TEMA 34. El quinto mandamiento del Decálogo

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La vida humana es sagrada, porque es fruto de la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación con el Creador.

1. “No matarás”

«La vida humana es sagrada, porque desde su inicio es fruto de la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin (…); nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente» (Catecismo, 2258).

El hombre es alguien singular: la única criatura de este mundo a la que Dios ama por sí misma. Está destinado a conocer y amar eternamente a Dios, y su vida es sagrada. Ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (cfr. Gn 1, 26-27), y éste es el fundamento último de la dignidad humana y del mandamiento no matarás.

El libro del Génesis presenta el abuso contra la vida humana como consecuencia del pecado original. Yahvé se manifiesta siempre como protector de la vida: incluso de la de Caín, después de haber matado a su hermano Abel; sangre de su sangre, imagen de todo homicidio. Nadie debe tomarse la justicia por su mano, y nadie puede abrogarse el derecho de disponer de la vida del prójimo (cfr. Gn 4, 13-15).

Este mandamiento hace referencia a los seres humanos. Es legítimo servirse de los animales para obtener alimento, vestido, etc.: Dios los puso en la tierra para que estuviesen al servicio del hombre. La conveniencia de no matarlos o maltratarlos proviene del desorden que puede implicar en las pasiones humanas, o de un deber de justicia (si son propiedad de otro) (cfr. Catecismo, 2417). Además, no hay que olvidar que el hombre no es “dueño” de la Creación, sino administrador y por tanto, tiene obligación de respetar y cuidar la naturaleza, de la que necesita para su propia existencia y desarrollo (cfr. Catecismo, 2418).

2. Plenitud de este mandamiento

El mandamiento de salvaguardar la vida del hombre «tiene su aspecto más profundo en la exigencia de la veneración y amor hacia la persona y su vida».

La misericordia y el perdón son propios de Dios; y en la vida de los hijos de Dios también debe estar presente la misericordia, que nos lleva a compadecernos en nuestro corazón por la miseria ajena: «Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5, 7).

También es necesario aprender a perdonar las ofensas (cfr. Mt 5, 22). Al recibir una ofensa hay que procurar no encolerizarse, ni permitir que la ira invada el corazón. Es más, en el Paternoster –la oración que nos dejó Jesús como oración dominical–, el Señor liga su perdón –el perdón acerca de las ofensas que hemos cometido– al perdón de los que nos han ofendido (cfr. Mt 6, 9-13; Lc 11, 2-4). En esta lucha nos ayudará: contemplar la Pasión de Nuestro Señor, que nos ha perdonado y redimido llevando con amor y con paciencia las injusticias; considerar que nadie debe resultar, para el cristiano, un extraño o un enemigo (cfr. Mt 5, 44-45); pensar en el juicio que sigue a la muerte, en el que se nos juzgará del amor al prójimo; recordar que un cristiano debe vencer el mal con el bien (cfr. Rm 12, 21); y ver las injurias como ocasión para la propia purificación.

3. El respeto de la vida humana

El quinto precepto manda no matar. Condena también golpear, herir o hacer cualquier daño injusto a uno mismo y al prójimo en el cuerpo, ya por sí, ya por otros; así como agraviarle con palabras injuriosas o quererle mal. En este mandamiento se prohíbe igualmente darse a sí mismo la muerte (suicidio).

3.1. El homicidio voluntario

«El quinto mandamiento condena como gravemente pecaminoso el homicidio directo y voluntario. El que mata y los que cooperan voluntariamente con él cometen un pecado que clama venganza al cielo (cfr. Gn 4, 19)» (Catecismo, 2268).

La encíclica Evangelium vitae ha formulado de modo definitivo e infalible la siguiente norma negativa: «con la autoridad conferida por Cristo a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con los Obispos de la Iglesia católica, confirmo que la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente es siempre gravemente inmoral. Esta doctrina, fundamentada en aquella ley no escrita que cada hombre, a la luz de la razón, encuentra en el propio corazón (cfr. Rm 2, 14-15), es corroborada por la Sagrada Escritura, transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal». Así, el homicidio que es sin excepción gravemente inmoral es aquél que responde a una elección deliberada y se dirige a una persona inocente. Por tanto, la legítima defensa y la pena de muerte no se incluyen en esta formulación absoluta, y son objeto de un tratamiento específico.

El poner la vida en manos del hombre implica un poder de disposición, que conlleva saber administrarlo como una colaboración con Dios. Esto exige una actitud de amor y de servicio, y no de dominio arbitrario: se trata de un señorío ministerial, no absoluto, reflejo del señorío único e infinito de Dios.

3.2. El aborto

«La vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde el momento de la concepción» (Catecismo, 2270). No es admisible ninguna discriminación, ni siquiera la fundada en las diferentes etapas del desarrollo de la vida. En situaciones conflictivas, es determinante la pertenencia natural a la especie biológica humana. Con esto no se imponen a la investigación biomédica límites distintos que los que la dignidad humana establece para cualquier otro campo de la actividad humana.

«El aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave en cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente».  La expresión como fin o como medio comprende las dos modalidades de la voluntariedad directa: en este caso, el que actúa quiere conscientemente matar, y por eso cumple la acción.

«Ninguna circunstancia, ninguna finalidad, ninguna ley del mundo podrá jamás hacer lícito un acto que es intrínsecamente ilícito, por ser contrario a la Ley de Dios, escrita en el corazón de cada hombre, reconocible por la misma razón y proclamada por la Iglesia».  El respeto de la vida debe ser reconocido como el confín que ninguna actividad individual o estatal puede superar. El derecho inalienable de toda persona humana inocente a la vida es un elemento constitutivo de la sociedad civil y de su legislación y como tal debe ser reconocido y respetado tanto por parte de la sociedad como de la autoridad política (cfr. Catecismo, 2273).

Así, podemos afirmar que «el derecho a mandar constituye una exigencia del orden espiritual [moral] y dimana de Dios. Por ello, si los gobernantes promulgan una ley o dictan una disposición cualquiera contraria a ese orden espiritual y, por consiguiente, opuesta a la voluntad de Dios, en tal caso ni la ley promulgada ni la disposición dictada pueden obligar en conciencia al ciudadano (…); más aún, en semejante situación, la propia autoridad se desmorona por completo y se origina una iniquidad espantosa».  Tanto es así que «leyes de este tipo no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia» .

«Puesto que debe ser tratado como una persona desde la concepción, el embrión deberá ser defendido en su integridad, cuidado y atendido médicamente en la medida de lo posible, como todo otro ser humano» (Catecismo, 2274).

3.3. La eutanasia

«Por eutanasia en sentido verdadero y propio se debe entender una acción o una omisión que por su naturaleza y en la intención causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor (…). Es una grave violación de la ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana (…). Semejante práctica conlleva, según las circunstancias, la malicia propia del suicidio o del homicidio».  Se trata de una de las consecuencias, gravemente contrarias a la dignidad de la persona humana, a las que puede llevar el hedonismo y la pérdida del sentido cristiano del dolor.

«La interrupción de tratamientos médicos onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados puede ser legítima. Interrumpir estos tratamientos es rechazar el encarnizamiento terapéutico. Con esto no se pretende provocar la muerte; se acepta no poder impedirla» (Catecismo, 2278).

En cambio, «aunque la muerte se considere inminente, los cuidados ordinarios debidos a una persona no pueden ser legítimamente interrumpidos» (Catecismo, 2279). La alimentación e hidratación artificiales son, en principio, cuidados ordinarios debidos a todo enfermo.

3.4. El suicidio

«Somos administradores y no propietarios de la vida que Dios nos ha confiado. No disponemos de ella» (Catecismo, 2280). «El suicidio contradice la inclinación natural del ser humano a conservar y perpetuar su vida. Es gravemente contrario al justo amor de sí mimo. Ofende también al amor del prójimo porque rompe injustamente los lazos de solidaridad con las sociedades familiar, nacional y humana con las cuales estamos obligados. El suicidio es contrario al amor del Dios vivo» (Catecismo, 2281).

Preferir la propia muerte para salvar la vida de otro no es suicidio, antes bien, puede constituir un acto de extrema caridad.

3.5. La legítima defensa

La prohibición de causar la muerte no suprime el derecho de impedir que un injusto agresor cause daño.  La legítima defensa puede ser incluso un deber grave para quien es responsable de la vida de otro o del bien común (cfr. Catecismo, 2265).

3.6. La pena de muerte

Defender el bien común de la sociedad exige que se ponga al agresor en situación de no poder dañar. Por esto, la legítima autoridad puede infligir penas proporcionales a la gravedad de los delitos. Las penas tienen como fin compensar el desorden introducido por la falta, preservar el orden público y la seguridad de las personas, y la enmienda del culpable (cfr. Catecismo, 2266). «Para conseguir estas finalidades la medida y la calidad de la pena deben ser valoradas y decididas atentamente, sin que se deba llegar a la eliminación del reo salvo en casos de absoluta necesidad, es decir, cuando la defensa de la sociedad no sea posible de otro modo (…). Estos casos son ya muy raros, por no decir prácticamente inexistentes».

4. El respeto de la dignidad de las personas

4.1. El respeto al alma del prójimo: el escándalo

Los cristianos estamos obligados a procurar la vida y la salud sobrenatural del alma del prójimo, además de la del cuerpo.

El escándalo es lo contrario: «es la actitud o el comportamiento que induce a otro a hacer el mal. El que escandaliza se convierte en tentador de su prójimo (…). El escándalo constituye una falta grave, si por acción u omisión, arrastra deliberadamente a otro a una falta grave» (Catecismo, 2284). Se puede causar escándalo por comentarios injustos, por la promoción de espectáculos, libros y revistas inmorales, por seguir modas contrarias al pudor, etc.

«El escándalo adquiere una gravedad particular según la autoridad de quienes lo causan o la debilidad de quienes lo padecen» (Catecismo, 2285): «al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una piedra de molino y le echen al mar» (Mt 18, 6).

4.2. El respeto a la salud del cuerpo

El respeto al propio cuerpo es una exigencia de la caridad, pues el cuerpo es templo del Espíritu Santo (cfr. 1 Co 6, 19; 3, 16ss.; 2 Co 6, 16), y somos responsables –en lo que de nosotros depende– de procurar la salud corporal, que es un medio para servir a Dios y a los hombres. Pero la vida corporal no es un valor absoluto: la moral cristiana se opone a una concepción neopagana que promueve el culto al cuerpo, y que puede conducir a la perversión de las relaciones humanas (cfr. Catecismo, 2289).

«La virtud de la templanza conduce a evitar toda clase de excesos, el abuso de la comida, del alcohol, del tabaco y de las medicinas. Quienes en estado de embriaguez, o por afición inmoderada de velocidad, ponen en peligro la seguridad de los demás y la suya propia en las carreteras, en el mar o en el aire, se hacen gravemente culpables» (Catecismo, 2290).

El uso de drogas es una falta grave, por el daño que representa para la salud, y por la huida de la responsabilidad de los actos que se pueden realizar bajo su influencia. La producción clandestina y el tráfico de drogas son prácticas inmorales (cfr. Catecismo, 2291).

La investigación científica no puede legitimar actos que en sí mismos son contrarios a la dignidad de las personas y a la ley moral. Ningún ser humano puede ser tratado como un medio para el progreso de la ciencia (cfr. Catecismo, 2295). Atentan contra este principio prácticas como la procreación artificial sustitutiva o el uso de embriones con fines experimentales.

4.3. El trasplante de órganos

La donación de órganos para trasplantes es legítima y puede ser un acto de caridad, si la donación es plenamente libre y gratuita,  y respeta el orden de la justicia y de la caridad.

«Una persona sólo puede donar algo de lo que puede privarse sin serio peligro o daño para su propia vida o identidad personal, y por una razón justa y proporcionada. Resulta obvio que los órganos vitales sólo pueden donarse después de la muerte».

Es preciso que el donante o sus representantes hayan dado su consentimiento consciente (cfr. Catecismo, 2296). Esta donación, «aun siendo lícita en sí misma, puede llegar a ser ilícita, si viola los derechos y sentimientos de terceros a quienes compete la tutela del cadáver: los parientes cercanos en primer término; pero podría incluso tratarse de otras personas en virtud de derechos públicos o privados».

4.4. El respeto a la libertad física y a la integridad corporal

Los secuestros y el tomar rehenes son moralmente ilícitos: es tratar a las personas sólo como medios para obtener diversos fines, privándoles injustamente de la libertad. También son gravemente contrarios a la justicia y a la caridad el terrorismo y la tortura.

«Exceptuados los casos de precripciones médicas de orden estrictamente terapéutico, las amputaciones, mutilaciones o esterilizaciones directamente voluntarias de personas inocentes son contrarias a la ley moral» (Catecismo, 2297). Por lo tanto, no son contrarias a la ley moral aquéllas que se siguen de una acción terapéutica necesaria para el bien del cuerpo tomado en su totalidad, y que no se quieren ni como fin ni como medio, sino que se sufren y se toleran.

4.5. El respeto a los muertos

«Los cuerpos de los difuntos deben ser tratados con respeto y caridad en la fe y la esperanza de la resurrección. Enterrar a los muertos es una obra de misericordia corporal (cfr. Tb 1, 16-18), que honra a los hijos de Dios, templos del Espíritu Santo» (Catecismo, 2300). «La Iglesia aconseja vivamente que se conserve la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos; sin embargo no prohíbe la cremación, a no ser que haya sido elegida por razones contrarias a la doctrina cristiana» (CIC, can. 1176).

5. La defensa de la paz

«Bienaventurados los pacíficos porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5, 8). Característica del espíritu de filiación divina es ser sembradores de paz y de alegría. «La paz no puede alcanzarse en la tierra, sin la salvaguardia de los bienes de las personas, la libre comunicación entre los seres humanos, el respeto de la dignidad de las personas y de los pueblos, la práctica asidua de la fraternidad (…). Es obra de la justicia (cfr. Is 32, 17) y efecto de la caridad» (Catecismo, 2304).

«A causa de los males y de las injusticias que ocasiona toda guerra, la Iglesia insta constantemente a todos a orar y actuar para que la Bondad divina nos libre de la antigua servidumbre de la guerra (cfr. Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et spes, 81,4)» (Catecismo, 2307).

Existe una «legítima defensa mediante la fuerza militar». Pero «la gravedad de semejante decisión somete a ésta a condiciones rigurosas de legitimidad moral» (Catecismo, 2309).

«Las injusticias, las desigualdades excesivas de orden económico o social, la envidia, la desconfianza y el orgullo, que existen entre los hombres y las naciones, amenazan sin cesar la paz y causan las guerras. Todo lo que se hace para superar estos desórdenes contribuye a edificar la paz y evitar la guerra» (Catecismo, 2317).

«Ama a tu patria: el patriotismo es una virtud cristiana. Pero si el patriotismo se convierte en un nacionalismo que lleva a mirar con desapego, con desprecio —sin caridad cristiana ni justicia— a otros pueblos, a otras naciones, es un pecado».

Pau Agulles Simó

Sobre la personalidad de un “Defensor de la vida”

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¿Cómo ayudar a quienes parecen despreciar la vida? ¿Cómo orientar a las personas que, frente a situaciones límite, han elegido una salida que supone una tragedia porque han optado por el aborto o la eutanasia?

Reflexiones introductorias*
Recuerdo a una escritora alemana, Karin Struck. Fuimos amigas en la última época de su vida. Si ella no hubiera sufrido una muerte prematura (2006), seguramente estaría hoy entre nosotros, en este gran Congreso por la vida.

Durante muchos años, Karin fue una novelista famosa. En sus tiempos de universitaria, militó en el partido comunista; después, propagó el amor libre y la homosexualidad. Decidió vivir sola con sus cuatro hijos, sin marido ni novios.

Un día abortó a su quinto hijo. Aunque no practicaba ninguna religión y vivía ajena a los tradicionales códigos éticos, quedó profundamente asustada del acto que había cometido. Con su sensibilidad de artista, expresó su angustia en un libro titulado “Ich seh mein Kind im Traum” (“Veo a mi hijo en los sueños”, 1992).

Opus Dei - Fotografía de Kerianne Brow

Fotografía de Kerianne Brow

A raíz de la publicación de ese libro, su vida cambió radicalmente. Las grandes editoriales le cerraron las puertas, y también las revistas importantes, la radio y la televisión rechazaron sus colaboraciones habituales. Karin quedó completamente marginada, eliminada de la mirada del gran público. Y tomó conciencia, cada vez más profunda, del grado de enfermedad de nuestras sociedades.

Fue una mujer radical y valiente. Cuando se dio cuenta de que estaba financiando —indirectamente— miles de abortos, por el mero hecho de pagar la seguridad social, se dio de baja en ella, junto con sus cuatro hijos. Pero pocas semanas más tarde, tuvo un accidente gravísimo con su hijo pequeño en el coche: tanto ella como el niño quedaron en coma, precisaban de varias intervenciones quirúrgicas y de largos períodos en el hospital. Desde el punto de vista de su situación económica, esto significaba que Karin había caído en la indigencia.

Sin embargo, ella no estaba sola. Los grupos pro vida —de Alemania, Suiza y Austria— y muchas personas singulares que la habían conocido a través de su libro contra el aborto formaron una red de ayuda para Karin. Le socorrieron tanto material, como espiritualmente; le dieron fuerza para replantear su vida desde los cimientos, y ánimo para salir adelante. En una de sus últimas cartas, Karin me contó: “Ahora limpio las casas de otras familias y, en algún momento, espero terminar mis estudios. Ya no soy famosa, ni quiero serlo. Por fin, estoy en paz”.

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Me gustaría que mirásemos juntos a estas personas que ayudaron a Karin. Le dieron la ayuda económica, tan necesaria en una situación precaria. Pero le regalaron mucho más: le transmitieron una nueva alegría, una nueva esperanza en su situación dolorosa. Se puede decir que despertaban y defendían su vida de un modo integral.

En lo que sigue, no me refiero, por tanto, a lo que digan los “defensores de la vida” —que somos todos nosotros— a los grupos de presión o a algunos políticos. Tampoco me refiero a los panfletos que escriben, ni a las manifestaciones que organizan. Sólo quiero reflexionar con ustedes sobre nuestro comportamiento diario frente a personas concretas “del otro bando”: personas que han abortado o quieren hacerlo, que han pedido la eutanasia o quieren hacerlo.

Algunos de los “defensores” están organizados en asociaciones, otros no. Ordinariamente, no hace falta pertenecer a un grupo para defender la vida, aunque muchas veces sea oportuno. Sin embargo, no debemos olvidar que la potencia de un grupo depende de la personalidad de cada uno de sus miembros. Por eso, es tan importante empezar por nosotros mismos, si queremos defender la vida con eficacia.

I. ALGUNAS ACTITUDES CONVENIENTES
Todos somos muy distintos los unos de los otros, y también las circunstancias en las que nos encontramos. Es bueno, además, que las diferentes personas tengamos diferentes maneras de actuar. Sin embargo, podemos destacar algunos rasgos comunes que, de un modo u otro, debería desarrollar cada “defensor”.

Opus Dei - Fotografía de Kerianne Brown

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1. Fortaleza
Hace falta una buena dosis de valentía y de fortaleza para trabajar a favor de la vida en nuestra era de las dictaduras ocultas o manifiestas. Les voy a contar unos hechos que lo muestran con toda claridad.

Cuando cayó el Muro de Berlín, Alemania Oriental fue, de repente, un Estado libre, en el que regían nuevas leyes. Entonces, se abrieron los archivos de la policía secreta, y se descubrieron —entre miles de otros asuntos vergonzosos— algunos hechos especialmente considerables, que apenas fueron dados a conocer a los ciudadanos. La policía secreta de la Alemania comunista había estado muy pendiente de la destrucción de la moral pública y privada en Alemania Occidental. Empleó métodos muy precisos para frenar la defensa de la dignidad humana, del matrimonio y de la familia. Así, por ejemplo, cada vez que alguien se pronunciaba a favor de la vida —en la televisión, en la radio o en algún periódico—, recibía severas críticas en casi todos los medios. Era llamado “fascista”, intolerante y arrogante; fue despreciado, ridiculizado y —finalmente— callado. Muchas de las críticas llegaron con un nombre falso de Alemania comunista.

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Si estamos dispuestos a trabajar a favor de la vida, necesitamos un corazón libre y fuerte. Tenemos que llegar a ser cada vez más independientes de los juicios de los otros. Un auténtico “defensor” acepta serenamente ser tomado por loco. En realidad, es más sano que una persona considerada “normal” en razón de su buena adaptación en nuestra sociedad, porque no renuncia a su capacidad de pensar por cuenta propia, ni a su espontaneidad; sigue, a pesar de los obstáculos, su propia luz interior, y se opone a todo lo que empequeñece al hombre, le masifica o cosifica, le manipula y engaña.

Antes de la despenalización de la eutanasia en los Países Bajos (1-IV-2002), ya era costumbre, en muchos hospitales, “hacer desaparecer” a los enfermos terminales clandestinamente, cuando a alguien le parecía oportuno. En esos tiempos, la madre de Piet, un conocido mío, estaba muriendo de una enfermedad dolorosa. En sus últimos días sufría enormemente y, estando toda la familia reunida en su habitación, el médico jefe entró, miró a la gente, llamó a Piet y le dijo en el pasillo: “Mira, yo daría ahora una inyección a tu madre, para provocarle una buena muerte. Pero sé que tú tienes otras convicciones. Por eso, necesito tu consentimiento; no quiero tener líos”. Piet no dio el permiso, y el médico no pudo aplicar la eutanasia. La madre sufrió una larga agonía. “Fue traumático —me comentó Piet después—. Ves morir a tu madre y no puedes ayudarla. Y, por encima de eso, toda la familia te echa la culpa por sus sufrimientos, y te reprocha la dureza de tu corazón”.

Realmente, hay situaciones sumamente duras. Existe el peligro de tambalearse, y es posible que caigamos, si no tenemos convicciones fuertes, muy personalizadas y arraigadas en una visión completa de la existencia.

2. Humildad
El “defensor de la vida” está dispuesto a oponerse —contra viento y marea— al mal en nuestro mundo. Por esta causa, vale la pena perder el prestigio social y gastar hasta las últimas energías.

Sin embargo, tenemos que reconocer que todos somos débiles y podemos cansarnos. Todos participamos en el mal. Durante la II Guerra Mundial, el escritor trapense Thomas Merton afirmó con contrición, desde América: “Que cada uno reconozca su propia gran culpa, ya que todos somos, de algún modo, culpables de esta guerra… Nosotros somos un árbol del cual Hitler es uno de sus frutos, y todos le alimentamos”.

Según uno de sus biógrafos, Merton sabía muy bien “que el pecado, el mal y la violencia que veía en el mundo, era el mismo pecado, el mismo mal y la misma violencia que había descubierto en su propio corazón… La impureza del mundo era un espejo de la impureza en su propio interior”. En la soledad y en el silencio, Merton tomó conciencia de que en él vivía la humanidad entera, con toda su miseria, pero también con su anhelo de amor: encontró el mundo en su propio territorio.

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Estas experiencias nos invitan a mirar hondamente la condición humana, y a hacer menos radicales nuestros juicios sobre situaciones complejas. No hay sólo dos colores, el blanco y el negro: el mundo no está lleno de pecadores, por una parte, y de mártires que mueren cantando, por otra.

Este hecho lo ilustró Juan Pablo II en su visita al campo de concentración, en Auschwitz. Cuando el papa entró en ese lugar de espanto, donde habían muerto muchos de sus amigos y compañeros de la infancia, no dio ningún sermón, ninguna amonestación. Comenzó a rezar la oración del “Yo confieso” pidiendo perdón a Dios por sus propios pecados.

Todos estamos profunda y personalmente involucrados en los acontecimientos de nuestro mundo. Si aceptamos humildemente este hecho y miramos al centro más íntimo de nuestro ser, podemos mejorar, al menos, una pequeña porción de la sociedad, de la que formamos parte. Y entonces podemos ver, con ojos más limpios, que, aparte de todos los errores, hay mucho bueno y bello en los demás.

Se cuenta que el general Robert Lee habló, en alguna reunión, en los términos más elogiosos sobre algún oficial bajo su mando. Otro militar que estaba presente quedó atónito: “General —le dijo— ¿no sabe que el hombre del que habla con tanta admiración es uno de sus peores enemigos, que no pierde ocasión de denigrarle?” “Sí —respondió el general Lee—. Pero me pidieron mi opinión de él, no la opinión que él tiene de mí”.

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Sólo cuando luchamos por ser sinceramente humildes, existe la posibilidad de que otra persona nos abra su corazón. A veces conviene hablar primero de nuestras propias faltas, de los propios errores. El sabio chino Laotse dijo hace 25 siglos: “La razón por la cual los ríos y los mares reciben el homenaje de cien torrentes de la montaña es que se mantienen por debajo de ellos. Así son capaces de reinar sobre todos los torrentes de la montaña”. De modo parecido tendría que actuar quien quiere transmitir una verdad: debe colocarse debajo de los hombres. Así, los otros no sienten su peso, y no toman sus palabras como insulto.

Aparte de ello, cada hombre es, realmente, superior a nosotros en varios aspectos. En este sentido, podemos aprender de todos.

3. Saber escuchar
Una de las consecuencias inmediatas de la humildad es la capacidad de acoger y escuchar al otro. A veces, se necesita mucho carácter y dominio de sí mismo para no exasperarse inmediatamente. Sin embargo, el enfado y los reproches son inútiles, porque ponen a la otra persona a la defensiva y, por lo común, hacen que trate de justificarse. Herir al otro con críticas punzantes, no sólo no corrige, sino que agrava la situación. Las heridas pueden crear resentimientos que, a veces, perduran décadas y siguen ardiendo hasta la muerte.

Cuando alguien se equivoca, quizá lo admita para sus adentros. Y si le sabemos llevar, con suavidad y con tacto, quizá lo admita también ante nosotros. Pero no ocurre así cuando tratamos de convencerle a toda costa de que no tiene razón.

El secreto para actuar con tranquilidad consiste en no identificar a la persona con su obra. Todo ser humano es más grande que su culpa. Un ejemplo elocuente nos da Albert Camus, que se dirige en una carta pública a los nazis, y habla de los crímenes cometidos en Francia: “Y a pesar de ustedes, les seguiré llamando hombres… Nos esforzamos en respetar en ustedes lo que ustedes no respetaban en los demás”. Cada persona está por encima de sus peores errores.

Casi todos hablamos demasiado, cuando tratamos de atraer a los demás a nuestro modo de pensar. Primero tiene que hablar la otra persona. Ella sabe más que nosotros acerca de sus problemas, de sus luchas y sus sufrimientos. Es preciso crear un clima en el que puede hablar sin medir sus palabras, puede mostrar sus debilidades sin temor alguno a que se le censure.

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Estamos llamados a empeñarnos en el difícil arte de ir al fondo con los demás, de no quedarnos en lo que dicen, sino llegar a lo que quieren decir, de no oír solamente palabras, sino mensajes. Con frecuencia, conviene asumir la función de papelera o de cubo de basura. Tal vez la escasez de estos “oyentes papelera” sea la causa de una soledad angustiosa de tantas personas: están llenas de sentimientos destructivos y de experiencias horribles, que no pueden compartir con nadie.

Si nos vemos en desacuerdo con la persona que habla, podemos estar tentados de interrumpirla. Pero es mejor no hacerlo; así no la ayudamos. Ella no nos prestará atención, mientras tenga todavía una cantidad de ideas y vivencias propias que reclaman expresión. Lo primero no es dar consejos, sino estar al lado del otro.

Tenemos que escuchar, tranquilamente, hasta el final. La palabra que se queda dentro de una persona puede ser la decisiva. Y justamente esta palabra tiene que salir. Por eso —advierte Guardini—, hemos de ejercitarnos para “ver, escuchar, sentir cómo, detrás de un sentimiento que se muestra, detrás de un pensamiento que se expresa, hay mucho más que permanece oculto; y cuando lo que ha estado oculto es finalmente conocido, puede ser que detrás de ello exista todavía más”.

Los mejores conversadores no son los que hablan bien, sino las personas que se interesan por lo que dicen los demás.

4. Comprensión
Recuerdo a una adolescente desesperada que se había quedado embarazada y sufría fuertes presiones para abortar. Durante varias semanas, había buscado ayuda, pero no sabía a quién dirigirse. Cuando hablé con ella, le pregunté por qué no había dicho nada a su amiga que colaboraba fervorosamente en una asociación pro vida. “Imposible —me respondió—. No puedo hablar con ella sobre estos temas. Sería un escándalo para ella. Nuestra amistad acabaría”. Pero, cuando alguien ha caído en las profundidades del dolor, ¿no es precisamente el amigo, la amiga, quien debe luchar por él y con él? “Sé solidario con los otros, sobre todo cuando sean culpables”, reza un proverbio francés.

En un momento de desaliento, de fracaso o de angustia, es tremendamente importante encontrar a una persona que comprenda, que no riña, que no clasifique fríamente, sino que sea capaz de compartir los sentimientos —tantas veces contradictorios—, que se encuentran en el corazón humano. Hay momentos en los que cada hombre —incluso el más cruel asesino— necesita consuelo y alivio. El criminal americano Crowley, condenado a la silla eléctrica por matar a mucha gente, escribió poco antes de su muerte: “Tengo bajo la ropa un corazón fatigado, un corazón bueno: un corazón que a nadie haría daño”.

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¿Sabemos lo que ese hombre ha vivido? ¿Conocemos las manipulaciones y presiones a las que estaba expuesto desde su infancia, su vacío interior, su aburrimiento? ¿Qué ha provocado su desesperación y su odio? Hay una razón oculta por la que cada persona piensa y procede como lo hace. Si descubrimos esa razón, tendremos la llave de sus acciones, y quizá la de su personalidad.

En medio de un mundo lleno de situaciones terribles, estamos llamados a descubrir la posibilidad de una compasión. El gran escritor británico Graham Greene afirma: “Si conociéramos las cosas hasta el fondo, tendríamos compasión hasta con las estrellas”.

No me refiero, por supuesto, al ejercicio de la justicia pública; no se trata de saldar un castigo. Hablo sencillamente de la actitud de una persona concreta frente a otra, que se ha hecho culpable. En la vida diaria, no nos compete condenar a otros, ni juzgar sobre sus intenciones. Cuando estos actos se realizan “en la calle”, a menudo no están exentos de una gran dosis de morbo farisaico. Además, inician un nuevo ciclo de violencia y de opresión. La única liberación verdadera es aquella que toca el corazón y mueve a cambiarlo, con la gracia de Dios.

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Un comentario mordaz o cínico no ayuda nada, sino que hunde al otro todavía más en la miseria. En cambio, si éste nota un verdadero interés, una auténtica preocupación por su persona y situación, puede ser que reaccione favorablemente. La comprensión tiene un efecto sanante.

Es preciso comprender que cada uno necesita más amor del que “merece”; cada uno es más vulnerable de lo que parece. Y hasta la persona más violenta puede arrepentirse de sus faltas, puede cambiar y crecer mientras viva. “No hay pecador sin futuro, ni santo sin pasado”, dice la sabiduría popular.

Comprender es tener la firme convicción de que cada persona, independientemente de todo el mal que haya hecho, es un ser humano capaz de hacer el bien. Nadie está totalmente corrompido; en cada uno brilla una luz. Al comprender, decimos a alguien: “No, tú no eres así. ¡Sé quién eres! En realidad eres mucho mejor”. Queremos todo el bien posible para el otro, su pleno desarrollo, su dicha profunda, y nos esforzamos por quererlo desde el fondo del corazón, con gran sinceridad.

Existen, realmente, estas personas que saben dar cariño y esperanza a los demás. Su presencia engendra una sensación de bienestar. Los otros saben que están en buenas manos, cuando están con ellas; saben que son estimados y queridos, a pesar de todos sus fallos. Pueden dejar sus cargas, descansar y descubrir valores que, quizá, nunca hayan conocido.

II. SER CAPAZ PARA LA AMISTAD
Si deseamos que otro se desprenda, realmente, del error, de la equivocación, de la fealdad o de la maldad, y que se abra a nuevos conocimientos, es preciso entrar en una relación amistosa con él. Se acepta un consejo cuando hay confianza. Se sigue a un amigo y a nadie más.

La amistad proporciona un nuevo brillo a nuestra existencia y hace más amable nuestra vida. Goethe lo expresa de un modo poético: “Nuestro mundo parece muy vacío —afirma—, si lo imaginamos sólo lleno de montañas, ríos y ciudades. Pero sabemos que aquí o allá hay alguien que está en sintonía con nosotros, alguien con quien seguimos viviendo, aunque sea en silencio. Esto, y solamente esto, hace que la tierra sea un jardín habitable”.

Opus Dei - Fotografía de Kerianne Brown

Fotografía de Kerianne Brown

Precisamente ante la masificación y el anonimato, tan característicos de nuestra época, necesitamos lugares cálidos, espacios en los que podamos sentirnos como en casa. Donde hay amigos, surge la experiencia de la confianza, la experiencia del hogar. Para muchos contemporáneos, la amistad es su hogar y su patria en medio de una tierra sin patria y sin hogar.

Quien tiene amigos de otros partidos políticos, otras profesiones, religiones y nacionalidades, es una persona dichosa. Se le abre un mar sin orillas. Tratando y queriendo a la gente más variada, se amplía su mente y se ensancha su corazón. Recibe mucho y entrega mucho. Es quien mejor puede orientar a los que parecen estar en una situación sin salida.

Por supuesto, la amistad no se puede forzar. Es un don de lo alto. Pero podemos capacitarnos para recibir este don.

1. Una condición imprescindible
Para aventurarme en la vida del otro, debo estar en paz conmigo mismo. Debo llevarme bien conmigo mismo y llegar a ser, de alguna manera, “mi propio amigo”.

Conozco a una mujer que ha abortado varias veces y —después de un espectacular cambio de mente— trabajaba agresivamente a favor de la vida. En una ocasión, ella me confesó: “Francamente, me odio. Y odio a todas las mujeres que abortan. Si una persona ha realizado este crimen, sólo le quedan dos caminos: luchar vehemente en pro o en contra de la vida, para callar la voz de su conciencia”.

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Sin embargo, no defendemos la vida, en primer lugar, para solucionar problemas personales, sino para ayudar a los demás. No podremos hacerlo con eficacia, si no transmitimos nada más que nuestro caos interior, ahogando a los otros con nuestros sentimientos amargos y nocivos. Huirán de nosotros para protegerse.

Si no estoy a gusto conmigo mismo, no estoy a gusto en ningún lugar. Si no me he encontrado a mí, no puedo realizar un verdadero encuentro con ninguna otra persona. Si no estoy en armonía conmigo, no puedo sembrar paz a mi alrededor.

Cabe también una tercera posibilidad para los que han experimentado el aborto: pueden defender la vida serenamente, si han llegado a ser “su propio amigo”. Pero, ¿cómo es posible esto? La amistad reclama una actitud de profunda sinceridad. No se puede construir sobre una mentira. Así, para ser “mi amigo”, necesito comportarme con rectitud interior. No debo reprimir las grandes cuestiones que se plantean, con mayor o menor frecuencia, en mi interior. Tengo que ordenar mi propia alma, dirigirla hacia el bien y buscar el sentido completo de mi existencia.

Si una persona se ha reconciliado con Dios y con ella misma, tiene la oportunidad de dar al mundo su propio testimonio con especial convicción. Es una tarea hermosa, una ocasión para desagraviar y, por supuesto, también es un tratamiento para curar las propias heridas cada vez más hondamente.

2. El valor de la amabilidad
Hay dos formas de mostrar nuestra fuerza en una conversación: podemos empujar al otro hacia abajo, o tirarle hacia arriba; podemos actuar de un modo destructivo o de un modo constructivo.

Un lenguaje ofensivo, unas palabras sarcásticas, cierta arrogancia, brusquedad, prepotencia y reproches son ejemplos para una conversación destructiva; producen resistencias y, en ocasiones, rebeliones abiertas.

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No hacen falta habilidades para pisar al otro. Cualquiera puede hacerlo. Se hiere, a veces, todavía más con la frialdad que con el enfado. Pero el precio es alto. Si discutimos, nos enfrentamos y contradecimos, creamos distancias. Si nos dejamos llevar por la agitación interior, terminamos ofendiendo. Alguna vez, podremos lograr algún triunfo. Pero será una victoria vacía. Una persona forzada contra su voluntad no cambia de opinión. No sale del círculo vicioso en el que se encuentra y, con frecuencia, tiende a sabotear los esfuerzos de quien la frustra.

Es verdad, la coacción puede evitar, en ocasiones, un mal. Puede evitar, por ejemplo, la muerte de inocentes. Pero no es un medio adecuado para conducir a una persona hacia el bien. Un cambio violento, normalmente, no es profundo ni duradero. No se puede forzar a nadie a ser bueno.

Los chinos dicen: “Quien pisa con suavidad, va lejos”. Lo mismo expresa la famosa fábula del sol y del viento. Ambos discutieron acerca de cuál era más fuerte, y el viento dijo: “¿Ves aquel chico envuelto en una capa? Te apuesto a que le haré quitar la capa más rápido que tú”. Comenzó a soplar, con una fuerza enorme, hasta ser casi un ciclón. Pero cuanto más soplaba, tanto más el chico se envolvía en su capa. Por fin, el viento se calmó y se declaró vencido. Entonces salió el sol y sonrió benignamente sobre el chico. No pasó mucho tiempo hasta que éste, acalorado, se quitó la capa.

Realmente, la suavidad es más poderosa que la furia. Sólo a través del corazón podemos llegar a la razón de otra persona. Si ella nos rechaza, no podemos hacer nada. Pero si nota que la queremos de verdad, que es especial e importante para nosotros, y que deseamos que sea plenamente feliz, entonces se abre la posibilidad de una relación amistosa, en la que —como ya hemos visto— cada uno escucha al otro y cada uno aprende del otro.

Opus Dei - Fotografía de Juan Salvarredy

Fotografía de Juan Salvarredy

La amistad surge y se acrecienta cuando rompemos las imágenes que nos hemos hecho de otra persona. Es una experiencia muy íntima, que necesita tiempo, calma y mucha sensibilidad.

El que ama, da algo de sí mismo, de su propia vida, de lo que está vivo en él. Comparte sus alegrías y sus penas, sus ilusiones y desilusiones, sus experiencias y proyectos, sus reflexiones y, no en último lugar, la verdad que ha encontrado; en una palabra: se da a sí mismo. En este ambiente no es difícil hablar de todo, también de las propias faltas, aunque sean muy graves.

3. Transmitir la verdad
Para elevar al otro hacia una comunicación constructiva, conviene que profundicemos en la relación positiva que ya existe entre nosotros. Es importante ver lo bueno en el otro, porque todos tendemos a comportarnos según las expectativas de los demás. En este sentido, aconseja la sabiduría popular: “Si quieres que los otros sean buenos, trátales como si ya lo fuesen”.

Tendríamos que hablar siempre con un sello personal. Cuando los otros escuchan frases trilladas, hay quien deja de escuchar. No deberíamos olvidar que las palabras —y hasta los mejores ejemplos— se desgastan con el uso excesivo. Dado que los argumentos a favor de la vida se utilizan con frecuencia y en tantos contextos, puede ser que dejen de causar impresión. Necesitamos una fidelidad creativa a principios comunes.

Quien quiere al otro de verdad, no palia ni encubre el mal que éste haya hecho. Intentará transmitir las exigencias éticas con toda claridad, adaptadas a las circunstancias de cada caso. No buscará compromisos falsos, porque sabe que ellos no pueden llevar a nadie a una paz estable. “No es honesto eludir principios éticos elementales —afirman Natalia Horstmann y Enrique Sueiro—. Hay cosas buenas y cosas malas, y su bondad o maldad es independiente de consensos. El tabaco no mata porque lo diga la cajetilla…; ni la violencia machista es aberrante porque la condene el Gobierno. Son realidades dañinas en sí mismas, lo diga quien lo diga o aunque no lo diga nadie”.

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El otro tiene derecho a conocer toda la verdad, aun allí donde a primera vista puede resultarle amarga. Por esto, tenemos la obligación grave de hacerle partícipe de la luz que tenemos, probablemente por la generosidad de otros.

Asimismo, para ganar en sinceridad en cualquier relación humana, es conveniente y necesario dar a conocer la propia identidad. El otro quiere saber quién soy yo, tal como yo quiero saber quién es él. Si reprimimos las diferencias y nos acostumbramos a callarlo todo, tal vez podamos gozar durante algún tiempo de una armonía aparente. Pero en el fondo, no nos aceptaríamos mutuamente tal como somos en realidad, y nuestra relación se tornaría cada vez más superficial, más decepcionante, hasta que, antes o después, se rompería.

Si creamos un ambiente de confusión, no ayudamos a nadie. Por esto es preciso exponer la verdad tan clara e íntegramente como sea posible. Cuando actuamos de esta manera, no obstaculizamos la amistad sino, muy al contrario, la fomentamos, si guardamos la delicadeza y el respeto. “No aceptéis como verdad nada que carezca de amor. Y no aceptéis como amor nada que carezca de verdad. El uno sin lo otro se convierte en una mentira destructora”. Estas palabras, inspiradas en la filósofa Edith Stein, me parecen especialmente aptas para la defensa de la vida. Toda verdad mezclada con veneno se vuelve, sin más, falsa.

4. Ayudar a salir de las dificultades
Según Sócrates, no conviene enseñar nada a nadie. El gran maestro conducía a sus contemporáneos sabiamente a verdades que ellos mismos encontraban. Su método refleja un conocimiento hondo del corazón humano. Muchas veces, realmente, estamos más convencidos de las verdades que hemos descubierto por cuenta propia, que de aquellas que otros nos sirven en bandeja de plata.

En la psicología se habla —análogamente— de la “intención robada”: si quiero hacer algo —incluso con mucho afán—, y otra persona me dice que debo hacer justamente esto, puede ser que disminuyan mis ganas. Me siento un mandado, no el protagonista de la obra. A nadie le agrada recibir órdenes sobre cosas que ha decidido hacer.

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Así, conviene apelar a los motivos más nobles del otro y ayudarle a que él mismo quiera realizar el bien o arrepentirse del mal. Él mismo puede y debe decidirse a salir del pozo en el que ha caído. En la proximidad de un amigo, esto es posible. Junto al amigo, una persona puede entrar en relación con su auténtico yo; puede percibir lo sincero y lo verdadero en su propio corazón. Puede sentirse como envuelto en el aire de la montaña, gracias al cual puede respirar de forma diferente a como lo hace normalmente; y ese aire le lleva a entrar en contacto con lo más sublime y elevado que hay en él.

Nuestra tarea consiste, sobre todo, en poner al otro en relación con sus sentimientos más íntimos y auténticos, y en incitarle a expresar los silenciosos impulsos de su corazón. Podemos asegurarle nuestra cercanía, echarle una mano y transmitir la creencia firme de que el camino hacia la salvación es viable.

Un buen amigo da ánimo, luz y esperanza, aunque la noche sea oscura. Ayuda al otro a salir de una depresión, después de una gran caída. Le da valor para levantarse, y fuerza para asumir la propia culpa —con todas sus consecuencias—. Y, no en último lugar, le despierta la ilusión de decidirse, nuevamente, por la vida. Un proverbio japonés afirma: “Con un amigo a mi lado no hay ningún camino que sea demasiado largo”.

NOTA FINAL
El amor a la vida se expresa, muchas veces, en la valentía, en la fortaleza y en la justicia. Y se muestra, al mismo tiempo, en la humildad, en la escucha y en la compasión. Siempre defiende la verdad y, en el mejor de los casos, llega a construir una auténtica amistad.

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Queremos dar la vida a todos, tanto a los que están en peligro material de perderla, como a los que están en peligro espiritual de robarla. Todos necesitan nuestra solicitud, y no debemos olvidar que aquel que hace el mal se daña aún más que aquel que lo sufre.

Por esto, hemos puesto nuestra mirada en las víctimas quizá todavía más destrozadas que los niños que no nacerán, o los ancianos que mueren antes de tiempo. Queremos dar vida también a los responsables del aborto y de la eutanasia. Queremos ofrecerles nuestra ayuda para salir de su error y revisar sus actitudes. Con ello, tenemos muy claro que “la verdad no se impone sino por la fuerza de la misma verdad”.

Si un “defensor” se acostumbra a descubrir el núcleo bueno de todos los hombres, y a realizar un encuentro con quien ha actuado mal, entonces aumentará incluso su propia vida. En el trato sincero con los demás crece su vitalidad. Se le ocurren más ideas, relucen más valores. El “defensor” se hace, sobre todo, cada vez más capaz de amar, más apto para orientar. Adquirirá, en medio de un mundo caótico, sabiduría para comprender, paciencia para luchar, y una alegría inexpresable, que es fruto del empeño de conducir a otros desde la oscuridad a la luz. Su estilo de vida se resume en el famoso lema de Antonio Machado: “Pensar alto, sentir hondo, hablar claro”.

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* Conferencia de la doctora Jutta Burggraf, pronunciada el 6 de noviembre de 2009 en el IV Congreso Internacional Provida, celebrado en Zaragoza (España).

Jutta Burggraf es Profesora de Teología Dogmática y de Ecumenismo en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra

“Lo que se entiende por ‘ayudar a morir’ es matar por compasión”

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Luis de Moya, sacerdote tetrapléjico, trabaja como capellán en la Universidad de Navarra. Extracto de la entrevista realizada por Rosa Mª Jané y publicada en “Cataluña Cristiana”.

Ermita dedicada a la Virgen en la Universidad de Navarra, donde Luis de Moya trabaja como capellán.

Luis de Moya, sacerdote, sufrió en 1991 un accidente de tráfico que le dejó tetrapléjico. A la pregunta, el hecho de ser tetrapléjico, ¿cómo le ha cambiado la vida?, responde: “Sólo de modo accidental. Me considero la misma persona: por resumir, el mismo sacerdote de Jesucristo que antes del accidente. Fue uno de los primeros convencimientos que tuve al recobrar la conciencia después del golpe. Me ha cambiado la vida, como es evidente, en el modo material de desenvolverme. Ahora todo lo llevo a cabo con ayuda de otros y apoyándome en medios técnicos. Pero sigo siendo yo. Mi vida tiene el mismo sentido, idéntico destino”.

A los 38 años. A partir de entonces su vida cambió, pero sólo de modo accidental, como nos explica. Luis de Moya se encarga de diferentes capellanías en la Universidad de Navarra, dentro de las limitaciones de su estado. Su actitud vital y su testimonio contrastan con la visión que ha presentado Alejandro Amenábar en su película ‘Mar adentro’, que recoge la historia de Ramón Sampedro y que ante el dolor humano ofrece como única respuesta terminar con la vida de quien padece.

¿La película ‘Mar adentro’ forma parte de una campaña para sensibilizar a la opinión pública española sobre la “necesidad” de legalizar la eutanasia?
No soy quién para emitir un juicio en ese sentido. Resulta, sin embargo, bastante claro que, de hecho, la película, según me han contado y por lo que he leído, transmite una visión favorable de la eutanasia que el protagonista de la cinta solicita. Dicen que los “buenos” de la película –los razonables, los inteligentes y en definitiva todos los personajes pensados para hacer caer bien al espectador- son partidarios de la eutanasia.

No así los que no están dispuestos a matarlo por compasión. Según parece, estos son o pueblerinos que no razonan o arrogantes sin fundamento o ridículamente tozudos, según los casos. En este sentido, en efecto, puede sensibilizar a la opinión pública a favor de la necesidad de legalizar esa práctica. Pero con actores, quién sabe, puede hacer lo que quiera.

¿Conoció a Ramón Sampedro?
Nunca estuve ante Ramón Sampedro. Le escribí en diversas ocasiones, nos encontramos en algún programa de radio, y, creo recordar, también de televisión, y charlé con él varias veces por teléfono. Precisamente, en la última de esas conversaciones telefónicas –estaba yo en Santiago de Compostela- concretamos una cita en su casa para aquella mañana. Finalmente, el encuentro no tuvo lugar. Ni siquiera bajé de la furgoneta, ni intercambiamos palabra alguna porque su casa era inaccesible para mí. Esto sucedía medio año antes de su muerte.

Lo que a usted le anima a vivir y da sentido a su vida ¿no era válido para Ramón Sampedro?
Considero que sí. Él, sin embargo, se negó de modo expreso a mantener conmigo una correspondencia en ese sentido. Puesto que ambos estábamos firmemente persuadidos de nuestras convicciones no tenía sentido alguno el diálogo. Así me lo escribía, de modo tajante lo entendí, en la única, larga (veinte cuartillas con la boca) y definitiva carta que recibí de él.

Luis de Moya saliendo de la Facultad de Arquitectura.

Si se legaliza la eutanasia en nuestro país, ¿qué consecuencias acarreará?
Me imagino que sucederá más o menos como en otros países, añadiendo a ello el apasionamiento propio del carácter español. También aquí se abrirán “centros especializados”; se producirá un cierto ahorro en pensiones; y veremos el “éxodo” de personas mayores y enfermos crónicos, si tienen posibilidades económicas, a otros países donde se sientan seguros; se producirá una crisis entre generaciones (los mayores se sentirán culpables) en cuanto se considere práctica normal la muerte anticipada de los que son una carga; en la práctica, la tercera parte al menos, se harán sin consentimiento del paciente por mucho que sea el control.

La aceptación social de esta práctica producirá unas personas esencialmente egoístas que actuarán con rectitud, en todo caso, procurando actuar dentro de la legalidad para no incurrir en delito: liberados finalmente de la generosidad gratuita por amor, las personas actúan a impulsos del miedo.

¿Por qué hay más interés en ayudar a morir que en ayudar a vivir?
Me atrevo a decir que, simplemente, porque es más fácil. Es menos costoso, desde todos los puntos de vista. Una vez superada la barrera de los sentimientos, acabar rápidamente con el dolor propio y ajeno ocasiona menos problemas que ayudar a morir dignamente al enfermo. En realidad, para ser precisos, lo que hoy se entiende por ayudar a morir es, en realidad, matar al paciente por compasión. Ayudar a morir, en el sentido genuino de las palabras, supone aportar los medios para que el paciente tenga una buena muerte de acuerdo con su situación y con su dignidad de persona. No es admisible, por consiguiente, acelerar la muerte o anticipar su momento.

Ayudar a un enfermo terminal conlleva dedicación de tiempo, de cuidados muchas veces pequeños y sencillos pero imprescindibles, la administración –en su caso- de los calmantes necesarios para el dolor, y, muchas veces, el simple acompañar que hace sentirse a la persona verdaderamente digna de atención: valorada como tal, querida.

Qué valor tienen el dolor y el sufrimiento
Hay que decir que se ha mitificado mucho el sufrimiento en la enfermedad. Cada vez se avanza más en el tratamiento del dolor y son más frecuente las ‘Unidades del dolor’ en los hospitales. Una buena medicina sabe calmar el dolor. En último extremo siempre se puede llegar a sedar al paciente si no se pudiera calmar su dolor de ningún modo. Muy pocas veces, sin embargo, es necesario. De hecho, los partidarios de la eutanasia acuden ya pocas veces al argumento de “dolores insoportables” como un justificante para provocar intencionadamente la muerte.

Me parece que todos tenemos experiencia de que amar de verdad cuesta. En cierto sentido supone siempre un cierto dolor, si no estamos hablando, desde luego, del amor superficial e inconsistente de una novela rosa. No en vano, se ha dicho que “el dolor es la piedra de toque del amor” o que “es tal la condición del hombre que no puede manifestar su amor sino en categorías de sufrimiento”. En definitiva: yo amo algo en la medida en que estoy dispuesto a sufrir por ello. El dolor serenamente llevado en el momento de la muerte, aunque debe calmarse en lo posible con fármacos y apoyo humano, puede ser una manifestación de reconocimiento de la propia condición de criatura. Todo ser humano, sin saber cómo y sin iniciativa alguna, se siente vivo de modo personal, y no se otorga la facultad de abandonar esa vida por propia iniciativa sin hacer una violencia a la realidad de las cosas.

Para un cristiano, hijo de Dios, el sufrimiento llega a alcanzar valor de corredención. En unión al sacrificio de Cristo en la Cruz, el cristiano, dispuesto a sufrir en diversas circunstancias de su vida si es necesario, llega a ser, en palabras de san Pablo, otro Cristo.

Ayudar de verdad

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Testimonio de Luís de Moya, sacerdote del Opus Dei: “Soy tetrapléjico con una interrupción medular completa a partir de la cuarta vértebra cervical, a consecuencia de un accidente de tráfico que sufrí en 1991 cuando tenía 38 años.

No puedo estar de acuerdo con los que no ven más solución al dolor humano que acabar con la vida de quien lo padece.

Es, sin duda, difícil en la práctica ofrecer un remedio aceptable a los que sufren, pero es un reto que pueden asumir los que, reconociendo la grandeza de la vida humana, no aceptan como solución matar: provocar deliberadamente la muerte del paciente. Esto es la eutanasia; que, siendo, como todo crimen, abominable de suyo, tiene en cambio la “ventaja” de ser una “solución” más fácil y económica que las verdaderas soluciones.

Mientras que la asistencia médica al incurable es uno de los más importantes y nobles deberes profesionales del médico, la eutanasia, por el contrario, apenas requiere ciencia; más aún, podría ser una cómoda actitud por falta de talento o de los debidos conocimientos, o por pasividad profesional.

Desde luego, que la ciencia, por mucha que sea, en determinados casos, no puede devolver la salud. Así como tampoco puede evitar el dolor la sobreabundancia de medios materiales y humanos. Pero, aceptando la muerte y el dolor como realidades ineludibles, sí que se puede ayudar a vivir con dolor y a morir, aplicando en estas tareas toda la ciencia y los medios materiales y humanos de que se pueda disponer, aliviando.

El enfermo terminal y el incurable son pacientes que requieren tratamientos específicos. No deben considerarse como un fracaso para la ciencia ni al margen de la atención sanitaria. Necesitan alivio en su situación y hay ciencia para ello y peculiares atenciones también por parte de sus familias.

Aplicar la ciencia y los cuidados en estas situaciones, no significa llegar al ensañamiento terapéutico. Nadie está obligado a someter al enfermo a tratamientos inútiles o desproporcionados, ni los pacientes tienen por qué soportarlos.

Son cada vez más los centros especializados en medicina paliativa, donde se tratan enfermos, no tanto para curarlos, pues no se prevé curación para ellos, cuanto para ayudarles en esta fase última de su vida. Se reúnen en estos centros equipos multidisciplinares de médicos, enfermeras, psicólogos, sacerdotes; para que los pacientes puedan tener el apoyo científico, técnico y humano; y el espiritual, si lo desean.

Posiblemente, una de las principales tareas con los que sufren, consista en hacerles descubrir el sentido de su situación. Suele suceder que el dolor oscurece los valores e ideales de siempre. De ahí que necesiten esa personas notar la proximidad de los demás, que son valiosos también en esos momentos y objeto del interés y el amor de los que les rodean.


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