Mi testimonio sobre Monseñor Escrivá de Balaguer

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Testimonio de Silvestre Sancho Morales O.P. Rector de la Universidad Santo Tomás en Manila
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Conocí a Monseñor Escrivá de Balaguer en 1935, con ocasión de un viaje mío a España desde Manila. Recuerdo que en ese primer encuentro hablamos mucho de apostolado. Sin embargo, lo que se me quedó más grabado fueron algunos rasgos de su carácter, en especial su entusiasmo, su alegría.

No volvimos a vernos hasta finales de 1941, cuando regresé a España, donde permanecí diez años. Desde entonces, y hasta que el fundador del Opus Dei fijó su residencia en Roma, en 1946, tuvi­mos ocasión de encontrarnos con mucha frecuencia y trabar una profunda amistad. Más tarde seguí viéndole periódicamente en Roma. Nuestras conversaciones siempre me acercaban más a Dios.

Durante los años de nuestra común estancia en Madrid, iba con frecuencia al domicilio de don Josemaría para dar clases de Teología a socios de la Obra, algunos de los cuales fueron ordenados sacerdotes después. A través de estos contactos con el fundador del Opus Dei y con algunos de sus hijos tuve ocasión de conocer más a fondo el espíritu que animaba a don Josemaría.

CELO POR LAS ALMAS

La primera nota que yo destacaría de Monseñor Escrivá de Balaguer es su caridad, un amor a Dios que se desbordaba en un celo infatigable por todas las almas. Siguiendo el orden de la cari­dad, sobresalía en primer lugar su cariño paterno y un entrañable desvelo por sus hijos, los socios de la Obra. Les exigía con fortaleza para que fueran santos, y, a la vez, con la ternura y la delicadeza que un padre tiene con sus hijos. A mí, en un principio, no dejó de sorprenderme esa forma de tratarles, especialmente a aquellos que ya eran hombres hechos y derechos y gozaban de un merecido prestigio profesional. Sin embargo, pronto comprendí que para don Josemaría eran fundamentalmente eso: sus hijos.

Cuando falleció uno de los primeros socios del Opus Dei, Isi­doro Zorzano, el padre -como le llamaban sus hijos- dio ejemplo de fortaleza cristiana. Su corazón sentía la pena de la separación física, y me habló de que se había encarado amorosamente con el Señor, como intentando comprender por qué se había llevado a un hombre joven que tanto podía servirle en la tierra; pero que inmediatamente había aceptado sin reservas la voluntad de Dios, repitiendo una recia jaculatoria que ya había recogido en el núme­ro 691 de Camino: «Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima voluntad de Dios, sobre todas las cosas. Amén. Amén». Me contaba que se quedó lleno de paz; además, con el consuelo de que Isidoro había fallecido como un santo.

Pero, como ya he dicho antes, su amor no se detenía en sus hijos; se extendía a todas las almas. Su caridad era encendida y abar­caba a todas las gentes de cualquier condición. De su ingente labor apostólica, siempre me impresionó la gran tarea que llevó a cabo con sacerdotes diocesanos. Continuamente predicaba por España entera cursos de retiro espiritual para sacerdotes. Lo hacia a peti­ción de los obispos, que conocían la fuerza de su palabra, llena siem­pre de visión sobrenatural y de vibración apostólica. Su afectuosa comprensión, su sencillez y la llaneza y afabilidad de su trato, gana­ban enseguida el corazón de quienes le oían y creaban un ambiente que facilitaba grandemente la reforma.

Contra lo que era costumbre general, jamás solicitó retribución alguna por esta labor con sacerdotes: no sólo no quería cobrar nada, sino que tampoco aceptaba regalos y además se costeaba personalmente los viajes. Desarrollaba este trabajo pastoral sin rui­do, calladamente, yendo de acá para allá de modo incansable. Algu­nas veces, a su regreso, hablábamos de los conocimientos que había hecho en esas «escapadas» de Madrid. Esas conversaciones siem­pre me dejaron el convencimiento del enorme alcance de su labor con sacerdotes; muchos miles de almas se beneficiarían luego de la piedad y del celo que don Josemaría había sabido infundir en sus pastores. Sólo Dios puede valorar este silencioso servicio a la Iglesia.

VIDA DE PIEDAD Y FILIACIÓN DIVINA

En don Josemaría la conciencia de la filiación divina era par­ticularmente viva. Esa profunda realidad iluminaba toda su vida y se contagiaba a cuantos se le acercaban; Monseñor Escrivá de Balaguer enseñó siempre a empapar y a edificar la vida de piedad sobre esta convicción fundamental: que somos hijos de Dios. De hecho, el sentido de la filiación divina es uno de los rasgos distintivos de la espiritualidad del Opus Dei.

Su oración personal, muy intensa, le mantenía en una presencia de Dios constante. Recuerdo especialmente la devoción con que celebraba la Santa Misa. Su amor al Santo Sacrificio se ponía de manifiesto en el recogimiento con que se acercaba al altar, en el espíritu de oración con que llenaba cada una de las ceremonias, en la pausa de sus movimientos y palabras y también en su delicada fidelidad a las rúbricas del Misal. Terminada la Santa Misa per­manecía siempre en una intensa y fervorosa acción de gracias a Jesús Sacramentado. Este cariño a la Sagrada Eucaristía se mos­traba igualmente en sus frecuentes visitas al Santísimo, que hacía­mos también en el oratorio de aquella casa de la calle Diego de León, nada más levantarnos de la mesa siempre que me invitaba a almorzar.

Todo el comportamiento de don Josemaría era consecuencia de una vida interior muy intensa. Su abandono en Dios, basado en la fe y en la esperanza, era total y se advertía en todas las cir­cunstancias de su vi da; desde las más ordinarias hasta los momentos más duros y dolorosos. Su confianza en el Señor se extendía también a la Virgen y a San José, a los Santos y a los Ángeles Custodios, con quienes mantenía un trato amistoso y a los que recurría fre­cuentemente -según me explicó- para pedirles muchas cosas y tenerlos como aliados poderosos en el apostolado.

CARIDAD HEROICA

Cuando a comienzos de los años cuarenta –lejano aún el Con­cilio Vaticano II–se produjo una fuerte campaña de calumnias con­tra don Josemaría, desatada por algunos que, tal vez, no calaban la profundidad teológica de su predicación, pude comprobar, una vez más, su heroico sentido de la caridad y de la justicia. En muchas ocasiones observé su silencio y cómo cambiaba con naturalidad de tema cuando, en nuestras conversaciones, salía a relucir alguna per­sona a la que, en justicia, no podía alabar. Vivía a la letra lo que aconsejaba: «Sí no puedes alabar, cállate». A lo largo de su vida, en la que no faltaron abundantes incomprensiones y calumnias, le vi poner en práctica este consejo, tan difícil, de modo constante y con irrebatible fortaleza. A pesar de que le sobraba razón y razones para responder a quienes le agredían, siempre escogió la oración y el silencio, en un ejercicio heroico de la caridad que le inducía a amar a todos los hombres por Dios, siempre, y de manera nada común.

Pero hay todavía más: en cierta ocasión me confió que, diaria­mente, en la Santa Misa, elevaba a Dios por los que habían inten­tado hacer daño a la Obra de Dios los mismos sufragios que ofrecía por sus padres y por sus hijos vivos o difuntos del Opus Dei. Y eso día tras día, año tras año…

Vivir las contradicciones con una alegría grande, enraizada en un profundo espíritu de mortificación. Siempre, en todas esas oca­siones, le sostuvo una firmísimo fe y esperanza sobrenaturales que le hacían olvidar se por completo de su persona.

Monseñor Escrivá de Balaguer tuvo total confianza en Dios en medio de las incomprensiones; tenía la seguridad se lo oí muchí­simas veces de que, como la Obra era cosa de Dios, saldría ade­lante. Y solía recordar que el grano de trigo que muere siempre es fecundo, y que si viene un vendaval, una persecución, y se lleva el trigo y lo esparce, al cabo de algún tiempo se produce fruto en muchas partes. Así ha ocurrido con el Opus Dei, que actualmente cuenta con más de setenta mil socios de ochenta nacionalidades distintas.

AMOR A LA LIBERTAD

Otra característica del fundador del Opus Dei era su profundo respeto a la libertad personal. Recuerdo, por ejemplo, cómo me expli­caba que en el Opus Dei todos debían conseguir con su trabajo profesional medios suficientes para mantenerse y sacar adelante los apostolados, de tal manera que si un día querían abandonar la Obra, pudie­ran hacerlo tranquilamente, sin miedo a su futuro en la vida. Así los motivos de su perseverancia serían siempre exclusivamente sobrena­turales. «La perseverancia en el Opus Dei -decía– ha de ser con­secuencia siempre de un amor actual, constantemente renovado».

Tuve ocasión de comprobar muchas veces cómo ponía todos los medios sobrenaturales y humanos para asegurar esa libre per­severancia, enseñando a sus hijos a que también los pusieran. Reza­ba mucho y vivía duras penitencias pidiendo por la fidelidad de los socios de la Obra y al mismo tiempo derrochaba cariño com­prensión con ellos. En ocasiones hizo viajes muy largos en la tercera clase de los trenes de entonces, y sin dinero para comer, porque quería hablar con alguno que atravesaba dificultades.

ALEGRÍA SOBRENATURAL

Aunque considero imposible bosquejar en unas cuantas páginas todas las virtudes del fundador del Opus Dei, no quiero dejar de insistir en una que, como he dicho al principio de estas líneas, des­cubrí en nuestra primera conversación: la alegría.

Era un consuelo hablar con don Josemaría: por su sentido sobre­natural y porque siempre estaba de buen humor. Para mí, la alegría era su virtud más característica, fundamentada sin duda, en el profundo conocimiento que Dios le había dado de la filiación divina. «Que estén tristes -decía– los que no se consideren hijos de Dios». Muchas veces comentaba: «Yo quiero que mis hijos estén siempre muy alegres».

Su alegría me parece una consecuencia clara de su gran fidelidad a Jesucristo y a su vocación y me hace entender mejor su profunda humildad, porque la soberbia, aunque sea en grado mínimo, es incompatible con la alegría. Monseñor Escrivá de Balaguer pudo tener siempre, durante toda su vida en la tierra, esa inmensa alegría, sobrenatural y humana, porque era extraordinariamente humilde. Se consideraba un instrumento inepto y sordo en las manos de Dios y se había propuesto una norma de conducta firmemente arraigada en la humildad: «Ocultarme y desaparecer es lo mío; que sólo Jesús se luzca».

La impresión que guardo del padre es la de un hombre de muchí­sima virtud, aunque su humildad profunda hacía que su vida se con­sumase en una gran naturalidad. Amaba y vivía heroicamente la pobreza, sin alardes; era comprensivo, sin falsos respetos humanos; sereno, de una gran moderación en todo; generoso, magnánimo y a la vez atento a los detalles más pequeños.

Además de sus virtudes y de su fidelidad plena a la voluntad de Dios, el temperamento de Monseñor Escrivá de Balaguer, su modo de ser y su postura optimista ante la vida, al igual que el resto de sus excepcionales cualidades naturales, formaban parte de su vocación de instrumento de Dios para hacer el Opus Dei.

Enseñó siempre a utilizar en servicio de Dios toda las buenas cualidades que nos ha concedido y dio ejemplo procurando cada día crecer en las virtudes y gastando su vida entera en la misión divina que había recibido: trabajar por Dios y para Dios en el mun­do, llevando a las almas por «los caminos divinos de la tierra».

Por eso tengo tanto cariño al padre, porque tuve ocasión de comprobar que era un hombre santo lleno de alegría, ya que, como decía Santa Teresa, y le gustaba repetir al fundador del Opus Dei, «un santo triste es un triste santo». Gastó toda su vida heroica y alegremente en la misión que Dios le confió: formar a Cristo en las almas de cristianos corrientes que viven en medio del mundo.

¿Cuál sería su secreto?

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Testimonio de Cardenal Marcelo González Martín, Arzobispo de Toledo Primado de España
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Varias veces hablé con el fundador del Opus Dei, Josemaría Escrivá de Balaguer. En Roma, donde vivía, y en Madrid, por don­de pasaba con destino a sus viajes apostólicos o al volver de los mismos, después de haber sembrado la semilla de la palabra y la gracia de Dios. Porque eso fue toda su vida: un sembrador incan­sable. Las cosechas no las retenía en su mano; las volvía a sembrar inmediatamente en beneficio de todos.

Me ha preguntado cuál sería el secreto de este gran sacerdote del Reino de Cristo en la Iglesia de nuestro tiempo. Y he aquí la reflexión que hago a raíz de su muerte, que hirió su corazón con un movimiento brusco y suave a la vez, como eran los suyos propios. ¡Cuánto ardimiento en aquel hombre excepcional que se pasó la vida sin conocer el sosiego, ni siquiera el que proporciona a tantos otros la última enfermedad!

Capacidad para el entusiasmo por las causas grandes, tesón invencible, optimismo reflexivo, minuciosidad en la ejecución, deli­cadeza suma para los detalles…; he aquí algunos rasgos de su con­dición humana. Cuando coinciden en una persona, la hacen capaz de grandes resoluciones y la disponen para el triunfo, empleando esta palabra en su valor puramente objetivo, como sinónimo de logro de lo que uno se propone. El fundador del Opus Dei consiguió muchos de sus propósitos; el primero de todos, dar vida, sólido

arraigo a una obra a la que se entregó totalmente, la asociación que predica y promueve la santificación del hombre en medio del trabajo ordinario de la vida. Esto, que era tan sencillo y tan evan­gélico, estaba prácticamente olvidado.

Pero para poder explicar el éxito en esta empresa no basta acudir al carácter de quien la acometió; no está ahí el secreto. Porque la empresa es de índole sobrenatural y, por mucho que ayuden las condiciones personales del que la promueve, como instrumento efi­caz, se necesita otra clave mucho más íntima y radical. Un carácter humano, por muy dotado que esté para la perseverancia y el entu­siasmo en el servicio a una causa, si sólo cuenta con sus propios recursos instrumentales, se dispersa en la inoperancia real, cuando la causa es precisamente vivir enamorado de la santidad y comu­nicar a los demás el mismo amor. Su actividad se convierte entonces en activismo; su palabra, en grito o en susurro; pero nada más, y la energía de su voluntad se transforma en puro afán de mando. Nada de esto sirve para llevar por los caminos de la perfección cris­tiana. El que lo intente fracasará a las primeras de cambio.

Monseñor Escrivá tuvo tiempo para «fracasar». Los casi cin­cuenta años transcurridos desde que fundó la asociación hasta el momento actual dan de silo suficiente para sentirnos obligados a contemplar con inmenso respeto el proceso de una obra que, como es frecuente en la historia de la Iglesia, ha encontrado enormes difi­cultades para su desarrollo. Pero él, Escrivá, no las rehuía. Sabía que las dificultades forman parte del plan de Dios y las aceptaba con la humildad característica del que tiene fe.

Sumergido para siempre en la vivencia cálida del misterio de la Iglesia, más que enfrentarse con las dificultades, lo que hacía era incorporarlas y asimilarías hasta hacerlas correr dentro de su sangre como un alimento más de su vida de fe. De ahí que lo que parecía optimismo temperamental era más bien realismo cristiano, que ni se arredra ni huye por muy oscuro que se presente el horizonte. Era la Iglesia de Cristo la que invitaba a trabajar así, porque así tienen que ser siempre las cosas para los seguidores del que llevó la cruz.

Su amor a la Iglesia era amor al Papa, a los obispos, a los sacer­dotes, al Magisterio eclesiástico, al culto litúrgico y a la devoción privada, y desde ahí a los hombres de toda condición porque para ellos era esa Iglesia tan amada, y mal podía ser querida ésta si no lo eran a la vez todos los que, dentro o fuera del redil, eran, en la intención del Salvador, beneficiarios de sus dones. Esto es amor a la Iglesia, quererla tal como es en sí, sin echar agua al vino, y quererla para todos.

El universalismo del Opus Dei, en la extensión geográfica y en la diversidad de las personas llamadas, y las originalidades en la concepción de la obra y en sus métodos de apostolado obedecía a esta identificación tan cabal del fundador con el misterio de la Iglesia. No le demos vueltas. Sorprendente y a veces desconcertante en sus expresiones y en sus anhelos apostólicos, Monseñor Escrivá no guardaba otras sorpresas ni producía otros desconciertos que los de la misma Iglesia, a la que servía como un enamorado lleno de confianza y persuadido de que la Iglesia es siempre original. Él no fracasó nunca y lo que hubo de «no logro» de determinados propósitos parciales en su vida formaba parte del plan, no en virtud de un juego de consolaciones artificiales y forzadas, sino como obla­ción que había que ofrecer porque así es la Iglesia.

Tres grandes fuerzas animaban su vida interior, presentes cada día y cada hora en su espíritu, de valor supremo e insustituible para vivir como hijo de la Iglesia en su doble dimensión mística (amor al misterio de la esposa de Cristo) y apostólica (dinamismo de una fe que aspira a renovar el mundo). Eran la Eucaristía, particular­mente el santo sacrificio de la Misa (sentido de redención); amor a la humanidad de Cristo niño, hombre, muerto y resucitado (sen­tido de encarnación de la fe en el mundo), y amor vivísimo a la Santísima Virgen Maria, de la cual no quería ver separado a San José (sentido de familia de los hijos de Dios que tienen junto a si motivos de gozo, al encontrarse con la belleza espiritual y la ayuda materna de María).

Esta triple fuerza que caldeó su vida le movió a lanzarse a la gran tarea, santificar a los hombres tal como son, tal como viven, tal como trabajan. Su sacerdocio lo entendió así, y toda su vida fue como la prolongación de una Misa ininterrumpida que glorificaba al Padre, trataba de obtener el perdón para el pecado mediante la gracia sacramental, y ponía el trabajo profesional y las preocupa­ciones familiares como una hostia purificada junto al altar. Todo esto es lo que percibí en las conversaciones que tuve con él, y también lo he captado en sus escritos, y lo vengo comprobando en los sacer­dotes del Opus Dei que he conocido. ¿Era este su secreto?

Por supuesto que esas fuerzas a que he hecho alusión, cuando se convierten en motor de una existencia humana iluminada por la fe, hacen del hombre un servidor de Dios, de Jesucristo y de la Iglesia hasta el heroísmo. Pero, ¿por qué? ¿Por qué en unos la respuesta es tan plena y en otros tan escasa? Hace falta encontrar otra clave, que es también fruto de la gracia, desde luego, pero que comporta igualmente una actitud o disposición inicial capaz de explicar el secreto de la perseverancia y la generosidad en el amor. Es ese pequeño toque, matiz delicadísimo en la relación de un alma con Dios, del que en un momento dado dependen, con frecuencia, todas las generosidades para la acogida de lo que Dios ofrece y para la respuesta a lo que pide. Yo lo llamo pobreza, en el sentido evangélico de la palabra. Algo así como en Maria, la Santísima Vir­gen, Madre de Dios. ¡Qué corazón tan pobre, es decir, tan limpio, en la doncella de Nazaret cuando recibió el mensaje del cielo! ¡Y qué riqueza había, sin embargo, en su entrega a la voluntad de Dios! Sólo estos pobres son los que se dejan llevar y, por tener el alma limpia, los motores funcionan. Después, por el camino más ines­perado viene lo que viene siempre, el triunfo de Dios en ellos.

De Monseñor Escrivá se ha dicho que, a veces, parecía un niño, que arreglaba un problema grave con una broma, que huía de la tristeza como de la peste, que concebía o impulsaba la fundación de una Universidad o de una editorial con el más vivo entusiasmo, pero no con mayor empeño que el que ponía para rezar el Rosario, por ejemplo, o para ayudar privadamente a quien se lo pedía, que contagiaba a los demás el deseo y la dicha de la gracia y la verdad de Dios, que no se reservaba nada teniéndolo todo, que lanzaba a sus hijos hacia el mundo al que amaba, y vivía totalmente apartado del mundo, que no temía a personas ni acontecimientos porque no tenía nada que perder… ¿Qué significa todo esto más que el limpio resplandor de un corazón pobre, no instalado, desprendido, abierto a todos, saturado de confianza en Dios en medio de las mayores pruebas? Esta es la pobreza evangélica auténtica, aunque el que así la vive se dedique a movilizar todos los recursos imaginables para servir a Dios y a los hombres. Acaso esté aquí el secreto que explica algo de su vida.

Por haber sido así desde los años primeros de su sacerdocio, tan disponiblemente abierto a la acción de Dios, fue encontrado apto, en su pequeñez de esclavo, para las más grandes tareas apos­tólicas. Hay miles de detalles en su vida que lo confirman así. Y no es necesario pertenecer al Opus Dei para conocerlos, ni para comprender que donde existe esa pobreza se ama apasionadamente la verdad y se alcanzan resultados inimaginables. Basta tener un poco de sensibilidad sacerdotal, recta y justa, para sentir la noble curiosidad de saber a qué puede deberse el formidable despliegue de tantas energías al servicio del Evangelio, como es el que encon­tramos en la vida de Josemaría Escrivá de Balaguer.

Mucho antes del Concilio Vaticano II trabajó él, como nadie, en la promoción del laicado, en la auténtica y profunda promoción, no en las ridículas y tristes experiencias que tanto han abundado y siguen haciendo acto de presencia en los años del posconcilio, y en el campo del ecumenismo, y en el diálogo con el mundo moder­no, y en el reconocimiento efectivo de la sana autonomía de las realidades temporales.

Precisamente por eso, ahora, cuando tantos se mueven aloca­damente, sin rumbo, porque su frivolidad les priva de la luz, él supo mantenerse tan firme y enhiesto en la roca de la fidelidad sin con­vertirse jamás en un futurólogo insustancial que, creyendo atisbar el porvenir, consiente en que el presente se le desmorone entre las manos. Porque supo ser un auténtico progresista, fue también –co­mo no puede ser menos– un conservador denodado y valiente, de la raza de los mártires y los confesores de la fe, o simplemente del linaje espiritual de los que, a imitación de Maria, saben conservar en su corazón de pobres del Reino lo que debe ser conservado siem­pre para ser fieles.

Yo espero y deseo que sus hijos, los sacerdotes y los laicos, sepan seguir este camino. La Iglesia española y la Iglesia universal nece­sitan de su testimonio en este sentido.

“Como un niño que balbucea”

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Al llegar a la noche y hacer el examen, al echar las cuentas y sacar la suma, ¿sabéis cuál es?: Pauper servus et humilis!

De esta forma hablaba de sí mismo el Fundador del Opus Dei, y quienes lo escuchaban no podían menos de emocionarse al experimentar la verdadera y profunda humildad con que lo decía. Se sentía ante el Señor como un siervo pobre e inútil, que quería ser bueno y fiel. Cada noche, antes de retirarse al descanso, rezaba postrado sobre el pavimento el Salmo 50, con aquel verso que tantas veces repitió como jaculatoria: Cor eontritum et humiliatum, Deus, non despicies! (No desprecies, Señor, el corazón contrito y humillado).

El domingo 26 de mayo de 1974 celebró la Santa Misa en el oratorio de un Centro del Opus Dei en Sao Paulo. Después, tomó la palabra, expresando su acción de gracias en voz baja y pausada:

‑Es bueno que cada uno de nosotros invoque a su Ángel Custodio, para que sea testigo de este milagro continuo, de esta unión, de esta comunión, de esta identificación de un pobre pecador ‑eso es cada uno de vosotros, y sobre todo yo, que soy un miserable‑ con su Dios.

Sabiendo que es Él, le saludamos poniendo la frente en el suelo, con adoración. Serviam! Nosotros te queremos servir. Le pediremos perdón de nuestras miserias, de nuestros pecados, y nos dolerán los pecados de todo el mundo. Supra dorsum meum fabricaverunt peccatores: sentiremos sobre nuestro pecho ese fardo de iniquidad, de toda la miseria que hay en el mundo, especialmente en estos últimos años. Querremos no sólo pe­dirle perdón, sino remediar de alguna manera todo esto: :desagraviar!

Tendremos que confesar nuestra nada: Señor, ;no puedo!, :no valgo!, ;no sé!, ano tengo!, ¡no soy nada! Pero Tú lo eres todo. Yo soy tu hijo, y tu hermano. Y puedo tomar tus méritos infinitos, los merecimientos de tu Madre y los del Patriarca San José, mi Padre y Señor, las virtudes de los Santos, el oro de mis hijos, las pequeñas luces que brillan en la noche de mi vida por la misericordia infinita tuya y mi poca correspondencia. Todo esto te lo ofrezco, con mis miserias, con mi poquedad, para que, sobre esas miserias, te pongas Tú y estés más alto.

Acudo a San José. Hemos dicho que le trataríamos ‑se lo hemos prometido a la Virgen‑ cordialmente. Acudo a San José, que es mi Padre y Señor; con él, voy a su Esposa, la Virgen Madre, que es también Madre mía. Con María y con José me acerco hasta Jesús ‑lo tengo ahora en mi corazón‑ y le digo: creo, ;creo! Adauge nobis fidem, spem, caritatem!, auméntanos la fe, la esperanza y el amor. Porque hemos de vivir de Amor, y sólo Tú puedes darnos esas virtudes.

Entonces, sabiendo que nos escucha, que nos ama; sabiendo que somos Cristo ‑porque Él nos asume de alguna manera‑, nos da alegría alabarlo así: gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo. Desde esta tierra bendita, tan llena de cosas buenas, tan llena de almas que le aman y de almas que no le conocen, para quienes Cristo es todavía una figura desconocida o un mito. ;Dios mío!, ¿es posible? Han pasado veinte siglos, ¡veinte siglos!, y la Redención aún se está haciendo.

Unos días después, Mons. Escrivá de Balaguer conversaba con un grupo de socios de la Obra de Brasil, de edad ya madura.

Y les situaba, con fuerza, ante su responsabilidad como cofunda­dores del Opus Dei:

‑Cuando era joven, no me atrevía a decirlo; pero desde hace años, sí lo digo. Yo soy un pobre pecador que ama a Jesucristo, un pobre pecador. Pero, mirad: he conocido y tratado a un ejército de personas importantísimas… Pero Fundadores del Opus Dei, hay uno sólo: muy pecador, pero uno. ¿Padre vuestro? Sí. Siempre habrá uno que será mejor que yo: el que me suceda, y los que vengan detrás de él. Lo habéis de amar y de querer mucho más que a mí. Primero, porque ésa es la Voluntad de Dios; después, porque lo merecerá.

Pero el Señor os pedirá cuenta por haber estado cerca de mí. No porque yo sea bueno, sino porque Él ‑no encontró otra cosa peor‑ me buscó para que se vea que ha sido Él quien ha hecho la labor. Vosotros y yo ‑os lo diré como suelo hablar, con comparaciones muy fáciles de entender‑ escribimos con una pluma. El Señor escribe con la pata de una mesa, y escribe maravillosamente, para que se vea que es su mano, no la pata de la mesa. Y una vez que hago presente que soy un pobre palo –ut iumentum factus sum, apud te, como un borriquito delante de Dios, un borriquito que tira del carro‑, pues a pesar de todo, insisto: el Señor os pedirá cuenta, porque habéis estado cerca del Fundador. Por lo tanto, tenéis gracia fundacional y, mientras yo viva, sois cofundadores. Tenéis que poner el hombro de verdad, con alegría, con entusiasmo. Y sin entusiasmo, lo mismo.

Padre, ¿usted ha tenido mucho entusiasmo? En estos momen­tos parece que Dios me lo da: os miro… ;os quiero tanto, hijos míos! Sé que al Señor le agrada que os quiera, porque hay tanta pureza en este cariño. Pero la mayor parte de estos cuarenta y siete años he trabajado sin entusiasmo, porque había que hacerlo; porque Dios lo ha querido, y yo debía ser instrumento suyo: malo, pero instrumento. Tenía que dejar hacer a Dios y, por lo tanto, no podía abandonar la tarea; no podía echarme a un lado y decir: ;psss! Vosotros tampoco. Tenéis que ser constantes, tenéis que preocuparos y dar la vida por vuestros hermanos.

Ut iumentum… Le gustaban los borricos al Fundador del Opus Dei, porque así se sentía delante de Dios: como un borriquillo.

Un canónigo abulense, don Mariano Taberna, publicó en El Diario de Ávila su recuerdo de un lejano paseo con Mons. Escrivá de Balaguer: “Sacó un cuadernillo de apuntes y me enseñó el lema que tenía escrito: Ut iumentum factus sum apud Te, Domine… ¿No te parece, me decía, que es un buen lema para un fundador? Yo lo traduzco así: Señor, si alguna vez, como un jumento me empeño en meter la cabeza por donde Tú no quieres, palo seco, Señor, hasta que aprenda…”.

Había hecho lema de su vida ocultarse y desaparecer. Toda su confianza estaba en Dios. Ni para hacer el Opus Dei se consideraba imprescindible. Más de una vez, al menos desde 1936, a los socios de la Obra les preguntaba:

‑Si yo me muero, ¿continuarás con la Obra?

Algunos se acuerdan de que les hizo esa pregunta el 1 de octubre de 1940. Estaban unos cuantos, que habían venido a Madrid, desde diversas provincias, para pasar junto al Fundador la Fiesta de los Ángeles Custodios, en la que se cumplían los doce primeros años del Opus Dei. Todos quedaron impresionados, pero tuvieron la serenidad de decir que, en tal caso, seguirían adelante, fieles a la llamada que habían recibido.

¡Pues no faltaba más! ‑replicó con viveza‑ ¡Bonito negocio habríais hecho si, en vez de seguir al Señor, hubierais venido a seguir a este pobre hombre!

La humildad genuina, el abandono en manos de su Padre Dios, creció a lo largo de la vida del Fundador del Opus Dei. La madurez, la santidad, la bondad ‑como dice San Ambrosio­ está “en esforzarse por alcanzar la sencillez del niño”.

Como un niño que balbucea, que tiene que recomenzar, se veía Mons. Escrivá de Balaguer en sus últimos años. Fueron años de esperanza, de vivir con luces nuevas la realidad de la infinita misericordia divina. De sentir su propia condición de hijo pródigo, siempre volviendo hacia los brazos amorosos que le aguardaban en la casa paterna.

En su predicación ‑en sus homilías; en sus escritos; en sus conversaciones, a veces, ante miles de personas‑ aparecen atisbos de la inmensa riqueza de su vida interior, de la profunda unión con Dios, que daba unidad a toda su vida. Al acabar estas páginas, que apenas aciertan a esbozar unos pocos rasgos de esa vida, es de todo punto imposible dibujar lo que fueron ‑por dentro‑ su últimos años.

El 28 de marzo de 1975 cumplió sus bodas de oro con el sacerdocio. La víspera, día de Jueves Santo, hacía por la mañana su meditación en el oratorio del Consejo general de la Obra. Estaban con él los otros miembros del Consejo. Se había sentado al fondo. Apenas iniciado ese rato de meditación, comenzó a orar en voz alta. Fue una oración sencilla, improvisada. Sus frases aciertan a compendiar ‑en la presencia de Dios‑ la vida de Mons. Escrivá de Balaguer. Vale la pena leer algunas de sus frases, al término de estos rápidos apuntes:

Adauge nobis fidem! ¡Auméntanos la fe!, estaba diciendo yo al Señor. Quiere que le pida esto: que nos aumente la fe. Mañana no os diré nada; y ahora no sé lo que os voy a decir… Que me ayudéis a dar gracias a Nuestro Señor por ese cúmulo inmenso, enorme, de favores, de providencias, de cariño…, ¡de palos!, que también son cariño y providencia.

Señor, ¡auméntanos la fe! Como siempre, antes de ponernos a hablar con intimidad Contigo, hemos acudido a Nuestra Madre del Cielo, a San José, a los Ángeles Custodios.

A la vuelta de cincuenta años, estoy como un niño que balbucea: estoy comenzando, recomenzando, como en mi lucha interior de cada jornada. Y así, hasta el final de los días que me queden: siempre recomenzando. El Señor lo quiere así, para que no haya motivos de soberbia en ninguno de nosotros, ni de necia vanidad. Hemos de vivir pendientes de Él, de sus labios: con el oído atento, con la voluntad tensa, dispuesta a seguir las divinas inspiraciones.

Una mirada atrás… Un panorama inmenso: tantos dolores, tantas alegrías. Y ahora, todo alegrías, todo alegrías… Porque tenemos la experiencia de que el dolor es el martilleo del Artista,

que quiere hacer de cada uno, de esa masa informe que somos, un crucifijo, un Cristo, el alter Christus que hemos de ser.

Señor, gracias por todo. ;Muchas gracias! Te las he dado; habitualmente te las he dado. Antes de repetir ahora ese grito litúrgico ‑gratias tibi, Deus, gratias tibi!‑, te lo venía diciendo con el corazón. Y ahora son muchas bocas, muchos pechos, los que te repiten al unísono lo mismo: gratias tibi, Deus, gratias tibi!, pues no tenemos motivos más que para dar gracias.

No hemos de apurarnos por nada; no hemos de preocuparnos por nada; no hemos de perder la serenidad por ninguna cosa del mundo. (…) Señor: que les des serenidad a los hijos míos; que no la pierdan ni cuando tengan un error de categoría. Si se dan cuenta de que lo han cometido, eso ya es una gracia, una luz del Cielo.

Gratias tibi, Deus, gratias tibi! Un cántico de acción de gracias tiene que ser la vida de cada uno, porque ¿cómo se ha hecho el Opus Dei? Lo has hecho Tú, Señor, con cuatro chisga­rabís… Stulta mundi, infirma mundi, et ea quae non sunt. Toda la doctrina de San Pablo se ha cumplido: has buscado medios completamente ilógicos, nada aptos, y has extendido la labor por el mundo entero. Te dan gracias en toda Europa, y en puntos de Asia y África, y en toda América, y en Oceanía. En todos los sitios te dan gracias.

En ese Tabernáculo tan hermoso que prepararon con tanto cariño los hijos míos, y que pusimos aquí cuando no teníamos dinero ni para comer; en esta especie de alarde de lujo, que me parece una miseria y realmente lo es, para guardarte a Ti, ahí quise yo colocar dos o tres detalles. El más interesante es esa frase que hay sobre la puerta: consummati in unum! Porque es como si todos estuviéramos aquí, pegados a Ti, sin abandonarte ni de día ni de noche, en un cántico de acción de gracias y ‑¿por qué no?‑ de petición de perdón. Pienso que te enfadas porque digo esto. Tú nos has perdonado siempre; siempre estás dispues­to a perdonar los errores, las equivocaciones, el fruto de la sen­sualidad o de la soberbia.

Consummati in unum! Para reparar…, para agradar…, para dar gracias, que es una obligación capital. No es una obligación de este momento, de hoy, del tiempo que se cumple mañana, no. Es un deber constante, una manifestación de vida sobrenatural, un modo humano y divino a la vez de corresponder al Amor tuyo, que es divino y humano.

(…) Esta vida que, si es humana, para nosotros tiene que ser también divina, será divina si te tratamos mucho. Te trataríamos aunque tuviésemos que hacer muchas antesalas, aunque hubiera que pedir muchas audiencias. ;Pero no hay que pedir ninguna! Eres tan todopoderoso, también en tu misericordia, que, siendo el Señor de los señores y el Rey de los que dominan, te humillas hasta esperar como un pobrecito que se arrima al quicio de nuestra puerta. No aguardamos nosotros; nos esperas Tú constante­mente.

Nos esperas en el Cielo, en el Paraíso. Nos esperas en la Hostia Santa. Nos esperas en la oración. Eres tan bueno que, cuando estás ahí escondido por Amor, oculto en las especies sacramentales ‑yo así lo creo firmemente‑, al estar real, verdadera y sustancialmente, con tu Cuerpo y tu Sangre, con tu Alma y tu Divinidad, también está la Trinidad Beatísima: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Además, por la inhabitación del Paráclito, Dios se encuentra en el centro de nuestras almas, buscándonos. Se repite, de alguna manera, la escena de Belén, cada día. Es posible que ‑no con la boca, pero con los hechos­- hayamos dicho: non est locus in diversorio, no hay posada para Ti en mi corazón. ¡Ay, Señor, perdóname!

Adoro al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo, Dios único. Yo no comprendo esa maravilla de la Trinidad; pero Tú has puesto en mi alma ansias, hambres de creer. ¡Creo!: quiero creer como el que más. ¡Espero!: quiero esperar como el que más. ;Amo!: quiero amar como el que más.

Tú eres quien eres: la Suma bondad. Yo soy quien soy: el último trapo sucio de este mundo podrido. Y, sin embargo, me miras…, y me buscas…, y me amas. Señor: que mis hijos te miren, y te busquen, y te amen. Señor: que yo te busque, que te mire, que te ame.

Mirar es poner los ojos del alma en Ti, con ansias de comprenderte, en la medida en que ‑con tu gracia‑ puede la razón humana llegar a conocerte. Me conformo con esa peque­ñez. Cuando veo que entiendo tan poco de tus grandezas, de tu bondad, de tu sabiduría, de tu poder, de tu hermosura…, cuando veo que entiendo tan poco, no me entristezco: me alegro de que seas tan grande que no quepas en mi pobre corazón, e_ mi miserable cabeza. ;Dios mío! ;Dios mío!… Si no sé decirte otra cosa, ya basta: ;Dios mío! Toda esa grandeza, todo ese poder, toda esa hermosura…, ;mía! Y yo…, ;suyo!

Trato de llegar a la Trinidad del Cielo por esa otra trinidad de la tierra: Jesús, Maria y José. Están como más asequibles. Jesús, que es perfectus Deus y perfectus Homo. María, que es una mujer, la más pura criatura, la más grande: más que Ella, sólo Dios. Y José, que está inmediato a María: limpio, varonil, prudente, entero. ¡Oh, Dios mío! ;Qué modelos! Sólo con mirar, entran ganas de morirse de pena: porque, Señor, me he portado tan mal… No he sabido acomodarme a las circunstancias, divinizarme. Y Tú me dabas los medios: y me los das, y me los seguirás dando…, porque a lo divino hemos de vivir humana­mente en la tierra.

Sancta Maria, Spes nostra, Sedes sapientiae!  Concédenos la sabiduría del Cielo, para que nos comportemos de modo agra­dable a los ojos de tu Hijo, y del Padre, y del Espíritu Santo, único Dios que vive y reina por los siglos sin fin.

San José, que no te puedo separar de Jesús y de María; San José, por el que he tenido siempre devoción, pero comprendo que debo amarte cada día más y proclamarlo a los cuatro vientos, porque éste es el modo de manifestar el amor entre los hombres, diciendo: ;te quiero! San José, Padre y Señor nuestro: ‑,en cuántos sitios te habrán repetido ya a estas horas, invocándote, esta misma frase, estas mismas palabras! San José, nuestro Padre y Señor, intercede por nosotros.

Hemos de estar ‑y tengo conciencia de habéroslo recordado muchas veces‑ en el Cielo y en la tierra, siempre. No entre el Cielo y la tierra, porque somos del mundo. ;En el mundo y en el Paraíso a la vez! Ésta sería como la fórmula para expresar cómo hemos de componer nuestra vida, mientras permanezcamos in hoc saeculo. En el Cielo y en la tierra, endiosados; pero sabiendo que somos del mundo y que somos tierra, con la fragilidad propia de lo que es tierra: un cacharro de barro que el Señor se ha dignado aprovechar para su servicio. Y cuando se ha roto, hemos acudido a las lañas, como el hijo pródigo: he pecado contra el cielo y contra Ti… Lo mismo cuando se trató de una cosa de categoría, que cuando era algo menudo. A veces nos ha dolido mucho, mucho, un fallo pequeño, un desamor, un no saber mirar al Amor de los amores, un no saber sonreír. Porque, cuando se ama, no hay cosas pequeñas: todo tiene mucha cate­goría, todo es grande, aun en una criatura miserable y pobre como yo, como tú, hijo mío.

Ha querido el Señor depositar en nosotros un tesoro riquísi­mo. ¿Que exagero? He dicho poco. He dicho poco ahora, porque antes he dicho más. He recordado que en nosotros habita Dios, Señor Nuestro, con toda su grandeza. En nuestros corazones hay habitualmente un Cielo. Y no voy a seguir.

Cratias tibi, Deus, gratias tibi: vera et una Trinitas, una et summa Deitas, sancta et una Unitas!

Que la Madre de Dios sea para nosotros Turris civitatis, la torre que vigila la ciudad: la ciudad que es cada uno, con tantas cosas que van y vienen dentro de nosotros, con tanto movimiento y a la vez con tanta quietud; con tanto desorden y con tanto orden; con tanto ruido y con tanto silencio; con tanta guerra y con tanta paz.

Sancta Maria, Turris civitatis: ora pro nobis!

Sancte Joseph, Pater et Domine: ora pro nobis!

Sancti Angel ¡Custodes: orate pro nobis!

Expansión de la Obra en Portugal

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Verano de 1944. Tres miembros del Opus Dei acuden, para ampliar estudios, a la Universidad de Coimbra. Además, llenando las maletas, donde se amontonan los libros de estudio, llevan la ilusión del Padre por extender la Obra de Dios en Portugal. Cuando vuelvan a Madrid traerán experiencia acerca del ambiente, la Universidad -profesores y alumnos- y amigos de Coimbra.

En septiembre de ese mismo año, el P. José López Ortiz, agustino, es nombrado Obispo de Tuy. Pocas semanas después, toma posesión de la diócesis gallega, que se encuentra en la frontera con Portugal.

La amistad del Fundador del Opus Dei con este religioso es antigua, ligada por acontecimientos difíciles y conmovedores de la historia de la Obra. Cuando la contradicción ha sembrado dolor y trabajo sobre la figura del Padre, el P. López Ortiz ha sido un reducto de confianza.

El Palacio Episcopal se ha construido entre los muros de un antiguo castillo de la Edad Media; una galería encristalada permite admirar un paisaje incomparable: el río Miño fertilizando, sin brusquedades, los campos de Portugal y de Galicia. Cerca, los montes y valles gallegos asomando en la niebla de cada mañana.

El Padre se desplaza a Portugal en febrero de 1945. Le acompaña don Alvaro, y se hospedan en el Palacio Episcopal de Tuy respondiendo a la invitación del Obispo. Quiere el Padre asomarse a este país vecino para que también se sume, lo antes posible, a esta renovadora tarea de llevar el espíritu de la Obra por el mundo. Hace muchos años que reza y pone su corazón sobre la futura labor apostólica de Portugal.

El primer miembro de la Obra que llega a Portugal, para establecerse allí es Paco Martínez (13), que lleva, como mejor equipaje, varios consejos subrayados por el abrazo del Fundador. El Padre le recuerda la parábola del grano de trigo que «si no muere, no da fruto»; y le dice antes de partir que tendrá que enterrarse y morir como el trigo evangélico para que crezcan nuevas espigas en su trabajo… Y le previene para que no lleve a mal posibles comentarios sobre rivalidades entre los dos países: eso eran cosas -viene a decirle-, riñas de nuestros abuelos. Ya pasaron. Los dos, España y Portugal, cada uno en su sitio, son dos brazos para servir a la Iglesia (14).

Según contará más tarde el Fundador, también Sor Lúcia, la única superviviente de los tres pastorcillos a quienes se apareció la Virgen de Fátima en la «Coya da Iría», «tiene la culpa» de que en Portugal empiece a trabajar el Opus Dei desde 1945.

Sor Lúcia es religiosa Dorotea y reside en Tuy desde 1945. Coincidiendo con el viaje de Monseñor Escrivá de Balaguer, el Obispo le pide que suba al Palacio Episcopal para tener un encuentro con el Fundador del Opus Dei. Sor Lúcia describirá aquella primera entrevista y dejará testimonio escrito de este diálogo, después de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer en 1975:

«Todas cuantas veces he hablado con Mons. Escrivá he sacado la impresión de que era un alma llena de amor de Dios y de amor a Nuestra Señora, a la Santa Iglesia, al Santo Padre y a las almas, que trataba de salvar a todos con todos cuantos medios disponía.

Espero que en el Cielo, cerca de Dios y de la Virgen, se acuerde de mí»(15).

Las entrevistas de este primer viaje del Padre, acompañado por don Alvaro y Monseñor López Ortiz serán muy positivas. Tanto el Obispo de Leiría, como el de Coimbra y el Cardenal Patriarca de Lisboa, le aconsejan que la Obra empiece en la Ciudad Universitaria de Coimbra, a la que acuden anualmente miles de estudiantes. Así se hará. Desde el 5 de febrero de 1946 está en la Ciudad del Mondego Paco Martínez, que establece contacto con profesores y alumnos de las Facultades. Entre ellos, Mario Pacheco, que habrá de ser el primero que pida la admisión en Portugal; porque, de hecho, el primer portugués ya está en la Obra: se trata de Armando Serrano, que ha llegado al Opus Dei durante el curso 1943-44 en Madrid. En esa fecha es residente del Colegio Mayor Moncloa. Ahora, el puente queda definitivamente tendido para que sus compatriotas llenen de vocaciones generosas los caminos del mundo.

En junio y septiembre de 1945, el Fundador, acompañado de don Alvaro del Portillo y Amadeo de Fuenmayor, ha cruzado de nuevo la frontera portuguesa y visitan al Cardenal Patriarca de Lisboa, Monseñor Manuel Goncalvez Cerejeira, y también al Obispo de Coimbra, don Antonio Antunes, para testimoniarles, una vez más, su absoluta disponibilidad y amistad. De ahí que, cuando sus hijos llegan, las autoridades eclesiásticas les reciben con gran cariño. El Obispo Antunes dirá en una ocasión, a Paco Martínez, que la labor del Opus Dei es como la lluvia fina y permanente que, con suavidad, empapa la tierra y la hace fértil. La lluvia fuerte, en cambio, arrasa y desola los campos. Ni el bien hace ruido, ni el ruido hace bien(16).

El 20 de abril de 1946, otros dos miembros de la Obra anuncian en un telegrama a Paco Martínez su llegada a Portugal con carácter definitivo. La alegría de este solitario iniciador es formidable. Al fin, puede abrazar a los que vienen de España. De momento, se hospedarán en el Hotel Avenida. La pequeña habitación que ocupan será frecuentada, en breve, por varios compañeros de estudios.

Pero llega el día en que se hace imprescindible una sede para el primer Centro. Un industrial, Antonio Amado, se ofrece a acompañarles en la búsqueda de un inmueble adecuado. Su intervención será decisiva. Al día siguiente de iniciar las gestiones encuentran una casa en alquiler: es el número 30 de la Rua Antonio José de Almeida y será «bautizada» con el antiguo nombre de la calle en que se alza: Montesclaros.

El hallazgo se comunica al Padre, ya que es muy frecuente el contacto del Fundador con sus hijos de Portugal. Y todos comparten esta ancha alegría de los comienzos. Aún pasarán dos meses hasta que el nuevo local pueda estar acondicionado para vivir. Mientras tanto, el 27 de junio, en el Hotel Avenida, Mario Pacheco escribe pidiendo su admisión en la Obra. Sólo unos días después, el 10 de julio, el Avenida se convertirá en recuerdo porque Montesclaros inicia su vida como Centro del Opus Dei. El 17 de diciembre del mismo año, el Obispo de Coimbra bendecirá el oratorio y celebrará la primera Misa. Dios se queda ya en la casa.

Desde junio de 1946, «Camino» está a la venta en las librerías portuguesas. La versión al idioma luso ha corrido a cargo del doctor Urbano Duarte, profesor del Instituto de Coimbra y gran amigo de la Obra.

El Padre sigue muy de cerca la vida de los primeros portugueses. Y para que estén atendidos por un sacerdote de la Obra, les enviará a don José Luis Múzquiz.

Cuando llega por primera vez a Montesclaros se encuentra, saltando por las ramas del jardín, a los «macaquinhos» que ha regalado el Cardenal Gouveia, Arzobispo de Lourenco Marques, a los de la Obra: les ha dicho, riendo, que así recordarán de un modo vivo y diario la promesa que le han hecho de llevar el Opus Dei a Mozambique, como en las antiguas «Luisiadas», desde Portugal a las colonias.

Don José Luis siente gran emoción al arrodillarse ante el sagrario de Coimbra: el primero de la Obra fuera de España. Y su entusiasmo le lleva a dar, en breve plazo, un retiro en idioma portugués. Aunque lo practica, aún, de un modo inseguro.

El Padre hará frecuentes viajes a Portugal. Siempre, después de grandes trayectos de norte a sur del país, acabará recalando, incluso a altas horas de la noche, en la «capelinha» de Fátima, rezando con gran amor, fe y confianza.

Este es un país bendecido por las apariciones de la Virgen que la Iglesia ha subrayado con su asentimiento. No puede faltar la protección de la Señora. Monseñor Escrivá de Balaguer la invocará aquí con especial intensidad. Pedirá a su Maternidad -el título que más le gusta invocar al dirigirse a María- la protección necesaria para sus hijos y para las tareas y dificultades que les aguardan en cada curva del camino.

En 1972, durante unos días de catequesis en Portugal, dirá:

«En esta tierra sabéis amar muy bien a la Virgen. Por todos los caminos, por las carreteras, encuentro imágenes de Nuestra Señora. La queréis de verdad, pero la tenéis que meter en vuestro corazón, llevando una vida cristiana»(17).

Y en otra reunión:

«Vengo con frecuencia a Portugal, sin que me vea nadie, y me acerco a Fátima (…). Voy encantado, feliz… Si no os reís, os diré que a veces he ido descalzo (…). Si no os reís, os diré que, cuando estoy solo, lo mismo que cuando hay gente delante, beso las medallas del rosario. Llevo tantas como mi madre… Las beso una por una (…). Uno de estos hijos míos portugueses (…) me había visto rezar en Fátima y besar las medallas. Después me escribió y me decía: me ha gustado verle rezar con su rosario, porque besa las medallas como las viejas. Pedí al Señor rezar como las viejas, teniendo doctrina de teólogo»(18).

En marzo de 1948 hay ya algunos miembros de la Obra que viven también en Oporto. A principios de verano se puede contar ya con una casa alquilada en la Rua de Ricardo Severo 131, para abrir una Residencia de estudiantes que debe empezar a funcionar en octubre del mismo año. No se anotan las dificultades de toda índole porque ya son de ordinaria administración. Esta Residencia, que recibe el nombre de Boavista, cuenta el 7 de octubre con las paredes, y en una de ellas, empotrado, como acelerando el tiempo, un reloj. Poco más. Sin embargo, el 8 de diciembre, el Obispo de la ciudad, don Agostinho, bendice el oratorio y el nuevo sagrario de la Obra. No hay bancos pero, presenciando la ceremonia en pie, están los ya numerosos amigos que frecuentan los medios de formación del Opus Dei en Oporto. Y al otro lado del río Duero, allá arriba, en Vila Nova de Gala -el monte de la Virgen, como le llaman en la ciudad-, la Señora guarda en su corazón el amor y las frecuentes visitas que ha recibido de los miembros de la Obra desde su llegada a Oporto.

Iniciado el otoño, el 13 de octubre, el Padre llega a Coimbra. Después de celebrar la Santa Misa en el oratorio de Montesclaros se lleva a dar un paseo largo con él a Mario y a Nuno, las primeras vocaciones de Portugal. Les habla de un inmenso trigal que la gracia de Dios aventará por todos los rincones del mundo. Y de santidad personal. No es una palabra vacía o altisonante: es el trato habitual y cotidiano con Dios. Es el amor sobrevolando las cosas del quehacer diario. Antes de salir camino de Oporto se acerca al cementerio para rezar ante la tumba de Monseñor Antunes, fallecido unos meses antes: el Obispo que tantas pruebas de cariño dio a los primeros de la Obra en Portugal.

Al día siguiente llega a Oporto y disfruta hasta el infinito en la nueva casa de Boavista. Los pocos muebles que hay son prestados. El Padre se reúne con un buen grupo de gente joven y, sentados en el suelo, les transmite su alegría, su amor a Cristo y la vibración de ser instrumentos suyos para acercar a Dios a los compañeros de estudio y de trabajo. Le gusta mucho la casa, y les dice que comienza como todas, sin un mueble (l9)

Se lo hace notar para que comprueben que todo cuanto suceda no será obra suya sino de Dios.

En marzo de 1949 repite su visita. Con el cariño de siempre, que impresiona a los mayores y a los jóvenes que le conocen por primera vez, les habla de Roma, de su última audiencia con el Santo Padre; de sus hermanos de España; de la próxima partida de don José Luis Múzquiz a los Estados Unidos.

Esta vez tiene delante a Emérico, el primero de Goa que ha pedido la admisión en el Opus Dei. El Fundador bromea con él. Le gustan la capa y la batina -vestes de la Universidad- que lleva puestas; se interesa por su familia; le pregunta sobre su país de origen. Al tocar el tema de las castas y razas en la India, el Padre le dice que al llegar a la Obra ha pasado a formar parte de una sola raza: la de los hijos de Dios. Y antes de partir le dejará una dedicatoria:

«No olvides que El te llamó, dilatare regnum Dei Inter gentes, para extender el reino de Dios entre todas las gentes»(20).

Le promete, además, enviarle una pequeña cruz de madera que reserva a la primera vocación de cada país. Y añade: «a éste le vi yo cuando di la Bendición a aquellos tres primeros… »(21). Se refiere al asilo de Porta Coeli de Madrid, cuando, en 1933, con el Santísimo entre las manos, vio con los ojos del alma que una multitud de todos los continentes acudiría hasta el espíritu de la Obra.

De Oporto será también la primera vocación portuguesa para la Sección de mujeres del Opus Dei. Se trata de María Sofia Pacheco. En mayo de 1949, Encarnita Ortega emprende su primer viaje a Portugal. De camino, pasa por la ciudad española de Vigo, en donde, nada más llegar, inicia una lista de llamadas telefónicas desde el Hotel Continental: Lourdes Bandeira, Lila Massó, las hermanas Cameselle, Julia de Haz, Montse Bordas… Es asombrosa la actitud de generosidad con que responden estas chicas. En muy pocas jornadas, Encarnita tiene la inmensa alegría de llevarse varias cartas para el Padre solicitando la admisión en la Obra.

Llega a Oporto, y allí establece contacto con María Sofía Pacheco. Es una persona serena, intelectual, alegre… Charla con ella a lo largo y a lo ancho de los minutos y los días. No puede prolongar la estancia porque se acaba el dinero. Pero la misión de siembra ha sido cumplida. En el otoño de 1949, María Sofía llega a España y habla largamente con el Padre. Esta mujer acaba de entregar su vida sin regateos; intuye una expansión inmensa por el pedazo de mundo que han colonizado los portugueses. Pero esta vez la conquista es de amor, y es Dios el único viento impulsor de la empresa.

En diciembre de 1949 ya hay también un buen grupo de miembros de la Obra en Lisboa. No tienen casa y han de hospedarse en una pensión de estudiantes. Allí, entre libros, exámenes y paseos frente al «mar do palpa», se forja la amistad, la expansión de esta familia espiritual del Opus Dei. Su optimismo es tan proverbial, y su alegría, cara al presente y el futuro, tan notoria, que la buena mujer, dueña de la casa de huéspedes, no tiene más remedio que pensar en voz alta:

-«¡Os senhores sempre estaó contentes!… »(22).

El 1 de diciembre de 1951 llega, para quedarse en Lisboa, un grupo de la Sección de mujeres. Se ha podido acondicionar para ellas una casa decorada con objetos lisboetas típicos y del ultramar portugués.

La última vez que el Fundador de la Obra pise suelo portugués en 1972, dejará traslucir la formidable expansión que ha presenciado:

«He vuelto de Portugal encantado, feliz. Son muchos los miles de personas que hemos visto en este viaje»(23).

Miles de almas. Es lo que soñaba junto a sus hijos. A lo único que fue e irá la Obra por el mundo. Y porque el Cielo le regala esta hermosa realidad, el Padre ha pasado por Fátima para dar gracias una vez más a la Señora que ha guiado, que guía siempre, los pasos de este caminar divino.

Y deja escritas, a sus hijos portugueses, unas palabras que resumen su estímulo humano y sobrenatural:

-«Vale la pena. Una vida es muy poco. ¡Cien vidas es muy poco! Vale la pena»(24).

Dios ha hecho de nuevo realidad la frase que tanto repite a los miembros de la Obra: «soñad y os quedaréis cortos… ». No se deja ganar en generosidad y, a cambio de la fidelidad de los que llamó a trabajar en el mundo, la respuesta desborda cualquier cálculo humano.

Por eso vale la pena entregar la vida y aun cien vidas, porque es un precio desproporcionado para pagar la respuesta del Cielo.

Preparativos para el regreso a Madrid

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El fin de la guerra se acercaba y miembros de la Obra se preparaban para volver a Madrid. En primer lugar, se propusieron conseguir lo necesario para la instalación de un oratorio. Habían encargado un cáliz y un sagrario casi al principio de su estancia en Burgos. Escrivá pidió a varias mujeres su ayuda para coser los ornamentos. Era difícil encontrar telas apropiadas, y se alegró cuando le regalaron un cubrecama de seda que podría ser transformado en una casulla.

Otra de las prioridades era almacenar libros para las bibliotecas de la futura residencia que se restablecería en Madrid y de los centros de la Obra que se preveían en otras ciudades. Con la ayuda de Albareda, Escrivá había reunido a un buen número de personas del mundo académico para que firmaran una solicitud de libros a diversas instituciones de España y del extranjero. En una carta de junio de 1938, participaba a los demás su alegría por ver que los libros comenzaban a llegar. En sus cartas de julio continuaba con su gozo por ver que los libros no paraban de llegar. Esperanzado en que ese “negocio” resultara un éxito, no dejaba de hacer referencia a los otros “negocios” y a tener la vista puesta en Dios.

A pesar de su entusiasmo, quedaba mucho por hacer y el fin de la guerra estaba a las puertas. En un punto de “Camino” relata el magro resultado de sus gestiones: “Libros. -Extendí la mano, como un pobrecito de Cristo, y pedí libros. ¡Libros!, que son alimento, para la inteligencia católica, apostólica y romana de muchos jóvenes universitarios. -Extendí la mano, como un pobrecito de Cristo… ¡y me llevé cada chasco! -¿Por qué no entienden, Jesús, la honda caridad cristiana de esa limosna, más eficaz que dar pan de buen trigo?”[1].

Los libros y el material para el oratorio eran el último de los problemas. La casa de Ferraz 16 en la que habían instalado la residencia justo antes de estallar la guerra estaba prácticamente destruida. Escrivá pudo ver su estado con unos prismáticos cuando, en julio de 1938, fue a visitar a Fernández Vallespín, convaleciente en un hospital de campaña. Haría falta mucho dinero para reparar los daños o, en el peor de los casos, cambiar la residencia de lugar. En esos momentos, en que Escrivá y Botella no tenían ni las veinte pesetas que costaba a diario la habitación del Hotel Sabadell, calcularon que para restablecer las actividades apostólicas y sus instrumentos en Madrid haría falta un millón de pesetas.

Además de rezar ardientemente para conseguir los medios necesarios, Escrivá y los demás acudieron a parientes, amigos y conocidos para pedir su ayuda. Don Emiliano, padre de uno de los chicos de la residencia, sugirió que don Pedro, un buen amigo suyo, podría hacer un cuantioso donativo. Escrivá respondió: “(…) ¡Ojalá! Me alegraré por él, que iba a coronar magníficamente su vida de caridad oculta. Pero, créame don Emiliano: veo el apuro enorme que se nos viene encima: no veo la solución humana objetiva… Y, sin embargo, no me intranquilizo: trabajamos por Él y en lo que Él quiere: le hemos dado la hacienda –poca o mucha-, la actividad intelectual –que es lo más grande que tiene el hombre-, el corazón…, ¡la honra! Parece justo pensar, llenos de confianza, que el millón de pesetas que necesitamos vendrá, a su tiempo, quizá pronto. ¿Don Pedro? Puede ser. Pidámoslo al Señor. Me alegraré por don Pedro”[2].

Nada llegaba por aquella petición, pero Escrivá continuaba optimista: “Se ha cumplido un año de nuestra llegada a Burgos, y es justo que tenga deseos –que pongo en práctica- de hablar con vosotros, para que, juntos hagamos un balance de nuestra actuación y señalemos el camino de la próxima labor.

Pero antes quiero anticiparos en una palabra el resumen de mi pensamiento, después de bien considerar las cosas en la presencia de Dios. Y esta palabra, que debe ser característica de vuestro ánimo para la recuperación de nuestras actividades ordinarias de apostolado, es optimismo (…).

¿Labor inmediata? Disponeos a vivir intensamente la obediencia, como hasta aquí la habéis vivido, y veréis, al llegar la paz, cómo renace con vida intensa nuestra casa (…). Después… ¡el mundo!

¿Medios? Vida interior. Él y nosotros.

¿Obstáculos? No me preocupan los obstáculos exteriores: con facilidad los venceremos. No veo más que un obstáculo imponente: vuestra falta de filiación y vuestra falta de fraternidad, si alguna vez se dieran en nuestra familia. Todo lo demás (escasez, deudas, pobreza, desprecio, calumnia, mentira, desagradecimiento, contradicción de los buenos, incomprensión y aun persecución por parte de la autoridad), todo, no tiene importancia, cuando se cuenta con Padre y hermanos, unidos plenamente por Cristo, con Cristo y en Cristo. No habrá amarguras, que puedan quitarnos la dulcedumbre de nuestra bendita caridad.

Tendremos medios y no habrá obstáculo, si cada uno hace de sí a Dios en la Obra un perfecto, real, operativo y eficaz entregamiento.

Hay entregamiento, cuando se viven las Normas; cuando fomentamos la piedad recia, la mortificación diaria, la penitencia; cuando procuramos no perder el hábito del trabajo profesional, del estudio; cuando tenemos hambre de conocer cada día mejor el espíritu de nuestro apostolado; cuando la discreción –ni misterio, ni secreteo- es compañera de nuestro trabajo… Y, sobre todo, cuando de continuo os sentís unidos, por una especial Comunión de los Santos, a todos los que forman vuestra familia sobrenatural”[3].

El 26 de marzo de 1939 comenzó el último asalto de las tropas nacionales a Madrid. No encontraron especial resistencia. A través de un amigo que trabajaba en la Subsecretaría del Interior, Escrivá consiguió un salvoconducto para entrar en Madrid. El 28 se las arregló para montarse en uno de los primeros camiones de abastecimiento que llegaron a la capital.

Los tres años de guerra civil fueron una prueba muy dolorosa. Al cabo de diez años, el Opus Dei no tenía un centro ni recursos de ningún tipo. Dos de sus miembros –José Isasa y Jacinto Valentín Gamazo- cayeron en el frente. Otros tres, que quizá no habían asimilado totalmente la vocación antes de estallar la guerra, no perseveraron a causa de los prolongados periodos de tensión y aislamiento. Ninguna de las mujeres que pertenecía al Opus Dei al comienzo del conflicto pudo perseverar en su vocación, también a causa del aislamiento a que se vieron sometidas. Durante este periodo sólo se unieron a la Obra Lola Fisac y José María Albareda. El Opus Dei salía de la guerra con sólo dieciséis miembros –quince hombres y una mujer-, todos ellos sólidos, probados, poseedores de una profunda vida interior de oración y de sacrificio y firmemente dispuestos a vivir su vocación.

Antes de hablar sobre sus esfuerzos para sacar adelante el Opus Dei en los años inmediatamente posteriores, conviene describir las circunstancias políticas, sociales y económicas de la posguerra española.

[1] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 467

[2] AGP P03 1986 p. 128

[3] Ibid. p. 547-550

¿Cuál sería su secreto?

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Testimonio de Cardenal Marcelo González Martín, Arzobispo de Toledo Primado de España
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Varias veces hablé con el fundador del Opus Dei, Josemaría Escrivá de Balaguer. En Roma, donde vivía, y en Madrid, por don­de pasaba con destino a sus viajes apostólicos o al volver de los mismos, después de haber sembrado la semilla de la palabra y la gracia de Dios. Porque eso fue toda su vida: un sembrador incan­sable. Las cosechas no las retenía en su mano; las volvía a sembrar inmediatamente en beneficio de todos.

Me ha preguntado cuál sería el secreto de este gran sacerdote del Reino de Cristo en la Iglesia de nuestro tiempo. Y he aquí la reflexión que hago a raíz de su muerte, que hirió su corazón con un movimiento brusco y suave a la vez, como eran los suyos propios. ¡Cuánto ardimiento en aquel hombre excepcional que se pasó la vida sin conocer el sosiego, ni siquiera el que proporciona a tantos otros la última enfermedad!

Capacidad para el entusiasmo por las causas grandes, tesón invencible, optimismo reflexivo, minuciosidad en la ejecución, deli­cadeza suma para los detalles…; he aquí algunos rasgos de su con­dición humana. Cuando coinciden en una persona, la hacen capaz de grandes resoluciones y la disponen para el triunfo, empleando esta palabra en su valor puramente objetivo, como sinónimo de logro de lo que uno se propone. El fundador del Opus Dei consiguió muchos de sus propósitos; el primero de todos, dar vida, sólido

arraigo a una obra a la que se entregó totalmente, la asociación que predica y promueve la santificación del hombre en medio del trabajo ordinario de la vida. Esto, que era tan sencillo y tan evan­gélico, estaba prácticamente olvidado.

Pero para poder explicar el éxito en esta empresa no basta acudir al carácter de quien la acometió; no está ahí el secreto. Porque la empresa es de índole sobrenatural y, por mucho que ayuden las condiciones personales del que la promueve, como instrumento efi­caz, se necesita otra clave mucho más íntima y radical. Un carácter humano, por muy dotado que esté para la perseverancia y el entu­siasmo en el servicio a una causa, si sólo cuenta con sus propios recursos instrumentales, se dispersa en la inoperancia real, cuando la causa es precisamente vivir enamorado de la santidad y comu­nicar a los demás el mismo amor. Su actividad se convierte entonces en activismo; su palabra, en grito o en susurro; pero nada más, y la energía de su voluntad se transforma en puro afán de mando. Nada de esto sirve para llevar por los caminos de la perfección cris­tiana. El que lo intente fracasará a las primeras de cambio.

Monseñor Escrivá tuvo tiempo para «fracasar». Los casi cin­cuenta años transcurridos desde que fundó la asociación hasta el momento actual dan de silo suficiente para sentirnos obligados a contemplar con inmenso respeto el proceso de una obra que, como es frecuente en la historia de la Iglesia, ha encontrado enormes difi­cultades para su desarrollo. Pero él, Escrivá, no las rehuía. Sabía que las dificultades forman parte del plan de Dios y las aceptaba con la humildad característica del que tiene fe.

Sumergido para siempre en la vivencia cálida del misterio de la Iglesia, más que enfrentarse con las dificultades, lo que hacía era incorporarlas y asimilarías hasta hacerlas correr dentro de su sangre como un alimento más de su vida de fe. De ahí que lo que parecía optimismo temperamental era más bien realismo cristiano, que ni se arredra ni huye por muy oscuro que se presente el horizonte. Era la Iglesia de Cristo la que invitaba a trabajar así, porque así tienen que ser siempre las cosas para los seguidores del que llevó la cruz.

Su amor a la Iglesia era amor al Papa, a los obispos, a los sacer­dotes, al Magisterio eclesiástico, al culto litúrgico y a la devoción privada, y desde ahí a los hombres de toda condición porque para ellos era esa Iglesia tan amada, y mal podía ser querida ésta si no lo eran a la vez todos los que, dentro o fuera del redil, eran, en la intención del Salvador, beneficiarios de sus dones. Esto es amor a la Iglesia, quererla tal como es en sí, sin echar agua al vino, y quererla para todos.

El universalismo del Opus Dei, en la extensión geográfica y en la diversidad de las personas llamadas, y las originalidades en la concepción de la obra y en sus métodos de apostolado obedecía a esta identificación tan cabal del fundador con el misterio de la Iglesia. No le demos vueltas. Sorprendente y a veces desconcertante en sus expresiones y en sus anhelos apostólicos, Monseñor Escrivá no guardaba otras sorpresas ni producía otros desconciertos que los de la misma Iglesia, a la que servía como un enamorado lleno de confianza y persuadido de que la Iglesia es siempre original. Él no fracasó nunca y lo que hubo de «no logro» de determinados propósitos parciales en su vida formaba parte del plan, no en virtud de un juego de consolaciones artificiales y forzadas, sino como obla­ción que había que ofrecer porque así es la Iglesia.

Tres grandes fuerzas animaban su vida interior, presentes cada día y cada hora en su espíritu, de valor supremo e insustituible para vivir como hijo de la Iglesia en su doble dimensión mística (amor al misterio de la esposa de Cristo) y apostólica (dinamismo de una fe que aspira a renovar el mundo). Eran la Eucaristía, particular­mente el santo sacrificio de la Misa (sentido de redención); amor a la humanidad de Cristo niño, hombre, muerto y resucitado (sen­tido de encarnación de la fe en el mundo), y amor vivísimo a la Santísima Virgen Maria, de la cual no quería ver separado a San José (sentido de familia de los hijos de Dios que tienen junto a si motivos de gozo, al encontrarse con la belleza espiritual y la ayuda materna de María).

Esta triple fuerza que caldeó su vida le movió a lanzarse a la gran tarea, santificar a los hombres tal como son, tal como viven, tal como trabajan. Su sacerdocio lo entendió así, y toda su vida fue como la prolongación de una Misa ininterrumpida que glorificaba al Padre, trataba de obtener el perdón para el pecado mediante la gracia sacramental, y ponía el trabajo profesional y las preocupa­ciones familiares como una hostia purificada junto al altar. Todo esto es lo que percibí en las conversaciones que tuve con él, y también lo he captado en sus escritos, y lo vengo comprobando en los sacer­dotes del Opus Dei que he conocido. ¿Era este su secreto?

Por supuesto que esas fuerzas a que he hecho alusión, cuando se convierten en motor de una existencia humana iluminada por la fe, hacen del hombre un servidor de Dios, de Jesucristo y de la Iglesia hasta el heroísmo. Pero, ¿por qué? ¿Por qué en unos la respuesta es tan plena y en otros tan escasa? Hace falta encontrar otra clave, que es también fruto de la gracia, desde luego, pero que comporta igualmente una actitud o disposición inicial capaz de explicar el secreto de la perseverancia y la generosidad en el amor. Es ese pequeño toque, matiz delicadísimo en la relación de un alma con Dios, del que en un momento dado dependen, con frecuencia, todas las generosidades para la acogida de lo que Dios ofrece y para la respuesta a lo que pide. Yo lo llamo pobreza, en el sentido evangélico de la palabra. Algo así como en Maria, la Santísima Vir­gen, Madre de Dios. ¡Qué corazón tan pobre, es decir, tan limpio, en la doncella de Nazaret cuando recibió el mensaje del cielo! ¡Y qué riqueza había, sin embargo, en su entrega a la voluntad de Dios! Sólo estos pobres son los que se dejan llevar y, por tener el alma limpia, los motores funcionan. Después, por el camino más ines­perado viene lo que viene siempre, el triunfo de Dios en ellos.

De Monseñor Escrivá se ha dicho que, a veces, parecía un niño, que arreglaba un problema grave con una broma, que huía de la tristeza como de la peste, que concebía o impulsaba la fundación de una Universidad o de una editorial con el más vivo entusiasmo, pero no con mayor empeño que el que ponía para rezar el Rosario, por ejemplo, o para ayudar privadamente a quien se lo pedía, que contagiaba a los demás el deseo y la dicha de la gracia y la verdad de Dios, que no se reservaba nada teniéndolo todo, que lanzaba a sus hijos hacia el mundo al que amaba, y vivía totalmente apartado del mundo, que no temía a personas ni acontecimientos porque no tenía nada que perder… ¿Qué significa todo esto más que el limpio resplandor de un corazón pobre, no instalado, desprendido, abierto a todos, saturado de confianza en Dios en medio de las mayores pruebas? Esta es la pobreza evangélica auténtica, aunque el que así la vive se dedique a movilizar todos los recursos imaginables para servir a Dios y a los hombres. Acaso esté aquí el secreto que explica algo de su vida.

Por haber sido así desde los años primeros de su sacerdocio, tan disponiblemente abierto a la acción de Dios, fue encontrado apto, en su pequeñez de esclavo, para las más grandes tareas apos­tólicas. Hay miles de detalles en su vida que lo confirman así. Y no es necesario pertenecer al Opus Dei para conocerlos, ni para comprender que donde existe esa pobreza se ama apasionadamente la verdad y se alcanzan resultados inimaginables. Basta tener un poco de sensibilidad sacerdotal, recta y justa, para sentir la noble curiosidad de saber a qué puede deberse el formidable despliegue de tantas energías al servicio del Evangelio, como es el que encon­tramos en la vida de Josemaría Escrivá de Balaguer.

Mucho antes del Concilio Vaticano II trabajó él, como nadie, en la promoción del laicado, en la auténtica y profunda promoción, no en las ridículas y tristes experiencias que tanto han abundado y siguen haciendo acto de presencia en los años del posconcilio, y en el campo del ecumenismo, y en el diálogo con el mundo moder­no, y en el reconocimiento efectivo de la sana autonomía de las realidades temporales.

Precisamente por eso, ahora, cuando tantos se mueven aloca­damente, sin rumbo, porque su frivolidad les priva de la luz, él supo mantenerse tan firme y enhiesto en la roca de la fidelidad sin con­vertirse jamás en un futurólogo insustancial que, creyendo atisbar el porvenir, consiente en que el presente se le desmorone entre las manos. Porque supo ser un auténtico progresista, fue también –co­mo no puede ser menos– un conservador denodado y valiente, de la raza de los mártires y los confesores de la fe, o simplemente del linaje espiritual de los que, a imitación de Maria, saben conservar en su corazón de pobres del Reino lo que debe ser conservado siem­pre para ser fieles.

Yo espero y deseo que sus hijos, los sacerdotes y los laicos, sepan seguir este camino. La Iglesia española y la Iglesia universal nece­sitan de su testimonio en este sentido.

Artículo publicado en ABC

La raza de los hijos de Dios

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Tajamar, Instituto de Enseñanza que dirigen miembros del Opus Dei en Madrid, está lleno hasta los bordes una tarde de octubre de 1967. El Padre se dirige a una variada multitud de oyentes y les habla, en un momento de este encuentro, de la vocación al Opus Dei:

«Esta vocación, que no es para todos, la entienden perfectamente las almas que tienen el corazón noble, aunque no sean católicas. Y yo logré del Santo Padre Pío XII, en 1950, después de darme dos negativas, que al fin me concedieran traer junto a nosotros como Cooperadores los no católicos, los católicos que no practican y los anticatólicos, siempre que fueran nobles y tuvieran virtudes humanas»(42).

La Obra era así la primera asociación de la Iglesia que abría fraternalmente sus brazos a todos los hombres, sin distinción de credo o confesión.

Este respeto a la libertad de las conciencias es algo que Monseñor Escrivá de Balaguer ha gritado en todos los idiomas del mundo. Ha dicho, repetidamente, que daría la vida por defender la libertad de la conciencia de una sola persona. ¡Libérrimos!… repite constantemente a sus hijos. En la certeza de aquella afirmación de Juan Apóstol: «La verdad os hará libres »(43)

Creer firmemente en las verdades de la Iglesia Católica es situarse en las antípodas de un fanatismo despiadado e inútil. La Obra pregona a los cuatro vientos que, por encima de toda ideología y creencia, mantiene el profundo respeto a la persona y a su libertad. Porque la primera y última vocación del cristiano es la comprensión, la caridad. El Apóstol de Tarso definía así esta virtud y, con ella, todo el talante existencial de los discípulos de Cristo: «paciente, es servicial; no es envidiosa, no se pavonea, no se engríe; la caridad no se ofende, no busca el propio interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal; la caridad no se alegra de la injusticia, pero se alegra de la verdad. Todo lo excusa, lo cree todo, todo lo espera, todo lo tolera»(44)

Si el Opus Dei practica esta abierta acogida con todos los credos de la tierra, pide en cambio que se reconozca la libertad de su espíritu. No es más que reclamar la libertad de las conciencias para seguir a Jesucristo de acuerdo con aquella vocación a la que han sido llamados sus miembros.

Y, por otro lado, reclama igualmente, el derecho de cada uno a servir y a ejercer sus oficios individuales con la independencia y responsabilidad de cualquier ciudadano. Es la autonomía del orden temporal respecto a cualquier injerencia de índole eclesiástica.

De ahí que, junto a una flexibilidad en las cuestiones temporales, en las que no existen dogmas, Monseñor Escrivá de Balaguer tenga una seguridad inconmovible en las verdades de fe. Una imposibilidad de manejar asertos que no le pertenecen, que son un tesoro que la Iglesia custodia. Creer en la veracidad de unos dogmas trascendentes no permite concesiones ni recortes, por la sencilla razón de que el hombre no puede crear la verdad: sólo descubrirla y aceptarla.

«La transigencia es señal cierta de no tener la verdad. Cuando un hombre transige en cosas de ideal, de honra o de Fe, ese hombre es un… hombre sin ideal, sin honra y sin Fe» (45)

Los Cooperadores no católicos de la Obra ayudan en las empresas sociales, educativas, culturales, del Opus Dei, y al calor y al ejemplo de esta firme y humana actitud, algunos han llegado a la verdad de la Iglesia Católica por el camino de la amistad, del respeto, de la libertad.

Por esta doble postura de apertura y firmeza, podía escribir el Cardenal Primado de España, unos días después de la muerte del Fundador del Opus Dei:

«Mucho antes del Concilio Vaticano II trabajó Monseñor Escrivá de Balaguer, como nadie, en la promoción del laicado, en la auténtica y profunda promoción, no en las ridículas y tristes experiencias que tanto han abundado y siguen haciendo acto de presencia en los años del posconcilio; y en el campo del ecumenismo, y en el diálogo con el mundo moderno, y en el reconocimiento efectivo de la sana autonomía de las realidades temporales.

Precisamente por eso, ahora, cuando tantos se mueven alocadamente, sin rumbo, porque su frivolidad les priva de la luz, él supo mantenerse tan firme y enhiesto en la roca de la fidelidad sin convertirse jamás en un futurólogo insustancial que, creyendo atisbar el porvenir, consiente en que el presente se le desmorone entre las manos. Porque supo ser un auténtico progresista, fue también -como no puede ser menos- un conservador denodado y valiente, de la raza de los mártires y los confesores de la fe, o simplemente del linaje espiritual de los que, a imitación de María, saben conservar en su corazón de pobres del Reino lo que debe ser conservado siempre para ser feles»(46)

Son múltiples los ejemplos prácticos de esta actitud del Padre. Escenas que se han repetido continuamente en público y en privado. Una vez es un matrimonio peruano que visita al Padre en Roma en 1958. Les acompaña un hijo que no practica ningún género de creencia religiosa. Cuando los padres se arrodillan ante la bendición de Monseñor Escrivá de Balaguer, el muchacho se retira y permanece de pie. A la hora de marcharse, el Padre se acerca, con un afecto natural y sencillo para decirle que aunque no ha querido recibir su bendición de sacerdote, seguramente no tendrá inconveniente en recibir un abrazo de amigo.

Y en una tertulia muy numerosa, aquella voz que surge del fondo de la sala:

-«Padre, nosotros somos una familia ecuménica: mi esposa es metodista…

-¡Dios la bendiga! ¿Está aquí? -Está aquí, conmigo.

-Dile que la quiero mucho.

-Estamos muy unidos en la educación religiosa de nuestros hijos…

-¡Muy bien!

-Dos ya hicieron la Primera Comunión… -¡Bien!

-Me gustaría que dijese algunas palabras a mi esposa.

-¡Hija mía!, te digo lo siguiente: que tienes un marido estupendo y que te quiero mucho en el Señor. Quiero a todas las almas. Pero a una madre que da libertad a los hijos, y que además se ocupa de que se eduquen en esta fe maravillosa, que ve con alegría que se acerquen al Santo Sacramento de la Eucaristía, a una madre así yo ya la admiro. ¡Te admiro! (…). Reza por mí (…). Mañana, en la Misa, me voy a acordar mucho de ti. Allí no soy yo. Tú no tienes por qué creerlo, por ahora; pero pediré al Señor que te dé mi fe, porque -no te enfades- la tuya no es la verdadera. Yo daría mi vida cien veces por defender la libertad de tu conciencia; de modo que seríamos muy amigos, si yo viviera aquí. Pero, claro, yo creo que tengo la verdadera fe; si no, no vestiría esta funda de paraguas».

Y señala su sotana, mientras la gente ríe…

-«¡Reza por mí! Nadie como tu marido para defender la fe tuya. Y nadie como tu marido y como yo, para pedirle al Señor que te dé (…) mucha claridad de ideas. Y gracias, porque eres muy generosa y muy buena»(47).

Y en octubre de 1967, con el salón de actos de Tajamar abarrotado:

«Si me permitís, os voy a dar la bendeción (…). El que no tenga fe, que sepa que la bendición de un sacerdote es como la bendición de un padre y de una madre, porque es la bendición de Dios. Y los que tenéis la dicha de tener fe, recibidla como lo que es, como algo santo, grande, bueno:

Que el Señor esté en vuestros labios, en vuestros corazones, en vuestros hogares, en vuestros amores, en vuestro trabajo, y os dé siempre la alegría y la paz. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»(48).

Y Peter Forbarth, periodista, que acompañado por Javier Ayesta acude a visitar al Fundador de la Obra. Javier describe así sus impresiones:

«En 1967 acompañé a Roma al periodista americano Peter Forbarth que iba a efectuar una entrevista a Mons. Escrivá de Balaguer para “Time Magazine”. El Fundador del Opus Dei le invitó a comer, y le trató con su cariño y delicadeza proverbiales.

Yo había hablado con el Padre antes del almuerzo y le informé que mi colega era judío, y que no daba muestras de practicar su religión. Me contestó que la fe era un don que no se podía transmitir con simples razonamientos: había que contar con Dios. Me animó a ser un buen amigo suyo y a no importunarle en materia religiosa para que no se le hiciese odiosa la verdadera fe.

Peter salió muy impresionado de la entrevista y sólo decía: ¡Increíble! ¡Increíble! Estaba lleno de admiración y, horas más tarde, me decía que en el Fundador del Opus Dei se palpaba algo superior… »(49)

Otras veces, la historia es larga y la búsqueda tenaz. Como en el caso de Hilary Schlesinger, inglesa de nacionalidad pero de origen judío, y educada en un ambiente agnóstico. Hilary vive en la capital inglesa todo el horror de la última Guerra Mundial. Siente pasión hacia la música y maneja perfectamente el violín, pero abandona sus estudios instrumentales para dedicarse a la terapia ocupacional de las víctimas de los bombardeos. Un día una mujer joven, paralizada por un ataque de poliomielitis, le pregunta desde el pulmón de acero por el sentido del dolor y de la vida. Hilary no tiene respuesta. Pero se promete a sí misma buscar una finalidad al sufrimiento. Lee apasionadamente el Evangelio y pide fe. Siente profunda admiración por la figura de Jesús de Nazaret.

Siguiendo las líneas de su trabajo tiene que desplazarse a Argentina. Unos meses después, la ONU la envía a Chile. Un amigo le proporciona «Camino», un libro que le ayuda a rezar. Se interesa por la Obra y frecuenta uno de sus Centros en Santiago. El 19 de marzo de 1968 se bautiza en la religión católica. Cuando llega a Colombia, siguiendo su periplo profesional, pide allí, al Padre, su admisión en el Opus Dei.

Si algo ha impresionado su ánimo ha sido la libertad, la universalidad de la Obra a través de los países latinoamericanos que ha visitado. Su origen judío la hace doblemente querida por el Padre que, en más de una ocasión, ha respondido a un hebreo que le quiere porque sus dos grandes amores de la tierra son Jesucristo, que es judío, y su Madre, María, también hebrea.

Confirmando esta actitud, cabe anotar la respuesta de una mujer perteneciente a la Asociación de amistad judeo-cristiana de Madrid. En una reunión celebrada en 1964, en una sinagoga, un participante de origen sefardí, se levantó para preguntar «por qué el Opus Dei perseguía a los judíos». «Yo no era moderadora pero me levanté y dije: Sólo quiero atestiguar un hecho y es que el Opus Dei, lejos de perseguir a los judíos, tiene Cooperadores judíos en Estados Unidos desde 1948. Un aplauso cerrado acogió las palabras (…). Luego hice constar que no pertenecía al Opus Dei, pero que lo defendía por justicia» (50).

Y la simpática historia de aquella señora inglesa, mayor, quien, de pronto, ve cómo se instala un Centro de la Obra en el piso inmediato, al que acudían muchos chicos jóvenes. El Padre lo cuenta, divertido, en una tertulia:

«Había un Centro en una parte de Londres. Y, claro, como los chicos son chicos, y además jóvenes, armaban mucho jaleo con las guitarras y las canciones. En el apartamento contiguo vivía una señora anciana, escritora, periodista, amiga de la tranquilidad y de la serenidad material también, para poder cumplir con su oficio (…). Decía que aquellos vecinos eran unos impertinentes. Los chicos lo supieron y un día fueron a visitarla. La trataron con mucho cariño, sacaron las guitarras y le cantaron unas cuantas cosas. Desde entonces se sintió obligada. Y a la hora del té llegaba siempre un regalito de tía Carolina, como comenzaron a llamarla enseguida los chicos. Y tía Carolina, con la alegría de aquellos hijos míos, y con el empeño que pusieron en la oración, en importunar al Señor, ha tenido la gracia de Dios para convertirse a la fe católica. Yo recibo algunas veces sus cartas, y las contesto. Me decía hace poco que debía ir a Inglaterra, y estoy con el corazón en Inglaterra, porque allí también me encuentro muy a gusto. Cuando vayáis, haced una visita a tía Carolina»(51)

Más tarde, en 1972, esta mujer inglesa viaja desde Londres en avión para saludar al Padre en una gran reunión celebrada en Barcelona. Y como el Fundador acaba de explicar que él se siente joven, como si tuviera sólo siete años, ella le interpela desde el público:

-«Por una parte soy mayor que usted, puesto que yo tengo ocho años y usted siete. Por otra, soy bastante más joven, porque tengo quince meses: los que llevo desde mi conversión, en agosto del año pasado. Soy su hija más pequeña. Por eso quiero pedirle un favor: sentarme a su lado el resto de esta maravillosa tertulia»(52).

Así, con cariño, con seguridad y amor, ha abierto el Padre la amistad de todos los hombres y mujeres del mundo. Cuando Peter Forbarth le interroga en su entrevista del 15 de abril de 1967, la respuesta será afirmación pública de esta alegre realidad de la Obra:

-«¿Cómo se sostiene económicamente el Opus Dei?».

-«Trabajando mucho sus miembros, yo también. Y el que trabaja, gana. Así podemos promover obras corporativas de enseñanza, de asistencia social, etc., que rara vez se sostienen solas. Para mantenerlas, además de los miembros del Opus Dei, hay otras personas que ayudan; algunos no son católicos, y muchos, muchísimos, que no son cristianos. Pero ven la labor, la palpan, y se entusiasman de verdad. Por eso aprovecho para decir ahora que soy deudor a muchas personas, incluso no católicas y no

cristianas »(53).

Llevaba el amor a la libertad en la más honda raíz de su ser humano y cristiano. A millones de años luz de todo fanatismo temporal o religioso. Afincado en la verdad revelada por la Iglesia que se proclama heredera de los Apóstoles de Jesucristo.

“San Josemaría me contagió su entusiasmo por la Iglesia”

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Licenciada en Física y matemática, Petra Herold, de Forchheim (Alemania), se volvió a entusiasmar con la Iglesia Católica gracias a san Josemaría Escrivá. Casada y con cuatro hijos, narra la alegría de su regreso a la Iglesia. Recogemos su testimonio publicado en el folleto ‘La alegría de los hijos de Dios’.

Petra Herold, de Forchheim (Alemania), con su familia.

“Estaba bastante distanciada de la Iglesia. Cuando leí aquella biografía sobre el fundador del Opus Dei, percibí su gran entusiasmo. Se notaba que estaba muy enamorado de la Iglesia y a mí me contagió. Pude decir entonces de todo corazón “sí” a la Iglesia, “sí” al Papa.

Se grabó también a fondo en mi memoria la exigencia de que debemos ser cristianos de una pieza: No nos conformemos con las etiquetas: os quiero cristianos de cuerpo entero. Entonces yo estaba interiormente dividida. La vida religiosa por un lado y lo cotidiano por otro, eran dos ámbitos entre los cuales había poco en común. Pero entendí cómo puedo unificar esos aspectos, cómo puedo santificar el trabajo, convertirlo en oración, al darme cuenta de que no importa que tenga o no un relieve especial, sino que lo que importa es cómo lo hago, con qué amor, con qué entrega.

No importa tampoco que el trabajo se vea coronado por el éxito, sino que esté ofrecido a Dios. Descubrí que no es tan importante que los niños deshagan rápidamente el trabajo recién terminado en casa —por ejemplo la limpieza—, porque sé que no he trabajado inútilmente. Ahora hago lo mismo de antes, pero de modo unitario, coherente. Soy capaz de reaccionar con más serenidad.

Había otro punto que me preocupaba. Mi esposo era protestante y yo tenía un plan de cómo podría llevarle a la conversión, pero a veces tenía la impresión de que todo iba demasiado lento. Y la realidad ha sido bien diferente a lo que yo había planeado. Hay que confiar más en Dios, ponerlo todo en sus manos. Un día le pregunté a un sacerdote del Opus Dei que me orienta en la dirección espiritual qué podría hacer para ayudar a mi esposo en su conversión, y me dio este consejo: “Ame a su esposo de todo corazón”. Ahora me digo siempre: no podía haberme dado un consejo mejor, puesto que sólo con amor podemos ayudar a los hombres a acercarse más a Cristo.

La alegría que irradiaba san Josemaría me ha impresionado siempre. Él había tenido muchos problemas, de salud, financieros y todos los que encontró para fundar el Opus Dei. Era joven y, sin duda, esos problemas tuvieron que afectarle mucho. Pero nunca perdió la alegría. Esto se ve claramente en las filmaciones de sus encuentros con grupos de personas. Sus palabras transmiten alegría. Después de conocerle, siempre que me viene un bajón, pienso en él y me siento de nuevo en forma y motivada para continuar trabajando”.

“San Josemaría me contagió su entusiasmo por la Iglesia”

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Testimonio de Petra Herold, de Forchheim (Alemania), licenciada en Física y matemática, casada y con cuatro hijos. Narra cómo volvió a entusiasmarse con la Iglesia Católica gracias a san Josemaría Escrivá.

Estaba bastante distanciada de la Iglesia. Cuando leí aquella biografía sobre el fundador del Opus Dei, percibí su gran entusiasmo. Se notaba que estaba muy enamorado de la Iglesia y a mí me contagió. Pude decir entonces de todo corazón “sí” a la Iglesia, “sí” al Papa.

Se grabó también a fondo en mi memoria la exigencia de que debemos ser cristianos de una pieza: No nos conformemos con las etiquetas: os quiero cristianos de cuerpo entero. Entonces yo estaba interiormente dividida. La vida religiosa por un lado y lo cotidiano por otro, eran dos ámbitos entre los cuales había poco en común. Pero entendí cómo puedo unificar esos aspectos, cómo puedo santificar el trabajo, convertirlo en oración, al darme cuenta de que no importa que tenga o no un relieve especial, sino que lo que importa es cómo lo hago, con qué amor, con qué entrega.

No importa tampoco que el trabajo se vea coronado por el éxito, sino que esté ofrecido a Dios. Descubrí que no es tan importante que los niños deshagan rápidamente el trabajo recién terminado en casa —por ejemplo la limpieza—, porque sé que no he trabajado inútilmente. Ahora hago lo mismo de antes, pero de modo unitario, coherente. Soy capaz de reaccionar con más serenidad.

Había otro punto que me preocupaba. Mi esposo era protestante y yo tenía un plan de cómo podría llevarle a la conversión, pero a veces tenía la impresión de que todo iba demasiado lento. Y la realidad ha sido bien diferente a lo que yo había planeado. Hay que confiar más en Dios, ponerlo todo en sus manos. Un día le pregunté a un sacerdote del Opus Dei que me orienta en la dirección espiritual qué podría hacer para ayudar a mi esposo en su conversión, y me dio este consejo: “Ame a su esposo de todo corazón”. Ahora me digo siempre: no podía haberme dado un consejo mejor, puesto que sólo con amor podemos ayudar a los hombres a acercarse más a Cristo.

La alegría que irradiaba san Josemaría me ha impresionado siempre. Él había tenido muchos problemas, de salud, financieros y todos los que encontró para fundar el Opus Dei. Era joven y, sin duda, esos problemas tuvieron que afectarle mucho. Pero nunca perdió la alegría. Esto se ve claramente en las filmaciones de sus encuentros con grupos de personas. Sus palabras transmiten alegría. Después de conocerle, siempre que me viene un bajón, pienso en él y me siento de nuevo en forma y motivada para continuar trabajando”.


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