Creo que conocí a un santo

fundador  Tagged , , , , , , , No Comments »

Testimonio de Mons. William Gordon Wheeler, Obispo de Leeds
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Donde conocí por primera vez a un miembro del Opus Dei fue aquí, en Inglaterra, hace ya más de treinta años. Se llamaba Juan Galarraga, por entonces un seglar que estudiaba en la Universidad de Londres. Coincidimos en varias ocasiones en el Newman Center, de Portland Square. Cuando me hicieron capellán de la Universidad de Londres le veía con asiduidad y aprendí mucho de él sobre cl Opus Dei.

De modo que cuando la Netherhall, una residencia para estu­diantes, entró en funcionamiento, yo se la recomendaba a los alum­nos. Este fue mi primer contacto con el Opus Dei, y desde entonces he visitado residencias del Opus Dei en todo el mundo.

Creo que estoy en una posición única para hablar sobre lo que se podría llamar la universalidad del espíritu del Opus Dei, ya que he podido comprobar su labor en todo el mundo. Hace algunos años, estando yo en Perú, visité la residencia de la Obra en Lima. Tenía mucho interés en conocer cómo había logrado penetrar en lugares tan remotos y echar raíces en pueblos de orígenes tan dife­rentes. Creo que todo ello fue posible gracias a la genialidad de su fundador Monseñor Escrivá de Balaguer.

Lo que siempre me ha maravillado de las residencias del Opus Dei es su espíritu de civilización; una civilización correcta. No había en ellas gran lujo, sino una modestia con buen gusto; el auténtico cristianismo dentro de la civilización de nuestra era. Todas las residencias son muestra de algo a lo que el Cristianismo, y el Catolicismo en particular, debe aspirar.

Lo que se percibía era un espíritu de familia. Algo que también me maravillaba. Es un espíritu de gran disciplina e integridad per­sonal. El fundador del Opus Dei alcanzó un equilibrio que, a mi modo de ver, es la clase de ejemplo que todos deberían de seguir.

Aún guardo como un tesoro la copia de su libro Camino, que el propio Monseñor Escrivá de Balaguer me dedicó. Me lo regaló a finales de los años 50, aunque, por supuesto, yo ya conocía Camino con anterioridad. Siempre he admirado su sencillez.

Una de las cosas que irradiaba Monseñor Escrivá de Balaguer era una enorme estima por la vida espiritual. Su gran deseo era guiar a las personas de una forma recta y sencilla –de manera bíbli­ca–. En eso se había anticipado a su época.

También se adelantó a su tiempo en cuanto al Concilio Vati­cano II; él postulaba un laicado que participara plenamente en la vida de la Iglesia, siendo contemplativo en la vida privada.

Tenía el espíritu del Vaticano II, y en el difícil período post–conciliar, cuando muchos en la Iglesia atravesaron una etapa de incertidumbre, el Opus Dei reaccionó de una manera que debería servirnos a todos de ejemplo.

Creo que ello se debió a que encontró el equilibrio adecuado entre «aggiornamento» y tradición, siempre con la vista puesta en la trayectoria del mundo actual, con lo que su contribución a la vida de la Iglesia fue enorme. Cuando se escriba la historia de ese período, este hecho deberá ser mencionado, sin duda alguna.

Lo que más recuerdo de Monseñor Escrivá de Balaguer es su alegría. Era un compañero maravilloso. Recuerdo cuando, con oca­sión de una comida, algunos obispos trataron de discutirle algunos puntos y él desarmó todos los argumentos simplemente con la bon­dad que emanaba de su persona. Daba la sensación de querer a todo el mundo y uno no podía evitar corresponder.

Tengo la impresión de haber conocido a una persona muy santa y muy humana. Después de todo, la auténtica santidad se elabora desde la naturaleza que nos ha sido dada por Dios. Dios le engran­deció en todos los aspectos.

Un día, en Roma, me regaló un pequeño y sonriente borriquito, diciéndome: «Ponlo en una repisa de tu estudio. y cada vez que lo mires acuérdate de rezar por mí». Aun lo tengo. Allí está, per­manentemente, en la repisa, y cuando las cosas se complican lo miro y me reconforta.

El burro tenía un significado muy especial para Monseñor Escri­vá de Balaguer; solía llamarse a si mismo «una bestia de carga de Nuestro Señor».

El apostolado que el Opus Dei efectuaba entre los estudiantes universitarios es algo que yo, personalmente, conocí bastante bien. Aunque también he podido comprobar su obra en otras esferas. Por ejemplo Peter Scott y su familia, viejos conocidos de Oxford. Es extraordinario comprobar cómo, en la época actual, cuando la mayoría de las familias padecen el impacto de una sociedad dema­siado permisiva en toda Europa, personas como éstas hayan encon­trado estimulo y fuerza en la Obra del Opus Dei.

Según mi propia experiencia, existe un gran paralelismo entre los miembros de la Obra y los primeros cristianos –personas de diferentes esferas sociales imbuidos por un mismo espíritu y tra­tando de santificar sus distintas actividades–. Era en esto en donde más hincapié hacia Monseñor Escrivá de Balaguer. La noción de apostolado del laicado fue recogida, siguiendo este modelo, en uno de los Decretos del Concilio Vaticano.

Cuando en el futuro alguien reflexione sobre Monseñor Escrivá de Balaguer y su obra, será capaz de valorarlo mucho mejor de lo que podamos hacerlo ahora nosotros. Creo que a través de sus escritos y memorias emergerá la figura de un hombre que tuvo un gran impacto entre todos los cristianos.

Después de su muerte escribí al Santo Padre sobre todo ello. Me gusta pensar que conocí a un santo.

Creo que conocí a un santo

fundador  Tagged , , , , , , No Comments »

Testimonio de Mons. William Gordon Wheeler, Obispo de Leeds
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Donde conocí por primera vez a un miembro del Opus Dei fue aquí, en Inglaterra, hace ya más de treinta años. Se llamaba Juan Galarraga, por entonces un seglar que estudiaba en la Universidad de Londres. Coincidimos en varias ocasiones en el Newman Center, de Portland Square. Cuando me hicieron capellán de la Universidad de Londres le veía con asiduidad y aprendí mucho de él sobre cl Opus Dei.

De modo que cuando la Netherhall, una residencia para estu­diantes, entró en funcionamiento, yo se la recomendaba a los alum­nos. Este fue mi primer contacto con el Opus Dei, y desde entonces he visitado residencias del Opus Dei en todo el mundo.

Creo que estoy en una posición única para hablar sobre lo que se podría llamar la universalidad del espíritu del Opus Dei, ya que he podido comprobar su labor en todo el mundo. Hace algunos años, estando yo en Perú, visité la residencia de la Obra en Lima. Tenía mucho interés en conocer cómo había logrado penetrar en lugares tan remotos y echar raíces en pueblos de orígenes tan dife­rentes. Creo que todo ello fue posible gracias a la genialidad de su fundador Monseñor Escrivá de Balaguer.

Lo que siempre me ha maravillado de las residencias del Opus Dei es su espíritu de civilización; una civilización correcta. No había en ellas gran lujo, sino una modestia con buen gusto; el auténtico cristianismo dentro de la civilización de nuestra era. Todas las residencias son muestra de algo a lo que el Cristianismo, y el Catolicismo en particular, debe aspirar.

Lo que se percibía era un espíritu de familia. Algo que también me maravillaba. Es un espíritu de gran disciplina e integridad per­sonal. El fundador del Opus Dei alcanzó un equilibrio que, a mi modo de ver, es la clase de ejemplo que todos deberían de seguir.

Aún guardo como un tesoro la copia de su libro Camino, que el propio Monseñor Escrivá de Balaguer me dedicó. Me lo regaló a finales de los años 50, aunque, por supuesto, yo ya conocía Camino con anterioridad. Siempre he admirado su sencillez.

Una de las cosas que irradiaba Monseñor Escrivá de Balaguer era una enorme estima por la vida espiritual. Su gran deseo era guiar a las personas de una forma recta y sencilla –de manera bíbli­ca–. En eso se había anticipado a su época.

También se adelantó a su tiempo en cuanto al Concilio Vati­cano II; él postulaba un laicado que participara plenamente en la vida de la Iglesia, siendo contemplativo en la vida privada.

Tenía el espíritu del Vaticano II, y en el difícil período post–conciliar, cuando muchos en la Iglesia atravesaron una etapa de incertidumbre, el Opus Dei reaccionó de una manera que debería servirnos a todos de ejemplo.

Creo que ello se debió a que encontró el equilibrio adecuado entre «aggiornamento» y tradición, siempre con la vista puesta en la trayectoria del mundo actual, con lo que su contribución a la vida de la Iglesia fue enorme. Cuando se escriba la historia de ese período, este hecho deberá ser mencionado, sin duda alguna.

Lo que más recuerdo de Monseñor Escrivá de Balaguer es su alegría. Era un compañero maravilloso. Recuerdo cuando, con oca­sión de una comida, algunos obispos trataron de discutirle algunos puntos y él desarmó todos los argumentos simplemente con la bon­dad que emanaba de su persona. Daba la sensación de querer a todo el mundo y uno no podía evitar corresponder.

Tengo la impresión de haber conocido a una persona muy santa y muy humana. Después de todo, la auténtica santidad se elabora desde la naturaleza que nos ha sido dada por Dios. Dios le engran­deció en todos los aspectos.

Un día, en Roma, me regaló un pequeño y sonriente borriquito, diciéndome: «Ponlo en una repisa de tu estudio. y cada vez que lo mires acuérdate de rezar por mí». Aun lo tengo. Allí está, per­manentemente, en la repisa, y cuando las cosas se complican lo miro y me reconforta.

El burro tenía un significado muy especial para Monseñor Escri­vá de Balaguer; solía llamarse a si mismo «una bestia de carga de Nuestro Señor».

El apostolado que el Opus Dei efectuaba entre los estudiantes universitarios es algo que yo, personalmente, conocí bastante bien. Aunque también he podido comprobar su obra en otras esferas. Por ejemplo Peter Scott y su familia, viejos conocidos de Oxford. Es extraordinario comprobar cómo, en la época actual, cuando la mayoría de las familias padecen el impacto de una sociedad dema­siado permisiva en toda Europa, personas como éstas hayan encon­trado estimulo y fuerza en la Obra del Opus Dei.

Según mi propia experiencia, existe un gran paralelismo entre los miembros de la Obra y los primeros cristianos –personas de diferentes esferas sociales imbuidos por un mismo espíritu y tra­tando de santificar sus distintas actividades–. Era en esto en donde más hincapié hacia Monseñor Escrivá de Balaguer. La noción de apostolado del laicado fue recogida, siguiendo este modelo, en uno de los Decretos del Concilio Vaticano.

Cuando en el futuro alguien reflexione sobre Monseñor Escrivá de Balaguer y su obra, será capaz de valorarlo mucho mejor de lo que podamos hacerlo ahora nosotros. Creo que a través de sus escritos y memorias emergerá la figura de un hombre que tuvo un gran impacto entre todos los cristianos.

Después de su muerte escribí al Santo Padre sobre todo ello. Me gusta pensar que conocí a un santo.

Pablo VI: «Aquí todo es Opus Dei»

iglesia  Tagged , , , , , , , , No Comments »

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Me encontraba en Roma, en noviembre de 1965, cuando Pablo VI visito con detenimiento y cariño el Centro ELIS y pude recordar con precisión, gracias a lo escrito entonces, una historia esclarecedora.

Detrás del Centro Internazionale della Gioventú Lavoratrice, también llamado Centro ELIS, había tres Pontífices y mucho esfuerzo. Lo imaginó Pío XII, al destinar los fondos de la colecta organizada con motivo de su ochenta cumpleaños para «una obra social». Lo puso en marcha Juan XXIII, encomendando al Opus Dei la realización y la dirección del proyecto. Y lo convirtió en vida el mismo Opus Dei, que había aceptado «con particular agradecimiento el gustoso encargo» –son palabras del Fundador–, bajo los animosos auspicios de Pablo VI, el Papa que lo iba a inaugurar cuando ya la primera piedra era un recuerdo lejano.

¿Recuerdo?… Los protagonistas se mueven incesantemente de un lado a otro la víspera de la visita de Pablo VI. Aquel, que es ingeniero, arrastra cables de alta tensión. Este, que es arquitecto, recoge del suelo, para desmenuzarla entre los dedos, la colilla abandonada por el visitante descuidado. Ese, que es albañil, da instrucciones sobre el mejor modo de colocar una valla. Aquel, que es abogado, acaba de pintar unas tablas. El otro, que es electricista, pregunta al ingeniero si está bien puesto el foco. Aquellos muchachos, con mono o con corbata, llevan sillas, arrastran carretillas, cubren con tierra los charcos, dan martillazos, cuelgan cuadros o dirigen el tráfico de los que vienen o se van. Algunos serán soldadores o torneros, otros estudiarán segundo de Filosofía o cuarto de Químicas, otros serán empleados de Seguros o dependientes… El caso es que, mientras cae la noche del sábado sobre este descampado periférico del barrio Tiburtino, semillero de votos comunistas, todo el mundo está haciendo algo aquí y nadie es espectador ni curioso. Por eso entiendo de golpe, observando lo que veo, esa gran transformación individual que es el presupuesto necesario de cualquier «nueva frontera» social.

Así empezó «el Tiburtino», sin espectadores, sin curiosos y sin decidores. Había unos terrenos allá lejos, en la neorrealista periferia romana, donde se desmontaban los coches robados y donde la geometría de los edificios de nueva planta era solo un presentimiento. Había también un puñado de hombres –pocos, como siempre– con la idea clara de que aquello había que hacerlo pronto y bien, creando ya el ambiente desde los cimientos… Y había, sobre todo, pocas ganas de teorizar y muchas ganas de hacer.

La novedad en la barriada duró poquísimo, al menos como cosa extraña. La familia de los arquitectos, ingenieros, capataces, obreros y peones, unidos por el hormingón de la común empresa, fue el epicentro de un entusiasmo contagioso que acabó difundiéndose a la redonda. Ni ambiente hostil, ni nada que se le parezca. Allí había que arrimar el hombro como Dios manda y dejarse de dar consejos o de perder el tiempo con la retórica. ¿No eran todos trabajadores, desde el ingeniero hasta el pinche?… Pues, a demostrarlo, si querían que aquel Centro prosperase con sus escuelas profesionales, con su residencia, con su biblioteca, con sus instalaciones deportivas e incluso con una parroquia próxima, la de San Juan Bautista, toda nueva y limpia.

Fue así como «el Tiburtino» –el Centro arrampló pronto con el nombre del barrio entero– entró en funcionamiento con un espíritu de familia, de empresa y de obra social que era, al mismo tiempo, la causa y el efecto de la renovación individual producida por un nuevo tipo de relación basada en una solidaridad auténtica y en una responsabilidad concreta.

Todos sentían, desde luego, que se trataba de cosa suya: los que trabajaban en su construcción y los que se acercaban a dar una mano; los que tiraban de plano y los que amasaban cemento; los que hacían números en el barracón y los que daban a la paleta encima de un andamio; los que lo vivían y los que lo oían contar en sus casas o en la «trattoria». No era posible hablar de clases sociales en aquel ambiente de trabajo, en el que nadie escurría el bulto y en el que bastaba un descuido del visitante curioso para encontrarse con una pala en la mano.

Decir que el Centro empezó a funcionar desde que se colocaron los cimientos es describir exactamente lo ocurrido. No se trataba de hacer algo nuevo y grandioso para regalarlo una vez acabado, sino de crear entre todos, con los medios a disposición y con los que fuesen llegando, algo propio que llevase los latidos de la vida real. De este modo, cambiando sobre la marcha lo que había que cambiar, los arquitectos y los ingenieros consiguieron una armonía entre lo bello y lo útil que les valió el premio del Instituto Nacional de Arquitectura por la mejor «gestión constructora». Y de este modo, fue naciendo también, con el talante familiar y digno del Centro, la experiencia necesaria para la formación individual y social de unos muchachos que propagarían su estilo con sólo hacer bien lo que aprendían haciendo.

El Centro ELISacogía entonces, entre internos y externos, a trescientos jóvenes de todas las regiones de Italia y de otros países. Se fue poblando gradualmente al ritmo de las construcciones, y eran ya muchos los jóvenes que guardaban cola en su amplia esfera de influencia. Desde 1965, han pasado por la residencia más de 2.000 jóvenes, entre 15 y 22 años. En el Albergue de Juventud hay sitio para doscientos, divididos en grupos de dieciséis con el fin de conseguir un ambiente familiar («una casa en la casa»), que prepare con más calor para el vivir social, y en la hospedería pueden alojarse temporalmente unos 150 huéspedes (obreros y técnicos de paso por Roma por motivos de trabajo, estudio, reuniones sindicales, etc.).

Allí se afrontan directamente, con métodos modernos y abiertos, dos grandes problemas actuales: el de la cualificación de la mano de obra y el de la emigración interior y exterior. Hay escuelas de formación y perfeccionamiento para torneros, soldadores, ajustadores mecánicos, diseñadores técnicos, etc., con enseñanza diurna y nocturna, que han formado a más de 4.000 obreros especialistas. Hay una escuela femenina de hostelería, que atiende, con plena independencia, a las necesidades de las instalaciones de todo el complejo. Tiene una capacidad para sesenta chicas, y su centro cultural ha sido frecuentado ya por más de 3.000 estudiantes y trabajadoras romanas. Desarrolla cursos de cualificación profesional para la industria hotelera o para el trabajo en hogares de familia, sobre dietología, puericultura, economía doméstica, pedagogía familiar, etc. Hay una biblioteca bien nutrida en los sectores del mundo del trabajo, abierta no sólo para los alumnos internos y externos, sino también para todo el barrio. Hay cursos de información técnica y ciclos de «conversaciones» sobre los temas de mayor actualidad.Hay un restaurante y locales de descanso para los obreros que trabajan en las cercanías. Hay instalaciones deportivas, con cursos de gimnasia y «Escuelas» de los distintos deportes. Hay reuniones con las familias de los alumnos externos para promover una eficaz colaboración en la formación humana y profesional de todos los jóvenes…

En todas sus iniciativas –me decía un profesor– los chicos se encuentran y trabajan entre ellos en un clima de recíproco respeto, por encima de las diferencias de extracción social, de procedencia nacional, de intereses culturales, para lo cual la unidad de medida de sus relaciones humanas viene dada por la lealtad que los une y los mantiene juntos. De aquí procede, como resultado natural de la unidad de vida de los jóvenes, la colaboración de todos y de cada uno en el mejoramiento del Centro, en el que todos encuentran su sitio porque sienten como cosa propia el trabajo de todos.

Aquí –comentaba unchaval de Perugia– todos somos amigos. Somos una gran familia y no hay distinciones, ni por profesión ni por edad.

Aquí –añadía otro de Cagliari –estamos entre obreros, se habla de trabajo y nos entendemos a la primera.

Aquí –concluía uno de los jóvenes universitarios que dedican al Centro gran parte de su tiempo– hay posibilidad de realizar con los hechos todos los deseos de compromiso social que uno tenga.

Por eso no sorprendió a nadie la alegría y la detención con que Pablo VI visitó todas las dependencias del Centro ELIS aquella tarde del 21 de noviembre de 1965, el emocionado discurso del Papa en aquella ocasión y el abrazo que le dio a Mons. Escrivá de Balaguer al despedirse, mientras afirmaba:

«Aquí todo es Opus Dei».

Y el propio Fundador se lo había hecho observar al Pontífice en el saludo que le dirigió en italiano casi al final de la visita:

«En este ambiente sereno y alegre, similar al de todas las actividades que el Opus Dei desarrolla, por gracia de Dios, en todo el mundo, procuramos, Beatísimo Padre, que se respire un clima de libertad en el que todos se sientan hermanos, bien lejos de la amargura que proviene de la soledad o de la indiferencia. Un clima en el que aprenden a apreciar y a vivir la mutua comprensión, la alegría de una convivencia real entre los hombres. Amamos y respetamos la libertad, y creemos en su valor educativo y pedagógico. Estamos convencidos de que en un clima así se forman almas con libertad interior, y se forjan hombres capaces de vivir responsablemente la doctrina de Cristo, de poner en práctica virilmente la fe, de practicar con alegría la obediencia interior y devota a las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia –entre las que ocupan un lugar destacado las de su doctrina social–, capaces de amar con todo su corazón y con todas sus fuerzas a la Iglesia de Dios y al Romano Pontífice».

La vuelta al mundo en una vida

familia  Tagged , , No Comments »

Angel Miquel Aymar nació en México, vivió en Barcelona y desde hace cuatro años reside en Bratislava, donde estudia Comunicación del Marketing.

“En mi familia lo de viajar en busca de aventura lo llevamos en la sangre. Mi padre se fue con mi madre a vivir a México cuando tenían 25 años de edad. Allí nacimos mis hermanos y yo. Tengo un tío indio del que siempre presumo. Una de mis tías vive en Roma aunque todo el día va de acá para allá. Y finalmente Menchú, mi tía abuela, vive en Bolivia desde hace no sé cuántos años. Así que el asunto genético nos viene de largo. Y como es lógico finalmente me llegó el turno a mí”.

“Cuando el director de Foiró, el centro del Opus Dei al que acudía en Sant Cugat, me preguntó si quería irme a vivir a Eslovaquia le contesté: ¡Venga, ya!, ¿qué quieres?. Pero como me dijo que no iba en broma me quedé de piedra. Yo siempre había querido ir a empezar la labor del Opus Dei en Cuba, el país del Caribe y los puros, pero cuando me dijo que donde hacían falta numerarios era en Eslovaquia no pude más que quedarme de piedra.“

“Aunque, bien mirado, para darle la vuelta al mundo también hay que pasar por Europa central, así que después de consultar en el Atlas dónde queda Eslovaquia, le dije al director que me encantaría irme para allá. Su respuesta: No, no. Así ni de broma. Primero vete al oratorio a rezarlo y ya me dirás a ver qué. Y el qué, finalmente fue un sí.

Con mi familia en Bratislava

“Después de esta escena os podéis imaginar los días que siguieron. Contárselo a mis padres, a mis hermanos, a los amigos, arreglar papeles, preparar el viaje, equiparme para el invierno eslavo… Una aventura”.

“Desde que estoy aquí todos los años mi familia ha venido a visitarme a mí y a mis amigos de Bratislava. El verano pasado les devolvimos la visita. Nos fuimos unos diez eslovacos y yo a conocer Barcelona y Torreciudad a finales de verano. Desde luego que en Sant Cugat nos recibieron con los brazos abiertos y no sólo mis padres y hermanos sino que también mis abuelos, tíos y antiguos amigos. A uno de mis amigos eslovacos, Vajanko, le perdieron la maleta en el avión. Y ya que mi hermano Ferrán es más o menos de su talla le prestó ropa para esos días. Mi madre para quitarle un poco a Vajanko el trauma de haberse quedado sin maleta aprovechó la ocasión para estar muy atenta con él. Tanto es así, que al segundo día ya sabía cuál era el helado que más le gusta a Vajanko y no dejó de servírselo.”

Bratislava

“Aunque Vajanko no quiso quedarse de brazos cruzados y aprovechó ese mismo diciembre para tener un detalle con mi familia invitándonos de visita a su casa. Como ya era invierno (y aquí hace un frio que pela), es bastante común que nieve. Por eso en las casas la gente se quita los zapatos al entrar para evitar manchar o mojar las alfombras. Al ir de visita a casa de Vajanko les dije que tenían que quitarse los zapatos y uno de mis hermanos soltó: “¡Toma ya!, como los japoneses”. Lo mejor de esa visita fue el clásico brindis de aguardiente que es costumbre en Eslovaquia. Según mi hermano Ferrán sabe a Listerine. Cosas de la cultura, porque cuando a los eslovacos les ofreciamos jamón serrano a ellos les supo a carne cruda. Y los dulces picantes mexicanos que me trajo mi hermana a los eslovacos les saben a rayos.”

“Mi experiencia es que adónde quiera que vaya siempre me encuentro con el mismo ambiente de familia. Haces amigos de todos los tipos pero en el fondo bien parecidos (el simpático, el empollón, el buenazo…). Para que vayáis conociendo a mis amigos eslovacos os envío una foto que nos sacamos en Roma esta Semana Santa pasada durante el congreso UNIV”.

En el UNIV, en Roma

“Así que la aventura de viajar por seguir a Dios es fenomenal donde quiera que estés. Aquí en Eslovaquia se dice que všade dobre, doma najlepšie(en todas partes se está bien, pero en casa se está mejor). Y eso es mi vida en el Opus Dei, estar siempre en casa aunque poco a poco vaya dando la vuelta al mundo”.


WordPress Theme & Icons by N.Design Studio. WPMU Theme pack by WPMU-DEV.
Entries RSS Comments RSS Acceder