Un mes para la JMJ en Sidney

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Falta un mes para que comience en Australia la Jornada Mundial de la Juventud. Allí, Benedicto XVI se reunirá con jóvenes de todo el mundo.

Opus Dei -

“Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos” .

La Jornada Mundial de la Juventud es el evento juvenil más grande del mundo y tendrá lugar en Sydney del 15 al 20 de julio próximos.

La Jornada Mundial de la Juventud es una invitación del Papa a los jóvenes del mundo a celebrar su fe en un tema particular.

El tema de la JMJ08 elegido por el Santo Padre es: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos” (Hch 1,8)

El Señor se dirigió con esas palabras a los Apóstoles tras su Muerte y Resurrección, justo antes de la Ascensión. Representa el nacimiento de la Iglesia.

ESTADÍSTICAS DE LA JMJ 2008

El Papa llegará a la bahía de Sidney el 17 de julio a bordo de un barco. El sábado 19 será la vigilia con el Santo Padre y, al día siguiente, la Misa de clausura.

Se esperan la participación de 225.000 peregrinos inscritos, 100.000 de ellos australianos; la ayuda de 8.000 voluntarios; 2.000 sacerdotes; 5.000 periodistas.

El Papa llegará a la bahía de Sidney el 17 de julio a bordo de un barco. El sábado 19 será la vigilia con el Santo Padre y, al día siguiente, la Misa de clausura. Desde el día 15 los jóvenes participarán en actividades, como catequesis o peregrinaciones.

Se espera que 500.000 personas asistirán a la Misa de Clausura en el hipódromo de Randwick y Centennial Park.

“¡Tened la valentía de ser santos: eso es lo que necesita el mundo!”

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“La JMJ me llena de confianza en el futuro de la Iglesia”, ha dicho el Papa. A los jóvenes les ha recordado que: “la vida no es una simple sucesión de hechos y experiencias. Es una búsqueda de la verdad, del bien, de la belleza”. Resumimos sus intervenciones.

Opus Dei - Los jóvenes llevaron la cruz que ha presidido cada JMJ hasta Sidney.

Los jóvenes llevaron la cruz que ha presidido cada JMJ hasta Sidney.

En la ceremonia de bienvenida celebrada el día 16, Benedicto XVI se preguntó cuál era el motivo que llevaba a tantos jóvenes a emprender un viaje tan largo para participar en un evento como la Jornada Mundial de la Juventud.

“Están deseosos -dijo- de tomar parte en un acontecimiento que pone de relieve los grandes ideales que los inspiran, y regresan a sus casas llenos de esperanza, decididos a construir un mundo mejor. Para mí es una alegría estar con ellos, rezar con ellos y celebrar la Eucaristía junto con ellos. La JMJ me llena de confianza en el futuro de la Iglesia y en el futuro de nuestro mundo”.

“¡Que mediante la acción del Espíritu Santo, los jóvenes reunidos aquí para la JMJ -terminó-, tengan la valentía de llegar a ser santos! Esto es lo que necesita el mundo, por encima de cualquier otra cosa”.

Opus Dei -

El día 17, Benedicto XVI llegó en barco al puerto de Sydney. Fue acogido por una multitud de jóvenes de todos los continentes y un grupo numeroso de aborígenes:

“Frente a mí veo una imagen vibrante de la Iglesia universal. La variedad de naciones y culturas de la que procedéis demuestra que la Buena Nueva de Cristo es para todos y para cada uno; ha llegado a los confines de la tierra. Y, sin embargo, sé que buena parte de vosotros sigue buscando una patria espiritual. Algunos, absolutamente bienvenidos entre nosotros, no son católicos ni cristianos. Otros, se mueven en las fronteras de la vida de la parroquia y de la Iglesia. Quiero ofreceros mi aliento: acercaos al amoroso abrazo de Cristo; reconoced a la Iglesia como vuestra casa. Ninguno está obligado a quedarse fuera, porque desde el día de Pentecostés la Iglesia es universal”.

Opus Dei - Una imagen de Benedicto XVI en Sidney.

Una imagen de Benedicto XVI en Sidney.

El Papa hizo reflexionar a los jóvenes sobre la belleza natural y de cada persona y sobre el mal que les amenaza. “Hay algo siniestro que brota del hecho de que la libertad y la tolerancia se separan muy a menudo de la verdad. Todo ello se alimenta de la idea, ampliamente difundida en nuestra época, de que no hay una verdad absoluta que guíe nuestra vida. El relativismo, dando valor a todo sin discriminación, ha hecho que “la experiencia” sea lo más importante”.

“¡La vida no está gobernada por la suerte, no es casual! -exclamó-. Vuestra existencia personal ha sido querida y bendecida por Dios y tiene una finalidad. La vida no es una simple sucesión de hechos y experiencias. Es una búsqueda de la verdad, del bien, de la belleza. Con ese fin tomamos nuestras decisiones, ejercemos nuestra libertad y, en esto, en la verdad, en el bien y en la belleza, encontramos la felicidad y la alegría”.

“No os dejéis engañar por los que ven en vosotros simples consumidores en un mercado de posibilidades indiferenciadas, donde la elección en sí misma se convierte en bien, la novedad se hace pasar por belleza y la experiencia subjetiva suplanta a la verdad”.

“Cristo ofrece más. Ofrece todo. Sólo él, que es la Verdad, puede ser el Camino y por lo tanto la Vida”, pero “la tarea de ser testigos hoy es difícil. Muchos pretenden que Dios se deje al margen y que la religión y la fe, oportunas para los individuos, se excluyan de la vida pública o se usen sólo para seguir fines pragmáticos limitados”.

Opus Dei -

“Como toda ideología, el secularismo impone una visión global. Si Dios es irrelevante en la vida pública, la sociedad podrá ser plasmada según una imagen privada de Dios y las discusiones y las políticas relativas al bien común se llevarán a cabo basándose más en las consecuencias que en los principios enraizados en la verdad”.

“La dignidad innata del individuo se asienta en su identidad más profunda, como imagen del Creador y que, por eso, los derechos humanos son universales, basados en la ley natural y no en algo que depende de negociaciones o condescendencia, ni tanto menos del compromiso. Así llegamos a pensar en el puesto que ocupan en nuestra sociedad los pobres, los ancianos, los inmigrantes, los que no tienen voz. ¿Cómo puede ser que la violencia doméstica atormente a tantas madres y a tantos niños? ¿Cómo es posible que el seno materno se haya convertido en lugar de violencia innombrable?”.

“Nuestro mundo está cansado de la avidez, de la explotación, de la división, del tedio de falsos ídolos y respuestas parciales, y de la pena de falsas promesas- concluyó Benedicto XVI-. Nuestro corazón y nuestra mente anhelan una visión de la vida donde reine el amor, donde los dones se compartan, se edifique la unidad, la libertad encuentre su significado en la verdad y la identidad se encuentre en una comunión respetuosa. ¡Esta es obra del Espíritu Santo! ¡Esta es la esperanza que ofrece el Evangelio de Jesucristo!”.

Finalizado el encuentro, el Papa se trasladó a la Cathedral House en papamóvil y durante el recorrido pasó ante la Opera House, desde 2007 patrimonio mundial de la humanidad, siendo aclamado por la multitud.

PRIMEROS DÍAS EN AUSTRALIA

Opus Dei - Benedicto XVI pudo disfrutar de un concierto durante sus días de descanso previos a la WYD.

Benedicto XVI pudo disfrutar de un concierto durante sus días de descanso previos a la WYD.

Tras recorrer 13.269 kilómetros en 15,45 horas de vuelo el Papa ha reposado unos días en la residencia privada del Kenthurst Study Centre, donde permaneció hasta el miércoles 16 por la tarde.

La mañana del jueves 17 comenzó oficialmente la visita a Australia, con la ceremonia de bienvenida de las autoridades del país en la Casa de Gobierno de Sydney, donde pronunció el primer discurso.

MENSAJE AL PUEBLO AUSTRALIANO Y A LOS JOVENES

En el primer mensaje al pueblo australiano, del que señalamos las principales ideas, dijo:

“¡Cuánta necesidad tiene nuestro mundo de una nueva efusión del Espíritu Santo! Muchos todavía han escuchado la Buena Nueva de Jesucristo; otros, por diferentes razones, no han reconocido en esta Buena Nueva la verdad salvadora, que es la única que puede satisfacer las esperanzas más profundas de sus corazones”.

“Muchos jóvenes no tienen esperanza. Se quedan perplejos frente a las cuestiones que se les plantean (…) y a menudo se siente inseguros sobre dónde encontrar respuestas. Ven la pobreza y la injusticia y desean hallar soluciones”.

Opus Dei - El Santo Padre celebra la Misa en la residencia Kenthurst.

El Santo Padre celebra la Misa en la residencia Kenthurst.

“Se sienten desafiados por los argumentos de quienes niegan la existencia de Dios y se preguntan cómo responder. Ven el enorme daño causado al ambiente natural por la avidez humana y luchan por encontrar los modos para vivir en mayor armonía con la naturaleza y con los demás”.

“¿Dónde podemos hallar respuestas? El Espíritu nos orienta hacia el camino que conduce a la vida, al amor y a la verdad. El Espíritu nos orienta hacia Jesucristo. En El encontramos las respuestas que buscamos; (…) la fuerza para continuar el camino que dé origen a un mundo mejor”.

“Espero que los corazones de los jóvenes que se reúnan en Sydney para la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud descansen realmente en el Señor y puedan ser colmados de alegría y de fervor para difundir la Buena Nueva entre sus amigos, sus familias y todos los que encuentren”.

35 mensajes del Papa en Sidney

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“Profetas de una nueva época”, ha llamado Benedicto XVI a los jóvenes en Australia. Para quienes han estado y para quienes no, resumimos en 35 ideas breves algunas intervenciones del Santo Padre

1. “Como fuente de nuestra vida nueva en Dios, el Espíritu Santo también es, de un modo muy real, el alma de la Iglesia, el amor que nos une al Señor y entre nosotros, y la luz que abre nuestros ojos para ver las maravillas de la gracia de Dios en todos nosotros”. MC

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2. “Tenemos que permitir que el amor de Dios penetre en la dura costra de nuestra indiferencia, de nuestra aridez espiritual, de nuestro conformismo ciego con el espíritu de nuestro tiempo. Solo entonces podemos permitirle que encienda nuestra imaginación y plasme nuestros deseos más profundos. Por eso, la oración es tan importante: la oración cotidiana privada en la tranquilidad de nuestros corazones y ante el Santísimo Sacramento y la oración litúrgica en el corazón de la Iglesia”. MC

3. “Jóvenes: ¿qué dejaréis a la próxima generación? ¿Estáis construyendo vuestras vidas sobre bases sólidas? ¿Estáis viviendo vuestras vidas, dejando espacio al Espíritu en un mundo que quiere olvidar a Dios, o incluso rechazarlo en nombre de un falso concepto de libertad? ¿Cómo estáis usando los dones que se os han dado, la “fuerza” que el Espíritu Santo está dispuesto a difundir ahora sobre vosotros?”. MC

4. “Una nueva generación de cristianos está llamada a contribuir a la construcción de un mundo en el que la vida sea acogida, respetada y cuidada con atención, no rechazada o temida como una amenaza y por tanto, destruida. Una nueva época en la que el amor no sea ávido o egoísta, sino puro, fiel y sinceramente libre, abierto a los demás, respetuoso de su dignidad, un amor que promueva su bien e irradie alegría y belleza. Una nueva era en la que la esperanza nos libere de la superficialidad, de la apatía y del egoísmo que dañan nuestras almas y envenenan las relaciones humanas”. MC

5. “Queridos jóvenes amigos, el Señor os está pidiendo que seáis profetas de esta nueva época, mensajeros de su amor, capaces de atraer a la gente al Padre y de construir un futuro de esperanza para toda la humanidad”. MC

6. “El mundo necesita una renovación. En muchas sociedades, junto a la prosperidad material, se está extendiendo el desierto espiritual: un vacío interior, un miedo indefinible, un sentido escondido de desesperación. ¿Cuántos de nuestros coetáneos han construido cisternas rotas y vacías en una búsqueda desesperada de sentido, del sentido último que solo puede dar el amor? ¡También la Iglesia necesita esta renovación! Tiene necesidad de vuestra fe, de vuestro idealismo y de vuestra generosidad para poder ser siempre joven en el Espíritu”. MC

7. “¡No tengáis miedo de decir que “sí” a Jesús, de hallar vuestra alegría en hacer su voluntad, donándoos completamente para llegar a la santidad y usando vuestros talentos al servicio de los demás!”. MC

8. “Hay más alegría en dar que en recibir. No dudéis jamás de la verdad de las promesas de nuestro Señor, según las cuales cada vez que ofrecemos nuestra creatividad, nuestros recursos, nuestras personas, recibimos después todo con abundancia”. MC

Opus Dei -

9. “La colaboración armoniosa entre religión y vida pública es muy importante en una época en la que algunos han llegado a pensar que la religión es causa de división más que una fuerza de unidad. En un mundo amenazado por formas de violencia siniestras e indiscriminadas, la voz unánime de los que tienen un espíritu religioso estimula a las naciones y a las comunidades a resolver los conflictos con instrumentos pacíficos, respetando plenamente la dignidad humana”. EI

10. “El sentido religioso nos guía al encuentro de las necesidades de los demás y a buscar vías concretas para contribuir al bien común. Las religiones juegan un papel particular en este contexto, en cuanto que enseñan a la gente que el auténtico servicio exige sacrificio y autodisciplina, que a su vez se deben cultivar por medio de la abnegación, la templanza y el uso moderado de los bienes naturales”. EI

11. “La religión, al recordarnos las limitaciones y la debilidad del ser humano, nos impulsa a no poner nuestras esperanzas últimas en este mundo que pasa”. EI

12. “La verdadera fuente de la libertad se encuentra en la persona de Jesús de Nazaret. Los cristianos creen que El nos revela plenamente las potencialidades humanas para la virtud y el bien; El nos libera del pecado y de las tinieblas”. EI

13. “Pensaréis que en el mundo de hoy es improbable que la gente adore otros dioses. Pero a veces lo hacen sin darse cuenta. Los falsos “dioses” están casi siempre ligados a la adoración de tres realidades: los bienes materiales, el amor posesivo y el poder”. ND

14. “Los bienes materiales, de por sí, son buenos. No sobreviviríamos sin dinero, ropa y casas. Pero si nos negamos a compartir lo que tenemos con los hambrientos y los pobres, transformamos esos bienes en una falsa deidad. ¡Cuántas voces en nuestra sociedad materialista nos dicen que la felicidad consiste en acaparar el mayor número posible de bienes y objetos de lujo! Pero así los bienes se transforman en deidades falsas. En vez de dar la vida, son portadores de muerte”. ND

15. “El amor auténtico es ciertamente bueno. Cuando amamos somos plenamente humanos. Pero a menudo se cree amar cuando en realidad se tiende a poseer o a manipular a la otra persona. A veces los demás son tratados como objetos para satisfacer las propias necesidades. ¡Qué fácil es ser engañado por las tantas voces que en nuestra sociedad sostienen un enfoque permisivo de la sexualidad sin prestar atención a la modestia, al respeto propio y a los valores morales que confieren calidad a las relaciones humanas!”. ND

16. “En todos los Evangelios Jesús ama especialmente a los que se han equivocado porque, cuando se daban cuenta de su error, se abrían más que los otros a su mensaje de salvación. Los que deseaban reconstruir su vida eran los más dispuestos a escuchar a Jesús y a ser sus discípulos. Podéis seguir sus huellas; también vosotros podéis crecer especialmente cerca de Jesús precisamente porque habéis decidido volver a Él”. ND

Opus Dei -

17. “Podemos caer en la tentación de reducir la vida de fe a una cuestión de mero sentimiento, debilitando así su poder de inspirar una visión coherente del mundo y un diálogo riguroso con las otras muchas visiones que compiten en la conquista de las mentes y los corazones de nuestros contemporáneos”. CSM

18. “Caminad cada día a la luz de Cristo mediante la fidelidad a la oración personal y litúrgica, alimentados por la meditación de la palabra inspirada por Dios. Que la celebración cotidiana de la Eucaristía sea el centro de vuestra vida”. CSM

19. “La castidad por el Reino significa abrazar una vida completamente dedicada al amor, a un amor que os hace capaces de dedicaros sin reservas al servicio de Dios para estar plenamente presentes entre los hermanos y hermanas, especialmente entre los más necesitados”. CSM

20. “La sociedad contemporánea atraviesa por un proceso de fragmentación debido a una forma de pensar que es, por su naturaleza, de corto alcance porque deja de lado el horizonte completo de la verdad, verdad relativa a Dios y a nosotros. Por su misma naturaleza, el relativismo no consigue ver el cuadro entero. Ignora los principios que nos hacen capaces de vivir y crecer en la unidad, en el orden y la armonía”. VI

21. “¡El Espíritu Santo! Su función es ésta: cumplir la obra de Cristo. Enriquecidos con los dones del Espíritu Santo tendréis fuerza para ir más allá de las visiones parciales, de la utopía vacía, de la fugaz precariedad, para ofrecer la coherencia y la certeza del testimonio cristiano”. VI

22. “El amor tiene una característica particular: su fin es permanecer. Por naturaleza, el amor es duradero. El Espíritu Santo ofrece amor al mundo: amor que disipa la incertidumbre, que supera el miedo del engaño, que lleva en sí la eternidad; el amor verdadero que nos incorpora a la realidad que permanece”. VI

23. “El Espíritu Santo es Dios que se entrega eternamente, como una fuente inagotable, se ofrece siempre. Observando este don incesante, vemos los límites de lo que es perecedero, la locura de una mentalidad consumista. En particular, empezamos a entender porqué la búsqueda de las novedades nos deja insatisfechos y deseosos de algo más. ¿No estamos buscando un don eterno, la Fuente que jamás se agota?”. VI

24. “¡Queridos jóvenes: hemos visto que el Espíritu Santo realiza la maravillosa comunión de los creyentes en Cristo Jesús. Fiel a su naturaleza de dador y al mismo tiempo de don, actúa ahora sirviéndose de vosotros. Haced que el amor unificador sea vuestra medida, el amor duradero vuestro desafío, el amor que se entrega vuestra misión”. VI

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25. “Vosotros estáis llamados a vivir los dones del Espíritu entre los altibajos de la vida cotidiana. Haced que vuestra fe madure mediante los sacramentos”. VI

26. “Estar verdaderamente vivos es ser transformados desde el interior, estar abiertos a la fuerza del amor de Dios. Si acogéis la fuerza del Espíritu Santo, también vosotros podréis transformar vuestras familias, las comunidades y las naciones. Liberad estos dones. Que la sabiduría, la inteligencia, la fortaleza, la ciencia y la piedad sean los signos de vuestra grandeza”. VI

27. “¡Que mediante la acción del Espíritu Santo, los jóvenes tengan la valentía de llegar a ser santos! Esto es lo que necesita el mundo, por encima de cualquier otra cosa”. A.

28. “Hay algo siniestro que brota del hecho de que la libertad y la tolerancia se separan muy a menudo de la verdad. Todo ello se alimenta de la idea, ampliamente difundida en nuestra época, de que no hay una verdad absoluta que guíe nuestra vida. El relativismo, dando valor a todo sin discriminación, ha hecho que ‘las experiencias’ sean lo más importante”. A.

29. “¡La vida no está gobernada por la suerte, no es casual! Vuestra existencia personal ha sido querida y bendecida por Dios y tiene una finalidad. La vida no es una simple sucesión de hechos y experiencias. Es una búsqueda de la verdad, del bien, de la belleza. Con ese fin tomamos nuestras decisiones, ejercemos nuestra libertad y, en esto, en la verdad, en el bien y en la belleza, encontramos la felicidad y la alegría”. A.

30. “No os dejéis engañar por los que ven en vosotros simples consumidores en un mercado de posibilidades indiferenciadas, donde la elección en sí misma se convierte en bien, la novedad se hace pasar por belleza y la experiencia subjetiva suplanta a la verdad”. A.

31. “Cristo ofrece más. Ofrece todo. Sólo él, que es la Verdad, puede ser el Camino y por lo tanto la Vida”. A.

32.  “Muchos jóvenes no tienen esperanza. Se quedan perplejos frente a las cuestiones que se les plantean y a menudo se siente inseguros sobre dónde encontrar respuestas. Ven la pobreza y la injusticia y desean hallar soluciones. Se sienten desafiados por los argumentos de quienes niegan la existencia de Dios y se preguntan cómo responder (…). ¿Dónde podemos hallar respuestas? El Espíritu nos orienta hacia el camino que conduce a la vida, al amor y a la verdad. El Espíritu nos orienta hacia Jesucristo. En El encontramos las respuestas que buscamos”. MC

33. “[La Virgen] María tuvo que enfrentarse a muchas dificultades a consecuencia de aquel sí. Simeón profetizó que una espada le atravesaría el corazón. Cuando Jesús tenía doce años pasó los peores momentos que cualquier madre puede experimentar cuando, durante tres días, perdió a su Hijo. Y después de la actividad pública de Jesús, sufrió la agonía de estar presente en su crucifixión y muerte. A través de tantas pruebas, permaneció siempre fiel a su promesa, sostenida por el Espíritu de fortaleza. Y fue recompensada con la gloria”. MC

34. “Debemos permanecer fieles al sí con que aceptamos la oferta de amistad por parte del Señor. Sabemos que no nos abandonará nunca que nos sostendrá siempre con los dones del Espíritu. María aceptó la “propuesta” del Señor en nuestro nombre. Dirijámonos a ella y pidámosle que nos guíe en las dificultades para permanecer fieles a la relación vital que Dios entabló con cada uno de nosotros”. MC

35. “Ha llegado el momento de decirnos adiós, o mejor hasta pronto. La Jornada Mundial de la Juventud 2011 se celebrará en Madrid, en España. Hasta entonces recemos unos por otros y demos al mundo nuestro gozoso testimonio de Cristo”. MC

Opus Dei -

Galería de fotos sobre don Álvaro

D. Álvaro  Tagged , , , , , , No Comments »

Bajo las fotos, recogemos algunos recuerdos acerca de su persona.

Cuando Mons. Leopoldo Eijo y Garay, Obispo de Madrid-Alcalá, supo que Álvaro iba a recibir la ordenación sacerdotal, le preguntó: “-Álvaro, ¿te das cuenta de que vas a perder la personalidad? Ahora eres un ingeniero prestigioso, y después vas a ser un cura más”. A don Leopoldo le conmovió la respuesta: “-Señor Obispo, la personalidad hace muchos años que se la he regalado a Jesucristo”. (Salvador Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo. Ed. Rialp, p. 84).

Recuerdo que, cuando nos preparábamos para recibir la ordenación los tres primeros sacerdotes de la Obra, el Padre nos aconsejó a José María Hernández de Garnica, a José Luis Múzquiz y a mí, que dedicáramos más tiempo que antes -la lectura meditada de la Sagrada Escritura es una práctica de piedad vivida por todos los miembros de la Obra- a leer y meditar atentamente la Escritura; nos recomendaba con insistencia que nos acercásemos a ella con mucha fe, porque sólo así, sólo llevando el alma al dulce encuentro con Cristo, podríamos contagiar a los demás el amor y el deseo de identificarse con Él. (Álvaro del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, Ed. Rialp, p. 150).

“Yo quiero trabajar junto al Padre, con todas mis fuerzas, hasta el fin de mi vida”. (Salvador Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo. Ed. Rialp, p. 108).

No dejó un solo momento de animar aquella conversación tan agradable y edificante. Una de las presentes le habló de los frutos apostólicos de una catequesis realizada en un país de América del Sur, y el Padre precisó: “Ten en cuenta que no era fruto vuestro: era fruto de la Pasión del Señor, del dolor del Señor; de los trabajos y de las penas llevadas con tanto amor por la Madre de Dios; de la oración de todos vuestros hermanos; de la santidad de la Iglesia. Se manifestaba en apariencia como fruto de vuestro trabajo, pero no tengáis el orgullo de pensar que es así”. (Álvaro del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, Ed. Rialp, p. 235).

El Papa necesita toda nuestra lealtad, todo nuestro cariño, toda nuestra piedad y nuestra devoción, todo nuestro deseo de ser santos, aunque seamos pobres pecadores. (Salvador Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo. Ed. Rialp, p. 116).

Sus dotes humanas y espirituales, que constituyen como un compendio de las virtudes que deseamos encontrar en el sacerdote, ministro de Cristo y servidor de las almas: inteligencia humilde, piedad sencilla, entrega plena a los demás, solicitud y misericordia por los débiles y necesitados, fortaleza de padre, paz contagiosa. (Salvador Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo. Ed. Rialp, p. 94).

Pedid al Espíritu Santo abundantes luces para el Papa y los Padres sinodales, a fin de que la profundización teológica y espiritual sobre la Iglesia, que se realice en esos días, traiga consigo un fuerte impulso de santidad y de apostolado que se difunda por todos los rincones de la tierra. (Salvador Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo. Ed. Rialp, p. 131).

Hemos de continuar, como hasta ahora, bien unidos al Papa: a Juan Pablo II como a los anteriores y a los que vendrán después, porque el Papa es Cristo en la tierra. Nos dirán quizá que eso es papolatría… No nos importa nada. Tenemos el orgullo de sabernos hijos de Dios y también hijos del Papa, que es el Padre Común de los cristianos. (Salvador Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo. Ed. Rialp, pp. 255-256).

La paternidad espiritual, encarnada por nuestro queridísimo Fundador de modo inigualable, pasó a este pobre hombre que ahora es vuestro Padre. Verdaderamente cor nostrum dilatatum est (II Cor. VI, 11): mi corazón se dilató para quereros, a todos, a cada una y a cada uno, con cariño de padre y de madre, como nuestro Padre había pedido para sus sucesores. (Salvador Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo. Ed. Rialp, p. 157).

Rezad por mí para que cuando me presente al Señor -cuando Él quiera: hoy mismo o dentro de veinte años- pueda ofrecerle las perlas, los brillantes, las esmeraldas, las amatistas: la fidelidad de mis hijas y de mis hijos que yo, con la gracia divina, habré ayudado a conservar. Que me seáis fieles: no dejéis que me presente al Señor con las manos vacías. (Salvador Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo. Ed. Rialp, pp. 291-292).

Perdiguera. ¡Con qué ilusión recuerdo aquello!

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Perdiguera, de donde fue nombrado Regente auxiliar, era un pueblo de 870 habitantes, a 24 kilómetros de Zaragoza. Realizó una intensa labor sacerdotal. Tiempo después estuvo brevemente en otro pueblo, Fombuena. He estado dos veces en parroquias rurales. ¡Qué alegría cuando me acuerdo! Me hicieron un bien colosal, colosal, colosal! ¡Con qué ilusión recuerdo aquello!

Entre los vecinos de Perdiguera había un muchachito que pastoreaba unas cabras, con el que charlaba con frecuencia: me daba pena ver que pasaba todo el día por ahí, con el rebaño. Quise darle un poco de catecismo, para que pudiera hacer la Primera Comunión. Poco a poco, le fui enseñando algunas cosas.

Un día se me ocurrió preguntarle, para ver cómo iba asimilando las lecciones:

—Si fueras rico, muy rico, ¿qué te gustaría hacer?

¿Qué es ser rico?, me contestó.

—Ser rico es tener mucho dinero, tener un banco…

—Y… ¿qué es un banco?

Se lo expliqué de un modo simple y continué:

—Ser rico es tener muchas fincas y, en lugar de cabras, unas vacas muy grandes. Después, ir a reuniones, cambiarse de traje tres veces al día… ¿Qué harías si fueras rico?

Abrió mucho los ojos, y me dijo por fin:

—Me comería ¡cada plato de sopas con vino!

Todas las ambiciones son eso; no vale la pena nada. Es curioso, no se me ha olvidado aquello. Me quedé muy serio, y pensé: Josemaría, está hablando el Espíritu Santo.

Esto lo hizo la sabiduría de Dios, para enseñarme que todo lo de la tierra era eso: bien poca cosa.

Ese era su Maestro: el Espíritu Santo. La Sabiduría divina iba enseñándole, guiándole, escribiendo derecho a través de los aparentes renglones torcidos con los que se encontraba, desconcertantes a primera vista: incomprensiones de parientes, problemas económicos… Cuando regresó a Zaragozase hizo cargo de una capellanía y continuó sus estudios de Derecho, al tiempo que daba clases en el Instituto Amado.

Madrid, verano de 1931

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

En las inmediaciones de la Estación de Atocha, se aglomeran los viajeros. Don Josemaría se abre camino entre ellos, abstraído, y se dirige a la parada del tranvía que lo llevará a la calle de Viriato, donde ahora vive con su madre, que se ha quedado sola: acaba de dejar en la estación a su hermana y a su hermano, que van a pasar el verano en Fonz.

En Madrid reina una angustia que casi se percibe físicamente. Desde hace más de un año, se han ido multiplicando los signos precursores de una tormenta; son las convulsiones de una sociedad cuya base política se tambalea.

El General Primo de Rivera había abandonado el poder el 28 de enero de 1930. Los gobiernos que le habían sucedido no habían logrado atajar la profunda crisis que sufría la monarquía. El 14 de abril de 1931, por segunda vez en la historia de España, se ha proclamado la República. Momentos de incertidumbre, de esperanza, y también de angustia, pues las corrientes anticlericales, desatadas, han desembocado en acciones de inusitada violencia. El 11 de mayo, grupos de exaltados se han echado a la calle en Madrid y han incendiado numerosas iglesias y conventos. Al día siguiente, ha ocurrido lo mismo en otras ciudades. En las calles, se mira a los sacerdotes con desprecio o con rabia, cuando no se les insulta, como ocurre, a veces, en los suburbios y en los barrios obreros, que don Josemaría sigue visitando para atender a pobres y enfermos. Han llegado hasta a apedrearle…

El Padre no hace jamás comentarios de carácter político, pero tiene el corazón oprimido, aunque está convencido que el Señor nunca permite que suceda algo irremediable.

El 11 de mayo había evitado que se cometiera una posible profanación en el Patronato de Enfermos, donde por entonces vivía aún. Un Coronel, antiguo amigo de la familia, había ido a llevarle ropa de paisano para que pudiese escapar. Él, entonces, había abierto el Sagrario y había consumido casi todas las Sagradas Formas que había en el copón. Luego, como el tiempo apremiaba, había envuelto cuidadosamente el copón con las que quedaban en un papel y las había llevado a casa del Coronel en un taxi que éste había mandado llamar.

En los días que siguieron, los espíritus se habían calmado un tanto. pero la atmósfera continuaba cargada y la tormenta podía estallar de nuevo.

Después de pasar unos días con su hermano, en casa del Coronel, don Josemaría había decidido ir a vivir con su madre en un piso de la calle de Viriato. Acababa de renunciar a su cargo de capellán del Patronato de Enfermos, con objeto de estar más disponible para hacer lo que Dios le había pedido.

Tú eres mi Hijo

Tales circunstancias no son nada favorables a la fundación de una obra como la que tiene entre manos, y don Josemaría lo sabe. Con todo, cuando sube al tranvía que ha de conducirlo a su casa, sigue pensando que se realizará, por absurdo que parezca.

En momentos humanamente difíciles, en los que tenía sin embargo la seguridad de lo imposible (…) sentí la acción del Señor que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba, Pater!.

Los que aquel día se apretujaban en el tranvía que, dando tumbos, hacía el recorrido Atocha-Cuatro Caminos, tal vez se asombraran al ver a aquel joven sacerdote murmurando palabras incomprensibles, con la cara iluminada de gozo.

¡Gozo, paz profunda! ¡Soy hijo de Dios! Lo demás, no tiene importancia…

“Tú eres mi Hijo: Yo te engendré hoy” (Ps. 11, 7). Toda una vida sería insuficiente para agotar el significado de estas palabras del Salmo II, que ahora contempla con una luz nueva…

Gozo. Identificación con Cristo, Hijo unigénito de Dios, el Bienamado del Padre. Como en los justos del Antiguo Testamento, como en María cuando entonó el Magnificat, la respuesta brota de lo hondo de su corazón, expresada con palabras de la Escritura: Abba, Pater! Abba, Pater! Abba! Abba! Abba!

“Y por cuanto vosotros sois hijos, envió Dios a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual nos hace exclamar: Abba, Padre. Y así ninguno de vosotros es ya siervo, sino hijo. Y siendo hijo, es también heredero de Dios” (Gal. IV, 6-7). “Porque no habéis recibido el espíritu de servidumbre para obrar todavía por temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción de hijos, en virtud del cual clamamos: Abba, ¡Oh Padre!; porque el mismo espíritu está dando testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y siendo hijos, somos también herederos: herederos de Dios, y coherederos con Cristo: con tal, no obstante, que padezcamos con él, a fin de que seamos con él glorificados” (Rom. VIII, 15-17).

¡Sí, Pablo, gran Pablo! ¡Gracias por esta doctrina que nos has dejado, porque el Espíritu Santo te la inspiró!

Qué confianza, qué descanso y qué optimismo os dará, en medio de las dificultades, sentiros hijos de un Padre, que todo lo sabe, y todo lo puede.

Don Josemaría ha bajado del tranvía, casi sin darse cuenta, y deambula por las calles sin dejar de repetir mentalmente, y tal vez en voz alta, ajeno a los viandantes: Abba, Pater! Abba, Pater!

Es una gracia demasiado grande que, sin duda, Dios no quiere que se la reserve para él. Ha de ser, también, para los que vengan. Para que sepan siempre, en media de las dificultades, ver la Cruz de Cristo, y que encontrar la cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón -lo veo con más claridad que nunca- es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios.

La luz del 2 de octubre de 1928 se ha hecho más brillante aún, en momentos particularmente difíciles. Que esta manifestación profunda de la filiación divina haya tenido lugar en plena calle -en un tranvía- confirma, con toda evidencia, que el cristiano puede y debe alcanzar la santidad en medio de sus ocupaciones ordinarias, y gracias a ellas:

La calle no impide nuestro diálogo contemplativo; el bullicio del mundo es, para nosotros, lugar de oración.

“¿Por qué causa se han embravecido las naciones, y los pueblos meditaron cosas vanas? (…). Se han confederado los príncipes contra el Señor y contra su Cristo (…). Aquel que reside en los cielos se burlará de ellos (…). Tú eres mi Hijo. Yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré las naciones en herencia tuya, y extenderé tu dominio hasta los extremos de la tierra …” (Ps. II).

El Padre, como lo llaman espontáneamente quienes se acercan a él, llega a su casa con el corazón inundado de gozo, lleno de confianza en el futuro, pase lo que pase. A partir de ese momento, la filiación divina será tema central de su predicación: Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo (…). Y está como un Padre amoroso -a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos-, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo… y perdonando (..). Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos.

¡Ah, Señor! -¡díselo con toda tu alma!-, yo soy… ¡hijo de Dios!

Las primeras vocaciones

Don Josemaría prosigue haciendo apostolado con gente joven y con algunos sacerdotes. Confiesa durante más horas y ensancha y profundiza el trabajo básico indispensable para que la Obra de Dios se ponga en marcha.

El confesionario le permite empezar a dirigir espiritualmente algunas mujeres, en su mayoría jóvenes, que un sacerdote no podría encontrar en otros sitios, como a los hombres. Aconseja a unas cuantas que vayan a enseñar el catecismo a los niños en un suburbio muy pobre de los alrededores de Madrid llamado “La Ventilla”.

Pacientemente, va modelando las almas una a una, tallándolas como los diamantes, a la espera de que “respondan”.

Ya no está del todo solo, con el secreto de esta locura, de este fuego cuyo resplandor el Señor le ha hecho ver hace más de dos años. Algunos de los que le rodean han empezado a comprender… Entre ellos, uno en quien había pensado a poco de fundar la Obra: Isidoro Zorzano, aquel antiguo condiscípulo del Instituto de Logroño, persona recta, de gran corazón y buen cristiano. Estaba seguro de que sería capaz de entender ese ideal tan exigente y, con la gracia de Dios, dedicar su vida a esa tarea…

No le había olvidado, pero hacía varios años que no se veían. Sabía, eso sí, que no se había casado, que había terminado la carrera de ingeniero y que trabajaba en Málaga, en la Compañía de Ferrocarriles de Andalucía.

A comienzos de 1930, había decidido escribirle. Una carta muy breve: “No dejes de venir a verme cuando pases por Madrid; tengo que contarte cosas que pueden interesarte…”

Unos meses más tarde, el 24 de agosto, don Josemaría había ido a visitar a un estudiante de arquitectura, que se encontraba enfermo. A poco de llegar, piensa, sin saber por qué, que debe volver a casa. Sale y, cerca ya del Patronato de Enfermos, él, que siempre toma el camino más corto, da un ligero rodeo. De pronto, en la calle de Nicasio Gallego, ve venir en dirección contraria alguien a quien conoce: ¡Isidoro!

-Acabo de estar en el Patronato -dice éste- y, como no estabas, iba a buscar un restaurante y luego a tomar el tren. Voy al Norte, donde mi familia está pasando el verano… Es curioso, pero tenía el presentimiento de que te encontraría aquí, en esta calle…

Ya en las habitaciones del Patronato de Enfermos, antes de que don Josemaría pueda abordar el tema que le insinuaba en su carta, Isidoro dice:

-Josemaría, quería verte para pedirte que me aconsejaras.

-¿Qué te pasa?

-Estoy inquieto. Siento que Dios me pide más, que debo hacer “algo”, pero no sé el qué. Me he preguntado a veces si el Señor querrá que me haga religioso, pero no lo veo claro. Tengo mi trabajo de ingeniero, que me satisface… Y no sé qué pensar, quiero que me orientes…

Don Josemaría le escucha estupefacto. Luego dice:

-¿Te acuerdas de mi carta? Pues bien, te he escrito precisamente para hablarte de una obra en la que estoy comenzando a trabajar…

Y empieza a describirle, a grandes rasgos, ese inmenso panorama de santificación del trabajo ordinario y de la vida corriente. La de un ingeniero como él, por ejemplo.

-Veo en esta coincidencia el dedo de Dios -exclama Isidoro-. Cuenta conmigo. Por mi parte, estoy decidido.

Ha sido todo tan rápido que don Josemaría no sabe qué hacer. Pide a su amigo que espere un poco, antes de dar una respuesta definitiva, pues se trata de dar un nuevo giro a su vida… Isidoro se marcha y vuelve después de comer.

Mientras le espera, el Padre reflexiona sobre el sentido de este suceso y pide luces al Señor. Ha sido todo tan rápido… Por una parte, Isidoro no podrá trasladarse inmediatamente a Madrid y no podrán verse con frecuencia, lo que dificultará su indispensable formación; por otra, resulta todo tan claro, tan providencial…

Vuelve Isidoro. Charlan largo rato, hasta la salida del tren. Cuando parte, se considera ya comprometido con el Señor, de manera irreversible, para trabajar a su servicio en esta Obra de Dios, de la cual, de hecho, será el primer miembro que perseverará. A partir de ese momento, Josemaría, su condiscípulo, se ha convertido en El Padre.

Contradicciones y certezas

Aunque los frutos no acababan de verse, el año 1930 había sido rico en trabajos y gozos. Sobre todo, ese 14 de febrero en que había nacido la Sección de mujeres del Opus Dei, inopinadamente. Así pues, don Josemaría prosigue su trabajo apostólico en tres frentes: hombres, sacerdotes y mujeres.

No es nada fácil. En tiempos de crisis, como ésos, las gentes andan preocupadas y se ven atraídas por la acción política. El ideal que el Padre propone es otro, mucho más alto. Incluye, sí, las aspiraciones y las empresas más nobles, pero iluminadas por la luz de la fe, con todo lo que eso exige: vida interior, formación, coherencia moral, unidad de vida…

Don Josemaría suele entusiasmar a aquellos a quienes se dirige; les hace descubrir nuevos horizontes y sacar nuevos destellos de las páginas del Evangelio (ha tomado nota de un centenar de versículos del Nuevo Testamento que relee y medita con frecuencia). No faltan, sin embargo, quienes se burlan de la increíble audacia que encierra la idea misma del Opus Dei. No se contentan con hacer comentarios a sus espaldas: algunos se lo dicen, con “comprensiva” condescendencia (son, con frecuencia, ¡ay!, sus hermanos en el sacerdocio). ¡Qué idea más absurda proponer que traten de ser santos a hombres y mujeres corrientes, que no están “consagrados” a Dios, que no se comprometen con votos, que no tienen vocación religiosa! ¿Acaso no basta con procurar que esas gentes inmersas en el mundo, con tantas ocasiones de perderse y de ensuciarse, simplemente se salven “como a través del fuego”? Qué osadía decir a los cristianos corrientes: Tienes obligación de santificarte. -Tú también. -¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: “Sed perfectos, como mi Padre celestial es perfecto”.

El joven Fundador sufre con estas incomprensiones, aunque no le sorprenden. Lo que predica es tan nuevo… Una locura, sin duda. Pero está tan seguro de que eso viene de Dios que no está dispuesto a renunciar por mucha sorpresa o muchas reticencias que algunos manifiesten. Al contrario, no hacen más que confirmarle que no es el inventor de una “idea” generosa, sino instrumento escogido por Dios para abrir un nuevo camino en la tierra. Esta obra no es una “buena obra” más. Es la Obra de Dios que Él le había hecho entrever desde su juventud, sin saberlo. ¿Qué puede tener de extraño que surjan obstáculos? Tendrá que quitarlos o esquivarlos, de la mano de Dios, porque, de alguna manera, el cielo está comprometido en que se realice.

El día de la Transfiguración, que en Madrid se celebra ese año el 7 de agosto, don Josemaría está celebrando misa en la iglesia del Patronato de Santa Isabel. Cuando se dispone a formular mentalmente las intenciones por las que la ofrece, se da cuenta, de pronto, del profundo cambio interior que -sin mérito alguno por su parte, piensa- se ha operado en él desde su llegada a la capital. Inmediatamente, renueva su propósito de orientar toda su vida hacia el cumplimiento de lo que Dios quiere de él: hacer la Obra de Dios.

Llegó la hora de la Consagración -escribe el mismo día en un cuaderno-: en el momento de alzar la Sagrada Hostia, (..) vino a mi pensamiento, con fuerza y claridad extraordinarias, aquello de la Escritura: “et si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum” (Joann., XII, 32). Ordinariamente, ante lo sobrenatural, tengo miedo. Después viene el “ne timeas!”, soy Yo. Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana… Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas…

Querría escribir unos libros de fuego, que corrieran por el mundo corno llama viva, prendiendo su luz y su calor en los hombres, convirtiendo los pobres corazones en brasas, para ofrecerlos a Jesús como rubíes de su corona de Rey…

Lo raro de no ser raros

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

El modo en que nació la obra (al menos, según se cuenta) exige algunas consideraciones, para intentar conocer no sólo el origen sino también la naturaleza de esta institución, su presente y su posible futuro.

En primer lugar, y por decirlo con la crudeza propia de laicos (que tienen fe, pero que están también convencidos de que la razón es un don divino que no hay que dejar de lado): dejando obviamente al Misterio el lugar que le corresponde, ¿hay motivos humanos para dar crédito a esa narración que atribuye el nacimiento de la institución nada menos que a una explícita iluminación celestial? ¿Se le puede conceder cierto margen de confianza para no descartar a priori los escritos internos, que definen a la Obra como «el resultado de una intervención divina en la historia»?

La Iglesia ha reconocido oficialmente ese origen, después de haber realizado pacientemente las comprobaciones exhaustivas que se requieren en estos casos (recordemos las decenas de miles de páginas de las actas de los sucesivos procesos canónicos sobre el Beato). Este tipo de reconocimiento no es en absoluto irrelevante, como bien saben los activistas antisectas y los oponentes de diverso signo, que dirigen precisamente sobre este punto sus mejores invectivas contra la institución.

En efecto, si la Iglesia se equivocase -confundiendo por ejemplo un alucinado con un místico; o peor aún, un embaucador con un testigo del evangelio-, se crearían tantos problemas que la teología, también la posconciliar, prefiere prevenir y cortar por lo sano. No, no puede equivocarse. En este punto está en juego algo crucial: nada menos que proponer a todos los fieles un «modelo» ejemplar. Por eso, la fe habla de una «especial asistencia del Espíritu Santo», que evita que se puedan cometer errores de ese calibre.

En consecuencia, una vez conocida la decisión papal, quienes rechazaron la beatificación de Escrivá de Balaguer -desde dentro de la Iglesia, se entiende-, deberían haberse callado y, si realmente tenían interés en seguir siendo «católicos», aceptarla.

Uso el condicional, porque no hay que dar por supuesto que ciertos disidentes, aunque sean «gente de Iglesia», conozcan la teología católica. Si la conocen -añaden algunos maliciosos- es sólo para protestar contra ella, sosteniendo que no es «católica», sino únicamente expresión de un arcaico grupo vaticano de poder: la ideología del Sistema, del «papa polaco».

Semejante religiosurn obsequium tiene sentido sólo dentro de una dimensión de fe. Pero, ¿fuera de ella?

Mantengámonos ahora sólo en el plano de los hechos. Un plano que no debe a priori excluir nada, ni siquiera la posibilidad escandalosa de intervenciones por decirlo de algún modo «extraterrestres», en los asuntos del mundo (aunque se trate, como sucede en este caso, de sucesos poco llamativos, que ocurren en la intimidad de la conciencia). En este punto, justo al contrario de lo que se suele suponer, el creyente es mucho más «abierto» que quien no cree: este último, en efecto, está obligado a excluir, por principio, un montón de cosas que no encajan en el esquema teórico y lleno de prejuicios que se ha construido y que ha aceptado de una vez para siempre.

Siguiendo por tanto en el plano objetivo, fáctico, es preciso reconocer que hay suficientes motivos para confiar. En primer lugar, el carácter, la personalidad del testigo que estamos examinando: Josemaría Escrivá. Durante más de medio siglo dio abundantes pruebas de sentido de lo concreto, de realismo, de espíritu emprendedor y de una voluntad de hierro, unido todo esto a un fortísimo celo religioso. Otros muchos santos -como don Bosco, y en general, casi todos los «fundadores», entre los que no se puede dejar de citar al otro ibérico, San Ignacio- comparten estos rasgos de Escrivá, que fue un místico, pero con los pies bien plantados en la tierra; un contemplativo, y al mismo tiempo un organizador. Un hombre espiritual, pero doctor en derecho. Un aragonés, procedente de una familia de comerciantes, empresarios, artesanos, más bien acomodados.

Nada en común, ni siquiera por formación familiar, con los alucinados. Su religiosidad (la suya personal y la que inculcó en la Obra) desconfió siempre de esos devocionalismos estáticos que acuden a visiones, hechos sobrenaturales, profecías sobre el futuro y ostentación de prodigios.

Decía don Josemaría que nunca había dudado, ni siquiera un instante, sobre la verdad del evangelio (su camino no fue el de una conversión, sino el de una profundización cada vez mayor, hasta el extremo, en las exigencias del catolicismo que recibió y aceptó desde niño), porque había recibido el don -son palabras suyas- «de una fe tan gorda que se podía cortar con un cuchillo».

Tuvo siempre una seguridad que no requería de pruebas, pues éstas sólo son necesarias para quien duda secretamente, y no para quien no vacila. Quizá precisamente por esto, fue siempre partidario -y recomendó a los suyos- una naturalidad muy «laica», que le llevó a difundir el cultivo de una «piedad sin beatería».

Escuchemos a un buen conocedor del Opus Dei, Rafael Gómez Pérez, profesor de antropología de la universidad de Madrid, ensayista conocido en los países hispanohablantes, y numerario: «El fundador del Opus Dei utilizaba con frecuencia una expresión para explicar la normal condición civil de los miembros de la Prelatura: “lo raro de no ser raros”. La vida corriente, normal, de los miembros del Opus Dei no lleva a costumbres o a actitudes que, según el estereotipo corriente, entran en la manera de ser de las personas “muy religiosas”. El estilo del Opus Dei no es nada aparatoso, nada “fundamentalista”. En la casa de una persona casada, miembro del Opus Dei, no se encontrarán -si es él o ella quienes pueden decidir- imágenes religiosas por todas partes; a esa casa no irán tampoco con frecuencia sacerdotes, por lo menos no sacerdotes del Opus Dei; las prácticas de vida cristiana como, por ejemplo, el rezo del Rosario, no serán algo impuesto, sino libre». Ya lo aconsejó el mismo Jesús: «cuando recéis, no hagáis como los hipócritas, que aman rezar derechos en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para ser vistos por los hombres» (Mt 6, 5).

Estas líneas se refieren específicamente a los supernumerarios (y a los agregados, como veremos), que viven en sus casas.

Pero no es distinto el «ambiente emocional», como se dice ahora, de los Centros del Opus Dei donde viven los numerarios y las numerarias. Prosigue el mismo Gómez Pérez: «en los Centros del Opus Dei, el estilo, desde el principio, es el de una casa de familia. Como la vinculación al Opus Dei implica una voluntariedad renovada -quien no quiere seguir se va-, el ambiente emocional de un Centro es el de una familia bien avenida».

Por lo que yo he visto, en el Opus Dei -por poner un ejemplo no despreciable- no se da ninguna de esas obsesiones alimenticias, ni esos tabús dietéticos que son una de las señales inequívocas del sectario y del maniaco religioso. A pesar de declararse seguidores de ese Jesús que tuvo que padecer el rigorismo farisaico, con su tormento de establecer qué alimentos eran «puros» y cuáles «impuros»; ese Jesús que comió y bebió libremente, recordando que lo que contamina al hombre no viene de fuera sino de dentro; a pesar de seguir a semejante Maestro de libertad, las infinitas sectas e «iglesias» que se autodenominan cristianas se atormentan, y atormentan a sus seguidores con sus listas de comidas y bebidas «prohibidas» y «lícitas».

Unos admiten la carne y otros la maldicen; algunos precisan con más detalle qué carne sí y qué carne no; hay quien acepta el pescado y quien lo rechaza; algunos beben vino y otros lo excluyen; luego, están los que admiten el vino pero no las demás bebidas alcohólicas… En una «iglesia» concreta (y no de las menos importantes por número de seguidores y por prestigio), se llegó hasta un cisma, al no ponerse de acuerdo sobre si el café, el té y el cacao debían ser consideradas «drogas», en sentido bíblico, y por tanto deberían figurar en el elenco de alimentos proscritos para un cristiano…

Y no hablemos de la aversión, rayana hoy en el histerismo, a una planta que incluso fue sagrada en muchas culturas, y que Jesús -que no pudo llegar a conocerla: faltaban quince siglos para el descubrimento de América- no pudo ni aceptar ni rechazar: el tabaco.

En el Opus Dei, al menos por lo que se refiere a la variedad de alimentos y bebidas, se come y se bebe lo que a uno le da la gana, con la salvedad de las prescripciones aún vigentes de la Iglesia, y el cuidado (confiado a la responsabilidad personal) de la salud, además de la preocupación por conservar la libertad frente a cualquier exceso, gula incluida, que es un precepto válido para todo creyente llamado a seguir la «virtud cardinal» de la templanza.

También en este punto -es preciso reconocerlo-, se busca obedecer al precepto evangélico: «Cuando ayunéis, no os finjáis tristes como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que la gente vea que ayunan (…) Tú, en cambio, cuando ayunes perfuma tu cabeza y lava tu cara, para que los hombres no adviertan que ayunas, sino tu Padre que está en lo oculto» (Mt 6, 16 y ss.).

Más aún: en el Opus Dei (escándalo máximo para los exaltados «religiosos» y también para tantos bienpensantes «laicos»), fuma quien quiere. En las mesas de los Centros se pueden encontrar esos ceniceros que el pequeño burgués «políticamente correcto» ha expulsado de su casa con horror fanático, desfogando la eterna necesidad de intolerancia no ya con los negros, los judíos, las mujeres o los homosexuales (muy a su pesar, la mentalidad dominante le prohibe hacerlo), sino contra esa única minoría indefensa que queda en el mercado del desprecio, el grupo superviviente de los zafios y malvados fumadores. El cigarrillo es visto como el enésimo sustituto del diablo, padre de todos los males (no hay enfermedad que no se le atribuya: desde la rodilla de lavandera a la pelagra); y se mira a su consumidor como a un poseso del Maligno, envenenador no sólo de sí mismo sino también de niños inocentes, vírgenes pudibundas, ancianos venerables…

Pues bien, para escándalo de los actuales moralistas intolerantes, hay en la vida del beato Escrivá un episodio en apariencia menor pero que me parece altamente significativo.

Lean con atención este suceso: el 25 de junio de 1944, el obispo de Madrid ordena a los tres primeros sacerdotes del Opus Dei. Los tres son ingenieros (y el fundador, como sabemos, es un arquitecto frustrado: conviene tener presente esta señal de espíritu concreto, poco dado a los «misticismos»). Estos nuevos sacerdotes podrán aliviar, por fin, el peso que recaía en exclusiva sobre los hombros de don Josemaría: la atención espiritual de los miembros. La misma tarde de la ordenación, el fundador pregunta si alguno de los recién ordenados fuma. No, ninguno fuma.

Entonces, aquel hombre benemérito dio una singular indicación. Esta fue su determinación liberadora: si ninguno de los tres fuma, uno al menos deberá comenzar a hacerlo. Que el Dios de Jesucristo -enemigo de puritanos y de su fariseísmo, que se convierte en «virtud» narcisista y persecutoria- le recompense también por este rasgo encantador, que lo aparta radicalmente de la triste mentalidad de los sectarios, del fanatismo «sanitario» de los gnósticos de siempre, del conformismo de los bienpensantes, de la hipocresía de la subcultura dominante. Hay quizá una parte de verdad en el antiguo refrán según el cual qui vitia odit, homines odit, quien odia los vicios odia a los hombres.

En efecto, Escrivá quiere gente «normal», gente dispuesta a cualquier sacrificio y a todas las renuncias, pero en privado («buscad mortificaciones que no mortifiquen a los

demás», es una de sus enseñanzas), gente que conserve externamente la misma apariencia que sus semejantes. En la España y en todo el Occidente de aquellos años cuarenta, «normalidad» quiere decir que al menos la mitad de la población adulta es fumadora (como se dividían antes, fi fifty, los vagones de tren, espejo de la sociedad). Este hábito debía estar presente también entre los suyos, incluidos los sacerdotes.

El puro, la pipa, el cigarrillo -al menos de vez en cuando- servirán para mostrar que la vida en el Opus Dei no es rara, no es extravagante: es sencillez, normalidad, aun dentro de la radicalidad del compromiso cristiano. Quien asumió el encargo de «aprender» a fumar fue el ingeniero -desde pocas horas antes, «don»- Alvaro Del Portillo: mira por dónde, precisamente el que treinta y un años después sucedería a Escrivá. Y es curioso observar que el hábito adquirido por obediencia -tenía entonces treinta años- no debió disgustarle, ya que (como me dijo alguien que lo ha tratado y lo conoce bien), no hace mucho que el obispo-prelado del Opus Dei decidió dejar de fumar. Es decir, tras muchos años de filial obediencia a la invitación del fundador; para ayudar, también de ese modo, a entender qué es la vida «normal» de quien tiene vocación en esta Obra.

Decía que esta anécdota no me parece en modo alguno insignificante, sino una confirmación de que en la Obra no se da ese clima de fanatismo que favorece, entre otras cosas, fenómenos de credulidad «mística». «Visiones» y «mensajes divinos personales» incluidos.

Este clima en los hombres y mujeres de la Obra, perceptible incluso para un observador ajeno, es el fruto directo del árbol-Escrivá, que prevenía frente a los prodigios. El mismo era el primero en poner en práctica esa indicación de no confiar demasiado, y mucho menos desear, en quién sabe qué milagros, porque el más grande de todos es la vida misma, ese trabajo corriente que el cristiano está llamado a santificar y que santifica precisamente con la tranquila y confortante normalidad de su vida diaria (Forja, número 60: «Siente cada día la obligación de ser santo. ¡Santo!, que no es hacer cosas raras: es luchar en la vida interior y en el cumplimiento heroico, acabado, del deber»).

Es significativo que el Opus Dei, durante la causa de beatificación de su fundador, parece no haber seguido el método tradicional en este tipo de procesos, es decir, la búsqueda a cualquier precio de milagros, prodigios, hechos inexplicables, dones divinos, que el candidato a los altares hubiera protagonizado y recibido en vida. (Otra cosa distinta es el don de intercesión ante Dios, pero post mortem, como se comprueba en los ochenta mil «casos» de gracias, favores, intervenciones de distinto tipo señalados antes, y los otros miles después de la beatificación).

Al examinar las actas del proceso pude comprobar que la investigación se propuso dilucidar no los hechos extraordinarios (siempre presentes, por otra parte, en el fondo de toda perspectiva religiosa), sino la práctica de las virtudes cristianas y humanas, tanto más heroicas por ser cotidianas, ajenas a la ostentación y al espectáculo. Parece como si se quisiera confirmar así que también el fundador fue «normal» (como quería que fuese todo el Opus Dei), aun en la radicalidad de su compromiso evangélico.

Da la impresión, por tanto, de que no se puede desconfiar a priori de la pretensión del Opus Dei, que asegura que el origen de la institución se sitúa en un hecho misterioso. En efecto, este «hecho» inicial está como aislado, y no es el comienzo de una tradición de «prodigios» o, al menos, de cosas extraordinarias. Si hay algo fuera de lo común en la Obra -enemiga jurada de toda ostentación, tanto colectiva como individual: «Gloria Operis Dei summa est sine humana gloria vivere» (la gloria del Opus Dei es vivir sin gloria humana), afirman solemnemente los estatutos oficiales-, debe permanecer escondido, in interiore hominis, en la intimidad de una casa, de una familia, entre las cuatro paredes de un lugar de trabajo.

La fama de secretismo procede, entre otras cosas, de este deseo de evitar cualquier cosa que llame la atención. Por eso, no cuadraría en absoluto que, sin fundamento, proclamaran un «milagro» y ostentaran dones «proféticos».

A esto hay que añadir el retraimiento de Escrivá para hablar de aquel dos de octubre, de aquel 14 de febrero (las mujeres…): sólo en poquísimas ocasiones, a petición de sus hijos, habló de ello, y limitándose a decir que «vio», pero sin entrar en detalles. Más aún, en todas esas ocasiones no dejó nunca de recordar que aquella misión que se abría ante él era, juzgando a lo humano, más una carga que debía aceptar obedientemente, que el premio soñado que coronaba una búsqueda mística personal.

No parece que haya apoyado nunca su autoridad como «fundador» sobre aquel hecho carismático; ni que haya recurrido a él para acrecentar su prestigio, atraer discípulos o afrontar los muchos obstáculos que levantaron en su camino, incluso dentro de la Iglesia. Al contrario: cuando se sintió obligado a hacer referencia a ese suceso -siempre y sólo entre los suyos, y a petición de estos- pedía que se le permitiera pasar por alto algunos pormenores, que no le pidieran demasiado. Hablaba de aquello, en definitiva, como de un «suceso» objetivo que él mismo, con sorpresa, se había visto obligado a aceptar; no como de un privilegio que Dios le hubiera concedido, sobre el que pudiera «elucubrar», aunque fuera de modo espiritual.

Estaba profundamente convencido de que el comienzo de aquella aventura había sido extraordinario; pero, una vez puesto en marcha, pensaba que su deber consistía en llamar la atención sobre lo ordinario, ayudando a la gente a descubrir las escondidas potencialidades de la vida «normal».

Confirma Peter Berglar: «Era extremadamente parco cuando hablaba de las gracias místicas o carismáticas que el Señor le concedía, y que no se agotaron en aquel día de octubre. El que actuara así no sólo era algo completamente natural en él, sino también un síntoma seguro de ser fidedigno. Cualquier comunicación expresa de un encuentro con Dios que haya tenido carácter místico y extraordinario suscita dudas sobre su autenticidad».

En resumen: me parece que hay bastantes elementos para atreverse a señalar que «no es así como se inventa». Hay que excluir la posibilidad de un fraude, por los motivos expuestos (que me parecen evidentes para quien no se empeñe en ser sectario). Los decenios transcurridos desde 1928 están ahí para testimoniarlo: tse puede engañar durante medio siglo?, ¿y con qué fin? En efecto, no es así como se comportan los alucinados. El Opus Dei -representado por el presunto «visionario»: enérgico, pragmático, realista, paciente, tanto como para darle como símbolo un burro atado a la noria- no es el tipo de institución que tiene su origen en fenómenos alucinantes o en ilusiones místicas.

Ya advertí al comienzo de estas páginas que no soy proclive a las hipócritas abstenciones de juicio. Si mi opinión les interesa, no tengo dificultad en darla. Para el escriba que se enorgullece de presentarles este informe, aquella mañana, en la madrileña calle de García de Paredes (y después, pocos meses más tarde, aquella otra mañana en la calle Alcalá Galiano, en la capilla de la marquesa de Onteiro), la historia de la Iglesia sufrió un viraje imprevisto e imprevisible. Y con ella, el mundo. «Algo» sucedió entonces, y no por iniciativa humana.

Esta es mi opinión. Pero eso no importa mucho. Lo que sí importa es que así piensa una multitud de personas que va creciendo, año tras año, siguiendo al curita joven que -cuando recibió el encargo, con sólo 26 años, de eso que ni esperaba ni deseaba- no tenía más que «gracia de Dios y buen humor».

Para lectores con experiencia, no hace falta explicar con mucho detalle qué puede significar para esa masa de hombres y mujeres la persuasión de participar en un proyecto que Dios mismo ha querido, cuyos confines son el mundo entero y su término el fin mismo de la historia.

Probablemente, el grito de los cruzados era ilusorio: Deus vult! La historia trágica que siguió y que -después de un par de siglos de sangre y fatigas, de heroísmos y de miserias, de sacrificios y de codicia- acabó en fracaso, pareció demostrar (por lo que está a la vista de los ojos humanos) que, en realidad, Deus non volebat. Aquí, en cambio, todo parece mostrar -al menos para quien lo contempla desde una perspectiva de fe- que esta vez no se trata de una ilusión: que el Dios cristiano, hacia el final del Segundo Milenio, habría querido una «obra» que fuese «suya», llamando a hijas e hijos en todas partes del mundo para que participaran en ella.

Importan poco, entonces, el escepticismo, las perplejidades, las ironías, los reparos y las negaciones de los de «fuera». Lo que importa es la certeza de los de «dentro»: esa es la fuente de energía que alimenta, con un impulso extraordinario, los motores de este panzer (usando de nuevo la afectuosa y admirada metáfora de don Giussani).

En cualquier caso, puedo garantizarles que, al menos por lo que he intuido y visto, ningún «fanatismo» al estilo de los cruzados puede achacarse a la Obra. Ninguno de sus miembros piensa en grabar a fuego en bandas ni estandartes una reedición de cualquier Gott mits uns de infausta memoria. Entre otras cosas, porque no existen: precisamente para evitar triunfalismos e orgullos colectivos, el Opus Dei no tiene un escudo oficial, ni tampoco un nombre para designar al conjunto de sus miembros: «opusdeístas» es una palabra inventada por «extraños», que no gusta a los de dentro.

No hay, pues, ni rastro de fanatismo. Al menos, por lo que un observador ajeno a la Obra puede ver: confieso que mi celo investigador no ha llegado hasta el punto de introducir grabadoras encondidas en las habitaciones «secretas», ni a practicar el espionaje a través de las cerraduras.

En el Opus Dei, hay rasgos que lo distinguen de actitudes propias de las sectas, como el rechazo de los tabús alimenticios y de las obsesiones maniacas contra presuntas «drogas» como alcohol, café, tabaco, cacao. Entre estos rasgos, destaca la ausencia de exaltación. La mentalidad sectaria, en efecto, siempre emplea como carburante la excitación acrítica en su defensa de la «causa» y en la afirmación del grupo. (A este propósito, es significativa una anotación de Surco, número 870: «Con la polémica agresiva, que humilla, raramente se resuelve una cuestión. Y, desde luego, nunca se alcanza esclarecimiento cuando, entre los que disputan, hay un fanático»).

En mi viaje por el interior del Opus Dei no encontré fanáticos (si los hay, me los deben haber ocultado cuidadosamente). Por el contrario, he visto cristianos que, a diferencia de cierta intelligenzia clerical de ahora, no consideran como una enfermedad el razonado entusiasmo por el descubrimiento de los horizontes de la fe. Son personas decididas a intentar vivir esa fe; y a proponer a otros, comenzando por los más próximos, la alegría que han experimentado. Y sobre esto no tienen intención de claudicar. Escuchen el número 131 de Forja: «Sería una falsa caridad, diabólica, mentirosa caridad, ceder en cuestiones de fe (…) No es fanatismo, sino sencillamente vivir la fe: no entraña desamor para nadie. Cedemos en todo lo accidental, pero en la fe no cabe ceder…».

En definitiva, me he encontrado con cristianos convencidos de que haber sido llamados por la gracia de Dios (pues para entrar se requiere una «vocación») a formar parte de una aventura nacida no de un proyecto humano sino de una voluntad divina, es un gran privilegio al que hay que corresponder con el máximo empeño, día tras día.

Esta energía poderosa no es ajena, sino que está esencialmente unida a la certeza de que el 2 de octubre de 1928 Dios dio uno de sus imprevisibles golpes de gong, haciendo «ver» a un joven en un lugar remoto e insignificante lo que deseaba que se llevara a cabo.

Esta es la certeza que anima a la Obra, esta es la certeza que ninguna dialéctica humana puede deformar (sin ser irracional en sí misma, porque va más allá de cualquier razón, y se apoya sobre la roca de la fe). Y esta certeza ha sido confirmada por el mismo Cristo con la mano de su vicario en la tierra que, para los católicos, es el Papa. Esta es, a mi juicio, una de las razones que justifican mi previsión: habrá no poco Opus Dei en el futuro de la Iglesia.

No sólo por la granítica motivación «sobrenatural» que impulsa a sus miembros, desde el Prelado al más anónimo de los supernumerarios; sino también porque lo que el joven español «vio» es de tal categoría que puede asegurarse -desde una perspectiva no sólo cristiana sino probablemente también humana- un desarrollo ilimitado: el «mar sin orillas» del que hablan «dentro».

Pero, ¿qué es lo que vio aquel joven en la fiesta de los Santos Angeles custodios de 1928?

Ha llegado el momento de pasar de los «modos» (y la posibilidad) de aquel suceso a informar sobre los contenidos.

Evangelio y Vaticano II en el espíritu de Josemaría Escrivá de Balaguer

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Testimonio de Cardenal Ángel Suquía, Arzobispo de Madrid. Presidente de la Conferencia Episcopal Española
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

El próximo 17 de mayo, el Santo Padre Juan Pablo II beatificará en San Pedro del Vaticano a Josemaría Escrivá de Balaguer, que nació un día como el de hoy, hace noventa años. Con este acto, la Iglesia habrá propuesto solemnemente a los fieles un nuevo ejem­plo de santidad, y un eficaz intercesor ante Dios. Tras la alegría por la llegada a los altares de este sacerdote español –particular­mente para nuestra diócesis de Madrid, en la que residió durante casi veinte años–, viene el momento de la reflexión sobre el sentido del reconocimiento público de una vida santa en la Iglesia de hoy.

Como ha sucedido a lo largo de toda la historia, también ahora el Espíritu Santo suscita hombres de Dios que tienen como misión abrir camino, hacerlo andadero para los que vengan detrás. Esos hombres de Dios se adelantan a su tiempo y lo acercan al querer de Dios. Uno de esos hombres de Dios fue precisamente Josemaría Escrivá de Balaguer, que recibió aquí, en la diócesis de Madrid, la llamada clara del Señor para encarnar y difundir un mensaje de alcance universal.

Es Jesucristo quien alienta cada uno de los pasos de la Iglesia y guía todos sus caminos, bajo el impulso vivificante del Espíritu. Y ha sido el Espíritu Santo quien -como recordaba el Santo Padre– «ha hablado a la Iglesia de hoy y su Voz ha resonado en el Concilio Ecuménico». La Iglesia, por sus legítimos pastores – los romanos pontífices y los obispos-, ha reconocido el carisma del Opus Dei y alienta la labor apostólica de los miembros de la Prelatura, cons­ciente de que su dinamismo apostólico, junto al de tantas otras rea­lidades de la Iglesia, es expresión de la vitalidad espiritual del pueblo de Dios y responde plenamente al espíritu del Concilio para nuestro tiempo. Un tiempo necesitado de respuestas sólidas y coherentes, que requieren en el fiel cristiano, junto con la asidua recepción de los Sacramentos, una profunda formación ascética y teológica, pre­supuesto ineludible para la honda tarea de evangelización a la que nos convoca Juan Pablo II en los albores del tercer milenio cristiano.

También ahora los sacerdotes y los laicos, cooperando orgáni­camente en la tarea evangelizadora, cada uno desde su peculiar misión, deben afrontar los retos que plantea una sociedad descris­tianizada y deben dar una respuesta coherente con su fe bautismal: la respuesta comprometida y responsable de hombres que viven su fe las veinticuatro horas del día como cristianos consecuentes. Este es uno de los puntos en donde se manifiesta la profunda trascen­dencia del carisma que Nuestro Señor dio a Josemaría Escrivá en aquel 2 de octubre de 1928, cuando fundó el Opus Dei «por ins­piración divina», como destaca Juan Pablo II en la Constitución Apostólica «Ut Sit».

Ya se ha señalado la sintonía que existe entre el mensaje de Mon­señor Escrivá y el Vaticano II: la llamada universal a la santidad de todos los hombres y el valor santificador de todas las realidades humanas rectas. Urgencia de santidad, de vida divina, de unión con Dios por medio de la Iglesia, que ha sido el nervio de la tarea reno­vadora suscitada por el Espíritu al acercarnos al tercer milenio de la Iglesia. Así quedó patente en el Sínodo Extraordinario de los Obispos, de 1985, al hacer balance de los frutos que ha traído a su Iglesia aquel gran Concilio Ecuménico.

Quiero señalar, por mi parte, que no se trata sólo de una sintonía de carácter estrictamente teórico. El deseo de Monseñor Escrivá se ha convertido en realidad en la vida de muchísimas almas: su predicación ha dado frutos vivos de santidad en la Iglesia; sus pala­bras han prendido su luz y su calor en la vida de tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo. Ahora se aprecian los frutos de esa gran labor catequizadora, que hacía recordar a Monseñor Escrivá de Balaguer la autenticidad, la fidelidad y la sencillez de los primeros cristianos, aquellos hombres que navegaron a contracorriente en medio de un mundo paganizado, para transformarlo como el fer­mento en la masa y llevarlo a Cristo.

En efecto: sólo una profunda formación cristiana puede servir a los hombres de esta sociedad nuestra para que vivan con el señorío de los hijos de Dios, sin dejarse arrastrar por las ideologías de huma­nismos sin Dios, materialistas o cegados por actitudes permisivas. Se comprueba ahora con especial agudeza que los criterios autén­ticamente cristianos facilitan el convivir y amar -que es mucho más que respetar o tolerar- a todos, sin excluir a nadie, pero abarcando particularmente a los más menesterosos: los pobres, los enfermos, los marginados, los ancianos, los sin trabajo.

Sé que Monseñor Escrivá soñaba con que los catecismos hicie­ran mucho más hincapié en las obligaciones sociales que comporta la fe católica: deberes cívicos, profesionales y de justicia social. Nosotros podemos y debemos convertir en hermosa realidad su sueño.

En el pensamiento de Monseñor Escrivá, la formación laical significa luchar por resolver esas rupturas en la vida de los hombres que tan certeramente señala el Concilio Vaticano II: la fractura entre la fe y la conducta personal; entre la fe y la cultura; entre lo sobrenatural y lo auténticamente humano. Se encamina a res­tablecer latinidad de vida del cristiano, superando esa múltiple esci­sión dislocadora de una efectiva vida cristiana.

Para soldar esas fracturas se necesitan muchos cristianos seria­mente formados que acojan con alegría y plenitud la doctrina católica, tal como es propuesta por el Magisterio; que se unan con espon­taneidad a los obispos y se integren en la pastoral diocesana; que compartan, en sincera comunión con sus hermanos, el mismo Pan Eucarístico. Es necesario que los cristianos sepan poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas, con libertad y res­ponsabilidad personales, como hicieron aquellos primeros cristia­nos que se santificaron en el mundo pagano.

Y aquí radica en parte, al menos a mi entender. el atractivo del mensaje profundamente evangélico del fundador del Opus Dei: enseñaba que la fe no debía llevar a un espiritualismo raquítico. a una «teoría espiritual» desgajada de la existencia real, sino que debía impregnar hasta los más recónditos entresijos de la vida cotidiana.

Es necesario recordar de nuevo, como enseña el Concilio Vati­cano II, que los laicos deben santificarse en medio del mundo, en medio de este mundo nuestro que se aleja de Dios. El hombre de la calle debe aprender a santificarse en su trabajo realizado con amor de Dios y con pericia profesional. Porque la credibilidad del testimonio de los cristianos dependerá -cada vez más- del pres­tigio profesional que posean, y la eficacia de su contribución a la evangelización estará condicionada por una sólida preparación en el trabajo. Esta gran catequesis que impulsó el fundador del Opus Dei está dando abundantes frutos de servicio y representa una ayu­da muy significativa en esa gigantesca obra de evangelización del mundo moderno en la que está comprometida toda la Iglesia.

Mi buen amigo Álvaro del Portillo, obispo prelado del Opus Dei, recordaba que el «anhelo del fundador del Opus Dei se plasmó en un lema de resonancias heráldicas: “para servir, servir”. Esto es, para ser útiles hace falta tener espíritu de servicio y demostrarlo con obras. El único honor que siempre deseó fue el de servir a la Iglesia una, santa, católica y apostólica; y el derecho de renunciar a todo derecho que no fuera ofrecerse en un continuo holocausto de oración y de trabajo».

Escribió Pablo VI que la Obra promovida por Monseñor Escri­vá de Balaguer era una «expresión de la perenne juventud de la Iglesia». De esa Iglesia que ahora peregrina en un mundo pluralista en el que desea construir la civilización del amor y contribuir a una auténtica cultura de vida. La noticia de la próxima beatificación de Josemaría Escrivá de Balaguer nos lleva a un canto de acción de gracias al Espíritu Santo Vivificador.

Un viraje de espiritualidad

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Testimonio del Cardenal Sebastiano Baggio Prefecto de la S. Congregación para los Obispos
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

El 26 de junio moría en Roma el fundador del Opus Dei, Mon­señor Josemaría Escrivá de Balaguer, a los setenta y tres años de edad. En Roma vivía desde 1946, y en Roma ha sido enterrado, en la cripta del oratorio de Santa María de la Paz, en la sede central de la Asociación, calle Bruno Buozzi, 75. Había hecho de Roma el centro del Opus Dei porque quería subrayar el carácter univer­sal, católico y romano de esta Asociación católica internacional, y el sentido de responsable y amorosa fidelidad a la Cátedra de Pedro. En menos de medio siglo, el Opus Dei se encuentra en plena vitalidad y expansión y aparece definitivamente marcado con el carácter que Monseñor Escrivá de Balaguer quiso y supo imprimirle.

Precisamente en aquel año de 1946 tuve la fortuna de conocer a Monseñor Escrivá de Balaguer y de trabar con él una permanente amistad, respetuosa y discreta, pero no por esto menos afectuosa y profunda. Me había impresionado que la sede de la ya entonces importante Asociación no tuviese nada en común con las construcciones eclesiásticas del tipo convencional: eran habitaciones y ofi­cinas comunicados entre si, distintos unos de otros, como cualquier apartamento o casa del barrio del Parioli, sin placas ni símbolos vistosos, con plantas y flores, decorados con buen gusto y con algu­na exuberancia debida a la proveniencia familiar de sus ocupantes y al amoroso esfuerzo de arquitectos y artistas, socios del Opus Dei, que habían volcado allí su talento.

El amabilísimo anfitrión me explicaba que también aquel estilo, para mi insólito, formaba parte de la espiritualidad laical del Opus Dei: la santificación de la vida ordinaria y de la propia condición social, llevada hasta el heroísmo, pero sin alterar para nada sus tra­zos comunes y, sobre todo, sin alimentar la veleidad de salirse de ese ambiente o el sentimiento de querer ser otra cosa distinta de la que se es. En una homilía dirigida a los universitarios, Monseñor Escrivá de Balaguer desenmascaró esta tentación a la que llamó mística ojalatera, la mística del «ojalá».

A pesar de lo mucho que se ha escrito sobre el Opus Dei y sobre su fundador –o quizá por eso mismo–, prevalentemente en clave polémica por no decir fantástica, nosotros, sus contemporáneos, no tenemos la necesaria perspectiva para valorar el alcance histó­rico de la enseñanza (en tantos aspectos auténticamente revolucio­naria y anticipadora) y de la acción pastoral (de una eficacia y una irradiación sin equivalentes) de este insigne hombre de Iglesia. Pero es evidente desde ahora que la vida, la obra y el mensaje del fun­dador del Opus Dei constituyen un viraje o, más exactamente, un capítulo nuevo y original en la historia de la espiritualidad cristiana, si la consideramos –y así debe ser–– como un camino rectilíneo bajo la guía del Espíritu Santo.

Monseñor Escrivá de Balaguer era hombre sencillo y modesto que rehuía la publicidad y los gestos clamorosos; no iba de un lado para otro para dar conferencias, aunque era generalísimo e incan­sable en el ministerio sacerdotal y paterno de la palabra; sólo concedía entrevistas a la prensa cuando ya no era posible evitarías. En su elogio fúnebre fueron recordadas oportunamente las palabras que escribió a los socios del Opus Dei en una ocasión tan clásica como sus bodas de oro sacerdotales: «No quiero que se prepare ninguna solemnidad, porque deseo pasar este jubileo de acuerdo con la norma ordinaria de mi conducta de siempre: ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca».

Sin embargo, era conocidísimo. El Opus Dei, la Asociación internacional fundada por él en 1928, cuenta hoy con unos sesenta mil socios de todas las naciones del mundo, de todas las profesiones y clases sociales. Hay que tener en cuenta, además, que millones de personas han encontrado una guía para la oración y para la san­tificación del trabajo cotidiano en los escritos espirituales y pastorales de Monseñor Escrivá de Balaguer. De uno de ellos, Camino que alguien ha llamado «la imitación de Cristo de los tiempos modernos» y que otros tendían a minusvalorar, no entendiendo el valor de la extrema sobriedad de su escritura–, han sido publicadas hasta ahora 120 ediciones en 30 idiomas, con una tirada total que roza los dos millones y medio de ejemplares. Su obra más reciente, Es Cristo que pasa, recoge 18 homilías sobre los principales momen­tos del año litúrgico.

SANTIDAD PARA EL HOMBRE DE LA CALLE

Desde los comienzos del Opus Dei su fundador proclamó que la santidad no es un ideal para privilegiados, sino para todos aque­llos que se esfuerzan en vivir el Evangelio hasta sus últimas con­secuencias, cualquiera que sea su situación en la vida, y siempre atentos al Magisterio de la Iglesia. A muchos parecía eso una herejía (aunque hubiese bastado recordar la Introducción a la vida devota de San Francisco de Sales); después del Concilio Ecuménico Vati­cano II esta tesis se ha convertido en un principio indiscutible. Pero lo que continúa siendo revolucionario en el mensaje espiritual de Monseñor Escrivá de Balaguer es la manera práctica de orientar hacia la santidad cristiana a hombres y mujeres de toda condición, en una palabra: al hombre de la calle.

El modo de concretar, en la práctica, este mensaje se basa en tres novedades características de la espiritualidad del Opus Dei:

1) Ante todo, los seglares no deben abandonar ni despreciar el mun­do, sino quedarse dentro, amando y compartiendo la vida de sus conciudadanos; 2) quedándose en el mundo, los seglares deben saber descubrir el valor sobrenatural de todas las normales circuns­tancias de su vida, incluidas las más prosaicas y materiales; 3) en consecuencia, el trabajo cotidiano es decir, el que ocupa la mayor parte del tiempo y caracteriza la personalidad de la mayoría de las personas– es lo primero que hay que santificar y el primer instru­mento de apostolado.

Para ilustrar estas tres ideas fundamentales, nada más breve y eficaz que las palabras del mismo fundador del Opus Dei. Las toma­ré de una de sus homilías, pronunciada en 1967, y que ha sido luego publicada con el significativo título de Amar al mundo apasiona­damente, en el volumen Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer.

LIBERTAD Y RESPONSABILIDAD DE LOS LAICOS

Respecto al primer concepto –que teológicamente puede desig­narse como carácter laical y secular–, Monseñor Escrivá de Bala­guer ha enseñado siempre a situarse idealmente junto a los primeros cristianos, en aquella época en la que los fieles se esforzaban por vivir el Evangelio quedándose en el mundo y participando plena­mente en todas las actividades honestas de la sociedad en que vivían. Y así como los primeros cristianos hombres y mujeres, jóvenes y viejos, patricios, plebeyos y esclavos– se santificaron en la vida corriente y consiguieron convertir el mundo pagano, igualmente los cristianos de hoy, si no tienen una vocación al estado religioso, están llamados a santificar el mundo desde dentro. «Tendré que volver a afirmar –decía en aquella ocasión– que los hombres y mujeres que quieren servir a Jesucristo en la Obra de Dios son sen­cillamente ciudadanos iguales a los demás, que se esfuerzan por vivir con seria responsabilidad –hasta las últimas consecuencias– su vocación cristiana. Nada distingue a mis hijos de sus conciu­dadanos».

No escapaban a Monseñor Escrivá de Balaguer las consecuen­cias prácticas de una espiritualidad verdaderamente laical. «Son muchos los aspectos del ambiente secular, en el que os movéis, que se iluminan a partir de estas verdades. Pensad, por ejemplo, en vues­tra actuación como ciudadanos en la vida civil. Un hombre sabedor de que el mundo –y no sólo el templo es el lugar de su encuentro con Cristo, ama ese mundo, procura adquirir una buena prepara­ción intelectual y profesional, va formando –con plena libertad–sus propios criterios sobre los problemas del medio en que se desen­vuelve, y toma, en consecuencia, sus propias decisiones que, por ser decisiones de un cristiano, proceden además de una reflexión personal, que intenta humildemente captar la voluntad de Dios en esos detalles pequeños y grandes de la vida». Y he aquí, en este punto, la característica aversión de Monseñor Escrivá de Balaguer por todo tipo de clericalismo: «Pero a ese cristiano jamás se le ocurre creer o decir que él baja del templo al mundo para repre­sentar a la Iglesia, y que sus soluciones son las soluciones católicas a aquellos problemas. Esto no puede ser, hijos míos. Esto sería cle­ricalismo, catolicismo oficial o como queráis llamarlo. En cualquier caso, es hacer violencia a la naturaleza de las cosas».

Esta pasión por la libertad que brotaba en él por su vital inser­ción en la unidad orgánica del Cuerpo místico de Cristo, la Iglesia, y que se proyectaba en la madurez de los seglares formados en su escuela, es una herencia rica y fecunda que el fundador del Opus Dei deja confiada a los socios y a todos los cristianos conscientes; de ese modo puede darse vida a un legítimo y prudente pluralismo, tal como lo ha deseado el Concilio Ecuménico. Escribía a los socios:

«Tenéis que difundir por todas partes una verdadera mentalidad laica que ha de llevar a tres conclusiones: a ser lo suficientemente honrados, para pechar con la propia responsabilidad personal; a ser lo suficientemente cristianos, para respetar a los hermanos en la fe, que proponen en materias opinables– soluciones diversas a la que cada uno de nosotros sostiene, y a ser lo suficientemente católicos, para no servirse de Nuestra Madre la Iglesia, mezclándola en banderías humanas».

Estas ideas explican el por qué los hijos y alumnos espirituales de Monseñor Escrivá de Balaguer son unánimes y solidarios en los ideales de santidad y apostolado, mientras adoptan las más diversas posiciones en el campo político e ideológico, manifestando así por tanto un amplio pluralismo de opciones humanas. El secreto está en que, como dice el fundador, en las cosas temporales «están de acuerdo en no estar de acuerdo», coincidiendo solamente en la común fe cristiana y en la búsqueda de la santidad en medio del mundo.

EL «MATERIALISMO» CRISTIANO

El segundo concepto –el valor cristiano de la vida ordinaria es expresado así en la homilía programática de 1967: «Yo solía decir a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mi por los años treinta (observemos aquí que faltaban otros tantos años y más para la Constitución pastoral Gaudium et Spes) que tenían que saber materializar la vida espiritual. Quería apartarlos así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas».

« ¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésta es la que tiene que ser –en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios: a ese Dios invisible lo encontramos en las cosas más visibles y materiales.»

E insistía, consciente de la novedad de ese planteamiento: «El auténtico sentido cristiano –que profesa la resurrección de toda carne– se enfrentó siempre, como es lógico, con la desencarnación, sin temor a ser juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano, que se opone audazmente a los mate­rialismos cerrados al espíritu».

Con la originalidad y la ortodoxia de este programa de profesión cristiana y de santidad, Monseñor Escrivá de Balaguer neutralizaba con anticipación las diversas teologías reductoras de las realidades temporales que han pululado como parásitos en torno del árbol frondoso de la Gaudium et Spes.

SANTIFICACIÓN DEL TRABAJO

La tercera novedad espiritual a la que antes aludía es la impor­tancia teológica que se da al trabajo profesional, a las ocupaciones cotidianas de los cristianos que viven en medio del mundo. El tra­bajo, en la enseñanza del fundador del Opus Dei, es la materia prima que hay que santificar, el instrumento de la santificación propia y de la santificación de los demás. Así la vida del cristiano no se hace con idealismos descarnados, sino que es un esfuerzo concreto de colaboración en la construcción de una sociedad más justa, un esfuerzo que ennoblece todas las actividades humanas, desde las más vistosas a las más humildes e inadvertidas. Después de haber citado párrafos de las epístolas de San Pablo («Todas las cosas son vuestras; vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios», «Ya comáis, ya bebáis, hacedlo todo para la gloria de Dios».) Monseñor Escrivá decía: «Esta doctrina de la Sagrada Escritura, que se encuentra –como sabéis– en el núcleo mismo del espíritu del Opus Dei, os ha de llevar a realizar vuestro trabajo con perfección, a amar a Dios y a los hombres al poner amor en las cosas pequeñas de vuestra jornada habitual, descubriendo ese algo divino que en los detalles se encierra».

En otra de las conversaciones espirituales del fundador con los socios del Opus Dei, una homilía que lleva por título Hacia la santidad, escribe: «Cuando la fe vibra en el alma, se descubre, en cam­bio, que los pasos del cristiano no se separan de la misma vida huma­na corriente y habitual. Y que esta santidad grande, que Dios nos reclama, se encierra aquí y ahora, en las cosas pequeñas de cada jornada».

«Me gusta hablar de camino, porque somos viadores, nos diri­gimos a la casa del Cielo, a nuestra Patria. Pero mirad que un cami­no, aunque puede presentar trechos de especiales dificultades, aun­que nos haga vadear alguna vez un río cruzar un pequeño bosque casi impenetrable, habitualmente es algo corriente, sin sorpresas. El peligro es la rutina: imaginar que en esto, en lo de cada instante, no está Dios, porque es tan sencillo, tan ordinario».

SANTA CRUZ Y OPUS DEI

¿Quiénes son, por tanto, los socios del Opus Dei, esos que encar­nan este mensaje nuevo –y sin embargo, tan sencillo y natural – de la santificación del trabajo ordinario? Encontramos la respuesta en otra homilía: «Quienes han seguido a Jesucristo conmigo pobre pecador– son: un pequeño tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una profesión o un oficio laical; un gran número de sacerdotes seculares de muchas diócesis del mundo… y la gran muchedumbre formada por hombres y mujeres de diversas nacio­nes, de diversas lenguas, de diversas razas– que viven de su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros muchos otros, que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más huma­na y más justa la sociedad temporal; en la noble lid de los afanes diarios, con personal responsabilidad –repito–, experimentando con los demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos. Y todo con naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de selectos, fundidos en la masa de sus colegas, mientras procuran detectar los brillos divinos que reverberan en las reali­dades más vulgares».

Entre tantos millares de personas que han seguido el ejemplo y la enseñanza de Monseñor Escrivá de Balaguer, dos están en cami­no de ser elevados a los altares: se trata de un ingeniero argentino, Isidoro Zorzano, y de una joven española, Montserrat Grases, de los cuales se me ha dicho que se encuentra en fase avanzada el proceso de beatificación.

La filiación divina

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Capítulo “San Josemaría Escrivá de Balaguer” del libro “Contemplativos”, escrito por José Asenjo Sedano

Punto 1 de Forja: “Hijos de Dios.- Portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras.

-El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine… De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna.”

En nuestro deseo de acercarnos lo más posible al alma de san Josemaría, lo mejor es dejar que él mismo nos abra su corazón lleno de amor tomando de su ingente documentación aquellos párrafos que, a nuestro juicio, en mi caso particular, más me han impresionado. Textos recogidos de sus biógrafos y personas que más le conocieron, como don Álvaro del Portillo y don Javier Echevarría, prelados del Opus Dei:

“De 1975, días antes de su muerte, dijo en una conversación a un grupo de fieles de la Obra:

-“Estáis comenzando la vida. Unos comienzan y otros acaban, pero todos somos la misma Vida de Cristo: ¡Y hay tanto que hacer en el mundo! Vamos a pedirle al Señor, siempre, que nos ayude a todos a ser fieles, a continuar la labor, a vivir esa Vida, con mayúscula, que es la única que merece la pena: la otra no vale la pena, se va, como el agua entre las manos, se escapa. En cambio, ¡esta otra Vida!…

¿Qué queréis que os diga? Ya os lo he dicho siempre: que habéis sido llamados por Dios para que seáis santos, para que seamos santos, como enseñaba san Pablo. Sed perfectos así como vuestro Padre celestial es perfecto: esas son las palabras de Cristo.

Ser santos es ser dichoso, también aquí en la tierra. Y me preguntaréis, quizá: Padre, y usted ¿ha sido dichoso siempre? Yo, sin mentir, recordaba hace pocos días, no sé dónde fue, que no he tenido nunca una alegría completa; siempre, cuando viene una alegría, de esas que satisfacen el corazón, el Señor me ha hecho sentir la amargura de estar en la tierra, como un chispazo del Amor…Y, sin embargo, no he sido nunca infeliz, no recuerdo haber sido infeliz nunca. Me doy cuenta de que soy un gran pecador, un pecador que ama con toda su alma a Jesucristo. Así que, infeliz, nunca; alegría completa, nunca tampoco. ¡Ay que lío me he hecho!

Ayudadme a ser santo; pedir por mi para que sea bueno y fiel. Pero que no se quede todo en palabras; poned también obras, que el ejemplo arrastra…”

-“Entendí que la filiación divina había de ser una característica fundamental de nuestra espiritualidad: Abba, Pater! Y que, al vivir la filiación divina, los hijos míos se encontrarían llenos de alegría y de paz, protegidos por un muro inexpugnable; que sabrían ser apóstoles de esta alegría, y sabrían comunicar su paz, también en el sufrimiento propio o ajeno. Justamente por eso: porque estamos persuadidos de que Dios es nuestro Padre…”

Esta característica de la filiación divina vendría a constituir el cimiento y el eje en torno al cual giraría el espíritu del Opus Dei. Cuenta como se dio cuenta de ello y de cómo Dios quería que la contemplación tuviera lugar también en medio del mundo: la oración en la calle…

-“La oración más subida la tuve…yendo un día en un tranvía y, a continuación vagando por las calles de Madrid, contemplando esa maravillosa realidad: Dios es mi Padre. Sé que, sin poderlo evitar repetía: Abba, Pater! Supongo que me tomarían por loco…”

-“Os podría decir hasta cuando, hasta el momento, hasta dónde fue aquella primera oración de hijo de Dios.

-“Aprendí a llamar Padre, en el Padrenuestro, desde niño; pero sentir, ver, admirar ese querer de Dios de que seamos hijos suyos…, en la calle y en un tranvía –una hora, hora y media, no lo sé- Abba, Pater!, tenía que gritar. Aquel día, aquel día quiso de una manera explícita, clara, terminante, que, conmigo, vosotros os sintáis siempre hijos de Dios, de este Padre que está en los cielos que nos dará lo que pidamos en nombre de su Hijo…”

-Alma de Eucaristía,- entrevista de Salvador Bernal a don Javier Echevarría-. En diversos lugares –por ejemplo, Forja, 826 y 835- Mons. Escrivá de Balaguer ha escrito sobre la necesidad de que la vida del cristiano sea esencialmente, ¡totalmente! Eucarística. Lo compendiaba en una frase clásica: alma de Eucaristía. En cierto modo, ese rasgo de su espíritu contemplativo está implícito en la Santa Misa. Pero ofrece algunos elementos específicos.

-“Le gustaba hacer actos de fe explícita en la presencia real de Jesús Sacramentado: creo que estás presente con tu Cuerpo, con tu Sangre, con tu Alma y con tu Divinidad. ¡Jesús, te adoro! Consideraba la Eucaristía prenda segura de nuestra esperanza. Nos razonaba que, si estando aquí en la tierra y no siendo dignos de recibir al Señor, Él se nos entrega, ¡imaginaos qué será cuando lo poseamos eternamente en el Cielo!”

-“Nos insistía, a Mons. Álvaro del Portillo y a mí, (sigue don Javier Echevarría) que no pasásemos delante del Tabernáculo, sin decirle que le queréis con toda el alma, que queréis custodiarle en vuestros corazones, que le agradecéis su presencia en el Sagrario para consuelo nuestro, que nos ayude con su fortaleza y su omnipotencia; y, después de hacernos estas consideraciones, agregaba: yo lo hago.”

-“Con esa pasión por Jesús Sacramentado que le consumía, nos rogaba el 26 de febrero de 1970: “Uníos a mi oración constante. Rezo todo el día y por la noche. Uníos a mi Santa Misa. Haced muchos actos de fe y de amor en la presencia eucarística; y haced muchos actos de desagravio. Decid al Señor que le amáis con toda el alma, que no le queréis hacer sufrir, que deseáis desagraviarle continuamente.

-“Nos repetía constantemente, te doy gracias, Dios mío, porque desde joven me has hecho entrever la maravilla del Amor desde este misterio de la Eucaristía.

-“Mientras celebraba la Misa esta mañana, le he dicho a Nuestro señor con el pensamiento: yo te acompaño en todas las procesiones del mundo, en todos los Sagrarios donde te honran, y en todos los lugares donde estés y no te honren.”

-“El Gran Solitario, porque la gente le ha abandonado. No entienden de amor, de comprensión, de entrega. ¡Cómo van a entender, si no quieren acudir a la fuente! Yo pido al Señor, para todo el mundo, para mis hijas, para mis hijos y para mí, que sepamos tratar a Cristo en la Eucaristía. Acudir con fe, con delicadeza, con continuidad. No importan nuestras miserias personales, si estamos en gracia de Dios”

-“¡Jesús, que has curado a tantas almas, haz que te vea como Médico Divino en la Hostia Santa!.”

De los “Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei”, ya citados, que redactara con cariño desbordante Salvador Bernal, selecciono el siguiente texto:

1975: “COMO UN NIÑO QUE BALBUCEA”

-Al llegar a la noche y hacer el examen, al echar las cuentas y sacar la suma, ¿sabéis cuál es? Pauper servus et Humilis!

De esta forma hablaba de sí mismo el Fundador del Opus Dei, y quienes lo escuchaban no podían menos de emocionarse al experimentar la verdadera y profunda humildad con que lo decía. Se sentía ante el señor como un siervo pobre e inútil, que quería ser bueno y fiel. Cada noche, antes de retirarse al descanso, rezaba postrado sobre el pavimento el Salmo 50, con aquel verso que tantas veces repitió como jaculatoria: Cor contritum et humiliatum, Deus, non despicies! (No desprecies, Señor, el corazón contrito y humillado).

El domingo 26 de mayo de 1974, celebró la Santa Misa en el oratorio de un Centro del Opus Dei en Sao Paulo. Después, tomó la palabra, expresando su acción de gracias en voz baja y pausada:

“Es bueno que cada uno de nosotros invoque a su Ángel Custodio, para que sea testigo de este milagro continuo, de esta unión, de esta comunión, de esta identificación de un pobre pecador –eso es cada uno de nosotros, y sobre todo yo, que soy un miserable- con su Dios.

“Sabiendo que es Él, le saludamos poniendo la frente en el suelo, con adoración. Serviam! Nosotros te queremos servir. Le pediremos perdón de nuestras miserias, de nuestros pecados, y nos dolerán los pecados de todo el mundo. Supra dorsum meum fabricaverunt peccatores: sentiremos sobre nuestro pecho ese fardo de iniquidad, de toda la miseria que hay en el mundo, especialmente en estos últimos años. Querremos no sólo pedirle perdón, sino remediar de alguna manera todo esto: ¡desagraviar!

“Tendremos que confesar nuestra nada: Señor, ¡no puedo!, ¡no valgo!, ¡no sé!, ¡no tengo!, ¡no soy nada! Pero tu lo eres todo. Yo soy tu hijo, y tu hermano. Y puedo tomar tus méritos infinitos, los merecimientos de tu Madre y los del Patriarca San José, mi Padre y Señor, las virtudes de los Santos, el oro de mis hijos, las pequeñas luces que brillan en la noche de mi vida por la misericordia infinita tuya y mi poca correspondencia. Todo esto te lo ofrezco, con mis miserias, con mi poquedad para que, sobre esas miserias, te pongas Tu y estés más alto.”

Siguen los Apuntes de Salvador Bernal: “El 28 de marzo de 1975 cumplió sus bodas de oro con el sacerdocio. La víspera, el día de Jueves Santo, hacía por la mañana su meditación en el oratorio del Consejo general de la Obra. Estaban con él los otros miembros del Consejo. Se había sentado al fondo. Apenas iniciado ese rato de meditación, comenzó a orar en voz alta. Fue una oración sencilla, improvisada. Sus frases aciertan a compendiar –en la presencia de Dios- la vida de Mons. Escrivá de Balaguer. Vale la pena leer algunas de sus frases, al término de estos rápidos apuntes:

-“Adauge nobis fidem! ¡Auméntanos la fe!, estaba diciendo yo, diciendo al Señor. Quiere que le pida esto: que nos aumente la fe. Mañana no os diré nada; y ahora no sé lo que voy a decir… Que me ayudéis a dar gracias a Nuestro Señor por ese cúmulo inmenso, enorme, de favores, de providencias, de cariño… ¡de palos!, que también son cariño y providencia.

“Señor, ¡auméntanos la fe! Como siempre, antes de ponernos a hablar con intimidad Contigo, hemos acudido a Nuestra Madre del Cielo, a San José, a los Ángeles Custodios.

“A la vuelta de cincuenta años, estoy como un niño que balbucea: estoy comenzando, recomenzando, como en mi lucha interior de cada jornada. Y así, hasta el final de los días que me queden: siempre recomenzando. El Señor lo quiere así, para que no haya motivos de soberbia en ninguno de nosotros, ni de necia vanidad. Hemos de vivir pendientes de Él, de sus labios: con el oído atento, con la voluntad tensa, dispuesta a seguir las divinas inspiraciones.

“Una mirada atrás… Un panorama inmenso: tantos dolores, tantas alegrías. Y ahora, todo alegrías, todo alegrías… Porque tenemos la experiencia de que el dolor es el martilleo del Artista, que quiere hacer de cada uno, de esa masa informe que somos, un crucifijo, un Cristo, el alter Christus que hemos de ser.

“Señor, gracias por todo. ¡Muchas gracias! Te las he dado; habitualmente te las he dado. Antes de repetir ahora ese grito litúrgico –gratias tibi, Deus, gratias tibi!-, te lo venía diciendo con el corazón. Y ahora son muchas bocas, muchos pechos, los que te repiten al unísono lo mismo: gratias tibi, Deus, gratias tibi!, pues no tenemos motivos más que para dar gracias.

“Esta vida que, si es humana, para nosotros tiene que ser también divina, será divina si te tratamos mucho. Te trataríamos aunque tuviésemos que hacer muchas antesalas, aunque hubiera que pedir muchas audiencias. ¡Pero no hay que pedir ninguna! Eres tan todopoderoso, también en tu misericordia, que, siendo el Señor de los señores y el Rey de los que dominan, te humillas hasta esperar como un pobrecito que se arrima al quicio de nuestra puerta. No aguardamos nosotros; nos esperas Tú constantemente.

“Nos esperas en el Cielo, en el Paraíso. Nos esperas en la Hostia Santa. Nos esperas en la oración. Eres tan bueno que, cuando estás ahí escondido por Amor, oculto en la especies sacramentales –yo así lo creo firmemente-, al estar real, verdadera y sustancialmente, con tu Cuerpo y tu Sangre, con tu Alma y tu Divinidad, también está la Trinidad Beatísima: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo…

Sancta María, Spes nostra, Sedes sapientiae! Concédenos la sabiduría del Cielo, para que nos comportemos de modo agradable a los ojos de tu Hijo, y del Padre, y del Espíritu Santo, único Dios que vive y reina por los siglos sin fin.”


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