Villa Tevere

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Durante más de once años, en Viale Bruno Buozzi sonarán las piquetas de los albañiles, el ruido de las excavadoras, las voces que los capataces hacen llegar de uno a otro andamio. El Fundador no ha querido bendecir la pimera piedra. Reseva la prisa y la paciencia de su corazón para la última: aquella que ha de coronar el edificio.

El antiguo inmueble recibirá el nombre definitivo de Villa Vecchia, y su estilo se mantendrá aunque los arquitectos construyen dos pisos sobre la primitiva estructura. A un lado irán dos casas con fachada a la calle lateral: una de ellas para alojar, de modo independiente, a la administración doméstica. La otra, llamada Montagnola, para la Asesoría Central, organismo de gobierno de la Sección de mujeres de la Obra. El conjunto entero de la finca responderá al romano nombre de Villa Tevere.

La estructura no puede desentonar del estilo de la zona y de la ciudad. Ha de ser, además, un hogar que dé calor a la vida cotidiana del Opus Dei.

Y como tal hoga se proyecta. Cada rincón, cada pasillo, salita o lugar de reunión, debe hacer patente un modo de ser que aparece en el alma y el cuerpo de Villa Tevere.

Resulta increíble pensar que semejante proyecto ha dado comienzo sin medios económicos para financiarse. Sin embargo, así es. A medida que la Obra se extiende, se solicita ayuda a muchas personas de todo el mundo para construir la Sede Central. Al mismo tiempo, el Padre no se permite una pausa en el camino de amor por las almas. No espera a que se acabe la dificultad de estas obras para impulsar otras actividades. Atiende un abundante apostolado en Italia. Prepara la llegada del Opus Dei a otros países. Programa la formación intelectual y ascética de sus hijas e hijos. Se entrega a un estudio constante. Muchas veces, una contrariedad echa por tierra un trabajo que parecía terminado y hay que volver a empezar. Pero hace honor al Somontano que le vio nacer. Hay en su carácter una gran fortaleza y una capacidad de superar contrariedades por insalvables que parezcan. El lo llama tozudez aragonesa; todos saben que es, en primer lugar, una gigantesca fe en Dios.

“Villa Tevere” se levantará firme, sobre cimiento sólido. En los oratorios se suple con más esfuerzo la escasez de medios, para ofrecer a Dios lo mejor de que se dispone: el más bellamente construido será el de la Santísima Trinidad; el mayor, el de Santa María de la Paz, hoy iglesia Prelaticia.

Arriba, en lo alto de un torreón, se puede leer una gran cartela con las palabras Omnia in bonum!, que el Padre explica así:

«Doctrina paulina (…), que yo he repetido tanto en mis treinta años de vocación al Opus Dei. No hay nunca motivo para perderla paz» (23).

“Omnia in bonum”, en lo alto, bien a la vista. Para que se grabe en los ojos y en la mente, y cale hasta el corazón, y se extienda por el mundo entero en siembra de paz y de alegría.

Alegría que inunda la doctrina del Apóstol y que el Fundador apoya en el sentido de filiación divina. Todo cuanto sucede concurre en el bien de los que aman a Dios. Saberse hijos del Padre que está en los Cielos es la certeza de que toda situación, aun aquellas de difícil comprensión humana, tiene su clave en el universal Amor de Dios por sus hijos.

El primer edificio que se termina es el destinado a la Administración, para las mujeres de la Obra que se ocupan de la atención doméstica. El Padre ha dirigido muchos de los detalles, incluso en la decoración interna de la casa. Y les invita, desde entonces, a cuidar especialmente aquello que Dios y la entrega de las gentes de todo el mundo van a poner en sus manos, porque estos muros y estas paredes, les dice, «parecen de piedra y son de amor»(24).

Es decir, cada piedra, cada metro cuadrado, se ha construido sobre el trabajo, el sacrificio y la oración de tantos que ya participan de los apostolados del Opus Dei.

Les rogará, de nuevo, que encomienden al Cielo los pasos de don Alvaro para conseguir créditos con los que sostener y avanzar las tareas comenzadas. A veces los días parecen acelerarse a velocidad increíble. Muchas semanas no hay dinero con qué pagar. Se hacen todas las gestiones posibles. Y de un modo a veces inesperado, siempre se sale a flote. Llega un envío, responden a una llamada, un Banco concede un nuevo crédito. Y todo sigue adelante. Repetidas veces el Padre comenta refiriéndose a don Alvaro:

«Al lado de este hombre es imposible no tener fe»(25).

En los momentos más críticos mantiene el señorío de la generosidad con las personas que prestan algún servicio en la casa. Les invita a participar de algún refrigerio; es espléndido en los salarios, aunque sean las últimas liras que quedan en la casa.

El cuarto del Padre, en los futuros edificios, será una habitación pequeña y austera. El enlosado del suelo, azul y blanco, de forma romboidal. Una cama muy sencilla. Una mesa con tablero que se abre por medio de bisagras. Un sillón de madera y una lámpara de pie, con pantalla.

En la pared un óleo de escuela italiana, ovalado, que representa la Sagrada Familia. A la derecha el Crucifijo. Una inscripción sobre la puerta: «Aparta, Señor, de mí lo que me aparte de Ti » (26).

En la cabecera de la cama, unos mosaicos dibujan un corazón escoltado por esta frase: “Iesus Christus Deus” Homo.

Una mesita de noche y una pequeña banqueta de madera completan la habitación.

En su cuarto de trabajo hay una librería; sobre la pared, las fotografías de los tres primeros hijos suyos que se ordenaron sacerdotes y un rosario de gruesas cuentas. Un tríptico que adorna lo alto de un mueble-cajonera. Un sillón y una mesa de estilo castellano.

Colgada de una pared, una cuerda con la placa metálica numerada que llevan los soldados en tiempo de campaña para su identificación. Está colocada bajo una sencilla acuarela que representa un borriquillo. En la cuerda hay diez nudos. Los hizo un hijo suyo, durante la guerra española, para rezar el Rosario en las trincheras de los campos de batalla.

La ventana, de medianas proporciones, da al llamado “Cortile vecchio”. Igual que las puertas y librerías, está pintada en color verde.

En este pequeño despacho, así como en el destinado a don Alvaro, el Fundador rezará, soñará y conducirá la Obra por los caminos de Dios. Esta va a ser época de maduración bajo su impulso. La etapa de la gran expansión por los cinco Continentes.

A través de la ventana mirará con frecuencia el “Cortile vecchio”: ese pequeño patio de empaque romano, que tiene tonos ocre y mosaicos de colores. Se puede ver la representación de Santa María, que cabalga en borrico blanco y lleva al Niño entre los brazos. A un lado, tres argollas de hierro viejo dan al conjunto sabor de casa antigua, con invitación de hidalga hospitalidad. Es un lugar para monturas que esperan el comienzo de viaje o que retornan del campo una vez cumplida su misión. Y en el suelo, grabadas en la piedra, las huellas de unos pies descalzos: el estilo romano de indicar la dirección correcta.

Por este cortile silencioso cruzarán sus hijos -un día que hoy queda lejano en el tiempo- con el cuerpo exánime del Fundador; se les habrá ido en plena juventud del alma, en el umbral de su trabajo cotidiano, junto a estos muros levantados con el impulso de su amor a Dios y a los hombres.

Consummati in unum

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Dice el Evangelio que los amigos de Jesús estaban reunidos en un mismo lugar después de la partida del Maestro. Apiñados. Hasta que el Espíritu Santo, Aquel que Jesucristo les había prometido durante tres años, inundó sus almas y se esparcieron, ahítos de valor y de esperanza, por toda la tierra.

El 26 de junio de 1975, una multitud de corazones afincados en las cinco partes del mundo acompasan su latir en un único afecto, un idéntico afán: Roma. El lugar donde duerme el cuerpo del Fundador. Allí donde un sagrario, que preside el oratorio de Pentecostés, muestra las palabras que hiciera grabar Monseñor Escrivá de Balaguer: Consummati in unum(1).

«¡Todos -con Jesucristo- somos una sola cosa! Que, metidos en la fragua de Dios, conservemos siempre esta maravillosa unidad de cerebro, de voluntad, de corazón. Y que Nuestra Madre, por la que llegan a los hombres todas las gracias -canal espléndido y fecundo-, nos dé con la unidad, la claridad, la caridad y la fortaleza»(2).

Ahora que el Padre se ha marchado, empieza a adquirir una gran fuerza su memoria. Sus palabras cobran todavía más certeza; su espíritu se ahonda y ensancha dentro del alma de sus hijos; las dimensiones de su enseñanza desbordan el sonido de su voz que suena, con gran eco, en el interior de cada uno.

Así adquiere su muerte unas características de intimidad, cariño y exigencia que se hacen, si cabe, más personales. El Padre sigue llenando la casa, con toda la arrolladora vitalidad de su estilo humano y de su perfil ascético. Sus escritos adquieren, de pronto, la perennidad de lo esculpido. Como si la muerte misma les hubiera destinado a la más dilatada supervivencia.

Incluso la casa que alberga esta familia de vínculos sobrenaturales parece repetir el eco de aquella gratitud que imponía su presencia:

«De aquí no se va nadie, hijo mío, porque todos estamos, siempre consummati in unum -solía decir cuando despedía a los que se iban fuera de Roma- (…). Nos sentimos tan unidos, hijos míos, porque todos procuramos vivir dentro del Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús, al que llegamos por medio del Corazón Dulcísimo de María. De manera que estamos siempre muy bien acompañados, en cualquier lugar donde nos encontremos. No perdáis nunca esta unidad (…).

Dondequiera que se halle uno de vosotros, allí estaremos los demás, con toda nuestra ilusión por acompañarle. No nos decimos adiós, ni siquiera hasta luego; continuamos siempre consummati in unum.

Si alguno piensa que está solo en un momento de su trabajo profesional, que es siempre apostolado, o en una labor cualquiera, también siempre inmediatamente apostólica, deberá rechazar enseguida esa tentación. ¡Nadie puede sentirse solo en el Opus Dei! Con nuestro clamor incesante ante el trono de Dios formamos una sola voz, una misma oración, un único latido, porque todos palpitamos con el corazón de la Obra» (3).

En esta unidad irrompible, se avecina el 15 de septiembre de 1975. Es el día fijado para la elección del sucesor del Padre. Festividad litúrgica de Nuestra Señora de los Dolores. Acuden a Roma los Electores representantes de sesenta mil miembros de la Obra repartidos por el mundo. Ciento setenta y dos en total. Cada uno lleva el sentir de sus hermanos. Una inmensa paz se extiende por esta reunión, la primera después de la muerte del Padre, en la Ciudad Eterna. Aquí están aquellos que le siguieron hace tantos años, cuando el Opus Dei era una locura que nadie se atrevía a aceptar. Algunos, también algunas hijas suyas, acompañan ya a Monseñor Escrivá de Balaguer en su última morada: Guadalupe Ortiz de Landázuri, José María Hernández de Garnica, Salvador Canals… Para otros, es la primera oportunidad de acercarse a la tumba del Fundador en la Cripta de Villa Tevere: Francisco Botella, Pedro Casciaro, José Luis Múzquiz, Ricardo Fernández Vallespín…

La nieve del tiempo ha caído sobre sus cabezas. Pero se mantiene viva en la mirada y en el talante interior la misma fe, la misma disponibilidad; la certeza de que el Opus Dei es un «mandato imperativo de Cristo» cuyo depositario fue un hombre elegido por Dios: Josemaría Escrivá de Balaguer.

El día 14, después de una Misa del Espíritu Santo oficiada en Santa María de la Paz, emiten su voto las electoras de la Sección de mujeres de la Obra. Al día siguiente, 15 de septiembre, se reúne y vota del mismo modo la Sección de varones. El escrutinio arroja un plebiscito unánime hacia don Álvaro del Portillo. La Obra entera, en el espíritu de su Fundador, acaba de acogerse a la autoridad y al amor de un hombre fuerte en la fe, compañía del Padre durante cuarenta años. Receptor humilde y constante de sus enseñanzas. Acumulador leal de todas las palabras y actitudes vitales, humanas y sobrenaturales, que constituyen el contenido teológico del Opus Dei. No hay nada que cambiar, nada que modificar. Hay que recoger un tesoro inquebrantable para transmitirlo, intacto, a los que vengan después de esta etapa fundacional que ha terminado el 26 de junio de 1975.

El Romano Pontífice recibirá muy complacido el resultado de la votación. Durante muchos años, don Álvaro pertenece a varios Dicasterios romanos y colabora en los trabajos de la Santa Sede. Enseguida la prensa conoce la noticia oficial. A la pregunta: ¿Qué hará ahora el Opus Dei?, ha respondido el primer sucesor de Monseñor Escrivá de Balaguer:

-«Seguir caminando, hacer lo que hemos hecho siempre, también desde que el Señor se llevó consigo a nuestro Fundador. Seguir caminando con el espíritu que él nos ha dejado definitivamente establecido, inequívoco (…).

En el Opus Dei no hay vértice ni base. Todos somos igualmente hijos de nuestro Fundador, quien nos ha enseñado a poner a Cristo en la propia vida, y que ha dado para siempre a nuestra Institución el carácter sencillo y cordial de una familia bien avenida»(4).

Los días 15 y 16 de septiembre se procede a la elección de los miembros del Gobierno Central de las dos Secciones de la Obra. Quedan constituidos por personas de diversas nacionalidades. El nuevo Presidente General, que es ya el Padre para toda la Obra, habla a sus hijas e hijos de la unidad inquebrantable de todos desde los primeros momentos. Los testimonios recibidos en Roma después del fallecimiento del Fundador han sido un plebiscito de unidad, de amor, de santidad. Y ha añadido:

«He recibido millares de cartas de miembros del Opus Dei de todo el mundo. Es estupendo comprobar que el espíritu es el mismo, independientemente de la raza o la cultura de la persona que escribe» (5) . Don Álvaro dirá, emocionado, que este alud de cariño, este apoyo en unidad «ha sido un río en crecida, pero de agua limpia. Ha sido un diapasón que ha vibrado en toda la tierra con una sola nota muy sobrenatural. Ha sido una maravillosa y divina sinfonía, que no parece de este mundo, la que han cantado al unísono las hijas y los hijos de nuestro santo Fundador»(6).

Las rosas se suceden en la Cripta, donde reposan los restos mortales del Padre. Miles de personas acuden para rezar y rendir su afecto. Aquí, más que en ninguna parte, se escuchan las palabras de aquel ruego:

«Sed fieles, hijos de mi alma, ¡sed fieles! Vosotros sois la continuidad. Como en las carreras de relevos, llegará el momento -cuando Dios quiera, donde Dios quiera, como Dios quieraen el que habréis de seguir vosotros adelante, corriendo, y pasaros el palitroque unos a otros, porque yo no podré más. Procuraréis que no se pierda el buen espíritu que he recibido del Señor, que se mantengan íntegras las características tan peculiares y concretas de nuestra vocación. Transmitiréis este modo nuestro de vivir, humano y divino, a la generación próxima, y ésta a la otra, y a la siguiente»(7).

Ya durante su vida el Fundador decía -poniendo buen humor al hecho de desaparecer de la escena cotidiana- que, cuando muriera, no tenía que ocurrírseles convertir sus habitaciones en una especie de museo. Todo lo contrario. Debía ocuparlas inmediatamente su sucesor. Esta decisión práctica estuvo siempre muy unida a un carácter entrañable para los objetos y las situaciones. Lo que tenía un valor simbólico se guardaba con esmero. Lo que servía para la vida ordinaria, de trabajo, de utilidad para Dios y para los demás, se usaba sin el menor reparo hasta agotar sus posibilidades.

Por eso pidió que las habitaciones del Fundador fuesen siempre un lugar de trabajo, sin reservas. Y por este deseo, don Álvaro del Portillo las ocupará después de su elección. Sobre una pared, enmarcadas, se leen estas palabras: Cursum consummavi, fidem servavi. He terminado mi carrera, he guardado la fe (8).

Y más abajo, otra inscripción en latín: et tu confirma filios meos. Confirma a mis hijos.

Don Alvaro explicará en una tertulia, que estas palabras son el eco de aquella historia familiar conmovedora que se remonta a los años cuarenta, cuando don Leopoldo Eijo y Garay, entonces Obispo de Madrid llamó al Fundador de la Obra y le dijo aquellas palabras de Cristo a Pedro: «”ecce Satanas expetivit vos, ut cribraret sicut triticum”: Os removerá, os zarandeará, como se zarandea el trigo para cribarlo. Luego añadió: yo rezo tanto por vosotros… Et tu… confirma filios tuos!: Tú, confirma a tus hijos. (9)». Y colgó…

Hoy queda grabada esta frase como un alerta para cuidar de esa multitud que debe recibir la fortaleza de fe.

El 5 de marzo de 1976, el Papa concede una audiencia a don Álvaro del Portillo. Acaban de dar las doce de la mañana. Unos minutos después, es introducido ante Pablo VI. El Romano Pontífice le recibe en pie, apoyado sobre la mesa de trabajo. Levanta sus brazos, cuando le tiene cerca, y le felicita con gran cariño.

-«Santidad, agradezco mucho esta felicitación, pero yo pido al Santo Padre que tenga conmigo la caridad de concederme su Bendición Apostólica y sus oraciones. Porque soy el sucesor de un santo, y eso no es nada fácil.

-“Ma adesso il santo é in Paradiso, e ci pena lui”; ahora el santo está en el Cielo, y él se preocupa de llevar la Obra adelante».

Durante una hora larga el Papa hablará con don Álvaro, afirmando que Monseñor Escrivá de Balaguer es uno de los hombres que han recibido más carismas, más gracias de Dios, a lo largo de toda la historia de la Iglesia, y que siempre ha respondido con generosidad, fiel a esos dones divinos.

Y añadirá que, si quieren ser fieles a la Iglesia… han de ser muy fieles al espíritu de su Fundador. Y continúa: «Usted, siempre que deba resolver algún asunto, póngase en presencia de Dios, y pregúntese: en esta situación, ¿qué haría mi Fundador?; y obre en consecuencia. Diga a todos sus hijos y a todas sus hijas que, siendo fieles al espíritu del Fundador, servirán a la Iglesia -como la han servido hasta ahora- con eficacia, con profundidad, con extensión».

Luego se preocupará de que sus escritos, palabras, enseñanzas estén recogidos y a salvo de cualquier pérdida, porque… «es un tesoro, no solamente para el Opus Dei, sino para toda la Iglesia»(10).

Monseñor Álvaro del Portillo relata a Pablo VI anécdotas del Padre, el carácter de sus últimas y masivas reuniones en el mundo entero, la variedad de hijos que componen la Obra… Y le entrega unas fotografías del reciente terremoto de Guatemala. Una familia, menguada por la desgracia, trabajadores de la tierra, reza junto a los escombros de su casa. Tienen hijos en el Opus Dei.

Cuando don Álvaro regresa a Villa Tevere contará algunas de las afirmaciones de Su Santidad. Para ello ha pedido al Santo Padre el correspondiente consentimiento, que le otorga encantado.

Estas palabras del Romano Pontífice son la mejor confirmación de la fama de santidad del Fundador. La Obra sigue su camino, en unidad perenne, sin fisuras. Para servir a la Iglesia «como ella desea ser servida».

«En el Opus Dei tenemos un cariño extraordinario y una gran veneración por la persona del Papa: un cariño y una veneración que queremos que sea mayor cada día. En mi deseo de servir a la Iglesia, yo he procurado siempre que mis hijos amen mucho al Papa» (11).

Por voluntad expresa de Pablo VI, don Álvaro del Portillo eleva hoy su oración por el Vicario de Cristo y por la Iglesia aquí, en la Cripta. En el borde mismo de la tumba del Fundador. Un puñado de rosas rojas simboliza la fecundidad de esta oración avalada por el sacrificio.

Ecuador: centro del mundo

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El Padre llega a Ecuador convaleciente de una bronquitis gripal. Pesan sobre él semanas de intenso trabajo, y ahora se añade la eventualidad que suele atacar a los que vienen de otras latitudes: el mal de altura, el «soroche», como lo llaman en Quito.

Desde su llegada hasta el 10 de agosto no podrá ver a nadie ni llevar a cabo plan alguno. Miles de personas esperan todavía la posibilidad de conocerle. En la Residencia Illinízas se ha instalado un gran toldo que cubre toda la cancha deportiva. Por si el Padre puede hablar a los hijos suyos de Ecuador.

Acepta esta limitación que le impide llegar a donde había proyectado. Pero lo asume con el humor y la humildad de quien se sabe llevado y traído por el aire de Dios y no de los planes humanos.

«Bueno, el hombre propone y Dios dispone. Yo estaba tan ilusionado -y sigo estándolo- por haber venido aquí, por encontrarme con vosotros y con todos los demás… Pensaba: hemos de pasar cuarenta y ocho horas descansando un poco -porque parecía necesario-, y después… Después han pasado diez días, y aquí estamos. Ya me podíais haber dicho que teníais estas bromas con la altura y con el tiempo… »(55)

Alguien se lamenta de que los tres mil metros de altitud le hayan tratado tan mal:

-«¡Si lo estoy pasando colosalmente en Quito!

-La altura, Padre, la altura…

-Es que no soy un hombre de altura. De manera que Quito no me ha gastado ninguna broma. Ha sido Nuestro Señor, que sabe cuándo las hace, y juega con nosotros. Mira, lo dice el Espíritu Santo: ludens coram eo omni tempore, ludens in orbe terrarum, en toda la tierra está jugando con nosotros, los hombres, como un padre con su niño pequeño. Ha dicho: éste, que está tan enamorado de la vida de infancia, de una vida de infancia especial, ahora se la voy a hacer sentir yo. Y me ha convertido en un infante. ¡No deja de tener gracia!»(56)

En otro momento, dice en voz alta:

«Jesús, acepto vivir condicionado estos días y toda la vida, y siempre que quieras. Tú me darás la gracia, la alegría y el buen humor para divertirme mucho, para servirte, y para que la aceptación de estas pequeñeces sea oración llena de amor» (57).

Aquí en Ecuador, el Padre imparte la lección de su abandono en manos de Dios y la alegría del Omnia in bonum que tantas veces les ha inculcado. Se siente urgido por tantas almas que le esperan, que desean conocerle y escucharle. Pero no tiene planes personales: su voluntad y sus proyectos se pliegan y coinciden con la Voluntad de Dios.

Había escrito en «Camino»: (58)

«Niño, cuando lo seas de verdad, serás omnipotente».

Y da este ejemplo de confianza y docilidad para cambiar sus planes. Sabe que Dios hará confluir todas las cosas, incluidas sus limitaciones físicas, en una mayor eficacia de su estancia en Ecuador.

Así, echándole alegría, y con la expectación de tantas personas que esperan su recuperación, llega el domingo 11 de agosto. EL Consiliario del Opus Dei en Ecuador anuncia que el Padre asistirá a dos tertulias: una con sus hijos de la Obra, y otra con Cooperadores y amigos.

El primer grupo llegará el día 13. En un lugar sombreado del jardín, el Padre quiere hacerles olvidar su aspecto de enfermo. Habla con ellos animadamente, les hace reír, les impulsa a una lealtad constante y generosa, les da las gracias por su cariño y paciencia, por el amor que han de volcar en Dios, que les mantendrá siempre unidos:

«Por cariño estamos tan a gusto juntos. A mí me parece que os conozco de siempre. A algunos os acabo de conocer; pero estoy tan contento como si os tratara desde que erais pequeños, y os volviera a ver a la vuelta de los años. Y esto lo hace posible el Amor de Dios, el Amor de Jesucristo, la entrega suya. Como El llena toda nuestra vida, se ocupa de que el amor divino se convierta delicadamente en amor humano, limpio, noble, bueno» (59)

Para el día 14 se ha previsto la única reunión algo más numerosa. Monseñor Escrivá de Balaguer ha de realizar un esfuerzo considerable para mantenerse en pie, caminar con naturalidad y encontrar respuesta ágil a todo tipo de preguntas. Una energía que no tiene raíces físicas tira de todo su cuerpo y no le deja resbalar hasta el agotamiento.

Hoy se oye su voz en el jardín, en tono muy bajo y suave:

«Yo pensaba haber danzado de una parte a otra de vuestra hermosa ciudad y de esta tierra encantadora; pensaba haber visto tantas, tantas personas… El Señor no ha querido. Pero os he visto a todos».

En los días que permanece enfermo no ha podido celebrar la Santa Misa, y recibe la Comunión diariamente, de manos de don Alvaro.

«Aquí me encuentro alegre, contento. ¡Cien veces vendría con el mismo empeño y la misma ilusión -aun cuando tuviera también que quedarme sin celebrar la Santa Misa- para estar más cerca de vosotros! Pero le pediría a mí Señor que no me exigiera este sacrificio: cada día tengo más hambre de acercarme al altar, para renovar in persona Christi el sacrificio del Calvario. Os aseguro que para mí, y para cualquier católico coherente, la Misa es el alimento del alma y del cuerpo, porque de ahí arranca la razón de mi vida»(60)

Por encima del tiempo, los recuerdos se agolpan sobre estas frases del Padre: aquella primera reunión en el asilo de Porta Coeli, cuando tres universitarios asistían al amor y a la fe de un joven sacerdote ante el Santísimo; los años de trabajo junto a los pobres y enfermos, llevando el alimento material y espiritual para su soledad; aquellos estudiantes que veían el alma con que don Josemaría celebraba el Sacrificio de la Misa… Este amor ha ido creciendo hasta inundar su ser.

«Estos días que llevo aquí han sido para mí de mucha enseñanza. He aprendido tanto de la piedad ecuatoriana, que es una piedad enraizada de verdad en el Evangelio. Me ha conmovido sobre todo (…) el amor que manifestáis a San José. Yo vengo predicando ese amor desde hace años; no lo puedo separar de Jesús y de María. Si el Señor escogió a su Madre desde la eternidad, si nos ha escogido a nosotros también, es justo pensar que eligió al que había de servirle de padre en la tierra: a José (…).

Casi sin moverme en esta casa, me he encontrado con dos o tres imágenes, que aquí son muy corrientes por lo visto, de San José con el Niño Jesús en brazos, y Jesús coronando a su padre adoptivo. ¡Qué bonito!»(61)

A un grupo de sacerdotes que asiste, les dice:

«Rezad por mí, para que sea bueno y fiel. No penséis, por esta voz desmayada, que soy un abuelo. No lo soy; soy joven y me siento joven, puedo tirar todavía en el servicio del Señor, si es su voluntad. Y El me ha dado un espíritu de no desear morir, de mirar la vida con alegría, con optimismo»(62).

El 15 de agosto, fiesta de la Asunción de la Virgen, el Padre vuela rumbo a Venezuela. Ese mismo día, la prensa publica un artículo dando cuenta de la estancia del Fundador del Opus Dei en Ecuador:

«Llegó sin ruido, como suelen llegar los caminantes. Ni un flash para la prensa, ni unas declaraciones televisadas, ni nada de verdadero ruido (…). Como caminante, como apóstol a quien sólo interesa la gloria de Dios y mostrar con su palabra familiar y cálida la manera de santificar la vida por el trabajo y hacer ver la realidad del destino sobrenatural del hombre (…).

Me decían que con un hablar reposado y claro, de un inconfundible matiz aragonés, había elogiado a nuestra ciudad y a nuestras gentes, manifestando ser para él una prueba de Dios no haber podido recorrer la ciudad y tratado al mayor número de personas posibles. Se había referido a las cosas pequeñas, al amor de Dios y de los hombres, a la santidad de la vida, a la participación de los padres en la educación de los hijos y a la libertad del hombre… »(63).

Mientras el avión toma altura, parece oírse en el aire el eco de la última letrilla que cantaron para él los muchachos:

«Oye, te digo en secreto

que te amo de veras,

que sigo de cerca tus pasos

aunque tú no quieras».

«No tengáis nunca miedo -les dirá el Padre- de emplear canciones que hablan de amor humano limpio, para tratar del amor divino. Porque se ama con un solo corazón (…). El nos ama de esa manera, con locura, a cada uno, como si no hubiera más que una criatura en la tierra»(64)

Portugal: país de promisión

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Un pequeño grupo sigue con expectación las evoluciones del avión que aterriza en Pedras Rubras: junto con el Consiliario del Opus Dei en Portugal y algunos miembros de la Obra, está también el Gobernador de Oporto. Se apagan los motores, y el Padre, don Álvaro del Portillo y don Javier Echevarría descienden por la escalerilla.

-«Me siento feliz por estar una vez más en Portugal. Mi única pena es no saber hablar portugués»(22).

Durante siete días, Monseñor Escrivá de Balaguer va a presidir múltiples reuniones; conocerá los nuevos Centros abiertos en Lisboa, Coimbra, Oporto. Las tareas que la Obra aborda sin distinción de edades o de posición social. Desde bachilleres a campesinos pasando por sacerdotes, universitarios y matrimonios…

Enxomíl, la Casa de Retiros en los alrededores de Oporto, se llena en convocatorias sucesivas. La gente joven comparece con sus guitarras a punto de fado, y docenas de preguntas. Tal vez porque se saben objeto del futuro, interrogan acerca de la crisis de fe que sacude el mundo:

«Sí, es cierto que es un tiempo de falta de fe, y también es tiempo de mucha fe. Actualmente hay personas -yo conozco alguna-, que jamás habían hecho tantos actos de abandono en la misericordia de Dios, como ahora. Si rezamos todos juntos, si ponemos un poquito de nuestra buena voluntad, el Señor nos dará su gracia y pasará esta noche oscura, esta noche tremenda. Vendrá el alba, la mañana llena de sol. ¡Como estos días de Lisboa, que son una maravilla! » (23).

En Lisboa recibe a más de trescientos sacerdotes:

Se dirige a uno, después de contestar a una pregunta:

-«Me dan unas ganas de besarte las manos… »(24).

Y el Fundador mira el local del Club Xénon, materialmente abarrotado de hombres cuya vida está consagrada al servicio de Jesucristo…

-«Os tengo que decir que, cuando estoy rodeado de sacerdotes, me entusiasmo, me conmuevo, y me doy cuenta de que cada uno de vosotros podría darme doscientas docenas de lecciones, que serían de mucho provecho para mí. Por eso no predico a los sacerdotes: hablo con ellos de lo que ellos quieren… »(25).

Alguien le hace notar que están presentes algunos sacerdotes ya mayores:

-«¡Si viérais mi alegría cuando, en esta correría apostólica, he visto sacerdotes de más de ochenta años, que han pedido la admisión en el Opus Dei! Me acercaba furtivamente a besarles las manos, y les decía: tienes todos estos tesoros que has ido recogiendo, con tu trabajo, en las últimas parroquias de la diócesis, y yo debía estar de rodillas delante de ti. ¡Eres maravilloso! (…).

Aquí no hay nadie viejo. Todos somos jóvenes, todos (…). Somos inconmovibles (…). ¿Qué edad tenemos? Pues no lo sé; pero joven, siempre joven».

-«¡La edad del amor de Dios!», apunta don Álvaro.

-«Del amor de Dios, sí. ¡La edad del amor de Dios! La edad de hacer las cosas por amor. La edad de no dividir, sino de unir (…). La edad de ir detrás de los hermanos en el sacerdocio, que se nos han perdido por descuido de todos… »(26).

La tertulia se prolonga. Quieren preguntar los recién llegados al sacerdocio; otros, con años de experiencia; los de Lisboa y los que proceden desde otros puntos de Portugal… El tiempo pasa muy rápido y alguien se acerca al Padre:

-Padre, es la hora.

-« ¡Nos echan! ¿Me perdonáis? Pero quiero aprovecharme de vosotros, porque os he hablado hace un rato de la maravilla que el Señor ha puesto en vuestras manos. Tengo devoción -y algunos de los que están aquí lo saben- a recibir la bendición de mis hermanos sacerdotes. Así que os doy un sablazo. Me pongo de rodillas y me dais la bendición, por amor de Jesucristo (27).

Todos invocan al Padre, Hijo y Espíritu Santo, para que descienda sobre el corazón y los trabajos de este sacerdote, Fundador del Opus Dei.

Y Monseñor Escrivá de Balaguer también les bendice. Después, sale deprisa, mientras se pierden en el aire sus últimas palabras.

El amor por el sacerdocio ocupa el alma del Padre desde sus años de Seminario, en Zaragoza. Ahora, a sus hijos portugueses les ha impulsado a vivir una fraternidad sacerdotal constante, una ayuda mutua sin fronteras en el cumplimiento de esta misión, de esta batalla por la santidad. Y les ha pedido, una vez más, a los sacerdotes de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, la lealtad y la obediencia incondicional a los Obispos de sus diócesis. Y, por encima de todo, cariño. Amor de unos por otros:

«¡Que nos queramos, que nos queramos mucho! Que amemos también a los religiosos, porque todos somos una sola cosa; y veréis cómo la Iglesia florece y los seminarios se llenan; cómo se salvan las almas y cómo seremos felices todos»(28).

No podía faltar el Padre, no faltó, a una cita con la Virgen de Fátima. El día 2 de noviembre viene hasta el Santuario, una vez más, para poner en sus manos las realidades y esperanzas de la Obra. Hace pocos días les ha dicho:

«Siempre que estoy en Portugal me acerco a Fátima para rezar a la Virgen. A veces vengo exclusivamente a eso, y me escapo sin dejarme ver de nadie.

Tengo mucho cariño a todos los santuarios de la Virgen, y prácticamente se puede decir que he recorrido todos los de Europa. Pero Fátima me encanta de modo especial: por vuestro pueblo, que es de una fidelidad a la Virgen que conmueve»(29).

Llega la hora de partir. El 6 de noviembre tomará el avión que ha de conducirle nuevamente a España. Otras distancias le reclaman, pero no puede evitar, camino de la despedida, decir en una breve confidencia al viento:

-«¡Cuesta marcharse! »(30)

Dejar este país que tiene un corazón inmenso y un sentido formidable de la fraternidad universal.

Aquí, todo es «Opus Dei»

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El Centro ELIS (Educazione, Lavoro, Instruzione, Sport )es la iniciativa de mayor amplitud que los miembros del Opus Dei han realizado en Roma para contribuir a la promoción de la juventud obrera. Este lugar de formación profesional está enclavado en el barrio Tiburtino, y su puesta en marcha ha requerido la estrecha cooperación de miembros y amigos de la Obra: intelectuales, obreros y profesionales.

El proyecto ELIS nació en la mente y en el corazón del Papa Juan XXIII, que fue un Pontífice especialmente amado del pueblo. Llevaba siempre en su alma la defensa de los que tienen pocos bienes de fortuna, la promoción de una verdadera libertad para los hombres, la carga de los que no tienen trabajo, de los enfermos, los abandonados. Y como, a la vez, sentía confianza y cariño hacia el Fundador del Opus Dei, decidió encomendarle esta tarea de gran esfuerzo y envergadura social. Para ello contaba con unos terrenos en el barrio Tiburtino de Roma, uno de los más necesitados de atención y de estructuras asistenciales y educativas. Y disponía, también, de un dinero que el pueblo había ofrecido a Pío XII, en ocasión de su octogésimo aniversario, para la realización de alguna obra social.

Este fue el comienzo. Porque, al llegar Pablo VI al Pontificado, el proyecto no se interrumpió, sino que obtuvo todo el apoyo, todo el calor de su afecto. Le dijo a Monseñor Escrivá de Balaguer, por medio del Cardenal Dell’Acqua, que deseaba inaugurar personalmente el Centro ELIS, antes de que se concluyera el Concilio Vaticano II.

El Papa recuerda el barrio Tiburtino, que visitó en tiempos de Pío XII: todo eran desmontes, chabolas y muchas personas que, humanamente hablando, estaban al borde de la desesperación… Y el Santo Padre rememora la conversación que sostuvo con un grupo de muchachos, parados contra una tapia. No hacían nada, sólo intentaban divertirse en la calle, sin buscar ni encontrar trabajo porque nadie les había enseñado un oficio.

-«¿Qué sabéis hacer?».

-«Todo… es decir: nada»(26).

Se fue de allí el entonces Sustituto de la Secretaría de Estado del Vaticano, Monseñor Montini, con el alma oprimida. Y con el deseo de crear en el barrio un centro de formación profesional para que los obreros pudieran aprender, especializarse, y mejorar sus condiciones de vida.

Ahora, al llegar a la Sede de Pedro, se encuentra con el proyecto a punto de concluir, y su ánimo se alegra al poder presenciar, hecha realidad, aquella idea que nació en su corazón ante el abandono de este gran suburbio romano.

El Centro ELIS, contiguo a la parroquia de San Juan Bautista al Collatino, confiada también a sacerdotes de la Obra y atendida por don Mario Lantini, consta de una residencia para jóvenes trabajadores, un complejo de edificios escolares y una amplia zona deportiva. Hay escuela de Enseñanza Media diurna y nocturna;

Centro de formación profesional en electro-mecánica y diseño industrial; círculos recreativos y culturales; bibliotecas y salas de estudio. Por último, un grupo deportivo que se ocupa de la educación física de los alumnos. En un edificio totalmente independiente hay una Scuola Alberghiera (Escuela de Hostelería), donde se forman, en régimen de internado, más de sesenta alumnas. Además, lleva a cabo una labor de extensión de los conocimientos impartidos en estos cursos a un gran número de personas de todo el barrio.

El edificio central del ELIS recibió en 1964 el premio nacional de arquitectura social. Es un exponente del carácter que preside sus fines y actividades. En lugar de configurarse como la tradicional escuela de barrio, se han levantado unos locales aptos para una labor educativa de calidad.

En noviembre de 1965, todo está a punto para la recepción e inauguración de los edificios por parte de Su Santidad Pablo VI.

A las siete y media de la tarde del 21 de noviembre de 1965, el horizonte romano amenaza tormenta. Llueve intermitentemente, pero el viento empieza a despejar el cielo. De pronto, la luz de varios reflectores ilumina las fachadas y edificios del Centro ELIS. Dos largas filas de alumnos montan guardia a los lados del trayecto que une el ELIS con la Via Tiburtina. Sostienen antorchas encendidas, y su luz cubre el camino que Pablo VI va a recorrer dentro de unos instantes. El Centro ELIS tiene abiertas de par en par las puertas. Miles de vecinos de la zona se apiñan en la calle para ver llegar al Papa. Un inmenso gentío llena la explanada, frente a la iglesia. Dentro, ni bancos ni reclinatorios, que no servirían más que para ocupar espacio. El templo está presidido por un gran Crucifijo situado en el presbiterio; debajo una sencilla cátedra, con dosel, para el Romano Pontífice. Sillones destinados a las jerarquías eclesiásticas y civiles; y sitiales para el Fundador de la Obra y don Alvaro del Portillo. El altar, cara al pueblo, con un antiguo frontal. A la izquierda, la bellísima escultura de la Virgen que el Padre prometió a los alumnos de la Universidad de Navarra. Ella preside, con serena dignidad, la llegada del Papa. El pedestal está cubierto de flores.

Las notas del órgano indican que el Santo Padre llega al atrio de la iglesia. Allí le esperan el Padre, el Cardenal Vicario y el párroco. El coro llena el ambiente con las notas del Veni Creator. Pero un clamor unánime de los obreros, familiares del barrio, alumnos del Centro ELIS, representantes de la Universidad de Navarra, alumnas de la Scuola Alberghiera apagan los acordes en la unánime adhesión a la Cabeza visible de la Iglesia Católica. Es, además, demostración directa del amor y del espíritu del Opus Dei.

Una vez terminada la Misa, Pablo VI bendice la imagen de la Virgen destinada a Navarra. Quiere hacerlo solemnemente. Cuando la Señora emprenda su viaje, camino de España, será portadora del cariño del Romano Pontífice.

Habla luego Monseñor Escrivá de Balaguer ante el Papa:

«Al encontrarnos ahora en Vuestra Presencia acuden a la memoria tantos recuerdos de mi ya largo itinerario romano: en el centro de esos recuerdos, se destaca la Persona Augusta de Vuestra Santidad, que desde el ya lejano 1946 ha querido benévolamente dar fecundos consejos y generosos ánimos a mi humilde persona y a la Obra que empezaba entonces a dar sus primeros pasos en el suelo romano»(27).

El Papa contesta emocionado. Para dar las gracias a Monseñor Escrivá de Balaguer por esta labor del Centro ELIS que honrará a Roma. Y a todos los miembros del Opus Dei, a algunos de los cuales conoce desde hace ya muchos años. Y mientras habla, sonríe a don Álvaro del Portillo, que está sentado frente a él. Pablo VI recuerda aquel tiempo en que el Tiburtino era un barrio desalentado, cuando los jóvenes no encontraban trabajo ni comida. «Hemos llevado siempre en el corazón la imagen de aquella escena, con el dolor de no haber podido ofrecer el socorro que pedían. Pues bien: aquella amargura encuentra hoy aquí, finalmente, un consuelo. Esta obra parece la respuesta a aquella petición de unos muchachos acobardados y sin trabajo, para formar jóvenes alegres, trabajadores y confiados…».

Cuando el Fundador reclama su bendición apostólica para todos, el Papa le lleva junto a sí y comparte con él este gesto sacerdotal: las dos manos se elevan para ofrecer a Dios el esfuerzo, la alegría y la paz de esta tarde romana. Con razón, antes de marchar camino del Vaticano, Pablo VI podrá decir al Padre:

«Aquí, todo, todo es Opus Dei…».

En el corazón del Padre queda la alegría de haber proporcionado al Vicario de Cristo una pausa de cariño entrañable en medio de las graves preocupaciones que pesan sobre su alma.

«Con que Pablo VI hubiera pasado diez minutos felices, me hubiera quedado contento. Pero me quedé corto (…). Porque estaban previstas dos horas para la visita, y estuvo tres horas largas. No tenía prisa. Se marchó feliz, feliz» (28)

Catalina de Siena

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Siente el Padre, de manera muy especial, la responsabilidad de difundir la verdad acerca de la naturaleza y finalidad del Opus Dei. Y también de apuntalar con su palabra y la de todos sus hijos las verdades permanentes de la Iglesia Católica. Esta necesidad va paralela a dos hechos que se repiten de modo reiterativo y monocorde: el juicio de ciertos grupos acerca de las actividades de los miembros de la Obra, y el desconcierto que se produce en sectores del mundo cristiano ante algunas interpretaciones arbitrarias de los documentos del Concilio Vaticano II.

Desde Roma, el Padre anima a escribir y a hablar con don de lenguas, para difundir la verdad sobre la Iglesia y sobre el Opus Dei. Siempre insiste en que uno de los peores males es la ignorancia, y hay que hablar con valentía y verdad de lo que se lleva en la mente y en el corazón.

Este apostolado de la opinión pública, tiene muchas modalidades: desde una cátedra de Teología, hasta un artículo en los periódicos, pasando por la conversación entre amigos en los pasillos del quehacer habitual. Y por delante de todo, repite:

«Primero hemos de dar el testimonio del ejemplo, porque no podemos tener una doble vida. No podemos enseñar lo que no practicamos; por lo menos, hemos de enseñar lo que luchamos por practicar» (21).

Y como no basta con hablar y divulgar en letra impresa sino que es preciso contar con la buena voluntad del lector y su deseo auténtico de verdad, sin prejuicios, el Padre recurre a la ayuda de un santo intercesor que le apoye desde el Cielo.

Recuerda a una santa de la Iglesia, Catalina de Siena, que quiso amar fielmente al Papa, servir sacrificadamente a la Iglesia y supo, sobre todo, hablar heroicamente.

«Tengo una especial devoción a Santa Catalina de Siena (…), porque no se callaba y decía grandes verdades por amor a Jesucristo, a la Iglesia de Dios y al Romano Pontífice»22.

En el oratorio de la Santísima Trinidad, en la Sede Central del Opus Dei en Roma, hay una pequeña arqueta de plata que guarda una reliquia de esta Santa. Sobre un esmalte de la urna puede leerse:

Dilexit opere et veritate Ecclesiam Dei ac Romanum Pontifacem. (Amó con obras y de verdad a la Iglesia de Dios y al Romano Pontífice).

La imagen de Catalina de Siena ocupará un lateral en el retablo del Santuario de Torreciudad. La actitud firme y serena, la pluma y el libro, invitan a no callar, con la oración, las palabras y los hechos, cuando la verdad pueda ser confundida y calumniada. Cuando la luz del Espíritu Santo se intenta apagar en los corazones de los hombres.


El Concilio Vaticano II

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

A pesar de las colosales dimensiones de la Basílica de San Pedro, el 11 de octubre de 1962, fiesta de la Maternidad de la Virgen, el templo está repleto. Los Padres Conciliares, además del cuerpo diplomático y representaciones oficiales de casi todos los países del mundo, asisten a la Misa de Pontifical que oficia el Cardenal Tisserant, Decano del Sacro Colegio, para invocar la ayuda del Espíritu Santo.

Tras dedicar varias sesiones a otros temas, el 30 de noviembre comenzará el estudio del esquema sobre la Iglesia, que será el documento más importante del Vaticano II. En él se enseñarán conceptos relativos al pueblo de Dios, al episcopado, a los religiosos, a los laicos, a la llamada universal a la santidad, a la índole escatológica de la Iglesia y a la Virgen María en el Misterio de Cristo y de la Iglesia. Todo ello se recogerá más tarde en la Constitución Dogmática Lumen Gentium.

Desde el momento en que se hizo la convocatoria oficial del Concilio Ecuménico por Juan XXIII, el Fundador del Opus Dei pide a sus hijos, repartidos por todo el mundo, que recen por el Papa y por la Asamblea Conciliar. Como siempre, va a poner la energía de su oración en servicio de la Iglesia entera.

Algunos miembros del Opus Dei y de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que son obispos, participarán en las sesiones del Concilio. Además, don Álvaro del Portillo multiplicará su trabajo en el Vaticano. Ostenta el cargo de Secretario de una Comisión Conciliar e intervendrá en otras Comisiones para la redacción definitiva de los documentos. También será designado Consultor de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. En este mismo tiempo, Juan XXIII constituye la Comisión Pontificia para la Revisión del Código de Derecho Canónico y le nombra, asimismo, Consultor.

Una tarde, mientras se desarrolla una de las sesiones del Concilio Vaticano II, don Álvaro se siente enfermo y con fiebre. Se le ve muy fatigado, pero el trabajo en la Comisión Conciliar de la que forma parte, exige que vuelva de nuevo a la mesa de trabajo, ya que se van a puntualizar acuerdos importantes.

El Padre le mira con ojos preocupados; dada la situación, no tiene más remedio que animarle a ir.

Don Álvaro, con una sonrisa de asentimiento, sale. Entonces el Padre, volviéndose a Francesco Angelicchio, testigo ocasional de la escena, le dice:

-«¿Crees que no tengo compasión de este hombre? Pero hay cosas que hay que hacer aunque nos acorten la vida… Temo por la salud de este hijo mío. Yo lo necesito, nos hace falta… la Obra lo necesita …»(11)

Don Álvaro, entregándose generosamente a su trabajo, cumplirá a la letra, a lo largo de todos los avatares del Vaticano II, esta idea tantas veces repetida por el Fundador de la Obra:

«Amad a la Iglesia, servidla con la alegría consciente de quien ha sabido decidirse a ese servicio por Amor» (12).

Este amor a la Iglesia que está tan dentro del espíritu del Opus Dei, le lleva a sentir todas las alegrías y penas, las preocupaciones y los gozos del Papa. Escribirá a sus hijos para que ofrezcan por esta intención muchas horas de su trabajo diario, donde quiera que se realice: en las Universidades, en las fábricas o en el campo, en establecimientos oficiales o en profesiones liberales: «haced todo esto en unión con Dios, por el feliz resultado de esta gran iniciativa que es el Concilio Ecuménico Vaticano II. Sé que ésta es la gran intención de nuestro Santo Padre, y deseo que también nosotros, desde nuestra parcela, podamos contribuir, mediante nuestra oración, la penitencia y el trabajo santificado y santificador; y os recuerdo, una vez más, aunque no sea necesario, que éstas son las grandes armas, los únicos medios de que dispone el Opus Dei»(13).

Este amor inmenso, que le hizo presentir con anticipación tiempos de confusión y sufrimiento para toda la Iglesia Católica, se extiende también a la jerarquía que acude a Roma durante los años conciliares. Un gran número de Obispos pasarán por la Sede Central del Opus Dei para conocer al Fundador. Entre ellos, el Arzobispo de Dublín; el de Filadelfia, hoy Cardenal Krol; el de Detroit; el de Madison, Monseñor O’Connor… Algunos, como Monseñor Wright, Obispo de Pittsburgo, visitarán además algunos Centros de la Obra en la Ciudad Eterna, como la Residencia Universitaria Internacional (RUI). Muchos, como uno de Nigeria, escribirán luego al Padre pidiéndole insistentemente que la Obra llegue a sus países lo más pronto posible.

La segunda etapa o sesión conciliar da comienzo el 29 de septiembre de 1963 y se prolonga hasta el 4 de diciembre del mismo año. El período de tiempo que media entre el final de la primera y el comienzo de la segunda sesión es importante, especialmente porque Juan XXIII, el Papa de la convocatoria, morirá el 3 de junio de 1963. Después de catorce días, se reúne el Cónclave para elegir al nuevo Papa. Toda la cristiandad está pendiente de este paréntesis que ha dejado la muerte del Papa Juan. El 21 de junio de 1963 a las 12.12, se abren, al fin, las grandes hojas del balcón central de la fachada de San Pedro. Aparece la Cruz alzada y, detrás, el Cardenal Ottaviani, Protodiácono. Se hace un silencio total en la Plaza de San Pedro. Millones de fieles están pendientes de la Televisión o de las emisoras de radio:

“Anuntio vobis gaudium magnum: habemus Papam, Eminentissimum ac Reverendissimum Dominum, Dominum Ioannem Baptistam Sanctae Romanae Ecclesiae Cardinalem Montini, qui sibi nomen imposuit Paulum Sextum”.

Rompen el aire los aplausos de la multitud y sale, por primera vez, revestido con los atributos del Pontificado, Pablo VI. La gente se arrodilla, mientras el Vicario de Cristo imparte su Bendición.

El Fundador de la Obra recuerda, con cariño personal, al nuevo Papa. Cuando el Padre llega a Roma, en 1946, Monseñor Montini ocupa el cargo de Sustituto de Asuntos Ordinarios de la Secretaría de Estado.

«La primera mano amiga que yo encontré aquí, en Roma, fue la de Monseñor Montini; la primera palabra de cariño para la Obra que se oyó en Roma, la dijo él»(15) .

Le envía inmediatamente un telegrama de felicitación y alegría: es el gozo de una familia que venera al Papa y que recuerda, además, el afecto de un amigo.

Un interrogante está planteado sobre la Asamblea Conciliar: ¿continuarán las sesiones después de la muerte de Juan XXIII? Al día siguiente de su elección, en su primer radiomensaje al mundo, Pablo VI desvanece todas las dudas: «La parte preeminente de nuestro Pontificado estará ocupada por la continuación del Concilio Ecuménico». El 14 de septiembre, con la Carta Horum tempora signa convocará a los Padres conciliares en Roma. En esta etapa, desde el 24 de septiembre hasta el 4 de diciembre, se promulgarán ya los dos primeros documentos: la Constitución sobre la Sagrada Liturgia y el Decreto sobre los medios de comunicación social.

El 24 de enero de 1964, el Santo Padre Pablo VI recibe, en audiencia privada, al Fundador del Opus Dei. Cuando llega ante el Papa, intenta arrodillarse para saludarle como prescribe el protocolo. Pero Su Santidad no se lo permite: antes, le rodea con sus brazos en un gesto de cariño y cordialidad.

Pablo VI, Vicario de Cristo, mira al espíritu del Opus Dei con el amor que le presta hoy su propia misión en el pueblo cristiano.

Durante la entrevista, el Padre manifiesta la fe firme de todos sus hijos, su inconmovible esperanza, su amor sin límites a la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia Romana, Católica y Universal. Sus palabras conmueven visiblemente a Pablo VI, porque conoce la verdad y el sufrimiento que contienen las expresiones del Fundador.

Monseñor Escrivá de Balaguer sufre por esta familia inmensa que es la Iglesia: por tantos cristianos que olvidan hoy la dignidad a la que fueron llamados…

Casi al final de la entrevista, dice al Papa que, fuera, está don Álvaro del Portillo. Pablo VI manda enseguida que entre:

-Don Álvaro…: ¡Nos conocemos ya desde hace veinte años!…

-Santidad: sólo de dieciocho.

-Da a llora sono diventato vecchio (desde entonces me he vuelto viejo).

-Ma no, Santitá: é diventato Pietro (No, Santidad: se ha vuelto Pedro)(15).

El Papa quiere que lleven su Bendición para la Obra, para cada una de las personas, para cada uno de los trabajos, para todo cuanto van a emprender en el mundo.

El Fundador y don Álvaro vuelven a Villa Tevere. Y, días más tarde, aún llega la estela de este cariño del Santo Padre hacia el Opus Dei:

«Cumpliendo ahora el venerado encargo del Padre Santo, me es grato significarle que El, en hora densa de acontecimientos y de esperanzas para la Cristiandad, experimenta profundo consuelo al saber cómo tan crecido número de personas, diseminadas en los cinco continentes, practicando los altos ideales que el Opus Dei les propone, tan acomodados a las exigencias de los nuevos tiempos, tratan de servir a la Iglesia como ella desea ser servida; con su conducta personal y profesional vigorosamente cristiana que une la contemplación a la acción, con el sublime afán de plasmar y de difundir en los más variados ambientes de trabajo los postulados de la verdad y santidad Evangélicas»(16)

Esta carta se hace eco, también, de los sentimientos de devoción y filial obediencia a la Cátedra de Pedro que, como preciosa característica, distingue al Opus Dei.

Ocho meses más tarde, el 10 de octubre de 1964, el Fundador de la Obra es recibido de nuevo en audiencia privada por Pablo VI. Al final, también quiere que entre don Javier Echevarría, que es quien acompaña esta vez al Padre, para demostrarle su afecto, decirle palabras de buen humor y bendecirle. Una fotografía que se conserva en la Sede Central de Roma, mantiene vivo el recuerdo de esta larga conversación, de la que el Fundador sale muy conmovido por tantas cosas buenas como el Romano Pontífice ha dicho de la Obra. Además, Pablo VI le entrega un cáliz en cuya base campea el escudo pontificio y un «Chirógrafo» (carta manuscrita).

«Colocados por la voluntad de Dios al timón de la nave de Pedro, desde la que escrutamos con vigilante solicitud los signos anticipadores de los tiempos, el ansia de las almas que esperan la llegada de los operarios del Señor, las necesidades antiguas y siempre renovadas que entraña la difusión del Evangelio de Cristo, consideramos con paterna satisfacción cuanto el Opus Dei ha realizado y realiza por el Reino de Dios; el deseo de hacer el bien, que lo guía; el amor encendido a la Iglesia y a su Cabeza visible, que lo distingue; el celo ardiente por las almas, que lo empuja hacia los arduos y difíciles caminos del apostolado de presencia de testimonio en todos los sectores de la vida contemporánea»(17) .

11. Virtudes heroicas

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El 9 de abril de 1990, Juan Pablo II promulgó el decreto sobre la heroicidad de las virtudes vividas por el sacerdote Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei. Se puede decir que no le gustaban los repertorios de virtudes, porque ningún elenco puede ser exhaustivo. Vivía y enseñaba “la unidad de vida”, es decir, la armonía del organismo sobrenatural construido sobre las virtudes humanas, que son su fundamento necesario. Le gustaba menos aún reducir la santidad al mero ejercicio de algunas virtudes típicas, casi estereotipos. Prefería, en cambio, subrayar el entrelazamiento de las virtudes teologales (fe, esperanza, caridad) con las virtudes morales (reconducibles a las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza, templanza). Sin pretensión de sistematicidad, quisiera preguntarle cómo vivía el Fundador algunas virtudes concretas.

–Estoy firmemente persuadido de que practicó todas las virtudes de modo extraordinario, es decir, de una forma mucho más perfecta que las personas a las que generalmente consideramos buenas y virtuosas.

Desde los primeros años de su vida hasta que rindió el alma a Dios, nuestro Fundador ejercitó las virtudes en un “crescendo” de heroísmo: se hacían cada vez más plenas a medida que su unión con el Señor era más patente. Por los años que he pasado a su lado me considero un testigo privilegiado de la sinceridad con que vivió las virtudes. Los santos han practicado siempre lo que predicaban. En nuestro Padre la unidad de vida era evidente y constante: lo hacía todo con el pensamiento puesto en el Señor y le ofrecía todas sus actividades. Los que estaban a su alrededor advertían que estaba constantemente recogido en oración.

Actuó con perseverante heroísmo tanto en las situaciones fáciles y ordinarias como en las más arduas y extraordinarias, que ciertamente no faltaron en su vida: las afrontó con serenidad, con decisión y energía, con la conciencia de ser débil, pero de contar con la fuerza de Dios. Deseaba solamente servir al Señor, con toda el alma; por eso solía afirmar, como los hijos de Zebedeo: Possum! (cfr. Mt 20, 22), ¡puedo!, no por mis fuerzas sino in eo qui me confortat (Fil 4, 3), con la fuerza de Dios.

Comenzó desde muy joven a experimentar ardientes deseos de santidad, y el Señor le premió con frutos evidentes. Aún adolescente, ante los primeros indicios de su vocación divina, se grabó en su alma esta verdad: Dios ha llamado a todos los hombres ut essemus sancti in conspectu eius (Ef 1, 4). Decidió corresponder a esta invitación del Señor con una generosidad plena, hasta el fondo. El 2 de octubre de 1928, conocería con claridad el designio divino sobre su persona: desde entonces se entregó por completo, sin reservas, al servicio de esta misión, de la que fue instrumento fidelísimo.

Solía repetir que sólo tenía una receta: la santidad personal. Estaba persuadido de que el único y verdadero mal que sufre el hombre es el pecado; y que contra el pecado no hay otro remedio que la gracia divina y la participación en la santidad de Dios. Nos recordaba insistentemente que estábamos en la Obra para hacernos santos: Nuestra vocación exige una santidad heroica. Santidad heroica: es una exigencia de la llamada que hemos recibido. Debemos ser santos de verdad, santos auténticos: si no, somos unos fracasados. Y añadía que, si algún hijo suyo no estaba decidido a ser santo, era mejor que se marchase de la Obra, porque el Señor nos ha llamado para ser santos de altar.

Su misión fundacional consitía en abrir el camino de la santidad en las actividades del mundo: hacer comprender a cada cristiano que el trabajo ordinario, realizado en la presencia de Dios y con perfección humana, en una sólida unidad de vida, puede convertirse en sacrificio grato al Señor. Enseñar que el trabajo puede transformarse en oración y en ocasión de un encuentro íntimo con Dios. Esta misión requería un heroísmo realmente singular, y el Padre se prodigó con el sacrificio de todo lo suyo: la salud, el bienestar material propio y –con el pleno consentimiento de los suyos– de la familia, el honor y la vida entera.

El Señor le colmó, no sólo de innumerables gracias para su santificación personal, sino también de talentos y dones excepcionales, que son otros tantos tesoros del Espíritu Santo para la edificación de la Iglesia; y le bendijo con una multitud de hijas e hijos, diseminados por la tierra, metidos en las entrañas del mundo, dispuestos a santificarlo y a servir a las almas.

Nos encontramos, pues, ante uno de los grandes Fundadores de la Iglesia, uno de aquellos instrumentos de los que el Espíritu Santo se sirve para renovar la faz de la tierra (cfr. Ps. 103, 30) y edificar la Iglesia en santidad.

El Beato Josemaría apreció siempre y vivió la amistad, hasta el punto de calificar el apostolado de los miembros del Opus Dei como apostolado de amistad y de confidencia. Hemos subrayado ya antes su gran capacidad de querer, su paternidad espiritual. ¿Podría indicarme cómo vivió la amistad con sus iguales, con sus colegas?

–Se llenó de amargura un día que oyó a un eclesiástico una frase que le pareció aberrante: Homo homini lupus; mulier mulieri lupior; sacerdos sacerdoti lupissimus. Por su parte, sintió profundamente la fraternidad sacerdotal desde joven. Le he oído contar: Cuando yo era todavía seminarista, fui muy amigo del Vicepresidente del Seminario de San Carlos. Se llamaba don Antonio Moreno. Por amistad y especialmente por caridad –a mí no me gustaba nada–, alguna vez, cuando bajaba a su habitación, accedía a jugar al dominó con él. Recuerdo que tenía que dejarme ganar porque, si no, no se quedaba contento y hasta se molestaba. Para mí, que estaba decidido a aprender de los sacerdotes que gastaban su vida por el Señor, aquellos eran unos ratos muy agradables, porque ese sacerdote demostraba mucho espíritu sacerdotal, mucha experiencia pastoral y era muy humano. Me contaba anécdotas muy gráficas, con gran sentido sobrenatural y pedagógico, que me hacían un bien enorme.

Entre 1933 y 1936, don Pedro Poveda, Fundador de la Institución Teresiana, trató con mucha asiduidad al Padre. A petición de don Pedro, nuestro Fundador asistía espiritualmente de vez en cuando a algunas vocaciones de las Teresianas. También don Pedro solía acudir a nuestro Padre para hacerle confidencias espirituales. Le he oído contar varias veces la conversación que tuvo con don Pedro poco antes de estallar la guerra civil española, cuando parecía inminente el peligro de una persecución violenta contra la Iglesia. Hablaron de la eventualidad de que uno de los dos, o ambos, sufrieran martirio por ser sacerdotes. El Padre me contó que habían llegado a la firme conclusión de que la muerte no interrumpiría su amistad. Aunque uno de los dos muriera, continuaría en el Cielo siendo amigo del otro. La primera vez que me habló de esta conversación fue el 2 de octubre de 1936, cuando supo con certeza y abundancia de detalles que don Pedro había sido asesinado por odio a la fe: sólo porque era sacerdote y apóstol. Recuerdo cómo lloraba el Padre delante de mí por la muerte de su amigo, mientras me comunicaba la noticia y me describía aquel diálogo. Tuvo siempre la convicción de que la muerte no interrumpe la amistad: era una prueba evidente de fe y esperanza.

¿Puede contar alguna anécdota sobre su modo de vivir la caridad con el prójimo?

Era comprensivo y cordial con todos, y trataba afablemente incluso a personas molestas. He visto la delicadeza con que nuestro Fundador recibía a un chico psíquicamente anormal, cuyo comportamiento era causa de sufrimiento para él y para los demás. Vivía en una residencia para estudiantes y todos procuraban evitarlo. El Padre le acogía siempre que lo necesitaba y se entretenía mucho rato con él. Más de una vez me dijo que lo único que necesitaba aquel muchacho era desahogarse, sentirse escuchado por alguien; por eso, armado de una paciencia ejemplar, le dejaba que hablase a sus anchas. Mientras tanto, como su interlocutor no buscaba el diálogo, rezaba mentalmente varias partes del Santo Rosario pidiendo por aquel chico, que se iba, al final, contento y agradecido.

Recuerdo también el caso de un médico, que era un auténtico genio, pero muy raro; tanto que no tenía ni un amigo y vivía en la más completa soledad. El Padre le buscaba con relativa frecuencia y, en señal de afecto, le invitaba a comer de vez en cuando a nuestra casa. Era muy inteligente, pero no admitía ninguna opinión distinta de la suya. El Padre no le contradecía nunca. Me comentaba: A éste ya no le quiere nadie, le huyen, y tiene que encontrar el cariño en nosotros.

En los años 1935 y 1936, aunque pasaba graves apuros económicos y el mantenimiento de la residencia de estudiantes de la calle Ferraz, en Madrid, era un milagro diario, todos los miércoles invitaba a comer –y hacía que lo trajesen en taxi– a un sacerdote que se llamaba don Norberto. Era un hombre muy aislado a causa de su carácter, bastante difícil. Nuestro Fundador me contó que procuraba tratarle y honrarle como si fuera el mismo San José. Así mejoraba su devoción hacia el Santo Patriarca y vivía con finura heroica la caridad con don Norberto, que era mucho mayor que él, y le trataba realmente como si fuera su padre.

Me viene a la mente otro ejemplo. Hacia 1953, en Roma, en el período en el que padecía aún de diabetes, el Padre tenía que someterse con frecuencia a análisis de sangre. Iba en ayunas hacia las once de la mañana a la consulta de un médico que estaba en Via Nazionale. Yo le acompañaba siempre. Una mañana, como no podíamos ya regresar a casa, entramos en un bar de la Piazza Esedra para desayunar: pedí un café con leche, y un croissant para cada uno. Cuando nos habían servido se acercó una pordiosera a nuestro Fundador pidiéndole limosna. Le respondió inmediatamente: –No tengo dinero; lo único que tengo, porque me lo dan –dijo, porque pagaba yo– es este desayuno: tómelo y que Dios le bendiga. Me apresuré a ofrecerle el mío, añadiéndole que pediría otro, pero repuso: –No, no, está bien así, ya he desayunado. Entonces intervino la cajera: –”Tómese otro, a esa pobre mujer se lo paga la casa”. –No, no –insistió el Padre–, quédese tranquila, no necesito absolutamente nada.

Vivía la caridad con gran delicadeza. En los años cincuenta, durante los trabajos de reformas en la casa de retiros de Molinoviejo, cerca de Segovia, atracaron a uno de los obreros cuando hacía un viaje a Madrid en tren. Su mujer estaba esperando un niño. Le robaron todo lo que había ahorrado para pagar los gastos de la Clínica y el ajuar del recién nacido. Cuando nuestro Fundador se enteró, encargó a Fernando Delapuente que reembolsase a aquel obrero la suma que le habían robado, añadiendo además un generoso donativo.

Puedo relatar algún otro suceso conmovedor. Durante la guerra civil española, mientras atravesaban los Pirineos para alcanzar en un agotador viaje la zona liberada, pasando por Andorra, en un momento concreto en que se encontraban en alta montaña, los guías comunicaron a los fugitivos que no seguirían adelante si no recibían más dinero. Como ninguno tenía esa suma, el Padre se ofreció a regresar a Madrid para pedirla en préstamo: de esta forma los demás podían seguir adelante y él esperaría a otra expedición. Por suerte, todo se resolvió y no fue necesario que volviera a Barcelona y luego a Madrid. Humanamente aquel gesto era una locura: no habría podido llegar a su destino sin un guía que conociese perfectamente aquellos bosques y aquellas sierras llenas de milicianos. Le habrían fusilado. Además, nuestro Fundador estaba enfermo, extremadamente débil, y carecía de los documentos indispensables para afrontar semejante viaje. Fue una decisión verdaderamente heroica: ofrecer la propia vida por salvar la de los demás.

No hacía acepción de personas. En los años cincuenta pidió a un hijo suyo que ayudase a uno de los más encarnizados perseguidores de la Obra a resolver su propia situación en relación con la Iglesia y sus problemas profesionales: aquel hombre había abandonado su vocación religiosa y sacerdotal y había contraído matrimonio civil. Hechos semejantes se sucedieron con frecuencia: se comportó siempre de la misma manera, demostrando con los hechos que vivía la caridad con todos, y que estaba dispuesto no sólo a ayudar a cada uno, sino incluso a dar su vida, si era necesario.

Algún aspecto de la caridad y la gratitud hacia aquellos que le ayudaron.

–Entre las personas que recordaba con más agradecimiento y cariño estaban don Angel Malo, que le bautizó; el Padre Enrique Labrador, que le preparó para la primera confesión, y el Padre Manuel Laborda, para la primera Comunión, ambos escolapios. Me impresionó siempre que recordase sus nombres, porque no es habitual; he preguntado a muchas personas si se acordaban del nombre del sacerdote que les había administrado esos sacramentos y siempre he recibido una respuesta negativa. Pienso que esto es también una prueba, además de su gratitud, del gran amor que tenía nuestro Fundador desde pequeño por estos santos sacramentos.

Querría recordar también la gratitud que guardó durante toda su vida a don Daniel Alfaro, el capellán castrense que le prestó el dinero para las exequias de su padre. Rezó expresamente por él todos los días, durante más de cincuenta años.

Cuando la persecución contra el Opus Dei alcanzó su momento más álgido, y en 1941 el Obispo de Madrid decidió dar in scriptis la aprobación a la Obra, Mons. Eijo y Garay fue objeto de diversas críticas. Algunos comenzaron a decir, hasta desde el púlpito, que en la historia de la Iglesia muchas herejías habían sido promovidas incluso por obispos. A nuestro Fundador le pareció que Mons. Eijo se estaba arriesgando excesivamente, también porque había quedado vacante la sede primada de Toledo y corrían rumores de que tenía muchas posiblidades de ser nombrado. Por eso un día le dijo:

Señor obispo, no me defienda más, abandóneme.

Don Leopoldo le preguntó sorprendido:

–¿Por qué me dice esto?

Porque defendiendo al Opus Dei, se está jugando la mitra de Toledo.

El Obispo de Madrid le miró y repuso:

–Josemaría, me juego el alma. No puedo abandonarle ni a usted, ni al Opus Dei.

Me parece que aquella invitación de nuestro Padre denotó una caridad y un olvido propio verdaderamente extraordinarios. Sólo pensaba en el bien de las almas, y estaba convencido de que Mons. Eijo y Garay habría podido aportar grandes beneficios a la Iglesia de haber sido nombrado para la sede de Toledo.

El Fundador aprendió del ejemplo de sus padres a vivir la pobreza con gran dignidad: tras la quiebra de la empresa paterna, la familia Escrivá tuvo que reducir su tenor de vida. Esto no significó una mengua del señorío y del buen humor, y sacó de esta situación enseñanzas para su hijos espirituales.

–Desde que lo conocí, advertí que se refería muchas veces a la virtud de la pobreza con una expresión muy significativa: La pobreza, gran señora mía. La llamó así desde que tenía treinta y uno o treinta y dos años, hasta el final de su vida. No era simple privación, sino verdadero tesoro que conduce a la efectiva unión personal con Cristo, en la desnudez de Belén y del Calvario, y es condición de eficacia de todo apostolado. A ninguno de nosotros nos sorprendía la insistencia con que nuestro Fundador, al recomendar la práctica de la pobreza, ejemplificaba de modo bastante exigente, sus aplicaciones más concretas: No tener nada como propio; no tener nada superfluo; no lamentarse cuando falta lo necesario; cuando se puede escoger, elegir la cosa más pobre, menos simpática; no maltratar los objetos que usamos; hacer buen uso del tiempo.

La pobreza acompañó a la Obra desde sus primeros pasos y así será siempre. Uno de los primeros en pedir la admisión fue Luis Gordon, que gozaba de buena posición económica; nuestro Padre me contó más de una vez que había pensado que Luis sería un buen apoyo para las iniciativas apostólicas, también desde el punto de vista humano. Pero el Señor dispuso otra cosa: Luis se puso enfermo y murió muy joven. Al relatármelo, el Padre observaba: Fue providencial que se muriese Luis, porque así el Opus Dei continuó naciendo en la más grande pobreza: si hubiese vivido, hubiésemos tenido medios materiales, medios temporales, que quizá nos hubiesen producido daño. Era menester que la Obra naciese en la pobreza, como nació Jesús en Belén. Este absoluto desprendimiento de toda seguridad humana subraya la primacía de la esperanza teologal en la actitud del Padre hacia los bienes terrenos.

En Burgos, durante la guerra civil, supo que había muerto un miembro de la Obra, José Isasa, estudiante de arquitectura. Le dio la noticia su familia, que era muy buena, y como sucede con las familias de miembros del Opus Dei, estaba plenamente al corriente de la vocación de su hijo. Antes de morir, había expresado su voluntad de que todo lo que tenía fuese entregado a la Obra. Pero nuestro Fundador no quiso pedir nada, aunque eran bien patentes y graves las dificultades económicas, y la familia del difunto estaba muy bien dispuesta. Prefirió actuar de este modo, porque pensaba que al Señor le agradaría más su perseverancia en la pobreza.

Precisamente en aquellos momentos de extrema penuria el Padre decidió renunciar a los estipendios de las Misas. Como me contó más de una vez, ya en el seminario había pensado no aceptar estipendio alguno por su ministerio sacerdotal. Era un pensamiento que le venía a la cabeza constantemente. Decidió ponerlo en práctica justo en 1938. Un día, después de hacer la oración mental meditando las palabras del Espíritu Santo: Iacta super Dominum curam tuam et ipse te enutriet (Ps. 54, 23), ofreció al Señor la renuncia a recibir cualquier pago por su actividad sacerdotal, y efectivamente, de ahí en adelante ya no aceptó ninguna limosna más, bajo ningún concepto. Con el paso de los años, y después de haber meditado en la presencia de Dios, decidió que sus hijos sacerdotes Numerarios renunciasen también a cualquier compensación por su ministerio sacerdotal. En 1944, cuando fueron ordenados los tres primeros sacerdotes, siguieron esta misma norma, que se continúa viviendo.

Después de haber tomado esta decisión, el 27 de enero de 1938 escribió al Vicario de la diócesis de Madrid, don Francisco Morán: El próximo sábado, salgo para Bilbao, León… y no sé si S. Sebastián. Después… Zaragoza y quizá Sevilla. Y todo, Padre, sin un céntimo: he hecho propósito serio –¿locura? bueno: pues, locura– de no recibir nunca estipendios para Misas, que eran la única entrada económica que podía tener ahora. Así puedo celebrar, con frecuencia, por mi Señor Obispo, y por mi D. Francisco, y por estos hijos de mi alma…, y por mí, Sacerdote pecador. Me parece conveniente precisar que, en aquel mismo periodo de tiempo, se esforzó por conseguir estipendios de Misas para sacerdotes necesitados, según se desprende también de su correspondencia con el Obispo de Avila.

Nuestro Fundador enfocaba los problemas económicos desde un punto de vista sobrenatural. En una carta dirigida a su querido amigo don Eliodoro Gil, fechada el 19 de enero de 1935, escribía: ¿Sabes que San Nicolás de Bari es… nada menos que el Administrador General de la Obra de Dios? ¡Menuda le ha caído encima! Pocos días antes, en efecto, encontrándose en una situación económica apurada, nuestro Padre había tenido la inspiración de nombrar al santo Obispo de Bari, Intercesor del Opus Dei para las cuestiones económicas. En un primer momento pensó condicionar el nombramiento a la solución de un problema que le agobiaba; pero después, con una reacción profundamente sobrenatural, rectificó su postura y, dirigiéndose al santo, exclamó: Desde ahora te nombro Intercesor, independientemente de que me resuelvas esa dificultad.

Nuestro Fundador apeló siempre a la generosidad de los benefactores, en primer lugar, de los Cooperadores de la Obra, como se sigue haciendo. Para la instalación de la primera Residencia universitaria, la de la calle de Ferraz, fue decisiva la colaboración de la Condesa de Humanes, a la que el Padre fue a ver personalmente después de haber rezado mucho por el éxito de la visita. Era una mujer muy buena, y comprendió enseguida las razones expuestas por nuestro Fundador. Se conmovió, y como no disponía en aquel momento de dinero en efectivo –aunque tenía muchos bienes, vivía una rigurosa pobreza, sin que les faltase nada a las personas que trabajaban para ella–, abrió la caja fuerte donde guardaba sus joyas y se las dio a nuestro Fundador. A este episodio se refiere el punto 638 de Camino: ¡Cúantos recursos santos tiene la pobreza! –¿Te acuerdas? Tú le diste en horas de agobio económico para aquella empresa apostólica, hasta el último céntimo de que disponías.

–Y te dijo –Sacerdote de Dios–: “yo te daré también todo lo que tengo”. –Tú de rodillas. Y… “la bendición de Dios Omnipontente, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ti y permanezca siempre”, se oyó.

–Aún te dura la persuasión de que quedaste bien pagado.

Con anterioridad, la Condesa de Humanes había regalado el primer reloj para la Academia de la calle Luchana. Tras muchos esfuerzos y humillaciones, el Padre había conseguido reunir en tres ocasiones el poco dinero necesario para comprar un reloj, pero siempre se presentaba una necesidad económica más imperiosa que se llevaba aquel dinero. Finalmente, la Condesa, al darse cuenta de la situación, le regaló un reloj. Era de caja cuadrada, sencillo y modesto; pero el Padre y los chicos que frecuentaban el Centro se pusieron tan contentos que le sacaron una fotografía, que custodiamos en nuestro archivo.

Hay una anécdota de la época de Burgos que denota, por una parte, la pobreza en que vivían y, por otra, la generosidad de nuestro Fundador. De vez en cuando iba a verle un profesor de la Escuela de Arquitectura de Madrid, el profesor Francisco Navarro Borrás, que era un matemático muy conocido. Un día, regalaron a nuestro Fundador un puro y, como sabía que el profesor Navarro Borrás fumaba mucho, lo guardó para regalárselo. También los dos miembros de la Obra que vivían con el Fundador fumaban, pero no tenían ni un céntimo para comprar tabaco, y se les ocurrió cortar un poco la punta del cigarro. Al cabo de unos días lo recortaron por el otro extremo, y así poco a poco… Cuando vino el profesor Navarro, el Padre le dijo: Le voy a dar el puro; se lo pidió a sus hijos, y le entregaron lo que quedaba: una colilla minúscula. El profesor se quedó atónito, y al Padre no dejó de divertirle aquella travesura.

En la primera Residencia, a pesar de las estrecheces, no faltaba el buen humor. El único personal de servicio era una cocinera y un empleado. Los residentes llamaban a la cocinera “doña Cupis”, porque decían que tenía “concupiscencia de la carne”: solía llevarse a casa, para su familia, parte de la carne que se compraba para los residentes. El empleado atendía la puerta y servía la mesa. Así que era el propio Padre quien se ocupaba de la limpieza de las habitaciones, y de hacer las camas de los casi veinte estudiantes que vivían allí; le ayudaba alguno de nosotros, sobre todo Ricardo Fernández Vallespín, arquitecto, que era el director de la residencia. Para sacar adelante estos trabajos domésticos aprovechaba las horas en que los residentes estaban en clase; el Padre prestaba este servicio a los demás con gran alegría.

Su generosidad era ilimitada. En 1942 murió el padre de un estudiante de arquitectura que vivía en la residencia DYA desde el curso 1935/36. La familia tuvo que enfrentarse a una situación económica difícil. Nuestro Padre le dijo a aquel estudiante y a su hermano que no se preocupasen: podían quedarse en la residencia, hasta terminar la carrera, sin pagar nada.

El Padre ponía todo su empeño en prestar estos servicios con la máxima discreción para evitar la más mínima humillación al interesado. Por ejemplo, de acuerdo con las indicaciones explícitas del Fundador, en las obras apostólicas del Opus Dei, los alumnos becarios, sin medios económicos, disfrutan de los mismos derechos, tratamiento y consideración que sus compañeros; es más, no es posible distinguirlos a unos de otros.

Otro rasgo de su espíritu de pobreza era el cuidado de las cosas materiales para evitar gastos superfluos. Nos enseñaba con su ejemplo a cuidar atentamente muchos detalles: desde la conservación de los edificios hasta el buen funcionamiento del instrumento de trabajo más pequeño. Repetía que cada objeto debía usarse para lo que ha sido hecho; si no, se estropea y hay que cambiarlo: por ejemplo, no se puede utilizar un cuchillo o unas tijeras para abrir una lata, ni un destornillador como martillo. Cuando se terminó el Aula Magna de Villa Tevere, nuestra Sede Central, sugirió a sus hijos la pequeña mortificación de no apoyar las manos sobre los brazos de los sillones, para no manchar ni estropear la tapicería.

Un día de 1959, el Padre visitaba las obras de Villa Tevere, como hacía a menudo para impulsar el desarrollo del trabajo y seguir de cerca los detalles. Mientras nos desplazábamos de una zona a otra, Jesús Alvarez Gazapo, el arquitecto que dirigía las obras, iba encendiendo y apagando las luces. Nuestro Fundador se dio cuenta de que ninguno de nosotros le ayudaba, quizá porque no sabíamos dónde estaban los interruptores. Después no dejó de reprendernos, explicándonos que debíamos haber ayudado a aquel hermano nuestro, porque la verdadera caridad lleva a no dejarse servir. Y añadió: Este es el espíritu de la Obra: no hacer el “señor”, consintiendo que los demás trabajen para nosotros. Yo cumpliré dentro de poco casi sesenta años, pero tengo verdaderas ganas de correr junto a él y ayudarle.

En otra ocasión, también durante las obras de Villa Tevere, desaparecieron unos adornos metálicos antiguos que había en la puerta del vestíbulo de entrada. En esa zona trabajaban varios obreros, que eran los únicos que podían acceder allí. El Padre los reunió, y con tono apacible les dijo que, como allí no entraba nadie más, todo hacía pensar que lo había cogido uno de ellos. Les invitó a no excusarse y a considerar que también él era pobre: de la venta de aquellos adornos, se sacaría poquísimo; y, en cambio, tendría que hacer un gasto considerable para reemplazarlos, y tenía poco dinero. Les aclaró que ya había perdonado; por tanto, no había que restituirle nada. Añadió después que si alguno atravesaba dificultades económicas podía acudir a él discretamente, y, en la medida de lo posible, procuraría ayudarle. Después, quiso mostrarles a todos su cariño y su perdón, y los abrazó uno a uno.

Vivía una sobriedad extrema en su ropa y objetos de uso personal. Se impuso estas normas concretas de espíritu de pobreza:

no tener ni usar cosa alguna como propia; por ejemplo, nunca ponía su nombre en los libros que usaba, ni permitía que llamásemos “su oratorio” a la capilla en la que celebraba Misa cada día;.

no tener cosa alguna superflua, hasta el punto de que, por ejemplo, en los últimos años se desprendió del reloj, porque dejaba organizar su horario a los Custodes, don Javier Echevarría y yo;

no quejarse cuando falta lo necesario: en este aspecto llegó a un heroísmo extremo. No recuerdo, en los cuarenta años transcurridos a su lado, haberle oído una queja; no sólo por pobreza, sino porque evitaba hablar de sí mismo. Se lamentaba más bien de lo contrario: de que nos preocupábamos de él, y procuraba que no le faltase lo imprescindible, etc.;

cuando se puede elegir, tomar para sí lo peor: ésta era su forma habitual de comportarse, cuando se servía la comida en la mesa y en cualquier otra ocasión;

no crearse necesidades; recuerdo que tuvimos que insistir mucho para convencerle de que usase gafas de sol en verano, aunque sufría molestias en la vista. Le parecía que se trataba de una falsa necesidad; hasta que se las probó y de dio cuenta de que teníamos razón. Desde entonces nos estuvo inmensamente agradecido;

no llevar nunca dinero en el bolsillo; así vivió durante los últimos treinta años: desde que llegó a Italia no llevó nunca ni una lira encima.

Otro aspecto de su espíritu de pobreza era aprovechar al máximo cada cosa, los instrumentos de trabajo o los objetos de uso personal. Por ejemplo, el Padre empleaba siempre hojas usadas por una cara para escribir por la otra apuntes o borradores; decía en broma que, si fuera posible, escribiría por el canto. Otro ejemplo: necesitaba desde 1940 hacerse unas gafas nuevas, pero consiguió que le durasen hasta 1970.

Estos ejemplos muestran que el Beato Josemaría vivía la pobreza no sólo materialmente, sino también como desprendimiento interior.

–Llegaba a extremos verdaderamente heroicos. Cuando era seminarista y estudiaba en la Universidad Pontificia de Zaragoza, había anotado en un cuaderno, junto a los apuntes de las clases, algunas máximas de su profesor de Derecho Canónico, don Elías Ger. Le resultaban útiles por su contenido práctico y sus enfoques pastorales. Un día de 1926, en un momento en que tenía necesidad de una determinada gracia, pensó en ofrecer a Dios aquel cuaderno: Señor, si me haces esto, yo quemo ese cuaderno. Era una reacción –observaba el Fundador de la Obra– propia de un chico joven. Pero enseguida me entró el pensamiento de que era poco generoso y de que me había apegado demasiado a mis papeles, e inmediatamente quemé todos los apuntes.

En lo que se refiere a los regalos, su criterio era también muy severo: no sólo no aceptaba lo que no se permitiría un pobre, sino que rechazaba los objetos superfluos, aunque fuesen regalados. Nos enseñó también a no ceder en este campo, y disponer sólo de lo necesario. Con frase expresiva nos explicaba: Si nos regalan un elefante blanco, no lo meteremos en casa. El criterio era claro: vender los regalos superfluos y destinar lo que se sacase al apostolado.

Su desprendimiento era netamente espiritual. En diciembre de 1959 el Padre había encargado una copia, un poco más grande que el original, de la imagen del Niño Jesús que conserva la comunidad de las Agustinas recoletas del Patronato de Santa Isabel, de Madrid, del que había sido capellán desde 1931 y rector desde 1934; es una imagen ligada a muchos recuerdos íntimos de su vida interior, a favores y gracias extraordinarias. Las buenas monjas lo llaman aún hoy “el Niño de don Josemaría”, y la M. San José, que entonces era la sacristana, recuerda haber visto muchas veces, cuando el Niño estaba en la sacristía de la iglesia durante el tiempo de Navidad, cómo don Josemaría le hablaba, le cantaba, le mecía, como si se tratase de un niño de verdad. Pues bien, tres días antes de la Navidad de 1959, nuestro Fundador entró en el estudio de arquitectos de Villa Tevere. Se sentó, cansado, insólitamente silencioso; estaba completamente inmerso en Dios. En eso llegó Manuel Caballero, que había modelado en barro la imagen de aquel Niño, de la que se había sacado la copia en madera, que llevaba envuelta en un paquete. Se sentó junto al Padre y con deliberada lentitud comenzó a abrirlo. Apenas nuestro Fundador vio que se trataba del Niño, lo tomó en sus brazos, lo apretó contra su pecho, y poco después, visiblemente emocionado, salió de la habitación.

Algún tiempo más tarde me dijo: Alvaro, he pensado regalar este Niño Jesús al Colegio Romano de la Santa Cruz; será la primera piedra de su sede definitiva. El Padre, apenas advirtió la emoción que le producía aquella imagen tan querida, rechazó inmediatamente cualquier apegamiento: no se concedió ni siquiera esta alegría, perfectamente legítima.

También en la dirección espiritual evitaba por todos los medios que las almas se apegasen a su persona. Quería conducirlas al Señor, ayudarlas a asumir sus propias responsabilidades delante de Dios; y deseaba permanecer en segundo plano, desaparecer, para dejar claro que la eficacia sacerdotal se basa in persona Christi. Desde que le conocí, aconsejaba de vez en cuando a los que se dirigían con él: Hoy, vete a confesar con otro.

Su desprendimiento llegaba a lo más “suyo”, el Opus Dei. En dos ocasiones, especialmente importantes, saboreó una intervención directa de Dios. Transcribiré dos documentos admirables: el primero es una anotación manuscrita que se refiere a un suceso del 22 de junio de 1933:

El jueves, vísperas del Sagrado Corazón, por primera y única vez desde que conozco la Voluntad de Dios, sentí la prueba cruel que hace tiempo me anunciara el P. Postius (Cuando, al ser disuelta por el desgobierno actual la Compañía, perdí de vista al P. Sánchez una temporada y me atendió el P. Juan Postius): A solas, en una tribuna de esta iglesia del Perpetuo Socorro, trataba de hacer oración ante Jesús Sacramentado expuesto en la Custodia, cuando, por un instante y sin llegar a concretarse razón alguna –no las hay–, vino a mi consideración este pensamiento amarguísimo: “¿y si todo es mentira, ilusión tuya, y pierdes el tiempo…, y –lo que es peor– lo haces perder a tantos?” Fue cosa de segundos, pero ¡cómo se padece! Entonces, hablé a Jesús, diciéndole: “Señor (no, a la letra), si la Obra no es tuya, desbarátala ahora mismo, en este momento, de manera que yo lo sepa”. Inmediatamente, no sólo me sentí confirmado en la verdad de su Voluntad sobre su Obra, sino que vi con claridad un punto de la organización, que hasta entonces no sabía de ningún modo solucionar”.

En otra ocasión, el 25 de septiembre de 1941, tuvo oportunidad de repetir aquel acto de supremo desprendimiento. La Obra y la persona de nuestro Fundador eran objeto de una serie increíble de calumnias y mentiras groseras; obstáculos muy serios se oponían al desarrollo de los apostolados. Era una prueba que permitía el Señor, y no pocos pensaban que estaba en peligro la misma supervivencia del Opus Dei. Aquel día me escribió una carta desde La Granja (Segovia) –es el segundo documento–, en la que me contó lo sucedido:

Jesús te me guarde, Alvaro.

Llovizna, y nos hemos refugiado en el hotel. Es esta una vida de comodidad que me da verdadero fastidio.

Sin embargo, estoy seguro de que algunos ratos es muy fecunda: ayer celebré la Santa Misa por el Ordinario del lugar, y hoy ofrecí el Santo Sacrificio y todo lo del día por el Soberano Pontífice, por su Persona e intenciones. Por cierto que, luego de la Consagración, sentí impulso interior (segurísimo, a la vez, de que la Obra ha de ser muy amada por el Papa) de hacer algo que me ha costado lágrimas: y, con lágrimas que me quemaban los ojos, mirando a Jesús Eucarístico que estaba sobre los corporales, con el corazón le he dicho de verdad: “Señor, si Tú lo quisieras, acepto la injusticia“. La injusticia ya imaginas cuál es: la destrucción de toda la labor de Dios.

Sé que le agradé. ¿Cómo me iba a negar a hacer ese acto de unión con su Voluntad, si me lo pedía? Ya otra vez, en 1933 ó 1934, costándome lo que sólo El sabe, hice otro tanto.

Hijo mío: ¡qué hermosa mies nos prepara el Señor, después que nuestro Santo Padre nos conozca de verdad (no, por calumnia) y nos sepa –tal como somos– sus fidelísimos, y nos bendiga!

Se me vienen ganas de gritar, sin importarme del qué dirán, ese grito que a veces se me escapa cuando os hago la meditación: ¡Ay, Jesús, qué trigal!

Alvarote: pide mucho y haz pedir mucho por tu Padre: mira que permite Jesús que el enemigo me haga ver la enormidad desorbitada de esa campaña de mentiras increíbles y de calumnias de locos; y el animalis homo se alza, con impulso humano. Por la gracia de Dios, rechazo siempre esas reacciones naturales, que parecen y tal vez son llenas de sentido de rectitud y de justicia; y doy lugar a un “fiat” gozoso y filial (de filiación divina: ¡soy hijo de Dios!), que me llena de paz, de alegría, y de olvido.

El episodio a que antes se ha referido de la llave arrojada a la alcantarilla en aquel Madrid asolado por el odio anticatólico, que costó al Fundador la renuncia a un refugio seguro por evitar una ocasión remota contra la pureza, ilustra por sí mismo la intransigente delicadeza con que el Padre vivía esta virtud.

–El amor a la santa pureza le acompañó toda la vida, y se manifestó siempre en el cuidado delicadísimo de los medios indispensables para perseverar y crecer en esta virtud, de la que hablaba siempre en términos positivos, de Amor, de afirmación gozosa. Escribió en Camino: Nunca hables, ni para lamentarte de cosas o sucesos impuros. –Mira que es materia más pegajosa que la pez –Cambia de conversación, y, si no es posible, síguela, hablando de la necesidad y hermosura de la santa pureza, virtud de hombres que saben lo que vale su alma” (num. 131).

Durante su estancia en el Seminario vivió una mortificación de los sentidos cada día más constante y severa, guardando su cuerpo y sus afectos completamente para el Señor. Precisamente en Zaragoza, durante una temporada, algunas mujeres a las que no conocía comenzaron a provocarle: le esperaban con frecuencia en la calle con la intención manifiesta de inducirle a pecar. Le miraban descaradamente cuando pasaba con los demás seminaristas y le daban a entender, con frases o gestos claramente provocativos, que el único que les interesaba era él. Él no las miraba nunca y superó aquella persecución diabólica –que no podía evitar– poniéndose en manos de la Virgen. Desde el primer momento se lo dijo a los Superiores del Seminario y les mantuvo al corriente de todo lo que sucedía: sé que no dio nunca motivo alguno para la más pequeña censura de su comportamiento. Como la persecución no cesaba, reafirmó decididamente al Rector que prefería el sacerdocio a su propia vida.

Un día, don José Escrivá, oyó comentar en una barbería de Logroño –hasta allí se preocupó el diablo de difundir los rumores– que ciertas mujeres perseguían a su hijo. Procuró hablar con él lo antes posible, para decirle que era mejor ser un buen padre de familia que un mal sacerdote.

El joven Josemaría le explicó que, nada más advertir esas insidias, urdidas por mujeres desconocidas, sin haber dado ningún pie, se había apresurado a informar al Rector del Seminario; con esto, su padre se quedó tranquilo, al comprobar que nada enturbiaba la decisión de su hijo de ser sacerdote con todas las consecuencias santas de este Sacramento.

Uno de los compañeros de Seminario que le trató con mayor confianza, el P. Cubero, recuerda un detalle pequeño, pero significativo, de su delicadeza en esta materia. Un día, mientras iban como de costumbre a la Universidad Pontificia de Zaragoza para asistir a las clases, se cruzaron con dos chicas que se quedaron mirando a Josemaría, aunque él no les prestó ninguna atención. Al día siguiente, se las encontraron de nuevo en el mismo sitio, y lo mismo sucedió un día más; pero esta vez, al verle pasar, se dirigieron a él con tono de desafío: “¿Es que somos tan feas como para que no nos mires?” Josemaría, sin pararse, y sin mirarlas, replicó: ¡Lo que sois es sinvergüenzas! Así acabó todo, y aquellas chicas no le molestaron más.

Después de la ordenación sacerdotal intensificó su lucha. Y cuando tuvo conciencia de la responsabilidad de almas que el Señor le confiaba con la fundación del Opus Dei, su empeño por dirigir a Dios todos su afectos se hizo aún más radical. Por ejemplo, desde que le conocí, he sido testigo de la heroicidad con que mortificaba la vista, imponiéndose renuncias concretas incluso en curiosidades legítimas: no se paraba delante de los escaparates y, en los viajes en coche, muchas veces decidía no mirar por la ventanilla, renunciando a gozar con la contemplación del paisaje.

Explicaba que es muy distinto “ver” que “mirar”: ver es algo fisiológico, indiferente; mirar, en cambio, consiste en aplicar la voluntad observando con atención –calibrando– los detalles. El Padre no miraba; y, a propósito de esto, quiero recordar una anécdota significativa, que sucedió en los años treinta, de la que fue protagonista un pintor. En una tertulia, en Ecuador, pedí a nuestro Padre que la contase despacio, y por eso puedo reproducir ahora sus palabras textuales:

En los primeros años –ahora, más– mis amistades eran muy numerosas (…). Don Alvaro me habla de una vieja marquesa que ha muerto hace poco, con cerca de noventa años, pero que entonces era joven y, según decían, guapa. Yo coincidía con ella y con su marido en casa de unos amigos comunes, una vez a la semana, a almorzar. Un día se me acercó un artista, pintor –bastante bueno pero sin clientela, y lo pasaba muy mal económicamente–, a ver si le proporcionaba trabajo. Durante uno de aquellos almuerzos, se me ocurrió preguntar a la marquesa:

–¿Te vendría bien que te hicieran un retrato? Se trata de un pintor joven, sin nombre, pero de valía. Pintará un cuadro aceptable y además no te costará demasiado caro. Cuánto, no lo sé; pero no te costará mucho.

– Ah, sí, encantada; como quiera, me contestó.

– Muy bien.

Llamé al pintor, fue, y ella estuvo posando una hora. Después le dio un maletín con unos trajes de ella y le dijo:

– Márchese porque no deseo posar más.

Pasaron unos días. Vino el pintor a verme y me dijo:

– Bueno, yo necesitaría saber de qué color son los ojos de la señora Marquesa.

Y yo:

– Pues no lo sé. Hace años que somos amigos. Nos encontramos con mucha frecuencia y nos queremos, pero no se me ha ocurrido mirar nunca de qué color tiene los ojos.

¡Gracias a Dios, que no se me ocurría!

– Esto se arregla pronto, le aclaré. El jueves almuerzo con esta familia y otras familias amigas. Pregúntame por la noche.

Y por la noche no le pude contar más que una parte de lo sucedido, porque con ingenuidad comenté en la mesa:

– María, me ha pasado esto; me ha preguntado el pintor de qué color tienes los ojos y le he respondido que no lo sé.

– Pues míreme, Padre; tengo unos ojos de color verde, ¡estupendo!

– Ahora los miro menos, ¡majadera!

Era un hábito que conservó toda la vida. Tampoco “miraba” a sus hijas, pero de un modo tan natural que no se notaba: no había nada raro o afectado en su persona. Muy a menudo le he oído preguntar con toda franqueza a mujeres que llevaban muchos años en el Opus Dei: ¿Te conozco? En realidad no era un pregunta, sino casi una afirmación: No te conozco. ¿Cómo te llamas? Y ellas no se ofendían, porque sabían que el Fundador nunca las miraba.

Cuando le preguntaban cuál era la virtud humana que más quería, respondía invariablemente, sin dudarlo: la sinceridad.

Sí, daba extraordinaria importancia a esta virtud, que le parecía indispensable para la perseverancia en la vocación. Solía hablar de tres demonios, tres modos de decir, que debíamos aborrecer: es que, creí que, pensé que; esto es, no teníamos que buscar excusas para justificar o disimular nuestros errores. Por su parte, jamás eludía el peso ni las consecuencias de sus responsabilidades.

Decía y defendía siempre la verdad, aun a costa de sufrir la hostilidad o las incomprensiones ajenas; no se plegaba a componendas, especialmente cuando se trataba de difundir con firmeza la doctrina de Cristo o de proclamar la auténtica naturaleza del Opus Dei y de sus apostolados.

Amó la verdad hasta tal punto que no toleraba ni la menor mentira. No quería que sus hijos mintieran a sus padres, ni siquiera con la excusa de conseguir permiso para participar en alguna actividad formativa. Yo estaba presente el verano de 1941 cuando corrigió a un miembro del Opus Dei que había recurrido a esta estratagema, para poder asistir a un curso de retiro espiritual predicado por nuestro Fundador. Sus padres se oponían a su vocación, también porque les habían influido varias calumnias contra el Opus Dei. No encontró otra solución que inventar una mentira y decirles que se iba al campo. En cuanto lo supo nuestro Fundador, le advirtió muy seriamente: En adelante, ¡no más mentiras! El amor a la verdad debe prevalecer sobre todo lo demás.

Exigía a sus colaboradores en el gobierno del Opus Dei claridad y precisión a la hora de presentar las informaciones y datos necesarios: aborrecía las aproximaciones, las exageraciones y los paños calientes. Esta claridad iba siempre acompañada de la máxima caridad, porque no confundía la objetividad con la crudeza en el trato a los demás.

Predicaba a los periodistas que el cristiano debe amar y defender audazmente la verdad, dispuesto siempre a pagar las consecuencias. Prefería que los católicos, en lugar de dedicarse a promover órganos confesionales, trabajasen, con auténtica competencia profesional, en los medios de comunicación ya existentes, defendiendo y propagando desde allí la doctrina de la Iglesia.

No le gustaban los secreteos ni los misterios. Una vez, un miembro de una familia real le manifestó, en el curso de una conversación, que deseaba contarle una cosa “bajo secreto de confesión”. Nuestro Fundador replicó inmediatamente: Alteza, está hablando con un sacerdote y con un hombre de honor, y eso debe bastarle: si me quiere decir alguna cosa en secreto de confesión, vamos a un confesonario, y tendré mucho gusto en recibir su confesión sacramental.

A propósito de la obediencia, el Fundador decía que no le gustaba la obediencia perinde ac cadaver: quería una obediencia inteligente porque con los cadáveres no voy a ninguna parte; los cadáveres los entierro piadosamente. Sin embargo, la obediencia debía ser auténtica: El enemigo: ¿obedecerás… hasta en ese detalle “ridículo”? –Tú, con la gracia de Dios: obedeceré… hasta en ese detalle “heroico” (Camino, num. 618).

–Amaba la obediencia porque la contemplaba en conexión con las virtudes cristianas más importantes: desde la fe a la caridad, desde la humildad a la sencillez. Fue heroicamente ejemplar en su obediencia a las leyes generales de la Iglesia y a las disposiciones específicas relativas al Opus Dei: incluso en lo que se refiere a su itinerario jurídico, no dio paso alguno sin la explícita aprobación de la autoridad competente.

Vivió ejemplarmente la obediencia, yendo por delante en el cumplimiento de lo que había establecido para todos los miembros del Opus Dei. Estaba profundamente convencido de que quien ejercita la autoridad debe ser ejemplo de obediencia para los demás. Un día manifestó a los miembros del Consejo General: Hijos míos Directores: no os sintáis disculpados o no os justifiquéis innecesariamente, para no cumplir lo que está dispuesto.

¡Fieles!: porque dais el tono; porque marcáis el ritmo; porque la gracia de Dios, para vuestro buen gobierno, discurre por esos cauces que son las disposiciones recibidas de Dios, a través de nuestras normas y costumbres.

No puede ocurrir con vosotros lo que burlonamente comenta el pueblo romano, al explicar las posturas de esas dos figuras de piedra que, en la “gradinata” de la plaza de San Pedro, representan a los dos Apóstoles.

Yo no me atrevo a afirmarlo; es más, digo que se trata de una expresión maliciosa, pero el vulgo viene repitiendo, desde hace años, que esas esculturas confirmarían una realidad de la vida de la Iglesia: porque en Roma –dicen– se hacen las leyes que obligan a toda la Iglesia, pero en el Vaticano se ignoran. Por eso, Pedro, con su mano dirigida hacia el suelo, aclara: “aquí se dictan las leyes”. Y Pablo, con su brazo extendido hacia la ciudad, termina la frase: “y ahí se cumplen”.

Cuando hay una disposición o se da una norma que se refiere al modo de vivir cristiano, tenemos que cumplirla puntualmente los Directores. Aunque no nos vean los demás, esa fidelidad tiene su importancia, porque siendo fieles o no siéndolo, hacemos o no hacemos caso a la gracia de Dios, y damos o no damos la sangre arterial de este órgano central y vital del cuerpo a los demás miembros.

Por esto, en el Opus Dei, tanto los directores como los demás deben meditar y considerar en el examen de conciencia cómo cumplen esto que es de Dios y que expresamente Dios ha fijado en la Obra.

No es ocioso recordar que la obediencia, en el Opus Dei, se refiere sólo al fin específico de la Prelatura, es decir, a la vida cristiana de sus miembros y al modo de hacer el apostolado, y que no interfiere ni siquiera mínimamente en sus actuaciones y opiniones profesionales, sociales, culturales, económicas, políticas: en todas las cuestiones temporales, los miembros del Opus Dei gozan de la misma libertad que cualquier católico, y trabajan con la responsabilidad propia de los cristianos fieles a la Jerarquía de la Iglesia.

La delicadeza del Padre llegaba a detalles muy pequeños. En 1958, el príncipe Carlo Pacelli me manifestó que el Santo Padre Pío XII deseaba que yo fuese Caballero de Honor y Devoción de la Orden de Malta. A mí la idea no me cayó bien: no me había atraído este título cuando era laico, y como sacerdote, me parecía fuera de lugar. Hablé de esto con el Padre, y me respondió: Si el príncipe Carlo Pacelli te lo vuelve a decir de parte del Santo Padre, debes obedecer. Así sucedió, y nuestro Fundador me mandó a España para preparar los documentos necesarios. Salí el 25 de mayo, acompañado de don Javier Echevarría. Y mientras la Orden de Malta estaba estudiando en España la documentación requerida, antes de enviarla a Roma al Gran Maestre de la Orden, murió Pío XII. Pero el Padre no quiso que yo retirase ya mi petición, y poco tiempo después me llegó el nombramiento.

Es un detalle de escasa entidad, pero precisamente en las cosas pequeñas se manifiesta la verdadera virtud. Cuando era seminarista en Zaragoza, el Padre compuso una poesía en latín, con el título Oboedientia tutior, para la fiesta que se celebró en honor del Presidente del Seminario, Mons. Díaz Gómara. Lo importante no es tanto el título de esta composición poética, que era precisamente el lema del obispo, sino el acto de obediencia que le supuso escribirla. De hecho, por su carácter no le agradaba aparecer como protagonista de nada, y no habría compuesto aquella poesía, ni mucho menos la habría leído en público, si sus superiores no se lo hubiesen mandado explicítamente.

El Beato Josemaría practicó intensamente la mortificación corporal, y predicó su necesidad, como escribe en Camino: –No creo en tu mortificación interior si veo que desprecias, que no practicas, la mortificación de los sentidos (num. 181).

Le gustaba repetir y subrayar, con el ejemplo de su vida, que la mejor mortificación consiste en el cumplimiento fiel, hasta los últimos detalles, de los deberes del propio estado. Pero se sometió también a duras penitencias corporales, sobre todo desde que supo con claridad lo que el Señor le pedía: todos los pasos de su actividad pastoral y apostólica iban precedidos y acompañados de fuertes mortificaciones.

El Padre comenzó a usar el cilicio y las disciplinas cuando era seminarista. Me consta que a partir de 1928 intensificó su mortificación corporal de modo muy notable. La madre y los hermanos de nuestro Fundador me contaron que, durante aquellos años de Madrid, cuando usaba las disciplinas se encerraba en el cuarto de baño del piso donde vivían, y abría los grifos del agua para disimular el ruido de los golpes. Pero era inevitable oírlos. Además, aunque luego limpiaba cuidadosamente las paredes y el suelo, su madre y su hermana descubrían después, consternadas, algunas manchas de sangre que el Padre no había advertido.

Vivía el plan de mortificaciones aprobado por su confesor, con gran espíritu de obediencia. Entre sus apuntes de conciencia, hemos encontrado esta nota:

Desde el sábado, 17 de febrero de 1934, me ordena el P. S. este plan más suave:

Todos los días sin excepción, menos los domingos: por la mañana, cuatro horas, dos cilicios.

Lunes – disciplina – 3 Miserere. (Cada disciplina duraba el tiempo que tardaba en recitar tres Miserere, tres Laudate, etc.)

Martes – 3 Laudate.

Miércoles – 3 Benedictus.

Sábados – 3 Magnificat.

Los Viernes, disciplina, 3 Te Deum, 3 Magnificat y 3 Benedictus

Además, tuvo siempre la prudencia de no comprometer directamente la salud, y sus consejos eran muy claros sobre este punto. En una carta del 22 de enero de 1940, por ejemplo, recomendaba: No me hagas mortificaciones que puedan perjudicar tu salud o agriar tu carácter: la mortificación discreta y la penitencia discreta son indudablemente necesarias: pero la piedra de toque es el Amor. Ten, para la penitencia, esta norma de conducta: nada sin permiso expreso.

Más aún que las penitencias corporales, el Fundador se esforzaba por vivir las pequeñas mortificaciones que le ayudaban a cumplir con delicadeza las diversas prácticas de piedad, su ministerio sacerdotal, el espíritu de servicio, la caridad fraterna, etc. Afirmaba que estas mortificaciones debían ser constantes, como el latir del corazón. Entre sus apuntes, hemos encontrado éste, fechado el 3 de noviembre de 1932:

1/ No mirar ¡nunca!

2/ No hacer preguntas de curiosidad.

3/ No sentarme más que cuando sea indispensable, y siempre sin apoyar la espalda.

4/ No comer nada dulce.

5/ No beber más agua que la de las abluciones.

6/ Desde la comida o almuerzo del mediodía, no comer pan.

7/ No gastar ni cinco céntimos, si, en mi lugar, un pobre de pedir no pudiera gastarlos.

8/ No quejarme de nada nunca con nadie, como no sea por buscar dirección.

9/ No alabar, no criticar.

Deo omnis gloria!

A propósito de la mortificación de la vista: cuando se estableció en Burgos, en los primeros días de 1938, la ciudad no era aún muy grande y desde cualquier sitio se podía ver la espléndida catedral, una verdadera joya del arte gótico. Nuestro Fundador ofreció al Señor el sacrificio de dejar pasar un tiempo antes de visitarla: la primera vez que entró fue para rezar, y no para hacer turismo; sólo después fue a verla con calma.

Era muy exigente también en las mortificaciones de la comida. Cuando le conocí, uno de los detalles que me impresionaron fue una cajita de madera, de color claro, que estaba sobre su escritorio. Una vez le pregunté qué tenía dentro. Entonces la abrió y me la enseñó: era acíbar. Me invitó a tomar un poco con el dedo, y probarlo. Era una mortificación que hacía de vez en cuando. Recuerdo que, cuando nos refugiamos en la Legación de Honduras, entre los poquísimos objetos que se llevó allí, estaba esa cajita de acíbar.

Rechazaba cualquier trato de excepción cuando visitaba un Centro de la Obra, respetaba siempre sus planes y horario. Contaré solamente una anécdota pequeña, sucedida en 1945. Acabábamos de inaugurar en Bilbao la Residencia universitaria Abando, y el Padre fue a celebrar la primera Misa. Para festejar el acontecimiento, sus hijas encargadas de la administración doméstica de aquel Centro decidieron preparar una comida un poco especial. Nuestro Fundador observó que servían una botella de vino de marca, y preguntó si era normal en nuestras casas tomar en la mesa ese tipo de vino. Le acompañábamos tres o cuatro personas más. La doncella que servía la mesa respondió: “No, Padre, no lo servimos nunca”. Y nuestro Fundador exclamó, mientras se levantaba de la mesa: Entonces, tampoco me lo debéis dar a mí: me tratáis como si fuera un invitado y por esto dejo de comer. Hoy no como, así aprenderéis que no se actúa así, porque nuestra pobreza debemos vivirla siempre. A la chica le impresionó tanto, que al poco tiempo pidió la admisión en la Obra.

No obstante, dispuso que en nuestros Centros, con ocasión de alguna solemnidad litúrgica o de celebraciones propias del Opus Dei, sus hijas preparasen una comida mejor de lo ordinario. Pero, precisamente en esos días, el Padre comía menos. Recuerdo que una vez, durante las fiestas de Navidad, pusieron una fuente muy bien preparada; nuestro Fundador notó que uno de los comensales miraba el plato con cierta avidez. Entonces, con una excusa, se levantó de la mesa sin comer.

Un día, en 1949 ó 1950, el Marqués de Bisleti nos hizo llegar dos faisanes que había cazado en su finca de Salto di Fondi. El Padre no había comido nunca carne de faisán, y quiso ofrecer al Señor la mortificación de no probarla tampoco en aquella ocasión; decidió que aquellos faisanes fuesen para sus hijas de la administración.

Podría mencionar otros muchos aspectos del espíritu de mortificación y penitencia del Padre, como, por ejemplo, el cuidado de los objetos, el saber dominar las reacciones del propio carácter, la mortificación de callar, o de hablar, según los casos, etc. Pero, a mi juicio, el aspecto más importante de la penitencia heroica de nuestro Fundador fue su ocultarse y desaparecer, que constituyó el lema de su vida.

–El Fundador afirmaba que prefería el holocausto al sacrificio. Quería, por eso, que las flores del Sagrario se pusiesen directamente sobre el altar, entre los candeleros, para que toda su lozanía se consumiese en honor del Señor. Es momento, quizá, de esbozar cómo vivió la virtud de la humildad.

–Puedo afirmar que nuestro Fundador vivió durante toda su vida con un completo olvido de sí, y se tuvo en muy poca consideración: enderezaba cada pensamiento, palabra y acción a la gloria y al servicio de Dios. Desde joven repitió innumerables veces esta jaculatoria: Deo omnis gloria! Y en un punto de Consideraciones espirituales, que después sería el 780 de Camino, explicó:

“Deo omnis gloria”. Para Dios toda la gloria. –Es una confesión categórica de nuestra nada. El, Jesús, lo es todo. Nosotros, sin El, nada valemos: nada.

Nuestra vanagloria sería eso: gloria vana; sería un robo sacrílego; el “yo” no debe aparecer en ninguna parte.

El 4 de febrero de 1975 me encontraba con el Padre a bordo del avión que pronto despegaría del aeropuerto de Madrid rumbo a Venezuela. En un momento dado, con gran sorpresa por nuestra parte, entró en la cabina una hija suya, la periodista rhodesiana Lynden Parry Upton: había logrado llegar hasta allí con el firme propósito de darle las gracias por todo lo que la Obra había hecho por ella, conduciéndola primero a la conversión al catolicismo, y después a la vocación al Opus Dei. Nuestro Fundador contestó: Todos tenemos que agradecerle al Señor. Y como ella insistía en darle las gracias personalmente, el Padre la interrumpió con cariño, pero con decisión: A mí no. Dios escribe una carta, la mete dentro de un sobre. La carta se saca del sobre, y el sobre se tira a la basura.

Al mismo tiempo, era consciente de que el Señor quería su cooperación para obrar maravillas, y lo recordaba también a sus hijos: De nuestra santidad, de nuestra humildad depende que Dios dispense a manos llenas, a través de nosotros, su gracia. Pero no olvidaba que el monumento se erige al artista; el pincel se tira: ha cumplido su función obedeciendo a las manos del artista.

Rehusó siempre los honores y los cargos. Me parece particularmente significativa la siguiente anécdota. El 11 de febrero de 1933, Angel Herrera, nombrado poco antes Presidente de la Acción Católica española después de haber abandonado la dirección del periódico El Debate (más adelante sería ordenado sacerdote, y llegaría a ser obispo de Málaga y cardenal), quiso hablar con don Josemaría: le informó de la noticia, todavía no oficial, de su propio nombramiento, y le ofreció un cargo importante. De acuerdo con el Nuncio, Angel Herrera había proyectado la creación de un centro para la formación de sacerdotes que serían consiliarios de la Acción Católica en los diversos niveles, y propuso al Padre aceptar el nombramiento como director de ese centro. El Fundador de la Obra rechazó la propuesta. El presidente Herrera insistió, y le hizo notar que se trataba de un puesto clave, de gran responsabilidad, ya que en aquella casa se reunirían los mejores sacerdotes de España; el Padre le respondió que precisamente por eso no podía aceptar un puesto tan importante: Además –añadió– hay muchos otros que lo harán mejor que yo.

Deseo subrayar que estas palabras no eran una excusa cortés, educada; estaba plenamente convencido de que otros sacerdotes podrían, efectivamente, desarrollar mejor aquella actividad. Por su parte, pensaba que sólo sería eficaz cumpliendo lo que Dios le había encomendado, para lo que tenía un carisma específico, una particular gracia de Dios.

Después de la guerra civil española, fue creciendo el prestigio de nuestro Fundador. Ante la eventualidad, nada remota, de ser elevado al episcopado, pidió permiso a su confesor, don José María García Lahiguera, para hacer voto de no aceptar jamás la carga o dignidad episcopal. Don José María respondió que no se lo permitíría sin el consentimiento del obispo de Madrid. Por eso, durante una conversación con Mons. Leopoldo Eijo que tuvo lugar el 19 de marzo de 1941, el Padre se lo planteó. Después, anotó también esto entre los temas tratados con el Prelado: El Señor Obispo no me da el permiso. Y me disgusta de verdad.

Aborrecía las alabanzas, y explicaba con viveza que lo peor que puede sucederle a un hombre es recibir solamente elogios. En cambio, agradecía mucho las correcciones que recibía; precisamente por esto, planteó un “filial forcejeo” con la Santa Sede, para no privar al Presidente General del Opus Dei (como entonces se llamaba) de la corrección fraterna, que en la Obra es un medio de formación fundamental. Cuando presentó por primera vez a la autoridad eclesiástica nuestro Ius Peculiare –esto sucedería también después, en 1946 y en 1949– tuvo que superar las dificultades que le pusieron: le hicieron notar que, según una costumbre plurisecular, los Superiores mayores no pueden ser corregidos por sus súbditos. Pero nuestro Fundador no cedió, porque no quería verse privado de esta ayuda. Replicó: No es posible. Todos los hijos míos tienen un medio que arranca del Evangelio, que es la corrección fraterna. Por ese procedimiento, los demás, aunque les duela, y tengan que vencerse ellos y los que la reciben, y tengan que ser humildes y mortificados, tienen un medio de santidad maravilloso. ¿Y yo que soy un pobre hombre, y los que me sigan a mí, que serán mejores que yo, pero también unos pobres hombres, no vamos a tener ese medio de santidad? Se aprobó finalmente la figura de los Custodes seu Admonitores, que viven junto al Presidente General –hoy, el Prelado–, y le ayudan con las observaciones que consideran oportunas.

Eludía con gran naturalidad las manifestaciones de gratitud, admiración o entusiasmo de los que le escuchaban, por ejemplo, con ocasión de los numerosos cursos de retiro espiritual que predicaba. En 1948 dirigió uno en Molinoviejo (Segovia) a un grupo de profesionales; en aquel tiempo yo me encontraba en Roma, pero poco después me lo contó el que fue principal testigo directo, don Amadeo de Fuenmayor. Los participantes habían dado ya algunas muestras de entusiasmo, y por eso el Padre les recordó más de una vez la necesidad de no romper el silencio acostumbrado; antes de la última meditación del retiro, para evitar ser objeto de sus manifestaciones de gratitud y elogio, indicó expresamente a don Amadeo que no pronunciase la acostumbrada jaculatoria final –Sancta Maria, Spes nostra, Sedes Sapientiae– hasta un rato después de que hubiese salido del oratorio, cuando oyera arrancar el coche que lo llevaba Madrid. De esta manera, al salir los participantes del oratorio, ya no estaba y no pudieron hacer nada, salvo encararse con don Amadeo por haberle dejado marchar. Soy testigo de que, gracias a trucos de este tipo, nuestro Fundador logró seguir hasta el último día el ejemplo de la vida oculta de Jesús en Nazaret.

Al comienzo de los años cuarenta, una hermana de mi madre y su marido invitaron a comer a nuestro Fundador y a mí, junto con Manuel Aznar, un intelectual bastante conocido, al que se consideraba entonces el mejor periodista español, y que más tarde sería Embajador de España en los Estados Unidos. En un determinado momento, Aznar le dijo al Padre: “–¡Cómo me gustaría escribir su biografía!”. Y el Padre replicó: –Mi biografía te la doy hecha: en el Santo Evangelio se lee como un resumen de la biografía de la vida de infancia del Señor, que se condensa en tres palabras: erat subditus illis: Jesús obedecía a María y a José. Después, en los Hechos de los Apóstoles, se lee otra biografía de Nuestro Señor, esta vez en dos palabras: pertransiit benefaciendo. Pues para mí basta con una sola palabra: ¡pecador! Pero un pecador que ama mucho a Jesucristo.

Muchísimas veces –he sido testigo de esto a partir de 1935, pero sé que lo hacía ya muchos años antes–, rezaba prosternado en tierra e imploraba la gracia divina con la profunda convicción de que era su postura más adecuada, porque no tenía ningún mérito. Me confió que solía hacer oración postrado sobre el suelo, porque advertía la bajeza de su condición y la necesidad de pedir perdón al Señor y de implorar su ayuda, de acuerdo con su nulidad.

Podríamos detenernos mucho tiempo evocando otros sucesos edificantes, pero me parece que airearíamos su intimidad. Recordaré sólo un último detalle: un día, en los años cincuenta, durante las obras de construcción de la Sede Central, el Padre vio que, al desmontar los andamios, los obreros tiraban unos clavos grandes que habían servido para sujetar los tablones de madera. Nuestro Fundador se quedó pensando que sin aquellos clavos, que los obreros tiraban con indiferencia, no habría sido posible montar el andamiaje. Hizo recogerlos y envió muchos a las distintas Regiones, como símbolo de lo que debemos ser: un instrumento, en sí despreciable, del que se sirve el Señor para hacer su Obra.

1. Hijo de la Iglesia

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El decreto sobre la heroicidad de las virtudes vividas por Mons. Josemaría Escrivá, promulgado el 9 de abril de 1990 por Juan Pablo II, sitúa la figura del Fundador del Opus Dei en un preciso contexto eclesial: la llamada a la santidad de todos los bautizados que es, según Pablo VI, “el elemento más característico del Magisterio conciliar, y por así decir, su fin último”. Mons. Escrivá, desde el 2 de octubre de 1928, dedicó todas sus energías a difundir esa vocación universal a la santidad, “en coincidencia profética con el Concilio Vaticano II”.

Como es bien sabido, el amor a la Iglesia y la voluntad de servirla penetran todos los escritos, la predicación y la vida del Fundador. Me gustaría conocer detalles de cómo manifestaba personalmente, Mons. Escrivá, su profunda convicción de hijo de la Iglesia.

–Conservo el recuerdo imborrable de su llegada a Roma. Era el 23 de junio de 1946. El Padre tenía 44 años. Yo estaba en Roma desde febrero de aquel año, porque el Fundador me había encomendado diversas gestiones para la aprobación pontificia de la Obra. Como las características propias del Opus Dei representaban una novedad absoluta en el Derecho canónico vigente, yo trabajaba en la medida de mis posibilidades, siguiendo las indicaciones precisas del Fundador. Pero me dijeron, entre otras muchas cosas, que no era posible aún obtener la aprobación del Opus Dei: habíamos nacido –ésta fue la expresión literal– con un siglo de anticipación. Las dificultades eran tan grandes, aparentemente insuperables, que decidí escribir al Padre para manifestarle la necesidad de su presencia en Roma.

Aunque en aquel momento padecía una diabetes gravísima –hasta el punto de que el médico que entonces le atendía, el Dr. Rof Carballo, había declinado toda responsabilidad sobre su vida si emprendía aquel viaje–, el 21 de junio el Padre se embarcó en el viejo J. J. Sister, en Barcelona. Antes había pedido su parecer a los miembros del Consejo General del Opus Dei, y se había abandonado en manos de la Virgen de la Merced.

Después de una dura travesía, a causa de una tempestad absolutamente insólita en el Mediterráneo, la nave atracó en el puerto de Génova el 22 de junio, poco antes de la medianoche. Yo había ido a esperarle desde Roma junto con Salvador Canals, otro miembro del Opus Dei. Pasamos antes por un modesto hotel para reservar las habitaciones. Recuerdo que allí Salvador y yo cenamos muy frugalmente: estábamos en plena posguerra, y como postre nos sirvieron un trozo de parmesano. Yo no conocía este tipo de queso, lo probé y me pareció tan bueno que lo guardé para nuestro Fundador. No podía imaginar que sería su primer alimento después de cuarenta y ocho horas. El Padre me tomó siempre el pelo afectuosamente por aquello.

Al día siguiente celebró su primera misa en tierra italiana, en una iglesia muy dañada por los bombardeos. El viaje hasta Roma, en un pequeño coche alquilado, por aquellas carreteras destrozadas tras la guerra, fue interminable e incomodísimo. Pero el Padre rebosaba alegría, sin una queja: le emocionaba pensar que al fin iba a cumplirse una de sus más grandes aspiraciones: videre Petrum. Durante todo el recorrido rezó muchísimo por el Papa.

Llegamos a Roma al atardecer del 23 de junio. Cuando divisó por vez primera la cúpula de S. Pedro desde la Via Aurelia, rezó muy conmovido un Credo. Habíamos subarrendado algunas habitaciones de un apartamento en el último piso de un edificio de la plaza de Città Leonina, nº 9, que tenía una terraza desde la que se veía la Basílica de San Pedro y el Palacio pontificio. Al asomarse a esta terraza y contemplar las habitaciones que ocupaba el Vicario de Cristo, el Padre expresó su deseo de quedarse allí un rato, recogido en oración, mientras los demás, cansados de un viaje tan accidentado, se retiraban a descansar. Llevado por su amor al Papa, y emocionado por estar tan cerca de sus habitaciones, el Padre permaneció en la terraza toda la noche, rezando, sin dar importancia al cansancio del viaje ni a su falta de salud, ni a la tremenda sed que le producía su enfermedad, ni a los contratiempos del viaje en barco.

Este episodio puede dar una idea de la intensidad con que el Fundador amaba a la Iglesia y al Papa. Y, aún más, a pesar del gran deseo –ansia incluso– de acercarse a rezar ante la tumba de San Pedro, el Padre esperó varios días antes de entrar en el Templo de la Cristiandad; tan grande era su espíritu de mortificación.

A finales de aquel mes, exactamente el 30 de junio, el Padre pudo escribir a sus hijos del Consejo General del Opus Dei, que tenía entonces su sede en España: Tengo un autógrafo del Santo Padre para “el Fundador de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y del Opus Dei”. ¡Qué alegrón! Lo besé mil veces. Vivimos a la sombra de San Pedro, junto a la columnata.

El 31 de agosto pudo regresar a Madrid, con un documento de la Santa Sede llamado De alabanza de los fines, instrumento canónico que no se otorgaba desde hacía casi un siglo. Las dificultades comenzaban a superarse.

El 22 de octubre de 1946, Mons. Escrivá quiso volver a rezar ante la Virgen de la Merced; después, el 8 de noviembre, volvió desde Madrid definitivamente a Roma, ciudad que sería durante casi treinta años su residencia habitual, hasta el día en que Dios lo llamó a su Presencia.

Volvamos al tema. El Beato Josemaría fue favorablemente acogido en la Curia Romana, especialmente por el entonces Sustituto de la Secretaría de Estado, Mons. Montini, pero no le faltaron dificultades por parte de algunos eclesiásticos. Algunas veces dijo que había perdido la inocencia al llegar a Roma…

–Pero sus reacciones se caracterizaron por una profunda visión sobrenatural. Por ejemplo, comenzó a ir con frecuencia a la Plaza de San Pedro para rezar el Credo delante de la tumba del Príncipe de los Apóstoles. Utilizaba la fórmula castellana que su madre le había enseñado de pequeño, y cuando llegaba a las palabras: Creo en la Santa Iglesia Católica, añadía el adjetivo romana y, a continuación, un paréntesis: a pesar de los pesares. Una vez, estando yo delante, se lo confió a Mons. Tardini –no recuerdo si ya había sido nombrado Cardenal Secretario de Estado–, y el prelado le preguntó: “¿Qué quiere decir con esto de ‘a pesar de los pesares’?”. El Padre respondió: A pesar de mis pecados y de los suyos. Lógicamente el Padre no quería ofender a Mons. Tardini. Si ningún hombre está exento de pecado, y el justo cae siete veces al día, nuestro Fundador subrayaba la necesidad de que los colaboradores del Papa fuesen muy santos y estuviesen llenos del Espíritu Santo, para que en toda la Iglesia hubiera más santidad.

No admitía ni justificaba la falsa humildad de algunos eclesiásticos, proclives a la “autocrítica” de la Iglesia: la Iglesia, repetía a menudo, no tiene manchas, porque es la Esposa de Cristo. Este meaculpismo, como solía llamarlo, le llenaba de dolor: no admitía que el reconocimiento de la debilidad de los hombres ofuscase la fe en la santidad objetiva de la Iglesia.

El Fundador conoció a tres Papas. ¿Cuáles fueron sus relaciones con el primero, Pío XII?

–El Santo Padre Pío XII le recibió en audiencia muchas veces, y demostró su estima personal por la Obra concediendo las dos primeras aprobaciones pontificias: el Decretum Laudis de 1947, y la aprobación definitiva en 1950. Para mostrar su afecto, nuestro Fundador llegaba incluso a ofrecer al Papa regalos muy sencillos. Por ejemplo, una vez le llevó unas naranjas que había recibido de España (en aquella época no teníamos dinero ni para comer). Otra vez, como sabía que al Santo Padre le gustaba un determinado vino español, consiguió unas botellas y se las regaló.

Hay un episodio significativo de este afecto del Padre por el Sumo Pontífice. Durante una audiencia, en un determinado momento, quiso besar los pies de Pío XII. El Papa le dejó besar uno, pero no quiso que le besara el otro. Entonces el Padre insistió filialmente expresando al Santo Padre que era aragonés y, como todos los aragoneses, tozudo.

Pío XII manifestó su aprecio por el Fundador del Opus Dei en muchas ocasiones. Al cardenal Gilroy y a su obispo auxiliar les confió: “Es un verdadero santo. Un hombre enviado por Dios para nuestros tiempos”. El auxiliar, Mons. Thomas Muldeon, después de la muerte del Padre, consignó este recuerdo en un testimonio escrito.

En una entrevista periodística (Conversaciones, num. 229), el Fundador recordó que, en cierta ocasión, animado por el carácter afable y paterno de Juan XXIII, le dijo: en nuestra Obra siempre han encontrado todos los hombres, católicos o no, un lugar amable: no he aprendido el ecumenismo de Su Santidad… Y el Papa se reía, emocionado, pues sabía que desde 1950 la Santa Sede había autorizado al Opus Dei para admitir como cooperadores a los no católicos e incluso a los no cristianos.

–Sucedió en la primera audiencia que Juan XXIII concedió al Fundador, el 5 de marzo de 1960. El Santo Padre era muy afable y sencillo, lo que facilitaba a sus interlocutores confidencias fuera de todo protocolo. Además, en aquellas audiencias papales, también cuando debía tratar de asuntos importantes, no dejaba de contarle hechos que pudieran alegrarle. Recuerdo que pocos días después de su llegada a Roma le recibió Mons. Montini, entonces Sustituto de la Secretaría de Estado. Nuestro Fundador le habló extensamente de la Obra, y le contó algunas anécdotas apostólicas. Mons. Montini aseguró que enseguida se las referiría al Santo Padre: “Aquí llegan solamente penas y dolores, y el Papa se alegrará mucho cuando conozca tantas cosas buenas que están haciendo ustedes”.

Al término de aquella primera audiencia, Juan XXIII le confió que las explicaciones del Padre sobre el espíritu de la Obra le habían abierto “insospechados horizontes de apostolado”.

A la audiencia privada concedida por Juan XXIII el 27 de julio de 1962, le acompañó don Javier Echevarría. Fue una conversación a solas, entre el Papa y el Fundador del Opus Dei. Sé que hablaron largamente sobre el espíritu y la actividad de la Obra en el mundo, y que pocos días después, el 12 de junio de 1962, el Padre escribió una carta a todos sus hijos del mundo entero pidiéndoles que se unieran al agradecimiento que en justicia sentía hacia Juan XXIII, por haberle ofrecido una vez más el honor y la gloria de ver a Pedro. Debo añadir que nuestro Fundador me habló muchas veces, con gran admiración, de las virtudes sacerdotales del Papa Roncalli.

Durante la dolorosa enfermedad de Juan XXIII, Mons. Angelo Dell’Acqua contó al Padre –le manifestó siempre gran confianza– algunos detalles de cómo cuidaba al Papa. Por ejemplo, mientras estaba junto a la cabecera de su lecho, el Papa le tomaba la mano, y cuando hacía gesto de irse y le soltaba, exclamaba: “Angelino, no me dejes”. El Padre se entristecía al pensar en la soledad en que se encontraba el Papa y daba las gracias de todo corazón a Mons. Dell’Acqua, que, con los más íntimos colaboradores de la casa pontificia, atendían con tanto cariño al Papa Juan XXIII durante sus últimos días.

Por detalles precedentes se intuye que la estima de Pablo VI al Opus Dei y a su Fundador eran anteriores a su elevación al Pontificado.

–Basta recordar que, una vez obtenida la aprobación pontificia del Opus Dei, me pareció oportuno pedir a la Santa Sede, en calidad de Procurador General y en nombre del Consejo General de la Obra, el nombramiento de Prelado doméstico para nuestro Fundador. El entonces monseñor Montini no sólo aprobó mi iniciativa, sino que la hizo suya. Estábamos al comienzo de 1947.

Como conocía bien la humildad del Padre, hice las gestiones sin informarle previamente. En la primavera de ese año llegó una carta de Mons. Montini con el nombramiento del Fundador del Opus Dei como Prelado doméstico. Estaba fechado el 22 de abril de 1947. Mons. Montini alababa al Opus Dei y a su Fundador, y añadía que la Obra era una esperanza para la Iglesia.

El Padre se sintió reconocido, pero me dijo que no quería aceptar y que, con toda su gratitud, pensaba devolver el documento de nombramiento a Mons. Montini explicándole que no deseaba ninguna distinción honorífica. Don Salvador Canals y yo le pedimos que no lo hiciera, y el argumento decisivo fue que con ese nombramiento se mostraba de modo aún más patente la secularidad del Opus Dei. Entonces cambió de parecer y escribió una carta al Sustituto de la Secretaría de Estado manifestando su gratitud por aquella prueba de afecto del Santo Padre y suya. Después nos enteramos de que Mons. Montini había tenido también la delicadeza de pagar de su bolsillo las tasas por el nombramiento.

Pude comprobar de modo particularísimo el afecto de Pablo VI al Padre cuando me recibió después de haber sido llamado a suceder al Fundador. Pablo VI me habló del Padre con admiración y dijo que estaba convencido de que había sido un santo. Me confirmó que desde muchos años antes leía Camino a diario y que le hacía un gran bien a su alma, y me preguntó a qué edad lo había publicado nuestro Fundador. Le respondí que lo había dado a la imprenta cuando tenía treinta y siete años, pero precisé que el núcleo del libro ya había aparecido con el título de Consideraciones espirituales en 1934, y lo había redactado un par de años antes, es decir, a la edad de treinta años. El Papa se quedó un momento pensativo y después observó: “Entonces lo escribió en la madurez de su juventud”.

Aún tengo fresco en mi memoria el recuerdo de aquella visita de Pablo VI al Centro Elis el 21 de noviembre de 1965, día de su inauguración. Los edificios que se levantan en el popular barrio romano del Tiburtino nacieron por iniciativa de Juan XXIII, quien decidió destinar la suma recogida entre católicos de todo el mundo con motivo del ochenta cumpleaños de Pío XII a la creación de una obra social en Roma, confiando el proyecto, la realización y la gestión al Opus Dei. De ahí surgió una estructura polivalente, compuesta por una residencia para estudiantes obreros, un centro de formación profesional con varios programas de especialización técnica y artesanal, una biblioteca, un centro deportivo y una escuela de hogar con todas las actividades necesarias para la promoción de la mujer. Junto al Elis está la iglesia parroquial de San Giovanni Battista al Collatino, confiada a sacerdotes del Opus Dei. El Papa se entretuvo en la visita bastante más tiempo del previsto. Celebró la Santa Misa, bendijo una imagen de la Virgen destinada a la Universidad de Navarra y visitó detenidamente los locales del centro. Al terminar abrazó al Fundador y visiblemente emocionado, exclamó. “Aquí todo es Opus Dei”. Fue un signo de gran consideración hacia la Obra y el Padre, sobre todo teniendo en cuenta que en aquel momento las visitas del Pontífice eran rarísimas; y Pablo VI quiso que la inauguración del Elis se fijase durante la fase final del Vaticano II, para facilitar así la participación de muchos Padres Conciliares en la ceremonia, como sucedió de hecho.

¿Cuál fue el último encuentro del Fundador con Pablo VI?

–Tuvo lugar el 25 de junio de 1973, con unas características singulares, inolvidables. El Padre habló al Papa de temas muy sobrenaturales, y le puso al día sobre el desarrollo de la Obra y los frutos que el Señor concedía en todo el mundo. Pablo VI se alegró mucho, y a veces le interrumpía dejándose llevar por algún elogio o simplemente exclamando: “Usted es un santo”. Lo sé porque, al terminar la audiencia, vi que el Padre tenía un aspecto más bien apesadumbrado, casi triste. Le pregunté el motivo, pero en un primer momento no quiso responderme. Después me contó que el Papa le había dicho aquellas palabras y se había llenado de vergüenza y de dolor por sus propios pecados hasta el punto de protestar filialmente al Papa: No, no. Vuestra Santidad no me conoce. Yo soy un pobre pecador. Pero el Papa le insistió: “No, no, usted es un santo”. Entonces el Fundador replicó lleno de emoción: En la tierra no hay más que un santo: el Santo Padre.

Por otra parte, Mons. Carlo Colombo, asesor teólogico y amigo personal de Pablo VI, ha testimoniado que el Santo Padre le animó a escribir la carta postulatoria para la apertura del proceso de beatificación del Fundador del Opus Dei. Estas son sus palabras: “En el curso de un encuentro con Pablo VI, donde se trataron varios temas, tuve la oportunidad de expresar al Pontífice mi intención de dirigir una carta postulatoria solicitando el inicio del proceso canónico que introdujese la causa de Mons. Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei. Sentí el deber de comunicar al Papa que pensaba dirigirle una carta postulatoria, que no habría escrito si personalmente no hubiera tenido serios motivos para hacerlo: no podía permitirme defraudar la íntima confianza que me tenía el Papa. Pablo VI me dio su pleno asentimiento y aprobación, por la gran estima que sentía por el Siervo de Dios, de quien conocía el gran deseo de hacer el bien que le movía, su amor ferviente a la Iglesia y a su Cabeza visible, y el celo ardiente por las almas”.

Estuve presente, con un grupo de miembros del Opus Dei de varios países, en la Misa que Juan Pablo II celebró para nosotros el 19 de agosto de 1979, donde pronunció la inolvidable homilía en la que dijo, entre otras cosas: “Gran ideal, verdaderamente, el vuestro, que desde sus comienzos ha anticipado aquella teología del laicado que caracterizaría después a la Iglesia del concilio y del postconcilio”. Escuchar directamente al Sucesor de Pedro este elogio de nuestra espiritualidad y de nuestro “ser Iglesia”, me conmovió, a mí y a todos los presentes, y nuestra mente se dirigió al Fundador, que no tuvo oportunidad de conocer al futuro Juan Pablo II, un Papa cuyo nombre está ligado a la historia de la Obra.

El Fundador del Opus Dei ha sido considerado, pues, un precursor del Concilio Vaticano II, aunque no participó personalmente en el Concilio.

–El Padre se alegró mucho por la convocatoria del Concilio Vaticano II y, apenas Juan XXIII la hizo pública, le envió inmediatamente una carta llena de gratitud. Entre otras cosas, preveía que el Concilio colmaría la laguna teológica sobre el papel de los laicos en la Iglesia, como de hecho sucedió.

Pensó que podían convocarle en calidad de presidente general de un Instituto Secular, pues ésa era entonces la configuración jurídica del Opus Dei. En ese caso debería participar como Padre Conciliar junto a otros superiores de Instituciones incluidas en el estado de perfección. Aunque deseaba muchísimo intervenir personalmente en las reuniones conciliares, no le pareció conveniente tomar parte a título de presidente de un Instituto Secular. De hecho podría significar, si no la aceptación de un estatus jurídico inadecuado a la naturaleza de la Obra, al menos un dato que constituiría un precedente poco favorable para la futura revisión del encuadramiento canónico del Opus Dei. Expuso a la Curia los motivos por los que no consideraba prudente participar en el Concilio, y su decisión fue bien comprendida.

Entonces Mons. Loris Capovilla le invitó a intervenir como perito del Concilio, trasladando el deseo del Santo Padre Juan XXIII. Nuestro Fundador reiteró una vez más su disponibilidad total e incondicionada, pero, después de haber agradecido la invitación, explicó las razones por las que preferiría no aceptar, sometiéndose, en todo caso, a la decisión del Papa. En resumen eran éstas: por un lado, no podría dedicar a esta misión todo el tiempo necesario; por otro, varios hijos suyos obispos eran Padres Conciliares, y resultaría chocante que interviniese como un simple perito: no se trataba ciertamente de una actitud de vanidad, sino del deseo de evitar malentendidos a la Santa Sede. Si el Fundador del Opus Dei hubiese aceptado el nombramiento de perito, tras haber rehusado el de Padre Conciliar, alguno podría pensar que lo que buscaba era moverse entre bastidores. En cambio, los que no estaban al corriente de la situación podrían pensar que al Opus Dei no se le concedía ninguna importancia eclesial.

Al mismo tiempo, nuestro Fundador ofreció a la autoridad eclesiástica competente la colaboración de toda la Obra y de sus miembros, muchos de los cuales, efectivamente, participaron en la preparación y desarrollo del Concilio.

Por lo a que mí se refiere, me exhortó a aceptar varios nombramientos de diversas Comisiones del Concilio y a poner todo mi empeño en esta tarea. Al comienzo de los trabajos fui nombrado perito conciliar, Secretario de la Comisión para la Disciplina del Clero y el Pueblo Cristiano, dentro de la cual tuve que intervenir muy activamente.

Es la Comisión que elaboró el decreto Presbyterorum Ordinis

–Exacto. Además fui nombrado consultor de otras tres comisiones conciliares (para los obispos y el régimen de las diócesis; para los religiosos; para la doctrina de la fe; también consultor de la comisión mixta para las asociaciones de fieles) y consultor de la comisión para la revisión del Código de Derecho Canónico. Concluidas las actividades de la Asamblea Ecuménica, recibí el nombramiento de consultor de la comisión postconciliar para los obispos y el gobierno de las diócesis.

Durante el desarrollo de las sesiones conciliares, junto a los resultados positivos y sugerentes, que se condensarían en los documentos definitivos, también hubo discrepancias y confusiones a menudo amplificadas por los periódicos. Esas tensiones hacían sufrir a Juan XXIII y a Pablo VI, como Mons. Dell’Acqua confiaba a nuestro Fundador. Es necesario aclarar que la confianza que este prelado manifestaba a nuestro Fundador, de la que es prueba evidente la abundante correspondencia de este periodo, no era simplemente fruto de la íntima amistad que les unía, sino que el propio Santo Padre animaba al Sustituto de la Secretaría de Estado en esa línea; de esta forma se estableció un canal de comunicación directo, siempre abierto, entre el Papa y nuestro Fundador.

En los tres años de Concilio, sin contar el período preparatorio, nuestro Fundador se entrevistó con muchos Padres Conciliares, peritos, etc. A veces, les invitaba a comer en nuestra sede central; otras, iba a buscarlos a las casas donde se alojaban, casi siempre para devolverles la visita. Hubo días en que recibió más de media docena de visitas, y no le resultaba nada fácil sacar, de sus ocupaciones de gobierno en la Obra, el tiempo necesario para acoger debidamente a esos cardenales, arzobispos, obispos, nuncios, teólogos, etc.

Yo estuve presente en muchas de estas entrevistas, y pude observar con qué sencillez y afabilidad trataba el Padre a quienes venían a verle. Por ejemplo, Mons. François Marty, entonces arzobispo de Reims, que luego sería Cardenal Arzobispo de París, escribió: “En la época del Concilio Vaticano II tuve ocasión de encontrarme varias veces con Mons. Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei. De aquellas conversaciones tengo el recuerdo de un hombre que sólo hablaba de Dios. Un rato de charla con él era como un rato de oración. Esto era compatible con su buen humor, con su sentido sobrenatural, con su caridad llena de cariño”.

También Mons. Abilio del Campo, Obispo de Calahorra, ha dejado este testimonio: “Creo con sinceridad que Josemaría contribuyó decisivamente a clarificar doctrinalmente muchos puntos en los que las luces que había recibido de Dios y su extraordinaria experiencia pastoral en el mundo del trabajo eran casi insustituibles. Fueron muchos los Padres conciliares que, apoyándose de su amistad, pudieron recoger sus atinados consejos”.

Imagino que algunos de estos consejos procurarían también defender la ortodoxia católica en aquella época en que un malentendido “espíritu conciliar” sembraba cierta confusión

–Es significativo el testimonio de Mons. Giacomo Barabino, entonces Secretario del Cardenal Siri, y hoy obispo de Ventimiglia, que declaraba: “Su defensa de la ortodoxia no procedía de un espíritu conservador, de cerrazón mental o rigidez de carácter. Tenía una evidente preocupación por asegurar la ortodoxia y las estructuras vitales, divinas de la Iglesia; pero no era menos evidente su espíritu de apertura e innovación: me entusiasmaba oírle hablar de cómo era necesario secundar, cada uno desde su sitio, con fidelidad al propio carisma dentro de la Iglesia, la corriente santificadora que el Espíritu Santo derrama en el pueblo de Dios, en cada uno de los fieles, llamados a la plenitud de la vida cristiana. Dentro de su audaz apertura subrayaba la condición misionera de la Iglesia en todos los ambientes, incluso en los más difíciles. Se trataba de una realidad que vivía a diario: la coherencia con la idea fundamental de la que había partido, la vocación universal a la santidad, idea vigorosa que aplicaba continuamente con una elasticidad verdaderamente admirable a las exigencias de los tiempos y al desarrollo de la Iglesia entre los hombres”.

Debió de ser muy grande la emoción de Mons. Escrivá de Balaguer al ver confirmada por el Concilio y convertida en patrimonio de toda la Iglesia aquella intuición que el Señor le había confiado el 2 de octubre de 1928…

–Desde luego. Poco después de la clausura del Concilio solía repetir: Hijos míos, hemos de estar contentos al acabar este Concilio. Hace treinta años, a mí me acusaron algunos de hereje, por predicar cosas de nuestro espíritu, que ahora ha recogido el Concilio de modo solemne. Y en una entrevista concedida a L’Osservatore della Domenica en 1968 declararía: Una de mis mayores alegrías ha sido precisamente ver cómo el Concilio Vaticano II ha proclamado con gran claridad la vocación divina del laicado. Sin jactancia alguna, debo decir que, por lo que se refiere a nuestro espíritu, el Concilio no ha supuesto una invitación a cambiar, sino que, al contrario, ha confirmado lo que –por la gracia de Dios– veníamos viviendo y enseñando desde hace tantos años. La principal característica del Opus Dei no son unas técnicas o métodos de apostolado, ni unas estructuras determinadas, sino un espíritu que lleva precisamente a santificar el trabajo ordinario (Conversaciones, num.72).

El Padre

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Estos fueron algunos de los primeros hombres de la Obra. Sobre esta fidelidad habrá de construirse el edificio espiritual que el Fundador viera, con toda claridad, el 2 de octubre de 1928. Cada uno viene marcado con la impronta de Dios: son la respuesta a los años de oración y sacrificio de este sacerdote que ha grabado en su ánimo, desde la adolescencia, la apasionante invitación evangélica:

«Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué he de querer sino que arda?»(23).

Además de haberles llamado a seguir de cerca a Jesucristo, de dar sentido a su existencia con el horizonte espiritual que pone ante sus vidas, don Josemaría Escrivá de Balaguer es el amigo, el maestro, el apoyo humano inasequible a la desesperanza. Tienen la seguridad de una misión recibida de Dios y el cariño absoluto para las grandes y pequeñas vicisitudes que ha de suponer llevarla a cabo. Todo ello va a llegar, directamente, de las manos del Fundador, al corazón de sus hijos.

Jamás le pasará inadvertido ningún acontecimiento, de orden material o moral, porque está siempre solícito a cuanto pueda afectar, en la alegría y el dolor, a los que le siguen. Por eso, la sucesión de vocaciones se va a multiplicar en la cálida fortaleza de esta familia, de vínculo sobrenatural y hondo cariño humano.

Desde los primeros tiempos, a don Josemaría empiezan a llamarle los chicos: «el Padre». Después, a lo largo y ancho de los años, este título se grabará de modo indeleble en el alma de todo el Opus Dei. Porque nadie como él ha sufrido, amado y luchado por cada uno de aquellos que Dios quiso confiar a su custodia. En todas las encrucijadas del mundo, los miembros del Opus Dei le conocen, le conocerán siempre, por el unívoco apelativo de «Padre».

Es, el único entorchado escrito sobre su tumba romana; el exclusivo título de honor que deseó tener ante sus hijos del presente y del futuro. Ellos y muchos otros que se beneficiaron de su labor sacerdotal se lo otorgaron como un testimonio irrevocable. Así lo afirman, públicamente, después de su muerte.

El profesor Edgardo Giovannini, Rector de la Universidad de Friburgo, que escribe en 1975:

«Dos veces tuve la gran fortuna de ver a Mons. Escrivá de Balaguer en audiencia privada. La primera vez, el 4 de noviembre de 1968 (…).

En la gratísima conversación me habló con gran amor de Jesús, de la Iglesia, del culto personal al Espíritu Santo; me recomendó con apasionada insistencia la fidelidad al plan de vida de los miembros del Opus Dei, la práctica de la humildad, un gran amor a mi esposa y mis hijos. Me dio una catequesis personal con la misma ternura con que Jesús cuida individualmente de cada una de las almas que ha salvado con su Sangre.

Llegado el momento en que se debía poner fin a la entrevista (…), me bendijo, bendijo a mi familia, a la Universidad de Friburgo, me entregó un recuerdo (…) y, después, con un gesto de ternura varonil, me dio dos besos en la frente. Ya en la puerta, me dijo: “Ruega por mí que soy un pobre pecador, pero un pecador enamorado de Jesucristo..

Al salir me encontré en una calle, en aquella hora, desierta, (…) y me encaminé hacia el Tíber y el Vaticano (…). Tal era mi estado de emoción, que las lágrimas me caían cálidas y abundantes… »(24).

Y Monseñor Francesco Angelicchio, desde Italia:

«La presencia del Fundador de la Obra, su proximidad física ha sido siempre, para mí, fuente de alegría indecible. Ver al Padre o tener la posibilidad de encontrarlo al cabo de poco tiempo era motivo de que se tranquilizara cualquier ansiedad o preocupación, como si su presencia, su palabra o un gesto suyo de afecto basta sen por sí solos para resolver cualquier problema… »(25).

Y en 1978, el entonces Arzobispo de Boston, Cardenal Humberto Medeiros:

«Era tan extraordinariamente directo, tan humilde y sencillo, tan cálido y cordial (…) que tuve la sensación de que lo había conocido siempre y de que yo también podía llamarlo “Padre”, como hacían ya entonces más de 60.000 hombres y mujeres del Opus Dei (…).

Tenía setenta años de edad en el momento de nuestro primer y, lamentablemente, único encuentro pero su juvenil vitalidad era pasmosa. Pude reconocer a una persona muy cercana a Dios, una verdadera roca de fe. “Eso es lo que necesitamos”, recuerdo que me dije después de dejarlo, “un hombre de oración, un hombre que confiesa regocijada y desvergonzadamente su gran devoción a Nuestra Señora y su amor por la Iglesia y el Santo Padre” »(26).

Y Michael Curtin, desde Chicago, que escribe su testimonio en 1978:

«En el curso de estos años, muchos hombres jóvenes me han preguntado cómo puedo estar seguro de la existencia de Dios. Yo siempre les contesto con los motivos de la fe de la Iglesia y los argumentos de la Apologética. Pero la certeza más profunda me llega de haber experimentado directamente el amor divino en un ser humano: el Padre» (27).

Y Joan Cassidy, de Irlanda, que escribe en 1979:

«Cuando conocí al Padre por primera vez, me sorprendieron la cordialidad, el afecto y la alegría que desbordaba (…). ¡Qué gozo, encontrar a alguien, evidentemente enamorado de Dios y con tan buen humor!… »(28).

Y Cesare Cavalleri, periodista, que afirma en 1976:

«Se estaba muy bien con él; se pasaba de la risa más cordial al pensamiento más espiritual. Pienso en aquella capacidad suya de recordar la fisonomía, el gesto, el pensamiento de la gente que tenía cerca (yo era uno de tantos: pero ya desde la segunda vez que le vi, y siempre con otras personas, me he sentido reconocido) »(29).

Por eso, en los últimos años de su vida, cuando el Cielo quiere regalarle una visión panorámica del fruto de sus afanes divinos en la tierra, puede bendecir, en Europa y en América, a multitudes de hijos que acuden a la sencillez de su palabra, a la claridad valiente de su doctrina, a la fidelidad intacta para las enseñanzas del Papa y de la Iglesia.

Por eso también, en una tarde brasileña, antes de salir camino de Buenos Aires, el 25 de mayo de 1974, sus hijos americanos le entregarán una placa de plata. En ella va grabada su bendición impartida días antes, por la desbordante alegría de su corazón y el deseo de que se multiplique su afán de almas para Dios:

«Como las arenas de vuestras playas, como los árboles de vuestros bosques inmensos, como las flores de vuestros jardines, como los aromas que se perciben en el ambiente de este Brasil maravilloso, como los luceros que brillan en la noche…

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (30)


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