Dentro de la Obra

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

Antes de continuar, quiero referirles una de las etapas de mi viaje por dentro de la Obra. Lo que a continuación cuento no pretende tan sólo mostrar que he trabajado duramente (aunque tampoco estaría de más, puesto que lo que presento es un informe que debe estar lo mejor documentado posible); quiero además anticipar algo que me parece de especial relevancia.

Veamos: naturalmente, he leído todo lo que se ha publicado sobre el Opus Dei en las lenguas que entiendo, comenzando por las que se usan en los documentos oficiales: algunas veces en latín, normalmente en castellano.

Reflexioné, en primer lugar, sobre ese libro que es al mismo tiempo carburante y motor de la Institución: Camino, que fue editado en su forma definitiva en 1939 (aunque la primera versión es de cinco años antes) y que merecería estar en el Guinness del mundo editorial, por sus millones de ejemplares y las decenas de lenguas en las que se ha editado, desde el quéchua del Perú, hasta el tagalog de las Filipinas. Son 999 breves consideraciones (número múltiplo de tres, en honor a la Trinidad) que tratan de tú al lector y le guían por la espiritualidad católica más clásica. En 1986, once años después de la muerte del Beato, se editaron otras mil consideraciones, recogidas bajo el título de Surco. Al año siguiente salieron otros 1.055 puntos, bajo el nombre de Forja. También se deben a Escrivá otros libros (por ejemplo, uno sobre el rosario: un millón de ejemplares vendidos), pero es en estos tres donde se encuentra el cogollo de su pensamiento y, por tanto, del Opus Dei.

Me ocupé no sólo de los escritos publicados (tanto a favor como en contra) sino también de otros informes, incluso de los difundidos a multicopista y de los mecanografiados. Les doy mi palabra de que ninguna de mis peticiones de información ha sido rechazada. Han puesto a mi disposición sus míticos archivos y todo lo que les he pedido.

Concertaron citas con las personas con quienes yo deseaba conversar. Desde un guardia de tráfico de Nápoles, miembro de la Obra, al casi inaccesible Prelado. Precisamente, con él estuve durante casi dos horas (privilegio nada frecuente, me aseguró mi acompañante «interno»), y pude preguntarle todo cuanto quise, en su despacho de Roma.

Me hospedé por un periodo no breve en la Residencia universitaria internacional, situada en el barrio romano del EUR. Es una «obra corporativa» (término que explicaré) donde compartí con los miembros que la dirigen y que desarrollan su función de tutores de los estudiantes (tarea que se añade a su trabajo profesional, que realizan «fuera»), además del reposo nocturno en la sencilla pero funcional suite que se me asignó, las comidas y las tertulias. Este último es un término castellano que, en el lenguaje «interno», indica la breve reunión que, en todos los centros, sigue al almuerzo y a la cena: un rato sentados en los sillones y sillas de la sala de estar, para intercambiar comentarios e impresiones, en una conversacion amistosa.

Las tertulias tenían lugar en compañía de los residentes, si los hay (como era mi caso), en ese clima de «normalidad», de «vida de familia», de «casa como las demás» que defienden como una característica esencial. El Opus Dei nació en la casa del entonces jovencísimo don Josemaría: un hogar burgués del Madrid de los años veinte y treinta, cuidado por la madre y la hermana del futuro beato. De aquí procede también esa búsqueda de «decoro», propio de una casa de familia normal, y que distingue los ambientes donde se recibe a los huéspedes y se convive. La pobreza (y les aseguro que he podido comprobarlo de visu) se vive, sí, pero «en la trastienda», en las habitaciones de los miembros de la Obra o en los lugares que normalmente sólo usan ellos (aunque no existe «clausura» de ningún tipo, inconcebible para el espíritu laico de la Institución). «La penitencia debemos practicarla nosotros, no imponerla a los demás», decía Escrivá, y recomendaba un «ascetismo sonriente», tanto más meritorio cuanto menos proclamado.

Visité también en Roma un Centro de mujeres (otra residencia universitaria). Tuve allí la posibilidad de formular todas las preguntas que quise, tanto a las empleadas que no pertenecen al Opus Dei como a las jóvenes residentes, que en su mayoría tampoco pertenecen a la Obra. Allí, como en los demás lugares donde hay mujeres de la Prelatura, mi ojo entrenado de cronista no pasó por alto un detalle: señoras (supernumerarias) y señoritas (numerarias y agregadas) vestidas con gusto, con un estilo muy lejano al de «monja disfrazada»; mujeres que no se distinguen -en cuanto al lookde otras de condición social semejante.

Pero cuando se sentaban (con elegancia, ca va sans dire…), cuando la falda dejaba descubiertas las rodillas, se notaba la marca que deja el rezar mucho arrodillado. Y -como signo de un «estilo» espiritual- al darse cuenta de haber sido descubierta, se cubría en seguida con cierto sonrojo, por temor a la ostentación devota.

A lo largo de mis «inspecciones», no dejé de lado a «Torrescalla», imponente y moderna residencia milanesa al servicio de los estudiantes del vecino Politécnico.

Pasé también un día entero en esa gran «obra corporativa» que es el Centro ELIS, situado desde 1965 en el popular barrio del Tiburtino. Es uno de los más grandes, eficientes y prestigiosos centros de formación profesional de Roma, e incluso de Italia, con residencia para jóvenes obreros y artesanos, centros deportivos (pasan por él cincuenta mil chicos cada año, la mayoría «externos») y biblioteca.

Junto a este Centro, las mujeres de la Prelatura dirigen una Escuela de hostelería profesional. Tanta es la fama de la Escuela que las chicas, al salir, encuentran trabajo inmediatamente al menos en el 90% de los casos. Las restantes, lo encuentran poco tiempo después.

El estilo de esa Escuela se refleja en detalles como los siguientes. Entre las materias que allí se imparten está la preparación de dulces -agradables a la vista y sabrosos al paladar- a partir de ingredientes baratos. Se aprende también el arte de transformar una casa modesta en un apartamento acogedor usando con sabiduría la tapicería, cortinas, luces, disponiendo todo con buen gusto y con otros pequeños detalles, todos rigurosamente baratos, do-it yourself. He aquí de nuevo el «hacer las cosas bien», el «causar buena impresión» con poco, ahorrando en todo menos en trabajo e ingenio.

El ELIS fue construido en terrenos y con fondos puestos a disposición por Juan XXIII, que utilizó el dinero recogido en todo el mundo con motivo del ochenta cumpleaños de Pío XII. Fue inaugurado por Pablo VI y visitado con admiración por Juan Pablo II (en el Opus Dei están muy orgullosos de estos «patrocinios» pontificios, que confirman la benevolencia de Papas tan distintos). Esta Escuela ha formado profesionalmente a millares de chicas y chicos, y ha desarrollado y desarrolla, en la economía romana, algo parecido a lo que representó la Valdocco de don Bosco, con sus escuelas para obreros y artesanos, en la Turín del siglo diecinueve.

Completa el conjunto una iglesia que funciona como parroquia del barrio, confiada al clero de la Prelatura.

Asistí en esa iglesia a una misa dominical: buenas obras de arte contemporáneo (hoy en día, no es preciso buscar mucho para encontrar objetos de arte sacro que no ayudan a rezar, sino a pedir a Dios que perdone al supuesto artista); gran cantidad de flores; liturgia impecable, fiel a las disposiciones oficiales y no entregada a la «creatividad» ni al estado de ánimo del sacerdote del lugar; un coro de jóvenes del barrio perfectamente dirigidos y asistidos por un organista profesional; un grupo de sacerdotes concelebrantes de varias nacionalidades y etnias…

Un lugar y al menos una hora a la semana de belleza y de dignidad «reales» para la gente de uno de los barrios más desolados de la ya de por sí inhumana periferia romana. La asistencia a aquella misa me confirmó que hasta una ceremonia puede ser también una «actividad social», y no de poca monta: dar a quien lo desee la oportunidad de participar en algo muy diferente -incluso por su armonía externa- de la fealdad cotidiana.

En mi viaje de inspección, también conversé en Roma con profesores y estudiantes del Ateneo romano de la Santa Cruz. Este centro, creado inicialmente como «cabeza de puente» en Roma de la Universidad de Navarra, se dirige a grandes pasos a convertirse en una universidad pontificia, como el Laterano o la célebre Gregoriana de los jesuitas. En sus facultades de Filosofía, Teología y Derecho canónico, estudian miembros del Opus Dei y también seminaristas y sacerdotes enviados por obispos de todo el mundo, que buscan solidez doctrinal. Un taller teológico donde se ponen a punto los motores de esos panzer a los que se refería don Giussani; y donde se enseña el modo de conducirlos -de acuerdo con el estilo de la Obra- suave pero con decisión: con una decisión que consiste en seguir adelante por el camino propio, evitando cuidadosamente polémicas y contraposiciones con «áreas» católicas orientadas de otro modo.

La Facultad de Teología de este ateneo, de importancia «estratégica» para toda la Iglesia, se ha querido, tenazmente, levantar aquí, en la misma ciudad del Papa. Su programa dice lo siguiente: «Nos proponemos profundizar y exponer sintéticamente, con método científico, la doctrina católica (…). Se pretende formar expertos en la ciencia de la fe …».

Recordarán quizá las ironías de Benedetto Croce sobre la teología: «estas palabras que se ocupan de cosas que no se sabe si existen…». En el Opus Dei no se pone en duda si esas cosas «existen». Y quizá, si se les preguntara, responderían con ironía, recordando que muchas de las «certezas» de filósofos y sabios, que creyeron haber descubierto la «verdadera verdad», acabaron en el cajón de las curiosidades para eruditos. Lo cierto es que aquí están totalmente convencidos de que «la teología es una ciencia que puede y debe ser enseñada científicamente…».

La nueva sede del Ateneo, en el antiguo e ilustre edificio de San Apolinar, se halla en plenas obras de adaptación, pues el Opus Dei va ocupando, incluso físicamente, los espacios que quedan libres por el «cierre» de otras realidades católicas. Para que se hagan idea de cómo se funciona por allí, en la entrada del edificio un aviso indica que para asistir a las clases los sacerdotes diocesanos deben vestir la sotana o el clergyman, y los religiosos el hábito de su orden.

Es un aviso sólo para «los demás», ya que nunca se han visto sacerdotes del Opus Dei en vaqueros, camiseta, etc., y ni siquiera con camisa y corbata, como visten tantos otros sacerdotes, convencidos de que la gente desea verlos «como ellos» en todo, comenzando por el modo de vestir (y vaya usted a saber si es cierto que la mítica «gente» los quiera así, y no preferirá, en cambio, que el sacerdote, el consagrado, continúe esforzándose por ser reconocible a primera vista como «distinto», en el sentido de que ha de dar testimonio de una realidad «distinta», más respirable y más prometedora que la cotidiana).

Sea como fuera, el clergyman o la sotana son indispensables para los sacerdotes de la Prelatura. Como lo son para todos los demás, como indican las leyes de la Iglesia. Así lo dice el nuevo Código de Derecho canónico de 1983 (nada sospechoso porque es la expresión más cabal del aggiornamento conciliar, hasta el punto de haber suscitado discrepancias y sospechas entre los tradicionalistas): «Los miembrosdel clero vistan decentem habitum ecclesiasticum, según las normas emanadas por las Conferencias episcopales…»). Así deben vestir si desean aprovechar este ateneo que, según me confirman los estudiantes, da mucho (no sólo estudios sólidos, sino también ayuda concreta para instalarse en Roma y asistencia «tutorial» en horas no lectivas), y también exige lo mejor, al menos en el plano del esfuerzo.

Una seriedad que, una vez más, acaba por dar fruto: las cifras certifican el crecimiento habitual que presentan las cosas del Opus Dei. En 1984, cuando el ateneo abrió sus puertas (discretamente, como «centro académico», simple sección romana de la Universidad de Navarra), los estudiantes no llegaban a cuarenta. Diez años después, en 1994, los inscritos son ya casi 600, de cincuenta y cinco nacionalidades, dividos en partes iguales entre estudiantes europeos y de otros continentes.

Créanme: este ateneo parece destinado a ser una pieza clave en la formación de la clase dirigiente de la Iglesia del Tercer Milenio, aunque esto es algo que los de la Obra no reconocerán nunca, escudándose en eso que llaman «humildad colectiva». Por otra parte, es evidente que no escribo para ellos; todas estas cosas las conocen perfectamente, aunque no las digan, y se esfuerzan tenazmente por llevarlas a la práctica. En el Ateneo Romano de la Santa Cruz se emplean los métodos pedagógicos más avanzados y un instrumental de vanguardia, pero lo que se enseña está en la línea de la fidelidad más absoluta al Magisterio. También en estos tiempos que llaman «posmodernos» la Tradición, con mayúscula, parece revelarse como el camino más directo hacia el futuro. Como ya se dijo, el futuro podría ser lo que los obnubilados por lo «nuevo» pensaban que representaba el pasado.

Es el mismo cocktail vigoroso (tradición en los contenidos, modernidad audaz y pragmática en las formas) que, en dimensiones más grandes y complejas de lo que por ahora tienen en Roma, he encontrado en otra etapa, la que me ha llevado a la antigua capital del reino de Navarra. Me refiero a Pamplona, que para tantas personas no está ligada al recuerdo de la herida que en 1521, defendiendo la ciudad frente a los franceses, sufrió el aún «mundano» hidalgo Ignacio de Loyola; ni tampoco al breve obispado del poco edificante César Borgia llamado el Valentino, hijo del Papa Alejandro VI, el brillante y cruel aventurero que encendió las ilusiones de Maquiavelo. Pamplona está ligada en la mente de muchos no a la historia religiosa, sino a las páginas sobre toros de Hemingway, a las imágenes ruidosas del encierro, con los toros libres por las calles de la ciudad, persiguiendo a miles de jóvenes que buscan la emoción del desafío a la muerte.

Folclore hispánico, mucho más rico de valores, de significados humanos y simbólicos, y de resonancias religiosas, de lo que alcanza a sospechar el superficial iluminismo de los escandalizados animalistas; mucho más de lo que puedan entender, dentro de la misma Iglesia, algunos frailes liberales, que rebajan la grandeza de Francisco de Asís al convertirlo en precursor en escayola nade los «verdes» y los «bestialistas» contemporáneos.

En cualquier caso, ese folclore hispano no parece tener sitio en el vasto campus de la Universidad de Navarra, con treinta mil árboles, cuatrocientos mil cuidadísimos metros cuadrados de arbustos, flores y césped. El ambientalismo (rechazado cuando se transforma en ideología, en un «ismo» como tantos otros) se practica en los hechos, no en los manifiestos. En este vasto campus surgen los modernos eficicios de las facultades y de los Colegios Mayores, dominados por el edificio de Rectorado, también moderno, pero que con torres, escudos, tímpanos, escalinatas, evoca los ecos gloriosos de una España católica e imperial. De una España consciente de sus deberes por el papel providencial que le corresponde en el mundo, y también en la Iglesia. No es casualidad que hoy día, la mayoría de los católicos hable ese castellano que, según Carlos V (¿o Felipe II?, aún se discute), es un idioma familiar en el mismo Cielo…

Iniciada en 1952, querida con insistencia por el beato Escrivá que, hasta su muerte en 1975, fue su Gran Canciller, esta universidad tiene sobre todo el mérito histórico de haber roto el secular monopolio estatal impuesto por el laicismo español en la enseñanza superior, con tal centralismo jacobino que sólo era posible doctorarse en la universidad controlada a la vista del gobierno, en la de Madrid.

Hoy, en Pamplona, se estudia Derecho, Medicina, Enfermería, Filosofía y Letras, Farmacia, Química, Biología, Derecho canónico, Ciencias de la información, Arquitectura, Filología, Económicas y Empresariales. Y se estudian de tal modo, con tal organización y asistencia de los alumnos, que una reciente investigación de la Comunidad europea clasificaba al campus de la Universidad de Navarra, niña de los ojos del Opus Dei, entre los mejores en absoluto, si no el mejor, del continente. Funciona aquí también el consejo de Escrivá: «Todo lo que hagas hazlo bien. A Dios no se le pueden ofrecer chapuzas».

La universidad ha cambiado la vida de esta ciudad de menos de 200.000 habitantes: casi medio millón de personas va y viene cada año por motivos ligados de algún modo a la universidad. Después de desembarcar en el pequeño pero moderno aeropuerto de Pamplona, el cronista que esto escribe fue tomado a cargo del profesional gabinete de relaciones públicas, al que trabajo no le falta, dada la frecuencia de visitantes y de delegaciones internacionales.

Las impresoras del ordenador sacaron para el periodista todos los números, los gráficos, los diagramas que deseaba, anticipándose con frecuencia a sus peticiones. Espiguemos de aquí y de allá algunas cifras. En las distintas facultades estudian unos 15.000 universitarios (el 10% proviene de otros países). Es un número programado, porque se considera lo suficientemente elevado para ofrecer los servicios adecuados, y al mismo tiempo suficientemente reducido para evitar la masificación y favorecer esa relación personal que está entre los objetivos que el Opus Dei, desde los comienzos, pretende conseguir en cualquier actividad, y no sólo en esta universidad «suya».

Así, en los colegios universitarios, o en los centros de formación profesional, o en las actividades de apostolado, las personas se subdividen siempre en grupos poco más numerosos que la decena de miembros, huyendo (también cuando el trend cultural iba en dirección contraria) de los mitos de la «asamblea», del «colectivo», de la «masa». Cada uno es atendido personalmente, en su formación religiosa, moral, cultural, profesional: el rechazo cristiano del «comunismo» y la elección del «personalismo», la repulsa del anonimato y la preocupación por el individuo (visto como una pieza «única» en los designios de Dios), forman parte de los trazos fuertes del planteamiento de una Obra que curiosamente nació en el siglo de las utopías colectivistas.

Creo que, como André Frossard, el célebre converso francés, también Escrivá estaba totalmente convencido de que «el Dios cristiano sabe contar sólo hasta uno». Y que Dios no se ocupa de la humanidad, sino de hombres concretos, cada uno con su nombre y sus apellidos; que no conoce «clases», «partidos», «razas», sino sólo individuos, iguales en derechos y deberes y al mismo tiempo irrepetibles, inimitables, inconfundibles.

Continuemos con las cifras de este lugar de «formación» más que de simple «estudio», y que por este motivo se declara «centrado en la persona». Los 1.900 profesores (uno por cada diez estudiantes, además de un gran número de jóvenes que se dedican al tutoring); casi 4.000 empleados; 18.000 solicitudes de admisión para las 2.000 plazas convocadas cada año; 43.000 licenciados en sus 40 años de actividad.

Además, desde 1958 funciona en Barcelona -capital económica de España- el Instituto de Estudios Superiores de la Empresa (IESE), que se ha convertido en uno de los centros más prestigiosos de Occidente para la formación postuniversitaria de dirigentes empresariales, y que organiza masters con prestigio internacional. En 1993, contaba con 117 docentes de quince nacionalidades y sólo 420 alumnos recién licenciados, seleccionadísimos, procedentes de 34 países, que participaban en los cursos de 21 meses de formación intensiva para cargos directivos. Nos encontramos también aquí, sin complejo alguno, en el mismo corazón de la modernidad más avanzada, en un management que sabe convivir con misa y rosario. La presentación del instituto a los alumnos potenciales muestra en seguida ese espíritu específico: «La dirección de empresa es una tarea confiada a personas y orientada a otras personas. La enseñanza en el IESE subraya siempre los aspectos humanos, éticos, de conciencia, en cualquier decisión empresarial. La máxima profesionalidad debe convivir con el constante espíritu de servicio hacia las personas».

Quizá el periodista italiano sospeche que todo esto se ofrece a una elite, y confirme la fama de exclusivismo de la Obra, preguntan mis acompañantes. Pulsan entonces unas teclas y aparecen en la pantalla del ordenador algunos diagramas. Según las estadísticas relativas al año 1992-93, los estudiantes proceden en su mayoría (44%) de familias de baja renta, otra buena parte (40%) de familias de renta media y sólo el restante 16% procede de familias de renta alta. Otro gráfico revela que, en un año-tipo, gozan de beca parcial o total de matrícula un tercio de los alumnos, y la universidad destina 350 millones de pesetas a becas, exención de tasas y otros tipos de ayudas, incluido el hospedaje en los Colegios mayores, para que nadie deba «buscarse la vida» si viene de lejos ni -peor aún- renunciar a los estudios porque no sabe o no consigue establecerse por su cuenta.

Pregunto entonces: ano será que se pretende dar una imagen filantrópica gracias al dinero público, en una universidad reconocida por el Estado, que concede títulos con plena validez, y al mismo tiempo es privada? En un instante tengo en pantalla los datos correspondientes: la contribución del Estado español alcanza un 0,2%. No, no es un error: es el cero coma dos por ciento. La Universidad de Navarra (la única hasta hace pocos años en esta zona periférica de la península, al servicio de todo el país pero sobre todo de las poblaciones de la zona donde ha querido establecerse) se financia en el 85% con las tasas de inscripción, el 11% con las ayudas recogidas por la Asociación de amigos de la Universidad (en la que entran espontáneamente antiguos alumnos cuando se licencian, con el deseo de que otros jóvenes experimenten lo que a ellos se les ha dado y, como resulta claro, no les ha disgustado), y el 2% con subvenciones de entes locales, públicos y privados.

Sólo la mitad de los profesores pertenece al Opus Dei (menos numerosos en «su» universidad de Pamplona, que los miembros de la Obra que ocupan cátedras en las universidades estatales españolas), y la formación moral y religiosa no es más que una propuesta a los estudiantes, sin obligatoriedad alguna.

Es un clima que funciona, como lo demuestra el dato que me facilita el rector: en cuarenta años de actividad, desde 1952 a 1992 -incluidos los años en torno al 68-, la Universidad de Navarra ha parado por agitaciones estudiantiles durante doce días en total, poco más de un día cada cuatro años. Para esto, no ha necesitado recurrir a medida represiva alguna (aparte de la disciplina tradicional, la vigente en cualquier escuela de cualquier tipo y grado antes del cupio dissolvi contestatario, que no se abandonó aquí). La media de las universidades estatales españolas supera cinco veces esa cifra cada año.

Para completar el cuadro: un profesor me explicó, con sencillez desarmante, lo que a su juicio constituía el secreto de la estabilidad y la seriedad reinantes en Pamplona durante los años en los que todos las universidades del mundo -católicas incluidas- fueron devastadas por la locura del 68. «Sabe -me decía-, nos hemos confiado más que nunca al Espíritu Santo, para que inspirase a estos pobres jóvenes que corrían el riesgo de caer, como sus compañeros, en las manos de los malos maestros de la época…».

Una «explicación» que describe bien el extraordinario (empleo esta palabra en sentido literal, para que cada uno juzgue como quiera) habitat del Opus Dei: preparación profesional de vanguardia y devoción tradicional, ordenadores y novenas al Paráclito…

En el plano afectivo (además del de la eficacia organizativa, unida siempre, como enseñó el beato Escrivá, al «ambiente de familia»), me ha parecido, sin embargo, que el corazón del campus de Pamplona estaba en los edificios de la Clínica universitaria. Almorzando en la cafetería para médicos, enfermeros e invitados, he tenido como vecinos de mesa -por casualidad, pero no deja de ser significativonada menos que al Rey y a la Reina de todas las Españas. En efecto, el padre del Rey Juan Carlos, gravemente enfermo, decidió ingresar no en una sofisticada clínica privada ni en un hospital público, sino en esta clínica que, aunque dé cobijo al Rey, sigue estando abierta a cualquiera. Con el único límite, se entiende, de las posibilidades de espacio: como es fácil imaginar, las peticiones son muy superiores a la capacidad.

A un italiano no puede dejar de venirle a la cabeza una coincidencia: 120 años después de la brecha en Porta Pía (1), que iba a traer a Roma la «nueva civilización», expulsando las pesadillas del «milenario oscurantismo y malgobierno de los curas», resulta que los ciudadanos de la Ciudad Eterna están dispuestos a conseguir como sea una recomendación -incluso con subterfugios- con tal de ser ingresado o ingresar a sus parientes no en los hospitales públicos (¡Dios nos guarde!), sino en el gran policlínico «Agostino Gemelli», reconocido oasis de eficiencia, humanidad, modernidad en las vueltas y revueltas dantescas de la sanidad italiana, tal como la han dejado políticos «progresistas», partidos «democráticos», sindicalistas «defensores de los trabajadores» e intelectuales «ilustrados».

Después, estos mismos políticos, sindicalistas e intelectuales evitan con sumo cuidado acudir al sistema angustioso que ha salido de sus esquemas demagógicos: dejan esa sanidad, generosamente, toda para el «pueblo», por el cual, está claro, combaten. En cuanto a ellos, en caso de necesidad, no se avergüenzan de acudir a monseñores y a monjas con tal de obtener un puesto en una clínica de religiosos que se libró de la reforma, o al mencionado Gemelli. El cual, mire usted por dónde, es la clínica de la facultad de medicina de la Universidad Católica italiana.

Lo mismo sucede en Pamplona, me confirmaba sonriendo el director general de la clínica, un «numerario», con el que cometí una metedura de pata que confirmaba lo poco que había comprendido aún del espíritu del Opus Dei.

Es un hombre de buena presencia, delgado y deportivo, bien vestido, con un despacho elegante e informatizado, con una vista preciosa sobre las zonas verdes del campus. Comencé mi entrevista con un «Como es obvio, usted es médico…». «Como es obvio, no soy médico sino economista», me replicó amable pero inmediatamente, compadeciéndose de mi ingenuidad.

Un manager, en suma, para una empresa-hospital con 1.300 empleados: trescientos médicos que trabajan sólo en la clínica, renunciando a las consultas privadas; 12.000 enfermos al año en las 500 habitaciones, buena parte de ellas individuales, con la posibilidad de acoger a un pariente también durante la noche, y las demás dobles; 90.000 consultas externas cada doce meses; una escuela para medio millar de enfermeras; un centenar de trasplantes de corazón; más de quinientos renales; una experiencia consolidada también en los de hígado (los más difíciles, me comentan)…

Ninguna subvención del Estado, ni siquiera el 0,2% de otras facultades. Y, sin embargo, un balance siempre en activo gracias al pago de las prestaciones -como sucede en los hospitales estatales y regionales- a cargo de mutuas y aseguradoras. Los beneficios se invierten íntegramente en investigación y modernización de las instalaciones.

También recibe -una constante de las «obras corporativas» del Opus Dei, como he podido comprobar- la colaboración económica por parte de los miembros de la Obra y de otros muchos amigos, algunos no católicos o ni siquiera cristianos, convencidos del valor social de una actividad semejante. En cualquier caso, se aplica aquí -como en las demás iniciativas de los hombres y las mujeres de la institución- el dicho español que reza: «que cada palo aguante su vela». Cualquier actividad debe encontrar por sí misma los medios para financiarse, siguiendo los principios de la profesionalidad y no del asistencialismo. Aunque no se rechazan, lógicamente, las aportaciones de caridad.

No me callo lo que un paciente tiene a disposición en esta clínica. Saltaré -porque es obvio- que lo que aquí encuentra no lo encontraría en una estructura hospitalaria pública, no sólo en España o Italia, sino probablemente en todo el mundo.

La cosa es bien sencilla. Todas o casi todas las proclamas, las promesas propias de cualquier político o pensador engagé en un mitin o en una mesa redonda sobre la sanidad ideal (humanización, atención a la persona; profesionalidad; cuidado de las cosas grandes y de las pequeñas; respeto a un ética «universal» antes que a la «católica»; los trabajadores -desde los jefes de departamento a los encargados de limpieza-, vistos como «colaboradores» más que como «dependientes», conscientes de que el cumplimiento de sus deberes es condición indispensable para la tutela de sus derechos; organización sin pesadez burocrática; apertura al exterior, a las familias y a los amigos, para evitar el aislamiento y la formación de ghettos de enfermos; concepto intregral de asistencia médica, que no se fija sólo en la máquina-cuerpo que debe repararse, sino en que hay que ayudar a un individuo a que se cure en toda su personalidad…), es decir, todo aquello que en otros lugares se queda casi siempre en flatus vocis, deseo ineficaz, promesa electoral, en la clínica de Pamplona al menos se intenta poner en práctica. No digo que lo consigan. Pero al menos afirman que, todos ellos, lo intentan cada día, según otro frecuente consejo del beato: «comenzary recomenzar>.

Las palabras son palabras; los hechos, hechos. Y entre estos últimos, algunos son más reveladores que otros. Por consiguiente, permítanme que lo diga tal como lo siento: antes o después, cada uno tendrá que enfrentarse con la fragilidad del cuerpo, como es natural. Pues cuando llegue ese momento, también aquellos que miran con sospecha y hostilidad al «mundo católico» (y quizá especialmente a realidades «integristas» como el Opus Dei) desearán para sí mismos y para sus personas queridas acabar en una estructura «como la de Pamplona», en vez de esas otras donde rige la cultura de los derechos y las reivindicaciones que, en la práctica, no reconocen deber alguno; la cultura de los panfletos ideológicos, del igualitarismo abstracto, de las protestas sindicales, de la división política de sectores de influencia, de los programas electorales. ¿Es esto «apologética»? ¿O no será más bien realismo? Estas son las ideas que me venían a la cabeza cuando recorría los pasillos limpios como un espejo de la Clinica Universitaria de Pamplona, y veía al personal con uniformes impecables, las habitaciones bien instaladas y silenciosas, los trabajadores en actividad, los cuartos de baño tan relucientes como los de un hotel.

Quizá era esto lo que quería decirme uno de los docentes de medicina, un «supernumerario», aludiendo no sólo a su facultad y a su clínica, sino al conjunto de la Universidad de Navarra. Lo trascribo, por lo que significa: «Con nuestras limitaciones, ciertamente, pero poniendo toda la buena voluntad y confiando en la ayuda del Dios en el que creemos -el beato Escrivá decía de sí mismo que era «un pecador», pero «que amaba a Jesucristo»-, todos nosotros intentamos construir una realidad que sirva como ejemplo. Querríamos ofrecer hechos, que son más elocuentes que las palabras. ¿No lo dice el mismo Evangelio? Un árbol bueno se reconoce por sus frutos, que son buenos. A pesar de nuestra obligada humildad (humildad que es reconocer la verdad de nuestra condición de pobres hombres, con limitaciones), desearíamos suscitar al menos una pregunta: ¿por qué lo hacen? ¿Qué o quién les empuja, sin que nadie les obligue, a trabajar tanto?».

Hay también otro «ejemplo» que querrían dar (y me refiero una vez más a lo que me contaban): un ejemplo que tenga la fuerza de la vida y de los hechos. Es el «ejemplo» del que me habló el decano de una facultad, durante un almuerzo con el Estado Mayor de la universidad, en el comedor del rectorado (sala moderna pero decorada con el estilo severo y solemne de la vieja España, y su gusto particular, entre otras cosas, por los escudos heráldicos llenos de colorido): «Este complejo de energías, de inteligencias, de actividades, quiere ser también una demostración concreta de que es posible la armonía entre la fe cristiana profesada en su integridad y la cultura más rigurosa; que el creyente no tiene que escoger entre la aceptación plena y franca del dogma católico y el trabajo a los niveles más altos de las ciencias, de las artes y de la técnica humanas».

El ilustre profesor me sugería que consultase el Ideario, una especie de «decálogo» que todos aquí -sean o no de la Obra- están obligados a respetar, ya que en sus veinte puntos se trazan las coordenadas generales del compromiso de quien acepta libremente formar parte de esta comunidad de estudio y de trabajo, desde el nivel más alto al más bajo.

Así recita uno de los primeros puntos del Ideario, el tercero: «En toda su labor, la Universidad de Navarra se guía por una plena fidelidad al Magisterio eclesiástico (…), convencida de que la auténtica investigación científica, cuando procede con métodos rigurosos y conforme a las normas morales, no puede entrar en oposición con la fe, ya que la razón -que está ordenada y capacitada a reconocer la verdad- y la fe tienen origen en el mismo Dios, fuente de toda verdad».

Volviendo a mi tour, podría añadir otras etapas y describir otras «obras», vistas o visitables; y la lista de estas últimas podría ser muy larga y sometida continuamente a ampliaciones. En todos los continentes.

Me detengo aquí no sólo por razones de espacio, pues no se debe olvidar que las «puntas emergentes» a las que me he referido aquí, estas flores en el ojal, no son de ningún modo todo el Opus Dei. Al contrario: quizá no representen siquiera su aspecto más «importante».

En cualquier caso, detenerse en ellas -o darles demasiada importancia- podría impedir entender el «carisma» auténtico de la institución. Con el esfuerzo de sus miembros -que responden en primera persona, junto con otros hombres y mujeres «de buena voluntad», con frecuencia no católicos e incluso no cristianos o no creyentes- este «carisma»

anima ciertamente actividades «extraordinarias» como las que hemos mencionado. Pero su tarea principal sigue siendo dar sentido, dirección, contenido a lo que es «ordinario», personal: el trabajo, sea cual sea, desde el más prestigioso al más humilde; la vida diaria; la aparente monotonía, o quizá mediocridad, de la vida familiar. Y por lo que se refiere al apostolado, cada miembro lo ejercita de un modo que no hace ruido, que no interesa a los medios de comunicación, porque se desarrolla cada día con el ejemplo profesional y con la palabra «acertada» dirigida a quien está a su lado: en casa, en la oficina, en la fábrica.

Tendremos tiempo de explicarlo y, si es posible, de entenderlo. Por el momento, basta con advertir que las «obras corporativas» no son «la Obra». El Opus Dei no es el propietario de esas labores, sino que acepta responsabilizarse de la orientación doctrinal y espiritual; y como indican claramente los estatutos, no podrán ser nunca actividades industriales, económicas, comerciales, ni siquiera editoriales, sino siempre y sólo dirigidas a la enseñanza, a la asistencia, a la promoción social. La Obra actúa sobre todo en la vida espiritual que cada miembro, al entrar a formar parte, se compromete a cultivar en su conciencia, y que escapa por definición al observador externo.

Anticipando algo que diremos después, se podría señalar que -entre los muchos «secretos» de que le acusan- aquí está el primer y principal «secreto» del Opus Dei. Como sucede en cualquier realidad verdaderamente religiosa, lo que no se ve es mucho más (y mucho más importante) que lo que se ve.

Quién va y quién viene

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

Llegados a este punto, preveo la pregunta que yo mismo me planteé: ¿cómo se «prueba» la vocación, la llamada específica al Opus Dei? «¿Cómo se sabe que se ha recibido esta llamada? El modo más sencillo -y el más frecuente- sucede cuando una persona entra en relación de amistad con otras que ya pertenecen a la Prelatura, conoce su espíritu y, si es el caso, comienza a preguntarse si no sérá también su camino. Quienes juzgan si efectivamente hay “indicios” de vocación son los responsables locales del Opus Dei. En definitiva, es la Prelatura quien admite. Como sucede en cualquier organización voluntaria, el Opus Dei se reserva el derecho de admisión. Libertad por los dos lados: por parte de quien solicita ser aceptado, y por parte de la Prelatura de aceptarlo o no». Así dice un texto oficial.

Y en el caso de que haya «vocación» -o al menos indicios de «vocación»-, ¿quién puede llamar a la puerta para salir de dudas, y para que otros lo comprueben de modo objetivo, en la medida que esto es posible para los hombres?

La respuesta es muy sencilla: todos. Hombres y mujeres, solteros, casados o viudos, de cualquier condición social, nacionalidad, raza, con al menos dieciocho años pero sin límite de edad por arriba. Me contaron que no pocos han entrado en el Opus Dei con ochenta y con más años: «obreros de la última hora», según las categorías evangélicas, pero no por eso rechazados.

Bien sé que -más aquí que en otros temas- sospecharéis que he sido excesivamente benévolo a la hora de investigar la «leyenda negra» sobre esta «masonería blanca».

Permitidme, sin embargo, que señale un hecho objetivo, que he podido comprobar personalmente, aunque haya sido «desde fuera». Es cierto que podrían haberme inducido a error, seleccionando a las personas que me presentaban; pero son las estadísticas actualizadas sobre la institutión las que lo confirman. Esas estadísticas demuestran que no estamos ante un grupo exclusivo y elitista, en el que pueden entrar sólo ricos y poderosos; o, al menos, gente con posición desahogada y cierta relevancia social.

La sorpresa es grande al descubrir que -como declaró en varias ocasiones el Cardenal Jaime L. Sin, arzobispo de Manila- en esa zona deprimida como son las Filipinas, el Opus Dei es una de las instituciones católicas que no se limita a «ayudar» a los pobres, sino que hace mucho más: los cuentan entre sus miembros a pleno título. O cuando se descubre que el Opus Dei está bien implantado en las favelas y en las villas miseria de América Latina. O también cuando se observa al más de medio millón de peregrinos -en gran parte auténticos «proletarios», según las viejas categorías: es decir, de posición modesta- que cada año invade Torreciudad, «el» santuario del Opus Dei. Y no pocos de esos desfavorecidos romeros forman parte del Opus Dei.

Por otra parte, ya vimos que incluso el malévolo «The Economist» atribuyó a la Prelatura la nota mínima en cuanto a exclusivity: un miserable «uno» (calificación poco refinada para paladares elitistas), frente a los «cuatro» y «cinco» de algunos clubes y asociaciones.

Escuchemos de nuevo a Gómez Pérez, ensayista informado y todo lo objetivo que resulta posible a una persona existencialmente «comprometida»: «La curva profesional de los miembros responde a lo normal: una mayoría de personas con profesiones u oficios de los que se suele obtener una mediana renta; unos pocos de renta alta y algo más que unos pocos con menores rentas. Pero esa generalización, con ser muy amplia, no serviría, por ejemplo, para algunos países americanos, africanos o asiáticos, en peores condiciones de vida. Quizá se pueda decir que existe una inflación de profesiones intelectuales, sobre todo profesores. Respecto a la profesión, la idea central que basta para entender el resto, es que ninguna profesión honrada es obstáculo para pertenecer al Opus Dei. El hecho de estar situado socialmente más alto no confiere ningún tipo de privilegio a los miembros del Opus Dei en el seno de la institución. Para lo que se unen en la Prelatura -la vida interior y el apostolado- todos son radicalmente iguales: una misma vocación y unos mismos medios de formación».

En realidad, el porcentaje de intelectuales, más elevado que en los grupos humanos normales, no es un hecho estadístico casual: parece derivar de una atención particular hacia aquellos ambientes. Por decirlo con las palabras «oficiales» del texto de la Postulación que cité antes: «El fin para el que el Señor la suscitó es que la gente de todas las categorías sociales, comenzando por los intelectuales, para llegar después a todos…».

El punto 978 de Camino es significativo al respecto. Citando la frase de Jesús a sus discípulos («Venid detrás de mí, y os haré pescadores de hombres»), Escrivá comenta: «No sin misterio emplea el Señor estas palabras: a los hombres -como a los peces- hay que cogerlos por la cabeza».

En efecto, hoy es más superfluo que nunca señalar que a través de los intelectuales llega al resto de la sociedad la mayoría de las ideas y de los modos de comportamiento. Como ha escrito el cardenal Paul Poupard, presidente del Pontificio Consejo para la Cultura: «El beato Escrivá dedicó siempre la máxima atención a los que trabajaban con las ideas y a los que las transmiten, porque nunca como en nuestro siglo el problema de los problemas, para el cristianismo, es la relación del evangelio con la cultura, es la evangelización de las inteligencias».

Junto a esa estrategia, real, existe también una explicación práctica, ligada a la historia de la Obra, que comenzó con un grupo de jóvenes universitarios que siguieron a aquel extraño sacerdote. Las primeras «obras corporativas» en Madrid fueron una academia y una residencia para estudiantes, sobre todo de derecho y arquitectura. Y como en la institución se evangeliza «de igual a igual», difundiendo la propuesta cristiana, en primer lugar, en el círculo más estrecho de amistades (que normalmente comparten un mismo ambiente social y cultural), el «mensaje Opus Dei» penetró de modo prioritario en los millieux intelectuales, aunque con el tiempo se ha llegado a los demás ambientes. Apuntemos también que tampoco aquí se cumple la «leyenda»: son los profesores, los hombres de cultura (que de ordinario no gozan de una posición desahogada) quienes tienen cierta prevalencia en la Obra: no los «capitalistas», los profesionales ricos, los hombres de negocios, como se cree y se escribe.

Es también significativo que, por no salir de Roma, entre las «obras de la Obra» haya residencias de estudiantes universitarios (la mayor parte de origen modesto, como señalamos al hablar de Pamplona), pero también residencias para obreros y artesanos en formación; y que hay Centros tanto en los barrios acomodados como en los populares.

Una realidad como, por citar un ejemplo de los mil casos posibles, el Instituto rural Valle Grande, que es una de las más importantes entidades americanas en favor de los campesinos más pobres del Perú, y que está gestionada en gran parte por campesinos que -como tantos otros- pertenecen al Opus Dei.

«Recordad que de cien almas, nos interesan las cien. La del indio de los Andes tanto como la del hombre de negocios de Wall Street; la del ama de casa tanto como la del premio Nobel de astrofisica».

Esta indicación del fundador me pareció una de las más presentes en las actividades de la Prelatura. Así lo prueba también el hecho de que muchos ataques provengan de los que -tanto dentro como fuera de la Iglesia- les acusan de no hacer «opciones preferenciales» en el apostolado, de dirigirse a todos con la misma atención, sin excluir a priori a nadie; y sin pedir a nadie que trabaje en algo distinto de lo que hace, ya sea «capitalista» o «proletario». Rechazan así los esquemas demagógicos (carentes de cualquier justificación en el Nuevo Testamento, que está a años-luz de tabúes modernos como los marxistas), difundidos también en ambientes cristianos y que confunden la pobreza «económica» con la pobreza «evangélica».

Desde una perspectiva cristiana, no hay «pobres» más necesitados de ayuda espiritual que tantos ricos. La simple «pobreza» de bienes materiales no es salvífica por sí misma; todo depende no del rédito sino de la actitud del corazón. Sólo en las fábulas edificantes para gauchistes ingenuos, el que carece de medios económicos es siempre bueno, pacífico, altruista. Dice Peter Berglar: «tratar con caridad sólo a los “pobres” es una deformación del espíritu cristiano, desde el momento que los “ricos” -como sabemos por el evangelio- tienen una necesidad particular de la gracia de Dios para salvarse. Y, por consiguiente, están más necesitados de la caridad del prójimo».

Una perspectiva «humana, demasiado humana» (del tipo «clases hegemónicas», «clases inferiores») insidió la visión religiosa, que por el contrario todo lo juzga en términos de gracia y de pecado, de caridad y de egoísmo, de desprendimiento y de avaricia.

Con palabras de Oscar Cullmann: «el evangelio no llama a los pobres a la sublevación, sino a los ricos a la responsabilidad. Al recordar que todos, sea cual fuere su posición económica, necesitan el arrepentimiento y el perdón, la “revolución” de Jesús no es superficial como la de los ideólogos modernos: llega hasta el fondo, advierte que la sociedad no mejorará si cada uno -sea pobre o rico- no mejora personalmente». No olvidemos que un revolucionario, en sentido sociopolítico, es una persona que «quiere cambiarlo todo y a todos, salvo a sí mismo». Uno dispuesto siempre a recitar el mea culpa, pero golpeando el pecho de los demás.

A este propósito decía Escrivá: «Jesucristo en la cruz no extendió sólo el brazo derecho o el izquierdo: extendió los dos».

Pero no creáis que todos acepten esta universalidad de la salvación: algunos clericales «del brazo izquierdo» se lamentan (y algo más que lamentarse) porque querrían el monopolio de la atención para sus protegidos, excluyendo a los seguidores de los del «brazo derecho».

Lo contrario sucede también, y con más frecuencia de lo que podría creerse: no faltan los gritos de protesta y las acusaciones de los clericales del «brazo derecho», que cuando oyen hablar de un cristianismo que rechaza ser de algo propio de burgueses (o de aristócratas), olfatean inmediatamente demagogia, populismo, subversión.

Este fuego cruzado es, desde una perspectiva evangélica, una buena señal. Como dijo un antiguo Padre de la Iglesia: «Quien pretenda amar a todos, será salvado. Pero quien pretenda agradar a todos, no será salvado».

Las siete mil islas

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En el Santuario de Torreciudad, escoltando la puerta de entrada, hay dos enormes conchas marinas que contienen el agua bendita. Sus quillas se apoyan sobre garfios de hierro y la aspereza de su exterior se neutraliza por un interior suave, con reflejos de nácar. Fueron enviadas por los miembros del Opus Dei de nacionalidad filipina y tienen, junto a su belleza dura, el mérito de haber sido extraídas de mares profundos, de aguas batidas por la tempestad. En lenguaje tagalo se le llama «taclobo» a este molusco gigantesco, que puede pesar más de doscientos cincuenta kilos, y que existe en el Océano Pacífico.

El mar no fue obstáculo, sino camino, para que la Obra llegara a Filipinas. Es en abril de 1964 cuando llegan los primeros del Opus Dei al archipiélago. Se trata de Bernie Villegas, de Manila, y de Jess Stanislao, de Cebú, que le sigue meses después. Los dos han conocido la Obra en Estados Unidos. Ambos se han doctorado en la Universidad de Harvard y regresan a su país una vez terminados sus estudios. Poco más tarde, se les une Father Sal, que llega desde Boston para acompañarles durante algún tiempo. Escriben frecuentemente al Padre y le cuentan la fecunda tarea que aguarda en una ciudad que, como Manila, bate el record de estudiantes: ciento cincuenta mil, de todos los países asiáticos y occidentales: japoneses, malayos, chinos, norteamericanos, españoles…

Por esta encrucijada han pasado multitud de culturas. En la bahía de Manila fondean barcos de todas las banderas del mundo, y una incansable multitud llena, diariamente, los edificios de las aduanas y los servicios de emigración y salida.

No es fácil contar las islas que integran Filipinas: el cálculo asciende a siete mil, pero, en cualquier momento, emerge una masa de coral que sobrepasa el mar. Su vida es efímera, porque desaparece después de haber oteado el horizonte y de haberse bañado en la espuma del Pacífico. Situadas entre el Ecuador y el Trópico, más del setenta por ciento del archipiélago se encuentra cubierto por una selva de maderas preciosas y bambúes.

En Filipinas se hablan setenta lenguas nativas. Todas pertenecen al grupo malayo-polinésico; desde 1946, el idioma oficial es el tagalo, aunque también se emplean el inglés y un poco el español. Haciendo honor a una fidelidad de siglos, las islas son el mayor bastión cristiano de Asia. El ochenta por ciento de la población es católica, y su gran mensajero evangélico, el agustino P. Andrés de Urdaneta, se remonta a 1565.

Todas estas circunstancias han moldeado el carácter filipino, haciendo de su prototipo un fenómeno único en Asia: el temple de su modo de vida es, al mismo tiempo, movimiento pausado del Este y rápida pulsación del Oeste. Paciente, flexible, tenaz; generoso en la amistad y abierto a todo conocimiento, como corresponde a un país sin fronteras, cuyo confín, casi eterno, lo forma siempre el mar.

En Filipinas se pueden hallar contrastes como las casas sobre troncos de árboles de los nómadas marinos y los ultramodernos edificios de cristal y acero a lo largo de la Avenida de Ayala en Makati; las terrazas de arroz, construidas con piedras hace veinte mil años, y la carretera de la Pan-Philippine, superior a los dos mil kilómetros de longitud, que comunica zonas extremas del país.

Esta es la tierra a la que acaba de llegar el Opus Dei. Se abrirá camino a través de la vocación de dos filipinos que, muy lejos de su patria, decidieron volver para ser la vanguardia de un espíritu evangélico que recaló por primera vez en sus islas en el siglo XVI. Father Sal escribe a Roma que algunos del primer grupo de amigos «nos han ayudado a pintar la casa y a trasladar los muebles. La casa es pequeña, pero queda simpática y acogedora. Mañana empieza un “tutorial” en Economía». A finales de octubre llegará a la Ciudad Eterna una gran noticia para el Fundador: en el día de Cristo Rey, ha pedido la admisión en el Opus Dei el Primero(31).

Pronto llegan otros miembros de la Obra. Se reúnen en el primer Centro unos días antes de la Navidad. Miles de faroles penden en las puertas y ventanas de Manila. Se oyen villancicos por la ciudad y, dentro de la casa, el Niño, moreno como la casta de los que rodean su nacimiento, preside el belén.

Un año más tarde se habrán multiplicado los miembros de la Obra en las islas. Muchas familias comparten el espíritu del Fundador, y escriben a Roma con un cariño y una confianza que sólo Dios puede poner en el corazón. Se está abriendo el horizonte para el Opus Dei en Filipinas: comienzan a ser un buen número los que contribuyen, desde su profesión y oficio, a que los caminos de la Obra se extiendan en todas direcciones. León, profesor universitario, prepara, con todo cuidado, la traducción de «Camino» al tagalo.

A esta primera casa se le pone el nombre de Mayniland. Muy pronto habrán de ampliar espacio para la gran tarea que se les avecina. Y se abre el Centro Cultural Banahaw. También se ponen los cimientos del Makiling Conference Center y del Center for Research and Communication, con una Escuela de post-graduados que será capaz de impartir -en el plazo de un año- el título de Master en Economía Industrial y en Educación Económica.

Las dificultades, lógicas, son lo habitual. Pero la fe, la solidez del trabajo y la fertilidad espiritual de este trozo del mundo responden al esfuerzo.

El Padre sigue de cerca el desarrollo de la labor en Filipinas y sueña con la expansión de la Obra en Asia. Se le amontonan al Fundador en el alma, nombres como Bangkok, Singapur, Taipeh, Jakarta o Hong-Kong. Ciudades y países de colores fuertes, llenos de vida, y que anhelan, sin saberlo, la luz de Cristo.

En 1967, en Los Rosales, el Padre comenta la alegría que le da ver que unos hijos suyos están yendo por Oriente y otros por Occidente. Y añade: «Así daremos un abrazo de amor al mundo»(32)..

Desde el 8 de octubre de 1965 están las mujeres de la Obra en Filipinas. Soledad Usechi, Mª Teresa Martinez Barón, Lali Sastre y Mercedes Garrigosa son la avanzada de este abrazo al mundo. Antes de iniciar el vuelo a las islas han recalado en Roma para recibir la bendición del Padre. Y, una vez más, se cumplirá lo que el Fundador ha dicho tantas veces: “Cuando mando a la gente lejos -he mandado a hijos míos a Asia, a varios sitios de Africa, a toda América, a toda Europa: muchas veces danzan también al otro lado del telón de acero-, ¿sabéis cómo los envío?. Como en el siglo XVIII: les doy una imagen de la Virgen, una Cruz sin crucifijo -para que se pongan ellos en la Cruz-, la bendición…y que trabajen”

Así será también en esta ocasión. El Padre les da una imagen de la Virgen, una cruz de palo y su bendición. Es el 7 de octubre de 1965. Con este tesoro partirán hacia Oriente. En el bolsillo, 130 dólares conseguidos en España, de un donativo. Esta sobreabundancia de fe y coraje sobrenatural será más que suficiente para superar la escasez demedios materiales. Aquí, como en tantos otros sitios, la desproporción entre las posibilidades humanas y los resultados obtenidos resultará tan evidente que sólo un milagro de la gracia podrá explicarlo.

Antes de salir de Roma, el Padre les va a repetir que Filipinas es un pais maravilloso y que pronto tendrán vocaciones firmes para el Opus Dei. Es como una premonición: en diciembre de este mismo año pedirá la admisión Rina Villegas; y en un breve plazo de tiempo, la seguirá un buen grupo de mujeres filipinas.

Años más tarde, el 20 de marzo de 1975, en Roma, dice a un grupo de hijas suyas:

«Si seguís correspondiendo (…), haréis una gran labor no sólo en Filipinas, sino desde Filipinas, porque tenéis este aspecto encantador que os facilita ir por todo oriente: tantos millones y millones de almas que no conocen todavía a Nuestro Señor (…), y son hijos de Dios como nosotros, y si conocieran a Dios serían cien veces mejores que nosotros»(33)

Siempre recordarán las pioneras de esta nueva tierra aquel 8 de octubre de 1965, cuando, después de varias horas de vuelo sobre el interminable mar, las islas aparecieron en el horizonte: llenas de vegetación y bordeadas por la espuma pacífica de las olas. Desde el principio cuentan con amigas que han conocido la Obra; la sonrisa, la plácida presencia de estas nativas en la vida familiar, es como un encuentro de amistad que estaba presentido desde siempre. El espíritu del Opus Dei acaba de irrumpir en la calma apasionada de esta nueva raza, que completa ya la única raza de los hijos de Dios en la tierra.

Las siete mil islas

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En el Santuario de Torreciudad, escoltando la puerta de entrada, hay dos enormes conchas marinas que contienen el agua bendita. Sus quillas se apoyan sobre garfios de hierro y la aspereza de su exterior se neutraliza por un interior suave, con reflejos de nácar. Fueron enviadas por los miembros del Opus Dei de nacionalidad filipina y tienen, junto a su belleza dura, el mérito de haber sido extraídas de mares profundos, de aguas batidas por la tempestad. En lenguaje tagalo se le llama «taclobo» a este molusco gigantesco, que puede pesar más de doscientos cincuenta kilos, y que existe en el Océano Pacífico.

El mar no fue obstáculo, sino camino, para que la Obra llegara a Filipinas. Es en abril de 1964 cuando llegan los primeros del Opus Dei al archipiélago. Se trata de Bernie Villegas, de Manila, y de Jess Stanislao, de Cebú, que le sigue meses después. Los dos han conocido la Obra en Estados Unidos. Ambos se han doctorado en la Universidad de Harvard y regresan a su país una vez terminados sus estudios. Poco más tarde, se les une Father Sal, que llega desde Boston para acompañarles durante algún tiempo. Escriben frecuentemente al Padre y le cuentan la fecunda tarea que aguarda en una ciudad que, como Manila, bate el record de estudiantes: ciento cincuenta mil, de todos los países asiáticos y occidentales: japoneses, malayos, chinos, norteamericanos, españoles…

Por esta encrucijada han pasado multitud de culturas. En la bahía de Manila fondean barcos de todas las banderas del mundo, y una incansable multitud llena, diariamente, los edificios de las aduanas y los servicios de emigración y salida.

No es fácil contar las islas que integran Filipinas: el cálculo asciende a siete mil, pero, en cualquier momento, emerge una masa de coral que sobrepasa el mar. Su vida es efímera, porque desaparece después de haber oteado el horizonte y de haberse bañado en la espuma del Pacífico. Situadas entre el Ecuador y el Trópico, más del setenta por ciento del archipiélago se encuentra cubierto por una selva de maderas preciosas y bambúes.

En Filipinas se hablan setenta lenguas nativas. Todas pertenecen al grupo malayo-polinésico; desde 1946, el idioma oficial es el tagalo, aunque también se emplean el inglés y un poco el español. Haciendo honor a una fidelidad de siglos, las islas son el mayor bastión cristiano de Asia. El ochenta por ciento de la población es católica, y su gran mensajero evangélico, el agustino P. Andrés de Urdaneta, se remonta a 1565.

Todas estas circunstancias han moldeado el carácter filipino, haciendo de su prototipo un fenómeno único en Asia: el temple de su modo de vida es, al mismo tiempo, movimiento pausado del Este y rápida pulsación del Oeste. Paciente, flexible, tenaz; generoso en la amistad y abierto a todo conocimiento, como corresponde a un país sin fronteras, cuyo confín, casi eterno, lo forma siempre el mar.

En Filipinas se pueden hallar contrastes como las casas sobre troncos de árboles de los nómadas marinos y los ultramodernos edificios de cristal y acero a lo largo de la Avenida de Ayala en Makati; las terrazas de arroz, construidas con piedras hace veinte mil años, y la carretera de la Pan-Philippine, superior a los dos mil kilómetros de longitud, que comunica zonas extremas del país.

Esta es la tierra a la que acaba de llegar el Opus Dei. Se abrirá camino a través de la vocación de dos filipinos que, muy lejos de su patria, decidieron volver para ser la vanguardia de un espíritu evangélico que recaló por primera vez en sus islas en el siglo XVI. Father Sal escribe a Roma que algunos del primer grupo de amigos «nos han ayudado a pintar la casa y a trasladar los muebles. La casa es pequeña, pero queda simpática y acogedora. Mañana empieza un “tutorial” en Economía». A finales de octubre llegará a la Ciudad Eterna una gran noticia para el Fundador: en el día de Cristo Rey, ha pedido la admisión en el Opus Dei el Primero(31).

Pronto llegan otros miembros de la Obra. Se reúnen en el primer Centro unos días antes de la Navidad. Miles de faroles penden en las puertas y ventanas de Manila. Se oyen villancicos por la ciudad y, dentro de la casa, el Niño, moreno como la casta de los que rodean su nacimiento, preside el belén.

Un año más tarde se habrán multiplicado los miembros de la Obra en las islas. Muchas familias comparten el espíritu del Fundador, y escriben a Roma con un cariño y una confianza que sólo Dios puede poner en el corazón. Se está abriendo el horizonte para el Opus Dei en Filipinas: comienzan a ser un buen número los que contribuyen, desde su profesión y oficio, a que los caminos de la Obra se extiendan en todas direcciones. León, profesor universitario, prepara, con todo cuidado, la traducción de «Camino» al tagalo.

A esta primera casa se le pone el nombre de Mayniland. Muy pronto habrán de ampliar espacio para la gran tarea que se les avecina. Y se abre el Centro Cultural Banahaw. También se ponen los cimientos del Makiling Conference Center y del Center for Research and Communication, con una Escuela de post-graduados que será capaz de impartir -en el plazo de un año- el título de Master en Economía Industrial y en Educación Económica.

Las dificultades, lógicas, son lo habitual. Pero la fe, la solidez del trabajo y la fertilidad espiritual de este trozo del mundo responden al esfuerzo.

El Padre sigue de cerca el desarrollo de la labor en Filipinas y sueña con la expansión de la Obra en Asia. Se le amontonan al Fundador en el alma, nombres como Bangkok, Singapur, Taipeh, Jakarta o Hong-Kong. Ciudades y países de colores fuertes, llenos de vida, y que anhelan, sin saberlo, la luz de Cristo.

En 1967, en Los Rosales, el Padre comenta la alegría que le da ver que unos hijos suyos están yendo por Oriente y otros por Occidente. Y añade: «Así daremos un abrazo de amor al mundo»(32)..

Desde el 8 de octubre de 1965 están las mujeres de la Obra en Filipinas. Soledad Usechi, Mª Teresa Martinez Barón, Lali Sastre y Mercedes Garrigosa son la avanzada de este abrazo al mundo. Antes de iniciar el vuelo a las islas han recalado en Roma para recibir la bendición del Padre. Y, una vez más, se cumplirá lo que el Fundador ha dicho tantas veces: “Cuando mando a la gente lejos -he mandado a hijos míos a Asia, a varios sitios de Africa, a toda América, a toda Europa: muchas veces danzan también al otro lado del telón de acero-, ¿sabéis cómo los envío?. Como en el siglo XVIII: les doy una imagen de la Virgen, una Cruz sin crucifijo -para que se pongan ellos en la Cruz-, la bendición…y que trabajen”

Así será también en esta ocasión. El Padre les da una imagen de la Virgen, una cruz de palo y su bendición. Es el 7 de octubre de 1965. Con este tesoro partirán hacia Oriente. En el bolsillo, 130 dólares conseguidos en España, de un donativo. Esta sobreabundancia de fe y coraje sobrenatural será más que suficiente para superar la escasez demedios materiales. Aquí, como en tantos otros sitios, la desproporción entre las posibilidades humanas y los resultados obtenidos resultará tan evidente que sólo un milagro de la gracia podrá explicarlo.

Antes de salir de Roma, el Padre les va a repetir que Filipinas es un pais maravilloso y que pronto tendrán vocaciones firmes para el Opus Dei. Es como una premonición: en diciembre de este mismo año pedirá la admisión Rina Villegas; y en un breve plazo de tiempo, la seguirá un buen grupo de mujeres filipinas.

Años más tarde, el 20 de marzo de 1975, en Roma, dice a un grupo de hijas suyas:

«Si seguís correspondiendo (…), haréis una gran labor no sólo en Filipinas, sino desde Filipinas, porque tenéis este aspecto encantador que os facilita ir por todo oriente: tantos millones y millones de almas que no conocen todavía a Nuestro Señor (…), y son hijos de Dios como nosotros, y si conocieran a Dios serían cien veces mejores que nosotros»(33)

Siempre recordarán las pioneras de esta nueva tierra aquel 8 de octubre de 1965, cuando, después de varias horas de vuelo sobre el interminable mar, las islas aparecieron en el horizonte: llenas de vegetación y bordeadas por la espuma pacífica de las olas. Desde el principio cuentan con amigas que han conocido la Obra; la sonrisa, la plácida presencia de estas nativas en la vida familiar, es como un encuentro de amistad que estaba presentido desde siempre. El espíritu del Opus Dei acaba de irrumpir en la calma apasionada de esta nueva raza, que completa ya la única raza de los hijos de Dios en la tierra.

Su amor a la virtud de la pobreza

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Testimonio de Cardenal Jaime Sin, Arzobispo de Manila

Filipinas experimenta, actualmente, una grave crisis económica. Con la gracia de Dios y los esfuerzos incansables de hombres y muje res de buena voluntad, confiamos en que la situación mejorará. En cuanto cristianos, nos servirán, al menos, de consuelo estas palabras de San Pablo: Diligentibus Deum, omnia cooperantur in bonum (Rom VIII, 28). «Todo concurre al bien de los que aman a Dios».

En estas breves consideraciones me gustaría compartir con vosotros algunas ideas que he recogido de la espiritualidad conte nida en los escritos del fundador del Opus Dei, Monseñor Jose maría Escrivá de Balaguer. Son ideas de gran utilidad para todos, y muy especialmente para muchos filipinos en estos tiempos difíciles. Monseñor Escrivá de Balaguer solía condensar el mismo pen samiento de San Pablo en una frase más breve: Omnia in bonum. «Todo es para bien». Al final, todo resultará bien.

Esa frase no se reduce a una expresión de simple resignación ante una situación difícil y, en apariencia, desesperada. Por el con trario, es una expresión de genuina esperanza cristiana ante difi cultades reales, objetivas.

Al considerar la virtud de la pobreza, si meditamos la infancia de Cristo tal como nos la narran los Evangelios de San Mateo y San Lucas, destaca una impresionante verdad: que nuestro Señor Jesucristo quiso nacer pobre y vivir en una familia pobre. María y José, la Sagrada Familia, no poseían prácticamente nada. Así, Jesucristo nació en un ambiente muy pobre. Dios hecho Hombre nació en un establo, en un cobijo para animales. Fue recostado en un pesebre, que es donde se echa de comer a los animales.

En una hermosa homilía sobre la pobreza, titulada «Desprendimiento», el fundador del Opus Dei nos invita a reflexionar con estas consideraciones: «Ese desprendimiento que el Maestro pre dicó, el que espera de todos ]os cristianos, comporta necesariamente también manifestaciones externas.Jesucristo coepit facere et docere (Atc. I, 1 ): antes que con la palabra, anunció su doctrina con las obras. Lo habéis visto nacer en un establo, en la carencia más abso luta, y dormir recostado sobre las pajas de un pesebre sus primeros sueños en la tierra» (Amigos de Dios, núm. 115).

Hace unos veinte años que conozco el Opus Dei, y a lo largo de todo este tiempo siempre me ha impresionado su énfasis en el apostolado de la doctrina. La labor del Opus Dei es, en verdad, una continua catequesis. En esta tarea de difundir la sana doctrina, Monseñor Escrivá de Balaguer siguió siempre el ejemplo dado por el Señor de «hacer y enseñar». Los miembros del Opus Dei, ciertamente, pueden imitar muy bien a su fundador, quien -antes de enseñar con la palabra- proclamó con obras la doctrina. Especialmente, durante los años que siguieron a la fundación del Opus Dei en 1928, Monseñor Escrivá de Balaguer sufrió algunas de las formas más extremas de indigencia material. Hubo temporadas en que sólo podía hacer una comida al día; y, algunas veces se vio obligado a dormir en el suelo de la cocina porque faltaba espacio en los apretados hogares en que vivían los primeros miembros de la Obra.

Frecuentemente he mencionado una divertida frase de Santa Teresa de Jesús: «El dinero es el estiércol del diablo, pero hace un muy buen abono». De una manera verdaderamente providencial, el espíritu del Opus Dei ha influido en todas las tareas humanas nobles mediante eso que su fundador llamaba «materialismo cris tiano». Siento admiración por las personas de todas clases que viven el espíritu del Opus Dei, sin temor alguno a emplear instrumentos materiales – que requieren, a su vez, recursos económicos- para ejercer un generoso apostolado de formación de numerosos hombres y mujeres a través de casas de retiros espirituales, centros uni versitarios, institutos técnicos o de formación profesional, clubs juveniles y otros centros en los que se proporciona formación doctrinal y espiritual. El «materialismo cristiano», tal como lo explicaba Monseñor Escrivá de Balaguer, es el modo más eficaz de aprove­char para la gloria de Dios ese buen «abono».

La pobreza es una virtud cristiana porque Cristo nuestro Sal vador, que es la misma riqueza, quiso nacer pobre y vivir como los pobres su vida terrena. Hemos de darnos cuenta de que la pobre za cristiana es una virtud que debe practicar todo aquel que quiera ser fiel seguidor de Cristo.

A menudo, he podido oír de los miembros del Opus Dei de mi archidiócesis que Monseñor Escrivá de Balaguer les enseñó siempre que la santidad es para todos, y que se alcanza mediante un sincero esfuerzo por vivir todas las virtudes cristianas -en grado heroico, si fuera preciso-. En nuestra actual situación económica, se nos presentan muchas oportunidades de practicar con heroísmo la virtud cristiana de la pobreza.

El Vaticano II nos ha recordado que la santidad no es sólo para aquellos que hacen profesión pública de su dedicación a Dios como religiosos sacerdotes, sino para todos los cristianos, también para los cristianos corrientes que desean alcanzar la plenitud de la santidad. Por tanto, los cristianos corrientes que desean alcanzar la plenitud de la vida cristiana deben, inevitablemente, practicar esta virtud de la pobreza.

Claro que la manera en que se practique variará según los dife rentes tipos de llamada o vocación en la Iglesia. Y Monseñor Escri vá de Balaguer, en subestseller de espiritualidad titulado Camino, nos ofrece un criterio cristiano, práctico:

«Procura vivir de tal manera que sepas, voluntariamente, pri varte de la comodidad y bienestar que venas mal en los hábitos de otro hombre de Dios.

Mira que eres el grano de trigo del que habla el Evangelio. Si no te entierras y mueres, no habrá fruto» (Camino, 938).

Para la mayoría de los hombres y mujeres cristianos, ciudadanos corrientes de este mundo, la práctica de la virtud de la pobreza se desarrolla en la esfera familiar. Es en medio de su familia donde tienen que vivir la pobreza cristiana. Lo cual implica, entre otras cosas, el tratar de ajustarse al presupuesto familiar, economizando lo más posible. Requiere, por parte de todos los miembros de la familia, un serio esfuerzo para no caer en lo que los sociólogos de hoy llaman «consumismo», o en cualquier otra forma de mate rialismo.

La pobreza, para una familia cristiana, significa no ir en busca de los bienes materiales como si fueran la fuente primordial de feli cidad en esta vi da. La pobreza cristiana para el hombre y la mujer corrientes consiste no tanto en renunciar a las cosas de este mundo, sino simplemente en no poner el corazón en ellas: Ubi en¡m est the saurus tuus, ibi est cor tuum (Lc XII, 34), dijo el Señor a los primeros cristianos: «Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón».

Es preciso que entendamos correctamente esta virtud. A veces, tendemos a considerar la pobreza como un mal en sí mismo, un mal absoluto. Por el contrario, la pobreza es una virtud. Quizá sea más fácil de entender si la llamamos por su otro nombre: despren dimiento. La pobreza es un cierto despego de los bienes materiales, un desasimiento que estamos dispuestos a vivir por amor a Dios. La virtud de la pobreza consiste en saber con exactitud cómo usar los bienes de esta tierra -dones de Dios- en cuanto medios para alcanzar cosas más altas, y no como fines en sí mismos.

En relación con esto, me gustaría referirme a otro servicio que el Opus Dei presta a la Iglesia y a toda la sociedad. El Opus Dei enseña de modo práctico lo que significa el verdadero espíritu de pobreza, sin disuadir a los pobres de poner en práctica todos los esfuerzos posibles para mejorar las condiciones de vida. El Opus Dei muestra por medio de sus centros y en los hogares de sus miem bros que la pobreza no significa suciedad, mal gusto o un estilo de vida caótico. La pobreza exige un empeño heroico por mantener las cosas siempre como una tacita de plata, y en buenas condiciones de uso. Significa cuidar todo lo que uno utiliza. Significa que las cosas duren mucho, mucho tiempo. Como se puede imaginar, todo esto requiere el cultivo de otras virtudes complementarias como el orden, la pulcritud y la laboriosidad. Puedo, en verdad, asegu raros que todos los centros del Opus Dei que he visitado son ejemplos vivos del auténtico espíritu de pobreza. Están inmaculadamen te limpios, puestos con muy buen gusto y son, a todas luces, fruto del esfuerzo de las personas que allí viven por vencer esas debi lidades humanas que son la chabacanería y la dejadez. Consideran do la urgente necesidad de enseñar a todas las personas, incluido el pueblo de Filipinas, la virtud del cuidado de los más pequeños detalles en el trabajo ordinario, este aspecto de la espiritualidad del Opus Dei es una respuesta eficaz a la exigencia -que cada uno de nosotros tiene planteada– de alcanzar la perfección en las ocupa ciones ordinarias de cada día.


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