El Papa: “Sed anticonformistas”

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Benedicto XVI ha recibido en Audiencia en la Basílica de San Pedro del Vaticano a los más de 3.500 jóvenes que participan en el Forum UNIV. El Santo Padre les ha sugerido que para cambiar el mundo “primero, cambiéis vosotros mismos”. Palabras del Papa y fotos de la audiencia.

Opus Dei - Un momento de  la audiencia celebrada hoy en la basílica de San Pedro.

Un momento de la audiencia celebrada en la basílica de San Pedro.

El Santo Padre ha dicho a los jóvenes que “sólo un serio empeño personal inspirado en los valores del Evangelio, os permitirá responder de modo adecuado a los grandes interrogantes del tiempo presente”. El Papa ha animado a los jóvenes a poner la propia libertad personal al servicio de la verdad.

Benedicto XVI ha continuado: “Ser amigos de Cristo y dar testimonio de Él allí donde nos encontremos, exige el esfuerzo de andar contracorriente, recordando las palabras del Señor: Estáis en el mundo pero no sois del mundo (Jn. 15, 19). Por lo tanto, no tengáis miedo cuando sea necesario ser anticonformistas en la Universidad, en el colegio, o en cualquier lugar”.

“Queridos jóvenes del UNIV -ha añadido el Papa-. Sed sembradores de esperanza en este mundo que anhela encontrar a Jesús, tal vez sin ni siquiera darse cuenta. Para mejorarlo, esforzaos sobre todo por cambiar vosotros mismos, por medio de una vida sacramental intensa, acercándoos especialmente a recibir el sacramento de la Penitencia, y participando con más frecuencia en la celebración de la Eucaristía”.

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“Sed sembradores de esperanza en este mundo que anhela encontrar a Jesús”.

Benedicto XVI ha terminado su intervención con estas palabras: “Encomiendo a cada uno de vosotros y a vuestras familias a la Virgen María, que no cesó nunca de ver el rostro de su hijo Jesús. Sobre cada uno de vosotros invoco la protección de San Josemaría y de todos los santos de vuestros países. Y de corazón os deseo una Feliz Pascua”.

“Live the Family – Home zoom ”

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Bajo el marco “Live the Family”, desde hace 3 años, en el congreso “Incontro Romano” que tiene lugar en Roma durante la Semana Santa, se ha tratado sobre el hogar como ámbito en torno al que surge la familia, y el trabajo doméstico como una de las causas que contribuyen a crear su atmósfera propia.

“Home Management” se centró en la gestión doméstica de la casa, las consecuencias personales y sociales de una adecuada competencia profesional.

 

Opus Dei - Las  participantes acudieron a Roma desde diversos países.
Las participantes acudieron a Roma desde diversos países.

En el 2007, “Home art” resaltó las cualidades artísticas, la sensibilidad y las destrezas necesarias para este trabajo. Para cerrar el ciclo, el Incontro Romano 2008 tuvo como título “Live the Family – Home Zoom”. Se trataba de una aproximación de carácter sociológico y de opinión pública al trabajo del hogar.

Opus Dei - Estudiantes  de la Mikawa Cooking School de Nagasaki (Japón) presentaron un estudio  basado en cómics.
Estudiantes de la Mikawa Cooking School de Nagasaki (Japón) presentaron un estudio basado en cómics.

La literatura, el estudio de civilizaciones, el análisis de una serie de películas y de programas de televisión, han sido los referentes de las ponencias presentadas durante estos días. Destacó el estudio realizado sobre cómics de Mikawa Cooking School de Nagasaki (Japón).

Elisabetta Ciavarella, vicepresidenta de la Cooperativa Social Educatica ELIS, bajo cuyo patrocinio se realiza el Congreso, resaltó que el espíritu de servicio –tan manifiesto en el trabajo del hogar- es el eje central de todo trabajo humano, y la base del trabajo educativo que promueve el ELIS.

Como señalaba san Josemaría Escrivá:

“Las tareas profesionales —también el trabajo del hogar es una profesión de primer orden— son testimonio de la dignidad de la criatura humana; ocasión de desarrollo de la propia personalidad; vínculo de unión con los demás; fuente de recursos; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que vivimos, y de fomentar el progreso de la humanidad entera…
 

Opus Dei - Una ponente  del Atlantika Cultural Centre, de Lagos (Nigeria).
Una ponente del Atlantika Cultural Centre, de Lagos (Nigeria).

- Para un cristiano, estas perspectivas se alargan y se amplían aún más, porque el trabajo -asumido por Cristo como realidad redimida y redentora- se convierte en medio y en camino de santidad, en concreta tarea santificable y santificadora”.

La conferencia principal corrió a cargo de M. Angeles Nogueras, presidente de la asociación holandesa O.F.A. (Organización, Familia e Iniciativa).

Marta Brancatisano cerró la jornada con una intervención en la que destacó la personalidad que se requiere para desempeñar un trabajo que, en la mayoría de los casos, aún suponiendo un gran beneficio para todos, pasa oculto.

Testimonios públicos de San Josemaría sobre el pueblo judío

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Tertulia con San Josemaría Escrivá en Altoclaro (Caracas, Venezuela). 14 de febrero de 1975. Asisten 5.000 personas.

-“Gracias Padre. Padre yo soy hebreo…”

- “Yo amo mucho a los hebreos, porque amo a Jesucristo con locura, que es hebreo. No digo era, sino es: Iesus Christus heri et hodie, ipse et insaecula. Jesucristo sigue viviendo, y es hebreo como tú. Y el segundo amor de mi vida es una hebrea, María Santísima, Madre de Jesucristo, de modo que te miro con cariño. Sigue.”

-“Yo creo que ya la pregunta está respondida, Padre.”

Tertulia con San Josemaría Escrivá en Tabancura (Chile). 5 de Julio de 1974

-“Padre, yo soy judía”

-“Mira, yo te voy a decir una cosa que te va a dar mucha alegría. Yo…, y lo he aprendido de este hijo mío, (señala a Don Álvaro), tengo que decirte que el primer amor de mi vida es un hebreo: Jesús, Jesús de Nazaret. ¡De tu raza! Y el segundo, María Santísima, Virgen y Madre, Madre de ese hebreo y madre mía y madre tuya. ¿Va bien así?

-“Sí Padre.”

Palabras de San Josemaría durante una tertulia en Villa Tevere, el 28 de febrero de 1971. Se conserva grabación magnetofónica.
((Los puntos suspensivos señalan palabras que no se entienden))

Yo quiero mucho a los hebreos; y tenéis bastantes hermanos hebreos —y hermanas— que son maravillosos y generosos. Y hay otros hebreos que son Cooperadores, y son muy generosos… Me acuerdo en este momento de uno muy viejo, que cogió… de otra nación americana y se plantó en México… para que le conociera, que ha regalado un colegio que tienen ahora vuestras hermanas. Ha regalado, pero después se han metido padres de familia, porque no nos interesa tener nada nuestro.

Iroto, un centro de desarrollo para la mujer en Nigeria

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El desarrollo humano y social depende en gran parte de la educación. Compaginar el trabajo, que muchas mujeres africanas deben realizar para mantener la familia, y la formación es el sistema elegido por Iroto para fomentar el desarrollo y la esperanza.

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La Educational Cooperation Society es una organización nigeriana sin ánimo de lucro que tiene como fin poner en marcha proyectos que promuevan la educación, el bienestar social y la dignidad de la persona en conformidad con los principios cristianos. Uno de sus primeros proyectos, Iroto Rural Development Centre, nació hace más de veinte años, cuando los jefes locales de Iloti y de los pequeños poblados de Iroto y Abidagba, que forman parte del Área Municipal de Itamapalo, acordaron asignarle veinte acres de tierra virgen.

“Cuando empezamos en 1986”, relata Jane Ohale, una de las pioneras, “nos dimos cuenta de que teníamos por delante una tarea exigente. La mayoría de las mujeres que viven en el ambiente rural se dedican al cultivo de casabe y el procesamiento de gari. El casabe es el tubérculo del que se hace el gari, alimento básico y fuente de ingresos familiares, pero su cultivo y preparación supone un gran esfuerzo y exige mucho tiempo”.

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Poblado de Iroto. Elaboración del “gari”, friendo la “casavva” después de haberla molido.

En efecto, para obtener los resultados esperados, las mujeres deben labrar manualmente la tierra, sembrar y cosechar. Luego viene un largo proceso de pelar, remojar, moler y freír. El calor del clima tropical junto a la humedad, habitualmente del 90%, hacen su cometido aún más difícil. “Se entiende –continúa Jane- que las mujeres recelasen, al principio, de venir a Iroto para recibir clases. Por nuestra parte queríamos introducir otro tipo de cosechas, por ejemplo el cultivo de frutas y verduras, para así mejorar la dieta familiar”.

Las primeras clases, a pesar todo, fueron un éxito. En poco tiempo, en efecto, las alumnas aprendieron manualidades que les permitieron tener más tiempo para cuidar a sus familias y que a la vez la facilitaron la posibilidad de aumentar sus ingresos y de mejorar así su nivel de vida y el de sus familias. Se empezó por impartir lecciones de puericultura y administración del hogar, y más tarde se desarrollaron programas de agricultura y manualidades. Muchas mujeres manifestaron interés por la costura, la fabricación de alfombras, de jabones, de velas, por aprender a tejer cestas y a confeccionar abalorios y variados tipos de adornos. La idea original preveía que las alumnas pudieran realizar estos trabajos en sus casas, para uso propio o para generar ingresos. Para valorar el impacto que tuvo Iroto entre la población, es conveniente conocer la situación socio-económica de esta parte de Nigeria, en la que las mujeres se casan muy jóvenes y los maridos no suelen destacar por un gran sentido de responsabilidad hacia las necesidades familiares: de hecho, por un motivo u otro, las mujeres terminan por hacer todas las tareas del hogar, también las agrícolas o ganaderas.

La ‘Educational Cooperation Society’, a través de la organización ‘Women’s Board’, se comprometió también a dar cursos de inglés –lengua oficial del país y medio imprescindible para poder comunicarse-, de relaciones humanas, de comportamiento social, etcétera. El contenido de estas clases refleja una visión cristiana de la vida, una concepción del hombre que trasciende la mera satisfacción de las necesidades de subsistencia. En el origen y en la raíz de las actividades educativas que se desarrollan en Iroto están las enseñanzas de san Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, sacerdote que predició la llamada universal a la santidad, a una santidad que se persigue mediante el trabajo y las ocupaciones ordinarias realizadas cara a Dios.

A lo largo de estos veinte años de trabajo en el suroeste de Nigeria, a 100 kilómetros de Lagos, las personas que han trabajado en este proyecto educativo han debido superar no pocas dificultades y barreras. El muro más alto ha sido quizá el de la superstición y la sospecha. No fue fácil que las personas nativas aceptaran ser ayudadas. Paula, que ha estado en Iroto desde 1996, ha experimentado estos recelos: “A pesar de hablar el dialecto Yoruba, los primeros años me costó mucho ganarme la confianza y la amistad de la gente. Pero, ahora ya intercambiamos preocupaciones y alegrías, y puedo decir que soy una de ellos”.

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Un pequeño hospital
Entre las necesidades primordiales de la provincia de Itamapako está la salud. Sin ella, otros posibles planes de solidaridad son irrealizables o pierden efectividad. Por eso, en los terrenos del Centro de Desarrollo Rural Iroto se llevó a cabo la construcción de Abidagba, un centro de salud de primeros auxilios y de cura de enfermedades básicas.

Para construir el centro sanitario Abidagba hizo falta dinero, que se consiguió gracias a la generosidad de muchas personas. Entre los benefactores de Abidagba, se cuenta la familia German Dominick, que, al oír hablar de este proyecto, realizó una significativa donación. Por este motivo, el hospital fue construido en honor de su hijo Andreas, fallecido en un accidente de coche en Alemania, que siempre había mostrado un interés particular por África y por los proyectos de solidaridad que se podían llevar a cabo en este continente. También Manos Unidas, una organización española que impulsa proyectos similares en todo el mundo, colaboró con Abidagba.

El Centro de Salud fue inaugurado el 6 de diciembre de 1996. Han sido necesarios varios años para que el personal médico contara con la confianza de la población. En estos años, los pacientes de Abidagba se han multiplicado y es indudable que los índices de sanidad en la zona se han elevado notablemente. Wachera, enfermera keniana que trabaja en el Centro desde su inauguración, sostiene que poco a poco la cultura sanitaria ha ido calando en las familias. “En muchas ocasiones, la principal causa de la desnutrición de los niños y de las infecciones de los jóvenes era la ignorancia. Gracias a las clases y consejos sobre cómo llevar una vida sana, ha disminuido el número de enfermedades por familia”.

Es evidente que esta educación médica es urgente en África. “Cuando la malaria rebrota, por ejemplo, la gente es capaz de reconocer los síntomas, y saben entonces que tienen que ir al centro de salud para recibir el tratamiento. La malnutrición, que era una dolencia corriente cuando comenzábamos nuestro proyecto, ha desaparecido prácticamente gracias a que ahora conocemos mejor las necesidades nutricionales. La población es pobre, pero pueden sobrevivir y mantener sanos a sus hijos con los productos de la tierra. La mejora que apreciamos es realmente esperanzadora”, explica Wachera.

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Muchas historias
Como señala una de las pioneras de Iroto, “la gente aquí, especialmente las mujeres, tiene una vida muy dura. Intentamos darles formación y los medios necesarios para mejorar la calidad de su trabajo y de su vida familiar”. En Iroto, explica, se tiene muy presente que el desarrollo humano y social del entorno depende en gran parte de la mujer y de su nivel educativo. Es en el hogar donde las personas adquieren los hábitos básicos de conducta y se forjan las virtudes cristianas: se aprende a servir y a trabajar por los demás. En Iroto se conocen muchas historias, de personas y de familias que han encontrado armonía y equilibrio.

Oluwakemi Otesoga, una niña indigente, que estaba parcialmente ciega a causa de una retinopatía congénita. La enfermedad empeoró rápidamente y su madre, sin recursos económicos, estaba desesperanzada. Al tratarse de un caso complicado, una enfermera de Abidagba acudió a una escuela para ciegos, que hay en Lagos, e incluso se procuró los medios para el pago de la matrícula: encontró un benefactor, y gracias a él Oluwakemi pudo estudiar dos años allí y ahora vive en la residencia del colegio para ciegos. “Estoy muy contenta, y enormemente agradecida por lo que han hecho por mí. He aprendido a hacer cestos de caña, bolsos, corbatas y otros complementos. Además, puedo escribir y leer en Braille. He realizado prácticas en el Museo Nacional y es posible que encuentre un trabajo bien remunerado cuando finalice mis estudios en diciembre. Todo este proceso me ha ayudado a madurar como persona, y mi familia también se ha beneficiado”.

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Una asociación de mujeres
Otro de los proyectos que han nacido a la sombra de Iroto es una asociación de mujeres. Por el momento, reúne a 25 jóvenes madres. Todas comparten unas circunstancias biográficas difíciles: mantienen económicamente a la familia y han tenido que abandonar la escuela a muy temprana edad. Sienten la necesidad de enseñar a sus hijos algo distinto del cultivo de un trozo de tierra. “Estoy aprendiendo a escribir y a leer”, dice Agnes, “por mí y sobre todo por lo que podré enseñar a mis hijos”. Esta asociación de mujeres organiza cursos muy variados, en los que las asociadas se forman una cultura mínima. Al comienzo aprenden conceptos básicos de higiene, sanidad y cuidado de los bebés; después participan en clases de cocina, confección y costura.

Iroto ha cedido una parte de sus terrenos a esta asociación para que las mujeres que lo deseen puedan también cultivar vegetales, principalmente okro, ugwu y tomates. En esta hacienda en ciernes se han distribuido tareas y cometidos para la buena marcha de la granja. Por los trabajos bien realizados se dan incentivos, y también se premia la puntualidad en las clases y en la realización de los encargos. Juliet, que primero trabajó en la clínica sanitaria de Iroto, y ahora dedica gran parte de su tiempo al desarrollo de la granja, comenta: “Trabajar bien, con diligencia y responsabilidad, pensando en el porvenir de la familia, ha sido para mí una fortuna inmensa. ¡Qué hubiera sido de mí si no hubiera conocido Iroto!”.

También han manifestado su agradecimiento varias personalidades civiles de la región que valoran positivamente el impacto social de Iroto. Una de ellas es el “Kabiyesi” de Oko Ako, gobernador de 33 poblaciones, que ha declarado: “Estamos muy agradecidos al ‘Women’s Board’ por haber escogido nuestra tierra para poner en marcha el Centro de Desarrollo Rural Iroto. Los resultados están siendo óptimos”. Sir J. F. Adelaja, destacada celebridad en Itamapako, añade: “Iroto ha jugado un papel importante en el desarrollo de esta sociedad rural. Nuestra comunidad ha recibido paz, seguridad, bienestar y más vida cristiana”.

“Sed apóstoles”

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El  14 de junio de 2008, Benedicto XVI se dirigió a los jóvenes en Brindisi (capital de la provincia homónima en la región de Apulia en Italia). “Sois el rostro joven de la Iglesia –dijo el Santo Padre-; no dejéis de ofrecerle vuestra aportación”

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Vista de Brindisi

El Papa recordó que Brindisi, que había sido “un lugar de embarcación hacia Oriente”, sigue siendo “una puerta abierta hacia el mar” y en ese puerto desembarcan ahora numerosos prófugos del Este de Europa, que reciben “refugio y asistencia”.

“Esa solidaridad -subrayó- forma parte de las virtudes que constituyen vuestro rico patrimonio civil y religioso. (…) Entre los valores enraizados en vuestra tierra quisiera recordar el respeto de la vida y especialmente el apego a la familia, expuesta hoy al ataque de numerosas fuerzas que intentan debilitarla. ¡Qué necesario y urgente es, también frente a estos retos, que todas las personas de buena voluntad se comprometan a salvaguardar a la familia, base sólida sobre la que construir la vida de toda la sociedad!”.

Dirigiéndose después a los jóvenes, el Santo Padre afirmó que conocía muy bien tanto sus ganas de vivir como los problemas que les afligían. “Conozco en particular -dijo- el peso que grava sobre tantos de vosotros y sobre vuestro futuro debido al fenómeno dramático del desempleo. (…) Del mismo modo sé que vuestra juventud está asediada por la lisonja de fáciles ganancias, de la tentación de refugiarse en paraísos artificiales o de formas distorsionadas de satisfacción material”.

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“¡No sucumbáis a las insidias del mal! -exclamó-. Buscad ante todo una existencia rica de valores, para dar vida a una sociedad más justa y abierta al futuro. (…) Depende de vosotros (…) que el progreso llegue a ser un bien para todos. Y el camino del bien tiene un nombre: amor”.

“El amor de Dios tiene el rostro dulce y compasivo de Jesucristo. Este es el fulcro del mensaje cristiano: Cristo es la respuesta a vuestras preguntas y problemas. (…) Seguidlo fielmente y para encontrarlo amad a su Iglesia, sentíos responsables de ella, no huyáis de ser, cada uno en su ámbito, protagonistas decididos”.

“Sois el rostro joven de la Iglesia -concluyó Benedicto XVI-; no dejéis de ofrecerle vuestra aportación para que el Evangelio que proclama se difunda por doquier. Sed apóstoles de vuestros coetáneos”.

Logroño. La llamada de Dios

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Las desgracias se sucedieron. En 1914 quebró el negocio familiar —un comercio de tejidos— y los Escrivá tuvieron que trasladarse de ciudad. Se asentaron en la capital de la Rioja, donde Josemaría siguió estudiando el Bachillerato. La actuación de su padre en aquellos momentos difíciles le dejó un caudal de recuerdos inolvidables; recuerdos —comentaba— que me enorgullecen y que no se han borrado de mi memoria (…): anécdotas de caridad generosa y oculta, fe recia sin ostentaciones, abundante fortaleza a la hora de la prueba bien unido a mi madre y a sus hijos.

Era un adolescente estudioso que soñaba con ser arquitecto y construir grandes edificios. Pero Dios tenía otros planes para él. Un día, durante las Navidades de 1917-18, tras una intensa nevada, vio en la Costanilla de la calle Mayor de Logroño algo que le llamó poderosamente la atención: las huellas heladas de unos pies descalzos sobre la nieve. Eran las pisadas de un joven carmelita, José Miguel de la Virgen del Carmen.

Si otros hacen tantos sacrificios por Dios —pensó—, ¿yo no voy a ser capaz de ofrecerle nada?; y entendió en su alma que Dios le llamaba a su servicio. Comencé a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor.

¿Para hacer qué? ¿Dónde? Lo ignoraba. Yo no sabía lo que Dios quería de mí, pero era, evidentemente, una elección. Ya vendría lo que fuera… De este modo, tan sobrenatural como sencillo, Dios le indicó la dirección —la entrega plena—, pero sin señalarle el camino con claridad. Tuvo que rezar, pedir luces, aconsejarse… como todos los que quieren seguir al Señor. Habló con el Padre José Miguel, que le ayudó en aquellos momentos decisivos, y desde entonces guardó un profundo afecto por la Virgen del Carmen y el Carmelo. No sabía qué hacer: sólo tenía presagios, presentimientos, barruntos en el habla aragonesa. Barrunté el Amor, la llamada de Dios, que quería algo. Yo no sabía lo que era.

Tomó una decisión trascendental en su vida con la ayuda de la Virgen, sin esperar la llegada de unas luces meridianas, de unas gracias tumbativas, como las que recibió San Pablo, que Dios no tenía por qué darle. Dios le llamó en la normalidad de lo cotidiano, con un signo en medio de la calle y Josemaría respondió con generosidad plena, demostrando la madurez espiritual de su corazón de adolescente. Mi Madre del Carmen me empujó al sacerdocio. Yo, Señora, hasta cumplidos los dieciséis años, me hubiera reído de quien dijera que iba a vestir sotana. Decidió hacerse sacerdote, algo en lo que no había pensado, para llevar a cabo ese querer de Dios aún desconocido.

Sus padres, como buenos cristianos, respetaron su decisión, y poco tiempo después ingresó en el Seminario de Logroño. Por medio del sacerdocio —intuyó— podría ser fiel a ese algo grande que Dios le pedía; algo, comentaría años después, que todavía estoy paladeando y que me ha endulzado la vida.

Y oraba, de modo incesante: ¡Señor que vea! ¡Señor que sea!

“La Gran Ciudad de Londres”

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

En Logroño, la familia se apiñó todavía más, en parte por la fuerza de las cosas y en parte por el esfuerzo que hacían los padres para que los reveses no alterasen el buen humor y la serenidad de todos. Se instalaron al principio en el cuarto piso -bajo el desván- de un inmueble situado en la calle de Sagasta, junto al puente de hierro sobre el Ebro. Don José había encontrado trabajo con un comerciante, Antonio Garrigosa, que tenía una tienda de telas y prendas confeccionadas. Se llamaba “La Gran Ciudad de Londres” y estaba situada bajo los soportales de la principal calle comercial.

Los comienzos no habían sido fáciles. Tuvieron que instalarse, establecer contactos, relacionarse… Poco a poco, sin embargo, gracias a un colega de su padre, empezaron a ser recibidos en una familia, luego en otra…

Los domingos, iban a pasear por los alrededores de la ciudad, al otro lado del Ebro, por la carretera de Laguardia. A lo lejos, se divisaban las colinas malva y azuladas que, en los meses de invierno, a duras penas lograban mitigar el cierzo. Cuando regresaban, antes de atravesar el puente de hierro que conducía directamente a su casa, aparecía la ciudad, extendida al otro lado del ancho cauce del río; destacaban las dos torres gemelas de la Colegiata y, un poco más a la izquierda, esbelta, y puntiaguda como una espiga, la aguja piramidal y el campanario de la iglesia de Santa María de Palacio, así como el campanario románico de San Bartolomé. La jornada dominical concluía en casa, o en la de algunos amigos, con una merienda o una tertulia en la que se comentaban temas de actualidad.

Primeras amistades

En el Instituto de Logroño, donde prosiguió su bachillerato, Josemaría conoció otros compañeros de estudio y pronto hizo algunas amistades. Los riojanos suelen ser francos y abiertos, como los aragoneses, con los que comparten la pasión por la independencia y la igualdad. La espontaneidad de su lenguaje, de una precisión rabelesiana, es proverbial en toda España. Es la propia de los viñadores de esta región, los cuales, tras la plaga de la filoxera que arrasó las viñas hacia 1870, como en Francia, habían aclimatado cepas importadas de la región bordelesa.

El Instituto se alzaba en una plaza situada al final de la calle del Mercado. Bajo los soportales, bordeando el Ayuntamiento y la Colegiata de Santa María la Redonda, Josemaría no tardaba en llegar hasta la calle en que “La Gran Ciudad de Londres” mostraba sus escaparates. Si quería, podía ir a buscar a su padre y, si no, hacerle una visita antes de regresar a su casa, en la calle de Sagasta. La tienda tenía un entresuelo recubierto de madera oscura que le proporcionaba una cierta elegancia. Don José había sabido encarar la situación con buen ánimo y pronto había empezado a distinguirse por su conciencia profesional, su puntualidad y su amabilidad con los clientes.

Las clases del Instituto se completaban con horas de estudio y de repaso en dos colegios: uno, dirigido por hermanos Maristas, y el de San Antonio, algunos de cuyos profesores seglares enseñaban también en el Instituto. Aunque alegre y divertido, Josemaría era más serio y maduro que la mayoría de sus compañeros de estudios. Uno de sus mejores amigos del Instituto se llamaba Isidoro Zorzano, muchacho inteligente y trabajador. Había nacido en Buenos Aires, adonde sus padres, oriundos de un pueblo de la provincia de Logroño, habían emigrado años antes; pera, siendo Isidoro todavía muy niño, habían decidido regresar a su tierra natal.

El monumento más famoso de Logroño era la Colegiata llamada “La Redonda”, construida sobre un templo romano, poligonal. Las dos torres barrocas flanqueaban una fachada con pórtico, ricamente ornamentado. Las capillas laterales y el deambulatorio estaban repletos de espléndidas obras de arte acumuladas a lo largo de los siglos.

En un enorme lienzo situado en la nave derecha, se ve al futuro San Francisco de Borja, que toma conciencia de la fragilidad de los afectos humanos contemplando horrorizado, en el ataúd, el rostro descompuesto de Isabel de Portugal, esposa del Emperador Carlos V. A su alrededor, los personajes que completan el cuadro se dan la vuelta mientras se tapan la nariz, con expresivo gesto. En un pequeño nicho del deambulatorio, se conservaba también un cuadrito pintado, al parecer, por Miguel Ángel, a quien se lo encargó una viuda rica.

Josemaría había proseguido sin problemas sus estudios de bachillerato en el Instituto, interesándose especialmente por las humanidades: literatura, historia, filosofía… Había empezado a apreciar la poesía medieval y los autores clásicos del Siglo de Oro español, entre ellos Cervantes (cuyas Novelas Ejemplares y su obra maestra, Don Quijote, le encantaban) y los grandes místicos castellanos. También se interesaba vivamente por los acontecimientos de la época, de los cuales oía hablar a su padre y sus amigos: en 1916, la revolución irlandesa, alzamiento de todo un pueblo por su libertad y su fe religiosa, tras varios siglos de persecución; en 1918, el fin de la gran guerra y la difícil instauración de un nuevo equilibrio en una Europa desangrada y exhausta…

Era igualmente la edad en que chicos y chicas empiezan a salir juntos, ocasión que aprovechó su madre para darle un consejo lleno de sabiduría, prudencia y buen humor: -Hijo mío, trata de comportarte siempre bien. Y si un día piensas en cosas serias -si piensas en casarte-, no olvides el proverbio que existe entre nosotros: busca una chica que no sea “ni guapa que encante, ni fea que espante”.

Presentimientos de amor

Pero los primeros impulsos de su corazón, tras muchas vacilaciones, habían terminado por adquirir un sesgo muy distinto.

Una escena en apariencia irrelevante le hizo pensar mucho en lo que es capaz de hacer un hombre cuando su corazón está lleno de amor de Dios… Debió ser durante las vacaciones de Navidad. Hacía mucho frío en Logroño aquel mes de diciembre de 1917. Había estado nevando durante varios días y una espesa capa de nieve helada cubría la ciudad. Al salir de casa, de pronto vio unas huellas de pasos en la nieve, todavía impoluta. No cabía duda: eran las huellas de unos pies desnudos… No tardó en descubrir, a lo lejos, un carmelita descalzo, el Padre José Miguel, cuyo convento estaba en las afueras de Logroño.

Ese encadenamiento de presentimientos y de certezas que llamamos vocación tiene siempre algo de misterioso. El descubrimiento de una generosidad insospechada había hecho cristalizar unos impulsos latentes hasta entonces. A partir de ese momento, ya no pudo disiparlos. Porque estaba cada vez más claro que Dios le pedía una mayor disponibilidad. Pero, ¿cómo lograrla? ¿Tendría que hacerse sacerdote…? Unos meses antes, sólo imaginarlo le hubiese hecho sonreír.

Con todo, no podía dejar de pensar en su futuro, en la carrera que le hubiese gustado seguir. Había dicho a su padre que le gustaría ser arquitecto… ¿Es que unas simples pisadas en la nieve iban a bastar para cambiar por completo el rumbo de su vida?

Sin decir nada a sus padres, durante los meses siguientes se había encaminado varias veces hacia el puente del ferrocarril para ir a ver al Padre José Miguel. Las conversaciones que mantuvo con él no le permitieron ver con claridad, excepto una cosa: no creía que la disponibilidad total que el Señor le pedía -Él sabría por qué- fuese compatible con la vida conventual que le proponía su director espiritual. Éste, con muy buen espíritu, quería persuadirle de que entrar en la Orden Carmelitana sería la mejor manera de responder a la llamada que acababa de experimentar.

Josemaría no sabía adónde le conduciría esa llamada, pero estaba seguro de que no se trataba, en su caso, de una vocación religiosa o monástica, que no era una invitación a abandonar el mundo, y así se lo hizo ver al Padre José Miguel.

Sin embargo, a pesar de que ignoraba cuál sería su camino, no había tratado de ahogar la inquietud que se había ido precisando desde que había visto aquellas pisadas en la nieve.

Fue entonces cuando, con toda naturalidad, movido por el deseo de purificarse más y más, empezó a intensificar las prácticas de piedad que ya le eran familiares. Las constantes invocaciones, las penitencias generosas, la confesión frecuente, la Misa diaria y la Comunión eran para él medios de unirse cada vez más al Señor y de ver con mayor claridad.

Volvió a pensar en hacerse sacerdote, a pesar de su repugnancia inicial. No obstante, la idea se inscribía en la perspectiva de quedar más disponible para “algo” que el Señor le pedía y que seguía sin ver…

Un día, dio el paso definitivo: se lo diría a su padre e ingresaría en el Seminario.. .

La impresión de éste debió ser enorme, pues sin duda no se lo esperaba. Fue la única vez que vio lágrimas en los ojos de su padre. Tras guardar silencio unos instantes, le había dicho, con voz grave:

-Hijo mío, piénsalo bien. Los sacerdotes deben ser santos… Es muy duro no tener casa, no tener un hogar, no tener un amor en la tierra. Piénsalo un poco más… Pero yo no me opondré a tu voluntad.

Sólo más tarde fue capaz de medir plenamente lo que estas palabras habían tenido de heroico en un hombre que tanto había sufrido y que ya había imaginado, para él, un brillante porvenir. Aconsejado por su padre, Josemaría fue a visitar a don Antolín Oñate, Abad de la Colegiata, y a un capellán militar que hacía poco se había establecido en Logroño, don Albino Pajares, reputado por su sabiduría y su piedad. Las perspectivas que le descubrieron no le entusiasmaron: párroco rural, canónigo, miembro de la curia diocesana, director de Seminario… ¡No se veía “haciendo carrera” en los medios eclesiásticos! No obstante, su clara voluntad de responder a una llamada cada vez más apremiante del Señor -aunque siguiera siendo misteriosa- pudo más: sería sacerdote…

Sus padres, como le habían prometido, no se opusieron a su decisión. Sin una sola queja, renunciaron a sus proyectos y abandonaron la esperanza de reconstituir el patrimonio familiar con su ayuda.

Él, por su parte, sintió que su corazón se oprimía cuando, para responder a esa llamada divina que era más fuerte que él, decidió entrar en el Seminario. Como para compensar su ausencia, había pedido al Señor que se dignase enviar a sus padres otro hijo varón para que ocupara su lugar en la familia, porque, cuando él tuviera que irse, sólo quedaría Carmen.

Se inició así una nueva etapa de su vida; una etapa que no era definitiva, sino camino hacia “algo”. No en vano le había dicho su padre: “¿Para qué hacerse sacerdote si no es para ser un sacerdote santo?”

Ni que decir tiene que él no pensaba en el sacerdocio al margen de la busca de la santidad, pero la llamada a servir a las almas se inscribía, en su caso, en el marco de otra vocación, no menos apremiante, que, sin embargo, no lograba identificar. Tal era la razón de que, a pesar del paso que acababa de dar, que creía acertado, continuase sintiendo una extraña sensación de seguir caminando como a ciegas, en busca de una respuesta a su ¿por qué? ¿Para qué voy a hacerme sacerdote? El Señor quiere algo. ¿Qué es? Y no cesaba de repetir, como el ciego de Jericó al paso de Jesús: ¡Señor, que vea! Domine, ut videam! Ut sit! Que sea eso que Tú quieres y que yo ignoro.

Cambio de costumbres

En el curso siguiente, a partir del mes de noviembre de 1918, su vida había quedado ordenada de otra manera. Por la mañana asistía a la Santa Misa en el Seminario, que ocupaba un ángulo de la vasta plaza del Espolón, jardín y paseo próximo al centro de la ciudad. Luego, volvía a casa para desayunar y regresaba al Seminario para asistir a las clases hasta las primeras horas de la tarde.

Aconsejado por el Rector del Seminario y por el obispo, adoptó un plan de estudios personal, acoplado a las materias que le eran familiares por haberlas tocado ya en el Instituto y centrado en el latín -¡al final había topado con él!- y en la filosofía. Algunos preceptores le ayudaban.

El primer año, se limitó a estudiar aquellas asignaturas que resultaban menos problemáticas: historia eclesiástica, arqueología, derecho canónico, teología pastoral, sociología y francés. A1 año siguiente, había abordado la teología fundamental.

Estos nuevos estudios no le habían resultado demasiado difíciles, porque, en realidad, por su formación y su gusto por las humanidades, sabía más que la mayor parte de sus compañeros del Seminario.

A éstos les parecía un tanto reservado. Hizo, sin embargo, muy buenos amigos, que conservó toda su vida. A sus condiscípulos y a sus profesores les hablaba con frecuencia del Instituto que acababa de dejar, así como de la urgente necesidad de insuflar un espíritu auténticamente cristiano a los jóvenes que allí estudiaban, los cuales, al cabo de unos años, serían profesionales e intelectuales que ejercerían gran influencia sobre mucha gente.

Los domingos por la mañana participaba, con los alumnos internos, en la catequesis de la iglesia del Seminario, para los niños de los barrios más pobres. Lo hacía por propia iniciativa, ya que los alumnos externos, como él, no solían participar en ella. Pero se consideraba un seminarista como todos. Y sería sacerdote cuando llegara el momento.

Con todo, seguía teniendo la íntima certeza de que no había ingresado en el Seminario sólo para eso. En los presentimientos que las pisadas en la nieve del carmelita habían avivado en él, anidaba la llamada a algo que, decididamente, no lograba ver. Por eso, rezaba cada vez con más intensidad.

“Señor, ¿qué quieres que haga?”, repetía, haciendo suyas las exclamaciones espontáneas y generosas de los profetas del Antiguo Testamento, cuando Yahvé irrumpía en su vida para pedirles que hiciesen algo grande en su nombre. Y añadía, siempre inspirado en la Biblia: “¡Aquí estoy, Señor, porque me has llamado!” (I Sam. III, 5, 6 y 9).

En esos momentos, le parecía que Dios jugaba con él y le llevaba adonde quería, sin que él se diese cuenta. Ahora, en este 2 de octubre de 1928, lo percibe con toda claridad…

Por los días de su ingreso en el Seminario, su madre les había anunciado, a él y a Carmen, que pronto tendrían un hermanito o una hermanita. Así pues, su audaz petición había sido escuchada, lo cual era una señal más de que todo lo que le estaba sucediendo obedecía a un plan preciso de la Providencia.

Y el 28 de febrero de 1919 nacía su hermano Santiago…

Al año siguiente, en Fonz, volvió a encontrar los amigos y los paisajes de su infancia.

Seguía alimentando la idea de cursar la carrera de Derecho, como su padre le había aconsejado. El proyecto se fue concretando a lo largo del curso escolar 1919-1920 y, a tal efecto, solicitó su traslado al Seminario de Zaragoza. Una media beca que había obtenido completaría la ayuda que sus padres pudieran prestarle.

El martes, 28 de septiembre de 1920, había traspasado el dintel del majestuoso Seminario Mayor de San Carlos, entregando al conserje, un tanto sorprendido, el tabaco y la pipa que utilizaba en Logroño…

Roma, 28 de marzo de 1950

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Rodeado de sus hijos que están en Roma, siguiendo la costumbre de ocultarse y desaparecer, el Padre celebra el veinticinco aniversario de su ordenación sacerdotal.

Muchos recuerdos vienen a su memoria: los primeros barruntos de la Obra, en 1917 y 1918; el seminario de Logroño y luego el de Zaragoza; la ordenación, los primeros años de ministerio sacerdotal y, finalmente, aquel 2 de octubre de 1928 en Madrid, cuando vio en su plenitud lo que Dios quería que hiciese; los comienzos de la Obra; la búsqueda de las almas, una a una, para transmitirles la llamada divina; la falta de decisión de unos, la respuesta generosa de otros, la fidelidad de los primeros…

Y he aquí que, ahora, la cosecha apunta ya en muchos lugares de dos continentes, mientras prosigue la siembra en otros países. ¿Cómo no dar a Dios gracias encendidas?

Como ocurre en todas las familias -y la Obra es una familia de vínculo sobrenatural- los hijos y las hijas sólo conocen a medias lo que ha costado todo eso. Pero no le gusta referirse a ello:

¡Sacrificio, sacrificio! -Claro que seguir a Jesucristo -lo ha dicho Él- es llevar la Cruz. Pero no me gusta oír hablar tanto de cruces y de sacrificio a las almas que aman al Señor; porque, cuando hay Amor, el sacrificio es gustoso -aunque cueste- y la Cruz es la Santa Cruz. -El alma que sabe amar y entregarse así está llena de alegría y de paz. Y entonces, ¿por qué hablar de sacrificio, como buscando un consuelo, si la Cruz de Cristo, que es tu Vida, te hace feliz?.

Ha terminado por ceder al deseo de sus hijos, especialmente de don Álvaro, que querían grabar una lápida -de acuerdo con las costumbres romanas- de sus bodas sacerdotales, pero con una condición: que se ponga en lo alto de la inscripción un borrico… Este borriquillo de noria o ese burro sarnoso bajo cuya figura se ve cuando se dirige a Dios…

Dos etapas jurídicas importantes

Las gestiones previas a la definitiva aprobación pontificia siguen su curso. La documentación presentada por el Fundador de la Obra es estudiada varias veces por grupos de expertos de la Curia romana: primero por una comisión de consultores y luego por el Congreso plenario. Mons. Escrivá de Balaguer hace hincapié en que el decreto de aprobación definitiva tenga en cuenta las características propias del espíritu y de los apostolados del Opus Dei. Entre otros puntos, insiste en que los no católicos, e incluso los no cristianos, puedan ser admitidos como cooperadores de la Obra -no como miembros- y quedar así unidos a su labor apostólica.

“Monseñor, ¡usted siempre pide cosas nuevas!”, le han dicho la primera vez. Porque, ciertamente, la Santa Sede nunca ha admitido que una institución católica incorpore de alguna manera a sus apostolados a personas que no forman parte de la Iglesia. Hasta que, tras una actitud dilatoria, que él considera ya como una aceptación implícita, llega la respuesta positiva.

Otro de los deseos del Fundador es lograr que puedan incorporarse a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz sacerdotes diocesanos formados en los seminarios e incardinados en sus respectivas diócesis.

¿Qué estoy haciendo por mis hermanos sacerdotes?, se pregunta con frecuencia, pues su preocupación por la vida espiritual de los mismos viene de muy lejos. Un sacerdote -recuerda- no se salva ni se condena solo… Desde su época en el Seminario de Zaragoza, conoce la generosidad y el amor de Dios que tienen muchos de sus hermanos en el sacerdocio y desea ardientemente poder ayudarles en una tarea que ellos, con frecuencia, realizan con un heroísmo silencioso.

Le lleva a ello la altísima idea que tiene del sacerdocio ministerial; no en vano, cuando predicaba a sus hermanos sacerdotes en los años cuarenta, solía permanecer de rodillas ante el altar cuando se refería a este tema.

El Fundador está convencido de que la espiritualidad del Opus Dei puede contribuir mucho a que esos sacerdotes se santifiquen en su estado. Pero, ¿cómo incorporarles a la Obra sin alejarles de las diócesis en que trabajan y sin modificar en nada las relaciones y los lazos que les unen a sus obispos respectivos? Las sugerencias que le han hecho algunos expertos en Derecho canónico, así como diversas personalidades de la Curia, no le han parecido satisfactorias. Así, pues, continúa buscando una fórmula, como había hecho hasta el 14 de febrero de 1943, cuando vio cómo tenía que resolver la ordenación de sacerdotes en el Opus Dei.

Con todo, le acucia la urgencia de solucionar este asunto. Siente como si Dios le pidiese hacer algo, y pronto… Por eso, en 1949, después de haberlo madurado en la oración y a pesar del desgarramiento interior que supone para él, había llegado a la conclusión de que sería preciso hacer una nueva fundación orientada específicamente a ayudar a los sacerdotes. Aunque eso significaba, tal vez, tener que abandonar el Opus Dei, la Santa Sede, hecha la correspondiente consulta, le había autorizado a llevar a cabo una nueva fundación.

Inmediatamente, había informado de su decisión a los miembros del Consejo General de la Obra, los cuales, aunque conmovidos y abrumados ante tal determinación, habían decidido respetar la voluntad del Padre.

Mientras se preparaba para dar ese paso, no sin seguir dando vueltas a otras posibles soluciones, había descubierto, de repente, la manera de asociar a los sacerdotes diocesanos a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, sin necesidad de fundar nada nuevo.

La solución, que durante tanto tiempo había buscado y nadie le había sugerido, era muy simple. En efecto: si la vocación al Opus Dei consistía en buscar la santificación a través de las ocupaciones ordinarias -el trabajo familiar y los deberes familiares, en el caso de la mayoría de los fieles- estaba claro que los sacerdotes podían hacer lo mismo, esforzándose, en su caso, en cumplir su ministerio con la mayor perfección posible; la Obra sólo aportaría la ayuda espiritual necesaria para que lo lograsen.

De esta forma, podrían asociarse a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz sacerdotes diocesanos incardinados en sus respectivas diócesis, y continuar dependiendo en todo de su Ordinario. Esos sacerdotes no tendrían “superiores” en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz; su único superior sería el obispo de la diócesis a la que perteneciesen. La Obra se limitaría a proporcionarles ayuda espiritual, con objeto de que pudieran santificarse en su ministerio sacerdotal, el cual llevarían a cabo en dependencia exclusiva de su obispo. Lo único que haría la Obra, con su espíritu de lucha ascética y de estímulo de vida interior, sería reforzar los lazos entre los sacerdotes y la jerarquía. Además, la fraternidad que encontrarían y vivirían en la Obra evitaría el riesgo de que se sintieran solos en un momento u otro de su vida. Finalmente, en virtud de esta nueva llamada, procurarían hacer más fecundo su ministerio y su vida sacerdotal. Lo lograrían gracias a la espiritualidad del Opus Dei, que consiste, para todos, en realizar el trabajo ordinario con la mayor perfección posible, humana y sobrenatural.

El Padre sabe que esta solución -no en vano la había buscado tanto-, tan sencilla en apariencia, tendrá consecuencias muy beneficiosas para los sacerdotes que respondan a esa llamada y para muchos otros que se verán influidos por su palabra y su ejemplo. Y también para los fieles que estén en relación con ellos. Sin duda, la recristianización de la sociedad, tan necesaria, se verá reforzada y acelerada.

Al comprender que así no tendrá que abandonar el Opus Dei, el Padre se ha sentido enormemente aliviado. El Señor, sin duda, le había hecho creer que le pedía ese desgarrador sacrificio, a la manera como había pedido a Abraham que sacrificase a su hijo, para probar su obediencia…

Ludens in orbe terrarum… (Prov. VIII, 30). El Señor había estado jugando con él como juega con los hijos de los hombres a lo largo y a lo ancho de la tierra… Como un padre juega con sus hijos: El niño tiene unos tarugos de madera, de formas y colores diversos… Y su padre le va diciendo: pon éste aquí, y ese otro ahí, y aquel rojo más allá… Y al final, ¡un castillo!

Una aprobación decisiva

El año 1950 trae otra gran alegría al Fundador del Opus Dei. Como culminación de todas las gestiones realizadas y después de que ciento diez prelados de diecisiete nacionalidades -entre ellos doce cardenales, un patriarca y veintiséis arzobispos- enviaran a la Santa Sede cartas de recomendación, el Papa firma el decreto de aprobación definitiva y solemne del Opus Dei el 16 de junio, fiesta del Sagrado Corazón.

El documento, más largo de lo habitual, evoca la rápida extensión de la Obra, que, como en la parábola evangélica, “se ha multiplicado de tal forma que el pequeño grano de mostaza se ha transformado de manera admirable en un árbol frondoso”.

El decreto recoge también los aspectos específicos del espíritu del Opus Dei: la secularidad -que lo distingue de los institutos religiosos-, las virtudes cristianas y humanas que sus miembros se comprometen a practicar, la libertad que éstos tienen en el terreno profesional y político, la filiación divina, que es el fundamento de su vida espiritual…

Tres días después de la publicación del decreto, Radio Vaticana difunde un amplio comentario sobre el mismo en cada una de sus treinta emisiones en distintos idiomas. El Padre escucha en silencio una de ellas, con la cabeza baja, como si no fuera con él…

Al recibir la noticia, había rezado un Te Deum con algunos de sus hijos. Luego, había pedido a todos los que estaban lejos de él, en diversos países, que se unieran a sus acciones de gracias y respondieran a la misericordia divina con un deseo renovado de santidad y de apostolado.

En Villa Tévere y por todo el mundo

Por todas partes empiezan a recogerse los primeros frutos de la siembra. El mismo día en que la aprobación definitiva de la Obra se ha hecho pública -16 de junio- don Adolfo Rodríguez Vidal celebra Misa por vez primera en el oratorio del primer Centro del Opus Dei en Santiago de Chile.

Un día antes, el 15, un norteamericano, Richard Rieman, ha pedido la admisión en la Obra. Acaba de terminar sus estudios en la Universidad y durante la guerra ha prestado sus servicios en la Marina. Unos días más tarde, el Padre le escribe una carta de su puño y letra, hablándole de la bendita responsabilidad que implica su vocación, y que le incumbe particularmente a él, primer miembro de la Obra en los Estados Unidos.

Durante el verano, se amplían los cursos de formación. Los hay en España -concretamente en Molinoviejo-, en Coimbra -Portugal-, cerca de Toormakeady -al oeste de Irlanda-, y también en Castelgandolfo, en Italia.

En este país, la labor del Opus Dei empieza ya a madurar, al igual que ha ocurrido en España desde hace algunos años. Los jóvenes que se reúnen en Castelgandolfo provienen de Roma, de Milán, de Palermo y de otras ciudades italianas. Uno de ellos escribe a otro, que está lejos: “Casi todas las tardes viene el Padre, y la familia se completa. Se queda con nosotros un largo rato y la jornada se hace entonces más intensa, porque el Padre nos comunica su alegría sobrenatural, nos estimula con su ejemplo y nos hace sentirnos más cerca de los demás miembros de la Obra”.

El Fundador aprovecha esos ratos para comunicarles su preocupación por verlos volar cuanto antes con sus propias alas. Los edificios de Villa Tévere, que han permitido iniciar la labor apostólica en Italia, no deberán servir, en el futuro, más que para sede de la dirección central de la Obra, y, provisionalmente, durante algunos años, como sede del Colegio Romano de la Santa Cruz. Así pues, sus hijos italianos tendrán que buscar cuanto antes una casa, porque, si no -les dice-, tendréis que refugiaros bajo los puentes del Tíber…

Las obras de la Sede Central prosiguen, en efecto, tan deprisa como se puede. A mediados de septiembre, las mujeres de la Sección femenina pueden ya instalarse en un edificio independiente, que les servirá de base para sus apostolados propios. Además, desde allí podrán, con las separaciones requeridas, encargarse de algunas tareas domésticas -cocina, decoración, limpieza, etc.- en los edificios ocupados por el Padre y por los miembros varones, como ya lo vienen haciendo en los Centros de la Obra en España y en otros países.

Bajo el manto de Nuestra Señora

El 1.° de noviembre de 1950 se produce la primera vocación a la Obra en Argentina. En ese mismo día, el Padre ha recibido un gozo indescriptible: el Papa Pío XII proclama, en la plaza de San Pedro, el dogma de la Asunción a los cielos de María Santísima. Día de gozo para los católicos del mundo entero, que se complacen al ver definido solemnemente un privilegio de la Virgen. Día de intensa acción de gracias para Josemaría Escrivá de Balaguer, que siempre lo ha puesto todo bajo la protección de Nuestra Señora: su vocación sacerdotal y esta Obra de Dios, tanto antes de que le fuera claramente revelada como después, a medida que ha ido creciendo paso a paso. Ella le ha correspondido con creces, de tal forma que muchas etapas decisivas en la historia de la Obra se han cubierto en fiestas de la Virgen.

Hace ya mucho tiempo, durante una acción de gracias tras celebrar la Santa Misa en la iglesia de Santa Isabel, en Madrid, había escrito unas palabras que ahora ayudan a miles y miles de cristianos a contemplar mejor el misterio de la Asunción, lo mismo que los demás misterios del Santo Rosario:

… María ha sido llevada por Dios, en cuerpo y alma, a los cielos: ¡y los Ángeles se alegran! Así canta la Iglesia (..). Jesús quiere tener a su madre, en cuerpo y alma, en la gloria. -Y la Corte celestial despliega todo su aparato, para agasajar a la Señora (..). La Trinidad Beatísima recibe y colma de honores a la Hija, Madre y Esposa de Dios… -Y es tanta la majestad de la Señora, que hace preguntar a los Ángeles: ¿Quién es Esta ?

La voz del Sumo Pontífice se hace más fuerte en el momento en que pronuncia la fórmula solemne por la que define la verdad de fe: “Con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo, y con la Nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de divina revelación que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”.

Frente a una imagen de madera policromada que preside la sala de estar donde se encuentra, el Fundador del Opus Dei ha oído estas palabras arrodillado…

Molinoviejo, mayo de 1951

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

El 28 de abril de 1951, Mons. Escrivá abandona Roma para pasar unos días en España. Se instala en Molinoviejo, cerca de Segovia, lugar que evoca en él multitud de recuerdos.

El motivo de su viaje es el Congreso General de la Sección de varones del Opus Dei, que se va a celebrar allí.

Con la aprobación definitiva de la Obra, hace apenas un año, la Santa Sede ha confirmado su organización y su forma de gobierno. El dinamismo apostólico del Fundador y su profunda formación jurídica se ponen de manifiesto tanto en la manera como ha querido que la Obra esté gobernada como en su estructura interna, que él mismo describirá a un periodista francés como una organización desorganizada.

En cuanto a la estructura, es de lo más sencilla: en cada una de las Secciones -de hombres y de mujeres-, que funcionan separadamente, siempre con el mismo espíritu, un Consejo, formado por sacerdotes y por seglares, asesora y asiste al Presidente General (desde el 28-XI-82, Prelado, que da y asegura la unidad fundamental de espíritu y de jurisdicción entre las dos Secciones) -que en esta etapa fundacional es el Fundador mismo- en el gobierno de cada una de las Secciones. En cada país o región, un Consiliario (actualmente. Vicario Regional) preside órganos similares.

De arriba abajo, cada escalón de gobierno se limita a estimular el apostolado de todos los miembros y mantener el espíritu propio de la Obra. Porque la actividad esencial del Opus Dei -su razón de ser- no es otra que garantizar la formación de sus miembros y ayudarles a perseverar en el camino al que Dios les ha llamado. En cuanto a sus iniciativas apostólicas, pueden revestir las formas más variadas, ya que la diversidad de situaciones en que cada cual se encuentra es prácticamente inagotable. En consecuencia, la autonomía de los miembros es total no sólo en lo que concierne a sus actividades familiares, profesionales y sociales, sino también en la manera concreta en que se esfuerzan en acercar a Dios a quienes les rodean. A la Obra sólo le interesa que el espíritu sobrenatural que la anima se transmita íntegramente.

De todo ello se deriva una forma de gobierno basada en la descentralización, la delegación de responsabilidades e iniciativas y la colegialidad, lo cual, por otra parte, responde adecuadamente al carácter secular del espíritu del Opus Dei. El Padre confía plenamente en que cada uno de sus hijos sabrá cumplir con su deber y enseña a éstos a hacer lo mismo con los que dependen de ellos en sus tareas de gobierno. Por eso suele decir que tiene más confianza en la afirmación de uno de sus hijos que en la de mil notarios juntos y unánimes.

Una de las normas aprobadas por la Santa Sede prevé que cada Sección organice, periódicamente y por separado, un Congreso General, en el que participarán determinados miembros de la Obra. Tales Congresos darán ocasión a revisar la situación apostólica en cada país o región, formular iniciativas y designar el Consejo general de la Sección de varones o, en su caso, la Asesoría Central de la Sección de mujeres.

El que va a celebrarse, presidido por el Fundador, será el primero de estos Congresos.

“Consummati in unum”

Nada más llegar a Molinoviejo, el Padre tiene la alegría de volver a ver a algunos de sus hijos mayores.

Les habla de Roma, de los apostolados en Italia, del curso de las obras en Villa Tévere… Con la fe y el tono vibrante que le caracterizan, evoca también la expansión futura de la Obra.

Durante los ratos de charla con los miembros del Congreso, y en las meditaciones que les dirige, comenta aquellas palabras del Señor: Consummati in unum… “Para que sean consumados en la unidad y conozca el mundo que Tú me has enviado y los has amado como me amaste a mí” (loh., XVII, 23). Unidad de todos los miembros de la Obra, repartidos ya por un número creciente de países. Unidad profunda de sentimientos y de doctrina, que garantiza la espontaneidad de las iniciativas apostólicas. Unión con la cabeza visible de la Iglesia, el Papa…

Para responder a los testimonios de afecto que le ha enviado el Fundador, Pío XII, por mediación de Mons. Montini, ha enviado el siguiente telegrama: “Soberano Pontífice, vivamente conmovido testimonio filial adhesión Congreso General del Opus Dei, desea luces, gracias divinas sobre trabajos para seguro, eficaz servicio Iglesia, otorgando de todo corazón Vuestra Señoría, congresistas, implorada bendición apostólica”.

Nueva campaña denigratoria

El 12 de mayo de 1951, al regresar a Roma, el Fundador del Opus Dei se encuentra con una mala noticia: a pesar de las aprobaciones de la Santa Sede, las antiguas calumnias vuelven a levantar cabeza, ahora en Italia. Como en España durante los años cuarenta, alguien se ha tomado la molestia de calentar los cascos a las familias de los primeros miembros italianos de la Obra. Confundidos por informaciones engañosas, un puñado de personas han dirigido una carta al Papa acusando al Opus Dei de haber desviado a sus hijos del camino recto… Algo que puede tener graves consecuencias en un momento en el que la Obra acaba de recibir el definitivo respaldo de la Santa Sede.

La injuria es particularmente penosa para el Padre, que siempre ha procurado que sus hijos se muestren llenos de delicadeza y afecto con su familia de sangre. Tanto, que, cuando habla del cuarto mandamiento de la Ley de Dios -”honrar padre y madre”- lo llama el dulcísimo precepto del Decálogo.

Antes de iniciar gestión alguna para contrarrestar las calumnias, escribe en una nota: Roma, 14 mayo 1951. Poner bajo el patrocinio de la Sagrada Familia, Jesús, María y José, a las familias de los nuestros: para que logren participar del “gaudium cum pace” de la Obra y obtengan del Señor el cariño para el Opus Dei.

Unas horas más tarde, mientras visita las obras de Villa Tévere, el Padre cumple su promesa: se detiene en una sala rectangular, destinada a oratorio, y allí, entre aquellos muros todavía encofrados, pone en manos de la Sagrada Familia de Nazaret la solución del problema concreto, y también, de forma más amplia, las familias de todos los miembros de la Obra, actuales y futuros.

Al cabo de unos días, las personas que, de buena fe, habían firmado aquella carta van retirando sus firmas, una a una. Había bastado con explicarles los fines de la Obra y hacerles ver claramente que las informaciones que les habían dado eran falsas.

Una vez terminado aquel oratorio, dedicado a la Sagrada Familia, el Padre mandará colocar, encima del altar, un cuadro de un pintor italiano que representa a la Sagrada Familia de Nazaret y, sobre un muro lateral, una placa en mármol con el texto de la consagración escrita por el Fundador, texto que se leerá todos los años, en la festividad de la Sagrada Familia, en todos los Centros de la Obra:

… Oh Jesús, amabilísimo Redentor nuestro, que al venir a iluminar el mundo, con el ejemplo y con la doctrina, quisiste pasar la mayor parte de tu vida sujeto a María y a José en la humilde casa de Nazaret, santificando la Familia que todos los hogares cristianos debían imitar: acoge benignamente la consagración de las familias de tus hijos en el Opus Dei, que ahora te hacemos (..). Tómalas bajo tu protección y custodia, y haz que se acomoden al divino modelo de tu Sagrada Familia.

Una peregrinación de penitencia

Calmados ya los ánimos, el Fundador del Opus Dei sigue consagrando todas sus energías a la formación de sus hijos e hijas y a sus tareas como Presidente General. Piensa, entre otras cosas, en los que pronto irán a Colombia y en la instalación de una amplia residencia de estudiantes en Londres, la cual podrá ser un foco de irradiación cristiana en toda Inglaterra y en aquellos países que conservan las huellas de la influencia británica. También da vueltas a otros proyectos, como la posible creación de una Universidad en España…

Con todo, sin que nada lo justifique en apariencia, tiene como un extraño presentimiento. Algo así como lo que les sucede a las madres, que tienen como un sexto sentido que les hace adivinar los problemas de sus hijos, aunque se encuentren lejos… Está pasando algo; no sé lo que es, pero algo está sucediendo…

La inquietud del Padre es tanto más viva en cuanto que la falta de elementos objetivos le impide acudir a alguien para defenderse o pedir explicaciones.

En tales circunstancias, su único recurso está en la Madre de Dios. Así, próximo ya el 15 de agosto de 1951, en Castelgandolfo, a donde va con frecuencia, anuncia a sus hijos su propósito de honrar a la Virgen en la fiesta de la Asunción haciendo una peregrinación a Loreto para consagrar toda la Obra a la Señora.

-El día 15 pondré en las manos de María, en Loreto, la Obra entera; colocaré vuestros corazones en la patena y se los ofreceré al Señor. También le ofreceré, por medio de María, a todos los demás hombres y a todos los países del mundo, porque siempre que se trata del Señor soy muy ambicioso. Haremos un viaje rápido, como mortificación.

El 14, en las primeras horas de la tarde, parte en coche hacia Loreto, acompañado por don Álvaro del Portillo y otros dos miembros de la Obra. Hace un calor bochornoso, propio del ferragosto, como dicen los italianos. En esta ocasión, el Padre no habla, ni tampoco canta, como suele hacer cuando viaja. Sus acompañantes respetan su silencio y su recogimiento, asociándose mentalmente a su oración, conscientes de estar viviendo un momento de excepcional importancia.

Cuando, a la caída de la tarde, llegan por fin a Loreto, numerosos peregrinos se dirigen al Santuario. Nada más descender del automóvil, el Padre se encamina hacia la basílica a tal velocidad que los que le acompañan le pierden de vista. Inmediatamente, entra en la Casita de Nazaret, enclavada en el templo (la cual, según la tradición, fue transportada a Loreto milagrosamente) y reza allí fervorosamente, después de leer una y otra vez, con intensa emoción, la inscripción grabada encima del altar de la capilla: “Hic Verbum caro factum est”. Aquí, en una casa construida por la mano de los hombres, en un pedazo de la tierra en que vivimos, habitó Dios.

Al día siguiente, a las nueve de la mañana, celebra la Santa Misa en ese mismo altar de la capilla, pero el ajetreo de la multitud de peregrinos en ese día de la Asunción es tal que le resulta difícil recogerse. Cada vez que, según prescriben las rúbricas, besa el altar, tres o cuatro campesinas lo besan también.

Durante la acción de gracias, prosigue el ajetreo, hasta tal punto que, para evitar los empujones, tiene que refugiarse en un estrecho pasillo situado tras el altar. Pero los peregrinos lo invaden también, a empujón limpio…

El Padre ofrece esas molestias -fruto de la devoción de aquellas gentes- y se concentra en lo que le ha llevado allí: depositar su inquietud en manos de la Virgen; consagrar al Inmaculado Corazón de María el Opus Dei y todos sus miembros: nuestros cuerpos, nuestros corazones y nuestras almas; tuyos somos nosotros y nuestros apostolados; pedirle que mantenga firme y seguro el camino de la Obra…

Pronto, le invade una paz profunda, de tal forma que, cuando abandona el Santuario de Loreto, abriga la convicción de que, si la Obra está amenazada, como confusamente presiente, no hay nada que temer: la Madre de Dios, a la que acaba de consagrar la Obra entera en la “Santa Casa”, velará por ella.

Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum! Corazón dulcísimo de María, prepáranos un camino seguro… ¡Allana las dificultades! ¡Ábrenos el camino!

En Italia, en España, en Portugal

Durante las siguientes semanas, el Padre visita otros Santuarios marianos: Nuestra Señora de Pompeya, cerca de Nápoles; Lourdes, el 6 de octubre de 1951, camino de España, donde va a asistir al primer Congreso General de la Sección de mujeres de la Obra; el Pilar en Zaragoza… En todos ellos, renueva la consagración que ha hecho en Loreto y repite la misma jaculatoria: Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum!

A sus hijas, reunidas en Los Rosales, una casa situada en las proximidades de Madrid, les habla de la expansión de la Obra en el mundo, de la maravillosa aventura que van a vivir si permanecen fieles a los medios sobrenaturales de siempre: oración, mortificación, Sacramentos…

Unos días antes, un joven ingeniero, Bartolomé Roig, ha ido a establecerse en Venezuela y el 11 de octubre, durante su estancia en España, el Padre bendice a don Teodoro Ruiz Jusué, a punto de partir hacia Colombia. Luego, con amoroso impulso, descuelga un crucifijo de mármol que pende sobre su cama y se lo entrega, con dos tomos encuadernados de las obras de San Agustín y un cuadrito con una imagen de la Virgen pintada sobre cobre, regalo de su hermana Carmen. Son los únicos “tesoros” que le puede dar…

El 19 de octubre, procedente de Coimbra, se detiene una vez más en Fátima antes de seguir viaje a Lisboa. Reza intensamente en la capilla de las apariciones y vuelve a consagrar la Obra al Inmaculado Corazón de María.

Fin de una amenaza

El 24 de octubre ya está de nuevo en Villa Tévere, en Roma. Allí le informan de que va a haber que prescindir de los servicios de la empresa constructora, porque no cumple el contrato. Por otra parte, son tales las dificultades financieras que hay que restringir los gastos al máximo. Los alumnos del Colegio Romano dejan prácticamente de fumar y se dirigen a pie a la Universidad o a su lugar de trabajo.

Don Álvaro del Portillo se esfuerza por hacer frente, no sin dificultades, a los vencimientos de los créditos y pide ayuda a diestro y siniestro…

Nadie piensa en reducir, o en renunciar a concluir, los edificios de la sede central de la Obra, porque no es ése el espíritu del Opus Dei, tal y como el Padre se lo ha transmitido a sus hijos: Las obras de Dios no fracasan nunca por falta de medios materiales; si fracasan es por falta de buen espíritu.

Así pues, las obras de Villa Tévere no se interrumpen. A finales de año, el Fundador puede bendecir un oratorio y consagrar el altar de Villa Sacchetti, edificio independiente reservado a las mujeres de la Obra, cuyo oratorio dedica al Corazón Inmaculado de María en recuerdo de la Consagración hecha el 15 de agosto. Porque aquel presentimiento de un peligro que amenaza a la Obra le sigue atosigando, aunque no sabe cuál es…

Hasta que una carta de sus hijos de Milán viene a arrojar un poco de luz: el 18 de febrero de 1952, dos miembros de la Obra -un sacerdote y un laico- habían ido a visitar al Cardenal arzobispo, como solían hacer periódicamente, para tenerle al tanto de sus labores apostólicas. Nada más llegar, el Cardenal Schuster les había preguntado por el Padre.

-¿No tiene ahora una especial contradicción, una Cruz muy fuerte?

Los dos miembros de la Obra le habían respondido que no sabían nada, pero que si era así estaría muy contento, porque siempre había enseñado a sus hijos que cuando se está cerca de la Cruz, se está muy cerca de Jesús…

-No, no -había insistido el Cardenal-. Decidle que recuerde a su paisano San José de Calasanz y… que se mueva.

A1 recibir la carta de sus hijos, lo comprende todo. Conoce bien la historia del Fundador de las escuelas Pías. No en vano había sido en Barbastro alumno de una de ellas, sin olvidar que San José de Calasanz era aragonés y estaba emparentado con su familia…

Aquel santo de su tierra había fundado en Roma una congregación religiosa para instruir y educar a niños de familias humildes, pero, al final de su vida -tenía ya más de ochenta años- había sido víctima de incalificables intrigas, urdidas por uno de sus hijos, el Padre Mario. Éste, engañando al Papa, le había denunciado al Santo Oficio, logrando usurpar su cargo de Superior y que se le expulsara de la congregación que había fundado…

No tarda en recibir datos más concretos: existe, en efecto, un proyecto de desmantelamiento de la Obra que, a diferencia del caso de San José de Calasanz, procede de fuera. Un plan verdaderamente diabólico: se trata de escindir las dos secciones del Opus Dei -masculina y femenina- y de obligar al Fundador no sólo a renunciar a su cargo de Presidente General, sino a apartarse de la Obra.

El proyecto, al parecer, está ya en manos de altas jerarquías del Vaticano. Aprobarlo es tanto como destruir la Obra, porque la unidad de espíritu entre las dos Secciones y la unidad de gobierno, garantizadas por la persona del Presidente General, es algo esencial, que forma parte del carisma fundacional.

El segundo objetivo -la expulsión del Fundador- le hace decir, con lágrimas en los ojos: Si me echan, me matan; si me echan, me asesinan. Se siente como aplastado entre dos planchas de hierro. Si su corazón no estalla es por su ilimitada confianza en Dios y por la seguridad que le proporcionan sus recientes peregrinaciones a los Santuarios de la Virgen.

Se da cuenta, también, de que hay que actuar, debe “moverse”, como le ha aconsejado afectuosamente, por mediación de sus dos hijos de Milán, el Cardenal Schuster.

Oficialmente, sin embargo, el Presidente General del Opus Dei sigue sin saber nada. Además, no puede presentar un recurso contra una decisión que todavía no se ha tomado. Queda la posibilidad de dirigirse personalmente al Papa, haciéndole saber que está al corriente de lo que se trama…

La carta es filialmente, dolorosamente directa. Mons. Escrivá no pide nada para él. Lo único que pide es que, por amor a la justicia, se le hagan conocer abiertamente las acusaciones. El Fundador abre su conciencia de sacerdote enamorado de la Iglesia: no tiene ningún miedo a la verdad. Bien sabe el Padre que se trata de una campaña de calumnias y falsas acusaciones: una inexplicable celotipia ha hecho que, una vez más, se propalen falsedades, con el fin de levantar un clima de sospecha y desconfianza en contra de la Obra. No le importa por su persona; lo que no puede tolerar es la ofensa a Dios y la injusticia que eso supone para con todas sus hijas e hijos, que sirven a la Iglesia con plena fidelidad al espíritu y a las normas expresamente aprobadas por la Santa Sede.

Cuando el Fundador da a leer la carta a don Álvaro del Portillo, éste pide al Padre que le deje firmarla también.

Unos días más tarde, el 18 de marzo de 1952, el Cardenal Tedeschini, encargado de presentar a la Santa Sede los asuntos relacionados con el Opus Dei, lee la carta a Pío XII. Aunque el procedimiento ha sido realmente muy poco usual, el Papa, emocionado sin duda por la excepcional franqueza de Mons. Escrivá y la sinceridad que emana de su misiva, le responde inmediatamente que no es cuestión de que tales propuestas sean aceptadas.

Una vez más, un intento de destruir el Opus Dei ha sido desbaratado.

Para don Josemaría, como para el puñado de miembros de la Obra que saben lo que ha pasado, ha sido la Madre de Dios, ardientemente invocada en Loreto y en otros santuarios marianos, quien ha obtenido esta gracia extraordinaria.

En junio de 1952, el Fundador completa el acto de entrega a la Virgen María del año anterior con una nueva consagración de la Obra, en este caso al Sagrado Corazón de Jesús.

Finalmente, el 26 de octubre, festividad de Cristo Rey, en un pequeño oratorio de la sede central, todavía sin terminar, el Padre pide al Señor que otorgue la paz a la Obra, al mundo, a todos los hombres de buena voluntad: Oh, dulcísimo Jesús (…), al consagrarte nuestra Obra, con todas sus labores apostólicas, te consagramos también nuestras almas con todas sus facultades; nuestros sentidos; nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones; nuestros trabajos y nuestras alegrías. Especialmente te consagramos nuestro pobres corazones, para que no tengamos otra libertad que la de amarte a Ti, Señor.

Es Dios quien lo hace todo…

A pesar de ser muy graves, estos acontecimientos no han obstaculizado en absoluto el desarrollo de los apostolados de la Obra.

A Roma llegan, cada vez en mayor número, estudiantes y jóvenes licenciados que van a profundizar su formación. A comienzos del verano de 1952, el Padre ruega a su hermana Carmen que se traslade a Salto di Fondi -un pueblo situado entre Roma y Nápoles- para atender al cuidado material de una casa de campo, situada junto al mar, donde pasarán una temporada; en tandas sucesivas, grupos de alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz.

En julio, ocho miembros del Opus Dei reciben las sagradas órdenes en una iglesia de Madrid. Poco antes, se ha instalado en Pamplona una escuela de Derecho, semilla de una futura Universidad. Se trata de un antiguo sueño del Padre, para cuya realización ha rezado y trabajado años y años. Para él es claro que si bien el apostolado de los miembros reviste un carácter personal, de amistad y confidencia, en todos los ambientes, será también necesario promover en todos los países algunas actividades orientadas a la educación y a la promoción social. La iniciativa corresponderá a sus hijos o a sus hijas, en colaboración con otras personas. La Obra se limitará a insuflar su espíritu en esas realizaciones, cuya misión consistirá en contribuir a resolver problemas concretos de un país, una región o un sector de la sociedad, constituyendo, al mismo tiempo, instrumentos aptos para difundir la doctrina cristiana y marco propicio al apostolado personal de los miembros de la Obra que en ellas ejerzan su trabajo profesional.

Tal era la finalidad de la Academia DYA, abierta en Madrid en 1933, y de las distintas residencias de estudiantes instaladas desde entonces. Sin embargo, el proyecto actual es más ambicioso, y el Padre espera mucho de él: una Universidad digna de ese nombre, cuya influencia se extenderá no sólo a toda España, sino también a otras naciones.

Poco a poco, buenas noticias empiezan a llegar a Roma, procedentes de los países y ciudades a donde se ha ido en los últimos años.

A comienzos del mes de julio de 1952, algunos de los que habían iniciado la labor en Argentina, tomando como base la ciudad de Rosario, se instalan en Buenos Aires. En agosto, comunican al Padre que se ha producido la primera vocación femenina en aquel país. El 30 de ese mismo mes, un sacerdote parte para Venezuela, y un ecuatoriano que acaba de concluir sus estudios en Roma regresa a su país. Otros dos miembros de la Obra se establecen en Bonn, capital de la Alemania Federal.

En 1953 prosigue la expansión apostólica: se abre en Dublín una Residencia de estudiantes y dos miembros del Opus Dei van a trabajar profesionalmente en Perú y en Guatemala. Finalmente, en París -objetivo del Fundador desde los años treinta- dos miembros de la Sección de varones alquilan un pisito en la calle del Doctor Blanch. En el verano, se les une Fernando Maycas, el joven jurista que ya había residido en París varios años y que ha sido ordenado sacerdote en España. Su instalación definitiva en París marca el comienzo de una labor estable y continuada en Francia.

El Padre realiza un nuevo viaje a España para pasar en Molinoviejo, cerca de Segovia, el 2 de octubre de 1953, fecha en la que se cumple el veinticinco aniversario de la fundación del Opus Dei. En ruta, se detiene en Lourdes para rezar a la Virgen en el mismo lugar donde lo había hecho el 11 de diciembre de 1937, en plena guerra civil, tras el largo y agotador paso de los Pirineos.

Antes de abandonar Roma, ha recibido una bendición especial del Santo Padre mediante una carta del Cardenal Tedeschini, confirmada días más tarde por un telegrama de Mons. Montini, pro-secretario de Estado para los asuntos ordinarios.

En Madrid le esperan sus hijos, para celebrar el aniversario. Porque, en efecto, ha transcurrido un cuarto de siglo desde que vio la Obra por primera vez, mientras repicaban las campanas de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles… Ahora, ya puede contemplarla como el Señor la quería, proyectada en el tiempo -siglos- y haciendo en la historia de la humanidad -humilde y silenciosamente- un surco hondo y ancho, luminoso y fecundo.

Al acercarse este aniversario, había recomendado a sus hijos y a sus hijas que realizasen con mayor empeño su trabaja en ese día, intensificando su oración. Sed -en esta tierra tan llena de rencores- sembradores de alegría y de paz: porque este heroísmo sin ruido de vuestra vida ordinaria será la manera más normal, según nuestro espíritu, de solemnizar las Bodas de Plata de nuestra Madre.

Antes de regresar a Roma, el Padre se acerca a Portugal y luego, pasando por Bilbao, llega hasta París, donde sorprende a sus hijos con su visita, el 24 de octubre. Desciende hacia Italia y pasa por Milán y Loreto.

La expansión de la Obra, que no ha hecho más que empezar, le demuestra, una vez más, que Dios la ha querido. ¡No puedo!, ¡no valgo!, ¡no sé!, ¡no tengo!, ¡no soy nada! repite sin cesar, como en los primerísimos comienzos, durante los días que preceden y siguen al aniversario. Y concluye con el complemento lógico de este acto de fe: Pero Tú lo eres todo.

Este 2 de octubre debe ser para sus hijos un nuevo punto de partida, una ocasión de ampliar el horizonte de su apostolado hasta los últimos rincones del planeta.

Vuestra caridad ha de ser amplia, universal: habéis de vivir de cara a la humanidad entera, pensando en todas las almas de todo el mundo. Esa actividad os llevará a rezar por todos, y, en la medida de vuestras posibilidades, a ayudar a todos.

¿Quién, entre los más antiguos, no rememora, al oír estas palabras, aquel mapamundi de la Residencia de Jenner y aquella cruz que el Padre dibujaba, con sus cuatro brazos en forma de flecha, orientados hacia los cuatro puntos cardinales?

Madrid, 17 de octubre de 1960

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

La basílica de San Miguel, en el corazón del viejo Madrid, está llena a rebosar. Cuando Mons. Escrivá sale de la sacristía para celebrar la Santa Misa, le embarga una gran emoción al contemplar la multitud de fieles, en su mayor parte miembros de la Obra y de edades y condiciones tan variadas como la sociedad misma.

Precisamente en esta misma iglesia había celebrado su primera Misa cuando se traslada definitivamente a la capital de España un día de la primavera de 1927, al llegar procedente de Zaragoza.

En la homilía que pronuncia después del Evangelio, evoca los años ya lejanos en los que completamente solo y lleno de aquellos barruntos divinos que desembocarían en la Fundación del Opus Dei, todavía estaba lejos de imaginar que vería esta iglesia llena de almas que aman tanto a Jesucristo.

La emoción, perceptible en su voz, se propaga como un eco en los corazones.

Una familia que crece

Una atmósfera similar se respiraba la víspera entre los grupos reducidos de personas que había recibido el Padre. Entre ellos, algunos empleados y obreros que venían viviendo desde hacía algún tiempo -meses o años- la vocación específica de la Obra en su trabajo ordinario, llevando a cabo un apostolado activo de presencia y testimonio en su propio ambiente.

Una voz se había alzado durante una de esas tertulias en las que el

Padre había hablado, como siempre, de la necesidad de santificarse en las ocupaciones habituales: “Padre, ¿y los que hemos sido carteristas?”

El que acababa de decir eso, provocando un estallido de risas entre los asistentes, era un antiguo ratero a quien el encuentro con un miembro del Opus Dei le había servido para “reconvertirse”. El Padre, impresionado, no le había dejado terminar: Hijo mío: a mí no me puedes robar la cartera, porque no la tengo; pero me has robado el corazón.

Dirigiéndose a todos los que se encuentran en la basílica de San Miguel, ha hecho una discreta alusión a esa anécdota del día anterior.

Sus palabras son las de siempre, pronunciadas con voz fuerte, como corresponde a las dimensiones de la iglesia: fidelidad a la vocación, renovada día a día; santificación del trabajo; continuo diálogo filial con el Señor; acción responsable en el mundo obrando siempre -según la expresión de San Pablo- con “la libertad de los hijos de Dios”; voluntad de vivir la vida cristiana en todas sus exigencias, sin miedo a basar en ese testimonio discreto y eficaz un apostolado activo y constante: que la vean vuestros parientes, vuestros colegas, vuestros vecinos, vuestros amigos. No hagáis nada raro, que no es propio de nuestra vida. Vivid como los demás, sobrenaturalizando cada instante de la jornada. Que contemplen vuestra alegría en el mundo.

Para ensanchar el afán apostólico de quienes le escuchan, el Padre les pide que recen y ofrezcan sus pequeños sacrificios diarios, así como su trabajo, por la fecundidad del apostolado en aquellos países donde la Obra está iniciando su labor. Piensa seguramente en Colombia, en Venezuela y en Chile, donde algunas hijas suyas acaban de establecerse para trabajar profesionalmente y ejercer el apostolado. Piensa también en el Uruguay, donde se ha iniciado la labor en 1956, y en Suiza -concretamente en Zurich-, donde trabajan desde ese mismo año un sacerdote que había ejercido antes como médico psiquiatra, don Juan Bautista Torelló, y un joven arquitecto, Pedro Turull. Y en Brasil, adonde han llegado los primeros en marzo de 1957; y en Austria, y en Canadá… Y en el Perú, donde otro médico, sacerdote desde 1951, don Ignacio Orbegozo, ha sido nombrado por el Santo Padre prelado nullius de un amplio territorio de 13.000 kilómetros cuadrados, en medio de los Andes, entre picachos de más de 5.000 metros de altitud… Y en Kenya, y en el Japón, donde hay hijos suyos desde 1958…

Por lo que se refiere a España, cuna de la Obra, el desarrollo es tan considerable que para procurar ver a todos sus hijos e hijas y decirles todo lo que les quiere decir ha recibido incansablemente grupos muy numerosos de personas.

En este mismo Madrid, donde el Padre abraza ahora a tantos hijos suyos, algunos de ellos habían fundado, hace cinco años, un club deportivo situado en aquel mismo barrio obrero de Vallecas que don Josemaría solía visitar, para ejercer su ministerio, antes de la guerra civil. El Club Tajamar no había tardado en convertirse en núcleo inicial de un Centro de enseñanza media y formación profesional que, provisionalmente, venía funcionando en unos barracones prefabricados de una antigua vaquería situada en terrenos baldíos. La influencia de este Centro en aquel barrio popular era ya considerable y con el tiempo lo sería mucho más…

En Zaragoza y en Pamplona

Este viaje a España de Mons. Escrivá de Balaguer está motivado, en realidad, por su deseo de asistir a la ceremonia en la que el Estudio General de Navarra va a ser erigido en universidad. Antes, sin embargo, tiene que detenerse en Zaragoza, pues el 21 de octubre va a ser investido doctor honoris causa en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de esa ciudad…

El vasto paraninfo de la Facultad de Medicina, donde se celebra la ceremonia, resulta insuficiente para albergar a los invitados, procedentes no sólo de Zaragoza y otras ciudades próximas, sino de numerosas provincias españolas.

En su discurso de agradecimiento, el Padre evoca los tiempos lejanos en que era seminarista en el gran Seminario de Zaragoza y los años en los que cursaba sus estudios civiles en la Facultad de Derecho. Luego, se recrea en el recuerdo de algunas personalidades aragonesas que habían destacado en la historia de Aragón, de España y del mundo.

Terminada la ceremonia, tarda media hora en llegar a una sala contigua, pues tiene que abrirse camino, casi a viva fuerza, entre la muchedumbre que abarrota el paraninfo.

Al día siguiente, celebra la Santa Misa en la iglesia del Seminario de San Carlos; su emoción es grande al volver a pisar el templo donde había sido ordenado diácono y había dado la comunión a su madre por primera vez.

Y, por fin, Pamplona, objetivo principal de su viaje, la ciudad que, en 1952, había visto nacer la Universidad de Navarra, de manera modesta, pero con el propósito de llegar a convertirse en una institución de enseñanza superior muy fecunda.

A la inicial escuela de Derecho, convertida ahora en Facultad, han venido a unirse otras: la de Medicina, la de Filosofía y Letras, la de Ciencias, la de Derecho Canónico… Y una Escuela de Periodismo y otra de Enfermeras. Incorporados a la Universidad, funcionan también el Instituto de Estudios Superiores de la Empresa, radicado en Barcelona, y una Escuela de Ingenieros, sita en San Sebastián.

Como el Estado español tiene el monopolio de la enseñanza superior, la Santa Sede, utilizando por primera vez la facultad que le otorga el Concordato establecido en 1953, ha erigido el Estudio General de Navarra en Universidad de la Iglesia. El Fundador del Opus Dei, que iba a ser Gran Canciller de la Universidad, habría preferido que hubiese podido conservar su carácter civil, pero había aceptado de momento esta solución, porque así se lo pidieron expresamente en la Santa Sede.

La ceremonia de erección tiene lugar el 25 de octubre en una sala gótica contigua al claustro de la catedral de Pamplona y se inicia con la lectura del correspondiente decreto, fechado el 6 de agosto de 1960 y firmado por el Cardenal Pizzardo en nombre del Papa Juan XXIII. Una vez terminada la ceremonia, el Gran Canciller y el Claustro de profesores abandonan la sala, rodeados de una gran muchedumbre. Como en Zaragoza, Mons. Escrivá de Balaguer se pliega de buen grado a las exigencias del protocolo. Luego, en el nuevo Campus, situado en terrenos cedidos por el Ayuntamiento de Pamplona, asiste a la bendición y colocación de la primera piedra de la Universidad.

Pero no han terminado con eso los actos oficiales, porque esa misma tarde, en el Ayuntamiento, recibe el título de hijo adoptivo de la ciudad.

Nuevo discurso en el que, tras evocar a grandes rasgos la variedad de las tierras de España, confiesa que siente “debilidad” por Navarra. Su tono es cordial, casi íntimo…

De la plaza donde se alza el Ayuntamiento llega el murmullo de la muchedumbre, congregada para aclamar al Padre, y el sonido de una música folklórica. Mons. Escrivá de Balaguer no tiene más remedio que asomarse a un balcón, rodeado de las autoridades allí presentes. Recogido en profundo silencio, contempla a la multitud, que le ovaciona calurosamente. Muchos agitan sus pañuelos y un grupo de bailarines ejecuta una danza regional.

No se trata, sin embargo, de uno de esos homenajes convencionales -mezcla de curiosidad y simpatía- que congregan grandes muchedumbres. Aquí se palpa una intensa corriente de afecto que une al Padre con esos hombres y mujeres de toda edad y condición, que han venido, en algunos casos, desde muy lejos, para testimoniarle su cariño y su reconocimiento.

El Fundador del Opus Dei contempla a todos largamente, profundamente conturbado, casi desconcertado, como si las aclamaciones no fueran con él. Y cuando algunos empiezan a gritar “¡Viva el Padre!”, él corta aquellos vítores proponiendo gritar: ¡Viva el Papa!, ¡Viva Navarra!.

El Nuncio apostólico, Mons. Antoniutti, que asiste a la ceremonia y contempla aquel espectáculo desde el balcón, al lado de Mons. Escrivá, no puede ocultar su emoción…

A1 día siguiente, a mediodía, el Padre celebra la Santa Misa en la catedral, llena también a rebosar. Como en Madrid, dirige algunas palabras a las cinco o seis mil personas allí reunidas, hablándoles de modo fraterno, paterno, materno, con el corazón, con la mente puesta en Dios.

Recordando el Evangelio, tan viejo y tan nuevo, y su propia vocación, sus treinta y tres años de vocación en el Opus Dei, se dirige a sus hijos, a sus hijas, y también a los padres y las madres de ellos, corona del Opus Dei, para pedirles que continúen ayudando a sus hijos, con sus oraciones, a perseverar en su camino.

Finalmente, tras la acción de gracias de la Misa, durante la cual vuelve a pronunciar unas palabras, recibe a centenares de personas en el claustro de la catedral.

No se pueden poner diques al mar…

La presencia de tantos hombres y mujeres -padres y madres de familia en su mayor parte- atestigua el desarrollo de la Obra en España, aunque no han faltado las dificultades, ni todavía faltan. Las antiguas calumnias han cambiado un poco y ahora hay quienes se empeñan en confundir al Opus Dei con un grupo político, basándose en que, desde 1957, dos miembros de la Obra, en el ejercicio de su libertad y responsabilidad personales, han aceptado ser ministros del Gobierno en España.

Mons. Escrivá sufre con una calumnia -a veces, voceada sin mala fe- que niega uno de los aspectos más esenciales de la vocación al Opus Dei: la libertad de pensamiento y acción de que gozan todos y cada uno de sus miembros en las cuestiones temporales. En palabras suyas, la vinculación al Opus Dei es exclusivamente para recibir ayuda espiritual y formación cristiana, y para colaborar en las obras apostólicas de la Obra.

Por lo tanto, el Opus Dei no persigue ningún fin de carácter temporal, ni puede intervenir o solidarizarse con las actividades profesionales, sociales o políticas de sus miembros: son éstas, actividades puramente personales. Por consiguiente, un miembro del Opus Dei no tendrá otras limitaciones en su actuación temporal que las derivadas de los principios éticos comunes a todos los cristianos.

El pluralismo de pensamiento y de acción política de los miembros del Opus Dei -que proceden de países de los cinco continentes y pertenecen a los más diversos estamentos de la sociedad- lo comprenderá con facilidad quien crea sinceramente en la existencia de ideales religiosos y valores morales, capaces de hermanar a todos los hombres en una empresa común, que están por encima -muy por encima- de las divisiones políticas y sociales. Nunca lo entenderá, por el contrario, quien tenga una triste mentalidad intransigente o de partido único, dentro o fuera de la Iglesia. Quizás muchos ignoren que Mons. Escrivá, siendo fiel a la Voluntad

de Dios, por dos veces, en situaciones políticas muy diversas, se ha negado en redondo a fomentar la creación en España de un “partido católico”: en los años treinta, durante los tiempos turbulentos de la Segunda República, y diez años después, durante la posguerra. Lo que le interesa no es el éxito político o social, sino la santidad de sus hijos; si triunfan o no, es un problema suyo. Es lo que había respondido, con viveza, a un cardenal que quiso felicitarle por el nombramiento de un miembro de la Obra para un puesto relevante.

Todo está previsto para que el Opus Dei no se desvíe jamás de esta línea; sus fines son exclusivamente sobrenaturales, y se puede constatar, incluso en España, donde no están reconocidos por entonces los partidos políticos, la variedad de tendencias de aquellos miembros de la Obra que intervienen en la vida pública. Lo cual no quiere decir que no tenga que pasar algún tiempo antes de que las mentes de muchos estén dispuestas a admitir que los católicos puedan asociarse -y se asocien de hecho- para fines que no tienen nada que ver con la política…

Con todo, este deseo de dejar bien sentada la realidad de una característica esencial del Opus Dei no es una de las principales preocupaciones del Padre. Lo que verdaderamente le urge es la expansión de los apostolados por todo el mundo. Por eso, antes de regresar a Roma, se llega hasta París, para animar a sus hijos e hijas.

El Padre llega el 29 de octubre, muy cansado y, al mismo tiempo, muy contento por haber conocido y hablado con tantas personas en tan pocos días. A la primera tertulia con sus hijos, asisten tres franceses. Uno de ellos, que ha estado en Pamplona, le pregunta qué había pensado al ver la multitud que le rodeaba. El Padre responde que en su fe y en su cariño. ¡Qué fe la suya!, repite una y otra vez, refiriendo sólo a Dios aquellas manifestaciones de entusiasmo. Luego, divertido y admirado, cuenta algunas anécdotas acaecidas durante el viaje. Está claro que este encuentro con grupos numerosos de sus hijos le ha conmovido, haciéndole olvidar el sonrojo que ha experimentado al verse convertido en el protagonista, a pesar suyo.

Las anécdotas de su viaje a España se mezclan con relatos de su vida en Roma y con las noticias que le dan sus hijos sobre la marcha de la labor en Francia. El Padre se encuentra a gusto y, como siempre, lleva el peso de aquella reunión de familia.

De pronto, suena el teléfono. Llaman al Padre… Cuando vuelve, trae el rostro demudado: acaban de comunicarle que tres de sus hijos, de regreso de Pamplona, han resultado muertos en accidente de automóvil. Entre ellos, uno de los primeros chilenos, recién ordenado sacerdote.

El Padre se dirige al oratorio, donde reza un responso por el eterno descanso de sus almas; luego se queja filialmente, dolorosamente, como suele hacer en tales casos: Pero, Señor, ¿cómo te llevas a estos hijos? Con la falta que hacen… Tú sabes más. “Fíat, adimpleatur…”.

El tono de la reunión de familia cambia. El Padre habla del Cielo y pide a los que le rodean que acudan a la intercesión de esos tres hermanos suyos que están ya junto al Señor, para que les ayuden a sacar adelante sus apostolados en Francia.

Por la tarde, vuelve al piso del Boulevard Saint-Germain, luego de haber visitado, en los alrededores de París, una casa que puede ser apta para instalar una residencia. A pesar de los esfuerzos que hace por hablar de otras cosas, no se le van de la cabeza los tres hijos suyos que han volado al cielo. Piensa que han hallado la muerte con ocasión de su viaje a Pamplona y eso le hace sufrir mucho.

Nada más saber lo ocurrido, ha redactado una nota advirtiendo a los miembros de la Obra que tienen que viajar en automóvil que no dejen de tomar una serie de medidas de prudencia. Luego, por la tarde, pide que se haga lo necesario para que la familia de una de las víctimas reciba la ayuda económica a que tiene derecho.

Pronto, se advierte que no puede más, y se levanta para marcharse. Sus hijos quedan profundamente emocionados viendo el dolor del Padre y los esfuerzos que hace para dominarse y sacar hondas consecuencias sobrenaturales, aplicando a la letra una frase de San Pablo que suele citar a quienes sufren penas o contradicciones: “Todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios” (Rom. VIII, 28).


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