El levantamiento militar

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , No Comments »

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El asesinato de Calvo Sotelo confirmó a los conspiradores militares y a sus partidarios civiles en su opinión de que el Gobierno no tenía voluntad o era incapaz de controlar la situación; pensaban que España degeneraba rápidamente en el caos y la revolución. El plan último de los conspiradores preveía un levantamiento militar el 18 de julio con el que esperaban hacerse rápidamente con el poder. Al principio, los rebeldes no tenían ningún nombre, pero a las pocas semanas empezaban a llamarse “nacionales”.

La Guerra Civil comenzó, de hecho, un día antes de lo previsto, el 17 de Julio de 1936, con el alzamiento del Ejército en Marruecos. Pronto se propagó al resto del país. Los líderes eran, sobre todo, oficiales jóvenes, ya que la mayoría de los generales más antiguos se oponían a la rebelión o estaban indecisos. Parte importante del Ejército de Tierra y la Marina y el Ejército del Aire casi en bloque se negaron a unirse al levantamiento militar. En muchas zonas, la Guardia Civil y la Guardia de Asalto lucharon vigorosamente contra las unidades del ejército sublevadas.

Desconcertado por la insurrección militar contra su gobierno, el presidente Casares Quiroga dimitió. Su sustituto, el republicano moderado Martínez Barrio, intentó llegar a un acuerdo con los líderes nacionales, pero fracasó y a las pocas horas fue sustituido por José Giral, un republicano de izquierdas que había ocupado el cargo de ministro de la Marina. Giral formó un nuevo gobierno compuesto por completo de liberales de clase media, que desde el principio contó con el apoyo explícito de socialistas, anarquistas y comunistas. El 19 de julio de 1936, urgido por los socialistas y anarquistas, dio un paso crucial para el desarrollo posterior de los acontecimientos: armó a la población. Las milicias de izquierda se echaron a la calle. Esta decisión llevó a unirse a los nacionales a muchos jefes militares que hasta entonces no se habían decantado.

El 20 de julio de 1936 el país estaba dividido, más o menos claramente, en dos zonas. Las fuerzas republicanas ocupaban aproximadamente dos tercios del territorio, con la mayor parte de la costa atlántica y toda la mediterránea, excepto una zona cercana a Cádiz. Los nacionales habían tomado gran parte de la mitad norte del país, salvo Cataluña, el País Vasco, Santander y Asturias. En el sur, tan sólo ocupaban pequeños enclaves alrededor de Sevilla y Córdoba, y una zona de gran importancia estratégica en torno a Cádiz, que les permitiría trasladar tropas a la península desde el norte de Africa, también controlado por los nacionales.

Capítulo 19. España en una Europa en Guerra (1939 – 1945)

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , Comentarios desactivados

España y la Segunda Guerra Mundial

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

A los seis meses del final de la Guerra Civil, casi todos los miembros del Opus Dei habían sido desmovilizados y habían vuelto a sus estudios o trabajo profesional. El fin de la persecución religiosa permitió reanudar las actividades de formación de la Obra en Madrid y abrió horizontes en otros lugares de España. Sin embargo, el Opus Dei no se encontraba en un entorno tranquilo que favoreciera su expansión. El fin de las hostilidades estaba lejos de traer un retorno a la normalidad. España seguía enfrentada a grandes dificultades internas exacerbadas por el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Al igual que muchos de sus contemporáneos en Europa, Franco estaba convencido de que la época de las democracias había pasado y que el futuro de Europa se encontraba en los regímenes nacionalistas autoritarios. En marzo de 1937 se suscribió un pacto secreto con Berlín que exigía consultas mutuas sobre temas de interés común y una benevolente neutralidad en caso de guerra, aunque ello no impidió asegurar a París y Londres durante la crisis de Munich del otoño de 1938 que España permanecería neutral en caso de un conflicto europeo generalizado. Pocos días antes del final de la Guerra Civil, España se unió formalmente al pacto anticomunista, demostrando abiertamente sus simpatías por los otros regímenes autoritarios. Simultáneamente, firmaba un nuevo tratado de amistad con Berlín, secreto igual que el anterior, que también exigía consultas mutuas.

La firma del acuerdo germano-soviético en agosto de 1939 fue una desagradable sorpresa para Franco, que era profundamente anticomunista. El 3 de septiembre de 1939, cuando Gran Bretaña y Francia declararon la guerra a Alemania como respuesta a la invasión de Polonia, hizo un llamamiento público a todas las partes implicadas para volver a negociar, al tiempo que condenó la destrucción de la católica Polonia. Durante los meses en que Francia y Gran Bretaña estaban oficialmente en guerra contra Alemania, pero sin hostilidades significativas, España firmó acuerdos comerciales con Gran Bretaña, Francia y Portugal, pero se negó a la petición francesa de una garantía de mantener la neutralidad en caso de que Italia entrara en la guerra.

La rápida conquista de Francia en la primavera de 1940 hizo pensar a Franco que Alemania ganaría la guerra y dominaría Europa. El 12 de junio de 1940 anunció una nueva política: no beligerancia. Eso significaba que España no era neutral, sino que apoyaba a las potencias del Eje, pero no participaba en el conflicto.

Parece como si Franco hubiera considerado la no beligerancia como un primer paso para la entrada en la guerra junto a Alemania e Italia, pero fijaría un alto precio por esa participación. Presentó a Berlín la reclamación española sobre los territorios franceses del noroeste de África, al igual que una impresionante lista de provisiones, combustible, munición y otros materiales que España necesitaría para entrar en guerra. Hitler, enardecido por el éxito en Francia, no vio ninguna necesidad de considerar las demandas españolas.

Franco y sus consejeros se sintieron decepcionados por el hecho de que Berlín no tomara sus peticiones en serio y por su aparente desprecio de la capacidad de España de ayudar al Eje, a cambio de recuperar Gibraltar. Se encontraron en una situación difícil. Estaban convencidos de que Alemania resultaría victoriosa y no querían perder la oportunidad de participar en el reparto del botín de guerra, pero advertían los devastadores efectos que un bloqueo naval británico podría tener para España.

En su encuentro con Hitler en Hendaya, el 20 de octubre de 1940, Franco volvió a presentar su lista de exigencias coloniales, económicas y militares. Hitler no deseaba satisfacer esas peticiones, en parte porque hacerlo supondría enemistarse con el gobierno francés de Vichy, que para él era más importante que España. El encuentro terminó con un aguado acuerdo que comprometía a España a declarar la guerra a Gran Bretaña en alguna fecha futura que fijaría el gobierno español.

La victoria británica en la Batalla de Inglaterra hizo que se enfriara el interés español por entrar rápidamente en la guerra. Durante el resto de 1940 y comienzos de 1941, Franco resistió las presiones de Berlín con tácticas dilatorias y largas listas de artículos que España necesitaría para intervenir eficazmente en la guerra. Probablemente, la postura de Franco estaba marcada más por lo que podría obtener a cambio que por el deseo de mantenerse al margen del conflicto. A medida que pasaba 1941, Hitler perdió interés en España y Gibraltar y centró su atención a una posible invasión de la Unión Soviética.

El ataque alemán a la Unión Soviética del 22 de junio de 1941 hizo a Franco más cauteloso sobre la entrada en guerra, ya que la Unión Soviética era un adversario formidable. Por otra parte, muchos falangistas eran firmes partidarios de unirse a la guerra contra la Rusia comunista. Con el visto bueno del Gobierno, la Falange empezó a organizar una división de voluntarios para luchar en Rusia. Los diecinueve mil hombres de la “División Azul” entraron en combate el 4 de octubre de 1941 en el frente de Leningrado. Durante el verano de 1941, España también firmó un acuerdo con Alemania en el que prometía enviar a 100.000 civiles para trabajar en fábricas alemanas. De hecho, no fueron más de 15.000.

La entrada de los Estados Unidos en la guerra no minó del todo la confianza de Franco en la victoria alemana, pero la veía más difícil y distante. El estancamiento de la ofensiva alemana sobre Moscú hizo que Franco tomara mayores cautelas. Así, suspendió el permiso para que los submarinos alemanes se aprovisionaran en los puertos españoles. España, sin embargo, seguía siendo no beligerante y no neutral.

La reticencia de Franco a apoyar a las potencias del Eje no encontró eco en la muy controlada prensa española, que seguía mostrando fuertes simpatías por el Eje. En 1942, la de Madrid era la principal embajada alemana y llevó a cabo una incisiva campaña a favor del Eje. Además, el partido nazi mantenía un activo aparato de propaganda en España, que trabajaba en estrecho contacto con la Falange.

El desembarco aliado en el norte de África en noviembre de 1942 provocó la ocupación alemana de la mitad sur de Francia, que hasta entonces había sido controlada por el gobierno.

La economía

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , No Comments »

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Aunque la economía quedó maltrecha, la Guerra Civil no fue físicamente tan destructiva como lo sería la Segunda Guerra Mundial. No hubo grandes bombardeos de ciudades y la mayoría de las industrias del país quedó en pie. Sin embargo, la producción industrial de 1939 bajó un tercio con respecto a los niveles anteriores a la guerra y la producción agrícola disminuyó un 20%. La renta per capita en 1939 era casi un 25% inferior a la de 1935 y alcanzaría el 90% del nivel de aquel año al final de la Segunda Guerra Mundial. El sector más seriamente afectado fue el del transporte: se perdió un tercio de los barcos del país y la mitad de las locomotoras fue destruida.

Los recursos disponibles para la recuperación eran escasos. España tenía poco capital doméstico; el sistema fiscal era ineficaz y el comercio, que se había sido interrumpido por la guerra, se vería todavía más alterado por la Segunda Guerra Mundial. El comercio exterior a comienzos de la década de 1940 estaba un 50% por debajo del nivel de 1935. Estas dificultades se acentuaron por la política de autarquía económica llevada a cabo y las severas sequías que frenaban la producción agrícola. Como resultado, los años de posguerra estuvieron marcados por el hambre. Los alimentos estaban estrictamente racionados y el mercado negro floreció.

A estos problemas había que añadir la fuerte inflación. El costo de la vida en 1940 era de unas dos veces y media superior al de 1936. En 1941 los precios triplicaban los de 1936. Los españoles recuerdan la posguerra como “los años del hambre”.

El Opus Dei reanudó sus actividades en Madrid al final de la Guerra Civil en un contexto que estaba muy lejos de ser favorable. La situación internacional impedía la expansión a otros países. El clima de tensión e incertidumbre y la crisis económica que afectaba al país complicaba mucho la apertura y el funcionamiento de las diversas iniciativas apostólicas. El fervor religioso del período de posguerra y el espíritu de sacrificio que muchos adquirieron durante la guerra favoreció el crecimiento del Opus Dei. Sin embargo, en muchos casos, la multiplicación de aparatosas manifestaciones externas de piedad y el estrecho vínculo entre religión y fervor patriótico dificultaron que muchos jóvenes comprendieran el espíritu del Opus Dei: la necesidad de una vida de oración personal y de imitación del trabajo no espectacular –por no decir oculto- de Jesucristo durante sus largos años en el taller de Nazaret. Finalmente, la tendencia a identificar el catolicismo con el régimen chocaba con el acento del Opus Dei en la libertad política de todos los católicos. Esto contribuyó en buena manera a las incomprensiones que el Opus Dei viviría en los años siguientes a la guerra.

Capítulo 11. Planes de expansión (1935-36)

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , No Comments »

La situación política y social empeora

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

A medida que avanzaba el año 1935 la situación política y social española se iba deteriorando. El país sentía los efectos de la depresión económica mundial, y los partidos de izquierda estaban cada vez más decididos a provocar un cambio radical en España. A la derecha, los partidos extremistas crecían en tamaño y radicalismo. La Falange tomó del fascismo italiano parte de su vocabulario, de su apariencia externa y de su programa. Cada vez estaba más presente en las calles, donde sus jóvenes camisas azules se enfrentaban a grupos de izquierdas en choques cada vez más violentos. A finales de 1935 el gobierno de centro derecha no era capaz de hacer frente a la situación. A comienzos de 1936 el presidente de la República disolvió el parlamento y convocó elecciones generales.

Los partidos obreros de izquierda y los partidos burgueses de centro izquierda se unieron para formar el Frente Popular. Varios factores lo facilitaron. Uno de ellos fue la represión de la revolución de Asturias. La Internacional Comunista animaba la creación de frentes populares por toda Europa para contrarrestar la subida del fascismo y del nazismo. Además, los partidos de izquierda tomaron experiencia del desastre electoral de 1933 y vieron la importancia de presentarse unidos en las elecciones. Esta vez, los católicos y la derecha en general estaban lejos de concurrir juntos a las elecciones como en 1933. El cardenal de Toledo repitió insistentemente sus llamadas a la unidad en defensa de la Iglesia, de la familia y de la enseñanza católica, pero sin fruto.

La retórica de la campaña electoral llamaba al enfrentamiento. El líder socialista Largo Caballero declaró: “Soy socialista marxista y, por tanto, revolucionario. El comunismo es la evolución normal del socialismo, su última y definitiva etapa (…). Si ganan las derechas, tendremos que ir a la guerra civil”[1].

El Partido Comunista, aunque pequeño todavía, multiplicó por cinco el número de afiliados en sólo unos meses. Su periódico oficial hizo un llamamiento a la revolución proletaria para llevar a España a la misma situación que la Unión Soviética[2].

La derecha estaba convencida de que la revolución comunista era inminente. Los conservadores no hacían muchas distinciones entre comunistas, socialistas y anarquistas. Los tres eran “rojos” y su victoria traería una completa subversión social, como la de Rusia o, más cerca todavía, como la de Asturias de octubre de 1934.

Al contrario que los conservadores estadounidenses o británicos, que solían ser pragmáticos, los conservadores españoles, en su mayoría, estaban decididos a no ceder. Creían que estaba en juego todo un sistema de vida y que la única receta para sobrevivir era resistir hasta la muerte. Un panfleto político distribuido por el ala derecha de Acción Popular da el tono de comienzos de 1936: “!Contra la revolución y sus cómplices! Señores conservaduros [sic]. Lo que os espera si triunfa el marxismo: Disolución del ejército. Aniquilamiento de la Guardia Civil. Armamento de la canalla. Incendios de Bancos y casas particulares. Reparto de bienes y de tierras. Saqueos en forma. Reparto de vuestras mujeres. Ruina. Ruina. Ruina”[3].

En términos de sufragios, las elecciones de 1936 representaron un ligero desplazamiento de los votos del centro y centro derecha hacia el centro izquierda, aunque los detalles exactos de lo que ocurrió no están muy claros. El Frente Popular obtuvo algo más del 40% de los votos, los partidos de derechas un 30% y los de centro un 20%. El 10% restante fue a parar a candidatos imposibles de catalogar. Partidos de izquierda moderada, como Izquierda Republicana, ganaron en muchos distritos. No pasó así con los candidatos comunistas. Por la derecha, la Falange obtuvo sólo el 0,5% de los votos. Estos datos permiten concluir, en líneas generales, que el electorado era moderado y dio la espalda a los extremismos de uno y otro signo.

Sin embargo, en términos de diputados el cambio fue mucho más dramático. Gracias al sistema de alianzas y a las peculiaridades de la ley electoral, el Frente Popular obtuvo el 56% de los parlamentarios. Los partidos de derecha, el 30%. El centro quedó muy fragmentado con tan sólo el 14% de los diputados y, en realidad, ninguna influencia.

Los socialistas habían participado en el Frente Popular, pero, liderados por Largo Caballero, marxista radical, se negaron a entrar en el gobierno que, tras las elecciones, formó Azaña. Se trataba de un gobierno de clase media y que ciertamente no podía ser considerado revolucionario, pero la ausencia de los socialistas lo convertía en un gobierno débil. No era capaz de resistir la creciente presión de los sindicatos ni de controlar la violencia callejera.

Uno de los primeros actos del gobierno fue una amnistía para los encarcelados por la revuelta de octubre de 1934, hecho que molestó profundamente a la derecha. Desde la primavera de 1936 se generalizó la violencia. En el sur, los agricultores, animados por los resultados electorales, ocuparon la tierra. En las ciudades se multiplicaron los ataques a edificios públicos o privados, particularmente a las iglesias. Se produjeron frecuentes huelgas y continuos altercados. Grupos armados de derechas patrullaban por las calles de Madrid y otras ciudades; a menudo se disparaba al azar desde los coches. Entre el 3 de febrero de 1936 y el comienzo de la Guerra Civil hubo unos 270 asesinatos y casi 1.300 heridos. Y la violencia no se limitaba a la capital: unas 150 personas fueron asesinadas en otras ciudades, y 120 murieron en pueblos y zonas rurales.

Antes de las elecciones, la familia Escrivá se había trasladado, temporalmente, a una pensión; se temía que en cualquier momento los alborotadores asaltaran Santa Isabel. En vista de la situación, decidieron que no era seguro volver a la residencia del rector y alquilaron un pequeño piso en la calle Doctor Cárceles. Escrivá se trasladó permanentemente a la residencia DYA.

Los temores resultaron justificados. El 13 de marzo de 1936 la multitud intentó incendiar Santa Isabel. Afortunadamente, se quedaron sin gasolina y, mientras iban a buscar más, llegó la policía y los dispersó antes de que causaran daños de importancia. Escrivá apuntó en sus cuadernos: “La gente por ahí está muy pesimista. Yo no puedo perder mi Fe y mi Esperanza, que son consecuencia de mi Amor (…). Hoy, en Sta. Isabel, donde no ganan para sustos no sé cómo las monjas no están todas enfermas del corazón, al oír a todo el mundo hablar de asesinatos de curas y monjas, y de incendios y asaltos y horrores…, me encogí y —el pavor es pegajoso— tuve miedo un momento. No consentiré pesimistas a mi lado: es preciso servir a Dios con alegría, y con abandono”[4].

[1] Gonzalo Redondo. Ob. cit. p. 460

[2] cfr. Raymond Carr. THE CIVIL WAR IN SPAIN 1936-1939. London, 1977. p. 52

[3] Gonzalo Redondo. Ob. cit. p. 461

[4] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 579

La revolución de 1934

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , No Comments »

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Las raíces políticas inmediatas de octubre de 1934 se encuentran en las elecciones de otoño de 1933. Para entonces, los partidos conservadores se habían recuperado del desconcierto provocado por la derrota en las elecciones de 1931 y concurrieron en coalición a las de 1933. Se trataba de una unión de los partidos de centro y derecha, en la que participaban no sólo los monárquicos, sino también la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), un gran partido católico de reciente creación dispuesto a aceptar indistintamente un régimen republicano o monárquico. Los partidos que formaban la coalición estaban divididos sobre diversos temas, pero coincidían en su objetivo de derogar las leyes anticlericales, en oponerse a las reformas agrarias que apoyaban los partidos de izquierda y en dar la amnistía a presos políticos de los primeros años de la Segunda República. Así pues, la derecha presentó una candidatura única en la mayor parte de los distritos y se benefició del sistema electoral mayoritario que tanto le había perjudicado en 1931. Parece también que la extensión del sufragio a la mujer –en 1931 sólo era masculino-vino mejor a los conservadores que a sus adversarios.

Por su parte, los partidos de izquierda y centro izquierda llevaban dos años de feroz lucha parlamentaria y se encontraban demasiado divididos como para ir juntos a las elecciones. Los anarquistas se abstuvieron de votar y de participar en la campaña. Los socialistas y los partidos de centro izquierda no llegaron a un acuerdo. Esta división les salió muy cara en 1933.

La CEDA obtuvo la mayoría en las elecciones de 1933, seguida del Partido Radical. Los socialistas quedaron con menos de la mitad de escaños que la CEDA. El partido de Manuel Azaña sólo consiguió unos pocos diputados.

En España no había mucha tradición democrática, por lo que era difícil aceptar pacíficamente las derrotas en las urnas. Los partidos de izquierda se consideraban dueños y valedores de la Segunda República y clamaron contra la ley electoral, que tan bien les había venido en 1931 y tan mal en 1933. Inmediatamente después de las elecciones empezaron a sucederse las huelgas de protesta y altercados, provocados en su mayoría por los sindicatos anarquistas. Los líderes sindicalistas hablaban con toda libertad de llevar a cabo en España una revolución a imagen de la rusa.

Después de las elecciones se formó un gobierno de centro. La CEDA mostró una considerable moderación; aceptó apoyar el programa del gobierno pese a que, siendo el primer partido del parlamento, no había recibido ninguna cartera ministerial. Durante el año siguiente el gobierno revocó parte de la reforma agraria de 1931. También concedió una aministía para muchos delitos políticos.

El giro hacia la derecha fue significativo, pero no dramático. La izquierda se alarmó y empezó con una estrategia de huelgas y alborotos, que hicieron vivir a España un año de fuerte desgarro social.

En otoño de 1934 la CEDA anunció que no seguiría apoyando al gobierno si no entraba a formar parte del gabinete. El 4 de octubre se formó uno nuevo. La mayoría de los ministros pertenecían al Partido Radical, pero la CEDA se hizo con las carteras de Justicia, Trabajo y Agricultura. La izquierda respondió con una huelga general de escala nacional y un levantamiento revolucionario. El movimiento fracasó rápidamente en la mayoría del país, salvo en Cataluña y en Asturias. Se tardó poco en recuperar el control de Cataluña, pero en Asturias empezó una revolución total.

Se llamó al Ejército de África para sofocar la revolución asturiana. Era un movimiento desesperado. Cerca de un tercio de las tropas eran marroquís. El ejército de África estaba entrenado para combatir los levantamientos coloniales con toda la energía que fuera necesaria. Para muchos españoles era impensable que se utilizara en la península. La batalla fue feroz: ni los revolucionarios ni el Ejército se rindieron. Más de mil civiles y unos 300 soldados, guardias civiles y policías perdieron la vida. Ardió, fue volado o sufrió algún tipo de daño cerca de un millar de edificios. Al término de la insurrección fueron encarcelados varios miles de personas.

La revolución asturiana tuvo un carácter fuertemente anticlerical. Para cuando se restauró la paz se habían destruido 58 iglesias y 34 sacerdotes y religiosos fueron asesinados. Este episodio marcó el comienzo de una nueva fase en la historia del anticlericalismo español. En los anteriores estallidos de violencia anticlerical se habían producido considerables daños materiales, pero, con excepción de los sucesos de 1834, habían sido raros los ataques a sacerdotes y religiosos.

Los líderes de la revolución de 1934 la justificaron diciendo que había que decapitar el golpe fascista. De hecho, en España en 1934 no había amenaza fascista importante. En realidad, la revolución galvanizó a los partidos de derecha y contribuyó al levantamiento militar de 1936. En definitiva, también facilitó que la Falange dominara la vida política durante el régimen de Franco. En este sentido hay un llamativo paralelismo entre la revolución de 1934 y el golpe militar de julio de 1936, cuyos autores justificaron para neutralizar la amenaza de una revolución comunista.

Los primeros pasos

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La visión del 2 de octubre dejó muy claro a Escrivá que Dios quería que el Opus Dei existiera. Pero, teóricamente al menos, esto no significaba que tuviera que fundar una nueva institución en la Iglesia. Cabía la posibilidad de que Dios le llamara a trabajar en algo que ya existía. Esta idea le gustaba. Desde los primeros barruntos de que Dios le pedía algo, afirmaba: “He sentido en mi alma, desde que me determiné a escuchar la voz de Dios —al barruntar el amor de Jesús—, un afán de ocultarme y desaparecer; un vivir aquel illum oportet crescere, me autem minui (Ioann III, 30); conviene que crezca la gloria del Señor, y que a mí no se me vea”[1]. En 1932 escribió a los miembros del Opus Dei: “Sabéis qué aversión he tenido siempre a ese empeño de algunos —cuando no está basado en razones muy sobrenaturales, que la Iglesia juzga— por hacer nuevas fundaciones. Me parecía —y me sigue pareciendo— que sobraban fundaciones y fundadores: veía el peligro de una especie de psicosis de fundación, que llevaba a crear cosas innecesarias por motivos que consideraba ridículos. Pensaba, quizá con falta de caridad, que en alguna ocasión el motivo era lo de menos: lo esencial era crear algo nuevo y llamarse fundador”[2].

Recordando su reticencia a fundar algo nuevo, muchos años después diría: “El Señor (…) viendo mi resistencia y aquel trabajo entusiasta y débil a la vez, me dio la aparente humildad de pensar que podría haber en el mundo cosas que no se diferenciaran de lo que Él me pedía. Era una cobardía poco razonable; era la cobardía de la comodidad, y la prueba de que a mí no me interesaba ser fundador de nada”[3]. “Me daba miedo la Cruz que el Señor ponía sobre mis hombros”[4].

La esperanza de que eso que Dios quería de él pudiera existir le llevó a buscar información sobre instituciones católicas en España y en otros países. Pero, cada vez que recibía información de aquel nuevo grupo por el que se interesaba, comprobaba que era muy diferente de lo que Dios le estaba pidiendo.

Ni el 2 de octubre de 1928 ni en los días y meses siguientes hizo Escrivá un llamamiento a posibles miembros, ni preparó estatutos, ni hizo una declaración a la prensa, o publicó un artículo para explicar los objetivos de la nueva entidad o su mensaje sobre la llamada universal a la santidad en el mundo. Ni siquiera reunió a su familia, amigos y conocidos para explicarles lo que iba a hacer. Al contrario, empezó a trabajar, silenciosa y tenazmente, para difundir su ideal a la gente con la que entraba en contacto. Su planteamiento era radicalmente práctico y pastoral, y cobró forma lo que llamaría “apostolado de amistad y confidencia”, basado en el trato personal y en la conversación. Empezó con la gente que ya conocía por sus clases en la Academia Cicuéndez, su labor en el Patronato de Enfermos, las confesiones y la dirección espiritual.

Pocas veces hablaba en términos abstractos sobre la situación histórica y cultural de la Iglesia o de una teoría del laicado. Exponía la palabra de Dios, como una fuerza vivificante capaz de transformar las vidas de sus oyentes sin apartarles de su trabajo, de sus amistades o de su situación social. Procuraba ayudar a cada uno a acercarse a Dios, a adquirir virtudes y vida interior de oración y sacrificio, y a sentir la responsabilidad de difundir el mensaje de Cristo entre sus amigos, colegas y familiares a través de la palabra y el ejemplo.

Escrivá no intentó provocar cambios radicales y repentinos en la gente a quien trataba, sino mejoras paulatinas. Este enfoque se refleja en su libro de 1939 “Camino”, que lleva a sus lectores por un plano inclinado hasta convertirse en almas contemplativas en medio del mundo. Comienza con una llamada a dar a la propia vida significado y dirección: “Que tu vida no sea una vida estéril. -Sé útil. -Deja poso”[5]. Habla de carácter, de autocontrol y de deseo de excelencia. Introduce gradualmente al lector en la oración, el espíritu de sacrifico, el amor de Dios, el compromiso apostólico, la filiación divina, la infancia espiritual y la perseverancia.

A medida que pasaban los meses, Escrivá fue reuniendo y formando a pequeños grupos en el espíritu del Opus Dei, aunque sin explicarles todavía qué era. Entre los estudiantes universitarios y jóvenes licenciados que trataba estaban algunos de sus alumnos de la Academia Cicuéndez; y José Romeo, hermano menor de uno de sus compañeros en la Facultad de derecho de Zaragoza. Otro grupo lo formaban sacerdotes. Un tercer grupo, obreros y empleados, a quienes Escrivá conoció a raíz de participar en una misión organizada para ellos por el Patronato de Enfermos el verano de 1930.

Escrivá dirigía espritualmente a muchas personas y empezó a buscar posibles miembros del Opus Dei entre ellas. Cuando juzgaba que alguien podía entender, Escrivá le explicaba el ideal de santidad y apostolado en medio del mundo a través del trabajo realizado conscientemente por amor a Dios. No hablaba de pertenecer al Opus Dei, sino más bien de hacer la obra de Dios. La razón de este modo de procecer era que hasta el verano de 1930 el Opus Dei ni siquiera tuvo nombre.

En 1967 Escrivá recordaba: “Comenzaba por no hablar de la Obra a los que venían junto a mí: les ponía a trabajar por Dios, y ya está. Es lo mismo que hizo el Señor con los Apóstoles: si abrís el Evangelio, veréis que al principio no les dijo lo que quería hacer. Los llamó, le siguieron, y mantenía con ellos conversaciones privadas; y otras, con pequeños o grandes grupos… Así me comporté yo con los primeros. Les decía: venid conmigo…”[6].

Al haber quemado Escrivá sus notas anteriores a marzo de 1930, es imposible dar un cuadro detallado de sus primeros pasos para desarrollar el Opus Dei. Está claro, sin embargo, que sufrió muchos desengaños. Bastantes estudiantes universitarios y jóvenes licenciados se entusiasmaban con los ideales que les proponía, pero poco después se cansaban y se alejaban, sin ni siquiera despedirse. Don Norberto Rodríguez, viejo sacerdote de mala salud, y don Lino Vea-Murguia, sacerdote de la edad de Escrivá que sería asesinado durante la Guerra Civil, respondieron afirmativamente cuando les propuso formar parte del Opus Dei, pero ninguno de ellos pareció entender bien de qué se trataba.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 317

[2] Ibid. p. 318

[3] Ibid. p. 318-319

[4] Ibid. p. 317

[5] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 1

[6] AGP, P06 VI p. 297

Un hombre de fe

fundador  Tagged , , , , , , No Comments »

Testimonio de Mons. Laureano Castán Lacoma, Obispo de Sigüenza (Guadalajara)
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Cuando se cumplen los cincuenta años de la fundación del Opus Dei querido evocar por escrito algunos de mis recuerdos sobre Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer.

Le conocí hacia 1926, cuando era un joven sacerdote recién ordenado, y yo cursaba los primeros años del seminario. Solía acu­dir con su familia, durante el verano –hasta l934, a Fonz, mi pueblo natal, en la provincia de Huesca, para realizar algunas cortas visitas a su tío don Teodoro Escrivá, beneficiado de la capellanía de la Casa Moner.

En varias ocasiones pude ayudarle a celebrar la Santa Misa en la capilla de los señores de Otal barón de Valdeolivos–, con quie­nes me unía una gran amistad. Desde entonces, guardo la viva impresión que me produjeron la piedad y el extraordinario fervor con los que celebraba el Santo Sacrificio. Ya entonces vivía lo que más tarde habría de enseñar: «La misa es acción divina, trinitaria, no humana. El sacerdote que celebra sirve al designio del Señor, prestando su cuerpo y su voz; pero no obra en nombre propio, sino in persona et in nomine Christi, en la persona de Cristo, y en el nom­bre de Cristo» (1).

En alguna de aquellas ocasiones, entre los años 1929 y 1932 dimos vanos paseos, a solas, conversando largamente. Recuerdo una de aquellas conversaciones en la que, con gran fuerza, me habló de lo improcedente que resultaba la injerencia de los gobiernos en los asuntos internos de la Iglesia. En otra, paseando por la era Ferragut, cerca de la casa de su tío don Teodoro, me habló de la fundación que el Señor le pedía llamándola la Obra de Dios. Aunque decía que estaba trabajando para realizarla, me hablaba de todo como si fuese una cosa ya hecha: tal era la claridad con la que ayudado por la gracia de Dios– la veía proyectada en el futuro. La llamaba Obra de Dios, porque decía que no era suya, afirmaba: yo no quería fundar nada. El tiempo ha demostrado de modo impalpable que Dios escogió, para fundar el Opus Dei, un instrumento bueno y fiel

Me pidió entonces que rezara por la Obra de Dios, y lo he seguido haciendo, a diario, con intensidad y fervor. Reflexionando ahora desde la perspectiva de mi larga vida dedicada al servicio de la Igle­sia Santa y tantos años pastor en mi diócesis, no encuentro más explicación a mi perseverancia en rezar a diario por el Opus Dei que la profunda impresión que me causó la fe con la que hablaba Monseñor Escrivá de Balaguer y la santidad que se traslucía de su persona.

Su fe en Dios patente y fuera de lo común: de ahí su convencimiento de que los hombres somos sólo instrumentos, libres y responsables, en las manos de nuestro Padre Dios. Por eso –me insis­tía– en el apostolado lo primero es la oración; después, el espíritu de mortificación y de penitencia; sólo en tercer lugar, muy en tercer lugar como más tarde escribiría en Camino la acción (2).

Recuerdo también de aquella primera conversación sobre el espíritu de la obra, cómo me hizo ver que no estaría circunscrita a España, ni a una clase social determinada. Dios la quena universal, católica: abierta a los hombres de todas las condiciones sociales, de todas las razas, de los cinco continentes.

LA HORA DE LA INCOMPRENSIÓN

El primer desarrollo del Opus Dei en España estuvo acompa­ñado de graves incomprensiones, de una campaña de falsedades y calumnias, que Monseñor Escrivá de Balaguer supo sufrir con un profundo sentido sobrenatural y grandeza de corazón, sin guar­dar rencor a nadie.

En una ocasión –siendo yo obispo auxiliar de Tarragona– me refirió don Leopoldo Eijo y Garay, entonces obispo-patriarca de Madrid–Alcalá, que unas personas católicas fueron a hablar con él para sugerirle que interviniera contra la Obra y su fundador, como algo herético. Monseñor Eijo y Garay, después de escucharles, les explicó que él había actuado directamente y con pleno conocimien­to de causa en su aprobación. «Esa criatura –les dijo refiriéndose al Opus Dei– ha nacido en estas manos». Con esta expresión quería hacerles entender que conocía bien lo que había aprobado, lo que había hecho a ciencia y a conciencia.

En aquellos años no se hablaba de la llamada universal a la san­tidad. Esto puede explicar –humanamente– el recelo que en algunos provocó la predicación del fundador del Opus Dei a la par que hace destacar la unión íntima con Dios y la fortaleza heroica con la que –siempre con una sonrisa en los labios– continuó su labor. Escrivá de Balaguer, verdadero pionero del Concilio Vaticano II, que años más tarde vendría a promulgar solemnemente el contenido de su predicación.

Nunca guardó la menor animosidad contra nadie: al contrario, su gran corazón se agrandaba ante esos ataques injustos. Cuando tuvo que defender la Obra como era su deber– lo hizo siempre sin acritud, evitando referirse por su nombre a los que le habían calumniado. Y cuando era atacado personalmente, nunca se defen­dió, imitando de forma admirable el ejemplo del Divino Maestro: Jesús autem tacebat, pero Jesús permanecía en silencio (3). Como norma de conducta, que mantuvo siempre, trató tan sólo –son pala­bras suyas– de ahogar el mal en abundancia de bien.

DESPRENDIMIENTO

Junto con un gran respeto por la autoridad legítima que le llevaba a apreciar como es debida las muestras de honor y de dis­tinción que la acompaña– en Monseñor Escrivá de Balaguer noté siempre una absoluta carencia de afán de cargos o distinciones honoríficas.

Esta actitud de desprendimiento fue constante, a lo largo de su vida; cuando, al paso de los años, recibió merecidas distinciones pontificias y condecoraciones civiles; cuando rehabilitó un viejo título de nobleza de nuestra tierra aragonesa –le correspondía hacerlo al ser el primogénito– por considerarlo como un deber de estricta justicia hacia su familia. Paradójicamente, esta decisión constituyó una muestra de la humildad de don Josemaría, a quien no se le ocultaba que con seguridad, podría dar lugar a interpre­taciones torcidas que –para los que le conocíamos bien– resultaban ridículas.

AMOR A LA IGLESIA Y AL PAPA

Mi última conversación con el fundador del Opus Dei tuvo lugar en Roma en enero de 1974, durante cerca de hora y media. Fue una charla muy afectuosa, extraordinariamente espiritual y, a la vez, enormemente optimista: se mostró firmemente confiado en la Pro­videncia, aunque la Iglesia estaba pasando momentos difíciles. Me insistió mucho en que rezara –convencido de la eficacia de la ora­ción– por la Iglesia y por el Papa.

Manifestándose con gran realismo en la apreciación de las difi­cultades por las que atravesaba –y atraviesa– la Iglesia, me llamó la atención verlo profundamente esperanzado y optimista; más que en motivos humanos, fundamentaba su esperanza en la Providencia de Dios sobre su Iglesia: «Tu optimismo será necesaria consecuen­cia de tu fe» (4).

Se quedó grabado su amor por el Romano Pontífice. Al comen­tar la noticia de la audiencia que acababa de concederle el Santo Padre Pablo VI, me dijo que había procurado hablarle de las mara­villas que Nuestro Señor llevaba a cabo en tantas labores apostólicas de todo el mundo. Me comentó que el Papa ya tenía bastantes preo­cupaciones, y que había querido darle sólo alegrías. Me confió que a diario ofrecía la Santa Misa por la Iglesia y por el Papa; sólo en tercer lugar la ofrecía por el Opus Dei. Salí de aquella conversación con Monseñor Escrivá de Balaguer contento y esperanzado: confortado por el gran sentido sobrenatural que pude apreciar en este gran amigo. Indudablemente, en armónico desarrollo con las demás virtudes, el amor a la Iglesia y al Papa que ya había notado en esa alma egregia en los años lejanos de nuestra juventud, se había hecho grande, más intenso, mas profundo. Sé que, con frecuencia, repetía a sus hijos lo que en esa ocasión me dijo a mí: que con alegría muy grande daría su vida, y mil vidas que tuviera, por el Romano Pon­tífice, sea quien sea; siempre–subrayaba– con la gracia de Dios, porque sin ella no podría hacer nada.

Si tuviera que realizar un resumen –muy limitado, como todos los resúmenes– sobre la persona del fundador del Opus Dei, diría que este extraordinario pionero de la espiritualidad laical, que tantos y tan altos servicios ha prestado a la Iglesia, se caracterizaba por una profunda vida interior, que le llevaba a conducir a Dios todas sus acciones y conversaciones, de manera que cuantos le tratábamos nos sentíamos arrastrados por ese amor de Dios que con­tagiaba; vida interior unida a una profunda alegría y sentido del humor, que llevaba a sentirse feliz a su lado. Y energía de carácter, que se compaginaba perfectamente con la exquisita delicadeza en el trato, con una gran serenidad y ponderación en sus acciones.

Artículo publicado en LA PROVINCIA

3. No hay dogmas en las cuestiones temporales

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Raffaello Cortesini, Director de la Cátedra de Cirugía Expe­rimental de la Universidad de Roma, condensó su recuerdo de Mons. Escrivá de Balaguer en Il Popolo en un titular significa­tivo: Un uomo che amava la libertó.

El Fundador del Opus Dei amó la libertad en la lucha interior. No entendía que nadie pudiera entregarse y servir a Dios a la fuerza. Estaba dispuesto a dar cien vidas que tuviera para defender la libertad de las conciencias. Respetó ‑comprendió, perdonó, quiso‑ a los que no le comprendían o le calumnia­ban… ¿Cómo no iba a defender también la libertad en los asuntos estrictamente humanos: el trabajo, la acción social, la educación, la política?

Hemos visto en un epígrafe anterior la inconsistencia de los chismes que se difundieron en los años cuarenta. Igualmente falsos fueron los que comenzaron en los años cincuenta, relativos a una supuesta posición política de la Asociación. En 1957 se dio a la prensa la primera nota oficial de la Secretaría del Opus Dei, precisando que nada tenía que ver la Obra con la libre actuación de sus socios en la vida pública. Aunque los hechos hablaban por sí solos, más de uno se negó a aceptar su evidencia. Quizá no pudieron, por el clericalismo equivocado con que se habían acostumbrado a juzgar de lo divino y lo humano. No les cabía en la cabeza que era perfectamente compatible vivir por entero cara a Dios y, al mismo tiempo, vivir por entero cara a los hombres, asumiendo las responsabilidades ciudadanas; que la vida sobre­natural era aguijón, acicate, para la solidaridad con los hombres, pero sin confesionarios: pues no suele haber soluciones cató­licas unívocas en los problemas humanos. Sólo que, como titulaba otro periodista italiano, Cesare Cavalleri, en Il Corriere della Sera (Milán), Il clericalismo é duro a moriré.

En los años cincuenta y sesenta, el ambiente era relativa­mente propicio para una adecuada distinción entre religión y política. El espíritu del Opus Dei ‑si es lícito hablar así‑ iba a favor de la corriente. Lo asombroso ‑quiero subrayarlo‑ fue la fidelidad del Fundador a ese espíritu en los años treinta y cuarenta, cuando hablar de libertad y de pluralismo entre los católicos ordinariamente resultaba contra corriente.

Evidentemente se dan en la vida de los pueblos circunstancias excepcionales en las que la Jerarquía católica puede ‑debe­ hablar en términos muy concretos, y entonces cada católico ha de secundar responsablemente la voz de sus obispos. Pero es un derecho ‑una obligación‑ que compete a la Jerarquía episcopal, y a nadie más.

Al comienzo de los años treinta hubo en España una fuerte presión para unir a los católicos en la vida publica, y poder defender los derechos de la Iglesia. Muchos llegaron a creer que seguir aquella línea era una auténtica obligación de conciencia, aunque el episcopado no se pronunció colectivamente (sólo lo haría ya iniciada la contienda civil).

En aquel contexto, la actitud del Fundador del Opus Dei eta defensa de la legítima libertad de los cristianos, acentuando el necesario y único denominador común, no resultaba eficaz a corto plazo. El planteamiento ‑según sintetiza ahora José Antonio Palacios sus vivencias de 1932‑ no era “nada atractivo, en principio, para gente como nosotros, de pocos años, que considerábamos la situación de España como un gran problema religioso, y con una amenaza de persecución religiosa creciente, pero que no veíamos otra solución que la política, y por ese estábamos metidos de lleno en un activismo orientado a la solu­ción violenta de todo”.

Pero don Josemaria no tenía prisa, ni tampoco miedo al futuro. Le eran bien ajenas las tácticas para conseguir fine humanos, por elevadas que fueran las intenciones. Prefería confiar en la divina eficacia del mensaje de Cristo, que incluye el amor a la libertad personal de los cristianos: ¿por qué imponer dogmas en cosas opinables? Defendía el riesgo de la libertad. También por esto, y no sólo por celo sacerdotal, acudió a la cárcel, para visitar a algunos jóvenes amigos suyos, detenidos tras el fracaso de la sublevación del 10 de agosto de 1932. Es el propio José Antonio Palacios quien evoca sus visitas a la Cárcel Modelo, que estaba al final de la calle Princesa, donde más tarde se levantó el edificio del actual Ministerio del Aire: “Jamás tuvo la menor vacilación para atender a la gente, por mucho riesgo que hubiese; hacía visitas a la cárcel con bastante frecuencia, aunque hacer visitas a los detenidos fuera significarse y más tratándose de un sacerdote”.

En estas visitas, charlaba sacerdotalmente con cada uno de sus amigos; a veces, lo hacía en grupo. Ante las rejas del locutorio de presos políticos ‑una galería muy larga‑ llevaba la conversación a temas espirituales: devoción a la Virgen, filiación divina, amor a la Iglesia y al Papa, frecuencia de sacramentos. Les animaba a aprovechar el tiempo en la cárcel, a dar un enfoque sobrenatural a su estudio y a su trabajo.

De aquellos doce meses que pasó en la cárcel, José Antonio Palacios narra una anécdota simpática y expresiva. Fueron detenidos los anarcosindicalistas que participaron en la rebelión de Casas Viejas, y los ingresaron también en la Cárcel Modelo de Madrid. Cuando hacía buen tiempo. los presos eran conducidos a los diversos patios de la prisión para hacer un poco de ejercicio. Algunos jugaban al fútbol. Palacios se llevó una gran sorpresa al advertir que los anarcosindicalistas bajaban al mismo patio al que solían llevarlos a ellos. Aprovechó una visita de don Jose­maría a la cárcel, para pedirle consejo sobre cómo convivir con aquellos hombres, tan opuestos a la religión. El Fundador del Opus Dei le hizo ver que tenían una ocasión espléndida de tratarlos con cariño, y de intentar hacerles ver sus errores en materia religiosa. Tened en cuenta ‑venía a decirles‑ que ellos, probablemente, no tuvieron padres cristianos como vosotros, ni vivieron en un ambiente como el vuestro. ¿Qué hubiera sido de vosotros y de mí en sus mismas circunstancias?

Don Josemaría les alentó a que mostraran su fe, conviviendo y jugando con ellos como si fueran sus mejores amigos, y les hizo ahondar en la doctrina de Cristo: tenían que querer a esos hombres como a ellos mismos. Luego les dio un consejo práctico: jugar mezclados unos con otros, formando en el mismo equipo con los anarcosindicalistas.

Decidieron seguir el consejo, y a los pocos días se unían a ellos para el primer partido de fútbol. José Antonio Palacios se acuerda aún ‑él jugaba de portero‑ de sus dos defensas anarcosindicalistas: “Jamás jugué al fútbol con más elegancia y menos violencia. ;Tradicionalistas y anarcosindicalistas! ;Vaya mezcla!”.

Aunque no sé si formaba parte de este grupo, el 10 de agosto fue detenido José Manuel Doménech de Ibarra, que testimonia la solicitud de don Josemaria por la vida interior, al margen de toda preocupación política. El 11 ó 12 de agosto, un oficial del cuerpo de prisiones le entregó un sobre a través del pequeño postigo que tenía la puerta de su celda. En el sobre venía un “Oficio parvo de Nuestra Señora”, con la siguiente dedicatoria: Beata Mater et intacta Virgo, gloriosa Regina Mundi, intercede pro hispanis ad Dominum.

A José M. Domenech, con todo afecto.

Madrid, agosto, 932.

Al Fundador del Opus Dei le habría costado numerosas gestiones hacerle llegar ese sobre, porque no era fácil conseguir entregar nada a los presos incomunicados, y menos que fuera un oficial de prisiones el que lo llevara. “Me causó profunda impre­sión ‑escribe José Manuel Doménech‑ el cariño del Padre y su preocupación por mi vida interior; él sabía que yo conocía w rezaba el Oficio parvo y quería que en aquellos momentos de zozobras e inquietud no abandonase mis prácticas de piedad. Naturalmente, quedé muy agradecido y recé con devoción esa, oraciones en aquellos días”. La anécdota es más expresiva aún si se tiene en cuenta que, entre las devociones que recomendaba el Fundador del Opus Dei, no se incluía el rezo del Oficio parto.

También fue detenido en agosto de 1932 Vicente Hernando Bocos. En aquel tiempo de dura lucha política, él era partidario ‑según reconoce‑ de usar la violencia. No se dejó convencer por don Josemaría, que le animaba a defender sus sentimientos con tenacidad y constancia, pero sin herir a nadie. Él prefería más el “estacazo y tentetieso”. Los consejos del Padre eran sacerdotales, no políticos: “Nunca don Josemaría ‑afirma expresamente Vicente Hernando‑ discriminó a nadie por motivo de sus opiniones políticas, sociales, etc., respetaba la libertad personal en todas las cuestiones”.

Estas anécdotas muestran que, para el Fundador del Opus Dei, el respeto a la libertad política no era indiferencia, despreocupación. Sentía en su carne los problemas ‑como cualquier ciudadano consciente‑, pero pensaba que no era misión suya resolverlos. En esto, como en todo, exponía clara­mente la enseñanza de la Iglesia y señalaba con precisión las doctrinas erróneas. Ayudaba así a las almas de los que se enfren­taban ‑acertando o no‑ con cuestiones ante todo civiles, y formaba bien sus conciencias para que santificasen el trabajo ‑cada uno el suyo‑, tratando de hacer más humana y más justa la sociedad.

Estas palabras, pronunciadas en 1967 en el campus de la Universidad de Navarra, acertaban a resumir con brevedad su predicación desde 1928:

Un hombre sabedor de que el mundo ‑y no sólo el templo­ es el lugar de su encuentro con Cristo, ama ese mundo, procura adquirir una buena preparación intelectual y profesional, va formando ‑con plena libertad‑ sus propios criterios sobre los problemas del medio en que se desenvuelve; y toma, en conse­cuencia, sus propias decisiones que, por ser decisiones de un cristiano, proceden además de una reflexión personal, que intenta humildemente captar la voluntad de Dios en esos detalles pequeños y grandes de la vida.

En 1934 tuvo don José Luis Múzquiz la primera noticia del Opus Dei, a través de u» conocido suyo de Madrid, llamado Laureano, que ayudaba a don Josemaría en el Asilo de Porta Coeli. Laureano le preparó una entrevista, que tuvo lugar en la residencia de Ferraz, 50, a finales de 1934 o en enero de 1935. Múzquiz fue con “cierta curiosidad por saber qué era aquella fundación de que me había hablado Laureano, y qué pensaría aquel sacerdote de la situación, partidos y prohombres políticos que más se movían entonces en España”. Porque ‑anota‑ en aquella época turbulenta antes de la guerra era normal que los sacerdotes opinaran de política. Ante su sorpresa, don Josemaría le habló, desde el primer momento, en un tono sobrenatural, sacerdotal, apostólico. No obstante, José Luis Múzquiz le pre­guntó su opinión sobre un líder político conocido, al que él tenía en aquel momento simpatía. El Fundador del Opus Dei le contestó inmediatamente que allí nunca le preguntarían de política; que iban por la residencia personas de todas las tenden­cias. Ayer ‑añadió a modo de ejemplo‑ estuvieron el presidente y el secretario de la asociación de estudiantes nacionalistas vascos. A continuación, como para reforzar más su criterio, agregó sonriente: En cambio te harán otras preguntas “moles­tas”: te preguntarán si haces oración, si aprovechas el tiempo, si tienes contentos a tus padres, si estudias, pues para un estudian­te estudiar es obligación grave.

En todo es semejante el recuerdo que conserva don Ricardo Fernández Vallespín de su primera entrevista personal con don Josemaría, el 29 de mayo de 1933: “Me habló de las cosas del alma. no de los problemas políticos; me aconsejó, me animó a ser mejor”. Algún tiempo después, Fernández Vallespín pidió la admisión en la Obra: “Nos metía, con infinita paciencia, en los caminos de la vida espiritual, nunca nos hablaba de política, nos decía que teníamos que ser santos en medio del mundo (…)”.

La vida pública española se iba complicando por momentos. Como ha dicho un conocido historiador, durante la II República se socializó la política por vez primera en la historia de España. En todo el país se hablaba y se hacía política, casi más que cualquier otra cosa. Pero don Josemaría, a contracorriente, siguió fiel a su vocación sacerdotal: sólo hablaba de Dios. Esta actitud debía contrastar tanto, que se convertía en dato diferen­cial. Hasta el punto de que el Fundador del Opus Dei podía ser distinguido como un sacerdote que no era “trabucaire” (que no se mezclaba en política). Como vimos, así fue presentado al doctor Canales Maeso en el Hospital de la Princesa, a comienzos de 1933.

En junio de 1975, en el diario Las Provincias (Valencia) relató Aurelio Mota que, a mediados del curso lectivo 1935‑36 unos universitarios tomando los valencianos, preocupados por el giro que iban acontecimientos en España, decidieron viajar a Madrid para consultar con don Josemaría. Querían aconsejarse con él, dado su profundo conocimiento del ambiente estudiantil y la prudencia y discreción que le caracterizaban.

Aunque los problemas que le plantearon eran una mezcla de carácter político y religioso, supo ‑resalta Aurelio Mota­ “deslindar campos y aclarar que su misión era puramente

espiritual, y que como sacerdote, no entraba ni salía en asuntos políticos”. Desde luego, no dejó de señalar los puntos contrarios a la doctrina de la Iglesia que defendían algunos grupos, pero eso era justamente hablar de religión, no de política. Les repitió que “a él le interesaban las almas, y que para las otras instancias ya estaban los laicos”.

Aun a riesgo de ser reiterativo, vale la pena insistir: esta acti­tud no era indiferencia, sino deseo profundamente sentido de evitar a toda costa el clericalismo malo. Por esta razón, el Fundador del Opus Dei se limitaba a formar la conciencia de los cristianos, de modo que ahondasen en sus propias responsabilidades ‑ante Dios, ante los hombres‑ y actuasen en consecuen­cia, no como longa manus de la Jerarquía eclesiástica o de algún sacerdote.

Todo esto quedaría muy claro ‑una vez más‑ al responder a las preguntas que, tanto tiempo después, harían a Mons. Escrivá de Balaguer en Buenos Aires:

‑Qué puedo hacer para darles a entender a nuestros amigos que lo más importante es tratara Dios, conocer a Dios, y que no se preocupen tanto por otras cosas…, por política …?

‑Bueno; es que no les puedes decir que no se preocupen de política. Porque justamente, por amor de Dios, algunas personas se ocupan de política: ;yo no! Yo no trato de ese tema, pero comprendo que haya ahí gente llena de rectitud: unos van por la derecha, otros por la izquierda, otros por allá, y ninguno des­acierta, todos tienen buena voluntad. Yo no les indicaré que dejen la política. Eso sí: les puedo y les debo aconsejar que no actúen con ataques personales; que defiendan su programa, sin ofender a nadie en la persona: ni de las figuras actuales, ni de las inmediatamente pasadas; si no, en un país nunca habrá nadie decente que quiera sacrificarse por llevar la nación adelante; porque piensan: después, si esto se hunde, a mí me maltratan, y, conmigo, a mis hijos, a mi familia, a todos; y comienza una persecución detrás de otra. Es de locos.

De modo que sí: que los buenos se preocupen de política, si les da la gana. Ya sé que no voy por tu lado, porque tú has citado eso como ejemplo: pero me has proporcionado la ocasión de recordar que no haya odios. Nos hemos de ocupar de las cosas de la tierra. Tú y yo hemos de tocar todo lo que no sea intrínseca­mente malo, pero con todo lo que es bueno o indiferente, sin inconveniente alguno, hay que hacer lo del Rey Midas: conver­tirlo en oro. ¿Está claro?

Aquel mismo día, otra persona, que trabajaba en un canal de televisión, quiso disipar sus dudas sobre cómo utilizar con sentido apostólico los medios de difusión masiva.

‑Hijo mío, muchos de vosotros sois especialistas en eso. De modo que no me preguntes cosas profesionales. Sabéis mucho más que yo. Yo os puedo hablar de vuestro celo apostólico, de vuestro empeño en llevar a otras almas el Amor que tenéis a Cristo. Pero sobre el modo específico…, si vosotros sois maestros, por qué me voy a meter yo? No me gusta. Los curas no debemos hablar de cosas profesionales, de las que probablemente no entendemos nada, y, en todo caso, no estamos para eso.

Yo te puedo aconsejar que tengas más preocupación, más hambre de almas; y te insistiré para que alargues la oración, para que hagas muchos actos de Amor, de desagravio; para que profe­sionalmente seas muy bueno. ¿Pero de tu trabajo?: eso es cosa tuya. ¿Qué dirías si me pusiera ahora, aquí, a tratar de socio­logía o de política…? Me tendrías que mirar con pena. Pensarías: el Padre se ha vuelto loco, no nos habla de Dios.

Don Álvaro del Portillo se le acercó ‑eran casi las doce‑, y antes de rezar el Ángelus, Mons. Escrivá de Balaguer añadió:

‑Me pide don Álvaro que repita que eso es lo único que 3 0 puedo deciros, porque vosotros ‑cada uno‑ formaréis libre­mente vuestro pensamiento en las cosas temporales, que no tiene por qué ser igual al de los otros. Muchos pareceres diversos pueden ser soluciones buenas, y nobles, y sacrificadas, y merecen respeto todas. No hay dogmas en la vida terrena: sólo en la religión.

Ése fue el criterio claro, inequívoco, que proclamó siempre con independencia de los acontecimientos que le tocó vivir a h: largo de los años: enseñó al final de sus días, lo mismo que e‑r¡ 1930 ó en 1940.

Como es sabido, en la España de 1939 se consolidó un cambio de clima de la autoridad civil hacia la Iglesia católica, que se reflejó en numerosos discursos y manifestaciones públicas. Pero

el Fundador del Opus Dei, que estuvo serenamente en su sitie años atrás, cuando corrían otros aires, permaneció también ahora en su sitio.

A uno de los asistentes a la meditación que dirigió en la residencia de la calle de Jenner el último domingo de octubre de 1939, Fiesta de Cristo Rey, se le grabó su modo sacerdotal de referirse a los afanes nobles, patrióticos, de la gente, para llevarles enseguida a la consideración de que hay un Reino mucho más grande: el Reino de Jesucristo, que no tiene fin… Se metía muy dentro la pregunta, dirigida a cada uno de los presentes: Para que Cristo reine en el mundo, primero ha de reinar en tu corazón: ¿reina de verdad? ¿Es tu corazón para Jesucristo?

Pero no era sólo la predicación. Todo en aquella residencia de estudiantes rebosaba libertad. Vicente Mortes llegó a Madrid, en los primeros días de septiembre de 1940, para buscar alojamien­to, pues iba a empezar la carrera de ingeniero de Caminos. En Valencia, don Eladio España, Rector del Colegio del Corpus Christi, que llevaba la dirección espiritual de mucha gente joven, le había hablado de la Residencia de Jenner. Allí se dirigió Vicente Mortes con su padre. Saludaron al sacerdote de aspecto fuerte y cordial que les recibió, se sentaron y tomó la palabra el padre de Vicente: era hijo único; por primera vez se separaba de sus padres; había sido un buen alumno en los Escolapios de Valencia; tenía miedo de que se “perdiera” en la gran ciudad; quería, por tanto, dejarle en un sitio donde no corriera peligro, donde se controlaran sus salidas y entradas, donde estuviera vigilado, en una palabra…

Don Josemaría le interrumpió, y le explicó que en la Resi­dencia no se vigilaba a nadie; se procuraba ayudar a todos para que fueran buenos cristianos y buenos ciudadanos, hombres libres que supieran formarse un criterio y cargar con la respon­sabilidad de sus propias acciones…

El padre de Vicente quedó al principio desolado. Siguieron charlando, y fue comprendiendo que aquel sacerdote tenía razón, que la vigilancia no servía para personal de la responsabilidad.

No obstante, el límpido mensaje del Fundador del Opus Dei no era entendido a veces, en un primer momento, por personas, incluso buenísimas, que no calibraban su novedad, su originali­dad, y trataban de encerrarla en esquemas viejos. Este fue el caso, por ejemplo, de don Manuel García Morente. Víctor García Hoz había ido a ver a don Josemaría a Diego de León, y le dijeron que debía esperar un poco, porque tenía otra visita. Era don Manuel García Morente, catedrático de Filosofía de la Universidad de Madrid, que había vivido apartado de la religión, pero se convirtió y llegó a ser sacerdote. Don Manuel García Morente quería enterarse de lo que era el Opus Dei y estuvo conversando con su Fundador. Como resumen de la idea que se

nada si no se tenía sentido había hecho, Morente le vino a decir: “Entonces el Opus Dei es como la Institución Libre de Enseñanza, pero con sentido católico”. Don Josemaria, al recibir a Víctor García Hoz, le comentó incidentalmente, con cierta pena, que a una persona tan buena y tan inteligente como don Manuel todo lo que se le ocurría acerca de la Obra era reducirla a una Institución pedagógico‑política…

García Morente llegó a entender, y a querer bien a la Obra, después de sucesivas conversaciones. En cambio, personas no tan buenas, ni tan inteligentes, y que quizá no se molestaron en hablar con nadie del Opus Dei, repetirían andando los años que la Obra era una especie de anti‑Institución Libre de Enseñanza. No se daban cuenta de que ese enfoque resultaba radicalmente opuesto al espíritu positivo del Opus Dei: la Obra no era anti‑nada, ni anti‑nadie. Además, omitían un dato fundamental: el delicado y eficaz respeto del Fundador a la libertad de actuación de los socios en las cuestiones políticas, sociales o culturales.

Ninguna persona sensible a los problemas universitarios desconoció la pujanza adquirida por la Institución en los años veinte y treinta. El Fundador del Opus Dei, que trataba con muchos estudiantes por aquellos años, conocía la realidad y habló del tema alguna vez hacia 1932 ó 1933, según aprecia el doctor Jiménez Vargas, para dar idea de los graves problemas que aquejaban a la Universidad española, pero dejando siempre muy claro que resolver esos problemas era responsabilidad de las personas que, con libertad, trabajasen en la enseñanza univer­sitaria. Quedaba tan diáfano su planteamiento, que “ninguna persona de buena fe que le hubiese oído algo de esto podría nunca haber pensado que la Obra había surgido contra la Institución Libre de Enseñanza”.

En muchos terrenos, en los años treinta y cuarenta, cuando los socios de la Obra eran jóvenes, el delicado respeto del Fundador del Opus Dei a su libertad profesional tenía por fuerza que resultar heroico, pues con frecuencia surgían temas en que su información era grande; por ejemplo, en cuestiones univer­sitarias, jurídicas, artísticas o históricas. Sin embargo, prefirió siempre el riesgo de la libertad.

Este espíritu alcanzaba, incluso, el modo de dirigir las obras apostólicas promovidas por el Opus Dei. Estas labores ‑como es sabido‑ responden a una finalidad sobrenatural. Pero se proyectan y gobiernan con mentalidad laical, es decir, por personas para quienes esta tarea es su propio trabajo profesional. Por eso no son confesionales, ni están cortadas por un mismo patrón: dependen de las necesidades sociales de una región, de las circunstancias propias de un territorio, o de las posibilidades que ofrezca en cada caso la correspondiente legislación civil.

De palabra y por escrito el Fundador del Opus Dei dio muchos criterios para estos apostolados. Se referían a sus líneas de fuerza ‑ideas centrales de carácter apostólico‑, y a aspectos de organización o de oportunidad práctica, pues sentía el afán de transmitir toda su experiencia, hasta en los menores detalles,

para que la utilizaran con responsabilidad personal. Los grandes criterios de dirección del Opus Dei ‑descentralización, colegia­lidad, autonomía‑ hicieron que las decisiones se tomaran, caso por caso, lo más cerca posible de cada problema. Así nacieron esas obras apostólicas en el mundo, fruto de un mismo afán cristiano, pero realizadas en formas diversísimas y por personas muy distintas.

En los inicios de la labor del Opus Dei en los Estados Unidos, poco después de 1950, se puso en marcha un proyecto en la ciudad de Boston, para impulsar el trabajo apostólico en los medios universitarios de aquella ciudad, tan importante en los Estados Unidos (son famosos el M.I.T. y la Universidad de Harvard). La iniciativa suscitó el interés de muchas personas que no eran del Opus Dei, pero que estaban dispuestas a colaborar. Se organizó un Patronato, un comité que organizase esas ayudas y promoviera otras. De él formaron parte personas de las tendencias políticas más diferentes, como Volpe, republicano, gobernador del Estado de Massachusetts; Fitzgerald, uno de los líderes del partido demócrata en Boston; o Richardson, republi­cano, vicegobernador del Estado, no católico.

Idéntica comprensión del verdadero alcance del Opus Dei se dio en Londres, cuando la residencia Netherhall House se disponía a duplicar sus instalaciones, para extender más aún su labor con estudiantes del Tercer Mundo. El Patronato formado para allegar fondos estaba presidido por un no católico, Bernard Audley, e incluía a gentes de varias tendencias, algunas encontradas. Un día, varios miembros del Patronato se reunieron en una de las salas privadas del Parlamento en Westminster. En pleno estudio sobre los modos de ayudar a Netherhall House, sonaron los timbres que llamaban a una votación de trámite. Entre los reunidos había cuatro diputados, dos laboristas y dos conservadores, que formaban parte del Patronato de Netherhall. Uno hizo ademán de levantarse, pero otro sugirió: “Sigamos con Netherhall House, pues estamos dos a dos, y nuestra ausencia no variará el resultado de la votación”. Y siguieron con la Resi­dencia.

Con mayor motivo, el Fundador del Opus Dei respetaba y alentaba la libertad cuando se trataba de iniciativas apostólicas personales de socios de la Obra. Joaquín Herreros Robles, presidente del comité de las Escuelas Familiares Agrarias en España, charlaba con Mons. Escrivá de Balaguer una mañana de

noviembre de 1972 en Pozoalbero (Jerez), y en un momento dado de la conversación, le comentó, más o menos: ‑Hijo mío, haréis con vuestro trabajo personal, y con vuestra personal responsabi­lidad, una profunda labor de formación cristiana en el campo, que será a la vez una importante labor de carácter profesional, y social, y también político. ;Pero nunca de partido único!

Joaquín Herreros quiso explicarles que las E. F. A. no tendrían el menor asomo de afinidad o de adhesión a partidos políticos: eran otra cosa. Pero antes de empezar a hablar, el Fundador del Opus Dei, con resolución, le dijo:

‑No, hijo mío, si piensas de distinta manera, no me lo digas.

Joaquín Herreros se quedó tranquilo y conforme: “Adiviné que el Padre comprendía de sobra todo lo que yo hubiera querido decir, y que si no me dejó hacerlo fue, tan sólo, para mostrarme cómo respetaba mi libertad”.

El Fundador del Opus Dei vivió el amor a la libertad hasta extremos heroicos. Cuando era fácil y cuando era difícil. Especialmente arduo debió resultar ‑apenas queda aquí esbo­zado‑ en la época turbulenta que precedió a la guerra de España, y en los primeros años de la postguerra. En ambos períodos se difundió por muchos países un ambiente que vinculaba determinadas posiciones políticas a un mensaje religioso. Quien no compartía ciertas soluciones quedaba en la desaira­da actitud de parecer que no amaba el Evangelio, que no era fiel hijo de la Iglesia (esta tendencia ha rebrotado con fuerza ‑planteada a veces en términos ásperos, broncos‑ en la década de los setenta, y ha originado de nuevo incomprensiones hacia el espíritu del Opus Dei: algunos no acaban de entender que la defensa de la libertad no es ni indiferencia ante los problemas humanos, ni desunión entre los católicos, sino fidelidad al mismo tiempo a la autonomía del orden temporal y al mensaje de Cristo).

La afirmación del pluralismo entre los católicos fue en los primeros años del Opus Dei novedad ininteligible para muchos, porque habían sido formados en una línea justamente contraria. Luego el Concilio Vaticano II se pronunciaría inequívocamente sobre la doctrina tradicional de la Iglesia, que parecía olvidada ‑”a nadie le es lícito reclamar para sí en exclusiva a favor de su opinión la autoridad de la Iglesia”, ‘puede leerse en la Const. Gaudium et Spes‑, pero aún hoy lo que es ya patrimonio doctrinal común no acaba de impregnar del todo las conductas prácticas.

Era comprensible la sorpresa de Mons. Escrivá de Balaguer, su indignación, cuando alguien de la Curia Vaticana le felicitó en 1957 por el nombramiento de un socio del Opus Dei, Alberto Ullastres, como ministro del Gobierno español: Qué me importa a mí que sea ministro o barrendero? Lo que me importa es que se santifique con su trabajo.

En 1964, le preguntaron en el teatro Gayarre de Pamplona:

‑¿Qué posición tienen los socios del Opus Dei en la vida pública de los pueblos?

Mons. Escrivá de Balaguer explicó una vez más la libertad que se vive en la Obra, siempre dentro de la doctrina católica.

Pero inició su respuesta con un rápido y rotundo la que les dé la gana. En el abarrotado teatro resonó una ovación cerrada.

1. Días de guerra en España

fundador  Tagged , , , , , , , No Comments »

Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Frente de Madrid, junio de 1938. Desde un observatorio militar en Carabanchel Alto, con el anteojo de antenas de una batería, el Fundador del Opus Dei contempla destruida la casa de la calle Ferraz, 16, cuya puesta en marcha le costó tanto esfuerzo y tantas dificultades.

Significaba volver a empezar de la nada, pues la guerra había destrozado el trabajo material de varios años. Y una vez más, se aferra a la esperanza. En Vitoria ‑hacia 1938‑, Monseñor Beitia fue testigo presencial de la “alegría” del Fundador del Opus Dei, ante la ruina de su esfuerzo: Si es para su gloria, el Señor lo volverá a construir.

Fueron aquellos, de modo muy especial, tiempos de es­peranza.

Desde el triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, se agravó la ya confusa situación de la vida pública española, y se recrudeció la persecución religiosa. Volvieron a producirse, en muchos puntos de España, quemas y saqueas de iglesias. Concentraciones de masas, atentados y represalias, falta de seguridad pública, propiciaban un ambiente que presagiaba la futura guerra civil.

Don Josemaría veía la gravedad del momento. Eran continuos sus actos de desagravio ante las manifestaciones contra la religión. Pero no perdía la serenidad ni se dejaba llevar por los pesimismos alarmistas. Consiguió que el ambiente enrarecido del país apenas perturbase el trabajo apostólico, la labor en la Residencia de Ferraz, la regularidad de las diversas actividades de formación espiritual.

El Fundador del Opus Dei se sabía hijo de Dios, hijo de Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, como la invocó a lo largo de los años. Éste era, como acabamos de ver, el fundamento de toda su vida:

Tenía una imagen de la Virgen, que me robaron los comunistas durante la guerra de España, y que llamaba la Vir­gen de los besos. No salía o entraba nunca, en la primera Re­sidencia que tuvimos, sin ir a la habitación del Director, don­de estaba aquella imagen, para besarla. Pienso que no lo hice nunca maquinalmente: era un beso humano, de un hijo que tenía miedo… Pero he dicho tantas veces que no tengo miedo a nadie ni a nada, que no vamos a decir miedo. Era un beso de hijo que tenía preocupación por su excesiva juventud, y que iba a buscar en Nuestra Señora toda la ternura de su cariño. Toda la fortaleza que necesitaba iba a buscarla en Dios a través de la Virgen.

Antiguos residentes de Ferraz, 50, no han olvidado su fortaleza contagiosa, que les inmunizaba contra el ambiente derrotista y les hacía seguir adelante en las labores apostólicas como si nada fuera a ocurrir.

El Fundador del Opus Dei vivió aquellos momentos con gran intensidad. No dejaba de presentar a todos los socios de la Obra la obligación que les incumbía de estar bien informados, bien metidos en la realidad ‑como correspondía a su deber de ciudadanos normales‑,evitando cuidadosamente que el ambien­te de serenidad pudiera ser malentendido y llevase a cualquier tipo de “aislamiento” o “evasión”. Aprovechó también aquella situación para formar bien a los que le rodeaban: les enseñó a confiar, por encima de todo, en la voluntad de Dios; les hizo ver que, por graves que fueran los asuntos, no podían dejarse llevar por un activismo desenfrenado que les hiciera olvidar la primacía de los medios sobrenaturales, de la vida de oración; les alertó contra los riesgos de la soberbia, del amor propio, en la actuación política; y, como sin darle importancia, les concretó modos prácticos de vivir la prudencia.

En los primeros meses de 1936, en medio de la creciente efervescencia social y política, seguía empeñado en encontrar una casa más grande, pues la residencia de Ferraz, 50, era ya insuficiente para el volumen de la labor, y en buscar a la vez los medios económicos necesarios. Trabajaba en presente, y pensaba en alguna casa grande unifamiliar: precisamente por la situación política, casas de este tipo se ponían a la venta, a bajo precio, por la casi nula demanda que había. Con la colaboración de los chicos que vivían o iban por la Residencia, se buscó por todo Madrid, aunque prefería el barrio de Argüelles, probablemente por su proximidad al caserón de San Bernardo, y a los nuevos edificios universitarios más allá de la Moncloa.

A1 fin se encontró una casa en la misma calle de Ferraz, en el número 16. Era propiedad del Conde del Real, que por entonces vivía en Francia. En seguida se llegó a un acuerdo con el administrador, y todo quedó listo para tomar posesión del inmueble el primero de julio de aquel 1936.

A la vez, pensaba en la nueva residencia de estudiantes de Valencia. Francisco Botella, natural de Alcoy, iría al terminar el año académico, con el encargo de buscar una casa que pudiera servir el curso siguiente. En cuanto viese algo adecuado, debía avisar a Madrid, para que Ricardo Fernández Vallespín fuese a Valencia, con el fin de firmar el contrato si la elección era acertada. El plan era que Fernández Vallespín fuese el director de ese centro, ayudado por el propio Francisco Botella, que continuaría allí la Licenciatura en Ciencias Exactas. Por su parte, Isidoro Zorzano se haría cargo en Madrid de la dirección de DYA ‑éste seguía siendo el nombre de la residencia y academia de Ferraz‑, después de pedir la excedencia en su puesto de Ingeniero Jefe de los talleres de los Ferrocarriles andaluces en Málaga. Efectivamente, también a finales de junio o principios de julio, Isidoro Zorzano viajó a Madrid, para quedarse definitivamente en la capital de España.

La situación política estaba al rojo vivo. Muchas familias precipitaban las vacaciones, pues el golpe de Estado se veía ya como inevitable por ambas partes. Abundaban los rumores, que corrían como la pólvora. El ambiente era muy tenso.

El 13 de julio ‑fecha crítica‑ fue asesinado Calvo Sotelo, jefe de la oposición conservadora de la Cámara legislativa. La inquietud se generalizó. Se vivía con la sensación de que “era cuestión de horas”. Pero el Fundador del Opus Dei continuaba impertérrito, poniendo en práctica los planes de expansión de la Obra, como si no ocurriera nada. “Para las gentes era una locura”, afirma el entonces director de Ferraz.

Vivía con esperanza, el hoy y ahora. Aceleró el traslado a Ferraz, 16, entre otras razones, para dejar de pagar cuanto antes el alquiler de Ferraz, 50. Se llevaron todos los muebles. La casa necesitaba un mínimo de obras de reparación y acondicio­namiento. Como no había dinero, trabajaron todos como podían. adecentando poco a poco la futura Residencia.

Este nuevo Centro estaba situado enfrente del Cuartel de la Montaña, punto neurálgico de la sublevación en Madrid. Desde sus balcones, durante el domingo 19 de julio, pudieron ver cómo los sublevados se iban concentrando en el Cuartel. Por la tarde, a primera hora, las calles de acceso estaban cortadas por guardias y milicianos, que pedían la documentación a todos los que pasaban. Sobre las ocho de la noche, salieron de la Residencia los estudiantes que vivían con sus padres. Don Josemaría les encareció, paternalmente, que le llamaran por teléfono para saber que habían conseguido llegar y estaban bien. Durante la noche comenzó el ataque. Las balas se incrustaban en las paredes y en los techos de la Residencia. Por la mañana, en el momento en que los milicianos, ebrios de victoria, entraban ya en el Cuartel de la Montaña, don Josemaría abandonó Ferraz con los pocos que habían pasado allí la noche. Le hicieron vestir un mono de los que utilizaban aquellos días para los arreglos de la casa. Aunque le iba mal de medidas, no había otra ropa de seglar. Cruzando entre las masas enfervorizadas, que iban a celebrar el triunfo, consiguieron llegar a la casa de su madre, en la calle del Doctor Cárceles (hoy, Rey Francisco).

El Cuartel de la Montaña había caído. La situación se hizo confusa, y en Madrid empezó a dominar el terror. Se sabía que habían fusilado a mucha gente, pues el 21 de julio los cadáveres llenaban el depósito judicial y los iban amontonando a la entrada. Estaba claro que todas las precauciones serían pocas.

Don Josemaría tuvo que quedarse en casa de su madre, sin poder salir, por ser conocida de todos, en la zona, su condición sacerdotal. Como para cualquier otro sacerdote de Madrid, en aquel momento, la única alternativa era esconderse, o exponerse a ser asesinado por cualquier patrulla callejera, aunque también escondido corría el riesgo de los frecuentes registros.

La guerra civil llegaba justamente cuando ya disponía de una base de personas bien formadas con las que emprender una expansión inmediata: ampliar la residencia de Madrid, poner en marcha la de Valencia, comenzar en Francia. Todo se venía abajo. Además, el Fundador sufría ‑como Padre‑ en aquellos momentos, pues, al estar interrumpidas las comunicaciones, no tenía la menor noticia de muchos de los socios del Opus Dei, ausentes de Madrid. Y, por si fuera poco, no podía celebrar la Santa Misa, ni hacer oración junto al Sagrario.

Empezó una larga pesadilla, de escondite en escondite, erizada de dificultades y peligros. Don Josemaría no pensaba en sí mismo, sino en las almas, en la Iglesia y en la Obra, en cada uno de sus socios, en su madre y sus hermanos. Se palpaba a su lado una fe inconmovible en el carácter sobrenatural de la Obra, una fortaleza esperanzada para enfrentarse con cualquier tipo de problemas. Sus continuas reacciones sobrenaturales ‑la re­petición incesante de una breve jaculatoria, fiat!, de abandono en manos de Dios‑ quedaron grabadas en quienes le rodearon aquellos meses. Se convencieron pronto de que, cualquiera que fuese el curso de los acontecimientos, todo sería para bien, omnia in bonum!

Un punto de Camino reflejará, en buena medida, estas disposiciones interiores de don Josemaría, aunque no tengo certeza de que lo escribiera en aquellos primeros días de la guerra civil:

¡La guerra! ‑La guerra tiene una finalidad sobrenatural ‑me dices‑ desconocida para el mundo: la guerra ha sido para nosotros…

‑La guerra es el obstáculo máximo del camino fácil. ‑Pero tendremos, al final, que amarla, como el religioso debe amar sus disciplinas (Camino, 311).

Su optimismo acusaba siempre una nota de grave objetividad. Cuando muchos pensaban que la guerra duraría poco o que su fin era inminente, hacia ver a los que le acompañaban que aquello no estaba claro, que debían prever una espera mucho más larga de la que se figuraban. Con el tiempo, algunos verían en este tipo de afirmaciones, que no se correspondían con los datos comunes a todos, una cierta inspiración que escapa a lo natural. Y comenta Juan Jiménez Vargas: “Sin poner en duda los aciertos que tantas veces a lo largo de su vida indicaban una auténtica inspiración divina, en este caso concreto, como en otras ocasiones ‑por ejemplo, cuando pasamos el Pirineo‑, me parece que lo que hay que destacar en el fondo de todo esto es auténtica virtud personal. Era una prudencia ante los aconteci­mientos que, en medio de sus preocupaciones abrumadoras, le hacía estar más en la realidad que nadie, y con más objetividad a la hora de actuar”.

Todos tenían la convicción de que al Fundador no le pasaría nada, puesto que tenía que hacer el Opus Dei. Sin embargo, no dejaron de poner ningún medio necesario para su seguridad personal.

Estuvo en casa de su madre hasta que alguien comunicó la sospecha de que en aquella casa había personas escondidas en varios pisos. Se marchó y efectivamente poco después hubo registros. Sucedió esto en torno al 9 de agosto de 1936.

Fueron días y meses de tremenda confusión. Abundaron los desmanes y los abusos. Se cometieron muchos crímenes, y entre las víctimas hubo un alto porcentaje de sacerdotes y religiosos. En su detenida y documentada Historia de la persecución religiosa en España, Antonio Montero, hoy obispo auxiliar de Sevilla, aporta las siguientes y escalofriantes cifras: a lo largo de toda la guerra murieron 4.184 sacerdotes seculares (el 13 por 100), 2.365 religiosos (el 23 por 100), y 283 religiosas.

Se explica que, cuando en los primeros momentos a algunas personas les llegó la falsa noticia del fallecimiento del Fundador del Opus Dei, la aceptasen. Más aún, si ‑como sucedió en algún caso‑ la información venía con toda clase de detalles.

Estuvo en casa de un amigo, en la calle de Sagasta, 29, hasta finales de agosto. Septiembre lo pasó en un piso de la calle de Serrano, que era de unos argentinos amigos de don Álvaro del Portillo. El 1 de octubre tuvo que abandonar ese refugio, y pasó luego varios días durmiendo donde y como podía. Poco después, consiguió escondite haciéndose pasar por enfermo men­tal, en un sanatorio psiquiátrico de la Ciudad Lineal ‑en Arturo Soria, 492‑, que dirigía el doctor Suils, conocido de don Josemaría de los tiempos de Logroño. Su estancia en el manico­mio ‑controlado oficialmente por la UGT‑ fue especialmente dura, también porque se agravó el reumatismo que padecía: llegó a pasar cerca de dos semanas sin poder moverse. La inmovilidad de las articulaciones fue tan importante que hasta le tenían que dar de comer.

Por aquella época se había estabilizado el frente de Madrid, y todo daba a entender que la guerra se prolongaría..Se imponía buscar un refugio más normal, y con más garantías. Después de diversas gestiones con embajadas, surgió la posibilidad de entrar en la legación de Honduras (en sentido estricto, era únicamen­te la casa del cónsul, pero tenía reconocimiento y protección oficial). Allí llegó en marzo de 1937.

Había sufrido tanto ‑también de hambre‑ que estaba increíblemente delgado, irreconocible. Durante su estancia en esta legación de Honduras, entre marzo y agosto de aquel año, fue a verlo un día su madre. Lo esperaba en el vestíbulo, junto a la puerta del piso. Cuando salió, vestido de paisano, demacrado y pálido, doña Dolores no pudo reconocerlo hasta que oyó su voz: ‑¡Qué alegría verte, mamá!

Aquí el panorama de don Josemaría cambió: por fin, pudo celebrar la Santa Misa y, además, lo acompañaban varios socios de la Obra. Meses después, comenzó a hacer salidas a la calle, mediante un documento del cónsul de Honduras que lo acredi­taba como empleado de la legación. Luego, el primer día de septiembre, se fue a vivir a un ático de la calle Ayala, n.° 73, y siguió desplegando una intensa actividad apostólica por Madrid: charlaba con gente, celebraba Misa, llevaba la comunión, daba meditaciones.

En estas circunstancias lo conoció, por ejemplo, Tomás Alvira, como relataba en un artículo publicado en septiembre de 1975: “Recuerdo con todo detalle la primera vez que hablé con Monseñor Escrivá de Balaguer: fue en Madrid, al atardecer. un día de julio del año 1937″. Le impresionó “la recia personalidad de aquel sacerdote joven; la visión sobrenatural que encerraba todo cuanto decía; su optimismo y alegría, no fáciles de tener en aquellos momentos tan graves, y que sólo eran comprensibles al verlos nacer de una fe profunda”.

A Tomás Alvira le sorprendió mucho la invitación que un día recibió para hacer ejercicios espirituales con otras pocas personas más. La sorpresa estaba justificada, porque entonces en Madrid los sacerdotes eran perseguidos, y no había ninguna iglesia abierta. Por eso, aquellos ejercicios, que duraron tres días, tuvieron lugar en casas distintas. Cada uno llegaba por separado, tenían una meditación, y se iban, también por separado, para no estar mucho tiempo reunidos. Por la calle, seguían meditando, rezaban el rosario, etc. Después tenían la siguiente meditación en otra casa. Una de ellas fue la de José María Albareda, en la calle de Menéndez y Pelayo; otra, la del propio Tomás Alvira, en General Pardiñas, 28, 1.° C.

A finales del verano de 1937 habían disminuido algo los asesinatos en Madrid, pero las condiciones de vida para un sacerdote seguían siendo imposibles. Aunque en aquellas circuns­tancias era muy necesaria la presencia del Fundador en la ciudad, se vio la conveniencia de que abandonase Madrid y pasara a la otra zona de España. Le costó mucho tomar esta decisión. No se hacía a la idea de salir de la ciudad, dejando a su madre y a sus hermanos, y a la mayoría de los socios del Opus Dei en Madrid. Pero venció las dudas, y se decidió, por la insistencia de todos, incluso de su propia madre. Una vez re­suelto el problema de la documentación, partió hacia Valencia en octubre.

Allí estaban Francisco Botella y Pedro Casciaro, que tenían ya noticias de que podía llegar en cualquier momento. Pedro Casciaro solía ir al atardecer a casa de los Botella. Un día, al entrar en una salita, vio a Juan Jiménez Vargas con otra persona que no reconoció. Era “un señor muy delgado, correctamente vestido de gris oscuro que, apenas me vio, me abrazó diciéndo­me: Perico, ¡qué alegría de volver a verte!”. Había cambios tan notables en la fisonomía del Fundador después de esos quince meses, que Pedro Casciaro sólo lo reconoció por la voz: lo mismo que le había ocurrido con su propia madre, doña Dolores, como ya hemos visto. “Había adelgazado más de cuarenta kilos ‑escribe Pedro Casciaro‑; siempre lo había visto hasta ese momento con sotana, con el pelo muy corto y con tonsura muy amplia ‑que solía cubrir con un solideo de paño negro‑, y con gafas de delgados aros completamente redondos. Ahora tenía las mejillas hundidas, destacándose más su amplia frente; los ojos eran más penetrantes; el pelo, relativamente largo, lo peinaba con raya a un lado; las gafas eran ovales y de montura más gruesa; me fijé especialmente en un detalle insignificante en sí, pero ‑quién sabe por qué‑ muy significativo para mí: el nudo de la corbata estaba muy bien hecho. Lo único que no había cambiado nada en él era el tono de la voz”.

Desde Valencia, siguió viaje a Barcelona, en un tren noctur­no. Ya en la Ciudad Condal, comenzó una tensa espera, pues era más difícil de lo que les había parecido desde Madrid conectar con las personas que se dedicaban a sacar clandestinamente gente de España. Volvían a asaltarle dudas sobre la conveniencia de este paso. Pero acababa convencido de que era voluntad de Dios.

Por fin, el 19 de noviembre salió de Barcelona en el autobús de la Seo de Urgel. Después de días difíciles, el 2 de diciembre de 1937 conseguían cruzar la frontera de Andorra y llegaban a Sant Juliá. Terminaba la pesadilla que empezó en octubre de 1937. El Fundador del Opus Dei lo había pasado muy mal: además de la atenazante preocupación por los que quedaban en Madrid y en los frentes, la fatiga física rozaba el agotamiento desde la primera noche en que habían comenzado a andar. No obstante, los que fueron con él coinciden en que conservó siempre la paz y la alegría. Don Juan Jiménez Vargas asegura que, hasta enton­ces, no había llegado a comprender bien lo que es la alegría del que se sabe hijo de Dios. Poco después, don Juan hizo una breve nota, resumen de su experiencia de aquellos meses, que dio origen al punto 659 de Camino:

La alegría que debes tener no es esa que podríamos llamar fisiológica, de animal sano, sino otra sobrenatural, que procede de abandonar todo y abandonarte en los brazos amorosos de nuestro Padre‑Dios.

Con esta alegría, el Fundador del Opus Dei se puso de nuevo en marcha. Pasó por Lourdes antes de volver a España. Cruzó la frontera por Irún, y en Pamplona don Marcelino Olaechea, su buen amigo, lo alojó en el Palacio episcopal. Poco después se trasladó a Burgos, donde vivía el Obispo de Madrid, y desde donde le sería más fácil recuperar el contacto con diversas personas a las que venía tratando ya antes de la guerra y que estaban ahora desperdigadas por el país.

Pero las dificultades no cesaron. La mayor parte de los que le habían acompañado en el cruce de los Pirineos tuvieron que incorporarse a filas. Afortunadamente a Burgos acudían muchos otros, cuando conseguían permiso en sus destinos militares. Desde la capital castellana don Josemaría hizo un inmenso apostolado epistolar. Cuando era necesario, se trasladaba hasta donde hiciera falta, para atender a quien pasaba dificultades, para dirigir un curso de retiro, para visitar a algún obispo, para resolver los problemas que surgían. Tomás Alvira, uno de los que le acompañaron por los Pirineos, conserva una carta suya fechada en Burgos, el 4 de febrero de 1938:

Jesús te guarde.

Querido Tomás: ;Qué ganas tengo de darte un abrazo! Mientras, te pido que nos ayudes, con tus oraciones y tus trabajos.

Yo voy corriendo de un lado a otro: acabo de venir de Vitoria y Bilbao. Y antes: Palencia, Valladolid, Salamanca y Ávila. Ahora estoy curando un catarro que pesqué en el Norte. Después, voy a León y a Astorga.

Tomasico: ¿cuándo harás una escapada, para que nos veamos?

Muchos escribían a Burgos, preguntando dónde estaría el Padre en una fecha determinada, en la que tendrían permiso. No siempre se les podía contestar con precisión. A veces había que decir: “en el vagón del ferrocarril, o en algún coche desvencijado frente”. del Opus Dei le interesaban, por encima de todo, las personas: recuperar el contacto con los que participaban en las actividades apostólicas antes de la guerra, mantener su vida interior y su afán apostólico, hacer nuevos amigos. Su intenso apostolado epistolar cuajó también en una por esas carreteras, o.., en el En Burgos, al Fundador especie de carta colectiva, mediante la cual se daban a todos, noticias de todos. Esto no resultaba nuevo, porque ya mucho antes ‑al menos desde el verano de 1934‑ don Josemaría había hecho enviar este tipo de cartas de familia, llenas de vibración sobrenatural, y también de sentido del humor. Se conservan algunas de aquellas cuartillas mecanografiadas y reproducidas con un modestísimo velógrafo. En ellas se resumían brevemente las cartas que, durante el verano, iban llegando de unos y otros a la Academia DYA, para contar a los demás dónde estaban, qué hacían en el verano ‑deporte, arte, estudios, idiomas, activida­des de ayuda a médicos rurales, preocupaciones apostólicas‑, y al mismo tiempo, se les animaba a perseverar en la piedad y a mantener caldeado el afán de transmitir a otros sus ideales cristianos, con vistas al curso siguiente, para seguir “adelante…, con ¡Dios y audacia!”.

El mismo tono ‑aunque salpicado de anécdotas relacionadas con la guerra‑ tuvieron las Noticias de Burgos. Acusaban recibo con agradecimiento de las cartas que llegaban de los frentes y de los buques de la Armada, “con idéntica vibración, con preocupa­ciones comunes y con el mismo sobrenatural y alegre optimis­mo”. Daban noticia de los que habían pasado por allí, para estar un rato con el Fundador de la Obra.

En esas cartas bromas divertidas. estudiando ‑sobre “hace más el que abundaban los detalles pintorescos y las Era tenaz la insistencia en que siguieran todo idiomas‑ a pesar de las dificultades: quiere que el que puede”. Desde Burgos animaban a que les pidieran gramáticas, diccionarios, textos para hacer traducciones. Y les hablaban de la biblioteca que iban formando, con libros que les llegaban, incluso, desde fuera de España. Habían escrito, en ese sentido, a autoridades académi­cas de diversos países. En una carta de 1938 se lee: “¿Sabéis que pedimos libros ‑y en varias lenguas‑ para leerlos? Parece una perogrullada, pero es que… no siempre sucede así”.

Todos los meses salía la breve y rudimentaria edición, a veces con un “perdonad el laconismo de estas cuartillas: escasea el papel”. A veces también, con la noticia de la muerte de alguno en los campos de batalla: “¡un protector más!”. O con informa­ciones de quienes seguían en la otra España: “es ejemplar la fe y la continuidad con que trabajan”.

Las lacónicas misivas estaban sazonadas con múltiples refe­rencias sobrenaturales, llenas de naturalidad. En una aparece esta frase, toda una síntesis del espíritu de esos días: “Libro, idiomas, estudio: instrumentos de vuestro trabajo. Pero no olvidéis que el carácter sobrenatural de nuestra empresa nece­sita ORACION, SACRIFICIOS, FRECUENCIA DE SACRA­MENTOS”.

La ilusión apostólica llevó al Fundador del Opus Dei a pedir a todos que le ayudasen a localizar a los que no aparecían. Quería tener sus domicilios ‑seguros o probables‑ cuando terminase la guerra. Les animaba continuamente a hacer apostolado: entre tanto muchacho generoso, que tú conoces, ¿crees que no habrá uno, siquiera capaz de entendernos?

Al lado de don Josemaría, que no pensaba sólo en España, los horizontes se dilataban. Uno de los redactores de las noticias escribió: “La España futura es poco: al escribir estas cuartillas de familia, siente uno que el planeta se achica”.

Sin embargo, no abandonaba lo inmediato: la vuelta <: Madrid. El Fundador de la Obra iba preparando todo lo que podía, también en el orden material. Junto a los libros, fue reuniendo lo indispensable para el nuevo oratorio: un sagrario: candeleros… Encargó albas y ornamentos a la familia de Vicente Rodríguez Casado, que estaba en Burgos. A otros, que diseñasen y tratasen de hacer un cáliz… Esta preocupación quedó recogida también en una carta: “Con aquel espíritu anónimo de los primitivos talleres de arte, vamos construyendo los vasos sagra­dos, los ornamentos y los otros objetos litúrgicos para nuestro Oratorio. Os aseguramos que serán gratos a Dios por ese espíritu con que se van haciendo, y a vosotros, por la reciedumbre del material que se emplea, por el vigor y delicadeza de la forma, por la armonía del conjunto”. Muchos de estos objetos litúrgicos se guardaron en el palacio episcopal de Ávila. Su obispo se había ofrecido a tenerlos bajo su custodia hasta que llegara el momento de volver a Madrid.

Don Josemaría estaba en el “Hotel Sabadell”, en la calle de la Merced, número 32 (a finales de 1938 ó comienzos de 1939, se trasladaría a una casa todavía más modesta de la calle de la Concepción, número 9, 3.° izquierda). Seguía viajando siempre que era necesario. A veces, simplemente, para visitar a un herido.

Así se le presentó la ocasión de ir al frente de Madrid, porque el 7 de junio de 1938, a don Ricardo Fernández Vallespín, en un servicio de destrucción de bombas de mano defectuosas, le estalló una muy cerca. Desde el hospital de campaña hizo que telegra­fiaran, comunicándoselo. En cuanto pudo, acudió a verlo y pasó una noche en el puesto de mando de la batería, en Carabanchel Alto. Otro oficial lo llevó al observatorio que tenían instalado en la antigua Escuela de Automovilismo de Carabanchel. Allí contempló con el anteojo de antenas de la batería la casa de Ferraz, 16, semidestruida. Al ver esas ruinas, se echó a reír. Un oficial le preguntó el motivo. Con su fe indómita en la Providen­cia divina, contestó: porque estoy viendo lo poco que queda de mi casa. Dios arreglaría todo, pensaba, aunque no lo dijo. Natural­mente, el oficial se quedó desconcertado, sin entender nada.

El trágico paréntesis de la guerra, que para el Opus Dei se había abierto con esas ruinas, no tardaría en cerrarse. Y los meses de Burgos quedarían atrás, como etapa de cimentación, en la que se recuperaron contactos y se empezó a preparar el futuro: fue un tiempo de esperanza, de oración y de intensas mortifica­ciones del Fundador del Opus Dei.

Don Josemaría llegó a Madrid al mismo tiempo que la primera columna de aprovisionamiento. Tal era su impaciencia. Don Ricardo Fernández Vallespín le acompañó en la primera visita que hizo a los restos de Ferraz: “Al llegar a nuestra casa la vimos destruida, más de lo que pensábamos”. El edificio había sufrido daños durante el asalto al Cuartel de la Montaña. Luego fue incautado por las milicias populares. Por fin, al aproximarse el frente de Madrid, los bombardeos acabaron por destruirlo.

De momento, volvió a alojarse, como antes de la guerra, en la vivienda del Rector del Patronato de Santa Isabel. Desde allí continuó su trabajo apostólico, y empezó de nuevo a buscar un sitio apropiado para instalar la residencia de estudiantes. Quería que comenzase a funcionar en octubre de 1939. Así fue, en unos pisos alquilados en la calle Jenner, cerca del Paseo de la Castellana, de capacidad semejante a la antigua residencia de Ferraz, 50.

El Fundador del Opus Dei recomenzó, también esta vez, sin medios materiales, fiado en la idea clara de que Dios estaba empeñado en que su Obra se realizase. Ángel Galíndez, residente de Ferraz, y luego de Jenner, confesaría en 1975 en El Correo Español de Bilbao: “Muchas veces, a lo largo de estos casi cuarenta años, he reflexionado sobre la figura Dei Padre, rica de contenido insondable, audaz y apostólica… Sí, he pensado muchas veces en la fe inmensa y en la audacia incontenible y en el afán apostólico del Padre, que hicieron posible que aquella pequeña casa donde viví se transformara en la gigantesca Obra actual”.

Todo fue posible por su inquebrantable esperanza. Lo resaltó don Manuel Aznar, en La Vanguardia Española, de Barcelona: “No sé qué don carismático poseía que le permitía promover esperanza, ensanchar horizontes, vencer pesimismos, comunicar la seguridad de un futuro resplandeciente, calmar desasosiegos, iluminar dudas, sentirse, ante todo y sobre todo, sacerdote de Dios, y en calidad de tal, predicar y pedir una viva permanencia en la fe, una ardorosa caridad, pero también una luminosa esperanza. Supongo que era un gran meditativo de San Pablo. Sin duda por su condición de hombre esperanzador”.

El propio Fundador del Opus Dei detallaría en 1940:

La Obra está saliendo adelante a base de oración: de mi oración ‑y de mis miserias‑ que a los ojos de Dios fuerza lo que exige el cumplimiento de su Voluntad; y de la oración de tantas almas ‑sacerdotes y seglares, jóvenes y viejos, sanos y enfermos‑, a quienes yo recurro, seguro de que el Señor les escucha, para que recen por una determinada intención que, al principio, sólo sabía yo. Y, con la oración, la mortificación y el trabajo de los que vienen junto a mí: éstas han sido nuestras únicas y grandes armas para la lucha.

Así va ‑así irá‑ la Obra haciéndose, creciendo, en todos los

ambientes: en los hospitales y en la universidad; en las catequesis de los barrios más necesitados; en los hogares y en los lugares de reunión de los hombres; entre los pobres, los ricos y las gentes de la más diversa condición, para hacer llegar a todos el mensaje que Dios nos ha confiado.

Una misión que la Obra se ha lanzado a cumplir derecha­mente, con generosidad, sinceramente, sin subterfugios ni mece­nazgos humanos, sin recurrir ‑valga el ejemplo‑ al continuo salto en busca del sol que más calienta o de la flor más rica y vistosa: el sol está en nuestro interior y la labor se realiza ‑como ha de ser‑ en la calle, y se dirige a todos.

En estos años del comienzo, me lleno de profunda gratitud hacia Dios. Y al mismo tiempo pienso, hijos míos, en lo mucho que nos queda por recorrer hasta sembrar en todas las naciones, por toda la tierra, en todos los órdenes de la actividad humana, esta semilla católica y universal que ha venido a esparcir el Opus Dei.

Por eso, sigo apoyándome en la oración, en la mortificación, en el trabajo profesional y en la alegría de todos, mientras renuevo constantemente mi confianza en el Señor: universi, qui sustinent te, non confundentur (Ps., XXIV, 3); ninguno de los que ponen en Dios su esperanza será confundido.

5.”La raza de los hijos de Dios”

fundador  Tagged , , , , , , , No Comments »

Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

El Opus Dei nació geográficamente en España, pero, como su Fundador declaraba el 15 de abril de 1967 a Peter Forbath, corresponsal de Time, desde el primer momento la Obra era universal, católica. No nacía para dar solución a los problemas concretos de la Europa de los años veinte. Sin embargo, añadía a ese mismo periodista, la Obra nació pequeña: no era más que el afán de un joven sacerdote, que se esforzaba en hacer lo que Dios le pedía.

Mons. Escrivá de Balaguer empezó por recomendar continua­mente a los chicos que iba formando que estudiasen idiomas, para extender esta Obra nuestra a otros países, les repetía. Estudiar idiomas era un modo de aprovechar mejor el tiempo, sobre todo en los veranos. Además, con el conocimiento de otras lenguas se ampliaba la competencia en el propio trabajo profesional. Pero, por encima de todo, en esa recomendación latía la impaciencia por llevar el Opus Dei a todo el mundo.

Ya en los primeros meses de 1935, el Fundador iba preparando las cosas para trabajar en Francia, concretamente en París. Pero estalló la guerra civil española y luego la segunda guerra mundial, y hubo que aplazar esa expansión.

Sin embargo, incluso en medio de los avatares de la perse­cución religiosa en Madrid después del 18 de julio de 1936, don Josemaría, con su ilimitada confianza en Dios, escondido en diversos lugares, no cejaba en el empeño, y hacía que los que le rodeaban siguieran estudiando otras lenguas.

Lo mismo hizo en Burgos, donde vivió desde los comienzos de 1938 hasta abril de 1939. Seguía soñando con ir a nuevos países. Burgos es la ciudad castellana a que alude el punto 811 de Camino:

¿Te acuerdas? ‑Hacíamos tú y yo nuestra oración, cuando caía la tarde. Cerca se escuchaba el rumor del agua. ‑Y, en la quietud de la ciudad castellana, oíamos también voces distintas que hablaban en cien lenguas, gritándonos angustiosamente que aún no conocen a Cristo.

Besaste el Crucifijo s recatarte, y le pediste ser apóstol de apóstoles.

Apenas terminado el conflicto español, vino la guerra mun­dial. Hasta 1945 las actividades del Opus Dei tuvieron que centrarse casi exclusivamente en la Península Ibérica. Desde 1940 se inicia el trabajo en Portugal, y se hacen viajes a otros países. Al acabar las hostilidades, se comienza en Inglaterra, en Francia, en Italia, en Estados Unidos, en México. A partir de 1949 y 1950 los socios del Opus Dei llegan a Alemania, Holanda, Suiza, Argentina, Canadá, Venezuela y restantes países europeos y americanos. Al mismo tiempo el apostolado de la Asociación se va extendiendo a otros continentes: el norte de África, Japón, Kenya y otros países de East África, Australia, Filipinas, Nigeria, etc.

Era lógica la alegría íntima ‑el agradecimiento a Dios‑ de Mons. Escrivá de Balaguer, que manifestaba en 1966 al perio­dista Jacques Guillémé‑Brûion. de Le Figaro:

El Opus Dei se encuentra tan a gusto en Inglaterra como en Kenya, en Nigeria como en Japón; en los Estados Unidos como en Austria, en Irlanda como en México o Argentina; en cada sitio es un fenómeno teológico y pastoral enraizado en las almas del país. No está anclado en una cultura determinada, ni en una concreta época de la historia.

Cabe pensar también en su pena por las dificultades que debió afrontar en España y que sucintamente confiaba a Peter Forbath en 1967:

En pocos sitios hemos encontrado menos facilidades que en España. Es el país ‑siento decirlo, porque amo profundamente a mi Patria‑ donde más trabajo y sufrimiento ha costado hacer que arraigara la Obra. Cuando apenas había nacido, encontró ya la oposición de los enemigos de la libertad individual y de personas tan aferradas a las ideas tradicionales, que no podían entender la vida de los socios del Opus Dei: ciudadanos corrien­tes, que se esfuerzan por vivir plenamente su vocación cristiana sin dejar el mundo.

Y luego ‑ampliaba Mons. Escrivá de Balaguer‑, en su expansión internacional, el espíritu del Opus Dei ha encontrado inmediato eco y honda acogida en todos los países. Si ha tropezado con dificultades ha sido por falsedades que venían precisamente de España e inventadas por españoles, por algunos sectores muy concretos de la sociedad española.

En esa ocasión, al acabar la entrevista, Mons. Escrivá de Balaguer se adelantaba a cualquier malentendido o equívoco: no piense que no amo a mi país. Porque, en su corazón de cristiano, el patriotismo jamás nublaba su mirada abierta a horizontes sin límites. Como se lee en Camino:

Ser “católico” es amar a la Patria, sin ceder a nadie mejora en ese amor. Y, a la vez, tener por míos los afanes nobles de todos los países. ;Cuántas glorias de Francia son glorias mías! Y, lo mismo, muchos motivos de orgullo de alemanes, de italianos, de ingleses…, de americanos y asiáticos y africanos son también mi orgullo.

‑;Católico!: corazón grande, espíritu abierto (Camino, 525).

Movido por esta claridad ‑que era espíritu de Dios‑, muy pronto puso en marcha el Colegio Romano de la Santa Cruz: un centro de formación, en el corazón de la cristiandad, donde pudieran convivir personas del Opus Dei de todo el mundo, mientras estudiaban en los diversos Ateneos y Universidades de Roma. Allí aumentarían todos sus ansias de universalidad, para ser en el futuro ‑repartidos por el mundo‑ instrumentos de unidad.

Consumía al Fundador del Opus Dei el celo por la salvación de todas las almas. Ante el fuego que Cristo había venido a traer a la tierra, y que debía arder en los corazones, qué débiles se le aparecían las fronteras geográficas o políticas. Con su visión universal, descubría posibilidades apostólicas que a otros pasa­ban inadvertidas. Así sucedió con Brasil. Los miles de brasileños que le escucharon en 1974 no se esperaban el panorama apostólico que les presentó.

Su primera sorpresa fue que Mons. Escrivá de Balaguer, a los dos días de llegar a Brasil, comenzó a decirles que su patria era un continente, no una nación. Le había impresionado la amalga­ma de razas, de gentes que saben convivir, quererse. Y veía su proyección espiritual y apostólica en el mundo entero.

En diversos momentos de su estancia en aquellas tierras exclamaría: ¡El Brasil! Lo primero que he visto es una madre grande, hermosa, fecunda, tierna, que abre los brazos a todos, sin distinción de lenguas, de razas, de naciones, y a todos los llama hijos.

Como muestra de la fertilidad de aquella tierra, le contaron la anécdota de que en un sitio pusieron los maderos de una portería de fútbol, y les salieron ramas… Brasil tiene, como se sabe, infinidad de fuentes de riqueza que están por explotar. Ante ese panorama el Fundador del Opus Dei encarecía a los brasileños:

Hay mucho trabajo, mucha labor. Hay muchas almas buenas en el Brasil. Y vosotros tenéis en el corazón el fuego de Dios, el que Jesucristo vino a traer a la tierra. ;Hay que pegarlo a los otros corazones! Tenéis simpatía y bondad, capacidad humana r sobrenatural para hacerlo (…) Pues, ;hala!, a moverse, a multiplicarse y hacer muchas cosas buenas en esta tierra, que es tan feraz.

No se le ocultaban los problemas. Era consciente, por ejemplo, de las grandes diferencias sociales que hay en aquel país, como en el resto del mundo. Pero prefería poner el acento en lo positivo, porque sólo la caridad cristiana, el Amor, puede cambiar a las personas y borrar las injusticias.

En este país ‑razonaba con calor‑, abrís con naturalidad los brazos a todo el mundo, y lo recibís con cariño. Querría que eso se convirtiera en un movimiento sobrenatural, en un empeño grande de dar a conocer a Dios a todas las almas; de uniros; de hacer el bien no sólo en esta nación, sino, desde este gran país, a todo el mundo. ;Podéis! ;Y debéis! Y puesto que el Señor os da los medios, os dará también las ganas de trabajar.

Lo reiteraba en la fiesta de Pentecostés, dirigiéndose a varios miles de personas. Despacio, pronunciando las palabras con calma, como si temiese que la dificultad del idioma crease algún obstáculo para entenderlo:

Tenéis que hacer sobrenaturalmente lo que hacéis natural­mente; y después, llevar este afán de caridad, de fraternidad, de comprensión, de amor, de espíritu cristiano, a todos los pueblos de la tierra. Entiendo que el brasileño es y será un gran pueblo misionero, un gran pueblo de Dios, y que las grandezas del Señor las sabréis vosotros cantar en toda la tierra.

A los testigos presenciales les resulta difícil describir la impresión que estas palabras causaron en ellos, pues significaban un giro de ciento ochenta grados. Siempre habían pensado que el Brasil era tierra de misión y, en cambio, Mons. Escrivá de Balaguer lo dibujaba como un gran pueblo misionero, que debería llevar a otros países la riqueza sobrenatural de la Fe.

A un socio de la Obra, que es nissei ‑hijo de japonés, nacido en Brasil‑, le confiaría:

‑Cuando veo tu carita, me acuerdo de tu país ‑os quiero mucho a los japoneses‑, que es noble, grande, de hombres de

ciencia y de cultura, con sed de verdad y de Dios, y que están en la oscuridad del paganismo.

Y pienso en África. Aquí hay tantos de raza negra, con antepasados que han sido traídos injustamente de África… ;Qué bonito sería lograr que me salieran aquí muchas vocaciones de gente de raza africana, que quisieran volver a África! Aquí, con todo este sentido de nación, tenéis mucha más facilidad para hacer el ut eatis!

Ut eatis!, no sólo al gran continente brasileño. Ut eatis!, al Japón; ut eatis!, a África, que es un continente que nos espera con los brazos abiertos.

El Fundador del Opus Dei soñaba con que esos hombres, que habían llegado a Brasil por la fuerza de los acontecimientos históricos, pudieran volver a sus países de origen, por su propia voluntad, a llevar el amor de Cristo.

A lo largo de aquellos días, dio respuesta a muchas preguntas concretas, y abrió horizontes de apostolado, para que los socios de la Obra se planteasen cada día metas más exigentes en aquella nación y, desde allí, en el mundo entero:

En Brasil tenemos los católicos mucho que hacer, porque se ve gente necesitada de lo más elemental: de instrucción religiosa ‑hay tantos sin bautizar‑, y también de elementos de cultura corrientes. Los hemos de promover de tal manera que no se quede nadie sin trabajo; que no exista un anciano que se preocupe porque está mal asistido; que ningún enfermo se encuentre abandonado; que no haya nadie con hambre y sed de justicia y que no pueda saciarla.

Y después, desde esta plataforma maravillosa ‑proseguía con la mirada a lo lejos y la mano extendida‑, a atender las necesidades espirituales de Oriente, donde la gente es muy bien recibida, pero mejor aún si la cara ayuda, como suelen decir en: Sáo Paulo:

‑Luego si amamos de verdad al Japón, por ejemplo, y a la China ‑con sus grandes tradiciones milenarias, con su cultura imponente, con su arte, con su gracia, con su historia…‑, debemos desear que haya japoneses y chinos, formados aquí, formados en Filipinas, formados en Perú, formados en otros sitios, que voluntariamente quieran volver al país de origen de sus padres, para anunciarles la buena nueva de Cristo.

Con las gentes de África, muchos europeos ‑no todos, muchos‑ cometieron una maldad muy grande, que fue traerlos a la fuerza aquí, y en esclavitud. ;Eso es un crimen de la humanidad! ;Un auténtico crimen! Tenemos que reparar. Y el Opus Dei en eso puede mucho y Brasil puede mucho… Luego si salen muchas vocaciones (…), y van allá preparados para llevar a Cristo, serán mucho mejor recibidos. Desde el Brasil…

Luego, ¿todos? No, pero algunos, sí. También acudirán de otros países: ;marchan tan a gusto! Hay hijos míos en Filipinas ‑donde el Señor quiere consolar este pobre corazón de sacerdo­te, haciendo que se promuevan tantas vocaciones, tan abundan­tes y tan buenas‑ que al ver mi hambre de extender el reinado de Cristo, me dicen: no se preocupe, nosotros, con esta cara, podemos ir a todos los lados.

Fue un ritornello constante. Mons. Escrivá de Balaguer quiso dejarlo también plasmado en el acta de la consagración del primer altar que consagró en Brasil. Era el del oratorio de la sede central del Opus Dei en ese país. Desde que Pío XII le concedió facultad para consagrar altares, siguió siempre la costumbre de depositar un acta en el sepulcro del ara, en la que expresaba su petición durante la ceremonia. Aquel breve documento decía que mientras hacía esta consagración rogué intensamente a Dios Trino y Uno, por intercesión de Santa María, siempre Virgen, y de San José, Nuestro Padre y Señor, que nos haga buenos y fieles a sus hijos de esta Región brasileña y a mí, y siempre prontos a extender el Reino de Cristo Señor Nuestro por esta inmensa nación y también por otras, hasta las tierras más lejanas.

En la fiesta de Pentecostés, 2 de junio de 1974, miles de personas se congregaron en el Salón de Actos del Palacio Mauá de Sáo Paulo. Aquí veo ‑describía Mons. Escrivá de Balaguer­- gente de todos los países y de todas las lenguas, que también entienden la voz de Cristo. Realmente, el auditorio hacía extraordinariamente actual aquella primera fiesta de Pentecostés, en que los Apóstoles comenzaron a hablar de las magnalia Dei, de las maravillas de Dios, y les entendían en todas las lenguas. También ahora, gentes de muchas razas estaban pendientes de la doctrina de Cristo: negros y amarillos, cobrizos y mulatos, blancos de las más diversas tonalidades y tintes. En cada alma, esas palabras resonarían con eco distinto: el milagro de las lenguas se repetía, una vez más, en el hondón de los corazones.

Allí, el corazón universal del Fundador del Opus Dei sólo veía una raza: la raza de los hijos de Dios.


WordPress Theme & Icons by N.Design Studio. WPMU Theme pack by WPMU-DEV.
Entries RSS Comments RSS Acceder