Vocaciones con contrato

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

Hemos visto hasta el momento quién entra en el Opus Dei y por qué. Queda por ver cómo se entra y, si es el caso, cómo se permanece. Para explicarlo usaré de nuevo la imagen de la «agencia».

Los miembros del Opus Dei no se unen a la Prelatura por medio de votos u otro tipo de vínculos «sagrados», como puede suponer quien conserve las ideas tradicionales sobre el mundo religioso, sino mediante un contrato de carácter laical. El acuerdo entre el Opus Dei y el fiel que solicita libremente la adhesión tiene la forma de un auténtico vínculo contractual, formalizado en presencia de dos testigos en un lugar cualquiera -no en una iglesia-, «sin solemnidad alguna, conservando el carácter privado».

Escuchemos a quien de esto sabe mucho: «Para resaltar debidamente el carácter secular de la incorporación, la Congregación para los Obispos (de la que la Obra depende, no de la de religiosos) puntualiza que no tiene lugar en virtud de unos votos. El vínculo de los miembros del Opus Dei es de naturaleza radicalmente distinta respecto al de los religiosos y al de aquellos que se consagran con la emisión de los votos de pobreza, castidad y obediencia. En consecuencia, la condición o el estado personal de los miembros no resulta modificado para nada por la pertenencia a la Prelatura: la ausencia radical de un “vínculo sagrado”, por el contrario, explica que cada uno siga siendo un fiel laico corriente de la diócesis a la que pertenece».

Muy sencillo, por tanto. Y también desconcertante (incluso para mí, lo confieso, que no tenía ideas claras sobre este punto, como sobre otras directrices de viale Bruno Buozzi).

En la práctica, las cosas suceden del siguiente modo. De un lado está la Prelatura, que se compromete, en virtud del contrato, a proporcionar una asidua formación religiosa, doctrinal, espiritual, ascética y apostólica. Con ese fin pone a disposición de sus fieles la específica atención pastoral (cuidadosamente «personalizada») de sus sacerdotes. «La institución», dice un documento, «se compromete a que no falte a ninguno de sus miembros la asistencia espiritual y formativa que tiene como fin la santificación en medio del mundo, organizando una especie de training permanente en vida interior y en apostolado».

Del otro lado está el fiel laico, que (impulsado por la «vocación», no se olvide: dan mucha importancia a este punto, y con razón) ha decidido acudir a los mencionados «servicios» de la «agencia espiritual». Se trata de ser al mismo tiempo «usuario» y «socio». Lo que se da y lo que se recibe en virtud de este contrato afecta sólo al plano religioso, pues los ámbitos temporales están explícita y totalmente excluidos del contrato.

El interesado «declara» (son de nuevo palabras oficiales) que «en pleno uso de su libertad, tiene el firme propósito de dedicarse con todas sus fuerzas a la búsqueda de la santidad y a ejercer el apostolado, según el espíritu y la praxis del Opus Dei. Y se obliga desde ese momento (hasta la renovación, el año siguiente; o para toda la vida, pero no antes de cinco renovaciones anuales sucesivas y teniendo, al menos, 23 años) a permanecer bajo la jurisdicción del Prelado para lo que se refiere a los compromisos ascéticos, formativos y apostólicos dirigidos a la consecución de los fines espirituales de la Prelatura».

Para todo lo demás, continúa teniendo respecto del propio obispo (y de la Iglesia en general) los mismos derechos y deberes que cualquier fiel católico corriente, pues permanece como tal. Del mismo modo, reconoce y respeta las leyes civiles y penales de su país, puesto que su pertenencia a la Obra, a la que se une por vínculos exclusivamente espirituales, se mueve exclusivamente en la esfera de la libertad religiosa. Es, como recordarán, lo que reconoció el ministro italiano del Interior, después de una atenta investigación.

Sobre los derechos y deberes mutuos y sobre los compromisos que libremente asumen las dos partes volveremos en los capítulos siguientes. Limitémonos, por ahora, a señalar que existe una red de contratos entre la Prelatura y decenas de millares de hombres y mujeres de noventa nacionalidades.

Este hecho no implica la constitución de una especie de «multinacional del espíritu», homologable a las grandes instituciones político-económicas; ni tampoco origina algo parecido a una American Express de la fe.

El contrato garantiza el carácter laical, impide que el Opus Dei se convierta en una orden o una congregación, y sus miembros en religiosos, vinculados por votos o por promesas sagradas. (Ya en 1941, Escrivá dejó escrito: «Nos interesan todas las virtudes. No nos interesan en cambio los votos, aunque bajo el aspecto teológico son dignos de todo respeto y con mucho respeto los vemos en los demás. Pero no son para nosotros»).

El vínculo contractual resalta y asegura el espíritu laical. Queda claro que el Opus Dei no es una orden, ni una congregación, ni un instituto secular (aunque durante decenios tuvo que encuadrarse por necesidad en esa figura, ante la inexistencia de otra fórmula mejor en el derecho canónico), pero tampoco es una sociedad económica, una fundación cultural, un club, un sindicato, una liga.

La Obra es algo más, una realidad distinta de una «agencia» o una «gasolinera», a las que la habíamos comparado para intentar conocerla mejor.

El Opus Dei se presenta, desde el comienzo, como una familia. Es hoy día un término arriesgado. Los maliciosos y los suspicaces irreducibles se sentirán tentados a preguntar: «¿una “familia” en sentido mafioso?». Para otros, este término evoca unas relaciones patológicas, de «nudo de víboras», de oscuros complejos psicoanalíticos, que llevaron a André Gide a gritar (aunque su pública pederastia no le otorga a este respecto una especial credibilidad): «¡Familias, os odio!».

Que cada cual elija entre las intenciones de unos y otros que, verdaderamente, son bien distintas. La intención expresada por la Prelatura -tanto en su espiritualidad como en la organización- es la de situarse en la misma dinámica familiar que rige todo cuanto hay en el cristianismo, esa fe que tiene como oración fundamental (la única que Jesús mismo enseñó) el Padrenuestro, y que invita a todos a considerarse «hermanos y hermanas». Una fe que llama a su jefe visible, tenido por el «Vice» de quien está en el Cielo, no «presidente» o «general» o «caudillo» u otras cosas por el estilo, sino «Santo Padre» (y «papa», como es bien sabido, viene del griego, donde quiere decir «papá»). Una fe que, en el último Concilio, ha definido la Iglesia como «la casa de Dios, donde habita su familia».

Resulta por eso coherente que, sobre la tumba donde yacía el cuerpo de Escrivá de Balaguer antes de la beatificación y de su traslado al altar principal de la iglesia prelaticia -corazón de la sede de Bruno Buozzi-, estuviesen grabados en bronce dorado un artículo y un sustantivo: « El Padre».

También parece lógico que los estatutos aprobados solemnemente por la Santa Sede atribuyan oficialmente al Prelado ese título familiar, en un artículo que dice así: «Debe ser para todos los fieles de la Prelatura un maestro y un padre que ame verdaderamente a todos en el corazón de Jesucristo, que cuide a todos, que enseñe a todos, que se gaste y se sacrifique con gusto en beneficio de todos, en una efusión de caridad».

No hay que olvidar tampoco que, a diferencia de esas «sociedades de solteros» que son los conventos y los monasterios de frailes y de monjas, la grandísima mayoría de los miembros está compuesta por padres y madres de familia, o de hijos e hijas que viven en familia, cada uno en su propia casa. Por tanto, no es difícil pedir que en la Obra se viva el «espíritu de familia».

Esta realidad explica otra singularidad (que quizá no lo sea tanto, ya que se desprende de las premisas que guían la dinámica de la Institución). La «singularidad» es esta: el Opus Dei es un «bloque único», sin distinciones internas que no sean contingentes, organizativas, ligadas más a las situaciones personales que a la espiritualidad.

Escuchemos a Le Tourneau: «Monseñor Escrivá de Balaguer recalcó con frecuencia que todos los miembros del Opus Dei tienen la misma vocación, reciben idéntica llamada a la santidad y al apostolado en el ejercicio de su trabajo, y que, por eso, no hay diversas categorías de miembros: unos no son más importantes que otros ni han recibido una vocación más exigente; todos son iguales, aunque su situación sea diversa, ya que en el Opus Dei hay sacerdotes y laicos, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, solteros, casados y viudos. Los laicos, además, pertenecen a todas las clases sociales, a todas las razas, y ejercen las más variadas profesiones. La unicidad de la vocación se traduce en el hecho de que todos los fieles de la Prelatura -sacerdotes incluidos- adquieren los mismos compromisos ascéticos, apostólicos y de formación doctrinal».

¿Pero cómo? ¿Los sacerdotes igual que los laicos? Hay motivo para plantearse esta pregunta. Y no es fácil intentar explicarlo con las palabras «técnicas» -que siempre son un poco «crípticas»- que se usan en informes y publicaciones especializadas, como esa que dice: «Como semejante unidad de vocación y en los consiguientes derechos y deberes en la Obra se refiere también a los sacerdotes, es preciso buscar su fundamento en la complementariedad existente entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común de los fieles: ambos se integran, para realizar la única finalidad apostólica del Opus Dei».

En sustancia -y con palabras más claras: esto no es un manual de teología-, creo que podríamos explicarlo de este modo: uno de los fundamentos mismos de la teología católica, pero que con el paso de los siglos se había desdibujado un poco (también por reacción frente a la Reforma protestante, que procedió de un modo que Roma consideró subversivo) es el bautismo, por el cual todos los fieles participan en el sacerdocio de Cristo y entran a formar parte de un «pueblo sacerdotal». Es decir, hay un «sacerdocio común» (así llamado porque es común a todos los bautizados) y otro sacerdocio «jerárquico» o «ministerial» (en razón del munus, el servicio a los hermanos), reservado a los que son llamados a él y reciben de la Iglesia el sacramento del Orden.

Como es lógico, se evita cuidadosamente la postura protestante, que niega tout court el sacramento del orden, el sacerdocio «ministerial»: para los protestantes -y ni siquiera para todos-, los pastores son como maximo personas «consagradas», pero no están «ordenados», no son «sacerdotes». La teología católica auténtica (confirmada expresamente en el último concilio), establece que la diferencia entre el sacerdocio de «todos los bautizados» y el de «los ordenados» con el sacramento específico no es sólo de grado, es decir, más o menos intenso, sino esencial. Pero una vez precisado esto, en una perspectiva católica correcta, «laicos» y «sacerdotes» no son estados tan lejanos, sino que existe cierta «consanguinidad» entre ellos. No les separa un abismo, como ha querido hacer creer cierta teología clerical que veía en la Iglesia sólo al clero, y que reconocía a la grey de los laicos (según el famoso chiste parroquial) sólo tres derechos, correspondientes a otras tantas «posturas»: de rodillas frente al altar, sentados para escuchar la predicación y con las manos en los bolsillos para buscar el monedero para las limosnas…

Movido por su «visión», Escrivá se esforzó desde 1928 por conseguir la revalorización plena de los laicos y la superación de la concepción, consolidada por el paso de los siglos, de una Iglesia dividida en clases «superiores» e «inferiores», que consideraba a los «ordenados» y «consagrados» como sus únicos miembros de pleno derecho.

Esta perspectiva (igualdad de derechos, y por consiguiente igualdad de deberes) plantea la necesidad de que todos los creyentes se tomen en serio todo el evangelio; que cada bautizado se esfuerce por ser «santo» y, por natural consecuencia, «apóstol». Todos juntos forman «la Iglesia»; es decir -como indica la etimología-, la «comunidad de los convocados» por Cristo.

Así se explica la insistencia en el hecho de que en el Opus Dei «la vocación es la misma para todos». Como me han contado varios de sus seguidores, Escrivá solía usar la figura del puchero: «en la Obra hay un único puchero, del que cada uno toma según su necesidad y situación personal».

Este mensaje se enraiza en la Tradición católica más antigua y auténtica. Sin embargo, fue obstaculizado y combatido por hombres de Iglesia muy autorizados, que lanzaron incluso acusaciones de «herejía» y denuncias ante lo que por entonces se llamaba «Sagrada Congregación del Santo Oficio», nombre de resonancias tenebrosas.

Escrivá rechazó entrar en polémica con esas personas y siguió adelante, tenaz, por su camino, a pesar de la «peor de las persecuciones, la de los buenos». Algunos miembros (no todos, ciertamente) de alguna orden religiosa impulsaron esos ataques escritos y verbales. Hubo quien no se quedó ahí y se sintió en la obligación de visitar los hogares de los jóvenes que se juntaban alrededor de Escrivá, aterrorizando a sus padres al asegurarles que sus hijos estaban en peligro de condenación porque seguían a un hereje que proclamaba que todos están llamados a la perfección cristiana, y no sólo los «consagrados».

Fue necesario el concilio Vaticano II para confirmar solemnemente que el Opus Dei tenía razón. La confirmación conciliar no se limitó a este punto, sino también a otros aspectos de «su» teología. Aunque, como veremos con más detalle, la Prelatura no la considera «suya», pues rechaza tener una línea teológica propia. No quiere crear «escuela» o «tendencias», sino que se limita a proponer el Credo, tal y como es propuesto e interpretado por el Magisterio papal y definido por las enseñanzas de los dogmas y los concilios.

El papel desempeñado por el Opus Dei ha sido ampliamente reconocido, aunque no por su carácter «vanguardista». En la Iglesia, no hay nada que inventar; nada es más «moderno» que volver a lo antiguo, sobre todo a lo más «antiguo» de todo: el Nuevo Testamento, aunque, bajo el impulso de la historia, se profundice continuamente en su comprensión. Entre esos reconocimientos, que proceden de cinco pontífices y de numerosos obispos, arzobispos y cardenales, escojo el del Cardenal K¿Snig, que ha sido durante casi treinta años arzobispo de la diócesis de Viena.

En 1975, pocos meses después de la muerte de Escrivá, este cardenal escribía: «Probablemente, la fuerza magnética del Opus Dei procede de su profunda espiritualidad del laicado. Cuando lo fundó en 1928, monseñor Escrivá anticipó lo que, con el concilio Vaticano II, ha vuelto a ser patrimonio común de la Iglesia». Y continuaba el purpurado: «A quienes le siguieron, Escrivá recordó con mucha claridad que el lugar del cristiano es en medio del mundo. Se opuso a cualquier falso espiritualismo, equivalente casi a la negación de la verdad central del cristianismo: la fe en la Encarnación».

¿Por qué citar a KÚnig? ¿Por qué escogerle precisamente a él, en una lista de nombres en la que aparece el mismo Papa actual? Juan Pablo II, en efecto, ha reconocido en muchas ocasiones la aportación de la Obra, con palabras como estas: «Gran ideal es el vuestro, que desde los comienzos anticipó esa teología del laicado que caracterizó después a la Iglesia del Concilio y del post-Concilio. Ese es, pues, el mensaje y la espiritualidad del Opus Dei». Pero Karol Wojtyla resulta sospechoso -«el papa polaco», le llaman con un tono ciertamente no positivo- ante cierta intellighenzia clerical.

No así Franz KÚnig, considerado uno de los líderes -en el Concilio y en el post-Concilio- de la corriente llamada «progresista». Tanto es así que, cuando publiqué un libro que contenía la primera entrevista de la historia al Prefecto del ex-Santo Oficio (ahora llamada púdicamente «Congregación para la doctrina de la fe»), el cardenal Joseph Ratzinger, cierta editorial católica intentó demonizar esas páginas, vituperadas como «el manifiesto de la restauración anticonciliar», con entrevistas sobre los mismos temas al arzobispo de Viena, entonces ya anciano y emérito, pero visto aún como defensor infatigable de la “apertura”, de las “conquistas conciliares”, contra las «oscuras maniobras de los reaccionarios que quieren archivar el Vaticano II».

Pues este símbolo de los progresistas en el Colegio cardenalicio, este «valeroso guardián de las conquistas irreversibles del Vaticano II», reconoce que ese Concilio -y en puntos no marginales, sino neurálgicos- confirmó el trabajo realizado durante décadas por la Obra, entre la contestación de tantos. Paradoja de una institución que fue considerada por algunos progresistas como depositaria de un catolicismo tridentino y reaccionario.

Y no sólo eso: Kinig retomó más tarde el tema, para profetizar que el mensaje de Escrivá tendría en la Iglesia el mismo futuro que hemos conjeturado al inicio de este informe. El arzobispo de Viena señaló: «La profunda humanidad del fundador del Opus Dei reflejaba los rasgos de nuestra época. Pero su carisma -el de quien ha sido escogido para realizar una obra de Dios- lo proyectaba ya hacia el futuro. Pudo así anticipar los grandes temas de la acción pastoral de la Iglesia en estos albores del tercer milenio de su historia».

¿Resulta, por tanto, que los presuntos «anticonciliares», según el simplista esquema consolidado, han sido los precursores y artífices de la renovación conciliar? ¿No estaremos quizá ante otro de los clichés a los que hay que dar la vuelta, como ya vimos con el del antiecumenismo (cooperatores docent)?

Todo parece indicar que sí, según las palabras de hombres de Iglesia que han sido presentados (o disfrazados por sus propagandistas) como símbolos de «apertura». Junto a un Konig, por ejemplo, vemos también a un Carlo Maria Martini, arzobispo de Milán, aclamado con frecuencia -y probablemente instrumentalizado también él, en contra de su carácter de pastor fiel y riguroso- como «el rostro actual y humano de la Iglesia», para contraponerlo a otros estilos de enseñanza y de pastoral, que serían signos de anacronismo y de represión: «La fecundidad espiritual de monseñor Escrivá tiene algo de increíble (…) Quien escribe y habla como él manifiesta -para él y para los demás- una santidad sincera, genuina».

Ya antes, Pablo VI, el Papa que no sólo resistió las presiones para interrumpir el Vaticano II y lo llevó a término, sino que además abrió la serie de las reformas conciliares, dijo de esta Obra: «Ha nacido en estos años nuestros como viva expresión de la perenne juventud de la Iglesia, plenamente abierta a las exigencias de un apostolado moderno». Y todavía alguno dice que «los nuevos tiempos» la convertirían en algo anacrónico.

Sobre mi mesa de trabajo, como instrumento de consulta rápido y frecuente, tengo al alcance de la mano las casi 1.700 densas páginas de la Garzantina, la enciclopedia de bolsillo más difundida en Italia.

Entre los millares de voces, está también la de «Romero, Oscar Arnulfo (1917-1980), religioso salvadoreño», que dice: «Arzobispo de San Salvador, símbolo de las fuerzas progresistas, fue asesinado por terroristas de derechas». Una definición significativa, en su extrema brevedad.

De este «mártir del evangelio», convertido -como dice la Garzantina- en «símbolo de las fuerzas progresistas», y quizá instrumentalizado brutalmente por las «izquierdas», tanto eclesiales como políticas, se lee lo siguiente en su biografía escrita por Jesús Delgado: «Monseñor Romero había conocido en Europa, en 1955, a Monseñor Escrivá de Balaguer -el fundador del Opus Dei- y en seguida surgió una relación de amistad, porque admiraba en él su destacada rectitud y su gran fe. En el comportamiento de Escrivá, dueño siempre de sí mismo también en los momentos más expansivos, el P Romero descubrió además el equilibrio entre una exigente santidad personal y la total apertura hacia los demás. Esta era precisamente la virtud que Romero sentía necesitar: por eso, la personalidad de Escrivá de Balaguer le atrajo inmediatamente. Pero el interés de Romero por el Opus Dei tenía también otra raíz. La institución ponía entre sus preocupaciones primarias la de ayudar al clero diocesano a mantener una espiritualidad intensa, un espíritu de dedicación y de fidelidad a la Iglesia, también en el ajetreo de las tareas parroquiales. Un ideal que correspondía perfectamente con el de Romero. Era pues lógico que se sintiese inclinado a cultivar la amistad con los miembros del Opus Dei aunque, en sentido pleno, nunca llegó a formar parte de esta organizacion».

Un año antes de ser asesinado por predicar las exigencias sociales del evangelio, monseñor Romero anotó en su diario personal (inédito en Italia y -me parece- en toda Europa), con fecha 6 de septiembre de 1979: «Almuerzo con los padres del Opus Dei. Me contaron de su trabajo con profesionales, con estudiantes y también con obreros y personal del servicio. Es una obra silenciosa, de mucha espiritualidad… Es una mina de riqueza para toda la Iglesia, la santidad del laico en su profesión».

El 12 de julio de 1975, pocos días después de la muerte de Escrivá, el arzobispo de San Salvador sintió la necesidad de escribir al Papa para solicitarle, «en nombre de la mayor gloria de Dios y del bien de las almas», que abriera pronto la causa de beatificación y canonización. Es una carta (tengo delante una copia, tomada de los archivos de la Prelatura) de pasión extraordinaria, en la que monseñor Romero confía a Pablo VI que «tiene una deuda de profunda gratitud a los sacerdotes del Opus Dei, a los que he confiado con mucho fruto y satisfacción la dirección espiritual de mi vida y la de mis sacerdotes». Se dice, entre otras cosas: «Personas de todas las clases sociales encuentran en el Opus Dei una orientación segura para vivir como hijos de Dios en medio de sus deberes familiares y sociales: esto sin duda se debe a la vida y a la doctrina de su fundador (…) Monseñor Escrivá -al que conocí personalmente- supo unir un diálogo continuo con el Señor a una gran humanidad: se descubría en seguida que era un hombre de Dios, su trato estaba lleno de delicadeza, cariño y buen humor (…). Desde hace muchos años conozco el trabajo de la Obra aquí en El Salvador y puedo testimoniar el sentido sobrenatural que lo anima y la fidelidad al Magisterio que lo caracteriza…».

Otro hombre de Iglesia, el cardenal Ugo Poletti, con palabras escogidas con extrema prudencia, señaló en el decreto oficial de introducción de la causa de beatificación que el fundador del Opus Dei «ha sido reconocido como un precursor del Concilio».

Y no sólo por la revaloración del papel de los laicos o por su insistencia en el hecho de que todos los cristianos están llamados a la santidad en su vida ordinaria, de trabajo. También -por señalar un campo de no poca importanciapor el «redescubrimiento» del matrimonio y de la vida familiar como auténtica «vocación» al mismo nivel de las que conducen al celibato y a la virginidad. Camino, punto 27: «¿Te ríes porque te digo que tienes “vocación matrimonial”? -Pues la tienes: así, vocación».

Podríamos multiplicar las citas. Por ejemplo: «El matrimonio no es, para un cristiano, una simple institución social, ni mucho menos un remedio para las debilidades humanas: es una auténtica vocación sobrenatural. Sacramento grande en Cristo y en la Iglesia, dice san Pablo».

Después del Concilio, para un católico todo esto resulta evidente. Pero después del Concilio, y no unas décadas antes, cuando semejante perspectiva provocaba hilaridad, y no pocas veces escándalos y denuncias. Por «herejía», naturalmente.

Parece pues que los «anticipos» del Vaticano II por parte de la Obra no se limitan a la superación de una visión clerical de la Iglesia, con la revalorización del sacerdocio del todos los fieles. Entre otras cosas -y es algo que rara vez se advierte- porque el «sacerdocio común» conferido por el bautismo incumbe a los dos sexos y no tiene diferencias de «grado» (no es «más» para los varones ni «menos» para las mujeres…). No insisto en este punto, pero son evidentes las consecuencias de este hecho para el reforzamiento del papel y de la dignidad de la mujer en la Iglesia. Volvemos a encontrarnos ante un planteamiento que sería calificado de «progresista» para quienes ven los fenónemos eclesiales desde una óptica «política».

¿De dónde procede entonces la agresividad de los que se proclaman «paladines conciliares» hacia una institución que, en los hechos, parece ser una de las mayores precursoras del mitificado «espíritu conciliar»?

Las razones son múltiples, y ya he mencionado algunas. En sustancia, el motivo principal es, a mi juicio, el siguiente: Escrivá y su Obra apoyaron un Vaticano II que les confirmaba en su vocación (monseñor Del Portillo, brazo derecho del beato, participó activamente en los trabajos de importantes comisiones conciliares), en cambio, pasado el Concilio, se opusieron a lo que se llamó «el Concilio imaginario».

Permanecieron fieles a los documentos, a la letra y a las intenciones de la asamblea de los obispos, pero rechazaron cualquier fuga hacia adelante y, sobre todo, consideraron el Vaticano II en continuidad con la bimilenaria Tradición de la Iglesia. Una profundización, un progreso, una actualización, pero sin olvidar ni renegar de nada de lo que en la fe es inmutable: sin considerar, por tanto, ese XXI concilio ecuménico de la Iglesia Católica como una especie de ruptura con lo anterior, un nuevo inicio, o una revolución copernicana.

Desde una perspectiva de fe, es fácil advertir cierta paradoja en los clamores de muchos clericales -los «contestatarios» en primer lugar, aunque no fueron los únicos- convencidos de que sólo a partir de los años sesenta del siglo XX un grupo de teólogos académicos, de profesores tonsurados y «al día», habría descubierto qué quería decir realmente el evangelio. Como si fuese posible que durante tantos siglos, el Espíritu Santo (en el que proclaman creer; más aún, se presentan con frecuencia inspirados directamente por El: ¡cuántos han autocalificado de «proféticas» a sus propias aseveraciones!) hubiera estado en letargo, o peor incluso, se hubiese entretenido sádicamente inspirando de modo equivocado y abusivo a tantas generaciones de creyentes, muchos de los cuales alcanzaron una santidad que sólo Dios conoce.

Pienso que precisamente por esto, el Opus Dei -apoyado entre otros por Joseph Ratzinger- rechaza hablar de «Iglesia “pre” y “posconciliar”», como si fueran dos realidades distintas e irreconciliables. Por esto, la Obra se opone a cualquier tipo de contestación de la autoridad jerárquica, a cualquier «en mi opinión» en cosas de fe y de moral, a todo aventurismo teológico, a ciertos experimentalismos pastorales y litúrgicos.

Muchos no le han perdonado esa posición. Como escribe un biógrafo: «Monseñor Escrivá sufrió agudamente la confusión doctrinal que algunos sembraron en la Iglesia, deformando las enseñanzas del Vaticano II». Sufrimiento no por lo que había dicho el concilio, sino por lo que se le hacía decir al concilio, «deformando» tanto su espíritu como su letra.

Dios y audacia

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Cae sobre Madrid el invierno de 1933. La casa de Martínez Campos se ha quedado pequeña para las reuniones del Padre, y urge buscar un local más amplio. Y en el mes de diciembre, cuando se acerca la Navidad, alquilan un departamento en el número 33 de la calle de Luchana. Es el entresuelo de un edificio situado en la confluencia de las calles Luchana y Juan de Austria. Aquí se va a instalar la Academia “DYA”, con clases programadas para estudiantes universitarios. El título sugiere la dedicación a Derecho y Arquitectura. Sin embargo, todos traducen el nombre, en privado, como «Dios y Audacia».

Falta hace esa confianza, porque los medios materiales con que cuentan para el montaje y sostenimiento del piso son prácticamente nulos. Pero la fe que comunica el Padre es absoluta. Se alquila el inmueble a nombre de Isidoro Zorzano, y unos días más tarde campea sobre la puerta una placa de bronce con el nombre de la Academia. Los chicos que acuden a ella aportarán, además de su entusiasmo y trabajo, todo objeto material que pueda resultar de utilidad. Don Josemaría se lleva algunos muebles de la casa de su madre y unas cuantas cosas más que le ha dado una buena amiga de la familia.

Cada día, cuando el Padre sale camino de Luchana, su hermano Santiago mete las manos en los bolsillos de la sotana y le pregunta: -«¿Qué te llevas a tu nido?»(4). Años más tarde, Monseñor Escrivá de Balaguer comentaría: «Eso mismo hemos hecho después todos: traer a nuestro “nido” lo que podíamos, para servicio de Dios, para construir nuestro pequeño hogar en cada sitio. ¡Tantos hogares que son uno solo!, como somos muchos corazones y tenemos un solo corazón, una sola mente, un solo querer, una sola voluntad».

Esos muebles y objetos que proceden de la generosidad de muchas familias, «contribuyen a dar reposo a nuestros ojos cansados y a hacer más entero el calor de nuestro hogar cristiano»(5).

A pesar de todo, las dificultades económicas son continuas. Y también los favores y oportunidades que Dios brinda a este puñado de gente joven, decidida a confiar plenamente en el apoyo sobrenatural que deshace los obstáculos.

Un día no hay dinero para el teléfono y otro, cualquiera, para el alquiler. En una de estas situaciones, es la factura de la luz la que llama, reiteradamente, a la puerta de la casa; pero no hay el menor recurso para solventarla. El Padre lo toma con la serenidad habitual. A la mañana siguiente está sentado en su despacho de Santa Isabel, revisando papeles. Hay, entre ellos, un sobre deteriorado y vacío, que rompe y tira a la papelera. Pero, en el momento de arrojarlo, parece ver que algo asoma en su interior. Recoge los dos trozos y se cerciora de que, efectivamente, hay un billete de veinticinco pesetas. Inútil explicar cómo ha podido ir a parar allí. La factura que abruma el pequeño piso de Luchana acaba solucionándose.

Esta confianza en lo sobrenatural y sus consecuencias permanentes, prende con fuerza en los que han entendido la honda raíz de fe que tiene el Padre. Y contagia el ambiente de un tesón difícil de quebrantar.

Ricardo Fernández Vallespín relata que el 5 de enero de 1934 el Fundador se reunió con dos sacerdotes y tres profesionales de la Academia “DYA”, que encontraba, una vez más, fuertes dificultades económicas. Presentó a los asistentes a la reunión posibles planes para el futuro. Los dos sacerdotes opinaron que lo mejor era cerrar el piso, ya que era una locura mantenerlo abierto sin recursos. Era como « tirarse de un aeroplano sin paracaídas». En cambio, el Padre concluyó que para el comienzo del curso 1934-35, además de la Academia, debía instalarse una Residencia de estudiantes, en una casa más grande. Por eso escribió luego en «Camino», aludiendo sin duda a ocasiones como ésta: «No hagas caso. -Siempre los “prudentes” han llamado locuras a las obras de Dios. ¡Adelante, audacia!»(6)

Para hacer frente a este desembolso cuenta con algunas personas capaces de entender su tarea. En diversas ocasiones el Fundador se referirá a una mujer generosa, que regaló varios objetos para la Academia “DYA”. «Me envió un reloj para la primera labor apostólica que comenzamos, diciéndome: Padre, que no se lo coman… E hizo bien; si no, nos lo hubiéramos comido, como ha sucedido en ocasiones con otras cosas.

Teníamos una gran lucha para conseguir un reloj (…). Cuando habíamos reunido el dinero necesario para comprarlo, surgían necesidades más perentorias y debíamos gastarlo para poder comer»(7).

De la generosidad de ésta y otras personas que tuvo la oportunidad de conocer a lo largo de su actividad sacerdotal, hablará el Fundador, mucho tiempo más tarde, durante un viaje por los países de América:

«Ese sacerdote, hace muchos años, tenía que trabajar y carecía de medios; y fue a una persona muy rica, después de rezar mucho. Aquella persona lo recibió con una amabilidad extraordinaria, porque además era muy atenta y educada. Pero cuando el sacerdote sacó el “sable” -no era militar, pero tenía que dar un “sablazo” pensó: ésta se va a asustar. ¡No se asustó! Aquella santa mujer le dijo: Padre, venga. Le llevó a un salón, movió un cuadro; detrás había una caja de caudales. Abrió, sacó lo que había, se lo dio al sacerdote. Y el sacerdote -muy convencido; está tan convencido ahora de que hizo muy bien, de que salió ganando ella- le dijo: tú me has dado todo lo que tienes, en este momento. Yo te doy, ¡todo lo que tiene Dios! De rodillas. Se arrodilló: la bendición de Dios Omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ti y permanezca para siempre. ¡Se quedó más contenta aquella criatura… ! Y se ha encontrado su dinero en el Cielo, multiplicado por cien… y la vida eterna»(8).

No les sorprende, por tanto, que el Fundador otorgue mucha importancia a los temas que se refieren al espíritu, y escasa, en cambio, a las dificultades materiales por insolubles que parezcan. Les pide, desde el primer día, que estén unidos en el amor de Jesucristo; que pongan esa bendita fraternidad por encima de todo interés personal, de toda cuestión opinable; se comparte cuanto afecta a la vida y opción de cada uno, pero con el infinito respeto y libertad que han aprendido del Fundador. Para recordarles siempre este precepto, en el piso de Luchana se cuelga un cartel de pergamino donde el Padre ha hecho escribir la frase evangélica: “Mandatum novum do vobis: Ut diligatis invicem, sicut dilexi vos, ut et vos diligatis invicem. In hoc cognoscent omnes quia discipuli me¡ estis, si dílectionem habueritis ad invicem”: Un precepto nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, así también amaos mutuamente. En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si tenéis amor unos para con otros(9).

Después de la destrucción de la Residencia de Ferraz durante la guerra civil española, el Padre visitará las ruinas. Entre los escombros, junto a muy pocas cosas más, encuentra un pergamino igual que el de Luchana, que se había hecho para la nueva Residencia. Como si el Señor quisiera reafirmar así en el Opus Dei esta característica primordial del cristianismo: la fraternidad.

El piso de Luchana funciona como Centro cultural y de enseñanza. Además de las clases de temas profesionales, se organizan algunos ciclos de formación religiosa y apologética que imparte un sacerdote amigo de Monseñor Escrivá de Balaguer: don Vicente Blanco. Pronto se prestigian y atraen a un buen número de estudiantes universitarios hacia el ambiente de cordialidad, alegría y convivencia que existe en la Academia, aun en medio de la inestabilidad que sacude a todo el país.

Pero lo más importante de Luchana para los miembros del Opus Dei es la posibilidad de aumentar el trato con el Padre, ya que, a pesar de la intensa labor sacerdotal que sigue desarrollando en Madrid, pasa muchos ratos con sus hijos. Su ejemplo es ya formación. A su lado sienten ganas de ser mejores, más fieles a su vocación, más apasionados de la Obra de Dios.

El despacho del Fundador tiene una mesa-buró pequeña, una lámpara y dos o tres asientos. Sobre una pared hay una cruz de palo, sin crucifijo. Cerca, un reclinatorio. En la sala de estudio, presidiendo la habitación, el Padre ha puesto un cuadro de la Virgen confeccionado con una hoja de catecismo sucia y pisada que encontró por la calle. La misma que presidió aquella reunión con estudiantes en el asilo de Porta Coeli.

En medio de la escasez, la casa tiene el buen gusto y el aspecto acogedor que el Fundador sabe imprimir a los lugares por donde pasa. No es fácil conseguir ayuda económica en estos momentos para una Academia porque las huelgas merman la economía y hay crisis a todos los niveles. La mayoría de los que acuden al piso de Luchana son estudiantes que disponen de muy pocos medios.

El peso de la responsabilidad cae sobre el Padre, que sigue buscando ayuda entre personas conocidas, unas veces con mejor fortuna que otras. Pero, sobre todo, sostiene este pequeño comienzo del Opus Dei con oración y mortificación intensas. Llega por la tarde muy cansado pero, con afecto y paciencia, escucha a cada uno. Reparte ánimo, amor de Dios, servicio, alegría.

Todavía recuerdan aquellos hombres el apasionamiento con que les impulsa a soñar con el mundo rodeado por una red, tejida con vínculos de fraternidad, de amor, para ponerlo a los pies de Cristo. De arder en afán apostólico para pegar este fuego a todas las almas, con el ejemplo y la palabra; sin respetos humanos. Hablar de Dios a los hombres, uno a uno, preparando el camino hacia su corazón con la complicidad del Cielo, en la oración y la penitencia.

Este sacerdote que, desde antes de cumplir los veintiséis años, ha repetido la frase: «Fuego he venido a traer a la tierra y ¿qué quiero sino que arda?»…, ha encontrado a los que ayudarán a propagar el incendio. Y acompaña sus palabras con noches enteras de oración, y con penitencia durísima que, a pesar de la naturalidad con que se oculta, no pasa inadvertida a quienes le rodean.

En la ciudad de Logroño

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

La mayor parte de la ciudad de Logroño se acomoda en la margen derecha del Ebro. El encuentro entre este río y el Iregua ha dado origen a un terreno de aluvión enormemente fértil y que ha matizado la vida económica y social de esta ciudad desde sus comienzos. Es una capital de extensión media, edificada con gran generosidad de espacios y salpicada, como toda urbe abrazada por un río, de alamedas, paseos y sorpresas verdes que suavizan el rigor de las construcciones de piedra y hormigón. Los monumentos históricos están bien cuidados y, cada atardecer, sus fábricas se reflejan en el espejo del agua que pasa a pocos metros. Tiene Logroño dos puentes para cruzar el Ebro: el de piedra, que fue reconstruido en 1884 y que tiene siete arcos sobre 189 metros de longitud; y el de hierro, que se construyó en 1882. Este último posee once tramos rectos sobre pilares circulares de piedra revestidos de hierro, con andenes laterales y tránsito central. Su longitud es de 330 metros y sirve como prolongación de la calle de Sagasta. De las murallas que la circunvalaban en el siglo XII apenas queda un lienzo para exhibir como recuerdo histórico. En cambio, y pese a las transformaciones de esta ciudad ribereña, el Espolón, paseo central, sigue conservando su primio tivo encanto señorial, pacífico y romántico. Los álamos, que ya describiera Jovellanos en 1795, los castaños y acacias, prestan una grata y reposada sombra a los antiguos bancos de talla y hierro. Hay juegos para los niños, toboganes, columpios, pérgolas; y un quiosco que se anima con la banda de música en las mañanas domingueras.

Por la calle Muro del Carmen, se llega a la plazoleta del Instituto. Este es un gran edificio de finales del siglo XIX, construido con espacios suficientes para acoger holgados planes docentes.

Sobre Logroño se yergue la más primitiva de todas las flechas góticas de España: Santa María del Palacio, antigua sede residencial de la Orden del Santo Sepulcro en tiempos de Alfonso VII. Después, y en orden cronológico, se pueden anotar la iglesia de San Bartolomé, la de Santiago y Santa María la Redonda, con sus agudas torres gemelas.

Establecida en un punto confluente de fronteras naturales, debe su expansión a ser incluida en la ruta o camino de Santiago. En ella se neutralizan las fuerzas de atracción de dos ciudades poderosas: Zaragoza y Bilbao. Apoyada en un terreno fértil, Logroño vive de sus industrias vinícola y conservera. El valle del Ebro ofrece a los agricultores una exquisita colección de frutas que podrán recoger y enviar a toda España. Ello explica la alta inscripción de comerciantes que integran su población desde hace muchos años.

La docencia se imparte en el Instituto de Enseñanza Media, y cuenta también con la Escuela Normal del Magisterio, Escuelas de Comercio y de Peritos Industriales, promovidas a lo largo de diversas décadas del siglo. Hay un Seminario Diocesano y una iglesia Colegiata: Santa María la Redonda.

En los primeros meses de 1915 llega a Logroño don José Escrivá, para sacar adelante a la familia después de la quiebra de su negocio en Barbastro. Es de suponer que la dedicación anterior al comercio textil le ha permitido establecer relaciones que podrán, ahora, servirle de respaldo y garantía. Estos conocimientos le encaminan hacia la más importante tienda de tejidos existente, en este tiempo, dentro de Logroño. Tiene el nombre de «La Gran Ciudad de Londres», y su dueño es don Antonio Garrigosa.

Conociendo su limpia trayectoria, así como la motivación que le ha llevado hasta Logroño, Garrigosa no duda en aceptar a don José Escrivá entre los colaboradores de su empresa. Y así, en septiembre de este mismo año, puede venir a la ciudad toda la familia. Don José ha buscado un piso en la céntrica calle de Sagasta. Es el número 18 -hoy, número 12-, cuarto piso; le preocupa el exceso de escaleras, pero es lo mejor que ha podido encontrar para los suyos. Desde las ventanas se puede llegar a ver el Espolón y la estructura horizontal que forma sobre el río el gran puente de hierro. Este último piso de la casa tiene encima solamente la buhardilla: durante tres años sentirán el riguroso clima de Logroño.

Carmen se ha matriculado en la Escuela Normal y sigue sus estudios de Magisterio. Josemaría presenta su instancia, fechada en abril de 1916, para examinarse del cuarto año de Bachillerato como alumno no oficial del Instituto de Logroño. Ha cursado los otros tres en los Institutos de Huesca y Lérida, como hacen tradicionalmente los alumnos del Colegio de los Escolapios de Barbastro(1). Sus notas demuestran -antes y después del traslado a Logroño- una buena aptitud tanto para las Ciencias como para las Letras, ya que alternan los Premios o Matrículas de Honor en Aritmética y Geometría con los de Preceptiva, Derecho y Composición.

Garrigosa se da cuenta de la situación económica de la familia Escrivá y quiere suavizar, en lo posible, lo que ha de significar para ellos el traslado, la pérdida del negocio, la soledad de una ciudad desconocida en la que aún no tienen amigos. Hay en «La Gran Ciudad de Londres» un empleado de toda confianza: se llama Antonio Royo. El y los suyos ayudan a ambientarse a los recién llegados y les brindan su amistad. Don José lo agradece y comparte sus años de Logroño con esta familia, aunque hace una vida profundamente hogareña y sus salidas son escasas(2).

Nadie le oirá un comentario amargo o desalentado. No pierde la simpatía especial que le caracteriza y que no le impide manifestar, de vez en vez, su rotundo ser aragonés. Su educación y conocimientos revelan otro origen y otra posición, aunque él jamás toca este asunto. Es un hombre metódico, cumplidor de su deber, trabajador serio y responsable. Su puntualidad es proverbial: todos los días llega al comercio tres o cuatro minutos antes de abrir. Previamente, ha pasado por la encuadernación de Antonio Larios que está en la calle del Mercado, llamada popularmente Portales. Una espontánea afinidad se ha establecido entre don José y Larios; se saludan, unos momentos antes del trabajo, por la mañana y por la tarde.

Algunas veces, a la salida, se reúnen en una pequeña tertulia en la que se habla de casi todo, pero muy en especial de lo que preocupa las vidas y las mentes en Europa entera: la Primera Guerra Mundial, que ha estallado en agosto de 1914. Francia, Inglaterra, Rusia e Italia se enfrentan a Alemania, Austria y Turquía. Mueren los hombres en los campos de batalla y las ciudades son bombardeadas. La inflación económica se hace sentir en todos los países y niveles sociales. Y las gentes se preguntan hasta dónde va a proseguir y a qué nuevos lugares puede comprometer la conflagración.

Don José opina y escucha. Dice una frase amable y se interesa por todo y por todos, mientras juega, en un gesto muy habitual, con su anillo. Flotan aires de irreligiosidad; se habla de la Iglesia con despego. Sin embargo, su persona impone en los demás un profundo respeto a sus creencias.

Manuel Ceniceros tiene entonces doce años. Se encarga de limpiar las lunas de los escaparates, barrer la tienda y de una multitud de pequeños recados y servicios que le ocupan todo el día. Siempre recordará la amabilidad de don José, un señor que no daba órdenes, sino que pedía las cosas por favor; que era capaz de poner una broma oportuna sobre el trabajo para que resultara más grato. Que llevaba en su pitillera de plata, perfectamente alineados, los seis cigarros, liados a mano en casa, que se fumaría durante toda la jornada(3).

Doña Dolores y Carmen también han tenido que acomodar su vida a la nueva situación. Ellas deben llevar a cabo el trabajo de la casa: ya no tienen quien ayude. Sin embargo, todo sigue igual,, con el mismo detalle de siempre.

Mientras tanto, Josemaría continúa sus estudios. Ha logrado ser admitido como alumno no oficial en el Instituto de Logroño, del que es director don Joaquín Elizalde. Por las tardes, bastantes muchachos están libremente adscritos por sus padres a un colegio

privado, en el que estudian y repasan para adelantar y dominar las asignaturas. Dos grandes Centros de Enseñanza Media tiene la ciudad en este tiempo: uno que rigen los HH. Maristas y otro, llevado por seglares, cuyo director es don Bernabé López Merino, farmacéutico de Alfaro y que, posteriormente, llegará a ganar la Cátedra de Ciencias. Este último se llama Colegio de San Antonio.

Josemaría es alumno del San Antonio. Allí empieza a ir todos los días por la tarde; en el camino, le alcanza y se le une Julián Gamarra, que viene desde la calle Carnicerías, contigua a la de Sagasta. Juntos, llegan hasta el colegio, en la calle del Marqués de Murrieta, aunque su entrada se abre a la contigua Avenida de Portugal. Se encuentran también con otros muchos: Francisco Lapeña, Gabino Gómez Arteche y Antonio Urarte Balmaseda… Cerca de la puerta de entrada hay un rincón que los chicos han bautizado con el nombre de «El Casino». En ese pequeño reducto charlan cada día unos minutos antes de que llegue, inexorable, la hora de entrar en las aulas. Josemaría es uno más, aunque destaca por sus notas y por su carácter serio, pero sonriente.

Los domingos se le puede ver por la carretera de Laguardia, que sirve de prolongación a la calle de Sagasta y al Puente de Hierro. Camina cerca de sus padres y de su hermana Carmen, mientras habla animadamente con los hijos de la familia Royo. Suele llevar un traje de color gris, pantalón corto y medias oscuras hasta la rodilla. Incluso acostumbra a calarse una boina pequeña al estilo de los hombres de la Rioja. Sus amigos dicen que tiene una simpatía contagiosa y que es muy comunicativo.

Pero también es un adolescente reflexivo y observador, que sufre hondamente por la situación de la familia; aunque, por temperamento, no cede ante las dificultades. Tal vez, si algo no entiende aún, es la paz con que don José ha aceptado las contradicciones. Tendrán que pasar algunos años para que sepa calibrar, en honda magnitud, toda la dignidad con que actuaron sus padres.

Porque su modo de ser, desde niño, se ha revelado fuerte. Cuando se irrita, su madre suele decir afectuosamente: «Josemaría, ¡pones una cara!… »(4).

Cursa sus estudios con facilidad. Le gusta ampliarlos leyendo a los clásicos; también dedica bastante tiempo a escribir. Sin embargo soporta mal el latín, aunque lo aprueba holgadamente. Piensa que esta lengua está bien para los curas y frailes, sólo para ellos. Si en este año de 1916 alguien hubiera dicho a Josemaría que acabaría siendo sacerdote, probablemente le habría contestado con una carcajada. Nunca ha pensado tal cosa. Ha recibido una profunda formación religiosa en su hogar, pero ni es clerical el ambiente en que se mueve, ni ha considerado jamás la posibilidad de conducir su vida por esos caminos. Admira y ama, además, la unidad y devoción que se profesan sus padres.

Capítulo 8. Poner los cimientos (1933)

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Los primeros círculos de San Rafael

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

1933 trajo consigo progresos esperanzadores. Un año antes Escrivá había conocido a un joven estudiante de medicina llamado Juan Jiménez Vargas. El cuatro de enero de 1933 le explicó sus proyectos apostólicos, en particular sus planes para dar formación doctrinal religiosa a los jóvenes. Rápidamente, Vargas convenció a un grupo de amigos suyos para que le ayudaran a dar catequesis en el barrio de Los Pinos, donde hacía poco Escrivá había ofrecido su ayuda a las monjas en la catequesis de niños pobres. Pronto, Vargas y algunos de sus amigos acudieron con Escrivá a visitar a enfermos desamparados en hospitales o en sus casas.

Escrivá invitó a Vargas a asistir a las clases de formación religiosa. La primera tuvo lugar el 21 de enero de 1933, en la sala de visitas de Porta Coeli, un asilo para pilluelos, donde Escrivá echaba una mano de vez en cuando. Aunque había invitado a esta clase a bastantes jóvenes, y había rezado mucho por ellos, sólo acudieron Vargas y otros dos estudiantes de medicina. Terminada la clase, Escrivá condujo a los tres jóvenes a la capilla, para la bendición. Años después recordaba la escena: “Al terminar la clase, fui a la capilla con aquellos muchachos, tomé al Señor sacramentado en la custodia, lo alcé, bendije a aquellos tres…, y yo veía trescientos, trescientos mil, treinta millones, tres mil millones…, blancos, negros, amarillos, de todos los colores, de todas las combinaciones que el amor humano puede hacer”[1]. Uno de los tres no volvió; los otros dos sí.

Aquella reunión del 21 de enero de 1933 fue el primero de los que Escrivá llamaría después Círculos de San Rafael: clases breves y prácticas de formación cristiana en las que los jóvenes aprenderían a poner en práctica las virtudes naturales y sobrenaturales, para convertirse en hombres y mujeres de oración y para vivir una vida más cristiana. Aunque Escrivá había trabajado con jóvenes desde la fundación del Opus Dei, consideraba que este primer círculo de San Rafael señalaba el comienzo de la Obra de San Rafael, es decir, del apostolado organizado del Opus Dei con los jóvenes.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 482

Sueños de juventud

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Ana Otte, alemana, nacida en Silesia (actualmente Polonia) y doctora en medicina por la Universidad de Frankfurt. Vive en Valencia desde 1971, donde se casó con un cirujano español. Es viuda, supernumeraria del Opus Dei y tiene tres hijos.

Ana es doctora en medicina por la Universidad de Frankfurt, cofundadora del Instituto Valenciano de Fertilidad (IVAF), profesora del Instituto Juan Pablo II de Valencia, médico en el Hospital de Sagunto y autora de varios libros sobre sexualidad y relaciones familiares.

Se dedica a la Orientación Familiar, a la enseñanza de reconocimiento de la fertilidad, y a la música: es organista y directora de un coro de niños.

Yo conocí el Opus Dei gracias al colegio Guadalaviar, cuando mi marido me propuso llevar a nuestras dos hijas allí. En Alemania no había oído hablar nunca del Opus Dei. Mis hijas entraron en el colegio justo cuando se celebró el 25 aniversario de su existencia y con motivo de un acto festivo en el Teatro Principal buscaron padres que tocaran algún instrumento para participar en la orquesta de padres.

“Procuro luchar por vivir santamente, es decir: tratar de ser un consuelo para Dios”

Yo me presenté con mi flauta dulce y me hice muy amiga de la profesora de música, Emilia Badía, conocida por los festivales de villancicos que se celebraban todos los años en el colegio.

Desde que conocí el Opus Dei, fue enriqueciéndose mi vida espiritual. El Opus Dei recuerda al creyente actual lo que habían entendido muy bien los primeros cristianos: trabajar con ilusión, cada uno en su profesión, quererse, apoyarse los unos a los otros, compartir las cosas, estar muy unidos en la celebración de la Eucaristía y luchar por vivir santamente, es decir: tratar de ser un consuelo para Dios.

Cuando yo era joven, me gustaban muchas cosas: la literatura, los idiomas, la música, el deporte… Tenía facilidad para los estudios y pensaba que en el futuro tendría el mundo a mis pies… Luego, por circunstancias familiares, todo se complicó y se acabó la euforia…  Aún así conseguí sacar una buena carrera, conocí a mi futuro marido, nos casamos y me vine a vivir a Valencia, con mucho dolor de corazón, porque amo mucho Alemania.

Una de las publicaciones de Ana

Tuve que convalidar mi título de médico con un examen de licenciatura en la Facultad de Medicina de Valencia, y acostumbrarme a la forma de vida de la España de los años setenta, que no tenía nada que ver con la España moderna de ahora, y atender a mi familia.

Lo tenía todo: trabajo, casa, una buena familia…; pero aspiraba a algo más. El cambio se produjo cuando me hice del Opus Dei; entonces, haciendo externamente lo mismo, pero con la mentalidad que me daba mi vocación, empecé a vivir mi vida cotidiana de forma distinta. Las cosas tenían otro brillo, otro ritmo, un sentido mucho más profundo y satisfactorio.

Cuando me preguntan en qué influye el Opus Dei en mi vida, contesto: en la búsqueda de la santidad. Recuerdo que cuando tenía 13 años vi la película “La Virgen de Fátima” y pensé que me gustaría ser santa como una de aquellas pastorcitas, que era tan guapa. Tenía ese afán de santidad, pero no sabía cómo concretarlo. Lo descubrí después, cuando conocí el Opus Dei.

“Si uno trabaja para Dios, Él te ayuda a multiplicar el tiempo y a potenciar tus propias facultades. Uno va descubriendo aptitudes propias que desconocía”

Por ejemplo, he aprendido a organizar mejor mi trabajo y a aprovechar el tiempo cuando hay que hacer cola en el mercado, esperar el autobús, en una consulta del médico o en la peluquería… siempre se puede ir rezando, leyendo algo útil, o se puede charlar con alguien.  Y siempre se aprovecha,  si se ofrece para Dios. Eso da mucha paz y serenidad.

Tengo tres hijos. Anabel, la mayor, estudió Filosofía y es numeraria del Opus Dei. Viajó a Kazajstán a comenzar la labor apostólica del Opus Dei allí y ahora reside en Alemania, en una residencia internacional de estudiantes en Colonia. Silvia, la segunda, es numeraria también, y ha seguido los pasos de sus padres: ha estudiado Medicina, y trabaja actualmente de médico de familia en el Hospital de Sagunto.

Carlos, el pequeño, está acabando la carrera de Publicidad y nos ha salido “rockero”: le  gusta componer música, toca muy bien la guitarra y ha grabado un disco. Quiere montarse un estudio, casarse y ser un buen padre de familia.

Yo soy médico analista y trabajo desde hace más de 25 años en un hospital de la Seguridad Social. Soy la responsable del laboratorio de Urgencias, el más conflictivo de todos por el problema de turnos rodados, aparte de otros compartimentos del laboratorio. Procuro trabajar bien, cuidar la puntualidad, estudiar para estar al día, tratar con delicadeza al personal…

Mis compañeros trabajan muy bien, con mucha responsabilidad, y cuidan todos esos aspectos, con la diferencia de que algunos no lo hacen conscientemente por Dios y para Dios, sino sólo por motivos humanos.

Además del trabajo hospitalario, me dedico a múltiples tareas; por ejemplo, me he especializado en la enseñanza de reconocimiento de la fertilidad (métodos naturales) y doy clases en esta materia en el Instituto Juan Pablo II; participo en los cursos prematrimoniales en la iglesia de San Juan del Hospital, y  llevo un coro de gente joven para cantar en misas solemnes. Y además,  toco el órgano los domingos en misa. Sé que son bastantes cosas, pero al final se adquiere mucha experiencia y todo acaba saliendo.

Algunas de estas tareas las he abordado a contrapelo, y  luego he visto que Dios me ha bendecido especialmente en ellas. Y ahora puedo decir que soy feliz y que se han colmado en mi vida aquellas cosas con las que soñaba en mi juventud.

Mi vida en un Colegio Mayor

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Haseen S. Aswani, hindú, es estudiante de Farmacia y decana del Colegio Mayor Alsajara de Granada.

Aunque Haseen nació en Las Palmas de Gran Canaria, su familia, de la casta Sindhi, procede de Hyderabad Sind y como tantos otros comerciantes, tuvo que abandonar esa región cuando en 1947 se produjo la separación de India y Pakistán. Hyderabad Sind quedó en el territorio de Pakistán. Y comenzó el éxodo. Los padres de Haseen vivieron primero en Marruecos, y terminaron instalándose en Gran Canaria, integrados en la importante comunidad hindú de Las Palmas, donde ella nació y creció, manteniendo la cultura, las costumbres y la religión de sus antepasados. Estudia ahora 4º de Farmacia y es la Decana del Colegio Mayor Alsajara, donde vive desde que llegó a Granada para matricularse en la Universidad.

Haseen, antes de nada, una curiosidad: ¿qué es ser Decana de un Colegio Mayor?

Pues, básicamente, es actuar como puente entre las colegialas y la dirección del Colegio: estar pendiente de las necesidades y demandas de las residentes, y al tiempo, transmitir a éstas las expectativas del colegio e impulsar, junto con el resto de la Junta colegial, planes, actividades, y proyectos.

¿Por qué decidiste vivir en un Colegio Mayor, y más concretamente, en Alsajara que es obra corporativa del Opus Dei?

Conocí Alsajara a través de la tutora de mi colegio de Las Palmas. Cuando vine a conocerlo con mis padres, nos encantó en cuanto a instalaciones, servicios, etc., pero sobre todo, nos gustó que fuera un colegio pequeño, acogedor. Encontramos el ambiente de familia que para nosotros es tan importante. Al principio, lo primero que se te viene a la cabeza es: ¡amigas! Y te vas haciendo más amiga de las que comparten la habitación contigo, de las vecinas de los cuartos contiguos… También las tertulias de después de comer, me sirvieron para estar con todas las demás, e ir conociéndolas… y nada, así se va haciendo el roce, el cariño. Al final, yo de aquí me llevaré lo más importante: muchas amigas y muy buenas.

Y con el paso del tiempo, esa novata pasó por la Junta colegial y terminó siendo la Decana. ¿Cómo se produce esa evolución personal?

No sé… Recuerdo que recién llegadas, la Decana se dirigía a nosotras, para darnos algún recado o información, pensaba “¡Puf!, ¡qué mayor!” y nunca me veía en ese papel. Poco a poco, te vas implicando, vas pasando de mantener una postura un tanto pasiva, a una actitud de interés por tus compañeras, y de ganas de aportar: a ellas y al colegio, y por lo tanto, de apertura a asumir un papel de más responsabilidad.

Haciendo balance de estos años, ¿qué dirías que has obtenido del colegio?

Muchísimo. Desde aprender a desenvolverme en un lugar distinto a mi casa, a poder centrarme mucho en el estudio y en el mundo de la universidad, gracias a los servicios que presta el colegio. Aquí ponen mucho interés en tu estudio, te motivan para meterte de lleno en la carrera y te lo hacen más fácil con orientaciones, actividades, etc. Además, el ambiente aporta mucho: las tertulias culturales con profesionales de todos los ámbitos, los cursos de libre configuración que se imparten en el propio colegio, las actividades… todo ello formará parte de mi currículo para siempre. Y la convivencia, día a día, con gente de distintos sitios —norteamericanas, mexicanas, chinas, alemanas…— supone el esfuerzo recíproco para que todo el mundo se sienta a gusto. Y eso también es muy enriquecedor.

Lo mismo podría decir de lo personal. En este colegio, la formación religiosa es muy importante y ya seas católica o de otra religión, como es mi caso, la vida en él te ayuda a darte cuenta de que ser joven y estar en la universidad, es perfectamente compatible con vivir tu religión.

En relación con este aspecto, ¿en Alsajara te has encontrado con alguna dificultad para practicar tu fe?

Nunca. Al contrario, en el colegio han mostrado interés por conocer aspectos de mi religión. Y me han facilitado la práctica de costumbres hindúes, por ejemplo, en el terreno de la alimentación.

¿Cómo influye en las personas el ambiente de un Colegio Mayor?

La gente cambia. En primer lugar, en madurez. Ves chicas que llegan a los 18 años de “su” casa, de convivir con “su” padre, con “su” madre, con “su” comida, con “su” cuarto, con “su, su, su”… y que tienen que dejar el “su” porque van a compartir un cuarto con dos personas más, y baños, y comida… compartirlo todo, porque —esa es la clave—, convivir es compartir. También he conocido a chicas que parecían distantes, altivas, inasequibles, y que a los pocos meses son sociables, y abiertas… A veces es sólo timidez, que se vence porque el ambiente lo propicia.


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