La “Glorieta Josemaría Escrivá”

fundador  Tagged , , , , , No Comments »
Opus Dei -

El alcalde de Burgos, Juan Carlos Aparicio, inauguró una glorieta en esa ciudad que lleva el nombre de “Josemaría Escrivá”. Asistieron el vicario del Opus Dei en España, Ramón Herrando y el vicario para Castillla y León, Ángel Lasheras.

Estuvo presente el Arzobispo de Burgos, Mons. Gil Hellín. El acto, al que asistieron centenares de personas, se desarrolló en un clima festivo.

Para reflejar la universalidad de la Obra, plantaron arbustos dos mujeres peruanas, Paulina Gómez y Carla Carrasco; una brasileña; un estudiante alemán; un investigador filipino; la búlgara Nevena Petrova; un profesional palestino, una familia congoleña y otra burgalesa.

Opus Dei -

Posteriormente el Arzobispo y los vicarios de la Obra oficiaron una Misa de acción de gracias en la iglesia de San Cosme y San Damián, uno de los templos en los que el Fundador del Opus Dei solía celebrar misa con frecuencia.

La idea de dar el nombre del Fundador del Opus Dei a una calle en esa ciudad surgió en el año 2002, centenario del nacimiento de San Josemaría. En el año 2005, Carolina de Miguel propuso al Alcalde esta iniciativa en representación de diversas entidades y personas de Burgos, entre las que se encontraban: Fundación Cauce, Cartuja de Miraflores, Comunidad de religiosos Carmelitas, Asociación de antiguos alumnos en Burgos de la Universidad de Navarra, Asociación Arlanza, Centro cultural Tordomar, varios monasterios burgaleses de religiosas de Clausura, el Arzobispo Mons. Gil Hellín, Rafael Frubëck de Burgos, el superior de la comunidad de los Maristas de Burgos, etc. El Ayuntamiento decidió en el año 2006 dar ese nombre a una glorieta situada en un barrio residencial en fase de crecimiento.

San Josemaría permaneció en Burgos desde enero de 1938 hasta marzo de 1939. Se cumplen ahora 70 años del comienzo de su estancia en esta ciudad castellana. Desde Burgos se desplazaba a otras localidades españolas para seguir en contacto con los miembros de la Obra y otros jóvenes que se dirigían espiritualmente con él y que se encontraban diseminados por la península, la mayor parte de ellos en los frentes de guerra. También eran muchos los que acudían a Burgos para estar con el joven sacerdote que tanto había influido en sus vidas y al que guardaban un particular cariño.

Opus Dei -

Los biógrafos del Fundador suelen referirse a esta etapa como “la época de Burgos”. Ciertamente fueron años de intensa oración y penitencia en los que el Fundador fue perfilando la inminente expansión de la Obra por todo el mundo, una vez que concluyera la contienda. En esa ciudad terminó de escribir “Camino”, la más conocida de sus obras. También en Burgos trabajó su tesis doctoral en derecho sobre la abadesa de las Huelgas.

Los actos conmemorativos de este aniversario comenzaron el 17 de enero con una conferencia de la burgalesa Ana Sastre, médica nutricionista y escritora. Ha sido la primera mujer que ha escrito una biografía sobre el Fundador de la Obra.

Tras la conferencia, se proyectaron varios vídeos con los testimonios de algunos burgaleses que trabajan profesionalmente en distintos países y colaboran en iniciativas apostólicas promovidas por miembros del Opus Dei como José María Martínez, profesor universitario en Texas; Pablo Gil, sacerdote que atiende labores apostólicas de la Obra en Letonia; la emocionante intervención de Teresa Peña, sobre el crecimiento de la Iglesia en Estonia; Germán Gil, profesor y músico, en Austria; Mila Herráez, desde Colombia, país por el que pidió oraciones, o la directora de Lexington College, Marta Elvira.

Opus Dei -

Además asistieron al acto de inauguración de la glorieta:

Jaime Mateu, Delegado en Burgos de la Junta de Castilla y León, y Alfredo Velasco, Presidente de la Fundación Campolara.

Personas que participaron en la plantación de arbustos:

África: Cissé Mbongo y Annia Habimana, de la república democrática del Congo y dos kenianos. Plantaron un Junípero junto a Margarita Valenzuela y Josebe Soga, de Harambee.

América: Arturo León, de la Fundación Schola, Yabi Domínguez (Perú), Carla Carrasco (Perú), Rodrigo Soto (México) y  también otras personas de Colombia y Brasil. Plantaron una Mahonia.

Asia y Oceanía: representaron a estos dos continentes Keitzuke, de Japón; y Angelo Porciúncula, de Filipinas. Plantaron un Pitósporo, arbusto procedente de China junto a Cristina García Gallardo, de la Asociación Arlanza y un representante de Cooperación Social en Burgos.

Europa: Donat Schipp, de Alemania; y Nevena Petrova, de Bulgaria. Plantaron una Piracanta junto a Carlos Ortega, del Banco de Alimentos de Burgos, y Maribel González, de Cauce.

Burgos: el Alcalde y un matrimonio burgalés plantaron un Cotoneaster.

Peregrinación mariana y catequesis

fundador  Tagged , , , , , , No Comments »

Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Desde 1970 a 1975, don Josemaría realizó numerosos viajes pastorales y de peregrinación a Santuarios de la Virgen, por diversos países de Europa y América, donde habló de Dios a decenas de miles de personas. Su catequesis solía tener lugar en torno a una peregrinación mariana. En 1970 hizo una novena a los pies de la Virgen de Guadalupe, en la Ciudad de México, y el quinto día se dirigió a la Virgen con esta súplica confiada:

Señora nuestra, ahora te traigo —no tengo otra cosa— espinas, las que llevo en mi corazón; pero estoy seguro de que por Ti se convertirán en rosas…

Haz que en nosotros, en nuestros corazones, cuajen a lo largo de todo el año rosas pequeñas, las de la vida ordinaria, corrientes, pero llenas del perfume del sacrificio y del amor. He dicho de intento rosas pequeñas, porque es lo que me va mejor, ya que en mi vida sólo he sabido ocuparme de cosas normales, corrientes, y, con frecuencia, ni siquiera las he sabido acabar; pero tengo la certeza de que en esa conducta habitual, en la de cada día, es donde tu Hijo y Tú me esperáis.

El «milagro» de Irlanda

firmes en la fe  Tagged , , , , , , No Comments »

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Ahí, en la punta más occidental de Europa, sobre una tierra expuesta a los vientos y lluvias del Atlántico, arraigó la Obra con la misma decisión y firmeza que hay en sus llanuras y montañas. En Irlanda llueve un día de cada dos; pero después del temporal estalla la luminosidad de su color verde y del azul intenso del mar. Algo parecido ocurre con el temperamento irlandés: apasionado y sereno, en una alternancia que perfila su gran personalidad. La Isla ha defendido desde el siglo XII, fecha de la invasión normanda, todo su derecho de independencia.

Desde que San Patricio la ganó para el cristianismo, es un baluarte de la fe. Los irlandeses son firmes, generosos y tenaces. Con un hondo sentido familiar. Es el único país de habla inglesa con mayoría católica.

El Fundador del Opus Dei conoce la historia y cultura de Irlanda con todo detalle. Parece haber vivido en esta tierra. Cuando habla de cuestiones que pueden afectar a los irlandeses, se ambienta con enorme rapidez. Jamás ha dado a las situaciones un matiz político: se limita a enumerar hechos y a pedir a sus hijos que se abran al mundo con sentido universal. Sabe que es un país tenaz, y que han sufrido. Su gente es muy valiosa y él la ama especialmente, porque han defendido su libertad a golpe de valor.

El primer grupo joven y entusiasta- de vocaciones, va a arraigar en esta tierra por una fe y fortaleza fuera de lo común.

El Padre, recordando la fidelidad de sus hijas irlandesas en medio de todas las contradicciones e incomprensiones que encontraron en su país, decía: «si todas las vocaciones son divinas, las de mis hijas irlandesas son archidivinas»(45). Y hablaba del «milagro» de Irlanda.

En octubre de 1947, el Fundador envía a esta isla atlántica a José Ramón Madurga(46). Va solo. Respaldado por la oración de toda la Obra. Esto es lo que José Ramón ofrece cada día al Señor: la única moneda de cambio para alcanzar las primeras vocaciones irlandesas para el Opus Dei.

En la Universidad de Dublín conoce a Cormac Burke(47), estudiante de Letras en la especialidad de Arte. Cormac y su hermana, a la que familiarmente llaman Teddy, proceden de Sligo, una ciudad pequeña del oeste. Teddy estudia la rama de Lengua Española en la misma Facultad. Son los más pequeños de cinco hermanos y siempre han estado muy unidos. Entre los cuatro mil estudiantes de Dublín, se ven con frecuencia, intercambian amistades y experiencias y compiten en calificaciones, porque los dos han dejado ya demostrada su capacidad.

Apenas han transcurrido tres meses desde la llegada de José Ramón, exactamente el 9 de enero de 1948, cuando Cormac escribe al Padre pidiendo su admisión en el Opus Dei. A partir de este momento, Cormac aprovecha las vacaciones para presentar a sus padres y hermanos a José Ramón, para hacer cursos internacionales en España y formarse más profundamente en el espíritu de la Obra. A Teddy no le extraña la actitud de Cormac. Sólo ve en su hermano, y en aquel muchacho español que le acompaña, una gran amistad, ayuda mutua y alegría que desborda los límites habituales. Cantan, se divierten con los acontecimientos familiares y participan de las inquietudes universitarias.

El 27 de mayo de 1949, Cormac llama a su hermana para que se acerque a Northbrook, la residencia que comparte con otros estudiantes. Allí, en una pequeña salita, Teddy se entera de que Cormac es del Opus Dei; tiene su primer contacto con el espíritu de la Obra y escucha, emocionada y sobrecogida, las palabras con que le habla de entrega a Dios, de trabajo y servicio, de la aventura cotidiana y divina de poner a Cristo en la cumbre de las actividades humanas. Y mientras la claridad inunda su ánimo, se siente invadir también por un cierto miedo. Fuera, llueve desde hace varias horas. Cuando Teddy regresa a su casa, se mezclan las lágrimas con la lluvia de este día tormentoso de Irlanda. Por la noche no podrá dormir. Rezará por una luz que ha de llegarle con el amanecer del nuevo día. Dos fechas más tarde, escribe al Padre pidiendo la admisión en el Opus Dei.

Teddy va a aprenderlo todo a través de su hermano. Traduce y lee intensamente «Camino» en español. Y en julio de ese mismo año viene a España para conocer a otras mujeres del Opus Dei. Cuando regresa a Dublín lleva una profunda determinación en el alma: dejar de ser la única vocación irlandesa, acercar a otras personas a la Obra. El afán apostólico del Fundador ha prendido en ella, y sabe que el futuro descansa sobre su oración y actividad. Primero hablará con Maire Gibbons y luego con Anna Barrett. Tras charlar largo y confiado con la primera, Maire pregunta cuántas vocaciones hay en Dublín y Teddy, con naturalidad, le contesta que está ella sola. Inmediatamente, sin pensarlo más, Maire concluye:

-«Pues ya somos dos»(48).

Es el 9 de septiembre de 1949. El 1 de octubre Anna Barrett escribe también al Padre; y al día siguiente, Teddy, Maire y Anna celebran con una comida, en un restaurante estudiantil, el aniversario de la Fundación del Opus Dei.

Los padres de Teddy y un tío sacerdote, Father Costello, comprenderán la Obra desde el primer momento. Este sacerdote tiene una casa grande en Dublín y les cede el piso superior, independiente, para que puedan instalarse. Se abre así el primer Centro de la Sección de mujeres en Irlanda.

En los comienzos de 1950 buscan un apartamento en Lisson Park, que va a ser bautizado con un nombre breve y simpático: el flat. Este año pasarán a ser cinco. Eileen Maher, una estudiante de medicina que frecuenta el flat, y Olive, prima de Anna Barrett, pedirán la admisión en la Obra.

También un hermano de Olive, Dick, llegará a la Obra a través de Cormac.

Olive y Dick son hijos de un general adscrito a la revolución irlandesa. Durante varios años, Patrick Mulcahy no entenderá la vocación de sus hijos. Pero, algún tiempo después, cuando se retire del ejército, enviará al Padre lo más representativo de su vida: la capa militar y la espada. En 1959, así se lo hace constar a su hija Olive en una carta:

«El Padre mencionó que encontraba el país frío. Más tarde, cuando me jubilé del Ejército, le envié mi capa militar a Roma, con Dick, y le pedí que la aceptara. El Padre lo hizo y la usaba en los días fríos. En una ocasión le dijo a Dick: “Yo abracé a tu padre en Irlanda y ahora él me abraza a mí todos los días fríos cuando llevo su capa”. Espero que él me salude con su sonrisa cuando me llegue el tiempo de cruzar la Gran Frontera».

En septiembre de 1952, Antonieta Gómez recibe del Padre la invitación para ir a Irlanda. Acepta inmediatamente, y se desplaza de Madrid a Roma para recibir directamente del Padre experiencias y orientaciones valiosas para desenvolverse en su nuevo país.

Insiste el Fundador en la importancia de que se identifique con la mentalidad, las costumbres, sin añorar nada:

«No vamos a enquistarnos en un país. Vamos a fundirnos. Si no, no va: porque lo nuestro no es hacer nacionalismo, es servir a Jesucristo y a su Iglesia santa»(49)

Antonieta anota en un block de líneas apretadas todas la indicaciones del Padre. En un momento de la conversación, Monseñor Escrivá de Balaguer le pide el cuaderno y escribe un comentario:

«En Dublín, en Roma, en Madrid como en medio de Africa: ¡almas!»(50)

Insiste en que deben hacer partícipes de su vibración apostólica a personas de toda condición: estudiantes, empleadas, campesinas…

Y como resumen final para esta mujer que emprende el camino hacia aquel gran país, el Padre quiere hacerla portadora de un legado de fe, valor y confianza:

«Cuando te pido una cosa, hija, no me digas que es imposible, porque ya lo sé. Pero, desde que empecé la Obra, el Señor me ha pedido muchos imposibles… ¡y han ido saliendo! Por eso me gusta que seáis como las patas para echaros al agua: sin vacilaciones, sin miedos. Si Dios pide una cosa, hay que hacerla; hay que echarse adelante con valentía»(51).

Pocos días más tarde, en una jornada de lluvia y viento, Antonieta llegará a Londres. Tomará el tren en Eweston Station, para llegar hasta Holyhead. El Ferry-mail, por último, la dejará sobre el suelo verde de Irlanda.

Este país dará al Opus Dei vocaciones fieles. Y siempre llevarán en el alma aquel apremio del Fundador:

«Irlanda tiene una misión en el mundo, especialmente en todo el mundo de habla inglesa… que es medio mundo. Hacen falta muchas irlandesas, por aquí… por allí… Irlanda, este país que es una maravilla, que es el consuelo de Dios, con esta gente tan buena que hay por aquí, tan espléndida… Yo vendré el año que viene por este tiempo, pero os habéis de multiplicar por diez… Alegres, hambrientas de ir por todo el mundo a servir a Nuestro Señor, enamoradas de Jesucristo… »(52)
Cumpliendo este deseo se extenderán por muchos paises y serán firmes, como las rocas atlánticas que bordean sus tierras.

Más allá del canal: Inglaterra

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , No Comments »

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Cuando comienza la expansión del Opus Dei por Europa, el Padre pone los ojos del alma en las islas Británicas. Todavía cunde el ambiente de post-guerra. Alemania está en plena ocupación y sin moneda; el Oriente europeo, dominado por Rusia. Bélgica y Holanda se recuperan penosamente de la invasión nazi. Pero hay tres países que gozan de una situación más estable: Francia, Inglaterra e Irlanda.

Hay, sin embargo, grandes dificultades para trasladarse de un país a otro: se requieren múltiples visados y permisos. La única forma fácilmente viable es conseguir becas de estudio. Y así se inician los primeros viajes.

Para ir a Inglaterra, en el invierno de 1946, el Padre piensa en Juan Antonio Galárraga (25). Acaba de terminar la carrera de Farmacia y ha leído la Tesis con Premio Extraordinario. Con estas credenciales, no le ha sido dificil obtener una beca del Ministerio de Asuntos Exteriores que garantiza su estancia en Inglaterra durante seis meses prorrogables.

Londres se cubre ya con una niebla espesa cuando, el 28 de diciembre, toma tierra con otros dos miembros de la Obra en el aeropuerto. Desde su llegada tienen la oportunidad de compartir los estragos, todavía perdurables, de la guerra. Calles enteras convertidas en escombros, alimentos racionados y menú único.

Juan Antonio Galarraga estudia en la School of Hygiene and Tropical Medicine, situada en Gower Street. Los medios económicos de que disponen son exiguos. Se alojan en una pensión e inician los contactos personales con los compañeros de trabajo.

Casi inmediatamente después de llegar a Londres, visitan al Cardenal Griffin para hablarle de la Obra y de los proyectos que el Padre ha trazado para que comience un Centro del Opus Dei en las Islas Británicas. Les recibe y atiende con gran cariño.

No será una tarea fácil la de estos comienzos. Más tarde, el Fundador recordará lo duros que fueron estos primeros tiempos para sus hijos de Londres. Tendrán que trabajar en todo para no desperdiciar un sólo chelín, que no tienen.

El Padre les escribe, desde Roma, en marzo de 1947: acaba de hacerse pública la Constitución Provida Mater Ecclesiae y les avisa para que hagan lo posible por escuchar la emisión en Radio Vaticano. Como no tienen radio ni lugar donde poder oír la noticia, acuden a la BBC. Y pondrán a su disposición una línea telefónica para que puedan escuchar, en directo, la lectura que emite Radio Vaticano.

Llevan ya más de seis meses en la capital inglesa y empieza a ser necesaria una casa que sustituya al régimen de pensión. Es preciso un lugar donde recibir a sus amigos. Y se inicia la búsqueda sistemática. En junio encuentran una junto a Knightbridge, al sur de Hyde Park, en Rutland Court.

A pesar de su flema británica, el portero del inmueble se queda de una pieza cuando ve llegar a los nuevos inquilinos sin mobiliario alguno: solamente dos pequeñas maletas. Más tarde se podrán alquilar unas camas y varias sillas. Y, poco a poco, la casa irá adquiriendo el aspecto grato de un rincón inglés.

Por Rutland Court pasarán los primeros que van a pedir su admisión en el Opus Dei. Y, por ser Londres un lugar de encrucijada, se convertirá también en paso obligado para otros miembros de la Obra que hacen escala allí por motivos profesionales.

El 19 de marzo de 1950, Michael Richards pedirá al Padre su admisión en la Obra: es el primer británico del Opus Dei.

Monseñor Escrivá de Balaguer llama en julio de 1951 a Juan Antonio Galarraga para que acuda a la Ciudad Eterna. Mientras pasean los cimientos de Villa Tevere, el Padre lanza la idea de montar una Residencia de estudiantes en Londres. Le anima a buscar casa. Y le anuncia la llegada de la Sección de mujeres, que se hará cargo de la Administración del nuevo Centro. Hasta este momento no hay en las Islas Británicas ningún sacerdote de la Obra, pero, pasado el verano de 1951, irá don José López Navarro(26).

Y, a pesar de las deudas que pesan de modo agobiante sobre las obras de la Sede Central, el Fundador quiere conocer palmo a palmo la situación económica en que se encuentran para ayudarles en lo que haga falta.

Así, en abril de 1952 comenzará a funcionar la nueva Residencia, que será conocida con el nombre de Netherhall House. Inicialmente ocupa el número 18 de una calle, en el barrio de Hamstead. Una casita pequeña, construida en una zona independiente del j ardín, servirá de acomodo a las mujeres de la Obra que van a hacerse cargo de la Administración. The Cottage es el nombre de este mínimo chalet. En 1953, Netherhall ampliará sus locales adquiriendo el número 16 de la misma calle. Años más tarde se levantarán nuevos edificios y, en 1966, una vez acondicionados, la Reina Madre de Inglaterra inaugurará las nuevas instalaciones. Se han ganado la confianza y el justo aprecio de las autoridades académicas de Londres. No sorprende que el profesor Logan, Rector Magnífico de la Universidad, les pueda decir: «Estoy profundamente impresionado por los resultados obtenidos hasta ahora por “Netherhall” y por la viva atmósfera universitaria que habéis sabido crear»(27).

Conviven, en la misma casa, estudiantes ingleses, africanos y asiáticos. Y, además, acoge a centenares de muchachos que utilizan las instalaciones y participan en los cursos que se celebran continuamente.

Netherhall es una gota de agua en el mundo londinense. Pero quienes pasan por allí se sentirán en su casa. Y no quieren perder el contacto con sus amigos de Inglaterra. Desde Birmania, Singapur, India, Kenia, Sierra Leona, Noruega, Polonia, Ghana, Japón… llegarán cartas de profesionales que recuerdan viejos tiempos y se sienten parte de esta gran familia.

El Patronato de la Residencia estará presidido por Bernard Audeley, no católico. Incluye, además, a personas de muy variadas tendencias, algunas antagónicas. Es muy significativa la anécdota de los cuatro miembros del Patronato que están reunidos, un buen día, en una de las salas privadas del Parlamento de Westminster. En pleno estudio de proyectos para recabar fondos y ayudar a Netherhall, suenan los timbres reclamando la presencia de los parlamentarios para una votación. Entre los reunidos hay dos del partido Laborista y dos Conservadores. En el Parlamento ocupan escaños opuestos, pero no es obstáculo para que estén de acuerdo en promover Netherhall House.

Desde el primer momento, el Padre tiene también una gran ilusión por la futura labor en Oxford. Su Universidad, del siglo XII, es de las más antiguas del mundo, después de las de Bolonia y París. Aunque todavía no ha visitado Inglaterra, el Fundador tiene ya, en el corazón, la imagen del gran claustro del “Christ Church College”, construido por Wolsey en 1525.

Quiere saber de sus hijos con frecuencia. Les pide que escriban a Roma a menudo contando los pequeños grandes detalles de su vida. Les sigue con su oración, con su sacrificio constante, con el cariño y la solicitud de quien ha puesto en sus manos un encargo de Dios muy serio.

El Fundador llega a Inglaterra, por primera vez, en 1958. Se alojará en un chalet de Courtenay Avenue, muy cercano a Netherhall House, y que pertenece a una familia hebrea. Es el 4 de agosto, y a la mañana siguiente, martes, celebra su primera Misa en el Reino Unido.

A media mañana se acerca a la Residencia y se reúne con sus hijos, que le enseñan, entusiasmados por su presencia, toda la casa. Como siempre, les abre horizontes inmensos y vuelve a ocuparse, insistentemente, de la futura labor en Oxford y en Cambridge. En el dorso de una fotógrafa colocada sobre la mesa de Dirección, escribe: “«Sancta Maria, Sedes Sapientiae, filios tuos adiuva”; Oxford, Cambridge, 5-VIII-58». Esta misma mañana pasa un largo rato con las mujeres de la Obra en una nueva Residencia que han iniciado en 1956, Rosecroft House. Y, además, se comienzan las gestiones para conseguir un inmueble en la zona universitaria de Oxford. Juan Antonio Galarraga se entrevista con Bishop Graven, y le habla de los proyectos de Monseñor Escrivá para montar un College y dedicar el esfuerzo de la Obra a una tarea universitaria. Inmediatamente le pone en comunicación con Monseñor Gordon Wheeler, Administrador de la Catedral de Westminster. Wheeler es converso anglicano y ha estudiado en Oxford. Conoce muy bien la Universidad. Además, sabe que hay una casa, en buenas condiciones, que está a la venta. Se trata de Grandpont House.

En los días siguientes, el Padre y don Alvaro, guiados por un buen conocedor de Londres, recorren los lugares más representativos. Admira la solidez y seriedad del mundo anglosajón. Y aquí, junto a los grandes edificios de bancos, empresas, comercios, hoteles, la prisa y la indiferencia, se siente incapaz, sin fuerzas para caldear el ambiente y se dice a sí mismo: «Josemaría, aquí no puedes hacer nada».

Después, comentaría:

«Estaba en lo justo: yo solo no lograría ningún resultado; sin Dios, no alcanzaría a levantar ni una paja del suelo. Toda la pobre ineficacia mía estaba tan patente, que casi me puse triste; y eso es malo (…). ¡Es mala cosa la tristeza!

De pronto, en medio de una calle por la que iban y venían gentes de todas las partes del mundo, dentro de mí, en el fondo de mi corazón, sentí la eficacia del brazo de Dios: tú no puedes nada, pero Yo lo puedo todo; tú eres la ineptitud, pero Yo soy la Omnipotencia. Yo estaré contigo, y ¡habrá eficacia!, ¡llevaremos las almas a la felicidad, a la unidad (…)! ¡También aquí sembraremos paz y alegría abundantes!»(28).

La reacción del Fundador es inmediata y piensa que hay que trabajar en Inglaterra y desde Inglaterra… porque es una encrucijada del mundo (29).

El 8 de agosto visita Oxford. Acompañan al Padre, don Alvaro y don Javier Echevarría. Llueve intensamente, pero, desafiando el agua, recorre la vieja Ciudad Universitaria. Y como un «ritornello» va repitiendo:

-«Hay que meter a Dios en estos sitios»(30).

Tres días más tarde se acerca a Cambridge y admira el King College y el Trinity College. Con su gran capacidad de observación anota en su memoria detalles arquitectónicos, las vestes académicas, la disposición de las Bibliotecas…

Sobre el césped que alfombra las estructuras góticas de los Colleges, donde tantas veces los desfiles académicos enmarcan la ciencia, el prestigio, el esfuerzo, el Padre les habla de esta ingente tarea de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas.

Cuando le explican la resistencia de la gente a hablar de su mundo personal, el Padre repite:

«¿Y será licito meterse de ese modo en la vida de los demás? Es necesario. Cristo se ha metido en nuestra vida sin pedirnos permiso. Así actuó también con los primeros discípulos: pasando por la ribera del mar de Galilea vio a Simón y a su hermano Andrés, echando las redes en el mar, pues eran pescadores. Y les dio Jesús: seguidme, y haré que vengáis a ser pescadores de hombres… (Mc 1, 16-17) (…). Tenemos el derecho y el deber de hablar de Dios, de este gran tema humano, porque el deseo de Dios es lo más profundo que brota en el corazón del hombre» (31).

El sábado 17 de agosto entra en la Abadía de Westminster, de confesionalidad anglicana, y reza el Angelus y el Rosario en un ángulo de la gran nave, junto a una imagen de la Virgen. Tiene nostalgia de este enorme trozo de la Iglesia de Jesucristo que ha roto sus amarras a Roma, que ha olvidado la protección de la Madre de Dios sobre su singladura. Desde Londres, escribe a Michael Richards, inglés, que ya se encuentra en Roma:

«Esta Inglaterra, bandido, é una grande bella cosa! Si nos ayudáis, especialmente tú, vamos a trabajar firme en esta encrucijada del mundo: rezad y ofreced, con alegría, pequeñas mortificaciones »(32).

Dos días antes, ha renovado la Consagración de la Obra al Corazón de María ante la imagen inglesa de Nuestra Señora de Willesden. Al concluir su peregrinación pasará por la Catedral católica de Westminster, encomendando a la Señora la posibilidad de lograr un templo en el que se facilite la atención espiritual a los católicos que busquen la dirección y ayuda de la Obra en Inglaterra.

El 26 de agosto se acercan a la iglesia de San Dunstan, en la ciudad de Canterbury, donde está enterrada la cabeza de Santo Tomás Moro. Reza con intensidad ante la lápida y siente la ilusión de conseguir una reliquia del santo y político inglés. No es empresa fácil. La iglesia pertenece a las autoridades anglicanas, y hace años que los objetos de Tomás Moro están sellados y recogidos.

En un oratorio de la Sede Central, en Roma, hay arquetas que custodian las reliquias de los Santos Intercesores de la Obra. Pero aún está vacía la reservada al Santo Canciller. Por eso, lanza un reto a sus hijos:

«Si no conseguís la reliquia de Santo Tomás Moro, tendré que poner en su interior una nota que diga: esta arqueta está vacía, porque mis hijos de Inglaterra no han sido capaces de lograr una reliquia de Santo Tomás Moro»(33).

El Padre, en efecto, ha colocado reliquias de San Pío X, San Juan María Vianney, San Nicolás de Bari y Santa Catalina de Siena en el oratorio de la Santísima Trinidad, en la Sede Central del Opus Dei en Roma. Son santos de la Iglesia Católica a los que ha encomendado diversos aspectos y trabajos del Opus Dei.

Santo Tomás Moro es el intercesor que ha elegido como mediador de las relaciones entre la Obra y las autoridades civiles de cada país. De ahí su interés en conseguir una reliquia del Santo Gran Canciller de Enrique VIII.

Un año después, la Abadesa de una comunidad religiosa donde se venera una urna de cristal que guarda la camisa-cilicio del Santo, ofrece al Opus Dei un trozo que tiene por concesión de las jerarquías religiosas, que afirmaron su autenticidad al sellar la urna. En Roma, ya no hay una arqueta vacía.

En 1959 se podrá disponer de Grandpont House. A los dos miembros de la Obra que van a desplazarse a vivir a esta casa de Oxford, les asegura que todos sus afanes van a estar bajo la protección de la Virgen: Ipsa duce. Dejará la frase impresa en el futuro escudo de Grandpont. Una imagen de la Señora con el lema escrito: Ella guía.

Siempre estarán acompañados por la oración de toda la Obra. Una oración que sobrevuela la aguja gótica de Salisbury: la Catedral más alta del Reino Unido.

Peregrinación mariana y catequesis

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Desde 1970 a 1975, don Josemaría realizó numerosos viajes pastorales y de peregrinación a Santuarios de la Virgen, por diversos países de Europa y América, donde habló de Dios a decenas de miles de personas. Su catequesis solía tener lugar en torno a una peregrinación mariana. En 1970 hizo una novena a los pies de la Virgen de Guadalupe, en la Ciudad de México, y el quinto día se dirigió a la Virgen con esta súplica confiada:

Señora nuestra, ahora te traigo —no tengo otra cosa— espinas, las que llevo en mi corazón; pero estoy seguro de que por Ti se convertirán en rosas…

Haz que en nosotros, en nuestros corazones, cuajen a lo largo de todo el año rosas pequeñas, las de la vida ordinaria, corrientes, pero llenas del perfume del sacrificio y del amor. He dicho de intento rosas pequeñas, porque es lo que me va mejor, ya que en mi vida sólo he sabido ocuparme de cosas normales, corrientes, y, con frecuencia, ni siquiera las he sabido acabar; pero tengo la certeza de que en esa conducta habitual, en la de cada día, es donde tu Hijo y Tú me esperáis.

2. Sin libertad no se puede amar a Dios

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , No Comments »

Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

“Una de las cosas que más me ha emocionado al conversar con Monseñor Escrivá de Balaguer, aparte de su calor humano, de su entusiasmo y su sentido sobrenatural, es su amor a la libertad”, afirmó en La Libre Belgique, Mons. Onclin, pocos días después del fallecimiento del Fundador del Opus Dei. El Decano de la Facultad de Derecho canónico de Lovaina glosaba su espíritu de libertad, “palabra que nunca pronunciaba sin añadir otra: responsabilidad”. Y añadía una idea central, tantas veces reiterada por Mons. Escrivá de Balaguer: sin libertad, no se puede amar a Dios.

En la historia de España, Aragón ha sido siempre tierra de libertades. Antes de la Carta Magna inglesa, ya conocía la tradición del habeas corpus. Su Justicia Mayor escribió páginas gloriosas y trágicas en la historia española. Pero no parece telúrico el sentido de la libertad que tuvo Mons. Escrivá de Balaguer ni el amor que le profesó y que comenzó a vivir en el hogar de sus padres. Sus raíces son más profundas, más cris­tianas. Proceden de su honda meditación sobre la Cruz, quizá de la mano de San Pablo: la criatura ha sido libertada “de :a servidumbre de la corrupción, para participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios” (Rom., VIII, 21). Dios es nuestro Padre, que es Espíritu, y “donde está el Espíritu del Señor está la libertad” (2 Cor., III, 17). Sin libertad, no puede amarse a Dios. precisamente porque los cristianos han sido “llamados a la libertad” (Gal., V, 13).

Un periodista colombiano, Javier Abad Gómez, manifestó t_ I 30 de junio de 1975 en El Tiempo, de Bogotá: “Me impresionó, sobre todo, su amor a la libertad. No conoció jamás el fanatismo. Con un respeto enorme a la conciencia personal de cada uno, hallaron cabida en su corazón magnánimo no sólo los que pensaban como él, sino también los que opinaban y actuaban de: manera muy diferente a la suya. Lo recordarán ahora hombres de letras y obreros, intelectuales y campesinos, de las más diversa religiones y de las más contradictorias opciones ideológicas”

No era efímero el fundamento de su amor por la libertad Sentía dentro de sí, con toda su fuerza, el profundo y única; carácter liberador de la Cruz redentora. Lo sintetizaba en una frase muy clara, muy gráfica, y muy verdadera: cada alma vale toda la sangre de Cristo. El 22 de octubre de 1972, en el salón de actos de Tajamar (Madrid), una mujer le presentaba el problema de la angustia de algunos padres cuando tienen que enfrentarse con hijos que les reclaman de un modo violento e insolente libertad e independencia de la vida de familia. Mons. Escrivá de Balaguer le dio un criterio general, pero le recomendó consultar el caso concreto:

Para darte un consejo apropiado necesitaría más datos. Yo querría hacer un traje a la medida. Amo mucho a las almas. Cada alma vale toda la sangre de Cristo. Empti enim estis pretio magno, dice San Pablo (I Cor., VI, 20). Estáis comprados ‑cada uno de nosotros‑ a un gran precio, el precio de toda la sangre de Jesucristo. Por eso, yo no te puedo dar un específico: quiero hacer una receta especial, para cada uno de tus hijos; ni siquiera para todos juntos. Consulta el caso, y verás que, rezando, las madres podéis tanto en la presencia de Dios. Rezando, sacarás a los hilos adelante y pasará esta pequeña tormenta.

Como antes en España y en Portugal, desde que se trasladó a Roma en 1946 continuó haciendo un apostolado personal intensí­simo. Aunque su lema era ocultarse y desaparecer, empezó en­seguida a recibir en la Ciudad Eterna a gentes que acudían, desde todas las partes del mundo, a pedirle un consejo, a contarle sus penas o sus alegrías. Para todos tenía el bálsamo de su caridad, la luz de la doctrina y el empuje de su palabra sacerdotal.

En 1948 comenzaron sus correteos apostólicos por casi toda Europa y fueron surgiendo nuevos apostolados, que planeaba e impulsaba, a veces personalmente. Además, al mismo tiempo que el Opus Dei se desarrollaba por otros continentes bajo su mirada vigilante, desde el fin de los años cuarenta empezó a recibir en Roma a grupos, cada vez más nutridos, integrados por hombres o mujeres que llegaban de las más diversas naciones.

En los últimos años de su vida, Mons. Escrivá de Balaguer sintió la necesidad de hacer una catequesis con grupos más numerosos. Para llevarla a cabo, antes había cruzado Europa; ahora seguirá con esta labor, recorriendo, además, muchas naciones de América. Gentes de muy distintas profesiones, ambientes, razas y lenguas, le escucharon. Fue necesario habili­tar lugares amplios ‑gimnasios, explanadas, hasta teatros- acoger a todos. Cuando las reuniones eran más numerosas, no se perdía por eso el ambiente acogedor: había espontaneidad en preguntas y respuestas, tono de familia, casi de confidencia, un respeto extremado a la intimidad de cada persona. Lo resumió una conocida figura de la vida intelectual y universitaria española, Enrique Gutiérrez Ríos, en el ABC de Madrid: “Aunque hablara a una gran concurrencia, siempre la persona estaba en primer plano ‑cada persona, concreta, única, insusti­tuible‑. Decía que, en lo espiritual, cada criatura requiere una asistencia concreta, personal; que ¡no pueden tratarse las almas en masa!”.

Al Fundador del Opus Dei le dolía cualquier intento de masificar al ser humano. Saboreaba las palabras de la Escritura: Redemi te, et voeavi te nomine tuo; meus es tu. El Señor nos ha elegido a cada uno llamándonos por nuestro nombre. Nfeus es tu: eres mía. La respuesta tiene que ser también personal: Ecce ego quia vocasti me, aquí estoy respondiendo a tu llamada. Por eso rechazaba la tendencia al anonimato, especialmente en las relaciones del hombre con Dios. Como recogió en L’Osservatore Romano Giuseppe Molteni, todo su apostolado era un poner al cristiano cara a cara con Cristo: ¡Siempre, Cristo, que pasa! Cristo, que sigue pasando por las calles y por las plazas del mundo, a través de sus discípulos, los cristianos. La predicación de Mons. Escrivá de Balaguer podría resumirse en esa perma­nente invitación al encuentro personal con Dios: en los sacra­mentos, en la oración, en la vida ordinaria ‑que debía ser vida de fe, vida de oración‑, en la lectura amorosa del Evangelio, sintiéndose un personaje más, que participa por entero de cada escena, lejos de todo anonimato.

Más de una vez propuso el ejemplo del valiente que, metido entre la muchedumbre, es capaz de tirar una piedra contra l a vidriera maravillosa de una catedral ‑una joya espléndida, que pertenece a todos, solía añadir‑, y no reconoce: ‑¡He sido yo! Se refugia en el anonimato, es un cobarde… El ejemplo se aplica­ba a la cobardía del alma que no se atreve a ir sola a encontrar a Dios a lo largo de la jornada, sin hacer cosas raras, sin menear los labios, sin ruido de palabras, buscando a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en el centro de nuestra alma, en medio de nuestro corazón, porque allí está si no le echamos (Tajamar, 1 de octubre de 1967).

Múltiples consecuencias prácticas tuvo esta viva conciencia dL la dignidad y la libertad de la persona humana.

Para ayudar a una sola alma estaba dispuesto a los mayores sacrificios: a levantarse de la cama ‑con 39° de fiebre‑ para ir a confesar; a recorrer cientos de kilómetros, como al final de lo, años treinta, para ir desde Burgos a Andalucía, en los trenes de entonces, sin dinero para acabar el recorrido, ni para comer;

predicar, aunque sólo hubiera una persona. (Así se ha hecho siempre en el Opus Dei. Pero el Fundador fue por delante. lo, ejemplo, en julio de 1935 empezó una clase semanal de formación para una sola persona: Álvaro del Portillo. Luego fueron dos, cuando, a finales de ese mes, se incorporó a la clase José María Hernández de Garnica. De este modo práctico quedaba patente el valor de cada alma).

Este afán apostólico iba unido inseparablemente al fomente: de la libertad. Precisamente porque abominaba del anonimato, promovía la lucha personal, los caminos personales de cada uno hacia Dios. No era amigo de encorsetamientos, ni de recetas generales. No cuadriculaba la vida interior. Dejaba que el Espíritu Santo hiciera su labor dentro de cada alma. Insistía, con ocasión y sin ella, en que el único modelo es Cristo, perfecto Dios, perfecto Hombre. Evitaba cuidadosamente cualquier otro mimetismo, sobre todo si era a él a quien querían imitar. Ni siquiera los socios del Opus Dei tenían que imitarle. Lo subrayaba una vez más el día de San José de 1975. El texto ha sido ya citado, pero vale la pena releerlo, con este prisma de libertad. El Fundador del Opus Dei recordaba las dificultades de los comienzos:

¿Qué buscaba yo? Cor Mariae Dulcissimum, ¡ter para tutum! Buscaba el poder de la Madre de Dios, como un hijo pequeño, yendo por caminos de infancia. Acudí a San José, mi Padre y mi Señor. Me interesaba verlo poderoso, poderosísimo, jefe de aquel gran clan divino, y a quien Dios mismo obedecía: erat subditus illis! Acudí a la intercesión de los santos con simplicidad, en un latín morrocotudo pero piadoso: Sanete Nicoláe, ¡curam domus age! ; y a la devoción a los Santos Ángeles Custodios, porque fue un 2 de octubre cuando sonaban aquellas campanas de Santa María de los Ángeles, una parroquia madrileña junto a Cuatro Caminos… Acudí a los Santos Ángeles con confianza, con puerilidad, sin darme cuenta de que Dios me metía ‑vosotros no tenéis por qué imitarme, ¡viva la libertad!‑ por caminos de infancia espiritual.

Difundió entre los hombres de nuestro tiempo virtudes y devociones cristianas de siempre: Cristo, María y José ‑la trinidad de la tierra llamaba a la Sagrada Familia, como medio para llegar antes a la Santísima Trinidad‑, el Papa… Santa Misa, oración, mortificación, trabajo… Confesión y Eucaristía… Le emocionaba rezar con las oraciones de los primeros cristianos, las mismas que utilizarán también los cristianos en los próximos siglos. Pero no imponía nunca nada: tenía una extremada delicadeza para distinguir entre lo establecido por la Iglesia, y lo recomendado o simplemente alabado por Ella. Cuando daba un consejo ‑siempre personal‑, ponía buen cuidado para que quedase claro que era eso, un consejo, que podía seguirse o no, pero de ningún modo obligaba en conciencia. La claridad jurídica y el rigor teológico se daban la mano en defensa de la libertad de las conciencias.

Le encantaba la naturalidad, la espontaneidad del alma en su trato con Dios. Quería que los hombres se dirigieran a Él con el mismo corazón, con las mismas palabras, con que se habla a las personas queridas de la tierra. Alguien le preguntó en mayo de 1974 cómo ofrecer las cosas a Dios cuando uno se siente cansado. Y le contestó:

‑Pues díselo al Señor, así, con naturalidad, como se lo dirías a tu madre, como me lo dices a mí personalmente…

Dentro de una familia nadie tiene por qué sentirse tímido:

‑Pues si no tendrías vergüenza de decírselo a tu madre de la tierra, díselo a la Madre del Cielo: ;Madre mía!, que me está costando mucho levantar el corazón a tu Hijo, para ofrecerle las obras del día… ;Eso es oración! Díselo como te dé la gana. Puedes rezar las oraciones vocales acostumbradas, que tenemos todos los cristianos, que son maravillosas. Pero además tú haces oración: eres alma contemplativa, como las del Opus Dei; y hablas sin ruido de palabras, mientras estás en la calle, en la comida, sonriendo a una persona, estudiando… Pues esto que me has preguntado a mí, cuéntaselo a la Madre de Dios; y ya estás haciendo el ofrecimiento.

Unas semanas después, volvería sobre la necesidad de dejar que el corazón se muestre con libertad en la vida interior de cada alma. Le preguntaron:

‑¿Qué podemos hacer, Padre, cuando ‑a veces‑ el cora­zón se pone un poco duro y no se enciende con las cosas de Dios`?

‑Es la situación normal de una persona; tanto que, muchas veces, no somos comprensivos con las gentes que son demasiado sensibles. Nos parecen histéricas, y muchos no lo son. Cuando yo era sacerdote joven, me fastidiaba ver esas viejas suspirando en un rincón de la iglesia, y ‑lo digo para vergüenza mía‑pensaba: estos devocionarios hay que quemarlos, están llenos de lágrimas… Ahora, de aquellos no quemaría ninguno; quemaría todas estas cosas que no tienen un suspiro, que no tienen un afecto. ¿Está claro Pues, hijo mío, yo estoy trabajando desde hace cuarenta y siete años en el Opus Dei; y bastantes años antes sentí los barruntos del amor de Dios. Él quería algo, y yo no sabía qué era. No voy a descender a detalles que muchos aquí conocen perfectamente. Pero habitualmente voy a contrapelo. Ahora estoy muy a gusto con vosotros. Agradezco al Señor que me da esta alegría, que no es sensiblera; es amor, es cariño. Hijo mío, el corazón lo tengo más duro que una piedra. Pero los corazones de los hombres, cuando son duros, son de bronce, y el bronce en el fuego se derrite en lágrimas. Algún día llorarás, no te preocupes; llorarás, y aquel día serás más hombre aún: no creas que los hombres no lloramos.

El espíritu de libertad es uno de los motivos, con la humildad, de la alegría que daba a Mons. Escrivá de Balaguer el sacrificio escondido y silencioso, hecho cara a Dios, no cara a los hombres. Los demás no tienen por qué advertir la mortificación personal, ni en cosas grandes ni en cosas aparentemente pequeñas.

Don Jesús Urteaga relata una anécdota mínima ‑pero significativa‑ de cómo el Fundador del Opus Dei quería que se sirviera a Dios con libertad. Debía ser el año 1957. Urteaga estaba en el Colegio Romano de la Santa Cruz. Por aquella época fumaba demasiado. Un día el Padre se lo advirtió: ‑¡Jesús!, fumas mucho. Pero, al mismo tiempo que se lo decía, le daba un paquete de tabaco, de la marca que Jesús Urteaga solía fumar…

También tiene que ver con el tabaco otra anécdota. La refirió don Álvaro del Portillo, recién elegido Presidente General del Opus Dei: “Cuando los tres primeros sacerdotes de la Obra recibimos la ordenación, ninguno de nosotros fumaba; tampoco el Padre, pues al entrar en el seminario regaló todas sus pipas y el tabaco al portero. Entonces el Padre me dijo: yo no fumo; vosotros tres, tampoco; Álvaro, tienes que fumar tú porque, si no, los demás podrían pensar que no está bien el tabaco; y deseo que no se sientan coaccionados en esto, y fumen si les da la gana”.

Este sentido de la libertad destaca notablemente cuando se trata de la vocación, de la entrega de los socios y asociadas del Opus Dei. Don José María Casciaro, actual Decano de la Facultad de Teología en la Universidad de Navarra, refleja con detalle y precisión el clima en que nació su decisión de dedicarse a Dios en el Opus Dei. Es paradigma de una conducta habitual en tantos casos semejantes.

José María Casciaro estudiaba sexto curso de Bachillerato en Barcelona. Volvió a casa (Torrevieja, Alicante), para pasar las Navidades de 1939. Allí apareció también su hermano Pedro, que ya era de la Obra, y le habló de su posible vocación, para que se lo fuera pensando con calma, en la presencia de Dios. Quedaron en charlar más adelante, cuando Pedro fuese a Barcelona. José María estaba decidido, y así se lo dijo en abril de 1940 a su hermano. Pero tuvo que seguir esperando, porque el Fundador del Opus Dei debía ir a Barcelona y “había indicado que, como mi hermano Pedro me llevaba bastante edad (ocho años y medio), era conveniente que yo obrara con toda libertad para dar aquel paso, evitando cualquier posible influencia del hermano mayor”.

El 12 de mayo, por la tarde, en el hotel Urbis, José María Casciaro fue a ver ‑por fin‑ al Fundador del Opus Dei. A lo largo de la entrevista, le repitió varias veces ‑en un tono que a José María pareció tajante, severo, serio‑ si no estaría influido por su hermano, en vez de obrar libremente y después de haber considerado su decisión en la presencia de Dios. Como sus respuestas eran siempre afirmativas, don Josemaría acabó dicién­dole que, desde aquel momento, podía considerarse de la Obra. “Posteriormente ‑sostiene al recordar esta conversación‑ cuando en varias ocasiones le he oído decir que en la Obra tenemos una puerta estrecha para entrar y otra ancha para salir, me he acordado de aquel episodio del 12 de mayo de 1940, comprendiendo la exacta y profunda verdad de aquella afir­mación”.

Este amor a la libertad es muy conforme con el carácter sobrenatural del Opus Dei, y también con las características externas de la entrega de los socios: ciudadanos normales, exactamente igual a los demás, que viven en su casa y con su familia, trabajan en medio del mundo, entran y salen y van de aquí para allá, moviéndose siempre de un modo natural y espontáneo: o viven su vocación en libertad, por amor de Dios, o no la viven. Cualquier tipo de control externo, la desnaturali­zaría. Como sucede en el amor humano, sólo cabe el libre condicionamiento del cariño.

Todos los que piden la admisión en el Opus Dei lo hacen libres de coacción. Además tienen que trabajar, para mantenerse económicamente y ayudar al sostenimiento de los apostolados. Esta realidad, que evita el señoritismo, es también garantía de libertad: si alguno quiere abandonar la Asociación, puede hacerlo con facilidad; si persevera, es por razones sobrenaturales, no humanas.

No obstante, sería un error confundir libertad con indiferencia. El Fundador del Opus Dei quería que todos perseverasen en su vocación, y ponía los medios: formarlos, rezar por ellos, tratarlos con más cariño si atravesaban momentos difíciles. Más de una vez, supo hacerse el encontradizo con el que flojeaba, como el Señor ante el desaliento de los discípulos de Emaús. Cuando fue necesario, abandonó todo, para salir en busca de la oveja perdida…

Antonio Ivars recapitula la doble faceta ‑comprensión y exigencia‑ que hunde sus raíces en idéntico espíritu de amor: “Pienso que, de algún modo, reflejaba como nadie la persona de Cristo: cariñoso y dulce con los niños, los pecadores públicos, y exigente y hasta aparentemente airado con los fariseos e incluso con sus propios apóstoles. La ternura maternal de don Josemaría se compaginaba armónicamente con su reciedumbre. Podía com­prender las mayores miserias, acoger con el mayor cariño al más

grande pecador, y reprender seriamente a uno de sus hijos por la omisión del más pequeño detalle”.

Por último, para completar este rápido panorama, es preciso referirse a su actitud hacia los no católicos.

No hacía una frase cuando declaraba que estaba dispuesto a dar cien veces su vida para defender la libertad de una conciencia. De hecho, tuvo que luchar mucho, con un filial forcejeo, para que la Santa Sede aprobase algo inédito en la historia de las asociaciones de la Iglesia: que pudieran ser

Cooperadores del Opus Dei personas sin fe católica.

En 1966 contó a un periodista, Jacques Guillémé‑Brúlon, de Le Figaro, lo que una vez había comentado al Santo Padre Juan XXIII, movido por el encanto afable y paterno de su trato: “Padre Santo, en nuestra Obra siempre han encontrado todos los hombres, católicos o no, un lugar amable: no he aprendido el ecumenismo de Vuestra Santidad”. El se rió emocionado, porque sabía que, ya desde 1950, la Santa Sede había autorizado al Opus Dei a recibir como asociados Cooperadores a los no católicos y aun a los no cristianos.

Poco antes, el periodista le había preguntado sobre la “posición de la Obra” ante la Declaración del Concilio Vatica­no II acerca de la libertad religiosa. La respuesta surgió bien clara:

En cuanto a la libertad religiosa, el Opus Dei, desde que se fundó, no ha hecho nunca discriminaciones: trabaja y convive con todos, porque ve en cada persona un alma a la que hay que respetar y amar. No son sólo palabras; nuestra Obra es la primera organización católica que, con la autorización de la Santa Sede, admite como Cooperadores a los no católicos, cristianos o no. He defendido siempre la libertad de las concien­cias. No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con el estudio; nunca con la fuerza, siempre con la caridad. Comprenderá que siendo ése el espíritu que desde el primer momento hemos vivido, sólo alegría pueden producirme las enseñanzas que sobre este tema ha promulgado el Concilio.

Mons. Escrivá de Balaguer trató con lealtad a las almas. Defendió la libertad de sus conciencias, pero sin ocultarles la propia y plena adhesión a la fe católica (que incluye, claro, aquella defensa de la libertad). Vale la pena resumir el diálogo que mantuvo con él en 1974 un matrimonio brasileño, delante de muchas personas:

‑Somos una familia ecuménica: mi esposa es metodista…

‑¡Dios la bendiga! ¿Está aquí?

Estaba sentada en la última fila, delante de su marido.

Sin libertad no se puede amar a Dios l 297

‑Dile que la quiero mucho.

‑Estamos muy unidos en la educación religiosa de nuestros

¡Muy bien!

‑Dos ya hicieron la Primera Comunión…

‑ ¡Bien!

‑Comienzan a hacer un poquito de lectura espiritual antes de dormir, y el mayor va a Misa todos los días con su padre.

‑ ¡Bien!

‑Me gustaría que dijese algunas palabras a mi esposa.

¡Hija mía!, te digo lo siguiente: que tienes un marido estupendo, y que te quiero mucho en el Señor. Quiero a todas las almas. Pero a una madre que da libertad a los hi3os, que además

se ocupa de que se eduquen en esta fe maravillosa, que ve con alegría que se acerquen al Santo Sacramento de la Eucaristía, a una madre así, yo ya la admiro. ;Te admiro! ;Te quiero mucho! Reza por mí. Y basta, de momento. Pero mañana, en la Misa, me voy a acordar mucho de ti. Allí no soy yo. Tú no tienes por qué creerlo, por ahora; pediré al Señor que te conceda mi fe, porque ‑no te enfades‑ la tuya no es la verdadera. Yo daría mi vida cien veces por defender la libertad de tu conciencia; de modo que seríamos muy amigos, si yo viviera aquí. Pero, claro, yo creo plenamente que tengo la verdadera fe; si no, no vestiría esta funda de paraguas (se refería a su sotana).

¡Reza por mi! Nadie como tu marido, para defender la fe tuya. Y nadie como tu marido y como yo, para pedirle al Señor que te envíe muchas luces y mucha claridad de ideas. Y gracias, porque eres muy generosa y muy buena.

A lo largo de los años, se han multiplicado anécdotas parecidas. En los comienzos del trabajo apostólico del Opus Dei en Ginebra, conocieron al hijo de un pastor calvinista, que se fue entusiasmando con la Obra, especialmente con Camino, que difundió entre sus amigos en diferentes idiomas: francés, inglés, alemán, italiano. Tiempo después, escribiría a un socio del Opus Dei que había tratado en Suiza, felicitándole por la Navidad. Le hablaba entusiasmado de su visita a Mons. Escrivá de Balaguer en Roma. Lo había recibido ‑como siempre, como a todos afecto, y no había dejado de decirle que son los católicos los que están en la verdad… No necesitaba disimular su fe ‑todo lo contrario‑ para conseguir que los no católicos respondieran con cariño y gratitud a su cariño y lealtad.

Cerca de Caracas, al aire libre, en la casa de retiros de Altoclaro, unas cinco mil personas seguían su enseñanza el 14 de febrero de 1975. Se levantó un hombre joven, de barba poblada y amplia, que realzaba su jovialidad.

‑Padre, yo soy hebreo…

El Fundador del Opus Dei le interrumpió:

Yo amo mucho a los hebreos porque amo mucho a Jesucristo ‑¡con locura!‑, que es hebreo. No digo era, sino es: Iesus Christus, heri et hodie, ipse et in saecula. Jesucristo sigue vivien­do, y es hebreo como tú. El segundo amor de mi vida es una hebrea, María Santísima, Madre de Jesucristo. De modo que te miro con cariño. Sigue…

Aquel hombre de sonrisa abierta de par en par, se ganó una ovación cerrada cuando dijo:

‑Yo creo que la pregunta está respondida.

Europa debe mantener viva su herencia cristiana

compromiso  Tagged , , , , , No Comments »

Bienvenida al Santo Padre en el Castillo Hradcany

El presidente de la República Checa, Václav Klaus, dio esta tarde a las 16,30 la bienvenida al Santo Padre en el Castillo Hradcany, construido en el siglo IX y antigua sede del los emperadores del Sacro Imperio Romano, de reyes y gobernantes. Desde 1918 el Castillo, una ciudadela fortificada que engloba diversos monumentos y museos, es sede de la Presidencia de la República y constituye el símbolo cultural e histórico por excelencia de Bohemia.

Benedicto XVI departió en privado con el presidente Klaus para encontrarse después con el primer ministro, Jan Fischer y los presidentes del Senado y de la Cámara de Diputados, respectivamente Premysl Sobotka y Miroslav Vlcek. A continuación, acompañado del presidente Klaus y de su esposa, el Papa asistió en la Sala Española a una breve ejecución musical de la Orquesta Filarmónica Checa, después de la cual tuvo lugar el encuentro del Santo Padre con las autoridades políticas y administrativas de la nación, el cuerpo diplomático, los rectores de los ateneos y diversas personalidades del mundo de la sociedad civil, de la empresa y la cultura checas.

En el discurso que dirigió a los presentes, el Papa recordó que su viaje coincidía “con el vigésimo aniversario de la caída de los regímenes totalitarios en Europa Central y Oriental, de la “Revolución de Terciopelo”, que restauró la democracia en esta nación. La euforia que la acogió se expresaba en términos de libertad. A dos décadas de distancia de los profundos cambios políticos que transformaron este continente el proceso de saneamiento y reconstrucción prosigue, ahora dentro de un contexto más amplio de la unificación europea y de un mundo cada vez más globalizado”.

“La aspiración de los ciudadanos y las expectativas depositadas en los gobiernos – rememoró el Santo Padre- reclamaban nuevos modelos en la vida pública y de solidaridad entre las naciones y pueblos, sin los cuales el futuro de justicia, de paz y prosperidad, tan esperado, no habría tenido respuesta. Esos deseos siguen evolucionando. Hoy, sobre todo entre los jóvenes, se plantea de nuevo la pregunta sobre la naturaleza de la libertad conquistada”.

“Cada generación tiene la tarea de comprometerse en la ardua búsqueda de cómo ordenar rectamente la realidad humana, esforzándose en comprender el uso correcto de la libertad. (…) La verdadera libertad presupone la búsqueda de la verdad, del bien verdadero, y por tanto encuentra su cumplimiento en el discernimiento de lo que es recto y justo. En otras palabras, la verdad, es la norma guía para la libertad y la bondad es su perfección”.

“En verdad la alta responsabilidad de agudizar la sensibilidad por lo verdadero y lo bueno recae sobre los que ejercen el papel de guía: en campo religioso, político o cultural”, subrayó. “Para los cristianos, la verdad tiene un nombre: Dios. Y el bien tiene un rostro: Jesucristo. La fe cristiana desde los tiempos de los santos Cirilo y Metodio y de los primeros misioneros ha jugado un papel decisivo para plasmar la herencia cultural y espiritual de este país. Debe seguir siendo así en el presente y en el futuro. El rico patrimonio de valores espirituales y culturales que se expresan unos a través de otros, no ha dado forma solamente a la identidad de esta nación, sino que la ha dotado también de la perspectiva necesaria para ejercer un papel de cohesión en el corazón de Europa”.

La nación checa, “como bien sabemos -dijo el Papa-, ha atravesado capítulos dolorosos y lleva en sí las cicatrices de trágicos sucesos causados por la incomprensión, la guerra y la persecución. Y sin embargo, también es verdad que sus raíces cristianas han favorecido el crecimiento de un considerable espíritu de perdón, de reconciliación y colaboración, que ha hecho a la gente de esta tierra capaz de reencontrar la libertad y de inaugurar una nueva era, (…) una nueva esperanza. Este es el espíritu que necesita la Europa de hoy”.

Europa “es más que un continente. Es una casa. (…) Respetando plenamente la distinción entre la esfera política y la religiosa -que garantiza la libertad de los ciudadanos para expresar su propio credo religioso y de vivir en sintonía con él- quiero subrayar el papel insustituible del cristianismo para la formación de la conciencia de cada generación y para la promoción de un consenso ético de fondo, al servicio de todos los que llaman casa a este continente”.

El Papa afirmó que su presencia en la capital conocida como “corazón de Europa” llevaba a interrogarse sobre en que consistía ese nombre. “Un indicio -dijo- nos lo dan, sin duda las joyas arquitectónicas de esta ciudad. (…) Su belleza expresa fe: son epifanías de Dios que nos hacen ver las grandes maravillas a las que podemos aspirar cuando damos cabida a nuestra dimensión estética y cognoscitiva de nuestro ser más profundo. (…) El encuentro creativo de la tradición clásica y del Evangelio ha dado vida a una visión del ser humano y de la sociedad sensible a la presencia de Dios en nosotros”.

“En el contexto de la encrucijada de civilizaciones, caracterizado tan a menudo por una alarmante escisión de la unidad de bondad, verdad y belleza y por la consiguiente dificultad de encontrar un consenso sobre valores humanos, todo esfuerzo por el progreso humano debe inspirarse en esa herencia viva. Europa, fiel a sus raíces cristianas, tiene una vocación particular para sostener esta visión trascendental en sus nuevas iniciativas al servicio del bien común y de los individuos”.

Acabado su discurso el Santo Padre se trasladó a la catedral de los santos Vito, Venceslao y Adalberto para celebrar las vísperas.

«Urge vivir la fe con la vitalidad de los comienzos»

firmes en la fe  Tagged , , , , , No Comments »

Del 1 al 23 de octubre de 1999 tiene lugar en Roma la Asamblea Especial para Europa del Sínodo de los Obispos.

30 de septiembre de 1999

Alfa y Omega (Madrid)

¿Cuáles son las prioridades de la evangelización de Europa y qué papel jugará el Sínodo para Europa en este sentido?

Antes que nada, debo aclarar que no me corresponde señalar esas prioridades, así, en general. Los trabajos del Sínodo constituyen precisamente una ocasión para reflexionar sobre la evangelización de Europa: durante esos días rezaremos, trabajaremos, nos escucharemos los unos a los otros, con apertura de espíritu y deseos de aprender. Y siempre con la confianza de que el Espíritu Santo nos mostrará el camino para iluminar Europa con la luz de Cristo. En este sentido, el Sínodo no es sólo una experiencia viva de la comunión de la Iglesia, sino también una manifestación de fe: creemos que de la comunión y de la unidad surgirán luces para la tarea apostólica de los próximos años.

Después de esta aclaración, no tengo inconveniente en comentar algunos aspectos que – en mi opinión – es bueno afrontar, movidos por el deseo de que el espíritu cristiano renueve nuestro continente, como ha hecho siempre la Iglesia. Me parece muy importante la necesidad de practicar la fe con la vitalidad de los comienzos; también atraerá nuestra atención la dimensión multicultural de la evangelización, dentro de la unidad; y considero que no faltará el estudio sobre las responsabilidades de la mujer.

Como telón de fondo situaría la obligación de presentar nuestra fe de forma genuina, con la coherencia de vida y con el entusiasmo de aquellos inmediatos discípulos de Jesucristo. Hemos de poner en primer plano a Cristo, en quien creemos, a quien seguimos, y de quien estamos llamados a hablar. Los católicos de este continente no tenemos motivos para considerarnos de vuelta, como desencantados. Pero hemos de desempolvar nuestro modo de practicar la fe, purificarlo, conectando más a fondo con la fuente, el manantial, que es el Señor Jesús. Y Jesucristo es eternamente joven, es la perenne novedad. Como consecuencia, nuestra esperanza resultará fortalecida, recuperaremos y comunicaremos siempre con más fuerza y convencimiento la alegría de sabernos cristianos, hijos de Dios.

El Santo Padre, en un discurso al CELAM, en 1983, decía que la evangelización tenía que ser «nueva en su ardor, nueva en sus métodos, nueva en su expresión». Pienso que podemos aplicar muy bien a Europa ese requerimiento de novedad que lleva en sí el mensaje cristiano. Y, lo repito, la novedad es Jesucristo vivo, que sigue pasando a nuestro lado y llamándonos a participar de la gran novedad que es su Vida.

También estimo como una necesidad pastoral urgente, porque se plantea en muchos de nuestros países, la relacionada con los nuevos europeos que llegan de otras regiones del mundo castigadas por el hambre, la violencia y la miseria. Europa se encuentra de nuevo ante el reto de la integración. Un desafío que tiene una dimensión social, organizativa y económica, pero también una dimensión moral. Se trata ciertamente de una cuestión compleja, de difícil solución, que reclama capacidad de apertura ante el otro, ante lo diferente, ante lo inesperado.

En estas circunstancias, los cristianos – como tantas otras veces a lo largo de la historia – descubrimos una tarea exigente que cabría resumir en tres palabras: respetar, acoger, anunciar. Respetar – es decir, amar – a todas esas personas que van llegando a Europa por oleadas, muchas veces en condiciones materiales de extrema indigencia: su pobreza no disminuye su dignidad. Acoger, dejando que suene en nuestros oídos el eco de aquellas fórmulas que hemos de redescubrir: «dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento…». Y anunciar, porque muchos de esos nuevos europeos no han oído hablar de Jesucristo, y necesitan conocerlo; y a nosotros nos obliga el gozoso deber de darlo a conocer.

Pienso que a todos los pastores nos llena de gozo la posibilidad de detenerse en una reflexión pastoral específica acerca de lo que podríamos llamar las nuevas responsabilidades de la mujer en la Europa del futuro. Por decirlo brevemente y de forma gráfica, la mujer, en el siglo que ahora acaba, ha pasado de cumplir una función de presencia limitada en la vida pública de las naciones a ocupar puestos de gran categoría: la que a ellas les corresponde también. Se trata de un proceso de transformación muy profundo, que no ha terminado todavía. El cambio está resultando a veces complicado y doloroso, con luces y sombras. El hecho es que el ámbito de influencia de la mujer presenta nuevas incidencias bien positivas, y sus responsabilidades están reclamando esa reflexión madura que todos deseamos. En este contexto, la Iglesia tiene mucho que decir sobre la dignidad de la mujer y la grandeza de su misión en la sociedad, sobre la importancia de la paternidad y la maternidad, sobre el papel de la familia, etc. Y con la expresión «la Iglesia tiene mucho que decir», quiero referirme en particular a las mujeres católicas europeas: me atrevería a afirmar que de su talento y santidad depende en gran parte el futuro de todos.

¿Cómo percibe la situación de la Iglesia en España?

Vaya por delante que llevo ya 50 años fuera de España. De todos modos, me llegan abundantes noticias, tengo ocasión de conversar con muchos obispos españoles, sobre todo cuando vienen a Roma, y con frecuencia encuentro a personas o grupos de españoles.

Le diría que percibo – especialmente entre los jóvenes – un clima de optimismo y un deseo de participar en la tarea apostólica propia de la Iglesia. Quizá se debe a que resido en Roma, pero he notado que gran parte de esos españoles vibran sinceramente con la dimensión universal de la Iglesia, con los retos de la evangelización en África, en Asia, en países donde no se conoce a Jesucristo. No es, por supuesto, algo nuevo ni exclusivo de España: lo he notado también en otros países. Llego a la conclusión de que el Espíritu Santo está muy activo, mucho más de lo que propagan los datos de algunas estadísticas.

¿Cuál es la situación actual de la labor apostólica del Opus Dei, en el mundo, en Europa y en España?

Su pregunta me recuerda unas palabras que el beato Josemaría Escrivá usaba para referirse a los primeros pasos del Opus Dei: solía hablar de «aquel no parar de los primeros tiempos». Con la gracia de Dios, no se para. Han pasado ya 70 años y cada fiel de la Prelatura se siente tan urgido como durante las semanas que siguieron a los comienzos: surgen nuevas iniciativas aquí y allá, se empieza en nuevas naciones, aunque no se puede ir a todos los sitios desde donde los obispos llaman. La labor del Opus Dei se va desarrollando, y crecer supone, en cierto modo, volver a nacer. Por ejemplo, el día 12 de septiembre, he ordenado al primer sacerdote de Costa de Marfil y al primero de Trinidad y Tobago incardinados en la Prelatura. Como comprenderá, ha sido para mí motivo de particular alegría y una estupenda sensación de un nuevo comienzo.

En Europa, la realidad del Opus Dei está ya asentada desde hace muchos años, salvo en los países del Este. Más de la mitad de los fieles de la Prelatura están en Europa. En España nació el Opus Dei y el crecimiento ha sido grande, gracias a Dios. Pero tengo la convicción de que también en España – como en las demás naciones – estamos comenzando: hay tanto por hacer.

Le confieso que cuando hago balance sobre la marcha de la labor apostólica de la Prelatura, empleo otros instrumentos de medida: la Prelatura va bien cuando cada uno de sus fieles reza, trabaja y sirve a los demás en el lugar donde está, con deseos de ser buen hijo de la Iglesia, de sembrar la paz y de la alegría de Cristo en su familia y entre sus colegas y amigos. Son magnitudes difíciles de medir, pero son las que verdaderamente importan.

¿Qué criterios recomendaría para la actuación pública de los cristianos?

Sigo como norma, aprendida del beato Josemaría, abstenerme de dar consejos en estas materias, fuera de recordar las exigencias éticas y de obrar en coherencia y bajo la inspiración de nuestra fe cristiana. No se puede ocultar la luz debajo de la cama, por temor a chocar con el ambiente descristianizado o con lo que algunos quisieran imponer como políticamente correcto aunque carezca de la verdadera ética, o por conservar intereses personales egoístas. Por lo demás, los cristianos hemos de compartir con todos los ciudadanos de buena voluntad el deseo de servir al bien común de la sociedad.

El pasado día 17, Juan Pablo II recibió a los obispos lituanos que se encontraban en Roma para la visita «ad limina». Entre otras cosas, les recordó que «los laicos no pueden ser, en la Iglesia, sujetos pasivos». Esas palabras pueden servirnos para recordar un criterio básico para la actuación pública de los cristianos. Y es que el cristiano no puede ser sujeto pasivo en la vida pública de su país y del mundo: los cristianos somos ciudadanos de la sociedad en la que vivimos, y nos sentimos tan responsables como los demás – es decir, protagonistas, con los otros ciudadanos – de la vida política, cultural, económica, de la opinión pública, de todo lo que configura, transforma y hace progresar una comunidad humana.

El cristiano coherente no se inhibe, no se limita a lamentarse. Y, sobre todo, no considera que la plenitud de su vocación cristiana se realiza sólo en el ámbito individual, privado; es sensible ante los problemas, busca soluciones, procura ser generoso, se compromete. Cada uno, insisto, da paso a la fe en todo cuanto hace, con la libertad propia del hijo de Dios. El beato Josemaría dice en Surco que «si los cristianos viviéramos de veras conforme a nuestra fe, se produciría la más grande revolución de todos los tiempos…». Una revolución de justicia, de caridad, de paz.


WordPress Theme & Icons by N.Design Studio. WPMU Theme pack by WPMU-DEV.
Entries RSS Comments RSS Acceder