Sacerdote para la eternidad (epílogo)

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Un sacerdote que vive de este modo la Santa Misa –adorando, expiando, impetrando, dando gracias, identificándose con Cristo–, y que enseña a los demás a hacer del Sacrificio del Altar el centro y la raíz de la vida del cristiano, demostrará realmente la grandeza incomparable de su vocación, ese carácter con el que está sellado, que no perderá por toda la eternidad.

Sé que me comprendéis cuando os afirmo que, al lado de un sacerdote así, se haya de considerar un fracaso –humano y cristiano– la conducta de algunos que se comportan como si tuviesen que pedir excusas por ser ministros de Dios. Es una desgracia, porque les lleva a abandonar el ministerio, a mimetizarse de seglar, a buscar una segunda ocupación que poco a poco suplanta la que es propia por vocación y por misión. Con frecuencia, al huir del trabajo de cuidar espiritualmente las almas, tienden a sustituirlo por una intervención en campos propios de los seglares –en las iniciativas sociales, en la política–, apareciendo entonces ese fenómeno del clericalismo que es la patología de la verdadera misión sacerdotal.

No quiero terminar con esta nota oscura, que puede parecer pesimismo. No ha desaparecido, en la Iglesia de Dios, el auténtico sacerdocio cristiano; la doctrina es inmutable, enseñada por los labios divinos de Jesús. Hay muchos miles de sacerdotes en todo el mundo que responden cumplidamente, sin espectáculo, sin caer en la tentación de echar por la borda un tesoro de santidad y de gracia, que ha existido en la Iglesia desde el principio.

Saboreo la dignidad de la finura humana y sobrenatural de estos hermanos míos, esparcidos por toda la tierra. Ya ahora es de justicia que se vean rodeados por la amistad, la ayuda y el cariño de muchos cristianos. Y cuando llegue el momento de presentarse ante Dios, Jesucristo irá a su encuentro para glorificar eternamente a quienes, en el tiempo, actuaron en su nombre y en su Persona, derramando con generosidad la gracia de la que eran administradores.

Volvamos de nuevo, con el pensamiento, a los miembros del Opus Dei que serán sacerdotes el próximo verano. No dejéis de pedir por ellos, para que sean siempre sacerdotes fieles, piadosos, doctos, entregados, ¡alegres! Encomendadlos especialmente a Santa María, que extrema su solicitud de Madre con los que se empeñan para toda la vida en servir de cerca a su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, Sacerdote Eterno.

Declaraciones de San Josemaría

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Capítulo del documento “Textos y referencias bibliográficas de San Josemaría sobre el nazismo, el fascismo y el pensamiento totalitario”

No hay otra doctrina que la que enseña la Iglesia para todos los fieles
“En el Opus Dei, procuramos siempre y en todas las cosas sentir con la Iglesia de Cristo: no tenemos otra doctrina que la que enseña la Iglesia para todos los fieles. Lo único peculiar que tenemos es un espíritu propio, ca­racterístico del Opus Dei, es decir, un modo concreto de vivir el Evangelio, santificándonos en el mundo y haciendo apostolado con la profesión”.

—Cfr. Conversaciones, obra citada, pág. 75.

Los fines del Opus Dei son exclusivamente espirituales y apostólicos.
“El Opus Dei no interviene para nada en política; es absolutamente ajeno a cualquier tendencia, grupo o régimen político, económico, cultural o ideológico. Sus fines -repito- son exclusivamente espirituales y apostólicos. De sus miembros exige sólo que vivan en cristiano, que se esfuercen por ajustar sus vidas al ideal del Evangelio. No se inmiscuye, pues, de ningún modo en las cuestiones temporales.

“Si alguno no entiende esto se deberá quizá a que no entiende la libertad personal o a que no acierta a distinguir entre los fines exclusiva­mente espirituales para los que se asocian los miembros de la Obra y el amplísimo campo de las actividades humanas -la economía, la política, la cultura, el arte, la filosofía, etc.- en las que los miembros del Opus Dei gozan de plena libertad y trabajan bajo su propia responsabilidad”.

—Cfr. Conversaciones, obra citada, págs. 73-74.

Nadie puede pretender imponer dogmas en cuestiones temporales.
“Nadie puede pretender en cuestiones temporales imponer dogmas, que no existen. Ante un problema concreto, sea cual sea, la solución es: estudiarlo bien y, después, actuar en conciencia, con libertad personal y con responsabilidad también personal”.

—Cfr. Conversaciones, obra citada, pág. 161.

No he preguntado ni preguntaré jamás a ningún miembro de la Obra de qué partido es o qué doctrina política sostiene
“No he preguntado ni preguntaré jamás a ningún miembro de la Obra de qué partido es o qué doctrina política sostiene, porque me parecería un atentado a su legítima libertad. Y lo mismo hacen los directores del Opus Dei en todo el mundo”.

—Cfr. Conversaciones, obra citada, pág. 104.

He defendido siempre la libertad de las conciencias
“En cuanto a la libertad religiosa, el Opus Dei, desde que se fundó, no ha hecho nunca discriminaciones: trabaja y convive con todos, porque ve en cada persona un alma a la que hay que respetar y amar. No son sólo palabras; nuestra Obra es la primera or­ganización católica que, con la autorización de la Santa Sede, admite como Cooperadores a los no católicos, cristianos o no. He defendido siempre la libertad de las conciencias.

No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con el estudio; nunca con la fuerza, siempre con la caridad. Comprenderá que siendo ése el espíritu que desde el primer momento hemos vivido, sólo alegría puede producirme las enseñanzas que sobre este tema ha promulgado el Concilio”.

—Cfr. Conversaciones, obra citada, pág. 98.

Ni a la derecha ni a la izquierda, ni al centro.

“El Opus Dei no está ni a la derecha ni a la izquierda, ni al centro. Yo, como sacerdote, procuro estar con Cristo, que sobre la Cruz abrió los dos brazos y no sólo uno de ellos: tomo con libertad, de cada grupo, aquello que me convence, y que me hace tener el corazón y los brazos acogedores, para toda la humanidad; y cada uno de los miembros es libérrimo para escoger la opción que quiera, dentro de los términos de la fe cristiana”.

—Cfr. Conversaciones, obra citada, pág. 98.

Un caso concreto: ante el problema racial en Estados Unidos
“Pongamos un ejemplo. Ante el problema racial en Estados Unidos, cada uno de los miembros de la Obra tendrá en cuenta las enseñanzas claras de la doctrina cristiana sobre la igualdad de todos los hombres y sobre la injusticia de cualquier discriminación.

También conocerá y se sentirá urgido por las indicaciones concretas de los obispos americanos sobre este problema. Defenderá por tanto los legítimos derechos de todos los ciudadanos y se opondrá a cualquier situación o proyecto discriminatorio.

Tendrá en cuenta, además, que para un cristiano no basta con respetar los derechos de los demás hombres, sino que hay que ver, en todos, hermanos a los que debemos un amor sincero y un servicio desinteresado”.

—Cfr. Conversaciones, obra citada, pág. 76-77.

El Opus Dei no está anclado en una cultura determinada
“El Opus Dei no está anclado en una cultura determinada, ni en una concreta época de la historia. En el mundo anglosajón, el Opus Dei tiene, gracias a la ayuda de Dios y a la cooperación de muchas personas, obras apostólicas de diversos tipos: Netherhall House, en Londres, que presta especial atención a universitarios afroasiáticos; Hudson Center, en Montreal, para la formación humana e intelectual de chicas jóvenes; Nairana Cultural Center, que se dirige a los estudiantes de Sydney…

En Estados Unidos, donde el Opus Dei comenzó a trabajar en 1949, se pueden mencionar: Midtown, para obreros en un barrio del corazón de Chicago; Stonecrest Community Center, en Washington, destinado a la educación de mujeres que carecen de capacitación profesional; Trimount House, residencia universitaria en Boston, etcétera”.

—Cfr. Conversaciones, obra citada, pág. 96.

El don de sabiduría y CAMINO.

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15 Federico Delclaux

Ha sobrepasado Camino los tres millones de ejemplares. Esta afirmación lleva a considerar las innumerables veces que sus miles de lectores han sentido en el alma la paz, el consuelo, la esperanza y ánimo para proseguir en su lucha por amar más a Dios. Porque Camino no es un libro de una sola lectura, sino un libro de oración, donde se van repasando tantas veces sus capítulos en la presencia de Dios, y en cada ocasión surge una nueva ayuda. Esto lo sabemos por experiencia todos los lectores de esta obra. Unos leen diariamente algunos puntos, otros acuden a él en ocasiones concretas para tratar con el Señor un tema determinado.

Al abrirlo una y otra vez, Camino siempre da una nueva luz. La razón es que este libro —como otros clásicos de espiritualidad— es fruto del don de sabiduría que el Espíritu Santo concede a todo aquel que le es dócil. Cuando en una homilía, Mons. Escrivá de Balaguer explica esta acción del Paráclito, se comprueba lo bien que pueden aplicarse esas palabras a Camino. Dice así: «Entre los dones del Espíritu Santo, diría que hay uno del que tenemos especial necesidad todos los cristianos: el don de sabiduría que, al hacernos conocer a Dios y gustar de Dios, nos coloca en condiciones de poder juzgar con verdad sobre las situaciones y las cosas de esta vida. Si fuéramos consecuentes con nuestra fe, al mirar a nuestro alrededor y contemplar el espectáculo de la historia y del mundo, no podríamos menos de sentir que se elevan en nuestro corazón los mismos sentimientos que Jesucristo: al ver aquellas muchedumbres se compadecía de ellas, porque estaban malparadas y abatidas, como ovejas sin pastor (Mt 9, 36)»(1).

No es que el cristiano no advierta todo lo bueno que hay en la humanidad, que no aprecie las limpias alegrías, que no participe en los afanes e ideales terrenos. Por el contrario, siente todo eso desde lo más recóndito de su alma, y lo comparte y lo vive con especial hondura, ya que conoce mejor que hombre alguno las profundidades del espíritu humano.

«La fe cristiana no achica el ánimo, ni cercena los impulsos nobles del alma, puesto que los agranda, al revelar su verdadero y más auténtico sentido: no estamos destinados a una felicidad cualquiera, porque hemos sido llamados a penetrar en la intimidad divina, a conocer y amar a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo y, en la Trinidad y en la Unidad de Dios, a todos los ángeles y a todos los hombres»(2).

Efectivamente, esa amplitud y hondura de miras que concede el Espíritu Santo con su don de sabiduría se comprueba al pasar lentamente las páginas del índice analítico de Camino. Así se pone de manifiesto cómo este libro trata con visión sobrenatural todos los temas del vivir cristiano; por ejemplo: abandono en Dios, abnegación, acciones de gracias, alegría, almas del purgatorio, ambiciones nobles, ambiente, amistad, Amor de Dios, ángeles custodios, apostolado…, caridad, Cielo, ciencia…, estudio, Eucaristía, Evangelio, examen de conciencia…, humildad, ideales, Iglesia, incomprensión…, Jesucristo, juicio, justicia, libertad…, matrimonio, Misa, misericordia divina…, oración, orden, paciencia…, propósitos, presencia de Dios, primeros cristianos, pureza…, santidad, sinceridad, templanza, tentaciones, trabajo…, universalidad, valentía, vanidad, veracidad, vida sobrenatural, Virgen Santísima, virtudes humanas, vocación, voluntad de Dios…

Esta riqueza proviene de la fidelidad de Mons. Escrivá de Balaguer a las insinuaciones del Espíritu Santo. Hay un punto del libro que refleja bien su origen: «El Paráclito está en el centro de tu alma: óyele y atiende dócilmente sus inspiraciones» (n. 57). Esto es lo que hizo el Fundador del Opus Dei: fue redactando dócil al divino Paráclito, que actuaba —como en todo cristiano—en su alma en gracia, comunicándole el Amor de Dios que le encendía el corazón, e iluminándole para descubrir un nuevo sentido sobrenatural en una frase evangélica, en una carta recibida, o en un sucedido de su intenso apostolado.

El Espíritu Santo da a un cristiano que esté atento a sus toques, un encendimiento interior, ansias inflamadas de amar a Dios y a los hombres, y facilidad para adentrarse en todos los misterios de la doctrina católica y deducir de ellos consecuencias prácticas y personales.

Con lucha interior continua y creciente, alcanzó Mons. Escrivá de Balaguer la honda sencillez que comunica el Espíritu Santo a las almas que le son dóciles. El Paráclito le ayudó para que concordasen en él las íntimas convicciones y el actuar concreto y libre. La vida del Fundador del Opus Dei fue un batallar sin tregua para corresponder a las gracias abundantísimas que recibía. El autor de Camino fue siempre fiel al Consolador divino, y esa acción en su alma le conducía a la filiación divina: ante Dios se sabía y se sentía como un niño. Cuando contaba ya setenta y dos años de edad, tres meses antes de su ida al Cielo, el día anterior a sus bodas de oro sacerdotales, decía: «A la vuelta de cincuenta años, estoy como un niño que balbucea: estoy comenzando, recomenzando, como en mi lucha interior de cada jornada. Y así, hasta el final de los días que me queden: siempre recomenzando. El Señor lo quiere así, para que no haya motivos de soberbia en ninguno de nosotros, ni de necia vanidad. Hemos de vivir pendientes de El, de sus labios: con el oído atento, con la voluntad tensa, dispuesta a seguir las divinas inspiraciones»(3).

Con esa sencillez, consecuencia del don de sabiduría del Espíritu Santo, escribe Camino. Movido por el deseo de que llegue a todas las almas, Mons. Escrivá de Balaguer decide volcar esa riqueza de Dios en un diálogo natural con el lector. Así lo manifiesta en las palabras iniciales del libro: «… Son cosas que te digo al oído, en confidencia de amigo, de hermano, de padre. Y estas confidencias las escucha Dios».

Camino es conversación viva con quien abre sus páginas. En numerosos puntos del libro surgen expresiones tales como: me has dicho, me escribes, me preguntas, dime, no dudes…, o bien el autor intuye estados de ánimo del interlocutor: risas, lágrimas, quedarse serio, mirarle con ojos de pasmo…

Se dirige al lector unas veces con frases brevísimas: «¿Tú…, soberbia? —¿De qué?» (n. 600); o con explicaciones detalladas sobre la bondad de Dios Padre (cfr. nn. 267 y 268), o cómo se ha de vivir el espíritu de mortificación (cfr. n. 899). La naturalidad del diálogo se aviva con silencios expresivos, frases sin terminar —porque ya es suficiente con lo dicho—, cambios rápidos de tono para recalcar una idea, insistencia en una palabra clave…

Y así trata de lo más sublime —hay puntos de Camino que se elevan en personal plegaria a Dios—, y también llega a lo más concreto: propósitos, ejemplos, glosas a lo divino de refranes populares o de canciones de amor humano.

En este diálogo natural con el lector, actúa el Espíritu Santo. Por eso es tan frecuente que al leer Camino, de improviso, un punto determinado consiga que el lector se detenga para hacer oración con Dios, porque la luz del Paráclito le ha iluminado un nuevo horizonte de lucha interior.

Este hecho es algo normal en la acción de la gracia en las almas, «… porque el Espíritu Santo —explica Mons. Escrivá de Balaguer— es quien, con sus inspiraciones, va dando tono sobrenatural a nuestros pensamientos, deseos y obras. El es quien nos empuja a adherirnos a la doctrina de Cristo y a asimilarla con profundidad, quien nos da luz para tomar conciencia de nuestra vocación personal y fuerza para realizar todo lo que Dios espera. Si somos dóciles al Espíritu Santo, la imagen de Cristo se irá formando cada vez más en nosotros e iremos así acercándonos cada día más a Dios Padre. Los que son llevados por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios (Rom 8, 14).

Si nos dejamos guiar por ese principio de vida presente en nosotros, que es el Espíritu Santo, nuestra vitalidad espiritual irá creciendo y nos abandonaremos en las manos de nuestro Padre Dios, con la misma espontaneidad y confianza con que un niño se arroja en los brazos de su padre. Si no os hacéis semejantes a los niños, no entraréis en el reino de los cielos, ha dicho el Señor (Mt 18, 3). Viejo camino interior de infancia, siempre actual, que no es blandenguería, ni falta de sazón humana: es madurez sobrenatural, que nos hace profundizar en las maravillas del amor divino, reconocer nuestra pequeñez e identificar plenamente nuestra voluntad con la de Dios»(4).

Camino no defrauda nunca, porque en sus páginas aletea la acción del Espíritu Santo, con toda su grandeza y toda su sencillez.

(1) Es Cristo que pasa, n. 133.

(2) Es Cristo que pasa, n. 133.

(3) S. BERNAL, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei, 6.’ ed., Rialp, Madrid, 1980, p. 357.

(4) Es Cristo que pasa, n. 135.

12. Fama de santidad

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

En la Presentación de Amigos de Dios, la primera obra póstuma del Fundador del Opus Dei (1977), usted escribió que el Padre “no pretendió jamás ser un autor, a pesar de que figura entre los maestros de la espiritualidad cristiana”. Esto refleja un aspecto de su humildad, que explica su resistencia a publicar libros, aunque (y quizá precisamente por esto) Camino era ya conocido en todo el mundo varias décadas antes. Hablemos ahora de los libros del Fundador, que recapitulo a continuación, con el orgullo de haber preparado sus ediciones italianas. Por orden de composición, el primero es Santo Rosario, escrito en 1931 aunque no se publicaría hasta 1934; Consideraciones espirituales, publicado a ciclostil en 1932, impreso en 1934, y que se amplió y editó con el título definitivo de Camino en 1939; la colección de entrevistas concedidas a la prensa internacional, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, es de 1968; el primer volumen de homilías, Es Cristo que pasa, apareció en 1973. Se han publicado póstumamente Amigos de Dios (1977), Via Crucis (1981), y los otros dos libros de meditación que forman con Camino una trilogía, Surco (1986) y Forja (1987). De carácter científico es el estudio teológico–jurídico La Abadesa de las Huelgas (1944): el Fundador, atento al encuadramiento canónico de la Obra, se interesó por la figura extraordinaria de jurisdicción cuasi–episcopal, de que gozó antiguamente la abadesa de ese monasterio de Burgos.

–Sin duda, las obras de espiritualidad de nuestro Fundador han contribuido decisivamente al nacimiento y difusión de su fama de santidad. Sin embargo, como no buscaba la popularidad, sino el bien de las almas, deseo subrayar que su fama de santidad surgía como consecuencia de los frutos espirituales que obtenían los lectores por la meditación de sus escritos. Disponemos de infinidad de testimonios unánimes en este sentido.

Ya he mencionado el aprecio de Pablo VI hacia Camino, que el Papa utilizaba para su meditación personal. Ese aprecio venía de mucho tiempo atrás, pues uno de los primeros miembros de la Obra que llegaron a Italia, el profesor José Orlandis, entregó en 1945 un ejemplar de Camino al entonces Mons. Montini, quien se lo agradeció con una carta, fechada el 2 de febrero de ese año, en la que decía, entre otras cosas: “Sus páginas son una sentida y poderosa llamada al generoso corazón de la juventud, a la que, descubriéndole elevados ideales, enseñan la senda de la reflexión y seriedad de criterio, que la dispone a vivir plenamente la vida sobrenatural (…). Ofrece ya la consoladora realidad de sus copiosos frutos en el ambiente universitario español. Yo celebro inmensamente que el libro haya tenido tan halagüeño resultado y pido al Señor que siga bendiciéndolo y difundiéndolo, para el bien de muchas almas”.

Son innumerables las personas de toda condición que declaran haber recibido luz y fuerza con la lectura de las páginas de nuestro Fundador. El cardenal Maurice Otunga, Arzobispo de Nairobi, escribió: “Yo no conocí a Mons. Escrivá personalmente, pero he leído muchísimos escritos suyos. Cada vez que he meditado uno de sus libros, he sentido que se hacía posible lo que me parecía imposible: que también yo puedo ser santo”.

Una religiosa española que vive en México, ha referido una historia edificante que tuvo lugar en los años cuarenta. En aquella época, recibió la indicación de trasladarse de España a México, y se dirigió a la Policía para tramitar su pasaporte; surgieron algunos problemas burocráticos y, además, la religiosa se enteró de que el funcionario hacía profesión de ateísmo. No se le ocurrió otra cosa que regalarle un ejemplar de Camino. Consiguió al fin el pasaporte, junto con otra religiosa de su Orden que se marchaba a Colombia. En 1980 regresó a España. Un domingo fue a Misa a la catedral, y a la salida le paró un señor que le dijo: “¡La culpa es suya, la culpa es suya!”. Se quedó sorprendida, y no sabía qué responderle, hasta que el hombre le explicó: “Usted me regaló un ejemplar de Camino antes de marcharse a México, y yo, gracias a aquel libro, me convertí”.

El prestigio del que gozó el Fundador del Opus Dei entre los que le trataron se funde con su fama de santidad. Le pediría que evocase algún testimonio.

–Un capítulo especialmente significativo lo constituyen las declaraciones de muchos seminaristas, sacerdotes y religiosos que, entre los años 1938 y 1945, participaron en alguna de las numerosas tandas de ejercicios espirituales que el Fundador de la Obra predicó por toda España. Me parece interesante recordar el origen de esos testimonios: en aquellos años, como ya he apuntado, se había desencadenado una auténtica campaña de calumnias increíbles contra nuestro Fundador, que fue acusado de hereje, de masón, de embaucar a las almas y ejercitar sobre ellas una influencia nefasta. A pesar de todo esto, muchos obispos diocesanos, que le conocían personalmente y lo consideraban un santo, seguían invitándole a predicar los ejercicios a su clero. De este modo, muchos sacerdotes tuvieron la oportunidad de escucharle, y se sintieron en el deber de defenderle como podían de aquellas acusaciones. Y la manera más sencilla de hacerlo era escribirme a mí: se trata, pues, de testimonios muy próximos cronológicamente a los hechos que describen; en aquellas circunstancias, tienen el gran valor de ser palabras muy sentidas y espontáneas.

Por ejemplo, Mons. Marcelino Olaechea, Obispo de Pamplona, me escribió el 22 de noviembre de 1941: “Muy querido Alvaro: Mi queridísimo amigo Don José María, ese tan buen Padre que Dios os ha dado, ha dictado Ejercicios Espirituales a todos los nuevos párrocos de esta bendita Diócesis de Pamplona, cuyo Clero es ejemplarísimo. Digo a todos, porque aunque nos falta la última Tanda, esperamos que sea también él el que la dicte (…). Que Dios nos lo conserve muchos años, muchos años, para gran gloria de Su santa Iglesia. Vosotros cuidad bien ese tesoro”.

Y el actual Cardenal Ángel Suquía, Arzobispo de Madrid, escribió en 1942, refiriéndose a un curso de ejercicios en el que había participado como seminarista a finales de 1938: “Recuerdo aquel amor a Cristo que respiraban todas sus frases. Conservo imborrable recuerdo de aquellas palabras: Amar a Cristo con locura, con enamoramiento, como un avaro su oro, como un negociante su negocio, como un amante a su amada, como un pobre desgraciado sus placeres sensuales“.

Ya he mencionado que, del 3 al 11 de octubre de 1944, nuestro Fundador predicó los ejercicios a los Agustinos del Monasterio de El Escorial, con su salud muy maltrecha: tenía un antrax enorme en el cuello, y una fiebre altísima. Fue entonces cuando le diagnosticaron la diabetes; sin embargo, cumplió su compromiso de predicarles. El Provincial de los Agustinos, Padre Carlos Vicuña, me escribió el 26 de octubre: “voy a darle una breve impresión de los ejercicios espirituales dados por don José María Escrivá a los religiosos agustinos del Real Monasterio de El Escorial en este mes de octubre. Todos coinciden en que superó todas las esperanzas y satisfizo plenamente los deseos de los Superiores; ahora esperamos de Dios que el fruto sea muy abundante. Todos sin excepción (Padres, teólogos, filósofos, hermanos y aspirantes) estaban pendientes de sus labios sin respirar, como suele decirse; sus conferencias de 30 y 35 minutos les parecían de sólo diez, cautivados por aquel torrente de fervor, entusiasmo, sinceridad y efusión de corazón. ‘Le sale de dentro, habla así porque tiene vida y fuego interior’; ‘es un santo, un apóstol; si le sobrevivimos muchos de nosotros le hemos de ver en los altares…’, son las expresiones que he escuchado de los oyentes. Es muy de notar la rara unanimidad en los elogios, sobre todo tratándose de un auditorio de intelectuales y especialistas en gran proporción. No se ha oído una sola voz menos favorable. Es verdad que venía precedido de una aureola de santo, pero no es menos cierto que, lejos de defraudarla, la ha confirmado”.

Expresiones semejantes utilizan numerosos sacerdotes que escucharon a nuestro Fundador, tanto en Roma como en distintos países europeos a partir de 1946, o durante sus viajes a América en los años 1970, 1974 y 1975.

Ya he recordado el aprecio que le tenían Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI. Añadiré que Pablo VI, durante la audiencia que me concedió el 5 de marzo de 1976, afirmó que consideraba al Fundador del Opus Dei “como uno de los hombres que han recibido más carismas en la historia de la Iglesia, y que han correspondido con mayor generosidad a los dones de Dios”; me repitió estas ideas en otra audiencia del 19 de junio de 1978, en la que agregó que había podido advertir, desde el día que lo conoció en 1946, el carácter excepcional de su figura en la historia de la Iglesia.

Deseo evocar también al Cardenal Ildefonso Schuster, Arzobispo de Milán: con profunda convicción, aseguraba a los miembros de la Obra que estaban comenzando las actividades apostólicas en la capital lombarda, que nuestro Fundador era uno de esos santos que la Providencia divina suscita de tarde en tarde, a distancia de siglos, para renovar a la Iglesia. Y lo parangonaba con los grandes fundadores: San Bernardo, San Francisco… También a mí me expresó el Cardenal Schuster su admiración por el Padre con palabras semejantes.

El conocido escritor Mons. Hubert Jedin ha declarado: “Como historiador de la Iglesia puedo afirmar que una influencia tan profunda y universal en la Iglesia de Dios sólo puede generarla un hombre cuando éste se ha puesto por completo a disposición de Dios, convirtiéndose en un instrumento para la santificación de los demás y para la realización del Reino de Dios sobre la tierra. La fecundidad del Fundador del Opus Dei no habría sido posible si no hubiese sido santo”.

Una anécdota más entre las numerosas que se podrían citar. Durante la breve estancia de nuestro Fundador en Guatemala, con ocasión de su viaje a América Latina, en 1975, el Cardenal Casariego, Arzobispo de la Ciudad de Guatemala, manifestó muchas veces el deseo de recibir su bendición. La misma tarde en que llegó, cenaron juntos, y al final, el Cardenal se arrodilló y le pidió que le bendijera; entonces nuestro Fundador se puso de rodillas y le replicó: Yo no doy la bendición a un Cardenal. Ante la insistencia del purpurado, se limitó a hacerle la señal de la cruz en la frente, ganándose su amable protesta: “No me ha dado la bendición hoy, pero no le dejaré marcharse de Guatemala sin que lo haya hecho”. El día de la partida, el Cardenal Casariego vino a buscarlo al Centro de la Obra donde estábamos alojados; entraron juntos en el oratorio y estuvieron unos momentos rezando. Al terminar, mientras el Padre se levantaba para salir, el Cardenal se interpuso y exclamó: “En la presencia de Jesús Sacramentado y delante de estos hijos suyos, ¡no me muevo de aquí, si no me da la bendición!”. Mario, usted obtiene de mí lo que nadie consigue, respondió nuestro Fundador, que se vio obligado a ceder. Después el Cardenal declaró: “¡No podía perderme la bendición de un santo!”.

Durante aquella estancia en Guatemala, sufrió graves molestias físicas y tuvo que renunciar a tener tertulias con muchas personas a las que deseaba hacer llegar su predicación. A pesar de todo, el día en que nos fuimos, millares y millares de personas acudieron al aeropuerto, solamente para verle, aun de lejos, y recibir su bendición.

En su corazón, los miembros de la Obra consideraban un santo a su Fundador, aunque no lo mostrasen externamente, para no provocar sus protestas. Deseaban tener una fotografía suya, y los que consiguieron alguna, con palabras de su puño y letra, la conservaron como una joya que con el tiempo sería una reliquia. Usted, que ha estado a su lado durante cuarenta años, conservará seguramente algunos recuerdos muy personales.

–Desde 1950 el Padre tuvo que acudir al dentista con frecuencia: iba a la consulta de un buen amigo mío, el doctor Hruska. Le pedí que me entregase a escondidas, después de cada sesión, las piezas dentales extraídas, porque quería conservarlas. Aunque intentamos que no se diese cuenta, el Padre acabó enterándose. Y un día de 1961, mientras estaba yo ingresado en una clínica de Roma para someterme a una intervención quirúrgica, el Padre pidió a don Javier Echevarría que le ayudase a descubrir dónde las había guardado: estaba firmemente decidido a tirarlas, porque no quería que conservásemos ningún recuerdo de su persona: Vamos a buscar estas porquerías, le dijo.

En la vida del Fundador se han verificado algunos sucesos extraordinarios, intervenciones sobrenaturales, especialmente ligadas a la fundación de la Obra. Le rogaría que hablase un poco de este aspecto de la vida de un santo.

–No veo posible abordar este tema de un modo exhaustivo y detallado. Su humildad y su prudencia le llevaban a silenciar este tipo de sucesos, aunque no negase que se habían dado en su vida, más de una vez, intervenciones extraordinarias de Dios. De acuerdo con las indicaciones expresas de la Santa Sede, nos hablaba de estos temas pensando en el bien de nuestras almas, pero contando lo mínimo indispensable.

Además, estoy persuadido de que, así como quemó el primero de sus cuadernos de apuntes espirituales, porque reflejaban numerosos hechos sobrenaturales, es muy probable que nunca nos haya revelado muchos otros, sólo conocidos por Dios. Quería evitar, a toda costa, que leyendo aquellos apuntes, alguno pudiese pensar que era un santo.

Por otro lado, no conviene olvidar que el núcleo del espíritu que el Señor confió al Fundador del Opus Dei consiste en esforzarse por encontrar a Dios en la vida ordinaria y a través de las ocupaciones habituales: nada más opuesto, por tanto, a resaltar los fenómenos extraordinarios. Nuestro Fundador repetía con frecuencia: A mí me bastan los milagros del Evangelio; y, en efecto, su conducta y su predicación se distinguieron por la exaltación del valor de las situaciones más normales, y el empeño por imitar la vida oculta de Jesús.

Recuerdo que el 2 de octubre de 1968 el Padre pasó el quadragésimo aniversario de la fundación de la Obra en Pozoalbero, una casa de retiros en Jerez de la Frontera. También le acompañaba yo. Durante una tertulia familiar, agradeció a los que estaban allí que ninguno le hubiera preguntado sobre la fundación del Opus Dei: seguramente –añadió–, se le habría escapado alguna confidencia íntima. Entonces le preguntamos con insistencia cómo había intervenido el Señor en el nacimiento de la Obra, pero el Padre, con habilidad, eludió las preguntas; después nos dijo en tono serio: Hijos míos: intencionadamente no he querido contaros nada. Yo os mentiría si os dijera que el Señor no ha tenido conmigo intervenciones extraordinarias. Las ha tenido siempre que han sido necesarias para la marcha de la Obra. (…) Pero, muy especialmente en un día como hoy, no he querido contaros nada de eso, para que se os quede muy grabado, y lo repitáis en el futuro a vuestros hermanos, que el camino nuestro es lo ordinario: santificar las acciones vulgares y corrientes de cada día, hacer endecasílabos –poesía heroica– de la prosa diaria.

No obstante, deseo recordar algunos sucesos extraordinarios de los que he tenido conocimiento. Ya me he referido a que las locuciones interiores fueron uno de los modos elegidos por el Señor para modelar el alma de nuestro Padre: eran, como solía explicar, locuciones intelectuales, sin ruido de palabras, pero que permanecían como grabadas a fuego en mi alma. Algunas, especialmente importantes, se han dado a conocer ya en las biografías del Padre publicadas: hablaré de otras, a título de ejemplo.

Con frecuencia, aquellas inspiraciones consistían en una comprensión singularmente profunda de algún texto de la Sagrada Escritura. Sucedía así: de pronto, le afloraba a los labios con insistencia un versículo de un salmo o algún otro texto que no se había detenido a meditar hasta entonces con particular atención; después, también de modo repentino e irresistible, sin que la hubiese buscado, se le manifestaba una interpretación espiritual absolutamente nueva, que hacía más elevada aún su contemplación: el Espíritu Santo le tomaba por sorpresa y le mostraba, sin lugar a dudas, que todo era obra del Señor. En sus apuntes íntimos figuran muchos ejemplos.

El Padre me contó que, en medio de las grandes dificultades de los comienzos, el Señor le hacía ver toda su impotencia, pero no dejaba de sostenerle con la serena certeza de la ayuda divina. Así, el 12 de diciembre de 1931, imprimió en su alma, con fuerza inusitada, estas palabras: Inter medium montium pertransibunt aquae (Ps. 103, 10; cfr. Camino n. 12), a pesar de los obstáculos, la Obra se extenderá por todas partes.

Dando un salto en el tiempo, me detendré ahora en algunas locuciones del Señor que tuvieron lugar en época más reciente. Si toda su existencia estuvo sellada por la Cruz, los últimos años parecen quizá más dolorosos: la razón de su profundo sufrimiento fueron los malos tratos inferidos a la Iglesia por tantos que deberían haberla amado y defendido. Errores doctrinales, desórdenes morales y disciplinares, abiertas desobediencias en materia litúrgica, una sangría casi imparable de vocaciones sacerdotales y religiosas, junto a la confusión difundida dentro del Pueblo de Dios, le hicieron padecer un prolongado y agudísimo calvario. Y, en medio de aquella turbación, el Señor intervino: el 8 de mayo de 1970 hizo resonar en su alma, enriqueciéndola con luces nuevas, las palabras: Si Deus nobiscum, quis contra nos? (cfr Rom 8,31). Reafirmado en su fe, tuvo la clara confirmación de que el Esposo no había abandonado a su Iglesia y que la llevaría indefectiblemente a buen puerto después de la tempestad; al mismo tiempo, se consolidó en su alma la conciencia de su responsabilidad y de la de todo el Opus Dei en la tarea de confirmar y propagar la recta doctrina.

La esperanza no atenuó la intensidad de su dolor. Aunque estaba agradecido a Dios por haber ahorrado al Opus Dei tantas tribulaciones, le acuciaba el pensamiento de la tristísima situación que atravesaba la Iglesia. El 6 de agosto de 1970, el Señor hizo resonar en su mente con gran ímpetu las palabras de Isaías: Clama, ne cesses! (Is. 58, 1), y comprendió que Dios le pedía no sólo multiplicar su oración y su penitencia, sino también hacer llegar lo más lejos posible, a través de una predicación enérgica e insistente, la exhortación a la más rigurosa lealtad a la Iglesia. Ésa fue la razón de que el 4 de octubre de 1972 saliera hacia la Península Ibérica, y regresase a Roma el 30 de noviembre, después de haber recorrido España y Portugal: fueron dos meses de infatigable catequesis, en los que su ardiente mensaje de fidelidad llegó a cientos de miles de almas. Más adelante, concretamente del 22 de mayo al 31 de agosto de 1974, y después en febrero de 1975, ya pocos meses antes de su muerte, realizó dos viajes a América Latina: recorrió siete países, desarrollando por todas partes una vasta e intensa catequesis en encuentros con millares de personas que acudían a escucharle. Deseo añadir que estas locuciones interiores, descritas brevemente, además de constituir un nuevo estímulo a la heroica abnegación con que nuestro Fundador gastaba sus energías en servicio de la Iglesia, alimentaron también su certeza en la futura solución del problema de la configuración jurídica definitiva del Opus Dei.

Así, pues, no faltaron en la vida del Padre los dones extraordinarios.

–Soy testigo de cómo sabía dar respuesta precisa a problemas de los que ni siquiera le habían hablado, y de cómo “veía” sucesos que estaban ocurriendo en sitios lejanos, o que tendrían lugar en el futuro. Contaré un hecho, del que fui protagonista en 1939. Al terminar la guerra civil, nuestro Fundador regresó a Madrid. Durante algunos meses no pude estar a su lado, porque el ejército me destinó a un batallón en Olot (Gerona), cerca de la frontera con Francia; tenía el mando de la primera Compañía. Allí conocí a Fernando Delapuente, un teniente muy simpático con el que comencé a hacer apostolado. Un día recibí una carta de nuestro Fundador en la que me decía, más o menos: “Dile a tu compañero Delapuente, que lo que le ha pasado hoy se debe a esto y a esto otro”. Me quedé asombrado: yo no había hablado al Padre ni siquiera de la existencia de aquel amigo mío; además, en la inmediata posguerra, por el pésimo estado en que se encontraban las vías de comunicación, trasladarse de Olot a Madrid era una empresa que llevaba varios días y Fernando no había estado en Madrid, ni conocía al Fundador. Decidí invitar a mi amigo a dar un paseo a caballo fuera de la ciudad, donde podríamos estar más tranquilos. Así le pude contar todo con calma. Fue tal su sorpresa que se cayó de la silla. Me dijo que había pasado un momento verdaderamente difícil y me explicó las razones, añadiendo que hasta entonces no se lo había contado a nadie. Naturalmente, siguió encantado los consejos del Padre.

También por aquella época, sucedió que unas chicas insidiaban a un miembro de la Obra. Pronto supimos que precisamente el día en que intentaban ponerle en un compromiso, nuestro Fundador se encontraba con unos hijos suyos y de repente exclamó: En este momento un hermano vuestro necesita mucha ayuda. Vamos a rezar un Memorare por él. Debo precisar que la persona interesada no había tenido tiempo de informarle de nada. El peligro se desvaneció al instante. Así nació entre los miembros del Opus Dei la costumbre de rezar, por lo menos una vez al día, esta oración que el Padre llamaba oratio saxum, porque la consideraba un apoyo seguro para aquel miembro de la Obra que le hiciera más falta en aquel momento.

En 1948, durante un viaje a Sicilia, nuestro Fundador conoció a don Francesco Ricceri, un sacerdote que desarrollaba su ministerio en Catania; le habló sobre el espíritu y los apostolados del Opus Dei. Yo estaba presente, pero prefiero describir la escena con las propias palabras de su protagonista, que tomo textualmente de la relación que hizo, el 21 de febrero de 1978, cuando era Obispo de Trapani: “Fascinado por la hermosura de esta institución, pedí insistentemente al Padre que abriese una residencia del Opus Dei en Catania, donde yo le habría ayudado con todas mis fuerzas, ya que era el párroco de una parroquia muy bien situada, y Consiliario de la FUCI (Federación Universitaria Católica Italiana). El Padre me fue dando largas hasta que, ante mi insistencia, respondió: “Si usted se quedase en Catania, me animaría a abrir con su ayuda la residencia, pero usted se irá. ¿Cómo podrá ayudarme?”. Yo repuse que no tenía ninguna intención de alejarme de Catania y el Padre, mirándome fijamente con sus ojos penetrantes, añadió: “Sepa que dentro de unos años le harán obispo y deberá dejar Catania”. Yo tomé esas palabras como una salida ingeniosa, pero los hechos confirmaron, en 1957, que habían sido proféticas”. En la tarjeta que Mons. Ricceri envió a nuestro Fundador el 24 de abril de 1957 para comunicarle su inminente consagración episcopal, afirmaba que no podía “poner en duda el espíritu profético” del Padre.

En Burgos, en 1938, un alto cargo de la administración pública amenazó con poner una denuncia calumniosa contra un miembro de la Obra, Pedro Casciaro. Sobre la base de un hecho real –la colaboración del padre de Pedro con el gobierno republicano–, este señor pretendía acusarle de ser masón y comunista y le atribuía la responsabilidad de numerosos asesinatos de gentes de derecha en Albacete. Afirmaba, además, que el propio Pedro Casciaro era comunista, y que había propagado esta ideología en Albacete, con ocasión de las elecciones de febrero de 1936, en las que triunfó el Frente Popular; concluía de todo esto que era un infiltrado en la “zona nacional”, con la misión de actuar como espía en el ejército de Franco y, más concretamente, en el cuartel del general Orgaz.

La acusación era absolutamente falsa, aunque se basaba en una verdad parcial, y en aquellas dramáticas circunstancias una denuncia de este tipo resultaba gravísima; Pedro corría el peligro de ser condenado a muerte, en un momento en que los procesos militares eran a menudo sumarísimos, sin todas las garantías necesarias para probar la verdad.

Nuestro Fundador intentó disuadir al acusador, para que no cometiera una injusticia tan grave: fue a verle, acompañado por el profesor José María Albareda. La conversación fue tremendamente dura. Aquel señor mantenía una postura fría e insolente. Nuestro Fundador defendió a Pedro con la serenidad más completa y con todo el cariño paterno de que era capaz. Al principio con dulzura y, después, con gran energía, trató de hacer comprender al interesado que iba a cometer una injusticia: arrancar a la madre de Pedro, de un solo golpe, al hijo y al marido. Le invitó a pensar en su propia mujer.

Pero el hombre replicó que, como en aquel momento era imposible detener y castigar al padre, el hijo tenía que pagar por él, aunque fuese inocente; además –observó–, muchos inocentes morían en el frente o en las prisiones de la “zona roja”. Con una fortaleza que impresionó mucho a José María Albareda, nuestro Fundador le explicó que semejante postura era inconcebible en un cristiano que sabe que deberá dar cuenta a Dios de sus acciones. Añadió que no le gustaría estar en su lugar y presentarse al juicio divino con un rencor tan injusto en el alma. Le exhortó a pensar que el Señor podría llamarle aquel mismo día a responder de lo que iba a hacer o, incluso, castigarle en sus propios hijos. Pero ni las súplicas llenas de caridad, ni la fortaleza del Padre lograron ablandar el corazón de aquel infeliz, que repetía obstinadamente: “¡Lo tienen que pagar, el padre o el hijo!”.

Nuestro Fundador salió entristecido y en silencio del despacho del funcionario. José María Albareda estaba impresionado tanto por el modo en que había defendido a Pedro, como por la dureza y hostilidad demostrada por su interlocutor hasta el último momento. El Padre bajó las escaleras con la mirada baja, y como pensando en voz alta, dijo: Mañana o pasado, entierro.

Aquel mismo día, por la tarde, nuestro Fundador salió de casa en compañía de otro hijo suyo para hacer unas gestiones: también a él le contó lo sucedido y con voz dolorida repitió, aludiendo a la familia del que acusaba a Pedro: Mañana o pasado, entierro. Poco después, el que le acompañaba se paró de repente, y palideció: acababa de leer el anuncio de la muerte repentina de aquel funcionario. Como era costumbre en Burgos, la esquela estaba colocada en los escaparates de los comercios y en los muros de las casas. Nuestro Fundador rezó un responso y dijo que había “interpretado” mal: al oír interiormente las palabras “mañana o pasado, entierro”, había pensado que iba a morir un hijo de aquel hombre, que era de la misma edad que Pedro Casciaro, y en aquel momento se encontraba en el frente.

La noticia afectó tanto al pobre Pedro que se puso enfermo y tuvo que meterse en cama. Nuestro Fundador procuró serenarlo, y le animó a dar gracias a Dios por el modo en que le había protegido a él y a su padre. Le dijo que no se preocupara por la suerte de aquel pobre hombre: aunque el hecho era verdaderamente muy doloroso, tenía la certeza moral de que el Señor se había compadecido de él, y le había concedido la gracia del arrepentimiento final. Le confió que, desde que había salido del despacho, no había dejado de rezar por él y por sus hijos.

Son sucesos impresionantes que ponen de manifiesto su grado de intimidad con Dios. He oído hablar también de la “Virgen de los Besos”, una imagen que el Padre besaba siempre antes de salir de casa.

–Como disponemos de algunos de sus apuntes íntimos, en el quinto cuaderno hemos encontrado esta anotación, que refleja, a un tiempo, los favores divinos de que nuestro Fundador fue objeto, su humildad y su obediencia:

Octava del patrocinio de S. José, 20–IV–32: Después, si tengo tiempo, tomaré muchas otras notas retrasadas. Ahora quiero anotar algo, que pone ¡una vez más! de manifiesto la bondad de mi Madre Inmaculada y la miseria mía. Anoche, como de costumbre, me humillé, la frente pegada al suelo, antes de acostarme, pidiendo a mi Padre y Señor San José y a las Animas del purgatorio que me despertaran a la hora oportuna. (…) Como siempre que lo pido humildemente, sea una u otra hora la de acostarme, desde un sueño profundo, igual que si me llamaran, me desperté segurísimo de que había llegado el momento de levantarme. (…) Me levanté y, lleno de humillación, me postré en tierra (…) y comencé mi meditación. Pues bien: entre seis y media y siete menos cuarto vi, durante bastante tiempo, cómo el rostro de mi Virgen de los Besos se llenaba de alegría, de gozo. Me fijé bien: creí que sonreía, porque me hacía ese efecto, pero no se movían los labios. Muy tranquilo, le he dicho a mi Madre muchos piropos.

Esto, que acabo de contar de intento con tantos y tan nimios detalles, me había sucedido otras veces. No le di importancia, no atreviéndome casi a creerlo. Llegué a hacer pruebas, por si era sugestión mía, porque no admito fácilmente cosas extraordinarias. Inútilmente: la cara de mi Virgen de los Besos, cuando yo positivamente, tratando de sugestionarme, quería que sonriera, seguía con la seriedad hierática que tiene la pobre escultura. En fin, que mi Señora Santa María, en la octava de San José, ha hecho un mimo a su niño. ¡Bendita sea su pureza!

Día de S. Marcos, 25–IV–32: Esta mañana estuve con mi padre Sánchez. Tenía decidido contarle lo del día 20: sentí cierta repugnancia o vergüenza. Me costó, pero se lo dije.

¿Se han dado también intervenciones extraordinarias a través de otras personas?

–Curiosa pregunta. Me viene a la cabeza lo que sucedió en 1935, cuando el Fundador instaló el primer oratorio de un Centro de la Obra, la Residencia de la calle de Ferraz. Era una época de gran estrechez económica, y al Padre le costó trabajo reunir muchos de los objetos litúrgicos y los ornamentos necesarios, pobres pero dignos. Para el Sagrario –lo he mencionado ya–, se dirigió a la Madre Muratori, una religiosa Reparadora que le apreciaba mucho. Esta buena monja le prestó uno de madera; pero parecía imposible conseguir las cosas que faltaban, o el dinero para comprarlas. Entonces el Padre se acordó de la frase de la Sagrada Escritura Ite ad Ioseph, con la que el Faraón respondía a los egipcios cuando le pedían pan. Y empezó a invocar al santo Patriarca, San José, y a pedirle lo necesario para poder tener en casa el Pan eucarístico. Un buen día –él mismo me lo contó–, se presentó un señor en la portería del edificio de la residencia y dejó un paquete. Cuando el Padre lo abrió, vio que contenía, exactamente, los objetos que faltaban para poder empezar el culto.

¿Se dieron casos de favores obtenidos por su intercesión cuando aún vivía?

–En el archivo de la Postulación del Opus Dei se conservan algunos testimonios sobre curaciones obtenidas por la intercesión de nuestro Fundador cuando aún estaba entre nosotros, atribuidas a los méritos de su vida santa; a veces, se trata de favores realmente importantes; otras, de pequeñas gracias obtenidas repentinamente y de un modo humanamente inexplicable.

Estos sucesos muestran que ya durante la vida de nuestro Fundador se le atribuía un particular poder de intercesión delante de Dios: quienes le conocían estaban convencidos de su profunda unión con el Señor, y se sentían impulsados a confiarle las penas y dolores que tenían. Conocí casos, al inicio de los años cuarenta, en que los interesados invocaban a nuestro Fundador en sus oraciones, y presentaban al Señor los méritos de sus virtudes para mover a la misericordia divina a conceder las gracias que pedían. Con significativa naturalidad, estas personas se anticiparon a lo que hacen hoy decenas de miles de fieles en todo el mundo: invocar al Fundador del Opus Dei confiándole sus necesidades.

Por otra parte, más que las intervenciones prodigiosas de nuestro Fundador durante su vida –que no faltaron, desde luego–, me parece más importante, como prueba de su fama de santidad, este hábito de invocarlo privadamente cuando aún vivía, y la gran confianza con que encomendaban a su oración las más graves necesidades. Nuestro Fundador, tuvo fama de que conseguía “favores”, cuando aún estaba en esta tierra.

Recuerdo el siguiente. Por trabajar constantemente a su lado, le he acompañado en la lectura de muchísimas cartas de personas que le contaban sus sufrimientos y se confiaban a su oración; soy testigo de cómo asumía estos problemas y de la fuerza con que los encomendaba al Señor, casi sintiéndose responsable de “arrancar” de las manos de Dios esas gracias. Especialmente recuerdo la impresión que me producía en tantas ocasiones en que quedaba recogido unos momentos después de la lectura de una carta y adoptaba luego un gesto de absoluta tranquilidad, que traslucía la certidumbre de que el asunto se había resuelto. En este sentido me impresionó singularmente el caso de un niño, Octavio Sitjar de Togores, que tenía la boca y el paladar completamente quemados y deformados a causa de un accidente. Cuando el padre de Octavio le contó los sufrimientos del niño, nuestro Fundador le dijo que estaba seguro de su curación, como si tuviese certeza de que el Señor había escuchado su súplica, como realmente sucedió. Recuerdo la misma confianza en el caso de un obrero que, durante la construcción de Cavabianca, sufrió un accidente de trabajo y se cortó la mano derecha y parte del antebrazo: durante varios días el Padre rezó intensamente por su curación, hasta que dejó de preocuparse, con la convicción de que aquel hombre se recuperaría y volvería al trabajo, como sucedió.

15 días con Josemaría Escrivá

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Textos del libro “15 días con Josemaría Escrivá” de D. Guillaume Derville, editado por Ciudad Nueva

Opus Dei -

Como un personaje más

Que busques a Cristo, que encuentres a Cristo, que ames a Cristo (Camino 382): ésta era la dedicatoria habitual de Josemaría Escrivá en la primera página de los libros que relataban la vida de Jesús y que aconsejaba leer, una invitación que también grababa con letras de fuego en los corazones. ¿Cómo llegar a ese encuentro personal con Cristo (cf. Es Cristo que pasa 59, 110, 118; Amigos de Dios 264)?: Leyendo su vida para que quede impresa en la memoria como las imágenes de una película.

Josemaría no se contenta con leer el Evangelio, lo vive como un personaje más (Surco 672; Forja 8). Esta fórmula lapidaria ilustra lo que él mismo hace: entra en la vida de Jesús, o mejor, nuestro Señor se convierte en su vida, introduciéndose en su corazón. En el Evangelio descubrimos la vida de Jesús, pero también la nuestra: Todo, cada punto relatado, se ha recogido, detalle a detalle, para que lo encarnes en las circunstancias concretas de tu existencia (Forja 754).

¡Cuántas personas han conocido a Jesús durante su vida terrena! Las páginas que siguen ofrecen una luz sobre algunos de esos encuentros. El lector está invitado a tomar parte en la escena. En esa contemplación, el Verbo de Dios habla e invita a seguirle. Ahí está la santidad: responder día tras día a una llamada que se dirige a cada uno, una llamada amorosa, exigente, divina, que hará de Josemaría, en cierto modo a pesar suyo, pero a la vez apasionadamente, su heraldo singular.

Agradecemos a la editorial Ciudad Nueva que nos haya permitido reproducir algunos párrafos del  libro “15 días con Josemaría Escrivá”, escrito por D. Guillaume Derville.

«Entusiasmarlas con este trabajo»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

A mí me parece –dice Salomé, la empleada del hogar– que para que haya amistad, a las personas las tiene que unir algo, y, por supuesto lo que más nos puede unir es el trabajo. Por eso las amigas que tengo son también empleadas del hogar, como yo. Lo primero que hago es entusiasmar a mis amigas con este trabajo… No les puedo hablar de que lo santifiquen sino les gusta, si no lo quieren… Hay que empezar por la base y explicarles la importancia y la dignidad que tiene dentro de la familia. Les insisto mucho en el sentido de que traten de especializarse. El prestigio no nos lo va a dar nadie si no nos lo damos nosotras mismas… Luego les explico las alegrías que pueden dar en una casa, lo felices que pueden hacer a la gente que allí vive, les enseño lo que he aprendido… Entiendo la amistad así, como un lazo muy fuerte. Les hablo de que con el trabajo que ellas tienen y que hacen todos los días, pueden ser santas. Les explico que hay que procurar hacer este trabajo con la mayor perfección posible para poder de esta manera ofrecérselo a Dios…

En general –añade Salomé– suelen entender bien el Opus Dei. Muchas amigas mías que no pertenecen al Opus Dei se parten la cara por defenderlo. Una vez les comenté que después de conocer el Opus Dei tan bien como ellas lo conocían, después de conocer los fines sobrenaturales y la sencillez de su espíritu, que no es más que vivir bien las enseñanzas del Evangelio, no podían consentir algunas barbaridades que se oyen a veces por ahí, sin darse cuenta del dado que pueden hacer… Pues una amiga mía de diecisietc años estaba sirviendo la mesa. Sus señores tenían gente para cenar y empezaron a hablar del Opus Dei. Comentaban que todos eran banqueros, políticos, y que .sólo les importaba el dinero y la política. Entonces esta chica les dijo que eso no era verdad, que ella asistía a una Escuela de Hogar y Cultura y que conocía a montones de chicas del Opus Dei que eran empleadas del hogar y que lo único que les importaba era la vida interior, la formación. Luego me comentaba que ni sus señores ni sus amigos volvieron a hablar para nada de esté tema. “Yo me acordaba de todo lo que tú nos habías dicho, y ¿cómo me iba a quedar callada?”… Mis amigas descubren unos horizontes infinitos. Les suele impresionar mucho cuando les hablo de filiación divina. Les explico que a Dios hay que hablarle como a un Padre, y tratar de portarnos bien, no por miedo a que nos vaya a castigar, sino porque le queremos… Generalmente les llama la atención el interés que demuestra el Opus Dei en ayudarles espiritualmente.

Santificación del trabajo

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

El Cardenal Luciani, en uno de sus habituales artículos en 11 Gazzettino de Venecia, trazó unas líneas maestras sobre la espiritualidad de Mons. Escrivá de Balaguer. Juan Pablo 1, el Papa sonriente, como le llamarían pocas semanas más tarde muchísimas personas, describía así el mensaje del Fundador del Opus Dei:

«Escrivá de Balaguer, con el Evangelio, dijo continuamente: Cristo no nos pide un poco de santidad, sino mucha santidad. Quiere, sin embargo, que la alcancemos, no con acciones extraordinarias, sino a través de las acciones corrientes; es el modo de realizarlas el que no debe ser común. En medio de la calle, en la oficina, en la fábrica, nos santificamos, con tal de que desarrollemos con competcncia nuestros deberes, por amor a Dios y con alegría, de modo que el trabajo de cada día no sea la “tragedia cotidiana”, sino casi la “sonrisa cotidiana”.

»Cosas similares –continúa el Cardenal Lucianihabía enseñado trescientos años antes San Francisco de Sales (…). Escrivá de Balaguer, sin embargo, le supera en muchos aspectos. También San Francisco de Sales propugna la santidad para todos, pero parece enseñar sólo una “espiritualidad para los laicos”, mientras que Mons. Escrivá quiere una “espiritualidad laical”. Francisco sugiere casi siempre a los laicos los mismos medios practicados por los religiosos con las adaptaciones oportunas. Escrivá de Balaguer es más radical: habla incluso de materializar –en el buen sentido– la santificación. Para él es el mismo trabajo material el que debe transformarse en oración y santidad».

La venida del Espíritu Santo

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en un mismo lugar. Y de repente sobrevino del cielo un ruido, como de viento que irrumpe impetuosamente, y llenó toda la casa en la que se hallaban. Entonces se les aparecieron unas lenguas como de fuego, que se dividían y se posaron sobre cada uno de ellos. Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les hacía expresarse. (Hechos, 1).

“La venida solemne del Espíritu en el día de Pentecostés no fue un suceso aislado. Apenas hay una página de los Hechos de los Apóstoles en la que no se nos hable de El y de la acción por la que guía, dirige y anima la vida y las obras de la primitiva comunidad cristiana: El es quien inspira la predicación de San Pedro[i], quien confirma en su fe a los discípulos[ii] quien sella con su presencia la llamada dirigida a los gentiles[iii], quien envía a Saulo y a Bernabé hacia tierras lejanas para abrir nuevos caminos a la enseñanza de Jesús[iv]. En una palabra, su presencia y su actuación lo dominan todo.

Esa realidad profunda que nos da a conocer el texto de la Escritura Santa, no es un recuerdo del pasado, una edad de oro de la Iglesia que quedó atrás en la historia. Es, por encima de las miserias y de los pecados de cada uno de nosotros, la realidad también de la Iglesia de hoy y de la Iglesia de todos los tiempos. Yo rogaré al Padre —anunció el Señor a sus discípulos–— y os dará otro Consolador para que esté con vosotros eternamente[v] Jesús ha mantenido sus promesas: ha resucitado, ha subido a los cielos y, en unión con el Eterno Padre, nos envía el Espíritu Santo para que nos santifique y nos dé la vida”.

Es Cristo que pasa, 127-128

“Vivir según el Espíritu Santo es vivir de fe, de esperanza, de caridad; dejar que Dios tome posesión de nosotros y cambie de raíz nuestros corazones, para hacerlos a su medida. Una vida cristiana madura, honda y recia, es algo que no se improvisa, porque es el fruto del crecimiento en nosotros de la gracia de Dios. En los Hechos de los Apóstoles, se describe la situación de la primitiva comunidad cristiana con una frase breve, pero llena de sentido: perseveraban todos en las instrucciones de los Apóstoles, en la comunicación de la fracción del pan y en la oración [vi] (…).

No hay cristianos de segunda categoría, obligados a poner en práctica sólo una versión rebajada del Evangelio: todos hemos recibido el mismo Bautismo y, si bien existe una amplia diversidad de carismas y de situaciones humanas, uno mismo es el Espíritu que distribuye los dones divinos, una misma la fe, una misma la esperanza, una la caridad[vii] .

Podemos, por tanto, tomar como dirigida a nosotros la pregunta que formula el Apóstol: ¿no sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu Santo mora en vosotros? [viii], y recibirla como una invitación a un trato más personal y directo con Dios. Por desgracia el Paráclito es, para algunos cristianos, el Gran Desconocido: un nombre que se pronuncia, pero que no es Alguno –una de las tres Personas del único Dios–, con quien se habla y de quien se vive.

Hace falta –en cambio– que lo tratemos con asidua sencillez y con confianza, como nos enseña a hacerlo la Iglesia a través de la liturgia. Entonces conoceremos más a Nuestro Señor y, al mismo tiempo, nos daremos cuenta más plena del inmenso don que supone llamarse cristianos: advertiremos toda la grandeza y toda la verdad de ese endiosamiento, de esa participación en la vida divina, a la que ya antes me refería”.

Es Cristo que pasa, 134-135

Muerte en la Cruz

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Entonces se lo entregó para que fuera crucificado. Tomaron, pues, a Jesús; y él, con la cruz a cuestas, salió hacia el lugar llamado de la Calavera, en hebreo Gólgota, donde le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y en el centro Jesús. Pilato escribió el título y lo puso sobre la cruz. Estaba escrito: Jesús Nazareno, el Rey de los judíos(Ioh, 19, 17-19) .

“Ahora crucifican al Señor, y junto a El a dos ladrones, uno a la derecha y otro a la izquierda. Entretanto Jesús dice:

Padre, perdónales porque no saben lo que hacen (Lc XXIII,34).

Es el Amor lo que ha llevado a Jesús al Calvario. Y ya en la Cruz, todos sus gestos y todas sus palabras son de amor, de amor sereno y fuerte.

Con ademán de Sacerdote Eterno, sin padre ni madre, sin genealogía (cfr. Heb VII,3), abre sus brazos a la humanidad entera.

Junto a los martillazos que enclavan a Jesús, resuenan las palabras proféticas de la Escritura Santa: han taladrado mis manos y mis pies. Puedo contar todos mis huesos, y ellos me miran y contemplan (Ps XXI,17–18).

¡Pueblo mío! ¿Qué te hice o en qué te he contristado? ¡Respóndeme! (Mich VI,3).

Y nosotros, rota el alma de dolor, decimos sinceramente a Jesús: soy tuyo, y me entrego a Ti, y me clavo en la Cruz gustosamente, siendo en las encrucijadas del mundo un alma entregada a Ti, a tu gloria, a la Redención, a la corredención de la humanidad entera”.

XI Estación, Vía Crucis.

“En la parte alta de la Cruz está escrita la causa de la condena: Jesús Nazareno Rey de los judíos (Ioh XIX,19). Y todos los que pasan por allí, le injurian y se mofan de El.

Si es el rey de Israel, baje ahora de la cruz (Mt XXVII, 42).

Uno de los ladrones sale en su defensa:

Este ningún mal ha hecho… (Lc XXIII,41).

Luego dirige a Jesús una petición humilde, llena de fe:

Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino (Lc XXIII,42).

En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso (Lc XXIII,43).

Junto a la Cruz está su Madre, María, con otras santas mujeres. Jesús la mira, y mira después al discípulo que el ama, y dice a su Madre:

Mujer, ahí tienes a tu hijo

Luego dice al discípulo:

Ahí tienes a tu madre (Ioh XIX, 26–27).

Se apaga la luminaria del cielo, y la tierra queda sumida en tinieblas. Son cerca de las tres, cuando Jesús exclama:

Elí, Elí, lamma sabachtani?! Esto es: Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mt XXVII,46).

Después, sabiendo que todas las cosas están a punto de ser consumadas, para que se cumpla la Escritura, dice:

Tengo sed (Ioh XIX,28).

Los soldados empapan en vinagre una esponja, y poniéndola en una caña de hisopo se la acercan a la boca. Jesús sorbe el vinagre, y exclama:

Todo está cumplido (Ioh XIX,30).

El velo del templo se rasga, y tiembla la tierra, cuando clama el Señor con una gran voz:

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc XXIII,46).

Y expira.

Ama el sacrificio, que es fuente de vida interior. Ama la Cruz, que es altar del sacrificio. Ama el dolor, hasta beber, como Cristo, las heces del cáliz”.

XII Estación, Vía Crucis.

El mandamiento nuevo

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

La víspera de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, como amase a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin (Juan, 13, 1) .

“Este versículo de San Juan anuncia, al lector de su Evangelio, que algo grande ocurrirá en ese día. Es un preámbulo tiernamente afectuoso, paralelo al que recoge en su relato San Lucas: ardientemente, afirma el Señor, he deseado comer este cordero, celebrar esta Pascua con vosotros, antes de mi Pasión” [i].

Es Cristo que pasa, 83

“Ahora, en la Ultima Cena, Cristo ha preparado todo para despedirse de sus discípulos, mientras ellos se han enzarzado en una enésima contienda sobre quién de ese grupo escogido sería reputado el mayor. Jesús se levanta de la mesa y quítase sus vestidos, y habiendo tomado una toalla, se la ciñe. Echa después agua en un lebrillo y pónese a lavar los pies de los discípulos y a limpiárselos con la toalla que se había ceñido[ii].

De nuevo ha predicado con el ejemplo, con las obras. Ante los discípulos, que discutían por motivos de soberbia y de vanagloria, Jesús se inclina y cumple gustosamente el oficio de siervo. Luego, cuando vuelve a la mesa, les comenta: ¿comprendéis lo que acabo de hacer con vosotros? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, debéis también vosotros lavaros los pies uno al otro[iii]. A mí me conmueve esta delicadeza de nuestro Cristo. Porque no afirma: si yo me ocupo de esto, ¿cuánto más tendríais que realizar vosotros? Se coloca al mismo nivel, no coacciona: fustiga amorosamente la falta de generosidad de aquellos hombres.

Como a los primeros doce, también a nosotros el Señor puede insinuarnos y nos insinúa continuamente: exemplum dedi vobis[iv] os he dado ejemplo de humildad. Me he convertido en siervo, para que vosotros sepáis, con el corazón manso y humilde, servir a todos los hombres”.

Amigos de Dios, 103

“Al acercarse el momento de su Pasión, el Corazón de Cristo, rodeado por los que El ama, estalla en llamaradas inefables: un nuevo mandamiento os doy, les confía: que os améis unos a otros, como yo os he amado a vosotros, y que del modo que yo os he amado así también os améis recíprocamente. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros[v]. (…).

Señor, ¿por qué llamas nuevo a este mandamiento? Como acabamos de escuchar, el amor al prójimo estaba prescrito en el Antiguo Testamento, y recordaréis también que Jesús, apenas comienza su vida pública, amplía esa exigencia, con divina generosidad: habéis oído que fue dicho: amarás a tu prójimo y tendrás odio a tu enemigo. Yo os pido más: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y orad por los que os persiguen y calumnian [vi].

Señor, permítenos insistir: ¿por qué continúas llamando nuevo a este precepto? Aquella noche, pocas horas antes de inmolarte en la Cruz, durante esa conversación entrañable con los que –a pesar de sus personales flaquezas y miserias, como las nuestras– te han acompañado hasta Jerusalén, Tú nos revelaste la medida insospechada de la caridad: como yo os he amado. ¡Cómo no habían de entenderte los Apóstoles, si habían sido testigos de tu amor insondable!

El anuncio y el ejemplo del Maestro resultan claros, precisos. Ha subrayado con obras su doctrina. (…) Jesucristo, Señor Nuestro, se encarnó y tomó nuestra naturaleza, para mostrarse a la humanidad como el modelo de todas las virtudes. Aprended de mí, invita, que soy manso y humilde de corazón[vii]. Más tarde, cuando explica a los Apóstoles la señal por la que les reconocerán como cristianos, no dice: porque sois humildes. El es la pureza más sublime, el Cordero inmaculado. Nada podía manchar su santidad perfecta, sin mancilla[viii]. Pero tampoco indica: se darán cuenta de que están ante mis discípulos porque sois castos y limpios.

Pasó por este mundo con el más completo desprendimiento de los bienes de la tierra. Siendo Creador y Señor de todo el universo, le faltaba incluso el lugar donde reclinar la cabeza[ix] Sin embargo, no comenta: sabrán que sois de los míos, porque no os habéis apegado a las riquezas. Permanece cuarenta días con sus noches en el desierto, en ayuno riguroso[x] antes de dedicarse a la predicación del Evangelio. Y, del mismo modo, no asegura a los suyos: comprenderán que servís a Dios, porque no sois comilones ni bebedores.

La característica que distinguirá a los apóstoles, a los cristianos auténticos de todos los tiempos, la hemos oído: en esto –precisamente en esto– conocerán todos que sois mis discípulos, en que os tenéis amor unos a otros [xi].

Amigos de Dios, 222-224


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