hijos espirituales han mostrado siempre a la Orden Carmelita” .

Se podrían multiplicar los testimonios que, de modo sencillo y espontáneo, denotan la profunda unidad de corazones en almas a las que Dios lleva por caminos tan distintos. Sor Teresa J. García de Samaniego, Superiora del Monasterio de la Visitación de Santa María (Oviedo) certifica que, como otras muchas monjas de clausura, rezan por el Opus Dei: “Monseñor Josemaría Escrivá lo sabía y nos lo agradecía públicamente o a través de ,pus hijos sacerdotes, quienes nos piden que recemos por muchas de sus labores apostólicas”. Sor Teresa aduce expresamente un texto de Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer:

El Opus Dei ha contado siempre con la admiración y la sim­patía de los religiosos de tantas órdenes y congregaciones, de modo particular de los religiosos y de las religiosas de clausura, que rezan por nosotros, nos escriben con frecuencia y dan a conocer nuestra Obra de mil modos, porque se dan cuenta «le nuestra vida de contemplativos en medio de los afanes de la calle.

Y sor Teresa concluye: “En nuestra vida comunitaria lleva­mos una larga temporada meditando los escritos de Mons. Escri­vá de Balaguer. Leemos homilías suyas en el refectorio y en a recreación, y luego también lo hacemos privadamente para que e nuestra oración mental se llene de mociones divinas. Nos llevan a Dios, nos unen con Cristo Jesús, nos hacen querer más a nuestro Creador y a rezar más por todas las criaturas de la tierra. Al dejarnos llevar de la mano de este santo Fundador, en el que Cristo vivía de un modo intenso, muchas de nosotras hemos notado como un nuevo fervor para vivir nuestro espíritu”.

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Calle Ferraz, Academia-Residencia DYA

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei

Opus Dei -

En el nº 16 de la calle Ferraz se encontraba la Residencia DYA, primera labor apostólica corporativa del Opus Dei, que no llegó a inaugurarse a causa de la guerra.

Se trajeron aquí los muebles de la Residencia anterior, que estaba en esta misma calle de Ferraz, en el nº 50, durante los primeros días de julio de 1936.

El 13 de julio terminó la mudanza. La Residencia estuvo funcionando en el nº 16 por tanto, sólo desde finales de junio hasta el 20 de julio de 1936, cuando comenzó el asedio al Cuartel de la Montaña.

Como puede observar el paseante, esta residencia estaba frente del Cuartel de la Montaña, y por esta proximidad, los disparos que salían el 20 de julio de 1936 desde el Cuartel, para repeler los ataques de sus agresores, llegaban hasta las paredes y cristales de la Residencia DYA.

San Josemaría permaneció en la Residencia, hasta la una de la tarde del día 20, hora en la que se dirigió hacia casa de su madre, en la vecina calle Rey Francisco, entre la euforia de los vencedores en el asedio.

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De la calle Ferraz 50 a la nueva Academia Residencia de la calle Ferraz 16

Cuenta Vázquez de Prada: “El domingo, 19 de julio, estaba el Padre con los suyos trabajando en la nueva Residencia de Ferraz 16.

Desde sus balcones podían observar un creciente ir y venir de guardias y curiosos por delante de la casa. Esa parte de la calle de Ferraz no tenía edificios enfrente, sino un ensanche con vistas a la explanada del Cuartel de la Montaña, que estaba a doscientos pasos de la Residencia.

A últimas horas de la tarde llegaba hasta allí la bulla de las milicias populares que, puño en alto, recorrían, con armas y banderas, el centro de la capital.

Hacia las diez de la noche el Padre envió a casa a quienes vivían con sus familias en Madrid, encargándoles que le telefoneasen al llegar, para su tranquilidad. Isidoro Zorzano y José María González Barredo se quedaron con él aquella noche.

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Entretanto, el cuartel permanecía cerrado tras sus altos muros, en amenazador silencio. Por la noche se oyeron a deshoras tiroteos intermitentes. Y, apenas amaneció, comenzó a notarse cierta actividad por los alrededores. Se hacían los preparativos para la toma del cuartel, que fueron precedidos de fuerte cañoneo. Los sitiados respondían a su vez con fusiles y ametralladoras.

Las balas perdidas rebotaban contra la fachada de la residencia y astillaban los balcones, obligando al Padre y a los suyos a refugiarse en el sótano de la casa. A media mañana se produjo el asalto. El patio del cuartel quedó sembrado de cadáveres. Las masas de milicianos que irrumpieron en el cuartel salían armadas con fusiles, vociferando y exaltadas.

El Padre, que de meses atrás venía oyendo hablar de asesinatos de curas y monjas, y de incendios y asaltos y horrores, vio llegado el momento en que llevar sotana era tentar a la divina Providencia. Más que imprudente, resultaba temerario. Dejó, pues, la sotana en su cuarto y se puso un mono azul de trabajo, que utilizaban esos días al hacer arreglos.

Era pasado el mediodía cuando el Padre, Isidoro y José María González Barredorezaron a la Santísima Virgen, se encomendaron a los Ángeles Custodios y, separadamente, salieron por la puerta de atrás. Con las prisas olvidó el sacerdote cubrirse la cabeza, cuya amplia tonsura delataba de lejos su condición clerical. Atravesó así entre grupos de milicianos que, excitados por el reciente combate, no le prestaron la menor atención”.

Con la guerra se interrumpieron los sueños de expansión apostólica por otras ciudades y países.

Opus Dei -

Pocos días antes, en julio de 1936, escribía el Fundador en sus Apuntes íntimos:

¿Madrid? ¿Valencia…, París?… ¡El mundo!

Más adelante, en el nº 50 de la calle Ferraz, funcionó la Academia Residencia DYA, desde octubre de 1934 hasta el 6 julio de 1936, fecha en la que el Fundador celebró su última Misa en este lugar.

El primer sagrario

En el centro del Opus Dei de la calle Ferraz, nº 50 tuvieron lugar muchos episodios importantes de la vida de san Josemaría. Se acrecentó su devoción a San José tras recibir un paquete con todos los ornamentos y objetos del oratorio que necesitaba el 18 de marzo de 1935.

Opus Dei -

Seis años hubieron de transcurrir antes de que se realizara el sueño de San Josemaría de tener un oratorio con el correspondiente Sagrario en el primer centro del Opus Dei. Para superar los obstáculos, recurrió a San José:

«En el fondo de mi alma tenía ya esta devoción a San José, que os he inculcado. Me acordaba de aquel otro José, al que —siguiendo el consejo del Faraón— acudían los egipcios cuando padecían hambre de buen pan: ite ad Joseph! (Génesis, 41, 55), id a José a que os dé el trigo. Comencé a pedir a San José que nos concediera el primer Sagrario».

El 31 de marzo de 1935 celebró la Santa Misa con el oratorio lleno de jóvenes. Escribió: y se quedó su divina Majestad reservado, dejándonos bien cumplidos los deseos de tantos años (desde 1928)

Los residentes y amigos de DYA

La foto corresponde al curso escolar 1935-1936 de la academia-residencia DYA. El Fundador aparece rodeado por un grupo de residentes y otros estudiantes que frecuentaban la casa. Álvaro del Portillo, que se incorporó al Opus Dei en julio de 1935 y llegaría a ser el sucesor de Don Josemaría, es el que está de pie, a la derecha, en la tercera fila. Contaba del Portillo: “un día el Padre me esperaba en el comedor de la Residencia de Ferraz. Al entrar me dijo: ya ves como están las cosas. A mí me pueden matar en cualquier momento sólo por ser sacerdote. Tú, ¿jurarías libremente que, si me matan a mí, seguirías adelante con la Obra? —Sí, Padre, desde luego, respondí”.

En esta casa comenzó el Fundador la labor apostólica con hombres casados.

El 28 de marzo de 1939 cuando el fin de la guerra era inminente, san Josemaría regresó a Madrid. En la foto aparece con su hermano Santiago, contemplando las ruinas de la residencia de Ferraz. Había recibido los impactos de las bombas y de la artillería.

Un mandamiento nuevo os doy…

Opus Dei -

En su predicación y en sus conversaciones, uno de los temas preferidos de san Josemaría era la caridad: fraternidad, comprensión, servicio, amistad, «hechos»…

Solía decir que el Mandamiento Nuevo que Cristo dio a sus discípulos en la última Cena seguía siendo nuevo para muchos. Para que los demás lo tuvieran presente, lo mandó colgar, enmarcado, en una pared del primer centro del Opus Dei.

Aquí se muestra el segundo cuadro, con el texto en latín, que mandó confeccionar para la residencia de Ferraz. Fue una de las pocas cosas que se encontraron, al final de la guerra, entre las ruinas del edificio.

Una de las calles perpendiculares de la calle Ferraz es la calle del Rey Francisco, que durante la II República Española se denominó del Doctor Cárceles. El paseante comienza a caminar por esta calle, dejando a su derecha, sucesivamente, la calle Alvárez Mendizábal, y luego, la de Martín de los Heros.

Combatir la pobreza, construir la paz

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Mensaje de Benedicto XVI para la Jornada Mundial de la Paz que se celebra el primer día del año

31 de diciembre de 2008

1. En este año nuevo que comienza, deseo hacer llegar a todos mis mejores deseos de paz, e invitar con este Mensaje a reflexionar sobre el tema: Combatir la pobreza, construir la paz. Mi venerado predecesor Juan Pablo II, en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 1993, subrayó ya las repercusiones negativas que la situación de pobreza de poblaciones enteras acaba teniendo sobre la paz. En efecto, la pobreza se encuentra frecuentemente entre los factores que favorecen o agravan los conflictos, incluidas la contiendas armadas. Estas últimas alimentan a su vez trágicas situaciones de penuria. «Se constata y se hace cada vez más grave en el mundo –escribió Juan Pablo II– otra seria amenaza para la paz: muchas personas, es más, poblaciones enteras viven hoy en condiciones de extrema pobreza. La desigualdad entre ricos y pobres se ha hecho más evidente, incluso en las naciones más desarrolladas económicamente. Se trata de un problema que se plantea a la conciencia de la humanidad, puesto que las condiciones en que se encuentra un gran número de personas son tales que ofenden su dignidad innata y comprometen, por consiguiente, el auténtico y armónico progreso de la comunidad mundial»

2. En este cuadro, combatir la pobreza implica considerar atentamente el fenómeno complejo de la globalización. Esta consideración es importante ya desde el punto de vista metodológico, pues invita a tener en cuenta el fruto de las investigaciones realizadas por los economistas y sociólogos sobre tantos aspectos de la pobreza. Pero la referencia a la globalización debería abarcar también la dimensión espiritual y moral, instando a mirar a los pobres desde la perspectiva de que todos comparten un único proyecto divino, el de la vocación de construir una sola familia en la que todos –personas, pueblos y naciones– se comporten siguiendo los principios de fraternidad y responsabilidad.

En dicha perspectiva se ha de tener una visión amplia y articulada de la pobreza. Si ésta fuese únicamente material, las ciencias sociales, que nos ayudan a medir los fenómenos basándose sobre todo en datos de tipo cuantitativo, serían suficientes para iluminar sus principales características. Sin embargo, sabemos que hay pobrezas inmateriales, que no son consecuencia directa y automática de carencias materiales. Por ejemplo, en las sociedades ricas y desarrolladas existen fenómenos de marginación, pobreza relacional, moral y espiritual: se trata de personas desorientadas interiormente, aquejadas por formas diversas de malestar a pesar de su bienestar económico. Pienso, por una parte, en el llamado «subdesarrollo moral»y, por otra, en las consecuencias negativas del «superdesarrollo». Tampoco olvido que, en las sociedades definidas como «pobres», el crecimiento económico se ve frecuentemente entorpecido por impedimentos culturales, que no permiten utilizar adecuadamente los recursos. De todos modos, es verdad que cualquier forma de pobreza no asumida libremente tiene su raíz en la falta de respeto por la dignidad trascendente de la persona humana. Cuando no se considera al hombre en su vocación integral, y no se respetan las exigencias de una verdadera «ecología humana», se desencadenan también dinámicas perversas de pobreza, como se pone claramente de manifiesto en algunos aspectos en los cuales me detendré brevemente.

Pobreza e implicaciones morales

3. La pobreza se pone a menudo en relación con el crecimiento demográfico. Consiguientemente, se están llevando a cabo campañas para reducir la natalidad en el ámbito internacional, incluso con métodos que no respetan la dignidad de la mujer ni el derecho de los cónyuges a elegir responsablemente el número de hijos y, lo que es más grave aún, frecuentemente ni siquiera respetan el derecho a la vida. El exterminio de millones de niños no nacidos en nombre de la lucha contra la pobreza es, en realidad, la eliminación de los seres humanos más pobres. A esto se opone el hecho de que, en 1981, aproximadamente el 40% de la población mundial estaba por debajo del umbral de la pobreza absoluta, mientras que hoy este porcentaje se ha reducido sustancialmente a la mitad y numerosas poblaciones, caracterizadas, por lo demás, por un notable incremento demográfico, han salido de la pobreza. El dato apenas mencionado muestra claramente que habría recursos para resolver el problema de la indigencia, incluso con un crecimiento de la población. Tampoco hay que olvidar que, desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta hoy, la población de la tierra ha crecido en cuatro mil millones y, en buena parte, este fenómeno se produce en países que han aparecido recientemente en el escenario internacional como nuevas potencias económicas, y han obtenido un rápido desarrollo precisamente gracias al elevado número de sus habitantes. Además, entre las naciones más avanzadas, las que tienen un mayor índice de natalidad disfrutan de mejor potencial para el desarrollo. En otros términos, la población se está confirmando como una riqueza y no como un factor de pobreza.

4. Otro aspecto que preocupa son las enfermedades pandémicas, como por ejemplo, la malaria, la tuberculosis y el sida que, en la medida en que afectan a los sectores productivos de la población, tienen una gran influencia en el deterioro de las condiciones generales del país. Los intentos de frenar las consecuencias de estas enfermedades en la población no siempre logran resultados significativos. Además, los países aquejados de dichas pandemias, a la hora de contrarrestarlas, sufren los chantajes de quienes condicionan las ayudas económicas a la puesta en práctica de políticas contrarias a la vida. Es difícil combatir sobre todo el sida, causa dramática de pobreza, si no se afrontan los problemas morales con los que está relacionada la difusión del virus. Es preciso, ante todo, emprender campañas que eduquen especialmente a los jóvenes a una sexualidad plenamente concorde con la dignidad de la persona; hay iniciativas en este sentido que ya han dado resultados significativos, haciendo disminuir la propagación del virus. Además, se requiere también que se pongan a disposición de las naciones pobres las medicinas y tratamientos necesarios; esto exige fomentar decididamente la investigación médica y las innovaciones terapéuticas, y aplicar con flexibilidad, cuando sea necesario, las reglas internacionales sobre la propiedad intelectual, con el fin de garantizar a todos la necesaria atención sanitaria de base.

5. Un tercer aspecto en que se ha de poner atención en los programas de lucha contra la pobreza, y que muestra su intrínseca dimensión moral, es la pobreza de los niños. Cuando la pobreza afecta a una familia, los niños son las víctimas más vulnerables: casi la mitad de quienes viven en la pobreza absoluta son niños. Considerar la pobreza poniéndose de parte de los niños impulsa a estimar como prioritarios los objetivos que los conciernen más directamente como, por ejemplo, el cuidado de las madres, la tarea educativa, el acceso a las vacunas, a las curas médicas y al agua potable, la salvaguardia del medio ambiente y, sobre todo, el compromiso en la defensa de la familia y de la estabilidad de las relaciones en su interior. Cuando la familia se debilita, los daños recaen inevitablemente sobre los niños. Donde no se tutela la dignidad de la mujer y de la madre, los más afectados son principalmente los hijos.

6. Un cuarto aspecto que merece particular atención desde el punto de vista moral es la relación entre el desarme y el desarrollo. Es preocupante la magnitud global del gasto militar en la actualidad. Como ya he tenido ocasión de subrayar, «los ingentes recursos materiales y humanos empleados en gastos militares y en armamentos se sustraen a los proyectos de desarrollo de los pueblos, especialmente de los más pobres y necesitados de ayuda. Y esto va contra lo que afirma la misma Carta de las Naciones Unidas, que compromete a la comunidad internacional, y a los Estados en particular, a “promover el establecimiento y el mantenimiento de la paz y de la seguridad internacional con el mínimo dispendio de los recursos humanos y económicos mundiales en armamentos” (art. 26)».

Este estado de cosas, en vez de facilitar, entorpece seriamente la consecución de los grandes objetivos de desarrollo de la comunidad internacional. Además, un incremento excesivo del gasto militar corre el riesgo de acelerar la carrera de armamentos, que provoca bolsas de subdesarrollo y de desesperación, transformándose así, paradójicamente, en factor de inestabilidad, tensión y conflictos. Como afirmó sabiamente mi venerado Predecesor Pablo VI, «el desarrollo es el nuevo nombre de la paz». Por tanto, los Estados están llamados a una seria reflexión sobre los motivos más profundos de los conflictos, a menudo avivados por la injusticia, y a afrontarlos con una valiente autocrítica. Si se alcanzara una mejora de las relaciones, sería posible reducir los gastos en armamentos. Los recursos ahorrados se podrían destinar a proyectos de desarrollo de las personas y de los pueblos más pobres y necesitados: los esfuerzos prodigados en este sentido son un compromiso por la paz dentro de la familia humana.

7. Un quinto aspecto de la lucha contra la pobreza material se refiere a la actual crisis alimentaria, que pone en peligro la satisfacción de las necesidades básicas. Esta crisis se caracteriza no tanto por la insuficiencia de alimentos, sino por las dificultades para obtenerlos y por fenómenos especulativos y, por tanto, por la falta de un entramado de instituciones políticas y económicas capaces de afrontar las necesidades y emergencias. La malnutrición puede provocar también graves daños psicofísicos a la población, privando a las personas de la energía necesaria para salir, sin una ayuda especial, de su estado de pobreza. Esto contribuye a ampliar la magnitud de las desigualdades, provocando reacciones que pueden llegar a ser violentas. Todos los datos sobre el crecimiento de la pobreza relativa en los últimos decenios indican un aumento de la diferencia entre ricos y pobres. Sin duda, las causas principales de este fenómeno son, por una parte, el cambio tecnológico, cuyos beneficios se concentran en el nivel más alto de la distribución de la renta y, por otra, la evolución de los precios de los productos industriales, que aumentan mucho más rápidamente que los precios de los productos agrícolas y de las materias primas que poseen los países más pobres. Resulta así que la mayor parte de la población de los países más pobres sufre una doble marginación, beneficios más bajos y precios más altos.

Lucha contra la pobreza y solidaridad global

8. Una de las vías maestras para construir la paz es una globalización que tienda a los intereses de la gran familia humana. Sin embargo, para guiar la globalización se necesita una fuerte solidaridad global, tanto entre países ricos y países pobres, como dentro de cada país, aunque sea rico. Es preciso un «código ético común», cuyas normas no sean sólo fruto de acuerdos, sino que estén arraigadas en la ley natural inscrita por el Creador en la conciencia de todo ser humano (cf. Rm 2,14-15). Cada uno de nosotros ¿no siente acaso en lo recóndito de su conciencia la llamada a dar su propia contribución al bien común y a la paz social? La globalización abate ciertas barreras, pero esto no significa que no se puedan construir otras nuevas; acerca los pueblos, pero la proximidad en el espacio y en el tiempo no crea de suyo las condiciones para una comunión verdadera y una auténtica paz. La marginación de los pobres del planeta sólo puede encontrar instrumentos válidos de emancipación en la globalización si todo hombre se siente personalmente herido por las injusticias que hay en el mundo y por las violaciones de los derechos humanos vinculadas a ellas. La Iglesia, que es «signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano», continuará ofreciendo su aportación para que se superen las injusticias e incomprensiones, y se llegue a construir un mundo más pacífico y solidario.

9. En el campo del comercio internacional y de las transacciones financieras, se están produciendo procesos que permiten integrar positivamente las economías, contribuyendo a la mejora de las condiciones generales; pero existen también procesos en sentido opuesto, que dividen y marginan a los pueblos, creando peligrosas premisas para conflictos y guerras. En los decenios sucesivos a la Segunda Guerra Mundial, el comercio internacional de bienes y servicios ha crecido con extraordinaria rapidez, con un dinamismo sin precedentes en la historia. Gran parte del comercio mundial se ha centrado en los países de antigua industrialización, a los que se han añadido de modo significativo muchos países emergentes, que han adquirido una cierta relevancia. Sin embargo, hay otros países de renta baja que siguen estando gravemente marginados respecto a los flujos comerciales. Su crecimiento se ha resentido por la rápida disminución de los precios de las materias primas registrada en las últimas décadas, que constituyen la casi totalidad de sus exportaciones. En estos países, la mayoría africanos, la dependencia de las exportaciones de las materias primas sigue siendo un fuerte factor de riesgo. Quisiera renovar un llamamiento para que todos los países tengan las mismas posibilidades de acceso al mercado mundial, evitando exclusiones y marginaciones

10. Se puede hacer una reflexión parecida sobre las finanzas, que atañe a uno de los aspectos principales del fenómeno de la globalización, gracias al desarrollo de la electrónica y a las políticas de liberalización de los flujos de dinero entre los diversos países. La función objetivamente más importante de las finanzas, el sostener a largo plazo la posibilidad de inversiones y, por tanto, el desarrollo, se manifiesta hoy muy frágil: se resiente de los efectos negativos de un sistema de intercambios financieros –en el plano nacional y global– basado en una lógica a muy corto plazo, que busca el incremento del valor de las actividades financieras y se concentra en la gestión técnica de las diversas formas de riesgo. La reciente crisis demuestra también que la actividad financiera está guiada a veces por criterios meramente autorrefenciales, sin consideración del bien común a largo plazo. La reducción de los objetivos de los operadores financieros globales a un brevísimo plazo de tiempo reduce la capacidad de las finanzas para desempeñar su función de puente entre el presente y el futuro, con vistas a sostener la creación de nuevas oportunidades de producción y de trabajo a largo plazo. Una finanza restringida al corto o cortísimo plazo llega a ser peligrosa para todos, también para quien logra beneficiarse de ella durante las fases de euforia financiera.

11. De todo esto se desprende que la lucha contra la pobreza requiere una cooperación tanto en el plano económico como en el jurídico que permita a la comunidad internacional, y en particular a los países pobres, descubrir y poner en práctica soluciones coordinadas para afrontar dichos problemas, estableciendo un marco jurídico eficaz para la economía. Exige también incentivos para crear instituciones eficientes y participativas, así como ayudas para luchar contra la criminalidad y promover una cultura de la legalidad. Por otro lado, es innegable que las políticas marcadamente asistencialistas están en el origen de muchos fracasos en la ayuda a los países pobres. Parece que, actualmente, el verdadero proyecto a medio y largo plazo sea el invertir en la formación de las personas y en desarrollar de manera integrada una cultura de la iniciativa. Si bien las actividades económicas necesitan un contexto favorable para su desarrollo, esto no significa que se deba distraer la atención de los problemas del beneficio. Aunque se haya subrayado oportunamente que el aumento de la renta per capita no puede ser el fin absoluto de la acción político-económica, no se ha de olvidar, sin embargo, que ésta representa un instrumento importante para alcanzar el objetivo de la lucha contra el hambre y la pobreza absoluta. Desde este punto de vista, no hay que hacerse ilusiones pensando que una política de pura redistribución de la riqueza existente resuelva el problema de manera definitiva. En efecto, el valor de la riqueza en una economía moderna depende de manera determinante de la capacidad de crear rédito presente y futuro. Por eso, la creación de valor resulta un vínculo ineludible, que se debe tener en cuenta si se quiere luchar de modo eficaz y duradero contra la pobreza material.

12. Finalmente, situar a los pobres en el primer puesto comporta que se les dé un espacio adecuado para una correcta lógica económica por parte de los agentes del mercado internacional, una correcta lógica política por parte de los responsables institucionales y una correcta lógica participativa capaz de valorizar la sociedad civil local e internacional. Los organismos internacionales mismos reconocen hoy la valía y la ventaja de las iniciativas económicas de la sociedad civil o de las administraciones locales para promover la emancipación y la inclusión en la sociedad de las capas de población que a menudo se encuentran por debajo del umbral de la pobreza extrema y a las que, al mismo tiempo, difícilmente pueden llegar las ayudas oficiales. La historia del desarrollo económico del siglo XX enseña cómo buenas políticas de desarrollo se han confiado a la responsabilidad de los hombres y a la creación de sinergias positivas entre mercados, sociedad civil y Estados. En particular, la sociedad civil asume un papel crucial en el proceso de desarrollo, ya que el desarrollo es esencialmente un fenómeno cultural y la cultura nace y se desarrolla en el ámbito de la sociedad civil.

13. Como ya afirmó mi venerado Predecesor Juan Pablo II, la globalización «se presenta con una marcada nota de ambivalencia» y, por tanto, ha de ser regida con prudente sabiduría. De esta sabiduría, forma parte el tener en cuenta en primer lugar las exigencias de los pobres de la tierra, superando el escándalo de la desproporción existente entre los problemas de la pobreza y las medidas que los hombres adoptan para afrontarlos. La desproporción es de orden cultural y político, así como espiritual y moral. En efecto, se limita a menudo a las causas superficiales e instrumentales de la pobreza, sin referirse a las que están en el corazón humano, como la avidez y la estrechez de miras. Los problemas del desarrollo, de las ayudas y de la cooperación internacional se afrontan a veces como meras cuestiones técnicas, que se agotan en establecer estructuras, poner a punto acuerdos sobre precios y cuotas, en asignar subvenciones anónimas, sin que las personas se involucren verdaderamente. En cambio, la lucha contra la pobreza necesita hombres y mujeres que vivan en profundidad la fraternidad y sean capaces de acompañar a las personas, familias y comunidades en el camino de un auténtico desarrollo humano.

Conclusión

14. En la Encíclica Centesimus annus, Juan Pablo II advirtió sobre la necesidad de «abandonar una mentalidad que considera a los pobres –personas y pueblos– como un fardo o como molestos e importunos, ávidos de consumir lo que los otros han producido». «Los pobres –escribe– exigen el derecho de participar y gozar de los bienes materiales y de hacer fructificar su capacidad de trabajo, creando así un mundo más justo y más próspero para todos». En el mundo global actual, aparece con mayor claridad que solamente se construye la paz si se asegura la posibilidad de un crecimiento razonable. En efecto, las tergiversaciones de los sistemas injustos antes o después pasan factura a todos. Por tanto, únicamente la necedad puede inducir a construir una casa dorada, pero rodeada del desierto o la degradación. Por sí sola, la globalización es incapaz de construir la paz, más aún, genera en muchos casos divisiones y conflictos. La globalización pone de manifiesto más bien una necesidad: la de estar orientada hacia un objetivo de profunda solidaridad, que tienda al bien de todos y cada uno. En este sentido, hay que verla como una ocasión propicia para realizar algo importante en la lucha contra la pobreza y para poner a disposición de la justicia y la paz recursos hasta ahora impensables.

15. La Doctrina Social de la Iglesia se ha interesado siempre por los pobres. En tiempos de la Encíclica Rerum novarum, éstos eran sobre todo los obreros de la nueva sociedad industrial; en el magisterio social de Pío XI, Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II se han detectado nuevas pobrezas a medida que el horizonte de la cuestión social se ampliaba, hasta adquirir dimensiones mundiales. Esta ampliación de la cuestión social hacia la globalidad hay que considerarla no sólo en el sentido de una extensión cuantitativa, sino también como una profundización cualitativa en el hombre y en las necesidades de la familia humana. Por eso la Iglesia, a la vez que sigue con atención los actuales fenómenos de la globalización y su incidencia en las pobrezas humanas, señala nuevos aspectos de la cuestión social, no sólo en extensión, sino también en profundidad, en cuanto conciernen a la identidad del hombre y su relación con Dios. Son principios de la doctrina social que tienden a clarificar las relaciones entre pobreza y globalización, y a orientar la acción hacia la construcción de la paz. Entre estos principios conviene recordar aquí, de modo particular, el «amor preferencial por los pobres», a la luz del primado de la caridad, atestiguado por toda la tradición cristiana, comenzando por la de la Iglesia primitiva (cf. Hch 4,32-36; 1 Co 16,1; 2 Co 8-9; Ga 2,10).

«Que se ciña cada cual a la parte que le corresponde», escribía León XIII en 1891, añadiendo: «Por lo que respecta a la Iglesia, nunca ni bajo ningún aspecto regateará su esfuerzo». Esta convicción acompaña también hoy el quehacer de la Iglesia para con los pobres, en los cuales contempla a Cristo, sintiendo cómo resuena en su corazón el mandato del Príncipe de la paz a los Apóstoles: «Vos date illis manducare – dadles vosotros de comer» (Lc 9,13). Así pues, fiel a esta exhortación de su Señor, la comunidad cristiana no dejará de asegurar a toda la familia humana su apoyo a las iniciativas de una solidaridad creativa, no sólo para distribuir lo superfluo, sino cambiando «sobre todo los estilos de vida, los modelos de producción y de consumo, las estructuras consolidadas de poder que rigen hoy la sociedad». Por consiguiente, dirijo al comienzo de un año nuevo una calurosa invitación a cada discípulo de Cristo, así como a toda persona de buena voluntad, para que ensanche su corazón hacia las necesidades de los pobres, haciendo cuanto le sea concretamente posible para salir a su encuentro. En efecto, sigue siendo incontestablemente verdadero el axioma según el cual «combatir la pobreza es construir la paz».

Vaticano, 8 de diciembre de 2008

BENEDICTUS PP. XVI

La ‘Caritas in veritate’ vista por cristianos, judíos y musulmanes

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Analistas y estudiosos de las tres religiones monoteístas –islámicos, judíos y cristianos- han participado en una jornada sobre la ‘Caritas in veritate’, de Benedicto XVI. El acto se ha celebrado en Roma.

Opus Dei - Algunos de los ponentes en la Jornada de reflexión sobre la 'Caritas in veritate'.

Algunos de los ponentes en la Jornada de reflexión sobre la ‘Caritas in veritate’.

La mesa redonda ha sido convocada por la Fundación Promoción Social de la Cultura y la Universidad de la Santa Cruz, una iniciativa del Opus Dei que ofrece estudios de Teología, Filosofía, Derecho Canónico y Comunicación Social en Roma.

Stefano Zamagni, profesor de Economia Politica en la Universidad de Bolonia, dijo que “la encíclica “Caritas in veritate” recompone todo lo que ha sido separado en los últimos siglos”, volviendo a recuperar, por ejemplo, “el concepto global de creación y distribución de la riqueza”. En el mundo actual, añadió Zamagni, se ha sustituido el “bien común” por el “bien global”, que es la suma de los bienes individuales.

Youssef El- Khalil, libanés, presidente de la Associazione d’Aide au Développement Rural (ADR) y director financiero de la Banca Central del Libano explicó que el concepto de “justicia” es clave en el Islam. De ella derivan el principio fundamental de la justicia social, que asegura una redistribución de la riqueza para cubrir las necesidades sociales fundamentales”.

Asimismo, aclaró que “la caridad en el Islam está muy unida al concepto de misericordia”, y al respeto de los demás. El-Khalil invitó a los presentes a sustituir el concepto de “solidariedad” por el de “fraternidad”, tal y como propone la encíclica.

Opus Dei -

Por su parte, el diplomático hebreo, primer embajador ante la Santa Sede, Samuel Hadas señaló que la “Caritas in veritatis” es “una invitación a las religiones para crear un diálogo activo y sincero para contribuir a mejorar las relaciones entre los pueblos”.

“Ruego a Dios que nos conceda el milagro de la paz”

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Al término de la lectura de decretos de milagros, el Prelado del Opus Dei señaló que la aprobación de un milagro atribuido a la intercesión del beato Josemaría “es para mí motivo de alegría”. Y añadió: “A pocas fechas de la Santa Navidad, ruego a Dios que nos conceda el milagro de la paz, de esa paz que en ocasiones parece inalcanzable”.

Roma, 20: “Los milagros son siempre un signo de la misericordia de Dios con los hombres. Por eso, la noticia de la aprobación por el Papa de varios milagros, y entre ellos uno atribuido a la intercesión de Josemaría Escrivá, precisamente en vísperas del centenario de su nacimiento, es para mí motivo de alegría.

Deseo hondamente que los cristianos renovemos nuestra fe en el poder del Señor y en la ayuda de los santos. Hoy, a pocas fechas de la Santa Navidad, ruego a Dios que nos conceda el milagro de la paz, de esa paz que en ocasiones parece inalcanzable: la paz en los corazones, en las familias y entre los pueblos.

A la vez, sé que no basta suplicar a Dios los milagros. Jesucristo nos llama a ser “sembradores de paz y de alegría”, como repitió con constancia Josemaría Escrivá. Y Juan Pablo II acaba de recordar que la paz se construye con obras de justicia y de perdón. Colaboremos, por tanto, con la Providencia divina para lograr el don inmenso de la paz. Es propio de los hijos de Dios pedir perdón, rectificar cuando personalmente hemos ofendido. Y reconforta mucho perdonar, sin guardar resentimientos. Llevemos esta comprensión a nuestro alrededor, a la propia familia, a los amigos, a los colegas… Y de este modo, por círculos concéntricos, cada vez más amplios, se irá difundiendo ese espíritu de fraternidad y misericordia que el mundo anhela. El ejemplo de los santos es motivo de esperanza”.

Terremoto en Perú: “es la hora de la caridad”, dice Mons. Echevarría

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Monseñor Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, manifestó su pesar por las víctimas del reciente terremoto en el Perú y pidió oraciones por los difuntos y por sus parientes.

Opus Dei -

El miércoles 15 de agosto un terremoto de 7,9º en la escala de Richter sacudió gran parte de Perú. El epicentro se localizó en la localidad de Chincha Alta, 190 Km. al sur de Lima. Los muertos ascienden a más de 500, son innumerables los heridos y las casas destrozadas, incluidas algunas iglesias como el Santuario de Luren en Ica, la iglesia de San Clemente en Pisco, o la de Zúñiga en Cañete.

Según el Instituto de Defensa Civil peruano, 16.669 viviendas han quedado destruidas y hay 85.000 damnificados en las regiones de Ica y Lima. Ya se han producido unas 360 réplicas del terremoto, según el Instituto Geofísico local.

En una carta enviada con fecha 16 de agosto desde Pamplona al vicario regional del Perú, el prelado del Opus Dei, monseñor Javier Echevarría, manifestó una “pena muy grande” por lo sucedido y pidió no dejar de rezar por las víctimas, “para que el Señor les conceda el premio de su gloria, y encomendémonos a esos difuntos para que intercedan por nosotros”. Además, le comunicó que había ofrecido sufragios por las personas fallecidas víctimas del terremoto.

Opus Dei -

El Prelado afirma en su misiva que “es la hora de la caridad y de la fraternidad, porque no nos puede dejar indiferente ninguna de las tragedias que ocurren en el mundo”. Monseñor Echevarría comentó que el espíritu del Opus Dei “lleva a acudir con la oración o físicamente hasta los lugares donde haya una sola criatura que precise nuestra ayuda”. Finalmente pidió que “reforcemos nuestra oración por las poblaciones, pidiendo que el Señor saque muchos bienes de estos males”.

Esta carta de consuelo se une a las que enviaron a los fieles de Perú el Santo Padre, a través del Cardenal Secretario de Estado, y los Obispos del Perú, que pidieron ante este momento de prueba “firmeza, esperanza, unidad y amor”.


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