La Universidad de Piura

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En 1969 se levanta, frente al desierto del norte del Perú, la Universidad de Piura. Uno de los proyectos que el Fundador de la Obra llevaba, desde hace años, en la mente y en el corazón. Cubierta, por encargo de la Santa Sede, la atención pastoral-religiosa de la Prelatura territorial de Yauyos, iniciada ya la promoción del campesinado andino en Valle Grande, otro nivel a cubrir es la enseñanza en las aulas universitarias. Piura es el enclave correcto porque es el polo de desarrollo del norte peruano. Fronterizo con Ecuador, ocupa una posición clave para programas culturales entre los países del Pacto Andino.

Como escribía el profesor Rodríguez Casado:

«La Universidad, con vocación de desierto, de vergel y de humanismo, abre sus aulas, laboratorios y bibliotecas al aire libre»(14)

En la actualidad, se pueden cursar cinco programas académicos: Ciencias de la Ingeniería Industrial, Artes Liberales, Administración de Empresas y Ciencias de la Información.

Fue, en efecto, una audacia sobrenatural y humana crear este Centro docente a medio camino entre el desierto, la ciudad y los vergeles peruanos.

Un matrimonio de Lagos

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Son ahora un profesional africano de Lagos (Nigeria), Mr. Biodun Sanwo, y su esposa, ambos del Opus Dei, quienes responden:

–Mr. Sanwo, ¿qué efecto ha tenido el Opus Dei en su vida?

–El Opus Dei ha cambiado completamente mi vida. Cuando conocí el Opus Dei y empecé a pensar que Dios podía decirme que me hiciera de la Obra pensé que era completamente incompatible con mi vida normal de trabajo… y pensé que era imposible. Ahora estoy muy contento al ver que estoy en el Opus Dei y que soy perfectamente feliz en mi quehacer profesional y en mi vida normal.

–¿Cómo ha reaccionado la gente a su alrededor ante su nueva vida, como usted la llama?

–Al principio, cuando me hice de la Obra la gente estaba muy sorprendida. Ahora, algunas de esas personas son ya Cooperadores del Opus Dei.

–¿En qué forma ha participado usted en la expansión del Opus Dei en Lagos?

–He tenido la suerte de haber sido una de las personas del Opus Dei en sus primerísimos momentos aquí en Lagos. Me vienen ahora a la cabeza los primeros momentos. Estábamos tratando de empezar un Club juvenil, y necesitábamos aulas pero no teníamos espacio. El único sitio disponible era un garaje. Tuvimos que reunir dinero para convertirlo en una clase decente. No sólo lo usamos como aula para los chicos sino también para reuniones con profesionales. Realmente era bueno trabajar en estas cosas. Estoy muy contento de ver que ahora usamos ya un edificio llamado Helmbridge Study Centre, y, aunque todavía tenemos que acabar de pagarlo…

–Señora Sanwo, ¿qué es lo que le ha impresionado más entre las enseñanzas del Fundador del Opus Dei?

–Una enseñanza del Padre que siempre me ha impresionado mucho es que el trabajo es un medio de santificación. Antes yo acostumbraba a ponerme nerviosa y empezaba a refunfuñar cuando trabajaba demasiado y me sentía cansada, pero ahora ofrezco mi trabajo a Dios y lo hago más contenta y más diligentemente tanto en casa como en la oficina.

–¿Ha afectado el espíritu del Opus Dei a su vida familiar?

–El espíritu de la Obra ha afectado grandemente a mi vida familiar. Antes yo me enojaba fácilmente con los niños, que siempre están causando problemas y gritando por toda la casa. Ahora tengo mucho mejor humor. Los comprendo más y no me enojo fácilmente. Como mi marido también es de la Obra, nuestro hogar es ahora más feliz y alegre de lo que acostumbraba.

–¿En qué manera piensa usted que el Opus Dei puede ayudar a la gente en Lagos y en Nigeria en general?



II. ALGO DE HISTORIA

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Con motivo de una visita del Fundador del Opus Dei a Andalucía y después de participar, en compañía de más de dos mil personas, en una conversación directa con él, José María Pemán escribió el 22 de noviembre de 1972 en la tercera página del ABC un delicioso artículo, rematado por este mano a mano con el «Séneca»:

«–Don José: si le llaman a todo esto Obra de Dios, ¿qué obra ha tenido que hacer ese padre?

–No ser estorbo de la obra de Dios, ¿te parece poco? Dios obra por medio de los hombres y las cosas. Es lo que se llama las “causas segundas”.

Miró hacia la riada humana. Se rascó la cabeza:

–Pues esta causa segunda, don José, le ha salido a Dios de primera».

No se podía resumir mejor, a mi juicio, ni con palabras más llanas, la verdadera historia del Opus Dei, ésa que parece tan fácil de escribir yendo desde ahora, después del Concilio Vaticano II, hasta su comienzo, y que resulta sobrehumana –léase sobrenatural– en cuanto uno se planta en 1928, observa el panorama de España y del mundo y trata de hacer camino al andar, de acuerdo con lo que Dios indudablemente quería. A la gente del Opus Dei no le gusta hablar de milagros –suelen decir, como Mons. Escrivá de Balaguer, que les basta con los milagros del Evangelio para creer–, pero indudablemente es ya un prodigio ese formidable cambio de mentalidad, operado en los cristianos y en todos los hombres, que nos hace ver hoy prácticamente como normal lo que hace unos años apenas se podía imaginar.

La «causa segunda», que decía el «Séneca», fue un muchacho de Barbastro, nacido el 9 de enero de 1902 y escogido por Dios para sacar adelante el Opus Dei. Se llamaba Josemaría y, según él mismo ha dicho, con perspectiva de lustros, atribuye más del noventa por cien de su vocación a la vida cristiana de sus padres, don José Escrivá de Balaguer y Corzán y Doña Dolores Albas y Blanc. En Barbastro inició los estudios de enseñanza media, que terminaría en Logroño…

El fundador del Opus Dei y la educación

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Alfonso Aguiló. Director de Tajamar

San Josemaría Escrivá ha realizado valiosas aportaciones al mundo de la educación. Se refieren al espíritu que debe inspirar la educación, al modo de tratar a la persona y de entenderla.

La historia de Tajamar comenzó hace ahora cincuenta años. San Josemaría Escrivá quería que comenzara una labor apostólica de trascendencia social en algún barrio populoso de Madrid. Era algo con lo que había soñado desde sus primeros años de trabajo sacerdotal en los barrios más necesitados de esa ciudad. Enseguida la idea fue tomando cuerpo y el lugar elegido fue Vallecas, un barrio en el había por entonces unos 12.000 chicos sin escolarizar, y era evidente que aquello, además de reducir sus posibilidades profesionales futuras, les llevaba con facilidad a la delincuencia. Era necesario poner en marcha un centro de enseñanza y en 1958 nació Tajamar, la primera labor apostólica de enseñanza del Opus Dei en Madrid.

Desde entonces ha transcurrido ya medio siglo y Tajamar cuenta hoy con innumerables logros en su labor docente, en el deporte, en la lucha contra el fracaso escolar, en la formación para el empleo, en la relación entre empresa y escuela. Estos aniversarios invitan a hacer balance y a volver la mirada hacia la propia historia, a la deuda que tenemos con quienes han abierto el camino para poder ser lo que ahora somos. Y la primera deuda personal que tiene Tajamar, y la más importante, es con su principal impulsor, San Josemaría Escrivá. Y cabe ahora preguntarse cuál fue su aportación al estilo con que se trabaja en Tajamar.

Si alguien medianamente perspicaz visita con detenimiento Tajamar, o bien otros colegios semejantes a este, advierte enseguida los rasgos de un ambiente y una fisonomía característicos.

San Josemaría Escrivá ha realizado valiosas aportaciones al mundo de la educación. Y las ha hecho sin haberse propuesto escribir ningún tratado sobre el tema, sin crear una escuela pedagógica, sin marcar un estilo pedagógico propio del Opus Dei. No han sido aportaciones de orden técnico o metodológico, sino que se refieren al espíritu que debe inspirar la educación, al modo de tratar a la persona y de entenderla. De ahí que posean un valor permanente frente a los avances científicos o técnicos, y que se expresen en valores que no son propios de una época, ni de un lugar, y que por tanto también manifiestan una enorme diversidad según las personas y las instituciones educativas en las que se presenta.

Por eso, la influencia del espíritu del Opus Dei en una institución educativa es parecida a la influencia de ese mismo espíritu en una persona singular. Entre varias personas del Opus Dei habrá algunas cosas comunes, pero no puede decirse que haya un carácter, un estilo propio de las personas del Opus Dei, pues quien las conoce de cerca sabe que son bastante diferentes.

Si alguien medianamente perspicaz visita con detenimiento Tajamar, o bien otros colegios semejantes a este, advierte enseguida los rasgos de un ambiente y una fisonomía característicos, que son como un sello que se capta en muchos detalles que, uno a uno, quizá son poco perceptibles. Es un modo de entender la vida, una consideración atenta y fraterna de las personas, una escala de valores orientadora, una impronta eminentemente espiritual. Son valores y rasgos sencillos, ninguno de ellos poseído en exclusividad, pero que en conjunto apuntan hacia un espíritu que alienta todo lo que allí se hace.

Un centro de enseñanza animado por el espíritu del Opus Dei tendrá sus aciertos y sus errores, pero tiene dentro del alma una vocación de servicio a Dios y a los demás.

Y dentro de esos rasgos característicos, el que quizá define mejor la influencia del espíritu del Opus Dei es y ha de ser la búsqueda de la unidad de vida. Es una expresión acuñada por San Josemaría, y que se refiere, por decirlo de una manera sencilla, a la adecuación entre lo que se piensa, se dice, se hace, y lo que se debe ser y hacer. Hay que tener en cuenta que el espíritu que anima a cada uno, el ejemplo de la propia conducta personal, el esmero que se pone en su trabajo, todo eso influye enormemente en la educación. Educar no debe entenderse como una cuestión unilateral ni exclusiva, sino que es una tarea de todos los que de alguna manera participan de la vida del centro educativo, pues todos contribuyen a educar y todos resultan beneficiados. Y muchas veces, lo sabemos bien, las grandes lecciones que recibimos nosotros, tanto los padres como los profesores, solemos aprenderlas de los chicos: de los hijos y de los alumnos.

Un centro de enseñanza animado por el espíritu del Opus Dei tendrá sus aciertos y sus errores, porque siempre habrá una distancia entre lo que deberíamos ser y lo que realmente logramos llegar a ser, pero tiene dentro del alma una vocación de servicio a Dios y a los demás, que da a la vida un sentido de misión, una aspiración a la santidad en esa tarea diaria.

Las personas deben formarse en libertad, y eso no es nada sencillo, porque educar en libertad no es simplemente dar libertad, que eso lo hace cualquiera, sino enseñar en libertad a utilizar bien la libertad.

San Josemaría subrayó también diversos rasgos característicos que han de presidir cualquier labor educativa. Insistió en su aprecio por la sinceridad, la lealtad y la confianza. Puso el acento en la atención personalizada, en el trato de amistad con los alumnos y con los padres, y entre los profesores, de modo que hubiera una gran consideración hacia las personas y nadie pudiera sentirse sofocado en una masa. El amor al trabajo bien hecho, cuidando los detalles, fue otro aspecto central de su insistencia. Igual que el sentido de servicio y la preocupación social, cuestiones decisivas para que el espíritu cristiano cale verdaderamente en las personas.

El sentido positivo podría señalarse como otro elemento fundamental: es preciso poner “el signo más”, dar un sentido positivo a todo lo que hacemos, para así ver a la gente con buenos ojos, para valorar a cada uno como merece, para creer en ellos: todo eso tiene unos efectos sorprendentemente positivos en las personas.

El espíritu de libertad ha de ser también otro rasgo característico en una actividad educativa alentada por el espíritu del Opus Dei. Las personas deben formarse en libertad, y eso no es nada sencillo, porque educar en libertad no es simplemente dar libertad, que eso lo hace cualquiera, sino enseñar en libertad a utilizar bien la libertad. Y San Josemaría lo aplicaba también a la educación en la fe. Hablaba a los padres de rezar, de dar ejemplo a sus hijos, de transmitir con la propia vida una formación profunda, de educar en un clima de alegría y de libertad. Y añadía: “No les obligues a nada, pero que os vean rezar: es lo que yo he visto hacer a mis padres y se me ha quedado en el corazón. De modo que cuando tus hijos lleguen a mi edad, se acordarán con cariño de su madre y de su padre, que les obligaron sólo con el ejemplo, con la sonrisa, y dándoles la doctrina cuando era conveniente, sin darles la lata”.

Todo ha de proyectar una imagen y una concepción cristiana de la significación del hombre y de toda realidad: así se compone esa unidad de vida.

Hablaba también de que la identidad cristiana de un centro de enseñanza debía ser algo profundo, constitutivo. No es meter en la vida del colegio unos añadidos, unos suplementos de tipo espiritual o doctrinal, porque eso sería algo postizo. La unidad de vida exige que esa inspiración cristiana se manifieste en todo, y no solamente en las enseñanzas académicas, sino en todos los valores que inspiran la vida diaria del centro, en todas las personas que allí trabajan. Todo ha de proyectar una imagen y una concepción cristiana de la significación del hombre y de toda realidad: así se compone esa unidad de vida, sencilla y fuerte, que predicó incansablemente durante toda su vida.


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