Brasil: Tierra de la Santa Cruz

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

La historia del cristianismo en Brasil se remonta al año 1549. Un sacerdote portugués celebró la primera Misa el 3 de mayo, fiesta entonces de la Invención de la Santa Cruz y, por eso, este trozo del Nuevo Mundo se llamó Tierra de la Santa Cruz. Más tarde, la abundancia de madera de color rojizo que daba a su fisonomía un aspecto casi ardiente, transformó su nombre en el de Brasil.

El 19 de marzo de 1957, llegaron a Brasil los primeros miembros del Opus Dei. Por equipaje traían la bendición del Fundador; como meta, un país inmenso. Ahora, mayo de 1974, la noticia de que el Padre viene ha corrido como la pólvora. Este segundo viaje a América tiene por objeto confirmar a todos sus hijos en el espíritu de la Obra, y encaminar a otras muchas personas hacia Cristo mediante una siembra continua y generosa de su oración y su doctrina.

«Vamos a América porque me mandan mis hijos -dirá antes de partir-; y a través de mis hijos, mi Padre Dios. Yo no quería ir, de modo que por lo pronto no es un capricho (…).

Digite a me!, aprended de Mí, ha dicho el Señor. Yo deseo aprender, en todos los sitios, un poquito. Porque no acabo de hacerlo, no acabo. Tengo ansias de ver a Jesucristo, de conocer su rostro. Tengo hambre de encontrarme con mi Dios» (1).

Cuando el avión en que viajan se aproxima a Río de Janeiro, el sol se pone sobre la bahía de Guanábana, iluminando toda la ciudad. En esta época -está terminando mayo- el crepúsculo es corto, y llega precipitadamente la oscuridad de la noche. De pronto, en el aeropuerto Galeáo, los altavoces anuncian la llegada del vuelo. Un pequeño grupo de personas espera al Padre junto a la pista. El avión desciende con todas las luces encendidas sobre las aguas de la bahía, hasta enfilar la superficie de aterrizaje. Los relojes marcan las seis y dieciocho minutos del 22 de mayo. Son muchos años anhelando este momento, el abrazo, el cariño y la presencia del -Fundador en esta tierra de promisión.

El comandante indica, desde lo alto de la escalerilla, a los que esperan, que pueden subir al encuentro de Monseñor Escrivá de Balaguer. Lo hace don Javier Ayala -que es aragonés-, Consiliario del Opus Dei en Brasil, en primer lugar, y se encuentra con los brazos del Padre, que le dice en broma:

-« ¡Baturro! ¡Te has salido con la tuya!».

Parte de la tripulación del aparato se agrupa en el pasillo de salida para despedirle.

-«¡Que Dios os bendiga! ¡Gracias! ¡Muchas gracias!»(2).

En un coche, el funcionario de la compañía aérea traslada al Padre, y a don Álvaro del Portillo, hasta un avión brasileño: el Bandeirantes. Este aparato les conducirá hasta Sáo Paulo. El nombre del pequeño aparato recuerda la gesta de los pioneros que, enarbolando sus banderas, abrieron las primeras sendas desde la costa hasta el interior del Brasil. La torre de control envía sus señales, despega suavemente y se eleva sobre Río, dejando atrás la imagen del Cristo del Corcovado. A la derecha, la espuma juega con las playas de Copacabana, Ipanema, Leblón…

En una hora larga, sobrevuelan Santos, Serra do Mar y Sáo Paulo. Cuando se detienen los motores en la pista de aterrizaje, son las ocho y veinticuatro minutos de la noche. Algunas personas conocen la noticia y aguardan en los portones de salida. Al pasar el coche, entregan una camelia al Fundador: el saludo inicial de bienvenida, la primera flor en esta ciudad de cemento: «Padre, muchas gracias por haber venido al Brasil»(3).

A partir de este momento, el Padre iniciará otra etapa agotadora y entrañable. Se multiplica en afecto y dedicación para dejar a sus hijos, éstos que han crecido a la sombra de su espíritu pero que acaban de conocerle, la seguridad de su camino, la certeza de haber respondido a una llamada de Cristo, a un designio sobrenatural que está por encima de las fuerzas de los hombres. Llega a lo más hondo de su intimidad: les habla de su vida de sacerdote, de los barruntos de su amor, de las etapas históricas de la Obra marcadas por la mano de Dios. Escribe para ellos un capítulo vivo, arrollador, como si presintiera que está cerrando el último documento. Tiene en su horizonte el mundo cuando mira a esta multitud de razas, de situaciones y culturas que se han dado cita entre los hombres y mujeres de la Obra.

Desde el 22 de mayo al 7 de junio habla sin descanso en tertulias de pequeño número y en grandes reuniones. En unos casos los Centros de la Obra como Sumaré, Casa Nova, Río Claro, Aroeira, Casa de Moinho y Centro Social de Morro Velho, acondicionan sus locales para estas tertulias; en otros, los asistentes desbordan la capacidad de aforo y es preciso habilitar grandes salas oficiales, como los Palacios de Convenciones de Sáo Paulo, Anhembí y Mauá. Estos lugares abren sus puertas a una multitud que desea conocerle, oír la palabra de este sacerdote que no habla más que de Dios. Que predica la teología del encuentro con Cristo a través del trabajo de cada día; que sólo expone una revolución: la de proyectar los hechos de la vida ordinaria hasta las alturas de la Gracia. Que invita al proyecto de «hacer, de la prosa pequeña de cada día, endecaslabos, verso heroico»(4). «He venido al Brasil a aprender. Vienen del Viejo Mundo y dicen que vienen a enseñar. ¡No! Yo he venido a aprender. Llevo cuarenta y ocho horas y ya he aprendido mucho.

He aprendido que este país es un país maravilloso, que hay almas encendidas, que hay gente que vale un tesoro delante de Dios Nuestro Señor; que sabéis trabajar y moveros; que sabéis formar familias numerosas, recibiendo los hijos como lo que son: un don de Dios (…).

¡Tanta tierra, y tan feraz, tan hermosa! Yo creo que vuestras almas son como esta tierra: aquí todo es generoso, todo es abundante (…).

Y después tenéis los brazos abiertos a todo el mundo: aquí no hay distinciones. Podríamos repetir palabras de la Escritura: gentes de todos los pueblos encuentran la Patria (…). Yo ya me siento brasileiro. Si no tuviera la obligación de residir en Roma, residiría en el Brasil»(5).

Cuando el número de asistentes se multiplica, procura que sus palabras se acomoden al auditorio:

«Hablaré despacio; nunca ha sido un muro muy recio la diferencia de lengua entre el brasileiro y el castellano (…).

Pero, además, es que siento el latir de vuestro corazón. Con los corazones nos entenderemos. Y entiendo con la mirada que allá, dentro de la cabeza, tenéis muchas cosas nobles, grandes, limpias, sacrificadas. Yo las querría tener también; de modo que coincidimos»(6).

El 6 de junio, víspera de su marcha del Brasil, les dirá:

«Quiero que me habléis vosotros a mí, quiero marcharme con el regusto de vuestras voces en mis oídos (…): porque sentiré las voces vuestras en lo más hondo de mi alma, en los momentos de vida que el Señor me deje, como una gran bendición de Dios. Y diré: ¡en el Brasil y desde el Brasil!… Es la voz de aquellas almas, de aquellos hijos y de aquellas hijas: vuestras voces»(7).

Se refiere el Padre al espíritu apostólico que debe empujar a los brasileiros. Ya que son una confluencia racial, tienen la posibilidad de recibir la doctrina, la vocación de Dios y llevarlas luego a otros países con los que tienen amplios lazos de fraternidad. Además, la vitalidad de estos hombres y estas tierras, les convierte en una gran promesa para el futuro.

« “Ut eatis”!, no sólo al gran continente brasileño. Ut eatis!, al Japón; ut eatis!, a Africa, que es un continente que nos espera con los brazos abiertos» (8).

Ya en 1928 sabía, porque Dios lo había decidido así, que el Opus Dei habría de arrastrar a gentes de todos los pueblos… negros, amarillos, blancos… en una llamada vocacional nueva y vieja como el Evangelio. Y el Cielo envió la noble ambición de este sueño a un sacerdote que sólo tenía veintiséis años, la gracia de Dios y buen humor. Ahora, el sueño se ha hecho realidad.

En la primera tertulia, que tiene lugar en Casa Nova, está rodeado de brasileiras que proceden de muchas y diversas razas: aquí se ven los rasgos orientales de unas, la tez oscura de otras… La representación de Siria, Turquía, Italia, Portugal, Alemania, Austria… y de tantos lugares de Brasil, desde el Amazonas hasta Santa Catarina. A esta mezcla de etnias se referirá más tarde, en una de sus charlas: -«Esta mañana celebraba la Santa Misa, rodeado de un grupo grande de personas, en las que se veían caras de todos los continentes, y me emocioné. Les decía -porque es verdad- que muchos hijos míos de Japón, de China, de varios sitios de Africa -concretamente, más que en ningún otro, en Nigeria y en Kenia-, y de Filipinas, están rezando ahora mismo por la buena labor que hagamos aquí, en esta gran nación brasileña»(9).

Y continúa:

«En Brasil hay mucho que hacer, porque hay gente necesitada de lo más elemental. No sólo de instrucción religiosa -hay tantos sin bautizar-, sino también de elementos de cultura corrientes. Los hemos de promover de tal manera que no haya nadie sin trabajo, que no haya un anciano que se preocupe porque está mal asistido, que no haya un enfermo que se encuentre abandonado, que no haya nadie con hambre y sed de justicia, y que no sepa el valor del sufrimiento».

Luego les impulsa a extenderse por todo el país:

«Tenéis que correr por este gran continente (…), y quiero empujaros a que no dejéis ningún rincón de este país maravilloso sin el calor de un hogar nuestro. Para que desde aquí, después…¡al mundo entero!»(10)

En el Parque Anhembí, junto al río Tieté, se alza el Palacio de las Convenciones. Es un edificio nuevo, de bóveda elíptica, destinado a congresos y exposiciones. Tiene una cabida normal de cuatro mil personas. El 1 de junio, víspera de Pentecostés, se llenará a rebosar.

«No podéis defraudar a Dios. Este país grande, grande, grande en todos los terrenos -también geográficamente-, tiene ambiente de sobra para todos los hijos de todas las grandes familias: en número y en calidad. De modo que ¡ánimo! (…).

El otro día di a mis hijos una bendición que parecía la de los Profetas y los Patriarcas. Que el Señor os multiplique, les decía, y os digo ahora a los brasileiros: como las arenas de vuestras playas, como los árboles de vuestros bosques, como las flores de vuestros jardines, como el gorjeo de vuestros pájaros…

Necesitáis mucha gente aquí. ¡No tengáis miedo! Recibid los hijos con amor, que siempre son una bendición de Dios. Y bendición especial para el Brasil que necesita muchos brasileiros cristianos y con virtudes humanas como las vuestras»(11)

Les habla con lenguaje de pioneros que entienden, porque éste es un país grande, de caracteres firmes, capaces de entrar, por entre la selva, para erigir Brasilia, la más increíble ciudad de la tierra. Como reza el lema del escudo de Sáo Paulo: «No me dejo arrastrar, arrastro». Y lo subraya el brazo guerrero que sustenta el estandarte de la Cruz.

El 2 de junio, día de Pentecostés, se llenará igualmente el Palacio de Mauá. El Padre habla despacio, y sus palabras se traducen con los gestos, con el afecto y con la buena voluntad de muchos que, entre el público, siguen y facilitan el contenido de sus palabras a los que tienen más cerca.

En esta gran reunión se tocarán multitud de temas. Y el Padre irá engastando, en cada uno, junto a la dimensión humana, el espíritu de la Obra que anima toda su voz.

En un momento dado, rompe una lanza por la familia y sus valores cristianos, especialmente por la fuerza moral de la mujer.

«Junto a la Cruz están unas mujeres y un chico joven. Los hombres se han acobardado, y han huido. ¡Da vergüenza! Ellas son más valientes que nosotros, más enteras. Dan la cara por Cristo » (12).

Ha encendido la pasión por salir a los caminos con el fuego apostólico de los primeros cristianos, y le preguntan cómo multiplicar el número de cristianos en este enorme país americano:

«Para lograr toda esa multiplicación de almas que se ocupen de los demás, que sean una siembra de paz, de alegría, de trabajo, de cariño, de comprensión, de convivencia, de fraternidad cristiana; para esto, debes rezar al Señor. Pedirás al Espíritu Santo que venga a las almas de todos»(13).

De pronto se pone en pie un adolescente con el pelo largo, un representante joven de los que rompen moldes y modos anteriores:

-«Padre, ¿qué nos dice a los melenudos?».

-«Oye, hijo mío, a los del pelo largo os digo que me encantáis lo mismo que los del pelo corto. Pelo largo o corto no tiene importancia. Lo que importa es voluntad recia o voluntad floja, vida limpia o vida… sporca, como dicen los italianos. Lo que tiene

importancia es ojos limpios u ojos que no se pueden mirar» (14) Habla a los padres para que tengan una gran generosidad a la hora de entregar sus hijos a Dios si les llama por el camino de una entrega total a los demás.

Se detiene en un tema esencial en el Opus Dei, como la alegría, la teología del Omnia in bonum, todo para bien, cuando se descansa en la filiación divina. En el amor de Dios Padre que mueve los acontecimientos de cada vida.

«Se lee en uno de los Salmos que las montañas se deshacen como si fuesen de cera, si tenemos sentido sobrenatural. No te preocupes nunca por nada (…). ¡Alegre! Porque, después, viene la felicidad verdadera: el Amor sin traiciones y para siempre»(15).

No sabe cómo decir adiós a esta multitud de gentes que llenan la sala y que han venido a conocerle y a oír, a través de sus palabras, el espíritu del Opus Dei.

«Bendigo vuestros corazones, bendigo vuestra sonrisa, bendigo vuestro trabajo, bendigo vuestras guitarras» (16) Cuando llegue a Argentina lo recordará ante sus hijos:

«Hay de todas las clases de colores habidos y por haber. Justamente he estado allí el día de Pentecostés, y era como otra Pentecostés: Partos… Medos… Elamitas»(17).

Cuatro días antes quiso hacer una romería en la Aparecida, la Virgen más venerada del Brasil. Unas rosas son la materialización del regalo que vienen a traer a la Virgen. El Padre se arrodilla en el suelo del presbiterio; a su lado, don Alvaro y don Javier. Se empieza a rezar, en portugués, el Rosario. Con la mirada fija en la pequeña imagen, el Padre responde en voz baja a las oraciones. Pausadamente, al unísono, reza toda la iglesia en voz alta. Cuando termina, el Padre se levanta y rodea el altar por el lado derecho, para subir hasta el camarín de Nuestra Señora Aparecida. Mira unos instantes a la Virgen y besa el escudo. Las rosas se quedan a los pies de la imagen. Al día siguiente, comenta:

-«¡Con qué alegría fui a la Aparecida! ¡Con qué fe rezabais todos! Yo le decía a la Madre de Dios, que es Madre vuestra y mía: Madre mía, Madre nuestra, yo rezo con toda esta fe de mis hijos. Te queremos mucho, mucho… Y me parecía escuchar, en

el fondo del corazón: ¡con obras!» (18).

Se acerca el 7 de junio, último día de estancia en Brasil, y todos guardan los recuerdos en el mejor rincón del alma. Todavía no ha partido y ya empiezan a sentir nostalgia. Saudades, como se dice en portugués.

-«Os quedáis muy pensativos. Es que es el último día… Pero os ponéis solemnes y nosotros no tenemos solemnidades…

La nostalgia -sonríe el Padre-. Incomincia la nostalgia. Pero no quiero hablar más de esto, porque os quedáis serios, y también yo me pongo serio sin darme cuenta. Además, no me voy a marchar de aquí. Me quedo. De verdad, me quedo: el corazón os lo dejo muy a gusto. Además, os necesito a cada uno de vosotros: porque os necesita Dios, aunque no necesita de nadie (…).

Me acordaré de cada uno, os pasaré revista; y me ayudaréis a ser mejor con el recuerdo, con el pensamiento… ¡Esto es humano! Hay una especie de canción popular española que dice: la ausencia es aire que apaga el fuego chico y enciende el grande. De modo que cuando me marche os querré, si cabe, aún más; y estaré aquí más que ahora… ».

Y así llega la tertulia de la noche, la última:

«Consummatí in unum! No hay un afecto de uno que los demás no lo tengamos, no lo sintamos, no lo amemos …»(19).

El día 7 de junio amanece lloviendo. Un coche que cruza Sáo Paulo se lleva al Padre. En el aeropuerto internacional de Viracopos despega el avión para transportarle a la inmensa pampa argentina.

Un incondicional

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

José María Hernández de Garnica fue otro ejemplo de cómo el espíritu de la Obra puede llenar de Dios un alma.

Un día del año 1935, aquel estudiante joven, conocido en las aulas de la Escuela de Ingeniería por su acusada personalidad y por la destacada inteligencia con que cursa la carrera de Minas, llega hasta la Residencia de Ferraz 50 acompañado de un amigo. Cuando aparece, la casa se encuentra en plena actividad: se instala el oratorio. Hay que colocar en el techo de la habitación una especie de baldaquino -que se ha confeccionado con madera forrada de tela-, porque la Iglesia ordena que se cubra, si hay vecinos en el piso superior, el lugar donde está el sagrario. Don Josemaría Escrivá de Balaguer dirige la operación con los chicos de la Residencia. Y, entonces, aparece este nuevo compañero a quien muy pocos han visto todavía. Hernández de Garnica es interpelado en el mundillo de sus amigos con el afectuoso diminutivo de «Chiqui». Y así es como suena su nombre en ese día y en la habitación, futuro oratorio, de Ferraz.

Don Josemaría no le conoce, pero ve el aspecto simpático, lleno de naturalidad, del recién llegado, y le saluda alegremente:

-«¡Hombre, Chiqui, muy bien! Ten, coge este martillo y unos clavos, y ¡hala!, a clavar allí arriba… »(20).

Así empieza su relación con el Opus Dei. Muy pronto, sus buenas cualidades humanas y el empeño sobrenatural del Fundador de la Obra van a aliarse para abrir el camino a su entrega definitiva a Jesucristo.

A partir de ese momento, José María pasa a ser el incondicional que sigue, con toda fidelidad, las menores indicaciones del Fundador. Su mente clara, dotada de gran sentido práctico, convertirá en realidades los proyectos más inabordables.

A punto de ser fusilado durante la guerra civil, escapará providencialmente. Es trasladado a un penal, en Valencia, y, al salir, se incorpora al ejército republicano. Los primeros años después de su ordenación, en 1944, dedicará su actividad, de modo especial, a atender sacerdotalmente a la Sección de mujeres del Opus Dei.

Aparte de una ingente labor en España, se cuenta con él para momentos de expansión a través de varios países europeos; vivirá largos años de trabajo en Francia, Inglaterra y Alemania. En todos los difíciles comienzos deja constancia de su tesón, su enorme confianza sobrenatural, su fidelidad incondicional al Fundador y la fortaleza de un hombre forjado en duros combates pero que tiene intacto el empeño del primer día.

Su capacidad para resolver grandes y pequeños problemas ha sido siempre proverbial. A fuerza de entusiasmo y amor sabrá ejercer todo género de oficios que ayuden a levantar, incluso, las paredes materiales que albergan los Centros de la Obra de Dios.

En 1972 este hombre, que ha dado una impagable lección de fidelidad, muere, en Barcelona, rodeado por la gratitud de todos. El Fundador le despide con el mismo cariño con que le envió por tantos caminos de la tierra y le da su último impulso para cruzar los umbrales del Cielo.

El trabajo apostólico con mujeres en Madrid

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La Guerra Civil hizo que Escrivá perdiera el contacto con las pocas mujeres que pertenecían al Opus Dei antes de julio de 1936. No habían entendido plenamente el espíritu de la Obra y, en particular, su carácter laical y secular. Con la excepción de “Consideraciones espirituales”, los libros de espiritualidad que tenían a su disposición reflejaban la mentalidad dominante que consideraba que el único camino para una mujer que quería dedicarse enteramente a Dios era dejar el mundo. Si tenían la fortuna de encontrar a un buen confesor y director espiritual, habitualmente les sugería imitar la espiritualidad propia de la vida religiosa; en el peor de los casos, minimizaba sus deseos de buscar la santidad.

Así pues, no sorprende que después de la guerra Escrivá comprobara que su espíritu difería del propio del Opus Dei: habían seguido una espiritualidad basada en la renuncia al mundo y, con gran pesar, les dijo que no podían continuar en la Obra. Casi diez años después del 14 de febrero de 1930, sólo quedaba una mujer en el Opus Dei: Lola Fisac.

Lola entró en el Opus Dei en mayo de 1937. Vivía con su familia en Daimiel. Al comenzar la guerra, su hermano Miguel se había refugiado en su casa. Para no llamar la atención de los censores ni dar pistas sobre su paradero, no escribía a Zorzano ni a Escrivá, sino que le encargaba a Lola que lo hiciera de su parte. De este modo, Lola se puso en contacto con Escrivá por escrito. Miguel le explicó el Opus Dei y le dio un ejemplar de “Consideraciones Espirituales”.

La primera carta que Lola Fisac envió a Escrivá, en abril de 1937, simplemente le hacía saber que Miguel estaba a salvo. La respuesta de Escrivá fue igual de breve y reservada, pero expresaba su esperanza de que algún día ella pudiera ser miembro de su familia. A pesar del velado lenguaje, Lola entendió el mensaje de Escrivá y respondió a finales de mayo de 1937, de modo igualmente discreto, que deseaba pertenecer al Opus Dei. Años más tarde recordaba que, a pesar de no entender del todo la vocación al Opus Dei en ese momento, “me parecía apasionante… y, dentro de mí, formulé la decisión de vivir la llamada a la Obra de manera total y sin condiciones”[1]. Durante los meses siguientes, Lola y Escrivá mantuvieron correspondencia, aunque la censura les obligaba a ser muy discretos.

El 20 abril de 1939 Escrivá viajó a Daimiel para conocer a Lola y agradecer a su familia los paquetes de comida que habían enviado a Isidoro durante la guerra. En una larga conversación, Escrivá le explicó detalladamente la vocación al Opus Dei. Ella reiteró su deseo de pertenecer al Opus Dei y Escrivá le trazó un plan de vida espiritual con media hora de oración diaria, el Rosario, el examen de conciencia y la lectura de la “Historia de un alma” de Santa Teresa de Lisieux. Por encima de todo, le insistía en que cuidara la presencia de Dios, para lo que le ayudaría recitar comuniones espirituales, hacer actos de amor y reparación y dedicar cada día de la semana a una devoción particular: el domingo, a la Santísima Trinidad; el lunes, a las almas del Purgatorio; el martes, a los Ángeles Custodios; el miércoles, a san José; el jueves, a la Eucaristía; el viernes, a la Pasión, y el sábado, a la Santísima Virgen.

Como, previsiblemente, Lola se quedaría con su familia en Daimiel durante una temporada, Escrivá le indicó que escribiera frecuentemente y se esforzara por cultivar la comunión de los santos, por la que los cristianos permanecen unidos. Este consejo quedó más tarde reflejado en “Camino”: “Tendrás más facilidad para cumplir tu deber al pensar en la ayuda que te prestan tus hermanos y en la que dejas de prestarles, si no eres fiel”[2]. “Vivid una particular Comunión de los Santos: y cada uno sentirá, a la hora de la lucha interior, lo mismo que a la hora del trabajo profesional, la alegría y la fuerza de no estar solo”[3].

En los meses siguientes Lola viajó varias veces a Madrid para hacer diversas gestiones. Aprovechaba esas ocasiones para ver a Escrivá y, también, a su madre y su hermana Carmen.

Escrivá tenía una razón especial para querer que Lola conociera mejor a su madre y su hermana y que pasara tiempo con ellas. En 1935 había escrito que un centro del Opus Dei “no es convento, ni colegio, ni cuartel, ni asilo, ni pensión: es familia”[4]. Para convertir esta idea en realidad, había previsto que, además de llevar a cabo los mismos apostolados que los varones de la Obra, las mujeres del Opus Dei se ocuparían de lo que definió como el “apostolado de los apostolados”. Con esas palabras se refería a la administración doméstica de los centros del Opus Dei para darles el tono y calor propios de un hogar de familia cristiana. Aunque su madre y su hermana nunca pertenecieron la Obra, Escrivá vio claro que el tono que ellas habían dado a su propio hogar era un ejemplo excelente del aire de familia que debía caracterizar la vida del Opus Dei. Al pasar tiempo con ellas, las mujeres del Opus Dei aprenderían a crear ese ambiente en los centros de la Obra.

Durante el tiempo que Lola pasó en Daimiel, Escrivá mantuvo contacto epistolar con ella. En enero de 1940 escribía: “No olvides que Dios sabe más que nosotros y, como suele decirse, escribe derecho con líneas torcidas: cuando menos lo esperamos, si somos fieles, queda todo arreglado y dispuesto”[5]. En otra carta la animaba: “Espero que pronto dispondrá el Señor las cosas de modo que puedas trabajar como deseas. Que estés siempre contenta. La tristeza es aliada del enemigo”[6]. En respuesta a una carta en la que Lola se quejaba de sequedad interior, le decía que no debía preocuparse por sentirla, ya que lo importante era la perseverancia en el cumplimiento de las normas de piedad, aunque a veces haya que arrastrarse.

El trabajo apostólico con mujeres en Madrid

En Madrid, Escrivá buscaba mujeres jóvenes que dieran señales de tener vocación al Opus Dei. En concreto, a quienes pudieran responder a la llamada de Dios a una vida de celibato apostólico y dedicaran todas sus energías a extender el Opus Dei. Confesaba habitualmente en diversas parroquias. Además, pedía a los miembros de la Obra y a los jóvenes que asistían a los medios de formación que rezaran por sus hermanas. Y les decía que les regalaran “Camino” o les animaran a acudir a su confesonario. Cuando Jenner quedaba libre por las vacaciones de los estudiantes, organizaba meditaciones para ellas en el oratorio de la residencia.

Para el otoño de 1940 ya había en Madrid un núcleo de mujeres jóvenes en contacto con el Opus Dei. Seis de ellas habían pedido la admisión en la Obra. Escrivá las animaba a santificar sus estudios o la actividad profesional que desempeñaran. Además, pidió a algunas que ayudaran a su madre y a su hermana en la administración doméstica de Jenner y de los dos centros de varones que ya había en la capital. Las mujeres del Opus Dei no se limitarían a esta tarea, pero Escrivá dejó claro que este trabajo se podía santificar igual que cualquier otro. También subrayaba que, al crear un ambiente agradable en los centros de la Obra, contribuirían de forma principalísima al apostolado que se hiciera en ellos.

En noviembre de 1940 las mujeres de la Obra, alquilaron un piso en la calle Castelló. Ninguna vivía allí. Simplemente lo utilizaron para las actividades de formación. A los pocos meses, estas actividades se trasladaron al centro de Diego de León, a la zona de la casa reservada para la madre y la hermana de Escrivá. Esto facilitaba el contacto frecuente con ellas y permitía a las mujeres de la Obra trabajar con Carmen en la administración de los centros.

[1] AGP P16 III.1998 p. 69

[2] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 549

[3] Ibid. n. 545

[4] Instrucción 9.1.35, n. 164

[5] AGP P16 IX.1998 p. 77

[6] Ibid. p. 77

Dificultades en el apostolado con sacerdotes y mujeres

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Los planes de expansión de DYA y los próximos comienzos de las actividades en Valencia y París daban cuenta del lento, pero constante crecimiento del apostolado del Opus Dei con universitarios y recién graduados. Sin embargo, la labor con sacerdotes y con mujeres no iba tan bien.

En 1934 unos cuantos sacerdotes se habían comprometido a obedecer a Escrivá en asuntos relacionados con la Obra. Aunque se trataba de un paso importante para su gradual incorporación al Opus Dei, no se daban cuenta del todo del origen sobrenatural de la Obra ni del papel de Escrivá como fundador. A alguno de ellos la decisión de seguir adelante con DYA a pesar de las dificultades financieras le pareció una locura. Peor aún, solían ir a su aire, y no prestaban atención a lo que Escrivá les decía sobre el espíritu de la Obra.

El problema fundamental, concluyó pronto, era que, con algunas pocas excepciones, “tienen poca visión sobrenatural, y un amor pobre a la Obra, que para ellos es un hijo postizo, mientras para mí es alma de mi alma”. Escrivá decidió: “Procuraré sacarles el partido posible, hasta ver si se maduran en el espíritu de la Obra”[1].

En lugar de mejorar, las cosas empeoraron. En marzo de 1935 ya no se pudieron seguir teniendo las reuniones de los lunes con sacerdotes, que se celebraban semanalmente desde 1931. Tanto el director espiritual de Escrivá, el padre Sánchez, como su gran amigo don Pedro Poveda aconsejaron a Escrivá romper las relaciones con los demás sacerdotes, pero no fue capaz de hacerlo. A la vista de sus virtudes y de su “innegable buena fe”, optó “por el término medio de conllevarles, pero al margen de las actividades propias de la O., aprovechándolos siempre que sea necesario su ministerio sacerdotal”[2].

Pero incluso con esta limitación fueron una fuente de confusión para los miembros laicos de la Obra, hasta el punto de que Escrivá a veces se refirió a ellos como su “corona de espinas”. Al final, prescindió de su ayuda por completo y acudió a otros sacerdotes, que no tenían ninguna relación con la Obra, cuando hacía falta alguien para celebrar Misa o confesar. Escrivá concluyó que los sacerdotes del Opus Dei deberían salir de sus miembros laicos y estar formados en su espíritu desde el inicio de su vocación. Todavía no tenía idea de cómo se podría realizar eso dentro de los límites que el Derecho Canónico imponía a las organizaciones capaces de incardinar sacerdotes. Estaba tan convencido de que se encontraría el modo de hacerlo, que en mayo de 1936 preguntó a algunos miembros de la Obra si estarían dispuestos a ordenarse si les llamara al sacerdocio.

El apostolado con las mujeres no corría mejor suerte. Con el tiempo, un grupo de mujeres pidió la admisión al Opus Dei, pero les resultaba muy difícil entender plenamente su espíritu. Buena parte del problema se debía al poco trato que tenían con Escrivá. Él las veía de vez en cuando en el convento de Santa Isabel y, en ocasiones, les predicaba una meditación en el oratorio de la residencia DYA, aprovechando la ausencia de los residentes. En general, las veía pocas veces fuera del confesionario donde las dirigía espiritualmente.

Había varias razones para este limitado contacto: las otras actividades de Escrivá eran tan exigentes que le dejaban muy poco tiempo; además, no había otro lugar en el que pudiera atenderlas convenientemente; por otra parte, aunque hubiera encontrado una solución a los problemas mencionados, como joven sacerdote decidido a evitar cualquier ocasión que pudiera poner en peligro su vocación, Escrivá no quería mantener ningún trato personal cercano con mujeres jóvenes.

En conclusión, Escrivá confió a la mayoría de las mujeres de la Obra a don Lino Vea-Murguía, sacerdote de la diócesis de Madrid. Había sido uno de los capellanes del Patronato de Enfermos de 1927 a 1932; desde entonces hasta su asesinato a comienzos de la Guerra Civil lo fue de las Siervas del Sagrado Corazón. Vea-Murguía tampoco había entendido completamente el espíritu del Opus Dei y, lógicamente, no pudo transmitirlo claramente a otros. Las pocas mujeres que pertenecían a la Obra al estallar la Guerra Civil quedaron separadas por completo de Escrivá, y aún no habían captado la esencia del Opus Dei. Una de ellas, Felisa Alcolea, comentaba con sencillez años después: “La verdad es que buena voluntad sí teníamos. Pero nada más”[3].

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 541

[2] Ibid. p. 542

[3] Ibid. p. 563


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