Católicos chinos en Torreciudad

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Una imagen de Ntra. Sra. Emperatriz de China, traída por alumnos de una escuela de Hon-Kong, presidió los actos

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Una pequeña comunidad de chinos católicos en España celebró el pasado día 24 de mayo, en el Santuario de Torreciudad, la Jornada de Oración por la Iglesia en China respondiendo al llamamiento general del Papa Benedicto XVI, en solicitud de apoyo a los fieles del continente asiático.

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El encuentro estuvo encabezado por el sacerdote José Zheng, que ejerce labores pastorales en Salamanca desde hace tres años, y el rector del Santuario, Javier Mora Figueroa. Entre los asistentes se encontraban varias familias orientales procedentes de Madrid, Barcelona y Zaragoza.

Algunos de los asiáticos presentes han abrazado recientemente la fe católica, como la joven Zhao, sol de la mañana en castellano, que se bautizó en la catedral de Barcelona el año pasado o su amiga Lan, que se incorporó a la Iglesia en Roma en la Semana santa pasada.

Roma. 26 de junio de 1975

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Relato del cardenal Julián Herranz sobre la marcha al cielo de San Josemaría el 26 de junio de 1975

Opus Dei - Cardenal Herranz

Cardenal Herranz

El 26 de junio regresé a Villa Tevere desde el Vaticano a la hora habitual: poco antes de la una y media del mediodía. Nada más llegar me avisaron desde la Secretaría general:

-Suba enseguida. El Padre está muriéndose.

Me dio un vuelco el corazón y, rezando, subí rápidamente. Cuando llegué al segundo piso de la Villa Vecchia, don Álvaro, que en ese momento se hallaba en el dintel de la puerta de su cuarto de trabajo, donde yacía el Padre, me dijo:

—Ven, ven, porque tú también eres médico.

Entré inmediatamente y encontré al Padre en sotana, tendido en el suelo, con el rostro sereno, aunque sin respiración.

José Luis Soria, sacerdote y médico, estaba efectuándole la respiración artificial desde un rato antes. Fuimos alternándonos: unos segundos él y otros yo. Continuamos practicándole también el masaje cardíaco.

Yo no sabía lo que había sucedido, aunque supuse, como luego me informaron, que el Padre había sufrido un shock cardíaco. Acepté la Voluntad de Dios, pero le pedía que no se lo llevase tan pronto. De rodillas como estaba, le pedí con toda mi alma al Señor que aceptase un cambio: mi vida por la suya. La mía vale poco, le dije. La suya nos es necesaria a todos: a sus hijos, a la Iglesia, a la humanidad.

Y así estuvimos José Luis y yo, durante largo rato: una vez y otra, y otra… en silencio, con lágrimas en los ojos, hasta que nos dimos cuenta de que era inútil seguir. Todos los signos clínicos eran de muerte. Don Álvaro y Javier Echevarría, que en todo momento habían acompañado y atendido amorosamente al Padre, comunicaron formalmente la tristísima noticia a los miembros del Consejo General que estaban reunidos en una habitación contigua. También, por teléfono, a las mujeres de la Asesoría Central. En ambos casos, dándoles a la vez los oportunos consejos de piedad filial y de gobierno.

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Trasladamos enseguida el cuerpo del Padre al oratorio de Santa María de la Paz. Horas después, mientras rezaba ante su cadáver, revestido con ornamentos sacerdotales, vino a mi mente, entre otros muchos entrañables recuerdos, la confidencia que el Padre nos hizo un lejano día de Navidad de 1953, junto al fuego de la chimenea de la sala de estar.

Nos dijo que quería escribir un libro sobre el borrico, ese animal bíblico con el que tanto le gustaba identificarse, porque había dado calor a Jesús en Belén y lo había llevado en triunfo a Jerusalén. Un animal que los hombres no suelen estimar pero que el Padre nos ponía como ejemplo: de humildad, de reciedumbre en el trabajo y de fidelidad en esa guerra de paz y de amor que sus hijos del Opus Dei y todos los cristianos están llamados a propagar en el mundo. Si llegaba a tener tiempo para escribir ese libro —nos dijo— lo titularía Vida y ventura de un borrico de noria.

Dios se lo llevó antes de que pudiera completarlo. Pero se conservan pasajes recogidos de sus conversaciones, de los que algunos, corregidos de su puño y letra, glosan las misericordias del oratorio de Pentecostés que él quiso ornamentar con escenas de borricos. Esos textos –recogidos en Crónica, una revista interna- son un símbolo de su vida. Entre otras maravillas de la “teología del borrico”, se lee:

«Al borrico le hubiese gustado llegar a la Navidad; calentar otra vez, con su aliento, al Niño. Pero estuvo de algún modo presente, en la blanca alegría de aquella noche, porque vinieron los ángeles e hicieron de su piel panderos y zambombas.

»La historia del borrico termina bien; muere trabajando. Y que lo destrocen después, que lo despellejen y hagan tambores para la guerra y zambombas para cantar al Niño Dios».

Así murió el Padre.

Fotos de la Clausura del proceso de don Álvaro en Roma

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Galería de fotos del acto celebrado en el Vicariato de Roma. El cardenal Ruini presidió la clausura del Proceso diocesano de Mons. Álvaro del Portillo.

Un notario levantó acta de la clausura del Proceso diocesano de la causa de Canonización de Mons. Álvaro del Portillo (Fotos de Juan Mª San Millán).

El cardenal Camilo Ruini, vicario del Santo Padre para la diócesis de Roma, dijo que don Álvaro “fue un ejemplo de fidelidad en el seguimiento del espíritu de santificación en el trabajo y en la vida ordinaria”.

“No olvidaré -ha dicho el cardenal Ruini- el afecto de don Álvaro cuando venía a visitarme al vicariato. Dejaba siempre un recuerdo y testimonio de su dedicación a Cristo”.

A continuación, todos los documentos con las declaraciones de quienes han participado en el Proceso se han custodiado en cajas.

El notario ha lacrado las cajas, que se enviarán a la Santa Sede para que continúe el proceso.

Mons. Flavio Capucci, postulador de la Causa.

El acto se celebró en la Sala de los Pactos de Letrán, en el Vicariato de Roma.

Al acto asistió Mons. Javier Echevarría y otros obispos que trataron a Mons. Álvaro del Portillo.

“Vemos en el queridísimo don Álvaro -ha dicho el Prelado- el hombre íntegro, el cristiano auténtico, el buen pastor, el hijo fidelísimo de San Josemaría”.

Muchas personas acudieron a ver las cajas lacradas con la documentación recogida.

Roma, 28 de marzo de 1950

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Rodeado de sus hijos que están en Roma, siguiendo la costumbre de ocultarse y desaparecer, el Padre celebra el veinticinco aniversario de su ordenación sacerdotal.

Muchos recuerdos vienen a su memoria: los primeros barruntos de la Obra, en 1917 y 1918; el seminario de Logroño y luego el de Zaragoza; la ordenación, los primeros años de ministerio sacerdotal y, finalmente, aquel 2 de octubre de 1928 en Madrid, cuando vio en su plenitud lo que Dios quería que hiciese; los comienzos de la Obra; la búsqueda de las almas, una a una, para transmitirles la llamada divina; la falta de decisión de unos, la respuesta generosa de otros, la fidelidad de los primeros…

Y he aquí que, ahora, la cosecha apunta ya en muchos lugares de dos continentes, mientras prosigue la siembra en otros países. ¿Cómo no dar a Dios gracias encendidas?

Como ocurre en todas las familias -y la Obra es una familia de vínculo sobrenatural- los hijos y las hijas sólo conocen a medias lo que ha costado todo eso. Pero no le gusta referirse a ello:

¡Sacrificio, sacrificio! -Claro que seguir a Jesucristo -lo ha dicho Él- es llevar la Cruz. Pero no me gusta oír hablar tanto de cruces y de sacrificio a las almas que aman al Señor; porque, cuando hay Amor, el sacrificio es gustoso -aunque cueste- y la Cruz es la Santa Cruz. -El alma que sabe amar y entregarse así está llena de alegría y de paz. Y entonces, ¿por qué hablar de sacrificio, como buscando un consuelo, si la Cruz de Cristo, que es tu Vida, te hace feliz?.

Ha terminado por ceder al deseo de sus hijos, especialmente de don Álvaro, que querían grabar una lápida -de acuerdo con las costumbres romanas- de sus bodas sacerdotales, pero con una condición: que se ponga en lo alto de la inscripción un borrico… Este borriquillo de noria o ese burro sarnoso bajo cuya figura se ve cuando se dirige a Dios…

Dos etapas jurídicas importantes

Las gestiones previas a la definitiva aprobación pontificia siguen su curso. La documentación presentada por el Fundador de la Obra es estudiada varias veces por grupos de expertos de la Curia romana: primero por una comisión de consultores y luego por el Congreso plenario. Mons. Escrivá de Balaguer hace hincapié en que el decreto de aprobación definitiva tenga en cuenta las características propias del espíritu y de los apostolados del Opus Dei. Entre otros puntos, insiste en que los no católicos, e incluso los no cristianos, puedan ser admitidos como cooperadores de la Obra -no como miembros- y quedar así unidos a su labor apostólica.

“Monseñor, ¡usted siempre pide cosas nuevas!”, le han dicho la primera vez. Porque, ciertamente, la Santa Sede nunca ha admitido que una institución católica incorpore de alguna manera a sus apostolados a personas que no forman parte de la Iglesia. Hasta que, tras una actitud dilatoria, que él considera ya como una aceptación implícita, llega la respuesta positiva.

Otro de los deseos del Fundador es lograr que puedan incorporarse a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz sacerdotes diocesanos formados en los seminarios e incardinados en sus respectivas diócesis.

¿Qué estoy haciendo por mis hermanos sacerdotes?, se pregunta con frecuencia, pues su preocupación por la vida espiritual de los mismos viene de muy lejos. Un sacerdote -recuerda- no se salva ni se condena solo… Desde su época en el Seminario de Zaragoza, conoce la generosidad y el amor de Dios que tienen muchos de sus hermanos en el sacerdocio y desea ardientemente poder ayudarles en una tarea que ellos, con frecuencia, realizan con un heroísmo silencioso.

Le lleva a ello la altísima idea que tiene del sacerdocio ministerial; no en vano, cuando predicaba a sus hermanos sacerdotes en los años cuarenta, solía permanecer de rodillas ante el altar cuando se refería a este tema.

El Fundador está convencido de que la espiritualidad del Opus Dei puede contribuir mucho a que esos sacerdotes se santifiquen en su estado. Pero, ¿cómo incorporarles a la Obra sin alejarles de las diócesis en que trabajan y sin modificar en nada las relaciones y los lazos que les unen a sus obispos respectivos? Las sugerencias que le han hecho algunos expertos en Derecho canónico, así como diversas personalidades de la Curia, no le han parecido satisfactorias. Así, pues, continúa buscando una fórmula, como había hecho hasta el 14 de febrero de 1943, cuando vio cómo tenía que resolver la ordenación de sacerdotes en el Opus Dei.

Con todo, le acucia la urgencia de solucionar este asunto. Siente como si Dios le pidiese hacer algo, y pronto… Por eso, en 1949, después de haberlo madurado en la oración y a pesar del desgarramiento interior que supone para él, había llegado a la conclusión de que sería preciso hacer una nueva fundación orientada específicamente a ayudar a los sacerdotes. Aunque eso significaba, tal vez, tener que abandonar el Opus Dei, la Santa Sede, hecha la correspondiente consulta, le había autorizado a llevar a cabo una nueva fundación.

Inmediatamente, había informado de su decisión a los miembros del Consejo General de la Obra, los cuales, aunque conmovidos y abrumados ante tal determinación, habían decidido respetar la voluntad del Padre.

Mientras se preparaba para dar ese paso, no sin seguir dando vueltas a otras posibles soluciones, había descubierto, de repente, la manera de asociar a los sacerdotes diocesanos a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, sin necesidad de fundar nada nuevo.

La solución, que durante tanto tiempo había buscado y nadie le había sugerido, era muy simple. En efecto: si la vocación al Opus Dei consistía en buscar la santificación a través de las ocupaciones ordinarias -el trabajo familiar y los deberes familiares, en el caso de la mayoría de los fieles- estaba claro que los sacerdotes podían hacer lo mismo, esforzándose, en su caso, en cumplir su ministerio con la mayor perfección posible; la Obra sólo aportaría la ayuda espiritual necesaria para que lo lograsen.

De esta forma, podrían asociarse a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz sacerdotes diocesanos incardinados en sus respectivas diócesis, y continuar dependiendo en todo de su Ordinario. Esos sacerdotes no tendrían “superiores” en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz; su único superior sería el obispo de la diócesis a la que perteneciesen. La Obra se limitaría a proporcionarles ayuda espiritual, con objeto de que pudieran santificarse en su ministerio sacerdotal, el cual llevarían a cabo en dependencia exclusiva de su obispo. Lo único que haría la Obra, con su espíritu de lucha ascética y de estímulo de vida interior, sería reforzar los lazos entre los sacerdotes y la jerarquía. Además, la fraternidad que encontrarían y vivirían en la Obra evitaría el riesgo de que se sintieran solos en un momento u otro de su vida. Finalmente, en virtud de esta nueva llamada, procurarían hacer más fecundo su ministerio y su vida sacerdotal. Lo lograrían gracias a la espiritualidad del Opus Dei, que consiste, para todos, en realizar el trabajo ordinario con la mayor perfección posible, humana y sobrenatural.

El Padre sabe que esta solución -no en vano la había buscado tanto-, tan sencilla en apariencia, tendrá consecuencias muy beneficiosas para los sacerdotes que respondan a esa llamada y para muchos otros que se verán influidos por su palabra y su ejemplo. Y también para los fieles que estén en relación con ellos. Sin duda, la recristianización de la sociedad, tan necesaria, se verá reforzada y acelerada.

Al comprender que así no tendrá que abandonar el Opus Dei, el Padre se ha sentido enormemente aliviado. El Señor, sin duda, le había hecho creer que le pedía ese desgarrador sacrificio, a la manera como había pedido a Abraham que sacrificase a su hijo, para probar su obediencia…

Ludens in orbe terrarum… (Prov. VIII, 30). El Señor había estado jugando con él como juega con los hijos de los hombres a lo largo y a lo ancho de la tierra… Como un padre juega con sus hijos: El niño tiene unos tarugos de madera, de formas y colores diversos… Y su padre le va diciendo: pon éste aquí, y ese otro ahí, y aquel rojo más allá… Y al final, ¡un castillo!

Una aprobación decisiva

El año 1950 trae otra gran alegría al Fundador del Opus Dei. Como culminación de todas las gestiones realizadas y después de que ciento diez prelados de diecisiete nacionalidades -entre ellos doce cardenales, un patriarca y veintiséis arzobispos- enviaran a la Santa Sede cartas de recomendación, el Papa firma el decreto de aprobación definitiva y solemne del Opus Dei el 16 de junio, fiesta del Sagrado Corazón.

El documento, más largo de lo habitual, evoca la rápida extensión de la Obra, que, como en la parábola evangélica, “se ha multiplicado de tal forma que el pequeño grano de mostaza se ha transformado de manera admirable en un árbol frondoso”.

El decreto recoge también los aspectos específicos del espíritu del Opus Dei: la secularidad -que lo distingue de los institutos religiosos-, las virtudes cristianas y humanas que sus miembros se comprometen a practicar, la libertad que éstos tienen en el terreno profesional y político, la filiación divina, que es el fundamento de su vida espiritual…

Tres días después de la publicación del decreto, Radio Vaticana difunde un amplio comentario sobre el mismo en cada una de sus treinta emisiones en distintos idiomas. El Padre escucha en silencio una de ellas, con la cabeza baja, como si no fuera con él…

Al recibir la noticia, había rezado un Te Deum con algunos de sus hijos. Luego, había pedido a todos los que estaban lejos de él, en diversos países, que se unieran a sus acciones de gracias y respondieran a la misericordia divina con un deseo renovado de santidad y de apostolado.

En Villa Tévere y por todo el mundo

Por todas partes empiezan a recogerse los primeros frutos de la siembra. El mismo día en que la aprobación definitiva de la Obra se ha hecho pública -16 de junio- don Adolfo Rodríguez Vidal celebra Misa por vez primera en el oratorio del primer Centro del Opus Dei en Santiago de Chile.

Un día antes, el 15, un norteamericano, Richard Rieman, ha pedido la admisión en la Obra. Acaba de terminar sus estudios en la Universidad y durante la guerra ha prestado sus servicios en la Marina. Unos días más tarde, el Padre le escribe una carta de su puño y letra, hablándole de la bendita responsabilidad que implica su vocación, y que le incumbe particularmente a él, primer miembro de la Obra en los Estados Unidos.

Durante el verano, se amplían los cursos de formación. Los hay en España -concretamente en Molinoviejo-, en Coimbra -Portugal-, cerca de Toormakeady -al oeste de Irlanda-, y también en Castelgandolfo, en Italia.

En este país, la labor del Opus Dei empieza ya a madurar, al igual que ha ocurrido en España desde hace algunos años. Los jóvenes que se reúnen en Castelgandolfo provienen de Roma, de Milán, de Palermo y de otras ciudades italianas. Uno de ellos escribe a otro, que está lejos: “Casi todas las tardes viene el Padre, y la familia se completa. Se queda con nosotros un largo rato y la jornada se hace entonces más intensa, porque el Padre nos comunica su alegría sobrenatural, nos estimula con su ejemplo y nos hace sentirnos más cerca de los demás miembros de la Obra”.

El Fundador aprovecha esos ratos para comunicarles su preocupación por verlos volar cuanto antes con sus propias alas. Los edificios de Villa Tévere, que han permitido iniciar la labor apostólica en Italia, no deberán servir, en el futuro, más que para sede de la dirección central de la Obra, y, provisionalmente, durante algunos años, como sede del Colegio Romano de la Santa Cruz. Así pues, sus hijos italianos tendrán que buscar cuanto antes una casa, porque, si no -les dice-, tendréis que refugiaros bajo los puentes del Tíber…

Las obras de la Sede Central prosiguen, en efecto, tan deprisa como se puede. A mediados de septiembre, las mujeres de la Sección femenina pueden ya instalarse en un edificio independiente, que les servirá de base para sus apostolados propios. Además, desde allí podrán, con las separaciones requeridas, encargarse de algunas tareas domésticas -cocina, decoración, limpieza, etc.- en los edificios ocupados por el Padre y por los miembros varones, como ya lo vienen haciendo en los Centros de la Obra en España y en otros países.

Bajo el manto de Nuestra Señora

El 1.° de noviembre de 1950 se produce la primera vocación a la Obra en Argentina. En ese mismo día, el Padre ha recibido un gozo indescriptible: el Papa Pío XII proclama, en la plaza de San Pedro, el dogma de la Asunción a los cielos de María Santísima. Día de gozo para los católicos del mundo entero, que se complacen al ver definido solemnemente un privilegio de la Virgen. Día de intensa acción de gracias para Josemaría Escrivá de Balaguer, que siempre lo ha puesto todo bajo la protección de Nuestra Señora: su vocación sacerdotal y esta Obra de Dios, tanto antes de que le fuera claramente revelada como después, a medida que ha ido creciendo paso a paso. Ella le ha correspondido con creces, de tal forma que muchas etapas decisivas en la historia de la Obra se han cubierto en fiestas de la Virgen.

Hace ya mucho tiempo, durante una acción de gracias tras celebrar la Santa Misa en la iglesia de Santa Isabel, en Madrid, había escrito unas palabras que ahora ayudan a miles y miles de cristianos a contemplar mejor el misterio de la Asunción, lo mismo que los demás misterios del Santo Rosario:

… María ha sido llevada por Dios, en cuerpo y alma, a los cielos: ¡y los Ángeles se alegran! Así canta la Iglesia (..). Jesús quiere tener a su madre, en cuerpo y alma, en la gloria. -Y la Corte celestial despliega todo su aparato, para agasajar a la Señora (..). La Trinidad Beatísima recibe y colma de honores a la Hija, Madre y Esposa de Dios… -Y es tanta la majestad de la Señora, que hace preguntar a los Ángeles: ¿Quién es Esta ?

La voz del Sumo Pontífice se hace más fuerte en el momento en que pronuncia la fórmula solemne por la que define la verdad de fe: “Con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo, y con la Nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de divina revelación que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”.

Frente a una imagen de madera policromada que preside la sala de estar donde se encuentra, el Fundador del Opus Dei ha oído estas palabras arrodillado…

Madrid, 17 de octubre de 1960

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

La basílica de San Miguel, en el corazón del viejo Madrid, está llena a rebosar. Cuando Mons. Escrivá sale de la sacristía para celebrar la Santa Misa, le embarga una gran emoción al contemplar la multitud de fieles, en su mayor parte miembros de la Obra y de edades y condiciones tan variadas como la sociedad misma.

Precisamente en esta misma iglesia había celebrado su primera Misa cuando se traslada definitivamente a la capital de España un día de la primavera de 1927, al llegar procedente de Zaragoza.

En la homilía que pronuncia después del Evangelio, evoca los años ya lejanos en los que completamente solo y lleno de aquellos barruntos divinos que desembocarían en la Fundación del Opus Dei, todavía estaba lejos de imaginar que vería esta iglesia llena de almas que aman tanto a Jesucristo.

La emoción, perceptible en su voz, se propaga como un eco en los corazones.

Una familia que crece

Una atmósfera similar se respiraba la víspera entre los grupos reducidos de personas que había recibido el Padre. Entre ellos, algunos empleados y obreros que venían viviendo desde hacía algún tiempo -meses o años- la vocación específica de la Obra en su trabajo ordinario, llevando a cabo un apostolado activo de presencia y testimonio en su propio ambiente.

Una voz se había alzado durante una de esas tertulias en las que el

Padre había hablado, como siempre, de la necesidad de santificarse en las ocupaciones habituales: “Padre, ¿y los que hemos sido carteristas?”

El que acababa de decir eso, provocando un estallido de risas entre los asistentes, era un antiguo ratero a quien el encuentro con un miembro del Opus Dei le había servido para “reconvertirse”. El Padre, impresionado, no le había dejado terminar: Hijo mío: a mí no me puedes robar la cartera, porque no la tengo; pero me has robado el corazón.

Dirigiéndose a todos los que se encuentran en la basílica de San Miguel, ha hecho una discreta alusión a esa anécdota del día anterior.

Sus palabras son las de siempre, pronunciadas con voz fuerte, como corresponde a las dimensiones de la iglesia: fidelidad a la vocación, renovada día a día; santificación del trabajo; continuo diálogo filial con el Señor; acción responsable en el mundo obrando siempre -según la expresión de San Pablo- con “la libertad de los hijos de Dios”; voluntad de vivir la vida cristiana en todas sus exigencias, sin miedo a basar en ese testimonio discreto y eficaz un apostolado activo y constante: que la vean vuestros parientes, vuestros colegas, vuestros vecinos, vuestros amigos. No hagáis nada raro, que no es propio de nuestra vida. Vivid como los demás, sobrenaturalizando cada instante de la jornada. Que contemplen vuestra alegría en el mundo.

Para ensanchar el afán apostólico de quienes le escuchan, el Padre les pide que recen y ofrezcan sus pequeños sacrificios diarios, así como su trabajo, por la fecundidad del apostolado en aquellos países donde la Obra está iniciando su labor. Piensa seguramente en Colombia, en Venezuela y en Chile, donde algunas hijas suyas acaban de establecerse para trabajar profesionalmente y ejercer el apostolado. Piensa también en el Uruguay, donde se ha iniciado la labor en 1956, y en Suiza -concretamente en Zurich-, donde trabajan desde ese mismo año un sacerdote que había ejercido antes como médico psiquiatra, don Juan Bautista Torelló, y un joven arquitecto, Pedro Turull. Y en Brasil, adonde han llegado los primeros en marzo de 1957; y en Austria, y en Canadá… Y en el Perú, donde otro médico, sacerdote desde 1951, don Ignacio Orbegozo, ha sido nombrado por el Santo Padre prelado nullius de un amplio territorio de 13.000 kilómetros cuadrados, en medio de los Andes, entre picachos de más de 5.000 metros de altitud… Y en Kenya, y en el Japón, donde hay hijos suyos desde 1958…

Por lo que se refiere a España, cuna de la Obra, el desarrollo es tan considerable que para procurar ver a todos sus hijos e hijas y decirles todo lo que les quiere decir ha recibido incansablemente grupos muy numerosos de personas.

En este mismo Madrid, donde el Padre abraza ahora a tantos hijos suyos, algunos de ellos habían fundado, hace cinco años, un club deportivo situado en aquel mismo barrio obrero de Vallecas que don Josemaría solía visitar, para ejercer su ministerio, antes de la guerra civil. El Club Tajamar no había tardado en convertirse en núcleo inicial de un Centro de enseñanza media y formación profesional que, provisionalmente, venía funcionando en unos barracones prefabricados de una antigua vaquería situada en terrenos baldíos. La influencia de este Centro en aquel barrio popular era ya considerable y con el tiempo lo sería mucho más…

En Zaragoza y en Pamplona

Este viaje a España de Mons. Escrivá de Balaguer está motivado, en realidad, por su deseo de asistir a la ceremonia en la que el Estudio General de Navarra va a ser erigido en universidad. Antes, sin embargo, tiene que detenerse en Zaragoza, pues el 21 de octubre va a ser investido doctor honoris causa en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de esa ciudad…

El vasto paraninfo de la Facultad de Medicina, donde se celebra la ceremonia, resulta insuficiente para albergar a los invitados, procedentes no sólo de Zaragoza y otras ciudades próximas, sino de numerosas provincias españolas.

En su discurso de agradecimiento, el Padre evoca los tiempos lejanos en que era seminarista en el gran Seminario de Zaragoza y los años en los que cursaba sus estudios civiles en la Facultad de Derecho. Luego, se recrea en el recuerdo de algunas personalidades aragonesas que habían destacado en la historia de Aragón, de España y del mundo.

Terminada la ceremonia, tarda media hora en llegar a una sala contigua, pues tiene que abrirse camino, casi a viva fuerza, entre la muchedumbre que abarrota el paraninfo.

Al día siguiente, celebra la Santa Misa en la iglesia del Seminario de San Carlos; su emoción es grande al volver a pisar el templo donde había sido ordenado diácono y había dado la comunión a su madre por primera vez.

Y, por fin, Pamplona, objetivo principal de su viaje, la ciudad que, en 1952, había visto nacer la Universidad de Navarra, de manera modesta, pero con el propósito de llegar a convertirse en una institución de enseñanza superior muy fecunda.

A la inicial escuela de Derecho, convertida ahora en Facultad, han venido a unirse otras: la de Medicina, la de Filosofía y Letras, la de Ciencias, la de Derecho Canónico… Y una Escuela de Periodismo y otra de Enfermeras. Incorporados a la Universidad, funcionan también el Instituto de Estudios Superiores de la Empresa, radicado en Barcelona, y una Escuela de Ingenieros, sita en San Sebastián.

Como el Estado español tiene el monopolio de la enseñanza superior, la Santa Sede, utilizando por primera vez la facultad que le otorga el Concordato establecido en 1953, ha erigido el Estudio General de Navarra en Universidad de la Iglesia. El Fundador del Opus Dei, que iba a ser Gran Canciller de la Universidad, habría preferido que hubiese podido conservar su carácter civil, pero había aceptado de momento esta solución, porque así se lo pidieron expresamente en la Santa Sede.

La ceremonia de erección tiene lugar el 25 de octubre en una sala gótica contigua al claustro de la catedral de Pamplona y se inicia con la lectura del correspondiente decreto, fechado el 6 de agosto de 1960 y firmado por el Cardenal Pizzardo en nombre del Papa Juan XXIII. Una vez terminada la ceremonia, el Gran Canciller y el Claustro de profesores abandonan la sala, rodeados de una gran muchedumbre. Como en Zaragoza, Mons. Escrivá de Balaguer se pliega de buen grado a las exigencias del protocolo. Luego, en el nuevo Campus, situado en terrenos cedidos por el Ayuntamiento de Pamplona, asiste a la bendición y colocación de la primera piedra de la Universidad.

Pero no han terminado con eso los actos oficiales, porque esa misma tarde, en el Ayuntamiento, recibe el título de hijo adoptivo de la ciudad.

Nuevo discurso en el que, tras evocar a grandes rasgos la variedad de las tierras de España, confiesa que siente “debilidad” por Navarra. Su tono es cordial, casi íntimo…

De la plaza donde se alza el Ayuntamiento llega el murmullo de la muchedumbre, congregada para aclamar al Padre, y el sonido de una música folklórica. Mons. Escrivá de Balaguer no tiene más remedio que asomarse a un balcón, rodeado de las autoridades allí presentes. Recogido en profundo silencio, contempla a la multitud, que le ovaciona calurosamente. Muchos agitan sus pañuelos y un grupo de bailarines ejecuta una danza regional.

No se trata, sin embargo, de uno de esos homenajes convencionales -mezcla de curiosidad y simpatía- que congregan grandes muchedumbres. Aquí se palpa una intensa corriente de afecto que une al Padre con esos hombres y mujeres de toda edad y condición, que han venido, en algunos casos, desde muy lejos, para testimoniarle su cariño y su reconocimiento.

El Fundador del Opus Dei contempla a todos largamente, profundamente conturbado, casi desconcertado, como si las aclamaciones no fueran con él. Y cuando algunos empiezan a gritar “¡Viva el Padre!”, él corta aquellos vítores proponiendo gritar: ¡Viva el Papa!, ¡Viva Navarra!.

El Nuncio apostólico, Mons. Antoniutti, que asiste a la ceremonia y contempla aquel espectáculo desde el balcón, al lado de Mons. Escrivá, no puede ocultar su emoción…

A1 día siguiente, a mediodía, el Padre celebra la Santa Misa en la catedral, llena también a rebosar. Como en Madrid, dirige algunas palabras a las cinco o seis mil personas allí reunidas, hablándoles de modo fraterno, paterno, materno, con el corazón, con la mente puesta en Dios.

Recordando el Evangelio, tan viejo y tan nuevo, y su propia vocación, sus treinta y tres años de vocación en el Opus Dei, se dirige a sus hijos, a sus hijas, y también a los padres y las madres de ellos, corona del Opus Dei, para pedirles que continúen ayudando a sus hijos, con sus oraciones, a perseverar en su camino.

Finalmente, tras la acción de gracias de la Misa, durante la cual vuelve a pronunciar unas palabras, recibe a centenares de personas en el claustro de la catedral.

No se pueden poner diques al mar…

La presencia de tantos hombres y mujeres -padres y madres de familia en su mayor parte- atestigua el desarrollo de la Obra en España, aunque no han faltado las dificultades, ni todavía faltan. Las antiguas calumnias han cambiado un poco y ahora hay quienes se empeñan en confundir al Opus Dei con un grupo político, basándose en que, desde 1957, dos miembros de la Obra, en el ejercicio de su libertad y responsabilidad personales, han aceptado ser ministros del Gobierno en España.

Mons. Escrivá sufre con una calumnia -a veces, voceada sin mala fe- que niega uno de los aspectos más esenciales de la vocación al Opus Dei: la libertad de pensamiento y acción de que gozan todos y cada uno de sus miembros en las cuestiones temporales. En palabras suyas, la vinculación al Opus Dei es exclusivamente para recibir ayuda espiritual y formación cristiana, y para colaborar en las obras apostólicas de la Obra.

Por lo tanto, el Opus Dei no persigue ningún fin de carácter temporal, ni puede intervenir o solidarizarse con las actividades profesionales, sociales o políticas de sus miembros: son éstas, actividades puramente personales. Por consiguiente, un miembro del Opus Dei no tendrá otras limitaciones en su actuación temporal que las derivadas de los principios éticos comunes a todos los cristianos.

El pluralismo de pensamiento y de acción política de los miembros del Opus Dei -que proceden de países de los cinco continentes y pertenecen a los más diversos estamentos de la sociedad- lo comprenderá con facilidad quien crea sinceramente en la existencia de ideales religiosos y valores morales, capaces de hermanar a todos los hombres en una empresa común, que están por encima -muy por encima- de las divisiones políticas y sociales. Nunca lo entenderá, por el contrario, quien tenga una triste mentalidad intransigente o de partido único, dentro o fuera de la Iglesia. Quizás muchos ignoren que Mons. Escrivá, siendo fiel a la Voluntad

de Dios, por dos veces, en situaciones políticas muy diversas, se ha negado en redondo a fomentar la creación en España de un “partido católico”: en los años treinta, durante los tiempos turbulentos de la Segunda República, y diez años después, durante la posguerra. Lo que le interesa no es el éxito político o social, sino la santidad de sus hijos; si triunfan o no, es un problema suyo. Es lo que había respondido, con viveza, a un cardenal que quiso felicitarle por el nombramiento de un miembro de la Obra para un puesto relevante.

Todo está previsto para que el Opus Dei no se desvíe jamás de esta línea; sus fines son exclusivamente sobrenaturales, y se puede constatar, incluso en España, donde no están reconocidos por entonces los partidos políticos, la variedad de tendencias de aquellos miembros de la Obra que intervienen en la vida pública. Lo cual no quiere decir que no tenga que pasar algún tiempo antes de que las mentes de muchos estén dispuestas a admitir que los católicos puedan asociarse -y se asocien de hecho- para fines que no tienen nada que ver con la política…

Con todo, este deseo de dejar bien sentada la realidad de una característica esencial del Opus Dei no es una de las principales preocupaciones del Padre. Lo que verdaderamente le urge es la expansión de los apostolados por todo el mundo. Por eso, antes de regresar a Roma, se llega hasta París, para animar a sus hijos e hijas.

El Padre llega el 29 de octubre, muy cansado y, al mismo tiempo, muy contento por haber conocido y hablado con tantas personas en tan pocos días. A la primera tertulia con sus hijos, asisten tres franceses. Uno de ellos, que ha estado en Pamplona, le pregunta qué había pensado al ver la multitud que le rodeaba. El Padre responde que en su fe y en su cariño. ¡Qué fe la suya!, repite una y otra vez, refiriendo sólo a Dios aquellas manifestaciones de entusiasmo. Luego, divertido y admirado, cuenta algunas anécdotas acaecidas durante el viaje. Está claro que este encuentro con grupos numerosos de sus hijos le ha conmovido, haciéndole olvidar el sonrojo que ha experimentado al verse convertido en el protagonista, a pesar suyo.

Las anécdotas de su viaje a España se mezclan con relatos de su vida en Roma y con las noticias que le dan sus hijos sobre la marcha de la labor en Francia. El Padre se encuentra a gusto y, como siempre, lleva el peso de aquella reunión de familia.

De pronto, suena el teléfono. Llaman al Padre… Cuando vuelve, trae el rostro demudado: acaban de comunicarle que tres de sus hijos, de regreso de Pamplona, han resultado muertos en accidente de automóvil. Entre ellos, uno de los primeros chilenos, recién ordenado sacerdote.

El Padre se dirige al oratorio, donde reza un responso por el eterno descanso de sus almas; luego se queja filialmente, dolorosamente, como suele hacer en tales casos: Pero, Señor, ¿cómo te llevas a estos hijos? Con la falta que hacen… Tú sabes más. “Fíat, adimpleatur…”.

El tono de la reunión de familia cambia. El Padre habla del Cielo y pide a los que le rodean que acudan a la intercesión de esos tres hermanos suyos que están ya junto al Señor, para que les ayuden a sacar adelante sus apostolados en Francia.

Por la tarde, vuelve al piso del Boulevard Saint-Germain, luego de haber visitado, en los alrededores de París, una casa que puede ser apta para instalar una residencia. A pesar de los esfuerzos que hace por hablar de otras cosas, no se le van de la cabeza los tres hijos suyos que han volado al cielo. Piensa que han hallado la muerte con ocasión de su viaje a Pamplona y eso le hace sufrir mucho.

Nada más saber lo ocurrido, ha redactado una nota advirtiendo a los miembros de la Obra que tienen que viajar en automóvil que no dejen de tomar una serie de medidas de prudencia. Luego, por la tarde, pide que se haga lo necesario para que la familia de una de las víctimas reciba la ayuda económica a que tiene derecho.

Pronto, se advierte que no puede más, y se levanta para marcharse. Sus hijos quedan profundamente emocionados viendo el dolor del Padre y los esfuerzos que hace para dominarse y sacar hondas consecuencias sobrenaturales, aplicando a la letra una frase de San Pablo que suele citar a quienes sufren penas o contradicciones: “Todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios” (Rom. VIII, 28).

Un venerable siervo de Dios

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Testimonio de Mons. Jorge Medina Estévez, Obispo de Rancagua
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Hace muy poco, el 9 de abril de 1990, la Congregación para las Causas de los Santos ha publicado el Decreto que reconoce que el siervo de Dios Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer practicó las virtudes cristianas en grado heroico. Esta es, sin duda, una gran noticia para los numerosísimos católicos que se sitúan en la pos­teridad espiritual del fundador del Opus Dei. En efecto, reconocida la heroicidad de sus virtudes, sólo queda para que el Santo Padre pueda proceder a su beatificación que se pruebe canónicamente al menos un milagro obrado por Dios mediante la intercesión de Monseñor Escrivá de Balaguer.

Cuando se reflexiona en la obra de Monseñor Escrivá, uno se siente impulsado a recordar la palabra evangélica: «El árbol se conoce por sus frutos» (Mt 12, 33). ¿Cuáles son esos frutos? Muchos, muchísimos, pero de entre ellos me parece que pueden destacarse tres.

El primero es el de haber impreso en su obra una fidelidad sin restricciones a la fe católica, al magisterio, a la conducción pastoral del Romano Pontífice. En momentos de incertidumbres y vacila­ciones, los hijos de Monseñor Escrivá de Balaguer han dado tes­timonio de firmeza en la fe, de adhesión al magisterio y de amoroso apoyo y obediencia al Papa. Esas actitudes, profundamente cató­licas, las bebieron en el ejemplo y en las palabras del siervo de Dios. Para la Iglesia es importante este testimonio, que toca a lo más íntimo de su ser y que apunta al fundamento de su unidad.

El segundo es el de haber dado un impulso muy sólido y vital a una espiritualidad auténticamente laical. Para Monseñor Escrivá la santidad se busca y se consigue en el medio de vida de cada cual y no a pesar de él, sino precisamente a través de él. Es la santificación por el trabajo, de cualquier tipo que sea, haciendo del lugar donde la Providencia de Dios nos ha colocado, la expresión de la voluntad suya de que nos santifiquemos, y el camino para lograrlo. Un trabajo hecho por amor a Dios (ver Col 3, 22s), con competencia profe­sional, ejecutado con alta calidad, pensando que el fruto del trabajo no es sólo una fuente de recursos para satisfacer las propias nece­sidades, sino que es también un aporte a los demás, al bien común, al bienestar de la comunidad.

El tercero es el profundo aporte espiritual, tan concreto y pre­ciso, tan revelador de una rica experiencia personal y de dirección espiritual, constituido por los tres libro Camino, Surco y Forja. Bajo el género literario de «números», aparentemente independientes unos de otros, pero en realidad profundamente conexos y trabados por una visión de la vida y de la espiritualidad característica del fundador del Opus Dei, el siervo de Dios ha proporcionado a milla­res y centenares de millares de discípulos de Cristo un alimento espiritual singularmente apropiado para el hombre de hoy. Son fór­mulas breves, profundas, cargadas de experiencia, utilísimas para recordar verdades de siempre y para hacerse preguntas altamente pertinentes acerca de la propia vida espiritual y del estado real de nuestro seguimiento de Cristo. Como esas «pepitas de oro» apuntan a realidades de carne y hueso y no a vagos sentimientos o a impre­cisas posturas intelectuales plasmadas en frases que suenen bien, pero que dicen poco y exigen menos, sobre todo en lo que más cuesta, los «números» del Venerable Siervo de Dios son, en el mejor sentido de la palabra, «números»: especie de espectáculos del espí­ritu que golpean la inteligencia, la sensibilidad y el amor. Y no cua­lesquiera, sino los que están arraigados en la fe.

Se ha escrito mucho sobre Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, y se escribirá todavía más, pero lo más grande que tal vez puede decirse de él no será nunca escrito, porque Dios, acogiendo su deseo de desaparecer, no dará plena satisfacción a nuestra curiosidad de medirlo todo y de reducirlo todo a estadísticas, sino que se reservará para el día del advenimiento del Señor, y sólo en ese día nos dará a conocer la verdadera dimensión de quien en este mundo fuera el fundador de una escuela y espiritualidad tan propia del siglo XX, del siglo del laicado cristiano y católico.

El reconocimiento de la heroicidad de las virtudes de Josemaría Escrivá de Balaguer es un hecho reconfortante en la valoración de la espiritualidad que hunde sus raíces en el Evangelio y en las ense­ñanzas del Concilio Vaticano II. No tardará la Iglesia en reconocer algún milagro atribuido a su intercesión, el que vendrá a sumarse al «milagro» de sus frutos y de los de su obra.

Aunque el título de «Venerable» no nos autoriza para rendirle culto público, muchos son y serán, cada día más, quienes desde ya lo veneren en el santuario de su corazón.

Monseñor Escrivá, peregrino de Fátima

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Testimonio de Mons. Alberto Cosme do Amaral, Obispo de Leiria
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Con ocasión del primer aniversario de la muerte de Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, es para mí motivo de gran alegría destacar una de las muchas facetas de su espiritualidad: la devoción a Nuestra Señora. Vivió su amor a la Virgen, amor de enamorado, con la profundidad de un teólogo y la sencillez de un niño.

Ya antes de su ordenación percibió que el Señor le pedía algo, que él no sabía concretar ni definir. Pero tenía el deseo ardiente de hacer la voluntad de Dios y, por eso, como el ciego del Evangelio, suplicaba constantemente: «Señor, que vea», y añadía « ¡Que sea! ».

Desde muy pronto confió a Nuestra Señora la fidelidad total a su vocación. En la fiesta de Nuestra Señora de la Merced, en 1924, (todavía no era sacerdote), grabó en la peana de una imagen de la Virgen del Pilar esta pe4ueña jaculatoria: Domina ut sit –«¡Se­ñora, que sea!».

Los cimientos de la Obra, que hoy se llama Opus Dei y cuenta con más de 60.000 asociados de ochenta nacionalidades, se apoyan en la roca viva de la entrañable devoción a Nuestra Señora que tenía su fundador. Más tarde escribiría con un saber, fruto de una experiencia intensamente vivida: «El amor a la Señora es prueba de buen espíritu, en las obras y en las personas singulares. Desconfía de la empresa que no tenga esa señal» (Camino, núm. 505).

El Opus Dei está marcado con esta señal desde sus inicios. Y siempre su fundador recorrió los difíciles caminos de la fidelidad mecido en los brazos amorosos de la Madre de Dios y Madre de los hombres.

Para Monseñor Escrivá, las peregrinaciones a los santuarios marianos eran una de las expresiones más bellas de su devoción tierna y fuerte a Nuestra Señora. Le gustaba hacerlas solo o en pequeños grupos, en un clima de recogimiento e intimidad. ¡Con qué encanto nos habla de aquella peregrinación a la que asistieron tan sólo tres personas al santuario de Sonsoles, en los alrededores de Ávila! ¡Y las de Loreto o Lourdes repetidas tantas veces!

En la década de los cuarenta hizo las primeras visitas a Portugal para poner los cimientos del Opus Dei en nuestra patria, que él amaba entrañablemente y a la que le gustaba llamar «Tierra de San­ta María». Para él, venir a Portugal era lo mismo que ir a Fátima. Y fue allí, en la Cova de Iria, donde entregó las primicias de la Obra, destinada a producir frutos maravillosos entre las gentes portugue­sas de todas las condiciones. En Tuy visitó a la hermana Lucía, entonces religiosa dorotea, que comprendió admirablemente el espíritu del Opus Dei: santificación en la vida corriente y ordinaria, contemplación en medio del mundo. Para un socio del Opus Dei su celda es la calle. Una anécdota curiosa: fue Lucía la que intervino en la solución de las dificultades burocráticas para que Monseñor Escrivá pudiese entrar en Portugal en aquel momento. Siendo car­melita en Coimbra, recibió en diversas ocasiones al fundador del Opus Dei, que amaba ardientemente la vida religiosa y en especial a las órdenes contemplativas. El Carmelo de Santa Teresa en Coim­bra y la Cova de Iria en Fátima eran escalas obligatorias para Monseñor Escrivá, profundamente contemplativo y mariano.

El fundador del Opus Dei amaba con locura al Romano Pontífice y a los obispos de la Santa Iglesia. Por eso no hacia nada sin su aprobación.

Habló varias veces con el obispo de Coimbra, don Antonio Antunes, que apoyó con brazos y corazón abiertos, el arranque en aquella ciudad de la Obra, que entonces daba los primeros pasos.

Trató muy de cerca al obispo de Nuestra Señora, don José Alves Correia da Silva, a quien visitaba cuando hacia sus peregrinaciones a la Cova de Iría. Vivía y enseñaba a vivir aquella norma tan antigua:

Nihil sine Episcopo -nada sin el obispo-. Tenía un particular afecto hacia don José, manifestado en muestras evidentes de cariño, como el regalo de unas preciosas sacras para la capilla de la Casa Epis­copal y un expresivo telegrama que encontré en el archivo.

En mayo de 1967, días antes de la peregrinación del Santo Padre, Monseñor Escrivá se hizo también peregrino del Santuario de Fátima, con aquella devoción filial, afectuosa y tierna de la que era capaz su alma de sacerdote, que siempre quiso ser sacerdote, y sólo sacerdote; sacerdote que amaba apasionadamente a Jesús y a su Madre. Al cruzarse en las carreteras de Portugal con los milla­res de peregrinos, que a pie se dirigían rumbo a Fátima, exclamaba emocionado: « ¡Que Dios os bendiga por el amor que tenéis a su Madre!».

En otra peregrinación, en el año 1970, el fundador del Opus Dei vino a implorar la protección de la Virgen para la Iglesia Santa, herida por el desamor y por los ataques de sus propios hijos. Yo pude verle emocionado recorrer descalzo la última etapa de su pere­grinación, rezando con recogimiento el Santo Rosario acompañado por un pequeño grupo de sus hijos espirituales. ¡Monseñor Escrivá, gran teólogo y canonista, confundido con la gente sencilla de nues­tra tierra, con viejecitas piadosas y buenas desgranando las cuentas de su rosario cargado de medallas! Así era el rosario de Monseñor Escrivá, adornado con muchas medallas que él besaba devotamente con la ternura y emoción con que besamos el retrato de nuestras madres. Comprendí entonces cómo la ciencia de un teólogo se pue­de aliar perfectamente a la piedad de un niño. Pensé en los pas­torcitos de Aljustrel que vieron a Nuestra Señora y recibieron de ella el gran mensaje de salvación para el mundo de hoy, y pensé también en los pequeños y sencillos del Evangelio a los cuales el Señor prometió el Reino de los Cielos.

La última peregrinación de Monseñor Escrivá al santuario de Fátima fue en otoño de 1972. Centenares de personas de las más variadas procedencias se unieron a él para rezar devotamente el rosario y para recibir el saludable influjo de su fuerte personalidad humana y sobrenatural. Lo que más destacaba en este hombre de Dios era el ansia incontenida del mismo Jesucristo de salvar a todos.

En aquella ocasión llevó a cabo en Portugal una gran catequesis, sencilla y profunda al mismo tiempo. Millares de personas, en Lisboa y en Oporto, principalmente jóvenes y sacerdotes, pudieron oír encantadas la palabra evangélica que él sembraba a manos lle­nas, en diálogo familiar y comunicativo. Las palabras le brotaban de un corazón ardiente; por eso convencía y arrastraba.

En el amor a la Virgen Santa, Madre de la Iglesia y Madre de la Humanidad entera; en el amor a la Sagrada Familia, a la que le gustaba llamar la Trinidad de la Tierra; en el amor a la Trinidad del Cielo, aprendió él a amar a todos los hombres de todas las razas y condiciones, culturas y religiones. Con el buen humor que le carac­terizaba dijo un día al Papa Juan XXIII que no había aprendido de él el ecumenismo, ya que hacía mucho tiempo que lo vivía.

El siervo de Dios se dio enteramente a los hombres; amó apa­sionadamente el mundo que salió maravilloso de las manos de Dios Creador. Llegó incluso a hablar de «materialismo cristiano» para dar a entender que las realidades terrenas y temporales, todas las tareas honestas de los hombres, son el lugar y el camino de santidad para los hijos de Dios. Esta es su misión: «hacer divinos todos los caminos de la tierra», bajo la protección de la Virgen Santa María, que encarnó la mayor santidad de cualquier criatura a través de la vida ordinaria de cada día.

Que por la intercesión del fundador del Opus Dei sea finalmente vencida esta gran crisis mundial que es una crisis de santos.

Ese “siervo de Dios”, tan delicadamente Padre

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Testimonio de Cesare Cavalleri, Director de la revista «Studi Cattolici» y crítico literario
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

El año pasado, por estas fechas –exactamente, el 9 de abril–, Juan Pablo II aprobaba el decreto de la Congregación de las Causas de los Santos en el que se exponía que existen pruebas de que el siervo de Dios Josemaría Escrivá ha vivido en grado heroico todas las virtudes cristianas. El fundador del Opus Dei era por lo tanto proclamado Venerable, título que no significa que se le pueda tri­butar culto público, pero que abre la fase inmediatamente previa a la beatificación, en la cual se probará, desde el punto de vista médico y teológico, un milagro atribuido a su intercesión.

He escrito estas líneas –y quizá se nota– con cierta oficialidad. El tema es delicado, las palabras se miden de forma exacta, no es necesario anticipar el dictamen de la Iglesia y, por otra parte, sería absurdo no subrayar el inmenso alcance espiritual, teológico y eclesial del suceso. El decreto, de hecho, sitúa a Monseñor Escri­vá en una escala muy elevada: después de haber afirmado, con Pablo VI, que la proclamación de la vocación de todos los bautizados a la santidad es «el elemento más característico de todo el Magisterio conciliar y, por así decirlo, su fin último», el decreto sitúa a Monseñor Escrivá –que de ese mensaje ha hecho el centro de la espiritualidad y de la función eclesial del Opus Dei– en «coin­cidencia profética» con el Concilio Vaticano II, reconociendo la perenne ejemplaridad de su contribución a la promoción del laicado eclesial llamado a la «cristianización ab intra (desde dentro) del mundo.

Y se podrían seguir –y debidamente– enunciando los méritos de la figura extraordinaria de Monseñor Escrivá, la fama de santo que tuvo durante su vida, su arrebatador carisma de fundador, de siervo devoto y esforzado de la Iglesia, su éxito de autor de libros publicados en todo el mundo, Camino, Surco, Forja, Es Cristo que pasa, Amigos de Dios y Conversaciones, que ya hacen que se le con­sidere un clásico de la espiritualidad de nuestro siglo, etcétera, etcé­tera. Todo esto es verdad, en parte ya se ha probado, y sólo falta un trabajo sublime y desmedido de biógrafos e historiadores.

No obstante, personalmente, no me encuentro en condiciones, al menos por ahora, de coordinar un discurso sistemático sobre cl Venerable Josemaría Escrivá, porque yo he conocido al fundador del Opus Dei hace treinta años y, hasta que murió, es decir, hasta el 26 de junio de 1975, he tenido con él –yo, como miles de miem­bros del Opus Dei en todo el mundo– relaciones filiales no basadas en la asiduidad de una visita humanamente imposible, sino llenas de noticias, oraciones, ideales y trabajo apostólico compartidos, hasta el punto de considerar absolutamente natural el título de padre con el que nos dirigíamos al fundador: no padre en sentido religioso, sino en el sentido de padre de familia.

No es que no nos diésemos cuenta del valor y de la santidad del padre, todo lo contrario: pero su modo de actuar, y de tratarnos, hacía que lo sintiéramos ante todo nuestro; tanto es así que mientras estoy evidentemente contento del avance de su proceso de beati­ficación –porque Monseñor Escrivá no pertenece al Opus Dei, sino a toda la Iglesia–, al mismo tiempo siento la sensación de que se hacen públicos documentos de familia, cosas íntimas, procedimien­tos a mi parecer legítimos y benéficos, pero que de alguna manera son también un desposeimiento.

Si yo tuviese que probar en qué cosa he adivinado sobre todo la santidad de Monseñor Escrivá, diría que ha sido en su manera tan humana de vivir la caridad, es decir, en su extraordinaria capa­cidad de afecto. Y me acuerdo de un episodio sin importancia, pero para mí muy significativo.

Sucedió en 1961. Me trasladé con un grupito de estudiantes a casa del padre, a la sede central del Opus Dei en Roma. Finalizado el cordialísimo encuentro el padre nos invitó a asistir a la Santa Misa que iba a celebrar en breves momentos Nos fuimos al oratorio –artístico y recogido– que el fundador utilizaba habitualmente y que, por sus reducidas dimensiones carece de reclinatorios Cuando sonó la campanilla del Sanctus nos arrodillamos sobre el suelo de mármol. El padre hizo una señal al acólito que era don Javier Echevarría, el actual Vicario general del Opus Dei y le susurro algo al oído. Don Javier vino hacia nosotros y nos dilo «El padre dice que no os arrodilléis, porque el suelo esta frío». Así era el padre incluso en los momentos mas solemnes y precisamente por su ininterrumpida relación con Dios pensaba concretamente en quienes estaban a su lado, se preocupaba hasta de las rodillas de estudiantes de veinte años que, entre otras cosas, no notaban molestia alguna al estar en contacto con el mármol. Con la conciencia segura invito a recurrir a la intercesión de un siervo de Dios que en vida tenía estas delicadezas.

Guatemala: fin de ruta

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Hace mucho tiempo que el Fundador del Opus Dei desea visitar Guatemala. Así lo expresan las líneas de una carta escrita al Cardenal Arzobispo:

«Puedo asegurarle, Eminencia, que he llegado a considerar la realización de mi proyecto de irlos a ver a Guatemala, como un regalo que el Señor me hará por los 50 años de sacerdocio, durante los cuales he tratado de servirle con fidelidad».

El 15 de febrero de 1975 cumple este deseo, el tomar tierra en la terminal guatemalteca. El Padre llega agotado por el viaje: se ha entregado de lleno a miles de personas en Caracas, no ha escatimado el menor esfuerzo. Además, este vuelo ha sido especialmente duro, con escala de varias horas en Panamá, bajo un sol tórrido y en un avión sin acondicionar.

El Padre se aloja en una casa de la Avenida Catorce. Se reducen al mínimo las visitas, a pesar de que centenares de personas están deseando conocerle. Pero los bruscos cambios de temperatura han producido en el Padre una afonía que apenas le permite comunicarse.

No ignora que se han preparado muchas cosas para recibirle, para que pueda charlar de un modo familiar con todas sus hijas e hijos guatemaltecos; y con miles de personas que han recibido la noticia de su llegada y han venido de otros países del Continente a esta confluencia Centroamericana.

Conociendo la cordialidad de Monseñor Escrivá de Balaguer y lo inagotable de su entrega a los demás, se puede calibrar lo que ha de costarle esta situación de imposibilidad física. Hasta donde pueda, intentará ver a cuantos se han acercado a Guatemala para saludarle.

Durante la semana que el Padre permanece en este país, será preciso cancelar las grandes reuniones previstas en los campos de deporte del Centro Universitario Ciudad Vieja, para unas cinco mil personas. Muchas veces pedirá perdón porque le han abandonado las fuerzas. Dice que con la enfermedad ha venido a estorbar a Guatemala. Y repite varias veces:

-«Soy un estropajo… »(80).

Pero aún se sobrepondrá, y recibirá a un grupo numeroso de sacerdotes, a muchas de sus hijas en la Escuela Técnica de Hostelería Zunil, y a grupos de hijos suyos en la casa donde vive. Y seguirá repartiendo el caudal de su espíritu evangélico, la sonrisa y el buen humor, la ascética ejemplarizada con su propia vida, el servicio y la entrega, por encima de toda circunstancia desfavorable.

Con la misma alegría, sigue expresando su amor a la Iglesia y al Papa, su defensa de la unidad y pureza del dogma católico, la urgencia de manifestar la dignidad del sacerdocio, el ecumenismo bien entendido…

-«En medio de esta barahúnda, el hecho de amar más cada día a la Iglesia y de estar contentos, ya es un milagro…

Luego, no podemos nosotros distinguir entre este Papa y el otro, y el de más allá. ¡No! A venerar al Santo Padre, sea quien sea, y a rezar por él: que el Señor lo tenga de su mano y le siga ayudando para que gobierne la Iglesia»(81).

Y habla, mientras tiene voz, del amor de Dios como dimensión absoluta de la vida del hombre:

«Hay que acudir al trato con el Señor constantemente, de la mañana a la noche y de la noche a la mañana, también durmiendo. Sí. Antes de dormir, un acto de amor de Dios, una petición, una jaculatoria. Jaculatoria es como una saeta encendida… Y cuando te despiertes, si duermes de un tirón, te despiertas todavía con el sabor de la saeta en la boca».

A sus hijos de Guatemala les anima en las tareas apostólicas por estas tierras centroamericanas. Está muy contento, pero les pide que no cejen en su esfuerzo por multiplicarse, por agrandar el reino de Dios:

«Tengo que deciros, hijos, que el Señor, en estos momentos tan duros para la Iglesia, está bendiciendo la Obra como nunca»(82).

La víspera de su partida pasa un rato a solas con el Consiliario del Opus Dei. Quiere dejarles el regalo de aquello que no ha podido decir, en voz alta, a todos los vientos.

«Saber sentir realmente el peso de la Obra sobre nuestros hombros. Esto se lo debes inculcar a todas mis hijas y a todos mis hijos: todos hemos recibido el mismo mensaje, a todos nos corresponde responder de la misma manera»(83).

Al día siguiente, cuando el coche que lleva al Fundador hasta el avión enfila el aeropuerto, se encuentra con una multitud -pasan de dos mil personas- que acuden a despedirle. Invaden pasillos, corredores y el borde mismo de la pista… Desde el pie de la escalerilla les bendice, y hace un gesto de unión y despedida. Minutos más tarde el aparato despega con rumbo a Roma.

Ha concluido esta ingente catequesis continental: casi 45.000 kilómetros de recorrido. El Padre ha terminado, también, con todas sus reservas físicas. Pero algo inagotable le desborda el alma en este viaje de regreso: la alegría de haber visto y hablado a tantas gentes. De haber prestado su voz para hacerles llegar la llamada de Cristo a la santidad en todos los caminos de la tierra.

Junto al Papa

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En la nave derecha de la Basílica de San Pedro, en Roma, se yergue desde 1964 la estatua de Pío XII, obra de Francesco de Messina. Revestida con capa pluvial de bronce sobredorado, y tiara pontificia. Su mano bendice y subraya al mismo tiempo; puntualiza con gesto firme y digno. La figura tiene cierto hieratismo; sus proporciones la convierten casi exclusivamente en estatura.

Seis años antes, el Papa Eugenio Pacelli, la noche del ocho al nueve de octubre, había fallecido. Una muchedumbre silenciosa asistía al traslado de su cuerpo por las calles de Roma, al responso en San Juan de Letrán, y a la llegada de los restos ante la Basílica de San Pedro. Doblaban las campanas de la Ciudad Eterna.

Para el Opus Dei, la figura de Pío XII es definitivamente entrañable porque durante su Pontificado la Obra recibirá diversas aprobaciones en su largo camino jurídico -abriendo cauces nuevos en el Derecho Canónico-, que culminará muchos años después, en 1982, cuando el Opus Dei sea erigido Prelatura Personal.

Durante los días de luto que siguen a la muerte de Pío XII, el Fundador del Opus Dei habla especialmente del cariño por el Sumo Pontífice que es parte integrante del espíritu del Opus Dei.

«Sabéis, hijos míos, el amor que tenemos al Papa (…), quienquiera que sea. A éste que va a venir ya le queremos. Estamos decididos a servirle con toda el alma ex foto corde tuo, ex tota anima tua… Y a este Pontífice le vamos a amar así».

En otro momento, repetirá:

«Rezad, ofreced al Señor hasta vuestros momentos de diversión. Hasta eso lo ofrecemos por el Papa que viene, para dar a conocer la eternidad de la Iglesia, como hemos ofrecido la misa todos estos días, como hemos ofrecido… hasta la respiración»(22).

Y seguirá insistiendo:

«Cuando vosotros seáis viejos, y yo haya rendido cuenta a Dios, vosotros diréis a vuestros hermanos cómo el Padre quería al Papa con toda su alma, con todas sus fuerzas… »(23).

El 28 de octubre de 1958, una «fumata bianca» a última hora de la tarde, pone fin a la espera de todo el mundo católico: aquel que va a ser representante de Cristo en la tierra ya tiene nombre. El Cardenal Canali anuncia a los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro la elección del Patriarca de Venecia, que ha escogido el nombre de Juan XXIII. Se llama Ángel José Roncalli y es uno de los trece hermanos de una familia campesina de Sotto il Monte, cerca de Bérgamo. Tiene setenta y siete años.

Durante un viaje que hubo de hacer en 1954 a España, el entonces Cardenal Roncalli se alojará en dos Residencias Universitarias promovidas por miembros del Opus Dei: La Estila en Santiago de Compostela y Miraflores en Zaragoza. Años más tarde le comentará al Padre que le llamaron la atención la alegría y el buen espíritu que reinaban en las dos casas. Pensó que se trataba de una peculiaridad del carácter español, pero luego vio que era una característica de la Obra (24).

En 1960, el Padre solicita audiencia en el Vaticano para saludar al nuevo Papa. Pocos días después, es recibido por Juan XXIII. La entrevista transcurre en un tono entrañable y patriarcal. Como solía hacer el Papa Juan.

«La primera vez que oí hablar del Opus Dei -le dijo el Papa- me dijeron que era una institución “imponente e che faceva molto bene”, una institución imponente y que hacía mucho bien. La segunda (…), que era una institución “imponentissima e che faceva moltissimo bene”»(25). Y comentaba que estas palabras le entraron por los oídos, pero su cariño por el Opus Dei le quedó en el corazón.

El Padre habló mucho con el Papa; de la Obra, de sus apostolados, de la actitud de servicio a la Iglesia que llevan sus hijos a través del mundo.

Un momento antes de terminar la audiencia, el Santo Padre hace llamar a un fotógrafo para que la entrevista quede grabada de modo perenne. Al día siguiente llega la fotografía a Villa Tevere, junto con una bendición llena de cariño.

El Fundador comentará algún tiempo después: «Pío XII llegó a conocer la Obra y la quiso (…). Juan XXIII la quiso muchísimo y me decía que fuera a verle más a menudo (…). Diez días antes de su muerte (…) mandó un último pequeño regalo. Un día, hablando con él, me dijo en italiano: “Monseñor, la Obra pone ante mis ojos horizontes infinitos que no había descubierto”»(26).

Cuenta el Fundador la confianza con que habló a Juan XXIII del apostolado del Opus Dei con los no cristianos. Y de lo que le había costado conseguir la aprobación por parte de la Santa Sede, para nombrar Cooperadores del Opus Dei también a personas no católicas:

«Cuando solicitamos oficialmente, hace veinte años, de la Santa Sede la autorización para recibir a los no católicos e incluso a los no cristianos como Cooperadores de nuestra Obra, la primera contestación fue que era imposible. Volví a insistir y la respuesta fue un dilata, que era ya reconocer la legitimidad de nuestra petición, aunque aconsejándonos esperar. Por fin, en 1950, la contestación afirmativa: la Obra era así la primera asociación de la Iglesia católica que abría fraternalmente sus brazos a todos los hombres, sin distinción de credo o confesión»(27).

Ante la hilaridad de Juan XXIII, le dijo el Padre: «como ve Vuestra Santidad, en este punto no he aprendido nada del Santo Padre: lo he aprendido del Evangelio»(28).

El Santo Padre asintió. Porque la raíz del trabajo de la Obra con los no católicos que lleva incluso a admitirlos como Cooperadores de la Obra, es efectivamente evangélica.

El sentido de la libertad de las conciencias en la Obra lleva a compartir trabajo y proyectos incluso con personas que no tienen confesionalidad católica. Los Cooperadores no forman parte de la Obra, pero, por razones de utilidad social, cultural, etc., aportan su ayuda y colaboración para sacar adelante tareas que tienen gran envergadura humana. En algunos países, son un apoyo insustituible.

El 25 de enero de 1959, Juan XXIII anuncia a los Cardenales en la Basílica de San Pablo Extramuros su propósito de convocar un Concilio que habría de llevar el nombre de Vaticano II; también la reunión de un Sínodo romano y la revisión del Código de Derecho Canónico. El Papa abría un enorme panorama de trabajo, oración y diálogo, a los tres meses de su elevación al Pontificado. Habría de ser el XXI Concilio Ecuménico de la Iglesia Católica.

El 11 de octubre de 1962, festividad de la Maternidad de Nuestra Señora, en la nave central de la Basílica de San Pedro se declara abierto el Vaticano II. Dos mil quinientos padres conciliares se alinean bajo las estatuas, mausoleos y bóvedas del gran templo de la cristiandad. Cerca de ellos, el Papa: un hombre de casi ochenta y un años pero lleno de energía, de amor y resolución que, unos días antes, el cuatro de octubre, ha ido como peregrino a los Santuarios de Loreto y Asís implorando la ayuda del Cielo. Diez Sesiones públicas presididas por Su Santidad y más de ciento sesenta Congregaciones Generales tendrán lugar para estudiar y aprobar los diversos documentos conciliares. Un número considerable de observadores no católicos podrán asistir a las reuniones abiertas. Durante el primer período conciliar, el Papa se abstendrá de participar en los trabajos de las Congregaciones Generales. Pero seguirá su desarrollo completo a través de un circuito cerrado de televisión. Su salud empieza a resentirse: sin embargo, no renuncia a rezar y sufrir por esta barca que gobierna en nombre de Cristo y ha de soportar los embates de toda clase de tempestades. Insiste en el empeño por explicar con mayor precisión a los fieles y al mundo entero la naturaleza y misión universal de la Iglesia.

Ya en 1961, el Papa Juan había publicado la Encíclica Mater et Magístra conmemorando el setenta aniversario de la Rerum Novarum de León XIII. Quería animar el empeño autónomo y responsable de los católicos en la vida social y económica de la humanidad contemporánea. Dos años más tarde, el 11 de abril de 1963, dará a conocer la Pacem in Terrís: la paz entre todos los pueblos fundada sobre la verdad, la justicia, el amor y la libertad…

En junio de 1962, Monseñor Escrivá de Balaguer será recibido, una vez más, por Su Santidad el Papa. Recordando esta inolvidable audiencia, el Padre escribe con emoción y alegría:

«Os diré, sin embargo, que de este encuentro del hijo con el Padre han quedado guardados en mi mente y en mi corazón todos los pormenores. Más aún: así como el Apóstol Juan conservó un nítido y vivo recuerdo, fruto de un gran amor, de todos lo pormenores de sus encuentros con el Maestro (y este recuerdo llega incluso a precisar la hora de la divina llamada: hora erat quasi decima); del mismo modo yo, en mi modestia, vuelvo con mi recuerdo a esta Audiencia, y guardo de ella hasta el más mínimo detalle: no solamente el día y la hora, sino también la mirada atenta y llena de paterna benevolencia, el gesto suave de la mano, el calor afectuoso de su voz, la alegría grave y serena reflejada en su semblante… Quisiera de verdad, queridísimos hijos, que todos vosotros sintiérais la misma alegría que yo y quedáseis inmensamente agradecidos al Papa Juan XXIII por su bondad y benevolencia (…).

El Santo Padre Juan XXIII, Pastor común (…), que además ha sido el Pontífice de la Encíclica Mater et Magistra y será el gran Papa del Concilio Ecuménico Vaticano II, nos tiene a todos en su corazón. Nos conoce y nos comprende perfectamente» (29).

El Fundador del Opus Dei desborda, en páginas que le salen del alma, el resumen de su admiración y cariño agradecido al Pontífice.

Juan XXIII no verá finalizar las sesiones del Concilio Vaticano II. El 3 de junio de 1963 será anunciado su fallecimiento.

Dos semanas antes había recibido en audiencia a un matrimonio -los dos miembros del Opus Dei- acompañado por sus hijos. El Santo Padre les habló de la grata impresión recibida durante su estancia en España, donde había tomado contacto por primera vez con la Obra. Y les dijo también que en Roma había podido tener un conocimiento más directo y más profundo; había visto los inmensos horizontes de la labor del Opus Dei, comprendiendo bien su trascendencia y universalidad. Les subrayó que recordaba con muchísimo cariño las veces que había podido hablar directamente con el Fundador.

Este fue el último detalle de afecto de Su Santidad Juan XXIII por el Opus Dei. El Padre, durante toda la enfermedad del Papa, ofrecerá su Misa diaria por él. Muchos de los miembros de la Obra que viven en Roma acompañarán las horas finales de su vida rezando en la calle junto a los fieles de todo el mundo. El día 3 de junio de 1963, una inmensa muchedumbre asiste a la Misa que el Cardenal Traglia, Pro-Vicario de Roma, celebra en la Plaza de San Pedro. Anochece. A las 19,49 las campanas de la Basílica Vaticana empiezan a doblar: ha muerto el Papa. La gente que abarrota este templo al aire libre se pone de rodillas.

En Villa delle Rose, Castelgandolfo, el Fundador mandará poner una lápida como testimonio de agradecimiento a la generosidad de este sucesor de Pedro que, entre otras cosas, donó definitivamente los terrenos en que se alza el Colegio Romano de Santa María.

En las grutas vaticanas, un sencillo mausoleo guarda los restos de Juan XXIII. Un relieve del siglo XV con la Virgen, el Niño y los ángeles, vela la bondad y recio corazón de este Papa de la Iglesia.

Desde 1957, Monseñor Escrivá de Balaguer es Consultor de la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades; también es Académico de la Pontificia Academia Romana de Teología; a partir de 1961 será, además, Consultor de la Comisión Pontificia para la interpretación auténtica del Código de Derecho Canónico.

Pero, sin duda, la mejor y más insustituible ayuda del Padre al Romano Pontífice, y en él a toda la Iglesia de Cristo, es la oración, el amor, la obediencia incondicional a lo que el primero de los Apóstoles pueda necesitar del Opus Dei. Este es un testimonio de fidelidad que no olvidarán nunca los hijos de Dios en la Obra.

« “Ubi Petrus, íbi Ecclesia, ibi Deus. Queremos estar con Pedro, porque con él está la Iglesia, con él está Dios; y sin él no está Dios. Por eso yo he querido romanizar la Obra. Amad mucho al Padre Santo. Rezad mucho por el Papa. Queredlo mucho, ¡queredlo mucho! Porque necesita de todo el cariño de sus hijos. Y esto lo entiendo muy bien: lo sé por experiencia, porque no soy como una pared, soy un hombre de carne. Por eso me gusta que el Papa sepa que le queremos, que le querremos siempre, y eso por una única razón: que es el dulce Cristo en la tierra»(30).


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