Creo que conocí a un santo

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Testimonio de Mons. William Gordon Wheeler, Obispo de Leeds
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Donde conocí por primera vez a un miembro del Opus Dei fue aquí, en Inglaterra, hace ya más de treinta años. Se llamaba Juan Galarraga, por entonces un seglar que estudiaba en la Universidad de Londres. Coincidimos en varias ocasiones en el Newman Center, de Portland Square. Cuando me hicieron capellán de la Universidad de Londres le veía con asiduidad y aprendí mucho de él sobre cl Opus Dei.

De modo que cuando la Netherhall, una residencia para estu­diantes, entró en funcionamiento, yo se la recomendaba a los alum­nos. Este fue mi primer contacto con el Opus Dei, y desde entonces he visitado residencias del Opus Dei en todo el mundo.

Creo que estoy en una posición única para hablar sobre lo que se podría llamar la universalidad del espíritu del Opus Dei, ya que he podido comprobar su labor en todo el mundo. Hace algunos años, estando yo en Perú, visité la residencia de la Obra en Lima. Tenía mucho interés en conocer cómo había logrado penetrar en lugares tan remotos y echar raíces en pueblos de orígenes tan dife­rentes. Creo que todo ello fue posible gracias a la genialidad de su fundador Monseñor Escrivá de Balaguer.

Lo que siempre me ha maravillado de las residencias del Opus Dei es su espíritu de civilización; una civilización correcta. No había en ellas gran lujo, sino una modestia con buen gusto; el auténtico cristianismo dentro de la civilización de nuestra era. Todas las residencias son muestra de algo a lo que el Cristianismo, y el Catolicismo en particular, debe aspirar.

Lo que se percibía era un espíritu de familia. Algo que también me maravillaba. Es un espíritu de gran disciplina e integridad per­sonal. El fundador del Opus Dei alcanzó un equilibrio que, a mi modo de ver, es la clase de ejemplo que todos deberían de seguir.

Aún guardo como un tesoro la copia de su libro Camino, que el propio Monseñor Escrivá de Balaguer me dedicó. Me lo regaló a finales de los años 50, aunque, por supuesto, yo ya conocía Camino con anterioridad. Siempre he admirado su sencillez.

Una de las cosas que irradiaba Monseñor Escrivá de Balaguer era una enorme estima por la vida espiritual. Su gran deseo era guiar a las personas de una forma recta y sencilla –de manera bíbli­ca–. En eso se había anticipado a su época.

También se adelantó a su tiempo en cuanto al Concilio Vati­cano II; él postulaba un laicado que participara plenamente en la vida de la Iglesia, siendo contemplativo en la vida privada.

Tenía el espíritu del Vaticano II, y en el difícil período post–conciliar, cuando muchos en la Iglesia atravesaron una etapa de incertidumbre, el Opus Dei reaccionó de una manera que debería servirnos a todos de ejemplo.

Creo que ello se debió a que encontró el equilibrio adecuado entre «aggiornamento» y tradición, siempre con la vista puesta en la trayectoria del mundo actual, con lo que su contribución a la vida de la Iglesia fue enorme. Cuando se escriba la historia de ese período, este hecho deberá ser mencionado, sin duda alguna.

Lo que más recuerdo de Monseñor Escrivá de Balaguer es su alegría. Era un compañero maravilloso. Recuerdo cuando, con oca­sión de una comida, algunos obispos trataron de discutirle algunos puntos y él desarmó todos los argumentos simplemente con la bon­dad que emanaba de su persona. Daba la sensación de querer a todo el mundo y uno no podía evitar corresponder.

Tengo la impresión de haber conocido a una persona muy santa y muy humana. Después de todo, la auténtica santidad se elabora desde la naturaleza que nos ha sido dada por Dios. Dios le engran­deció en todos los aspectos.

Un día, en Roma, me regaló un pequeño y sonriente borriquito, diciéndome: «Ponlo en una repisa de tu estudio. y cada vez que lo mires acuérdate de rezar por mí». Aun lo tengo. Allí está, per­manentemente, en la repisa, y cuando las cosas se complican lo miro y me reconforta.

El burro tenía un significado muy especial para Monseñor Escri­vá de Balaguer; solía llamarse a si mismo «una bestia de carga de Nuestro Señor».

El apostolado que el Opus Dei efectuaba entre los estudiantes universitarios es algo que yo, personalmente, conocí bastante bien. Aunque también he podido comprobar su obra en otras esferas. Por ejemplo Peter Scott y su familia, viejos conocidos de Oxford. Es extraordinario comprobar cómo, en la época actual, cuando la mayoría de las familias padecen el impacto de una sociedad dema­siado permisiva en toda Europa, personas como éstas hayan encon­trado estimulo y fuerza en la Obra del Opus Dei.

Según mi propia experiencia, existe un gran paralelismo entre los miembros de la Obra y los primeros cristianos –personas de diferentes esferas sociales imbuidos por un mismo espíritu y tra­tando de santificar sus distintas actividades–. Era en esto en donde más hincapié hacia Monseñor Escrivá de Balaguer. La noción de apostolado del laicado fue recogida, siguiendo este modelo, en uno de los Decretos del Concilio Vaticano.

Cuando en el futuro alguien reflexione sobre Monseñor Escrivá de Balaguer y su obra, será capaz de valorarlo mucho mejor de lo que podamos hacerlo ahora nosotros. Creo que a través de sus escritos y memorias emergerá la figura de un hombre que tuvo un gran impacto entre todos los cristianos.

Después de su muerte escribí al Santo Padre sobre todo ello. Me gusta pensar que conocí a un santo.

De nuevo en Madrid

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Callejear por el Madrid antiguo es tropezar con las esquinas irregulares de casas y placetas, con la rebelde negativa a cualquier concesión geométrica de trazado; con nombres como Suárez de Toledo, Coallas, Lagos y Lujanes. Todos recuerdan, en la precisión de una bibliografía histórica, la etapa de los Austrias, de la España concreta de Felipe II. La plaza de Puerta Cerrada se esconde ahí, en ese conglomerado castizo y familiar. De ella parte la calle de San justo: el Palacio Episcopal es un encuentro previo, antes de llegar a la casa de Iván de Vargas, donde sirvió como criado San Isidro Labrador, Patrón de la Villa. Remontando el pequeño tramo de esta calle se llega hasta la iglesia, hoy Basílica Pontificia, de San Miguel; fue erigida en el siglo XVIII para la advocación de los Santos justo y Pastor, mártires de Alcalá de Henares. La fachada está decorada por pilastras y hornacinas con estatuas: a la derecha, la Caridad y, a la izquierda, la Fortaleza. Más arriba, la Fe y la Esperanza. Termina con un ático y dos torres que escoltan, en el centro, el escudo con las armas reales. El interior es barroco.

Este lunes, 17 de octubre de 1960, la Basílica Pontificia se viste de gala. Resplandeciente de luz, neutraliza el sol que se filtra por los ventanales. Va a celebrar la Santa Misa, a las doce de la mañana, Monseñor Escrivá de Balaguer. La nave de la iglesia está abarrotada por miembros del Opus Dei.

Cuando el Padre se vuelve después de la lectura del Evangelio, se da cuenta del número de personas que sigue, al unísono, el rito de la celebración. Y habla, emocionado:

«Yo quiero deciros unas palabras en esta iglesia de Madrid, donde tuve la alegría de celebrar la primera misa mía madrileña. Me trajo el Señor aquí con barruntos de nuestra Obra. Yo no podía entonces soñar que vería esta iglesia llena de almas que aman tanto a Jesucristo. Y estoy conmovido. Conmovido, porque os tengo que decir que vosotros y yo hemos de cumplir un mandato divino, maravilloso: primero, en nuestra vida personal; después, influyendo en la vida de los demás, en todos los ambientes del mundo. Porque os tengo que decir que no hay nación (…) donde no haya corazones que vibren como vosotros. Porque os tengo que decir que comienzan a brotar vocaciones como las vuestras y la mía en tierras africanas y asiáticas. Hijos míos, vocación divina he dicho y no he exagerado nada».

El silencio es absoluto. Y las palabras del Padre siguen subrayando aquellas características que los apóstoles querían para los cristianos de la primera hora; especialmente el amor a la propia libertad y el respeto a las opciones legítimas de los demás:

«Yo, con mi libertad, no puedo negar la tuya. Somos libérrimos en lo terreno».

Esta doctrina debe hacerse vida diariamente con quienes nos rodean:

«Que la vean vuestros parientes, vuestros colegas, vuestros vecinos, vuestros amigos (…). Vivid como los demás, sobrenaturalizando cada instante de la jornada. Que contemplen vuestra alegría en el mundo, y así yo estaré orgulloso (…). Pedid por mí»(2).

La víspera, 16 de octubre, ha pasado un rato con las hijas suyas que trabajan en la Administración de la casa de Diego de León. La alegría de su presencia pone alas a este domingo de otoño. Las anima a seguir este camino maravilloso del amor de Dios en medio del mundo santificando el trabajo cotidiano y tratando de atraer a otras personas a Dios:

«Hijas mías, vosotras tenéis que acercaros a vuestras amigas (…), acercaros a ellas saliendo a las encrucijadas del camino, para llamarlas en nombre de Dios (…). Si a ti nadie te hubiera llamado, no estarías aquí (…) con una vocación divina (…). Nos llaman del mundo entero (…); a fines del año próximo hemos de ir a Australia y a Paraguay (…). Sed fieles»(3).

Y queda en el aire de Madrid esta urgencia de andar los caminos de Dios y extender el Opus Dei.

El Padre abandona la capital camino de Aragón. Cuatro días más tarde, recibe el nombramiento de Doctor honoris causa por la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza. Vuelve a oír el rumor del Ebro, a paladear su amor adolescente por esa Virgen chiquita, que sigue erguida en su Santa Capilla de El Pilar.

Al mediodía, ocupan sus puestos en la presidencia las autoridades académicas, militares, eclesiásticas y civiles, siguiendo el protocolo universitario. El resto del Paraninfo se llena de público hasta en sus más insólitos rincones. No falta la representación de su querido Somontano: de Barbastro. También están en el estrado hijos suyos profesores universitarios, hombres del Opus Dei que dedicaron su esfuerzo a los diversos terrenos de las ciencias y de las artes.

A las doce en punto se forma la comitiva. Monseñor Escrivá de Balaguer aparece con la muceta azul de los doctores en Filosofía. El ceremonial irá imponiéndole el birrete, el anillo y la medalla. Habla el Rector:

«Te admito y te incorporo al colegio de doctores de la Universidad de Zaragoza, con todos los honores, libertades, exenciones y privilegios de que gozan y pueden gozar los demás doctores en Filosofía y Letras en la Universidad de Zaragoza y en cualquier lugar del orbe»(4).

El Padre, siguiendo la tradición universitaria, lee un discurso ante el Claustro:

«Vieja y querida Universidad de Zaragoza, cuya memoria viene hoy a mi mente unida a recuerdos imborrables de tiempos ya lejanos. Años transcurridos a la sombra del seminario de San Carlos, camino de mi sacerdocio, desde la tonsura clerical (…) hasta la primera misa, una mañana a muy temprana hora, en la Santa Capilla de la Virgen. Años, también, de estudiante universitario, en la antigua Facultad de Derecho de la plaza de la Magdalena (…).

Siete lustros han pasado ya desde que abandoné las aulas de la Universidad de Zaragoza y las tierras de Aragón en que nací. Largos años que no han conseguido borrar de la mente el recuerdo, ni ahogar en el corazón el afecto por aquella Universidad ni por esta tierra. En la Roma eterna, junto al sepulcro de Pedro, o viajero por todos los caminos de Europa, su memoria ha estado y sigue estando siempre muy presente en mí»(5).

Al día siguiente el Fundador celebra Misa, a las once de la mañana, en la iglesia del Seminario de San Carlos. El retablo está deslumbrante. María Inmaculada preside el gozo de esta fiesta de familia; una gran familia sobrenatural unida alrededor del Padre. La Virgen recuerda en él al joven seminarista que hace años, y desde la tribuna que se abre sobre el altar mayor, pasó horas y noches en la intimidad de su oración.

Se han preparado las mejores galas del Seminario; una alfombra cubre las gradas; el templo se ha llenado por completo: miembros de la Obra, Cooperadores, amigos y familiares se han dado cita en Zaragoza. También hoy se dirige a ellos de un modo afectuoso:

«En esta casa de San Carlos, yo voy a hablar (…) como si estuviéramos solos uno de vosotros y yo (…). Aquí, en este altar, yo me acerqué tembloroso para coger la forma sagrada y dar por primera vez la comunión a mi madre (…). Voy de emoción en emoción. Me conmueve, además, vuestro cariño».

Tiene palabras de agradecimiento para todos cuantos ayudan a la Obra de Dios:

«Aquí hay personas a quienes yo también quiero muchísimo, que cooperan, que colaboran. Colaboran con su oración, con su sacrificio, con sus limosnas, con su trabajo (…), ¡gracias! Gracias en nombre de Jesucristo».

Y, especialmente, se dirige a los padres de miembros del Opus Dei:

«Os doy la enhorabuena porque Jesús ha tomado esos pedazos de vuestro corazón -enteros- para El solo (…). Los tenéis metidos en tantos rincones del mundo, en África, en Asia, en toda Europa, en toda América, desde Canadá hasta la Tierra de Fuego (…). No habéis acabado la misión, tenéis una gran labor que hacer con vuestros hijos, una labor maravillosa, paterna y materna: santificarlos»(6).

El Padre acaba la Misa. Muchas personas esperan por los alrededores, por si cabe la posibilidad de acercarse a saludarle. El Padre rompe todas las barreras y habla, abraza y reconoce a los más próximos. Querría detenerse con cada uno y hacerle partícipe de su afecto. Pero el tiempo urge y esta misma tarde debe abandonar Zaragoza camino de Pamplona.

El día 24 de octubre de 1960, las carreteras de acceso a Pamplona dan paso a centenares de coches. Hay verdaderas caravanas para entrar en la ciudad del Arga. Durante la jornada siguiente, el Estudio General de Navarra va a convertirse en Universidad; Monseñor Escrivá de Balaguer será Gran Canciller de la misma. Y el Ayuntamiento de Pamplona, aprovechando el acontecimiento, hará entrega del título de hijo adoptivo de la ciudad al Fundador del Opus Dei.

El Papa Juan XXIII, que sigue de cerca los caminos apostólicos de la Obra, aprecia a esta Universidad que va a recibir en sus aulas a estudiantes de todo el mundo: asiáticos, africanos, americanos y europeos, en la convivencia fraternal del saber que predica una entidad que se llama, a sí misma, universal.

Al día siguiente, a las once de la mañana, el Arzobispo de Pamplona oficia la Misa del Espíritu Santo en la iglesia Catedral. Más tarde, en el Salón del Museo de la Catedral tiene lugar la inauguración de la Universidad. Está presente el Nuncio Apostólico, una numerosa representación del Episcopado español y una multitud que llena el salón, insuficiente para este público de toda España.

Hoy empieza su aventura humana y científica una entidad de la que el Fundador del Opus Dei dirá:

«El Opus Dei (…) promueve, con el concurso de una gran cantidad de personas que no están asociadas a la Obra -y que muchas veces no son cristianas-, labores corporativas, con las que procura contribuir a resolver tantos problemas como tiene planteados el mundo actual (…).

Las instituciones universitarias (…) son un aspecto más de estas tareas. Los rasgos que las caracterizan pueden resumirse así: educación en la libertad personal y en la responsabilidad también personal (…). Luego, el espíritu de convivencia, sin discriminaciones de ningún tipo (…). Finalmente, el espíritu de humana fraternidad: los talentos propios han de ser puestos al servicio de los demás (…). Las obras corporativas que promueve el Opus Dei, en todo el mundo, están siempre al servicio de todos: porque son un servicio cristiano»(7).

Al caer la noche, el Ayuntamiento enciende sus salones para recibir a Monseñor Escrivá de Balaguer como hijo adoptivo. La plaza, testigo jubiloso de tantos «sanfermines», está abarrotada.Campean los escudos y estandartes de Navarra sobre los balcones. Dentro, la primera Autoridad, lee el acta:

«El Excmo. Ayuntamiento (…), en sesión celebrada el día de hoy, proclamó por unanimidad Hijo Adoptivo al Excmo. y Rvdmo. Monseñor Doctor don José María Escrivá de Balaguer y Albás, Fundador y Presidente General de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y Opus Dei, y Fundador del Estudio General de Navarra, como muestra de cordial admiración y gratitud a tan gran obra, y le rinde homenaje de sincero afecto. Pamplona, 21 de septiembre de 1960»(8).

El Padre está emocionado por las muestras de cariño que se repiten incesantemente. En la plaza, frente al balcón, sigue el bullicio de las gentes que quieren verle. No tiene más remedio que salir y saludar a todos. Muchas veces ha repetido que el trabajo del Opus Dei es callado, silencioso, sin homenajes. Porque tiene sus raíces en el quehacer de cada día, en el sacrificio habitual de quien cumple con su deber. Pero hoy, sus hijos y los amigos que la Obra tiene ya en muchos lugares, le llaman. Desde el balcón les envía ese saludo personal, afectuoso, que le hubiera gustado compartir en la calma de una conversación directa con cada uno.

El Fundador sale de Pamplona al día siguiente, camino de Francia. Le llaman otros lugares a los que hay que llevar, con la urgencia de Cristo, el espíritu del Opus Dei.

Un viaje accidentado

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Es muy breve la ausencia de miembros de la Obra en suelo romano. En los comienzos del año 1946, Salvador Canals vuelve a Italia a bordo de un barco mercante, el Plus Ultra. Y, avanzado el mes de febrero, son don Alvaro del Portillo -ya sacerdote- y José Orlandis los que ponen proa a Levante en un barco que cubre la ruta Barcelona-Génova: el J.J. Sister. Traen cartas comendaticias de sesenta Obispos españoles que acompañan la solicitud del Decretum laudis de la Santa Sede para el Opus Dei.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Pío XII no realizó ningún nombramiento cardenalicio. El Colegio -que entonces contaba con setenta miembros- se ha ido despoblando en el transcurso de los años, y en 1945 tiene treinta y dos vacantes. Su Santidad cubrirá todos los puestos. Esta creación de Cardenales romperá la tradición, vigente desde hace siglos, de que los italianos tengan mayoría absoluta. Pío XII nombrará veintiocho Cardenales extranjeros y sólo cuatro italianos. La universalidad de la Iglesia se manifiesta así de un modo más patente.

Don Alvaro del Portillo se propone llegar a Roma antes de que los recién nombrados Cardenales abandonen Italia. Hay entre ellos quienes conocen el espíritu del Opus Dei. Y quiere recoger algunas cartas comendaticias para unirlas a la documentación que solicita el Decretum laudis.

A las seis de la tarde del 26 de febrero, atraca en Génova el J.J. Sister. En el puerto está Salvador Canals aguardando, con un viejo coche alquilado, ya que las comunicaciones son casi impracticables por la destrucción bélica reciente. La urgencia empuja a don Alvaro del Portillo hacia Roma; y por eso, sin mediar descanso, se lanzan a una noche entera de carretera. Es muy tarde y existe un cierto riesgo, ya que por el paso del Bracco pululan bandas armadas de bandoleros -residuos de la última contienda- que asaltan a los viajeros no escoltados por unidades del ejército. Pero no hay tiempo de alcanzar algún convoy de protección. Y emprenden el viaje que ha de atravesar el Apenino ligur, cubierto de bosques.

Ningún contratiempo les saldrá al paso, a excepción de los procedentes del viejo Fiat 1500 en el que ruedan. Primero será el delco, luego el encendido, más de un pinchazo y, al fin, una lluvia persistente que les bloquea. Ya de madrugada consiguen llegar a Pisa. Y aquí, en una iglesia pequeña, don Alvaro del Portillo celebra la primera Misa de un sacerdote del Opus Dei en Italia. Son las doce de la noche -veinticuatro horas más tarde- cuando ¡al fin! el Fiat enfila las calles de Roma.

A pesar de este retraso, don Alvaro conseguirá cartas comendaticias de varios Cardenales: Ruffini, Arzobispo de Palermo; Caggiano, Obispo de Rosario (Argentina); Gouveia, Arzobispo de Lourenco Marques (Mozambique); Frings, Arzobispo de Colonia…

En Roma, Salvador Canals ha logrado, a través del Cónsul de España, Mario Ponce de León, alquilar un piso amueblado en buenas condiciones. La entrada se abre al Corso del Rinascimento, pero todos los balcones se asoman a la belleza de la Piazza Navona. Allí, frente a los grupos escultóricos de Bernini que representan la fecundidad y los grandes ríos del mundo, se instala el primer sagrario de la Obra en Roma. Un mueble pequeño, de madera oscura, sirve como mesa de altar. Dos candeleros bajos; el Crucifijo presidiendo. Cubre la pared frontal un tapiz que han comprado a un anticuario de Nápoles. En el ángulo superior izquierdo, una lámpara de brazos.

Esta casa les acogerá un breve tiempo: desde febrero a junio de 1946. Durante estos meses, don Alvaro celebrará diariamente la Santa Misa en este oratorio y rezarán, unidos a su ofertorio, por el reconocimiento jurídico que la Obra desea para desbordarse, con la bendición de la Iglesia, por todos los caminos del mundo.

Aquí, en este suelo fértil por la sangre y la palabra de los Apóstoles, por la presencia constante del Vicario de Cristo entre los hombres, ha de prender pronto la semilla de la Obra.

Pero la gestión no va a ser fácil. Plantear un nuevo camino a las Congregaciones de la Curia Romana será una empresa ardua. Desde el primer momento se presentarán obstáculos y dificultades que parecen conducir hasta un callejón sin salida.

Nuevos centros y actividades de formación

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El Opus Dei pronto dejó pequeña la residencia de la calle Jenner. Algunos que ya habían terminado sus estudios y empezado a trabajar se trasladaron en otoño de 1940 a un nuevo centro en la calle Martínez Campos. Entre ellos se contaban Jiménez Vargas, Fernández Vallespín, Botella, Rodríguez Casado y Múzquiz. El piso sirvió de base para actividades con jóvenes profesionales, muchos de los cuales se habían casado hacía poco. También era la sede de la Sociedad de Cooperación Intelectual (SOCOIN) que patrocinaba las actividades culturales y educativas que se organizaban

Por esa misma época, un grupo de miembros de la Obra se trasladó a una elegante casa con un pequeño jardín en la esquina de las calles de Lagasca y Diego de León, en el barrio de Salamanca. Este nuevo local serviría de sede central de la Obra y de centro de formación para las vocaciones recientes. La primera ola de residentes se redujo a Escrivá y su familia, del Portillo, Zorzano y José Orlandis, joven historiador que pidió la admisión al Opus Dei en Valencia al término de la la Guerra Civil. Escrivá celebró la primera Misa en Lagasca, como llamaron al nuevo centro, en la Nochebuena de 1940. Pocos meses después el obispo de Vitoria, Javier Lauzurica, dejó reservado por primera vez el Santísimo Sacramento en el sagrario del oratorio.

Los jóvenes que por entonces habían pedido la admisión a la Obra en Valencia, Zaragoza y Valladolid pasaron en Madrid unos días de formación más intensa en la primavera de 1941. Aprovecharon que los residentes habían salido de Madrid para pasar la Semana Santa con sus familias y habían dejado sitio en Jenner. A diario, Escrivá predicaba una meditación antes de la Misa. En las tertulias de después de las comidas, se mezclaban la conversación sobre acontecimientos del día, anécdotas de las actividades apostólicas en Madrid y otros lugares, comentarios sobre el espíritu del Opus Dei, canciones y bromas. Los “mayores” de la Obra (del Portillo, Zorzano, Jiménez Vargas, Casciaro y Botella), que tenían alrededor de treinta años, daban las clases sobre el espíritu y el apostolado de la Obra. En los tiempos entre clases, los participantes solían estudiar los textos mecanografiados de las “Instrucciones” que Escrivá había redactado antes de la Guerra Civil. Cada tarde, salían unas horas a hacer deporte o dar una vuelta por Madrid. Esta primera Semana de Estudio –así se llamó– fue precursora de futuros cursos en los que los fieles de la Obra estudiarían Teología y el espíritu del Opus Dei en un ambiente de familia.

Los miembros del Opus Dei estudian Filosofía, Teología y doctrina católica durante toda la vida. Para acelerar su formación, los numerarios normalmente pasan varios años en un centro de estudios donde se dedican más intensamente a esas materias, sin abandonar sus actividades profesionales o los estudios civiles. En otoño de 1941, el Opus Dei abrió su primer centro de estudios en el piso superior de Lagasca, en la parte de la casa que los antiguos propietarios habían reservado para el personal de servicio. Casciaro fue el primer director. Escrivá consiguió que prestigiosos profesores se ocuparan de las clases de Filosofía y Teología. La formación en el espíritu del Opus Dei la impartió el propio Escrivá, ayudado por Casciaro y los demás mayores. Para entonces, el centro de Martínez Campos se trasladó a una nueva sede y se abrió otro para la gente que ya había terminado los estudios universitarios, con lo que en octubre de 1941 el Opus Dei ya contaba con cuatro casas en Madrid.

Escondidos en el bosque de Rialp

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Su guía, Mateo el Lechero, restableció el contacto el 16 de noviembre de 1937, y les dijo que todo estaba preparado para el 19. Tomarían un autobús hacia un punto que se encontraba a unos 100 kilómetros al noroeste de Barcelona. Allí empezaría su intento de alcanzar Andorra.

Para el primer tramo se dividieron en tres grupos. Escrivá, Albareda y Jiménez Vargas, que eran suficientemente mayores para no levantar demasiadas sospechas, partirían el 19 y tomarían el autobús hasta Oliana, un pueblo a 40 kilómetros de Andorra en línea recta. Casciaro, Botella y Fisac, que estaban en edad militar, y por tanto corrían más riesgo de ser interrogados, tomarían el mismo autobús, pero se bajarían en Sanahuja, a unos 15 kilómetros de Oliana. Seguirían camino campo a través para evitar el control de Basella, ya que allí, debido a la proximidad de Andorra, sus documentos serían rigurosamente inspeccionados. Alvira y Sainz se unirían dos días después para evitar que viajaran juntas demasiadas personas en edad militar, lo cual también habría sido sospechoso.

Escrivá, Albareda y Jiménez Vargas llegaron a Oliana sin problemas. Allí les recogió Antonio Bach Pallarés, un relojero que también era secretario del pueblo, cartero y sacristán de la parroquia. Les condujo a Peramola, a una hora de camino, donde pasarían la noche en un pajar propiedad del alcalde.

El plan previsto era que Casciaro, Botella y Fisac se les unieran una horas después en el granero, pero cuando, poco antes del alba, Bach regresó con su hijo Paco, de 14 años, los tres jóvenes aún no habían llegado. Bach intentó tranquilizar a Escrivá asegurándole que llegarían pronto, pero insistió en que él y sus compañeros debían partir antes de que se hiciera de día. Al amanecer todavía no habían llegado, así que Escrivá dejó una nota esperanzadora, en la que pedía a Casciaro que realizara un dibujo a lápiz de Paco, como prueba de agradecimiento. Partieron hacia Vilaró, a unos 5 kilómetros de distancia. Allí les salió al encuentro Pere Sala, de cincuenta años, con una escopeta de cazador al hombro. Escrivá celebró Misa inmediatamente, a la que asistió la familia de Sala.

Las horas pasaban y Escrivá, Albareda y Jiménez Vargas estaban muy preocupados por la suerte de Casciaro, Botella y Fisac. Hasta la mañana siguiente no supieron que habían alcanzado Peramola la noche anterior y que se les unirían ese día. Escrivá continuó ayunando para poder decir Misa para ellos tan pronto como llegaran.

Se reunieron el 21 de noviembre a mediodía y relataron su aventura. El plan consistió en que uno de ellos llevaría un periódico y murmuraría una contraseña acordada con su guía en Sanahuja. Casciaro, el que se suponía que tenía que decir la contraseña, estaba tan nervioso que empezó a tartamudear y no podía pronunciarla. Cuando finalmente lo hizo, un joven pelirrojo se puso a su altura y, sin mirarle, les dijo en un susurro que le siguieran. Después de caminar por la carretera un rato, se metió en la espesura y ellos fueron detrás. Cuando trataron de comunicarse con él, descubrieron que no hablaba castellano ni catalán.

Se lanzaron campo a través alrededor de las tres de la tarde y tendrían que haber llegado a Peramola al anochecer. A medianoche la ciudad no estaba a la vista y el guía estaba irremediablemente perdido. Botella trató de ayudarle a reencontrar el camino, señalando por dónde se había puesto el sol. Tras más de veinticuatro horas de camino a través de los bosques, encontraron el granero de Peramola. Durmieron durante unas horas y continuaron su camino hasta la granja de Sala en Vilaró.

Casciaro, Botella y Fisac, junto a Escrivá, Albareda y Jiménez Vargas, pasaron la noche del 12 de noviembre de 1937 en lo que había sido la rectoría de la parroquia de Pallerols, a dos o tres kilómetros de Vilaró. Ambas, la iglesia y la rectoría, habían sido saqueadas. Su guía les instaló en una pequeña habitación del piso de arriba que tenía la ventana tapiada y el suelo cubierto de paja.

A la luz vacilante de una vela, Casciaro vio en la cara de Escrivá una expresión tan ansiosa y abatida como nunca desde que le conocía. Escrivá y Jiménez Vargas discutían en voz baja, pero apasionadamente. Botella estaba más cerca y pudo oír parte de la conversación. Le dijo a Casciaro que Escrivá se sentía incapaz de seguir adelante al pensar en los peligros que estaban pasando los miembros de la Obra en Madrid y que quería volver a la capital.

Escrivá pasó la noche en oración, llorando silenciosamente, roto, debatiéndose entre la necesidad de libertad para ejercer el ministerio sacerdotal y llevar adelante el Opus Dei y el pensamiento de que debía compartir el destino de los miembros de la Obra y los de su propia familia que permanecían en Madrid. Sumido en esta tremenda prueba interior hizo algo que nunca antes había hecho: pedir un signo extraordinario para resolver su dilema. Movido por su devoción a la Virgen María, a la que se invoca como Rosa Mística, le pidió que le diera una rosa de madera estofada si Dios quería que siguiese en su intento de cruzar a la otra zona de España.

Cuando despertaron a la mañana siguiente y comenzaron a prepararse para la Misa, Escrivá continuaba muy preocupado. Durante la noche, en su discusión, Jiménez Vargas le había dicho: “A usted le llevamos al otro lado, vivo o muerto”[1]. Esa mañana, ni Jiménez Vargas ni nadie dijo una palabra. Escrivá dejó la habitación en solitario, probablemente para rezar en la destrozada iglesia. Al regresar era otro, su cara estaba radiante de felicidad y de paz. En su mano sostenía una rosa de madera estofada. En 1936 los milicianos habían saqueado la iglesia y quemado el retablo. La rosa, que probablemente había formado parte del marco de rosas alrededor de la imagen de Nuestra Señora del Rosario, había sobrevivido. Escrivá lo entendió como la señal del cielo que había solicitado.

Escrivá raramente hablaba de este suceso. Cuando se le preguntaba por la rosa, normalmente cambiaba el tema de conversación o se limitaba a comentar que la Virgen es la Rosa Mística. Del Portillo, su más estrecho colaborador y primer sucesor, explicó por qué Escrivá no solía hablar sobre esta u otras gracias extraordinarias que había recibido: “En primer lugar, por humildad, porque era el protagonista de estos hechos, el que recibía esas gracias, esos mimos de Dios, de los que ha habido muchos en la historia de la Obra. Y, por otra parte, no le interesaba divulgar ni entre sus hijos estas caricias del Señor, para que todos nosotros supiésemos y viésemos que hay que hacer el Opus Dei no por ‘milagrerías’, sino porque es Voluntad de Dios”[2].

Después de la Misa, apareció Sala con Alvira y Sainz, que habían salido de Barcelona dos días después que los demás y habían realizado el viaje sin ningún incidente. El grupo ya estaba al completo. Sala les condujo tres o cuatro kilómetros a través del denso bosque de Rialp. Allí se esconderían mientras los guías terminaban de reunir a un grupo más amplio con los que intentarían cruzar los Pirineos hacia Andorra. Llegaron hasta un refugio, parcialmente excavado en la tierra y techado con troncos y ramas. Lo llamaron “La cabaña de San Rafael”, en honor al Arcángel al que se encomienda el apostolado del Opus Dei con la juventud. Ahí estarían relativamente seguros. El bosque era espeso y por allí paraban muchos refugiados, algunos de los cuales iban armados, así que las patrullas de milicianos rara vez entraban.

De lo que el bosque carecía, no obstante, era de comodidades. La comida continuaba siendo escasa y, a finales de noviembre, el aire era frío y húmedo. Sala les había provisto de una delgada manta de algodón por cada dos refugiados. La primera noche encendieron un fuego, pero, como debían ocultar su posición, lo hicieron dentro de la pequeña cabaña, que pronto se llenó de humo. Prefirieron, en vez de eso, afrontar el frío. Para terminar de empeorar las cosas, también descubrieron que los anteriores inquilinos habían dejado el lugar lleno de piojos.

Como había hecho en la Legación de Honduras y en Barcelona, Escrivá elaboró un horario completo que incluía Misa, oración mental, Rosario y otras prácticas de piedad; caminatas para mantener la forma física, clases impartidas por algunos de ellos, tertulias y tiempo para la limpieza de la cabaña. Una persona estaba a cargo de la leña, otra de llevar un diario, y una tercera de tener en orden la cabaña. Casciaro escribe que en ese tiempo “no llegué a entender por qué empleábamos tanto tiempo en el aseo de nuestra cabaña y sus alrededores; por qué nos afanábamos tanto en mantener tan pocas cosas en tan meticuloso orden y, en general, por qué estábamos tan atareados en ocupaciones que, a veces, me parecieron innecesarias”[3]. La razón principal residía en el que espíritu del Opus Dei exige aprovechar bien el tiempo y cuidar los detalles pequeños por amor a Dios, como medios de crecer en santidad. Pero Escrivá también insistía en estas cosas para tener a todos ocupados, y así evitar la impaciencia, la pereza y el descorazonamiento que podía haberles invadido fácilmente mientras los días pasaban sin una idea clara de cuánto tiempo deberían permanecer escondidos en el bosque.

En las tertulias, Escrivá no hablaba de la marcha que les aguardaba, sino del futuro crecimiento de la Obra, de su expansión a otras ciudades de España y del mundo, y de las actividades apostólicas que promovería. “Soñad”, les decía, “y os quedaréis cortos”. El contraste entre la grandiosa visión de futuro de Escrivá y su situación de fugitivos en medio de un bosque difícilmente podría haber sido más claro. Sin embargo, Jiménez Vargas recordaría más tarde que lo que Escrivá proponía les llegaba, no como un sueño, sino como planes realistas para empresas específicas, por arriesgadas u optimistas que parecieran.

El grupo pasó una semana en el bosque. El invierno se acercaba y con él la probabilidad de encontrar nieve en mayores altitudes. Esto les preocupaba en gran medida. La nieve podía hacerles más visibles y dificultar mucho la marcha. Ninguno de ellos estaba físicamente preparado para la prueba. Desde el comienzo de la guerra, Escrivá había perdido mucho peso y su condición física en general se había deteriorado considerablemente. Las bajas temperaturas podían desencadenar otro ataque de reumatismo como el que le había dejado incapacitado durante casi dos semanas un año antes, cuando estaba escondido en la clínica del doctor Suils.

Ninguno tenía equipo adecuado para caminar por la montaña en ninguna época del año y mucho menos en invierno. Jiménez Vargas había comprado a Escrivá un par de botas de suela de goma que parecían apropiadas, pero que luego demostraron no serlo. Los demás calzaban alpargatas. El resto de la ropa no era mucho mejor.

En la noche del 27 de noviembre de 1937 apareció Sala, no con el estofado de ardilla que esperaban para la cena, sino con la orden de hacer el equipaje y partir. Había llegado el momento de salir del bosque hacia la frontera con Andorra.

[1] AGP P03 1982 p. 24

[2] Ibid. p. 28

[3] Ibid. p. 134

El tono de la academia

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De acuerdo con el espíritu del Opus Dei, la academia fue registrada, ante las autoridades civiles y religiosas, como un centro de educación creado por un grupo de laicos interesados por la educación, en pleno ejercicio de sus derechos como ciudadanos, no como centro promovido por la Iglesia. Escrivá era capellán de DYA, no su director. Éste sería el modelo característico de las actividades organizadas por miembros del Opus Dei en el futuro: los laicos dirigirían y serían responsables de las actividades culturales y educativas de los centros, y los sacerdotes se limitarían a la labor de capellanes.

En España por aquellos años era habitual que los católicos utilizaran nombres religiosos para designar actividades seculares. Muchos negocios sin particular relación con la Iglesia o las órdenes religiosas tenían nombres como Pastelería Santa Bárbara o Panadería San Pablo. Las iniciales DYA, aunque recordaban a Escrivá y a los demás miembros de la Obra la divisa “Dios y Audacia”, significaban “Derecho y Arquitectura”.

En algunas ocasiones, cuando hablaban entre ellos, los jóvenes que estaban vivamente implicados en las actividades apostólicas del Opus Dei llamaban a aquel piso “La Casa del Ángel de la Guarda”. Aquel primer piso de la calle Luchana, otros que fueron alquilados en la calle Ferraz de Madrid y un centro establecido en Burgos durante la Guerra Civil fueron los únicos centros del Opus Dei a los que los miembros de la Obra se hayan referido alguna vez, ni siquiera entre ellos mismos, con un nombre que tuviera connotación religiosa. Desde 1938 lo normal es que los centros y actividades del Opus Dei tengan nombres sin connotación religiosa, a menudo tomados de la calles en las que están situados, o de alguna característica geográfica local. Los edificios que albergan la sede central del Opus Dei en Roma, por ejemplo, se conocen con el nombre de Villa Tevere, por el río Tiber que fluye a unas pocas manzanas de allí.

A comienzos de diciembre, se trasladaron al piso de la calle Luchana los pocos muebles que Escrivá y los otros habían logrado reunir. Los miembros de la Obra, sus amigos y estudiantes que tenían dirección espiritual con Escrivá se dedicaron a limpiar, decorar y preparar el inmueble para su nueva función de academia. No podía ser de otra forma, ya que no tenían dinero para contratar personal de limpieza. En cualquier caso, Escrivá aprovechó la oportunidad para implicar personalmente a los jóvenes en el proyecto. Era preciso que quienes recibían formación en la obra de San Rafael, a los que llamaba chicos de San Rafael, sintieran el centro como propio: no solamente como una academia, sino como su casa.

Escrivá animaba a los que participaban en actividades del Opus Dei a responsabilizarse del apostolado de la Obra. Insistía en que la labor que se realizaba en DYA no era sólo un asunto de interés local, sino algo de alcance universal. Por ejemplo, en su primera conversación con un estudiante le dijo que hacía falta una gran confianza en Dios y audacia sobrenatural para extender el apostolado de la Obra. Subrayó la importancia de aprender lenguas extranjeras para extender la Obra a otros países. Y aunque era el primer contacto de este estudiante con el Opus Dei, le conmovió tanto la fe de Escrivá en la expansión de la Obra que preguntó qué idioma debería estudiar: “-Mira, me contestó, ya hay algunos que estudian alemán, japonés… Pero no hay ninguno que estudie ruso. Si quieres, puedes estudiar ruso”[1]. Tan contagioso era el celo de Josemaría Escrivá y tan grande su seguridad en la futura expansión de la Obra, que aquel estudiante compró un diccionario de ruso y empezó a estudiar. Ni siquiera se planteó la inutilidad de aprender ese idioma cuando aquél país estaba en manos comunistas.

Los miembros de la Obra intentaban dar un aire cálido y acogedor a la academia, y a menudo llevaban objetos o muebles de sus casas. Escrivá llevó tantas cosas de la casa de su familia, que su joven hermano le preguntaba cuando le veía salir de casa: “¿Qué te llevas hoy para tu nido?”. El tono de la academia DYA no era ni el de una chabola, ni el de un monasterio, ni siquiera el de un centro educativo más. Más bien, recordaba el ambiente de un hogar de familia de clase media con pocos recursos, pero buen gusto.

En la salita donde Escrivá recibía visitas se hizo alguna excepción a la regla. Estaba decorada con sobriedad y sencillez. Encima del escritorio había una calavera a la que, divertido, llamaba “la pelona” y en la pared una gran cruz sin crucificado. En los centros que se abrirían más adelante no habría cosas como la calavera. Pero la cruz sin Cristo seguiría siendo una característica de los centros del Opus Dei, aunque se trasladaría a los oratorios. Serviría para recordar a los que allí rezaran que la cruz “está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú”[2].

[1] AGP P01 1983 p. 835

[2] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 178

Infancia espiritual

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En Escrivá, el sentido de la filiación divina, el fundamento del espíritu del Opus Dei, estaba estrechamente unido con una actitud espiritual de saberse un niño pequeño a los ojos de Dios. Había leído la “Historia de un alma”, de Santa Teresa de Lisieux, conocida como la “Florecilla”. Además, Mercedes Reyna, una de las Damas Apostólicas, le había dado a conocer aspectos del espíritu de la “Florecilla”, como la idea de “ocultarse y desaparecer” para dar toda la gloria a Dios. Con todo, Escrivá fechaba su descubrimiento del camino de infancia espiritual en el tercer aniversario de la fundación del Opus Dei, el 2 de octubre de 1931, fiesta de los Santos Ángeles Custodios y víspera de la fiesta de la “Florecilla”.

Aquel día, en palabras de Escrivá, “me tomó Teresita y me llevó, con Mercedes, por María, mi Madre y Señora, al Amor de Jesús”[1]. Sus notas sobre la naturaleza exacta de la experiencia son muy parcas, pero nos dan una idea de su esencia: “Le eché piropos y le dije que me enseñe a amar a Jesús, siquiera, siquiera, como le ama él. Indudablemente Santa Teresita (…) quiso anticiparme algo por su fiesta y logró de mi Ángel Custodio que me enseñara hoy a hacer oración de infancia. ¡Qué cosas más pueriles le dije a mi Señor! Con la confiada confianza de un niño que habla al Amigo Grande, de cuyo amor está seguro: Que yo viva sólo para tu Obra —le pedí—, que yo viva sólo para tu Gloria, que yo viva sólo para tu Amor (…). Recordé y reconocí lealmente que todo lo hago mal: eso, Jesús mío, no puede llamarte la atención: es imposible que yo haga nada a derechas. Ayúdame Tú, hazlo Tú por mí y verás qué bien sale. Luego, audazmente y sin apartarme de la verdad, te digo: empápame, emborráchame de tu Espíritu y así haré tu Voluntad. Quiero hacerla. Si no la hago es… que no me ayudas”[2].

Poco después vio una imagen de Jesús Niño, como un pequeño con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos medio cerrados. Se sintió profundamente conmovido por la imagen y la besó tanto que decía, “me lo he comido a besos y … de buena gana lo hubiera robado”[3]. En las siguientes semanas, su devoción a Jesús Niño creció con brincos: “El Niño Jesús, !cómo me ha entrado esta devoción, desde que vi al ‘grandísimo Ladrón’, que mis monjas guardan en la portería de su clausura! Jesús Niño, Jesús-adolescente: me gusta verte así, Señor, porque… me atrevo a más. Me gusta verte chiquitín, como desamparado, para hacerme la ilusión de que me necesitas”[4].

Un elemento importante en la vida de infancia de Escrivá era la participación en las escenas del Evangelio que él contemplaba, al rezar el Rosario o meditar pasajes del Evangelio. Un día de la novena a la Inmaculada Concepción del año 1931, después de la Misa, escribió de un tirón una serie de consideraciones sobre los misterios del Rosario que más tarde sería publicado con el título “Santo Rosario.” En la introducción explicaba que su objetivo era revelar a aquellos que querían servir a Dios de verdad el “secreto que puede muy bien ser el comienzo de ese camino por donde Cristo quiere que anden”:

“Amigo mío: si tienes deseos de ser grande, hazte pequeño.

Ser pequeño exige creer como creen los niños, amar como aman los niños, abandonarse como se abandonan los niños…, rezar como rezan los niños.

Y todo esto junto es preciso para llevar a la práctica lo que voy a descubrirte en estas líneas:

El principio del camino que tiene por final la completa locura por Jesús, es un confiado amor hacia María Santísima.

–¿Quieres amar a la Virgen? –Pues, ¡trátala! ¿Cómo? –Rezando bien el Rosario de nuestra Señora.

Pero, en el Rosario… ¡decimos siempre lo mismo! –¿Siempre lo mismo? ¿Y no se dicen siempre lo mismo los que se aman?… ¿Acaso no habrá monotonía en tu Rosario, porque en lugar de pronunciar palabras como hombre, emites sonidos como animal, estando tu pensamiento muy lejos de Dios? –Además, mira: antes de cada decena, se indica el misterio que se va a contemplar –Tú… ¿has contemplado alguna vez estos misterios?

Hazte pequeño. Ven conmigo y –este es el nervio de mi confidencia– viviremos la vida de Jesús, María y José.

Cada día les prestaremos un nuevo servicio. Oiremos sus pláticas de familia. Veremos crecer al Mesías. Admiraremos sus treinta años de oscuridad… Asistiremos a su Pasión y Muerte… Nos pasmaremos ante la gloria de su Resurrección… En una palabra: contemplaremos, locos de Amor (no hay más amor que el Amor), todos y cada uno de los instantes de Cristo Jesús”[5].

Un ejemplo de esta vida de infancia espiritual se encuentra en las anotaciones que hizo durante su oración el 28 de diciembre de 1931. Ese día era la fiesta de los Santos Inocentes. Cuando visitó el convento de Santa Isabel se enteró de que aquel día las monjas acostumbraban a que una novicia hiciera de priora y la monja más joven de subpriora y dieran órdenes a las monjas mayores. Pensando en ello Escrivá apuntó:

“Niño: tú eres el último burro, digo el último gato de los amadores de Jesús. A ti te toca, por derecho propio, mandar en el Cielo. Suelta esa imaginación, deja que tu corazón se desate también… Yo quiero que Jesús me indulte… del todo. Que todas las ánimas benditas del purgatorio, purificadas en menos de un segundo, suban a gozar de nuestro Dios…, porque hoy hago yo sus veces. Quiero… reñir a unos Ángeles Custodios que yo sé —de broma, ¿eh?, aunque también un poco de veras— y les mando que obedezcan, así, que obedezcan al borrico de Jesús en cosas que son para toda la gloria de nuestro Rey‑Cristo. Y después de mandar mucho, mucho, le diría a mi Madre Santa María: Señora, ni por juego quiero que dejes de ser la Dueña y Emperadora de todo lo creado. Entonces Ella me besaría en la frente, quedándome, por señal de tal merced, un gran lucero encima de los ojos. Y, con esta nueva luz, vería a todos los hijos de Dios que serán hasta el fin del mundo, peleando las peleas del Señor, siempre vencedores con Él… y oiría una voz más que celestial, como rumor de muchas aguas y estampido de un gran trueno, suave, a pesar de su intensidad, como el sonar de muchas cítaras tocadas acordemente por un número de músicos infinito, diciendo: ¡queremos que reine! ¡para Dios toda la gloria! ¡Todos, con Pedro, a Jesús por María!…

Y antes de que este día asombroso llegue al final, ¡oh, Jesús —le diré— quiero ser una hoguera de locura de Amor! Quiero que mi presencia sola sea bastante para encender al mundo, en muchos kilómetros a la redonda, con incendio inextinguible. Quiero saber que soy tuyo. Después, venga Cruz: nunca tendré miedo a la expiación… Sufrir y amar. Amar y sufrir. ¡Magnífico camino! Sufrir, amar y creer: fe y amor. Fe de Pedro. Amor de Juan. Celo de Pablo. Aún quedan al borrico tres minutos de endiosamiento, buen Jesús, y manda… que le des más Celo que a Pablo, más Amor que a Juan, más Fe que a Pedro: El último deseo: Jesús, que nunca me falte la Santa Cruz”[6].

Escrivá sacó gran provecho de la práctica de la infancia espiritual. A comienzos de 1932 empezó a leer atentamente los libros que tuvieran este enfoque, especialmente la “Historia de un alma”, de Santa Teresa de Lisieux. Pero, al contrario que el sentido de la filiación divina, no consideró que la infancia espiritual fuera un camino necesario para todos los miembros del Opus Dei. Dirigirse a Dios como niños pequeños es un modo maravilloso de tratarlo, pero no es el único modo posible. A comienzos de 1932 Escrivá se dio cuenta de que los miembros de la Obra podían familiarizarse con el camino de infancia espiritual, pero que no todos tenían que seguirlo.

[1] Ibid. p. 415, nota 206

[2] Ibid. p. 405

[3] Ibid. p. 406

[4] Ibid. p. 407

[5] Josemaría Escrivá de Balaguer. SANTO ROSARIO. Ediciones Rialp. Madrid, 2001. Introducción

[6] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 413-414

Seguir caminando

D. Álvaro  Tagged , , , , , , No Comments »

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Las primeras declaraciones de Monseñor Álvaro del Portillo, elegido en Roma por unanimidad en la primera votación, el 15 de septiembre de 1975, para suceder a Monseñor Escrivá de Balaguer fueron estas:

«¿Qué hará ahora el Opus Dei? Seguir caminando: hacer lo que hemos hecho siempre, también desde que el Señor se llevó consigo a nuestro Fundador. Seguir caminando con el espíritu que él nos ha dejado definitivamente establecido, inequívoco.

»El espíritu del Opus Dei nos ha enseñado a vivir todas las realidades humanas nobles, a tratar todas las cosas de la tierra que los hombres aman limpia y rectamente, con sentido cristiano, de cara a Dios, ejercitando la fe, la esperanza y la caridad. Por eso, la familia, el trabajo profesional, los derechos y deberes propios de la vida social: en una palabra, todo lo que forma parte de la vida ordinaria de la persona, puede ser santificado y así, en esa medida, es acogido por el espíritu del Opus Dei, que a nadie saca de su sitio y en nada violenta las realidades naturales y la autonomía personal de cada uno. Monseñor Escrivá de Balaguer, al darnos este espíritu, nos ha engendrado a esta nueva dimensión de nuestra vida, de servicio generoso, alegre y constante a la Iglesia, al Papa –el Vicecristo, como gustaba llamarle el Fundador–, a los obispos y a todos los hombres. Nueva dimensión que cada uno realiza en su propia vida, con la gracia de Dios y su propio esfuerzo, con su propia responsabilidad. Somos una familia de vínculos sobrenaturales, espirituales, en la que cada uno goza de la más amplia libertad personal con todo el amplísimo campo de las cosas temporales, sin otros límites que los de la fe y de la moral cristiana, tal como las propone el Magisterio de la Iglesia: por ejemplo, ahora a la luz de las enseñanzas del Concilio Vaticano II.

»En el Opus Dei no hay vértice ni base: todos somos igualmente hijos de nuestro Fundador, quien nos ha enseñado a poner a Cristo en la propia vida, y que ha dado para siempre a nuestra institución el carácter sencillo y cordial de una familia bien avenida.

»El trabajo que los miembros del Opus Dei desarrollan en todos los ambientes familiares, profesionales, sociales, es la ocasión normal y propicia del encuentro amistoso con sus iguales, y por eso, para hablarles de Dios con el testimonio de la propia vida.

»Nos llegan continuamente palabras de agradecimiento a nuestro Fundador, que, con su vida y su doctrina, ha llenado de luz cristiana el corazón de muchísimas personas, llevándolas al amor de Dios. Esto es lo que nos proponemos seguir haciendo los hijos de Monseñor Escrivá de Balaguer, con la mayor fidelidad posible y siempre, en todo momento, en la pequeña realidad cotidiana de cada uno».

Creo que no se podía expresar de mejor modo la continuidad del Opus Dei en el espíritu que le imprimió su Fundador.

El espíritu de la residencia Jenner

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Una parte importante del espíritu del Opus Dei se reflejaba en la conciencia de pertenecer a una familia cristiana, unida no sólo por vínculos sobrenaturales, sino también por lazos de calor humano. La presencia de la madre y hermana de Escrivá y su trabajo para crear un ambiente familiar en la residencia contribuyeron en buena medida a inculcar ese sentido a la gente de la Obra.

Recordando su experiencia en Jenner, los miembros del Opus Dei destacan sobre todo el ambiente de alegría y optimismo que reinaba. Uno de ellos apunta que “el rasgo dominante de aquel período fue la alegría, con sus naturales secuelas de buen humor y optimismo. (…) Es cierto que hubo obstáculos de no pequeña entidad. (…) Pero no hubo dificultad o contradicción -aunque algunas fuesen penosas e increíbles-, que consiguiera turbar la atmósfera de luz, confianza y seguridad en el camino que impregnaba el ambiente de los centros de la Obra y la vida personal de los miembros”[1].

La residencia también se caracterizaba por su espíritu de libertad. Un chico de Valencia que iba a empezar sus estudios en la Universidad de Madrid solicitó una plaza en la residencia en septiembre de 1940. Su padre, que le acompañaba, contó a Escrivá que buscaba un lugar seguro donde las idas y venidas de su hijo pudieran ser supervisadas. A medida que el padre del joven se explicaba, la cordial sonrisa de Escrivá se tornó en una expresión seria: “Se han confundido ustedes de puerta. En esta residencia no se vigila a nadie. Se procura ayudar a los residentes a ser buenos cristianos y buenos ciudadanos, hombres libres que sepan formar criterio y cargar con la responsabilidad de sus propias acciones. En esta casa se ama mucho la libertad y el que no sea capaz de vivirla y de respetar la de los demás no cabe entre nosotros”[2].

Como en la residencia DYA antes de la guerra, los miembros de la Obra hablaban a sus compañeros residentes de tomar sus carreras muy en serio y de estudiar diligentemente. Muchos estudiantes que iban por primera vez a Jenner se asombraban del silencio y del ambiente de concentración que había en la sala de estudio. Los que volvían pronto entendían que los residentes no eran simplemente unos buenos estudiantes, sino que estaban animados por el mensaje del Opus Dei; la llamada a santificarse en el cumplimiento de sus deberes profesionales –en su caso, el deber de estudiar- y el deseo de hacer la Voluntad de Dios trabajando lo mejor que podían.

Al mismo tiempo, los miembros de la Obra subrayaban que la excelencia profesional y conseguir buenas notas no era el objetivo de sus vidas, sino un modo de dar gloria a Dios y de acercarle almas. El estudio, decían, es importante, pero a veces debe ceder ante otros deberes más urgentes. Escrivá decía en una carta a sus hijos de Valencia: “El estudio nos es indispensable: es la red. ¿Qué diríamos de un pescador que tuviera miedo de que la red se rompiera, y, sin ir a la mar, se pasara las horas contemplando el instrumento? A Pedro y a Andrés, les llamó Jesús cuando remendaban sus redes. ¡Cuántas veces, en cuestiones de estudio, ante la abundancia de pesca –la labor apostólica- nos habremos de conformar con ‘remiendos’! No temáis, por eso, que dé un bajón vuestro prestigio. Os podría contar hechos bien recientes –hermosísimos- de vuestros hermanos mayores”[3].

[1] José Orlandis. Ob. cit. p. 153-154

[2] AGP P03 1988 p. 347-348

[3] Ibid. p. 548

Un matrimonio de Lagos

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Son ahora un profesional africano de Lagos (Nigeria), Mr. Biodun Sanwo, y su esposa, ambos del Opus Dei, quienes responden:

–Mr. Sanwo, ¿qué efecto ha tenido el Opus Dei en su vida?

–El Opus Dei ha cambiado completamente mi vida. Cuando conocí el Opus Dei y empecé a pensar que Dios podía decirme que me hiciera de la Obra pensé que era completamente incompatible con mi vida normal de trabajo… y pensé que era imposible. Ahora estoy muy contento al ver que estoy en el Opus Dei y que soy perfectamente feliz en mi quehacer profesional y en mi vida normal.

–¿Cómo ha reaccionado la gente a su alrededor ante su nueva vida, como usted la llama?

–Al principio, cuando me hice de la Obra la gente estaba muy sorprendida. Ahora, algunas de esas personas son ya Cooperadores del Opus Dei.

–¿En qué forma ha participado usted en la expansión del Opus Dei en Lagos?

–He tenido la suerte de haber sido una de las personas del Opus Dei en sus primerísimos momentos aquí en Lagos. Me vienen ahora a la cabeza los primeros momentos. Estábamos tratando de empezar un Club juvenil, y necesitábamos aulas pero no teníamos espacio. El único sitio disponible era un garaje. Tuvimos que reunir dinero para convertirlo en una clase decente. No sólo lo usamos como aula para los chicos sino también para reuniones con profesionales. Realmente era bueno trabajar en estas cosas. Estoy muy contento de ver que ahora usamos ya un edificio llamado Helmbridge Study Centre, y, aunque todavía tenemos que acabar de pagarlo…

–Señora Sanwo, ¿qué es lo que le ha impresionado más entre las enseñanzas del Fundador del Opus Dei?

–Una enseñanza del Padre que siempre me ha impresionado mucho es que el trabajo es un medio de santificación. Antes yo acostumbraba a ponerme nerviosa y empezaba a refunfuñar cuando trabajaba demasiado y me sentía cansada, pero ahora ofrezco mi trabajo a Dios y lo hago más contenta y más diligentemente tanto en casa como en la oficina.

–¿Ha afectado el espíritu del Opus Dei a su vida familiar?

–El espíritu de la Obra ha afectado grandemente a mi vida familiar. Antes yo me enojaba fácilmente con los niños, que siempre están causando problemas y gritando por toda la casa. Ahora tengo mucho mejor humor. Los comprendo más y no me enojo fácilmente. Como mi marido también es de la Obra, nuestro hogar es ahora más feliz y alegre de lo que acostumbraba.

–¿En qué manera piensa usted que el Opus Dei puede ayudar a la gente en Lagos y en Nigeria en general?




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