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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

Veamos qué hacen entonces estos hombres, estas mujeres -de cualquier nacionalidad, edad y condición social-, cuando descubren que la «llamada específica» a vivir en serio la «vocación cristiana» pasa a través de la adhesión al «método Opus Dei».

Para emprender el camino, lo único que necesitan estos hombres y mujeres es creer en la «visión» que tuvo el joven sacerdote español mientras realizaba sus ejercicios espirituales. En esa perspectiva de fe, emprender ese camino significa entrar a formar parte de un «proyecto» querido por Dios mismo. Para continuar adelante por ese camino cuentan, como veremos, con la ayuda eficaz de esa especie de «agencia de servicios espirituales» que es la Prelatura.

No recuerdo bien si fue Hugo von Hoffmannstahl, el poeta y dramaturgo austriaco, quien dijo: «el hombre de hoy parece capaz de entenderlo todo; todo, salvo lo que es demasiado sencillo».

Debo reconocer que yo mismo, «hombre de hoy», al comienzo de esta investigación no lo había entendido bien. Y cuando creí haberlo comprendido, me di cuenta de que probablemente, la razón de tantos equívocos estaba precisamente ahí: era -y es- demasiado sencillo.

Veamos si consigo que ustedes también lo entiendan, procediendo paso a paso y razonando en términos esquemáticos y elementales (lo cual servirá para confirmarme que he entendido bien).

El asunto es el siguiente: centenares de millones de personas (unos novecientos, según las estadísticas más actualizadas) han recibido el bautismo en la Iglesia Católica y forman parte objetivamente de ella. Es la comunidad religiosa más numerosa en absoluto: los católicos no sólo son casi el doble de todos los protestantes juntos, sino que superan también -aunque las proyecciones estadísticas parecen ir en su contra, a causa de su inflexión demográfica- a la suma de los musulmanes sunníes y chiles, y también a los indúes. Es al mismo tiempo la única comunidad presente prácticamente en todas las partes del mundo, aunque con distinta intensidad; al inicio de los años 90, parece que los únicos países sin católicos -salvo los transeúntes- eran Bahrain, Omán, las Islas Maldivas y Groenlandia.

En esa enorme masa, es bien sabido que no todos sacan provecho de ese «signo» sacramental, de esa «marca» indeleble de pertenencia que es el bautismo. Es más, muchos no lo aprecian o incluso lo rechazan. Otra parte -que quizá sea hoy la más numerosa- ni protesta ni se entusiasma: cree no tener tiempo ni posibilidades para tomar partido. Se comportan con indiferencia, y se limitan a acudir a la Iglesia para que les preste algún «servicio» -no se sabe si por convicción, por tradición o por superstición- con ocasión de los hitos fundamentales en la vida del hombre: el matrimonio, el bautizo de los hijos y los funerales, y en algunos casos la pintoresca Misa del Gallo (que «da ambiente de Navidad» y que «gusta tanto a los niños y nos recuerda cuando éramos niños») .

Pero entre esos centenares de millones, hay un buen grupo de cristianos para los que el bautismo no es algo irrelevante, sino que representa de veras lo que el Catecismo dice: estar insertado en ese «Cuerpo de Cristo» que -como afirmó San Pablo y desarrolló después la teología- es la Iglesia; significa entrar a formar parte de un «pueblo de Dios» que cree haber sido redimido en la cruz del Gólgota y llamado a la resurrección para la vida eterna; y por el que se reciben los derechos y se asumen los deberes del cristiano. Personas así, movidas por el deseo de ser consecuentes con su fe, han existido en todas las épocas, y tampoco faltan en la nuestra, piensen lo que piensen quienes no conocen por experiencia directa este <pueblo secreto».

A estas personas (y a través de ellas, a los indiferentes e incluso a los hostiles), don Josemaría anunció tenazmente desde finales de los años veinte (usaré mis propias palabras para expresar -si no he entendido mal- el núcleo de su predicación): «Dios mismo decidió que entendiera -aunque no sabría deciros por qué fui elegido precisamente yo; en cualquier caso, os aseguro que “vi” de verdad, y que estoy obligado a hablaros de ello- que ha llegado la hora de acabar con un cristianismo de primera y otro de segunda categoría. Por un lado, unos pocos “profesionales del evangelio” (curas, frailes, monjas, monjes e incluso algún que otro laico, pero “especial”, de algún modo “consagrado”; y por el otro, la inmensa mayoría de amateurs del cristianismo, los de la liga de segunda división: los “simples” laicos, los fieles “corrientes”; es decir, vosotros. No: el evangelio, todo el evangelio, es para todos. Dios pide a todos que sean santos, que vivan el evangelio en su integridad. Ya sé que “santo” es una palabra ,que os asusta, porque ha estado demasiado ligada a los que salen en los calendarios y a los que son canonizados en San Pedro: es decir, a personas y a empresas extraordinarias, que consideráis fuera de vuestro alcance. Pero no es así, no puede serlo: os aseguro que el Dios de Jesucristo pide a cada cristiano que sea “perfecto”, lo cual debe ser posible -con su gracia- para todos. De lo contrario, ¿por qué nos lo pediría? ¿Por qué los evangelios harían decir a Jesús, dirigiéndose a todos, sin excepción: “sed perfectos, como mi Padre celestial es perfecto”?».

Sigue hablando Escrivá: «además de “santo”, cada uno de nosotros ha de ser “apóstol”. Es decir, la invitación expresa a la esperanza cristiana, el anuncio a los hermanos y hermanas de ese evangelio que debemos esforzanos en vivir en su integridad, no es algo exclusivo para los “misioneros”, para los “predicadores”, para esos peculiares “profesionales de la fe” que antes mencionábamos. La búsqueda de la santidad (que es un presupuesto indispensable: nadie puede dar lo que no tiene) conduce necesariamente, como una exigencia espontánea, al deber de comunicar a los demás el secreto de esa alegría que experimentáis, si os convencéis en serio de que Dios es padre de todos y de que cada uno de nosotros es amado, y debe responder al amor con amor».

«Muy edificante»: era la respuesta habitual dentro de la Iglesia a esa llamada universal a la santidad, sobre todo en los decenios anteriores al Concilio Vaticano II. Fue esa asamblea conciliar la que hizo familiar -gracias también al mensaje difundido durante treinta años por el fundador del Opus Dei, aunque muchos parecen haberlo olvidado- conceptos por los que don Josemaría había sido tomado por loco, por fanático o por utópico, cuando no por hereje. (No faltaron denuncias en este sentido, con las consiguientes investigaciones eclesiásticas, suspicacias y obstáculos frecuentes y no de poca monta). «Muy bonito y edificante, pero ¿cómo llevarlo a la práctica? Santidad y apostolado, al menos en sentido “pleno”, no pueden ser para todos, porque la

En medio del mundo

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En buena parte de los tratados de espiritualidad de los últimos siglos, tener vocación implicaba el abandono de unos estratos para sumergirse, de acuerdo con distintas reglas, en la búsqueda exclusiva de Dios al margen de las líneas de lo temporal. El mundo se consideraba casi ajeno a cualquier intento de aproximación vital a las verdades teologales. Pero el Evangelio ha dado a los hombres, además, otra significación: “sicut me misisti in mundum, et ego misi eos in mundum”(8): Igual que Tú me enviaste al mundo, Yo les envío a ellos….

Cuando Monseñor Escrivá de Balaguer proclama que la llamada a la santidad para la mayoría de los cristianos tiene lugar en medio del mundo, que es el lugar de encuentro con Dios, el recuerdo imborrable de la Encarnación de Cristo, y que el trabajo cabal, costoso y creador es un medio idóneo para buscar la santidad, va a encontrar incomprensión y resistencia a este mensaje, en amplios sectores de opinión.

Se entiende mejor esta incomprensión si se tiene en cuenta que el valor trascendente del trabajo como eje de la vida humana no se mide por la mayor o menor importancia que le otorga la sociedad, sino por el amor a Dios y el radical espíritu de servicio con que se lleve a cabo. Se destruyen así todos los estamentos de clases y elitismo, definiéndose la categoría de las tareas en función del amor con que se realizan.

«Para mí es tan importante la vocación al Opus Dei de un mozo de estación como la de un dirigente de empresa. La vocación la da Dios, y en las obras de Dios no caben discriminaciones» (9).

Esta actitud de amor al mundo, como salido de las manos de Dios, y a sus nobles realidades, la acogida a toda dedicación humana y la libertad y responsabilidad, exclusivamente personales, consecuencia de la dignidad del hombre, producirán conmoción. Sin embargo, tal doctrina es idéntica a la testimoniada por la vida de los primeros cristianos dispersos en un quehacer universal, unidos por el único nexo capaz de aunar sin anular, de transformar sin destruir, de elevar sin segregar: el amor y la fidelidad, en la medida de las propias fuerzas y limitaciones, al mensaje de Jesucristo.

« Sueño -y el sueño se ha hecho realidad- con muchedumbres de hijos de Dios, santificándose en su vida de ciudadanos corrientes, compartiendo afanes, ilusiones y esfuerzos con las demás criaturas. Necesito gritarles esta verdad divina: si permanecéis en medio del mundo, no es porque Dios se haya olvidado de vosotros, no es porque el Señor no os haya llamado. Os ha invitado a que continuéis en las actividades y en las ansiedades de la tierra, porque os ha hecho saber que vuestra vocación humana, vuestra profesión, vuestras cualidades, no sólo no son ajenas a sus designios divinos, sino que El las ha santificado como ofrenda gratísima al Padre» (10).

«El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación (…). No sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora»(11).

En este tiempo, el seglar, el hombre de la calle, con sus inquietudes y avatares personales, entendía frecuentemente el apostolado exclusivamente como colaboración en actividades emanadas de la jerarquía eclesiástica. La situación histórica de España favoreció, además, un cierto carácter combativo de muchas actividades del apostolado seglar.

Estos datos ayudan a comprender lo sorprendente de una institución con las características del Opus Dei. El clima de secularidad e iniciativa personal en que se mueve llevará a su Fundador a ser calificado de progresista, hereje y loco. Porque conocía perfectamente el momento eclesial e intelectual en que esta realidad de Dios venía al mundo, supo hasta qué punto habría de defenderla. Llevó su verdad como el que se siente responsable ante Dios y ante la Iglesia, con la certeza de quien se sabe elegido como acequia y arcaduz de un mensaje incambiable.

«Menos aún podrán detenernos, o disminuir la firmeza de nuestro paso -vamos al paso de Dios-, las dificultades de comprensión que nuestro camino encuentre, porque nadie puede frenar una impaciencia santa, divina, por servir a la Iglesia y a las almas.

Acrecentad, pues, vuestra fe y confianza en Dios. Y tened también un poco de fe y de confianza en vuestro Padre, que os asegura que procedéis en la verdad, obedeciendo a la Voluntad de Nuestro Señor, y no a la débil voluntad de un pobre sacerdote… “que no quería”, que no pensó ni deseó nunca hacer una fundación» (12).

Siempre obró en plena conformidad y obediencia a la jerarquía eclesiástica competente; desde el primer momento contó con la bendición y cariño del entonces Obispo de Madrid, don Leopoldo Fijo y Garay.

Durante más de cuarenta años ha tenido que mostrar, en unos países con mayor insistencia que en otros, el verdadero rostro sobrenatural de la misión que Dios le confió aquel 2 de octubre de 1928 y que él ha transferido intacto a sus hijos de todo el mundo. Jamás le arredrarán las dificultades humanas, las habladurías o vejaciones de cualquier género que haya podido soportar, atemperadas siempre, eso sí, por su respeto imperturbable hacia los protagonistas y el buen humor resistente a las contradicciones. Como escribía el Cardenal Primado de España en 1975:

«Sumergido para siempre en la vivencia cálida del misterio de la Iglesia, más que enfrentarse con las dificultades, lo que hacía era incorporarlas y asimilarlas hasta hacerlas correr dentro de su sangre como un alimento más de su vida de fe. De ahí que lo que parecía optimismo temperamental era más bien realismo cristiano, que ni se arredra ni huye por muy oscuro que se presente el horizonte. Era la Iglesia de Cristo la que invitaba a trabajar así, porque así tienen que ser siempre las cosas para los seguidores del que llevó la cruz»(13).

Con su tenacidad sonriente seguirá diciendo, durante cuarenta y siete años, que «hemos de amar al mundo porque es el ámbito de nuestra vida, porque es nuestro lugar de trabajo, porque es el campo de batalla -hermosa batalla de amor y de paz-, porque es donde nos hemos de santificar y hemos de santificar a los demás»(14).

De este modo y con una gozosa sencillez, volverá a colocar la invitación de Cristo al alcance de todos los fieles de la tierra. Sin perder nada de su exigencia, la santidad adoptará, además, la forma específica y circunstancial de cada hombre o mujer, de cada situación, de cada ruta en la multiforme elección de los seres humanos. Ha metido el concepto de la perfección cristiana dentro del bolsillo de lo cotidiano, de lo habitual, como un amigo de palabra sonriente y conciliadora.

Ante el asombro que causa esta espiritualidad netamente evangélica, escribirá en «Camino».

«Lo que a ti te maravilla a mí me parece razonable. -¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de tu profesión? Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores…Y, ¡asómbrate!, a Pablo, en su afán de acabar con la semilla de los cristianos»(15).

Años más tarde confiaba a miles de personas las inspiraciones divinas de aquel día ya lejano, en el que vio el horizonte de la Obra:

«Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria… » (16)

¡Tengo tanta fe, tanta confianza…!

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

El 23 de junio llegó a Roma. Allí, junto al Santo Padre, en el corazón de la Iglesia, debía estar la sede central del Opus Dei. Nuestro espíritu reclama una estrecha unión con el Pontífice Romano con la cabeza visible de la Iglesia Universal. ¡Tengo tanta fe, tanta confianza en la Iglesia y en el Papa!

Pasó su primera noche en la Ciudad Eterna rezando por el Pontífice, el dulce Cristo en la tierra, como le gustaba decir, haciéndose eco de las palabras de Santa Catalina de Siena. Tres semanas después, el 16 de julio de 1946, festividad de la Virgen del Carmen, Pío XII le recibió en una audiencia privada que siempre recordó emocionado. No puedo olvidar que fue S.S. Pío XII quien aprobó el Opus Dei, cuando este camino de espiritualidad parecía, a más de uno, una herejía.

¿Qué es lo que yo quería? —comentaba—: un lugar para la Obra en el derecho de la Iglesia, de acuerdo con la naturaleza de nuestra vocación y con las exigencias de la expansión de nuestros apostolados; una sanción plena del Magisterio a nuestro camino sobrenatural, donde quedaran, claros y nítidos, los rasgos de nuestra fisonomía espiritual.

Terminada la Segunda Guerra Mundial, don Josemaría impulsó desde Roma la difusión de la llamada universal a la santidad en numerosos países del mundo. En 1949 y 1950 ya había personas del Opus Dei en Estados Unidos, México, Chile y Argentina; en 1951 se comenzó la labor apostólica en Venezuela y Colombia; en 1953, en Perú y Guatemala; en 1954, en Ecuador; en 1956, a Uruguay; en 1957, a Brasil… Nunca se fue en grupo a un determinado país; marchaban una, dos o tres personas, siguiendo el ejemplo de los primeros cristianos, que procuraban formar cuanto antes una comunidad cristiana con las personas de cada lugar.

Y en la medida que pudo, recorrió numerosos países europeos, para dar los primeros pasos de la labor apostólica y hablar con los pastores de la Iglesia. Le acompañaban habitualmente en esos viajes dos sacerdotes: Álvaro del Portillo y Javier Echevarría.

Al mismo tiempo, fue dando nuevos pasos de carácter jurídico. El 16 de junio de 1950, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, Pío XII concedió la aprobación definitiva del Opus Dei. Con esta aprobación pudieron ser admitidos como Cooperadores del Opus Dei personas no católicas , e incluso no cristianas.

Un viraje de espiritualidad

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Testimonio del Cardenal Sebastiano Baggio Prefecto de la S. Congregación para los Obispos
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

El 26 de junio moría en Roma el fundador del Opus Dei, Mon­señor Josemaría Escrivá de Balaguer, a los setenta y tres años de edad. En Roma vivía desde 1946, y en Roma ha sido enterrado, en la cripta del oratorio de Santa María de la Paz, en la sede central de la Asociación, calle Bruno Buozzi, 75. Había hecho de Roma el centro del Opus Dei porque quería subrayar el carácter univer­sal, católico y romano de esta Asociación católica internacional, y el sentido de responsable y amorosa fidelidad a la Cátedra de Pedro. En menos de medio siglo, el Opus Dei se encuentra en plena vitalidad y expansión y aparece definitivamente marcado con el carácter que Monseñor Escrivá de Balaguer quiso y supo imprimirle.

Precisamente en aquel año de 1946 tuve la fortuna de conocer a Monseñor Escrivá de Balaguer y de trabar con él una permanente amistad, respetuosa y discreta, pero no por esto menos afectuosa y profunda. Me había impresionado que la sede de la ya entonces importante Asociación no tuviese nada en común con las construcciones eclesiásticas del tipo convencional: eran habitaciones y ofi­cinas comunicados entre si, distintos unos de otros, como cualquier apartamento o casa del barrio del Parioli, sin placas ni símbolos vistosos, con plantas y flores, decorados con buen gusto y con algu­na exuberancia debida a la proveniencia familiar de sus ocupantes y al amoroso esfuerzo de arquitectos y artistas, socios del Opus Dei, que habían volcado allí su talento.

El amabilísimo anfitrión me explicaba que también aquel estilo, para mi insólito, formaba parte de la espiritualidad laical del Opus Dei: la santificación de la vida ordinaria y de la propia condición social, llevada hasta el heroísmo, pero sin alterar para nada sus tra­zos comunes y, sobre todo, sin alimentar la veleidad de salirse de ese ambiente o el sentimiento de querer ser otra cosa distinta de la que se es. En una homilía dirigida a los universitarios, Monseñor Escrivá de Balaguer desenmascaró esta tentación a la que llamó mística ojalatera, la mística del «ojalá».

A pesar de lo mucho que se ha escrito sobre el Opus Dei y sobre su fundador –o quizá por eso mismo–, prevalentemente en clave polémica por no decir fantástica, nosotros, sus contemporáneos, no tenemos la necesaria perspectiva para valorar el alcance histó­rico de la enseñanza (en tantos aspectos auténticamente revolucio­naria y anticipadora) y de la acción pastoral (de una eficacia y una irradiación sin equivalentes) de este insigne hombre de Iglesia. Pero es evidente desde ahora que la vida, la obra y el mensaje del fun­dador del Opus Dei constituyen un viraje o, más exactamente, un capítulo nuevo y original en la historia de la espiritualidad cristiana, si la consideramos –y así debe ser–– como un camino rectilíneo bajo la guía del Espíritu Santo.

Monseñor Escrivá de Balaguer era hombre sencillo y modesto que rehuía la publicidad y los gestos clamorosos; no iba de un lado para otro para dar conferencias, aunque era generalísimo e incan­sable en el ministerio sacerdotal y paterno de la palabra; sólo concedía entrevistas a la prensa cuando ya no era posible evitarías. En su elogio fúnebre fueron recordadas oportunamente las palabras que escribió a los socios del Opus Dei en una ocasión tan clásica como sus bodas de oro sacerdotales: «No quiero que se prepare ninguna solemnidad, porque deseo pasar este jubileo de acuerdo con la norma ordinaria de mi conducta de siempre: ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca».

Sin embargo, era conocidísimo. El Opus Dei, la Asociación internacional fundada por él en 1928, cuenta hoy con unos sesenta mil socios de todas las naciones del mundo, de todas las profesiones y clases sociales. Hay que tener en cuenta, además, que millones de personas han encontrado una guía para la oración y para la san­tificación del trabajo cotidiano en los escritos espirituales y pastorales de Monseñor Escrivá de Balaguer. De uno de ellos, Camino que alguien ha llamado «la imitación de Cristo de los tiempos modernos» y que otros tendían a minusvalorar, no entendiendo el valor de la extrema sobriedad de su escritura–, han sido publicadas hasta ahora 120 ediciones en 30 idiomas, con una tirada total que roza los dos millones y medio de ejemplares. Su obra más reciente, Es Cristo que pasa, recoge 18 homilías sobre los principales momen­tos del año litúrgico.

SANTIDAD PARA EL HOMBRE DE LA CALLE

Desde los comienzos del Opus Dei su fundador proclamó que la santidad no es un ideal para privilegiados, sino para todos aque­llos que se esfuerzan en vivir el Evangelio hasta sus últimas con­secuencias, cualquiera que sea su situación en la vida, y siempre atentos al Magisterio de la Iglesia. A muchos parecía eso una herejía (aunque hubiese bastado recordar la Introducción a la vida devota de San Francisco de Sales); después del Concilio Ecuménico Vati­cano II esta tesis se ha convertido en un principio indiscutible. Pero lo que continúa siendo revolucionario en el mensaje espiritual de Monseñor Escrivá de Balaguer es la manera práctica de orientar hacia la santidad cristiana a hombres y mujeres de toda condición, en una palabra: al hombre de la calle.

El modo de concretar, en la práctica, este mensaje se basa en tres novedades características de la espiritualidad del Opus Dei:

1) Ante todo, los seglares no deben abandonar ni despreciar el mun­do, sino quedarse dentro, amando y compartiendo la vida de sus conciudadanos; 2) quedándose en el mundo, los seglares deben saber descubrir el valor sobrenatural de todas las normales circuns­tancias de su vida, incluidas las más prosaicas y materiales; 3) en consecuencia, el trabajo cotidiano es decir, el que ocupa la mayor parte del tiempo y caracteriza la personalidad de la mayoría de las personas– es lo primero que hay que santificar y el primer instru­mento de apostolado.

Para ilustrar estas tres ideas fundamentales, nada más breve y eficaz que las palabras del mismo fundador del Opus Dei. Las toma­ré de una de sus homilías, pronunciada en 1967, y que ha sido luego publicada con el significativo título de Amar al mundo apasiona­damente, en el volumen Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer.

LIBERTAD Y RESPONSABILIDAD DE LOS LAICOS

Respecto al primer concepto –que teológicamente puede desig­narse como carácter laical y secular–, Monseñor Escrivá de Bala­guer ha enseñado siempre a situarse idealmente junto a los primeros cristianos, en aquella época en la que los fieles se esforzaban por vivir el Evangelio quedándose en el mundo y participando plena­mente en todas las actividades honestas de la sociedad en que vivían. Y así como los primeros cristianos hombres y mujeres, jóvenes y viejos, patricios, plebeyos y esclavos– se santificaron en la vida corriente y consiguieron convertir el mundo pagano, igualmente los cristianos de hoy, si no tienen una vocación al estado religioso, están llamados a santificar el mundo desde dentro. «Tendré que volver a afirmar –decía en aquella ocasión– que los hombres y mujeres que quieren servir a Jesucristo en la Obra de Dios son sen­cillamente ciudadanos iguales a los demás, que se esfuerzan por vivir con seria responsabilidad –hasta las últimas consecuencias– su vocación cristiana. Nada distingue a mis hijos de sus conciu­dadanos».

No escapaban a Monseñor Escrivá de Balaguer las consecuen­cias prácticas de una espiritualidad verdaderamente laical. «Son muchos los aspectos del ambiente secular, en el que os movéis, que se iluminan a partir de estas verdades. Pensad, por ejemplo, en vues­tra actuación como ciudadanos en la vida civil. Un hombre sabedor de que el mundo –y no sólo el templo es el lugar de su encuentro con Cristo, ama ese mundo, procura adquirir una buena prepara­ción intelectual y profesional, va formando –con plena libertad–sus propios criterios sobre los problemas del medio en que se desen­vuelve, y toma, en consecuencia, sus propias decisiones que, por ser decisiones de un cristiano, proceden además de una reflexión personal, que intenta humildemente captar la voluntad de Dios en esos detalles pequeños y grandes de la vida». Y he aquí, en este punto, la característica aversión de Monseñor Escrivá de Balaguer por todo tipo de clericalismo: «Pero a ese cristiano jamás se le ocurre creer o decir que él baja del templo al mundo para repre­sentar a la Iglesia, y que sus soluciones son las soluciones católicas a aquellos problemas. Esto no puede ser, hijos míos. Esto sería cle­ricalismo, catolicismo oficial o como queráis llamarlo. En cualquier caso, es hacer violencia a la naturaleza de las cosas».

Esta pasión por la libertad que brotaba en él por su vital inser­ción en la unidad orgánica del Cuerpo místico de Cristo, la Iglesia, y que se proyectaba en la madurez de los seglares formados en su escuela, es una herencia rica y fecunda que el fundador del Opus Dei deja confiada a los socios y a todos los cristianos conscientes; de ese modo puede darse vida a un legítimo y prudente pluralismo, tal como lo ha deseado el Concilio Ecuménico. Escribía a los socios:

«Tenéis que difundir por todas partes una verdadera mentalidad laica que ha de llevar a tres conclusiones: a ser lo suficientemente honrados, para pechar con la propia responsabilidad personal; a ser lo suficientemente cristianos, para respetar a los hermanos en la fe, que proponen en materias opinables– soluciones diversas a la que cada uno de nosotros sostiene, y a ser lo suficientemente católicos, para no servirse de Nuestra Madre la Iglesia, mezclándola en banderías humanas».

Estas ideas explican el por qué los hijos y alumnos espirituales de Monseñor Escrivá de Balaguer son unánimes y solidarios en los ideales de santidad y apostolado, mientras adoptan las más diversas posiciones en el campo político e ideológico, manifestando así por tanto un amplio pluralismo de opciones humanas. El secreto está en que, como dice el fundador, en las cosas temporales «están de acuerdo en no estar de acuerdo», coincidiendo solamente en la común fe cristiana y en la búsqueda de la santidad en medio del mundo.

EL «MATERIALISMO» CRISTIANO

El segundo concepto –el valor cristiano de la vida ordinaria es expresado así en la homilía programática de 1967: «Yo solía decir a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mi por los años treinta (observemos aquí que faltaban otros tantos años y más para la Constitución pastoral Gaudium et Spes) que tenían que saber materializar la vida espiritual. Quería apartarlos así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas».

« ¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésta es la que tiene que ser –en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios: a ese Dios invisible lo encontramos en las cosas más visibles y materiales.»

E insistía, consciente de la novedad de ese planteamiento: «El auténtico sentido cristiano –que profesa la resurrección de toda carne– se enfrentó siempre, como es lógico, con la desencarnación, sin temor a ser juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano, que se opone audazmente a los mate­rialismos cerrados al espíritu».

Con la originalidad y la ortodoxia de este programa de profesión cristiana y de santidad, Monseñor Escrivá de Balaguer neutralizaba con anticipación las diversas teologías reductoras de las realidades temporales que han pululado como parásitos en torno del árbol frondoso de la Gaudium et Spes.

SANTIFICACIÓN DEL TRABAJO

La tercera novedad espiritual a la que antes aludía es la impor­tancia teológica que se da al trabajo profesional, a las ocupaciones cotidianas de los cristianos que viven en medio del mundo. El tra­bajo, en la enseñanza del fundador del Opus Dei, es la materia prima que hay que santificar, el instrumento de la santificación propia y de la santificación de los demás. Así la vida del cristiano no se hace con idealismos descarnados, sino que es un esfuerzo concreto de colaboración en la construcción de una sociedad más justa, un esfuerzo que ennoblece todas las actividades humanas, desde las más vistosas a las más humildes e inadvertidas. Después de haber citado párrafos de las epístolas de San Pablo («Todas las cosas son vuestras; vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios», «Ya comáis, ya bebáis, hacedlo todo para la gloria de Dios».) Monseñor Escrivá decía: «Esta doctrina de la Sagrada Escritura, que se encuentra –como sabéis– en el núcleo mismo del espíritu del Opus Dei, os ha de llevar a realizar vuestro trabajo con perfección, a amar a Dios y a los hombres al poner amor en las cosas pequeñas de vuestra jornada habitual, descubriendo ese algo divino que en los detalles se encierra».

En otra de las conversaciones espirituales del fundador con los socios del Opus Dei, una homilía que lleva por título Hacia la santidad, escribe: «Cuando la fe vibra en el alma, se descubre, en cam­bio, que los pasos del cristiano no se separan de la misma vida huma­na corriente y habitual. Y que esta santidad grande, que Dios nos reclama, se encierra aquí y ahora, en las cosas pequeñas de cada jornada».

«Me gusta hablar de camino, porque somos viadores, nos diri­gimos a la casa del Cielo, a nuestra Patria. Pero mirad que un cami­no, aunque puede presentar trechos de especiales dificultades, aun­que nos haga vadear alguna vez un río cruzar un pequeño bosque casi impenetrable, habitualmente es algo corriente, sin sorpresas. El peligro es la rutina: imaginar que en esto, en lo de cada instante, no está Dios, porque es tan sencillo, tan ordinario».

SANTA CRUZ Y OPUS DEI

¿Quiénes son, por tanto, los socios del Opus Dei, esos que encar­nan este mensaje nuevo –y sin embargo, tan sencillo y natural – de la santificación del trabajo ordinario? Encontramos la respuesta en otra homilía: «Quienes han seguido a Jesucristo conmigo pobre pecador– son: un pequeño tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una profesión o un oficio laical; un gran número de sacerdotes seculares de muchas diócesis del mundo… y la gran muchedumbre formada por hombres y mujeres de diversas nacio­nes, de diversas lenguas, de diversas razas– que viven de su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros muchos otros, que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más huma­na y más justa la sociedad temporal; en la noble lid de los afanes diarios, con personal responsabilidad –repito–, experimentando con los demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos. Y todo con naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de selectos, fundidos en la masa de sus colegas, mientras procuran detectar los brillos divinos que reverberan en las reali­dades más vulgares».

Entre tantos millares de personas que han seguido el ejemplo y la enseñanza de Monseñor Escrivá de Balaguer, dos están en cami­no de ser elevados a los altares: se trata de un ingeniero argentino, Isidoro Zorzano, y de una joven española, Montserrat Grases, de los cuales se me ha dicho que se encuentra en fase avanzada el proceso de beatificación.

Artículo publicado en AVVENIRE

Santificación del trabajo

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

El Cardenal Luciani, en uno de sus habituales artículos en 11 Gazzettino de Venecia, trazó unas líneas maestras sobre la espiritualidad de Mons. Escrivá de Balaguer. Juan Pablo 1, el Papa sonriente, como le llamarían pocas semanas más tarde muchísimas personas, describía así el mensaje del Fundador del Opus Dei:

«Escrivá de Balaguer, con el Evangelio, dijo continuamente: Cristo no nos pide un poco de santidad, sino mucha santidad. Quiere, sin embargo, que la alcancemos, no con acciones extraordinarias, sino a través de las acciones corrientes; es el modo de realizarlas el que no debe ser común. En medio de la calle, en la oficina, en la fábrica, nos santificamos, con tal de que desarrollemos con competcncia nuestros deberes, por amor a Dios y con alegría, de modo que el trabajo de cada día no sea la “tragedia cotidiana”, sino casi la “sonrisa cotidiana”.

»Cosas similares –continúa el Cardenal Lucianihabía enseñado trescientos años antes San Francisco de Sales (…). Escrivá de Balaguer, sin embargo, le supera en muchos aspectos. También San Francisco de Sales propugna la santidad para todos, pero parece enseñar sólo una “espiritualidad para los laicos”, mientras que Mons. Escrivá quiere una “espiritualidad laical”. Francisco sugiere casi siempre a los laicos los mismos medios practicados por los religiosos con las adaptaciones oportunas. Escrivá de Balaguer es más radical: habla incluso de materializar –en el buen sentido– la santificación. Para él es el mismo trabajo material el que debe transformarse en oración y santidad».

La libertad ganada por Cristo en la Cruz

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Aproximación teológica a algunas enseñanzas de San Josemaría Escrivá sobre la libertad

“Nuestra única finalidad es espiritual y apostólica, y tiene un resello divino: el amor a la libertad, que nos ha conseguido Jesucristo muriendo en la Cruz (cfr. Galat. IV, 31)” nota(’33′,’8.0′,’1′,’1′) 1.

1. Introducción

La libertad es un tema tan central en la vida y en las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá, que solía recordar en muchas ocasiones a quienes el Señor llamó con su misma vocación: “Os dejo como herencia, en lo humano, el amor a la libertad y el buen humor” nota(’33′,’8.0′,’1′,’2′) 2.

Este amor a la libertad se advierte ya desde el comienzo mismo de la misión recibida de Dios nota(’33′,’8.0′,’1′,’3′) 3, y es considerado por el Beato Josemaría como un resello divino nota(’33′,’8.0′,’1′,’4′) 4. No existe solución de continuidad a lo largo de su vida. En la primavera de 1974, un año antes de que el Señor le llamara a Sí, en un encuentro con jóvenes de muchas naciones expresaba las mismas convicciones de modo informal, con viveza y simpatía: “en el siglo pasado, nuestros abuelos –los míos, digamos vuestros bisabuelos– eran tan encantadores que luchaban de verdad por la libertad personal. (…) Tenían toda una ilusión romántica, se sacrificaban y luchaban por alcanzar esa democracia con la que soñaban, y una libertad personal con responsabilidad personal. Así hay que amar la libertad: con responsabilidad personal. (…) voy como Diógenes con el farol, buscando la libertad y no la encuentro en ninguna parte (…) Pienso que soy el último romántico, porque amo la libertad personal de todos –la de los no católicos también–” nota(’33′,’8.0′,’1′,’5′) 5.

Un elemento central de su pensamiento es la convicción de que en lo humano el mayor don recibido de Dios es la libertad y que esa es la característica principal de las personas. Pero el Beato Josemaría fue maestro de libertad no de modo sólo teórico o especulativo, sino en cuanto que vivió intensamente la libertad y la defendió con constancia heroica. Así lo han testimoniado muchas personas que le conocieron nota(’33′,’8.0′,’1′,’6′) 6, y de modo particular sus sucesores al frente del Opus Dei, los Obispos Mons. Alvaro del Portillo nota(’33′,’8.0′,’1′,’7′) 7 y Mons. Javier Echevarría nota(’33′,’8.0′,’1′,’8′) 8. También han destacado este rasgo fuerte del Beato Josemaría las diversas semblanzas publicadas desde 1975 y la biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada nota(’33′,’8.0′,’1′,’9′) 9.

Los escritos del Beato Josemaría no contienen una pura teoría sobre la libertad, sino que ponen sobre el papel cómo la comprendió a fuerza de hechos concretos de su propia vida nota(’33′,’8.0′,’1′,’10′) 10. Yo diría que su estilo es más existencial y autobiográfico que especulativo, y revela una singular clarividencia, rapidez y profundidad de intuición intelectual. El filósofo italiano Cornelio Fabro, que le llamó “maestro de libertad cristiana” nota(’33′,’8.0′,’1′,’11′) 11, ha titulado un estudio sobre las publicaciones del Beato Josemaría con las palabras Con el temple de los Padres, para señalar su semejanza con las obras de los Padres de la Iglesia nota(’33′,’8.0′,’1′,’12′) 12. En la patrística se advierte una fuerte unión entre vida y doctrina: se empieza a desarrollar una cierta reflexión, que forma parte de la vida cristiana de los Padres, que han de transmitir fielmente la Verdad revelada, que es Vida, en las circunstancias determinadas de su tiempo.

Quizá precisamente por esas características que van más allá del ámbito académico, el Fundador del Opus Dei ha merecido la atención de estudiosos de varios saberes humanísticos: de teólogos, filósofos, juristas, pedagogos, etc. nota(’33′,’8.0′,’1′,’13′) 13 En el campo filosófico-teológico en que quiere moverse mi estudio, tengo que mencionar a varios autores sin ánimo de ser exhaustivo: C. Fabro, ya citado, volvió sobre el tema en El primado existencial de la libertad nota(’33′,’8.0′,’1′,’14′) 14; Mons. Fernando Ocáriz nota(’33′,’8.0′,’1′,’15′) 15, con sus trabajos sobre la filiación divina; el Prof. Antonio Aranda nota(’33′,’8.0′,’1′,’16′) 16; Carlos Cardona, tanto en sus comentarios a obras del Beato Josemaría como en sus propios trabajos sobre la libertad; Alejandro Llano nota(’33′,’8.0′,’1′,’17′) 17; Leonardo Polo nota(’33′,’8.0′,’1′,’18′) 18; Joan Baptista Torelló nota(’33′,’8.0′,’1′,’19′) 19 y otros nota(’33′,’8.0′,’1′,’20′) 20.

2. Contexto histórico

Para profundizar en las enseñanzas del Beato Josemaría y valorarlas debidamente, es necesario ofrecer unas pinceladas breves sobre la suerte de la libertad en la cultura de su tiempo. Muchas veces su afirmación de la libertad procedía de su defensa ante hechos concretos de la vida de muchos países. Siendo un maestro de vida cristiana, percibía con profundidad los cambios de la cultura en la que vivía. Se trata aquí sólo de ofrecer un marco general de referencia.

2.1. El progresivo aprecio de la libertad

Una de las realidades más importantes en juego en los cambios culturales modernos y contemporáneos es sin duda la libertad, junto a la autenticidad. Lo ha puesto de relieve Charles Taylor en su conocida obra Las fuentes del yo, aunque él mismo no parece concluir su diagnóstico de la modernidad nota(’33′,’8.0′,’1′,’21′) 21.

En los últimos siglos ha tenido lugar un progresivo descubrimiento del valor y de la radicalidad de la libertad. En el plano existencial de las personas singulares y de la sociedad, se ha consolidado una fuerte conciencia de la dignidad de la persona y de sus derechos, a la vez que se ha afirmado la autonomía relativa de las realidades terrenas. En el centro de todo este proceso se encuentra la experiencia vivida de la libertad, en el plano personal y en el de la vida social y política. Esta mayor conciencia del alcance de la libertad y de su valor se refleja en los textos jurídicos, en la literatura y en los desarrollos especulativos. A mi modo de ver, se trata de un largo proceso de maduración de algunas verdades cristianas, que ha requerido siglos de historia para manifestar cada vez más plenamente sus virtualidades.

Como es lógico, la profundización en la libertad ha estado siempre acompañada de escorias relacionadas con el pecado. En el orden teórico, muchos filósofos tienden –a mi juicio, acertadamente– a ver la libertad como centro del hombre. Pero a causa de un antropocentrismo cerrado a la trascendencia, muchas veces la conciben como algo absoluto, que se fundamenta a sí mismo o que no necesita de fundamento alguno: es decir, se llega hasta el extremo de ver la libertad como fundante y no fundada. Esa autonomía antropocéntrica contiene un rechazo del realismo metafísico –profundamente humano y reforzado por el cristianismo–, de la aceptación del ser comunicado por Dios a las criaturas. El acto de ser es fuente de actividad, y cuando es de orden espiritual, es un ser personal que con el libre dinamismo se perfecciona y se dirige hacia su plenitud. Por eso sucede la extraña paradoja, frecuente en la modernidad, de una fuerte percepción de la libertad, que luego se malogra tristemente de diversos modos. Se comprende, porque la libertad se pierde cuando se rechaza su fundamento metafísico, como se puede ver en dos orientaciones importantes de numerosos pensadores modernos y contemporáneos.

Así en el racionalismo, que prefiere la subjetiva claridad de las simples esencias al ser de la realidad misma, la libertad acaba reducida a la necesidad conocida del sistema, es decir a la conciencia de la propia necesidad (por ejemplo, en cuanto modos de la única sustancia, del Deus sive Natura de Spinoza). La realidad, como conjunto de esencias relacionadas a modo de sistema matemático perfectamente aferrable por la razón humana, no deja espacio a la libertad, que constituye un escándalo irracional para el sistema determinista (Leibniz). El ser, con todo el dinamismo que de él surge, ha sido rechazado al preferir unas esencias claras y distintas, más fácilmente manejables por el hombre en su dominio del mundo, porque el ser no es perfectamente disponible.

Otra forma importante y extrema del olvido y rechazo del ser acaece en las concepciones de la realidad que, en lugar de las esencias, prefieren la existencia como conjunto de hechos y acciones sin un sujeto enraizado en el ser. Posición que podría calificarse de factualismo existencialista. En este caso, la realidad se compone de hechos que se suceden sin surgir de una fuente en la que encuentran una unidad y un significado. La libertad se disuelve en la espontaneidad de actos desconectados y sin sentido. El tener que decidir –con su aneja responsabilidad– deviene un peso insoportable, una condena (Sartre). La temporalidad deja de ser una eternidad participada, para convertirse en un sucederse lúdico o esteticista de actos puntuales y aislados nota(’33′,’8.0′,’1′,’22′) 22. También en este caso la exaltación de la libertad conduce paradójicamente a su pérdida.

2.2. La mentalidad de partido único

El Beato Josemaría Escrivá, evitando siempre tomar posiciones políticas concretas, defendió la libertad cristiana ante lo que llamaba “mentalidad de partido único” tanto en el campo social y político, como en el apostólico.

En el campo político, después de la exaltación de una libertad individualista propia del liberalismo, a lo largo del siglo XX se sucedieron ideologías y experiencias políticas que tuvieron en común la negación de la libertad personal. Totalitarismos en sentido estricto, como el comunismo y el nacionalsocialismo; y otras formas políticas de excesiva limitación de la libertad, dominadas por un partido único. Con su sentido cristiano de la libertad, el Beato Josemaría rechazó con mucha energía esa conculcación de la persona humana y de su libertad y responsabilidad, haciéndose siempre eco de las declaraciones del Magisterio de la Iglesia en este campo.

Ante el fenómeno de masas despersonalizadas producido por estas tendencias de la vida política y por diversas causas culturales, difundió la inquietud cristiana por extraer de la masa anónima a las personas, para que asumiesen su libertad y responsabilidad personales, sin conformarse a los intentos tiránicos de sofocarlas.

2.3. Clericalismo y miedo a la libertad

También en el ámbito de la vida eclesial se daban fenómenos de escasa conciencia de lo que supone la libertad cristiana: personas y grupos con mentalidad de partido único, en el ámbito del apostolado y de la actuación de los católicos en la vida pública; gentes que se sentían con la misión de ofrecer una única solución católica a los problemas del ámbito temporal; concepciones de la dirección espiritual como una guía que sustituía a la conciencia cristiana de cada uno de los fieles. Quizá la reacción a los excesos del liberalismo engendró en algunos ambientes estas actitudes de miedo a la libertad y de renuncia a tomarse responsabilidades.

El Fundador del Opus Dei percibía claramente que se trataba de una deformación cristiana y de un oscurecimiento de la libertad. Si el clericalismo en general consiste en la indebida ingerencia de los clérigos en aquellos ámbitos que son competencia de los laicos, el Beato Josemaría supo detectar numerosas manifestaciones de este clericalismo y su relación con la mentalidad de partido único, que nace cuando se intenta ofrecer una única solución cristiana a los problemas contingentes y opinables. Su planteamiento de la vida cristiana, defendiendo la libertad de cada persona, tuvo que ir contra corriente, porque era consciente de la tentación de clericalismo presente en quien cree o dice que “baja del templo al mundo para representar a la Iglesia, y que sus soluciones son las soluciones católicas a aquellos problemas. ¡Esto no puede ser, hijos míos! Esto sería clericalismo, catolicismo oficial o como queráis llamarlo. En cualquier caso, es hacer violencia a la naturaleza de las cosas” nota(’33′,’8.0′,’1′,’23′) 23.

No era un punto marginal. El Fundador del Opus Dei tenía una firme convicción de que las personas afectadas por esa mentalidad no podían entender la misión que había recibido de Dios de manifestar la grandeza de la vida ordinaria.

2.4. Profundización católica en la libertad en el s. XX

A lo largo del siglo XX bastantes teólogos y filósofos cristianos han ido profundizando en el sentido cristiano de la libertad. Esta ganancia ha dado sus frutos en los desarrollos doctrinales del Concilio Vaticano II, en los que tiene un cierto peso la expresión paulina “la libertad de la gloria de los hijos de Dios” (Rom 8, 21). Después no han faltado extremismos en la línea de asumir un liberalismo fuerte o en la, aparentemente opuesta, de algunas formas de teología de la liberación de orientación marxista. Digo “aparentemente opuesta”, porque ambas tienen una matriz común de antropocentrismo de cerrada inmanencia.

En el ámbito estrictamente académico se ha constatado entre pensadores cristianos la tendencia a un sentido más alto de la libertad que el usual en la teología y filosofía escolásticas de la primera mitad del siglo XX. La idea de libertad como mera propiedad de la facultad volitiva espiritual producía insatisfacción y se intentaba verla como una expresión de toda la persona. Como escribe Alejandro Llano, “la decisión libre implica existencialmente al ser humano de modo más profundo y global que el propio conocimiento” nota(’33′,’8.0′,’1′,’24′) 24, o como señala Paul Ricoeur, al decidir yo me decido, poniendo en mi decisión todo el peso de mi ser.

También la noción de libertad como pura capacidad de elegir medios se mostró reductiva y muchos autores –por ejemplo, Joseph de Finance nota(’33′,’8.0′,’1′,’25′) 25 o Karol Wojtyla nota(’33′,’8.0′,’1′,’26′) 26-– subrayaron la autodeterminación o autotrascendencia hacia la perfección y la plenitud, que se manifiestan especialmente en la donación, punto en el que también convergen filósofos bastante diversos como Leonardo Polo, Carlos Cardona nota(’33′,’8.0′,’1′,’27′) 27 o Robert Spaemann nota(’33′,’8.0′,’1′,’28′) 28.

Se quería superar una visión unilateral, puramente estática de la metafísica y un extrinsecismo del obrar respecto al ser. Se trataba, en el fondo, de sacar las consecuencias de la superación del formalismo y por tanto de verlo todo desde el punto de vista de la perfección por excelencia que es el ser, siempre que este no sea considerado como simple existencia o estado de realidad, como han mostrado Cornelio Fabro o Etienne Gilson.

La actualidad y energía del ser participado no queda completamente encerrada en los límites de la esencia, sino que hace que de ésta fluyan las potencias activas, las capacidades operativas o facultades, que tienen más razón de acto que de potencia. El ser es siempre fuente de actividad, y en Dios es idéntico a su obrar inmanente de sabiduría y de amor.

A la luz de este esfuerzo especulativo en la teología y en la filosofía, la libertad como capacidad de elegir remite a algo más fundamental que es el ser libre de la persona. Con mayor o menor precisión esta perspectiva se observa en no pocas obras de antropología filosófica y teológica y, en general, en el modo de abordar reflexivamente numerosos temas de la vida cristiana.

En el contexto de los “maestros de vida cristiana” del siglo XX, el ejemplo y las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá han tenido un influjo que los historiadores podrán determinar más adelante. Su conciencia explícita de la “libertad personal”, de la “libertad de los hijos de Dios”, de la “libertad responsable” estaba constantemente presente en sus actuaciones y palabras.

Además de los factores de su educación familiar, de su propia personalidad humana y cristiana, y probablemente también de su formación jurídica, pienso que su penetración en la libertad se debe sobre todo a la luz fundacional recibida de Dios y a su propia experiencia cristiana. No parece, desde luego, tener su origen en la mentalidad dominante en el ambiente eclesiástico en que se formó, ya que, como he anotado, mucho tuvo que luchar por defender la libertad personal. En los años posteriores al Concilio Vaticano II, supo defender la libertad personal cristiana frente a las deformaciones propias de una libertad desligada de Cristo y de la verdad: las formas de teología de la liberación inspiradas en el marxismo y la reducción de la libertad a libertinaje.

Cornelio Fabro lo ha expresado así: “Hombre nuevo para los tiempos nuevos de la Iglesia del futuro, Josemaría Escrivá de Balaguer ha aferrado por una especie de connaturalidad –y también, sin duda, por luz sobrenatural– la noción originaria de libertad cristiana. Inmerso en el anuncio evangélico de la libertad entendida como liberación de la esclavitud del pecado, confía en el creyente en Cristo y, después de siglos de espiritualidades cristianas basadas en la prioridad de la obediencia, invierte la situación y hace de la obediencia una actitud y consecuencia de la libertad, como un fruto de su flor o, más profundamente, de su raíz” nota(’33′,’8.0′,’1′,’29′) 29.

3. La libertad de los hijos de Dios y su relación con la Cruz

El pensamiento del Beato Josemaría Escrivá se refiere a la libertad personal y a sus consecuencias: a la libertad radical o fundamental y a las libertades aplicadas, por decirlo con una expresión bastante usual. Son dos aspectos que se entrecruzan y son inseparables. Como he dicho al inicio, uno de los méritos del Fundador del Opus Dei consiste precisamente en haber unido doctrina y vida, en este tema como en muchos otros. Por lo tanto, en haber puesto de relieve bastantes concreciones de la libertad en diversos campos, en unos momentos en los que la tendencia general de la cultura no iba en ese sentido. En la bibliografía citada anteriormente en varias notas abundan las reflexiones sobre estos puntos. Sin embargo, no hay en esos escritos un estudio que afronte directamente la relación entre la libertad y la Cruz, que será el objeto central de este artículo.

Algunos textos invitan a hacerlo. Por ejemplo, entre otros, esta declaración del autor en la primavera de 1974 afirmando que el elemento más decisivo de su amor a la libertad es la muerte de Cristo en la Cruz: “Amo la libertad de los demás, la vuestra, la del que pasa ahora mismo por la calle, porque si no la amara, no podría defender la mía. Pero ésa no es la razón principal. La razón principal es otra: que Cristo murió en la Cruz para darnos la libertad, para que nos quedáramos in libertatem gloriae filiorum Dei (Rom. 8, 21)” nota(’33′,’8.0′,’1′,’30′) 30.

El Beato Josemaría usaba mucho la expresión la libertad de los hijos de Dios. De este modo ponía el acento en la relación de la libertad con la filiación divina, que Dios le había hecho ver como fundamento de su vida espiritual. Por eso decía: “¡cada día aumentan mis ansias de anunciar a grandes voces esta insondable riqueza del cristiano: la libertad de la gloria de los hijos de Dios! (Rom. 8, 21)” nota(’33′,’8.0′,’1′,’31′) 31. Pero igualmente característico es su modo de ver la libertad como don divino que nos llega a través de la Cruz. Así escribe sobre “el amor a la libertad, que nos ha conseguido Jesucristo muriendo en la Cruz (cfr. Galat. 4, 31)” nota(’33′,’8.0′,’1′,’32′) 32.

A veces aparecen juntos los dos aspectos: la libertad de los hijos de Dios y la referencia a Cristo redentor en la Cruz, remitiendo a los textos paulinos ya citados de Romanos y Gálatas: “Hijos míos, somos una numerosa y variadísima familia, que crece y se desarrolla in libertatem gloriae filiorum Dei (Rom. 8, 21), qua libertate Christus nos liberavit (Galat. 4, 31), en la libertad gloriosa que Jesucristo nos ha adquirido redimiéndonos de toda servidumbre. Nuestro espíritu es de libertad personal” nota(’33′,’8.0′,’1′,’33′) 33.

En su modo de pensar la conexión entre libertad y Cruz confluyen su estudio de la teología, la meditación personal, algunas experiencias espirituales especialmente intensas, y sobre todo su sentido de la filiación divina. Por este motivo algunos de los textos más incisivos se encuentran en escritos que manifiestan muy directamente el encuentro personal del Beato Josemaría con Cristo, como son sus comentarios a las estaciones del Via Crucis nota(’33′,’8.0′,’1′,’34′) 34 y a los misterios dolorosos del Santo Rosario nota(’33′,’8.0′,’1′,’35′) 35.

3.1. Estar en la Cruz es ser Cristo y, por tanto, hijo de Dios.

Antes de entrar en esos textos y para enmarcarlos, quisiera referirme a una profundización del Beato Josemaría expuesta en una meditación del 28 de abril de 1963. Son palabras que muestran la densidad antropológica y teológica de su oración: “Cuando el Señor me daba aquellos golpes, por el año treinta y uno, yo no lo entendía. Y de pronto, en medio de aquella amargura tan grande, esas palabras: tú eres mi hijo (Ps. 2, 7), tú eres Cristo. Y yo sólo sabía repetir: Abba, Pater!; Abba, Pater!; Abba!, Abba!, Abba! Ahora lo veo con una luz nueva, como un nuevo descubrimiento: como se ve, al pasar los años, la mano del Señor, de la Sabiduría divina, del Todopoderoso. Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón –lo veo con más claridad que nunca– es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios” nota(’33′,’8.0′,’1′,’36′) 36.

El Fundador del Opus Dei se refiere a un periodo de grandes tribulaciones interiores y exteriores. Pero en esos momentos no le falta el consuelo del Señor. Precisamente entonces Dios le concede nuevas luces sobre la misión recibida. Una de ellas tiene lugar el 7 de agosto de 1931 y se refiere a la Cruz. Durante la Santa Misa, en el momento de la elevación de la Sagrada Hostia, el Señor pone en su pensamiento las palabras del Evangelio de San Juan: “et si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad me ipsum” (Jn 12, 32), con un significado preciso: “Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios, quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana… Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas” nota(’33′,’8.0′,’1′,’37′) 37. Se trata de una iluminación sobre el modo de colaborar con nuestro trabajo a la acción de Cristo en la Cruz que atrae todo hacia Sí y hacia el Padre. El cristiano, santificando su existencia secular ordinaria, hace presente la exaltación redentora de Cristo nota(’33′,’8.0′,’1′,’38′) 38.

Poco tiempo después, el 16 de octubre de 1931, tiene lugar el hecho al que se refería en la meditación del 28 de abril de 1963: “Sentí la acción del Señor, que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba! Pater! Estaba yo en la calle, en un tranvía (…). Probablemente hice aquella oración en voz alta.

Y anduve por las calles de Madrid, quizá una hora, quizá dos, no lo puedo decir, el tiempo se pasó sin sentirlo. Me debieron tomar por loco. Estuve contemplando con luces que no eran mías esa asombrosa verdad, que quedó encendida como una brasa en mi alma, para no apagarse nunca” nota(’33′,’8.0′,’1′,’39′) 39.

Como hemos anunciado, con el pasar de los años el Beato Josemaría ve esa intervención divina con mayor hondura. El texto de 1963 ya citado contiene el núcleo de su profundización: “Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón –lo veo con más claridad que nunca– es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios”. Las luces recibidas de Dios, entreveradas con los sucesos de su vida, le han llevado al descubrimiento personal de que estar en la Cruz es ser Cristo y, por tanto, hijo de Dios.

Esta formulación tan concisa es de una notable densidad teológica. En ella la filiación divina queda vinculada a la identificación con Cristo, al ser ipse Christus nota(’33′,’8.0′,’1′,’40′) 40. Ese ser Cristo tiene un sentido sacramental. Por el bautismo y por los demás sacramentos, mediante la acción del Espíritu Santo el hombre deviene Cristo, se hace cristiforme, miembro de Cristo. Pero además esa realidad de la nueva criatura nota(’33′,’8.0′,’1′,’41′) 41 se proyecta en toda la vida y tiende a crecer y a manifestarse en todas las acciones, actuando como Cristo, o dicho de otro modo, dejando – mediante nuestra libertad – que Cristo actúe en nosotros, juntamente con la fuerza operativa del Paráclito.

Por eso, así como el momento culminante de la obediencia de Cristo a la voluntad del Padre es su sacrificio en la Cruz, también todo cristiano se identifica especialmente con Cristo cuando lleva la Cruz detrás del Maestro. Esta identificación se actualiza y crece cada vez que, movidos por el Espíritu Santo, nos ofrecemos con Cristo al Padre en la celebración del Sacrificio eucarístico, que hace presente de nuevo en un punto del espacio y del tiempo el mismo Sacrificio del Calvario. Allí, de modo sacramental, el cristiano ejerce y refuerza su ser hijo de Dios Padre en el Hijo – somos hijos en el Hijo –, formando una sola cosa con Cristo.

No es extraño que Dios haya querido mostrar al Fundador del Opus Dei la conexión entre la celebración de la Santa Misa y la identificación con Cristo, haciéndole sentir de algún modo el cansancio del Hijo de Dios en la Cruz: “Después de tantos años, aquel sacerdote hizo un descubrimiento maravilloso: comprendió que la Santa Misa es verdadero trabajo: operatio Dei, trabajo de Dios. Y ese día, al celebrarla, experimentó dolor, alegría y cansancio. Sintió en su carne el agotamiento de una labor divina. A Cristo también le costó esfuerzo la primera Misa: la Cruz” nota(’33′,’8.0′,’1′,’42′) 42.

Existen otros testimonios de diversos periodos de su vida acerca de esa intensidad y del consiguiente cansancio. De todos modos, sobre ese día mencionado dijo: “A mí nunca me ha costado tanto la celebración del Santo Sacrificio como ese día, cuando sentí que también la Misa es Opus Dei. Me dio mucha alegría” nota(’33′,’8.0′,’1′,’43′) 43. Dios quiso hacerle entender con mayor profundidad que la identificación con Cristo, que ejerce su libertad cumpliendo la voluntad del Padre dejándose clavar en la Cruz, tiene lugar radicalmente en la Santa Misa.

Partiendo de la Cruz y por tanto del Santo Sacrificio de la Eucaristía, nuestra filiación divina se prolonga en todos los actos de la existencia cotidiana vividos en obediencia amorosa a la voluntad del Padre. Entonces se realiza lo que el Beato Josemaría afirmaba en el texto ya citado: “Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría”. El hombre siente la alegría de saberse hijo de Dios en Cristo, saborea –aun en medio del dolor– la felicidad de amar a Dios y a los demás, el gozo de saber que todas las acciones, incluso las más materiales, sirven para poner en alto la Cruz de Cristo que atrae todo hacia Sí.

3.2. La libertad del Hijo Unigénito culminada en la Cruz

Se diría que hasta ahora no ha aparecido la libertad. Ciertamente, de manera explícita no, pero en esa felicidad y alegría, en la condición de hijo de Dios y no de esclavo, se adivina el sentido más profundo de la libertad.

Consideremos ahora la libertad de Cristo, expresada en el cuarto Evangelio: “Por eso mi Padre me ama, porque doy mi vida para tomarla otra vez. Nadie me la arranca, sino que yo la doy de mi propia voluntad, y yo soy dueño de darla y dueño de recobrarla” nota(’33′,’8.0′,’1′,’44′) 44. Y comenta el Beato Josemaría: “Nunca podremos acabar de entender esa libertad de Jesucristo, inmensa –infinita– como su amor” nota(’33′,’8.0′,’1′,’45′) 45. Estas palabras nos invitan a meternos en el claroscuro de la sabiduría y del amor de la Vida divina.

Al Beato Josemaría le gusta considerar cómo en todos los misterios de la Revelación “aletea ese canto a la libertad”. La creación es ya “un libre derroche de amor”. Y es también el amor gratuito y libérrimo de Dios el motivo de la Redención.

Su trato con cada una de las Personas divinas le lleva a exponer su visión de la economía de la salvación partiendo de la vida intratrinitaria de sabiduría y de amor, y terminando en el misterio pascual de la Muerte y Resurrección del Verbo encarnado. “Dios es Amor” nota(’33′,’8.0′,’1′,’46′) 46. “El abismo de malicia, que el pecado lleva consigo, ha sido salvado por una Caridad infinita. Dios no abandona a los hombres. Los designios divinos prevén que, para reparar nuestras faltas, para restablecer la unidad perdida, no bastaban los sacrificios de la Antigua Ley: se hacía necesaria la entrega de un Hombre que fuera Dios. Podemos imaginar –para acercarnos de algún modo a este misterio insondable– que la Trinidad Beatísima se reúne en consejo, en su continua relación íntima de amor inmenso y, como resultado de esa decisión eterna, el Hijo Unigénito de Dios Padre asume nuestra condición humana, carga sobre sí nuestras miserias y nuestros dolores, para acabar cosido con clavos a un madero” nota(’33′,’8.0′,’1′,’47′) 47.

La referencia a la Vida trinitaria –con su libertad amorosa– y a las misiones visibles e invisibles del Hijo y del Espíritu Santo es una luz intensa que ilumina toda su predicación: “El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima, para que, encarnándose, muera por nosotros y nos redima. El mismo Padre amoroso que ahora nos atrae suavemente hacia Él, mediante la acción del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones” nota(’33′,’8.0′,’1′,’48′) 48.

Para acercarse al misterio eucarístico –al hacerse presente una y otra vez el único Sacrificio del Calvario, en el que Cristo revela de modo máximo el amor misericordioso– el Beato Josemaría parte también del amor y libertad propios de la vida trinitaria: “Esta corriente trinitaria de amor por los hombres se perpetúa de manera sublime en la Eucaristía. (…) Hablaba de corriente trinitaria de amor por los hombres. Y ¿dónde advertirla mejor que en la Misa? La Trinidad entera actúa en el santo sacrificio del altar. (…) Toda la Trinidad está presente en el sacrificio del Altar. Por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, el Hijo se ofrece en oblación redentora” nota(’33′,’8.0′,’1′,’49′) 49.

La libertad de Cristo, en la predicación del Beato Josemaría Escrivá, se entiende en este contexto del amor trinitario. El Hijo tiene el mismo señorío, amor y libertad que el Padre, porque es de su misma naturaleza. Su amor al Padre le lleva a ejercitar ese señorío y dominio cumpliendo la voluntad del Padre. Libertad y señorío que se traducen en servicio y donación desde el nacimiento hasta la Cruz.

En el nacimiento se revela esta lógica de la libertad divina, que lleva a la donación y a la kénosis, que interpela a la libertad de cada hombre. “Dios se humilla para que podamos acercarnos a Él, para que podamos corresponder a su amor con nuestro amor, para que nuestra libertad se rinda no sólo ante el espectáculo de su poder, sino ante la maravilla de su humildad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’50′) 50.

La libertad como donación por parte de Dios contiene la paradoja fundamental del cristianismo: el anonadamiento y kénosis del Verbo; paradoja que llega a su tensión más alta en la Cruz, donde Cristo ejercita de modo sublime y con libertad plena su amor infinito a la voluntad del Padre y a la liberación de todos los hombres mediante su Pasión y Muerte, que le llevará a la victoria de la Resurrección. La corriente trinitaria de amor llega al colmo en la Pasión. “Cuando llega la hora marcada por Dios para salvar a la humanidad de la esclavitud del pecado, contemplamos a Jesucristo en Getsemaní, sufriendo dolorosamente hasta derramar un sudor de sangre (Cfr. Lc 22, 44), que acepta espontánea y rendidamente el sacrificio que el Padre le reclama” nota(’33′,’8.0′,’1′,’51′) 51. Esta aceptación espontánea y rendida es ejercicio altísimo de la libertad y del señorío de querer servir a toda la humanidad.

Por eso, en la meditación personal del Beato Josemaría sobre la Pasión aparecen los textos quizá más sublimes sobre la libertad de Cristo como donación absoluta y como revelación del amor trinitario que está por encima de todo mal.

Así en su comentario a la X estación del Via Crucis se expresa de modo muy intenso la paradoja de la libertad de Cristo en la Cruz: “Al llegar el Señor al Calvario, le dan a beber un poco de vino mezclado con hiel, como un narcótico, que disminuya en algo el dolor de la crucifixión. Pero Jesús, habiéndolo gustado para agradecer ese piadoso servicio, no ha querido beberlo (cfr. Mt 27, 34). Se entrega a la muerte con la plena libertad del amor” .

En la XI estación, que contempla la muerte del Hombre-Dios en la Cruz, el Beato Josemaría Escrivá sigue mirando a Cristo en su libre donación: “Es el Amor lo que ha llevado a Jesús al Calvario. Y ya en la Cruz, todos sus gestos y todas sus palabras son de amor, de amor sereno y fuerte. Con ademán de Sacerdote Eterno, sin padre ni madre, sin genealogía (cfr. Heb 7,3), abre sus brazos a la humanidad entera”. En ocasiones decía que era el Amor –más que los clavos– lo que había cosido a Cristo en la Cruz.

En el comentario del 5º misterio doloroso del Santo Rosario, la Cruz aparece como lugar de triunfo: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos, tiene dispuesto el trono triunfador. Tú y yo no lo vemos retorcerse, al ser enclavado: sufriendo cuanto se pueda sufrir, extiende sus brazos con gesto de Sacerdote Eterno”. El Beato Josemaría parece seguir de algún modo la presentación de la Pasión de Cristo en el cuarto Evangelio, donde San Juan quiere expresar la libertad, el dominio de Jesús que se entrega libremente, y a la vez quizá se inspira en la iluminación divina ya referida de la exaltación de Cristo en la Cruz para atraer a todos, y que revela un aspecto nuevo de Juan 12, 32. La Cruz infamante se convierte en trono desde el que Cristo reina: “Pero la Cruz será, por obra de amor, el trono de su realeza” (II estación del Via Crucis).

El Beato Josemaría Escrivá invita a descubrir en la libertad del amor con que Jesús lleva la Cruz sobre sus espaldas un modelo para adquirir la propia libertad. “Mira con qué amor se abraza a la Cruz. –Aprende de Él. –Jesús lleva Cruz por ti: tú, llévala por Jesús.

Pero no lleves la Cruz arrastrando… Llévala a plomo, porque tu Cruz, así llevada, no será una Cruz cualquiera: será… la Santa Cruz. No te resignes con la Cruz. Resignación es palabra poco generosa. Quiere la Cruz. Cuando de verdad la quieras, tu Cruz será… una Cruz, sin Cruz” (4º misterio doloroso del Santo Rosario). El cristiano crece en libertad en la medida en que ama la Cruz. Entonces va teniendo lugar en cada uno la liberación que Cristo nos ha conseguido.

En estos textos se ha puesto de manifiesto cómo la libertad de Cristo se expresa en el amor total –locura de amor, repite muchas veces el Fundador del Opus Dei– a la voluntad del Padre. Es la “plena libertad del amor” del Hijo Amado.

Hay otros pasajes donde esta conexión entre la libertad amorosa de Jesús y su filiación al Padre es todavía más explícita y hace pensar en una oración muy intensa y en una realidad vivida por el Beato Josemaría: “Jesús ora en el huerto: Pater mi (Mt 26,39), Abba, Pater! (Mc 14,36). Dios es mi Padre, aunque me envíe sufrimiento. Me ama con ternura, aun hiriéndome. Jesús sufre, por cumplir la Voluntad del Padre… Y yo, que quiero también cumplir la Santísima Voluntad de Dios, siguiendo los pasos del Maestro, ¿podré quejarme, si encuentro por compañero de camino al sufrimiento?

Constituirá una señal cierta de mi filiación, porque me trata como a su Divino Hijo. Y, entonces, como Él, podré gemir y llorar a solas en mi Getsemaní, pero, postrado en tierra, reconociendo mi nada, subirá hasta el Señor un grito salido de lo íntimo de mi alma: Pater mi, Abba, Pater,…fiat!” nota(’33′,’8.0′,’1′,’52′) 52 La oración de Josemaría Escrivá aquel 16 de octubre de 1931 le ayuda aquí a penetrar más profundamente en el doloroso diálogo de Jesús con el Padre en el Huerto de los Olivos. La tentación del sinsentido del dolor se supera con la libertad del amor, con el abrazo a la voluntad de Dios Padre para servir a todos los hombres, enseñándoles el sentido más hondo de su ser libres.

Después de la oración en Getsemaní, Jesús se entrega libremente: “El Prendimiento:… venit hora: ecce Filius hominis tradetur in manus peccatorum (Mc 14,41)… Luego, ¿el hombre pecador tiene su hora? ¡Sí, y Dios su eternidad!… ¡Cadenas de Jesús! Cadenas, que voluntariamente se dejó Él poner, atadme, hacedme sufrir con mi Señor, para que este cuerpo de muerte se humille… Porque –no hay término medio– o le aniquilo o me envilece. Más vale ser esclavo de mi Dios que esclavo de mi carne” nota(’33′,’8.0′,’1′,’53′) 53. De nuevo la paradoja entre las cadenas y la libertad. Sin esas cadenas, sin un compromiso de amor y de servicio, queda sólo la esclavitud al propio yo.

Me he detenido en el momento culminante de la Pasión y Muerte –inseparable de la Resurrección y Ascensión, y del posterior envío del Espíritu Santo la mañana de Pentecostés–, pero vale la pena recordar que toda la vida de Jesús está impregnada de esta libertad amorosa del Hijo que no tiene otro deseo que manifestar el amor misericordioso del Padre.

Tomo aquí sólo un ejemplo: el de la vida oculta de la Sagrada Familia en Nazaret, muy querido al Beato Josemaría, porque la luz recibida de Dios acerca de la santidad en la vida ordinaria le llevó a descubrir el valor redentor de esos largos años, que no se limitan a ser una preparación para la misión pública, sino que son ya en sí mismos salvadores. Jesús obedece a María y a José: “erat subditus illis (Lc 2, 31), obedecía. Hoy que el ambiente está colmado de desobediencia, de murmuración, de desunión, hemos de estimar especialmente la obediencia. Soy muy amigo de la libertad, y precisamente por eso quiero tanto esa virtud cristiana. Debemos sentirnos hijos de Dios, y vivir con la ilusión de cumplir la voluntad de nuestro Padre” nota(’33′,’8.0′,’1′,’54′) 54. La contraposición entre libertad y obediencia, cuando en ésta se manifiesta de un modo u otro la voluntad de Dios, suele ser señal de una visión todavía pobre de la libertad, como capacidad de elegir desprovista de su sentido y finalidad.

La libertad de Cristo manifestada en la obediencia al Padre durante toda su existencia muestra la clave de su biografía terrena desde Nazaret hasta la Cruz e ilumina el sentido de nuestra propia libertad como respuesta amorosa a la libertad divina.

3.3. La libertad de los hijos de Dios orientada a la entrega de sí

La libertad del amor trinitario que se manifiesta en la vida de Jesucristo tiene una doble eficacia con respecto a nosotros. Por una parte nos revela el sentido más profundo y radical de nuestro ser personas y de nuestra libertad. El Concilio Vaticano II ha tratado este punto no sólo por lo que se refiere a nuestro ser nota(’33′,’8.0′,’1′,’55′) 55, sino también a nuestra libertad: “Más aún, el Señor, cuando ruega al Padre que todos sean uno, como nosotros también somos uno (Ioh 17, 21-22), abriendo perspectivas cerradas a la razón humana, sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” nota(’33′,’8.0′,’1′,’56′) 56.

Por otro lado, Cristo nos consigue la gracia divina y así el hombre, que a causa del pecado se hallaba con la libertad disminuida como capacidad de amar y de corresponder a la libertad y al amor divino, puede recuperar esa pérdida gracias a la libertad de Cristo, de la que surge el amor que vence todo mal y toda esclavitud.

La libertad que Cristo nos consiguió en la Cruz es el gran don de ser hijos del Padre y de poder amar a Dios, y por Él, a las demás personas creadas. Entonces se ve que la libertad no se contrapone a la entrega, sino que en ella encuentra su razón de ser: “Nada más falso que oponer la libertad a la entrega, porque la entrega viene como consecuencia de la libertad. Mirad, cuando una madre se sacrifica por amor a sus hijos, ha elegido; y, según la medida de ese amor, así se manifestará su libertad. Si ese amor es grande, la libertad aparecerá fecunda, y el bien de los hijos proviene de esa bendita libertad, que supone entrega, y proviene de esa bendita entrega, que es precisamente libertad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’57′) 57. Estamos ante un punto de gran importancia. La libertad es para la entrega, de tal modo que la donación de sí es el acto más propio y adecuado de la libertad, como manifiesta de modo sublime la respuesta de María al recibir el anuncio del Angel: “Nuestra Madre escucha, y pregunta para comprender mejor lo que el Señor le pide; luego, la respuesta firme: fiat! (Lc 1, 38) –¡hágase en mí según tu palabra!–, el fruto de la mejor libertad: la de decidirse por Dios” nota(’33′,’8.0′,’1′,’58′) 58. Una vez más la paradoja –esta vez en María– entre declararse esclava del Señor y adquirir el mayor señorío y la mayor libertad.

Lógicamente, esto se entiende bien sólo desde la verdad de nosotros mismos. Sabernos hijos de Dios nos permite ser libres. “Saber que hemos salido de las manos de Dios, que somos objeto de la predilección de la Trinidad Beatísima, que somos hijos de tan gran Padre. Yo pido a mi Señor que nos decidamos a darnos cuenta de eso, a saborearlo día a día: así obraremos como personas libres. No lo olvidéis: el que no se sabe hijo de Dios, desconoce su verdad más íntima, y carece en su actuación del dominio y del señorío propios de los que aman al Señor por encima de todas la cosas” nota(’33′,’8.0′,’1′,’59′) 59.

La filiación divina permite entender y vivir la libertad. Incorporados a Cristo, de algún modo formamos una sola cosa con Él, y en Él participamos como hijos adoptivos en las procesiones eternas intratrinitarias del Hijo y del Espíritu Santo. Los “hijos en el Hijo” participamos –de manera finita– de ese señorío, tenemos la libertad de los hijos. No somos esclavos ni siervos, sino hijos y amigos que conocemos los secretos del Padre comunicados por el Hijo –participando en la filiación del Verbo encarnado– y amamos a Dios Padre y a todas las personas por la participación en el Espíritu Santo, Amor recíproco entre el Padre y el Hijo.

“La libertad adquiere su auténtico sentido cuando se ejercita en servicio de la verdad que rescata, cuando se gasta en buscar el Amor infinito de Dios, que nos desata de todas las servidumbres” nota(’33′,’8.0′,’1′,’60′) 60. La búsqueda de la infinitud que de un modo u otro todo hombre y toda mujer se empeñan por alcanzar, deja de ser la “mala infinitud” hegeliana y se convierte en la adhesión al único Infinito.

La objeción que quizás hoy con más intensidad que ayer todo hombre se plantea es: “responder que sí a ese Amor exclusivo, ¿no es acaso perder la libertad?” nota(’33′,’8.0′,’1′,’61′) 61. Esa pregunta surge sobre todo ante el dolor y el esfuerzo que comporta un amor total y sin condiciones. Pero también ante el vaciamiento o pérdida de sí mismo que parece tan contrario a los ideales de libertad y autenticidad.

En cierto modo la respuesta se obtiene de modo convincente sólo con la experiencia de decidirse a buscar ese Amor: “Amar es… no albergar más que un solo pensamiento, vivir para la persona amada, no pertenecerse, estar sometido venturosa y libremente, con el alma y el corazón, a una voluntad ajena… y a la vez propia” nota(’33′,’8.0′,’1′,’62′) 62.

Sólo entonces se entiende bien y se saborea la propia libertad. “El alma enamorada conoce que, cuando viene ese dolor, se trata de una impresión pasajera y pronto descubre que el peso es ligero y la carga suave, porque lo lleva Él sobre sus hombros, como se abrazó al madero cuando estaba en juego nuestra felicidad eterna (cfr. Mt 11, 30) nota(’33′,’8.0′,’1′,’63′) 63.

La libertad sólo manifiesta todo su sentido y supera las paradojas cuando se descubre como don divino, con el que podemos colaborar con Dios. Es verdad que todos podemos sentir, y de hecho sentimos a veces, rebeldía, y entonces no comprendemos “que la Voluntad divina, también cuando se presenta con matices de dolor, de exigencia que hiere, coincide exactamente con la libertad, que sólo reside en Dios y en sus designios” nota(’33′,’8.0′,’1′,’64′) 64. Aún así vale la pena recordar que, en definitiva, la exigencia de amar de modo total y pleno es bien conforme a nuestra naturaleza nota(’33′,’8.0′,’1′,’65′) 65.

3.4. La libertad del hijo de Dios, obra de las tres Personas divinas

Para finalizar esta parte central del estudio dedicada a la libertad en su dimensión de don sobrenatural anejo a la filiación divina, quisiera presentar algunas formulaciones del Beato Josemaría en las que se acentúa este aspecto propio de la libertad que nos viene de la redención y elevación a la condición de hijos de Dios, mediante la gracia ganada por Cristo en la Cruz y difundida en nosotros por el Espíritu Santo, es decir de nuestra participación en la vida trinitaria.

A este respecto, se puede recordar que en el Nuevo Testamento el término “libertad” (eleuthería) no significa sólo un estado o situación opuesta a la esclavitud, sino que se refiere a la condición ontológica de los hijos de Dios. Esta condición es fruto de la acción de la Santísima Trinidad, que se manifiesta en la referencia a una u otra Persona divina, según cada contexto en los escritos neotestamentarios.

Han aparecido ya algunos de los numerosísimos textos del Beato Josemaría que se refieren a esa libertad de los hijos de Dios y que, por tanto, miran especialmente a Dios Padre, aunque como es obvio, la remisión al capítulo 8 de la Carta de San Pablo a los Romanos (in libertatem filiorum Dei: cfr. Rom 8, 21) nota(’33′,’8.0′,’1′,’66′) 66 conlleva la acción inseparable de Cristo y del Espíritu Santo. La libertad que nos concede Dios Padre no es una libertad cualquiera sino precisamente la libertad de los hijos de Dios.

En otras ocasiones se expresa la dimensión cristológica con la referencia a Gálatas 4, 31, como en estas palabras ya citadas: “la libertad, que nos ha conseguido Jesucristo muriendo en la Cruz”. O bien aparecen juntas las referencias a los textos de Romanos y Gálatas, como en el siguiente pasaje también citado anteriormente: “somos una numerosa y variadísima familia, que crece y se desarrolla in libertatem gloriae filiorum Dei (Rom. 8, 21), qua libertate Christus nos liberavit (Galat. 4, 31), en la libertad gloriosa que Jesucristo nos ha adquirido redimiéndonos de toda servidumbre”. Dios Padre es fuente de nuestra libertad mediante la Encarnación del Hijo unigénito y el envío del Amor consustancial del Padre y del Hijo.

Abundan también las referencias directas al Espíritu Santo, que es siempre el Espíritu de Cristo, especialmente cuando el Beato Josemaría quiere aludir a los variadísimos modos con que actúa el Paráclito, siempre adecuados a cada alma: “nuestra diversidad no es, para la Obra, un problema: por el contrario, es una manifestación de buen espíritu, de vida corporativa limpia, de respeto a la legítima libertad de cada uno, porque ubi autem Spiritus Domini, ibi libertas (2 Cor. 3, 17); donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’67′) 67.

Todas estas afirmaciones se mueven dentro del núcleo central de la Revelación divina constituido por el mismo Dios Tripersonal, por la Encarnación del Verbo que nos redime y por el envío del Espíritu Santo. En términos de la teología de Santo Tomás de Aquino, la historia de la humanidad está profundamente marcada por el pecado original y por los pecados personales, pero con la gracia divina conquistada por Cristo con su Muerte en la Cruz y su Resurrección, se pasa de la esclavitud de la propia miseria a la libertad de los hijos. El hombre es sanado y elevado por la gracia, haciéndose partícipe del Verbo y del Espíritu Santo, para poder libremente conocer a Dios con verdad y amarle con rectitud: “fit particeps divini Verbi et procedentis Amoris, ut possit libere Deum vere cognoscere et recte amare” nota(’33′,’8.0′,’1′,’68′) 68.

La acción gratuita que Dios realiza “hacia fuera” divinizando las personas humanas tiene un término ad intra, ya que introduce a cada mujer y a cada hombre cristianos en la vida trinitaria como “hijos en el Hijo”. Esta acción es un nuevo nacimiento ex Spiritu Sancto que implica una novedad de ser, no en cuanto acto de la esencia sino en cuanto acto fundante de la relación del hombre con Dios, de manera que el cristiano es relativo al Padre en el Hijo y por el Espíritu Santo (esse ad Patrem in Filio per Spiritum Sanctum ). No se trata de tres relaciones distintas, sino de una relación triple, dirigida a las tres Personas divinas nota(’33′,’8.0′,’1′,’69′) 69. El cristiano es hijo de Dios Padre en Cristo por el Espíritu Santo.

4. La libertad como don de Dios en el orden de la creación

Queriendo en este estudio ilustrar “la libertad conseguida por Cristo en la Cruz”, me he detenido en la exposición de la doctrina teológica de la libertad según las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá. Sin embargo, es necesario aclarar que en ella está incluida la dimensión natural o creatural de la libertad y que en sus escritos se halla siempre presente, de modo más o menos explícito según las circunstancias, el doble orden de naturaleza y gracia, subrayando a la vez fuertemente su unión en la existencia cristiana, como parte de su concepto “unidad de vida”.

4.1. La unión de naturaleza y gracia

Su visión teológica unitaria, que incluye dentro de sí lo natural, aparece en esta bella afirmación: “En todos los misterios de nuestra fe católica aletea ese canto a la libertad. La Trinidad Beatísima saca de la nada el mundo y el hombre, en un libre derroche de amor. El Verbo baja del Cielo y toma nuestra carne con este sello estupendo de la libertad en el sometimiento: heme aquí que vengo, según está escrito de mí en el principio del libro, para cumplir, ¡oh Dios!, tu voluntad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’70′) 70.

En esta unión de la naturaleza y la gracia en la historia humana se pone de manifiesto el carácter de misterio de la libertad. Si por una parte es evidente que la persona es libre, por otra la realidad del mal moral e incluso una cierta inclinación hacia él plantea profundos interrogantes a cada uno de los hombres y de las mujeres a lo largo de toda la historia. El Beato Josemaría expresa la inteligibilidad propia de los misterios con el término “claroscuro”: “podemos rendir o negar al Señor la gloria que le corresponde como Autor de todo lo que existe. Esa posibilidad compone el claroscuro de la libertad humana” nota(’33′,’8.0′,’1′,’71′) 71.

Es más, la muerte en la Cruz del Hijo de Dios encarnado, su entrega absoluta y sin límites, si bien es muestra evidente del amor misericordioso del Padre que nos libera y nos confiere confianza y seguridad, a la vez nos mueve a pensar: “¿por qué me has dejado, Señor, este privilegio, con el que soy capaz de seguir tus pasos, pero también de ofenderte?” nota(’33′,’8.0′,’1′,’72′) 72. Es ésta una pregunta radical que atraviesa toda la homilía La libertad, don de Dios.

Este es quizá el punto teológico radical de la reflexión del Beato Josemaría: la libertad es un don divino, y no algo contrapuesto de suyo a Dios. Por eso su actitud es de hondo agradecimiento a Dios por el privilegio de la libertad: “sólo nosotros, los hombres –no hablo aquí de los ángeles– nos unimos al Creador por el ejercicio de nuestra libertad: podemos rendir o negar al Señor la gloria que le corresponde como Autor de todo lo que existe” nota(’33′,’8.0′,’1′,’73′) 73.

El Señor no nos coacciona, porque quiere “correr el riesgo de nuestra libertad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’74′) 74. Nos invita a dirigirnos hacia el bien: “Fíjate, hoy pongo ante ti la vida con el bien, la muerte con el mal. Si oyes el precepto de Yavé, tu Dios, que hoy te mando, de amar a Yavé, tu Dios, de seguir sus caminos y de guardar sus mandamientos, decretos y preceptos, vivirás… Escoge la vida, para que vivas” nota(’33′,’8.0′,’1′,’75′) 75. Este y otros textos de la Escritura estaban frecuentemente en sus labios, para explicar con la palabra de Dios la realidad gozosa de la libertad.

Una realidad gozosa que le llevaba a “levantar mi corazón en acción de gracias a mi Dios, a mi Señor, porque nada le impedía habernos creado impecables, con un impulso irresistible hacia el bien, pero juzgó que serían mejores sus servidores si libremente le servían nota(’33′,’8.0′,’1′,’76′) 76. ¡Qué grande es el amor, la misericordia de nuestro Padre! Frente a estas realidades de sus locuras divinas por los hijos, querría tener mil bocas, mil corazones, más, que me permitieran vivir en una continua alabanza a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo. Pensad que el Todopoderoso, el que con su Providencia gobierna el Universo, no desea siervos forzados, prefiere hijos libres” nota(’33′,’8.0′,’1′,’77′) 77. Esta es la respuesta a la acuciante pregunta: ¿por qué Dios nos ha hecho libres, con el riesgo de todas las consecuencias de lucha permanente entre el bien y el mal que de ello se derivan?

La libertad –que en no pocos pensadores modernos se malogra al ser entendida como una libertad que es fundamento y no es fundada, como autonomía antropocéntrica, como soledad individualista y autárquica–, recupera en las enseñanzas del Beato Josemaría su lugar teológico originario, ya que el señorío le viene al hombre de su ser a imagen y semejanza de Dios.

Al hablar de la imagen de Dios en el hombre, que según Pannenberg es uno de los temas importantes que el cristianismo –en su característico “exceso”– aporta al humanismo, Tomás de Aquino se refiere en varias ocasiones a la libertad, al “dominium sui actus”, siguiendo a San Juan Damasceno (por ejemplo, en el prólogo de la S.Th. I-II). Ciertamente la criatura humana es imagen de Dios con la inteligencia, pero este aspecto parece ser sólo un primer momento ordenado a su vez al señorío y autodeterminación propios de la trascendencia del dinamismo espiritual. La imagen de Dios en las personas creadas se halla sobre todo en la libertad. Dios crea por amor sujetos semejantes a Sí: personas angélicas y humanas dotadas de un autodinamismo limitado, concedido de manera participada por Dios como difusión de una semejanza suya que procede de la Plenitud de Ser que Él es.

Hombres y mujeres son sujetos con una creatividad participada –con una dignidad y una tarea expresadas en el Génesis– que se realiza a la vez con el cuidado y servicio amoroso referido al mundo y a los demás mediante el trabajo, y con la misión de llenar la tierra mediante el amor conyugal y la familia. El Beato Josemaría gusta de recurrir al pensamiento de Tomás de Aquino a propósito de este don de la libertad: “he aquí el grado supremo de dignidad en los hombres: que por sí mismos, y no por otros, se dirijan hacia el bien” nota(’33′,’8.0′,’1′,’78′) 78; “Dios hizo al hombre desde el principio y lo dejó en manos de su libre albedrío (Ecclo 15, 14). Esto no sucedería si no tuviese libre elección” nota(’33′,’8.0′,’1′,’79′) 79.

Alejandro Llano observa con acierto que esta inserción teológica, arraigada en la tradición agustiniana y tomista, permite al Beato Josemaría comprender con radicalidad la libertad humana y a la vez no retroceder ante el desafío antropocéntrico de la modernidad, sino al contrario denunciar sus insuficiencias precisamente al desarrollar sus ignoradas potencialidades nota(’33′,’8.0′,’1′,’80′) 80.

4.2. La libertad del hombre como criatura

Dentro de este contexto teológico de unidad de lo sobrenatural y de lo natural, respetando siempre su distinción, en muchos lugares el Beato Josemaría resalta el aspecto natural de la libertad como el mayor don de Dios en el plano humano o creatural: “No podríais realizar ese programa de vivir santamente la vida ordinaria, si no gozarais de toda la libertad que os reconocen –a la vez– la Iglesia y vuestra dignidad de hombres y de mujeres creados a imagen de Dios. La libertad personal es esencial en la vida cristiana” nota(’33′,’8.0′,’1′,’81′) 81.

Ese talante humano de amor a la libertad le conduce a valorar toda afirmación justa de libertad, venga de donde venga, como en la ocasión relatada en este texto paradigmático: “En 1939, recién acabada la guerra civil española, dirigí en las proximidades de Valencia un curso de retiro espiritual, que tuvo lugar en un colegio universitario de fundación privada. Había sido utilizado, durante la guerra, como cuartel comunista. En uno de los pasillos, encontré un gran letrero, escrito por alguno no conformista, donde se leía: cada caminante siga su camino. Quisieron quitarlo, pero yo les detuve: dejadlo –les dije–, me gusta: del enemigo, el consejo. Desde entonces, esas palabras me han servido muchas veces de motivo de predicación. Libertad: cada caminante siga su camino. Es absurdo e injusto tratar de imponer a todos los hombres un único criterio, en materias en las que la doctrina de Jesucristo no señala límites” nota(’33′,’8.0′,’1′,’82′) 82.

Pero el Fundador del Opus Dei no concibe la dimensión antropológica natural como una simple capacidad electiva limitada a la inmanencia terrena, sino que la ve dotada de una esencial ordenación a Dios. Y así puede afirmar: “Dios hizo al hombre desde el principio y lo dejó en manos de su libre albedrío (Ecclo 15, 14). Esto no sucedería si no tuviese libre elección nota(’33′,’8.0′,’1′,’83′) 83. Somos responsables ante Dios de todas las acciones que realizamos libremente. No caben aquí anonimatos; el hombre se encuentra frente a su Señor, y en su voluntad está resolverse a vivir como amigo o como enemigo” nota(’33′,’8.0′,’1′,’84′) 84. Es más, la libertad adquiere su sentido cuando se la acepta en toda su realidad y alcance como libertad sobre todo ante Dios, y luego ante las demás personas.

De ahí que el Beato Josemaría se rebele enérgicamente ante quienes no están dispuestos a admitir plenamente la libertad y quieren privar al hombre de ese “espacio de servicio” en que se desarrolla el ser libre nota(’33′,’8.0′,’1′,’85′) 85. “Yo he presenciado, en ocasiones, lo que podría calificarse como una movilización general, contra quienes habían decidido dedicar toda su vida al servicio de Dios y de los demás hombres. Hay algunos, que están persuadidos de que el Señor no puede escoger a quien quiera sin pedirles permiso a ellos, para elegir a otros; y de que el hombre no es capaz de tener la más plena libertad, para responder que sí al Amor o para rechazarlo” nota(’33′,’8.0′,’1′,’86′) 86.

El Beato Josemaría es muy firme en defender la libertad como don natural presupuesto por el orden de la gracia: “Dios mismo ha querido que se le ame y se le sirva en libertad, y respeta siempre nuestras decisiones personales: dejó Dios al hombre –nos dice la Escritura– en manos de su albedrío (Ecclo 15, 14)” nota(’33′,’8.0′,’1′,’87′) 87.

También la libertad de las conciencias parece encontrarse principalmente en el plano de la dignidad creatural, si bien será reforzada por la gracia como libertad de los hijos de Dios: “He defendido siempre la libertad de las conciencias. No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con el estudio; nunca con la fuerza, siempre con la caridad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’88′) 88. Josemaría Escrivá suele escribir en plural la libertad de las conciencias nota(’33′,’8.0′,’1′,’89′) 89, para subrayar que se refiere a la conciencia de todas y cada una de las personas y no a la conciencia en cuanto tal, que tiene su medida en la sabiduría y en el amor divinos.

Me he permitido abundar en estos textos, porque a mi modo de ver reflejan una visión específicamente “católica” del valor del plano creatural, como ha sido reafirmado por Juan Pablo II en la Encíclica Fides et ratio, a propósito de la razón y de la justa autonomía de la filosofía.

En algunos de ellos se puede apreciar la mentalidad jurídica del autor, que al pensar también en términos de dignidad humana y de justicia, tiende a no olvidar ni minusvalorar el orden natural. Baste este ejemplo de defensa de la libertad de cada conciencia: “Tanto en lo apostólico como en lo temporal, son arbitrarias e injustas las limitaciones a la libertad de los hijos de Dios, a la libertad de las conciencias o a las legítimas iniciativas. Son limitaciones que proceden del abuso de autoridad, de la ignorancia o del error de los que piensan que pueden permitirse el abuso de hacer discriminaciones nada razonables” nota(’33′,’8.0′,’1′,’90′) 90.

Está en juego el sentido de la vida humana y de la historia, si no se quiere reducir todo a una pieza de teatro irreal. “Dios, al crearnos, ha corrido el riesgo y la aventura de nuestra libertad. Ha querido una historia que sea una historia verdadera, hecha de auténticas decisiones, y no una ficción ni un juego. Cada hombre ha de hacer la experiencia de su personal autonomía, con lo que eso supone de azar, de tanteo y, en ocasiones, de incertidumbre” nota(’33′,’8.0′,’1′,’91′) 91.

La libertad, en su dimensión natural, aparece como un don divino peculiar e inalienable de toda persona, íntimamente vinculado a su dignidad. Esa libertad tiene un aspecto básico de capacidad de elección y de iniciativa; pero a la vez ese poder está orientado hacia una finalidad: nos permite servir a Dios y a los demás, porque queremos, sin coacción alguna. Estos dos aspectos están presentes en los textos analizados de tal modo que no se hace una separación sino que se intenta ver la unión entre ambos. Así sucede también en San Agustín, para quien la libertad en su sentido más pleno se encuentra en la orientación hacia Dios.

El Beato Josemaría muestra con un estilo muy existencial y vivo la esterilidad y la irracionalidad del no querer comprometerse: su carácter de algún modo antinatural. La esterilidad, porque “esas almas –las habéis encontrado, como yo– se dejarán arrastrar luego por la vanidad pueril, por el engreimiento egoísta, por la sensualidad. Su libertad se demuestra estéril, o produce frutos ridículos, también humanamente. El que no escoge –¡con plena libertad!– una norma recta de conducta, tarde o temprano se verá manejado por otros, vivirá en la indolencia –como un parásito–, sujeto a lo que determinen los demás. Se prestará a ser zarandeado por cualquier viento, y otros resolverán siempre por él. (…) ¡Pero nadie me coacciona!, repiten obstinadamente. ¿Nadie? Todos coaccionan esa ilusoria libertad, que no se arriesga a aceptar responsablemente las consecuencias de actuaciones libres, personales. Donde no hay amor de Dios, se produce un vacío de individual y responsable ejercicio de la propia libertad: allí –no obstante las apariencias– todo es coacción. El indeciso, el irresoluto, es como materia plástica a merced de las circunstancias; cualquiera lo moldea a su antojo y, antes que nada, las pasiones y las peores tendencias de la naturaleza herida por el pecado” nota(’33′,’8.0′,’1′,’92′) 92. Descripción que tiene gran actualidad en nuestra época, en la que mucha gente se deja llevar por una libertad a la que el Beato Josemaría llama “libertinaje”.

En esa esclavitud que proviene de responder que no a Dios se actúa también contra la razón, como afirma Santo Tomás de Aquino: “El hombre es racional por naturaleza. Cuando se comporta según la razón, procede por su propio movimiento, como quien es: y esto es propio de la libertad. Cuando peca, obra fuera de razón, y entonces se deja conducir por impulso de otro, sujeto en confines ajenos, y por eso el que acepta el pecado es siervo del pecado (Ioh 8, 34)” nota(’33′,’8.0′,’1′,’93′) 93.

El que quiere reservarse la libertad sin ejercerla en la entrega, es esclavo de sí mismo y acaba siendo esclavo de los demás, de muchas cosas externas, de las que debería ser dueño como hijo de Dios. Es el camino de la infelicidad aquí abajo y luego para siempre. No es libertad, sino libertinaje.

Clásicamente se ha llamado libertad psicológica a la capacidad de elegir, y libertad moral a esa mayor capacidad operativa que surge del buen ejercicio de la libertad con la formación de hábitos, en los que se condensan las elecciones buenas realizadas.

En la filosofía contemporánea han tenido lugar otros acercamientos significativos hacia una libertad más profunda que la mera capacidad de elección. Así la distinción de Isaiah Berlin entre una libertad negativa (“libertad de” coacciones, interferencias, imposiciones) y una libertad positiva (“libertad para” hacer o ser algo, para proyectar y comprometerse) supuso un enriquecimiento en el diálogo entre los filósofos de la política nota(’33′,’8.0′,’1′,’94′) 94. La libertad positiva es una concepción más alta que responde a la creatividad propia de la persona humana, pero todavía no llega al punto más alto que Cristo ha traído al mundo ampliando las perspectivas humanas, con ese “exceso” característico del cristianismo.

No obstante su fuerte paradoja, la Cruz –con sus dimensiones de entrega, sacrificio, perdón, compromiso, aparente fracaso,…– encuentra en el corazón humano una intensa resonancia, porque ya en el plano humano el nivel más alto de libertad se manifiesta en la capacidad creativa desinteresada, en amar el bien en sí independientemente de que lo sea para mí, en la amistad y benevolencia de querer a las personas, en razón de su bondad y dignidad innatas.
Recordando una obra de Robert Spaemann, el hombre alcanza su plenitud y con ella su felicidad (Glück), en la benevolencia (Wohlwollen) hacia los demás, queriendo su bien en cuanto tal. También Carlos Cardona ha hecho de la relación entre ser, libertad y amor de benevolencia, el núcleo de su obra más lograda desde el punto de vista propositivo: la Metafísica del bien y del mal. En ella sostiene que la libertad es una característica trascendental del ser del hombre; es el núcleo de toda acción realmente humana y lo que confiere humanidad a todos sus actos. El acto primero y fundamental de la libertad consiste en decidirse, con un amor electivo, por el bien en sí mismo, superando el amor natural hacia el bien para mí. Significa, por tanto, un éxtasis, con el que se sale de sí mismo.

Alejandro Llano, aun apreciando los sentidos de libertad de y libertad para propuestos por Isaiah Berlin, piensa que no bastan y que hay un tercer sentido, al que llama libertad de sí mismo, que es vaciamiento de uno mismo, kénosis y apertura amorosa a los otros nota(’33′,’8.0′,’1′,’95′) 95.

5. La proyección de la libertad ganada por Cristo en algunos campos de la vida contemporánea

Antes se ha recordado la afirmación de que el Beato Josemaría no retrocede ante el desafío antropocéntrico de la modernidad, sino que, al contrario, denuncia sus insuficiencias justo al desarrollar sus ignoradas potencialidades. Esto último puede ser ilustrado mostrando la proyección de la doctrina teológica y filosófica expuesta en algunos campos de la vida humana en las circunstancias contemporáneas. Lo haré de modo conciso, porque sobre las aplicaciones de la libertad personal según Josemaría Escrivá existe ya una cierta bibliografía.

El Beato Josemaría tiene siempre presente el contexto cultural en que viven sus lectores y oyentes, las personas a las que se dirige. Por eso ante lo que cabe llamar descubrimiento moderno de la libertad, denuncia sus insuficiencias no de modo simplemente polémico o negativo, sino desarrollando en sentido cristiano y humano las potencialidades de esa libertad.

La libertad, según el Fundador del Opus Dei, es, en su sentido principal y radical, libertad ante Dios y para Dios, y por tanto la responsabilidad le está inseparablemente unida. En el anonimato propio de la masificación se pierde la responsabilidad personal. Quedan sólo individuos, desposeídos de su fundamental carácter de personas. El Beato Josemaría se esforzaba por extraer a las personas de la masa anónima, compuesta de individuos en estado soledad y privados de una relación auténticamente humana con Dios y con los demás. Como maestro de vida cristiana quería formar personas libres, hijos de Dios que luchaban por estar con Cristo en la Cruz, que procuraban responder a la libre donación y anonadamiento de Dios con la libre entrega de si mismos. Si no se estimula la responsabilidad, tampoco se forman personas libres.

Entre las aplicaciones de la libertad a la existencia humana y cristiana enseñadas por el Beato Josemaría Escrivá se halla su heroica defensa del legítimo campo de lo opinable en el terreno profesional, en el mundo de las ideas políticas, sociales, económicas, culturales, artísticas. Existe un legítimo y sano pluralismo, característico de la mentalidad laical –la libertad es uno de sus elementos centrales– y contrario al clericalismo, que no respeta la justa autonomía de las realidades temporales, la naturaleza y las leyes puestas por Dios en sus criaturas. “Cuando se comprende a fondo el valor de la libertad, cuando se ama apasionadamente este don divino del alma, se ama el pluralismo que la libertad lleva consigo” nota(’33′,’8.0′,’1′,’96′) 96.

Se puede decir que en este terreno tuvo que navegar contra corriente desarrollando potencialidades de la libertad y enraizándolas en su fundamento teológico. Así afirmaba que dentro de los márgenes de la Revelación divina en Cristo, custodiada por el Magisterio de la Iglesia, existe una pluralidad de posiciones que es buena, en cuanto manifestación de libertad y responsabilidad personales nota(’33′,’8.0′,’1′,’97′) 97.

También en el campo teológico hay un espacio para una legítima variedad de posiciones, dentro de una plena fidelidad al Magisterio. Por eso en la Prelatura del Opus Dei se siguen las indicaciones del Magisterio de la Iglesia, sin que por eso exista una escuela teológica propia.

Su amor a la libertad le llevó a prodigarse en dar una formación muy cuidada –también en el plano teológico– con la que cada fiel pudiese después moverse con libertad en la santificación del trabajo y en la actividad apostólica, sin esperar consignas. También en este punto innovaba, sin pretensiones de originalidad.

En la vida espiritual y apostólica veía mucho de autodeterminación y la estimulaba. La dirección espiritual tiene como uno de sus fines ayudar a las almas a querer –a ejercitar la libertad–, secundando la acción del Espíritu Santo. Por eso Josemaría Escrivá movía a hacer oración, un coloquio sincero y auténtico de hijos con su Padre, a ponerse ante Dios, que es el punto de referencia fundamental de la libertad humana. Las decisiones nacen entonces como respuesta a la luz de Dios, con la ayuda de su gracia. En muchas ocasiones ante algunas preguntas que le hacían, respondía aproximadamente en estos términos: ¿por qué no se lo preguntas al Señor en la oración?

El Beato Josemaría Escrivá defendió el don de la libertad para todas las personas. Como Cristo, que muere en la Cruz para conquistarnos la libertad de los hijos de Dios, el cristiano tiene que defender la libertad de los otros y después la propia. Amaba mucho la libertad de las conciencias y solía decir que, con la gracia de Dios, daría su vida por defender la libertad de quienes no eran católicos. De ahí que las actividades apostólicas del Opus Dei no hacen nunca discriminación por motivos religiosos.

En este contexto la educación consiste sobre todo en enseñar a ser libres, formando a los jóvenes –y a todos– de modo que puedan moverse libremente y con buen criterio en todos los ambientes: educar en la libertad y para la libertad.

Pero insistir en la libertad personal no hay que interpretarlo en sentido individualista. Por eso, impulsaba a que, como manifestación de libertad responsable, se tomase parte activa en asociaciones varias, procurando intervenir en las decisiones humanas de las que dependen el presente y el futuro de la sociedad. Así lo expresó muchas veces: “Con libertad, y de acuerdo con tus aficiones o cualidades, toma parte activa y eficaz en las rectas asociaciones oficiales o privadas de tu país, con una participación llena de sentido cristiano: esas organizaciones nunca son indiferentes para el bien temporal y eterno de los hombres” nota(’33′,’8.0′,’1′,’98′) 98.

Los grandes retos de la historia han de encontrar a los cristianos con el sentido de responsabilidad de quienes se saben identificados con Cristo en la Cruz, que salva y libera de las esclavitudes. “Los hijos de Dios, ciudadanos de la misma categoría que los otros, hemos de participar “sin miedo” en todas las actividades y organizaciones honestas de los hombres, para que Cristo esté presente allí. Nuestro Señor nos pedirá cuenta estrecha si, por dejadez o comodidad, cada uno de nosotros, libremente, no procura intervenir en las obras y en las decisiones humanas, de las que dependen el presente y el futuro de la sociedad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’99′) 99.

6. Síntesis conclusiva

Entre los muchos interrogantes que habrán surgido en la mente del lector, quizá hay uno al que convenga intentar dar una respuesta, aunque sea breve y sujeta a revisión. Se refiere a los varios sentidos de la libertad, que están presentes en este artículo sin una clara distinción.

6.1. Las dimensiones de la libertad

Los filósofos ofrecen variadas clasificaciones de los sentidos y dimensiones de la libertad. Algunas de las más clásicas indican los siguientes aspectos nota(’33′,’8.0′,’1′,’100′) 100:

a) ser libres con respecto a cualquier tipo de coacción. Es la libertad de poner por obra externamente lo que uno quiere. Se trata de un sentido negativo de la libertad. Algunos filósofos (por ej., Hobbes, Locke, Hume, Voltaire) se quedan a este nivel, porque niegan o no están seguros de que nuestras decisiones sean verdaderamente libres, es decir, no procedan de una necesidad o condicionamiento interno, no conocido. Muchas veces lo que hace el derecho es proteger a la persona de cualquier coacción externa, aunque sea psicológica. Es el campo de las libertades políticas, que son libertades externas, consiguientes a la dignidad moral de la persona. Por ejemplo: libertad religiosa; derecho a la vida y a la inviolabilidad de la persona; derecho al matrimonio y a la familia, a la educación de los propios hijos, a adquirir lo necesario para sustentarse, a la propiedad, al asilo político; derecho a escoger la profesión, a desarrollar la propia personalidad, a la libre expresión de palabra, por escrito o artística; derecho de asociación y de participar en el orden de la comunidad social.

b) la libertad de elección, también llamada libertad psicológica o libre albedrío. Es la capacidad de la persona de autodeterminarse realmente, sin una oculta necesidad interior, haciendo elecciones que suelen referirse a realidades externas, pero que al mismo tiempo implican un decidir sobre el propio ser (sobre todo en su dimensión moral, pero no sólo en ella). Con esas opciones cada persona se va haciendo a sí misma. Se trata de una capacidad interna e innata. El derecho suele presuponer esta libertad psicológica, cuando, por ejemplo, declara la responsabilidad de una persona que ha cometido una injusticia. Esta libertad se funda en la apertura de la inteligencia a todo lo real y de la voluntad a todo lo que es bueno. A su vez, la inteligencia y la voluntad como facultades operativas dimanan de un alma espiritual que ha recibido el ser directamente de Dios por creación. Así el obrar humano es libre porque procede de un acto de ser que está por encima de lo material y de las cadenas causales del cosmos.

c) la libertad como tarea ética, también llamada libertad moral. Es el señorío y autodominio que el hombre adquiere mediante actos libres que le llevan a poseer las virtudes morales. Ejercitando bien la libertad psicológica se alcanza la libertad moral, una capacidad de obrar que no está impedida por las pasiones o los vicios. Lo contrario es una esclavitud, que aunque sea fruto de la propia libertad psicológica, no es libertad, sino libertinaje.

6.2. Los elementos naturales en la libertad según el Beato Josemaría

En las enseñanzas del Beato Josemaría están presentes estas dimensiones de la libertad –entre otras– sin que, como es lógico, haya una clasificación explícita. Dentro de su visión cristiana del hombre está contenida una concepción de la persona en su dimensión o nivel de creatura. En otros términos, hay elementos de una antropología elaborada por la razón en unión vital con la fe:

a) La libertad es vista por el Beato Josemaría como el mayor don recibido por la persona “en lo humano”. Al decir “en lo humano”, se quiere precisar el alcance de la expresión al ámbito natural, dejando espacio para dones mayores en el orden sobrenatural de la gracia.
b) Ya en el mismo orden creatural se trata de un “don de Dios”. Vale la pena recordar que en las enseñanzas del Fundador del Opus Dei, el último punto de referencia del ámbito creatural es Dios. Así, a propósito de varias realidades humanas destacará su carácter de don: el trabajo es “don de Dios” nota(’33′,’8.0′,’1′,’101′) 101, la inteligencia “es como un chispazo del entendimiento divino” nota(’33′,’8.0′,’1′,’102′) 102, el amor conyugal es “una dádiva divina que se ordena limpiamente a la vida, al amor, a la fecundidad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’103′) 103.

c) La libertad como capacidad de elegir (la libertad psicológica) está claramente presente en su pensamiento. Es, por poner un ejemplo, el hilo central de la homilía La libertad, don de Dios. A la vez, su insistencia en la responsabilidad evidencia que considera al hombre verdaderamente libre y que la historia no es una ficción.

d) Este poder de elección se ejerce especialmente entre el bien y el mal, y con vistas a Dios. La realidad natural de la libertad no se puede aislar de su sujeto, que es una criatura ordenada a Dios. Por eso, el alcance de la libertad no es sólo horizontal o inmanente.

e) La dimensión que algunos llaman “libertad moral” no sólo está presente, sino que es lo que da sentido a la capacidad electiva. La libertad es para el amor, para la entrega, para el servicio. Sólo así se es verdaderamente libre y no esclavo de las pasiones o, en el fondo, de un estar curvado hacia sí mismo. Quizá se puede decir que el Beato Josemaría, respetando la distinción, subraya fuertemente la unidad y la ordenación de la libertad psicológica a la moral.

f) Sus enseñanzas sobre la libertad confluyen en una visión muy definida de la formación: se trata de educar en la libertad (como clima y ambiente) y para la libertad (como fin: ayudar a la formación de personas libres y responsables).

g) Lo que se ha dado en llamar “libertad con respecto a cualquier coacción” encuentra muchas expresiones en los escritos del Beato Josemaría, especialmente en su fuerte defensa de la libertad de los demás, de la libertad de las conciencias individuales y personales.

6.3. Los aspectos teológicos de la libertad

Si pasamos al nivel estrictamente sobrenatural, el de la salvación que nos libera del pecado y nos eleva a la condición de hijos de Dios, en la enseñanza del Beato Josemaría cabe destacar los siguientes puntos:

a) La libertad es vista en relación con la filiación divina: es la libertad de los hijos de Dios. Si la libertad como personas creadas se fundaba en la apertura total de la inteligencia y de la voluntad al ser y al bien respectivamente, en cuanto facultades espirituales, y de modo último en un alma que existe gracias al ser que ha recibido inmediatamente de Dios por creación, ahora la libertad de los hijos de Dios se basa en una nueva condición teologal del hombre, inserto en la vida trinitaria. Ser hijos de Dios equivale a participar de la vida divina y a no ser esclavos del pecado, del demonio y de la muerte. La libertad es ahora el dinamismo de los hijos de Dios, movidos y cooperando con la gracia divina, pero significa quizá también el mismo estado real y ontológico de ser libres y no esclavos.

b) La libertad no es sólo don de Dios en general, sino más precisamente un don que Cristo nos consigue con su Muerte en la Cruz y con su Resurrección. El fundamento no es sólo la creación, sino también la redención del hombre que la Trinidad lleva a cabo mediante la Encarnación.

c) En la libertad de los hijos de Dios sigue presente la capacidad de elección, pero se ve potenciada al elevarse a autodeterminación de quien es hijo de Dios Padre en Cristo por el Espíritu Santo. Siendo hijos de Dios en el Hijo Unigénito, la responsabilidad aneja a la libertad, adquiere más fuertemente el carácter de respuesta al Amor misericordioso del Padre que se ha manifestado de manera sublime en la Cruz. Todo el actuar del cristiano es fruto de la gracia que Dios concede libremente y de la libre correspondencia humana, ayudada por la gracia misma.

d) Toda la existencia de Cristo, pero especialmente su sacrificio salvador en la Cruz, es modelo de libertad que se adhiere a la voluntad del Padre, dando su vida por los demás. Si en el plano natural la dimensión psicológica de la libertad estaba ordenada a la dimensión moral y, por tanto al amor y a la donación, ahora la medida de esa entrega es el Amor de Cristo, que puede hacerse presente en nosotros sólo gracias al envío del Espíritu Santo. Se llega a la paradoja del amor sin medida, de la locura de amor, del perdón gozoso y total de los enemigos.

e) La doctrina teológica del Beato Josemaría sobre la libertad alcanza una especial profundidad gracias a las luces divinas que le muestran la conexión entre estar en la Cruz, ser alter Christus, o mejor ipse Christus, y ser hijo de Dios.

f) Las consecuencias en el campo de la formación se referirán a un modo de concebir la dirección espiritual, que estimula y favorece la libertad y la espontaneidad apostólica de la persona.

g) A lo que eran las libertades externas en el orden filosófico corresponderán aquí: la defensa de la libertad de las conciencias en el ámbito más propiamente religioso, el estar dispuesto a dar la vida por defender la conciencia religiosa y espiritual de los demás, la distinción entre lo que es doctrina de fe y lo que pertenece al campo de la libre confrontación de enfoques teológicos, etc.

Lluís Clavell
Pontificia Universidad de la Santa Cruz

La llamada universal a la santidad

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Testimonio de Antonio Fontán, Catedrático de Filosofía Latina de la Universidad Complutense

En estos días se cumple el primer aniversario de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer. Miles de cristianos –laicos y ecle siásticos, españoles y de todo el mundo están firmemente persua didos de que el ilustre sacerdote fue uno de esos espíritus privi legiados en los que la tradición cristiana reconoce los signos de la santidad. Pero no sería propio de las páginas de un diario, ni corres ponde a mi intención componer un panegírico.

Hay tres hechos que justifican este artículo, aparte de la fecha aniversaria. A la muerte de Monseñor Escrivá, el 26 de junio de 1975, numerosísimos testimonios de admiración y respeto, inmersos en el caudal informativo que arrastraba la noticia, pusieron de relieve que con su desaparición de este mundo se producía una gran ausencia. Además, ahora, al año de su falta, su figura se despega del entorno inmediato de una biografía privada para ocupar el destacado lugar que le corresponde en la historia de la Iglesia y de la espiritualidad cristiana. Sin dejar de ser legítima herencia de los suyos, los hombres y mujeres del Opus Dei, entre los que tengo el honor de contarme, Monseñor Escrivá ha entrado a formar parte del patrimonio común de los cristianos. Finalmente, los españoles y toda nuestra cultura nacional, que fueron su ambiente originario y el marco de la forma ción e inicial despliegue de su personalidad, le deben el reconocimien to que merecen los grandes hombres de proyección universal.

La más adecuada perspectiva para comprender a Monseñor Escrivá sería la que se alcanza desde una actitud de fe, análoga a la que inspiró su vida. Y cuanto más viva y operativa, humilde y sacrificada cuatro adjetivos que él aplicaba a la primera de las virtudes teologales, como quien formula una aspiración o una exigencia– sea esa fe, mejor se le podrá entender.

Entre los hombres de esta clase, hay unos que dejan tras de sí el rastro vistoso y fugaz de una estela, y otros que marcan una impronta. Monseñor Escrivá ha sido de los últimos. Su huella per manece en la historia de la Iglesia y de la espiritualidad cristiana.

Con medio siglo de sacerdocio a sus espaldas, miles de discí pulos e hijos de su espíritu en todo el mundo, una predicación incan sable de palabra y por escrito, una copiosa obra literaria, que se enriquece y continuará enriqueciéndose con la progresiva publica ción de sus inéditos, Escrivá de Balaguer ha aportado a la Iglesia y a la experiencia religiosa y espiritual de los cristianos, ideas y rea lidades llamadas a ejercer una influencia duradera. La fundación del Opus Dei es, ciertamente, la principal empresa de su vida. Pero no soy yo la persona más indicada para glosaría, ni éste el lugar ni la ocasión de hacerlo.

Un interés más general tiene señalar el principio básico que ani maba el sacerdocio de Monseñor Escrivá y, por supuesto, también su labor fundacional, así como el estilo de la espiritualidad con que ha contribuido a ¡a vida cristiana del siglo XX.

Más que una invención original -que no sería estrictamente concebible en la Iglesia Católica–, lo que Monseñor Escrivá hizo fue extraer las consecuencias de una resuelta actitud de vuelta a las fuentes. En la más íntima esencia del mensaje evangélico, Mon señor Escrivá descubre una llamada divina, universal e igualitaria a la realización del ideal cristiano en la vida de cada hombre, sin distinción de clases ni personas, modos de vida ni estados sociales. En el lenguaje tradicional de la Iglesia, desde la era apostólica, a eso se le llama vocación ala santidad. Escrivá de Balaguer dijo algo que después repetiría la voz oficial de la Iglesia: Que esa llamada de Dios no era el privilegiado destino de unos pocos, sino una invi tación general y común para todos los cristianos. Consciente de su filiación divina, el hombre es llamado a realizarse plena y simul táneamente en los dos órdenes, natural y sobrenatural, mientras vive su existencia terrena: en el trabajo, igual que en el culto y en la oración, en el ambiente familiar, en el cumplimiento de sus debe res personales y sociales, en todos los aspectos y ocasiones de su vida.

El estilo de espiritualidad que caracteriza a las tareas de apos tolado cristiano y catequesis promovidas por Monseñor Escrivá, ya su propia labor personal, es coherente con esa concepción. Impli ca una positiva valoración cristiana de las realidades terrenas y una concepción unitaria de la vida humana, que no se deja separar en compartimentos estancos.

Al servicio de estos ideales dedicó Monseñor Escrivá de Bala guer más de cincuenta años de labor sacerdotal, de trabajo incesante y de oración, sin otra mira que cumplir fielmente lo que sentía que Dios pedía de él y con ejemplar lealtad a la Iglesia Católica Romana.


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