Zaragoza

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Su padre le animó a compaginar los estudios sacerdotales con una licenciatura en Derecho, aunque no sabemos exactamente el porqué de ese consejo. Quizás previó la posibilidad de que su hijo mayor tuviera que contribuir en el futuro al sostenimiento de la economía familiar. Sea como fuere, Josemaría convino en que la idea era buena, pero no era posible estudiar esa carrera ni en Logroño ni en Calahorra, donde los seminaristas completaban el último ciclo de estudios eclesiásticos. La Facultad de Derecho más próxima se encontraba en Zaragoza. Tenía también la ventaja de que allí podría obtener el doctorado en Teología, algo prácticamente imposible si permanecía en Logroño. Escrivá, por tanto, solicitó y obtuvo el permiso oportuno para trasladarse a Zaragoza y recibir las órdenes sagradas en aquella diócesis.

Zaragoza era una de las más importantes y populosas ciudades del país. Tenía una universidad estatal con Facultad de Derecho, otra Universidad Pontificia y dos seminarios. Tras la Primera Guerra Mundial, la ciudad atravesaba un período difícil y turbulento. Se habían producido recientemente hechos sangrientos: asesinatos e insurrecciones anarquistas y diversos brotes de pistolerismo que provocaron la declaración del estado de guerra y la supresión de las libertades cívicas. Entre 1917 y 1923 la violencia política se cobró veintitrés vidas en aquella ciudad.

En el otoño de 1920, Escrivá ingresó en el Seminario de San Carlos, donde los alumnos vivían y recibían su formación espiritual; para las clases de teología tenían que trasladarse a la cercana Universidad Pontificia. Ésta es por tanto la primera vez que Escrivá vive –de hecho– en un seminario. Como el resto de sus compañeros, dispone de una pequeña habitación parcamente amueblada, sin cuarto de baño ni luz eléctrica. En todo el edificio no había ni una sola ducha o bañera; cada seminarista tenía una jofaina que podía llenar de agua fría en una pila ubicada al final del pasillo. La mayoría se contentaba con lavarse la manos y la cara puesto que el seminario no tenía calefacción, ni siquiera en los más crudos días del invierno. Los estudiantes se sorprendían de que Escrivá hiciera tantos viajes a la pila para conseguir el agua necesaria para lavarse de los pies a la cabeza. Algunos incluso llegaron a tildarle de melindroso y comentaban que tanta atención a la higiene personal no era lo más adecuado para un sacerdote. En una ocasión, un seminarista especialmente ordinario y que olía muy mal llegó a frotarle la cara con la manga empapada de sudor diciendo: “¡Hay que oler a hombre!”[1]. El joven Escrivá, que de naturaleza era bastante impulsivo, a duras penas pudo controlarse y se limitó a contestar: “No se es más hombre por ser más sucio”[2]

Pero no era sólo la pulcritud lo que motivaba que sus propios compañeros le tacharan de “señorito”[3]. Uno de los seminaristas que compartió sus años de alumno en el San Carlos recordaba más tarde: “Era Josemaría un señor de pies a cabeza, en todo su comportamiento: en la manera de saludar, en la forma de tratar a las personas, en cómo vestía, en la educación con que comía; sin proponérselo, representaba un fuerte contraste con lo que parecía costumbre entonces”[4].

La piedad de Escrivá también llamaba la atención. El régimen de vida del seminario incluía Misa, meditación, Rosario, lectura de un libro espiritual, visita al Santísimo Sacramento y examen de conciencia por la noche. Lo normal era que hasta los más piadosos se contentaran con cumplir estas observancias y demás actos de piedad establecidos; sin embargo, Josemaría hacía frecuentes visitas a la capilla del seminario durante el tiempo libre. Ahí, delante del Santísimo Sacramento, abría su corazón al Señor, a veces durante horas enteras y en ocasiones toda la noche, llenando el tiempo con actos de adoración a Cristo en la Eucaristía e implorando luces para ver la voluntad de Dios y obtener la gracia para llevarla a cabo. También adquirió la costumbre de acudir todos los días a la Basílica de Nuestra Señora del Pilar. En cierta ocasión, Escrivá consiguió el permiso necesario para permanecer en el interior del templo una vez cerrado al público y besar la imagen de la Virgen que ahí se venera, privilegio reservado sólo a los niños que se acercan a honrar a la Madre de Dios durante el tiempo en que la basílica mantiene sus puertas abiertas. En su habitación del seminario guardaba una pequeña reproducción en yeso de la Virgen del Pilar y en la base escribió con un clavo la jaculatoria, que tantas veces había formado parte de su oración habitual, “Domina, ut sit!” (Señora, ¡que sea!).

En esa ciudad aragonesa, la devoción a la Virgen que Escrivá aprendió de sus padres creció aún más en profundidad y fervor. Una y otra vez acudía a Ella suplicando su ayuda maternal y pidiéndole estar siempre cerca de su Hijo. “A Jesús siempre se va y se “vuelve” por María”[5], escribió en 1934 como fruto de su propia experiencia.

Trató de ser discreto en lo referente a su piedad personal pero en vano. Era de esperar que Escrivá encontrara piedad en el lugar más lógico para eso: el seminario. Pero sus compañeros no tardaron mucho en hacer mofa de su devoción adjudicándole los motes de “Rosa Mística” y “Soñador”.

Motivado en parte por la postura recelosa de sus compañeros, el rector del seminario no miraba con buenos ojos a Escrivá. En la hoja de evaluación al final del primer curso le puso un “bien” en el apartado de piedad, pero sólo “aceptable” en diligencia y disciplina, a pesar de que Josemaría había alcanzado unas notas excelentes y resultó ser uno de los pocos alumnos que no fue castigado en todo el año. Describía el carácter de Escrivá como “inconstante y altivo, pero educado y atento”[6]. Y lo más curioso es que debajo del apartado “vocación” escribió como de mala gana “parece tenerla”[7]. De algunos comentarios de Escrivá se desprende que, muy al principio de su estancia en el seminario, el rector trató incluso de disuadirle de su deseo de ser sacerdote. En el segundo año, el rector solicitó a su homólogo del Seminario de Logroño un informe sobre las cualidades personales de Escrivá y su posible vocación. El informe favorable que recibió y un trato más personal y asiduo con el joven seminarista le hicieron cambiar de opinión y llegó a ser uno de los más fieles defensores de Escrivá.

En algún momento en el transcurso de su estancia en Zaragoza, parece que Escrivá sufrió una dura prueba o crisis. En sus apuntes de principios de los años 30 y dirigiéndose a Cristo dice: “Si no hubieras estorbado mi salida del Seminario de Zaragoza, cuando creí haberme equivocado de camino— estaría alborotando en las Cortes españolas, como otros compañeros míos de Universidad lo están…, y no a tu lado, precisamente, porque [...] hubo momento en que me sentí profundamente anticlerical, ¡yo que amo tanto a mis hermanos en el sacerdocio!”[8]

Aunque la crisis puede haberse exacerbado por la dificultad de Escrivá en adaptarse al seminario y al trato un tanto difícil con alguno de los seminaristas, la nota nos sugiere que la raíz del asunto no está en eso, sino en lo que él describe como su “anticlericalismo”. Aquí hay que aclarar que en la España de los años 20, los políticos anticlericales pretendían eliminar la influencia de la Iglesia en la vida civil. Querían reducir la práctica de la religión al ámbito de lo privado como algo meramente personal, y borrar de la vida pública cualquier vestigio de religiosidad. El anticlericalismo de Escrivá era algo diametralmente distinto; se asentaba en el convencimiento de que el sacerdote está llamado a amar apasionadamente a Dios y a vivir una vida de servicio desinteresado como si fuera “otro Cristo, el mismo Cristo”. En este contexto, no hay, por consiguiente, hueco para que el sacerdote se involucre en el mundo de la política, o trate de manipular o controlar a los fieles con vistas a alcanzar sus propios objetivos. Con el paso del tiempo, Escrivá no tuvo sino palabras de elogio para los compañeros de seminario, la inmensa mayoría de los cuales trabajaron como buenos ministros de Cristo en sus parroquias y no pocos murieron mártires durante la Guerra Civil española. En los primeros años del seminario, sin embargo, le dolía la postura de algunos que pensaban que ser sacerdote era una forma de ganarse el sustento y prosperar en la vida. La idea de forjarse una carrera eclesiástica y la postura de sus compañeros que defendían el hecho de ordenarse sacerdotes porque no tenían otra forma mejor de ganarse la vida hicieron que llegara a preguntarse si no se habría equivocado, al pensar que el sacerdocio iba a satisfacer el deseo de amor que había llenado su corazón el mismo día en que vio aquellas pisadas sobre la nieve.

Las anotaciones de Escrivá no arrojan mucha luz ni sobre la duración de esa crisis ni el modo en que la superó. Lo más probable es que la respuesta a sus dudas y anhelos la encontrara en la oración, meditando en la presencia de Dios distintos pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento y dialogando con Jesús, María y José sobre la vida y acontecimientos de la “Trinidad de la Tierra” y su propia vida. Un punto de “Camino” describe el estilo personal de su oración: “Me has escrito: “orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?” -¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias…, ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: “¡tratarse!”[9].

Su oración era una conversación íntima, personal, incluso apasionada. Le decía a Jesús: “Me hubiese gustado ser tuyo desde el primer momento: desde el primer latido de mi corazón, desde el primer instante en el que la razón mía comenzó a ejercitarse. No soy digno de ser –y sin tu ayuda no llegaré a serlo nunca- tu hermano, tu hijo y tu amor. Tú sí que eres mi hermano y mi amor, y también soy tu hijo”[10].

En ocasiones la oración no fluía tan fácilmente y entonces se aplicaba a sí mismo el consejo que luego daría a otros en “Camino”: “-Y, en mi meditación, se enciende el fuego. -A eso vas a la oración: a hacerte una hoguera, lumbre viva, que dé calor y luz. Por eso cuando no sepas ir adelante, cuando sientas que te apagas, si no puedes echar en el fuego troncos olorosos, echa las ramas y la hojarasca de pequeñas oraciones vocales, de jaculatorias, que sigan alimentando la hoguera”[11].

En otros momentos era Dios quien tomaba la iniciativa y le llenaba de instantes de auténtica oración mística. Apenas sabemos nada de esas experiencias porque Escrivá quemó la libreta en que apuntaba todos esos detalles que el Señor había tenido con él, por temor, sobre todo, a que cualquiera que leyese la historia de las gracias extraordinarias recibidas en la oración pensara que era un santo cuando él se consideraba a sí mismo “un pecador que ama con locura a Jesucristo”[12]. Álvaro del Portillo, uno de los primeros miembros del Opus Dei que siempre estuvo a su lado y llegaría a ser su primer sucesor al frente de la Obra, comentaba al referirse a los años de Escrivá en Zaragoza: “Dios le ayudaba con muchas mociones, con muchas locuciones (…); el Señor habla, sin ruido de palabras, y sus frases quedan grabadas en el alma como si fuese a fuego”[13]. El propio Josemaría habló en alguna ocasión de las gracias especiales recibidas durante su estancia en la ciudad del Ebro: “Yo, no sabiendo cómo llamarlas, las llamaba gracias operativas, porque me ayudaban a trabajar, aunque fuese a contrapelo, sin que me costase esfuerzo alguno”[14]. Tras estudiar todas las pruebas existentes, el religioso dominico encargado por la Santa Sede para dirigir la causa de beatificación de Escrivá, resume sus conclusiones con las siguientes palabras: “El Señor le condujo a través de experiencias místicas que le llevaron a alcanzar las cumbres de la unión transformante: locuciones interiores, purificaciones y consolaciones que le hacían ‘sentir’, en toda su humildad, la acción impetuosa de la gracia, y que, como todos los verdaderos místicos, acompañaba con un rigurosísimo esfuerzo ascético”[15].

[1] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 133

[2] ibid. p. 133

[3] ibid. p. 133

[4] ibid. p. 132

[5] Josemaría Escrivá de Balaguer. ob. cit. n. 495

[6] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 137

[7] ibid. p. 137

[8] ibid. p. 136

[9] Josemaría Escrivá de Balaguer. ob. cit. n. 91

[10] AGP, P09 p. 117

[11] Josemaría Escrivá de Balaguer. ob. cit. n. 92

[12] José Orlandis. AÑOS DE JUVENTUD EN EL OPUS DEI. Ediciones Rialp. Madrid 1994. p. 178

[13] AGP, P01 1978 p. 1064

[14] ibid. p. 1064

[15] José Miguel Cejas. VIDA DEL BEATO JOSEMARÍA. Ediciones Rialp. Madrid 1993. p. 37-38

Cincuenta años de historia.

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2 Josep Ignasi Saranyana

A finales de junio de 1939 salía de las prensas valencianas de Gráficas Turia la primera edición de Camino(1). Impreso a dos tintas (verde y negro) y en preciosos tipos, el colofón consignaba un dato muy importante: «Se acabó de escribir este libro, en Burgos, día de la Purificación de la Bienaventurada Virgen María, año 1939.» Sin embargo, los orígenes de esta obra se remontaban a los primeros años treinta. «Escribí en 1934 una buena parte de ese libro —declaraba a «Le Figaro», en 1966, Mons. Escrivá de Balaguer—, resumiendo para todas las almas que trataba —del Opus Dei o no— mi experiencia sacerdotal. No sospeché que treinta años después alcanzaría una difusión tan amplia —millones de ejemplares— en tantos idiomas»(2).

El éxito editorial de Camino ha sido tan extraordinario, que le ha merecido el título de «Kempis de los tiempos modernos», por compararlo a un hito, hasta ahora único, en la historia de la espiritualidad. El De imitatione Christi, erróneamente atribuido a Tomás de Kempis (1471), porque se conservan manuscritos italianos de finales del siglo XIII, ha sido reimpreso más de 6.200 veces, en 65 lenguas y dialectos, con una tirada que se estima —al cabo de medio milenio de imprenta— en varios millones de ejemplares. No obstante, aunque los dos libros se asemejan en la acogida dispensada por los lectores, difieren notablemente. Camino ofrece la quintaesencia de la espiritualidad secular. El Kempis, en cambio, es, en parte, la expresión más acabada del alejamiento del mundo, hasta el punto de que el primer capítulo de esa obra medieval se titula: «De imitatione Christi et contemptu omnium vanitatum mundi». No es casualidad, por consiguiente, que la edición castellana de S. Juan de Avila se titulara: Contemtus mundi, agora nuevamente romançado por muy mejor y mas apazible estilo que solía tener (Imprenta Juan Cromberger, Córdoba 1536).

Las fuentes de «Camino»

Camino es fruto, como decíamos, de la labor sacerdotal de Mons. Escrivá de Balaguer, que había recibido la ordenación en Zaragoza, en 1925. «Reflexiones sobre pasajes de la Sagrada Escritura, retazos de conversaciones, experiencias personales, fragmentos de cartas, son el material con el que está hecho este libro», dice la nota editorial de la trigésima edición castellana (Madrid, 1976). En efecto, se han conservado cuadernos autógrafos que comienzan el 11 de marzo de 1930. Eran apuntes íntimos que Mons. Escrivá de Balaguer escribía después de recibir una luz en su alma, durante el día, o al hacer su meditación, o en días de retiro, y reflejan aspectos del quehacer de Dios en su alma y de su lucha interior. Muchos de estos puntos, presentándolos despersonalizados, con un «me dicen», o «me escriben» u otra expresión por el estilo, aparecen en Camino. Así, puede decirse que casi todo Camino es autobiográfico: son sucesos de su vida espiritual(3). Una primera parte de estos puntos de meditación fueron impresos en 1934 con el título Consideraciones Espirituales(4). Este opúsculo contenía 438 puntos de meditación no numerados. Todos fueron incorporados a Camino, a excepción del párrafo segundo de la página 80 (cfr. Camino n. 838), que fue suprimido, y de dos puntos que estaban repetidos (págs. 15 y 90, que pasaron al n. 101 de Camino; y págs. 36 y 40, que dieron lugar al n. 378). De los 436 textos recibidos, sólo 40 sufrieron retoques o fueron someramente ampliados, y 17 experimentaron ligeros cambios gramaticales.

Camino vio la luz en una sencilla y moderna edición de generoso formato, en junio de 1939. Su presentación rompía con los moldes tradicionales de los libros de espiritualidad, que por aquellos años solían ser de tapas negras y cantos rojos o dorados. Tal presentación supuso una verdadera revolución editorial y produjo asombro. Por ejemplo: la revista religiosa «Signo», órgano de las juventudes de Acción Católica española, publicó a los seis meses una elogiosa recensión; pero criticaba el «modernismo editorial» y abogaba por «otra edición más mesurada, más recogida», porque —decía— en ese formato y con tales características podía dificultar el recogimiento de la oración(5).

Su difusión fue lenta al principio. Los dos mil ejemplares tardaron en venderse y no hubo segunda edición hasta 1944, esta vez ya en Madrid, con una tirada de cinco mil, que se agotaron en un año. En 1946 llegó la primera traducción: la portuguesa, impresa en Coimbra. En 1949 salió a la luz, en Roma, la versión italiana. Y, poco a poco, el ritmo de ediciones creció vertiginosamente, hasta alcanzar, en 1986, al cabo de cuarenta y siete años, las cuarenta y cuatro ediciones castellanas y sobrepasar los tres millones de ejemplares, en treinta y seis idiomas. Un éxito sin precedentes en el mundo del libro religioso.

Historia de la redacción

A lo largo de cuarenta y cuatro ediciones castellanas, el texto de Camino se ha mantenido sustancialmente inalterado, salvo cuatro variaciones. Muy pocas, si se tiene en cuenta que el libro consta de 999 puntos.

La primera modificación se produjo en 1950 (6.’ ed.). El punto 381, que se hallaba repetido en el número 940, fue sustituido por el texto que puede leerse actualmente: «No te importe si dicen que tienes espíritu de cuerpo. ¿Qué quieren? ¿Un instrumento delicuescente, que se haga pedazos a la hora de empuñarlo?»

El punto 115, tomado de la página 16 de Consideraciones, fue retocado, primero en 1957 (ed. 14.’) y después en 1958 (ed. 15.a). Desde entonces reza así: «”Minutos de silencio”. —Dejadlos para los que tienen el corazón seco. Los católicos, hijos de Dios, hablamos con el Padre nuestro que está en los cielos.»

En 1965 (ed. 23.a) se introdujo un inciso en el punto 750, porque habían cambiado las normas litúrgicas, y el sacerdote ya no recitaba, al pie del altar, la oración a San Miguel que compuso León XIII: «Óyeme, hombre metido en la ciencia hasta las cejas: tu ciencia no me puede negar la verdad de las actividades diabólicas. Mi Madre, la Santa Iglesia —durante muchos años: y es también una laudable devoción privada— ha hecho que los Sacerdotes al pie del altar invoquen cada día a San Miguel, “contra nequitiam et insidias diaboli” —contra la maldad y las insidias del enemigo.»

Finalmente, en 1974 (ed. 28.’) fueron ligeramente modificados el primero y segundo párrafo del punto 145, quizá para evitar alusiones a la guerra civil española de 1936, que entonces podrían haber extrañado en algunas latitudes. Pero en 1983 (ed. 37.’), cambiadas ya las circunstancias que hicieron prudente la modificación, ha podido recuperarse el texto primitivo, mucho más expresivo y poético: «Frente de Madrid. Una veintena de oficiales en noble y alegre camaradería. Se oye una canción, y después otra y más. Aquel tenientillo del bigote moreno sólo oyó la primera: “Corazones partidos/ yo no los quiero;/ y si le doy el mío,/ lo doy entero”. “¡Qué resistencia a dar mi corazón entero!” —Y la oración brotó, en cauce manso y ancho.»

Estructura del libro

Camino consta de 999 puntos de meditación, divididos en 46 epígrafes o capítulos (Consideraciones espirituales tenía solamente 26). El número 999, que se hallaba impreso verticalmente en la portada de la edición príncipe, en grandes tipos de color verde —tres nueves de carácteres cuadrados, cruzados horizontalmente por el título del libro en tipos romanos—, expresaba la firme devoción del Autor a la Santísima Trinidad. El número 999 es el resultado de multiplicar por 3 el 333. No cabe, por consiguiente, mayor homenaje al 3 que su múltiplo 999. Ni puede causar sorpresa o admiración el juego de los números, pues es frecuente en la Sagrada Escritura la apelación a su simbolismo. Así, por ejemplo, los números 7, 10 y 12, que son bases de numeración, significan algún tipo de plenitud; el 6 es frustración; el 3, 5 es una plenitud incompleta, camino de ella; el 1.000 significa multitud incontable. Y así, también los simbolismos se combinan con los múltiplos de las bases, verbigracia el 144.000.

El prólogo del Autor, que introduce a la lectura de Camino,es un bello exordio que subraya los objetivos que se propuso Mons. Escrivá de Balaguer al redactar el libro, y ofrece la vía para mejor aprovechar los puntos de meditación: «Lee despacio estos consejos./ Medita pausadamente estas consideraciones. (…).» Este prólogo, aunque reproduce algunas de las ideas que se hallaban ya en la brevísima presentación de Consideraciones, es nuevo. De la distribución de los puntos en epígrafes no deben deducirse consecuencias demasiado importantes. El Autor conserva como pauta el índice temático de Consideraciones, que completa con nuevos epígrafes, intercalándolos donde le parece más oportuno, desdoblando los antiguos. Por ello, para investigar el espíritu de Camino, es muy importante la «Advertencia preliminar» de Consideraciones(6), donde Mons. Escrivá de Balaguer, al referirse a la estructura del libro, comenta: «No es fácil hacer una división de las notas que componen estos apuntes, escritos sin pretensiones literarias ni de publicidad, respondiendo a necesidades de jóvenes seglares universitarios dirigidos por el autor.» Señala seguidamente que, no obstante la dificultad de encontrar un orden, es decir, un criterio para ordenar los puntos de meditación, se ha aventurado a distribuir las notas «para facilitar su lectura provechosa», aunque no ha conseguido que cada uno de los epígrafes sean totalmente homogéneos, pues «en general en cada una de las partes, por la índole misma de los puntos que se tocan, se trata de diversas materias».

Sin embargo, aunque algunos puntos no respondan exactamente al rótulo del capítulo, es indudable que Camino tiene un argumento que puede leerse en el índice temático. Describe, muy a grandes rasgos, el itinerario de un alma hacia Dios, y así lo entendió también la recensión ya citada de 1940. Los primeros capítulos describen las dificultades de una persona que comienza a andar el camino de la santidad (de ahí el título general del libro). Para lo cual, el Autor recomienda, como primera medida, la práctica de las virtudes que fortalecen el carácter, ponerse en manos de un director espiritual, iniciar el trato con Dios en la oración, cuidar la virtud de la castidad, ejercitarse en el examen diario de conciencia y trabajar seriamente. Esa alma que se ha iniciado así en el Amor de Dios, vive los medios para mantenerse cerca de Dios —sintiendo vivamente la filiación divina— y se pone en manos de la Virgen Santísima. Empieza a sentirse dentro de la Iglesia, en la cual descubre la Santa Misa y la Comunión Eucarística, que son su centro cultual y fuente de las cuatro notas que la caracterizan. Con la ayuda de la gracia, pone especial empeño en vivir las virtudes sobrenaturales, especialmente las teologales, en la vida ordinaria, y comprende el alcance de su vida y de su destino eterno (postrimerías). Finalmente, como consecuencia de su trato con Dios, puede sentir la llamada a su servicio, y entender y practicar el apostolado. El Autor dedica el último epígrafe a la perseverancia en el camino emprendido, que es, sin duda, lo más arduo, imposible sin la gracia. Para facilitar la consulta temática, el libro cuenta actualmente con un índice de materias completísimo, que ya existía en la edición príncipe, aunque mucho más breve (págs. 329-335), y faltaba en Consideraciones.

Camino tiene una finalidad fundamentalmente práctica: conducir las almas hacia la contemplación, especialmente las que se encuentran en medio del mundo y quieren santificarse sin abandonar sus circunstancias ordinarias. Camino se inscribe, por tanto, en la más genuina literatura espiritual cristiana, de la que constituye un eslabón preclaro, como también lo son el Itinerarium mentis in Deum bonaventuriano, el anónimo Contemptus saeculi atribuido a Kempis, y el Ejercitatorio de García de Cisneros. Sólo que contrasta con estos tres clásicos por su orientación doctrinal, pues Camino muestra el modo de alcanzar la santidad, con la ayuda de la Gracia —que sin ella nada—, en el mundo y tomando ocasión de él, mientras que aquellas obras más bien enseñan cómo apartarse de la contaminación de lo terreno, para alcanzar también la santidad.

(1) Ediciones C.I.D., Valencia 1939, 336 pp., 17,5 x 25,5. 10 ptas.

(2) Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 36.

(3) Cfr. RHF 20174, pp. 1052-1053.

(4) Imprenta Moderna, Cuenca 1934, 108 pp., 11 X 16.

(5) «Signo., 58 (7 de enero de 1940) 3, Madrid. La vigésima edición, publicada en Madrid, en 1962, se inspira en la edición príncipe e intenta reproducir su maqueta, las tintas y los caracteres tipográficos.

(6) Fechada en febrero de 1934 y firmada con las iniciales J. M.ª

Setenta años del Opus Dei

D. Álvaro  Tagged , , , , No Comments »

El dos de octubre de 1998 se cumplen setenta años de la fundación del Opus Dei. Setenta años son quizá pocos para realizar un balance provisional. Pero es tiempo más que suficiente para hacer examen de conciencia ante Dios. “Gracias por la ayuda que me has dado, perdona mi debilidad, ayúdame más”: Mons. Álvaro del Portillo, primer sucesor del Beato Josemaría al frente del Opus Dei, rezaba con esas palabras en fechas como ésta. Hoy yo quiero hacer mía aquella oración.

¿Qué perspectivas se abren en este momento a la Prelatura del Opus Dei? Las mismas que el Beato Josemaría vio el 2 de octubre de 1928. El trabajo es tarea y dignidad perpetua del hombre sobre la tierra. Siempre será preciso, por tanto, mostrar que el trabajo es, a la vez, lugar donde los hombres pueden encontrar a Cristo y materia misma de su santidad.

Deseo transcribir un fragmento de una carta del Beato Josemaría fechada en 1932. En ella, el Opus Dei es descrito en su núcleo esencial: “Al suscitar en estos años su Obra, el Señor ha querido que nunca más se desconozca o se olvide la verdad de que todos deben santificarse y de que a la mayoría de los cristianos les corresponde santificarse en el mundo, en el trabajo ordinario. Por eso, mientras haya hombres en la tierra, existirá la Obra. Siempre se producirá este fenómeno: que haya personas de todas las profesiones y oficios, que busquen la santidad en su estado, en esa profesión o en ese oficio suyo, siendo almas contemplativas en medio de la calle”.

No nos santificamos a pesar del mundo, sino en el mundo. El Beato Josemaría escribió en otra ocasión: “Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir”.

Ningún cristiano puede olvidar que el camino de la santidad pasa por la Cruz de Cristo. El esfuerzo por identificarse con Cristo en el trabajo cotidiano no puede quedar confinado en la esfera de las intenciones, sino que implica también fatiga, fortaleza en las contrariedades, dedicación, espíritu de servicio, lealtad probada.

Por eso pido al Señor que enseñe a todos los hombres a amar el sacrificio. Junto a la Cruz descubriremos que somos hijos queridísimos de Dios y experimentaremos la protección materna de María.


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