Educar en la verdad

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

A once kilómetros de Bilbao, en el Municipio de Lejona, está enclavado el Colegio Gaztelueta. El escudo exhibe una cartela en la que se puede leer: «Sea nuestro sí, sí; sea nuestro no, no». Sencillez enseñada por Jesús en el Evangelio que exige un recio acoplamiento a la verdad: una honradez que ha de ponerse al descubierto y educarse desde los primeros años de la vida.

Insistentemente, unas cuantas familias vizcaínas habían pedido a Monseñor Escrivá de Balaguer la creación de un centro de segunda enseñanza dirigido por personas del Opus Dei. Su respuesta no se hizo esperar:

-«Es cosa vuestra; si hacéis vosotros el colegio, nos haríamos cargo de él»(32).

A partir de este momento, el colegio figurará como obra corporativa del Opus Dei. Y la Obra responde ante los padres que han de erigir y mantener el centro docente, de que la formación integral que se dará a los alumnos habrá de ser idónea en cuanto a preparación humana y cultural pero, especialmente, orientada según los principios del espíritu cristiano.

Inmediatamente se formará una comisión de padres de futuros alumnos. Se inician las gestiones de solar y construcción. Y luego, se pone en marcha un sistema de aportaciones para lograr una pronta dotación. La primera fase del colegio se acondiciona en un chalet edificado en lo más alto de una pequeña colina y con todo el aire de un caserío del País Vasco. Tiene, además, espacios para zonas de deporte.

Gaztelueta contará con un puñado de profesores preparados intelectualmente e ilusionados con la labor educativa que se les avecina. Hay entre estos primeros dos químicos, dos Doctores en Filosofía, un profesor de Bellas Artes y un Doctor en Derecho. Algunos serán de la Obra; otros no pertenecerán al Opus Dei. Antes de llegar conocen, de modo personal, por propia comunicación del Fundador’, la importancia de su tarea:

«Hacedlos leales, sinceros, que no tengan miedo a deciros las cosas. Para eso, sé tú leal con ellos, trátalos como si fueran personas mayores, acomodándote a sus necesidades y a sus circunstancias de edad y de carácter. Sé amigo suyo, sé bueno y noble con ellos, sé sincero y sencillo»(33).

Durante el verano de 1951 varios miembros de la Obra que son profesores residen en Bilbao, en la calle del Correo número 12. Allí, con muchas horas de trabajo y dedicación, elaboran el programa de estudios, de acuerdo con la legislación vigente. En agosto se da a conocer el colegio a las familias de Bilbao. Desde el principio se prevé también el acceso a las clases de alumnos que tienen necesidad de trabajar la jornada completa, o que han alcanzado la edad adulta sin opción a las posibilidades de la cultura. Los estudios nocturnos se iniciarán más tarde, con idénticos medios y profesores cuidadosamente preparados. De nueve de la mañana a diez de la noche, Gaztelueta permanecerá en actividad.

La inauguración tiene lugar el 15 de octubre de 1951. A pesar del intenso aguacero que cae sobre la zona, se superan los obstáculos a fuerza de entusiasmo. Todos, desde el Director hasta el jardinero, Miguel Goti, y el conductor del autobús, Josemaría Aurtecoechea, están «al pie del cañón» para solucionar cualquier contratiempo. Medio centenar de alumnos van a iniciar la formidable tarea de hacerse hombres, personas, en toda la dimensión de la palabra. El verde de los árboles añosos y recién lavados por la lluvia parece enmarcar las palabras que han oído, tantas veces, al Fundador de la Obra: la educación debe formar «hombres y mujeres íntegros (…), capaces de vivir en el mundo su aventura divina».

Educar consiste en realizar una espléndida siembra de verdad: «El error no sólo oscurece las inteligencias, sino que divide las voluntades. Sólo cuando los hombres se acostumbren a decir y a oír la verdad, habrá comprensión y concordia»(34).

Monseñor Escrivá de Balaguer visitará por primera vez “Gaztelueta” en octubre de 1953. Llega, con don Alvaro del Portillo, para permanecer en el colegio veinticuatro horas. Cuando los alumnos están haciendo deporte, se asoma a la balconada lateral de la casa, frente a la Ría. Y al ver aquella muchachada que juega y ríe a la sombra de sus maestros y amigos, les envía su bendición, de Padre y de sacerdote, desde aquella panorámica privilegiada. Piensa, sin duda, en estas vidas jóvenes que son germen para llenar de sentido divino la historia del mundo.

En dos años, 1951 y 1952, ha puesto el Fundador la semilla de dos Centros que cubren los extremos de la docencia: Gaztelueta y la Universidad de Navarra. Serán el comienzo de una larga lista en España y en el mundo: México, Kenia, Estados Unidos, Italia, Inglaterra, Irlanda, Alemania, Portugal, Guatemala, Colombia, Venezuela, Francia, Ecuador, Argentina, Perú, Chile, Japón, Filipinas…

Las ideas del Fundador cristalizarán en el trabajo de algunos miembros de la Obra que, junto a otras muchas personas ajenas al Opus Dei, pondrán en marcha sociedades y cooperativas de padres, para promover y dirigir centros de enseñanza. A la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer, una de estas instituciones contaba con más de veinte colegios masculinos y femeninos, por los que habían pasado ya miles de alumnos.

José Orlandis

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Un ejemplo llamativo de esas “gracias tumbativas” es la vocación de José Orlandis, que pidió la admisión en el Opus Dei en Valencia en 1939. Su historia no es única, pero en sus sus memorias proporciona un relato detallado de su experiencia. Orlandis había empezado la carrera de Historia cuando estalló la guerra, durante la cual sirvió como oficial en el ejército nacional. En agosto de 1939 estaba destinado en Mallorca y decidió pedir un permiso de estancia en Valencia. Quería aprovechar la convocatoria extraordinaria de exámenes para quienes habían visto interrumpidos sus estudios por la guerra. Como era imposible predecir la duración de los exámenes, el permiso no fue fijado por un periodo exacto, sino hasta el final de las pruebas.

En Valencia, Orlandis se encontró con su viejo amigo Casas Torres, que acababa de incorporarse al Opus Dei. Casas Torres le sugirió que asistiera al retiro para estudiantes universitarios que Escrivá predicaría en el Colegio del Beato Juan de Ribera a partir del 10 de septiembre. Orlandis dijo que acudiría si le daba tiempo entre el final de los exámenes y la fecha en la que debía regresar a Mallorca.

Aunque no amenazaba directamente a España, el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, el 1 de septiembre de 1939, puso al Ejército en estado de alerta. Para evitar el pánico, las autoridades militares no anularon inmediatamente todos los permisos y Orlandis pudo seguir en Valencia para acabar los exámenes. Sin embargo, la tensa situación internacional aumentaba la presión sobre Orlandis para que regresara a su unidad lo antes posible. Reservó un pasaje de regreso a Mallorca para el 11 de septiembre y le dijo a Casas Torres que no podía asistir al retiro.

A punto de dejar Valencia, Orlandis fue a despedirse de don Antonio Rodilla, a quien conocía tiempo atrás. Se lo encontró con Escrivá en una calle cercana a la catedral. Después de presentarse, le explicó los motivos por los que no podría asistir al retiro: había terminado sus exámenes, se le había acabado el permiso, había comenzado una nueva guerra y ya tenía comprado el billete para volver a su unidad. Para su sorpresa, Escrivá no pareció impresionado: “Pues también puedes hacer otra cosa: si tienes el billete, vas y lo cambias por otro para el barco siguiente; y mañana empiezas el curso de retiro. Y si a la vuelta el coronel te arresta, muy bien, que te arreste: cumples el arresto”[1]. Sorprendentemente Orlandis, que no conocía a Escrivá de nada, respondió “muy bien, Padre” y fue directamente al despacho de billetes para cambiar su pasaje por otro en el barco de la semana siguiente.

Durante el retiro, Escrivá sugirió a los participantes que rezaran por Polonia, recién invadida por Alemania, pero el tema central fue su llamada para seguir a Cristo. Escrivá usaba frecuentemente los textos del Evangelio que narran la vocación de Nuestra Señora, la del joven rico que rechazó la invitación de Cristo a seguirle, y la de Bartimeo, el mendigo ciego, que respondió generosamente a la llamada de Jesús y fue curado. En conversaciones privadas, tanto Escrivá como del Portillo le explicaron a Orlandis la vocación al Opus Dei. El 14 de septiembre de 1939 pidió pertenecer a la Obra. En sus memorias, después de narrar su vocación, escribe: “Es posible que alguien esboce una sonrisa irónica y diga para sus adentros: hablando el propio Fundador y con la enorme personalidad humana que tenía, ¿quién sería capaz de resistirse? A ese escéptico se le podría responder que el atractivo de una gran personalidad puede explicar un arranque entusiasta, pero no una perseverancia de más de medio siglo. Esta sería imposible –y más en el Opus Dei- sin llamamiento de Dios y sin ayuda de la gracia”[2].

Cuando Orlandis regresó a su unidad una semana después, el coronel no le hizo ninguna pregunta.

[1] José Orlandis. Ob. cit. p. 37

[2] Ibid. p. 47

“Gracias tumbativas”

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Ni Fuenmayor ni Casas Torres conocían el Opus Dei antes del curso de retiro. Hoy en día sería inconcebible que alguien pudiera pertenecer al Opus Dei en tan poco tiempo. Pero, en los días anteriores e inmediatamente posteriores a la Guerra Civil, Dios concedía a la gente gracias especiales que les permitían percibir la vocación y dedicar su vida entera a Dios en el Opus Dei con tan sólo un breve contacto con la Obra.

Estas gracias, que en alguna ocasión Escrivá llamó “gracias tumbativas”, eran el fruto de su oración y de la de otros miembros de la Obra. Durante el retiro de Burjasot, escribió a los de la Obra en Madrid para decirles que rezaran por los que estaban haciendo los ejercicios. También envió una petición similar a los tres miembros de la Obra todavía movilizados en Olot. Pocas semanas antes había escrito al obispo de Avila, por quien sentía un especial respeto y afecto, pidiéndole oraciones: “Este pecador siempre acude al señor Obispo con la mano extendida: tengo pendientes varias tandas de ejercicios, algunas (en Valencia y Madrid) para sacerdotes…, y necesito sus oraciones y su bendición de Padre y Pastor”[1]. Durante el retiro en Burjasot renovó sus peticiones en otra carta dirigida al obispo: “Ya comencé la primera tanda de ejercicios y, para ésta y las que me quedan, necesito que nuestro Jesús especialísimamente me ayude…, y acudo a mi señor Obispo, porque sé que se lo dirá. ¡Él se lo pague!”[2].

[1] AGP P03 1988 p. 133

[2] Ibid. p. 141-142

Responder con Avemarías

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Escrivá, que seguía vistiendo con sotana, recibía por la calle cada vez más insultos. Años atrás, en alguna ocasión, ya los había sufrido por el simple hecho de ser sacerdote. Un día, mientras pasaba por una parcela en construcción, un albañil se había burlado de él. Recordando el consejo de su director espiritual y frenando su temperamento, Escrivá regresó para hablar al grupo de obreros que habían dejado de trabajar y disfrutaba de la escena. Al final, recordaba en sus notas, “me dieron la razón, incluso el del grito, quien, con otro de ellos, me estrechó la mano”[1]. En otra ocasión, viajando en tranvía hacia la Academia Cicuéndez, Escrivá vio a un escayolista, que avanzaba hacia él con la clara intención de ensuciarle la sotana con la escayola que cubría su mono. Tomando la iniciativa, Escrivá le dio un abrazo mientras decía, más o menos, “vamos a acabar bien la faena”.

Tras la proclamación de la república los insultos se hicieron más frecuentes y más agresivos. Durante el verano de 1931, Escrivá decidió hacer una novena a Mercedes Reyna, Dama Apostólica recientemente fallecida. Su tumba estaba en un cementerio situado en una barriada pobre de Madrid. Cada día de la novena le costaba nuevos insultos. En una ocasión, al regresar del cementerio, un albañil se le acercó gritando: “Una cucaracha, ¡hay que pisarla!”. A pesar de sus propósitos de no prestar atención a tales cosas, Escrivá no pudo contenerse y replicó: “¡Qué valiente!, meterse con un señor que pasa a su lado sin ofenderle! ¿Esa es la libertad?”. Los otros obreros dijeron al albañil que se callara, y uno de ellos trató de excusar la conducta de su compañero. “No está bien”, dijo, con el aire de alguien que da una explicación razonable, “pero, ¿sabe usted?, es el odio”[2]. Otro día un crío que estaba en compañía de otros niños gritó: “¡Un cura! Vamos a apedrearlo”. Escrivá narra su reacción: “Con un movimiento anterior a mi voluntad, cerré el breviario, que leía, y me encaré con ellos: “¡Sinvergüenzas! ¿eso os enseñan vuestras madres?”. Aún añadí otras palabras”[3], finaliza, sin precisar cuáles fueron.

En otras oprtunidades las cosas no terminaron tan bien. Varias veces le alcanzaron las piedras; en una ocasión, recibió un fuerte balonazo, muy bien dirigido, en plena cara. Algunas Damas Apostólicas sufrieron mucho más. Un día, en un vecindario de clase obrera, fueron atacadas y arrastradas por la calle mientras alguien les clavaba una lanceta de zapatero en la cabeza. Cuando una de ellas intentó defender a las otras, los agresores le arrancaron parte del cuero cabelludo y la dejaron desfigurada.

En medio de este ambiente hostil Escrivá luchaba por controlar su carácter y “apedrear con avemarías”[4] a sus atacantes. No siempre tenía éxito, pero a mediados de septiembre de 1931 pudo escribir en sus notas: “Tengo que agradecer a mi Dios un notable cambio: hasta hace poco, los insultos y burlas que, por ser sacerdote, me dirigían desde la venida de la república antes, rarísima vez, me ponían violento. Acordé encomendarles, con un avemaría, a la Ssma. Virgen, cuando oyera groserías o indecencias. Lo hice. Me costó. Ahora, al oír esas palabras innobles, se me enternecen las entrañas, por regla general, considerando la desgracia de esa pobre gente, que, si obra así, cree hacer una cosa honrada, porque, abusando de su ignorancia y de sus pasiones, le han hecho creer que el sacerdote, además de ser un vago parásito, es su enemigo, cómplice del burgués que los explota”[5].

Escrivá terminó la nota con una exclamación característica que reflejaba su convencimiento, incluso en esta temprana época en la que el fruto de sus esfuerzos todavía no era visible, de que Dios quería hacer grandes cosas a través del Opus Dei: “Tu Obra, Señor”, concluía, “les abrirá los ojos”[6].

Pocos meses después, profundamente preocupado por el decreto de disolución de los jesuitas, escribió: “Ayer, al conocer la expulsión de la Compañía y los demás acuerdos anticatólicos del Parlamento, sufrí. Me dolió la cabeza. Anduve mal hasta la tarde. Porque, a la tarde, vestido de seglar, subí a Chamartín con Adolfo: el padre Sánchez, y todos los demás jesuitas, estaban ¡encantados! de sufrir persecución por su voto de obediencia al Santo Padre. ¡Qué cosas más serenamente hermosas nos dijo!”[7].

En medio del sufrimiento que le causaban los ataques a la Iglesia, la dificultad de encontrar a gente capaz de entender y comprometerse con su mensaje, la falta de recursos para mantener a su familia y las incertidumbres sobre su propia situación, Escrivá experimentó durante la segunda mitad de 1931 una extraordinaria efusión de gracias, que aclaró más lo que Dios le estaba pidiendo.

[1] Ibid. p. 360

[2] Ibid. p. 361

[3] Ibid. p. 361

[4] Ibid. p. 364

[5] Ibid. p. 365

[6] Ibid. p. 365

[7] Ibid. p. 364

Las medidas anticlericales del Gobierno Provisional

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La idea de que la República era hostil a la Iglesia aumentaba, a la vista de los decretos y reglamentos que emitía el gobierno provisional. Se provocó la alarma de muchos católicos. Estableció plena libertad de conciencia y culto, hizo que la instrucción religiosa fuera voluntaria en los colegios públicos, disolvió el cuerpo de capellanes del Ejército y la Armada, sustituyó el tradicional juramento de un cargo por una simple promesa, privó a la Iglesia de representación en el Consejo Nacional de Educación y prohibió a los funcionarios la asistencia a actos religiosos públicos.

Algunas de estas medidas se habrían considerado aceptables en una sociedad tolerante y religiosamente plural, pero la mayoría de los católicos españoles había crecido en una sociedad en la que prácticamente todo el mundo era, al menos de nombre, católico y en la que durante siglos la norma había sido la de una estrecha colaboración entre la Iglesia y el Estado. Así, se consideraron estos actos como hostiles a la Iglesia. Esta sensación se acentuó porque el gobierno no quiso negociar ni consultar a los representantes de la Iglesia sobre los cambios en política religiosa.

En mayo de 1931, el gobierno expulsó al obispo de Vitoria. Al mes siguiente expulsó al cardenal Segura, principal figura eclesiástica de España, por sus declaraciones y actitudes antirrepublicanas, lo que confirmó a muchos en su convicción de que el nuevo régimen era enemigo de la Iglesia.

La situación socio económica

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Antes de describir los esfuerzos de Escrivá para llevar a cabo el Opus Dei, dirijamos nuestra atención, brevemente, hacia el lugar donde tuvieron lugar, así como al contenido de la visión del 2 de octubre de 1928.

Como parte de la Iglesia, la preocupación del Opus Dei es el bien de las almas. Y también, al igual que la Iglesia, su crecimiento se ve afectado por el lugar donde se desarrolla. En los primeros años del Opus Dei, se trataba de la atormentada España del primer tercio del siglo XX.

Durante los primeros decenios del siglo, España hizo progresos económicos y sociales. Entre 1910 y 1930 se duplicaron el empleo y los sectores industrial y de servicios de la economía. La tasa de analfabetismo bajó un 9% entre 1920 y 1930. De 1923 a 1930 el número de estudiantes universitarios se duplicó y el porcentaje de mujeres universitarias pasó del 4.8% en 1923 al 8.3% en 1927. A pesar de todo, en 1930 España seguía siendo un país atrasado. En términos de educación cívica, de niveles de analfabetismo y de desarrollo económico se encontraba al nivel de Inglaterra en las décadas de 1850 ó 1860, o de Francia en las de 1870 ó 1880.

Había fuertes tensiones sociales. En el campo, muchas familias apenas podían ganarse la vida. En el sur, unos pocos terratenientes poseían enormes extensiones de tierra improductiva, cultivadas por huestes de asalariados que podían considerarse afortunados si conseguían trabajar medio año. En algunas regiones del norte los pequeños propietarios intentaban ganarse la vida con parcelas diminutas, insuficientes para mantenerlos.

A comienzos de la década de 1920, la situación de la clase obrera urbana había mejorado, pero seguía siendo muy difícil. La mayoría de los trabajadores se dividían entre el sindicato anarquista (la CNT) y el socialista (la UGT), con cerca de un millón de afiliados cada uno. Había sindicatos católicos, pero eran pequeños. El gobierno tenía poco poder y carecía de recursos económicos con los que resolver los problemas del país. Los partidos políticos de derechas consideraban que el gobierno debía limitarse a mantener el orden. En la década siguiente a la fundación del Opus Dei, los sindicatos anarquista y socialista a menudo alcanzarían un protagonismo tal, que la vida política pasaría a un segundo plano a favor de la revolución social.

Sin sitio en Zaragoza

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En 1920 Zaragoza era una gran diócesis sin escasez de clero. A los sacerdotes recién ordenados se les asignaba, ordinariamente, a parroquias grandes de la ciudad, donde podrían aprender de sacerdotes con experiencia. Tal encargo habría permitido a Escrivá permanecer con su familia y sacarla adelante dando clases particulares a estudiantes.

El día de su Primera Misa, sin embargo, Escrivá recibió el encargo de trasladarse a Perdiguera, un pueblo agrícola con menos de mil habitantes, situado en una de las zonas más atrasadas del norte de España. Perdiguera estaba a 20 kilómetros de Zaragoza, pero sólo se podía llegar allí en coche de línea tirado por mulas, así que Escrivá quedó apartado de su familia. El pueblo era tan pequeño que no tuvo oportunidad de obtener ningún ingreso fuera de los estipendios que recibiría por la celebración de sacramentos.

El párroco titular había caído enfermo y había dejado el pueblo, así que Escrivá se encontró solo en ese lugar donde no conocía a nadie. A pesar de que la parroquia tenía una rectoría, todavía estaba llena de los muebles del párroco titular y de sus pertenencias. Escrivá se alojó con una familia del pueblo. Su primera tarea fue limpiar la iglesia, que estaba muy sucia. Después, con ayuda del sacristán y de su hijo, emprendió la tarea de conocer a sus nuevos parroquianos. En el transcurso de las siguientes semanas visitó a casi todas las doscientas familias que formaban la parroquia, especialmente aquéllas donde había alguien enfermo y guardando cama.

A pesar de que había pocos asistentes, Escrivá cantaba Misa todos los días y oficiaba la Bendición con el Santísimo Sacramento cada tarde. Los jueves dirigía la Hora Santa. Cada tarde permanecía horas en el confesionario, leyendo su breviario y esperando a los penitentes. Sus horas de oración delante del Santísimo Sacramento y su negativa a pasar las tardes jugando a las cartas con “las fuerzas vivas” del pueblo pronto hicieron que algunos le llamaran “el místico” o “la rosa mística”, como alguno de sus compañeros de seminario había hecho.

Escrivá organizó las catequesis de primera comunión. Uno de los niños de la familia con la que se alojaba no podía asistir a las clases porque pasaba todo el día pastoreando las cabras de la familia. Escrivá le daba clases particulares por la tarde. Un día Escrivá le preguntó qué haría si fuera rico. “¿Qué es ser rico?”, dijo el chico. Cuando Escrivá le explicó que ser rico significaba tener mucho dinero, montones de ropa, vacas gordas y cabras de piel reluciente, los ojos del chico se encendieron y respondió: “Me comería ¡cada plato de sopas con vino (…) Al oír la respuesta, concluyó pensando para sus adentros: Josemaría, está hablando el Espíritu Santo. Porque todas las ambiciones de este mundo, por grandes que sean, no pasan de ser un prosaico plato de sopas, nada que valga realmente la pena”[1].

Escrivá permaneció algo menos de dos meses en Perdiguera, y volvió a Zaragoza el 18 de mayo de 1925. A su regreso, sin embargo, encontró que no tenía nuevo destino. A pesar de sus repetidas peticiones de un nuevo encargo pastoral, los funcionarios de la diócesis no le hicieron caso. Si el cardenal Soldevilla, que le había nombrado prefecto del seminario, estuviera vivo, Escrivá no habría tenido problemas. Sin embargo, el cardenal había sido asesinado por un pistolero anarquista, en medio del clima de violencia política reinante en Zaragoza. Escrivá no pudo acercarse al sucesor de Soldevila, el obispo Doménech, y sus tíos usaron de su influencia en las oficinas diocesanas para impedir que le asignaran un nuevo encargo pastoral.

Para mantener a su familia, Escrivá comenzó a dar clases particulares a estudiantes. Si esto apenas era suficiente para mantenerse él mismo, cuánto menos para mantener a los suyos. Finalmente, en mayo de 1925, encontró un puesto a tiempo parcial como capellán de la iglesia de San Pedro Nolasco, que atendía la Compañía de Jesús y era conocida popularmente como iglesia del Sagrado Corazón. Esto le dio muchas oportunidades de ejercer su ministerio sacerdotal, pero no resolvió su problema económico. Las cinco pesetas que ganaba cada día en la iglesia no le alcanzaban a Escrivá para mantener a su familia. Además, su madre temía que le enviaran de vuelta a un pueblo distante. Armándose de valor, decidió pedir ayuda a su hermano, Carlos Albás. Éste no sólo se negó a ayudarla, sino que la echó de su casa. Evidentemente no había futuro para los Escrivá en Zaragoza.

Durante su primer año de sacerdocio, Escrivá se dedicó con todas sus fuerzas a la oración personal y a las tareas sacerdotales de la iglesia del Sagrado Corazón: oír confesiones, celebrar la Misa y enseñar el catecismo. Para conseguir llegar a fin de mes, daba clases particulares a tantos estudiantes que una vez se describió a sí mismo como un “profesor condenado a galeras”. Además, se dedicó seriamente a la carrera de Derecho. Durante el año académico 1924-1925, la muerte de su padre y su propia ordenación no le dejaron apenas tiempo para seguir esos estudios, y sólo logró matricularse en una asignatura. En el año 1925-26, sin embargo, se matriculó de ocho asignaturas, de forma que a finales de los exámenes de otoño sólo le quedaba una para completar su licenciatura.

Aunque Escrivá continuaba siendo un estudiante “no oficial”, que no estaba obligado a asistir a clases, pasaba tiempo en la universidad. Allí, los intereses culturales y cualidades personales que años atrás habían molestado a algunos seminaristas le hicieron un estudiante popular e incluso un líder. El hecho de que fuera sacerdote y acudiera con sotana a clase le podría haber separado de los demás estudiantes, pero su talante seguro, su carácter abiero y comunicativo, su sentido del humor y su optimismo le permitieron hacer buenos amigos entre sus compañeros de curso, algunos de los cuáles no eran creyentes. Solía quedar con otros alumnos para estudiar, preparar resúmenes o simplemente para charlar. También animó a algunos a acompañarle los domingos por la mañana a dar catequesis a los niños de los arrabales. Años más tarde, un universitario relató que Escrivá era un “romántico de Cristo: alguien enamorado de Él, un hombre con una fe completa en el Evangelio”. Estas cualidades le permitían establecer amistades estrechas no sólo con otros compañeros estudiantes, sino también con profesores mucho mayores que él.

En el otoño de 1925 sólo le quedaba una asignatura para terminar la carrera. En octubre empezó a enseñar Derecho Romano y Canónico en una academia privada, el Instituto Amado, que preparaba para oposiciones a recién licenciados y ofrecía clases de repaso a estudiantes de la Facultad. En enero de 1927 se presentó al último examen y recibió su título.

Escrivá todavía no tenía un puesto estable en la diócesis y había sido rechazado para varios. Fue entonces cuando su antiguo profesor de Derecho Romano, don José Pou de Foxá, que estaba bien relacionado en la diócesis de Zaragoza y comprendía los enredos de la política clerical, le advirtió de que no había sitio para él en la ciudad y que debía trasladarse a Madrid.

[1] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 206

En busca de la libertad

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El 18 de julio de 1936, Pedro Casciaro está de vacaciones en Alicante. Vive con sus abuelos, que tienen nacionalidad británica, circunstancia que les pone a cubierto de toda persecución. El resto de la familia está adscrita, ideológicamente, al Gobierno de la República. Su seguridad, por tanto, está protegida, pues allí no ha triunfado el alzamiento. Después de ser movilizado por el ejército de Levante se le destina a Valencia, y en la ciudad va a encontrarse, una vez más, con Paco Botella. Este se ha trasladado con su familia desde Alcoy a Valencia, y vive en un piso de la Avenida del Marqués del Turia.

También José María Hernández de Garnica, que ha estado a punto de ser fusilado en Madrid, es conducido a la cárcel de Valencia y, por fin, puesto en libertad.

Hasta aquí les llegan cartas y postales escritas frecuentemente por el Padre. Vienen firmadas con el nombre de Mariano, que consta en la fe de Bautismo de Barbastro, y que adopta ahora para no comprometerles si la censura llega a sospechar su procedencia. Otras veces es Isidoro Zorzano quien transmite las ideas del Padre traducidas a un lenguaje, en clave familiar, con el que se han llegado a entender perfectamente.

A pesar del riesgo que supone y de la zozobra constante que rodea la vida del Fundador en estos meses, no ha dejado de esforzarse para seguir ayudando y dirigiendo a sus hijos, que se encuentran esparcidos por el peligro de frentes, cárceles, embajadas y ciudades.

A primeros de octubre de 1937, llega a Valencia la gran noticia: un grupo de personas conocidas, entre las que se encuentra el Padre, llegará a la ciudad en breve plazo. No se precisa fecha. Pedro y Paco no aciertan a explicarse cómo han podido obtener los pasaportes o salvoconductos necesarios para salir de Madrid y viajar a otra provincia. Es un trámite difícil y arriesgado.

Una de las muchas tardes de este otoño, Pedro, concluido su servicio en la Dirección General de los Servicios de la Remonta, llega hasta la casa de la familia Botella. Abre la puerta la madre de Paco y le dice que unos señores de Madrid le están esperando en la salita. Al entrar en la habitación, iluminada a contraluz por el atardecer, distingue a un hombre delgado, vestido de gris oscuro y que, apenas le ve, se acerca con los brazos abiertos:

«Perico, ¡qué alegría de volver a verte!»(1).

Es la voz del Padre. Al sentir su abrazo, Pedro no puede contener la emoción y ha de pasar un buen rato hasta que logra tranquilizarse. Aprecia los cambios que se han operado desde que le vio por última vez, en Madrid. Parece tener más edad; está enormemente delgado; su mirada sigue siendo penetrante y afectuosa tras unas gafas de montura gruesa. No han cambiado su palabra y su acento.

El Padre explica que han tomado la resolución, después de haber rezado mucho, de cruzar la frontera catalana a través del Pirineo. Lo que no les dice, en ese momento, es cuánto le ha costado tomar esta decisión, y cuántos argumentos han tenido que emplear los que le acompañan para hacerle huir del peligro de Madrid. Mientras quede uno solo de sus hijos expuesto a la persecución, se niega a abandonar la ciudad ante la remota, casi imposible, oportunidad de ayudarle. Tienen que emplear toda clase de dialéctica para que abandone una situación cada vez más comprometida. Sólo la necesidad de seguir realizando el Opus Dei, la convicción de que es preciso hablar libremente de aquello que Dios ha puesto en su alma, le harán plegarse a las razones de quienes le rodean. También deja en la capital de España a su madre y a sus hermanos.

Se han trasladado en coche hasta Valencia. El viaje ha sido largo, con repetidas paradas en controles de milicianos y constantes situaciones de riesgo. Cae el sol, cuando llegan a la ciudad del Turia. Acompañan al Padre José María Albareda, Tomás Alvira y Manolo Sáinz de los Terreros. Es el 8 de octubre de 1937. Les ha precedido Juan Jiménez Vargas, que ha demostrado a lo largo de todo este tiempo una infatigable capacidad de resolver dificultades y hallar recursos que protejan la vida del Fundador.

Unos días antes, paseando por la Avenida del Marqués del Turia, Juan transmite a Pedro y a Paco las ideas que ha oído al Fundador a lo largo de estos meses: todo cuanto sucede es trascendental para la Obra; resulta necesario armarse de madurez humana y de gran valor sobrenatural. El llamamiento de Dios es lo primero, y exige superar todo temor, todo pretexto de juventud; es preciso tener la convicción de que el Opus Dei ha de salir adelante; para esto, hay que ceder planes y compromisos por muy acuciantes que parezcan.

Apenas un mes antes, José María Albareda, el que habría de ser durante largos años uno de los motores de la investigación científica en España, ha pedido su admisión en el Opus Dei. En el estallido de la guerra, ha pagado ya su trágico denario de sangre en las personas de su padre y un hermano fusilados en Caspe. Es la familia de Albareda la que ha encontrado los enlaces precisos, en Cataluña, para intentar el paso del Pirineo y la entrada en zona nacional.

Al día siguiente, el grupo que ha llegado de Madrid se reúne con Pedro y Paco en la mayor discreción posible; caminan hasta una modesta fonda, en la parte vieja de la ciudad. Pedro conoce bien el lugar y sabe que no suele presentar ningún peligro. Y, sin embargo, hay un momento difícil: cuando están comenzando el almuerzo, entra un grupo armado pidiendo documentación. Pedro, al darse cuenta, palidece. El Padre le dice en voz baja, al notar su preocupación:

«Quédate tranquilo; encomiéndalo a los Custodios»(2).

Al llegar a la mesa que ocupan, los milicianos sólo piden la documentación a Pedro Casciaro, que está rigurosamente en regla.

Ese mismo día, por la tarde, acuden a la estación para tomar el tren camino de Barcelona. Los andenes, bajo la estructura de hierro, acogen una multitud abigarrada: soldados, milicianos, gentes con indumentarias indescriptibles, actitudes vociferantes o gestos furtivos de recelo. Maletas de madera, cestos, fusiles, humo y suciedad en vagones repletos. Pedro y Paco, que han venido a despedirles, observan al Padre, en medio de aquella confusión. Querrían acompañarle. Sin embargo, antes de que el tren emprenda la marcha, es don Josemaría quien les infunde ánimo, enviándoles una sonrisa optimista desde la ventanilla. Al arrancar el convoy introduce su mano dentro de la chaqueta y hace allí la señal de la Cruz, bendiciéndoles.

La pitillera de plata, que continúa oculta en el bolsillo interior, lleva Formas Consagradas. Durante este tiempo, muy cerca del corazón del Padre, es el único sagrario de la Obra.

El viaje es lento, con paradas imprevistas e interminables. Todavía no ha roto el alba, cuando el Fundador decide consumir la Eucaristía, por reverencia. La mayor parte de los viajeros duermen en los asientos, en el suelo de los pasillos, apoyados en las paredes; pero algunos grupos hablan y blasfeman a grandes voces.

Nunca olvidará el Padre esta noche. Ni otras muchas que ha pasado en oración pidiendo y reparando por una multitud de almas enajenadas para las que Dios se ha ocultado, igual que la luz, en la tarde de este día.

Al llegar a Barcelona, se distribuyen por diversas casas. Y rápidamente se inician las gestiones para conectar con los guías que han de pasarles a través del Pirineo. Sin embargo, todo es lento y peligroso. Los periódicos publican el asesinato de un grupo numeroso de refugiados que intentaban huir y han sido descubiertos por la vigilancia armada cerca de la frontera. Esto supone un retraso, porque es necesario esperar a que la situación adquiera nueva calma.

Cuando apenas hace una semana que han llegado a Barcelona, Pedro Casciaro recibe un telegrama en su pensión de Valencia: dice que le esperan en la Ciudad Condal.

Ni por un momento duda en afrontar las consecuencias y los peligros de este viaje. Está militarizado; no es posible obtener un permiso de desplazamiento; tiene que desertar de su puesto. Tampoco pone en la balanza de intereses la opinión que su familia -que continúa viviendo en Albacete- pueda formar acerca de esta determinación.

Al día siguiente toma el tren. Cuando llega a la estación terminal de Barcelona, le esperan el Padre y Juan. Como es muy temprano, en la casa donde se alojan tienen todo preparado para celebrar el Santo Sacrificio de la Misa. Pedro se conmueve, después de tantos meses, viendo la piedad, la serenidad del Padre que recita las oraciones litúrgicas. No hay ornamentos. Todo es improvisado. Todo menos el amor de la Consagración, del retorno de Cristo vivo hasta los hombres. Hay un momento en que la memoria y el cariño le transportan al primer y querido oratorio de la Residencia de Ferraz.

En Barcelona se entera de que el Padre sufre constantes vacilaciones en su idea de cruzar el Pirineo. No quiere dejar atrás a los que, de algún modo, quedan expuestos al peligro, y al mismo tiempo ve la necesidad de extender la Obra. Le ha llamado para que conozca los trámites que han puesto en marcha para salir de España. El Fundador quiere que, en una próxima expedición, otro grupo pueda seguir sus pasos. Pero aunque la angustia de dejar atrás algunos hijos suyos hace presa en su ánimo repetidas veces, no se trasluce en su gesto ni en su porte. Está alegre con todos. Sigue sembrando buen humor.

Durante un día entero, Pedro disfruta de la compañía del Padre en Barcelona. Pero ha de tomar el tren de regreso a Valencia. En el andén, el Fundador y Juan Jiménez Vargas le despiden. Cuando llega a su acuartelamiento en la ciudad del Turia, el coronel que manda el regimiento ha sido informado de la desaparición del soldado Casciaro. Causa verdadero estupor verle aparecer, un día más tarde, alegando un viaje indispensable para el que no tuvo posibilidad de solicitar permiso.

Gracias a que su conducta siempre fue correcta, y a la suerte, Pedro sale bien parado de esta huida. Sólo van a castigarle con quince días de arresto.

Apenas olvidado el percance, llega JuanJiménez Vargas desde Barcelona. El Padre no desea irse de España si no les acompañan Pedro y Paco. Juan ha emprendido el arriesgado viaje para volver con ellos. También se va a incorporar al grupo Miguel Fisac. Una semana después, llegan por la ruta Valencia-Barcelona. Según consta en sus documentaciones, falsas, se trata de soldados de Servicios Auxiliares que gozan de permiso por asuntos de familia.

En efecto: el Padre y varios hermanos les esperan en Barcelona para resolver importantes asuntos de familia. Es, y esto ya no puede constar en ningún salvoconducto, una familia de vínculo sobrenatural que ha de luchar pacíficamente para seguir haciendo, sin bandos ni prejuicios, con la libertad de los hijos de Dios, el Opus Dei sobre la tierra entera.

Introducción del capítulo

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Capítulo “San Josemaría Escrivá de Balaguer” del libro “Contemplativos”, escrito por José Asenjo Sedano

San Josemaría Escrivá de Balaguer constituye, a mi ver, una novedad en la actualidad católica de nuestro tiempo, abriendo un camino a la contemplación que costó mucho hacerse entender. Y sin embargo, dentro de la Iglesia, no significa nada nuevo, ese camino desde el principio está en el Evangelio. Lo que Dios nos pide son adoradores en espíritu y en verdad y ese es el mensaje que propone el Opus Dei, proclamando que la santidad, la vida contemplativa, es posible dentro de las actividades ordinarias del cristiano. No sólo dentro del convento se hace uno santo, también es posible en la calle, en la familia, en el trabajo… ¡en todas las actividades humanas santificables! “Esta es la voluntad de Dios, que seamos santos”.

¿Y que es la contemplación? Pues es igual a acción de gracias, donación, entrega. Algo que mucha gente desconoce, porque ignora lo que son las acciones de gracias, las jaculatorias, el valor añadido que aporta el trabajo al ofrecimiento realizado a través del sacramento del bautismo, de la misma manera que el sacramento del orden permite transformar sustancialmente en cuerpo y sangre de Cristo, el pan y el vino…

Devociones

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El Beato Josemaría ha escrito en Forja: Aprende a alabar al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Aprende a tener una especial devoción a la Santísima Trinidad: creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo, creo en Dios Espíritu Santo; espero en Dios Padre, espero en Dios Hijo, espero en Dios Espíritu Santo; amo a Dios Padre, amo a Dios Hijo, amo a Dios Espíritu Santo. Creo, espero y amo a la Trinidad Beatísima.

–Hace falta esta devoción como un ejercicio sobrenatural del alma, que se traduce en actos del corazón, aunque no siempre se vierta en palabras (n 296).

Ciertamente, este consejo brota de la vida interior del Fundador, y quisiera arrancar de aquí para que me hablase de sus devociones personales.

–El Padre solía decir, ya a los primeros miembros del Opus Dei, que para crecer en la vida interior, es un buen medio consagrar cada día de la semana a una devoción sólida: a la Santísima Trinidad, a la Eucaristía, a la Pasión, a la Virgen, a San José, a los Santos Angeles Custodios, a las benditas ánimas del Purgatorio. Como siempre, este consejo brotaba de su experiencia personal: lo había vivido desde hacía muchos años. Puedo afirmar que sus principales devociones fueron: la Santísima Trinidad –Dios Uno y Trino, además de las Tres Personas divinas a las que trataba singularmente: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo–; Nuestro Señor Jesucristo, sobre todo su presencia en la Eucaristía, su Pasión y sus años de vida oculta; la Santísima Virgen; San José; los santos Ángeles y Arcángeles; los Santos y, en particular, los doce Apóstoles, los Santos que escogió como intercesores de algunos aspectos del apostolado de la Obra –Santa Catalina de Siena, San Nicolás de Bari, Santo Tomás Moro, San Pío X y el Santo Cura de Ars–, otros santos, como San Antonio Abad, Santa Teresa de Jesús, etc., y los primeros cristianos.

Su amor a la Santísima Trinidad se expresaba en mil detalles. Por ejemplo, cuando se construyó Villa Tevere, la Sede Central de la Obra, quiso que el oratorio en que celebraría la Misa habitualmente estuviera dedicado a la Trinidad. Recuerdo también que, cuando se instaló el belén en la Galería del Fumo, el cuarto de estar donde nos reuníamos en familia después de la comida, el Padre nos pidió que añadiésemos otro angelote a los ocho que ya se habían puesto, y observó: Así habrá nueve: tres por cada Persona de la Santísima Trinidad.

Nuestro Fundador inculcaba en sus hijos un amor muy grande a la Trinidad. Por eso, además de poner al comienzo de las Preces de la Obra una invocación a la Santísima Trinidad, dispuso que el tercer domingo de cada mes se rezase y meditase el Símbolo Atanasiano, y que en los tres días anteriores a la fiesta de la Santísima Trinidad se recitase, o mejor, se cantase, el Trisagio Angélico.

Quienes vivíamos a su lado sabemos muy bien el arraigo de esta devoción en su vida. Así pude descubrir el modo de ganar en las rifas que organizaba: es un recuerdo ingenuo, de familia, de los primeros años de mi vocación. De vez en cuando llevaba a las tertulias algo que nos hiciera pasar un rato agradable, por ejemplo, un paquete de caramelos. En esas ocasiones, cuando había algún detalle que se salía de lo ordinario, el Padre organizaba un sorteo, que consistía en adivinar el número que había pensado. Enseguida me di cuenta de que era siempre el tres, o un múltiplo de tres, porque incluso en esos momentos de descanso aparecía su amor por la Santísima Trinidad.

Su tendencia a usar el número tres o el número nueve se manifestaba también en muchos otros detalles. Quizá el más significativo fue los 999 puntos de Camino. Durante una audiencia privada, el Papa Pablo VI le preguntó por qué había escogido este número. Nuestro Fundador respondió: por amor a la Santísima Trinidad. Recuerdo que para la primera edición de Camino hizo diseñar una portada, entonces muy original, que consistía en una serie de siluetas del número nueve, formando una columna.

El comentario que el Fundador escribió sobre las catorce estaciones del Vía Crucis es un testimonio de su devoción, de su amor a la Humanidad Santísima de Cristo.

–Desde que le conocí observé que en su oración personal, o cuando predicaba una meditación o daba una clase, como también cuando trabajaba en la mesa, se ponía delante un crucifijo, bastante grande –de diez o doce centímetros–, que llevó siempre en el bolsillo, quizá hasta 1950. A su hermano Santiago le llamaban la atención esas dimensiones y decía que era un crucifijo “de ordenanza”, aludiendo a las pistolas de los militares. Y realmente se puede decir que el crucifijo era el arma de nuestro Fundador.

Al terminar la guerra civil, entró en Madrid a la vez que las tropas que habían liberado la ciudad. Se le acercaba mucha gente para besarle la mano, porque desde hacía tres años no veían a un sacerdote con traje talar: pero el Padre les daba a besar el crucifijo; esto le sucedió muchas veces durante aquellos años. También a nosotros nos aconsejaba que llevásemos siempre un crucifijo, y lo pusiéramos sobre la mesa antes de empezar a estudiar, leer o trabajar, para mantenernos en la presencia de Dios y transformar así nuestro trabajo en oración, uniéndolo al sacrificio de la cruz.

En los últimos años de su vida, encargó al escultor romano Sciancalepore un Cristo crucificado. Quería un Cristo aún vivo, que representase al Señor antes de morir, con los ojos abiertos, dirigidos hacia quien rezaba a sus pies. Hizo que se sacasen dos copias, destinada una a la ermita que había hecho construir expresamente en Cavabianca, sede del Colegio Romano de la Santa Cruz, y la otra a una capilla del Santuario de Torreciudad. Me parece que este detalle refleja el espíritu de nuestro Fundador. Deseaba que la gente contemplase a Cristo en la cruz, mirándonos a cada uno antes de morir y diciéndonos: “todo esto lo sufro por ti”. De este modo quería movernos a pensar en la justicia divina, a mirar al Señor que parece decir a los pecadores: “Esto es por ti. Mis sufrimientos son por ti. Si no rectificas, te quedarás separado de Dios para siempre en el Infierno”; pero al mismo tiempo nos animaba a considerar el amor de Dios, que nos mira y nos dice: “todos estos sufrimientos son por ti, tú me debes ayudar a redimir, no me ofendas nunca más”.

Su devoción eucarística era intensísima, ya desde la infancia. Aprendió muy de pequeño de una de sus abuelas estos versos sencillos y conmovedores: “Las doce han dado, Jesús no viene, ¿quién será el dichoso que lo detiene?”. A veces los repetía para expresar su deseo de estar junto al Señor Sacramentado.

Como ya se ha mencionado, consideraba la Misa centro y raíz de la vida interior, y difundió la costumbre descrita en el punto 876 de Camino de “asaltar” Sagrarios.

Así relató a sus hijos un viaje en tren, en una carta escrita en Monzón el 17 de septiembre de 1934: Yo me dediqué –ya desde Madrid– a un deporte a lo divino: otear el horizonte, para decirle algo a Jesús en los Sagrarios del camino. Además esta mañana he rezado el Breviario con más solemnidad que en el coro de una Catedral: invité a cantar, conmigo, las alabanzas del Señor a todos los Custodios que venían en mi departamento. ¡Nunca me perdáis de vista a los Ángeles, hijos míos! Recuerdo que, poco después de haber pedido la admisión en el Opus Dei, en 1935, me enseñó a vivir la costumbre de saludar al Señor en los sagrarios que encontraba al ir de un sitio a otro.

Ha aludido al rezo del Breviario. ¿Podría añadir algo?

–Nunca lo retrasaba, por ningún motivo. A este propósito me acuerdo de lo que sucedió hacia 1942 ó 1943. Nuestro Fundador estaba enfermo y, aunque tenía una fiebre muy alta, quería recitar el oficio divino. Le dije que en aquellas condiciones no tenía obligación de hacerlo, pero me replicó: Mira, tú no puedes decir esto porque todavía no eres sacerdote, y yo no quiero obrar sin un consejo autorizado. Por lo tanto, hazme el favor de llamar por teléfono a don José María Lahiguera, que es mi confesor; expón la situación, y haré lo que él mande. Así lo hice, y don José María me respondió que el Padre no estaba obligado a rezarlo, después de hacerme varias preguntas sobre la fiebre, el tipo de molestias, etc., que me sorprendieron porque para mí la solución era evidente desde el primer momento. Nuestro Fundador decidió entonces recitar otras oraciones vocales que sabía de memoria. Años después, a causa de la diabetes, perdió mucha vista, tanto que no podía casi ni leer: la diplopía le hacía ver las letras dobles y desdibujadas. Entonces nos pidió a don Javier Echevarría y a mí que rezáramos en voz alta el Oficio divino, para poder unirse a nuestra oración.

Volvamos a su devoción trinitaria. También en una célebre homilía, recogida en Es Cristo que pasa, el Fundador llama al Espíritu Santo el Gran Desconocido.

Precisamente porque la Tercera Persona de la Trinidad es la menos invocada, nuestro Padre le tenía una devoción especial. No dudo en afirmar que el Padre, en su predicación, fue un gran heraldo de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Me viene a la cabeza, por ejemplo, que en 1971, llegó un sacerdote de la Obra que se iba a predicar un curso de retiro a L’Aquila. Nuestro Fundador le sugirió: Llévate un tratado de Deo Trino y mételes en el corazón el amor al Espíritu Santo, que es meter el amor al Padre y al Hijo. Porque el Hijo ha sido engendrado por el Padre desde toda la eternidad; y del amor del Padre y del Hijo, también eternamente, procede el Espíritu Santo. No lo entendemos bien, pero a mí no me cuesta creer. Cada día procuro ahondar más en el misterio de la Trinidad Beatísima.

Nuestro Fundador me contó muchas veces que desde 1926 ó 1927 había vivido con mucha intensidad la devoción a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Todos los años hacía el Decenario al Espíritu Santo, utilizando el libro de Francisca Javiera del Valle. En abril de 1934 compuso una oración al Paráclito que le entregó, manuscrita, a Ricardo Fernández Vallespín, entonces director de la primera Residencia del Opus Dei.

Durante los primeros años de sacerdocio tenía en su Breviario unas estampas, que usaba en lugar de las habituales cintas, y un día le pareció que se había apegado a ellas: se desprendió rápidamente de las estampas, y las sustituyó por tiras de papel. Más de una vez me contó: Al ver aquellos papeles en blanco, comenzé a escribir: Ure igne Sancti Spiritus!, ¡quema con el fuego del Espíritu Santo! Le sirvieron, en suma, de eficacísima “industria humana” para rezar el Oficio divino en unión con el Espíritu Santo: Los he usado durante muchos años, y cada vez que los leía, era como decirle al Espíritu Santo: ¡enciéndeme!, ¡hazme una brasa!

Las erróneas interpretaciones del Concilio Vaticano II por parte de algunos pseudoteólogos, desembocaron en una tremenda crisis que afectó durante años a muchas instituciones eclesiásticas, hasta el punto de que el Santo Padre Pablo VI aludió tristemente a un fenómeno de “descomposición de la Iglesia”. En aquellas circunstancias el Padre sufrió de manera indecible; el dolor le llevó a intensificar su oración al Paráclito, que culminaría con la consagración del Opus Dei al Espíritu Santo el 30 de mayo de 1971. En la extensa fórmula compuesta por el Padre incluyó esta invocación: Te rogamos que asistas siempre a tu Iglesia, y en particular al Romano Pontífice para que nos guíe con su palabra y con su ejemplo, y para que alcance la vida eterna junto con el rebaño que le ha sido confiado; que nunca falten los buenos pastores y que, sirviéndote todos los fieles con santidad de vida y entereza en la fe, lleguemos a la gloria del cielo.

El Opus Dei fue fundado el 2 de octubre de 1928, fiesta de los Ángeles Custodios. Bien motivada y comprensible es la devoción del Fundador a los protectores y mensajeros celestes que tenía ya desde su infancia.

–Sí, aprendió de sus padres a tratar al Ángel Custodio. Cuando era seminarista, leyó en un libro de un Padre de la Iglesia que los sacerdotes tienen, además del Ángel Custodio, un Arcángel ministerial. Por eso, desde el día de su ordenación se dirigió a él con gran sencillez y confianza, tanto que decía que estaba seguro de que, si la opinión de ese escritor no fuese correcta, el Señor le habría concedido un Arcángel ministerial, por la fe con que le había invocado siempre.

De todos modos, a partir de la fiesta de los Ángeles Custodios de 1928, nuestro Fundador tuvo por ellos una devoción más intensa. Enseñaba a sus hijos: El trato y la devoción a los Santos Ángeles Custodios está en la entraña de nuestra labor, es manifestación concreta de la misión sobrenatural de la Obra de Dios.

Con la certeza de que Dios ha puesto un Ángel al lado de cada hombre para ayudarle en el camino de la vida, acudía al propio Ángel Custodio en todas las ocasiones, tanto en las necesidades materiales como en las espirituales. En este contexto reconocía: Por años he experimentado la ayuda constante, inmediata, del Ángel Custodio, hasta en detalles materiales pequeñísimos. Por ejemplo, entre los años 1928 y 1940, cuando se le estropeaba el despertador, como no tenía dinero para llevarlo a arreglar, acudía confiadamente a su Ángel Custodio para que le despertase por la mañana a la hora prevista. Nunca le falló. Por eso, le llamaba cariñosamente mi relojerico.

Cuando saludaba al Señor en el Sagrario, agradecía siempre a los Ángeles, allí presentes, la adoración que continuamente prestan a Dios. Le he oído repetir más de una vez: Cuando voy a un oratorio nuestro donde está el tabernáculo, digo a Jesús que le amo, e invoco a la Trinidad. Después doy gracias a los Ángeles que custodian el Sagrario, adorando a Cristo en la Eucaristía

Con heroica y perseverante correspondencia a la gracia, adquirió el hábito de saludar siempre al Ángel Custodio de las personas con las que se encontraba: solía decir que saludaba primero al personaje. Un día de 1972 ó 1973 vino a verle el Arzobispo de Valencia, Mons. Marcelino Olaechea, acompañado de su secretario. Como eran muy amigos, el Padre le saludó y le dijo en broma: –Don Marcelino, ¿a quién he saludado primero? El arzobispo respondió: –Primero, a mí. –No, le dijo el Padre. He saludado primero al personaje. Don Marcelino repuso, perplejo: –Pero, entre mi secretario y yo, el personaje soy yo. Entonces nuestro Fundador explicó: –No, el personaje es su Angel Custodio.

Durante unos días de descanso que pasó en una finca de Premeno, un pequeño pueblo de la montaña junto al Lago Maggiore, de vez en cuando, para hacer un poco de ejercicio físico, jugábamos a las bochas. No nos sabíamos bien las reglas del juego, y a veces nos las inventábamos. Me acuerdo de que, en uno de aquellos partidos, el Padre lanzó una bocha con gran habilidad y consiguió todos los puntos. Pero enseguida dijo: –No vale; me he encomendado a mi Angel Custodio. No lo haré más… Relato esta pequeña anécdota, porque me parece significativa de la constante relación de amistad que mantenía con su Ángel Custodio, y, también, porque me contó más tarde que le había dado vergüenza pedir la ayuda de su Ángel para una cosa de tan poca importancia.

Al Beato Josemaría le gustaban los cuadros y las imágenes en que se representa a San José con aspecto vigoroso, viril. Lo reconoce en una de las homilías publicadas: No estoy de acuerdo con la forma clásica de representar a San José como un hombre anciano, aunque se haya hecho con la buena intención de destacar la perpetua virginidad de María. Yo me lo imagino joven, fuerte, quizá con algunos años más que nuestra Señora, pero en la plenitud de la edad y de la energía humana. (Es Cristo que pasa, n. 40). Tenía muy arraigada la devoción al santo Patriarca.

–Era tan notorio que, cuando el Papa Juan XXIII decidió incluir a San José en el Canon de la Misa, el Cardenal Larraona pensó inmediatamente en nuestro Fundador: le llamó por teléfono para comunicarle la noticia y darle la enhorabuena, seguro de que le iba a proporcionar una gran alegría.

Contaré ahora dos anécdotas que le sucedieron durante su estancia en algunos países de América del Sur en 1974. En Ecuador le mostraron un cuadro de escuela quiteña que representaba al Niño Jesús coronando con una guirnalda de flores la cabeza del santo Patriarca. Esta imagen le produjo una alegría inmensa: ¡Una maravilla! Me he puesto muy contento –exclamó– porque yo he tardado años en descubrir esa teología josefina, y aquí no he tenido más que abrir los ojos y la he visto confirmada. ¡Muy bien!

Durante aquel viaje nuestro Fundador empezó a hablar de la presencia misteriosa –inefable, decía– de María y José junto a los Sagrarios de todo el mundo. Lo argumentaba así: si la Santísima Virgen no se separó nunca de su Hijo, es lógico que continúe a su lado también cuando el Señor decide quedarse en esta cárcel de amor que es el tabernáculo: para adorarle, amarle, rezar por nosotros. Y aplicaba a San José la misma idea: estuvo siempre junto a Jesús y a su Esposa; tuvo la suerte de morir acompañado por ellos, ¡qué muerte tan maravillosa! Por eso el Padre repetía que aceptaba la muerte cuando, como y donde el Señor quisiera, pero que rezaba para que le llegase junto a San José: quería morir como él, entre los brazos de Jesús y de María. En definitiva, nuestro Padre metía a San José en todo.

Pero existía una “laguna” en esta familiaridad con San José: ¿qué hacer para no olvidarlo cuando Jesús muere en el Calvario? Durante un viaje en coche, en Brasil, encontró la solución, y nos la dijo apenas regresamos a casa: ¡ya lo he encontrado! ¡Hago sus veces, y ya está! El Padre se ponía a los pies de la Cruz, en lugar de San José, y se imaginaba lo que el Patriarca le hubiera dicho a Cristo de haber estado a su lado, mientras moría por nosotros: actos de reparación, de dolor, de amor.

El Fundador amaba las devociones tradicionales y las practicaba. ¿Usaba también “industrias humanas” para no olvidarlas?

–De su estancia en Perdiguera, recién ordenado sacerdote, Teodoro Murillo, que le ayudaba como monaguillo en la parroquia, se acordaba de un detalle para él inexplicable. A veces don Josemaría le invitaba a dar un paseo, y lo aprovechaba para explicarle algunos aspectos de la doctrina cristiana. Teodoro advirtió que con frecuencia el sacerdote se agachaba, recogía una piedrecita y se la metía en el bolsillo. Cuando lo supe, lo entendí inmediatamente.

Al pedir la admisión en la Obra, nuestro Fundador me explicó el espíritu del Opus Dei, y me aconsejó rezar muchas jaculatorias, comuniones espirituales… y ofrecer numerosas mortificaciones pequeñas durante el día. Al hablarme de las jaculatorias, me explicó: Hay autores espirituales que recomiendan contar las que se dicen durante la jornada, y sugieren usar judías, garbanzos o algo por el estilo; meterlas en un bolsillo e irlas pasando al otro cada vez que se levanta el corazón a Dios, con una de esas oraciones. Así pueden saber cuántas han dicho exactamente, y ver si ese día han progresado o no. Y añadió: Yo no te lo recomiendo, porque existe también el peligro de vanidad o soberbia. Más vale que lleve la contabilidad tu Angel Custodio.

Evidentemente, el Padre utilizaba en Perdiguera aquella “industria humana” para ver cómo iba en la presencia de Dios. Después abandonó esta contabilidad, probablemente por el mismo motivo que me explicó.

De todas formas, siguió rezando muchísimas jaculatorias. ¿Podría decirme cuáles eran las más habituales?

–Resulta imposible hacer un elenco completo. Generalmente sacaba las jaculatorias de la Escritura o del tesoro de la tradición cristiana, y estaban siempre estrechamente relacionadas con su vida interior: por esto, variaban. A veces, cambiaba algunas palabras para que se adaptasen mejor a las circunstancias del día o de un periodo determinado; quiero decir, en definitiva, que las rezaba siempre poniendo todo el corazón y toda la devoción e intensidad de que era capaz. He aquí algunas:

– ¡Dulce Corazón de Jesús, sed mi amor!

– ¡Dulce Corazón de María, sed mi salvación!

Domine, fac cum servo tuo secundum magnam misericordiam tuam!

Sancte Pater Omnipotens, Aeterne et Misericors Deus: Beata Maria intercedente, gratias tibi ago pro universis beneficiis tuis, etiam ignotis.

Cor Iesu Sacratissimum et Misericors, dona nobis pacem! Comenzó a rezar esta jaculatoria al Corazón de Jesús en torno a 1950; y en 1951, esta otra al Corazón de María: Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum!

Benedicamus Patrem et Filium cum Sancto Spiritu!

– Con variantes, repitió muchas veces la súplica encendida de sus años de Logroño: Domine, ut videam!, diciendo: Domine, ut sit! Domina, ut videam! Domina, ut sit!

– Repetía la jaculatoria: Domine, tu omnia nosti, tu scis quia amo te! no sólo como acto de amor, sino también de contrición.

– Tuyo soy, para ti nací, ¿qué quieres Jesús de mí?

– Jesús te amo.

– Gloria al Padre, Gloria al Hijo, Gloria al Espíritu Santo. Gloria a Santa María y también a San José. Gracias a los Ángeles que te hacen la corte.

– Señor, me abandono en ti, confío en ti, descanso en ti.

– Creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo, cre en Dios Espíritu Santo. Espero en Dios Padre, espero en Dios Hijo, espero en Dios Espíritu Santo. Amo a Dios Padre, amo a Dios Hijo, amo a Dios Espíritu Santo. Hizo imprimir esta triple invocación en millares de estampas.

Iesu, Iesu, esto mihi semper Iesus.

Tu es sacerdos in aeternum!

Quod bonum est oculis eius, faciat! Repetía esta jaculatoria como acto de humilde aceptación de la Voluntad de Dios, cualquiera que fuese, también si resultaba contraria a lo que había pensado.

Monstra te esse Matrem!

– ¡Madre, Madre mía!

Sancta Maria, Refugium nostrum et virtus!

– Santa María, detén tu día. Según cuenta la tradición, en el año 1248, sitiada Sevilla por Fernando III el Santo, algunos caballeros cristianos invocaron a la Virgen con esta jaculatoria pidiéndole que les ayudase a acabar de vencer a los musulmanes: entonces el sol detuvo su curso y pudieron derrotar a los enemigos. Nuestro Fundador nos aconsejaba invocar la ayuda de la Santísima Virgen con esta jaculatoria para llevar a término, con orden y tenacidad, el trabajo diario.

Sancta Maria, filios tuos adiuva: filias tuas adiuva!

Sancta Maria, Spes nostra, Sedes Sapientiae, ora pro nobis.

Sancta Maria, Spes nostra, Ancilla Domini, filias tuas adiuva!

Sancta Maria, Regina Operis Dei, filios tuos adiuva!

Sancta Maria, Stella Orientis, filios tuos adiuva! Comenzó a rezar esta jaculatoria en 1955, durante su primer viaje a Viena.

Dominus tecum!

Sancti Angeli custodes nostri, defendite nos!

– San José, Nuestro Padre y Señor, bendice a todos los hijos de la Santa Iglesia de Dios.

Adeamus cum fiducia ad thronum gloriae, ut misericordiam consequamur!

– Ave María purísima, sin pecado concebida.

– Recitaba a menudo la antífona: Sub tuum praesidium confugimus…, o simplemente las palabras: Nostras deprecationes ne despicias; recuerdo que en los años setenta las repetía con especial insistencia.

– Bendita sea la Madre que te trajo al mundo.

Cor Mariae perdolentis, miserere nobis! … miserere mei!

Beata Mater et intacta Virgo, intercede pro nobis!

Omnia in bonum! Hizo reproducir esta jaculatoria, como también algunas otras que he ido citando, en muchísimos lugares de nuestros Centros, y la hizo imprimir en miles de estampas que regalaba para animar a la gente a aceptar siempre la Voluntad de Dios y vivir la esperanza cristiana.

Semper ut iumentum!

Ut iumentum factus sum apud te! A veces añadía las otras palabras del Salmo: Et ego semper tecum. Tenuisti manum dexteram meam, et in voluntate tua deduxisti me, et cum gloria suscepisti me. Y lo traducía así: Señor, yo quiero ser a tu lado como un borriquito, pero Tú me has cogido por el ronzal, y me llevaste adelante, y me recibirás en tu gloria.

Fiat, adimpleatur, laudetur et in aeternum superexaltetur iustissima atque amabilissima Voluntas Dei super omnia. Amen. Amen.

– Creo más que si te viera con mis ojos, más que si te escuchara con mis oídos, más que si te tocara con mis manos.

Ut in gratiarum semper actione maneamus! Muchas veces utilizaba esta jaculatoria, y otras que estoy enumerando, para alimentar su oración mental y las meditaciones que dirigía.

Montes, sicut cera, fluxerunt a facie Domini. La repetía para fortalecer su esperanza ante las dificultades que se presentaban a lo largo de nuestro camino.

Qui tribulant me, inimici mei, ipsi infirmati sunt et ceciderunt.

Servi inutiles sumus: quod debuimus facere fecimus.

Oportet semper orare, et non deficere.

Ure igne Sancti Spiritus!

Veni, Sancte Spiritus, reple tuorum corda fidelium, et tui amoris in eis ignem accende!

Oportet illum crescere, me autem minui. Empleaba esta jaculatoria para fomentar, en sí mismo y en sus hijos, la humildad personal y colectiva.

– Repetía muchas veces la oración a San Miguel Arcángel que antiguamente se rezaba después de la Misa: Sancte Michaël Archangele, defende nos in proelio; contra nequitiam et insidias diaboli esto praesidium. Imperet illi Deus, supplices deprecamur: tuque, Princeps militiae celestis, Satanam aliosque spiritus malignos, qui ad perditionem animarum pervagantur in mundo, divina virtute in infernum detrude. Amen.

– Recitaba frecuentemente también la oración por el Papa: Oremus pro Beatissimo Papa nostro… Dominus conservet eum, et vivificet eum, et beatum faciat eum in terra, et non tradat eum in animam inimicorum eius.

– ¡Dios mío!, que odie el pecado y me una a Ti, abrazándome a la Santa Cruz, para cumplir a mi vez tu Voluntad amabilísima…, desnudo de todo afecto terreno, sin más miras que tu gloria…, generosamente, no reservándome nada, ofreciéndome contigo en perfecto holocausto.

– ¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad… He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después…, mañana. Nunc coepi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte. ¡Oh, Espíritu de verdad y de sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras…. En nuestro archivo conservamos una copia de esta oración compuesta por el Padre en abril de 1934.

Mediante estas jaculatorias, y otras breves oraciones vocales, nuestro Fundador mantenía su recogimiento interior a lo largo de la jornada. Estas jaculatorias se han difundido por todo el mundo, porque las recitan miles y miles de personas que las han hecho propias. El Fundador no imponía ninguna, porque deseaba que las expresiones del amor fuesen fruto de la inventiva de cada uno: pero su amor era tan grande y su ejemplo tan vivo, que todos sus hijos procuraban imitarlo. Y no sólo los miembros del Opus Dei, sino también otros muchos amigos suyos.

Aunque el tema ha salido ya en la respuesta precedente, me gustaría rematar este apartado pidiéndole que nos hablase de la devoción mariana del Fundador, tan central en su vida y en la vida de la Obra.

–Para responderle exhaustivamente haría falta escribir un tratado. En cualquier caso, ya he indicado antes que el Fundador del Opus Dei, aunque estaba dotado de una fina sensibilidad, no era proclive al sentimentalismo. También su devoción mariana se distinguía por su profundidad teológica. Quiero decir que no se fundamentaba tanto en las “razones del corazón”, como en las de la fe. Me refiero a la fe en las prerrogativas concedidas por Dios a la Virgen y al papel de María en la obra de la Redención.

Por ejemplo: tenía mucha devoción por Santa Teresa, pero cuando la santa de Avila fue proclamada Doctora de la Iglesia, el Padre precisó: No, no es la primera Doctora; la primera Doctora, aunque no tenga el título, es la Santísima Virgen, porque ninguna persona ha tratado ni puede tratar tanto como Ella a Dios Nuestro Señor, y el Espíritu Santo le ha tenido que comunicar luces como a ninguna persona. Ella es la que sabe más de Dios. La que tiene más ciencia de Dios.

Terminaba habitualmente sus homilías y meditaciones con una invocación a la Virgen. En el libro Santo Rosario nos ha dejado rasgos conmovedores de su contemplación de los principales misterios de la vida de Jesús y de María, y también sus demás obras, comenzando por Camino, están impregnadas de devoción mariana. Cada capítulo de Surco y de Forja termina con un pensamiento sobre la Virgen.

Estableció la costumbre de colocar en todas las habitaciones de los Centros de la Obra un cuadro o una imagen pequeña de la Virgen, sencilla y artística. Nos aconsejaba que la saludásemos cariñosamente al entrar o al salir, con la mirada y con una jaculatoria interior.

Visitó innumerables santuarios marianos; tuvo especial importancia histórica la peregrinación que hizo en mayo de 1970 a la Basílica de Guadalupe, en México, para pedir a la Virgen que atendiese a las necesidades de la Iglesia y llevara a término el itinerario jurídico del Opus Dei.

En diciembre de 1973, aludiendo a sus continuas visitas de un santuario mariano a otro, decía expresivamente: Yo no hago más que encender velas; y seguiré haciéndolo mientras tenga cerillas.

El amor a la Santísima Virgen le llevaba a seguir de cerca todo lo que se refería a su culto. Por ejemplo, cuando encargaba una imagen de la Virgen con el Niño, o un cuadro de la Crucifixión en que aparecían las santas mujeres al pie de la Cruz, recomendaba al artista que buscase el modo de que Jesús se asemejase lo más posible a su Madre; incluso desde el punto de vista humano, Cristo debía parecerse mucho a María, porque había sido concebido en su seno, no por obra de hombre, sino por la intervención del Espíritu Santo. Sólo un alma enamorada podía dar tanta importancia a este detalle.

En locales de nuestros Centros como la cocina, el lavadero o el planchero, sugirió que se pusieran cuadros donde se representase a la Virgen lavando, cocinando, dando de comer al Niño: de esta forma las hijas suyas que se ocupan de la administración doméstica pueden recordar, al atender la casa, que deben imitar a la Virgen.

Solía decir a sus hijas que, como no habían tenido una Fundadora, debían considerar que su Fundadora es la Santísima Virgen. Y, para que no lo olvidasen, dispuso que en todos los oratorios de los Centros de mujeres del Opus Dei hubiese siempre una imagen de la Señora.

En cierto modo, la última piedra de su devoción mariana fue el santuario de Torreciudad. Dio indicaciones concretas para su construcción: debía ser grande, con un retablo en alabastro policromado de buenas proporciones –mide cerca de ciento treinta metros cuadrados–; en el centro, según la antigua costumbre aragonesa, hizo situar el tabernáculo, bien visible desde la nave, en una posición elevada, y al que se puede acceder desde una capilla que está detrás. De esta forma, el sacerdote nunca da la espalda al Santísimo Sacramento durante las celebraciones en el altar coram populo. Además, dispuso que en la cripta del santuario se colocasen cuarenta confesonarios, distribuidos en varias capillas dedicadas a distintas advocaciones de la Virgen. Quiero subrayar que la misma idea de edificar este santuario, al final de los años sesenta, constituyó una prueba verdaderamente extraordinaria de su fe: por el esfuerzo económico que exigía; porque eran años de evidente crisis en la devoción popular; por su ubicación, fuera de toda ruta turística y lejos de una gran ciudad; en fin, por hacer una amplia cripta de confesonarios en un periodo en que decaía la práctica de la confesión.

El 23 de mayo de 1975 volvió por última vez a Torreciudad. Las obras estaban prácticamente acabadas; pudo observar el conjunto arquitectónico; admiró la originalidad de su construcción y la majestuosidad del altar; y no se cansaba de contemplar el retablo: Es todo un señor retablo. ¡Qué suspiros van a echar aquí las viejas…, y la gente joven! ¡Qué suspiros! ¡Bien! Sólo los locos del Opus Dei hacemos esto, y estamos muy contentos de ser locos… ¡Muy bien! Lo habéis hecho muy bien. Habéis puesto tanto amor aquí…, pero hay que terminar, hay que llegar hasta el final. Sin prisa, cuidad de la colocación de la imagen de la Virgen. Visiblemente emocionado, mientras daba la vuelta al altar y miraba la nave, exclamó: ¡Qué bien se va a rezar aquí!

La Santísima Virgen ha premiado la fe de nuestro Fundador: actualmente el santuario es meta de peregrinaciones procedentes no sólo de España y Europa, sino de otros continentes. Los cuarenta confesonarios resultan muchas veces insuficientes para satisfacer las exigencias de todos los penitentes. Muchísima gente, quizá atraída al principio por la curiosidad, encuentra de nuevo al Señor en una confesión contrita. Me han dicho que con frecuencia se escuchan comentarios de este estilo: “Hacía cuarenta años que no me confesaba: ¡me siento muy feliz!”. El Padre había rezado concretamente para que en Torreciudad se produjesen estos milagros espirituales: A la Virgen de Torreciudad –observó en 1968– no le pediremos milagros externos. En cambio, sí que nos dirigiremos a Ella para que haga muchos milagros interiores, cambios en las almas, conversiones.

Era el último homenaje que nuestro Padre hizo en esta tierra a la Virgen; un mes después se reunía con Ella en el Cielo. Era el homenaje de un corazón enamorado que, cuando debió elegir durante la guerra civil española un seudónimo para burlar la censura, usó su cuarto nombre de bautismo, Mariano; y más tarde, firmó siempre así, Josemaría, todo unido, para no separar nunca a San José de María.


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