TEMA 25. El matrimonio

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La íntima comunidad de vida y amor conyugal entre hombre y mujer es sagrada, y está estructurada según leyes establecidas por el Creador, que no dependen del arbitrio humano.

«La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados» (CIC, 1055 §1).

1. El designio divino sobre el matrimonio

«El mismo Dios es autor del matrimonio». La íntima comunidad conyugal entre el hombre y la mujer es sagrada, y está estructura con leyes propias establecidas por el Creador que no dependen del arbitrio humano.

La institución del matrimonio no es una ingerencia indebida en las relaciones personales íntimas entre un hombre y una mujer, sino una exigencia interior del pacto de amor conyugal: es el único lugar que hace posible que el amor entre un hombre y una mujer sea conyugal, es decir un amor electivo que abarca el bien de toda la persona en cuanto sexualmente diferenciada. Este amor mutuo entre los esposos «se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Este amor es bueno, muy bueno, a los ojos del Creador (Gn 1, 31). Y este amor es destinado a ser fecundo y a realizarse en la obra común del cuidado de la creación. Y los bendijo Dios y les dijo: “Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla” (Gn 1, 28)» (Catecismo, 1604).

El pecado original introdujo la ruptura de la comunión original entre el hombre y la mujer, debilitando la conciencia moral relativa a la unidad e indisolubilidad del matrimonio. La Ley antigua, conforme a la pedagogía divina, no crítica la poligamia de los patriarcas ni prohíbe el divorcio; pero «contemplando la Alianza de Dios con Israel bajo la imagen de un amor conyugal exclusivo y fiel (cfr. Os 1-3; Is 54.62, Jr 2-3.31; Ez 16, 62; 23), los profetas fueron preparando la conciencia del Pueblo elegido para una comprensión más profunda de la unidad y de la indisolubilidad del matrimonio (cfr. Mal 2, 13-17)» (Catecismo, 1611).

«Jesucristo no sólo restablece el orden original del Matrimonio querido por Dios, sino que otorga la gracia para vivirlo en su nueva dignidad de sacramento, que es el signo del amor esponsal hacia la Iglesia: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo ama a la Iglesia” (Ef 5, 25)» (Compendio, 341).

«Entre bautizados, no puede haber contrato matrimonial válido que no sea por eso mismo sacramento» (CIC, 1055 §2).

El sacramento del matrimonio aumenta la gracia santificante, y confiere la gracia sacramental específica, la cual ejerce una influencia singular sobre todas las realidades de la vida conyugal, especialmente sobre el amor de los esposos. La vocación universal a la santidad está especificada para los esposos «por el sacramento celebrado y traducida concretamente en las realidades propias de la existencia conyugal y familiar». «Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su hogar. La vida familiar, las relaciones conyugales, el cuidado y la educación de los hijos, el esfuerzo por sacar económicamente adelante a la familia y por asegurarla y mejorarla, el trato con las otras personas que constituyen la comunidad social, todo eso son situaciones humanas y corrientes que los esposos cristianos deben sobrenaturalizar».

2. La celebración del matrimonio

El matrimonio nace del consentimiento personal e irrevocable de los esposos (cfr. Catecismo, 1626). «El consentimiento matrimonial es el acto de la voluntad, por el cual el varón y la mujer se entregan y aceptan mutuamente en alianza irrevocable para constituir el matrimonio» (CIC, 1057 §2).

«La Iglesia exige ordinariamente para sus fieles la forma eclesiástica de la celebración del matrimonio» (Catecismo, 1631). Por eso, «solamente son válidos aquellos matrimonios que se contraen ante el Ordinario del lugar o el párroco, o un sacerdote o diácono delegado por uno de ellos para que asistan, y ante dos testigos, de acuerdo con las reglas establecidas» por el Código de Derecho Canónico (CIC, 1108 §1).

Varias razones concurren para explicar esta determinación: el matrimonio sacramental es un acto litúrgico; introduce en un ordo eclesial, creando derechos y deberes en la Iglesia entre los esposos y para con los hijos. Por ser el matrimonio un estado de vida en la Iglesia, es preciso que exista certeza sobre él (de ahí la obligación de tener testigos); y el carácter público del consentimiento protege el “Sí” una vez dado y ayuda a permanecer fiel a él (cfr. Catecismo, 1631).

3. Propiedades esenciales del matrimonio.

«Las propiedades esenciales del matrimonio son la unidad y la indisolubilidad, que en el matrimonio cristiano alcanzan una particular firmeza por razón del sacramento» (CIC, 1056). El marido y la mujer «por el pacto conyugal ya no son dos, sino una sola carne (Mt 19,6)… Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad».

«La unidad del matrimonio aparece ampliamente confirmada por la igual dignidad personal que hay que reconocer a la mujer y el varón en el mutuo y pleno amor. La poligamia es contraria a esta igual dignidad de uno y otro y al amor conyugal que es único y exclusivo» (Catecismo, 1645).

«En su predicación, Jesús enseñó sin ambigüedad el sentido original de la unión del hombre y la mujer, tal como el Creador la quiso al comienzo: la autorización, dada por Moisés, de repudiar a su mujer era una concesión a la dureza del corazón (cfr. Mt 19, 8); la unión matrimonial del hombre y la mujer es indisoluble: Dios mismo la estableció: “Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre” (Mt 19, 6)» (Catecismo, 1614). En virtud del sacramento, por el que los esposos cristianos manifiestan y participan del misterio de la unidad y del fecundo amor entre Cristo y la Iglesia (Ef 5, 32), la indisolubilidad adquiere un sentido nuevo y más profundo acrecentando la solidez original del vínculo conyugal, de modo que «el matrimonio rato [esto es, celebrado entre bautizados] y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano, ni por ninguna causa fuera de la muerte» (CIC, 1141).

«El divorcio es una ofensa grave a la ley natural. Pretende romper el contrato, aceptado libremente por los esposos, de vivir juntos hasta la muerte. El divorcio atenta contra la Alianza de salvación de la cual el matrimonio sacramental es un signo» (Catecismo, 2384). «Puede ocurrir que uno de los cónyuges sea la víctima inocente del divorcio dictado en conformidad con la ley civil; entonces no contradice el precepto moral. Existe una diferencia considerable entre el cónyuge que se ha esforzado con sinceridad por ser fiel al sacramento del Matrimonio y se ve injustamente abandonado y el que, por una falta grave de su parte, destruye un matrimonio canónicamente válido» (Catecismo, 2386).

«Existen, sin embargo, situaciones en que la convivencia matrimonial se hace prácticamente imposible por razones muy diversas. En tales casos, la Iglesia admite la separación física de los esposos y el fin de la cohabitación. Los esposos no cesan de ser marido y mujer delante de Dios; ni son libres para contraer una nueva unión. En esta situación difícil, la mejor solución sería, si es posible, la reconciliación» (Catecismo, 1649). Si tras la separación «el divorcio civil representa la única manera posible de asegurar ciertos derechos legítimos, el cuidado de los hijos o la defensa del patrimonio, puede ser tolerado sin constituir una falta moral» (Catecismo, 2383).

Si tras el divorcio se contrae una nueva unión, aunque reconocida por la ley civil, «el cónyuge casado de nuevo se haya entonces en situación de adulterio público y permanente» (Catecismo, 2384). Los divorciados casados de nuevo, aunque sigan perteneciendo a la Iglesia, no pueden ser admitidos a la Eucaristía, porque su estado y condición de vida contradicen objetivamente esa unión de amor indisoluble entre Cristo y la Iglesia significada y actualizada en la Eucaristía. «La reconciliación en el sacramento de la penitencia —que les abriría el camino al sacramento eucarístico— puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación, asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos».

4. La paternidad responsable

«Por su naturaleza misma, la institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y a educación de la prole y con ellas son coronados como su culminación. Los hijos son, ciertamente, el don más excelente del matrimonio y contribuyen mucho al bien de sus mismos padres. El mismo Dios, que dijo: “No es bueno que el hombre esté solo (Gn 2, 18), y que hizo desde el principio al hombre, varón y mujer” (Mt 19, 4), queriendo comunicarle cierta participación especial en su propia obra creadora, bendijo al varón y a la mujer diciendo: “Creced y multiplicaos” (Gn 1, 28). De ahí que el cultivo verdadero del amor conyugal y todo el sistema de vida familiar que de él procede, sin dejar posponer los otros fines del matrimonio, tiende a que los esposos estén dispuestos con fortaleza de ánimo a cooperar con el amor del Creador y Salvador, que por medio de ellos aumenta y enriquece su propia familia cada día más» (Catecismo, 1652). Por ello, entre «los cónyuges que cumplen de este modo la misión que Dios les ha confiado, son dignos de mención muy especial los que de común acuerdo, bien ponderado, aceptan con magnanimidad una prole más numerosa para educarla dignamente».

El estereotipo de la familia presentada por la cultura dominante actual se opone a la familia numerosa, justificado por razones económicas, sociales, higiénicas, etc. Pero «el verdadero amor mutuo trasciende la comunidad de marido y mujer, y se extiende a sus frutos naturales: los hijos. El egoísmo, por el contrario, acaba rebajando ese amor a la simple satisfacción del instinto y destruye la relación que une a padres e hijos. Difícilmente habrá quien se sienta buen hijo —verdadero hijo— de sus padres, si puede pensar que ha venido al mundo contra la voluntad de ellos: que no ha nacido de un amor limpio, sino de una imprevisión o de un error de cálculo [...], veo con claridad que los ataques a las familias numerosas provienen de la falta de fe: son producto de un ambiente social incapaz de comprender la generosidad, que pretende encubrir el egoísmo y ciertas prácticas inconfesables con motivos aparentemente altruistas».

Aún con una disposición generosa hacia la paternidad, los esposos pueden encontrarse «impedidos por algunas circunstancias actuales de la vida, y pueden hallarse en situaciones en las que el número de hijos, al menos por cierto tiempo, no puede aumentarse». «Si para espaciar los nacimientos existen serios motivos, derivados de las condiciones físicas o psicológicas de los cónyuges, o de circunstancias exteriores, la Iglesia enseña que entonces es lícito tener en cuenta los ritmos naturales inmanentes a las funciones generadoras para usar del matrimonio sólo en los periodos infecundos y así regular la natalidad».

Es intrínsecamente mala «toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga como fin o como medio, hacer imposible la procreación».

Aunque se busque retrasar un nuevo concebimiento, el valor moral del acto conyugal realizado en el periodo infecundo de la mujer es diverso del efectuado con el recurso a un medio anticonceptivo. «El acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas, según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer. Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad». Mediante el recurso a la anticoncepción se excluye el significado procreativo del acto conyugal; el uso del matrimonio en los periodos infecundos de la mujer respeta la inseparable conexión de los significados unitivos y procreativos de la sexualidad humana. En el primer caso se comete un acto positivo para impedir la procreación, eliminando del acto conyugal su potencialidad propia en orden a la procreación; en el segundo sólo se omite el uso del matrimonio en los periodos fecundos de la mujer, lo que de por sí no lesiona a ningún otro acto conyugal de su capacidad procreadora en el momento de su realización. Por tanto, la paternidad responsable, tal como la enseña la Iglesia, no comporta de ningún modo mentalidad anticonceptiva; al contrario, responde a determinada situación provocada por circunstancias concurrentes, que de suyo no se quieren, sino que se padecen, y que pueden contribuir, con la oración, a unir más a los cónyuges y a toda la familia.

5. El matrimonio y la familia

«Según el designio de Dios, el matrimonio es el fundamento de la comunidad más amplia de la familia, ya que la institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y educación de la prole, en la que encuentran su coronación».

«El Creador del mundo estableció la sociedad conyugal como origen y fundamento de la sociedad humana; la familia es por ello la célula primera y vital de la sociedad». Esta específica y exclusiva dimensión pública del matrimonio y de la familia reclama su defensa y promoción por parte de la autoridad civil. Las leyes que no reconocen las propiedades esenciales del matrimonio —el divorcio—, o la equiparan a otras formas de unión no matrimoniales —uniones de hecho o uniones entre personas del mismo sexo— son injustas: lesionan gravemente el fundamento de la propia sociedad que el Estado está obligado a proteger y fomentar.

En la Iglesia la familia es llamada Iglesia doméstica porque la específica comunión de sus miembros está llamada a ser «revelación y actuación específica de la comunión eclesial. «Los padres han de ser para con sus hijos los primeros predicadores de la fe, tanto con su palabra como con su ejemplo, y han de fomentar la vocación propia de cada uno, y con especial cuidado la vocación sagrada. «Aquí es donde se ejercita de manera privilegiada el sacerdocio bautismal del padre de familia, de la madre, de los hijos, de todos los miembros de la familia, en la recepción de los sacramentos, en la oración y en la acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la renuncia y el amor que se traduce en obras. El hogar es así la primera escuela de vida cristiana y escuela del más rico humanismo. Aquí se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de su vida» (Catecismo, 1657).

Rafael Díaz

Bibliografía básica

Catecismo de la Iglesia Católica, 1601-1666, 2331-2400.

Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et Spes, 47-52.

Juan Pablo II, Ex. ap. Familiaris consortio, 11-16.

Lecturas recomendadas

San Josemaría, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, 87-112.

San Josemaría, Homilía El matrimonio, vocación cristiana, en Es Cristo que pasa, 22-30.

J. Miras – J. I. Bañares, Matrimonio y familia, Rialp, Madrid 2006.

J.M. Ibáñez Langlois, Sexualidad, Amor, Santa Pureza, Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago de Chile 2006.


Santidad en el mundo, el camino de los laicos

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Hacia el centenario del beato Escrivá: entrevista con el prelado del Opus Dei, Echevarría

07 de julio de 2001
Francesco Ognibene // Avvenire (Milán)

Clima de vigilia para el Opus Dei. Dentro de pocos meses, el 9 de enero de 2002, se celebrarán los cien años del nacimiento del fundador, el beato Josemaría Escrivá, pionero de la santificación de los laicos a través de la vida cotidiana -desde el trabajo hasta la familia, desde la cultura del tiempo libre hasta las relaciones de amistad- y a través asimismo de un espíritu vivido con naturalidad y fundamentado en la oración, la constante formación cristiana, la responsabilidad personal y el apostolado.

En esta antesala del centenario, el obispo Javier Echevarría, segundo sucesor de Escrivá al frente de la que desde 1982 es una Prelatura personal, ha concedido -en la sede central de Roma, en Via Bruno Buozzi, donde reposan los restos mortales de Escrivá- esta entrevista exclusiva a Avvenire, en la que habla de la naturaleza y las actividades del Opus Dei en Italia y en todo el mundo.

Monseñor Echevarría, ¿qué significa para el Opus Dei recordar al beato Escrivá?

Este centenario no supone una simple conmemoración, sino más bien una invitación a reflexionar sobre las enseñanzas del fundador del Opus Dei, y a descubrir modos nuevos de darles siempre más cuerpo en la existencia ordinaria. El beato Josemaría repetía con frecuencia: “es de Cristo de quien hemos de hablar y no de nosotros mismos”. El fundador del Opus Dei gastó todo su tiempo en anunciar a Jesucristo, recordando que se puede ser plenamente discípulo de Cristo en medio del mundo. El Centenario ha de ser un eco de esa verdad cristiana radical, que llena la vida de sentido y de alegría.

¿Qué quiere decir hoy para un laico cristiano ser santo de altar, como predicaba Escrivá? La imperfección es algo connatural a la condición humana….

Precisamente porque somos imperfectos hemos de buscar la santidad, es decir, la identificación con Jesucristo: nos lo ha pedido Él, y Él no pide imposibles. Los pecados y las miserias personales son evidentes, pero no constituyen un peso insoportable ni una condena, sino una oportunidad de convertirnos a Dios. Cristo nos ha redimido y podemos, con su gracia y nuestra humildad, seguirle e imitarle: ser mejores. Los hijos de Dios, que tienen conciencia de lo que significa la realidad de la filiación divina, saben que la vida cristiana es un camino de liberación, una invitación a la felicidad, no un conjunto de ataduras o prescripciones sin espíritu. Y para los laicos, aspirar a la santidad significa, con palabras del Concilio Vaticano II, “buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales”.

¿Dónde se está desarrollando la Prelatura?

Gracias a Dios, la labor apostólica de la Prelatura del Opus Dei va creciendo. En países de mayoría católica (Honduras o Polonia, por citar algunos de comienzo más reciente), son muy numerosas las personas que acuden a las actividades de formación cristiana. En otras naciones, donde los bautizados son minoría (como en Tierra Santa, Singapur o Kazajstán), para muchas personas el encuentro con la Prelatura significa con frecuencia el primer contacto con la Iglesia a través del vínculo de amistad con un colega católico.

¿Cuál es el “estilo” del Opus Dei?

El acento en la formación cristiana del individuo, no en la programación de actividades o en las estructuras. La fe implica un descubrimiento personal y una respuesta también personal a Dios que pregunta por nosotros. El Opus Dei crece siempre de uno en uno. Y el “cada uno”, en la medida en que se identifica con Cristo, ilumina con luz nueva a muchos otros.

El Opus Dei, dijo Escrivá, “es una gran catequesis”: si esto es así, ¿por qué se dice a veces que se trata más bien de una élite espiritual y social y que cultiva la discreción?

Invito a cualquier persona que se considere poco informada a preguntar, a llamar a un fiel o a un Centro de la Prelatura. Basta consultar la guía telefónica o el website de la Oficina de información del Opus Dei.

El fundador del Opus Dei solía decir que para comunicar hacen falta “buenas explicaderas” y “buenas entendederas”. Los fieles de la Prelatura podemos mejorar siempre la capacidad de hablar con claridad. Por otra parte, para entender el Opus Dei basta comprender la naturalidad de la vida cristiana ordinaria y la libertad; porque no llevar distintivos, ni publicar declaraciones conjuntas, ni organizar reuniones masivas, no equivale a ser secretos.

¿Qué significa eso, entonces?

Significa vivir como cristianos corrientes, que actúan igual que cualquier ciudadano personalmente responsable de sus propias decisiones en el ámbito espiritual, político, social, económico, cultural: la vocación cristiana en el Opus Dei supone una llamada de Dios, pero es también elección por parte del fiel católico que libremente decide emprenderla y que la sigue de hecho sin formar un grupo cerrado, sino abierto a toda la Iglesia.

En el contexto del Jubileo, ¿hay un “mea culpa” del Opus Dei?

Pienso que la contrición a la que nos ha impulsado la petición de perdón que el Papa hizo el 12 de marzo del 2000 consiste sobre todo en la humildad de reconocer cada uno las propias culpas presentes. Los miembros del Opus Dei, cada uno por su cuenta, siempre acaban la jornada con una petición de perdón al Señor, después del examen de conciencia. En el Opus Dei es fundamental que cada uno se convierta a diario y sepa pedir perdón con humildad a Dios y a aquellos a quienes ha podido herir u ofender. Aprender a pedir perdón todos los días es un buen propósito después del Jubileo.

¿Es cierto, como alguno afirma, que el Opus Dei, en países como Italia, da prioridad a los ambientes intelectuales y a las clases dirigentes?

El beato Josemaría, a la vez que fomentaba de modo concretísimo la preocupación por los más necesitados, siempre recordó que la labor entre intelectuales es tarea evangelizadora completamente necesaria: los intelectuales configuran la sociedad y la cultura. Si no conocen a Cristo, si no se les anuncia, las consecuencias para la sociedad son evidentes. Ese apostolado estará siempre vigente en el Opus Dei, bien entendido que las dos prioridades son complementarias, porque a la indigencia material se suma hoy en día una tremenda indigencia intelectual y cultural religiosa.

En Italia hay muchas escuelas promovidas por padres de familia relacionadas con el Opus Dei. ¿Cómo valora esta iniciativa?

Esas iniciativas representan una aventura. Responden al principio de que los padres son los primeros responsables de la educación de los hijos. Pero ciertamente, como todas las aventuras, encuentran muchas dificultades, entre otros motivos porque las leyes no facilitan ese protagonismo de las familias en la educación. Lo ha vuelto a recordar recientemente la Conferencia Episcopal italiana. En todo caso, pienso que vale la pena correr el riesgo de emprender ese reto apasionante de educar cristianamente a los hijos y a los amigos de los hijos: la más importante misión de los padres cristianos.

La Obra tiene fama de ser una institución conservadora. ¿Por qué?

El Opus Dei no tiene dogmas propios ni moral particular, ni hace “escuela” de pensamiento. Se atiene en todo a la doctrina de la Iglesia. Si eso significa ser conservador, juzgue usted mismo y sus lectores. En el fondo, se trata de un error de bulto: el de aplicar a la Iglesia categorías políticas que son inadecuadas en el terreno de la fe. Todo cristiano -si es consecuente- lleva en su corazón un amor grande a su historia; y a la vez, cultiva el deseo de influir positivamente en el mundo, de hacerlo más justo, más humano, liberándolo sin miedo de todos esos lastres que las ideologías han acumulado con los siglos; por ejemplo, desde el racismo hasta la despreocupación “global” por las causas de la pobreza. El beato Josemaría solía decir: “si los cristianos nos tomáramos en serio nuestra fe, se produciría la revolución más importante de la historia”. Es una revolución pendiente, y no precisamente una revolución conservadora.

Se asiste actualmente a un nuevo interés por la religiosidad. ¿Qué respuesta ofrece la Obra a esta reencontrada sed interior?

El Opus Dei ofrece un camino formativo basado en los Sacramentos -la Confesión, la Eucaristía-, la meditación de la Escritura y del Magisterio de la Iglesia, el estudio de la doctrina católica y de la moral profesional. La Prelatura proporciona los medios de formación cristiana siempre de manera compatible con la vida ordinaria: sin dejar el propio oficio o la propia profesión, al contrario, animando a descubrir la relación que existe entre contemplación y trabajo. Se puede mantener una profunda unión con Dios mientras se cocina un plato de pasta, se cuida a un enfermo o se juega un partido de fútbol, o también mientras se hace una labor de investigación científica. Porque la unión con Dios se produce en el fondo de un corazón libre: es cuestión de Amor.

Hablemos de la pertenencia a la Obra en el matrimonio o en el celibato: ¿nos podría explicar cuál es la diferencia respecto a la adhesión a un grupo o una asociación?

Prefiero explicar la Prelatura, más que señalar diferencias. La incorporación al Opus Dei es, originalmente, la respuesta personal y libre a una llamada divina, a Dios que llama. Quien se incorpora a la Prelatura se compromete a dos cosas: a buscar la identificación con Jesucristo según el espíritu del Opus Dei, un espíritu que no saca a nadie de su sitio ni de la posición que ocupa; y a permanecer bajo la jurisdicción del prelado en aquellos aspectos de la vida de unión con Cristo y el apostolado que afectan a la misión apostólica de la Prelatura. No existe diferencia entre un fiel de la Prelatura y otro que no tenga la vocación al Opus Dei.

¿Qué proyectos hay en Italia?

Nos gustaría que cualquier italiano interesado en el Opus Dei tuviera la posibilidad de acudir a un Centro de la Prelatura cercano. Actualmente hay Centros en unas veinticinco ciudades. Queda mucho por hacer.

¿Qué espera de los fieles del Opus Dei de Italia?

Que sigan procurando dar testimonio cristiano en su profesión, contribuyendo a resolver los problemas y necesidades de su propio entorno. Este país ha dado muchos santos a la Iglesia. Como italiano (lo soy de corazón, después de cincuenta y un años en Roma), me gustaría que la tradición no se interrumpiera, sino todo lo contrario.

¿Cuándo será la canonización de Escrivá?

No lo sé. No tenemos prisa: llegará en el momento mejor, cuando Dios quiera. Ya se han abierto algunas causas de beatificación y canonización de fieles laicos del Opus Dei en Guatemala, Suiza y España. Y se está preparando la apertura de la causa de Mons. Álvaro del Portillo, primer sucesor del fundador.

Usted ha vivido veinticinco años junto a Escrivá: ¿Tiene algún recuerdo de él particularmente unido a Italia?

El beato Josemaría se trasladó a Roma en 1946, y enseguida se adaptó a la vida y a las costumbres de este país, hacia el que sentía un profundo agradecimiento. Aquí murió y aquí reposan sus restos. Nos pedía que si fallecía fuera de Roma trajéramos su cuerpo a esta tierra, porque para él “romano” era sinónimo de “universal”.

Ordenación de 24 diáconos en Madrid

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En la parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles, Mons. Javier Echevarría, ordenó el pasado 6 de abril a veinticuatro diáconos de la Prelatura procedentes de trece países: Argentina, Brasil, Colombia, Costa Rica, España, Gran Bretaña, Honduras, Irlanda, Kenia, México, Nigeria, Portugal y Uruguay.

Opus Dei - Mons. Javier Echevarría impone las manos a Ricardo Acosta, de Costa Rica, en la ceremonia

Mons. Javier Echevarría impone las manos a Ricardo Acosta, de Costa Rica, en la ceremonia

En su homilía, el Prelado recordó la relación que guarda el templo de Nuestra Señora de los Ángeles con la fundación de la Obra. El 2 de octubre de 1928, el beato Josemaría Escrivá vio por primera vez el Opus Dei mientras realizaba unos días de retiro espiritual en la casa central de los PP. Paúles. “Conmovido, me arrodillé – explicaba el Fundador-. Estaba solo en mi cuarto (…) Di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de Nuestra Señora de los Ángeles”. En muchas ocasiones afirmó que ese tañer de campanas, que llegaba como un regalo de la Virgen, “nunca ha dejado de sonar en mis oídos”.

El beato Josemaría Escrivá recordaba esos momentos en 1974 ante un grupo de personas en Latinoamérica: “¿Vosotros pensáis lo que es tener veintiséis años, la gracia de Dios, buen humor y nada más; y unas campanas que se oyen, y el querer de Dios, con todo aquello que era un imposible, sin ningún medio humano; y ponerse a soñar, y después verlo realizado en todo el mundo?”.

Durante la homilía, Mons. Echevarría agradeció a “la Reina de los Ángeles” toda “la movilización espiritual de cristianos corrientes nacida de la respuesta del beato Josemaría, que en toda la tierra busca la plenitud de la vida cristiana y trata de ejercitar el apostolado mediante las actividades familiares, sociales y profesionales que entretejen las jornadas de la gran mayoría de las personas”.

Habló también del “toque de campana” que ha dado Juan Pablo II en su última Carta Apostólica: “Jesucristo se sirve de su Vicario en la tierra cuando nos exhorta a recorrer con garbo las sendas de nuestra vocación cristiana”. Con la Novo millennio ineunte, “el Santo Padre ha querido despertar a los tibios, animar a los pusilánimes, impulsar a todos”.

Citando al Papa, dijo que “los caminos por los que cada uno de nosotros y cada una de nuestras Iglesias caminan son muchos, pero no hay distancias entre quienes están unidos por la única comunión, la comunión que cada día se nutre de la mesa del Pan eucarístico y de la Palabra de vida”.

Hasta su ordenación presbiteral, estos diáconos asistirán al clero de la prelatura y trabajarán en la labor que el Opus Dei desarrolla en los diferentes países. Entre la variada procedencia geográfica de los nuevos ordenados, se encuentran algunos que proceden del continente africano: Thomas Joseph Mboya Ayugi, keniano; y Innocent Okwudili Uwakwe, nigeriano. Llegan al sacerdocio, con 32 y 34 años, respectivamente.

Todos los diáconos han realizado alguna carrera universitaria civil y han ejercido su profesión antes de iniciar sus estudios teológicos. Entre ellos hay ocho ingenieros, tres periodistas, cuatro abogados, dos filólogos, dos historiadores, etc.

“Contar con la simpatía del Papa es un estímulo”

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“El auténtico criterio para valorar la situación del Opus Dei es la fidelidad de cada uno de sus miembros a Jesucristo”. El Prelado habla en una entrevista de cuestiones como el Centenario del Fundador, la paz en el mundo y el Santo Padre

Máxima jerarquía del Opus Dei desde el 20 de abril de 1994, Javier Echevarría, de 69 años de edad, se dispone a festejar el centenario del nacimiento, el 9 de enero de 1902, del beato Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei. Un centenario que tendrá su momento culminante en la canonización de Escrivá, anunciada ya por el Papa. Javier Echevarría aceptó responder a un cuestionario enviado por esta corresponsal, a la que recibió en la sede romana de la Obra.

Echevarría rechaza las acusaciones de secretismo que pesan sobre el Opus. ‘Tengo la impresión de que es cosa del pasado, fruto de una manipulación de la realidad promovida por grupitos que parecían celosos de su exclusivismo’, dice. Aunque insiste en que Juan Pablo II no hace distinciones entre los católicos, el prelado admite que para el Opus es un estímulo ‘contar con la simpatía del Papa’. Añade que no ve a la institución como algo español, ’sino universal’, que cuenta con muchos admiradores. En cuanto a los detractores, cree que se nutren del desconocimiento o de ‘generalizaciones indebidas’, a partir de los fallos de algunos de sus miembros.

Pregunta. ¿Cuál es la situación actual de la Obra?

Respuesta. Forman parte del Opus Dei en este momento 85.000 fieles, repartidos por 60 países. Cada una de esas personas procura difundir a su alrededor el mensaje de Cristo, a través de la amistad, sin considerarse en absoluto mejor que los demás, de los que aprende. El auténtico criterio para valorar la situación del Opus Dei es la fidelidad personal de cada uno a Jesucristo: y de eso es de lo que nos examinamos los fieles de la prelatura al terminar el día.

P. La Obra ha organizado diversas celebraciones, pero la más importante será la canonización del beato. Teniendo en cuenta la polémica que suscitó la beatificación en 1992, ¿no teme que se reproduzcan las críticas?

R. No se sabe la fecha de la canonización del beato Josemaría. Depende del Santo Padre. Suele hacer pública la fecha de las canonizaciones durante los Consistorios. ¿Cómo no agradecer esa progresiva extensión, desde 1975, de la devoción al beato Josemaría a tantos rincones del mundo? No temo un ambiente polémico, y no se trata sólo de una previsión optimista: artículos y cartas que he leído estos meses lo confirman.

P. El Opus Dei goza de gran predicamento con el actual Papa, que le concedió en 1982 la calificación jurídica de prelatura personal. ¿Hasta qué punto ha sido importante para la Obra contar con las simpatías del Pontífice?

R. Creo que un católico debe querer al Papa, a todos los papas, con idénticos sentimientos de afecto y veneración. El amor al Romano Pontífice nace de la fe, no de las preferencias, porque en él vemos al vicario de Jesucristo entre los hombres. Y me atrevo a afirmar que el Papa no hace distingos, es padre de todos los católicos y trata a todos con la misma caridad. Con esta premisa, contar con su simpatía es un estímulo, una invitación a la unidad, un motivo de agradecimiento y de responsabilidad. La decisión de erigir el Opus Dei en prelatura se basó en serios estudios teológicos y jurídicos. El Concilio Vaticano II, con la sanción de Pablo VI, estableció las bases. Ciertamente, Juan Pablo II puso su sello en el documento final, pero a la decisión se llegó mediante una amplia convergencia, y dieron su parecer, a petición del Papa, los obispos de las naciones donde el Opus Dei desarrollaba apostolado.

P. El Opus Dei y la Compañía de Jesús son iniciativas religiosas españolas con personalidad propia dentro de la Iglesia. Los jesuitas tienen un pedigrí progresista, y el Opus, conservador. ¿Cuáles son sus relaciones?

R. Si me permite una aclaración previa, le diré que yo conocí el Opus Dei en 1948 y desde ese año fui un fiel entre otros muchos, pero jamás vi esta realidad como algo español, sino como una institución universal. Había nacido en España, pero estaba proyectada por Dios para todo el mundo. Por otra parte, algunas palabras que ayudan a simplificar las cosas -por ejemplo, conservador o progresista- han de usarse con cuidado, porque el efecto que consiguen es que muchos, por miedo a que los etiqueten y los encasillen, no dicen la verdad de lo que piensan. ¿Qué pienso? Que la Compañía de Jesús ha tenido y tiene una gran misión en la Iglesia y en el mundo. La Compañía y la prelatura son de naturaleza distinta y surgen de carismas distintos; yo no los interpretaría en claves ajenas a su más profunda realidad eclesial, ni me atrevería a compararlos. Josemaría Escrivá tenía una gran devoción a san Ignacio de Loyola. ¡Qué fuerte abrazo se habrán dado en el cielo!

P. En el Vaticano se aprecia la capacidad del Opus de convocar grandes masas en los actos del Papa, pero, ¿cuál ha sido y es la principal contribución del Opus a la Iglesia católica?

R. No me encuentro cómodo hablando de contribución del Opus Dei a la Iglesia, pues toda la riqueza del espíritu del Opus Dei es de la Iglesia. Por otra parte, ya decía el beato Josemaría: ‘Es de Cristo de quien hemos de hablar, y no de nosotros mismos’. Si me pregunta cuál es el núcleo del mensaje y la misión del Opus, lo resumiría en la llamada universal a la santidad, la posibilidad de transformar la vida ordinaria de los fieles en camino de santidad, mediante la santificación del trabajo y de los deberes familiares y sociales.

P. Tanto su antecesor al frente de la prelatura, monseñor Álvaro del Portillo, como usted han sido directos colaboradores del beato Escrivá. Usted fue durante 25 años su secretario personal. ¿No se puede considerar excesivamente endogámica la sucesión al frente de la prelatura del Opus Dei?

R. Considero los 25 años transcurridos junto al fundador del Opus Dei como un privilegio inmerecido y una llamada constante a la responsabilidad. Nunca agradeceré bastante a Dios ese don. Y lo mismo tengo que decir del tiempo en que colaboré con monseñor Del Portillo. ¿Endogamia? Es muy normal que la designación de los prelados que están al frente de las estructuras jerárquicas de la Iglesia recaiga en quienes ya trabajaban en ellas.

P. Josemaría Escrivá vivió casi toda su vida adulta en Roma. ¿Por qué razón? ¿Era prioritario para el beato obtener un estatus jurídico para el Opus?

R. Roma es la sede de Pedro, capital de la Iglesia, símbolo de su universalidad. El Opus Dei nació en Madrid, pero con una esencial dimensión universal, y por tanto, su sede natural era Roma. El estatuto jurídico del Opus Dei refleja esa característica original. El beato Josemaría tenía un profundo sentido del derecho, que sirve para dar forma al carisma y garantizar su futuro en la Iglesia. Por eso puso todos los medios para encontrar una configuración jurídica que reflejase los rasgos esenciales del Opus Dei.

P. Usted dijo en 1994 que las críticas al Opus proceden de una minoría española. Sin embargo, en Italia se intentó en los años ochenta hacer un proceso parlamentario al Opus por considerar que se trataba de una secta. ¿Qué es lo que molesta del Opus Dei?

R. Ante todo, el Opus Dei es apreciado por muchísimas personas. De hecho, las acusaciones que usted menciona fueron estudiadas y se demostraron carentes de fundamento. En cuanto a su pregunta, pienso que el Opus Dei puede molestar sobre todo a quien no lo conoce o a quien le molesta la Iglesia católica. A veces se han formado estereotipos que poco tienen que ver con la realidad de la vida de los fieles de la prelatura, y que componen una imagen tan desagradable como falsa. También puede suceder que alguno se sienta molesto por los defectos o errores que haya visto en algunos fieles del Opus Dei; ¿no es una generalización indebida proyectar esos fallos personales sobre la prelatura? Hay también gente a la que quizá molesta que los intelectuales, los políticos, los empresarios, los obreros o los padres y madres de familia vivan su fe con coherencia, y expresen su opinión a veces contra corriente: para promover la vida o la familia, por ejemplo.

P. Se ha acusado a la Obra de secretismo y de ejercer su enorme influencia de manera un tanto escondida. ¿Por qué tanta reserva por parte de sus miembros para reconocer que pertenecen a ella?

R. Perdóneme si le digo que no estoy de acuerdo. Los fieles del Opus Dei son bien conocidos como tales por sus familias, sus colegas, sus amigos. No oponen resistencia, sino todo lo contrario, en que se sepa que pertenecen a la prelatura. Si no, ¿cómo podrían hablar de lo que viven, del Opus Dei, del deseo de buscar la santidad en su trabajo profesional? Tengo la impresión de que la acusación de secretismo es cosa del pasado, fruto de una manipulación de la realidad promovida por grupitos que parecían celosos de su exclusivismo. Me parece que hay pocas instituciones de las que se sepa tanto como del Opus Dei: se publica un boletín oficial de la prelatura, se encuentra al Opus Dei en las guías de teléfono y en Internet.

P. ¿Cómo juzga la situación internacional tras los atentados del 11 de septiembre?

R. Como todos, he sufrido mucho con los atentados. Me produjeron honda impresión aquellas palabras del Papa, hablo ahora de memoria, sobre las esperanzas de paz, largo tiempo acariciadas y heridas de repente por ese zarpazo. He pensado en las tragedias de nuestro tiempo, como las de África, que acontecen lejos de las cámaras de la televisión y que también claman al cielo. Estas profundas crisis están reclamando soluciones radicales, quizá nuevas formas de relación entre los pueblos, en las que no prevalezca la lógica de la fuerza, del poder o del dinero, sino la del diálogo. Parece necesario encontrar modos más concretos de fomentar la justicia.

P. Hay quien ha defendido que se trata de un verdadero enfrentamiento de culturas. ¿Cómo ve el Opus las relaciones con el islam?

R. Prefiero no interpretar la situación como un enfrentamiento planetario. Una terrible acción terrorista, protagonizada por un grupo de fanáticos, no puede descalificar de un plumazo la historia y la cultura de docenas de países, aunque sí sea, para todo el mundo, una señal de alarma.

P. ¿Cuál cree que sería la reacción del beato Escrivá, si levantara hoy la cabeza, ante la situación que vive el mundo, en el que se vislumbra ya, incluso, la posibilidad de clonar a seres humanos?

R. La humanidad ha sido siempre ingeniosa para procurarse tormentos. La clonación es como una pesadilla: el hombre que se emborracha con el poder que le proporciona la técnica y la usa de forma inmoderada, sembrando a su alrededor miedo, desconfianzas, porque con esa falta de ética, de moral, encuentran justificación hasta las peores formas de barbarie del siglo XX, que tanto daño han causado. No me cabe duda de que al beato Josemaría le produciría gran pena. Pero en el mundo actual hay muchas cosas positivas que le causarían admiración y alegría.

P. ¿Cree que estaría satisfecho con la evolución de su Obra?

R. Pienso que sí. Me parece que una de sus grandes aportaciones ha sido precisamente la de fomentar que los cristianos se sintieran ’sembradores de paz y de alegría’. Josemaría Escrivá tenía gran simpatía a los santos que, según sus contemporáneos, eran personas con buen humor, como Tomás Moro, Felipe Neri, santa Teresa o Don Bosco. Por eso conectó siempre con la juventud.

Un nuevo modo de ver el trabajo

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El centenario quiere ser una mirada al futuro: no es nostalgia del pasado, sino proyecto, esperanza, deseo sincero de progresar en el amor a Dios y al prójimo. Si cediésemos a la tentación conmemorativa habríamos echado a perder la lección de humildad del Fundador del Opus Dei.

Opus Dei -

El 9 de enero de 1902 nacía el beato Josemaría Escrivá de Balaguer. Un fiel retrato de la fecundidad de su paso por la tierra es el punto con el que comienza Camino: «Que tu vida no sea una vida estéril. -Sé útil. -Deja poso. -Ilumina con la luminaria de tu fe y de tu amor (…). -Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón».

Sí, estaba completamente enamorado de Cristo, y el amor no se marchita ni muere. Por eso, el centenario que hoy nos disponemos a celebrar no se plantea como simple memoria del pasado. Si cediésemos a la tentación conmemorativa habríamos echado a perder la lección de humildad del Fundador del Opus Dei, que rehuía las alabanzas y trabajaba duro pero sin hacer ruido. Al llegar al cincuenta aniversario de su ordenación sacerdotal, cuando todos lo consideraban un maestro de vida interior, decía que se sentía «como un niño que balbucea». También decía a veces que, cuando se recibe una carta, el sobre se tira y se pone toda la atención en el mensaje: él estaba convencido de ser el sobre; lo importante era el mensaje, el espíritu de santificación de la vida cotidiana que el Señor le había confiado.

El centenario quiere ser una mirada al futuro: no es nostalgia del pasado, sino proyecto, esperanza, deseo sincero de progresar en el amor a Dios y al prójimo. Estamos en el umbral de un nuevo siglo; los tiempos requieren apertura de mente, prontitud para acoger desafíos inéditos, y nos invitan, como el Santo Padre ha escrito en la Carta apostólica Novo Millennio ineunte, a «recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro (n.1)».

El mensaje entregado a la Iglesia a través del Fundador del Opus Dei tiene un dinamismo interno tan manifiesto que, como subraya el decreto con el que el Papa proclamó las virtudes heroicas del beato Josemaría, está «destinado a perdurar de modo inalterable, por encima de las vicisitudes históricas, como fuente inagotable de luz espiritual». Cuando profundizamos en las enseñanzas del beato Josemaría, esa luz espiritual nos muestra que nadie está excluido de la llamada del Señor, y nos comunica, por consiguiente, la certeza de que -la imagen es suya- el cielo y la tierra no se unen solamente en la lejanía, sobre la línea del horizonte, sino más bien en el corazón de los hijos de Dios que se comprometen en la incomparable audacia de buscar a Cristo presente en las realidades eternas.

El Beato Josemaría se puso enteramente al servicio de la misión que había recibido de Dios: todo lo que en su vida se refiere a su persona fue dejado de lado. Se puede decir que vivió solamente en función del encargo de dar vida y consolidar la institución que era necesaria para difundir aquel mensaje, para recordar a los cristianos que viven en medio del mundo que Dios los llama en y a través de las ocupaciones de la vida diaria. «Hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir», escribió (Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 114). Y gastó todas sus energías al servicio de este ideal a la vez grandioso y normalísimo. Por eso tantos cristianos han podido aprender de él a descubrir, en la dimensión sobrenatural de la existencia ordinaria -precisamente donde otros no ven más que fondos de botella- oro puro, esmeraldas, rubíes. La rutina, la obviedad, la monotonía cotidiana, quedan de este modo transfiguradas.

La fecundidad de su vida es el fruto de su entrega total al papel eclesial que Dios le había asignado. Tal es, en efecto, una constante de la lógica sobrenatural, que exige dejar todo el espacio a Dios, ser humilde. Pero no con la humildad de retraerse, sino con la que lleva a darse enteramente, a no retener para sí ni siquiera un pequeño retazo de posibilidades vitales. Por eso hoy desearía señalar -ante todo, a mí mismo- que, para desarrollar todas las potencialidades contenidas en el mensaje del beato Josemaría, hemos de estar dispuestos a entregarnos como él se entregó.

Este es un buen momento para entender toda la fuerza contenida en una idea: la idea de que el trabajo es servicio. «Servicio -ha escrito el Fundador del Opus Dei- ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey y, por Él, a todos los que han sido redimidos con su sangre. ¡Si los cristianos supiésemos servir!» (Es Cristo que pasa, n. 182). Servir significa darse a sí mismo, y es la garantía de un amor operativo, que prefiere los hechos a las palabras. La solidaridad nace de ahí, y también esas virtudes domésticas de las que se reviste la auténtica caridad: la sonrisa, la paciencia, el arte de satisfacer los gustos de los otros, de saber callar, de esperar. Lo pequeño y lo grande se encuentran en el espíritu de servicio, que funde la humildad con la caridad. En el alma del cristiano no hay lugar para la mediocridad, si aprende a contemplar el ejemplo elocuente de Cristo: «Todo lo ha hecho bien» (Mc, 7,37), comentaban atónitos quienes lo conocían, ya desde la época de su niñez y en sus años de trabajo en Nazaret. Participar en la epopeya de la redención, en efecto, significa conjugar la mayor ambición -la búsqueda de la santidad- con el cuidado de las cosas pequeñas.

Pero para servir es preciso haber renunciado verdaderamente a la búsqueda de uno mismo, de la propia excelencia, del éxito («nadie puede servir a dos señores», Mt 6,24), para buscar en cambio la gloria de Dios. Seguir la lógica del servicio significa también adquirir un sólido prestigio profesional fundado no sobre la apariencia, sino sobre la capacidad de adecuarse a las necesidades reales del prójimo. Trabajar al servicio de Dios y de los hombres quiere decir asumir la responsabilidad de dar buen ejemplo con el propio trabajo, de hacer rendir para bien común los talentos recibidos. Y esto no se alcanza sin un serio empeño de ejercitar las virtudes mientras se trabaja, de poner en juego la propia competencia profesional para un fin que en realidad trasciende el resultado inmediato de la propia actividad. En un trabajo hecho así, la motivación profunda -el amor de Dios- es evidente. Por eso, quien trabaja para servir tiene como meta, más allá de los reconocimientos personales, la búsqueda de la voluntad divina en las mil peripecias de la vida cotidiana. Y en consecuencia no pierde la serenidad ante la contrariedad o los imprevistos.

El espíritu de servicio, por tanto, cambia radicalmente la jerarquía de los valores sobre los que tiende a construirse la sociedad («He aquí la esclava del Señor», Lc, 1,38). Devuelve al cristiano el justo sentido de la realidad porque le hace entender cuáles son los auténticos ideales («Quien quiera llegar a ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea esclavo de todos», Mc 10, 43-44) y los fines que debe perseguir por encima de todo. El ejemplo del beato Josemaría nos ayuda a encontrar en el Evangelio la fuerza para esa transformación del mundo a la que los cristianos estamos llamados. Los santos testimonian la perenne actualidad del Evangelio. Con ellos entendemos que «Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y por los siglos» (He 13,8).

Mons. Echevarría: Hoy quisiera sólo decir gracias

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Declaraciones del prelado del Opus Dei tras el anuncio de las canonizaciones de nueve beatos, entre los que se encuentra Josemaría Escrivá.

Opus Dei - Mons. Javier Echevarría a la salida del consistorio.

Mons. Javier Echevarría a la salida del consistorio.

“El Papa acaba de anunciar las fechas de las ceremonias de canonización de nueve beatos: un sacerdote secular, cinco religiosos, dos religiosas y un laico. Cada uno vivió en un tiempo, en un país y en unas circunstancias diferentes. Cada uno, con su propia personalidad. Pero en todos percibimos unos rasgos comunes. En los santos se reconoce siempre la fecundidad espiritual de la Iglesia, esparcida por el mundo como semilla de santidad por medio del testimonio de vida cristiana de sus hijos.

El Padre Pío, fiel al carisma capuchino, nos recuerda la hondura del amor con que Dios nos ama, comunicado a través de la Iglesia en los sacramentos, especialmente la Penitencia y la Eucaristía. Juan Diego fue el primero en recibir la visita de Nuestra Señora en Guadalupe, donde cada año millones de peregrinos rezan a Santa María. En la historia de Josemaría Escrivá encontramos el rastro luminoso de unos padres cristianos, de quienes recibió la herencia preciosa de la fe; de Obispos que le dieron su apoyo para desarrollar su tarea evangelizadora; de numerosos sacerdotes, religiosos y religiosas, con los que mantuvo una fraterna relación toda su vida; y de miles de laicos que supieron transformar en realidad su mensaje de santificación del trabajo ordinario en medio del mundo.

Por eso, hoy quisiera solamente decir ¡gracias! Deseo expresar mi agradecimiento a la Trinidad Santísima, que nos envía el regalo de los santos; a la Iglesia Santa, familia de los hijos de Dios, unida por el vínculo de la caridad; a los padres y hermanos del beato Josemaría; a todos los sacerdotes, religiosos, laicos, hombres y mujeres, que de alguna manera han intervenido en su formación. Gracias también, desde lo más profundo del alma, a todos los pobres y enfermos que le dieron generosamente lo único que tenían, y convirtieron su dolor en oración por la labor sacerdotal del fundador del Opus Dei. Pienso que es un buen momento para acordarse de esos miles de personas, cuyos nombres, en muchos casos, ni siquiera conocemos. Y es también una espléndida ocasión para sentir de nuevo la responsabilidad de no privar de la oración y la caridad a quienes nos rodean, porque todos estamos llamados a ser santos”.

Amar al mundo en Dios y para Dios

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Resumen de la conferencia de Mons. Javier Echevarría en el simposio “Testigos del siglo XX, maestros del siglo XXI”. El prelado del Opus Dei dijo que “la semilla que Dios plantó en la historia sirviéndose del ejemplo y la predicación del beato Josemaría fue la de amar al mundo. Amarlo apasionadamente. Amarlo en Dios y para Dios”.

Opus Dei - Mons. Javier Echevarría y el cardenal José Saraiva.

Mons. Javier Echevarría y el cardenal José Saraiva.

“El presente Simposio trae a nuestra memoria algunos santos con los que Dios ha bendecido a su Iglesia en el siglo XX, precisamente con la intención de que sean “maestros del siglo XXI”. En diversas ocasiones, con motivo de la reciente conmemoración del centenario del nacimiento del beato Josemaría Escrivá, consideré oportuno poner de manifiesto que este aniversario no podía limitarse a recordar su vida, ni tampoco a glosar su rica personalidad, sino que debía llevarnos ante todo a sentirnos interpelados por el mensaje que Dios nos dirige a través de su ejemplo y de sus enseñanzas.

Palabras parecidas podrían pronunciarse en referencia a todos los santos de los que hoy nos ocuparemos, entre quienes se cuentan -y me causa alegría señalarlo- algunos cuyas vidas se entrelazaron con la del beato Josemaría: Juan XXIII, al que tuvo la oportunidad de encontrar varias veces a lo largo de su pontificado; don Manuel González, con el que se sintió profundamente unido en el amor a la Eucaristía y en sincera amistad humana…

El siglo XX ha sido -como todos los periodos de la historia de la Iglesia- rico en santos, en testigos de Dios. Volver la mirada hacia sus figuras debe contribuir a llenar de esperanza nuestra consideración del porvenir, a despertar en nosotros el deseo sincero de que germine en muchos corazones la semilla que Dios sembró con sus vidas, con sus luchas.

¿Cuál fue la semilla que Dios plantó en la historia sirviéndose del ejemplo y la predicación del beato Josemaría? Amar al mundo. Amarlo apasionadamente. Amarlo en Dios y para Dios. (…)

«Fíjate bien -escribe el beato Josemaría en Forja-: hay muchos hombres y mujeres en el mundo, y ni a uno solo de ellos deja de llamar el Maestro». El fundador del Opus Dei aspiró constantemente a que ese mensaje se transmitiera como por contagio, mediante el testimonio de quienes, esforzándose por santificar la propia conducta, ponen de manifiesto que toda vida puede ser santificada (…).

«Los hombres de nuestro tiempo -dice el Santo Padre- quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo ‘hablar’ de Cristo, sino en cierto modo hacérselo ‘ver’». Y buscan contemplarlo de forma concreta, a través de las actitudes de quienes pasan a su lado. Precisamente por eso la llamada universal a santidad constituye un mensaje -siempre actual- de esperanza para el mundo (…).

Los cristianos coherentes muestran al mundo que la ausencia de Dios o la derrota de Cristo se quedan en una mera apariencia. Cristo ha vencido. El pecado y la muerte carecen ya de pleno poder sobre el hombre (…). Esa convicción profunda, esa fe, es lo que distingue al cristiano, que sabe fundamentar su alegría incluso en el dolor, su optimismo en la aflicción, su perseverancia a través de la dificultad (…).

Todo cristiano debe amar esta tierra nuestra, creada por Dios y dotada en consecuencia de bondad. El cristiano debe amar especialmente al mundo y cuanto contiene de noble -trabajo profesional, ocupaciones familiares, relaciones sociales…-, por ser elementos esenciales de su vida como hombre y como cristiano, y lugar de su trato con Dios, para el cumplimiento de su misión. Lo expresaba con fuerza el beato Josemaría: «Hijos míos, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres» (…).

«Sed hombres y mujeres del mundo -escribió en un punto de Camino-, pero no seáis hombres y mujeres mundanos». Sed hombres y mujeres -podemos parafrasear- que amáis al mundo porque pertenecéis a esa realidad, porque experimentáis su riqueza y su valor, y, sobre todo, porque lo reconocéis como materia venida de Dios y querida por Él y, en consecuencia, con toda hondura lo apreciáis, conscientes de que la referencia a Dios no la desnaturaliza ni la destruye, sino al contrario la edifica y perfecciona. (…) Este mundo concreto afectado malignamente por el pecado, puede ser regenerado, devuelto a su bondad originaria (…).

El mundo es, inseparablemente, lugar de encuentro con el Sumo Hacedor y tarea en la que ejercitarse. La historia en su conjunto, las relaciones familiares y de amistad, la evolución de las sociedades y de las civilizaciones, el desarrollo de las ciencias y de la cultura, todo lo que integra el entorno del hombre forma parte de esa función que Dios coloca ante la criatura, confiándosela para que saque los mejores frutos en virtud de los dones que Él mismo le otorga. Cabría glosar esta verdad desde muchas perspectivas, que aquí resumiré centrando la atención en el trabajo, y acudiendo como guía a una expresión que el beato Josemaría usó con frecuencia: santificar el trabajo, santificarse en el trabajo, santificar a los demás con el trabajo.

Santificar el trabajo

(…) Al hombre, que fue creado para trabajar -«ut operaretur», precisa el Génesis-, le corresponde dedicarse fielmente a esas ocupaciones para la gloria de Dios. Con su trabajo, la criatura enriquece el mundo recibido del Señor y se lo presenta luego como un sacrificio de alabanza.

Debemos trabajar siempre con la mirada en el Cielo, con la persuasión de que, al actuar de ese modo, no nos apartamos de esa labor profesional, y de cuanto exige y reclama, sino que, por el contrario, nos vemos impulsados a cumplir mejor nuestras obligaciones, con más sentido profesional y con más empeño. (…)

Santificarnos en el trabajo

(…) Al procurar diariamente cumplir con heroicidad la propia tarea, se ponen en juego las más variadas virtudes humanas: la laboriosidad, la justicia, la reciedumbre, la perseverancia, la honradez, la fortaleza, la prudencia… Y, con éstas, las teologales: la fe, que nos impulsa a percibir la cercanía de Dios y el sentido último de nuestros afanes; la esperanza, que anima a confiar hondamente en Dios y a perseverar en el empeño, a pesar de las dificultades; la caridad, que conduce gozosamente a amar con entrega, con sinceridad y con obras en las más diversas ocasiones y momentos.

De esa forma, los deseos y los proyectos que el cristiano alberga en el corazón se transforman en oración sincera de alabanza, de petición por sus hermanos, de acción de gracias a Dios que nos ha encomendado el mundo y su recto orden como muestra de su predilección hacia nosotros. Una oración que se traduce en palabras, pero que no siempre las necesita, porque su lenguaje se labra en el mismo quehacer: la puntualidad, el orden, el cuidado de las cosas pequeñas… (…)

Santificar a los demás con el trabajo

(…) Nuestra labor profesional puede contribuir al acercamiento a Dios de quienes nos rodean, en la medida en que, ejercido con competencia y espíritu de servicio, redunda en el bien de la sociedad y de cuantos la componen, mejorando las condiciones familiares, ambientales, de relación, etc., con el intento de que el mundo se adecue más progresivamente a la dignidad del hombre, a su condición de hijo de Dios.

(…) La fe nos estimula a reconocer a quienes nos rodean como hijos e hijas de Dios. Y la caridad anima fuertemente a tratarlos con esa visión, compartiendo sus alegrías, interesándonos por sus problemas, hasta transmitirles, junto a la ayuda humana que les podamos prestar, el mayor bien que poseemos: nuestra propia fe. (…)

Con su faenar diario, informado por la gracia, la criatura, todo hombre y toda mujer, ofrece a Dios el mundo entero (…). Pero el pecado original, al que después se han añadido los errores personales nuestros, ha oscurecido nuestra mirada y debilitado nuestra voluntad. Nuestro dominio sobre la tierra se ha tornado arduo y con frecuencia penoso. En el cansancio, en la enfermedad, en la dura experiencia de la muerte, en la incomprensión por parte de los demás, etc., el mundo parece volverse contra el hombre. (…)

En ocasiones, el mundo, que deberíamos ver como medio de acercamiento a Dios, se transforma incluso en ocasión que nos aleja de Él. Y así, no sólo se escapa al dominio del hombre, sino que parece sustraerse al señorío de Dios, rebelándose a su propio Creador. En ese contexto, surge fácilmente un interrogante: ¿constituye todavía la creación una realidad buena, amada por Dios?, ¿entra en el amor de Dios un mundo así? La fe cristiana responde con una afirmación decidida, cierta: el mundo sigue siendo bueno (…).

Aún después del pecado, de todos los pecados que atestigua la historia y de los males que de esos flagelos se derivan, Dios no abandona la humanidad a su suerte, sino que sale a su encuentro enviando a su Hijo. La entrega de Cristo en la Cruz se alza como fuente y modelo del amor al mundo en el que vivimos y en el que debemos trabajar, participando de esa caridad que redime. Si Dios quiso tan tiernamente a sus criaturas, incluso cuando éstas le rechazaban, ¿cómo no deberemos entregarnos nosotros, amando apasionadamente esta tierra, para conducirla, con Él, hacia el Padre?

«El mundo nos espera -decía el beato Josemaría-. ¡Sí!, amamos apasionadamente este mundo porque Dios así nos lo ha enseñado: ’sic Deus dilexit mundum…’ -así Dios amó al mundo; y porque es el lugar de nuestro campo de batalla -una hermosísima guerra de caridad, para que todos alcancemos la paz que Cristo ha venido a instaurar». Este amor de Dios manifestado en Cristo es redentor, libera la creación del pecado. Un amor que, por así decir, crea de nuevo al mundo y nos lo confía otra vez.

Al otorgarnos su gracia, su vida entera, Jesucristo nos ilumina con su luz para conocer el mundo, según su corazón, y nos colma de su fuerza para amarlo con rectitud de intención y con actitud de servicio. No lo olvidemos: Cristo nos ha traído su victoria, y nos invita a la vez a participar de su misión y de su camino, a cooperar con Él en la tarea de la redención, mediante nuestro esfuerzo, nuestro trabajo, nuestra entrega. (…)

Amando al mundo con el corazón de Cristo en la alegría y en el dolor, en los momentos de exaltación y en los reveses, en las grandes ocasiones y en el cotidiano caminar ordinario, colaboramos con Él en la tarea de preparar los nuevos cielos y la nueva tierra de los que habla el Apocalipsis. (…)

A todos dirige la Iglesia, también a través de la palabra y la vida del beato Josemaría, una invitación y guía eficaz para descubrir y manifestar -cada uno en su propia situación- la buena noticia del amor de Dios, creador y redentor del mundo”.

La canonización de Escrivá de Balaguer: entrevista al prelado del Opus Dei

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Entrevista con Mons. Javier Echevarría publicada por MISNA (Missionary Service News Agenzy), una agencia de noticias especializada en información sobre el sur del mundo y que tiene como fuente privilegiada los miles de misioneros diseminados en esos países. El prelado del Opus Dei comenta que “será numerosa y significativa la presencia del sur del mundo” en la canonización de Josemaría Escrivá.

África es conocida sobretodo por sus grandes tragedias humanas, de los millones de prófugos a la gran difusión del SIDA, a las guerras interminables, en particular en las zonas tropicales. ¿Qué iniciativas promueve el Opus Dei, que celebra dentro de poco la canonización de su fundador, en bien de la juventud y con el objeto de abrir cauce a nuevas esperanzas en los países africanos con más problemas? ¿Cuáles han sido directamente impulsadas por su fundador, Escrivá de Balaguer, especialmente para el desarrollo de un laicado responsable?¿Cómo se estimula la solidaridad entre el norte y el sur del planeta?

La labor más importante de la Prelatura es la que desarrolla personalmente cada uno de sus fieles, con libertad y responsabilidad, en su propio ambiente y de acuerdo con sus posibilidades. Los fieles africanos del Opus Dei, que gracias a Dios son ya varios miles, se esfuerzan en primer lugar —como los asiáticos, los americanos, los europeos o los de Oceanía— por vivir su fe con coherencia. Y ese empeño personal les empuja a promover, codo con codo con sus colegas y amigos, proyectos encaminados a resolver las necesidades materiales y espirituales de sus pueblos. Sufren ante los problemas del SIDA, de la pobreza, de las rivalidades tribales, y procuran hacer todo lo posible por erradicarlos. Como cristianos, se sienten llamados precisamente a santificarse en medio del mundo, de ese mundo concreto de África, con sus luces y sus sombras.

Además de este empeño de cada uno, la prelatura del Opus Dei promueve en África numerosas iniciativas, principalmente en los ámbitos educativo y sanitario: hospitales, universidades, colegios, centros de formación profesional para la mujer.

Desde 1957, un buen número de fieles del Opus Dei procedentes de muchos países han querido trasladarse a África, para ejercer allí su trabajo profesional y servir a sus conciudadanos como médicos, veterinarios, enfermeras, maestros, ingenieros agrónomos. Ellos y ellas han dado a conocer el espíritu que anima el Opus Dei, la santificación del trabajo profesional. Hoy día son muchos los africanos que sirven a sus conciudadanos de este modo. Porque, a mi modo de ver, es la labor profesional y apostólica de los propios africanos, no la de quienes vienen de fuera, la medida auténtica de las esperanzas de un continente donde los horizontes son tan amplios y prometedores, si se trabaja a fondo.

Quisiera añadir que África puede aportar mucho a Europa con su apertura a la trascendencia, con la alegría que los africanos demuestran en la vida cotidiana, también en las dificultades, con su capacidad de comunicación y su estima hacia los buenos valores de la familia y de la amistad, con el señorío que saben mostrar como reflejo de la dignidad humana, con su modo de vivir el tiempo.

Como prelado del Opus Dei, usted trabaja según las líneas trazadas por el fundador y por su primer sucesor. ¿Qué iniciativas puede señalarnos, sobre todo en los países misioneros y en particular en el Sur del planeta, que hayan abierto nuevas oportunidades en los últimos decenios? ¿Qué criterios inspiran estas iniciativas? ¿Podría hacer un balance de las iniciativas más desarrolladas?

Como repetía Mons. Escrivá de Balaguer, todo el mundo es tierra de misión; por eso, en todos los lugares la Iglesia está llamada a una intensa actividad apostólica. En África, de entre las iniciativas que los fieles del Opus Dei han puesto en marcha —junto con otras muchas personas, también no cristianas— en estos cuarenta y cinco años de presencia en el continente, mencionaría el Centro Médico Monkole, en Kinshasa, un hospital que lleva a cabo una gran labor sanitaria entre personas que carecen hasta de lo más elemental y que tiene ya varias extensiones en el Congo. Quisiera también referirme a la Lagos Business School, en Nigeria, dedicada a la formación de empresarios africanos, a los que procura dar buena preparación en gestión empresarial, a la vez que fomenta su preocupación por las necesidades de la comunidad. Porque para impulsar el desarrollo y para combatir la pobreza y la corrupción se necesita una buena formación moral, también en la doctrina social de la Iglesia, y una sólida formación empresarial.

En este momento, en la vigilia de la canonización, no puedo dejar de mencionar el proyecto Harambee 2002, un fondo destinado a apoyar programas educativos en África, que se ha creado con donativos de los fieles que asistirán a la canonización de Josemaría Escrivá y de todas las personas y entidades que quieran colaborar. Harambee 2002 es un recordatorio de esa ideas fundamentales, a las que ya me he referido: lo importante son las personas; y en este caso los africanos, que han de ser los artífices del progreso en África. Por ese motivo, la educación se convierte en un elemento imprescindible del desarrollo, pues abre las puertas al trabajo y al progreso, tanto material como espiritual. La educación es un modo, si me permite la expresión, de sembrar esperanza. El proyecto Harambee 2002 quiere aportar un grano de arena en ese empeño colectivo.

En este contexto, me parece de justicia que recordemos todos con agradecimiento a los miles de misioneros y misioneras que desde hace siglos se han dedicado generosamente a actividades educativas, gastando su vida entera al servicio de los demás. ¡Cómo quieren a África, y cómo los quieren los africanos!

¿Cómo será la presencia del sur del mundo en la canonización del 6 de octubre? ¿Con qué características?

Me da mucha alegría decir que será numerosa y significativa la presencia del sur del mundo. Vienen a Roma personas de 84 países. También muchos de África, después de grandes esfuerzos y sacrificios. Sé de personas que llevan mucho tiempo ahorrando para poder pagar el viaje. No faltarán varios coros africanos en la plaza de San Pedro el 6 de octubre.

Pero la mayor parte de las personas de los países del sur que querrían viajar, en realidad no pueden. Por eso, el Comité Organizador de la Canonización está trabajando con particular ilusión a favor de los que no podrán venir. Gracias a la ayuda inestimable del Vaticano, de las instituciones italianas, y de todos los medios de comunicación, en muchos países del mundo millones de personas podrán seguir la ceremonia por televisión, radio e internet. Aprovecho esta ocasión para agradecer, de todo corazón, esa ayuda generosa de tantas personas, también de parte de quienes están lejos y no tendrán oportunidad de hacer llegar su agradecimiento. Es imposible mencionar aquí a todos, porque la lista sería demasiado larga. Pero puedo asegurar que rezo por cada uno.

«El Opus Dei en España está empezando»

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El actual prelado de la única prelatura personal en el mundo, el Opus Dei, agradece continuamente el haber sido llamado a formar parte de esta institución y el haber vivido junto a un santo, el beato Josemaría Escrivá. Dice que “la justicia social no está circunscrita a las actividades de carácter asistencial” y afirma que “la familia se basa y construye sobre la forma particular de sabiduría e intuición tan propia de la mujer”. Mons. Javier Echevarría se muestra esperanzado con la idea de que nazcan nuevas prelaturas personales. Su optimismo también se adivina cuando se refiere a las vocaciones, que aumentan, dice.

El Opus Dei nació en España. ¿Cuál es hoy la realidad de la Obra en el contexto español?

La realidad del Opus Dei en España es la de un fermento de vida cristiana. Por la gracia de Dios, no por mérito de los fieles de la Prelatura, en estos setenta y dos años transcurridos desde su fundación, cientos de miles de personas han encontrado o reencontrado a Jesucristo, en el trabajo o mediante la amistad de una mujer o de un hombre del Opus Dei.

Al mismo tiempo, se podría decir que el Opus Dei en España está empezando: si me permite la expresión, existe mucha “demanda”, mucho interés por ese ideal de seguir a Jesucristo en las circunstancias ordinarias de la vida.

¿ Cuál es el papel del santuario de Torreciudad ?

Por el Santuario de Torreciudad, que celebra su 25 aniversario el próximo mes de julio, han pasado ya millones de mujeres y de hombres de muchos países, para rezar a la Virgen, para recibir el Sacramento de la reconciliación, para renovar su vida cristiana. Ahí radica la razón de ser del Santuario: facilitar el encuentro personal con Jesucristo, mediante Santa María. Por eso, muchos españoles, y también personas de otras naciones, guardan de Torreciudad una memoria llena de afecto, y lo encuadran como un momento significativo en la historia de su vida.

¿El número de jóvenes que aspiran al sacerdocio está estable, crece o disminuye?

En la Iglesia se está verificando, en no pocos países, un aumento de sacerdotes y seminaristas, de jóvenes que se preparan para el sacerdocio. Esos datos constituyen un motivo de alegría y de agradecimiento a la Santísima Trinidad. Demuestran que seguir a Jesucristo de forma radical, ponerse totalmente a su servicio, constituye un proyecto de vida atractivo para jóvenes o profesionales de los más diversos ambientes. La llamada de Cristo es siempre actual.

En cuanto al Opus Dei, precisamente hace unos días he tenido la oportunidad de conferir la ordenación sacerdotal a algunos fieles de la Prelatura, y ahora, en los meses de mayo y septiembre, ordenaré a algunos más. Desde mi consagración episcopal, en 1995, he ordenado a más de doscientos fieles de la Prelatura del Opus Dei. Sin embargo, mirando las necesidades del mundo, todos me parecen pocos. Por eso, no menciono esas cifras con orgullo, sino con agradecimiento al Señor, al mismo tiempo que rezo por los sacerdotes y seminaristas de todas las diócesis.

¿Se siente orgulloso de pertenecer a la única prelatura personal del mundo?

Mi sentimiento constante se traduce en una acción de gracias al Cielo. Todos los días deseo alabar más y más a Dios por su Providencia, por la familia en la que nací, porque me llamó a formar parte de esta porción de pueblo de Dios – el Opus Dei – y años más tarde al sacerdocio, porque he vivido junto a un santo, el Beato Josemaría Escrivá, y por muchos otros motivos que alargarían demasiado mi respuesta.

Por otra parte, espero que, con el tiempo y de acuerdo con las propuestas del Concilio Vaticano II, se erigirán en la Iglesia otras prelaturas personales, nacionales o internacionales, para atender específicas necesidades pastorales que están ya en la propia vida de la Iglesia o que surgirán.

¿En qué sentido afirma que la mujer es la pieza clave en la familia?

En mi opinión, es pieza clave en sentido estricto. La familia – célula fundamental de la sociedad – constituye un proyecto común que depende de la aportación de todos: del marido, de la mujer, de los hijos. Opino, concretamente, que en nuestros días resulta muy necesario recordar la grandeza de la paternidad y la responsabilidad del padre en la familia. Pero sin planteamientos excluyentes, porque si el padre es fundamental, lo es igualmente la madre.

Negar el valor inmenso e insustituible de la aportación de la mujer en la familia equivale a cerrar los ojos a la realidad. No me refiero a la habilidad para las tareas del hogar, sino más a bien a una serie de cualidades morales, que no pueden resumirse en pocas palabras: se corre el riesgo de simplificar y de quedarse corto. Las madres poseen una maravillosa capacidad de expresar el amor, de hacer felices a los demás, amando a cada uno tal como es, de forma desinteresada, incondicional. Opino que la familia tiene su apoyo y se construye sobre esa forma particular de sabiduría y de intuición tan propia de la mujer.

¿Cuál sería su propuesta de cristianizar las estructuras civiles y laicas para resolver los problemas de justicia social?

Para iluminar con la luz del Evangelio las estructuras sociales no existe una sola fórmula, ni un solo programa. Además, la justicia social no está circunscrita a las actividades de carácter asistencial, ni a un tipo de países, ni a determinados grupos de individuos. La justicia abarca todas las relaciones entre los hombres.

Por ese motivo, “cristianizar las estructuras civiles”, como usted dice, representará siempre una misión fundamental de los laicos, de hombres y mujeres que vivan su fe de forma coherente en todas las profesiones: empresarios y trabajadores, políticos, maestros, funcionarios, abogados,… Nadie está exento de dicha responsabilidad.

En ese contexto, adquiere un valor capital la tarea de formación cristiana, que debe ser profunda, madura, realista. Una buena formación intelectual, profesional, espiritual, ética, ayuda a inventar o descubrir mil formas de ejercitar la justicia en el trabajo ordinario y en todas las relaciones entre los hombres. Como obispo, considero esta tarea un reto pastoral apasionante.

¿Qué prioridad se plantea la Obra en este Jubileo?

Insistimos en la necesidad de la conversión personal a Jesucristo, mostrandoque sus “mandamientos”son pruebas de su amor. Tenemos que ser coherentes con la fe que tenemos y arrepertirnos de lo que no hacemos bastante bien. ¡ Si fueramos santos, no estaríamos en la Tierra !

¿Piensa en una evangelización directa y explícita?

Somos hijos de Cristo, no podemos negar nuestra identidad cristiana, que es la auténtica realidad. El cristianismo dignifica a la persona. Estamos llamados a traer el cristianismo a la situación concreta. Tenemos que evangelizar sin miedos, no tenemos que ocultar que somos hijos de Dios: la fe se vive en todo momento, no se puede ser buen padre o buena madre de familia y no ser honesto en los negocios.

¿En qué punto se encuentra el proceso de canonización de Escrivá de Balaguer?

Para la canonización hay que demostrar la existencia de un milagro obrado por intercesión del beato, en tiempo posterior a su beatificación. Desde el 17 de mayo de 1992, fecha en que el sacerdote Escrivá de Balaguer fue declarado beato, se han recogido datos de varios casos de curaciones científicamente inexplicables.

El estudio de esos casos se encuentra en distintas fases: algunos ya están instruidos y presentados a la Santa Sede. Las instancias eclesiásticas que intervienen analizan con rigor y sin precipitación los elementos que se presentan. Mientras tanto, me causa mucha alegría comprobar que la devoción al beato Josemaría se extiende a nuevos países y ambientes. No tengo ninguna duda de que la canonización llegará en el mejor momento.

El Prelado del Opus Dei visita la capital de Croacia por primera vez

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Mons. Javier Echevarría ha realizado el pasado mes de agosto un viaje pastoral de tres días a Zagreb, ciudad en la que comenzó hace 13 meses la labor apostólica estable del      Opus Dei.

Opus Dei -

El viaje ha permitido a mons. Javier Echevarría mantener varios encuentros con familias, fieles de la Prelatura y cooperadores del Opus Dei. El más numeroso tuvo lugar el 30 de agosto en un salón del Hotel Panorama: asistieron alrededor de medio millar de personas. El prelado del Opus Dei inició su intervención agradeciendo a los católicos croatas su fidelidad al evangelio, a pesar de la persecución sufrida durante los años de privación de libertad. Respondiendo a una pregunta, animó a los presentes a perdonar al prójimo de todo corazón y a hacer un esfuerzo por cerrar las heridas que se abrieron durante la última guerra.

En el transcurso del viaje mons. Javier Echevarría se entrevistó con el cardenal arzobispo de Zagreb, mons. Josip Bozanić, y con el nuncio de la Santa Sede, mons. Francisco Javier Lozano.

No faltaron otros momentos entrañables, como la oración en la Catedral ante la tumba del Beato Stepinac. Asimismo, el prelado del Opus Dei visitó Remete, santuario mariano de la Congregación de los monjes paulinos.

Opus Dei -

Algunos jóvenes quisieron reunirse con el prelado y saludarle personalmente en un centro del Opus Dei. Mons. Javier Echevarría les animó a vivir con fidelidad la vocación cristiana y a secundar al Romano Pontífice en su entrega por la Iglesia: “Los jóvenes sois el futuro y la esperanza de la Iglesia, asumid vuestra vocación con seriedad y optimismo”, dijo en un momento del encuentro.

Terminada su estancia en Croacia, mons. Javier Echevarría prosiguió su viaje en dirección al Santuario de Torreciudad, para participar en la XV Jornada Mariana de las Familias.


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