Una vieja sopera

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

La historia de la Iglesia es rica en perfiles de santos, de carismas muy variados. Josemaría Escrivá era un santo alegre, espontáneo y sencillo; y como todos los santos, profundamente humilde. Durante su catequesis en Portugal le regalaron una vieja sopera, usada y con lañas. Es una cosa vulgar —comentaba, poco después, abriendo su alma—, pero a mí me encantó, porque se veía que la habían usado mucho y se había roto —debía ser de una familia numerosa— y le habían puesto bastantes lañas para seguir empleándola. Además, como adorno habían escrito, y se había quedado allí después de sacarla del horno: amo-te, amo-te, amo-te

Me pareció que aquella sopera era yo. Hice oración con aquel cacharro viejo, porque también yo me veo así: como la sopera de barro, rota y con lañas, y me gusta repetirle al Señor: con mis lañas, ¡te quiero tanto! Podemos amar al Señor también estando rotos, hijos míos.

Otras veces se comparaba con un borrico. O con un simple sobre. Al cabo de los años, a pesar del extraordinario florecimiento apostólico que veía a su alrededor, se sentía sólo un pobre instrumento en las manos de Dios: una sopera, un animal de carga, un simple sobre, portador de un mensaje divino. En una ocasión una periodista rodhesiana se le agradeció su conversión: “Gracias a usted, Padre, me he convertido al catolicismo y ahora soy del Opus Dei” —le dijo. D. Josemaría le insistió que debía dar gracias sólo al Señor:

A mí no. Dios escribe una carta, la mete dentro de un sobre. La carta se saca del sobre y el sobre se tira a la basura.

Por eso, rehuía cualquier personalismo: ¡Pues no faltaba más! —decía a los fieles del Opus Dei y todos los que le rodeaban— ¡Bonito negocio habríais hecho si, en vez de seguir al Señor, hubierais venido a seguir a este pobre hombre!

Roma, 23 de junio de 1946

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Asomado a la terraza de un pequeño apartamento, en el último piso de una casa situada en la Piazza della Città Leonina, a la derecha de la columnata de la Plaza de San Pedro, don Josemaría Escrivá de Balaguer reza intensamente con los ojos fijos en las ventanas de las habitaciones pontificias, en lo alto del Palacio Vaticano.

Varias veces, a lo largo de la noche, don Álvaro del Portillo, José Orlandis y Salvador Canals han intentado, en vano, que descanse un rato. El viaje desde Génova, donde se encontraban esa misma mañana, ha sido largo y fatigoso para el Padre. En cuanto a la travesía del Mediterráneo, a bordo de un barco antiguo, del siglo XIX -el J. J. Sister-, ha resultado realmente accidentada. En Madrid, el médico había aconsejado a don Josemaría que no hiciera aquel viaje y, al saber que estaba decidido a realizarlo, había declinado toda responsabilidad.

El Fundador del Opus Dei pasa toda la noche rezando y contemplando alternativamente la cúpula de la basílica de San Pedro, bajo la cual se halla la tumba del primer Papa, y las ventanas tras las cuales habita su sucesor, el vicario de Cristo en la tierra. Gracias, Dios mío, por el amor al Papa que has puesto en mi corazón, había escrito en cierta ocasión, para expresar de alguna manera sus sentimientos. Tantos años de espera y de esperanza de ver a Pedro van a tener ahora su recompensa; además el asunto sobrenatural que lo ha traído a Roma merece que ofrezca a Dios sacrificios adecuados.

A1 divisar por primera vez la cúpula de San Pedro, hace ya algunas horas, el Padre ha invitado a sus acompañantes a rezar un Credo y ha pronunciado, con profunda emoción, las palabras finales del Símbolo de la fe: “Creo en la Iglesia, una, santa, católica y apostólica…”.

Primeras gestiones en Roma

Una carta de don Álvaro del Portillo le había decidido, a mediados de junio, a emprender este viaje a Roma, donde el Secretario General del Opus Dei se encontraba desde el 26 de febrero.

Los dos miembros de la Obra que estaban en la Ciudad Eterna ampliando estudios de Derecho -Salvador Canals y José Orlandis- vivían en un pisito próximo a la Piazza Navona.

Don Álvaro, durante varias semanas, había llevado a cabo intensas gestiones para que el Opus Dei fuera aprobado por la Santa Sede como institución de derecho pontificio, pues, para el Fundador, la aprobación de 1943 no había significado más que un primer paso necesario para resolver el problema de la incardinación de los sacerdotes de la Obra. Sin embargo, era evidente que los apostolados de la Obra no podían quedar limitados a una o varias diócesis, porque eran universales y concernían a todos los países, a todos los hombres. Pero las leyes eclesiásticas vigentes sólo permitían aprobar, como instituciones de derecho y régimen universales, a las órdenes y congregaciones religiosas, por lo que aplicar esas normas a una institución compuesta de laicos y sacerdotes seculares era impensable.

“¡Ustedes han llegado con un siglo de adelanto!”. Esta exclamación de un prelado había hecho comprender a don Álvaro que sin la presencia del Fundador en Roma, todo sería inútil. Pero como sabía que la salud del Padre era muy delicada, había dudado mucho -y rezado todavía más- antes de escribirle pidiéndole que viniese.

Un viaje decisivo

Don Josemaría Escrivá de Balaguer, como buen jurista que era, sabía perfectamente lo difícil que sería que se admitieran todas las consecuencias -incluso canónicas- de un fenómeno pastoral tan nuevo como el del Opus Dei. Pero no se podía esperar; las calumnias y las maniobras que habían tratado de ahogar la Obra antes de que se desarrollara podían continuar con renovado vigor. La única forma de cortarlas era la aprobación pontificia.

Don Josemaría recordaba la frase que se le había escapado un día, delante de él, al obispo auxiliar de Madrid: Había sido denunciado a Roma… ¡Qué alegría me das!, había respondido enseguida a don Casimiro Morcillo. ¡Que me han acusado al Santo Oficio! ¿Y qué me puede venir de mi Madre, la Santa Iglesia, sino el bien?

Meses antes, había dirigido una carta a sus hijos para prevenirlos contra toda veleidad de desaliento: Nuestro espíritu reclama una estrecha unión con el Pontífice Romano, con la Cabeza visible de la Iglesia Universal. ¡Tengo tanta fe, tanta confianza en la Iglesia y en el Papa!

Nada más recibir la carta de don Álvaro, el Padre había reunido en Madrid a los miembros del Consejo General, que llevaban, con él, la dirección del Opus Dei, siempre colegiada. Su parecer había coincidido con el suyo: debía ir a Roma. A lo cual, había respondido:

-Os lo agradezco; pero hubiese ido en todo caso: lo que hay que hacer, se hace.

Como en todos los momentos importantes, se había encomendado a la Santísima Virgen para que su empresa no fracasara. El 19 de junio, al día siguiente de su partida de Madrid, había orado ante la imagen de la Virgen del Pilar, en Zaragoza. A la que, tras muchos años de invocarla filialmente, le había permitido ver, el 2 de octubre de 1928, en qué consistía aquel querer divino que durante tanto tiempo había permanecido impreciso; a Quien, en 1938, había venido a agradecerle el haberlo salvado, a poco de llegar a la zona “nacional”, repitiéndole, con la misma fe de entonces: “Domina, ut sit!”. Señora, que este querer divino, que esta Obra de Dios, que ya ha producido tantos frutos de santidad en las almas, se realice ahora hasta el final…

Antes de tomar el barco, había dirigido una nueva plegaria a la Virgen en el monasterio de Montserrat, encaramado en la Montaña Santa, cerca de Barcelona.

Al día siguiente, 21 de junio de 1946, en un pequeño oratorio de un piso de la calle de Muntaner, había querido hacer partícipes de su preocupación y de su confianza a los miembros de la Obra que se habían reunido allí, recurriendo, para expresar sus sentimientos, a unas palabras de San Pedro a Jesús: Ecce nos reliquimus omnia… (Mat. XIX, 27). ¿Qué será de nosotros, que lo hemos dejado todo para seguirte?

¿¡Señor, Tú has podido permitir que yo de buena fe engañe a tantas almas!? ¡Si todo lo he hecho por tu gloria y sabiendo que es tu Voluntad! ¿Es posible que la Santa Sede diga que llegamos con un siglo de anticipación? (…) Nunca he tenido la voluntad de engañar a nadie. No he tenido más voluntad que la de servirte. ¿¡Resultará entonces que soy un trapacero!?

Dios no puede faltar a su palabra. Él apartará los obstáculos…

Cerca del puerto de Barcelona, no lejos de la maravillosa iglesia gótica de Santa María del Mar, se encuentra la basílica de Nuestra Señora de la Merced, patrona de la Ciudad. Ante la hornacina en la que está colocada la imagen de madera, había depositado sus intenciones y sus plegarias una vez más, a los pies de la Madre de Dios.

Sólo entonces había subida al barco que le conduciría a Italia.

Junto a la sede de Pedro

Cuando el Fundador del Opus Dei llega a Roma, el apartamento de la Plaza Leonina todavía no está terminado de instalar. Falta el Sagrario, que llegará enseguida, para que el Señor pueda quedarse allí; un sagrario de madera, pintada y con algunos detalles dorados. Lo mejor que han podido encontrar en aquellos difíciles tiempos de la posguerra.

Enseguida, empiezan las entrevistas con las personalidades competentes de la Curia. Al Padre sólo le preocupa una cosa: que el derecho que se aplique apoye y facilite el espíritu del Opus Dei, sin obstaculizarlo. Lo cual no quiere decir que no confíe en que, a pesar de las dificultades, la Iglesia acertará y reconocerá la voz del Espíritu, aunque sea de momento por la vía menos inadecuada de la legislación eclesiástica.

Unos días más tarde, el 28 de junio, festividad del Sagrado Corazón, el Papa Pío XII hace llegar al Fundador una fotografía suya con esta dedicatoria: “A nuestro amado hijo José María Escrivá de Balaguer, Fundador de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y del Opus Dei, con una bendición especial. 28 de junio de 1946. Pius P.P. XII”. Al mismo tiempo, recibe un documento de la Santa Sede de alabanza de los fines, y el Breve Apostólico Cum Societatis, en el que, además, el Santo Padre concede diversas indulgencias a los miembros de la Obra.

La exposición de motivos de este último documento recuerda el itinerario recorrido por el Opus Dei: “La labor apostólica de sus miembros se ha extendido no sólo a los confines de España, sino también a otras regiones, llevando la luz y la verdad de Cristo, especialmente a las mentes de los intelectuales, de tal forma que cada uno transmite a otros, mediante el ejemplo y la palabra, la luz y la verdad de Cristo que él ha recibido”.

También las indulgencias concedidas a todos los que, al realizar su trabajo profesional, lo acompañen de una jaculatoria, están de acuerdo con un rasgo característico del espíritu del Opus Dei: la valoración del trabajo como realidad santificable y santificante. Esa indulgencia fue confirmada y ampliada el año siguiente por otro Breve apostólico, Mirifice Ecclesia.

El 16 de julio, festividad de Nuestra Señora del Carmen, Pío XII recibe en una audiencia privada a don Josemaría, quien expresa al Papa su agradecimiento. La audiencia transcurre en un ambiente de gran cordialidad.

Cuando regresa a Madrid, el 31 de agosto, el Padre lleva consigo un documento de “alabanza de los fines” del Opus Dei y con ese reconocimiento la certeza de que los dicasterios romanos encontrarán una fórmula jurídica que garantice y reconozca el régimen universal de la Obra, aunque no esté previsto en la legislación canónica vigente, y ya entrevé el Fundador que aquello es sólo un paso para llegar a la definitiva configuración jurídica. Va a comenzar, pues, una nueva fase en la historia del Opus Dei.

A finales del verano, anticipando una decisión que pensaba tomar más pronto o más tarde, don Josemaría resuelve instalarse definitivamente en Roma, lo cual, para él, es una forma clara de poner de manifiesto la universalidad de la Obra, su “catolicidad”.

La labor apostólica en Europa

Pero antes de volver a la Ciudad eterna, quiere dejar resueltas algunas cosas. Una de ellas, los comienzos de la expansión de la Obra en otros países, además de Portugal e Italia, donde ya trabajan algunos de sus hijos.

En Molinoviejo, cerca de Segovia, donde pasa unos días, habla de los países donde se irá enseguida.

Viajar a otras naciones y establecerse en ellas no es cosa fácil por entonces, a causa del aislamiento político y diplomático en que se encuentra España. Por eso, los que estén dispuestos a irse y puedan hacerlo deberán iniciar las correspondientes gestiones cuanto antes, pues los trámites administrativos son largos y complicados.

El Padre ha escogido tres países entre los que empiezan a recobrarse de las heridas de la guerra: Gran Bretaña, Irlanda y Francia.

A finales de 1946, Juan Antonio Galarraga, doctor en Farmacia, marcha a Londres para proseguir sus trabajos de investigación en el campo de la bioquímica, y a comienzos del mes de octubre de 1947, un joven ingeniero, José Ramón Madurga, se traslada a Dublín, con una beca, para obtener un “master” en la Universidad.

Queda París, donde el Padre había pensado enviar a algunos de sus hijos ya en 1936. La guerra civil española y luego la segunda guerra mundial le habían impedido llevar a cabo aquel proyecto, pero ahora está decidido a realizarlo. Así pues, al comenzar el curso escolar 1947-48, un joven abogado especializado en derecho internacional, Fernando Maycas, obtiene una plaza en el Colegio Español de la Ciudad Universitaria. Llega en la segunda quincena de octubre, no sin dificultades, ya que España es víctima por entonces del bloqueo internacional y la frontera franco-española está cerrada.

El 29 de septiembre de 1946, otros seis miembros de la Obra son ordenados sacerdotes. Por los mismos motivos que le impulsaron en 1944, el Fundador no asiste tampoco a la ceremonia. Pasa todo el tiempo que dura rezando intensamente por sus hijos y por la dilatada labor que les espera.

El 19 de octubre llega de nuevo a Barcelona, pasando por Zaragoza, donde vuelve a postrarse a los pies de la Virgen del Pilar. Luego hace lo mismo ante la imagen de la Virgen de la Merced, a la que había pedido consuelo y ayuda el 21 de junio de ese mismo año. Ahora, da gracias a Dios y a la Santísima Virgen por haber hecho que, en respuesta a sus peticiones confiadas y apasionadas, el camino jurídico de la Obra haya empezado a despejarse.

Para materializar su agradecimiento, ha mandado pintar, en el retablo del oratorio de la casa de la calle Muntaner, una Virgen de la Merced y el versículo del Evangelio de San Mateo que le sirvió de tema para la meditación en voz alta del 21 de junio: “Ecce nos reliquimus omnia, et secuti sumus te, quid ergo erit nobis?” (Mat. XIX, 27). Debajo, dos fechas: 21 de junio-21 de octubre. Las de sus dos visitas a la basílica de Nuestra Señora de la Merced.

El Opus Dei, Instituto Secular

El 8 de noviembre, el Padre está ya de nuevo en Roma. Reanuda enseguida sus gestiones ante distintos organismos de la Santa Sede, pasa largos ratos ante el Santísimo Sacramento, en el oratorio del apartamento de la Plaza Città Leonina, y reza muchos credos ante la tumba del príncipe de los apóstoles, en la basílica de San Pedro.

Con algunos prelados que siguen de cerca el asunto, sus relaciones desbordan enseguida el marco estrictamente oficial. Entre ellos, Mons. Sebastiano Baggio y dos colaboradores directos del Papa Pío XII, Mons. Domenico Tardini, secretario de Estado para asuntos extraordinarios, y Mons. Juan Bautista Montini, que lleva la sección de asuntos ordinarios y que atiende a don Josemaría con delicadeza y diligencia.

El Santo Padre, por su parte, vuelve a recibirle en audiencia privada el 8 de diciembre.

Por fin, el 2 de febrero de 1947, la Constitución apostólica Provida Mater Ecclesia crea una figura jurídica nueva en el cuadro general de las asociaciones de fieles: la de los Instituto Seculares.

El 24 de ese mismo mes, tras una reunión plenaria de la Congregación competente que ha tenido lugar el 14, el Papa decide aprobar al Opus Dei, dando el Decreto de alabanza, en el marco de esta nueva legislación, y convirtiéndolo así en el primer Instituto Secular de Derecho pontificio.

El 22 de abril, don Josemaría Escrivá de Balaguer es nombrado prelado doméstico de Su Santidad. Duda antes de aceptar este título honorífico que le da derecho a ser llamado Monseñor, pues no quiere nada para él. Si, por fin, acepta, es para no desairar a quienes le han propuesto y también porque es un título que sólo pueden llevar los sacerdotes seculares, no los miembros de las órdenes y congregaciones religiosas, con las cuales el Opus Dei no tiene parecido alguno.

A la espera de que la Constitución Provida Mater Ecclesia se haga pública -su texto aparecerá el 14 de marzo en L’Osservatore Romano y será comentado en la Radio Vaticana junto con la noticia de la aprobación del Opus Dei- el Padre escribe a sus hijos con fecha 7 de marzo: Ya se va haciendo pública la aprobación de nuestra Obra y además… casi he recibido una orden (…) para que no me calle. Por tanto -siempre sin hacer alardes, pero sin contener vuestra alegría- podéis comunicar a todo el mundo la grata nueva.

Madrid, 17 de octubre de 1960

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

La basílica de San Miguel, en el corazón del viejo Madrid, está llena a rebosar. Cuando Mons. Escrivá sale de la sacristía para celebrar la Santa Misa, le embarga una gran emoción al contemplar la multitud de fieles, en su mayor parte miembros de la Obra y de edades y condiciones tan variadas como la sociedad misma.

Precisamente en esta misma iglesia había celebrado su primera Misa cuando se traslada definitivamente a la capital de España un día de la primavera de 1927, al llegar procedente de Zaragoza.

En la homilía que pronuncia después del Evangelio, evoca los años ya lejanos en los que completamente solo y lleno de aquellos barruntos divinos que desembocarían en la Fundación del Opus Dei, todavía estaba lejos de imaginar que vería esta iglesia llena de almas que aman tanto a Jesucristo.

La emoción, perceptible en su voz, se propaga como un eco en los corazones.

Una familia que crece

Una atmósfera similar se respiraba la víspera entre los grupos reducidos de personas que había recibido el Padre. Entre ellos, algunos empleados y obreros que venían viviendo desde hacía algún tiempo -meses o años- la vocación específica de la Obra en su trabajo ordinario, llevando a cabo un apostolado activo de presencia y testimonio en su propio ambiente.

Una voz se había alzado durante una de esas tertulias en las que el

Padre había hablado, como siempre, de la necesidad de santificarse en las ocupaciones habituales: “Padre, ¿y los que hemos sido carteristas?”

El que acababa de decir eso, provocando un estallido de risas entre los asistentes, era un antiguo ratero a quien el encuentro con un miembro del Opus Dei le había servido para “reconvertirse”. El Padre, impresionado, no le había dejado terminar: Hijo mío: a mí no me puedes robar la cartera, porque no la tengo; pero me has robado el corazón.

Dirigiéndose a todos los que se encuentran en la basílica de San Miguel, ha hecho una discreta alusión a esa anécdota del día anterior.

Sus palabras son las de siempre, pronunciadas con voz fuerte, como corresponde a las dimensiones de la iglesia: fidelidad a la vocación, renovada día a día; santificación del trabajo; continuo diálogo filial con el Señor; acción responsable en el mundo obrando siempre -según la expresión de San Pablo- con “la libertad de los hijos de Dios”; voluntad de vivir la vida cristiana en todas sus exigencias, sin miedo a basar en ese testimonio discreto y eficaz un apostolado activo y constante: que la vean vuestros parientes, vuestros colegas, vuestros vecinos, vuestros amigos. No hagáis nada raro, que no es propio de nuestra vida. Vivid como los demás, sobrenaturalizando cada instante de la jornada. Que contemplen vuestra alegría en el mundo.

Para ensanchar el afán apostólico de quienes le escuchan, el Padre les pide que recen y ofrezcan sus pequeños sacrificios diarios, así como su trabajo, por la fecundidad del apostolado en aquellos países donde la Obra está iniciando su labor. Piensa seguramente en Colombia, en Venezuela y en Chile, donde algunas hijas suyas acaban de establecerse para trabajar profesionalmente y ejercer el apostolado. Piensa también en el Uruguay, donde se ha iniciado la labor en 1956, y en Suiza -concretamente en Zurich-, donde trabajan desde ese mismo año un sacerdote que había ejercido antes como médico psiquiatra, don Juan Bautista Torelló, y un joven arquitecto, Pedro Turull. Y en Brasil, adonde han llegado los primeros en marzo de 1957; y en Austria, y en Canadá… Y en el Perú, donde otro médico, sacerdote desde 1951, don Ignacio Orbegozo, ha sido nombrado por el Santo Padre prelado nullius de un amplio territorio de 13.000 kilómetros cuadrados, en medio de los Andes, entre picachos de más de 5.000 metros de altitud… Y en Kenya, y en el Japón, donde hay hijos suyos desde 1958…

Por lo que se refiere a España, cuna de la Obra, el desarrollo es tan considerable que para procurar ver a todos sus hijos e hijas y decirles todo lo que les quiere decir ha recibido incansablemente grupos muy numerosos de personas.

En este mismo Madrid, donde el Padre abraza ahora a tantos hijos suyos, algunos de ellos habían fundado, hace cinco años, un club deportivo situado en aquel mismo barrio obrero de Vallecas que don Josemaría solía visitar, para ejercer su ministerio, antes de la guerra civil. El Club Tajamar no había tardado en convertirse en núcleo inicial de un Centro de enseñanza media y formación profesional que, provisionalmente, venía funcionando en unos barracones prefabricados de una antigua vaquería situada en terrenos baldíos. La influencia de este Centro en aquel barrio popular era ya considerable y con el tiempo lo sería mucho más…

En Zaragoza y en Pamplona

Este viaje a España de Mons. Escrivá de Balaguer está motivado, en realidad, por su deseo de asistir a la ceremonia en la que el Estudio General de Navarra va a ser erigido en universidad. Antes, sin embargo, tiene que detenerse en Zaragoza, pues el 21 de octubre va a ser investido doctor honoris causa en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de esa ciudad…

El vasto paraninfo de la Facultad de Medicina, donde se celebra la ceremonia, resulta insuficiente para albergar a los invitados, procedentes no sólo de Zaragoza y otras ciudades próximas, sino de numerosas provincias españolas.

En su discurso de agradecimiento, el Padre evoca los tiempos lejanos en que era seminarista en el gran Seminario de Zaragoza y los años en los que cursaba sus estudios civiles en la Facultad de Derecho. Luego, se recrea en el recuerdo de algunas personalidades aragonesas que habían destacado en la historia de Aragón, de España y del mundo.

Terminada la ceremonia, tarda media hora en llegar a una sala contigua, pues tiene que abrirse camino, casi a viva fuerza, entre la muchedumbre que abarrota el paraninfo.

Al día siguiente, celebra la Santa Misa en la iglesia del Seminario de San Carlos; su emoción es grande al volver a pisar el templo donde había sido ordenado diácono y había dado la comunión a su madre por primera vez.

Y, por fin, Pamplona, objetivo principal de su viaje, la ciudad que, en 1952, había visto nacer la Universidad de Navarra, de manera modesta, pero con el propósito de llegar a convertirse en una institución de enseñanza superior muy fecunda.

A la inicial escuela de Derecho, convertida ahora en Facultad, han venido a unirse otras: la de Medicina, la de Filosofía y Letras, la de Ciencias, la de Derecho Canónico… Y una Escuela de Periodismo y otra de Enfermeras. Incorporados a la Universidad, funcionan también el Instituto de Estudios Superiores de la Empresa, radicado en Barcelona, y una Escuela de Ingenieros, sita en San Sebastián.

Como el Estado español tiene el monopolio de la enseñanza superior, la Santa Sede, utilizando por primera vez la facultad que le otorga el Concordato establecido en 1953, ha erigido el Estudio General de Navarra en Universidad de la Iglesia. El Fundador del Opus Dei, que iba a ser Gran Canciller de la Universidad, habría preferido que hubiese podido conservar su carácter civil, pero había aceptado de momento esta solución, porque así se lo pidieron expresamente en la Santa Sede.

La ceremonia de erección tiene lugar el 25 de octubre en una sala gótica contigua al claustro de la catedral de Pamplona y se inicia con la lectura del correspondiente decreto, fechado el 6 de agosto de 1960 y firmado por el Cardenal Pizzardo en nombre del Papa Juan XXIII. Una vez terminada la ceremonia, el Gran Canciller y el Claustro de profesores abandonan la sala, rodeados de una gran muchedumbre. Como en Zaragoza, Mons. Escrivá de Balaguer se pliega de buen grado a las exigencias del protocolo. Luego, en el nuevo Campus, situado en terrenos cedidos por el Ayuntamiento de Pamplona, asiste a la bendición y colocación de la primera piedra de la Universidad.

Pero no han terminado con eso los actos oficiales, porque esa misma tarde, en el Ayuntamiento, recibe el título de hijo adoptivo de la ciudad.

Nuevo discurso en el que, tras evocar a grandes rasgos la variedad de las tierras de España, confiesa que siente “debilidad” por Navarra. Su tono es cordial, casi íntimo…

De la plaza donde se alza el Ayuntamiento llega el murmullo de la muchedumbre, congregada para aclamar al Padre, y el sonido de una música folklórica. Mons. Escrivá de Balaguer no tiene más remedio que asomarse a un balcón, rodeado de las autoridades allí presentes. Recogido en profundo silencio, contempla a la multitud, que le ovaciona calurosamente. Muchos agitan sus pañuelos y un grupo de bailarines ejecuta una danza regional.

No se trata, sin embargo, de uno de esos homenajes convencionales -mezcla de curiosidad y simpatía- que congregan grandes muchedumbres. Aquí se palpa una intensa corriente de afecto que une al Padre con esos hombres y mujeres de toda edad y condición, que han venido, en algunos casos, desde muy lejos, para testimoniarle su cariño y su reconocimiento.

El Fundador del Opus Dei contempla a todos largamente, profundamente conturbado, casi desconcertado, como si las aclamaciones no fueran con él. Y cuando algunos empiezan a gritar “¡Viva el Padre!”, él corta aquellos vítores proponiendo gritar: ¡Viva el Papa!, ¡Viva Navarra!.

El Nuncio apostólico, Mons. Antoniutti, que asiste a la ceremonia y contempla aquel espectáculo desde el balcón, al lado de Mons. Escrivá, no puede ocultar su emoción…

A1 día siguiente, a mediodía, el Padre celebra la Santa Misa en la catedral, llena también a rebosar. Como en Madrid, dirige algunas palabras a las cinco o seis mil personas allí reunidas, hablándoles de modo fraterno, paterno, materno, con el corazón, con la mente puesta en Dios.

Recordando el Evangelio, tan viejo y tan nuevo, y su propia vocación, sus treinta y tres años de vocación en el Opus Dei, se dirige a sus hijos, a sus hijas, y también a los padres y las madres de ellos, corona del Opus Dei, para pedirles que continúen ayudando a sus hijos, con sus oraciones, a perseverar en su camino.

Finalmente, tras la acción de gracias de la Misa, durante la cual vuelve a pronunciar unas palabras, recibe a centenares de personas en el claustro de la catedral.

No se pueden poner diques al mar…

La presencia de tantos hombres y mujeres -padres y madres de familia en su mayor parte- atestigua el desarrollo de la Obra en España, aunque no han faltado las dificultades, ni todavía faltan. Las antiguas calumnias han cambiado un poco y ahora hay quienes se empeñan en confundir al Opus Dei con un grupo político, basándose en que, desde 1957, dos miembros de la Obra, en el ejercicio de su libertad y responsabilidad personales, han aceptado ser ministros del Gobierno en España.

Mons. Escrivá sufre con una calumnia -a veces, voceada sin mala fe- que niega uno de los aspectos más esenciales de la vocación al Opus Dei: la libertad de pensamiento y acción de que gozan todos y cada uno de sus miembros en las cuestiones temporales. En palabras suyas, la vinculación al Opus Dei es exclusivamente para recibir ayuda espiritual y formación cristiana, y para colaborar en las obras apostólicas de la Obra.

Por lo tanto, el Opus Dei no persigue ningún fin de carácter temporal, ni puede intervenir o solidarizarse con las actividades profesionales, sociales o políticas de sus miembros: son éstas, actividades puramente personales. Por consiguiente, un miembro del Opus Dei no tendrá otras limitaciones en su actuación temporal que las derivadas de los principios éticos comunes a todos los cristianos.

El pluralismo de pensamiento y de acción política de los miembros del Opus Dei -que proceden de países de los cinco continentes y pertenecen a los más diversos estamentos de la sociedad- lo comprenderá con facilidad quien crea sinceramente en la existencia de ideales religiosos y valores morales, capaces de hermanar a todos los hombres en una empresa común, que están por encima -muy por encima- de las divisiones políticas y sociales. Nunca lo entenderá, por el contrario, quien tenga una triste mentalidad intransigente o de partido único, dentro o fuera de la Iglesia. Quizás muchos ignoren que Mons. Escrivá, siendo fiel a la Voluntad

de Dios, por dos veces, en situaciones políticas muy diversas, se ha negado en redondo a fomentar la creación en España de un “partido católico”: en los años treinta, durante los tiempos turbulentos de la Segunda República, y diez años después, durante la posguerra. Lo que le interesa no es el éxito político o social, sino la santidad de sus hijos; si triunfan o no, es un problema suyo. Es lo que había respondido, con viveza, a un cardenal que quiso felicitarle por el nombramiento de un miembro de la Obra para un puesto relevante.

Todo está previsto para que el Opus Dei no se desvíe jamás de esta línea; sus fines son exclusivamente sobrenaturales, y se puede constatar, incluso en España, donde no están reconocidos por entonces los partidos políticos, la variedad de tendencias de aquellos miembros de la Obra que intervienen en la vida pública. Lo cual no quiere decir que no tenga que pasar algún tiempo antes de que las mentes de muchos estén dispuestas a admitir que los católicos puedan asociarse -y se asocien de hecho- para fines que no tienen nada que ver con la política…

Con todo, este deseo de dejar bien sentada la realidad de una característica esencial del Opus Dei no es una de las principales preocupaciones del Padre. Lo que verdaderamente le urge es la expansión de los apostolados por todo el mundo. Por eso, antes de regresar a Roma, se llega hasta París, para animar a sus hijos e hijas.

El Padre llega el 29 de octubre, muy cansado y, al mismo tiempo, muy contento por haber conocido y hablado con tantas personas en tan pocos días. A la primera tertulia con sus hijos, asisten tres franceses. Uno de ellos, que ha estado en Pamplona, le pregunta qué había pensado al ver la multitud que le rodeaba. El Padre responde que en su fe y en su cariño. ¡Qué fe la suya!, repite una y otra vez, refiriendo sólo a Dios aquellas manifestaciones de entusiasmo. Luego, divertido y admirado, cuenta algunas anécdotas acaecidas durante el viaje. Está claro que este encuentro con grupos numerosos de sus hijos le ha conmovido, haciéndole olvidar el sonrojo que ha experimentado al verse convertido en el protagonista, a pesar suyo.

Las anécdotas de su viaje a España se mezclan con relatos de su vida en Roma y con las noticias que le dan sus hijos sobre la marcha de la labor en Francia. El Padre se encuentra a gusto y, como siempre, lleva el peso de aquella reunión de familia.

De pronto, suena el teléfono. Llaman al Padre… Cuando vuelve, trae el rostro demudado: acaban de comunicarle que tres de sus hijos, de regreso de Pamplona, han resultado muertos en accidente de automóvil. Entre ellos, uno de los primeros chilenos, recién ordenado sacerdote.

El Padre se dirige al oratorio, donde reza un responso por el eterno descanso de sus almas; luego se queja filialmente, dolorosamente, como suele hacer en tales casos: Pero, Señor, ¿cómo te llevas a estos hijos? Con la falta que hacen… Tú sabes más. “Fíat, adimpleatur…”.

El tono de la reunión de familia cambia. El Padre habla del Cielo y pide a los que le rodean que acudan a la intercesión de esos tres hermanos suyos que están ya junto al Señor, para que les ayuden a sacar adelante sus apostolados en Francia.

Por la tarde, vuelve al piso del Boulevard Saint-Germain, luego de haber visitado, en los alrededores de París, una casa que puede ser apta para instalar una residencia. A pesar de los esfuerzos que hace por hablar de otras cosas, no se le van de la cabeza los tres hijos suyos que han volado al cielo. Piensa que han hallado la muerte con ocasión de su viaje a Pamplona y eso le hace sufrir mucho.

Nada más saber lo ocurrido, ha redactado una nota advirtiendo a los miembros de la Obra que tienen que viajar en automóvil que no dejen de tomar una serie de medidas de prudencia. Luego, por la tarde, pide que se haga lo necesario para que la familia de una de las víctimas reciba la ayuda económica a que tiene derecho.

Pronto, se advierte que no puede más, y se levanta para marcharse. Sus hijos quedan profundamente emocionados viendo el dolor del Padre y los esfuerzos que hace para dominarse y sacar hondas consecuencias sobrenaturales, aplicando a la letra una frase de San Pablo que suele citar a quienes sufren penas o contradicciones: “Todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios” (Rom. VIII, 28).

El escapulario del Carmen

iglesia  Tagged , , , , , , No Comments »

Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Difundía la devoción a la Virgen en sus múltiples manifestaciones; y recomendaba vivamente las costumbres seculares de piedad mariana, que han vivido los cristianos a lo largo de los siglos, como el rezo del Santo Rosario o el uso del escapulario del Carmen. Se lee en el número 500 de Camino: Lleva sobre tu pecho el santo escapulario del Carmen. —Pocas devociones —hay muchas y muy buenas devociones marianas— tienen tanto arraigo entre los fieles, y tantas bendiciones de los Pontífices. —Además ¡es tan maternal ese privilegio sabatino!

Era terciario carmelita desde hacía muchos años —desde el 2 de octubre de 1932, en concreto—, y poco antes de esa fecha, había escrito: “Dos cosas (además del Amor) me mueven a hacerme terciario carmelita: ‘obligar’ más a mi Madre Inmaculada, ahora que me veo más débil que nunca; y proporcionar sufragios a ‘mis buenas amigas las Animas benditas del Purgatorio’”


WordPress Theme & Icons by N.Design Studio. WPMU Theme pack by WPMU-DEV.
Entries RSS Comments RSS Acceder