La historia de Raimundo

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Testimonio del coordinador de las actividades de voluntariado del Colegio Altair, obra corporativa del Opus Dei en Sevilla

Opus Dei - Varios alumnos de Altair con José María, a la puerta de una chabola

Varios alumnos de Altair con José María, a la puerta de una chabola

Desde los comienzos del Colegio Altair hace más de 40 años, la preocupación social siempre ha estado presente. No en vano, el colegio nació en una modesta barriada de Sevilla, entre personas necesitadas de ayuda de diverso tipo, también material.

Hace un par de años ofrecimos al Colegio desde la ONG en la que trabajo, una serie de actividades de voluntariado para los alumnos de Secundaria y Bachillerato. La respuesta de los alumnos ha sido magnífica.

Hasta el mes de febrero se hacían visitas a residencias de personas mayores y a domicilios particulares. Las razones por las que elegíamos los domicilios eran evidentes: soledad, dificultades económicas, enfermedades, y en muchos casos, todo a la vez. Aún así, estábamos buscando ampliar el ámbito de estas visitas.

Opus Dei - Con Raimundo, en la explanada, el día siguiente al incendio de su chabola

Con Raimundo, en la explanada, el día siguiente al incendio de su chabola

Paseando un domingo por la tarde, a unos 10 minutos de Altair, me fijé en la hilera de seis chabolas junto a la tapia de las naves principales de Correos, en el barrio de Palmete. He pasado muchas veces por allí, pero nunca había pensado aventurarme a entrar y charlar con esos vecinos. Esa tarde me lancé. La primera persona a la que saludé fue Raimundo: después de interesarme por él, comprendí que muchos alumnos debían conocerle.

Raimundo tiene 69 años, ha trabajado toda la vida en el campo y desde hace más de 20 años vive en una de las denominadas chabolas. Junto a él vive José María, su hijo, de 25 años, sordomudo.

En febrero, comenzamos las visitas semanales, llevando algo de comida, ropa, y sobre todo, ganas de escuchar las necesidades de estas familias. Cada vez que nos encontrábamos con Raimundo siempre nos recibía con mucha educación, alegría y agradecimiento.

Opus Dei - Con Raimundo y José María, después de la rehabilitación de la chabola

Con Raimundo y José María, después de la rehabilitación de la chabola

Volvimos otra vez a visitarle después de Semana Santa y nos quedamos de piedra: las dos chabolas, anteriormente mencionadas, de padre e hijo, habían quedado reducidas a cenizas.

Raimundo nos contaba, con desolación y a la vez con mucha fortaleza: “se prendió todo; estábamos dormidos y se había quedado una vela encendida, se cayó y el plástico se quemó a toda velocidad. Tuvimos que salir corriendo con lo puesto. Cuando llegaron los bomberos, sólo pudieron salvar las siguientes chabolas”. Se quedaron con lo puesto, ya que las pocas pertenencias guardadas habían ardido.

Desde entonces el voluntariado ha sido aún más importante, como se puede comprender. Junto a gestiones administrativas para que el Ayuntamiento de Sevilla colabore, Raimundo, sin pausa, ha ido levantando su nueva casa. Los alumnos de Altair han continuado con las visitas: cada semana, un grupo distinto de 6 ó 7 alumnos, desde los 14 a los 18 años.

Actualmente, Raimundo ha vuelto a levantar su casa y a muchos de nosotros, su ejemplo y valor ante las dificultades nos ha edificado aún más.

Aún nos queda una pequeña batalla por ganar: conseguir que deje de llamarnos “señor” antes de mencionar nuestro nombre.

Logroño. La llamada de Dios

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Las desgracias se sucedieron. En 1914 quebró el negocio familiar —un comercio de tejidos— y los Escrivá tuvieron que trasladarse de ciudad. Se asentaron en la capital de la Rioja, donde Josemaría siguió estudiando el Bachillerato. La actuación de su padre en aquellos momentos difíciles le dejó un caudal de recuerdos inolvidables; recuerdos —comentaba— que me enorgullecen y que no se han borrado de mi memoria (…): anécdotas de caridad generosa y oculta, fe recia sin ostentaciones, abundante fortaleza a la hora de la prueba bien unido a mi madre y a sus hijos.

Era un adolescente estudioso que soñaba con ser arquitecto y construir grandes edificios. Pero Dios tenía otros planes para él. Un día, durante las Navidades de 1917-18, tras una intensa nevada, vio en la Costanilla de la calle Mayor de Logroño algo que le llamó poderosamente la atención: las huellas heladas de unos pies descalzos sobre la nieve. Eran las pisadas de un joven carmelita, José Miguel de la Virgen del Carmen.

Si otros hacen tantos sacrificios por Dios —pensó—, ¿yo no voy a ser capaz de ofrecerle nada?; y entendió en su alma que Dios le llamaba a su servicio. Comencé a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor.

¿Para hacer qué? ¿Dónde? Lo ignoraba. Yo no sabía lo que Dios quería de mí, pero era, evidentemente, una elección. Ya vendría lo que fuera… De este modo, tan sobrenatural como sencillo, Dios le indicó la dirección —la entrega plena—, pero sin señalarle el camino con claridad. Tuvo que rezar, pedir luces, aconsejarse… como todos los que quieren seguir al Señor. Habló con el Padre José Miguel, que le ayudó en aquellos momentos decisivos, y desde entonces guardó un profundo afecto por la Virgen del Carmen y el Carmelo. No sabía qué hacer: sólo tenía presagios, presentimientos, barruntos en el habla aragonesa. Barrunté el Amor, la llamada de Dios, que quería algo. Yo no sabía lo que era.

Tomó una decisión trascendental en su vida con la ayuda de la Virgen, sin esperar la llegada de unas luces meridianas, de unas gracias tumbativas, como las que recibió San Pablo, que Dios no tenía por qué darle. Dios le llamó en la normalidad de lo cotidiano, con un signo en medio de la calle y Josemaría respondió con generosidad plena, demostrando la madurez espiritual de su corazón de adolescente. Mi Madre del Carmen me empujó al sacerdocio. Yo, Señora, hasta cumplidos los dieciséis años, me hubiera reído de quien dijera que iba a vestir sotana. Decidió hacerse sacerdote, algo en lo que no había pensado, para llevar a cabo ese querer de Dios aún desconocido.

Sus padres, como buenos cristianos, respetaron su decisión, y poco tiempo después ingresó en el Seminario de Logroño. Por medio del sacerdocio —intuyó— podría ser fiel a ese algo grande que Dios le pedía; algo, comentaría años después, que todavía estoy paladeando y que me ha endulzado la vida.

Y oraba, de modo incesante: ¡Señor que vea! ¡Señor que sea!

Perdiguera. ¡Con qué ilusión recuerdo aquello!

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Perdiguera, de donde fue nombrado Regente auxiliar, era un pueblo de 870 habitantes, a 24 kilómetros de Zaragoza. Realizó una intensa labor sacerdotal. Tiempo después estuvo brevemente en otro pueblo, Fombuena. He estado dos veces en parroquias rurales. ¡Qué alegría cuando me acuerdo! Me hicieron un bien colosal, colosal, colosal! ¡Con qué ilusión recuerdo aquello!

Entre los vecinos de Perdiguera había un muchachito que pastoreaba unas cabras, con el que charlaba con frecuencia: me daba pena ver que pasaba todo el día por ahí, con el rebaño. Quise darle un poco de catecismo, para que pudiera hacer la Primera Comunión. Poco a poco, le fui enseñando algunas cosas.

Un día se me ocurrió preguntarle, para ver cómo iba asimilando las lecciones:

—Si fueras rico, muy rico, ¿qué te gustaría hacer?

¿Qué es ser rico?, me contestó.

—Ser rico es tener mucho dinero, tener un banco…

—Y… ¿qué es un banco?

Se lo expliqué de un modo simple y continué:

—Ser rico es tener muchas fincas y, en lugar de cabras, unas vacas muy grandes. Después, ir a reuniones, cambiarse de traje tres veces al día… ¿Qué harías si fueras rico?

Abrió mucho los ojos, y me dijo por fin:

—Me comería ¡cada plato de sopas con vino!

Todas las ambiciones son eso; no vale la pena nada. Es curioso, no se me ha olvidado aquello. Me quedé muy serio, y pensé: Josemaría, está hablando el Espíritu Santo.

Esto lo hizo la sabiduría de Dios, para enseñarme que todo lo de la tierra era eso: bien poca cosa.

Ese era su Maestro: el Espíritu Santo. La Sabiduría divina iba enseñándole, guiándole, escribiendo derecho a través de los aparentes renglones torcidos con los que se encontraba, desconcertantes a primera vista: incomprensiones de parientes, problemas económicos… Cuando regresó a Zaragozase hizo cargo de una capellanía y continuó sus estudios de Derecho, al tiempo que daba clases en el Instituto Amado.

Madrid, 20 de julio de 1936

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Desde las primeras horas de la mañana del domingo 19, simpatizantes de los sublevados no han cesado de afluir hacia el Cuartel de la Montaña, justo enfrente de los balcones de la Residencia.

Al darse cuenta, guardias y milicianos han empezado a cortar las calles vecinas a eso del mediodía, pidiendo la documentación a todos los que pasan. Al despuntar el alba del día siguiente, las masas desencadenadas inician el asalto al cuartel. El tiroteo es casi constante y las balas se estrellan, a veces, en la fachada de la Residencia.

Al finalizar la mañana del lunes 20, los asaltantes irrumpen en el cuartel, matan a los defensores y se apoderan de las armas que encuentran allí.

El Padre ha enviado a todos los de la Obra con sus familias, recomendándoles que le comuniquen si han llegado sin novedad.

Por teléfono, se entera de que Juan Jiménez Vargas, Álvaro del Portillo y José María Hernández de Garnica están reunidos en casa de Juan, y les anuncia que piensa abandonar la casa de Ferraz. Pero salir en sotana hubiese sido firmar su sentencia de muerte, así que, habiendo encontrado un mono de trabajo, que le está un poco grande, se lo pone. Vestido de tal guisa, se abre paso, acompañado de Isidoro Zorzano y de José María González Barredo, entre los grupos de gente alborotada que rodea el Cuartel. La excitación reinante es tal, que nadie se fija en el amplio círculo de la tonsura del Padre.

Se dirige inmediatamente a casa de su madre, donde permanece escondido algunos días, en compañía de Juan, que se reúne con él unos días más tarde.

Juan Jiménez Vargas, que ha ido al depósito de cadáveres, ha podido comprobar que los rumores que circulan por la ciudad sobre fusilamientos masivos son, desgraciadamente, ciertos.

En busca de algún lugar seguro

Unos días más tarde, el 25 de julio, tras convencer al Padre para que siga escondido, Juan va a la Residencia para ver qué ha pasado. No ha hecho más que llegar, cuando aporrean la puerta. Es una patrulla de la F.A.I. (Federación Anarquista Ibérica), que viene a requisar el edificio. Lo registran de arriba abajo y, en la habitación del sacerdote, descubren la sotana, el cilicio y las impresionantes disciplinas de don Josemaría.

-¿Vives tú aquí? le preguntan los milicianos.

-No -responde Juan.

-Entonces, vamos a tu casa.

Lo escoltan hasta ella y la registran minuciosamente. Juan ya se ve en la cárcel, pero, inesperadamente, le dejan libre.

Ese mismo día, Juan y Álvaro del Portillo se reúnen en la calle de San Bernardo para comentar los acontecimientos, que se suceden a un ritmo trepidante. Circulan rumores alarmantes. La situación, al parecer, se ha cristalizado. Los sublevados han vencido en bastantes lugares y dominan Navarra, Álava, gran parte de Aragón, Castilla la Vieja (excepto Santander), León, Galicia, parte de Extremadura y algunas ciudades andaluzas: Cádiz, Sevilla, Córdoba y Granada. La zona “nacional”, pues, es bastante amplia y a ella hay que añadir las islas Canarias y el Protectorado español en Marruecos, donde se inició el alzamiento. Casi, casi, la mitad de España. Los comunicados oficiales del Gobierno de 1a República hablan de un levantamiento limitado y dan a entender que pronto será sofocado, pero algunos pronostican una guerra larga. Es el caso del Padre, que comprende enseguida la gravedad de la situación.

En los días siguientes al alzamiento han caído asesinados muchos sacerdotes, religiosos y religiosas, sacados a viva fuerza de las iglesias y los conventos. El 25 de julio, el Gobierno republicano expropia, por decreto, todos los edificios pertenecientes a congregaciones religiosas y a obras pías o de beneficencia. Unos días más tarde, ordena clausurar las iglesias. Cualquier acto de culto se convierte en clandestino y es objeto de las sanciones más duras, incluida la pena de muerte.

Juan y Álvaro comprenden que el futuro se presenta muy negro y que no habrá libertad religiosa en mucho tiempo. ¿Tendrán que emigrar para proseguir haciendo la Obra? En cualquier caso, saben que Dios quiere que se realice, y que se realizará efectivamente, aunque sea por caminos extraordinarios.

El Padre, por su parte, está preocupado, porque no sabe nada de Ricardo Fernández Vallespín y de Francisco Botella, que siguen en Valencia. Pedro Casciaro está con su familia en Torrevieja, cerca de Alicante, y otros miembros de la Obra siguen dispersos por Madrid. En cuanto a José María Hernández de Garnica, se encuentra preso en la cárcel Modelo, de la cual sacan a diario algunos detenidos para fusilarlos sin juicio previo.

A comienzos de agosto, el Padre se entera de que van a hacer un registro en la casa de la calle del Doctor Cárceles donde vive su madre, así que, por indicación de su familia, se dispone enseguida a abandonarla. Si descubrieran que es sacerdote, le detendrían inmediatamente, con la segura previsión de un fusilamiento.

Un dramático registro

Desde la casa de su madre, se dirige, con Juan Jiménez Vargas, al piso tercero de una casa situada en el número 31 de la calle de Sagasta, donde vive Manuel, un ingeniero al que conoce desde hace tiempo y que se halla solo, porque su familia está fuera de Madrid. El Padre llega hacia mediodía y Juan en las primeras horas de la tarde, para no llamar la atención del portero. Unos días más tarde, se une a ellos un primo de Manuel.

Una anciana sirvienta les prepara la comida lo mejor que puede (para no levantar sospechas, sólo compra provisiones para dos personas). Todos temen que en cualquier momento se presenten los milicianos para hacer un registro, pues ya ha habido dos en el mismo inmueble, cuarenta y ocho horas después de su llegada.

Una noche, obligan a tener todos los pisos con la luz encendida, y los refugiados tienen que confinarse en las habitaciones interiores. El mismo incidente se reproduce unos días más tarde, por lo que la tensión es muy grande.

El Padre reza por la Iglesia, por los que están con él, por los miembros de la Obra que están lejos físicamente, por su familia, por los que están siendo perseguidos y por sus perseguidores… Su preocupación es muy grande.

El 27 y el 28 de agosto, los “nacionales” bombardean Madrid y los milicianos refuerzan la vigilancia. El 30, a primera hora de la mañana, llaman a la puerta. Todos temen que se trate de un registro. Según lo convenido, la sirvienta tarda en abrir, para que los refugiados tengan tiempo de escapar por la puerta de servicio y esconderse en el desván. Pero no es más que una vecina y pronto pueden regresar al piso.

A última hora de la mañana, llaman de nuevo a la puerta. La sirvienta acude, sin prisa. Esta vez sí son los milicianos. Para llamar la atención de los que están dentro, grita:

- “No hay nadie… Soy sorda, ¿saben?… No oigo nada”. Hablaba a voces, como habían quedado de acuerdo, para indicar la presencia de los milicianos.

Los refugiados, al oírla, se apresuran a alcanzar el desván. Es tan bajo, que tienen que sentarse en el suelo. El calor es asfixiante…

De pronto, oyen pasos en la escalera. Se aproximan… Parece como si los milicianos estuvieran pared por medio, aunque en realidad están en el piso de abajo. Poco a poco, los pasos se alejan, pero el ruido que hacen al registrar prosigue.

Don Josemaría ha dicho que es sacerdote al primo de Manuel, que está aterrado. En algunos momentos, los milicianos están tan cerca, que da la impresión de que van ya a registrar el desván. Entonces, les da la absolución -a él y a Juan-, sin confesión, recordándoles que deberán hacerlo en la primera ocasión que tengan. Las palabras del Padre dan tal serenidad a Juan, que no tarda en quedarse dormido…

Hacia las nueve y media cesan los ruidos. Esperan como media hora más antes de bajar hasta el cuarto. Cubiertos de polvo y con la lengua pegada al paladar llaman a la puerta del piso de una familia amiga.

- Hasta hoy no he sabido lo que vale un vaso de agua -comenta el Padre con los que le han acogido.

Entonces se enteran de que no han podido avisar a Manolo, que se encontraba fuera de casa, y lo han detenido en el momento de llegar.

Al día siguiente volvieron los milicianos y registraron el piso cuarto derecha. En el cuarto izquierda, donde se habían refugiado, ni siquiera entraron. Únicamente pidieron las herramientas que necesitaban para desvalijar el piso de al lado.

Don Josemaría trata de desdramatizar la situación gastando algunas bromas para distraer a los que están con él, pero la conversación recae inevitablemente en la guerra. Entonces rezan juntos el Santo Rosario, que el Padre dirige.

Día y medio más tarde, les dice que no es oportuno ni razonable que él y sus compañeros permanezcan más tiempo en aquella casa. Esa misma mañana, se lanzan a la calle mientras distraen la atención del portero.

Conducen a los fugitivos a un piso habitado por una viuda con dos de sus hijos, pero uno de ellos es demasiado pequeño y puede escapársele algo. Así pues, deciden buscar otro refugio.

Para don Josemaría, el peligro de que le identifiquen como sacerdote es constante. Un día, se entera de que por Madrid corre el rumor de que lo han matado. Y es que, a un hombre que se le parecía mucho, lo han ahorcado en un árbol, cerca de la casa de doña Dolores. La noticia le deja petrificado. Imagina lo que sentirá su madre y su pensamiento no se aparta de aquel pobre hombre, asesinado en su lugar. En adelante, le encomendará en su Misa diaria…

Amigos hay que rehúsan acogerle, sabedores de lo arriesgado que es esconder a un sacerdote. Incluso los que le alojan, lo hacen con miedo, por lo que el Padre se apresura a irse para no hacerles correr riesgos innecesarios. Dormirán en un lugar diferente cada noche y, de día, circularán por las calles, pues no tienen documentación alguna.

Como no puede celebrar la Santa Misa -lo cual le hace sufrir mucho-, el Padre recita de memoria todas las oraciones litúrgicas, excepto las palabras de la consagración. La colecta, la secreta y la postcomunión son invariables (una súplica al Señor para que envíe operarios a su mies), lo mismo que el Evangelio: la llamada de Jesús a los Apóstoles. Una comunión espiritual sustituye a la Comunión. Don Josemaría las llama misas secas.

El Padre, con Álvaro y Juan

Álvaro del Portillo estaba escondido, con uno de sus hermanos, en un chalet de la calle de Serrano que pertenecía a unos amigos de su familia. Habían colocado en la fachada un cartón con los colores de la bandera argentina, lo que inspiraba una cierta seguridad. Sin embargo, la casa contigua albergaba algunos servicios de la Dirección General de Seguridad y estaba vigilada día y noche por milicianos. Había, pues, que andarse con pies de plomo para no llamar la atención…

Al cabo de un mes, aproximadamente, Álvaro, ajeno al peligro que corre, decide ir al Ministerio de Obras Públicas para saber si ha sido eliminado de la lista de colaboradores de la Confederación Hidrográfica del Tajo, donde trabajaba al empezar la guerra. Al salir, se sienta a descansar un poco en una de las mesas de un bar que estaban en la acera. De pronto, un hombre le aborda. Es el padre de José María González Barredo, que le susurra al oído:

- ¿Sabes quién está en mi casa? ¡El Padre! Me ha pedido descansar allí un momento porque no se tiene de pie. Pero el portero no es de fiar. Si se da cuenta, corremos serio peligro…

- ¡Pues que venga conmigo!

- Voy a buscarle ahora mismo.

El Padre y Álvaro pronto tienen la alegría de reunirse de nuevo. Poco después, Juan Jiménez Vargas se unirá a ellos.

En el chalet de la calle de Serrano no pierden el tiempo. Estudian, escriben, rezan… Pero también tienen momentos de descanso que les ayudan a soportar el encierro. Todos los días, el Padre dirige una meditación en voz alta.

El primero de octubre, otro hermano de Álvaro les avisa que están registrando las casas que pertenecen a los propietarios del chalet. Habrá, pues, que partir para no tentar a Dios. El Padre piensa sobre todo en el porvenir de la Obra, pues por lo que a él respecta, nada teme.

En la víspera del aniversario de la fundación del Opus Dei, piensa -y habla con Álvaro del Portillo, con quien lo ha comentado- que el Señor le tiene reservado un favor especial, como ha hecho otras veces en la misma fecha, de forma inesperada.

Eso piensa, pero, de repente, siente miedo, como si las angustias acumuladas en los últimos meses recayeran de golpe sobre sus hombros. Estaba contento de ser mártir, pero sentía un miedo físico. Durante unos segundos, le tiemblan las piernas, como si no pudieran soportar ese peso. Cuando, por fin, se recobra, se da cuenta de que el Señor ha querido darle una lección: no era con sus propias fuerzas con las que debía contar.

Tal era, pues, el “favor” que esperaba…

Toda nuestra fortaleza es prestada.

Juan sale en busca de un nuevo refugio. El Padre, por su parte, después de hacer varias llamadas telefónicas, se va también, dejando allí a Álvaro y a Pepe, hermano de éste. Cuando regresa, es para anunciarles, llorando, el martirio de dos sacerdotes recientemente asesinados.

Uno de ellos, don Lino Vea-Murguía, asistía regularmente a las reuniones de sacerdotes que el Padre organizaba y le ayudaba a confesar a los primeros miembros de la Obra y a sus amigos. El otro era el Padre Poveda, Fundador de la Institución Teresiana, con quien le unía una gran amistad. ¡Qué alegría después de perderlo -muchas lágrimas- saber que sigue queriéndonos desde el cielo!: precisamente éste fue el tema de una de nuestras últimas conversaciones… En efecto, habían hablado de la posibilidad de que los mataran y habían llegado a la conclusión de que allí -en el Cielo- se querrían todavía más.

El Padre cuenta también a Álvaro del Portillo que, queriéndole hacer un favor, un miembro de la Obra le había dado la llave del piso de una familia amiga suya que estaba fuera, pero al saber que allí seguía viviendo sola una sirvienta joven, de veintidós o veintitrés años, había rehusado el favor. Y, para evitar tentaciones, había arrojado la llave por la boca de una alcantarilla.

Un extraño refugio

En los primeros días de octubre, encuentran un extraño refugio para ocultar al Padre: una pequeña clínica para enfermos mentales, situada en la calle de Arturo Soria y dirigida por un psiquiatra, el doctor Suils, hijo de un médico que los Escrivá habían conocido en Logroño.

Unos veinte enfermos mentales residen en ella; los demás son refugiados. El Padre queda internado allí, tomando toda clase de precauciones para no llamar la atención de enfermeras y empleados. Eso quiere decir que se hace pasar por loco, con mayor motivo porque alguna enfermera sospecha algo. En efecto, un día se presentan los milicianos y se llevan a uno de los refugiados, al que ejecutarían luego.

Afortunadamente, su hermano Santiago no tarda en unirse a él. Su madre, que ha tenido que abandonar el piso a causa de los bombardeos de las tropas nacionales, le ha enviado a la clínica del doctor Suils.

Los únicos que saben que Josemaría Escrivá es sacerdote son el doctor Suils, su ayudante, una de las enfermeras y otro refugiado. Isidoro, gracias a un brazalete que atestigua su nacionalidad argentina, es el único que puede circular libremente por Madrid. Por él, el Padre sabe algo de sus hijos, dispersos por la geografía española, y por mediación suya, también, les envía palabras de ánimo y consuelo.

Álvaro del Portillo, de momento, ha encontrado refugio en la Legación de Finlandia, que meses más tarde sería asaltada. A Juan Jiménez Vargas lo han encarcelado y han estado a punto de ejecutarlo, pero, inesperadamente, terminan por soltarlo. De quien no tienen noticias es de Vicente Rodríguez Casado; hasta febrero de 1937 no sabrán que ha encontrado refugio en la Legación de Noruega. En cuanto a José María Hernández Garnica, se ha librado de la muerte tras ser condenado -ignora los motivos- por un tribunal popular y ha sido trasladado a una cárcel de Valencia.

Aprovechando su estancia en la clínica, le someten a un fuerte tratamiento antirreumático. La reacción que le produce es dolorosa y, cada vez que le administran la medicación, se queda baldado, pero don Josemaría sigue confiando, con más fuerza que nunca, en la ayuda de Dios. Su serenidad asombra a todos. Los que reciben sus cartas recobran la esperanza y quedan reconfortados. José María González Barredo y Juan Jiménez Vargas han pasado algunos días en el sanatorio del doctor Suils, pero no pueden permanecer mucho allí, y tienen que marcharse.

Ha sufrido mucho, sobre todo, por no poder decir Misa hasta que una autorización hecha pública por la Santa Sede el 22 de agosto, le ha permitido celebrarla a escondidas, en su cuarto, sin altar, sin ornamentos, utilizando un vaso como cáliz y procurando que una enfermera “fiel” vigile en el pasillo…

Roma, 26 de junio de 1975

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Aquella noche, en Europa, y a medida que pasan las horas en el resto del mundo, a miles y miles de hombres y mujeres les cuesta conciliar el sueño. Una y otra vez repiten, sin acabar de creérselo: ¡Ha muerto el Padre!

Cuando, tras hora y media de esfuerzos -durante la que don Álvaro del Portillo ha administrado la Extremaunción a Mons. Escrivá de Balaguer y le ha dado la absolución varias veces-, sus hijos comprenden que es inútil cualquier nueva tentativa de reanimación, todos se arrodillan para rezar, sin tratar de contener las lágrimas.

Unos minutos más tarde dos miembros del Opus Dei contemplan de rodillas, cerca de una de las puertas de Villa Tévere, cómo transportan el cuerpo del Padre, sobre una tarima, al oratorio de Santa María de la Paz.

Don Álvaro del Portillo ha mandado comunicar la noticia enseguida a Su Santidad el Papa, y Pablo VI, al recibirla, se ha retirado a rezar a su oratorio privado.

También ha mandado que se comunique, por teléfono o por telegrama, a los Consiliarios de todos los países donde la Obra trabaja.

En las primeras horas de la tarde de ese mismo jueves, empiezan a llegar personalidades civiles y eclesiásticas a Villa Tévere, para rezar ante el cuerpo del Fundador del Opus Dei, que, revestido con un alba de encaje bajo la que se trasluce el fondo púrpura de prelado, reposa ahora sobre un paño negro, al pie del altar.

Las Misas se suceden en el oratorio. La primera la ha celebrado don Álvaro, quien, el viernes, a las seis de la tarde, celebra también la última, de corpore insepulto.

Al darle el pésame, un cardenal le ha dicho que es un día de duelo no sólo para el Opus Dei, sino para toda la Iglesia. Otro ha exclamado: “¡Cuánto bien va a hacer ahora a la Iglesia desde el Cielo!”

Mons. Deskur, Presidente de la Comisión Pontificia para la Comunicación Social, ha manifestado, por su parte, lo agradecido que estaba al Padre y al Opus Dei por lo mucho que habían hecho por la Iglesia en el campo del apostolado de la opinión pública, añadiendo que quería ser el primero de los obispos que solicitara su beatificación.

Durante el jueves y el viernes, no cesan de llegar testimonios de pésame.

En la tarde del viernes 27, después de celebrada la última misa de corpore insepulto, Mons. Escrivá de Balaguer es enterrado en la cripta del oratorio de Santa María de la Paz; la tumba se cubre con una lápida de color verde oscuro que el Padre había mandado preparar.

El sábado, 28 de junio, con asistencia de seis cardenales y numerosos obispos y prelados, se celebran unos solemnes funerales en la basílica de San Eugenio, llena a rebosar. El recogimiento de los asistentes y las innumerables comuniones que se imparten impresionan a las personalidades presentes, entre las cuales hay varios embajadores.

Terminada la misa, llega a la Sede Central del Opus Dei un telegrama firmado por el Cardenal Villot, Secretario de Estado, expresando que el Papa Pablo VI reza y ofrece fervientes sufragios para que el Señor conceda al Fundador del Opus Dei “la recompensa eterna por su celo sacerdotal”. Por la tarde, el Santo Padre envía al Secretario General del Opus Dei una carta en la que le comunica que el día antes ha ofrecido la Misa por el eterno descanso de Mons. Escrivá de Balaguer y que, consciente de la pérdida que ha sufrido la Iglesia, sigue rezando por él, pidiendo a Dios que todos los miembros del Opus Dei sigan siendo muy fieles al espíritu que, por voluntad divina, les ha legado el Fundador.

Mons. Benelli, sustituto de la Secretaría de Estado, ha ido a rezar, el jueves por la tarde, ante el cuerpo de Mons. Escrivá. También ha representado al Santo Padre en los funerales celebrados en la basílica de San Eugenio.

Casi simultáneamente, se celebran misas en distintas iglesias de numerosas ciudades de todo el mundo. La prensa se hace eco de estas ceremonias. Tanto en Kenya como en Japón, en Australia o en Filipinas, en Londres o en París, en Washington o en Buenos Aires, los informadores ponen de relieve la piedad y el dolor sereno de todos los asistentes.

En muchos lugares del mundo se producen, con este motivo, fenómenos espirituales muy singulares: cambios súbitos de vida, confesiones, conversiones de gentes apartadas de la Iglesia… Mientras tanto, en Roma, ha comenzado, por la cripta en donde yace enterrado el Padre -75, viale Bruno Buozzi-, el desfile ininterrumpido de personas de todos los países y de todos los ambientes. A veces, son familias enteras las que van a rezar unos instantes ante la lápida en la que se han puesto sólo dos palabras: EL PADRE. Y dos fechas: 9-1-1902 y 26-VI-1975. Las de su nacimiento y de su muerte. Su oración silenciosa confía ya a la intercesión del Fundador del Opus Dei preocupaciones pequeñas o grandes, problemas de diversa índole y, también, acciones de gracias por los favores que ha empezado a alcanzar en el Cielo.

Durante las semanas siguientes y a lo largo de todo el verano, van llegando a la Sede Central del Opus Dei miles y miles de testimonios sobre las virtudes que Mons. Escrivá de Balaguer supo vivir en grado heroico. Muchas cartas piden que se abra el proceso de beatificación. La procedencia y el estilo de estas cartas y testimonios ponen de manifiesto hasta qué punto la espiritualidad del Opus Dei ha penetrado en muchos países y en todas las capas sociales. Porque esas “cartas postulatorias”, esos testimonios, proceden de gentes jóvenes y mayores, humildes o encumbradas; de instituciones promovidas por el Opus Dei; de personalidades civiles -hombres de Estado, universitarios, escritores…-; de dignidades eclesiásticas -cardenales, arzobispos, obispos: un tercio del episcopado mundial-; y de religiosos y religiosas.

El 15 de septiembre de 1975, dos meses y medio después de que Dios llamara al Cielo a Mons. Escrivá de Balaguer, es elegido sucesor don Álvaro del Portillo. La votación ha sido unánime y los electores, pertenecientes a ochenta nacionalidades de otros tantos países en los que hay miembros de la Obra, no han necesitado más que un solo escrutinio.

Para el Opus Dei, acaba de comenzar una etapa de continuidad en la fidelidad a la herencia espiritual del Fundador.

ESPAÑA. Amplitud de espíritu

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Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

En Vallecas, un suburbio de Madrid, donde el Fundador del Opus Dei trabajó cuando era un joven sacerdote, hay un instituto que se llama Tajamar. Para llegar a él hay que pasar junto a una serie de casas modestísimas y edificios llenos de contrastes, que muestran la vitalidad y la pobreza de un barrio popular. Muchas de ellas existían ya hace treinta años, cuando los miembros del Opus Dei se instalaron allí. A mí me recordaron las de un barrio pobre de Sydney que solía visitar con mis padres, hace años, para ver a una tía gravemente enferma. La pobreza que en ellas se incubaba se revelaba a veces en las inmundicias que se vertían en las calles, y en las peleas callejeras.

Cuando empezó Tajamar, a finales de los años cincuenta, las gentes de Vallecas miraban con recelo a los que venían de fuera, pues pensaban que querían aprovecharse de ellos. Los políticos les habían hecho tantas vanas promesas que acogieron a los recién llegados con desprecio, llegando a insultarles y a apedrearles. Les llevó su tiempo, pero los del Opus Dei lograron la confianza de los vallecanos, e instalaron una escuela en una antigua vaquería.

Pero los chicos no acudían, así que los profesores recogieron algunos golfillos en el arroyo y fueron con ellos a su casa para explicarles a sus padres que convenía que fuesen a la escuela.

En Tajamar, como en otras instituciones docentes dirigidas por miembros del Opus Dei, reina el convencimiento de que los padres deben ser los primeros educadores de sus hijos. Cada alumno tiene un preceptor con el que puede hablar de sus estudios y al que puede exponer sus problemas personales, pero los preceptores hablan también periódicamente con los padres de los alumnos, con objeto de ayudar mejor a los chicos, no sólo en los estudios, sino también en el orden espiritual y moral.

En 1963, Tajamar inició cursos de gramática y aritmética para los padres de los alumnos. Algunos de ellos trabajaban desde las primeras horas de la mañana hasta las seis de la tarde, por lo que las clases eran nocturnas y terminaban a las 10 de la noche.

Cuando el problema del desempleo se hizo muy agudo, Tajamar inició cursos de formación profesional en mecánica, electrónica, artes gráficas, diseño y administración. Actualmente cuenta con 2.500 alumnos -de enseñanza primaria, secundaria y formación profesional. Con frecuencia el Instituto recibe visitas oficiales del extranjero, enviadas por diversos ministerios, interesadas en conocer este singular centro educativo.

Durante mi estancia en España pude visitar Madrid (la capital), Barcelona (ciudad industrial y puerto situado al nordeste), Pamplona (ciudad del norte inmortalizada por Hemingway) y Torreciudad, un santuario dedicado a la Virgen María, próximo a los Pirineos y a Francia. El Opus Dei está presente en muchos más lugares de España, pero, incluso en éstos, la variedad de sus actividades ilustra claramente la diversidad de gentes y de proyectos. En España, más que en ningún otro país, se aprecia que los miembros del Opus Dei pertenecen a toda clase de profesiones e impulsan las iniciativas más variadas.

Uno de los signos más visibles de la presencia del Opus Dei en España es el gran número de centros docentes creados por iniciativa de padres de familia, miembros del Opus Dei, junto con otros que no lo son. Uno de estos centros es Pineda, un colegio situado en el cinturón industrial de Barcelona, al norte de Hospitalet de Llobregat, una zona en la que la gente no se puede permitir llevar a sus hijos a colegios caros, pues los padres suelen ser trabajadores de condición humilde.

Pineda comenzó como un simple colegio, pero ahora realiza otras tareas de tipo social. En la zona hay problemas de delincuencia, prostitución y alcoholismo, algo que afecta especialmente a las familias que proceden de áreas rurales. Por eso, en Pineda se ayuda y aconseja a los padres para que sepan cómo encarar esos peligros. Las profesoras me dijeron que, de ordinario, aconsejan a los padres a no reaccionar de manera airada o imponiendo a los hijos terribles castigos, sino enseñándoles a ser libres y al mismo tiempo responsables. Monseñor Escrivá aconsejaba a los padres: “No es camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los que se espera una ayuda eficaz y amable. Es necesario que los padres encuentren tiempo para estar con sus hijos y hablar con ellos. Los hijos son lo más importante: más importante que los negocios, que el trabajo que el descanso. En esas conversaciones conviene escucharles con atención, esforzarse por comprenderlos, saber reconocer la parte de verdad -o la verdad entera- que pueda haber en algunas de sus rebeldías. Y, al mismo tiempo, ayudarles a encauzar rectamente sus afanes e ilusiones, enseñarles a considerar las cosas y a razonar; no imponerles una conducta, sino mostrarles los motivos, sobrenaturales y humanos, que la aconsejan. En una palabra, respetar su libertad, ya que no hay verdadera educación sin responsabilidad personal, ni responsabilidad sin libertad.”

Un escritor

Una tarde, en la histórica Plaza Mayor de Madrid, el escritor y periodista Miguel Álvarez Morales me habló, después de haber almorzado juntos, de la influencia que el Opus Dei había ejercido en su vida. Miguel, hombre vibrante, con un bigote amarillento por la nicotina, es autor de una novela histórica sobre Álvar Núñez Cabeza de Vaca, el descubridor y explorador de nuevas tierras en América. Ha escrito también un relato de los viajes del Papa Juan Pablo II, una obra de historia titulada Las guerras de la posguerra y un libro de poesía, La flauta de caña.

“Todos los años escribo un artículo para explicar cómo me siento en el Opus Dei. Siempre supe que tendría vocación -me dice Miguel-, que Dios quería algo de mí; pero no como religioso. Sabía que no había sido llamado a ninguna Orden. Amaba mucho al mundo… Hasta que un día alguien me habló del Opus Dei. “¡Un momento!”, le interrumpí. “Qué estás diciendo?… Que puedo casarme y seguir cultivando la poesía y. .. ¡Un momento!”. Yo sentía que Dios me decía: Ven… Ven… Pero no sabía lo que quería. Y resulta que lo que quería es que fuese del Opus Dei: permanecer en el mundo y, al mismo tiempo, pertenecer por completo a Dios. Continuar ‘escribiendo y querer mucho a mi mujer y a mis hijos, y además servir a Dios en todo.”

Así fue como Miguel se convirtió en miembro del Opus Dei, permaneciendo en el mundo y siendo padre de ocho hijos. “Necesitaba tener muchos hijos para expresarme a mí mismo -me dijo, riendo Cada uno tiene algo, ¿sabes?, y yo necesitaba tener ocho para expresarme…. Algo parecido le pasa a Dios: chinos, africanos, españoles… Se expresa de muchas maneras. Una de las cosas que me entusiasman de la familia es que, como dice el Papa, es el único lugar en el que se puede ser el que se es. En familia uno es Miguel, o Pepi, o’ como se llame. Fuera del hogar es poeta, o periodista, o lo que sea. Pero en casa uno es simplemente Miguel.”

Un taxista

Una de las personas que entró en contacto con el Opus Dei a través de Tajamar, donde estudiaban sus hijos, es Joaquín Puerto Gracia, un taxista de mediana edad y complexión robusta que, con la llaneza con que suele hablar, me contó cómo una vez “hizo Opus Dei” en su taxi: “Un día, subió al taxi un individuo que me dijo que llevaba cuatro días bebiendo, sin pisar su casa ni ver a su mujer y sus hijos. Se había gastado su paga casi entera y cuando me dijo que si quería tomar algo con él, le dije que sí, pero en lugar de entrar en un bar le llevé a una chocolatería. Cuando se dio cuenta de que allí no podía tomar alcohol, empezó a decir, entre palabrotas, que le sacara de allí. No podía comprender por qué me interesaba por él, pero cuando se calmó un poco empezó a contarme su vida. Cuando terminó, le mostré una iglesia que había muy cerca, le dije que yo iba a entrar en ella, y le pedí que me acompañase. “¿Por qué demonios he de ir yo a esa iglesia cuando hace años que no piso ninguna?”, me respondió. Pero vino conmigo, a pesar de todo, y al cabo de unos minutos, dijo : “¿Sabes? Me encuentro muy bien aquí”. Minutos más tarde, se acercó a un confesionario y, después de confesarse, se quedó a oír Misa. Al día siguiente me telefoneó para decirme que iba a bautizar a su último hijo. Desde entonces somos muy buenos amigos. Dejó de beber y se convirtió en un buen padre de familia”.

Una empleada de hogar

María Teresa Sánchez ha intervenido en algunos programas de televisión para hablar de temas relacionados con el servicio doméstico. Es miembro del Opus Dei desde hace 36 años y sigue estando entusiasmada con su profesión. “Trato de convertir mi trabajo -planchar, cocinar, hacer las camas, servir la mesa en oración, realizando esas tareas lo mejor que puedo y ofreciéndolas a Dios. Procuro encontrar cada día algo que puedo hacer mejor. Estoy convencida de lo que decía Monseñor Escrivá: que el trabajo bien hecho beneficia rápidamente a los demás. Y servir a los demás es servir a Dios.”

María Teresa, de joven, era muy buena estudiante y sus profesoras le aconsejaron que hiciese alguna carrera. Cuando les dijo que estaba encantada con la profesión que tenía, no salían de su asombro. “Como Monseñor Escrivá solía decir -señaló-, es lo que hizo durante toda su vida la Madre de Dios, que es la criatura más excelsa de cuantas existen.”

Si muchas amas de casa se consideran infelices haciendo lo que hacen es porque no piensan en los demás, opina María Teresa. “Verdad es que las tareas domésticas son engorrosas, pero también es cierto que tienen buenos e inmediatos resultados.”

Un soplador de vidrio

Enric Hernández Sánchez tiene 53 años y es un hombre tranquilo, de voz apacible, que ha consumido la mitad de su vida inclinado sobre un ancho banco de madera dando forma al vidrio encima de un quemador. A primera vista parece una vida agradable. Es su propio patrón y sus creaciones -rosas delicadas, copas de filigrana, graciosas jaulas de cristal- le dejan a uno pasmado cuando el sol que entra en su taller incide sobre ellas y las hace resplandecer. Enric llevaba ya casi medio siglo soplando cristal cuando conoció el Opus Dei, y su soplo ya no era tan vivo, ni sus creaciones tan resplandecientes, pero el Opus Dei le hizo descubrir otra dimensión de su trabajo.

“Antes de conocer el Opus Dei, me estaba haciendo viejo, no sólo por la edad, sino también profesionalmente -me dijo-. Me faltaba ambición, entusiasmo por lo que hacía. El Opus Dei me rejuveneció. Me hizo ver que trabajar es otra forma de rezar. Empecé a experimentar, a diseñar nuevas formas, y no tardé en volver a encontrar satisfacción en mi trabajo, haciendo cosas bonitas. En ese proceso de renovación comprendí por qué era soplador de vidrio y no otra cosa. Había una conexión clara entre mi vocación humana y mi vocación sobrenatural: Antes me sentía frustrado, como si me hubiese equivocado de profesión. En un libro que recoge algunas de sus homilías, Es Cristo que pasa, Monseñor Escrivá habla de la parábola del sembrador. Los granos de trigo se desparraman por el suelo y allí donde caen, Dios quiere que den fruto. Donde caen, donde cada uno estamos, donde está nuestra lucha diaria… Yo sobrenaturalizo mi trabajo, en primer lugar, ofreciéndoselo a Dios. Trato de hacerlo lo mejor que puedo. Trabajo siempre con cosas materiales y hay un montón de cosas que se pueden aprender de la materia, pero hay que dominarla. Así que lo que pido a Dios es que sea capaz de hacer bien las cosas, lo mejor que pueda, para que le den más gloria.”

Además de colegios de primera y de segunda enseñanza, los miembros del Opus Dei en España han tenido iniciativas educativas de muy diversa índole. Tal vez las más difundidas sean las Escuelas Familiares Agrarias (EFA), dirigidas a impulsar la formación de los campesinos, sector de la población más pobre y menos favorecido. Hay en España unas 36 EFA, que forman al 80 por 100 de la población joven campesina.

Durante mi viaje, visité una EFA llamada La Casa de Quintanes, situada en los altos de Llucanes, a unos 60 kilómetros de Barcelona, e instalada en un viejo edificio del siglo XVII, remodelado, donde se alojan 156 estudiantes. Cuando llegué disfrutaban de un rato de tiempo libre y, en chándal o ropa de deporte, se dedicaban a los más diversos menesteres: barrer, fregar, hacer reparaciones, conducir un tractor, etc. Se veía que disfrutaban. Todo tenía un aspecto de hogar, de familia. En el césped, un par de estudiantes jugaban con un perro, mientras el cocinero, que vive allí con su familia, cuidaba del huerto.

En las EFA se alterna la enseñanza teórica con las prácticas de la tierra. También se ayuda a los campesinos a organizar cooperativas, a estar al día en técnicas agrícolas, a comercializar los productos del campo y a proteger sus bienes y su trabajo.

Otro centro de enseñanza de muy especiales características en Brafa, que ha adquirido fama en España y especialmente en Cataluña como escuela de deportes. Comenzó en 1949, cuando varios miembros del Opus Dei empezaron a organizar partidos de fútbol con los chavales de un barrio obrero de Barcelona. Al principio jugaban en cualquier sitio -en un solar, en medio de la calle y se reunían en un garaje prestado. Luego empezaron a construir diversas instalaciones, hasta constituir un respetable conjunto de edificios y campos de deportes que se terminó en 1971. Actualmente se adiestran en Brafa 1.700 jóvenes y 500 adultos. Aunque de la escuela han salido campeones en diversas ramas del deporte, el objetivo fundamental de Brafa es que el mayor número posible de personas practique algún deporte dentro de sus posibilidades. Por eso, ofrece becas a quienes carecen de recursos para sufragar los gastos. Junto a la formación y al entrenamiento deportivos, Brafa ofrece formación espiritual y cultural, haciendo especial hincapié en la práctica de las virtudes humanas.

Otro centro de formación especial, en este caso para subnormales, es La Veguilla. Se trata de una tarea educativa que realizan varios miembros de la Obra en colaboración con otras personas que no pertenecen al Opus Dei. Está situado en los alrededores de Madrid, cuenta con un colegio que imparte enseñanza primaria y secundaria, y con unos talleres que permiten ganarse la vida a quienes trabajan en ellos con la venta de lo que fabrican, fundamentalmente piezas de cerámica, muebles, tapicería, etc. El centro cuenta también con un vivero. Quienes dirigen y administran La Veguilla dicen que los que trabajan en los talleres se sienten satisfechos y felices sabiendo que son capaces de crear objetos útiles y artísticos, que encuentran fácil salida en el mercado. Entre sus clientes se encuentran el alcalde de Madrid y la reina doña Sofía.

Seguramente la empresa educativa más conocida de los miembros del Opus Dei en España es la Universidad de Navarra. En Trabajos de amor perdidos, Shakespeare escribió: “Navarra será el asombro del mundo. Nuestra corte será una pequeña academia tranquila y contemplativa en el arte de vivir”.

Pamplona tuvo que esperar mucho tiempo para tener su “pequeña academia”. La Universidad de Navarra, fundada en 1952, vino a hacer realidad un sueño de siglos. Surgió en un momento en que la necesidad de nuevas instituciones de enseñanza superior era acuciante, y así vino a llenar, como todas las obras corporativas del Opus Dei, una necesidad social.

La Universidad de Navarra atrajo enseguida profesores destacados de otras universidades españolas -Madrid, Barcelona, Sevilla, Santiago, Granada…- y extranjeras. Mucha gente, sin embargo, consideraba que la empresa era una locura y las autoridades regionales la miraban con recelo, por lo que mandaron hacer una investigación, cuyo dictamen fue negativo. Cuando Monseñor Escrivá lo supo, se echó a reír y dijo: “¡Claro que es imposible! Por eso lo haremos!”.

El profesor Ismael Sánchez Bella, que luego sería el primer rector de la Universidad de Navarra y primer presidente de la Asociación de Amigos de la misma, renunció a una cátedra de Historia en la Argentina y regresó a España para ponerse al frente del proyecto. Nada más bajar del barco, ilusionado, preguntó a los amigos que habían acudido a recibirle cuánto dinero habían conseguido. La respuesta le dejó anonadado: “¿Cuánto llevas tú en los bolsillos?”.

“Empezamos sin una peseta -me dijo-, pero con la moral altísima, lo cual es mucho más importante que el dinero.”

Actualmente, el campus de la Universidad, de 160 hectáreas, cuenta con nueve facultades, más de 10.000 estudiantes (500 de ellos no españoles) y 1.000 profesores. El sistema de tutoría personal y el énfasis que se pone en la formación ética de los estudiantes caracterizan la enseñanza en la Universidad, que facilita también clases de teología. El Gobierno español empezó a homologar los títulos de la Universidad de Navarra a comienzos de la década de los sesenta. Actualmente, mantiene contactos con las demás universidades españolas, con frecuentes intercambios, visitas y congresos.

La Universidad de Navarra procura poner la enseñanza superior al alcance de todos cuantos tienen aptitudes, con independencia de sus recursos económicos. A pesar de todo, las subvenciones y ayudas estatales son mínimas. La financiación, en gran parte, corre a cargo de miles de colaboradores españoles y extranjeros -muchos de ellos modestos- agrupados en la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra.

En cierto sentido, el corazón de la Universidad es su Facultad de Medicina, que cuenta con su propio hospital, la Clínica Universitaria. En ella se efectuaron algunos de los primeros trasplantes de corazón realizados en España. Pero en la Clínica Universitaria no sólo se cuida el estudio y análisis de la patología del paciente, sino también sus circunstancias espirituales y familiares. Médicos y enfermeras procuran cuidar estos aspectos. Durante los dos días que permanecí allí observé cómo en las salas de visitas, médicos y enfermeras charlaban con los visitantes, los animaban y les daban explicaciones.

Otra Facultad que me interesó mucho durante mi visita a la Universidad fue la de Periodismo, la cuarta en crearse, pues por entonces, la enseñanza del periodismo, no tenía rango universitario en España y muchos consideraban que era “una locura” dársela. Actualmente, la facultad, floreciente, forma cientos de periodistas que encuentran empleo en medios de comunicación de toda España.

En una entrevista que concedió a un joven periodista, el fundador del Opus Dei explica por qué estaba tan interesado por el periodismo. “Es una gran cosa el periodismo, también el periodismo universitario. Podéis contribuir mucho a promover entre vuestros compañeros el amor a los ideales nobles, el afán de superación del egoísmo personal, la sensibilidad ante los quehaceres colectivos, la fraternidad. Y ahora, una vez más, no puedo dejar de invitaros a amar la verdad.

No os oculto que me repugna el sensacionalismo de algunos periodistas, que dicen la verdad a medias. Informar no es quedarse a mitad de camino entre la verdad y la mentira. Eso ni se puede llamar información, ni es moral, ni se puede llamar periodistas a los que mezclan, con pocas verdades a medias, no pocos errores y aun calumnias premeditadas: no se pueden llamar periodistas, porque no son más que el engranaje -más o menos lubrificado- de cualquier organización propagadora de falsedades, que sabe que serán repetidas hasta la saciedad sin mala fe, por la ignorancia y la estupidez de no pocos.

Os he de confesar que, por lo que a mí toca, esos falsos periodistas salen ganando: porque no hay día en el que no rece cariñosamente por ellos, pidiendo al Señor que les aclare la conciencia.”

En un libro como éste es imposible hacer justicia a la magnífica labor que llevan a cabo en Navarra un puñado de hombres y mujeres con escasos recursos. El profesionalismo de la institución se revela en el hecho de que mantiene relaciones de intercambio y colación de grados con universidades tan prestigiosas como La Sorbona, Harward, Coimbra, Munich o Lovaina.

Las distintas labores educativas que llevan a cabo los miembros del Opus Dei son de dos clases: labores “personales”, de las que la Obra en cuanto tal no se responsabiliza, y “obras corporativas”, de cuya formación espiritual responde el Opus Dei. Mientras La Veguilla o las Escuelas Familiares Agrarias son iniciativas personales de algunos miembros del Opus Dei y de otras personas que no lo son, la Universidad de Navarra, Tajamar y Brafa son obras corporativas, y el Opus Dei se responsabiliza de la’ formación espiritual y doctrinal que se imparte en ellas.

Un campesino

Antonio Durán tiene el rostro terroso y agrietado, las manos ásperas y callosas, los ojos empequeñecidos de tanto mirar al sol, pero bajo toda esa rudeza se adivina que es feliz. A través de un laberinto de estrechas callejuelas, me condujo hasta su casa, vieja y en desnivel, con olor a carne en el horno y a mieses recién segadas. Mientras su esposa termina de preparar la cena, él me explica cómo transcurre su jornada. Sus hijos le rodean, sin perder detalle:

“Me levanto a las siete y media de la mañana y trabajo hasta las nueve de la noche. En mis tierras siembro trigo y otros cereales. Tengo también algunos almendros y olivos, así como una pequeña viña que me permite cosechar un poco de vino. Cultivar todo eso supone mucho trabajo y sacrificio. Tengo que andar corriendo todo el día de un sitio para otro, pero procuro cuidar de todo. Dios me ayuda. En mi tractor llevo un crucifijo junto al volante, para no olvidarme de Él.”

Hace una pausa para ofrecerme unas almendras y un vaso de vino de su cosecha. Luego prosigue: “Conocí el Opus Dei a través de un arquitecto que estuvo trabajando cerca de mis tierras. Nos hicimos buenos amigos y me invitó a un curso de retiro. Mi mujer no es del Opus Dei, pero colabora en sus actividades. La vida de un miembro de la Obra que vive en el campo y tiene que sacar una familia adelante no es fácil, pero tampoco demasiado difícil. No hay nada imposible”.

Una juez

Doña Concha del Carmen pertenece al Opus Dei desde hace veinte años. Es una mujer atractiva, muy bien arreglada, alegre, sin esa especie de seriedad un tanto hosca que se suele atribuir a los jueces. Cómodamente sentada en un sillón y rodeada de libros apiñados en una librería me explicó que lo que más le atrajo del Opus Dei fue “su humanidad, el ambiente de familia, la alegría”. “Para un juez es muy importante estar cerca de la gente y compenetrarse con sus problemas. Algo que Monseñor Escrivá pone de relieve en una de sus homilías de Es Cristo que pasa. Jesucristo hizo cosas maravillosas por los pobres. Yo como juez, entro en contacto con los más desgraciados: los pobres, los enfermos, los marginados, los delincuentes… Primero hay que aplicar las medidas que establece la ley y a veces es difícil hacer nada más, porque cuesta ver el aspecto humano de los problemas. Pero el Opus Dei me ha enseñado a amar a la gente con hechos, a querer y respetar a todo el mundo… Lo fácil es quitarse de encima a quienes te puedan crear problemas. Lo difícil, tratar de ayudarles y de enderezar sus vidas.

Pero no sólo cuentan las cosas grandes, importantes. También las pequeñas. Esta tarde, por ejemplo, tuve que redactar una sentencia, y cuando terminé de hacerlo me di cuenta de que la mecanógrafa iba a tener dificultades para pasarla a máquina, así que volví a escribirla de nuevo con letra más clara. Éste es el tipo de cosas que Monseñor Escrivá consideraba importantes: hacer las cosas pequeñas con perfección para estar más cerca de Dios y ayudar a los demás.”

Una familia numerosa

Los Pich son una familia barcelonesa. Los padres son co-fundadores de unos grupos de educación familiar extendidos por el mundo entero. Han creado también colegios y clubs juveniles. Dicen que su “hobby” es la educación de sus 16 hijos.

Algunas personas se estremecerán de horror ante la idea de tener tantos hijos. La mayoría de los padres, actualmente, prefieren tener pocos niños, pero muchos empiezan a preguntarse si eso es bueno. Hace poco, la Comunidad Económica Europea y el Comité Social hicieron público un informe que mostraba cómo la tasa de nacimientos había descendido de manera alarmante en los países de la Comunidad y estaba muy por debajo del nivel de crecimiento, algo que se ha dado en llamar euroesclerosis. “El desequilibrio demográfico está adquiriendo proporciones sin precedentes -dice el informe Cubrir el déficit de nacimientos en Europa requeriría una inmigración masiva, nunca vista hasta ahora.” Algunos gobiernos, como los de Francia y Alemania, ya han reaccionado, ofreciendo incentivos económicos considerables a las familias con varios hijos.

La señora Pich estaba en una reunión escolar cuando llegué a su casa. Mientras regresaba estuve hablando con su marido. “Lo que suele pasar con las familias numerosas es que la gente piensa que todos los hijos llegan al mismo tiempo -me dice-, pero no es eso. Llegan uno tras otro, con un año de diferencia aproximadamente. Lo cual es diferente. La naturaleza es muy sabia. Todo lo tiene previsto. ¿Cuál es la diferencia entre tener seis o siete hijos? Entre el décimo y el undécimo es sólo del 10 por 100 y entre el decimoquinto y el decimosexto menor todavía. Así que cuando se miran las cosas objetivamente, no hay problema.” El señor Pich comenta que hasta que llegó el hijo duodécimo vivían en un piso relativamente pequeño, con sólo tres dormitorios para los chicos, pero eran felices allí; y me dice que escribió un artículo explicando cómo era posible que catorce personas cupieran en un sitio así. Ahora, que viven en una casa espaciosa, los hijos se van yendo…

“Una de las ventajas de tener una gran familia es que, a medida que los hijos crecen, uno cuenta con pequeños ayudantes. Si se sabe delegar en ellos, los padres de una familia numerosa trabajan menos. Cuesta organizarse, por supuesto, pero hay que tomárselo como un hobby. Le aseguro -me dijo- que es más entretenido, más divertido, que ir al cine. Es algo fantástico, que te absorbe.”

¿Cómo es posible hacerse cargo de las necesidades de tantas personas de tan distintas edades y caracteres en constante evolución?, le preguntó.

“En primer lugar, hay que enseñar a los mayores a actuar como modelo de los más pequeños. ¿Quién es el héroe de un chaval? Siempre su hermano mayor, que es más fuerte, más valiente y más listo. Y con las chicas sucede lo mismo. Las hermanas pequeñas imitan a las mayores en la manera de hablar, de vestir, de comportarse. Una familia en la que hay un ambiente recio educa a cada miembro, lo cual quiere decir que todos participan en la educación de los otros. Todos se ayudan.

Hasta los más pequeños-pueden ser útiles siendo amables, encantadores, haciendo pequeños servicios. Se puede aprender mucho de los niños si colocamos nuestras antenas para sintonizar con ellos, si les escuchamos, si intuimos lo que quieren. Hay algo que no se debe olvidar: creemos que somos indispensables en la educación de nuestros hijos, lo cual es cierto sólo hasta cierto punto, menos de lo que imaginamos.”

La conversación quedó interrumpida por la cena, servida en una gran mesa redonda con un círculo central móvil para colocar los cacharros. La señora Pich -sorprendentemente joven y serena- llegó cuando ya estábamos cenando, siendo acogida por los gritos de júbilo de los ocho hijos que todavía viven con ellos. Todos participan en la conversación. Todos tienen algo que contar. Cuando les pregunto qué les gusta más de ser una familia numerosa, todos se echan a reír. Rosa, la mayor, responde: “Lo que más nos gusta es lo mucho que nos reímos. No paramos de contarnos cosas divertidas”. Y volvieron a reír dándose palmadas y empujándose, por lo que yo comencé a sentirme como en una de esas pobres pero enormemente felices familias descritas por Charles Dickens.

“Una gran familia es como una ecuación -apunta el señor Pich, reflexivo-. Las alegrías se multiplican y las penas se dividen…”

Después de cenar y de rezar el Rosario en familia, le pregunto a la señora Pich si no le hubiese gustado una carrera, trabajar fuera del hogar. Se quedó perpleja. “¡Pero si yo disfruto muchísimo de los niños!”, protestó. Y le pidió a su marido que me contase la historia de una señora que conoció en Chicago. “Era una madre de ocho hijos -empezó él-, y un periodista que la entrevistaba le preguntó si se sentía realizada. “Mire usted, señor periodista -repuso ella, con viveza-, soy abogado. Trabajé como abogado con mi marido, pero cuando empezaron a llegar los hijos decidí quedarme en casa con ellos. Respeto a las mujeres que trabajan en una oficina, pero, ¿quién cree que se realiza más, ellas o yo? ¿Ellas escribiendo a máquina ocho horas seguidas o yo, rodeada por mis chavales, cada uno con su propia personalidad?.”

La señora Pich me dijo que ser del Opus Dei le ha ayudado mucho a superar tiempos difíciles, en especial la práctica diaria. de un rato de oración mental. Eso le permite “cargar las baterías, algo imprescindible para un ama de casa”. También le ha ayudado mucho ver en todo lo que sucede en la familia la presencia de Dios. “Eso, más que nada, hace que las cosas que la gente encuentra difíciles marchen sobre ruedas.”

Saliendo de Barbastro por carretera, en dirección nordeste, no tarda en divisarse la silueta de un gran edificio situado sobre un promontorio rocoso que se recorta contra el cielo. Cuando la carretera, serpentea, se pierde de vista el santuario, de ladrillo rojo, con su alto campanario, pero cuando vuelve a divisarse resulta cada vez más bello. Se trata de Torreciudad, santuario dedicado a la Madre de Dios, que, como en otros muchos que existen en diversos lugares del mundo, sólo tiene una razón de ser: ayudar a quienes acuden a ellos a enderezar sus vidas desde el punto de vista espiritual.

Torreciudad, en la provincia de Huesca, a menos de 100 kilómetros de la frontera francesa, está en una zona reconquistada por los cristianos a los invasores musulmanes a finales del siglo XI. Para celebrar el triunfo, se construyó una ermita en honor de la Virgen. Un historiador del siglo XV, Faci, cuenta así la historia de la imagen: “Tiene la Santa Imagen su nombre por el sitio en que está su iglesia situada: su antigüedad es de los tiempos de la conquista de aquel Partido, que fue por los años 1083 o siguientes, por Nuestro Rey Don Sancho Ramírez. Expelidos por los Cristianos los Moros que presidían y habitaban el castillo y pueblo de Torre Ciudad, dedicaron los vencedores su Mezquita a una Santa Imagen de Nuestra Señora, que no lejos de aquélla hallaron, y es la misma que hoy se venera”.

Como miles de personas durante siglos, la madre de Monseñor Escrivá hizo una peregrinación a un santuario de la Virgen, precisamente a éste. Fue en el año 1904 y viajó a Torreciudad a lomos de una mula, llevando en brazos a su hijo, de dos años de edad. Iba a dar gracias por la curación de Josemaría, a quien los médicos habían desahuciado. En aquellos tiempos no había carreteras, y el camino era muy áspero, sobre todo los últimos kilómetros, que había que recorrer a pie. Muchas madres, y también hombres robustos, iban a dar gracias a la Virgen por favores similares.

Torreciudad, dominando el embalse de El Grado, con el telón de fondo de los Pirineos, ha cambiado mucho en los últimos años. Gracias a las aportaciones de miles de personas de todo el mundo, fue posible inaugurar un nuevo santuario, el 7 de julio de 1975. En el interior del templo, el centro de atracción es el retablo, de más de catorce metros de altura, esculpido en catorce toneladas de alabastro, que enmarca la imagen de Nuestra Señora de Torreciudad. En él pueden verse diversas escenas de la vida de la Madre de Dios: los desposorios, la anunciación, la visitación, la natividad, la huida a Egipto… Pero quizá la más significativa para los miembros del Opus Dei sea la escena que muestra el taller de Nazaret, con Jesús ayudando a San José a alisar la madera con una azuela, mientras la Virgen María, también ocupada, mira a’ su Hijo.

Debajo de la iglesia hay una cripta con tres capillas dedicadas a Nuestra Señora bajo las advocaciones de Guadalupe, Loreto y el Pilar, con cuarenta confesonarios. Monseñor Escrivá, promotor del nuevo santuario, esperaba que meditar allí conduciría a muchos visitantes a renovar y purificar sus relaciones con Dios. “Espero frutos espirituales -decía-: gracias que el Señor querrá dar a quienes acuden a venerar a su Madre Bendita en su Santuario. Éstos son los milagros que deseo: la conversión y la paz para muchas almas.”

El fundador del Opus Dei creía que Torreciudad demostraría que la devoción a la Madre de Dios no era algo del pasado, que los cristianos seguían amándola “más que a nadie en la tierra, después de Dios; pues por encima de ella, sólo Dios”. Tal era el espíritu del Concilio Vaticano II, que recordó a todos los católicos que “el culto, especialmente el litúrgico, a la Santísima Virgen debe ser generosamente fomentado”.

Torreciudad se ha convertido así en un lugar lleno de paz, propicio a la oración. La quietud, el silencio, sólo se ven rotos por el vibrar del carrillón de las campanas. Los automóviles y los autobuses quedan aparcados lejos y diversos carteles ayudan a los visitantes a crear una atmósfera de piedad cristiana. Allí no hay tenderetes donde se vendan baratijas ni imágenes de plástico. Los domingos y las fiestas señaladas, así como en los meses de mayo y octubre, tradicionalmente dedicados a la Virgen, miles de personas, algunas de ellas no practicantes, acuden a Torreciudad. Pero el santuario ha sido construido para estar al servicio de todo el mundo, por lo que, a diario, acuden numerosos peregrinos de las más variadas procedencias.

En el antiguo santuario hay un libro de firmas que recoge los sentimientos de los peregrinos. Algunos vienen para pedir a la Señora un favor: “Que la Virgen dé trabajo a mi padre… para que mi familia sea como tú… para que mi novio me quiera”. Algunos ponen de manifiesto sus dotes poéticas: “Más hermosa que el sol, así es mi madre…”. O su gratitud: “Gracias por los días que hemos pasado junto a ti. Ayúdanos para que seamos cada día más Opus Dei”. Y un hombre escribió simplemente: “Santísima Virgen, te quiero”.

Se dice que en algunas ciudades españolas hay un centro del Opus Dei casi en cada esquina. Aunque en este capítulo sólo he ofrecido una pequeña introducción a las actividades de los miembros del Opus Dei en España, creo que da una idea de algunos de los aspectos que abarcan. Muestra también la capacidad el Opus Dei para movilizar gente de todas clases. Como el grano de mostaza del Evangelio, ha crecido hasta convertirse en un árbol frondoso, donde anidan toda clase de pájaros. En España empecé a pensar más a fondo sobre la amplitud de las labores de los miembros del Opus Dei, pero hasta el final de mi viaje no comprendí claramente su significado.

“Sólo la Palabra de Dios puede cambiar profundamente el corazón humano”

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El domingo empezó en la basílica de San Pablo Extramuros en Roma, la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema “La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”

A las 9,30,  el Papa presidió la concelebración eucarística con los padres sinodales, con ocasión de la apertura de la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, sobre el tema “La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”.

Comentando en la homilía el Evangelio sobre la imagen de la viña, el Santo Padre afirmó que lo que denuncia este episodio “interpela de manera especial, a los pueblos que han recibido el anuncio del Evangelio. Si contemplamos la historia, nos vemos obligados a constatar con frecuencia la frialdad y la rebelión de cristianos incoherentes”.

“Naciones que en un tiempo tenían una gran riqueza de fe y vocaciones ahora están perdiendo su identidad, bajo la influencia deletérea y destructiva de una cierta cultura moderna. Hay quien, habiendo decidido que “Dios ha muerto”, se declara a sí mismo “dios”, considerándose el único agente de su propio destino, el propietario absoluto del mundo. (…) Pero cuando el hombre elimina a Dios de su horizonte, cuando declara que Dios ha “muerto”, ¿es verdaderamente feliz? ¿Se hace verdaderamente más libre? (…) ¿No sucede más bien -como lo demuestra la crónica cotidiana- que se difunden el arbitrio del poder, los intereses egoístas, la injusticia y el abuso, la violencia en todas sus expresiones? Al final el hombre se encuentra más solo y la sociedad más dividida y confundida”.

Tras poner de relieve que “en las palabras de Jesús hay una promesa: la viña no será destruida”, Benedicto XVI aseguró que “el mensaje consolador que recogemos de estos textos bíblicos es la certeza de que el mal y la muerte no tienen la última palabra, sino que al final Cristo vence. ¡Siempre! La Iglesia no se cansa de proclamar esta Buena Nueva, como sucede también hoy, en esta basílica dedicada al apóstol de las gentes, que fue el primero en difundir el Evangelio en grandes regiones de Asia Menor y Europa”.

“Sólo la Palabra de Dios -continuó- puede cambiar profundamente el corazón del ser humano; por eso es importante que entremos en una intimidad cada vez mayor con ella tanto cada uno de los creyentes como las comunidades. La asamblea sinodal dirigirá su atención a esta verdad fundamental para la vida y la misión de la Iglesia. Alimentarse de la Palabra de Dios es para ella su primera y fundamental tarea”.

El Santo Padre dijo que “en este Año Paulino escucharemos resonar con particular urgencia el grito del apóstol de las gentes: “¡ay de mí si no predicara el Evangelio!”; grito que para cada cristiano se convierte en una invitación insistente a ponerse al servicio de Cristo”.

“La mies es mucha”, repite también hoy el Maestro divino: muchos todavía no le han encontrado y están en espera del primer anuncio de su Evangelio; otros, a pesar de que han recibido una formación cristiana, han perdido el entusiasmo y sólo mantienen un contacto superficial con la Palabra de Dios; otros se han alejado de la práctica de la fe y tienen necesidad de una nueva evangelización. No faltan, además, personas de recta conciencia que se plantean preguntas esenciales sobre el sentido de la vida y de la muerte, preguntas a las que sólo Cristo puede ofrecer respuestas convincentes. Por eso, es indispensable que los cristianos de todos los continentes estén dispuestos a responder a quien pida razón de su esperanza, anunciando con alegría la Palabra de Dios y viviendo sin compromisos el Evangelio”.

El Papa concluyó pidiendo a Dios su ayuda para que durante las sesiones sinodales “nos planteemos juntos cómo hacer cada vez más eficaz el anuncio del Evangelio en nuestro mundo. Todos experimentamos la necesidad de poner en el centro de nuestra vida la Palabra de Dios, de acoger a Cristo como nuestro único Redentor, como Reino de Dios en persona, para que su luz ilumine todos los ámbitos de la humanidad: desde la familia hasta la escuela, desde la cultura hasta el trabajo, desde el tiempo libre hasta los demás sectores de la sociedad y de nuestra vida.

ESTADOS UNIDOS La pobreza de las ciudades

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Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

Yendo en la línea L de tren desde la estación Racine de Chicago, una vez pasadas las fábricas, las altas chimeneas y los coches oxidados, se llega a South Loomis Street, calle en la que hay un par de edificios de ladrillo, de la época victoriana, que pertenecieron un dia a un miembro de la banda de Al Capone. Lo único insólito de esas dos casas es que están unidas, por un campo de baloncesto. Ninguna otra cosa indica ue sea un lugar que atrajo la atención de la nación en otro tiempo.

Por dentro, el edificio principal es corno cualquier hogar, con su escalera de madera barnizada, su cuarto de estar con muebles confortables, antigüedades, pinturas y fotos. El centro, Midtown, es un audaz experimento destinado a ayudar a los chavales negros y de origen hispánico a estudiar y a adaptarse a la vida escolar.

Incluso sin Al Capone, el interior 01 Wide Side de Chicago, con sus sectores raciales -Hisponic Pilsen, Chinatown y los ghettos negros- sigue siendo una de las zonas más duras de una dura ciudad. Uno de cada 26 jóvenes negros que pasean por las calles encontrará una muerte violenta. Midtown ha perdido en luchas callejeras de gangs a cinco estudiantes y a una madre, pues la ciudad está dividida en bandas rivales cuyos símbolos pueden verse pintarrajeados en las fachadas de los edificios. Con frecuencia, la única forma de que un chico joven esté a salvo es que se traslade, aunque sea en trayectos muy cortos, en coche o en autobús.

Alrededor del 75 por 100 de los jóvenes del West Side son hijos de divorciados; el 50 por 100 no llega a terminar sus estudios y los negros y los hispanos tienen grandes dificultades para obtener un título. Durante las vacaciones de verano y. fuera del horario escolar a lo largo del curso, Midtown se esfuerza por remediar esa situación proporcionando a los estudiantes -hispanos, negros, asiáticos- ayuda en sus estudios y orientación profesional. También se da bastante importancia a los deportes. Un folleto explicativo de las actividades del centro añade: “Una o dos veces por semana, los estudiantes pueden hablar personalmente con un preceptor y reflexionar sobre el pasado y proyectar su futuro”.

Este último aspecto es clave en el programa de Midtown, que tiende a fortalecer el carácter de los jóvenes tanto como a desarrollar su inteligencia. Los preceptores actúan como modelos a imitar para que los chicos sé motiven. Generalmente son personas todavía jóvenes que han vivido en el barrio, pero que fueron capaces de salir adelante.

Uno de ellos, Jimmy Palos, poseedor de un brillante currículum universitario, explica: “Había chicos mucho más inteligentes que yo que se vieron atrapados en los gangs y se pasan la vida peleándose con cadenas, cuchillos y escopetas. Y no eran malos. Lo que pasa es que no tuvieron la suerte de venir por Midtown; y ahí siguen, en la calle”.

Y un estudiante declaró a un periódico local: “Si no hubiese conocido Midtown, seguramente hubiese dejado la escuela mucho antes. Mis amigos de entonces no hacen nada”. Y añadía que dos de ellos habían encontrado la muerte en luchas callejeras.

Otro decía: “Crecí en la calle 18, que ahora es un ghetto hispano. Si no hubiese frecuentado Midtown, todavía estaría allí, pues no creo que hubiese sido capaz de hacer nada solo”.

“Tratamos de estimularles -me explicó uno de los que trabajan en Midtown, Joe Mayor-. Procuramos abrirles los ojos para que se den cuenta de lo que valen, porque muchos de ellos tienen horizontes muy cortos. Entre otras cosas, les explicamos temas profesionales y les facilitamos becas y recursos financieros. Y también les damos clases de formación cristiana, procurando que sean aptas para todos, católicos y no católicos.”

Alrededor del 60 por 100 de los chicos que frecuentan Midtown asisten regularmente a la escuela, mientras la media, en la zona, es del 30 por 100. De ellos, el cien por cien acaba sus estudios. Estos datos estadísticos han atraído la atención tanto de las autoridades locales como de las nacionales. Midtown, actualmente, cuenta con la ayuda del alcalde de Chicago y ha recibido una subvención del gobierno federal, siendo visitado por relevantes personalidades políticas, como el ex presidente Carter. La televisión local se ocupó de Midtown en un documental titulado “Caminos hacia el éxito”.

Leo Gómez, un joven graduado en Psicología, actúa como consejero en Midtown. Vestido con pantalón corto, camiseta de deporte y gorro puntiagudo, no da la imagen de un psicólogo profesional. Es vivo y animado al hablar, dando la impresión de estar encantado con su trabajo. “Disfruto aconsejando a estos chicos, porque yo era como ellos -dice-. No me agrada la idea de ser autoritario, prefiero ser su amigo. No me envanezco con la idea de ser un modelo, porque yo sé que no soy perfecto, pero trato de hacerles comprender que tienen toda una vida por delante. Lo que Midtown pretende es hacerles ver que se puede estudiar y salir adelante.

Gran parte de nuestra ayuda consiste en hacerles más comunicativos. A veces, los padres se encuentran desorientados. “¿Qué podemos hacer?”, preguntan. Y yo les pregunto si hablan con sus hijos, y a los chicos si hablan con sus padres de sus amigos y amigas. Suelen creer que no deben hablar a sus padres de esas cosas, pues se enfadarían. La clave está en incitarles a que hablen y en aconsejar a los padres que no se enfaden si les cuentan algo que no les gusta. Lo que los chicos necesitan es que se les escuche, que haya alguien que se interese por sus asuntos; que los padres les pregunten “¿cómo van las cosas?” y se sienten a hablar con ellos con calma.

Son chicos de la calle. Hay que dejarles que hablen del porro, de la coca y de la panda. Y hablar como ellos, para que te comprendan. Yo les digo, cuando vienen, que desembuchen, que no se inhiban. Lo que pretendemos en Midtown es que se den cuenta de lo importante que es su formación. Yo les digo que ahora que soy mayor sé la importancia que tiene. Lo único que se puede hacer es esperar que se esfuercen por comportarse bien. Yo creo que uno empieza a ser un buen cristiano cuando lucha, cuando carga con su cruz. Si no se hace así, sé por experiencia lo que pasa. Uno se vuelve indiferente, arrogante y demás. Y eso es lo que les digo a los chicos: ¡chicos, tenéis que luchar!”

Luis Hymie y su mujer, Petra, viven en uno de los suburbios más pobres de Chicago. Han padecido enfermedades, desempleo y pobreza durante muchos años, pero eso no parece haberles amargado. Y me cuentan cómo han utilizado todas esas pruebas para crecer espiritualmente.

A comienzos de los años setenta, Luis, un hombre robusto que siempre había trabajado con sus manos, sufrió un ataque al corazón. Los médicos dijeron que sus posibilidades de sobrevivir eran una entre un millón. Le hicieron tres operaciones a vida o muerte. Luis se salvó, pero los riñones le fallaban. Su familia no había cesado de rezar en todo ese tiempo, pero ahora se redoblaron sus oraciones y los hijos fueron, con flores, a una capilla dedicada a la Virgen de Guadalupe.

La señora Hymie recuerda que, durante todo un día, nadie en el hospital, ni médicos ni enfermeras, se acercó a ella, pues pensaban que su marido iba a morir de un momento a otro. Luego, a las tres de la tarde, un médico fue a examinarle; inmediatamente llamó a’ otros colegas y estuvieron tratándole hasta las ocho, hora en la que fueron a anunciarle que su esposo estaba fuera de peligro. La señora Hymie entonces miró el reloj y se dio cuenta de que a esa hora sus hijos estarían rezando el rosario en la capilla de la Virgen. “No sé por qué he hecho lo que he hecho -le dijo el médico-. Si sale adelante, no podrá moverse, ni andar, ni hablar. Nada. Será como un vegetal.”

Luis salió de la unidad de cuidados intensivos, pero los médicos seguían pensando que no se recobraría. El hospital se ofreció a pagar las enfermeras, porque les daba pena. “Además, pensaban que no tardaría en morir”, comenta la señora Hymie.

Al cabo de unas semanas, Luis había mejorado tanto, que pudo ser enviado a un centro de rehabilitación, para ser sometido a una serie de pruebas; éstas mostraron que tenía extensas e irreversibles zonas dañadas en el cerebro, y los médicos confirmaron los pronósticos anteriores. Así pues, aconsejaron a la señora Hymie que ingresara a su esposo en un asilo, porque nunca volvería a andar ni a hablar; sería siempre un vegetal.

“Pero me lo llevé a casa -comenta la señora Hymie-. Por entonces, un amigo nuestro fue a Venezuela para ver a Monseñor Escrivá, que estaba allí visitando el país. Cuando le habló de Luis, Monseñor Escribá le dijo que ya le habían hablado de él y que Dios sería muy generoso con Luis, pues Luis había sido muy generoso con Dios”.

Seguimos rezando. Cuando el médico volvió a verle se quedó desconcertado. Dijo que veía cambios en él y que merecía la pena someterle a terapia, cuando antes había dicho que no valdría para nada. Así que empezó la terapia. Fue como si renaciera, física y mentalmente. Se recuperó como un niño pequeño. Cuando empezó a caminar y todo lo demás, el médico me dijo que no sabía lo que yo había hecho ni lo que había sucedido, pero que no era posible.

Vea cuál ha sido la providencia de Dios en estos diez años, cómo Dios se ha ocupado de todo. Tantas cosas que han sucedido en nuestra familia… Yo- nunca fui a trabajar, y eso que éramos muy muy pobres. Y los chicos, todos, pudieron seguir yendo a la escuela. Fue la divina providencia y la ayuda de Monseñor Escrivá -decíamos su oración, los chicos la conocen nunca podríamos contar todas las cosas que nos han sucedido día tras día. Creo que los chicos han. aprendido mucho con lo de mi marido, y eso nos hace muy felices.”

Retrocedamos en el tiempo: Antes de que Luis cayera enfermo, los Hymies tenían nueve hijos y no querían tener más. Pero un sacerdote les recordó lo bueno que era ser generosos con Dios. “Qué quiere que le diga, aquello no me agradó -comenta la señora Hymie-. Pero aceptamos el consejo y lo dejamos todo en manos de Dios. Y Dios quiso que tuviéramos dos hijos más, y los dos han sido una bendición. Esos dos niños… de no haber sido por ellos… Josemaría, el más pequeño, tenía sólo un año cuando mi marido enfermó, así que han “crecido” juntos, lo cual es algo tan raro…; él respetaba a su padre y cuidaba de él.”

Luis me comentó: “Un día fui a un estanco y compré unos pitillos. ¿Sabe? Yo fumaba antes de caer enfermo. El caso es que me fui al porche y encendí un pitillo y empecé a fumar. Joe, entonces, se me acercó -tendría poco más de tres años- y me dijo: “Papá ¿estás fumando?”. Yo le dije que sí. “No debes fumar -repuso el-. Así que tira ese pitillo. Sabes que te perjudica”.”

La Sra. Hymie dice: “Sabía cómo cuidar a mi marido. Porque, a veces, Luis creía que podía hacer lo mismo que antes. Joe lo respetaba y al mismo tiempo cuidaba de él, dos cosas difíciles de compaginar. Y crecieron como amigos. Jugaba con mi marido, y le leía, y le ataba los zapatos, y yo creo que le ayudaba a madurar…” .

De su enfermedad, el señor Hymie dice: “En cierta manera me alegro de ella, porque así he tenido ocasión de ofrecer algo a Dios por mi mujer y mis hijos. Fue muy duro, ¿sabe? No podía hacer nada, no podía trabajar… A veces me siento mal, porque ni siquiera puedo segar el césped. Pero, como le he dicho, me alegra tener algo que ofrecer. Y mis hijos han aprendido a tener fe”.

El Club Metro, cerca de Midtown, reliza entre las chicas una labor semejante. Fue posible ponerlo en marcha, en parte, gracias al US President’s Inaugural Committee, que selecciona, entre miles, 23 proyectos dignos de ser subvencionados. Las clases incluyen, entre otras muchas cosas, expresión oral, formación cristiana, baile y orientación profesional. Las estudiantes son, en su mayoría, de origen hispánico, asiático y negro.

La coordinadora de programas, Margaret Black, dice que el club trata de evitar que las chicas se pasen el día en la calle, pues terminarían cayendo en la delincuencia organizada de las bandas. Muchas de ellas solo piensan en dejar de ir a la escuela cuanto antes y obtener un empleo cualquiera. Una de cada tres suele quedarse embarazada antes de dejar la escuela.

Como en Midtown, la clave del programa de Metro es el preceptor -en este caso preceptora- personal. Es casi la única persona “de fuera” con la que las chicas son capaces de hablar. “Se dan cuenta de que no están solas -dice Margaret-, de que tienen quien las ayude a salir adelante.” El resultado, en muchos casos, es que las chicas han avanzado considerablemente en la escuela. De ser las últimas han pasado a ser de las primeras. Para otras, el Metro Club les ha proporcionado mayor estabilidad emocional.

La directora del club, Natalie Jakueyn, me explica qué en el ámbito cultural negro del West Side de Chicago ya casi se ha perdido el concepto de familia, algo a lo que el club trata de poner remedio. Al parecer está dando buenos resultados, pues maestros, educadores y padres aseguran que las chicas tienen más confianza en sí mismas y progresan en su trabajo. “Hablando con ellas una a una -dice Natalie- tratamos de mejorar su autoestima, sus resultados académicos y su relación con Dios.”

Algo parecido oí cuando visité un centro similar del Opus Dei en Nueva York, concretamente en el Bronx.

Si Manhattan es frío y deshumanizado, cuando por la Quinta Avenida se desemboca en el Bronx uno tiene la sensación de haber entrado en una zona bombardeada. Todo está sucio, descuidado, semiderruido. La mayoría de las casas tienen las escaleras de incendios rotas y oxidadas y las fachadas ennegrecidas y desconchadas. La única diferencia entre los pisos habitados y los deshabitados son los visillos en las ventanas.

El taxista que me llevó, hacia diez años que no entraba en aquella zona, y se perdió. Fuimos a parar a una calle sin salida rodeada de viviendas quemadas. Los mendigos vagabundeaban por allí; otros, sentados en el suelo, nos miraban. No se veía ningún blanco. El motor se caló dos veces, a causa del sofocante calor, y el taxista empezó a ponerse nervioso. Temblaba tanto que no era capaz de leer la guía. Hasta que decidió buscar un puesto de policía para informarse. Luego se volvió hacia mí y preguntó malhumorado: “¿Se puede saber qué demonios viene usted a hacer aquí?”

Por fin dimos con East 174th Street, una casa pequeña, de dos pisos, que alberga Rosedale Club, un club para chicas. Abierto en 1978, ayuda a las jóvenes del Bronx a desarrollar su personalidad y mejorar sus estudios. Por él han pasado ya unas 500 chicas. Quienes dirigen el club dicen que lo más difícil es luchar con las consecuencias de los hogares rotos, de las malas relaciones entre padres (o padrastros) e hijos, de la droga y del ambiente de violencia. “En muchos casos, los padres declinan sus responsabilidades -dice Elizabeth Nonnemacker, que fue una de las fundadoras de Rosedale-. Lo que pretendemos es fortalecer a las familias. Muchas de nuestras actividades están orientadas a las “artes del hogar”, para que las familias se den cuenta de la importancia de tener un hogar digno.”

A finales de los años sesenta y comienzos de los setenta, el gobierno de los Estados Unidos trató de resolver el problema de los ghettos empleando en ello mucho dinero, pero no se tardó en comprobar que el dinero no basta y que, en algunos casos, incluso se agrava el problema. Ahora casi todo el mundo reconoce que el problema básico es la ausencia de vida familiar, la falta de unos vínculos sólidos.

“A veces, la situación familiar de las chicas que vienen a Rosedale es terrible -dice Elizabeth-. En sus casas todo el mundo se insulta y se pelea, así que procuramos que las chicas vuelvan a sus hogares después de haber pasado un buen rato aquí. Y les animamos a hacer algo por sus padres. Esta semana, por ejemplo, las chicas están preparando un “show” para el Día de la Madre. Eso une a las familias. También les damos formación espiritual; tienen clases de doctrina católica, retiros espirituales, etc. Y no sólo para las chicas, sino también para sus padres. Algunos se han bautizado y otros han recibido la Primera Comunión.”

Nueva York es más impetuosa, brillante y espectacular que las películas que se han hecho sobre ella. Una ciudad en la que todo el mundo camina deprisa, sin mirar hacia los lados. Eso me recordó algo que un miembro español del Opus Dei, el doctor José María Barredo, me había dicho. Había emigrado a los Estados Unidos en 1946 y había permanecido allí 38 años. Según él, los norteamericanos siempre tienen prisa, por lo que sólo se puede hablar tranquilamente con ellos en los transportes públicos. “Recuerdo que una vez, en un taxi, empecé a hablar con el taxista y pronto nuestra conversación recayó en temas espirituales. Al cabo de un rato me di cuenta de que no nos acercábamos nada a mi punto de destino. Cuando se lo dije me contestó que llevaba un rato dando vueltas, porque tenía pocas ocasiones de hablar de temas serios.”

El taxista de un taxi que tomé a la puerta de la Estación Grand Central me dijo que llevaba veinte años trabajando en Manhattan, justo desde que llegó de Sudamérica, y que ya estaba cansado. “Tengo cuarenta años -me explicó- y quiero regresar a Colombia, donde hay tiempo para hacer cosas. Allí yo iba a Misa todos los días. Aquí, si no trabajo en domingo, el dinero no me llega. La mayoría de los neoyorquinos sólo piensan en tres cosas: trabajar, ganar dinero y ser los primeros…”

Pregunté a varios miembros norteamericanos del Opus Dei sobre la manera de encarar la vida en el país del trabajo, el dinero y el prurito de ser los primeros. Uno de ellos, Don Popp, editor estadístico de una importante revista financiera de Nueva York (hombre bajito, fuerte, de aire energético), me habló así de su actitud ante el trabajo: “Tengo un amigo judío que es muy buen profesional -empezó diciendo-, pero no le gusta trabajar. Prefiere quedarse en casa o ir a la sinagoga, si puede. No se da cuenta del valor del trabajo, así que yo trato de imbuirle la idea de lo bueno que es trabajar. Y es que mucha gente no considera el trabajo como algo bueno en sí mismo, sino como una necesidad; es un problema de nuestra cultura. La gente trabaja muchísimo con objeto de adelantar todo lo que puede la edad de jubilación. Vivimos inmersos en una cultura que lo quiere todo. Nos hemos creado infinidad de necesidades y la gente sacrifica muchas cosas para darse la buena vida. Tienen dos empleos, su mujer trabaja, pero siempre para tener más cosas, para comprar. Parece que nunca tenemos lo suficiente, por mucho que tengamos. No he encontrado nadie que esté contento con lo que gana.

El espíritu del Opus Dei me ha ayudado mucho a superar todo esto, sobre todo la idea de que uno debe estar desprendido de las cosas materiales y trabajar, sobre todo para santificar el trabajo, para agradar a Dios. Ése es mi objetivo: agradar a Dios haga lo que haga. Lo cual no quiere decir que no cometa errores. Soy estadístico y manejo cifras. Me equivoco, aunque procuro evitarlo. Procuro ser honrado. Disfruto enormemente con mi trabajo -bueno, con la mayoría de lo que hago-. Tras 25 años en este trabajo, siempre hago lo mismo, pero no me aburro. A veces me canso, pero si no me olvido de por qué trabajo, si recuerdo que lo estoy haciendo por Dios y para servir al prójimo, me siento alegre.

Procuro mejorar la calidad de mi trabajo, pero mi mayor deseo no es llegar a ser presidente de mi compañía. Mi antiguo jefe, que tuvo el trabajo que yo tengo ahora, no quería más que subir y subir. Ahora gana muchísimo dinero y quiere seguir subiendo. Ése no es mi caso. prefiero seguir donde estoy e influir favorablemente en quienes trabajan conmigo.

Es maravilloso saber que nuestro trabajo puede ser obra de Dios, trabajo de Dios. Me ilusiona poder transmitir a los demás que el trabajo puede ser un medio de santificación, ya sea el trabajo físico de un peón que trabaja de nueve de la mañana a cinco de la tarde, un trabajo intelectual, el de un ama de casa, e incluso el esfuerzo que supone practicar algún deporte. Esto, para mucha gente, es toda una revelación”.

Eric Streiff, director de fotografía, converso al catolicismo, poseedor de unos grandes almacenes en Nueva York, y su mujer, Jolene, diseñadora de moda que ya no ejerce, dedican mucho tiempo a formar una familia, “pasatiempo” pasado de moda entre sus colegas. Eric dice que en Nueva York es corriente que un fotógrafo trabaje de 12 a 13 horas diarias. Pocos de ellos son felices en su matrimonio. Como la de otros muchos neoyorquinos, la vida de Eric y Jolene es trepidante, pero, a diferencia de otros’ muchos, pasan todo el tiempo que pueden en su hogar. Su casa está en las afueras, pues decidieron dar prioridad a los hijos frente a un BMW y un apartamento de lujo en la Quinta Avenida. “Creo que si los dos trabajásemos y no parásemos nunca en casa, el trabajo acabaría por absorber nuestra vida -dice Eric-. Es lo que le pasa a mucha gente con la que trabajo. Solo piensa en triunfar, en tener éxito, y trabaja sin pausa. Es como si no supiesen hacer otra cosa, no encuentran satisfacción con nada. Por eso son tan desgraciados. En mi caso, mi familia constituye todo un mundo. Cuando termina mi jornada de trabajo, estoy deseando, volver a casa.”

Jolene confiesa que crear una verdadera familia en el ambiente neoyorkino que les rodea no es tarea fácil. “Hay momentos en los que me entran ganas de llorar. Pero, si se tiene fe en Dios, una pronto se serena y todo vuelve a su cauce. Yo creo. que la gente ahora no deja a Dios actuar. Quieren decidir y resolverlo todo por sí mismos, controlar las situaciones en el acto.”

Chris y Ann Woolf son protagonistas de una historia similar, escrita a contracorriente, aceptando los hijos que Dios ha querido que tuviesen. Chris es profesor asociado de Derecho Constitucional en la Universidad de Marquette, y Anne, aunque graduada en Ciencias, se dedica exclusivamente a ser ama de casa, esposa y madre. Anne dice que la cultura norteamericana está orientada hacia el triunfo, por lo que limitarse a ser madre y ama de casa significa renunciar a esa especie de reconocimiento público que muchas de sus amigas tienen en el mercado del trabajo. “Nadie aprecia lo que haces en casa y por eso tienes que fortalecerte interiormente. El Opus Dei me ha ayudado mucho, enseñándome a procurar vivir constantemente en la presencia de Dios.”

Cuando los Woolf empezaron a tener hijos, Chris era un simple graduado. Vivían en una ciudad universitaria en la que era “casi tabú” tener un hijo. “Todo el mundo mostraba hostilidad -cuenta Anne-. El movimiento defensor del crecimiento cero de la población era muy activo y su actitud prevalente que tener hijos era algo que sólo hacía la gente con un nivel muy bajo de educación. Aquello era muy duro. Por eso, lo que aprendí en el Opus Dei me ayudó mucho. Me dijeron que me preguntase a mí misma por qué las’ críticas me irritaban tanto, así que reflexioné y me dije: “Está bien. Lo que yo creo y lo que yo hago no tiene por qué verse afectado por lo que hagan o piensen los demás”. Sí, era tiempo de crecer por dentro, de abandonar la estúpida idea de que una tiene que hacer lo que los demás creen que es importante, de que hay que estar en escena, viviendo para que a una la aplaudan. Al contrario: aprendí a ser yo misma.”

Habla Chris: “La maternidad ayuda a lograr eso”.

Anne: “Claro que sí. Es muy bueno tener alguien con quien hablar de todas estas cosas. En la dirección espiritual una se hace más realista, se olvida de sí misma y adquiere sentido del humor. Es muy difícil para una madre encontrar significado en cambiar pañales, recoger juguetes y lavar el suelo. Sólo se encuentra cuando se concibe el cristianismo como algo que da sentido a los detalles más insignificantes de nuestra vida. Entonces todo cambia. Se da una cuenta de que aunque esas cosas, aisladas, no tienen sentido, juntas integran un todo que proporciona a la vida un cambio tremendo, pues contribuyen a crear un ambiente en el que los demás pueden desarrollar más fácilmente su personalidad y crecer espiritualmente. Pienso que se trata de adquirir una especie de profesionalidad. Se trata de crear una atmósfera adecuada para que florezcan los demás y resulta apasionante encontrar la mejor forma de lograrlo”.

Chris: “Creo que la idea de dar una orientación sobrenatural al trabajo no tiene nada que ver con los motivos por los que la mayoría de los norteamericanos trabajan. Antes de conocer el Opus Dei, la idea de ofrecer a Dios el trabajo era para mí algo teórico, inefectivo. Procurar que tuviese consecuencias prácticas a lo largo del día, minuto a minuto, era algo nuevo, que me ha dado, creo, la capacidad de apreciar mejor la eficacia sobrenatural del trabajo. Corría el mismo peligro que otros muchos americanos: tratar de superarme por motivos humanos, para sobresalir y ser admirado.

Hubiese sido una persona muy ambiciosa por motivos muy poco nobles. Ciertamente es bueno procurar hacer las cosas lo mejor que uno puede. Un punto de Camino habla de no tener una visión chata, estrecha, de “ave de corral”. Pero el Opus Dei me enseñó a distinguir entre ambición egoísta y ambición para la gloria de Dios y el bien de los demás. Algo que he tenido muy presente últimamente, pues acabo de publicar un libro que seguramente será citado por el fiscal general al final del año. Ya antes de que apareciese, me repetía a mí mismo: “Toda la gloria para Dios, no para mí”. Algo que con toda seguridad no habría hecho antes.

El Opus Dei hace también que uno desee transmitir la fe a los demás de una forma espontánea. Hay un alumno en mi clase de Derecho Constitucional que estaba tan deprimido que quería suicidarse. Tras hablar con él largo y tendido, hace poco vino y me dijo: “Te voy a dar una buena noticia: soy un alcohólico”. Comprendí enseguida que era una buena noticia porque, por fin, lo había reconocido. Procuro ayudarle y animarle todo lo que, puedo, también espiritualmente. Si eso le hace crecer en sentido religioso, tanto mejor. Hay muchas maneras de hacer apostolado, es decir, de ayudar a la gente para que vea las cosas como son…”.

Jack Burns es un telefonista de mediana edad que vive en un barrio obrero del West Side, en Chicago. Es corpulento, extravertido, y tiene mucho sentido del humor. Cuando pidió la admisión en el Opus Dei, su mujer, Dorothy, quedó tan impresionada por el cambio que experimentó que ella misma se interesó por la Obra y terminó pidiendo la admisión también.

Jack: “Para mí el Opus Dei trata de santificar mi vida y mi familia y de animar a otros a hacer lo mismo. En el trabajo, procuro dar ejemplo y conocer mejor a mis compañeros, para poder ayudarlos. A veces, necesitan un consejo y yo les digo lo que pienso. No sermoneándoles, claro, sino de una manera natural”.

Dorothy: “Lo que más me impresionó cuando Jack se hizo del Opus Dei es que empezó a ayudarme mucho más en la casa. Tenemos seis hijos y fue como si de repente se diese cuenta de que yo necesitaba colaboración para hacer la vida agradable en el hogar. Solía jugar al béisbol al salir del trabajo, al menos tres días por semana, pero lo dejó. Llegaba a casa antes y bañaba a los niños. Parece una tontería, pero me impresionó y me hizo pensar…

Cuando la familia es numerosa, una llega a sentirse abandonada si carece de vida interior. La vida interior proporciona seguridad y fuerza para afrontar las dificultades. La gente se enfada y se altera por cualquier cosa. Mi experiencia es que, rezando, las cosas se resuelven. No es que todo salga a pedir de boca, pero ayuda. La gente quiere que todo le salga bien… Yo hago lo que puedo, procuro hacerlo, y dejo que Dios haga el resto.

Hay tantas cosas que alejan de Dios, tantas cosas materiales, tantas ideas que tratan de arrancarnos la fe… Una vez, leyendo en una revista femenina un artículo de una doctora en Filosofía, católica, me extrañó que tratara de justificar por qué solo quería tener dos hijos. Se lo di a leer a Jack, que, cuando lo hubo leído, me dijo: “No menciona a Dios ni una sola vez. Sólo habla de sus deseos: yo quiero, yo quiero…” Era cierto”.

Jack: “Es todo muy sutil. La gente escribe muy bien y parece que tiene razón. Pero, cuando se reflexiona, uno se da cuenta de que se olvida de Dios, de que sólo trata de hacer lo que le apetece. A mí, por ejemplo, me apasiona la pesca, pero si dejara que me absorbiese y me apartase de mi vida espiritual y mi familia…

En junio iremos todos de pesca, con los chicos y los vecinos. Disfrutaremos de lo lindo y, al mismo tiempo, tendremos oportunidad de hablar con los demás y procuraremos ayudarles, si hace falta. Lo malo es que cuando se va de pesca se suele beber mucho, así que tendremos que tener cuidado…”.

Las preguntas y respuestas de Pozoalbero

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Testimonio de José María Pemán, Escritor. Miembro de la Real Academia Española

A la salida de Jerez hay una finca que se llamaba Santa María del Pino. Era de los Agreda, viejos tíos de mi mujer. En esta finca, viniendo yo de Cádiz cada tarde, visitaba a mi novia. Los noviazgos entonces eran largos por estas tierras. Los novios se tomaban tiempo para casarse, como los cipreses se toman tiempo para crecer.

Luego, hace ya bastantes años, pasó a ser residencia, casa de retiros del Opus Dei. Desde entonces tomó el nombre de Pozoal­bero. He advertido que a la Obra de Dios no le gustan los nombres demasiado confesionales:  Santa María, San José… No le gustan los santos en el Catastro. Se piden nombres a la naturaleza y a la esté­tica. Creen, con razón, que si Dios, según el decir teresiano, anda entre los pucheros, más debe de andar entre los pozos y entre los pinos… Hay que imitar aquella humilde respuesta naturalista del gitano en su diálogo inquisitivo con la Guardia Civil.

- ¿Dónde duermes?

- Tengo un árbol que no me lo merezco…

En Pozoalbero se había habilitado para salón de actos una vieja nave de lagares. Se le habían añadido reposteros, sillones, sillas. ¿Qué uvas iban a ser pisadas en tan espectacular vendimia? Los sencillos, los cristianos rasos, en número superior a los dos millares, eran carretadas de las uvas que iban a extenderse en el salón–lagar.

Monseñor Escrivá de Balaguer, venido a estas tierras del sur, iba a ser el pisador. Y Santa María, escondida tras el pozo, se encargan de dar la última vuelta y apretujón de la prensa al orujo o al alpechín.

En el repostero, al fondo del estilizado lagar, lucía esta divisa: «Siempre alegres, siempre felices, con alma y con calma». Casi un pleonasmo esa invocación de la alegría y la calma. Todo el auditorio venido a Jerez desde Córdoba, Sevilla, Huelva, Cádiz, Málaga, etcé­tera, era andaluz y ya se habían encargado de traer por su cuenta su propio equipaje de alegría y de calma. Auditorio abigarrado: hombres, mujeres, chicas, muchachos. Muchos de éstos, con mele­na y barba, con «sueters» y camisas de colores explosivos: rojos, verdes y amarillos de bombona de butano. Estoy seguro de que habían dejado su guitarra en el perchero.

Un revuelo en la puerta que suena a timbre o aldaba. Silencio, primero, y luego, aplauso cerrado. Entra el padre. Lleva prisa por­que siempre la lleva, porque va «a otra parte». Porque tras cada vendimia y pisa hay una nueva cosecha esperando y soleándose en el almijar: ayer, no más, estaba en Lisboa y en Fátima rodeado de muchedumbres ávidas. Lleva prisa porque siempre va a «otra cosa», a una llamada urgente, como el tocólogo, como el traumatólogo. Los escritos ascéticos se han buscado infinitas metáforas titulares: el «Castillo», de Santa Teresa; la «Ciudad» de San Agustín; el «Ca­mino». Un viejo sacerdote, capellán de una ermita mariana, comen­taba: «Este es un hombre zarandeado por el Espíritu Santo; y los caminos y mociones del Espíritu Santo no están previstos en ningún “Michelín”».

Y empezó su tarea. Unas brevísimas palabras y en seguida abre el coloquio. Quiere preguntas. Quiere que le pregunte el dolor, el miedo, la cesta de la compra, la familia numerosa. Va recorriendo casi toda España; satisfaciendo en todas partes dudas, penas, con­fusiones. Como su faena es diaria, interminable, con pases muy enla­zados, cualquier momento es bueno para dar la vuelta al ruedo. Porque, además, para él, la «vuelta al ruedo» no es previo ni des­canso, sino que sigue siendo faena. La técnica, sin técnica, de sus coloquios siempre es la misma. Pregunta cualquiera. No estamos en un congreso científico. La pregunta nace, quizá, del ignorante, del despistado, del engañado. Las echan a volar estos modestos palomares. Y por el aire se van volviendo sabiduría. También siguen una técnica muy personal las respuestas de Monseñor, que parecen dichas desde una torre de varios pisos superpuestos. En el bajo, la gracia humana: la anécdota o el comentario que mueve a esa oración de los sencillos que es la risa. En seguida, el piso central: que es la gracia poética, que expende emoción, que sugestiona tanto como persuade. Pero lo que exige el padre Escrivá a sus primeras gracias subalternas es que anticipen el aire de familia de la última, que espera en la azotea y que es la Gracia de Dios. Esta ayudará a que cada oyente reduzca la frondosa y graciosa palabra de Mon­señor a la taquigrafía intelectual y escatológica que lleva dentro.

Siempre he dicho que hace falta una historia analítica del sen­timiento religioso en España, como Henri Bremond la hizo para Francia, para encajar al padre Escrivá en su casillero propio, en su puesto dentro de la fila de la ascética española. Porque el convencio- nalismo propio de esta época confusa inclina a algunos a pen­sar que un maestro de espíritu tan original en su ascética del trabajo como oración, y la vida seglar y profesional como instrumento de perfección, debe ser un «progresista» rodeado de estilos chocantes y novedosos. Pero parece que Monseñor ha olfateado tan sutilmen­te el riesgo, que se ha echado de bruces sobre el contrapeso de la tradición popular española: el rosario, la peregrinación a la ermita, el latín no desechado, sino convivente con el español vernáculo. No se ha inscrito Monseñor en ningún «progresismo». Tampoco en ningún artificioso «regresismo». En el platillo nivelador de la difícil balanza de esto que llamamos crisis ha colocado, sencilla­mente, la tradición, que es como un comienzo de eternidad. «Darse» fue todo el verbo reflexivo que impulsó la obra de Cristo. La técnica de nuestro aragonesismo maestro de catolicidad o univer­salismo consiste en «darse a querer». No hay una misa -dice-. Hay cada día una misa nueva, puesto que el auditorio, el local y el momento intervienen en el Sacrificio. Lo que permanece igual es la jerarquía de las peticiones básicas. Monseñor hace confidencia al auditorio de su escala de intenciones jerárquicas de cada una de sus misas: por la Iglesia, por el Papa y por su Obra.

Me retiraba ya y quise antes visitar a los dos cipreses que plan­tamos hace treinta y tantos años mi novia y yo El ciprés ha sido calumniado al considerársele árbol funeral. Es la esbeltez clásica hecha árbol. Pertenece, en la familia arborescente, como el boj, el romero, la uña de gato, a los vegetales a que da exactitud, perfil y volumen, las tijeras profesionales del jardinero. La Naturaleza es experta en pintar colores o musicar ramas y vientos. Pero, ¡anda que cuando se mete a hacer de arquitecto!

Reconocí la voz del «Séneca». Buscó conmigo los dos cipreses. Quedaba sólo uno. Se oía lejos el murmullo del auditorio que bus­caba sus coches en los aparcamientos improvisados en huertas y jardines vecinos.

–Don José: si le llaman a todo esto «Obra de Dios», ¿qué obra ha tenido que hacer ese padre?

–No ser estorbo de la obra de Dios, ¿te parece poco? Dios obra por medio de los hombres y las cosas. Es lo que se llama las «causas segundas».

Miró hacia la riada humana. Se rascó la cabeza:

–Pues esta causa segunda, don José, le ha salido a Dios de primera.

Villa Tevere

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Durante más de once años, en Viale Bruno Buozzi sonarán las piquetas de los albañiles, el ruido de las excavadoras, las voces que los capataces hacen llegar de uno a otro andamio. El Fundador no ha querido bendecir la pimera piedra. Reseva la prisa y la paciencia de su corazón para la última: aquella que ha de coronar el edificio.

El antiguo inmueble recibirá el nombre definitivo de Villa Vecchia, y su estilo se mantendrá aunque los arquitectos construyen dos pisos sobre la primitiva estructura. A un lado irán dos casas con fachada a la calle lateral: una de ellas para alojar, de modo independiente, a la administración doméstica. La otra, llamada Montagnola, para la Asesoría Central, organismo de gobierno de la Sección de mujeres de la Obra. El conjunto entero de la finca responderá al romano nombre de Villa Tevere.

La estructura no puede desentonar del estilo de la zona y de la ciudad. Ha de ser, además, un hogar que dé calor a la vida cotidiana del Opus Dei.

Y como tal hoga se proyecta. Cada rincón, cada pasillo, salita o lugar de reunión, debe hacer patente un modo de ser que aparece en el alma y el cuerpo de Villa Tevere.

Resulta increíble pensar que semejante proyecto ha dado comienzo sin medios económicos para financiarse. Sin embargo, así es. A medida que la Obra se extiende, se solicita ayuda a muchas personas de todo el mundo para construir la Sede Central. Al mismo tiempo, el Padre no se permite una pausa en el camino de amor por las almas. No espera a que se acabe la dificultad de estas obras para impulsar otras actividades. Atiende un abundante apostolado en Italia. Prepara la llegada del Opus Dei a otros países. Programa la formación intelectual y ascética de sus hijas e hijos. Se entrega a un estudio constante. Muchas veces, una contrariedad echa por tierra un trabajo que parecía terminado y hay que volver a empezar. Pero hace honor al Somontano que le vio nacer. Hay en su carácter una gran fortaleza y una capacidad de superar contrariedades por insalvables que parezcan. El lo llama tozudez aragonesa; todos saben que es, en primer lugar, una gigantesca fe en Dios.

“Villa Tevere” se levantará firme, sobre cimiento sólido. En los oratorios se suple con más esfuerzo la escasez de medios, para ofrecer a Dios lo mejor de que se dispone: el más bellamente construido será el de la Santísima Trinidad; el mayor, el de Santa María de la Paz, hoy iglesia Prelaticia.

Arriba, en lo alto de un torreón, se puede leer una gran cartela con las palabras Omnia in bonum!, que el Padre explica así:

«Doctrina paulina (…), que yo he repetido tanto en mis treinta años de vocación al Opus Dei. No hay nunca motivo para perderla paz» (23).

“Omnia in bonum”, en lo alto, bien a la vista. Para que se grabe en los ojos y en la mente, y cale hasta el corazón, y se extienda por el mundo entero en siembra de paz y de alegría.

Alegría que inunda la doctrina del Apóstol y que el Fundador apoya en el sentido de filiación divina. Todo cuanto sucede concurre en el bien de los que aman a Dios. Saberse hijos del Padre que está en los Cielos es la certeza de que toda situación, aun aquellas de difícil comprensión humana, tiene su clave en el universal Amor de Dios por sus hijos.

El primer edificio que se termina es el destinado a la Administración, para las mujeres de la Obra que se ocupan de la atención doméstica. El Padre ha dirigido muchos de los detalles, incluso en la decoración interna de la casa. Y les invita, desde entonces, a cuidar especialmente aquello que Dios y la entrega de las gentes de todo el mundo van a poner en sus manos, porque estos muros y estas paredes, les dice, «parecen de piedra y son de amor»(24).

Es decir, cada piedra, cada metro cuadrado, se ha construido sobre el trabajo, el sacrificio y la oración de tantos que ya participan de los apostolados del Opus Dei.

Les rogará, de nuevo, que encomienden al Cielo los pasos de don Alvaro para conseguir créditos con los que sostener y avanzar las tareas comenzadas. A veces los días parecen acelerarse a velocidad increíble. Muchas semanas no hay dinero con qué pagar. Se hacen todas las gestiones posibles. Y de un modo a veces inesperado, siempre se sale a flote. Llega un envío, responden a una llamada, un Banco concede un nuevo crédito. Y todo sigue adelante. Repetidas veces el Padre comenta refiriéndose a don Alvaro:

«Al lado de este hombre es imposible no tener fe»(25).

En los momentos más críticos mantiene el señorío de la generosidad con las personas que prestan algún servicio en la casa. Les invita a participar de algún refrigerio; es espléndido en los salarios, aunque sean las últimas liras que quedan en la casa.

El cuarto del Padre, en los futuros edificios, será una habitación pequeña y austera. El enlosado del suelo, azul y blanco, de forma romboidal. Una cama muy sencilla. Una mesa con tablero que se abre por medio de bisagras. Un sillón de madera y una lámpara de pie, con pantalla.

En la pared un óleo de escuela italiana, ovalado, que representa la Sagrada Familia. A la derecha el Crucifijo. Una inscripción sobre la puerta: «Aparta, Señor, de mí lo que me aparte de Ti » (26).

En la cabecera de la cama, unos mosaicos dibujan un corazón escoltado por esta frase: “Iesus Christus Deus” Homo.

Una mesita de noche y una pequeña banqueta de madera completan la habitación.

En su cuarto de trabajo hay una librería; sobre la pared, las fotografías de los tres primeros hijos suyos que se ordenaron sacerdotes y un rosario de gruesas cuentas. Un tríptico que adorna lo alto de un mueble-cajonera. Un sillón y una mesa de estilo castellano.

Colgada de una pared, una cuerda con la placa metálica numerada que llevan los soldados en tiempo de campaña para su identificación. Está colocada bajo una sencilla acuarela que representa un borriquillo. En la cuerda hay diez nudos. Los hizo un hijo suyo, durante la guerra española, para rezar el Rosario en las trincheras de los campos de batalla.

La ventana, de medianas proporciones, da al llamado “Cortile vecchio”. Igual que las puertas y librerías, está pintada en color verde.

En este pequeño despacho, así como en el destinado a don Alvaro, el Fundador rezará, soñará y conducirá la Obra por los caminos de Dios. Esta va a ser época de maduración bajo su impulso. La etapa de la gran expansión por los cinco Continentes.

A través de la ventana mirará con frecuencia el “Cortile vecchio”: ese pequeño patio de empaque romano, que tiene tonos ocre y mosaicos de colores. Se puede ver la representación de Santa María, que cabalga en borrico blanco y lleva al Niño entre los brazos. A un lado, tres argollas de hierro viejo dan al conjunto sabor de casa antigua, con invitación de hidalga hospitalidad. Es un lugar para monturas que esperan el comienzo de viaje o que retornan del campo una vez cumplida su misión. Y en el suelo, grabadas en la piedra, las huellas de unos pies descalzos: el estilo romano de indicar la dirección correcta.

Por este cortile silencioso cruzarán sus hijos -un día que hoy queda lejano en el tiempo- con el cuerpo exánime del Fundador; se les habrá ido en plena juventud del alma, en el umbral de su trabajo cotidiano, junto a estos muros levantados con el impulso de su amor a Dios y a los hombres.


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