Inauguración del Campus Biomédico (Roma)

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El secretario de Estado Vaticano, cardenal Bertone; el Prelado del Opus Dei, mons. Echevarría, y numerosas autoridades políticas participaron en la inauguración de la nueva sede del Campus Biomédico, que ofrece en Roma asistencia y formación sanitarias. Se bendijo también la Vía Álvaro del Portillo. Véalo en fotos.

Doctores, enfermeras, profesores, estudiantes y autoridades académicas, religiosas y civiles han participado en la inauguración de la nueva sede del Campus Biomédico de Roma (link a un artículo sobre esta obra corporativa).

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En primer lugar, se inauguró la Vía Álvaro del Portillo. Es una amplia avenida con zonas de paseo y recreo, en la que está situado el Campus Biomédico. Mons. Álvaro del Portillo fue el impulsor inicial de esta iniciativa en 1995.

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El Prelado del Opus Dei presidió la Eucaristía celebrada en el oratorio del Campus. El campus es una obra corporativa del Opus Dei.

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Ante la presencia de las numerosas autoridades, personal del Campus y periodistas, dos niños cortaron la cinta inaugural que abría la nueva sede. 400 camas, 8 salas operatorias, aulas para clases y otras instalaciones se han puesto ya al servicio de los romanos.

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El secretario de Estado Vaticano, cardenal Tarcisio Bertone, bendijo las nuevas instalaciones, quien transmitió a los presentes el “paternal afecto” de Benedicto XVI.

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Los discursos inaugurales tuvieron lugar en el amplio vestíbulo principal del Policlínico. Mons. Javier Echevarría habló de la “aventura que ahora comienza: la de impregnar estos muros de amor tenaz por la ciencia, cuidado competente y delicado por los enfermos, y de pasión por la enseñanza a los universitarios”.

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El Prelado recordó a quienes allí trabajan unas palabras de Mons. Álvaro del Portillo: “Os pido que trabajéis con espíritu de unidad y de comprensión, con optimismo. Superaréis así los obstáculos, con la ayuda de Dios, seréis felices y -lo que es más importante- os santificaréis y ayudaréis a los demás a ser santos porque estaréis practicando el mandamiento del amor”.

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Por su parte, el cardenal Bertone dijo que “inspirándoos en el Evangelio, vosotros deseáis poner en el centro de vuestro trabajo a la persona: al hombre van destinados vuestro estudio, enseñanza, investigación y asistencia”. Subrayó la importancia -repetida por el Santo Padre con constancia- de que la ciencia respete la vida.

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“Aquí tenéis que evangelizar, mediante vuestra profesionalidad, mediante el uso de la tecnología moderna. Tenéis que ser competitivos y dialogar con el mundo científico, sin renunciar a los valores no negociables del patrimonio humano. Así es, como seguidores de Cristo, realizaréis vuestra llamada a la santidad”.

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Los alumnos que realizan alguna de las cinco carreras de ámbito sanitario asistieron al acto de inauguración.

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El rector de la Universidad, profesor Vincenzo Lorenzelli, presidió el acto académico de inaguración. Refiriéndose a la nueva sede, dijo que, si bien las instalaciones “son sólo medios y no fines”, es cierto que “un contexto agradable facilita la convivencia y las relaciones humanas, que contribuirán positivamente a la acción formativa, asistencial e investigadora del centro”.

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La jornada concluyó con el desfile académico de profesores, doctores y autoridades.

Palabras de Benedicto XVI a los participantes del UNIV 2008

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Queridos amigos:

Os doy una cordial bienvenida a todos los que habéis venido a Roma de diferentes países y universidades para celebrar juntos la Semana santa y para participar en el congreso internacional UNIV. De este modo, podréis realizar momentos de oración común, un enriquecimiento cultural y un intercambio fecundo de las experiencias hechas por vuestra asociación con centros y actividades de formación cristiana patrocinados por el Opus Dei en vuestras respectivas ciudades y naciones.

Vosotros sabéis que con un serio compromiso personal, inspirado en los valores evangélicos, es posible responder adecuadamente a los grandes interrogantes del tiempo presente. El cristiano sabe que hay un nexo inseparable entre verdad, ética y responsabilidad. Toda expresión cultural auténtica contribuye a formar la conciencia y estimula a la persona a superarse a sí misma a fin de que pueda mejorar la sociedad. Uno se siente así responsable ante la verdad, al servicio de la cual ha de ponerse la propia libertad personal. Se trata ciertamente de una misión comprometida y para realizarla el cristiano está llamado a seguir a Jesús, cultivando una intensa amistad con él a través de la oración y de la contemplación. Ser amigos de Cristo y dar testimonio de él allí donde nos encontremos exige, además, el esfuerzo de ir contracorriente, recordando las palabras del Señor: estáis en el mundo pero no sois del mundo (cf. Jn 15, 19). Por tanto, no tengáis miedo, cuando sea necesario, de ser inconformistas en la universidad, en el colegio y en todas partes.

Queridos jóvenes del UNIV, sed levadura de esperanza en este mundo que anhela encontrar a Jesús, a veces sin darse cuenta. Para mejorarlo, esforzaos ante todo por cambiar vosotros mismos con una vida sacramental intensa, especialmente acercándoos al sacramento de la Penitencia y participando asiduamente en la celebración de la Eucaristía. Os encomiendo a cada uno de vosotros y a vuestras familias a María, que nunca dejó de contemplar el rostro de su Hijo Jesús. Invoco sobre cada uno de vosotros la protección de san Josemaría y de todos los santos de vuestras tierras, mientras de corazón os deseo una feliz Pascua.

Benedicto XVI: “Dios no nos deja solos”

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El Papa celebró la solemnidad del Corpus Christi recordando que “la Eucaristía es el sacramento de Dios que no nos deja solos en el camino sino que se coloca a nuestro lado y nos indica la dirección”

“La Eucaristía es el sacramento de Dios que no nos deja solos”


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En Roma, la solemnidad del Corpus Christi  se celebró el pasado jueves 22 en la explanada de la basílica de San Juan de Letrán. Después de la Santa Misa tuvo lugar la procesión eucarística hasta la basílica de Santa María la Mayor.

En la homilía, el Papa habló del significado de esa solemnidad a través de los tres gestos fundamentales de la celebración. El primero es la reunión “alrededor del altar del Señor para estar juntos en su presencia; en segundo lugar, la procesión, “caminar con el Señor”, y por último, “arrodillarse ante el Señor, la adoración”.

Para explicar el primer gesto, el Santo Padre citó la epístola de San Pablo a los Gálatas, donde está escrito: “Ya no hay ni judío, ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús”. “En estas palabras -dijo el Papa- se siente la verdad y la fuerza de la revolución cristiana, la revolución más profunda de la historia humana, que se experimenta en torno a la Eucaristía: aquí se reúnen en presencia del Señor personas diversas, por edad, sexo, condición social, ideas políticas. La Eucaristía no puede ser nunca un hecho privado. (…) La Eucaristía es un culto público, no tiene nada de esotérico o exclusivo. (…) Estamos unidos más allá de nuestras diferencias, (…) nos abrimos unos a otros para convertirnos en una cosa sola a través de Él”.

Tocando el segundo aspecto, “caminar con el Señor”, Benedicto XVI afirmó que “con el don de sí mismo en la Eucaristía, el Señor Jesús (…) hace que nos levantemos (…) y nos pone en camino con la fuerza de este Pan de vida. (…) La procesión del Corpus Christi nos enseña que la Eucaristía quiere liberarnos de todo desaliento y desánimo (…) para que podamos reanudar el camino con la fuerza que Dios nos da mediante Jesucristo”.

“Sin el Dios con nosotros, el Dios cercano ¿cómo podemos sostener la peregrinación de la existencia, sea como personas que como sociedad y familia de los pueblos? La Eucaristía es el sacramento de Dios que no nos deja solos en el camino sino que se coloca a nuestro lado y nos indica la dirección. Efectivamente no basta ir adelante, sino ver hacia donde se va. No basta el progreso si no hay criterios de referencia”.

Por último, el tercer elemento del Corpus Christi, “arrodillarse en adoración frente al Señor” es “el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy, (…) es profesión de libertad: el que se inclina ante Jesús no puede ni debe postrarse ante algún poder terrenal, por fuerte que sea”.

Los cristianos, concluyó el Santo Padre, “nos inclinamos ante un Dios que fue el primero en inclinarse hacia el ser humano (…) para socorrerlo y darle vida, que se arrodilló ante nosotros para lavarnos los pies sucios. Adorar el Cuerpo de Cristo significa creer que en ese trozo de pan, está realmente Cristo, que da sentido a nuestra vida, al universo inmenso y a la criatura más pequeña, a toda la historia humana y a la existencia más breve”.

“Se hizo pan para ser compartido; se hizo alimento para darnos la vida”

La Eucaristía fue el tema de reflexión de Benedicto XVI antes de rezar el Ángelus el pasado domingo 25 de mayo con los miles de personas reunidas en la Plaza de San Pedro.

“El creador y señor de todas las cosas -dijo el Papa- se hizo grano de trigo para ser sembrado en nuestra tierra, en los surcos de nuestra historia; se hizo pan para ser (…) compartido; se hizo alimento para darnos la vida, su misma vida divina”.

“La Eucaristía es escuela de caridad y solidaridad -recalcó el Santo Padre-. Los que se nutren con el Pan de Cristo no pueden ser indiferentes ante aquellos que, también en nuestra época, carecen del pan diario. Hay tantos padres y madres que a duras penas consiguen ganarlo para sí mismos y para sus hijos. Es un problema cada vez más grave que la comunidad internacional no consigue solucionar. La Iglesia no solamente reza diciendo “danos hoy el pan de cada día”: siguiendo el ejemplo de su Señor se empeña en todas las maneras en “multiplicar los cinco panes y los dos peces”, con innumerables iniciativas de promoción humana y de división, para que a nadie le falte lo necesario para vivir”.

“¡Qué la fiesta del Corpus Christi sea una ocasión para crecer en esta atención concreta a nuestros hermanos, sobre todo a los más pobres!”, exclamó Benedicto XVI, pidiendo a María, “de la cual el Hijo de Dios tomó la carne y la sangre”, que intercediera para que fuera así.

10. Devociones

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El Beato Josemaría ha escrito en Forja: Aprende a alabar al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Aprende a tener una especial devoción a la Santísima Trinidad: creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo, creo en Dios Espíritu Santo; espero en Dios Padre, espero en Dios Hijo, espero en Dios Espíritu Santo; amo a Dios Padre, amo a Dios Hijo, amo a Dios Espíritu Santo. Creo, espero y amo a la Trinidad Beatísima.

–Hace falta esta devoción como un ejercicio sobrenatural del alma, que se traduce en actos del corazón, aunque no siempre se vierta en palabras (n 296).

Ciertamente, este consejo brota de la vida interior del Fundador, y quisiera arrancar de aquí para que me hablase de sus devociones personales.

–El Padre solía decir, ya a los primeros miembros del Opus Dei, que para crecer en la vida interior, es un buen medio consagrar cada día de la semana a una devoción sólida: a la Santísima Trinidad, a la Eucaristía, a la Pasión, a la Virgen, a San José, a los Santos Angeles Custodios, a las benditas ánimas del Purgatorio. Como siempre, este consejo brotaba de su experiencia personal: lo había vivido desde hacía muchos años. Puedo afirmar que sus principales devociones fueron: la Santísima Trinidad –Dios Uno y Trino, además de las Tres Personas divinas a las que trataba singularmente: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo–; Nuestro Señor Jesucristo, sobre todo su presencia en la Eucaristía, su Pasión y sus años de vida oculta; la Santísima Virgen; San José; los santos Ángeles y Arcángeles; los Santos y, en particular, los doce Apóstoles, los Santos que escogió como intercesores de algunos aspectos del apostolado de la Obra –Santa Catalina de Siena, San Nicolás de Bari, Santo Tomás Moro, San Pío X y el Santo Cura de Ars–, otros santos, como San Antonio Abad, Santa Teresa de Jesús, etc., y los primeros cristianos.

Su amor a la Santísima Trinidad se expresaba en mil detalles. Por ejemplo, cuando se construyó Villa Tevere, la Sede Central de la Obra, quiso que el oratorio en que celebraría la Misa habitualmente estuviera dedicado a la Trinidad. Recuerdo también que, cuando se instaló el belén en la Galería del Fumo, el cuarto de estar donde nos reuníamos en familia después de la comida, el Padre nos pidió que añadiésemos otro angelote a los ocho que ya se habían puesto, y observó: Así habrá nueve: tres por cada Persona de la Santísima Trinidad.

Nuestro Fundador inculcaba en sus hijos un amor muy grande a la Trinidad. Por eso, además de poner al comienzo de las Preces de la Obra una invocación a la Santísima Trinidad, dispuso que el tercer domingo de cada mes se rezase y meditase el Símbolo Atanasiano, y que en los tres días anteriores a la fiesta de la Santísima Trinidad se recitase, o mejor, se cantase, el Trisagio Angélico.

Quienes vivíamos a su lado sabemos muy bien el arraigo de esta devoción en su vida. Así pude descubrir el modo de ganar en las rifas que organizaba: es un recuerdo ingenuo, de familia, de los primeros años de mi vocación. De vez en cuando llevaba a las tertulias algo que nos hiciera pasar un rato agradable, por ejemplo, un paquete de caramelos. En esas ocasiones, cuando había algún detalle que se salía de lo ordinario, el Padre organizaba un sorteo, que consistía en adivinar el número que había pensado. Enseguida me di cuenta de que era siempre el tres, o un múltiplo de tres, porque incluso en esos momentos de descanso aparecía su amor por la Santísima Trinidad.

Su tendencia a usar el número tres o el número nueve se manifestaba también en muchos otros detalles. Quizá el más significativo fue los 999 puntos de Camino. Durante una audiencia privada, el Papa Pablo VI le preguntó por qué había escogido este número. Nuestro Fundador respondió: por amor a la Santísima Trinidad. Recuerdo que para la primera edición de Camino hizo diseñar una portada, entonces muy original, que consistía en una serie de siluetas del número nueve, formando una columna.

El comentario que el Fundador escribió sobre las catorce estaciones del Vía Crucis es un testimonio de su devoción, de su amor a la Humanidad Santísima de Cristo.

–Desde que le conocí observé que en su oración personal, o cuando predicaba una meditación o daba una clase, como también cuando trabajaba en la mesa, se ponía delante un crucifijo, bastante grande –de diez o doce centímetros–, que llevó siempre en el bolsillo, quizá hasta 1950. A su hermano Santiago le llamaban la atención esas dimensiones y decía que era un crucifijo “de ordenanza”, aludiendo a las pistolas de los militares. Y realmente se puede decir que el crucifijo era el arma de nuestro Fundador.

Al terminar la guerra civil, entró en Madrid a la vez que las tropas que habían liberado la ciudad. Se le acercaba mucha gente para besarle la mano, porque desde hacía tres años no veían a un sacerdote con traje talar: pero el Padre les daba a besar el crucifijo; esto le sucedió muchas veces durante aquellos años. También a nosotros nos aconsejaba que llevásemos siempre un crucifijo, y lo pusiéramos sobre la mesa antes de empezar a estudiar, leer o trabajar, para mantenernos en la presencia de Dios y transformar así nuestro trabajo en oración, uniéndolo al sacrificio de la cruz.

En los últimos años de su vida, encargó al escultor romano Sciancalepore un Cristo crucificado. Quería un Cristo aún vivo, que representase al Señor antes de morir, con los ojos abiertos, dirigidos hacia quien rezaba a sus pies. Hizo que se sacasen dos copias, destinada una a la ermita que había hecho construir expresamente en Cavabianca, sede del Colegio Romano de la Santa Cruz, y la otra a una capilla del Santuario de Torreciudad. Me parece que este detalle refleja el espíritu de nuestro Fundador. Deseaba que la gente contemplase a Cristo en la cruz, mirándonos a cada uno antes de morir y diciéndonos: “todo esto lo sufro por ti”. De este modo quería movernos a pensar en la justicia divina, a mirar al Señor que parece decir a los pecadores: “Esto es por ti. Mis sufrimientos son por ti. Si no rectificas, te quedarás separado de Dios para siempre en el Infierno”; pero al mismo tiempo nos animaba a considerar el amor de Dios, que nos mira y nos dice: “todos estos sufrimientos son por ti, tú me debes ayudar a redimir, no me ofendas nunca más”.

Su devoción eucarística era intensísima, ya desde la infancia. Aprendió muy de pequeño de una de sus abuelas estos versos sencillos y conmovedores: “Las doce han dado, Jesús no viene, ¿quién será el dichoso que lo detiene?”. A veces los repetía para expresar su deseo de estar junto al Señor Sacramentado.

Como ya se ha mencionado, consideraba la Misa centro y raíz de la vida interior, y difundió la costumbre descrita en el punto 876 de Camino de “asaltar” Sagrarios.

Así relató a sus hijos un viaje en tren, en una carta escrita en Monzón el 17 de septiembre de 1934: Yo me dediqué –ya desde Madrid– a un deporte a lo divino: otear el horizonte, para decirle algo a Jesús en los Sagrarios del camino. Además esta mañana he rezado el Breviario con más solemnidad que en el coro de una Catedral: invité a cantar, conmigo, las alabanzas del Señor a todos los Custodios que venían en mi departamento. ¡Nunca me perdáis de vista a los Ángeles, hijos míos! Recuerdo que, poco después de haber pedido la admisión en el Opus Dei, en 1935, me enseñó a vivir la costumbre de saludar al Señor en los sagrarios que encontraba al ir de un sitio a otro.

Ha aludido al rezo del Breviario. ¿Podría añadir algo?

–Nunca lo retrasaba, por ningún motivo. A este propósito me acuerdo de lo que sucedió hacia 1942 ó 1943. Nuestro Fundador estaba enfermo y, aunque tenía una fiebre muy alta, quería recitar el oficio divino. Le dije que en aquellas condiciones no tenía obligación de hacerlo, pero me replicó: Mira, tú no puedes decir esto porque todavía no eres sacerdote, y yo no quiero obrar sin un consejo autorizado. Por lo tanto, hazme el favor de llamar por teléfono a don José María Lahiguera, que es mi confesor; expón la situación, y haré lo que él mande. Así lo hice, y don José María me respondió que el Padre no estaba obligado a rezarlo, después de hacerme varias preguntas sobre la fiebre, el tipo de molestias, etc., que me sorprendieron porque para mí la solución era evidente desde el primer momento. Nuestro Fundador decidió entonces recitar otras oraciones vocales que sabía de memoria. Años después, a causa de la diabetes, perdió mucha vista, tanto que no podía casi ni leer: la diplopía le hacía ver las letras dobles y desdibujadas. Entonces nos pidió a don Javier Echevarría y a mí que rezáramos en voz alta el Oficio divino, para poder unirse a nuestra oración.

Volvamos a su devoción trinitaria. También en una célebre homilía, recogida en Es Cristo que pasa, el Fundador llama al Espíritu Santo el Gran Desconocido.

Precisamente porque la Tercera Persona de la Trinidad es la menos invocada, nuestro Padre le tenía una devoción especial. No dudo en afirmar que el Padre, en su predicación, fue un gran heraldo de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Me viene a la cabeza, por ejemplo, que en 1971, llegó un sacerdote de la Obra que se iba a predicar un curso de retiro a L’Aquila. Nuestro Fundador le sugirió: Llévate un tratado de Deo Trino y mételes en el corazón el amor al Espíritu Santo, que es meter el amor al Padre y al Hijo. Porque el Hijo ha sido engendrado por el Padre desde toda la eternidad; y del amor del Padre y del Hijo, también eternamente, procede el Espíritu Santo. No lo entendemos bien, pero a mí no me cuesta creer. Cada día procuro ahondar más en el misterio de la Trinidad Beatísima.

Nuestro Fundador me contó muchas veces que desde 1926 ó 1927 había vivido con mucha intensidad la devoción a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Todos los años hacía el Decenario al Espíritu Santo, utilizando el libro de Francisca Javiera del Valle. En abril de 1934 compuso una oración al Paráclito que le entregó, manuscrita, a Ricardo Fernández Vallespín, entonces director de la primera Residencia del Opus Dei.

Durante los primeros años de sacerdocio tenía en su Breviario unas estampas, que usaba en lugar de las habituales cintas, y un día le pareció que se había apegado a ellas: se desprendió rápidamente de las estampas, y las sustituyó por tiras de papel. Más de una vez me contó: Al ver aquellos papeles en blanco, comenzé a escribir: Ure igne Sancti Spiritus!, ¡quema con el fuego del Espíritu Santo! Le sirvieron, en suma, de eficacísima “industria humana” para rezar el Oficio divino en unión con el Espíritu Santo: Los he usado durante muchos años, y cada vez que los leía, era como decirle al Espíritu Santo: ¡enciéndeme!, ¡hazme una brasa!

Las erróneas interpretaciones del Concilio Vaticano II por parte de algunos pseudoteólogos, desembocaron en una tremenda crisis que afectó durante años a muchas instituciones eclesiásticas, hasta el punto de que el Santo Padre Pablo VI aludió tristemente a un fenómeno de “descomposición de la Iglesia”. En aquellas circunstancias el Padre sufrió de manera indecible; el dolor le llevó a intensificar su oración al Paráclito, que culminaría con la consagración del Opus Dei al Espíritu Santo el 30 de mayo de 1971. En la extensa fórmula compuesta por el Padre incluyó esta invocación: Te rogamos que asistas siempre a tu Iglesia, y en particular al Romano Pontífice para que nos guíe con su palabra y con su ejemplo, y para que alcance la vida eterna junto con el rebaño que le ha sido confiado; que nunca falten los buenos pastores y que, sirviéndote todos los fieles con santidad de vida y entereza en la fe, lleguemos a la gloria del cielo.

El Opus Dei fue fundado el 2 de octubre de 1928, fiesta de los Ángeles Custodios. Bien motivada y comprensible es la devoción del Fundador a los protectores y mensajeros celestes que tenía ya desde su infancia.

–Sí, aprendió de sus padres a tratar al Ángel Custodio. Cuando era seminarista, leyó en un libro de un Padre de la Iglesia que los sacerdotes tienen, además del Ángel Custodio, un Arcángel ministerial. Por eso, desde el día de su ordenación se dirigió a él con gran sencillez y confianza, tanto que decía que estaba seguro de que, si la opinión de ese escritor no fuese correcta, el Señor le habría concedido un Arcángel ministerial, por la fe con que le había invocado siempre.

De todos modos, a partir de la fiesta de los Ángeles Custodios de 1928, nuestro Fundador tuvo por ellos una devoción más intensa. Enseñaba a sus hijos: El trato y la devoción a los Santos Ángeles Custodios está en la entraña de nuestra labor, es manifestación concreta de la misión sobrenatural de la Obra de Dios.

Con la certeza de que Dios ha puesto un Ángel al lado de cada hombre para ayudarle en el camino de la vida, acudía al propio Ángel Custodio en todas las ocasiones, tanto en las necesidades materiales como en las espirituales. En este contexto reconocía: Por años he experimentado la ayuda constante, inmediata, del Ángel Custodio, hasta en detalles materiales pequeñísimos. Por ejemplo, entre los años 1928 y 1940, cuando se le estropeaba el despertador, como no tenía dinero para llevarlo a arreglar, acudía confiadamente a su Ángel Custodio para que le despertase por la mañana a la hora prevista. Nunca le falló. Por eso, le llamaba cariñosamente mi relojerico.

Cuando saludaba al Señor en el Sagrario, agradecía siempre a los Ángeles, allí presentes, la adoración que continuamente prestan a Dios. Le he oído repetir más de una vez: Cuando voy a un oratorio nuestro donde está el tabernáculo, digo a Jesús que le amo, e invoco a la Trinidad. Después doy gracias a los Ángeles que custodian el Sagrario, adorando a Cristo en la Eucaristía

Con heroica y perseverante correspondencia a la gracia, adquirió el hábito de saludar siempre al Ángel Custodio de las personas con las que se encontraba: solía decir que saludaba primero al personaje. Un día de 1972 ó 1973 vino a verle el Arzobispo de Valencia, Mons. Marcelino Olaechea, acompañado de su secretario. Como eran muy amigos, el Padre le saludó y le dijo en broma: –Don Marcelino, ¿a quién he saludado primero? El arzobispo respondió: –Primero, a mí. –No, le dijo el Padre. He saludado primero al personaje. Don Marcelino repuso, perplejo: –Pero, entre mi secretario y yo, el personaje soy yo. Entonces nuestro Fundador explicó: –No, el personaje es su Angel Custodio.

Durante unos días de descanso que pasó en una finca de Premeno, un pequeño pueblo de la montaña junto al Lago Maggiore, de vez en cuando, para hacer un poco de ejercicio físico, jugábamos a las bochas. No nos sabíamos bien las reglas del juego, y a veces nos las inventábamos. Me acuerdo de que, en uno de aquellos partidos, el Padre lanzó una bocha con gran habilidad y consiguió todos los puntos. Pero enseguida dijo: –No vale; me he encomendado a mi Angel Custodio. No lo haré más… Relato esta pequeña anécdota, porque me parece significativa de la constante relación de amistad que mantenía con su Ángel Custodio, y, también, porque me contó más tarde que le había dado vergüenza pedir la ayuda de su Ángel para una cosa de tan poca importancia.

Al Beato Josemaría le gustaban los cuadros y las imágenes en que se representa a San José con aspecto vigoroso, viril. Lo reconoce en una de las homilías publicadas: No estoy de acuerdo con la forma clásica de representar a San José como un hombre anciano, aunque se haya hecho con la buena intención de destacar la perpetua virginidad de María. Yo me lo imagino joven, fuerte, quizá con algunos años más que nuestra Señora, pero en la plenitud de la edad y de la energía humana. (Es Cristo que pasa, n. 40). Tenía muy arraigada la devoción al santo Patriarca.

–Era tan notorio que, cuando el Papa Juan XXIII decidió incluir a San José en el Canon de la Misa, el Cardenal Larraona pensó inmediatamente en nuestro Fundador: le llamó por teléfono para comunicarle la noticia y darle la enhorabuena, seguro de que le iba a proporcionar una gran alegría.

Contaré ahora dos anécdotas que le sucedieron durante su estancia en algunos países de América del Sur en 1974. En Ecuador le mostraron un cuadro de escuela quiteña que representaba al Niño Jesús coronando con una guirnalda de flores la cabeza del santo Patriarca. Esta imagen le produjo una alegría inmensa: ¡Una maravilla! Me he puesto muy contento –exclamó– porque yo he tardado años en descubrir esa teología josefina, y aquí no he tenido más que abrir los ojos y la he visto confirmada. ¡Muy bien!

Durante aquel viaje nuestro Fundador empezó a hablar de la presencia misteriosa –inefable, decía– de María y José junto a los Sagrarios de todo el mundo. Lo argumentaba así: si la Santísima Virgen no se separó nunca de su Hijo, es lógico que continúe a su lado también cuando el Señor decide quedarse en esta cárcel de amor que es el tabernáculo: para adorarle, amarle, rezar por nosotros. Y aplicaba a San José la misma idea: estuvo siempre junto a Jesús y a su Esposa; tuvo la suerte de morir acompañado por ellos, ¡qué muerte tan maravillosa! Por eso el Padre repetía que aceptaba la muerte cuando, como y donde el Señor quisiera, pero que rezaba para que le llegase junto a San José: quería morir como él, entre los brazos de Jesús y de María. En definitiva, nuestro Padre metía a San José en todo.

Pero existía una “laguna” en esta familiaridad con San José: ¿qué hacer para no olvidarlo cuando Jesús muere en el Calvario? Durante un viaje en coche, en Brasil, encontró la solución, y nos la dijo apenas regresamos a casa: ¡ya lo he encontrado! ¡Hago sus veces, y ya está! El Padre se ponía a los pies de la Cruz, en lugar de San José, y se imaginaba lo que el Patriarca le hubiera dicho a Cristo de haber estado a su lado, mientras moría por nosotros: actos de reparación, de dolor, de amor.

El Fundador amaba las devociones tradicionales y las practicaba. ¿Usaba también “industrias humanas” para no olvidarlas?

–De su estancia en Perdiguera, recién ordenado sacerdote, Teodoro Murillo, que le ayudaba como monaguillo en la parroquia, se acordaba de un detalle para él inexplicable. A veces don Josemaría le invitaba a dar un paseo, y lo aprovechaba para explicarle algunos aspectos de la doctrina cristiana. Teodoro advirtió que con frecuencia el sacerdote se agachaba, recogía una piedrecita y se la metía en el bolsillo. Cuando lo supe, lo entendí inmediatamente.

Al pedir la admisión en la Obra, nuestro Fundador me explicó el espíritu del Opus Dei, y me aconsejó rezar muchas jaculatorias, comuniones espirituales… y ofrecer numerosas mortificaciones pequeñas durante el día. Al hablarme de las jaculatorias, me explicó: Hay autores espirituales que recomiendan contar las que se dicen durante la jornada, y sugieren usar judías, garbanzos o algo por el estilo; meterlas en un bolsillo e irlas pasando al otro cada vez que se levanta el corazón a Dios, con una de esas oraciones. Así pueden saber cuántas han dicho exactamente, y ver si ese día han progresado o no. Y añadió: Yo no te lo recomiendo, porque existe también el peligro de vanidad o soberbia. Más vale que lleve la contabilidad tu Angel Custodio.

Evidentemente, el Padre utilizaba en Perdiguera aquella “industria humana” para ver cómo iba en la presencia de Dios. Después abandonó esta contabilidad, probablemente por el mismo motivo que me explicó.

De todas formas, siguió rezando muchísimas jaculatorias. ¿Podría decirme cuáles eran las más habituales?

–Resulta imposible hacer un elenco completo. Generalmente sacaba las jaculatorias de la Escritura o del tesoro de la tradición cristiana, y estaban siempre estrechamente relacionadas con su vida interior: por esto, variaban. A veces, cambiaba algunas palabras para que se adaptasen mejor a las circunstancias del día o de un periodo determinado; quiero decir, en definitiva, que las rezaba siempre poniendo todo el corazón y toda la devoción e intensidad de que era capaz. He aquí algunas:

– ¡Dulce Corazón de Jesús, sed mi amor!

– ¡Dulce Corazón de María, sed mi salvación!

Domine, fac cum servo tuo secundum magnam misericordiam tuam!

Sancte Pater Omnipotens, Aeterne et Misericors Deus: Beata Maria intercedente, gratias tibi ago pro universis beneficiis tuis, etiam ignotis.

Cor Iesu Sacratissimum et Misericors, dona nobis pacem! Comenzó a rezar esta jaculatoria al Corazón de Jesús en torno a 1950; y en 1951, esta otra al Corazón de María: Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum!

Benedicamus Patrem et Filium cum Sancto Spiritu!

– Con variantes, repitió muchas veces la súplica encendida de sus años de Logroño: Domine, ut videam!, diciendo: Domine, ut sit! Domina, ut videam! Domina, ut sit!

– Repetía la jaculatoria: Domine, tu omnia nosti, tu scis quia amo te! no sólo como acto de amor, sino también de contrición.

– Tuyo soy, para ti nací, ¿qué quieres Jesús de mí?

– Jesús te amo.

– Gloria al Padre, Gloria al Hijo, Gloria al Espíritu Santo. Gloria a Santa María y también a San José. Gracias a los Ángeles que te hacen la corte.

– Señor, me abandono en ti, confío en ti, descanso en ti.

– Creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo, cre en Dios Espíritu Santo. Espero en Dios Padre, espero en Dios Hijo, espero en Dios Espíritu Santo. Amo a Dios Padre, amo a Dios Hijo, amo a Dios Espíritu Santo. Hizo imprimir esta triple invocación en millares de estampas.

Iesu, Iesu, esto mihi semper Iesus.

Tu es sacerdos in aeternum!

Quod bonum est oculis eius, faciat! Repetía esta jaculatoria como acto de humilde aceptación de la Voluntad de Dios, cualquiera que fuese, también si resultaba contraria a lo que había pensado.

Monstra te esse Matrem!

– ¡Madre, Madre mía!

Sancta Maria, Refugium nostrum et virtus!

– Santa María, detén tu día. Según cuenta la tradición, en el año 1248, sitiada Sevilla por Fernando III el Santo, algunos caballeros cristianos invocaron a la Virgen con esta jaculatoria pidiéndole que les ayudase a acabar de vencer a los musulmanes: entonces el sol detuvo su curso y pudieron derrotar a los enemigos. Nuestro Fundador nos aconsejaba invocar la ayuda de la Santísima Virgen con esta jaculatoria para llevar a término, con orden y tenacidad, el trabajo diario.

Sancta Maria, filios tuos adiuva: filias tuas adiuva!

Sancta Maria, Spes nostra, Sedes Sapientiae, ora pro nobis.

Sancta Maria, Spes nostra, Ancilla Domini, filias tuas adiuva!

Sancta Maria, Regina Operis Dei, filios tuos adiuva!

Sancta Maria, Stella Orientis, filios tuos adiuva! Comenzó a rezar esta jaculatoria en 1955, durante su primer viaje a Viena.

Dominus tecum!

Sancti Angeli custodes nostri, defendite nos!

– San José, Nuestro Padre y Señor, bendice a todos los hijos de la Santa Iglesia de Dios.

Adeamus cum fiducia ad thronum gloriae, ut misericordiam consequamur!

– Ave María purísima, sin pecado concebida.

– Recitaba a menudo la antífona: Sub tuum praesidium confugimus…, o simplemente las palabras: Nostras deprecationes ne despicias; recuerdo que en los años setenta las repetía con especial insistencia.

– Bendita sea la Madre que te trajo al mundo.

Cor Mariae perdolentis, miserere nobis! … miserere mei!

Beata Mater et intacta Virgo, intercede pro nobis!

Omnia in bonum! Hizo reproducir esta jaculatoria, como también algunas otras que he ido citando, en muchísimos lugares de nuestros Centros, y la hizo imprimir en miles de estampas que regalaba para animar a la gente a aceptar siempre la Voluntad de Dios y vivir la esperanza cristiana.

Semper ut iumentum!

Ut iumentum factus sum apud te! A veces añadía las otras palabras del Salmo: Et ego semper tecum. Tenuisti manum dexteram meam, et in voluntate tua deduxisti me, et cum gloria suscepisti me. Y lo traducía así: Señor, yo quiero ser a tu lado como un borriquito, pero Tú me has cogido por el ronzal, y me llevaste adelante, y me recibirás en tu gloria.

Fiat, adimpleatur, laudetur et in aeternum superexaltetur iustissima atque amabilissima Voluntas Dei super omnia. Amen. Amen.

– Creo más que si te viera con mis ojos, más que si te escuchara con mis oídos, más que si te tocara con mis manos.

Ut in gratiarum semper actione maneamus! Muchas veces utilizaba esta jaculatoria, y otras que estoy enumerando, para alimentar su oración mental y las meditaciones que dirigía.

Montes, sicut cera, fluxerunt a facie Domini. La repetía para fortalecer su esperanza ante las dificultades que se presentaban a lo largo de nuestro camino.

Qui tribulant me, inimici mei, ipsi infirmati sunt et ceciderunt.

Servi inutiles sumus: quod debuimus facere fecimus.

Oportet semper orare, et non deficere.

Ure igne Sancti Spiritus!

Veni, Sancte Spiritus, reple tuorum corda fidelium, et tui amoris in eis ignem accende!

Oportet illum crescere, me autem minui. Empleaba esta jaculatoria para fomentar, en sí mismo y en sus hijos, la humildad personal y colectiva.

– Repetía muchas veces la oración a San Miguel Arcángel que antiguamente se rezaba después de la Misa: Sancte Michaël Archangele, defende nos in proelio; contra nequitiam et insidias diaboli esto praesidium. Imperet illi Deus, supplices deprecamur: tuque, Princeps militiae celestis, Satanam aliosque spiritus malignos, qui ad perditionem animarum pervagantur in mundo, divina virtute in infernum detrude. Amen.

– Recitaba frecuentemente también la oración por el Papa: Oremus pro Beatissimo Papa nostro… Dominus conservet eum, et vivificet eum, et beatum faciat eum in terra, et non tradat eum in animam inimicorum eius.

– ¡Dios mío!, que odie el pecado y me una a Ti, abrazándome a la Santa Cruz, para cumplir a mi vez tu Voluntad amabilísima…, desnudo de todo afecto terreno, sin más miras que tu gloria…, generosamente, no reservándome nada, ofreciéndome contigo en perfecto holocausto.

– ¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad… He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después…, mañana. Nunc coepi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte. ¡Oh, Espíritu de verdad y de sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras…. En nuestro archivo conservamos una copia de esta oración compuesta por el Padre en abril de 1934.

Mediante estas jaculatorias, y otras breves oraciones vocales, nuestro Fundador mantenía su recogimiento interior a lo largo de la jornada. Estas jaculatorias se han difundido por todo el mundo, porque las recitan miles y miles de personas que las han hecho propias. El Fundador no imponía ninguna, porque deseaba que las expresiones del amor fuesen fruto de la inventiva de cada uno: pero su amor era tan grande y su ejemplo tan vivo, que todos sus hijos procuraban imitarlo. Y no sólo los miembros del Opus Dei, sino también otros muchos amigos suyos.

Aunque el tema ha salido ya en la respuesta precedente, me gustaría rematar este apartado pidiéndole que nos hablase de la devoción mariana del Fundador, tan central en su vida y en la vida de la Obra.

–Para responderle exhaustivamente haría falta escribir un tratado. En cualquier caso, ya he indicado antes que el Fundador del Opus Dei, aunque estaba dotado de una fina sensibilidad, no era proclive al sentimentalismo. También su devoción mariana se distinguía por su profundidad teológica. Quiero decir que no se fundamentaba tanto en las “razones del corazón”, como en las de la fe. Me refiero a la fe en las prerrogativas concedidas por Dios a la Virgen y al papel de María en la obra de la Redención.

Por ejemplo: tenía mucha devoción por Santa Teresa, pero cuando la santa de Avila fue proclamada Doctora de la Iglesia, el Padre precisó: No, no es la primera Doctora; la primera Doctora, aunque no tenga el título, es la Santísima Virgen, porque ninguna persona ha tratado ni puede tratar tanto como Ella a Dios Nuestro Señor, y el Espíritu Santo le ha tenido que comunicar luces como a ninguna persona. Ella es la que sabe más de Dios. La que tiene más ciencia de Dios.

Terminaba habitualmente sus homilías y meditaciones con una invocación a la Virgen. En el libro Santo Rosario nos ha dejado rasgos conmovedores de su contemplación de los principales misterios de la vida de Jesús y de María, y también sus demás obras, comenzando por Camino, están impregnadas de devoción mariana. Cada capítulo de Surco y de Forja termina con un pensamiento sobre la Virgen.

Estableció la costumbre de colocar en todas las habitaciones de los Centros de la Obra un cuadro o una imagen pequeña de la Virgen, sencilla y artística. Nos aconsejaba que la saludásemos cariñosamente al entrar o al salir, con la mirada y con una jaculatoria interior.

Visitó innumerables santuarios marianos; tuvo especial importancia histórica la peregrinación que hizo en mayo de 1970 a la Basílica de Guadalupe, en México, para pedir a la Virgen que atendiese a las necesidades de la Iglesia y llevara a término el itinerario jurídico del Opus Dei.

En diciembre de 1973, aludiendo a sus continuas visitas de un santuario mariano a otro, decía expresivamente: Yo no hago más que encender velas; y seguiré haciéndolo mientras tenga cerillas.

El amor a la Santísima Virgen le llevaba a seguir de cerca todo lo que se refería a su culto. Por ejemplo, cuando encargaba una imagen de la Virgen con el Niño, o un cuadro de la Crucifixión en que aparecían las santas mujeres al pie de la Cruz, recomendaba al artista que buscase el modo de que Jesús se asemejase lo más posible a su Madre; incluso desde el punto de vista humano, Cristo debía parecerse mucho a María, porque había sido concebido en su seno, no por obra de hombre, sino por la intervención del Espíritu Santo. Sólo un alma enamorada podía dar tanta importancia a este detalle.

En locales de nuestros Centros como la cocina, el lavadero o el planchero, sugirió que se pusieran cuadros donde se representase a la Virgen lavando, cocinando, dando de comer al Niño: de esta forma las hijas suyas que se ocupan de la administración doméstica pueden recordar, al atender la casa, que deben imitar a la Virgen.

Solía decir a sus hijas que, como no habían tenido una Fundadora, debían considerar que su Fundadora es la Santísima Virgen. Y, para que no lo olvidasen, dispuso que en todos los oratorios de los Centros de mujeres del Opus Dei hubiese siempre una imagen de la Señora.

En cierto modo, la última piedra de su devoción mariana fue el santuario de Torreciudad. Dio indicaciones concretas para su construcción: debía ser grande, con un retablo en alabastro policromado de buenas proporciones –mide cerca de ciento treinta metros cuadrados–; en el centro, según la antigua costumbre aragonesa, hizo situar el tabernáculo, bien visible desde la nave, en una posición elevada, y al que se puede acceder desde una capilla que está detrás. De esta forma, el sacerdote nunca da la espalda al Santísimo Sacramento durante las celebraciones en el altar coram populo. Además, dispuso que en la cripta del santuario se colocasen cuarenta confesonarios, distribuidos en varias capillas dedicadas a distintas advocaciones de la Virgen. Quiero subrayar que la misma idea de edificar este santuario, al final de los años sesenta, constituyó una prueba verdaderamente extraordinaria de su fe: por el esfuerzo económico que exigía; porque eran años de evidente crisis en la devoción popular; por su ubicación, fuera de toda ruta turística y lejos de una gran ciudad; en fin, por hacer una amplia cripta de confesonarios en un periodo en que decaía la práctica de la confesión.

El 23 de mayo de 1975 volvió por última vez a Torreciudad. Las obras estaban prácticamente acabadas; pudo observar el conjunto arquitectónico; admiró la originalidad de su construcción y la majestuosidad del altar; y no se cansaba de contemplar el retablo: Es todo un señor retablo. ¡Qué suspiros van a echar aquí las viejas…, y la gente joven! ¡Qué suspiros! ¡Bien! Sólo los locos del Opus Dei hacemos esto, y estamos muy contentos de ser locos… ¡Muy bien! Lo habéis hecho muy bien. Habéis puesto tanto amor aquí…, pero hay que terminar, hay que llegar hasta el final. Sin prisa, cuidad de la colocación de la imagen de la Virgen. Visiblemente emocionado, mientras daba la vuelta al altar y miraba la nave, exclamó: ¡Qué bien se va a rezar aquí!

La Santísima Virgen ha premiado la fe de nuestro Fundador: actualmente el santuario es meta de peregrinaciones procedentes no sólo de España y Europa, sino de otros continentes. Los cuarenta confesonarios resultan muchas veces insuficientes para satisfacer las exigencias de todos los penitentes. Muchísima gente, quizá atraída al principio por la curiosidad, encuentra de nuevo al Señor en una confesión contrita. Me han dicho que con frecuencia se escuchan comentarios de este estilo: “Hacía cuarenta años que no me confesaba: ¡me siento muy feliz!”. El Padre había rezado concretamente para que en Torreciudad se produjesen estos milagros espirituales: A la Virgen de Torreciudad –observó en 1968– no le pediremos milagros externos. En cambio, sí que nos dirigiremos a Ella para que haga muchos milagros interiores, cambios en las almas, conversiones.

Era el último homenaje que nuestro Padre hizo en esta tierra a la Virgen; un mes después se reunía con Ella en el Cielo. Era el homenaje de un corazón enamorado que, cuando debió elegir durante la guerra civil española un seudónimo para burlar la censura, usó su cuarto nombre de bautismo, Mariano; y más tarde, firmó siempre así, Josemaría, todo unido, para no separar nunca a San José de María.

Una vida radicada y centrada en la eucaristía

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Dirijamos ya nuestras reflexiones a otro aspecto importante, al aspecto más radical y central de la vida del sacerdote, que es garantía de su eficacia evangelizadora.

Oración, penitencia, acción guiada por una incansable caridad pastoral. Son como coordenadas en las que hemos contemplado la identificación del sacerdote con Jesucristo, en lo que esta identificación tiene de tarea personal en correspondencia al don de Dios. Pero caería en una gravísima omisión si dejara de considerar que la vida cristiana y, especialmente, esos aspectos de la existencia sacerdotal, han de estar radicados, centrados y, por tanto, unificados en el Sacrificio de Cristo, en la Santa Misa, en la Eucaristía.

La Santa Misa es, en efecto, «el centro y la raíz de toda la vida del Presbítero» 44, como recordó el Concilio Vaticano II, con palabras que habían sido ya muchas veces repetidas por Mons. Escrivá de Balaguer 45.

No cabe duda de que esta centralidad del Sacrificio Eucarístico es una realidad en la vida de todo cristiano, pero en el sacerdote este hecho adquiere matices especiales. Como afirma Juan Pablo II, «Mediante nuestra ordenación —cuya celebración está vinculada a la Santa Misa desde el primer testimonio litúrgico— nosotros estamos unidos de manera singular y excepcional a la Eucaristía. Somos, en cierto sentido, por ella’ y para ella. Somos, de modo particular, responsables de ella» 46.

Necesito volver de nuevo a la eximia figura sacerdotal del Fundador de esta Universidad: para mí es algo inevitable y sé que, como para mí, es también para vosotros motivo de alegría. Durante cuarenta años, día tras día, he sido testigo de su empeño por transformar cada jornada en un holocausto, en una prolongación del Sacrificio del Altar. La Santa Misa era el centro de su heroica dedicacion al trabajo y la raíz que vivificaba su lucha interior, su vida de oración y de penitencia. Gracias a esa unión con el Sacrificio de Cristo, su actividad pastoral adquirió un valor santificador impresionante: verdaderamente, en cada una de sus jornadas, todo era operatio Dei, Opus Dei, un auténtico camino de oración, de intimidad con Dios, de identificación con Cristo en su entrega total para la salvación del mundo.

Externamente nunca hubo nada extraordinario o singular en la Misa de Mons. Escrivá de Balaguer, aunque era imposible no apreciar su profunda devoción. Desde el principio de su ministerio sacerdotal, se esforzó por no dar cabida ni a la rutina ni a la precipitación al celebrar el Santo Sacrificio, a pesar de la habitual escasez de tiempo para realizar sus múltiples actividades pastorales. Al contrario, tendía espontáneamente a decir la Misa con mucho sosiego, penetrando en cada texto y en el sentido de cada gesto litúrgico, hasta el punto que, por muchos años, tuvo que esforzarse positivamente —de acuerdo con cuanto le corfirmaban en la dirección espiritual— por ir más deprisa, para no llamar la atención y por saberse al servicio de los fieles que contaban, para la Misa, con un tiempo mucho menor. En este contexto, se entiende lo que escribió en 1932, como un suspiro que se escapó de su alma: «Al decir la Santa Misa, deberían pararse los relojes» 47.

Esa intensidad, con la que se unía personalmente al Sacrificio del Señor en la Eucaristía, culminó en algo que no dudo en considerar un peculiar don místico, y que el mismo Padre contó, con gran sencillez, el día 24 de octubre de 1966: «A mis sesenta y cinco años, he hecho un descubrimiento maravilloso. Me encanta celebrar la Santa Misa, pero ayer me costó un trabajo tremendo. ¡Qué esfuerzo! Vi que la Misa es verdaderamente Opus Dei, trabajo, como fue un trabajo para Jesucristo su primera Misa: la Cruz. Vi que el oficio del sacerdote, la celebración de la Santa Misa, es un trabajo para confeccionar la Eucaristía; que se experimenta dolor, y alegría, y cansancio. Sentí en mi carne el agotamiento de un trabajo divino». No dudo de que este descubrimiento respondía a un ruego que constantemente nos dirigía a quienes estábamos a su alrededor: «pedid al Señor que sepa ser más piadoso en la Santa Misa, que tenga cada día más hambre de renovar el Santo Sacrificio».

3. El sacrificio de Abel

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

El 31 de marzo de 1935 el Fundador del Opus Dei dejó al Santísimo en el primer sagrario que tuvo la Obra, el de la Resi­dencia de estudiantes de Ferraz, 50. Nada más alquilar aquella casa, había elegido para oratorio la mejor habitación: una estan­cia relativamente grande, que tenía la entrada próxima al vestí­bulo principal, y que daba a un patio, también grande y tranqui­lo. Al principio sólo contaban con una mesa y un banco largo, que les habían regalado. Se mandó el banco a un carpintero, para que lo arreglara un poco y sacara de él dos pequeños. Sobre la mesa se puso un crucifijo y dos candeleros. Tenían también algún reclinatorio.

Poco a poco, a lo largo del curso 1934‑35, se fue completando todo lo necesario. Se encargó un altar con frontal liso, para adosarle una armadura de madera forrada con tela del color litúrgico del día. Con un damasco blanco se confeccionaron los primeros ornamentos. La casulla era de forma gótica, amplia; entonces solían usarse casullas de guitarra, pero don Josemaria había solicitado autorización ‑que le fue concedida‑ para usar casullas góticas. El fondo se decoró con una tela oscura de color verde oliva, de la misma anchura que el altar. Llegaba hasta el techo y continuaba ‑a modo de dosel‑ sobre el altar, según lo establecido cuando sobre un oratorio hay habitaciones destinadas a vivienda. Allí quería poner una imagen de la Virgen: la iba a hacer Jenaro Lázaro, que era escultor. Entretanto, se colocó un cuadro de los discípulos de Emaús, en el momento en que reconocen a Jesús, al partir el Pan.

Mientras se terminaba la instalación, don Josemaría gestionó personalmente, ante el Obispado de Madrid, el permiso para poder tener reservado el Santísimo. El párroco de San Marcos certificó que todo estaba conforme al Derecho canónico. El primer Sagrario, de madera dorada, fue prestado por unas religiosas, que no lo usaban en su convento.

Al Fundador del Opus Dei le ilusionaba tener al Señor en aquella primera residencia. Había fijado la fecha del 19 de marzo, fiesta de San José, para inaugurar el oratorio, pero no pudo ser, porque aún faltaban cosas: candeleros, vinajeras, atril, campanilla, bandeja para la comunión… Providencialmente, por aquellos días, el portero de la finca subió con un paquete, que contenía todo lo que faltaba. El director de la Residencia, don Ricardo Fernández Vallespín, quiso saber quién había dejado aquel regalo, pero no había dicho su nombre al portero. Al fin, el 31 de marzo, don Josemaría celebró la Santa Misa en Ferraz.

La historia se repetiría cientos de veces, en medio mundo. Aunque no hubiese dinero, lo mejor tenía que ser siempre para el oratorio. Una casa podía ser habitada de cualquier forma, durmiendo en el suelo si era necesario ‑y muchas veces lo era‑, pero primero había que instalar, y bien, el oratorio. En él no se tenía ningún acto litúrgico hasta que estuviera perfectamente terminado, con todo lo indispensable. El Fundador del Opus Dei no admitía excepciones. Siempre fue exigente en lo relacionado con el culto de Dios, evoca con cariño sor Isabel Martín, encargada de la capilla del Hospital del Rey, en los años treinta. Y a don Antonio Rodilla le recordaba a San Juan de Ribera, “que cifró el colmo del amor divino a los hombres en el Sacramento del Altar, y ardía en deseos irrealizables ‑sus lágrimas testigos‑ de contestar al Tibi post haec, fili mi, ultra quid faciam de Jesús en la Eucaristía, con otro ultra quid faciam de su generosidad para con el Santísimo Sacramento”.

Don Saturnino Escudero, Beneficiado de la Catedral de León, le conoció hacia 1940 ó 1941 por motivos de trabajo, pues el Fundador del Opus Dei le encargó para un oratorio una tira bordada de oro, sobre terciopelo verde, con la inscripción Ubi caritas et amor, Deus ibi est. A don Saturnino le gustó mucho el lema: “iba muy bien para lo que él quería, y sobre todo para aquellos momentos de la postguerra en los que había todavía mucha desunión, mucho odio y rencores”. En las conversaciones que tuvieron se le quedó bien grabado que don Josemaría “buscaba dignificar el arte sagrado. No le gustaban nada las decoraciones de cartón‑piedra tan frecuentes entonces, ni las figu­ras de `pacotilla’; prefería la sobriedad y sencillez con la autenti­cidad y dignidad. No había que regatear en las cosas del culto: había que dar a Dios lo mejor que se pudiera. Le gustaban los oratorios sobrios y buenos, que ayudaran a los fieles a acer­carse a Dios”.

Por aquellos días le trató también don Abundio García Román, y se le grabó su insistencia en hablar de la Santa Misa, como centro y raíz de la vida interior: “Esto no era frecuente en aquellos años cuarenta en España. Y menos aún el cuidado y esmero en la Sagrada Liturgia”. A don Abundio le impresionaba su pausa al celebrar, y que todos los asistentes participasen, dialogando la Misa: “Esto es digno de ser resaltado ahora, pues me parece que ha sido un precursor de las orientaciones que el Concilio Vaticano 11 ha formulado sobre la participación de los fieles en el Culto divino”.

Miles de personas han podido comprobar en todo el mundo la fuerza espiritual que emanaba de ese modo de vivir la liturgia, que quedó resumido ‑brevísimamente‑ en estas consideracio­nes de Camino:

No me pongáis al culto imágenes `6de serie”: prefiero un Santo Cristo de hierro tosco a esos Crucifijos de pasta repintada que parecen hechos de azúcar (Camino, 542).

Me viste celebrar la Santa Misa sobre un altar desnudo ‑mesa y ara‑, sin retablo. El Crucifijo, grande. Los candeleros recios, con hachones de cera, que se escalonan: más altos, junto a la cruz. Frontal del color del día. Casulla amplia. Severo de líneas, ancha la copa y rico el cáliz. Ausente la luz eléctrica, que no echamos en falta.

‑Y te costó trabajo salir del oratorio: se estaba bien allí. ¿Ves cómo lleva a Dios, cómo acerca a Dios el rigor de la liturgia? (Camino, 543).

Pocas páginas antes se lee:

Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios.

‑Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco.

‑Y contra los que atacan la riqueza de vasos sagrados, ornamentos y retablos, se oye la alabanza de Jesús: “opus enim bonum operata est in me” ‑una buena obra ha hecho conmigo (Camino, 527).

Así lo vivió en sus cincuenta años de sacerdocio. En diversos momentos, he aludido a la Residencia de la calle de Jenner, de Madrid. El dinero era escaso, y los tiempos, difíciles, recién terminada la guerra en España, y en los comienzos de la mundial. Casi todos los muebles de la Residencia fueron trastos viejos arreglados cuidadosamente por los socios de la Obra y sus amigos. El poco dinero que había se invirtió en el oratorio, para que tuviese la debida dignidad. La mesa del altar, de madera, llevaba sobre el frontal una delgada y larga chapa de ébano. El Sagrario ‑también de madera‑ se revistió por dentro de tisú de oro. Los seis candeleros con pie de cruz, se hicieron con tubo corriente de hierro, igual que la lámpara del techo. Sólo el crucifijo se compró nuevo. Las paredes se cubrieron con arpillera plisada. Cerca del techo. la tela quedaba sostenida por un friso, con unas palabras (le los Hechos de los Apóstoles. También se hicieron allí. Primero, se dibujaron, y luego fueron vaciadas a mano, con gubias, y pintadas de rojo. Sobre el fondo claro de la tela y la madera color castaño, el conjunto era alegre y bonito, en su extrema sencillez. En Villaviciosa de Odón, cerca de Madrid, se conservan estas humildes tablas, trabajadas con cariño, como testimonio de la falta de medios alegre y digna de aquellos años y de siempre.

Igual sucedió con el oratorio de Diego de León, 14. El Fundador del Opus Dei eligió la mejor habitación de la casa para destinarla al Señor. La fe y el buen gusto superaron la escasez de recursos para instalarlo. Facilitaba el recogimiento junto al Señor. Es un oratorio ‑tan ligado a momentos decisivos en la historia del Opus Dei‑ que se conserva hoy prácticamente como entonces, aunque con los años se ha enriquecido poco a poco, siguiendo indicaciones precisas del propio Fundador del Opus Dei, para hacer lo que él hubiera hecho en 1941 de haber tenido medios.

Con la riqueza en los objetos del culto quería manifestar su cariño de enamorado. Los que se aman se regalan siempre objetos de valor ‑no sólo es cuestión de precio‑, para expresar así la medida de su amor: Los enamorados no se regalan trozos de hierro ni sacos de cemento, sino cosas preciosas: lo mejor que tienen: cuando ellos cambien, cambiaremos de parecer nosotros.

Esa riqueza en el culto muestra también espíritu de adoración a Dios, Señor soberano de la vida, al que se ofrece el sacrificio de Abel: lo mejor. Así lo enseñaba el Fundador del Opus Dei:

Leed la Sagrada Escritura, el Antiguo Testamento, y compro­baréis cómo Dios Nuestro Señor describe punto por punto la ornamentación del tabernáculo, la elaboración de los utensilios sagrados, y el modo de vestir de los sacerdotes, especialmente del Sumo Sacerdote. ;Hasta la ropa interior! Todo tenía que ser de oro u otros metales preciosos, y de telas finas, cuidadosamente trabajadas.

(…) Y el Templo de Salomón no era más que la figura; no estaba Jesucristo real y verdaderamente presente, como se encuentra en nuestros altares y en nuestros Sagrarios. El sacerdocio de la antigua Ley no era más que una sombra del verdadero sacerdocio instituido por Cristo. Y, sin embargo, dice el Espíritu Santo: nolite tangere Christos meos! No maltratéis a mis Cristos, no profanéis las cosas santas. ;Es la voz del Señor que se defiende! Porque su sacerdocio transforma a quien lo recibe en otro Cristo: alter Christus, ipse Christus, y convierte en sagrado todo lo que se utiliza en la renovación del Santo Sacrificio de la Misa.

En junio de 1946 se puso el primer Sagrario del Opus Dei en Roma, en una pequeña casa de la Piazza de Cittá Leonina. Como siempre, el oratorio fue a la habitación más espaciosa del piso. El Sagrario, de madera, era un tabernáculo pobre, y Mons. Escrivá de Balaguer quiso que se adornara lo mejor posible. Poco tiempo después se consiguió la: que sería sede central del Opus Dei, y allí se construyeron oratorios y sagrarios más dignos.

Lo haría notar en 1957, al bendecir el oratorio del Consejo general de la Asociación y consagrar su altar, en una época en que el Opus Dei estaba en un completo desarrollo, extendiéndose por todo el mundo, con una maravillosa pobreza. En aquel oratorio se había puesto especial esmero, porque se tenían presentes a todos los socios de la Obra ‑solteros, casados, viudos, sacerdotes‑, que se han dado al Señor con todo su corazón, con toda su mente y con todas sus fuerzas, cumpliendo bien el mandato divino. Y añadía el Fundador: A Jesús le hemos preparado este tabernáculo, que es el más rico que hemos podido hacer.

Este modo de hacer suscitó siempre asombro. Una vez, en 1973, un joyero romano se negaba a dividir un broche de brillantes montados sobre platino:

‑Lo que me piden es un crimen. ¿Se dan cuenta de lo que quieren hacer? Esta joya tiene más de un siglo…

Pero cuando aquel joyero supo el destino de los brillantes, se puso a trabajar. Y no quiso cobrar nada.

Anécdotas semejantes han sucedido en muchos sitios distin­tos. Porque las piedras y los materiales preciosos que se utilizan para la confección de vasos y ornamentos suelen proceder de la generosidad de personas que entienden de delicadezas con el Señor, hasta desprenderse de una joya de familia para honrar a

Jesús, reparando así la insensibilidad e irreverencia con que muchos tratan los objetos del culto:

Da pena, hijos míos, ver cómo se tira por la ventana un tesoro de siglos. No por lo que tenga de valor humano, sino por lo que pierde el culto de Dios: en esplendor, en cariño, en sacrificio. Hay que enseñar a la gente que no se puede coger un vaso sagrado y dedicarlo a usos profanos, como no es decente transformar un confesonario en una cabina de teléfonos o en una jaula de pájaros. ¿En qué cabeza cabe transformar un sagrario en un bar o en una papelera: Es diabólicamente absurdo; hasta desde el punto de vista artístico denota muy mal gusto. Cada objeto litúrgico está hecho con un fin determinado, y hay que procurar que todos sigan cumpliendo su misión. Y, si es posible, enriqueciéndolos, llenándolos de amor.

No se cansó de repetir estas ideas. A veces, delante de miles de personas, como una mañana de domingo, en junio de 1974, en el Teatro Coliseo de Buenos Aires. Apenas había comenzado la conversación, cuando un hombre de aquella tierra, con la sonrisa en los labios, y un gesto de picardía, tomó la palabra:

‑En ocasión de ordenarse sacerdote un íntimo amigo mío, le regalé un cáliz de oro. Algunos amigos, católicos, me dijeron que ese regalo no tenía sentido social, o que carecía yo de sentido social. Por otra parte ‑y no se ría‑ en casa tenemos una perra muy buena, que nos cuesta bastante plata mantener. Ningún amigo mío me ha dicho que me falta sentido social por eso. Yo quisiera que usted me diga qué opina del cáliz y de la perra.

La gente que abarrotaba el teatro rió la pregunta. Y se quedó seria, y volvió a reír con la respuesta:

Yo, que celebro habitualmente con un cáliz de latón, querría usar todos los días un cáliz de oro, y me parecería poco. Dios te bendiga, porque has dado ese poquito de cariño tuyo al Señor. ;Has hecho muy bien! Te basta leer lo que el Señor disponía en el Viejo Testamento, y cómo todo tenía que ser de oro. ;Todo de oro! Ahora, cualquier cosa les parece demasiado para Nuestro Señor y demasiado poco para ellos. Algunos se han hecho egocén­tricos, miserables, no piensan más que en sí mismos. Y para Nuestro Dios, quieren el sacrificio de Caín. Otra vez se repite la historia. El buen hijo sacrifica lo mejor, el oro, lo que pueda, lo que le cuesta. Los demás querrían darle el barro, la miseria.

Y en cuanto al perrito, acuérdate de San Francisco de Asís. Y consuélate, y sigue haciéndole mimos a tu perra. ¿Por qué vamos a tratar mal a los animales? Si tú tienes corazón para un animal, yo sé que lo tienes más grande para un semejante tuyo. Que cualquier persona necesitada encuentre tu corazón abierto y tu mano dadivosa. Dios te bendiga.

No era la primera vez que Mons. Escrivá de Balaguer se refería a este cáliz de latón. Yo celebro todos los días ‑había comentado en otra ocasión‑, desde hace muchísimos años, con un cáliz que me costó trescientas pesetas. Le pasa un poco lo que a mí; la gente lo ve y dice: es de oro… Pero es pura apariencia. Cuando se desarma, con una sinceridad total, se lee en letras bien grandes: latón.

Todo el encanto de ese cáliz se debe a las manos que le dieron forma, y lo recubrieron de un finísimo baño de oro. Sin embargo, el orfebre tuvo la honradez de dejar constancia del metal corriente con que estaba hecho, en un lugar escondido, pero asequible. Acabó tan bien su obra, que a primera vista nadie ‑ni siquiera una persona entendida‑ pondría en duda la riqueza del vaso sagrado. Era preciso desarmarlo y verlo por dentro, para descubrirlo. Sólo la copa era de plata, según las disposiciones litúrgicas. Toda una lección de sinceridad, de naturalidad, de amor por lo auténtico y genuino, que al Fundador del Opus Dei movía también a la humildad: Cuando en la Santa Misa alzo el cáliz, después de la Consagración, veo en él una imagen de mi pobre vida: de las luchas, de las victorias y de las derrotas. Las victorias son suyas, de Cristo; y las derrotas son mías.

Con esa confianza en Dios, las miserias no pueden ser nunca ocasión de desasosiego o de tristeza. En las manos de Dios Padre, se aproxima uno a la lección de ese cáliz, que no desea engañar a nadie pareciendo de oro, porque a gritos dice: ;latón! Y surge el propósito:

Sed muy sinceros, hijos míos. No escondáis vuestras miserias en la dirección espiritual. Sólo así serán como joyas vuestras vidas, y se convertirá de verdad vuestro corazón en trono de Dios, que triunfará en vuestra flaqueza.

El corazón enamorado del Fundador del Opus Dei necesitaba mostrar su amor igual que los que se quieren en la tierra. No tenía ‑tantas veces lo dijo‑ un corazón distinto para Dios. Por eso, a título de ejemplo, cuando en Roma no había dinero ni para lo más necesario, no le faltaba, a la Virgen de la habitación donde trabajaba muchas horas al día, una rosa natural, manifes­tación externa de su cariño interior. La riqueza en las cosas del culto ‑se ve claro en las anécdotas aquí recogidas‑ era culmi­nación de un querer auténtico y delicado, al que todo parecía poco para la Persona amada: ¡Qué poco es una vida para ofrecerla a Dios!… (Camino, 420).

Así lo enseñó siempre. Destinar lo mejor al culto es manifes­tación concreta de desprendimiento real de los bienes terrenos, de aceptación rendida del dominio divino sobre las cosas creadas, de espíritu de adoración y de piedad. Y le emocionaba, y agradecía, el esfuerzo que en todo el mundo personas del Opus Dei ponían para vivir esa finura de amor:

El Señor está muy contento, porque le tratáis con amor, cuidando con esmero y delicadeza las cosas del culto, donde procuramos destinar lo mejor que puede reunir esta bendita pobreza nuestra. Y Jesús tiene que estar contento también con ese trato personal íntimo, de cada uno de vosotros. ;Que Dios os bendiga!

Caridad y valentía

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Las Hijas de la Caridad que trabajaron en el Hospital del Rey durante la difícil década de 1926 a 1936, recuerdan con enorme afecto la dedicación, la generosidad, la entrega de estos tres sacerdotes. Después de la muerte imprevista de don José María Somoano, el 16 de julio de 1932, don Lino Vea Murguía caerá fusilado en Madrid al comienzo de la guerra civil. Y solamente don Josemaría Escrivá de Balaguer sobrevivirá al riesgo de persecución y al trabajo agotador que se ha impuesto para cuidar a tantas almas que reclaman su atención sacerdotal.

Tanto la Superiora de la Comunidad como la Hermana encargada de la capilla y las que trabajan en las salas de enfermos infecciosos(4), le ven acudir a pie o en cualquiera de los escasos medios de locomoción habituales; siempre rápido, como quien tiene una importante misión que cumplir en los minutos de cada hora; a la vez, siempre con calma, entregando todo su tiempo a las personas que le reclaman. Muy joven aún, pero con madurez y gravedad en el comportamiento, buscando siempre la gloria de Dios, y valiente, muy valiente para trabajar, en su calidad de sacerdote, de un modo amable y enérgico ante las situaciones más contradictorias.

Los pacientes le esperan con auténtico cariño. Aquellos tuberculosos desahuciados, jóvenes en su mayoría, se confían a este sacerdote alegre que habla de la muerte como el comienzo de la Vida; que les invita a pasar de la esperanza de la tierra a la seguridad de Dios, con una sonrisa; bendiciendo el dolor que les hace hermanos, con mayor predilección, de Jesucristo.

Celebra con frecuencia la Santa Misa en el Hospital del Rey. A la Hermana sacristana le conmueve advertir que reza con particular devoción las oraciones de la Misa, que toma en sus manos con actitud de profunda adoración la Sagrada Eucaristía, que es capaz de revestirse y salir a ejercer su sagrado ministerio al jardín del Hospital, cuando las circunstancias políticas exigen casi ocultarse para rezar y pronunciar el nombre de Dios. Que continúa llegando, cada vez, con su traje talar, sin miedo a las pedradas ni a las represalias que pueden ocultarse tras los desmontes y el descampado que rodean el Hospital. Y que, al mismo tiempo, es capaz de mantener una esperanza que tiene su cimiento, su apoyo inconmovible, en la fe sobrenatural que Dios le otorga. No conocerá el desánimo ni en los últimos años de esta década, cuando todo parece desmoronarse. Su aliento para los enfermos, las Religiosas, los que colaboran en el Hospital y acuden a escuchar sus homilías, será constante.

Algunas veces celebra en una capilla improvisada en un salón de la Comunidad, donde se ha instalado un altar portátil. En el retablo preside la Virgen Milagrosa. Desde allí distribuirá la Comunión a los enfermos que lo solicitan. Jamás le ha retraído el contagio a que se expone frecuentando algunas salas. No tiene miedo a nadie ni a nada. Y los pacientes, que saben apreciar esta actitud, aceptan la enfermedad y la muerte con una entereza y alegría que dan ejemplo de devoción a quienes les rodean. Las monjas llegan a comentar que se lleva a los enfermos al Cielo «en palmitas», con aquel don y atractivo que sabe poner en las cosas de Dios.

La Hermana sacristana le secunda en cuidar todo cuanto se refiere al culto, aun cuando las circunstancias presentes no favorecen el mantener los objetos con la calidad y decoro necesarios. Porque, en medio de la actividad constante que desarrolla, don Josemaría no olvida estas pequeñas grandes cosas en las que se demuestra un detalle de amor con el Señor.

A lo largo de su vida, el Fundador del Opus Dei recordará que «la fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana; los más ignorantes de aquellas barriadas extremas.

Estas son las ambiciones del Opus Dei, los medios humanos que pusimos: enfermos incurables, pobres abandonados, niños sin familia y sin cultura, hogares sin fuego y sin calor y sin amor»(5).

Y muchos de estos enfermos, conscientes de que aquel sacerdote se ha sentido llamado a una alta misión del cielo, y que necesita y valora su ayuda y su oración, se brindan a ofrecer el dolor como la mejor moneda de cambio que poseen para pagar las atenciones de don Josemaría Escrivá de Balaguer. Hay referencias históricas conmovedoras. Entre ellas, la de una mujer joven que ingresa en el Hospital del Rey en 1930. Su tuberculosis es avanzada e incurable. Conoce a don Josemaría y empieza a recorrer el camino sobrenatural que le brinda. Poco después, pide su admisión en el Opus Dei: María Ignacia García Escobar, reza y se adentra en el panorama de filiación divina: entiende que Dios puede estar escribiendo su mejor biografía con la enfermedad; que la necesita para completar con su dolor la Redención del mundo; y ve el amor, misterioso amor de Dios que a veces resulta difícil de aceptar, en el envés de la trama con que el Señor teje los acontecimientos del mundo. Todavía recuerdan sus hermanas, que la acompañaban, frases completas que don Josemaría repite a la enferma en sus momentos de mayor sufrimiento: «A veces puede parecernos que nos trata duramente; no podemos entender las dificultades o las penas que nos envía; pero tampoco el niño pequeño entiende por qué su madre no le deja que juegue con un cuchillo o que acaricie con sus deditos la llama de una vela; y menos entiende por qué, en determinadas circunstancias, le da unos buenos azotes. Sin embargo, todo es para bien»(6).

María Ignacia se agrava, y don Josemaría la visita con frecuencia. Llama por teléfono a las Hermanas de la sala preguntando por su estado. La asiste en su muerte, larga y dolorosa. Lee despacio, ante ese cuerpo llagado y consumido por la enfermedad, la recomendación del alma, con voz pausada, solicitando la ayuda de los grandes aliados de los hombres: los ángeles y los santos. Y preside, afectuosamente, su entierro en el cementerio de Chamartín de la Rosa. Cuando el féretro baja hasta el fondo de la fosa, toma un puñado de tierra, lo besa y lo deja caer sobre la caja que contiene los restos de una mujer generosa que ha comprendido la Obra de Dios y que le ha sabido ayudar con el mejor tesoro que se puede poseer en la tierra: el dolor ofrecido con Cristo. Es el 13 de septiembre de 1933(7).

TEMA 21. La Eucaristía (3)

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La fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía ha llevado a la Iglesia a tributar culto de latría al Santísimo Sacramento, tanto durante la liturgia de la Misa, como fuera de su celebración.

1. La presencia real eucarística

En la celebración de la Eucaristía se hace presente la Persona de Cristo —el Verbo encarnado, que fue crucificado, murió y ha resucitado por la salvación del mundo—, con una modalidad de presencia mistérica, sobrenatural, única. El fundamento de esta doctrina lo encontramos en la misma institución de la Eucaristía, cuando Jesús identificó los dones que ofrecía, con su Cuerpo y con su Sangre («esto es mi Cuerpo … esta es mi Sangre…»), es decir, con su corporeidad inseparablemente unida al Verbo y, por tanto, con su entera Persona.

Ciertamente, Cristo Jesús está presente de múltiples maneras en su Iglesia: en su Palabra, en la oración de los fieles (cfr. Mt 18,20), en los pobres, los enfermos, los encarcelados (cfr. Mt 25,31-46), en los sacramentos y especialmente en la persona del ministro sacerdote. Pero, sobre todo, está presente bajo las especies eucarísticas (cfr. Catecismo, 1373).

La singularidad de la presencia eucarística de Cristo está en el hecho de que el Santísimo Sacramento contiene verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo, Dios verdadero y Hombre perfecto, el mismo que nació de la Virgen, murió en la Cruz y ahora está sentado en los cielos a la diestra del Padre. «Esta presencia se denomina “real”, no a título exclusivo, como si los otras presencias non fuesen “reales”, sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente» (Catecismo, 1374).

El término substancial trata de indicar la consistencia de la presencia personal de Cristo en la Eucaristía: ésta no es simplemente una “figura”, capaz de “significar” y de estimular a la mente a pensar en Cristo, presente en realidad en otro lugar, en el Cielo; ni es un simple “signo”, a través del cual se nos ofrece la “virtud salvadora” —la gracia—, que proviene de Cristo. La Eucaristía es, en cambio, presencia objetiva, del ser-en-sí (la substancia) del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, es decir, de su entera Humanidad —inseparablemente unida a la Divinidad por la unión hipostática—, aunque velada por las “especies” o apariencias del pan y del vino.

Por tanto, la presencia del verdadero Cuerpo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento «no se conoce por los sentidos, sino sólo por la fe, la cual se apoya en la autoridad de Dios» (Catecismo, 1381). Esto lo expresa muy bien la siguiente estrofa del Adoro te devote: Visus, tactus, gustus, in te fallitur / Sed auditu solo tuto creditur / Credo quidquid dixit Dei Filius: / Nil hoc verbo Veritatis verius (Al juzgar de ti se equivocan la vista, el tacto, el gusto / pero basta con el oído para creer con firmeza / creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios / nada es más verdadero que esta palabra de verdad).

2. La transubstanciación

La presencia verdadera, real y substancial de Cristo en la Eucaristía supone una conversión extraordinaria, sobrenatural, única. Tal conversión tiene su fundamento en las mismas palabras del Señor: «Tomad y comed: esto es mi Cuerpo… bebed todos de él, porque ésta es mi Sangre de la nueva alianza…» (Mt 26,26-28). En efecto, estas palabras se hacen realidad sólo si el pan y el vino cesan de ser pan y vino y se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo, porque es imposible que una misma cosa pueda ser simultáneamente dos seres diversos: pan y Cuerpo de Cristo; vino y Sangre de Cristo.

Sobre este punto el Catecismo de la Iglesia Católica recuerda: «El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: “Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su Sangre; la Iglesia Católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación”» (Catecismo, 1376). Sin embargo permanecen inalteradas las apariencias del pan y del vino, es decir, las “especies eucarísticas”.

Aunque los sentidos capten verdaderamente las apariencias del pan y del vino, la luz de la fe nos da a conocer que lo que realmente se contiene bajo el velo de las especies eucarísticas es la substancia del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Gracias a la permanencia de las especies sacramentales del pan, podemos afirmar que el Cuerpo de Cristo —su entera Persona— está realmente presente en el altar, o en el copón, o en el Sagrario.

3. Propiedades de la presencia eucarística

El modo de la presencia de Cristo en la Eucaristía es un misterio admirable. Según la fe católica Jesucristo está presente todo entero, con su corporeidad glorificada, bajo cada una de las especies eucarísticas, y todo entero en cada una de las partes resultantes de la división de las especies, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo (cfr. Catecismo, 1377). Se trata de una modalidad de presencia singular, porque es invisible e intangible, y, además, es permanente, en el sentido de que, una vez realizada la consagración, dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas.

4. El culto a la Eucaristía

La fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía ha llevado a la Iglesia a tributar culto de latría (es decir, de adoración), al Santísimo Sacramento, tanto durante la liturgia de la Misa (por esto ha indicado que nos arrodillemos o nos inclinemos profundamente ante las especies consagradas), como fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas en el Sagrario (o Tabernáculo), presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión, etc. (cfr. Catecismo, 1378).

Se conserva la Sagrada Eucaristía en el Sagrario:

— principalmente para poder dar la Sagrada Comunión a los enfermos y a otros fieles imposibilitados de participar en la Santa Misa;

— además, para que la Iglesia pueda dar culto de adoración a Dios Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento (de modo especial durante Exposición de la Santísima Eucaristía, en la Bendición con el Santísimo; en la Procesión con el Santísimo Sacramento en la Solemnidad de Cuerpo y Sangre de Cristo, etc.);

— y para que los fieles puedan siempre adorar al Señor Sacramentado con frecuentes visitas. En este sentido afirma Juan Pablo II: «La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este Sacramento del Amor. No ahorremos nuestro tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y pronta a reparar las grandes culpas y delitos del mundo. No cese jamás nuestra adoración» ;

Hay dos grandes fiestas (solemnidades) litúrgicas en las que se celebra de modo especial este Sagrado Misterio: el Jueves Santo (se conmemora la institución de la Eucaristía y del Orden Sagrado) y la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo (destinada especialmente a la adoración y a la contemplación del Señor en la Eucaristía).

5. La Eucaristía, Banquete Pascual de la Iglesia

5.1. ¿Por qué la Eucaristía es el Banquete Pascual de la Iglesia?

«La Eucaristía es el Banquete Pascual porque Cristo, realizando sacramentalmente su Pascua [el paso de este mundo al Padre a través de su pasión, muerte, resurrección y ascensión gloriosa, nos entrega su Cuerpo y su Sangre, ofrecidos como comida y bebida, y nos une con Él y entre nosotros en su sacrificio» (Compendio, 287).

5.2. Celebración de la Eucaristía y Comunión con Cristo

«La Misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero la celebración del sacrificio eucarístico está totalmente orientada hacia la unión íntima de los fieles con Cristo por medio de la comunión. Comulgar es recibir a Cristo mismo que se ofrece por nosotros» (Catecismo, 1382).

La Santa Comunión, ordenada por Cristo («tomad y comed… bebed todos de él…»: Mt 26,26-28; cfr. Mc 14,22-24; Lc 22,14-20; 1 Co 11,23-26), forma parte de la estructura fundamental de la celebración de la Eucaristía. Sólo cuando Cristo es recibido por los fieles como alimento de vida eterna alcanza plenitud de sentido su hacerse alimento para los hombres, y se cumple el memorial por Él instituido. Por esto la Iglesia recomienda vivamente la comunión sacramental a todos aquellos que participen en la celebración eucarística y posean las debidas disposiciones para recibir dignamente el Santísimo Sacramento.

5.3. Necesidad de la Sagrada Comunión

Cuando Jesús prometió la Eucaristía afirmó que este alimento no es sólo útil, sino necesario: es una condición de vida para sus discípulos. «En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros» (Jn 6,53).

Comer es una necesidad para el hombre. Y, como el alimento natural mantiene al hombre en vida y le da fuerzas para caminar en este mundo, de modo semejante la Eucaristía mantiene en el cristiano la vida en Cristo, recibida con el bautismo, y le da fuerzas para ser fiel al Señor en esta tierra, hasta la llegada a la Casa del Padre. Los Padres de la Iglesia han entendido el pan y el agua que el Ángel ofreció al profeta Elías como tipo de la Eucaristía (cfr. 1 Re 19, 1-8): después de recibir el don, el que estaba agotado recupera su vigor y es capaz de cumplir la misión de Dios.

La Comunión, por tanto, no es un elemento que puede ser añadido arbitrariamente a la vida cristiana; no es necesaria sólo para algunos fieles especialmente comprometidos en la misión de la Iglesia, sino que es una necesidad vital para todos: puede vivir en Cristo y difundir su Evangelio sólo quien se nutre de la vida misma de Cristo.

El deseo de recibir la Santa Comunión debería estar siempre presente en los cristianos, como permanente debe ser la voluntad de alcanzar el fin último de nuestra vida. Este deseo de recibir la Comunión, explícito o al menos implícito, es necesario para alcanzar la salvación.

Además, la recepción de hecho de la Comunión es necesaria, con necesidad de precepto eclesiástico, para todos los cristianos que tienen uso de razón: «La Iglesia obliga a los fieles (…) a recibir al menos una vez al año la Eucaristía, si es posible en tiempo pascual preparados por el sacramento de la Reconciliación» (Catecismo, 1389). Este precepto eclesiástico no es más que un mínimo, que no siempre será suficiente para desarrollar una auténtica vida cristiana. Por eso la misma Iglesia «recomienda vivamente a los fieles recibir la santa Eucaristía los domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los días» (Catecismo, 1389).

5.4. Ministro de la Sagrada Comunión

El ministro ordinario de la Santa Comunión es el obispo, el presbítero y el diacono. Ministro extraordinario permanente es el acólito. Pueden ser ministros extraordinarios de la comunión otros fieles a los que el Ordinario del lugar haya dado la facultad de distribuir la Eucaristía, cuando se juzgue necesario para la utilidad pastoral de los fieles y no estén presentes un sacerdote, un diácono o un acólito disponibles.

«No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado “por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano”». A propósito de esta norma es oportuno considerar que la Comunión tiene valor de signo sagrado; este signo debe manifestar que la Eucaristía es un don de Dios al hombre; por esto, en condiciones normales, se deberá distinguir, en la distribución de la Eucaristía, entre el ministro que dispensa el Don, ofrecido por el mismo Cristo, y el sujeto que lo acoge con gratitud, en la fe y en el amor.

5.5. Disposiciones para recibir la Sagrada Comunión

Disposiciones del alma

Para comulgar dignamente es necesario estar en gracia de Dios. «Quien come el Pan y bebe el Cáliz del Señor indignamente —proclama san Pablo—, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues el hombre a sí mismo; y entonces coma del Pan y beba del Cáliz; pues el que sin discernir come y bebe el Cuerpo del Señor, se come y bebe su propia condenación» (1 Co 11,27-29). Por tanto, nadie debe acercarse a la Sagrada Eucaristía con conciencia de pecado mortal por muy contrito que le parezca estar, sin preceder la confesión sacramental (cfr. Catecismo, 1385).

Para comulgar fructuosamente se requiere, además de estar en gracia de Dios, un serio empeño por recibir al Señor con la mayor devoción actual posible: preparación (remota y próxima); recogimiento; actos de amor y de reparación, de adoración, de humildad, de acción de gracias, etc.

Disposiciones del cuerpo

La reverencia interior ante la Sagrada Eucaristía se debe reflejar también en las disposiciones del cuerpo. La Iglesia prescribe el ayuno. Para los fieles de rito latino el ayuno consiste en abstenerse de todo alimento o bebida (excepto el agua o medicinas) una hora antes de comulgar. También se debe procurar la limpieza del cuerpo, el modo de vestir adecuado, los gestos de veneración que manifiestan el respeto y el amor al Señor, presente en el Santísimo Sacramento, etc. (cfr. Catecismo, 1387).

El modo tradicional de recibir la Sagrada Comunión en el rito latino —fruto de la fe, del amor y de la piedad plurisecular de la Iglesia— es de rodillas y en la boca. Los motivos que dieron lugar a esta piadosa y antiquísima costumbre, siguen siendo plenamente válidos. También se puede comulgar de pie y, en algunas diócesis del mundo, está permitido — nunca impuesto— recibir la comunión en la mano.

5.6. Edad y preparación para recibir la primera Comunión

El precepto de la comunión sacramental obliga a partir del uso de razón. Conviene preparar muy bien y no retrasar la Primera Comunión de los niños: «Dejad que los niños se acerquen a Mí y no se lo impidáis, porque de éstos es el Reino de Dios» (Mc 10,14).

Para poder recibir la primera Comunión, se requiere que el niño tenga conocimiento, según su capacidad, de los principales misterios de la fe, y que sepa distinguir el Pan eucarístico del pan común. «Los padres en primer lugar, y quienes hacen sus veces, así como también el párroco, tienen obligación de procurar que los niños que han llegado al uso de razón se preparen convenientemente y se nutran cuanto antes, previa confesión sacramental, con este alimento divino».

5.7. Efectos de la Sagrada Comunión

Lo que el alimento produce en el cuerpo para el bien de la vida física, lo produce en el alma la Eucaristía, de un modo infinitamente más sublime, en bien de la vida espiritual. Pero mientras el alimento se convierte en nuestra substancia corporal, al recibir la Sagrada Comunión, somos nosotros los que nos convertimos en Cristo: «No me convertirás tú en ti, como la comida en tu carne, sino que tú te cambiarás en Mí». Mediante la Eucaristía la nueva vida en Cristo, iniciada en el creyente con el bautismo (cfr. Rm 6,3-4; Gal 3,27-28), puede consolidarse y desarrollarse hasta alcanzar su plenitud (cfr. Ef 4,13), permitiendo al cristiano llevar a término el ideal enunciado por san Pablo: «Vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20).

Por tanto, la Eucaristía nos configura con Cristo, nos hace partícipes del ser y de la misión del Hijo, nos identifica con sus intenciones y sentimientos, nos da la fuerza para amar como Cristo nos pide (cfr. Jn 13,34-35), para encender a todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo con el fuego del amor divino que Él vino a traer a la tierra (cfr. Lc 12,49). Todo esto debe manifestarse efectivamente en nuestra vida: «Si hemos sido renovados con la recepción del cuerpo del Señor, hemos de manifestarlo con obras. Que nuestras palabras sean verdaderas, claras, oportunas; que sepan consolar y ayudar, que sepan, sobre todo, llevar a otros la luz de Dios. Que nuestras acciones sean coherentes, eficaces, acertadas: que tengan ese bonus odor Christi (2 Co 2,15), el buen olor de Cristo, porque recuerden su modo de comportarse y de vivir».

Dios, por la Sagrada Comunión, acrecienta la gracia y las virtudes, perdona los pecados veniales y la pena temporal, preserva de los pecados mortales y concede perseverancia en el bien: en una palabra, estrecha los lazos de unión con Él (cfr. Catecismo, 1394-1395). Pero la Eucaristía no ha sido instituida para el perdón de los pecados mortales; esto es lo propio del sacramento de la Confesión (cfr. Catecismo, 1395).

La Eucaristía causa la unidad de todos los fieles cristianos en el Señor, es decir, la unidad de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo (cfr. Catecismo, 1396).

La Eucaristía es prenda o garantía de la gloria futura, es decir, de la resurrección y de la vida eterna y feliz junto a Dios, Uno y Trino, a los Ángeles y a todos los santos: «Cristo, que pasó de este mundo al Padre, nos da en la Eucaristía la prenda de la gloria que tendremos junto a Él: la participación en el Santo Sacrificio nos identifica con su Corazón, sostiene nuestras fuerzas a lo largo del peregrinar de esta vida, nos hace desear la Vida eterna y nos une ya desde ahora a la Iglesia del cielo, a la Santísima Virgen María y a todos los santos» (Catecismo, 1419).

Ángel García Ibáñez

TEMA 19. La Eucaristía

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La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo, la actualización de su único sacrificio, en la liturgia de la Iglesia.

1. Naturaleza sacramental de la Santísima Eucaristía

1.1. ¿Qué es la Eucaristía?

La Eucaristía es el sacramento que hace presente, en la celebración litúrgica de la Iglesia, la Persona de Jesucristo (todo Cristo: Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad) y su sacrificio redentor, en la plenitud del Misterio Pascual de su pasión, muerte y resurrección. Esta presencia no es estática o pasiva (como la de un objeto en un lugar) sino activa, porque el Señor se hace presente con el dinamismo de su amor salvador: en la Eucaristía Él nos invita a acoger la salvación que nos ofrece y a recibir el don de su Cuerpo y de su Sangre como alimento de vida eterna, permitiéndonos entrar en comunión con Él —con su Persona y su sacrificio— y en comunión con todos los miembros de su Cuerpo Místico que es la Iglesia.

En efecto, como afirma el Concilio Vaticano II, «Nuestro Salvador, en la Última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su Cuerpo y su Sangre, para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual “en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura”».

1.2. Los nombres con los que se designa este sacramento

La Eucaristía es denominada, tanto por la Sagrada Escritura como por la Tradición de la Iglesia, con diversos nombres, que reflejan los múltiples aspectos de este sacramento y expresan su inconmensurable riqueza, pero ninguno agota su sentido. Veamos los más significativos:

a) unos nombres recuerdan el origen del rito: Eucaristía, Fracción del Pan, Memorial de la pasión, muerte y resurrección del Señor, Cena del Señor;

b) otros subrayan el carácter sacrificial de la Eucaristía: Santo Sacrificio, Santo Sacrificio de la Misa, Sacramento del Altar, Hostia (= Víctima inmolada);

c) otros intentan expresar la realidad de la presencia de Cristo bajo las especies consagradas: Sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, Pan del Cielo (cfr. Jn 6,32-35; Jn 6,51-58), Santísimo Sacramento (porque contiene al Santo de los Santos, la misma santidad de Dios encarnado);

d) otros hacen referencia a los efectos causados por la Eucaristía en cada fiel y en toda la Iglesia: Pan de Vida, Pan de los hijos, Cáliz de salvación, Viático (para que no desfallezcamos en el camino a Casa), Comunión. Este último nombre indica que mediante la Eucaristía nos unimos a Cristo (comunión personal con Jesucristo) y a todos los miembros de su Cuerpo Místico (comunión eclesial, en Jesucristo);

e) otros designan toda la celebración eucarística con el término que indica, en el rito latino, la despedida de los fieles después de la comunión: Misa, Santa Misa;

Entre todos estos nombres el término Eucaristía es el que ha ido prevaleciendo cada vez más en la Iglesia de Occidente, hasta ser la expresión común con la que se designa tanto la acción litúrgica de la Iglesia, que celebra el memorial del Señor, como el sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.

En Oriente la celebración eucarística, sobre todo a partir del siglo X, es designada habitualmente con la expresión Santa y Divina Liturgia.

1.3. La Eucaristía en el orden sacramental de la Iglesia

«El amor de la Trinidad a los hombres hace que, de la presencia de Cristo en la Eucaristía, nazcan para la Iglesia y para la humanidad todas las gracias». La Eucaristía es el sacramento más excelso, porque en él «se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y pan vivo, que por su carne vivificada y vivificante por el Espíritu Santo, da la vida a los hombres». Los otros sacramentos, si bien poseen una virtud santificadora que proviene de Cristo, no son como la Eucaristía, que hace presente verdaderamente, realmente y sustancialmente la misma Persona de Cristo —el Hijo encarnado y glorificado del Padre Eterno—, con la potencia salvífica de su amor redentor, para que los hombres puedan entrar en comunión con Él y vivan por Él y en Él (cfr. Jn 6,56-57).

Además, la Eucaristía constituye la cumbre hacia la que convergen todos los demás sacramentos en orden al crecimiento espiritual de cada uno de los creyentes y de toda la Iglesia. En este sentido el Concilio Vaticano II afirma que la Eucaristía es fuente y cima de la vida cristiana, el centro de toda la vida de la Iglesia. Todos los demás sacramentos y todas las obras de la Iglesia se ordenan a la Eucaristía porque su fin es llevar a los fieles a la unión con Cristo, presente en este sacramento (cfr. Catecismo, 1324).

No obstante contenga a Cristo, fuente a través de la cual la vida divina llega a la humanidad, y aun siendo el fin hacia el que todos los demás sacramentos se ordenan, la Eucaristía no substituye a ninguno de ellos (ni al bautismo, ni a la confirmación, ni a la penitencia, ni a la unción de los enfermos), y puede ser consagrada sólo por un ministro válidamente ordenado. Cada sacramento tiene su papel en el conjunto sacramental y en la vida misma de la Iglesia. En este sentido la Eucaristía se considera el tercer sacramento de la iniciación cristiana. Desde los primeros siglos del cristianismo el bautismo y la confirmación han sido considerados como preparación a la participación en la Eucaristía, como disposiciones para entrar en comunión sacramental con el Cuerpo de Cristo y con su sacrificio, y para insertarse más vitalmente en el misterio de Cristo y de su Iglesia.

2. La promesa de la Eucaristía y su institución por Jesucristo

2.1. La promesa

El Señor anunció la Eucaristía durante su vida pública, en la Sinagoga de Cafarnaún, ante quienes le habían seguido después de ser testigos del milagro de la multiplicación de los panes, con el que sació a la multitud (cfr. Jn 6,1-13). Jesús aprovechó aquél signo para revelar su identidad y su misión, y para prometer la Eucaristía: «En verdad, en verdad os digo que Moisés no os dio el pan del cielo, sino que mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que ha bajado del cielo y da la vida al mundo. —Señor, danos siempre de este pan—, le dijeron ellos. Jesús les respondió: —Yo soy el pan de vida… Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo… El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Igual que el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí» (cfr. Jn 6,32-35.51.54-57).

2.2. La institución y su contexto pascual

Jesucristo instituyó este sacramento en la Última Cena. Los tres evangelios sinópticos (cfr. Mt 26,17-30; Mc 14,12-26; Lc 22,7-20) y san Pablo (cfr. 1 Co 11,23-26) nos han transmitido el relato de la institución. He aquí la síntesis de la narración que ofrece el Catecismo de la Iglesia Católica: «Llegó el día de los Azimos, en el que se había de inmolar el cordero de Pascua; (Jesús) envió a Pedro y a Juan, diciendo: “Id y preparadnos la Pascua para que la comamos”… fueron… y prepararon la Pascua. Llegada la hora, se puso a la mesa con los Apóstoles; y les dijo: “Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios”… Y tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros. Haced esto en recuerdo mío [en conmemoración mía; como memorial mío]”. De igual modo, después de cenar, el cáliz, diciendo: “Este cáliz es la Nueva Alianza en mi Sangre, que va a ser derramada por vosotros”» (Catecismo, 1339).

Jesús celebró pues la Última Cena en el contexto de la Pascua judía, pero la Cena del Señor posee una novedad absoluta: en el centro no se encuentra el cordero de la Antigua Pascua, sino Cristo mismo, su Cuerpo entregado (ofrecido en sacrificio al Padre, en favor de los hombres)… y su Sangre derramada por muchos para remisión de los pecados (cfr. Catecismo, 1339). Podemos pues decir que Jesús, más que celebrar la Antigua Pascua, anunció y realizó —anticipándola sacramentalmente— la Nueva Pascua.

2.3. Significado y contenido del mandato del Señor

El precepto explícito de Jesús: «Haced esto en conmemoración mía [como memorial mío]» (Lc 22,19; 1 Co 11,24-25), evidencia el carácter propiamente institucional de la Última Cena. Con dicho mandato nos pide que correspondamos a su don y que lo representemos sacramentalmente (que lo volvamos a realizar, que reiteremos su presencia: la presencia de su Cuerpo entregado y de su Sangre derramada, es decir, de su sacrificio en remisión de nuestros pecados).

— «Haced esto». De este modo designó quienes pueden celebrar la Eucaristía (los Apóstoles y sus sucesores en el sacerdocio), les confió la potestad de celebrarla y determinó los elementos fundamentales del rito: los mismos que Él empleó (por tanto en la celebración de la Eucaristía es necesaria la presencia del pan y del vino, la plegaría de acción de gracias y de bendición, la consagración de los dones en el Cuerpo y la Sangre del Señor, la distribución y la comunión con este Santísimo Sacramento.

— «En conmemoración mía [como memorial mío]». De este modo Cristo ordenó a los Apóstoles (y en ellos a sus sucesores en el sacerdocio), que celebraran un nuevo “memorial”, que sustituía al de la Antigua Pascua. Este rito memorial tiene una particular eficacia: no sólo ayuda a “recordar” a la comunidad creyente el amor redentor de Cristo, sus palabras y gestos durante la Última Cena, sino que, además, como sacramento de la Nueva Ley, hace objetivamente presente la realidad significada: a Cristo, “nuestra Pascua” (1 Co 5,7), y a su sacrificio redentor.

3. La celebración litúrgica de la Eucaristía

La Iglesia, obediente al mandato del Señor, celebró enseguida la Eucaristía en Jerusalén (cfr. Hch 2,42-48), en Tróade (cfr. Hch 20,7-11) en Corinto (cfr. 1 Co 10,14,21; 1 Co 11, 20-34), y en todos los lugares a donde llegaba el cristianismo. «Era sobre todo “el primer día de la semana”, es decir, el domingo, el día de la resurrección de Jesús, cuando los cristianos se reunían para “partir el pan” (Hch 20,7). Desde entonces hasta nuestros días la celebración de la Eucaristía se ha perpetuado, de suerte que hoy la encontramos por todas partes en la Iglesia, con la misma estructura fundamental» (Catecismo, 1343).

3.1. La estructura fundamental de la celebración

Fiel al mandato de Jesús, la Iglesia, guiada por el “Espíritu de verdad” (Jn 16,13), que es el Espíritu Santo, cuando celebra la Eucaristía no hace otra cosa que conformarse al rito eucarístico realizado por el Señor en la Última Cena. Los elementos esenciales de las sucesivas celebraciones eucarísticas no pueden ser otros que aquellos de la Eucaristía originaria, es decir: a) La asamblea de los discípulos de Cristo, por Él convocada y reunida en torno a Él; y b) La actuación del nuevo rito memorial.

La asamblea eucarística

Desde los comienzos de la vida de la Iglesia, la asamblea cristiana que celebra la Eucaristía se manifiesta jerárquicamente estructurada: habitualmente está constituida por el obispo o por un presbítero (que preside sacerdotalmente la celebración eucarística y actúa in persona Christi Capitis Ecclesiae), por el diácono, por otros ministros y por los fieles, unidos por el vínculo de la fe y del bautismo. Todos los miembros de esta asamblea están llamados a participar conscientemente, devotamente y activamente en la liturgia eucarística, cada uno según su modo propio: el sacerdote celebrante, el diácono, los lectores, los que presentan las ofrendas, el ministro de la comunión y el pueblo entero, cuyo “Amén” manifiesta su real participación (cfr. Catecismo, 1348). Por tanto, cada uno deberá cumplir el propio ministerio, sin que haya confusión entre el sacerdocio ministerial, el sacerdocio común de los fieles y el ministerio del diácono y de otros posibles ministros.

El papel del sacerdocio ministerial en la celebración de la Eucaristía es esencial. Sólo el sacerdote válidamente ordenado puede consagrar la Santísima Eucaristía, pronunciando in persona Christi (es decir, en la identificación específica sacramental con el Sumo y Eterno Sacerdote, Jesucristo), las palabras de la consagración (cfr. Catecismo, 1369). Por otra parte, ninguna comunidad cristiana está capacitada para darse por sí sola el ministerio ordenado. «Éste es un don que se recibe a través de la sucesión episcopal que se remonta a los Apóstoles. Es el obispo quien establece un nuevo presbítero mediante el sacramento del Orden, otorgándole el poder de consagrar la Eucaristía».

El desarrollo de la celebración

La actuación del rito memorial se desarrolla, desde los orígenes de la Iglesia, en dos grandes momentos, que forman un solo acto de culto: la “Liturgia de la Palabra” (que comprende la proclamación y la escucha-acogida de la Palabra de Dios), y la “Liturgia Eucarística” (que comprende la presentación del pan y del vino, la anáfora o plegaria eucarística —con las palabras de la consagración— y la comunión. Estas dos partes principales están delimitadas por los ritos de introducción y de conclusión (cfr. Catecismo, 1349-1355). Nadie puede quitar o añadir a su antojo nada de lo que ha sido establecido por la Iglesia en la Liturgia de la Santa Misa.

La constitución del signo sacramental

Los elementos esenciales y necesarios para constituir el signo sacramental de la Eucaristía son: por una parte, el pan de harina de trigo y el vino de uvas; y, por otra, las palabras consagratorias, que el sacerdote celebrante pronuncia in persona Christi, en el contexto de la «Plegaria Eucarística». Gracias a la virtud de las palabras del Señor y a la potencia del Espíritu Santo, el pan y el vino se convierten en signos eficaces, con plenitud ontológica y no solo de significado, de la presencia del “Cuerpo entregado” y de la “Sangre derramada” de Cristo, es decir, de su Persona y de su sacrificio redentor (cfr. Catecismo, 1333 y 1375).

Ángel García Ibáñez

Visita pastoral del Prelado del Opus Dei a Asturias

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El Prelado del Opus Dei acaba de realizar una visita pastoral a Asturias. Comenzó el viernes y terminó el domingo, 6 de julio, invitado por el arzobispo de Oviedo, monseñor Carlos Osoro, con motivo de la celebración del Año Jubilar de la Cruz de los Ángeles y de la Cruz de la Victoria.

Opus Dei -

No cabían más actos para una visita tan breve, pero intensa a la vez. El prelado de la Obra comenzó su visita a Asturias en Covadonga, continuó el sábado con una Eucaristía en la catedral de Oviedo junto al arzobispo, rezó ante las reliquias que allí se veneran, y tuvo varios encuentros con numerosas personas. De fondo, Sydney y el Papa: pidió a todas y a todos que acompañen al santo Padre con la oración.

Lo primero, Covadonga

La estancia del Prelado en el Principado comenzó en la tarde del viernes, día 4, en el santuario de Covadonga. Allí fue recibido por monseñor Osoro, con quien rezó durante media hora ante la imagen de la Santina en la Santa Cueva. “Agradezco mucho al señor Arzobispo la oportunidad que me ha dado de poder hacer la oración a los pies de esta imagen de la Virgen, ante quien rezó con tanta devoción, durante muchos años y en distintas ocasiones, San Josemaría Escrivá”, indicó monseñor Echevarría a las varias decenas de personas, jóvenes en su mayoría, presentes en el recinto de roca.

El prelado subrayó que en aquel mismo lugar, en los años 40, el fundador del Opus Dei “puso en las manos de la Virgen lo que tantas veces nos ha aconsejado con su palabra y con sus escritos: que la razón más grande de nuestra vida es encontrar a Jesucristo, seguirle muy de cerca, tratarle y darle a conocer”.

Veneración de la reliquias en la Catedral de Oviedo

Opus Dei -

El sábado, monseñor Echevarría visitó las reliquias que alberga la Cámara Santa de la catedral de Oviedo, en particular el Santo Sudario que cubrió el rostro de Jesucristo, y las dos cruces cuyos centenarios se celebran: la de los Ángeles (regalo del Rey Alfonso II a la Iglesia de Oviedo en el año 808) y la de la Victoria (obsequio del Rey Alfonso III, justo un siglo más tarde).

Monseñor Osoro guió la visita y oró con el prelado ante las preciadas reliquias. Una familia numerosa de Oviedo regaló a monseñor Echevarría una reproducción de la Cruz de la Victoria. A continuación, el Arzobispo, el prelado y el Obispo auxiliar, monseñor Raúl Berzosa, compartieron un almuerzo en el Arzobispado.

Por la tarde, el arzobispo, el prelado y el obispo auxiliar concelebraron una Eucaristía en la catedral junto a otro grupo de sacerdotes: el templo estaba abarrotado y con las puertas abiertas; asistieron unas 2.500 personas, en parte provenientes de las regiones limítrofes.

La ceremonia se inició con un saludo del Arzobispo: entre otras cosas, animó a los fieles presentes a “hablar de Dios, que consiste en llevar a todos a hablar con Dios. Y en ese trato con Dios, Él va guiando nuestra vida por el camino del bien y de la verdad. Por otra parte, en todos los miembros de la Obra, el amor y la pasión por la Iglesia de Jesucristo, por su misión, es muy fuerte. Las preocupaciones por la familia, la educación de los hijos, las vocaciones, el trabajo ordinario bien realizado o realizado extraordinariamente, son facetas que distinguen a quienes se sienten miembros de la Iglesia y viviendo de esa espiritualidad y modo de vivir que fraguó el Señor en el corazón de San Josemaría”.

En su homilía, el prelado dijo que “la Santa Cruz es signo y garantía de victoria en la lucha por la santidad”, y añadió que “los cristianos somos los grandes defensores de la libertad, contra toda clase de esclavitudes y totalitarismos, antiguos y nuevos”. El prelado instó a practicar una “santa rebeldía” basada “en la fe, la esperanza y el amor”.

Al final de la Misa, el Arzobispo encabezó una procesión por el interior del templo portando la Cruz de la Victoria. Monseñor Osoro y monseñor Echevarría bendijeron a los fieles con la reliquia.

El domingo por la mañana, al igual que en la víspera, monseñor Echevarría mantuvo un encuentro con miembros del Opus Dei. Fue el último acto de su visita a Asturias, que concluyó al filo del mediodía.

Momentos antes de su despedida, monseñor Echevarría tuvo unas palabras de particular gratitud dirigidas hacia el arzobispo de Oviedo. “Me ha dado mucha alegría visitar en su casa y en su catedral a don Carlos, a quien me unen lazos de amistad y de fraternal afecto”, señaló.

Con la vista en Australia, junto al Papa

Al igual que en otros discursos públicos del fin de semana, monseñor Echevarría animó a rezar por el Papa Benedicto XVI, y en particular por su inminente viaje a Australia para presidir la Jornada Mundial de la Juventud. “Que acompañéis al Papa, que le queráis con toda el alma, que os sintáis hijos de tan buen Padre común y que le acompañéis también en este viaje que va a emprender”.


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