“Parece que habla para Youtube”

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La Oficina de información del Opus Dei cuenta con un canal de vídeos en Youtube desde hace varios meses.

“Acabo de ver un vídeo de una tertulia que tuvo San Josemaría con gente joven, y me ha sorprendido la rapidez y brevedad con que responde a las preguntas más variadas: parece que habla para Youtube”. Este mensaje recibido en la Oficina de información hace bastante tiempo motivó que incluyésemos en Youtube algunos videos de San Josemaría.

Opus Dei -

Nos empujaban las palabras de Juan Pablo II: “Internet produce un número incalculable de imágenes que aparecen en millones de pantallas de ordenadores en todo el planeta. En esta galaxia de imágenes y sonidos, ¿aparecerá el rostro de Cristo y se oirá su voz? Porque sólo cuando se vea su rostro y se oiga su voz el mundo conocerá la buena nueva de nuestra redención. Esta es la finalidad de la evangelización. Y esto es lo que convertirá Internet en un espacio auténticamente humano (…) Quiero exhortar a toda la Iglesia a cruzar intrépidamente este nuevo umbral, para entrar en lo más profundo de la red, de modo que ahora, como en el pasado, el gran compromiso del Evangelio y la cultura muestre al mundo «la gloria de Dios que está en la faz de Cristo» (2 Co 4, 6)”.

El canal de la Oficina de Información del Opus Dei en Youtube contiene varias decenas de vídeos de corta duración, que están clasificados en varios apartados: vídeos sobre iniciativas apostólicas, sobre el Opus Dei y sobre San Josemaría, etc.

Misión de todos en la Iglesia

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Conferencia de Mons. Alvaro del Portillo, Gran Canciller de la Universidad de Navarra, en la clausura del XI Simposio Internacional organizado por la Facultad de Teología (1990).

Ante este mundo nuestro, está claro que —insisto— la evangelización será nueva no por el contenido esencial de la doctrina que se anuncie, ni por el modelo de vida que se proponga a nuestros contemporáneos. La novedad habrá de residir en las nuevas energías espirituales y apostólicas puestas en juego por todos los fieles, pues todos somos partícipes y responsables de la misión de la Iglesia 14 . Particular importancia tendrá el testimonio coherente de los fieles laicos, a quienes —en palabras de Juan Pablo II— «corresponde testificar cómo la fe cristiana (…) constituye la única respuesta plenamente válida a los problemas y expectativas que la vida plantea a cada hombre y a cada sociedad. Esto será posible —continúa el Papa— si los fieles laicos saben superar en ellos mismos la fractura entre el Evangelio y la vida, recomponiendo en su vida familiar cotidiana, en el trabajo y en la sociedad, esa unidad de vida que en el Evangelio encuentra inspiración y fuerza para realizarse en plenitud» 15 .

Con gran fuerza y singular eficacia, anunció insistentemente esta doctrina Mons. Escrivá de Balaguer, siempre con acentos más atractivos y con renovado vigor, desde la tercera década de este siglo: «Todos, por el Bautismo —son palabras suyas, del año 1960—, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia, para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo (I Pet. II,5), para realizar cada una de nuestras acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dios-Hombre» 16 . El amplio progreso doctrinal, por el que la vocación bautismal ha sido comprendida y presentada con el relieve eclesiológico que le corresponde, es sin duda uno de los pilares en los que la Iglesia se apoya para afrontar su futuro evangelizador.

La necesaria insistencia en que los fieles laicos asuman sus responsabilidades, para hacer posible una presencia más viva de la luz cristiana en la sociedad, debe ir a la par con la insistencia en la esencial necesidad de un ejercicio abundante, generoso, humilde y audaz al mismo tiempo, del ministerio público de los sacerdotes: «en la medida en que las familias cristianas y los laicos cristianos asumen en un más amplio nivel (…) sus múltiples compromisos apostólicos, mayor necesidad tienen de sacerdotes que sean plenamente sacerdotes, precisamente para la vitalidad de su vida cristiana. Y, en otro sentido, cuanto más descristianizado está el mundo o carece de madurez en la fe, mayor necesidad tiene de sacerdotes que estén totalmente consagrados a dar testimonio de la plenitud del misterio de Cristo» 17 .

La Iglesia, que queremos ver reflorecer y dar frutos nuevos, «la Iglesia del nuevo Adviento —como leemos en la Encíclica Redemptor hominis—, la Iglesia que se prepara continuamente a la nueva venida del Señor, debe ser la Iglesia de la Eucaristía y de la Penitencia. Sólo bajo este aspecto espiritual de su vitalidad y de su actividad, es ésta la Iglesia de la misión divina, la Iglesia in statu missionis, tal como nos la ha mostrado el Concilio Vaticano II» 18 . Y la Iglesia de la Eucaristía y de la Penitencia necesariamente es la Iglesia del ejercicio infatigable del sacerdocio ministerial, es la Iglesia del sacerdote santo, del sacerdote que ama en la raíz de su alma, de todo su ser, por tanto, la llamada que ha recibido del Maestro, para conducirse a toda hora como alter Christus, como ipse Christus 19 .

No es ahora necesario detenernos más sobre la necesidad del ministerio sacerdotal para la nueva evangelización, ni sobre la mutua ordenación entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común de todos los fieles: a éstas y a otras cuestiones conexas habéis dedicado ya vuestra atención en estos días. Para todos es, en efecto, bien claro que, sin una abundante dispensación de esos grandes misterios de Dios 20 , que son la Eucaristía y la Penitencia, y con ellos del alimento de la palabra divina, languidecería la vida sobrenatural de los fieles. La nueva evangelización depende, de manera esencial, de que haya ministros que dispensen generosamente —con hambre de santidad propia y ajena— la palabra de Dios y los sacramentos, hombres formados por la Iglesia, que sienten siempre con la Iglesia, para ser, al ciento por ciento, sacerdotes a la medida de la donación de Cristo, siempre bien unidos a su respectivo Ordinario, con veneración a toda la Jerarquía de la Iglesia, y de modo peculiar al Romano Pontífice.

Libros, novedades y páginas web

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En la página oficial de San Josemaría se ofrecen, entre otras, noticias sobre la nueva web del Instituto Histórico del Fundador del Opus Dei y un libro sobre el “santo de lo ordinario”, escrito por el norteamericano John Wauck.

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Nueva web del Instituto Histórico San Josemaría
El Instituto Histórico San Josemaría Escrivá tiene una nueva página web on line: www.isje.org. El Instituto -erigido por el Prelado del Opus Dei, Mons. Echevarría, en el año 2001- se propone impulsar estudios históricos sobre el Opus Dei y su Fundador.

“Sal, luz y fermento.” La tarea de los laicos en la misión de la Iglesia
Artículo de Mons. Álvaro del Portillo sobre la nueva evangelización.

San Josemaría, según Josemaría Escrivá
Con el título “Un camino por el mundo” -”Un Cammino Attraverso il Mondo”-, el norteamericano John Wauck ha publicado un libro -por el momento sólo en italiano-, en el que pretende poner al lector en contacto con el fundador del Opus Dei.

“Procesos como éste son muestra de la vitalidad de la Iglesia”

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Monseñor César Franco clausuró la fase diocesana del proceso de canonización del siervo de Dios José María Hernández Garnica

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El obispo destacó “la importancia de la santidad en la vida de la Iglesia, que espera santidad como primera aportación de los cristianos”.

César Franco glosó “la fidelidad” y “la unidad” del siervo de Dios para “dedicar su vida a la santificación de muchas personas”, a “propagar el carisma con que el Espíritu Santo ha enriquecido a la Iglesia a través de san Josemaría Escrivá”.

Pidió además que su figura “sea incentivo para nosotros, estímulo para la santidad, como todo cristiano debe ser. Ojalá tengamos que hacer más procesos como éste, que son muestra de la vitalidad de la Iglesia”.

En el acto se cerraron y lacraron las cajas que contienen los más de cinco mil folios con las pruebas documentales y testificales reunidas por el tribunal desde febrero de 2005, y que serán enviadas a la Congregación para las Causas de los Santos para la obtención del decreto de validez del proceso.

Hernández Garnica fue uno de los primeros fieles del Opus Dei, en el que pidió la admisión en 1935. Dedicó su vida a la evangelización a través de esta institución, tanto en España como en  Inglaterra, Irlanda, Francia, Austria, Alemania, Suiza, Bélgica y Holanda.

Opus Dei -  Familiares de José María Hernández Garnica con el obispo César Franco al  término del acto

Familiares de José María Hernández Garnica con el obispo César Franco al término del acto

Para el postulador de la Causa, José Carlos Martín de la Hoz, “el haber caminado por caminos tan distintos, en continua adaptación a diversas culturas y ambientes, le hace ser un buen ejemplo para la evangelización de la vieja Europa”.

Hernández Garnica fue uno de los principales colaboradores del fundador san Josemaría Escrivá. Doctor Ingeniero de Minas, en Ciencias Naturales y en Teología, fue uno de los tres primeros fieles del Opus Dei que se ordenaron sacerdotes en 1944, junto con Álvaro del Portillo y José Luis Múzquiz.

Se santificó en sus tareas profesionales y luego en las propias del sacerdote, con gran generosidad: aprendió varios idiomas, se adaptó a diferentes ambientes e hizo frente a incomodidades de todo orden en países en los que comenzaba la labor apostólica del Opus Dei.

Evangelización, proselitismo y ecumenismo

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Artículo de Mons. Fernando Ocáriz, profesor de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz publicado en Scripta Theologica

MONS. FERNANDO OCÁRIZ/ SCRIPTA THEOLOGICA [38 (2006/2) 617-636]

SUMARIO: 1. INTRODUCCIÓN. 2. NECESIDAD DE UNA CLARIFICACIÓN. 3. EL USO DEL TÉRMINO «PROSELITISMO». 3.1. El proselitismo en la Sagrada Escritura. 3.2. El proselitismo en la época patrística. 3.3. La reaparición del término y su significado en las lenguas modernas. 3.4. Conclusión terminológica. 4. PROSELITISMO y ECUMENISMO. 4.1. Iglesia católica e Iglesias no católicas. 4.2. Ecumenismo y proselitismo: conclusión.

Resumen: El proselitismo pertenece a la misión evangelizadora de la Iglesia. La connotación negativa que para algunas personas tiene la palabra no debe hacer desaparecer ni su uso ni la actividad que designa. Así lo muestra un estudio detenido del término en la Sagrada Escritura y en la tradición de la Iglesia. Se deben excluir las formas de proselitismo violento o sectario, pero en el marco del diálogo ecuménico también se debe intentar ayudar a las personas para que lleguen a la plenitud de la verdad en la Iglesia Católica.

Palabras clave: Proselitismo, Evangelización, Ecumenismo.

1. INTRODUCCIÓN

La vida de Jesucristo, redentora en todos sus instantes y dimensiones, se puede resumir en aquellas palabras de San Pablo: «en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo» (2 Cor 5, 19), que San Agustín comentó con la célebre expresión: mundus reconciliatus, Ecclesia1: Cristo, reconciliando al mundo con Dios, edifica su Iglesia. Esta extensión universal de la Redención -contemplada por otros Padres en la Cruz cósmica, que abarca el universo2 se va realizando en la Iglesia. La Iglesia es el mismo mundo en cuanto reconciliado con Dios en Cristo y, a la vez, es la continuación de la presencia reconciliadora, salvífica, del Señor: «la Iglesia es eso: Cristo presente entre nosotros; Dios que viene hacia la humanidad para salvada, llamándonos con su revelación, santificándonos con su gracia, sosteniéndonos con su ayuda constante, en los pequeños y en los grandes combates de la vida diaria» 3.

De ahí que la misión de la Iglesia se pueda, a su vez, resumir en transformar el mundo en sí misma; es decir, en ir incorporando la humanidad al Cuerpo de Cristo que ella misma es. Esta misión puede también expresarse con el término evangelización -que encierra una gran riqueza de contenido, del que «ninguna definición parcial y fragmentaria puede dar razón» 4, entendido en su sentido más amplio, como traditio Evangelii, transmisión del Evangelio en cuanto «fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree» (Rom 1, 16); palabra que anuncia y da la vida eterna (cfr. Jn 6, 68), en la predicación y en los sacramentos. Misión apostólica que el Señor enunció así: «Id por todo el mundo, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado» (Mt 28, 19). Por esto, «el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, es un pueblo que proviene de todos los pueblos. La Iglesia, desde el inicio, es católica, ésta es su esencia más profunda» 5. Catolicidad y universalidad de la evangelización son inseparables.

Como el Señor -que predicó a todos la conversión desde el mismo inicio de su vida pública (cfr. Mc 1, 15)-, la Iglesia ha entendido siempre su misión de transmitir el Evangelio ad gentes como dirigida a la conversión de los hombres. Sin embargo, es bien sabido que, por desgracia, este empuje misional ha sufrido en los últimos tiempos un enfriamiento en no pocos ambientes católicos. De hecho, Juan Pablo II advirtió que la llamada a la conversión «es puesta en discusión o pasada bajo silencio. Se ve en ella un acto de “proselitismo”; se dice que basta ayudar a los hombres a ser más hombres o más fieles a su propia religión, que basta construir comunidades capaces de obrar a favor de la justicia, de la libertad, de la paz, de la solidaridad» 6. La actividad de transmitir el Evangelio, incorporando los hombres a Cristo en la Iglesia, puede designarse -y así se ha hecho con alguna frecuencia- con el término proselitismo. Pero -como apuntaba Juan Pablo II, en el texto citado-, en algunos ambientes, esta palabra ha ido adquiriendo un matiz negativo.

De hecho, no es raro que, con motivaciones de fondo diversas, se pretenda obstaculizar la misión evangelizadora de la Iglesia con la acusación de proselitismo, entendiendo este término en un sentido negativo, es decir como el uso de métodos inmorales (violencia física o moral, engaño) para captar seguidores. En realidad, el Magisterio de la Iglesia ha reprobado siempre la violencia y el engaño. Así, en el contexto de la libertad religiosa, el Concilio Vaticano II lo ha recordado con especial fuerza: «Las comunidades religiosas tienen también el derecho a que no se les impida la enseñanza y el testimonio público oral y escrito de su fe. Pero en la difusión de la fe religiosa y en la introducción de costumbres hay que abstenerse siempre de todo tipo de acciones que puedan tener sabor a coacción o persuasión deshonesta o menos recta, sobre todo cuando se trata de personas incultas o necesitadas» 7. Y, en este mismo sentido, Juan Pablo II afirmaba: «La nueva evangelización no tiene nada que ver con lo que diversas publicaciones han insinuado, hablando de restauración, o lanzando la palabra proselitismo en tono de acusación, o echando mano de conceptos como pluralismo y tolerancia, entendidos unilateral y tendenciosamente. Una profunda lectura de la Declaración conciliar Dignitatis humanae sobre la libertad religiosa ayudaría a esclarecer tales problemas, y también a disipar los temores que se intenta despertar, quizá con el fin de arrancar a la Iglesia el coraje y el empuje para acometer su misión evangelizadora. Y esa misión pertenece a la esencia de la Iglesia» 8.

2. NECESIDAD DE UNA CLARIFICACIÓN

En algunos documentos eclesiásticos posteriores al Concilio Vaticano II, cuando se emplea la palabra proselitismo en sentido negativo, se aclara el sentido que el término no contiene en sí mismo. Por ejemplo, en el Directorio ecuménico de 1967, se exhorta a los Obispos a hacer frente al peligro de proselitismo en relación a la actividad de las sectas, pero se aclara inmediatamente que «por la voz “proselitismo”, se entiende aquí un modo de obrar no conforme con el espíritu evangélico, en cuanto utiliza argumentos deshonestos para atraer los hombres a su Comunidad, abusando, por ejemplo, de su ignorancia o pobreza, etc. (cfr. Decl. Dignitatis humanae, 4)»9. La necesidad de distinguir entre un proselitismo positivo y uno negativo, se hizo también presente en campo ecuménico, por ejemplo en la Tercera relación oficial (1971) del Grupo Mixto Iglesia Católica-Consejo Ecuménico de las Iglesias, en la que se constata que en algunos contextos lingüísticos el término proselitismo «ha adquirido un sentido peyorativo», y se concluye que, si se quiere indicar ese sentido negativo «en otras lenguas o contextos en los que el término conserva su sentido más antiguo de “celo por la difusión de la fe”, se hará necesario especificar siempre “proselitismo en un sentido peyorativo” o alguna otra expresión que denote actitudes y conductas criticables» l0. No es éste, evidentemente, un texto con valor magisterial, pero sí es un testimonio más del hecho de que el sentido negativo o peyorativo no es intrínseco al termino proselitismo.

Años más tarde, Juan Pablo II, en la Carta Mentre si intensificano, de 1991, se refería al «rechazo de toda forma indebida de proselitismo, evitando de manera absoluta en la acción pastoral cualquier tentación de violencia y cualquier forma de presión» 11. Es evidente, también por el contexto, que si hay formas indebidas de proselitismo, existen otras no indebidas.

En otros documentos eclesiásticos, se fue introduciendo el uso del término proselitismo en sentido negativo, especialmente en referencia al «proselitismo de las sectas». En ocasiones, también se ha usado el término para indicar, sin matiz alguno, una actividad injusta. Así, por ejemplo, en un documento de la Comisión Pontificia pro Russia, de 1992, se dice: «Lo que se llama proselitismo -es decir cualquier presión sobre la conciencia-, de quienquiera que sea practicado o bajo cualquier forma, es completamente diverso del apostolado y no es en absoluto el método en que se inspiran los pastores de la Iglesia» 12. En el nuevo Directorio ecuménico de 1993, desapareció el matiz presente en el anterior Directorio, con el que se precisaba el sentido en que se hablaba de proselitismo 13. A partir de entonces, ha sido frecuente que con esta palabra se designen tout court comportamientos dirigidos a forzar, presionar o, en general, tratar en forma abusiva la conciencia de las personas.

Sin embargo, en el ámbito ecuménico no se llegó a prescindir siempre de la distinción entre un proselitismo bueno y uno malo. Por ejemplo, en un documento de 1995 del Grupo mixto Iglesia Católica Consejo Ecuménico de las Iglesias, se aclara que, aunque el término proselitismo «ha adquirido recientemente una connotación negativa cuando se ha aplicado a la actividad de algunos cristianos dirigida a hacer seguidores entre los miembros de otras comunidades cristianas», históricamente este término «ha sido empleado en sentido positivo, como concepto equivalente al de actividad misionera» 14 y se explica que «en la Biblia este término no tiene connotación negativa alguna. Un “prosélito” era quien creía en el Señor y aceptaba su ley, y de este modo se convertía en miembro de la comunidad judía. La cristiandad tomó este significado para describir a quien se convertía del paganismo. Hasta época reciente, la actividad misionera y el proselitismo se consideraban conceptos equivalentes» 15.

En cualquier caso, parece necesaria una clarificación, pues el asunto no es meramente lingüístico, sino que comporta importantes connotaciones doctrinales.

3. EL USO DEL TÉRMINO «PROSELITISMO»

3.1. El proselitismo en la Sagrada Escritura

Como se recordaba en el texto apenas citado, el término prosélytos pasó del judaísmo a la tradición cristiana. Se trata de la traducción griega del hebreo ger, frecuente en la versión de los LXX (77 veces), que designaba principalmente al extranjero que, viviendo establemente en la comunidad hebraica, gozaba de los mismos derechos y deberes que los hebreos 16, participando también en el culto religioso de la comunidad.
Parece que la realidad de los prosélitos, en cuanto categoría institucionalizada, provino de la diáspora en la época del helenismo y comportaba un periodo de preparación que culminaba en la Pascua, antes del cual el prosélito recibía la circuncisión 17.

El término prosélytos aparece sólo cuatro veces en el Nuevo Testamento: una en San Mateo (23, 15) y tres en los Hechos de los Apóstoles (2, 11; 6, 5; 13,43). El texto del Evangelio es en el que se expresa más claramente el alcance del término. Los escribas y fariseos se preocupaban de buscar personas que estuviesen en condiciones de entender y de vivir la fe en el único Dios. En buena parte fue la actividad proselitista lo que permitió sobrevivir al judaísmo después de la destrucción del Templo y la dispersión del pueblo. La mayor parte de los exégetas concuerdan -como, por otra parte, parece bastante obvio- en que el reproche que Jesús dirige a escribas y fariseos no se refiere al hecho de procurar prosélitos sino al modo de hacerlo y, sobre todo, a que hacían después al discípulo «hijo del infierno», dos veces peor que el maestro que le atrajo al judaísmo 18. Ya en la época del protestantismo liberal apareció la tendencia a interpretar Mt 23, 15 como si Jesús hubiese condenado el proselitismo en cuanto tal, pues su actividad se dirigía exclusivamente a Israel, evitando expresamente la misión entre paganos 19. Ciertamente, al menos en dos ocasiones el Señor afirmó que había sido enviado sólo a Israel (cfr. Mt 10, 6; 15, 24), pero no bastan esas referencias para sacar conclusiones generales absolutas: sería superfluo detenemos aquí en mostrar la universalidad de la misión redentora de Jesucristo, que precisamente en San Mateo es particularmente explícita (cfr. Mt 12,41 s; 25, 31 ss; 28,18-20). Se puede ciertamente asegurar que el Señor no sólo no valoró negativamente el proselitismo hebraico en sí mismo, sino que la universalidad de su misión se situó en continuidad con el espíritu proselitista judío; continuidad, dentro de la peculiar continuidad-discontinuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamentos.

El primer texto de Hechos en que aparece el término prosélytos se refiere a los diversos grupos de judíos que se habían congregado en Jerusalén con ocasión de la fiesta de Pentecostés. La expresión «judíos y prosélitos» (Hch 2, 11) no menciona lugares de proveniencia sino que es una indicación de naturaleza religiosa, que constituye como un resumen del enunciado de los diversos pueblos hecho anteriormente 20. En Hch 6, 5, leemos que uno de los primeros siete diáconos es «Nicolás, prosélito de Antioquía». El sentido positivo del ser prosélito es evidente: los siete fueron elegidos por su buena fama, por estar llenos del Espíritu Santo y por su sabiduría (cfr. Hch 6,3). En Hch 13, 42-43 se recoge el final del discurso de San Pablo en la sinagoga de Antioquía de Pisidia. El efecto que sus palabras producen en los oyentes hace que éstos pidan después a Pablo y Bernabé que continúen explicando su mensaje el próximo sábado. Como consecuencia se adhirieron a ellos «muchos judíos y piadosos prosélitos», que eran exhortados a «permanecer en la palabra de Dios». También aquí es evidente el significado positivo de prosélito, que es además subrayado por el adjetivo «piadosos» (sebomenon prosélytos).

Los Hechos de los Apóstoles describen la actividad misionera de la primitiva comunidad cristiana siguiendo las huellas del judaísmo. Como los hebreos intentaban atraer paganos bien dispuestos para que se integrasen en la religión hebrea, así también los primeros cristianos se sentían impulsados a comunicar el mensaje salvífico de Cristo con el fin de «ganar» almas para el Señor (cfr. 1 Cor 9, 19-23; Flp 3,8). Al principio, su actividad estaba dirigida a los judíos, pero «los que se habían dispersado por la tribulación surgida por lo de Esteban llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, predicando la palabra sólo a los judíos. Entre ellos había algunos chipriotas y cirenenses, que, cuando entraron en Antioquía, hablaban también a los griegos, anunciándoles el Evangelio del Señor Jesús. La mano del Señor estaba con ellos y un gran número creyó y se convirtió al Señor» (Hch 11, 19-21). La misión de la Iglesia ad gentes nació, en efecto, como la continuidad cristiana -en el sentido mencionado antes- del proselitismo hebreo.

3.2. El proselitismo en la época patrística

En la Patrística, el término proselitismo aparece en San Justino, en su Diálogo con Trifón21, a propósito de Is 49, 6: «Te he puesto para ser luz de las naciones». Los hebreos, convencidos de la fe en el verdadero Dios, se sentían impulsados a buscar prosélitos, pero San Justino comenta, sin negar la actividad proselitista de los hebreos, que el texto de Isaías se refiere principalmente, en sentido profético, a Cristo ya los cristianos. Más explícitamente escribe en otro pasaje del Diálogo con Trifón: «os queda poco tiempo para haceros prosélitos (prosélyseos krónos) nuestros: si Cristo os precede con su venida, en vano os arrepentiréis» 22. Migne tradujo así al latín: «breve enim hoc vobis relinquitur ad nos accedendi tempus. Si Christus venire occupaverit, frustra vos poenitebit». En esta línea, las traducciones en lenguas vulgares usan expresiones como «uniros a nosotros» («aderirvi a noi», etc.), en lugar de la expresión más literal que sería «haceros prosélitos nuestros» («farvi proseliti nostri», etc.).

También Flavio Josefo, en su Contra Apionem, se refiere a los éxitos proselitistas de los hebreos 23. El proselitismo, como actitud y como actividad, se consideraba eminentemente positivo y meritorio, pues se daba a los gentiles la posibilidad de ser objeto de la elección divina, de formar parte del pueblo elegido. Así, por ejemplo, en el Midrash Rabbah se encuentran afirmaciones de este tipo: «quien se acerca a un pagano y lo convierte debe ser considerado como si lo hubiese creado» 24; «cuando llega un extranjero y se hace prosélito, dale la mano para que sea acogido bajo las alas de la shekinah» 25. En otros autores, como Eusebio de Cesarea, Epifanio de Salamina, Procopio y Teodoreto, el verbo prosélyteio suele tener el significado de «ser extranjero»; también San Juan Crisóstomo lo emplea en este sentido 26.

Naturalmente, hay muchos comentarios patrísticos a Mt 23, 15, en los que se dan sobre todo interpretaciones de por qué el prosélito se hacía peor que su maestro 27. En este contexto, San Agustín considera que hacer prosélitos es como engendrar hijos 28. En cualquier caso, se puede decir que, en los primeros siglos, el uso del término para designar a los conversos al cristianismo y el de su derivado (proselitismo) no tenía connotación negativa alguna.

3.3. La reaparición del término y su significado en las lenguas modernas

Lo mismo puede decirse de los siglos sucesivos. Las conversiones al cristianismo pasan a ser numerosísimas y la cuestión que la Iglesia se plantea, en una Europa que se hace cristiana, no es tanto buscar prosélitos cuanto la organización del catecumenado, la enseñanza de la fe a quienes solicitan el Bautismo. Parece ser que fue poco después de la Reforma protestante, cuando reapareció en el lenguaje cristiano el uso de la palabra proselitismo. Según David Bosch, fueron los jesuitas los primeros en utilizada con el significado de extender la fe cristiana entre los no católicos, incluidos los protestantes 29. En cambio, según el Oxford English Dictionary el término habría reaparecido en 1660 en una obra de H. Hammon 30. En ámbito italiano, se encuentran muy numerosas referencias al proselitismo a partir de 1774 31; en francés, parece que fue Montesquieu en 1715 el primero en usar esta palabra 32, que en cambio no se encuentra en la Encyclopédie de Diderot y d’Alambert.

Por lo que se refiere al significado actual en las diversas lenguas occidentales, prácticamente todos los diccionarios y las enciclopedias más prestigiosas coinciden en definir el proselitismo simplemente como la actividad o la actitud dirigida a hacer prosélitos 33. Es obvio que se trata de una realidad presente en múltiples niveles (religioso, político, deportivo, económico, etc.) y, en principio, plenamente legítima, aunque como cualquier otra actividad pueda desviarse moralmente34. En algunos casos, se menciona un sentido peyorativo del término, como en el alemán Duden-Rechtschreibung(de 1986), donde Proselyt se entiende originariamente como el converso al judaísmo y actualmente como el «nuevo converso», y se añade que el término derivado Proselytenmacherei (proselitismo), implica una idea negativa. Por el contrario, en diversos diccionarios y enciclopedias en otras lenguas, se encuentran sobre todo explicaciones del término en sentido sólo positivo, especialmente en escritos de inspiración cristiana. Así, por ejemplo, en el Lessico Universale Italiano, se afirma que «la actividad misionera es una forma organizada de proselitismo» 35; y, en castellano, en la Gran Enciclopedia Rialp, donde el término proselitismo se entiende en el sentido literal de «celo por ganar prosélitos», se explica que, en sentido más amplio, por proselitismo se entiende «la acción apostólica dirigida a difundir la fe católica para que todos los hombres lleguen al conocimiento de Cristo» 36.

En Internet se pueden encontrar sobre el tema fuentes de todo tipo; sin embargo, es significativo que en una de las más consultadas en todo el mundo -por pertenecer a Microsoft y estar disponible en numerosas lenguas-, el término proselitismo es mencionado en varios artículos y nunca en sentido negativo. Por ejemplo, en el artículo sobre «Libertad de culto», se dice que todos los ciudadanos «pueden profesar libremente el propio credo haciendo, eventualmente, también obra de proselitismo» 37; y, en el artículo «Propaganda», se afirma que este concepto está «inicialmente ligado a la actividad de proselitismo de la Iglesia católica» 38. En este horizonte de libertad se sitúan también algunas posiciones de autores actuales, como la de un político francés que llega a afirmar que «el proselitismo, con tal de que sea moderado, ha sido reconocido como un componente intrínseco de la libertad religiosa» 39.

De todos estos datos se puede concluir que, aunque en algunos idiomas, como el alemán, prevalece actualmente un sentido negativo del término proselitismo, que se separa de su raíz bíblica, en muchas otras lenguas y contextos culturales, expresa una actividad en sí positiva. Como se lee en un Diccionario teológico de hace pocos años, «Según la Sagrada Escritura, el “prosélito” es el no judío que se hace judío, aceptando la fe judía. Es el “temeroso de Dios” que conoce la ley y la observa.
El cristianismo hizo suyo el término analógicamente, de manera que “hacer proselitismo”, difundir la fe cristiana (cristianizar, evangelizar), hasta tiempos recientes se consideraban la misma cosa» 40. El mismo Diccionario añade que, junto a este significado positivo y habitual, el término proselitismo ha comenzado a tener recientemente también uno negativo como consecuencia de las actividades de las sectas de origen protestante 41.

Antes de la aparición de este fenómeno de acentuación negativa del término proselitismo en algunos ambientes, los autores católicos, especialmente en el contexto de la vida espiritual, han usado pacíficamente la palabra proselitismo para referirse a la actividad apostólica o de evangelización: «el término pone de relieve la dimensión personal de la misión apostólica, es decir, la necesidad de realizarlo de persona a persona, con quienes se encuentran al lado» 42. Esta misión la realiza el cristiano muy especialmente en el trato de amistad en su vida familiar, profesional y social. Junto al uso para designar la actividad encaminada a acercar a otros a la Iglesia o a ayudarles a vivir coherentemente con la fe católica, el término proselitismo se ha utilizado también con frecuencia en el contexto de la promoción de vocaciones específicas dentro de la Iglesia (al sacerdocio, etc.). También este uso está claramente inspirado en el sentido bíblico de proselytos.

Un importante ejemplo actual lo encontramos en el libro Camino, de San Josemaría Escrivá de Balaguer, obra de espiritualidad de extraordinaria difusión (hasta ahora, más de cuatro millones y medio de ejemplares, en unos 44 idiomas), donde hay un capítulo que lleva por título precisamente Proselitismo, en el que se emplea el término en su sentido original exclusivamente positivo. Sólo en las ediciones en algunas pocas lenguas, en las que hay una tendencia a valorar negativamente el término (concretamente, en alemán y en inglés), se ha traducido no literalmente sino con expresiones más o menos análogas («Menschen gewinnen»; «Winning new apostles»). Sin embargo, en una reciente edición bilingüe castellano-inglesa, el traductor ha considerado más adecuado traducir proselytism, con «proselitismo», explicando  en una nota el significado positivo que tiene esa palabra.

3.4. Conclusión terminológica

El uso de la palabra proselitismo en un sentido exclusivamente negativo no es algo generalizado ni tampoco, en la mayor parte de los casos, el simple efecto de una evolución del lenguaje. Con frecuencia, la utilización actual de este término como si sólo tuviese un significado negativo no se debe a que por tal palabra se entienda de hecho -contra su significado original- una actitud inmoral (violenta, engañosa, etc.), sino que también se considera negativo el verdadero sentido positivo del proselitismo. Es decir, el problema de fondo es que con la tendencia, que pretende imponerse en algunos ambientes, de usar la palabra proselitismo como algo negativo, se pretende afirmar una actitud relativista y subjetivista, sobre todo en el plano religioso, para la que no tendría sentido que una persona pretendiese tener la verdad y procurase convencer a otras para que la acojan y se incorporen a la Iglesia. La descalificación -presente en algunos ambientes- de la palabra proselitismo, sobre todo cuando se refiere al apostolado cristiano, mucho tiene que ver, en efecto, con esa «dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida solamente el propio yo y sus deseos» 44.

Por esto, es necesario reafirmar que la acción de invitar y favorecer que otras personas -no cristianas o, en otro nivel, cristianas no católicas- se incorporen a la plena comunión en la Iglesia católica, respetando la verdad y la intimidad y libertad de todos, es parte integrante de la evangelización.

En otro orden de cosas, también se está pretendiendo usar la palabra proselitismo en un sentido exclusivamente negativo, para designar la acción apostólica de promoción de determinadas vocaciones dentro de la Iglesia que comportan un serio compromiso (el sacerdocio y otros diversos modos organizados de buscar la plenitud de la vida cristiana). En este caso, las motivaciones son variadas pero no del todo ajenas al mismo relativismo y subjetivismo.

Como es obvio, la evangelización, al igual que cualquier actividad humana, puede realizarse con intención o con métodos inmorales (y de hecho así sucede en no pocas sectas no católicas y no cristianas). Pero sería una gran falsedad histórica afirmar que esto haya sido frecuente en la Iglesia. El verdadero espíritu cristiano siempre ha estado informado por la caridad, como se expresa en estas palabras de San Josemaría Escrivá de Balaguer: «No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con el estudio; nunca con la fuerza, siempre con la caridad» 45. Por otra parte, la posibilidad -y realidad en algunas sectas- de un proselitismo moralmente incorrecto no justifica atribuir al término un sentido negativo. Es más, la coherencia debería llevar a usar la palabra proselitismo sin adjetivo alguno para designar su sentido original positivo, y calificada en cambio de algún modo cuando se trate de una actividad reprobable (por ejemplo, proselitismo negativo, proselitismo sectario, proselitismo violento, etc.), a menos que el contexto lo haga claramente innecesario.

No hay pues motivos suficientes (ni lingüísticos, ni históricos ni, mucho menos, teológicos) para atribuir al término proselitismo un sentido negativo. Y, sobre todo, nada podría justificar la pretensión de que la Iglesia renunciara a la catolicidad de su misión reconciliadora del mundo con Dios, es decir a extenderse ella misma más y más, para gloria de Dios y salvación de todas las almas.

4. PROSELITISMO Y ECUMENISMO

La pretendida descalificación del término proselitismo está teniendo especial relevancia en relación a la actividad de la Iglesia católica en territorios de mayoría ortodoxa. En este contexto, se hace más patente que no estamos ante una simple cuestión terminológica o de evolución del lenguaje. No se trata, en efecto, de que se use el término proselitismo sólo para lo que debería especificarse como «proselitismo abusivo», sino que se considera también reprobable el proselitismo que busque, con pleno respeto de la intimidad y libertad de las personas, la incorporación de cristianos ortodoxos a la Iglesia católica.

Las motivaciones de semejante descalificación son variadas; desde el punto de vista propiamente eclesiológico, el motivo que puede parecer más importante es que los cristianos ortodoxos ya están incorporados a una verdadera Iglesia, como la misma Iglesia católica reconoce, al afirmar, en la Declaración Dominus Iesus, que las comunidades cristianas que, aunque separadas de Roma, han conservado la válida Eucaristía y el Episcopado válido son «verdaderas Iglesias particulares» 46. Pero esta afirmación ha de entenderse en su contexto y significado auténticos.

4.1. Iglesia católica e Iglesias no católicas

Ante todo, es necesario confesar que Jesucristo ha fundado una sola Iglesia, sobre Pedro y con la garantía de indefectibilidad ante las persecuciones, divisiones y obstáculos de todo tipo que habría de encontrar a lo largo de la historia (cfr. Mt 16, 18). Y así ha sido y será siempre: existe una sola Iglesia de Cristo, que en el Símbolo confesamos como una, santa, católica y apostólica 47.

A la vez, con el Concilio Vaticano II -en el n. 8 de la Constitución Lumen gentium-, debemos sostener que «esta Iglesia, establecida y organizada en este mundo como una sociedad, subsiste en (subsistit in) la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él, si bien (licet) fuera de su estructura se encuentren muchos elementos de santificación y de verdad que, como bienes propios de la Iglesia de Cristo, impelen hacia la unidad católica».

Como se sabe, en el esquema que dio lugar después a este texto definitivo, se decía que la Iglesia de Cristo es (est) la Iglesia católica 48. Sobre todo por esto, la célebre expresión subsistit in ha sido después objeto de diversas y contradictorias interpretaciones, sobre las que no es necesario detenemos aquí. En realidad, «la palabra “subsiste” no tiene otro significado que el de “continúa existiendo”. Por tanto, si la Iglesia de Cristo “continúa existiendo” (subsistit in) en la Iglesia Católica, la continuidad de existencia comporta una substancial identidad de esencia» 49. Este significado coincide con el lenguaje común de la cultura occidental y es conciliable con el significado filosófico clásico: subsiste aquello que es en sí y no en otro 50. Y, por esto, «el Concilio quiere decimos que la Iglesia de Jesucristo como sujeto concreto en este mundo se puede encontrar en la Iglesia católica. Esto puede suceder sólo una vez y la concepción según la cual el subsistit se habría de multiplicar no capta precisamente lo que se quería decir. Con la palabra subsistit el Concilio quería expresar la singularidad y la no multiplicabilidad de la Iglesia católica» 51. Por eso, «es contraria al significado auténtico del texto conciliar la interpretación de quienes de la fórmula subsistit in extraen la tesis según la cual la única Iglesia de Cristo podría también subsistir en Iglesias y Comunidades eclesiales no católicas» 52.

Es necesario observar que el n. 8 de Lumen gentium, al afirmar la subsistencia de la Iglesia de Cristo en la Iglesia católica gobernada por el sucesor de Pedro y los Obispos en comunión con él (en el sentido de solo en ella), se refiere explícitamente a la Iglesia en cuanto establecida y organizada como sociedad en este mundo, e inmediatamente después afirma que fuera de su estructura se encuentran muchos elementos de santificación y de verdad. Esto nos remite a considerar la Iglesia no sólo en su dimensión social sino también en su dimensión mistérico-sacramental, como Cuerpo místico de Cristo 53.

El Concilio Vaticano II, siguiendo un uso tradicional, da el nombre de Iglesias a las comunidades cristianas no católicas que han conservado la Eucaristía válida y el Episcopado. Durante la elaboración del Decreto Unitatis redintegratio, uno de los relatores de la respectiva Comisión conciliar explicó que no se pretendía entrar en la cuestión disputada de cuáles son las condiciones para que una comunidad sea Iglesia en sentido teológico 54. Pero esto no significa que ese título, atribuido a esas comunidades no católicas, fuese simplemente honorífico o sociológico, ya que el mismo Decreto afirma que «por la celebración de la Eucaristía del Señor en cada una de estas Iglesias, se edifica y crece la Iglesia de Dios» 55; expresión que hay que interpretar a la luz del n. 8 de Lumen gentium, es decir en el sentido de que en estas Iglesias existen muchos elementos de santificación y de verdad propios de la única Iglesia de Cristo (la Iglesia católica).

Los posteriores desarrollos teológicos y magisteriales sobre este tema, han conducido a atribuir a estas comunidades no católicas que han conservado el Episcopado y la Eucaristía válida el título, ciertamente de naturaleza teológica, de Iglesias particulares 56. Desde el punto de vista magisterial, los momentos más relevantes sobre el tema han sido dos documentos de la Congregación para la Doctrina de la Fe: la Carta Communionis notio, de 1992, que afirma que estas comunidades «merecen el título de Iglesias particulares» 57; y la Declaración Dominus Iesus, ya citada en su afirmación de que son «verdaderas Iglesias particulares» 58.

Se comprende fácilmente que donde Cristo se hace presente en el sacrificio eucarístico de su Cuerpo y de su Sangre, allí está presente la Iglesia, Cuerpo de Cristo mediante el cual el mismo Señor realiza la salvación en la historia. Sin embargo, no toda forma de presencia de la Iglesia constituye una Iglesia particular, sino solamente la presencia con todos sus elementos esenciales; por eso, para que una comunidad cristiana sea verdaderamente Iglesia particular, «debe hallarse presente en ella, como elemento propio, la suprema autoridad de la Iglesia: el Colegio episcopal “junto con su Cabeza el Romano Pontífice, y jamás sin ella” (Lumen gentium, n. 22)» 59. Esto podría parecer un obstáculo insuperable para entender cómo las Iglesias no católicas son «verdaderas Iglesias particulares». Una posible vía de reflexión puede ser considerar la real presencia del Primado petrino (y del Colegio episcopal) en las Iglesias no católicas, en virtud de la unidad del Episcopado «uno e indiviso» 60: una unidad que, desde luego, no puede existir sin la comunión con el Obispo de Roma. Allí donde, en virtud de la sucesión apostólica, exista válido Episcopado, allí estará presente, como autoridad suprema (aunque no sea de hecho reconocida) el Colegio episcopal con su Cabeza. Además, en toda válida celebración de la Eucaristía hay una referencia objetiva a la universal comunión con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia entera 61, independientemente de las convicciones subjetivas. Es necesario, sin embargo, no perder de vista que la ausencia de plena comunión con el Papa comporta una herida en la eclesialidad misma de esas Iglesias 62; herida no sólo de naturaleza disciplinar o canónica, sino también relativa a la no plena profesión de la fe católica. Por esto, a una Iglesia particular no católica no le falta solamente la manifestación visible de la plena comunión para ser plenamente Iglesia 63.

Y, volviendo de nuevo al dato fundamental de la unicidad de la Iglesia de Cristo, es preciso afirmar que las Iglesias particulares no católicas son verdaderas Iglesias por lo que tienen de católicas, y que no son plenamente Iglesias por lo que tienen de no católicas. Su eclesialidad, en efecto, está radicada en el hecho de que da única Iglesia de Cristo tiene en ellas una presencia operante» 64. En otras palabras, reconocer el carácter de Iglesias a estas comunidades cristianas comporta necesariamente afirmar que también estas Iglesias no católicas son -en aparente paradoja- porciones de la única Iglesia, es decir, de la Iglesia católica; porciones en situación teológica y canónica anómala. Aún en otros términos, podemos decir que la suya es una «eclesialidad participada, según una presencia imperfecta y limitada de la Iglesia de Cristo» 65.

4.2. Ecumenismo y proselitismo: conclusión

La Iglesia debe evangelizar ante todo a sus propios miembros, llevando a cada uno la doctrina íntegra del Evangelio y la plenitud de los medios de salvación. Miembros de la Iglesia son también, en el sentido expuesto, los fieles de las Iglesias ortodoxas. En relación a éstos, la Iglesia debe empeñarse en edificar la unidad de fe y comunión; unidad que es fruto de la evangelización y, a la vez, su semilla, según la oración de Jesús: «que todos sean una sola cosa. Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean en nosotros una sola cosa, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,21).

De ahí que la Iglesia ni quiera ni pueda renunciar al empeño ecuménico; empeño que se expresa en múltiples actividades institucionales, pero que no se reduce a éstas, pues es también responsabilidad personal de todos los cristianos 66. Concretamente, cuando un fiel católico se encuentra en contacto con un cristiano no católico, el proselitismo consistente en procurar, como expresión de sincera amistad, ayudarle para su posible paso a la Iglesia católica -respetando plenamente su intimidad y su libertad- no sólo no es algo reprobable, sino una manifestación de caridad auténtica. En su realidad teológica profunda, quien da ese paso no «cambia de una Iglesia a otra», sino que se incorpora plenamente a la Iglesia a la que ya estaba unido imperfectamente: la Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica. En otros términos, es ayudar a una persona, según el clásico adagio de la filosofía griega, a que llegue a ser lo que en realidad ya era 67.

En todos los aspectos del ecumenismo, institucionales y personales, los obstáculos son grandes. Es muy necesaria «aquella “purificación de la memoria”, tantas veces evocada por Juan Pablo II, que es la única que puede disponer los ánimos para acoger la plena verdad de Cristo» 68.

Sobre todo, siempre permanece abierto el espacio para la oración, para la acción de gracias, para el diálogo y para la esperanza en la acción del Espíritu Santo 69.

Mons. Fernando OCÁRIZ

Facultad de Teología

Pontificia Universidad de la Santa Cruz

ROMA

Un factor desencadenante paradójico

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Capítulo de “El Fundador del Opus Dei y su actitud ante el poder establecido”

François Gondrand

La primera campaña de denigración contra el Opus Dei tuvo lugar a comienzos de los años cuarenta, en el contexto de una España que vivía bajo el franquismo autoritario de la inmediata postguerra. En esa campaña se encuentran ya la práctica totalidad de las acusaciones que fueron repitiéndose a partir de entonces. Se acusaba al Opus Dei de ser una organización secreta, que buscaba la conquista del poder por medio de las élites, y que favorecía la ayuda mutua de sus miembros, especialmente en cuestiones de carácter económico y material, con una clara tendencia al sectarismo…

En aquella España clerical de los años cuarenta (faltaba un cuarto de siglo para el Vaticano II) las enseñanzas de Escrivá parecían contener, para muchos, un conjunto de inquietantes y sospechosas “novedades”. Aquel joven Fundador predicaba algo que a sus oídos parecía nuevo y revolucionario, aunque, de hecho, tuviera raíz evangélica: la llamada universal a la santidad, la necesidad de santificar las realidades temporales, el papel activo y protagonista que deben tener los laicos en la evangelización…

La campaña que se orquestó contra Escrivá y el Opus Dei tuvo una amplia repercusión en toda España. Madrid fue su escenario principal, seguido de Barcelona. Se sucedieron las críticas, los rumores y un conjunto de maledicencias que pronto se transformaron en acusaciones formales: se tildó al Fundador de hereje porque proponía a los jóvenes unos compromisos espirituales que estaban, según sus detractores, en abierta contradicción con la tradición de la Iglesia. Esa tradición vendría a decir, según ellos, que sólo y únicamente podían alcanzar la perfección cristiana los que abrazaran el estado religioso…

En la actualidad, a casi setenta años de distancia, podemos analizar con mayor claridad las causas históricas de aquella campaña en la que influyeron de forma decisiva muchos de los malentendidos a los que nos hemos referido con anterioridad.

- Se observa, en primer lugar, una gran perplejidad por parte de algunas personas ante una nueva institución que gozaba en aquel tiempo de escasa visibilidad social, a causa de su reducido número de miembros. Su corta historia hacía, además, que no contara aún con un estatuto canónico determinado.

- A esto hay que sumar el profundo recelo que latía en la España franquista de la inmediata postguerra ante cualquier realidad que no pareciese contribuir claramente a la restauración nacional. Cualquier persona que no colaborase oficial e institucionalmente con el Régimen –como le sucedía a Escrivá– corría el peligro de ser acusado de “mal patriota”.

- Después del paréntesis obligado de la guerra, en la Universidad había comenzado la lucha por la obtención de las nuevas cátedras. Concurrían a ellas, por una parte, los profesores simpatizantes con el franquismo; por otra, los profesores liberales procedentes de la Universidad de la preguerra, ligados muchos de ellos a la Institución Libre de Enseñanza, de claro carácter laicista.

Tanto unos como otros oyeron hablar del Opus Dei por primera vez en medio de este clima crispado y competitivo, con la tensión propia de unas oposiciones. Y hubo muchos que se opusieron a que esos profesores de los que se hablaba, pertenecientes a una nueva realidad de la Iglesia –para la gran mayoría completamente desconocida– obtuvieran una cátedra en la Universidad.

- Sucedió algo similar en otros ambientes profesionales: por ejemplo, la pertenencia al Opus Dei fue la única razón, durante largo tiempo, para que se cerraran a algunos candidatos las puertas de la carrera diplomática; en ocasiones, por decisión expresa de personas pertenecientes a organizaciones católicas.

- Por otra parte en el ambiente enrarecido de la postguerra cobraron una fuerza inusitada las teorías de las campañas orquestadas y los complots. Eran años en los que se hablaba mucho de la conjura masónica internacional. Esto llevó a unos miembros de la Falange a acusar a san Josemaría ante el terrible Tribunal de la Represión contra el Comunismo y la Masonería. Fue denunciado e investigado por ese tribunal, y el caso fue archivado sin más. Poco después Escrivá sufrió otra denuncia, esta vez por herejía, ante el Tribunal Romano del Santo Oficio. Su herejía era… proponer el ideal de santidad a los fieles laicos.

Todas estas insidias tuvieron como consecuencia una anticipación de la aprobación del Opus Dei por parte del Obispo de Madrid, Mons. Eijo y Garay (1941) y poco después, por parte de la Santa Sede (1947 y 1950).

Mientras tanto, a pesar de los malentendidos, la labor apostólica del Opus Dei siguió creciendo: primero en España y con el paso de los años, en los cinco continentes. Miles de personas acudían –y siguen acudiendo– a esta realidad de la Iglesia para mejorar en su formación ascética y doctrinal, buscando acompañamiento espiritual y aliento en su vida cristiana.

Fueron surgiendo en España y en otros países en las siguientes décadas iniciativas sociales y educativas muy variadas: residencias universitarias, colegios, universidades, hospitales, clínicas, dispensarios, etc. En vida del Fundador, durante los años cincuenta, sesenta y setenta el Opus Dei seguía desarrollándose y creciendo en contextos humanos, políticos y sociales muy diversos y alejados del aquel pequeño país del sur de Europa en el que había nacido, un país que seguía enfrascado en aquellos años en sus problemáticas particulares.

A la muerte del Fundador, a mediado de los años setenta, en junio de 1975, el Opus Dei contaba con 60.000 miembros de los cinco continentes.

«Urge vivir la fe con la vitalidad de los comienzos»

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Del 1 al 23 de octubre de 1999 tiene lugar en Roma la Asamblea Especial para Europa del Sínodo de los Obispos.

30 de septiembre de 1999

Alfa y Omega (Madrid)

¿Cuáles son las prioridades de la evangelización de Europa y qué papel jugará el Sínodo para Europa en este sentido?

Antes que nada, debo aclarar que no me corresponde señalar esas prioridades, así, en general. Los trabajos del Sínodo constituyen precisamente una ocasión para reflexionar sobre la evangelización de Europa: durante esos días rezaremos, trabajaremos, nos escucharemos los unos a los otros, con apertura de espíritu y deseos de aprender. Y siempre con la confianza de que el Espíritu Santo nos mostrará el camino para iluminar Europa con la luz de Cristo. En este sentido, el Sínodo no es sólo una experiencia viva de la comunión de la Iglesia, sino también una manifestación de fe: creemos que de la comunión y de la unidad surgirán luces para la tarea apostólica de los próximos años.

Después de esta aclaración, no tengo inconveniente en comentar algunos aspectos que – en mi opinión – es bueno afrontar, movidos por el deseo de que el espíritu cristiano renueve nuestro continente, como ha hecho siempre la Iglesia. Me parece muy importante la necesidad de practicar la fe con la vitalidad de los comienzos; también atraerá nuestra atención la dimensión multicultural de la evangelización, dentro de la unidad; y considero que no faltará el estudio sobre las responsabilidades de la mujer.

Como telón de fondo situaría la obligación de presentar nuestra fe de forma genuina, con la coherencia de vida y con el entusiasmo de aquellos inmediatos discípulos de Jesucristo. Hemos de poner en primer plano a Cristo, en quien creemos, a quien seguimos, y de quien estamos llamados a hablar. Los católicos de este continente no tenemos motivos para considerarnos de vuelta, como desencantados. Pero hemos de desempolvar nuestro modo de practicar la fe, purificarlo, conectando más a fondo con la fuente, el manantial, que es el Señor Jesús. Y Jesucristo es eternamente joven, es la perenne novedad. Como consecuencia, nuestra esperanza resultará fortalecida, recuperaremos y comunicaremos siempre con más fuerza y convencimiento la alegría de sabernos cristianos, hijos de Dios.

El Santo Padre, en un discurso al CELAM, en 1983, decía que la evangelización tenía que ser «nueva en su ardor, nueva en sus métodos, nueva en su expresión». Pienso que podemos aplicar muy bien a Europa ese requerimiento de novedad que lleva en sí el mensaje cristiano. Y, lo repito, la novedad es Jesucristo vivo, que sigue pasando a nuestro lado y llamándonos a participar de la gran novedad que es su Vida.

También estimo como una necesidad pastoral urgente, porque se plantea en muchos de nuestros países, la relacionada con los nuevos europeos que llegan de otras regiones del mundo castigadas por el hambre, la violencia y la miseria. Europa se encuentra de nuevo ante el reto de la integración. Un desafío que tiene una dimensión social, organizativa y económica, pero también una dimensión moral. Se trata ciertamente de una cuestión compleja, de difícil solución, que reclama capacidad de apertura ante el otro, ante lo diferente, ante lo inesperado.

En estas circunstancias, los cristianos – como tantas otras veces a lo largo de la historia – descubrimos una tarea exigente que cabría resumir en tres palabras: respetar, acoger, anunciar. Respetar – es decir, amar – a todas esas personas que van llegando a Europa por oleadas, muchas veces en condiciones materiales de extrema indigencia: su pobreza no disminuye su dignidad. Acoger, dejando que suene en nuestros oídos el eco de aquellas fórmulas que hemos de redescubrir: «dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento…». Y anunciar, porque muchos de esos nuevos europeos no han oído hablar de Jesucristo, y necesitan conocerlo; y a nosotros nos obliga el gozoso deber de darlo a conocer.

Pienso que a todos los pastores nos llena de gozo la posibilidad de detenerse en una reflexión pastoral específica acerca de lo que podríamos llamar las nuevas responsabilidades de la mujer en la Europa del futuro. Por decirlo brevemente y de forma gráfica, la mujer, en el siglo que ahora acaba, ha pasado de cumplir una función de presencia limitada en la vida pública de las naciones a ocupar puestos de gran categoría: la que a ellas les corresponde también. Se trata de un proceso de transformación muy profundo, que no ha terminado todavía. El cambio está resultando a veces complicado y doloroso, con luces y sombras. El hecho es que el ámbito de influencia de la mujer presenta nuevas incidencias bien positivas, y sus responsabilidades están reclamando esa reflexión madura que todos deseamos. En este contexto, la Iglesia tiene mucho que decir sobre la dignidad de la mujer y la grandeza de su misión en la sociedad, sobre la importancia de la paternidad y la maternidad, sobre el papel de la familia, etc. Y con la expresión «la Iglesia tiene mucho que decir», quiero referirme en particular a las mujeres católicas europeas: me atrevería a afirmar que de su talento y santidad depende en gran parte el futuro de todos.

¿Cómo percibe la situación de la Iglesia en España?

Vaya por delante que llevo ya 50 años fuera de España. De todos modos, me llegan abundantes noticias, tengo ocasión de conversar con muchos obispos españoles, sobre todo cuando vienen a Roma, y con frecuencia encuentro a personas o grupos de españoles.

Le diría que percibo – especialmente entre los jóvenes – un clima de optimismo y un deseo de participar en la tarea apostólica propia de la Iglesia. Quizá se debe a que resido en Roma, pero he notado que gran parte de esos españoles vibran sinceramente con la dimensión universal de la Iglesia, con los retos de la evangelización en África, en Asia, en países donde no se conoce a Jesucristo. No es, por supuesto, algo nuevo ni exclusivo de España: lo he notado también en otros países. Llego a la conclusión de que el Espíritu Santo está muy activo, mucho más de lo que propagan los datos de algunas estadísticas.

¿Cuál es la situación actual de la labor apostólica del Opus Dei, en el mundo, en Europa y en España?

Su pregunta me recuerda unas palabras que el beato Josemaría Escrivá usaba para referirse a los primeros pasos del Opus Dei: solía hablar de «aquel no parar de los primeros tiempos». Con la gracia de Dios, no se para. Han pasado ya 70 años y cada fiel de la Prelatura se siente tan urgido como durante las semanas que siguieron a los comienzos: surgen nuevas iniciativas aquí y allá, se empieza en nuevas naciones, aunque no se puede ir a todos los sitios desde donde los obispos llaman. La labor del Opus Dei se va desarrollando, y crecer supone, en cierto modo, volver a nacer. Por ejemplo, el día 12 de septiembre, he ordenado al primer sacerdote de Costa de Marfil y al primero de Trinidad y Tobago incardinados en la Prelatura. Como comprenderá, ha sido para mí motivo de particular alegría y una estupenda sensación de un nuevo comienzo.

En Europa, la realidad del Opus Dei está ya asentada desde hace muchos años, salvo en los países del Este. Más de la mitad de los fieles de la Prelatura están en Europa. En España nació el Opus Dei y el crecimiento ha sido grande, gracias a Dios. Pero tengo la convicción de que también en España – como en las demás naciones – estamos comenzando: hay tanto por hacer.

Le confieso que cuando hago balance sobre la marcha de la labor apostólica de la Prelatura, empleo otros instrumentos de medida: la Prelatura va bien cuando cada uno de sus fieles reza, trabaja y sirve a los demás en el lugar donde está, con deseos de ser buen hijo de la Iglesia, de sembrar la paz y de la alegría de Cristo en su familia y entre sus colegas y amigos. Son magnitudes difíciles de medir, pero son las que verdaderamente importan.

¿Qué criterios recomendaría para la actuación pública de los cristianos?

Sigo como norma, aprendida del beato Josemaría, abstenerme de dar consejos en estas materias, fuera de recordar las exigencias éticas y de obrar en coherencia y bajo la inspiración de nuestra fe cristiana. No se puede ocultar la luz debajo de la cama, por temor a chocar con el ambiente descristianizado o con lo que algunos quisieran imponer como políticamente correcto aunque carezca de la verdadera ética, o por conservar intereses personales egoístas. Por lo demás, los cristianos hemos de compartir con todos los ciudadanos de buena voluntad el deseo de servir al bien común de la sociedad.

El pasado día 17, Juan Pablo II recibió a los obispos lituanos que se encontraban en Roma para la visita «ad limina». Entre otras cosas, les recordó que «los laicos no pueden ser, en la Iglesia, sujetos pasivos». Esas palabras pueden servirnos para recordar un criterio básico para la actuación pública de los cristianos. Y es que el cristiano no puede ser sujeto pasivo en la vida pública de su país y del mundo: los cristianos somos ciudadanos de la sociedad en la que vivimos, y nos sentimos tan responsables como los demás – es decir, protagonistas, con los otros ciudadanos – de la vida política, cultural, económica, de la opinión pública, de todo lo que configura, transforma y hace progresar una comunidad humana.

El cristiano coherente no se inhibe, no se limita a lamentarse. Y, sobre todo, no considera que la plenitud de su vocación cristiana se realiza sólo en el ámbito individual, privado; es sensible ante los problemas, busca soluciones, procura ser generoso, se compromete. Cada uno, insisto, da paso a la fe en todo cuanto hace, con la libertad propia del hijo de Dios. El beato Josemaría dice en Surco que «si los cristianos viviéramos de veras conforme a nuestra fe, se produciría la más grande revolución de todos los tiempos…». Una revolución de justicia, de caridad, de paz.

«El Opus Dei no es más que una gran catequesis»

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Mons. Javier Echevarría afirma en esta entrevista publicada en la prensa catalana que “todos podemos y debemos vivir una vida de intimidad con Dios, puesto que todos somos hijos de Dios, y de todos sus hijos Dios espera amor”.

¿Con qué espíritu están viviendo la celebración de los 25 años de la prelatura personal del Opus Dei?

Sin cambiar el ritmo de trabajo habitual, cada uno está procurando dar muchas gracias a Dios por todos los bienes recibidos. En este sentido, he dispuesto que este año, hasta el próximo 28 de noviembre, en la prelatura del Opus Dei sea un año mariano de acción de gracias. También, claro está, este aniversario es una oportunidad para renovar el empeño personal por seguir más de cerca a Jesucristo, en comunión con el Papa y todos los obispos diocesanos.

Empleando términos humanos, ¿se puede decir que han alcanzado ya la mayoría de edad?

Si se mira el servicio que la prelatura está llamada a prestar a la Iglesia y a las almas a lo largo de los siglos, podemos decir que está todavía en los comienzos; ciertamente no en lo que se refiere a su misión —recordemos la vocación de todos los cristianos a la santidad, a través de la vida ordinaria—, pero sí en la amplitud y profundidad de la tarea evangelizadora que tiene confiada, pues todavía no es extenso el trabajo que podemos asumir en comparación con las expectativas de tantos en la Iglesia: por ejemplo, de un gran número de obispos que desearían que comenzáramos a trabajar en sus diócesis.

Por otra parte, todos los fieles de la prelatura tenemos cada día el reto de hacer realidad ese mensaje en nuestra vida, con la ayuda de la gracia. Desde este punto de vista, que es el que en mi opinión más importa, el Opus Dei nunca podrá considerarse mayor de edad; pues está completamente necesitado de la ayuda de Dios, como un hijo pequeño necesita de sus padres.

¿Qué representó hace 25 años para el Opus Dei el reconocimiento jurídico como prelatura personal? ¿Por qué se eligió esta figura jurídica frente a otras más frecuentes en el ámbito de los movimientos laicales?

La erección del Opus Dei como prelatura personal por el Papa Juan Pablo II, después de una amplísima consulta a miles de obispos y de un cuidadoso estudio, representó el pleno reconocimiento eclesial del carisma fundacional. Como mucha gente sabe, el 2 de octubre de 1928 san Josemaría vio que Dios le pedía promover en todo el mundo la llamada universal a la santidad y una toma de conciencia efectiva y plena por parte de los laicos de su misión en la Iglesia y en el mundo, principalmente a través de la santificación del trabajo y de las circunstancias ordinarias de su vida. La labor que surgió de aquella semilla inspirada por Dios, y que fue extendiéndose por muchas partes del mundo, no encontró el cauce adecuado dentro del derecho de la Iglesia hasta que el Concilio Vaticano II estableció las prelaturas personales para determinadas finalidades apostólicas. Esta figura jurídica encaja perfectamente con la misión —plenamente secular y de ámbito internacional— del Opus Dei, en la que convergen orgánicamente fieles laicos —que siguen perteneciendo a sus respectivas diócesis— y sacerdotes seculares incardinados en la prelatura. Por otra parte, subraya la plena comunión con los obispos diocesanos, y clarifica su inserción en las diferentes diócesis. Fue, pues, un día largamente deseado por el fundador, por el que rezó y se mortificó mucho, hasta el punto de ofrecer el sacrificio de no ver realizado en vida el pleno reconocimiento eclesial por parte de la suprema autoridad de la Iglesia.

Por lo demás, los fieles del Opus Dei, al procurar vivir con fidelidad su compromiso como cristianos —iguales a los demás—, se sienten en una particular comunión de oración, de intenciones y de afectos con todos los carismas de la Iglesia, que son siempre una riqueza del Pueblo de Dios: realidades antiguas o nuevas, como los movimientos eclesiales.

¿Cómo ha evolucionado la prelatura en estos 25 años? ¿Cuáles han sido los acontecimientos más importantes?

La definitiva configuración jurídica ha ayudado mucho a que se comprendiera la misión del Opus Dei al servicio de la Iglesia universal y su plena inserción en las Iglesias locales. Durante estos 25 años, además, ha habido grandes motivos de alegría, como la canonización del fundador. Otro momento que me parece necesario mencionar es el tránsito de su primer sucesor, Mons. Álvaro del Portillo, cuya causa de beatificación ya se ha iniciado. Además, la prelatura en estos años ha extendido sus apostolados a nuevos países de los cinco continentes.

«Cualquier ocupación honrada, bien hecha, acabada por amor, puede y debe ser lugar de encuentro con Dios»

Sin embargo, quisiera subrayar que, para los fieles del Opus Dei, los acontecimientos más importantes no son de ese tipo, sino los que llenan la vida ordinaria de cada uno: aunque pasen inadvertidos y puedan parecer sin trascendencia, son lugar donde Dios espera a cada persona, lugar en el que podemos encontrarle.

¿Cómo afectó a la prelatura el fallecimiento del fundador?

Dios concedió a nuestro fundador un corazón de padre, lleno de humanidad. Su fallecimiento causó, en un primer momento, profundo dolor. Enseguida, sin embargo, con la ayuda de Mons. Álvaro del Portillo, que nos invitó a todos a que mantuviéramos abierta esa herida en el alma para cuidar fielmente el tesoro que habíamos recibido, comprendimos que esta familia del Opus Dei tenía ya su cabeza y su corazón en el Cielo.

Por lo demás, san Josemaría procuró durante toda su vida no ser imprescindible. Se ocupó de dejar «esculpido» —así lo decía él— el espíritu del Opus Dei. A quienes hemos recibido ese espíritu nos corresponde ahora ser muy fieles a este mensaje, y hacerlo fructificar día a día. Doy muchas gracias a Dios por haberme dado la oportunidad de convivir tantos años con un santo como san Josemaría Escrivá de Balaguer. Confío plenamente en la fuerza de su intercesión, y pienso que hoy nos sigue mirando y ayudando con su afecto paterno y materno, mientras nos dice, como repetía con frecuencia: «¡Más, más, más!» Siempre podemos amar más, hacer más por Dios y por el prójimo; para que, con nuestros errores, nos empeñemos por acabar cada día más cerca de Dios que cuando lo empezamos.

¿Cuál es el secreto del Opus Dei para, sobre todo en Europa, seguir atrayendo a jóvenes hacia un seguimiento radical de Cristo, ya sea a través de la vida matrimonial, del celibato apostólico o del sacerdocio?

El mismo secreto que tiene la Iglesia, y que no puede ser otro que el atractivo siempre actual de Nuestro Señor Jesucristo. Sobre todos los cristianos recae la obligación de hacer presentes, con nuestro ejemplo y con nuestra palabra, el rostro y el mensaje adorables de Cristo sin camuflajes, aunque pueda parecer que vamos a contracorriente. Y la experiencia es que Jesucristo siempre arrastra.

Por otro lado, para usar una comparación que utilizaba frecuentemente san Josemaría, el Opus Dei no es más que una gran catequesis. Ofrece medios de formación cristiana y un acompañamiento espiritual personalizado a sus fieles y a las personas que participan en sus apostolados. Y son éstos los que con la naturalidad de su vida, de su amistad y de su conversación personal, dan a conocer la doctrina del Evangelio a sus familiares, amigos, colegas, vecinos…

25 años después, ¿cuáles son los retos más urgentes que debe afrontar hoy la prelatura?

El reto fundamental es la santidad personal de cada uno de sus miembros, y la extensión de esa aspiración a la santidad entre muchas personas mediante la labor de evangelización. Esta tarea, que es y será siempre actual, hoy resulta particularmente urgente, como no deja de recordar a todos los hombres de fe el Santo Padre, Benedicto XVI.

«La prelatura del Opus Dei no pretende ninguna gloria humana; aspira a servir sin secreto alguno, pero discretamente, como la levadura»

Por otra parte, como ya he dicho, muchos obispos llaman para que la prelatura comience su actividad apostólica en sus diócesis. Hace justamente un año se abrió el primer centro del Opus Dei en Moscú. En estos momentos estamos rezando y trabajando para que se haga realidad el trabajo estable de la prelatura en Rumanía e Indonesia.

Otro reto igualmente perenne para los fieles del Opus Dei y para todos los cristianos, particularmente para los laicos, es contribuir con todas las mujeres y hombres de buena voluntad a configurar una cultura que sea coherente con la dignidad de la persona humana.

¿Podemos hablar de carisma del Opus Dei? ¿Sigue siendo «la santidad por el trabajo» el pilar de su espiritualidad?

En efecto, y así será siempre. De una parte, cualquier trabajo honesto, cualquier ocupación honrada, bien hecha, acabada por amor, puede y debe ser lugar de encuentro con Dios, de servicio a los demás y de mejora personal; Dios nos llama no sólo cuando rezamos, sino todo el día. No cabe hablar, pues, de trabajos u ocupaciones de segunda categoría, porque todas las ocupaciones profesionales pueden ser ocasión para encontrarse con Dios. Y no sólo el trabajo; para los casados, por ejemplo, el cumplimiento amoroso de sus deberes matrimoniales y familiares es también verdadero camino de santidad, como lo es el ejercicio del sacerdocio para los sacerdotes, y para todos los ciudadanos el cumplimiento leal de los justos deberes cívicos.

De otra parte, Dios llama a todos a ser santos; no sólo a algunos, a todos. Todos podemos y debemos vivir una vida de intimidad con Dios, puesto que todos somos hijos de Dios y de todos sus hijos Dios espera amor.

Muy unidos a este mensaje central están la coherencia de vida, el amor a la libertad personal y el afán por ser sembradores de paz y de alegría en el seno de la sociedad, sin poner barreras a ninguna persona.

Como prelado del Opus Dei, ¿cómo afronta la responsabilidad de encabezar uno de los carismas más vivos y entusiastas de la Iglesia actual?

Me perdonará si le protesto un poco por los términos de su pregunta. En la Iglesia actual —como siempre ha ocurrido— hay mucha riqueza espiritual, muchas manifestaciones de que el Espíritu Santo la está acompañando e inspirando. El Opus Dei es una prueba más de esa perenne vitalidad de la Iglesia, pero no queremos ser «los primeros de la clase». Personalmente, puedo decirle que conozco muy bien la desproporción de mis fuerzas para la tarea confiada, y que procuro apoyarme en la oración de los fieles de la prelatura, de los cooperadores y de tantas personas que rezan por nuestra labor. Pero, además, la prelatura del Opus Dei no pretende ninguna gloria humana; aspira a servir sin secreto alguno, pero discretamente, como la levadura.

La intercesión de la Virgen María, a la que han decidido encomendar este aniversario, seguro que ha estado presente durante estos 25 años…

En efecto. Y no sólo durante estos 25 años, sino durante toda la historia del Opus Dei. Ante cualquier necesidad, hemos recurrido siempre a María. San Josemaría acudió, desde los primeros barruntos de lo que Dios le pedía, a Nuestra Madre; y, entre muchos otros detalles, fue en peregrinación a santuarios marianos de todo el mundo. También a Montserrat y, especialmente, a Nuestra Señora de la Merced de Barcelona. Sus visitas a esta basílica barcelonesa guardan una estrecha relación con el camino jurídico del Opus Dei, que concluyó felizmente hace ahora 25 años. En el presente y en el futuro continuará siendo siempre necesaria la ayuda de la Virgen. Durante este año mariano que estamos celebrando en la Obra, he animado a todos los fieles de la prelatura a vivir con más esmero la devoción del Santo Rosario, y a extenderla entre sus colegas, amigos y familiares. Es una oración plenamente actual. 

El legado vigente de San Josemaría

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El Vicario de la Prelatura del Opus Dei en Argentina escribe un artículo sobre San Josemaría en el diario argentino Clarín con motivo del aniversario del nacimiento del santo.TRIBUNA (Diario Clarín)

“San Josemaría nació un 9 de enero de 1902. Podríamos hacer la cuenta de cuántos años hubiera cumplido, pero sería hablar del pasado. Por ese camino correríamos el riesgo de pensar que sus enseñanzas no son para nuestro tiempo. En cambio, al ver a tantas personas e instituciones animadas por el impulso de sus palabras, palpamos la vitalidad del presente y el desafío del futuro.

En muchas ocasiones le preguntaban a San Josemaría Escrivá qué es el Opus Dei y él solía responder: “una gran catequesis”. Luego explicaba que la misión del Opus Dei es promover entre fieles cristianos de toda condición una vida plenamente coherente con la fe en medio del mundo, contribuyendo así a la evangelización y a la edificación de la sociedad, sumando a las más variadas personas —incluso a los no cristianos— tras el fin noble de realizar con responsabilidad y profesionalidad todas las actividades humanas.

La misión de esta institución de la Iglesia Católica es exclusivamente espiritual, nunca ha tenido y tampoco tendrá ninguna iniciativa con otros fines. Cuando el Opus Dei brinda asistencia espiritual a algún emprendimiento educativo o espiritual lo hace para inspirar vida sobrenatural y cristiana a cuantos participan del mismo. En todos los casos la gestión corre por cuenta de sus directivos o dueños.

Hace 56 años que el Opus Dei trabaja apostólicamente en Argentina. Aunque no importan los números sino cada alma, es incontable la cantidad de personas que han participado durante estos años en los diferentes medios de formación espiritual y humana, que se ofrecen en nuestro país y en el mundo entero.

Quizás nos ayuden unas palabras de San Josemaría Escrivá para entender: “El Opus Dei es una catequesis que está extendiéndose por el mundo. Con afirmaciones positivas, afectuosas. Palabras de comprensión; nada de discusiones ni de luchas. No combatimos a nadie, amamos a todos”.

Quisiera referirme al legado humano del fundador del Opus Dei: “No me cansaré de repetir —explicaba— que una de las más evidentes características del Opus Dei es su amor a la libertad y a la comprensión: en lo humano quiero dejaros como herencia el amor a la libertad y el buen humor”. Este espíritu es el que anima todas las actividades y vivencias de las personas que participan en los medios de formación que ofrece el Opus Dei.

En razón de esa responsabilidad y naturalidad es que cada fiel del Opus Dei se viste de acuerdo a su edad, su condición y status social. En 1969 estaba San Josemaría Escrivá con un grupo de estudiantes hablando de la libertad. Uno de ellos llevaba pelo largo y un tanto enrulado. Era la moda incipiente. San Josemaría le dijo: “Yo tengo un profundo respeto por todo lo que no ofende a Dios. Por todo ¡también por el pelo largo! Además en tu caso, pienso que no es algo artificial sino muy auténtico; es una muestra de sinceridad!”.

El Papa Benedicto XVI nos hablaba de la “dictadura del relativismo”. La palabra dictadura nos remite a una situación contraria al respeto por la libertad de los demás. Por eso, no me extraña que en una ocasión el fundador del Opus Dei haya dicho con fuerza: “Mienten los que dicen que somos integristas. Mienten los que dicen que somos progresistas. Somos libres. Amor a la libertad. Sin embargo, como el mundo está ahogado por tiranías, quizás habrá gente que no nos entienda. Por eso, porque son tiranos, y no son capaces de comprender a las almas que caminan con la libertad de los hijos de Dios. Nosotros hemos de ser campeones de la libertad”.

Es este rostro de San Josemaría el que quiero mostrar, un sacerdote profundamente enamorado de Dios y, por eso, amigo de la libertad personal”.

Presbítero Patricio Olmos
Vicario del Opus Dei en Argentina


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