Con el viento contrario

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El 28 de junio de 1940 se abre El Palau, el primer Centro de la Obra en Barcelona. Se trata de un piso situado en la calle de Balmes, número 62.

Al cabo de muchos años, el Padre comentará, aludiendo a las tareas apostólicas de la Ciudad Condal: «Barcelona me costó muchas lágrimas y… quien siembra con lágrimas, recoge con alegría»(30).

Y es que el momento de llegar a Barcelona está marcado con el signo de la contradicción para la Obra y para el Padre.

José Luis Múzquiz recuerda muy bien los viajes que, en calidad de Ingeniero de la Compañía de Ferrocarriles Españoles, tenía que hacer a lo largo del año. Aprovechaba los ratos libres de su trabajo y los desplazamientos para llevar noticias y avivar el fuego de los primeros que pedían la admisión en la Obra en muchas ciudades de la península.

En marzo de 1940 llega a Barcelona. Allí habla con Alfonso Balcells -compañero de trincheras de Juan Jiménez Vargas durante la guerra civil-, que le presenta a varios amigos. Previamente, Alfonso le dice a José Luis que está dispuesto a ayudar en todo. Y así lo demostrará, cumplidamente, en los años y dificultades que quedan por venir.

También localiza a Rafael Termes, que cursa sus estudios de Ingeniero en la Ciudad Condal. La presentación es fácil, porque tienen amigos comunes. Tanto, que Rafael se lleva a José Luis a pasar el día con su familia en el pueblo de Sitges, en la costa. A la caída de la tarde, con la playa desierta, José Luis le habla de la Obra. Hay un regusto evangélico en esta secuencia del mar y de el como testigos de excepción en el diálogo sobrenatural de estos dos recientes amigos. Un apretón de manos -más a Dios que a los hombres- sella la decisión de Rafael. Lo único que desea es hablar con el Padre antes de solicitar su entrada en la Obra. Podrá hacerlo el 1 de abril, aprovechando un viaje del Fundador. Y el oleaje de este día que ya anuncia primavera, es también un presagio de tempestades para Rafael. Será uno de los apoyos del Padre en las contradicciones que empiezan a desatarse en Cataluña y en toda España.

Ya desde el comienzo, se necesita un piso en el que centrar todas las actividades. Recorrer la ciudad, en busca de un cartel anunciador de alquileres. De momento se alojan en el Hotel Urbis, en el Paseo de Gracia, cerca de una casa construida por el gran arquitecto Gaudí. Y cuando surge el inmueble de la calle de Balmes 62, inicia su vida y actividades el Centro más antiguo de la Obra en Cataluña: es el 28 de junio de 1940. Es muy pequeño. Y cuando el Padre viene a verlo, les dice:

-¡Bueno! Ya tenemos un «palau».

Y la casa adopta el nombre optimista que acaba de ponerle el Fundador: El Palau.

«Lo que no sería prudente -añade el Padre- es que se ponga el piso a nombre de uno de vosotros »(31).

El Fundador propone esta norma de prudencia, porque todos son estudiantes. Aunque todavía no es de la Obra, Alfonso Balcells, que tiene cierta edad -ya es médico-, se presta a dar su nombre para el piso.

Luego, en tiempo de persecuciones, el piso le traerá más de un quebradero de cabeza. «¿Cómo no vas a ser de ésos, si el piso está puesto a tu nombre?»32. Y Alfonso, con gran lealtad y nobleza, despreciará los torcidos comentarios y seguirá su camino con la elegancia de los amigos verdaderos.

El Padre celebra la Misa en el oratorio de El Palau el día 26 de mayo de 1943, y deja al Señor en el sagrario. Hasta esa fecha, como símbolo visible de veneración, no han tenido más que la gran cruz de madera que se puede ver en todos los oratorios de la Obra. Esta cruz da relieve, en la vida de cada uno, a las palabras que el Padre ha escrito en el punto 178 de «Camino»:

«Cuando veas una pobre Cruz de palo, sola, despreciable y sin valor… y sin Crucifijo, no olvides que esa Cruz es tu Cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo…, que está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú».

Dios permitirá que esa cruz pese como una dura prueba sobre l Padre. Se tergiversará este noble simbolismo atribuyéndole oscuros rituales que jamás han cruzado por la mente de nadie, y menos del Fundador del Opus Dei.

El espíritu que anima a la Obra de Dios ha sido interpretado por algunos de un modo erróneo; llegan a decir que el Fundador es un hereje; se pone en marcha una campaña muy dura, que llega a varias ciudades de España. El peligro es mayor porque, como sucede muchas veces en las empresas que tienen el marchamo de lo divino, la contradicción viene de parte de cristianos observantes, que no comprenden ni dan cabida en su alma a un apostolado «viejo como el Evangelio y como el Evangelio nuevo», a una llamada universal a la santidad, a una vocación de entrega a Dios en medio del mundo que el Señor ha querido renovar con fuerza, sirviéndose de la fidelidad del Fundador del Opus Dei. El daño prende en el ánimo de los más susceptibles, timoratos o impacientes. Después, los enemigos del cristianismo utilizarán la brecha, abierta por hermanos, para atacar aquello que trae la verdad, siempre viva, de Jesucristo.

Las familias de los miembros de la Obra en Barcelona reciben informaciones inquietantes. Cuesta trabajo creer que un número tan pequeño de personas del Opus Dei -en su mayoría estudiantes- como el que hay en Barcelona y un apostolado tan incipiente, con una finalidad tan clara, levante tal revuelo. Pero así es.

Todo el dolor de la situación cae sobre el Padre. Sin embargo, él sufre por la Obra, que es de Dios; sufre por los que calumnian con el afán, tal vez, de hacer una cosa buena; sufre por estas primeras vocaciones que se ven seriamente probadas en sus ambientes familiares y sociales.

La causa fundamental del escándalo fue anticiparse a la doctrina que, en 1965, recogería el Concilio Vaticano II. El motivo fue decir que todos los cristianos, cada uno dentro de su estado, tenían que hacerse santos, sin necesidad de recurrir al estado de perfección -que es propio de los religiosos-, sino luchando para vivir con perfección en el propio estado.

Hoy parece extraña esta reacción. Pero la presencia en la calle de ciudadanos corrientes comprometidos con Dios, con una fe exigente capaz de informar los actos de su vida, sin dejar sus tareas, resultaba sorprendente. La novedad de la Obra residía en esta presencia en el mundo y en este talante sobrenatural.

Los hechos llegan a extremos de tal gravedad que comprometen la seguridad del Fundador en sus viajes a Barcelona. Corre el peligro de ser detenido por falsas acusaciones de tipo políticoreligioso. Tiene que limitarse a ir y volver en el día para no alojarse en ningún hotel. El Nuncio de su Santidad, Monseñor Gaetano Cicognani, le aconseja reservar los billetes con otro nombre para no poner en movimiento a la policía, pues se le conoce más en esta época como P. Escrivá. Es Gobernador civil de Barcelona Antonio Correa Veglison. Años después, un miembro del Opus Dei le hablará de uno de estos viajes: «Me alegro -comenta Correa- de no haber sabido que fue entonces Monseñor Escrivá a Barcelona. Tales eran las cosas que decían de él (…), que hubiera enviado la policía al aeropuerto a detenerlo»(33).

Siguiendo el espíritu del cristianismo, el Padre nunca cerrará las puertas de su casa a nadie, por equivocado que esté. Sin embargo, su comprensión con las personas no significa transigencia con lo injusto… Les dice claramente que están equivocados, pero que siempre le encontrarán con los brazos abiertos, como sacerdote y como amigo.

El Padre advierte a sus hijos que no hablen, ni entre ellos, de las falsedades que algunos propalan, para que, ni de lejos, puedan faltar a la caridad. En Barcelona, especialmente, verá maltratadas la justicia y la libertad, tan queridas siempre por él para todo el mundo. Quiso que, en la primera Residencia de estudiantes que se abriera en Cataluña, en el oratorio se colocara la frase de San Juan: Ventas liberabit vos (34): la verdad os hará libres, en memoria de estos años en los que mantenerse en la verdad fue la mejor arma contra la calumnia.

Pero Monseñor Escrivá de Balaguer no puede dejar de sentir el peso de la acritud que le llega por todas partes. Supera con humildad y fortaleza sobrenaturales las acusaciones contra su fama y su honra, su buen nombre y el honor de sacerdote e hijo fiel de la Iglesia. Perdona y enseña a perdonar. Pero hay días tan duros que no puede, casi, mantenerse en pie.

Sin embargo, nunca se siente víctima ni hace tragedias. Conjuga la humildad y la fortaleza. En Madrid, en 1942, en medio de grandes habladurías y de crueles insultos, con todo este peso encima, una noche se levanta de la cama -no puede dormir- y se va al oratorio, se arrodilla delante del sagrario y permanece un buen rato en oración diciendo:

-« Señor, si Tú no necesitas mi honra, ¿yo para qué la quiero?»(35).

Para no dar lugar en sus hijos ni a un movimiento voluntario de rencor, cuando alguno menciona estos temas, corta la conversación con el pretexto de que tienen mucho trabajo y no pueden perder el tiempo analizando comentarios. En más de una ocasión les dice que, al terminar el día, pide a Dios un sueño reparador porque la jornada siguiente se abre llena de posibilidades y precisa de todo su esfuerzo. Y consigue dormir como un bendito, dejando las cosas en manos del Señor.

En el año 1941, Amadeo de Fuenmayor viaja a Madrid para leer su Tesis Doctoral en la Facultad de Derecho. Y puede asistir a la meditación que don Josemaría dirige a sus hijos en el oratorio de la casa de Lagasca el día en que el Obispo de Madrid -don Leopoldo Eijo y Garay- le comunica la primera aprobación eclesiástica de la Obra. El Padre recuerda, en su oración ante el sagrario, esta oposición desencadenada en torno al espíritu del Opus Dei. La mayoría de los que están allí han sufrido esta batalla en la primera linea. Por eso cunde la emoción cuando el Fundador les anuncia que el Obispo de Madrid, que siempre acertó a saber que la mano de Dios estaba en los cimientos de la Obra, ha querido que tenga una aprobación oficial, pensando frenar la campaña de calumnias.

El documento que avala esta decisión jurídica tiene fecha de 19 de marzo de 1941 y está firmado por don Leopoldo Eijo y Garay. Llegará a manos del Padre el día 24. Monseñor Escrivá de Balaguer rememora aquella jornada cuando pasa por Madrid, en años sucesivos, con destino a muy diversos viajes apostólicos:

«Fui con mi madre y alguno de mis hijos que estaba en la casa, porque no había nadie más: todos estaban trabajando (…). Fui a ver a mi madre y le dije: mira, me acaba de llamar el obispo y, contra mi voluntad, porque no quería ninguna aprobación, me dice que está hecho el decreto. Vamos a dar gracias. Nos arrodillamos sobre la tarima del altar, y dimos gracias al Señor»(36).

Dos años más tarde, el 18 de octubre de 1943, también en este oratorio, el Padre reunirá a sus hijos para hablarles, en pie, junto al sagrario:

«Ya sabéis, hijos míos, que las buenas y las malas noticias os las doy junto al Sagrario. Ahora os digo que, mientras algunos por ahí -yo los perdono y les quiero- habían asegurado que los Obispos habían quitado las licencias ministeriales a este pecador, ha llegado de Roma un telegrama, dirigido al Obispo, anunciando que el Santo Padre ha dado el nihil obstat a la Obra, y que nos bendice de todo corazón»(37).

Sus palabras continúan, llenas de amor y agradecimiento. Después, reza una acción de gracias y un Avemaría. El nihil obstat e había concedido y fechado el día 11 de octubre, festividad, entonces, de la Maternidad de Nuestra Señora(38).

Desde los comienzos, Monseñor Leopoldo Eijo y Garay bendijo cariñosamente el trabajo del Fundador. Y durante estos duros años de persecución puso todo lo que estaba de su parte para que se restablecieran la verdad y la justicia. En una ocasión, le dijo a una mujer de la Obra que el Opus Dei era para él algo tan grande y tan querido, que en su oración ante el sagrario solía decirle al Señor: «Señor: aunque yo no valga gran cosa, cuando llegue ante Ti por lo menos podré decirte: en estas manos nació el Opus Dei, con estas manos bendije a Josemaría. Y éstas -sigue diciendo-espero que serán mis credenciales para presentarme ante el juiciode Dios»(39). José María García Lahiguera conoce al Padre desde 1932. Relata así su primer contacto con él:

«Vino a verme a mi despacho de Director Espiritual del Seminario de Madrid, en las Vistillas. La entrevista duró una hora y media o dos horas, y la recuerdo vivamente por la profunda impresión que me causó. Aunque entonces no le conocía, ni tenía de él referencia alguna, desde las primeras palabras que cruzamos, se estableció entre los dos una corriente de cordialidad, de simpatía (…).

Me explicó entonces la Obra a la que, por voluntad de Dios, estaba dedicando su vida. Sus palabras estaban llenas de delicadeza, de humildad y de un profundo sentido sobrenatural (…).

Yo estaba fuertemente conmovido con lo que iba oyendo y comprendí enseguida que el Padre estaba iniciando algo verdaderamente trascendental, de Dios »(40).
Hacia 1940 el Padre acude a confesarse habitualmente con este sacerdote que, después de la muerte del Fundador de la Obra, testimonia la actitud que mantuvo durante aquellos años:

«Aún hay otro aspecto de su sencillez que me permitirá pasar a dar testimonio sobre su heroico modo de vivir la fortaleza. Me refiero a que hasta las mismas contradicciones que tuvo que sufrir en aquellos años -tan duras, tan injustas, tan dolorosas- me las daba a conocer sin el menor dramatismo, las objetivaba de tal manera que yo podía darles la importancia que tenían en sí, ni más ni menos. Nunca se presentaba como víctima (…).

Su fortaleza estaba basada en una fe inconmovible, fe operativa que le llevaba a poner también los medios humanos necesarios, pero con una total confianza en la divina providencia»(41).

El día 9 de mayo de 1941 el Abad Coadjutor de Montserrat, Aurelio M. Escarré, escribe al Obispo de Madrid-Alcalá, Monseñor Leopoldo Eijo y Garay, para pedirle información acerca del asunto Opus Dei, «fundación del Dr. Escrivá, sacerdote de esa su Diócesis»(42).

El Obispo recibe la carta el 23 y su contestación no se hace esperar. Explica al Abad su tristeza por una campaña que no puede comprender más que a la luz de la advertencia evangélica: putantes se obsequium praestare Deo. Quizá los que atacan a la Obra piensan que hacen un servicio a Dios.

«Créame, Rvdmo. P. Abad, el Opus es verdaderamente Dei, desde su primera idea y en todos sus pasos y trabajos.

El Dr. Escrivá es un sacerdote modelo, escogido por Dios para santificación de muchas almas, humilde, prudente, abnegado, dócil en extremo a su Prelado, de escogida inteligencia, de muy sólida formación doctrinal y espiritual, ardientemente celoso, apóstol de la formación cristiana de la juventud (…).

Y en el molde de su espíritu ha vaciado su Opus. Lo sé, no por referencias, sino por experiencia personal. Los hombres del Opus Dei (subrayo la palabra hombres porque entre ellos aun los jóvenes son ya hombres por su recogimiento y seriedad de vida), van por camino seguro no sólo de salvar sus almas sino de hacer mucho bien a otras innumerables almas (…).

No merece más que alabanzas el Opus Dei; pero los que lo amamos no queremos que se lo alabe, ni se lo pregone (…); trabajar calladamente, con humildad, con alegría interna, con entusiasmo apostólico que no se desvirtúa precisamente porque no se desborda en ostentaciones (…).

Conozco todas las acusaciones que se lanzan; sé que son falsas; sé que se persigue a algunas personas, incluso en sus intereses, creyéndolos del Opus Dei, ¡y no lo son!»(43).

La carta está fechada en Madrid, el 24 de mayo de 1941. El Padre, mientras tanto, envía a sus hijos de Barcelona, que son solamente cuatro o cinco en este tiempo, una cuartilla con las palabras de una Epístola de San Pablo:

«Spe gaudentes: in tribulatione patientes: oratione instantes” (Rom XII, 12): alegres con,la esperanza, pacientes en la tribulación, perseverantes en la oración»(44).

Alguna vez don Leopoldo llama al teléfono del Fundador, incluso a altas horas de la madrugada. Para recordar a Monseñor Escrivá de Balaguer algo que debe mantener erguida su esperanza: las obras de Dios están marcadas siempre por la incomprensión de los buenos y de los menos buenos. Es la Cruz de Cristo.

Una noche le recuerda -en latín- a través del hilo de comunicación las palabras que Jesucristo le dijo a Pedro (45), cambiando el término «hermanos», por «hijos»:

«Mira que Satanás ha pedido poder zarandearos como el trigo». Luego añade: «yo rezo tanto por vosotros… Tú ¡confirma a tus hijos!»(46).

Testigo de la actitud de don Josemaría Escrivá de Balaguer es el Padre Silvestre Sancho, dominico, que tiene la oportunidad de compartir la amistad del Fundador durante estos años de persecución:

«Jamás le vi una reacción de rencor. No era él hombre para eso, sino para comprender, perdonar y olvidar (…). Sin embargo le apenaban esas actitudes de algunos, porque de ninguna manera había motivo para esas campañas que hacían daño a las almas y sembraban la desunión en la Iglesia (…).

El Padre tenía una confianza en Dios total en medio de tantas persecuciones. El siempre tenía seguridad -esto se lo he oído muchísimas veces- de que como la Obra es de Dios, saldría adelante»(47).

Estas mismas dicerías habían sido esparcidas ya años antes. La noticia llega hasta el señor Bordiú, dueño del inmueble en que se ha instalado la Residencia de estudiantes de Ferraz 50. Se entera, asombrado, de que han sido calificados nada menos que de masones.

Comentará, a propósito de este rumor, que jamás en su vida había oído decir que los masones rezaran con tanta devoción el Rosario.

En España, cuando las circunstancias del país hicieron difícil la vida a los católicos, demostró su valentía y su lealtad a la fe y a las personas. Al cabo de los años, cuando se actuaba con rígida intransigencia con los no católicos, el Fundador los trató con cariño exquisito. Y también entonces sufrió molestias por parte de algunos que ejercían la autoridad.

En 1966, Monseñor Escrivá de Balaguer será nombrado hijo adoptivo de la Ciudad de Barcelona. Asiste al acto Rafael Termes, el que fuera primer director de El Palau. El Padre le da un fuerte abrazo. Mirándole, sonriente, repetirá una vez más: «¡valía la pena!… »(48). Lo dice sin pensar en honores personales, a los que ha renunciado desde siempre, sino por el gran número de vocaciones que han rubricado, durante estos años, la fidelidad de aquellos comienzos difíciles en los años 40.

Durante un viaje del Padre a través de España y Portugal, en 972, pasará -como tantas otras veces- por Barcelona. Allí, junto a un pueblo de la costa, en una casa de retiros, habla con un numeroso grupo de hijos suyos catalanes. Y Santiago Balcells le dice:

-«¿Cómo podemos sus hijos barceloneses compensar en parte esos sufrimientos que usted padeció solo o casi solo, hace años?»

-«¿Y me lo dices tú a mí? (…). Tuvimos necesidad de una persona en Barcelona que diera la cara, su nombre, para poner el primer Centro (…). Y tu hermano, cuando le maltrataron pensando que era del Opus Dei, no le dio la gana, por ser un caballero cristiano, aclarar que no era de la Obra: no dijo que era, pero tampoco que no era. Yo comenté con algunos: el Señor pagará a Alfonso esta generosidad y esta valentía con la vocación, que es el premio más grande que puede conceder»(49)

El y otras muchas vocaciones serán la mejor respuesta a la dureza y también a la fidelidad de los comienzos.

Un 12 de octubre

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Una de las alegrías de don Josemaría es la de poder recibir alguna correspondencia escrita de los seres queridos que ha dejado en Madrid. A través de algunas personas amigas que residen en Francia, logra establecer contacto con la zona republicana. Sus cartas traspasan los Pirineos; una vez allí, se cambian de sobre y emprenden la ruta de la capital de España a nombre de Isidoro Zorzano. Las respuestas vienen por la misma vía. Así puede comunicarse con su familia y con los miembros del Opus Dei que han quedado refugiados en Legaciones y Embajadas extranjeras. La charnela sobre la que gira este intercambio de interés y afecto es Isidoro: durante estos meses transmitirá, con toda fidelidad, el aliento del Fundador a sus hijos. Y también las anécdotas, peligros y vicisitudes de la vida de la Obra, al otro lado de las fronteras que impone un país dividido en dos mitades que se enfrentan.

Los que quedaron en la Legación de Honduras, desde la salida del Padre, piensan abandonar el refugio diplomático y presentarse en el ejército republicano. Tienen la idea de que una vez en el frente podrán intentar el paso a la otra zona de España. Isidoro ha quedado como director en Madrid; no les permite que arriesguen de este modo sus vidas. Y así transcurre el tiempo. Un día, a finales de junio, está haciendo la oración ante un crucifijo que conserva en la mesa de su despacho y entiende con claridad que conseguirán cruzar el frente para reunirse con el Padre en Burgos. El Fundador, por su parte, recibe de Dios la misma convicción. Tan absoluta es su certeza sobrenatural que comunica a la madre de Alvaro del Portillo y a la de Vicente Rodríguez Casado -que están también en Burgos- la noticia de que sus hijos, en el mes de octubre, llegarán a la zona nacional.

Isidoro da su consentimiento para salir de la Legación de Honduras a los tres que aún quedan allí. Están asombrados de verle con una decisión tan firme y tan dispar a la que ha mantenido durante todo este período de espera. No hay vacilaciones. La fe en la oración y en la Providencia que vela por el futuro de la Obra, son indudables.

En julio de 1938 abandonan su refugio(24). Alvaro del Portillo acude a sentar plaza y recibir su documentación de soldado como si perteneciera a la quinta más joven. Pero antes de salir camino del frente surge un contratiempo: Vicente Rodríguez Casado, que está en la Embajada de Noruega, se ha puesto enfermo debido al prolongado encerramiento. Alvaro se presta a conseguir una nueva documentación para que Vicente pueda salir de la Embajada sin peligro, ya que es una de las más vigiladas por la cantidad de refugiados que se han acogido a su protección.

Enseguida se presenta de nuevo, con otro nombre, en el ejército. Esta vez acude como si perteneciera a la quinta mayor de edad recientemente movilizada. Es sorprendente que nadie le reconozca.

El Padre sigue las incidencias por las que están pasando sus hijos a través de las cartas de Isidoro, que escribe varias veces al mes. Pide a la familia de Vicente Rodríguez Casado que rece por los que van a intentar el paso a la zona nacional, cruzando las trincheras, para que se les allanen las dificultades.

El 10 de octubre, cuando llegan al frente de Somosierra (Guadalajara), Alvaro del Portillo, Vicente Rodríguez Casado y Eduardo Alastrué esperan la ocasión propicia para atravesar las líneas.

Por fin, el día 11, a primera hora de la mañana, comienza la peligrosa y durísima travesía. Las estribaciones de la Sierra les desorientan; en algunos momentos se sienten perdidos porque la niebla es cerrada en lo alto de los montes. Andan durante todo el día. Tienen que guarecerse en una cueva al llegar la noche porque el frío es inclemente. Al amanecer, emprenden la caminata y al poco tiempo avistan un pueblo que emerge entre los árboles de un pinar. Cuando oyen repicar las campanas de la iglesia llamando a la Misa de la Virgen, saben que han cruzado a la zona nacional. Es el día del Pilar. Allí mismo, sobre el camino, rezan su acción de gracias. Dos jornadas más tarde, abrazan al Padre en Burgos.

La alegría de esta nueva reunión es inmensa. El Padre no sabe qué hacer para que disfruten y descansen. Les lleva por la ciudad antigua: el Arco de Santa María, San Nicolás, Santa Gadea, la Catedral. También por los verdes alrededores bajo el cielo nítido y frío de este otoño. En lo alto de las agujas góticas observan la perfección de las tallas de piedra, afiligranadas; les subraya que aquél es un trabajo hecho cara a Dios. Los hombres no alcanzan a verlo desde abajo. Otean, desde aquella impresionante atalaya, los anchos horizontes, los tonos ocres de la llanura.

No son muchos los días que van a poder estar juntos. Alvaro del Portillo es destinado inmediatamente, por su carrera, a la Academia de Ingenieros donde se lleva a cabo la preparación de los alféreces provisionales. Al concluir el curso, le destacan a un pueblecito de la provincia de Valladolid llamado Cigales, donde está acuartelado un Regimiento en período de formación. Cada vez que consigue un permiso, se acerca a Burgos para ver al Padre; por su parte, el Fundador, cuando puede, llega hasta Valladolid para charlar, largo y tendido, con Alvaro. Sobre esta llanura apuntalada por los chopos, extienden el panorama humano y divino de la Obra. Añoran el mundo entero para ponerlo en las manos de Cristo. Desde que la Legación de Honduras les brindó albergue obligado durante muchos meses, el Padre ha cambiado impresiones frecuentes con Alvaro. Ha medido la talla moral y humana de este hijo suyo y cuenta con él para todo.

A lo largo de la contienda, morirá en el frente Pepe Isasa, miembro del Opus Dei, y algunos amigos de Ferraz. Ricardo Fernández Vallespín resultará herido. Los demás sobrevivirán. Algunos serán dispersados por la guerra. La mayoría va a permanecer fiel, gracias también a la oración y al afecto de todos por cada uno.

«Orad los unos por los otros. -¿Que aquél flaquea?… -¿Que el otro?…

Seguid orando, sin perder la paz. -¿Que se van? ¿Que se pierden?… ¡El Señor os tiene contados desde la eternidad! »(25)

Casi todos comenzaron esta prueba siendo muy jóvenes de edad y de experiencia. La concluyeron con una madurez y entrega superior a las que se pueden adquirir en tres años de vida normal.

«El vendaval de la persecución es bueno. -¿Qué se pierde?… No se pierde lo que está perdido. -Cuando no se arranca el árbol de cuajo -y el árbol de la Iglesia no hay viento ni huracán que pueda arrancarlo- solamente se caen las ramas secas… Y ésas, bien caídas están»(26).

En noviembre de 1938 concluye la batalla del Ebro. Poco después cae Cataluña. El 1 de abril de 1939 se escucha el último parte de radio: la guerra ha terminado.

El Padre regresa a la capital de España el 28 de marzo. Todo lo que habían levantado con tanto esfuerzo se ha convertido en ruinas. Pero entre los escombros de Ferraz 16, permanece intacto un pergamino:

«… Un nuevo mandato os doy; que os améis los unos a los otros como Yo os he amado… ».

Es más que suficiente. El único cimiento que Dios les deja para empezar de nuevo. La representación escrita de un amor universal que no se para, no se ha parado nunca, en colores ni fronteras. Una renovada ilusión y fortaleza por emprender y llevar hasta Cristo las actividades todas de la tierra.

Desde la otra orilla

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Enero de 1935. En la Residencia de la calle de Ferraz 50, don Josemaría Escrivá de Balaguer recibe a un estudiante: se llama Pedro Casciaro. Al abrir la puerta, en la pequeña salita de la entrada, don Josemaría se para un momento, sonriente, en un gesto muy habitual. Tiene delante a un muchacho joven, espigado, de ojos azules, que trae un aire de curiosidad y una chispa alegre, casi irónica, en la mirada.

Don Josemaría sabe que Pedro es hijo de un Catedrático, que estudia Ciencias Exactas y Arquitectura, y que es un compañero que aprecian cuantos conocen.

En esta brevísima pausa, mientras median los saludos, Pedro repasa las circunstancias que le han llevado hasta la calle de Ferraz. Ha cursado sus estudios en instituciones laicas. En el círculo de amistades en que se mueve y en su ambiente familiar hay cierta prevención hacia los curas. Tiene fe, pero su formación religiosa no es profunda. Nunca ha hablado con un sacerdote cara a cara. Los profesores clérigos que tuvo en el Instituto han pasado por el filtro de su crítica intelectual y acerva. Por eso, cuando oye hablar de don Josemaría con admiración, contesta con sarcasmo y autosuficiencia.

Sin embargo, llevado de su insaciable curiosidad por todo, y empujado, también, por la insistencia de aquel amigo, accede a la presentación que está teniendo lugar en este momento. Pero acude con el firme propósito de no hablar de nada personal.

El vestíbulo de la Residencia le ha impresionado bien. Es, piensa, como el de una familia de la clase media, más bien modesta, pero de buen gusto. Y, sobre todo, muy limpio. No es la característica más frecuente en los alojamientos de estudiantes.

Ahora, ante la presencia de don Josemaría, se han debilitado sus prejuicios. Este sacerdote impone un respeto muy superior a su edad pero, al mismo tiempo, despierta una simpatía arrolladora y una alegría contagiosa. Con toda delicadeza, pide perdón al amigo que le acompaña para que les deje solos unos minutos. Y, durante esta conversación, Pedro pierde la noción del tiempo y ve derrumbarse sus reservas. Ganado por completo, va abriéndole su alma, hasta los pliegues más recónditos,. como no había hecho jamás con nadie. Hablarán más de una hora. Cuando se marcha, le pide insistentemente que sea su director espiritual, aunque no tiene ni la menor idea de lo que es la dirección espiritual. No puede medir hoy el alcance que va a tener en su vida esta petición.

A partir de este momento, Pedro acude regularmente a Ferraz para confesarse y hablar a don Josemaría de sus proyectos y de su alma. En los intercambios de su amistad, va descubriendo progresivamente la hondura espiritual de este sacerdote, su inteligencia y su cultura. Dentro de su familia ha sido educado en absoluta libertad, y no encontrará jamás, en este apoyo espiritual y humano de don Josemaría, estrechez de miras, coacción, rigidez o cuadrícula de ninguna clase: nunca cercena sus aspiraciones, despierta en él su generosidad con Dios, le recuerda la responsabilidad con sus padres, le habla de santidad en el mundo sin hacer nada raro, primero a través de sus estudios y, luego, en su profesión y trabajo.

Al llegar el verano, Pedro, asombrado, comprueba que ha conseguido cumplir un plan de vida que le acerca a Dios, que ha dado un nuevo rumbo a sus ideales, que ha forjado una buena amistad con aquellos que comparten la dirección y ayuda de don Josemaría, y que ha hecho apostolado con sus compañeros para conducirles a la alegría de un cristianismo vivo y verdadero.

Le parece que es el máximo. Nadie le ha planteado otra cosa y jamás se ha hecho la idea de que Dios pudiera necesitar su vida entera.

Y con esta renovada juventud se marcha a Torrevieja, en la provincia de Alicante, a pasar unas felices y largas vacaciones frente al mar.

Durante aquellas luminosas tardes de Levante, llegarán hasta Pedro las noticias de sus amigos de Madrid que le escriben. Siempre, don Josemaría añadirá unas líneas. Y estas cartas le dan la fuerza y el vigor para seguir poniendo a Dios delante de su vida.

Cuando regresa a la capital, un compañero de la Escuela de Arquitectura, con el que le une una antigua y profunda amistad, le dice que está a punto de pedir la admisión en la Obra. A través de él, Pedro entiende que en Ferraz hay un grupo de hombres, profesionales y estudiantes, que viven una entrega total a Dios y que han renunciado al matrimonio.

Se queda de una pieza y trata de calmar a su amigo. Pero nota que, según imparte tranquilidad, va perdiendo, paulatinamente, la suya. A él nunca le han hecho la menor insinuación.

En la primera oportunidad habla con don Josemaría. Pero, ante su asombro, no da importancia a las inquietudes que han ocupado su pensamiento durante aquellos días. Le recomienda, eso sí, que intensifique su vida de piedad, que estudie mucho, y que deje sus preocupaciones en manos del Señor de la paz. ¡Ah!, y que no falte al retiro mensual que harán los chicos de la Residencia.

Efectivamente, allí está. Y desde la primera meditación, Pedro sabe con certeza que no puede «irse triste» como el joven del Evangelio que no tuvo suficiente generosidad para ir tras Jesucristo. Busca impacientemente a don Josemaría y le pide ser admitido en la Obra. Aunque le vuelve a recomendar calma, forcejea para convencerle de la seriedad de sus palabras.

Don Josemaría le mira, con el cariño que le inspiró desde el primer día, y le envía a rezar al Espíritu Santo para que le ayude a decidir con libertad. La vocación, le dice, sólo puede afrontarse en absoluta libertad de alma.

Unos días más tarde, Pedro Casciaro, alegre, gozoso por el hallazgo de una nueva tierra, de un horizonte más ancho que el Mediterráneo de sus vacaciones, pone toda la fuerza de su corazón en manos de Dios (21). Esta aventura divina que comienza junto a don Josemaría en el año 1935 le llevará mucho más lejos y le hará edificar construcciones más altas de las que hubiera soñado nunca para sus ambiciones de arquitecto. Años después, en 1946, será ordenado sacerdote y, un tiempo más tarde, partirá hacia México para iniciar allí la singladura del Opus Dei.

Durante un viaje a España, en 1975, tras la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer, tiene ya el pelo blanco. Pero conserva el brillo jovial de sus ojos, que han mirado tantas maravillas, como le pronosticara un día, en su juventud, el Fundador. Vuelve a México, el lugar donde ha desarrollado, durante más de veinte años, una enorme labor para dar solidez a los cimientos de la Obra; donde miles de almas conocen ya la misma luz con que el Espíritu Santo inundó su alma un día de invierno madrileño.

Coincidiendo en el tiempo con Pedro Casciaro, hay un estudiante que frecuenta la Residencia de Ferraz y que acabará viviendo en ella. Es alto, muy delgado, y habla con el inconfundible acento de la región levantina. Su familia está en Valencia. Pero él permanece en Madrid haciendo Ciencias Exactas y Arquitectura. Francisco Botella estudia a marchas forzadas. Tiene gran fuerza de voluntad y también la responsabilidad de ser el único hijo varón, en quien se cifran tantas esperanzas familiares. Sus dos hermanas viven en Valencia, con sus padres.

Por esta afinidad cronológica, los primeros pasos de Pedro Casciaro y Paco Botella, desde el invierno de 1935, van a estar tan unidos que, cuando años más tarde, doña Dolores Albás les conozca, formará con ellos un binomio indisoluble: cada vez que tenga que referirse a uno, le acompañará inevitablemente con el nombre del otro. Pregunta siempre por los dos a la vez, de modo que la «entente» Pedro y Paco comienza a cobrar carta de naturaleza.

Cuando estalle la guerra civil española, Pedro y Paco se encontrarán en Levante, y en octubre de 1937 acompañarán al Fundador en su salida de España a través de los Pirineos(22).

Don Francisco Botella recibirá la ordenación sacerdotal en 1946. Su dedicación plena a realizar la Obra se pondrá de manifiesto a lo largo de su vida, hasta su muerte en Madrid, el 29 de septiembre de 1987.

Durante más de cuarenta años atenderá a los alumnos de las Universidades de Barcelona primero y de Madrid después, desde su Cátedra de Geometría Analítica. También desarrollará amplias actividades académicas desde el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid. Pero esta dedicación no menguará nunca sus largas horas de servicio a multitud de personas que acudieron a su ayuda sacerdotal.

En la festividad de los arcángeles San Miguel, San Gabriel y San Rafael su cuerpo yacente, revestido con los ornamentos sacerdotales, será el mejor testimonio de fidelidad al Opus Dei.

Un incondicional

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

José María Hernández de Garnica fue otro ejemplo de cómo el espíritu de la Obra puede llenar de Dios un alma.

Un día del año 1935, aquel estudiante joven, conocido en las aulas de la Escuela de Ingeniería por su acusada personalidad y por la destacada inteligencia con que cursa la carrera de Minas, llega hasta la Residencia de Ferraz 50 acompañado de un amigo. Cuando aparece, la casa se encuentra en plena actividad: se instala el oratorio. Hay que colocar en el techo de la habitación una especie de baldaquino -que se ha confeccionado con madera forrada de tela-, porque la Iglesia ordena que se cubra, si hay vecinos en el piso superior, el lugar donde está el sagrario. Don Josemaría Escrivá de Balaguer dirige la operación con los chicos de la Residencia. Y, entonces, aparece este nuevo compañero a quien muy pocos han visto todavía. Hernández de Garnica es interpelado en el mundillo de sus amigos con el afectuoso diminutivo de «Chiqui». Y así es como suena su nombre en ese día y en la habitación, futuro oratorio, de Ferraz.

Don Josemaría no le conoce, pero ve el aspecto simpático, lleno de naturalidad, del recién llegado, y le saluda alegremente:

-«¡Hombre, Chiqui, muy bien! Ten, coge este martillo y unos clavos, y ¡hala!, a clavar allí arriba… »(20).

Así empieza su relación con el Opus Dei. Muy pronto, sus buenas cualidades humanas y el empeño sobrenatural del Fundador de la Obra van a aliarse para abrir el camino a su entrega definitiva a Jesucristo.

A partir de ese momento, José María pasa a ser el incondicional que sigue, con toda fidelidad, las menores indicaciones del Fundador. Su mente clara, dotada de gran sentido práctico, convertirá en realidades los proyectos más inabordables.

A punto de ser fusilado durante la guerra civil, escapará providencialmente. Es trasladado a un penal, en Valencia, y, al salir, se incorpora al ejército republicano. Los primeros años después de su ordenación, en 1944, dedicará su actividad, de modo especial, a atender sacerdotalmente a la Sección de mujeres del Opus Dei.

Aparte de una ingente labor en España, se cuenta con él para momentos de expansión a través de varios países europeos; vivirá largos años de trabajo en Francia, Inglaterra y Alemania. En todos los difíciles comienzos deja constancia de su tesón, su enorme confianza sobrenatural, su fidelidad incondicional al Fundador y la fortaleza de un hombre forjado en duros combates pero que tiene intacto el empeño del primer día.

Su capacidad para resolver grandes y pequeños problemas ha sido siempre proverbial. A fuerza de entusiasmo y amor sabrá ejercer todo género de oficios que ayuden a levantar, incluso, las paredes materiales que albergan los Centros de la Obra de Dios.

En 1972 este hombre, que ha dado una impagable lección de fidelidad, muere, en Barcelona, rodeado por la gratitud de todos. El Fundador le despide con el mismo cariño con que le envió por tantos caminos de la tierra y le da su último impulso para cruzar los umbrales del Cielo.

Mujeres en el Opus Dei

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La visión del 2 de octubre de 1928 no incluía explícitamente a las mujeres, y durante el siguiente año y medio Escrivá estuvo convencido de que en el Opus Dei sólo habría hombres. No sabemos por qué creyó eso. Tal vez el limitado papel asignado a la mujer en la sociedad de principios del siglo XX inclinara a esta consideración. Tal vez se debía a que no había en la Iglesia instituciones que exigieran un compromiso vocacional y estuvieran compuestas tanto por hombres como mujeres. Tal vez por cualquier otra razón.

En cualquier caso, estaba convencido de que la masculinidad era una característica esencial de lo que Dios le pedía. Una señal clara de este convencimiento se encuentra en el período de búsqueda de alguna institución a la que unirse, en lugar de fundar algo nuevo. A finales de 1929 se fijó en la Compañía de San Pablo que había fundado el cardenal Ferrari, pero cuando se enteró de que había hombres y mujeres concluyó que no podía ser lo que Dios le pedía.

El 14 de febrero de 1930 Escrivá fue a celebrar Misa en una capilla privada. Sus notas personales reflejan lo que sucedió durante la Misa: “Inmediatamente después de la Comunión, ¡toda la Obra femenina! No puedo decir que vi, pero sí que intelectualmente, con detalle después yo añadí otras cosas, al desarrollar la visión intelectual, cogí lo que había de ser la Sección femenina del Opus Dei”[1].

Al igual que los acontecimientos del 2 de octubre de 1928 la fundación de la sección de mujeres del Opus Dei pilló a Escrivá por sorpresa. Vio en ello una señal de la providencia divina: “¡No quiero mujeres, en el Opus Dei! Dios: pues yo las quiero”[2]. Darse cuenta de que la Obra debía comprender a hombres y mujeres supuso el punto final de la búsqueda de una organización que ya existiera. Desde entonces, no tuvo la menor duda de que estaba llamado a fundar algo nuevo en la Iglesia.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 323

[2] Ibid. p. 324

Entre los pobres y enfermos

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Las obligaciones de Escrivá en la iglesia de San Miguel –limitadas a decir Misa diariamente– satisfacían muy poco su celo sacerdotal. Un mes después de trasladarse a la residencia de sacerdotes, la fundadora de las Damas Apostólicas, Luz Rodríguez Casanova, le pidió que fuera el capellán del Patronato de Enfermos, abierto por esta comunidad. Escrivá aceptó feliz el ofrecimiento. Sin embargo necesitaba el permiso del obispo de Madrid para poder decir Misa, predicar u oir confesiones fuera de la iglesia de San Miguel. Gracias a la fundadora, que disfrutaba de excelentes relaciones con el obispo Eijo y Garay, Escrivá pudo obtener el permiso requerido. No obstante, el obispo estaba tan decidido a reducir el número de sacerdotes de otras diócesis en Madrid, que sólo lo concedió durante un año. Escrivá tendría que pedir cada cierto tiempo renovar sus licencias eclesiásticas para administrar los sacramentos y predicar en Madrid, además de solicitar la renovación de licencias en su diócesis de Zaragoza.

Los deberes oficiales de Escrivá como capellán del Patronato de Enfermos se limitaban a decir Misa y oficiar los demás actos que se celebraban en la iglesia, pero pronto empezó a ayudar a las Damas Apostólicas de otros modos. El Patronato de Enfermos intentaba remediar alguna de las deficiencias de la sanidad de entonces. Prácticamente no existía la sanidad pública. Había algunos hospitales del Estado, pero no estaban a la altura de los más modernos, equipados con material técnico y personal áltamente cualificado. Eran casi barracones para los indigentes moribundos, que no tenían otro sitio a donde ir. Nadie que pudiera pagar una clínica privada acudía a un hospital público. Y sólo los muy afortunados de entre los pobres eran admitidos en ellos. El escaso número de camas hacía que a menudo los pobres simplemente se quedaran sufriendo en sus chabolas. El Patronato tenía una enfermería con veinte camas y una clínica móvil.

Las Damas Apostólicas también atendían unas 60 escuelas para niños pobres en los suburbios y otras zonas de clase obrera de Madrid. Allí, 14.000 estudiantes recibían educación primaria y aprendían los rudimentos de la religión. Las Damas Apostólicas también habían levantado seis capillas en las afueras de Madrid, en barrios donde los inmigrantes de las provincias vivían sin nada, casi siempre en chabolas hechas por ellos mismos. Sin embargo, ninguna de estas capillas tenía un capellán fijo.

Escrivá pronto se involucró en muchas de estas actividades. Oía confesiones, enseñaba el catecismo, administraba los sacramentos a los enfermos en sus casas y cada año preparaba a cerca de 4.000 niños para su primera comunión.

Escrivá obtuvo lecciones para su vida interior de su contacto con los niños. Considerando las tareas que Dios le estaba encomendando, pero que todavía no veía con claridad, concluyó que su fuerza debía proceder de su indigencia. Él tenía “nada y menos que nada”[1], decía, pero, con la oración, todo saldría como Dios quería. La vida de infancia espiritual, dijo en una ocasión, “se me metió en el corazón tratando a los niños. Aprendí de ellos, de su sencillez, de su inocencia, de su candor, de contemplar que pedían la luna y había que dársela. Y yo tenía que pedirle a Dios la luna: ¡Dios mío, la luna!”[2]

La parte más exigente y agotadora del trabajo de Escrivá para el Patronato eran las visitas a los enfermos en sus casas, para oír confesiones, llevarles la comunión y administrarles el sacramento de la extremaunción. Las Damas Apostólicas estaban en contacto con miles de personas de condición humilde y recibían numerosas peticiones – a veces de la propia persona, y a veces de un pariente – para que un sacerdote llevara los sacramentos al enfermo. En aquellos tiempos sólo se llevaba la comunión a los moribundos. Las Damas Apostólicas obtuvieron permiso del obispo para llevarla a cualquier enfermo que lo pidiera, si el párroco del lugar estaba de acuerdo.

Gran parte de esta carga recayó en Escrivá. Viajaba de un extremo a otro de la ciudad, normalmente a pie o en tranvía, para ejercer su ministerio entre los enfermos de los barrios más pobres. Gracias a sus modales educados, pero sobre todo a su intensa oración y sacrificio, el joven sacerdote tenía un don especial para hacer que gente largo tiempo separada de la Iglesia se reconciliara con Dios en el lecho de muerte. En sus notas personales, por ejemplo, describía el siguiente caso: “Llegué a casa del enfermo. Con mi santa y apostólica desvergüenza, envié fuera a la mujer y me quedé a solas con el pobre hombre. ‘Padre, esas señoras del Patronato son unas latosas, impertinentes. Sobre todo una de ellas’… (lo decía por Pilar, ¡que es canonizable!). Tiene Vd. razón, le dije. Y callé, para que siguiera hablando el enfermo. ‘Me ha dicho que me confiese…, porque me muero: ¡me moriré, pero no me confieso!’. Entonces yo: hasta ahora no le he hablado de confesión, pero, dígame: ¿por qué no quiere confesarse? ‘A los diecisiete años hice juramento de no confesarme y lo he cumplido’. Así dijo. Y me dijo también que ni al casarse —tenía unos cincuenta años el hombre— se había confesado… Al cuarto de hora escaso de hablar todo esto, lloraba confesándose”.[3]

Una de las religiosas que trabajaban en el Patronato en aquel tiempo recordaba más tarde: “Cuando teníamos un enfermo difícil, que se resistía a recibir los sacramentos, que se nos iba a morir lejos de la Gracia, se lo confiábamos a don Josemaría en la seguridad de que estaría atendido y que, en la mayoría de los casos, se ganaría su voluntad y le abriría las puertas del Cielo. No recuerdo un solo caso en el que fracasáramos en nuestro intento”[4].

Algunos años antes de su muerte, Escrivá rezaba en voz alta, trayendo a la memoria esta etapa de su vida: “Horas y horas por todos los lados, todos los días, a pie de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables, que no tenían nada de nada; entre niños con los mocos en la boca, sucios, pero niños, que quiere decir almas agradables a Dios… Fueron muchas horas en aquella labor, pero siento que no hayan sido más”[5]

El celo apostólico de Escrivá no se limitaba a los pobres y enfermos. Estaba ansioso de extender el fuego de Cristo a todo el mundo, incluyendo los miembros de algunas familias aristocráticas que conoció. Las palabras de Cristo “Fuego he venido a traer a la tierra, y qué quiero sino que arda” (Lc 12:49) se desbordaban a menudo de su corazón en forma de canción.

Extender el fuego del amor de Cristo en el mundo. Ciertamente, esto era una parte de lo que Dios le estaba pidiendo desde su adolescencia, y Escrivá continuaba respondiendo a esa llamada divina con las palabras del profeta Samuel, “Aquí estoy, porque me has llamado” (1Sm 3:5). Uno de sus apuntes resume mucha de su oración mientras estuvo en Madrid en 1927 y 1928: “Fac, ut sit” (“Hazlo, haz que sea”)[6]. En respuesta a estas ardientes peticiones, recibía de Dios inspiraciones en forma de palabras oídas en su oración. Escrivá procuró meditar sobre ellas, y ponerlas en práctica. No obstante, seguían siendo oscuras y fragmentarias, acercamientos a ese “algo” todavía indefinido que Dios quería de él.

[1] José Luis Illanes. ob. cit. p. 75

[2] Ana Sastre. TIEMPO DE CAMINAR. Ediciones Rialp. Madrid 1989. p. 84

[3] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 283

[4] Testimonio de Asunción Muñoz González. UN HOMBRE DE DIOS. TESTIMONIOS SOBRE EL FUNDADOR DEL OPUS DEI. Ediciones Palabra. Madrid 1994. p. 373

[5] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 280

[6] ibid. p. 286

Mayores responsabilidades para los primeros

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Hasta el final de la Guerra Civil, Escrivá se ocupó personalmente de la formación espiritual de todos los hombres del Opus Dei. Habitualmente no les confesaba, por respeto a su libertad; en esa época él era el único sacerdote del Opus Dei. Al no atender sus confesiones, no se ataba las manos para dirigir el Opus Dei y sus actividades, ya que no tenía que preocuparse de si alguna de sus indicaciones traslucía o no lo que hubiera oído en confesión. Pero los miembros de la Obra pronto adquirieron la costumbre de hablar con él brevemente cada semana sobre su vida espiritual y el apostolado.Guerra Civil

El crecimiento de la Obra después de la , la dispersión geográfica de sus miembros y el hecho de que obispos de toda España llamaban a Escrivá para predicar ejercicios espirituales a los sacerdotes de sus diócesis, le impidió seguir impartiendo dirección espiritual de forma regular a todos los de la Obra. A comienzos de 1940, del Portillo y los más antiguos del Opus Dei se empezaron a encargar de la formación y dirección espiritual de los nuevos que iban llegando.

Algo similar sucedió con los círculos de San Rafael. A mediados del curso 1939-1940, asistían más de cien estudiantes. Como el tamaño de cada grupo era reducido Escrivá daba entre 15 y 20 clases semanales de cuarenta y cinco minutos. Además, debía predicar meditaciones y retiros, impartir dirección espiritual a un gran número de personas y dirigir las demás actividades del Opus Dei. A comienzos de 1940 decidió que ya había llegado la hora de que otros asumieran la tarea de dar los círculos.

Los miembros en quienes recayó este encargo lo recibieron con un poco de nerviosismo. Eran laicos y, en muchos casos, todavía no habían recibido mucha formación sistemática sobre el espíritu de la Obra o sobre teología. Además, bastantes apenas eran mayores que la gente que asistía. Sin embargo, con el material que les proporcionó Escrivá y su ayuda para preparar las primeras clases, se encontraron con que el número de participantes en los círculos seguía creciendo y que algunos de ellos descubrían a través de estas clases su vocación al Opus Dei.

Los miembros de la Obra en la residencia

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La residencia abrió a comienzos del año académico, en septiembre de 1939 y pronto se ocuparon todas sus plazas, unas veinte. Muchos de los residentes eran los miembros del Opus Dei que vivían en Madrid, lo que en esa época equivalía a decir casi todos. Entre ellos había un amplio abanico de profesiones: Zorzano, del Portillo y Hernández Garnica eran ingenieros; Jiménez Vargas era médico; González Barredo, físico; Albareda, edafólogo; Fernández Vallespín, arquitecto; Botella y Casciaro; matemáticos; y Rodríguez Casado, historiador.

Durante el año académico 1939-40, varios que pidieron la admisión en el Opus Dei al terminar la guerra se trasladaron a la residencia: Jose Luís Múzquiz, ingeniero; Francisco Ponz, que en esa época preparaba el examen de ingreso en la Escuela de Ingenieros Agrónomos, pero que más tarde cambiaría a Ciencias Naturales y se convertiría en un prestigioso fisiólogo; y Juan Antonio Galarraga y Jesús Larralde, ambos estudiantes de Farmacia. Justo Martí, abogado, que había vivido en la residencia de Ferraz antes de la Guerra Civil, abandonó el puesto de alcalde de su pueblo para trasladarse a Madrid y pertenecer al Opus Dei.

Otros estudiantes que se habían unido recientemente al Opus Dei en Madrid siguieron viviendo con sus padres, pero frecuentaban Jenner. Entre ellos estaba Fernando Valenciano, estudiante de Ingeniería que fue el primero en pedir la admisión en el Opus Dei en Madrid tras la guerra; Salvador Canals, abogado y futuro juez de la Rota Romana; Gonzalo Ortiz de Zárate, estudiante de Ingeniería Naval; Álvaro del Almo, genetista; Alberto Ullastres, economista y futuro ministro; y José Antonio Sabater, futuro catedrático de instituto y uno de los fundadores del primer colegio promovido por miembros del Opus Dei.

Para los fieles del Opus Dei vivir bajo el mismo techo es mucho menos importante que compartir el mismo espíritu y aspiraciones. De hecho, hoy en día la inmensa mayoría de los miembros del Opus Dei están casados y viven con sus familias. Incluso los fieles que son célibes viven con frecuencia fuera de los centros del Opus Dei, a causa de las exigencias de su trabajo. Ello no es un obstáculo para vivir plenamente la vocación. Sin embargo, como primer centro en el que vivieron juntos un buen número de personas de la Obra, Jenner representó un paso importante porque facilitó una rápida asimilación del espíritu del Opus Dei por quienes vivían en la residencia.

Álvaro del Portillo

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Al igual que los demás miembros de la Obra diseminados en la zona nacional, del Portillo trató de acercar a Cristo a sus compañeros con la palabra y el ejemplo. Tan pronto como llegó a la Academia, pidió permiso al coronel para asistir a Misa todas las mañanas en un convento cercano y prometió regresar siempre antes de la revista. El coronel lo autorizó, pero le dijo que se desentendía de lo que pasara si era detenido por la policía militar o cualquier otro. Naturalmente, los compañeros veían a del Portillo levantarse antes que el resto y le preguntaron… Al final del periodo de instrucción de oficiales, treinta iban con él a Misa todos los días.

Desde principios de 1939, Escrivá comenzó a apoyarse especialmente en del Portillo, que se convirtió en su colaborador más estrecho y le sucedió al frente del Opus Dei después de su muerte. El 10 de febrero de 1939, Escrivá fue a verle a él y a Rodríguez Casado. Les predicó la meditación con el pasaje del Evangelio en que Jesús otorga a Simón su nuevo nombre, Pedro. El comentario de Escrivá a esos párrafos era el siguiente: “Tu es Petrus,… saxum –eres piedra,…¡roca! Y lo eres porque quiere Dios. A pesar de los enemigos que nos cercan,… a pesar de ti… y de mí… y de todo el mundo que se opusiera. Roca, fundamento, apoyo, fortaleza,… ¡paternidad!”[1]. Aunque la meditación se dirigía a los dos, Escrivá aplicó el sobrenombre de roca especialmente a del Portillo. Le escribió unos días más tarde y repetía la metáfora: “Jesús te me guarde, Saxum. Y sí que lo eres. Veo que el Señor te presta fortaleza, y hace operativa mi palabra: saxum! Agradéceselo y séle fiel, a pesar de… tantas cosas (…)”[2].

[1] Salvador Bernal. RECUERDO DE ÁLVARO DEL PORTILLO. Ediciones Rialp. Madrid 1996. p. 67

[2] Ibid. p. 67

El paso al otro lado del frente

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Cuando Escrivá se marchó de Madrid a principios de octubre de 1937, dejó a Zorzano al frente del resto de miembros del Opus Dei en la zona republicana. Del Portillo, González Barredo y Alastrué permanecieron en la Legación de Honduras y Rodríguez Casado continuó en la Embajada de Noruega.

Hernández de Garnica, que había sido movilizado por el ejército republicano poco después de abandonar la cárcel en julio de 1937, se encontraba ahora lejos, en la provincia de Granada. Zorzano le escribía con regularidad y urgía a otros miembros de la Obra a hacer lo mismo, aunque los meses pasaban y no obtenía respuesta. En las pocas ocasiones en que Hernández de Garnica iba a Madrid, Zorzano recorría grandes distancias para visitarle y asegurarse de que había tenido la oportunidad de recibir los sacramentos. Años después, Garnica recordaba que “era tal la naturalidad con que Zorzano afrontaba las adversidades de aquel momento, que yo llegué a pensar si era un inconsciente y no se percataba de la realidad de los peligros que nos rodeaban por todas partes”[1].

Otra fuente de preocupación fue Rodríguez Casado, que, además del hambre, sufría la soledad en la Embajada de Noruega. Zorzano intentó varias veces, sin éxito, su traslado a la Legación de Honduras. Para junio de 1938, Rodríguez Casado había adelgazado 30 kilos. No le estaba permitido recibir visitas, pero una vez a la semana, aprovechando que estaba de portero un amigo, Zorzano se las arreglaba para pasar una hora con él y llevarle un poco de comida.

Zorzano se estaba quedando en los huesos y estaba tan débil que debía pararse a descansar en un banco del parque durante el corto paseo hasta la embajada. Rodríguez Casado le dijo que debía dejar de llevarle alimento y comer él un poco más, pero Zorzano no daba importancia a su debilidad e insistía en que él no necesitaba esa comida que llevaba.

Además de la comida, Zorzano llevaba a Rodríguez Casado la Sagrada Comunión, apoyo espiritual y noticias de los demás miembros de la Obra. Una carta resume el contenido de esas conversaciones: “En esta temporada en que D. Manuel [era el término que usaba para referirse a Jesús, a causa de la censura postal] nos concede la gracia de ayudarle a llevar su carga, debemos de aprovecharla bien considerando que cada uno de los instantes que pasan tiene repercusión eterna. Esta carga la debemos de llevar a plomo —como nos dice siempre el abuelo [así se refería a Escrivá]— con alegría y paz, reflejo del espíritu que nos anima y que constituye el ‘aire de familia’ que nos es peculiar. De esta forma, aunque aparentemente no se vea nuestra labor, para D. Manuel, que ve en lo oculto, tiene más valor que si estuviéramos actuando en primera línea”[2].

Del Portillo, González Barredo y Alastrué estaban impacientes por dejar la Legación de Honduras e intentar pasarse a la zona nacional, donde podrían reunirse con Escrivá y otros para reconstruir la labor apostólica del Opus Dei. Antes de que el grupo de Escrivá abandonara Barcelona, pidieron permiso a Isidoro para intentar escapar, pero se lo impidió porque consideraba que el riesgo que corrían era demasiado grande. Los meses pasaban y ellos repetían su consulta, pero Zorzano siempre encontraba una razón por la que debían permanecer en la Legación. Unas veces, por pensar que los nacionales estaban a punto de tomar Madrid y que la guerra terminaría entonces. Otras, porque pensaba que podría arreglar las cosas para huir por vía diplomática. Aunque todos los planes se venían abajo uno tras otro, siempre les pedía paciencia.

Aunque en junio de 1938 del Portillo tenía poca esperanza de que Zorzano hubiera cambiado de opinión, le escribió de nuevo y pidió permiso para salir de la Legación, alistarse en el ejército republicano y, una vez en el frente, cruzar las líneas. Unos días más tarde, Isidoro le envió una nota: “Con la ayuda de D. Manuel he pensado detenidamente en tus proyectos [...]. Me parece que puedes realizar tus proyectos, y que D. Manuel y Dª María llenen tus deseos, que son los nuestros”[1].

Del Portillo quedó asombrado: “Precisamente unos días antes supimos que Arquelao, un muchacho estudiante de filosofía de la Congregación de los Sagrados Corazones, que salió con los mismos propósitos del Consulado —el único que había marchado de nuestro refugio para atravesar las líneas del frente— cayó asesinado [...] entre las dos líneas, en el momento en que intentaba el salto. Eran más los que caían en la empresa que los que triunfaban en ella. Y en esos momentos nos concedía Isidoro el permiso, con tal fe en el triunfo humano del intento, que no podía por menos de asombrar la tranquilidad con que se jugaba a cara y cruz —mirando las cosas de tejas abajo— las vidas de varios miembros de la Obra”[2].

Zorzano explicó que había cambiado su parecer después de pensarlo en la presencia de Dios. Rezando ante un crucifijo en su habitación, Dios le hizo ver no sólo que esta vez el intento tendría éxito, sino que el paso al otro lado del frente tendría lugar el 12 de octubre de 1938, fiesta de Nuestra Señora del Pilar. En Burgos, simultáneamente, Escrivá recibió la misma revelación, y se lo dijo a la madre de del Portillo, que para entonces vivía en aquella ciudad.

En esos momentos, ni del Portillo ni los demás sabían nada de esas inspiraciones. Lo único que sabían era que, por fin, habían sido autorizados para intentar cruzar las líneas. Alastrué se fue de la legación el 27 de junio de 1938 y se presentó en el centro de reclutamiento. Para evitar problemas por el hecho de no haber comparecido cuando su quinta fue llamada a filas, declaró que tenía 28 años, seis más que su verdadera edad. Del Portillo y González Barredo salieron de la legación y fueron a la oficina de reclutamiento pocos días después. El primero se alistó con el nombre de su hermano, siete años menor que él. Los oficiales de la caja de reclutas sospecharon, pero finalmente aceptaron su alistamiento y le citaron cuatro días más tarde para asignarle destino. Por su edad, González Barredo fue destinado a oficinas sobre la marcha. Zorzano pensó que sería mejor que permaneciese en Madrid y no intentase cruzar a la zona nacional.

Del Portillo y González Barredo se alojaron temporalmente en una pensión. Alastrué, en casa de un amigo. Por las tardes, se reunían en alguno de los dos lugares para hacer oración juntos. Los tres iban a comer al cuartel, donde frecuentemente se encontraban con Santiago Escrivá y Zorzano. Éste dejó por escrito una descripción de esas comidas: “Primero, la cola con el plato para la ración; después, buscar un acomodo en el suelo y unos ladrillitos para colocar el plato; y después, como no disponemos de cubiertos suficientes, mejor dicho, de cucharas, pues es lo único que se utiliza, hay que esperar a que uno termine para que la utilice otro; divertidísimo. Cuando llega alguna fiesta de la Santísima Virgen, lo celebramos por todo lo alto; siguiendo la costumbre del Padre de hacer un obsequio a los pobres en sus festividades, repartimos las tres comidas que sacamos entre los pobres”[3].

Cuando del Portillo llegó a su destino, pudo comprobar las marcadas diferencias entre su aspecto de un joven de veinticuatro años y el de los reclutas de diecisiete, edad que él había declarado en el momento de alistarse con el nombre de su hermano. Para no correr el riesgo de ser acusado de impostor, regresó a la oficina de reclutamiento y se alistó con otro nombre.

El 21 de julio Zorzanó decidió que Rodríguez Casado debía unirse a del Portillo y Alastrué para intentar cruzar el frente. Al día siguiente, se alistó en el ejército. A final de mes, los tres habían recibido sus destinos, aunque en unidades que ofrecían pocas posibilidades para sus propósitos de pasar a la otra zona.

A comienzos de agosto, oyeron hablar de un lugar en la provincia de Cuenca desde donde era relativamnte fácil cruzar la línea. El primo de del Portillo trabajaba allí como ingeniero y tenía amistad con el comandante de las tropas de aquella sección del frente. Del Portillo y Alastrué decidieron desertar y volverse a alistar, con la esperanza de que les destinaran a una unidad situada en un buen punto. Desertar constituía un riesgo, pero las cosas en Madrid eran tan caóticas que había oportunidad de no ser sorprendidos. Rodríguez Casado trazó otro plan, aprovechando los contactos de su padre.

Pero todo se vino abajo a mediados de agosto. El comandante del frente de Cuenca fue trasladado y los esfuerzos de Rodríguez Casado resultaron inútiles. Llegados a este punto, decidieron que los acontecimientos marcharan por sí solos. Escribió del Portillo: “Llegamos a la conclusión de que el Señor quiere que nos pongamos por completo en sus manos, confiando en que Él resolverá por entero el asunto, como mejor le parezca; hemos buscado procedimientos y lugares para pasarnos, y tanto unos como otros resultaban imposibles. Como no podemos ni poner ni ver más medios humanos, no queda sino esperar a que Él, que sabe más, ponga los suyos y nos lleve como de la mano –ya que nosotros estamos ciegos- por donde le plazca”[4]. Los tres desertaron y se alistaron de nuevo.

El 24 de agosto de 1938, del Portillo y Rodríguez Casado fueron montados en un camión y conducidos a un destino desconocido. Alastrué quedó atrás. Después de unos días en un campo de instrucción situado en un pequeño pueblo de la provincia de Guadalajara, del Portillo fue asignado a un grupo de doscientos soldados en otro pueblo a unos veinte kilómetros del frente. Rodríguez Casado se presentó voluntario para unirse al mismo pelotón y fue aceptado. Ambos fueron nombrados cabos y enviados a Fontanar, a unos diez kilómetros de Guadalajara.

Había pasado un mes desde que dejaron a Alastrué y no tenían noticias de él ni de su paradero. Inexplicablemente, el 19 de septiembre de 1938, llegó a la localidad, formando parte de un destacamento que iba allí para completar el batallón. Al principio, fue destinado a una compañía distinta a la de Rodríguez Casado y del Portillo, pero solicitó el cambio de compañía y pocos días más tarde lo consiguió.

Del Portilló obtuvo un permiso para pasar el 2 de octubre, décimo aniversario de la fundación del Opus Dei, en Madrid. Con Zorzano, González Barredo y Santiago Escrivá se puso a la cola de los barracones donde repartían un poco de pan, algo de arroz cocido y una sardina. Sentados en la acera de la calle, comieron su “pequeño banquete” para celebrar la fiesta. Al despedirse, Zorzano entregó a del Portillo varias formas consagradas para que las llevase a los que habían quedado en el frente.

Del Portillo contó a Zorzano que esperaban ser enviados al frente tres días después y que planeaban escapar al otro lado lo antes posible. Zorzano le respondió que ya había escrito a Escrivá para decirle que llegarían en torno al 12 de octubre, fiesta de la Virgen del Pilar. Años después, del Portillo comentaba: “Quedé, naturalmente, más que medianamente desconcertado ante la respuesta de Isidoro. ¡Si él no sabía, hasta que se lo dije yo, que enseguida marchábamos al frente! Y, además, sólo Dios sabía si podríamos o no pasarnos cruzando la línea de fuego. Y, aun en caso de que lográramos evadirnos [...] ¿cuándo sería? Todo esto pensé, pero no comenté nada. E insisto en que la naturalidad con que aseguró Isidoro que había escrito en ese sentido —y con esa seguridad— al Padre, me desconcertó plenamente”[5].

El 9 de octubre de 1938, el batallón de del Portillo, Alastrué y Rodríguez Casado emprendió una larga marcha que le llevaría, en las primeras horas del día siguiente, hasta posiciones en lo alto de una colina cercana a un pueblo próximo al frente. Del Portillo oyó comentar a uno de los oficiales de la unidad a la que sustituían que las tropas nacionales paraban en Majaelrayo, pueblo a pocos kilómetros hacia el norte.

Al día siguiente del Portillo y Alastrué fueron enviados a conseguir provisiones en un pueblo a mitad de camino entre su posición y Majaelrayo. Rodríguez Casado, por su parte, recibió permiso para ir al mismo pueblo a comprar una medicina. A las 6.00 de la mañana y después de comulgar, emprendieron la marcha en medio de un chaparrón que creció a medida que avanzaba el día. Subieron varias montañas y evitaron ir por los caminos principales para mantenerse fuera de la vigilancia.

Hicieron noche en una cueva y en las primeras horas del día 12 se pusieron en camino. Ascendieron por un bosque de pinos y veían abajo un pueblo, pero no sabían si estaba en manos de los republicanos o los nacionales. Al oír las campanas de la iglesia que llamaban a los fieles para la Misa, se dieron cuenta de que estaban en zona nacional. Corrieron pendiente abajo sin tomar ninguna precaución. Al llegar al pueblo –que no era Majaelrayo, sino Cantalojas- supieron que habían sido descubiertos antes. Pensando que podía tratarse de una avanzadilla del ejército republicano, el comandante de las tropas nacionales había ordenado abrir fuego de ametralladora si había un despliegue o una maniobra de retirada.

Pudieron oír Misa y comer algo. Entonces, Rodríguez Casado llamó a su padre, coronel del ejército nacional. Gracias a su influencia, no fueron enviados a un campo de refugiados y prisioneros, sino que les permitieron seguir viaje a Burgos.

El 12 por la mañana, Botella y Casciaro se marcharon a la oficina. Escrivá prometió llamarles en cuanto llegaran. Pasó el 12 sin noticias, pero Escrivá se mantenía “tranquilo, seguro, contento. Cada llamada, cuando sonaba el teléfono, creía que eran noticias. El 13 transcurrió lo mismo, el Padre de fiesta y de broma todo el día. Nos decía que estuviéramos alerta. El día 14 me dijo: “ya os avisaré al cuartel, cuando lleguen””[6]. Les llamó a las 8.00 de la tarde para comunicarles que ya estaban allí.

[1] Ibid. p. 246

[2] Ibid . p. 246

[3] Ibid. p. 248

[4] AGP P03 1986 p. 237-238

[5] José Miguel Pero-Sanz. Ob. cit. p. 250

[6] AGP P03 1986 p. 354

[1] José Miguel Pero-Sanz. Ob. cit. p.. 253

[2] Ibid. p. 243.


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