Algunas actividades de Harambee

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Cena benéfica en Valencia y XIª Olimpiada Deportiva Solidaria pro HARAMBEE a favor de África.

Cena benéfica en Valencia

Opus Dei -

Se están desarrollando, a lo largo y ancho de la geografía española, numerosas actividades en apoyo de este proyecto internacional.

Por ejemplo, en octubre se celebró una cena benéfica en el Club Náutico de Valencia, a la que asistieron 200 personas. El doctor Cissé-Luc Mbongo, uno de los fundadores del Hospital Monkole en Kinshasa (Congo), les habló de los principales retos de la sanidad en África.

Los fondos recaudados en la cena benéfica se destinaron a cuatro proyectos de solidaridad en Kenia, Congo, Madagascar y Sudán.

XIª Olimpiada Deportiva Solidaria pro HARAMBEE a favor de África


Opus Dei -

Con motivo de su 25º aniversario, el Club Almedina de Almería, celebró en noviembre la XIª Olimpiada Solidaria, que sirvió para recaudar fondos para el proyecto Harambee. Con ellos se ayudará a la creación de tres centros de urgencias infantiles en los alrededores de Kinshasa, para la atención de 600 madres.

Participaron once asociaciones juveniles de toda España –Murcia, Valencia, Granada, Jaén, Alicante, Madrid, Marbella y Cádiz- junto con el club anfitrión, que compitieron en diversas modalidades deportivas: atletismo, natación, voleibol y baloncesto.

La Olimpiada Solidaria concluyó con la entrega de Trofeos a cargo, entre otros, del Concejal de Deportes y de la Concejala de Turismo del Ayuntamiento; de Flora Bondomo Ondo, enfermera africana, en representación de Harambee; de la Directora Técnica de Almedina y de padres de los participantes en esta Olimpiada Solidaria.

2 de Octubre de 1928

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Todo sucedió de una forma sencilla. El 2 de octubre de 1928 don Josemaría se encontraba en la Casa Central de los Paúles de Madrid, participando en unos ejercicios espirituales con otros sacerdotes de la diócesis. Era la fiesta de los Angeles Custodios. Bendecid al Señor, Ángeles del Señor —había rezado, por la mañana, al celebrar la Eucaristía— cantadle un himno y exaltadle por los siglos de los siglos.

Se retiró a su habitación; y cuando releía las notas en las que había recogido las mociones que había recibido de Dios en los últimos diez años, vio la misión que Dios le confiaba: difundir por toda la tierra el mensaje evangélico de la llamada universal a la santidad, mediante la santificación del trabajo y la vida cotidiana.

En aquel instante supo, con certeza plena, que debía dedicar su vida entera a esa misión, a esa tarea. “Eso” era por lo que venía rezando desde su adolescencia: lo había vistover fue el verbo que empleó siempre para designar aquel momento decisivo— mientras repicaban las campanas de la cercana iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles. Aquel voltear jubiloso, comentaba años después, nunca ha dejado de sonar en mis oídos

Y él… ¿qué era? Un sacerdote joven, sin medios económicos, recién llegado a Madrid, con una familia a su cargo… Tenía yo veintiséis años, la gracia de Dios y buen humor: nada más. Perono se desanimó. Se hizo este planteamiento sobrenatural: así como los hombres escribimos con la pluma, el Señor escribe con la pata de la mesa, para que se vea que es Él el que escribe: eso es lo increíble, eso es lo maravilloso.

Desde aquella mañana de octubre de 1928 la Obra de Dios, el Opus Dei, fue una realidad, aunque sólo contase con una persona: la del fundador.

Su mensaje chocó con la mentalidad de la época. Muchos se asombraban al escuchar de sus labios que todos estamos llamadas a la santidad. ¿Cómo? ¿No estaba reservada la santidad a unos cuantos privilegiados? Simples cristianos —enseñaba don Josemaría—. Masa en fermento. Lo nuestro es lo ordinario, con naturalidad. Medio: el trabajo profesional. ¡Todos santos!

He aprendido de un gitano…

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Don Josemaría se desvivía por los enfermos, los consolaba con su presencia animosa y optimista, y procuraba aprender de ellos. Un día vio a un gitano agonizante en una cama del Hospital General, al que habían dado una puñalada mortal durante una reyerta.

—Este hombre se muere —le avisaron.

Procuré que nos dejaran solos. Dije al gitano unas palabricas y se conmovió. Le advertí también que se moría, y él quiso confesarse. Luego, cuando le día a besar el crucifijo, me decía a gritos, sin que pudiera hacerle callar:

—Con esta boca mía podrida no puedo besar al Señor.

—¡Pero si le vas a dar un abrazo —le dije— y un beso muy fuerte enseguida, en el Cielo!

Nunca olvidó aquel grito sincero de compunción. ¿Habéis visto —comentaba años después— una manera más hermosamente tremenda de manifestar la contrición? Después, alguna vez lo he dicho también yo, a solas, sin dar voces: con esta boca mía podrida, no puedo besarte, Señor. He aprendido de un gitano moribundo a hacer un acto de contrición.

“Guardo esa imagen grabada en el alma —recuerda José Ramón Herrero, uno de los jóvenes que le acompañaban en sus visitas a los hospitales—: el Padre, arrodillado junto a un enfermo tendido en un pobre jergón sobre el suelo, animándole, diciéndole palabras de esperanza y aliento… Esa imagen no se me borra de la memoria, porque refleja y resume lo que fueron aquellos años de su vida”.

Brian Kolodiychule, Postulador de la Causa de la Madre Teresa, recordaba con motivo de la canonización de Josemaría Escrivá que el encuentro de Cristo en los pobres, que fue el carisma de Teresa de Calcuta, se da, de una forma o de otra, en todos los santos de la Iglesia. Se puso de manifiesto, escribe, “muy en particular en los primeros años de la historia del Opus Dei, como han relatado testigos del trabajo pastoral del beato Josemaría en los hospitales de Madrid. Los pobres, los enfermos, los desahuciados, fueron las armas para vencer en su batalla para que el Opus Dei echara a andar. En ambos casos, tanto para el fundador del Opus Dei como para la Madre Teresa, en la raíz de este compromiso se advertía la fe, que les hacía descubrir a Cristo en cada hombre”.

Madrid, 1929-1930

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Aquí estoy, Señor, porque me has llamado (I Sam. III, 5, 6 y 9).

Don Josemaría ha repetido muchas veces estas palabras a partir del 2 de octubre de 1928. Al mismo tiempo, se da cuenta de lo inmensa que es la tarea, tanto más aplastante en cuanto que no procede -lo sabe perfectamente- de una inspiración momentánea, sino de un proyecto divino ajeno a él por completo. Frente a esta perspectiva gigantesca, ¡qué irrisorios son los medios!… Empezando por él mismo, piensa. Instrumento inepto y sordo que tanto ha tardado en ver lo que Dios le pedía… No tiene otra cosa que sus veintiséis años, gracia de Dios y buen humor.

La gracia de Dios no le ha de faltar. Por eso, su primer movimiento espontáneo, tras ese 2 de octubre de 1928, ha sido rezar todavía con más intensidad, siguiendo una lógica sobrenatural ajena por completo a la lógica humana: primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en tercer lugar, acción.

¿Cómo ser fiel a esa voluntad divina si Dios mismo no lleva a cabo la tarea fundamental? Señor, ¡no puedo!, ¡no valgo!, ¡no sé!, ¡no tengo!, ¡no soy nada!… Estas palabras, pronunciadas a menudo desde que, a los quince años, tuvo los primeros presentimientos, las repite ahora con más convicción todavía. Como compensación, le proporcionan una gran confianza en el futuro, “plenamente persuadido de que todo cuanto Dios tiene prometido, es poderoso también para cumplirlo” (Rom. IV, 21).

Abriendo brecha

Purificarse interiormente, reparar por sus faltas de correspondencia y por todos los pecados del mundo, unido a Cristo crucificado, para ser lo más dócil posible a lo que Dios quiere…

Ignem veni mittere in terram! (Lc. XII, 49), cantaba en su adolescencia; tanto, que su hermano pequeño se había aprendido la melodía, a fuerza de oírsela repetir… Sí, se trata de un fuego divino, que habrá que encender y propagar por todos los rincones de la tierra. ¡Cuánta fuerza necesita para que ese fuego no sea un fuego fatuo: ilusión, mentira de fuego, que ni prende en llamaradas lo que toca ni da calor. Sin embargo, el fuego sólo puede brotar de la generosidad. ¡Qué hermoso es perder la vida por la Vida!. El amor, hay que probarlo. ¡Y hay tanto que hacer! En realidad, todo, puesto que nada existe de esa gran obra que el Señor quiere que se realice, por mediación suya.

Así pues, Josemaría se entrega de lleno a una serie de mortificaciones -cilicio, disciplinas, ayunos- que hace cada vez más severas, mientras trabaja intensamente y ofrece su cansancio por la misma intención.

¿Quién ha dicho que las penitencias corporales eran cosa de los siglos oscuros de la Edad Media? En pleno siglo XX, en Madrid, en el umbral de los años 30 -que algunos han llamado “los años locos”- un joven sacerdote de veintiséis años que se siente impotente y como desarmado ante la inmensidad de la tarea que le aguarda, abre nuevos caminos divinos en la tierra al ritmo de la alegría de sus disciplinas y de sus rezos…

Pero como las gracias que son necesarias para trazar el primer surco en la tierra endurecida han de ser tantas, decide obtener de otras personas “refuerzos” sobrenaturales.

Empieza a pedir a sus amigos que recen “por una intención que le interesa mucho”. A veces, llega a interpelar a algún sacerdote que se encuentra en la calle, cuyo aspecto le hace suponer que vive con generosidad su ministerio… Y cuando se repone de la sorpresa, éste sonríe, asiente y sigue su camino, conmovido por la espontaneidad y la audacia de ese colega desconocido…

Cuenta también con la oración de los pobres y de los enfermos, que son todopoderosos ante el Omnipotente si saben unirse a Cristo Redentor. No en vano, la Providencia le ha conducido a este Patronato de Enfermos, cuyo capellán es desde su llegada a Madrid. De ellos, sobre todo, recibirá la fortaleza que necesita. De esta forma, ese querer divino podrá tomar cuerpo y desarrollarse… Sí, será gracias a esos hombres y mujeres anónimos y humildes, capaces de ofrecer al pobre sacerdote que es, la limosna de su oración y de sus dolores.

¡Y ésas fueron las armas para vencer! ¡Y ése fue el tesoro para pagar!.

Esos fueron los medios para abrir un nuevo camino de santidad en medio del mundo.

Y, finalmente, la acción. Ultima solamente en el orden de las prioridades, no de la cronología. Porque todo se mezcla desde el primer momento, ya que es preciso buscar quienes puedan llevar a cabo con él ese “algo” nuevo, compartir ese ideal, arrebatador pero exigente: meter a Cristo en la entraña de todas las actividades humanas, elevarlas hacia Él mediante un trabajo intenso realizado con abnegación, de cara a Dios, entregando la vida gota a gota, sin reservas.

Pero, ¿por qué crear algo nuevo? ¿Por qué no tratar de conjugar esos esfuerzos con los de alguna institución ya existente que tuviera unos fines y un espíritu como los que Dios le pedía y donde pudiera servir, obedeciendo? ¿No sería ésta una manera de cumplir ese querer divino, sin necesidad de añadir una fundación más a todas las que ya enriquecían la vida de la Iglesia?

Mientras busca alrededor algunos cristianos que sean capaces de responder a la nueva llamada, estudia detenidamente los estatutos de diversas instituciones de laicos ya existentes o recién creadas, para ver si los fines de alguna de ellas corresponden a lo que Dios le ha hecho ver el 2 de octubre de 1928.

A finales de 1929 tiene ya en su poder bastante documentación, proveniente de diversos países, pero nada responde, ni de lejos, a lo que él busca. Los fines de esos movimientos o grupos son elevados, pero limitados. No hay nada en ellos que incite a los cristianos a comprometer su vida entera al servicio de Cristo con una llamada específica a buscar la santificación en medio del mundo. Por eso, a pesar de sus vacilaciones que, por humildad, atribuye a su poquedad, no tiene más remedio que admitir que el Señor quiere que haga lo más difícil: abrir un nuevo camino de santificación en la Iglesia.

En busca de las primeras vocaciones

Ahora, más que nunca, el objetivo le parece desmesurado. ¡Una verdadera locura! Pero se trata de una locura querida por Dios… Por eso, venciendo su repugnancia inicial a ser fundador de algo, no duda en recomenzar sobre otras bases, y se pone manos a la obra con la única ayuda con que cuenta: la de Dios, que le pide eso, y con la intercesión de Santa María, de los Ángeles y de los santos…

Desde el 2 de octubre de 1928 venía pensando en algunas personas que conocía: alumnos de la Academia Cicuéndez, empleados, estudiantes, obreros, jóvenes relacionados con su familia, amigos, sacerdotes…

Pronto se suceden las visitas, las cartas, las conversaciones… Busca a las almas una a una, las prueba, las incita para que sean más sensibles a las exigencias del Evangelio. No se trata, de momento, de hablar de ese proyecto divino, cuya existencia sólo él conoce. Es preciso, antes, preparar pacientemente a quienes, por sus cualidades humanas y la solidez de su vida cristiana, sean capaces de aceptar, en su día, esta nueva “locura” divina, si el Señor les da la correspondiente vocación. Tendrá que meterles por caminos de vida interior -oración, mortificación, sacramentos-, para que se fortalezcan, se enamoren de Jesucristo y estén dispuestos a entregarle su voluntad para que haga con ellos lo que Él quiera. Sólo entonces, en una tierra así removida y fertilizada por la oración y la penitencia, podrá depositar la simiente divina que conserva como un tesoro en su alma. Podrá revelar a cada uno de ellos la llamada a ser apóstol de apóstoles en medio del mundo, sin salirse de su sitio, sin que nada cambie externamente en su vida de trabajo o estudio, pero divinizándolo todo, porque, poco a poco, a pesar de las caídas y las recaídas, uno se ha ido haciendo más “de Dios”.

Don Josemaría no habla a casi nadie de la misión que el Señor le ha encomendado. Se lo ha dicho, sí, a un jesuita prestigioso, el P. Valentín Sánchez Ruiz, que más tarde será su confesor, aunque siempre procurará distinguir perfectamente entre los consejos para su alma que éste le dará y las tareas para llevar a cabo su misión de Fundador, sin interferencias de la dirección espiritual.

En junio de 1929 se lo confía a uno de sus amigos de Zaragoza, José Romeo.

A su familia no le dice nada. Su madre y sus hermanos sólo advierten que cada vez está más ocupado: frecuentes desplazamientos por Madrid para visitar a los enfermos en sus tugurios o en los hospitales, largas conversaciones en casa o por las calles, con grupos de amigos o con algunos jóvenes a los que dirige en su vida espiritual y cita a veces en un banco del parque del Retiro…

El Padre -como empiezan a llamarle algunos- tiene un gran atractivo, con su estatura media y su cara armoniosa y llena. Usa gafas redondas, de concha, frecuentes en aquella época. Viste siempre con gran pulcritud y cuando sale a la calle suele llevar el manteo y la teja, no alargada, sino redonda, a la romana.

Simpático, abierto y de una alegría contagiosa, se expresa con un calor y una convicción que se manifiestan en la firmeza de la voz y en el acento, propio de su tierra aragonesa. Suscita enseguida la adhesión, nacida de la certeza, que se adquiere en cuanto se le escucha, de que uno se encuentra ante un hombre de Dios.

A menudo, en su sonrisa, en su penetrante mirada, llena de bondad, se advierte un “algo” que inspira confianza y, al mismo tiempo, remueve y anima a ser mejor…

Quienes se acercan a él comprenderían más fácilmente la influencia que ejerce sobre ellos si supieran que, cuando se encuentra solo con Dios, al sentirse tan joven y tan inclinado a dar rienda suelta a su carácter jovial, pide al Señor que le dé ochenta años de gravedad, signo externo, para él, del orden y de la pureza de la vida interior. Si conociesen lo mucho que reza y se mortifica por cada uno de ellos… Si le viesen encarar cualquier problema poniéndose con toda su alma en la presencia de Dios, y besando con frecuencia un crucifijo que coloca siempre sobre su mesa de trabajo, para no perder nunca el punto de mira sobrenatural…

Esa atracción que ejerce el Padre hace que numerosas personas acudan a hablar con él, le confíen sus cuitas y le pidan consejo en temas de su vida interior.

Un día descubre un lugar agradable y tranquilo de reunión: la chocolatería “El Sotanillo”, situada en plena calle de Alcalá, entre la Plaza de la Independencia y la Cibeles. Allí se puede charlar sin molestar a nadie y sin que nadie moleste.

El Padre empieza á reunirse en “El Sotanillo” con algunos amigos para cambiar impresiones sobre temas profesionales o de actualidad. Se trata de una tertulia, como tantas otras que existen en casi todos los pueblos y ciudades de España. También suele invitar a algunos jóvenes que se relacionan con él.

El tono de las conversaciones que mantienen estos singulares contertulios, reunidos alrededor de un sacerdote, poco tiene que ver con el del resto de la clientela. Partiendo de cualquier hecho menudo de la vida cotidiana -el Padre tiene mucho salero y sabe descubrir los aspectos más divertidos de las cosas-, procura elevar las mentes y los corazones a preocupaciones más altas; los rostros, al principio sonrientes, se ponen serios cuando don Josemaría les habla de las exigencias de una vida auténticamente cristiana: oración, lectura del Evangelio, para conocer mejor al Maestro; trato con la Virgen y con los Ángeles Custodios; trato directo con Dios Nuestro Señor, en la oración mental: Procura lograr diariamente unos minutos de esa bendita soledad, que tanta falta hace para tener en marcha la vida interior; asistencia frecuente a la Santa Misa, centro de la vida interior; Eucaristía: Comunión, unión, comunicación, confidencia; Palabra, Pan, Amor. Cuando te acercas al Sagrario, piensa que ¡Él!… te espera desde hace veinte siglos; recurso asiduo al Sacramento de la Penitencia, para purificarse y adquirir las gracias necesarias para renovar la vida interior…

El Padre no habla todavía de esa Obra de Dios cuyos cimientos está colocando; quiere, antes, ampliar el horizonte espiritual de sus interlocutores poniendo ante ellos, con toda la fuerza de que es capaz, la grandeza y la profundidad de una vocación cristiana vivida en medio de las ocupaciones de la vida ordinaria: allí es donde deben encontrar a Cristo. Los más jóvenes deben tender a ese fin desde ahora mismo, mientras estudian, porque una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración. Un estudio serio, profundo, constante hasta el heroísmo, pues eso les permitirá luego ejercer con eficacia una profesión que tiene que verse vivificada y dignificada por la gracia de Dios.

Y así, van naciendo propósitos en el secreto de los corazones; resoluciones que será preciso reforzar con palabras adecuadas, y procurar mantener en ellos rezando y mortificándose todavía más…

La ayuda de los pobres y los enfermos

A algunos de aquellos jóvenes, que proceden de familias acomodadas, les pide que le acompañen en sus visitas al barrio de Tetuán o al arrabal obrero de Vallecas, donde muchas familias viven miserablemente, a veces en cuevas o en chabolas, sin agua corriente y sin alcantarillado. El corazón se oprime viendo tanta miseria, porque no es lo mismo saberlo que verlo. El choque con esa realidad permite mantener una charla que abre horizontes nuevos: la responsabilidad social de los intelectuales, desde luego -eso da a los estudios otras dimensiones-, pero también la necesidad de vivir una vida auténticamente cristiana, de reparación, de unión con Dios, de intenso apostolado en el seno de la sociedad, para hacerla más justa, más humana; para transformarla radicalmente, desde dentro.

También los pobres ayudan así, sin saberlo…

Un día, un estudiante de Medicina evoca ante don Josemaría las condiciones lamentables en que viven los enfermos de los hospitales que tiene que visitar: el Hospital Clínico de San Carlos y el Hospital provincial, llamado Hospital General. Este ultimo, construido en el siglo XVII, está mal adaptado y es claramente insuficiente para una población que crece. Los enfermos se amontonan en precarias condiciones sanitarias. Hileras de camas bordean los pasillos, lo cual, unido a la falta de atenciones médicas y humanas, contribuye a deprimir a los enfermos y hace el ambiente insoportable.

A esas pobres gentes, aisladas en su miseria física y moral, don Josemaría las conoce bien, pues las ha visitado en los tugurios de Madrid y en los barrios periféricos. Sin embargo, al escuchar a aquel estudiante de Medicina, piensa en los jóvenes que le rodean. Llevarles a los hospitales, ¿no será una forma espléndida de hacerles pensar en los demás y acercarles a Cristo, de formarles, en suma, haciéndoles adquirir visión sobrenatural, esa tercera dimensión: la altura, y, con ella, el relieve, el peso y el volumen?.

Sí, los enfermos, como los pobres, les enseñarán a rezar, a sacrificarse, a darse a Dios y al prójimo. Porque la relativa y pobre felicidad del egoísta que se encierra en su torre de marfil, en su caparazón… no es difícil conseguirla en este mundo. Pero la felicidad del egoísta no es duradera.

Eres calculador. -No me digas que eres joven. La juventud da todo lo que puede: se da ella misma.

El Padre y los estudiantes visitarán, primero, el Hospital General, próximo a la Estación de Atocha y a la iglesia de Santa Isabel. Una congregación, que se ocupa de los enfermos y que tiene mucho que hacer en un ambiente en el que los sentimientos anticristianos están exacerbados, ha dado su conformidad. A partir de ese momento, todos los domingos, a primeras horas de la tarde, los jóvenes de don Josemaría recorren las salas del hospital, charlan con los enfermos, procuran animarles, les llevan unas golosinas, realizan tareas que no se llevan a cabo por escasez de personal: los lavan, les cortan las uñas, vacían sus orinales…

Un día, el Padre encarga a un joven ingeniero, Luis Gordon, que limpie uno de esos vasos de noche, y observa que sale con un gesto de repugnancia. Le sigue hasta los lavabos, para sustituirle en tan ingrata tarea, pero cuando llega, ve que Luis ha vaciado ya el orinal y lo está limpiando con sus propias manos, mientras murmura algo…

Don Josemaría, que ha oído lo que dice, evocará más tarde, en Camino, la conmovedora escena:

¿Verdad, Señor, que te daba consuelo grande aquella “sutileza” del hombrón-niño que, al sentir el desconcierto que produce obedecer en cosa molesta y de suyo repugnante, te decía bajito: ¡Jesús, que haga buena cara!?.

El Padre, por su parte, procura además ayudar a los enfermos en un plano más espiritual. En todo hombre ve siempre un alma que hay que salvar. Algunos le rechazan al principio bruscamente, pero otros que se sienten abandonados por todos, se conmueven al ver que un sacerdote se interesa por ellos. Recobran la esperanza, aprenden a convertir sus sufrimientos en oración y vuelven a encontrar el camino de la fe. ¡Y qué lecciones le dan a veces esos desheredados!

Por ejemplo, aquel gitano, herido en una riña, al que ya han desahuciado. Don Josemaría ruega que le dejen solo con el moribundo y, con delicadeza, le pone al corriente de la gravedad de su estado. El gitano, conmovido, pide confesarse. Don Josemaría le oye en confesión, le absuelve, y le ofrece el crucifijo que siempre lleva consigo para que lo bese. El gitano aparta el rostro y solloza:

-¡Con esta boca mía podrida no puedo besar al Señor!

-Pero, ¡si le vas a dar un abrazo y un beso muy fuerte enseguida, en el cielo!

Y el Padre, emocionado, piensa: Señor, ¿qué diré yo, yo mismo? Con esta boca podrida, ¿cómo te voy a besar?…

Roturando con esfuerzo

De regreso, los jóvenes cambian impresiones con el Padre. Este procura aprovechar su estado de ánimo para ayudarles a dar a su vida mayor hondura: generosidad en las cosas grandes y, sobre todo, en los deberes ordinarios y en las pequeñas renuncias. ¡Cuántos que se dejarían enclavar en una cruz, ante la mirada atónita de millares de espectadores, no saben sufrir cristianamente los alfilerazos de cada día!

El Padre no les habla de vocación, pero les abre nuevas perspectivas: trabajar por y para Dios, extender el reino de Cristo, y, para esto, dejarse “clavar” en la Cruz, santificando el trabajo ordinario, haciéndolo con la mayor perfección posible y convirtiéndolo en ofrenda, en holocausto…

Muchos de esos muchachos cambian profundamente, casi sin darse cuenta. Empiezan a asistir a la Santa Misa a diario, a veces a la que don Josemaría celebra -con una concentración que produce escalofríos en la capilla del Patronato de Enfermos, en la calle de Santa Engracia. Llevan con ellos a sus amigos, que pronto se sienten atraídos por la simpatía de este joven sacerdote, cuya forma directa de hablar les impresiona. El inmenso panorama que les desvela -capaz de iluminar toda una vida y de transformar al mundo- les entusiasma…

Algunos, sin embargo, se alejan cuando descubren en sus palabras una invitación personal a dejarlo todo y seguir a Cristo, pero sin abandonar el mundo. ¡Cuántos “jóvenes ricos”, como el del Evangelio, cuya mirada hace pensar en una generosidad sin límites y que se marchan tristes a la hora de la verdad!

Las almas se le escapan entre los dedos como anguilas en el agua.

Algunos de esos jóvenes tienen el valor de confesar que no se sienten con fuerzas, pero otros se despiden a la francesa…

A pesar de todo, lo que Dios quiere tiene que realizarse. Bastaría con que perseverara uno de ellos para empezar…

El Padre no se encuentra solo. En el mes de septiembre de 1929, se traslada, con su madre y sus hermanos, a la pequeña vivienda de que dispone el capellán del Patronato de Enfermos. Tampoco le faltan amigos. Tiene, sobre todo, el gran Amigo, la conversación con el gran Amigo que nunca traiciona, Cristo… Y siempre, en lo más hondo de su corazón, una llama que no se extingue y que le impulsa a seguir abriendo camino, sin cansancio. Lo que Dios quiere se realizará, porque es su Voluntad. ¿Lo quieres, Señor?… ¡Yo también lo quiero.

A1 principio, ni siquiera había pensado en dar un nombre a “aquello”. A quienes se le acercaban, les hablaba de “la labor” (con todo lo que esta palabra de origen latino implica de esfuerzo y tenacidad), o, simplemente de la Obra (también en el sentido de trabajo, de tarea apostólica). Hasta que un día, a comienzos de 1930, su confesor, el P. Sánchez Ruiz, le preguntó como de pasada:

-¿Y cómo va esa obra de Dios?

Fue como una revelación. Si debía tener un nombre, que fuera ése: la “Obra de Dios”, en latín Opus Dei, término que evoca también la idea de trabajo: Opus Dei, operatio Dei: ¡Obra de Dios, trabajo de Dios! Un trabajo profesional, un trabajo ordinario, realizado sin abandonar las tareas del mundo, las ambiciones nobles. Un trabajo transformado en oración, en alabanza del Señor, por todos los caminos de la tierra… Opus Dei: ¿qué nombre más apto para designar lo que Dios le había encomendado realizar?

Apostolado entre los sacerdotes

Don Josemaría consagra también parte de su tiempo y de sus energías a animar y a aconsejar en su vida espiritual a algunos sacerdotes, a menudo mayores que él, los cuales confían en su capacidad para dirigirlos, pues saben que es un hombre de Dios.

Desde los tiempos del seminario, le preocupa la santidad de los sacerdotes. Sabe que, ahora, puede proponer a algunos la vocación que él mismo ha recibido el 2 de octubre de 1928: una llamada a santificarse en las actividades ordinarias, para ellos, las de su ministerio sacerdotal, al que habrán de consagrarse totalmente y con una generosidad mayor, lo cual redundará en favor de las almas.

Esos sacerdotes podrán, además, atender espiritual y sacramentalmente a los primeros laicos que pidan la admisión en la Obra: hombres que se comprometerán a poner su vida al servicio de Dios, sin renunciar en absoluto a su condición y mentalidad seculares, y que se esforzarán por vivir las virtudes y los valores evangélicos en todos los ambientes.

En realidad, los sacerdotes estaban también allí, el 2 de octubre de 1928, cuando había visto la Obra en su totalidad, en aquella habitación de la residencia de los Paúles. No sabía aún cómo, es decir, en virtud de qué modalidad jurídica podrían estar, pero de hecho, estar ¡estaban ya!

La tarea es todavía más difícil que con los laicos. Porque cuando se les habla de vida interior, de santidad, los sacerdotes pueden sacar la impresión de que no tienen nada que aprender sobre el tema, ya que ellos son especialistas… Además, ¿qué puede enseñarles ese joven colega?…

Así piensan algunos, que no ven sino una “Obra buena” más en lo que don Josemaría les propone. Eso, sin tener en cuenta a quienes empiezan a pensar -a decir- que don Josemaría está loco…

A pesar de todo, unos cuantos le escuchan con verdadero interés cuando les explica esta nueva labor apostólica, que él describe como un mar sin orillas, poniendo un entusiasmo y una precisión en los detalles que les conmueven y dan a quienes le escuchan la impresión de que aquello se realizará. Unos pocos se deciden a seguirle y empiezan a ayudarle en su trabajo de formación, como don José María Somoano, a quien el Obispo de Madrid ha confiado diversos cargos, entre ellos el de capellán de Porta Coeli, un asilo-reformatorio para golfos; es, sin duda, uno de los que mejor le comprenden y el que más se interesa por su tarea apostólica, que empieza a cristalizar.

Nacimiento de la Sección de mujeres del Opus Dei

Laicos de toda condición y, junto a ellos, unos cuantos sacerdotes que garanticen su asistencia espiritual: la Obra empieza a dibujarse con arreglo al esquema inicial. Pero, ¿será oportuno incluir a las mujeres entre esa variedad de seglares?… En absoluto, piensa don Josemaría. Jamás…

Humanamente, podría haber sido imaginable, pero las mujeres no estaban en lo que Dios le había hecho ver el 2 de octubre de 1928. Nunca habrá mujeres -ni de broma- en el Opus Dei, escribe en el mes de febrero de 1930, después de haber recibido documentación concerniente a una institución compuesta por hombres y mujeres.

Unos días más tarde, el 14 de febrero, se dirige a la calle de Alcalá Galiano, donde vive la anciana marquesa de Onteiro, madre de la Fundadora de las Damas Apostólicas, para celebrar en su casa la Santa Misa. En un pequeño oratorio del primer piso, muy cerca del Paseo de la Castellana, nada más recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo con la devoción acostumbrada y todo el fervor de que es capaz, siente que el Señor “se introduce” de nuevo en su vida para pedirle algo, otra cosa, pero que está en la misma línea que lo que ha visto el 2 de octubre de 1928: que extienda también a las mujeres la llamada a la plenitud de la vida cristiana en medio del mundo…

No puede haber nada más opuesto a lo que él había pensado y escrito… Una prueba más de que la Obra no es suya, sino verdaderamente “de Dios”.

Su confesor se lo confirma inmediatamente: “Esto es tan de Dios como lo demás”, le dice el P. Sánchez Ruiz.

¡Qué claro está que es el Señor quien lo está haciendo todo! Es capaz de escribir con la pata de una mesa…

Por entonces, anota en una hoja de papel, la siguiente reflexión:

Reconoce la Santa Madre Teresa, en el capitulo II de sus Fundaciones, que es manifestación de la Omnipotencia divina dar osadía a personas flacas para cosas grandes en su servicio. Y me acojo a lo de la osadía y a lo de la flaqueza… 2 de octubre de 1928-14 de febrero de 1930.

MÉXICO. Trabajando con campesinos

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Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

A lo largo de kilómetros y kilómetros, viajando hacia el Sur de México City, en el Estado de Morelos, el sol castiga con fuerza tierras blanquecinas y polvorientas, cansadas de producir, durante siglos, alubias y maíz. Campesinos andrajosos con ropas de arrugado algodón pasan junto a nosotros, cargados con grandes haces de leña o balanceándose a lomos de un asno. El calor salvaje se desperdicia aquí; poca humedad puede extraer de la tierra. Pero a medida que nos acercamos a una antigua hacienda próxima a una pequeña ciudad, Chalcantzingo, los campos empiezan a verdear y el paisaje revive. La gran cúpula y las dos torres de una antigua iglesia dominan un pequeño conjunto de edificios con los muros enjabelgados y tejas y ladrillos rojos. Bajo un árbol corpulento, a la entrada de la hacienda, una mujer india y su hijito tratan de hacer caer un fruto con un palo muy largo. Estamos en Montefalco, un centro del Opus Dei cuyos miembros trabajan para promocionar a los campesinos de la zona.

Montefalco era una próspera plantación de azúcar que fue arrasada e incendiada por las tropas de Emiliano Zapata durante la revolución de 1910. Los miembros nativos del Opus Dei dicen, en broma, que Zapata fue el primer cooperador mexicano del Opus Dei, pues gracias a él los propietarios les cedieron las ruinas en 1949.

Al principio, la donación fue más bien un compromiso que un beneficio. Los edificios estaban derruidos y comidos por la jungla y los campesinos que vivían allí eran miserables. Sin embargo, tras años de duro trabajo de muchos voluntarios, Montefalco se ha convertido en un lugar hermoso, exhuberante, lleno de contrastes de colores y matices, viejo y nuevo. La Plaza Mayor, del tamaño de un campo de fútbol, está flanqueada por dos casas de retiros, la vieja iglesia, un albergue o posada y dos escuelas.

El segundo desafío de Montefalco, elevar el nivel de vida de los campesinos, era tan urgente como la reconstrucción de los edificios. Cuanto Montefalco era una plantación de azúcar, una serie de canales traían el agua desde las cumbres nevadas del volcán Popocatépelt. Pero una ciudad situada más arriba necesitaba agua, así que dejó de llegar al valle de Amilpas. ¿Por qué la gente de Amilpas no trató de evitarlo? “Lo intentamos -me explicó un campesino-. Nos quejamos, y entonces nos dijeron que nos darían agua, sí pero a balazos…” La ciudad era grande y tenía muchos hombres capaces de disparar, así que los campesinos de Montefalco se quedaron tan sólo con el agua que caía del cielo en la estación de las lluvias.

El valle de Amilpas se convirtió en una de las zonas de México con más cuatreros. Durante los ocho largos meses de la estación seca, los hombres pasaban el tiempo bebiendo y montando toros. Las riñas familiares eran frecuentes.

Pero las gentes del valle de Amilpas tenían también un lado bueno: la fe profunda que ayudaba a muchos a sobrevivir en medio de la pobreza. Uno de los sacerdotes de Montefalco, don José Adolfo Martínez, me contó un incidente ocurrido a raíz de su llegada, en 1960. Los aldeanos habían ido a pedirle que organizase una procesión para pedir que lloviera. Llevaban con ellos una enorme imagen de Cristo crucificado a la que llamaban “la cruz de la señora anciana”. Don José Adolfo aceptó de mala gana, pero advirtió a los aldeanos que si Dios había dispuesto que no lloviera, no llovería. “No, padre -replicaron los indios-. Si salimos en procesión, lloverá.”

El sacerdote me confesó que se había sentido un tanto confuso yendo en procesión por las calles resecas bajo un cielo sin nubes, delante de una banda de desharrapados, cubiertos con lienzos de plástico en previsión de la lluvia, y me contó que un escéptico que estaba sentado en la puerta de su casa se echó a reír al verlos y gritó: “¡Me beberé todo el agua que caiga!”.

“Ni que decir tiene que, en cuanto terminó la procesión, empezó a llover a cántaros. Fue algo que me estremeció,” En el camino de vuelta, al pasar ante la casa del escéptico los fieles empezaron a gritar: ” ¡Bébetela! ¡Bébetela!”.

Cuando llegaron a Montefalco los primeros miembros del Opus Dei, los campesinos se mostraron recelosos. Algunos, sin embargo, sintieron curiosidad al ver lo que estaban cultivando y unos pocos aceptaron la invitación a estudiar técnicas agrícolas. Así surgió El Peñón, con sólo cinco alumnos. Hoy es una escuela que pone un especial empeño en enseñar agricultura moderna. En ella se enseñan también cosas prácticas, como el uso adecuado de fertilizantes o el aprovechamiento de la lluvia, sin olvidar cosas tan elementales como el estampar la propia firma.

Antes, los campesinos sólo cultivaban maíz y judías (frijoles). Ahora cultivan tomates, cebollas, zanahorias, etcétera. En el Peñón les han enseñado a hacerlo, y también a criar cerdos y pollos. Incluso tienen una cooperativa para intercambiar sus productos.

Un campesino que vive cerca de Montefalco, Juan García, solía recoger una magra cosecha anual de frijoles y maíz. En 1969, después de que su hijo estudiara en El Peñón, inició una granja con 3.000 pollos al año. Ahora son 500.000. Juan, embutido en un mono nuevo y limpio, me enseña las instalaciones. “Gracias a esto -me dice- hemos podido comprar un tractor e instalar agua corriente y tener cuarto de baño.”

En cuatro años (1961-1965), cuarenta estudiantes pasaron por El Peñón. En 1965, se inició un ciclo de tres años, al final del cual se concede un diploma. En 1971 comenzó la escuela secundaria. Ese mismo año, el gobernador del Estado de Morelos visitó Montefalco y quedó tan gratamente impresionado que concedió ayuda oficial para iniciar un curso de cría de ganado. Actualmente, el Peñón es una de las escuelas punta de México, que combina la enseñanza práctica y viva con grandes programas educativos en la televisión.

En 1959 se inició también una escuela femenina con clases de economía doméstica, gracias a la cual las campesinas han aprendido corte y confección, cocina, plancha, higiene y dietética. Un grupo de antiguas alumnas ha establecido un taller de confección que suministra ropa al por menor a México City. Un campesino, Miguel Angel Senedo, casado y con tres hijos, terminó en 1974 sus estudios en El Peñón. Con su padre y un hermano, ha empezado a criar ganado -cerdos y pollos-, cultiva guisantes y tomates y ha sustituido su buey y su asno por un tractor. Charlamos a la sombra de un moderno barracón. Cerca de unas aventadoras colgadas de la pared y de un aparato de radio que transmite música pop, hay un cuadro del Sagrado Corazón. Miguel me dijo que ahora todo iba bien, pero que hacía unos años había tenido problemas con su familia. Su padre, que bebía muchísimo, había caído enfermo. La familia estaba dividida. No se hablaban. Pero las cosas empezaron a cambiar cuando Miguel empezó a poner en práctica lo que había aprendido en El Peñón sobre la cría de pollos y de cerdos y la mejora de los cultivos. Empezaron a trabajar juntos y su padre también empezó a beber menos, hasta dejar la bebida.

“En el Peñón aprendí también cosas espirituales -me dice Miguel-. Y trato de ponerlas en práctica. Cuando trabajo, le digo a Dios que lo hago por Él. Por ejemplo, cuando siembro. Ahora acabo de recibir un lote de pollitos para engordar y ofrezco a Dios el trabajo que me van a dar, y le pido que lo haga bien. A veces mi pensamiento se aleja de Él, me distraigo a lo largo del día, sobre todo cuando estoy muy absorbido o muy cansado. Otras veces tengo pereza, y me digo: “En adelante no pienso trabajar tanto. Me lo tomaré con calma”. Pero entonces surge un problema y uno reacciona y dice: “No me olvides”.

Hay días en que vuelvo a casa tan cansado que no tengo ganas de hablar con nadie. Pero al día siguiente le pido a Dios que me ayude y procuro empezar de nuevo. En Montefalco hablan de esforzarse para hacer la vida agradable a los demás, y eso es lo que trato de hacer.”

Marcos Torres, miembro del Opus Dei, es un campesino que cultiva sus tierras y cría pollos en Jonacatepec. Caía la tarde y tenía abierta la puerta de su casa. Mientras hablaba, los chiquillos jugaban fuera, en la calle, esquivando los tractores que volvían del campo. Me dijo que en el Opus Dei le han enseñado que hacer apostolado significa ser amigo de los amigos. Hay que empezar desde el principio, no con los que ya van a Misa los domingos, sino con los que cobran el sábado y se van a la cantina y se gastan el salario en tequila. “Algunos amigos míos hacían eso. Cuando se lo gastaban todo, perdían la vergüenza y pedían más a cualquiera. Incluso iban a una granja ajena, de noche, y lo cogían. Sabían que hacían mal, pero lo hacían a pesar de todo.”

Marcos me contó que había tenido un amigo con ese problema y también con un problema de mujeres. Era católico, pero no practicaba. Su padre le había aficionado a las peleas de gallos, a montar toros y a ir a la cantina. “Tenía dos hijos ilegítimos -me dijo Marcos-, pero seguía siendo un hombre bueno, responsable en su trabajo. Yo creo que gracias a eso empezó a enderezar su vida. Le gustaba hablar de sus problemas. Yo solía ir a los toros con él y luego a tomar unas copas, pero procuraba no pasarme. Sabía que yo llevaba una vida limpia y que no tenía ninguna amante. Al cabo de un rato solía decirme que no se explicaba cómo era capaz de beber sin emborracharme. Yo le contestaba que no era tan difícil, que lo intentase. Como quiere mucho a sus hijas y quiere que sean buenas, una vez le dije que, viviendo como vivía, no podría darles ejemplo de vida. No le sermoneé; se lo dije tranquilo, con calma y se lo repetí muchas veces. El caso es que ha dejado de beber y ha renunciado a las mujeres. Está más cerca de su mujer y algunas veces va a Misa.”

Margarita Barranco vive cerca de Montefalco, en Chalcantzingo. Su casa no tiene más que una sola pieza, dividida en dos por una cortina, un cuarto de aseo de bambú y un rincón para hacer tortillas. Se quedó viuda a los pocos años de casarse, cuando acribillaron a balazos a su marido, junto a una iglesia de piedra que hay enfrente de su casa, al confundirle con otro individuo. Margarita, sola, tuvo que enfrentarse a la tarea de sacar adelante a sus cuatro hijos -tres chicas y un chico-, todos menores de seis años. Para ello cría cerdos y pollos, confecciona ropa, vende tortillas y trabaja a tiempo parcial en Montefalco, donde, según dice, le enseñaron a cultivar legumbres, cuidar las vacas y educar a los hijos.’

“Procuré enseñar a los chicos las cosas importantes, como ir a Misa, viviéndolas yo misma. Y cómo organizarse, y cómo tratar a la gente. Les enseñé lo que me decían en Montefalco: a estar contentos aunque se tengan problemas, y a ayudar a vivir a los que no tienen dinero. Cuando me despierto, ofrezco el día a Dios, y a lo largo de la jornada le vuelvo a ofrecer lo que me cuesta, y lo que algunas personas creen que no tiene importancia, como colocar las cosas en su sitio.”

Tras la muerte de su marido, algunos parientes de éste reunieron una gran suma para contratar a un pistolero que matara a los asesinos, algo que es corriente en el valle de Amilpas. Cuando Margarita se enteró, fue a suplicarles que no se vengaran. Ellos le dijeron que ya habían entregado el dinero al pistolero. “Pues entonces -replicó ella- dadlo por perdido.”

Quien me lo contó, me dijo que Margarita es muy tímida, pero que en aquella ocasión se mantuvo firme.

Bernardo Heredia llevaba años yendo por Montefalco. En comparación con los demás campesinos de la zona era un granjero acomodado, pues tenía veinte peones, pero pensaba que no era lo suficientemente rico como para ser del Opus Dei, pues un amigo le había dicho que la Obra sólo era para gente muy rica y muy culta. “Pero mi mujer empezó a asistir a las charlas que daban los sacerdotes del Opus Dei, y yo también, y entonces comprendí que estaba equivocado, que era para gente corriente. Era un ambiente serio, organizado, que invitaba a reflexionar. Creo que Dios no se equivoca nunca y me convencí de que había escogido al Fundador, Monseñor Escrivá, para que abriese este camino de santificación de las vidas de la gente corriente. La gente es como la tierra, llena de piedras y de peñas, y es difícil plantar nada en ella. Pero cuando se la limpia y se la abona, se hace fértil. Para mí, el Opus Dei ha sido quien me ha limpiado de piedras.”

Bernardo me dijo que una de las cosas que ha aprendido en el Opus Dei ha sido a no ser “católico de días de fiesta. He aprendido lo que es la unidad de vida, .que no tienes que hacer cosas raras para ser santo, que tus obligaciones. religiosas no se limitan a ir a Misa los domingos”. Antes, aunque iba a Misa, despreciaba a sus peones. “El Opus Dei me ha ayudado a darme cuenta de lo equivocado que estaba y me ha enseñado a tratarles mejor, con espíritu de servicio. Ahora los comprendo. Son como de la familia. Nos sentimos a gusto juntos.”

Bernardo mencionó un incidente en el que uno de sus mejores toros -premiado- resultó muerto. La venta de su carne le hubiese reportado buenos beneficios, pero renunció a venderla tras considerar que sus peones necesitaban más aquella carne que él el dinero. Me lo contó sin vanidad ninguna. Dijo simplemente que estaba agradecido a Dios por ayudarle a ver claro lo que antes no era capaz de ver.

Los indios mexicanos han ocupado siempre un lugar especial en el corazón de la Iglesia. Muchos creen que ésa fue la razón de que la Virgen Santísima se apareciese al indio Juan Diego en Guadalupe, en el siglo XVI. Por entonces, los indios estaban recelosos y suspicaces con los traficantes que invadían sus tierras, por lo que los esfuerzos de los misioneros para convertirlos al cristianismo daban pocos resultados. Cuando la Virgen se apareció al pobre Juan Diego, dejó impresa su imagen en su tilma o delantal. La aparición se vio acompañada por una serie de símbolos que contenían un claro mensaje para los indios, de tal forma que en unos pocos meses se convirtieron millones de ellos. Entre las cuestiones inexplicables de la imagen de Guadalupe está la longevidad del tejido en que se halla impresa, que ha permanecido intacto a lo largo de los siglos, mucho más allá de su duración normal. La imagen, venerada por los católicos en el mundo entero, hace decir con orgullo a los indios: “Dios no ha hecho una cosa así por ningún otro pueblo”.

La Iglesia ha llevado a cabo una amplia labor social con los pobres de México a lo largo de los siglos. Durante años -especialmente mediante la labor de sacerdotes y religiosos- se ha esforzado en fomentar la causa de la justicia social entre ellos. Los miembros del Opus Dei consideran que lo que hacen forma parte de esa larga tradición de la Iglesia.

Una labor social de ese signo es la que están realizando en las montañas que hay al oeste de la ciudad de México, más allá de Toluca, en una hacienda llamada Toshi, donada a los miembros del. Opus Dei por una, antigua familia mexicana. Aunque no estaba en ruinas, como Montefalco, hubo que adaptarla a las nuevas necesidades. Entre los servicios que ofrece a los indios de los alrededores están las lecciones de cocina y de higiene para amas de casa y un club juvenil para chicas.

Cuando la visité era domingo y acudían mujeres indias de todas partes para comprar ropa y comida. La comida era gratis y la ropa muy barata; había además médicos y enfermeras para prestar servicio a quienes lo necesitasen. Algunas mujeres, endomingadas, iban sin embargo descalzas, llevando a un niño a sus espaldas.

María Garduño, Juana Flores y Margarita Pacheco habían caminado durante cuatro horas para proveerse de leche y queso para sus hijos. Julián Carmona, un anciano de rostro áspero y arrugado, casi ciego, era conducido, a lomos de un asno, por su nieta Alicia. Su mujer, Leonor, me dijo que acudían a Toshi regularmente para aprender a leer y rezar. Esta vez quería también comprar unos pantalones a su marido.

. Pascuala Martínez de Mejía tiene 69 años, diez hijos y es miembro del Opus Dei. Me dijo que al principio -1960- venía a Toshi por leche para su último hijo. Ahora, en su casa, aplasta maíz, hace tortillas, cuida de las vacas, los corderos y el asno. A mediodía lleva la comida al campo a su marido, que cultiva trigo y maíz. “El Opus Dei me ha enseñado a ofrecer a Dios todas esas cosas, a hacerlas bien y a rezar. Para mí, todo esto era nuevo al principio. Antes de venir aquí no sabía hacer más que la señal de la cruz.

También he aprendido a hacer apostolado. En estas colinas la gente toma demasiado pulpe, a veces cuatro botellas al día o más. Se emborrachan y pelean. Riñen con la mujer, con los hijos, con los amigos. Y no lo dejan. Yo trato de convencerles para que no beban tanto y cuando me encuentro con alguno que busca pelea, hablo con él y procuro calmarlo. A veces cambian, sobre todo los que rezan. Cambian, y nadie sabe por qué.”

En uno de los barrios más pobres de Ciudad de México hay una clínica oftalmológica para pobres fundada por un médico muy amable, el doctor José Pardo, en los años veinte. Las personas que allí acuden, sufren generalmente infecciones en los ojos causadas por la polución atmosférica de la ciudad. Actualmente se atiende a unos 400 pacientes diarios, lo cual ha hecho de ella la mayor en su género de toda Iberoamérica. La clínica, en la que trabajan bastantes miembros del Opus Dei, ha llegado a un acuerdo con la Universidad Panamericana (fundada en Mexico, D. F., por miembros y amigos del Opus Dei), para así poder ampliarla y ofrecer otros servicios.

El director, el doctor Carlos Vidal, miembro del Opus Dei, me explicó que “la razón por la que trabajamos junto con la universidad es que tenemos la misma meta: ofrecer a la gente más necesitada atención médica de calidad. El acuerdo permitirá ampliar nuestros servicios. Hasta ahora sólo teníamos fondos para mantenernos”.

El doctor Vidal me dijo también que la idea de convertirla en clínica universitaria la tuvo el Prelado del Opus Dei, Monseñor Alvaro del Portillo, que acudió a la clínica para recibir tratamiento durante una, visita a México. Monseñor Del Portillo animó a toda la plantilla a establecer lazos de unión entre la clínica y la universidad. Y recordó que el Opus Dei ha contado desde sus comienzos, con las oraciones de los enfermos.

Y el doctor Vidal añadió: “Así construiremos la nueva clínica, con las oraciones de esta gente. Por eso no nos preocupa el dinero; sabemos que vendrá”.

Coral Palmer estuvo trabajando en la clínica como contable hasta que, a finales de los años setenta, se hizo asistenta social. Aconseja a los pacientes, sobre todo a los que son ciegos. Cuando están a punto de perder la vista, los enseña a seguir trabajando, y a sus parientes les explica cómo pueden ayudarlos. Coral se entiende muy bien con los ciegos, porque ella misma perdió la vista hace ya varios años.

“Les digo a los pacientes que no se rindan, que sigan luchando por vivir, por encontrar trabajo o por aprender a hacer algo, pues así se sentirán útiles y no serán una carga para su familia. Les digo también que procuren estar alegres, tener vida interior y ofrecérselo todo a Dios.”

Un paciente de 28 años, de nombre Ricardo, cayó en una profunda depresión tras quedarse ciego. Su padre lo llevó a la clínica después de que intentara suicidarse varias veces. Coral me dijo que ella le había aconsejado que fuese a la iglesia de la Santa Vera Cruz y hablase con un. sacerdote. “Al principio se negó. Dijo que Dios no existía y que era una injusticia que él estuviera ciego. Pero yo le dije que Dios no es injusto, que es misericordioso y que su ceguera no era un castigo, que si estaba ciego era porque Dios quería que eso le sirviese para salvarse, no sólo él, sino también su familia. Ahora pertenece a la asociación de invidentes y está aprendiendo braille y toca la guitarra. Va con frecuencia a la Santa Vera Cruz y está mucho más contento.”

Coral dice que si Dios le diese la oportunidad de recobrar la vista, le diría que prefería continuar así. “La ceguera me ha proporcionado una nueva dimensión, ha dado un nuevo significado a mi vida. Así puedo ayudar a más gente. Hay muchas personas cuyas vidas son más duras que la mía. Hay una mujer que viene por aquí, tan pobre que apenas tiene que llevarse a la boca, ni dinero para pagar la visita. Se llama Clarita y tiene un glaucoma muy doloroso. Sufre mucho. Sólo ve un poco con un ojo, pero a pesar de todo dice que siente que Dios le favorece tanto que tiene que ir a Misa todos los días para darle gracias. Me dicen que va vestida con una falda muy gastada, y que siempre sonríe. Cada vez que viene a ver al médico me trae un regalo, caramelos o una rosa. Es feliz porque está muy cerca de Dios.”

Aunque en este capítulo sólo se habla de la labor que desarrolla el Opus Dei con gente humilde su actividad en México es mucho más amplia. Como en todos los países que he visitado, se relaciona con personas de toda clase y condición, pero al igual que sucede con la Iglesia en su conjunto, ejerce una opción preferencial por los pobres.

AUSTRALIA. El testimonio de otros

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Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

El 5 de junio de 1974, miércoles, un buen grupo de estudiantes universitarios, conducidos por un individuo vestido de diablo, marchó, en procesión funeraria, sobre el Warrane College, en la Universidad NSW, de Sydney. Cuatro porteadores encapuchados llevaban un ataúd cubierto con un paño mortuorio con esta inscripción: Opus Dei RIP. Otros, enarbolando cruces y cubiertos también con máscaras o capuchas, empezaron, en son de burla, a hacer un exorcismo.

Los artículos que se han publicado en Australia sobre el Opus Dei han hecho referencia casi siempre a este incidente. Un periodista llegó a decir que, a raíz del mismo, los miembros del Opus Dei fueron expulsados del campus. Otro aseguraba que se había abierto una investigación, pero sin especificar sobre qué ni hacer referencia alguna al resultado.

¿Qué sucedió realmente?

Hacía algún tiempo que se estaba fraguando una cierta hostilidad contra Warrane en el campus de la Universidad, a pesar de que los residentes del College no respaldaban la oposición a las normas disciplinarias del mismo, que eran la causa de la protesta. Es más, la mayoría

de ellos habían firmado una carta al vicecanciller de la Universidad, Sir Rupert Myers, “rechazando” los ataques a Warrane y saliendo al paso de las críticas sobre sus líneas directrices. Antiguos residentes, padres y otras personas salieron también en defensa de Warrane.

A pesar de todo, la protesta siguió adelante. Tras quemar la efigie del director del College, el doctor Joe Martins, los manifestantes pidieron que saliera y les respondiera. Como no vieron satisfechas sus exigencias, cambiaron de táctica y se dirigieron al edificio de la cancillería, donde entraron y ocuparon un salón de actos. Allí se enfrentaron al vicecanciller en funciones, profesor V. C. Vowels, a quien los manifestantes pidieron que se acabase con la influencia del Opus Dei en Warrane.

El chivo espiratorio de los contestarios era uno de los directores del College que se había opuesto resueltamente a que los residentes llevaran mujeres a sus habitaciones, algo que estaba en abierta oposición a la nueva moral “ilustrada” que se reflejaba en Tharunka, el periódico de los estudiantes, el cual, además de predicar el nuevo evangelio de la liberación sexual, contenía material pornográfico y blasfemo.

Por aquella época, las protestas estudiantiles no eran raras. Había habido algunas importantes, tales como las relacionadas con la participación de Australia en la guerra del Vietnam. Sin embargo, en esos momentos faltaban pretextos que alimentasen las protestas de los movimientos radicales. Los periódicos universitarios de la época muestran que las causas de los conflictos estudiantiles en otros países eran ajenas a los estudiantes australianos, así que los radicales no tenían más remedio que provocar algún escándalo. En este contexto, escogieron como pretexto el “puritanismo” y “autoritarismo” de Warrane.

A medida que en la cancillería de la universidad los manifestantes se enfrentaban al vicecanciller en funciones, la verdadera naturaleza de la protesta aparecía cada vez más clara. Se trataba, sin duda, de una prueba de fuerza entre estudiantes radicales y la administración de la Universidad. Como luego diría Tharunka con orgullo, la manifestación había puesto de manifiesto que “los estudiantes pueden constituir una fuerza dentro de esta Universidad”. Y aclaraba: “Mientras la Universidad esté controlada por fuerzas conservadoras, intereses financieros y directivos anticuados, los estudiantes nunca tendrán verdadero poder en la universidad”. En aquella ocasión, la voluntad de los estudiantes prevaleció: el profesor Vowels les prometió que se abriría una investigación.

Al día siguiente, todos los periódicos de Sydney se hacían eco de los sucesos, y en las semanas que siguieron surgió un debate en la sección de cartas a los lectores. Un lector escribía: “No conozco nada del Warrane College ni del Opus Dei, excepto lo que he leído en su periódico (Tharunka). Sobre estas bases, sin más, la campaña anti-Opus Dei que viene haciendo tiene implicaciones más bien odiosas. Despojadas de retórica, las objeciones que Tharunka hace al Warrane College se reducen a: a) que es católico; b) que no deja que las chicas visiten a los estudiantes en sus habitaciones; c) que expulsa a los estudiantes por romper la reglas o promover la exhibición de películas pornográficas; d) que hay crucifijos en las paredes”. El lector, Lawrence J. Dickson, seguía diciendo: “La retórica y las caricaturas (que adornaban el artículo de Tharunka sobre el College) evidencian la verdadera razón de la campaña. Los izquierdistas y los que apoyan la “libertad sexual” no toleran que nadie en el campus ose llevarles la contraria. Incluso no dudan en recurrir a la acción violenta de masas para echar del campus a los que disienten. ¿Es eso libertad académica?”.

Cuando el vicecanciller, Sir Rupert Myers, regresó de un viaje por ultramar, comprobó que no le habían dejado otra alternativa que apoyar la investigación. Tras reunirse con el Consejo de Gobierno de la Universidad, nombró un comité. Hasta el líder de los estudiantes por entonces tuvo que admitir con un dicho australiano que el comité “estaba tan desequilibrado como la balanza de un carnicero”.

La investigación comenzó el 8 de julio de 1974. Entre los miembros del comité había algunos profesores veteranos, el vicecanciller y un juez del Tribunal S Supremo, Mr. Justice Samuels, que no tuvieron con el College ninguna consideración especial. De hecho, en su informe hicieron constar que habían considerado más importante hablar con los que lo atacaban que con los que le defendían.

En sus conclusiones decían que las críticas al Warrane College estaban inspiradas por aquellos cuyas actitudes y creencias se oponían a la visión cristiana del Opus Dei. Rechazaban la idea de que la orientación de Warrane fuese estrecha y rígida como “un juicio gratuito que no se podía demostrar” y afirmaban que el colegio había sido fundado “para promover la educación y el desarrollo del carácter de acuerdo con los principios y los ideales del Cristianismo”. El informe terminaba diciendo que la universidad, que había invitado al Opus Dei a establecer el College, no podía asegurar que sus fines no fuesen convenientes y merecedores de apoyo.

Tal vez el punto más interesante de todo el asunto fue el análisis que hizo el comité de la acusación de que el Opus Dei tenía unos objetivos y una filosofía de lo más ambiciosos y mundanos, acusación muy parecida a la que luego provocaría la investigación del Gobierno italiano en 1986. Las conclusiones del comité no dejaban lugar a dudas: “No tenemos ninguna prueba que apoye la sugerencia de que el Opus Dei ha hecho uso de su posición en el campus para ejercer influencia sobre ninguna institución de la universidad. Tampoco hay prueba alguna que justifique la conclusión de que el Opus Dei, dentro o fuera del campus, sea una organización que trate, a hurtadillas y en secreto, de derribar las instituciones existentes o de infiltrarse en ellas con objeto de obtener, para sus fines, posiciones de poder y puestos de responsabilidad”.

La encuesta añadía que lo único que mostraba la documentación acumulada era que el Opus Dei era “la organización de apostolado seglar que afirmaba ser”.

Así concluyó todo. No hubo más protestas.

Warrane College, que pertenece a una sociedad sin fines lucrativos, E.D.A. (Education Development Association), está gobernada por un Consejo de ocho miembros que incluye algunos que no son del Opus Dei y ni siquiera católicos. Según el vicario regional del Opus Dei en Australia y primer capellán del Warrane, John Masso, la idea que inspira todo lo que se hace allí está expresada en un repostero que cuelga de una de las paredes de la biblioteca: “Que os améis unos a otros”, el gran mandamiento. Los directivos de Warrane exhortan a los estudiantes a ver sus futuras profesiones como un servicio a los demás y a crear en el colegio un ambiente familiar. Los residentes tienen preceptores, pero, además, los más veteranos ayudan a los más jóvenes en sus estudios. Por la noche, después de la cena, se reúnen en tertulia. A lo largo del año se celebran diversas fiestas, y las prácticas deportivas son habituales. También se anima a los padres a participar en la vida del College, y todos los años se les invita a pasar en él un fin de semana para que lo conozcan por dentro.

A pesar de los problemas que tuvo en el campus en sus comienzos, Warrane ha tenido buena acogida por parte de la opinión pública. Una vez por semana lo visitan personalidades relevantes de la vida pública australiana para exponer un tema de actualidad a los estudiantes: miembros del gobierno, empresarios, industriales, deportistas, artistas, periodistas… Entre ellos, el que luego sería tesorero federal en el Gobierno laborista de Hawke, Mr. Paul Keating; el fiscal general en el mismo Gobierno, Mr. Liónel Bowen; el diseñador de la quilla del Australia II, el yate que ganó la Copa de América, Ben Lexen; el caricaturista Larry Pickering; y-muchos otros. Además de su labor con estudiantes universitarios, Warrane organiza competiciones deportivas para estudiantes de segundo grado y cursos de orientación universitaria en campamentos para los estudiantes de áreas rurales.

A continuación ofrezco tres juicios de valor sobre Warrane emitidos por personas que no pertenecen al Opus Dei.

El periodista del Sydney Morning Herald Alan Gill publicó una serie de tres artículos sobre la labor del Opus Dei en Australia. En uno de ellos decía:

“He visitado Warrane cuatro veces y quedé impresionado por las excelentes condiciones de vida y de trabajo del College, la clara satisfacción de la mayoría de los residentes, el desarrollo del sistema de tutorías y el buen tono del ambiente.”

Noel Ling, de 51 años, dignatario de la Iglesia presbiteriana y jefe ejecutivo del China Development Council, una compañía que trata de introducir la libre empresa en China, es un antiguo becario de Warrane College. Fue a vivir allí en 1978. “En cuanto los conocí (a unos miembros del Opus Dei) y vi lo que hacían, pensé que sus metas coincidían con las mías -dice-. Sin entrar en fundamentos teológicos, el principio general es el mismo y probablemente lo es también para todos los cristianos.”

Noel se convirtió en recepcionista del Warrane porque quería tener un empleo que le permitiera tener más tiempo libre para pasarlo con su hijo. Luego se convirtió en becario. Dice que con el transcurso del tiempo ha hecho muchos amigos del Opus Dei y que ha viajado a otros países para estar presente en la ordenación sacerdotal de dos de ellos: Paul Grant y Tony Khoudair. Asegura que no trabajaba en Warrane por dinero -”uno no se hace rico allí”-, sino porque le gustaba el trabajo que hacía y los motivos por los que lo hacía. “Hay algunos puntos doctrinales, en el Opus Dei, que no son los de mi credo, pero procurábamos soslayarlos. De cien temas de conversación coincidíamos en noventa. De los diez restantes no necesitábamos hablar. Todo se reduce al hecho de que el Opus Dei tiene ideales y una forma de hacer las cosas que yo admiro.”

El doctor Ben Haneman, de 63 años, es médico, judío y miembro de su sinagoga local. Es también miembro de E.D.A. y presidente de la Warrane Association. Cuando la controversia sobre el College estaba en su apogeo, el doctor Haneman escribió una carta al Sydney Morning Herald defendiéndolo así: “Para empezar, quiero dejar claro que soy judío y no católico, que soy socialista y que tengo una enorme simpatía y afecto por los estudiantes. Me convertí en miembro del equipo directivo del colegio porque tengo una tremenda admiración por la labor que desarrolla. Creo firmemente que no sólo hay lugar para el Warrane College en la Universidad de NSW,, sino también que la Universidad tiene necesidad de Warrane. Creo que ese College puede contribuir significativamente a la vida y obra de la Universidad.

Estoy convencido de que los que se oponen a Warrane lo han escogido porque su postura no es materialista, sino espiritualista. Pero nadie aceptaría esta explicación, afirman, en su lugar, que los estudiantes protestan porque no se admiten mujeres en las habitaciones de los residentes.

Cuando era joven -y he abandonado ya los cincuenta-la norma que Warrane mantiene ahora respecto a las mujeres era aceptada por todos como sumamente razonable. Sé que ahora muchos estudiantes no la aceptan, pero quien tenga necesidad de vivir en un college mixto puede residir en alguno de los otros seis que hay en el campus”.

El doctor Haneman recordó, cuando hablábamos, las batallas que se libraron en tomo a Warrane en los años setenta: “Reinaba, ciertamente, una extraña psicología entre esa gente (los manifestantes). Algunos de ellos eran católicos que habían dejado de serlo, pero, por entonces, algunos protestantes abrigaban también un fuerte sentimiento anticatólico en este país. Mi esposa es protestante, pero yo siempre he pensado que la gente del Opus Dei estaba haciendo un buen trabajo. Y también desde un punto de vista más amplio, que Australia necesitaba la contribución del Opus Dei a su pensamiento. En un mundo tan materialista, era refrescante encontrar gente que pensaba de esa manera. Sin entrar en disquisiciones teológicas, estaba claro que eran sinceros, y daban muy buen ejemplo. Si Warrane es un estupendo college. Me sigue gustando visitarlo”.

El Opus Dei inició su labor en Australia cuando dos sacerdotes, Jim Albrecht y Chris Schmidt, se instalaron allí en 1963, procedentes de los Estados Unidos. Poco más tarde llegaron cinco seglares de España y Estados Unidos. Un profesor de Ingeniería de la Universidad de NSW, el doctor Ron Woodhead, había conocido el Opus Dei en Boston, durante unas vacaciones el año 1960, y había escrito a Monseñor Escrivá pidiéndole que algunos miembros del Opus Dei fueran a trabajar a Australia. Sin embargo, no fueron hasta que el arzobispo de Sydney, cardenal Norman Gilroy, invitó al Opus Dei formalmente.

Los recién llegados alquilaron una casa en Silver Street, Randwick, y enseguida iniciaron una serie de actividades espirituales, entre ellas cursos de retiro y retiros para profesores y. estudiantes universitarios. Es cuando el cardenal Gilroy les cedió unos terrenos (en High St., cerca de la Universidad) en los que antes había unos establos. Los miembros del Opus Dei, con la colaboración de sus primeros amigos australianos, recaudaron fondos con los que financiaron la construcción del Nairana Cultural Center, inaugurado en 1965 con el propósito de preparar a estudiantes de segundo grado para el acceso a la Universidad.

Ese mismo año (1965) llegaron algunas mujeres del Opus Dei procedentes de Estados Unidos, España y Sudamérica. Poco después, el cardenal Gilroy pidió al Opus Dei ayuda para fundar un college residencial (que luego llamaría Warrane) en terrenos cedidos por la Universidad. El edificio de Nairana se convirtió en una residencia femenina y el Opus Dei quedó firmemente asentado en Australia. Además de Warrane y Creston, algunos miembros del Opus Dei iniciaron Dartbrooke y Westburne, sendos centros de estudios situados en Chatswood y Strathfield respectivamente, el Centro de formación Kenvale, en Lindfield, y un club femenino, Eremeran, en Lorne Avenue, Killara.

Dartbrooke Centre, en Chatswood, al norte de Sydney, en un centro de estudios para varones cuyo principal objetivo consiste en formar su carácter y su espíritu de servicio, procurando que dediquen parte de su tiempo a cuidar de los enfermos, los ancianos y los que están solos. También ayuda, a los que lo desean, a fortalecer su fe intelectualmente en clases de formación doctrinal-religiosa. El centro no constituye un club y quienes lo frecuentan no forman ningún tipo de asociación.

Westburne Study Centre tiene unas características muy parecidas. Ofrece tutorías en determinados temas y actividades que no figuran en los programas oficiales de estudios. También organiza competiciones deportivas, excursiones y visitas a marginados y ancianos.

El Eremeran Club, en Lorne Avenue, Killara, proporciona orientación y ayuda en los estudios a estudiantes universitarios, lecciones en diversas actividades artísticas y artesanas y excursiones a pie y a caballo. La banda de Eremeran compite todos los años en el Sydney Eisteddford.

El Kenvale Centre forma, a chicas que han completado sus estudios secundarios, en catering (comidas preparadas) y técnicas hospitalarias. El curso está avalado por el City and Guilds Certificate de Londres. Las estudiantes reciben un salario, y, una vez graduadas, están cualificadas para desempeñar empleos en catering, servicio doméstico, hoteles, hospitales, etc. Kenvale suministra también cursos breves hospitalarios. Uno de los objetivos básicos del centro consiste en poner de relieve la necesidad de considerar las tareas llamadas “serviles”, sobre todo las del hogar, como un trabajo profesional tan digno como cualquier otro.

Father Masso comenta a ese respecto: “Ese trabajo del hogar no debería considerarse nunca como de segunda clase. Lo cual no quiere decir que la mujer ténga que limitarse a trabajar en su casa, aunque es importante que las casadas sobre todo reconozcan la enorme importancia que tienen las tareas domésticas y • que adopten hacia ellas una actitud profesional. Las mujeres que trabajan en el hogar nunca deberían tener complejo de inferioridad. Pueden hacer su tarea con dignidad si están bien preparadas, utilizando su inteligencia, su iniciativa y su creatividad. Por eso precisamente, las mujeres del Opus Dei se esfuerzan en tener iniciativas en este terreno, pues la gente tiende a olvidarlo, y las mujeres carecen por eso de aliciente para hacer un buen trabajo”.

Las laboren corporativas del Opus Dei en Australia se financian lo mismo que las de otros países. El fundador del Opus Dei lo explica así en una entrevista que concedió al New York Times: “Cada centro se financia del mismo modo que cualquier otro de su tipo. Las residencias de estudiantes, por ejemplo, cuentan con las pensiones que pagan los residentes; los colegios con las cuotas que satisfacen los alumnos; las escuelas agrícolas con la venta de sus productos, etc. Está claro, sin embargo, que estos ingresos casi nunca son suficientes para cubrir todos los gastos de un centro, y menos cuando se considera que todas las labores del Opus Dei están pensadas con un criterio apostólico y la mayoría se dirigen a personas de escasos recursos económicos, que -en muchas ocasiones- pagan por la formación que se les ofrece cantidades simbólicas.

Para hacer posible esas labores se cuentan también con las aportaciones de los miembros de la Obra, que destinan a ellas parte del dinero que ganan con su trabajo profesional. Pero sobre todo con la ayuda de muchas personas que, sin pertenecer al Opus Dei, quieren colaborar en unas tareas de trascendencia social y educativa. Los que trabajan en cada centro procuran fomentar entre las personas individuales el afán apostólico, la preocupación social, el sentido comunitario que les llevan a colaborar activamente en la realización de esas empresas. Como se trata de labores hechas con seriedad profesional, que responden a necesidades reales de la sociedad, en la mayoría de los casos la respuesta ha sido generosa. Usted. sabe, por ejemplo, que la Universidad de Navarra cuenta con una Asociación de Amigos con unos 20.000 miembros.

La financiación de cada centro es autónoma. Cada uno funciona con independencia y procura buscar los fondos necesarios entre personas interesadas en aquella labor concreta.”

Actualmente, los miembros del Opus Dei en Australia son unos trescientos, entre ellos nueve sacerdotes: Father Masso, Father Frank García, Father Rom Josko, Father Victor Martínez, Father Jerry Gehringer, Father John Flader, Father Max Polak, Father Paul Grant y Father Tony Khoudair. La mayor parte de los miembros no trabajan en labores corporativas del Opus Dei y ejercen las más variadas profesiones, unas científicas, académicas y altamente intelectuales, y otras manuales (carpinteros, peluqueros, etc.) Algunos miembros del Opus Dei han promovido por su cuenta la creación de colegios. Uno de ellos, para niñas, es Tangara, situado en Cherrybrook, al noroeste de Sydney; otro, para chicos, es Redfield, en Wahroonga. Ambos se fundamentan en la idea -enseñada por la Iglesia- de que los padres son los primeros educadores de sus hijos, por lo que mantienen estrecho contacto con los padres de los alumnos. Los capellanes de esos colegios son sacerdotes el Opus Dei, pero los responsables de la enseñanza, la administración y la orientación de los mismos son sus directores, no el Opus Dei.

Muchos de los ataques que se han lanzado contra el Opus Dei en muchos países han tenido eco en Australia, aunque ese eco se haya basado, en gran medida, en “el testimonio de otros”. Ya nos hemos referido, con cierta extensión, a las acusaciones de secreto y de ambiciones humanas (políticas, económicas, etc.). Queda por examinar otra “acusación”: la de que sus miembros se someten a penitencias extremas. La realidad es que, en este, terreno, el Opus Dei no tiene criterios propios. Sus miembros se limitan a seguir las enseñanzas de la Iglesia, como cualquier fiel católico corriente.

Nadie ha sugerido, que yo sepa, que los miembros del Opus Dei se impongan terribles penitencias, hasta el punto de hacerse daño de alguna manera. Al contrario, el Opus Dei, en este terreno, insiste en la moderación, en las mortificaciones en las cosas pequeñas, no en las grandes. Las preferidas son aquellas que van dirigidas a soportar con buen humor las molestias causadas por la convivencia diaria con otras personas, procurando hacer la vida agradable a los demás. Las mortificaciones que se suelen hacer consisten, por ejemplo, en tomar sólo un vaso de cerveza, no dos o tres, o en no ir a un partido de fútbol para llevar a la familia al campo. Es decir, cosas pequeñas que ayudan a vivir al cristianismo con mayor autenticidad.

Por lo que yo sé, el Opus Dei no es amigo de las grandes penitencias. Es muy difícil, por ejemplo, obtener permiso para ayunar durante algún tiempo. Se hace hincapié en que lo importante es la conversión del corazón, no soportar condiciones de vida muy duras. La orientación está reflejada en el punto 173 de Camino: “Esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca; la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes… Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior”.

Otra acusación aireada en Australia es que el Opus Dei crea divisiones en las familias. Sin embargo, una de las cosas que destacan de mis viajes es el empeño que tiene el Opus Dei en fortalecer los lazos familiares. En lo que llevamos dicho se ha visto claramente, en muchos casos, su preocupación por la familia y por la defensa de los derechos de los padres. Para completar el cuadro, he hablado con varios australianos sobre la influencia del Opus Dei en ellos y en sus familias. .

Mr. John Faehrmann es director de un instituto de enseñanza media de Sydney. Uno de sus tres hijos, Chris, que entró en contacto con el Opus Dei a través del Warrane College, se hizo miembro numerario del Opus Dei hace ya más de diez años. “Cuando empezó a interesarse por la Obra -dice Mr. Faehrmann-, me lo dijo sin más, y cuando decidió pedir la admisión volvió a hablarme del tema cara a cara, explicándome lo mejor que pudo el Opus Dei. No trató de ocultar nada. Me dio un ejemplar de Camino, que leí de cabo a rabo.”

Mr. Faerhmann me dijo que su esposa y él estaban encantados con los efectos de su pertenencia a la Obra en Chris. “Antes parecía estar sobre ascuas, pero cuando se hizo del Opus Dei se serenó. Cuando se critica al Opus Dei, mi mujer suele comentar que a sus hijos no les ha descaminado.

Chris asiste a fiestas familiares siempre que puede. A Morna le gustaría que viniera con más frecuencia, pero cuando viene es muy cariñoso. Mi mujer aprecia mucho todas las atenciones que tiene hacia ella.”

Quizá la mejor prueba de que Mr. Faehrmann está contento ‘con la influencia que el Opus Dei ejerce sobre su hijo es que él mismo pidió en su día la admisión, lo mismo que otro hijo suyo, Peter. Y no es el único. Hay otros muchos padres que no sólo no están contrariados con que sus hijos sean del Opus Dei, sino que están encantados (yo diría que lo están en el 99 por 100 de los casos). Algunos de ellos, como la señora Limbers, incluso ha defendido públicamente al Opus Dei cuando ha sido criticado en los medios de comunicación.

Mrs. Rosheen Limbers entró en contacto con el Opus Dei a poco de comenzar su labor en Australia. Aunque ella no es miembro de la Obra, alguno de sus ocho hijos, sí. Otro que tiene diecisiete años, John, frecuenta regularmente el Dartbrooke Study Centre, que organiza excursiones, campamentos, fines de semana de estudios y otras actividades. En Dartbrooke se enseña también carpintería, aeromodelismo, mecánica, etc., así como a desarrollar buenos hábitos de estudio. Ofrece, además, la posibilidad. de conocer chicos de diferentes escuelas y ambientes. En 1987, durante las vacaciones escolares, organizó un viaje a Papúa-Nueva Guinea para ayudar a mejorar los hogares de los indígenas más pobres. Pero lo que más interesa al club, según sus directores, es rendir un servicio a los padres, a quienes se anima a participar en las actividades del centro y en las decisiones de sus hijos.

La señora Limbers asegura que, para ella, el Study Centre es como un amigo de la familia. “Los adolescentes, en estos días, están sometidos a terribles presiones del ambiente que les rodea, por lo que es una gran ayuda disponer de un lugar como el club, en el qué son motivados y reciben ideas claras. Oyen hablar de grandes ideales, de cosas como servicio, laboriosidad, etc. Y ven estas cosas encarnadas en otros chicos de su edad, lo cual es de gran efecto. John, por ejemplo, ha cambiado mucho en los últimos doce meses. Está menos reconcentrado, se interesa más por los demás. El estímulo que ha recibido en el club no podía tenerlo en la familia; los chicos tienden a empantanarse en casa. Contar con alguien que se interese por ellos de verdad es algo que no se paga con nada.

Paul, mi marido, que no es católico, opina lo mismo. Estamos convencidos de que podemos confiar a nuestros hijos en los centros del Opus Dei, en los que tenemos una confianza total. Los frutos que obtienen frecuentándolos son indudables. Se sienten más felices y mejoran tanto en la práctica de la fe como en la vida corriente; son más ordenados y se portan mejor en casa, haciendo más agradable la vida de familia.”

La señora Limbers dice que los miembros del Opus Dei se han encargado de dar formación religiosa a sus hijos y que aprecia sobre todo la ayuda que recibió de la Obra para respetar la libertad de sus hijos cuando alguno de ellos dejó de practicar. “Si no me hubiese ayudado, creo que no hubiese podido respetarla. Me hubiese sentido amenazada. Necesitaba que alguien me dijera que no podía forzar la libertad de nadie, que aquello no era asunto mío, aunque como madre me preocupase mucho. No, no hubiese sabido que eso era lo que debía hacer, que su libertad era lo primero. Creo que esto es lo más valioso que he recibido del Opus Dei. Tanto más en cuanto que, luego, casi todos mis hijos han vuelto a la práctica de la fe.”

La señora Limbers me habló también de las críticas que se habían hecho al Opus Dei en los medios de comunicación. “Me alteró mucho que la gente pudiese llamarse a engaño, porque para mí el espíritu del Opus Dei es de lo más humano. Cuando se le ha criticado, me he esforzado por aclarar las cosas. Nunca he oído un solo argumento coherente contra el Opus Dei. De ordinario, son todos emocionales. El más frecuente es el del secreto. Y lo más curioso es que los que lo esgrimen no quieren conocer la verdad. No quieren saber lo que es el Opus Dei. Mucha gente, sin embargo, reconoce el bien que hace y eso equilibra la balanza.”

Paul y Ángela Quinn son de Sydney, pero han estado viviendo tres años en Hobart (Tasmania). Paul es músico, y Ángela, que ahora se dedica por completo a su familia, una experimentada logopeda.

Ángela se hizo del Opus Dei cuando tenía diecinueve años. Su marido no es de la Obra. Por eso le pregunté qué opinaba de que su mujer fuera del Opus Dei.

“Al principio -me respondió- me molestaba mucho el tiempo que dedicaba a las cosas espirituales. Era algo así como los celos de un padre hacia el hijo primerizo. Tenía celos del tiempo que Ángela dedicaba al Opus Dei, de que rezase tanto, -de que fuese a Misa todos los días. Con el paso del tiempo, me he acostumbrado a ello, y me parece bien. Incluso he ayudado a organizar varios retiros espirituales y cursos de retiro dados en Hobart por sacerdotes del Opus Dei. Yendo a algunos de esos retiros, me he convencido de que si se escucha lo que se aconseja en ellos y se pone en práctica, la felicidad matrimonial está asegurada.

Creo que, a medida que mi familia ha ido creciendo y yo madurando, he ido apreciando más las cualidades del Opus Dei y su papel en la sociedad. Por una parte, el Opus Dei es sumamente sensible a los valores familiares y por otra la sociedad lo es cada vez menos. Tal vez ésa sea una de las causas de que el Opus Dei no sea hoy tan popular como hace treinta años.

Supongo que otra de las cosas que me atraen del Opus Dei es que todos los miembros que he conocido son sinceros, una cualidad que es muy rara en estos días. Quiero decir que son felices, que tienen los pies sólidamente asentados en el suelo y que no se quejan. Cuando se les trata con frecuencia y siempre se les encuentra felices y abiertos, uno se da cuenta de que no es algo postizo. Sí, es su sinceridad, su naturalidad, lo que más me impresiona.”

Y para terminar, he aquí algunos comentarios de Noel Ling, del que ya hemos hablado, sobre la acusación de que el Opus Dei aparta a los chicos de sus padres (“chicos”, aquí, se refiere a muchachos de dieciocho años para arriba):

“Cuando mis amigos me han preguntado si era cierto, les he dicho que los padres, de ordinario, no quieren que los hijos se separen de ellos, aunque es algo inevitable en la vida. Cuando crecen se van yendo de una manera o de otra. Cuando un hijo o una hija decide responder a Dios con la entrega personal, si los padres no son católicos y no comprenden lo que es la vocación en la Iglesia católica, se sentirán como agraviados. Pensarán que les han arrebatado a sus hijos.

Los protestantes, en Asia, somos víctimas también de este tipo de quejas, porque los padres budistas de chicos que se hacen cristianos se quejan de que les arrebatamos a sus hijos. En Indonesia, Hong Kong y Singapur eso sucede con frecuencia. Y no es que les arrebatemos a los hijos, es que ellos deciden por sí mismos lo que quieren hacer. En el Opus Dei sucede lo mismo. No se les puede acusar de nada, son los chicos los que deciden. Comprendo perfectamente el punto de vista del Opus Dei y me doy cuenta de que no es posible explicárselo a un entrevistador de televisión que no quiere hacer caso de lo que se le dice.

Es una de las cosas que pongo de relieve ante mis amigos protestantes cuando me preguntan por qué me relaciono con el Opus Dei. Les digo que es porque quiero trabajar para Dios. Opus Dei significa “trabajo de Dios” y los miembros de la Obra que conozco son muy sinceros y sé que quieren de veras trabajar por Dios.”

Un grito aún más fuerte: ¡Harambee!

Africa  Tagged , , , , , , , No Comments »

La iniciativa que nació en la canonización de san Josemaría para ayudar al África subsahariana sostiene actualmente 28 proyectos en 14 países. Para dar continuidad al esfuerzo, ha nacido la ONG “Harambee Africa International”, con sedes en Italia, España, Francia, Portugal, EEUU e Irlanda.

Opus Dei -

“Harambee Africa International”: 28 proyectos en 14 países, impulsados desde Italia, España, EEUU, Portugal, Francia e Irlanda.

“Confianza en el hombre y amor y cercanía a personas de toda condición. A partir de estos puntos de referencia, fruto de las enseñanzas de San Josemaría Escrivá, ha nacido el programa Harambee por Africa”.

Así ha definido Giovanni Mottini, Presidente de la nueva ONG, el perfil de Harambee Africa International, presentada el 27 de octubre en Roma.

Desde su nacimiento, hace 6 años, Harambee ha crecido y se ha implantado en nuevos lugares, como España, Francia, Portugal, Estados Unidos e Irlanda y ha ayudado económicamente a 28 iniciativas sociales y educativas de 14 países del área sub-sahariana.

La nueva entidad se ha constituido para mejorar las funciones de coordinación internacional del proyecto, que hasta ahora se realizaban gracias al Istituto per la Cooperazione Universitaria.

“En el año 2002, con motivo de la canonización de San Josemaría, nos preguntábamos que podríamos hacer como cristianos para dejar huella de sus enseñanzas -dijo Mottini-. Y comenzamos a ocuparnos de África, evitando una mirada estética, es decir la del que mira al continente pensando sólo en su rica naturaleza, o evitando también la mirada estática típica del que, mostrando indignación hacia sus dramas, queda luego lejos de los problemas”.

Harambee Africa International impulsa más bien una solidaridad concreta, jamás a distancia: la solidaridad de San Josemaría Escrivá.

Opus Dei - De izquierda a derecha: Linda Corbi, Giovanni Mottini y Rosella Villa.

De izquierda a derecha: Linda Corbi, Giovanni Mottini y Rosella Villa.

“Hemos comenzado a ocuparnos de África -continuó Mottini-, preguntándonos no tanto qué necesitan los africanos, sino más bien en qué están pensando, porque estamos convencidos, con el Papa Benedicto XVI, que la pobreza no es sólo material, sino sobre todo de esperanza”.

Ése es motivo por el que Harambee África International ha promovido y sostenido programas en África. “Nos concentramos en la educación, en la mejora de su calidad, porque así cultivaremos la inteligencia y la capacidad de cada uno para mejorar su propio destino”. La solidaridad de Harambee, en definitiva, es menos espectacular, pero muy eficaz.

Opus Dei -

“Nos concentramos en la educación, en la mejoría de su calidad, porque así cultivaremos la inteligencia y la capacidad de cada uno para mejorar su propio destino”.

Tras la intervención de Giovanni Mottini, la coordinadora internacional de la nueva Asociación, Linda Corbi, ha mostrado los resultados obtenidos por los proyectos impulsados por Harambee, deteniéndose especialmente en la experiencia de Kenia.

“Acabamos de finalizar unas jornadas de estudio y seguimiento en Nairobi, donde hemos podido experimentar la potencialidad de cambio positivo que hay tras los programas que hemos financiado de ayuda a maestros de escuela, a veces los únicos puntos de referencia para las nuevas generaciones”

Lo que importa

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Capítulo “San Josemaría Escrivá de Balaguer” del libro “Contemplativos”, escrito por José Asenjo Sedano

Lo primero, lo que importa en la vida, “es ir al cielo: Si no, nada vale la pena”. Aviso a tener en cuenta, sabio consejo. Nos invitaba a un ajuste de horario, poner la flecha de nuestra brújula en rumbo, enflechar el orto de nuestro camino, ese amanecer que todo lo alumbra. Navegar en nave segura. Con buen rumbo. ¡Ay, la Iglesia! Romper esos densos nubarrones de las amenazas enemigas, sortear las escaramuzas de un enemigo prepotente, amo del mundo, dispuesto a no soltar su presa magullada. Un enemigo conocedor de nuestra vida, maestro del engaño, explotador de nuestro orgullo. Enemigo que no fácilmente nos soltaba de sus fauces de lobo feroz. Nos humillaría, nos despojaría de privilegios, en la vida y en el trabajo. Perderíamos amigos y honores. Era un camino contracorriente que nos quitaba la felicidad. Vino la enfermedad, la prueba necesaria, la cruz esperada a seguir…La sentencia del Fundador sobre el cielo nos ponía contra la pared, emplazándonos a una lucha que veíamos desigual, Goliat con sus armas frente al David de solo su honda, el brazo oculto de Dios en la mañana…¡Todo el ejército enemigo expectante, aguardando la derrota! Cayó Goliat, pero el enemigo no cejó en su persecución, en sus terribles zarpazos… Cuando todo parecía perdido, venía pronto el aviso firme y reiterado:”Mirad: lo que hemos de pretender es ir al cielo. Si no, nada vale la pena”. (“Es Cristo que pasa”).

Vendrían después otros avisos que ponían barruntos de esperanza en nuestra vida. Cirros dorados como plumas de ángeles. “Dedica, sin regateo, el tiempo necesario a la oración; acude en ayuda de quien te busca; practica la justicia, ampliándola con la gracia de la caridad”. (“Es Cristo que pasa”). Quizá el más comprometedor, el más directo, el punto uno de Camino: “Que tu vida no sea una vida estéril. Sé útil. Deja poso. Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor”. Frases, notas, que eran como florecillas que nos salían al camino de nuestras lecturas, campo de verdor, refulgente, en el que el alma encontraba su remanso más tranquilo y luminoso. ¿Eran esas las verdes praderas del cielo? ¿Significaba esto un nuevo caminar? Dios nos esperaba en la orilla, junto al mar, con los pececillos de la pesca en sus manos…”Venid a retiraros conmigo en un lugar solitario, y reposareis un poquito…”

“Al recordar esta delicadeza humana de Cristo, que gasta su vida en servicio de los otros, hacemos mucho más que describir un posible modo de comportarse,”- nos decía san Josemaría, Punto 109, saliéndonos al paso,“Es Cristo que pasa”.- “Estamos descubriendo a Dios.” Y nos dirá con palabras de sentido amor que “Dios nos llama a través de las incidencias de la vida de cada día, en el sufrimiento y en la alegría de las personas con las que convivimos, en los afanes humanos de nuestros compañeros, en las menudencias de la vida familiar…” ¡Es aquí, en ese escenario, donde Dios nos quiere! ¡Conoce nuestras limitaciones, nos ama con amor de Padre que conoce las angustias y penas de sus hijos que se esfuerzan y fracasan tantas veces en esa pelea de su vida ordinaria! Parece como si dijese: Yo soy que eres una calamidad, pero eres hijo mío, has salido de mis manos, te ha contaminado el mundo con sus mentiras y miserias y yo trato de salvarte una y otra vez, ya ves como sangro…Soy una fuente de misericordia que nunca se agota, la voluntad de mi Padre es que seque la sed de los sedientos, beber todo el dolor humano, daros agua de la fuente del manantial que no se agota y da vida eterna, lavarte con mi sangre que cura y salva…

Villa Tevere

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Durante más de once años, en Viale Bruno Buozzi sonarán las piquetas de los albañiles, el ruido de las excavadoras, las voces que los capataces hacen llegar de uno a otro andamio. El Fundador no ha querido bendecir la pimera piedra. Reseva la prisa y la paciencia de su corazón para la última: aquella que ha de coronar el edificio.

El antiguo inmueble recibirá el nombre definitivo de Villa Vecchia, y su estilo se mantendrá aunque los arquitectos construyen dos pisos sobre la primitiva estructura. A un lado irán dos casas con fachada a la calle lateral: una de ellas para alojar, de modo independiente, a la administración doméstica. La otra, llamada Montagnola, para la Asesoría Central, organismo de gobierno de la Sección de mujeres de la Obra. El conjunto entero de la finca responderá al romano nombre de Villa Tevere.

La estructura no puede desentonar del estilo de la zona y de la ciudad. Ha de ser, además, un hogar que dé calor a la vida cotidiana del Opus Dei.

Y como tal hoga se proyecta. Cada rincón, cada pasillo, salita o lugar de reunión, debe hacer patente un modo de ser que aparece en el alma y el cuerpo de Villa Tevere.

Resulta increíble pensar que semejante proyecto ha dado comienzo sin medios económicos para financiarse. Sin embargo, así es. A medida que la Obra se extiende, se solicita ayuda a muchas personas de todo el mundo para construir la Sede Central. Al mismo tiempo, el Padre no se permite una pausa en el camino de amor por las almas. No espera a que se acabe la dificultad de estas obras para impulsar otras actividades. Atiende un abundante apostolado en Italia. Prepara la llegada del Opus Dei a otros países. Programa la formación intelectual y ascética de sus hijas e hijos. Se entrega a un estudio constante. Muchas veces, una contrariedad echa por tierra un trabajo que parecía terminado y hay que volver a empezar. Pero hace honor al Somontano que le vio nacer. Hay en su carácter una gran fortaleza y una capacidad de superar contrariedades por insalvables que parezcan. El lo llama tozudez aragonesa; todos saben que es, en primer lugar, una gigantesca fe en Dios.

“Villa Tevere” se levantará firme, sobre cimiento sólido. En los oratorios se suple con más esfuerzo la escasez de medios, para ofrecer a Dios lo mejor de que se dispone: el más bellamente construido será el de la Santísima Trinidad; el mayor, el de Santa María de la Paz, hoy iglesia Prelaticia.

Arriba, en lo alto de un torreón, se puede leer una gran cartela con las palabras Omnia in bonum!, que el Padre explica así:

«Doctrina paulina (…), que yo he repetido tanto en mis treinta años de vocación al Opus Dei. No hay nunca motivo para perderla paz» (23).

“Omnia in bonum”, en lo alto, bien a la vista. Para que se grabe en los ojos y en la mente, y cale hasta el corazón, y se extienda por el mundo entero en siembra de paz y de alegría.

Alegría que inunda la doctrina del Apóstol y que el Fundador apoya en el sentido de filiación divina. Todo cuanto sucede concurre en el bien de los que aman a Dios. Saberse hijos del Padre que está en los Cielos es la certeza de que toda situación, aun aquellas de difícil comprensión humana, tiene su clave en el universal Amor de Dios por sus hijos.

El primer edificio que se termina es el destinado a la Administración, para las mujeres de la Obra que se ocupan de la atención doméstica. El Padre ha dirigido muchos de los detalles, incluso en la decoración interna de la casa. Y les invita, desde entonces, a cuidar especialmente aquello que Dios y la entrega de las gentes de todo el mundo van a poner en sus manos, porque estos muros y estas paredes, les dice, «parecen de piedra y son de amor»(24).

Es decir, cada piedra, cada metro cuadrado, se ha construido sobre el trabajo, el sacrificio y la oración de tantos que ya participan de los apostolados del Opus Dei.

Les rogará, de nuevo, que encomienden al Cielo los pasos de don Alvaro para conseguir créditos con los que sostener y avanzar las tareas comenzadas. A veces los días parecen acelerarse a velocidad increíble. Muchas semanas no hay dinero con qué pagar. Se hacen todas las gestiones posibles. Y de un modo a veces inesperado, siempre se sale a flote. Llega un envío, responden a una llamada, un Banco concede un nuevo crédito. Y todo sigue adelante. Repetidas veces el Padre comenta refiriéndose a don Alvaro:

«Al lado de este hombre es imposible no tener fe»(25).

En los momentos más críticos mantiene el señorío de la generosidad con las personas que prestan algún servicio en la casa. Les invita a participar de algún refrigerio; es espléndido en los salarios, aunque sean las últimas liras que quedan en la casa.

El cuarto del Padre, en los futuros edificios, será una habitación pequeña y austera. El enlosado del suelo, azul y blanco, de forma romboidal. Una cama muy sencilla. Una mesa con tablero que se abre por medio de bisagras. Un sillón de madera y una lámpara de pie, con pantalla.

En la pared un óleo de escuela italiana, ovalado, que representa la Sagrada Familia. A la derecha el Crucifijo. Una inscripción sobre la puerta: «Aparta, Señor, de mí lo que me aparte de Ti » (26).

En la cabecera de la cama, unos mosaicos dibujan un corazón escoltado por esta frase: “Iesus Christus Deus” Homo.

Una mesita de noche y una pequeña banqueta de madera completan la habitación.

En su cuarto de trabajo hay una librería; sobre la pared, las fotografías de los tres primeros hijos suyos que se ordenaron sacerdotes y un rosario de gruesas cuentas. Un tríptico que adorna lo alto de un mueble-cajonera. Un sillón y una mesa de estilo castellano.

Colgada de una pared, una cuerda con la placa metálica numerada que llevan los soldados en tiempo de campaña para su identificación. Está colocada bajo una sencilla acuarela que representa un borriquillo. En la cuerda hay diez nudos. Los hizo un hijo suyo, durante la guerra española, para rezar el Rosario en las trincheras de los campos de batalla.

La ventana, de medianas proporciones, da al llamado “Cortile vecchio”. Igual que las puertas y librerías, está pintada en color verde.

En este pequeño despacho, así como en el destinado a don Alvaro, el Fundador rezará, soñará y conducirá la Obra por los caminos de Dios. Esta va a ser época de maduración bajo su impulso. La etapa de la gran expansión por los cinco Continentes.

A través de la ventana mirará con frecuencia el “Cortile vecchio”: ese pequeño patio de empaque romano, que tiene tonos ocre y mosaicos de colores. Se puede ver la representación de Santa María, que cabalga en borrico blanco y lleva al Niño entre los brazos. A un lado, tres argollas de hierro viejo dan al conjunto sabor de casa antigua, con invitación de hidalga hospitalidad. Es un lugar para monturas que esperan el comienzo de viaje o que retornan del campo una vez cumplida su misión. Y en el suelo, grabadas en la piedra, las huellas de unos pies descalzos: el estilo romano de indicar la dirección correcta.

Por este cortile silencioso cruzarán sus hijos -un día que hoy queda lejano en el tiempo- con el cuerpo exánime del Fundador; se les habrá ido en plena juventud del alma, en el umbral de su trabajo cotidiano, junto a estos muros levantados con el impulso de su amor a Dios y a los hombres.

Consummati in unum

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Dice el Evangelio que los amigos de Jesús estaban reunidos en un mismo lugar después de la partida del Maestro. Apiñados. Hasta que el Espíritu Santo, Aquel que Jesucristo les había prometido durante tres años, inundó sus almas y se esparcieron, ahítos de valor y de esperanza, por toda la tierra.

El 26 de junio de 1975, una multitud de corazones afincados en las cinco partes del mundo acompasan su latir en un único afecto, un idéntico afán: Roma. El lugar donde duerme el cuerpo del Fundador. Allí donde un sagrario, que preside el oratorio de Pentecostés, muestra las palabras que hiciera grabar Monseñor Escrivá de Balaguer: Consummati in unum(1).

«¡Todos -con Jesucristo- somos una sola cosa! Que, metidos en la fragua de Dios, conservemos siempre esta maravillosa unidad de cerebro, de voluntad, de corazón. Y que Nuestra Madre, por la que llegan a los hombres todas las gracias -canal espléndido y fecundo-, nos dé con la unidad, la claridad, la caridad y la fortaleza»(2).

Ahora que el Padre se ha marchado, empieza a adquirir una gran fuerza su memoria. Sus palabras cobran todavía más certeza; su espíritu se ahonda y ensancha dentro del alma de sus hijos; las dimensiones de su enseñanza desbordan el sonido de su voz que suena, con gran eco, en el interior de cada uno.

Así adquiere su muerte unas características de intimidad, cariño y exigencia que se hacen, si cabe, más personales. El Padre sigue llenando la casa, con toda la arrolladora vitalidad de su estilo humano y de su perfil ascético. Sus escritos adquieren, de pronto, la perennidad de lo esculpido. Como si la muerte misma les hubiera destinado a la más dilatada supervivencia.

Incluso la casa que alberga esta familia de vínculos sobrenaturales parece repetir el eco de aquella gratitud que imponía su presencia:

«De aquí no se va nadie, hijo mío, porque todos estamos, siempre consummati in unum -solía decir cuando despedía a los que se iban fuera de Roma- (…). Nos sentimos tan unidos, hijos míos, porque todos procuramos vivir dentro del Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús, al que llegamos por medio del Corazón Dulcísimo de María. De manera que estamos siempre muy bien acompañados, en cualquier lugar donde nos encontremos. No perdáis nunca esta unidad (…).

Dondequiera que se halle uno de vosotros, allí estaremos los demás, con toda nuestra ilusión por acompañarle. No nos decimos adiós, ni siquiera hasta luego; continuamos siempre consummati in unum.

Si alguno piensa que está solo en un momento de su trabajo profesional, que es siempre apostolado, o en una labor cualquiera, también siempre inmediatamente apostólica, deberá rechazar enseguida esa tentación. ¡Nadie puede sentirse solo en el Opus Dei! Con nuestro clamor incesante ante el trono de Dios formamos una sola voz, una misma oración, un único latido, porque todos palpitamos con el corazón de la Obra» (3).

En esta unidad irrompible, se avecina el 15 de septiembre de 1975. Es el día fijado para la elección del sucesor del Padre. Festividad litúrgica de Nuestra Señora de los Dolores. Acuden a Roma los Electores representantes de sesenta mil miembros de la Obra repartidos por el mundo. Ciento setenta y dos en total. Cada uno lleva el sentir de sus hermanos. Una inmensa paz se extiende por esta reunión, la primera después de la muerte del Padre, en la Ciudad Eterna. Aquí están aquellos que le siguieron hace tantos años, cuando el Opus Dei era una locura que nadie se atrevía a aceptar. Algunos, también algunas hijas suyas, acompañan ya a Monseñor Escrivá de Balaguer en su última morada: Guadalupe Ortiz de Landázuri, José María Hernández de Garnica, Salvador Canals… Para otros, es la primera oportunidad de acercarse a la tumba del Fundador en la Cripta de Villa Tevere: Francisco Botella, Pedro Casciaro, José Luis Múzquiz, Ricardo Fernández Vallespín…

La nieve del tiempo ha caído sobre sus cabezas. Pero se mantiene viva en la mirada y en el talante interior la misma fe, la misma disponibilidad; la certeza de que el Opus Dei es un «mandato imperativo de Cristo» cuyo depositario fue un hombre elegido por Dios: Josemaría Escrivá de Balaguer.

El día 14, después de una Misa del Espíritu Santo oficiada en Santa María de la Paz, emiten su voto las electoras de la Sección de mujeres de la Obra. Al día siguiente, 15 de septiembre, se reúne y vota del mismo modo la Sección de varones. El escrutinio arroja un plebiscito unánime hacia don Álvaro del Portillo. La Obra entera, en el espíritu de su Fundador, acaba de acogerse a la autoridad y al amor de un hombre fuerte en la fe, compañía del Padre durante cuarenta años. Receptor humilde y constante de sus enseñanzas. Acumulador leal de todas las palabras y actitudes vitales, humanas y sobrenaturales, que constituyen el contenido teológico del Opus Dei. No hay nada que cambiar, nada que modificar. Hay que recoger un tesoro inquebrantable para transmitirlo, intacto, a los que vengan después de esta etapa fundacional que ha terminado el 26 de junio de 1975.

El Romano Pontífice recibirá muy complacido el resultado de la votación. Durante muchos años, don Álvaro pertenece a varios Dicasterios romanos y colabora en los trabajos de la Santa Sede. Enseguida la prensa conoce la noticia oficial. A la pregunta: ¿Qué hará ahora el Opus Dei?, ha respondido el primer sucesor de Monseñor Escrivá de Balaguer:

-«Seguir caminando, hacer lo que hemos hecho siempre, también desde que el Señor se llevó consigo a nuestro Fundador. Seguir caminando con el espíritu que él nos ha dejado definitivamente establecido, inequívoco (…).

En el Opus Dei no hay vértice ni base. Todos somos igualmente hijos de nuestro Fundador, quien nos ha enseñado a poner a Cristo en la propia vida, y que ha dado para siempre a nuestra Institución el carácter sencillo y cordial de una familia bien avenida»(4).

Los días 15 y 16 de septiembre se procede a la elección de los miembros del Gobierno Central de las dos Secciones de la Obra. Quedan constituidos por personas de diversas nacionalidades. El nuevo Presidente General, que es ya el Padre para toda la Obra, habla a sus hijas e hijos de la unidad inquebrantable de todos desde los primeros momentos. Los testimonios recibidos en Roma después del fallecimiento del Fundador han sido un plebiscito de unidad, de amor, de santidad. Y ha añadido:

«He recibido millares de cartas de miembros del Opus Dei de todo el mundo. Es estupendo comprobar que el espíritu es el mismo, independientemente de la raza o la cultura de la persona que escribe» (5) . Don Álvaro dirá, emocionado, que este alud de cariño, este apoyo en unidad «ha sido un río en crecida, pero de agua limpia. Ha sido un diapasón que ha vibrado en toda la tierra con una sola nota muy sobrenatural. Ha sido una maravillosa y divina sinfonía, que no parece de este mundo, la que han cantado al unísono las hijas y los hijos de nuestro santo Fundador»(6).

Las rosas se suceden en la Cripta, donde reposan los restos mortales del Padre. Miles de personas acuden para rezar y rendir su afecto. Aquí, más que en ninguna parte, se escuchan las palabras de aquel ruego:

«Sed fieles, hijos de mi alma, ¡sed fieles! Vosotros sois la continuidad. Como en las carreras de relevos, llegará el momento -cuando Dios quiera, donde Dios quiera, como Dios quieraen el que habréis de seguir vosotros adelante, corriendo, y pasaros el palitroque unos a otros, porque yo no podré más. Procuraréis que no se pierda el buen espíritu que he recibido del Señor, que se mantengan íntegras las características tan peculiares y concretas de nuestra vocación. Transmitiréis este modo nuestro de vivir, humano y divino, a la generación próxima, y ésta a la otra, y a la siguiente»(7).

Ya durante su vida el Fundador decía -poniendo buen humor al hecho de desaparecer de la escena cotidiana- que, cuando muriera, no tenía que ocurrírseles convertir sus habitaciones en una especie de museo. Todo lo contrario. Debía ocuparlas inmediatamente su sucesor. Esta decisión práctica estuvo siempre muy unida a un carácter entrañable para los objetos y las situaciones. Lo que tenía un valor simbólico se guardaba con esmero. Lo que servía para la vida ordinaria, de trabajo, de utilidad para Dios y para los demás, se usaba sin el menor reparo hasta agotar sus posibilidades.

Por eso pidió que las habitaciones del Fundador fuesen siempre un lugar de trabajo, sin reservas. Y por este deseo, don Álvaro del Portillo las ocupará después de su elección. Sobre una pared, enmarcadas, se leen estas palabras: Cursum consummavi, fidem servavi. He terminado mi carrera, he guardado la fe (8).

Y más abajo, otra inscripción en latín: et tu confirma filios meos. Confirma a mis hijos.

Don Alvaro explicará en una tertulia, que estas palabras son el eco de aquella historia familiar conmovedora que se remonta a los años cuarenta, cuando don Leopoldo Eijo y Garay, entonces Obispo de Madrid llamó al Fundador de la Obra y le dijo aquellas palabras de Cristo a Pedro: «”ecce Satanas expetivit vos, ut cribraret sicut triticum”: Os removerá, os zarandeará, como se zarandea el trigo para cribarlo. Luego añadió: yo rezo tanto por vosotros… Et tu… confirma filios tuos!: Tú, confirma a tus hijos. (9)». Y colgó…

Hoy queda grabada esta frase como un alerta para cuidar de esa multitud que debe recibir la fortaleza de fe.

El 5 de marzo de 1976, el Papa concede una audiencia a don Álvaro del Portillo. Acaban de dar las doce de la mañana. Unos minutos después, es introducido ante Pablo VI. El Romano Pontífice le recibe en pie, apoyado sobre la mesa de trabajo. Levanta sus brazos, cuando le tiene cerca, y le felicita con gran cariño.

-«Santidad, agradezco mucho esta felicitación, pero yo pido al Santo Padre que tenga conmigo la caridad de concederme su Bendición Apostólica y sus oraciones. Porque soy el sucesor de un santo, y eso no es nada fácil.

-“Ma adesso il santo é in Paradiso, e ci pena lui”; ahora el santo está en el Cielo, y él se preocupa de llevar la Obra adelante».

Durante una hora larga el Papa hablará con don Álvaro, afirmando que Monseñor Escrivá de Balaguer es uno de los hombres que han recibido más carismas, más gracias de Dios, a lo largo de toda la historia de la Iglesia, y que siempre ha respondido con generosidad, fiel a esos dones divinos.

Y añadirá que, si quieren ser fieles a la Iglesia… han de ser muy fieles al espíritu de su Fundador. Y continúa: «Usted, siempre que deba resolver algún asunto, póngase en presencia de Dios, y pregúntese: en esta situación, ¿qué haría mi Fundador?; y obre en consecuencia. Diga a todos sus hijos y a todas sus hijas que, siendo fieles al espíritu del Fundador, servirán a la Iglesia -como la han servido hasta ahora- con eficacia, con profundidad, con extensión».

Luego se preocupará de que sus escritos, palabras, enseñanzas estén recogidos y a salvo de cualquier pérdida, porque… «es un tesoro, no solamente para el Opus Dei, sino para toda la Iglesia»(10).

Monseñor Álvaro del Portillo relata a Pablo VI anécdotas del Padre, el carácter de sus últimas y masivas reuniones en el mundo entero, la variedad de hijos que componen la Obra… Y le entrega unas fotografías del reciente terremoto de Guatemala. Una familia, menguada por la desgracia, trabajadores de la tierra, reza junto a los escombros de su casa. Tienen hijos en el Opus Dei.

Cuando don Álvaro regresa a Villa Tevere contará algunas de las afirmaciones de Su Santidad. Para ello ha pedido al Santo Padre el correspondiente consentimiento, que le otorga encantado.

Estas palabras del Romano Pontífice son la mejor confirmación de la fama de santidad del Fundador. La Obra sigue su camino, en unidad perenne, sin fisuras. Para servir a la Iglesia «como ella desea ser servida».

«En el Opus Dei tenemos un cariño extraordinario y una gran veneración por la persona del Papa: un cariño y una veneración que queremos que sea mayor cada día. En mi deseo de servir a la Iglesia, yo he procurado siempre que mis hijos amen mucho al Papa» (11).

Por voluntad expresa de Pablo VI, don Álvaro del Portillo eleva hoy su oración por el Vicario de Cristo y por la Iglesia aquí, en la Cripta. En el borde mismo de la tumba del Fundador. Un puñado de rosas rojas simboliza la fecundidad de esta oración avalada por el sacrificio.


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