El clima político

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En los años inmediatamente posteriores a la Guerra Civil, el estado español no ejercía un control totalitario como el de la Unión Soviética, Alemania o la Italia fascista. Y sin embargo, el régimen de Franco era claramente una dictadura personal. Franco gobernaba sobre todo mediante decretos ley y ni siquiera se molestaba en consultar a su gabinete.

El carácter personal del régimen de Franco se reflejaba en el extraordinario grado de adulación pública a él dirigida. Por ejemplo, el inmenso desfile militar organizado en Madrid el 19 de mayo de 1939 para celebrar la victoria nacional fue una apoteosis personal para el Caudillo. En sus apariciones públicas era aclamado con gritos de “Franco, Franco, Franco”. Su nombre quedó en los muros de muchos edificios y su imagen fue acuñada en monedas y sellos.

El régimen de Franco estaba fuertemente centralizado y daba poca o ninguna autonomía a las provincias y regiones. Además, las dos regiones con una identidad más acusada, el País Vasco y Cataluña, pagaron caro su apoyo a la República. Además de perder sus prerrogativas políticas y su autonomía administrativa, vieron discriminados sus idiomas y demás manifestaciones culturales particulares. En la Barcelona de la posguerra podían verse grandes carteles que decían “Hablad el idioma del Imperio”.

Las medidas dirigidas contra los nacionalistas catalanes y vascos fueron parte de un cuadro más amplio de represión política. Al final de la guerra, la población de la zona republicana estaba agotada por las privaciones y aturdida por la derrota. Muchos deseaban ansiosamente la reconciliación. Franco, sin embargo, no hizo ningún esfuerzo por acercarse a sus antiguos enemigos ni por curar las divisiones del país. La ley marcial siguió en vigor hasta 1948. En febrero de 1939 se promulgó una Ley de Responsabilidades Políticas. Según esta ley podía ser encarcelado, con penas que oscilaban de seis meses a quince años, cualquier antiguo miembro de un partido revolucionario o liberal de izquierdas. Los delitos puramente políticos no eran punibles con pena de muerte, pero los “delitos políticos con violencia” sí podían serlo. En 1940 la Ley de Responsabilidades Políticas fue completada con una nueva Ley de Represión de la Masonería y del Comunismo. Desde luego, la represión no tuvo nada que ver en magnitud y violencia con la llevada a cabo en la Unión Soviética y la Alemania nazi.

Los gobiernos que Franco nombró en los años inmediatamente siguientes a la guerra han sido habitualmente calificados de falangistas, pero, de hecho, como Payne y otros han destacado, representaban un equilibrio entre los diversos grupos que apoyaban su régimen: el Ejército, la Falange, los carlistas, otros grupos monárquicos y grupos católicos, entre los que se contaban la Acción Católica y la ACNP. En realidad, el único grupo dominante era el Ejército, más que la Falange.

No se trata de negar la gran influencia de la Falange en la vida española de posguerra. En 1939 contaba con 650.000 afiliados varones. En 1942 eran ya más de 900.000, aunque muchos de ellos eran puramente nominales. Se trataba de la única organización política autorizada en el país y su sindicato era el único movimiento obrero legal. También controlaba la única organización estudiantil tolerada por el régimen.

La Falange proporcionaba al régimen los símbolos (camisas azules, saludo fascista con el brazo en alto, etc.) y unas pocas ideas. Su presencia se hacía sentir especialmente en la “Prensa del Movimiento”, consorcio oficial de periódicos y revistas. Las publicaciones falangistas, que se vieron libres de la censura en mayo de 1941, exaltaban continuamente al Caudillo, a quien presentaban como a un hombre excepcional y providencial. Saludaban con entusiasmo los éxitos de los ejércitos del Eje, atacaban a las democracias decadentes y ensalzaban las virtudes de una España tradicional y militarista. En definitiva, la Falange marcó poderosamente el estilo de vida en la España de posguerra.

Capítulo 19. España en una Europa en Guerra (1939 – 1945)

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España y la Segunda Guerra Mundial

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

A los seis meses del final de la Guerra Civil, casi todos los miembros del Opus Dei habían sido desmovilizados y habían vuelto a sus estudios o trabajo profesional. El fin de la persecución religiosa permitió reanudar las actividades de formación de la Obra en Madrid y abrió horizontes en otros lugares de España. Sin embargo, el Opus Dei no se encontraba en un entorno tranquilo que favoreciera su expansión. El fin de las hostilidades estaba lejos de traer un retorno a la normalidad. España seguía enfrentada a grandes dificultades internas exacerbadas por el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Al igual que muchos de sus contemporáneos en Europa, Franco estaba convencido de que la época de las democracias había pasado y que el futuro de Europa se encontraba en los regímenes nacionalistas autoritarios. En marzo de 1937 se suscribió un pacto secreto con Berlín que exigía consultas mutuas sobre temas de interés común y una benevolente neutralidad en caso de guerra, aunque ello no impidió asegurar a París y Londres durante la crisis de Munich del otoño de 1938 que España permanecería neutral en caso de un conflicto europeo generalizado. Pocos días antes del final de la Guerra Civil, España se unió formalmente al pacto anticomunista, demostrando abiertamente sus simpatías por los otros regímenes autoritarios. Simultáneamente, firmaba un nuevo tratado de amistad con Berlín, secreto igual que el anterior, que también exigía consultas mutuas.

La firma del acuerdo germano-soviético en agosto de 1939 fue una desagradable sorpresa para Franco, que era profundamente anticomunista. El 3 de septiembre de 1939, cuando Gran Bretaña y Francia declararon la guerra a Alemania como respuesta a la invasión de Polonia, hizo un llamamiento público a todas las partes implicadas para volver a negociar, al tiempo que condenó la destrucción de la católica Polonia. Durante los meses en que Francia y Gran Bretaña estaban oficialmente en guerra contra Alemania, pero sin hostilidades significativas, España firmó acuerdos comerciales con Gran Bretaña, Francia y Portugal, pero se negó a la petición francesa de una garantía de mantener la neutralidad en caso de que Italia entrara en la guerra.

La rápida conquista de Francia en la primavera de 1940 hizo pensar a Franco que Alemania ganaría la guerra y dominaría Europa. El 12 de junio de 1940 anunció una nueva política: no beligerancia. Eso significaba que España no era neutral, sino que apoyaba a las potencias del Eje, pero no participaba en el conflicto.

Parece como si Franco hubiera considerado la no beligerancia como un primer paso para la entrada en la guerra junto a Alemania e Italia, pero fijaría un alto precio por esa participación. Presentó a Berlín la reclamación española sobre los territorios franceses del noroeste de África, al igual que una impresionante lista de provisiones, combustible, munición y otros materiales que España necesitaría para entrar en guerra. Hitler, enardecido por el éxito en Francia, no vio ninguna necesidad de considerar las demandas españolas.

Franco y sus consejeros se sintieron decepcionados por el hecho de que Berlín no tomara sus peticiones en serio y por su aparente desprecio de la capacidad de España de ayudar al Eje, a cambio de recuperar Gibraltar. Se encontraron en una situación difícil. Estaban convencidos de que Alemania resultaría victoriosa y no querían perder la oportunidad de participar en el reparto del botín de guerra, pero advertían los devastadores efectos que un bloqueo naval británico podría tener para España.

En su encuentro con Hitler en Hendaya, el 20 de octubre de 1940, Franco volvió a presentar su lista de exigencias coloniales, económicas y militares. Hitler no deseaba satisfacer esas peticiones, en parte porque hacerlo supondría enemistarse con el gobierno francés de Vichy, que para él era más importante que España. El encuentro terminó con un aguado acuerdo que comprometía a España a declarar la guerra a Gran Bretaña en alguna fecha futura que fijaría el gobierno español.

La victoria británica en la Batalla de Inglaterra hizo que se enfriara el interés español por entrar rápidamente en la guerra. Durante el resto de 1940 y comienzos de 1941, Franco resistió las presiones de Berlín con tácticas dilatorias y largas listas de artículos que España necesitaría para intervenir eficazmente en la guerra. Probablemente, la postura de Franco estaba marcada más por lo que podría obtener a cambio que por el deseo de mantenerse al margen del conflicto. A medida que pasaba 1941, Hitler perdió interés en España y Gibraltar y centró su atención a una posible invasión de la Unión Soviética.

El ataque alemán a la Unión Soviética del 22 de junio de 1941 hizo a Franco más cauteloso sobre la entrada en guerra, ya que la Unión Soviética era un adversario formidable. Por otra parte, muchos falangistas eran firmes partidarios de unirse a la guerra contra la Rusia comunista. Con el visto bueno del Gobierno, la Falange empezó a organizar una división de voluntarios para luchar en Rusia. Los diecinueve mil hombres de la “División Azul” entraron en combate el 4 de octubre de 1941 en el frente de Leningrado. Durante el verano de 1941, España también firmó un acuerdo con Alemania en el que prometía enviar a 100.000 civiles para trabajar en fábricas alemanas. De hecho, no fueron más de 15.000.

La entrada de los Estados Unidos en la guerra no minó del todo la confianza de Franco en la victoria alemana, pero la veía más difícil y distante. El estancamiento de la ofensiva alemana sobre Moscú hizo que Franco tomara mayores cautelas. Así, suspendió el permiso para que los submarinos alemanes se aprovisionaran en los puertos españoles. España, sin embargo, seguía siendo no beligerante y no neutral.

La reticencia de Franco a apoyar a las potencias del Eje no encontró eco en la muy controlada prensa española, que seguía mostrando fuertes simpatías por el Eje. En 1942, la de Madrid era la principal embajada alemana y llevó a cabo una incisiva campaña a favor del Eje. Además, el partido nazi mantenía un activo aparato de propaganda en España, que trabajaba en estrecho contacto con la Falange.

El desembarco aliado en el norte de África en noviembre de 1942 provocó la ocupación alemana de la mitad sur de Francia, que hasta entonces había sido controlada por el gobierno.

Franco forma gobierno

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Es probable que Franco hubiera preferido esperar al final de la guerra para formar un gobierno convencional, pero, como no se veía claro cuándo llegaría el final, aumentaba la presión para que se normalizara la situación. El 30 de enero de 1938 se promulgó una ley que otorgaba a Franco todos los poderes.

Al día siguiente, Franco nombró sus primeros ministros. El Consejo de Ministros que sustituyó a la junta técnica mantenía un equilibrio de las fuerzas políticas de la España nacional. El nombramiento como vicepresidente del Gobierno y ministro de Asuntos Exteriores del general Gómez Jordana, monárquico moderado y anglófilo, irritó a muchos falangistas. Dos carteras recayeron en generales que habían colaborado con Primo de Rivera, dos en monárquicos, una en un carlista, dos en técnicos sin adscripción política y tres en falangistas, de los que sólo uno era miembro del partido desde antes de la guerra. Las áreas en las que la FET tenía verdadero poder eran las de propaganda y censura.

Desde el principio de la guerra, los líderes militares prometieron reformas populistas y nacionalistas para regular la gran industria y mejorar la suerte de las clases bajas, especialmente de los agricultores. El Gobierno anunció que elaboraría una ley sobre el trabajo. Tras un considerable tira y afloja entre los falangistas y el sector más conservador del régimen de Franco, el 9 de marzo de 1938 se promulgó el Fuero de los Trabajadores.

El documento no fue más que una declaración de principios, que debía desarrollarse e incorporarse más tarde a la legislación. Parecía ser una vía intermedia entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista, en la que se respetaría la propiedad privada y se protegerían los derechos de los trabajadores. El Fuero reconoció sobre el papel una impresionante relación de derechos de los trabajadores: salario mínimo, seguros sociales y de desempleo y limitación de horas de trabajo. No se permitía a los trabajadores constituir sindicatos independientes. El capital y el trabajo estarían organizados dentro de cada sector económico en sindicatos verticales dependientes del estado. Las huelgas y los cierres patronales tenían carácter de crímenes contra la nación; y se contemplaban tribunales específicos para la resolución de conflictos laborales. Durante el último año de la guerra, hubo algunos intentos de crear una organización sindical tanto en el ámbito nacional como provincial, pero no cuajaron.

Fusión de Falange con los Carlistas

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En la zona nacional, todos los partidos de izquierda y liberales fueron proscritos desde el principio de la guerra. Así, los dos principales grupos políticos eran los carlistas -fuertes en Navarra- y la Falange. En el ambiente creado por la Guerra Civil, el nacionalismo, el autoritarismo y el tono militarista de la Falange resultaron atractivos para muchos españoles de clase media. Su programa social y económico nacional-sindicalista le hizo ganar algún apoyo entre la clase trabajadora de la España nacional. El partido creció rápidamente durante los primeros meses de la guerra, a pesar de carecer de líderes competentes.

La política, sin embargo, casi no existió en la zona nacional. En los meses que siguieron a su nombramiento como generalísimo y jefe del Estado, Franco se centró en asuntos militares y de política exterior y prestó poca atención a la política doméstica.

Pero con la guerra avanzada, Franco se dio cuenta de que necesitaba una organización política que legitimara su mandato y justificara la guerra. Para esta tarea, contó con su cuñado, Ramón Serrano Súñer, abogado, ex diputado en las Cortes y simpatizante del nacionalsindicalismo de la Falange. En abril de 1937, Franco anunció la fusión entre los carlistas y la Falange en la Falange Española Tradicionalista y de las JONS (FET). La FET sería el partido oficial del Estado y la única organización política permitida en la España nacional. Algunos líderes falangistas intentaron oponerse a la fusión, pero fueron rápidamente sofocados. A los pocos días, el régimen nacional adoptó algunos eslóganes y símbolos falangistas, entre los que se contaba el saludo fascista con el brazo en alto.

El decreto de unificación declaró que el nuevo partido único proporcionaría una base política organizada para el nuevo estado “como en otros países de régimen totalitario”. Cuando Franco se refería a la España nacional como un régimen totalitario, pensaba más en un estado de corte unitaria y autoritaria tradicional que en el control riguroso y total que ejercían los estados soviético o nazi. Los estatutos de la FET, que no se publicaron hasta agosto de 1937, recogieron parte de la política sindicalista de la primera Falange, pero hacían hincapié en el papel de Franco quien, como “Caudillo supremo”, personificaría todos los valores del movimiento nacional.

Gracias a su condición de partido oficial, la FET creció rápidamente: pronto se afiliaba quien aspiraba a progresar en la España de Franco, o quería encubrir un pasado izquierdista o liberal. La mayoría de los nuevos adeptos prestó poca atención a la filosofía oficial del partido. Cuando Franco designó el Consejo Nacional de la FET en octubre de 1937, no más de veinte de sus cincuenta miembros podrían considerarse auténticos falangistas. Trece eran carlistas, cuatro eran monárquicos no carlistas, y siete eran militares. El Consejo Nacional no se reunía a menudo ni tenía autoridad real, pero su composición reflejaba la política que fue habitual en Franco: aprovechar todos los grupos partidarios de su régimen, pero sin permitir que ninguno de ellos consiguiera una posición de dominio.

Capítulo14. Las últimas etapas de la Guerra Civil (marzo 1937—abril 1939)

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La Guerra en el norte (marzo – noviembre 1937)

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Obligado a renunciar a una toma rápida de Madrid, Franco centró su atención en el País Vasco, Santander y Asturias. La ofensiva nacional en el norte comenzó el 31 de marzo de 1937. El avance fue lento y hasta mediados de junio los nacionales no consiguieron entrar en Bilbao. Con la caída de Bilbao, la resistencia cesó en las provincias vascas, pero Santander y Asturias permanecieron en manos republicanas.

Antes de que los nacionales pudieran dirigirse a Santander, la República lanzó una ofensiva al este de Madrid, en las inmediaciones de Brunete. Reunió 150 aviones, 125 carros y 140 piezas de artillería. La sangrienta batalla de Brunete se libró entre el 6 y el 26 de julio de 1937. Al final, los republicanos sólo consiguieron un avance de cinco kilómetros en un frente de dieciséis, con 100 aviones destruidos y 25.000 bajas, muchas de las Brigadas Internacionales, que fueron utilizadas por la República como tropas de choque. En el ejército nacional cayeron menos de la mitad que en el republicano.

Con el frente de Madrid restablecido, Franco prosiguió su ofensiva en el norte, avanzando sobre Santander el 14 de agosto de 1937. La superioridad de la aviación y de la artillería nacional fue abrumadora. La República ofreció una débil resistencia. Los nacionales tomaron Santander a final de mes.

Antes de que Franco pudiera ocupar Asturias, la última fiel a la República en norte de España, el ejército republicano comenzó otra maniobra de distracción. Esta vez presentó batalla en el curso del río Ebro, al norte y sur de Zaragoza. La batalla empezó el 24 de agosto de 1937 y tuvo fases de distinta intensidad hasta finales de septiembre. La mayor parte tuvo lugar cerca de Belchite, pueblo del que la batalla tomó su nombre. Incluso como maniobra de distracción, Belchite demostró ser un fracaso notable para la República. Aun con una superioridad numérica muy notable, la ofensiva republicana fracasó. Los nacionales sólo se vieron obligados a desviar del frente del norte a una unidad grande y perdieron muy poco terreno.

Las fuerzas de Franco prosiguieron su ofensiva en el norte el 1 de septiembre de 1937. El accidentado terreno favoreció la defensa de Asturias, pero el 21 de octubre de 1937 los nacionales consiguieron ocuparla por completo. Con esto, el frente del norte dejó de existir.

Franco toma el poder en la España Nacional

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En los dos primeros meses de la guerra, la Junta de Defensa Nacional no desarrolló una estructura de gobierno ni una política común para las zonas de España bajo su control. Los jefes militares de los distintos frentes disfrutaron de gran autonomía y a menudo se produjeron discordias entre ellos.

Conforme se acercaban a Madrid, la necesidad de un mando único se hacía más urgente. A las alturas de septiembre de 1936, Franco no era miembro de la Junta, pero sí tenía gran autoridad en el bando nacional por estar al mando del Ejército de Africa y por haber conseguido las ayudas alemana e italiana. El 29 de septiembre, la Junta le nombró generalísimo y jefe del estado y le confirió todos los poderes.

Inmediatamente, Franco sustituyó la Junta de Defensa Nacional por una junta técnica, en la que sólo había un miembro de la Junta recién disuelta. No se pensó este nuevo organismo como una solución a largo plazo, sino como un ente supervisor de las operaciones bélicas. Funcionó como gobierno en la zona nacional durante un año y medio hasta que Franco nombró un gabinete convencional.

De la insurrección militar al Movimiento Nacional

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Pocos días después del alzamiento, el general Mola estableció una junta militar de defensa nacional de siete miembros. Sanjurjo, el general insurrecto de mayor rango, iba a ponerse a la cabeza del golpe, pero falleció en un accidente de aviación camino de España. La presidencia, más bien honoraria, recayó en el siguiente general en graduación: Cabanellas, un masón de cierta edad y bien conocido liberal que había sido diputado.

En un primer momento, la insurrección militar carecía de un programa político bien definido. El único punto claro era restablecer la ley y el orden bajo un gobierno militar. Excepto en Navarra, con una notable presencia carlista, parece que los nacionales no pensaban en restaurar la monarquía. La Falange todavía tenía poco poder e influencia. De hecho, las primeras proclamas nacionales terminaban con un “¡Viva la República!”, aunque la república que los rebeldes tenían en mente era bien distinta de la establecida por la Constitución de 1931.

Los líderes nacionales no sólo carecían de un plan político claro: tampoco se habían marcado unos objetivos ideológicos y culturales. Obedecían más a un estímulo contrarrevolucinario, al rechazo de la democracia liberal y al deseo de restaurar valores tradicionales. Durante la Guerra Civil, los nacionales utilizaron estos lemas para apoyar emocional e ideológicamente su causa.

El renacer religioso tuvo un lugar de primer orden en la batalla ideológica, aunque los líderes de la insurrección militar no lo contemplaban en sus planes iniciales. En sus primeras proclamas no se refirieron a la defensa de la Iglesia o de la religión. Por ejemplo, el general Mola declaró que la Iglesia y el Estado debían separarse por el bien de ambas instituciones. El mismo Franco, en octubre de 1936, afirmó que el Estado no sería confesional. Los falangistas deseaban que hubiera buenas relaciones entre la Iglesia y el Estado, pero querían una separación clara entre ambos. Por otra parte, el primer jefe de la Junta de Defensa Nacional, el general Cabanellas, era masón y favorable al Partido Radical, bien conocido por su anticlericalismo.

Es cierto que los insurrectos no se levantaron por motivos religiosos, pero la persecución religiosa en la zona republicana hizo que la inmensa mayoría de los católicos practicantes abrazara la causa nacional. Los obispos empezaron siendo cautos en sus declaraciones. El Papa Pío XI estaba bien dispuesto hacia quienes defendieron a la Iglesia de una de las más crueles persecuciones que jamás había sufrido, pero era reacio a tomar partido oficialmente. En una audiencia privada en septiembre de 1936, habló de mártires para referirse a las víctimas de la persecución religiosa y bendijo a quienes luchaban en defensa de la religión. Se centró claramente en los aspectos religiosos del conflicto español, “por encima de consideraciones políticas y mundanas”; y, apelando a la compasión y a la misericordia, advirtió del peligro de excesos que serían injustificables. La censura de prensa en la zona nacional suprimió parte del texto antes de permitir que se publicara.

Tampoco la jerarquía española hizo al principio una declaración colectiva a favor del levantamiento. Sin embargo, en otoño de 1936, varios obispos, entre los que destacaba Gomá, cardenal primado de Toledo, se sumaron abiertamente a la causa nacional. En su carta pastoral de noviembre de 1936, Gomá describió el conflicto como una guerra guiada por el espíritu cristiano y español.

Si bien es cierto que a la mayoría de los sublevados les movía la causa de la ley y el orden más que la religión o la ideología, también lo es que pronto vieron en estas últimas fuentes de apoyo popular. Así, a mediados de agosto de 1936 Mola prometió levantar la cruz sobre el nuevo estado.

La única excepción significativa se dio en el País Vasco. Allí, muchos católicos practicantes -también sacerdotes- se decantaron por la República. A pesar de que bastantes de ellos eran tradicionalistas y de que se podía esperar que las razones religiosas les llevasen a decantarse por el bando nacional, las aspiraciones autonomistas pesaron más que las consideraciones de otro tipo. El Partido Nacionalista Vasco se unió al gobierno de Largo Caballero en septiembre de 1936 a cambio del estatuto de autonomía. Los nacionales reaccionaron expulsando al obispo de Vitoria: aunque era sabido que apoyaba su causa, le echaron en cara no haber mantenido la disciplina entre los clérigos de su diócesis partidarios de los republicanos. En octubre de 1936, los nacionales ejecutaron a 12 sacerdotes vascos por crímenes políticos. Durante la Guerra, los nacionales ejecutaron en total a 14 sacerdotes vascos y los republicanos a 58.

Fue en agosto de 1936 cuando los insurrectos empezaron a llamar “nacional” a su movimiento, aunque la mayoría de sus jefes mostraban muy poco o nulo entusiasmo por las doctrinas de la Falange, el Partido Nacional Socialista o de otros movimientos nacionalistas radicales de Europa. Como se ha dicho, su intención era instaurar un gobierno militar hasta el fin de la guerra, sin unos planes claros a largo plazo que fueran más allá de un vago autoritarismo conservador.

Los nacionales encontraron una significativa oposición civil, también en las provincias del norte en las que el levantamiento triunfó y gozó del apoyo de la mayoría. En las zonas más deprimidas del sur y sudeste, que los nacionales conquistaron en los primeros meses de la guerra, una parte importante de la población estaba profundamente en contra.

En ambos bandos hubo una gran represión. Es difícil que los historiadores lleguen a un acuerdo sobre el número de ejecuciones, pero sí queda claro que murió un gran número de civiles y que los excesos fueron abundantes en uno y otro adversario. La dureza de la represión practicada obedecía, en parte, a la necesidad de pacificar las zonas donde pudiera haber resistencia civil. Además, en muchos casos los intensos conflictos ideológicos de los años precedentes sirvieron para demonizar al enemigo y justificar mentalmente la adopción de medidas extremadamente crueles. Todo ello, unido al horror de la persecución religiosa en la zona republicana, ayuda a explicar el silencio de parte de la jerarquía de la Iglesia ante los excesos de los nacionales. Los obispos y los sacerdotes intervinieron frecuentemente a favor de víctimas individuales de la represión nacional. Aunque por regla general no se pronunciaron públicamente, sí lo hizo el obispo de Pamplona, Marcelino Olaechea, quien en noviembre de 1936 lanzó una apasionada petición de compasión y misericordia: “Ni una gota de sangre y venganza”.

La lucha por Madrid (julio de 1936 — marzo de 1937)

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Los sublevados tenían la esperanza de acabar con los focos de resistencia en dos o tres días, pero desde el principio contaron con la posibilidad de que el levantamiento fracasara en Madrid. En ese caso, haría falta aislar y rodear la capital con ataques desde el norte y desde el sur. Esto, pensaban, podría llevarles varias semanas.

Los planes de ataque desde el norte se llevaron a cabo rápidamente. El 22 de julio de 1936, una columna procedente de Burgos llegó al Puerto de Somosierra; y otra que venía de Valladolid alcanzó el Puerto del León, al norte de la capital. Ambas columnas, sin embargo, fueron contenidas con una dura lucha.

La elite del ejército regular, el Ejército de Africa, se encargaría del ataque por el sur. Compuesto de 40.000 hombres, de los cuales 10.000 eran marroquíes voluntarios, tenía las unidades mejor entrenadas y equipadas del ejército español. Al principio, como los republicanos controlaban el Mediterráneo, no pudieron intervenir en la península. El general Franco, al mando del Ejército de Africa, pudo transportar gradualmente sus tropas al sur de España con la ayuda de los aviones alemanes e italianos.

Durante agosto y septiembre, las tropas del Ejército de Africa, junto con algunas guarniciones del sur de España, falangistas y otros voluntarios que se les unieron, consiguieron abrir camino hacia el norte por la frontera con Portugal. Después, giraron hacia el oeste en dirección a Madrid. A mediados de agosto conectaron con fuerzas nacionales que bajaban desde el norte. Después de seis semanas de guerra, los nacionales habían tomado el centro y sudoeste de España.

A medida que los nacionales se acercaban a Madrid, arreciaba la resistencia republicana, a lo que ayudó su supremacía aérea. En su avance hacia la capital, el ejército nacional se desvió para liberar el Alcázar de Toledo, asediado desde dos meses atrás. Cuando comenzó el ataque sobre Madrid, el 8 de noviembre de 1936, Franco encontró la resistencia decidida de las milicias populares, las Brigadas Internacionales y el recién constituido ejército del pueblo, reforzados por los aviones y tanques soviéticos. Para el 21 de noviembre de 1936, las fuerzas republicanas habían detenido el ataque desde el sur.

Después de fracasar el asalto por el sur, entre finales de noviembre de 1936 y principios de enero de 1937 hubo tres intentos nacionales de tomar Madrid desde el norte, pero también fallaron, a pesar de haber contado con el apoyo de aviones, artillería ligera y carros de combate alemanes e italianos. Los nacionales, entonces, se propusieron aislar la capital, cortando la carretera Madrid-Valencia con un nuevo ataque por el valle del Jarama. La ofensiva comenzó el 6 de febrero de 1937. La batalla del Jarama fue la primera a gran escala de la guerra. Durante dos semanas de lucha encarnizada, los republicanos sufrieron 25.000 bajas y los nacionales 20.000. Los nacionales avanzaron casi 16 kilómetros por un frente de 22 kilómetros de ancho, pero no consiguieron cortar la carretera.

En marzo de 1937, en otro intento más de aislar la capital, cuatro divisiones italianas, enviadas por Mussolini para ayudar a los nacionales, avanzaron sobre Madrid desde Guadalajara. Las fuerzas republicanas, en las que se había integrado la antifascista Brigada Garibaldi, repelieron el ataque con el apoyo de los carros y la aviación soviética. Tras este nuevo fracaso, los nacionales dejaron para más adelante la toma de Madrid.

Relaciones de Escrivá con Franco

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Capítulo de “El Fundador del Opus Dei y su actitud ante el poder establecido”

François Gondrand

Las relaciones personales de Escrivá con Franco fueron llamativamente escasas. De ellas, únicamente tres tuvieron cierto relieve más allá del mero encuentro protocolario. En mayo de 1946 predicó unos Ejercicios Espirituales a Franco y a su familia por indicación del Obispo de Madrid; y varios años después solicitó dos audiencias con el General, cuando el Fundador residía en Roma.

En 1953 cesaron en todos sus cargos en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas a un miembro del Opus Dei, Rafael Calvo Serer, por haber escrito un artículo muy crítico sobre el Régimen, que apareció publicado en la revista francesa “Ecrits de Paris”. Aparecieron en la prensa española diversas valoraciones sobre sus actitudes políticas. El Fundador, como de costumbre, se mantuvo al margen, hasta que “El Español”, un semanario del Movimiento, intentó denigrar a Calvo afirmando que era “un hombre sin familia”.

Aquel ataque al honor personal, referido a una persona del Opus Dei, dolió profundamente a Escrivá; y quiso hablar personalmente con Franco en el mes de noviembre de aquel mismo año, para aclararle que aquel hijo suyo sí tenía familia: su familia era el Opus Dei, al que pertenecía Calvo desde los años cuarenta. Quiso defender de este modo el honor de aquella persona, independientemente de cuáles fueran sus actitudes políticas; dejándole claro al General que lo que defendía era el honor ultrajado de aquel hijo suyo, no de sus libres decisiones políticas, porque en esas cuestiones no se pronunciaba.

En otra de las audiencias (a las que se refería Escrivá en su carta a Pablo VI), que tuvo lugar años después, en 1960, le pidió a Franco que el Régimen dejara de poner obstáculos al reconocimiento del Studium Generale que había fundado en Pamplona en 1952, como Universidad Católica de pleno derecho.

Para el biógrafo Andrés Vázquez de Prada “las relaciones entre Mons. Escrivá y Franco quedaron ancladas en el necesario respeto entre el Jefe del Estado y un sacerdote que se clasificaba entre los súbditos en voluntario destierro” .

5. Sobre los miembros del Opus Dei y la vida política

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Capítulo del dossier informativo “Libertad política de los fieles del Opus Dei durante el régimen de Franco”

Entrevista a Mons. Josemaría Escrivá en Le Figaro (París), 16-V-1966

— El hecho de que algunos miembros de la Obra estén presentes en la vida pública del país, ¿no ha politizado, en algún modo, el Opus Dei en España? ¿No comprometen así a la Obra y a la Iglesia misma?

— Ni en España ni en ningún otro sitio. Insisto en que cada uno de los socios del Opus Dei trabaja con plena libertad y con responsabilidad personal, sin comprometer ni a la Iglesia, ni a la Obra porque ni en la Iglesia ni en la Obra se apoyan para realizar sus personales actividades. Gentes formadas en una concepción militar del apostolado y de la vida espiritual, tenderán a ver el trabajo libre y personal de los cristianos como una actuación colectiva. Pero le digo, como no me he cansado de repetir desde 1928, que la diversidad de opiniones y de actuaciones en lo temporal y en lo teológico opinable, no es para la Obra ningún problema: la diversidad que existe y existirá siempre entre los miembros del Opus Dei es, por el contrario, una manifestación de buen espíritu, de vida limpia, de respeto a la opción legítima de cada uno.


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