8. Rasgos de vida interior

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

En el punto 107 de Forja el Fundador escribió: El que deja de luchar causa un mal a la Iglesia, a su empresa sobrenatural, a sus hermanos, a todas las almas.

–Examínate: ¿no puedes poner más vibración de amor de Dios, en tu pelea espiritual? –Yo rezo por ti… y por todos. Haz tú lo mismo.

Si el Beato Josemaría nunca daba consejos que antes no hubiese puesto personalmente en práctica, ¿podría decirnos algunas cosas sobre su lucha ascética, sobre su examen de conciencia?

–El último día de 1971 el Padre anotó en su agenda una frase que después repetiría con frecuencia: Este es nuestro destino en la tierra: luchar por amor hasta el último instante. Deo gratias! Son palabras que llevó a la práctica toda la vida, para arrancar cuanto pudiese alejarle de Dios. Y para que no olvidásemos esta enseñanza, quiso que se grabara esta frase en la última piedra de Cavabianca, la nueva sede del Colegio Romano de la Santa Cruz. Sólo después de su muerte fue posible realizar aquel deseo suyo.

Se esforzó incansablemente en ser un instrumento cada vez más dócil a la misión que Dios le había confiado, templando su propio carácter y ejercitándose en la práctica de las virtudes.

A lo largo de su vida, mediante un examen de conciencia delicado, profundo y sincero, fue descubriendo nuevos puntos en los que mejorar. Se proponía metas exigentes para secundar las mociones recibidas de Dios, y su “táctica” consistía en luchar en cosas pequeñas, pues estaba convencido de que la santidad “grande” está en cumplir los “deberes pequeños” de cada instante (Camino, n. 817).

Afortunadamente conservamos algunas anotaciones suyas de 1932, que son un fiel reflejo de su lucha interior:

– No hacer preguntas de curiosidad.

– No quejarme de nada nunca con nadie, como no sea por buscar dirección.

– No alabar, no criticar.

Y, aunque era de carácter abierto y afable, resulta significativo que apuntase también el siguiente propósito:

– Ser amable y hablador en casa.

En 1956 me indicó las preguntas que debía hacerse con frecuencia un alma contemplativa, pues los miembros del Opus Dei somos contemplativos en medio del mundo. El Padre se examinaba personalmente sobre estos puntos:

–¿Busco el trato con Jesús en el Sagrario?

–¿Manifiesto con hechos mi espíritu de proselitismo?

–¿Acudo a la Virgen y a San José, para aprender a tratar a Dios, como Patronos de la Obra?

–¿Cumplo y vivo con cariño las Normas y Costumbres de la Obra?

–¿Saludo constantemente a mi Madre Santa María?

–¿Son mis amigos, mi Angel Custodio y los Custodios de los demás?

–¿Soy generoso en las pequeñas mortificaciones diarias, constantes?

–¿Sé elegir, cuando tengo libertad, lo más desagradable?

–¿Vivo el espíritu de penitencia?

–¿Doy tono sobrenatural a mis conversaciones?

–¿Procuro no discutir, y sé atender las razones de los demás?

–¿Busco mi alabanza o que agradezcan mis servicios?

–¿Pueden encargarme lo que sea, con la confianza de que lo llevaré a cabo y daré cuenta sincera, sin disculpa, de cómo lo he cumplido?

–¿Vivo la caridad, el cariño, también en los ratos de descanso?

–¿Mortifica mi palabra a los demás, por ser cargante o hiriente?

–¿Procuro no dar un trato extraordinario a alguno sólo por motivo de simpatía, haciendo acepción de personas?

–¿Olvido que mi santidad está en la rectificación del deber de cada instante?

–¿Me preparo debidamente para recibir los Santos Sacramentos?

–¿Hago con sinceridad y con valentía mi examen de conciencia a mediodía y por la noche?

–¿Hago también, en la forma debida, el examen particular de conciencia?

Como se ve, casi todas estas preguntas se dirigen a mantener o mejorar la intimidad con Dios.

Con sus palabras y su ejemplo el Fundador del Opus Dei enseñó a no fiarse del propio criterio y a acudir siempre a una prudente dirección espiritual, también en la confesión. ¿Quiénes fueron sus directores espirituales y sus confesores?

–Cuando, entre finales de diciembre del 1917 y comienzos de enero de 1918, en Logroño, el joven Josemaría descubrió aquellas huellas de unos pies descalzos en la nieve, se despertó en su alma una profunda inquietud y la seguridad plena de que el Señor quería algo (eran los barruntos del Amor). Acudió entonces a la dirección espiritual del Padre José Miguel, el carmelita que había dejado aquellas huellas.

Este santo religioso, al observar las excelentes disposiciones interiores del joven, y comprendiendo que, efectivamente, el Señor le llamaba, le sugirió hacerse carmelita descalzo. Esta posibilidad ni le atraía ni le desagradaba; pero, tras haberlo meditado con calma en la oración, también por lo que afectaba a sus deberes familiares, comprendió claramente que no era eso lo que el Señor le pedía, e intuyó que si el Señor quería algo de él, el mejor modo de estar disponible era hacerse sacerdote.

Interrumpió entonces la dirección espiritual con el Padre José Miguel, aunque conservó siempre una sincera gratitud por su trato, así como un afecto muy grande hacia los carmelitas. Veneraba especialmente a Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y Santa Teresita del Niño Jesús: fue asiduo lector de sus obras y en la predicación evocaba a menudo a estos grandes maestros de la espiritualidad y citaba sus escritos, aunque, cuando era necesario, hacía notar los puntos de divergencia con su propio modo de pensar y vivir las relaciones con Dios.

Cuando le contó a su padre la decisión que había tomado de hacerse sacerdote, don José Escrivá le puso en contacto con el Abad de la Colegiata, don Antolín Oñate, para que le orientase convenientemente, y buscó a otro amigo sacerdote que le preparase, tanto desde el punto de vista espiritual como científico; se dirigió a don Albino Pajares, sacerdote castrense, muy piadoso.

Para la dirección espiritual propiamente dicha y la confesión, Josemaría acudió a don Ciriaco Garrido Lázaro, canónigo capitular de la Colegiata y coadjutor de la parroquia de Santa María de la Rotonda, la iglesia a la que solía ir a rezar. En aquel momento este buen sacerdote debía tener en torno a los cuarenta y cinco años. Familiarmente le llamaban “don Ciriaquito”, no sólo por su pequeña estatura, sino sobre todo porque era muy querido en Logroño, tanto, que después de su muerte, en 1949, le dedicaron una calle de la ciudad.

En el Seminario de Zaragoza, donde no había un director espiritual específico, le ayudó sobre todo el Rector, don José López Sierra. Recibió consejos también del propio Cardenal Soldevila, de Mons. Miguel de los Santos Díaz Gómara, y de don Antonio Moreno. Después de su ordenación, fue don José Pou de Foxá quien más le orientó en los primeros pasos de su ministerio, en calidad de amigo leal y noble y bueno, como lo describía el Padre.

En Madrid, nuestro Fundador recurrió a la dirección espiritual del Padre Valentín Sánchez S.J., a quien confió la guía de su alma en el verano de 1930.

Tuvo que interrumpirla cuando el gobierno republicano decretó el 24 de enero de 1932 la expulsión de los jesuitas. En aquellas dificilísimas circunstancias, el Padre acudió al confesonario del Padre Postius, un religioso claretiano. Sin embargo, pese a la expulsión de la Compañía, muchos jesuitas se quedaron en España; así que, en cuanto estuvo disponible el Padre Sánchez, nuestro Fundador volvió a confesarse con él.

Con el estallido de la guerra civil y el inicio de la cruenta persecución religiosa que obligó a los sacerdotes a huir o esconderse para no sufrir martirio, le resultó muy difícil tener un confesor fijo. Mientras estuvo refugiado en la Legación de Honduras, acudió –habitualmente cada semana– al Padre Recaredo Ventosa, que había sido Provincial de la Congregación del Sagrado Corazón y estaba también refugiado en aquel lugar. Después, se confesó también durante un cierto período con don Angel Sagarmínaga.

Cuando logró pasarse a la llamada “zona nacional” y fijó su residencia en Burgos, nuestro Fundador pudo nuevamente tener un confesor fijo; al principio se dirigió con don Saturnino Martínez, un sacerdote muy piadoso, pero de salud frágil; por eso, al poco tiempo, acudió al P. Francisco de B. López Pérez, claretiano.

Después, al regresar a Madrid al término de la guerra civil española, volvió a su antiguo confesor, el P. Valentín Sánchez, hasta 1940, en que se vio obligado a dejarlo.

¿Qué había sucedido? Puedo decirlo con toda exactitud, porque estuve presente en las dos últimas conversaciones de nuestro Fundador con su director espiritual. En 1940 el Padre, ante la insistencia del Obispo de Madrid, había preparado los documentos para la aprobación diocesana de la Obra. Como en la parte relativa al espíritu del Opus Dei no hacía sino exponer el camino ascético que el Señor le hacía recorrer, es decir, su propia vida interior, le pareció oportuno enseñar también estos documentos al P. Sánchez. El Padre siempre distinguió entre lo que se refería a la fundación del Opus Dei –materia que no competía a sus directores espirituales– y lo que se refería a su vida espiritual; por tanto, su intención no era la de pedir una opinión al P. Sánchez sobre el Opus Dei, sino sobre su propia vida interior. Me parece recordar que la entrevista, en la que le entregó estos documentos, tuvo lugar en septiembre de 1940.

Unas semanas después acompañé nuevamente a nuestro Fundador a visitar a su director espiritual. Esta vez, el Padre Sánchez, que hasta entonces siempre le había animado a ser fiel al carisma fundacional, le dijo, con un tono bastante alterado, que la Santa Sede no aprobaría nunca la Obra, y le citó los números de algunos cánones para probar esta afirmación. Le devolvió los documentos y le despidió.

El Padre sufrió de manera indecible en aquella entrevista, pero no perdió la paz. Reafirmó su confianza en que, como la Obra era de Dios, el Señor se encargaría de conducirla a buen puerto. Añadió también, con mansedumbre y claridad, que no podía seguir confesándose con él, porque ya no le inspiraba confianza.

Me parece evidente que el P. Sánchez se sentía fuertemente condicionado, casi coartado, por otros; de otro modo, no se puede explicar un cambio tan radical y repentino. Eran los tiempos en los que se desataba una violenta persecución contra la Obra.

Yo tomé nota de los números de los cánones que el Padre Sánchez había citado. Nada más llegar a casa comprobé con el Padre que los había citado al azar, y no tenían nada que ver con el problema.

Es un suceso muy grave y muy triste, pero que no debe escandalizar, pues muchos santos han sufrido dificultades e incomprensiones de sus confesores. Basta recordar cuánto sufrió Santa Teresa.

El Padre, a pesar de todo, conservó siempre un profundo agradecimiento al P. Sánchez, por el bien que había hecho a su alma. Cuando murió este jesuita, en 1963, nuestro Fundador recordaba, en una carta dirigida al Vicario de la Obra en España, que el P. Sánchez se había alegrado mucho cuando, pasado el tiempo, fue a verle y le informó de que la Santa Sede había concedido a la Obra el decretum laudis.

¿Y a quién acudió, entonces, el Fundador para la dirección espiritual?

Escogió a don José María García Lahiguera, al que siempre consideró un amigo fraterno, y que entonces era director espiritual del Seminario de Madrid; más tarde fue Obispo auxiliar de esta diócesis y, después, Arzobispo de Valencia. Su Causa de canonización se abrirá en cuanto sea posible.

Nuestro Fundador expresó desde el primer momento a su nuevo confesor su intención de dirigirse con un sacerdote de la Obra en cuanto se ordenasen sus primeros hijos. A don José María García Lahiguera le pareció muy lógico. El 26 de junio de 1944, al día siguiente de mi ordenación sacerdotal, el Padre llegó al Centro de la calle Villanueva donde yo vivía. Me preguntó si había escuchado ya alguna confesión; le respondí que no, y exclamó: Pues vas a oír la mía, porque quiero hacer confesión general contigo. Y nos fuimos al oratorio del Centro. Lo menciono porque él mismo lo contó muchas veces en público, incluso con estas mismas palabras. Desde entonces, exactamente durante treinta y un años –murió el 26 de junio de 1975–, confesé habitualmente a nuestro Fundador.

Ya aquella primera vez me dijo que renunciaba al sigilo sacramental que yo debía vivir respecto de sus confesiones, porque quería dejarme las manos libres para ayudarle espiritualmente en cualquier momento, también fuera de la confesión. Por mi parte, gracias a Dios, nunca hice uso de esta facultad, por el amor hacia ese sacramento, que precisamente nuestro Padre me inculcó con tanta intensidad. Me impresionó siempre la humildad con que nuestro Fundador se puso desde entonces en mis manos; yo era un sacerdote recién ordenado y había recibido de él toda la formación espiritual.

Aprovecho la ocasión para señalar que todo lo que estoy contando en esta entrevista, como lo que cuento de nuestro Fundador en otros lugares, se refiere exclusivamente al fuero externo; he evitado y evitaré siempre toda referencia, incluso marginal o indirecta, al sigilo sacramental.

No necesitaba esta precisión, porque ni se me había ocurrido pensar lo contrario, pero se la agradezco, porque ataja cualquier escrúpulo o duda en lectores quizá menos informados.

Le rogaría ahora que abordase algún aspecto de la vida de oración del Fundador.

–Puedo atestiguar que su unión con Dios aumentó año tras año, en un “crescendo” maravilloso, hasta el fin de su vida. Ya en 1935, cuando acababa de conocerlo, vi claramente que sólo pensaba en el Señor y en cómo servirle. Ponía los cinco sentidos en todo lo que hacía; pero, al mismo tiempo, estaba completamente metido en Dios. Vivía lo que solía aconsejar: tener los pies en la tierra, y la cabeza en el cielo; es decir, poner en juego todas nuestras facultades para cumplir los deberes de cada día, en el trabajo profesional, en el ministerio sacerdotal, pero siempre con el pensamiento en el Señor.

Su unión con Dios era tan profunda que, incluso, cuando sufría por la falta de camino jurídico para la Obra, o, sobre todo en los últimos años, por la situación de confusión y desobediencia en que se encontraba la Iglesia, no perdía nunca la alegría, como no la había perdido tampoco ante las numerosas contrariedades por las que hubo de pasar en los años precedentes. Su unión con Dios se alimentaba con tiempos específicos dedicados a la oración mental: habitualmente, media hora por la mañana y media hora por la tarde; estableció esta norma también para todos sus hijos.

En enero de 1973 hizo este comentario: No es bastante que se esté en oración todo el día, como por la gracia de Dios procuramos hacer todos buscando la presencia del Señor en todo momento. No es suficiente, como tampoco sería suficiente que en cada habitación de la casa hubiera los elementos de la calefacción, porque además de éstos se necesita una caldera: y la caldera está constituida para nosotros por las dos medias horas de oración mental.

Por lo demás, las dos homilías tituladas Vida de oración y Hacia la santidad, incluidas en el libro Amigos de Dios, son paradigma elocuente de cómo rezaba. De hecho, las propuso como “falsilla” de la vida de oración de sus hijos.

Precisamente en la homilía Hacia la santidad, el Fundador, después de haber trazado un itinerario de oración que, partiendo de oraciones vocales, pasa por la meditación de la Humanidad Santísima de Cristo, afirma: El corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como el de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las virtudes sobrenaturales! (Amigos de Dios, num. 306). Evidentemente, hablaba desde su experiencia personal.

–No dudo en afirmar que Dios le dio con creces el don de la contemplación infusa. He recordado cómo, muy frecuentemente, durante el desayuno, mientras ambos hojeábamos los periódicos, apenas nuestro Padre empezaba a leer, se quedaba absorto, inmerso en Dios; apoyaba su frente en la palma de la mano y dejaba de leer el periódico para hacer oración. Grande fue mi emoción cuando, después de su muerte, leí en sus Apuntes íntimos esta anotación de 1934, en que plasma con extrema sencillez su diálogo con el Señor: Oración: aunque yo no te la doy (…), me la haces sentir a deshora y, a veces, leyendo el periódico, he debido decirte: ¡déjame leer! –¡Qué bueno es mi Jesús! Y, en cambio, yo…

Llevaría mucho tiempo describir la riqueza de su vida interior, en la que el Espíritu Santo le condujo hacia las altas cimas de la unión mística en medio de la vida ordinaria, atravesando también durísimas purificaciones de los sentidos y del espíritu.

Como les sucede a todas las almas de oración, el Señor permitió que, en algunas épocas de su vida, nuestro Fundador experimentase la aridez. En 1968, por ejemplo, nos confiaba: Ayer por la tarde me encontraba muy cansado y me fui al oratorio a hacer la oración. Me estuve allí, y le dije al Señor: Aquí estoy, como el perro fiel a los pies de su amo; no tengo fuerzas ni siquiera para decirte que te quiero, ¡Tú ya lo ves! Otras veces, a lo largo de mi vida, he dicho a Nuestro Señor: Aquí estoy, como el centinela en la garita, vigilante, para darte todo.

Estos periodos de aridez, más o menos largos, fueron circunstanciales. Se comprueba en las meditaciones publicadas hasta ahora –hay otras inéditas–, que eran oración personal de nuestro Fundador.

Nos enseñó a practicar lo que vivía: a perseverar en la oración mental también cuando estamos cansados, cuando el Señor nos concede consuelos y cuando nos los niega, cuando recibimos luces y cuando nos encontramos en la aridez más completa.

El 17 de mayo de 1970 decía: Vamos a ser piadosos, a enseñar a los demás con nuestras vidas a rezar, a convencer a la gente que hay que rezar. Nosotros debemos llevar todas las cosas a Dios en una continua oración. Ésta fue, en síntesis, su vida: rezar constantemente, reconducir todo al Señor, logrando la plenitud de la contemplación en medio del mundo. Rezó hasta el último momento, hasta que el Señor le llamó a su lado.

Virgen morena de Guadalupe

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

«Hijos míos, durante este mes (…) he ido de romería a Torreciudad, descalzo, a honrar a Nuestra Señora. También he estado en Fátima, descalzo otra vez, a honrar a Nuestra Señora con espíritu de penitencia. Ahora he venido a México a hacer esta novena a Nuestra Madre (…). Y creo que ruedo decir que la quiero tanto como los mexicanos la quieren»`.

Así explicará el Fundador del Opus Dei el motivo principal de su primer viaje a América en 1970. Alrededor de las tres de la madrugada del 15 de mayo, toma tierra el avión que le trae a la capital azteca.

-«He tardado veintiún años en venir a estas tierras»(32).

Se refiere el Padre a la fecha de llegada de sus hijos al Continente americano. Ahora, Dios le ofrece la oportunidad de presenciar cómo ha bendecido al Opus Dei. La presencia de la Obra en América se extiende, en 1970, a dieciséis países, que comprenden más del noventa por ciento del territorio; hay miles de vocaciones de todas las naciones y razas representadas en el Nuevo Mundo; numerosas tareas de formación y apostolado, que abarcan desde Universidades hasta labores de promoción humana y espiritual para campesinos y obreros; personas de todas las condiciones sociales que comprenden, aman y cooperan con el Opus Dei. Un horizonte abierto en el que no se pueden divisar los límites.

El Padre, don Álvaro del Portillo y don Javier Echevarría descienden la escalerilla del avión. Don Javier Echevarría llegó a Roma en 1950 a los dieciocho años de edad. Desde entonces ha permanecido junto al Fundador, en este peregrinar universal, entregado con fidelidad al servicio de la Obra. Cuando el Opus Dei encuentre su configuración jurídica definitiva como Prelatura personal, seguirá ocupando el cargo de Secretario General, que ostenta desde el 15 de septiembre de 1975. Durante los años en los que se lleva a cabo la expansión apostólica del Opus Dei por los cinco continentes, trabajará junto al Padre de modo constante. Hoy, en México, son recibidos con emoción por un grupo de hombres que lleva mucho tiempo en esta tierra. Son momentos para recordar aquellas palabras que escribiera el Fundador treinta años antes:

«Olvidad vuestra pequeñez y vuestra miseria, hijas e hijos míos, y poned los ojos y el corazón en este caudaloso río de aguas vivas, que es la Obra»(33).

Como un río silencioso y pacífico, pero también desbordante, es la alegría con que los hijos suyos mexicanos miran hoy el vuelo de este avión que cruza un cielo plagado de estrellas.

Llegan cartas y telegramas de todas las partes de América. El teléfono es una canción continua:

-Les llamo para felicitarnos mutuamente.

-Encomendamos fuerte la estancia del Padre.

-Damos muchas gracias a Dios, y nos unimos a las intenciones del Padre, ante la Virgen de Guadalupe(34)

Realmente, un solo corazón y una sola alma.

Guadalupe no es sólo un Santuario visitado por casi treinta millones de personas al año: es la fe de todo el pueblo unido a la Virgen morena. El 12 de diciembre, conmemoración de una de las apariciones, es fiesta nacional. Desde la víspera, personas de toda la República y mexicanos que viven en el extranjero hacen noche a las puertas de la Basílica para entrar los primeros a saludarla.

Esta devoción se remonta al año 1531. El sábado 9 de diciembre, antes del amanecer, pasaba al pie del cerro de Tepeyac un indio converso, pobre y humilde. Era Juan Diego, que acudía a la primera Misa en la misión. De pronto oye un canto suave, como de una bandada de pájaros. Y al mirar a la cumbre ve una nube blanca y luminosa en medio del arco iris. Una alegría inexplicable pone alas a sus pies y se siente llamado a lo alto del cerro. Sube, y ve una bellísima Señora cuya presencia ilumina los nopales, los espinos y las piedras. Y le habla en su idioma náhuatl:

-«Hijo mío, Juan Diego, a quien amo tiernamente como a pequeñito delicado, ¿a dónde vas?

-A Misa, Señora.

-Hijo mío, muy querido. Yo soy la Siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios, y mi deseo es que se me levante un templo en este sitio, donde como Madre piadosa tuya, y de tus semejantes, mostraré mi clemencia amorosa y la compasión que tengo de los naturales y de aquellos que me aman y me buscan, y de todos los que solicitaren mi amparo y me llamaren en sus trabajos y aflicciones, y donde oiré sus lágrimas y ruegos para darles consuelo y alivio. Dirás al obispo que yo te envío para que me edifique un templo».

Juan Diego corre al Palacio de fray Juan de Zumárraga, primer Obispo de México. Pero tiene poca suerte en su embajada y retorna, cariacontecido, a dar cuenta a la Señora. Ella le anima. Ha de insistir. Y el Obispo le pide una prueba. Tiene que demostrarle que ha visto, efectivamente, algo sobrenatural. La Virgen le cita para la mañana siguiente. Le dará una señal.

Pero el amanecer del día 12, martes, encuentra a Juan Diego de camino y desalentado en busca de un fraile. Su tío, Juan Bernardino, se muere. Ni siquiera pasa por lo alto del cerro para no detenerse porque el tiempo urge al moribundo. Y la Virgen sale a su encuentro en la falda de la cuesta:

«Hijo mío, no te aflija cosa alguna. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi amparo? ¿No soy yo vida y salud? ¿No estás en mi regazo y corres por mi cuenta? ¿Tienes necesidad de otra cosa? No temas por tu tío que ya está sano»(35)

La Virgen le pide que antes de ir a casa del Obispo, suba al cerro y recoja las rosas que encontrará en la cumbre.

Nunca hay flores allá arriba en diciembre. Pero ese día, Juan Diego encuentra un vergel y llena la manta india que le sirve de capa. Muy pronto llega ante el Obispo, que le mira asombrado: pensó que no volvería. Y al desplegar la tilma, caen las rosas al suelo y queda dibujada en la manta la imagen de la Virgen de Guadalupe tal como hoy se venera en México. Sobre el tejido de palma silvestre brillan los colores y las formas de una hermosa Mujer de cabello negro, frente serena y color trigueño. Una túnica rosada y con bordado en oro la cubre por entero. El manto es de color verde mar. Lleva corona real e inclina la cabeza hacia la derecha, con los ojos bajos. Todo el sol de México emerge por detrás como si la respaldara: ciento veintinueve rayos. Un ángel de alas desplegadas carga alegremente con el leve peso etéreo de la imagen.

Pintores de gran prestigio acudirán, llamados por el Virrey, Marqués de Mancera, y el Obispo Zumárraga, a informar sobre a pintura. Entre ellos, Juan Salguero, Tomás Conrado, López de Avalos, Alonso de Zárate. Todos afirman la inexplicable textura y calidad del cuadro. El reverso del tejido es muy áspero y gruesa la trama. El lado de la pintura se palpa con tacto de seda. Los colores y técnica, permanecen intactos en el correr del tiempo. En este siglo se ha comenzado a realizar un estudio científico; sin embargo, el misterio continúa a la luz de los conocimientos técnicos y científicos de alta precisión. El sabio Richard Kühn, Premio Nobel de Química, ha atestiguado que la policromía de la Virgen de Guadalupe no procede de colorantes minerales, animales ni vegetales.

Se ha llevado a cabo un análisis más detallado con alta tecnología por los doctores Callaban y Brant, científicos de la NASA, que, mediante rayos infrarrojos han comprobado que la pintura carece de boceto previo y pinceladas. La imagen ha sido pintada directamente. Y, por último, el doctor Aste Tonsmann ha referido, con técnica de digitalización de imágenes fotográficas, el hallazgo de figuras humanas de tamaño infinitesimal en el iris de la Virgen. Figuras que componen una escena equiparable al episodio relatado en náhuatl por Antonio Valenciano en el Nican Mopohua del siglo XVI.

El Padre, al llegar a México, había comentado:

«Cuando vaya a la Villa, tendréis que sacarme de allí con una grúa».

Y lo mismo le repite al Arzobispo, Cardenal Miranda, cuando va a visitarle. Y el Cardenal, que le ha invitado repetidas veces a cruzar el Atlántico para visitar a la Virgen Guadalupana, contesta sonriente:

-«Pues no seré yo quien llame a la grúa».

Está encantado de tener en su país al Fundador de la Obra, y cuando le saluda con una abrazo, dice:

-«¡Por fin lo conseguimos!, ¡por fin lo conseguimos! »(36)

El sábado 16 de mayo, el Padre inicia sus visitas a la Virgen Morena, que se prolongarán durante nueve días. Le acompañan don Álvaro del Portillo, don Javier Echevarría y tres personas más. Un pequeño grupo que se acerca, discretamente, a la Basílica. Acaban de dar las seis de la tarde. El Padre entra, deprisa, con la juventud y el ánimo de quien tiene, desde siempre, una cita gratísima e importante. Llega hasta el presbiterio y se arrodilla. Allí permanecerá largo tiempo rezando, con la mirada puesta en la Virgen.

Suena un reloj distante con campanadas de metal. Don Álvaro del Portillo se acerca al Fundador: «Padre, llevamos dos horas y estamos rodeados de gente del Opus Dei…».

Mientras hacía su oración, han ido llegando hijas e hijos suyos mexicanos. La Basílica se ha poblado de caras conocidas que rezan, todos a una, por aquello que el Padre está poniendo a los pies de la Virgen.

Los siguientes días ocupará una tribuna alta, localizada sobre el presbiterio, a la derecha de la imagen, desde donde la puede ver con intimidad. Allí pasa varias horas con la Señora. Durante cuarenta días de permanencia en México, el Padre verá a más de veinte mil personas de toda América. En una tertulia, alguien le pregunta qué se puede decir a los que se olvidan de la Virgen:

-«¿Has oído aquellas palabras del Señor cuando, para manifestar su cariño, dice: pero, es posible que una madre se olvide de sus hijos? Aunque eso sucediera, yo en cambio no me olvidaría del amor que os temo. Pues tampoco los hijos nos podemos olvidar de la Madre» Madre»(37).

El indio, por temperamento, es reservado, silencioso. Puede seguir con gran interés una conversación pero mantiene el silencio. Junto al Padre el comportamiento es distinto: los mexicanos campesinos del Valle de Amilpas hablan con él, se ríen, dejan al descubierto la sencillez y el afecto de su corazón.

Y porque les ve y comprende el idioma de su corazón, se hace cargo de sus problemas humanos y sociales, del estado de pobreza de las gentes del campo. Traza los proyectos de vivienda dignas para los campesinos de la zona cercana a Montefalco; se interesa por la formación que reciben los nativos en esta gran escuela profesional que ha representado un esfuerzo gigantesco; se vuelca con las familias de las nativas que acuden a las escuelas del Opus Dei en toda la zona de México.

«Estamos preocupados de que mejoréis, de que salgáis de esta situación, de manera que no tengáis agobios económicos… Vamos a procurar también que vuestros hijos adquieran cultura: veréis como entre todos lo lograremos, y que -los que tengan talento y deseo de estudiar- lleguen muy alto (…). Y ¿cómo lo haremos? ¿Como quien hace un favor?… No (…), ¡eso no! ¿No os he dicho que todos somos iguales?»(38).

El 16 de junio se reúne en Jaltepec, a cincuenta kilómetros de Guadalajara, en el Estado de jalisco, con sacerdotes del Opus Dei que trabajan en México, y con otros muchos que participan de los medios de formación de la Obra. Llegarán desde muy diversos puntos, con la ilusión de tener una charla amable, prolongada y filial con el Fundador de la Obra.

«Estoy muy contento en México, entre otras cosas porque aquí he encontrado un anticlericalismo sano, como el que suelo predicar. Bien es verdad que lo tenéis como fruto de una gran persecución a la Iglesia, pero gracias a Dios ya aquello pasó: entiendo que sabréis mantener siempre el equilibrio que ahora tenéis.

No quise venir sin que lo supieran las autoridades (…), y de vuestros gobernantes no he recibido más que atenciones».

Conversará con estos sacerdotes de los temas que deben ocupar el corazón de los ministros de Cristo: del trabajo entre las almas, de su dedicación total, de su entrega incondicional y de servicio constante.

«Todo el corazón nuestro es para Cristo y -a través de Cristo- para todas las criaturas, sin singularidades»(39).

Les habla de humildad: esa virtud que hace al hombre grande a pesar de sus errores; de la vocación inmensa a que han sido llamados por Dios desde la eternidad. De la ayuda de unos para otros. De esa fraternidad que distingue, inconfundiblemente, a los hijos de Dios.

«No estáis solos. Ninguno de nosotros puede encontrarse solo. Y menos si vamos a Jesús por María, pues es una Madre que nunca nos abandonará»(40)

Pasa el tiempo, entre preguntas y respuestas rápidas, el buen humor del Padre y la alegría espontánea que produce su presencia. Cae fuerte el sol de media mañana y una bruma blanda desciende sobre las aguas de la cercana laguna de Chapala.

El 22 de junio, víspera de su regreso a Roma, el Padre está reunido con un grupo de hijos suyos. Alguien pulsa una guitarra:

-«Padre, es una antigua canción popular. Dicen que es demasiado dulzona, pero a mí me gusta. El comienzo es un poco lento»:

«Quiero cantarte, mujer,

mi más bonita canción,

porque eres tú mi querer,

reina de mi corazón…».

Y, de pronto, el Padre se pone de pie:

-«¿Por qué no vamos a la Villa todos a cantarle eso a la

Virgen, a darle nuestra serenata?»(41).

El asentimiento es unánime. A las 8,30 de la tarde, todos en la Basílica de Guadalupe.

Media hora antes la iglesia empieza a vaciarse de peregrinos. Pero, en lugar de quedarse el recinto en una penumbra solitaria, hoy se llena a tope de una concurrencia entusiasta. Los encargados del mariachi llegan con sus guitarras y se sitúan en el lugar apropiado. Ya está abarrotada la Villa. Viene el Padre, y los conserjes cierran las puertas. Otra vez, como el primer día de su llegada, el Fundador se arrodilla ante la Virgen de América. Luego entona la Salve, que cantan, unánimes, sus hijas e hijos reunidos en esta despedida imprevista. Se queda en el presbiterio, rodeado de sacerdotes. Los hay ya mayores, encanecidos por el trabajo y el tiempo, y muy jóvenes; todos unidos en un solo afecto. Rompen el silencio las guitarras:

«Tuyo es mi corazón,

oh sol de mi querer».

Después entonan «La Morenita» y, así, una y otra letrilla. La emoción cunde, porque allí está un gran trozo del alma de México: se han reunido junto al Padre todos los que recorren este camino de fidelidad a Cristo que es el Opus Dei.

Al empezar la tercera canción, el Padre se levanta y sale de la Basílica, mientras sigue sonando otra canción a la Virgen: «¡Gracias, por haberte conocido!… »(42). Después se hace el silencio. La gente abandona la nave y se apagan las luces. Los coches regresan a la ciudad mientras cae una lluvia fina, casi imperceptible. Se diría que el cielo mexicano también ha sucumbido a la emoción sencilla y entrañable de este adiós.

Al día siguiente, un avión llevará a Monseñor Escrivá de Balaguer camino de Roma. Allá en Montefalco, junto a los viejos muros de la iglesia, quedan unos árboles que ha plantado antes de partir. Pasados los años, cuando el tiempo los haya apuntalado, su sombra dará paz al caminante.

Cerca de Jaltepec, el cuadro que representa a la Guadalupana dando una flor al indio Juan Diego guarda una petición del Fundador:

-«Quisiera morir así: mirando a la Virgen Santísima y que Ella me entregase una flor…

Y, después de un silencio, añade:

-«Sí, me gustaría morir ante este cuadro, con la Virgen dándome una rosa»(43)


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