El 14 de febrero de 1943

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Entre 1940 y 1945, las vocaciones a la Obra se han multiplicado en España. Una leva de gente joven pone su vida al servicio de Cristo. Algunos lugares parecen haber adquirido el talante de aquellas playas de Genesaret por las que el Hijo de Dios pasó en rápido y trascendental reclutamiento: «¡Seguidme!… ». Y las gentes iban tras El. Así también, en estos primeros años, suena la respuesta afirmativa en muchos corazones con brío de Apóstol.

Los miembros del Opus Dei tienen trabajo en todas las ciudades del país. Han de atender cotidianamente a su tarea profesional, con la que se ganan la vida y que constituye el ámbito de su encuentro con Dios. Aprovechan los fines de semana para emprender viajes de norte a sur, por la geografía española, en busca de respuestas de generosidad personal para abrir los caminos del mundo.

Además de esta actividad incesante, Alvaro del Portillo, José Luis Múzquiz y José María Hernández de Garnica, dedican mucho tiempo al estudio de las ciencias sagradas. El Padre les ha invitado, uno por uno, en nombre de Dios:

-«Hijo mío, ¿te gustaría ser sacerdote?»

La respuesta es afirmativa. Por eso, aparte de las ocupaciones habituales, tienen ahora la necesidad de cursar la carrera eclesiástica. Con la autorización del Obispo de Madrid, preparan libremente sus asignaturas y se examinan en el Seminario. Alvaro del Portillo y José Luis Múzquiz son Ingenieros de Caminos y doctores en Filosofía y Letras. José María Hernández de Garnica es Ingeniero de Minas y tiene el doctorado en Ciencias. El Padre consigue para estos futuros sacerdotes un profesorado de excepción con el visto bueno de don Leopoldo Eijo y Garay, Obispo de Madrid. Algunos dominicos pertenecientes al Angelicum de Roma, como el P. Muñiz y el P. Severino Alvarez, se harán cargo de la Teología Dogmática y el Derecho Canónico. Don José María Bueno Monreal, más tarde Cardenal de Sevilla, les explica Teología Moral. Fray José López Ortiz, que será nombrado Obispo de Vigo y, años después, Vicario General Castrense, será su profesor de Historia de la Iglesia. El P. Celada, erudito del Instituto Bíblico de Jerusalén -y también dominico-, les enseña Sagrada Escritura. Y junto a ellos, Fray justo Pérez de Urbel se hará cargo de la Sagrada Liturgia y también don Máximo Yurramendi, que será designado, más adelante, Obispo de Ciudad Rodrigo.

Años más tarde, el Padre podía subrayar: «Desde que preparé a los primeros sacerdotes de la Obra, exageré -si cabe- en su formación filosófica y teológica, por muchas razones: la segunda, por agradar a Dios; la tercera, porque había muchos ojos llenos de cariño puestos en nosotros, y no se podía defraudar a esas almas; la cuarta, porque había gente que no nos quería, y buscaba una ocasión para atacar; después, porque en la vida profesional he exigido siempre a mis hijos la mejor formación, y no iba a ser menos en la formación religiosa. Y la primera razón -puesto que yo me puedo morir de un momento a otro, pensaba-, porque tengo que dar cuenta a Dios de lo que he hecho, y deseo ardientemente salvar mi alma»(9).

Las tareas habituales continúan sin mengua alguna, y hay que arañar los minutos para estudiar. Cuando las asignaturas requieren una intensa dedicación, el Padre decide alquilar un par de habitaciones en un pequeño Hotel de El Escorial o en una pensión situada en Torrelodones. Aquí se aislan para emplear jornadas enteras en los libros de Teología. Estos hombres jóvenes, que han cursado ya carreras universitarias, con las mejores calificaciones, profundizan ahora en el estudio de la fe católica.

En estos momentos, el Fundador es el único sacerdote de la Obra. Ha de atender el Patronato de Santa Isabel, del que es Rector; dedicar muchas horas a la dirección del Opus Dei, y llevar a cabo una extensa labor apostólica. A pesar de su agotadora jornada, a última hora de la tarde encuentra un puñado de tiempo para acompañar a sus futuros hijos sacerdotes. Llega, con Ricardo Fernández Vallespín al volante de un viejo coche que se reconoce de lejos, en el silencio del campo, por los continuos jadeos del motor.

Viene a verles, porque imagina que están cansados después de muchas horas de estudio. Y porque de su formación espiritual y pastoral se encarga personalmente. Andando frente al aire sereno de El Escorial, les habla del afán que ha de animarles, de la Obra que comienza a navegar el mar sin orillas del mundo, de la tarea ingente que les espera, de la santidad como única meta de sus aspiraciones. Y les deja una buena dosis de fortaleza para cada jornada.

Por la mañana, los tres asisten a Misa, a primera hora, en la iglesia del Monasterio de El Escorial. Luego, estudio en las habitaciones del Hotel Regina que, durante estos meses de invierno, está vacío. Pausas para comer. Espacios de tiempo para rezar. Y vuelta a los textos, entregando a Dios el esfuerzo, la dificultad, el entusiasmo. Hasta que el atardecer se llena, una vez más, con el sonido inconfundible del motor y la cálida presencia del Padre.

Les habla el Fundador de su preocupación por hallar la fórmula jurídica para los sacerdotes de la Obra. Porque la idea está clara. Falta sólo el título de ordenación que permita su ministerio sacerdotal en el Opus Dei.

El 14 de febrero de 1943, Monseñor Escrivá de Balaguer celebra la Santa Misa en el oratorio del Centro que tienen las mujeres en la calle Jorge Manrique de Madrid. Y cuando termina, ha visto con claridad la solución: ha nacido la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Así recuerda aquel momento Encarnita Ortega:

«Después de la acción de gracias, nos pidió papel y pluma. Luego, a los pocos minutos, apareció en el vestíbulo visiblemente emocionado:

-”Mirad -nos dijo señalando una cuartilla en la que había dibujado una circunferencia y en el centro una cruz-: éste será el sello de la Obra. El sello, no el escudo -aclaró-: el Opus Dei no tiene escudos. Significa el mundo y, metida en la entraña del mundo, la Cruz, que es el sacerdocio”»(10).

Y años después de aquel 14 de febrero de 1943 subraya Monseñor Alvaro del Portillo:

«Fue allí, en ese oratorio, dentro de la Misa, donde vio la solución canónica para que pudieran ordenarse sacerdotes de la Obra, e incluso el nombre y el sello de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz: un círculo simbolizando el mundo y, dentro, la Cruz, que es el sacerdocio»(11).

Algunas horas más tarde de este 14 de febrero, el Padre sale camino de El Escorial. Sorprende hoy el ruido familiar en una hora inusual. Viene muy contento, sube a la habitación y llama a Alvaro. Después, paseando por la gran explanada, con la montaña de granito al fondo, le cuenta lo que ha pasado aquella mañana durante la Misa.

A partir de ese momento, el Padre trabaja intensamente en los primeros documentos jurídicos de la Obra que han de llegar oficialmente hasta la Santa Sede. Dos meses después del 14 de febrero del 43, cuando Europa vive en plena Guerra Mundial, Alvaro del Portillo sale camino de Roma en avión, para solicitar la aprobación de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Durante el vuelo pasan sobre barcos de guerra italianos y advierten la presencia de dos aviones ingleses. De pronto y con pánico general entre el pasaje, da comienzo una feroz batalla aero-naval. Sólo Alvaro permanece tranquilo en su asiento:

«Yo tenía la seguridad de que no pasaría nada, porque llevaba los papeles. No se me pasó ni una vez por la cabeza que podían echar el avión abajo (…). Y llegué al aeropuerto de la Urbe, que entonces se llamaba Aeropuerto Littorio (…). Estuve en Roma desde finales de mayo de 1943 hasta el día de San Luis, el 21 de junio, en el que regresé a España. Ya estaba la Obra completa, porque en la Santa Sede habían aceptado con entusiasmo los papeles del Padre, que llevé yo »(12).

Resumiendo las etapas fundacionales de la Obra, Monseñor Escrivá de Balaguer diría años más tarde:

«La fundación del Opus Dei salió sin mí; la Sección de mujeres contra mi opinión personal, y la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, queriendo yo encontrarla y no encontrándola. También durante la Misa. Sin milagrerías: providencia ordinaria de Dios» (13).

Valladolid

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Al acabar la Guerra Civil, también se extendió el apostolado a Valladolid, Zaragoza y Barcelona, tres ciudades universitarias que ofrecían posibilidades de conocer a jóvenes que entendieran el mensaje del Opus Dei.

El 30 de noviembre de 1939, Escrivá y Vallespín salieron en tren hacia Valladolid. La guerra había deteriorado considerablemente la línea y el tren tardó cinco horas en cubrir el trayecto de apenas 200 kilómetros. Sin dinero para tomar un taxi, cargaron con su equipaje por las frías y nevadas calles. El hotel donde habían previsto hospedarse no tenía habitaciones libres. Finalmente encontraron un cuarto en el Hotel Español. Habían llevado consigo una lista de estudiantes, amigos de gente conocida en Madrid. El plan consistía en hablar con todos los que pudieran sobre los ideales y la formación espiritual que ofrecía el Opus Dei.

Por la mañana Escrivá dirigió la meditación. Se centró en la llamada de Cristo a los apóstoles. “Nos encontramos en Valladolid”, comentó, “para trabajar por Jesucristo, luego ya hemos tenido éxito en nuestra empresa. Si no consiguiéramos ver a ninguno de estos muchachos, no por eso nos consideraríamos fracasados”[1].

De hecho todos los jóvenes que tenían en su lista, salvo uno que no estaba en la ciudad, se presentaron en el hotel. Escrivá habló con ellos del amor a Dios, de santificar sus estudios y de ayudar a sus amigos y parientes a acercarse más a Cristo. A la mañana siguiente, uno de los universitarios volvió con un amigo y se presentaron otros dos para comer con Escrivá y Vallespín.

Barredo, Hernández de Garnica y Rodríguez Casado fueron a Valladolid a finales de diciembre de 1939. Conocieron a la mayoría de los estudiantes del primer viaje y a algunos de sus amigos. Al cabo de un mes, Escrivá, del Portillo, Botella y Rodríguez Casado volvieron a Valladolid en un coche de segunda mano que se averiaba con tanta frecuencia, que no llegaron a la ciudad hasta las 3 de la madrugada. Entre los univesitarios a quienes hablaron estaban Juan Antonio Paniagua, estudiante de Medicina, y su amigo Teodoro Ruiz, estudiante de Derecho. Ruiz describe su primer encuentro con Escrivá: “Apenas iniciadas las presentaciones, enseguida tomó la palabra nuestro Fundador para explicar el motivo de su presencia en Valladolid y las principales características de la labor apostólica que se trataba de realizar.

Comenzó diciendo que había que ser cristianos de verdad, y nos dio una explicación de qué significa vivir en serio la vida cristiana. Hoy nos parece muy claro y lo vemos hasta lógico, pero en aquella época constituía una novedad absoluta, porque se daba entonces mucha importancia a las manifestaciones externas de piedad, y quizá se descuidaba la importancia de trato personal de cada alma con Dios”[2].

La idea de cultivar una vida interior de relación personal con Cristo mediante la oración y el sacrificio era novedosa, pero más lo era el mensaje del Opus Dei sobre el trabajo profesional: medio para alcanzar la santidad y hacer apostolado, y ámbito de práctica de virtudes como la laboriosidad, la lealtad, el compañerismo y la alegría. Era la primera vez en su vida que Ruiz oía hablar de que Dios contaba con sus luchas diarias, con el estudio del Código Civil y con su amistad para llevar la redención de Cristo a muchos hombres y mujeres. Décadas más tarde todavía recordaba su primera impresión: “Estaba [del Portillo] hablando con detalle de la vida de piedad que se vivía en esa labor de apostolado, insistiendo en el trato con Dios a través de la oración y de los sacramentos. Una vida espiritual intensa, pero procurando no hacer cosas raras, sin llamar la atención, sin ostentaciones. Una piedad sólida, pero evitando actuar cara al exterior. Que esto lo aconsejara un sacerdote, ya era una novedad; pero que lo dijera un señor normal y corriente que estaba acabando Ingeniería de Caminos -en España, por entonces, era la aristocracia universitaria-, le hacía ir a uno de sorpresa en sorpresa”[3].

Tras la presentación de del Portillo, Botella dio una charla en la que “insistía con más detalle en la importancia del trabajo profesional, de hacer ciencia, aportando algo nuevo a lo que ya habían estudiado otros”[4]. Después, Rodríguez Casado, historiador, habló de la vida de los primeros cristianos. Oyéndole hablar, Ruiz dice que se dio cuenta de que conocía algunas anécdotas de los primeros cristianos, “pero que se me escapaba lo fundamental: los primeros cristianos vivían el Evangelio porque lo tenían bien aprendido, con un espíritu, una audacia, una remoción apostólica, que les hizo cambiar el mundo. No coincidía aquella descripción con la imagen que muchos teníamos de ellos: personas buenas, pero escondidas casi siempre en las catacumbas”[5].

Después de explicar la teoría, los miembros de la Obra pidieron a sus nuevos amigos que la pusieran en práctica invitando a otros a venir al hotel. Ruiz y los otros se dispersaron por la ciudad y regresaron acompañados de algunos amigos, muchos de los cuales, a su vez, salieron y volvieron llevando a otros consigo. Pronto el hotel estuvo abarrotado.

A pesar su número, Escrivá habló con cada uno de ellos al menos durante unos momentos. El primer encuentro de Ruiz con Escrivá sólo duró unos diez minutos. Escrivá empezó preguntándole por sus estudios y le sugirió que pensara hacer el doctorado y seguir una carrera de enseñanza, ya que le abría muchas puertas para hacer apostolado. Luego dirigió la conversación hacia la vida espiritual. Dijo que deseaba hacerle algunas preguntas que, a lo mejor, consideraba incómodas y prefería no contestar: “Fue otro detalle de elegancia en el trato y de respeto a la libertad por su parte. La primera pregunta era sobre frecuencia de sacramentos; la otra versaba sobre posibles compromisos afectivos del corazón. Ocasión que aprovechó, con gran sentido sobrenatural, para insistir en la importancia de la comunión frecuente y de vivir los amores de la tierra noble y limpiamente. No recuerdo que me dijera nada más, pero sí tengo muy grabada la impresión que me dejaron aquellas pocas palabras, tan certeras y atinadas, de un sacerdote que me acababa de conocer hacía apenas un rato”[6].

Varios de la Obra hicieron frecuentes visitas a Valladolid en febrero y marzo de 1940. Entre visita y visita escribían a los estudiantes que habían conocido. Durante un largo paseo por la ciudad a principios de marzo, Botella explicó a Ruiz que las actividades apostólicas en las que había participado no eran simplemente el resultado del celo de un sacerdote y de unos pocos entusiastas. Eran las actividades de una institución querida por Dios a la que Escrivá y los otros habían dedicado sus vidas. “¿Te llama Dios a entregarte a Él?”, preguntó Botella.

Ruiz habló con Escrivá esa misma tarde sobre su posible vocación. Escrivá le sugirió que buscara el consejo de Nuestro Señor en la oración. “Mira, lo único que puedo hacer”, dijo, “es encomendarte y pedir a Dios que te ilumine y te ayude a acertar. Si quieres, mañana asistes a mi Misa y encomiendas el asunto; yo también lo encomendaré”[7]. Después de Misa, Ruiz le dijo a Escrivá que estaba preparado para lo que fuera.

En las siguientes semanas, otros jóvenes de Valladolid descubrieron su llamada al el Opus Dei: Juan Antonio Paniagua, Alberto Taboada y su hermano Ramón, Antonio Moreno y Javier Silió. Además, un gran número de estudiantes quería recibir formación y algunos de ellos daban esperanzas de poder recibir la vocación en un futuro próximo. La necesidad de tener un lugar propio se hacía urgente.

En abril de 1940 alquilaron un piso que pertenecía al padre de Ruiz. Le llamaron “El Rincón”. Al principio, todo el mobiliario consistía en seis sillas. No había oratorio, pero pusieron una pequeña imagen de la Virgen en una repisa del cuarto de estar. Por las tardes, unos cuantos se reunían en El Rincón para estudiar. Interrumpían el estudio para hacer un rato de oración mental; sentados en torno a la imagen de Nuestra Señora, entre silencio y silencio uno de ellos iba leyendo puntos de “Camino”.

A final de junio de 1940, Escrivá predicó un día de retiro en un colegio dirigido por los escolapios. Ignacio Echeverría y Jesús Urteaga se encontraban entre los asistentes. Ambos acababan de terminar la secundaria en San Sebastián y pasaban una temporada en Valladolid para preparar el examen de ingreso en la universidad. Tras conocer al autor de “Camino”, pronto empezaron a tratar regularmente a la gente de la Obra de Valladolid. Antes de acabar el verano ambos eran ya del Opus Dei.

[1] AGP P03 1989 p. 23-24

[2] Ibid. p. 27

[3] AGP P01 1983 p. 420-421

[4] Ibid. p. 421

[5] AGP P03 1989 p. 32

[6] Ibid. p. 31

[7] Ibid. p. 118

Mayores responsabilidades para los primeros

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Hasta el final de la Guerra Civil, Escrivá se ocupó personalmente de la formación espiritual de todos los hombres del Opus Dei. Habitualmente no les confesaba, por respeto a su libertad; en esa época él era el único sacerdote del Opus Dei. Al no atender sus confesiones, no se ataba las manos para dirigir el Opus Dei y sus actividades, ya que no tenía que preocuparse de si alguna de sus indicaciones traslucía o no lo que hubiera oído en confesión. Pero los miembros de la Obra pronto adquirieron la costumbre de hablar con él brevemente cada semana sobre su vida espiritual y el apostolado.Guerra Civil

El crecimiento de la Obra después de la , la dispersión geográfica de sus miembros y el hecho de que obispos de toda España llamaban a Escrivá para predicar ejercicios espirituales a los sacerdotes de sus diócesis, le impidió seguir impartiendo dirección espiritual de forma regular a todos los de la Obra. A comienzos de 1940, del Portillo y los más antiguos del Opus Dei se empezaron a encargar de la formación y dirección espiritual de los nuevos que iban llegando.

Algo similar sucedió con los círculos de San Rafael. A mediados del curso 1939-1940, asistían más de cien estudiantes. Como el tamaño de cada grupo era reducido Escrivá daba entre 15 y 20 clases semanales de cuarenta y cinco minutos. Además, debía predicar meditaciones y retiros, impartir dirección espiritual a un gran número de personas y dirigir las demás actividades del Opus Dei. A comienzos de 1940 decidió que ya había llegado la hora de que otros asumieran la tarea de dar los círculos.

Los miembros en quienes recayó este encargo lo recibieron con un poco de nerviosismo. Eran laicos y, en muchos casos, todavía no habían recibido mucha formación sistemática sobre el espíritu de la Obra o sobre teología. Además, bastantes apenas eran mayores que la gente que asistía. Sin embargo, con el material que les proporcionó Escrivá y su ayuda para preparar las primeras clases, se encontraron con que el número de participantes en los círculos seguía creciendo y que algunos de ellos descubrían a través de estas clases su vocación al Opus Dei.

Un servicio cristiano, un apostolado

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

El apostolado fundamental de los hombres y las mujeres del Opus Dei sigue siendo, como veíamos en el capítulo anterior, el que realizan individualmente cuando procuran dar, con ocasión de su trabajo profesional –en medio de ese trabajo–,testimonio de vida cristiana. Por eso la actividad principal de la Obra consiste precisamente en proporcionar a sus miembros la formación espiritual necesaria para que cada uno pueda desarrollar ese apostolado.

Sin embargo, el Opus Dei promueve también en ocasiones detcrminados apostolados que nacen, de hecho, como un aspecto del apostolado personal de sus miembros en colaboración con otras muchas personas no vinculadas a la Obra, o incluso no católicos. De ahí que estas labores apostólicas –las únicas de cuya atención espiritual y doctrinal se responsabiliza el Opus Dei– estén abiertas a todos los hombres, sin discriminación de ninguna clase.

«El deseo de contribuir a la solución de los problemas que afectan a la sociedad y a los cuales tanto puede aportar el ideal cristiano, lleva además a que la Obra en cuanto tal, corporativamente, desarrolle algunas actividades e iniciativas. El criterio en este campo –decía Mons. Escrivá de Balaguer a Petcr Forbath, de Time–, es que el Opus Dei, que tiene fines exclusivamente espirituales, sólo puede realizar corporativamente aquellas actividades que constituyen de un modo claro e inmediato un servicio cristiano, un apostolado».

A veces esas iniciativas apostólicas se apoyan en la materialidad de un Centro, de unos edificios o de unas instalaciones. La propiedad de esas estructuras no pertenece –como es lógico– al Opus Dei, sino, de ordinario, a un grupo de personas –de la Obra o no, católicos y no católicos– que ofrecen a la sociedad instrumentos civiles de carácter social: capacitación profesional, alfabetización, extensión cultural, dispensarios médicos, extensión de la escolaridad en la enseñanza primaria, media y universitaria, clubs para la formación de la juventud, instituciones académicas de especialización, etc.

La financiación de estas iniciativas se produce por los medios habituales en tales casos. Por un lado, están las aportaciones de los propios beneficiarios, que casi nunca resultan suficientes para cubrir los gastos. Por otro, se cuenta también con las aportaciones de los miembros de la Obra, que destinan a este fin parte del dinero que ganan con su trabajo. Pero, sobre todo, está la ayuda de muchísimas personas que, sin pertenecer al Opus Dei, quieren colaborar en tareas de trascendencia social y educativa, llevados por el afán apostólico, la preocupación social y el espíritu comunitario que sienten ellos mismos y que observan, en la práctica, en los de la Obra. Como se trata de labores llevadas a cabo con seriedad profesional, que responden a necesidades reales de la sociedad, en la mayoría de los casos la respuesta es generosa. La financiación de cada centro es autónoma: cada uno funciona con independencia y procura buscar los fondos necesarios entre gentes interesadas en aquella labor concreta.

Estas actividades apostólicas están promovidas y dirigidas por ciudadanos para quienes esa tarea es verdadero trabajo profesional en el normal ejercicio de sus derechos civiles. Por eso surgen y se desarrollan siempre en conformidad con las leyes del país, sin privilegios, con el mismo trato que se concede a las demás actividades semejantes que promueve cualquier ciudadano, fundación o asociación. Y por eso no son nunca labores ni oficial ni oficiosamente católicas.

El mismo hecho de que sean tareas profesionales realizadas por personas que viven y participan de los problemas de la sociedad hace que se trate siempre de apostolados adaptados a las necesidades y circunstancias de cada situación y país, y que resulten por eso mismo, muy variados y diversos.

«Las ilusiones humanas se armonizan muy bien con el deseo de servir a Dios»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Elvira acaba de guardar su bata blanca. La última consulta de la mañana ha terminado. Tiene aspecto juvenil pero hace ya unos años que dejó la Universidad. Desde entonces han cambiado unas cuantas cosas en su vida: se casó con un médico, ha tenido nueve hijos y ha ido perfilando su dedicación profesional dentro del campo de la medicina.

Al preguntarle por algún acontecimiento decisivo en estos años, me comenta con rapidez que ha sido su vocación al Opus Dei lo que ha dado un relieve nuevo a ese entramado de acontecimientos que han ido configurando su vida profesional y familiar.

–¿Cómo conoció usted el Opus Dei?

–Conocí la Obra cuando comenzaba mis estudios en la Universidad. Al encontrarme en un ambiente diferente al del Colegio, me di cuenta de que debía reforzar mi formación espiritual de un modo semejante a como procuraba ir mejorando mi formación humana. A través de una amiga se me presentó la oportunidad de asistir a unas clases de Teología en un Centro del Opus Dei.

–¿Y de qué modo ha influido en su vida el Opus Dei?

–A través de la formación espiritual que recibo, he ido descubriendo que es posible tener una gran intimidad con Dios, aunque se esté metida de lleno en el trabajo profesional; y que las ilusiones humanas se armonizan muy bien con el deseo de servir a Dios. Cuando conocí mejor la Obra, yo estrenaba una familia, comenzaron a llegar mis primeros hijos. Me di cuenta de que debía vivir la vida ordinaria abnegadamente, cara a Dios. En mi caso, eso se traduce en esforzarme por sacar adelante una familia numerosa como la que Dios me ha dado. Gracias a las enseñanzas del Fundador del Opus Dei he descubierto la grandeza que encierra la vida matrimonial, y la trascendencia humana y sobrenatural que supone tener hijos y educarlos. Sé que a veces no es fácil. Mis hijos han nacido, uno tras otro, sin darme tiempo a pensar en otros proyectos profesionales que tenía. Pero del espíritu del Opus Dei he aprendido que la grandeza de un quehacer, lo que permite a una persona alcanzar su plenitud humana, es, con la gracia de Dios, lo mismo que le hace alcanzar la santidad: el convertir su vida en un servicio gustoso a Dios y a los demás.

–El Fundador del Opus Dei insiste mucho en la obligación que tienen los cristianos de preocuparse por acercar a Dios a sus colegas y amigos. ¿Le queda a usted tiempo para eso.
–Efectivamente, el espíritu de la Obra enseña que es deber de un buen cristiano no sólo encontrar a Dios a través de un trabajo honesto y bien hecho, sino preocuparse de acercar la gente a Dios. Pero ésa no es una labor al margen de la vida familiar y de la vida profesional. Se trata de compartir con los familiares, con los amigos, lo mejor que uno tiene: la formación cristiana. Mis hijos me brindan con frecuencia oportunidades estupendas de ayudar a la gente. Ellos son un tema fácil de conversación cuando me encuentro con las madres de sus amigos, en la puerta del colegio. Algunas personas se asombran al saber que tengo nueve hijos. Entonces procuro transmitir a esas amigas mías consideraciones que las animen también a descubrir la grandeza del matrimonio y a vivir conforme a los planes de Dios, con una lógica diferente a la que encierran a veces los planteamientos que nos hacemos de tejas abajo.

También en mi consulta surgen ocasiones de ayudar a las personas. A la vez que un consejo médico, cuántas veces puedo darles un consejo amistoso que les ayude a enfrentarse con una situación difícil, con más esperanza. Pero todo eso gracias a Dios.

–Usted conoció al Fundador del Opus Dei. ¿Recuerda algún rasgo de la personalidad de Monseñor Escrivá de Balaguer que le llamara especialmente la atención?

–Me llamó la atención su alegría. Advertí con gran claridad que era un sacerdote que estaba muy cerca de Dios, que era un hombre santo. La fuerza y el cariño con que hablaba de Dios, la esperanza que transmitía con sus comentarios removían el alma. Vi conmoverse a las personas que estaban a mi alrededor, en aquella reunión tan numerosa –en Tajamar–, donde el Padre hablaba como si estuviera a solas con cada uño. Le aseguro que me sentí removida interiormente y con un gran deseo de esforzarme en ser mejor. Al mismo tiempo, recuerdo que me inspiró–una gran confiañza. Desde que el Padre falleció me encomiendo a su intercesión con mucha frecuencia y le pido ayuda en tantas cosas. Sé que Monseñor Escrivá es un eficaz intercesor delante de Dios.

Valladolid

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Al acabar la Guerra Civil, también se extendió el apostolado a Valladolid, Zaragoza y Barcelona, tres ciudades universitarias que ofrecían posibilidades de conocer a jóvenes que entendieran el mensaje del Opus Dei.

El 30 de noviembre de 1939, Escrivá y Vallespín salieron en tren hacia Valladolid. La guerra había deteriorado considerablemente la línea y el tren tardó cinco horas en cubrir el trayecto de apenas 200 kilómetros. Sin dinero para tomar un taxi, cargaron con su equipaje por las frías y nevadas calles. El hotel donde habían previsto hospedarse no tenía habitaciones libres. Finalmente encontraron un cuarto en el Hotel Español. Habían llevado consigo una lista de estudiantes, amigos de gente conocida en Madrid. El plan consistía en hablar con todos los que pudieran sobre los ideales y la formación espiritual que ofrecía el Opus Dei.

Por la mañana Escrivá dirigió la meditación. Se centró en la llamada de Cristo a los apóstoles. “Nos encontramos en Valladolid”, comentó, “para trabajar por Jesucristo, luego ya hemos tenido éxito en nuestra empresa. Si no consiguiéramos ver a ninguno de estos muchachos, no por eso nos consideraríamos fracasados”[1].

De hecho todos los jóvenes que tenían en su lista, salvo uno que no estaba en la ciudad, se presentaron en el hotel. Escrivá habló con ellos del amor a Dios, de santificar sus estudios y de ayudar a sus amigos y parientes a acercarse más a Cristo. A la mañana siguiente, uno de los universitarios volvió con un amigo y se presentaron otros dos para comer con Escrivá y Vallespín.

Barredo, Hernández de Garnica y Rodríguez Casado fueron a Valladolid a finales de diciembre de 1939. Conocieron a la mayoría de los estudiantes del primer viaje y a algunos de sus amigos. Al cabo de un mes, Escrivá, del Portillo, Botella y Rodríguez Casado volvieron a Valladolid en un coche de segunda mano que se averiaba con tanta frecuencia, que no llegaron a la ciudad hasta las 3 de la madrugada. Entre los univesitarios a quienes hablaron estaban Juan Antonio Paniagua, estudiante de Medicina, y su amigo Teodoro Ruiz, estudiante de Derecho. Ruiz describe su primer encuentro con Escrivá: “Apenas iniciadas las presentaciones, enseguida tomó la palabra nuestro Fundador para explicar el motivo de su presencia en Valladolid y las principales características de la labor apostólica que se trataba de realizar.

Comenzó diciendo que había que ser cristianos de verdad, y nos dio una explicación de qué significa vivir en serio la vida cristiana. Hoy nos parece muy claro y lo vemos hasta lógico, pero en aquella época constituía una novedad absoluta, porque se daba entonces mucha importancia a las manifestaciones externas de piedad, y quizá se descuidaba la importancia de trato personal de cada alma con Dios”[2].

La idea de cultivar una vida interior de relación personal con Cristo mediante la oración y el sacrificio era novedosa, pero más lo era el mensaje del Opus Dei sobre el trabajo profesional: medio para alcanzar la santidad y hacer apostolado, y ámbito de práctica de virtudes como la laboriosidad, la lealtad, el compañerismo y la alegría. Era la primera vez en su vida que Ruiz oía hablar de que Dios contaba con sus luchas diarias, con el estudio del Código Civil y con su amistad para llevar la redención de Cristo a muchos hombres y mujeres. Décadas más tarde todavía recordaba su primera impresión: “Estaba [del Portillo] hablando con detalle de la vida de piedad que se vivía en esa labor de apostolado, insistiendo en el trato con Dios a través de la oración y de los sacramentos. Una vida espiritual intensa, pero procurando no hacer cosas raras, sin llamar la atención, sin ostentaciones. Una piedad sólida, pero evitando actuar cara al exterior. Que esto lo aconsejara un sacerdote, ya era una novedad; pero que lo dijera un señor normal y corriente que estaba acabando Ingeniería de Caminos -en España, por entonces, era la aristocracia universitaria-, le hacía ir a uno de sorpresa en sorpresa”[3].

Tras la presentación de del Portillo, Botella dio una charla en la que “insistía con más detalle en la importancia del trabajo profesional, de hacer ciencia, aportando algo nuevo a lo que ya habían estudiado otros”[4]. Después, Rodríguez Casado, historiador, habló de la vida de los primeros cristianos. Oyéndole hablar, Ruiz dice que se dio cuenta de que conocía algunas anécdotas de los primeros cristianos, “pero que se me escapaba lo fundamental: los primeros cristianos vivían el Evangelio porque lo tenían bien aprendido, con un espíritu, una audacia, una remoción apostólica, que les hizo cambiar el mundo. No coincidía aquella descripción con la imagen que muchos teníamos de ellos: personas buenas, pero escondidas casi siempre en las catacumbas”[5].

Después de explicar la teoría, los miembros de la Obra pidieron a sus nuevos amigos que la pusieran en práctica invitando a otros a venir al hotel. Ruiz y los otros se dispersaron por la ciudad y regresaron acompañados de algunos amigos, muchos de los cuales, a su vez, salieron y volvieron llevando a otros consigo. Pronto el hotel estuvo abarrotado.

A pesar su número, Escrivá habló con cada uno de ellos al menos durante unos momentos. El primer encuentro de Ruiz con Escrivá sólo duró unos diez minutos. Escrivá empezó preguntándole por sus estudios y le sugirió que pensara hacer el doctorado y seguir una carrera de enseñanza, ya que le abría muchas puertas para hacer apostolado. Luego dirigió la conversación hacia la vida espiritual. Dijo que deseaba hacerle algunas preguntas que, a lo mejor, consideraba incómodas y prefería no contestar: “Fue otro detalle de elegancia en el trato y de respeto a la libertad por su parte. La primera pregunta era sobre frecuencia de sacramentos; la otra versaba sobre posibles compromisos afectivos del corazón. Ocasión que aprovechó, con gran sentido sobrenatural, para insistir en la importancia de la comunión frecuente y de vivir los amores de la tierra noble y limpiamente. No recuerdo que me dijera nada más, pero sí tengo muy grabada la impresión que me dejaron aquellas pocas palabras, tan certeras y atinadas, de un sacerdote que me acababa de conocer hacía apenas un rato”[6].

Varios de la Obra hicieron frecuentes visitas a Valladolid en febrero y marzo de 1940. Entre visita y visita escribían a los estudiantes que habían conocido. Durante un largo paseo por la ciudad a principios de marzo, Botella explicó a Ruiz que las actividades apostólicas en las que había participado no eran simplemente el resultado del celo de un sacerdote y de unos pocos entusiastas. Eran las actividades de una institución querida por Dios a la que Escrivá y los otros habían dedicado sus vidas. “¿Te llama Dios a entregarte a Él?”, preguntó Botella.

Ruiz habló con Escrivá esa misma tarde sobre su posible vocación. Escrivá le sugirió que buscara el consejo de Nuestro Señor en la oración. “Mira, lo único que puedo hacer”, dijo, “es encomendarte y pedir a Dios que te ilumine y te ayude a acertar. Si quieres, mañana asistes a mi Misa y encomiendas el asunto; yo también lo encomendaré”[7]. Después de Misa, Ruiz le dijo a Escrivá que estaba preparado para lo que fuera.

En las siguientes semanas, otros jóvenes de Valladolid descubrieron su llamada al el Opus Dei: Juan Antonio Paniagua, Alberto Taboada y su hermano Ramón, Antonio Moreno y Javier Silió. Además, un gran número de estudiantes quería recibir formación y algunos de ellos daban esperanzas de poder recibir la vocación en un futuro próximo. La necesidad de tener un lugar propio se hacía urgente.

En abril de 1940 alquilaron un piso que pertenecía al padre de Ruiz. Le llamaron “El Rincón”. Al principio, todo el mobiliario consistía en seis sillas. No había oratorio, pero pusieron una pequeña imagen de la Virgen en una repisa del cuarto de estar. Por las tardes, unos cuantos se reunían en El Rincón para estudiar. Interrumpían el estudio para hacer un rato de oración mental; sentados en torno a la imagen de Nuestra Señora, entre silencio y silencio uno de ellos iba leyendo puntos de “Camino”.

A final de junio de 1940, Escrivá predicó un día de retiro en un colegio dirigido por los escolapios. Ignacio Echeverría y Jesús Urteaga se encontraban entre los asistentes. Ambos acababan de terminar la secundaria en San Sebastián y pasaban una temporada en Valladolid para preparar el examen de ingreso en la universidad. Tras conocer al autor de “Camino”, pronto empezaron a tratar regularmente a la gente de la Obra de Valladolid. Antes de acabar el verano ambos eran ya del Opus Dei.

[1] AGP P03 1989 p. 23-24

[2] Ibid. p. 27

[3] AGP P01 1983 p. 420-421

[4] Ibid. p. 421

[5] AGP P03 1989 p. 32

[6] Ibid. p. 31

[7] Ibid. p. 118

Mayores responsabilidades para los primeros

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Hasta el final de la Guerra Civil, Escrivá se ocupó personalmente de la formación espiritual de todos los hombres del Opus Dei. Habitualmente no les confesaba, por respeto a su libertad; en esa época él era el único sacerdote del Opus Dei. Al no atender sus confesiones, no se ataba las manos para dirigir el Opus Dei y sus actividades, ya que no tenía que preocuparse de si alguna de sus indicaciones traslucía o no lo que hubiera oído en confesión. Pero los miembros de la Obra pronto adquirieron la costumbre de hablar con él brevemente cada semana sobre su vida espiritual y el apostolado.

El crecimiento de la Obra después de la Guerra Civil, la dispersión geográfica de sus miembros y el hecho de que obispos de toda España llamaban a Escrivá para predicar ejercicios espirituales a los sacerdotes de sus diócesis, le impidió seguir impartiendo dirección espiritual de forma regular a todos los de la Obra. A comienzos de 1940, del Portillo y los más antiguos del Opus Dei se empezaron a encargar de la formación y dirección espiritual de los nuevos que iban llegando.

Algo similar sucedió con los círculos de San Rafael. A mediados del curso 1939-1940, asistían más de cien estudiantes. Como el tamaño de cada grupo era reducido Escrivá daba entre 15 y 20 clases semanales de cuarenta y cinco minutos. Además, debía predicar meditaciones y retiros, impartir dirección espiritual a un gran número de personas y dirigir las demás actividades del Opus Dei. A comienzos de 1940 decidió que ya había llegado la hora de que otros asumieran la tarea de dar los círculos.

Los miembros en quienes recayó este encargo lo recibieron con un poco de nerviosismo. Eran laicos y, en muchos casos, todavía no habían recibido mucha formación sistemática sobre el espíritu de la Obra o sobre teología. Además, bastantes apenas eran mayores que la gente que asistía. Sin embargo, con el material que les proporcionó Escrivá y su ayuda para preparar las primeras clases, se encontraron con que el número de participantes en los círculos seguía creciendo y que algunos de ellos descubrían a través de estas clases su vocación al Opus Dei.


La Obra de los santos Rafael, Miguel y Gabriel

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Durante el retiro, Escrivá vio cómo estructurar los incipientes apostolados del Opus Dei que, aunque pequeños, ya alcanzaban a un amplio abanico de gente. A partir de entonces, hablaría de tres obras de apostolado, confiadas a cada uno de los tres arcángeles mencionados en las Escrituras. La formación espiritual de los estudiantes y demás gente joven sería confiada a san Rafael y al apóstol san Juan. La formación de los miembros del Opus Dei que habían acogido una vocación al celibato en medio del mundo, a san Miguel y al apóstol san Pedro. Finalmente, el apostolado con la gente casada y la formación de los miembros casados del Opus Dei, a san Gabriel y al apóstol san Pablo.

Todas las futuras actividades del Opus Dei entrarían en una de estas tres Obras, a las que Escrivá llamaría de San Rafael, de San Miguel y de San Gabriel. Había estado pensando en fundar una asociación para gente joven, con el nombre de Pía Unión de Santa María de la Esperanza, afín a la Sociedad del Santo Nombre o a la Legión de María. Antes de asistir al curso de retiro había hablado sobre este asunto con el Padre Postius, su director espiritual tras la disolución de la Compañía de Jesús. Habían convenido que sería mejor no formar ninguna asociación, sino simplemente dar formación a la gente joven –tal vez mediante una academia como la Cicuéndez, donde daba clase–. Durante el retiro se reafirmó en esa convicción.

Un servicio cristiano, un apostolado

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

El apostolado fundamental de los hombres y las mujeres del Opus Dei sigue siendo, como veíamos en el capítulo anterior, el que realizan individualmente cuando procuran dar, con ocasión de su trabajo profesional –en medio de ese trabajo–,testimonio de vida cristiana. Por eso la actividad principal de la Obra consiste precisamente en proporcionar a sus miembros la formación espiritual necesaria para que cada uno pueda desarrollar ese apostolado.

Sin embargo, el Opus Dei promueve también en ocasiones detcrminados apostolados que nacen, de hecho, como un aspecto del apostolado personal de sus miembros en colaboración con otras muchas personas no vinculadas a la Obra, o incluso no católicos. De ahí que estas labores apostólicas –las únicas de cuya atención espiritual y doctrinal se responsabiliza el Opus Dei– estén abiertas a todos los hombres, sin discriminación de ninguna clase.

«El deseo de contribuir a la solución de los problemas que afectan a la sociedad y a los cuales tanto puede aportar el ideal cristiano, lleva además a que la Obra en cuanto tal, corporativamente, desarrolle algunas actividades e iniciativas. El criterio en este campo –decía Mons. Escrivá de Balaguer a Petcr Forbath, de Time–, es que el Opus Dei, que tiene fines exclusivamente espirituales, sólo puede realizar corporativamente aquellas actividades que constituyen de un modo claro e inmediato un servicio cristiano, un apostolado».

A veces esas iniciativas apostólicas se apoyan en la materialidad de un Centro, de unos edificios o de unas instalaciones. La propiedad de esas estructuras no pertenece –como es lógico– al Opus Dei, sino, de ordinario, a un grupo de personas –de la Obra o no, católicos y no católicos– que ofrecen a la sociedad instrumentos civiles de carácter social: capacitación profesional, alfabetización, extensión cultural, dispensarios médicos, extensión de la escolaridad en la enseñanza primaria, media y universitaria, clubs para la formación de la juventud, instituciones académicas de especialización, etc.

La financiación de estas iniciativas se produce por los medios habituales en tales casos. Por un lado, están las aportaciones de los propios beneficiarios, que casi nunca resultan suficientes para cubrir los gastos. Por otro, se cuenta también con las aportaciones de los miembros de la Obra, que destinan a este fin parte del dinero que ganan con su trabajo. Pero, sobre todo, está la ayuda de muchísimas personas que, sin pertenecer al Opus Dei, quieren colaborar en tareas de trascendencia social y educativa, llevados por el afán apostólico, la preocupación social y el espíritu comunitario que sienten ellos mismos y que observan, en la práctica, en los de la Obra. Como se trata de labores llevadas a cabo con seriedad profesional, que responden a necesidades reales de la sociedad, en la mayoría de los casos la respuesta es generosa. La financiación de cada centro es autónoma: cada uno funciona con independencia y procura buscar los fondos necesarios entre gentes interesadas en aquella labor concreta.

Estas actividades apostólicas están promovidas y dirigidas por ciudadanos para quienes esa tarea es verdadero trabajo profesional en el normal ejercicio de sus derechos civiles. Por eso surgen y se desarrollan siempre en conformidad con las leyes del país, sin privilegios, con el mismo trato que se concede a las demás actividades semejantes que promueve cualquier ciudadano, fundación o asociación. Y por eso no son nunca labores ni oficial ni oficiosamente católicas.

El mismo hecho de que sean tareas profesionales realizadas por personas que viven y participan de los problemas de la sociedad hace que se trate siempre de apostolados adaptados a las necesidades y circunstancias de cada situación y país, y que resulten por eso mismo, muy variados y diversos.

«Las ilusiones humanas se armonizan muy bien con el deseo de servir a Dios»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Elvira acaba de guardar su bata blanca. La última consulta de la mañana ha terminado. Tiene aspecto juvenil pero hace ya unos años que dejó la Universidad. Desde entonces han cambiado unas cuantas cosas en su vida: se casó con un médico, ha tenido nueve hijos y ha ido perfilando su dedicación profesional dentro del campo de la medicina.

Al preguntarle por algún acontecimiento decisivo en estos años, me comenta con rapidez que ha sido su vocación al Opus Dei lo que ha dado un relieve nuevo a ese entramado de acontecimientos que han ido configurando su vida profesional y familiar.

–¿Cómo conoció usted el Opus Dei?

–Conocí la Obra cuando comenzaba mis estudios en la Universidad. A1 encontrarme en un ambiente diferente al del Colegio, me di cuenta de que debía reforzar mi formación espiritual de un modo semejante a como procuraba ir mejorando mi formación humana. A través de una amiga se me presentó la oportunidad de asistir a unas clases de Teología en un Centro del Opus Dei.

–¿Y de qué modo ha influido en su vida el Opus Dei?

–A través de la formación espiritual que recibo, he ido descubriendo que es posible tener una gran intimidad con Dios, aunque se esté metida de lleno en el trabajo profesional; y que las ilusiones humanas se armonizan muy bien con el deseo de servir a Dios. Cuando conocí mejor la Obra, yo estrenaba una familia, comenzaron a llegar mis primeros hijos. Me di cuenta de que debía vivir la vida ordinaria abnegadamente, cara a Dios. En mi caso, eso se traduce en esforzarme por sacar adelante una familia numerosa como la que Dios me ha dado. Gracias a las enseñanzas del Fundador del Opus Dei he descubierto la grandeza que encierra la vida matrimonial, y la trascendencia humana y sobrenatural que supone tener hijos y educarlos. Sé que a veces no es fácil. Mis hijos han nacido, uno tras otro, sin darme tiempo a pensar en otros proyectos profesionales que tenía. Pero del espíritu del Opus Dei he aprendido que la grandeza de un quehacer, lo que permite a una persona alcanzar su plenitud humana, es, con la gracia de Dios, lo mismo que le hace alcanzar la santidad: el convertir su vida en un servicio gustoso a Dios y a los demás.

–El Fundador del Opus Dei insiste mucho en la obligación que tienen los cristianos de preocuparse por acercar a Dios a sus colegas y amigos. ¿Le queda a usted tiempo para eso?

–Efectivamente, el espíritu de la Obra enseña que es deber de un buen cristiano no sólo encontrar a Dios a través de un trabajo honesto y bien hecho, sino preocuparse de acercar la gente a Dios. Pero ésa no es una labor al margen de la vida familiar y de la vida profesional. Se trata de compartir con los familiares, con los amigos, lo mejor que uno tiene: la formación cristiana. Mis hijos me brindan con frecuencia oportunidades estupendas de ayudar a la gente. Ellos son un tema fácil de conversación cuando me encuentro con las madres de sus amigos, en la puerta del colegio. Algunas personas se asombran al saber que tengo nueve hijos. Entonces procuro transmitir a esas amigas mías consideraciones que las animen también a descubrir la grandeza del matrimonio y a vivir conforme a los planes de Dios, con una lógica diferente a la que encierran a veces los planteamientos que nos hacemos de tejas abajo.

También en mi consulta surgen ocasiones de ayudar a las personas. A la vez que un consejo médico, cuántas veces puedo darles un consejo amistoso que les ayude a enfrentarse con una situación difícil, con más esperanza. Pero todo eso gracias a Dios.

–Usted conoció al Fundador del Opus Dei. ¿Recuerda algún rasgo de la personalidad de Monseñor Escrivá de Balaguer que le llamara especialmente la atención?

–Me llamó la atención su alegría. Advertí con gran claridad que era un sacerdote que estaba muy cerca de Dios, que era un hombre santo. La fuerza y el cariño con que hablaba de Dios, la esperanza que transmitía con sus comentarios removían el alma. Vi conmoverse a las personas que estaban a mi alrededor, en aquella reunión tan numerosa –en Tajamar–, donde el Padre hablaba como si estuviera a solas con cada uño. Le aseguro que me sentí removida interiormente y con un gran deseo de esforzarme en ser mejor. Al mismo tiempo, recuerdo que me inspiró–una gran confiañza. Desde que el Padre falleció me encomiendo a su intercesión con mucha frecuencia y le pido ayuda en tantas cosas. Sé que Monseñor Escrivá es un eficaz intercesor delante de Dios.


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