Una vieja sopera

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

La historia de la Iglesia es rica en perfiles de santos, de carismas muy variados. Josemaría Escrivá era un santo alegre, espontáneo y sencillo; y como todos los santos, profundamente humilde. Durante su catequesis en Portugal le regalaron una vieja sopera, usada y con lañas. Es una cosa vulgar —comentaba, poco después, abriendo su alma—, pero a mí me encantó, porque se veía que la habían usado mucho y se había roto —debía ser de una familia numerosa— y le habían puesto bastantes lañas para seguir empleándola. Además, como adorno habían escrito, y se había quedado allí después de sacarla del horno: amo-te, amo-te, amo-te

Me pareció que aquella sopera era yo. Hice oración con aquel cacharro viejo, porque también yo me veo así: como la sopera de barro, rota y con lañas, y me gusta repetirle al Señor: con mis lañas, ¡te quiero tanto! Podemos amar al Señor también estando rotos, hijos míos.

Otras veces se comparaba con un borrico. O con un simple sobre. Al cabo de los años, a pesar del extraordinario florecimiento apostólico que veía a su alrededor, se sentía sólo un pobre instrumento en las manos de Dios: una sopera, un animal de carga, un simple sobre, portador de un mensaje divino. En una ocasión una periodista rodhesiana se le agradeció su conversión: “Gracias a usted, Padre, me he convertido al catolicismo y ahora soy del Opus Dei” —le dijo. D. Josemaría le insistió que debía dar gracias sólo al Señor:

A mí no. Dios escribe una carta, la mete dentro de un sobre. La carta se saca del sobre y el sobre se tira a la basura.

Por eso, rehuía cualquier personalismo: ¡Pues no faltaba más! —decía a los fieles del Opus Dei y todos los que le rodeaban— ¡Bonito negocio habríais hecho si, en vez de seguir al Señor, hubierais venido a seguir a este pobre hombre!

“San Josemaría me ayudó a tomar mi matrimonio en serio”

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John Perrottet tiene 46 años y está casado con Anne. Tienen 12 hijos y viven en Sidney (Australia). Una familia tan grande, dice, da trabajo y es un reto que provoca apuros, pero resulta también muy gratificante. Su generosidad en la transmisión de la vida la aprendió en las enseñanzas de san Josemaría. Testimonio extraído del folleto ‘La alegría de los hijos de Dios’.

John Perrottet, señora e hijos.

“Una simple observación, en la que muchos no piensan, es que una de las claves para el éxito en el matrimonio es escoger la pareja adecuada. Las enseñanzas de Josemaría Escrivá me llevaron a tomar esta responsabilidad muy en serio. Viviendo en Warrane College cuando era estudiante, pude relacionarme con un buen grupo de personas y estoy muy contento de decir que, gracias a la ayuda de San José, encontré una maravillosa esposa, Anne. Tenemos ahora doce hijos entre las edades de 21 y 3. Este es mi mayor tesoro en la tierra y nunca habría pensado que sería posible, si no fuera por san Josemaría. Es resultado de sus enseñanzas sobre la vocación matrimonial y la generosidad con nuestro Señor en la transmisión de la vida.

Con una familia tan grande siempre hay retos, especialmente con tantos niños tan cercanos en edad. En estos tiempos, la gente tiene que ver que tener una familia grande da bastante trabajo, pero que es también inmensamente gratificante y puede ser muy divertido.

Enseñar a los niños a ser generosos es difícil, pero en una familia numerosa se convierte en una necesidad. Uno de los regalos que hemos recibido en este sentido es que uno de nuestros hijos es también del Opus Dei. Espero que su ejemplo lleve a alguno más de sus hermanos y hermanas a entregar su vida a Dios. Nos daría una gran alegría que recibieran ese don del celibato que impulsa a entregar el cuerpo y el alma al Señor, a ofrecerle el corazón indiviso, sin la mediación del amor terreno.

El ejemplo de la constante visión sobrenatural de san Josemaría ha sido muy importante para nosotros en momentos de prueba. Económicamente ha habido muchos, pero el Señor sabe hasta dónde apretar para que no perdamos nuestra confianza en Él.

Quizá nuestro mayor reto haya sido la pérdida de uno de nuestros hijos. Poco después de saber que Anne estaba esperando, descubrimos que Joseph tenía una condición congénita que hacía imposible la supervivencia. Con mucha gracia de Dios, pudimos ofrecerle nuestro bebé a Jesús el mismo día que nació. El Señor nos dio gran serenidad en este tiempo y finalmente el regalo de tener un hijo en el Cielo”.

Encontrar a Cristo en el marido, en la mujer, en los hijos

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“Hoy, mira por dónde, la pequeña no quiere dormir: se agita en la cama, y si me alejo comienza a gimotear. Apoyo la cabeza sobre los barrotes del lecho diminuto. La pequeña se incorpora y se recuesta sobre mi pelo. Me besa, me acaricia la cara. Todo desaparece: hoy he visto el ciento por uno que Cristo promete a quien renuncia a sí mismo…”.

Portada del libro.

Ediciones Palabra ha publicado el libro ‘Un amor siempre joven’, en el que recoge algunas enseñanzas de San Josemaría Escrivá sobre la familia. Este libro ofrece algunos testimonios de personas que luchan por encontrarse con Dios en su vida familiar, orientados por las enseñanzas del fundador del Opus Dei. El libro -que incluye textos del  sacerdote y reflexiones de padres de familia y expertos- es obra de Alfonso Méndiz y Juan Ángel Brage.

“La familia es comunión de personas, ha dicho el Papa: en ella“la persona humana no sólo es engendrada y progresivamente introducida, mediante la educación, en la comunidad humana, sino que mediante la regeneración por el bautismo y la educación en la fe, es introducida también en la familia de Dios, que es la Iglesia” (Juan Pablo II, Exhort. ap. Familiaris consortio, 15).

Fantástico…, pero la familia somos mi mujer, mis tres hijos y yo, cada uno con sus deseos, sus necesidades, sus cansancios, sus limitaciones. La educación: he aquí una palabra que parece incluso banal de tanto como la han vaciado de significado los programas escolares y los alucinantes ensayos de los psicopedagogos. Pero en realidad es una palabra que encierra esfuerzo y fatiga.

Pero Monseñor Escrivá nos da el remedio, nos ofrece la argamasa adecuada para reconstruir cada día un fragmento de ese maltrecho muro del que tanta necesidad tenemos para mantener alejadas a las “bestias feroces”:

Las cosas pequeñas, ése es el secreto.

La vida cotidiana en familia está hecha de cosas pequeñas: cosas pequeñas que hay que conquistar, que hay que saborear, que hay que admirar. La mujer que por fin cierra los cajones —por qué será que a mí me pone tan nervioso ver un cajón abierto—, el hijo que apaga la luz sin que haya que recordárselo de nuevo…

El autor del artículo con su familia.

Es de noche. La jornada ha sido dura: el colega no te ha prestado la ayuda prometida y has tenido que hacer todo tú solo; luego, en el último momento, cuando ya tenías las manos tendidas hacia el abrigo —fuera hace frío, el cielo es oscuro—, aquel otro ha entrado en la oficina con unos papeles y te ha pedido, como siempre, una respuesta inmediata… Llegas a casa y te esfuerzas por sonreír, pero no encuentras respuesta. Estás tenso, al borde del ataque de ira, con la válvula de máxima presión comprimida bajo una violenta descarga que, no sabes cómo, está estallando dentro de ti…

“Calla siempre cuando sientas dentro de ti el bullir de la indignación. —Y esto, aunque estés justísimamente airado. —Porque, a pesar de tu discreción, en esos instantes siempre dices más de lo que quisieras”(Camino, 656). Bueno, sí, pero… ¿yo…, no tengo derecho a…, no soy yo también…? “¿Por qué has de enfadarte si enfadándote ofendes a Dios, molestas al prójimo, pasas tú mismo un mal rato… y te has de desenfadar al fin? (Camino, 8).

Pasada la hora de la cena, queda todavía tanto por hacer. Pero hoy, mira por dónde, la pequeña no quiere dormir: se agita en la cama, y si me alejo comienza a gimotear, con ese llanto molesto, inaguantable, que no es más que la expresión del capricho. Estoy sentado junto a ella, en cuclillas; en una posición incómoda, antinatural. Pienso en lo que me espera en el despacho, en el descanso del que tan necesitado me parece estar y que cada vez veo más remoto.

Intento levantarme por enésima vez y oigo un nuevo alarido: de verdad que me dan ganas de soltar la mano. “Pretextos. —Nunca te faltarán para dejar de cumplir tus deberes. ¡Qué abundancia de razonadas sinrazones!”(Camino, 21). Vuelvo a ponerme en cuclillas y arranco de mi boca una sonrisa. Apoyo la cabeza sobre los barrotes del lecho diminuto. La pequeña se incorpora y se recuesta sobre mi pelo. Me besa, me acaricia la barba. Todo desaparece: hoy he visto el ciento por uno que Cristo promete a quien renuncia a sí mismo.

Así es como me ayuda San Josemaría a vivir el Magisterio. Con su voz. Es así como, en los momentos de dificultad, me parecer ver su dedo indicar a la Sagrada Familia para que me sirva de ejemplo. Ciertamente, no siempre se tiene la lucidez para…, no, digamos mejor que no siempre se tiene la voluntad, la fuerza necesaria para sedar la furia del propio egoísmo. Pero entonces…: “Nunc coepi!” (¡Ahora comienzo!), basta recomenzar, pidiendo perdón a Dios y a quien se haya ofendido. Y se vuelve la mirada al taller de Nazaret, del que tantas veces nos ha hablado el Fundador del Opus Dei —y sigue hablándonos, por medio de sus escritos— y en el que todo es perfecto, porque en aquellos corazones no hay rastro alguno del “yo”.

Sí, desde luego, poner esfuerzo en el empeño porque otros —¡y qué otros!— han puesto empeño antes que yo es muy distinto de sentirse obligado por unas normas incomprensibles o forzosas.

Éste es el aspecto más fascinante de la religión católica: que sus enseñanzas no van contra el hombre, sino todo lo contrario, porque llevan a una dimensión sobrenatural lo que es propio, natural, de la persona humana. No hay una sola norma que Dios haya querido imponer al hombre para alejarle de su felicidad. Al revés: con la delicadeza de un Padre, nos ha sugerido el camino más recto para alcanzar nuestra meta. Y permanece a nuestro lado, “todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20), para sostenernos a lo largo del camino.

Y además todo eso no es teoría, sino vida: la vida de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, que nos enseña con su propio obrar.

Josemaría Escrivá nos invita a recordar esa vida de Jesús, de María y de José escondida y silenciosa, hecha de pequeños sacrificios encaminados a servir y agradar a los demás, es decir, a transformar en alegría cada instante de la vida”.

Un entrenador de rugby: “También enseño a mis hijos otros deportes”

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“Mi esposa y yo nos esforzamos por mantener nuestro matrimonio joven y por hacernos amigos de nuestros siete hijos”. Testimonio de James Burfitt, profesor desde hace casi 20 años, trabaja en la sección de cine de una revista dirigida a la familia, en Sidney (Australia).

Nací en una familia católica y aunque conocí el Opus Dei cuando era joven, nunca me había interesado demasiado. Ya había empezado a trabajar cuando, gracias a un hermano mío, hice un retiro espiritual. Empecé a frecuentar unas clases de formación cristiana y redescubrí la posibilidad de tener una vida de trato con Dios. Me di cuenta de que Dios me había dado mucho y que yo tenía que responder. Mi maestro fue san Josemaría. Al leer sus libros me parecía que estaban dirigidos a mí, y fui descubriendo que no podía permanecer pasivo. Empecé a desear amar a Dios apasionadamente y descubrí mi vocación al Opus Dei.

Actualmente soy, en primer lugar, esposo y padre de familia. Luego, soy profesor. Mi esposa y yo nos esforzamos por mantener nuestro matrimonio joven y por hacernos amigos de nuestros siete hijos. Esto sólo se logra gastando tiempo con ellos, hablando y, sobre todo, escuchándoles. Soy su entrenador de rugby y dedico mucho tiempo a enseñar a los mayores otros deportes. Me parece importante que no nos vean como personas que les contemplan mientras crecen y adquieren experiencias, sino como quien quiere adquirir esas experiencias a la vez que ellos.

En nuestra familia hemos pasado por muchos momentos duros: tanto mi esposa como yo tenemos un carácter testarudo que a veces hace difícil la vida matrimonial, los dos hemos perdido a nuestros padres y a otros parientes, hemos sufrido enfermedades serias y otras cosas de ese estilo. El espíritu de filiación divina nos ha ayudado a ver todo esto como una caricia de Dios y a entender el sentido positivo que tienen las dificultades.

La escasez de recursos, por ejemplo, es uno de los grandes regalos que podemos dar a nuestros hijos. Aunque están rodeados de materialismo y consumismo, en casa vivimos con un presupuesto muy ajustado. Nos gustaría que esto les ayude a descubrir a Jesucristo como amigo, y a darse cuenta de que lo que les dará la felicidad es hacer la voluntad de Dios.

“Cuidar de mi familia es un verdadero trabajo profesional”

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“El saber que soy una hija amadísima de Dios, y que todo lo que me pasa ha sido querido o permitido por Él, me da una seguridad maravillosa”. Testimonio de Virginia McGough, ama de casa en Cheshire (Gran Bretaña), casada y con cinco hijos.

Me parece que el aspecto de las enseñanzas de san Josemaría que ha tenido más repercusión en mi vida es la filiación divina. El saber que soy una hija amadísima de Dios, y que todo lo que me pasa ha sido querido o permitido por Él, me da una seguridad maravillosa, una gran paz. Por supuesto, algunas veces (muchas, si soy sincera), pierdo esta paz. Me pongo nerviosa y acabo gritándoles a los niños. Pero entonces las enseñanzas de Josemaría Escrivá sobre la importancia de rectificar, de volver a nuestro Padre Dios con la confianza de un niño que sabe que su padre está deseando que pida perdón para arreglarlo todo, son maravillosas. Y una vez que le he pedido perdón a Dios, es fácil pedirles perdón a los niños o a mi marido.

Pienso que este aspecto es tremendamente relevante en el siglo veintiuno. Vivimos en una época en la que se supone que tenemos que planearlo todo, y por supuesto ¡no podemos! Encuentro que a mucha gente le ayuda que se le diga: “Mira, tú no podías haber previsto esto, pero no te preocupes, tu Padre Dios sí y te quiere. Jesucristo ha muerto por ti, y ahora no te va a abandonar”. Este razonamiento puede salvar a muchas personas del peso aplastante de una excesiva preocupación.

Otro aspecto que me encanta es que tenemos que santificar nuestro trabajo y que, para mí, cuidar de mi familia es un verdadero trabajo profesional. Esta idea realmente desafía la teoría generalizada de que el único trabajo verdadero es el remunerado y de que una mujer que deja su trabajo para cuidar de la familia está desperdiciando su vida. Recientemente hemos tenido un censo de la población, y una de las preguntas era: “¿Estaría Ud. dispuesta a aceptar un trabajo, si se le ofreciera alguno?” Y yo pensé: ¿Qué piensan que estoy haciendo, pintarme las uñas?

¡Qué maravilloso contraste es el que ofrece Josemaría Escrivá! Gracias a él, sé que cuidar de mi marido e hijos es una noble vocación. Estoy ayudando a formar santos, y por un santo nunca se puede hacer demasiado. Estas enseñanzas me ayudan particularmente en las cosas pequeñas. Al fin y al cabo, gran parte de la vida consiste en cosas pequeñas: el ir ordenando todo cuando termino mi trabajo, por amor; el ofrecer el lavado de los calcetines malolientes por la labor apostólica de la Iglesia en Kazajstán; el escuchar a un hijo cuando estoy agotada y deseando cinco minutos de paz; el ser educada con el vendedor de ventanas que llama justo cuando estoy sirviendo la comida en la mesa…

“Me concentro en hacer bien y hasta el final cada actividad”

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Izabela Siekanska vive en Varsovia (Polonia) y realiza el doctorado en filosofía en la Universidad Cardenal Stefan Wyszynski.

Comencé los estudios de doctorado cuando tenía ya marido y tres hijos. Tuve que abrirme paso con mucho esfuerzo porque durante algunos años no me había ocupado para nada de la filosofía, ya que estaba totalmente metida en la limpieza de la casa y de la ropa, en la cocina, en los pañales de los niños…

Al principio me resultó muy difícil compaginar las obligaciones domésticas y los estudios. No conseguía hacer nada bien. Trabajaba por las noches, los niños llegaban tarde al colegio y mi estado síquico dejaba mucho que desear.

En esa época empecé a profundizar en las enseñanzas de san Josemaría Escrivá y este conocimiento trajo resultados asombrosos. Empecé a descubrir que cada trabajo, incluso el más monótono, debía estar bien hecho. Entendí que hasta entonces más que ocuparme de las cosas pendientes, me agobiaba con ellas, con independencia de si tenía por delante media hora o medio día.

Para mí resultó un descubrimiento leer el punto 506 de Surco:

Desarrollas una incansable actividad. Pero no te conduces con orden y, por tanto, careces de eficacia. –Me recuerdas lo que oí, en una ocasión, de labios muy autorizados. Quise alabar a un súbdito delante de su superior, y comenté: ¡cuánto trabaja! –Me dieron esta respuesta: diga usted mejor ¡cuánto se mueve!…

Desarrollas una incansable actividad estéril … ¡cuánto te mueves!

La última cosa en la que pensaba era en ordenar mi vida. Estaba más inclinada a no dormir por la noche que a distribuir bien el tiempo entre el trabajo doméstico y el de investigación. Sin embargo, este pensamiento de Surco no me dejaba tranquila y por eso decidí probar. Al principio con poco convencimiento, después cada vez con más, comencé a ordenar todo de modo que cada asunto ocupara el momento que le corresponde.

Esto trajo a nuestra casa paz y armonía. Ahora, cuando me concentro en hacer bien y hasta el final cada actividad, no siento mis deberes en la casa como un peso. Por supuesto, a veces hay imprevistos, o calculo mal las horas, pero, en principio, cada día tiene su plan, que procuro respetar, y hay tiempo para todo.

Si me apoyara en mis propias fuerzas, mi afán por poner orden en mi jornada desaparecería pronto, pero intento descubrir el sentido sobrenatural de mi trabajo y esto me da ánimos para seguir adelante.

“Poned amor en las pequeñas actividades de la jornada”, decía san Josemaría

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“Finalmente la cena está lista, los niños comen y rezan el Rosario. Entonces decido revisar el uniforme de los chicos para el día siguiente…”. Testimonio de Vickie Amulega, madre de cinco hijos, profesora de un colegio y ama de casa en Nairobi (Kenia).

Vickie Amulega.

Son las 6.35 de la tarde. De regreso a casa pienso en lo que debo escribir. Llego a la puerta y mientras hurgo en el bolso para buscar la llave, caigo en la cuenta de que la colada todavía está tendida…

Entro en casa anhelando acostarme un ratito. Estoy recuperándome de una enfermedad vírica y aún me siento débil. Los niños están haciendo los deberes. Llamo: “¡Hola! Álvaro, por favor cierra la ventana”. Dejo el bolso encima de la cama y llevo a la cocina las verduras que acabo de comprar. Inmediatamente me lavo las manos y empiezo a preparar la cena. ¿A quién le toca bañarse?
-¡A mí!, dice Joe.
-Álvaro, ¿te has bañado? ¡Caray! ¡Qué desastre de mesa! ¡Límpiala! Gloria, corre las cortinas.
-Mamá, dice Lisa, el profesor nos ha dado un trabajo de kiswahili para que lo leamos a nuestros padres. “Bien”, contesto. “Guárdalo, ya se lo leerás a papá”.

No siempre es fácil llevar una familia, pero ponerme en contacto con el espíritu del Opus Dei me ha dado un punto de referencia para saber qué hacer en cada momento. ¿Qué dice san Josemaría sobre esto? Un hijo da un portazo. Lo hago volver: “Abre la puerta y ciérrala con cuidado y di Jesús, te quiero”. O se hace daño y le digo: “Ofrece esto a Jesús por…” Eso no es algo mío…: ¡lo he copiado del fundador del Opus Dei! Poned amor en las pequeñas actividades de la jornada, decía, y nos animaba a descubrir ese algo divino que en los detalles se encierra.

Finalmente la cena está lista, los niños comen y rezan el Rosario. Entonces decido revisar el uniforme de los chicos para el día siguiente. El pantalón corto de Joe está lleno de desgarrones. Lo pongo aparte para zurcirlo —el montón crece—… y pienso que algo tan trivial como buscar el hilo de color exacto para zurcir un desgarrón puede ser importante. Y otros tantos detalles: estoy a punto de tirar un papel y recuerdo que el reverso en blanco se podría utilizar como borrador…, y ahí descubro lo que es la pobreza cristiana. La lista es interminable.

Mi primer encuentro con san Josemaría fue a través de una película. Me impresionó su alegría, su gran bondad, el sentido del humor… Han sido sus palabras y enseñanzas, su modo de vida, las que han configurado todo mi ser y es de esperar que también el de mi familia y el de muchas personas más.

Compartir grandes retos

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Testimonio de John Perrottet, 46 años, casado con Anne, y padre de 12 hijos. Vive con su familia en Sidney (Australia).

Una simple observación, en la que muchos no piensan, es que una de las claves para el éxito en el matrimonio es escoger la pareja adecuada. Las enseñanzas de Josemaría Escrivá me llevaron a tomar esta responsabilidad muy en serio. Viviendo en Warrane College cuando era estudiante, pude relacionarme con un buen grupo de personas y estoy muy contento de decir que, gracias a la ayuda de San José, encontré una maravillosa esposa, Anne. Tenemos ahora doce hijos entre las edades de 21 y 3. Este es mi mayor tesoro en la tierra y nunca habría pensado que sería posible, si no fuera por san Josemaría. Es resultado de sus enseñanzas sobre la vocación matrimonial y la generosidad con nuestro Señor en la transmisión de la vida.

Con una familia tan grande siempre hay retos, especialmente con tantos niños tan cercanos en edad. En estos tiempos, la gente tiene que ver que tener una familia grande da bastante trabajo, pero que es también inmensamente gratificante y puede ser muy divertido.

Enseñar a los niños a ser generosos es difícil, pero en una familia numerosa se convierte en una necesidad. Uno de los regalos que hemos recibido en este sentido es que uno de nuestros hijos es también del Opus Dei. Espero que su ejemplo lleve a alguno más de sus hermanos y hermanas a entregar su vida a Dios. Nos daría una gran alegría que recibieran ese don del celibato que impulsa a entregar el cuerpo y el alma al Señor, a ofrecerle el corazón indiviso, sin la mediación del amor terreno.
El ejemplo de la constante visión sobrenatural de san Josemaría ha sido muy importante para nosotros en momentos de prueba. Económicamente ha habido muchos, pero el Señor sabe hasta dónde apretar para que no perdamos nuestra confianza en Él.

Quizá nuestro mayor reto haya sido la pérdida de uno de nuestros hijos. Poco después de saber que Anne estaba esperando, descubrimos que Joseph tenía una condición congénita que hacía imposible la supervivencia. Con mucha gracia de Dios, pudimos ofrecerle nuestro bebé a Jesús el mismo día que nació. El Señor nos dio gran serenidad en este tiempo y finalmente el regalo de tener un hijo en el Cielo”.

Como los primeros cristianos

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Testimonio de Julia Burfitt, profesora de francés en Sidney (Australia). Su esposo James también es profesor. Tienen siete hijos.

“Los círculos en los que me movía eran muy materialistas. Siempre tenía la sensación de que debía elegir entre amar el mundo o amar mi fe. Tenía la impresión de que quienes se tomaban en serio la religión –cualquiera que ésta fuera– no estaban muy interesados en empeños humanos. Cuando conocí el mensaje del fundador del Opus Dei, mi visión cambió totalmente. Encontré personas extrovertidas y alegres, que estaban al día de las últimas tendencias y que eran creyentes. ¡Eran tan positivas frente a la vida! Empecé a entender que era justamente amando las cosas del mundo, como podemos poner en práctica plenamente la fe.

¡Dios nos quiere viviendo en el medio del mundo! Como los primeros cristianos, debemos respirar el mismo aire que respiran todos, sin formar camarillas católicas. Después de todo, ¿cómo podríamos llevar el mundo a Dios si no estuviéramos en contacto con ese mundo?

Cuando leí el primer punto de Camino: Que tu vida no sea una vida estéril… me di cuenta de que hasta ese momento había estado desperdiciando el tiempo. Y cuando descubrí que podía mantener una relación personal con Jesucristo a través de las cosas de cada día, mi vida adquirió su sentido real.

Busco la amistad con cada uno de mis hijos para hablar de su mundo y, sobre todo, escucharles y responder a lo que preguntan. Un día, mi marido y yo nos decidimos a fomentar en casa un tiempo de silencio. Durante media hora, antes de la cena, los niños hacen algo por su cuenta: leer, dibujar, armar un puzzle, etc. Les animamos a que no hablen entre ellos durante esos minutos. ¡Los niños encuentran muy pocas oportunidades de estar en silencio! ¿Cómo llegarán a tener una relación personal con Dios si no saben retirarse del ruido para meterse en sí mismos?…

Sé que si mi familia está en primer lugar, tengo toda la libertad para esforzarme por alcanzar metas profesionales. Gracias a esta convicción, logré completar una maestría en literatura francesa, mientras tenía cuatro niños en casa. Iba a la universidad una noche a la semana y hacía los trabajos mientras los niños dormían o jugaban fuera. Los medios de formación me ayudaron a ser más disciplinada en el uso del escaso tiempo que tenía.

Ahora la vida me parece una aventura extraordinaria. Sé que mi personalidad, las circunstancias en las que estoy, mis talentos, mis amistades, la carrera profesional, etc. interesan a Dios. Lo que haga con ellos, las decisiones que tome, son la arena en la que debo ejercitar mi fe”.

“Nos han dado su mayor bien”

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Juan de la Rubia y Manuela Comos, supernumerarios del Opus Dei, han celebrado sus bodas de oro en Valencia. Uno de sus hijos, del Camino neocatecumenal, cuenta en el semanario valenciano “Paraula” algunos rasgos de la historia de su familia durante estos 50 años.

Mis padres celebraron su boda en la capilla del Santo Cáliz de Valencia, pero la renovación la han hecho en San Juan del Hospital. El sacerdote que ofició la ceremonia es un padre jesuita amigo de la familia. Han tenido 14 hijos, de los cuales Dios se llevó a cinco nada más nacer.

Además, a mi hermano Fernando se lo llevó a los 22 años de edad el 20 de noviembre de 1992, habiéndose encomendado a la Santísima Virgen, de la que era muy devoto. Mis padres son miembros supernumerarios del Opus Dei. Como somos tantos hermanos, hay un poco de todo. Algunos formamos parte del Camino neocatecumenal, otros son supernumerarios del Opus Dei y otros son de Congregaciones Marianas.

Ahora mis padres disfrutan de nada menos que treinta nietos, (con el último de ellos, Carlos, Dios ha bendecido a mi familia con un niño con síndrome de Down). Acaba de llegar el nieto número 31 y mi hermano Pablo y su esposa Margarita están esperando otro niño.

Mis padres tienen los dos 77 años y siempre han estado muy comprometidos con la Iglesia. Ambos han sido un ejemplo de entrega, generosidad y amor para nosotros, sus hijos, y lo siguen siendo para sus nietos.

Mis hermanos y yo les debemos mucho a mis padres, sobre todo porque nos han dado su mayor bien, según sus palabras, que ha sido la Fe. A todos nos encantaría poder seguir unidos y celebrar juntos el próximo mes de julio disfrutando de la presencia del Papa Benedicto XVI.


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