50 años del club Jara

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La tarea educativa de esta conocida asociación juvenil del madrileño Distrito de Chamartín, celebra medio siglo desde sus inicios, que tuvieron lugar con el impulso de San Josemaría

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“La formación que reciben nuestros hijos es una banqueta con tres patas: la familia, el colegio y el tiempo libre. Haber encontrado el Jara es como que nos haya tocado la lotería: sólo que en vez de dinero, el premio es una de las patas de la banqueta”. La explicación no es muy académica -o sí-, pero es la que da uno de los matrimonios responsables del actual Patronato del Club.

En la década de los cincuenta, San Josemaría Escrivá de Balaguer animó a padres de familia a poner en marcha iniciativas que sirvieran para que sus hijos y los hijos de sus amigos aprovecharan bien el tiempo libre y recibieran formación humana y cristiana. Con este objetivo han surgido en muchas ciudades del mundo centenares de clubs juveniles. El primero de ellos fue el Jara Club, que cumple 50 años este mes de abril.

Opus Dei - En la  conmemoración del 50º aniversario

En la conmemoración del 50º aniversario

Para conmemorar las Bodas de Oro se han organizado diversas iniciativas, como la edición de un libro de 114 páginas, con textos y fotos de las cinco décadas de su historia. El libro fue presentado el pasado día 3 de abril, en un acto público celebrado en el salón de actos de la Fundación Rafael del Pino, con sede en Madrid, al que asistieron más de un centenar de personas. En esta obra, combinando una narración histórica (por décadas), recuerdos de antiguos socios, y artículos sobre aspectos del proyecto educativo del club, se expone qué se hace en el Jara y qué aporta a quienes frecuentan las actividades que se organizan: culturales, deportivas, de solidaridad, etc.

Opus Dei - En una  fiesta del club

En una fiesta del club

En sus recuerdos de los inicios del Jara, recogidos en el libro del 50 aniversario, Tomás Alvira explica que “la idea del club juvenil, tal como la concibió San Josemaría, era de tal envergadura, que en su puesta a punto intervinieron catedráticos de universidad, profesionales de la Pedagogía, gente con experiencia y altura profesional, y –detalle no insignificante- gentes del Opus Dei que habían llegado en la primera hora y que habían sido formados directamente por el Fundador”.

La aportación del club juvenil

San Josemaría y los clubs juveniles es precisamente el título de uno de los epígrafes del libro. Como comenta su autor, José Carlos Martín de la Hoz, “en el Jara, recibimos formación, ejemplo y consejos prácticos para nuestra vida corriente; sólo consejos pues, como había dicho San Josemaría: “El consejo no quita la libertad, sino que da elementos de juicio, y esto amplía las posibilidades de elección, y hace que la decisión no esté determinada por factores irracionales. Después de oír los pareceres de otros y de ponderar todo bien, llega un momento en el que hay que escoger: y entonces nadie tiene derecho a violentar la libertad”. Después de unos años en el club, cada uno, libremente, fuimos decidiendo lo que haríamos con nuestras vidas. Pienso que nunca dejaremos de agradecer lo mucho que recibimos en aquellos años. Y, sobre todo, a San Josemaría que estaba detrás de todo aquello, y hoy sigue estando, como buen intercesor delante de Dios”.

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Con palabras de José María Barrio, profesor titular de Antropología Pedagógica de la Universidad Complutense de Madrid, uno de los aspectos principales del proyecto educativo del club es que “aquí los jóvenes saben escuchar, ante todo porque se saben escuchados. (…)

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El Club Jara no hace milagros. Los niños son niños y los adolescentes, pues eso, adolescentes. Pero hay siempre personas algo mayores que saben escuchar y, sobre todo, desde el primer día que pisaron el Club, los chicos saben que tienen al gran Amigo que siempre está ahí, en el oratorio, disponible para sus pequeñas confidencias. Hoy la formación de buenos ciudadanos en gran medida estriba en promover un auténtico ethos dialógico. Pero para dialogar hay que saber escuchar. Y para aprender a escuchar es bueno que los jóvenes sientan que alguien les toma en serio. Por eso hacen falta sitios como el Club Jara, verdaderos catalizadores de espíritu cívico y de amistad (…). Sitios, en fin, que serán focos que poco a poco vayan irradiando lo que Juan Pablo II llamó civilización del amor”.

Eventos conmemorativos

Los principales actos conmemorativos tuvieron lugar el día 19 de abril: la celebración de una Misa de acción de gracias por estos 50 años, en la Iglesia del Espíritu Santo, y un festival con las familias de los socios, actuales y antiguos, en el centro de enseñanza Tajamar. Otra iniciativa, coordinada por un grupo de padres de socios del club, es una romería de las familias al santuario mariano de Torreciudad (Huesca), del 25 al 27 de abril.

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A lo largo del presente curso se están celebrando cenas con antiguos socios, organizadas por promociones, y se ha preparado una exposición de los 50 años del club, que quedará instalada en una de las salas de su sede (calle Pablo Aranda 16, Madrid).

Para más información, se puede visitar la página web www.jaraclub.com, que ha sido rediseñada con motivo del aniversario, al que se dedica un apartado especial.

La paz de Dios

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Benedicto XVI presidió en la basílica vaticana la celebración eucarística por la solemnidad de Pentecostés. El Santo Padre recordó la palabra pronunciada por Jesús resucitado cuando se aparece a los discípulos en el Cenáculo, “¡Shalom”, paz a vosotros!”.

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En la homilía, el Santo Padre afirmó que el día de la venida del Espíritu Santo la Iglesia recibió un “bautismo de fuego”; “en Pentecostés, la Iglesia no queda constituida por la voluntad humana, sino por la fuerza del Espíritu de Dios. E inmediatamente se puede ver que este Espíritu da vida a una comunidad que es al mismo tiempo única y universal, superando así la maldición de Babel”.

“De hecho -continuó-, sólo el Espíritu Santo, que crea unidad en el amor y en la recíproca aceptación de las diversidades, puede liberar a la humanidad de la constante tentación de una voluntad de potencia terrena que quiere dominar y uniformar todo”.

Refiriéndose a “un aspecto peculiar de la acción del Espíritu Santo, la relación entre multiplicidad y unidad”, Benedicto XVI señaló que ya en “Pentecostés queda claro que pertenecen a la Iglesia múltiples lenguas y culturas; en la fe pueden comprenderse y fecundarse mutuamente”.

Desde su nacimiento, “la Iglesia “es ya “católica”, universal. Habla desde el inicio todos los idiomas, pues el Evangelio que se le ha confiado está destinado a todos los pueblos, según la voluntad y el mandato de Cristo resucitado. La Iglesia que nace en Pentecostés no es ante todo una comunidad particular -la Iglesia de Jerusalén-, sino la Iglesia universal, que habla las lenguas de todos los pueblos”.

“De ella -dijo- nacerán después las demás comunidades en todas las partes del mundo, Iglesias particulares que son siempre expresión de la única Iglesia de Cristo. Por tanto, la Iglesia católica no es una federación de Iglesias, sino una realidad única: la prioridad ontológica le corresponde a la Iglesia universal. Una comunidad que no fuera en este sentido católica, ni siquiera sería Iglesia”.

El Papa puso de relieve que “el camino de la Palabra de Dios, iniciado en Jerusalén llega a su meta, porque Roma representa al mundo entero y encarna la idea de catolicidad”.

La palabra pronunciada por Jesús resucitado cuando se aparece a los discípulos en el Cenáculo, “¡Shalom”, paz a vosotros! “no es -dijo- un simple saludo; es mucho más: es el don de la paz prometida, conquistada por Jesús con el precio de su sangre; es el fruto de su victoria en la lucha contra el espíritu del mal”.

El Santo Padre invitó a renovar la conciencia de “la responsabilidad” que implica este don: “responsabilidad de la Iglesia de ser constitucionalmente signo e instrumento de la paz de Dios para todos los pueblos”. En este contexto recordó que en su reciente visita a la sede de la ONU, trató de “transmitir este mensaje”. Sin embargo, añadió, “no sólo hay que pensar en estos encuentros “en la cumbre”. La Iglesia realiza su servicio a la paz de Cristo sobre todo en la presencia y acción ordinarias entre los hombres, con la predicación del Evangelio y con los signos de amor y de misericordia que la acompañan”.

Entre estos signos, subrayó principalmente el Sacramento de la Reconciliación. “¡Qué importante y por desgracia no suficientemente comprendido es el don de la Reconciliación, que pacifica los corazones!”, exclamó.

“La paz de Cristo se difunde sólo a través de corazones renovados de hombres y mujeres reconciliados, servidores de la justicia, dispuestos a difundir en el mundo la paz con la única fuerza de la verdad, sin rebajarse a compromisos con la mentalidad del mundo, pues el mundo no puede dar la paz de Cristo: de este modo la Iglesia puede ser levadura de esa reconciliación que procede de Dios”, concluyó.

Madrid, 2 de octubre de 1928

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

La Obra de Dios no la ha imaginado un hombre (…)

Hace muchos años que el Señor la inspiraba a un instrumento inepto y sordo,

que la vio por vez primera el día de los Santos Ángeles Custodios,

dos de octubre de mil novecientos veintiocho.

J. ESCRIVÁ DE BALAGUER

Muy de mañana, un joven sacerdote de veintiséis años está celebrando la Santa Misa en la Capilla de la planta baja de la Casa de los Misioneros de San Vicente de Paúl, en la madrileña calle de García de Paredes. Es uno de los seis sacerdotes que están haciendo unos ejercicios espirituales, comenzados dos días antes en dicha Casa.

Ese día la Iglesia celebra la fiesta de los Santos Ángeles Custodios, como lo recuerda la liturgia de la Misa: la colecta, la epístola -”Mira que enviaré al ángel mío para que te guíe, y guarde en el viaje, hasta introducirte en el país que te he preparado. Reverénciale y escucha su voz: por ningún caso le menosprecies…” (Ex. XXIII, 20-21)- y también el canto del Aleluya: “Bendecid al Señor todos vosotros, que componéis su milicia, ministros suyos, que hacéis su voluntad” (Ps. CII, 21). Y antes de iniciarse el Canon, el Prefacio:… “Per quem maiestatem tuam laudant angeli: Sanctus, Sanctus, Sanctus…”

Llega el momento supremo de la consagración, en el que se opera el misterio de amor de la Transubstanciación: “Esto es mi Cuerpo… Este es el cáliz de mi Sangre…” Y luego, la invocación a la Santísima Trinidad, por Cristo, con Él y en Él. Después, la Comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo… Finalmente, nueva invocación a los Ángeles, la bendición final y el último Evangelio, el de San Juan: “En el principio existía el Verbo…”

Tras las preces al pie del altar, Josemaría Escrivá -que así se llama ese joven sacerdote- se va despojando de los ornamentos, mientras reza las oraciones acostumbradas. Acto seguido, comienza una larga acción de gracias.

Después de un desayuno frugal, que no interrumpe el silencio y el recogimiento de estos ejercicios cerrados, vuelve a su habitación. Sentado junto a la mesa de trabajo, ajeno a los rumores de la calle, que llegan débilmente, sigue ordenando algunas notas que ha ido tomando durante los últimos meses: resoluciones, propósitos, breves invocaciones, llamadas repetidas, insinuaciones percibidas en la oración, largamente meditadas desde entonces.

No ha hecho más que empezar a releer algunas cuando, de repente, se da cuenta de que todo aquello se ha ordenado por sí solo, iluminado por una luz completamente nueva, como un rompecabezas cuyas piezas se hubiesen colocado en su lugar automáticamente; como un cuadro del que hasta entonces sólo hubiese visto algunos detalles y que ahora contempla en su totalidad…

Visión de una realidad buscada incansablemente, a menudo a tientas, y sólo entrevista, que ahora se impone con clara evidencia al espíritu y al corazón: miles, millones de almas que elevan sus oraciones a Dios en toda la superficie de la tierra; generaciones y generaciones de cristianos, inmersos en toda clase de actividades humanas, ofreciendo al Señor sus tareas profesionales y las mil preocupaciones de una vida ordinaria; horas y horas de trabajo intenso, constante, que sube hacia el cielo como un incienso de agradable aroma desde los cuatro puntos cardinales… Una multitud formada por ricos y pobres, jóvenes y ancianos, de todos los países y de todas las razas. Millones y millones de almas, a través de los tiempos y a lo largo del mundo… Un latir invisible que recorre y riega la superficie de la tierra.

Miles, millones de almas como un volteo incesante de campanas que repican y cuyas vibraciones suben y suben, y se mezclan, y se amplifican…

Campanas… Precisamente ahora, desde hace unos instantes, llega hasta su cuarto el eco de las campanas de una iglesia cercana. A unos cientos de metros de allí, a vuelo de pájaro, en la glorieta de Cuatro Caminos, las campanas de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles voltean en honor de su Santa Patrona.

Benedicite Dominum, omnes angeli eius… (Ps. CII, 20).

Miles, millones de criaturas celestiales, presentan al Señor, por mediación de la Reina de los Ángeles, la ofrenda valiosa de unas vidas vividas totalmente para Él, de cara a El, en Él, entre gozos y lágrimas. Y la humilde prosa de esas vidas ordinarias queda convertida en verso heroico, en grandioso poema de amor divino.

-¡Así que era eso, Señor!

“Gozo, ¡lágrimas de gozo!”

Aquí estoy, Señor, porque me roas llamado… (I Sam. III, 5, 6 y 9).

Inmensidad de la grandeza y de la misericordia de Dios… gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo, gloria a la Santísima Trinidad. Gloria a Santa María, Madre de Dios.

Profunda, intensa, amplia, caudalosa como los ríos que van a dar a la mar, surge una acción de gracias que nunca terminará.

Madrid, marzo de 1937

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

José María González Barredo encuentra, por fin, un refugio menos peligroso: el piso del Cónsul honorario de Honduras, en el Paseo de la Castellana, que se halla amparado por una presunta inmunidad diplomática. Los dueños han concentrado casi todos los muebles en dos habitaciones para dejar sitio a muchas personas que están allí refugiadas. Han alquilado además otro piso en la planta de encima.

Don Josemaría se traslada a la Legación de Honduras a comienzos de marzo, con su hermano Santiago. Pocos días después se les unen Álvaro del Portillo y Eduardo Alastrué, un estudiante que antes de la guerra frecuentaba la Residencia de Ferraz. Juan Jiménez Vargas se les unirá también, hacia el mes de mayo.

Pasan la mayor parte del día en una habitación de unos nueve metros cuadrados, con una ventana estrecha y alargada que da a un patio. Sólo disponen de unas colchonetas que extienden de noche y utilizan como asiento durante la jornada. Para no estar ociosos, el Padre ha establecido un horario que siguen escrupulosamente. Por la mañana, temprano, el Padre dice Misa en esa habitación, sobre unas maletas apiladas; los domingos y días de fiesta la celebra en el vestíbulo, para que puedan asistir quienes quieran de los refugiados. Sin ornamentos, utilizando como patena un plato de cristal y como cáliz una taza de oro que le presta la hija del Cónsul, va pronunciando pausadamente las oraciones litúrgicas, seguido por los asistentes con una fe tan intensa que recuerda la de los primeros cristianos en las catacumbas. El Señor permanece reservado en dos cajas redondas de plata, que se guardan en un secreter, sobre el que brilla siempre una lamparilla de aceite. Don Josemaría y los que le acompañan pasan allí largos ratos.

Todos los días, el Padre comenta un pasaje del Evangelio, ayudando a los oyentes a seguir paso a paso los hechos, los gestos y las enseñanzas de Jesús. Álvaro y Eduardo escriben después, de memoria, esas meditaciones y se las pasan a Isidoro Zorzano cuando va a visitarles. Éste se las lleva a los que puede ver, para leérselas.

El Padre y los que le acompañan dedican varias horas al día a profundizar en el estudio de sus respectivas especialidades y a aprender distintos idiomas, pensando, como siempre, en la futura expansión de la Obra…

Un penoso encierro

El ambiente, en la Legación, se hace a veces angustioso, a causa, sobre todo, del número de personas que allí se amontonan. Además, no se puede salir, ni asomarse a las ventanas. Con frecuencia, la tensión aumenta peligrosamente, exacerbada por las noticias alarmantes que llegan del exterior.

A principios de octubre del año anterior, las tropas “nacionales” habían intentado el asalto a la capital y, aunque no lo habían logrado, sí habían conseguido dominar todos los accesos, salvo por el Este. Las tropas republicanas, mandadas por el General Miaja y reforzadas por las Brigadas Internacionales, habían rechazado un nuevo ataque del General Franco, el 7 de noviembre. La batalla, en la Ciudad Universitaria, había proseguido hasta el 23. Para entonces, la mayor parte del personal de las embajadas ya había abandonado Madrid.

El Gobierno republicano sabía perfectamente que muchos españoles habían buscado refugio en distintas dependencias diplomáticas y, una noche, la policía había irrumpido en la Legación de Finlandia (donde ya no estaba Álvaro) y había detenido a 525 personas. Otras cuatro representaciones serían asaltadas también.

Estos acontecimientos contribuyeron a aumentar el nerviosismo de los forzados huéspedes de la Legación de Honduras, por lo que don Josemaría se esfuerza por suavizar los roces inevitables. Todos se dan cuenta, también, de que es el único que no celebra ruidosamente los triunfos de los nacionales. Piensa, sin duda, en las heridas que habrá que curar cuando llegue el momento de unir esas dos Españas enfrentadas mutuamente en lucha fratricida.

El Padre se las arregla para que los que están con él constituyan un factor de paz en la sobrecargada atmósfera de la Legación. Les exhorta a la paciencia y les anima a “crecer por dentro”: Los acontecimientos públicos te han metido en un encierro voluntario, peor quizá, por sus circunstancias, que el encierro de una prisión. -Has sufrido un eclipse de tu personalidad (…). -La falta de hojas y de flores (de acción externa) no excluye la multiplicación y la actividad de las raíces (vida interior). Trabaja: ya cambiará el rumbo de las cosas, y darás más frutos que antes y más sabrosos.

Isidoro, por prudencia, tiene que espaciar las visitas. Dos niños -un hermano y una hermana de Álvaro del Portillo- aseguran el enlace con el exterior. Llevan entre los zapatos y los calcetines las meditaciones escritas del Padre.

Don Josemaría sigue confiando en el porvenir de la Obra: ¡Las aguas pasarán a través de las montañas! (Ps. CIII, 10). Pero sufre con su encierro.

Los meses transcurridos han supuesto también para él una ruda prueba física. Un día en que su madre fue a verle no le reconoció más que por la voz. Había perdido más de cuarenta kilos a causa de los sufrimientos, de la escasez de comida y de las privaciones que se había impuesto.

Arriesgando su vida por las calles de Madrid

Pensar en que no puede atender a todas las personas que le necesitan le resulta insoportable. Por eso, tras una primera tentativa a comienzos del verano, resuelve abandonar la Legación a finales de agosto, con una carta del Cónsul que le acredita como empleado de esa Representación diplomática como única documentación. Pobre garantía en caso de que le detengan y le interroguen, pero capaz de hacerle salir del paso ante un control de rutina.

Se instala con un amigo en un piso de la calle de Ayala y, poco después, se les une Juan Jiménez Vargas con una documentación similar a la suya obtenida en el Consulado de Panamá.

Durante varias semanas, arriesgando su vida, reemprende sus idas y venidas por las calles de Madrid. Vestido con un mono azul o un traje de paisano, para visitar a un moribundo, celebrar la Santa Misa o llevar la Comunión a un enfermo, con las Sagradas Formas escondidas en una pitillera envuelta en un saquito de tela adornado con el sello del Consulado y la bandera de Honduras. También lleva la Comunión a los que han quedado allí, visitándolos con frecuencia y animándolos a mantenerse firmes y a profundizar en su vida interior.

Trata igualmente de encontrar a quienes habían tenido relación con la Obra, dispersos por Madrid, pues desea reconfortarlos y sostener su fe. Durante tres días consecutivos, predica unos ejercicios espirituales a los que asisten, entre otros, Isidoro; un joven profesor de una Escuela de Agricultura llamado José María Albareda (con el que había hablado varías veces en la Academia DYA, en 1936) y Tomás Alvira, un amigo suyo. Las meditaciones se suceden a salto de mata y, al terminar, se dispersan, para reunirse luego en otra casa y no llamar la atención.

La persecución religiosa continúa haciendo estragos. Las iglesias siguen cerradas, los monumentos religiosos destruidos, las imágenes mutiladas… El Padre, que sabía dónde estaban todas a fuerza de callejear por Madrid, descubre una que ha pasado inadvertida a la furia iconoclasta. Se trata de una imagen de la Virgen tallada en el pedestal de piedra del monumento a Cristóbal Colón, en la Plaza del mismo nombre. Ahora, al pasar, la mira con afecto y reza por la Iglesia, por el desarrollo del Opus Dei, por su patria desgarrada, por la paz del mundo entero…

Un día, nada más abandonar la Legación de Honduras, había entrado en una tienda de marcos, grabados y espejos y había preguntado al dueño si tenía algún cuadro de la Virgen. Éste, después de asegurarse de que no se trataba de una trampa (el Padre le enseñó su “documentación”), le trajo, de tapadillo, una pequeña imagen, encuadrada con buen gusto, que don Josemaría paga y se lleva. Su vista le sostendrá en los momentos difíciles.

Madrid, 17 de octubre de 1960

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

La basílica de San Miguel, en el corazón del viejo Madrid, está llena a rebosar. Cuando Mons. Escrivá sale de la sacristía para celebrar la Santa Misa, le embarga una gran emoción al contemplar la multitud de fieles, en su mayor parte miembros de la Obra y de edades y condiciones tan variadas como la sociedad misma.

Precisamente en esta misma iglesia había celebrado su primera Misa cuando se traslada definitivamente a la capital de España un día de la primavera de 1927, al llegar procedente de Zaragoza.

En la homilía que pronuncia después del Evangelio, evoca los años ya lejanos en los que completamente solo y lleno de aquellos barruntos divinos que desembocarían en la Fundación del Opus Dei, todavía estaba lejos de imaginar que vería esta iglesia llena de almas que aman tanto a Jesucristo.

La emoción, perceptible en su voz, se propaga como un eco en los corazones.

Una familia que crece

Una atmósfera similar se respiraba la víspera entre los grupos reducidos de personas que había recibido el Padre. Entre ellos, algunos empleados y obreros que venían viviendo desde hacía algún tiempo -meses o años- la vocación específica de la Obra en su trabajo ordinario, llevando a cabo un apostolado activo de presencia y testimonio en su propio ambiente.

Una voz se había alzado durante una de esas tertulias en las que el

Padre había hablado, como siempre, de la necesidad de santificarse en las ocupaciones habituales: “Padre, ¿y los que hemos sido carteristas?”

El que acababa de decir eso, provocando un estallido de risas entre los asistentes, era un antiguo ratero a quien el encuentro con un miembro del Opus Dei le había servido para “reconvertirse”. El Padre, impresionado, no le había dejado terminar: Hijo mío: a mí no me puedes robar la cartera, porque no la tengo; pero me has robado el corazón.

Dirigiéndose a todos los que se encuentran en la basílica de San Miguel, ha hecho una discreta alusión a esa anécdota del día anterior.

Sus palabras son las de siempre, pronunciadas con voz fuerte, como corresponde a las dimensiones de la iglesia: fidelidad a la vocación, renovada día a día; santificación del trabajo; continuo diálogo filial con el Señor; acción responsable en el mundo obrando siempre -según la expresión de San Pablo- con “la libertad de los hijos de Dios”; voluntad de vivir la vida cristiana en todas sus exigencias, sin miedo a basar en ese testimonio discreto y eficaz un apostolado activo y constante: que la vean vuestros parientes, vuestros colegas, vuestros vecinos, vuestros amigos. No hagáis nada raro, que no es propio de nuestra vida. Vivid como los demás, sobrenaturalizando cada instante de la jornada. Que contemplen vuestra alegría en el mundo.

Para ensanchar el afán apostólico de quienes le escuchan, el Padre les pide que recen y ofrezcan sus pequeños sacrificios diarios, así como su trabajo, por la fecundidad del apostolado en aquellos países donde la Obra está iniciando su labor. Piensa seguramente en Colombia, en Venezuela y en Chile, donde algunas hijas suyas acaban de establecerse para trabajar profesionalmente y ejercer el apostolado. Piensa también en el Uruguay, donde se ha iniciado la labor en 1956, y en Suiza -concretamente en Zurich-, donde trabajan desde ese mismo año un sacerdote que había ejercido antes como médico psiquiatra, don Juan Bautista Torelló, y un joven arquitecto, Pedro Turull. Y en Brasil, adonde han llegado los primeros en marzo de 1957; y en Austria, y en Canadá… Y en el Perú, donde otro médico, sacerdote desde 1951, don Ignacio Orbegozo, ha sido nombrado por el Santo Padre prelado nullius de un amplio territorio de 13.000 kilómetros cuadrados, en medio de los Andes, entre picachos de más de 5.000 metros de altitud… Y en Kenya, y en el Japón, donde hay hijos suyos desde 1958…

Por lo que se refiere a España, cuna de la Obra, el desarrollo es tan considerable que para procurar ver a todos sus hijos e hijas y decirles todo lo que les quiere decir ha recibido incansablemente grupos muy numerosos de personas.

En este mismo Madrid, donde el Padre abraza ahora a tantos hijos suyos, algunos de ellos habían fundado, hace cinco años, un club deportivo situado en aquel mismo barrio obrero de Vallecas que don Josemaría solía visitar, para ejercer su ministerio, antes de la guerra civil. El Club Tajamar no había tardado en convertirse en núcleo inicial de un Centro de enseñanza media y formación profesional que, provisionalmente, venía funcionando en unos barracones prefabricados de una antigua vaquería situada en terrenos baldíos. La influencia de este Centro en aquel barrio popular era ya considerable y con el tiempo lo sería mucho más…

En Zaragoza y en Pamplona

Este viaje a España de Mons. Escrivá de Balaguer está motivado, en realidad, por su deseo de asistir a la ceremonia en la que el Estudio General de Navarra va a ser erigido en universidad. Antes, sin embargo, tiene que detenerse en Zaragoza, pues el 21 de octubre va a ser investido doctor honoris causa en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de esa ciudad…

El vasto paraninfo de la Facultad de Medicina, donde se celebra la ceremonia, resulta insuficiente para albergar a los invitados, procedentes no sólo de Zaragoza y otras ciudades próximas, sino de numerosas provincias españolas.

En su discurso de agradecimiento, el Padre evoca los tiempos lejanos en que era seminarista en el gran Seminario de Zaragoza y los años en los que cursaba sus estudios civiles en la Facultad de Derecho. Luego, se recrea en el recuerdo de algunas personalidades aragonesas que habían destacado en la historia de Aragón, de España y del mundo.

Terminada la ceremonia, tarda media hora en llegar a una sala contigua, pues tiene que abrirse camino, casi a viva fuerza, entre la muchedumbre que abarrota el paraninfo.

Al día siguiente, celebra la Santa Misa en la iglesia del Seminario de San Carlos; su emoción es grande al volver a pisar el templo donde había sido ordenado diácono y había dado la comunión a su madre por primera vez.

Y, por fin, Pamplona, objetivo principal de su viaje, la ciudad que, en 1952, había visto nacer la Universidad de Navarra, de manera modesta, pero con el propósito de llegar a convertirse en una institución de enseñanza superior muy fecunda.

A la inicial escuela de Derecho, convertida ahora en Facultad, han venido a unirse otras: la de Medicina, la de Filosofía y Letras, la de Ciencias, la de Derecho Canónico… Y una Escuela de Periodismo y otra de Enfermeras. Incorporados a la Universidad, funcionan también el Instituto de Estudios Superiores de la Empresa, radicado en Barcelona, y una Escuela de Ingenieros, sita en San Sebastián.

Como el Estado español tiene el monopolio de la enseñanza superior, la Santa Sede, utilizando por primera vez la facultad que le otorga el Concordato establecido en 1953, ha erigido el Estudio General de Navarra en Universidad de la Iglesia. El Fundador del Opus Dei, que iba a ser Gran Canciller de la Universidad, habría preferido que hubiese podido conservar su carácter civil, pero había aceptado de momento esta solución, porque así se lo pidieron expresamente en la Santa Sede.

La ceremonia de erección tiene lugar el 25 de octubre en una sala gótica contigua al claustro de la catedral de Pamplona y se inicia con la lectura del correspondiente decreto, fechado el 6 de agosto de 1960 y firmado por el Cardenal Pizzardo en nombre del Papa Juan XXIII. Una vez terminada la ceremonia, el Gran Canciller y el Claustro de profesores abandonan la sala, rodeados de una gran muchedumbre. Como en Zaragoza, Mons. Escrivá de Balaguer se pliega de buen grado a las exigencias del protocolo. Luego, en el nuevo Campus, situado en terrenos cedidos por el Ayuntamiento de Pamplona, asiste a la bendición y colocación de la primera piedra de la Universidad.

Pero no han terminado con eso los actos oficiales, porque esa misma tarde, en el Ayuntamiento, recibe el título de hijo adoptivo de la ciudad.

Nuevo discurso en el que, tras evocar a grandes rasgos la variedad de las tierras de España, confiesa que siente “debilidad” por Navarra. Su tono es cordial, casi íntimo…

De la plaza donde se alza el Ayuntamiento llega el murmullo de la muchedumbre, congregada para aclamar al Padre, y el sonido de una música folklórica. Mons. Escrivá de Balaguer no tiene más remedio que asomarse a un balcón, rodeado de las autoridades allí presentes. Recogido en profundo silencio, contempla a la multitud, que le ovaciona calurosamente. Muchos agitan sus pañuelos y un grupo de bailarines ejecuta una danza regional.

No se trata, sin embargo, de uno de esos homenajes convencionales -mezcla de curiosidad y simpatía- que congregan grandes muchedumbres. Aquí se palpa una intensa corriente de afecto que une al Padre con esos hombres y mujeres de toda edad y condición, que han venido, en algunos casos, desde muy lejos, para testimoniarle su cariño y su reconocimiento.

El Fundador del Opus Dei contempla a todos largamente, profundamente conturbado, casi desconcertado, como si las aclamaciones no fueran con él. Y cuando algunos empiezan a gritar “¡Viva el Padre!”, él corta aquellos vítores proponiendo gritar: ¡Viva el Papa!, ¡Viva Navarra!.

El Nuncio apostólico, Mons. Antoniutti, que asiste a la ceremonia y contempla aquel espectáculo desde el balcón, al lado de Mons. Escrivá, no puede ocultar su emoción…

A1 día siguiente, a mediodía, el Padre celebra la Santa Misa en la catedral, llena también a rebosar. Como en Madrid, dirige algunas palabras a las cinco o seis mil personas allí reunidas, hablándoles de modo fraterno, paterno, materno, con el corazón, con la mente puesta en Dios.

Recordando el Evangelio, tan viejo y tan nuevo, y su propia vocación, sus treinta y tres años de vocación en el Opus Dei, se dirige a sus hijos, a sus hijas, y también a los padres y las madres de ellos, corona del Opus Dei, para pedirles que continúen ayudando a sus hijos, con sus oraciones, a perseverar en su camino.

Finalmente, tras la acción de gracias de la Misa, durante la cual vuelve a pronunciar unas palabras, recibe a centenares de personas en el claustro de la catedral.

No se pueden poner diques al mar…

La presencia de tantos hombres y mujeres -padres y madres de familia en su mayor parte- atestigua el desarrollo de la Obra en España, aunque no han faltado las dificultades, ni todavía faltan. Las antiguas calumnias han cambiado un poco y ahora hay quienes se empeñan en confundir al Opus Dei con un grupo político, basándose en que, desde 1957, dos miembros de la Obra, en el ejercicio de su libertad y responsabilidad personales, han aceptado ser ministros del Gobierno en España.

Mons. Escrivá sufre con una calumnia -a veces, voceada sin mala fe- que niega uno de los aspectos más esenciales de la vocación al Opus Dei: la libertad de pensamiento y acción de que gozan todos y cada uno de sus miembros en las cuestiones temporales. En palabras suyas, la vinculación al Opus Dei es exclusivamente para recibir ayuda espiritual y formación cristiana, y para colaborar en las obras apostólicas de la Obra.

Por lo tanto, el Opus Dei no persigue ningún fin de carácter temporal, ni puede intervenir o solidarizarse con las actividades profesionales, sociales o políticas de sus miembros: son éstas, actividades puramente personales. Por consiguiente, un miembro del Opus Dei no tendrá otras limitaciones en su actuación temporal que las derivadas de los principios éticos comunes a todos los cristianos.

El pluralismo de pensamiento y de acción política de los miembros del Opus Dei -que proceden de países de los cinco continentes y pertenecen a los más diversos estamentos de la sociedad- lo comprenderá con facilidad quien crea sinceramente en la existencia de ideales religiosos y valores morales, capaces de hermanar a todos los hombres en una empresa común, que están por encima -muy por encima- de las divisiones políticas y sociales. Nunca lo entenderá, por el contrario, quien tenga una triste mentalidad intransigente o de partido único, dentro o fuera de la Iglesia. Quizás muchos ignoren que Mons. Escrivá, siendo fiel a la Voluntad

de Dios, por dos veces, en situaciones políticas muy diversas, se ha negado en redondo a fomentar la creación en España de un “partido católico”: en los años treinta, durante los tiempos turbulentos de la Segunda República, y diez años después, durante la posguerra. Lo que le interesa no es el éxito político o social, sino la santidad de sus hijos; si triunfan o no, es un problema suyo. Es lo que había respondido, con viveza, a un cardenal que quiso felicitarle por el nombramiento de un miembro de la Obra para un puesto relevante.

Todo está previsto para que el Opus Dei no se desvíe jamás de esta línea; sus fines son exclusivamente sobrenaturales, y se puede constatar, incluso en España, donde no están reconocidos por entonces los partidos políticos, la variedad de tendencias de aquellos miembros de la Obra que intervienen en la vida pública. Lo cual no quiere decir que no tenga que pasar algún tiempo antes de que las mentes de muchos estén dispuestas a admitir que los católicos puedan asociarse -y se asocien de hecho- para fines que no tienen nada que ver con la política…

Con todo, este deseo de dejar bien sentada la realidad de una característica esencial del Opus Dei no es una de las principales preocupaciones del Padre. Lo que verdaderamente le urge es la expansión de los apostolados por todo el mundo. Por eso, antes de regresar a Roma, se llega hasta París, para animar a sus hijos e hijas.

El Padre llega el 29 de octubre, muy cansado y, al mismo tiempo, muy contento por haber conocido y hablado con tantas personas en tan pocos días. A la primera tertulia con sus hijos, asisten tres franceses. Uno de ellos, que ha estado en Pamplona, le pregunta qué había pensado al ver la multitud que le rodeaba. El Padre responde que en su fe y en su cariño. ¡Qué fe la suya!, repite una y otra vez, refiriendo sólo a Dios aquellas manifestaciones de entusiasmo. Luego, divertido y admirado, cuenta algunas anécdotas acaecidas durante el viaje. Está claro que este encuentro con grupos numerosos de sus hijos le ha conmovido, haciéndole olvidar el sonrojo que ha experimentado al verse convertido en el protagonista, a pesar suyo.

Las anécdotas de su viaje a España se mezclan con relatos de su vida en Roma y con las noticias que le dan sus hijos sobre la marcha de la labor en Francia. El Padre se encuentra a gusto y, como siempre, lleva el peso de aquella reunión de familia.

De pronto, suena el teléfono. Llaman al Padre… Cuando vuelve, trae el rostro demudado: acaban de comunicarle que tres de sus hijos, de regreso de Pamplona, han resultado muertos en accidente de automóvil. Entre ellos, uno de los primeros chilenos, recién ordenado sacerdote.

El Padre se dirige al oratorio, donde reza un responso por el eterno descanso de sus almas; luego se queja filialmente, dolorosamente, como suele hacer en tales casos: Pero, Señor, ¿cómo te llevas a estos hijos? Con la falta que hacen… Tú sabes más. “Fíat, adimpleatur…”.

El tono de la reunión de familia cambia. El Padre habla del Cielo y pide a los que le rodean que acudan a la intercesión de esos tres hermanos suyos que están ya junto al Señor, para que les ayuden a sacar adelante sus apostolados en Francia.

Por la tarde, vuelve al piso del Boulevard Saint-Germain, luego de haber visitado, en los alrededores de París, una casa que puede ser apta para instalar una residencia. A pesar de los esfuerzos que hace por hablar de otras cosas, no se le van de la cabeza los tres hijos suyos que han volado al cielo. Piensa que han hallado la muerte con ocasión de su viaje a Pamplona y eso le hace sufrir mucho.

Nada más saber lo ocurrido, ha redactado una nota advirtiendo a los miembros de la Obra que tienen que viajar en automóvil que no dejen de tomar una serie de medidas de prudencia. Luego, por la tarde, pide que se haga lo necesario para que la familia de una de las víctimas reciba la ayuda económica a que tiene derecho.

Pronto, se advierte que no puede más, y se levanta para marcharse. Sus hijos quedan profundamente emocionados viendo el dolor del Padre y los esfuerzos que hace para dominarse y sacar hondas consecuencias sobrenaturales, aplicando a la letra una frase de San Pablo que suele citar a quienes sufren penas o contradicciones: “Todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios” (Rom. VIII, 28).

Roma, 26 de junio de 1975

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Aquella noche, en Europa, y a medida que pasan las horas en el resto del mundo, a miles y miles de hombres y mujeres les cuesta conciliar el sueño. Una y otra vez repiten, sin acabar de creérselo: ¡Ha muerto el Padre!

Cuando, tras hora y media de esfuerzos -durante la que don Álvaro del Portillo ha administrado la Extremaunción a Mons. Escrivá de Balaguer y le ha dado la absolución varias veces-, sus hijos comprenden que es inútil cualquier nueva tentativa de reanimación, todos se arrodillan para rezar, sin tratar de contener las lágrimas.

Unos minutos más tarde dos miembros del Opus Dei contemplan de rodillas, cerca de una de las puertas de Villa Tévere, cómo transportan el cuerpo del Padre, sobre una tarima, al oratorio de Santa María de la Paz.

Don Álvaro del Portillo ha mandado comunicar la noticia enseguida a Su Santidad el Papa, y Pablo VI, al recibirla, se ha retirado a rezar a su oratorio privado.

También ha mandado que se comunique, por teléfono o por telegrama, a los Consiliarios de todos los países donde la Obra trabaja.

En las primeras horas de la tarde de ese mismo jueves, empiezan a llegar personalidades civiles y eclesiásticas a Villa Tévere, para rezar ante el cuerpo del Fundador del Opus Dei, que, revestido con un alba de encaje bajo la que se trasluce el fondo púrpura de prelado, reposa ahora sobre un paño negro, al pie del altar.

Las Misas se suceden en el oratorio. La primera la ha celebrado don Álvaro, quien, el viernes, a las seis de la tarde, celebra también la última, de corpore insepulto.

Al darle el pésame, un cardenal le ha dicho que es un día de duelo no sólo para el Opus Dei, sino para toda la Iglesia. Otro ha exclamado: “¡Cuánto bien va a hacer ahora a la Iglesia desde el Cielo!”

Mons. Deskur, Presidente de la Comisión Pontificia para la Comunicación Social, ha manifestado, por su parte, lo agradecido que estaba al Padre y al Opus Dei por lo mucho que habían hecho por la Iglesia en el campo del apostolado de la opinión pública, añadiendo que quería ser el primero de los obispos que solicitara su beatificación.

Durante el jueves y el viernes, no cesan de llegar testimonios de pésame.

En la tarde del viernes 27, después de celebrada la última misa de corpore insepulto, Mons. Escrivá de Balaguer es enterrado en la cripta del oratorio de Santa María de la Paz; la tumba se cubre con una lápida de color verde oscuro que el Padre había mandado preparar.

El sábado, 28 de junio, con asistencia de seis cardenales y numerosos obispos y prelados, se celebran unos solemnes funerales en la basílica de San Eugenio, llena a rebosar. El recogimiento de los asistentes y las innumerables comuniones que se imparten impresionan a las personalidades presentes, entre las cuales hay varios embajadores.

Terminada la misa, llega a la Sede Central del Opus Dei un telegrama firmado por el Cardenal Villot, Secretario de Estado, expresando que el Papa Pablo VI reza y ofrece fervientes sufragios para que el Señor conceda al Fundador del Opus Dei “la recompensa eterna por su celo sacerdotal”. Por la tarde, el Santo Padre envía al Secretario General del Opus Dei una carta en la que le comunica que el día antes ha ofrecido la Misa por el eterno descanso de Mons. Escrivá de Balaguer y que, consciente de la pérdida que ha sufrido la Iglesia, sigue rezando por él, pidiendo a Dios que todos los miembros del Opus Dei sigan siendo muy fieles al espíritu que, por voluntad divina, les ha legado el Fundador.

Mons. Benelli, sustituto de la Secretaría de Estado, ha ido a rezar, el jueves por la tarde, ante el cuerpo de Mons. Escrivá. También ha representado al Santo Padre en los funerales celebrados en la basílica de San Eugenio.

Casi simultáneamente, se celebran misas en distintas iglesias de numerosas ciudades de todo el mundo. La prensa se hace eco de estas ceremonias. Tanto en Kenya como en Japón, en Australia o en Filipinas, en Londres o en París, en Washington o en Buenos Aires, los informadores ponen de relieve la piedad y el dolor sereno de todos los asistentes.

En muchos lugares del mundo se producen, con este motivo, fenómenos espirituales muy singulares: cambios súbitos de vida, confesiones, conversiones de gentes apartadas de la Iglesia… Mientras tanto, en Roma, ha comenzado, por la cripta en donde yace enterrado el Padre -75, viale Bruno Buozzi-, el desfile ininterrumpido de personas de todos los países y de todos los ambientes. A veces, son familias enteras las que van a rezar unos instantes ante la lápida en la que se han puesto sólo dos palabras: EL PADRE. Y dos fechas: 9-1-1902 y 26-VI-1975. Las de su nacimiento y de su muerte. Su oración silenciosa confía ya a la intercesión del Fundador del Opus Dei preocupaciones pequeñas o grandes, problemas de diversa índole y, también, acciones de gracias por los favores que ha empezado a alcanzar en el Cielo.

Durante las semanas siguientes y a lo largo de todo el verano, van llegando a la Sede Central del Opus Dei miles y miles de testimonios sobre las virtudes que Mons. Escrivá de Balaguer supo vivir en grado heroico. Muchas cartas piden que se abra el proceso de beatificación. La procedencia y el estilo de estas cartas y testimonios ponen de manifiesto hasta qué punto la espiritualidad del Opus Dei ha penetrado en muchos países y en todas las capas sociales. Porque esas “cartas postulatorias”, esos testimonios, proceden de gentes jóvenes y mayores, humildes o encumbradas; de instituciones promovidas por el Opus Dei; de personalidades civiles -hombres de Estado, universitarios, escritores…-; de dignidades eclesiásticas -cardenales, arzobispos, obispos: un tercio del episcopado mundial-; y de religiosos y religiosas.

El 15 de septiembre de 1975, dos meses y medio después de que Dios llamara al Cielo a Mons. Escrivá de Balaguer, es elegido sucesor don Álvaro del Portillo. La votación ha sido unánime y los electores, pertenecientes a ochenta nacionalidades de otros tantos países en los que hay miembros de la Obra, no han necesitado más que un solo escrutinio.

Para el Opus Dei, acaba de comenzar una etapa de continuidad en la fidelidad a la herencia espiritual del Fundador.

Un informe para los editores

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

Aquí tienen lo que he conseguido averiguar. Ha pasado bastante más de un año desde que decidí investigar -como un cronista con aires de detective- tal y como lo habría hecho sobre la Mafia. No sobre la mafia siciliana, sino sobre una institución española: el Opus Dei, la Obra, como la llaman en castellano.

Pongo las cartas sobre la mesa. Para transmitir lo que he conseguido saber necesitaré todas las páginas del informe que ahora entrego, pero quiero anticipar (y no es una astucia para incitar a la lectura, sino simplemente «colocar la noticia al principio», como dice la primera regla del periodismo) que no lamento haber retrasado otros trabajos previstos en mi agenda para dedicarme a éste.

La realidad en la que me he sumergido, para intentar descifrarla, es mucho más consoladora o inquietante, mucho más prometedora o amenazante (todo depende del punto de vista; aquí, sin embargo, no son fáciles las medias tintas) de lo que la mayoría de los católicos ni siquiera sospecha. Pero, desde luego, mucho más de lo que yo pensaba.

No es sólo la realidad presente lo que me ha hecho pensar. Me impresiona imaginar lo que puede ser en el futuro. «Estamos sólo al comienzo de una grandísima aventura», he escuchado de labios de muchos de la Obra, con una seguridad tan desconcertante como desprovista (al menos, así me lo ha parecido) de pomposa arrogancia.

En 1928, esta institución de la Iglesia contaba con un único miembro, el fundador; hoy se acerca a los ochenta mil (mitad mujeres, mitad hombres), de más de noventa nacionalidades, con una presencia que crece continuamente en todos los continentes. En Europa, hay cuarenta y seis mil miembros del Opus Dei; en América, veintisiete mil, y siete mil en Asia y Oceanía. En Africa, el crecimiento es algo lento, aunque se está acelerando, (un millar de miembros).

Me han recordado con frecuencia los de «dentro», con certeza serena, las palabras del fundador: «el Opus Dei es un mar sin orillas».

Por decirlo con palabras de un observador que, sin formar parte del Opus Dei, lo conoce por dentro, realmente sorprendente se mire como se mire: «no es temerario afirmar que está ocurriendo, discretamente y a menudo en silencio, una especie de revolución. La importancia eclesial del Opus Dei y su proyección social están empezando a notarse ahora. Sólo el tiempo la dará a conocer en toda su amplitud».

Es indispensable añadir una precisión. Las personas que creen en el Evangelio y lo leen desde una perspectiva católica, saben cuánta verdad encierran las palabras que Jesús dirige a Simón, hijo de Jonás: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16, 18).

Así está escrito. Para los creyentes, la Iglesia, edificada sobre los sucesores de Simón-llamado-Piedra, llegará hasta la consumación de los tiempos, hasta el gran final del regreso glorioso de Cristo. Pero lo que no está escrito es en qué condiciones perdurará hasta entonces.

Estos mismos creyentes deben rechazar cualquier actitud triunfalista ante el futuro, pues los Evangelios recogen también muchas referencias enigmáticas e inquietantes (en Lucas «Pero el Hijo del hombre, cuando vuelva, ¿encontrará fe sobre la tierra?», 18, 8; en Mateo: «se levantarán muchos falsos profetas y engañarán a muchos; por la abundancia de la iniquidad, el amor de muchos se enfriará…», 24, 11 y ss.); en Pablo («que nadie os engañe de ninguna manera, porque antes ha de venir la apostasía y se ha de manifestar el hombre de iniquidad, el hijo de la perdición», 2 Tes 2, 3), y en otros muchos textos del Nuevo Testamento.

Sin embargo, sea cual sea el imprevisible futuro de la Iglesia, me parece bastante previsible que, en su seno, el Opus Dei tendrá mucho que decir. Es más, pienso que constituirá una estructura bien cimentada, cualesquiera que sean las dimensiones (acrecentadas o reducidas) del rebaño eclesial -ya sea grande o pequeño- en los tiempos venideros.

No aspiro a suplantar a profetas y adivinos en su arriesgada profesión: mis conclusiones no son más que el balance razonado de los datos obtenidos a lo largo de mi investigación, y sobre los cuales reflexioné a la luz de los trends, de las constantes y de las desviaciones que han caracterizado a los veinte siglos de historia cristiana.

Parece verificarse de nuevo una paradoja nada infrecuente: las presuntas «vanguardias», es decir, esos sectores que se autoproclamaban (y así les consideraban muchos) «el futuro», resultan ser en realidad el pasado. Mientras el presente y -probablemente- el mañana van (e irán) hacia lo que parecía ser un legado del pasado, destinado a ser superado por lo «nuevo».

En efecto, desde hace algunos decenios, en el ambiente clerical lo nuevo estaba representado, en opinión de muchos, por el catolicismo autoproclamado «progresista», ese que con tanta frecuencia ambicionaba, más que el diálogo, la fusión (en la praxis e incluso en la teoría) con el marxismo y, en general, con las fuerzas llamadas «de izquierdas».

De golpe -con la caída y el descrédito irreparables de la superstición marxista, confundida también por creyentes como «ley científica de la historia»-, ese Catolicismo se ha topado no con los profetas del 2000, sino con los supervivientes de una ideología decimonónica y cubierta de polvo.

Basta recordar, por ejemplo, a las figuras católicas que, en la Italia de los años sesenta y setenta, aceptaron ser elegidos al Parlamento en las listas comunistas, como «avanzadillas» -así se proclamaban ellos- de las masas cristianas. Hoy han quedado, de golpe, reducidos a caricaturas anacrónicas. Y pensar que pontificaban -solemnes y venerados-, invitando a la Jerarquía (no pocas veces intimidada, o al menos paralizada) a que declarase que la Biblia no era sino el anuncio y la confirmación de El capital o de los Cuadernos desde la cárcel. Les dieux sen vont…

El Opus Dei ha atravesado los años de la contestación clerical en silencio, manteniéndose firme en la Tradición y el Magisterio: en el del Papa, claro, porque no han faltado algunos obispos que parecían vacilar ante un presunto «progresismo», que luego el paso del tiempo ha vuelto retrógrado. Por esta fidelidad a prueba de bomba, la Obra fue despreciada como algo anacrónico, se desconfió de ella como si fuera una especie de quiste preconciliar que agonizaría ante lo Nuevo-que-avanza.

Por el contrario, si aquella presunta «novedad» se ha vuelto anticuada de golpe y de modo irremediable, lo que parecía «viejo» goza de buena salud (por ejemplo: frente a la caída de las vocaciones, que continúa en casi toda la Iglesia, a pesar de débiles e insuficientes signos de recuperación, hay aquí una expansión metódica y continua), y además se confirman las previsiones de que tendrá cada vez más peso y prestigio en la Iglesia del futuro.

Realmente, ha merecido la pena -mucho más de lo que yo mismo podía sospechar- el tiempo y el esfuerzo dedicados a descubrir esta «cosa» todavía desconocida, este núcleo, cogollo de la Iglesia de hoy y del mañana. Es, por otra parte, una realidad que, por su vigor, no interesa sólo a los creyentes: lo que sucede en la Iglesia nunca ha dejado de tener consecuencias en toda la sociedad.

Sucesos recientes confirman que hoy, a pesar de las apariencias, este interés por la Iglesia es mayor que nunca. Mientras releo estas páginas, un resbalón, una banal caída, una fractura del Papa ha puesto en febril agitación al mediasystem mundial. Es decir, una «sacra escayola» es suficiente para ser noticia durante días en la aldea de la información internacional.

La propuesta para que indagara sobre el Opus Dei me colocó al principio en una situación algo embarazosa. Se me confió la tarea de satisfacer un amplio deseo de saber más acerca de una «Obra» que se define nada menos que «de Dios».

Este interés de los lectores por la investigación coincidía con mi propio interés profesional, pues como dice uno de esos españoles que ha difundido el Opus Dei por el mundo y que lo conoce a fondo, «la Obra es para los periodistas un tema sensacional: siempre “vende”»…

Que «vende bien» lo sabía también yo, que formo parte del gremio de los escribas. Pero hasta el momento nunca elegí el tema de un libro pensando en que fuera a gustar a la gente, o en que fuera rentable, al menos potencialmente, para los bolsillos del editor y para los míos.

Mi rechazo inicial a indagar sobre el Opus Dei no obedecía a una virtud especial. No quisiera enzarzarme ahora en una discusión con esos moralistas, tan numerosos entre los escritores: gente que falsifican quizá las facturas de los viajes, pero que siempre están dispuestos a indignarse por cualquier cosa; naturalmente por los vicios, las debilidades, las corruptelas de los demás, de todos los demás.

Mi rechazo procedía, en todo caso, de una necesidad. La vida es breve, las fuerzas limitadas: es mejor emplear una y otras en reflexionar e investigar sobre nuestras preguntas más auténticas, sobre nuestros interrogantes más profundos. La preparación de un libro -si se pretende trabajar como Dios manda- requiere años: ninguna contrapartida de dinero o de notoriedad podría recompensar el fastidio, el aburrimiento, el esfuerzo de un trabajo solitario como el escribir, si no respondiese a una necesidad. Si no fuera una elección nuestra, una urgencia que nace de dentro de uno.

Y -al menos en aquel momento- yo no experimentaba inquietud alguna por saber qué era el Opus Dei.

De todos modos, la honradez me obliga a poner todas las cartas sobre la mesa. Por respeto a quien lee, no por alimento de un ridículo protagonismo autobiográfico. Como ustedes saben -y no presumo de ello, pero tampoco lo escondo: así consta en mis libros-, las casualidades de la vida me han ido conduciendo, sin pretenderlo, al cristianismo. Soy feliz en él y no tengo, Dios mediante, intención alguna de abandonarlo.

Pero en esa Iglesia a cuyas puertas he llamado, y que se me han abierto generosamente, nunca he formado parte de grupos, asociaciones, movimientos, confraternidades, órdenes, organizaciones, «obras». Las aprecio y me parece muy bien que existan y que se multipliquen y prosperen. Descubro en ellas los brotes que nacen sorprendentemente, generación tras generación, del viejo tronco eclesial. Colaboro con ellas a gusto, en la medida de mis posibilidades. Pero, gracias a Dios, quien la conoce desde dentro sabe que esta Iglesia no peca de abuso cuando se llama a sí misma «católica», es decir «universal». Desde hace dos milenios, muestra verdaderamente que sabe hacer sitio a los temperamentos, a las vocaciones, a las historias más diversas. La Iglesia acepta incluso a los «perros vagabundos». Como me decía una vez el viejo Henri Fesquet, el colega que inventó en «Le Monde» la información religiosa moderna, «es el más vasto y variado jardín zoológico del mundo, donde hay un rincón para cada especie animal».

Como católico, por tanto, pero ajeno a militancias particulares, conocía del Opus Dei lo que debe conocer quien, como yo, intente vivir personalmente (por desgracia con resultados con frecuencia poco sustanciosos: vídeo bona proboque, con lo que de ahí se deduce) la dimensión religiosa. Más aún cuando se vive profesionalmente de esta dimensión: estudiándola y comunicándola a los lectores.

¿El Opus Dei? Un grupo como los demás en la Iglesia del siglo veinte, quizá más reservado, ciertamente poco amante de las relaciones públicas, no comprensible a primera vista en su realidad y en su espiritualidad. Así pensaba yo, como todos, o casi todos. Esta lejanía quizá se debía también a un exceso de seriedad (por su parte) de algún amigo, miembro del Opus Dei, que me hizo formar la idea de algo humanamente exquisito, religiosamente descolocado y un poco aburrido.

Reserva, austeridad, seriedad, preparación sólida (tanto profesional como teológica), prestigio, influjo socioeconómico; quizá también una pizca de culto a la personalidad en torno a su fundador, el (por el momento) beato Josemaría Escrivá de Balaguer y Albas, llamado invariablemente por sus seguidores «nuestro Padre».

Esta era la imagen del Opus Dei y de sus miembros, incluso para mí, un profesional que debería saber casi todo de lo que se cuece en el melting pot cristiano, y muy particularmente en el católico.

En un par de ocasiones acepté pasar algunas horas en encuentros «públicos» -aunque se precise invitación personal- en el castello de Urio, la residencia del siglo XVIII junto al lago de Como que hombres (y mujeres) del Opus Dei, principalmente jóvenes universitarios y profesionales, utilizan para sus actividades de formación. Y donde tienen también, me parece, una Escuela de hostelería.

Me encontré muy a gusto. Allí experimenté el «estilo Opus Dei»: buena educación, buen gusto en el vestir («Místicos, pero con la corbata adecuada», como ha dicho alguien), sin clericalismos, con una desenvoltura muy «laical», ajena a esa demagogia que confunde la pobreza (la evangélica, no la de los ideólogos populistas) con la cutrez, impuesta hasta a los huéspedes, que equipara el radicalismo cristiano al descuido y al mal gusto, que -entre otras cosas- no siempre son «baratos».

En esta Iglesia actual en la que tantos, por desgracia, parecen convencidos de que una iglesia (entendida como edificio) es tanto más cristiana cuanto más se asemeja a un garaje o -para los más «comprometidos»- a un establo, aprecié la sobria pero resplandeciente riqueza de la capilla (o mejor «oratorio», como me he enterado que prefieren decir), moderna y, sin embargo, proyectada «a la antigua», con la convicción de que sería un delito tacañear en los lugares de culto a Dios; que el plástico, el aluminio y el cemento a la vista son óptimos para las naves industriales, pero pésimos para una iglesia.

Admiré también los sólidos, tradicionales bancos con reclinatorio y dotados entre otras cosas (una pequeña novedad para mí) de pequeñas lámparas individuales para las lecturas espirituales. Los admiré porque no se había cedido ni siquiera a una de las modas más queridas para los clericales «abiertos»: obligar a los pobres fieles a que se sienten en el suelo, sobre almohadones desparramados por el pavimento. Dicen que hace muy «ecuménico», recordando (quizá) las costumbres de los cultos orientales; parece que expresa lo que llaman «un catolicismo adulto». Felices ellos; pero no ciertamente quien tiene más de veinte años.

Podría seguir: olores intensos de cocina que inundan pasillos y habitaciones; limpieza superficial; mobiliario cutre más que pobre; en las paredes, cuadros sin valor o, peor aún, pósters con imágenes políticas o ecológicas, donde antes había pinturas de maestros antiguos…

Por trabajo o por personal interés espiritual, he debido frecuentar tantos lugares por el estilo, y lo digo con una tristeza que no olvida la simpatía fraterna: este es, más o menos, el look de demasiados lugares religiosos de hoy, en el crepúsculo de órdenes y congregaciones religiosas que fueron gloriosas. No discuto (es evidente) la santidad que, ciertamente, se sigue viviendo en aquellos lugares. Pero las apariencias no atraen a quien está fuera de ese «ambiente» y no sabe descubrir lo que hay detrás.

No sucede esto en los Centros del Opus Dei. Al realizar esta investigación, he podido conocer la belleza singular de Urio, «lugar de representación», ciertamente; pero también el aspecto digno -aunque a distinto nivel- de todos los demás lugares de la Obra. Alguien me recordó lo que repetía con frecuencia el beato Escrivá: que se debía descubrir la «mano» de sus hijas e hijos en que el suelo brilla como un espejo; en las cortinas inmaculadas; en que, si se pasaba un dedo sobre cualquier mueble, no se encontraba ni siquiera una mota de polvo. «La limpieza y “el buen gusto”, recordaba, no cuestan nada (salvo el esfuerzo necesario para quien vive en ese lugar) y crean un ambiente adecuado para la espiritualidad».

Mis contactos con la Obra y mis conocimientos sobre ella habían sido de este tipo: superficiales y limitados al aspecto externo. Lo cual, por otra parte, no es irrelevante. Hoy menos que nunca, pero tampoco lo era ayer. La sabiduría de la vieja Iglesia -esa sabiduría que tantos parecen haber perdido en estos tiempos, convertidos al irrealismo, con frecuencia inhumano, de esquemas ideológicos- bien sabía que la belleza o al menos el decoro de los ambientes católicos, desde los edificios de culto a los monasterios, constituía un motivo para atraer a los hombres y hablarles de Dios.

Permítanme que -siempre a propósito de lo que sabía (o no sabía) de esta institución- narre una anécdota.

Sucedió hace algunos años, en la sala de embarque del aeropuerto Fiumicino de Roma. Entre la multitud de viajeros que iban a tomar el último vuelo para Milán, descubro el inconfundible y simpático perfil de párroco lombardo, bondadoso y avispado al mismo tiempo, de don Luigi Giussani, fundador y presidente de Comunión y Liberación. Nos habíamos conocido con ocasión de entrevistas y ruedas de prensa, por lo que nos saludamos, y comentamos los motivos del viaje a Roma. «Don Gius», como le llaman los suyos, me manifestó su satisfacción por la visita que había hecho esa misma mañana a monseñor Del Portillo, Prelado (es decir, jefe supremo) del Opus Dei y sucesor del beato Escrivá de Balaguer (1). «Sabe -me dice-, nosotros los de Comunión y Liberación somos los guerrilleros, los emboscados que tiramos piedras. Cumplimos con nuestra parte, provocando de vez en cuando alguna polémica. Pero ellos, los de la Obra, tienen los Panzei progresan como tanques blindados, con las orugas recubiertas de goma. El ruido no ‘se oye, pero están ahí, ¡y de qué modo! Y cada vez nos daremos más cuenta, ya lo verá».

Una compañía de carros de combate, por tanto, agregada a la heterogénea tripulación de aquella barca -o arca de Noé, según la comparación de Fresquet y su «zoo»- que ha sido y es la Iglesia. Una buena compañía, compuesta por gente con los uniformes en regla, con el equipo en orden y reluciente. Bien adiestrados, fieles a sus generales: intachables. Pero no son más que una compañía entre las demás, uno de tantos modos -atractivo para algunos, rechazable para otros, también dentro de la Iglesia- de intentar vivir hoy la llamada del Evangelio. Una «espiritualidad», la de Escrivá y los suyos, al mismo nivel que otras que se han desarrollado a lo largo de tantos siglos católicos: carmelita, dominica, franciscana, jesuita, salesiana, pasionista y un largo etcétera.

Así pensaba yo. Ahora no tanto, como les anticipé. Y esto porque he hecho todo lo posible para entender esta «Cosa» de la que desde fuera poco se distingue.

Aquí tienen mi informe. No soy un novato: me publican desde hace mucho tiempo. He visto, he oído -y he dicho- de todo. Por eso, preveo claramente algunas reacciones. Las más polémicas no vendrán, probablemente, de «malignos comecuras», sino más bien de ciertos «buenos católicos». He usado el adjetivo «buenos» sin ironía: a nadie le niego de entrada la buena fe. El mismo don Josemaría manifestaba que la persecución peor le vino -durante toda su vida, y como veremos también después de su muerte- de los buenos de dentro de la Iglesia.

Algunos encontrarán este informe demasiado benévolo, y los más generosos creerán que soy un ingenuo, que no he descubierto el truco que se esconde bajo ciertas apariencias edificantes del Opus Dei. Pensarán que soy un naif del que se han aprovechado, o bien un superficial que no ha sido capaz de descubrir lo que está «debajo» o «detrás».

Otros, menos amables, dirán que esto no es una investigación, como anuncia el título, sino una apología, y además pobremente disfrazada, e incluso «comprada». Y si no ha sido por dinero, lo que ha movido mis dedos sobre el teclado debe de haber sido un prejuicio positivo, quizá una tendenciosidad sectaria.

No me queda otra réplica que la única posible al cronista: hablo de hechos, no de impresiones. Mis afirmaciones se apoyan siempre y únicamente sobre lo que he visto y sobre lo que está en las fuentes escritas, sean o no oficiales. Los que quieran desmentirme, también deben aportar hechos, y remitirse a fuentes. Si alguno es capaz de hacerlo mejor, lo leeré con gratitud. Por mi parte, todo lo que he conseguido recoger (y entender, después de haberlo rumiado a fondo) está aquí.

He pretendido sobre todo comprender -yo en primer lugar- qué es, cómo «funciona» esta Obra, cuáles son los «mecanismos», tanto mentales como institucionales, que la mueven. Ha sido, por tanto, un trabajo de información: ¿y qué otra cosa debe hacer un periodista? Es un trabajo que puede traer beneficios -y no sólo aquí, sino en todas partes- para la convivencia entre los hombres.

No es casual la cita que he transcrito al comienzo del libro, tomada de la obra de un cristiano antiguo, es decir, de alguien a quien la caridad le era especialmente querida: «se deja de odiar en cuanto se deja de ignorar». Otro, en la misma línea, aseguraba que si quieres seguir desconfiando de algo o de alguien, hay que evitar por todos los medios llegar a conocerle. No creo que ni siquiera la Obra, ni siquiera la mítica «mafia» de don Josemaría, escape a esta regla. De todos modos, debe ser el lector quien juzgue.

Por lo que se refiere a mi punto de vista de creyente (que he manifestado con claridad desde las primeras líneas), pienso que puede ser más una ayuda que un obstáculo para entender qué es el Opus Dei. Del mismo modo que es una ayuda para comprender cualquier otra institución cristiana, comenzando por la misma Iglesia. Desarrollo esta idea en el capítulo séptimo, aunque será necesario consultar no sólo ese apartado, sino tantas otras páginas de este informe (lo cual no es más que una pequeña pero debida obra de justicia: la de ser leído íntegramente y no sólo picando de aquí y de allá, porque el libro es una realidad compacta donde tout se tient). Por anticipar lo fundamental a este respecto, diré que cualquier experiencia religiosa puede ser valorada legítimamente sólo con los instrumentos adecuados. Y, por consiguiente, con categorías también religiosas.

Parto de la profunda convicción de los casi ochenta mil miembros del Opus Dei, de todas las nacionalidades del mundo, que obran movidos por una exigencia espiritual y una experiencia de fe. Quien no tenga esto en cuenta, se arriesga a no entender nada. O peor: a entender las cosas equivocadamente, como veremos a continuación.

En el aniversario de la muerte del Fundador de la Obra

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Testimonio de Cardenal Paul Poupard, Presidente del Consejo Pontificio de Cultura
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

­¡Qué profundidad evangélica tiene el «apostolado de la inteli­gencia»! Cuando el joven sacerdote Josemaría Escrivá escribía esta frase en el punto 978 de su libro Camino (la primera edición es de 1934) trazaba un programa al que se atiene toda su vida: pre­cisamente porque el Opus Dei quiere llevar a todos los hombres, de todas las clases sociales, el mensaje de la llamada a la santidad cristiana mediante el trabajo profesional. El fundador ha dedicado siempre la máxima atención a los intelectuales, a aquellos que tra­bajan con las ideas y las transmiten, porque hoy como nunca el problema de los problemas es la relación del Evangelio con las cul­turas, es decir, la «inculturación de la cultura» del Evangelio.

Me han contado que una vez, todavía en los años 30, Monseñor Escrivá, al contemplar un paisaje de cumbres nevadas comento con un amigo: «¿Ves esas cumbres brillantes bajo el sol? Parecen dis­tantes, ajenas, sólo decorativas. Y por el contrario, de ellas depende la reserva hidráulica que hará fecunda toda la llanura. Lo mismo sucede con los intelectuales».

Esta afición por las ideas se manifiesta en la promoción de ini­ciativas culturales de reconocido prestigio, como la Universidad de Navarra, en Pamplona, la Universidad de Piura, en Perú, y la Universidad La Sabana, en Colombia; hay dispersos por todo el mundo centros culturales y escuelas de todas clases y condiciones que los miembros del Opus Dei han creado para responder a las exigencias locales; y para los estudios específicamente eclesiásticos existe la Universidad Romana de la Santa Cruz, con las Facultades de Filosofía y Teología. Esto es mucho, pero no es todo: de hecho, el apos­tolado personal de los miembros del Opus Dei, como decía siempre el fundador, es «apostolado de la doctrina», es decir, de las ideas y de la cultura a todos los niveles y para todo el mundo, porque «a los hombres -como a los peces– se les coge por la cabeza», y Cristo ha querido que sus discípulos, es decir, todos los cristianos, fueran «pescadores de hombres».

Este mensaje, perenne como el Evangelio, es de extrema actua­lidad en nuestra época, porque, como dice el historiador inglés Christopher Dawson, «la ruptura de la comunión entre el orden espiritual y el orden racional es el problema más serio al que el mun­do moderno debe enfrentarse». El tema lo ha enfocado el Concilio Vaticano II y los Sumos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II lo han situado en el centro de su acción pastoral: la Iglesia está cada vez más comprometida en el diálogo con las distintas culturas, para res­ponder a las esperanzas secretas de las culturas mismas.

El diálogo tiene una dinámica propia que se desarrolla normal­mente en tres fases: la primera es la del respeto, que no separa ni confunde el Evangelio y las culturas, sino que respeta los distintos planos, al abrigo de injerencias indebidas; la segunda fase es la ele­vación de lo que es humanamente válido en toda cultura, para llegar a la tercera fase, la de la integración.

El diálogo también es confrontación y, algunas veces, desafio, porque algunas culturas deben purificarse de todo aquello que humilla y ofende al hombre. La Iglesia, hoy en día, está llamada a defender al hombre de sí mismo, y de la tentación de la «cultura de muerte». Y lo hace cuando, por ejemplo, pro dama que la ciencia debe aliarse con la conciencia e inspirarse en la ética, porque no todo lo que es posible técnicamente es lícito moralmente.

Es una tarea difícil, pero no eludible. Monseñor Escrivá, a quien el Papa ha proclamado «Venerable» el pasado día 9 de abril, ha podido escribir: «No nos podemos cruzar de brazos, cuando una sutil persecución condena a la Iglesia a morir de inedia, relegándola fuera de la vida pública y, sobre todo, impidiéndole intervenir en la educación, en la cultura y en la vida familiar. No son nuestros derechos: son los de Dios, y a nosotros, los católicos, nos los ha confiado Él… para que los ejerzamos». El Opus Dei que, en cuanto a prelatura personal se refiere, es una institución al servicio directo del Papa y de la Iglesia, desarrolla precisamente en el campo de la cultura su peculiar función eclesial.

Un Evangelio con “efectos especiales”

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Juan Ignacio Valdivieso vive en Chile y es ingeniero de sonido y dueño de un estudio de grabación. En este relato cuenta cómo conoció el Evangelio a partir del trabajo de edición que realizó con un amigo

Opus Dei - Juan  Ignacio Valdivieso: “Me siento un afortunado y eterno agradecido de  haber podido participar en este proyecto y de recibir todo el cariño que  descubrí al reencontrar mi relación con Dios”.

Juan Ignacio Valdivieso: “Me siento un afortunado y eterno agradecido de haber podido participar en este proyecto y de recibir todo el cariño que descubrí al reencontrar mi relación con Dios”.

“Todo comenzó cuando mi amigo Raúl Bezanilla me pidió que mejorara la calidad de un CD con pasajes del Evangelio que le había llegado de España a don Álvaro Rocha, sacerdote del Opus Dei. Como el resultado no era bueno, me tomé la libertad de cambiar las voces españolas por chilenas y ambienté los pasajes con sonidos de la naturaleza, música y otros ‘efectos especiales’. A todos les encantó y María Paz, la señora de Raúl, sugirió que grabáramos el Evangelio completo.

“Yo estaba absolutamente alejado de la Iglesia desde los trece años: llevaba treinta y cinco sin acudir a Misa, sin confesión, sin recibir la Comunión.

“Acepté el proyecto sólo por cariño y compromiso hacia las personas que me lo pidieron. Me fui metiendo y a los pocos meses de trabajo, desayunaba Evangelio, almorzaba Evangelio y comía Evangelio. Gracias al apoyo y amistad de don Álvaro, me reencontré completamente con Dios y me vino una tranquilidad absoluta. Comencé a asistir a Misa los domingos y luego los días de semana”.

“No me importa el dinero”

Lo que al comienzo parecía tarea de unos pocos meses, se transformó en un gigantesco proyecto de audio que involucró a treinta y siete actores y más de mil horas de grabación que se concretaron en ocho CD, con 279 pistas.

Existía un solo problema, el económico, porque el proyecto era totalmente inviable.

Para el personaje de narrador, Juan Ignacio quería a Fernando Solís, uno de los tres locutores más importantes del mercado latinoamericano de publicidad, además de ser la voz en español de todas las sinopsis de Universal Pictures.

Opus Dei -  Carátula del CD “Jesús de Nazaret”: Lo que al comienzo parecía tarea de  unos pocos meses, se transformó en un gigantesco proyecto de audio que  involucró a treinta y siete actores y más de mil horas de grabación.

Carátula del CD “Jesús de Nazaret”: Lo que al comienzo parecía tarea de unos pocos meses, se transformó en un gigantesco proyecto de audio que involucró a treinta y siete actores y más de mil horas de grabación.

“Me decidí a llamarlo y contarle sobre el proyecto, explicándole que desgraciadamente los honorarios para este personaje eran más bien simbólicos, ya que equivalían a lo que él ganaba por grabar dos comerciales que le tomaban diez minutos.

“Me escuchó muy tranquilo, sin pronunciar palabra al otro lado del teléfono; cuando terminé de hablar, me dijo: ‘Yo estoy todo el día grabando textos sobre pastas de dientes, bancos, etc. Mi voz es un don de Dios y qué mejor manera de retribuirle este don que participar en este trabajo; no me importa el dinero: dime tú cuanto tienes y no nos hagamos problema por esto’.

“Yo no podía creer lo que estaba escuchando y me dejaron muy impresionado sus palabras.

“Durante quince meses, Fernando grabó prácticamente todos los días. Nunca tuvo una mala palabra, un gesto de desgana, una grabación mal hecha. Fue un ejemplo de generosidad y profesionalismo para todos”.

“En los momentos difíciles, el nivel de compromiso, incluso en personas alejadas de la fe, nos motivaba a seguir adelante. Aportaron su trabajo (había que grabar hasta doce veces, pues nada resultaba a la primera) sin pensar en la retribución económica, a pesar de que muchos no tenían una buena situación. Patricio, el actor que interpreta a Jesús, me confesó que después de cada grabación dejaba de hacer comerciales durante tres días por lo emocionado que quedaba. Al final, me dijo: “¡gracias, gracias por haberme permitido participar en este proyecto. Es lo mejor que he hecho!”

“Otro que se involucró completamente y del cual aprendimos mucho fue Daniel Lencina hijo, compositor de los quince temas de música original. Pese a que varias veces debía tocar con su grupo hasta la madrugada, aparecía impecable cada mañana en el estudio”.

Parada junto a la puerta, no pudo aguantar la emoción

Opus Dei -  “Dediqué a este proyecto infinitos desvelos y muchas levantadas al alba,  con un amor y perseverancia que es difícil de trasmitir. Cuando  estábamos en la mitad de la grabación, quise hacer mi Confirmación”,  señala el ingeniero de sonido.

“Dediqué a este proyecto infinitos desvelos y muchas levantadas al alba, con un amor y perseverancia que es difícil de trasmitir. Cuando estábamos en la mitad de la grabación, quise hacer mi Confirmación”, señala el ingeniero de sonido.

Para el personaje de Zacarías, Juan Ignacio quería a una vieja gloria de los locutores chilenos. “Hablé con él y me dijo que lo haría encantado, pero que no vendría al estudio, sino que mandaría por internet el texto grabado. La primera grabación enviada no sirvió, pues era muy débil y necesitaba una dirección. Hablé con él nuevamente y le comenté que no estábamos llegando al personaje. Me mandó una nueva grabación que tampoco pudimos usar. Logré convencerlo de que fuera al estudio a grabar y no llegó de muy buen humor. Lo puse a escuchar el resto de la pista ya terminada en la que faltaba sólo su voz y le dije que se imaginara el tiempo, el lugar y el personaje. Al concluir, nos pusimos a oír. Vi que tenía los ojos húmedos, me dio un fuerte abrazo, me dijo: ‘gracias’ y se fue. Grabamos una vez solamente y creo que salió perfecto.

“En otra ocasión, le mandé una copia del pasaje de la Anunciación al actor que prestó su voz al arcángel Gabriel. Luego de un par de horas me llamó para contarme lo que le había pasado: estaba en su dormitorio oyendo muy concentrado cuando cerca del final del audio escuchó unos sollozos; se dio vuelta y vio a la empleada de su casa que se había quedado en silencio, parada junto a la puerta. No había podido aguantar la emoción.

“Dediqué a este proyecto más de mil horas de trabajo en estudio, infinitos desvelos y muchas levantadas al alba, con un amor y perseverancia que es difícil de contar y trasmitir. Cuando estábamos en la mitad de la grabación, quise hacer mi Confirmación. “Me siento un afortunado y eterno agradecido de haber podido participar en este proyecto y de recibir todo el cariño y amor que descubrí al reencontrar mi relación con Dios.

“Sólo puedo dar gracias a las personas que me pidieron participar en este trabajo e infinitas gracias a Dios por haberse fijado en mí y haberme entregado y enseñado tanto en este año y medio”.

Los ocho CD pueden obtenerse en el Club de Lectores de El Mercurio o en www.jesusdenazaret.cl. En este sitio también es posible oír parte de la grabación del Evangelio.

Agradecer lo que hemos recibido

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El pasado domingo Benedicto XVI habló de la parábola evangélica de los talentos. “Los talentos –dijo el Santo Padre-, representan la riqueza que el Señor nos ha dejado en herencia para que la hagamos fructificar”

Opus Dei -

El domingo 16 de noviembre, el Papa explicó que el Evangelio de ese día, que narra la parábola de los talentos, “nos invita a estar alerta y a ser operativos mientras esperamos el regreso del Señor Jesús al final de los tiempos”.

“Los talentos -prosiguió-, además de las cualidades naturales representan la riqueza que el Señor nos ha dejado en herencia para que la hagamos fructificar: su Palabra depositada en el Santo Evangelio”, y “la parábola de hoy insiste en la actitud interior con que acoger y valorizar este don”.

“La actitud equivocada es el miedo (…) como sucede, por ejemplo, a los que habiendo recibido el Bautismo, la Comunión y la Confirmación entierran esos dones bajo una capa de prejuicios, bajo una imagen falsa de Dios que paraliza la fe y las obras. (… ) Pero la parábola subraya los buenos frutos aportados por los discípulos, que (…) no han escondido el don (…) sino que lo han hecho fructificar, compartiéndolo y dividiéndolo. Lo que Cristo nos ha dado se multiplica cuando lo damos”.

“La enseñanza evangélica -concluyó- (…) ha tenido consecuencias en el ámbito histórico y social, promoviendo en las poblaciones cristianas una mentalidad activa y emprendedora. Pero el mensaje central atañe al espíritu de responsabilidad con el que acoger el Reino de Dios: responsabilidad hacia Dios y hacia la humanidad”.


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