Tuy, febrero de 1945

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

-Sor Lucia: con todo lo que hablan de usted y de mí, ¡si encima nos vamos al infierno!

-Verdaderamente, tiene usted razón.

La vidente de Fátima se ha quedado un momento pensativa, antes de pronunciar estas palabras. Al Fundador del Opus Dei, por su parte, le ha sorprendido gratamente esta prueba de humildad de Sor Lucia, que se ha visto reforzada por una ligera alteración de la voz.

Después de las apariciones de la Santísima Virgen a tres pastorcitos, que han atraído y siguen atrayendo multitudes a Fátima, la única superviviente de los tres videntes se ha convertido en hermana lega de una Congregación religiosa y se esfuerza por permanecer en el anonimato. Mons. José López Ortiz, Obispo de la diócesis gallega de Tuy, donde reside Sor Lucia en esas fechas, ha querido hacer una excepción a favor de don Josemaría, íntimo amigo suyo, y le ofrece tener una entrevista, aprovechando una visita de la religiosa al obispado. Don Josemaría acepta.

Durante la conversación que mantienen ambos, Sor Lucia dos Santos expresa al Fundador del Opus Dei su deseo de que comience la labor de la Obra en Portugal. Don Josemaría, que ya había pensado en empezar, pero no de un modo inmediato, le pide que contribuya, con sus oraciones, a preparar el camino para que esta empresa sobrenatural tenga éxito: Siempre que la veo -dirá años más tarde- le recuerdo que tiene una buena parte en el comienzo de la Obra en Portugal.

En Portugal

A causa de la guerra, hay grandes dificultades para pasar de España a Portugal y quedarse allí algún tiempo, como desea el Padre. Sin embargo, unos días más tarde, gracias a una eficaz gestión de Sor Lucia todo se ha arreglado, y don Josemaría tiene la dicha de orar en la “capelinha” de Fátima y de poner bajo la protección de la Santísima Virgen la primera expansión apostólica de la Obra fuera de España.

En este viaje, además de Álvaro del Portillo -que acompañaba al Padre-, se unen el Obispo de Tuy y su secretario D. Eliodoro Gil. Don Josemaría se entrevista con el Obispo de Oporto, con el de Leiría -diócesis donde se encuentra el Santuario de Fátima- y con el Cardenal Patriarca de Lisboa, Mons. Gonsalves Cerejeira, el cual queda gratamente sorprendido por las perspectivas apostólicas que abre el espíritu del Opus Dei. Aconseja al Fundador que inicie la labor en Portugal por Coimbra, ciudad universitaria en la que él mismo ha sido profesor, y don Josemaría se traslada allí, donde se entrevista con el obispo de la diócesis.

A comienzos de 1945, el mundo sigue todavía en guerra y la Iglesia empieza a ser perseguida en los países del Este. Confiando en el arma poderosa que es el Rosario para combatir contra los enemigos de la fe, el Padre fecha en Fátima el prólogo a la cuarta edición de su Santo Rosario. En él alude a esa seria amenaza: “Saeta que hiere es la lengua de ellos”, dice Jeremías (IX, 8). Ojalá sepas y quieras tú -añade don Josemaría- curar esas heridas con esta admirable devoción mariana y con tu caridad vigilante.

Esta edición va firmada con el nombre de Josemaría Escrivá de Balaguer. Ha adoptado este apellido para distinguir a su familia de los Escrivá de Romaní, oriundos de la región valenciana y muy conocidos en España, lo cual podía dar lugar a confusiones. Ya en aquel viaje de incógnito que había hecho en 1941 a Barcelona había recurrido a ese apelativo, recordando la ciudad de donde era oriunda su familia paterna.

El antiguo sueño que don Josemaría simbolizaba en los años treinta, ante el asombro de sus hijos, dibujando una cruz griega terminada en flechas dirigidas a los cuatro puntos cardinales, va a realizarse enseguida, tan pronto como termine la segunda guerra mundial.

Así tiene que ser el horizonte de tu apostolado: es preciso atravesar el mundo. Pero no hay caminos hechos para vosotros… Los haréis, a través de las montañas, al golpe de vuestras pisadas.

El “nihil obstat” de la Santa Sede

Con todo, ¡cuánto camino recorrido ya desde ese 11 de octubre de 1943 en el que Pío XII había firmado la appositio manuum de la Santa Sede! En esa fecha la Iglesia celebra la festividad de la Maternidad de María, lo cual era para el Fundador una prueba manifiesta de la intercesión de la Señora.

El 8 de diciembre de ese mismo año, festividad de la Inmaculada Concepción, el obispo de Madrid había dado ejecución, en su diócesis, a la decisión pontificia. La oración de todos, unidos al Padre, y los sacrificios ofrecidos día tras día por esa intención habían hecho posible obtener esa primera aprobación de la Iglesia. Entre ellos, el de Isidoro, que había ofrecido sus sufrimientos y su misma vida, entregada a Dios santamente el 15 de julio, a las cinco y media de la tarde. “¡Qué suerte tengo de estar enfermo precisamente ahora -había dicho poco antes de morir-, tener algo que ofrecer, esta enfermedad, cuando están pendientes asuntos tan importantes!”.

El Padre, al enterarse de que acababa de fallecer, había interrumpido un retiro, que estaba predicando a un grupo de mujeres de la Obra, y se había trasladado a la clínica para rezar junto al cuerpo del que había sido su primer hijo fiel, el primero que había perseverado sin dudar un solo instante de su vocación a partir de aquella conversación que tuvo el año 30 con el Fundador en el Patronato de Enfermos.

Prosigue la expansión en España

Apoyado firmemente en la oración y la penitencia, prosigue la labor apostólica en distintas ciudades españolas: Valencia, Valladolid, Zaragoza…

El Padre multiplica sus viajes, a pesar de las dificultades y de lo que quebrantan su salud -muy delicada- esos largos recorridos en automóvil, con visitas y charlas incesantes desde que llega a un sitio hasta que regresa a Madrid.

En Barcelona, la labor de la Obra empieza a ser mejor apreciada. El 26 de mayo de 1943, el Maestro de Ceremonias de la Catedral había bendecido el oratorio del Centro de la calle de Balmes, conocido desde los comienzos con el nombre de El Palau.

En julio, en Madrid, el propietario de la casa de la calle de Jenner había expresado su deseo de recuperar la vivienda, por lo que la residencia se había trasladado, poco después, a dos hotelitos situados en la Avenida de la Moncloa, cerca de la Ciudad Universitaria. Entre los dos, tenían capacidad para unos cien estudiantes.

La Moncloa será el nombre de la primera residencia de estudiantes de grandes dimensiones, sin perder por eso el ambiente de hogar que el Padre quiso darles desde el primer momento. Allí se vive una vida en familia, donde se aprende a convivir, a comprender, a querer a los demás, siempre con alegría y buen humor, rasgos característicos del espíritu de la Obra. No hay, por otra parte, limitaciones de tipo confesional, pues la residencia está abierta a todos, incluso a los no católicos. A los miembros de la Obra les brinda grandes posibilidades apostólicas, facilitándoles el trato personal, ese apostolado de amistad y confidencia tan propio de su espíritu. Además, la residencia ofrece a otras muchas personas un lugar de encuentro, donde palpan la fraternidad cristiana y tienen oportunidad de formarse mejor. Muchos estudiantes -unos residentes y otros que no viven allí, pero participan de los medios de formación que se ofrecen- recibirán la llamada a la santidad en su propio estado, sin salirse del mundo, en aquella residencia. Algunos, también, gracias al ambiente de La Moncloa, descubrirán una vocación de otra naturaleza -sacerdotal o religiosa- porque, al levantar la temperatura espiritual, cada alma muestra lo que da de sí y descubre su propio camino.

Los estudiantes que pasan por allí, cuando se encuentren más tarde en todas las encrucijadas del mundo, sabrán que deben santificarse allí donde estén y santificar sus tareas con su conducta cristiana, hayan recibido o no la vocación específica al Opus Dei. Tanto más en cuanto que la espiritualidad que han asimilado es esencialmente secular, apta para ser vivida por todos y cada uno en su propio ambiente: siendo estudiantes, en la Universidad, y luego en la vida familiar, profesional y social.

Al comenzar el curso escolar 1945-46, la expansión prosigue en España. En octubre, algunos miembros de la Obra se instalan en Sevilla para continuar sus estudios o ejercer su profesión, desarrollando, al mismo tiempo, una intensa labor apostólica.

Un apostolado fecundo

La Sección de mujeres, por su parte, también se había desarrollado lo suficiente como para que algunas, a petición del Padre, se hicieran cargo de la Administración de La Moncloa en sus aspectos materiales: conservación, decoración, restauración, alimentación, limpieza… Aunque trabajan en una zona totalmente independiente, separada del resto, proporcionan a la residencia ese ambiente de hogar que en la de la calle de Jenner habían sabido crear la madre y la hermana de don Josemaría. Habían tenido que contratar, para que las ayudasen, a algunas empleadas del servicio doméstico, pero el Padre, en este punto, también preveía el futuro: había pedido a sus hijas que extendiesen su apostolado a personas que, como aquellas empleadas, tuviesen como trabajo profesional el ayudar a las amas de casa en sus tareas domésticas. Ese trabajo debía considerarse, en efecto, como una auténtica profesión, susceptible, como cualquier otra, de santificar a quienes la ejercen y de ser santificada. No era -pensaba el Padre- una tarea útil pero servil o secundaria, como tantas personas -incluso buenas cristianas- atribuían a la labor de quienes llamaban “criadas”. Para él la dignidad de un trabajo no estaba en función de su prestigio social, sino del amor que se pusiera al realizarlo. El mundo admira solamente el sacrificio con espectáculo, porque ignora el valor del sacrificio escondido y silencioso.

El Padre no dudaba en absoluto de que surgirían muchas vocaciones entre las empleadas de hogar.

La ordenación de los primeros sacerdotes

Con el desarrollo de los apostolados y la constante afluencia de vocaciones, la necesidad de contar con sacerdotes formados en el espíritu del Opus Dei se hacía cada vez más urgente.

La llegada de las correspondientes autorizaciones -diocesana y pontificia- había permitido a don Josemaría activar la ordenación de los tres miembros de la Obra que venían preparándose desde hacía años.

El 25 de junio de 1944, el Padre había celebrado la Santa Misa en el oratorio de Diego de León, ayudado por José María Albareda. Aunque estaba solo, había permanecido intensamente unido a la misa de ordenación que celebraban a la misma hora sus tres hijos -Álvaro del Portillo, José María Hernández de Garnica y José Luis Múzquiz- en la capilla del Palacio Episcopal. El Padre no había querido asistir a la ceremonia, para no convertirse en el polo de atracción de los asistentes, que, sin duda, hubiesen querido felicitarle… Pero no era él, sino Dios el que había promovido la Obra; sólo a Él le correspondía ser el centro de aquella ceremonia…

Unas semanas antes -el 20 de mayo- había contemplado, desde un rincón de la capilla, la administración de la tonsura, de manos de Mons. Eijo y Garay, que también les había ordenado. Una forunculosis aguda, sin embargo, le había impedido asistir cuando les fueron conferidas las cuatro órdenes menores.

Aquel 25 de junio, tras la ceremonia de la ordenación, había tenido una reunión de familia con sus hijos, con asistencia del obispo de Madrid. Al final, el Padre, en el oratorio, había pronunciado unas palabras:

Cuando pasen los años… y yo, por ley natural, haya desaparecido hace ya mucho tiempo, vuestros hermanos os preguntarán: ¿qué hacía el Padre el día de la ordenación de los tres primeros? Respondedles sencillamente: el Padre nos repitió lo de siempre: oración, oración, oración; mortificación, mortificación, mortificación; trabajo, trabajo, trabajo.

Aquellos tres primeros sacerdotes eran, sin duda, fruto de su oración, prolongada años y años. Con todo, no sin largas vacilaciones se había resignado a que se ordenaran precisamente esos tres hijos suyos, que eran de los primeros y de los cuales se podían esperar muchos frutos apostólicos en su trabajo profesional. No obstante, su tristeza se tornaba en gozo al pensar en el inmenso bien que harían estos sacerdotes, y los que vendrían después, trabajando codo a codo con sus hermanos seglares; aunque serían siempre una ínfima minoría en proporción con éstos.

La ordenación de estos tres ingenieros no había pasado inadvertida. Los periódicos de Madrid habían señalado la presencia en la ceremonia de un representante del Nuncio de Su Santidad en España, de numerosas personalidades eclesiásticas y de muchos profesores y alumnos de las facultades y escuelas especiales donde los nuevos sacerdotes habían cursado sus estudios. El acontecimiento había suscitado gran interés, pero también ciertos comentarios acerbos de algunos eclesiásticos, quienes, callando que los nuevos presbíteros habían hecho sus estudios durante varios años dirigidos por excelentes profesores, ponían en duda -como había previsto don Josemaría- la seriedad de su formación.

Había otras críticas que le divertían más, como la de quienes decían que, ahora, iba a matarles a trabajar… Ciertamente, no faltaba trabajo, y menos para estos sacerdotes que venían como llovidos del cielo. La Obra les había puesto inmediatamente a trabajar en su ministerio y las almas habían recibido aquella labor como la tierra las primeras lluvias de otoño. Además de la administración de los sacramentos, ¡qué ayuda para el Padre en la predicación y en la dirección de las almas! Y no sólo de las de sus hijas e hijos, sino también de otras muchas personas que se acercaban a la Obra.

Porque el Fundador continuaba respondiendo incansablemente, a pesar de su quebrantada salud, a las peticiones que le llegaban de todas partes. Durante un curso de retiro que había dirigido a los agustinos del Monasterio de El Escorial, del 3 al 11 de octubre de 1944, había experimentado un violento ataque de fiebre a causa de un ántrax en el cuello. El médico que había consultado, al observar otros síntomas concomitantes, había pensado en la diabetes. El Padre, a pesar de la fiebre, había continuado predicando, pero los análisis que posteriormente le hicieron confirmaron el diagnóstico: tenía diabetes. A partir de ese momento, había tenido que inyectarse insulina a diario, en dosis crecientes.

Ahora, los tres nuevos sacerdotes le ayudan en su tarea, viajando a distintas ciudades españolas y asistiendo a sus hijas en la dirección de la Sección de mujeres y en su formación específica. Éstas, en noviembre de 1944, se habían instalado en Los Rosales, una vieja casona con un amplio jardín, situada en Villaviciosa de Odón, cerca de Madrid.

Viajes, predicación…

A lo largo de 1945, antes de ir a Portugal, la Obra sigue extendiéndose por diversas regiones españolas.

El 27 de marzo el Padre viaja a Andalucía para visitar a sus hijos que están en Sevilla y ver las posibilidades de instalarse en Granada. En ambas ciudades, visita diversas casas con jardín que podrían ser aptas para convertirse en residencias de estudiantes.

Cuando regresa a Madrid, tras entrevistarse con varios obispos del sur y sureste de la península, ha recorrido cerca de dos mil quinientos kilómetros en nueve días.

Un mes más tarde, Pedro Casciaro, con otros tres miembros de la Obra, se instala en Bilbao con idea de abrir cuanto antes una residencia.

El Padre, por su parte, dedica cada vez más tiempo a la formación de los miembros de la Obra, sin dejar por eso su acción apostólica directa en todos los ambientes.

Con frecuencia, hombres de Iglesia y representantes de diversas asociaciones religiosas le piden que dirija ejercicios espirituales. Don Josemaría acepta siempre que puede, pensando en el bien que puede derivarse para las almas y para la sociedad. Muchas personalidades, algunas de ellas muy conocidas, se benefician así de la predicación del Fundador del Opus Dei, aunque, para él, la posición social o la altura intelectual de quienes le escuchan es lo de menos. Su mensaje es el mismo para todos: que busquen la santificación allí donde estén, sea en un lugar modesto o en los puestos más altos del Estado. Que procuren con todas sus fuerzas santificar su trabajo, sus ocupaciones ordinarias, para que su tarea sea agradable a Dios y útil a los hombres; y que procuren también santificar a los demás con su trabajo, buscando en la vida profesional ocasión para ayudarles a encontrar el sentido último a la vida.

Que nadie piense, en ningún caso, que es preciso apartarse del mundo para ser piadoso, o llevar una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas.

Unidad de vida, responsabilidad frente a los demás, conversión a Dios de las almas y de toda la sociedad: un lenguaje que va dirigido a todos los hombres que viven inmersos en las actividades terrenales y no sólo a los miembros del Opus Dei, quienes lo único que hacen es responder de una manera específica, “vocacional”, a esa llamada universal a la santidad, encontrando en la Obra estímulo y apoyo.

Durante la Cuaresma del año 1945, el Padre ha sido invitado a dar uno de los retiros espirituales organizados en una iglesia céntrica de Madrid por un grupo de profesores universitarios. Los demás predicadores son conocidos jesuitas y dominicos.

Lleva adelante todas estas actividades a pesar de que su diabetes es ya crónica; ha engordado mucho, se fatiga enseguida, le duele la cabeza y sufre de sed frecuente.

Durante los meses de verano, pasa algunos días cerca de Segovia, en Molinoviejo, una finca alquilada que es una esmeralda en la mano morena de Castilla. Allí, un tanto amontonados, se suceden los grupos de miembros de la Obra que van a descansar un poco y, al mismo tiempo, a continuar en cursos especiales una formación intensiva que son como un alto para tomar impulso y lanzarse de nuevo a una labor apostólica más ágil y viva.

En septiembre, el Padre realiza un nuevo viaje a Portugal, el tercero, para preparar el comienzo de la labor apostólica. A su regreso, pasa por Santiago de Compostela, donde viven ya algunos hijos suyos, y. pasando por Oviedo, llega a Bilbao. Aquí, gracias a la ayuda de algunas familias amigas, entre ellas la de un aristócrata que don Josemaría había conocido durante la guerra civil en Burgos, los miembros de la Obra han encontrado una casa apta para residencia de estudiantes, la cual ya han comenzado a instalar. Como siempre, el objetivo es que esa actividad de formación, que repercutirá favorablemente en toda la región, sirva de complemento al apostolado personal que todos ejercen en su ambiente profesional y social. La residencia se llamará Abando.

Unos meses más tarde, en febrero de 1946, un miembro de la Obra se instala en Coimbra. Pronto seguirán otros.

De esta manera, con toda naturalidad, gracias al impulso del Fundador, la expansión del Opus Dei prosigue en España y se inicia fuera de sus fronteras.

Viendo lo que ha llegado a ser esta Obra de Dios nacida el 2 de octubre de 1928, repite ante sus hijos los versos de una vieja canción de su tierra:

Capullico, capullico,

ya te estás volviendo rosa:

ya se está acercando el tiempo

de decirte alguna cosa.

Soñad, y os quedaréis cortos, decía a los que le rodeaban en 1942.

Para el Fundador, aquello era sólo el principio. Porque para ser fiel a la misión recibida, tendrá que impulsar mucho más todavía la expansión de la Obra, acelerar el curso de los acontecimientos…

Roma, 1961-1965

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

El viaje a España en octubre de 1960, así como los breves desplazamientos a diversos países europeos, no han sido más que cortas pausas en la vida habitual de Mons. Escrivá de Balaguer, ya que desde 1946, y sobre todo desde 1952, suele estar casi siempre en Villa Tévere, consagrado a las tareas de dirección del Opus Dei.

Al aproximarse a los sesenta años, no ha perdido nada de su vitalidad. En 1954 ha quedado curado de la diabetes, que tantos trastornos le causaba, de manera verdaderamente inexplicable. El 27 de abril de ese año, antes de almorzar, don Álvaro del Portillo le había puesto, como siempre, una inyección de insulina. Esta vez se trataba de una insulina de efecto retardado, que el médico le acababa de recetar. El efecto, sin embargo, no había tardado en producirse: nada más sentarse a la mesa, el Padre se había desplomado, quedando como muerto. Don Álvaro, que le acompañaba, le había dado la absolución, pues el Padre, antes de perder el conocimiento, así se lo había pedido. Luego, había tratado de hacerle volver en sí haciéndole tragar a viva fuerza un puñado de azúcar. Al cabo de unos quince minutos, había recobrado el conocimiento, pero no la vista, que tardó unas horas en recuperar.

A partir de ese momento, todos los síntomas de la diabetes habían empezado a mitigarse -sobre todo los fuertes dolores de cabeza-, hasta desaparecer por completo. Tenía la impresión de salir de una cárcel. Se veía -bromeaba luego- que el Señor había querido sanarle para que trabajase más… Esa era la lección que había sacado de aquel “choque anafiláctico” que, según el médico, hubiese debido causarle la muerte en algunos minutos…

Jornadas apretadísimas

Al celebrar su sesenta aniversario, el 9 de enero de 1962, se niega a considerarse “viejo”. La verdad es que su porte jovial impresiona tanto a los que le rodean como a los visitantes que acuden cada vez en mayor número a Roma para pasar con él un rato, aunque sea corto.

Conserva el pelo negro y, si sus gestos son tal vez un poco más pausados que antes, su rostro y su figura se han estilizado al perder peso. Sigue caminando deprisa, con la rapidez de quien quiere aprovechar el tiempo, y mantiene una viveza que le hace reaccionar enseguida, con energía o buen humor, ante lo que le dicen.

Ordenado por naturaleza, sabe multiplicar el tiempo (que, según él, para un cristiano no sólo es oro, sino también gloria), organizando al máximo su trabajo diario. Aplica, a la letra, lo que había escrito en Camino: ¿Virtud sin orden? -¡Rara virtud!

Se levanta temprano y hace un largo rato de oración mental antes de celebrar la Santa Misa. Con frecuencia -sobre todo con ocasión de ciertas fiestas litúrgicas o en aniversarios de fechas importantes para el Opus Dei-, predica a sus colaboradores más íntimos en un oratorio que, para sus hijos e hijas dispersos por el mundo, viene a ser como el corazón de la Obra. Allí, ante una gran vidriera que representa la venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés, ha mandado colocar, cuando carecían hasta de lo más indispensable, un altar con un bello sagrario en que se lee lo siguiente: Consummati in unum. “Para que sean consumados en la unidad” (Juan, XVII, 23), palabras que le son muy queridas.

Los que tienen la suerte de escuchar lo que dice, que más que una prédica es una meditación en voz alta, suelen tomar nota, para transmitírselo a otros miembros de la Obra.

Durante el desayuno -muy frugal-, echa un vistazo a la prensa diaria. Luego, tras leer el breviario, empieza a despachar los asuntos ordinarios de gobierno, casi siempre acompañado por el Secretario General de la Obra, don Álvaro del Portillo. Mantiene también breves reuniones con los miembros del Consejo que gobiernan con él la Sección de varones y con los de la Asesoría Central, órgano equivalente para la Sección femenina. Todos los días le llegan al Padre informes del mundo entero que hacen referencia al desarrollo de los apostolados y a los asuntos que exigen una consulta.

A últimas horas de la mañana, recibe algunas visitas: miembros de la Obra que se encuentran en Roma, acompañados a menudo de sus familias; amigos que colaboran en actividades apostólicas de diversos países; personalidades que desean verle, pedirle consejo espiritual o recibir consuelo… El Padre no puede dedicarles demasiado tiempo, pero los minutos que pasan con él les dejan plenamente satisfechos, pues pone tanto interés en lo que les dice, es tan sincero, tiene tan buen humor y se esfuerza tanto en encontrar la expresión adecuada a cada situación, que sus palabras ayudan a todos a ser más fieles a su vocación cristiana.

El número de visitantes aumenta de año en año, pero no por eso deja de recibir a todos los que puede. Para él, esos encuentros personales son un medio más de hablar de Dios, de hacer apostolado.

Después del almuerzo -siempre muy sobrio, pues sigue comiendo poco-, conversa informalmente con sus colaboradores más íntimos y, siempre que puede, pasa un rato de tertulia con los alumnos del Colegio Romano, que viven en un edificio contiguo.

A continuación, vuelve a sus papeles, tras los cuales siempre ve almas. Prepara también homilías o instrucciones, o las revisa para su publicación. Dedica otro buen rato a la oración mental, reza el Rosario, lee algún capítulo del Santo Evangelio y un fragmento de un libro de espiritualidad.

Así es el plan de vida que sigue desde hace años. A todo lo cual hay que añadir sus entrevistas con miembros de la Curia Romana, o con cardenales u obispos que visitan Roma. Muchos van a verle para conocer el espíritu del Opus Dei de labios de su Fundador. El Padre se lo explica y les habla también de los problemas de la Iglesia, que ilumina con una profunda visión sobrenatural.

Su responsabilidad como Fundador y en el gobierno de la Obra

Mons. Escrivá concentra su excepcional vitalidad en su empeño por imprimir un impulso constante a los apostolados de la Obra en todos los países, actitud que sólo se ve compensada por su prudencia de buen gobernante. No toma ninguna decisión que no haya sido cuidadosamente estudiada colegialmente. Detesta la tiranía y la autocracia, tanto en la dirección de las tareas que se refieren a las almas como en el gobierno de las labores apostólicas. Afirma, con pleno convencimiento, que necesita la personal y responsable participación de los que componen los órganos de decisión que él preside, y así obra de hecho, reservándose, corno es natural, el derecho a dar su autorizada determinación para definir las diferentes cuestiones. Sus intervenciones son, por eso, decisivas, firmes, pues conoce la responsabilidad que tiene como Fundador. Se trata, en suma, de evitar cualquier desviación del espíritu que el Señor ha querido imprimir al Opus Dei, que es preciso mantener a toda costa e impedir que degenere a su muerte. En consecuencia, cuida hasta los menores detalles y no permite la menor negligencia, reveladora de una falta de amor, pues, a los ojos de Dios, todo es grande. Además, en los trabajos de apostolado no hay desobediencia pequeña.

Exigente con los demás como lo es consigo mismo, procura compensar siempre la fuerza de sus indicaciones, cuando se ve obligado a corregir a alguien en algo que contradice el espíritu de la Obra, con una señal clara de su afecto que llega directamente al corazón del interesado sin hacerle, por eso, olvidar la lección. De esta manera ha ido logrando formar a quienes le rodean y hacer de ellos formadores de sus hermanos mediante el ejemplo, la oración y las correspondientes indicaciones, asegurando así la perseverancia de todos.

Ha sabido, sobre todo, comunicar a sus hijos, desde el primer momento, la preocupación apostólica que tiene él mismo. La Obra debe desarrollarse con rapidez, sin temor a los inevitables obstáculos y contradicciones que encontrará en su camino. Ese impulso no debe proceder de un entusiasmo meramente humano, sino de una correspondencia al querer de Dios, fruto de la oración y, también, del sentido común… El Padre enseña a sus hijos a ir al paso de Dios, como él lo viene haciendo desde 1928.

Expansión y consolidación de los apostolados

En la década de los años sesenta prosigue, en efecto, la expansión de la Obra por nuevos países: Paraguay, en 1962, y Australia, donde se instalan cuatro norteamericanos en 1963.

Al año siguiente, dos filipinos que han conocido la Obra en los Estados Unidos regresan a su país. El Padre los recibe en Roma y les dice que hace años que viene rezando por los comienzos de la labor en esa puerta del Extremo Oriente que son las islas Filipinas.

En julio de 1965, algunos miembros de la Obra viajan a Nigeria, que no tarda en ser el segundo país del continente africano que se beneficia de los apostolados del Opus Dei, lo mismo que otro país europeo: Bélgica…

Pero el Padre se preocupa también de reafirmar la Obra allí donde ya ha comenzado a arraigar. Quiere garantizar la perseverancia de los primeros y la fecundidad de sus apostolados, pues, al fin y al cabo, la Obra no es más que una vasta empresa de “formación permanente” en el plano espiritual, una “gran catequesis” que exige muchas horas de dedicación. Por eso, quiere que se vayan abriendo, en diferentes países, centros de formación, de educación y de asistencia, que, como las primeras residencias de Madrid, antes y después de la guerra, constituyan un instrumento de apostolado y, al mismo tiempo, presten un servicio a la sociedad; centros que, por otra parte, cuenten con la ayuda de muchas personas capaces de comprender ese servicio y de actuar con generosidad. Finalmente, anima a sus hijos a tener iniciativas, a procurar buscar vocaciones en otras ciudades y entre todas las clases sociales, dentro de cada país.

Se trata, en suma, de mantener muy alto el punto de mira apostólico, siendo muy exigentes consigo mismos en lo que atañe a la vida interior y al trabajo, sin hacer la menor concesión al aburguesamiento.

Todo esto hace que las personas que se acercan al Opus Dei y establecen contacto con algún Centro de la Obra comprendan enseguida que no encontrarán allí ninguna ventaja material, sino que tendrán que dar. Mejor dicho: Tendrán que darse… y si son generosas, si no regatean, terminan por comprender que están recibiendo mucho más que lo que han dado, porque lo que ha comenzado a cambiar es la orientación de su vida, que, ahora, se encamina derechamente a Dios…

De esa fuente mana esa alegría constante, fruto del esfuerzo y la entrega, que tanto llama la atención de quienes frecuentan Centros de la Obra. Alegría contagiosa, que aproxima a Dios.

De ahí, también, el cariño que todos tienen al Padre, fruto de su agradecimiento al Fundador y de su preocupación constante por mantenerse unidos a la cabeza. Algo que, vivido a todos los niveles de la ágil estructura que sostiene a la Obra, da una coherencia y elasticidad al Opus Dei que también resultan sorprendentes. Se trata, en el fondo, de algo difícil de explicar, porque es sobrenatural. Un espíritu propio, inconfundible, que es, ya, un legado del Fundador.

En Villa delle Rose

En el otoño de 1962, cuando está a punto de iniciarse el Concilio Ecuménico, jóvenes procedentes de diversos países empiezan a llegar a Roma para seguir, durante dos o tres años, cursos de formación similares a los que hacen, en Villa Tévere, grupos de jóvenes de la Sección de varones. El lugar escogido es Villa delle Rose, la finca situada en Castelgandolfo que el Papa Juan XXIII ha cedido definitivamente a la Obra para que puedan organizarse allí actividades de formación ascética y doctrinal. La casa ha sido convenientemente restaurada y en ella se instalará, provisionalmente, el Colegio Romano de Santa María, que ya venía funcionando en Roma y que supone para las mujeres del Opus Dei un período intenso de formación junto a la sede de Pedro.

El 19 de diciembre de ese mismo año se abre en Barcelona el proceso de beatificación de una mujer del Opus Dei: Montserrat Grases, muerta a los dieciocho años en olor de santidad, a pesar de que hacía sólo año y medio que pertenecía a la Obra.

El Concilio Ecuménico Vaticano II

A raíz de una audiencia que le había concedido el 27 de junio de 1962 el Santo Padre Juan XXIII, Mons. Escrivá de Balaguer ha escrito una carta a todos sus hijos para pedirles que ofrezcan oraciones, así como su trabajo ordinario, por el éxito del Concilio.

En contra de lo que opinan muchos, piensa que puede durar bastante tiempo y que tal vez encuentre obstáculos imprevistos. Su sentido de la historia y su conocimiento de las debilidades humanas le hacen pensar así.

En todos los Concilios ha habido momentos de dificultad, porque a veces los hombres no dejamos actuar con plenitud al Espíritu Santo, ponemos obstáculos. Pero de todo eso tenéis que sacar más amor a la Iglesia, más unidad, más fidelidad, más obediencia, más sujeción al Magisterio eclesiástico y al Romano Pontífice. Y al final, siempre vence el Espíritu Santo.

Tal es la razón por la que pide a todos que recen más y que reciten, como él mismo hace con frecuencia, el Veni Sancte Spíritus.

En 1961 ha sido nombrado Consultor de la Comisión para la interpretación auténtica del Código de Derecho Canónico. De acuerdo con la Santa Sede, no participará como Padre conciliar en las tareas del Vaticano II, pero las seguirá de cerca. Además, muchos de los obispos y algunos de los expertos -teólogos y canonistas- que se encuentran en Roma con ocasión del Concilio le visitan en Villa Tévere. El Padre, sin interferir en absoluto en sus tareas, les anima, con el sentido de Iglesia que le caracteriza, a tomar parte activa en la Asamblea, respondiendo a las preguntas que le hacen con una rapidez y una seguridad que les deja impresionados.

Por otra parte, dos miembros del Opus Dei -el Obispo de la Prelatura de Yauyos y el de Chiclayo, ambos del Perú- figuran entre los Padres conciliares. En cuanto a don Álvaro del Portillo, que ha participado activamente en la preparación del Concilio como presidente de una de las Comisiones previas -la de los laicos-, ha sido nombrado por el Papa Secretario de una de las comisiones conciliares: la “De disciplina cleri et populi christiani”; siendo experto, también, de otras comisiones.

Todo ello va a suponer, para el Padre, una acumulación de trabajo mientras dure el Concilio, ya que don Álvaro no podrá dedicar mucho tiempo a las tareas de Secretario General de la Obra.

No importa, hijos míos -comenta Mons. Escrivá-: lo ha querido así el Santo Padre. Nosotros hemos de servir siempre a la Iglesia como la Iglesia quiere.

El 15 de noviembre, Juan XXIII comunica a los Padres conciliares que, a petición de algunos de ellos, ha decidido incluir una invocación a San José en el Canon de la Misa. Una alta personalidad eclesiástica que conoce la devoción de Mons. Escrivá hacia el jefe de la Sagrada Familia le telefonea el 8 de diciembre, en cuanto el Papa proclama solemnemente su decisión en el discurso de clausura de la primera sesión del Concilio. “Rallegramenti!” -dice-. “¡Felicidades! Al escuchar ese anuncio pensé inmediatamente en usted, en la alegría que le habría producido…”

Tal decisión es, en efecto, para el Fundador del Opus Dei, la proclamación del inmenso valor sobrenatural de la vida de San José, el valor de una vida sencilla de trabajo cara a Dios, en total cumplimiento de la divina voluntad.

La elección de Pablo VI

Cuando el 3 de junio del siguiente año, el Papa Juan, tras una dolorosa agonía, entrega su alma a Dios, el Padre, rodeado de los miembros del Consejo General de la Sección de varones del Opus Dei, reza enseguida un responso. Luego escribe a todos sus hijos para que ofrezcan sus oraciones por la misma intención y empiecen a rezar ya por el sucesor. Todos los sacerdotes de la Obra, por su parte, ofrecen misas por el Pontífice difunto.

Resulta elegido Papa el Cardenal Montini, quien había recibido a don Josemaría Escrivá con la mayor cordialidad cuando llegó a Roma en 1946. El Fundador del Opus Dei aprecia profundamente la inteligencia y la delicadeza de quien, a partir de ahora, será sobre todo, para él, el Papa, la Cabeza visible de la Iglesia, el representante de Cristo.

En cuanto se entera del resultado de las votaciones, Mons. Escrivá se recoge en oración para rogar a Dios que el pontificado de Pablo VI, que se inicia en una hora crucial de la historia de la Iglesia, abra a los ojos de los hombres la asistencia continua del Espíritu Santo.

Acompaña también al nuevo Papa, con el pensamiento y la oración, durante la peregrinación a Tierra Santa que Pablo VI emprende en enero de 1964.

El 24 de ese mismo mes, Mons. Escrivá tiene la alegría de ser recibido por el Papa en una audiencia privada de tres cuartos de hora que se inicia con un cariñoso abrazo del Santo Padre. Unos días más tarde, el Cardenal Secretario de Estado le confirma, en una carta, el consuelo que ha experimentado el Soberano Pontífice “al saber cómo tan crecido número de personas, diseminadas en los cinco continentes, practicando los altos ideales que el Opus Dei les propone, tan acomodados a las exigencias de los nuevos tiempos, tratan de servir a la Iglesia como Ella desea ser servida; por su conducta personal y profesional vigorosamente cristiana que une la contemplación a la acción, con el sublime afán de plasmar y de difundir en los más variados ambientes de trabajo los postulados de la verdad y de la santidad del Evangelio”.

Pablo VI vuelve a decir lo mismo unos meses más tarde, el 10 de octubre, durante una nueva audiencia privada al Fundador del Opus Dei, en el curso de la cual le regala un cáliz igual al que había ofrecido algunos meses antes al Patriarca Atenágoras, y le entrega una carta manuscrita -un quirógrafo- en la cual evoca por extenso el apostolado del Opus Dei, “nacido en este tiempo nuestro como una expresión pujante de la perenne juventud de la Iglesia”, constatando también, “con paterna satisfacción, cuanto el Opus Dei ha realizado y realiza por el Reino de Dios; el deseo de hacer el bien que le guía; el amor encendido a la Iglesia y a su Cabeza visible que lo distingue; el celo ardiente por las almas que lo empuja hacia los arduos y difíciles caminos del apostolado de presencia y de testimonio en todos los sectores de la vida contemporánea”.

El Padre sale profundamente conmovido de esta segunda audiencia.

Se lo dice, tal y como lo siente, a sus hijos e hijas, poniendo de relieve que, con esas palabras del Papa, se siente recompensado por tantas cosas ofrecidas “in laetitiae” en los treinta y siete años transcurridos desde la fundación de la Obra.

Un nuevo viaje a España

Al final del mes de noviembre de 1964, Mons. Escrivá vuelve a visitar Pamplona, esta vez para entregar, como Gran Canciller de la Universidad de Navarra, el título de doctor honoris causa al antiguo y al nuevo Rector de la Universidad de Zaragoza.

Nada más llegar, el Padre se reúne con un numeroso grupo de estudiantes en un Colegio Mayor, fundado en Pamplona unos años antes. Les habla, con entusiasmo, de sus responsabilidades futuras, para las cuales se están preparando ahora en la Universidad de Navarra: Estáis aquí como la buena harina dispuesta para la levadura, dentro del horno: va a ser un buen pan, para dar mucho alimento a las almas y a las inteligencias. Entre esas responsabilidades, cita una que consiste en ser sembradores de paz y de alegría, practicando el respeto mutuo.

La ceremonia de investidura de los nuevos doctores, que se celebra al día siguiente, reúne a más de trescientos profesores de diversas Universidades españolas y a representantes de las de Burdeos, Montpellier y Toulouse. Banderas de cuarenta países presentes en la Universidad a través de estudiantes de esas nacionalidades decoran el edificio central. A pesar de la lluvia, una gran multitud espera al pie del balcón principal para aplaudir al Padre, que va recibiendo a un grupo tras otro: profesores, representantes del Municipio y la Diputación, personal administrativo y subalterno de la Universidad, Comité del Patronato del Santuario de Torreciudad, Comité directivo de la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra (cuyos miembros han comenzado a llegar a Pamplona en diversos medios de transporte), un grupo de periodistas extranjeros…

El 29 de noviembre, más de doce mil personas se han concentrado en Pamplona para participar en la primera Asamblea General de la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra, una de cuyas tareas consiste en ayudar al sostenimiento de la Universidad. La Asamblea se celebra en el teatro Gayarre, cuya capacidad es a todas luces insuficiente. La inmensa mayoría de los hombres y mujeres que abarrotan la sala, de muy diferente condición y clase, han venido, sobre todo, para ver al Padre, escucharle y agradecerle, con su presencia y sus aplausos -que él no puede contener, a pesar de sus esfuerzos-, todo lo que ha hecho. Porque ha sido él quien, con su fidelidad a la gracia, ha transformado sus vidas, haciéndoles descubrir una vocación que les permite vivir la plenitud de la vida cristiana en medio de sus ocupaciones ordinarias.

Cuando, tras los discursos más o menos protocolarios, el Padre toma la palabra, propone a los presentes sustituir su alocución por un diálogo con ellos sobre los temas que prefieran. Un torrente de aplausos transforma inmediatamente lo que parecía una ceremonia oficial en una reunión de familia; todos tienen la impresión de estar cerca del Padre, aunque hay miles de personas…

Las preguntas fluyen de todas partes, del patio de butacas, de los palcos, del gallinero, provocando rápidas respuestas que unas veces hacen reír a los asistentes y otras, cuando subraya con fuerza temas importantes, son acogidas con profundo silencio: relaciones conyugales, educación de los hijos, vida de piedad, oración, frecuencia de sacramentos, problemas profesionales, cómo hacer compatibles las obligaciones familiares con un trabajo intenso…

Uno de los temas en los que el Padre insiste es el de la libertad de los cristianos.

-Padre, ¿por qué tiene tanto amor a la libertad? -pregunta alguien.

-Amo la libertad, porque sin libertad no podríamos servir a Dios; seríamos unos desgraciados. Hay que enseñar a los católicos a vivir, no de llamarse católicos, sino de ser ciudadanos que asumen la responsabilidad personal de sus acciones personales y libres. No hace mucho que escribía a una personalidad altísima -imaginaos lo que queráis, me da lo mismo-, diciendo que los hijos de Dios en el Opus Dei viven a pesar de ser católicos.

Para la mayoría de los oyentes, la alusión a la tentación de caer en el clericalismo es clara. Es tentador, en efecto, en un ambiente oficialmente católico, como el de España entonces, aprovecharse de la confesionalidad del Estado para obtener ventajas, a veces muy suculentas… Mons. Escrivá aprovecha la ocasión para reafirmar con energía que el Opus Dei no constituye, ni constituirá jamás, un “grupo de presión”. Sería contrario a su naturaleza y, además, imposible de realizar, dada la enorme diversidad social de sus miembros.

-¿Qué posición tienen los miembros del Opus Dei en la vida pública

de los países? -insiste otro.

-¡La que les da la gana!, con entera libertad. No me interesa la posición de cada uno, defiendo su libertad. De lo contrario, tampoco podría defender la mía. Y soy de una tierra donde no toleramos la imposición …

Fluyen las risas, porque nadie ignora que el Padre es aragonés.

Con todo, ese respeto de la libertad tiene sus raíces más hondas en la más sana tradición cristiana.

-No olvidéis que el mundo es cosa nuestra, que el mundo es nuestra casa, que el mundo es obra de Dios y lo hemos de amar, como hemos de amar a los que están en el mundo. Que es oficio nuestro consagrar a Dios el mundo, mediante esta dedicación al servicio del Señor, cada uno en el ejercicio de su trabajo ordinario, para ser testimonio de Jesucristo y servir también así a la iglesia, al Romano Pontífice y a todas las almas. Por eso, hemos de comprender el mundo, lo hemos de levantar, lo hemos de divinizar, lo hemos de purificar, lo hemos de redimir con Cristo, porque sois corredentores con Él.

El Padre regresa a Roma físicamente agotado, pero muy contento por haber podido hablar de Dios a un número de personas considerablemente más alto que en 1960, durante aquella otra visita a España. Es consciente de que ha animado a mucha gente a acercarse más a Dios, pero también de que ha aprendido mucho, viendo su deseo de luchar para mejorar su vida interior y por ejercer una influencia cristiana profunda allí donde Dios ha colocado a cada uno: en todas las encrucijadas del mundo, como predicaba y preveía ya en los años treinta…

El Papa, en un Centro del Opus Dei

Un año más tarde, el 21 de noviembre de 1965, Mons. Escrivá de Balaguer acoge al Papa Pablo VI a la entrada de un Centro situado en un barrio obrero de la periferia de Roma, el Tiburtino, donde la Obra desarrolla una importante labor apostólica.

Se trata del Centro E.L.I.S. (Educazione, Lavoro, Istruzione, Sport), que comprende una escuela de formación profesional, una residencia para los alumnos procedentes de provincias o del extranjero, un club deportivo y, aparte, una escuela femenina de hostelería.

Juan XXIII había decidido que los fondos recaudados para honrar a Pío XII con motivo de su octogésimo aniversario se destinaran a una obra social en algún suburbio de Roma carente de instituciones educativas o asistenciales, y había encargado a algunos miembros del Opus Dei la realización y la dirección del proyecto. Pablo VI, por su parte, había querido inaugurar personalmente el Centro después de celebrar Misa en la iglesia parroquial contigua, dedicada en honor suyo a San Juan Bautista y confiada a sacerdotes de la Obra.

Varios cardenales, un buen número de obispos presentes en Roma por razón del Concilio -que pronto va a clausurarse-, representantes del Ayuntamiento, de la provincia de Roma y del Estado italiano asisten a la ceremonia de inauguración, así como la inmensa mayoría de los habitantes del Tiburtino. Mons. Escrivá recuerda en su discurso el mensaje específico del Opus Dei -el valor santificante del trabajo- y el clima de libertad y de comprensión que se esfuerzan por crear en todas partes los miembros de la Obra.

El Papa, en su respuesta, añade a su discurso escrito unas palabras improvisadas para recalcar que conoce y aprecia desde hace tiempo al Fundador del Opus Dei y al Secretario General de la Obra, don Álvaro del Portillo.

Es ya de noche cuando, luego de haber visitado detenidamente la escuela de formación y las instalaciones de la Escuela de hostelería, abandona el Centro ELIS acompañado por portadores de antorchas.

Antes de subir al coche, después de haber pasado allí más de dos horas y media, el Papa abraza públicamente a Mons. Escrivá de Balaguer y le dice en voz alta: “Tutto qui, tutto qui è Opus Dei!” “¡Aquí todo es Opus Dei!”.

ESPAÑA. Amplitud de espíritu

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Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

En Vallecas, un suburbio de Madrid, donde el Fundador del Opus Dei trabajó cuando era un joven sacerdote, hay un instituto que se llama Tajamar. Para llegar a él hay que pasar junto a una serie de casas modestísimas y edificios llenos de contrastes, que muestran la vitalidad y la pobreza de un barrio popular. Muchas de ellas existían ya hace treinta años, cuando los miembros del Opus Dei se instalaron allí. A mí me recordaron las de un barrio pobre de Sydney que solía visitar con mis padres, hace años, para ver a una tía gravemente enferma. La pobreza que en ellas se incubaba se revelaba a veces en las inmundicias que se vertían en las calles, y en las peleas callejeras.

Cuando empezó Tajamar, a finales de los años cincuenta, las gentes de Vallecas miraban con recelo a los que venían de fuera, pues pensaban que querían aprovecharse de ellos. Los políticos les habían hecho tantas vanas promesas que acogieron a los recién llegados con desprecio, llegando a insultarles y a apedrearles. Les llevó su tiempo, pero los del Opus Dei lograron la confianza de los vallecanos, e instalaron una escuela en una antigua vaquería.

Pero los chicos no acudían, así que los profesores recogieron algunos golfillos en el arroyo y fueron con ellos a su casa para explicarles a sus padres que convenía que fuesen a la escuela.

En Tajamar, como en otras instituciones docentes dirigidas por miembros del Opus Dei, reina el convencimiento de que los padres deben ser los primeros educadores de sus hijos. Cada alumno tiene un preceptor con el que puede hablar de sus estudios y al que puede exponer sus problemas personales, pero los preceptores hablan también periódicamente con los padres de los alumnos, con objeto de ayudar mejor a los chicos, no sólo en los estudios, sino también en el orden espiritual y moral.

En 1963, Tajamar inició cursos de gramática y aritmética para los padres de los alumnos. Algunos de ellos trabajaban desde las primeras horas de la mañana hasta las seis de la tarde, por lo que las clases eran nocturnas y terminaban a las 10 de la noche.

Cuando el problema del desempleo se hizo muy agudo, Tajamar inició cursos de formación profesional en mecánica, electrónica, artes gráficas, diseño y administración. Actualmente cuenta con 2.500 alumnos -de enseñanza primaria, secundaria y formación profesional. Con frecuencia el Instituto recibe visitas oficiales del extranjero, enviadas por diversos ministerios, interesadas en conocer este singular centro educativo.

Durante mi estancia en España pude visitar Madrid (la capital), Barcelona (ciudad industrial y puerto situado al nordeste), Pamplona (ciudad del norte inmortalizada por Hemingway) y Torreciudad, un santuario dedicado a la Virgen María, próximo a los Pirineos y a Francia. El Opus Dei está presente en muchos más lugares de España, pero, incluso en éstos, la variedad de sus actividades ilustra claramente la diversidad de gentes y de proyectos. En España, más que en ningún otro país, se aprecia que los miembros del Opus Dei pertenecen a toda clase de profesiones e impulsan las iniciativas más variadas.

Uno de los signos más visibles de la presencia del Opus Dei en España es el gran número de centros docentes creados por iniciativa de padres de familia, miembros del Opus Dei, junto con otros que no lo son. Uno de estos centros es Pineda, un colegio situado en el cinturón industrial de Barcelona, al norte de Hospitalet de Llobregat, una zona en la que la gente no se puede permitir llevar a sus hijos a colegios caros, pues los padres suelen ser trabajadores de condición humilde.

Pineda comenzó como un simple colegio, pero ahora realiza otras tareas de tipo social. En la zona hay problemas de delincuencia, prostitución y alcoholismo, algo que afecta especialmente a las familias que proceden de áreas rurales. Por eso, en Pineda se ayuda y aconseja a los padres para que sepan cómo encarar esos peligros. Las profesoras me dijeron que, de ordinario, aconsejan a los padres a no reaccionar de manera airada o imponiendo a los hijos terribles castigos, sino enseñándoles a ser libres y al mismo tiempo responsables. Monseñor Escrivá aconsejaba a los padres: “No es camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los que se espera una ayuda eficaz y amable. Es necesario que los padres encuentren tiempo para estar con sus hijos y hablar con ellos. Los hijos son lo más importante: más importante que los negocios, que el trabajo que el descanso. En esas conversaciones conviene escucharles con atención, esforzarse por comprenderlos, saber reconocer la parte de verdad -o la verdad entera- que pueda haber en algunas de sus rebeldías. Y, al mismo tiempo, ayudarles a encauzar rectamente sus afanes e ilusiones, enseñarles a considerar las cosas y a razonar; no imponerles una conducta, sino mostrarles los motivos, sobrenaturales y humanos, que la aconsejan. En una palabra, respetar su libertad, ya que no hay verdadera educación sin responsabilidad personal, ni responsabilidad sin libertad.”

Un escritor

Una tarde, en la histórica Plaza Mayor de Madrid, el escritor y periodista Miguel Álvarez Morales me habló, después de haber almorzado juntos, de la influencia que el Opus Dei había ejercido en su vida. Miguel, hombre vibrante, con un bigote amarillento por la nicotina, es autor de una novela histórica sobre Álvar Núñez Cabeza de Vaca, el descubridor y explorador de nuevas tierras en América. Ha escrito también un relato de los viajes del Papa Juan Pablo II, una obra de historia titulada Las guerras de la posguerra y un libro de poesía, La flauta de caña.

“Todos los años escribo un artículo para explicar cómo me siento en el Opus Dei. Siempre supe que tendría vocación -me dice Miguel-, que Dios quería algo de mí; pero no como religioso. Sabía que no había sido llamado a ninguna Orden. Amaba mucho al mundo… Hasta que un día alguien me habló del Opus Dei. “¡Un momento!”, le interrumpí. “Qué estás diciendo?… Que puedo casarme y seguir cultivando la poesía y. .. ¡Un momento!”. Yo sentía que Dios me decía: Ven… Ven… Pero no sabía lo que quería. Y resulta que lo que quería es que fuese del Opus Dei: permanecer en el mundo y, al mismo tiempo, pertenecer por completo a Dios. Continuar ‘escribiendo y querer mucho a mi mujer y a mis hijos, y además servir a Dios en todo.”

Así fue como Miguel se convirtió en miembro del Opus Dei, permaneciendo en el mundo y siendo padre de ocho hijos. “Necesitaba tener muchos hijos para expresarme a mí mismo -me dijo, riendo Cada uno tiene algo, ¿sabes?, y yo necesitaba tener ocho para expresarme…. Algo parecido le pasa a Dios: chinos, africanos, españoles… Se expresa de muchas maneras. Una de las cosas que me entusiasman de la familia es que, como dice el Papa, es el único lugar en el que se puede ser el que se es. En familia uno es Miguel, o Pepi, o’ como se llame. Fuera del hogar es poeta, o periodista, o lo que sea. Pero en casa uno es simplemente Miguel.”

Un taxista

Una de las personas que entró en contacto con el Opus Dei a través de Tajamar, donde estudiaban sus hijos, es Joaquín Puerto Gracia, un taxista de mediana edad y complexión robusta que, con la llaneza con que suele hablar, me contó cómo una vez “hizo Opus Dei” en su taxi: “Un día, subió al taxi un individuo que me dijo que llevaba cuatro días bebiendo, sin pisar su casa ni ver a su mujer y sus hijos. Se había gastado su paga casi entera y cuando me dijo que si quería tomar algo con él, le dije que sí, pero en lugar de entrar en un bar le llevé a una chocolatería. Cuando se dio cuenta de que allí no podía tomar alcohol, empezó a decir, entre palabrotas, que le sacara de allí. No podía comprender por qué me interesaba por él, pero cuando se calmó un poco empezó a contarme su vida. Cuando terminó, le mostré una iglesia que había muy cerca, le dije que yo iba a entrar en ella, y le pedí que me acompañase. “¿Por qué demonios he de ir yo a esa iglesia cuando hace años que no piso ninguna?”, me respondió. Pero vino conmigo, a pesar de todo, y al cabo de unos minutos, dijo : “¿Sabes? Me encuentro muy bien aquí”. Minutos más tarde, se acercó a un confesionario y, después de confesarse, se quedó a oír Misa. Al día siguiente me telefoneó para decirme que iba a bautizar a su último hijo. Desde entonces somos muy buenos amigos. Dejó de beber y se convirtió en un buen padre de familia”.

Una empleada de hogar

María Teresa Sánchez ha intervenido en algunos programas de televisión para hablar de temas relacionados con el servicio doméstico. Es miembro del Opus Dei desde hace 36 años y sigue estando entusiasmada con su profesión. “Trato de convertir mi trabajo -planchar, cocinar, hacer las camas, servir la mesa en oración, realizando esas tareas lo mejor que puedo y ofreciéndolas a Dios. Procuro encontrar cada día algo que puedo hacer mejor. Estoy convencida de lo que decía Monseñor Escrivá: que el trabajo bien hecho beneficia rápidamente a los demás. Y servir a los demás es servir a Dios.”

María Teresa, de joven, era muy buena estudiante y sus profesoras le aconsejaron que hiciese alguna carrera. Cuando les dijo que estaba encantada con la profesión que tenía, no salían de su asombro. “Como Monseñor Escrivá solía decir -señaló-, es lo que hizo durante toda su vida la Madre de Dios, que es la criatura más excelsa de cuantas existen.”

Si muchas amas de casa se consideran infelices haciendo lo que hacen es porque no piensan en los demás, opina María Teresa. “Verdad es que las tareas domésticas son engorrosas, pero también es cierto que tienen buenos e inmediatos resultados.”

Un soplador de vidrio

Enric Hernández Sánchez tiene 53 años y es un hombre tranquilo, de voz apacible, que ha consumido la mitad de su vida inclinado sobre un ancho banco de madera dando forma al vidrio encima de un quemador. A primera vista parece una vida agradable. Es su propio patrón y sus creaciones -rosas delicadas, copas de filigrana, graciosas jaulas de cristal- le dejan a uno pasmado cuando el sol que entra en su taller incide sobre ellas y las hace resplandecer. Enric llevaba ya casi medio siglo soplando cristal cuando conoció el Opus Dei, y su soplo ya no era tan vivo, ni sus creaciones tan resplandecientes, pero el Opus Dei le hizo descubrir otra dimensión de su trabajo.

“Antes de conocer el Opus Dei, me estaba haciendo viejo, no sólo por la edad, sino también profesionalmente -me dijo-. Me faltaba ambición, entusiasmo por lo que hacía. El Opus Dei me rejuveneció. Me hizo ver que trabajar es otra forma de rezar. Empecé a experimentar, a diseñar nuevas formas, y no tardé en volver a encontrar satisfacción en mi trabajo, haciendo cosas bonitas. En ese proceso de renovación comprendí por qué era soplador de vidrio y no otra cosa. Había una conexión clara entre mi vocación humana y mi vocación sobrenatural: Antes me sentía frustrado, como si me hubiese equivocado de profesión. En un libro que recoge algunas de sus homilías, Es Cristo que pasa, Monseñor Escrivá habla de la parábola del sembrador. Los granos de trigo se desparraman por el suelo y allí donde caen, Dios quiere que den fruto. Donde caen, donde cada uno estamos, donde está nuestra lucha diaria… Yo sobrenaturalizo mi trabajo, en primer lugar, ofreciéndoselo a Dios. Trato de hacerlo lo mejor que puedo. Trabajo siempre con cosas materiales y hay un montón de cosas que se pueden aprender de la materia, pero hay que dominarla. Así que lo que pido a Dios es que sea capaz de hacer bien las cosas, lo mejor que pueda, para que le den más gloria.”

Además de colegios de primera y de segunda enseñanza, los miembros del Opus Dei en España han tenido iniciativas educativas de muy diversa índole. Tal vez las más difundidas sean las Escuelas Familiares Agrarias (EFA), dirigidas a impulsar la formación de los campesinos, sector de la población más pobre y menos favorecido. Hay en España unas 36 EFA, que forman al 80 por 100 de la población joven campesina.

Durante mi viaje, visité una EFA llamada La Casa de Quintanes, situada en los altos de Llucanes, a unos 60 kilómetros de Barcelona, e instalada en un viejo edificio del siglo XVII, remodelado, donde se alojan 156 estudiantes. Cuando llegué disfrutaban de un rato de tiempo libre y, en chándal o ropa de deporte, se dedicaban a los más diversos menesteres: barrer, fregar, hacer reparaciones, conducir un tractor, etc. Se veía que disfrutaban. Todo tenía un aspecto de hogar, de familia. En el césped, un par de estudiantes jugaban con un perro, mientras el cocinero, que vive allí con su familia, cuidaba del huerto.

En las EFA se alterna la enseñanza teórica con las prácticas de la tierra. También se ayuda a los campesinos a organizar cooperativas, a estar al día en técnicas agrícolas, a comercializar los productos del campo y a proteger sus bienes y su trabajo.

Otro centro de enseñanza de muy especiales características en Brafa, que ha adquirido fama en España y especialmente en Cataluña como escuela de deportes. Comenzó en 1949, cuando varios miembros del Opus Dei empezaron a organizar partidos de fútbol con los chavales de un barrio obrero de Barcelona. Al principio jugaban en cualquier sitio -en un solar, en medio de la calle y se reunían en un garaje prestado. Luego empezaron a construir diversas instalaciones, hasta constituir un respetable conjunto de edificios y campos de deportes que se terminó en 1971. Actualmente se adiestran en Brafa 1.700 jóvenes y 500 adultos. Aunque de la escuela han salido campeones en diversas ramas del deporte, el objetivo fundamental de Brafa es que el mayor número posible de personas practique algún deporte dentro de sus posibilidades. Por eso, ofrece becas a quienes carecen de recursos para sufragar los gastos. Junto a la formación y al entrenamiento deportivos, Brafa ofrece formación espiritual y cultural, haciendo especial hincapié en la práctica de las virtudes humanas.

Otro centro de formación especial, en este caso para subnormales, es La Veguilla. Se trata de una tarea educativa que realizan varios miembros de la Obra en colaboración con otras personas que no pertenecen al Opus Dei. Está situado en los alrededores de Madrid, cuenta con un colegio que imparte enseñanza primaria y secundaria, y con unos talleres que permiten ganarse la vida a quienes trabajan en ellos con la venta de lo que fabrican, fundamentalmente piezas de cerámica, muebles, tapicería, etc. El centro cuenta también con un vivero. Quienes dirigen y administran La Veguilla dicen que los que trabajan en los talleres se sienten satisfechos y felices sabiendo que son capaces de crear objetos útiles y artísticos, que encuentran fácil salida en el mercado. Entre sus clientes se encuentran el alcalde de Madrid y la reina doña Sofía.

Seguramente la empresa educativa más conocida de los miembros del Opus Dei en España es la Universidad de Navarra. En Trabajos de amor perdidos, Shakespeare escribió: “Navarra será el asombro del mundo. Nuestra corte será una pequeña academia tranquila y contemplativa en el arte de vivir”.

Pamplona tuvo que esperar mucho tiempo para tener su “pequeña academia”. La Universidad de Navarra, fundada en 1952, vino a hacer realidad un sueño de siglos. Surgió en un momento en que la necesidad de nuevas instituciones de enseñanza superior era acuciante, y así vino a llenar, como todas las obras corporativas del Opus Dei, una necesidad social.

La Universidad de Navarra atrajo enseguida profesores destacados de otras universidades españolas -Madrid, Barcelona, Sevilla, Santiago, Granada…- y extranjeras. Mucha gente, sin embargo, consideraba que la empresa era una locura y las autoridades regionales la miraban con recelo, por lo que mandaron hacer una investigación, cuyo dictamen fue negativo. Cuando Monseñor Escrivá lo supo, se echó a reír y dijo: “¡Claro que es imposible! Por eso lo haremos!”.

El profesor Ismael Sánchez Bella, que luego sería el primer rector de la Universidad de Navarra y primer presidente de la Asociación de Amigos de la misma, renunció a una cátedra de Historia en la Argentina y regresó a España para ponerse al frente del proyecto. Nada más bajar del barco, ilusionado, preguntó a los amigos que habían acudido a recibirle cuánto dinero habían conseguido. La respuesta le dejó anonadado: “¿Cuánto llevas tú en los bolsillos?”.

“Empezamos sin una peseta -me dijo-, pero con la moral altísima, lo cual es mucho más importante que el dinero.”

Actualmente, el campus de la Universidad, de 160 hectáreas, cuenta con nueve facultades, más de 10.000 estudiantes (500 de ellos no españoles) y 1.000 profesores. El sistema de tutoría personal y el énfasis que se pone en la formación ética de los estudiantes caracterizan la enseñanza en la Universidad, que facilita también clases de teología. El Gobierno español empezó a homologar los títulos de la Universidad de Navarra a comienzos de la década de los sesenta. Actualmente, mantiene contactos con las demás universidades españolas, con frecuentes intercambios, visitas y congresos.

La Universidad de Navarra procura poner la enseñanza superior al alcance de todos cuantos tienen aptitudes, con independencia de sus recursos económicos. A pesar de todo, las subvenciones y ayudas estatales son mínimas. La financiación, en gran parte, corre a cargo de miles de colaboradores españoles y extranjeros -muchos de ellos modestos- agrupados en la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra.

En cierto sentido, el corazón de la Universidad es su Facultad de Medicina, que cuenta con su propio hospital, la Clínica Universitaria. En ella se efectuaron algunos de los primeros trasplantes de corazón realizados en España. Pero en la Clínica Universitaria no sólo se cuida el estudio y análisis de la patología del paciente, sino también sus circunstancias espirituales y familiares. Médicos y enfermeras procuran cuidar estos aspectos. Durante los dos días que permanecí allí observé cómo en las salas de visitas, médicos y enfermeras charlaban con los visitantes, los animaban y les daban explicaciones.

Otra Facultad que me interesó mucho durante mi visita a la Universidad fue la de Periodismo, la cuarta en crearse, pues por entonces, la enseñanza del periodismo, no tenía rango universitario en España y muchos consideraban que era “una locura” dársela. Actualmente, la facultad, floreciente, forma cientos de periodistas que encuentran empleo en medios de comunicación de toda España.

En una entrevista que concedió a un joven periodista, el fundador del Opus Dei explica por qué estaba tan interesado por el periodismo. “Es una gran cosa el periodismo, también el periodismo universitario. Podéis contribuir mucho a promover entre vuestros compañeros el amor a los ideales nobles, el afán de superación del egoísmo personal, la sensibilidad ante los quehaceres colectivos, la fraternidad. Y ahora, una vez más, no puedo dejar de invitaros a amar la verdad.

No os oculto que me repugna el sensacionalismo de algunos periodistas, que dicen la verdad a medias. Informar no es quedarse a mitad de camino entre la verdad y la mentira. Eso ni se puede llamar información, ni es moral, ni se puede llamar periodistas a los que mezclan, con pocas verdades a medias, no pocos errores y aun calumnias premeditadas: no se pueden llamar periodistas, porque no son más que el engranaje -más o menos lubrificado- de cualquier organización propagadora de falsedades, que sabe que serán repetidas hasta la saciedad sin mala fe, por la ignorancia y la estupidez de no pocos.

Os he de confesar que, por lo que a mí toca, esos falsos periodistas salen ganando: porque no hay día en el que no rece cariñosamente por ellos, pidiendo al Señor que les aclare la conciencia.”

En un libro como éste es imposible hacer justicia a la magnífica labor que llevan a cabo en Navarra un puñado de hombres y mujeres con escasos recursos. El profesionalismo de la institución se revela en el hecho de que mantiene relaciones de intercambio y colación de grados con universidades tan prestigiosas como La Sorbona, Harward, Coimbra, Munich o Lovaina.

Las distintas labores educativas que llevan a cabo los miembros del Opus Dei son de dos clases: labores “personales”, de las que la Obra en cuanto tal no se responsabiliza, y “obras corporativas”, de cuya formación espiritual responde el Opus Dei. Mientras La Veguilla o las Escuelas Familiares Agrarias son iniciativas personales de algunos miembros del Opus Dei y de otras personas que no lo son, la Universidad de Navarra, Tajamar y Brafa son obras corporativas, y el Opus Dei se responsabiliza de la’ formación espiritual y doctrinal que se imparte en ellas.

Un campesino

Antonio Durán tiene el rostro terroso y agrietado, las manos ásperas y callosas, los ojos empequeñecidos de tanto mirar al sol, pero bajo toda esa rudeza se adivina que es feliz. A través de un laberinto de estrechas callejuelas, me condujo hasta su casa, vieja y en desnivel, con olor a carne en el horno y a mieses recién segadas. Mientras su esposa termina de preparar la cena, él me explica cómo transcurre su jornada. Sus hijos le rodean, sin perder detalle:

“Me levanto a las siete y media de la mañana y trabajo hasta las nueve de la noche. En mis tierras siembro trigo y otros cereales. Tengo también algunos almendros y olivos, así como una pequeña viña que me permite cosechar un poco de vino. Cultivar todo eso supone mucho trabajo y sacrificio. Tengo que andar corriendo todo el día de un sitio para otro, pero procuro cuidar de todo. Dios me ayuda. En mi tractor llevo un crucifijo junto al volante, para no olvidarme de Él.”

Hace una pausa para ofrecerme unas almendras y un vaso de vino de su cosecha. Luego prosigue: “Conocí el Opus Dei a través de un arquitecto que estuvo trabajando cerca de mis tierras. Nos hicimos buenos amigos y me invitó a un curso de retiro. Mi mujer no es del Opus Dei, pero colabora en sus actividades. La vida de un miembro de la Obra que vive en el campo y tiene que sacar una familia adelante no es fácil, pero tampoco demasiado difícil. No hay nada imposible”.

Una juez

Doña Concha del Carmen pertenece al Opus Dei desde hace veinte años. Es una mujer atractiva, muy bien arreglada, alegre, sin esa especie de seriedad un tanto hosca que se suele atribuir a los jueces. Cómodamente sentada en un sillón y rodeada de libros apiñados en una librería me explicó que lo que más le atrajo del Opus Dei fue “su humanidad, el ambiente de familia, la alegría”. “Para un juez es muy importante estar cerca de la gente y compenetrarse con sus problemas. Algo que Monseñor Escrivá pone de relieve en una de sus homilías de Es Cristo que pasa. Jesucristo hizo cosas maravillosas por los pobres. Yo como juez, entro en contacto con los más desgraciados: los pobres, los enfermos, los marginados, los delincuentes… Primero hay que aplicar las medidas que establece la ley y a veces es difícil hacer nada más, porque cuesta ver el aspecto humano de los problemas. Pero el Opus Dei me ha enseñado a amar a la gente con hechos, a querer y respetar a todo el mundo… Lo fácil es quitarse de encima a quienes te puedan crear problemas. Lo difícil, tratar de ayudarles y de enderezar sus vidas.

Pero no sólo cuentan las cosas grandes, importantes. También las pequeñas. Esta tarde, por ejemplo, tuve que redactar una sentencia, y cuando terminé de hacerlo me di cuenta de que la mecanógrafa iba a tener dificultades para pasarla a máquina, así que volví a escribirla de nuevo con letra más clara. Éste es el tipo de cosas que Monseñor Escrivá consideraba importantes: hacer las cosas pequeñas con perfección para estar más cerca de Dios y ayudar a los demás.”

Una familia numerosa

Los Pich son una familia barcelonesa. Los padres son co-fundadores de unos grupos de educación familiar extendidos por el mundo entero. Han creado también colegios y clubs juveniles. Dicen que su “hobby” es la educación de sus 16 hijos.

Algunas personas se estremecerán de horror ante la idea de tener tantos hijos. La mayoría de los padres, actualmente, prefieren tener pocos niños, pero muchos empiezan a preguntarse si eso es bueno. Hace poco, la Comunidad Económica Europea y el Comité Social hicieron público un informe que mostraba cómo la tasa de nacimientos había descendido de manera alarmante en los países de la Comunidad y estaba muy por debajo del nivel de crecimiento, algo que se ha dado en llamar euroesclerosis. “El desequilibrio demográfico está adquiriendo proporciones sin precedentes -dice el informe Cubrir el déficit de nacimientos en Europa requeriría una inmigración masiva, nunca vista hasta ahora.” Algunos gobiernos, como los de Francia y Alemania, ya han reaccionado, ofreciendo incentivos económicos considerables a las familias con varios hijos.

La señora Pich estaba en una reunión escolar cuando llegué a su casa. Mientras regresaba estuve hablando con su marido. “Lo que suele pasar con las familias numerosas es que la gente piensa que todos los hijos llegan al mismo tiempo -me dice-, pero no es eso. Llegan uno tras otro, con un año de diferencia aproximadamente. Lo cual es diferente. La naturaleza es muy sabia. Todo lo tiene previsto. ¿Cuál es la diferencia entre tener seis o siete hijos? Entre el décimo y el undécimo es sólo del 10 por 100 y entre el decimoquinto y el decimosexto menor todavía. Así que cuando se miran las cosas objetivamente, no hay problema.” El señor Pich comenta que hasta que llegó el hijo duodécimo vivían en un piso relativamente pequeño, con sólo tres dormitorios para los chicos, pero eran felices allí; y me dice que escribió un artículo explicando cómo era posible que catorce personas cupieran en un sitio así. Ahora, que viven en una casa espaciosa, los hijos se van yendo…

“Una de las ventajas de tener una gran familia es que, a medida que los hijos crecen, uno cuenta con pequeños ayudantes. Si se sabe delegar en ellos, los padres de una familia numerosa trabajan menos. Cuesta organizarse, por supuesto, pero hay que tomárselo como un hobby. Le aseguro -me dijo- que es más entretenido, más divertido, que ir al cine. Es algo fantástico, que te absorbe.”

¿Cómo es posible hacerse cargo de las necesidades de tantas personas de tan distintas edades y caracteres en constante evolución?, le preguntó.

“En primer lugar, hay que enseñar a los mayores a actuar como modelo de los más pequeños. ¿Quién es el héroe de un chaval? Siempre su hermano mayor, que es más fuerte, más valiente y más listo. Y con las chicas sucede lo mismo. Las hermanas pequeñas imitan a las mayores en la manera de hablar, de vestir, de comportarse. Una familia en la que hay un ambiente recio educa a cada miembro, lo cual quiere decir que todos participan en la educación de los otros. Todos se ayudan.

Hasta los más pequeños-pueden ser útiles siendo amables, encantadores, haciendo pequeños servicios. Se puede aprender mucho de los niños si colocamos nuestras antenas para sintonizar con ellos, si les escuchamos, si intuimos lo que quieren. Hay algo que no se debe olvidar: creemos que somos indispensables en la educación de nuestros hijos, lo cual es cierto sólo hasta cierto punto, menos de lo que imaginamos.”

La conversación quedó interrumpida por la cena, servida en una gran mesa redonda con un círculo central móvil para colocar los cacharros. La señora Pich -sorprendentemente joven y serena- llegó cuando ya estábamos cenando, siendo acogida por los gritos de júbilo de los ocho hijos que todavía viven con ellos. Todos participan en la conversación. Todos tienen algo que contar. Cuando les pregunto qué les gusta más de ser una familia numerosa, todos se echan a reír. Rosa, la mayor, responde: “Lo que más nos gusta es lo mucho que nos reímos. No paramos de contarnos cosas divertidas”. Y volvieron a reír dándose palmadas y empujándose, por lo que yo comencé a sentirme como en una de esas pobres pero enormemente felices familias descritas por Charles Dickens.

“Una gran familia es como una ecuación -apunta el señor Pich, reflexivo-. Las alegrías se multiplican y las penas se dividen…”

Después de cenar y de rezar el Rosario en familia, le pregunto a la señora Pich si no le hubiese gustado una carrera, trabajar fuera del hogar. Se quedó perpleja. “¡Pero si yo disfruto muchísimo de los niños!”, protestó. Y le pidió a su marido que me contase la historia de una señora que conoció en Chicago. “Era una madre de ocho hijos -empezó él-, y un periodista que la entrevistaba le preguntó si se sentía realizada. “Mire usted, señor periodista -repuso ella, con viveza-, soy abogado. Trabajé como abogado con mi marido, pero cuando empezaron a llegar los hijos decidí quedarme en casa con ellos. Respeto a las mujeres que trabajan en una oficina, pero, ¿quién cree que se realiza más, ellas o yo? ¿Ellas escribiendo a máquina ocho horas seguidas o yo, rodeada por mis chavales, cada uno con su propia personalidad?.”

La señora Pich me dijo que ser del Opus Dei le ha ayudado mucho a superar tiempos difíciles, en especial la práctica diaria. de un rato de oración mental. Eso le permite “cargar las baterías, algo imprescindible para un ama de casa”. También le ha ayudado mucho ver en todo lo que sucede en la familia la presencia de Dios. “Eso, más que nada, hace que las cosas que la gente encuentra difíciles marchen sobre ruedas.”

Saliendo de Barbastro por carretera, en dirección nordeste, no tarda en divisarse la silueta de un gran edificio situado sobre un promontorio rocoso que se recorta contra el cielo. Cuando la carretera, serpentea, se pierde de vista el santuario, de ladrillo rojo, con su alto campanario, pero cuando vuelve a divisarse resulta cada vez más bello. Se trata de Torreciudad, santuario dedicado a la Madre de Dios, que, como en otros muchos que existen en diversos lugares del mundo, sólo tiene una razón de ser: ayudar a quienes acuden a ellos a enderezar sus vidas desde el punto de vista espiritual.

Torreciudad, en la provincia de Huesca, a menos de 100 kilómetros de la frontera francesa, está en una zona reconquistada por los cristianos a los invasores musulmanes a finales del siglo XI. Para celebrar el triunfo, se construyó una ermita en honor de la Virgen. Un historiador del siglo XV, Faci, cuenta así la historia de la imagen: “Tiene la Santa Imagen su nombre por el sitio en que está su iglesia situada: su antigüedad es de los tiempos de la conquista de aquel Partido, que fue por los años 1083 o siguientes, por Nuestro Rey Don Sancho Ramírez. Expelidos por los Cristianos los Moros que presidían y habitaban el castillo y pueblo de Torre Ciudad, dedicaron los vencedores su Mezquita a una Santa Imagen de Nuestra Señora, que no lejos de aquélla hallaron, y es la misma que hoy se venera”.

Como miles de personas durante siglos, la madre de Monseñor Escrivá hizo una peregrinación a un santuario de la Virgen, precisamente a éste. Fue en el año 1904 y viajó a Torreciudad a lomos de una mula, llevando en brazos a su hijo, de dos años de edad. Iba a dar gracias por la curación de Josemaría, a quien los médicos habían desahuciado. En aquellos tiempos no había carreteras, y el camino era muy áspero, sobre todo los últimos kilómetros, que había que recorrer a pie. Muchas madres, y también hombres robustos, iban a dar gracias a la Virgen por favores similares.

Torreciudad, dominando el embalse de El Grado, con el telón de fondo de los Pirineos, ha cambiado mucho en los últimos años. Gracias a las aportaciones de miles de personas de todo el mundo, fue posible inaugurar un nuevo santuario, el 7 de julio de 1975. En el interior del templo, el centro de atracción es el retablo, de más de catorce metros de altura, esculpido en catorce toneladas de alabastro, que enmarca la imagen de Nuestra Señora de Torreciudad. En él pueden verse diversas escenas de la vida de la Madre de Dios: los desposorios, la anunciación, la visitación, la natividad, la huida a Egipto… Pero quizá la más significativa para los miembros del Opus Dei sea la escena que muestra el taller de Nazaret, con Jesús ayudando a San José a alisar la madera con una azuela, mientras la Virgen María, también ocupada, mira a’ su Hijo.

Debajo de la iglesia hay una cripta con tres capillas dedicadas a Nuestra Señora bajo las advocaciones de Guadalupe, Loreto y el Pilar, con cuarenta confesonarios. Monseñor Escrivá, promotor del nuevo santuario, esperaba que meditar allí conduciría a muchos visitantes a renovar y purificar sus relaciones con Dios. “Espero frutos espirituales -decía-: gracias que el Señor querrá dar a quienes acuden a venerar a su Madre Bendita en su Santuario. Éstos son los milagros que deseo: la conversión y la paz para muchas almas.”

El fundador del Opus Dei creía que Torreciudad demostraría que la devoción a la Madre de Dios no era algo del pasado, que los cristianos seguían amándola “más que a nadie en la tierra, después de Dios; pues por encima de ella, sólo Dios”. Tal era el espíritu del Concilio Vaticano II, que recordó a todos los católicos que “el culto, especialmente el litúrgico, a la Santísima Virgen debe ser generosamente fomentado”.

Torreciudad se ha convertido así en un lugar lleno de paz, propicio a la oración. La quietud, el silencio, sólo se ven rotos por el vibrar del carrillón de las campanas. Los automóviles y los autobuses quedan aparcados lejos y diversos carteles ayudan a los visitantes a crear una atmósfera de piedad cristiana. Allí no hay tenderetes donde se vendan baratijas ni imágenes de plástico. Los domingos y las fiestas señaladas, así como en los meses de mayo y octubre, tradicionalmente dedicados a la Virgen, miles de personas, algunas de ellas no practicantes, acuden a Torreciudad. Pero el santuario ha sido construido para estar al servicio de todo el mundo, por lo que, a diario, acuden numerosos peregrinos de las más variadas procedencias.

En el antiguo santuario hay un libro de firmas que recoge los sentimientos de los peregrinos. Algunos vienen para pedir a la Señora un favor: “Que la Virgen dé trabajo a mi padre… para que mi familia sea como tú… para que mi novio me quiera”. Algunos ponen de manifiesto sus dotes poéticas: “Más hermosa que el sol, así es mi madre…”. O su gratitud: “Gracias por los días que hemos pasado junto a ti. Ayúdanos para que seamos cada día más Opus Dei”. Y un hombre escribió simplemente: “Santísima Virgen, te quiero”.

Se dice que en algunas ciudades españolas hay un centro del Opus Dei casi en cada esquina. Aunque en este capítulo sólo he ofrecido una pequeña introducción a las actividades de los miembros del Opus Dei en España, creo que da una idea de algunos de los aspectos que abarcan. Muestra también la capacidad el Opus Dei para movilizar gente de todas clases. Como el grano de mostaza del Evangelio, ha crecido hasta convertirse en un árbol frondoso, donde anidan toda clase de pájaros. En España empecé a pensar más a fondo sobre la amplitud de las labores de los miembros del Opus Dei, pero hasta el final de mi viaje no comprendí claramente su significado.

Negras sombras

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

Después de haber intentado desmontar el mecanismo de esta institución -singular y, al mismo tiempo, sorprendentemente simple, cuando se llega a entender-, estamos en condiciones de formarnos una idea cabal acerca de las recurrentes acusaciones de «sociedad secreta», de «obra oculta», de «masonería blanca».

Acabamos de ver cómo la dinámica de libertad de la que gozan los miembros en todo lo que no es verdad de fe o de moral definida por el Magisterio provoca la inquietud de muchos. El Opus Dei no dice qué piensa, no sale al descubierto, y por consiguiente -deducen- conspira en secreto. Lo que sucede en realidad es que la Prelatura no expresa opiniones precisamente porque ni las tiene ni puede tenerlas.

Otros en cambio quizá piensen en el «secreto» de la Obra movidos por sus «anomalías» respecto a las organizaciones religiosas tradicionales. Me permito remitir al capítulo correspondiente: como señalé al principio, este informe, sea cual fuera su valor, ha de ser leído íntegramente, porque analiza una realidad compacta y homogénea, en la que cada una de sus facetas está inseparablemente ligada a las demás.

Asimismo, conviene señalar que algunas acusaciones de «secretismo» se explican ciertamente por una mala comprensión de la realidad. Además, los dramáticos comienzos de la Obra, antes de la guerra civil, durante el conflicto y en los años de la posguerra, pueden haber alimentado esas incomprensiones. Las cautelas y la discreción, necesarias durante las primeras décadas del Opus Dei, despertaron nuevas sospechas que han llegado a nuestros días.

Añádase a esto las décadas en que la Obra se sintió descolocada en el derecho canónico vigente, y forzada -por ausencia de algo mejor- a aceptar el ropaje jurídico de los institutos seculares, que no le iba porque la «clericalizaba», mientras luchaba por llegar a su puesto definitivo en la Iglesia. No hubo entonces secretismo, ni eran secretos los estatutos (puesto que habían sido públicamente aprobados por la Iglesia), pero sí un deseo de no aparecer en público. Les desagradaba hablar de algo que no reflejaba adecuadamente el proyecto que Escrivá quería promover, sobre la base de lo que había «visto».

En este capítulo volveremos la mirada al fundador y dedicaremos amplio espacio -al menos, más que de ordinario- a citas de sus escritos.

La primera de ellas procede de la entrevista publicada en abril de 1967 por el semanario americano «Time». Preguntan al futuro beato: Es un hecho que hay gente que habla de misterio y de secreto a propósito del Opus Dei. ¿A qué lo atribuye Vd.?

Responde Escrivá: «Habla usted de acusación de secreto. Eso es ya historia antigua. Podría decirle, punto por punto, el origen histórico de esa acusación calumniosa. Durante muchos años una poderosa organización, de la que prefiero no hablar -la amamos y la hemos amado siempre-, se dedicó a falsear lo que no conocía [no es un misterio: se trata de algunos religiosos españoles de la Compañía de Jesús]. Insistían en considerarnos como religiosos, y se preguntaban: ¿por qué no piensan todos del mismo modo?, ¿por qué no llevan hábito o un distintivo? Y sacaban ilógicamente como consecuencia que constituíamos una sociedad secreta».

«Informarse sobre el Opus Dei es bien sencillo. En todos los países trabaja a la luz del día, con el reconocimiento jurídico de las autoridades civiles y eclesiásticas. Son perfectamente conocidos los nombres de sus directores y de sus obras apostólicas. Cualquiera que desee información sobre nuestra Obra, puede obtenerla sin dificultad, poniéndose en contacto con sus directores o acudiendo a alguna de nuestras obras corporativas».

«Los miembros de la Obra abominan del secreto, porque son fieles corrientes, iguales a los demás: al adscribirse al Opus Dei no cambian de estado. Les repugnaría llevar un cartel en la espalda que diga: “que conste que estoy dedicado al servicio de Dios”. Esto no sería laical ni secular. Pero quienes tratan y conocen a los miembros del Opus Dei saben que forman parte de la Obra, aunque no lo pregonen, porque tampoco lo ocultan».

«Debo decir también -aunque no me gusta hablar de estas cosas- que en nuestro caso no faltó además una campaña organizada y perseverante de calumnias. Hubo quienes dijeron que trabajábamos secretamente -esto quizá lo hacían ellos-, que queríamos ocupar puestos elevados, etc. Le puedo decir, concretamente, que esta campaña la inició, hace aproximadamente treinta años, un religioso español que luego dejó su orden y la Iglesia, contrajo matrimonio civil, y ahora es pastor protestante».

Como dato curioso, precisamente este sacerdote al que se le acusó de ser jefe de una «sociedad secreta», había escrito en Camino la siguiente consideración, con una vehemencia sorprendente, que contrasta con el tono moderado que usó siempre de palabra y por escrito. Se trata del punto 833: «¿No ves cómo proceden las malditas sociedades secretas? Nunca han ganado a las masas. -En sus antros forman unos cuantos hombres-demonios que se agitan y revuelven a las muchedumbres, alocándolas, para hacerlas ir tras ellos, al precipicio de todos los desórdenes…, y al infierno. -Ellos llevan una simiente maldecida».

Tras estas palabras, se escucha el eco de la España de aquellos años, enzarzada en una guerra implacable y sanguinaria. Pero también es cierto que el género «sociedad secreta» no parece que gozara de su indulgencia.

Aunque aprobados algunos años después de su muerte, los artículos del Codex íuris particularis son el fruto de su espíritu, consecuencia de su esfuerzo a lo largo de toda su vida. Pues bien, en ese texto solemne y vinculante se halla una disposición que recomienda precisamente alejarse del modelo -detestable para Escrivá- de las «malditas sociedades secretas».

Se trata del número 89, cuyo primer parágrafo comienza (según nuestra traducción, no oficial, del texto original latino) del siguiente modo: «Todos los fieles de la Prelatura amen y practiquen la humildad, no sólo personal sino también corporativa. Por tanto, no busquen jamás la gloria del Opus Dei y tengan siempre presente que la mayor gloria del Opus Dei es vivir sin gloria humana».

Tras este primer párrafo, de «ambientación», sigue otro que concreta hasta el detalle qué debe entenderse por «humildad colectiva» y por «rechazo» de la «gloria humana».

Sigamos traduciendo: «Para alcanzar su fin con mayor eficacia, el Opus Dei en cuanto tal quiere vivir humildemente; por consiguiente, se abstiene de actos colectivos, y ni siquiera los fieles de la Prelatura tienen una denominación común. Estos mismos fieles no participan de modo colectivo en manifestaciones públicas de culto como procesiones, aunque no esconden su pertenencia a la Prelatura, porque el espíritu del Opus Dei, mientras conduce a los fieles a buscar con todas sus fuerzas la humildad colectiva para obtener una eficacia apostólica más viva y amplia, al mismo tiempo evita completamente el secreto o la clandestinidad».

El siguiente parágrafo dicta normas concretas para secretum vel clandestinitatem vitare. En primer lugar, establece que «en todas las Regiones sean conocidos por todos el nombre del vicario del Prelado y los de aquellos que forman sus Consejos». Además, «a los obispos que lo soliciten comuníquese no sólo los nombres de los sacerdotes de la Prelatura que ejercen el ministerio en su diócesis, sino también los de los directores de los Centros erigidos en la misma diócesis».

Este artículo 89 concluye con un tercer parágrafo, cuyo contenido ya conocemos («A causa de esta humildad colectiva, el Opus Dei no puede editar periódicos ni publicaciones de ningún tipo con el nombre de la Obra»).

Los problemas surgen, sobre todo, por la parte final del segundo parágrafo. Queda claro que el Opus Dei hace públicos los nombres de los vicarios, de los consejeros, de los sacerdotes y de los directores de los Centros. Pero nada se dice de los demás miembros de la Prelatura. ¿No serán entonces «encubiertos», «reservados»? ¿O incluso «secretos», como dicen algunos?

Anticipemos la respuesta, basándonos en el testimonio de Rafael Gómez Pérez: «La Prelatura del Opus Dei tiene la obligación de respetar la intimidad de sus miembros, es decir, no tiene derecho a comunicar la condición de miembro, a no ser que el interesado esté de acuerdo».

Sería inútil tratar de disimular que semejante negativa sorprende y parece incluso confirmar las sospechas de tantos. Según el Opus Dei, en cambio, todo se comprende si este «respeto por la intimidad de los miembros» (como lo llaman) se enmarca en el contexto del espíritu de la Institución, y si se compara con el comportamiento de otras entidades con rasgos comunes. Así lo explica el autor que acabamos de citar: «Confundir esto con el secreto es desconocer la práctica habitual en cualquier institución de vínculos voluntarios y contractuales».

Fijémonos entonces en este marco conceptual, que -según dice el Opus Dei- debería disipar cualquier género de dudas. Transcribo la explicación (ese es el significativo título de su libro) de Gómez Pérez, numerario de la Obra que -como ya dije- enseña antropología en la universidad. Sus palabras exponen algunos de los argumentos de la defensa; después, como siempre, será el lector quien juzgue y deduzca sus conclusiones. Mi deber de cronista se limita a proporcionar las piezas del puzzle, los hechos e informaciones sobre los que basarse para emitir un juicio personal.

Interesa hacer notar que Gómez Pérez no encabeza el capítulo donde explica todo esto bajo un título del estilo de El secreto de la Obra, Las acusaciones de ocultismo o algo parecido, sino que lo titula La sencillez de la manifestación. Es decir, para Gómez Pérez el fondo del asunto es que se confunde el deseo de secretismo con lo que no es más que «naturalidad», «sencillez». Muy indicativo, para comprender la perspectiva desde la que quiere que miremos.

Veamos qué se dice tras ese título: «Un miembro del Opus Dei, que es una persona que desarrolla un trabajo cualquiera en la sociedad, no va pregonando sus compromisos con la Prelatura, ni anuncia su condición de miembro en las tarjetas de visita o en los membretes de las cartas o en el curriculum vitae. A todos los efectos, su pertenencia al Opus Dei es un asunto privado. Pero, a la vez, como desarrolla un apostolado personal en medio de los parientes, conocidos y amigos, la condición de miembro de la Prelatura es algo conocido. No pregonado, pero suficientemente conocido. Este rasgo de la espiritualidad del Opus Dei, que se ha mantenido desde el principio, ha sido a veces malentendido y después convertido en un estereotipo: “el secreto del Opus Dei”. Al principio, cuando existían pocos miembros del Opus Dei, una acusación de secretismo podría encontrar apoyo en ese mismo hecho. Si se decía que “salieran a la luz” los miembros del Opus Dei y no salían muchos, se podía decir que “se ocultaban”. La realidad era que no había más (…). A eso se unía el “estereotipo de la conspiración”, algo conocido desde antiguo. Se trata, en efecto, de una de esas constantes culturales que hacen verosímil, incluso para los incrédulos, la existencia de una común naturaleza humana. Así, ha sido corriente que cuando un pueblo quería preparar un ataque contra otro difundiera rumores sobre la “infiltración” del “enemigo” en las propias filas. Este fenómeno se observa incluso en sociedades iletradas, “primitivas”. Con independencia de que aquello respondiera a un hecho, el estereotipo ha funcionado de forma constante. Ya en tiempos históricos, han sido víctimas de ese estereotipo de la conspiración tanto los judíos como los cristianos, los protestantes o los católicos, los comunistas, los anticomunistas y, en general, cualquier conjunto de personas identificable como grupo. También el Opus Dei ha sido objeto de ese estereotipo. Pero, ya desde hace tiempo, la acusación de secreta conspiración o simplemente de ocultamiento se demuestra inconsistente. En el último decenio del siglo, con decenas de miles de miembros del Opus Dei, con iniciativas sociales y educativas de bastante relieve -como la Universidad de Navarra, en España, o el Ateneo de la Santa Cruz, en Roma- y, sobre todo, con todo lo que ha girado en torno a la beatificación del Fundador, un presunto secretismo es uno de esos fósiles desinformativos que se transmiten por perezosa inercia».

Al llegar a este punto, el autor aduce algo que ya hemos adelantado, pero que vale la pena transcribir de nuevo: «La Prelatura del Opus Dei tiene la obligación de respetar la intimidad de sus miembros, es decir, no tiene derecho a comunicar la condición de miembro, a no ser que el interesado esté de acuerdo. Confundir esto con el secreto es desconocer la práctica habitual en cualquier institución de vínculos voluntarios y contractuales». No se olvide que los miembros no están unidos a la Obra por votos o promesas, sino con un contrato bilateral. Este hecho introduce una perspectiva totalmente distinta acerca de la discreción que deben guardar las dos partes. Supone pues una relación diversa de las demás situaciones «religiosas» en sentido tradicional.

A continuación, Gómez Pérez añade la siguiente consideración: «En realidad, como ya se ha dicho, la condición de miembro del Opus Dei es sabida, sin más, en el ámbito de la vida familiar y profesional de cada uno (…). No es deseo de secreto, por ejemplo, contestar con una evasiva a alguien que pregunta a otro, sin apenas conocerle, en qué banco tiene una cuenta corriente, dato que sin duda no es secreto, pues lo conocen decenas de personas».

Nuestro testigo -que es al mismo tiempo abogado defensor- añade lo siguiente: «Las dificultades que, en un tiempo, surgieron en la opinión pública para entender este rasgo del espíritu del Opus Dei se deben, una vez más, a lo afianzado de la idea de que una vida espiritual debe notarse exteriormente en algún tipo de señal “vistosa”. Los religiosos han llevado tradicionalmente hábitos para que se viera, desde fuera, su profesión (religiosa). Y si, por la evolución de los tiempos o por otras razones, se quitan el hábito suelen dar a entender, con algún signo, esa misma profesión de vida de perfección, su condición de “persona sagrada”. La condición de los miembros de la Prelatura no es, como ya se ha dicho con frecuencia en estas páginas, “religiosa”. Los sacerdotes son sacerdotes seculares, incardinados en una Prelatura que es parte de la estructura jerárquica de la Iglesia. Los seglares son, antes que nada, lo que cada uno ha querido o ha podido ser: empleado, enfermera, médico, estudiante, atleta, cantante, profesora, secretaria, abogado, ingeniero, comerciante, modista, campesino, artesano, banquero, profesor, y así toda la variedad casi innumerable del trabajo social. Ser del Opus Dei no es una profesión, sino una vocación espiritual. La vocación trasciende de un modo semejante a como trasciende que alguien puede tener afición a la música: habla de ella en la primera ocasión que se le presente. Un miembro del Opus Dei habla de su vocación, cuando es normal hacerlo, entre amigos y entre conocidos».

El ensayista español trae a colación algo que ya hemos examinado en los estatutos de la Obra: «Este rasgo de no aparatosidad, de naturalidad, de secularidad, tiene que ver también con algo muy tratado en los escritos del Fundador y en los Estatutos de la Prelatura: la humildad personal y la humildad colectiva. El carácter básico de la humildad es una nota común de la espiritualidad, no sólo de la cristiana. Hay completa unanimidad entre los autores espirituales en afirmar que el mayor enemigo de la santidad y, por tanto, de la caridad es el orgullo, la soberbia, no sin razón considerada como el primero de los siete vicios capitales. Pero además, el Opus Dei señala a sus miembros la importancia de la humildad colectiva. No se trata, en absoluto, de buscar la gloria del Opus Dei, pues “la gloria del Opus Dei es vivir sin gloria humana”. La razón principal de esta actitud es la convicción de que la gloria se debe sólo a Dios -Deo omnis gloria, el antiguo aforismo cristiano repetido con frecuencia por Mons. Escrivá-, pero, además, la experiencia histórica de que las instituciones cristianas, si quieren pervivir a lo largo del tiempo, no han de exaltar el espíritu de cuerpo. Las ventajas iniciales del espíritu de cuerpo se suelen traducir, al cabo del tiempo, en algo peligroso: que, perdido el sentido de la finalidad fundacional, el ser considerado, el contar, el estar en todas las salsas, se convierte en el verdadero objetivo de la institución. Esto, que puede ser menos grave en una empresa política o comercial, suele ser letal en una institución con fines espirituales y apostólicos».

Para añadir más elementos al debate, transcribo la argumentación que me pasó por escrito un dirigente de la Obra, al que acudí durante la preparación de este informe. Independientemente de su valor objetivo, son razones que aduce la defensa, y por eso mismo han de ser tenidas en cuenta. Esa persona me escribió lo siguiente: «el hecho de que en los estatutos no se mencione ningún tipo de publicidad para esos miembros que no son más que miembros normales, laicos sin ningún cargo dentro de la Institución, ha de entenderse como un modo de subrayar la “normalidad” cristiana de los miembros del Opus Dei. Por otra parte, ¿por qué tanta insistencia en pedir la “publicación de las listas” de estos miembros corrientes? Si los miembros del Opus Dei son lo que ellos dicen que son, se desprenden dos datos. El primero: que quien los conoce personalmente, sabe que son de la Obra. Segundo: que este hecho no afecta a su comportamiento civil, profesional, político, etc. Son hombres y mujeres normales, cristianos corrientes, y como tales quieren ser considerados. Entonces, si la realidad es esa, ¿qué motivo puede hacer aconsejable que se haga pública la pertenencia a la Obra, la “etiqueta” de miembro del Opus Dei, y aplicarla clamorosamente a cierto número de ciudadanos? Felizmente superado el prejuicio de la incompatibilidad entre “obediencia al Estado” y “obediencia a la Institución” en los miembros de la Obra, hay indicios para pensar que la única razón que pueda aducirse es una voluntad descriminatoria, persecutoria. Con otras palabras: quien pretende la “publicación de las listas” niega de hecho que los miembros del Opus Dei sean “ciudadanos normales”. Puede ser que esté convencido de veras de que lo que pide es razonable, o quizá sea una excusa. Si se trata de lo primero, sólo necesita documentarse mejor. Si se trata de lo segundo, en cambio, estamos ante una auténtica prevaricación en beneficio propio. La única explicación imaginable es que lo que se busca es aislar y, de algún modo, eliminar de la vida pública -señalándoles con el dedo y haciendo ineficaz su actividad- a ciudadanos que querrían ejercitar la legítima libertad de vivir con coherencia su fe cristiana: una fe tanto más auténtica en cuanto no tiene etiquetas, manifestaciones aparatosas o compromisos públicos».

Detengámonos aquí: las citas anteriores son más que suficientes para nuestro propósito, entre otras cosas porque el mejor modo de formarse una opinión sobre las acusaciones de secretismo (o, para los benévolos, de «exceso de discreción») es reflexionar sobre la estructura, sobre la espiritualidad y sobre los fines de la Institución. Y a eso hemos dedicado cada página de este informe.

Un solo flash más, tomado de una entrevista al filósofo católico (y desde fecha reciente, también político) Rocco Buttiglione (1). Respondiendo a algunas preguntas sobre los vínculos que están saliendo a la luz entre logias, criminalidad organizada y turbios asuntos económicos y financieros, hizo la siguiente observación, difícilmente refutable: «Cuando se habla de masonería, con frecuencia se saca a colación al Opus Dei. Admitamos por hipótesis que el Opus Dei –por razones más o menos justas- tenga mucho aprecio a la discreción. La comparación, sin embargo, es engañosa, porque los miembros de la Prelatura, aunque no proclaman a los cuatro vientos su pertenencia a la Obra, están orgullosos de su identidad católica y consideran un deber manifestarla abiertamente. Siguiendo con la hipótesis, si no supiera de alguno de ellos que pertenece a la Obra, sabría ciertamente que es un cristiano practicante convencido. Ningún miembro de una organización anticlerical descubrirá con sorpresa que su secretario es miembro del Opus Dei. Y esto crea, respecto a la masonería, una diferencia insalvable».

Para acabar con nuestro viaje entre las “negras sombras”, trasladémonos a España, al periodo entre el comienzo de la guerra civil y la muerte de Franco.

La acusación es bien conocida y ha asomado ya varias veces por estas páginas, aunque indirectamente. Ha llegado el momento de afrontarla.

Para completar un informe como éste, he pensado que nada mejor que dirigirnos a un miembro del Opus Dei, para escuchar lo que tenga que decir acerca de la acusación de haber estado «implicados a fondo» en aquel régimen dictatorial. Nos hemos dirigido a Giuseppe Romano, numerario, historiador y periodista, autor de algunos estudios sobre la Institución a la que pertenece. Le recordé que el deber de cualquier informador es transmitir hechos, no opiniones; reunir documentación, no apologías ni condenas. Pienso que ha cumplido con su tarea aunque, como siempre, será el lector quien juzgue el breve pero denso informe que completa mi investigación.

Antes, sin embargo, de conceder la palabra a la defensa, la objetividad me impone la obligación de añadir tres consideraciones, entre otras muchas posibles, a las de Romano.

En primer lugar: las relaciones de algunos miembros con Franco y el franquismo no son consideradas en el Opus Dei como un asunto central de la historia de la Obra, como proponen algunos críticos de la Institución. De hecho, Escrivá proyectó trasladarse a Roma muy pronto, puesto que lo que había «visto» no estaba en función de las necesidades de un país o de una época determinada, sino que debía extenderse por todo el mundo. La guerra civil primero y la mundial después se lo impidieron.

Pero ya en 1946 se embarcó en el puerto de Barcelona rumbo a Génova, y de allí marchó como pudo a Roma, donde fijó su residencia. En aquella ciudad puso la sede central de una Obra que se proponía ser universal y que sólo desde la ciudad «católica» por excelencia podía extenderse a todo el mundo. «Romano y mariano»: así quería que fuese el Opus Dei.

Desde hace decenios, además, la mayoría de los miembros no procede de España y, aunque el castellano sigue siendo la lengua común, los españoles son una minoría.

En los años sesenta (en pleno franquismo, por tanto), Mons. Escrivá respondió así a la pregunta de un entrevistador americano: «En pocos sitios hemos encontrado menos facilidades que en España. Es el país -siento decirlo, porque amo profundamente a mi Patria- donde más trabajo y sufrimiento ha costado hacer que arraigara la Obra (…). Tampoco las obras corporativas de apostolado han encontrado especiales facilidades en España. Gobiernos de países donde la mayoría de los ciudadanos no son católicos, han ayudado con mucha más generosidad que el Estado español, a las actividades docentes y benéficas promovidas por miembros de la Obra (…). Quiero hacer constar, sin embargo, que, desde hace años, los españoles son una minoría en la Obra».

Por estos motivos, será preciso examinar con atención el «affaire Franco», conscientes de que no se trata de un asunto central sino más bien marginal o, al menos, local y ligado a un tiempo ya pasado.

La segunda consideración viene dictada también por la objetividad. Dice una fuente de la Institución: «Para aquellos que hablan del Opus Dei como de un poderoso lobby político, con tentáculos extendidos sobre toda la vida pública española, debe ser un misterio lo que sucedió después de la muerte de Franco. En efecto, aquel lobby no intervino tanto desde entonces, puesto que de 1976 a 1982 España evolucionó de modo muy distinto a como la Obra -si hemos de creer los objetivos políticos que le atribuyen- hubiera querido. A partir de 1982, además, el misterio se hace más oscuro aún: aquel año asumió el poder un partido socialista hegemónico, que no sólo no era favorable a la Iglesia ni a los católicos, sino ni siquiera a la misma experiencia religiosa. Mientras tanto, el país sufre una violenta y acelerada secularización, y algunos ambientes están ya casi descristianizados. Entonces, ¿qué fue de ese grupo de presión, del que se decía que dominaba la vida política, económica y cultural del país en el que había nacido?».

Pregunta interesante, que sigue esperando respuesta.

Tercera y última consideración, antes de ceder la palabra a Romano. Recordemos lo que escribió Peter Berglar: «Los miembros del Opus Dei que desempeñaron un papel importante en algunos gobiernos de los últimos años de Franco actuaban en el ejercicio de sus derechos, como personas libres y como ciudadanos del Estado. Ni la imitación de Cristo, ni la fidelidad a la Iglesia ni tampoco el espíritu de la Obra les prohibían servir al Estado español, que -a diferencia de otros ejemplos del pasado y del presente- no tuvo nunca los rasgos de un Estado en sí mismo criminal (y tampoco lo fue de hecho). Quien afirma que un cristiano puede expresarse sólo en favor de una democracia de corte angloamericano o jacobino, porque sólo un sistema de ese tipo sería compatible con el cristianismo, se coloca en una postura inaceptable y falsa».

Los católicos que protestan a gritos, escandalizados por la participación en el régimen de Franco de esos miembros del Opus Dei, parecen haber perdido de vista el planteamiento católico tradicional y clásico, válido aún hoy, y prefieren fundar su juicio en prejuicios y obsesiones tomados -sin ningún tipo de crítica- de ideologías contemporáneas. Recordemos los puntos básicos de ese planteamiento católico clásico.

Bien sabido es que los hombres pueden organizarse según tres modelos fundamentales, que consienten grados e incluso pueden mezclarse entre sí: la monarquía, la aristocracia y la democracia. A lo largo de los siglos, la Iglesia ha mostrado no tener preferencias en abstracto por uno en concreto, y que tampoco excluye, a priori, ninguno de ellos. La decisión depende de las épocas, de la historia, de la idiosincrasia de cada pueblo.

A partir de Pío XII, con su mensaje radiofónico en la Navidad de 1944, cuya difusión -no es casualidad- fue prohibida en Alemania y en la República de Saló, los últimos Papas parecen haberse inclinado, para el Occidente contemporáneo, hacia la democracia parlamentaria. Pero han evitado muy mucho hacer de esa preferencia una especie de dogma, como si fuese la única forma política aceptable por un católico.

Simplemente, juzgaron que era el más adecuado para esta época y para estos países. Por los mismos motivos, la Iglesia no tiene que arrepentirse o pedir perdón por haber proporcionado capellanes a las cortes de los reyes del Ancien Régime, o por haber considerado al régimen veneciano -el ejemplo más insigne de sistema aristocrático- una Respublica Christiana (a pesar de las relaciones -en ocasiones tempestuosas- que mantuvo con la Iglesia, por cuestiones políticas contingentes).

Para aquellos tiempos y lugares, con esa historia y con esos temperamentos, el sistema era adecuado. Se trataba sobre todo de autoridades legítimas, a las que se aplicaba el severo consejo del Apóstol: «Que todo hombre se someta a las autoridades superiores, porque no hay autoridad que no provenga de Dios; y las que existen, por Dios han sido constituidas. Así pues, quien resiste a la autoridad, resiste al plan de Dios; y quienes se resisten, recibirán su propia condenación (…). Por tanto, es necesario someterse, no sólo por razón del castigo, sino también del convencimiento interno. (…) Dad a cada uno lo debido: a quien tributo, tributo; a quien impuesto, impuesto; a quien temor, temor; a quien honor, honor» (Rom 13, 17).

La Iglesia no quiere «funcionar por su cuenta», no puede «inventarse» una Revelación de acuerdo con los gustos y las preferencias siempre cambiantes de los hombres, sino que es esclava de la Palabra de Dios (guste o no guste a quien disfruta siguiendo las modas, por definición mudables). El comportamiento «católico» concreto ante los distintos regímenes está determinado por esos versículos de San Pablo y por otros del mismo tenor recogidos por el Nuevo Testamento. Entre estos se cuenta una exhortación de la primera carta de San Pedro (2, 7), brevísima y eficaz síntesis de la praxis cristiana: «Honrad a todos, amad la fraternidad, temed a Dios, honrad al rey».

El pensamiento católico, por tanto, no ha absolutizado ninguna forma política. Los cristianos de hoy, en cambio, liberados ya de la amenaza del comunismo y de la borrachera «comunitaria», corremos el peligro de consagrar el sistema democrático-liberal-capitalista que triunfa en su patria, los Estados Unidos de América, como el único sistema político aceptable para un cristiano.

El pensamiento católico ha sabido siempre que cualquier régimen, incluso el más perfecto sobre el papel, el más noble en teoría, se encarna en hombres a los que el pecado original ha convertido en una mezcla de valentía y de vileza, de altruismo y de egoísmo, de grandeza y de miseria. Por eso los hombres de la Iglesia se han esforzado durante siglos no en perfeccionar las estructuras, sino en mejorar a las personas. Más que pretender un «buen sistema de gobierno», han procurado contribuir a que hubiera «buenos gobernantes». La mejor de las estructuras políticas en la teoría se puede convertir en un régimen de pesadilla si, a la hora de la verdad, es regido por hombres indignos.

En cualquier caso, aunque nacido de una insurrección -el alzamiento de 1936-, el gobierno español guiado por Franco recibió después el reconocimiento de todos los países del mundo. Incluida la Unión Soviética. Incluida también la Santa Sede, con su Ciudad del Vaticano. Cuando en 1957 comenzó el affaire de los ministros del Opus Dei, ese gobierno podía gustar o no, pero es indudable que era legítimo y reconocido por toda la comunidad internacional.

Por consiguiente, la colaboración con él no era una especie de «crimen» ni de «vergüenza», como algunos ambientes políticos y religiosos -juzgando con la mentalidad de hoy y según las categorías ahora dominantes- quisieron creer. Parecen haber olvidado que el Estado español había regulado sus relaciones con la Iglesia mediante un concordato que, al menos durante 25 años, fue elogiado públicamente por los obispos del país. Nada, pues, impedía a un católico colaborar con él.

Tras estas precisiones, veamos en el capítulo siguiente los hechos y los documentos que el historiador Giuseppe Romano somete a nuestra consideración.

Mientras tanto, este cronista se despide. Dedit quod potuit, ha hecho lo que ha podido. En cualquier caso, se dará por satisfecho si otros -movidos quizá por un sentimiento de descontento o de indignación, al leer estas páginas- se ponen a trabajar para mejorar lo presente.

Cittá Leonina

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El Fundador regresa a España en agosto de 1946, para volver nuevamente a Roma el 8 de noviembre.

Un mes más tarde, en diciembre de 1946, tendrá lugar la segunda entrevista de Monseñor Escrivá de Balaguer con el Papa Pío XII. Todavía en Madrid, el Padre se ha despedido de sus hijas en el Centro de “Los Rosales” en Villaviciosa de Odón. Les ha vuelto a repetir que todo saldrá adelante si trabajan, si rezan, si son fieles a su vocación, si están alegres. Se interesa por el trabajo de cada una, por el descanso necesario, por los cuidados indispensables que deben prodigarse a pesar de la escasez en que viven durante estos años. Es una reunión entrañable. Aun cuando ninguna capte el sentido total de sus palabras, asisten a un momento histórico: el Padre se marcha para fijar definitivamente su residencia en la Ciudad Eterna. Desde ahora, Roma será el nudo central que aúne las vocaciones y oraciones de la Obra.

Una vez decidida su permanencia cerca de la Santa Sede, el Fundador llama a un puñado de sus hijas, muy pocas, para que vengan también al lugar donde pervive el corazón de la Iglesia de Jesucristo. Se ocuparán de administrar el Centro de la Obra que ya hay en Roma, en la Plaza de “Cittá Leonina”, y comenzarán su tarea apostólica con mujeres.

El 27 de diciembre de 1946 llegan, al aeropuerto de Ciampino, Encarnita Ortega, Dorita Calvo, Julia Bustillo, Dora del Hoyo y Rosalía López. Para alguna, es su primer vuelo en avión. No conocen el idioma ni el país. Allí, en el vestíbulo de llegada, reúnen el numeroso equipaje que han llevado a mano. Les han llenado los bolsos de dulces, turrón y pequeñas cosas capaces de hacer más amables las fiestas navideñas.

En el aeropuerto encuentran al Padre y don Alvaro. La alegría es formidable. El Padre les pregunta por cada una de las que han quedado en España; bromea acerca del vuelo y señala a don Alvaro la cantidad de peso que han traído a mano. La llegada a Cittá Leonina es emocionante: ¡el primer Centro de la Obra en Roma!… El Fundador está muy contento. Les habla de las futuras tareas que esperan en Italia, y ellas sienten crecer, con impaciencia, la firmeza de su vocación. «Cuando pasen los años -les dice- no os creeréis lo que habéis visto, os parecerá que habéis soñado (19).

Porque hoy, a pocas fechas del Año Nuevo romano, que se avecina frío, ante el futuro que Dios reserva a la Obra sobre el mundo, no encuentra palabras para dar gracias al Cielo. Pero, con el sentido práctico que le caracteriza, pasa a los detalles inmediatos de su instalación: aunque el piso es pequeño, dispondrán de una zona independiente; es ésta una norma que el Fundador establece, sin ninguna excepción, para todos los Centros de la Obra.

Descubre que ninguna ha comido en el avión. Traen algo de lo que les han servido durante el vuelo, pensando que podría ser más necesario a los que viven en la casa. La verdad es que en la despensa no hay casi nada. Ese mismo día todos han salido a trabajar y el Padre se ha encargado de preparar las cosas y recoger la vajilla. Así viven.

Se preocupa de que descansen y tomen algún alimento. Luego habla con ellas y les hace pasar un buen rato. Les muestra el Vaticano desde la terraza y les pide cariño y oración constante por el Papa.

Es la primera tarde en su nueva ciudad, asombrosa ciudad en la que alternan los obeliscos traídos de Egipto hasta la Roma Imperial, la belleza geométrica trazada por Miguel Angel y la graciosa anarquía de pinos, cipreses, encinas, olivos y huertas en el dintel de las vías urbanas, con las imágenes de Santa María y los sagrarios de las basílicas romanas. En días sucesivos, podrán compartir la emoción que sobrevive en la angostura de las Catacumbas. En las de San Sebastián podrán leer, sobre la pared, las invocaciones de los primeros cristianos a Pedro y a Pablo. Con la misma piedad ellas dejarán su oración, su entrega, al servicio de este navegar, frente a todo evento, de la barca de Pedro.

Empieza para ellas una nueva etapa de la aventura divina y humana, que exige abnegación y trabajo incesantes. Por las noches, habrán de salir a dormir a una residencia próxima. Italia ha encarecido a causa de una guerra todavía muy cercana. Tienen que discurrir lo indecible para estirar un dinero escaso a todas luces. Aprenden el idioma practicando por la calle.

Bajo el cuidado de todos, la casa adquiere un tono digno y acogedor. Nunca faltan unas flores naturales junto a la imagen de la Virgen, aunque se prescinda de otras cosas necesarias. Muchas personalidades, entre las que se encuentran Cardenales y Obispos, frecuentan la casa. El invierno es muy duro y el frío se hace sentir sobre este ático. No hay combustible para la calefacción. A pesar de todo, los que acuden a”Cittá Leonina” se van encantados de la cordialidad y alegría que hay en la casa. Es el Padre quien da siempre la pauta. Nunca dejará de poner sentido sobrenatural en los quehaceres cotidianos, elegancia humana y buen humor con el que sabe salpicar las situaciones más diversas. Se realiza el prodigio de encontrar una felicidad que camina por encima de las dificultades. Ese piso, perdido en la Ciudad Eterna, recoge mucho tiempo de oración, esfuerzo y ratos maravillosos de vida en familia. Aquí se siente la universalidad de la Obra, la profundidad de su espíritu y su gran amor a la Iglesia y al Papa.

Aprovechando la visita a Roma de Carmen Escrivá de Balaguer, se decide que Encarnita Ortega, acompañada por la hermana del Fundador, solicite una audiencia con el Romano Pontífice.

Don Alvaro gestionará la entrevista, con carácter privado, y él mismo las acompañará como introductor. Pasan ante las distintas guardias: la suiza, la palatina, la noble. En el salón inmediato al que utiliza el Santo Padre para la recepción hay un respetuoso silencio.

Al fin se abre la puerta y pueden besar la mano de Pío XII. Encarnita le explica que Carmen es hermana del Fundador y que ella es una de las que ha llegado a Roma para iniciar la labor en Italia. Se encomiendan a su oración, y especialmente le piden que rece por el Padre. El Papa les dice que lo viene haciendo todos los días, desde el año 1943, fecha en la que le visitó don Alvaro del Portillo: «Entonces no era sacerdote -añade- y venía con el uniforme de gala de ingenieros; en aquel encuentro, me encargó que pidiese por el Fundador del Opus Dei. Desde entonces lo hago todos los días, y tengo en mi mesilla el ejemplar de “Camino” que me regaló» (20).

Encarnita Ortega le habla del trabajo en todas sus facetas, como quicio de la santidad en la Obra; y de la secularidad de sus miembros, que son cristianos corrientes en medio del mundo.

Cuando concluye la entrevista, el Santo Padre bendice a las mujeres del Opus Dei, su trabajo, sus familias y las tareas que ocupan su esfuerzo y su corazón.

A pesar de las dificultades económicas que atraviesan, Encarnita es portadora de un sobre con un generoso donativo para cualquiera de las obras sociales a que el Pontífice quiera destinarlo.

Cae la tarde en el otoño romano, cuando el Fundador escucha, detalladamente, los incidentes del diálogo con Su Santidad, que ya ha recibido la visita y el afecto, también, de la Sección de mujeres de la Obra.

No hay dogmas en las cuestiones temporales

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Raffaello Cortesini, Director de la Cátedra de Cirugía Expe­rimental de la Universidad de Roma, condensó su recuerdo de Mons. Escrivá de Balaguer en Il Popolo en un titular significa­tivo: Un uomo che amava la libertó.

El Fundador del Opus Dei amó la libertad en la lucha interior. No entendía que nadie pudiera entregarse y servir a Dios a la fuerza. Estaba dispuesto a dar cien vidas que tuviera para defender la libertad de las conciencias. Respetó ‑comprendió, perdonó, quiso‑ a los que no le comprendían o le calumnia­ban… ¿Cómo no iba a defender también la libertad en los asuntos estrictamente humanos: el trabajo, la acción social, la educación, la política?

Hemos visto en un epígrafe anterior la inconsistencia de los chismes que se difundieron en los años cuarenta. Igualmente falsos fueron los que comenzaron en los años cincuenta, relativos a una supuesta posición política de la Asociación. En 1957 se dio a la prensa la primera nota oficial de la Secretaría del Opus Dei, precisando que nada tenía que ver la Obra con la libre actuación de sus socios en la vida pública. Aunque los hechos hablaban por sí solos, más de uno se negó a aceptar su evidencia. Quizá no pudieron, por el clericalismo equivocado con que se habían acostumbrado a juzgar de lo divino y lo humano. No les cabía en la cabeza que era perfectamente compatible vivir por entero cara a Dios y, al mismo tiempo, vivir por entero cara a los hombres, asumiendo las responsabilidades ciudadanas; que la vida sobre­natural era aguijón, acicate, para la solidaridad con los hombres, pero sin confesionarios: pues no suele haber soluciones cató­licas unívocas en los problemas humanos. Sólo que, como titulaba otro periodista italiano, Cesare Cavalleri, en Il Corriere della Sera (Milán), Il clericalismo é duro a moriré.

En los años cincuenta y sesenta, el ambiente era relativa­mente propicio para una adecuada distinción entre religión y política. El espíritu del Opus Dei ‑si es lícito hablar así‑ iba a favor de la corriente. Lo asombroso ‑quiero subrayarlo‑ fue la fidelidad del Fundador a ese espíritu en los años treinta y cuarenta, cuando hablar de libertad y de pluralismo entre los católicos ordinariamente resultaba contra corriente.

Evidentemente se dan en la vida de los pueblos circunstancias excepcionales en las que la Jerarquía católica puede ‑debe­ hablar en términos muy concretos, y entonces cada católico ha de secundar responsablemente la voz de sus obispos. Pero es un derecho ‑una obligación‑ que compete a la Jerarquía episcopal, y a nadie más.

Al comienzo de los años treinta hubo en España una fuerte presión para unir a los católicos en la vida publica, y poder defender los derechos de la Iglesia. Muchos llegaron a creer que seguir aquella línea era una auténtica obligación de conciencia, aunque el episcopado no se pronunció colectivamente (sólo lo haría ya iniciada la contienda civil).

En aquel contexto, la actitud del Fundador del Opus Dei eta defensa de la legítima libertad de los cristianos, acentuando el necesario y único denominador común, no resultaba eficaz a corto plazo. El planteamiento ‑según sintetiza ahora José Antonio Palacios sus vivencias de 1932‑ no era “nada atractivo, en principio, para gente como nosotros, de pocos años, que considerábamos la situación de España como un gran problema religioso, y con una amenaza de persecución religiosa creciente, pero que no veíamos otra solución que la política, y por ese estábamos metidos de lleno en un activismo orientado a la solu­ción violenta de todo”.

Pero don Josemaria no tenía prisa, ni tampoco miedo al futuro. Le eran bien ajenas las tácticas para conseguir fine humanos, por elevadas que fueran las intenciones. Prefería confiar en la divina eficacia del mensaje de Cristo, que incluye el amor a la libertad personal de los cristianos: ¿por qué imponer dogmas en cosas opinables? Defendía el riesgo de la libertad. También por esto, y no sólo por celo sacerdotal, acudió a la cárcel, para visitar a algunos jóvenes amigos suyos, detenidos tras el fracaso de la sublevación del 10 de agosto de 1932. Es el propio José Antonio Palacios quien evoca sus visitas a la Cárcel Modelo, que estaba al final de la calle Princesa, donde más tarde se levantó el edificio del actual Ministerio del Aire: “Jamás tuvo la menor vacilación para atender a la gente, por mucho riesgo que hubiese; hacía visitas a la cárcel con bastante frecuencia, aunque hacer visitas a los detenidos fuera significarse y más tratándose de un sacerdote”.

En estas visitas, charlaba sacerdotalmente con cada uno de sus amigos; a veces, lo hacía en grupo. Ante las rejas del locutorio de presos políticos ‑una galería muy larga‑ llevaba la conversación a temas espirituales: devoción a la Virgen, filiación divina, amor a la Iglesia y al Papa, frecuencia de sacramentos. Les animaba a aprovechar el tiempo en la cárcel, a dar un enfoque sobrenatural a su estudio y a su trabajo.

De aquellos doce meses que pasó en la cárcel, José Antonio Palacios narra una anécdota simpática y expresiva. Fueron detenidos los anarcosindicalistas que participaron en la rebelión de Casas Viejas, y los ingresaron también en la Cárcel Modelo de Madrid. Cuando hacía buen tiempo. los presos eran conducidos a los diversos patios de la prisión para hacer un poco de ejercicio. Algunos jugaban al fútbol. Palacios se llevó una gran sorpresa al advertir que los anarcosindicalistas bajaban al mismo patio al que solían llevarlos a ellos. Aprovechó una visita de don Jose­maría a la cárcel, para pedirle consejo sobre cómo convivir con aquellos hombres, tan opuestos a la religión. El Fundador del Opus Dei le hizo ver que tenían una ocasión espléndida de tratarlos con cariño, y de intentar hacerles ver sus errores en materia religiosa. Tened en cuenta ‑venía a decirles‑ que ellos, probablemente, no tuvieron padres cristianos como vosotros, ni vivieron en un ambiente como el vuestro. ¿Qué hubiera sido de vosotros y de mí en sus mismas circunstancias?

Don Josemaría les alentó a que mostraran su fe, conviviendo y jugando con ellos como si fueran sus mejores amigos, y les hizo ahondar en la doctrina de Cristo: tenían que querer a esos hombres como a ellos mismos. Luego les dio un consejo práctico: jugar mezclados unos con otros, formando en el mismo equipo con los anarcosindicalistas.

Decidieron seguir el consejo, y a los pocos días se unían a ellos para el primer partido de fútbol. José Antonio Palacios se acuerda aún ‑él jugaba de portero‑ de sus dos defensas anarcosindicalistas: “Jamás jugué al fútbol con más elegancia y menos violencia. ;Tradicionalistas y anarcosindicalistas! ;Vaya mezcla!”.

Aunque no sé si formaba parte de este grupo, el 10 de agosto fue detenido José Manuel Doménech de Ibarra, que testimonia la solicitud de don Josemaria por la vida interior, al margen de toda preocupación política. El 11 ó 12 de agosto, un oficial del cuerpo de prisiones le entregó un sobre a través del pequeño postigo que tenía la puerta de su celda. En el sobre venía un “Oficio parvo de Nuestra Señora”, con la siguiente dedicatoria: Beata Mater et intacta Virgo, gloriosa Regina Mundi, intercede pro hispanis ad Dominum.

A José M. Domenech, con todo afecto.

Madrid, agosto, 932.

Al Fundador del Opus Dei le habría costado numerosas gestiones hacerle llegar ese sobre, porque no era fácil conseguir entregar nada a los presos incomunicados, y menos que fuera un oficial de prisiones el que lo llevara. “Me causó profunda impre­sión ‑escribe José Manuel Doménech‑ el cariño del Padre y su preocupación por mi vida interior; él sabía que yo conocía w rezaba el Oficio parvo y quería que en aquellos momentos de zozobras e inquietud no abandonase mis prácticas de piedad. Naturalmente, quedé muy agradecido y recé con devoción esa, oraciones en aquellos días”. La anécdota es más expresiva aún si se tiene en cuenta que, entre las devociones que recomendaba el Fundador del Opus Dei, no se incluía el rezo del Oficio parto.

También fue detenido en agosto de 1932 Vicente Hernando Bocos. En aquel tiempo de dura lucha política, él era partidario ‑según reconoce‑ de usar la violencia. No se dejó convencer por don Josemaría, que le animaba a defender sus sentimientos con tenacidad y constancia, pero sin herir a nadie. Él prefería más el “estacazo y tentetieso”. Los consejos del Padre eran sacerdotales, no políticos: “Nunca don Josemaría ‑afirma expresamente Vicente Hernando‑ discriminó a nadie por motivo de sus opiniones políticas, sociales, etc., respetaba la libertad personal en todas las cuestiones”.

Estas anécdotas muestran que, para el Fundador del Opus Dei, el respeto a la libertad política no era indiferencia, despreocupación. Sentía en su carne los problemas ‑como cualquier ciudadano consciente‑, pero pensaba que no era misión suya resolverlos. En esto, como en todo, exponía clara­mente la enseñanza de la Iglesia y señalaba con precisión las doctrinas erróneas. Ayudaba así a las almas de los que se enfren­taban ‑acertando o no‑ con cuestiones ante todo civiles, y formaba bien sus conciencias para que santificasen el trabajo ‑cada uno el suyo‑, tratando de hacer más humana y más justa la sociedad.

Estas palabras, pronunciadas en 1967 en el campus de la Universidad de Navarra, acertaban a resumir con brevedad su predicación desde 1928:

Un hombre sabedor de que el mundo ‑y no sólo el templo­ es el lugar de su encuentro con Cristo, ama ese mundo, procura adquirir una buena preparación intelectual y profesional, va formando ‑con plena libertad‑ sus propios criterios sobre los problemas del medio en que se desenvuelve; y toma, en conse­cuencia, sus propias decisiones que, por ser decisiones de un cristiano, proceden además de una reflexión personal, que intenta humildemente captar la voluntad de Dios en esos detalles pequeños y grandes de la vida.

En 1934 tuvo don José Luis Múzquiz la primera noticia del Opus Dei, a través de u» conocido suyo de Madrid, llamado Laureano, que ayudaba a don Josemaría en el Asilo de Porta Coeli. Laureano le preparó una entrevista, que tuvo lugar en la residencia de Ferraz, 50, a finales de 1934 o en enero de 1935. Múzquiz fue con “cierta curiosidad por saber qué era aquella fundación de que me había hablado Laureano, y qué pensaría aquel sacerdote de la situación, partidos y prohombres políticos que más se movían entonces en España”. Porque ‑anota‑ en aquella época turbulenta antes de la guerra era normal que los sacerdotes opinaran de política. Ante su sorpresa, don Josemaría le habló, desde el primer momento, en un tono sobrenatural, sacerdotal, apostólico. No obstante, José Luis Múzquiz le pre­guntó su opinión sobre un líder político conocido, al que él tenía en aquel momento simpatía. El Fundador del Opus Dei le contestó inmediatamente que allí nunca le preguntarían de política; que iban por la residencia personas de todas las tenden­cias. Ayer ‑añadió a modo de ejemplo‑ estuvieron el presidente y el secretario de la asociación de estudiantes nacionalistas vascos. A continuación, como para reforzar más su criterio, agregó sonriente: En cambio te harán otras preguntas “moles­tas”: te preguntarán si haces oración, si aprovechas el tiempo, si tienes contentos a tus padres, si estudias, pues para un estudian­te estudiar es obligación grave.

En todo es semejante el recuerdo que conserva don Ricardo Fernández Vallespín de su primera entrevista personal con don Josemaría, el 29 de mayo de 1933: “Me habló de las cosas del alma. no de los problemas políticos; me aconsejó, me animó a ser mejor”. Algún tiempo después, Fernández Vallespín pidió la admisión en la Obra: “Nos metía, con infinita paciencia, en los caminos de la vida espiritual, nunca nos hablaba de política, nos decía que teníamos que ser santos en medio del mundo (…)”.

La vida pública española se iba complicando por momentos. Como ha dicho un conocido historiador, durante la II República se socializó la política por vez primera en la historia de España. En todo el país se hablaba y se hacía política, casi más que cualquier otra cosa. Pero don Josemaría, a contracorriente, siguió fiel a su vocación sacerdotal: sólo hablaba de Dios. Esta actitud debía contrastar tanto, que se convertía en dato diferen­cial. Hasta el punto de que el Fundador del Opus Dei podía ser distinguido como un sacerdote que no era “trabucaire” (que no se mezclaba en política). Como vimos, así fue presentado al doctor Canales Maeso en el Hospital de la Princesa, a comienzos de 1933.

En junio de 1975, en el diario Las Provincias (Valencia) relató Aurelio Mota que, a mediados del curso lectivo 1935‑36 unos universitarios tomando los valencianos, preocupados por el giro que iban acontecimientos en España, decidieron viajar a Madrid para consultar con don Josemaría. Querían aconsejarse con él, dado su profundo conocimiento del ambiente estudiantil y la prudencia y discreción que le caracterizaban.

Aunque los problemas que le plantearon eran una mezcla de carácter político y religioso, supo ‑resalta Aurelio Mota­ “deslindar campos y aclarar que su misión era puramente
espiritual, y que como sacerdote, no entraba ni salía en asuntos políticos”. Desde luego, no dejó de señalar los puntos contrarios a la doctrina de la Iglesia que defendían algunos grupos, pero eso era justamente hablar de religión, no de política. Les repitió que “a él le interesaban las almas, y que para las otras instancias ya estaban los laicos”.

Aun a riesgo de ser reiterativo, vale la pena insistir: esta acti­tud no era indiferencia, sino deseo profundamente sentido de evitar a toda costa el clericalismo malo. Por esta razón, el Fundador del Opus Dei se limitaba a formar la conciencia de los cristianos, de modo que ahondasen en sus propias responsabilidades ‑ante Dios, ante los hombres‑ y actuasen en consecuen­cia, no como longa manus de la Jerarquía eclesiástica o de algún sacerdote.

Todo esto quedaría muy claro ‑una vez más‑ al responder a las preguntas que, tanto tiempo después, harían a Mons. Escrivá de Balaguer en Buenos Aires:

‑Qué puedo hacer para darles a entender a nuestros amigos que lo más importante es tratara Dios, conocer a Dios, y que no se preocupen tanto por otras cosas…, por política …?

‑Bueno; es que no les puedes decir que no se preocupen de política. Porque justamente, por amor de Dios, algunas personas se ocupan de política: ;yo no! Yo no trato de ese tema, pero comprendo que haya ahí gente llena de rectitud: unos van por la derecha, otros por la izquierda, otros por allá, y ninguno des­acierta, todos tienen buena voluntad. Yo no les indicaré que dejen la política. Eso sí: les puedo y les debo aconsejar que no actúen con ataques personales; que defiendan su programa, sin ofender a nadie en la persona: ni de las figuras actuales, ni de las inmediatamente pasadas; si no, en un país nunca habrá nadie decente que quiera sacrificarse por llevar la nación adelante; porque piensan: después, si esto se hunde, a mí me maltratan, y, conmigo, a mis hijos, a mi familia, a todos; y comienza una persecución detrás de otra. Es de locos.

De modo que sí: que los buenos se preocupen de política, si les da la gana. Ya sé que no voy por tu lado, porque tú has citado eso como ejemplo: pero me has proporcionado la ocasión de recordar que no haya odios. Nos hemos de ocupar de las cosas de la tierra. Tú y yo hemos de tocar todo lo que no sea intrínseca­mente malo, pero con todo lo que es bueno o indiferente, sin inconveniente alguno, hay que hacer lo del Rey Midas: conver­tirlo en oro. ¿Está claro?

Aquel mismo día, otra persona, que trabajaba en un canal de televisión, quiso disipar sus dudas sobre cómo utilizar con sentido apostólico los medios de difusión masiva.

‑Hijo mío, muchos de vosotros sois especialistas en eso. De modo que no me preguntes cosas profesionales. Sabéis mucho más que yo. Yo os puedo hablar de vuestro celo apostólico, de vuestro empeño en llevar a otras almas el Amor que tenéis a Cristo. Pero sobre el modo específico…, si vosotros sois maestros, por qué me voy a meter yo? No me gusta. Los curas no debemos hablar de cosas profesionales, de las que probablemente no entendemos nada, y, en todo caso, no estamos para eso.

Yo te puedo aconsejar que tengas más preocupación, más hambre de almas; y te insistiré para que alargues la oración, para que hagas muchos actos de Amor, de desagravio; para que profe­sionalmente seas muy bueno. ¿Pero de tu trabajo?: eso es cosa tuya. ¿Qué dirías si me pusiera ahora, aquí, a tratar de socio­logía o de política…? Me tendrías que mirar con pena. Pensarías: el Padre se ha vuelto loco, no nos habla de Dios.

Don Álvaro del Portillo se le acercó ‑eran casi las doce‑, y antes de rezar el Ángelus, Mons. Escrivá de Balaguer añadió:

‑Me pide don Álvaro que repita que eso es lo único que 3 0 puedo deciros, porque vosotros ‑cada uno‑ formaréis libre­mente vuestro pensamiento en las cosas temporales, que no tiene por qué ser igual al de los otros. Muchos pareceres diversos pueden ser soluciones buenas, y nobles, y sacrificadas, y merecen respeto todas. No hay dogmas en la vida terrena: sólo en la religión.

Ése fue el criterio claro, inequívoco, que proclamó siempre con independencia de los acontecimientos que le tocó vivir a h: largo de los años: enseñó al final de sus días, lo mismo que e‑r¡ 1930 ó en 1940.

Como es sabido, en la España de 1939 se consolidó un cambio de clima de la autoridad civil hacia la Iglesia católica, que se reflejó en numerosos discursos y manifestaciones públicas. Pero el Fundador del Opus Dei, que estuvo serenamente en su sitie años atrás, cuando corrían otros aires, permaneció también ahora en su sitio.

A uno de los asistentes a la meditación que dirigió en la residencia de la calle de Jenner el último domingo de octubre de 1939, Fiesta de Cristo Rey, se le grabó su modo sacerdotal de referirse a los afanes nobles, patrióticos, de la gente, para llevarles enseguida a la consideración de que hay un Reino mucho más grande: el Reino de Jesucristo, que no tiene fin… Se metía muy dentro la pregunta, dirigida a cada uno de los presentes: Para que Cristo reine en el mundo, primero ha de reinar en tu corazón: ¿reina de verdad? ¿Es tu corazón para Jesucristo?

Pero no era sólo la predicación. Todo en aquella residencia de estudiantes rebosaba libertad. Vicente Mortes llegó a Madrid, en los primeros días de septiembre de 1940, para buscar alojamien­to, pues iba a empezar la carrera de ingeniero de Caminos. En Valencia, don Eladio España, Rector del Colegio del Corpus Christi, que llevaba la dirección espiritual de mucha gente joven, le había hablado de la Residencia de Jenner. Allí se dirigió Vicente Mortes con su padre. Saludaron al sacerdote de aspecto fuerte y cordial que les recibió, se sentaron y tomó la palabra el padre de Vicente: era hijo único; por primera vez se separaba de sus padres; había sido un buen alumno en los Escolapios de Valencia; tenía miedo de que se “perdiera” en la gran ciudad; quería, por tanto, dejarle en un sitio donde no corriera peligro, donde se controlaran sus salidas y entradas, donde estuviera vigilado, en una palabra…

Don Josemaría le interrumpió, y le explicó que en la Resi­dencia no se vigilaba a nadie; se procuraba ayudar a todos para que fueran buenos cristianos y buenos ciudadanos, hombres libres que supieran formarse un criterio y cargar con la respon­sabilidad de sus propias acciones…

El padre de Vicente quedó al principio desolado. Siguieron charlando, y fue comprendiendo que aquel sacerdote tenía razón, que la vigilancia no servía para personal de la responsabilidad.

No obstante, el límpido mensaje del Fundador del Opus Dei no era entendido a veces, en un primer momento, por personas, incluso buenísimas, que no calibraban su novedad, su originali­dad, y trataban de encerrarla en esquemas viejos. Este fue el caso, por ejemplo, de don Manuel García Morente. Víctor García Hoz había ido a ver a don Josemaría a Diego de León, y le dijeron que debía esperar un poco, porque tenía otra visita. Era don Manuel García Morente, catedrático de Filosofía de la Universidad de Madrid, que había vivido apartado de la religión, pero se convirtió y llegó a ser sacerdote. Don Manuel García Morente quería enterarse de lo que era el Opus Dei y estuvo conversando con su Fundador. Morente le vino a decir: “Entonces el Opus Dei es como la Institución Libre de Enseñanza, pero con sentido católico”. Don Josemaria, al recibir a Víctor García Hoz, le comentó incidentalmente, con cierta pena, que a una persona tan buena y tan inteligente como don Manuel todo lo que se le ocurría acerca de la Obra era reducirla a una Institución pedagógico‑política…

García Morente llegó a entender, y a querer bien a la Obra, después de sucesivas conversaciones. En cambio, personas no tan buenas, ni tan inteligentes, y que quizá no se molestaron en hablar con nadie del Opus Dei, repetirían andando los años que la Obra era una especie de anti‑Institución Libre de Enseñanza. No se daban cuenta de que ese enfoque resultaba radicalmente opuesto al espíritu positivo del Opus Dei: la Obra no era anti‑nada, ni anti‑nadie. Además, omitían un dato fundamental: el delicado y eficaz respeto del Fundador a la libertad de actuación de los socios en las cuestiones políticas, sociales o culturales.

Ninguna persona sensible a los problemas universitarios desconoció la pujanza adquirida por la Institución en los años veinte y treinta. El Fundador del Opus Dei, que trataba con muchos estudiantes por aquellos años, conocía la realidad y habló del tema alguna vez hacia 1932 ó 1933, según aprecia el doctor Jiménez Vargas, para dar idea de los graves problemas que aquejaban a la Universidad española, pero dejando siempre muy claro que resolver esos problemas era responsabilidad de las personas que, con libertad, trabajasen en la enseñanza univer­sitaria. Quedaba tan diáfano su planteamiento, que “ninguna persona de buena fe que le hubiese oído algo de esto podría nunca haber pensado que la Obra había surgido contra la Institución Libre de Enseñanza”.

En muchos terrenos, en los años treinta y cuarenta, cuando los socios de la Obra eran jóvenes, el delicado respeto del Fundador del Opus Dei a su libertad profesional tenía por fuerza que resultar heroico, pues con frecuencia surgían temas en que su información era grande; por ejemplo, en cuestiones univer­sitarias, jurídicas, artísticas o históricas. Sin embargo, prefirió siempre el riesgo de la libertad.

Este espíritu alcanzaba, incluso, el modo de dirigir las obras apostólicas promovidas por el Opus Dei. Estas labores ‑como es sabido‑ responden a una finalidad sobrenatural. Pero se proyectan y gobiernan con mentalidad laical, es decir, por personas para quienes esta tarea es su propio trabajo profesional. Por eso no son confesionales, ni están cortadas por un mismo patrón: dependen de las necesidades sociales de una región, de las circunstancias propias de un territorio, o de las posibilidades que ofrezca en cada caso la correspondiente legislación civil.

De palabra y por escrito el Fundador del Opus Dei dio muchos criterios para estos apostolados. Se referían a sus líneas de fuerza ‑ideas centrales de carácter apostólico‑, y a aspectos de organización o de oportunidad práctica, pues sentía el afán de transmitir toda su experiencia, hasta en los menores detalles, para que la utilizaran con responsabilidad personal. Los grandes criterios de dirección del Opus Dei ‑descentralización, colegia­lidad, autonomía‑ hicieron que las decisiones se tomaran, caso por caso, lo más cerca posible de cada problema. Así nacieron esas obras apostólicas en el mundo, fruto de un mismo afán cristiano, pero realizadas en formas diversísimas y por personas muy distintas.

En los inicios de la labor del Opus Dei en los Estados Unidos, poco después de 1950, se puso en marcha un proyecto en la ciudad de Boston, para impulsar el trabajo apostólico en los medios universitarios de aquella ciudad, tan importante en los Estados Unidos (son famosos el M.I.T. y la Universidad de Harvard). La iniciativa suscitó el interés de muchas personas que no eran del Opus Dei, pero que estaban dispuestas a colaborar. Se organizó un Patronato, un comité que organizase esas ayudas y promoviera otras. De él formaron parte personas de las tendencias políticas más diferentes, como Volpe, republicano, gobernador del Estado de Massachusetts; Fitzgerald, uno de los líderes del partido demócrata en Boston; o Richardson, republi­cano, vicegobernador del Estado, no católico.

Idéntica comprensión del verdadero alcance del Opus Dei se dio en Londres, cuando la residencia Netherhall House se disponía a duplicar sus instalaciones, para extender más aún su labor con estudiantes del Tercer Mundo. El Patronato formado para allegar fondos estaba presidido por un no católico, Bernard Audley, e incluía a gentes de varias tendencias, algunas encontradas. Un día, varios miembros del Patronato se reunieron en una de las salas privadas del Parlamento en Westminster. En pleno estudio sobre los modos de ayudar a Netherhall House, sonaron los timbres que llamaban a una votación de trámite. Entre los reunidos había cuatro diputados, dos laboristas y dos conservadores, que formaban parte del Patronato de Netherhall. Uno hizo ademán de levantarse, pero otro sugirió: “Sigamos con Netherhall House, pues estamos dos a dos, y nuestra ausencia no variará el resultado de la votación”. Y siguieron con la Resi­dencia.

Con mayor motivo, el Fundador del Opus Dei respetaba y alentaba la libertad cuando se trataba de iniciativas apostólicas personales de socios de la Obra. Joaquín Herreros Robles, presidente del comité de las Escuelas Familiares Agrarias en España, charlaba con Mons. Escrivá de Balaguer una mañana de noviembre de 1972 en Pozoalbero (Jerez), y en un momento dado de la conversación, le comentó, más o menos: ‑Hijo mío, haréis con vuestro trabajo personal, y con vuestra personal responsabi­lidad, una profunda labor de formación cristiana en el campo, que será a la vez una importante labor de carácter profesional, y social, y también político. ;Pero nunca de partido único!

Joaquín Herreros quiso explicarles que las E. F. A. no tendrían el menor asomo de afinidad o de adhesión a partidos políticos: eran otra cosa. Pero antes de empezar a hablar, el Fundador del Opus Dei, con resolución, le dijo:

‑No, hijo mío, si piensas de distinta manera, no me lo digas.

Joaquín Herreros se quedó tranquilo y conforme: “Adiviné que el Padre comprendía de sobra todo lo que yo hubiera querido decir, y que si no me dejó hacerlo fue, tan sólo, para mostrarme cómo respetaba mi libertad”.

El Fundador del Opus Dei vivió el amor a la libertad hasta extremos heroicos. Cuando era fácil y cuando era difícil. Especialmente arduo debió resultar ‑apenas queda aquí esbo­zado‑ en la época turbulenta que precedió a la guerra de España, y en los primeros años de la postguerra. En ambos períodos se difundió por muchos países un ambiente que vinculaba determinadas posiciones políticas a un mensaje religioso. Quien no compartía ciertas soluciones quedaba en la desaira­da actitud de parecer que no amaba el Evangelio, que no era fiel hijo de la Iglesia (esta tendencia ha rebrotado con fuerza ‑planteada a veces en términos ásperos, broncos‑ en la década de los setenta, y ha originado de nuevo incomprensiones hacia el espíritu del Opus Dei: algunos no acaban de entender que la defensa de la libertad no es ni indiferencia ante los problemas humanos, ni desunión entre los católicos, sino fidelidad al mismo tiempo a la autonomía del orden temporal y al mensaje de Cristo).

La afirmación del pluralismo entre los católicos fue en los primeros años del Opus Dei novedad ininteligible para muchos, porque habían sido formados en una línea justamente contraria. Luego el Concilio Vaticano II se pronunciaría inequívocamente sobre la doctrina tradicional de la Iglesia, que parecía olvidada ‑”a nadie le es lícito reclamar para sí en exclusiva a favor de su opinión la autoridad de la Iglesia”, ‘puede leerse en la Const. Gaudium et Spes‑, pero aún hoy lo que es ya patrimonio doctrinal común no acaba de impregnar del todo las conductas prácticas.

Era comprensible la sorpresa de Mons. Escrivá de Balaguer, su indignación, cuando alguien de la Curia Vaticana le felicitó en 1957 por el nombramiento de un socio del Opus Dei, Alberto Ullastres, como ministro del Gobierno español: Qué me importa a mí que sea ministro o barrendero? Lo que me importa es que se santifique con su trabajo.

En 1964, le preguntaron en el teatro Gayarre de Pamplona:

‑¿Qué posición tienen los socios del Opus Dei en la vida pública de los pueblos?

Mons. Escrivá de Balaguer explicó una vez más la libertad que se vive en la Obra, siempre dentro de la doctrina católica.

Pero inició su respuesta con un rápido y rotundo la que les dé la gana. En el abarrotado teatro resonó una ovación cerrada.

Días de guerra en España

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Frente de Madrid, junio de 1938. Desde un observatorio militar en Carabanchel Alto, con el anteojo de antenas de una batería, el Fundador del Opus Dei contempla destruida la casa de la calle Ferraz, 16, cuya puesta en marcha le costó tanto esfuerzo y tantas dificultades.

Significaba volver a empezar de la nada, pues la guerra había destrozado el trabajo material de varios años. Y una vez más, se aferra a la esperanza. En Vitoria ‑hacia 1938‑, Monseñor Beitia fue testigo presencial de la “alegría” del Fundador del Opus Dei, ante la ruina de su esfuerzo: Si es para su gloria, el Señor lo volverá a construir.

Fueron aquellos, de modo muy especial, tiempos de es­peranza.

Desde el triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, se agravó la ya confusa situación de la vida pública española, y se recrudeció la persecución religiosa. Volvieron a producirse, en muchos puntos de España, quemas y saqueas de iglesias. Concentraciones de masas, atentados y represalias, falta de seguridad pública, propiciaban un ambiente que presagiaba la futura guerra civil.

Don Josemaría veía la gravedad del momento. Eran continuos sus actos de desagravio ante las manifestaciones contra la religión. Pero no perdía la serenidad ni se dejaba llevar por los pesimismos alarmistas. Consiguió que el ambiente enrarecido del país apenas perturbase el trabajo apostólico, la labor en la Residencia de Ferraz, la regularidad de las diversas actividades de formación espiritual.

El Fundador del Opus Dei se sabía hijo de Dios, hijo de Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, como la invocó a lo largo de los años. Éste era, como acabamos de ver, el fundamento de toda su vida:

Tenía una imagen de la Virgen, que me robaron los comunistas durante la guerra de España, y que llamaba la Vir­gen de los besos. No salía o entraba nunca, en la primera Re­sidencia que tuvimos, sin ir a la habitación del Director, don­de estaba aquella imagen, para besarla. Pienso que no lo hice nunca maquinalmente: era un beso humano, de un hijo que tenía miedo… Pero he dicho tantas veces que no tengo miedo a nadie ni a nada, que no vamos a decir miedo. Era un beso de hijo que tenía preocupación por su excesiva juventud, y que iba a buscar en Nuestra Señora toda la ternura de su cariño. Toda la fortaleza que necesitaba iba a buscarla en Dios a través de la Virgen.

Antiguos residentes de Ferraz, 50, no han olvidado su fortaleza contagiosa, que les inmunizaba contra el ambiente derrotista y les hacía seguir adelante en las labores apostólicas como si nada fuera a ocurrir.

El Fundador del Opus Dei vivió aquellos momentos con gran intensidad. No dejaba de presentar a todos los socios de la Obra la obligación que les incumbía de estar bien informados, bien metidos en la realidad ‑como correspondía a su deber de ciudadanos normales‑,evitando cuidadosamente que el ambien­te de serenidad pudiera ser malentendido y llevase a cualquier tipo de “aislamiento” o “evasión”. Aprovechó también aquella situación para formar bien a los que le rodeaban: les enseñó a confiar, por encima de todo, en la voluntad de Dios; les hizo ver que, por graves que fueran los asuntos, no podían dejarse llevar por un activismo desenfrenado que les hiciera olvidar la primacía de los medios sobrenaturales, de la vida de oración; les alertó contra los riesgos de la soberbia, del amor propio, en la actuación política; y, como sin darle importancia, les concretó modos prácticos de vivir la prudencia.

En los primeros meses de 1936, en medio de la creciente efervescencia social y política, seguía empeñado en encontrar una casa más grande, pues la residencia de Ferraz, 50, era ya insuficiente para el volumen de la labor, y en buscar a la vez los medios económicos necesarios. Trabajaba en presente, y pensaba en alguna casa grande unifamiliar: precisamente por la situación política, casas de este tipo se ponían a la venta, a bajo precio, por la casi nula demanda que había. Con la colaboración de los chicos que vivían o iban por la Residencia, se buscó por todo Madrid, aunque prefería el barrio de Argüelles, probablemente por su proximidad al caserón de San Bernardo, y a los nuevos edificios universitarios más allá de la Moncloa.

A1 fin se encontró una casa en la misma calle de Ferraz, en el número 16. Era propiedad del Conde del Real, que por entonces vivía en Francia. En seguida se llegó a un acuerdo con el administrador, y todo quedó listo para tomar posesión del inmueble el primero de julio de aquel 1936.

A la vez, pensaba en la nueva residencia de estudiantes de Valencia. Francisco Botella, natural de Alcoy, iría al terminar el año académico, con el encargo de buscar una casa que pudiera servir el curso siguiente. En cuanto viese algo adecuado, debía avisar a Madrid, para que Ricardo Fernández Vallespín fuese a Valencia, con el fin de firmar el contrato si la elección era acertada. El plan era que Fernández Vallespín fuese el director de ese centro, ayudado por el propio Francisco Botella, que continuaría allí la Licenciatura en Ciencias Exactas. Por su parte, Isidoro Zorzano se haría cargo en Madrid de la dirección de DYA ‑éste seguía siendo el nombre de la residencia y academia de Ferraz‑, después de pedir la excedencia en su puesto de Ingeniero Jefe de los talleres de los Ferrocarriles andaluces en Málaga. Efectivamente, también a finales de junio o principios de julio, Isidoro Zorzano viajó a Madrid, para quedarse definitivamente en la capital de España.

La situación política estaba al rojo vivo. Muchas familias precipitaban las vacaciones, pues el golpe de Estado se veía ya como inevitable por ambas partes. Abundaban los rumores, que corrían como la pólvora. El ambiente era muy tenso.

El 13 de julio ‑fecha crítica‑ fue asesinado Calvo Sotelo, jefe de la oposición conservadora de la Cámara legislativa. La inquietud se generalizó. Se vivía con la sensación de que “era cuestión de horas”. Pero el Fundador del Opus Dei continuaba impertérrito, poniendo en práctica los planes de expansión de la Obra, como si no ocurriera nada. “Para las gentes era una locura”, afirma el entonces director de Ferraz.

Vivía con esperanza, el hoy y ahora. Aceleró el traslado a Ferraz, 16, entre otras razones, para dejar de pagar cuanto antes el alquiler de Ferraz, 50. Se llevaron todos los muebles. La casa necesitaba un mínimo de obras de reparación y acondicio­namiento. Como no había dinero, trabajaron todos como podían. adecentando poco a poco la futura Residencia.

Este nuevo Centro estaba situado enfrente del Cuartel de la Montaña, punto neurálgico de la sublevación en Madrid. Desde sus balcones, durante el domingo 19 de julio, pudieron ver cómo los sublevados se iban concentrando en el Cuartel. Por la tarde, a primera hora, las calles de acceso estaban cortadas por guardias y milicianos, que pedían la documentación a todos los que pasaban. Sobre las ocho de la noche, salieron de la Residencia los estudiantes que vivían con sus padres. Don Josemaría les encareció, paternalmente, que le llamaran por teléfono para saber que habían conseguido llegar y estaban bien. Durante la noche comenzó el ataque. Las balas se incrustaban en las paredes y en los techos de la Residencia. Por la mañana, en el momento en que los milicianos, ebrios de victoria, entraban ya en el Cuartel de la Montaña, don Josemaría abandonó Ferraz con los pocos que habían pasado allí la noche. Le hicieron vestir un mono de los que utilizaban aquellos días para los arreglos de la casa. Aunque le iba mal de medidas, no había otra ropa de seglar. Cruzando entre las masas enfervorizadas, que iban a celebrar el triunfo, consiguieron llegar a la casa de su madre, en la calle del Doctor Cárceles (hoy, Rey Francisco).

El Cuartel de la Montaña había caído. La situación se hizo confusa, y en Madrid empezó a dominar el terror. Se sabía que habían fusilado a mucha gente, pues el 21 de julio los cadáveres llenaban el depósito judicial y los iban amontonando a la entrada. Estaba claro que todas las precauciones serían pocas.

Don Josemaría tuvo que quedarse en casa de su madre, sin poder salir, por ser conocida de todos, en la zona, su condición sacerdotal. Como para cualquier otro sacerdote de Madrid, en aquel momento, la única alternativa era esconderse, o exponerse a ser asesinado por cualquier patrulla callejera, aunque también escondido corría el riesgo de los frecuentes registros.

La guerra civil llegaba justamente cuando ya disponía de una base de personas bien formadas con las que emprender una expansión inmediata: ampliar la residencia de Madrid, poner en marcha la de Valencia, comenzar en Francia. Todo se venía abajo. Además, el Fundador sufría ‑como Padre‑ en aquellos momentos, pues, al estar interrumpidas las comunicaciones, no tenía la menor noticia de muchos de los socios del Opus Dei, ausentes de Madrid. Y, por si fuera poco, no podía celebrar la Santa Misa, ni hacer oración junto al Sagrario.

Empezó una larga pesadilla, de escondite en escondite, erizada de dificultades y peligros. Don Josemaría no pensaba en sí mismo, sino en las almas, en la Iglesia y en la Obra, en cada uno de sus socios, en su madre y sus hermanos. Se palpaba a su lado una fe inconmovible en el carácter sobrenatural de la Obra, una fortaleza esperanzada para enfrentarse con cualquier tipo de problemas. Sus continuas reacciones sobrenaturales ‑la re­petición incesante de una breve jaculatoria, fiat!, de abandono en manos de Dios‑ quedaron grabadas en quienes le rodearon aquellos meses. Se convencieron pronto de que, cualquiera que fuese el curso de los acontecimientos, todo sería para bien, omnia in bonum!

Un punto de Camino reflejará, en buena medida, estas disposiciones interiores de don Josemaría, aunque no tengo certeza de que lo escribiera en aquellos primeros días de la guerra civil:

¡La guerra! ‑La guerra tiene una finalidad sobrenatural ‑me dices‑ desconocida para el mundo: la guerra ha sido para nosotros…

‑La guerra es el obstáculo máximo del camino fácil. ‑Pero tendremos, al final, que amarla, como el religioso debe amar sus disciplinas (Camino, 311).

Su optimismo acusaba siempre una nota de grave objetividad. Cuando muchos pensaban que la guerra duraría poco o que su fin era inminente, hacia ver a los que le acompañaban que aquello no estaba claro, que debían prever una espera mucho más larga de la que se figuraban. Con el tiempo, algunos verían en este tipo de afirmaciones, que no se correspondían con los datos comunes a todos, una cierta inspiración que escapa a lo natural. Y comenta Juan Jiménez Vargas: “Sin poner en duda los aciertos que tantas veces a lo largo de su vida indicaban una auténtica inspiración divina, en este caso concreto, como en otras ocasiones ‑por ejemplo, cuando pasamos el Pirineo‑, me parece que lo que hay que destacar en el fondo de todo esto es auténtica virtud personal. Era una prudencia ante los aconteci­mientos que, en medio de sus preocupaciones abrumadoras, le hacía estar más en la realidad que nadie, y con más objetividad a la hora de actuar”.

Todos tenían la convicción de que al Fundador no le pasaría nada, puesto que tenía que hacer el Opus Dei. Sin embargo, no dejaron de poner ningún medio necesario para su seguridad personal.

Estuvo en casa de su madre hasta que alguien comunicó la sospecha de que en aquella casa había personas escondidas en varios pisos. Se marchó y efectivamente poco después hubo registros. Sucedió esto en torno al 9 de agosto de 1936.

Fueron días y meses de tremenda confusión. Abundaron los desmanes y los abusos. Se cometieron muchos crímenes, y entre las víctimas hubo un alto porcentaje de sacerdotes y religiosos. En su detenida y documentada Historia de la persecución religiosa en España, Antonio Montero, hoy obispo auxiliar de Sevilla, aporta las siguientes y escalofriantes cifras: a lo largo de toda la guerra murieron 4.184 sacerdotes seculares (el 13 por 100), 2.365 religiosos (el 23 por 100), y 283 religiosas.

Se explica que, cuando en los primeros momentos a algunas personas les llegó la falsa noticia del fallecimiento del Fundador del Opus Dei, la aceptasen. Más aún, si ‑como sucedió en algún caso‑ la información venía con toda clase de detalles.

Estuvo en casa de un amigo, en la calle de Sagasta, 29, hasta finales de agosto. Septiembre lo pasó en un piso de la calle de Serrano, que era de unos argentinos amigos de don Álvaro del Portillo. El 1 de octubre tuvo que abandonar ese refugio, y pasó luego varios días durmiendo donde y como podía. Poco después, consiguió escondite haciéndose pasar por enfermo men­tal, en un sanatorio psiquiátrico de la Ciudad Lineal ‑en Arturo Soria, 492‑, que dirigía el doctor Suils, conocido de don Josemaría de los tiempos de Logroño. Su estancia en el manico­mio ‑controlado oficialmente por la UGT‑ fue especialmente dura, también porque se agravó el reumatismo que padecía: llegó a pasar cerca de dos semanas sin poder moverse. La inmovilidad de las articulaciones fue tan importante que hasta le tenían que dar de comer.

Por aquella época se había estabilizado el frente de Madrid, y todo daba a entender que la guerra se prolongaría..Se imponía buscar un refugio más normal, y con más garantías. Después de diversas gestiones con embajadas, surgió la posibilidad de entrar en la legación de Honduras (en sentido estricto, era únicamen­te la casa del cónsul, pero tenía reconocimiento y protección oficial). Allí llegó en marzo de 1937.

Había sufrido tanto ‑también de hambre‑ que estaba increíblemente delgado, irreconocible. Durante su estancia en esta legación de Honduras, entre marzo y agosto de aquel año, fue a verlo un día su madre. Lo esperaba en el vestíbulo, junto a la puerta del piso. Cuando salió, vestido de paisano, demacrado y pálido, doña Dolores no pudo reconocerlo hasta que oyó su voz: ‑¡Qué alegría verte, mamá!

Aquí el panorama de don Josemaría cambió: por fin, pudo celebrar la Santa Misa y, además, lo acompañaban varios socios de la Obra. Meses después, comenzó a hacer salidas a la calle, mediante un documento del cónsul de Honduras que lo acredi­taba como empleado de la legación. Luego, el primer día de septiembre, se fue a vivir a un ático de la calle Ayala, n.° 73, y siguió desplegando una intensa actividad apostólica por Madrid: charlaba con gente, celebraba Misa, llevaba la comunión, daba meditaciones.

En estas circunstancias lo conoció, por ejemplo, Tomás Alvira, como relataba en un artículo publicado en septiembre de 1975: “Recuerdo con todo detalle la primera vez que hablé con Monseñor Escrivá de Balaguer: fue en Madrid, al atardecer. un día de julio del año 1937″. Le impresionó “la recia personalidad de aquel sacerdote joven; la visión sobrenatural que encerraba todo cuanto decía; su optimismo y alegría, no fáciles de tener en aquellos momentos tan graves, y que sólo eran comprensibles al verlos nacer de una fe profunda”.

A Tomás Alvira le sorprendió mucho la invitación que un día recibió para hacer ejercicios espirituales con otras pocas personas más. La sorpresa estaba justificada, porque entonces en Madrid los sacerdotes eran perseguidos, y no había ninguna iglesia abierta. Por eso, aquellos ejercicios, que duraron tres días, tuvieron lugar en casas distintas. Cada uno llegaba por separado, tenían una meditación, y se iban, también por separado, para no estar mucho tiempo reunidos. Por la calle, seguían meditando, rezaban el rosario, etc. Después tenían la siguiente meditación en otra casa. Una de ellas fue la de José María Albareda, en la calle de Menéndez y Pelayo; otra, la del propio Tomás Alvira, en General Pardiñas, 28, 1.° C.

A finales del verano de 1937 habían disminuido algo los asesinatos en Madrid, pero las condiciones de vida para un sacerdote seguían siendo imposibles. Aunque en aquellas circuns­tancias era muy necesaria la presencia del Fundador en la ciudad, se vio la conveniencia de que abandonase Madrid y pasara a la otra zona de España. Le costó mucho tomar esta decisión. No se hacía a la idea de salir de la ciudad, dejando a su madre y a sus hermanos, y a la mayoría de los socios del Opus Dei en Madrid. Pero venció las dudas, y se decidió, por la insistencia de todos, incluso de su propia madre. Una vez re­suelto el problema de la documentación, partió hacia Valencia en octubre.

Allí estaban Francisco Botella y Pedro Casciaro, que tenían ya noticias de que podía llegar en cualquier momento. Pedro Casciaro solía ir al atardecer a casa de los Botella. Un día, al entrar en una salita, vio a Juan Jiménez Vargas con otra persona que no reconoció. Era “un señor muy delgado, correctamente vestido de gris oscuro que, apenas me vio, me abrazó diciéndo­me: Perico, ¡qué alegría de volver a verte!”. Había cambios tan notables en la fisonomía del Fundador después de esos quince meses, que Pedro Casciaro sólo lo reconoció por la voz: lo mismo que le había ocurrido con su propia madre, doña Dolores, como ya hemos visto. “Había adelgazado más de cuarenta kilos ‑escribe Pedro Casciaro‑; siempre lo había visto hasta ese momento con sotana, con el pelo muy corto y con tonsura muy amplia ‑que solía cubrir con un solideo de paño negro‑, y con gafas de delgados aros completamente redondos. Ahora tenía las mejillas hundidas, destacándose más su amplia frente; los ojos eran más penetrantes; el pelo, relativamente largo, lo peinaba con raya a un lado; las gafas eran ovales y de montura más gruesa; me fijé especialmente en un detalle insignificante en sí, pero ‑quién sabe por qué‑ muy significativo para mí: el nudo de la corbata estaba muy bien hecho. Lo único que no había cambiado nada en él era el tono de la voz”.

Desde Valencia, siguió viaje a Barcelona, en un tren noctur­no. Ya en la Ciudad Condal, comenzó una tensa espera, pues era más difícil de lo que les había parecido desde Madrid conectar con las personas que se dedicaban a sacar clandestinamente gente de España. Volvían a asaltarle dudas sobre la conveniencia de este paso. Pero acababa convencido de que era voluntad de Dios.

Por fin, el 19 de noviembre salió de Barcelona en el autobús de la Seo de Urgel. Después de días difíciles, el 2 de diciembre de 1937 conseguían cruzar la frontera de Andorra y llegaban a Sant Juliá. Terminaba la pesadilla que empezó en octubre de 1937. El Fundador del Opus Dei lo había pasado muy mal: además de la atenazante preocupación por los que quedaban en Madrid y en los frentes, la fatiga física rozaba el agotamiento desde la primera noche en que habían comenzado a andar. No obstante, los que fueron con él coinciden en que conservó siempre la paz y la alegría. Don Juan Jiménez Vargas asegura que, hasta enton­ces, no había llegado a comprender bien lo que es la alegría del que se sabe hijo de Dios. Poco después, don Juan hizo una breve nota, resumen de su experiencia de aquellos meses, que dio origen al punto 659 de Camino:

La alegría que debes tener no es esa que podríamos llamar fisiológica, de animal sano, sino otra sobrenatural, que procede de abandonar todo y abandonarte en los brazos amorosos de nuestro Padre‑Dios.

Con esta alegría, el Fundador del Opus Dei se puso de nuevo en marcha. Pasó por Lourdes antes de volver a España. Cruzó la frontera por Irún, y en Pamplona don Marcelino Olaechea, su buen amigo, lo alojó en el Palacio episcopal. Poco después se trasladó a Burgos, donde vivía el Obispo de Madrid, y desde donde le sería más fácil recuperar el contacto con diversas personas a las que venía tratando ya antes de la guerra y que estaban ahora desperdigadas por el país.

Pero las dificultades no cesaron. La mayor parte de los que le habían acompañado en el cruce de los Pirineos tuvieron que incorporarse a filas. Afortunadamente a Burgos acudían muchos otros, cuando conseguían permiso en sus destinos militares. Desde la capital castellana don Josemaría hizo un inmenso apostolado epistolar. Cuando era necesario, se trasladaba hasta donde hiciera falta, para atender a quien pasaba dificultades, para dirigir un curso de retiro, para visitar a algún obispo, para resolver los problemas que surgían. Tomás Alvira, uno de los que le acompañaron por los Pirineos, conserva una carta suya fechada en Burgos, el 4 de febrero de 1938:

Jesús te guarde.

Querido Tomás: ;Qué ganas tengo de darte un abrazo! Mientras, te pido que nos ayudes, con tus oraciones y tus trabajos.

Yo voy corriendo de un lado a otro: acabo de venir de Vitoria y Bilbao. Y antes: Palencia, Valladolid, Salamanca y Ávila. Ahora estoy curando un catarro que pesqué en el Norte. Después, voy a León y a Astorga.

Tomasico: ¿cuándo harás una escapada, para que nos veamos?

Muchos escribían a Burgos, preguntando dónde estaría el Padre en una fecha determinada, en la que tendrían permiso. No siempre se les podía contestar con precisión. A veces había que decir: “en el vagón del ferrocarril, o en algún coche desvencijado frente”. del Opus Dei le interesaban, por encima de todo, las personas: recuperar el contacto con los que participaban en las actividades apostólicas antes de la guerra, mantener su vida interior y su afán apostólico, hacer nuevos amigos. Su intenso apostolado epistolar cuajó también en una por esas carreteras, o.., en el En Burgos, al Fundador especie de carta colectiva, mediante la cual se daban a todos, noticias de todos. Esto no resultaba nuevo, porque ya mucho antes ‑al menos desde el verano de 1934‑ don Josemaría había hecho enviar este tipo de cartas de familia, llenas de vibración sobrenatural, y también de sentido del humor. Se conservan algunas de aquellas cuartillas mecanografiadas y reproducidas con un modestísimo velógrafo. En ellas se resumían brevemente las cartas que, durante el verano, iban llegando de unos y otros a la Academia DYA, para contar a los demás dónde estaban, qué hacían en el verano ‑deporte, arte, estudios, idiomas, activida­des de ayuda a médicos rurales, preocupaciones apostólicas‑, y al mismo tiempo, se les animaba a perseverar en la piedad y a mantener caldeado el afán de transmitir a otros sus ideales cristianos, con vistas al curso siguiente, para seguir “adelante…, con ¡Dios y audacia!”.

El mismo tono ‑aunque salpicado de anécdotas relacionadas con la guerra‑ tuvieron las Noticias de Burgos. Acusaban recibo con agradecimiento de las cartas que llegaban de los frentes y de los buques de la Armada, “con idéntica vibración, con preocupa­ciones comunes y con el mismo sobrenatural y alegre optimis­mo”. Daban noticia de los que habían pasado por allí, para estar un rato con el Fundador de la Obra.

En esas cartas bromas divertidas. estudiando ‑sobre “hace más el que abundaban los detalles pintorescos y las Era tenaz la insistencia en que siguieran todo idiomas‑ a pesar de las dificultades: quiere que el que puede”. Desde Burgos animaban a que les pidieran gramáticas, diccionarios, textos para hacer traducciones. Y les hablaban de la biblioteca que iban formando, con libros que les llegaban, incluso, desde fuera de España. Habían escrito, en ese sentido, a autoridades académi­cas de diversos países. En una carta de 1938 se lee: “¿Sabéis que pedimos libros ‑y en varias lenguas‑ para leerlos? Parece una perogrullada, pero es que… no siempre sucede así”.

Todos los meses salía la breve y rudimentaria edición, a veces con un “perdonad el laconismo de estas cuartillas: escasea el papel”. A veces también, con la noticia de la muerte de alguno en los campos de batalla: “¡un protector más!”. O con informa­ciones de quienes seguían en la otra España: “es ejemplar la fe y la continuidad con que trabajan”.

Las lacónicas misivas estaban sazonadas con múltiples refe­rencias sobrenaturales, llenas de naturalidad. En una aparece esta frase, toda una síntesis del espíritu de esos días: “Libro, idiomas, estudio: instrumentos de vuestro trabajo. Pero no olvidéis que el carácter sobrenatural de nuestra empresa nece­sita ORACION, SACRIFICIOS, FRECUENCIA DE SACRA­MENTOS”.

La ilusión apostólica llevó al Fundador del Opus Dei a pedir a todos que le ayudasen a localizar a los que no aparecían. Quería tener sus domicilios ‑seguros o probables‑ cuando terminase la guerra. Les animaba continuamente a hacer apostolado: entre tanto muchacho generoso, que tú conoces, ¿crees que no habrá uno, siquiera capaz de entendernos?

Al lado de don Josemaría, que no pensaba sólo en España, los horizontes se dilataban. Uno de los redactores de las noticias escribió: “La España futura es poco: al escribir estas cuartillas de familia, siente uno que el planeta se achica”.

Sin embargo, no abandonaba lo inmediato: la vuelta <: Madrid. El Fundador de la Obra iba preparando todo lo que podía, también en el orden material. Junto a los libros, fue reuniendo lo indispensable para el nuevo oratorio: un sagrario: candeleros… Encargó albas y ornamentos a la familia de Vicente Rodríguez Casado, que estaba en Burgos. A otros, que diseñasen y tratasen de hacer un cáliz… Esta preocupación quedó recogida también en una carta: “Con aquel espíritu anónimo de los primitivos talleres de arte, vamos construyendo los vasos sagra­dos, los ornamentos y los otros objetos litúrgicos para nuestro Oratorio. Os aseguramos que serán gratos a Dios por ese espíritu con que se van haciendo, y a vosotros, por la reciedumbre del material que se emplea, por el vigor y delicadeza de la forma, por la armonía del conjunto”. Muchos de estos objetos litúrgicos se guardaron en el palacio episcopal de Ávila. Su obispo se había ofrecido a tenerlos bajo su custodia hasta que llegara el momento de volver a Madrid.

Don Josemaría estaba en el “Hotel Sabadell”, en la calle de la Merced, número 32 (a finales de 1938 ó comienzos de 1939, se trasladaría a una casa todavía más modesta de la calle de la Concepción, número 9, 3.° izquierda). Seguía viajando siempre que era necesario. A veces, simplemente, para visitar a un herido.

Así se le presentó la ocasión de ir al frente de Madrid, porque el 7 de junio de 1938, a don Ricardo Fernández Vallespín, en un servicio de destrucción de bombas de mano defectuosas, le estalló una muy cerca. Desde el hospital de campaña hizo que telegra­fiaran, comunicándoselo. En cuanto pudo, acudió a verlo y pasó una noche en el puesto de mando de la batería, en Carabanchel Alto. Otro oficial lo llevó al observatorio que tenían instalado en la antigua Escuela de Automovilismo de Carabanchel. Allí contempló con el anteojo de antenas de la batería la casa de Ferraz, 16, semidestruida. Al ver esas ruinas, se echó a reír. Un oficial le preguntó el motivo. Con su fe indómita en la Providen­cia divina, contestó: porque estoy viendo lo poco que queda de mi casa. Dios arreglaría todo, pensaba, aunque no lo dijo. Natural­mente, el oficial se quedó desconcertado, sin entender nada.

El trágico paréntesis de la guerra, que para el Opus Dei se había abierto con esas ruinas, no tardaría en cerrarse. Y los meses de Burgos quedarían atrás, como etapa de cimentación, en la que se recuperaron contactos y se empezó a preparar el futuro: fue un tiempo de esperanza, de oración y de intensas mortifica­ciones del Fundador del Opus Dei.

Don Josemaría llegó a Madrid al mismo tiempo que la primera columna de aprovisionamiento. Tal era su impaciencia. Don Ricardo Fernández Vallespín le acompañó en la primera visita que hizo a los restos de Ferraz: “Al llegar a nuestra casa la vimos destruida, más de lo que pensábamos”. El edificio había sufrido daños durante el asalto al Cuartel de la Montaña. Luego fue incautado por las milicias populares. Por fin, al aproximarse el frente de Madrid, los bombardeos acabaron por destruirlo.

De momento, volvió a alojarse, como antes de la guerra, en la vivienda del Rector del Patronato de Santa Isabel. Desde allí continuó su trabajo apostólico, y empezó de nuevo a buscar un sitio apropiado para instalar la residencia de estudiantes. Quería que comenzase a funcionar en octubre de 1939. Así fue, en unos pisos alquilados en la calle Jenner, cerca del Paseo de la Castellana, de capacidad semejante a la antigua residencia de Ferraz, 50.

El Fundador del Opus Dei recomenzó, también esta vez, sin medios materiales, fiado en la idea clara de que Dios estaba empeñado en que su Obra se realizase. Ángel Galíndez, residente de Ferraz, y luego de Jenner, confesaría en 1975 en El Correo Español de Bilbao: “Muchas veces, a lo largo de estos casi cuarenta años, he reflexionado sobre la figura Dei Padre, rica de contenido insondable, audaz y apostólica… Sí, he pensado muchas veces en la fe inmensa y en la audacia incontenible y en el afán apostólico del Padre, que hicieron posible que aquella pequeña casa donde viví se transformara en la gigantesca Obra actual”.

Todo fue posible por su inquebrantable esperanza. Lo resaltó don Manuel Aznar, en La Vanguardia Española, de Barcelona: “No sé qué don carismático poseía que le permitía promover esperanza, ensanchar horizontes, vencer pesimismos, comunicar la seguridad de un futuro resplandeciente, calmar desasosiegos, iluminar dudas, sentirse, ante todo y sobre todo, sacerdote de Dios, y en calidad de tal, predicar y pedir una viva permanencia en la fe, una ardorosa caridad, pero también una luminosa esperanza. Supongo que era un gran meditativo de San Pablo. Sin duda por su condición de hombre esperanzador”.

El propio Fundador del Opus Dei detallaría en 1940:

La Obra está saliendo adelante a base de oración: de mi oración ‑y de mis miserias‑ que a los ojos de Dios fuerza lo que exige el cumplimiento de su Voluntad; y de la oración de tantas almas ‑sacerdotes y seglares, jóvenes y viejos, sanos y enfermos‑, a quienes yo recurro, seguro de que el Señor les escucha, para que recen por una determinada intención que, al principio, sólo sabía yo. Y, con la oración, la mortificación y el trabajo de los que vienen junto a mí: éstas han sido nuestras únicas y grandes armas para la lucha.

Así va ‑así irá‑ la Obra haciéndose, creciendo, en todos los

ambientes: en los hospitales y en la universidad; en las catequesis de los barrios más necesitados; en los hogares y en los lugares de reunión de los hombres; entre los pobres, los ricos y las gentes de la más diversa condición, para hacer llegar a todos el mensaje que Dios nos ha confiado.

Una misión que la Obra se ha lanzado a cumplir derecha­mente, con generosidad, sinceramente, sin subterfugios ni mece­nazgos humanos, sin recurrir ‑valga el ejemplo‑ al continuo salto en busca del sol que más calienta o de la flor más rica y vistosa: el sol está en nuestro interior y la labor se realiza ‑como ha de ser‑ en la calle, y se dirige a todos.

En estos años del comienzo, me lleno de profunda gratitud hacia Dios. Y al mismo tiempo pienso, hijos míos, en lo mucho que nos queda por recorrer hasta sembrar en todas las naciones, por toda la tierra, en todos los órdenes de la actividad humana, esta semilla católica y universal que ha venido a esparcir el Opus Dei.

Por eso, sigo apoyándome en la oración, en la mortificación, en el trabajo profesional y en la alegría de todos, mientras renuevo constantemente mi confianza en el Señor: universi, qui sustinent te, non confundentur (Ps., XXIV, 3); ninguno de los que ponen en Dios su esperanza será confundido.

Un retiro en Valencia

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En los meses siguientes al fin de la Guerra Civil, el Opus Dei reanudó sus incipientes actividades en Valencia. Escrivá predicó ejercicios espirituales a un grupo de universitarios del 5 al 11 de junio de 1939 en el Colegio del Beato Juan de Ribera, situado en Burjasot a pocos kilómetros de la ciudad. La invitación para predicar los ejercicios vino de su buen amigo don Antonio Rodilla, rector del colegio.

Mientras paseaba por los terrenos del colegio, antes de empezar, los estudiantes se fijaron en un cartelón pintado a mano, abandonado por el ejército republicano, que había ocupado el edificio durante la Guerra Civil. En el cartelón se leía el verso atribuido a Antonio Machado: “Cada caminante siga su camino”. Uno de los asistentes se disponía a romperlo, pero Escrivá le paró, diciéndole que ese lema era un buen consejo. Durante esos días, utilizó repetidamente aquella frase para subrayar la importancia de la libertad en el servicio de Dios.

Este énfasis en la libertad contrastaba radicalmente con la tendencia mayoritaria de la España de posguerra. Uno de los jóvenes, que pidió la admisión en el Opus Dei poco después de la guerra recordaba “aquellos tiempos, en los que no se hablaba especialmente sobre este tema. Se estimaban otros valores como el servicio y el sacrificio por la Patria, la abnegación en los sufrimientos, la heroicidad hasta poner en peligro la propia vida en defensa de ideales nobles”[1].

Lógicamente, Escrivá deseaba vocaciones para el Opus Dei, pero no habló de esto en las meditaciones que predicaba. Durante el retiro, sí charló en privado sobre este tema con varios jóvenes. Al final de esos días de retiro, Amadeo de Fuenmayor, estudiante de Derecho, vio claro que Dios le pedía que le entregara su vida en el Opus Dei. Pocas semanas después, otro de los asistentes, José Manuel Casas Torres, que simultaneaba los estudios de Derecho y Geografía, también pidió la admisión en el Opus Dei.

Escrivá deseaba encontrar gente que pudiera entender y vivir el espíritu del Opus Dei, pero, como director de almas, nunca coaccionaba a nadie, siempre llevaba a cada persona por el camino que Dios tenía previsto. Por ejemplo, a uno de los jóvenes que asistieron a aquellos ejercicios espirituales, aunque le explicó el Opus Dei, le insistió en que se dedicara al apostolado de la Acción Católica. Poco después aquel estudiante, tras consultar a un sacerdote, que era de su misma opinión, decidió renunciar a sus actividades en Acción Católica. Pero cuando consultó de nuevo a Escrivá, éste le aconsejó que siguiera sirviendo a la Iglesia en Acción Católica, según el plan de Dios.

El deseo de Escrivá de ayudar a cada uno a seguir la llamada personal de Dios le llevó a predicar numerosos ejercicios espirituales a sacerdotes diocesanos y religiosos. Nada más concluir el retiro de Burjasot para estudiantes universitarios, empezó otro para sacerdotes de la diócesis de Valencia, que había perdido la cuarta parte de su presbiterio durante la Guerra Civil. La mayoría de los supervivientes había pasado escondida durante los tres últimos años. El arzobispo de Valencia conoció a Escrivá en Burgos; ahora, para rejuvenecer las estructuras de la diócesis, destruidas por la guerra, le pedía que predicara unos ejercicios para párrocos recién nombrados. El retiro de Valencia fue el primero de los muchos que Escrivá predicó al clero diocesano de toda España y a numerosas comunidades religiosas.

[1] José María Casciaro. VALE LA PENA. TRES AÑOS CERCA DEL FUNDADOR DEL OPUS DEI: 1939-1942. Ediciones Rialp. Madrid 1998. p. 98-99

España y la Segunda Guerra Mundial

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

A los seis meses del final de la Guerra Civil, casi todos los miembros del Opus Dei habían sido desmovilizados y habían vuelto a sus estudios o trabajo profesional. El fin de la persecución religiosa permitió reanudar las actividades de formación de la Obra en Madrid y abrió horizontes en otros lugares de España. Sin embargo, el Opus Dei no se encontraba en un entorno tranquilo que favoreciera su expansión. El fin de las hostilidades estaba lejos de traer un retorno a la normalidad. España seguía enfrentada a grandes dificultades internas exacerbadas por el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Al igual que muchos de sus contemporáneos en Europa, Franco estaba convencido de que la época de las democracias había pasado y que el futuro de Europa se encontraba en los regímenes nacionalistas autoritarios. En marzo de 1937 se suscribió un pacto secreto con Berlín que exigía consultas mutuas sobre temas de interés común y una benevolente neutralidad en caso de guerra, aunque ello no impidió asegurar a París y Londres durante la crisis de Munich del otoño de 1938 que España permanecería neutral en caso de un conflicto europeo generalizado. Pocos días antes del final de la Guerra Civil, España se unió formalmente al pacto anticomunista, demostrando abiertamente sus simpatías por los otros regímenes autoritarios. Simultáneamente, firmaba un nuevo tratado de amistad con Berlín, secreto igual que el anterior, que también exigía consultas mutuas.

La firma del acuerdo germano-soviético en agosto de 1939 fue una desagradable sorpresa para Franco, que era profundamente anticomunista. El 3 de septiembre de 1939, cuando Gran Bretaña y Francia declararon la guerra a Alemania como respuesta a la invasión de Polonia, hizo un llamamiento público a todas las partes implicadas para volver a negociar, al tiempo que condenó la destrucción de la católica Polonia. Durante los meses en que Francia y Gran Bretaña estaban oficialmente en guerra contra Alemania, pero sin hostilidades significativas, España firmó acuerdos comerciales con Gran Bretaña, Francia y Portugal, pero se negó a la petición francesa de una garantía de mantener la neutralidad en caso de que Italia entrara en la guerra.

La rápida conquista de Francia en la primavera de 1940 hizo pensar a Franco que Alemania ganaría la guerra y dominaría Europa. El 12 de junio de 1940 anunció una nueva política: no beligerancia. Eso significaba que España no era neutral, sino que apoyaba a las potencias del Eje, pero no participaba en el conflicto.

Parece como si Franco hubiera considerado la no beligerancia como un primer paso para la entrada en la guerra junto a Alemania e Italia, pero fijaría un alto precio por esa participación. Presentó a Berlín la reclamación española sobre los territorios franceses del noroeste de África, al igual que una impresionante lista de provisiones, combustible, munición y otros materiales que España necesitaría para entrar en guerra. Hitler, enardecido por el éxito en Francia, no vio ninguna necesidad de considerar las demandas españolas.

Franco y sus consejeros se sintieron decepcionados por el hecho de que Berlín no tomara sus peticiones en serio y por su aparente desprecio de la capacidad de España de ayudar al Eje, a cambio de recuperar Gibraltar. Se encontraron en una situación difícil. Estaban convencidos de que Alemania resultaría victoriosa y no querían perder la oportunidad de participar en el reparto del botín de guerra, pero advertían los devastadores efectos que un bloqueo naval británico podría tener para España.

En su encuentro con Hitler en Hendaya, el 20 de octubre de 1940, Franco volvió a presentar su lista de exigencias coloniales, económicas y militares. Hitler no deseaba satisfacer esas peticiones, en parte porque hacerlo supondría enemistarse con el gobierno francés de Vichy, que para él era más importante que España. El encuentro terminó con un aguado acuerdo que comprometía a España a declarar la guerra a Gran Bretaña en alguna fecha futura que fijaría el gobierno español.

La victoria británica en la Batalla de Inglaterra hizo que se enfriara el interés español por entrar rápidamente en la guerra. Durante el resto de 1940 y comienzos de 1941, Franco resistió las presiones de Berlín con tácticas dilatorias y largas listas de artículos que España necesitaría para intervenir eficazmente en la guerra. Probablemente, la postura de Franco estaba marcada más por lo que podría obtener a cambio que por el deseo de mantenerse al margen del conflicto. A medida que pasaba 1941, Hitler perdió interés en España y Gibraltar y centró su atención a una posible invasión de la Unión Soviética.

El ataque alemán a la Unión Soviética del 22 de junio de 1941 hizo a Franco más cauteloso sobre la entrada en guerra, ya que la Unión Soviética era un adversario formidable. Por otra parte, muchos falangistas eran firmes partidarios de unirse a la guerra contra la Rusia comunista. Con el visto bueno del Gobierno, la Falange empezó a organizar una división de voluntarios para luchar en Rusia. Los diecinueve mil hombres de la “División Azul” entraron en combate el 4 de octubre de 1941 en el frente de Leningrado. Durante el verano de 1941, España también firmó un acuerdo con Alemania en el que prometía enviar a 100.000 civiles para trabajar en fábricas alemanas. De hecho, no fueron más de 15.000.

La entrada de los Estados Unidos en la guerra no minó del todo la confianza de Franco en la victoria alemana, pero la veía más difícil y distante. El estancamiento de la ofensiva alemana sobre Moscú hizo que Franco tomara mayores cautelas. Así, suspendió el permiso para que los submarinos alemanes se aprovisionaran en los puertos españoles. España, sin embargo, seguía siendo no beligerante y no neutral.

La reticencia de Franco a apoyar a las potencias del Eje no encontró eco en la muy controlada prensa española, que seguía mostrando fuertes simpatías por el Eje. En 1942, la de Madrid era la principal embajada alemana y llevó a cabo una incisiva campaña a favor del Eje. Además, el partido nazi mantenía un activo aparato de propaganda en España, que trabajaba en estrecho contacto con la Falange.

El desembarco aliado en el norte de África en noviembre de 1942 provocó la ocupación alemana de la mitad sur de Francia, que hasta entonces había sido controlada por el gobierno pro-nazi de Vichy. Estos acontecimientos acercaban la guerra a España: ahora había tropas alemanas en la frontera norte y sólo unos cuantos kilómetros de mar separaban su frontera sur de las tropas aliadas del norte de África. Estados Unidos y Gran Bretaña aseguraron a Franco que no tenía nada que temer de los aliados. El deseo de Alemania de pasar tropas por España para atacar Gibraltar hizo que Franco ordenara una movilización parcial. Con este gesto trataba de disuadir a Hitler de invadir Gibraltar. Sin embargo, al mismo tiempo, Franco enviaba materias primas estratégicas a Alemania. A finales de 1942, Franco hizo sus últimos comentarios claros a favor del Eje: “El mundo liberal se está hundiendo, víctima del cáncer de sus propios errores”.

A comienzos de 1943, Franco empezó a hablar de neutralidad: era partidario del Eje en la guerra contra la Unión Soviética y estaba a favor de los aliados en el conflicto que se libraba en el lejano oriente. En las últimas fases de la guerra, cuando la victoria aliada parecía clara, Franco se fue alejando de su postura proalemana. En 1944 reafirmó la neutralidad de España.

Estas idas y venidas tuvieron el efecto de ahorrar a España los horrores de otra guerra. Para el Opus Dei supuso tener un clima relativamente pacífico en el que desarrollarse, sin que sus miembros fueran llamados a filas ni dispersados. Por otra parte, la inclinación por el Eje llevó a Franco a mantener la política de no beligerancia demasiado tiempo y a recuperar la neutralidad cuando ya era tarde para congraciarse con los futuros vencedores. Por esto, tras el fin de la guerra, España sufriría un aislamiento prolongado.

Franco toma el poder en la España Nacional

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En los dos primeros meses de la guerra, la Junta de Defensa Nacional no desarrolló una estructura de gobierno ni una política común para las zonas de España bajo su control. Los jefes militares de los distintos frentes disfrutaron de gran autonomía y a menudo se produjeron discordias entre ellos.

Conforme se acercaban a Madrid, la necesidad de un mando único se hacía más urgente. A las alturas de septiembre de 1936, Franco no era miembro de la Junta, pero sí tenía gran autoridad en el bando nacional por estar al mando del Ejército de Africa y por haber conseguido las ayudas alemana e italiana. El 29 de septiembre, la Junta le nombró generalísimo y jefe del estado y le confirió todos los poderes.

Inmediatamente, Franco sustituyó la Junta de Defensa Nacional por una junta técnica, en la que sólo había un miembro de la Junta recién disuelta. No se pensó este nuevo organismo como una solución a largo plazo, sino como un ente supervisor de las operaciones bélicas. Funcionó como gobierno en la zona nacional durante un año y medio hasta que Franco nombró un gabinete convencional.


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