Libertad y responsabilidad personal

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Observará el lector, como observo yo mientras escribo, que desde el comienzo de este capítulo, dedicado al gobierno del Opus Dei, estamos dando vueltas siempre en torno a la libertad y a la responsabilidad personal de los miembros de la Obra, que es esencial en la espiritualidad del Opus Dei y que explica la rápida difusión en el mundo entero de esta institución, eminentemente secular y comprensible sólo si se acepta su carácter sobrenatural como único denominador común. Porque, ¿qué otra cosa podría unir a gentes tan distintas, de origen tan diverso y de tantos países?… ¿Qué otra cosa podría atraer a su labor incluso a personas de otras religiones o de ninguna?…

Mons. Julián Herranz –en un artículo publicado en Cristianos Corrientes– ha estudiado a fondo este tema de la libertad y la responsabilidad personal de los cristianos, enlazando con rigor la más límpida tradición de la Iglesia con la encíclica Mater et Magistra de Juan XXIII y con la vida práctica de millones de personas.

Los miembros del Opus Dei –repetía Mons. Escrivá de Balaguer desde 1928– se unen «exclusivamente para recibir ayuda espiritual y formación cristiana, y para colaborar en las obras apostólicas de la Obra». No juntan sus esfuerzos, por tanto, para perseguir ningún fin de carácter temporal, ni el Opus Dei puede intervenir en esas actividades temporales de sus miembros, que son actividades de índole personal y privada. El Opus Dei se preocupa sólo de la formación religiosa y de la atención espiritual de los fieles de la Prelatura: en consecuencia, cada uno conserva la autonomía y la libertad para seguir –con plena responsabilidad personal– en sus actividades seculares la opinión que le parezca razonable, de acuerdo con la fe católica y con sus propios criterios particulares.

Porque –y aquí está la raíz jurídica del tema– la dependencia de los miembros a la Prelatura no se extiende al trabajo profesional o a las doctrinas políticas, económicas, etc., como sabe explícitamente toda persona desde el mismo momento de su incorporación al Opus Dei.

La Declaratio de la S. Congregación para los Obispos, publicada por orden de Juan Pablo 11 el 23–VIII82, despejaba todo género de dudas sobre el particular:

«Por lo que se refiere a sus opciones en materia profesional, social, política, etc., los fieles laicos que pertenecen a la Prelatura –dentro de los límites de la fe y de la moral católicas y de la disciplina de la Iglesia– gozan de la misma libertad que los demás católicos, conciudadanos suyos; por tanto, la Prelatura no hace suyas las actividades profesionales, sociales, políticas, económicas, etc., de ninguno de sus miembros

«Procede así el Opus Dei –explica Mons. Herranz– no por prudencia humana, táctica o comodidad, sino porque tiene plena conciencia de su participación en la única misión de la Iglesia, la salvación de las almas. Hay, sí, unos principios éticos generales de actuación temporal que, por ser propios del espíritu cristiano, han de ser también propios de todos los miembros del Opus Dei: respeto y defensa del Magisterio de la Iglesia; nobleza y lealtad de conducta, que favorece la caridad en el trato social; comprensión y respeto de las opciones ajenas; capacidad de sacrificarse en el servicio de los intereses de la comunidad civil, etc.

»Son principios éticos de conducta que tienen categoría de elemento básico, de cimiento; sobre él, luego, cada uno construye lo que puede, su propia opinión y actuación concreta, eligiendo libremente entre las diversas soluciones profesionales, sociales y políticas opinables, la que más le convenza. “Con esta bendita libertad nuestra –ha dicho Mons. Escrivá de Balaguer– el Opus Dei no puede ser nunca, en la vida política de un país, como una especie de partido político: en la Obra caben –y cabrán siempre– todas las tendencias que la conciencia cristiana pueda admitir, sin que sea posible ninguna coacción por parte de los directores internos”».

Las consecuencias prácticas de esta libertad, que está en la entraña del Opus Dei y que es condición esencial de su existencia, son tan variadas como el número de miembros y como las situaciones en que cada uno de ellos puede encontrarse a lo largo de su vida. «Si uno del Opus Dei –afirmaba, en marzo de 1962, la revista austríaca Der Grosse Entschluss–, que es zapatero, trabaja en una zapatería, no es el Opus Dei el que se dedica a hacer zapatos. Si uno que es economista y hombre de negocios, se asocia con otras personas para trabajar y poner en marcha una fábrica de automóviles, un banco o una empresa publicitaria, no es ciertamente el Opus Dei el que se dedica a fabricar automóviles, a realizar operaciones de banca o a anunciar frigoríficos. Todas esas son ocupaciones y actividades profesionales en las que trabaja el abogado, el zapatero, o el hombre de negocios, que es miembro del Opus Dei; como quizá también trabajarán en estas mismas actividades y empresas otros abogados, zapateros u hombres de negocios que serán, por ejemplo, miembros de la Acción Católica o de los Caballeros de Colón, o simplemente socios del Automóvil Club».

Hijos de Dios

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En el otoño de 1931, don Josemaría comienza a desempeñar el cargo de capellán del Patronato de Santa Isabel. Desde allí, para llegar a su casa, camina habitualmente hasta la glorieta de Atocha, donde toma un tranvía. La calle no interrumpe su oración; en este mismo año, y durante el mes de septiembre, escribirá una nota que, años más tarde, ocupará el punto 1033 de «Forja»:

«Haz tuyos los pensamientos de aquel amigo, que escribía: “estuve considerando las bondades de Dios conmigo y, lleno de gozo interior, hubiera gritado por la calle, para que todo el mundo se enterara de mi agradecimiento filial: ¡Padre, Padre! Y, si no gritando, por lo bajo anduve llamándole así -¡Padre!-, muchas veces, seguro de agradarle. -Otra cosa no busco; sólo quiero su agrado y su Gloria: todo para El. Si quiero la salvación, la santificación mía, es porque sé que El la quiere. Si, en mi vida de cristiano, tengo ansias de almas, es porque sé que El tiene esas ansias. De verdad lo digo: nunca he de poner los ojos en el premio. No deseo recompensa: ¡todo por amor!”».

Pasan los días y las dificultades parecen acumularse: la carencia de medios para sacar la Obra adelante; el saberse sin influencias, sin conocimientos que puedan abrir puertas al espíritu que el Señor ha puesto en su corazón. Como telón de fondo está el panorama sombrío y poco tranquilizador del país, agravado por la adusta situación que se ha creado para cualquier actitud religiosa.

Del 8 al 14 de octubre tendrán lugar los debates parlamentarios sobre el punto 26 de la Constitución Republicana, que se refiere al estatuto jurídico de la Iglesia y de las Ordenes religiosas. Parece que, en lugar de allanarse los caminos, se levantan murallas imprevistas que impiden el paso de aquel torrente que hay en su alma.

Un día, al salir de Santa Isabel(13), toma en Atocha el tranvía que ha de llevarle, Paseo de la Castellana adelante, y se mezcla con la gente que habla en voz alta, que comenta todo tipo de incidencias. Mientras, cruzan los coches en todas direcciones y el día vuelca su actividad sobre las calles.

Y allí, en medio de aquel fragor, de pronto, como respuesta a esas amargas dificultades, oye en su interior, con fuerza irresistible e innegable, esas palabras del Salmo segundo: «… Tú eres mi hijo»(14).

Y baja del tranvía, casi tambaleándose bajo el impulso de esta clara y confiada protección divina, sin poder repetir más que una y otra vez, también con palabras de la Sagrada Escritura: “Abba, Pater!; Abba! Pater”!(15): Padre, Padre mío.

Siente, paladeando esta afirmación, que nada puede turbar el curso de la vida y de la historia que Dios desea abrir para los hombres. La Obra que se le ha encomendado depende de su fidelidad y de la Omnipotencia de lo Alto. Y descansa en el profundo conocimiento de la filiación divina.

Tiempo más tarde contará a sus hijos esta aventura de su oración en un tranvía madrileño, y les añadirá:

«La calle no impide nuestro diálogo contemplativo; el bullicio del mundo es para nosotros, lugar de oración. Probablemente hice aquella oración en voz alta, y la gente debió tomarme por loco:” Abba! Pater!” Qué confianza, qué descanso y qué optimismo os dará, en medio de las dificultades, sentiros hijos de un Padre, que todo lo sabe y que todo lo puede»(16).

Y, más adelante, les repetirá que esa confianza es más fuerte en la contradicción, en la proximidad de la Cruz:

«Y ahora lo veo con una luz nueva, como un nuevo descubrimiento: como se ve, al pasar los años, la mano del Señor, de la Sabiduría divina, del Todopoderoso. Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón -lo veo con más claridad que nunca- es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso,ser hijo de Dios» (17).

Esta dulce convicción quedará grabada en el ánimo de Monseñor Escrivá de Balaguer para toda su vida. El sentido de filiación divina -saberse hijo de Dios- será un aspecto fundamental de la espiritualidad del Opus Dei; el centro de donde mana la seguridad, la alegría del acontecer humano. Hasta el último instante sentirá la protección y la grandeza de las manos de Dios que siguen, paso a paso, la ruta de los hombres. Probará la certeza de que todo es para bien; incluso las dificultades: “Omnia in bonum!”, repetirá con una seguridad que deja clavada en el perfil sobrenatural de la Obra, como jaculatoria de fe inconmovible que repite ante cualquier dolor, ante la más fuerte contradicción.

Es tal su seguridad, que algunos la han llegado a confundir con un sentimiento de soberbia. Nada más lejos de su ánimo, que balbucea humildemente, y se apoya, como en una roca inconmovible, en la fortaleza del amor de Dios. Las audacias que propondrá a sus hijos son de vida interior, de conformación con la Voluntad de Dios, de santidad y alegría en medio de todos los trabajos. Saberse hijo de Dios, transforma la creación en un extenso recuerdo de familia en el que cada luz, cada trigo, cada amanecer y cada esfuerzo humano son mensaje constante del amor de Dios para con sus hijos de la tierra. «La filiación divina llena toda nuestra vida espiritual, porque nos enseña a tratar, a conocer, a amar a nuestro Padre del Cielo, y así colma de esperanza nuestra lucha interior, y nos da la sencillez confiada de los hijos pequeños. Más aún: precisamente porque somos hijos de Dios, esa realidad nos lleva también a contemplar con amor y con admiración todas las cosas que han salido de las manos de Dios Padre Creador. Y de este modo somos contemplativos en medio del mundo, amando al mundo»(18).

Su confianza sobrenatural se vuelca sobre todos los problemas, grandes y chicos, de los hombres. Cuando en el año 1969 una mujer le habla de un hijo subnormal que le acongoja, las palabras de Monseñor Escrivá de Balaguer llegan, despacio, hasta su corazón:

«Dios os ha bendecido de una forma especial, mostrando un cariño de predilección, porque el Señor -nos lo dice el Evangelio- prueba más a quienes más quiere. Puedes estar segura de que sufro con vosotros y de que pido a Jesús que os ayude a llevar su Cruz con alegría.”Omnia in bonum”! El mundo es bueno, todo es bueno o, por lo menos, lo permite Dios, para que seamos mejores, ya que de grandes males saca grandes bienes»(19)

Y si alguien siente la fatiga en el camino de Dios, le anima:

«El nos habla como un Padre amoroso, y nos da, sin espectáculo, la fuerza necesaria, incluso humana, para terminar las cosas con la misma ilusión con que las hemos comenzado.

Dios mío, confío en Ti, no me veré avergonzado (…). “Possumus! Possumus! Possumus!” -¡Podemos, podemos!-. Y éste no es un grito de soberbia. Esto es un grito de humildad, de unión con Dios, de caridad mutua»(20).

Tras una gran dificultad decía, en 1942, en su despacho de la casa situada en Diego de León:

«Nunca pasa nada, aunque se mueva el pavimento; sólo la infidelidad, romper la unión con Dios, es lo grave»(21).

Su sentido de amor filial se refleja en amar a su Padre del Cielo con el mismo corazón con el que amó a sus padres:

«¿Quién de vosotros no se acuerda de los brazos de su padre? Probablemente no serían tan mimosos, tan dulces y delicados como los de la madre. Pero aquellos brazos robustos, fuertes, nos apretaban con calor y con seguridad. Señor, gracias por esos brazos duros. Gracias por esas manos fuertes. Gracias por ese corazón tierno y recio» (22).

La actividad pastoral del Fundador del Opus Dei ha conducido a despertar en una multitud de cristianos, como radical consecuencia del Bautismo, el sentido de la filiación divina.

Desde aquel día de 1931, tiene esta convicción enraizada con tal fuerza en el alma, que la repite, incansable y amorosamente, cada vez que habla o escribe a sus hijos y a todas las gentes del mundo: porque esta filiación divina nos entronca con la amistad, la fraternidad de Cristo -Hermano Mayor- y nos conduce a la alegría de sabernos mirados, alentados y protegidos de continuo por la presencia de las Personas Divinas.

«Un alma en el Opus Dei no tiene ni miedo a la vida ni miedo a la muerte, porque el fundamento de su vida espiritual es el sentido de su filiación divina: Dios es mi Padre, y es el Autor de todo bien y es toda la Bondad»(23).

Jesús es reconocido como hermano, amigo, en la espiritualidad del cristiano recogida en los puntos de «Camino»:

«Jesús es tu amigo. -El Amigo. -Con corazón de carne, como el tuyo. -Con ojos, de mirar amabilísimo, que lloraron por Lázaro…

-Y tanto como a Lázaro te quiere a ti»(24).

Esta amistad, que nos acompaña a lo largo de la existencia, pone luz, esperanza, alegría, en todos nuestros pasos:

«Iban aquellos dos discípulos hacia Emaús. Su paso era normal, como el de tantos otros que transitaban por aquel paraje. Y allí, con naturalidad, se les aparece Jesús, y anda con ellos, con una conversación que disminuye la fatiga. Me imagino la escena, ya bien entrada la tarde. Sopla una brisa suave. Alrededor, campos sembrados de trigo ya crecido, y los olivos viejos, con las ramas plateadas por la luz tibia.

Se termina el trayecto al encontrar la aldea, y aquellos dos que -sin darse cuenta- han sido heridos en lo hondo del corazón por la palabra y el amor del Dios hecho Hombre, sienten que se vaya

(…). Hemos de detenerlo porfuerza y rogarle: “continúa con nosotros, porque es tarde, y va ya el día de caída” (Lc XIV, 29), se hace de noche (…)

Y Jesús se queda. Se abren nuestros ojos como los de Cleofás y su compañero, cuando Cristo parte el pan; y aunque El vuelva a desaparecer de nuestra vista, seremos también capaces de emprender de nuevo la marcha -anochece-, para hablar a los demás de El, porque tanta alegría no cabe en un pecho solo.

Camino de Emaús. Nuestro Dios ha llenado de dulzura este nombre. Y Emaús es el mundo entero, porque el Señor ha abierto los caminos divinos de la tierra»(25).

“Trabajar con Cristo y como Él”

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Para comprender mejor la espiritualidad del Opus Dei, la publicación francesa Famille Chrétienne entrevista al Prelado, Monseñor Javier Echevarría.

-Su experiencia como obispo de una Prelatura personal es muy diferentes a la de los obispos que encabezan una diócesis. ¿Cuáles son sus particularidades?

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“Los obispos compartimos la responsabilidad sobre toda la Iglesia”

En los cuatro sínodos de obispos en los que he participado como padre sinodal, he sentido la solidaridad de mis hermanos en el episcopado. Como miembros del colegio episcopal, compartimos, unidos al Papa, la responsabilidad sobre toda la Iglesia. Se aprende mucho de los demás.

Desde luego, la extensión geográfica de la prelatura del Opus Dei, desde China a Estonia, del Líbano a la India, de México a Uganda, nos sirve para palpar diariamente las realidades más variadas. (…)

También, estamos en contacto permanente con los problemas de los hombres, desde los más banales a los más graves: el hambre (hay fieles de la Obra que no pueden hacer más que una comida al día, como por ejemplo en los Andes peruanos o en alguna isla de Filipinas); la guerra o la inseguridad en Tierra Santa, Colombia, Congo o Sudáfrica y en tantos otros países; o los desafíos intelectuales más serios, como por ejemplo los que se refieren a la bioética.

Pero los medios son siempre los mismos: la Cruz y el Evangelio. Y la misión que la Prelatura ha recibido de la Iglesia atañe a todos los hombres: recordar a cada uno que Dios le ama y espera ser correspondido en la vida ordinaria. En otras palabras, la llamada universal a la santidad allí donde nos encontremos.

El Opus Dei participa pues en la misión de la Iglesia y comparte con ella y en ella “la alegría y la esperanza, la tristeza y el sufrimiento de los hombres” (Vaticano II, Constitución Gaudium et Spes, n° l).

Uno de los retos a los que se enfrentan los fieles de la prelatura es el desconocimiento que se tiene de Jesucristo en grandes áreas del mundo y en amplias capas de la población, desde Suecia a Kazajstán, de Singapur a Finlandia.

Asimismo, nos enfrentamos a la anorexia espiritual de la Vieja Europa; a su “cultura de la muerte”; y a la búsqueda de la igualdad educativa formulada “a la baja”, que son causa de una emotividad exacerbada que revela una falta de referencias y ausencia de coraje, en especial a la hora de combatir los propios defectos, los propios pecados.

Este panorama quedaría incompleto si no mencionáramos el actual deseo del Absoluto entre la juventud, el crecimiento de una conciencia ecológica bien enfocada, y una mayor apertura a la existencia de Dios. Esta palabra, pese a que aún quema en los labios de muchos políticos occidentales, sigue interpelando a mucha gente. Un gran número de jóvenes está descubriendo la novedad de Cristo.

Querría añadir que, gracias a Dios, esta sed de renovación, este deseo de ampliar las fronteras, no pertenece sólo a los jóvenes. Hay, en todos los niveles de las sociedad, hombres y mujeres humanamente maduros, quizá adultos, que mantienen un corazón joven, dispuesto a recibir y a darse.

-La prelatura personal es un hecho único creado a la medida, que permite al Opus Dei estar presente en cualquier diócesis preservando su independencia y su propia autoridad, algo que puede ser fuente de incomprensión y tensiones.

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“Los medios son siempre los mismos: la Cruz y el Evangelio”

Las prelaturas personales aparecieron en el Concilio Vaticano II como una respuesta a las necesidades pastorales de la Iglesia actual.

La prelatura del Opus Dei es una institución que, desde el punto de vista teológico y canónico, resulta similar a una diócesis, como es el caso de los ordinarios militares. Pero no se distingue por su independencia, sino más bien por la colaboración ofrecida a las diócesis.

De este modo, la prelatura del Opus Dei constituye un servicio que la Iglesia Universal ofrece a las Iglesias particulares. En ningún caso suplanta a estas Iglesias ni a la pastoral diocesana.

De hecho, el Opus Dei, que no posee ninguna liturgia particular, no interfiere para nada con la autoridad local. Sus fieles van a las parroquias, como todo el mundo, para participar en la Eucaristía, el domingo y entre semana. Estos fieles celebran sus bodas, bautizos, comuniones, confirmaciones o funerales en estas parroquias, que dependen de los obispos del lugar.

A menudo, sacerdotes del Opus Dei ayudan a las Iglesias particulares en la atención de de una capellanía universitaria, de una parroquia o del clero diocesano: dependen entonces, para estas misiones, del obispo de la diócesis. (…)

¿Hay algún aspecto de la prelatura del Opus Dei que le parezca más difícil de entender al gran público, creyente o no?

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“Si cada uno se esfuerza por hacer las cosas bien es posible encontrarse con Cristo”

El Opus Dei, al ser una obra de Dios —ese es, precisamente, su significado en latín—, resulta incomprensible para quien no tiene fe o para quien es incapaz de comprender al prójimo sin abandonar sus propios esquemas mentales, a menudo exclusivamente políticos o sociológicos.

Aunque es verdad que la Prelatura pone especial hincapié en la formación de intelectuales —a quienes no hay que identificar con los ricos ni con los poderosos de la tierra—, en realidad se dirige a todos aquellos que llevan una vida normal y corriente e medio del mundo.

Esto puede molestar a quienes ocultan ante los demás su condición de cristianos, a quienes guían su vida según una ideología atea y desean eliminar a los católicos de la vida pública, de los debates de la sociedad, de los centros de enseñanza y, en general, del mundo del trabajo.

Los cristianos coherentes son la piedra en el zapato de quienes tratan de apagar la fe; o, por usar una metáfora evangélica, son la sal de la Tierra. La verdadera amenaza no son las incomprensiones “del exterior”, sino la desvirtualización de la sal se vuelva sosa, el indiferentismo, en una palabra, la renuncia práctica a una fe que es, además, un camino de vida.

La prelatura del Opus Dei ha organizado un congreso con ocasión del centenario del nacimiento de su fundador, el beato Josemaría Escrivá.

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“Es de Cristo de quién debemos hablar”

Ha sido uno de los muchos actos que se han convocado durante este año (…). Es una gran fiesta. No la fiesta por un sacerdote santo, sino, me atrevería a decir, una fiesta por Jesucristo. El beato Josemaría Escrivá decía: “Es de Cristo de quien debemos hablar, no de nosotros”.

Todo hombre, toda mujer, sean quienes sean, están llamados a la santidad, es decir, a identificarse con Jesucristo. Josemaría Escrivá anotó en 1930 en sus apuntes íntimos: “¡Santos! Permaneciendo en el mundo, en nuestros quehaceres ordinarios, en nuestros deberes de estado, ahí y gracias a todo eso”.

Hay un refrán francés que dice mucho de la sabiduría popular de antaño: “Si cada cual se ocupa de lo suyo, las vacas estarán bien guardadas”. Si cada uno se esfuerza, en su trabajo, en su vida normal, por hacer las cosas bien, sin dejarse llevar por la intranquilidad y sin encerrarse en un cómodo egoísmo, es posible encontrarse con Cristo para trabajar con Él y como Él. (…)


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