Camino de Burgos

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En diciembre de 1937, nieva fuerte sobre Pamplona. Acaban de llegar Pedro y Paco, que han salido temprano, en tren, desde San Sebastián. El Padre viene en coche, unas horas más tarde. Le ha invitado el Obispo de la diócesis, don Marcelino Olaechea, y va a hospedarse en el palacio episcopal. Son amigos desde hace varios años.

Muy próxima a las habitaciones que ocupa el Padre hay una capilla. En la sacristía, se puede ver un gran armario-cajonera con ornamentos sagrados. Allí se prepara, diariamente, todo lo necesario para celebrar las Misas. De esta cercanía brotará la inspiración de aquel punto de «Camino»: «¡Loco! -Ya te vi -te creías solo en la capilla episcopal- poner en cada cáliz y en cada patena, recién consagrados, un beso: para que se lo encuentre El, cuando por primera vez “baje” a esos vasos eucarísticos»(1).

El Fundador está haciendo unos días de retiro. Su oración se eleva desde un rincón silencioso, en penumbra, dentro de la capilla. Entra el Vicario General, sin advertir la presencia de don Josemaría y, después de ponerse el roquete y la estola, consagra varias patenas y cálices. Sobre ellos, el pan se convertirá en Cuerpo de Cristo, el vino se transubstanciará en la Sangre del Dios Hombre. Apenas sale el Vicario General cuando el Padre se acerca a besar los vasos sagrados. Para que el Señor encuentre su gesto la primera vez que se utilicen en la Santa Misa. Es la locura de los enamorados que no vacilan ante cualquier encuentro.

Durante estos días de retiro espiritual don Josemaría llega a unas conclusiones, unos propósitos ascéticos. Entre ellos, el de dormir sólo cinco horas diarias, a excepción de la noche del jueves al viernes, que pasará en vela, rezando y trabajando. Decide este plan en un estado físico deplorable. Después del paso de los Pirineos, su salud se ha quebrantado notablemente. La delgadez es impresionante. Pero ninguna situación le impedirá adoptar un género de vida muy duro y sacrificado.

Don Marcelino Olaechea siente gran afecto por el Fundador del Opus Dei. Aunque tiene más edad que el Padre le trata con toda deferencia. En 1935, cuando fue consagrado Obispo de Pamplona, el Fundador le había enviado como regalo un cáliz muy sencillo. Sin embargo, es tanto el aprecio de don Marcelino hacia este sacerdote, que, en el futuro, decidirá celebrar habitualmente la Santa Misa con ese cáliz. Y cumplirá su propósito, aunque pueda disponer de otros vasos sagrados mucho más valiosos. Porque éste tiene la riqueza de la amistad de un hombre que considera santo.

El 24 de diciembre de 1937, Pedro y Paco están de guardia en su acuartelamiento. En este día de Navidad, y tras cumplir su servicio, pasarán unas horas formidables con el Padre y con José María Albareda, que ha venido de Zaragoza. Pasean, intercambian toda clase de proyectos y recuerdos. Hablan de otros miembros de la Obra y amigos repartidos por España. Comen en un pequeño restaurante de la Plaza del Castillo. El Padre les comunica que fijará temporalmente su residencia en Burgos. La ciudad es como la capital de la zona nacional y desde allí se puede atender mejor a todos los que se hallan dispersos por la geografía del país.

Mientras caminan, sin sentir apenas el frío de la nieve, por Pozoblanco, Zapatería, Mercaderes, Santa María la Real…, pesan la posibilidad de que Pedro y Paco puedan ser destinados también a la misma ciudad castellana. Así podrían convivir con el Padre en esta nueva etapa que se abre con el año.

En la fiesta de Reyes, el Padre se marcha de Pamplona. Poco tiempo más tarde, el 20 de enero, Paco recibe la noticia de su destino militar a Burgos. Pedro, de momento, se queda solo; pero el Padre viajará mucho y tiene ocasión de verle con cierta frecuencia. La patrona de la pensión situada en la calle de Pozoblanco adivina, con la intuición de las gentes sencillas, la categoría sacerdotal de don Josemaría. Y esta simpatía acaba redundando en beneficio de Pedro, que pasa a ser un soldado importante en la escala de valores de la dueña de la casa. Tiene el Fundador esta capacidad de acercamiento a gentes de toda condición.

Por ejemplo, nada más concluir la caminata de los Pirineos para cruzar la frontera francesa, hubieron de parar en Les Escaldes de Andorra. Allí entran un momento en el Bar Burgos. Junto al mostrador, una mujer sostiene en brazos a un niño de dos años. A pesar del agotamiento, el Padre sabe tener una palabra afectuosa, coge al niño un momento, le dice un piropo y le regala un azucarillo que le han servido con el café. Mucho tiempo después, un miembro del Opus Dei en una numerosa tertulia, celebrada en Castelldaura, llama la atención del Fundador:

-«Quiero contarle una anécdota. El próximo día 2 de diciembre hará treinta y cinco años que usted estuvo en Andorra con los primeros, en Les Escaldes y concretamente en el Bar Burgos, bar que fundaron mi padre y otro señor. La anécdota consiste en que usted dio un azucarillo a mi hermano (…). Mi hermano, es ahora de la Obra»(2).

El Padre se acuerda perfectamente. Y se alegra por ese hijo suyo al que, sin duda, dedicó una oración en aquel día, ya lejano, lleno de cansancio.

Mientras pasea y habla con el Padre durante las breves horas que pasa en Pamplona, Pedro Casciaro comprueba, una vez más, que Dios es el gran tema de la vida del Fundador. Jamás, ni en la zona dominada por los comunistas ni en la que le acoge ahora, se desliza al fácil comentario partidista sobre la contienda política. Siempre, el dique de su respeto por las personas. Este soldado es testigo de excepción para esa calidad humana y sobrenatural, puesto que en su familia existe el más abigarrado espectro político: radicales socialistas, republicanos moderados, monárquicos, voluntarios en las Brigadas Internacionales y hasta un pariente preso con José Antonio Primo de Rivera en la cárcel de Alicante. Don Josemaría Escrivá de Balaguer reza por la paz y la libertad, por la Iglesia y el retorno de los hombres a Dios. Y, para ello, actúa según la norma entera de su vida: reza, trabaja, calla.

Con razón podrá responder a un periodista, muchos años más tarde, al interrogarle acerca de un pretendido «integrismo» por parte del Opus Dei:

«El Opus Dei no está ni a la derecha ni a la izquierda, ni al centro. Yo, como sacerdote, procuro estar con Cristo, que sobre la Cruz abrió los dos brazos y no sólo uno de ellos: tomo con libertad, de cada grupo, aquello que me convence, y que me hace tener el corazón y los brazos acogedores, para toda la humanidad; y cada uno de los miembros es libérrimo para escoger la opción que quiera, dentro de los términos de la fe cristiana.

En cuanto a la libertad religiosa, el Opus Dei, desde que se fundó, no ha hecho nunca discriminaciones: trabaja y convive con todos, porque ve en cada persona un alma a la que hay que respetar y amar. No son sólo palabras; nuestra Obra es la primera organización católica que, con la autorización de la Santa Sede, admite como Cooperadores a los no católicos, cristianos o no. He defendido siempre la libertad de las conciencias. No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con el estudio; nunca con la fuerza, siempre con la caridad»(3).

Seido Language Institute

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Pocas horas antes de que el Señor lo llamase a su lado, Mons. Escrivá de Balaguer estuvo reunido con un grupo de universitarias de la Obra, de varias nacionalidades. En aquella tertulia, que sería la última de su vida, se dirigió a Michito, una chica japonesa, con estas palabras:

«Dios Nuestro Señor te ha dado, con el Bautismo, el sentido de la Iglesia. Reza por los de tu tierra, porque es un pueblo muy grande, para que conozcan a Jesucristo, y le amen y le sirvan. Ya sabéis que ahora tus hermanas de Japón están preparando un colegio en Nagasaki. Hay que rezar para que las dificultades desaparezcan, para que puedan comenzar cuanto antes a trabajar allí…»

Hacía diecisiete años que el Fundador del Opus Dei había enviado a un pequeño grupo de personas a comenzar la labor apostólica en Japón. El primer objetivo de aquellos miembros de la Obra era ponerse en contacto con la sociedad japonesa, conocer a la gente, hacer amistades. Hallaron una oportunidad en el vertiginoso desarrollo económica y cultural que se había iniciado después de la guerra mundial. Los japoneses sentían vivamente la necesidad de dominar alguna lengua occidental, principalmente el inglés.

De ahí nació Seido Language Institute o Seido Gaikokugo Kenkyusho, como se dice en japonés, que fue la primera labor apostólica del Opus Dei en aquel país.

Seido está en Ashiya, una pequeña ciudad situada entre los dos enormes núcleos urbanos de Osaka y Kobe, que con más de quince ciudades satélites, albergan a casi ocho millones de habitantes y unas veinte universidades.

El primer local de Seido fue una casa típicamente japonesa: estructura de madera, suelos de tatami y puertas corredizas de madera y papel decorado. Esa sede fue pronto insuficiente y, en 1962, la enseñanza de idiomas era trasladada a un edificio más adecuado, que también quedaría pequeño poco más de diez años después.

Dios bendecía la oración y el sacrificio. Personas de toda condición se acercaban a la fe cristiana desde muy lejos. El primer japonés de la Obra –y que más tarde sería sacerdote– se había convertido a la fe en Seido, atraído en un principio por los valores humanos que allí encontró. El Señor le daría la fe y la vocación al Opus Dei.

En 1973, junto a la Escuela de Idiomas se estableció el Seido Cultural Center, con actividades directamente apostólicas: clases de introducción a la Sagrada Escritura –la Biblia en el Japón es un best seller–; retiros espirituales a los que también asisten los no católicos; clases de catecismo, atención sacerdotal…

Simultáneamente se han creada otros centros semejantes, dando lugar al Seido System Schools, que además provee de material didáctico para la enseñanza de idiomas a más de cincuenta centros universitarios.

Sin duda alguna, la seriedad profesional y técnica con que se desarrollan las actividades de Seido influyen en gran medida sobre estos resultados. No se trata de una isla occidental en un mundo oriental, sino de algo que responde a las necesidades concretas de una sociedad. Por eso, aunque los profesores de inglés, italiano, francés, español y alemán –los idiomas que se imparten– proceden de esos países, Seido es un foco japonés de irradiación cultural que ofrece en la vida diaria un testimonio evidente del trabajo bien hecho –cualidad muy apreciada por los nipones– y de unos horizontes de comunicación que ponen de relieve los puntos clave de la verdadera convivencia universal. Y son precisamente los japoneses del Opus Dei los más empeñados en la multiplicación de este tipo de labores en su país.

…Ahora ya se ha visto realizado el deseo que el Fundador del Opus Dei expresaba a aquella hija suya japonesa en su última tertulia. En octubre de 1975 se inauguraba el Centro Nagasaki Seido y, en 1978, comenzó a funcionar un colegio femenino,concretamente aquel al qué se refería Mons. Escrivá de Balaguer en la mañana del 26 de junio de 1975.

El Buen Pastor

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es un ladrón y un salteador. Pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero y las ovejas atienden a su voz, llama a sus propias ovejas por su nombre y las saca fuera. Cuando ha sacado fuera a todas sus ovejas, camina delante de ellas y las ovejas le siguen porque conocen su voz. Pero a un extraño no le seguirán, sino que huirán de él porque no conocen la voz de los extraños. (…)

En verdad, en verdad os digo: Yo soy la puerta de las ovejas. (…)

Si alguno entra a través de mí, se salvará; y entrará y saldrá y encontrará pastos. (…) Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas (Ioh10, 1-11) .

“Ibamos hace tantos años por una carretera de Castilla y vimos, allá lejos, en el campo, una escena que me removió y que me ha servido en muchas ocasiones para mi oración: varios hombres clavaban con fuerza, en la tierra, las estacas que después utilizaron para tener sujeta verticalmente una red, y formar el redil. Más tarde, se acercaron a aquel lugar los pastores con las ovejas, con los corderos; los llamaban por su nombre, y uno a uno entraban en el aprisco, para estar todos juntos, seguros.

Y yo, mi Señor, hoy me acuerdo de modo particular de esos pastores y de ese redil, porque todos los que aquí nos encontramos reunidos —y otros muchos en el mundo entero— para conversar Contigo, nos sabemos metidos en tu majada. Tú mismo lo has dicho: Yo soy el Buen Pastor y conozco mis ovejas, y las ovejas mías me conocen a Mi [i]. Tú nos conoces bien; te consta que queremos oír, escuchar siempre atentamente tus silbidos de Pastor Bueno, y secundarlos, porque la vida eterna consiste en conocerte a Ti, solo Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Tú enviaste[ii] .

Tanto me enamora la imagen de Cristo rodeado a derecha e izquierda por sus ovejas, que la mandé poner en el oratorio donde habitualmente celebro la Santa Misa; y en otros lugares he hecho grabar, como despertador de la presencia de Dios, las palabras de Jesús: cognosco oves meas et cognoscunt me meae [iii]para que consideremos en todo momento que El nos reprocha, o nos instruye y nos enseña como el pastor a su grey[iv] Muy a propósito viene, pues, este recuerdo de tierras de Castilla”.

Amigos de Dios, 1

“Cristo ha dado a su Iglesia la seguridad de la doctrina, la corriente de gracia de los Sacramentos; y ha dispuesto que haya personas para orientar, para conducir, para traer a la memoria constantemente el camino. Disponemos de un tesoro infinito de ciencia: la Palabra de Dios, custodiada en la Iglesia; la gracia de Cristo, que se administra en los Sacramentos; el testimonio y el ejemplo de quienes viven rectamente junto a nosotros, y que han sabido construir con sus vidas un camino de fidelidad a Dios.

(…) La santidad de la Esposa de Cristo se ha demostrado siempre –como se demuestra también hoy– por la abundancia de buenos pastores. Pero la fe cristiana, que nos enseña a ser sencillos, no nos induce a ser ingenuos. Hay mercenarios que callan, y hay mercenarios que hablan palabras que no son de Cristo. Por eso, si el Señor permite que nos quedemos a oscuras, incluso en cosas pequeñas; si sentimos que nuestra fe no es firme, acudamos al buen pastor, al que entra por la puerta ejercitando su derecho, al que, dando su vida por los demás, quiere ser, en la palabra y en la conducta, un alma enamorada: un pecador quizá también, pero que confía siempre en el perdón y en la misericordia de Cristo”.

Es Cristo que pasa, 34


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