Discurso de Benedicto XVI en el Cenáculo (lugar de la última cena y de Pentecostés)

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Martes, 12 de mayo de 2009

Queridos Hermanos Obispos, Querido Padre Custodio,

Es con gran alegría que les saludo, Ordinarios de la Tierra Santa, en este Cenáculo donde, según la tradición, el Señor abrió su corazón a los discípulos elegidos por El y celebró el Misterio Pascual, y donde el Espíritu Santo el día de Pentecostés inspiró a los primeros discípulos a salir y a predicar la Buena Nueva. Agradezco al Padre Pizzaballa por sus calurosas palabras de bienvenida que me ha dirigido a nombre de ustedes.

Ustedes representan a las comunidades católicas de la Tierra Santa que, en su fe y devoción, son como las velas encendidas que iluminan los lugares santos cristianos, honrado un tiempo por la presencia de Jesús, nuestro Señor viviente. Este privilegio particular les da a ustedes y a su pueblo un puesto especial en el afecto de mi corazón como Sucesor de Pedro.

“Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). El Cenáculo recuerda la Ultima Cena de nuestro Señor con Pedro y los otros Apóstoles e invita a la Iglesia a una orante contemplación. Con este estado de ánimo nos encontramos juntos, el Sucesor de Pedro con los Sucesores de los Apóstoles, en este mismo lugar donde Jesús reveló en la ofrenda de su cuerpo y de su sangre las nuevas profundidades de la alianza de amor establecida entre Dios y su pueblo. En el Cenáculo el misterio de gracia y de salvación, del que somos destinatarios y también heraldos y ministros, puede ser expresado solamente en términos de amor. Porque El nos ha amado primero y continúa amándonos, podemos responder con el amor (cf. Deus caritas est, 2). Nuestra vida como cristianos no es simplemente un esfuerzo humano de vivir las exigencias del Evangelio impuestas a nosotros como deberes. En la Eucaristía somos introducidos dentro del misterio del amor divino. Nuestras vidas se convierten en una aceptación grata, dócil y activa del poder de un amor que nos es donado. Este amor transformante, que es gracia y verdad (cf. Jn 1,17), nos invita, como individuos y como comunidad, a superar las tentaciones de replegarnos sobre nosotros mismos en el egoísmo o en la indolencia, en el aislamiento, en el prejuicio o en el miedo, y a donarnos generosamente en el Señor a los demás. Nos lleva como comunidad cristiana a ser fieles a nuestra misión con franqueza y valor (cf. Hc 4,13). En el Buen Pastor que da su vida por el rebaño, en el Maestro que lava los pies a sus discípulos, ustedes, mis queridos Hermanos, encuentran el modelo de su mismo ministerio en el servicio a nuestro Dios que promueve amor y comunión.

La invitación a la comunión de mente y corazón, así estrechamente unida al mandamiento del amor, y con el papel central unificador de la Eucaristía en nuestras vidas, es de especial relevancia en la Tierra Santa. Las diversas Iglesias cristianas que aquí se encuentran representan un rico y variado patrimonio espiritual y son un signo de las múltiples formas de interacción entre el Evangelio y las diversas culturas. Ellas nos recuerdan también que la misión de la Iglesia es predicar el amor universal de Dios y de reunir de lejos y de cerca de todos aquellos que son llamados por El, de manera que, con sus tradiciones y sus talentos, formen una única familia de Dios. Un nuevo impulso espiritual hacia la comunión en la diversidad en la Iglesia Católica y una nueva conciencia ecuménica han signado nuestro tiempo, especialmente a partir del Concilio Vaticano II. El Espíritu conduce dulcemente nuestros corazones hacia la humildad y la paz, hacia la aceptación recíproca, la comprensión y la cooperación. Esta disposición interior a la unidad bajo el impulso del Espíritu Santo es decisiva para que los Cristianos puedan realizar su misión en el mundo (cf. Jn 17,21).

En la medida en que el don del amor es aceptado y crece en la Iglesia, la presencia cristiana en Tierra Santa y en las regiones vecinas será más vibrante. Esta presencia es de importancia vital para el bien de la sociedad en su conjunto. Las palabras claras de Jesús sobre la íntima unión entre el amor de Dios y el amor al prójimo, sobre la misericordia y sobre la compasión, sobre la humildad, la paz y el perdón son una levadura capaz de transformar los corazones y plasmar las acciones. Los Cristianos en Oriente Medio, junto a las otras personas de buena voluntad, están contribuyendo, como ciudadanos leales y responsables, no obstante las dificultades y restricciones, en la promoción y la consolidación de un clima de paz en la diversidad. Me gusta repetirles a ellos aquello que afirmé en el Mensaje de Navidad del 2006 a los católicos en el Oriente Medio: “Expreso con afecto mi personal cercanía en esta situación de inseguridad humana, de sufrimiento cotidiano, de miedo y desesperanza que están viviendo. Repito a sus comunidades las palabras del Redentor: ‘No temas, pequeño rebaño, porque a su Padre le ha parecido bien darles el Reino’ (Lc 12,32)” (Mensaje de Navidad de Su Santidad el Papa Benedicto XVI a los católicos que viven en la Región del Oriente Medio, 21 de diciembre de 2006).

Queridos Hermanos Obispos, cuenten con mi apoyo y estímulo para hacer todo lo que está en su poder para poder ayudar a nuestros hermanos y hermanas Cristianos a permanecer y a afirmarse aquí en la tierra de sus antepasados y ser mensajeros y promotores de paz. Aprecio sus esfuerzos de ofrecerles, como a ciudadanos maduros y responsables, asistencia espiritual, valores y principios que les ayuden a desenvolver su papel en la sociedad. Mediante la educación, la preparación profesional y otras iniciativas sociales y económicas su condición podrá ser sostenida y mejorada. De mi parte, renuevo mi llamado a los hermanos y hermanas de todo el mundo a sostener y a recordar en sus oraciones a las comunidades cristianas de la Tierra Santa y del Oriente Medio. En este contexto deseo expresar mi consideración por el servicio ofrecido a muchos peregrinos y visitantes que vienen a Tierra Santa en búsqueda de inspiración y renovación sobre las huellas de Jesús. La historia del Evangelio, contemplada en su ambiente histórico y geográfico, se convierte en viva y rica de color, y se obtiene una comprensión más clara del significado de las palabras y gestos del Señor. Muchas experiencias memorables de peregrinos de la Tierra Santa han sido posibles gracias a la hospitalidad y la guía fraterna de ustedes, especialmente de los Hermanos Franciscanos de la Custodia. Por este servicio, quisiera asegurarles el aprecio y la gratitud de la Iglesia Universal y expreso el deseo que, en el futuro, peregrinos en número aún mayor vengan aquí de visita.

Queridos Hermanos, al dirigir juntos nuestra gozosa oración a Maria, Reina del Cielo, pongamos con confianza en sus manos el bienestar y la renovación espiritual de todos los Cristianos en Tierra Santa, de modo que, bajo la guía de sus Pastores, puedan crecer en la fe, en la esperanza y en la caridad, y perseveren en su misión de promotores de comunión y de paz.

TEMA 39. La oración

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La oración es necesaria para la vida espiritual: es la respiración que permite que la vida del espíritu se desarrolle, y actualiza la fe en la presencia de Dios y de su amor.

1.  Qué es la oración

En castellano se cuenta con dos vocablos para designar la relación consciente y coloquial del hombre con Dios: plegaria y oración. La palabra “plegaria” proviene del verbo latino precor, que significa rogar, acudir a alguien solicitando un beneficio. El término “oración” proviene del substantivo latino oratio, que significa habla, discurso, lenguaje.

Las definiciones que se dan de la oración, suelen reflejar estas diferencias de matiz que acabamos de encontrar al aludir a la terminología. Por ejemplo, San Juan Damasceno, la considera como «la elevación del alma a Dios y la petición de bienes convenientes»; mientras que para San Juan Clímaco se trata más bien de una «conversación familiar y unión del hombre con Dios».

La oración es absolutamente necesaria para la vida espiritual. Es como la respiración que permite que la vida del espíritu se desarrolle. En la oración se actualiza la fe en la presencia de Dios y de su amor. Se fomenta la esperanza que lleva a orientar la vida hacia Él y a confiar en su providencia. Y se agranda el corazón al responder con el propio amor al Amor divino.

En la oración, el alma, conducida por el Espíritu Santo desde lo más hondo de sí misma (cfr. Catecismo, 2562), se une a Cristo, maestro, modelo y camino de toda oración cristiana (cfr. Catecismo, 2599 ss.), y con Cristo, por Cristo y en Cristo, se dirige a Dios Padre, participando de la riqueza del vivir trinitario (cfr. Catecismo, 2559-2564). De ahí la importancia que en la vida de oración tiene la Liturgia y, en su centro, la Eucaristía.

2. Contenidos de la oración

Los contenidos de la oración, como los de todo diálogo de amor, pueden ser múltiples y variados. Cabe, sin embargo, destacar algunos especialmente significativos:

Petición.

Es frecuente la referencia a la oración impetratoria a lo largo de toda la Sagrada Escritura; también en labios de Jesús, que no sólo acude a ella, sino que invita a pedir, encareciendo el valor y la importancia de una plegaria sencilla y confiada. La tradición cristiana ha reiterado esa invitación, poniéndola en práctica de muchas maneras: petición de perdón, petición por la propia salvación y por la de los demás, petición por la Iglesia y por el apostolado, petición por las más variadas necesidades, etc.

De hecho, la oración de petición forma parte de la experiencia religiosa universal. El reconocimiento, aunque en ocasiones difuso, de la realidad de Dios (o más genéricamente de un ser superior), provoca la tendencia a dirigirse a Él, solicitando su protección y su ayuda. Ciertamente la oración no se agota en la plegaria, pero la petición es manifestación decisiva de la oración en cuanto reconocimiento y expresión de la condición creada del ser humano y de su dependencia absoluta de un Dios cuyo amor la fe nos da conocer de manera plena (cfr. Catecismo, 2629.2635).

Acción de gracias.

El reconocimiento de los bienes recibidos y, a través de ellos, de la magnificencia y misericordia divinas, impulsa a dirigir el espíritu hacia Dios para proclamar y agradecerle sus beneficios. La actitud de acción de gracias llena desde el principio hasta el fin la Sagrada Escritura y la historia de la espiritualidad. Una y otra ponen de manifiesto que, cuando esa actitud arraiga en el alma, da lugar a un proceso que lleva a reconocer como don divino la totalidad de lo que acontece, no sólo aquellas realidades que la experiencia inmediata acredita como gratificantes, sino también de aquellas otras que pueden parecer negativas o adversas.

Consciente de que el acontecer está situado bajo el designio amoroso de Dios, el creyente sabe que todo redunda en bien de quienes –cada hombre– son objeto del amor divino (cfr. Rm 8, 28). «Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. —Porque te da esto y lo otro. —Porque te han despreciado. —Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes. Porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya. —Porque creó el Sol y la Luna y aquel animal y aquella otra planta. —Porque hizo a aquel hombre elocuente y a ti te hizo premioso… Dale gracias por todo, porque todo es bueno».

Adoración y alabanza.

Es parte esencial de la oración reconocer y proclamar la grandeza de Dios, la plenitud de su ser, la infinitud de su bondad y de su amor. A la alabanza se puede desembocar a partir de la consideración de la belleza y magnitud del universo, como acontece en múltiples textos bíblicos (cfr., por ejemplo, Sal 19; Si 42, 15-25; Dn 3, 32-90) y en numerosas oraciones de la tradición cristiana; o a partir de las obras grandes y maravillosas que Dios opera en la historia de la salvación, como ocurre en el Magnificat (Lc 1, 46-55) o en los grandes himnos paulinos (ver, por ejemplo, Ef 1, 3-14); o de hechos pequeños e incluso menudos en los que se manifiesta el amor de Dios.

En todo caso, lo que caracteriza a la alabanza es que en ella la mirada va derechamente a Dios mismo, tal y como es en sí, en su perfección ilimitada e infinita. «La alabanza es la forma de orar que reconoce de la manera más directa que Dios es Dios. Le canta por Él mismo, le da gloria no por lo que hace sino por lo que Él es» (Catecismo, 2639). Está por eso íntimamente unida a la adoración, al reconocimiento, no sólo intelectual sino existencial, de la pequeñez de todo lo creado en comparación con el Creador y, en consecuencia, a la humildad, a la aceptación de la personal indignidad ante quien nos trasciende hasta el infinito; a la maravilla que causa el hecho de que ese Dios, al que los ángeles y el universo entero rinde pleitesía, se haya dignado no sólo a fijar su mirada en el hombre, sino habitar en el hombre; más aún, a encarnarse.

Adoración, alabanza, petición, acción de gracias resumen las disposiciones de fondo que informan la totalidad del diálogo entre el hombre y Dios. Sea cual sea el contenido concreto de la oración, quien reza lo hace siempre, de una forma u otra, explícita o implícitamente, adorando, alabando, suplicando, implorando o dando gracias a ese Dios al que reverencia, al que ama y en el que confía. Importa reiterar, a la vez, que los contenidos concretos de la oración podrán ser muy variados. En ocasiones se acudirá a la oración para considerar pasajes de la Escritura, para profundizar en alguna verdad cristiana, para revivir la vida Cristo, para sentir la cercanía de Santa María… En otras, iniciará a partir de la propia vida para hacer partícipe a Dios de las alegrías y los afanes, de las ilusiones y los problemas que el existir comporta; o para encontrar apoyo o consuelo; o para examinar ante Dios el propio comportamiento y llegar a propósitos y decisiones; o más sencillamente para comentar con quien sabemos que nos ama las incidencias de la jornada.

Encuentro entre el creyente y Dios en quien se apoya y por el que se sabe amado, la oración puede versar sobre la totalidad de las incidencias que conforman el existir, y sobre la totalidad de los sentimientos que puede experimentar el corazón. «Me has escrito: “orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?” —¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias…, ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: “¡tratarse!”». Siguiendo una y otra vía, la oración será siempre un encuentro íntimo y filial entre el hombre y Dios, que fomentará el sentido de la cercanía divina y conducirá a vivir cada día de la existencia de cara a Dios.

3. Expresiones o formas de la oración

Atendiendo a los modos o formas de manifestarse la oración, los autores suelen ofrecer diversas distinciones: oración vocal y oración mental; oración pública y oración privada; oración predominantemente intelectual o reflexiva y oración afectiva; oración reglada y oración espontánea, etc. En otras ocasiones los autores intentan esbozar una gradación en la intensidad de la oración distinguiendo entre oración mental, oración afectiva, oración de quietud, contemplación, oración unitiva…

El Catecismo estructura su exposición distinguiendo entre: oración vocal, meditación y oración de contemplación. Las tres «tienen en común un rasgo fundamental: el recogimiento del corazón. Esta actitud vigilante para conservar la Palabra y permanecer en presencia de Dios hace de todas ellas tiempos fuertes de la vida de oración» (Catecismo, 2699). Un análisis del texto evidencia, por lo demás, que el Catecismo al emplear esa terminología no hace referencia a tres grados de la vida de oración, sino más bien a dos vías, la oración vocal y la meditación, presentándo ambas como aptas para conducir a esa cumbre en la vida de oración que es la contemplación. En nuestra exposición nos atendremos a este esquema.

Oración vocal

La expresión “oración vocal” apunta a una oración que se expresa vocalmente, es decir, mediante palabras articuladas o pronunciadas. Esta primera aproximación, aun siendo exacta, no va al fondo del asunto. Pues, de una parte, todo dialogar interior, aunque pueda ser calificado como exclusiva o predominantemente mental, hace referencia, en el ser humano, al lenguaje; y, en ocasiones, al lenguaje articulado en voz alta, también en la intimidad de la propia estancia. De otra, hay que afirmar que la oración vocal no es asunto sólo de palabras sino sobre todo de pensamiento y de corazón. De ahí que sea más exacto sostener que la oración vocal es la que se hace utilizando fórmulas preestablecidas tanto largas como breves (jaculatorias), bien tomadas de la Sagrada Escritura (el Padrenuestro, el Avemaria…), bien recibidas de la tradición espiritual (el Señor mío Jesucristo, el Veni Sancte Spiritus, la Salve, el Acordaos…).

Todo ello, como resulta obvio, con la condición de que las expresiones o formulas recitadas vocalmente sean verdadera oración, es decir, que cumplan con el requisito de que quien las recita lo haga no sólo con la boca sino con la mente y el corazón. Si esa devoción faltara, si no hubiera conciencia de quién es Aquél al que la oración se dirige, de qué es lo que en la oración se dice y de quién es aquél la dice, entonces, como afirma con expresión gráfica Santa Teresa de Jesús, no se puede hablar propiamente de oración «aunque mucho se meneen los labios».

La oración vocal juega un papel decisivo en la pedagogía de la plegaría, sobre todo en el inicio del trato con Dios. De hecho, mediante el aprendizaje de la señal de la Cruz y de oraciones vocales el niño, y con frecuencia también el adulto, se introduce en la vivencia concreta de la fe y, por tanto, de la vida de oración. No obstante, el papel y la importancia de la oración vocal no está limitada a los comienzos del diálogo con Dios, sino que está llamada a acompañar la vida espiritual durante todo su desarrollo.

La meditación

Meditar significa aplicar el pensamiento a la consideración de una realidad o de una idea con el deseo de conocerla y comprenderla con mayor hondura y perfección. En un cristiano la meditación –a la que con frecuencia se designa también oración mental– implica orientar el pensamiento hacia Dios tal y como se ha revelado a lo largo de la historia de Israel y definitiva y plenamente en Cristo. Y, desde Dios, dirigir la mirada a la propia existencia para valorarla y acomodarla al misterio de vida, comunión y amor que Dios ha dado a conocer.

La meditación puede desarrollarse de forma espontánea, con ocasión de los momentos de silencio que acompañan o siguen a las celebraciones litúrgicas o a raíz de la lectura de algún texto bíblico o de un pasaje autor espiritual. En otros momentos puede concretarse mediante la dedicación de tiempos específicamente destinados a ello. En todo caso, es obvio que –especialmente en los principios, pero no sólo entonces– implica esfuerzo, deseo de profundizar en el conocimiento de Dios y de su voluntad, y en el empeño personal efectivo con vistas a la mejora de la vida cristiana. En ese sentido, puede afirmarse que «la meditación es, sobre todo, una búsqueda» (Catecismo, 2705); si bien conviene añadir que se trata no de la búsqueda de algo, sino de Alguien. A lo que tiende la meditación cristiana no es sólo, ni primariamente, a comprender algo (en última instancia, a entender el modo de proceder y de manifestarse de Dios), sino a encontrarse con Él y, encontrándolo, identificarse con su voluntad y unirse a Él.

La oración contemplativa

El desarrollo de la experiencia cristiana, y, en ella y con ella, el de la oración, conducen a una comunicación entre el creyente y Dios cada vez más continuada, más personal y más íntima. En ese horizonte se sitúa la oración a la que el Catecismo califica de contemplativa, que es fruto de un crecimiento en la vivencia teologal del que fluye un vivo sentido de la cercanía amorosa de Dios; en consecuencia, el trato con Él se hace cada vez más directo, familiar y confiado, e incluso, más allá de las palabras y del pensamiento reflejo, se llega a vivir de hecho en íntima comunión con Él.

«¿Qué es esta oración?», se interroga el Catecismo al comienzo del apartado dedicado a la oración contemplativa, para contestar enseguida afirmando, con palabras tomadas de Santa Teresa de Jesús, que no es otra cosa «sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama». La expresión oración contemplativa, tal y como la emplean el Catecismo y otros muchos escritos anteriores y posteriores, remite pues a lo que cabe calificar como el ápice de la contemplación; es decir, el momento en el que, por acción de la gracia, el espíritu es conducido hasta el umbral de lo divino trascendiendo toda otra realidad. Pero también, y más ampliamente, a un crecimiento vivo y sentido de la presencia de Dios y del deseo de una profunda comunión con Él. Y ello sea en los tiempos dedicados especialmente a la oración, sea en el conjunto del existir. La oración está, en suma, llamada a envolver a la entera persona humana –inteligencia, voluntad y sentimientos–, llegando al centro del corazón para cambiar sus disposiciones, a informar toda la vida del cristiano, haciendo de él otro Cristo (cfr. Ga 2,20).

4.  Condiciones y características de la oración

La oración, como todo acto plenamente personal, requiere atención e intención, conciencia de la presencia de Dios y diálogo efectivo y sincero con Él. Condición para que todo eso sea posible es el recogimiento. La voz recogimiento significa la acción por la que la voluntad, en virtud de la capacidad de dominio sobre el conjunto de las fuerzas que integran la naturaleza humana, procura moderar la tendencia a la dispersión, promoviendo de esa forma el sosiego y la serenidad interiores. Esta actitud es esencial en los momentos dedicados especialmente a la oración, cortando con otras tareas y procurando evitar las distracciones. Pero no ha de quedar limitada a esos tiempos: sino que debe extenderse, hasta llegar al recogimiento habitual, que se identifica con una fe y un amor que, llenando el corazón, llevan a procurar vivir la totalidad de las acciones en referencia a Dios, ya sea expresa o implícitamente.

Otra de las condiciones de la oración es la confianza. Sin una confianza plena en Dios y en su amor, no habrá oración, al menos oración sincera y capaz de superar las pruebas y dificultades. No se trata sólo de la confianza en que una determinada petición sea atendida, sino de la seguridad que se tiene en quien sabemos que nos ama y nos comprende, y ante quien se puede por tanto abrir sin reservas el propio corazón (cfr. Catecismo, 2734-2741).

En ocasiones la oración es diálogo que brota fácilmente, incluso acompañado de gozo y consuelo, desde lo hondo del alma; pero en otros momentos –tal vez con más frecuencia– puede reclamar decisión y empeño. Puede entonces insinuarse el desaliento que lleva a pensar que el tiempo dedicado al trato con Dios carece sentido (cfr. Catecismo, n. 2728). En estos momentos, se pone de manifiesto la importancia de otra de las cualidades de la oración: la perseverancia. La razón de ser de la oración no es la obtención de beneficios, ni la busca de satisfacciones, complacencias o consuelos, sino la comunión con Dios; de ahí la necesidad y el valor de la perseverancia en la oración, que es siempre, con aliento y gozo o sin ellos, un encuentro vivo con Dios (cfr. Catecismo, 2742-2745, 2746-2751).

Rasgo específico, y fundamental, de la oración cristiana es su carácter trinitario. Fruto de la acción del Espíritu Santo que, infundiendo y estimulando la fe, la esperanza y el amor, lleva a crecer en la presencia de Dios, hasta saberse a la vez en la tierra, en la que se vive y trabaja, y en el cielo, presente por la gracia en el propio corazón. El cristiano que vive de fe se sabe invitado a tratar a los ángeles y a los santos, a Santa María y, de modo especial, a Cristo, Hijo de Dios encarnado, en cuya humanidad percibe la divinidad de su persona. Y, siguiendo ese camino, a reconocer la realidad de Dios Padre y de su infinito amor, y a entrar cada vez con más hondura en un trato confiado con Él.

La oración cristiana es por eso y de modo eminente una oración filial. La oración de un hijo que, en todo momento –en la alegría y en el dolor, en el trabajo y en el descanso– se dirige con sencillez y sinceridad a su Padre para colocar en sus manos los afanes y sentimientos que experimenta en el propio corazón, con la seguridad de encontrar en Él comprensión y acogida. Más aún, un amor en el que todo encuentra sentido.

José Luis Illanes

TEMA 19. La Eucaristía

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La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo, la actualización de su único sacrificio, en la liturgia de la Iglesia.

1. Naturaleza sacramental de la Santísima Eucaristía

1.1. ¿Qué es la Eucaristía?

La Eucaristía es el sacramento que hace presente, en la celebración litúrgica de la Iglesia, la Persona de Jesucristo (todo Cristo: Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad) y su sacrificio redentor, en la plenitud del Misterio Pascual de su pasión, muerte y resurrección. Esta presencia no es estática o pasiva (como la de un objeto en un lugar) sino activa, porque el Señor se hace presente con el dinamismo de su amor salvador: en la Eucaristía Él nos invita a acoger la salvación que nos ofrece y a recibir el don de su Cuerpo y de su Sangre como alimento de vida eterna, permitiéndonos entrar en comunión con Él —con su Persona y su sacrificio— y en comunión con todos los miembros de su Cuerpo Místico que es la Iglesia.

En efecto, como afirma el Concilio Vaticano II, «Nuestro Salvador, en la Última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su Cuerpo y su Sangre, para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual “en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura”».

1.2. Los nombres con los que se designa este sacramento

La Eucaristía es denominada, tanto por la Sagrada Escritura como por la Tradición de la Iglesia, con diversos nombres, que reflejan los múltiples aspectos de este sacramento y expresan su inconmensurable riqueza, pero ninguno agota su sentido. Veamos los más significativos:

a) unos nombres recuerdan el origen del rito: Eucaristía, Fracción del Pan, Memorial de la pasión, muerte y resurrección del Señor, Cena del Señor;

b) otros subrayan el carácter sacrificial de la Eucaristía: Santo Sacrificio, Santo Sacrificio de la Misa, Sacramento del Altar, Hostia (= Víctima inmolada);

c) otros intentan expresar la realidad de la presencia de Cristo bajo las especies consagradas: Sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, Pan del Cielo (cfr. Jn 6,32-35; Jn 6,51-58), Santísimo Sacramento (porque contiene al Santo de los Santos, la misma santidad de Dios encarnado);

d) otros hacen referencia a los efectos causados por la Eucaristía en cada fiel y en toda la Iglesia: Pan de Vida, Pan de los hijos, Cáliz de salvación, Viático (para que no desfallezcamos en el camino a Casa), Comunión. Este último nombre indica que mediante la Eucaristía nos unimos a Cristo (comunión personal con Jesucristo) y a todos los miembros de su Cuerpo Místico (comunión eclesial, en Jesucristo);

e) otros designan toda la celebración eucarística con el término que indica, en el rito latino, la despedida de los fieles después de la comunión: Misa, Santa Misa;

Entre todos estos nombres el término Eucaristía es el que ha ido prevaleciendo cada vez más en la Iglesia de Occidente, hasta ser la expresión común con la que se designa tanto la acción litúrgica de la Iglesia, que celebra el memorial del Señor, como el sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.

En Oriente la celebración eucarística, sobre todo a partir del siglo X, es designada habitualmente con la expresión Santa y Divina Liturgia.

1.3. La Eucaristía en el orden sacramental de la Iglesia

«El amor de la Trinidad a los hombres hace que, de la presencia de Cristo en la Eucaristía, nazcan para la Iglesia y para la humanidad todas las gracias». La Eucaristía es el sacramento más excelso, porque en él «se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y pan vivo, que por su carne vivificada y vivificante por el Espíritu Santo, da la vida a los hombres». Los otros sacramentos, si bien poseen una virtud santificadora que proviene de Cristo, no son como la Eucaristía, que hace presente verdaderamente, realmente y sustancialmente la misma Persona de Cristo —el Hijo encarnado y glorificado del Padre Eterno—, con la potencia salvífica de su amor redentor, para que los hombres puedan entrar en comunión con Él y vivan por Él y en Él (cfr. Jn 6,56-57).

Además, la Eucaristía constituye la cumbre hacia la que convergen todos los demás sacramentos en orden al crecimiento espiritual de cada uno de los creyentes y de toda la Iglesia. En este sentido el Concilio Vaticano II afirma que la Eucaristía es fuente y cima de la vida cristiana, el centro de toda la vida de la Iglesia. Todos los demás sacramentos y todas las obras de la Iglesia se ordenan a la Eucaristía porque su fin es llevar a los fieles a la unión con Cristo, presente en este sacramento (cfr. Catecismo, 1324).

No obstante contenga a Cristo, fuente a través de la cual la vida divina llega a la humanidad, y aun siendo el fin hacia el que todos los demás sacramentos se ordenan, la Eucaristía no substituye a ninguno de ellos (ni al bautismo, ni a la confirmación, ni a la penitencia, ni a la unción de los enfermos), y puede ser consagrada sólo por un ministro válidamente ordenado. Cada sacramento tiene su papel en el conjunto sacramental y en la vida misma de la Iglesia. En este sentido la Eucaristía se considera el tercer sacramento de la iniciación cristiana. Desde los primeros siglos del cristianismo el bautismo y la confirmación han sido considerados como preparación a la participación en la Eucaristía, como disposiciones para entrar en comunión sacramental con el Cuerpo de Cristo y con su sacrificio, y para insertarse más vitalmente en el misterio de Cristo y de su Iglesia.

2. La promesa de la Eucaristía y su institución por Jesucristo

2.1. La promesa

El Señor anunció la Eucaristía durante su vida pública, en la Sinagoga de Cafarnaún, ante quienes le habían seguido después de ser testigos del milagro de la multiplicación de los panes, con el que sació a la multitud (cfr. Jn 6,1-13). Jesús aprovechó aquél signo para revelar su identidad y su misión, y para prometer la Eucaristía: «En verdad, en verdad os digo que Moisés no os dio el pan del cielo, sino que mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que ha bajado del cielo y da la vida al mundo. —Señor, danos siempre de este pan—, le dijeron ellos. Jesús les respondió: —Yo soy el pan de vida… Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo… El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Igual que el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí» (cfr. Jn 6,32-35.51.54-57).

2.2. La institución y su contexto pascual

Jesucristo instituyó este sacramento en la Última Cena. Los tres evangelios sinópticos (cfr. Mt 26,17-30; Mc 14,12-26; Lc 22,7-20) y san Pablo (cfr. 1 Co 11,23-26) nos han transmitido el relato de la institución. He aquí la síntesis de la narración que ofrece el Catecismo de la Iglesia Católica: «Llegó el día de los Azimos, en el que se había de inmolar el cordero de Pascua; (Jesús) envió a Pedro y a Juan, diciendo: “Id y preparadnos la Pascua para que la comamos”… fueron… y prepararon la Pascua. Llegada la hora, se puso a la mesa con los Apóstoles; y les dijo: “Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios”… Y tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros. Haced esto en recuerdo mío [en conmemoración mía; como memorial mío]”. De igual modo, después de cenar, el cáliz, diciendo: “Este cáliz es la Nueva Alianza en mi Sangre, que va a ser derramada por vosotros”» (Catecismo, 1339).

Jesús celebró pues la Última Cena en el contexto de la Pascua judía, pero la Cena del Señor posee una novedad absoluta: en el centro no se encuentra el cordero de la Antigua Pascua, sino Cristo mismo, su Cuerpo entregado (ofrecido en sacrificio al Padre, en favor de los hombres)… y su Sangre derramada por muchos para remisión de los pecados (cfr. Catecismo, 1339). Podemos pues decir que Jesús, más que celebrar la Antigua Pascua, anunció y realizó —anticipándola sacramentalmente— la Nueva Pascua.

2.3. Significado y contenido del mandato del Señor

El precepto explícito de Jesús: «Haced esto en conmemoración mía [como memorial mío]» (Lc 22,19; 1 Co 11,24-25), evidencia el carácter propiamente institucional de la Última Cena. Con dicho mandato nos pide que correspondamos a su don y que lo representemos sacramentalmente (que lo volvamos a realizar, que reiteremos su presencia: la presencia de su Cuerpo entregado y de su Sangre derramada, es decir, de su sacrificio en remisión de nuestros pecados).

— «Haced esto». De este modo designó quienes pueden celebrar la Eucaristía (los Apóstoles y sus sucesores en el sacerdocio), les confió la potestad de celebrarla y determinó los elementos fundamentales del rito: los mismos que Él empleó (por tanto en la celebración de la Eucaristía es necesaria la presencia del pan y del vino, la plegaría de acción de gracias y de bendición, la consagración de los dones en el Cuerpo y la Sangre del Señor, la distribución y la comunión con este Santísimo Sacramento.

— «En conmemoración mía [como memorial mío]». De este modo Cristo ordenó a los Apóstoles (y en ellos a sus sucesores en el sacerdocio), que celebraran un nuevo “memorial”, que sustituía al de la Antigua Pascua. Este rito memorial tiene una particular eficacia: no sólo ayuda a “recordar” a la comunidad creyente el amor redentor de Cristo, sus palabras y gestos durante la Última Cena, sino que, además, como sacramento de la Nueva Ley, hace objetivamente presente la realidad significada: a Cristo, “nuestra Pascua” (1 Co 5,7), y a su sacrificio redentor.

3. La celebración litúrgica de la Eucaristía

La Iglesia, obediente al mandato del Señor, celebró enseguida la Eucaristía en Jerusalén (cfr. Hch 2,42-48), en Tróade (cfr. Hch 20,7-11) en Corinto (cfr. 1 Co 10,14,21; 1 Co 11, 20-34), y en todos los lugares a donde llegaba el cristianismo. «Era sobre todo “el primer día de la semana”, es decir, el domingo, el día de la resurrección de Jesús, cuando los cristianos se reunían para “partir el pan” (Hch 20,7). Desde entonces hasta nuestros días la celebración de la Eucaristía se ha perpetuado, de suerte que hoy la encontramos por todas partes en la Iglesia, con la misma estructura fundamental» (Catecismo, 1343).

3.1. La estructura fundamental de la celebración

Fiel al mandato de Jesús, la Iglesia, guiada por el “Espíritu de verdad” (Jn 16,13), que es el Espíritu Santo, cuando celebra la Eucaristía no hace otra cosa que conformarse al rito eucarístico realizado por el Señor en la Última Cena. Los elementos esenciales de las sucesivas celebraciones eucarísticas no pueden ser otros que aquellos de la Eucaristía originaria, es decir: a) La asamblea de los discípulos de Cristo, por Él convocada y reunida en torno a Él; y b) La actuación del nuevo rito memorial.

La asamblea eucarística

Desde los comienzos de la vida de la Iglesia, la asamblea cristiana que celebra la Eucaristía se manifiesta jerárquicamente estructurada: habitualmente está constituida por el obispo o por un presbítero (que preside sacerdotalmente la celebración eucarística y actúa in persona Christi Capitis Ecclesiae), por el diácono, por otros ministros y por los fieles, unidos por el vínculo de la fe y del bautismo. Todos los miembros de esta asamblea están llamados a participar conscientemente, devotamente y activamente en la liturgia eucarística, cada uno según su modo propio: el sacerdote celebrante, el diácono, los lectores, los que presentan las ofrendas, el ministro de la comunión y el pueblo entero, cuyo “Amén” manifiesta su real participación (cfr. Catecismo, 1348). Por tanto, cada uno deberá cumplir el propio ministerio, sin que haya confusión entre el sacerdocio ministerial, el sacerdocio común de los fieles y el ministerio del diácono y de otros posibles ministros.

El papel del sacerdocio ministerial en la celebración de la Eucaristía es esencial. Sólo el sacerdote válidamente ordenado puede consagrar la Santísima Eucaristía, pronunciando in persona Christi (es decir, en la identificación específica sacramental con el Sumo y Eterno Sacerdote, Jesucristo), las palabras de la consagración (cfr. Catecismo, 1369). Por otra parte, ninguna comunidad cristiana está capacitada para darse por sí sola el ministerio ordenado. «Éste es un don que se recibe a través de la sucesión episcopal que se remonta a los Apóstoles. Es el obispo quien establece un nuevo presbítero mediante el sacramento del Orden, otorgándole el poder de consagrar la Eucaristía».

El desarrollo de la celebración

La actuación del rito memorial se desarrolla, desde los orígenes de la Iglesia, en dos grandes momentos, que forman un solo acto de culto: la “Liturgia de la Palabra” (que comprende la proclamación y la escucha-acogida de la Palabra de Dios), y la “Liturgia Eucarística” (que comprende la presentación del pan y del vino, la anáfora o plegaria eucarística —con las palabras de la consagración— y la comunión. Estas dos partes principales están delimitadas por los ritos de introducción y de conclusión (cfr. Catecismo, 1349-1355). Nadie puede quitar o añadir a su antojo nada de lo que ha sido establecido por la Iglesia en la Liturgia de la Santa Misa.

La constitución del signo sacramental

Los elementos esenciales y necesarios para constituir el signo sacramental de la Eucaristía son: por una parte, el pan de harina de trigo y el vino de uvas; y, por otra, las palabras consagratorias, que el sacerdote celebrante pronuncia in persona Christi, en el contexto de la «Plegaria Eucarística». Gracias a la virtud de las palabras del Señor y a la potencia del Espíritu Santo, el pan y el vino se convierten en signos eficaces, con plenitud ontológica y no solo de significado, de la presencia del “Cuerpo entregado” y de la “Sangre derramada” de Cristo, es decir, de su Persona y de su sacrificio redentor (cfr. Catecismo, 1333 y 1375).

Ángel García Ibáñez

Bibliografía básica

Catecismo de la Iglesia Católica, 1322-1355.

Juan Pablo II, Enc. Ecclesia de Eucharistia, 17-IV-2003, 11-20; 47-52.

Benedicto XVI, Ex. Ap. Sacramentum caritatis, 22-II-2007, 6-13; 16-29; 34-65.

Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Redemptionis Sacramentum, 25-III-2004, 48-79.

Lecturas recomendadas

San Josemaría, Homilía La Eucaristía, misterio de fe y de amor, en Es Cristo que pasa, 83-94.

J. Ratzinger, La Eucaristía centro de la vida. Dios está cerca de nosotros, Edicep, Valencia 2003, pp. 29-44; 61-80; 135-144.

J. Echevarría, Eucaristía y vida cristiana, Rialp, Madrid 2005, pp. 17-48.

J.R. Villar – F.M. Arocena – L. Touze, Eucaristía, en C. Izquierdo (dir.), Diccionario de Teología, Eunsa, Pamplona 2006, pp. 355-356; 362-366.

Carta pastoral con motivo del Año de la Eucaristía

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S.E. Mons. Javier Echevarría
Prelado del Opus Dei

«En la Santísima Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vivo, que por su Carne vivificada y que vivifica por el Espíritu Santo, da vida a los hombres»1. Esta misteriosa e inefable manifestación del amor de Dios por la humanidad, ocupa un lugar privilegiado en el corazón de los cristianos y, concretamente, de los hijos de Dios en el Opus Dei. Así lo enseñó nuestro queridísimo Padre con su ejemplo, con su predicación y con sus escritos, cuando afirmaba que la Eucaristía constituye «el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano»2.

Por eso, nos ha llenado de alegría la decisión del Santo Padre, hecha pública en la pasada Solemnidad del Corpus Christi, de celebrar un Año de la Eucaristía en la Iglesia universal. Recordáis que este tiempo comienza en este mes de octubre, con el Congreso Eucarístico Internacional de Guadalajara (México), y se concluirá en octubre de 2005, con la Asamblea ordinaria del Sínodo de Obispos, dedicada precisamente a este admirable Sacramento.

En continuidad ideal con el Jubileo del 2000 y en el espíritu de la Carta Apostólica Novo Millennio ineunte, deseo que los fieles de la Prelatura, los Cooperadores y las personas que se forman al calor del espíritu de la Obra, diariamente secundemos al Romano Pontífice y procuremos con todas nuestras fuerzas que la Sagrada Eucaristía ocupe cada vez más el núcleo de nuestra existencia entera. También os sugiero que, en este Año eucarístico, acompañados por la Virgen con el rezo del Rosario y movidos por el ejemplo de San Josemaría, vayamos activamente al Sagrario para manifestar a Jesús, hecho Hostia Santa, con profunda sinceridad: Adoro te devote! Fijémonos esta meta con exigencia de conducta, porque tanto valdrá nuestra vida cuanto intensa sea nuestra piedad eucarística.

Adoro te devote, latens deitas, quæ sub his figuris vere latitas

Tanto amó Dios al mundo
Comenzamos con un acto personal de rendida adoración a la Eucaristía, al mismo Cristo, pues en este Santísimo Sacramento «están contenidos verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero»3. Jesús se halla presente, pero no se le ve: está oculto bajo las especies de pan y de vino4. «Está escondido en el Pan … por amor a ti»5.

El amor que manifiesta a las criaturas es la causa de que se haya quedado entre nosotros, en este mundo, bajo el velo eucarístico. «Desde pequeño he comprendido perfectamente el porqué de la Eucaristía: es un sentimiento que todos tenemos; querer quedarnos para siempre con quien amamos»6. Nuestro Padre, considerando el misterio del amor de Cristo que pone sus delicias en estar entre los hijos de los hombres (cfr. Prv 8, 31), que no consiente en dejarnos huérfanos (cfr. Jn 14, 18), que ha decidido permanecer con nosotros hasta la consumación de los siglos (cfr.Mt 28, 20), ilustraba el motivo de la institución de este Sacramento con la imagen de las personas que se tienen que separar. «Desearían estar siempre juntas, pero el deber —el que sea— les obliga a alejarse»; y al no estar en condiciones de conseguirlo, «se cambian un recuerdo, quizá una fotografía», pero «no logran hacer más porque el poder de las criaturas no llega tan lejos como su querer». Jesús, Dios y Hombre, supera esos límites por amor nuestro. «Lo que nosotros no podemos, lo puede el Señor». Él «no deja un símbolo, sino la realidad: se queda Él mismo»7: el que nació de María en Belén; el que trabajó en Nazaret y recorrió Galilea y Judea y murió crucificado en el Gólgota; el que resucitó gloriosamente al tercer día y se apareció a sus discípulos repetidas veces8.

La fe cristiana ha confesado siempre esta identidad, también para rechazar las nostalgias de quienes excusaban su escaso espíritu cristiano, alegando que no veían al Señor como los primeros discípulos; o de quienes argumentaban que se comportarían de otro modo si pudieran tratarlo físicamente. «Cuántos dicen ahora: “¡Quisiera ver su forma, su figura, sus vestidos, su calzado!” Pues he ahí que a Él ves, a Él tocas, a Él comes. Tú deseas ver sus vestidos; pero Él se te da a sí mismo, no sólo para que lo veas, sino para que lo toques y lo comas, y le recibas dentro de ti. Nadie, pues, se acerque con desconfianza, nadie con tibieza: todos encendidos, todos fervorosos y vigilantes»9.

Un Dios cercano
San Josemaría nos ha enseñado a asumir con plenitud la fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, de manera que el Señor entre verdaderamente en nuestra vida y nosotros en la suya, que le miremos y contemplemos —con los ojos de la fe— como a una persona realmente presente: nos ve, nos oye, nos espera, nos habla, se acerca y nos busca, se inmola por nosotros en la Santa Misa10.

Explicaba nuestro Padre que los hombres tienden a imaginar al Señor muy «lejos, donde brillan las estrellas», como desentendido de sus criaturas; y no terminan de creer «que también está siempre a nuestro lado»11. Quizá hayáis encontrado personas que consideran al Creador tan distinto de los hombres, que les parece que no le conciernen los pequeños o grandes avatares que componen la vida humana. Nosotros, sin embargo, sabemos que no es así, que «Dios habita en lo más alto y mira las cosas pequeñas» (Sal 137, 6, Vg): se fija con amor en cada uno, todo lo nuestro le interesa.

«El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima, para que, encarnándose, muera por nosotros y nos redima. El mismo Padre amoroso que ahora nos atrae suavemente hacia Él, mediante la acción del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones»12. Su amor y su interés infinitos por cada uno de nosotros, han llevado al Hijo a quedarse en la Hostia Santa, además de a encarnarse y a trabajar y a sufrir como sus hermanos los hombres. Es verdaderamente Emmanuel, Dios con nosotros. «El Creador se ha desbordado en cariño por sus criaturas. Nuestro Señor Jesucristo, como si aún no fueran suficientes todas las otras pruebas de su misericordia, instituye la Eucaristía para que podamos tenerle siempre cerca y —en lo que nos es posible entender— porque, movido por su Amor, quien no necesita nada, no quiere prescindir de nosotros»13.

Actos de adoración
Ante este misterio de fe y de amor, caemos en adoración; actitud necesaria, porque sólo así manifestamos adecuadamente que creemos que la Eucaristía es Cristo verdadera, real y sustancialmente presente con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. También resulta precisa esta disposición porque sólo así nuestro amor —rendido y total— puede alcanzar el nivel de respuesta adecuada al inmenso amor de Jesús por cada uno (cfr. Jn 13, 1; Lc 22, 15). Nuestra adoración a Cristo sacramentado, por ser Dios, entraña a la vez gesto externo y devoción interna, enamoramiento. No es ritualismo convencional, sino oblación íntima de la persona que se traduce externamente. «En la Santa Misa adoramos, cumpliendo amorosamente el primer deber de la criatura para su Creador: «adorarás al Señor, Dios tuyo, y a Él sólo servirás» (Dt 6, 13; Mt4, 10). No adoración fría, exterior, de siervo, sino íntima estimación y acatamiento, que es amor entrañable de hijo»14.

Los gestos de adoración —como la inclinación de cabeza o de cuerpo, la genuflexión, la postración— quieren siempre expresar reverencia y afecto, sumisión, anonadamiento, deseo de unión, de servicio y, desde luego, ningún servilismo. La verdadera adoración no significa alejamiento, distancia, sino identificación amorosa, porque «un hijo de Dios trata al Señor como Padre. Su trato no es un obsequio servil, ni una reverencia formal, de mera cortesía, sino que está lleno de sinceridad y de confianza»15.

¡Qué categoría concedía San Josemaría a esos modales de piedad, por pequeños que pudieran parecer! Esos detalles están llenos de sentido, revelan la finura interior de la persona y la calidad de su fe y de su amor. «¡Qué prisa tienen todos ahora para tratar a Dios! (…). Tú no tengas prisa. No hagas, en lugar de una genuflexión piadosa, una contorsión del cuerpo, que es una burla (…). Haz la genuflexión así, despacio, con piedad, bien hecha. Y mientras adoras a Jesús sacramentado, dile en tu corazón: Adoro te devote, latens deitas. Te adoro, mi Dios escondido»16.

Y más importancia aún reconocía a esa actitud interior de amor, que debe empapar todas las manifestaciones externas de la devoción eucarística. La adoración a Jesús sacramentado va de la contemplación de su amor por nosotros, a la declaración rendida del amor de la criatura por Él; pero no se queda sólo en cuestión de palabras, que también resultan necesarias, sino que se manifiesta sobre todo en hechos externos e internos de entregamiento: «que sepamos cada uno decir al Señor, sin ruido de palabras, que nada podrá separarnos de Él, que su disponibilidad —inerme— de quedarse en las apariencias ¡tan frágiles! del pan y del vino, nos ha convertido en esclavos voluntarios»17. Haciendo eco a San Juan Damasceno, Santo Tomás de Aquino explica que, en la verdadera adoración, la humillación exterior del cuerpo manifiesta y excita la devoción interior del alma, el ansia de someterse a Dios y servirle18.

No hemos de tener reparo —¡al contrario!— en repetir al Señor que le amamos y le adoramos, pero hemos de avalorar esas palabras con nuestras obras de sujeción y de obediencia a su querer. «Dios Nuestro Señor necesita que le repitáis, al recibirlo cada mañana: ¡Señor, creo que eres Tú, creo que estás realmente oculto en las especies sacramentales! ¡Te adoro, te amo! Y, cuando le hagáis una visita en el oratorio, repetídselo nuevamente: ¡Señor, creo que estás realmente presente! ¡te adoro, te amo! Eso es tener cariño al Señor. Así le querremos más cada día. Luego, continuad amándolo durante la jornada, pensando y viviendo esta consideración: voy a acabar bien las cosas por amor a Jesucristo que nos preside desde el tabernáculo»19.

Tibi se cor meum totum subiicit, quia, te contemplans, totum deficit

Pasmarse ante el misterio de amor
Ante la entrega de Jesucristo en la Eucaristía, cuántas veces repetía nuestro Padre: «se quedó para ti»; «se humilló hasta esos extremos por amor a ti»20. Al contemplar tanto amor, el corazón creyente queda como fulminado, lleno de admiración, y desea corresponder a su vez dándose del todo al Señor. «Yo me pasmo ante este misterio de Amor»21. Cultivemos este sentimiento, esta disposición de la inteligencia y de la voluntad, para no acostumbrarnos y para mantener siempre el ánimo sencillo del niño que se maravilla ante los regalos que su padre le prepara. Expresemos también con hondo agradecimiento: «Gracias, Jesús, gracias por haberte rebajado tanto, hasta saciar todas las necesidades de nuestro pobre corazón»22. Y, como consecuencia lógica, rompamos a cantar, alabando a nuestro Padre Dios, que ha querido alimentar a sus hijos con el Cuerpo y la Sangre de su Hijo; perseverando en esa alabanza porque siempre resultará corta23.

Jesús se ha quedado en la Eucaristía para remediar nuestra flaqueza, nuestras dudas, nuestros miedos, nuestras angustias; para curar nuestra soledad, nuestras perplejidades, nuestros desánimos; para acompañarnos en el camino; para sostenernos en la lucha. Sobre todo, para enseñarnos a amar, para atraernos a su Amor. «Cuando contempléis la Sagrada Hostia expuesta en la custodia sobre el altar, mirad qué amor, qué ternura la de Cristo. Yo me lo explico, por el amor que os tengo; si pudiera estar lejos trabajando, y a la vez junto a cada uno de vosotros, ¡con qué gusto lo haría!»

»Cristo, en cambio, ¡sí puede! Y Él, que nos ama con un amor infinitamente superior al que puedan albergar todos los corazones de la tierra, se ha quedado para que podamos unirnos siempre a su Humanidad Santísima, y para ayudarnos, para consolarnos, para fortalecernos, para que seamos fieles»24.

«No son mis pensamientos como vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos —oráculo de Yahveh—. Pues cuanto superan los cielos a la tierra, así superan mis caminos a los vuestros y mis pensamientos a los vuestros» (Is 55, 8-9). La lógica eucarística sobrepasa toda lógica humana, no sólo debido a que la presencia de Cristo bajo las especies sacramentales es un misterio que nunca podremos comprender plenamente con nuestra inteligencia; sino también porque la donación de Cristo en la Eucaristía desborda completamente la pequeñez del corazón humano, la de todos los corazones humanos juntos. A la capacidad de nuestra mente, tanta generosidad le puede parecer inexplicable, porque se halla muy distante de los egoísmos grandes o pequeños que tantas veces nos acechan.

«El más grande loco que ha habido y habrá es Él. ¿Cabe mayor locura que entregarse como Él se entrega, y a quienes se entrega?

»Porque locura hubiera sido quedarse hecho un Niño indefenso; pero, entonces, aun muchos malvados se enternecerían, sin atreverse a maltratarle. Le pareció poco: quiso anonadarse más y darse más. Y se hizo comida, se hizo Pan.

»—¡Divino Loco! ¿Cómo te tratan los hombres?… ¿Yo mismo?»25.

Es necesario agrandar el corazón para acercarse a Jesús sacramentado. Ciertamente, se precisa la fe; pero se requiere además, para ser alma de Eucaristía, “saber querer”, “saber darse a los demás”, imitando —dentro de nuestra poquedad— la entrega de Cristo a todos y a cada uno. Con su experiencia personal, San Josemaría ha podido confiarnos: «La frecuencia con que visitamos al Señor está en función de dos factores: fe y corazón; ver la verdad y amarla»26.

En la “escuela” de San Josemaría
Nuestro Padre saboreó con hondura, desde muy joven, el amor de Cristo al quedarse en este Sacramento, porque tenía una fe muy grande —«que se podía cortar»— y porque sabía amar: se podía poner «como ejemplo de hombre que sabe querer». Por eso, la «locura de amor» del Señor al donarse a nosotros en este Sacramento «le robó el corazón», y entendió el colmo de anonadamiento y humillación a que llegó el Señor por cariño tierno y recio a cada uno de nosotros. Por eso también, supo corresponder a ese amor sin ceder a la generalidad del anonimato: se consideró directamente interpelado por Cristo que se ofrecía por su vida, y por la de todos, en la Eucaristía, y estuvo en condiciones de escribir, refiriéndose al Santo Sacrificio: «”Nuestra” Misa, Jesús…»27.

Emprendamos cotidianamente ese itinerario de nuestro queridísimo Fundador: pidamos al Señor muchas veces con los Apóstoles, como repetía San Josemaría: adauge nobis fidem!; y, por tanto, aprendamos en “la escuela de Mariano” a darnos constantemente a los demás, comenzando por servir a quienes se encuentran a nuestro alrededor, con una atención vibrante de amor sacrificado. Así sabremos también nosotros entrar en el misterio del Amor eucarístico y unirnos íntimamente al sacrificio de Cristo. A la vez, el amor que alberguemos al Señor sacramentado nos conducirá a darnos a los otros, precisamente sin que se note, sin hacerlo pesar: como Él, pasando ocultos. «Por amor y para enseñarnos a amar, vino Jesús a la tierra y se quedó entre nosotros en la Eucaristía»28.

Hemos de imitar en nuestra conducta personal el oblatus est quia ipse voluit (Is 53, 7, Vg) de Jesús: esa decidida determinación interior de donarse y entregarse a la persona amada, de cumplir lo que espera y pide. Necesitamos un corazón limpio, lleno de afectos rectos, vacío de los desórdenes que introduce el yo desorbitado. «Las manifestaciones externas de amor deben nacer del corazón, y prolongarse con testimonio de conducta cristiana (…). Que nuestras palabras sean verdaderas, claras, oportunas; que sepan consolar y ayudar, que sepan, sobre todo, llevar a otros la luz de Dios»29.

Ser de verdad almas de Eucaristía no se reduce a la fiel observancia de unas ceremonias, que resultan desde luego indispensables; se extiende a la entrega completa del corazón y de la vida, por amor a Quien nos consignó y nos sigue consignando la suya con absoluta generosidad. Aprendamos de la Virgen la humildad y la disponibilidad sin condiciones para amar, acoger y servir a Jesucristo. Meditemos frecuentemente, como nos proponía nuestro queridísimo Padre, que Ella «fue concebida inmaculada para albergar en su seno a Cristo». Y afrontemos la pregunta con que concluía esa invitación: «si la acción de gracias ha de ser proporcional a la diferencia entre don y méritos, ¿no deberíamos convertir todo nuestro día en una Eucaristía continua?»30.

Visus, tactus, gustus in te fallitur, sed auditu solo tuto creditur

Con la luz de la fe
¡Qué patente se alza el fracaso de los sentidos ante el Santísimo Sacramento! La experiencia sensible, camino natural para que nuestra inteligencia conozca lo que son las cosas, aquí no basta. Sólo el oído salva al hombre del naufragio sensible ante la Eucaristía. Sólo oyendo la Palabra de Dios que revela lo que la mente no percibe a través de la sensibilidad, y acogiéndola con la fe, se llega a saber que la sustancia —aunque lo parezca— no es pan sino el cuerpo de Cristo, no es vino sino la sangre del Redentor.

También la inteligencia zozobra, porque no alcanza ni alcanzará jamás a comprender la posibilidad de que permaneciendo lo sensible —las “especies”— del pan y del vino, la realidad sustancial constituya el Cuerpo y la Sangre de Cristo. «Lo que no comprendes y no ves, lo afirma una fe viva, más allá del orden propio de las cosas»31.

Por esta virtud teologal se consigue, ante el Misterio eucarístico, la certeza que a la sola razón humana se presenta como imposible. «Señor, yo creo firmemente. ¡Gracias por habernos concedido la fe! Creo en Ti, en esa maravilla de amor que es tu Presencia Real bajo las especies eucarísticas, después de la consagración, en el altar y en los Sagrarios donde estás reservado. Creo más que si te escuchara con mis oídos, más que si te viera con mis ojos, más que si te tocara con mis manos»32.

«Es toda nuestra fe la que se pone en acto cuando creemos en Jesús, en su presencia real bajo los accidentes del pan y del vino»33. Fe en el poder del Creador; fe en Jesús, que afirma: «Esto es mi cuerpo», y añade: «Éste es el cáliz de mi sangre»; fe en la acción inefable del Espíritu Santo, que intervino en la encarnación del Verbo en el seno de la Virgen e interviene en la admirable conversión eucarística, en la transubstanciación.

Fe en la Iglesia, que nos enseña: «Cristo Redentor nuestro dijo ser verdaderamente su cuerpo lo que ofrecía bajo la apariencia de pan (Mt 26, 26 ss; Mc 14, 22 ss; Lc 22, 19 ss; 1 Cor 11, 24 ss); de ahí que la Iglesia de Dios tuvo siempre la persuasión, y ahora nuevamente lo declara en este santo Concilio, que por la consagración del pan y del vino se realiza la conversión de toda la sustancia del pan en la sustancia del cuerpo de Cristo Señor nuestro, y de toda la sustancia del vino en la sustancia de su sangre. La cual conversión, propia y convenientemente, fue llamada transubstanciación por la Santa Iglesia Católica»34.

En continuidad con este Concilio y con la entera Tradición, el Magisterio posterior ha insistido en que «toda explicación teológica que intente buscar alguna inteligencia de este misterio, debe mantener, para estar de acuerdo con la fe católica, que en la realidad misma, independientemente de nuestro espíritu, el pan y el vino han dejado de existir después de la consagración, de suerte que el cuerpo y la sangre adorables de Cristo Jesús son los que están realmente delante de nosotros»35.

Os aconsejo que, especialmente a lo largo de este Año de la Eucaristía, releáis y meditéis algunos de los más importantes documentos que el Magisterio de la Iglesia ha dedicado al Santísimo Sacramento36. Acojamos con agradecimiento íntimo estos venerados textos, reforzando nuestraobœdientia fidei a la Palabra de Dios que en esas enseñanzas se nos transmite con autoridad dada por Jesucristo37.

Credo quidquid dixit Dei Filius; nil hoc verbo veritatis verius

Palabras de vida
Nuestra fe se funda en las palabras mismas del Señor, que la Iglesia ha entendido siempre como son, es decir, en sentido plenamente real. Después de haber multiplicado los panes y los peces, el Señor declaró: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo» (Jn6, 51). No hablaba en términos figurados; si hubiera sido así, al comprobar que muchos —incluidos algunos discípulos— se escandalizaban ante esos vocablos, los habría explicado de otro modo. Pero no lo hizo; al contrario, reafirmó con fuerza: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y Yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida» (Jn 6, 54-55). Para que no pensaran que iba a ofrecérseles como alimento de forma material y sensible, añadió: «El Espíritu es el que da la vida, la carne no sirve de nada; las palabras que os he hablado son espíritu y son vida» (Jn 6, 63).

Son palabras del Verbum spirans amorem: palabras de amor, que llevan al amor, porque revelan el Amor de Dios a la humanidad, que anuncian la Buena Nueva: «La Trinidad se ha enamorado del hombre»38. ¿Cómo no van a importarle nuestras cosas? ¿Cómo no intervendrá en nuestro favor cuando sea necesario? «Dice Sión: “Yahveh me ha abandonado, el Señor me ha olvidado”. ¿Puede una mujer olvidar a su niño de pecho, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella pudiera olvidarle, yo no te olvidaré» (Is 49, 14-15). Este interés, este cuidado de Dios por cada uno de nosotros, con la encarnación del Verbo nos llega a través de su Corazón humano. «Conmueven a Jesús el hambre y el dolor, pero sobre todo le conmueve la ignorancia. “Vio Jesús la muchedumbre que le aguardaba, y enterneciéronsele con tal vista las entrañas, porque andaban como ovejas sin pastor, y así se puso a instruirlos sobre muchas cosas” (Mc 6, 34)»39.

Una actitud de confianza
En el plano natural, es lógico subrayar la importancia de la experiencia sensible, como fundamento de la ciencia y del saber. Pero si los ojos se quedan «pegados a las cosas terrenas», no es difícil o extraño que suceda lo que describía nuestro Padre: «Los ojos se embotan; la razón se cree autosuficiente para entender todo, prescindiendo de Dios (…). La inteligencia humana se considera el centro del universo, se entusiasma de nuevo con el “seréis como dioses” (Gn 3, 5) y, al llenarse de amor por sí misma, vuelve la espalda al amor de Dios»40. En una época que «fomenta un clima mundial para centrar todo en el hombre; un ambiente de materialismo, desconocedor de la vocación trascendente del hombre»41, hemos de cultivar en nosotros y difundir a nuestro alrededor la actitud de apertura a los demás, de confianza razonable en la palabra de los otros.

Antes os señalaba que, para comprender el «derroche divino»42 de la Eucaristía, es preciso “saber querer”; considerad también que es igualmente necesario “saber oír” y confiar, ante todo, en Dios y en su Iglesia. La fe —sometimiento y, a la vez, elevación de la inteligencia— en Jesús sacramentado nos librará de esa espiral nefasta que aleja de Dios y también de los demás; nos defenderá de ese «engreimiento general» que encubre «el peor de los males»43. Ese postrar la inteligencia ante la Palabra increada, oculta en las especies de pan, nos ayuda también a no fiarnos sólo de nuestros sentidos y de nuestro juicio, y a reforzar en nosotros la autoridad de Dios que no se equivoca ni puede equivocarse.

En el Sagrario se esconde la fortaleza, el refugio más seguro contra las dudas, contra los temores y las inquietudes44. Éste es el Sacramento de la Nueva Alianza, de la Alianza eterna, novedad última y definitiva porque ya no cabe otra posibilidad de darse más. Sin Cristo, el hombre y el mundo se quedarían a oscuras. También la vida del cristiano se torna más y más sombría si se separa de Él. Este Sacramento, con su definitiva novedad, ahuyenta para siempre lo viejo, la incredulidad, el pecado. «Lo caduco, lo dañoso y lo que no sirve —el desánimo, la desconfianza, la tristeza, la cobardía— todo eso ha de ser echado fuera. La Sagrada Eucaristía introduce en los hijos de Dios la novedad divina, y debemos responder in novitate sensus (Rm 12, 2), con una renovación de todo nuestro sentir y de todo nuestro obrar. Se nos ha dado un principio nuevo de energía, una raíz poderosa, injertada en el Señor»45.

In Cruce latebat sola deitas, at hic latet simul et humanitas

Con Cristo en el Calvario
La celebración de la Eucaristía nos sitúa en el Calvario, pues «en este divino sacrificio, que en la Misa se realiza, se contiene e incruentamente se inmola aquel mismo Cristo que una sola vez se ofreció Él mismo cruentamente en el altar de la cruz (Hb 9, 27) (…). Una sola y la misma es, en efecto, la víctima, y el que ahora se ofrece por el ministerio de los sacerdotes, es el mismo que entonces se ofreció a sí mismo en la cruz, siendo sólo distinta la manera de ofrecerse»46. «Y al Calvario tenemos acceso «no solamente a través de un recuerdo lleno de fe, sino también en un contacto actual, puesto que este sacrificio se hace presente, perpetuándose sacramentalmente en cada comunidad que lo ofrece por manos del ministro consagrado»47.

En el Gólgota, en otra cruz, cerca de Jesús está Dimas, el buen ladrón. Coincidimos con él en ese hallarnos realmente ante la misma Persona, en asistir al mismo dramático acontecimiento. También coincidimos —o queremos coincidir— en la fe profunda en esa Persona: él creyó que Jesús traía consigo el Reino de Dios y, arrepentido, deseaba estar con Cristo en ese Reino. Nosotros creemos igualmente que es Dios, el Hijo de Dios, que se hizo hombre para salvarnos; pero nos distinguimos de aquel pecador contrito en que él veía la humanidad de Cristo, pero no la divinidad; nosotros, en Jesús sacramentado, no vemos ni la divinidad ni la humanidad.

El ladrón arrepentido
A diferencia del otro malhechor, Dimas reconocía sus culpas, aceptaba el castigo merecido por sus ofensas y confesaba la santidad de Jesús: «Éste ningún mal ha hecho» (Lc 23, 41). También nosotros rogamos al Señor que nos acoja en su Reino. Para recibirle más purificados en nuestro pecho, confesamos nuestras culpas y le pedimos perdón; cuando sea necesario también, como la Iglesia nos enseña, acudiendo antes con dolor constructivo al sacramento de la Reconciliación:

«Si no es decente que nadie se acerque a función alguna sagrada, sino santamente; (…) con tanta más diligencia (el cristiano) debe evitar acercarse a recibirlo sin grande reverencia y santidad, señaladamente leyendo en el Apóstol aquellas tremendas palabras: “El que come y bebe indignamente, come y bebe su propio juicio, al no discernir el cuerpo del Señor” (1 Cor 11, 29). Por lo cual, al que quiere comulgar hay que traerle a la memoria el precepto suyo: “Mas pruébese a sí mismo el hombre” (1 Cor11, 28).

»La costumbre de la Iglesia declara ser necesaria aquella prueba por la que nadie debe acercarse a la Sagrada Eucaristía con conciencia de pecado mortal, por muy contrito que le parezca estar, sin preceder la confesión sacramental»48.

La humildad de Cristo crucificado movió a Dimas a no engreírse y a aceptar con mansedumbre el sufrimiento, rechazando la tentación de rebelarse. «Humildad de Jesús: en Belén, en Nazaret, en el Calvario… —Pero más humillación y más anonadamiento en la Hostia Santísima: más que en el establo, y que en Nazaret y que en la Cruz»49. Imitemos al latro pœnitensen la disposición humilde, con mayor motivo, porque el ejemplo de anonadamiento en la Eucaristía, que contemplamos con la fe, es aún mayor que aquél que él vio con sus ojos en el Calvario. Cuando el “yo” se alce soberbio, reclamando derechos de comodidad, sensualidad, reconocimientos o agradecimientos, el remedio es mirar al Crucificado, ir al Sagrario, participar sacramentalmente en su sacrificio. A esa conclusión llegaba nuestro Padre, que cerraba así ese punto de Camino: «Por eso, ¡qué obligado estoy a amar la Misa!»50.

Cátedra de todas las virtudes
Escribe Santo Tomás de Aquino que Cristo en la Cruz da ejemplo de toda virtud: «Passio Christi sufficit ad informandum totaliter vitam nostram»51, basta volver los ojos al Crucificado, para aprender cuanto necesitamos en esta vida. E insiste: «Nullum enim exemplum virtutis abest a Cruce»52, no faltan ejemplos de ninguna virtud, abundan claramente para todas: fortaleza, paciencia, humildad, desprendimiento, caridad, obediencia, desprecio de los honores, pobreza, abandono…

De la Eucaristía podemos afirmar otro tanto: es cátedra excelsa de amor y de humildad; en este divino Don, podemos fortalecernos también en las demás virtudes cristianas. «En la Sagrada Eucaristía y en la oración está la cátedra en la que aprendemos a vivir, sirviendo con servicio alegre a todas las almas: a gobernar, también sirviendo; a obedecer en libertad, queriendo obedecer; a buscar la unidad en el respeto de la variedad, de la diversidad, en la identificación más íntima»53.

Se demuestra especialmente como cátedra para las virtudes que deben cultivarse a diario en el trabajo y en la familia, en las situaciones comunes de las personas corrientes: saber esperar, saber acoger a todos, estar disponible siempre… El silencio de Jesús sacramentado resulta sobre todo elocuente para quienes, como nosotros, hemos de santificarnos nel bel mezzo della strada, atareados en mil ocupaciones en apariencia de escasa importancia. Desde el silencio de esa sede, Él nos puntualiza que la vida ordinaria nos ofrece —con la humildad en que transcurre— una posibilidad constante de santificación y de apostolado; que encierra todo el tesoro y la fuerza de Dios, que interviene y dialoga en cada instante con nosotros, y se interesa hasta de la caída de un cabello de la criatura (cfr. Mt10, 29).

Contemplando a Jesús sacramentado, nos adentramos en la necesidad de movernos con rectitud de intención, con no tener otra voluntad que la de cumplir el querer divino: servir a las almas para que lleguen al Cielo. Se descubre la trascendencia de darnos a los demás, gastando la propia existencia en acompañar a nuestros hermanos los hombres, sin ruido, con paciencia, discretamente; con la amistad y el afecto manifestados en obras quizá pequeñas pero concretas y útiles; con la disponibilidad de tiempo y con la amplitud de corazón que sabe pronunciar para todos, para cada uno, la oportuna palabra, el consejo y el consuelo necesarios, el comentario doctrinal y la corrección fraterna.

«Él se abaja a todo, admite todo, se expone a todo —a sacrilegios, a blasfemias, a la frialdad de la indiferencia de tantos—, con tal de ofrecer, aunque sea a un hombre solo, la posibilidad de descubrir los latidos de un Corazón que salta en su pecho llagado»54.

Entregarse al servicio de los demás
Ante la presencia real de Jesús en el Sagrario, se comprende la eficacia inefable de «ocultarse y desaparecer», que no entraña caer en el dolce far niente, aislarse de los demás, dejar de influir en el ambiente y en el desarrollo de los acontecimientos en el propio ámbito familiar, profesional o social. Se traduce, por el contrario, en dar toda la gloria a Dios y respetar la libertad de los demás; y también en empujarles hacia el Señor no con ruido humano, sino con la “coacción” de la propia entrega y de la virtud alegre y generosa.

Mirando al Señor sacramentado, nos persuadimos de la conveniencia de “hacernos pan”; de que los demás puedan alimentarse de lo nuestro —de nuestra oración, de nuestro servicio, de nuestra alegría— para ir adelante en el camino de la santidad. Nos convencemos de la necesidad del «sacrificio escondido y silencioso»55, sin espectáculo ni gestos grandilocuentes. «Jesús se quedó en la Eucaristía por amor…, por ti.

»—Se quedó, sabiendo cómo le recibirían los hombres…, y cómo lo recibes tú.»

»—Se quedó, para que le comas, para que le visites y le cuentes tus cosas y, tratándolo en la oración junto al Sagrario y en la recepción del Sacramento, te enamores más cada día, y hagas que otras almas —¡muchas!— sigan igual camino»56.

En la Eucaristía, Jesús muestra con elocuencia divina que, para ser como Él, hay que entregarse completamente y sin regateos a los demás, hasta hacer de nuestro caminar un servicio constante. «Llegarás a ser santo si tienes caridad, si sabes hacer las cosas que agraden a los demás y que no sean ofensa a Dios, aunque a ti te cuesten»57.

Ambo tamen credens atque confitens, peto quod petivit latro pœnitens

Al ritmo de la contrición
Volvamos a la escena del Calvario, para escuchar la petición del buen ladrón, que tanto removía a San Josemaría cuando meditaba el Adoro te devote. «He repetido muchas veces aquel verso del himno eucarístico: “Peto quod petivit latro pœnitens”, y siempre me conmuevo: ¡pedir como el ladrón arrepentido!

»Reconoció que él sí merecía aquel castigo atroz… Y con una palabra robó el corazón a Cristo y se “abrió” las puertas del Cielo»58.

Especialmente en los últimos años, ante las dificultades de la Iglesia, nuestro Padre se acogía con toda su alma a la misericordia divina, pidiendo esta comprensión, este amor de Dios para sí y para todos. No exhibía méritos, que pensaba no tener; «todo lo ha hecho el Señor», aseguraba convencido. No se apelaba a motivos de justicia para conseguir del Señor la ayuda en la tribulación y en la prueba; buscaba el refugio de su compasión. Así, de la fe en Cristo pasaba a la contrición: a la conversión constante y alegre. Con esta lógica actuaba nuestro Padre, bien seguro de que cor contritum et humiliatum, Deus, non despicies (Sal 50 [51], 19), no desprecia Dios un corazón contrito y humillado.

Ahora, con su intercesión en el Cielo, hemos de asimilar ese ritmo de fe y dolor que constituye la señal inequívoca de auténtica vida interior. El trato eucarístico reforzará nuestra esperanza, nuestra confianza en la misericordia del Señor, de muchos modos; entre otros, ayudándonos a descubrir nuestras miserias para que las llevemos al pie de la Cruz y así, con la lucha contra los defectos, alcemos victoriosa la Cruz del Señor sobre nuestras vidas, sobre nuestras debilidades.

Fiarse de la misericordia divina
Dimas encontró la misericordia y la gracia divinas transformando aquella actividad que antes era su “profesión”: asaltar y robar a otros. En la cruz, por la fe y un dolor sincero, “asaltó” a Cristo, le “robó” el corazón y entró con Él en la gloria. Nuestro Padre nos ha transmitido la «amorosa costumbre de “asaltar” Sagrarios»59; nos ha enseñado, sobre todo, a unir nuestro trabajo santificado a la ofrenda que Jesús hace de Sí mismo en la Misa y a trabajar así con la fuerza que dimana de su sacrificio.

La experiencia del latro pœnitens es también la nuestra: de la misericordia del Señor esperamos nuestra santificación. Al recibir su perdón y su gracia, reflejamos estos dones en la fraternidad con que tratamos a todos, pues la santidad, la perfección, está directamente relacionada con la misericordia. Lo expresa claramente el mismo Señor: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48); y «sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36).

Pero hemos de tener siempre presente que «la misericordia no se queda en una escueta actitud de compasión: la misericordia se identifica con la superabundancia de la caridad que, al mismo tiempo, trae consigo la superabundancia de la justicia»60. Se traduce sencillamente en darse y dedicarse a los demás, como el buen samaritano: sin descuidar los propios deberes y, al mismo tiempo, decidirse a sacrificar la comodidad y a prescindir de pequeños —o no tan pequeños— planes e intereses personales. «Misericordia significa mantener el corazón en carne viva, humana y divinamente transido por un amor recio, sacrificado, generoso»61.

Entendida de ese modo, esta disposición activa del ánimo cabe aplicarla analógicamente a Cristo, Dios y Hombre. Esto resultaría absurdo si refiriéramos nuestra misericordia a Dios en sí mismo, pero no lo es en relación a la Humanidad de Jesús, pues el mismo Señor nos ha dicho que considera dirigida a Él la misericordia usada con sus hermanos los hombres, aun los más pequeños (cfr. Mt 25, 40). Además, podemos vivir la misericordia de algún modo —como desagravio— con la Humanidad del Señor oculta en el Sagrario, donde se nos presenta como «el Gran Solitario»: es un profundo acto de amor y de piedad ir a visitarle a la «cárcel de amor», donde se ha quedado «voluntariamente encerrado»62 porque ha querido estar siempre con nosotros, hasta el final.

¡Cuántas posibilidades se nos abren para “tratarle bien”, para acompañarle, para manifestarle cariño! A tal conducta nos alentaba San Josemaría: «Jesús Sacramentado, que nos esperas amorosamente en tantos Sagrarios abandonados, yo pido que en los de nuestros Centros te tratemos siempre “bien”, rodeado del cariño nuestro, de nuestra adoración, de nuestro desagravio, del incienso de las pequeñas victorias, del dolor de nuestras derrotas»63.

Plagas, sicut Thomas, non intueor, Deum tamen meum te confiteor

La actitud inicial de Tomás
Ocho días después de la Resurrección de Jesús, en el Cenáculo, Tomás mira al Señor, que le muestra sus llagas y le dice: «Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino fiel» (Jn 20, 27). Nosotros, en la Eucaristía, nos encontramos también realmente ante su cuerpo glorioso, aunque a la vez en estado de víctima —Christus passus— por la separación sacramental del cuerpo y de la sangre. «El sacrificio eucarístico no sólo hace presente el misterio de la pasión y muerte del Salvador, sino también el misterio de la resurrección, que corona su sacrificio. En cuanto viviente y resucitado, Cristo se hace en la Eucaristía “pan de vida” (Jn 6, 35 y 48), “pan vivo” (Jn 6, 51)»64.

Podemos pensar que el Apóstol Tomás, cuando prendieron a Jesús en Getsemaní y después —ante el “fracaso humano” de Cristo—, se sentiría desconcertado, defraudado, desesperanzado. Quizá su hundimiento interior fuese especialmente emotivo y por esto le costase, más que a los otros diez, aceptar la realidad de la Resurrección del Señor. Se le hizo particularmente difícil volver a creer en Jesús, esperar de nuevo en Él, llenarse otra vez de sólida ilusión; en pocas palabras: amarle y sentirse amado por Él. Y puso condiciones.

Dios se ha revelado progresivamente, y el curso histórico de la Revelación de alguna manera se traduce a nivel personal en el itinerario de fe de cada uno. Cualquier nuevo paso en ese camino significa un abandono interior también “nuevo”, que resulta más costoso, que obliga a una mayor identificación con Cristo, muriendo más y más al propio yo. Y nos conviene estar prevenidos, porque la reacción de Santo Tomás puede también asomarse a nuestra alma: una actitud de incredulidad, de resistencia a creer sin vacilación, a creer más: no nos extrañemos ni nos asustemos. Para salvar este inconveniente, repitamos con más fe ante el Sagrario y en otras ocasiones: Dominus meus et Deus meus! (Jn 20, 28).

Los Apóstoles creían en Jesús como profeta y enviado de Dios; como Mesías y Salvador de Israel; como Hijo de Dios. Pero se habían formado una idea inexacta de cómo se actuaría esa salvación y qué formas asumiría el Reino de su Maestro. Los anuncios que Cristo puntualizó sobre su pasión y muerte, al menos tres veces, no los entendieron del todo. Luego, en parte por su indolencia y en parte por toda la tragedia de la pasión, los acontecimientos les pusieron violentamente ante el plan de Dios, y todos naufragaron excepto San Juan. Y les costó, de modo particular a Santo Tomás, aceptar la realidad gloriosa de Cristo resucitado. Pero las diversas apariciones del Señor resolvieron sus reservas, y el mismo Tomás superó su flojedad espiritual, como acabo de mencionar, con un maravilloso acto de fe y de amor: Dominus meus et Deus meus!

A la hora de las pruebas
No excluyamos en nosotros mismos, por diversos motivos, una inicial resistencia a creer, por la acumulación de experiencias negativas; por la adversidad de un ambiente anticristiano; o por «un encuentro inopinado con la Cruz»65, que se nos muestra más concreta y cruda: «Porque Dios nos pide a todos una abnegación plena, y a veces el pobre hombre de barro —de que estamos hechos— se rebela; sobre todo, si hemos dejado que nuestro yo se interponga en el trabajo, que ha de ser para Dios»66.

Ese tipo de situaciones las superamos siempre, con la gracia divina, si las afrontamos por lo que son: invitaciones a acercarnos más a Dios, a conocerle mejor y amarle más, a servirle con más eficacia. Y el medio más seguro para superarlas nos viene facilitado por el encuentro con Cristo crucificado y glorioso; con Jesús sacramentado. De modo muy especial, entonces, ha llegado el momento de ir al Sagrario a hablar con el Señor, que nos muestra sus llagas como credenciales de su amor; y, con fe en esas llagas que físicamente no contemplamos, descubriremos con los apóstoles la necesidad del Misterio de que «Cristo padeciera y así entrara en su gloria» (Lc 24, 26); acogeremos más claramente la Cruz como un don divino, entendiendo así aquella exhortación de nuestro Padre: «empeñémonos en ver la gloria y la dicha ocultas en el dolor»67.

A las llagas de Cristo
Insisto, hijas e hijos míos, no debemos sorprendernos ni asustarnos si nos topamos con situaciones especialmente duras, en las que el “claroscuro” de la fe nos presenta más explícitamente su dimensión de oscuridad; ocasiones en que quizá resulte más difícil reconocer a Cristo, ni tan siquiera otear por dónde pasa el camino querido por Dios. Este tipo de pruebas interiores puede deberse, a veces, a la miseria humana, a la falta de correspondencia; pero con frecuencia no es así, sino que forma parte del plan querido por Dios para identificarnos con Jesucristo, para santificarnos.

Ha llegado el momento de “ir”, como hizo el Apóstol Tomás, a las llagas de Cristo. Así nos lo explica San Josemaría: «No olvidéis que estar con Jesús es, seguramente, toparse con su Cruz. Cuando nos abandonamos en las manos de Dios, es frecuente que Él permita que saboreemos el dolor, la soledad, las contradicciones, las calumnias, las difamaciones, las burlas, por dentro y por fuera: porque quiere conformarnos a su imagen y semejanza, y tolera también que nos llamen locos y que nos tomen por necios.

»Es la hora de amar la mortificación pasiva, que viene —oculta o descarada e insolente— cuando no la esperamos (…).

»Al admirar y al amar de veras la Humanidad Santísima de Jesús, descubriremos una a una sus Llagas. Y en esos tiempos de purgación pasiva, penosos, fuertes, de lágrimas dulces y amargas que procuramos esconder, necesitaremos meternos dentro de cada una de aquellas Santísimas Heridas: para purificarnos, para gozarnos con esa Sangre redentora, para fortalecernos (…).

»Id como más os conmueva: descargad en las Llagas del Señor todo ese amor humano… y ese amor divino. Que esto es apetecer la unión, sentirse hermano de Cristo, consanguíneo suyo, hijo de la misma Madre, porque es Ella la que nos ha llevado hasta Jesús»68.

No sólo en momentos de prueba, sino siempre, busquemos más perseverantemente el encuentro con Cristo resucitado, que nos espera en el Altar y en el Sagrario. ¡Con cuánta confianza y seguridad hemos de acudir a la oración ante Jesús sacramentado, para pedir, con la audacia de los niños, por tantas necesidades e intenciones! Tomás apóstol puso ese encuentro como condición para creer; nosotros, ahora, por la gracia de Dios, abrigamos la certeza de que en ese situarnos ante Jesús se resuelven todas nuestras dificultades espirituales. No contemplamos ni la humanidad ni la divinidad del Señor, pero creemos firmemente, y vamos a Él, que «nos ve, nos oye, nos espera y nos preside desde el Tabernáculo, donde está realmente presente escondido en las especies sacramentales (…), que pregunta: ¿qué te pasa? Me pasa… y enseguida, luz o, al menos, aceptación y paz»69. Así seremos fieles y sentiremos el impulso y la fuerza para decir a todo el mundo, sin respetos humanos, con naturalidad y con urgencia, que hemos encontrado a Cristo, que le hemos tocado, ¡que vive! Saborearemos, como San Josemaría, la verdad y el gozo de que Iesus Christus heri et hodie idem, et in sæcula! (Hb 13, 8).

Fac me tibi semper magis credere, in te spem habere, te diligere

Almas de eucaristía: fe, amor, esperanza
El crecimiento de la vida espiritual está directamente relacionado con el crecimiento de la devoción eucarística. ¡Con qué fuerza lo predicó nuestro Padre! Como fruto de su propia experiencia espiritual, nos empuja a cada una, a cada uno: «¡Sé alma de Eucaristía! —Si el centro de tus pensamientos y esperanzas está en el Sagrario, hijo, ¡qué abundantes los frutos de santidad y de apostolado!»70.

El deseo de santidad y el celo apostólico encuentran en la contemplación eucarística su cauce y su fundamento más sólido. «No comprendo cómo se puede vivir cristianamente sin sentir la necesidad de una amistad constante con Jesús en la Palabra y en el Pan, en la oración y en la Eucaristía. Y entiendo muy bien que, a lo largo de los siglos, las sucesivas generaciones de fieles hayan ido concretando esa piedad eucarística»71.

Cuando Dios se acerca al alma para atraerla a Sí, la criatura debe disponerse con más actos de fe, de esperanza y de amor; debe intensificar su vida teologal, traduciéndola en más oración, más penitencia, mayor frecuencia de sacramentos, más intenso trato eucarístico. Así se comportó siempre nuestro Padre, sobre todo desde que el Señor empezó a manifestarse a su alma, con aquellos barruntos de amor. Ya en el Seminario de San Carlos pasó noches enteras en oración, acompañando al Señor en el Sagrario; a medida que transcurrían las jornadas, percibía hondamente la urgencia de estar más con Él.

El camino cristiano es senda esencialmente teologal: fruto del conocimiento sobrenatural, de la tensión al Bien infinito que es la Trinidad, de la comunión en la caridad. Y la adoración eucarística contiene su expresión más sublime, porque se dirige a Dios tal como Él ha decidido quedarse más a nuestro alcance. A la vez, y por lo mismo, se nos muestra como el medio mejor para crecer en esas tres virtudes. Nuestro Padre las pedía todos los días, precisamente en la Santa Misa, mientras alzaba a Jesús sacramentado en la Hostia consagrada y en el cáliz con su Sangre:adauge nobis fidem, spem, caritatem!

La fe, la esperanza y la caridad: virtudes sobrenaturales, que sólo Dios puede infundir en las almas y sólo Él puede intensificar. Pero eso no significa que la recepción de estos dones divinos exima de la colaboración personal, porque en todos sus planes jamás el Omnipotente impone su amor: «No quiere esclavos, sino hijos, y respeta nuestra libertad»72. Por esto, de ordinario, dispone que su acción inefable esté acogida y acompañada por el esfuerzo de la criatura: admirémonos ante la categoría que nos atribuye.

Delicadezas del Señor
Cabe descubrir que el ocultamiento de Jesucristo en las especies eucarísticas, que responde a las exigencias de la economía sacramental, también responde precisamente al deseo divino de no forzar la libertad humana. Ocultándose, el Señor nos invita a buscarle, mientras Él sale a nuestro encuentro, «se hace el encontradizo»73. ¡Cuántas veces sucedió así con San Josemaría, que, sin darse cuenta, sin proponérselo expresamente, se encontraba “rumiando” palabras de la Escritura que iluminaban aspectos de su labor, que le manifestaban la voluntad de Dios, que contestaban a problemas y dudas que había expuesto a su Señor! «Cuenta el Evangelista que Jesús, después de haber obrado el milagro, cuando quieren coronarle rey, se esconde.

»—Señor, que nos haces participar del milagro de la Eucaristía: te pedimos que no te escondas, que vivas con nosotros, que te veamos, que te toquemos, que te sintamos, que queramos estar siempre junto a Ti, que seas el Rey de nuestras vidas y de nuestros trabajos»74.

La vida teologal, de fe, esperanza y caridad, por su misma naturaleza tiende siempre a más, a un crecimiento de la correspondencia: no se conforma con lo que ya hace. Señal de amar de verdad a Dios, por tanto, es juzgar que se le ama poco, que se ha de aumentar el trato diario. Sólo quien alberga un amor escaso, piensa que ya ama mucho. Nuestro Padre nos interpela con fuerza: «¿Que… ¡no puedes hacer más!? —¿No será que… no puedes hacer menos?»75. Respondamos, acudiendo una vez más a Cristo, Señor nuestro, oculto en el Sagrario: «Fac me tibi semper magis credere, in te spem habere, te diligere!»

Esta tensión a “más” —como toda la vida cristiana— encuentra en la Eucaristía su raíz y su centro. Porque Jesús eucarístico es la cumbre del “crescendo” de donación de Dios a la humanidad, y —al identificarnos con Él— nos comunica esa misma tendencia al “crescendo” en entrega personal, “suaviter et fortiter”, como llevándonos de la mano. Así lo expresaba San Josemaría: «Comenzaste con tu visita diaria… —No me extraña que me digas: empiezo a querer con locura la luz del Sagrario»76. Y, ante el Tabernáculo, supliquemos con fervorosa piedad a Jesús que nos conceda a todos, más y más, una «fe operativa», una «caridad esforzada», una «esperanza constante» (1 Ts 1, 3).

O memoriale mortis Domini, panis vivus, vitam præstans homini

Memorial del Sacrificio de la Cruz
La Eucaristía es memorial de la muerte del Señor y banquete donde Cristo nos da como alimento su cuerpo y su sangre. «La divina sabiduría —enseña Pío XII— ha hallado un modo admirable para hacer manifiesto el sacrificio de nuestro Redentor con señales exteriores, que son símbolos de muerte. En efecto, gracias a la transubstanciación del pan en el cuerpo y del vino en la sangre de Cristo, así como está realmente presente su cuerpo, también lo está su sangre; y de esa manera las especies eucarísticas, bajo las cuales se halla presente, simbolizan la cruenta separación del cuerpo y de la sangre. De este modo, la conmemoración de su muerte, realmente sucedida en el Calvario, se repite en cada uno de los sacrificios del altar; ya que por medio de señales diversas se significa y se muestra a Jesucristo en estado de víctima»77.

Juan Pablo II, al exponer esta doctrina, escribe: «La Misa hace presente el sacrificio de la Cruz, no se le añade y no lo multiplica. Lo que se repite es su celebración memorial, la “manifestación memorial” (memorialis demonstratio), por la cual el único y definitivo sacrificio redentor de Cristo se actualiza siempre en el tiempo. La naturaleza sacrificial del Misterio eucarístico no puede ser entendida, por tanto, como algo aparte, independiente de la Cruz o con una referencia solamente indirecta al sacrificio del Calvario»78.

La Santa Misa jamás se queda, por tanto, en un simple recuerdo del acontecimiento salvador del Gólgota, sino que lo actualiza sacramentalmente. Todo sacramento realiza lo que significa; así, la Misa significa y hace presente el mismo sacrificio de Jesús en el Calvario. Nos trae el memorial vivo de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor. «Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, hace memoria de la Pascua de Cristo y ésta se hace presente: el sacrificio que Cristo ofreció de una vez para siempre en la Cruz, permanece siempre actual»79. En el Sacrificio de la Misa, unimos todo lo nuestro al ofrecimiento con que Jesucristo, Cabeza de la Iglesia, se entregó a Dios Padre, en adoración, acción de gracias, satisfacción por los pecados de la humanidad y petición por todas las necesidades del mundo.

Centro y raíz de la vida espiritual
Nuestro Fundador, en sus catequesis, se esforzaba en explicar la íntima relación existente entre la Última Cena, la Cruz y la Misa. En momentos en los que, en no pocos ambientes, se oscurecía la esencia sacrificial de la Eucaristía, puso especial hincapié en el infinito valor del Santo Sacrificio. Con palabras asequibles a todos, comentaba en una ocasión: «Distingo perfectamente la institución de la Sagrada Eucaristía, que es un momento de manifestación de amor divino y humano, y el Sacrificio en el madero de la Cruz. En la Cena, Jesús estaba pasible, no había padecido aún; en el Calvario está paciente, sufriendo con gesto de Sacerdote Eterno. Jesús está allí clavado con hierros, después de haber santificado el mundo con sus pisadas, y muere por amor de cada uno de nosotros: toda su sangre es el precio de nuestra alma, de cada alma»80.

Con esa inmolación, el Señor nos ha obtenido una redención eterna (cfr.Hb 9, 12). Este sacrificio «es tan decisivo para la salvación del género humano, que Jesucristo lo ha realizado y ha vuelto al Padre sólo después de habernos dejado el medio para participar de él, como si hubiéramos estado presentes. Así pues, todo fiel puede tomar parte en él, obteniendo frutos inagotablemente. Ésta es la fe, de la que han vivido a lo largo de los siglos las generaciones cristianas»81.

San Josemaría supo acoger este legado de fe y vivirlo a fondo en todas sus implicaciones. Siguiendo el consejo y el ejemplo de los Santos Padres, buscó siempre imitar —a lo largo de cada día— lo que se realiza en la Misa, y esto mismo aconsejaba a los demás: «¡Que te identifiques con ese Jesús Hostia que se ofrece en el altar!»82. Siempre se ejercitó en lo que enseñaba: la Santa Misa, como centro y raíz de la vida espiritual del cristiano, constituyó el fundamento de cada una de sus jornadas. Y lo supo meditar y transmitir a la luz de su contemplación profunda del Misterio eucarístico.

La Misa «es acción divina, trinitaria, no humana. El sacerdote que celebra sirve al designio del Señor, prestando su cuerpo y su voz; pero no obra en nombre propio, sino in persona et in nomine Christi, en la Persona de Cristo, y en nombre de Cristo.

»El amor de la Trinidad a los hombres hace que, de la presencia de Cristo en la Eucaristía, nazcan para la Iglesia y para la humanidad todas las gracias. Éste es el sacrificio que profetizó Malaquías (…). Es el Sacrificio de Cristo, ofrecido al Padre con la cooperación del Espíritu Santo: oblación de valor infinito, que eterniza en nosotros la Redención, que no podían alcanzar los sacrificios de la Antigua Ley.

»La Santa Misa nos sitúa de ese modo ante los misterios primordiales de la fe, porque es la donación misma de la Trinidad a la Iglesia. Así se entiende que la Misa sea el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano. Es el fin de todos los sacramentos. En la Misa se encamina hacia su plenitud la vida de la gracia, que fue depositada en nosotros por el Bautismo, y que crece, fortalecida por la Confirmación»83.

Una correspondencia esforzada
La celebración de la Eucaristía debe convertirse, insisto, en el centro y raíz de la vida espiritual de un hijo de Dios, porque en este sacramento culmina el sacrificio de la vida del Hijo de Dios: no sólo lo pone ante nuestros ojos y nos concede imitarlo en nuestra respuesta cotidiana, sino que además nos otorga la gracia de la Redención y la posibilidad de entregarnos como Él para la gloria de Dios y la salvación de las almas.

Recibir tan inefable don requiere nuestra esforzada correspondencia, y que nos afanemos seriamente en unirnos —en unir todo lo nuestro— a la oblación de Jesús a Dios Padre. «En el Santo Sacrificio del altar, el sacerdote toma el Cuerpo de nuestro Dios y el Cáliz con su Sangre, y los levanta sobre todas las cosas de la tierra, diciendo: “Per Ipsum, et cum Ipso, et in Ipso” —¡por mi Amor!, ¡con mi Amor!, ¡en mi Amor!

»Únete a ese gesto. Más: incorpora esa realidad a tu vida»84.

Deseo insistir en que nuestro Padre no se limitó a enseñar que la Santa Misa es centro y raíz de la vida interior, sino que también mostró cómo corresponder personalmente a la donación de la Trinidad en el Santo Sacrificio, de modo que la pelea espiritual de cada uno girara verdaderamente en torno a la Misa, de este Sacrificio se nutriera y en este Holocausto se enraizara.
Entre otros consejos, comentaba que le resultaba muy provechoso dividir la jornada en dos mitades: una para preparar la Misa y otra para agradecerla; aprovechaba el tiempo del reposo nocturno para intensificar el diálogo contemplativo, subrayando su dimensión eucarística; y, muy especialmente, procuraba saborear y sacar contenido a cada gesto y a cada palabra de los diversos momentos que componen la celebración eucarística. Unía toda esa ejercitación —siempre con nuevos matices— a expresiones de fe, esperanza y caridad, a situaciones e intenciones concretas. ¡Cuánto nos ayuda su homilía “La Eucaristía, misterio de fe y de amor”!85.

Todo cuanto, con la gracia de Cristo —savia divina— nos llega de la raíz eucarística, exige —ya os lo he dicho— también esfuerzo de nuestra parte. San Josemaría nos exhorta a este estupendo combate diario: «Lucha para conseguir que el Santo Sacrificio del Altar sea el centro y la raíz de tu vida interior, de modo que toda la jornada se convierta en un acto de culto —prolongación de la Misa que has oído y preparación para la siguiente—, que se va desbordando en jaculatorias, en visitas al Santísimo, en ofrecimiento de tu trabajo profesional y de tu vida familiar…»86.

Comunión con Cristo y unidad de la Iglesia
En el Sacrificio del Altar se unen el aspecto convivial y el sacrificial: Cristo, a través del sacerdote, se ofrece como Víctima a Dios Padre, y el mismo Padre nos lo entrega a nosotros como alimento. Cristo sacramentado es el «Pan de los hijos»87. La comunión del cuerpo y sangre del Señor nos llena de una gracia específica, que produce en el alma efectos análogos a los que el alimento causa en el cuerpo, «como son el sustentar, el crecer, el reparar y deleitar»88. Pero a diferencia del alimento corporal, donde el cuerpo asimila a sí lo que come, aquí sucede al revés: somos nosotros los asimilados por Cristo a su Cuerpo, nos transformamos en Él. «Nuestra participación en el cuerpo y en la sangre de Cristo, no tiende a otra cosa que a transformarnos en aquello que recibimos»89.

La Eucaristía se alza en la Iglesia como el sacramento de la unidad, porque al comer todos un mismo Pan, nos hacemos un solo Cuerpo. La Santa Misa y la Comunión edifican la Iglesia, construyen su unidad y su firmeza, le dan cohesión. «Los que reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo. Por eso mismo, Cristo une a todos los fieles en un solo cuerpo: la Iglesia. La comunión renueva, fortifica, profundiza esta incorporación a la Iglesia realizada ya por el Bautismo. En el Bautismo fuimos llamados a formar un solo cuerpo (cfr. 1 Cor 12, 13); la Eucaristía realiza esta llamada»90.

Hijas e hijos míos, ¡qué importante es que nos unamos a la Cabeza visible, al celebrar o al participar en este Santo Sacrificio! Todos bien pegados a la Cabeza de la Iglesia universal, al Papa; vosotros a quien hace Cabeza en cada Iglesia particular, a los Obispos, y muy especialmente a este Padre vuestro que el Señor ha querido poner como Cabeza visible y principio de unidad en esta «partecica de la Iglesia» que es la Obra.

Præsta meæ menti de te vivere, et te illi semper dulce sapere

Vivir de Cristo
«La carne de Cristo, en virtud de su unión con el Verbo, es vivificante»91. San Lucas escribe: «Toda la multitud intentaba tocarle, porque salía de Él una fuerza que sanaba a todos» (Lc 6, 19). También el Pan eucarístico es no sólo pan vivo, sino vivificante, que da la vida divina en Cristo. Al recibirlo, cada uno puede decir con San Pablo: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2, 20).

Præsta meæ menti de te vivere… Esta estrofa nos invita a que todo en nosotros se alimente de vivir siempre de Cristo, a asumir una conducta completamente fiel a su amor, a gustar perseverantemente de sus dulzuras: que nuestro gozo y nuestro “gusto” estén en Cristo, que vayamos a Él «como el hierro atraído por la fuerza del imán»92.

Este deseo sincero, esta petición, ayuda poderosamente a anhelar y a cuidar la unidad de vida; con otras palabras: no tener más que un Señor en el alma (cfr. Mt 6, 24); no buscar más que una cosa (cfr. Lc 10, 42), y someterse totalmente a un solo Amor, que es Él; no querer sino lo que quiere Dios, y acoger lo demás porque Dios lo quiere y en el modo y medida que Él lo dispone; estar tan identificado con Cristo, que el cumplimiento de su Voluntad se revele en la criatura como característica esencial de la propia personalidad. Significa poseer «los mismos sentimientos de Cristo Jesús» (Flp 2, 5); y, para lograrlo, pidámoselo a Él, como San Josemaría: «Que yo vea con tus ojos, Cristo mío, Jesús de mi alma»93.

Los cristianos no hemos de olvidar que, con el Señor, omnia sancta, todo es santo; sin Él, mundana omnia, todo es mundano. No nos dejemos engañar por la falta de amor, que se oculta tras una apariencia de naturalidad, para no arrostrar con decisión —por amor— las consecuencias de la fidelidad a Cristo. Nuestra relación con Dios sólo puede construirse sobre el único modelo que es Cristo; y debemos ver con claridad que la relación de Jesús con su Padre brilla por su total unidad: «Yo y el Padre somos uno» (Jn 10, 30).

Unidad de vida
La Santa Misa, por sí misma y más aún cuando se lucha para que sea el centro de la propia vida interior, posee un poder verdaderamente unificante de la existencia humana. Jesús sacramentado, en la renovación incruenta de su sacrificio en el Calvario, toma por completo los trabajos y las intenciones de la persona que se une a su oblación; y los recapitula en la adoración que Él rinde al Padre, en el agradecimiento que le manifiesta, en la expiación que le ofrece, y en la petición que le dirige.

Así como Cristo, en su caminar terreno, recapituló la historia humana desde Adán; y, en su sacrificio, recapituló su propia vida; así también en el Sacrificio de la Misa se unifica todo lo que Dios otorga a la humanidad y se sintetiza cuanto la humanidad puede elevar al Padre en Cristo, bajo el impulso del Paráclito. En una palabra, «la Sagrada Eucaristía (…) resume y realiza las misericordias de Dios con los hombres»94.

El Santo Sacrificio compendia lo que ha de ser nuestra conducta: adoración amorosa, acción de gracias, expiación, petición; es decir, dedicación a Dios y, por Él, a los demás. En la Misa debe confluir cuanto nos pese y nos agobie, cuanto nos colme de alegría y nos ilusione, cada detalle del quehacer cotidiano; hemos de ir con las preocupaciones nuestras y las de los demás, las del mundo entero.

En las pasadas fiestas de Navidad, comentaba a un grupo de hermanos vuestros que no fueran a Belén sólo con sus intenciones y necesidades, que llevasen al Niño los sufrimientos y las urgencias de todas las personas de la Obra, de la Iglesia, del mundo entero. Y lo mismo os aconsejo ahora a todas y a todos: id a la Misa, presentando al Señor las urgencias materiales y espirituales de todos, como Cristo subió al Madero cargado con los pecados de los hombres de todos los tiempos. Intentemos subir con Él y como Él a la Cruz, donde intercedió —y ahora intercede desde los altares y desde los sagrarios de esta tierra— ante su Padre, para obtener a cada criatura, con sobreabundancia divina, las gracias que necesita, sin excluir ninguna.

Recordáis que, en 1966, San Josemaría tuvo una fuerte experiencia, que relató así: «Después de tantos años, aquel sacerdote hizo un descubrimiento maravilloso: comprendió que la Santa Misa es verdadero trabajo: “operatio Dei”, trabajo de Dios. Y ese día, al celebrarla, experimentó dolor, alegría y cansancio. Sintió en su carne el agotamiento de una labor divina.

»A Cristo también le costó esfuerzo la primera Misa: la Cruz»95.

Interpretó ese episodio como si Dios hubiese querido premiar su esfuerzo de años por centrar su existencia entera en el Santo Sacrificio; y, a la vez, confirmarle en la validez sobrenatural de ese camino para alcanzar la unidad de vida tan característica del espíritu de la Obra. Peleemos, jornada tras jornada, para que —hagamos lo que hagamos— nuestra mente se dirija a Jesucristo, para adherirnos a sus designios y también para adentrarnos en su dulce saber.

Pie pellicane, Iesu Domine, me immundum munda tuo sanguine

Purificarse más y más
La antigua creencia de que el pelicano alimenta a sus crías con su sangre, haciéndola brotar de su pecho herido con el pico, ha sido tradicionalmente un símbolo eucarístico, que trataba de ejemplificar de algún modo la inseparabilidad de los aspectos sacrificial y convivial de la Eucaristía. Efectivamente, en la Santa Misa «se efectúa la obra de nuestra redención»96, y se nos da a comer el cuerpo de Cristo y se nos da a beber su sangre.

En este Sacramento, queda patente que la sangre de Cristo redime y a la vez alimenta y deleita. Es sangre que lava todos los pecados (cfr. Mt 26, 28) y vuelve pura el alma (cfr. Ap 7, 14). Sangre que engendra mujeres y hombres de cuerpo casto y de corazón limpio (cfr. Zac 9, 17). Sangre que embriaga, que emborracha con el Espíritu Santo y que desata las lenguas para cantar y narrar las «magnalia Dei» (Hch 2, 11), las maravillas de Dios.

La Eucaristía, por ser el mismo sacrificio del Calvario, contiene en sí la virtud de lavar todo pecado y conceder toda gracia: de la Misa, como del Calvario, nacen los demás sacramentos, que luego nos dirigen al Holocausto de Jesucristo como a su fin. Pero el sacramento ordinario —repetidlo en el apostolado—, dispuesto por Dios para la remisión de los pecados mortales, no es la Misa, sino el de la Penitencia; el de la Reconciliación con Dios y con la Iglesia, mediante la absolución que sigue a la confesión plenamente sincera y contrita —ante el sacerdote— de todos los pecados mortales aún no perdonados directamente en este sacramento97.

Comulgar dignamente
Más aún, la Eucaristía, precisamente porque es manifestación y comunicación de amor, exige, en quienes quieren recibir el cuerpo y la sangre del Señor, una clara disposición de unión a Jesús por la gracia. «¿Has pensado en alguna ocasión cómo te prepararías para recibir al Señor, si se pudiera comulgar una sola vez en la vida?

»—Agradezcamos a Dios la facilidad que tenemos para acercarnos a Él, pero… hemos de agradecérselo preparándonos muy bien, para recibirle»98.

La calidad y la delicadeza de esa preparación depende, como ya os recordaba antes, de la finura y profundidad interior de la persona, particularmente de su fe y de su amor a Jesús sacramentado. «Hemos de recibir al Señor, en la Eucaristía, como a los grandes de la tierra, ¡mejor!: con adornos, luces, trajes nuevos…

»—Y si me preguntas qué limpieza, qué adornos y qué luces has de tener, te contestaré: limpieza en tus sentidos, uno por uno; adorno en tus potencias, una por una; luz en toda tu alma»99.

Naturalmente, no hay que esperar a ser perfectos —estaríamos siempre esperando— para recibir sacramentalmente al Señor, ni hay que dejar de asistir a Misa porque falte sentimiento o porque a veces vengan distracciones. «Comulga. —No es falta de respeto. —Comulga hoy precisamente, cuando acabas de salir de aquel lazo.

»—¿Olvidas que dijo Jesús: no es necesario el médico a los sanos, sino a los enfermos?»100.

Menos aún hay que dejar de recibir la Santa Comunión, porque la frecuencia en la recepción de este Sacramento parezca que no produce en nosotros el efecto que cabría esperar de la generosidad divina. «¡Cuántos años comulgando a diario! —Otro sería santo —me has dicho—, y yo ¡siempre igual!

»—Hijo —te he respondido—, sigue con la diaria Comunión, y piensa: ¿qué sería yo, si no hubiera comulgado?»101.

Más bien el cristiano debe razonar con el pensamiento de que esa frecuencia, ya antigua en la Iglesia, es signo de un enamoramiento auténtico, que las propias miserias no pueden apagar. «Alma de apóstol: esa intimidad de Jesús contigo, ¡tan cerca de Él, tantos años!, ¿no te dice nada?»102.

Cuando asomen esos falaces argumentos, u otros semejantes, es el momento de asumir, más que nunca, con agradecimiento y confianza en Jesús, la actitud del centurión, que repetimos en la Santa Misa: «Domine, non sum dignus!». No cabe olvidar que, ante la majestad y la perfección de Cristo, Dios y Hombre, nosotros somos pordioseros que nada poseen, que estamos manchados con la lepra de la soberbia, que no siempre vemos la mano de Dios en lo que nos sucede y que, en otras ocasiones, nos quedamos paralizados ante su Voluntad. Pero todo esto no justifica la actitud de retraernos; nos ha de conducir, en cambio, a repetir muchas veces, siguiendo el ejemplo de nuestro Padre: «yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción…»

Cuius una stilla salvum facere totum mundum quit ab omni scelere

Dar a conocer la eficacia de la Eucaristía
Con estas palabras, se nos menciona de nuevo esa característica, tan propia de la Eucaristía: su “sobreabundancia”, el “exceso” de amor divino que se nos ha concedido y se nos continúa ofreciendo constantemente. La estrofa del himno eucarístico se refiere a la dimensión expiatoria de este Sacramento: bastaba una gota de la sangre del Hombre-Dios para borrar todos los pecados de la humanidad. Pero quiso derramar toda. «Uno de los soldados le abrió el costado con una lanza y al instante brotó sangre y agua» (Jn 19, 34). La sangre, entre los pueblos antiguos, y en cierto modo también hoy, supone signo de vida. Cristo decidió no ahorrarse nada de su sangre, también como manifestación de su voluntad precisa de comunicarnos toda su Vida.

Contemplar la entrega total de Jesús por nosotros, considerar una vez más que «no es posible separar en Cristo su ser de Dios-Hombre y su función de Redentor»103, nos alienta a ser conscientes de que nosotros no podemos contentarnos con conducirnos personalmente como almas de Eucaristía: hemos de impulsar a que también tomen esa determinación los demás.

No basta con que cada uno, cada una, de nosotros busque y trate al Señor en la Eucaristía; debemos conseguir “contagiar” —en nuestra labor apostólica— a cuantos más mejor, para que también miren y frecuenten esa amistad inigualable. «Amad muchísimo a Jesús sacramentado, y procurad que muchas almas le amen: sólo si metéis esta preocupación en vuestras almas, sabréis enseñarla a los demás, porque daréis lo que viváis, lo que tengáis, lo que seáis»104.

Ante la triste ignorancia que hay, incluso entre muchos católicos, pensemos, hijas e hijos míos, en la importancia de explicar a las personas qué es la Santa Misa y cuánto vale, con qué disposiciones se puede y se debe recibir al Señor en la comunión, qué necesidad nos apremia de ir a visitarle en los sagrarios, cómo se manifiestan el valor y el sentido de la «urbanidad de la piedad»105.

Ahí se nos abre un campo inagotable y fecundísimo para el apostolado personal, que traerá como fruto, por bendición del Señor, muchísimas vocaciones. Así nos lo repitió nuestro queridísimo Padre desde el principio, también con su comportamiento diario. «Para cumplir esta Voluntad de nuestro Rey Cristo» (nuestro Padre se refiere con estas palabras a la extensión de la Obra por el orbe), «es menester que tengáis mucha vida interior: que seáis almas de Eucaristía, ¡viriles!, almas de oración. Porque sólo así vibraréis con la vibración que el espíritu de la Obra exige»106.

Amar la mortificación y la penitencia
Para convertirnos realmente en almas de Eucaristía y almas de oración, no cabe prescindir de la unión habitual con la Cruz, también mediante la mortificación buscada o aceptada. Don Álvaro nos ha dejado escrito que, en una ocasión, nuestro Padre preguntaba a un grupo de hijos suyos: «¿Qué haremos para ser apóstoles, como el Señor quiere, en el Opus Dei?». Y respondió inmediatamente, con energía y con firmísimo convencimiento: «¡llevar a Cristo crucificado en nosotros! (…). El Señor escucha las peticiones de las almas mortificadas y penitentes»107. Don Álvaro sacaba enseguida la conclusión, que aplicaba a sí mismo y a todos: «Considerad que, para ser fieles al gran compromiso de corredimir, hemos de identificarnos personalmente con Nuestro Señor Jesucristo, mediante la crucifixión de nuestras pasiones y concupiscencias en el alma y en el cuerpo (cfr. Gal 5, 24). Ésta es la divina “paradoja” que ha de renovarse en cada uno: “Para Vivir hay que morir” (Camino, n. 187)»108.

Precisamente en el sacramento del Sacrificio del Hijo de Dios, obtenemos la gracia y la fuerza para identificarnos con Cristo en la Cruz. No lo dudemos: el origen y la raíz de nuestra vida de mortificación se encuentran en la devoción eucarística. Sólo estaremos en condiciones de afirmar que somos auténticas almas de Eucaristía, si vivimos de verdad —cum gaudio et pace— clavados con Cristo en la Cruz; si sabemos «sujetarnos y humillarnos, por el Amor», si «nuestros pensamientos, nuestros afectos, nuestros sentidos y potencias, nuestras palabras y nuestras obras», todo, está “bien atado”, por el amor a la Virgen, a la Cruz de su Hijo»109. Un alma de Eucaristía necesariamente es, siempre y a la vez, un alma sacerdotal; y de modo concreto, si la criatura se consume en deseos de reparar y de sacrificar. Entonces guarda un alma «esencialmente, ¡totalmente!, eucarística»110.

Cuando nos tomamos en serio que la Misa es «nuestra Misa, Jesús», porque la celebra Jesús con cada uno de nosotros, porque cada uno hace de sí una oblación a Dios Padre unida a la de Cristo, entonces dura las veinticuatro horas de la jornada. «Amad mucho al Señor. Tened afán de reparación, de una mayor contrición. Es necesario desagraviarle, primero por nosotros mismos, como el sacerdote hace antes de subir al altar. Y nosotros, que tenemos alma sacerdotal, convertimos nuestra jornada en una misa, muy unidos a Cristo sacerdote, para presentar al Padre una oblación santa, que repare por nuestras culpas personales y por las de todos los hombres (…). Tratadme bien al Señor, en la Misa y durante todo el día»111.

Iesu, quem velatum nunc aspicio, / oro, fiat illud quod tam sitio, / ut te revelata cernens facie, / visu sim beatus tuæ gloriæ

Hambres de ver el rostro de Cristo
Concluye el Adoro te devote con esta estrofa, que cabría resumir así: Señor, ¡que te quiero ver! Muy lógica conclusión, pues la Eucaristía, «prenda de la gloria venidera»112, nos concede un anticipo de la vida definitiva. «La Eucaristía es verdaderamente un resquicio del Cielo que se abre sobre la tierra. Es un rayo de gloria de la Jerusalén celestial, que penetra en las nubes de nuestra historia y proyecta luz sobre nuestro camino»113.

Este tesoro central de la Iglesia anticipa la eternidad, porque nos convierte en comensales de la “Cena del Cordero”, donde los bienaventurados se sacian de la visión de Dios y de su Cristo (cfr. Ap 19, 6-10). Nosotros conseguimos ya, por la gracia de Dios, acceso a la misma realidad, pero no de modo pleno: sólo imperfectamente (cfr. 1 Cor 13, 10-12). Con el don del Sacramento se nos aumenta y se consolida la vida nueva conferida con el Bautismo, que está llamada a su perfección en la gloria.

La recepción de Jesús en la Sagrada Comunión nos obtiene serenidad ante la muerte y ante la incertidumbre del juicio, porque Él ha asegurado: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y Yo le resucitaré en el último día» (Jn 6, 54). «Quien se alimenta de Cristo en la Eucaristía no tiene que esperar el más allá para recibir la vida eterna: la posee ya en la tierra como primicia de la plenitud futura, que abarcará al hombre en su totalidad. En efecto, en la Eucaristía recibimos también la garantía de la resurrección corporal al final del mundo»114. La fe y la esperanza eucarísticas alejan de nosotros muchos temores.

La Sagrada Eucaristía es «la acción más sagrada y trascendente que los hombres, por la gracia de Dios, podemos realizar en esta vida: comulgar con el Cuerpo y la Sangre del Señor viene a ser, en cierto sentido, como desligarnos de nuestras ataduras de tierra y de tiempo, para estar ya con Dios en el Cielo, donde Cristo mismo enjugará las lágrimas de nuestros ojos y donde no habrá muerte, ni llanto, ni gritos de fatiga, porque el mundo viejo ya habrá terminado (cfr. Ap 21, 4)»115.

Este Sacramento se coloca como en el umbral entre esta vida y la otra, no sólo cuando se administra a los moribundos en forma de viático; sino más propiamente porque contiene a Christus passus, ya glorioso, de modo que participa en el orden sacramental de la condición de esta vida, mientras sustancialmente pertenece ya a la otra. También por eso, la piedad eucarística nos irá haciendo más y más Opus Dei, empujándonos a conducirnos como contemplativos en el mundo, pues caminamos amando en la tierra y en el Cielo: «no “entre” el Cielo y la tierra, porque somos del mundo. ¡En el mundo y en el Paraíso a la vez! Esta sería como la fórmula para expresar cómo hemos de componer nuestra vida, mientras estemos “in hoc sæculo”»116.

Prenda de la vida eterna
El plan salvífico de Dios se incoa en esta etapa terrena, que es “penúltima”, y se consuma en la que debe venir, que es eterna117. Así, la fe entraña cierta incoación del conocimiento cara a cara, una incoación de la visión gloriosa y beatífica. En la Eucaristía, la tensión a la gloria se apoya sobre todo en el amor que nace del trato. El alma eucarística anhela adorar abiertamente a Quien ya adora oculto en el Pan, porque el repetido trato con un amor escondido genera un deseo irrefrenable de poseerlo abiertamente. «Trata a la Humanidad Santísima de Jesús… Y Él pondrá en tu alma un hambre insaciable, un deseo “disparatado” de contemplar su Faz»118.

Ésta ha sido siempre la impaciencia de los santos, la que guardaba San Josemaría en su corazón. «Los que se quieren, procuran verse. Los enamorados sólo tienen ojos para su amor. ¿No es lógico que sea así? El corazón humano siente esos imperativos. Mentiría si negase que me mueve tanto el afán de contemplar la faz de Jesucristo. “Vultum tuum, Domine, requiram” (Sal 26, 8), buscaré, Señor, tu rostro. Me ilusiona cerrar los ojos, y pensar que llegará el momento, cuando Dios quiera, en que podré verle, no “como en un espejo, y bajo imágenes oscuras… sino cara a cara” (1 Cor 13, 12). Sí, hijos, “mi corazón está sediento de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo vendré y veré la faz de Dios?” (Sal 41, 3)»119.

La devoción eucarística irá comunicando y aumentando en nosotros esa ansia, hasta convertir el estar con Cristo en lo único que nos importe, sin que esto nos aparte de este mundo; al contrario, lo amaremos más apasionadamente, con nuestro corazón unido estrechamente al Corazón de Jesucristo. La intimidad, el trato con el Señor en la Eucaristía, nos irá imprimiendo con vigor el convencimiento de que la felicidad no se halla en estos o aquellos bienes de la tierra, que envejecerán y desaparecerán; sino en permanecer para siempre con Él, porque la felicidad es Él, que ya ahora poseemos como «tesoro infinito, margarita preciosísima» en este Sacramento120. «Cuando daba la Sagrada Comunión, aquel sacerdote sentía ganas de gritar: ¡ahí te entrego la Felicidad!»121.

La Santísima Virgen, mujer eucarística
Con esta advocación —«mujer eucarística»—, Juan Pablo II ha propuesto a la Iglesia el ejemplo de María como “escuela” y “guía” para aprender a pasmarnos —que significa acoger, adorar, agradecer…— ante el misterio de la Eucaristía122. A la luz de la fe, lo entendemos muy bien, como sucedió a nuestro Padre, que nos hacía considerar que en la Santa Misa, «de algún modo, interviene la Santísima Virgen, por la íntima unión que tiene con la Trinidad Beatísima y porque es Madre de Cristo, de su Carne y de su Sangre: Madre de Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre. Jesucristo concebido en las entrañas de María Santísima sin obra de varón, por la sola virtud del Espíritu Santo, lleva la misma Sangre de su Madre: y esa Sangre es la que se ofrece en sacrificio redentor en el Calvario y en la Santa Misa»123.

María, al pie de la Cruz, unió su propio sacrificio interior —«ved si hay dolor como mi dolor» (Lm 1, 12)— al de su Hijo, cooperando a la Redención en el Calvario. Ella misma, «presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas»124, coopera con el Hijo en difundir en el mundo —¡Medianera de toda gracia!— la infinita fuerza santificadora del Santo Sacrificio que sólo Jesús cumple.

Hijas e hijos míos, si de algún modo nos hemos confrontado con Dimas, el buen ladrón, y con el Apóstol Tomás, ¿cómo no mirar a María para conocer y querer más a Jesús sacramentado, para aprender de Él e imitarle, para «tratarle bien»? En esta personalísima labor, que de modo incesante nos renovará interiormente y nos llenará de deseos de santidad y apostolado, ayudémonos con la contemplación de los misterios del Rosario, desde la Anunciación, cuando vemos cómo la Virgen acoge incondicionalmente en su seno purísimo al Verbo encarnado, hasta su glorificación, cuando Dios la recibe en cuerpo y alma en la gloria, y la corona como Reina, Madre y Señora nuestra.

«A Jesús siempre se va y se “vuelve” por María»125. Pidamos a nuestra Madre que nos tome siempre de la mano, y especialmente en este Año de la Eucaristía para que constantemente digamos al Señor sacramentado, con las palabras y las obras: «¡te adoro, te amo!» Adoro te devote! Y cuando lo hagamos, escuchemos a nuestro queridísimo Padre, que nos insiste: «invocad a María y a José, porque de alguna manera estarán presentes en el Sagrario, como lo estuvieron en Belén y en Nazaret (…). ¡No os olvidéis!»126.

Con todo cariño, os bendice
vuestro Padre
+ Javier
Roma, 6 de octubre de 2004, segundo aniversario de la canonización de San Josemaría.

1 Concilio Vaticano II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 5.
2 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 87. Cfr Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 11; Decr. Presbyterorum ordinis, n. 14.
3 Concilio de Trento, ses. XIII, Decreto sobre la Sagrada Eucaristía, can. 1 (Denz. 1651).
4 Cfr. Ibid., can. 2 (Denz. 1652).
5 San Josemaría, Camino, n. 538.
6 San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 14-IV-1960.
7 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 83.
8 Cfr. Ibid., n. 84.
9 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el evangelio de San Mateo, 82, 4 (PG 58, 743).
10 Cfr. Camino, nn. 269, 537, 554; Forja, nn. 831, 991; Es Cristo que pasa, n. 151.
11 San Josemaría, Camino, n. 267.
12 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 84.
13 Ibid.
14 San Josemaría, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973.
15 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 64.
16 San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, octubre 1972.
17 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 90.
18 Cfr. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 84, a. 2; San Juan Damasceno, Sobre la fe ortodoxa, 4, 12 (PG 94, 1133).
19 San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 4-IV-1970.
20 San Josemaría, Camino, nn. 539, 538. Cfr. Surco, nn. 685, 686; Forja, n. 887.
21 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 161.
22 San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 14-IV-1960.
23 «Lauda, Sion, Salvatorem, / lauda ducem et pastorem / in hymnis et canticis. / Quantum potes, tantum aude: / quia maior omni laude, / nec laudare sufficis» (Misal Romano, Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, Secuencia Lauda Sion).
24 San Josemaría, Forja, n. 838. Cfr. nn. 832, 837.
25 San Josemaría, Forja, n. 824.
26 San Josemaría, Surco, n. 818.
27 San Josemaría, Camino, n. 533.
28 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 151.
29 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 156.
30 San Josemaría, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973.
31 Misal Romano, Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, SecuenciaLauda Sion.
32 San Josemaría, Carta 28-III-1973, n. 7.
33 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 153.
34 Concilio de Trento, ses. XIII: Decreto sobre la Sagrada Eucaristía, cap. 4 (Denz. 1642).
35 Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, 30-VI-1968. Cfr Juan Pablo II, Litt. enc. Ecclesia de Eucharistia, 17-IV-2003, n. 15.
36 Cfr., por ejemplo, Pío XII, Litt. enc. Mediator Dei, 20-XI-1947; Pablo VI, Litt. enc. Mysterium fidei, 3-IX-1965; Juan Pablo II, Litt. enc. Ecclesia de Eucharistia, 17-IV-2003; Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1322-1419.
37 Cfr. Concilio Vaticano II, Const. dogm. Dei Verbum, n. 10.
38 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 84.
39 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 109.
40 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 6.
41 San Josemaría, Carta 28-III-1973, n. 10.
42 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 80.
43 Ibid, n. 6.
44 Cfr. San Josemaría, Surco, n. 817.
45 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 155.
46 Concilio de Trento, ses. XXII, Doctrina acerca del Santísimo Sacrificio de la Misa, cap. 2 (Denz. 1743).
47 Juan Pablo II, Litt. enc. Ecclesia de Eucharistia, 17-IV-2003, n. 12.
48 Concilio de Trento, ses. XIII, Decreto sobre la Sagrada Eucaristía, cap. 7 (Denz. 1647).
49 San Josemaría, Camino, n. 533.
50 Ibid.
51 Santo Tomás de Aquino, Colación 4 sobre el Credo.
52 Ibid.
53 San Josemaría, Carta 24-III-1931, n. 61.
54 San Josemaría, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973.
55 San Josemaría, Camino, n. 509.
56 San Josemaría, Forja, n. 887.
57 San Josemaría, Forja, n. 556.
58 San Josemaría, Vía Crucis, XII estación, n. 4.
59 San Josemaría, Camino, n. 876.
60 San Josemaría, Amigos de Dios, n. 232.
61 Ibid.
62 San Josemaría, Forja, n. 827
63 San Josemaría, Carta 28-III-1973, n. 7.
64 Juan Pablo II, Litt. enc. Ecclesia de Eucharistia, 17-IV-2003, n. 14.
65 San Josemaría, Vía Crucis, V estación.
66 San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 25-VI-1972.
67 San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 9-IV-1937.
68 San Josemaría, Amigos de Dios, nn. 301-303.
69 San Josemaría, Amigos de Dios, n. 249.
70 San Josemaría, Forja, n. 835.
71 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 154.
72 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 129.
73 San Josemaría, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973.
74 San Josemaría, Forja, n. 542.
75 San Josemaría, Camino, n. 23.
76 San Josemaría, Surco, n. 688.
77 Pío XII, Litt. enc. Mediator Dei, 20-XI-1947, n. 20.
78 Juan Pablo II, Litt. enc. Ecclesia de Eucharistia, 17-IV-2003, n. 12. Cfr. Concilio de Trento, ses. 22, Doctrina acerca del Santo Sacrificio de la Misa, cap. 2 (Denz. 1743).
79 Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1364.
80 San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 22-V-1970.
81 Juan Pablo II, Litt. enc. Ecclesia de Eucharistia, 17-IV-2003, n. 11.
82 San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 14-IV-1960.
83 San Josemaría, Es Cristo que pasa, nn. 86-87.
84 San Josemaría, Forja, n. 541.
85 Cfr. Es Cristo que pasa, nn. 88-91.
86 San Josemaría, Forja, n. 69.
87 Misal Romano, Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, SecuenciaLauda Sion.
88 Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 79, a. 1.
89 San León Magno, Homilía 12 sobre la Pasión, 7 (PL 54, 357).
90 Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1396.
91 Concilio de Éfeso, año 431 (Denz. 262).
92 San Josemaría, Amigos de Dios, n. 296.
93 San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 19-III-1975.
94 San Josemaría, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 123.
95 San Josemaría, Vía Crucis, XI estación, n. 4.
96 Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 3.
97 Cfr. Juan Pablo II, Exhort. apost. Reconciliatio et pænitentia, 2-XII-1984, n. 31, I.
98 San Josemaría, Forja, n. 828.
99 San Josemaría, Forja, n. 834.
100 San Josemaría, Camino, n. 536.
101 Ibid., n. 534.
102 Ibid., n. 321.
103 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 122.
104 San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 4-IV-1970.
105 San Josemaría, Camino, n. 541.
106 San Josemaría, Instrucción, 1-IV-1934, n. 3.
107 Recogido por don Álvaro, Carta, 16-VI-1978.
108 Ibid.
109 Ibid.
110 San Josemaría, Forja, n. 826.
111 San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 6-X-1968.
112 Concilio Vaticano II, Const. Sacrosanctum Concilium, n. 47.
113 Juan Pablo II, Litt. enc. Ecclesia de Eucharistia, 17-IV-2003, n. 19.
114 Juan Pablo II, Litt. enc. Ecclesia de Eucharistia, 17-IV-2003, n. 18.
115 San Josemaría, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 113.
116 San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 27-III-1975.
117 Cfr. Juan Pablo II, Litt. enc. Evangelium vitæ, 25-III-95, n. 2.
118 San Josemaría, Vía Crucis, VI estación, n. 2.
119 San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 25-XII-1973.
120 San Josemaría, Camino, n. 432.
121 San Josemaría, Forja, n. 267.
122 Cfr. Juan Pablo II, Litt. enc. Ecclesia de Eucharistia, 17-IV-2003, nn. 53-58.
123 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 89.
124 Juan Pablo II, Litt. enc. Ecclesia de Eucharistia, 17-IV-2003, n. 57.
125 San Josemaría, Camino, n. 495.
126 San Josemaría, Apuntes tomados en una conversación, 6-VI-1974.

Galería fotográfica

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Fotos de la Eucaristía celebrada por el Prelado en Santa María la Mayor (Roma). (Fotos: J.M. San Millán)














El trabajo ordinario, llevado al altar

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Ofrecemos el artículo que el Prelado del Opus Dei ha publicado en el periódico italiano ‘Avvenire’, con motivo de la clausura del Sínodo de la Eucaristía, en el que ha participado.

Opus Dei -

“Cualquier trabajo honrado puede ser un medio para unirnos espiritualmente al sacrificio de Cristo en la Santa Misa”

La Asamblea del Sínodo de Obispos que ahora concluye ha tenido un carácter particular. Fue convocada por Juan Pablo II, pero ha sido presidida por su sucesor, Benedicto XVI. Desde el punto de vista simbólico, representa como un “enlace” entre dos pontificados. No deja de resultar significativo que este Sínodo haya versado precisamente sobre la Eucaristía, fuente de la unidad de la Iglesia.

Al comenzar las sesiones,  Benedicto XVI pidió a los participantes que estudiáramos el modo de intensificar la conexión entre la Santa Misa y el quehacer cotidiano de los cristianos, de forma que no se desarrollen como dos ámbitos incomunicados. Como consecuencia, parte del trabajo de estos días ha consistido en la búsqueda de propuestas concretas para ayudar a los cristianos a comprender cada vez mejor que la Eucaristía debe informar su vida ordinaria.

En cuanto acción de culto, el Sacrificio eucarístico requiere un desarrollo lo más perfecto posible, pues su destinatario es Dios mismo. Cualquier acción humana bien realizada, con amor, con detalle y con delicadeza, se constituye como algo agradable a los demás y como muestra de interés y de respeto. Lógicamente, con mayor motivo, la ofrenda a Dios ha de tender a ser perfecta, y en esta dirección se han orientado muchas de las aportaciones formuladas en el Sínodo.

Al celebrar o al participar en la Santa Misa, sacerdotes y laicos han de actuar con piedad recia, doctrinal, y de forma amorosa, atenta, santamente apasionada. En la Eucaristía, donde tiempo y eternidad se encuentran, Cristo se ofrece al Padre y se nos entrega de nuevo a nosotros los hombres: merece evidentemente que correspondamos con todo el amor de que seamos capaces. Dios no nos pide solamente la entrega de un acto externo, sino que ante todo espera nuestro amor: sólo así la ofrenda puede ser perfecta, agradable a Dios.

Pero la presencia de la Eucaristía en la vida del cristiano no se limita al momento sublime de la Misa. Podemos presentar ante el altar también nuestras acciones corrientes; y buscar durante toda la jornada, en nuestros normales quehaceres, una continua referencia a Dios Eucaristía. Cualquier trabajo honrado puede ser un medio para unirnos espiritualmente al sacrificio de Cristo en la Santa Misa, si ofrecemos a Dios nuestras acciones ordinarias: la Eucaristía se convierte entonces en cumbre y fuente de toda nuestra existencia. De muchas formas se ha repetido esta idea en las sesiones del Sínodo, con la certeza compartida de que Cristo ha querido unir la Santa Misa a la salvación de sus hermanos los hombres.

Estas consideraciones han orientado mis reflexiones durante el Sínodo, y han dado forma a tres campos en los que el cristiano puede contribuir a que en toda la Iglesia florezca cada vez más la vida eucarística. El primero nos incumbe a los sacerdotes, que debemos saber celebrar la Eucaristía con la mayor delicadeza posible; se trata, con otras palabras, de promover el ars celebrandi, a través del cual se manifiesta la hermosura y la profundidad de la liturgia, vivida para la gloria de Dios y para nuestra edificación. En segundo lugar, es necesario suscitar en todos los fieles una participación aún más atenta en la Santa Misa, conscientes de que es un momento sublime para que el cristiano ejercite el arte de la oración, el ars orandi, del que habló Juan Pablo II con motivo del comienzo del nuevo milenio. Por último, necesitamos también redescubrir cada día los fuertes lazos que existen entre la Santa Misa y la vida diaria, aplicarnos cada vez más en el ars vivendi, el arte de gastar los días en unión espiritual con Jesús Eucaristía, y llegar así a reconocer en la existencia cotidiana un horizonte nuevo: la grandeza del encuentro con Dios.

El Santo Padre valorará las propuestas presentadas por los padres sinodales y tomará las decisiones que estime oportunas. Pero ya ahora experimentamos los efectos positivos del Sínodo: los obispos que hemos participado en él hemos profundizado en el infinito tesoro de la Eucaristía, en la que “se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo en persona, nuestra Pascua y pan vivo” (Presbyterorum Ordinis, n. 5). Espero vivamente que esta toma de conciencia se difunda en círculos concéntricos, y que sus frutos se noten en la práctica cristiana de muchos católicos, especialmente en la participación en la Santa Misa. Después del trabajo y de la oración de estos días, deseo que asistamos a un nuevo momento de gracia para toda la Iglesia.

+ Javier Echevarría
Prelado del Opus Dei

Carta del Prelado (septiembre 2007)

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El Prelado reflexiona sobre la importancia de vivir cerca de Cristo para poder difundir el bien. La formación y las normas de piedad cristiana que viven quienes se acercan al Opus Dei son una ayuda para compartir la Cruz del Señor.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

La Iglesia —y, como una parte viva de la Iglesia, la Obra— está llamada a reflejar la luz que recibe constantemente de Cristo y a difundirla sobre el mundo. Jesucristo lo enseñó a todos los cristianos: vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos (Mt 5, 14-16).

«Al escuchar estas palabras de Jesús —comenta Benedicto XVI—, nosotros, los miembros de la Iglesia, no podemos por menos de notar toda la insuficiencia de nuestra condición humana, marcada por el pecado. La Iglesia es santa, pero está formada por hombres y mujeres con sus límites y sus errores. Es Cristo, sólo Él, quien donándonos el Espíritu Santo puede transformar nuestra miseria y renovarnos constantemente. Él es la luz de las naciones, lumen gentium, que quiso iluminar el mundo mediante su Iglesia (cfr. Const. dogm. Lumen gentium, n. 1).

»¿Cómo sucederá eso?, nos preguntamos también nosotros con las palabras que la Virgen dirigió al arcángel Gabriel. Precisamente Ella, la Madre de Cristo y de la Iglesia, nos da la respuesta: con su ejemplo de total disponibilidad a la voluntad de Dios —fiat mihi secundum verbum tuum (Lc1, 38)—. Ella nos enseña a ser “epifanía” del Señor con la apertura del corazón a la fuerza de la gracia y con la adhesión fiel a la palabra de su Hijo, luz del mundo y meta final de la historia» (Benedicto XVI, Homilía, 6-I-2006).

Condición esencial para llevar la doctrina y la vida de Cristo a los demás —y en estos tiempos urge que se haga— es que nosotros mismos nos empeñemos con mayor ahínco en conocer, tratar y amar más cada día a Nuestro Señor. Las normas de piedad cristiana, tradicionales en la Iglesia, que practicamos en el Opus Dei, tienen precisamente esa finalidad. Hemos de cumplirlas del mejor modo posible, como fruto de una elección de amor, aunque el corazón a veces esté seco o no responda.

Cuando una persona se acerca a la Prelatura, movida por el deseo de conocer mejor a Dios, procuramos facilitarle una adecuada formación doctrinal, espiritual y apostólica, de modo que las enseñanzas de Cristo constituyan, desde el principio, no sólo claridad para su inteligencia, sino luz y fuerza que dirijan sus pasos en el seguimiento de Jesús. Ayudamos a la gente a apreciar y a frecuentar los sacramentos —la Eucaristía, la Confesión—, a cuidar la oración personal, a tratar a Dios como Padre y a la Santísima Virgen como Madre, a ofrecer el trabajo al Señor, a preocuparse de las necesidades espirituales y materiales de los demás, a acercar a Dios a quienes se relacionan más de cerca con ella o con él.

Procuremos, pues, acrecentar en cada jornada el trato personal con Dios Padre, con Jesucristo, con el Espíritu Santo, con la Virgen Santísima. Quienes nos alimentamos del espíritu del Opus Dei, queremos poner en esa vida de piedad un colorido particular, que muchas otras personas también hacen propio: el que proviene del sentido de la filiación divina. Nos esforzamos por imitar a Cristo, con particular atención en sus años de trabajo y de vida ordinaria en Nazaret; fomentamos la devoción al Espíritu Santo, huésped íntimo del alma, que nos empuja a la identificación con Cristo y al amor de Dios Padre; veneramos a la Santísima Virgen como Madre de Dios y Madre nuestra, con una piedad de hijos pequeños que todo lo esperan de su maternal bondad; buscamos el trato personal con los Ángeles Custodios, a quienes consideramos aliados en todas nuestras tareas apostólicas, y acudimos con entera confianza a San Josemaría, nuestro Padre queridísimo, en quien vemos perfectamente realizado el espíritu que Dios ha querido para el Opus Dei.

Además, hemos de esforzarnos siempre por servir con obras y de verdad(1 Jn 3, 18), no sólo con palabras, a la Iglesia santa. Recemos y hagamos rezar por el Papa y por sus intenciones, tirando del carro en la dirección que señala el Santo Padre y, en cada lugar, los Obispos en comunión con el Romano Pontífice. Realizando con fidelidad la misión propia del Opus Dei, colaboramos directísimamente a que se lleve a cabo la gran misión que el Maestro ha confiado a la Iglesia, para que se cumpla el querer de Dios: que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tm2, 4).

Hemos de dar una decidida carga apostólica a todo lo que nos ocupa, en las situaciones y en los momentos más diversos. De este modo, todos, incluso los que excepcionalmente no se encuentren en condiciones de atender un apostolado personal inmediato, desarrollaremos una labor muy fecunda. Pero este camino requiere —lo repito de intento— cuidar el trato con Dios en las prácticas de piedad cristiana; esmerarse en la realización de un trabajo bien terminado, presentándolo a Dios cada día en la Santa Misa; dar importancia a las pequeñas mortificaciones, que Él espera que se alcen en nuestra conducta con un ritmo constante, «como el latir del corazón» (San Josemaría, Forja, n. 518).

La unión con Cristo en la Cruz es imprescindible para ejecutar fielmente y con optimismo este programa apostólico. No se puede seguir a Jesús sin negarse a sí mismo (cfr. Lc 9, 23), sin cultivar el espíritu de mortificación, sin la componente habitual de obras concretas de penitencia. Lo señalaba el Santo Padre, meses atrás, al anunciar la celebración de un año dedicado a San Pablo en el bimilenario de su nacimiento. Puntualizaba que los frutos del Apóstol de los gentiles «no se deben atribuir a una brillante retórica o a refinadas estrategias apologéticas y misioneras. El éxito de su apostolado depende, sobre todo, de su compromiso personal al anunciar el Evangelio con total entrega a Cristo; entrega que no temía peligros, dificultades ni persecuciones: ”Ni la muerte ni la vida —escribió a los Romanos—, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni las potestades ni la altura ni la profundidad, ni otra criatura alguna, podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rm 8, 38-39).

»De aquí podemos sacar una lección muy importante para todos los cristianos. La acción de la Iglesia sólo es creíble y eficaz en la medida en que quienes forman parte de ella están dispuestos a pagar personalmente su fidelidad a Cristo, en cualquier circunstancia. Donde falta esta disponibilidad, falta el argumento decisivo de la verdad, del que la Iglesia misma depende» (Benedicto XVI, Homilía en la Basílica de San Pablo extramuros, 28-VI-2007).

Estas consideraciones nos ayudan a prepararnos para la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, el próximo día 14. San Josemaría nos señaló la gran meta de poner la Cruz de Cristo en la cima de todas las actividades humanas —con nuestro trabajo santificado y santificante— para que Jesús atraiga a todos hacia sí (cfr. Jn 12, 32). Contemplemos la urgencia de esta tarea, porque «¡cuántos, también en nuestro tiempo, buscan a Dios, buscan a Jesús y a su Iglesia, buscan la misericordia divina, y esperan un “signo” que toque su mente y su corazón! Hoy, como entonces, el evangelista nos recuerda que el único “signo” es Jesús elevado en la cruz: Jesús muerto y resucitado es el signo absolutamente suficiente. En Él podemos comprender la verdad de la vida y obtener la salvación. Éste es el anuncio central de la Iglesia, que no cambia a lo largo de los siglos. Por tanto, la fe cristiana no es ideología, sino encuentro personal con Cristo crucificado y resucitado. De esta experiencia, que es individual y comunitaria, surge un nuevo modo de pensar y de actuar: como testimonian los santos, nace una existencia marcada por el amor» (Benedicto XVI, Homilía, 26-III-2006).

Una parte importante de ese mostrar a Cristo en nuestra vida, se resume —no lo demos por sabido— en la práctica gozosa, habitual, de la mortificación y de la penitencia: renunciar voluntariamente a comodidades y placeres que, sin ser malos en sí mismos, podrían entibiar o dificultar la unión con Dios. El uso templado de los bienes materiales, sin dejarse apresar en sus lazos, reviste una importancia fundamental en ese estar con Cristo y en el apostolado.

Hace ya muchos años, nuestro Fundador escribió que «los hombres esperan de nosotros, los hijos de Dios en su Obra, ese bonus odor Christi, que —apoyado en nuestra templanza— les encienda y les arrastre» (San Josemaría, Instrucción, mayo-1935/14-IX-1950, n. 65). En cambio, si no rechazamos el contagio de lo mundano, si pensásemos que es imposible llevar con nosotros el ambiente exigente de Cristo, si no supiéramos ir contra corriente, no podríamos ayudar a los otros a encontrar la gran dicha de la amistad con Jesucristo. Lo mundano, desgraciadamente, abunda en la mayor parte de los ambientes. Es preciso invitar a los demás —primero con el ejemplo— a respirar el aire limpio de la cercanía de Dios. Y, para esto, es indispensable la templanza del corazón y de los sentidos:bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios (Mt 5, 8); con la persuasión de que sólo así se ama apasionadamente este mundo nuestro.

¡Qué grande es la responsabilidad de los cristianos! Meditemos una vez más las palabras que San Josemaría escribió en Camino: «De que tú y yo nos portemos como Dios quiere —no lo olvides— dependen muchas cosas grandes» (San Josemaría, Camino, n. 755).

Seguid rezando por la persona y las intenciones del Santo Padre. Pedid al Señor que haga muy fecundo su servicio a la Iglesia: que todos los católicos —pastores y fieles— acojan de corazón sus enseñanzas y las pongan en práctica. Y uníos también a mis intenciones: perdonad tanta insistencia, pero necesito de verdad de vosotros, de cada una y de cada uno. Repetía nuestro Padre: «está todo hecho, y está todo por hacer»; por eso busco vuestra colaboración total, para que yo no detenga ese reto de apostolado, de anunciar a la humanidad que Jesucristo nos llama a cada una, a cada uno.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Biografía de Monseñor Álvaro del Portillo.

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Monseñor Álvaro del Portillo nació en Madrid (España) el 11 de marzo de 1914, tercero de ocho hermanos, en una familia de honda raigambre cristiana. Era Doctor Ingeniero de Caminos y Doctor en Filosofía y en Derecho Canónico.

En 1935 se incorporó al Opus Dei, fundado por san Josemaría Escrivá de Balaguer el 2 de octubre de 1928. Vivió con fidelidad plena la vocación al Opus Dei, mediante la santificación del trabajo profesional y el cumplimiento de los deberes ordinarios, y desarrolló una amplísima actividad apostólica entre sus compañeros de estudio y con los colegas de trabajo.

Muy pronto se convirtió en la ayuda más firme de San Josemaría, y permaneció a su lado durante casi cuarenta años, como su colaborador más próximo.

El 25 de junio de 1944 fue ordenado sacerdote. Desde entonces se dedicó enteramente al ministerio pastoral, en servicio de los miembros del Opus Dei y de todas las almas.

En 1946 fijó su residencia en Roma, junto a San Josemaría. Su servicio infatigable a la Iglesia se manifestó, además, en la dedicación a los encargos que le confirió la Santa Sede como consultor de varios Dicasterios de la Curia Romana y, especialmente, mediante su activa participación en los trabajos del Concilio Vaticano II.

PRIMER SUCESOR DE SAN JOSEMARÍA

El 15 de septiembre de 1975 fue elegido primer sucesor de San Josemaría. El 28 de noviembre de 1982, al erigir la Obra en Prelatura Personal, el Santo Padre Juan Pablo II le nombró Prelado del Opus Dei, y el 6 de enero de 1991 le confirió la ordenación episcopal.

Toda la labor de gobierno del Siervo de Dios se caracterizó por la fidelidad al Fundador y su mensaje, en un trabajo pastoral incansable para extender los apostolados de la Prelatura, en servicio de la Iglesia.

Su entrega al cumplimiento de la misión recibida, siguiendo las enseñanzas de San Josemaría, hundía sus raíces en un hondo sentido de la filiación divina, fruto de la acción del Espíritu Santo, que le llevaba a buscar la identificación con Cristo en un abandono confiado a la voluntad de Dios Padre, constantemente alimentado por la oración, la Eucaristía y una tierna devoción a la Santísima Virgen.

Su amor a la Iglesia se manifestaba por su profunda comunión con el Papa y los Obispos. Su caridad con todos, la solicitud infatigable por sus hijas e hijos en el Opus Dei, la humildad, la prudencia y la fortaleza, la alegría y la sencillez, el olvido de sí y el ardiente afán de ganar almas para Cristo, reflejado también en el lema episcopal —regnare Christum volumus!—, junto con la bondad, la serenidad y el buen humor que irradiaba su persona, son rasgos que componen el retrato de su alma.

En la madrugada del 23 de marzo de 1994, pocas horas después de regresar de una peregrinación a Tierra Santa, donde había seguido con intensa piedad los pasos terrenos de Jesús, desde Nazaret al Santo Sepulcro, el Señor llamó a Sí a este siervo suyo bueno y fiel. La mañana precedente había celebrado su última Misa en el Cenáculo de Jerusalén.

El mismo día 23 de marzo, el Santo Padre Juan Pablo II acudió a rezar ante sus restos mortales, que ahora reposan en la Cripta de la Iglesia Prelaticia de Santa María de la Paz —viale Bruno Buozzi, 75, Roma—, continuamente acompañados por la oración y el cariño de los fieles del Opus Dei y de millares de personas.

“Estoy convencido de que don Álvaro me ha curado”

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Jorge Llop, español, es uno de los 42 diáconos que el sábado 21 de mayo de 2005 fué ordenado sacerdote por mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei.

Jorge Llop, en el centro, es uno de los cinco abogados que han sido ordenados sacerdotes por el prelado del Opus Dei.

Desde joven, Jorge sintió una gran pasión por los deportes. Compaginando el estudio con los entrenamientos, llegó a debutar en la máxima categoría nacional de jockey sobre hierba. Sin embargo, su deporte favorito es la bicicleta, con la que ha coronado las principales rutas del Pirineo. Este vasco de 46 años es, además, un gran aficionado a la lectura. A su reciente ordenación sacerdotal han acudido un numeroso grupo de familiares y amigos de Bilbao, entre ellos varios profesores, alumnos y ex alumnos del colegio Gaztelueta, en el que trabajó durante quince años. “Muchos de los que vienen me han apoyado especialmente con su oración durante la grave enfermedad que me descubrieron hace casi seis años y cuya curación atribuyo, sin duda, a la intercesión de don Álvaro del Portillo”.

Si no tiene inconveniente, ¿puede contarnos algo de su enfermedad?
Comencé a notar algún síntoma en el verano de 1999. Me sentía bastante cansado, y me daban golpes de calor. Un día me desmayé. Lo comenté con el médico y, después de descartar que se pudiera tratar de una hernia, me sometí a una endoscopia. Siguiendo el consejo de mi familia, viajé a Pamplona, para ser tratado en la Clínica Universitaria de la Universidad de Navarra. Allí me hicieron otras pruebas y diagnósticaron una metástasis de melanoma en el estómago y en la pierna.

¿Cómo reaccionó cuando le confirmaron que se trataba de algo serio?
Lo primero que hice fue rezar y pensar que estaba en las manos de Dios. Después me encomendé a la intercesión de don Álvaro del Portillo. Fue inolvidable que el prelado del Opus Dei, monseñor Javier Echevarria, me escribiera una docena de cartas durante mi convalecencia en la clínica. Estuvo siempre al corriente de la evolución de mi enfermedad, y me animó a acudir a los medios sobrenaturales y a no dejar de encomendarme a don Álvaro. Tras realizarme varias pruebas y constatar que rechazaba el tratamiento, tomé una actitud pasiva ante esa situación: me había tocado y mi vida había cambiado por completo y para siempre. Sin embargo, gracias a los consejos de los médicos, que siempre me animaron a luchar, y a los constantes apoyos de las personas que me acompañaban, nunca me desanimé. A los cuatro meses me hicieron nuevos análisis y los doctores descubrieron unas manchas en el páncreas, por lo que pensaron que podría ser una metástasis o un cáncer de las vías biliares. Pero resultó ser una intoxicación por la enfermedad. En enero de 2000 me hicieron otra prueba y me dijeron que las manchas habían desaparecido: fue una gran sorpresa. En seguida pensé en el milagro, aunque no me gusta que me consideren una persona que ha recibido un milagro. Pero la realidad es que a partir de ese momento, lo único que hago es una revisión semestral para controlar que los síntomas malignos no reaparecen.

Don Álvaro.

¿Ha tenido ocasión de animar a otras personas en situaciones similares a la suya?
Sí. Algunas veces he podido transmitir la experiencia sobre mi enfermedad a personas que han pasado por lo mismo. Hay gente que te pregunta por qué esa persona se ha curado y sin embargo otra no. Y te lo preguntan porque saben que eres consciente de lo que están pasando. Yo les animo diciéndoles que esa situación sólo se desbloquea cuando rezan, cuando acudan a Dios con confianza. En verdad, sólo Dios sabe lo que quiere cuando permite que la enfermedad pase a formar parte de la vida de un hombre. Todo acontecimiento, también aquellos más dolorosos, debe ser contextualizado en el proyecto que Dios tiene para cada uno. Y, entonces, es más fácil encontrar un sentido, que no es otro que el que dió Jesús a la Pasión. El misterio de la Cruz del hombre se entiende en el misterio de la Cruz de Cristo.

El contacto directo con la enfermedad, ¿le ha ayudado en cualquier modo a prepararse para el sacerdocio?
Naturalmente. Aunque Dios va al encuentro del hombre y de la mujer habitualmente a través de sucesos pequeños, aparentemente intrascendentes, no sólo existe la providencia ordinaria. Creo que no hay que asustarse si alguna vez el Señor se hace presente pidiendo algo grande. Es una muestra de amistad y de confianza. Por otro lado, me doy cuenta de que el sacerdocio es un don muy grande. Si veo claro que Dios desea que le sirva a partir de ahora como sacerdote, no me puedo equivocar al responder a su llamada. Aunque no faltarán sacrificios, estoy convencido de que el mejor negocio que puede hacer una persona es abrir las puertas a Dios, y responder que sí a su llamada. A mí me ha dicho “sígueme ahora como sacerdote” y mis sentimientos son de enorme agradecimiento.

En un momento de la ceremonia de ordenación.

Usted ha sido ordenado sacerdote en un momento especial. Han trascurrido casi dos meses de la muerte de Juan Pablo II y un mes de la elección de Benedicto XVI.
Realmente hemos vivido unos días inolvidables, sobre todo los que hemos tenido la suerte de residir en Roma durante este período único. Hemos palpado la extraordinaria humanidad de Juan Pablo II y de muerte santa que ha conmovido a todo el mundo. Una humanidad y una santidad que encuentran su fundamento en Cristo. ¡Cómo olvidar las miles de personas que han pasado gustosamente cinco, diez y hasta más de doce horas en pie haciendo cola para saludarlo por última vez! Ha sido algo impresionante. Lo que personalmente más me ha conmovido ha sido el amor apasionado de Juan Pablo II por la Eucaristía, pues hasta el último día que estuvo consciente tuvo como absoluta prioridad celebrar la Santa Misa. En el sacrificio del calvario, el Papa encontraba el sentido de toda la existencia. Considero un hecho no menos significativo en el diseño amoroso de la Providencia que su sucesor haya sido elegido en el Año de la Eucaristía. Esto es una gracia especial que debemos aprovechar todos -no solo los sacerdotes- para que crezca nuestro amor a la Eucaristía.

¿Cómo disfrutar de las vacaciones en familia?

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Apolline y Olivier están a punto de comenzar sus vacaciones con sus cinco hijos en Francia. ¿A dónde irán? ¿cómo entretendrán a sus hijos? ¿dejarán algún momento para ellos? ¿queda sitio para Dios en las vacaciones?

La familia Delplanque, con sus primos.

Apolline y Olivier Delplanque, son franceses y supernumerarios del Opus Dei. Tienen cinco hijos, de entre 8 años y 4 meses.

¿Cómo preparáis las vacaciones?

Las preparamos con mucho tiempo de antelación: hablamos, pensamos, planificamos… ¡pero tenemos la curiosa costumbre de decidirlo todo en el último minuto! Aun así, gracias a Dios, siempre hemos podido encontrar la casa que deseábamos. Nos gustan las excursiones, así que, después de haber conocido Vercors, Bourgogne y Auvergne, este año nos hemos decidido por Les Vosges.

¿Y qué haréis?

Comenzaremos las vacaciones con un encuentro de familias, donde podremos saludar a amigos que no vemos desde hace tiempo. Lo hemos organizado todo de forma que tanto los padres como los niños, cada grupo por su cuenta, recibimos unas charlas amenas de formación humana. La tarde queda libre. Nos pareció que se trata de una oportunidad para que nuestros hijos reciban un poco más de formación cristiana y se den cuenta de que también otros niños tienen una sana “curiosidad por las cosas de Dios”.

Apolline Delplanque, madre de cinco niños.

Después saldremos los siete hacia Les Vosges donde nos esperan unas excursiones fantásticas. Me gustaría repetir un plan que hicimos el año pasado: visitar a diversos artesanos de la zona. Se aprende a fabricar el papel, lápices, cuchillos, etc. Ellos mismos respondieron a muchos de los porqué y cómo que nuestros hijos nos plantean y les da ya una cierta idea de lo que es trabajar.

¿Hay alguna prioridad en vuestras vacaciones?

La más importante es pasar juntos los mejores momentos de las vacaciones. Serán un balón de oxígeno para el curso que comienza luego. Cuando el año se haga cuesta arriba, nos volverán a la memoria esos buenos momentos, los bellos paisajes, las bromas divertidas o las pequeñas catástrofes que luego se recuerdan con buen humor.

La palabra “prioridad” me ha recordado también a la dedicación que damos a cada uno de nuestros hijos. El verano es un gran momento para progresar: al mayor le ayudaremos a superar su timidez; a la pequeña le enseñaremos a ser más limpia en la mesa; a la tercera, a saber ver el lado bueno de las cosas, etcétera.

¿Qué consejos daríais a los padres de familia que, como vosotros, tienen hijos pequeños?

Que duerman una pequeña siesta por turno, que se divieran y rian con los hijos y que, si es necesario, se tomen su tiempo para discutir. El ritmo del curso es a veces muy intenso, y no hay mucho tiempo para estar juntos, para hablar de las cosas más prácticas y materiales. Las vacaciones sirven también para detenerse y tomar impulso: hablar con calma de cada uno de los hijos, pasear con calma de la mano, y ¡enamorarnos una vez más de nuestra pareja y descubrir de nuevo que es realmente estupenda!

Como creyentes y supernumerarios del Opus Dei, ¿qué momentos dedicais a Dios?

Procuramos ir a Misa todos los días, con o sin los niños. A veces vienen con nosotros: el mayor hace de monaguillo y la pequeña aprovecha para echarse una siesta de media hora. Nos gusta también recitar el rosario mientras paseamos y mi marido y yo hacemos, cada uno por su cuenta, un rato de oración, de conversación con Dios. A nuestros hijos, a veces les digo: “Ahora me voy a rezar, diez minutos, pero luego iré a ver tu cabaña”. Y ellos respetan esos momentos de paz. Ahora bien, si estamos con amigos o con los abuelos procuramos hacer esas costumbres, pero con más discreción: si la Misa es un motivo de discordia, ¡entonces no sirve de mucho!


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