Río de Janeiro, 22 de mayo de 1974

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

“Fuego he venido a traer a la tierra…” (Lc. XII, 49). Estas palabras del Señor, que don Josemaría repetía con frecuencia cuando estaba en el seminario de Zaragoza, habían inspirado toda su labor apostólica desde la fundación del Opus Dei.

Al principio, el fuego se había mantenido mucho tiempo en rescoldo bajo las ramas; luego, poco a poco, se había ido propagando, encendiéndose en grandes llamaradas que, a veces, le maravillaban, aunque de alguna manera las hubiese previsto.

Tal era el caso de muchos países de Iberoamérica, donde apenas hacía veinte años que habían llegado los primeros miembros de la Obra para ejercer su actividad profesional. El número había sido reducidísimo y la falta de medios materiales evidente, pero, con todo, se había producido en poco tiempo una auténtica explosión apostólica.

Entre el 22 de mayo, fecha de su llegada al Brasil, y el 31 de agosto, en la que abandonará Venezuela para regresar a Europa, el Padre va a reunirse con miles y miles de personas en seis de los países de América del Sur donde trabaja la Obra.

Muchas de las reuniones que celebra son auténticas tertulias de familia en las que mantiene un diálogo íntimo con grupos reducidos. A otras asisten multitud de personas, las cuales, sin embargo, se sentirán siempre directamente implicadas en la conversación con el Padre, que, como es sabido, posee el don de convertir el “público” en familia en cuanto abre la boca.

Son tantos los que quieren verle y escucharle que se hace necesario organizar varias reuniones al día y buscar grandes espacios, pues los Centros de la Obra no son suficientes. Se alquilan, pues, salas de reuniones más amplias, como el Palacio de Convenciones del Parque Anhembi en São Paulo o el Teatro Coliseo de Buenos Aires, con capacidad respectivamente para 4.000 y 5.000 personas. Pero es preciso repetir las reuniones para que todo el mundo pueda ver al Padre por lo menos una sola vez…

Se invita a los amigos y acuden familias enteras. Los más atrevidos logran hacerse con algunos micrófonos repartidos por la sala, para entablar con Mons. Escrivá uno de esos sorprendentes diálogos, en los que lo sincero de las preguntas y lo directo de las respuestas hacen olvidar las dimensiones del local.

En todas partes se reproducen esos singulares coloquios durante los cuales un joven habla de su posible vocación, un padre de familia de su preocupación por los hijos, un empresario o un obrero de su deseo de santificar su trabajo; el librero, la costurera, el periodista, la actriz, cuentan lo que hacen para cristianizar su ambiente profesional.

El Padre escucha atentamente y responde sin vacilar, como si hubiese adivinado, antes de que su interlocutor remate la pregunta, lo que más le preocupa en razón de su edad, de su situación familiar y de su puesto en la sociedad. Toda su personalidad le vuelca sobre él, pero el diálogo, a través de esa persona, se establece también con todos los presentes, como si el Padre se estuviese refiriendo a cada uno de ellos.

Es algo más que una corriente de simpatía la que une al público con la silueta negra que se desplaza vivazmente de un lado al otro de la tarima o del escenario, para aproximarse a sus interlocutores; es una unión en Cristo que prende en los corazones y les insufla un nuevo deseo de proyectar a todos los vientos el dinamismo de la alegría cristiana.

A veces, las preguntas ponen de manifiesto, con delicadeza, dramas íntimos: padres con hijos subnormales, viudas que tienen que sacar adelante una familia, profesionales sin trabajo… O esa madre de un sacerdote que se descamina, a quien la emoción le impide terminar su intervención, que tiene que ser leída por otra persona. En esos momentos, el silencio se espesa, como si se llenase de cariño a medida que el Padre va respondiendo con palabras en las que pone todos los tesoros de su corazón sacerdotal para consolar, animar y unir todo ese sufrimiento al dolor triunfante de la Cruz de Cristo. Una cruz que, si se lleva con garbo, no es una cruz cualquiera; será… la Santa Cruz.

Las lágrimas que muchos enjugan en esos momentos no nacen del sentimentalismo, sino de lo que experimenta todo cristiano cuando Dios le hace sentirse más cristiano y más hombre.

Como en México el año 1970 y en España y Portugal en 1972, Mons. Escrivá dirá una y otra vez que ha aprendido mucho con esas preguntas, sobre todo por el amor a Dios y al prójimo que revelan.

Otras veces, con sus respuestas, el Padre aligera la atmósfera, revistiendo sus palabras, siempre llenas de contenido, de un buen humor que hace estallar la risa. Luego, cuando habla del misterio de la Comunión de los Santos o de la misericordia divina, que se vuelca en el Sacramento de la Penitencia, los rostros vuelven a ponerse serios.

El Padre, delante de todos, exclama más de una vez que daría por bien empleado su viaje con tal de que hubiese convencido a uno de los oyentes de la necesidad de confesarse. Llevad a confesar a vuestros amigos, a vuestros parientes, a las personas que amáis, repite insistentemente, alzando la voz para suscitar en sus interlocutores iniciativas concretas.

Insiste en la conveniencia de confesarse con frecuencia, aunque muchos sacerdotes no hablen apenas de ese sacramento en la predicación y en la catequesis. También los niños deben confesarse, porque no es verdad que queden “traumatizados” si se les lleva a confesar cuando son pequeños.

Para apoyar lo que acaba de decir, evoca su primera confesión en Barbastro y la curiosa penitencia -nada “traumatizante”, desde luego- que le había impuesto el simpático religioso a quien su madre le había llevado: comer un huevo frito. ¡Aquel hombre valía un imperio!, termina diciendo, ante las risas de quienes le escuchan. (Muchos de ellos aprenderán la lección, confesándose ellos mismos y acercando a sus amigos al Sacramento de la Penitencia.)

Su mensaje, en seis naciones de Sudamérica, es esencialmente el mismo que lanzó en México en 1970, en España y Portugal dos años más tarde, y en todos los países europeos que ha visitado: invitación a mantener un diálogo constante con el Señor, a través de la oración y de un trabajo hecho cara a Dios; vida sobrenatural, alimentada en la gracia que confieren los sacramentos, empezando por el bautismo, que abre las puertas a esa vida -de ahí la necesidad de bautizar cuanto antes a los recién nacidos-, y siguiendo con la Confesión y la Eucaristía…

Nuestro Señor Jesucristo -repite con insistencia- está realmente, verdaderamente, sustancialmente presente, oculto en la Hostia Santa, con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad.

No es difícil darse cuenta de que los consejos del Padre son los de un confesor experimentado, lleno de sentido común y de sentido sobrenatural. Lo cual, a veces, hace reír, porque lo que dice está lleno de gracejo. Así, por ejemplo, cuando aconseja a las mujeres que se arreglen y se preocupen, sobre todo con los años, de remozar un poco la fachada,-, utilizando los cosméticos previstos al efecto. Será un gesto de caridad para todos y un medio de parecer más jóvenes ante sus maridos.

Utilizando el lenguaje con prudencia, sobre todo cuando hay niños

delante, el Padre, como en todas partes, recuerda con claridad a las parejas la doctrina de la Iglesia sobre ciertos puntos clave de la moral conyugal, exhortándoles a no cegar las fuentes de la vida, pues eso les llevaría a dejar de ser cónyuges para convertirse en cómplices… Además, cada hijo trae un pan debajo del brazo, dicho de su país que le gusta repetir, porque tiene mucho de verdad.

En cuanto al aborto no duda en decir que es un crimen, recalcando cada sílaba para que quede más claro.

Con todo, las consideraciones del Padre adquieren un matiz concreto en cada nación de América, como si captase inmediatamente sus características propias. En Brasil, por ejemplo, país de dimensiones continentales, donde todas las razas se mezclan y confunden, anima a sus oyentes a prepararse para dispersarse por el mundo entero; a rezar y a trabajar por el apostolado que deberán realizar en el Brasil y desde el Brasil.

En Argentina, a partir del 7 de junio, hace una invitación parecida, evocando las vastas llanuras de la Pampa, y en Chile, recién salido de las convulsiones políticas que lo han agitado, pide a quienes le escuchan, entre el 28 de junio y el 9 de julio, que no sean cristianos pasivos, que amen a la Iglesia, que sean buenos ciudadanos de su país, que quieran bien a todos sus compatriotas; ¡sin ninguna excepción de ninguna clase! Que tengáis el corazón muy grande para ver con afecto, insisto, a todo el mundo.

Ha pedido todo esto a la Virgen en los santuarios que ha visitado: Lo Vásquez, entre Santiago y Valparaíso; La Aparecida, en Brasil; Nuestra Señora de Luján, en Argentina… En todos ellos ha pedido también, para él, para sus hijos, para los sacerdotes, para todos los cristianos, la gracia de la fidelidad y de la lealtad.

Lealtad a la Iglesia: ese será el tema central de sus consideraciones en esos países de América, como lo había sido siempre, también dos años antes en la Península Ibérica: No se puede arrancar un sillar de la Iglesia de Dios sin tirar abajo la Iglesia entera. Una de las labores que os recomiendo -que podéis hacer como la hago yo, y aún mejor, porque tenéis más amor, porque sois mejores- es que, cuando veáis que arrancan una piedra de la Iglesia, vayáis allá, os pongáis de rodillas, la beséis, y, poniéndola sobre vuestros hombros, la volváis a colocar en su sitio. -Padre, ¿cómo la colocaremos? -Con el deseo, porque nosotros no tenernos capacidad para hacer otra cosa. Sí tenemos, en cambio, deseos de santidad, de hacer bien a las almas, de ser fieles a esta Madre Buena, de hacer que no se pierda ni una gota de la Sangre de Cristo Nuestro Señor. ¡Buena labor ésta!

El Padre ha ido a Lo Vásquez la víspera de su partida de Chile, el 8 de julio. Como la noticia había corrido de boca en boca, muchas hijas e hijos suyos se le han adelantado y están ya en el santuario antes de su llegada. Todos juntos, rezan el Rosario. El Padre, de rodillas en el suelo del coro, mira fijamente la imagen de la Virgen, de tamaño natural, que, revestida con hermoso ropaje, preside el altar. Luego, rezan todos la Salve.

Impresionado por esta manifestación de fe, el Padre repetirá varias veces, antes de abandonar Chile, que los chilenos saben rezar. No en vano ha recomendado una y otra vez a quienes han querido escucharle que no abandonen la tradicional devoción del Rosario, repitiendo, con otras palabras, lo que ya decía el año 1934 en ese librito escrito de un tirón, después de la Misa, en la madrileña iglesia de Santa Isabel:

-¡De hombres es rezar el Rosario! Lo que no es de hombres es no rezar: eso es de bestias. Sólo las bestias no rezan (…) Un hijo de Dios, una hija de Dios, un hombre digno del título de hombre, se santigua, reza, se dirige a Dios, habla con El, se encomienda, pide ayuda.

Y para mejor convencer a todos, no vacila tampoco aquí en sacar el rosario del bolsillo y besar las medallas que de él cuelgan, provocando los aplausos de la concurrencia. Una lección práctica que vale más que las palabras.

Brasil, Argentina, Chile… Las reuniones, las tertulias, se han sucedido ininterrumpidamente, a pesar del cansancio que eso representa para el Padre, quien, no obstante, está dispuesto a proseguir su correría apostólica al mismo ritmo.

En Perú, a donde llega el 9 de julio, día en que se cumple el vigésimo primer aniversario de la llegada de los primeros miembros de la Obra, tiene la alegría de visitar las principales labores apostólicas: en Lima, y también en Cañete, sede central de la Prelatura de Yauyos, confiada al Opus Dei por la Santa Sede en 1957.

Procedentes de los valles y montañas próximos, centenares de campesinos de los Andes han caminado durante horas y horas, de noche y de día, para estar un rato al lado del Padre en el Centro rural de Valle Grande y en la Escuela femenina de Condoray. Indios, mestizos y criollos, campesinos y comerciantes, estudiantes y profesores, se mezclan en los coloquios, que recuerdan aquellas conversaciones del Señor cuando hablaba a sus discípulos “de las cosas tocantes al Reino de Dios” (Act. I, 3); así las describen los Hechos de los Apóstoles cuando evocan los últimos días que Jesús resucitado estuvo presente entre los hombres.

El Padre tiene las mismas palabras para todos, pues en la Iglesia todos tenemos la misma dignidad: No hay ni pobres ni ricos, no hay más que hijos de Dios.

A una empleada de hogar que trabaja en Lima le dice que su tarea, semejante a la de María, puede ser divina, no sólo porque debe realizarla con arte y con ciencia, en beneficio de la familia donde presta sus servicios, sino también, y sobre todo, porque no hay trabajo que no sea digno, santo y divino.

En efecto: el valor de una tarea no reside en su apariencia más o menos brillante, sino en el amor de Dios que se pone en ella, sea una tarea que nos coloca en la cima de la escala social o en su base.

A Dios lo encontramos en nuestra vida diaria, en nuestros momentos de cada día aparentemente iguales, de hoy, de mañana y de ayer, de anteayer y de pasado mañana. Está en nuestra comida y en nuestra cena, en nuestra conversación y en nuestro llanto y en nuestra sonrisa. Está en todo, Dios es Padre. Si queremos ir a El, lo encontraremos en cualquier momento.

Durante su estancia en Perú, el Padre cae enfermo con una pulmonía en la tercera semana de julio. No por eso deja de reunirse con cerca de mil quinientas personas en el jardín del Centro cultural Miralba, próximo a Lima, y con otros grupos de personas, uno de ellos formado por sacerdotes.

Su estancia en Ecuador, entre el 1 y el 15 de agosto, le reserva una sorpresa: es víctima del soroche, el mal de altura, que ataca a muchas personas que visitan Quito, la capital, situada a más de 3.000 metros de altitud. El mal persiste, obligándole a partir antes de lo previsto, sin haber podido reunirse con todos los que esperaban verle y oírle: miembros de la Obra, parientes, cooperadores, amigos…, aunque no deja de tener tres o cuatro reuniones.

El Fundador del Opus Dei, que tantas ganas tenía de proseguir allí la tarea iniciada en Brasil, Argentina, Chile y Perú, físicamente lo está pasando mal. Pero no deja de aprovechar todas las circunstancias para meterse más y más en Dios. Habla con dificultad -antes de las dos reuniones que ha celebrado con dos grupos reducidos, ha habido que aplicarle oxígeno- y, en contra de lo habitual en él, su voz es débil, aunque todavía le queda humor para bromear:

-Es que no soy un hombre de altura…

Luego, ya más serio, continúa diciendo que el Señor juega con nosotros los hombres, como un padre con un niño pequeño. Ha dicho: éste, que está tan enamorado de la vida de infancia, de una vida de infancia especial, ahora se lo voy a hacer sentir yo. Y me ha convertido en un infante (…) Pero ahora debo predicarle sonriendo, y con mi pobre conducta, porque siento la protesta del niño que tiene que ir cogido de la mano de papá y mamá. Y a mí me gusta andar corriendo… ¡Qué humillación, ¿eh?! (…)

Jesús, acepto vivir condicionado estos días y toda la vida, y siempre que quieras. Tú me darás la gracia, la alegría y el buen humor para divertirme mucho, para servirte, y para que la aceptación de estas pequeñeces sea oración llena de amor.

La pena que sienten sus hijos e hijas al saber que no se encuentra bien y que va a acortar su estancia hace que estén todavía, si cabe, más atentos a lo que dice y hace en esos quince días, en los que el Padre, al aceptar con tanta sumisión la voluntad de Dios, les está dando la más hermosa de las lecciones, la mejor de las “catequesis”…

Muy cansado, y todavía afectado por las secuelas del soroche, el Padre llega a Caracas el 15 de agosto. A pesar de todo sigue recibiendo a grupos muy numerosos de hijos suyos, en especial los últimos días, el 29 y el 30 de agosto. Lo que más siente es no poder prolongar y multiplicar esas reuniones… Un día, en que se encuentra muy cansado, uno de sus hijos le oye murmurar en voz baja: Vultum tuum, Domine, requiram!

Son unas palabras del versículo 8 del Salmo XXVI, que siempre alimentan, pero desde hace algún tiempo todavía más, su diálogo con Dios y constituyen una manera de ofrecerle estas nuevas limitaciones que Él le impone y de manifestarle su deseo de unirse definitivamente con Él, al final de una larga vida a su servicio:

-¡Señor, tengo unas ganas de ver tu cara, de admirar tu rostro, de contemplarte…! Te amo tanto, te quiero tanto, Señor…

De regreso a Roma, Mons. Escrivá de Balaguer sigue teniendo ante los ojos el maravilloso espectáculo de tantas iniciativas apostólicas y tantos miles de personas como ha visto en los seis países de América que ha visitado, países en los que, veinte años antes, el Opus Dei no era nada.

Ha procurado con todas sus fuerzas, e incluso sacando fuerzas de flaqueza, transmitir a esas almas las riquezas que guarda en su corazón: la doctrina de la Iglesia y el espíritu recibido de Dios. Ahora, cuenta con que sus hijos e hijas sabrán tomar el relevo.

Las cartas que recibe de aquellos países le confirman que el apostolado está recibiendo un poderoso impulso. Verdaderamente, el Señor sabe hacer bien las cosas… En aquellas tierras fértiles, se ha excedido en generosidad.

Te agradezco, Señor, que hayas procurado que yo comprenda, de manera evidente, que todo es tuyo: las flores y los frutos, el árbol y las hojas, y esa agua clara que salta hasta la vida eterna.

“Gratias tibi, Deus!”

¿En qué piensa el Padre cuando se encuentra en una de esas salas repletas de un público tan diverso?…

“¿No te da miedo subir al escenario y hablar a tanta gente?”, le había preguntado un día su sobrina, de ocho o nueve años, con la osadía propia de su edad.

Ciertamente, la idea de ofrecerse como espectáculo le repugna. Sólo le empuja a hacerlo el deseo apasionado de fortalecer la fe de tantas almas como ya se benefician, en mayor o menor grado, de la influencia espiritual de la Obra, pero que, al vivir en un mundo desquiciado, ven poner en tela de juicio todos los días las verdades más elementales.

¿En qué piensa cuando contempla esos miles y miles de hombres y de mujeres que le escuchan con apasionada atención, con un cariño que enseguida advierte? Tal vez, cuando extiende las manos al final de esas reuniones, para dar la bendición a todos trazando la señal de la cruz sobre sus cabezas, Josemaría Escrivá evoque aquellos tres estudiantes que asistían a la bendición con el Santísimo Sacramento en una vieja capilla del asilo de Porta Coeli, un día de enero del año 1933. Pero, sin duda, ve también, con los ojos del alma, los millones de hombres y mujeres que continuarán abriendo el mismo surco de paz en el mundo, como los miles que ahora le escuchan.

Y así, la tradicional bendición de viaje se ensancha y amplifica para ponerse a la altura de aquel inmenso continente, haciéndose “patriarcal”:

En Brasil: Que os multipliquéis como las arenas de vuestras playas, como los árboles de vuestras montañas, como las flores de vuestros campos, como los granos aromáticos de vuestro café…

En Argentina: Para toda la tierra Argentina, paro aquellos bosques maravillosos del Paraguay, para aquella tierra del otro lado del Plata (Uruguay), para vuestros hogares, para vuestros hijos, paro las guitarras de vuestros hijos, y para la alegría de vuestros corazones…

En Chile, el Padre concluye: Voy a bendecir ahora vuestros cariños buenos y nobles, vuestras amistades limpias, vuestras ilusiones grandes, científicas y apostólicas, y también vuestras diversiones… Y vuestros hogares futuros, y a vuestros padres… En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

JAPÓN Espíritu de descubrimiento

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Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

Aunque no faltaba mucho para la primavera, todavía nevaba en Tokio. El tren-bala de Osaka iba lleno de hombres de negocios. Pocas conversaciones. Ninguna risa. Los pasajeros, incluidas las jovencitas que distribuían refrescos o arrastraban carritos, tenían un aire disciplinado, militar. ¿Por qué había venido al país de los samuráis, de Shinto y de Buda, en busca de algo católico? Mi idea era que para valorar algo es importante tratar de verlo como nuevo. En Japón, la mayoría de los miembros del Opus Dei eran conversos, y, por tanto, no sólo veían al Opus Dei como algo nuevo, sino también al Cristianismo. Así pues, lo que me atraía del Japón era la posibilidad de averiguar lo que veían los que contemplaban al Cristianismo por primera vez.

En la estación de Osaka había un bar con reproducciones en plástico de diversos platos en el escaparate. Una manera un tanto extraña de anunciar comida, aunque útil para superar barreras idiomáticas. Un cocinero sin afeitar preparaba algunos platos detrás del mostrador. Parecía bastante triste. Profundas arrugas surcaban su cara y en sus ojos negros se leía que detestaba lo que estaba haciendo. Un trozo de carne se le cayó de un plato y fue a caer encima de un hornillo. Miró de reojo a los clientes, lo recogió y volvió a echarlo al plato.

¿Cómo explicar a un tipo así lo que es el Opus Dei?, me pregunté. La idea básica se halla resumida en la oración para la devoción privada del Fundador, Monseñor Josemaría Escrivá: “Camino de santificación en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano”. Dicho de otra manera: un camino para ir estando cada vez más cerca de Dios haciéndolo todo, incluido el propio trabajo profesional, lo mejor posible. Y con palabras de Monseñor Escrivá: el milagro “de convertir la prosa diaria en endecasílabo, verso heroico” gracias al amor que se pone en el trabajo ordinario.

Fuera del bar, la gente andaba de compras. Según Monseñor Escrivá, hasta las tareas más mundanas en apariencia, como ir de compras, pueden convertirse en una forma de contemplación cristiana; Dios está en todas partes, deseoso de revelarnos algo a través de los acontecimientos más banales.

A comienzos de la década de los años treinta, cuando el fundador del Opus Dei empezó a predicar esta idea, es decir, que la gente corriente podía ser contemplativa y aspirar a la perfección espiritual a través de su trabajo ordinario, no a pesar del mismo, a muchos les parecía algo absurdo. Algunos incluso llegaron a considerar como hereje al joven sacerdote, aunque ciertos textos en las Sagradas Escrituras apoyaban su tesis y no pocos teólogos, empezando por San Agustín, se referían a ello. Sin embargo, nadie, ni siquiera los monjes que consideraban el trabajo como algo importante, habían pensado en formular una espiritualidad en torno al trabajo de la gente corriente, entre otras cosas porque no se creía que fuese posible.

También en Japón esta idea era una novedad. En Oriente siempre se había creído que quien buscaba la perfección espiritual debía retirarse a un monasterio o, al menos, apartarse del bullicio de la vida laboral ordinaria. La idea de que alguien con una familia y unas obligaciones profesionales y sociales pudiera aspirar a la misma meta que un monje era tan extraña para un japonés como para un europeo.

Sin embargo, el fundador del Opus Dei insistía: “Persuadíos de que no resulta difícil convertir el trabajo en un diálogo de oración. Nada más ofrecérselo y poner manos a la obra, Dios ya escucha, ya alienta. ¡Alcanzamos el estilo de las almas contemplativas, en medio de la labor cotidiana! Porque nos invade la certeza de que Él nos mira, de paso que nos pide un vencimiento nuevo: ese pequeño sacrificio, esa sonrisa ante la persona inoportuna, ese comenzar por el quehacer menos agradable pero más urgente, ese cuidar los detalles de orden, con perseverancia en el cumplimiento del deber cuando tan fácil sería abandonarlo, ese no dejar para mañana lo que hemos de terminar hoy: ¡todo por darle gusto a El, a Nuestro Padre Dios!”

Desde Osaka tomé otro tren para Ashiya, con objeto de visitar el Seido Language Institute, instalado en un edificio de cuatro plantas, cuyo distintivo rojo es uno de los más visibles puntos de referencia de esta ciudad.

Seido comenzó a funcionar a finales de la década de los cincuenta, cuando dos sacerdotes, Ray Madurga y Fernando Acaso, con un puñado de miembros seglares del Opus Dei, llegaron al Japón. No tenían dinero, hablaban muy mal el japonés y desconocían su cultura, por lo que fundar una escuela de idiomas fue un acto de audacia. Hoy, más de 15.000 estudiantes de todas las edades y religiones -o sin ninguna- han pasado por Seido Language Institute. Los libros de idiomas publicados por el Instituto compiten con éxito, en Japón, con los de las universidades de Oxford y Cambridge.

Un asiduo alumno del Instituto fue Yokoe Tomonori, abogado y ex jugador de rugby. Una o dos veces por semana asistía a clases de Doctrina católica y a las meditaciones que dirigía uno de los sacerdotes del Opus Dei. `Hablando de la larga trayectoria espiritual que le condujo al bautismo, me dijo: “Nosotros los japoneses tenemos una palabra, Bushido, el código del samurai. Indica paciencia, fuerza de voluntad y resistencia. Yo conocía esto, pero luchar para ser fuerte y paciente, sin más, no me parecía suficiente. Cuando supe que podía ofrecer esa lucha por Dios, santificarme, todo cambió. Eso es lo que me atrajo del Opus Dei; gracias a él aprendí a encontrar un significado en los detalles pequeños de mi vida; supe que el trabajo tenía un especial significado, un valor ante Dios”.

Esta idea de buscar a Dios en las cosas pequeñas de cada día no era una novedad en la Iglesia. Los cristianos de la Edad Media lo entendieron bastante bien y lo reflejaron en los detalles de las grandes catedrales de Europa y en las miniaturas de los códices. Es el romance de lo excelso, la idea de que se puede encontrar una chispa divina en las cosas corrientes de la vida. Y uno de los aspectos más ,estimulantes de ella es que puede ser una fuente de inspiración espiritual para cualquiera, sea bioquímico o peón de albañil.

Otro visitante de Seido era Kazuhico Eguchi, un hombre de negocios de mediana edad, que se relacionó con miembros del Opus Dei siendo estudiantes Luego se alejó. Tras formar una familia, decidió buscar a quienes había conocido en Seido. “Recordaba sus rostros sonrientes… me cuesta decirlo… creía que tenían… algo especial. ¡Qué expresiva era aquella mirada! Pero, más que todo eso, lo que más me atraía era la paz que de ellos emanaba.”

Como casi todos los japoneses, Kazuhico trabajaba mucho, pero sin un objetivo concreto. “Lo primero era ganar mucho dinero y ascender en mi compañía, pero eso no me satisfacía, no me daba paz. Hasta que leí los escritos’ de Monseñor Escrivá; entonces supe que había muchas otras cosas en la vida. Aprendí a amarla vida de cada día, pues Monseñor Escrivá decía que es muy importante tener presente que el cielo es el destino final de la rutina diaria. Yo solía estar siempre muy ocupado, demasiado ocupado para preocuparme de los demás, en especial de mi familia. Pero en el Opus Dei me enseñaron qué cuando se tiene orden, y un objetivo, el tiempo se multiplica. Ahora tengo tiempo para todo, también para los demás, y para mi familia.”

El comentario de Kazuhico sobre cómo se multiplica el tiempo ya se lo había oído a otros. Dicen que parece que se estira y que sus tareas diarias ya no les agobian. Procurando hacerlo todo lo mejor posible, hasta las cosas más pequeñas, se han visto sorprendidos por un extraño gozo.

Otro visitante de Seido, Kiyoyuki Fuwa, se convirtió al cristianismo tras conocer el Opus Del. Como Yokoe, se vio a sí mismo como contemplativo: un contemplativo -me explicó- con mujer e hijos a su cargo. Kiyoyuki había entrado en contacto con el Opus Dei en 1968.

Cuando yo le conocí era director de ventas; antes, siendo estudiante en la Universidad de Kyoto, se había comprometido con un movimiento radical y se había lanzado a la calle con otros estudiantes de izquierdas durante la “revolución” de 1968. Poco después, en Seido, conoció a otro antiguo estudiante de su universidad que era miembro del Opus Dei, Koichi Yamamoto.

“Koichi me habló de Dios. -me dijo Fuwa-. Yo era anarquista. Mi. padre, budista. Koichi era-encantador, pero yo no pensaba en Dios.”

La cultura y la educación japonesas, como me indicó Fuwa, no implican un Dios todopoderoso creador de todas las cosas. Aunque es cierto que en el sintoísmo hay muchos dioses, ninguno de ellos es creador de todas las cosas, y esto, sobre todo, dificultaba grandemente el que Fuwa pudiese apreciar lo que movía a su amigo Koichi. Con todo, escuchaba atentamente lo que Koichi le decía; luego le sucedieron cosas que le hicieron pensar más en Dios. Fuwa no era capaz de expresar lo que le inspiró su conversión al cristianismo, pero su amistad con Koichi, que murió después, influyó sin duda. Se le notaba, cuando hablaba de él, en los labios.

Del Opus Dei, Fuwa me dijo: “Una razón para incorporarme a la Obra fue la idea del trabajo como una forma de santificarme. Siempre había odiado mi trabajo, que me cansaba muchísimo. Pero cuando acepté esa idea empecé a tratar de hacer mi trabajo lo mejor posible y poco a poco se me fue haciendo agradable. Ya no me cansaba; iba sobre ruedas”.

Fuwa me dijo también que había aprendido a dominar su mal carácter. “Tenía que tener mucho cuidado. Cuando me enfadaba tenía que morderme la lengua. En Camino, un libro de Monseñor Escrivá, había leído que hay que moderar el genio, así que a veces mantenía la boca cerrada durante dos o tres días.”

Me sorprendió que la gente de Seido fuese tan franca sobre sus vidas, pues los japoneses tienen fama de ser muy reacios a expresar sus sentimientos, sobre todo a los extranjeros. Se dice que tienen tres corazones: uno para los amigos, otro para la familia y un tercero que ni siquiera ellos saben para quién es.

Las estadísticas muestran que pocos japoneses practican su religión. Menos del 1 por 100 son cristianos, la mayor parte de ellos son procedentes del período anterior al cierre del Japón a la influencia occidental. Eiko Iseki, una joven que conoció el Opus Dei mientras estudiaba en Londres y luego colaboró con un centro del Opus Dei en Ashiya, decía, antes de ir a Londres, que no creía que nadie pudiese creer en Dios. “Siempre me había atraído Jesucristo, pero no creía en Dios. Cuando visité un centro del Opus Dei comprobé que allí todo el mundo creía, que era lo natural, y eso me impresionó. Los ingleses no son muy cordiales, pero en Dawliffe Hall todo el mundo era muy amable y estaba muy alegre. Una impresión que luego se confirmó. Yo saqué la consecuencia de que era porque tenían fe en Dios y todo se lo ofrecían a Él.

Nosotros los japoneses, tendemos a ser materialistas. Solemos triunfar, pero eso no nos satisface. Trabajamos mucho, pero no sabemos cómo ser felices. Mi madre, que es budista, aunque no practica, me dijo cuando decidí hacerme cristiana: “Nosotros, los japoneses, somos muy distintos”. Pero no es verdad. Somos como los demás y necesitamos lo mismo. Muchos jóvenes japoneses buscan una razón de vivir. Si uno se toma la molestia de hablar con ellos y explicarles el cristianismo, responden.

Muchas amigas mías vienen a este centro del Opus Dei y han aprendido a buscar a Dios en todo lo que hacen. Algunas son ahora fieles de la Prelatura.”

Antes de dar por terminada mi visita a Seido, uno de los profesores me enseñó todo el Instituto. Estaba lleno de estudiantes de todas las edades. Había empezado con sólo 16 alumnos, que se sentaban en el suelo, sobre esterillas, en una casa alquilada. Ahora eran 1.400. Un ala del edificio es una residencia en la que viven unos cuantos miembros del Opus Dei, numerarios y sacerdotes en su mayor parte. Además de japoneses, había varios brasileños, un norteamericano, un alemán y dos españoles. Unos eran profesores, otros administradores y otros trabajaban fuera del Instituto de idiomas.

Los residentes llevan, una vida bastante regular, salvo excepciones. Se levantan alrededor de las seis y media de la mañana y tienen media hora de oración mental en la capilla del centro antes de oír Misa. Algunos trabajan en el Instituto, otros en distintas actividades. Por la tarde, tienen otra media hora de meditación y quince minutos de lectura espiritual. Su vida, por lo demás, es muy semejante a la de cualquier familia. Hacen deporte, comen o cenan fuera, van de compras, hacen excursiones, etcétera.

Desde Ashiya viajé a Nagasaki, cuna del cristianismo en el Japón, donde los cristianos sobrevivieron a más de dos siglos de aislamiento y persecución (26 mártires de Nagasaki han sido elevados a los altares). En las afueras de la ciudad, entre la Colina de Santa María y la Colina de la Santa Cruz, al fondo del valle de los Tres Ríos, se encuentra Seido School. Rodeada de edificios de tejados rojos y situada al fondo de un empinado camino que serpentea por el valle, la escuela se alza sobre una colina de difícil acceso. Fue preciso remover la “montaña” para construir el edificio. Fue una especie de milagro que los que se lanzaron a la aventura en 1976, sin apenas recursos, lo lograran.

Sólo una tercera parte de los estudiantes de la escuela son católicos. Pronto se dividió en dos secciones, una para chicos y otra para chicas. La escuela procura promover la igualdad en todos los niveles; se sirven comidas calientes en la cafetería, para que todos, con más o menos recursos económicos, coman lo mismo. La existencia de un uniforme de la escuela obedece a la misma razón. Se conceden créditos para pagarlo y nadie es rechazado por razones económicas.

Muchos de los que dirigen Seido, aunque no todos, son miembros del Opus Dei. Uno de ellos, Saiki Tetsuya, había trabajado con una firma de decoración de interiores antes de hacerse cargo de la administración de la sección masculina. Dejar la firma supuso para él un gran sacrificio, pues los japoneses son enormemente leales a la empresa para la que trabajan; además, los miembros del Opus Dei no suelen abandonar el trabajo que tenían antes de pedir la admisión en la Obra. Pero a Saiki le entusiasmaba lo que había detrás de Seido y quería participar activamente en la escuela.

Saiki me invitó a ir a su casa, para que conociera a su mujer y a sus tres hijos, y mientras tomábamos una taza de té verde, acurrucados alrededor de una mesita muy baja, me explicó cómo había descubierto el cristianismo a través de los escritos de Monseñor Escrivá.

“Para mí, el cristianismo era como un mundo nuevo -me dijo-. Yo pensaba que las enseñanzas de Monseñor Escrivá eran bellas porque no cambiaban mi vida, pero me cambiaron por dentro. A veces pensaba que me había ocurrido lo que a San Pablo cuando se le apareció Jesús en el camino de Damasco. Cambió toda mi perspectiva vital.”

Cuando conoció el Opus Dei, Saiki era administrador y encontraba difícil su trabajo. “Pero me ayudó mucho lo que me enseñaron en el Opus Dei: a ofrecer a Dios el trabajo, a buscarle en lo pequeño, haciendo las cosas bien y siendo ordenado. Pero no se trataba tan sólo de trabajar mucho y bien, sino de una nueva manera de tratar a los compañeros de trabajo. En el Opus Dei aprendí que debía amar a los demás y tratarles con consideración y respeto. En las empresas japonesas las relaciones son muy frías. El jefe de cada sección y los empleados no. quieren tener más que un trato superficial, pero yo aprendí a interesarme por los demás y tener con ellos un trato de amistad.”

Saiki me dijo también que le parecía que la mayoría de los japoneses buscan la prosperidad material por encima de todo. Por eso, a menudo, no quieren tener hijos.

El tema de la familia empezó a interesarme desde que llegué al Japón. Los problemas potenciales que debían plantearse a las familias japonesas los presentí ya en la estación de Tokio. Serían las nueve de la noche y masas de oficinistas, en apretadas filas, se precipitaban al interior de bares y restaurantes para tomar algo con sus colegas antes de partir a toda velocidad hacia sus hogares para acostarse cuanto antes. Escena que se repetiría a la mañana siguiente, pero en dirección contraria. Dado que los hombres de negocios japoneses aprovechan los fines de semana para jugar al golf, tener reuniones de negocios o establecer contactos, no es fácil que saquen tiempo para atender a sus hijos, si los tienen. Un joven, en Ashiya, me confesó entristecido que casi no conocía a su padre; era para él como un extraño. Algo que no es tan raro en el Japón. Una encuesta realizada por el gobierno en 1987 mostraba que sólo el 40 por 100 de los niños japoneses quería a sus padres. El 28 por 100 aseguraba que sus padres nunca los sacaban de paseo o jugaban con ellos. Por término medio, los padres japoneses sólo pasan media hora al día con sus hijos.

Actualmente la familia está siendo atacada desde distintos frentes, pero mucho antes de que esto sucediese, el fundador del Opus Dei destacaba la importancia de la vida de familia, en parte por su propia capacidad para captar la grandeza de la vida ordinaria. Veía en el matrimonio y en la formación de una familia algo de un significado profundísimo para la vida espiritual de los seglares. Insistía en que el matrimonio era un “camino”, una vocación divina, como el sacerdocio o la vida religiosa. Los hombres y mujeres de Seido no estaban interesados tan sólo en traer vidas a este mundo; subrayaban la importancia de cada miembro de la familia, de su papel en ella. Como decía Monseñor Escrivá, el secreto de una vida de familia sana está en los pequeños detalles de cada día, no en las quimeras. “Está en encontrar la alegría escondida que da la llegada al hogar; en el trato cariñoso con los hijos; en el trabajo de todos los días, en el que colabora la familia entera; en el buen humor ante las dificultades, que hay que afrontar con deportividad; en el aprovechamiento también de todos los adelantos que nos proporciona la civilización, para hacer la casa agradable, la vida más sencilla, la formación más eficaz.”

“Digo constantemente a los que han sido llamados por Dios a formar un hogar, que se quieran siempre, que se quieran con el amor ilusionado que se tuvieron cuando eran novios. Pobre concepto tiene del matrimonio -que es un sacramento, un ideal y una vocación-, el que piensa que el amor se acaba cuando empiezan las penas y los contratiempos, que la vida lleva siempre consigo. Es entonces cuando el cariño se enrecia. Las torrenteras de las penas y de las contrariedades no son capaces de anegar el verdadero amor: une más el sacrificio generosamente compartido. Como dice la Escritura, aquae multae -las muchas dificultades, físicas y morales- non potuerunt extinguere caritatem (Cant 8, 7), no podrán apagar el cariño.”

En Japón la gente habla de los sacrificios que ha hecho por su familia, como comprar una casa más cerca de su lugar de trabajo para perder menos tiempo en los desplazamientos y dedicar más tiempo a los hijos los fines de semana.

Miembros del Opus Dei me dijeron en Nagasaki que estaban convencidos de que divulgar las alegrías de la vida de familia era una de las cosas más importantes que trataban de hacer. La directora de la escuela femenina Seido, Nakajima Kazuko, me habló de una mujer que fue a verla con un niño recién nacido en sus brazos y le dijo: “Ese niño es de Seido. Antes de traer a mis otros hijos aquí decidí no tener más hijos. Pero luego me di cuenta de lo maravillosos que son y de lo feliz que le hacen a una. Por eso, a éste le llamo él niño de Seido”.

Fukahori Eiji, además de pianista de jazz y miembro del Opus Dei, es profesor en Seido. Me invitó a su casa, un hotelito de madera cerca de un canalillo, y allí hablamos largo y tendido sobre el Opus Dei y la influencia que ha tenido sobre su familia. Respecto a los hijos, me dijo: “Solía verlos como una carga, pero ahora los veo como una bendición de Dios. Tampoco me, preocupa ya cómo los sacaré adelante, pues, si Dios me ha dado siete, no es posible que me deje de la mano”.

Y su esposa me dijo que su actitud al respecto había dado un giro de 180 grados. Antes se sentía desgraciada con su suerte en la vida. “No me gustaban nada las faenas domésticas, la vida del ama de casa. Pensaba que estaba perdiendo el tiempo, en gran parte porque eso era lo que la gente me decía. Pero en el Opus Dei aprendí que educar a los hijos y cuidar del hogar es lo más noble y hermoso que existe. Empecé a disfrutar con lo que hacía como esposa y madre, sobre todo porque aprendí a ofrecerlo todo a Dios. Lo cual no quiere decir que no haya contrariedades y disgustos en la vida de familia y en la educación de los hijos, pero es precisamente entonces cuando la ayuda del Opus Dei resulta enormemente valiosa. Puedo contarlo todo y recibir dirección espiritual, algo que no he encontrado en ningún otro sitio. ”

Los Fukahori me enseñaron también algo que había escrito uno de sus hijos, Yoshihiki, de trece años, que estudiaba-en Seido, para un concurso de redacción:

“Hoy me gustaría hablar de los abuelos y las abuelas… ¿Estáis ahí? ¡Seguro que estáis! Siempre estáis pendientes de nosotros, vuestros nietos y nietas: cuando dormimos y cuando nos despertamos, cuando decimos tonterías y cuando nos reímos, cuando nos vamos haciendo mayores, porque queréis que seamos libres y responsables. Y todo lo hacéis con alegría en el corazón… En mi familia somos 11: mi padre, mi madre, seis hermanos y hermanas, el abuelo y la abuela. Mi padre trabaja todo el día y mi madre no se suele mover de casa. Cuatro de nosotros vamos a la escuela todos los días. El abuelo y la abuela trabajan media jornada. Somos una familia como las demás, excepto tal vez más grande, y con abuelos, que son realmente una gran ayuda para la familia. Al llegar a casa, por ejemplo, lo primero que el abuelo hace es ir a ver a mi hermanita pequeña y estar con ella un ratito. Siempre le canta la misma canción: Kita Kuni no Haru. Ella lo escucha una y otra vez, y ahora ya es capaz de cantarla con él. Nosotros la hemos oído tantas veces que también la cantamos. Todo el mundo canta Kita Kuni no Haru en nuestra familia.

Mi abuelo tiene también un huertecito en el que cultiva frutas y legumbres. Es muy generoso con los vecinos y a veces les da parte de la cosecha. No es raro oír cómo nuestros vecinos le dan las gracias. En casa, compartimos lo que él cultiva. Mi abuela, por su parte, suele llegar a casa muy cansada. Sin embargo, ayuda a mi madre en las faenas domésticas sin una palabra de queja.

Al verles ofrecer sus vidas en el pequeño y “oculto” sacrificio de cada día, me lleno de admiración y respeto. Su ejemplo, más que sus palabras, es un estímulo constante. Éste es, pues, abuelos y abuelas, un tributo de honor para vosotros por vuestro sacrificio silencioso, por todo cuanto habéis soportado por nuestro bien y nuestro bienestar. Muchas gracias. Os. aseguro que vuestro sacrificio no ha sido vano.”

Este ingenuo y sencillo relato refleja algo esencial del espíritu del Opus Dei, perfectamente captado por el joven Fukahori: la importancia del trabajo ordinario, del esfuerzo diario con vistas_ a crear un ambiente grato en la vida de familia. Evidentemente, la preocupación por la familia no es algo exclusivo-del Opus Dei, ni siquiera de los cristianos. Lo que sí es característico -del Opus Dei es considerar la vida de familia como un medio de santificación, de crecimiento, espiritual; lo cual quiere decir que los cristianos corrientes no sólo se acercan a Dios cuando hacen un retiro espiritual o rezan en una iglesia, sino también cuando se esfuerzan por crear un auténtico ambiente de familia en su propio hogar. En este aspecto, como en otros muchos, el Opus Dei es, en esencia, un camino de santidad para el hombre de la calle.

Al final de mi estancia en el Japón, acudieron a mi mente unas palabras que San Francisco Xavier escribió en 1549, a poco de llegar al país del Sol Naciente: “Las gentes que hemos encontrado hasta ahora son las mejores de cuantas hemos conocido… Son muy educadas, buenas de ordinario, nada maliciosas; los varones son hombres de honor hasta un extremo que maravilla y aprecian el honor por encima de todo en este mundo”.

Teniendo en cuenta estas virtudes, ¿qué podía ofrecer el cristianismo a los japoneses? Varios conversos me hablaron de lo que más apreciaban de su nueva fe y de lo que el pueblo japonés podía ofrecer. Uno me dijo que creía que los japoneses eran ya cristianos de corazón en muchos aspectos y que tal vez por eso pensaban que no necesitaban el cristianismo, pues, al fin y al cabo, muchos cristianos carecían de las virtudes que ellos tenían. Sin embargo, me hizo notar que lo que les faltaba a los japoneses era sentido sobrenatural, capacidad para centrar sus acciones en Dios. Aunque algunos tenían conciencia de la existencia de Dios, para ellos no era, como para los cristianos, padre amoroso de los hombres -sujeto y objeto de amor-, ideas difíciles de entender para los japoneses. “Pueden comprender que sea poderoso, pero no que sea Amor y que uno se pueda unir a Él mediante el amor que pone en todo lo que hace -me dijo-. Algo que el Opus Dei me ha ayudado a comprender y de lo que los japoneses no son conscientes.”

Una mujer mencionó la escasa capacidad para hacer frente al sufrimiento. En las religiones orientales, la búsqueda de la paz espiritual, de la quietud, es absoluta. Por eso hay tantas imágenes de Buda en reposo o meditando en pacífica soledad. En este contexto, el sufrimiento humano se presenta como un obstáculo. La mujer a la que me refiero me habló de su padre, que había muerto hacía tres años. Era un hombre bueno, un budista practicante con altos principios morales. No se sentía próximo al cristianismo, pero contrajo un cáncer que le hacía sufrir muchísimo, y no cesaba de preguntarse por qué tenía que padecer tantos dolores. Pensaba que había procurado ser bueno y no comprendía por qué le sucedía eso. “A todos nos pasa lo mismo, cuando sufrimos -me dijo su hija-. Nos preguntamos por qué y buscamos una explicación. No creo que se pueda encontrar fuera del cristianismo.”

Con distintos matices, todos aquellos con quienes hablé coincidían en una cosa con Mitsui Takeshi, un ingeniero eléctrico de Mitsubishi, en Tokio, quien me dijo que lo más importante que el Opus Dei tenía que ofrecer a. los japoneses era una comprensión clara de la contemplación en la vida ordinaria. “Generalmente, nosotros, los laicos, no somos capaces de encontrar el camino ideal hacia el cristianismo. Creo que el concepto de contemplación no es fácil de captar para la gente corriente, pero es necesario. En primer lugar es importante tener orden en la vida, hacer un buen uso del tiempo, y luego tener espíritu de contemplación en el trabajo y en la vida de familia. Contemplación significa intimidad con Dios, trato mutuo. Algo difícil, pero atractivo. Sin contemplación, la vida diaria resulta dura, pero con ella todo se suaviza, aunque las cosas se tuerzan.”

Así pues, para los japoneses, descubrir el cristianismo a través del Opus Dei significa descubrir, entre otras cosas, el valor sobrenatural de la vida corriente. Lo esencial es el compromiso de ser contemplativo en medio del mundo. Esto, sobre todo, era lo que buscaba Monseñor Escrivá cuando fundó el Opus Dei: abrir un camino -no el único, pero sí un camino- por el que la gente pudiese ser contemplativa en y a través de su vida de trabajo ordinario.

Cuando a algunas personas se les dice que ofrezcan su trabajo a Dios, a veces dicen, despreocupadamente: “De acuerdo. ¿Y qué más?” Pero Monseñor Escrivá insiste: “Ocúpate de tus deberes profesionales por Amor: lleva a cabo todo por Amor, insisto, y comprobarás -precisamente porque amas, aunque saborees la amargura de la incomprensión, de la injusticia, del desagradecimiento y aun del mismo fracaso humano- las maravillas que produce tu trabajo. ¡Frutos sabrosos, semilla de eternidad! ”

Esta convicción la comparten todos los miembros del Opus Dei con los que he hablado, en distintos países del mundo. A cada uno de ellos el Opus Dei les inspiraba algo distinto, pero en todos encontré el mismo espíritu; un espíritu difícil de expresar con ideas, pues hay que verlo encarnado en la vida de sus miembros. Por eso, donde mejor se aprecia ese espíritu es en la vida de su fundador.

ESPAÑA. Amplitud de espíritu

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Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

En Vallecas, un suburbio de Madrid, donde el Fundador del Opus Dei trabajó cuando era un joven sacerdote, hay un instituto que se llama Tajamar. Para llegar a él hay que pasar junto a una serie de casas modestísimas y edificios llenos de contrastes, que muestran la vitalidad y la pobreza de un barrio popular. Muchas de ellas existían ya hace treinta años, cuando los miembros del Opus Dei se instalaron allí. A mí me recordaron las de un barrio pobre de Sydney que solía visitar con mis padres, hace años, para ver a una tía gravemente enferma. La pobreza que en ellas se incubaba se revelaba a veces en las inmundicias que se vertían en las calles, y en las peleas callejeras.

Cuando empezó Tajamar, a finales de los años cincuenta, las gentes de Vallecas miraban con recelo a los que venían de fuera, pues pensaban que querían aprovecharse de ellos. Los políticos les habían hecho tantas vanas promesas que acogieron a los recién llegados con desprecio, llegando a insultarles y a apedrearles. Les llevó su tiempo, pero los del Opus Dei lograron la confianza de los vallecanos, e instalaron una escuela en una antigua vaquería.

Pero los chicos no acudían, así que los profesores recogieron algunos golfillos en el arroyo y fueron con ellos a su casa para explicarles a sus padres que convenía que fuesen a la escuela.

En Tajamar, como en otras instituciones docentes dirigidas por miembros del Opus Dei, reina el convencimiento de que los padres deben ser los primeros educadores de sus hijos. Cada alumno tiene un preceptor con el que puede hablar de sus estudios y al que puede exponer sus problemas personales, pero los preceptores hablan también periódicamente con los padres de los alumnos, con objeto de ayudar mejor a los chicos, no sólo en los estudios, sino también en el orden espiritual y moral.

En 1963, Tajamar inició cursos de gramática y aritmética para los padres de los alumnos. Algunos de ellos trabajaban desde las primeras horas de la mañana hasta las seis de la tarde, por lo que las clases eran nocturnas y terminaban a las 10 de la noche.

Cuando el problema del desempleo se hizo muy agudo, Tajamar inició cursos de formación profesional en mecánica, electrónica, artes gráficas, diseño y administración. Actualmente cuenta con 2.500 alumnos -de enseñanza primaria, secundaria y formación profesional. Con frecuencia el Instituto recibe visitas oficiales del extranjero, enviadas por diversos ministerios, interesadas en conocer este singular centro educativo.

Durante mi estancia en España pude visitar Madrid (la capital), Barcelona (ciudad industrial y puerto situado al nordeste), Pamplona (ciudad del norte inmortalizada por Hemingway) y Torreciudad, un santuario dedicado a la Virgen María, próximo a los Pirineos y a Francia. El Opus Dei está presente en muchos más lugares de España, pero, incluso en éstos, la variedad de sus actividades ilustra claramente la diversidad de gentes y de proyectos. En España, más que en ningún otro país, se aprecia que los miembros del Opus Dei pertenecen a toda clase de profesiones e impulsan las iniciativas más variadas.

Uno de los signos más visibles de la presencia del Opus Dei en España es el gran número de centros docentes creados por iniciativa de padres de familia, miembros del Opus Dei, junto con otros que no lo son. Uno de estos centros es Pineda, un colegio situado en el cinturón industrial de Barcelona, al norte de Hospitalet de Llobregat, una zona en la que la gente no se puede permitir llevar a sus hijos a colegios caros, pues los padres suelen ser trabajadores de condición humilde.

Pineda comenzó como un simple colegio, pero ahora realiza otras tareas de tipo social. En la zona hay problemas de delincuencia, prostitución y alcoholismo, algo que afecta especialmente a las familias que proceden de áreas rurales. Por eso, en Pineda se ayuda y aconseja a los padres para que sepan cómo encarar esos peligros. Las profesoras me dijeron que, de ordinario, aconsejan a los padres a no reaccionar de manera airada o imponiendo a los hijos terribles castigos, sino enseñándoles a ser libres y al mismo tiempo responsables. Monseñor Escrivá aconsejaba a los padres: “No es camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los que se espera una ayuda eficaz y amable. Es necesario que los padres encuentren tiempo para estar con sus hijos y hablar con ellos. Los hijos son lo más importante: más importante que los negocios, que el trabajo que el descanso. En esas conversaciones conviene escucharles con atención, esforzarse por comprenderlos, saber reconocer la parte de verdad -o la verdad entera- que pueda haber en algunas de sus rebeldías. Y, al mismo tiempo, ayudarles a encauzar rectamente sus afanes e ilusiones, enseñarles a considerar las cosas y a razonar; no imponerles una conducta, sino mostrarles los motivos, sobrenaturales y humanos, que la aconsejan. En una palabra, respetar su libertad, ya que no hay verdadera educación sin responsabilidad personal, ni responsabilidad sin libertad.”

Un escritor

Una tarde, en la histórica Plaza Mayor de Madrid, el escritor y periodista Miguel Álvarez Morales me habló, después de haber almorzado juntos, de la influencia que el Opus Dei había ejercido en su vida. Miguel, hombre vibrante, con un bigote amarillento por la nicotina, es autor de una novela histórica sobre Álvar Núñez Cabeza de Vaca, el descubridor y explorador de nuevas tierras en América. Ha escrito también un relato de los viajes del Papa Juan Pablo II, una obra de historia titulada Las guerras de la posguerra y un libro de poesía, La flauta de caña.

“Todos los años escribo un artículo para explicar cómo me siento en el Opus Dei. Siempre supe que tendría vocación -me dice Miguel-, que Dios quería algo de mí; pero no como religioso. Sabía que no había sido llamado a ninguna Orden. Amaba mucho al mundo… Hasta que un día alguien me habló del Opus Dei. “¡Un momento!”, le interrumpí. “Qué estás diciendo?… Que puedo casarme y seguir cultivando la poesía y. .. ¡Un momento!”. Yo sentía que Dios me decía: Ven… Ven… Pero no sabía lo que quería. Y resulta que lo que quería es que fuese del Opus Dei: permanecer en el mundo y, al mismo tiempo, pertenecer por completo a Dios. Continuar ‘escribiendo y querer mucho a mi mujer y a mis hijos, y además servir a Dios en todo.”

Así fue como Miguel se convirtió en miembro del Opus Dei, permaneciendo en el mundo y siendo padre de ocho hijos. “Necesitaba tener muchos hijos para expresarme a mí mismo -me dijo, riendo Cada uno tiene algo, ¿sabes?, y yo necesitaba tener ocho para expresarme…. Algo parecido le pasa a Dios: chinos, africanos, españoles… Se expresa de muchas maneras. Una de las cosas que me entusiasman de la familia es que, como dice el Papa, es el único lugar en el que se puede ser el que se es. En familia uno es Miguel, o Pepi, o’ como se llame. Fuera del hogar es poeta, o periodista, o lo que sea. Pero en casa uno es simplemente Miguel.”

Un taxista

Una de las personas que entró en contacto con el Opus Dei a través de Tajamar, donde estudiaban sus hijos, es Joaquín Puerto Gracia, un taxista de mediana edad y complexión robusta que, con la llaneza con que suele hablar, me contó cómo una vez “hizo Opus Dei” en su taxi: “Un día, subió al taxi un individuo que me dijo que llevaba cuatro días bebiendo, sin pisar su casa ni ver a su mujer y sus hijos. Se había gastado su paga casi entera y cuando me dijo que si quería tomar algo con él, le dije que sí, pero en lugar de entrar en un bar le llevé a una chocolatería. Cuando se dio cuenta de que allí no podía tomar alcohol, empezó a decir, entre palabrotas, que le sacara de allí. No podía comprender por qué me interesaba por él, pero cuando se calmó un poco empezó a contarme su vida. Cuando terminó, le mostré una iglesia que había muy cerca, le dije que yo iba a entrar en ella, y le pedí que me acompañase. “¿Por qué demonios he de ir yo a esa iglesia cuando hace años que no piso ninguna?”, me respondió. Pero vino conmigo, a pesar de todo, y al cabo de unos minutos, dijo : “¿Sabes? Me encuentro muy bien aquí”. Minutos más tarde, se acercó a un confesionario y, después de confesarse, se quedó a oír Misa. Al día siguiente me telefoneó para decirme que iba a bautizar a su último hijo. Desde entonces somos muy buenos amigos. Dejó de beber y se convirtió en un buen padre de familia”.

Una empleada de hogar

María Teresa Sánchez ha intervenido en algunos programas de televisión para hablar de temas relacionados con el servicio doméstico. Es miembro del Opus Dei desde hace 36 años y sigue estando entusiasmada con su profesión. “Trato de convertir mi trabajo -planchar, cocinar, hacer las camas, servir la mesa en oración, realizando esas tareas lo mejor que puedo y ofreciéndolas a Dios. Procuro encontrar cada día algo que puedo hacer mejor. Estoy convencida de lo que decía Monseñor Escrivá: que el trabajo bien hecho beneficia rápidamente a los demás. Y servir a los demás es servir a Dios.”

María Teresa, de joven, era muy buena estudiante y sus profesoras le aconsejaron que hiciese alguna carrera. Cuando les dijo que estaba encantada con la profesión que tenía, no salían de su asombro. “Como Monseñor Escrivá solía decir -señaló-, es lo que hizo durante toda su vida la Madre de Dios, que es la criatura más excelsa de cuantas existen.”

Si muchas amas de casa se consideran infelices haciendo lo que hacen es porque no piensan en los demás, opina María Teresa. “Verdad es que las tareas domésticas son engorrosas, pero también es cierto que tienen buenos e inmediatos resultados.”

Un soplador de vidrio

Enric Hernández Sánchez tiene 53 años y es un hombre tranquilo, de voz apacible, que ha consumido la mitad de su vida inclinado sobre un ancho banco de madera dando forma al vidrio encima de un quemador. A primera vista parece una vida agradable. Es su propio patrón y sus creaciones -rosas delicadas, copas de filigrana, graciosas jaulas de cristal- le dejan a uno pasmado cuando el sol que entra en su taller incide sobre ellas y las hace resplandecer. Enric llevaba ya casi medio siglo soplando cristal cuando conoció el Opus Dei, y su soplo ya no era tan vivo, ni sus creaciones tan resplandecientes, pero el Opus Dei le hizo descubrir otra dimensión de su trabajo.

“Antes de conocer el Opus Dei, me estaba haciendo viejo, no sólo por la edad, sino también profesionalmente -me dijo-. Me faltaba ambición, entusiasmo por lo que hacía. El Opus Dei me rejuveneció. Me hizo ver que trabajar es otra forma de rezar. Empecé a experimentar, a diseñar nuevas formas, y no tardé en volver a encontrar satisfacción en mi trabajo, haciendo cosas bonitas. En ese proceso de renovación comprendí por qué era soplador de vidrio y no otra cosa. Había una conexión clara entre mi vocación humana y mi vocación sobrenatural: Antes me sentía frustrado, como si me hubiese equivocado de profesión. En un libro que recoge algunas de sus homilías, Es Cristo que pasa, Monseñor Escrivá habla de la parábola del sembrador. Los granos de trigo se desparraman por el suelo y allí donde caen, Dios quiere que den fruto. Donde caen, donde cada uno estamos, donde está nuestra lucha diaria… Yo sobrenaturalizo mi trabajo, en primer lugar, ofreciéndoselo a Dios. Trato de hacerlo lo mejor que puedo. Trabajo siempre con cosas materiales y hay un montón de cosas que se pueden aprender de la materia, pero hay que dominarla. Así que lo que pido a Dios es que sea capaz de hacer bien las cosas, lo mejor que pueda, para que le den más gloria.”

Además de colegios de primera y de segunda enseñanza, los miembros del Opus Dei en España han tenido iniciativas educativas de muy diversa índole. Tal vez las más difundidas sean las Escuelas Familiares Agrarias (EFA), dirigidas a impulsar la formación de los campesinos, sector de la población más pobre y menos favorecido. Hay en España unas 36 EFA, que forman al 80 por 100 de la población joven campesina.

Durante mi viaje, visité una EFA llamada La Casa de Quintanes, situada en los altos de Llucanes, a unos 60 kilómetros de Barcelona, e instalada en un viejo edificio del siglo XVII, remodelado, donde se alojan 156 estudiantes. Cuando llegué disfrutaban de un rato de tiempo libre y, en chándal o ropa de deporte, se dedicaban a los más diversos menesteres: barrer, fregar, hacer reparaciones, conducir un tractor, etc. Se veía que disfrutaban. Todo tenía un aspecto de hogar, de familia. En el césped, un par de estudiantes jugaban con un perro, mientras el cocinero, que vive allí con su familia, cuidaba del huerto.

En las EFA se alterna la enseñanza teórica con las prácticas de la tierra. También se ayuda a los campesinos a organizar cooperativas, a estar al día en técnicas agrícolas, a comercializar los productos del campo y a proteger sus bienes y su trabajo.

Otro centro de enseñanza de muy especiales características en Brafa, que ha adquirido fama en España y especialmente en Cataluña como escuela de deportes. Comenzó en 1949, cuando varios miembros del Opus Dei empezaron a organizar partidos de fútbol con los chavales de un barrio obrero de Barcelona. Al principio jugaban en cualquier sitio -en un solar, en medio de la calle y se reunían en un garaje prestado. Luego empezaron a construir diversas instalaciones, hasta constituir un respetable conjunto de edificios y campos de deportes que se terminó en 1971. Actualmente se adiestran en Brafa 1.700 jóvenes y 500 adultos. Aunque de la escuela han salido campeones en diversas ramas del deporte, el objetivo fundamental de Brafa es que el mayor número posible de personas practique algún deporte dentro de sus posibilidades. Por eso, ofrece becas a quienes carecen de recursos para sufragar los gastos. Junto a la formación y al entrenamiento deportivos, Brafa ofrece formación espiritual y cultural, haciendo especial hincapié en la práctica de las virtudes humanas.

Otro centro de formación especial, en este caso para subnormales, es La Veguilla. Se trata de una tarea educativa que realizan varios miembros de la Obra en colaboración con otras personas que no pertenecen al Opus Dei. Está situado en los alrededores de Madrid, cuenta con un colegio que imparte enseñanza primaria y secundaria, y con unos talleres que permiten ganarse la vida a quienes trabajan en ellos con la venta de lo que fabrican, fundamentalmente piezas de cerámica, muebles, tapicería, etc. El centro cuenta también con un vivero. Quienes dirigen y administran La Veguilla dicen que los que trabajan en los talleres se sienten satisfechos y felices sabiendo que son capaces de crear objetos útiles y artísticos, que encuentran fácil salida en el mercado. Entre sus clientes se encuentran el alcalde de Madrid y la reina doña Sofía.

Seguramente la empresa educativa más conocida de los miembros del Opus Dei en España es la Universidad de Navarra. En Trabajos de amor perdidos, Shakespeare escribió: “Navarra será el asombro del mundo. Nuestra corte será una pequeña academia tranquila y contemplativa en el arte de vivir”.

Pamplona tuvo que esperar mucho tiempo para tener su “pequeña academia”. La Universidad de Navarra, fundada en 1952, vino a hacer realidad un sueño de siglos. Surgió en un momento en que la necesidad de nuevas instituciones de enseñanza superior era acuciante, y así vino a llenar, como todas las obras corporativas del Opus Dei, una necesidad social.

La Universidad de Navarra atrajo enseguida profesores destacados de otras universidades españolas -Madrid, Barcelona, Sevilla, Santiago, Granada…- y extranjeras. Mucha gente, sin embargo, consideraba que la empresa era una locura y las autoridades regionales la miraban con recelo, por lo que mandaron hacer una investigación, cuyo dictamen fue negativo. Cuando Monseñor Escrivá lo supo, se echó a reír y dijo: “¡Claro que es imposible! Por eso lo haremos!”.

El profesor Ismael Sánchez Bella, que luego sería el primer rector de la Universidad de Navarra y primer presidente de la Asociación de Amigos de la misma, renunció a una cátedra de Historia en la Argentina y regresó a España para ponerse al frente del proyecto. Nada más bajar del barco, ilusionado, preguntó a los amigos que habían acudido a recibirle cuánto dinero habían conseguido. La respuesta le dejó anonadado: “¿Cuánto llevas tú en los bolsillos?”.

“Empezamos sin una peseta -me dijo-, pero con la moral altísima, lo cual es mucho más importante que el dinero.”

Actualmente, el campus de la Universidad, de 160 hectáreas, cuenta con nueve facultades, más de 10.000 estudiantes (500 de ellos no españoles) y 1.000 profesores. El sistema de tutoría personal y el énfasis que se pone en la formación ética de los estudiantes caracterizan la enseñanza en la Universidad, que facilita también clases de teología. El Gobierno español empezó a homologar los títulos de la Universidad de Navarra a comienzos de la década de los sesenta. Actualmente, mantiene contactos con las demás universidades españolas, con frecuentes intercambios, visitas y congresos.

La Universidad de Navarra procura poner la enseñanza superior al alcance de todos cuantos tienen aptitudes, con independencia de sus recursos económicos. A pesar de todo, las subvenciones y ayudas estatales son mínimas. La financiación, en gran parte, corre a cargo de miles de colaboradores españoles y extranjeros -muchos de ellos modestos- agrupados en la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra.

En cierto sentido, el corazón de la Universidad es su Facultad de Medicina, que cuenta con su propio hospital, la Clínica Universitaria. En ella se efectuaron algunos de los primeros trasplantes de corazón realizados en España. Pero en la Clínica Universitaria no sólo se cuida el estudio y análisis de la patología del paciente, sino también sus circunstancias espirituales y familiares. Médicos y enfermeras procuran cuidar estos aspectos. Durante los dos días que permanecí allí observé cómo en las salas de visitas, médicos y enfermeras charlaban con los visitantes, los animaban y les daban explicaciones.

Otra Facultad que me interesó mucho durante mi visita a la Universidad fue la de Periodismo, la cuarta en crearse, pues por entonces, la enseñanza del periodismo, no tenía rango universitario en España y muchos consideraban que era “una locura” dársela. Actualmente, la facultad, floreciente, forma cientos de periodistas que encuentran empleo en medios de comunicación de toda España.

En una entrevista que concedió a un joven periodista, el fundador del Opus Dei explica por qué estaba tan interesado por el periodismo. “Es una gran cosa el periodismo, también el periodismo universitario. Podéis contribuir mucho a promover entre vuestros compañeros el amor a los ideales nobles, el afán de superación del egoísmo personal, la sensibilidad ante los quehaceres colectivos, la fraternidad. Y ahora, una vez más, no puedo dejar de invitaros a amar la verdad.

No os oculto que me repugna el sensacionalismo de algunos periodistas, que dicen la verdad a medias. Informar no es quedarse a mitad de camino entre la verdad y la mentira. Eso ni se puede llamar información, ni es moral, ni se puede llamar periodistas a los que mezclan, con pocas verdades a medias, no pocos errores y aun calumnias premeditadas: no se pueden llamar periodistas, porque no son más que el engranaje -más o menos lubrificado- de cualquier organización propagadora de falsedades, que sabe que serán repetidas hasta la saciedad sin mala fe, por la ignorancia y la estupidez de no pocos.

Os he de confesar que, por lo que a mí toca, esos falsos periodistas salen ganando: porque no hay día en el que no rece cariñosamente por ellos, pidiendo al Señor que les aclare la conciencia.”

En un libro como éste es imposible hacer justicia a la magnífica labor que llevan a cabo en Navarra un puñado de hombres y mujeres con escasos recursos. El profesionalismo de la institución se revela en el hecho de que mantiene relaciones de intercambio y colación de grados con universidades tan prestigiosas como La Sorbona, Harward, Coimbra, Munich o Lovaina.

Las distintas labores educativas que llevan a cabo los miembros del Opus Dei son de dos clases: labores “personales”, de las que la Obra en cuanto tal no se responsabiliza, y “obras corporativas”, de cuya formación espiritual responde el Opus Dei. Mientras La Veguilla o las Escuelas Familiares Agrarias son iniciativas personales de algunos miembros del Opus Dei y de otras personas que no lo son, la Universidad de Navarra, Tajamar y Brafa son obras corporativas, y el Opus Dei se responsabiliza de la’ formación espiritual y doctrinal que se imparte en ellas.

Un campesino

Antonio Durán tiene el rostro terroso y agrietado, las manos ásperas y callosas, los ojos empequeñecidos de tanto mirar al sol, pero bajo toda esa rudeza se adivina que es feliz. A través de un laberinto de estrechas callejuelas, me condujo hasta su casa, vieja y en desnivel, con olor a carne en el horno y a mieses recién segadas. Mientras su esposa termina de preparar la cena, él me explica cómo transcurre su jornada. Sus hijos le rodean, sin perder detalle:

“Me levanto a las siete y media de la mañana y trabajo hasta las nueve de la noche. En mis tierras siembro trigo y otros cereales. Tengo también algunos almendros y olivos, así como una pequeña viña que me permite cosechar un poco de vino. Cultivar todo eso supone mucho trabajo y sacrificio. Tengo que andar corriendo todo el día de un sitio para otro, pero procuro cuidar de todo. Dios me ayuda. En mi tractor llevo un crucifijo junto al volante, para no olvidarme de Él.”

Hace una pausa para ofrecerme unas almendras y un vaso de vino de su cosecha. Luego prosigue: “Conocí el Opus Dei a través de un arquitecto que estuvo trabajando cerca de mis tierras. Nos hicimos buenos amigos y me invitó a un curso de retiro. Mi mujer no es del Opus Dei, pero colabora en sus actividades. La vida de un miembro de la Obra que vive en el campo y tiene que sacar una familia adelante no es fácil, pero tampoco demasiado difícil. No hay nada imposible”.

Una juez

Doña Concha del Carmen pertenece al Opus Dei desde hace veinte años. Es una mujer atractiva, muy bien arreglada, alegre, sin esa especie de seriedad un tanto hosca que se suele atribuir a los jueces. Cómodamente sentada en un sillón y rodeada de libros apiñados en una librería me explicó que lo que más le atrajo del Opus Dei fue “su humanidad, el ambiente de familia, la alegría”. “Para un juez es muy importante estar cerca de la gente y compenetrarse con sus problemas. Algo que Monseñor Escrivá pone de relieve en una de sus homilías de Es Cristo que pasa. Jesucristo hizo cosas maravillosas por los pobres. Yo como juez, entro en contacto con los más desgraciados: los pobres, los enfermos, los marginados, los delincuentes… Primero hay que aplicar las medidas que establece la ley y a veces es difícil hacer nada más, porque cuesta ver el aspecto humano de los problemas. Pero el Opus Dei me ha enseñado a amar a la gente con hechos, a querer y respetar a todo el mundo… Lo fácil es quitarse de encima a quienes te puedan crear problemas. Lo difícil, tratar de ayudarles y de enderezar sus vidas.

Pero no sólo cuentan las cosas grandes, importantes. También las pequeñas. Esta tarde, por ejemplo, tuve que redactar una sentencia, y cuando terminé de hacerlo me di cuenta de que la mecanógrafa iba a tener dificultades para pasarla a máquina, así que volví a escribirla de nuevo con letra más clara. Éste es el tipo de cosas que Monseñor Escrivá consideraba importantes: hacer las cosas pequeñas con perfección para estar más cerca de Dios y ayudar a los demás.”

Una familia numerosa

Los Pich son una familia barcelonesa. Los padres son co-fundadores de unos grupos de educación familiar extendidos por el mundo entero. Han creado también colegios y clubs juveniles. Dicen que su “hobby” es la educación de sus 16 hijos.

Algunas personas se estremecerán de horror ante la idea de tener tantos hijos. La mayoría de los padres, actualmente, prefieren tener pocos niños, pero muchos empiezan a preguntarse si eso es bueno. Hace poco, la Comunidad Económica Europea y el Comité Social hicieron público un informe que mostraba cómo la tasa de nacimientos había descendido de manera alarmante en los países de la Comunidad y estaba muy por debajo del nivel de crecimiento, algo que se ha dado en llamar euroesclerosis. “El desequilibrio demográfico está adquiriendo proporciones sin precedentes -dice el informe Cubrir el déficit de nacimientos en Europa requeriría una inmigración masiva, nunca vista hasta ahora.” Algunos gobiernos, como los de Francia y Alemania, ya han reaccionado, ofreciendo incentivos económicos considerables a las familias con varios hijos.

La señora Pich estaba en una reunión escolar cuando llegué a su casa. Mientras regresaba estuve hablando con su marido. “Lo que suele pasar con las familias numerosas es que la gente piensa que todos los hijos llegan al mismo tiempo -me dice-, pero no es eso. Llegan uno tras otro, con un año de diferencia aproximadamente. Lo cual es diferente. La naturaleza es muy sabia. Todo lo tiene previsto. ¿Cuál es la diferencia entre tener seis o siete hijos? Entre el décimo y el undécimo es sólo del 10 por 100 y entre el decimoquinto y el decimosexto menor todavía. Así que cuando se miran las cosas objetivamente, no hay problema.” El señor Pich comenta que hasta que llegó el hijo duodécimo vivían en un piso relativamente pequeño, con sólo tres dormitorios para los chicos, pero eran felices allí; y me dice que escribió un artículo explicando cómo era posible que catorce personas cupieran en un sitio así. Ahora, que viven en una casa espaciosa, los hijos se van yendo…

“Una de las ventajas de tener una gran familia es que, a medida que los hijos crecen, uno cuenta con pequeños ayudantes. Si se sabe delegar en ellos, los padres de una familia numerosa trabajan menos. Cuesta organizarse, por supuesto, pero hay que tomárselo como un hobby. Le aseguro -me dijo- que es más entretenido, más divertido, que ir al cine. Es algo fantástico, que te absorbe.”

¿Cómo es posible hacerse cargo de las necesidades de tantas personas de tan distintas edades y caracteres en constante evolución?, le preguntó.

“En primer lugar, hay que enseñar a los mayores a actuar como modelo de los más pequeños. ¿Quién es el héroe de un chaval? Siempre su hermano mayor, que es más fuerte, más valiente y más listo. Y con las chicas sucede lo mismo. Las hermanas pequeñas imitan a las mayores en la manera de hablar, de vestir, de comportarse. Una familia en la que hay un ambiente recio educa a cada miembro, lo cual quiere decir que todos participan en la educación de los otros. Todos se ayudan.

Hasta los más pequeños-pueden ser útiles siendo amables, encantadores, haciendo pequeños servicios. Se puede aprender mucho de los niños si colocamos nuestras antenas para sintonizar con ellos, si les escuchamos, si intuimos lo que quieren. Hay algo que no se debe olvidar: creemos que somos indispensables en la educación de nuestros hijos, lo cual es cierto sólo hasta cierto punto, menos de lo que imaginamos.”

La conversación quedó interrumpida por la cena, servida en una gran mesa redonda con un círculo central móvil para colocar los cacharros. La señora Pich -sorprendentemente joven y serena- llegó cuando ya estábamos cenando, siendo acogida por los gritos de júbilo de los ocho hijos que todavía viven con ellos. Todos participan en la conversación. Todos tienen algo que contar. Cuando les pregunto qué les gusta más de ser una familia numerosa, todos se echan a reír. Rosa, la mayor, responde: “Lo que más nos gusta es lo mucho que nos reímos. No paramos de contarnos cosas divertidas”. Y volvieron a reír dándose palmadas y empujándose, por lo que yo comencé a sentirme como en una de esas pobres pero enormemente felices familias descritas por Charles Dickens.

“Una gran familia es como una ecuación -apunta el señor Pich, reflexivo-. Las alegrías se multiplican y las penas se dividen…”

Después de cenar y de rezar el Rosario en familia, le pregunto a la señora Pich si no le hubiese gustado una carrera, trabajar fuera del hogar. Se quedó perpleja. “¡Pero si yo disfruto muchísimo de los niños!”, protestó. Y le pidió a su marido que me contase la historia de una señora que conoció en Chicago. “Era una madre de ocho hijos -empezó él-, y un periodista que la entrevistaba le preguntó si se sentía realizada. “Mire usted, señor periodista -repuso ella, con viveza-, soy abogado. Trabajé como abogado con mi marido, pero cuando empezaron a llegar los hijos decidí quedarme en casa con ellos. Respeto a las mujeres que trabajan en una oficina, pero, ¿quién cree que se realiza más, ellas o yo? ¿Ellas escribiendo a máquina ocho horas seguidas o yo, rodeada por mis chavales, cada uno con su propia personalidad?.”

La señora Pich me dijo que ser del Opus Dei le ha ayudado mucho a superar tiempos difíciles, en especial la práctica diaria. de un rato de oración mental. Eso le permite “cargar las baterías, algo imprescindible para un ama de casa”. También le ha ayudado mucho ver en todo lo que sucede en la familia la presencia de Dios. “Eso, más que nada, hace que las cosas que la gente encuentra difíciles marchen sobre ruedas.”

Saliendo de Barbastro por carretera, en dirección nordeste, no tarda en divisarse la silueta de un gran edificio situado sobre un promontorio rocoso que se recorta contra el cielo. Cuando la carretera, serpentea, se pierde de vista el santuario, de ladrillo rojo, con su alto campanario, pero cuando vuelve a divisarse resulta cada vez más bello. Se trata de Torreciudad, santuario dedicado a la Madre de Dios, que, como en otros muchos que existen en diversos lugares del mundo, sólo tiene una razón de ser: ayudar a quienes acuden a ellos a enderezar sus vidas desde el punto de vista espiritual.

Torreciudad, en la provincia de Huesca, a menos de 100 kilómetros de la frontera francesa, está en una zona reconquistada por los cristianos a los invasores musulmanes a finales del siglo XI. Para celebrar el triunfo, se construyó una ermita en honor de la Virgen. Un historiador del siglo XV, Faci, cuenta así la historia de la imagen: “Tiene la Santa Imagen su nombre por el sitio en que está su iglesia situada: su antigüedad es de los tiempos de la conquista de aquel Partido, que fue por los años 1083 o siguientes, por Nuestro Rey Don Sancho Ramírez. Expelidos por los Cristianos los Moros que presidían y habitaban el castillo y pueblo de Torre Ciudad, dedicaron los vencedores su Mezquita a una Santa Imagen de Nuestra Señora, que no lejos de aquélla hallaron, y es la misma que hoy se venera”.

Como miles de personas durante siglos, la madre de Monseñor Escrivá hizo una peregrinación a un santuario de la Virgen, precisamente a éste. Fue en el año 1904 y viajó a Torreciudad a lomos de una mula, llevando en brazos a su hijo, de dos años de edad. Iba a dar gracias por la curación de Josemaría, a quien los médicos habían desahuciado. En aquellos tiempos no había carreteras, y el camino era muy áspero, sobre todo los últimos kilómetros, que había que recorrer a pie. Muchas madres, y también hombres robustos, iban a dar gracias a la Virgen por favores similares.

Torreciudad, dominando el embalse de El Grado, con el telón de fondo de los Pirineos, ha cambiado mucho en los últimos años. Gracias a las aportaciones de miles de personas de todo el mundo, fue posible inaugurar un nuevo santuario, el 7 de julio de 1975. En el interior del templo, el centro de atracción es el retablo, de más de catorce metros de altura, esculpido en catorce toneladas de alabastro, que enmarca la imagen de Nuestra Señora de Torreciudad. En él pueden verse diversas escenas de la vida de la Madre de Dios: los desposorios, la anunciación, la visitación, la natividad, la huida a Egipto… Pero quizá la más significativa para los miembros del Opus Dei sea la escena que muestra el taller de Nazaret, con Jesús ayudando a San José a alisar la madera con una azuela, mientras la Virgen María, también ocupada, mira a’ su Hijo.

Debajo de la iglesia hay una cripta con tres capillas dedicadas a Nuestra Señora bajo las advocaciones de Guadalupe, Loreto y el Pilar, con cuarenta confesonarios. Monseñor Escrivá, promotor del nuevo santuario, esperaba que meditar allí conduciría a muchos visitantes a renovar y purificar sus relaciones con Dios. “Espero frutos espirituales -decía-: gracias que el Señor querrá dar a quienes acuden a venerar a su Madre Bendita en su Santuario. Éstos son los milagros que deseo: la conversión y la paz para muchas almas.”

El fundador del Opus Dei creía que Torreciudad demostraría que la devoción a la Madre de Dios no era algo del pasado, que los cristianos seguían amándola “más que a nadie en la tierra, después de Dios; pues por encima de ella, sólo Dios”. Tal era el espíritu del Concilio Vaticano II, que recordó a todos los católicos que “el culto, especialmente el litúrgico, a la Santísima Virgen debe ser generosamente fomentado”.

Torreciudad se ha convertido así en un lugar lleno de paz, propicio a la oración. La quietud, el silencio, sólo se ven rotos por el vibrar del carrillón de las campanas. Los automóviles y los autobuses quedan aparcados lejos y diversos carteles ayudan a los visitantes a crear una atmósfera de piedad cristiana. Allí no hay tenderetes donde se vendan baratijas ni imágenes de plástico. Los domingos y las fiestas señaladas, así como en los meses de mayo y octubre, tradicionalmente dedicados a la Virgen, miles de personas, algunas de ellas no practicantes, acuden a Torreciudad. Pero el santuario ha sido construido para estar al servicio de todo el mundo, por lo que, a diario, acuden numerosos peregrinos de las más variadas procedencias.

En el antiguo santuario hay un libro de firmas que recoge los sentimientos de los peregrinos. Algunos vienen para pedir a la Señora un favor: “Que la Virgen dé trabajo a mi padre… para que mi familia sea como tú… para que mi novio me quiera”. Algunos ponen de manifiesto sus dotes poéticas: “Más hermosa que el sol, así es mi madre…”. O su gratitud: “Gracias por los días que hemos pasado junto a ti. Ayúdanos para que seamos cada día más Opus Dei”. Y un hombre escribió simplemente: “Santísima Virgen, te quiero”.

Se dice que en algunas ciudades españolas hay un centro del Opus Dei casi en cada esquina. Aunque en este capítulo sólo he ofrecido una pequeña introducción a las actividades de los miembros del Opus Dei en España, creo que da una idea de algunos de los aspectos que abarcan. Muestra también la capacidad el Opus Dei para movilizar gente de todas clases. Como el grano de mostaza del Evangelio, ha crecido hasta convertirse en un árbol frondoso, donde anidan toda clase de pájaros. En España empecé a pensar más a fondo sobre la amplitud de las labores de los miembros del Opus Dei, pero hasta el final de mi viaje no comprendí claramente su significado.

Plegaria en Barajas por las víctimas del accidente aéreo

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La XIII Carrera Popular de 500 kilómetros con relevos, desde Tajamar a Torreciudad, comenzó con una plegaria en la ermita de Barajas por las víctimas del accidente aéreo ocurrido el  20 de agosto del 2008

Opus Dei -

La oración, que leyó un familiar de unos heridos, asegura oraciones “por las almas de todos los fallecidos” y “por los heridos, para que recuperen la salud cuanto antes, así como por los familiares,  para que sobrelleven con fortaleza tan fuerte contradicción”.

Al mismo tiempo -decía la oración leída en la Ermita- los corredores ponen en “esta petición el esfuerzo y la ilusión de unos relevos que ofrecemos también por la paz y las necesidades de nuestro país, y la protección de la Virgen para estas horas de carrera”.

Opus Dei -

Cientos de alumnos del colegio y muchas familias han despedido esta mañana a los primeros relevistas. Después de un año de distintos actos conmemorativos, este centro concluye el aniversario con su actividad más genuina: el deporte, y más en concreto, el atletismo.

Una carrera única
Lázaro Linares, entrenador nacional de atletismo y organizador de la carrera, ha destacado “el carácter familiar de esta edición, con niños de 3 años que harán relevos, y la participación de un grupo de portugueses”.

Opus Dei -

Ésta es la XIII edición de una carrera que comenzó en 1996 y los organizadores han querido que el lema “El deporte hace familia” presida toda la marcha. No es simplemente un eslógan, pues hay familias enteras que se ponen el chándal y se lanzan al asfalto para hacer su relevo. Este año, por ejemplo, los últimos 100 km, los completan diez familias en relevos sucesivos.

La carrera durará cuarenta y ocho horas y los más de mil corredores se distribuirán a lo largo de cincuenta y tres relevos, de diez kilómetros cada uno, que cubrirán los 530 totales. Hay participantes de todas las edades: desde niños de cuatro años hasta jubilados entusiastas. Enrique Mbomio-Mba, un guineano ingeniero técnico de 40 años y antiguo alumno que ha corrido todas las ediciones, no tiene dudas: “una carrera única, que acabas siempre con más amigos que al comenzarla, y que para los que nos gusta correr, es lo más”.

Los corredores recorrerán las provincias de Madrid, Guadalajara, Soria, Zaragoza, Navarra y Huesca. Los organizadores han estudiado sobre el terreno las características de los distintos tramos para facilitar a los participantes información sobre el recorrido. En esta edición correrán cerca de un millar de personas, entre ellos más de cuatrocientos escolares. Desde la primera edición han sido más de ocho mil personas las que han participado en esta carrera tan singular.

El centro educativo Tajamar culmina su 50 aniversario con una carrera popular de 500 kms relevos entre Vallecas y el santuario de Torreciudad, en el Pirineo aragonés.

LA CARRERA EN DATOS

1. Salida: jueves 25 de septiembre a las 10.30 (Vallecas. Madrid)
2. Meta: sábado 27 de septiembre a las 11.30 (Torreciudad. Huesca)
3. Recorrido: 530 kilómetros.
4. Provincias que recorre: Madrid, Guadalajara, Soria, Navarra, Zaragoza y Huesca.
5. Nº participantes: 1.000 corredores. 10 familias distintas se pasarán el testigo en los 10 relevos entre los kms. 400 y 500.
6. Nº total de familias que participan en los relevos: 50
7. Récord personal a batir: el del veterano Faustino Pablos, que corrió 162 kilómetros en la IIª edición.
8. Coches de apoyo: 7 (cuatro turismos, dos furgonetas y 1 trailer)
9. Autobuses fletados: 3
10. Tiempo medio de cada relevo: 50 min.

Ecos del Sínodo

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Ofrecemos algunas declaraciones de los participantes en el Sínodo de los Obispos que se celebró en Roma en ocubre de 2008.  Entre otras, incluimos la declaración del Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría

Opus Dei - Vrhbosna

Vrhbosna

Cardenal Vinko Poljic, arzobispo de Vrhbosna, Sarajevo, Presidente de la Conferencia Episcopal (Bosnia-Herzegovina)

“Sostengo con todo mi corazón la idea de que “el servicio de los laicos exige capacidades diversificadas que suponen una formación bíblica específica”. (…) En este contexto el Documento de Trabajo recuerda que “un medio privilegiado para el encuentro con Dios que nos habla es la catequesis dentro de las familias, con la profundización de algunas páginas bíblicas y la preparación de la liturgia dominical. (…) En los países que salieron recientemente del régimen socialista, la Iglesia tiene necesidad de fieles laicos que vivan intensamente el Evangelio de Cristo en la familia y la sociedad y que vuelvan a participar en la misión de la comunidad eclesiástica. La preparación familiar al Día del Señor podría ser un verdadero kairos para ellos”.

Opus Dei - Yangon (Myanmar)

Yangon (Myanmar)

Arzobispo Charle Hamhung Bi, S.D.B. de Yangon (Myanmar)

“El mandato evangélico de “dar de comer al hambriento y vestir al desnudo” se ha impuesto con fuerza tras el reciente paso del terrible ciclón Nargis. Casi 150.000 personas fallecieron y dos millones se convirtieron en prófugos en su país. (…) Con la ayuda del Señor hemos reanudado la vida en muchas comunidades. Las Iglesias se han convertido en campos de prófugos. En estos campos hemos celebrado una liturgia única: la de anunciar la Palabra por medio de nuestro acompañamiento y de compartir el pan por medio de la asistencia. El mundo se ha convertido en nuestro altar y hemos partido el pan de la fraternidad humana con las multitudes desorientadas. El Evangelio predicado ha sido el alimento dado a los hambrientos, que ha producido la vida y la luz que hemos dado en los cinco últimos meses”.

Opus Dei - El Chad

El Chad

Obispo Miguel Ángel Sebastián Martínez, M.C.C.I., de LAI (Chad)

“Os hablo en nombre de la Conferencia Episcopal de Chad. Este país del centro de África ha sido evangelizado hace unos pocos años. (…) Los cristianos se reúnen el domingo, pero muchos de ellos solamente para la celebración de la Palabra, porque no tenemos suficientes sacerdotes. En nuestro país vivimos situaciones sociales y políticas muy conflictivas, sobre todo debido a una guerra interminable desde hace más de cuarenta años. Estamos convencidos de que la Palabra de Dios es una palabra de paz, una palabra que anuncia la paz y que invoca la paz, que llama al perdón, a la reconciliación y a la justicia. La escucha y la oración de la Palabra de Dios son esenciales en la vida y en la misión de nuestra Iglesia. Esto es un desafío para nosotros. La Palabra de Dios nos ilumina y nos alienta a comprometernos en la promoción del hombre y de la mujer en Chad”.

Opus Dei - Sudán

Sudán

Obispo Antonio Menegazzo, Administrador apostólico de El Obeid (Sudán)

“En Sudán la mayoría de los catecúmenos no sabe leer ni escribir: por ello, para prepararlos bien al Bautismo, los catequistas deberían ser capaces de explicar la Palabra con carteles, dibujos y con su propia palabra. (…) Tenemos otro gran reto: la Justicia y la Paz, el perdón y la reconciliación, después de veintiún años de guerra civil entre el Norte y el Sur del país, después de tanto odio, injusticias y sufrimientos. (…) No olvidemos además la guerra en el Darfur, donde la situación no parece mejorar. Estamos convencidos de que la solución para un futuro de paz se puede encontrar solamente en la fidelidad a Dios y a su Palabra. (…) Pero ¿qué podemos hacer cuando las distancias son enormes y la inseguridad por las guerras y el bandidaje hace que sea muy difícil y peligroso el contacto de los sacerdotes con los fieles?  La escasez de sacerdotes es otro factor negativo. Muchos cristianos pueden recibir la Palabra de Dios y la Eucaristía esporádicamente, o incluso sólo alguna que otra vez al año”.

Opus Dei - Roma

Roma

Obispo Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei

“En la vida de los santos, el encuentro con la Palabra de Dios por medio de la lectura de la Sagrada Escritura ha producido un cambio radical en la existencia. Tenemos que tratar de tener todos, nosotros, nuestros sacerdotes y los laicos una profunda sed de Jesucristo, viviendo cada escena del Evangelio como un personaje más. (…) Es oportuno que nosotros, pastores, en el sacramento de la Confesión recomendemos con frecuencia a los fieles la lectura del Evangelio, enseñando a participar en lo que se narra allí e invitando a los penitentes a que ofrezcan también ellos este mismo consejo a los colegas, a los familiares, a los amigos. (…) Es necesario hacer lo posible para que todos nosotros, los cristianos, como los santos, tratemos de llevar estos textos a nuestra vida personal cotidiana, para transformarla.(…) Sería conveniente promover iniciativas para difundir entre los fieles esta actitud de oración y de recogimiento interior frente al Evangelio para que incida realmente en nuestra vida cotidiana. Además, creo que es muy oportuno cuidar la lectura bien hecha, es decir, realmente vivida, de los textos de la Misa, no como una declamación, sino con la certeza de que Dios está hablando a ellos y a la comunidad”.

Opus Dei - Irán

Irán

Arzobispo Ramzi Garmou, de Teherán de los Caldeos. Administrador patriarcal de Ahwaz de los Caldeos (Irán)

“Toda la Biblia, desde el libro del Génesis hasta el Apocalipsis, nos dice que la fidelidad a la Palabra de Dios conduce a la persecución. El primer perseguido, por excelencia, es el mismo Jesucristo, que vivió la persecución desde los primeros días de su nacimiento hasta su muerte en la Cruz. Según el Evangelio, la persecución se considera el signo más elocuente de la fidelidad a la Palabra de Dios. El crecimiento de la Iglesia y su avance en el camino de la evangelización de los pueblos son fruto de la persecución que ha sufrido en cada lugar y en cada tiempo. Jesús, en el Evangelio, nos habla muy claramente de la persecución (Lc 21, 12-19). Pidamos al Espíritu Santo a fin de que conceda a la Iglesia del tercer milenio, en este Año Paulino, la gracia y la alegría de hacer una experiencia auténtica de la persecución a causa de su fidelidad a la Palabra de Dios”.

Opus Dei - Vietnam

Vietnam

Obispo Joseph Vo Duc Minh, coadjutor de Nha Trang (Vietnam)

“La Iglesia de Cristo en Vietnam (…) ha recorrido un camino lleno de cruces. A través de los altibajos de su historia, los católicos vietnamitas, como los judíos en el exilio, han entendido que solamente la Palabra de Dios permanece y no engaña jamás. Esta Palabra (…) se ha convertido en la fuente de consuelo y de fuerza que da firmeza a todos los miembros del Pueblo de Dios y, al mismo tiempo, el fulcro que les ayuda a descubrir su futuro. (…) La Palabra de Dios ayuda a descubrir el verdadero rostro de Jesucristo que encarna el amor redentor de Dios a través del misterio de la Cruz. A causa de la dolorosa experiencia vivida por la Iglesia de Cristo en Vietnam, el misterio de la Cruz se siente cerca no solamente de la vida cotidiana, sino que se ha convertido en un elemento esencial que agrupa al Pueblo de Dios”.

Opus Dei - Polonia

Polonia

Obispo Zbigniew Kiernikowski, de Siedlce (Polonia)

“El hombre moderno no familiarizado con la escucha de la Palabra de Dios se queda a menudo como un sordomudo frente a ella. (…) El kerygma es un momento muy importante, pero si no es seguido por una verdadera y propia formación a la escucha de la palabra en la comunidad de fe, existe el riesgo de caer en los diferentes moralismos, o de desembocar en los distintos tipos de fanatismo o de interpretación subjetiva. (…) El Camino Necatecumenal se basa en el kerygma inicial, al que sigue un serio proceso de iniciación bajo la guía de la Iglesia (obispos, párrocos y catequistas) que se realiza en pequeñas comunidades y con las debidas etapas de la iniciación cristiana. De este modo, el catecumenado obliga a hacer al iniciando un camino, con el que aprende a aplicar la Palabra a la propia vida”.

Opus Dei - Sydney (Australia)

Sydney (Australia)

Cardenal George Pell, arzobispo de Sydney (Australia)

“Los obispos están llamados a despejar el camino para que el Espíritu actúe eficazmente cuando la Palabra de Dios se encuentra con las personas y las comunidades. Para ello sugiero: La formación de equipos de jóvenes laicos que den testimonio de Cristo en los grupos juveniles, escuelas, parroquias y universidades; La puesta en marcha de representaciones contemporáneas equivalentes a los “Misterios” medievales para llevar la Palabra de Dios a las personas. Son ejemplo de ello los Via Crucis de la Jornada Mundial de la Juventud en Sydney y Toronto, la Pasión de Oberammergau y la película “La Pasión de Cristo”. El desarrollo y la ayuda a las redes de comunicación católica en Internet, como XT3, Cristo para el Tercer Milenio (www.xt3.com), un “facebook” católico que cuenta al menos con 40.000 miembros, presentado en Sydney durante la JMJ. (…) La creación de un Instituto Central para la Traducción de la Biblia para que ésta se traduzca con más rapidez y precisión en las lenguas locales de Asia, África y Oceanía. Sería útil una colecta para financiar las traducciones; Solicitar a la Congregación para la Doctrina de la Fe que elabore una normativa sobre lo irrefragable  en las Escrituras”.

Opus Dei - Sao Paulo

Sao Paulo

Cardenal Odilo Pedro Scherer, arzobispo de Sao Paulo (Brasil)

“Los inmigrantes no deben ser considerados simplemente como objeto de preocupación pastoral; también pueden llegar a ser verdaderos misioneros. (…) Creo que el Sínodo podría recomendar especialmente dos cosas: alentar a los emigrantes, o a los que se encuentran de viaje, a llevar consigo la Palabra de Dios e incluso la Sagrada Escritura, conscientes de que llevan una riqueza que no tiene precio y que no está limitada por motivos geográficos o culturales, sino que es un don que hay que vivir en la nueva patria y compartir con el pueblo que los acoge. A quienes reciben a los inmigrantes en sus lugares de destino, se les recomienda que acojan de modo positivo a estos hermanos que vienen de otras naciones y llevan en su equipaje “la buena noticia”, favoreciendo su inclusión en las comunidades locales y compartiendo sus experiencias de fe y de vida cristiana”.

Opus Dei - India

India

Arzobispo Thomas Menamparampil, de Guwahiti (India)

“¿Cómo hacemos para llevar la “Palabra” a quienes no van a la iglesia, a quienes nunca han escuchado el Evangelio? (…) Solicito que, donde nosotros no logramos llegar, lo hagamos a través de los otros; que seamos creativos desde el punto de vista pastoral, de manera que, donde no pueden llegar nuestros miembros, puedan llegar nuestras ideas; que desarrollemos las habilidades y estrategias necesarias para persuadir y convencer, no para producir rechazo u oposición. (…) La “Palabra” de Dios debe ser llevada donde hay situaciones de conflicto, jóvenes armados, contextos de injusticia y pobreza absoluta. No tratemos de conquistar la escucha a través de condenas hipócritas, pretensiones de verdad y presunción de poseer bases morales más altas sino con una solicitud humana visible, un compromiso hacia los que sufren inspirado en el Evangelio, con especial atención hacia las diversas sensibilidades culturales. La “Palabra” revela su poder en los contextos reales de la vida; desafía a las sociedades injustas; reconcilia, sostiene a los pobres, lleva la paz”.

Buscando a Dios en el trabajo ordinario

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Testimonio de Cardenal Albino Luciani, Patriarca de Venecia
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

En 1941, al español Víctor García Hoz le dijo el sacerdote des­pués de confesarse: «Dios le llama por los caminos de la contem­plación». Se quedó desconcertado. Siempre había oído que la «con­templación» era asunto de los santos destinados a la vida mística, y que solamente la lograban unos pocos elegidos, gente que, por lo demás, se apartaba del mundo. «En cambio, yo escribe García Hoz–, en aquellos años ya estaba casado, tenía dos o tres hijos y la esperanza –confirmada después– de tener más, y trabajaba para sacar adelante a mi familia.»

¿Quién era aquel confesor revolucionario, que se saltaba a cuer­po limpio las barreras tradicionales, proponiendo metas místicas incluso a los casados? Era Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote español, fallecido en Roma en 1975,a los setenta y tres años. Es conocido, sobre todo, por ser el fundador del Opus Dei, asociación extendida por todo el mundo, de la que los periódicos se ocupan con frecuencia, pero con muchas imprecisiones. Lo que en realidad son y hacen los socios del Opus Dei lo ha dicho su mismo fundador:

«Somos -declaraba en 1967– un pequeño tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una profesión o un oficio laical; un gran número de sacerdotes seculares de muchas diócesis del mundo; una gran muchedumbre formada por hombres y por mujeres – de diversas naciones, de diversas lenguas, de diversas razas – que viven de su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros muchos otros, que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más humana y más justa la sociedad temporal; en la noble lid de los afanes diarios, con personal responsabilidad, expe­rimentando con los demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos. Y todo con naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de selectos, fundidos en la masa de sus colegas, mientras procuran detectar los brillos divinos que rever­beran en las realidades más vulgares».

Con palabras más sencillas, las «realidades vulgares» son el tra­bajo que nos corresponde hacer todos los días; los «brillos divinos que reverberan» son la vida santa que hemos de llevar. Escrivá de Balaguer, con el Evangelio, ha dicho constantemente: Cristo no quiere de nosotros solamente un poco de bondad, sino mucha bon­dad. Pero quiere que lo consigamos no a través de acciones extraor­dinarias, sino con acciones comunes; lo que no debe ser común es el modo de realizar esas acciones. En mitad de la calle, en la oficina, en la fábrica, nos hacemos santos, pero con la condición de cumplir el propio deber con competencia, por amor de Dios y alegremente, de modo que el trabajo diario no sea la «tragedia diaria», sino la «sonrisa diaria».

Cosas semejantes había enseñado San Francisco de Sales, hacía más de trescientos años. Desde el púlpito, un predicador había con­denado al fuego públicamente el libro en el que el santo explicaba que, con ciertas condiciones, el baile podía ser lícito, y que incluso contenía un capítulo entero dedicado a la «honestidad del lecho conyugal». Sin embargo, en algunos aspectos, Escrivá supera a Francisco de Sales. También éste proponía la santidad para todos, pero parece que enseña solamente una «espiritualidad de los lai­cos», mientras que Escrivá ofrece una «espiritualidad laical». Es decir, Francisco sugiere casi siempre a los laicos los mismos medios utilizados por los religiosos, con las oportunas adaptaciones. Escri­vá es más radical: habla incluso de «materializar» – en el buen sentido – la santificación. Para él, lo que debe transformarse en oración y santidad es el trabajo material mismo.

El legendario barón de Múnchausen contaba la fábula de una liebre «monstruosa», dos grupos de patas: cuatro debajo de la tripa y cuatro sobre el lomo. Perseguida por los perros y sintiéndose casi alcanzada, se daba la vuelta y seguía corriendo con las patas de refresco. Para el fundador del Opus Dei, es un «monstruo» la vida de los cristianos que pretendiesen tener dos grupos de acciones:

Uno hecho de oraciones, para Dios; otro hecho de trabajo, diver­siones y vida familiar, para sí mismos. No –dice Escrivá–, la vida es única y hay que santificarla en su conjunto. Por eso se habla de espiritualidad «materializada».

Y habla también de un justo y necesario «anticlericalismo», en el sentido de que los laicos no deben robar métodos y funciones a los curas y a los frailes, ni viceversa. Creo que heredó este «an­ticlericalismo» de sus progenitores, y especialmente de su padre, un caballero sin tacha, trabajador infatigable, cristiano convencido, enamoradísimo de su mujer y siempre sonriente. «Lo recuerdo siempre sereno escribió su hijo; a él le debo la vocación…: por eso soy “paternalista”.» Otra pincelada «anticlerical» le viene pro bablemente de las investigaciones hechas para su tesis doctoral en derecho canónico, en el monasterio de las monjas cistercienses de Las Huelgas, cerca de Burgos. Allí, la abadesa había sido al mismo tiempo señora, superiora, prelado, gobernadora temporal del monasterio, del hospital, de los conventos, de las iglesias y de las villas dependientes, con jurisdicción y poderes reales y «quasi» epis­copales. Otro «monstruo», a causa de los múltiples oficios contra­puestos y superpuestos. Amasados así, estos trabajos no reunían condiciones para ser como pretendía Escrivá–, trabajos de Dios. Porque el trabajo decía–, ¿cómo puede ser «de Dios» si está mal hecho con prisas y sin competencia? ¿Cómo puede ser santo un albañil, un arquitecto, un médico, un profesor, si no es también, en la medida de sus posibilidades un buen albañil, un buen arqui­tecto, un buen médico o un buen profesor?. En la misma línea, había escrito Gilson en 1949: «Nos dicen que ha sido la fe la que ha cons­truido las catedrales en la Edad Media; de acuerdo… pero también la geometría». Fe y geometría, fe y trabajo realizado con compe­tencia. Para Escrivá van del brazo; son las dos alas de la santidad.

Francisco de Sales confió su teoría a los libros. Escrivá hizo lo mismo, utilizando retales de tiempo. Si se le ocurría una idea o una frase significativa, quizá mientras continuaba la conversación sacaba del bolsillo la agenda y escribía rápidamente una palabra. Media línea, que más tarde usaba para un libro. A propagar su gran empresa de espiritualidad dedicó una actividad intensísima, aparte de sus divulgadísimos libros, y organizó la asociación del Opus Dei. «Dad un clavo a un aragonés dice el refrán–y lo clavará con su cabeza.» Pues bien, «yo soy aragonés -escribió- y necesitamos ser tozudos». No perdía ni un minuto. Al principio, en España, durante y después de la guerra civil, pasaba de las clases a los uni­versitarios, a hacer la comida, a fregar suelos, a hacer las camas y a atender a los enfermos. «Tengo en mi conciencia –y lo digo con orgullo miles de horas dedicadas a confesar niños en los barrios pobres de Madrid. Venían con los mocos hasta la boca. Era necesario empezar por limpiarles la nariz, para limpiar después aquellas pobres almas.» Así ha escrito, demostrando que vivía de verdad «la sonrisa diaria». Y también: «Me iba a dormir muerto de cansancio. Cuando me levantaba por las mañanas, todavía can­sado, me decía: Josemaria, antes de comer te echarás un sueñecito”. En cambio, apenas salía a la calle, contemplando el panorama de los trabajos que me esperaban en aquella jornada, añadía: ‘Josemaría, te has vuelto a engañar”” ­

Sin embargo, su gran trabajo fue fundar y desarrollar el Opus Dei. El nombre llegó por casualidad. «Esto es una obra de Dios», le dijo uno. «He aquí el nombre exacto, pensó: la obra no es mía, sino de Dios. Opus Dei.» Vio crecer ante sus ojos esta obra hasta extenderse a todos los continentes: comenzó entonces el trabajo de sus viajes intercontinentales para las nuevas fundaciones y para dar conferencias. La extensión, el número y la calidad de los socios del Opus Dei ha hecho pensar en no se sabe qué intenciones de poder y de férrea obediencia de gregarios. La verdad es lo contrario, sólo existe el deseo de hacer santos, pero con alegría, con espíritu de servicio y de gran libertad.

«Somos ecuménicos, Padre Santo, pero no hemos aprendido el ecumenismo de Vuestra Santidad», se atrevió a decir un día Escri­vá al Papa Juan XXIII. Este sonrió: sabía que, desde 1950, el Opus Dei tenía permiso de Pío XII para recibir como cooperadores a los no católicos y a los no cristianos.

Escrivá fumaba cuando era estudiante. Cuando entró en el semi­nario, regaló las pipas y el tabaco al portero y no volvió a fumar. Pero el día en que fueron ordenados los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, dijo: «Yo no fumo, vosotros tres tampoco: Don Alva­ro, es necesario que empieces a fumar tú…; deseo que los demás no se sientan obligados, y que fumen, si les gusta». Ocurre a veces que un socio, a quien el Opus Dei solamente ayuda a tomar res­ponsablemente decisiones libres, también en política, ostenta un cargo importante. Eso es asunto suyo, no del Opus Dei. Cuando en 1957, una alta personalidad felicitó a Escrivá porque un socio había sido nombrado ministro en España recibió esta respuesta, más bien seca: «¿Qué me importa que sea ministro o barrendero? Lo que importa es que se santifique con su trabajo». En esta respuesta está todo el pensamiento de Escrivá y el espíritu del Opus Dei: que uno se santifique con su trabajo, aunque sea de ministro, si tiene ese puesto: que sea santo de verdad. Lo demás importa poco.

Kinkala acoge la primera iglesia dedicada a San Josemaría en África

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Bajo un techado de palmeras y sentados en bancos de bambú, los vecinos del poblado congoleño de Nkama-Bangala (“500 bastones”, en idioma lari) han celebrado con alegría la bendición de la primera iglesia dedicada a San Josemaría en África.

Opus Dei - La iglesia San  Josemaría, con algunos de los parroquianos y el Nuncio Apostólico del  Congo-Brazzaville y de Gabón.

La iglesia San Josemaría, con algunos de los parroquianos y el Nuncio Apostólico del Congo-Brazzaville y de Gabón.

La ceremonia fue presidida por el Nuncio Apostólico del Congo-Brazzaville y de Gabón, monseñor Andrés Carrascosa; y concelebrada por monseñor Portella, obispo de Kinkala; monseñor André Minzonzo, obispo de Nkay; y muchos otros sacerdotes de la diócesis de Kinkala, donde se encuentra la nueva iglesia.

El origen de este templo se remonta 4 años atrás, cuando el Papa Juan Pablo II convocó el Año de la Eucaristía.

Opus Dei - Los feligreses  se vistieron con sus trajes de fiesta para la ceremonia.

Los feligreses se vistieron con sus trajes de fiesta para la ceremonia.

Para favorecer la devoción eucarística, las alumnas del Colegio Orvalle, una obra corporativa del Opus Dei en Madrid, hicieron una campaña de recogida de fondos.

Cuando el Nuncio les contó las dificultades de esta diócesis de Kinkala, motivadas por la guerra que azotaba esta parte del Congo (destrucción de colegios, infraestructuras, iglesias, etc.) las alumnas decidieron dedicar ese dinero a la construcción de un templo.

Opus Dei - Muchas  feligresas devotas de san Josemaría se pusieron un vestido con la imagen  del santo.

Muchas feligresas devotas de san Josemaría se pusieron un vestido con la imagen del santo.

Según monseñor Carrascosa, en medio de las dificultades, el pueblo congoleño agradecería más que nada tener una iglesia donde rezar. Lo que al principio parecía un sueño, se ha hecho realidad.

Opus Dei - El Nuncio  bendijo la estatua dedicada a San Josemaría.

El Nuncio bendijo la estatua dedicada a San Josemaría.

La iglesia, sencilla y bonita, ha sido construida con la colaboración de los habitantes de la zona. El párroco, Bienvenu Manamika, pidió a los parroquianos que le trajeran piedras, tadi; los albañiles se pusieron a trabajar y poco a poco levantaron los muros; algunos seminaristas de Kinkala, durante sus vacaciones, se convirtieron en expertos pintores.

Opus Dei - Los tres  obispos, en la fiesta posterior a la inauguración.

Los tres obispos, en la fiesta posterior a la inauguración. “La iglesia de San Josemaria, fruto del trabajo de todos, es el signo de que juntos podemos vivir en paz”, dijo el Nuncio.

Pocos días antes de la inauguración, terminaron de pintar los muros exteriores. Gracias a la ayuda de otro colegio español -el Grazalema, del Puerto de Santamaría-, se ha podido instalar una estatua a San Josemaría en el interior de la Iglesia.

Opus Dei - El momento de  las ofrendas. Todos los vecinos de Nkama-Bangala han contribuido para la  construcción del templo.
El momento de las ofrendas. Todos los vecinos de Nkama-Bangala han contribuido para la construcción del templo.

Muchos fieles han dedicado tres días a limpiar y adecentar los alrededores de la Iglesia antes de la ceremonia de inauguración. Con hojas de palmera, mandalala, cubrieron el lugar bajo el cual los fieles se sentaron en bancos de bambú. Acudieron a la primera misa representantes de la Salvation Army y de la Iglesia Evangélica.

Opus Dei - En una tierra  que necesita la paz, la fe es muy importante.

En una tierra que necesita la paz, la fe es muy importante.

El Nuncio, en su homilía, animó a los fieles, varios centenares, a convertirse en templos vivos donde el Señor pueda sentirse a gusto. “La iglesia de San Josemaria, fruto del trabajo de todos, es el signo de que juntos podemos vivir en paz”.

El vicario del Opus Dei en el Congo añadió algunas palabras y se refirió al amor de San Josemaría Escrivá por el continente africano.

Opus Dei - El templo está  construido con materiales sencillos y con la ayuda de niñas de dos  colegios españoles.

El templo está construido con materiales sencillos y con la ayuda de niñas de dos colegios españoles.

Tras la misa, toda la población celebró la inauguración con cantos tradicionales y un festín preparado por las mujeres del lugar. Cada familia regresó a su casa con una estampa de San Josemaría en lari, la lengua local.

La beatificación y canonización de San Josemaría Escriva

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Capítulo “San Josemaría Escrivá de Balaguer” del libro “Contemplativos”, escrito por José Asenjo Sedano

El 17 de mayo de 1992, como hijos de su oración, asistimos en Roma a la beatificación de don Josemaría Escrivá de Balaguer, viaje inolvidable desde Almería recorriendo la primavera del litoral Mediterráneo, Francia, los Alpes, Italia, hasta la campiña romana. Un grupo maravilloso de familias y miembros de la Obra, que celebrábamos nuestras eucaristías al atardecer de cada día en los hermosos paisajes franceses e italianos, en sus verdes campos, en alguna gasolinera, siempre el mar a nuestra vista. Acampamos al sur de Roma, en plena campiña, al frescor de los viñedos y los ruidos agrícolas. ¡Qué gran día aquel 17 de mayo, la Plaza de San Pedro desbordada por el casi un millón peregrinos de todo el mundo, eufóricos bajo las columnas del Bernini escuchando la voz recia del Papa Juan Pablo II leyendo la fórmula de Beatificación de Josefina Bakhita, virgen, Hija de la Caridad, y de Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote, Fundador del Opus Dei! En nuestros oídos los ecos de aquellas palabras de san Josemaría, siempre presentes: “Seguir a Cristo: este es el secreto. Acompañarle tan cerca, que vivamos con Él, como aquellos primeros doce; tan de cerca, que con Él nos identifiquemos”.(“Amigos de Dios”, 299). Hermoso día aquel, nuestra visita al atardecer a la iglesia de san Eugenio a Valle Giulia para venerar las reliquias del Beato, la noche estrellada, el clamor de la Roma histórica, cristiana, volteada de campanas, noche llena de rumores y palabras…

“Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el Santo Fundador os indica, queridos hermanos y hermanas que hoy os alegráis por su elevación a la gloria de los altares. Él continúa recordándonos la necesidad de no dejaros atemorizar ante una cultura materialista, que amenaza con disolver la identidad más genuina de los discípulos de Cristo. Le gustaba reiterar con vigor que la fe cristiana se opone al conformismo y a la inercia interior”, palabras de Juan Pablo II.

No pudimos estar en Roma, como hubiéramos querido, el domingo 6 de octubre de 2002, sí estuvimos en espíritu por medio de la TV, en la canonización de Josemaría Escrivá, san Josemaría Escrivá, también por el Papa Juan Pablo II, culminación de su camino de entrega a Dios, porque, como no se cansaba de repetir, “ir al cielo, es lo que importa; lo demás no merece la pena…”

“San Josemaría fue escogido por el Señor para anunciar la llamada universal a la santidad y para indicar que las actividades comunes que componen la vida de todos los días son camino de santificación. Se puede decir que fue el santo de lo ordinario” Palabras de Juan Pablo II, el 7 de octubre de 2002, en una audiencia en la Plaza de San Pedro.”Este santo sacerdote enseñó que Cristo ha de ser el ápice de toda actividad humana (cf Jn 12,32). Su mensaje –seguirá diciendo- mueve al cristiano a actuar en los lugares en los que se modela el futuro de la sociedad. De la presencia activa del laico en todas las profesión es y en las fronteras más avanzadas del desarrollo ha de derivar forzosamente una contribución positiva al fortalecimiento de esa armonía entre la fe y la cultura de que tan necesitado está nuestro tiempo.”

En nuestra aproximación a su vida, mientras pudimos, visitaríamos su ciudad natal, Barbastro, la catedral y la casa de la plaza del Mercado, Torreciudad sobre todo, castillo espiritual mariano sobre el verde de las aguas del pantano del Grado, allá el Pirineo aragonés, leeríamos sus libros, cartas y meditaciones, palabra viva y penetrante sobre muchos temas…

El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine…” ¡Somos hijos de Dios, “portamos la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras…!”, nos dirá en Forja, 1.

Días antes de su muerte en 1975, diría a un grupo de fieles de la Obra:

- “Estáis comenzando la vida. Unos comienzan y otros acaban, pero todos somos la misma Vida de Cristo: ¡Y hay tanto que hacer en el mundo! Vamos a pedirle al Señor, siempre, que nos ayude a todos a ser fieles, a continuar la labor, a vivir esa Vida, con mayúscula, que es la única que merece la pena: la otra no vale la pena, se va, como el agua entre las manos, se escapa. En cambio, ¡esa otra Vida!…

“¿Qué queréis que os diga? Ya os lo he dicho siempre: que habéis sido llamados por Dios para que seáis santos, para que seamos santos, como enseñaba san Pablo. Sed perfectos así como vuestro Padre celestial es perfecto: esas son las palabras de Cristo…”

- “Entendí que la filiación divina había de ser la característica fundamental de nuestra espiritualidad: Abba, Pater! Y que, al vivir la filiación divina, los hijos míos se encintrarían llenos de alegría y de paz, protegidos por un muro inexpugnable; que sabrían ser apóstoles de esta alegría, y sabrían comunicar su paz, también en el sufrimiento propio o ajeno. Justamente por eso: porque estamos persuadidos de que Dios es nuestro Padre…”

Alma contemplativa, maestro de contemplativos, insistía en que es del todo necesario que la vida del cristiano sea esencialmente, ¡totalmente!, eucarística. “Alma de Eucaristía” Le gustaba hacer –confesaría a uno de sus hijos- actos de fe explícita en la presencia real de Jesús Sacramentado. “¡Jesús, te adoro!” Consideraba a la Eucaristía prenda segura de nuestra esperanza. “Nos insistía a Mons. Álvaro del Portillo y a mi –cuenta Mons. Javier Echevarría, actual Prelado de la Obra- que no pasásemos delante del Tabernáculo, sin decirle que le queréis con toda el alma, que queréis custodiarle en vuestros corazones, que le agradéis su presencia en el Sagrario para consuelo nuestro, que nos ayude con su fortaleza y su omnipotencia y, después de hacernos estas consideraciones, agregaba, yo lo hago.” Te doy gracias, Dios mío, porque desde joven me has hecho entrever la maravilla del Amor desde el misterio de la Eucaristía”, solía repetir.

Desde el amor y la oración de san Josemaría, también nosotros, desde el silencio y la desmemoria, desde esa presencia oculta y manifiesta de Dios, damos gracias al Señor porque, como él tanto repetía, ir al cielo es lo que importa... Gracias a san Josemaría por enseñarnos a buscar el Rostro de Cristo, nuestra contemplación…

6. Familia y milicia

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El Beato Josemaría, que llamaba al cuarto mandamiento el dulcísimo precepto, ha enseñado con su ejemplo a amar a los padres y a la familia con ternura, pero también con el desprendimiento de quien se entregó por entero a Dios. Su hogar respiró un clima profundamente cristiano, lleno de dignidad y señorío incluso en medio de estrecheces económicas, y aprendió algunas costumbres que trasladó con naturalidad a los Centros de la Obra. Don José Escrivá murió repentinamente cuando sólo tenía cincuenta y siete años, el 27 de noviembre de 1924. ¿Cómo se comportó el Padre en aquellas circunstancias?

–Fue un golpe muy duro, tanto más porque nada hacía presagiar ese desenlace. Aquel 27 de noviembre, don José Escrivá se levantó a la hora de siempre, sin sentir ningún malestar; o si lo tuvo, no dijo nada. Después del desayuno, rezó un rato de rodillas ante la imagen peregrina de la Virgen Milagrosa, que se llevaba por devoción popular de casa en casa, y que esos días estaba en la suya. Antes de salir hacia su trabajo, se entretuvo también jugando con su hijo pequeño, Santiago, que entonces tenía cinco años. De pronto, ya en la entrada de la casa, se encontró indispuesto, se apoyó en la jamba de la puerta y cayó al suelo sin conocimiento.

Al oír el ruido, acudieron rápidamente doña Dolores y su hija Carmen. Avisaron inmediatamente al párroco y al médico, y trasladaron su cuerpo inerte a una habitación. El doctor diagnosticó que no se podía hacer nada; dos horas después moría, sin volver en sí, pero habiendo recibido los últimos Sacramentos.

Se envió un telegrama al Padre –que estaba en el Seminario de Zaragoza–, para que viniese urgentemente, pues su padre no se encontraba bien. En realidad, nuestro Fundador comprendió desde el primer momento la verdad, porque –como nos confió años después– Mons. Miguel de los Santos Díaz Gómara, obispo auxiliar de Zaragoza y Presidente del Seminario, le comunicó inmediatamente la noticia.

Con el permiso del Rector, tomó el primer tren para Logroño. Salió a esperarlo a la estación Manuel Ceniceros, empleado del negocio de tejidos La Gran Ciudad de Londres donde don José trabajaba después del cierre de su empresa de Barbastro. Manuel Ceniceros –que era quien había puesto el telegrama– le confirmó enseguida la muerte de don José. Años más tarde, el Padre me contó que se había dirigido rápidamente hacia su casa, abrumado por el dolor, y que durante el trayecto continuó rezando por el alma de su padre, se puso en las manos de Dios y comenzó a pensar también cómo podría sostener a la familia. Se ocupó del funeral y de todo lo necesario para el entierro.

Un sacerdote amigo, don Daniel Alfaro, le prestó el dinero para las exequias. En cuanto le fue posible, se lo devolvió con profunda gratitud, y el Padre no olvidó nunca la generosidad de aquel amigo: rezó por su persona e intenciones todos los días de su vida, en el memento de la Misa, y más tarde, cuando supo que había muerto, encomendó su alma al Señor en la Santa Misa, hasta el 26 de junio de 1975. He podido comprobar cómo se conmovía el Padre recordando la caridad desinteresada de aquel hermano en el sacerdocio.

Al día siguiente tuvo lugar el entierro. El cementerio de Logroño se encontraba en la otra orilla del río, en la carretera de Mendavia. Al volver a casa, sumido en el dolor y en el pensamiento de que ahora el peso de la familia recaía completamente sobre sus espaldas, llegó al puente sobre el río Ebro. En ese momento se acordó de que se había guardado en el bolsillo la llave del féretro, que le había entregado el sepulturero. Entonces pensó: ¿Qué hago con esta llave, que puede ser, para mí, una ligadura?, y con gesto rápido la tiró al río, y ofreció a Dios la separación de su padre, el amigo más querido.

Este gesto, lleno de serenidad y paz interior, le unió todavía más a la Voluntad del Señor: Dios había decidido llevarse a su padre y él aceptaba sin reservas quedarse sin ese sólido punto de apoyo sobre la tierra. Había aprendido definitivamente a desprenderse incluso de lo que es y parece imprescindible.

El Padre vio la mano del Señor también en el hecho de haber recibido ya el subdiaconado el 14 de junio de ese año: ese hecho lo ligaba para siempre a Dios y, por tanto, se confiaba totalmente a la Voluntad divina, también ahora que le correspondía todo el peso de sacar adelante a la familia, como hijo primogénito.

Retornó a Zaragoza enseguida, después de confortar a los suyos, para proseguir sus estudios sacerdotales. Tres semanas más tarde, el 20 de diciembre de 1924, recibió el diaconado en la capital aragonesa.

El Fundador aprendió de su padre una profunda honradez en el trabajo, y la práctica de la caridad, que supera los límites rigurosos de la justicia; y he pensado siempre que su profunda devoción hacia San José tomó cuerpo a través de la meditación de las virtudes paternas. Doña Dolores, su madre –a la que en el Opus Dei se llama familiarmente Abuela–, también tendría la oportunidad de colaborar directamente con la Obra.

–La entrega sacerdotal de nuestro Fundador no podía dejar de repercutir de alguna manera en su familia. Un pequeño detalle: entre 1927 y 1936, doña Dolores tenía un aspecto joven. Por eso, cuando iban a visitar a una familia amiga, nuestro Fundador le decía: Mamá, no podemos ir juntos por la calle, porque yo no tengo escrito en la frente que soy hijo tuyo, y no quiero exponerme a escandalizar a nadie: ve tú por tu cuenta, que ya nos encontraremos en la casa de esa familia.

Doña Dolores, desde joven, se teñía el pelo para disimular algunas canas prematuras; después de la guerra civil española, el Padre le sugirió delicadamente que dejara de hacerlo, y ella accedió sin dificultades, aunque, por su modo de ser, muy femenino, ciertamente constituyó un sacrificio para ella.

Pero la Abuela supo hacer sacrificios aún mayores por su hijo y por la Obra. Como ya he mencionado, nuestro Fundador habló explícitamente del Opus Dei a su madre, a su hermana Carmen y a su hermano Santiago, en septiembre de 1934. Si hasta ese momento su madre había sido un apoyo seguro para el hijo, en adelante colaboraría de un modo más eficaz y silencioso. Secundó sus deseos, intuyendo lo que no sabía, y subordinó sus planes personales y familiares a los de Dios, poniendo a disposición todo su patrimonio.

Durante la guerra civil española, cuando nuestro Fundador se vio obligado a pasarse a la zona nacional, doña Dolores se quedó en Madrid con sus otros dos hijos, y custodió, aun a costa de su vida, el archivo y todos los documentos de la Obra. Los había escondido dentro de un colchón y cuando los milicianos iban a hacer un registro, ella se metía en la cama, como si se encontrase mal (y era cierto): así logró salvar los papeles de su hijo, entre los que había verdaderos tesoros, como los apuntes en que el Padre había anotado sus experiencias interiores, las gracias recibidas de Dios, las reflexiones y primeros proyectos sobre el desarrollo de la Obra, y tantos otros valiosísimos textos.

Después de la guerra, cuando se comenzó a instalar la residencia de la calle Jenner, el Fundador regaló a su madre un libro sobre San Juan Bosco. Ella le preguntó: “¿Quieres que yo haga como la madre de don Bosco? Te aseguro que no tengo la más mínima intención”. Su hijo replicó: Pero mamá: ¡si lo estás haciendo ya! Y la madre, que había entendido todo, rompió a reír y le dijo: “Y continuaré haciéndolo con mucho gusto”. Lo mismo hizo su hermana Carmen: renunció a vivir su propia vida y se prodigó en servir a la Obra, en primer lugar quizá sobre todo por cariño a su hermano, pero siempre con mucho amor de Dios.

La Abuela y tía Carmen se ocuparon de la administración doméstica de los Centros de la Obra hasta que pudieron hacerse cargo de estos trabajos las mujeres del Opus Dei.

Transmitieron el calor que había caracterizado la vida doméstica de la familia Escrivá a la familia sobrenatural que el Fundador estaba formando. Nosotros íbamos aprendiendo a reconocerlo en el buen gusto de tantos pequeños detalles, en la delicadeza en el trato mutuo, en el cuidado de las cosas materiales de la casa, que implican –es lo más importante– una constante preocupación por los demás y un espíritu de servicio, hecho de vigilancia y abnegación; lo habíamos contemplado en la persona del Padre y lo veíamos confirmado en la Abuela y en tía Carmen. Era natural que procurásemos atesorar todo esto, y así, con espontánea sencillez, arraigaron en nosotros costumbres y tradiciones familiares que aún se viven hoy en los Centros de la Obra: las fotografías o retratos de familia, que dan un tono más íntimo a la casa; un postre sencillo para festejar un santo; el poner con cariño y buen gusto unas flores delante de una imagen de la Virgen, o en un rincón de la casa, etc.

El aire de familia característico del Opus Dei se debe a su Fundador. Pero si acertó a plasmar este estilo de vida en nuestros Centros no fue sólo en virtud del carisma fundacional, sino también por la educación que había recibido en el hogar paterno. Y es justo resaltar que su madre y su hermana le secundaron de modo muy eficaz.

La muerte de su madre le sorprendió en un momento muy concreto, mientras estaba predicando un curso de retiro para sacerdotes.

–Fue el 22 de abril de 1941. Desde el fin de la guerra, el Fundador del Opus Dei desarrollaba un extensísimo apostolado en Madrid y en los lugares más diversos de España; entre otras ocupaciones, predicó muchas tandas de ejercicios espirituales para sacerdotes. En abril de 1941 había aceptado la invitación para dirigir unos ejercicios al obispo y al clero de la diócesis de Lleida.

Algunos días antes del viaje de nuestro Fundador a Lleida, su madre había hecho una excursión a El Escorial con algunos de nosotros, y notó luego una leve afección bronquial. Al día siguiente guardó cama por esa indisposición, pero no parecía nada serio. El Padre, prudentemente, preguntó al médico si podía marcharse con tranquilidad, y el doctor le dijo que no se preocupase. Por esto, al despedirse de su madre, le pidió que ofreciese al Señor sus molestias por los sacerdotes que iban a participar en el curso de retiro. Doña Dolores, que tal vez era la única que presentía la gravedad de su dolencia, asintió, pero mientras nuestro Fundador salía de la habitación musitó en voz baja: “¡Este hijo!”

La enfermedad parecía seguir su curso normal; sin embargo, la tarde del 21 de abril se agravó, degenerando en una pulmonía traumática muy grave. Le fueron administrados los últimos sacramentos y el día 22, en las primeras horas de la mañana, expiró. Traté de telefonear inmediatamente a nuestro Fundador. En aquel tiempo podían pasar horas antes de conseguir una comunicación interurbana; por eso, cuando por fin se logró la conexión, me dijeron que nuestro Fundador estaba predicando y hablé primero con el obispo.

Tiempo más tarde supe que el obispo se acercó al Padre con el rostro demudado, pálido, y le dijo que yo le llamaba. Le di la noticia en pocas palabras: “La Abuela ha muerto”. Después me enteré de que, precisamente cuando le llamé por teléfono, nuestro Fundador estaba predicando sobre el papel imprescindible de la madre en la vida del sacerdote: entre otras cosas, había dicho que para un sacerdote su madre es como un Ángel Custodio, y debería morir un día después que su hijo.

Nuestro Fundador se postró inmediatamente a los pies del Sagrario para rezar: Señor, Tú lo has dispuesto así, y yo me había equivocado. Es mejor lo que Tú quieres: acepto de todo corazón tu voluntad, habiéndote llevado a mi madre. Regresó lo antes posible a Madrid. Lloró y rezó ante su cuerpo, con palabras de apenado desahogo filial: Señor, ¿por qué me haces esto? ¡Cómo me tratas! Recuerdo también que me tomó aparte y me dijo: Hijo mío, ayúdame a rezar un Te Deum, y así lo hicimos. Asistió al entierro con una gran serenidad, y consoló a su hermana Carmen y a su hermano Santiago.

¿Cómo se decidió el Fundador a pedir a su madre y a su hermana que colaborasen para lograr el buen funcionamiento de los primeros Centros de la Obra?

–Recuerdo muy bien que un día, a finales de 1938, cuando nuestro Fundador estaba en el hotel Sabadell de Burgos, me propuso como otras veces que le acompañara a dar un paseo por la orilla del río Arlanzón; mientras caminábamos, me hizo una pregunta que muestra el heroico y absoluto desprendimiento con que servía a Dios. Me preguntó si me parecía oportuno pedir a su madre y a su hermana que se ocuparan de la administración doméstica de nuestros Centros; es decir, de atender al orden de la casa, la limpieza, la cocina, y cosas similares.

Se trataba de una colaboración insustituible para nuestra familia sobrenatural, y por eso le respondí que me parecía una idea estupenda. Fue una respuesta inconsciente, porque no pensé que significaba impedir a su madre, a su hermana y al hermano pequeño de nuestro Fundador, que tuvieran una casa propia: deberían vivir en un rincón de una residencia para estudiantes y, además, tratando de pasar inadvertidos. Nuestro Fundador, después de haberlo meditado detenidamente en la presencia de Dios, pidió a doña Dolores y a Carmen que, a pesar de todo, prestasen este servicio al Señor.

La disponibilidad de la madre y la hermana de nuestro Fundador fue de una eficacia incalculable para el Opus Dei. Carmen afrontó siempre con un profundo sentido de responsabilidad el deber que había hecho propio libremente. Le tocó dirigir la administración doméstica de muchos Centros de la Obra y soportar las incomodidades y contratiempos de los comienzos; cuando las cosas empezaban a funcionar bien, Carmen se quitaba de en medio. Jamás perdió la calma ni se dejó arrastrar por la agitación, el aturdimiento o la angustia: no se enfadaba nunca; es más, parecía siempre serena, con una paz interior y una confianza en Dios que multiplicaban su eficacia. Recuerdo, por ejemplo, cuando comenzó a ocuparse de la administración de las dos primeras casas de retiro del Opus Dei: La Pililla, en Ávila, y Molinoviejo, cerca de Segovia. En ambas, al principio no teníamos ni siquiera luz eléctrica. Carmen, como siempre, no puso ninguna dificultad para dirigir estos trabajos hasta disponer de las condiciones previstas para que se pudieran ocupar directamente las mujeres de la Obra.

Hay que tener en cuenta que Carmen no perteneció nunca a la Obra: no tenía vocación y, sin embargo, siempre que el Fundador pidió a su hermana que ayudara a la Obra, ella respondió con generosidad.

El 2 de abril de 1948 el Padre, que ya llevaba algún tiempo viviendo en Roma, fue a Madrid, y pocos días después, el 15, también Carmen se trasladó a la Ciudad Eterna. Su hermano le había pedido que echara una mano a las empleadas del hogar que desarrollaban el servicio doméstico y a quienes lo dirigían. Ella aceptó con alegría, como siempre que se trataba de sacrificarse por la Obra.

Después Carmen regresó a España y, a comienzos de los años cincuenta, alquiló con su hermano Santiago un apartamento en la calle Zurbano de Madrid. Al fin, después de tantos años, tenía casa propia y podía llevar una vida independiente, y según sus gustos. Pero el descanso duró pocos meses. Antes de que hubiera terminado la decoración de la casa, nuestro Fundador le preguntó si podía dirigir la administración doméstica de una finca que se había comprado en Salto di Fondi, cerca de Terracina. Carmen aceptó inmediatamente, y volvió a Roma en julio de 1952.

Se quedó en Salto di Fondi hasta el verano de 1953: el tiempo necesario para que se terminasen los trabajos de reforma de la casa y las mujeres de la Obra pudieran ir a vivir allí. En lugar de regresar a España, Carmen se estableció en Roma con Santiago en un chalet situado en Via degli Scipioni. Allí pasó los últimos cuatro años de su vida. Tomó esta decisión por el deseo de estar más disponible, más pronta a hacer lo que el Señor le pidiese a través de su hermano. En las peticiones de nuestro Fundador, ella veía realmente la Voluntad de Dios.

Dicho sea de paso, a Carmen no le faltaron ocasiones de formar su propia familia. Es más, podría haberse casado muy bien; de hecho, tenía un pretendiente, un hombre con un título nobiliario que le había pedido la mano formalmente. El Padre me contó la conversación que tuvo entonces con su hermana. Carmen dijo: “Josemaría, por ahora no siento nada por él; pero si le trato llegaré a quererle. Prefiero quedarme contigo y ayudarte todo lo que pueda”.

En efecto, nuestro Fundador tuvo en su hermana una ayuda extraordinaria, sobre todo para la formación en tareas domésticas de algunas entre las primeras vocaciones de mujeres del Opus Dei. Su ayuda consistió en cumplir lo que su hermano le pedía de vez en cuando, pero sin entrometerse nunca en las cuestiones fundacionales, porque comprendía que era una misión confiada por el Señor exclusivamente al Fundador.

Si la abnegación de doña Dolores duró hasta dos años después de la guerra civil española, Carmen se prodigó durante casi veinte años, yendo de una parte a otra, donde se hacía necesaria su presencia.

Padre, ¿podría evocar algún detalle de la muerte de tía Carmen?

–En los primeros meses de 1957 notamos que el estado de salud de Carmen, siempre llena de vitalidad y de energía, se deterioraba. El 4 de marzo los médicos le diagnosticaron un cáncer, y hacia el 20 de abril le anunciaron que sólo le quedaban dos meses de vida.

Apenas lo supo el Padre, quiso que yo se lo comunicase, con toda claridad y con mucha caridad. Quería que aquellos dos meses fueran para su hermana ocasión de unirse aún más con el Señor. El 23 de abril, fiesta de San Jorge, hablé con ella de su enfermedad. Le dije que sólo un milagro podría curarla y que, según el parecer de los médicos, le quedaban dos meses de vida; añadí que, si el tratamiento tenía éxito, quizá podría sobrevivir algo más, pero no mucho. Acogió la noticia con tranquilidad, con serenidad, sin lágrimas, como una persona santa. Y luego dijo: “Alvaro me ha dado ya la sentencia”.

Nuestro Fundador me pidió que buscase entre mis amigos de Roma un sacerdote culto y piadoso que pudiera asistirla espiritualmente durante aquellos meses. Hablé con el Padre Fernández, agustino recoleto, que era una persona de profunda vida interior. Aceptó el encargo y, después de ponerse de acuerdo con la enferma, quedó en visitarla una vez por semana; íbamos a buscarle en coche.

Fueron dos meses de oración y recogimiento. En mayo, aprovechando un viaje a Francia, nuestro Fundador se acercó a Lourdes para pedir el milagro de la curación de su hermana, aceptando siempre la Voluntad de Dios, cualquiera que fuese.

El 18 de junio se agravó la situación de Carmen, y pidió la Unción de los Enfermos. Al día siguiente recibió el Viático, rodeada por el cariño de nuestro Fundador y de todos nosotros.

El 20 de junio, fiesta del Corpus, pasé mucho tiempo a su cabecera; le hablaba y ella me respondía con toda naturalidad, como si estuviese hablando de otra persona. Yo le preguntaba: “Carmen, ¿quieres ir al Cielo?” Y ella me contestaba con decisión: “¡Claro que sí!” Y en un momento me dijo: “Alvaro, quiero ver…”. Al principio pensé que había perdido la vista y le dije: “¿Pero no nos ves? Estamos aquí…”. Ella replicó: “Sí, eso ya lo sé”. Añadí: “Te parecemos poco. Lo que tú quieres es contemplar a la Virgen”. Respondió: “Sí, ¡eso!”

Durante la agonía no podía casi hablar. Repetía balbuceando las jaculatorias que nuestro Fundador, ayudado por algunos de nosotros, le musitaba al oído. Sólo respondía a los estímulos sobrenaturales.

Apenas unos minutos antes de morir, cuando casi había perdido el pulso, el Padre le dijo: ¿Verdad que cuando llegues al Cielo nos encomendarás mucho? Su hermana contestó: “¡Sí!” Fue una de las últimas palabras que pronunció. Poco después moría.

Poco antes de la muerte de Carmen, su confesor, el Padre Fernández, me comentó: “Tiene una paz interior enorme. Se ve que esta docilidad a la Voluntad divina es un milagro de Dios: no he visto nunca un enfermo tan unido a Dios. Yo vengo aquí para edificarme, más que para ayudarla”.

Al día siguiente del fallecimiento de Carmen, nuestro Fundador contó a un grupo de hijos suyos: se acabaron las lágrimas en el momento en que murió; ahora estoy contento, hijos míos, agradecido al Señor que se la ha llevado al Cielo; con el gozo del Espíritu Santo. Y al leer en sus rostros la tristeza por la muerte de su hermana, añadió: sí, hijos, me tenéis que dar la enhorabuena; Carmen se encuentra ya en el Cielo. Estaba ilusionadísima con la idea de que pronto vería a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo y a la Santísima Virgen, y a los Angeles… Ahora continúa encomendándonos.

Enseguida que murió, bajé al oratorio, para celebrar la primera Misa en sufragio por su alma… Encomendadla, ofreced oraciones por ella, pero yo estoy seguro de que ya goza de Dios; ma propio certo: completamente seguro.

El propio Padre me confió el motivo de esta seguridad. No sabía que también había dejado una relación escrita sobre lo sucedido, en un sobre con esta anotación: Para abrir cuando yo muera. Cuando nuestro Fundador se disponía a celebrar la Santa Misa por el alma de su hermana, le vino a la cabeza la idea de pedir una prueba de que Carmen se encontraba ya en el Cielo. Desechó enseguida ese pensamiento, porque le parecía que era tentar a Dios. Sin embargo, me contó que, tanto en el memento de vivos como en el de difuntos, se olvidó de aplicar la intención de la Misa por su hermana, a pesar de las condiciones espirituales y psíquicas en que se encontraba: estaba muy apenado, nunca había celebrado en aquel oratorio, etc. Apenas se dio cuenta de que se había olvidado de ofrecer la Misa por Carmen, le invadió la certeza de que tal olvido, humanamente inexplicable, era la respuesta de Dios: comprendió que el Señor le quería hacer entender de esa manera que su hermana no necesitaba sufragios.

El Padre advirtió de modo inefable la intervención del Señor, que penetra en lo más íntimo del alma. Por eso tuvo la persuasión de que su hermana “había dado el salto”, como ella misma había deseado y merecido con su vida de entrega a la Voluntad divina.

Padre, me gustaría oírle contar algo más sobre el papel del Fundador como cabeza de familia, sobre todo en su relación con su hermano Santiago, cuando era pequeño.

–Cuando nuestro Padre decidió en 1918 entrar en el Seminario de Logroño –donde fue admitido como alumno externo–, no se olvidó de sus deberes familiares. Aunque sus padres, con mucha delicadeza, para dejarle la más completa libertad de decisión, no le pusieron la más mínima dificultad, se dio cuenta de que su elección desbarataba los planes, humanamente lógicos, lícitos y honestos, que ellos se habían hecho para rehacer el patrimonio familiar con su ayuda. Era consciente de que, al aceptar con generosidad la Voluntad divina, debieron cambiar sus proyectos y resignarse, al menos durante unos años, a la ausencia del único hijo varón.

Entonces, nuestro Fundador, con gran sencillez y confianza, empezó a pedir al Señor que enviase a sus padres otro hijo varón. No era poco pedir, porque sus padres eran ya mayores, y habían pasado casi diez años desde el nacimiento de la última hermana, Rosario, muerta a los nueve meses de edad, en 1910. Transcurrieron algunos meses, y ni Carmen ni Josemaría se dieron cuenta de que su madre estaba embarazada, aunque ya era patente. Su alegría fue enorme, y aún más su agradecimiento al Señor, cuando su madre, algún tiempo después, llamó a los dos hermanos y les comunicó que estaba esperando un niño. Santiago Escrivá de Balaguer nació el 29 de febrero de 1919.

Sobre todo a partir de la muerte de su padre, nuestro Fundador se prodigó en la atención y educación de Santiago. Le dedicó todo el tiempo que pudo, para formarlo bien. Fue para él más que un hermano mayor: casi un padre, un amigo, y un maestro. Le enseñó el catecismo, le introdujo en la vida de piedad, le siguió en los estudios, etc.

He escuchado al Padre que a veces tenía que defenderse de la “colaboración” de su hermano pequeño, que imitaba en todo a su hermano mayor. Como Santiago se había dado cuenta de que nuestro Fundador recortaba artículos de los periódicos y los pegaba en fichas, en una ocasión le llenó el fichero con recortes de revistas tomados al azar. Entonces el Padre se hizo con dos calaveras: a una le llamaba en broma “doña Pelada”; la otra era de un caballero templario, y le puso el nombre de “don Alonso”. Colocó las dos calaveras sobre el fichero y, desde entonces, cesaron las “colaboraciones” del pequeño Santiago.

El Padre recordaba a veces otra anécdota. Un día fue a dar un paseo con su hermano. El niño le pedía siempre que le comprase caramelos. Le gustaban especialmente unos que vendía un viejecito en la esquina de una calle cercana a la casa donde vivían; se llamaban chupetes o chupones. Aquel día, mientras se acercaban al puesto en que el hombre vendía su mercancía, una ráfaga de viento levantó una gran polvareda y ensució los caramelos. Sin pensarlo dos veces, el viejecito los tomó, uno a uno, y los fue limpiando a lametones. Desde ese día, Santiago renunció para siempre a esos caramelos. Nuestro Fundador, que sabía sacar de todo suceso una referencia sobrenatural, se divirtió mucho con la reacción de su hermano y le hizo considerar a veces que las cosas del mundo son como caramelos: después de desearlas tanto, acaban por perder su atractivo, y terminan por repugnarnos.

Incluso cuando Santiago alcanzó la mayoría de edad, el Padre continuó ocupándose de él como un buen hermano y cumplió sus obligaciones fraternas. En 1958, en su calidad de cabeza de familia, acudió a Zaragoza para pedir la mano de su futura cuñada, Yoya. Sin embargo, para dar a sus hijos ejemplo de pobreza y de desprendimiento, no asistió a la boda de su hermano, pero me pidió que lo hiciera en su lugar, aprovechando que yo debía viajar a España. Después, hasta su muerte, ayudó a su hermano y a su familia, con la oración y con el consejo, como aparece claramente en la abundante correspondencia que conservamos.

El Fundador llevó este vivo sentido de la paternidad, aprendido y vivido en su familia, a la gran familia sobrenatural de la Obra.

–El Padre repetía a menudo que sólo tenía un corazón, el mismo corazón con el que amaba a Dios y a sus hijos. No era un cariño abstracto: como buen padre, vibraba al unísono con las alegrías y las penas de sus hijos, y estaba muy pendiente de su salud.

Dos casos concretos. En una época, en el Colegio Romano de la Santa Cruz, los alumnos perdían horas de clase durante la semana, porque debían ocuparse personalmente de otras muchas cosas, ligadas sobre todo a la necesidad de seguir de cerca las obras (los trabajos de la construcción de nuestra sede central estaban en pleno apogeo). Se decidió entonces recuperar esas clases los domingos. Cuando el Padre se enteró, lo prohibió tajantemente; es más, si hasta entonces había animado siempre a los alumnos a aprovechar los días de fiesta para visitar los monumentos de Roma –que constituyen una maravillosa apología de la fe–, a partir de ese momento sus invitaciones se hicieron mucho más insistentes. De modo análogo, otra vez se enteró, a través de una carta, de que en una determinada nación sus hijos se veían obligados a privarse de horas de sueño, por las exigencias apostólicas. El Padre intervino y señaló, entre los deberes graves de los directores, el de asegurar que todos los miembros de la Obra estuvieran en la cama habitualmente siete horas y media cada noche.

Eran continuas sus delicadezas. Recuerdo que en 1961, después de haber pasado el verano en Inglaterra, había decidido salir de Londres hacia Roma, el 4 de septiembre. Habíamos comprado ya los billetes para el viaje, cuando nos enteramos de que justamente el día previsto para la salida era el santo de una Numeraria auxiliar que se había ocupado de las tareas domésticas de la casa en que habíamos estado. Al Padre le pareció un deber de caridad retrasar un día el regreso, para poder felicitar a aquella hija suya: otra cosa le hubiera parecido una descortesía. Sus atenciones se hacían aún más solícitas si alguno de sus hijos enfermaba. Cuando en 1943 efectué mi primer viaje a Roma, se había propagado por España una epidemia de tifus esantemático, una enfermedad muy contagiosa que en aquella época era llamada popularmente el “piojo verde”. En el mes de marzo el entonces director de la Residencia universitaria de la Calle Jenner, Juan Antonio Galarraga, tuvo mucha fiebre. Se pensó que era tifus, pero en realidad lo que tenía era la viruela. El Padre se ocupó personalmente de él, lo arropó con unas mantas, y se lo llevó en taxi al hospital de enfermedades infecciosas. Lo trató como un padre a su hijo. Después, durante la convalecencia de Juan Antonio, fue muchas veces a verle, y luego pidió a su hermana Carmen que fuese también a visitarle, para que estuviese atendido con gran solicitud y cariño.

La muerte de una hija o de un hijo suyo le producía un dolor inmenso: le he visto llorar muchas veces. Es lógico que sufra, hijos míos –comentaba–, el Señor me ha dado para vosotros corazón de padre y de madre. Cuando se trataba de una persona joven, protestaba filialmente al Señor: no comprendía humanamente por qué Dios había decidido llamarle a Sí cuando podría haberle servido tantos años aún. Pero después se sometía inmediatamente, en un dolido acto de aceptación de la Voluntad divina: Fiat, adimpleatur…

El 18 de diciembre de 1972, el Padre fue a visitar a una joven Numeraria de origen siciliano, Sofía Varvaro, ingresada en una clínica de Roma. Tenía un cáncer de hígado y estaba desahuciada por los médicos. El Padre la consoló y la animó hablándole del Cielo. El diálogo tuvo momentos de gran emoción.

–”Padre –le confió Sofía–, a veces tengo miedo de no saber llegar al final, porque soy muy poca cosa”.

El Padre le replicó inmediatamente: ¡Hija, no tengas miedo!: ¡que te espera Jesús! Yo le estoy pidiendo que te cures, pero que se haga su Voluntad. Cuesta a veces aceptar esa Voluntad divina, que no entendemos, pero el Señor se debe reír un poco de nosotros, porque nos quiere y nos cuida como un padrazo, con corazón de madre, ¿comprendes? Yo, mañana, con la Hostia santa, te pondré en la patena para ofrecerte al Señor. Y tú, aquí o en el Cielo, siempre muy unida al Padre, a las intenciones del Padre, porque os necesito a todos bien metidos en mi petición.

Sofía le dijo que había rezado mucho por los frutos de su reciente viaje a España y Portugal.

¡Hija mía, me habéis ayudado tanto! No me he encontrado nunca solo. Ahora, después de verte, sé que tú me ayudarás en el Cielo, y también en la tierra, si el Señor te deja aquí. Pide intensamente por esta Iglesia, que a mí me hace padecer tanto, para que termine esta situación. Me apoyo en vosotros, y me siento acompañado por vuestra oración y por vuestro cariño.

–”Padre, gracias por su ayuda, y por la ayuda de todos los de la Obra”.

¡No puede ser de otra manera! Estamos muy unidos, y yo me siento responsable de cada uno de vosotros. Sufro, cuando no estáis bien de salud: me cuesta mucho, pero amo la Voluntad del Señor. Como somos una familia de verdad, yo me encuentro feliz con vuestro cariño, y pienso que también a vosotros os tiene que dar alegría que el Padre os quiera tanto.

–”Padre, quiero llegar al final, pero a veces tengo muchos dolores, y me canso”.

Sí, hija mía, te entiendo muy bien. Acude a la Virgen, y dile: monstra te esse Matrem!, o con sólo que le digas ¡Madre!, es suficiente. Ella no nos puede dejar. Además, nunca estaremos solos, tú nos sostienes a los demás, y los demás están bien unidos a ti. Pide tu curación, aceptando la Voluntad de Dios, y estáte contenta con lo que Él disponga: la Iglesia necesita nuestra vida. Reza por los sacerdotes de toda la Iglesia y especialmente por los de la Obra, no porque debamos ser más santos que los demás, sino para que nos hagamos cargo de esta bendita responsabilidad de que hemos de gastarnos de verdad. Fuerza al Señor. Dile: ¡Jesús mío, por tu Iglesia!, y ofrécele todo. Por la Obra, para que podamos servirte siempre más. Tu unión con el Señor, hija mía, ha de ser cada día más grande.

–”Padre, hace mucho tiempo que no puedo asistir a la Santa Misa”.

Hija mía, ahora tu día entero es una Misa, consumiéndote bien unida al Señor. No te preocupes. El Señor está dentro de ti, no le dejes. Hay que rezar mucho. Dirígete a la Santísima Virgen y a San José. Acude con confianza a nuestro Padre y Señor San José, para que nos lleve por el camino de intimidad que él tuvo con su Hijo.

Al salir de la habitación de la clínica, sin esconder el propio dolor, el Padre repitió lentamente la jaculatoria: Fiat, adimpleatur, laudetur et in aeternum superexaltetur iustissima atque amabilissima Voluntas Dei super omnia. Amen. Amen!

He reconstruido todo este diálogo sirviéndome de los testimonios y recuerdos de algunas personas que estuvieron presentes, porque cada frase constituye un extraordinario ejemplo práctico de cómo en el Padre el cariño humano y la visión sobrenatural iban siempre íntimamente unidos.

El cariño del Fundador hacia sus hijos se manifestaba en la generosa entrega a su formación, sin dejarse vencer por el cansancio.

–En el plano personal, nunca podré olvidar que, cuando pedí la admisión en la Obra, en el mes de julio de 1935, el Padre, aunque estaba agotado por la abundancia de trabajo, no dudó en empezar un ciclo de clases de formación solamente para mí: un nuevo peso que venía a añadirse a las ya numerosas actividades de que estaban repletas sus jornadas.

Puso un cuidado especialísimo en la formación de los tres primeros sacerdotes de la Obra, y lo explicaba con cinco razones:

Segunda. Si nuestros sacerdotes no tienen una profunda formación teológica, no me sirven para el apostolado específico del Opus Dei.

Tercera. Los miembros de la Obra hacen muy bien sus estudios civiles, y hubiese sido destruir su espíritu, que no pusiesen la misma intensidad en sus estudios eclesiásticos.

Cuarta. Hay muchas personas que nos tienen un gran cariño, y conviene que vean hasta qué punto se preparan bien los sacerdotes de la Obra.

Quinta. No faltaban tampoco algunas otras personas que nos miraban con menos afecto, y era razonable que comprendieran –todos éstos también– la seriedad y la solidez de nuestra labor.

Y primera. Yo me muero cualquier día, y tengo que dar cuenta a Dios.

De otra parte, el Beato Josemaría era muy exigente, porque exigente es la lucha por la santidad. Afirmó siempre que la Obra es familia, pero también milicia, en el sentido de que los miembros de la Obra reciben una formación adecuada a su tarea sobrenatural de cristianos apostólicamente movilizados para despertar en todos los bautizados la conciencia de la llamada universal a la santidad.

–Proponía metas muy ambiciosas, de acuerdo con un principio que formulaba así: De ordinario, al que pueda hacer siete, le pido catorce, y me hace quince. Y refiriéndose en concreto al trabajo apostólico, decía que, si uno puede hacer diez, hay que pedirle veinte, para que dé dieciocho. En definitiva, los números podían variar, pero el concepto estaba clarísimo.

¿Y cuando debía corregir?

–Cuando debía reprender a alguno, tenía siempre presente la mayor o menor frecuencia de sus relaciones con el interesado. Corregía con inmensa dulzura a aquellos que veía de tarde en tarde y, en cambio, se mostraba más severo con los que tenía cerca. Eran dos modos diferentes de ayudarnos, en función de las diversas circunstancias.

Acabo de explicar cómo el Padre elegía la línea de conducta más adecuada en cada momento para mantener el justo equilibrio entre la necesaria severidad y el cariño. En los primeros años, cuando veía que algo se había hecho mal pensaba: no lo puedo decir inmediatamente porque estaré enfadado, y conviene que lo diga en tono frío, para no herir, ser más eficaz, y no ofender a Dios; dentro de dos o tres días, cuando ya esté más calmado, diré lo que sea. Pero en los últimos años hacía la corrección cuanto antes. Se decía: Si no la hago inmediatamente, pensaré que voy a hacer sufrir a esa hija mía o a ese hijo mío, y corro el peligro de no decirlo. Y por eso intervenía inmediatamente sin pasar nada por alto, porque quería mucho a sus hijos y los quería santos.

¿Y no se equivocaba nunca?

–Las raras veces en que sucedía, rectificaba inmediatamente, y si era el caso, pedía perdón. Recuerdo que en enero de 1955, al regresar a casa a mediodía y pasar por delante del oratorio de San Gabriel, en nuestra Sede Central, me encontré con el Padre, que estaba con algunos alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz, entre ellos Fernando Acaso. Después de saludar al Padre, aproveché la ocasión para decir a Fernando que podía ir a recoger unos muebles que nos hacían falta, porque al fin teníamos dinero en el banco. Al oír esto, nuestro Fundador comenzó a excusarse con aquel hijo suyo. Había sucedido lo siguiente: poco antes de que yo llegara, le había preguntado por los muebles. Fernando le había empezado a explicar que no había ido a recogerlos, pero el Padre, sin dejarle seguir, le preguntó de nuevo si los había recogido. Entonces Fernando respondió sencillamente que no, y nuestro Fundador le dijo que no le gustaba que nos excusásemos. Pero al oírme, comprendió inmediatamente lo que había pasado y se apresuró a pedirle perdón, delante de nosotros, porque no le había dejado exponer sus razones. Como si no bastase, luego, en la sala de estar, delante de todos los alumnos del Colegio Romano, le pidió otra vez perdón a Fernando y alabó su humildad. Realmente, era llamativa la prontitud con que rectificaba: y no vacilaba en hacerlo en público si era necesario. Era una característica muy destacada de su comportamiento, y deseaba para todos la alegría de rectificar.

Me gustaría ahora hacerle una pregunta tal vez indiscreta. Usted ha estado cuarenta años junto al Fundador, en estrechísima colaboración: ¿podría hablar ahora de su propio vínculo de filiación con el Padre?

Me considero, con un santo orgullo, aunque inmerecido, hijo espiritual del Fundador y deudor insolvente. Entre tantas cosas, le debo mi vocación a una entrega total a Dios en el Opus Dei; le debo la llamada al sacerdocio, don inefable del Señor, y el haberme impulsado constantemente a servir a la Iglesia, con la adhesión más plena al Romano Pontífice, a los obispos en comunión con la Santa Sede, con el espíritu de obediencia y de unión a la Jerarquía propio de la espiritualidad de la Obra.

Me une al Padre, por tanto, la filial e inmensa estima que le tengo, no sólo porque me dio un ejemplo de santidad heroica, como porque fue instrumento del Señor para encontrar mi vocación, que es la razón de mi vida.

Nuestro Fundador tenía constantes manifestaciones de afecto hacia todos, y personalmente puedo atestiguar que fui objeto continuo de su cariño paterno. Cuando me veía un poco cansado se volcaba conmigo. Parecerá una cosa sin importancia, pero me conmuevo al recordar que, cuando iba a trabajar al Vaticano con mi sotana más nueva, el Padre le decía a don Javier Echevarría poco antes de mi regreso: Vamos a bajar a tu hermano Alvaro la ropa, para que se cambie, porque vendrá cansado. Se esforzaba en conocer los gustos de cada uno, y los recordaba bien; por ejemplo cada vez que me ponía enfermo y tenía que guardar cama o estar a dieta, procuraba que, dentro de las prescripciones médicas, me preparasen platos que me gustaban.

En febrero de 1950 se me agudizaron las molestias que sufría desde algunos años atrás en el hígado y el apéndice. Nuestro Fundador hizo llamar al profesor Faelli, que le trataba la diabetes. El médico dijo que tenían que operarme urgentemente de apendicitis. El Padre no se separó de mi lado hasta el mismo instante de la operación. Yo tenía unos dolores muy agudos, y trató durante todo el tiempo de distraerme y hacerme reír un poco; llegó a improvisar delante de mí una especie de baile muy divertido. Después me confió lo que pensaba en aquellos momentos: sabía que yo estaba preparado para la muerte, y muy unido a Dios, por su misericordia; no necesitaba, pues, consideraciones espirituales que me consolaran o animasen; por otra parte, estaba claro que no me iba a morir: lo único que me hacía falta era olvidar el dolor. Así, delante de mí y en presencia de una tercera persona, el Padre tuvo la gran caridad y humildad de improvisar aquel baile. Y consiguió su propósito, porque me empecé a reír, me divertí mucho y no pensé más en mis dolores. Después de la operación, vino a verme a la Clínica muchas veces, y estuvo conmigo todo el tiempo que pudo; en aquellos ratos, que fueron muchos y prolongados, fui objeto de la inmensa caridad con la que trataba a sus hijos enfermos. No lo olvidaré jamás.

¿Menudencias? Lo considerarán así los que no sepan qué significa querer. Hasta donde era posible, evitaba a sus hijos los disgustos. El 10 de marzo de 1955 llegó un telegrama con la noticia de la muerte de mi madre. El Padre lo leyó y, como era ya de noche, no quiso comunicarme la triste noticia, para que pudiese dormir tranquilo. Al día siguiente me enseñó el telegrama y me explicó: Llegó anoche; he querido que durmieses, y por tanto he esperado hasta ahora, pero las oraciones que ibas a hacer tú, las he hecho yo por ti, y además he hecho las mías por tu madre, y ahora vamos a celebrar los dos la Santa Misa por el alma de tu madre, que era tan buena.

En la vida de familia prestaba pequeños servicios con elegancia, añadiendo siempre alguna frase amable, para evitar que el interesado se sintiera incómodo. Recuerdo que me limpiaba las gafas a menudo, repitiendo con buen humor un dicho usual en España: están tan sucias que se podrían plantar cebolletas.

Pero no deseo alargar las citas indefinidamente. Considero un privilegio y una gran responsabilidad haber sido testigo, durante cuarenta años, de su empeño por alcanzar la santidad. Muchas veces he pedido al Señor que me conceda aunque sólo sea una milésima parte del amor que veía en su corazón. Se suele decir que ningún hombre es grande para su mayordomo; yo no he sido mayordomo del Padre, sino un hijo que, con la ayuda del Señor, ha tratado de serle siempre muy fiel; y debo decir que, desde 1936, cuando comencé a tratarlo con mayor intimidad, hasta aquel 26 de junio de 1975, en que el Señor lo llamó a Sí, mi admiración por su extraordinaria caridad hacia Dios y el prójimo, ha crecido de día en día. Delante del Padre, repito, me siento deudor, deudor insolvente.

5. El Fundador

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El 2 de octubre de 1928 Josemaría Escrivá vio el Opus Dei. Usó siempre este verbo, ver, y lo sucedido forma parte de su relación personalísima con Dios. Sin embargo, también para nosotros y para la vida de la Iglesia es un momento central, porque la santidad del Padre se estructura sobre su carisma de Fundador. Sabemos que aquel día estaba en Madrid haciendo, a solas, unos ejercicios espirituales. Todo entra, evidentemente, dentro de un designio providencial.

–La actitud del Padre, como afirmaría más tarde en muchas ocasiones, no fue nunca la del jugador de ajedrez, que mientras hace una jugada va pensando las siguientes: vivía un confiado abandono en la Voluntad de Dios y procuraba, por todos los medios, no obstaculizarla con inútiles precipitaciones humanas.

Se trasladó a Madrid, con el permiso de su Ordinario, el Arzobispo de Zaragoza, para obtener el doctorado en Derecho en la Universidad Central. Llegó a la capital el 20 de abril de 1927, y apenas una semana después, se matriculó en la asignatura de Historia del Derecho Internacional, y después, a finales de agosto, en la de Filosofía del Derecho.

Pero sus planes se modificaron con la fundación de la Obra: el 2 de octubre de 1928 el Señor cambió el curso de su vida y le hizo ver, con claridad meridiana, que su misión sobre la tierra consistía en hacer el Opus Dei. Madrid fue mi Damasco, le he oído exclamar a veces, con profunda gratitud. No sé si llegó inmediatamente a la conclusión de que debía establecerse de modo definitivo en la capital donde había nacido la Obra, y ofrecía mejores perspectivas para su desarrollo. Desde el principio contó con la autorización eclesiástica del Ordinario del lugar.

Aquel 2 de octubre de 1928 se abrieron para nuestro Fundador los horizontes hacia los que el Señor le llamaba al confiarle el Opus Dei: una movilización de cristianos que, en todo el mundo, en todas las clases sociales, a través de su trabajo profesional desarrollado con libertad y responsabilidad personales, busquen la propia santificación, santificando al mismo tiempo, desde dentro, todas las actividades temporales, en un audaz proyecto de evangelización para llevar a Dios a todas las almas. Es, con unas décadas de anticipación, el mensaje de renovación de la Iglesia querido por el Concilio Vaticano II, que ha proclamado la vocación universal a la santidad para la salvación del mundo, con todas las consecuencias pastorales que de ahí derivan, y que delinean la función eclesial del Opus Dei, mientras, como decía el Fundador, haya sobre la tierra hombres que trabajen.

¿Con quién habló el Fundador, además de, naturalmente, con su confesor?

–Uno de los primeros fue un profesor suyo de la Universidad civil de Zaragoza, don José Pou de Foxá, catedrático de Derecho canónico, muy conocido en España. En los primeros años treinta, don José Pou le pidió: “dime lo que te pasa, porque te encuentro diferente. Tú escribes siempre con mucha alegría, y veo que sigues teniendo alegría, pero te veo como más reservado; te pasa algo: ¿tienes alguna pena?”. Es probable que, como consecuencia de esa pregunta, el Padre le informara de alguna manera sobre su vocación divina; de hecho, poco más tarde, don José Pou afirmó que, por las noticias recibidas, comprendía muy bien por qué nuestro Padre se encontraba tan metido en Dios y tenía un afán tan grande por cumplir su Santísima Voluntad, y añadió: “Tú dices que eres un instrumento inútil e inepto. Menos mal que dices esto: porque en caso contrario querrías hacer una cosa tuya, y no una cosa de Dios. Como estás en esta disposición de considerarte inepto, Dios hará todo y todo será de Dios”.

Nuestro Fundador no habló con nadie más de la misión que había recibido del Señor, aparte de las personas que se acercaban a la Obra y, ya mediado el año 1930, su director espiritual, quien le aseguró muchas veces: “Todo esto es de Dios”.

¿Y ni siquiera habló con su familia? Con su madre vivían Carmen, su hermana, apenas dos años mayor, y Santiago, que en 1928 tenía nueve años.

–Hasta 1934 el Padre no habló claramente de la Obra a su madre ni a su hermana, a quienes, pese a la actitud prudente del Padre, no se les había escapado la intensidad de sus mortificaciones, signo evidente de que algo importante había aparecido en su vida. Me lo contaron ellas mismas. Además, en una carta del 20 de septiembre de 1934, el Padre relataba cómo se desarrolló la conversación: Al cuarto de hora de llegar a este pueblo (escribo en Fonz, aunque echaré estas cuartillas, al correo, mañana en Barbastro), hablé a mi madre y a mis hermanos, a grandes rasgos, de la Obra. ¡Cuánto había importunado para este instante, a nuestros amigos del Cielo! Jesús hizo que cayera muy bien. Os diré, a la letra, lo que me contestaron. Mi madre: “bueno, hijo: pero no te pegues, ni me hagas mala cara”. Mi hermana: “ya me lo imaginaba, y se lo había dicho a mamá”. El pequeño: “si tú tienes hijos…, ¡han de tenerme mucho respeto los mochachos!, porque yo soy… ¡su tío!”. Enseguida, los tres, vieron como cosa natural que se empleara en la Obra el dinero suyo. Y esto –¡gloria a Dios!–, con tanta generosidad que, si tuvieran millones, los darían lo mismo.

¿Y de dónde viene el nombre Opus Dei?

–En sus primeros apuntes autobiográficos el Padre, cuando se refería a la fundación, hablaba siempre de “la Obra”, o de “la Obra de Dios”, pero no pensaba aún en un nombre preciso. Tiempo después, llegó a la conclusión de que éste era el nombre. Lo relata en una extensa relación autógrafa del 14 de junio de 1948, que refiere un episodio sucedido a fines de 1930: Un día fui a charlar con el P. Sánchez, en un locutorio de la residencia de la Flor. Le hablé de mis cosas personales (sólo le hablaba de la Obra en cuanto tenía relación con mi alma), y el buen padre Sánchez al final me preguntó: “¿cómo va esa Obra de Dios?” Ya en la calle, comencé a pensar: “Obra de Dios. ¡Opus Dei! Opus, operatio…, trabajo de Dios. ¡Este es el nombre que buscaba!” Y en lo sucesivo se llamó siempre Opus Dei.

Un joven sacerdote con poquísimos medios, en una situación política de gran tensión, que poco después desembocaría en la guerra civil… El Opus Dei nació pequeño, pero desde el principio con entraña universal.

–Recuerdo muy bien, por ejemplo, que desde el comienzo de mi vocación, en 1935, el Padre me animó a estudiar japonés, y así lo hice aunque con resultados poco fructíferos. Nuestro Fundador tenía una predilección particular por el Extremo Oriente, y cuando, al fin, en la posguerra, fue posible iniciar establemente el trabajo de la Obra allí, se puso contentísimo. Cuando llegó la primera carta de sus hijos de Japón, escribió en el sobre: ¡La primera carta de Japón! Sancta Maria Stella Maris, filios tuos adiuva! Desde entonces, al despachar la correspondencia, si había carta de Japón, abría el sobre y la dejaba aparte. Ponía las demás cartas en un montón y las leía después conmigo. Pero la primera que leía siempre era la de Japón: aquellos hijos ocupaban un lugar especialísimo en su alma, porque estaban en un país maravilloso, con una lengua tan difícil, y en el que la mayor parte de la gente no conoce todavía a Cristo.

Este espíritu universal se llevó a la práctica, en cuanto las condiciones externas lo permitieron, es decir, después de la guerra civil española, y sobre todo, tras la Segunda Guerra mundial. El Padre preparó personalmente el terreno para la expansión de la Obra con frecuentes viajes, y la semilla arraigó vigorosamente.

Sólo recuerdo un país donde la prehistoria realizada por nuestro Fundador no fuera seguida del comienzo de una actividad apostólica estable: Grecia. El Padre fue allí en 1966, y le acompañamos don Javier Echevarría, Javier Cotelo y yo. Deseaba iniciar cuanto antes la Obra en este país y sembró a manos llenas la semilla divina. El 26 de febrero embarcamos en Nápoles. En Atenas y Corinto visitamos los lugares en los que, según la tradición, había predicado San Pablo. El Padre no daba demasiada importancia a la autenticidad de aquella tradición popular; al regreso, explicó: El sitio puede ser o no ser aquél; nada se gana ni se pierde si no lo fuese. Pero, a última hora, sale ganando el que sabe aprovecharlo para acercarse más a Dios. Allí rezamos una comunión espiritual, y encomendamos toda la futura labor en Grecia. Si en ese punto concreto estuvo San Pablo, muy bien; y si no estuvo, muy bien; eso es lo de menos.

Vimos también varias iglesias bizantinas. A veces coincidimos casualmente con alguna ceremonia litúrgica a la que asistían pocos fieles, en su mayoría, mujeres. El Padre rezó por aquel pueblo, separado de la Iglesia Romana. Fuimos a la catedral católica y a la Universidad de Atenas. El 13 de marzo regresamos a Roma.

Llegamos enseguida a la conclusión de que era poco factible iniciar la actividad apostólica en Grecia, entre otras cosas, porque los católicos eran una pequeña minoría. Nuestro Fundador comentó: La impresión mía, es que allí hay poquita posibilidad humana de trabajo. Es casi todo muy menudo…; no sé como decirlo. Aunque para el Espíritu Santo no hay imposibles. No abandonó la esperanza de enviar a alguno de sus hijos cuando las circunstancias fueran más favorales. A este propósito dijo en una ocasión: La labor no será fácil ni tampoco difícil; será como en todas partes. Será fruto de la oración, de la mortificación y del trabajo de todos.

La espiritualidad y los modos apostólicos del Opus Dei coinciden con los de su Fundador. Me gustaría oírselo explicar más claramente, aunque se trate de una exposición forzosamente incompleta.

–El elenco será necesariamente incompleto, porque la espiritualidad del Opus Dei tiende a realizar la unidad de vida, es decir, la unión de acción y contemplación, a través de la práctica de todas las virtudes, humanas y sobrenaturales.

Al contemplar la vida espiritual de nuestro Padre, se pone de manifiesto que su fundamento radicaba, como dijo muchas veces, en el sentido de la filiación divina, que se traduce en un deseo ardiente y sincero, tierno y profundo a la vez, de imitar a Jesucristo como hermano suyo, hijo de Dios Padre. El espíritu de filiación le llevaba a mantenerse siempre en la presencia de Dios, a vivir con absoluta fe en la Providencia, a corresponder serena y alegremente a la Voluntad divina.

Si todos, en cualquier situación y condición, estamos llamados a la santidad –y el Opus Dei ayuda a tomar conciencia de esta realidad y a obrar en consecuencia–, todos estamos llamados a participar de la vida de Cristo. Por tanto, la existencia del cristiano se centra en el Sacrificio eucarístico, donde se da la máxima unión posible del hombre con Cristo.

La profunda percepción de la riqueza del misterio del Verbo Encarnado fue el cimiento sólido de la espiritualidad del Fundador. Comprendió que, con la Encarnación del Verbo, todas las realidades humanas honestas se elevaban al orden sobrenatural: trabajar, estudiar, sonreír, llorar, cansarse, descansar, cultivar la amistad, etc., habían sido, entre tantas otras, acciones divinas en la vida de Jesucristo; podían compenetrarse perfectamente con la vida interior y el apostolado: en una palabra, con la búsqueda de la santidad. Por esto, en su vida –y gracias a su ejemplo, en tantas otras almas–, el esfuerzo por alcanzar la perfección humana en el cumplimiento de los propios deberes se transformó, por obra de la gracia, en oración, en camino de santificación, de ejercicio de las virtudes sobrenaturales y, al mismo tiempo, en fecundo servicio humano, en lucha generosa contra los enemigos del alma.

Por eso, desempeñó siempre sus trabajos con espíritu contemplativo: los ofrecía al Señor al empezar y al terminar, y los regaba de jaculatorias; en suma, transformaba todo en oración.

Como consecuencia, y al mismo tiempo como fuente de la unidad de vida, se alimentaba ininterrumpidamente del sentido de la presencia de Dios y convertía toda la jornada en oración. Solía explicar, ya lo he recordado, que el arma del Opus Dei no es el trabajo, es la oración: por eso convertimos el trabajo en oración. Era un alma contemplativa nel bel mezzo della strada como le gustaba decir en italiano, también cuando hablaba en otra lengua; afirmaba que, para un cristiano corriente, la celda es la calle. Tomaba ocasión de cualquier suceso para elevarlo al orden sobrenatural y convertirlo en tema de su diálogo con Dios. En su plan de vida incluyó, además, lo que llamaba normas de siempre, es decir, algunas prácticas de piedad que penetraban todos los momentos del día alimentando su intimidad con el Señor: presencia de Dios, consideración de la filiación divina, comuniones espirituales, acciones de gracias, actos de desagravio, jaculatorias, que se unían a sus mortificaciones, al estudio, al trabajo, al orden, todo vivido con la alegría de saberse hijo de Dios.

El cuidado de las cosas pequeñas constituye otra línea básica del espíritu del Fundador. Era maravilloso que un corazón tan grande, un alma que voló tan alto y fue protagonista de formidables empresas divinas, fuera capaz de penetrar con tanta intensidad en lo que, como solía decir, se advierte solamente por las pupilas que ha dilatado el amor.

Otros aspectos que completan la fisonomía espiritual del Fundador eran: una piedad doctrinal, alimentada con el estudio de la Fe revelada y con prácticas personales de oración, de sacrificio y de penitencia; una tierna devoción a la Virgen, a San José, a los Santos Ángeles Custodios, a nuestros Patronos y a nuestros Santos Intercesores, a la Iglesia y al Papa; y un profundo respeto a la legítima libertad de los demás.

En la vida de nuestro Padre se unían la oración, la mortificación –oración de los sentidos–, el trabajo y el apostolado: verdaderamente el apostolado era, como enseñaba, superabundancia de la vida interior. Soy testigo de cómo aprovechaba todos los momentos y todas las ocasiones para hablar de Dios; aseguraba que no quería ni sabía hablar de otra cosa.

Afirmaba que la parte más importante y más eficaz de la actividad apostólica de la Obra estaba constituida por el apostolado personal de cada miembro, con su ejemplo y su palabra, en el trato diario con sus amigos y colegas, en el propio ambiente social, profesional y familiar.

Con la Constitución Apostólica Ut sit, del 28 de noviembre de 1982, Juan Pablo II erigió el Opus Dei en Prelatura personal. En conformidad con el carisma fundacional, la Obra fue reconocida por la Iglesia, por tanto, como estructura jurisdiccional secular, de carácter personal –es decir, no territorial–, constituida por un Prelado, sacerdotes incardinados en el Opus Dei y laicos. Con la erección en Prelatura, se cerró un largo iter jurídico, que conoció diversas etapas: en 1941 la Obra fue aprobada como Pía Unión por el obispo de Madrid; en 1943, la erección diocesana de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz permitió la incardinación de sacerdotes procedentes del laicado de la Obra; con las aprobaciones de 1947 y de 1950 como Instituto Secular de derecho pontificio, se aseguró el carácter internacional imprescindible para la expansión apostólica de la Obra.

¿Cómo vivió el Fundador, que no pudo contemplar en la tierra la configuración canónica definitiva del Opus Dei, estos jalones jurídicos de la Obra?

–En el ordenamiento canónico entonces vigente no existía ninguna figura jurídica adecuada a lo que el Señor quería para la Obra, y ni siquiera se entreveía una posibilidad concreta de abrir nuevos caminos. Por esto, nuestro Fundador no se arriesgó en los comienzos a pedir la aprobación formal por parte de la autoridad eclesiástica: en ese caso, al Opus Dei se le habría encasillado, de hecho, dentro de un esquema jurídico inadecuado. Nuestro Fundador se limitó a mantener al corriente de todo al Ordinario de Madrid, y a no dar ningún paso sin su venia y bendición.

La primera aprobación in scriptis se remonta a 1941, y se anticipó en buena medida por la terrible campaña de calumnias desencadenada contra nuestro Fundador después de la guerra civil española. Para deshacer aquellas calumnias, don Leopoldo Eijo y Garay, obispo de Madrid, que ya había intervenido repetidamente de palabra en la defensa del Opus Dei y de su Fundador, decidió comprometer su propia autoridad, y para disipar los equívocos quiso dar una aprobación escrita a la Obra. Con este fin pidió al Padre una copia de los Reglamentos.

Desde el comienzo, el Fundador del Opus Dei se resistió a usar el término “Constituciones” para hablar de los Reglamentos, Estatutos, o Derecho Particular de la Obra; en el lenguaje eclesiástico ese vocablo se utilizaba para designar el ordenamiento propio de los religiosos o del estado de perfección, mientras que el Opus Dei era una realidad eclesial completamente diversa.

Pasaron algunos meses, pero el Fundador no se había decidido aún a comenzar la redacción de los Reglamentos, como le había pedido el obispo. Por fin, ya en 1941, se dio cuenta un día de que, aunque siempre había querido obedecer con lealtad y delicadeza a la autoridad eclesiástica, en esto no estaba obedeciendo a don Leopoldo. Le pidió audiencia inmediatamente y, apenas fue recibido por el Prelado, le explicó: Señor Obispo, me tiene que perdonar, porque le he estado desobedeciendo, sin darme cuenta. Me dijo Vuestra Excelencia que presentase esos papeles y no lo he hecho. No lo he hecho porque no me sentía movido por Dios, pues temo que se pueda causar un perjuicio grave al Opus Dei con una aprobación que no respete su naturaleza teológica, ascética y jurídica. Por otra parte, al comprender que estaba oponiendo resistencia pasiva a esta aprobación, me he llenado de alegría porque pienso que, cualquier fundador que hubiese encontrado tal disponibilidad de su Obispo para aprobar la fundación, se hubiese apresurado a preparar los documentos y a presentarlos. Yo no lo he hecho porque la Obra no es mía, sino de Dios; y si cuando llegue el momento de darle cauce jurídico no está Usted para aprobar la Obra, entonces la aprobará su sucesor. Este episodio me lo contó nuestro Fundador con estas palabras en varias ocasiones.

Sin embargo, el obispo insistió en la necesidad de dar un respaldo oficial a la Obra para defenderla de los ataques de que era objeto; el Padre se sometió a la voluntad del Ordinario, y poco después, el 14 de febrero de 1941, presentó el texto de los Reglamentos para que la Obra fuese reconocida como Pía Unión.

Con esta misma actitud de adhesión a la Voluntad de Dios, nuestro Fundador aceptó las sucesivas configuraciones jurídicas de la Obra, sabiendo conceder, sin ceder, con ánimo de recuperar.

Defendió decididamente el carisma fundacional, obedeciendo a la vez fielmente a la autoridad eclesiástica, y puedo afirmar que la solución definitiva –que, como primer sucesor del Fundador, me ha correspondido llevar a término–, refleja perfectamente las disposiciones que dejó definidas hasta el último detalle.

El principal obstáculo que el Fundador debió superar fue hacer comprender el carácter plenamente secular de la Obra, que de ningún modo puede confundirse o ser asimilado a las órdenes, a las congregaciones, a las asociaciones religiosas. Y esto, no por menospreciar a los religiosos, sino, sencillamente, porque la Obra es, sin ninguna pretensión de exclusivismo, esencialmente distinta de las instituciones religiosas.

–Nuestro Fundador amó siempre, respetó, y en lo que le fue posible ayudó a los religiosos, predicando tandas de ejercicios a religiosos y religiosas, animando a personas que le pedían consejo a seguir la vida religiosa si presentaban síntomas de vocación, y prodigándose por la unidad –que no significa uniformidad– del apostolado, por la que los miembros del Opus Dei rezan a diario.

El Padre no se permitía la menor crítica a otras personas o instituciones de la Iglesia. Desde que le conocí, se lo he oído repetir más o menos con estas palabras: jamás moveré un dedo para apagar una llama que se encienda en honor de Cristo: no es mi misión. Si el aceite que arde no es bueno, se apagará sola.

Entre los miles de episodios que podría citar, me viene a la cabeza que hacia 1940 se presentó en nuestra casa de la calle Diego de León de Madrid, una chica que necesitaba cierta cantidad de dinero como dote para entrar en religión. El Padre comprobó la sinceridad de sus intenciones, y después de hablar conmigo, preguntó a Isidoro Zorzano, que era el administrador, cuánto dinero teníamos en casa; y se lo dio todo a aquella futura novicia.

Por lo demás, los religiosos han comprendido siempre la originalidad pastoral de la Obra. Por ejemplo, sor Lucia, la vidente de Fátima, puso un gran interés en el inicio de nuestra actividad apostólica en Portugal, y ha rezado siempre por la Obra. En 1972 acompañé a nuestro Fundador a ver a sor Lucia, y en aquella ocasión ella le regaló unos millares de folletos que contenían algunas reflexiones sobre la Virgen y el Rosario: el Padre los difundió con gran alegría.


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