INGLATERRA E IRLANDA. Un espíritu que une

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Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

El conductor del autobús que había tomado en el aeropuerto de Dublín era un hombrecillo sonriente que no paraba de interesarse por los viajeros. Cuando llegaban a su punto de destino, saltaba de su asiento, sacaba el equipaje del maletero lateral y volvía a subir antes de que tuviesen tiempo de darle una propina. No he visto un hombre tan servicial en ningún otro sitio. Mientras estábamos parados en un disco, se dirigió a mí y me preguntó dónde quería bajarme. Yo iba a Dartry Road, no lejos del centro de la ciudad, y mi idea era bajarme allí y tomar un taxi. “No necesita tomar un taxi -me dijo volviendo a agarrar el volante Puede enlazar perfectamente con otro autobús que le llevará hasta allí.” En cuando llegamos a una parada volvió a aparecer, recogió mi equipaje y me explicó: “Ahora, cruce la calle. ¿Ve aquella parada de autobuses? Tome el número 14. Le dejará en la puerta”.

Irlanda ocupa un lugar especial entre los países anglófonos.

Es celebrada por su encanto, su música, sus leyendas, pero, sobre todo, por sus gentes. Su atractivo se nota en el gran número de norteamericanos que se atribuyen un origen irlandés, el doble aproximadamente de los que realmente lo tienen. Y lo mismo sucede en Australia.

La actitud inglesa hacia Irlanda es distinta. Los conflictos habidos a lo largo de los siglos han desunido a esos dos países. Actualmente, la hostilidad entre ingleses e irlandeses es más aparente que real, pero no se puede negar que, en algunos sectores de la población, sigue existiendo.

Si, como hemos visto en el capítulo precedente, el Opus Dei fomenta la diversidad, también es cierto que, cuando es necesario, aboga por la unidad. Algo que se aprecia claramente en estos dos países. Gran Bretaña e Irlanda; una unidad cuyo fundamento es el espíritu de servicio.

La necesidad de tener espíritu de servicio brota del mismo Evangelio. Cristo mostró claramente que servir a los demás es algo necesario para mantener la unidad. Una verdad que se subraya en el libro Illustrissimi, escrito por el cardenal Albino Luciani, patriarca de Venecia, antes de ser elegido Papa. En él, Juan Pablo 1 hablaba de un general coreano que, al morir, va a parar el cielo, pero le es permitido ver antes el infierno. Y resulta que el infierno es un salón inmenso, lleno de gente sentada a largas mesas en las que hay grandes cuencos de arroz; lo malo es que los palillos son tan largos, que es imposible comérselo. El resultado es un conjunto de personas terriblemente frustadas que sufren un espantoso tormento cada vez que intentan alimentarse.

La escena, en el cielo, es muy parecida: Grandes cuencos de arroz, largos palillos… Pero allí no hay problema, pues cada cual da de comer con los palillos al que tiene enfrente. Y todos tan contentos.

El fundador del Opus Dei dijo en cierta ocasión: “Desearía realmente que nosotros, los cristianos, supiéramos servir, pues sólo sirviendo se puede conocer y amar a Cristo y hacer que los demás le conozcan y le amen… Si hemos de servir a los demás por Cristo, hemos de ser muy humanos. Si nuestra vida no es humana, Dios no construirá nada sobre ella, pues de ordinario no edifica sobre el desorden, el egoísmo o el vacío. Hemos de comprender a todos; hemos de vivir en paz con todos; hemos de perdonar a todos”.

En Gran Bretaña e Irlanda muchos miembros del Opus Dei de muy diversas profesiones y clases sociales, me hablaron de servicio.

Después del almuerzo, Noel Duff, propietario de uno de los hoteles más antiguos de Dublín, Buswell’s, me dijo que, para él, servir significa procurar que quienes se alojan en su hotel se encuentren a gusto y no les falte de nada. “Me reúno una vez a la semana con el personal para estudiar los detalles y discutir los posibles fallos. Incluso les explico, a quienes les interesa, lo que yo he aprendido sobre la santificación del trabajo ordinario. Sé que algunos dirán: “Como hotelero tienes obligación de servir a los demás, si quieres ganar dinero”. Pero precisamente ahí está el detalle: no hacerlo por ganar dinero… Además, no se trata de servir sólo en cosas materiales, sino de interesarse por las personas, dedicarles tiempo… Antes de conocer el Opus Dei, solía despachar a los clientes a toda prisa; ahora, como si no tuviera otra cosa que hacer que atenderles a ellos.”

Stan Cosgrove, veterinario de mediana edad, es una autoridad en caballos de carreras. Ha recorrido el mundo trabajando para entrenadores de primera fila, como Robert Sangster o el australiano Tommy Smith. Hombre cordial, al que le gusta alternar y charlar ante un vaso de cerveza, me dice que la idea del servicio -algo nuevo para él- le ha dado una visión más amplia de las cosas. “Cuando yo era joven se insistía mucho en el sexto y el noveno mandamientos. Creíamos que cuando los cumplíamos nos salían alas o poco menos, pero nos olvidábamos por completo de otros pecados, como el orgullo o la pereza… Y luego estaba el extremo opuesto, como las misiones que solíamos tener en mi parroquia. Recuerdo una vez que vino un cura que tronaba imprecaciones. “¡Todos los de esta parroquia estáis condenados!”, gritó desde el púlpito. Y un individuo, en un banco, se echó a reír. “¿Por qué te ríes?”, le preguntó el cura. “Porque yo no pertenezco a esta parroquia contestó. Bromas aparte, en aquellas misiones se amenazaba mucho y se hablaba muy poco de amor. Por eso, el Opus Dei fue para mí algo nuevo, que ensanchó mi horizonte. Yo diría que antes de conocer el Opus Dei estaba buscando la autosuficiencia; no depender de nadie, bastarme a mí mismo. Ahora veo eso como algo bajo y rastrero… Una especie de fariseísmo. El Opus Dei ha cambiado todo eso, mostrándome que todos nos necesitamos.”

Henry Kobis es un perfumista londinense que lleva 37 años en la profesión. Ha creado muchos perfumes y cosméticos, desde jabón en polvo hasta creaciones para diseñadoras tan famosas como Mary Quant.

Crear nuevas fragancias es una ocupación absorbente que ha sido comparada con la de compositor. Pero Henry asegura que, para él, la actitud de un perfumista -el deseo de proporcionar placer a otros- es más importante que la técnica. Algo que intenta inculcar en los jóvenes perfumistas, con el amor a su profesión. “Les digo que, si no ponen el corazón en su trabajo, al perfume siempre le faltará algo.”

Para Henry, el saber escuchar forma parte del espíritu de servicio, pues en su trabajo hay que hablar con mucha gente: ejecutivos, diseñadores de moda, modistos… “Una de las cosas que uno aprende en el Opus Dei es a ser sincero. Mucha gente se cierra, pero cuando te sinceras con ella, se abre, se quita la careta. Una de las cosas que he descubierto es que la gente está terriblemente sola, incluso la que triunfa. Y eso les pasa porque tienen miedo de ser ellos mismos. Aunque ganen mucho dinero y tengan casas lujosas y coches magníficos, se sienten insatisfechos. ¡Cómo les gusta que te quites la careta! Si te muestras tal cual eres, con tus limitaciones, se dan cuenta y se te abren.

Otra cosa que he descubierto es que todo el mundo tiene un anhelo sobrenatural, hasta el hombre de negocios más metalizado. Conocí un director técnico al que todo el mundo detestaba, porque daba la impresión de que carecía de sentimientos. Pero un día, después de varios meses de trato, me dijo que tenía miedo. No estaba seguro de sí mismo. Yo le dije que confiara en el Todopoderoso y le contase cuál era su problema. Me hizo caso y empezó a cambiar. Se hizo menos duro, y la gente se dio cuenta.”

Geraldine O’Connor, una radióloga dublinesa, conoció el Opus Dei cuando estudiaba en Inglaterra. Mujer alegre, con la típica afición irlandesa a contar anécdotas, me contó algunas relacionadas con las visitas que había hecho a los pobres y a los enfermos con “amigas bien” que nunca se hubiesen aventurado a ir ellas solas. “Una de ellas, belga, me acompañó a ver a un anciano que vivía en una casa mísera. Cuando llegamos, estaba intentando prender fuego sin lograrlo, así que se lo encendimos. Estábamos comiendo con él unas galletas cuando oímos un ruido en la parte de atrás. “Ya están ahí otra vez”, dijo con voz quebrada, abriendo los ojos. Yo no sabía lo que quería decir y pensé que era alguien que venía del hospital o algo así. Pero no. Hablaba de las ratas y, de pronto, una saltó y cruzó por delante de nosotros. No pude aguantarlo y me fui corriendo. Pero. mi amiga se quedó. Cuando volví a verla comprobé que había cambiado. Estoy convencida de que la gracia actúa en estos casos.”

También en un club para chicos de Dublín, el Anchor Club, situado en un área industrial con muchos hogares rotos y bastante delincuencia juvenil, me contaron anécdotas relacionadas con la atención a los pobres. El club ayuda a los jóvenes a aprovechar el tiempo organizando para ellos cursos de mecánica, albañilería, reparaciones, etc., así como carreras de bicicletas y de carts. Jim Murray, ajustador y tornero que da clases en el club, me habló de una visita que hizo con un chico del club, llamado Eddie, a un anciano que acababa de quedarse viudo. Había sido un magnífico jardinero, pero ahora estaba desolado no sólo por la muerte de su esposa, sino porque unos golfillos habían roto los cristales de su invernadero y arrancado las plantas. Eddie le hizo muchas preguntas y le pidió que le mostrara el invernadero. “Cuando vio los destrozos que los chavales habían causado quedó impresionadísimo”, me dijo Jimmy.

Al cabo de un par de días, la madre de Eddie telefoneó a Jimmy. “¿A dónde llevaste a mi hijo el otro día?”, le preguntó. “No ha abierto la boca desde entonces… Está como ido.”

Jimmy, entonces, fue a ver a Eddie, para averiguar qué le pasaba. “Estaba preocupadísimo por lo del jardinero, dando vueltas en la cabeza a lo que pensaba hacer. Hasta que fue a verle y le pidió que le dejase arreglar el invernadero. El anciano asintió y Eddie empezó a trabajar. Luego se enteró de quiénes eran los chavales que lo habían destrozado y fue a hablar con ellos. No sé lo que les diría pero todos decidieron ayudarle. Eso dio ánimos al anciano, que volvió a cobrar ilusión. En fin, que aquello sirvió para hacer bien a todos: al anciano jardinero, a Eddie y a los golfillos.”

En Inglaterra e Irlanda, los miembros del Opus Dei han hecho del espíritu de servicio un fundamento básico de las obras sociales que han emprendido. En el año 1952 hacía apenas cinco años que el Opus Dei estaba en Inglaterra. Los primeros miembros eran estudiantes, no tenían dinero y la idea de .abrir una residencia de estudiantes era un ambicioso proyecto. Pero el esfuerzo y sacrificio de muchas personas, incluidas algunas no católicas, dio como fruto Netherhall House, una residencia de estudiantes situada en el barrio londinense de Hampstead que ha acogido desde entonces a estudiantes de 100 nacionalidades.

Cuando la reina madre inauguró una nueva ampliación de Netherhall en 1966,. dijo que era importante tener un hogar “en el que desarrollar las creencias y pautas de conducta que permanecen a lo largo de la vida”. Y añadió: “No puedo imaginar un lugar mejor para fomentar esas pautas que Netherhall House, que está basada en tradiciones cristianas, sobre todo la tradición de servicio”.

Netherhall en Londres, lo mismo que Grandpont House en Oxford y Greygarth Hall en Manchester, anima a los estudiantes a considerar el estudio como una obligación seria, pero también a ser generosos y ayudar a los demás, ideal que encuentra su expresión en la leyenda de un repostero de la sala de estar de Netherhall, que dice: “El hermano ayudado por el hermano es como una ciudad amurallada”.

Netherhall House promueve la idea de que el trabajo profesional, además de un medio de vida, puede y debe ser un servicio, idea recogida en la revista conmemorativa del XXV Aniversario de Netherhall, que explicaba cómo el fundador del Opus Dei quería que centros como ése extendieran el espíritu de servicio mediante el ejemplo. Algunos resultados eran ya tangibles: clubs de chicos como el Netherhall Boys Club o el Kelston Club, al sur de Londres; otros no tanto, como la labor de los antiguos residentes que han ido a prestar sus servicios en países como Kenya, Nigeria, Japón, Malaysia y Filipinas; entre ellos un oculista Keniata y un científico ruso que antes era ateo…

A orillas del Támesis, cerca de la casa en que vivió Santo Tomás Moro, se encuentra Dawliffe Hall, una residencia de estudiantes que alberga también el Tamezin Club, un club femenino para jóvenes que ofrece instrucción en diversos deportes, música, danza y teatro. En un artículo publicado en el London Daily Telegraph se decía de este club: “Es difícil no elogiarlo de tal forma que no parezca demasiado bonito para ser verdad…”.

Dos de las jóvenes que dirigen Tamezin, Eileen Cole y Margaret McCreadie, me explicaron que en el club se procura “centrar” a las jóvenes, sobre todo a aquellas que proceden de algunos de los muchos hogares rotos de la zona. “Tratamos de formarlas de tal forma que lleguen a ser mujeres responsables, buenas madres de familia, trabajadoras… Muchas de ellas se casan y dejan de venir, pero bastantes vuelven.”

El club Tamezin tiene una filial en Brixton,, uno de los barrios más deprimidos de Londres, conocido en el mundo por los disturbios raciales que han tenido lugar en él. Incluso en períodos de calma, no es recomendable. Margaret me habló de una de sus primeras visitas: “Fui con una amiga. Acabábamos de salir del metro y le estaba diciendo que el barrio daba el más alto índice de delincuencia de Londres cuando un individuo nos robó todo lo que llevábamos.

No fue fácil establecer un club allí. Algunas de las chicas se dedicaban a robar en las tiendas… Una especie de deporte en el barrio. Hay mucha injusticia allí, y hasta que las chicas empiezan a adaptarse a lo que se les enseña en el club, ocurren esas cosas”.

Antes de abandonar Dawliffe Hall, hablé con la administradora, Lynn Hinge, sobre su actitud respecto al espíritu de servicio: “Bueno, considero que soy una madre de familia -me dijo-. Ésta es una familia bastante numerosa, pero para mí es una familia como cualquier otra. Me preocupo de todas. Si alguna no se encuentra bien y hay algo que le gusta, procuro complacerla para que se sienta mejor. Y lo mismo con la ropa o con las comidas. Si alguna echa ropa a lavar y hay una prenda rota, procuro devolvérsela cosida, aunque no es mi obligación, porque así aprendo a quererla más. La gente que nos visita y lo ve todo limpio y en orden, se. da cuenta en seguida de que somos una familia. ¿Sabe usted? La familia es la base de la sociedad. ¿A quién le puede extrañar que las cosas no marchen bien cuando la familia no es lo que debería ser?”.

En Ipswich, Inglaterra, un pequeño grupo de miembros del Opus Dei ha iniciado un club juvenil dirigido por los propios padres. Los fundadores -el director cinematográfico John Pitt y el doctor Tom Word- lograron que el veterano actor Sir Alec Guinness lo patrocinase. “El club se financia mediante tómbolas, rifas y subastas. También ayudan un ministro congregacional y sus parroquianos. Tom Word procuró buscar benefactores; “uno de ellos le contestó, escéptico: ¿Cómo se le ocurre dar formación moral hoy en día?” Tom, entonces le telefoneó, le explicó el asunto y, como continuaba dudando, le dijo que se olvidase del dinero, pero que no dejase de rezar. Poco después me envió por correo un cheque por valor de 10.000 libras. Tuve. que contar los ceros varias veces para creérmelo. Debajo había escrito: “El poder de la oración”.

El club organiza cursos de realización cinematográfica, ordenadores, vela, wind surfing, piragüismo y tiro con arco. Tom describe la labor que allí se realiza como un intento de suministrar al adolescente medios para que se independice: El Fundador del Opus Dei recordaba con frecuencia la importancia de que los laicos asumieran sus propias responsabilidades. “Si trasladamos a otros nuestras obligaciones -explica Tom-, ya sea a la jerarquía de la Iglesia o a otra organización, es señal de que las cosas no marchan”.

Después de enseñarme las instalaciones, John Pitt me invitó a su casa para que conociera a su esposa, Joanna, y a sus hijos. Después de cenar, John y Joanna me explicaron que al principio habían sido muy cautos con el Opus Dei. Tenían recelos a causa de un artículo aparecido en The Time en el que se describía al Opus Dei como un grupo muy cerrado dentro de la Iglesia. Un hijo suyo, Guy, se había hecho del Opus Dei y estaban muy preocupados. John, entonces, procuró informarse bien. Estaba decidido a no dejar marchar a Guy sin lucha. Le siguió, se enteró de lo que hacía e incluso empezó a participar en algunas actividades de la Obra. El resultado fue que también él pidió la admisión en el Opus Dei.

En el Opus Dei hay una estrecha relación entre el espíritu de servicio y la voluntad de hacer las cosas lo mejor que se puede. El fundador del Opus Dei insistía en que Cristo quería no tanto que sus seguidores fueran pobres como que fuesen pobres de espíritu. Lo cual supone estar desasido de los bienes materiales, de tal forma que se pueda poner al servicio de Dios y del prójimo lo mejor que se tiene. Algo que se aprecia mejor que en ningún otro sitio es Cleraun Study Centre, de Dublín, el primer centro que el Opus Dei construyó de nueva planta en Irlanda. Aunque quienes lo construyeron carecían de recursos económicos, procuraron que estuviera bien hecho, con buenos materiales y con buen gusto. Algunas de las inversiones que al principio se pensaban hacer en el edificio, se emplearon luego en mejorar la calidad.

En cierta ocasión, Monseñor Escrivá de Balaguer describía así el espíritu de pobreza y el desprendimiento:

“Para mí, una manifestación de que nos sentimos señores del mundo, administradores fieles de Dios, es cuidar lo que usamos, con interés en que se conserve, en que dure, en que luzca, en que sirva el mayor tiempo posible para su finalidad, de manera que no se eche a perder. En los Centros del Opus Dei encontraréis una decoración sencilla, acogedora y, sobre todo, limpia, porque no hay que confundir una cosa pobre con el mal gusto ni con la suciedad. Sin embargo, comprendo que tú, de acuerdo con tus posibilidades y con tus obligaciones sociales, familiares, poseas objetos de valor y los cuides, con espíritu de mortificación, con desprendimiento. .

Hace muchos años -más de veinticinco- iba yo por un comedor de caridad, para pordioseros que no tomaban al día más alimento que la comida que allí les daban. Se trataba, de un local grande, que atendía un grupo de buenas señoras. Después de la primera distribución, para recoger las sobras acudían otros mendigos y, entre los de este grupo segundo, me llamó la atención uno: ¡Era propietario de una cuchara de peltre! La sacaba cuidadosamente del bolsillo, con codicia, la miraba con fruición, y al terminar de saborear su ración, volvía a mirar la cuchara con unos ojos que gritaban: ¡Es’ mía!, le daba dos lametones para limpiarla y la guardaba de nuevo satisfecho entre los pliegues de sus andrajos. Efectivamente, ¡era suya! Un pobrecito miserable, que entre aquella gente, compañera de desventura, se consideraba rico.

Conocía yo por entonces a una señora, con título nobiliario, Grande de España. Delante de Dios esto no cuenta nada: todos somos iguales, todos hijos de Adán y Eva, criaturas débiles, con virtudes y defectos, capaces -si el Señor nos abandona- de los peores crímenes. Desde que Cristo nos ha redimido, no hay diferencia de raza, ni de lengua, ni de color, ni de estirpe, ni de riquezas…. somos todos hijos de Dios. Esta persona de la que os hablo ahora, residía en una casa de abolengo,, pero no gastaba para sí misma ni dos pesetas al día. En cambio, retribuía muy bien a su servicio y el resto lo destinaba a ayudar a los menesterosos, pasando ella misma privaciones de todo género. A esta mujer no le faltaban muchos de esos bienes que tantos ambicionan, pero ella era personalmente pobre, muy mortificada, desprendida por completo de todo. ¿Me habéis entendido? Nos basta además escuchar las palabras del Señor: bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos.

Si tú deseas alcanzar ese espíritu, te aconsejo que contigo seas parco, y muy generoso con los demás; evita los gastos superfluos por lujo, por veleidad, por vanidad, por comodidad…; no te crees necesidades. En una palabra, aprende con San Pablo a vivir en pobreza y a vivir en abundancia, a tener hartura y a sufrir hambre, a poseer de sobra y a padecer por necesidad: todo lo puedo en Aquel que me conforta. Y como el Apóstol, también así saldremos vencedores de la pelea espiritual, si mantenemos el corazón desasido, libre de ataduras”.

El fundador del Opus Dei creía que este espíritu de pobreza, unido al espíritu de servicio, podía tener un importante papel en la tarea de unir a la gente, no sólo a ingleses e irlandeses, sino a todo el mundo. Ambas cosas forman parte del espíritu que promueve el Opus Dei en todos los países. Según ese espíritu, el servicio es algo que debe informarlo todo, hasta la actividad diaria más pequeña. Una de sus expresiones más obvias es la labor que el Opus Dei desarrolla con los pobres.

Artículo del cardenal Albino Luciani

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“Buscar a Dios en el trabajo cotidiano”. Artículo del Cardenal Albino Luciani. (“Gazzettino di Venezia”, 25-VII-1978). El Cardenal Luciani, futuro Papa Juan Pablo I, escribe sobre el espíritu que difundió san Josemaría: santificar el trabajo, responder a la llamada universal a la santidad de todo cristiano.

Gazzettino di Venezia, 25-VII-1978

En 1941 el español Víctor García Hoz, después de confesarse, escuchó que le decían: “Dios te llama por caminos, de contemplación”. Se quedó pasmado. Siempre había escuchado decir que la “contemplación” era una cosa para santos encaminados a la vida mística, cumbre asequible sólo a unos pocos elegidos, gente en la mayoría de los casos retirada del mundo. “Yo, en cambio —escribe Hoz— en aquellos años estaba casado, con dos o tres hijos entonces y esperando, como ocurrió en realidad, la llegada de más hijos, teniendo que trabajar para sacar adelante la familia”.

¿Quién era entonces aquel confesor revolucionario, que dejaba de lado las barreras tradicionales, señalando metas místicas incluso a los casados? Era Josemaría Escrivá de Balaguer, un sacerdote español fallecido en Roma en 1975 a los setenta y tres años. Conocido sobre todo por ser el fundador del Opus Dei, asociación difundida en todo el mundo de la cual los diarios se ocuparon a menudo, pero con muchas imprecisiones. ¿Qué hacen realmente, quiénes son, los miembros del Opus Dei? El mismo fundador lo ha dicho: ‘Somos —ha declarado en 1967— un pequeño tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una profesión, un oficio laical; un gran número de sacerdotes seculares de muchas diócesis del mundo; y la gran muchedumbre formada por hombres y por mujeres de diversas naciones, de diversas lenguas, de diversas razas, que viven de su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros muchos otros, que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más humana y más justa la sociedad temporal; en la noble lid de los afanes diarios, con personal responsabilidad, experimentando con los demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos. Y todo con naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de selectos, fundidos en la masa de sus colegas, mientras procuran detectar los brillos divinos que reverberan en las realidades más vulgares”.

En palabras más modestas las “realidades más vulgares” el trabajo que nos toca hacer cada día; los “brillos divinos que reverberan” son la vida santa que hemos de sacar adelante. Escrivá de Balaguer, con el Evangelio, decía continuamente: “Cristo no nos pide un poco de bondad, sino mucha bondad. Pero quiere que lleguemos a ella no a través de acciones extraordinarias, sino con acciones comunes, aunque el modo de ejecutar tales acciones no debe ser común”.

Allí nel bel mezzo della strada, en la oficina, en la fábrica, nos hacemos santos a poco que hagamos el propio deber con competencia, por amor de Dios, y alegremente, de manera que el trabajo cotidiano se convierta no en una “tragedia cotidiana”, sino en la “sonrisa cotidiana”.

Cosas parecidas había enseñado más de trescientos años atrás San Francisco de Sales. Desde el púlpito un predicador había quemado públicamente el libro en el cual el santo explicaba que, con ciertas condiciones, el baile podía ser lícito y, hasta contenía un capítulo entero dedicado a “la honestidad del lecho matrimonial”. Escrivá de Balaguer supera en muchos aspectos a Francisco de Sales. Este, también propugna la santidad para todos, pero parece enseñar solamente una “espiritualidad de los laicos” mientras Escrivá quiere una “espiritualidad laical”. Es decir, Francisco sugiere casi siempre a los laicos los mismos medios practicados por los religiosos con las adaptaciones oportunas. Escrivá es más radical: habla directamente de “materializar” —en buen sentido— la santificación. Para él, es el mismo trabajo material, lo que debe transformarse en oración y santidad.

El legendario Barón de Münchausen narraba la leyenda de una liebre monstruosa, que tenía dos series de patas: cuatro debajo del vientre, cuatro sobre la espalda. Perseguidos por los cazadores, y sintiéndose casi alcanzado, se daba vuelta, continuando la carrera con las patas frescas. Para el fundador del Opus Dei es monstruosa la vida de los cristianos que desean una doble serie de acciones: una hecha de oraciones a Dios, la otra de trabajo, de diversiones, de vida familiar para sí mismos. No, dice Escrivá, la vida es única, debe ser santificada por entero. Por eso habla de espiritualidad “materializada”.

Y habla también de un justo y necesario “anticlericalismo” en el sentido de que los laicos no deben apropiarse de los métodos y oficios de los sacerdotes y de los frailes, y viceversa. Creo que él había heredado este “anticlericalismo” de sus progenitores, especialmente de su padre, un caballero a toda prueba, trabajador, cristiano ferviente, enamoradísimo de su mujer y siempre sonriente. “Lo recuerdo siempre sereno —escribió su hijo— a él le debo la vocación… Por eso soy “paternalista”. Otro impulso “anticlerical” le vino probablemente de las investigaciones hechas para su tesis doctoral en derecho canónico sobre el monasterio femenino cisterciense de Las Huelgas, cerca de Burgos. Allí, la abadesa era al mismo tiempo señora, superiora, prelado, gobernador temporal del monasterio, del hospital, de los conventos, iglesias y aldeas dependientes con jurisdicción y poderes reales y cuasi episcopales. Un monstrum también por los múltiples encargos contrapuestos y sobrepuestos. Así acumulados, estos trabajos no eran adecuados para hacer —como quería Escrivá— trabajos de Dios. Porque —decía— ¿como puede ser un trabajo “de Dios” si está mal hecho, de prisa y sin competencia? Un albañil, un arquitecto, un médico, un profesor, ¿cómo puede ser santo si no es también, en lo que de él depende, un buen albañil, un buen arquitecto, un buen médico, un buen profesor? En la misma línea escribía Gilson en 1949: “Nos dicen que ha sido la fe la que construyó las catedrales en la Edad Media; de acuerdo… pero también la geometría tiene su parte”. Fe y geometría, fe y trabajo hecho con competencia para Escrivá caminan tomados del brazo: son las dos alas de la santidad.

Francisco de Sales confió sus teorías a los libros. Escrivá hizo otro tanto pero utilizando sólo fragmentos de tiempo. Si le venia de improviso una idea o frase significativa, sin interrumpir la conversación, sacaba del bolsillo una pequeña agenda y escribía rápidamente una palabra, media línea, que más tarde utilizaría para el libro.

A la propagación de su gran proyecto de espiritualidad, además de sus muy difundidos libros, dedicó una actividad tenacísima y organizó la asociación Opus Dei. “Dad un clavo a un aragonés —dice el proverbio— y lo clavará con su cabeza”. Pues bien “yo soy aragonés —escribió— es necesario ser tenaces”. No perdía un minuto de tiempo. En España, antes, durante y después de la Guerra Civil, pasaba de las lecciones dadas a los universitarios a cocinar, a limpiar los pisos, a hacer las camas, a atender a los enfermos. “Yo tengo sobre mi conciencia —y con orgullo lo digo— el haber dedicado muchos, muchos millares de horas a confesar niños en las barriadas pobres de Madrid. Venían con los moquitos hasta la boca. Había que empezar limpiándoles la nariz antes de limpiarles un poco aquellas pobres almas”. Así ha escrito, demostrando que “la sonrisa diaria” la vivía de verdad. Ha escrito también “me iba a la cama muerto de cansancio. Al levantarme, todavía cansado, por la mañana, me decía: ‘Josemaria, antes de almorzar dormirás un poco’. Y cuando salía a la calle, añadía contemplando el panorama de trabajo que se me echaba encima aquel día: ‘Josemaría te he engañado otra vez’ “.

Pero su gran trabajo, fue fundar y continuar el Opus Dei. El nombre vino por casualidad. “Es necesario trabajar duro: ésta es una obra de Dios”, le dijo uno. “Este es el nombre justo —pensó—, obra no mía, sino de Dios, Opus Dei”. Esta obra creció bajo sus ojos hasta extenderse a todos los continentes: empezó entonces el trabajo de sus viajes intercontinentales para las nuevas fundaciones y para las conferencias. La extensión, el número y la calidad de los miembros del Opus Dei han hecho pensar en alguna mira de poder, en la férrea obediencia de los gregarios. Lo contrario es lo verdadero: existe sólo el deseo de hacer santos, pero con alegría, con espíritu de servicio y con gran libertad.

“Somos ecuménicos Santo Padre, pero no hemos aprendido el ecumenismo de su Santidad”, se permitió un día decir Escrivá al Papa Juan. Este sonrió: sabía que desde 1950 el Opus Dei tenía el permiso de Pío XII de recibir, como cooperadores asociados a los no católicos y a los no cristianos.

Escrivá fumaba siendo estudiante. Al ingresar al seminario, le regaló las pipas y el tabaco al portero y no fumó nunca más. Pero el día en que fueron ordenados los tres primeros sacerdotes del Opus Dei dijo: “Yo no fumo; vosotros tres tampoco; —y dirigiéndose a Don Álvaro— tienes que fumar tú, porque, si no, vuestros hermanos podrían pensar que no está bien el tabaco, y quiero que los demás no se sientan coaccionados en esto y fumen si les da la gana”. Sucede alguna vez que alguno de los miembros —a quienes el Opus Dei únicamente ayuda a tomar responsablemente opciones libres— asciende a algún cargo importante, Esto es asunto suyo, no del Opus Dei. Cuando en 1957 una alta personalidad envió a Escrivá sus felicitaciones porque un socio habla sido nombrado ministro en España, obtuvo esta respuesta más bien seca: “Qué me importa a mí que sea ministro o barrendero? Lo que me importa es que se santifique con su trabajo”.

En esta respuesta está todo Escrivá y el espíritu del Opus Dei: que uno se santifique con su trabajo; aunque sea de ministro.., si ha sido puesto en ese cargo, que se santifique de verdad. El resto importa poco.

La paz nace en el corazón del hombre

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Carta pastoral de mons. Javier Echevarría dirigida a los fieles de la Prelatura y cooperadores del Opus Dei con ocasión del inicio de la Cuaresma.

En el inicio de la Cuaresma, quisiera hacer resonar en vuestros corazones los reiterados llamamientos del Santo Padre Juan Pablo II en favor de la paz del mundo. «En esta hora de preocupación internacional, todos sentimos la necesidad de dirigirnos al Señor para implorar el gran don de la paz. Como afirmé en la Carta apostólica Rosarium Virginis Mariæ, “las dificultades que presenta el panorama mundial en este comienzo del nuevo milenio nos inducen a pensar que sólo una intervención de lo alto (…) puede hacer esperar en un futuro menos oscuro” (n. 40). Invito a todos a tomar en la mano el rosario para invocar la intercesión de la Virgen Santísima: “No se puede rezar el Rosario sin sentirse implicados en un compromiso concreto de servir a la paz” (Ibid., 6)» (Juan Pablo II, Alocución en el Ángelus, 9-II-2003).

Estas palabras cobran nueva urgencia a la luz de las actuales circunstancias. Es preciso que con perseverancia, y con fe en la eficacia de la oración, se alce al Cielo la súplica de todos los hombres de buena voluntad, especialmente de los que nos honramos con el nombre de discípulos de Cristo. Así lo ha reafirmado el Santo Padre hace pocos días: «nosotros, los cristianos, estamos llamados especialmente a ser como los “centinelas de la paz”, en los lugares donde vivimos y trabajamos. Se nos pide que vigilemos para que las conciencias no cedan a la tentación del egoísmo, de la mentira y de la violencia» (Juan Pablo II, Alocución en el Ángelus, 23-II-2003).

La verdadera concordia entre las naciones está muy vinculada al respeto de la Ley de Dios, de su Palabra, de sus Mandamientos, precisamente porque es opus iustitiæ, fruto de esa actitud de respeto y fidelidad a las leyes divinas que la Sagrada Escritura llama “justicia”. Por eso mismo, «la paz jamás es una cosa hecha del todo, sino un perpetuo quehacer. Siendo tan frágil la voluntad humana, herida por el pecado, el cuidado por la paz reclama de cada uno un constante dominio de sí mismo y vigilancia por parte de la autoridad legítima» (Concilio Vaticano II, Const. Past. Gaudium et spes, n. 78).

En este contexto resulta fácil comprender que la paz ha de nacer en el corazón del hombre, de la mujer, como acogida libre y voluntaria del amor de Dios. Si en el corazón de las personas persisten odios y envidias, rencores y malquerencias, no puede germinar allí esta planta delicadísima. Se debe purificar el alma del afecto al pecado, para que en las familias, en la sociedad y en el mundo entero se difunda “el reino de justicia, de amor y de paz” que Jesucristo ha traído a la tierra. Peleemos todos contra cualquier sombra de resentimiento o de rencor que, por romper la fraternidad, quiebra la comunión con el Señor.

Escuchemos a San Josemaría: «Pax in cœlo, paz en el cielo. Pero miremos también el mundo: ¿por qué no hay paz en la tierra? No; no hay paz; hay sólo apariencia de paz, equilibrio de miedo, compromisos precarios (…). No hay paz en muchos corazones, que intentan vanamente compensar la intranquilidad del alma con el ajetreo continuo, con la pequeña satisfacción de bienes que no sacian, porque dejan siempre el amargo regusto de la tristeza» (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 73).

Ved la enorme importancia de la propia lucha interior —de cada una, de cada uno—, para la causa de la paz del mundo. No lo consideréis como una utopía: un hombre o una mujer que procura —un día tras otro— ser más grato a Dios, que se duele de sus faltas y se propone pequeñas y grandes ascensiones en la vida espiritual, que se dedica con empeño al bien de las personas con las que se relaciona más de cerca, que trata de comunicar a otros los ideales cristianos que le mueven, esa persona está colaborando de modo eficaz en la implantación de la paz.

Para el próximo día 5 de marzo, Miércoles de Ceniza, Juan Pablo II convoca a todos los hombres de buena voluntad, y especialmente a los hijos de la Iglesia, a dedicar esa jornada «a la oración y al ayuno por la causa de la paz, especialmente en el Oriente Medio» (Juan Pablo II, Alocución en el Ángelus, 23-II-2003.). Os recuerdo este deseo del Papa, al que queremos unirnos de la manera más generosa, con la esperanza de que la plegaria y el sacrificio unidos, presentados a Dios por intercesión de la Santísima Virgen, abran de par en par, una vez más —como ha sucedido frecuentísimamente a lo largo de la historia— las puertas de la misericordia divina.

«Antes que nada, imploraremos de Dios la conversión de los corazones y la prudencia en las decisiones justas, para resolver con medios adecuados y pacíficos las disputas, que obstaculizan el peregrinar de la humanidad en este tiempo nuestro» (Ibid). Sólo la luz de Dios se muestra capaz de disipar el apasionamiento, el orgullo, los prejuicios personales, de raza o de nación, que frecuentemente se hallan en la base de los fracasos para resolver pacíficamente los conflictos entre las diversas comunidades humanas. La oración se muestra como un medio de primera importancia, para que el diálogo entre los representantes de las naciones produzca sus frutos. No cesemos, pues, de rezar a diario por esta intención. En su llamamiento, el Santo Padre expresa su esperanza de que, el Miércoles de Ceniza, «en cada santuario mariano se elevará al Cielo una ardiente plegaria por la paz, con la recitación del Santo Rosario. Confío —añade— que también en las parroquias y en las familias sea recitado el Rosario por esta gran causa de la que depende el bien de todos» (Ibid).

La intención que nos propone el Papa, acompañada ese día por el ayuno, resulta muy adecuada para el comienzo de la Cuaresma, tiempo que en la Iglesia se dedica especialmente a la oración, a las obras de caridad y de penitencia. Por eso, en su convocatoria, Juan Pablo II precisa: «esa invocación coral irá acompañada por el ayuno, expresión de penitencia por el odio y la violencia que contaminan las relaciones humanas. Los cristianos comparten la antigua práctica del ayuno con tantos hermanos y hermanas de otras religiones, que mediante esa práctica procuran despojarse de toda clase de soberbia y disponerse para recibir de Dios los dones más grandes y necesarios, entre los que sobresale el de la paz» (Ibid).

Seamos generosos, —cada uno en la medida de sus personales circunstancias—, en la práctica de la mortificación, que tanto remueve el Corazón de Dios, e impulsemos a muchas otras personas a hacer lo mismo; no sólo el Miércoles de Ceniza, sino cuidando a lo largo de toda la Cuaresma, con particular esmero, el espíritu de penitencia en comidas y bebidas, en la realización acabada del propio trabajo, en el descanso y el uso del tiempo libre, en el ofrecimiento de las contrariedades y penalidades de la vida, llevando todo con alegría, como nos recomendaba San Josemaría. «Fomenta tu espíritu de mortificación en los detalles de caridad, con afán de hacer amable a todos el camino de santidad en medio del mundo: una sonrisa puede ser, a veces, la mejor muestra del espíritu de penitencia» (San Josemaría, Forja, n. 149).

La Cuaresma nos llama a una mayor entrega a los demás: las obras de misericordia, en sus variadísimas expresiones, constituyen otra de las prácticas tradicionales de este período litúrgico. En su Mensaje para este año, el Romano Pontífice ha elegido como lema unas palabras de la Sagrada Escritura: “hay mayor felicidad en dar que en recibir”(Hch 20, 35). Todos tenemos experiencia inmediata de esta verdad. Cuando seguimos la llamada interior a servir a los demás, sin esperar nada a cambio, experimentamos una grandísima felicidad, que no cambiaríamos por ningún gozo de la tierra. En cambio, cuando nos resistimos a esa invitación de Dios y nos cerramos ante quienes nos rodean, nos sentimos infelices e insatisfechos. Si esto sucede en lo que se refiere a las simples relaciones humanas, ¡cuánta mayor felicidad encontramos al responder con nuestro amor al Amor —con mayúscula— de la Trinidad, con nuestra entrega a la entrega del Hijo, que Dios Padre ha realizado por causa nuestra!

Presentación del documental sobre Guadalupe Ortiz de Landázuri

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El  20 de octubre de 2005 se presentó en el edificio del CSIC de la calle Serrano el documental “Guadalupe Ortiz de Landázuri”. Incluimos algunas declaraciones de los ponentes del acto, el trailer del DVD y 2 fragmentos de la biografía de Mercedes Eguíbar.

La sede del CSIC fue el escenario elegido para la presentación del DVD Guadalupe Ortiz de Landázuri, un reportaje sobre la vida de esta química madrileña, en proceso de canonización, que fue una de las primeras mujeres del Opus Dei.

Al acto acudieron numerosas personas que habían conocido a Guadalupe, entre otras, Piedad de la Cierva que, además de ser la primera mujer que trabajó en el CSIC, dirigió la tesis doctoral de Ortiz de Landázuri.

El profesor de Investigación del CSIC, Víctor Manuel Fernández, destacó la faceta investigadora de esta química, que decidió estudiar una carrera científica en unos momentos difíciles, especialmente para las mujeres “Era una persona –señaló Fernández- de una gran claridad de ideas que eligió unos estudios poco frecuentes para una mujer en aquel momento. Después, a lo largo de su vida, siempre se preocupó por actualizar sus conocimientos. De hecho, sorprende que su línea de investigación –relacionada con el ahorro energético y el uso de materiales reciclables- enlace directamente con los campos de interés de la investigación actual”.

Uno de los momentos más emotivos del acto tuvo lugar cuando Víctor Manuel Fernández leyó algunos párrafos de la introducción de la tesis doctoral de Guadalupe Ortiz de Landázuri, donde se percibían las dificultades que tuvo que afrontar para llevar a cabo su investigación científica.

Andrés Barbé, productor ejecutivo del documental

El productor del DVD, Andrés Barbé, señaló que fue al leer una biografía de Guadalupe cuando descubrió que “en su vida había materia suficiente para hacer, no una, sino varias películas. Es una existencia llena de aventura, dedicada a los demás, y había que reflejarla audiovisualmente. De ahí surgió la idea de proponer a la Oficina de las Causas de los Santos de la Prelatura, hacer un relato que, como su persona, tiene una gran fuerza.”

Cerró el acto la periodista y escritora Mercedes Eguíbar, que además de conocer personalmente a Guadalupe, es autora de su biografía. Eguíbar la definió como “una mujer pionera en la promoción social del mundo rural mejicano”. Al señalar algunas de sus cualidades humanas, afirmó que Guadalupe fue “una persona comprometida con su tiempo e incluso adelantada a él en muchos aspectos.

Tenía una moderna mentalidad, que le llevaba a soñar despierta con un futuro mejor, poniendo, al mismo tiempo todos los medios para conseguirlo, a través de su trabajo y su gran espíritu de servicio”.

La biógrafa también abordó algunos aspectos de la honda vida cristiana de esta investigadora: “La vida de Guadalupe transcurrió en una permanente relación con Dios, gracias a esto supo transformar las dificultades, el dolor, en alegría aunque fuera, a veces, una alegría que tenía raíces en forma de cruz. En verdad su vida fue sal y luz”.

Incluimos a continuación 2 textos extraídos de la biografía de Guadalupe escrita por Mercedes Eguíbar y editada en Palabra (capítulos 3 y 11 respectivamente).

Encuentro con San Josemaría

El 25 de enero de enero de 1944, Guadalupe acudió a su cita con el Fundador del Opus Dei, en un pequeño chalé de la Colonia del Viso, en la calle Jorge Manrique, número 19.

Seguramente no lo sabía pero aquel era el primer centro de mujeres que había sido inaugurado hacía un año y medio, en el día de la Porciúncula –Nuestra Señora de los Ángeles- de 1942.

Es lógico pensar que Guadalupe acudiera un poco nerviosa y subiera los escalones de la entrada con cierta timidez. La pasaron a una salita amplia con la sillería tapizada de color rosa y le llamó especialmente la atención un cuadro con la imagen de la Virgen de Guadalupe, de la que siempre había pensado que le gustaría tener una estampa o una buena fotografía. Hasta entonces se había tenido que contentar con una imagen recortada de un periódico.

Don Josemaría Escrivá de Balaguer era un sacerdote joven aún, de cuarenta y dos años, más bien grueso, con una sonrisa abierta que denotaba profunda alegría y una extraordinaria viveza de palabra y de movimiento que no ocultaba, sin embargo, su recogimiento interior.

Guadalupe se sintió impresionada y atraída de modo que enseguida se abrió en confidencia: ¿Qué tengo que hacer con mi vida?

Guadalupe siempre recordaría aquella conversación como esclarecedora, el encuentro con lo que andaba buscando. Supo que aquél iba a ser para ella el padre que había perdido unos pocos años antes porque –así lo repitió en muchas ocasiones-, en aquel momento, vio claramente su camino.

El sacerdote, sin embargo, le dejó abierto el horizonte de su libertad. Era ella la que debía tomar la decisión sin más motivo que el amor a Dios y sin más fuerza que su gracia. Al terminar, don Josemaría la invitó a asistir a un Curso de retiro que iba a comenzar unos días después.(…)

Guadalupe y México

La llegada a México no es para ser descrita. Parece que ha estado años fuera. Todas le preguntan y no paran. Y ella cuenta y tampoco para. Lo primero que ha hecho es buscar el lugar idóneo para la imagen de la Virgen que el Padre le ha dado.

Tiene la sensación de que ha crecido la labor apostólica y madurado las que han ido llegando en este año 1951, a punto de terminar. Se siente marcada por el fuerte deseo de poner en práctica todas las orientaciones que ha recibido durante su estancia en Madrid y en Roma. Tiene proyectos apostólicos nuevos.

Empieza el 1952, un año de rápida expansión para la Obra en México, que se extiende no sólo en el Distrito Federal, sino que señala el inicio en nuevas ciudades del país.

Hasta entonces el apostolado se había dirigido hacia las estudiantes universitarias principalmente. Llegaba la hora de tener en cuenta otros campos.

En primer lugar, se puso en marcha la atención a otras mujeres mayores que generalmente estaban casadas. Conocían y trataban ya a las que don Pedro les había presentado al llegar, normalmente esposas de conocidos suyos. Este grupo era numeroso y habían prestado ayuda generosa en la instalación de la residencia Copenhague. Ahora se trata de organizar los medios de formación necesarios para las futuras cooperadoras. La residencia se ensanchaba o encogía de acuerdo con las necesidades apostólicas.

El primer medio de formación que se les ofreció fueron los retiros mensuales. Así, además de la personal reflexión, se les facilitaba el apostolado, porque podían invitar a otras amigas. Hacia fines de marzo, tuvo lugar ya un primer curso de retiro. Pronto hubo muchas mujeres que comprendieron el impresionante panorama que se les abría, al comprobar que ellas podían también sentirse llamadas por Dios a la santidad con su fidelidad a las exigencias matrimoniales, como esposas y madres.

Ante ellas se iluminaba sobrenaturalmente su camino. Vieron, de forma práctica, que el seguimiento al Señor no era algo exclusivo de las que se habían comprometido a vivir en el celibato o la virginidad, sino que todas debían considerarse plenamente enroladas en la llamada que habían recibido en el bautismo. San Josemaría Escrivá de Balaguer había escrito hacía ya muchos años: Se creía que la perfección no fuese cosa asequible a las almas que se quedan en el mundo (…). Ahora ha vuelto a sonar la voz de Jesús que dice a todos: estote ergo vos perfecti, sicut et Pater vester caelestis perfectus est; sed pues vosotros perfectos, así como vuestro Padre celestial es perfecto (Mat. V, 48) .

Estaban descubriendo, por lo tanto, lo que el Señor había mostrado al Fundador del Opus Dei: Yo veo esta gran selección actuante–así decía-: hombres y mujeres de empresa y obreros; mentes claras de la universidad, inteligencias cumbres de la investigación, mineros y campesinos; aristocracia –de la sangre, del ejército, de la banca, de las letras- y pueblo, con su mentalidad más rudimentaria: todos, cada uno sabiéndose escogido por Dios para lograr su santidad personal en medio del mundo, precisamente en el lugar que en el mundo ocupa, con una piedad sólida e ilustrada, de cara al cumplimiento gustoso –aunque cueste- del deber de cada momento .

Lo que había visto San Josemaría hacía tantos años, ahora lo contemplaban aquellas mexicanas como una gran novedad y se dispusieron a servir a toda la sociedad en sus diversos estratos y, sobre todo, a renovar con ilusión su vocación matrimonial y familiar.

Guadalupe pudo constatar muy pronto que la labor se multiplicaba y cómo podía ir contando con grupos de mujeres, supernumerarias o cooperadoras, en las que apoyarse. Eran personas que se responsabilizaban de abrir nuevos campos de apostolado y, con múltiples actividades, facilitar los medios económicos imprescindibles para el sostenimiento de las actividades.(…)

Un colegio construido con la música

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La Orquesta Académica de Madrid, formada por jóvenes intérpretes, ha puesto su música al servicio de la solidaridad. Gracias a los beneficios obtenidos en un concierto, se construirá un colegio en una de las zonas más pobres de México. Es una iniciativa impulsada desde el Colegio Mayor Moncloa, obra corporativa del Opus Dei.

Desde que hace 62 años, San Josemaría Escrivá impulsara el Colegio Mayor Moncloa, su estilo universitario ha sido siempre coherente con su ideario de inspiración cristiana. El Colegio promueve un ambiente que facilita la responsabilidad en el estudio, la preocupación por los demás y la amplitud de horizontes culturales.

Entre esas actividades ocupa un lugar importante la música. Entre otros actos, se organizan conciertos para recaudar fondos que se destinan a proyectos de Solidaridad en países desfavorecidos. En estos proyectos, se involucran los colegiales universitarios, a veces incluso acudiendo a esos países, dando clases a niños sin escuela, visitando enfermos, etcétera.

El pasado verano el CM Moncloa inició un programa de colaboración con instituciones mexicanas de Tlapa (Estado de Guerrero, México), que continuará en los próximos años. El proyecto ha sido promovido por los mismos colegiales, y por otras instituciones universitarias. En años anteriores se han llevado a cabo proyectos similares en Polonia, Rusia, Rumanía, Líbano, Colombia, Bolivia, Ecuador y Argentina.

En Tlapa –según datos de la UNESCO, la décima zona más pobre del mundo- un grupo de 23 voluntarios del Colegio Mayor levantaron este verano dos escuelas e impartieron educación básica a 100 niños. Los universitarios visitaron en sus casas a más de 70 familias, a las que ayudaron a mejorar sus condiciones de vida.

También se realizaron visitas diarias a la cárcel local. “El contacto con la miseria nos ha hecho valorar aún más el espíritu del Colegio Mayor: trabajo bien hecho, altura cultural y humana, espíritu de servicio”, dice uno de los asistentes.

Todo ello es una respuesta a la enseñanza constante de San Josemaría: “Un hombre o una sociedad que no reaccione ante las tribulaciones o las injusticias, y que no se esfuerce por aliviarlas, no son un hombre o una sociedad a la medida del amor del Corazón de Cristo”.

Para poder recaudar fondos con los que sostener el proyecto en Tlapa, el pasado 15 de octubre se organizó un concierto en el Teatro Monumental de Madrid.

Con los años, ha logrado un lugar en el ámbito musical español como una de las más importantes formaciones jóvenes del país. Su objetivo más importante es desarrollar y promover una sensibilidad musical que esté al servicio del arte y de la cultura.

Está formada por 65 instrumentistas, todos profesionales o estudiantes de últimos cursos de Música. A su gran formación técnica se une una especial sensibilidad en la interpretación.

Los fondos recaudados se destinarán a la finalización de las dos escuelas en construcción y al sostenimiento del centro escolar para niños de Tlapa.

Por qué pedí la admisión en el Opus Dei como numeraria auxiliar

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Yukiko Kojima nació en Kyoto (Japón). Estudió Magisterio. Por motivos profesionales, su familia se trasladó a Pamplona (España), donde conoció el Opus Dei y pidió la admisión como Numeraria Auxiliar. Actualmente vive y trabaja en Roma.

¿Desde cuándo es del Opus Dei? ¿cómo lo conoció?

Decidí entrar a formar parte del Opus Dei el 11 de octubre de 1996. Un año antes me había convertido al catolicismo. Lo conocí a través de mis hermanos, que estudiaron en el Colegio Irabia en Pamplona, obra de apostolado corporativo del Opus Dei. Allí consiguieron un vídeo sobre Centros de Enseñanza y Trabajo por si me interesaba. Me gustó porque coincidía con mi ideal de estudiar y trabajar a la vez y, en noviembre de 1995, fui al centro de estudio y trabajo de la administración del Colegio Mayor Goimendi, en la universidad de Navarra. Allí vi el espíritu de la Obra encarnado en las personas y descubrí la importancia de la administración en los centros del Opus Dei.

¿Qué fue lo que le atrajo del Opus Dei?

Lo que más me llamó la atención fue la posibilidad de vivir en serio la vida cristiana en medio del mundo, tratar con mucha intimidad a Dios a través de lo ordinario, de tu profesión y ayudar a mucha gente a descubrir y vivir esa intimidad con Dios.

¿Por qué pidió la admisión como numeraria auxiliar?

Lo descubrí como una llamada de Dios. Al principio, no percibía la importancia del trabajo del hogar, nunca se me pasó por la cabeza dedicarme profesionalmente a esa tarea. Pensaba que este trabajo era de menos categoría. Lo que quería era ser pintora como mis padres o dedicarme a alguna otra profesión de servicio a los demás como médico o profesora.

Lo que sí tenía claro es que la familia es lo más importante en la vida de una persona y ninguna otra ambición noble podría competir con este desafío. Por otro lado, entendí desde el principio, que Dios ha querido que el Opus Dei sea una familia y que transmita ese ambiente de familia a todo el mundo; y que una familia necesita de una casa, un hogar. Pensé que tenía cualidades para ser una numeraria auxiliar y dedicarme a la atención y al cuidado de los centros del Opus Dei.

En un momento, cuando consideraba la posibilidad de dedicarme a otras profesiones, que también son un servicio directo a las personas, como la medicina o la docencia, se me quedaron muy grabadas en el alma las palabras de Jesús: “Yo estoy en medio de vosotros como quien sirve”. Y pensé que yo tal vez quería dedicarme a un servicio a mi gusto, algo que pudiera tener más relevancia que un trabajo de servicio escondido y vulgar a los ojos de muchos. Entonces me fié de Dios y de la Obra.

Siendo ya del Opus Dei, estudié Magisterio. Escogí una carrera de diplomatura que me aportara un conocimiento general, y que pudiera compaginar con programas de formación profesional específica y práctica. También he estudiado piano.

¿Cómo describiría el trabajo del hogar?

Lo más bonito de mi profesión es contribuir a crear un lugar de descanso para los demás. Se trata de que la gente se sienta a gusto en casa, que sea muy grata la convivencia, que se recuperen las fuerzas para volver a la calle, al trabajo, con una energía renovada. Con cariño y con espíritu de superación puedes dar muchas alegrías y hacer disfrutar con cosas sencillas. Es un trabajo que da vida a los demás sin que se note mucho. Es como el agua o el aire: normalmente no agradecemos que existan, pero el día que nos falte el agua o el aire…

A veces se considera de poca categoría por el hecho de que es un trabajo que parece efímero y rutinario. Se piensa: limpias y se vuelve a ensuciar; preparas la comida y en 30 minutos se acaba lo que haces con tanto esfuerzo. Un libro que escribes queda materialmente en un volumen, un cuadro puede estar en un museo o decorando un espacio, y en la boca de generaciones de hombres. Pero es una monotonía aparentemente repetitiva, que también se da -de alguna manera- en todos los trabajos. El prestigio lo das tú con tu modo de hacer, de trabajar. Se puede y se debe procurar un servicio excelente.

¿Le parece un trabajo con futuro?

Es un trabajo imprescindible. Depende de la conciencia que se tenga de lo que es cada persona, de su dignidad, del valor y la importancia que cada uno dé a su propia familia. Una mujer da prioridad a la atención de su hogar en la medida en que está enamorada de su marido y quiere a sus hijos, y está convencida de que su familia es lo mejor del mundo y dedicarse principalmente a su casa lo más importante.

Me daría pena pensar que para incentivar este trabajo en la propia familia fuera necesaria una remuneración económica, pero pienso que esta profesión debe estar muy bien remunerada y tener un adecuado reconocimiento social porque contribuye a algo que es esencial en la sociedad: hacer familia. Hay servicios de manutención de la casa, arreglos, instalación, etc. que la gente paga bien porque los necesita y lo mismo debería ocurrir con el trabajo de la casa porque es necesario para la salud y el desarrollo de la personalidad en el hogar.

Habría que facilitar en distintos niveles –con el apoyo de organismos internacionales, de gobiernos nacionales, etc.- que sea una opción profesional real y no una carga para la economía familiar. Pero todavía debería haber en el mundo –y los hay- trabajos que se hacen por amor y no tanto por lo que se gana.

En realidad, la satisfacción personal de quien lo realiza libremente y por amor no tiene precio.

¿Ha estado en su país recientemente? ¿Cómo se considera en Japón el trabajo del hogar?

La última vez hace un año. Históricamente los japoneses han valorado mucho la familia y eso se ha plasmado en unas ricas tradiciones culinarias y otros detalles, como los arreglos florales que hacen muy agradable la vida en casa y que se han transmitido de padres a hijos. Ahora, como en otras partes del mundo, se ha generalizado mucho la comida rápida. La gente va de prisa y un poco más a lo inmediato.

Me gustaría que se redescubriera el valor de cuidar de la familia -sería estupendo y muy necesario para la gente de hoy- y que eso se tradujera en dedicar más tiempo; en concreto, a la preparación de esas comidas, que además de ser nutritivas forman parte del patrimonio cultural de mi país, y contribuyen a unir más a los componentes de la familia y los amigos.

¿Cómo influyen las enseñanzas de san Josemaría en su trabajo?

De San Josemaría aprendí a conocer y tratar a Jesucristo y el valor santificador de la vida ordinaria. Es para mí un gran ejemplo de espíritu de servicio.


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