Honoris Causa de Comunicación en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz

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Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei y Gran Canciller de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz ha concedido el doctorado “Honoris Causa” al Cardenal Camillo Ruini y al profesor Alfonso Nieto

Opus Dei - El Aula  Magna de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma) escucha al  Cardenal Ruini.

El Aula Magna de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma) escucha al Cardenal Ruini.

Tras el desfile académico, en el que participaron profesores de las cuatro licenciaturas de la Universidad y profesores de otras universidades, Mons. Javier Echevarría abrió el acto con un discurso sobre la comunicación.

Opus Dei - El  Prelado del Opus Dei presidió el acto y concedió los Honoris Causa.

El Prelado del Opus Dei presidió el acto y concedió los Honoris Causa.

Señaló que “San Josemaría sostenía que los hijos de Dios tienen que estar presentes, con profesionalidad, identidad cristiana y amor a la Verdad, en los lugares donde se forma la opinión pública”.

“Es difícil –añadió citando un texto del santo- que haya verdadera convivencia donde falta verdadera información; y la información verdadera es aquella que no tiene miedo a la verdad y que no se deja llevar por motivos de medro, de falso prestigio, o de ventajas económicas”.

El Prelado ha invitado a todos los profesionales creyentes del mundo de la información “a conjugar el don gratuito de la fe con el esfuerzo cotidiano en el estudio racional de todos los saberes implicados en la comunicación”. A continuación se ha entregado el primer doctorado Honoris Causa.

LAS CINCO REGLAS DEL CARDENAL RUINI

Opus Dei - Saludo  del Cardenal Ruini y el Prelado.

Saludo del Cardenal Ruini y el Prelado.

El cardenal Camillo Ruini ha sido durante muchos años el presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, y actualmente es el vicario del Santo Padre al frente de la diócesis de Roma. El doctorado le ha sido concedido, entre otros motivos, por el exitoso “Proyecto Cultural” que el cardenal propuso en 1994 a la Iglesia italiana. El proyecto, que ha dado numerosos frutos, se propuso enriquecer de nuevo la cultura italiana con la identidad cristiana.

Tras recibir de manos de Mons. Echevarría el anillo, la medalla, el diploma y el birrete de doctor, el cardenal Camillo Ruini ha dicho en su discurso –llamado en estas ocasiones “Lectio Magistralis”- que “la comunicación social es un elemento cada vez más importante para la evangelización y transmisión de la fe. Pero, al mismo tiempo, ni basta ni es el factor más eficaz. Sí lo son, en cambio, los contactos y las relaciones directos, personales, de la comunidad creyente”.

El Cardenal ha señalado que “es necesario advertir los profundos movimientos que están agitando actualmente la sociedad y la cultura, para introducir en ella nuestro mensaje, mejorando y atrayendo al bien las energías que en esa sociedad se producen”.

Opus Dei - La  concesión del birrete.

La concesión del birrete.

En estos años de diario diálogo con los medios de comunicación, el Cardenal ha aprendido “cinco reglas: uno, no bastan los medios de comunicación para transmitir el Evangelio; dos, hay que hablar claro; tres, es necesario expresarse con simpatía; cuatro, ser profesionales; y cinco, aspirar a la santidad”. Mons. Ruini ha desarrollado estas cinco ideas en un profundo y divertido discurso lleno de anécdotas.

Ruini fue presentado por el profesor Norberto Gonzalez Gaitano, de la Facultad de Comunicación Institucional de la Universidad. El profesor subrayó la “extraordinaria sensibilidad comunicativa, que revela un sincero respeto por la opinión pública” del nuevo doctor Honoris Causa. “Tal sensibilidad nace de la compresión de la relación que hay entre cultura y comunicación”.

ALFONSO NIETO, PIONERO EN LA EDUCACIÓN PERIODÍSTICA

Opus Dei - El  profesor Alfonso Nieto muestra el diploma que le acredita como Doctor  Honoris Causa por la Universidad romana.

El profesor Alfonso Nieto muestra el diploma que le acredita como Doctor Honoris Causa por la Universidad romana.

También recibió el doctorado Honoris Causa el profesor Alfonso Nieto, principal impulsor y pionero de los estudios universitarios de Periodismo en España, y rector de la Universidad de Navarra en la década de los 80. En su discurso, el nuevo doctor ha analizado el mercado actual de la comunicación. En él, dijo, la nueva moneda ya no es el euro o el dólar, sino “el tiempo. En algunos casos, escasea; en otros, abunda; no admite devoluciones; si se pierde, no se puede recuperar; algunos creen que lo poseen, pero se equivocan…”.

Opus Dei - Abrazo  entre el Prelado y el prof. Nieto.

Abrazo entre el Prelado y el prof. Nieto.

Nieto ha hablado también sobre la “apariencia” con la que juegan todos los medios de comunicación. “Desde los periódicos hasta Internet, abunda lo que es aparente, verosímil, lo que parecer ser pero en realidad no es. Por ejemplo, un programa de televisión parece ser gratis, pero en realidad no. Estamos pagando con nuestro tiempo”.

El profesor ha sugerido que, para mejorar los medios de comunicación, es necesario llenarlos de “realismo, veracidad, solidaridad y, sobre todo, buen humor”. El doctor Honoris Causa ha invitado a “abrir espacios y tiempos que susciten la sonrisa en todas o en la mayor parte de las páginas del periódico, de las revistas, de los periódicos o la publicidad”.

“Son los ciudadanos quienes lo piden, quizá no de un modo explícito, quizá porque no han tenido la experiencia. Por este camino, sin dejar de ver los problemas, se encontrarán soluciones mejores y nos daremos cuenta de que una de las cosas más importantes de la vida es sonreír y saber reírnos de nosotros mismos”.

Opus Dei - De  izquierda a derecha: Norberto González Gaitano, el cardenal Ruini,  Alfonso Nieto y José María La Porte.

De izquierda a derecha: Norberto González Gaitano, el cardenal Ruini, Alfonso Nieto y José María La Porte.

La laudatio a Alfonso Nieto la ha realizado el profesor José María La Porte, vicedecano de la Facultad de Comunicación. La Porte incidió en “el amor del profesor Nieto por la libertad, que se manifestó en su lucha porque los estudios de periodismo y comunicación obtuvieran reconocimiento universitario en España, entre 1969 y 1975, en un momento en que la libertad de prensa en aquel país estaba sometida a serias limitaciones”.

Logroño. La llamada de Dios

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Las desgracias se sucedieron. En 1914 quebró el negocio familiar —un comercio de tejidos— y los Escrivá tuvieron que trasladarse de ciudad. Se asentaron en la capital de la Rioja, donde Josemaría siguió estudiando el Bachillerato. La actuación de su padre en aquellos momentos difíciles le dejó un caudal de recuerdos inolvidables; recuerdos —comentaba— que me enorgullecen y que no se han borrado de mi memoria (…): anécdotas de caridad generosa y oculta, fe recia sin ostentaciones, abundante fortaleza a la hora de la prueba bien unido a mi madre y a sus hijos.

Era un adolescente estudioso que soñaba con ser arquitecto y construir grandes edificios. Pero Dios tenía otros planes para él. Un día, durante las Navidades de 1917-18, tras una intensa nevada, vio en la Costanilla de la calle Mayor de Logroño algo que le llamó poderosamente la atención: las huellas heladas de unos pies descalzos sobre la nieve. Eran las pisadas de un joven carmelita, José Miguel de la Virgen del Carmen.

Si otros hacen tantos sacrificios por Dios —pensó—, ¿yo no voy a ser capaz de ofrecerle nada?; y entendió en su alma que Dios le llamaba a su servicio. Comencé a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor.

¿Para hacer qué? ¿Dónde? Lo ignoraba. Yo no sabía lo que Dios quería de mí, pero era, evidentemente, una elección. Ya vendría lo que fuera… De este modo, tan sobrenatural como sencillo, Dios le indicó la dirección —la entrega plena—, pero sin señalarle el camino con claridad. Tuvo que rezar, pedir luces, aconsejarse… como todos los que quieren seguir al Señor. Habló con el Padre José Miguel, que le ayudó en aquellos momentos decisivos, y desde entonces guardó un profundo afecto por la Virgen del Carmen y el Carmelo. No sabía qué hacer: sólo tenía presagios, presentimientos, barruntos en el habla aragonesa. Barrunté el Amor, la llamada de Dios, que quería algo. Yo no sabía lo que era.

Tomó una decisión trascendental en su vida con la ayuda de la Virgen, sin esperar la llegada de unas luces meridianas, de unas gracias tumbativas, como las que recibió San Pablo, que Dios no tenía por qué darle. Dios le llamó en la normalidad de lo cotidiano, con un signo en medio de la calle y Josemaría respondió con generosidad plena, demostrando la madurez espiritual de su corazón de adolescente. Mi Madre del Carmen me empujó al sacerdocio. Yo, Señora, hasta cumplidos los dieciséis años, me hubiera reído de quien dijera que iba a vestir sotana. Decidió hacerse sacerdote, algo en lo que no había pensado, para llevar a cabo ese querer de Dios aún desconocido.

Sus padres, como buenos cristianos, respetaron su decisión, y poco tiempo después ingresó en el Seminario de Logroño. Por medio del sacerdocio —intuyó— podría ser fiel a ese algo grande que Dios le pedía; algo, comentaría años después, que todavía estoy paladeando y que me ha endulzado la vida.

Y oraba, de modo incesante: ¡Señor que vea! ¡Señor que sea!

He aprendido de un gitano…

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Don Josemaría se desvivía por los enfermos, los consolaba con su presencia animosa y optimista, y procuraba aprender de ellos. Un día vio a un gitano agonizante en una cama del Hospital General, al que habían dado una puñalada mortal durante una reyerta.

—Este hombre se muere —le avisaron.

Procuré que nos dejaran solos. Dije al gitano unas palabricas y se conmovió. Le advertí también que se moría, y él quiso confesarse. Luego, cuando le día a besar el crucifijo, me decía a gritos, sin que pudiera hacerle callar:

—Con esta boca mía podrida no puedo besar al Señor.

—¡Pero si le vas a dar un abrazo —le dije— y un beso muy fuerte enseguida, en el Cielo!

Nunca olvidó aquel grito sincero de compunción. ¿Habéis visto —comentaba años después— una manera más hermosamente tremenda de manifestar la contrición? Después, alguna vez lo he dicho también yo, a solas, sin dar voces: con esta boca mía podrida, no puedo besarte, Señor. He aprendido de un gitano moribundo a hacer un acto de contrición.

“Guardo esa imagen grabada en el alma —recuerda José Ramón Herrero, uno de los jóvenes que le acompañaban en sus visitas a los hospitales—: el Padre, arrodillado junto a un enfermo tendido en un pobre jergón sobre el suelo, animándole, diciéndole palabras de esperanza y aliento… Esa imagen no se me borra de la memoria, porque refleja y resume lo que fueron aquellos años de su vida”.

Brian Kolodiychule, Postulador de la Causa de la Madre Teresa, recordaba con motivo de la canonización de Josemaría Escrivá que el encuentro de Cristo en los pobres, que fue el carisma de Teresa de Calcuta, se da, de una forma o de otra, en todos los santos de la Iglesia. Se puso de manifiesto, escribe, “muy en particular en los primeros años de la historia del Opus Dei, como han relatado testigos del trabajo pastoral del beato Josemaría en los hospitales de Madrid. Los pobres, los enfermos, los desahuciados, fueron las armas para vencer en su batalla para que el Opus Dei echara a andar. En ambos casos, tanto para el fundador del Opus Dei como para la Madre Teresa, en la raíz de este compromiso se advertía la fe, que les hacía descubrir a Cristo en cada hombre”.

Olvidar y perdonar

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

La guerra había dejado en el país un clima de recelos y sospechas; y tras la persecución religiosa, don Josemaría tuvo que sufrir una nueva persecución, esta vez contra su predicación y su figura: habladurías, murmuraciones, calumnias. Uno de aquellos ataques pudo costarle la vida: llegaron a denunciarle, en la espiral absurda de acusaciones sin fundamento, ante el terrible Tribunal para la represión del marxismo y la masonería.

Ante esos hechos, su enseñanza constante fue siempre olvidar y perdonar. Aconsejaba:

—No juzgues a los demás;

—no ofendas ni siquiera con la duda;

—ahoga el mal en abundancia de bien;

—siembra lealtad, justicia y paz;

—pasa por alto las interpretaciones torcidas;

—habla cuando pienses en conciencia que debes hablar;

—perdona, siempre, pronto, y todo con la sonrisa en los labios;

—y deja todo en manos de nuestro Padre Dios.

Tenía los brazos abiertos para todos, aunque le hubiesen ofendido seriamente, y sembraba la paz y el perdón, en medio de aquel clima exaltado de odios y rencores. A uno, que le hablaba de venganzas y penas de muerte contra unas personas enemigas de la fe, le explicó que él, por el contrario, deseaba todo el bien a esas personas; y oraba para que se convirtiesen y se acercasen al Señor. A otro, que quería levantar una cruz donde habían asesinado a un pariente suyo, le aconsejó que no lo hiciera, porque —le dijo con claridad— le movía el odio hacia los asesinos, y el odio es incompatible con la Cruz de Cristo. Escribió en su libro Via Crucis: Hay que unir, hay que comprender, hay que disculpar. No levantes jamás una cruz sólo para recordar que unos han matado a otros. Sería el estandarte del diablo. La Cruz de Cristo es callar, perdonar y rezar por unos y por otros, para que todos alcancen la paz.

El 15 de julio de 1943, víspera de la Virgen del Carmen, falleció en Madrid, con fama de santidad, Isidoro Zorzano, uno de los primeros fieles del Opus Dei. En octubre de 1944, mientras predicaba unos Ejercicios Espirituales a los agustinos de El Escorial, diagnosticaron a don Josemaría una grave enfermedad: diabetes mellitus. Siguió predicando, a pesar de su grave estado físico. Y acogió estas nuevas penalidades redoblando su esperanza en Dios.

Mientras tanto, se fueron dando los primeros pasos de carácter jurídico y pastoral, y el 25 de junio de 1944 tuvo lugar la ordenación sacerdotal de tres fieles del Opus Dei: José María Hernández Garnica, José Luis Múzquiz, y Álvaro del Portillo, su más fiel e inmediato colaborador.

Madrid, septiembre de 1934

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Con emoción creciente, escuchan doña Dolores y Carmen lo que Josemaría les explica reposadamente, aunque sin disimular el fuego que le consume.

Les habla con claridad de ese querer divino que se le ha manifestado el 2 de octubre de 1928 y que tiene que llevar a cabo poniendo en ello todo su empeño. Les explica los fines de la Obra, el espíritu que la anima, las inmensas perspectivas apostólicas que abre…

Ellas, de pronto, comprenden el porqué de muchas cosas que, desde 1928, se les escapaban por completo.

Josemaría, entonces, les comunica la razón por la que les ha contado todo eso: se trata de vender las propiedades de Fonz, heredadas a la muerte de su tío paterno. Con lo que se obtuviera, se podrían sufragar los gastos de la Residencia que piensa abrir en octubre…

Es plenamente consciente que lo que acaba de proponer a su madre y a su hermana supone un acto excepcional de desprendimiento, y también de fe. Desde la muerte de su padre, él es el cabeza de familia y apenas tiene recursos para sacarla adelante; su hermano sólo tiene quince años y está estudiando el bachillerato. Lo que les pide es, pues, pura y simplemente, renunciar a su patrimonio…

Ha dudado mucho antes de sugerir a los suyos un sacrificio semejante, pero no ve otro camino para llevar adelante lo que Dios quiere…

No ha subestimado su generosidad. Con su consentimiento, dado en el acto, podrán instalar la residencia y amueblarla.

El proyecto toma cuerpo

Antes de comenzar las vacaciones de verano, había pedido a los estudiantes que frecuentaban la Academia que no se olvidasen, durante esos meses estivales, de rezar por él y para que el apostolado en el que participaban pudiera cumplirse al comienzo del nuevo curso escolar. También les había dado útiles consejos para que durante los meses de descanso que iban a pasar con su familia no sólo no descuidasen la vida interior, sino que progresaran en ella. Finalmente, les había rogado que le escribieran.

Nada más recibir las primeras cartas, en julio, les había respondido enviando a cada uno unas hojas en multicopista en las que daba noticias de todos los demás. Era una manera de mantener la unión entre ellos.

Iban encabezadas, siempre, por unas palabras de su puño y letra: “Por fin… ¡ahí van unas noticias! Se han recibido vuestras cartas y merecéis mi felicitación cordial -a todos- porque veo que no se os olvidan mis consejos: os portáis como debe portarse un cristiano. Hay vida de piedad y de trabajo en vuestros planes de verano: éste es el buen camino. Que perseveréis y que no tengáis pereza a la hora de escribir a esta casa”.

Mientras tanto, los primeros miembros de la Obra se ponen a buscar piso -como ya lo habían hecho el verano precedente- y hacen cábalas sobre la futura organización de la residencia y su sostenimiento económico.

Este último aspecto era el más problemático. Isidoro se había trasladado a Madrid para estudiar el asunto con don Josemaría, y habían llegado a la conclusión de que era preciso que tuviera al menos veinte plazas para que no resultase francamente deficitaria.

En agosto, habían encontrado lo que andaban buscando: tres pisos, en la tercera y cuarta planta de un inmueble de la calle de Ferraz 50, muy cerca del Parque del Oeste.

Con ayuda de todos, hacen la mudanza en el mes de septiembre, llevándose los muebles de la calle de Luchana. Ricardo, que acaba de terminar sus estudios de arquitectura, se ocupa de la instalación, bajo la dirección de don Josemaría, y pide al Ayuntamiento la correspondiente licencia para la Academia-Residencia, en calidad de director técnico. Don Josemaría será sólo el director espiritual.

La Academia DYA queda instalada en la cuarta planta y la Residencia propiamente dicha en los dos pisos de la tercera. Pero quedan muchos problemas por resolver, entre otros el sostenimiento económico de la tarea, necesariamente deficitaria al principio, mientras la Residencia no se llene.

Para redondear el dinero que el Padre ha conseguido gracias a la generosidad de su familia, los miembros de la Obra recaban ayudas de sus amigos, explicándoles la labor de formación que se llevará a cabo en aquel centro. Muchos responden con prontitud, a pesar de la inquietud política que reina por entonces. Algunas familias se han ausentado de Madrid, por temor a los disturbios.

Todos se lanzan a buscar residentes, pero a finales de octubre sólo han conseguido uno fijo. No pueden contar con los estudiantes de la Academia DYA en los años precedentes, pues los de Madrid viven con sus familias y los de provincias han retrasado su regreso, en espera de que la capital recobre la calma. Porque el 3 de octubre de 1934, varios movimientos de extrema izquierda han desencadenado una huelga general para presionar al gobierno de centro-derecha formado tras las últimas elecciones. El 19, el Ejército interviene en Asturias, donde la situación ha degenerado en guerra revolucionaria.

En enero de 1935, el número de residentes es sólo de ocho, pero el Padre confía en que la Residencia acabará por llenarse y se resolverán los problemas económicos. Tanto más en cuanto que cuenta con un nuevo apoyo en el Cielo: San Nicolás de Bari, un santo obispo que había tenido la feliz idea de depositar una suma de dinero en la ventana de una casa donde vivían tres jóvenes que no podían casarse por falta de dote.

Si me sacas de esto, te nombro patrono, le había dicho mentalmente un día, tiempo atrás, mientras se disponía a celebrar la Santa Misa en la iglesia de Santa Isabel. Pero, ya antes de subir al altar, se había arrepentido de su falta de confianza: y si no me sacas, te nombro igual…

La oración y la mortificación siguen siendo, para él, los medios más eficaces de lograr lo que se propone. Por eso, continúa haciendo penitencias extraordinarias, todavía con más intensidad. Ricardo, cuando está en su habitación, tiene que taparse los oídos para no oír el sordo golpeteo procedente del cuarto de baño. Sabe que es, durante un tiempo que se le hace interminable, el ruido que hacen las disciplinas que se aplica el Padre.

Una nueva base de partida para el apostolado

Aunque poco brillante, la situación de la Residencia va mejorando lentamente. Hasta finales de marzo, los esfuerzos se concentran en la instalación del oratorio. Todo el mundo pone manos a la obra, empezando por el Padre.

El 13 de marzo, don Josemaría solicita al obispo autorización para abrirlo. Dice Misa en ese lugar, por primera vez, el 31, cuarto domingo de Cuaresma. Irradiando felicidad, dirige unas palabras a los asistentes antes de la Comunión.

Unos días más tarde, el 2 de abril, escribe al Vicario general de la diócesis: el domingo pasado se celebró la Santa Misa, en el Oratorio de esta Casa, y se quedó Su Divina Majestad Reservado, dejándonos bien cumplidos los deseos de tantos años (desde 1928).

Es el primer sagrario de un Centro del Opus Dei, eslabón inicial de una larga cadena que recubrirá la tierra entera.

El Padre invita a los estudiantes a acercarse confiadamente al Señor, presente en la Eucaristía, a visitarle con frecuencia en ese sagrario, donde Él les espera desde hace veinte siglos. Les enseña también a amar la liturgia, cuyo rigor lleva a Dios (…), acerca a Dios; a penetrar en el sentido profundo de los ritos, a entonar correctamente el canto gregoriano (un sacerdote amigo suyo les enseña).

Desgraciadamente, los residentes no abundan. En abril, todavía son sólo catorce. Con gran dolor de su corazón, ha tenido que decidir, dos meses antes, dejar el cuarto piso y concentrar en el tercero la Academia y la Residencia. Se lo ha comunicado a los miembros de la Obra en el oratorio, para no desanimarlos. En la vida -les dice-, es preciso esquivar las dificultades y, a veces, retroceder para saltar mejor. Es el momento de reforzar la fe, de rezar más, de crecer por dentro, en espera de que los obstáculos se allanen. La gracia del Señor no te ha de faltar: “inter medium montium pertransibunt aquae!” -¡pasarás a través de los montes!-. ¿Qué importa que de momento hayas de recortar tu actividad si luego, como muelle que fue comprimido, llegarás más lejos que nunca soñaste?

Todos intensifican sus esfuerzos para llevar amigos a la Academia. Ese es, ciertamente, el tema de su oración.

No tardan en acudir los estudiantes, ganados por el ambiente de aquel piso modesto, pero agradable. Colaboran en la instalación, transportan muebles, hacen arreglos… y, en consecuencia, se convierte en su casa. Por eso vuelven y llevan a sus amigos.

A todos se les anima a progresar en la vida interior, de la que el apostolado no es más que una consecuencia. El Padre les recomienda vivamente la lectura de una obra de Dom Chautard, El alma de todo apostolado, que desarrolla este tema, y les incita a rezar, a transformar sus horas de estudio en oración y a acercar sus amigos a Dios.

Algunos encuentran así su vocación a la Obra: otros aprenden a aprovecharse de esta espiritualidad, tan rica en contenido, con arreglo a su generosidad. Porque el apostolado del Opus Dei es amplísimo. ¡Nos interesan todas las almas! repetirá el Fundador con frecuencia. Y también: No hay alma que no interese a Cristo. Cada una de ellas le ha costado el precio de su Sangre.

En su predicación y en la dirección espiritual se muestra exigente y preciso, sin andarse por las ramas. Sus palabras, llenas de fuerza, se dirigen a todos: a los que tienen vocación matrimonial (en aquella época, tal expresión resulta sorprendente) y a aquellos otros a quienes el Señor les pide algo más. A los primeros les aconseja que se pongan bajo la protección del arcángel Rafael, para que les conduzca a un matrimonio con una mujer buena, y guapa y rica -dice sonriendo-, como la Biblia afirma que lo hizo con el joven Tobías. También algunos de ellos podrán recibir algún día la vocación a la Obra, cuando llegue el momento de poder admitirlos. Porque, teniendo siempre ante sus ojos lo que ha visto el 2 de octubre de 1928, don Josemaría ha comenzado a redactar, en mayo, un escrito en el que explica cuáles serán las líneas generales de la labor apostólica de estos hombres y mujeres casados, llevando en todo la misma vida que los demás ciudadanos, porque eso son, e iluminando con la luz de Cristo la vida profesional, familiar y social; todas las actividades humanas, en suma; todos los ambientes, todos los ámbitos en que los hombres actúan y se reúnen.

La formación de los primeros

Por el momento, sin embargo, concentra su labor, sobre todo, en los que son susceptibles de responder a la llamada al celibato apostólico, pues tales vocaciones son indispensables para que el Opus Dei pueda recibir su primer impulso, ya que su disponibilidad será plena, poniendo al servicio de la Obra toda su vida, todo su tiempo.

Pero, ¿qué hacen estos primeros miembros del Opus Dei?, se preguntan algunos. ¿A qué se dedican?

En realidad, no hacen nada especial, al menos en apariencia. Nada, que les distinga de sus compañeros de estudio o de sus colegas. Porque precisamente eso es lo propio de su vocación: ser ciudadanos iguales que los demás, que llevan el espíritu cristiano a su ambiente, sin espectáculo, sin declaraciones solemnes y sin ocultar, por otra parte, que la fuente de su alegría y de su dicha está en haber encontrado a Dios y haberle entregado todo. Luego, partiendo de esa base, santificar sus ocupaciones ordinarias, procurar hacer partícipes a sus amigos, a sus familias y a las personas que Dios coloca en su camino, de esas riquezas divinas. Así, con el trato constante, en las conversaciones con los amigos, éstos descubren la gran aventura espiritual del Cristianismo y entran por caminos de oración y de amor.

Sed hombres y mujeres del mundo, pero no seáis hombres o mujeres mundanos. Permaneced muy unidos al Señor por la oración (…), llevad un manto invisible que cubra todos y cada uno de vuestros sentidos y potencias: orar, orar y orar; expiar, expiar y expiar.

No hay otro secreto. Lo que pasa es que algo tan sencillo como esto es ese punto de apoyo que reclamaba Arquímedes para mover el mundo…

Pero cualquier cristiano puede hacer eso, dirán algunos. Desde luego. ¡Pero hay que hacerlo! Hay que buscar la santidad de veras, con heroísmo, sin contentarse con medias tintas: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto…” (Mat V, 48). Don Josemaría proclama, porque está convencido de ello, que esta llamada de Cristo va dirigida a todos y no sólo a aquellos que han recibido una vocación de alejamiento del mundo: Cualquier trabajo digno y noble en lo humano, puede convertirse en un quehacer divino (…). Para amar a Dios y servirle, no es necesario hacer cosas raras.

Entre los que rodean al Padre, algunos deciden responder generosamente a esta llamada, que no implica, en absoluto, renunciar a la propia vocación profesional. Al contrario, encuentran en el Opus Dei estímulo para desarrollarla y perseverar en esa tarea, gracias a esa espiritualidad propia que les transmite el Fundador. Por eso, el compromiso que les pide es serio. Hay que madurarlo… Y también por eso, las vocaciones llegan lentamente, una a una.

Otras dos vocaciones

Con todo, la oración, la penitencia y el apostolado del Padre van dando sus frutos. En enero de 1935, un alumno de la Escuela Especial de Ingenieros de Caminos de Madrid presenta al Padre uno de sus compañeros de estudios, Álvaro del Portillo. Previamente, le había invitado a visitar a los pobres en su compañía y a dar clases de catecismo a los niños.

La entrevista de Álvaro con el Padre es bastante breve. Resulta que una de sus tías había conocido a don Josemaría en el Patronato de Enfermos y el Fundador de la Obra le había preguntado si no habría en su familia o en la de sus amigas, jóvenes capaces de interesarse por el ideal que quería promover en todas las capas sociales. Ella, entonces, le había hablado de ese sobrino suyo, al que quería mucho. A partir de ese momento, el Padre había empezado a pedir por él, sin conocerlo.

A Álvaro le sorprende el interés y el cariño, desbordante de simpatía, con que le trata aquel sacerdote. Sin embargo, no vuelven a verse hasta varios meses más tarde, ya que, aunque concierta con él una nueva cita, un obstáculo de última hora le impide acudir.

El 6 de julio, antes de irse de vacaciones, Álvaro del Portillo decide despedirse de don Josemaría, cuya personalidad tanto le había impresionado, a pesar de la brevedad de la primera entrevista.

Esta vez, la conversación se alarga. El Padre le habla de la santificación en medio del mundo, de la dimensión sobrenatural del trabajo, medio incomparable de acercarse a Dios y de acercar a los demás.

Al día siguiente, Álvaro asiste a un retiro espiritual al que le ha invitado el Padre. Es una experiencia nueva para él, porque nunca había participado en tal género de actividades. El vigor con que predica don Josemaría le causa un gran impacto. Sin esperar siquiera una indicación del Padre, un miembro de la Obra le toma aparte y le sugiere, sin andarse con rodeos, que se entregue de por vida al servicio de Dios en el Opus Dei.

La sorpresa de Álvaro es grande, pues no esperaba que le hiciesen una proposición semejante, en un momento de su vida en el que se le abría un porvenir que ya tenía trazado. Sin embargo, decide responder positivamente, sin dilaciones, a lo que se le presenta como una llamada divina semejante a la que Cristo dirigió a los pescadores que reparaban sus redes a la orilla del mar de Galilea. Y se lo comunica enseguida al Padre.

Tres domingos más tarde, el 28 de julio, también tras un retiro espiritual, llega otra vocación. Se trata de un muchacho de rostro abierto, alumno de la Escuela de Minas: José María Hernández de Garnica. Un buen día había aparecido por la Academia DYA, elegantemente vestido. El Padre le había acogido cordialmente y, sin más explicaciones, le puso a trabajar… José María se encontró en mangas de camisa, con un martillo en la mano, colgando el dosel sobre el altar del oratorio… Nunca olvidaría aquel primer encuentro con el Fundador del Opus Dei, en el que le había enseñado -primero, sin palabras- lo que iba a hacer allí, la formación que podía recibir, la solicitud por el cuidado de la casa…

Fidelidad a la misión recibida

El Padre no se cansa de hacer apostolado. Cuando concluye su labor pastoral en Santa Isabel, visita y conversa con personas de todas clases. Con muchas otras, mantiene una correspondencia constante. Y cuando vuelve a la Residencia de Ferraz, pasa horas recibiendo, uno a uno, a los estudiantes que orienta en su vida espiritual.

Tal régimen de vida termina por agotarle y el vicario general de la diócesis tiene que ponerse serio para que descanse un poco.

No se arrepiente de nada. Sabe que ha hecho bien al subordinarlo todo al cumplimiento del querer divino: hacer el Opus Dei. Aunque, para ello, tenga que defraudar a algunos. Porque su intensa labor apostólica ha terminado por llamar la atención y le han propuesto cargos importantes, que no ha aceptado. Por ejemplo, el de director de la Casa Central de los Consiliarios de Acción Católica, que su joven presidente, Ángel Herrera Oria, le había ofrecido.

Don Josemaría, que se había alegrado mucho del impulso que el Papa Pío XI había dado al apostolado de los laicos, no había tenido más remedio que decir que no, aunque agradeciendo cordialmente a Ángel Herrera el haber pensado en él. Lo que le había propuesto tenía, en efecto, un gran alcance apostólico, ya que los sacerdotes que tendría a su cargo serían los futuros capellanes de los diferentes “movimientos”, la élite del clero español, pero, si él aceptaba, comprometería el desarrollo de la Obra de Dios. Tenía, sí, que servir a la Iglesia, pero como Ella quiere ser servida.

Por otra parte, recordando las conclusiones a las que había llegado en 1929, había descartado ciertas proposiciones de fusión de la Obra con otras asociaciones, pues aunque coincidieran en la cumbre -en el amor a Cristo-, en lo concerniente a la práctica apostólica, las distintas espiritualidades son como la mezcla de varios líquidos buenos de suyo, que acaso dé otro líquido agradable, pero también puede resultar un veneno.

Pese a las incomprensiones y a las críticas, no se aparta de la línea que se ha trazado. Y las vocaciones van viniendo al Opus Dei, tal como es, gracias a los que tanto han rezado y ofrecido sus sufrimientos por esa intención, durante años y años.

Se lo agradece a San José, a quien había confiado sus preocupaciones cuando estaba instalando el oratorio de la Residencia de Ferraz, y también a Santa María, que tantas gracias ha obtenido para él. Por entonces, en agradecimiento y como manifestación de su devoción mariana, decide unir en uno solo y sólo en la firma, Josemaría, sus dos nombres de pila, el de la Virgen Inmaculada y el del Santo Patriarca, cabeza de la Sagrada Familia de Nazaret.

Sobre un pequeño bureau de la habitación que usa el Padre en la Residencia, hay una pequeña talla de madera que representa a la Virgen con el Niño Jesús en los brazos. Siempre que entra o sale de la casa se acerca a esa imagen y le besa los pies. El Opus Dei, que empieza a germinar, ha nacido y se ha desarrollado bajo el manto de Nuestra Señora.

Toda la gloria para Dios

Cuando, entre el 15 y el 21 de septiembre, don Josemaría se recoge en la Residencia de los Padres Redentoristas de Madrid para uno de esos retiros espirituales que hace solo todos los años, puede ya dar gracias a Dios por los muchos beneficios que le ha otorgado.

Pasa esos días rezando, sin la ayuda de ninguna predicación, renunciando amablemente a los ratos de charla que los religiosos le proponen para hacerle más soportable la soledad.

Son días de profundización espiritual, de purificación…

¡Dios mío!, que odie el pecado, y me una a Ti, abrazándome a la Santa Cruz, para cumplir a mi vez tu Voluntad amabilísima…, desnudo de todo afecto terreno, sin más miras que tu gloria…, generosamente, no reservándome nada, ofreciéndome contigo en perfecto holocausto.

Tiene muy vivo el recuerdo de lo que el Señor le hizo ver unos meses antes, el 22 de junio, estando recogido en oración, en aquella misma iglesia de los Padres Redentoristas. Había sido una prueba extraña y dolorosa, en la que el Señor le había hecho experimentar viva y claramente que la Obra era Suya.

Mientras estaba dando vueltas al futuro desarrollo de la Obra, un pensamiento le vino a la cabeza: ¿No serían puramente humanas -deseo de brillar, de ejercer una influencia personal sobre las almas- las razones que le impulsaban a obrar? ¿No estaría engañando a quienes con tanta confianza se acercaban a él?

¿Estaba obrando verdaderamente por puro Amor, sola y exclusivamente por dar a Dios toda su gloria?

Había sido un pensamiento rápido, pero había durado lo suficiente como para poner en tela de juicio todo aquello en lo que, con tanta energía, había trabajado durante años. Sin embargo, tenía conciencia de haberlo hecho sólo por Dios. Pensar que hubiese podido obrar por otro motivo le resultaba insoportable…

Así, pues, como para arrancar al Señor una respuesta, fueran cuales fuesen las consecuencias, exclamó inmediatamente con todas sus fuerzas: ¡Si la Obra no es para servir a la Iglesia, Señor, destrúyela!

Nada más formular esta petición, dispuesto ya a renunciar, con la muerte en el alma, le invaden una paz y un gozo inmensos, cuya fuerza es por sí misma una respuesta.

Ha aprendido a reconocer, en este género de fenómenos, una señal inequívoca de la presencia y el querer divinos.

La prueba ha sido, tal vez., la más dura de las que ha conocido desde el nacimiento de la Obra. Porque, ¿qué son los obstáculos exteriores, la fatiga, el sacrificio, en comparación de esta prueba angustiosa?

En cualquier caso, el Señor ha permitido esta tentación para su mayor bien. Humildemente, filialmente, le da las gracias más fervientes por haber purificado su intención.

Esta nueva gracia fue como una incitación a tomar de nuevo el arado en sus manos, con más fuerza, para seguir abriendo el surco apenas iniciado

Couvrelles, 30 de agosto de 1966

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Rodeado de sus hijos, sentados en la doble escalera de piedra que da acceso a una noble casona situada en los alrededores de Soissons, el Padre abre su corazón. Es media tarde y ya empieza a refrescar, a causa de la proximidad de un estanque y del vecino bosque.

Desde hace algunos días, el Fundador de la Obra está trabajando en Avrainville, un pueblo cercano a Etampes, y ha venido desde allí para estar un rato en familia con algunos de sus hijos, que han interrumpido sus actividades profesionales para convivir unos días en el Centro Internacional de Encuentros de Couvrelles.

La casa, adquirida por un grupo de cooperadores y amigos de la Obra con objeto de que puedan organizarse en ella actividades espirituales y de formación, no es excesivamente grande, pero sí armoniosa, con sus fachadas del siglo XVII y un pequeño parque siempre verde. A los miembros de la Obra de nacionalidad francesa han venido a unirse otros de los países vecinos: Alemania, Bélgica, Holanda, Suiza, Italia y España.

Haciendo alusión a la labor que allí se desarrolla a lo largo del año -coloquios culturales, cursos de formación doctrinal intensiva, convivencias, retiros, etc.-, el Padre recuerda lo importante que es disponer de medios materiales y de lugares apropiados para desarrollar los apostolados de la Obra, aunque buscarlos y encontrarlos suponga esforzarse mucho, pues así ha ocurrido siempre desde los comienzos.

Un Centro como el de Couvrelles, una residencia de estudiantes o un club juvenil no interesan sólo por su misión específica; deben servir también para elevar el nivel espiritual y la formación humana de las muchas personas que encontrarán allí una oportunidad de acercarse a Cristo y de quererle más.

El Opus Dei es pobre y lo será siempre, pero las almas valen mucho y merecen que, para servirlas, se utilicen instrumentos adecuados, puestos a disposición de la Obra por personas que colaboran en sus labores apostólicas. Instrumentos que, por otra parte, no serán nunca tan caros como los que se utilizan hoy en la sociedad para otros fines: el deporte, las distracciones, por ejemplo.

El tono de las palabras del Padre se hace más vibrante cuando habla de que nadie puede guardarse para uno mismo el tesoro de la fe y de la vocación; tiene que llevar a cabo un intenso apostolado en su propio ambiente. Por eso, es necesario formarse, tanto profesionalmente como desde el punto de vista religioso. Ese “diálogo” del que tanto se habla, sin que casi nadie lo practique, debe fundarse en la apertura al prójimo, sí, pero también en el conocimiento de la verdad unido a una clara competencia profesional.

Preocupación por la Iglesia

El Padre está visiblemente cansado, pero se esfuerza por manifestarse con el vigor y el arrastre espiritual de siempre.

También se le nota preocupado por ciertas posturas eclesiales debidas a una mala interpretación del Concilio; infidelidades y desobediencias que, para él, sin juzgar a las personas, revelan una disminución de la fe que ha de tener lamentables consecuencias para las almas.

Pocos cristianos habrá que se hayan alegrado tanto como él al conocer los textos elaborados por el Concilio, promulgados solemnemente por el Papa Pablo VI el 7 de diciembre de 1965. Algunos puntos le han conmovido especialmente, porque expresan, a través del Magisterio de la Iglesia, verdades que él venía predicando desde 1928.

En un documento que, por su carácter, tiene especial autoridad -la Constitución Dogmática “Lumen Gentium”-, se proclama solemnemente la llamada universal a la santidad y al apostolado: “Es propio de los laicos, por vocación propia, buscar el reino de Dios a través de la gestión, ordenada según Dios, de los asuntos temporales. Viven en medio del mundo, es decir, en todas y cada una de las tareas y actividades del mundo y en las habituales circunstancias de la vida familiar y social, en las que se entreteje su propia existencia”.

“Es, pues, evidente para todos que los cristianos de cualquier estado o condición están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad”.

En otros textos consagrados al apostolado de los laicos, el Concilio afirma que éstos, cuando vivan una vida contemplativa en medio del mundo, “no separen de su vida la unión con Cristo; antes bien, realizando su trabajo según la voluntad de Dios, crezcan en esa unión”.

Oración, oración, oración, sacrificio, y luego, acción… El “secreto” que Mons. Escrivá de Balaguer se esforzaba en transmitir al mayor número posible de personas desde 1928.

La vida contemplativa es tanto más necesaria cuanto más inmerso se está en el mundo. Ordenar las estructuras seculares según el querer divino: sí, pero primero han de estar ellos bien ordenados por dentro. Animar cristianamente el mundo para transformarlo: sin duda, pero, para lograrlo, los laicos deben tener un alma contemplativa… Es lo que manifestaba, con vigor, a un grupo de obispos y de expertos conciliares que había recibido en Villa Tévere cuando se estaban elaborando los textos del Vaticano II: Si no, no transformarán nada; más bien serán ellos los transformados; en vez de cristianizar el mundo, se mundanizarán los cristianos.

“Esta espiritualidad de los laicos -añadía. el Concilio- debe recibir una nota peculiar del estado de matrimonio y de familia, de celibato o de viudez, de la circunstancia de enfermedad, de la actividad profesional y social”.

“Pues los hombres y las mujeres que, al mismo tiempo que adquieren los medios de vida para sí mismos y para la familia, llevan a cabo sus actividades de modo que sirven adecuadamente a la sociedad, pueden con razón pensar que con su trabajo están prolongando la obra del Creador, colaboran al bienestar de los hermanos y contribuyen con su aportación personal a que se realicen en la historia los designios divinos”.

¡Qué lejos están los tiempos en los que, por haber afirmado que los laicos estaban llamados a santificarse en medio del mundo, como los sacerdotes y los religiosos en su estado, le habían acusado de hereje!

Por su parte, el Decreto Presbyterorum ordinis, elaborado por una comisión cuyo secretario era don Álvaro del Portillo, había establecido que los sacerdotes tenían derecho a asociarse para ayudarse mutuamente y mejorar su vida espiritual.

Mons. Escrivá de Balaguer, como buen jurista, se había alegrado mucho, ya que con ello se reconocía un derecho natural de la persona: el de asociación.

Firmeza en la fe

Si quedaba claro que el Espíritu Santo había estado presente en la labor del Concilio, como sus documentos lo acreditaban, también era evidente que los remolinos que algunos habían provocado con ocasión del Concilio iban a durar mucho.

Los presentimientos del Padre se habían confirmado. A un conocedor de la historia como él, no se le ocultaba que un Concilio marca un hito en el Magisterio de la Iglesia, pero indirectamente puede abrir también una etapa de desconcierto. Algo parecido a lo que sucede cuando se remueven las aguas de un estanque: el limo sube a la superficie en seguida, pero tarda bastante en volver al fondo.

Nada más concluir el Concilio, Pablo VI había empezado a expresar, en términos cada vez más claros, su inquietud ante ciertas interpretaciones abusivas, teóricas y prácticas, de los documentos conciliares. El Padre Santo había hablado a menudo del tema, llegando a referirse a una “descomposición de la Iglesia”.

El Fundador del Opus Dei es consciente de que tiene una especial responsabilidad de cara a los miembros de la Obra, pues no en vano es el Presidente General. Por eso, pone un especial empeño en orientar a sus hijos e hijas en unos momentos especialmente difíciles para la Iglesia. Así, pues, al tiempo que toma las medidas necesarias para que se apliquen las disposiciones del Vaticano II, sobre todo en materia de liturgia, procura evitar, con medidas de prudencia, que la desorientación que reina en algunos ámbitos eclesiales se apodere, como por “ósmosis”, del “pequeño rebaño” que tiene a su cargo. Incita a sus hijos a mejorar su formación doctrinal, a ser más piadosos, sin merma del tiempo que dedican a sus obligaciones familiares, profesionales y sociales.

Este empeño por profundizar en la fe y en la vida de piedad llevará a cada uno a intensificar el apostolado en su propio ambiente. Sobre todo ese apostolado doctrinal que él realizaba y hacía realizar a quienes le rodeaban ya en los años 30 y que siempre ha sido la médula de la labor apostólica de la Obra. Ahora -si cabe expresarse así- ve con más fuerza el Opus Dei como una gran catequesis, porque está cada vez más convencido de que la ignorancia es el mayor enemigo de nuestra fe. Como decía Tertuliano, “se deja de odiar cuando se deja de ignorar”.

En Roma, son cada vez más numerosas las personas que le visitan y él se esfuerza en darles buena doctrina.

Al comienzo de la segunda mitad de la década de los años 60, grupos de estudiantes alemanes empiezan a acudir a Roma, en la Pascua de Resurrección, para recibir la bendición de Su Santidad el Papa y ver al Padre. Pronto, estudiantes de otros países empiezan a hacer lo mismo.

El Padre los recibe a todos y, de pie en medio de ellos, o apoyado en el brazo de un sillón, responde a bote pronto a sus preguntas, les anima, les estimula y satisface la inquietud espiritual que muchos muestran.

Los rostros se serenan o se abren en sonrisa cuando el Padre tiene una de esas respuestas tan suyas que evitan que sus palabras se conviertan en “sermón”. Quienes le escuchan no olvidarán fácilmente lo esencial del mensaje: ¡Cada uno en su sitio, en medio del mundo, a hacerse santo!. Muchos “buenos deseos” se convierten en decisiones que comprometen para toda la vida. El Padre, sin embargo, no se atribuye el mérito cuando le informan de que, al calor de sus palabras, han surgido vocaciones. Para él, es Cristo el que actúa, Cristo, que sigue pasando por las calles y por las plazas del mundo, a través de sus discípulos, los cristianos.

Intensificar la formación doctrinal

La tormenta que empieza a sacudir el árbol multisecular de la Iglesia no logra quebrantar el optimismo sobrenatural del Fundador del Opus Dei ni frenar en absoluto sus iniciativas. Precisamente en estas circunstancias ha decidido llevar a cabo un proyecto que viene madurando desde hace años y que será, como él dice, su penúltima locura.

Aunque la estructura de la Obra es y será siempre ligera, con el desarrollo de sus apostolados en el mundo entero se hace necesario reforzar los órganos de dirección. Por otra parte, son cada vez más los miembros de la Obra -estudiantes y hombres maduros con años de ejercicio profesional a sus espaldas- que acuden a Roma para recibir de manera intensiva, durante períodos más o menos largos, parte de esa formación doctrinal y espiritual que todos reciben a lo largo de su vida.

Como pensaba el Padre, Villa Tévere, habilitada en parte para cumplir esta finalidad, se ha quedado pequeña.

Por eso, el Padre ha resuelto construir cuanto antes una residencia amplia que sirva de sede definitiva al Colegio Romano de la Santa Cruz, el centro internacional de formación para la Sección de varones de la Obra.

Tras largas gestiones, se han adquirido unos terrenos cerca de la Vía Flaminia, que enlaza Roma con la Umbria. Así pues, a finales de 1967 el Padre encarga que se elabore rápidamente un proyecto para que, a continuación, puedan iniciarse las obras de Cavabianca, que así se llamará el nuevo centro.

Un gesto de agradecimiento

La urgente necesidad de reanimar espiritualmente un mundo que, al perder el sentido de Dios, se va deshumanizando progresivamente, incita al Fundador del Opus Dei a poner en práctica otra locura. Se trata de un viejo sueño que lo retrotrae con el pensamiento a un lugar cercano a Barbastro, su ciudad natal, adonde en 1904 ó 1905 le habían llevado sus padres, a lomos de mula, para agradecer a la Santísima Virgen el haberle curado de una grave enfermedad: la ermita de Nuestra Señora de Torreciudad.

Desde 1940, o tal vez antes, el Padre venía soñando con fundar unos cuantos santuarios marianos repartidos por el mundo o revitalizar algunos de los ya existentes. Con el paso de los años, había ido percibiendo, cada vez con mayor claridad, que Dios le pedía que el primero de esos lugares de peregrinación fuese Torreciudad.

Hacia 1962, estando ya la Obra bastante desarrollada en Aragón y Cataluña, un grupo de personas que conocían sus deseos habían decidido adquirir de la diócesis de Barbastro los derechos sobre la antigua ermita y sobre los terrenos colindantes. Poco después, se habían comenzado obras de mejora y ampliación.

En 1967, Mons. Escrivá de Balaguer recibe en Roma a un hijo suyo que es arquitecto, Heliodoro Dols. El Padre ha decidido llevar a cabo un proyecto de mayor envergadura que permita a un gran número de peregrinos ir a rezar a la Virgen y tener ocasión, al mismo tiempo, de mejorar su vida espiritual. A tal efecto, se construirá un santuario de nueva planta, digno y capaz, y un complejo de edificios para organizar en ellos cursos de retiro, convivencias, etc. y establecer un centro de formación profesional que influirá positivamente en el medio rural circundante.

En 1966 se había constituido el Patronato de Torreciudad con objeto de que personas de todas las regiones españolas y de otros países contribuyeran, con su ayuda, a la construcción de los nuevos edificios.

El Padre describe así a sus hijos los beneficios que espera de este centro de peregrinación:

Un derroche de gracias espirituales espero, que el Señor querrá hacer a quienes acudan a su Madre Bendita ante esa pequeña imagen, tan venerada desde hace siglos. Por eso me interesa que haya muchos confesionarios, para que las gentes se purifiquen en el santo sacramento de la penitencia y -renovadas las almas- confirmen o renueven su vida cristiana, aprendan a santificar y a amar el trabajo, llevando a sus hogares la paz y la alegría de Jesucristo.

Lourdes, 3 de octubre de 1972

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

El avión en que viaja el Padre acaba de aterrizar en el aeropuerto de Tarbes y algunos de sus hijos franceses y españoles han acudido para saludarle antes de que continúe viaje a Hendaya, camino de España. Piensa pasar varias semanas en la Península Ibérica y ver a muchas personas. Antes, el 7 de octubre, presidirá en Pamplona una ceremonia durante la cual concederá el título de doctor honoris causa por la Universidad de Navarra a un alemán, Erich Letterer, profesor de Medicina; a un español, historiador del arte, el Marqués de Lozoya; y a un francés, el profesor Ourliac, catedrático de Historia del Derecho y miembro del Instituto de Francia.

Ante la basílica de Lourdes, adonde se ha trasladado enseguida, Mons. Escrivá de Balaguer habla de los “milagros” que ya han empezado a producirse en Torreciudad, al otro lado de los Pirineos, a pesar de que el nuevo santuario y los edificios anejos no están todavía terminados: confesiones, conversiones, decisiones de entregarse más plenamente al Señor… Todos esos milagros de la gracia con los que él soñaba cuando dio vía libre al comienzo de las obras.

Con paso decidido, el Padre se dirige a la gruta. Como siempre que visita Lourdes, se detiene a beber en la fuente milagrosa; luego, se encamina al lugar de las apariciones, donde va a comenzar un acto de culto y, en cuanto divisa la imagen de la Virgen, se arrodilla en el suelo. Tras unos momentos de intensa oración, atraviesa de nuevo la explanada.

Acto seguido, el Padre se despide de sus hijos franceses y sube al automóvil.

Antes de beber el agua milagrosa, ha dicho a los que le rodean que no quería pedirle nada personal a la Virgen, ni siquiera su salud. No les extraña, porque sus hijos conocen bien el motivo de esta visita a Lourdes, donde el 11 de diciembre de 1937 había celebrado misa tras aquel dramático paso de los Pirineos. Es el mismo motivo de sus otras peregrinaciones a este mismo santuario, y al de Sonsoles, en Ávila, y al Pilar de Zaragoza, y a la basílica de Nuestra Señora de la Merced, en Barcelona, y a los Santuarios de Einsiedeln, en Suiza, y de Loreto, en Italia… Y Torreciudad, en 1970, y Fátima, en Portugal, y Guadalupe, en México…

Lo que pide a la Señora en esos famosos lugares de peregrinación es la paz de la Iglesia, la paz del mundo, la perseverancia de sus hijos e hijas, la fecundidad de los apostolados de la Obra…

Ahora más que nunca, su principal preocupación es la situación de la Iglesia. Ello le lleva a intensificar sus ansias de reparación y a reforzar la fe de sus hijos, tanto de los que le visitan en Roma como de los que encuentra en sus desplazamientos. Antes, habitualmente se reunía con grupos no muy numerosos; ahora, se siente urgido a hablar de Dios de manera directa al mayor número posible de personas, para que profundicen en su vida cristiana. Pero, como para él, el apostolado tiene que ser -como había escrito en Camino- fruto de la oración, que se avalora con el sacrificio, repite con frecuencia las palabras de una oración litúrgica que ya utilizaba desde su juventud: “Ure igne Sancti Spiritus…” Señor, abrásanos con el fuego de tu Santo Espíritu, quema nuestras entrañas y nuestros corazones…

Este deseo se nutre en él con la búsqueda de una mayor intimidad con la Sagrada Familia de Nazaret, a la que invoca como la trinidad de la tierra.

Si nosotros queremos tratar al Señor y a nuestra Madre del Cielo, hemos de aprender de José.

Al lado de San José, su alma se encuentra más cerca de María, y también de Jesús, el Dios hecho Hombre, quien, a su vez, le introduce en el misterio de la Santísima Trinidad. Así es como va, según sus propias palabras, de la trinidad de la tierra a la Trinidad del Cielo, siguiendo ese camino de infancia espiritual del que han hablado los grandes místicos. Un camino que, por su difícil facilidad, el alma ha de comenzar y seguir llevada de la mano de Dios, y que requiere la sumisión del entendimiento, más difícil que la sumisión de la voluntad.

Es cristo que pasa

Los temas de su predicación más reciente reflejan claramente los puntos clave de su vida interior: la Iglesia, su fin sobrenatural, la necesidad de que sus hijos sean fieles, el abandono en manos de Dios.

Algunas de las homilías que ha ido pronunciando en distintas fiestas litúrgicas se han ido editando en diversos idiomas durante los últimos años, y para el primer trimestre de 1973 está prevista la aparición, en un solo volumen, de dieciocho de ellas, con el título de Es Cristo que pasa.

En efecto: Mons. Escrivá de Balaguer se esfuerza constantemente por acercar al Señor a las plazas y a las calles de todos los pueblos y ciudades del mundo, consciente de que, en esta época que nos ha tocado vivir, los hombres que deambulan por ellas sienten un gran vacío espiritual y, a veces, se obstinan en no encararse con Cristo y encontrar así la respuesta definitiva a las preguntas que se hacen.

La experiencia de nuestra debilidad y de nuestros fallos, la desedificación que puede producir el espectáculo doloroso de la pequeñez e incluso de la mezquindad de algunos que se llaman cristianos, el aparente fracaso o la desorientación de algunas empresas apostólicas, todo eso -el comprobar la realidad del pecado y de las limitaciones humanas- puede sin embargo constituir una prueba para nuestra fe y hacer que se insinúen la tentación y la duda: ¿dónde están la fuerza y el poder de Dios? (…) Pero el Espíritu Santo continúa asistiendo a la Iglesia de Cristo para que sea -siempre y en todo- signo levantado entre las naciones, que anuncia a la humanidad la benevolencia y el amor de Dios (…) No se ha hecho más corta la mano de Dios (Is., LIX, 1): no es menos poderoso Dios hoy que en otras épocas, ni menos verdadero su amor por los hombres. Nuestra fe nos enseña que la creación entera, el movimiento de la tierra y el de los astros, las acciones rectas de las criaturas y cuanto hay de positivo en el sucederse de la historia, todo, en una palabra, ha venido de Dios y a Dios se ordena.

Un acto de confianza

Aunque no deja de sufrir por el mal que causan a las almas las desviaciones doctrinales que se producen en tantos sitios, el Fundador del Opus Dei encuentra en su fe fuerza para renovar su optimismo operante. Las grandes crisis de la historia le han parecido siempre como otras tantas llamadas que Dios dirige a los hombres, para que se enfrenten a la verdad; y como ocasiones, que se nos ofrecen a los cristianos, para anunciar con nuestras obras y con nuestras palabras, ayudados por la gracia, el Espíritu al que pertenecemos. Cada generación de cristianos ha de redimir, ha de santificar su propio tiempo…

Dos años después de haber pronunciado estas palabras -el 30 de mayo de 1971, domingo de Pentecostés-, Mons. Escrivá de Balaguer ha consagrado la Obra al Espíritu Santo en el oratorio del Consejo General, donde unas vidrieras situadas detrás del Sagrario representan la venida del Paráclito sobre el colegio apostólico: Dios Espíritu Santo (…) que has dado siempre a la Iglesia tu paz, tu gozo y tu consuelo, en medio de tantas contradicciones, confirmando nuestra fe, sosteniendo nuestra esperanza, encendiendo nuestro amor: concédenos tu don septiforme, para que en nuestra vida entera, en nuestras obras, en nuestro pensamiento, en nuestra palabra, halle también sus complacencias Nuestro Padre que está en los Cielos, Dios eterno, Uno y Trino.

Te rogarnos que asistas siempre a tu Iglesia, y en particular al Romano Pontífice, para que nos guíe con su palabra y con su ejemplo, y para que alcance la vida eterna junto con el rebaño que le ha sido confiado; que nunca falten los buenos pastores y que, sirviéndote todos los fieles con santidad de vida y entereza en la fe, lleguemos a la gloria del Cielo.

Importunar día y noche al Señor en la oración para forzarle a intervenir, reparar todo el mal que él constata mediante una penitencia más intensa, es lo único que el Padre puede hacer. Todo le impulsa a acrecentar la formación personal de sus hijos y a estimularlos a ampliar más y más el radio de su apostolado personal. Y, siempre que puede, a tomar parte en ese empeño, dirigiéndose personalmente a todos aquellos que quieran escucharle…

Dos meses de catequesis

Su visita a España, debida en principio a los actos que van a tener lugar el 7 de octubre en la Universidad de Navarra, le permitirá también recordar a muchos las verdades fundamentales de la fe, porque, para él, todos los apostolados del Opus Dei se reducen a uno solo: dar doctrina, luz.

Tras abandonar Pamplona, el 10 de octubre, el Padre recorre España y Portugal, reuniéndose, en dos meses, con unas ciento cincuenta mil personas de toda clase, edad y condición: Bilbao, Madrid, Oporto, Lisboa, Jerez, Valencia, Barcelona… Los lugares son muy diversos: aquí, un gimnasio convertida en salón de actos, allí un anfiteatro, allá una sala de proyección… Y en Jerez, un antiguo lagar cubierto ahora con una gran lona…

En todas partes, los miembros de la Obra, sus familias, los cooperadores, los amigos, acogen al Padre con el mismo cariño y escuchan, con alegría, cómo les confirma en la fe y les exhorta a tender cada día, con renovado empeño, hacia esa santidad a la que todo cristiano está llamado en razón de su bautismo.

En cuanto llega a un sitio, los asistentes quieren mostrarle su cariño y agradecimiento estallando en aplausos, pero él les detiene con expresivo gesto:

-Habéis aplaudido, y a mi no me va; porque la gente que nos viera creería que esto es una muchedumbre, y en realidad somos una familia, una familia muy unida.

Abordando inmediatamente el tema que le interesa, comenta algún pasaje del Evangelio o un aspecto de la vida cristiana, siempre muy brevemente; luego, pide a los asistentes que le pregunten lo que quieran.

El ambiente se caldea. Cada cual le plantea lo que más le preocupa y el Padre se emociona, pues de esas preguntas tan espontáneas deduce que quienes están presentes desean vivir su vida cristiana con mayor exigencia. Los más jóvenes le preguntan qué pueden hacer para perseverar en la vida interior, cómo ofrecer mejor a Dios sus horas de estudio, cómo hacer que sus amigos vivan con más autenticidad su cristianismo, cómo santificar el amor humano… Los casados, la manera de santificar la vida conyugal, educar mejor a sus hijos, hacer compatibles las obligaciones profesionales con el apostolado y los deberes familiares…

Es patente que la labor apostólica del Opus Dei ha impregnado todas las capas de la sociedad y gentes de todas las edades. El Padre comprueba que los que le rodean -muchos de los cuales no pertenecen a la Obra- procuran vivir su fe sin complejos y, al mismo tiempo, sin ostentación ni agresividad, con una voluntad resuelta de mejorar y de hacer partícipes a los demás de las riquezas sobrenaturales adquiridas.

En sus respuestas, trata de reforzar esas buenas disposiciones con un don de lenguas que le pone a la altura de su interlocutor, utilizando palabras adecuadas y frases que conmueven. Todos y cada uno de los presentes se sienten implicados, no sólo quien ha hecho la pregunta, aunque éste haya sido respondido con mayor profundidad y precisión de lo que esperaba, sobre todo si no conocía al Padre.

Al final, los asistentes salen confirmados en su fe, dispuestos a profundizar en ella y a no contentarse con “la fe del carbonero”; resueltos, también, a frecuentar los sacramentos y a recibirlos con más fervor, a participar con mayor intensidad en el Santo Sacrificio de la Misa, el centro y la raíz de la vida interior, de donde se sacan fuerzas para ejercer ese “sacerdocio real” que es propio de todos los fieles, según la expresión de San Pedro.

Para que se comprenda mejor su mensaje, el Padre recurre con frecuencia a imágenes y anécdotas de la vida real.

-Nosotros tenemos (…) la oración, que es un hilo directo con Dios nuestro Señor, un trato personal, sin anonimato. Cuando hablan del “teléfono rojo” que hay entre los rusos y los americanos, me divierto mucho, porque vosotros y yo tenemos uno de platino. Si no estamos cerca del Sagrario para hablar con Jesucristo nuestro Señor, que se encuentra allí realmente presente, basta que nos metamos dentro de nosotros mismos, y mejor sobre nosotros mismos: Josemaría se pone encima de sí mismo para pisarse, porque sabe que no es nada, que no vale nada, que no tiene nada. Pero dentro del corazón, si no lo echo por el pecado mortal, sé que habita el Espíritu Santo, el Padre y el Hijo. Somos tabernáculos de la Trinidad Beatísima, podemos ponernos inmediatamente en contacto con el Señor, sin que los demás lo noten, y decirle cosas de amor, actos de desagravio, peticiones de ayuda, porque somos flacos. Yo lo soy más que ningún otro; por eso me apoyo continuamente en vosotros.

Cuando voy a hacer mis ratos de oración, suelo decir al Señor: “ne respicias peccata mea!”; pero mira las virtudes de todos mis hijos, mira esos miles de almas entregadas a Ti, que hay en todo el mundo…

Un tesoro para compartir

Todos se dan cuenta de lo que hace el Padre cuando habla en esas reuniones de familia, y por eso, a veces, el silencio se adensa: levantar un poquito el velo que oculta su vida interior y manifestar, con sencillez, algunos de los “trucos” que utiliza para mantener la unión con Dios. Todo, con objeto de animar a los oyentes a seguirle por ese camino.

A veces, da a su interlocutor un consejo preciso. Si alguien le pregunta, por ejemplo, cómo hacer para mantener durante todo el día un diálogo contemplativo con Dios, el Padre le invita a recogerse interiormente, unos instantes, sin que nadie lo note, cuando está trabajando, cuando camina por la calle, cuando está reunido en el hogar con su mujer y sus hijos. Más aún: le aconseja que busque la intimidad con el Espíritu Santo en la humildad. Eso te llevará -le dice- a colocarte encima de ti mismo, pisoteándote con el deseo; porque tú y yo, ¿qué somos, hijo mío, sino barro de botijo? No valemos nada, ni podemos nada, ni somos nada. Y en cambio, somos trono de Dios, de la Trinidad entera.

A otro padre de familia que le ha preguntado cómo puede aumentar su fe en la Eucaristía, después de responderle detenidamente, termina diciéndole:

-La segunda Persona de la Santísima Trinidad, que asumió carne mortal -igual a la nuestra en todo, menos en el pecado-, con un corazón que latía abundantemente, ha querido quedarse como alimento nuestro (…) Se ha quedado inerme, escondido en las especies sacramentales, sin defensa. Pero espera el amor tuyo y el mío. ¿No te mueve esto a quererle de verdad? ¿No te mueve a irte con el deseo a todos los sagrarios de la tierra, y decirle: Señor, aquí estoy, te amo? ¡Dile esas cosas con tu corazón de hombre fuerte, duro! No busques las palabras, como no las escoges cuando hablas con tu mujer, con tus hijos, o con las personas que quieres, ni cuando haces un rato de oración todos los días. Piensa que quizá nunca como ahora han maltratado a Jesús en el Santísimo Sacramento del altar. Y deja que tu oración marche…

Oración, vida interior. Ser tanto más contemplativo en cuanto que, por la situación en el mundo, se es más activo. Y así, transformar la propia vida, hacer endecasílabos de la prosa de cada día.

En Barcelona, el Padre exhorta a un cirujano a mantenerse constantemente en presencia de Dios durante su trabajo, desde el momento que se pone los guantes de goma hasta que se los quita. Y para que se dé cuenta de hasta qué punto puede elevar su trabajo a un plano sobrenatural, compara su labor, tan en contacto con el dolor humano, a la del sacerdote.

El cirujano asiente con una sonrisa y agradece al Padre su consejo, que viene a unirse a los que ha dado a una enfermera, a un empresario, a una empleada de hogar… Porque todo trabajo útil para la sociedad es noble y santificable por naturaleza. Tal es la causa de que las enseñanzas del Padre lleguen a todo el mundo, desde la sirvienta orgullosa de su trabajo, del cual hace una verdadera profesión, hasta el catedrático de Universidad que debe ver en el esmero con que prepara sus clases el mejor medio de acercarse a Dios y acercar a los alumnos, tan sensibles a la seriedad y prestigio de quienes les enseñan.

De esta forma prosigue, con el enlazar de estos temas de siempre, una correría apostólica que lleva al Fundador del Opus Dei de ciudad en ciudad, no sólo en esta España que en los comienzos de su labor apostólica ya había recorrido de punta a punta, sino también en Portugal.

Porque los tiempos han cambiado, pero las necesidades de las almas siguen siendo las mismas, y Monseñor Escrivá de Balaguer parece infatigable. Apenas concluida una reunión, ya piensa en la siguiente… Y es que quiere aprovechar al máximo las semanas que va a pasar fuera de Roma.

Lealtad a la Iglesia

El Padre pide vehementemente a sus oyentes que, en esta época en que la desobediencia es moneda corriente, sean fieles a la Iglesia, al Papa, a su propia vocación:

-Es tiempo de deslealtad, de traición, de herejía. Y las herejías salen de las bocas que deberían decir la verdad; gentes que habían de dar testimonio de la fe y dan testimonio de la duda; personas que deberían ser la fortaleza para los demás y son la debilidad; almas que, según el Evangelio, tendrían que ser la sal de la tierra, y son la corrupción del mundo.

La actitud de ciertos sacerdotes le hace sufrir mucho, aunque -precisa- no conoce a ningún sacerdote que sea malo. Lo que pasa es que algunos están un tanto confusos, como “enfermos”: Hay sacerdotes que, en lugar de hablar de Dios, que es de lo único que tienen obligación de tratar, hablan de política, de sociología, de antropología. Como no saben una palabra, se equivocan; y, además, el Señor no está contento. Nuestro ministerio es predicar la doctrina de Jesucristo, administrar los sacramentos y enseñar el modo de buscar a Cristo, de encontrar a Cristo, de alcanzar a Cristo, de amar a Cristo, de seguir a Cristo. Lo demás no es cosa de nuestra incumbencia.

En Bilbao, pide a un grupo de hijos suyos sacerdotes que traten con el máximo respeto a Jesús Sacramentado y celebren con unción la Santa Misa, comunicando a los fieles, con su actitud, sus propios sentimientos:

-¡Por el amor de Dios! Sed sacerdotes, buscad el trato directo con Cristo. ¿No veis que algunos se ponen en mangas de camisa, de cualquier forma? Vosotros revestios con todos los ornamentos, bien limpios, y celebrad el Santo Sacrificio sin prisas, que ahora tienen prisa para todo. No la tienen para comer, ni para divertirse, ni para sus amoríos: sólo para las cosas de Dios… Luego haremos una espléndida labor, si hemos sabido no tener prisa, porque verdaderamente, “in persona Christi”, realizamos una honda tarea sacerdotal.

A estos mismos sacerdotes, les repite lo que ya ha expresado en múltiples ocasiones y repetirá luego ante hombres y mujeres de todas las edades:

-Hermanos, si nosotros no nos empeñamos en estar unidos en la oración y en el cariño, en la caridad de Cristo, todo esto se precipitará. Amemos al Papa actual y también al que va a venir…

Alude a las referencias que hace Pablo VI sobre quienes destruyen la Iglesia desde dentro, pero expresa también sus razones para tener esperanza:

-Lo que está sucediendo ahora en la Iglesia y en el mundo no lo entendemos mucho, pero será un bien para la humanidad. Además, me gusta pensar que así como detrás de la noche oscura viene el día claro, seguramente estamos ya muy cerca de la alborada…

Y revelando una invocación que suele hacer cuando piensa en la situación de la Iglesia, añade: ¡Madre mía, Madre nuestra, dígnate acortar el tiempo de la prueba!

Siempre que pronuncia estas palabras, su alma se llena de paz, como si le proporcionasen la certeza de que, como dijo Jesús a Pedro, “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mat. XVI, 18).

El apostolado de la confesión

Una de las cosas que más hacen sufrir al Padre desde hace algunos años es que no faltan en la Iglesia quienes tratan de poner entre paréntesis el Sacramento de la Penitencia.

Un Dios que nos saca de la nada, que crea, es algo imponente. Y un Dios que se deja coser con hierros al madero de la cruz, por redimirnos, es todo amor. Pero un Dios que perdona es padre y madre cien veces, mil veces, infinitas veces.

Para las personas bien constituidas psicológicamente, la confesión

-además de un don de Dios, porque es un Sacramento instituido por Jesucristo- es también un motivo de felicidad, de paz, de consuelo.

El Padre pide insistentemente a todos que animen a sus amigos a confesarse con frecuencia. Algunos dicen que han perdido la fe, pero, ¿no será que tienen en el alma como una costra grasienta que les impide percibir las insinuaciones del Espíritu Santo?… En el Sacramento de la Penitencia recibirán un buen baño que los limpiará y les dará la fuerza necesaria para volver a vivir cristianamente.

A los jóvenes, los “contestatarios”, los de la generación de la protesta, les incita a rebelarse contra todo lo que envilece al hombre y le coloca al nivel de las bestias. Les invita a luchar día a día, con la ayuda de la gracia, para vencer en esas pequeñas cosas que templan la voluntad, como los deportistas que se entrenan con constancia para mejorar sus propias marcas. Los Juegos Olímpicos celebrados recientemente en Munich le suministran comparaciones que dan en el blanco. Cuando explica que la vida espiritual es lucha y, como el deporte, exige esfuerzo y entrenamiento para vencer los obstáculos, o cuando imita los gestos del atleta que se dispone a saltar, las miradas atentas de los reunidos le revelan que le han entendido perfectamente.

El Padre suele prolongar su diálogo con los asistentes a esas tertulias de familia -como él las llama- durante tres cuartos de hora, más a veces. Antes de despedirse, extendiendo las manos, pide a todos que recen por él:

-Rezad por mí, que lo necesito mucho…, que recéis por mi, como una limosna que me hacéis.

Así el Señor le hará conformarse con lo que quiere ser: un servidor bueno y fiel, un buen canal de la gracia de Dios.

¿Setenta años? ¡No! Siete…

Cuando regresa a Roma, no acusa fatiga, a pesar del mucho trabajo que ha realizado, y se ha quedado con el gozo de haber podido insuflar un poco más de vigor y de optimismo a miles y miles de hombres y mujeres.

Ha podido comprobar también cómo se han ido extendiendo los apostolados de la Obra. Cerrando los ojos, vuelve a contemplar tantos rostros nuevos que han venido a unirse a los que ya le eran familiares; rostros que, para él, son como otras tantas intenciones por las que ofrecer cada día la tarea en apariencia monótona que es la suya, allí, en aquella casa que es como el corazón de la gran familia del Opus Dei.

Desde que el 9 de enero de 1972 ha cumplido los setenta años, se niega cada vez más a considerarse viejo. Gasta bromas con sus años, diciendo que el cero está de más y que le basta con el siete. En la historia de la Iglesia hay muchas almas santas que han sabido, siendo ya viejos, hacerse niños, por caminos muy diversos. ¿No os parece lógico que os diga que no quiero cumplir más que siete años? Tengo la esperanza de que el Señor me irá concediendo, por dentro, lo que le he pedido…

Cuando tenga que hacer alusión a su edad -comenta- dirá que sólo tiene siete años. Y así lo hace, provocando el regocijo de quienes le oyen.

La muerte de un hijo mayor

Algún tiempo después de su regreso a Roma, el corazón del Padre sufrirá un nuevo golpe. Hacía meses que aguardaba la noticia de la muerte de don José María Hernández de Garnica, uno de los primeros miembros de la Obra, que había abierto camino en Irlanda, en Inglaterra y en Francia, y luego en Alemania y en Austria.

Un cáncer de bulbo raquídeo le había provocado una parálisis progresiva que, en los últimos meses, se había agravado. Durante su estancia en España, no había cesado de pensar en él, pidiendo al Señor un milagro. Cuando el Fundador le había visitado, en un Centro del Opus Dei en Barcelona, había tenido que hacer un esfuerzo para no romper a llorar en su presencia.

Don José María había muerto ofreciendo sus sufrimientos por la Iglesia y por la Obra, con una gran paz, confirmando así lo que le gustaba repetir al Padre: que el Opus Dei es el mejor sitio para vivir y el mejor sitio para morir.

Don José María era uno de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei ordenados en 1944. Punto de arranque de una línea ininterrumpida que aumenta de año en año…

Nuevas ordenaciones

En el verano de 1973, cincuenta y un miembros de la Obra, todos ellos, como sus predecesores, con un título civil superior y con varios años de ejercicio profesional, son ordenados sacerdotes. Pensando en ellos y en quienes les han precedido y les seguirán, el Padre predica, el viernes de Pasión, sobre el tema del sacerdocio.

Quiere que los sacerdotes sean sacerdotes cien por cien. Algunos autores dicen que hay que buscar la identidad del sacerdote, pero para el Fundador del Opus Dei la identidad del sacerdote es la de Cristo.

Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya “alter Christus”, sino “Ipse Christus”: otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente, de forma sacramental. Es “el sacerdocio ministerial”.

¿Qué le pide al sacerdote? Que aprenda a no estorbar la presencia de Cristo en él.
El 25 de junio de 1973, poco después de que el Papa anunciara el próximo “Año Santo”, el Padre evoca ante Pablo VI esas futuras ordenaciones. La audiencia dura casi hora y cuarto. Mons. Escrivá no ignora que el Santo Padre sufre mucho con las tensiones surgidas en la Iglesia. Por eso, como un buen hijo, procura llevarle el consuelo de algunas buenas noticias: anécdotas que ilustran el desarrollo de los apostolados de la Obra y el bien que se hace a muchas almas en aquellos países donde trabajan sus hijos y sus hijas. Porque, desde hace años, no ha cesado de recibir noticias sumamente alentadoras de los cinco continentes. Entre ellas, las de aquellos países donde acaba de establecerse el Opus Dei: de Nigeria, donde la guerra de Biafra acaba de terminar; de Bélgica, de Puerto Rico…

A pesar de la fecundidad de esos apostolados, Mons. Escrivá de Balaguer no olvida que debe procurar a toda costa que sus hijos sean fieles a la doctrina cristiana y al magisterio de la Iglesia.

Tiempo de prueba -les escribe el 28 de marzo de 1973, aniversario de su propia ordenación sacerdotal- son siempre los días que el cristiano ha de pasar en esta tierra. Tiempo destinado, por la misericordia de Dios, para acrisolar nuestra fe y preparar nuestra alma para la vida eterna. Tiempo de dura prueba es el que atravesamos nosotros ahora.

Pero el Padre no se deja ganar por el desaliento. Basta, simplemente, con no dejarse llevar por las modas pasajeras y las corrientes de pensamiento… Vivamos de cara a la eternidad (…) Los días aquí son pocos y urge trabajar en la tarea de la salvación sin perder un momento, ahogando el mal en abundancia de bienes.

En su tarea de gobierno, tiene la obligación de actuar de manera que sus hijos no se vean afectados por esa desorientación que se apodera de muchos fieles.

Pero no se limita a tomar medidas en ese sentido. Como la confusión aumenta, arde en deseos de reanudar en otros países la catequesis iniciada años antes, aunque la haya continuado, de hecho, con nutridos grupos de estudiantes de diversas nacionalidades durante la Semana Santa y a lo largo de todo el año, recibiendo a muchísimas personas de todas las razas. Por eso, respondiendo a las insistentes peticiones de sus hijos de América, el 22 de mayo de 1974, unos días después de haber entregado, en Pamplona, el título de doctor honoris causa por la Universidad de Navarra a Mons. Hengsbach, Obispo de Essen, y al Dr. Lejeune, profesor de genética fundamental en la Facultad de Medicina de París, Mons. Escrivá de Balaguer emprende vuelo rumbo a Sudamérica.

La sonrisa de África. Un homenaje a Ryszard Kapuscinski

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Ismael Martínez y la Fundación Schola muestran otra mirada sobre África en un homenaje al reportero polaco

Opus Dei -

Y es cierto, la sonrisa debe ser profundamente humana. Porque África es también un continente más allá de los estereotipos del drama. Por eso, en esta exposición itinerante  se muestra la vitalidad de Benin y Togo, dos pequeños países del oeste africano.

Ismael Martínez (Jaén, 1973) -fotoperiodista por la Universidad de Navarra- muestra otra mirada sobre África en un homenaje al reportero polaco en esta serie sobre la que la fotógrafa y galerista Rene Maisner, hija de Ryszard Kapuscinski, ha dicho: “Refleja el movimiento y la emoción del mundo ordinario. Es lo cotidiano en diferentes ángulos y distancias: a veces sólo el rostro, a veces sólo siluetas y actividades. Son escenas corrientes con un lenguaje vital, emocional y poético. El día a día de cualquier calle africana. Es el África también real de la sonrisa y la esperanza. Por eso, estas fotos de Ismael Martínez son humanas; y al ser humanas expone -de alguna forma- aquel deseo de mi padre de hacernos ver la humanidad del otro y, al verlas, de hacernos más humanos a nosotros mismos. Estas imágenes muestran una relación de entendimiento recíproco, de empatía, que descubre en la mirada de lo cotidiano el alma de la humanidad”.

Harambee (“todos juntos” en swahili), es el grito de los pescadores cuando acercan sus redes a la orilla. Pero es algo más que un grito. Es un proyecto internacional solidario que promueve iniciativas de educación en África y sobre África. Harambee nació a raíz de la canonización de San Josemaría Escrivá en el año 2002 y desde entonces ha realizado 30 proyectos en el corazón africano. Proyectos sin distinción de raza, clase o religión. Proyectos que buscan crear futuro. Un futuro que, como el espíritu de los libros de Ryszard Kapuscinski, persigue Harambee en la sonrisa y en la esperanza del otro.

“Sólo la Palabra de Dios puede cambiar profundamente el corazón humano”

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El domingo empezó en la basílica de San Pablo Extramuros en Roma, la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema “La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”

A las 9,30,  el Papa presidió la concelebración eucarística con los padres sinodales, con ocasión de la apertura de la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, sobre el tema “La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”.

Comentando en la homilía el Evangelio sobre la imagen de la viña, el Santo Padre afirmó que lo que denuncia este episodio “interpela de manera especial, a los pueblos que han recibido el anuncio del Evangelio. Si contemplamos la historia, nos vemos obligados a constatar con frecuencia la frialdad y la rebelión de cristianos incoherentes”.

“Naciones que en un tiempo tenían una gran riqueza de fe y vocaciones ahora están perdiendo su identidad, bajo la influencia deletérea y destructiva de una cierta cultura moderna. Hay quien, habiendo decidido que “Dios ha muerto”, se declara a sí mismo “dios”, considerándose el único agente de su propio destino, el propietario absoluto del mundo. (…) Pero cuando el hombre elimina a Dios de su horizonte, cuando declara que Dios ha “muerto”, ¿es verdaderamente feliz? ¿Se hace verdaderamente más libre? (…) ¿No sucede más bien -como lo demuestra la crónica cotidiana- que se difunden el arbitrio del poder, los intereses egoístas, la injusticia y el abuso, la violencia en todas sus expresiones? Al final el hombre se encuentra más solo y la sociedad más dividida y confundida”.

Tras poner de relieve que “en las palabras de Jesús hay una promesa: la viña no será destruida”, Benedicto XVI aseguró que “el mensaje consolador que recogemos de estos textos bíblicos es la certeza de que el mal y la muerte no tienen la última palabra, sino que al final Cristo vence. ¡Siempre! La Iglesia no se cansa de proclamar esta Buena Nueva, como sucede también hoy, en esta basílica dedicada al apóstol de las gentes, que fue el primero en difundir el Evangelio en grandes regiones de Asia Menor y Europa”.

“Sólo la Palabra de Dios -continuó- puede cambiar profundamente el corazón del ser humano; por eso es importante que entremos en una intimidad cada vez mayor con ella tanto cada uno de los creyentes como las comunidades. La asamblea sinodal dirigirá su atención a esta verdad fundamental para la vida y la misión de la Iglesia. Alimentarse de la Palabra de Dios es para ella su primera y fundamental tarea”.

El Santo Padre dijo que “en este Año Paulino escucharemos resonar con particular urgencia el grito del apóstol de las gentes: “¡ay de mí si no predicara el Evangelio!”; grito que para cada cristiano se convierte en una invitación insistente a ponerse al servicio de Cristo”.

“La mies es mucha”, repite también hoy el Maestro divino: muchos todavía no le han encontrado y están en espera del primer anuncio de su Evangelio; otros, a pesar de que han recibido una formación cristiana, han perdido el entusiasmo y sólo mantienen un contacto superficial con la Palabra de Dios; otros se han alejado de la práctica de la fe y tienen necesidad de una nueva evangelización. No faltan, además, personas de recta conciencia que se plantean preguntas esenciales sobre el sentido de la vida y de la muerte, preguntas a las que sólo Cristo puede ofrecer respuestas convincentes. Por eso, es indispensable que los cristianos de todos los continentes estén dispuestos a responder a quien pida razón de su esperanza, anunciando con alegría la Palabra de Dios y viviendo sin compromisos el Evangelio”.

El Papa concluyó pidiendo a Dios su ayuda para que durante las sesiones sinodales “nos planteemos juntos cómo hacer cada vez más eficaz el anuncio del Evangelio en nuestro mundo. Todos experimentamos la necesidad de poner en el centro de nuestra vida la Palabra de Dios, de acoger a Cristo como nuestro único Redentor, como Reino de Dios en persona, para que su luz ilumine todos los ámbitos de la humanidad: desde la familia hasta la escuela, desde la cultura hasta el trabajo, desde el tiempo libre hasta los demás sectores de la sociedad y de nuestra vida.

FILIPINAS. Los pobres del Tercer Mundo

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Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

Los pobres de Manila viven en minúsculas chozas de madera y hojalata que se alzan sobre el fango. Los más privilegiados ocupan casas diminutas de una o dos habitaciones. A veces construyen su hogar con tablas carcomidas entre las ramas de un árbol.

Como los de otros muchos países, los pobres de Manila provienen del campo, donde los ricos hacendados les explotaban; se trasladan a la ciudad en busca de una vida mejor, que rara vez encuentran.

En las zonas más deprimidas, la moralidad es escasa, y a veces nula. No es raro que los adolescentes, antes de llegar a la edad adulta, hayan sido testigos de varios crímenes.

Las Filipinas han sufrido muchas convulsiones desde finales del siglo XIX, cuando el país empezó a luchar por su independencia. Recientemente, ha sido víctima de una rígida y larga dictadura.

Sobre este telón de fondo tuvo lugar la revolución de 1986, que acabó con ella. Sin embargo, cuando el polvo del alzamiento se posó, pudo verse que los efectos de la dictadura permanecían. Un dato significativo: el 70 por 100 de los filipinos viven por debajo del nivel de pobreza.

A la entrada del inmueble en que me alojaba -un edificio de apartamentos situado en San Juan, un antiguo barrio de Manila- había un guardia armado, con uniforme azul. Su presencia era un recordatorio de la desesperada pobreza que le rodeaba.

Ante tanto sufrimiento, muchos cristianos, que no son capaces de hacer lo que la Madre Teresa de Calcuta -atender personalmente los problemas más graves derivados de la pobreza-, se limitan a dar limosna. Pero hasta la Madre Teresa reconoce que la caridad sólo resuelve los problemas más inmediatos, no el problema de fondo. Éste sólo se puede atacar mediante la aplicación de una justicia social basada en principios cristianos, ya que es la única que evita dos grandes escollos: las injusticias provocadas por los excesos del capitalismo, de una parte, y la opresión de los sistemas totalitarios de signo socialista, de otra.

Fue este camino -el del desafío propuesto por las enseñanzas sociales de la Iglesia- el que un grupo reducido de universitarios filipinos tomó mucho antes de que se produjera la revolución de 1986. Cuando se agruparon a mediados de los años 60, eran conscientes de que, aunque Filipinas era un país predominantemente católico, había hecho poco caso de la doctrina social de la Iglesia; pero eran muy jóvenes, y no tenían influencia económica, política o social; sólo tenían buena formación e ilusión juvenil. Dos de ellos, graduados en Harvard, eran dos economistas: el Dr. Bernardo Villegas y el Dr. Jesús Estanislao.

“Queríamos crear un servicio social que fuese profesional y secular, capaz de dar respuesta a las necesidades sociales más apremiantes -me dijo Jess-. Debía ser educativo, apostólico y abierto a todo el mundo, pues queríamos llegar al mayor número posible de personas.”

El grupo se propuso mostrar que las empresas podían ser socialmente responsables. Pero el gobierno, entonces, iba por un camino y los hombres de negocios por otro. Mientras el gobierno hablaba de programas sociales y económicos, las empresas privadas actuaban a su aire. Además, los hombres de negocios sólo estaban interesados en los beneficios, no en el desarrollo económico y social del país.

“Queríamos contar con un centro que estudiase estos problemas y estableciese un puente entre el gobierno y los empresarios.”

El resultado fue el Center for Research and Communication (Centro de Investigación y Comunicación), inaugurado en 1967. El centro ocupaba entonces un edificio alquilado en el número 1607 de Jorge Bocobo, Malate, y no tenía nada que ver con el moderno edificio que ocupa ahora en Pearl Drive, en el Complejo Comercial Ortigas, con sus modernas aulas, salas para seminarios y oficinas.

A poco de ser fundado, el CRC ya había adquirido gran reputación como centro de formación empresarial y de estudios de previsión económica (algo que pronto provocó el recelo del gobierno, que no veía con buenos ojos que un organismo independiente pusiese de relieve los pobres logros económicos del sistema). El CRC formaba hombres de negocios para que dirigieran sus empresas con arreglo a sanos principios económicos; luego, los animaba a, concentrarse en áreas en las que podían ayudar a combatir la pobreza, es decir, a responder a la llamada de la Iglesia a favor de la “opción preferencial por los pobres”. Les pedía, por ejemplo, que tuviesen en cuenta los ingresos reales de los trabajadores de su empresa, su capacidad adquisitiva, sus necesidades familiares, etc.

“Lo que siempre hemos dicho a las diferentes empresas -me explicó Bernie- es que comparen lo que ganan sus empleados con lo que necesitan para vivir como seres humanos. Luego hemos dado un paso adelante. Por ejemplo, en desarrollo agrario. Si un cliente es dueño de una plantación de azúcar, le decimos que debe colaborar en el desarrollo de la comunidad, promoviendo escuelas, hospitales, etc. Existe la creencia, bastante generalizada, de que el- capitalismo no tiene conciencia, y eso es lo que tratamos de desmentir, procurando hacer que los empresarios conozcan lo que la Iglesia ha dicho sobre salarios, trabajo, sindicatos, cooperativas y todos los problemas sociales que tienen planteados los países del Tercer Mundo, entre ellos Filipinas. Y nos hemos encontrado con que los hombre de negocios y las empresas con que hemos contactado están dispuestos a hacer algo por resolver los problemas, una vez que toman conciencia de ellos.”

Los hombres de negocios que fueron al CRC buscando asesoramiento económico, pronto empezaron a responder. Algunos comenzaron a interesarse por las áreas rurales, contribuyendo al desarrollo agrícola; otros crearon fundaciones para la formación de campesinos; algunos elaboraron productos de alta calidad. Mientras tanto, el CRC instaba a la reforma agraria, aconsejando a los grandes terratenientes que parcelaran parte de sus dominios y los repartieran entre los campesinos.

“El mensaje que siempre hemos tratado de inculcar -me dijo Jess- es que en los negocios, antes de mirar lejos, al futuro, debemos recordar que tenemos los pobres al lado, en los taxistas, los porteros, los oficinistas, los campesinos. Insistimos en que los ejecutivos de las grandes empresas deben preocuparse ante todo de estas personas, procurarles mejor educación, tratarles bien, proveer a sus necesidades en términos de su desarrollo cultural, espiritual, profesional, educativo, etc. Y aumentar sus salarios, con arreglo a los beneficios. Los que han seguido esos consejos han comprobado que funcionan en un doble aspecto. Cuando la empresa se preocupa de la gente, se establece una mayor compenetración entre la empresa y sus empleados. La prosperidad de la empresa se convierte en una aventura conjunta y la productividad aumenta.”

La doctrina social de la Iglesia Católica ha rechazado siempre la idea de que la solución de los males económicos esté en ideologías como el socialismo, el capitalismo o la teología de la liberación. Lo que el CRC estaba haciendo se basaba en tres pilares básicos: en primer lugar, el principio de subsidiariedad, que dice que lo que los individuos o los pequeños grupos sociales pueden hacer con eficacia y competencia no debe ser absorbido por cuerpos sociales más amplios, y menos por el Estado (tal es el punto de vista conocido como “lo pequeño es hermoso”, el cual requiere que todos los trabajadores participen en la propiedad de los medios de producción). En segundo lugar, el principio de solidaridad, que dice que los individuos, los grupos privados y las asociaciones deben trabajar unidos, cooperando mutuamente. Y en tercer lugar, el principio de que cada persona y cada grupo debe, dentro de la comunidad, trabajar a favor del bien común. Lo cual no significa buscar el mayor bien para el mayor número, sino más bien el bien total de todos y cada uno de los miembros de la sociedad.

“Aquí es donde entra la competencia característica del CRC -me dijo Bernie-. Hay otras instituciones parecidas, pero yo creo que nosotros destacamos por el énfasis que ponemos en los principios de subsidiariedad, solidaridad y bien común. A los hombres de negocios les decimos con toda claridad que no hay una mano invisible, diga lo que diga Adam Smith, que promueva automáticamente el bien común cuando predomina el egoísmo personal. Eso es una colosal, mentira histórica. Cada persona debe contribuir consciente y activamente al bien común, con sus propias decisiones.”

Esto puede parecer muy bonito, un idealismo muy atractivo, pero impracticable en el mundo donde las empresas .luchan por obtener el mayor rendimiento de los trabajadores con los salarios más bajos posibles. Pero la realidad es que, así las cosas no marchan. Las’ empresas que explotan a los trabajadores y obtienen grandes beneficios a corto plazo por ese procedimiento plantan las semillas de su propia ruina. El CRC ha sido capaz de convencer de este hecho a bastantes empresarios cabezotas, como se comprueba viendo al gran número de ellos que asisten a cursos, seminarios y conferencias. Cada seis meses en un hotel de Manila, cientos de empresarios y hombres de negocios participan en cursos de actualización.

Aunque quienes dirigen el CRC están de acuerdo en los principios básicos, tienen a veces puntos de vista distintos sobre la manera de ponerlos en práctica. El centro recalca que las opiniones económicas del cuadro de profesores son cosa suya. Jess y Bernie, por ejemplo, llevan muchos años trabajando juntos, pero tienen criterios diferentes a la hora de encarar los problemas de la economía filipina. Bernie está convencido de que el futuro de Filipinas está en el desarrollo de la agricultura, mientras que Jess confía más en la industrialización del archipiélago. También discrepan respecto a la protección arancelaria.

“Aquí tenemos un gran pluralismo, una gran variedad de opiniones, pues estamos de acuerdo en que en economía no existen dogmas -explica Bernie-. Como dice el fundador del Opus Dei: en el Opus Dei tenemos un común denominador, que está formado por la doctrina de la Iglesia, pero el numerador es variadísimo: cada cual tiene sus opiniones, su manera de encarar los problemas. Eso es verdad en el Opus Dei, y también en el CRC.

Y lo mismo con quienes aconsejamos. Nadie está autorizado a decidir cómo una persona rica puede contribuir al bien común; creando oportunidades de empleo, obteniendo divisas, produciendo alimentos… La libertad personal y la responsabilidad deben ser los principios motores de la iniciativa privada con vistas al, bien común.”

La relación del Opus Dei con el CRC es la misma que en cualquier otra obra corporativa. El Opus Dei garantiza la doctrina y la orientación espiritual del CRC con arreglo a la fe católica, pero nada más. No se responsabiliza en absoluto sobre problemas concretos, como pueden ser las opiniones respecto a la conveniencia de introducir la reforma agraria en la isla de Negros.

El capellán del CRC, Father Hector Raynal, me habló de los consejos que suele dar a los hombres de negocios que acuden a él para hablarle de temas espirituales:

“En este país, la mayoría de la gente da por supuestas sus creencias religiosas. Suele ser buena, pero no profundiza en el conocimiento de las enseñanzas de Jesucristo. Hay que insistir en las cosas básicas: los sacramentos, la necesidad de estar en estado de gracia… Luego, inculcarles una serie de virtudes humanas: laboriosidad, firmeza, constancia, perseverancia, sinceridad…

Procuro que quienes vienen por aquí se den cuenta de que si quieren construir una sociedad sobre fundamentos cristianos tienen que conocer la doctrina de la Iglesia. Si se construye una sociedad y se tiene éxito económicamente, pero esa sociedad no está basada en principios morales correctos, el fracaso, a la larga, es seguro. Si se construye con la única preocupación de multiplicar los bienes materiales o con la de crear unas estructuras rígidas que coarten los derechos individuales, se edifica sobre arena. Se termina en nada.

Cuando alguien viene a mí para preguntarme si es moral tal o cual negocio, procuro ayudarle aclarándole los conceptos. En el CRC doy un curso de ética cristiana para empresarios que proporciona criterios claros basados en la Ley de Dios. Supongamos que alguien viniera y dijera: “Resulta que tenemos competidores que no pagan impuestos, que firman cheques sin fondos, que pagan salarios de hambre, que sobornan a los funcionarios… ¿Qué nos aconseja? ¿Hacer lo mismo?”. Lógicamente habría que decirle que no, que no puede hacer nada de eso. Pero si pensara que, entonces, no le queda otro camino que retirarse, habría que decirle que tampoco se trata de eso, que habría que estudiar detenidamente la situación. Y aquí es donde interviene la fe. Por supuesto que no se pueden emplear medios ilícitos, porque el fin no justifica los medios. Pero retirarse significaría darse por vencido, dejar los negocios del mundo en manos de quienes lo corrompen. Por eso hay que analizar detenidamente la posibilidad de utilizar otros medios lícitos y eficaces que no utilizan los competidores. El espíritu de Cristo nos dice que debemos colocar a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas, que debemos devolver el mundo a Dios. ¿Cómo íbamos a lograrlo si a la primera dificultad nos retiráramos, renunciáramos a la lucha? Sí hemos de utilizar toda clase de medios lícitos, que pueden ser muy poderosos. Me refiero, por ejemplo, a la oración que, tal vez, nos hará ver que tenemos que esforzarnos más en el trabajo.

A los que me piden consejo les digo que tienen que procurar que su empresa sea más productiva, que no deben pensar que porque sean católicos y no puedan utilizar medios ilícitos su empresa debe estar siempre a la cola en cuanto a productividad o beneficios. Porque es falso, y anticuado, pensar que para ser un buen católico hay que ser un mendigo. Ésa era una de las cosas que Monseñor Escrivá quería inculcar en las mentes de muchos: que no es bueno renunciar a la lucha, que hay que procurar destacar, sobresalir, tener éxito. No por motivos egoístas, sino porque así se puede extender más el Evangelio.

Así pues, ése suele ser mi consejo: luchar, esforzarse. Pero si alguien me pregunta a qué partido político debe apuntarse, contesto que eso no es asunto de mi competencia, que puede hacer lo que quiera, siempre que se atenga a lo que dice la Iglesia en este terreno. Así, por ejemplo, con tal de que no se haga del Partido Comunista, puede hacer lo que estime oportuno para ayudar a resolver los problemas de su país. Es completamente libre en ese terreno. “

Actualmente, el CRC tiene una plantilla de ochenta profesionales, entre ellos varios economistas veteranos, doce jóvenes y una veintena de investigadores. En los últimos años ha evolucionado hasta convertirse casi en una universidad especializada en Economía, Ciencias Empresariales, Pedagogía y Humanidades. Ya ha empezado a formar un claustro académico, muchos de cuyos componentes han estudiado en universidades europeas y americanas.

Podría parecer que de todas las actividades corporativas del Opus Dei vistas ahora, el CRC sería una a la que más fácilmente se le podría imputar la búsqueda de influencia. En este sentido, los directores del centro me dijeron que les gustaría ser juzgados por sus logros, pues, a la larga, la gente no se fía de los rumores, sino de los hechos.

Tal es también el punto de vista del arzobispo de Manila, el cardenal Jaime Sin. Poco antes de que me concediera una entrevista, el cardenal había escrito un artículo en un periódico de la capital defendiendo al Opus Dei y la labor que sus miembros llevan a cabo en su diócesis, en especial el CRC. Entre otras cosas, el cardenal Sin decía que era importante tener en cuenta que el CRC no tenía finalidad política, sino profesional. “Cuando se estudian problemas financieros o se trata de prever el futuro, no -se está trabajando a favor de ningún partido político. Se está trabajando por el bienestar del país. Esto es muy claro. El CRC ayuda eficazmente al gobierno mediante el análisis y evaluación de los problemas financieros. Ha probado que cuenta con expertos que saben prever y proyectar, que trabajan de manera muy profesional. Lo cual ha supuesto que el gobierno tome nota de su labor, pues están cooperando al desarrollo del país.”

El cardenal Sin ponía de relieve también que cuando acabó la anterior dictadura y un nuevo gobierno se hizo con el poder en Filipinas, el CRC siguió haciendo lo mismo que hacía, aconsejando a las mismas personas e instituciones, incluido el gobierno. “Es una buena actitud -decía-, pues cuando la Iglesia o alguna organización de la misma se “casa” con el sistema, se queda viuda en la siguiente generación.” Evidentemente la Iglesia adopta esta actitud no sólo para no comprometerse políticamente, sino para garantizar la libertad política de los fieles seglares.

Dos labores inspiradas por el CRC son Dual Tech, un centro de formación profesional para obreros, y la Meralco Foundation, que desarrolla programas industriales para técnicos. Ambas tienen como objetivo dar oportunidades a los trabajadores más pobres.

Dual Tech, situado en el distrito comercial de Makati, es un proyecto conjunto de la Southeast Asian Science Foundation, que no tiene fines lucrativos, y la Fundación Hanns Seidel, de la Alemania Occidental. Fue creado por un grupo de empresarios para proporcionar a sus empleados especializados un aprendizaje adecuado. Dual Tech tiene dos objetivos básicos: adaptar un sistema alemán de enseñanza ambivalente que combina la enseñanza teórica con las prácticas en la misma empresa y estimular los valores morales y una sólida formación humana que se refleje en detalles prácticos, tanto en el trabajo como en la vida privada.

Los mecánicos y electricistas industriales que allí se forman proceden de las áreas más deprimidas de todo el país. Durante los seis primeros meses de sus estudios tienen comida y medicina gratis. Para algunos, esos seis meses son los primeros de su vida en que comen todos los días. Vienen de zonas en las que la instrucción religiosa y moral es escasa. Uno de los instructores de Dual Tech, Florentino Fernando, me dijo que la mayoría proceden de ámbitos en los que matar no es algo vergonzoso, sino más bien causa de orgullo. “Lo que los salva es su fe. A pesar de los pesares, quieren ser mejores.

Saben que violar o matar es malo, pero poco más. Y se dan cuenta de que necesitan aprender para salir adelante.”

Además de las enseñanzas técnicas, los aprendices reciben formación en virtudes humanas, a través de grupos de debate, deportes en equipo y charlas. Cada aprendiz cuenta con un consejero personal que procura ir abriendo horizontes. Ésta es, tal vez, la labor más importante.

Florentino me habló de algunas de sus experiencias como consejero. Me dijo que hacía poco había dado una charla sobre la familia y que uno de los estudiantes, al final, le había dicho que creía que su mujer sabía que tenía una querida. “Yo sólo había hablado de cosas corrientes, como la necesidad de dedicar más tiempo a los hijos, pero mis palabras sin duda le habían conmovido. Por eso, cuando le pregunté si estaba dispuesto a romper con ella, me dijo que sí, porque se había dado cuenta de que la familia era lo más importante. Sabía, sin embargo, que no le iba a ser fácil, y me enseñó un collarcito de oro que su amante le había regalado. Le había dicho a su mujer quedo estaba pagando a plazos (200 pesos al mes), dinero que iba a parar a manos de la otra. Yo le dije, con firmeza, que la única forma de cortar esa relación extraconyugal era hacerlo de golpe, sin contemplaciones; torció el gesto, pero aceptó el consejo. Vino a verme al cabo de un mes, sonriente. Parecía otro. Se había cortado el pelo y se había afeitado. “Buenas noticias -me dijo-. He devuelto el collar.” Había dejado de ver a aquella mujer. “¿Sabe? -añadió- Ahora estoy como más ligero… Quiero más a mi mujer y a mis hijos.” Estaba claro que había metido la pata, pero que su fondo era bueno. Sin duda le había costado mucho dejar a aquella mujer.”

El proyecto Meralco, en Metro Manila, se parece bastante a Dual Tech. Forma a obreros pobres, escasamente cualificados, y les ayuda a mejorar personalmente. Imparte un ciclo de estudios de tres años en el campo de la electrónica o de la instrumentación tecnológica a unos 120 jóvenes, chicos y chicas. Se exige a los aspirantes buenas calificaciones en sus estudios y carencia de recursos económicos. En Meralco se les proporciona libros, material, uniformes, dinero para el transporte y un salario. Uno de los allí formados, Bernardino Equitay, de 24 años, era un muchacho campesino de la isla de Negros, una de las más deprimidas de Filipinas. Su padre plantaba arroz y maíz en un pequeño huerto, lo que le proporcionaba unos ingresos aproximados de 12.000 pesos al año, suma con la que tenía para mantener a sus seis hijos. Bernardino hizo un curso de formación de empresa, pero no le sirvió para encontrar empleo. “Una de las cosas que más me gustan de Meralco -me dijo, es que, cuando termine mis estudios, estoy seguro de encontrar trabajo.”

Otra iniciativa que existe en Manila es la escuela e instituto técnico de Punlaan, en San Juan, que imparte cursos de formación profesional para mujeres que quieran trabajar luego como empleadas de hogar o en diversos servicios hospitalarios y hoteleros, restaurantes, etc.

Desde que empezó, en 1975, con 115 estudiantes, ha formado a más de 2.500 personas, y su prestigio ha hecho que sea una de las instituciones consultoras del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. El instituto está instalado en un antiguo hospital situado en M. Paterno St. y destaca por la limpieza y el buen gusto con que está puesto.

La directora, Miss Amy Bonotan, me explicó que la meta del instituto es procurar quedas estudiantes se den cuenta de que las tareas domésticas tienen también su belleza. “Les mostramos que pueden hacer su trabajo con dignidad, que no tienen que avergonzarse de su profesión.”

Las alumnas de Punlaan sólo pagan unos 60 pesos al mes, cantidad que, evidentemente, no cubre el costo de su educación, que corre a cargo de una fundación. Se puede hacer un curso intensivo de un año, o dos años de estudios a más alto nivel, con la obtención de un diploma que capacita para prestar servicios de restaurante en instituciones hoteleras. Junto a las asignaturas habituales en las escuelas de hostelería, Punlaan se interesa también por la formación del carácter de las alumnas y por su cultura, con clases de psicología, ortografía, historia, moral, etc.

“Las alumnas proceden de familias pobres, paupérimas. Aquí les ayudamos a que se den cuenta de que las tareas domésticas no son despreciables, sino que constituyen un servicio importante. Les explicamos cómo pueden desarrollar su personalidad a través de su trabajo.”

En Filipinas, las muchachas del servicio doméstico han sido a menudo explotadas y maltratadas; por eso Punlaan colabora con el gobierno para crear leyes que las protejan. “Es preciso que quienes las emplean las respeten y sean justas con ellas -dice Amy-. Que tengan derecho a la intimidad, que puedan expresarse libremente, que las condiciones de trabajo sean dignas, que se las eduque. Por eso -añade-, organizamos también seminarios para las amas de casa, con objeto de que aprendan a tratar a sus empleadas. Éstas suelen ser muy sencillas y piensan más con el corazón que con la cabeza; por eso, son muy sensibles y se las hiere enseguida. Por eso, también les ayuda mucho charlar con sus preceptoras, aquí en Punlaan, y desahogarse cuando tienen algún problema.

Esto no quiere decir que la corriente sólo siga un camino. A veces ellas también nos dan lecciones, y de una sabiduría desconcertante que no se aprende en libros. Su vida ha sido casi siempre muy dura, muy difícil. La fortaleza con la que la han encarado, asombrosa. Han desafiado a la pobreza y tienen una fe muy honda.

Hay aquí una chica que lo ha pasado muy mal. Sus padres la habían abandonado y ella había rodado de casa en casa. Cuando llegó aquí se dio cuenta de que ésta era su única esperanza de futuro. Cree firmemente que todo lo que le ha sucedido le ha ayudado a ser más fuerte. No tiene ninguna amargura. Y hay otra que había estado en una casa cuyo dueño le había hecho proposiciones deshonestas. Cuando vino estaba muy” abatida y tenía mucho miedo, pero explicó el problema a su preceptora, que pudo enderezar la situación.”

Durante mi estancia en Manila, pasé mucho tiempo observando lo que hacía el Opus Dei para ayudar a los filipinos materialmente pobres, sin olvidar eso otro aspecto: lo que hace por ayudar a los espiritualmente pobres.

Benjamín Defensor es un periodista que trabajó en el Time Magazine y ahora dirige una cadena de periódicos en Filipinas, entre ellos el Business Day. Cuando durante la dictadura se implantó la ley marcial, se vio obligado a trasladarse a Hong Kong, donde fue director de Asia Television Ltd. Allí conoció el Opus Dei. Por entonces era -según su propia descripción- “un tipo rudo”, que bebía mucho y tenía poco interés en temas espirituales. “Incluso después de casarme, no solía volver a casa antes de las dos de la madrugada, pues, como decía a mis amigos, una cosa es casarse y otra cambiar de vida.. Y así seguí durante muchos años.” Pero conoció el Opus Dei y dejó de beber. Y también dejó de preocuparse por algo que le obsesionaba: ganar dinero. “Ahora ya no me preocupo de eso y las cosas marchan estupendamente.”

Teófilo San Luis, hijo, es especialista en medicina nuclear y trabaja en el hospital de la Universidad de Santo Tomás. Según me contó, antes de conocer el Opus Dei, cada mañana, cuando atravesaba las puertas del hospital, se ponía enfermo de pensar en el día que le esperaba. “El trabajo me parecía una carga insoportable -dice- y la vida algo sin sentido.” Hubiese podido atender a los pobres en la sección de caridad del hospital, pero no le atraía en absoluto. Le parecía inútil, una pérdida de tiempo. Pero cuando conoció el Opus Dei, todo cambió. “Comprendí lo importante que era ayudar a los demás, así que decidí trabajar allí un día a la semana por lo menos; gratis, por supuesto. A partir de entonces dejé de ver a los pacientes como una fuente de ingresos. Empecé a compartir los problemas ajenos, a atender más detenidamente a los enfermos, aconsejándoles, e incluso diciéndoles que rezasen. Ahora ya no me pongo de mal humor por las mañanas.”

La doctora doña Marina Bringas, madre de cinco hijos, que trabaja en el Hospital General de Quezón City, me contó una historia parecida: “Antes procuraba guardar las distancias con los pacientes. Sólo me interesaban los aspectos técnicos. Ahora es diferente. Algunas madres vienen al ala de caridad para acompañar a sus hijos enfermos y tienen que dormir en el suelo. Yo procuro atenderlas, estar un rato con ellas. Les digo que recen. Y a los pacientes, cuando tienen dolores, que ofrezcan su sufrimiento al Señor. Son cosas pequeñas, pero que ahora significan mucho para mí. Forman parte de ese hacer el trabajo lo mejor que uno puede, como enseña el Opus Dei, para ofrecérselo a Dios”.

Sergio Sánchez, piloto de la firma filipina Anscor, que pilota aviones a reacción Hawker 125, dice que en el Opus Dei ha aprendido a dejar de pensar en sí mismo. Antes procuraba obtener los vuelos más seguros, más brillantes; ahora no le importa realizar los peores, con los pasajeros menos agradables. “He aprendido a hacer favores a los demás sin que se den cuenta. Unas veces eso significa-dejar que otro piloto haga los vuelos más largos porque necesita dinero; otras, ayudarle a que piense más en Dios. Porque cuando se está volando -dice- uno tiene la sensación de estar muy cerca de Él, A veces se vuela tan alto que se aprecia la curvatura de la tierra. Es precioso. Pero también le hace a uno sentirse vulnerable…; todos los pilotos sabemos que nuestra vida está siempre en peligro. Hablamos mucho de ello. Sentimos que hay algo que nos mantiene en la existencia, el mismo poder que impulsa el avión y lo mantiene en el aire. Sí, es un ambiente propicio para hacer apostolado, para hablar de cosas trascendentes. Muchos de mis colegas se acercan al Opus Dei y asisten a charlas y meditaciones; algunos piden la admisión en la Obra.”

Monina Mercado, periodista, redactora jefe actualmente de una empresa editorial, Gabriel Books, es madre de tres hijos y se describe a sí misma como “una señorita bien” de los años sesenta. “Adoraba la música de entonces, y la vida social, las fiestas, las exposiciones y los conciertos. No llevaba una vida inmoral, pero sí inútil y frívola. Sentía, como se suele decir, en este país “gusto a ceniza en la boca”. Aunque me gustaba todo eso y tenía la sensación de moverme entre “gente importante”, en cuyas manos estaba el futuro del mundo, era profundamente desgraciada.

No es que todas esas cosas -reuniones, conciertos, actos culturales- tengan nada malo, pero es un error centrar la vida en eso, sobre todo cuando sólo se busca el placer. Cuando empecé a practicar seriamente la fe, me di cuenta enseguida de que no necesitaba muchas de las cosas que me parecían imprescindibles. Y comprendí también que mi condición de madre era mucho más importante. En mi vida sigue habiendo contrariedades, por supuesto, pero ya no he vuelto a tener sabor a ceniza en la boca.”


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