Un hombre de fe

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Testimonio de Mons. Laureano Castán Lacoma, Obispo de Sigüenza (Guadalajara)
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Cuando se cumplen los cincuenta años de la fundación del Opus Dei querido evocar por escrito algunos de mis recuerdos sobre Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer.

Le conocí hacia 1926, cuando era un joven sacerdote recién ordenado, y yo cursaba los primeros años del seminario. Solía acu­dir con su familia, durante el verano –hasta l934, a Fonz, mi pueblo natal, en la provincia de Huesca, para realizar algunas cortas visitas a su tío don Teodoro Escrivá, beneficiado de la capellanía de la Casa Moner.

En varias ocasiones pude ayudarle a celebrar la Santa Misa en la capilla de los señores de Otal barón de Valdeolivos–, con quie­nes me unía una gran amistad. Desde entonces, guardo la viva impresión que me produjeron la piedad y el extraordinario fervor con los que celebraba el Santo Sacrificio. Ya entonces vivía lo que más tarde habría de enseñar: «La misa es acción divina, trinitaria, no humana. El sacerdote que celebra sirve al designio del Señor, prestando su cuerpo y su voz; pero no obra en nombre propio, sino in persona et in nomine Christi, en la persona de Cristo, y en el nom­bre de Cristo» (1).

En alguna de aquellas ocasiones, entre los años 1929 y 1932 dimos vanos paseos, a solas, conversando largamente. Recuerdo una de aquellas conversaciones en la que, con gran fuerza, me habló de lo improcedente que resultaba la injerencia de los gobiernos en los asuntos internos de la Iglesia. En otra, paseando por la era Ferragut, cerca de la casa de su tío don Teodoro, me habló de la fundación que el Señor le pedía llamándola la Obra de Dios. Aunque decía que estaba trabajando para realizarla, me hablaba de todo como si fuese una cosa ya hecha: tal era la claridad con la que ayudado por la gracia de Dios– la veía proyectada en el futuro. La llamaba Obra de Dios, porque decía que no era suya, afirmaba: yo no quería fundar nada. El tiempo ha demostrado de modo impalpable que Dios escogió, para fundar el Opus Dei, un instrumento bueno y fiel

Me pidió entonces que rezara por la Obra de Dios, y lo he seguido haciendo, a diario, con intensidad y fervor. Reflexionando ahora desde la perspectiva de mi larga vida dedicada al servicio de la Igle­sia Santa y tantos años pastor en mi diócesis, no encuentro más explicación a mi perseverancia en rezar a diario por el Opus Dei que la profunda impresión que me causó la fe con la que hablaba Monseñor Escrivá de Balaguer y la santidad que se traslucía de su persona.

Su fe en Dios patente y fuera de lo común: de ahí su convencimiento de que los hombres somos sólo instrumentos, libres y responsables, en las manos de nuestro Padre Dios. Por eso –me insis­tía– en el apostolado lo primero es la oración; después, el espíritu de mortificación y de penitencia; sólo en tercer lugar, muy en tercer lugar como más tarde escribiría en Camino la acción (2).

Recuerdo también de aquella primera conversación sobre el espíritu de la obra, cómo me hizo ver que no estaría circunscrita a España, ni a una clase social determinada. Dios la quena universal, católica: abierta a los hombres de todas las condiciones sociales, de todas las razas, de los cinco continentes.

LA HORA DE LA INCOMPRENSIÓN

El primer desarrollo del Opus Dei en España estuvo acompa­ñado de graves incomprensiones, de una campaña de falsedades y calumnias, que Monseñor Escrivá de Balaguer supo sufrir con un profundo sentido sobrenatural y grandeza de corazón, sin guar­dar rencor a nadie.

En una ocasión –siendo yo obispo auxiliar de Tarragona– me refirió don Leopoldo Eijo y Garay, entonces obispo-patriarca de Madrid–Alcalá, que unas personas católicas fueron a hablar con él para sugerirle que interviniera contra la Obra y su fundador, como algo herético. Monseñor Eijo y Garay, después de escucharles, les explicó que él había actuado directamente y con pleno conocimien­to de causa en su aprobación. «Esa criatura –les dijo refiriéndose al Opus Dei– ha nacido en estas manos». Con esta expresión quería hacerles entender que conocía bien lo que había aprobado, lo que había hecho a ciencia y a conciencia.

En aquellos años no se hablaba de la llamada universal a la san­tidad. Esto puede explicar –humanamente– el recelo que en algunos provocó la predicación del fundador del Opus Dei a la par que hace destacar la unión íntima con Dios y la fortaleza heroica con la que –siempre con una sonrisa en los labios– continuó su labor. Escrivá de Balaguer, verdadero pionero del Concilio Vaticano II, que años más tarde vendría a promulgar solemnemente el contenido de su predicación.

Nunca guardó la menor animosidad contra nadie: al contrario, su gran corazón se agrandaba ante esos ataques injustos. Cuando tuvo que defender la Obra como era su deber– lo hizo siempre sin acritud, evitando referirse por su nombre a los que le habían calumniado. Y cuando era atacado personalmente, nunca se defen­dió, imitando de forma admirable el ejemplo del Divino Maestro: Jesús autem tacebat, pero Jesús permanecía en silencio (3). Como norma de conducta, que mantuvo siempre, trató tan sólo –son pala­bras suyas– de ahogar el mal en abundancia de bien.

DESPRENDIMIENTO

Junto con un gran respeto por la autoridad legítima que le llevaba a apreciar como es debida las muestras de honor y de dis­tinción que la acompaña– en Monseñor Escrivá de Balaguer noté siempre una absoluta carencia de afán de cargos o distinciones honoríficas.

Esta actitud de desprendimiento fue constante, a lo largo de su vida; cuando, al paso de los años, recibió merecidas distinciones pontificias y condecoraciones civiles; cuando rehabilitó un viejo título de nobleza de nuestra tierra aragonesa –le correspondía hacerlo al ser el primogénito– por considerarlo como un deber de estricta justicia hacia su familia. Paradójicamente, esta decisión constituyó una muestra de la humildad de don Josemaría, a quien no se le ocultaba que con seguridad, podría dar lugar a interpre­taciones torcidas que –para los que le conocíamos bien– resultaban ridículas.

AMOR A LA IGLESIA Y AL PAPA

Mi última conversación con el fundador del Opus Dei tuvo lugar en Roma en enero de 1974, durante cerca de hora y media. Fue una charla muy afectuosa, extraordinariamente espiritual y, a la vez, enormemente optimista: se mostró firmemente confiado en la Pro­videncia, aunque la Iglesia estaba pasando momentos difíciles. Me insistió mucho en que rezara –convencido de la eficacia de la ora­ción– por la Iglesia y por el Papa.

Manifestándose con gran realismo en la apreciación de las difi­cultades por las que atravesaba –y atraviesa– la Iglesia, me llamó la atención verlo profundamente esperanzado y optimista; más que en motivos humanos, fundamentaba su esperanza en la Providencia de Dios sobre su Iglesia: «Tu optimismo será necesaria consecuen­cia de tu fe» (4).

Se quedó grabado su amor por el Romano Pontífice. Al comen­tar la noticia de la audiencia que acababa de concederle el Santo Padre Pablo VI, me dijo que había procurado hablarle de las mara­villas que Nuestro Señor llevaba a cabo en tantas labores apostólicas de todo el mundo. Me comentó que el Papa ya tenía bastantes preo­cupaciones, y que había querido darle sólo alegrías. Me confió que a diario ofrecía la Santa Misa por la Iglesia y por el Papa; sólo en tercer lugar la ofrecía por el Opus Dei. Salí de aquella conversación con Monseñor Escrivá de Balaguer contento y esperanzado: confortado por el gran sentido sobrenatural que pude apreciar en este gran amigo. Indudablemente, en armónico desarrollo con las demás virtudes, el amor a la Iglesia y al Papa que ya había notado en esa alma egregia en los años lejanos de nuestra juventud, se había hecho grande, más intenso, mas profundo. Sé que, con frecuencia, repetía a sus hijos lo que en esa ocasión me dijo a mí: que con alegría muy grande daría su vida, y mil vidas que tuviera, por el Romano Pon­tífice, sea quien sea; siempre–subrayaba– con la gracia de Dios, porque sin ella no podría hacer nada.

Si tuviera que realizar un resumen –muy limitado, como todos los resúmenes– sobre la persona del fundador del Opus Dei, diría que este extraordinario pionero de la espiritualidad laical, que tantos y tan altos servicios ha prestado a la Iglesia, se caracterizaba por una profunda vida interior, que le llevaba a conducir a Dios todas sus acciones y conversaciones, de manera que cuantos le tratábamos nos sentíamos arrastrados por ese amor de Dios que con­tagiaba; vida interior unida a una profunda alegría y sentido del humor, que llevaba a sentirse feliz a su lado. Y energía de carácter, que se compaginaba perfectamente con la exquisita delicadeza en el trato, con una gran serenidad y ponderación en sus acciones.

1. Hijo de la Iglesia

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El decreto sobre la heroicidad de las virtudes vividas por Mons. Josemaría Escrivá, promulgado el 9 de abril de 1990 por Juan Pablo II, sitúa la figura del Fundador del Opus Dei en un preciso contexto eclesial: la llamada a la santidad de todos los bautizados que es, según Pablo VI, “el elemento más característico del Magisterio conciliar, y por así decir, su fin último”. Mons. Escrivá, desde el 2 de octubre de 1928, dedicó todas sus energías a difundir esa vocación universal a la santidad, “en coincidencia profética con el Concilio Vaticano II”.

Como es bien sabido, el amor a la Iglesia y la voluntad de servirla penetran todos los escritos, la predicación y la vida del Fundador. Me gustaría conocer detalles de cómo manifestaba personalmente, Mons. Escrivá, su profunda convicción de hijo de la Iglesia.

–Conservo el recuerdo imborrable de su llegada a Roma. Era el 23 de junio de 1946. El Padre tenía 44 años. Yo estaba en Roma desde febrero de aquel año, porque el Fundador me había encomendado diversas gestiones para la aprobación pontificia de la Obra. Como las características propias del Opus Dei representaban una novedad absoluta en el Derecho canónico vigente, yo trabajaba en la medida de mis posibilidades, siguiendo las indicaciones precisas del Fundador. Pero me dijeron, entre otras muchas cosas, que no era posible aún obtener la aprobación del Opus Dei: habíamos nacido –ésta fue la expresión literal– con un siglo de anticipación. Las dificultades eran tan grandes, aparentemente insuperables, que decidí escribir al Padre para manifestarle la necesidad de su presencia en Roma.

Aunque en aquel momento padecía una diabetes gravísima –hasta el punto de que el médico que entonces le atendía, el Dr. Rof Carballo, había declinado toda responsabilidad sobre su vida si emprendía aquel viaje–, el 21 de junio el Padre se embarcó en el viejo J. J. Sister, en Barcelona. Antes había pedido su parecer a los miembros del Consejo General del Opus Dei, y se había abandonado en manos de la Virgen de la Merced.

Después de una dura travesía, a causa de una tempestad absolutamente insólita en el Mediterráneo, la nave atracó en el puerto de Génova el 22 de junio, poco antes de la medianoche. Yo había ido a esperarle desde Roma junto con Salvador Canals, otro miembro del Opus Dei. Pasamos antes por un modesto hotel para reservar las habitaciones. Recuerdo que allí Salvador y yo cenamos muy frugalmente: estábamos en plena posguerra, y como postre nos sirvieron un trozo de parmesano. Yo no conocía este tipo de queso, lo probé y me pareció tan bueno que lo guardé para nuestro Fundador. No podía imaginar que sería su primer alimento después de cuarenta y ocho horas. El Padre me tomó siempre el pelo afectuosamente por aquello.

Al día siguiente celebró su primera misa en tierra italiana, en una iglesia muy dañada por los bombardeos. El viaje hasta Roma, en un pequeño coche alquilado, por aquellas carreteras destrozadas tras la guerra, fue interminable e incomodísimo. Pero el Padre rebosaba alegría, sin una queja: le emocionaba pensar que al fin iba a cumplirse una de sus más grandes aspiraciones: videre Petrum. Durante todo el recorrido rezó muchísimo por el Papa.

Llegamos a Roma al atardecer del 23 de junio. Cuando divisó por vez primera la cúpula de S. Pedro desde la Via Aurelia, rezó muy conmovido un Credo. Habíamos subarrendado algunas habitaciones de un apartamento en el último piso de un edificio de la plaza de Città Leonina, nº 9, que tenía una terraza desde la que se veía la Basílica de San Pedro y el Palacio pontificio. Al asomarse a esta terraza y contemplar las habitaciones que ocupaba el Vicario de Cristo, el Padre expresó su deseo de quedarse allí un rato, recogido en oración, mientras los demás, cansados de un viaje tan accidentado, se retiraban a descansar. Llevado por su amor al Papa, y emocionado por estar tan cerca de sus habitaciones, el Padre permaneció en la terraza toda la noche, rezando, sin dar importancia al cansancio del viaje ni a su falta de salud, ni a la tremenda sed que le producía su enfermedad, ni a los contratiempos del viaje en barco.

Este episodio puede dar una idea de la intensidad con que el Fundador amaba a la Iglesia y al Papa. Y, aún más, a pesar del gran deseo –ansia incluso– de acercarse a rezar ante la tumba de San Pedro, el Padre esperó varios días antes de entrar en el Templo de la Cristiandad; tan grande era su espíritu de mortificación.

A finales de aquel mes, exactamente el 30 de junio, el Padre pudo escribir a sus hijos del Consejo General del Opus Dei, que tenía entonces su sede en España: Tengo un autógrafo del Santo Padre para “el Fundador de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y del Opus Dei”. ¡Qué alegrón! Lo besé mil veces. Vivimos a la sombra de San Pedro, junto a la columnata.

El 31 de agosto pudo regresar a Madrid, con un documento de la Santa Sede llamado De alabanza de los fines, instrumento canónico que no se otorgaba desde hacía casi un siglo. Las dificultades comenzaban a superarse.

El 22 de octubre de 1946, Mons. Escrivá quiso volver a rezar ante la Virgen de la Merced; después, el 8 de noviembre, volvió desde Madrid definitivamente a Roma, ciudad que sería durante casi treinta años su residencia habitual, hasta el día en que Dios lo llamó a su Presencia.

Volvamos al tema. El Beato Josemaría fue favorablemente acogido en la Curia Romana, especialmente por el entonces Sustituto de la Secretaría de Estado, Mons. Montini, pero no le faltaron dificultades por parte de algunos eclesiásticos. Algunas veces dijo que había perdido la inocencia al llegar a Roma…

–Pero sus reacciones se caracterizaron por una profunda visión sobrenatural. Por ejemplo, comenzó a ir con frecuencia a la Plaza de San Pedro para rezar el Credo delante de la tumba del Príncipe de los Apóstoles. Utilizaba la fórmula castellana que su madre le había enseñado de pequeño, y cuando llegaba a las palabras: Creo en la Santa Iglesia Católica, añadía el adjetivo romana y, a continuación, un paréntesis: a pesar de los pesares. Una vez, estando yo delante, se lo confió a Mons. Tardini –no recuerdo si ya había sido nombrado Cardenal Secretario de Estado–, y el prelado le preguntó: “¿Qué quiere decir con esto de ‘a pesar de los pesares’?”. El Padre respondió: A pesar de mis pecados y de los suyos. Lógicamente el Padre no quería ofender a Mons. Tardini. Si ningún hombre está exento de pecado, y el justo cae siete veces al día, nuestro Fundador subrayaba la necesidad de que los colaboradores del Papa fuesen muy santos y estuviesen llenos del Espíritu Santo, para que en toda la Iglesia hubiera más santidad.

No admitía ni justificaba la falsa humildad de algunos eclesiásticos, proclives a la “autocrítica” de la Iglesia: la Iglesia, repetía a menudo, no tiene manchas, porque es la Esposa de Cristo. Este meaculpismo, como solía llamarlo, le llenaba de dolor: no admitía que el reconocimiento de la debilidad de los hombres ofuscase la fe en la santidad objetiva de la Iglesia.

El Fundador conoció a tres Papas. ¿Cuáles fueron sus relaciones con el primero, Pío XII?

–El Santo Padre Pío XII le recibió en audiencia muchas veces, y demostró su estima personal por la Obra concediendo las dos primeras aprobaciones pontificias: el Decretum Laudis de 1947, y la aprobación definitiva en 1950. Para mostrar su afecto, nuestro Fundador llegaba incluso a ofrecer al Papa regalos muy sencillos. Por ejemplo, una vez le llevó unas naranjas que había recibido de España (en aquella época no teníamos dinero ni para comer). Otra vez, como sabía que al Santo Padre le gustaba un determinado vino español, consiguió unas botellas y se las regaló.

Hay un episodio significativo de este afecto del Padre por el Sumo Pontífice. Durante una audiencia, en un determinado momento, quiso besar los pies de Pío XII. El Papa le dejó besar uno, pero no quiso que le besara el otro. Entonces el Padre insistió filialmente expresando al Santo Padre que era aragonés y, como todos los aragoneses, tozudo.

Pío XII manifestó su aprecio por el Fundador del Opus Dei en muchas ocasiones. Al cardenal Gilroy y a su obispo auxiliar les confió: “Es un verdadero santo. Un hombre enviado por Dios para nuestros tiempos”. El auxiliar, Mons. Thomas Muldeon, después de la muerte del Padre, consignó este recuerdo en un testimonio escrito.

En una entrevista periodística (Conversaciones, num. 229), el Fundador recordó que, en cierta ocasión, animado por el carácter afable y paterno de Juan XXIII, le dijo: en nuestra Obra siempre han encontrado todos los hombres, católicos o no, un lugar amable: no he aprendido el ecumenismo de Su Santidad… Y el Papa se reía, emocionado, pues sabía que desde 1950 la Santa Sede había autorizado al Opus Dei para admitir como cooperadores a los no católicos e incluso a los no cristianos.

–Sucedió en la primera audiencia que Juan XXIII concedió al Fundador, el 5 de marzo de 1960. El Santo Padre era muy afable y sencillo, lo que facilitaba a sus interlocutores confidencias fuera de todo protocolo. Además, en aquellas audiencias papales, también cuando debía tratar de asuntos importantes, no dejaba de contarle hechos que pudieran alegrarle. Recuerdo que pocos días después de su llegada a Roma le recibió Mons. Montini, entonces Sustituto de la Secretaría de Estado. Nuestro Fundador le habló extensamente de la Obra, y le contó algunas anécdotas apostólicas. Mons. Montini aseguró que enseguida se las referiría al Santo Padre: “Aquí llegan solamente penas y dolores, y el Papa se alegrará mucho cuando conozca tantas cosas buenas que están haciendo ustedes”.

Al término de aquella primera audiencia, Juan XXIII le confió que las explicaciones del Padre sobre el espíritu de la Obra le habían abierto “insospechados horizontes de apostolado”.

A la audiencia privada concedida por Juan XXIII el 27 de julio de 1962, le acompañó don Javier Echevarría. Fue una conversación a solas, entre el Papa y el Fundador del Opus Dei. Sé que hablaron largamente sobre el espíritu y la actividad de la Obra en el mundo, y que pocos días después, el 12 de junio de 1962, el Padre escribió una carta a todos sus hijos del mundo entero pidiéndoles que se unieran al agradecimiento que en justicia sentía hacia Juan XXIII, por haberle ofrecido una vez más el honor y la gloria de ver a Pedro. Debo añadir que nuestro Fundador me habló muchas veces, con gran admiración, de las virtudes sacerdotales del Papa Roncalli.

Durante la dolorosa enfermedad de Juan XXIII, Mons. Angelo Dell’Acqua contó al Padre –le manifestó siempre gran confianza– algunos detalles de cómo cuidaba al Papa. Por ejemplo, mientras estaba junto a la cabecera de su lecho, el Papa le tomaba la mano, y cuando hacía gesto de irse y le soltaba, exclamaba: “Angelino, no me dejes”. El Padre se entristecía al pensar en la soledad en que se encontraba el Papa y daba las gracias de todo corazón a Mons. Dell’Acqua, que, con los más íntimos colaboradores de la casa pontificia, atendían con tanto cariño al Papa Juan XXIII durante sus últimos días.

Por detalles precedentes se intuye que la estima de Pablo VI al Opus Dei y a su Fundador eran anteriores a su elevación al Pontificado.

–Basta recordar que, una vez obtenida la aprobación pontificia del Opus Dei, me pareció oportuno pedir a la Santa Sede, en calidad de Procurador General y en nombre del Consejo General de la Obra, el nombramiento de Prelado doméstico para nuestro Fundador. El entonces monseñor Montini no sólo aprobó mi iniciativa, sino que la hizo suya. Estábamos al comienzo de 1947.

Como conocía bien la humildad del Padre, hice las gestiones sin informarle previamente. En la primavera de ese año llegó una carta de Mons. Montini con el nombramiento del Fundador del Opus Dei como Prelado doméstico. Estaba fechado el 22 de abril de 1947. Mons. Montini alababa al Opus Dei y a su Fundador, y añadía que la Obra era una esperanza para la Iglesia.

El Padre se sintió reconocido, pero me dijo que no quería aceptar y que, con toda su gratitud, pensaba devolver el documento de nombramiento a Mons. Montini explicándole que no deseaba ninguna distinción honorífica. Don Salvador Canals y yo le pedimos que no lo hiciera, y el argumento decisivo fue que con ese nombramiento se mostraba de modo aún más patente la secularidad del Opus Dei. Entonces cambió de parecer y escribió una carta al Sustituto de la Secretaría de Estado manifestando su gratitud por aquella prueba de afecto del Santo Padre y suya. Después nos enteramos de que Mons. Montini había tenido también la delicadeza de pagar de su bolsillo las tasas por el nombramiento.

Pude comprobar de modo particularísimo el afecto de Pablo VI al Padre cuando me recibió después de haber sido llamado a suceder al Fundador. Pablo VI me habló del Padre con admiración y dijo que estaba convencido de que había sido un santo. Me confirmó que desde muchos años antes leía Camino a diario y que le hacía un gran bien a su alma, y me preguntó a qué edad lo había publicado nuestro Fundador. Le respondí que lo había dado a la imprenta cuando tenía treinta y siete años, pero precisé que el núcleo del libro ya había aparecido con el título de Consideraciones espirituales en 1934, y lo había redactado un par de años antes, es decir, a la edad de treinta años. El Papa se quedó un momento pensativo y después observó: “Entonces lo escribió en la madurez de su juventud”.

Aún tengo fresco en mi memoria el recuerdo de aquella visita de Pablo VI al Centro Elis el 21 de noviembre de 1965, día de su inauguración. Los edificios que se levantan en el popular barrio romano del Tiburtino nacieron por iniciativa de Juan XXIII, quien decidió destinar la suma recogida entre católicos de todo el mundo con motivo del ochenta cumpleaños de Pío XII a la creación de una obra social en Roma, confiando el proyecto, la realización y la gestión al Opus Dei. De ahí surgió una estructura polivalente, compuesta por una residencia para estudiantes obreros, un centro de formación profesional con varios programas de especialización técnica y artesanal, una biblioteca, un centro deportivo y una escuela de hogar con todas las actividades necesarias para la promoción de la mujer. Junto al Elis está la iglesia parroquial de San Giovanni Battista al Collatino, confiada a sacerdotes del Opus Dei. El Papa se entretuvo en la visita bastante más tiempo del previsto. Celebró la Santa Misa, bendijo una imagen de la Virgen destinada a la Universidad de Navarra y visitó detenidamente los locales del centro. Al terminar abrazó al Fundador y visiblemente emocionado, exclamó. “Aquí todo es Opus Dei”. Fue un signo de gran consideración hacia la Obra y el Padre, sobre todo teniendo en cuenta que en aquel momento las visitas del Pontífice eran rarísimas; y Pablo VI quiso que la inauguración del Elis se fijase durante la fase final del Vaticano II, para facilitar así la participación de muchos Padres Conciliares en la ceremonia, como sucedió de hecho.

¿Cuál fue el último encuentro del Fundador con Pablo VI?

–Tuvo lugar el 25 de junio de 1973, con unas características singulares, inolvidables. El Padre habló al Papa de temas muy sobrenaturales, y le puso al día sobre el desarrollo de la Obra y los frutos que el Señor concedía en todo el mundo. Pablo VI se alegró mucho, y a veces le interrumpía dejándose llevar por algún elogio o simplemente exclamando: “Usted es un santo”. Lo sé porque, al terminar la audiencia, vi que el Padre tenía un aspecto más bien apesadumbrado, casi triste. Le pregunté el motivo, pero en un primer momento no quiso responderme. Después me contó que el Papa le había dicho aquellas palabras y se había llenado de vergüenza y de dolor por sus propios pecados hasta el punto de protestar filialmente al Papa: No, no. Vuestra Santidad no me conoce. Yo soy un pobre pecador. Pero el Papa le insistió: “No, no, usted es un santo”. Entonces el Fundador replicó lleno de emoción: En la tierra no hay más que un santo: el Santo Padre.

Por otra parte, Mons. Carlo Colombo, asesor teólogico y amigo personal de Pablo VI, ha testimoniado que el Santo Padre le animó a escribir la carta postulatoria para la apertura del proceso de beatificación del Fundador del Opus Dei. Estas son sus palabras: “En el curso de un encuentro con Pablo VI, donde se trataron varios temas, tuve la oportunidad de expresar al Pontífice mi intención de dirigir una carta postulatoria solicitando el inicio del proceso canónico que introdujese la causa de Mons. Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei. Sentí el deber de comunicar al Papa que pensaba dirigirle una carta postulatoria, que no habría escrito si personalmente no hubiera tenido serios motivos para hacerlo: no podía permitirme defraudar la íntima confianza que me tenía el Papa. Pablo VI me dio su pleno asentimiento y aprobación, por la gran estima que sentía por el Siervo de Dios, de quien conocía el gran deseo de hacer el bien que le movía, su amor ferviente a la Iglesia y a su Cabeza visible, y el celo ardiente por las almas”.

Estuve presente, con un grupo de miembros del Opus Dei de varios países, en la Misa que Juan Pablo II celebró para nosotros el 19 de agosto de 1979, donde pronunció la inolvidable homilía en la que dijo, entre otras cosas: “Gran ideal, verdaderamente, el vuestro, que desde sus comienzos ha anticipado aquella teología del laicado que caracterizaría después a la Iglesia del concilio y del postconcilio”. Escuchar directamente al Sucesor de Pedro este elogio de nuestra espiritualidad y de nuestro “ser Iglesia”, me conmovió, a mí y a todos los presentes, y nuestra mente se dirigió al Fundador, que no tuvo oportunidad de conocer al futuro Juan Pablo II, un Papa cuyo nombre está ligado a la historia de la Obra.

El Fundador del Opus Dei ha sido considerado, pues, un precursor del Concilio Vaticano II, aunque no participó personalmente en el Concilio.

–El Padre se alegró mucho por la convocatoria del Concilio Vaticano II y, apenas Juan XXIII la hizo pública, le envió inmediatamente una carta llena de gratitud. Entre otras cosas, preveía que el Concilio colmaría la laguna teológica sobre el papel de los laicos en la Iglesia, como de hecho sucedió.

Pensó que podían convocarle en calidad de presidente general de un Instituto Secular, pues ésa era entonces la configuración jurídica del Opus Dei. En ese caso debería participar como Padre Conciliar junto a otros superiores de Instituciones incluidas en el estado de perfección. Aunque deseaba muchísimo intervenir personalmente en las reuniones conciliares, no le pareció conveniente tomar parte a título de presidente de un Instituto Secular. De hecho podría significar, si no la aceptación de un estatus jurídico inadecuado a la naturaleza de la Obra, al menos un dato que constituiría un precedente poco favorable para la futura revisión del encuadramiento canónico del Opus Dei. Expuso a la Curia los motivos por los que no consideraba prudente participar en el Concilio, y su decisión fue bien comprendida.

Entonces Mons. Loris Capovilla le invitó a intervenir como perito del Concilio, trasladando el deseo del Santo Padre Juan XXIII. Nuestro Fundador reiteró una vez más su disponibilidad total e incondicionada, pero, después de haber agradecido la invitación, explicó las razones por las que preferiría no aceptar, sometiéndose, en todo caso, a la decisión del Papa. En resumen eran éstas: por un lado, no podría dedicar a esta misión todo el tiempo necesario; por otro, varios hijos suyos obispos eran Padres Conciliares, y resultaría chocante que interviniese como un simple perito: no se trataba ciertamente de una actitud de vanidad, sino del deseo de evitar malentendidos a la Santa Sede. Si el Fundador del Opus Dei hubiese aceptado el nombramiento de perito, tras haber rehusado el de Padre Conciliar, alguno podría pensar que lo que buscaba era moverse entre bastidores. En cambio, los que no estaban al corriente de la situación podrían pensar que al Opus Dei no se le concedía ninguna importancia eclesial.

Al mismo tiempo, nuestro Fundador ofreció a la autoridad eclesiástica competente la colaboración de toda la Obra y de sus miembros, muchos de los cuales, efectivamente, participaron en la preparación y desarrollo del Concilio.

Por lo a que mí se refiere, me exhortó a aceptar varios nombramientos de diversas Comisiones del Concilio y a poner todo mi empeño en esta tarea. Al comienzo de los trabajos fui nombrado perito conciliar, Secretario de la Comisión para la Disciplina del Clero y el Pueblo Cristiano, dentro de la cual tuve que intervenir muy activamente.

Es la Comisión que elaboró el decreto Presbyterorum Ordinis

–Exacto. Además fui nombrado consultor de otras tres comisiones conciliares (para los obispos y el régimen de las diócesis; para los religiosos; para la doctrina de la fe; también consultor de la comisión mixta para las asociaciones de fieles) y consultor de la comisión para la revisión del Código de Derecho Canónico. Concluidas las actividades de la Asamblea Ecuménica, recibí el nombramiento de consultor de la comisión postconciliar para los obispos y el gobierno de las diócesis.

Durante el desarrollo de las sesiones conciliares, junto a los resultados positivos y sugerentes, que se condensarían en los documentos definitivos, también hubo discrepancias y confusiones a menudo amplificadas por los periódicos. Esas tensiones hacían sufrir a Juan XXIII y a Pablo VI, como Mons. Dell’Acqua confiaba a nuestro Fundador. Es necesario aclarar que la confianza que este prelado manifestaba a nuestro Fundador, de la que es prueba evidente la abundante correspondencia de este periodo, no era simplemente fruto de la íntima amistad que les unía, sino que el propio Santo Padre animaba al Sustituto de la Secretaría de Estado en esa línea; de esta forma se estableció un canal de comunicación directo, siempre abierto, entre el Papa y nuestro Fundador.

En los tres años de Concilio, sin contar el período preparatorio, nuestro Fundador se entrevistó con muchos Padres Conciliares, peritos, etc. A veces, les invitaba a comer en nuestra sede central; otras, iba a buscarlos a las casas donde se alojaban, casi siempre para devolverles la visita. Hubo días en que recibió más de media docena de visitas, y no le resultaba nada fácil sacar, de sus ocupaciones de gobierno en la Obra, el tiempo necesario para acoger debidamente a esos cardenales, arzobispos, obispos, nuncios, teólogos, etc.

Yo estuve presente en muchas de estas entrevistas, y pude observar con qué sencillez y afabilidad trataba el Padre a quienes venían a verle. Por ejemplo, Mons. François Marty, entonces arzobispo de Reims, que luego sería Cardenal Arzobispo de París, escribió: “En la época del Concilio Vaticano II tuve ocasión de encontrarme varias veces con Mons. Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei. De aquellas conversaciones tengo el recuerdo de un hombre que sólo hablaba de Dios. Un rato de charla con él era como un rato de oración. Esto era compatible con su buen humor, con su sentido sobrenatural, con su caridad llena de cariño”.

También Mons. Abilio del Campo, Obispo de Calahorra, ha dejado este testimonio: “Creo con sinceridad que Josemaría contribuyó decisivamente a clarificar doctrinalmente muchos puntos en los que las luces que había recibido de Dios y su extraordinaria experiencia pastoral en el mundo del trabajo eran casi insustituibles. Fueron muchos los Padres conciliares que, apoyándose de su amistad, pudieron recoger sus atinados consejos”.

Imagino que algunos de estos consejos procurarían también defender la ortodoxia católica en aquella época en que un malentendido “espíritu conciliar” sembraba cierta confusión

–Es significativo el testimonio de Mons. Giacomo Barabino, entonces Secretario del Cardenal Siri, y hoy obispo de Ventimiglia, que declaraba: “Su defensa de la ortodoxia no procedía de un espíritu conservador, de cerrazón mental o rigidez de carácter. Tenía una evidente preocupación por asegurar la ortodoxia y las estructuras vitales, divinas de la Iglesia; pero no era menos evidente su espíritu de apertura e innovación: me entusiasmaba oírle hablar de cómo era necesario secundar, cada uno desde su sitio, con fidelidad al propio carisma dentro de la Iglesia, la corriente santificadora que el Espíritu Santo derrama en el pueblo de Dios, en cada uno de los fieles, llamados a la plenitud de la vida cristiana. Dentro de su audaz apertura subrayaba la condición misionera de la Iglesia en todos los ambientes, incluso en los más difíciles. Se trataba de una realidad que vivía a diario: la coherencia con la idea fundamental de la que había partido, la vocación universal a la santidad, idea vigorosa que aplicaba continuamente con una elasticidad verdaderamente admirable a las exigencias de los tiempos y al desarrollo de la Iglesia entre los hombres”.

Debió de ser muy grande la emoción de Mons. Escrivá de Balaguer al ver confirmada por el Concilio y convertida en patrimonio de toda la Iglesia aquella intuición que el Señor le había confiado el 2 de octubre de 1928…

–Desde luego. Poco después de la clausura del Concilio solía repetir: Hijos míos, hemos de estar contentos al acabar este Concilio. Hace treinta años, a mí me acusaron algunos de hereje, por predicar cosas de nuestro espíritu, que ahora ha recogido el Concilio de modo solemne. Y en una entrevista concedida a L’Osservatore della Domenica en 1968 declararía: Una de mis mayores alegrías ha sido precisamente ver cómo el Concilio Vaticano II ha proclamado con gran claridad la vocación divina del laicado. Sin jactancia alguna, debo decir que, por lo que se refiere a nuestro espíritu, el Concilio no ha supuesto una invitación a cambiar, sino que, al contrario, ha confirmado lo que –por la gracia de Dios– veníamos viviendo y enseñando desde hace tantos años. La principal característica del Opus Dei no son unas técnicas o métodos de apostolado, ni unas estructuras determinadas, sino un espíritu que lleva precisamente a santificar el trabajo ordinario (Conversaciones, num.72).

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Testimonio de Mons. Laureano Castán Lacoma, Obispo de Sigüenza (Guadalajara)
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Cuando se cumplen los cincuenta años de la fundación del Opus Dei querido evocar por escrito algunos de mis recuerdos sobre Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer.

Le conocí hacia 1926, cuando era un joven sacerdote recién ordenado, y yo cursaba los primeros años del seminario. Solía acu­dir con su familia, durante el verano –hasta l934, a Fonz, mi pueblo natal, en la provincia de Huesca, para realizar algunas cortas visitas a su tío don Teodoro Escrivá, beneficiado de la capellanía de la Casa Moner.

En varias ocasiones pude ayudarle a celebrar la Santa Misa en la capilla de los señores de Otal barón de Valdeolivos–, con quie­nes me unía una gran amistad. Desde entonces, guardo la viva impresión que me produjeron la piedad y el extraordinario fervor con los que celebraba el Santo Sacrificio. Ya entonces vivía lo que más tarde habría de enseñar: «La misa es acción divina, trinitaria, no humana. El sacerdote que celebra sirve al designio del Señor, prestando su cuerpo y su voz; pero no obra en nombre propio, sino in persona et in nomine Christi, en la persona de Cristo, y en el nom­bre de Cristo» (1).

En alguna de aquellas ocasiones, entre los años 1929 y 1932 dimos vanos paseos, a solas, conversando largamente. Recuerdo una de aquellas conversaciones en la que, con gran fuerza, me habló de lo improcedente que resultaba la injerencia de los gobiernos en los asuntos internos de la Iglesia. En otra, paseando por la era Ferragut, cerca de la casa de su tío don Teodoro, me habló de la fundación que el Señor le pedía llamándola la Obra de Dios. Aunque decía que estaba trabajando para realizarla, me hablaba de todo como si fuese una cosa ya hecha: tal era la claridad con la que ayudado por la gracia de Dios– la veía proyectada en el futuro. La llamaba Obra de Dios, porque decía que no era suya, afirmaba: yo no quería fundar nada. El tiempo ha demostrado de modo impalpable que Dios escogió, para fundar el Opus Dei, un instrumento bueno y fiel

Me pidió entonces que rezara por la Obra de Dios, y lo he seguido haciendo, a diario, con intensidad y fervor. Reflexionando ahora desde la perspectiva de mi larga vida dedicada al servicio de la Igle­sia Santa y tantos años pastor en mi diócesis, no encuentro más explicación a mi perseverancia en rezar a diario por el Opus Dei que la profunda impresión que me causó la fe con la que hablaba Monseñor Escrivá de Balaguer y la santidad que se traslucía de su persona.

Su fe en Dios patente y fuera de lo común: de ahí su convencimiento de que los hombres somos sólo instrumentos, libres y responsables, en las manos de nuestro Padre Dios. Por eso –me insis­tía– en el apostolado lo primero es la oración; después, el espíritu de mortificación y de penitencia; sólo en tercer lugar, muy en tercer lugar como más tarde escribiría en Camino la acción (2).

Recuerdo también de aquella primera conversación sobre el espíritu de la obra, cómo me hizo ver que no estaría circunscrita a España, ni a una clase social determinada. Dios la quena universal, católica: abierta a los hombres de todas las condiciones sociales, de todas las razas, de los cinco continentes.

LA HORA DE LA INCOMPRENSIÓN

El primer desarrollo del Opus Dei en España estuvo acompa­ñado de graves incomprensiones, de una campaña de falsedades y calumnias, que Monseñor Escrivá de Balaguer supo sufrir con un profundo sentido sobrenatural y grandeza de corazón, sin guar­dar rencor a nadie.

En una ocasión –siendo yo obispo auxiliar de Tarragona– me refirió don Leopoldo Eijo y Garay, entonces obispo-patriarca de Madrid–Alcalá, que unas personas católicas fueron a hablar con él para sugerirle que interviniera contra la Obra y su fundador, como algo herético. Monseñor Eijo y Garay, después de escucharles, les explicó que él había actuado directamente y con pleno conocimien­to de causa en su aprobación. «Esa criatura –les dijo refiriéndose al Opus Dei– ha nacido en estas manos». Con esta expresión quería hacerles entender que conocía bien lo que había aprobado, lo que había hecho a ciencia y a conciencia.

En aquellos años no se hablaba de la llamada universal a la san­tidad. Esto puede explicar –humanamente– el recelo que en algunos provocó la predicación del fundador del Opus Dei a la par que hace destacar la unión íntima con Dios y la fortaleza heroica con la que –siempre con una sonrisa en los labios– continuó su labor. Escrivá de Balaguer, verdadero pionero del Concilio Vaticano II, que años más tarde vendría a promulgar solemnemente el contenido de su predicación.

Nunca guardó la menor animosidad contra nadie: al contrario, su gran corazón se agrandaba ante esos ataques injustos. Cuando tuvo que defender la Obra como era su deber– lo hizo siempre sin acritud, evitando referirse por su nombre a los que le habían calumniado. Y cuando era atacado personalmente, nunca se defen­dió, imitando de forma admirable el ejemplo del Divino Maestro: Jesús autem tacebat, pero Jesús permanecía en silencio (3). Como norma de conducta, que mantuvo siempre, trató tan sólo –son pala­bras suyas– de ahogar el mal en abundancia de bien.

DESPRENDIMIENTO

Junto con un gran respeto por la autoridad legítima que le llevaba a apreciar como es debida las muestras de honor y de dis­tinción que la acompaña– en Monseñor Escrivá de Balaguer noté siempre una absoluta carencia de afán de cargos o distinciones honoríficas.

Esta actitud de desprendimiento fue constante, a lo largo de su vida; cuando, al paso de los años, recibió merecidas distinciones pontificias y condecoraciones civiles; cuando rehabilitó un viejo título de nobleza de nuestra tierra aragonesa –le correspondía hacerlo al ser el primogénito– por considerarlo como un deber de estricta justicia hacia su familia. Paradójicamente, esta decisión constituyó una muestra de la humildad de don Josemaría, a quien no se le ocultaba que con seguridad, podría dar lugar a interpre­taciones torcidas que –para los que le conocíamos bien– resultaban ridículas.

AMOR A LA IGLESIA Y AL PAPA

Mi última conversación con el fundador del Opus Dei tuvo lugar en Roma en enero de 1974, durante cerca de hora y media. Fue una charla muy afectuosa, extraordinariamente espiritual y, a la vez, enormemente optimista: se mostró firmemente confiado en la Pro­videncia, aunque la Iglesia estaba pasando momentos difíciles. Me insistió mucho en que rezara –convencido de la eficacia de la ora­ción– por la Iglesia y por el Papa.

Manifestándose con gran realismo en la apreciación de las difi­cultades por las que atravesaba –y atraviesa– la Iglesia, me llamó la atención verlo profundamente esperanzado y optimista; más que en motivos humanos, fundamentaba su esperanza en la Providencia de Dios sobre su Iglesia: «Tu optimismo será necesaria consecuen­cia de tu fe» (4).

Se quedó grabado su amor por el Romano Pontífice. Al comen­tar la noticia de la audiencia que acababa de concederle el Santo Padre Pablo VI, me dijo que había procurado hablarle de las mara­villas que Nuestro Señor llevaba a cabo en tantas labores apostólicas de todo el mundo. Me comentó que el Papa ya tenía bastantes preo­cupaciones, y que había querido darle sólo alegrías. Me confió que a diario ofrecía la Santa Misa por la Iglesia y por el Papa; sólo en tercer lugar la ofrecía por el Opus Dei. Salí de aquella conversación con Monseñor Escrivá de Balaguer contento y esperanzado: confortado por el gran sentido sobrenatural que pude apreciar en este gran amigo. Indudablemente, en armónico desarrollo con las demás virtudes, el amor a la Iglesia y al Papa que ya había notado en esa alma egregia en los años lejanos de nuestra juventud, se había hecho grande, más intenso, mas profundo. Sé que, con frecuencia, repetía a sus hijos lo que en esa ocasión me dijo a mí: que con alegría muy grande daría su vida, y mil vidas que tuviera, por el Romano Pon­tífice, sea quien sea; siempre–subrayaba– con la gracia de Dios, porque sin ella no podría hacer nada.

Si tuviera que realizar un resumen –muy limitado, como todos los resúmenes– sobre la persona del fundador del Opus Dei, diría que este extraordinario pionero de la espiritualidad laical, que tantos y tan altos servicios ha prestado a la Iglesia, se caracterizaba por una profunda vida interior, que le llevaba a conducir a Dios todas sus acciones y conversaciones, de manera que cuantos le tratábamos nos sentíamos arrastrados por ese amor de Dios que con­tagiaba; vida interior unida a una profunda alegría y sentido del humor, que llevaba a sentirse feliz a su lado. Y energía de carácter, que se compaginaba perfectamente con la exquisita delicadeza en el trato, con una gran serenidad y ponderación en sus acciones.

Artículo publicado en LA PROVINCIA

Un hombre de fe

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Testimonio de Mons. Laureano Castán Lacoma, Obispo de Sigüenza (Guadalajara)

Cuando se cumplen los cincuenta años de la fundación del Opus Dei querido evocar por escrito algunos de mis recuerdos sobre Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer.

Le conocí hacia 1926, cuando era un joven sacerdote recién ordenado, y yo cursaba los primeros años del seminario. Solía acu dir con su familia, durante el verano –hasta l934, a Fonz, mi pueblo natal, en la provincia de Huesca, para realizar algunas cortas visitas a su tío don Teodoro Escrivá, beneficiado de la capellanía de la Casa Moner.

En varias ocasiones pude ayudarle a celebrar la Santa Misa en la capilla de los señores de Otal barón de Valdeolivos–, con quie nes me unía una gran amistad. Desde entonces, guardo la viva impresión que me produjeron la piedad y el extraordinario fervor con los que celebraba el Santo Sacrificio. Ya entonces vivía lo que más tarde habría de enseñar: «La misa es acción divina, trinitaria, no humana. El sacerdote que celebra sirve al designio del Señor, prestando su cuerpo y su voz; pero no obra en nombre propio, sinoin persona et in nomine Christi, en la persona de Cristo, y en el nom bre de Cristo» (1).

En alguna de aquellas ocasiones, entre los años 1929 y 1932 dimos vanos paseos, a solas, conversando largamente. Recuerdo una de aquellas conversaciones en la que, con gran fuerza, me habló de lo improcedente que resultaba la injerencia de los gobiernos en los asuntos internos de la Iglesia. En otra, paseando por la era Ferragut, cerca de la casa de su tío don Teodoro, me habló de la fundación que el Señor le pedía llamándola laObra de Dios. Aunque decía que estaba trabajando para realizarla, me hablaba de todo como si fuese una cosa ya hecha: tal era la claridad con la que ayudado por la gracia de Dios– la veía proyectada en el futuro. La llamaba Obra de Dios, porque decía que no era suya, afirmaba: yo no quería fundar nada. El tiempo ha demostrado de modo impalpable que Dios escogió, para fundar el Opus Dei, un instrumento bueno y fiel

Me pidió entonces que rezara por la Obra de Dios, y lo he seguido haciendo, a diario, con intensidad y fervor. Reflexionando ahora desde la perspectiva de mi larga vida dedicada al servicio de la Igle sia Santa y tantos años pastor en mi diócesis, no encuentro más explicación a mi perseverancia en rezar a diario por el Opus Dei que la profunda impresión que me causó la fe con la que hablaba Monseñor Escrivá de Balaguer y la santidad que se traslucía de su persona.

Su fe en Dios patente y fuera de lo común: de ahí su convencimiento de que los hombres somos sólo instrumentos, libres y responsables, en las manos de nuestro Padre Dios. Por eso –me insis tía– en el apostolado lo primero es la oración; después, el espíritu de mortificación y de penitencia; sólo en tercer lugar, muy en tercer lugar como más tarde escribiría enCamino la acción (2).

Recuerdo también de aquella primera conversación sobre el espíritu de la obra, cómo me hizo ver que no estaría circunscrita a España, ni a una clase social determinada. Dios la quena universal, católica: abierta a los hombres de todas las condiciones sociales, de todas las razas, de los cinco continentes.

LA HORA DE LA INCOMPRENSIÓN

El primer desarrollo del Opus Dei en España estuvo acompa ñado de graves incomprensiones, de una campaña de falsedades y calumnias, que Monseñor Escrivá de Balaguer supo sufrir con un profundo sentido sobrenatural y grandeza de corazón, sin guar dar rencor a nadie.

En una ocasión –siendo yo obispo auxiliar de Tarragona– me refirió don Leopoldo Eijo y Garay, entonces obispo-patriarca de Madrid–Alcalá, que unas personas católicas fueron a hablar con él para sugerirle que interviniera contra la Obra y su fundador, como algo herético. Monseñor Eijo y Garay, después de escucharles, les explicó que él había actuado directamente y con pleno conocimien to de causa en su aprobación. «Esa criatura –les dijo refiriéndose al Opus Dei– ha nacido en estas manos». Con esta expresión quería hacerles entender que conocía bien lo que había aprobado, lo que había hecho a ciencia y a conciencia.

En aquellos años no se hablaba de la llamada universal a la san tidad. Esto puede explicar –humanamente– el recelo que en algunos provocó la predicación del fundador del Opus Dei a la par que hace destacar la unión íntima con Dios y la fortaleza heroica con la que –siempre con una sonrisa en los labios– continuó su labor. Escrivá de Balaguer, verdadero pionero del Concilio Vaticano II, que años más tarde vendría a promulgar solemnemente el contenido de su predicación.

Nunca guardó la menor animosidad contra nadie: al contrario, su gran corazón se agrandaba ante esos ataques injustos. Cuando tuvo que defender la Obra como era su deber– lo hizo siempre sin acritud, evitando referirse por su nombre a los que le habían calumniado. Y cuando era atacado personalmente, nunca se defen dió, imitando de forma admirable el ejemplo del Divino Maestro: Jesús autem tacebat, pero Jesús permanecía en silencio (3). Como norma de conducta, que mantuvo siempre, trató tan sólo –son pala bras suyas– de ahogar el mal en abundancia de bien.

DESPRENDIMIENTO

Junto con un gran respeto por la autoridad legítima que le llevaba a apreciar como es debida las muestras de honor y de dis tinción que la acompaña– en Monseñor Escrivá de Balaguer noté siempre una absoluta carencia de afán de cargos o distinciones honoríficas.

Esta actitud de desprendimiento fue constante, a lo largo de su vida; cuando, al paso de los años, recibió merecidas distinciones pontificias y condecoraciones civiles; cuando rehabilitó un viejo título de nobleza de nuestra tierra aragonesa –le correspondía hacerlo al ser el primogénito– por considerarlo como un deber de estricta justicia hacia su familia. Paradójicamente, esta decisión constituyó una muestra de la humildad de don Josemaría, a quien no se le ocultaba que con seguridad, podría dar lugar a interpre taciones torcidas que –para los que le conocíamos bien– resultaban ridículas.

AMOR A LA IGLESIA Y AL PAPA

Mi última conversación con el fundador del Opus Dei tuvo lugar en Roma en enero de 1974, durante cerca de hora y media. Fue una charla muy afectuosa, extraordinariamente espiritual y, a la vez, enormemente optimista: se mostró firmemente confiado en la Pro videncia, aunque la Iglesia estaba pasando momentos difíciles. Me insistió mucho en que rezara –convencido de la eficacia de la ora ción– por la Iglesia y por el Papa.

Manifestándose con gran realismo en la apreciación de las difi cultades por las que atravesaba –y atraviesa– la Iglesia, me llamó la atención verlo profundamente esperanzado y optimista; más que en motivos humanos, fundamentaba su esperanza en la Providencia de Dios sobre su Iglesia: «Tu optimismo será necesaria consecuen cia de tu fe» (4).

Se quedó grabado su amor por el Romano Pontífice. Al comen tar la noticia de la audiencia que acababa de concederle el Santo Padre Pablo VI, me dijo que había procurado hablarle de las mara villas que Nuestro Señor llevaba a cabo en tantas labores apostólicas de todo el mundo. Me comentó que el Papa ya tenía bastantes preo cupaciones, y que había querido darle sólo alegrías. Me confió que a diario ofrecía la Santa Misa por la Iglesia y por el Papa; sólo en tercer lugar la ofrecía por el Opus Dei. Salí de aquella conversación con Monseñor Escrivá de Balaguer contento y esperanzado: confortado por el gran sentido sobrenatural que pude apreciar en este gran amigo. Indudablemente, en armónico desarrollo con las demás virtudes, el amor a la Iglesia y al Papa que ya había notado en esa alma egregia en los años lejanos de nuestra juventud, se había hecho grande, más intenso, mas profundo. Sé que, con frecuencia, repetía a sus hijos lo que en esa ocasión me dijo a mí: que con alegría muy grande daría su vida, y mil vidas que tuviera, por el Romano Pon tífice, sea quien sea; siempre–subrayaba– con la gracia de Dios, porque sin ella no podría hacer nada.

Si tuviera que realizar un resumen –muy limitado, como todos los resúmenes– sobre la persona del fundador del Opus Dei, diría que este extraordinario pionero de la espiritualidad laical, que tantos y tan altos servicios ha prestado a la Iglesia, se caracterizaba por una profunda vida interior, que le llevaba a conducir a Dios todas sus acciones y conversaciones, de manera que cuantos le tratábamos nos sentíamos arrastrados por ese amor de Dios que con tagiaba; vida interior unida a una profunda alegría y sentido del humor, que llevaba a sentirse feliz a su lado. Y energía de carácter, que se compaginaba perfectamente con la exquisita delicadeza en el trato, con una gran serenidad y ponderación en sus acciones.


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