Calle Atocha; Azulejo de la Inmaculada Concepción

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei.

Opus Dei -

Al llegar a la calle de Atocha se puede contemplar, desde la acera, un azulejo de la Inmaculada Concepción que está en el ático de la casa nº 109 de la calle de Atocha. Allí estaba la Congregación de San Felipe, que atendía a enfermos del cercano Hospital.

El Fundador tenía gran piedad por esta representación de Nuestra Señora, a la que invocaba habitualmente desde esta calle de Atocha desde 1931.

Está muy arraigada en Madrid la devoción a la Virgen, y en concreto a la Inmaculada Concepción. A mediados del siglo XVI, según Jerónimo de la Quintana, la ciudad contaba con setenta y tres templos, de los cuales treinta y cuatro estaban dedicados a la Virgen y nueve a la Purísima Concepción.

Hospital General

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Recorrido histórico de los lugares relacionados con la fundación del Opus Dei en Madrid

Opus Dei - Antiguo Hospital General

Antiguo Hospital General

El Centro de Arte Contemporáneo, en la Plaza de Santa Isabel, 52, en la actualidad es un museo que ocupa las salas del antiguo Hospital General. Exhibe una muestra relevante del arte contemporáneo.

El paseante puede contemplar en su interior la valiosa Colección Permanente y algunas exposiciones temporales. Un paseo por las salas de este Centro de Arte —de entrada gratuita si el paseante se dirige sólo al jardín o la librería— puede servir para evocar las largas crujías llenas de enfermos, a los que atendió el Fundador del Opus Dei desde el 21 de septiembre de 1931 hasta diciembre de 1934.

San Josemaría en el Hospital General

Evocaba el Fundador el fallecimiento de un gitano en este Hospital, al que atendió antes de morir:

“Este hombre se muere. Ya no hay nada que hacer…”

Fue hace años, en un hospital de Madrid.

Opus Dei -

Después de confesarse, cuando el sacerdote le daba a besar su crucifijo, aquel gitano decía a gritos, sin que lograsen hacerle callar:

- Con esta boca mía podrida no puedo besar al Señor!

-Pero, si le vas a dar un abrazo y un beso muy fuerte en seguida, en el Cielo!

…¿Has visto una manera más hermosamente tremenda de manifestar la contrición?

San Josemaría atendiendo a un gitano enfermo

Acompañaban al Fundador en esas visitas jóvenes profesionales, como Luis Gordon; estudiantes, como Manuel Doménech; y artistas, como el escultor Jenaro Lázaro.

Corredores del antiguo Hospital General,
donde acudía san Josemaría
y algunos de los primeros miembros del Opus Dei, como Luis Gordon

Con uno de los primeros hombres del Opus Dei, Luis Gordon

En este Hospital tuvo lugar el suceso que recordó varias veces san Josemaría en su catequesis: un joven empresario, Luis Gordon, al tener que dedicarse a una tarea molesta para atender a un enfermo —limpiar el vaso de noche—, oraba al Señor pidiéndole que no se expresara en su rostro la repugnancia interior que sentía al hacer aquello. Aludió a este suceso en un punto de Camino:

¿Verdad, Señor, que te daba consuelo grande aquella «sutileza» del hombrón-niño que, al sentir el desconcierto que produce obedecer en cosa molesta y de suyo repugnante, te decía bajito: ¡Jesús, que haga buena cara!?

Una imagen que resume aquellos años de su vida

Un día -recuerda Herrero Fontana- me propuso el Padre (San Josemaría):

Opus Dei -

-¿Por qué no me acompañas a visitar a algunos enfermos?

Acepté, y fuimos una mañana al Hospital General, que estaba en Atocha, junto a la Estación de Ferrocarril. Era un caserón enorme, con un gran patio central y techos muy altos. Un edificio frío, triste, desangelado. No podré olvidar nunca la impresión que me causó lo que vi allí dentro.

Era casi dantesco: las salas, inmensas, estaban abarrotadas de enfermos que, como no había camas suficientes, se hacinaban por todas partes: junto a las escaleras, en los pasillos, a lo largo de las crujías, sobre colchonetas, en jergones tirados por el suelo… con fiebres tifoideas, con neumonías, con tuberculosis, que era entonces una enfermedad incurable. En su mayoría eran pobres gentes que habían llegado a la capital, huyendo de la miseria del campo para hacer fortuna, y se encontraban con aquello…

En Madrid no había hospitales capaces para atender a tantos enfermos; y en los hospitales tampoco había personal suficiente para cuidar de ellos… Durante sus visitas, el Padre, además de confesarles, les prestaba pequeños servicios materiales.

Eran tareas que ahora suelen estar resueltas, pero de las que, en aquellos tiempos, en aquella situación de penuria y abandono, no se ocupaba nadie: les lavaba, les cortaba las uñas, les aseaba el cabello, les afeitaba, limpiaba los vasos de noche… No les podía llevar alimentos, porque estaba prohibido, pero siempre les dejaba una buena lectura.

Les pedía a esos hombres y mujeres enfermos, muchas veces desahuciados por los médicos, que ofrecieran sus dolores, su sufrimiento y su soledad por la labor que hacía con la gente joven

Como yo era muy joven todavía, el día que le acompañé me quedé algo atrás, observándole, mientras atendía a los enfermos. Guardo esa imagen grabada en el alma: el Padre, arrodillado junto a un enfermo tendido en un pobre jergón sobre el suelo, animándole, diciéndole palabras de esperanza y aliento…

Esa imagen no se me borra de la memoria: el Padre, junto a la cabecera de aquellos moribundos, consolándoles y hablándoles de Dios… Una imagen que refleja y resume lo que fueron aquellos años de su vida”.

Rezar a don Ernesto

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Guatemala, 1899 — 1991.

Pediatra y padre de cinco hijos, buscó tratar intensamente a Dios y servir a los demás, empeñándose por mejorar su salud física y espiritual. Impulsó diversas obras de asistenciales en su país.

Or

Oh Dios Padre, fuente de todo bien, que llenaste de gracias a tu hijo Ernesto, médico, para ser fiel servidor de la vida que en Ti comienza y sólo a Ti pertenece; haz que yo sepa también respetar y promover el don de la vida y cumplir con generosidad mis deberes de cada día, por Amor a Jesucristo y a mis hermanos los hombres. Dígnate glorificar a tu siervo Ernesto y concédeme por su intercesión, el favor que te pido… (pídase). Así sea.

Padrenuestro, Avemaría, Gloria.

De conformidad con los decretos del Papa Urbano VIII, declaramos que en nada se pretende prevenir el juicio de la Autoridad eclesiástica, y que esta oración no tiene finalidad alguna de culto público.

“Sin mi conversión, nada tendría sentido”

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“Escribo para contar dos favores que me concedió la Virgen de Torreciudad. Pero antes deseo contar mi conversión, porque sin ella nada tendría sentido. En 1997 era una chica de 15 años, sin bautizar…”. La Virgen ha prestado en Torreciudad favores de madre. Ofrecemos una selección extraída de www.torreciudad.org

Virgen y Cristo del retablo de Torreciudad.

Escribo para contar dos favores que me concedió la Virgen de Torreciudad. Pero antes deseo contar mi conversión, porque sin ella nada tendría sentido. En 1997 era una chica de 15 años, sin bautizar, y que pensaba que algo existía pero sin saber hasta que punto podía haber un Dios.

En el curso académico 97/98 vino a estudiar a mi instituto una chica del Opus Dei que congenió conmigo bastante. Me invitó a hacer voluntariado en el hospital infantil del Niño Jesús y en una de nuestras conversaciones salió que yo no estaba bautizada y que tampoco tenía fe.

Mi amiga me propuso asistir a clases de Catecismo para conocer la fe católica y accedí, aunque sólo fuera por cultura. Poco a poco, fui conociendo las verdades de fe, aprendí a rezar el rosario y la estampa de san Josemaría… Rezaba pidiéndole que Dios me diera la fe y me fui formando. Un día entré en el oratorio del club juvenil por el que asistía y mi amiga me explicó que Dios estaba en el sagrario. Lo primero que hizo fue enseñarme a hacer la genuflexión, entonces, me dijo que, además del gesto, había que acompañarla de algo más y me sugirió que podía decir: “Señor, creo firmemente que estás aquí”. Y así lo hice, creyendo firmemente que estaba en el Sagrario. Dios me dio la fe que le pedía porque empecé a creer aquello que le decía, a hacer oración.

El siguiente paso, era decirle a mi padre que quería bautizarme. Se lo dije y me contestó que no, que esperara a cumplir los 18 años. En febrero de 1999 cumplí 17 años y pedí a mi padre como regalo de cumpleaños mi bautismo, y me dejó decidir. El 3 de abril de ese año me bautizó mons. Antonio Mª Rouco Varela, recibí la Primera Comunión y me confirmé junto con otras nueve personas más en la Vigilia Pascual de la Catedral de la Almudena. Mi familia no asistió a la ceremonia pero estuve muy arropada por las chicas del club.

Antes de bautizarme empecé a trabajar en la administración de un centro de la Obra. Como se hace siempre en el Opus Dei me enseñaron a trabajar ofreciendo a Dios mi labor diaria… y poco a poco mi trabajo me fue gustando cada día más. Dios me fue mostrando mi vocación y le dije a mi amiga que deseaba ser del Opus Dei. En el día de hoy no me cambio por nadie, me apasiona mi trabajo y, por supuesto, mi vocación.

Aquí van los dos favores de la virgen de Torreciudad: El 1 de mayo de 1999, en Torreciudad, escribí por tercera vez al Prelado del Opus Dei para pedir la admisión en la Obra, y digo por tercera vez porque ya le había escrito antes de bautizarme, pidiéndole que me encomendara y, más tarde, para contarle mí bautizo. El otro favor es con motivo de los mareos que sufría en cualquier medio de transporte (metro, autobús urbano, tren, autocar, …); vomitaba y me ponía malísima incluso tomando Biodramina. Le pedí a la Virgen de Torreciudad que me dejara de pasar esto. Desde esa fecha hasta hoy no me he vuelto a marear, e incluso he montado en barco.

Ahora rezo por mi familia, para que encuentren la fe y entiendan un poco la Obra.

* * *

Enfermo y acompañado por la Virgen

A primeros de octubre de 1994 acudí al Santuario de Torreciudad en el día de las Familias y volví a mi ciudad de origen muy removido interiormente, empezando a gozar de una especial devoción hacia Ntra. Sra. de Torreciudad.

A los pocos meses del viaje, en concreto, en abril de 1995, me diagnostican un cáncer de próstata. Recibo la noticia con total tranquilidad y serenidad espiritual, dejando todo en manos del Señor para que Él disponga como mejor le parezca.

He de añadir que dos meses antes a un hermano mío, más joven, le diagnosticaron la misma dolencia sin ninguna esperanza de curación. Falleció al cabo de un año. El 22 de mayo de ese mismo año me operan en el Hospital del Ejército del Aire de Madrid -actualmente cerrado-, situado en la calle de Arturo Soria, por el equipo médico del Dr. Fernando Martín Laborada. Tras casi cuatro horas de quirófano la operación sale satisfactoriamente.

El tratamiento postoperatorio se desarrolla con normalidad hasta que, en la tarde del día 4 de junio, empiezo a sentir diversas molestias y dolores. A la vista de que no se cesan, a las 22 h. aviso al médico de guardia, suministrándome un calmante. Este, no me hace ningún efecto y, por el contrario, aumentan los dolores y molestias, hasta que a las tres de la madrugada no pudiendo soportarlos y dándome cuenta que algo estaba mal por ‘dentro’, decido llamar nuevamente al médico para que tome alguna medida. Al tratar de coger el timbre junto a la cama veo una estampa de Ntra. Sra. de Torreciudad que tenía en la mesilla desde el día que ingresé en el Hospital, y con todo fervor le pido ayuda. De forma inmediata comienzan a desaparecer los dolores y molestias, encontrándome perfectamente a los diez minutos.

A la mañana siguiente, en la exploración que me realizan los médicos encuentran todo normal. A pesar de que no hay ninguna prueba científica tengo total seguridad de que es una intervención de Ntra. Señora. Transcurridos y a los diez días fui dado de alto con algunas secuelas. Hace tres meses he pasado la última revisión y los médicos han considerado totalmente superada la enfermedad.

Wanda: una cardióloga en Sicilia

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Con frecuencia, el mensaje del Opus Dei se conoce a través de una amistad. Es el caso de Wanda Deste, médico cardiólogo que vive desde hace 20 años en Sicilia, quien cuenta cómo procura hacer santo su trabajo día a día.

15 de septiembre de 2007

Soy de Roma, pero desde hace 20 años vivo en Sicilia. Trabajo como Cardióloga en el Hospital de Catania.

Conocí el Opus Dei poco antes de comenzar la universidad, durante las vacaciones de verano. Fue en Castelfusano, una ciudad-balneario cercana a Roma. En aquella época estaba más o menos satisfecha de mi vida: tenía una bonita familia, amigos, buenas notas… y, sin embargo, notaba que me faltaba algo.

Algunas de mis amigas conocían el Opus Dei. Un día, por hablar de algo, le dije a una de ellas que me hablase de la Obra. En el Opus Dei –me resumió con sencillez- había aprendido tres cosas: a querer, a estudiar y a rezar.

Le pedí que me llevase a alguna reunión en un centro de la Obra, algo que hizo tres meses más tarde. El ambiente de la casa me atrajo enseguida: era agradable, sobrio y al mismo tiempo, acogedor. Se estaba muy bien allí.

Con el tiempo entendí que lo que me había atraído era la naturalidad con que aquellas chicas vivían su fe cristiana. Enseguida se me abrieron nuevos horizontes en la vida. Descubrí que Dios me quería y que yo podía responderle en mis actividades de cada día. Mi estudio, mi tiempo libre, mi trabajo, mi futuro, en fin, mi vida, eran un camino para llegar al Cielo.

Pronto vi con claridad dos decisiones que han marcado mi vida: solicité formar parte del Opus Dei como numeraria e inicié mis estudios de Medicina. Quería hacer de mi profesión un servicio. Sentía que había firmado un cheque en blanco, ¡pero no me importaba arriesgar!

Desde entonces, mi vida ha sido muy intensa. Como es normal, no han faltado los momentos duros, oscuros, pero también la fe se ha hecho más fuerte. Recuerdo, por ejemplo, cuánto me costó aceptar la muerte prematura de mi padre, a quien estaba muy unida. Él me enseñó a ser responsable y autónoma para tomar las propias decisiones.

Otro momento difícil fueron los comienzos en la carrera de Medicina. Mi primer examen de Física fue un desastre. El segundo, de Química, me parecía insuperable. “¡Dios mío!, me decía, quizá me he equivocado de profesión”. Recuerdo que aquello me angustió mucho. Conté mi problema a una amiga del Opus Dei, con más experiencia que yo, y ella me serenó y me ayudó a estudiar

¿Y qué ha ocurrido después? Pues encaucé muy bien mis estudios de Medicina, y me especialicé en Cardiología. Desde entonces, procuro ayudar a estudiantes que –como yo entonces- necesitan orientación y sostén en los primeros años de Universidad.

Desde hace 15 años atiendo la unidad de Cardiología a donde llegan los enfermos de corazón de Sicilia Oriental. En concreto me he especializado en la ecocardiografía. En muchas ocasiones, me encuentro asistiendo a un enfermo que se debate entre la vida y la muerte. En esos momentos límites, las enseñanzas de san Josemaría me ayudan a no dejarme llevar por la rutina, a no acostumbrarme al sufrimiento.

Otras veces, cuando estoy de guardia, de noche, paso por las habitaciones de los enfermos; veo sus rostros: algunos duermen, otros no lo logran a causa del dolor, o del miedo o de la soledad. Entonces, procuro pararme y hablar don ellos, darles ánimos y esperanza. Cuando por fin logro tranquilizarles, también mi cansancio parece desaparecer.

Todos los días, cuando entro a trabajar, tomo el ascensor para subir a mi despacho. En ese momento, tengo la costumbre de rezar, dirigiéndome a san Josemaría, para que ilumine mi trabajo y me ayude a ser útil a los demás. Especialmente, le pido que me ayude a ser de ayuda a mis compañeros de trabajo. Con todos, especialmente con los más veteranos, tengo una relación de confianza y estima. ¡Hemos pasado tantos momentos duros juntos! Desde las situaciones de estrés vividas cuando está en juego la vida de un hombre, hasta las mil y una batallas en defensa de la vida, que algunos intentan interrumpir incluso antes del nacimiento.

Pero son los médicos jóvenes quienes realmente dan energías nuevas a mi hospital. Muchas trabajan conmigo para aprender a hacer ecocardiografías. Pero yo procuro no sólo enseñarles eso. Intento también darles, en la medida de mis posibilidades, buen ejemplo.

Y, junto con un colega, hemos organizado unos cursos de formación sobre diversos aspectos como la ética clínica, la dimensión espiritual del enfermo, el sentido del sufrimiento, la justa competitividad, el equilibrio entre trabajo y familia, etcétera. Cada vez participan más doctores jóvenes y ya hemos llegado a la tercera edición. Cuando me los cruzo por los pasillos y veo que están poniendo en práctica lo que yo a mi vez aprendí -¡hacer grande la vida ordinaria sirviendo a los demás!-, doy gracias a Dios.

¡Eh, toro!

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Diego Ogáyar es médico y Delegado en Granada de la Asociación Andaluza de Fibrosis Quística (FQ). Su hijo Diego, de 20 años, padece esa enfermedad

Diego Ogáyar (hijo)

Mi hijo Diego

Desde que supimos que mi hijo Diego, el menor de mis cuatro hijos, padecía fibrosis quística (FQ) le hemos prestado un cuidado muy especial, dándole todo el cariño y la alegría de la que somos capaces. Esta enfermedad, que es muy dura, se podría resumir así: “Tú respiras sin pensar, y yo… ya no pienso más que en respirar”.

Hasta hace poco los enfermos de FQ tenían una esperanza de vida de cinco años. Ahora pueden llegar a superar los cuarenta, y algunos han creado su familia. Mi hijo Diego es arquitecto técnico y tiene novia.

“Estos enfermos nos ayudan a humanizarnos, especialmente en una sociedad utilitarista y hedonista como la nuestra”

Estamos luchando para que nuestra sociedad dé una respuesta a esta enfermedad mucho más justa y acorde con la dignidad humana: porque hay ciertos sectores de la administración sanitaria y determinados médicos y científicos, que han focalizado su trabajo en las técnicas de diagnóstico genético. Parece que a algunos, más que intentar curar a los que la padecen, lo único que les preocupa es destruir los embriones que puedan desarrollarla…

He manifestado mi desacuerdo, junto con otras muchas personas, hacia una ley que favorece esta tendencia. “Tengo un hijo con Fibrosis Quística –le exponía hace poco, en una carta, a uno de los máximos responsables de nuestro país- y quiero decirle que no tenemos autoridad para decidir quién de nosotros es más digno de nacer. Una persona afectada por la FQ o el Síndrome de Down no es menos digna de nacer que una persona sana: ¡todos gozamos del mismo derecho para llegar a este mundo!

Además, estos enfermos nos ayudan a humanizarnos, especialmente en una sociedad utilitarista y hedonista como la nuestra, que parece que sólo sabe valorar la apariencia exterior y la belleza simétrica.

Diego Ogáyar (padre)

Los padres de estas criaturas le darán razones sobradas sobre esto. Los afectados de FQ de mi Asociación son personas inteligentes, trabajadoras, buenas estudiantes, obligadamente disciplinadas, que dan a sus familias un fuerte sentido de unidad y solidaridad. Con la nueva ley se le quitará a la sociedad el regalo que suponen estos niños”.

Mi vida (por Diego Ogáyar, hijo)

Bueno, pues les cuento. La verdad es que yo soy, gracias a Dios, una persona bastante afortunada, sobre todo por la familia que tengo: por mi padre, por mi madre y por todos mis hermanos, que me han cuidado siempre con tanto cariño y que sobre todo… ¡me han soportado tanto!

Toda mi familia, especialmente mi madre, me ha inculcado una mentalidad de lucha, de no rendirme ante las dificultades y ante los problemas que hay en esta vida, que son bastantes. Me han ido enseñando a no ver la enfermedad y el sufrimiento como una carga sino, al revés, con un regalo de Dios que te hace ver la vida de otro modo y te lleva a valorarla más.

Yo he pasado por muchas enfermedades desde chico. Nací con una parte del intestino separada: algo gravísimo. Gracias a Dios, un médico amigo de mi padre se arriesgó a operarme cuando nadie quería hacerlo, y se hizo cargo de mí… Fue un valiente, y yo rezo todos los días por ese hombre, porque logró salvarme la vida con el trabajo que hizo.

Y desde entonces me han ido pasando muchas cosas que me confirman que si el Señor me tiene aquí, y si me tiene así, será por algo y para algo…

Le doy gracias a mis padres por no haberme ocultado la gravedad de lo mío. Desde chico me han ido diciendo siempre, con prudencia, pero con claridad, todo lo que me iba pasando. Eso te hace independiente y te lleva a madurar.

Me han ayudado, entre otras muchas cosas, a no tener mentalidad de enfermo y a confiar siempre en Dios. Porque una persona con mi enfermedad sólo le encuentra sentido a la vida si cree; si no, esto es un sinsentido.

Tener confianza en Dios me ha llevado a estudiar y a hacer una carrera como todo el mundo -¡y a ser novillero, que no es algo que haga todo el mundo!-; a tener una novia; a pretender formar una familia; a vivir, en resumen, como cualquiera de mi edad… Porque quejarse y lamentarse no sirve para nada.

Yo pienso que estos sufrimientos que llevamos por Él son como una llaga menos que Cristo tiene en su cuerpo. Y eso, vivido por amor, tiene un valor muy grande, un valor infinito…

Hemos creado una asociación para ayudar a los enfermos con Fibrosis Quística. Me gustaría decirles que luchen, que se enfrenten a la realidad con esperanza. Y a sus familias… a sus familias me gustaría decirles que la mentira siempre causa problemas. Lo mejor es ir siempre con la verdad por delante. La verdad nos hace libres. Huir de la realidad no lleva a ningún sitio.

Es curioso. Yo no concibo mi vida sin mi enfermedad; es como un regalo,mi regalo, un regalo muy especial que me ha hecho Dios. ¿Qué sería yo sin ella? Me ha ayudado a ser valiente, y a ponerme ante un animal bravo, como es el toro, capaz de quitarte la vida…

Eso lo sabemos todos los novilleros, pero en mi caso yo sé que llevo dentro además otro animal bravo -mi enfermedad- que me puede empitonar en cualquier momento…

El toreo me ha ayudado mucho, especialmente en esos momentos de la juventud y la adolescencia en los que parece que no le encuentras sentido a nada… Me ha servido, humanamente, para no hacer tonterías; y me ha venido muy bien para mi enfermedad, porque me lleva a hacer deporte, a torear mucho de salón y, siempre que puedo, a torear al campo, que es donde verdaderamente disfruto.

Yo soy arquitecto técnico y la arquitectura me encanta, pero… lo he dicho muchas veces: para mí, el toreo es el arte máximo; el arte culmen de las artes.

A mi madre, la verdad, esto del toreo no le gusta mucho… “¡Te he estado cuidando durante 21 años –me dice- para que ahora te pongas delante de un toro y te lleve por delante!” Pero yo le digo, medio en broma, medio en serio: “mira mamá: yo prefiero morirme delante de un toro que tumbao en una cama”.

Además, confío en que no me pase… el Señor proveerá. Mi nombre artístico es Diego Luque, que es el apellido de mi madre. Ahora mismo estoy montando un Festival para ayudar a los enfermos de Fibrosis Quística. Me gustaría que ver torear a una persona que está en sus mismas circunstancias les ayude a cambiar de mentalidad, a enfrentarse a la enfermedad con espíritu positivo y con afanes de superación personal. Hay que lograrlo. Ojalá que el Festival salga adelante; y si encima hago una buena faena, ¡qué alegría!

“Hay que echarse al ruedo confiando en Él, y torear con valentía, con arrojo, sin lamentarte por el toro que te ha tocado”

Hay que tener esperanza. Yo podría empezar y no acabar contando la mina de cosas que me han pasado… una vez me caí por el tendido de una Plaza de Toros rodando, en plan Spiderman, y gracias a Dios, no me pasó nada. La gente, al verme sano y salvo, se quedó flipada.

Conozco la Obra desde hace muchos años, gracias a mis padres y a los profesores del colegio donde estudié, y soy del Opus Dei desde hace relativamente poco: hace dos años y medio. He descubierto que es verdaderamente una familia y un hombro en el que puedo apoyarme en todo momento. Me ayudan a profundizar cristianamente en el sentido de mi enfermedad. Por que hay veces que te dan bajones y no le encuentras sentido a esto… En la Obra encuentro siempre fuerzas para tirar hacia arriba y empezar de nuevo.

A cada uno le toca en esta vida un toro distinto; a unos les cae en suerte –aunque no es cuestión de suerte, es la voluntad de Dios- un manso; a otros, uno menos manso; y a otros, un berrendo terrible… pero si estás unido a Cristo no pasas miedo. Hay que echarse al ruedo confiando en Él, y torear con valentía, con arrojo, sin lamentarte por el toro que te ha tocado. Hay que subir a los medios, ponerse firme y gritar con fuerza, lanzando la muleta al aire: ¡Eh, toro!

Entonces descubres que, si le dejas, es Él quien hace verdaderamente la faena.

Me encontré con la verdad

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Mª Dolores, madrileña, madre de familia con 4 hijos, administrativa y miembro activo de la Asociación de Belenistas de Madrid, nos cuenta cómo se acercó a la fe

Por circunstancias familiares, a los tres años de edad, mis padres marcharon a Venezuela en busca de nuevas oportunidades laborales, dejándome a mí bajo la custodia de mis abuelos paternos, en este Madrid que tanto amo. A partir de esos momentos, mi vida se encauzó por una vía difícil no exenta de dolores y angustias.

A pesar de ser muy querida por mis abuelos, las carencias personales por la ausencia de mis padres fueron marcándome un carácter de fortaleza dentro de una lucha impuesta por la propia vida.

Mis padres habían llevado consigo al que entonces era mi único hermano menor… Pasados unos 6 años, mi madre vino a Madrid para que naciera el segundo de mis hermanos. El bebé nació con un problema muy difícil y tuvo que ser intervenido quirúrgicamente 9 veces en 6 meses. Pasado éste tiempo, un día, al levantarme a media noche, le encontré fallecido en tremendas circunstancias. Fue una experiencia dolorosísima.

La vida me parecía demasiado dura y no entendía muy bien dónde podría estar Dios. A los pocos meses mi madre volvió a reunirse con mi padre en Venezuela, ya que había sufrido un accidente automovilístico grave. Mi hermano quedó en casa de unos tíos y mi nuevo destino fue Francia. Viví varios años en casa de unos familiares a los que no conocía demasiado. Me volqué más en los estudios, pero seguía buscando a ese Dios. De alguna manera, comencé a sentir sensación de deuda durante los duros años que permanecí en aquel país, en soledad interior, sobre todo cuando me ingresaron para un tratamiento de choque en un hospital durante varios días por haber contraído la tuberculosis, hasta que en la revisión anual del colegio verificaron que los resultados por los que me habían diagnosticado la enfermedad correspondían a otra alumna.

Pasado el tiempo, conseguí una beca de concurso para estudiar una carrera en la Universidad de la Sorbona. Pero una vez más, las contrariedades tomaban cuerpo, y ante las dificultades para cambiar mi nacionalidad, tuve que rechazar la beca.

Mis padres fueron a recogerme a Francia y, la familia nos reunimos nuevamente en Madrid. Yo Trabajaba siete días a la semana, entregaba en casa mi sueldo íntegro y me quedaba con los extras para pagarme un sinfín de cursillos y seguir creciendo profesionalmente por mi cuenta, ya que mi familia, aún aconsejada por el abuelo, no consideraba necesarios mis estudios, puesto que “una mujer debía aspirar solamente al matrimonio”.

Llegué a una empresa de fabricación de joyería ubicada en el mismo edificio que Talleres de Arte Granda. Ese fue mi primer y escaso contacto con personas del Opus Dei. Por motivos personales, pasado algún tiempo, decidí cambiar de empresa.

Nuevamente el dolor se hacía presente el mismo día de mi boda. Dios permitió que, al mismo tiempo, por extrañas circunstancias, mi único hermano vivo yaciera en estado de coma…Yo me preguntaba qué sentido tan importante tendría el dolor en mi vida.

Embarazada de mi segundo hijo —cuando el primero tenía 10 meses—, y por error médico, me provocaron indebidamente un parto que pudo terminar con nuestras vidas. Ante la gravedad de la situación, decidí aparcar mi vida profesional. Fueron 5 años de renuncias y entregas, pero nuevamente el Señor se hacía notar.

Pasado algún tiempo decidimos buscar un colegio para nuestros hijos que aportara mayores y mejores conocimientos morales y religiosos. Tras negarnos la plaza en uno, buscamos alternativas, pidiendo consejo en una parroquia, de la que el párroco resultó ser a la vez capellán del colegio que buscábamos. Poco tiempo después, también se incorporaba al colegio nuestro tercer hijo, y tras haber dado excusas en no pocas ocasiones a algunas madres que me invitaban a participar en las actividades del colegio, decidí asistir a un retiro mensual.

No recuerdo bien los temas, pero sí al sacerdote que dirigía las meditaciones, y recuerdo también que en ese contexto, sin nada extraordinario, me encontré con la verdad. Me estaba llenando de algo desconocido y maravilloso. Decidí ponerme en la fila para confesarme. Yo no tenía ninguna práctica religiosa desde mi Comunión, así es que le dije al sacerdote: “mire, hace tanto tiempo que no me confieso que no sé cómo empezar”.

Tres meses más tarde, asistí a un curso de retiro, pero de alguna manera sentía que estaba fuera de lugar, ya que mis conocimientos ascéticos eran nulos. En el tiempo libre de reflexión, salí al campo fuera de la casa preguntándome si realmente debía seguir o interrumpir aquel curso. Fue entonces cuando el corazón me dio un vuelco, y en la mente sentí una idea que abarcaba todo el pensamiento: “Estás aquí porque Yo te he traído”. Dios me pedía una entrega completa para Él en el Opus Dei… Simplemente, no pude negarme, no quise negarme.

Siendo ya Supernumeraria y, pasados varios años, el nuevo capellán del colegio nos pidió a dos personas que restaurásemos un poco la capilla. De aquella nueva experiencia surgió la idea de incorporarme al mundo del belén (no en vano, mi cuarto hijo -una preciosa niña-, se llama Belén).

Puesto que, desde mi niñez he tenido la sensación de deuda con Dios, y posteriormente con la Obra, siento que voy completando mi puzzle personal aceptando la voluntad de Dios, pero sintiéndome siempre acompañada por Jesucristo. Por ello, al finalizar algún montaje de belén (en la Presidencia de Gobierno, la Comunidad de Madrid, el Museo de la Ciudad y tantos otros), encomiendo a todas las personas que puedan acercarse para adorar al Niño Dios. Recorro con ellos el espacio y tiempo vital mientras me encomiendo a Santa María y al Santo Patriarca José. Y recuerdo aquellas palabras de San Josemaría en la Universidad de Navarra: “Hijos míos, allí dónde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo e Dios y a todos los hombres”.

En función de los demás

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Loli es médico pediatra y trabaja en un hospital llevando la Neumología Infantil del Servicio de Pediatría.

Cómo conocí el Opus Dei

Ser la mayor de 12 hermanos, seis chicas y seis chicos, me ayudó a hacer el papel de segunda madre con mis hermanos pequeños, creo que ellos son los culpables de mi vocación de pediatra. Mis padres son del Opus Dei y nos ofrecieron a mis hermanas y a mí la posibilidad de ir al club Roca, asociación juvenil de actividades de tiempo libre, promovido por padres de familia y que tiene encomendada su formación espiritual al Opus Dei. En el club lo pasábamos muy bien y como éramos muchas hermanas nos hicimos muy populares y nos sentíamos muy queridas.

Fui descubriendo el mensaje del Opus Dei y me pareció fascinante que fuera posible buscar ser santo de una manera tan asequible y atractiva y fui contrastando que eso era lo que había estado viendo hacer en casa a mis padres.

También veía a las monitoras que eran de la Obra, estudiantes y profesionales de distintos campos que hacían compatible su actividad profesional con las actividades del club, empeñadas en que lo pasáramos muy bien y en que fuéramos aprendiendo a querer a Dios, a visitarle, a hablar con Él de las cosas que se hablan a esas edades, a estudiar en serio y ofrecérselo a Dios. Decidí que yo quería ser como ellas y colaborar en que a muchas personas les pudiera llegar ese mensaje, empecé a conocer más a fondo el Opus Dei y pedí la admisión como agregada.

Vocación profesional

Cuando empecé la carrera de medicina ya era de la Obra y tuve claro desde el principio que quería una especialidad de mucho contacto con los pacientes, me ilusionaba poder llegar a muchas personas y llevarles el calor de Cristo a través de ese trabajo profesional. Esta era una de las cosas que mejor se me grabaron del espíritu del Opus Dei: que estamos en función de los demás y mi trabajo para eso iba a ser único.

“Era una de las cosas que mejor se me grabaron del espíritu del Opus Dei: que estamos en función de los demás”

Me decidí por la pediatría e hice la especialidad. Al terminar estuve trabajando en todo lo que iba saliendo: guardias en urgencias pediátricas, en atención primaria con sus visitas domiciliarias a los pacientes, en el servicio médico de una escuela infantil,…; lo que me fue dando una visión muy amplia de la atención al niño enfermo. De los pacientes que atendí los que más me impactaron fueron los que llegaban a Urgencias con una crisis de asma, la angustia que suponía para los niños y sus padres un episodio de dificultad respiratoria, y me di cuenta de lo importante que era una buena prevención y un tratamiento precoz.

Quise profundizar en mi formación en este aspecto y surgió la oportunidad de hacer un Master en el Hospital Doce de Octubre de Madrid sobre Neumología y Alergia infantil. Este nuevo contacto con el ambiente universitario, con médicos con auténtica vocación docente, supuso para mi un crecimiento como médico y como persona que nunca agradeceré lo suficiente. Allí hice mi Tesis doctoral sobre “Función pulmonar en el lactante con bronquiolitis”  e hice muy buenos amigos a los me encanta seguir encontrando en reuniones y congresos.

Al acabar, me ofrecieron la oportunidad de poner en marcha la Neumología Infantil en el hospital donde estoy ahora,  en el que atiendo niños en el área de consultas, urgencias y hospitalización.

El día a día en el trabajo

A veces la consulta de un hospital es estresante y antes de empezar a ver a un niño para estar en la realidad y no dejarme comer por las prisas pienso en cómo le quiere Dios, esto me ayuda a tratarle con delicadeza, le doy algo para jugar o le hablo de los personajes de las películas que ha podido ver. La mayoría de los niños que vienen a la consulta son asmáticos y para un niño que debe tomar todos los días una medicación, ese momento puede y debe resultar también agradable, por eso propongo a los padres que después del medicamento, les dediquen algo de tiempo, les hagan caricias, les den un masaje o les cuenten un cuento, les digo en broma que voy a anotarlo como prescripción en la receta.

En pediatría nuestro interlocutor directo no es el paciente sino sus padres, que siempre sufren más que los propios niños, por eso cuando tengo algún paciente hospitalizado, después de atenderle pregunto a la madre que como está y procuro hacerme cargo de lo que le preocupa y tranquilizarla. Muchísimas veces se pasa a un terreno más personal y tengo el privilegio, yo así lo veo, de decir unas palabras optimistas aunque realistas, evitar la mentira piadosa para decir una verdad de forma amorosa y con los padres que me pueden entender les hablo de Dios, que aunque permite el dolor de su niño les quiere de una manera muy especial, como a su propio Hijo.

Se va cambiando con el contacto del dolor

En todos esos años han pasado por el hospital muchos niños a los que hemos visto crecer, hemos procurado controlar su enfermedad y poco a poco este contacto con el dolor de los niños enfermos me ha hecho ver que una parte importante de la medicina es cuidar y acompañar. Que se es buen médico tanto con el buen hacer técnico como con la cercanía que acompaña y alivia, tanto el dolor físico como el miedo que produce sentirse enfermo, quizá con una enfermedad incurable. Además hay una gran diferencia entre afrontar el dolor y la muerte con una visión trascendente de la vida: pensando que hay otra después, es como un plus maravilloso que no menosprecia lo humano sino que lo refuerza.

Algunas anécdotas del hospital

Un día me dijeron que los padres de un niño ingresado querían hablar conmigo porque querían bautizar al niño de pocas semanas, estaban preocupados por si se complicaba la enfermedad, así es que avisé al capellán y buscamos padrinos: pedí a Julián, de mantenimiento del hospital, que fuera el padrino, accedió encantado y como madrina una amiga de la familia que se mareó muchísimo y tuve que sustituirla a la cabecera de la cuna del bebé. La ceremonia resultó muy sencilla y preciosa, a las pocas horas la situación clínica empeoró y se traslado al niño a la UVI, después de unos días de susto el niño se recuperó.

En otra de las guardias, la madre de un niño con parálisis cerebral y problemas respiratorios que yo llevaba en la consulta desde hacía tiempo y que estaba hospitalizado, me dio una carta para que leyera más tarde, en la que me decía que yo formaba parte de la dura pero bella historia de su hijo y de su familia y me daba las gracias por colaborar con Aquel que cuidaba su alma.

“De cada familia aprendo muchísimas cosas e impresiona cómo son de agradecidos por todas y cada una de las pequeñas cosas que se hace por ellos”

Una de las tareas más delicadas, en las que siento claramente la ayuda de Dios, es informar a los padres de una enfermedad de mal pronóstico y después atender al niño en las recaídas. Las hospitalizaciones son momentos de mimar a esa familia y a ese niño, muchos padres ven a ese hijo como un tesoro, parece increíble oír eso y no llego a acostumbrarme, a veces lloramos juntos y creo que ellos tampoco se acostumbran a ver llorar a un médico. De cada familia aprendo muchísimas cosas e impresiona cómo son de agradecidos por todas y cada una de las pequeñas cosas que se hace por ellos. De estos niños siempre me despido con un beso en la frente, nunca sé si será el último.

Con mis colegas

La mayoría de mis colegas saben que soy del Opus Dei y en una de las guardias un pediatra que es musulmán, me dijo que la madre de un niño que había atendido por la noche le había dado una estampa de San Josemaría Escrivá. Ese doctor le había preguntado a la madre que a qué santo se había encomendado para que el niño hubiera evolucionado tan bien y ella le entregó la estampa que mi compañero puso en el tablón de médicos para que todo el mundo pudiera verla. En el centenario del nacimiento de San Josemaría quise dar a conocer más su figura y les di a varias compañeras unas Hojas Informativas, al rato vino otra pidiéndome una estampa porque tenía que vender su piso y quería encomendarse a su intercesión. Otra vez le dejé el libro “Camino” a una compañera y a los pocos días me dijo que le había gustado muchísimo el capítulo de estudio, sobre todo las palabras: “…servir a Dios con nuestra inteligencia”, al poco tiempo hizo un curso de retiro y me dijo que rezara por ella porque había sido como si un “tsunami” pasara por su alma y que tenía muchas cosas que colocar y le iba a costar, siguió muy tocada y poco tiempo después se planteó su vocación a la Obra y pidió la admisión, ahora está muy feliz ayudando a mucha gente sobre todo a su marido y sus dos hijos.

Los congresos son también momentos estupendos para reencontrarme con antiguas colegas con las que he trabajado. Una de ellas en el último congreso me dijo que le estaba removiendo muchísimo la figura deBenedicto XVI, su nivel intelectual, y que estaba dando pasos para volver a la práctica religiosa, al ver mi cara de emoción me dijo… ¡pero voy despacito!

En ocasiones el organizarme para poder ir a Misa fuera de mi cuidad cuando asisto a estas reuniones supone algo más de esfuerzo y cuando hacemos los planes para el día siguiente las amigas con las que voy me preguntan:

- ¿Te va bien para tu Misa?

En uno de los últimos congresos de Neumología Infantil una doctora amiga mía de otro hospital me dijo:

- Te va a gustar mucho mi ponencia, …

- ¿Sí, por qué?  Le contesté

- Espera y verás

El tema de su charla era la ventilación no invasiva y al comentar la primera diapositiva dijo:

- Esta es la referencia más antigua que he encontrado en la literatura del uso de la ventilación no invasiva,

En la diapositiva mostraba la imagen del techo de la Capilla Sixtina con Dios soplando hacia Adán, y el siguiente texto: “Y Dios le sopló en la nariz y le infundió aliento de vida”… al acabar muchos de los asistentes le fueron a felicitar. Ella es una buena cristiana y ve la necesidad de impregnar la ciencia médica del sabor clásico pero siempre nuevo y original de las palabras dichas por Dios a los hombres.

“Entendí la Obra como una gran catequesis”

Numeraria Auxiliar  Tagged , , , No Comments »

Elena Rodríguez Vargas es una vallisoletana de 38 años, la mayor de cinco hermanos. Conoció el Opus Dei con 19, a través de Alcazarén, un centro educativo del Opus Dei en Valladolid


¿Cuándo conociste la Obra?

Tenía 19 años, aunque unos años antes ya había oído hablar de ella. Mi mejor amiga y mis primas empezaron a estudiar en Alcazarén. Al ver que ellas asistían después de las clases a medios de formación cristiana, pregunté si no podría ir yo también. Me dijeron que eso era una cosa seria, y me lo tomé con responsabilidad. Por entonces lo que ya estudiaba me permitía trabajar al mismo tiempo y empecé a hacerlo en la administración de un Centro. Esos años de trabajo me ayudaron en primer lugar a poner orden en  mi vida y después a conocer mucho mejor la Obra.

¿Por qué te hiciste del Opus Dei?
Primero porque Dios lo quería, es una vocación, y lo entendí en su momento. Los acontecimientos se van entrelazando y empiezas a comprender tu vida de una forma distinta: todo encaja. San Josemaríadecía que si contásemos el proceso íntimo de nuestra vocación todo el mundo juzgaría que es cosa del Cielo; yo también lo creo. A mí me costó. La pelea interior se intensificó las navidades del 93, y desde el mismo 23 de marzo, día en que don Álvaro del Portillo -el primer sucesor de San Josemaría- fallecía, hasta el 25 de junio, día en que hubiera celebrado en la tierra sus bodas de oro sacerdotales, mantuve una verdadera lucha. Al final me decidí a responder que sí a la voluntad de Dios y puedo decir que debo mi vocación a don Álvaro.

Tu comprensión de la llamada es clara, pero ¿por qué sabes que Dios lo quiere?
Porque conozco mis condiciones. Por ejemplo, es lógico que si soy coja de nacimiento, nadie me pida que compita en los juegos olímpicos corriendo los 100 metros lisos. Lo que se ve tan claro en lo físico, también se ve por dentro. Desde que tenía 16 años iba a Lourdes, como voluntaria, acompañando a enfermos; he ayudado en las piscinas; en los comedores… Ves muchas cosas; pero lo que verdaderamente me arañaba el alma no era la falta de salud, sino la falta de formación sobre la fe católica que encontraba en gente muy buena. Personalmente no siempre hacía las cosas bien, pero cuando fallaba, sabía que lo había hecho mal. En cambio, me encontré con muchas personas que no conocían siquiera que ofendían a Dios. Cuando conocí el Opus Dei, pronto entendí la Obra como “una gran catequesis” (expresión que le gustaba decir a San Josemaría) y esto calmaba mi inquietud.

Una entrega total es exigente hoy en día, ¿ha sido difícil para ti renunciar a un amor en la tierra y formar una familia?
Una vez que Dios me hizo ver que me quería en el Opus Dei, me hizo comprender que necesitaba un amor exclusivo. Esto no quiere decir que me considere autosuficiente; necesito de los demás como cualquiera; para otras personas, el matrimonio es considerado un escalón para el Cielo; en mi caso, el celibato es la rampa por donde yo lo alcanzo. En los dos casos cuesta subir, porque ganar el Cielo requiere esfuerzo.

¿Cómo descubriste que Dios te quería como Numeraria Auxiliar?
La verdad es que no me veo en otro sitio dentro del Opus Dei. El trabajo de la administración saca lo mejor de mí, y no me refiero simplemente a la habilidad manual, aunque ciertamente es una satisfacción poder hacer mejor las cosas cada día, sino a la oportunidad que ese trabajo me brinda para servir a los demás. El servicio es el núcleo de cualquier trabajo.

¿Cómo saca lo mejor de ti misma?
Porque es una escuela de virtudes, un entrenamiento sin el que no hubiera alcanzado humanamente buena parte de lo que ahora soy. Por otro lado, lo que es más importante en la administración, se trata de un servicio directísimo a Dios. En primer lugar, por cuidar los oratorios de los centros del Opus Dei y, en segundo, porque cuidas de personas del Opus Dei. Lo realmente maravilloso de mi labor no es otra cosa que hacer familia, hacer hogar. Los que pertenecemos a la Obra tenemos la conciencia de ser familia porque lo vivimos a diario y lo comprobamos.

¿Podrías poner algún ejemplo?
Pues sí, lo palpo en lo que yo llamo “los milagros de la administración” que son esas coincidencias que hacen que seas oportuna, que des a una persona lo que realmente necesitaba en ese momento. Suceden cosas graciosas, como que venga un invitado y, sin saberlo, prepares su plato favorito; que en un cumpleaños la decoración traiga a la memoria recuerdos de infancia, etc.

¿Y ese servicio es mutuo?

“El trabajo saca lo mejor de mí, la oportunidad para servir a los demás”

Por supuesto. Cada uno en su casa aporta todo lo que puede para dar el menor trabajo posible. En los 15 años que llevo trabajando he visto como cuando llego a limpiar encuentro habitaciones recogidísimas, baños ordenados… En fin, como en cualquier familia, porque donde hay cariño todos tienen cuidado de los demás y lo demuestran a la primera oportunidad.

Para ir terminando, ¿solo te dedicas al trabajo de la administración o lo concilias con otras actividades?
El tiempo que no dedico a la administración lo invierto en la formación de gente joven. Trabajo en un proyecto educativo enfocado a preparar humana y espiritualmente a las personas que frecuentan el centro donde vivo para que el día de mañana sean buenas hijas de Dios, buenas profesionales, ciudadanas y madres de familia, si es el caso. Por descontado mi especialidad es todo lo que favorece el hacer familia. Tengo comprobado que si alguien aprende a convertir su casa en un hogar se gana a toda la familia.


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