Todos los sacerdotes

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Desde aquel día lleno de sol en que don Josemaría Escrivá de Balaguer llegó a la Parroquia de Perdiguera, recién ordenado, ha sido cada vez mayor su amor por los sacerdotes seculares y su deseo de ayudarles.

Era necesario, para completar el perfil del Opus Dei, que también pudieran formar parte de la Obra los sacerdotes diocesanos que trabajaban en las múltiples tareas de sus diócesis. Muchos se sienten llamados a esta vocación cristiana en la que cabe su vida entregada al ministerio sacerdotal.

Como escribe Peter Berglar:

«La plenitud de lo que iba a ser el Opus Dei sólo podía realizarse poco a poco. Dios le fue encomendando (al Fundador) que diese, en cada momento, un paso determinado: el paso exacto y en el tiempo preciso, tal y como era necesario para el desarrollo de la Obra» (31).

El deseo de ayudar a los sacerdotes ha llegado a tal extremo que piensa en una nueva fundación exclusiva para ellos. Así lo ha dicho él mismo:

-«He amado mucho a los sacerdotes. También a los religiosos (…). Pero mi corazón está con los sacerdotes diocesanos, porque yo no soy otra cosa, por eso, cuando llegó el momento y no encontraba el modo jurídico de meterlos en el Opus Dei (…), fui a la Santa Sede y dije que estaba dispuesto a hacer una fundación para sacerdotes. Con gran sorpresa, allí me respondieron que sí»(32).

Es en los primeros meses del año 1950, cuando el Padre ve con claridad que es jurídicamente posible que los sacerdotes diocesanos puedan formar parte de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Esta idea tiene las características de una impetuosa moción
de Dios en su alma. Ha visto finalmente la solución jurídica. Van adelante los trámites para la aprobación definitiva de la Obra por la Santa Sede, y en el derecho peculiar que se propone no tienen aún cabida los sacerdotes seculares incardinados en una diócesis.

Ahora, Dios le ha hecho entender la solución a este problema que permitirá abrir las puertas de la Obra, a los sacerdotes diocesanos como Agregados y Supernumerarios en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, según sus posibilidades personales de dedicación apostólica. No ha sido precisa una nueva fundación.

Por alguna causa, la fecha señalada para decretar la aprobación definitiva del Opus Dei y de sus normas jurídicas se retrasa y, gracias a ello, se llega a tiempo para introducir el nuevo estatuto(33). El Padre dispone taxativamente que los sacerdotes diocesanos adscritos a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz no tengan superiores en el Opus Dei; de modo que su único superior sea el propio Obispo. La Obra les dará cuanto necesitan en orden a su dirección espiritual, para progresar en la vida sobrenatural. El espíritu de la Obra les llevará a vivir con más empeño, si cabe, la unión y la obediencia a su Ordinario.

Muchos testimonios de sus hijos sacerdotes diocesanos podrían corroborar el enorme afecto y la ayuda, principalmente espiritual, que han encontrado en la Obra, para santificarse en el ejercicio de su ministerio.

Un sacerdote cuenta una tertulia con el Fundador de la Obra, en su viaje a Lima, en 1974:

«Nada más llegar el Padre a la sala, en donde estábamos reunidos más de cincuenta sacerdotes (…), pidió besar las manos a cada uno (…).

-Padre, son muchos.

-No importa.

Arrodillado fue besando, con unción, las manos de todos (…). Estábamos emocionados (…). Lo cierto es que después de esto sobraban todas las palabras. Fue (…) una lección que nunca olvidaré»(34).

Cuando le llega el eco de las dudas promovidas sobre la identidad del sacerdote, principalmente después del Concilio Vaticano II, irrumpe de un modo tajante, convencido:

«Te miro, y por mucho que te mire, no veo más que… a Cristo. ¡Ya te he identificado! ¡Con todas sus consecuencias! »(35)

Así lo escribe en su homilía «Sacerdote para la eternidad»:

«Esta es la identidad del sacerdote: instrumento inmediato y diario de esa gracia salvadora que Cristo nos ha ganado. Si se comprende esto, si se ha meditado en el activo silencio de la oración, ¿cómo considerar el sacerdocio una renuncia? Es una ganancia que no es posible calcular» (36)

Una recia humildad le lleva a pedir siempre la ayuda, la oración de sus hermanos sacerdotes, como apoyo a su fidelidad:

«Espíritu sacerdotal. Yo querría que pidierais al Señor, para mí, que nunca me olvide de que soy sacerdote, ni de día ni de noche. Y no lo olvidaré si pongo por obra aquel consejo de la Escritura: “oportet semper orare et non deficere… Semper”!… Rezar incesantemente, siempre»(37).

También incluye el Padre en esta oración la alegría con que desea iluminar sus jornadas de trabajo, las contradicciones que puedan asaltarle, la pobreza y las incidencias pequeñas y grandes que encuentra por los atajos de su vida cotidiana:

«Hay una vieja oración, en la que el sacerdote pide la salud mentis et corporis, y después la alegría de vivir. ¡Qué bonito! »(38)

En una síntesis de la tarea divina que Dios le encargará aquel 2 de octubre de 1928, dirá a todos sus hijos:

«Quienes han seguido a Jesucristo -conmigo, pobre pecador- son: un pequeño tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una profesión o un oficio laical; un gran número de sacerdotes seculares de muchas diócesis del mundo -que así confirman su obediencia a sus respectivos Obispos y su amor a la eficacia de su trabajo diocesano-, siempre con los brazos abiertos en cruz para que todas las almas quepan en sus corazones, y que están como yo en medio de la calle, en el mundo, y lo aman; y la gran muchedumbre formada por hombres y por mujeres -de diversas naciones, de diversas lenguas, de diversas razas- que viven de su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros muchos otros, que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más humana y más justa la sociedad temporal; en la noble lid de los afanes diarios, con personal responsabilidad -repito-, experimentando con los demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos. Y todo con naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de selectos, fundidos en la masa de sus colegas, mientras procuran detectar los brillos divinos que reverberan en las realidades más vulgares»(39).

Igual que todos sus hijos, los sacerdotes del Opus Dei pueden considerarse, con certeza, hijos de la oración del Padre(40). Por cuanto les ha querido y les ha rezado mientras abría, para ellos, las puertas de una vocación a la santidad.

Un hombre que habló sólo de Dios

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Mons. Alvaro del Portillo, muy cercano siempre a Mons. Escrivá de Balaguer desde sus tiempos de estudiante en la Escuela de Ingenieros de Caminos de Madrid, escribía en vida del Fundador del Opus Dei en la presentación de la primera edición de Es Cristo que pasa:

«Desde 1925, Mons. Escrivá de Balaguer realiza una intensa labor pastoral: primero –por poco tiempo– en parroquias rurales; más tarde, en Madrid, especialmente en los barrios pobres y en los hospitales; durante los años treinta, en toda España; desde 1946, cuando fija su residencia en Roma, con personas de todo el mundo.

»Hablar de Dios, acercar los hombres al Señor: así lo he visto desde que lo conocí, en 1934. Catequesis, días y cursos de retiro espiritual, dirección de almas, cartas breves e incisivas, que llevaban en los trazos –rápidos y definidos– la paz a muchas conciencias. En los primeros meses de 1936 llegó a enfermar; los médicos diagnosticaron sólo cansancio. Predicaba, a veces, hasta diez horas diarias. El clero de casi todas las diócesis españolas recibió su predicación; lo llamaban los Obispos y él recorría el país, a sus propias expensas –en aquellos trenes de entonces–, sin más pago que la amorosa obligación de hablar de Dios (…).

»Autor de libros de espiritualidad difundidos en todo el mundo –como Camino y Santo Rosario– y de finos estudios jurídicos y teológicos –como La Abadesa de las Huelgas–, ha escrito sobre todo numerosas y extensas cartas, Instrucciones, Glosas, etc., dirigidas a los miembros del Opus Dei, tratando exclusivamente de temas espirituales. Reacio a cualquier forma de propaganda, ha accedido sólo rara vez a las numerosas y constantes peticiones de entrevistas por parte de la prensa, radio y televisión de muchos países. Con las pocas entrevistas que han sido la excepción se publicó el libro Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, traducido también a las principales lenguas (…)

»…En un texto no es posible darse cuenta plenamente de algunas cualidades de la predicación del Fundador del Opus Dei. Su humanidad, su sinceridad inmediata, que cautiva. Su entrega a los que le escuchan, su insistente repetir que cada uno debe hacer –al oír esas palabras– una oración personal con Dios, “con gritos callados”. Y ese realismo cordial, nada ingenuo y, a la vez, nada pragmático. Un sentido común poco común. El buen humor que aflora siempre, una alegría contagiosa, la de un hijo de Dios.

»Pero son ya muchos miles las personas que han oído directamente la predicación de Mons. Escrivá de Balaguer: Porque, si no ama la propaganda y la publicidad, no tiene en cambio inconveniente en responder a cuantos le preguntan sobre cosas de Dios. En un viaje, en 1972, por España y Portugal, iniciado en Francia, pudieron oírle, en grupos pequeños o grandes, más de ciento cincuenta mil personas; en 1970, en México, estuvo con unas cuarenta mil personas de ese país, de los Estados Unidos y de otras muchas naciones americanas; y–en Roma son muchos miles los que, procedentes de Europa y de otras partes, tienen ocasión de oírle:..»(Posteriormente a la redacción de estas líneas el Fundador del Opus Dei realizó dos largos viajes más por diversos países de América Haciendo llegar su gran «catequesis –como él denominaba a estos viajes– a muchos miles de personas).

«…Otros rasgos entrañables de la labor pastoral de Mons. Escrivá de Balaguer: la viva conciencia de ser sólo un instrumentó en las manos del Señor; la convicción sobrenatural de que las flaquezas y miserias personales –que tendremos mientras vivamos, recuerda él siempre– no pueden ser un obstáculo para alejarnos de Cristo, sino un estímulo para estrecharnos más a Él. En una de las homilías aún inéditas dice: “Yo no le soporto nada al Señor; es Él quien me aguanta y me ayuda y me empuja y me espera”. Y, dirigiéndose a los que le escuchaban: “¡Cómo no voy a comprender vuestras miserias, si estoy lleno de ellas!”.

» Y, por todas partes, como en contrapunto, aparece un motivo de fondo: el amor a la libertad personal. “Soy muy amigo de la libertad… El espíritu del Opus Dei que he procurado practicar y enseñar desde hace más de treinta y cinco años –decía en 1963–, me ha hecho comprender y amar la libertad personal. Cuando Dios Nuestro Señor concede a los hombres su gracia, cuando les llama con una vocación específica, es como si les tendiera una mano paternal llena de fortaleza, repleta sobre todo de amor, porque nos busca uno a uno, como a hijas e hijos suyos, y porque conoce nuestra debilidad. Espera el Señor que hagamos el esfuerzo de coger su mano, esa mano que Él nos acerca: Dios nos pide un esfuerzo, prueba de nuestra libertad”.

»Si Dios respeta nuestra libertad personal, ¿cómo no vamos a respetar la libertad de los demás?… “No hay dogmas en las cosas temporales. No va de acuerdo con la dignidad de los hombres el intentar fijar unas verdades absolutas, en cuestiones donde por fuerza cada uno ha de contemplar las cosas desde su punto de vista, según sus intereses particulares, sus preferencias culturales y su propia experiencia peculiar. Pretcnder imponer dogmas en lo temporal conduce, inevitablemente, a forzar las conciencias de los demás, a no respetar al prójimo”».

Este amplio testimonio, tan entrañable y tan cercano, escrito por Mons. Álvaro del Portillo, confirma en toda la línea lo que Mons. Escrivá de Balaguer había dicho en tantas ocasiones: «Yo soy un sacerdote que no habla nada más que de Dios ».

Caben hasta los no católicos

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Me contaban hace poco el caso de un ingeniero de Boston que, al comienzo de los años 50, leyó un artículo sobre el Opus Dei en un periódico americano, se quedó un par de días reflexionando sobre el asunto en los ratos libres, recordó después que en el artículo en cuestión se decía que había sido fundado en nuestro país y escribió una carta pidiendo detalles a esta dirección: «Opus Dei–Iglesia Católica–Madrid–España». A las dos semanas y gracias al buen funcionamiento de los carteros, recibía la información solicitada y la invitación a dirigirse, para más detalles, a una residencia universitaria que estaba… a unos quinientos metros de su oficina. Yo no sé si este ingeniero era católico, protestante o ateo. Sé, en cambio, que ahora es ciertamente católico y del Opus Dei, y sé también que son muy numerosos los protestantes (entre ellos pastores y aun obispos de sus respectivas confesiones), ortodoxos, musulmanes, judíos e incluso no creyentes (es de esperar que por el momento) que colaboran activamente en todas las latitudes con la gente del Opus Dei y que son capaces de explicarlo, como el anglicano del avión, de corrido y sin que se les trabe la lengua.

La realidad supera siempre a la fantasía, del mismo modo que la naturaleza supera al arte. La gente del Opus Dei no vive en la luna, sino en el mundo y ve en cada persona alguien a quien hay que ayudar, alguien a quien hay que comprender y alguien con quien hay que convivir. Pero siempre desde el mismo plano, ni desde arriba ni desde abajo, y pensando que el mejor favor que se le puede hacer a cualquiera es sacarlo de sí mismo para que haga algo por los demás.

–¿Cuál es la posición del Opus Dei –le preguntaron al Fundador el 30 de noviembre de 1964 en el transcurso de un coloquio– en relación con los no católicos?

–«De amor, de apertura. Basta decir que, desde 1947, con permiso de la Santa Sede, tenemos junto a nosotros –no había precedentes en la Iglesia Romana– como Cooperadores a los no católicos y a los no cristianos. Merecen el respeto de su libertad, la libertad de las conciencias. Y merecen el calor de nuestro corazón. Entre ellos hay personas admirables: ¡Ya querría yo para mí las virtudes humanas que tienen muchos de ellos! ».

Fue este espíritu de universal comprensión el que hizo decir a un Cooperador anglicano del Opus Dei, en presencia de la reina madre de Inglaterra con motivo de la inauguración oficial de hIetherhall House, residencia internacional de universitarios, que «las obras bien hechas no tienen por qué ser confesionales ». Ese espíritu cristiano es el que había empujado desde mucho antes a Monseñor Escrivá de Balaguer a solicitar, durante el pontificado de Pío XII, la autorización para acoger en el Opus Dei, en calidad de Cooperadores, incluso a personas no católicas y no cristianas o carentes en absoluto de fe religiosa. La petición llevaba consigo un problema completamente nuevo y de nada fácil solución, porque venía a constituir el precedente de vincular a una institución católica –y de hacerlas también participar en lo posible de sus bienes espirituales– a personas no pertenecientes a la Iglesia Católica. Esto explica por qué fue necesario un estudio atento por parte de la Santa Sede, y un «filial forcejeo», por parte del Fundador del Opus Dei, como él mismo decía, a quien evidentemente correspondía un papel de pionero en este terrena. Se llegó así a 1950, año en que la petición fue definitivamente acogida por Pío XII.

Cuando en 1958 iniciaba su pontificado Juan XXIII, había ya entre los Cooperadores del Opus Dei en todo el mundo –de Italia a Inglaterra, de los Estados Unidos al Japón, a Kenya y a Australia– varios centenares de ortodoxos, protestantes, hebreos y musulmanes; por eso no es extraño que Mons. Escrivá de Balaguer le dijese sonriendo al Pontífice, en una de las frecuentes y cordiales audiencias, «que él no había aprendido el ecumenismo de Su Santidad», y que también el «Papa Giovanni» se riese emocionado en esa ocasión.

I. El Opus Dei en el mundo

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Al aterrizar la muchacha sintió vergüenza torera y, mientras el avión se acercaba lentamente a los edificios del aeropuerto, tomó en firme su decisión: buscaría en la guía telefónica la dirección del Opus Dei en Madrid y acudiría allí directamente, desde Barajas, para enterarse de una vez y para siempre del asunto. Porque otra como aquélla no le volvería a pasar en su vida.

Terminado el trabajo que sigue normalmente a todo vuelo, marchó al aparcamiento, se metió en su coche y, vestida todavía de azafata, se presentó en la dirección que encontró en la guía: la de la Oficina de Información del Opus Dei.

–Vengo aquí a saber con detalle lo que es el Opus Dei. Acabo de llegar de Londres y durante el vuelo me ha ocurrido algo que, la verdad, me ha llenado de vergüenza, porque soy católica y…

Lo ocurrido era sencillo. Un pasajero británico, anglicano, entabló conversación con su vecino, un cató] ico español, acerca del Opus Dei. Como éste no hablaba bien el inglés, había solicitado de la azafata que hiciese ella misma de intérpretc, «aunque mejor habría sido que no la hubiera llamado», porque, mientras el católico «navegaba» sobre el tema, el anglicano daba muestras cada vez más evidentes de conocerlo en profundidad, con lo cual el interrogatorio se convirtió al final, tanto para la azafata como para el pasajero, en una auténtica disertación sobre el Opus Dei a cargo de aquel señor alto y rubio que desapareció por la aduana con los demás viajeros procedentes de Londres.

Entre lo que había traducido en el avión y lo que le dijeron aquella tarde en la oficina, la azafata supo lo que era el Opus Dei y se llevó además unos cuantos títulos de libros y de folletos, que podía encontrar en cualquier librería. Sin embargo su mayor sorpresa fue la de descubrir por su propia cuenta, al darle vueltas a lo que acababa de conocer, que a lo mejor en el pasaje del avión había alguien del Opus Dei y que también en el aeropuerto podrían serlo la mujer de la limpieza, el empleado o el piloto de cualquier compañía, el mecánico, el técnico de la torre de control, el camarero, la telefonista, el mozo, la chica que vendía «souvenirs», la florista, el jefe del aeropuerto, el hombre del quiosco de periódicos, la compañera que pasaba de un avión a otro a los pasajeros en tránsito o acompañaba a aquellos niños que viajaban solos, o cualquiera de los que esperaban pacientemente su vuelo –hombres, mujeres, casados, solteros, viudos, enfermos, sanos–, de cualquier raza, de cualquier país, de cualquier cultura. «Bueno –seguía pensando la muchacha, dinamizada por el ritmo de su profesión–, y quien dice en un aeropuerto lo puede decir también en una estación de trenes o de autobuses, en el metro o en un barco, en Cabo Cañaveral o en una nave espacial… Pero, ¿entonces el Opus Dei…?».

Efectivamente. Cualquier hombre, cualquier cristiano lo puede comprender si se detiene un momento en la rabiosa carrera que le lleva a todo gas hacia cualquier parte y se para a reflexionar sobre las cosas sencillas, mira con ojos más humanos a la gente que se mueve a su alrededor (¡cuánta petulancia en este «alrededor», que decimos siempre y que nos convierte en centro del mundo!), y descubre esa formidable dignidad que está al alcance de todos sin más exigencia que la de la buena voluntad.

«Desgraciadamente –comenta Michael Kirke en The Word (mayo de 1972) de Dublín– muchas personas son capaces de tener muy buenas intenciones, pero rara vez de cumplirlas. Hay que enfrentarse a los hechos tal como son: los cristianos tenemos una triste tendencia –a veces escandalosa– a permanecer muy por debajo de nuestros ideales. ¿No es verdad que necesitamos a menudo medios más eficaces para acercarnos un poco más a esos ideales?… Eso es lo que e) Opus Dei se propone».

El Patronato de Enfermos

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Doña Luz Rodríguez Casanova, hija de la Marquesa de Onteiros(5), había iniciado sus actividades apostólicas en Madrid, entre los sectores más humildes de la sociedad, desde su juventud. El momento social de los comienzos del siglo XX en España es muy grave. El hambre y la incuria hacen presa en los menos privilegiados. Mientras se gestan posibilidades a nivel administrativo, político y social, hay personas que no permanecen indiferentes a la extensión de desgracias que se ceban en una parte de la población. Una de ellas será esta mujer, que va a ofrecer su vida y la de sus compañeras al servicio de los más necesitados. En plena Segunda República española, las Damas Apostólicas, Fundación de doña Luz, tienen en marcha sesenta y seis escuelas, en las que se instruyen unos doce mil niños; el Patronato de Enfermos, enclavado en la calle de Santa Engracia, atiende a más de cuatro mil pacientes por año con la ayuda de un cuadro de médicos, farmacéuticos y enfermeras.

Esta labor de caridad es muy amplia. Tanto, que alguna de las colaboradoras de estas Damas Apostólicas llega a comentar jocosamente: «En el Patronato, todo lo que se organiza es por toneladas». Y tiene razón. Muchos días se reparten hasta setecientas raciones de comidas. Las visitas a pobres y enfermos, dispersos por los más alejados barrios, así como por todos lo hospitales de la ciudad, son una tarea constante.

Don Josemaría está pendiente de traer a su madre y hermanos a Madrid cuando haya encontrado un mínimo de estabilidad. Y, sobre todo, siente en su alma la necesidad de canalizar todo el ímpetu de su entrega, todo el poder sacramental que Dios ha puesto en sus manos consagradas. Mientras tanto, Dios forja su espíritu para llevar a cabo la misión a que le tiene destinado. En medio de esta tarea, en contacto con los pobres y los más necesitados de ayuda, su alma se llena de fortaleza.

Por eso, no sólo acepta los cometidos que le competen como capellán del Patronato, sino que despliega un inmenso apostolado en este ambiente, sin abandonar nunca la amistad y formación de sus amigos universitarios y de un grupo de personas de alta posición que ha reclamado, también, su consejo y dirección espiritual. Toma los deberes de su ministerio sacerdotal con la misma apasionada generosidad con que emprendió, un día, la ruta del Seminario. Con la misma determinación con que decidió seguir la llamada de Dios barruntada desde la adolescencia en el interior de su alma.

Años más tarde, repetirá que el Opus Dei nació entre los pobres de los barrios y de los hospitales de Madrid; en medio de la actividad apostólica de aquellos primeros años de trabajo sin tregua.

El Patronato de Enfermos está abierto a la asistencia durante el día y la noche. Hay muchas jornadas de trabajo ininterrumpido en busca de una chabola de la que ha partido una llamada de auxilio, repartiendo comidas a enfermos en ambulatorios, descubriendo a los más graves por entre los ingresos de un hospital de beneficiencia. Y atendiendo espiritualmente a este enorme número de almas que encuentran a Dios, como única esperanza, en medio de su drama. La tarea es ingente y don Josemaría, por decisión personal, vuelca en ella su gran capacidad de trabajo, su energía física y sobrenatural. Resulta difícil calcular las distancias que puede cubrir al cabo del día, teniendo en cuenta que los barrios extremos de la gran ciudad le obligan a cruzarla en todas las direcciones. De Tetuán de las Victorias al Paseo de Extremadura; de Magín Calvo a  Vallecas, Lavapiés, San Millán, el Barrio del Lucero o la Ribera del Manzanares. Solamente desde la Residencia Sacerdotal de la calle de Larra hasta Vallecas hay un recorrido que se acerca a los cinco kilómetros. Se trata de zonas mal comunicadas que es preciso andar a pie, con frío, con lluvia y barro que cubre los zapatos. O con la canícula de verano cayendo sobre Madrid, en un sol de mediodía que obliga a sudar copiosamente. A veces, hay que correr del metro a un tranvía desvencijado que tarda más de una hora en cubrir su trayecto. Pero don Josemaría consigue llegar a todos. Tanto, que doña Luz sabe que, una vez dado el nombre y dirección de un enfermo a este sacerdote, puede tranquilizarse por completo. En unas octavillas apunta lo más urgente para la atención de un necesitado. Y se ocupa de resolver los múltiples problemas que pueden presentarse(6).

La actividad desplegada durante estos años resulta asombrosa. Don Josemaría pasa horas en el confesonario de la iglesia del Patronato de Enfermos, y escucha, alienta y otorga a raudales la gracia de Dios a las gentes que se acercan hasta la calle de Santa Engracia. Confiesa también a centenares de niños de varias escuelas de las Damas Apostólicas.

En las catequesis multitudinarias que Monseñor Escrivá de Balaguer prodigó durante los últimos años de su vida, no olvidó citar esta etapa de sus primeras actividades sacerdotales en Madrid:

«Cuando trabajaba con niños, aprendí de ellos lo que he llamado vida de infancia. ¡Allá cada uno! El que no se sienta movido por Dios para seguir por ahí, que no vaya. A mí se me metió en el corazón tratando a los niños. Aprendí de ellos, de su sencillez, de su inocencia, de su candor, de contemplar que pedían la luna y había que dársela. Yo tenía que pedirle a Dios la luna: ¡Dios mío, la luna! (7) ».

Después de la Santa Misa, don Josemaría reúne a los pobres en el comedor de Santa Engracia, adultos y niños, y les habla, serenamente. Les da lo mejor que tiene: su palabra, su atención, su alegría y toda la actividad y el amor de su corazón sacerdotal.

Se inclina ante los catres en que algún ser humano sufre, generalmente en soledad, y le escucha, sin prisa, a veces toda la noche, hasta que el alivio o la muerte vienen a relevarle en su tarea.

Haciendo memoria de esta etapa -que se prolongaría durante varios años- podrá decir más adelante: «Recuerdo que una vez se estaba muriendo un chico joven, de veinte o veintiún años, en un auténtico cuchitril miserable. Le administré los sacramentos, y cuando acabé, el chico no quería que me marchara. Me quedé a su lado hasta que murió, y se me escapó decirle, y él lo entendió: “¡te tengo envidia!” Envidiaba su dolor, su desamparo, y la alegría que Dios le daba»(8).

Cada día, a las ocho de la mañana, celebra la Santa Misa en la iglesia del Patronato de Enfermos. Es patente el amor con que paladea las oraciones que Cristo y su Iglesia se intercambian en la renovación de ese misterio de la Misericordia de Dios que es la Cruz. Pero su intensa vida contemplativa no le vuelve reconcentrado o distante. Su sencillez y jovialidad son tan proverbiales como la humanidad que rezuman su conversación y su talante.

Este sacerdote llama la atención por su piedad y fe en la forma de tratar a la Sagrada Eucaristía. Por el modo correctísimo y reverente de dar la Bendición y de rezar. De tal manera que personas muy jóvenes que tienen la costumbre de pasar por la iglesia del Patronato a primeras horas de la tarde para hacer una visita, se ,quedan sorprendidas de la devoción con que don Josemaría reza los misterios del Santo Rosario.

Años más tarde, esta fe en la oración vocal, que compartía con Teresa de Jesús y con tantos santos de la Iglesia, quedará sencillamente fijada en el punto 85 de «Camino»:

«Despacio. -Mira qué dices, quién lo dice y a quién. -Porque ese hablar de prisa, sin lugar para la consideración, es ruido, golpeteo de latas. Y te diré con Santa Teresa, que no lo llamo oración, aunque mucho menees los labios».

Doña Luz Rodríguez Casanova, curtida ya en los azares de su apostolado, tiene un gran aprecio por este sacerdote que Dios ha llevado temporalmente hasta su Fundación. Y cuando su madre solicita poder oír la Santa Misa en su capilla privada, no duda en rogar a don Josemaría que sea el confesor de la anciana Marquesa de Onteiro y celebre algunas veces en su casa el Santo Sacrificio(9). Don Josemaría acepta gustoso, y así, en días festivos, oficiará en la residencia de los Onteiro. Asiste ala Santa Misa toda la familia, que preside doña Leónides García San Miguel y Zaldúa, viuda de Rodríguez Casanova. Este oratorio -situado en la calle de Alcalá Galiano número 1- tiene un retablo con el Corazón de Jesús; se venera también una imagen de la Virgen de Lourdes, sobre un pedestal, en el lado del Evangelio.

Después de celebrar la Santa Misa, el sacerdote se queda a desayunar en la casa. Parte de la familia le acompaña. La jovialidad de don Josemaría predispone a la confianza y al buen humor; pero también a la piedad y al respeto que impone su carácter. Cuando la Marquesa enferma de gravedad, varios años más tarde, la atenderá espiritualmente hasta el último momento.

Algunas Damas Apostólicas recuerdan todavía la personalidad de aquel capellán joven que permaneció ayudando al Patronato durante un período importante. Tienen presente el amor con que se dedicó a las tareas de su apostolado.

Cuando se inaugura el Noviciado de las Damas Apostólicas en Chamartín, son muchas las veces que don Josemaría se llega hasta la casa y habla con la Maestra de Novicias sobre la formación de aquellas primeras vocaciones, aunque nunca ha sido su Director espiritual:

«Esto es lo que dura y lo que ha de ser perdurable, que los cimientos estén bien»(10)

Muchas de ellas reviven hoy la insistencia sonriente con que sabía decirles:

-«Pide mucho por mí, pide mucho por mí».

Tanto, que alguna llega a preguntarse:

-«¿Qué irá a hacer don Josemaría que pide tanta oración?»(11).

Durante estos años, la tarea apostólica en los barrios madrileños resulta cada vez más difícil. El ambiente anticlerical se extiende, y en algunos sectores se fomenta el odio a todo lo que se relaciona con la Iglesia. En más de una ocasión, las Damas Apostólicas han sido apaleadas y, en algún caso, heridas de gravedad. Y también don Josemaría tiene que sufrir pedradas al caminar por zonas extremas de la capital.

Cuando en enero de 1929 agoniza Mercedes Reyna, una Dama Apostólica muerta con fama de santidad, don Josemaría permanece junto a ella en las horas de agonía, y está atento -con la seguridad de asistir a la partida de una santa- a todo cuanto pueda necesitar, a cuanto pueda servirle de ayuda en ese momento de dar el salto a la Vida.

En otoño de 1927, doña Dolores Albás y sus hijos -Carmen y Santiago- se trasladan a Madrid. Don Josemaría vivirá con ellos hasta mediados de 1929 en un piso alquilado en la calle Fernando el Católico número 46. Pero, desde estas fechas, la familia entera ocupará la vivienda que, para el capellán, tienen destinadas las Damas Apostólicas en el edificio de Santa Engracia. La entrada es independiente, por la calle de José Marañón número 4. Hay en ella el espacio y la autonomía imprescindibles para que se instale su familia. El piso comunica con el Patronato y, aprovechando esta circunstancia, pasa horas de la noche velando tras el sagrario, pidiendo una vez más la luz y la fortaleza para encontrar y llevar adelante aquello a que Dios le ha destinado desde hace tantos años.

Aunque la atención sacerdotal de don Josemaría está polarizada por las actividades del Patronato de Enfermos, aún encuentra tiempo -un tiempo problemático, dada la increíble donación de su persona a las necesidades que se le plantean de continuo- para tratar a un grupo de familias de la aristocracia madrileña relacionadas con Mercedes Guzmán, Marquesa de Miravalles y Condesa de Aguilar de Inestrillas, y con su hermana María Luisa, primas de Mercedes Reyna, Dama Apostólica.

Más tarde conocerá también a la Condesa de Humanes, Grande de España, anciana señora soltera y ciega. Vive en un piso muy amplio, cerca de la plaza de Santa Bárbara. La atienden un ama de llaves y un reducido servicio. Su casa conserva aún los signos del esplendor de la familia; había sido muy amiga de la Infanta Isabel.

El contacto con estos dos extremos de la sociedad permite a don Josemaría conocer el dolor de unos y de otros, su generosidad o su egoísmo, la capacidad de donación o la más desconcertante cicatería. Años más tarde sabrá sacar de aquella extensísima labor pastoral ejemplos gráficos para mostrar de modo concreto a vivir las virtudes cristianas.

«Había un comedor -no lo puedo llamar público, porque necesitaban una tarjeta para ir a comer allí- que dirigía una persona muy santa, que ya ha muerto. Y aquella pobre persona quería ayudar a muchos y no llegaba. Y les daba una especie de cocido. Venían con tarjeta y se hacía una gran labor, porque mataban el hambre. Era gente que no tenía nada.

Pero siempre sobraba algo, y había otros que esperaban en una habitación para que les dieran las sobras; traía cada uno un cacharro -una lata, un plato desportillado, lo que podían- y sólo uno llevaba cuchara. Y sacaba de un chaquetón sucísimo, de lo profundo de uno de los bolsillos, una cuchara de peltre toda abollada, la miraba -como diciendo: esto es mío, y los demás, que no tenéis cuchara, os fastidiáis- y comía sus garbancitos saboreándolos; miraba, al final, su cuchara, le daba dos lengüetazos y volvía a guardar el tesoro. Este, en su miseria, era rico, apegado como estaba a esa cuchara de peltre. Era un pobre de pedir limosna, pero ante los demás era rico.

Y conocí a una Grande de España -puedo hablar de ella porque ya ha muerto y está en el Cielo desde hace muchos añosque tenía una generosidad inmensa: vivía entre muebles ricos y tapices; en ella gastaba menos que en la última persona de su servicio, y era manirrota. Todo lo daba para los que no tenían. Esta era pobre»(12).

Durante su futura actividad sacerdotal, don Josemaría propondrá a sus hijos en el Opus Dei la pobreza de una disponibilidad completa, de un desprendimiento exhaustivo de los bienes de la tierra. De una donación generosa de todo cuanto son y pueden lograr mediante un trabajo profesional desarrollado en medio del mundo. Les hará partícipes de un espíritu que encubre, bajo el señorío de la normalidad en que se desenvuelven, la renuncia fisica y espiritual a cualquier atadura egoísta. No tendrán otras metas que las de servir a Dios, a las almas y a la Iglesia.

Desde el principio, don josemaría anima -con su ejemplo y consejo- a los chicos jóvenes que trata, a tener contacto con las necesidades materiales y morales de todos los hombres, visitando hospitales y chabolas, enfermos y pobres. Años después, comentará este modo de formar a los que se acercaban a él atraídos por su inmenso corazón sacerdotal. Les enseñará a andar ese camino tan corto, y a veces tan distante, que media entre los propios intereses y las necesidades del prójimo. A ser capaces de renunciar al tiempo, al dinero, a los planes establecidos para acercarse a confortar a un pobre, a un enfermo; para ser apoyo en la soledad de algunos. Les da ejemplo de cómo aliviar el dolor y convertir el abandono en un rato de amistad. En una palabra: pone en sus manos la clave para hacer grandes los pequeños servicios en esa realidad formidable de la Comunión de los Santos.

«No tratamos tampoco con estas visitas de despertar superficiales inquietudes sociales. Se trata (…) de acercar esta gente joven al prójimo necesitado. Nuestros chicos (…) ven -de una manera práctica- a Jesucristo en el pobre, en el enfermo, en el desvalido, en el que padece la soledad, en el que sufre, en el niño (…).

No es justo que manifestaciones del auténtico espíritu cristiano queden arrinconadas, porque algunos las han convertido en gesto ostentoso y frívolo, o en sedante para sus remordimientos de conciencia (…).

Este contacto con la miseria o con la humana debilidad es una ocasión de la que suele valerse el Señor, para encender en un alma quién sabe qué deseos de generosas y divinas aventuras. A la vez, sensibiliza a los más jóvenes, para que tengan siempre entrañas de justicia y de caridad (…).

La generalización de los remedios sociales contra las plagas del sufrimiento o de la indigencia -que hacen posible hoy alcanzar resultados humanitarios, que en otros tiempos ni se soñaban-, no podrá suplantar nunca, porque esos remedios sociales están en otro plano, la ternura eficaz -humana y sobrenaturalde este con tacto inmediato, personal, con el prójimo: con aquel pobre de un barrio cercano, con aquel otro enfermo que vive su dolor en un hospital inmenso; o con aquella otra persona -rica, quizá-, que necesita un rato de afectuosa conversación, una amistad cristiana para su soledad, un amparo espiritual que remedie sus dudas y sus escepticismos» (13)

Todos estos años no sembrarán en el alma de don Josemaría ni un rastro de desesperanza, de amargura, de agresividad social engendrada en el inhóspito medio en el que se mueve a diario. Ha dado a Dios y a los hombres su vida entera, y ofrece a todos la única posesión que le desborda: la dedicación, el amor, el servicio, tanto más necesarios cuanto más desvalido y abandonado pueda encontrar al prójimo.

Y, para siempre, dejará escritas -como resumen entrañable- aquellas brevísimas líneas del punto 419 de «Camino»: -«Niño. -Enfermo. -Al escribir estas palabras, ¿no sentís la tentación de ponerlas con mayúscula? Es que, para un alma enamorada, los niños y los enfermos son El».


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