“El arte puede dar muchas respuestas al ser humano”

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Eva Latonda es madre de tres niños y actriz. Dirige su propia empresa de gestión de eventos y es presentadora de TV.

“Conocí el Opus Dei en mi adolescencia. Pasado un tiempo vi clara mi vocación como supernumeraria del Opus Dei. Actualmente estoy casada y tengo tres hijos. En este tiempo he aprendido mucho de tantas personas buenas que he visto a mi alrededor. La perseverancia, la alegría y un espíritu de lucha deportista te ayudan a ser mejor madre y mejor esposa. Personalmente, creo que lo segundo es mucho más complicado, y precisamente ser del Opus Dei me ayuda mucho en esta tarea.

En el Opus Dei también he aprendido a ser consciente de una realidad que supera todo lo imaginable: ¡Soy hija de Dios! Esa certeza influye en mi trabajo. Las cosas que escribo, que transmito en el escenario, la cámara o el micrófono, adquieren una dimensión distinta, cuando consigo verlas desde esa perspectiva. Sin dogmatizar, sin imponer, sólo proponiendo. Me pregunto ¿Qué es el hombre? ¿Cómo actúa Dios en él? ¿Cuáles son sus deseos y anhelos más íntimos? La respuesta sólo puede ser una: AMOR. Amar con toda el alma: a Dios, a los demás y a uno mismo. Por eso procuro comenzar siempre todas mis actividades profesionales desde el respeto al otro. El arte puede dar muchas respuestas al ser humano. Yo trato de encontrarlas y exponerlas. Por eso soy responsable (en último término) de todos los guiones que representamos en la compañía. Todo esto, que puede parecer complicado de transmitir, muchas veces se traduce en un simple gesto o una idea que se esboza.

Un día cualquiera para mí comienza a las 7 de la mañana. Después de llevar los niños al colegio, hago un rato de oración, si es posible, frente al sagrario, y voy a Misa. Luego miro la agenda y veo qué toca: “Hoy dos actuaciones en un colegio; mañana, una pase de prensa de una película y escribir la crítica, que ya tengo el cierre encima; pasado, una grabación en la televisión; al otro, el estreno de nuestra última obra de teatro, o la reposición de alguna de las ya estrenadas “¡qué nervios! ¿Saldrá bien?”… Tengo suerte, porque mi trabajo, cada día, es una aventura diferente… También tiene sus cruces: inestabilidad económica, jornadas, a veces, sin término, pero la verdad, no podría hacer otra cosa. No estoy hecha para horarios fijos.

Por las tardes me dedico a los niños y, aunque alguien pueda pensar otra cosa, nada de teatro con ellos. “En casa de herrero, cuchillo de palo”. Soy muy seria con la educación de mis hijos y, aunque fomento la creatividad y la imaginación en sus pequeñas cabecitas, no soy nada “payasa” con ellos. En este caso, el “papel” lo representa mi marido. Otro rato de oración por la tarde, y algún que otro rezo, me acompañan siempre. Finalmente cuando los pequeños están en la cama, aprovecho para hablar con mi marido. Luego suelo sentarme en el ordenador a escribir un rato. Siempre tengo alguna historia que desarrollar. A las 11:00 (los días que puedo) un repaso, y a dormir…

Hace algunos años grabé una autopromoción de una cadena de televisión católica, que hacía ver los beneficios de una cadena como esa. El anuncio lo dirigía un sacerdote, buen amigo mío. Junto a mí, otra actriz protagonizaba el spot. Ella no estaba cerca de Dios, pero comenzó a mantener conversaciones con el sacerdote. Hoy esa chica es monja de clausura. Con el tiempo me enteré de que aquella grabación le hizo replantearse algunos conceptos sobre el cristianismo y por eso comenzó a hablar con el sacerdote… Lo gracioso es que yo no recuerdo haber hecho nada especial aquel día…”.

“El arte puede dar muchas respuestas al ser humano”

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Eva Latonda es madre de tres niños y actriz. Dirige su propia empresa de gestión de eventos y es presentadora de TV.

“Conocí el Opus Dei en mi adolescencia. Pasado un tiempo vi clara mi vocación como supernumeraria del Opus Dei. Actualmente estoy casada y tengo tres hijos. En este tiempo he aprendido mucho de tantas personas buenas que he visto a mi alrededor. La perseverancia, la alegría y un espíritu de lucha deportista te ayudan a ser mejor madre y mejor esposa. Personalmente, creo que lo segundo es mucho más complicado, y precisamente ser del Opus Dei me ayuda mucho en esta tarea.

En el Opus Dei también he aprendido a ser consciente de una realidad que supera todo lo imaginable: ¡Soy hija de Dios! Esa certeza influye en mi trabajo. Las cosas que escribo, que transmito en el escenario, la cámara o el micrófono, adquieren una dimensión distinta, cuando consigo verlas desde esa perspectiva. Sin dogmatizar, sin imponer, sólo proponiendo. Me pregunto ¿Qué es el hombre? ¿Cómo actúa Dios en él? ¿Cuáles son sus deseos y anhelos más íntimos? La respuesta sólo puede ser una: AMOR. Amar con toda el alma: a Dios, a los demás y a uno mismo. Por eso procuro comenzar siempre todas mis actividades profesionales desde el respeto al otro. El arte puede dar muchas respuestas al ser humano. Yo trato de encontrarlas y exponerlas. Por eso soy responsable (en último término) de todos los guiones que representamos en la compañía. Todo esto, que puede parecer complicado de transmitir, muchas veces se traduce en un simple gesto o una idea que se esboza.

Un día cualquiera para mí comienza a las 7 de la mañana. Después de llevar los niños al colegio, hago un rato de oración, si es posible, frente al sagrario, y voy a Misa. Luego miro la agenda y veo qué toca: “Hoy dos actuaciones en un colegio; mañana, una pase de prensa de una película y escribir la crítica, que ya tengo el cierre encima; pasado, una grabación en la televisión; al otro, el estreno de nuestra última obra de teatro, o la reposición de alguna de las ya estrenadas “¡qué nervios! ¿Saldrá bien?”… Tengo suerte, porque mi trabajo, cada día, es una aventura diferente… También tiene sus cruces: inestabilidad económica, jornadas, a veces, sin término, pero la verdad, no podría hacer otra cosa. No estoy hecha para horarios fijos.

Por las tardes me dedico a los niños y, aunque alguien pueda pensar otra cosa, nada de teatro con ellos. “En casa de herrero, cuchillo de palo”. Soy muy seria con la educación de mis hijos y, aunque fomento la creatividad y la imaginación en sus pequeñas cabecitas, no soy nada “payasa” con ellos. En este caso, el “papel” lo representa mi marido. Otro rato de oración por la tarde, y algún que otro rezo, me acompañan siempre. Finalmente cuando los pequeños están en la cama, aprovecho para hablar con mi marido. Luego suelo sentarme en el ordenador a escribir un rato. Siempre tengo alguna historia que desarrollar. A las 11:00 (los días que puedo) un repaso, y a dormir…

Hace algunos años grabé una autopromoción de una cadena de televisión católica, que hacía ver los beneficios de una cadena como esa. El anuncio lo dirigía un sacerdote, buen amigo mío. Junto a mí, otra actriz protagonizaba el spot. Ella no estaba cerca de Dios, pero comenzó a mantener conversaciones con el sacerdote. Hoy esa chica es monja de clausura. Con el tiempo me enteré de que aquella grabación le hizo replantearse algunos conceptos sobre el cristianismo y por eso comenzó a hablar con el sacerdote… Lo gracioso es que yo no recuerdo haber hecho nada especial aquel día…”.

Entre marionetas

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Sheila Michel es argentina pero reside en Madrid desde hace años, junto a su marido y sus cinco hijos, con edades entre 17 y 23 años. Es propietaria de un teatro ambulante de marionetas y supernumeraria del Opus Dei.

Sheila nació en Buenos Aires donde trabajó como profesora de Literatura. Cuando llegó a España, decidió cambiar las aulas por el aire libre: actualmente ejerce una profesión no muy corriente: tiene un teatro de marionetas en el conocido parque madrileño del Retiro. Allí se gana la vida los fines de semana y días festivos, representando funciones durante horas con intervalos para descansar un poco.

No es la única de su familia que trabaja en este entretenido, aunque también duro, espectáculo: Daniel, su marido y 4 de sus hijos le acompañan.

Como ella misma señala, no ha desconectado de su anterior profesión “sigo en contacto con los niños y con la literatura; de las 10 obras que representamos, 8 son nuestras”,  Además, los muñecos con los que trabajan son de fabricación propia, es decir, auténtica artesanía.

Sheila conoció el Opus Dei en Argentina, donde asistía a un club juvenil, pero perdió todo contacto hasta muchos años después. Al llegar a España, se establecieron en un pueblo de Ávila y, al crecer los niños, vieron la necesidad de darles buena educación y formación. Sheila acudió a un sacerdote uruguayo, del Opus Dei, amigo de su familia, quien le orientó acerca de colegios, por lo que se trasladaron a vivir a Madrid.

“Quería darles  a mis hijos lo que yo había recibido de mi familia, somos 12 hermanos y mis padres se preocuparon de darnos una buena formación cristiana y humana”, afirma Sheila.

Precisamente fue a través de los hijos como volvió a tener contacto con el Opus Dei.

Cuando se le pregunta qué es lo que más le llama la atención del Opus Dei afirma que es la posibilidad de llegar a Dios a través de las ocupaciones diarias: “Lo que más me enganchó del Opus Dei fue la santificación del trabajo, el poder santificar este trabajo que hago con gusto y agradecimiento a Dios. Adoro mi profesión. Y por supuesto, me encanta ver disfrutar a los niños”.

En el parque del Retiro se queda Sheila haciendo felices a niños y adultos y con ilusión de asistir próximamente a un concurso de títeres “Titiricuenca”, que se celebrará en la ciudad de las “casas colgadas”.

“Hacer el matrimonio atractivo es el resultado de ser felices, de quererse”

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Juanjo Muñoz y Paloma Iñigo son un matrimonio de Zaragoza. Llevan casados 20 años y se conocieron estudiando Biología. En este testimonio cuentan cómo ha influido el Opus Dei en su vida familiar.

Juanjo y Paloma son padres de ocho hijos de edades comprendidas entre 5 y 18 años, cuatro chicos y cuatro chicas. Se conocieron estudiando Biología en la Universidad de Navarra porque, por la cercanía alfabética de los apellidos, estaban muchas veces juntos en prácticas, exámenes, etc. Juanjo venía de Murcia y Paloma de Zaragoza y en mitad de la carrera se enamoraron y empezaron a salir juntos. Se casaron tres años después de acabar la licenciatura, en diciembre de 1985 y, como suele ocurrir, eligieron para vivir el lugar de procedencia de la novia: Zaragoza.

¿Cómo conocisteis el Opus Dei?

J: Conocía el Opus Dei desde hacía años pero no empecé a pensar que Dios me llamaba por esa autopista hasta que algunas personas conocidas me ayudaron a ver que aquello podía ser para mí. Pedí ser de la Obra dos meses después de mi boda y son las dos cosas más importantes que he hecho en mi vida.

P: Sobre mí también influyó el ejemplo de estas personas y otras muchas pero, sobre todo, el enfoque que tomó la vida de Juanjo. Pedí la admisión en diciembre de 1988.

¿Cómo es vuestra vida cotidiana

J y P: Llevamos 20 años de matrimonio que transcurren entre hijos, clases, laboratorio, excursiones, lecturas, congresos, amigos, tareas apostólicas, etc. Es una vida normal, muy llena -a veces, llenísima-. Nos gusta, somos felices, esto es lo que Dios quiere de nosotros.


¿Cuáles son vuestras prioridades?

J y P: Nuestra tarea principal es educar a nuestros hijos. Aunque en nuestras vidas, como en todas, hay momentos en que los trabajos se acumulan y sobreviene el agobio, intentamos no perder de vista que éste y no otro es nuestro trabajo más importante.

Esto requiere esfuerzo, porque para ayudar a los hijos a que adquieran virtudes hay que ir por delante, y ese esfuerzo debe dirigirse en primer lugar hacia nosotros mismos. La clave es que los padres mejoremos como personas. Estamos seguros de que lo fundamental es querernos nosotros y que sin esto es muy difícil, pero con esto está casi todo hecho.

Además ese cariño hay que irradiarlo hacia fuera hoy más que nunca. Hace años tuvimos la suerte de poder estar unos minutos con el Prelado del Opus Dei y nos insistió en el apostolado del amor humano: “Que vean que os queréis”. Hacer el matrimonio atractivo es el resultado de ser felices, de quererse.

Además de educar a vuestros hijos, como padres de familia cristianos, ¿qué hacéis para influir a vuestro alrededor?

J y P: Cada uno desde su sitio puede recristianizar la sociedad. Nosotros desde nuestra situación de matrimonio y padres de familia intentamos transmitir el verdadero significado del matrimonio y la familia. Hasta hace poco hemos estado trabajando en Orientación Familiar. Se trata de hacer pensar a otros, para que después sepan actuar: marcar objetivos, proyectos, distinguir lo importante de lo accesorio, en definitiva, mostrar los valores y lo que es más importante, que sepan encarnarlos, para hacer de los hijos personas virtuosas. Es una tarea apasionante y que nos abre los ojos a los padres y a los educadores en general.

También hoy en día es imprescindible defender la vida humana. Nosotros como biólogos y trabajando en el mundo de la sanidad y la educación nos hemos involucrado en el campo de la bioética. Procuramos profundizar en estos temas de actualidad, como la píldora del día después o la Ley de Reproducción asistida, para transmitir la verdad objetiva ante planteamientos subjetivistas, relativistas y sentimentales. Además de hablar en todos los foros que nos abren la puerta también colaboramos en constituir asociaciones como la Asociación Aragonesa de Bioética o el Foro Aragonés de la Familia.

Mis padres y mi vocación

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¿Quién dijo que las leyes están reñidas con la poesía? Manuel Ballesteros, supernumerario del Opus Dei, cultiva dos profesiones aparentemente dispares: es registrador de la propiedad y un reconocido poeta.

Conocí el Opus Dei en León, en el año 70. Algunos universitarios de la Obra viajaban periódicamente de Valladolid a León. Yo era el mayor de cinco hermanos. Mis padres eran químicos: él trabajaba en la industria azucarera y además era profesor. Había sido durante años articulista de prensa. Mi madre era también profesora. Cultivaban aficiones intelectuales y  hablaban a diario de los libros que estaban leyendo. Recibí de ellos una buena formación humana y cristiana. Recuerdo una ocasión en que mi madre, nos decía emocionada a sus hijos que lo único que quería transmitirnos era la fe. Nos insistían mucho en que un cristiano debe ser responsable en el trabajo y  cumplir con sus deberes familiares y sociales.

Esa formación me facilitó entender el espíritu del Opus Dei. Cuando conocí las enseñanzas de san Josemaría sobre la santificación del trabajo fue como si me abriesen nuevos horizontes: había, sí, que cumplir con el deber, pero ya no a palo seco, sino por motivos más altos, de carácter sobrenatural; debía trabajar mucho y bien, pero no bastaba con eso…

Aprendí a ofrecer el estudio a Dios y a convertirlo en oración. Comprendí que tenía vocación en la Semana Santa del año 71, en Roma, en el centro Elis, durante una meditación sobre la Virgen en que el sacerdote nos repetía de vez en cuando unos versos de Bartolomé LLorens -un poeta miembro del Opus Dei, que falleció muy joven- que me han acompañado siempre:


“Dejó mi amor la orilla
y se perdió en las aguas.
No volvió a la ribera,
Que su amor era el agua”

Por entonces empezaba yo a escribir poesía y tenía una tertulia literaria con varios amigos. Ahora pienso que Dios quiso servirse de aquella incipiente vocación mía para manifestarme su voluntad.

En esa época comencé los estudios de Derecho y desde entonces mi tiempo se ha ido repartiendo entre la literatura y las leyes. Desde 1980 soy registrador de la propiedad y escritor.  El espíritu del Opus Dei me ayuda a armonizarlas entre sí y con los diversos aspectos de mi vida: mi familia, mis amigos, las relaciones sociales…

Mi esposa y mis hijos

A María, mi mujer, la conocí en Asturias, durante mi primer destino profesional. Estudió Derecho como yo, aunque decidió dedicarse por entero a la familia. Este año celebraremos nuestros primeros veinticinco años de casados.

Hemos tenido ocho hijos. Uno de ellos, Santiago, vivió sólo unas horas. Es el patrono de la familia. Los demás tienen entre veintitrés y once años. Ya se puede suponer que nuestra casa es bastante “movida”. Nos ha ayudado mucho en su educación el consejo que nos dieron, al comienzo de nuestro matrimonio, unos amigos nuestros, que eran padres de doce hijos: nos dijeron que debíamos esforzarnos por hacer una comida al día todos juntos por lo menos, con un rato de tertulia, en que cada cual hablase de sus cosas. De esa forma,  toda la familia se enriquece.

Juego al juego de quererte

Con ocasión de las primeras comuniones de mis hijos solía componer algunos versos para los recordatorios. Uno de esos poemas es, quizá, el más conocido de los míos.


Juego al juego de quererte,
de hacer como que te quiero.
Juego al juego verdadero
que has inventado: comerte.

Juego al juego de tenerte
dentro, escondido, callado
y a meterme en tu costado
y a pedirte cosas buenas
y a que me quites las penas
y a acurrucarme a tu lado.

Un hijo mío pequeño me contó que, le había oído a un sacerdote -cuando estaba ayudándole como monaguillo- decir esas palabras en voz baja al Señor Sacramentado.

Pero la mayor parte de mis horas no se las lleva la poesía, sino mi profesión. La búsqueda de la santidad en el trabajo me lleva a esforzarme para que la oficina del registro funcione bien, velando para que se cumplan las leyes y cuidando los aspectos deontológicos y las normas laborales… También me lleva a estudiar y a mantenerme al día en cuanto a la legislación, la doctrina y la jurisprudencia.

He aprendido en el Opus Dei a comenzar mi trabajo haciendo un acto de presencia de Dios. Eso me ayuda a ser consciente de que aquello es más que “papeleo” o que una aplicación mecánica del derecho positivo: es un servicio concreto a la sociedad y a unas concretas personas.

Trabajar con presencia de Dios me estimula a rezar por ellas, una a una: por las que vienen por el despacho, por las que trabajan en la oficina o por aquellas cuyos nombres aparecen en los documentos. Encomiendo a los que intervienen en el documento que tengo que calificar: el comprador, el vendedor, el que pide un préstamo, al fallecido -si es una herencia-,  el Notario, el Juez, el Secretario de Ayuntamiento… Todo, claro está, sin distraerme mi labor esencial de calificación jurídica.

Mi trabajo de escritor

En mi otra vocación, la literaria, también está presente el espíritu del Opus Dei que me ayuda a mantener el equilibrio entre mis ocupaciones, porque la literatura, como la hiedra, tiende a invadirlo todo. Por otra parte, la conciencia de que me debo santificar con la literatura me espolea a buscar el tiempo necesario para leer y escribir.

Mis temas son similares a los de tantos poetas: el paso del tiempo, la contemplación de la naturaleza, la muerte, la relación con Dios, el desamor o el amor, como en este poema:


Qué clase de locura es este bosque

que me ofreces ahora, los jardines
que sólo tienes tú y en que pretendes
me pierda, te me entregue. Ya se adensa
la selva tras de mí como una noche
cerrada y sin caminos. No me queda
ninguna escapatoria. Ni la quiero.


(del libro “Recuerda a un bosque”, Barcelona 2001)

o como este otro:


“No te gustan algunos de los muchos

que albergo en mi interior: a mí tampoco.
Laberinto difícil al que has dado
raramente en querer y que te quiere
con exceso de rostros, tan proclive
a no mirarte a ti, con tantos ojos.

Con tantos ojos, sí, y, al fin, tan ciego”

(del libro “Los primeros avisos”, Madrid, 2002).

Algunos de mis poemas tratan de experiencias cotidianas:


Has llegado hasta aquí con mucho esfuerzo

dejando de apreciar (siempre las prisas)
gestos, personas, circunstancias, cosas.

Y es hora de frenar, de andar despacio,
de dar con otro estilo, de otro temple
más reposado, más sereno: y eso
no porque quede mucho tiempo, sino
precisamente porque ya se acaba
la arena del vivir y están de sobra
todas esas angustias, estrecheces
que te han desdibujado. Quizá puedas,
paseando por el parque, todavía,
donde se filtra el sol, mirar los árboles,
disfrutar del otoño, leer un libro
divertido e inútil, escribirme,
jugar toda la tarde con tus nietos
y otros lujos asiáticos que llevas
lustros enteros despreciando, bobo.

(del libro: “Los primeros avisos”, Madrid, 2002)

Y otros se dirigen a Dios:


Nos das las cosas sin hacer, completas

y al mismo tiempo sin hacer, dejando,
con extraña humildad, con ese gusto
que tienes siempre Tú por los segundos
planos que te enmendemos. Como el bosque
oscuro, confusísimo, que pide
senderos, avenidas, orden, claros.

(del libro “Recuerda a un bosque”, Barcelona 2001).

Disfruto con la literatura y le doy gracias Dios por haberme descubierto que esta aventura literaria forma parte de mi vocación sobrenatural. Puedo santificarme, en medio de tantas dificultades, haciendo justamente lo que me gusta hacer.


Entre Bankog y Singapur la calma

cayó sobre nosotros como una
extraña maldición. Mostró la mar
su rostro más temible, el más oculto,
y en muy pocas jornadas dejó al buque
prácticamente a la deriva entre
los odiosos islotes de esta costa.

Los días eran largos, y las noches
irrespirables como el humo, espesas.

Se apagaban de espanto los fanales

y las lonas pesaban en los palos
como pecados viejos. La silueta
de la isla de Koh-Ring, deshabitada,
inhóspita y huraña aparecía,
a proa o en la popa, un día y otro,
como una sombra de otro mundo. El cólera
hizo, por fin, presa en mis hombres. Nada
podía ya librarnos de la muerte.

Sólo la voluntad, sólo la gracia,
que rasgó el firmamento y se hizo lluvia
y viento y temporal y empujó al barco
hasta abocarlo nuevamente a puerto.

Nos dejamos llevar: igual que antes,
que en la horrible bonanza, nuestras fuerzas
no sirvieron de nada. Y nos salvamos.


(del libro: “Los primeros avisos”, Madrid, 2002)

Y no faltan –para terminar- los poemas que abordan un tema frecuente en la poesía: el sentido de la muerte:


“Y me pondrán sandalias y un anillo

y túnica y pendientes y quizá
también un cuerpo nuevo que reemplace
a éste que ya no sirve para nada,
gastado como está por el dolor
y los experimentos siempre llenos
de buenas intenciones de los médicos.

Y me abrirán las puertas y habrá incluso
un convite en mi honor, un gran banquete,
con música y con vino con amigos
de los que se perdieron en las trampas
de la vida y del tiempo. Y después
un sueño sin zozobras, que restaure,
fértil y duradero. Y me darán
otra vez posesión de todo lo que
me han ido arrebatando cuando iban,
a veces con ternura y otras veces
con violencia inaudita, preparándome
para el día de hoy, para esta fiesta.”

(del libro “Las casas abandonadas”, Sevilla, 2003, VI Premio de poesía “Alegría” del Ayuntamiento de Santander).

Manuel Ballesteros

Mis padres y mi vocación

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¿Quién dijo que las leyes están reñidas con la poesía? Manuel Ballesteros, supernumerario del Opus Dei, cultiva dos profesiones aparentemente dispares: es registrador de la propiedad y un reconocido poeta.

Conocí el Opus Dei en León, en el año 70. Algunos universitarios de la Obra viajaban periódicamente de Valladolid a León. Yo era el mayor de cinco hermanos. Mis padres eran químicos: él trabajaba en la industria azucarera y además era profesor. Había sido durante años articulista de prensa. Mi madre era también profesora. Cultivaban aficiones intelectuales y  hablaban a diario de los libros que estaban leyendo. Recibí de ellos una buena formación humana y cristiana. Recuerdo una ocasión en que mi madre, nos decía emocionada a sus hijos que lo único que quería transmitirnos era la fe. Nos insistían mucho en que un cristiano debe ser responsable en el trabajo y  cumplir con sus deberes familiares y sociales.

Esa formación me facilitó entender el espíritu del Opus Dei. Cuando conocí las enseñanzas de san Josemaría sobre la santificación del trabajo fue como si me abriesen nuevos horizontes: había, sí, que cumplir con el deber, pero ya no a palo seco, sino por motivos más altos, de carácter sobrenatural; debía trabajar mucho y bien, pero no bastaba con eso…

Aprendí a ofrecer el estudio a Dios y a convertirlo en oración. Comprendí que tenía vocación en la Semana Santa del año 71, en Roma, en el centro Elis, durante una meditación sobre la Virgen en que el sacerdote nos repetía de vez en cuando unos versos de Bartolomé LLorens -un poeta miembro del Opus Dei, que falleció muy joven- que me han acompañado siempre:


“Dejó mi amor la orilla
y se perdió en las aguas.
No volvió a la ribera,
Que su amor era el agua”

Por entonces empezaba yo a escribir poesía y tenía una tertulia literaria con varios amigos. Ahora pienso que Dios quiso servirse de aquella incipiente vocación mía para manifestarme su voluntad.

En esa época comencé los estudios de Derecho y desde entonces mi tiempo se ha ido repartiendo entre la literatura y las leyes. Desde 1980 soy registrador de la propiedad y escritor.  El espíritu del Opus Dei me ayuda a armonizarlas entre sí y con los diversos aspectos de mi vida: mi familia, mis amigos, las relaciones sociales…

Mi esposa y mis hijos

A María, mi mujer, la conocí en Asturias, durante mi primer destino profesional. Estudió Derecho como yo, aunque decidió dedicarse por entero a la familia. Este año celebraremos nuestros primeros veinticinco años de casados.

Hemos tenido ocho hijos. Uno de ellos, Santiago, vivió sólo unas horas. Es el patrono de la familia. Los demás tienen entre veintitrés y once años. Ya se puede suponer que nuestra casa es bastante “movida”. Nos ha ayudado mucho en su educación el consejo que nos dieron, al comienzo de nuestro matrimonio, unos amigos nuestros, que eran padres de doce hijos: nos dijeron que debíamos esforzarnos por hacer una comida al día todos juntos por lo menos, con un rato de tertulia, en que cada cual hablase de sus cosas. De esa forma,  toda la familia se enriquece.

Juego al juego de quererte

Con ocasión de las primeras comuniones de mis hijos solía componer algunos versos para los recordatorios. Uno de esos poemas es, quizá, el más conocido de los míos.

Juego al juego de quererte,
de hacer como que te quiero.
Juego al juego verdadero
que has inventado: comerte.

Juego al juego de tenerte
dentro, escondido, callado
y a meterme en tu costado
y a pedirte cosas buenas
y a que me quites las penas
y a acurrucarme a tu lado.

Un hijo mío pequeño me contó que, le había oído a un sacerdote -cuando estaba ayudándole como monaguillo- decir esas palabras en voz baja al Señor Sacramentado.

Pero la mayor parte de mis horas no se las lleva la poesía, sino mi profesión. La búsqueda de la santidad en el trabajo me lleva a esforzarme para que la oficina del registro funcione bien, velando para que se cumplan las leyes y cuidando los aspectos deontológicos y las normas laborales… También me lleva a estudiar y a mantenerme al día en cuanto a la legislación, la doctrina y la jurisprudencia.

He aprendido en el Opus Dei a comenzar mi trabajo haciendo un acto de presencia de Dios. Eso me ayuda a ser consciente de que aquello es más que “papeleo” o que una aplicación mecánica del derecho positivo: es un servicio concreto a la sociedad y a unas concretas personas.

Trabajar con presencia de Dios me estimula a rezar por ellas, una a una: por las que vienen por el despacho, por las que trabajan en la oficina o por aquellas cuyos nombres aparecen en los documentos. Encomiendo a los que intervienen en el documento que tengo que calificar: el comprador, el vendedor, el que pide un préstamo, al fallecido -si es una herencia-,  el Notario, el Juez, el Secretario de Ayuntamiento… Todo, claro está, sin distraerme mi labor esencial de calificación jurídica.

Mi trabajo de escritor

En mi otra vocación, la literaria, también está presente el espíritu del Opus Dei que me ayuda a mantener el equilibrio entre mis ocupaciones, porque la literatura, como la hiedra, tiende a invadirlo todo. Por otra parte, la conciencia de que me debo santificar con la literatura me espolea a buscar el tiempo necesario para leer y escribir.

Mis temas son similares a los de tantos poetas: el paso del tiempo, la contemplación de la naturaleza, la muerte, la relación con Dios, el desamor o el amor, como en este poema:


Qué clase de locura es este bosque

que me ofreces ahora, los jardines
que sólo tienes tú y en que pretendes
me pierda, te me entregue. Ya se adensa
la selva tras de mí como una noche
cerrada y sin caminos. No me queda
ninguna escapatoria. Ni la quiero.


(del libro “Recuerda a un bosque”, Barcelona 2001)

o como este otro:


“No te gustan algunos de los muchos

que albergo en mi interior: a mí tampoco.
Laberinto difícil al que has dado
raramente en querer y que te quiere
con exceso de rostros, tan proclive
a no mirarte a ti, con tantos ojos.

Con tantos ojos, sí, y, al fin, tan ciego”

(del libro “Los primeros avisos”, Madrid, 2002).

Algunos de mis poemas tratan de experiencias cotidianas:


Has llegado hasta aquí con mucho esfuerzo

dejando de apreciar (siempre las prisas)
gestos, personas, circunstancias, cosas.

Y es hora de frenar, de andar despacio,
de dar con otro estilo, de otro temple
más reposado, más sereno: y eso
no porque quede mucho tiempo, sino
precisamente porque ya se acaba
la arena del vivir y están de sobra
todas esas angustias, estrecheces
que te han desdibujado. Quizá puedas,
paseando por el parque, todavía,
donde se filtra el sol, mirar los árboles,
disfrutar del otoño, leer un libro
divertido e inútil, escribirme,
jugar toda la tarde con tus nietos
y otros lujos asiáticos que llevas
lustros enteros despreciando, bobo.

(del libro: “Los primeros avisos”, Madrid, 2002)

Y otros se dirigen a Dios:


Nos das las cosas sin hacer, completas

y al mismo tiempo sin hacer, dejando,
con extraña humildad, con ese gusto
que tienes siempre Tú por los segundos
planos que te enmendemos. Como el bosque
oscuro, confusísimo, que pide
senderos, avenidas, orden, claros.

(del libro “Recuerda a un bosque”, Barcelona 2001).

Disfruto con la literatura y le doy gracias Dios por haberme descubierto que esta aventura literaria forma parte de mi vocación sobrenatural. Puedo santificarme, en medio de tantas dificultades, haciendo justamente lo que me gusta hacer.


Entre Bankog y Singapur la calma

cayó sobre nosotros como una
extraña maldición. Mostró la mar
su rostro más temible, el más oculto,
y en muy pocas jornadas dejó al buque
prácticamente a la deriva entre
los odiosos islotes de esta costa.

Los días eran largos, y las noches
irrespirables como el humo, espesas.

Se apagaban de espanto los fanales

y las lonas pesaban en los palos
como pecados viejos. La silueta
de la isla de Koh-Ring, deshabitada,
inhóspita y huraña aparecía,
a proa o en la popa, un día y otro,
como una sombra de otro mundo. El cólera
hizo, por fin, presa en mis hombres. Nada
podía ya librarnos de la muerte.

Sólo la voluntad, sólo la gracia,
que rasgó el firmamento y se hizo lluvia
y viento y temporal y empujó al barco
hasta abocarlo nuevamente a puerto.

Nos dejamos llevar: igual que antes,
que en la horrible bonanza, nuestras fuerzas
no sirvieron de nada. Y nos salvamos.


(del libro: “Los primeros avisos”, Madrid, 2002)

Y no faltan –para terminar- los poemas que abordan un tema frecuente en la poesía: el sentido de la muerte:


“Y me pondrán sandalias y un anillo

y túnica y pendientes y quizá
también un cuerpo nuevo que reemplace
a éste que ya no sirve para nada,
gastado como está por el dolor
y los experimentos siempre llenos
de buenas intenciones de los médicos.

Y me abrirán las puertas y habrá incluso
un convite en mi honor, un gran banquete,
con música y con vino con amigos
de los que se perdieron en las trampas
de la vida y del tiempo. Y después
un sueño sin zozobras, que restaure,
fértil y duradero. Y me darán
otra vez posesión de todo lo que
me han ido arrebatando cuando iban,
a veces con ternura y otras veces
con violencia inaudita, preparándome
para el día de hoy, para esta fiesta.”

(del libro “Las casas abandonadas”, Sevilla, 2003, VI Premio de poesía “Alegría” del Ayuntamiento de Santander).

Manuel Ballesteros

“Tener una familia grande da bastante trabajo, pero es inmensamente gratificante y puede ser muy divertido”

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John Perrottet vive en Sidney, Australia. Tiene 46 años y está casado con Anne. Trabaja en la industria del turismo.

Una simple observación, en la que muchos no piensan, es que una de las claves para el éxito en el matrimonio es escoger la pareja adecuada. Las enseñanzas de Josemaría Escrivá me llevaron a tomar esta responsabilidad muy en serio. Viviendo en Warrane College cuando era estudiante, pude relacionarme con un buen grupo de personas y estoy muy contento de decir que, gracias a la ayuda de San José, encontré una maravillosa esposa, Anne. Tenemos ahora doce hijos entre las edades de 21 y 3. Este es mi mayor tesoro en la tierra y nunca habría pensado que sería posible, si no fuera por San Josemaría. Es resultado de sus enseñanzas sobre la vocación matrimonial y la generosidad con nuestro Señor en la transmisión de la vida.

Con una familia tan grande siempre hay retos, especialmente con tantos niños tan cercanos en edad. En estos tiempos, la gente tiene que ver que tener una familia tan grande da bastante trabajo pero que es también inmensamente gratificante y puede ser muy divertido. Enseñar a los niños a ser generosos es difícil, pero en una familia numerosa se convierte en una necesidad. Uno de los regalos que hemos recibido en este sentido es que uno de nuestros hijos es también del Opus Dei. Espero que su ejemplo lleve a alguno más de sus hermanos y hermanas a entregar su vida a Dios. Nos daría una gran alegría que recibieran ese don del celibato que impulsa a entregar el cuerpo y el alma al Señor, a ofrecerle el corazón indiviso, sin la mediación del amor terreno.

El ejemplo de la constante visión sobrenatural de san Josemaría ha sido muy importante para nosotros en momentos de prueba. Económicamente ha habido muchos, pero el Señor sabe hasta dónde apretar para que no perdamos nuestra confianza en Él. Quizá nuestro mayor reto haya sido la pérdida de uno de nuestros hijos. Poco después de saber que Anne estaba esperando, descubrimos que Joseph tenía una condición congénita que hacía imposible la supervivencia. Con mucha gracia de Dios, pudimos ofrecerle nuestro bebé a Jesús el mismo día que nació. El Señor nos dio gran serenidad en este tiempo y finalmente el regalo de tener un hijo en el Cielo.

La familia… y cuatro más

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Rosa Ciriquián y Alberto Portilla ya tenían doce hijos cuando decidieron adoptar… a cuatro niñas indias. Rosa, es supernumeraria del Opus Dei, y además de madre, ha sido puericultora, directora de conservatorio y profesora.

“Cuando nos casamos yo no era de la Obra -dice Rosa-, pero Alberto y yo vivimos la llegada de los hijos con alegría y naturalidad, como un matrimonio cristiano. Durante los primeros diecisiete años me dediqué a la casa. Más o menos cada año llegaba un nuevo hijo. Cuando cumplí veintidós nació el primero y cuando tenía treinta y cinco, el undécimo. La última de mis hijas nació cinco años después”.

En ese tiempo, la familia cambió varias veces de ciudad. Al nacer la sexta, se trasladaron a Huelva. “Allí descubrí que tenía ratos libres. Es curioso: cuantos más niños tenía, más sencilla se volvía la vida. A partir del tercero me empezó a sobrar tiempo y esperando el octavo me matriculé en Peritaje Mercantil”.

“Lo de Perito Mercantil tiene su gracia –recuerda Rosa-. Surgió de una apuesta con uno de mis hijos. Un día me comentó que no valía para estudiar, y yo, para animarlo, le dije que hasta su madre podía hacer sus estudios. Hicimos una apuesta y me matriculé. Aprobé el primer año y acabé los estudios al nacer nuestro undécimo hijo. Cuando uno se complica la vida –reflexiona- se da cuenta de hasta dónde puede llegar y aprende a aprovechar el tiempo”.

En Huelva no había conservatorio de música y estaban buscando profesores. A Rosa le ilusionaba promover entre los jóvenes el amor a la música y se unió al grupo promotor. Lo que empezó casi como una broma terminó en Conservatorio. “Comenzamos con diez alumnos y el piano de la abuela, y acabamos con seiscientos. Además, se abrieron otros conservatorios en la provincia. Permanecí diez años como directora del Conservatorio”.

Fue en esa ciudad andaluza donde Rosa descubrió su vocación. “Pedí la admisión como supernumeraria cuando esperaba a la duodécima. Pero había oído hablar de la Obra desde la adolescencia”. Al preguntarle en qué ha cambiado su vida, Rosa contesta: “Hago lo mismo que antes pero con más paz interior, especialmente consciente de que soy hija de Dios y de que nada de lo que me pasa le resulta ajeno. No puedo decir que la vocación a la Obra haya añadido nada particular a mi vocación cristiana: es sólo una forma de subrayar los compromisos del Bautismo”.

Y eso a pesar de los apuros económicos. “Cuando no hay dinero –afirma- no te preocupas de lo superfluo; te conformas con lo esencial: que los niños vayan aseados, que tengan una buena educación. Nosotros no podíamos llevarlos a colegios privados, pero nos preocupamos de integrarnos en el APA para influir en su formación. Por otra parte, no sé qué tenía nuestra casa que tanto atraía a los amigos de mis hijos. Para aprovechar la comida, yo solía hacer puré con legumbres, verduras, pequeños restos que no quería desaprovechar. Nuestros purés se hicieron famosos. A los que venían además les llamaba la atención que en casa cenáramos todos juntos y sentados a la mesa. No hacíamos cosas extraordinarias, pero lo pasábamos muy bien”.

Cuando los mayores empezaron sus estudios universitarios se trasladaron a Sevilla. Allí a Rosa le surgió la oportunidad de impartir clases en Entreolivos, un colegio cuya atención espiritual está encomendada a la Prelatura del Opus Dei, y eso le permitió matricular a sus hijas. En ese colegio permaneció quince años, hasta su jubilación.

Desde la India

La última locura de los Portilla fue la adopción de Shobba, Mamata, Yuneshia y Mónica, que tras su catequesis y bautismo se convertirían en Amparo, Macarena, Carmen y Pilar; cuatro hermanas indias, que han incrementado la familia. “Por esa época –recuerda Rosa- pensé que ya no podía tener más hijos, pero que aún tenía mucho amor de madre que dar. Planteé el tema de la adopción a Alberto y a los niños. Y como todos estamos un poco locos nos gustó la idea, sobre todo a María, la pequeña. La adopción fue un proceso duro y largo. Al cabo de dos años de trámites nos contestaron que teníamos dos niñas preasignadas. Pero cuando fuimos a por ellas vieron que teníamos muchos hijos y pasamos a una lista de espera. La verdad es que regresamos a España apenados y dimos por perdida la adopción”.

Poco después entraron en contacto con la presidenta de una ONG que iba a India para recoger a su hija. A los pocos días les llamó para comunicarles que en su orfanato había cuatro hermanas a las que nadie quería adoptar. Tras estudiar el asunto en “cumbre familiar” concluyeron que donde cabían dos, cabían cuatro.

“Estas hijas han sido un regalo de San Josemaría y de la Virgen. Partieron de India un 2 de octubre (fecha del aniversario de la Fundación del Opus Dei) y aterrizaron en Sevilla el día de Nuestra Sra. del Rosario. Nos han abierto una perspectiva inmensa de generosidad. Han sacado lo mejor de todos, en especial de los hijos. La gente dice que han tenido mucha suerte. Yo digo que la suerte es para nuestra familia”.

Alberto y Rosa tienen quince nietos, uno en el Cielo desde hace un mes. Ahora esperan otros dos. “En ellos vemos la futura juventud. Nos han llenado la casa otra vez de risas y nos enternece oírles preguntar: Abuela, ¿me cuentas un cuento? La verdad es que nos gusta eso de ser abuelos”.

“Entendí que hablar con Dios es como hablar con un padre”

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Cecilia Deustúa nació en Lima en 1951, hija de diplomáticos. Después de recorrer con sus padres más de diez países, conoció en Canadá al que iba a ser su marido. Trabaja como psicóloga clínica en Barcelona. Es madre de ocho hijos y supernumeraria del Opus Dei.

Cómo conocí el Opus Dei

Me enteré que existía el Opus Dei en Canadá. Mis padres eran embajadores en ese país y allí conocí a Víctor, mi futuro marido, que era Supernumerario y trabajaba entonces en la embajada de España. Fue él la primera persona que me habló del Opus Dei.

Mis padres eran católicos, pero en casa había una actitud que daba por supuesto que la piedad era cosa de mujeres. Al terminar el colegio, yo me desprendí de todo ese mundo religioso, que no había calado para nada en mí.

Víctor, en cambio, era un hombre de una gran fe. Cuando iba a regresar a Roma, para presentar mi tesis, me pidió que visitara la tumba de un sacerdote muy bueno, que está enterrado en tal sitio. No tenía idea de que se trataba de San Josemaría. El lugar estaba en la calle Bruno Buozzi, en el barrio del Parioli, donde yo había vivido durante años. Había pasado todos los días por delante de aquella casa, y nunca supe que era la sede del Opus Dei. Para complacer a mi novio, llamé a la puerta de la casa de Bruno Buozzi.

Encuentro con Don Àlvaro

Cuando salía ya e interiormente acababa de despedirme para siempre de aquel lugar, vi entrar a tres sacerdotes. Me fijé especialmente en el que estaba en el centro. Tenía unos ojos muy celestes, una mirada llena de bondad. Supuso que era amiga de alguna de las chicas de la Obra presentes y se dirigió a mí: “las amigas de mis hijas son como hijas mías”. Me impactó la bondad de su mirada. Pregunté como se llamaba el sacerdote: don Álvaro.

A partir de ahí entendí clarísimamente que no soy yo quien ha elegido el Opus Dei, es Dios quien me ha elegido para la Obra.

Cuando llegué a casa le escribí una carta a don Álvaro. Le conté mi historia. No sé por qué lo hice. Pero esa misma tarde llevé la carta a Bruno Buozzi. Esa misma noche, la chica que me había atendido me llamó de parte de don Álvaro del Portillo. Así comenzó mi relación con el Opus Dei. Fue el inicio de un proceso que me llevó a descubrir realmente a Dios.

Mi encuentro con el Opus Dei fue realmente de Dios. Nunca había pertenecido a nada, tenía tal sentido de provisionalidad viviendo cada poco tiempo en un sitio diferente… Encontrarme con el Opus Dei hizo que se reestructurara mi propia existencia, fue como encontrar un camino, encontrar a Dios. La religión me había parecido hasta entonces el refugio de los inseguros. Lo veía todo muy ritualista y empalagoso y me sofocaba, me generaba una cierta aversión. Me quedaba en las formas, no entendía los contenidos. Comencé a entender los porqués, me cambió la vida. A partir de ahí entendí clarísimamente que no soy yo quien ha elegido el Opus Dei, es Dios quien me ha elegido para la Obra.

Para mí rezar era entrar en una iglesia. A través del Opus Dei aprendí a hacer que todo fuera una conversación con Dios, fue algo revolucionario. Entendí que el trato con Dios y la vida cristiana no suponían salir del sitio donde se está. El trabajo, la familia, eran precisamente el entorno donde encontrar a Dios. Al principio, evidentemente me costó adquirir hábitos de piedad, hasta que entendí que hablar con Dios es como hablar con un padre. Para mí estar con Dios es charlar con Él.

Una doble vocación profesional: la Psicología clínica y el hogar

Si no me hubiese podido dedicar a la vida intelectual no hubiera sido feliz, no hubiera sido feliz sin un espacio a mi campo profesional, la Psicología. No siempre he podido dedicarme a la Psicología con la misma intensidad. Ha habido momentos en que la familia me necesitaba y he tenido que dejar mi trabajo para seguir a mi marido y empezar desde cero en otro sitio. Siendo madre de familia numerosa, además, he tenido bastantes problemas. No podía tener un trabajo profesional cualquiera, de esos de fichajes y horarios largos. He tenido que trabajar a horas convenidas, tanto en Roma como en Barcelona he tenido despachos privados. En Italia, con un neuropsiquiatra catalán. En Barcelona, primero trabajé en una clínica, y en varias cosas, hasta que pude montar un despacho con un psiquiatra. Ahora es un gabinete que ha crecido mucho. Podemos atender a muchas personas, desde niños a ancianos, en el ámbito psiquiátrico y en el ámbito de psicoterapia.

Hay que respetar mucho la libertad de las personas, pero si me abren las puertas y me lo posibilitan -y lo hacen muchas personas- puedo introducir también el aspecto espiritual, porque forma parte de la vida del ser humano.

Siempre digo que lo nuestro no es un trabajo profesional, es una misión. Una misión especialmente bella porque te permite consolar, te permite hacer bien, en concreto, a personas concretas. No es un trabajo de exhibición, pero es un trabajo de una alta gratificación.

Puedes actuar a muchos niveles. La buena educación es la base para sacar adelante a una persona, para que entienda valores, reestructurar su personalidad, reorientar su propia vida, aunque sólo sea humanamente hablando. Si no hay una enfermedad mental que impida u obstaculice la percepción de la vida de una persona, si se puede hacer con ella este tipo de labor, aunque solo sea en los primeros substratos, es enormemente positivo. Cualquier persona que se equilibre tenderá siempre a la Verdad y podrá potenciar la dotación vital, es decir, sus talentos no desarrollados.

Hay que respetar mucho la libertad de las personas, pero si me abren las puertas y me lo posibilitan -y lo hacen muchas personas- puedo introducir también el aspecto espiritual, porque forma parte de la vida del ser humano. Y como forma parte de la vida del ser humano y a mí lo que me importa es su vida íntegra, si a ella le importa, yo hablo también de esto. Pero aunque solamente hables en el ámbito humano, muchas de estas personas ya están orientadas a la búsqueda de la verdad. No nos inquieta a qué punto lleguen ni en qué circunstancias se encuentren porque siempre se puede hacer algo por ellas. Siempre, siempre.

La formación de los hijos

Gracias a nuestros hijos, mi marido y yo hemos podido hacer tantas cosas. Al contrario de lo que suele decirse, la familia numerosa es lo que ha multiplicado nuestras habilidades, porque por ellos hemos trabajado y por trabajar nos hemos multiplicado. Gracias a nuestros hijos y al esfuerzo que ha supuesto para nosotros dos hemos podido progresar dentro de lo que cabe. Hubiéramos podido tener una vida mucho más cómoda, pero de menos calidad humana.

Para educar a los hijos, lo importante es la formación personal. En qué te quieres convertir. A quien quieres ver en el espejo cuando te levantas ¿Quieres ver una persona buena, educada, generosa? Pues constrúyela. Descubrir que uno puede construir eso es maravilloso. A los hijos les ayuda percibir un testimonio de lucha de los padres, no un testimonio de perfección, sino de lucha, en el que caben los errores, cabe recomenzar… Todo esto he aprendido en el espíritu del Opus Dei y es lo que intento vivir.

“Estoy en la ‘la fase A’ de los abuelos”

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Jaume Pujol es padre de siete hijos y tiene cinco nietos. Este barcelonés, supernumerario del Opus Dei, nos explica la experiencia de sacar adelante una familia, y sus primeros pasos en el papel de abuelo

Hace ya muchos años, hacia 1959 o 1960, cuando fui por primera vez por un centro del Opus Dei, el Palau, me dijeron: “Mira Jaume: tú verás lo que haces, porque aquí nadie te va llamar para que sigas viniendo para formarte”. Y es curioso: aunque hasta aquel momento yo no había sido constante en nada, comencé a ir regularmente por allí a los medios de formación cristiana, sin que nadie me lo recordara, especialmente a las meditaciones que predicaba un sacerdote ya fallecido, don Remigio Abad, que tenían lugar los sábados por la tarde.

Poco después me eché novia y comencé a salir con la que ahora es mi esposa. Al principio no sabía qué hacer, porque yo deseaba seguir asistiendo a las meditaciones de las tardes de los sábados, y las novias suelen pedir esas tardes “en exclusiva”… Se solucionó cuando ella comenzó a ir a Pineda, un centro para chicas, donde también tenían meditación los sábados por la tarde.

Durante ese tiempo nos planteamos los dos por nuestra cuenta la posibilidad de ser del Opus Dei. Hablamos del asunto y quedamos en que cada cual decidiría lo que quisiera y que no hablaríamos más del tema hasta que nos hubiéramos casado. Y aunque ese tipo de acuerdos entre novios no suelen cumplirse casi nunca, en nuestro caso se cumplió. En otros temas no; y nos pasó como a tantos novios, que hablan de todo menos de lo más importante… Pero a eso me referiré más adelante.

“Hay muchos casados que desean que les hablen del matrimonio de forma clara, realista, y al mismo tiempo, positiva”

La vida es así. Por ejemplo, nosotros no queríamos un noviazgo largo y por unas cuestiones y otras, estuvimos seis años esperando a casarnos. Y aunque hablamos de mil cosas durante ese tiempo –porque seis años dan para mucho-, no hablamos nunca, por ejemplo, de temas tan vitales como sobre si deseábamos tener muchos hijos o pocos.

Durante el viaje de novios pasamos por Roma, donde nos recibió San Josemaría. Fue un encuentro decisivo para los dos. Nos preguntó de forma muy cariñosa por nuestros padres y por nuestro viaje de novios, y nos comentó que se conocía Europa como los pasillos de su casa, porque había viajado por muchos países por razones apostólicas. Luego nos estuvo hablando del matrimonio con una claridad inusitada, con gran sencillez y profundidad.

Cuando nos despedimos de él, recordé en lo que habíamos quedado siendo novios y le pregunté a mi mujer: “oye, por cierto, ¿y tú qué?” Y ella me dijo: “pues sí, yo soy del Opus Dei, ¿y tú?”. “Yo, no” -le respondí. Y seguimos hablando de otro asunto.

Nou Barris (Barcelona)

Ahora me doy cuenta de lo decisivo que fue aquel encuentro con san Josemaría, porque colaboro con cursos de orientación familiar desde hace años, y no he olvidado nunca sus palabras.

Pero en el Fert, entidad donde colaboro, no sólo hablamos de los hijos: los hijos son importantes y la vida conyugal también; porque hay muchos casados que desean que les hablen del matrimonio de forma clara, realista, y al mismo tiempo, positiva.

“En Brafa he recibido aliento y estímulo para sacar adelante una familia numerosa como la mía, que en los tiempos que corren no es fácil… pero no es algo imposible: ¡no exageremos!”

En esos cursos de orientación familiar animo a los matrimonios a que dialoguen mucho entre ellos, porque a algunos les sucede como a nosotros cuando éramos novios: no hablan a fondo de las cuestiones verdaderamente importantes. Yo, por ejemplo, me sorprendí cuando éramos padres de cuatro hijos –que a mí me parecían muchísimos- y mi mujer me dijo que deseaba tener más. Tuvimos siete, y uno de ellos se nos murió muy joven, en un accidente de tráfico. Es algo muy duro para unos padres, algo muy difícil de entender…

A mí me ayudan mucho esas palabras de san Josemaría, cuando comentaba que durante esta vida sólo vemos la parte trasera del tapiz, llena de nudos… En el Cielo, veremos la otra parte, las maravillas que Dios ha hecho en nuestra vida sin que nos demos cuenta y comprenderemos por qué las ha querido o las ha permitido; porque todo es para bien

Cuando nos casamos nos fuimos a vivir a la Guineueta, en Nou Barris, donde está Brafa, una obra corporativa del Opus Dei con la que toda mi familia ha tenido mucho contacto. En Brafa he recibido aliento y estímulo para sacar adelante una familia numerosa como la mía, que en los tiempos que corren no es fácil… pero no es algo imposible: ¡no exageremos!

Algunos conocidos me dicen: “pero, hombre, ¡siete hijos! eso es imposible, eso no puede ser”; y yo les digo: “mira, no me digas que es imposible y que no puede ser, porque en mi casa, que es un piso de 75 metros cuadrados con un único cuarto de baño, ha sido; y hemos vivido nueve personas durante muchos años muy contentos y sin ningún tipo de crisis especial. Y somos gente bastante normal”.

Escuela Deportiva Brafa

En la última comida familiar nos juntamos diecisiete, y un hijo mío nos dijo que estaban esperando un hijo. Nos hizo muchísima ilusión. Ya tengo cinco nietos y pronto serán siete. Estoy, por lo que me dicen, en la fase A de los abuelos. Mis amigos con nietos hablan de una primera fase, en la que aún te puedes tirar al suelo para jugar con los nietos; y lafase B, en la que tienes la misma disposición de siempre, pero la edad te va pasando factura y al cabo de dos horas con ellos acabas agotado…

Yo al principio no lo entendía, pero ahora lo voy comprendiendo, porque no son lo mismo sesenta que setenta… Esos diez años se notan. Mientras pueda, procuraré estar todo lo posible con mis nietos, porque eso es muy bueno para la familia.

En cuanto a mi familia, es una familia cristiana normal, en la que hemos procurado educar a los hijos en un clima de libertad. Por eso, hay temas que no se tocan, como a quién votan o a quién dejan de votar. Y procuramos que todos se respeten entre sí, incluso en cuestiones como el fútbol, que en Barcelona levanta pasiones. Ahora un hijo mío está saliendo con una chica que es muy, muy del Español, mientras que su hermano es acérrimo del Barça. No sé que vamos a hacer…


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