“El Opus Dei me descubrió que mi trabajo es mi enfermedad”

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Es la primera vez que el periodista entrevista a una persona tumbada sobre la cama. Pero conviene que el entrevistado se encuentre cómodo. Joaquín Romero, barcelonés y arquitecto técnico de 35 años, padece esclerosis múltiple irreversible. Entrevista publicada en el “Diari de Tarragona”.

Joaquín Romero padece esclerosis múltiple, una enfermedad incurable, progresiva y degenerativa. Necesita a veces abandonar la silla de ruedas en la que permanece todo el día y cambiar un poco de posición. El entrevistado, divertido, comenta con una alegría que nunca le abandona: “Me parece estar ante un psiquiatra”. Y el periodista le sigue el juego con una primera pregunta clásica: ¿Quién es Joaquín Romero?

¿Quién es Joaquín Romero?
Yo mismo me lo pregunto a veces. Me digo: “Dios mío, ¿quién es esa persona que ahora va en la silla de ruedas? Yo estudiaba, jugaba al fútbol, hacía una vida normal. Y éste de la silla parece otra persona. Entonces, aterrizo y me digo: eres el mismo, Joaquín, sólo ha cambiado la situación”.

Joaquín Romero entrando a su casa.

¿Qué se siente cuando la enfermedad llama a la puerta?
Es como si te llegara a casa un invitado de honor que se presenta sin haberlo invitado. No sabes si decirle “¡Qué alegría!” o “no hay comida para ti”. Luego hay que aceptarlo porque no puede uno echarle de casa; hay que saber tratarle, hablarle, escucharle, para saber qué quiere, qué le conviene.

¿Se acaba queriendo al invitado previsto?
Sí, pero no por él mismo. El sufrimiento no es un bien en sí, como una casa, un coche, un amigo. Al dolor no se le quiere sin más, hay que apoyarse en algo, en unas muletas. Y entonces, el dolor es el mismo, pero lo la forma de llevarlo es distinta.

¿Dónde has encontrado esas muletas?
En Dios. En mi caso, a través del Opus Dei, para quien los enfermos son un tesoro. Yo pensaba que no podría trabajar ni tener vida social, pero la Obra me descubrió que mi trabajo debería ser mi enfermedad y que sería ocasión para tratar de ser mejor yo mismo y ocasión para acercar a otras personas a Dios, con la sonrisa, por ejemplo. Estuve en Roma, en la canonización del Fundador del Opus Dei. La víspera estaba en la cama, en Barcelona, agotado por el efecto que produce la cortisona que me dieron por un brote reciente de la enfermedad. Pero al día siguiente, pude estar en la Plaza de San Pedro, con mi silla de ruedas abriéndose paso, como otras muchas, entre tanta gente. Fui feliz, aunque me cansé mucho. Mi invitado vino conmigo, como a todas partes.

¿Cuándo llegó el invitado?
A los 22 años. Mi vida hasta entonces había tenido dos momentos especialmente mágicos. El primero fue a los 14 años, cuando acabé octavo de EGB con buenas notas. Me fui a Menorca de vacaciones con mi familia, luego a Italia con unos amigos. Jugaba al fútbol, me gustaba mucho. El segundo, al comenzar la carrera de aparejador. Tenía grandes ilusiones para mi vida: llegar a ser un buen profesional, casarme y tener muchos hijos.

Y de repente irrumpe la enfermedad…
No tan de repente. El primer año lo pasé en manos de médicos que me hacían pruebas. Acabé la carrera, pero los exámenes finales ya no pude hacerlos por escrito porque se me paralizaban las manos.

¿Cuándo llegó la silla de ruedas?
Cuando no hubo más remedio. Primero, utilicé una muleta; luego, dos; y un día, la silla. Quería ir al funeral del padre de un amigo y no me sentía con fuerzas para andar los 50 metros que había desde el aparcamiento hasta la iglesia. Un amigo me llevó en coche y metió dentro una silla de ruedas por si la necesitaba. Intenté andar la distancia con muletas, pero no pude. Entonces mi acompañante sacó del coche la silla, me subí y al llegar a la iglesia creí morirme. Todos me miraban; me sentí apuñalado por tantos ojos.

¿Uno se acostumbra?
Sí, a lo que uno no se acostumbra es que a veces haya gente que, al verte en una silla, te habla como si no fueras normal. En cambio, ves el deseo de ayudar que tienen muchos. Creo que nosotros también les ayudamos a que sean mejores, a que tengan una actitud buena con los demás.

¿Qué hace en esta situación?
Ponerme a trabajar. Con mi hermano Borja, ingeniero de Telecomunicaciones diez años más joven, adaptamos mi vivienda para que yo pueda valerme por mí mismo, para ir desde la cama al baño y a la ducha o pueda abrir la puerta, las ventanas, poner la televisión, hablar por teléfono, escribir en el ordenador, etc.

¿Lo consiguieron?
Sí, y después montamos una empresa con nuestras iniciales –“B & J Adaptaciones”-, y comenzamos a buscar clientes, personas que hayan quedado parapléjicas o tetrapléjicas a causa de alguna enfermedad o accidente. Hablamos con el instituto Guttmann, el de mayor renombre, con otros centros de rehabilitación, asistentes sociales… y ofrecemos adaptar la vivienda o la habitación del minusválido, hacerle un traje a la medida de sus necesidades concretas derivadas de la situación en la que se encuentre y lo hacemos con ayuda de nuestros conocimientos técnicos y de mi propia experiencia.

¿Tienen clientes?
Sí, aunque no es fácil. Hay que vencer, por su parte, la tentación del desánimo. Mi ventaja es que puedo hablarles de silla a silla, no como quien dice ponerse en su sitio desde la distancia.

¿Qué le dice a un cliente de los que vienen a verle que se rebela preguntándose por qué Dios permite su sufrimiento?
Comienzo diciéndole que es muy positivo que se haya hecho esa pregunta, porque ante cualquier pregunta hay que buscar una respuesta. Ante esa, le digo que yo puedo echarle una mano para tratar de encontrarla.

Un motivo podría ser para que nos acordáramos más de Dios, que quizá lo teníamos olvidado. Si fuera así, es una ocasión más para estar cerca de Él, hay que comenzar por tratarle, pedirle perdón, darle un beso a través de la confesión. Le diría también: ve a verle ante el Sagrario, quéjate, háblale y cuando no se te ocurra nada, vete y vuelve otro día. No pretendas conocerle en dos días. Una amistad requiere trato.

¿Qué es el dolor para usted? ¿Cómo lo define?
Es la llave, la respuesta a muchos interrogantes de la persona creyente. No tiene ningún sentido que no pase por la trascendencia. Te enseña a conocerte más a ti mismo, a poner cada cosa en su sitio. Y a conocer mejor a los demás, a ser comprensivo con sus límites. 

“He encontrado consuelo en la confesión y la comunión”

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Ann Jose Varavukala se trasladó de Nueva Delhi (India) a Estados Unidos para dar una educación especial a su hijo autista. Los escritos de san Josemaría le han ayudado a aceptar la enfermedad de su hijo y a encontrar consuelo en los sacramentos, especialmente en el de la Reconciliación y en la Eucaristía. Nuevo testimonio del folleto ‘La alegría de los hijos de Dios’.

Ann Jose Varavukala, de Nueva Delhi.

“Siempre había tenido fe y había tratado de mantenerla, pero al estar sola, a menudo había caído en la tibieza. Además, al vivir en una sociedad donde hay muchas religiones reaccionaba confusamente y permitía que mis convicciones se fueran diluyendo en el intento de ser abierta y acogedora.

Conocer a Josemaría Escrivá me ha ayudado a alcanzar una mayor claridad en la fe. Asistir a los medios de formación que ofrece la Prelatura del Opus Dei me ha dado mucho consuelo al hacerme entender más profundamente las gracias que recibimos en los sacramentos de la penitencia y la comunión.

Veo en nuestra Madre María y en la comunión de los santos un recurso de ayuda que ignoraba. Todo esto me ha llevado a aceptar con alegría la discapacidad de mi hijo, que he aceptado como un regalo de Dios.

El mensaje sobre la llamada universal a la santidad es crucial. A todos, sin discriminaciones de ningún género, pide el Señor correspondencia a la gracia; a cada uno, de acuerdo con su situación personal, exige la práctica de las virtudes propias de los hijos de Dios. ¡Si lográramos ver nuestro trabajo, nuestras cruces, cada deber ordinario y aburrido como un medio de santidad, qué cambio habría dentro de nosotros y en nuestro alrededor!”

Un entrenador de rugby: “También enseño a mis hijos otros deportes”

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“Mi esposa y yo nos esforzamos por mantener nuestro matrimonio joven y por hacernos amigos de nuestros siete hijos”. Testimonio de James Burfitt, profesor desde hace casi 20 años, trabaja en la sección de cine de una revista dirigida a la familia, en Sidney (Australia).

Nací en una familia católica y aunque conocí el Opus Dei cuando era joven, nunca me había interesado demasiado. Ya había empezado a trabajar cuando, gracias a un hermano mío, hice un retiro espiritual. Empecé a frecuentar unas clases de formación cristiana y redescubrí la posibilidad de tener una vida de trato con Dios. Me di cuenta de que Dios me había dado mucho y que yo tenía que responder. Mi maestro fue san Josemaría. Al leer sus libros me parecía que estaban dirigidos a mí, y fui descubriendo que no podía permanecer pasivo. Empecé a desear amar a Dios apasionadamente y descubrí mi vocación al Opus Dei.

Actualmente soy, en primer lugar, esposo y padre de familia. Luego, soy profesor. Mi esposa y yo nos esforzamos por mantener nuestro matrimonio joven y por hacernos amigos de nuestros siete hijos. Esto sólo se logra gastando tiempo con ellos, hablando y, sobre todo, escuchándoles. Soy su entrenador de rugby y dedico mucho tiempo a enseñar a los mayores otros deportes. Me parece importante que no nos vean como personas que les contemplan mientras crecen y adquieren experiencias, sino como quien quiere adquirir esas experiencias a la vez que ellos.

En nuestra familia hemos pasado por muchos momentos duros: tanto mi esposa como yo tenemos un carácter testarudo que a veces hace difícil la vida matrimonial, los dos hemos perdido a nuestros padres y a otros parientes, hemos sufrido enfermedades serias y otras cosas de ese estilo. El espíritu de filiación divina nos ha ayudado a ver todo esto como una caricia de Dios y a entender el sentido positivo que tienen las dificultades.

La escasez de recursos, por ejemplo, es uno de los grandes regalos que podemos dar a nuestros hijos. Aunque están rodeados de materialismo y consumismo, en casa vivimos con un presupuesto muy ajustado. Nos gustaría que esto les ayude a descubrir a Jesucristo como amigo, y a darse cuenta de que lo que les dará la felicidad es hacer la voluntad de Dios.

Darse sin pedir nada a cambio

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Seleccionamos algunas intervenciones de diversos sacerdotes de España que recibieron la ordenación del Prelado el  21 de mayo de 2005.

Jóse Fernández Castiella e Iñaki Izco.

Eduardo Díez-Caballero, vitoriano, trabajó en la radio Onda Cero Vitoria antes de viajar a Roma para estudiar Teología. Conserva muchos recuerdos de las horas ante los micrófonos, donde se especializó en retransmisión de encuentros deportivos.

“Para muchos de mis familiares y compañeros de trabajo la sorpresa fue el que dejara mi vida profesional y me viniera a estudiar ¡¡Teología!! a Roma. ‘Pero estás loco’ –me decían–, y yo les contestaba: por supuesto que estoy loco. Igual que cuando decidí estudiar Periodismo. ‘Te morirás de hambre me decían entonces’, y pasaron los años… y no me morí de hambre. Ahora no me dicen que me voy a morir de hambre, menos mal. Esta sorpresa viene acompañada de la oración de todos. Una oración que te sostiene y te da alas para sacar adelante esta vocación al sacerdocio que es una aventura apasionante, darse a los demás por Dios sin pedir nada a cambio”.

Jorge Llop, del País Vasco, relata cómo la enfermedad le preparó para el sacerdocio: “Me trasladé a Roma en septiembre de 1994 con la intención de realizar la licenciatura y el doctorado en Teología Moral en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz. En otoño de 1999 viajé a Pamplona por motivos de salud. Meses antes me había aparecido lo que después fue diagnosticado como una metástasis de melanoma, cáncer de piel, en el estómago y en la pierna. Este periodo de enfermedad y recuperación, de alguna forma, ha servido para una mejor preparación desde el punto de vista interior. Tanto un periodo como otro me han servido para prepararme por un camino no recto a la llamada al sacerdocio”.

Y tiene un recuerdo especial para Juan Pablo II. “Cuando uno ha estado comprometido con una enfermedad grave –continúa- hay algunas cosas que dejan poso, entre otros una cierta sensibilidad por el dolor y la enfermedad ajena. En el caso de Juan Pablo II me permitió unirme más a él, acompañarle en sus últimos días. Algunos enfermos se preguntan por qué me tiene que ocurrir a mi estas cosas o tengo que sufrir esta enfermedad. Cuando se tiene fe, el planteamiento es distinto: qué espera Dios de mí en esta situación que humanamente puede parecer tan dura. En este sentido, me atrevo a decir que ahí esta la respuesta de Juan Pablo II”.

Otros sacerdotes que recibieron la ordenación.

Iñaki Izco, de Pamplona, se refiere al reciente fallecimiento de Juan Pablo II, cuya marcha al Cielo ha marcado a estos nuevos sacerdotes: “La muerte de Juan Pablo II ha sido, particularmente en Roma, una manifestación enorme de fe y de oración, de afecto y gratitud por un Papa que –estaba a la vista de todos- había dado su vida entera por la Iglesia. Y ese clima espiritual ha perdurado en las jornadas del precónclave y del cónclave. Acompañado, lógicamente, de una gran expectación”.

José Fernández Castiella, también de Pamplona, explica que para él el sacerdocio es un servicio: “Antes de venir a estudiar a Roma he participado en algunos voluntariados relacionados con labores sociales. Tengo un recuerdo maravilloso de aquellas horas dedicadas a prestar aquellos servicios, aunque requerían bastante tiempo y esfuerzo. Ninguno de los que participábamos lo considerábamos como una pérdida de tiempo o renuncia a otras actividades. Es más, con este tipo de experiencias uno tiene conciencia clara de que es el primer beneficiario. Creo que con el sacerdocio pasa algo parecido, porque es una dedicación total al servicio de las personas, a quienes se les da “con las dos manos” la gracia de Dios. Creo que la clave es entenderlo así, como una labor en favor de servicio a Dios y a las almas de la que uno mismo es el primer beneficiario”.

Al servicio de mi familia

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“Descubrir mi vocación fue un regalo de Dios”. Son palabras de Marisol Pérez, agregada del Opus Dei en Palencia.

Conocí el Opus Dei cuando tenía 20 años. Estaba pasando las vacaciones en una ciudad del sur de España, cuando una amiga me invitó a una meditación. Nunca había estado en un sitio parecido; el ambiente de la casa, la gente era joven y alegre… Había un oratorio y un sacerdote nos habló de vida de oración y del trabajo bien hecho, que podía ser santificante y santificador… Aquello me resultó tan atractivo que cuando volví a casa pregunté donde podía encontrar un Centro del Opus Dei y, en siete meses, decidí que esa era la vida que quería para mí.

En aquellos momentos mi situación familiar era un tanto complicada, porque a mi madre, que era entonces una mujer joven de 50 años, le habían diagnosticado una artritis progresiva y generalizada. A los pocos meses, tuvo que utilizar una silla de ruedas. Pude cuidarla hasta el final, durante seis años, con una incapacidad que llegó a ser total. También cuidé de mi padre hasta que falleció.

Esta atención continuada, de noche y día, me exigió algunos cambios en mi vida y no pude seguir acudiendo a clase. Me matriculé entonces en la Universidad a Distancia. Luego tuve que interrumpir mis estudios, porque no existía la especialidad de Filología Inglesa.

Cuando murió mi madre, me dediqué durante cinco años a trabajar en la Administración de unas Casas de Convivencias del Opus Dei, para que tuvieran un ambiente cuidado, acogedor, de hogar de familia. Fueron años de trabajo intenso, pero muy creativo y gratificante.

Después regresé a la Universidad. Hice la carrera y preparé las oposiciones de Enseñanza Secundaria. Obtuve la plaza en mi propia ciudad, primero de forma provisional y más tarde definitivamente, lo que me permitió estar al cuidado de mi padre sin sacarle de su ambiente.

“El sentirme y saberme hija de Dios, es la raíz de mi alegría y, por qué no decirlo, del buen humor, que es tan importante en la vida”

Ahora comprendo que, descubrir mi vocación, fue un regalo de Dios. Gracias al espíritu de la Obra, pude afrontar la dura enfermedad de mi madre, ver la voluntad de Dios en el día a día y contribuir a que otros lo vieran. El sentirme y saberme hija de Dios, es la raíz de mi alegría y, por qué no decirlo, del buen humor, que es tan importante en la vida. La oración, el abandono en las manos de Dios, la búsqueda de la santidad en el trabajo, sea el que sea, es siempre una fuente de alegría y satisfacción.

He visto que la vida puede dar mucho de sí. En el libro de San Josemaría,Camino, hay un punto que habla de un muelle comprimido que, cuando se suelta puede llegar lejos. Así me ha ocurrido a mí. He pasado algunos años preparando actividades en el extranjero para que otros colegas los llevaran a cabo. Luego, cuando no tuve compromisos familiares, mi trabajo me ha posibilitado viajar, acompañando a grupos de alumnos en intercambios (en el Proyecto Comenius) o  en actividades de voluntariado por diversos países como Inglaterra, Irlanda, Suecia, Polonia, Estados Unidos o Italia.

Por otra parte, vivir siempre en la misma ciudad, como es mi caso, tiene sus ventajas: conoces a muchas personas y mucha gente te conoce, especialmente cuando el trabajo profesional te obliga a tratar con los alumnos y con sus padres. Hace algún tiempo me pidieron que colaborase en una emisora de radio en una tertulia y acepté. Ahora participo en un espacio de opinión semanal y presido la Asociación Española contra el Cáncer, que tanto ayuda a las personas afectadas por esta enfermedad y a sus familiares.

En cuanto a mi experiencia en el Opus Dei puedo decir que, como todo camino que se elige libremente y que va a durar toda la vida, presenta pruebas, dificultades y dudas, pero cuando se confía en Dios, las oscuridades se desvanecen y tarde o temprano vuelve la luz.

La renta variable, Dios y el MP3

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Paz Pérez es economista, gestora de fondos de inversión en una compañía internacional y supernumeraria del Opus Dei

Conocí la Obra gracias a mi padre que, sin duda, ha sido para mí el mejor ejemplo de vida cristiana. Le recuerdo cuidando de mi madre enferma y dedicado a sus 10 hijos. Tenía mucho trabajo, viajes, etc., pero siempre estaba alegre y contento. Parecía que no se cansaba porque no se quejaba nunca. También tuve contacto con la Obra en el colegio. Desde pequeña, el capellán me explicaba que Dios me había dado mucho.

La enfermedad de mi madre me ayudó para crecer en fortaleza aunque, al ser de las pequeñas, quizás soy la más blanda de todos mis hermanos. De todas formas, me ayudó mucho ver a mi madre siempre contenta, sin quejarse. De ella aprendí a pensar en los demás antes que en uno mismo. Cuando murió me planteé que si ella había fallecido tan joven yo no estaba en este mundo para perder el tiempo. En ese momento pensé que Dios me pedía algo más.

En la actualidad trabajo en una gestora de Fondos de Inversión y me dedico a la gestión de patrimonios con una visión integral (carteras de Renta Fija, Renta Variable, patrimonio artístico e inmobiliario). Por la mañana, al llegar a la oficina, antes de cruzar la puerta, lo primero que hago es ofrecer mi trabajo; el mundo de la bolsa es muy dinámico y, por si acaso la jornada se presenta agitada, prefiero “dejarla en buenas manos”. Además, para mí, el momento más importante del día es la Misa y, aunque tengo un horario difícil, procuro sacar un hueco para ir. Por otra parte, hoy día, gracias a la técnica, se puede rezar en todas partes; por ejemplo, llevo siempre convertidas en MP3 algunas homilías de San Josemaría.

Centro de Cuidados Laguna (Madrid)

Mi vocación al Opus Dei me ayuda sobre todo a tener visión sobrenatural y a apoyarme, además de en el trabajo, en la oración. También me ayuda a ser consciente de que mi trabajo es un servicio a las personas y a seguir un enfoque basado en las personas y no en los productos financieros en sí mismos. Uno de los defectos de algunos bancos es que hacen campañas “producto a producto” y se olvidan de si esa persona y sus circunstancias familiares lo necesitan o no. Cuando me reúno con mis clientes intento ir más allá de las cifras o de una cartera de inversión concreta.

También me ayuda mucho la formación que recibo, especialmente en una coyuntura social tan compleja como la actual, donde es muy fácil tener ideas confusas.

En definitiva, con mis defectos y luchas, lo que el Opus Dei me ha enseñado es a tratar de querer más a Dios y a los demás. En este sentido, colaboro activamente con el Centro de Cuidados Laguna, una iniciativa social promovida por el Opus Dei en Madrid para proporcionar tratamientos paliativos a enfermos terminales y personas de la tercera edad.

Médico por vocación, paciente de profesión

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Mª Jesús Narvaiza estudió Medicina en la Universidad de Navarra. Después de dedicar varios años a la docencia, en 1995, tras una revisión ginecológica le diagnosticaron un cáncer.

Mª Jesús Narvaiza nació en San Sebastián. Pasó su infancia en Bilbao y en el año 1967 se marchó a Pamplona. Estudió en la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra, donde se graduó en 1972. Cuando cursaba 1º de carrera pidió la admisión en el Opus Dei.

Alcanzó el Doctorado en Medicina con una tesis que trataba acerca de las alteraciones del fibrinógeno en el paciente cirrótico. Lo suyo, claramente, era la Hematología. Se dedicó con entusiasmo a la investigación entre muestras, tubos de ensayo y microscopios.

A mediados de los 80 empezó a hacer compatible ese trabajo con la docencia en la Escuela de Enfermería de la Universidad, lo que le supuso un gran cambio de mentalidad: pasó de la investigación pura y dura al contacto directo con las alumnas. Su entrega a la docencia iba más allá del curso académico: algunos veranos los pasaba junto a sus alumnas atendiendo un proyecto sanitario organizado por el Instituto Nacional de Nutrición Salvador Zubirán, en México DF.

Dejó la investigación definitivamente para entregarse en cuerpo y alma a la Escuela de Enfermería, de la que llegó a ser Catedrática. El tema que defendió para ganar la oposición fue “La atención al enfermo oncológico”.

Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra

Permaneció en la Escuela hasta noviembre del 2006, año en que solicitó la invalidez. En 1995, tras una revisión ginecológica de rutina le diagnosticaron un cáncer de mama. Empezaron entonces las sesiones de radioterapia. A los tres años, durante los que siguió trabajando, esa lesión se había convertido en una metástasis progresiva que le invadió el pulmón, los huesos, el hígado y la piel. A cada una de estas metástasis le correspondía un duro choque de quimioterapia.

“En el Opus Dei le han recordado una y otra vez la columna vertebral de la fe cristiana: que Dios es un Padre bueno, que da a sus hijos lo mejor”

La enfermedad es su compañera de viaje desde hace más de una década. Y con ella ha aprendido a convivir. En el Opus Dei le han recordado una y otra vez la columna vertebral de la fe cristiana: que Dios es un Padre bueno, que da a sus hijos lo mejor. Una realidad sobrenatural que intenta hacer vida de su vida. No algo teórico que puede resultar bonito oír o leer, sino algo tangible, aplicado al día a día, en cada asalto contra la imaginación, ante la duda, frente al temor. Aprendiendo también la lección de salir de una misma, de no compadecerse y pensar “qué pobrecita soy”. La convicción de que una persona enferma no es una persona inútil.

El Prelado del Opus Dei le escribió en una ocasión: “Ofrece el trabajo profesional de estar enferma”. Y este consejo lo lleva tatuado en su alma, en su inteligencia, en su voluntad. Y así reaprende, una vez y otra, a sobrellevar el cansancio, el malestar, la pérdida del apetito, la caída del cabello y el esfuerzo psicológico y físico que supone volver al ciclo de quimioterapia cuando notas que tu cuerpo aparentemente vuelve a estar fuerte.

Mª Jesús intenta, a cada momento, salir de la trampa de la autocompasión. Su arma: un horario, en el que caben la Eucaristía diaria y otras normas de piedad cristiana, sacar a pasear a “Txuri”, una perrita de 11 años que le hace compañía, y confeccionar puzzles de 500 piezas, que luego regala a sus amigas, con las que comparte también muchos ratos de compañía y conversación. Antes montaba barcos, auténticas embarcaciones, pero ahora ha tenido que dejarlo porque tiene las manos agrietadas; el cáncer le ataca también la piel.

A Mª Jesús la enfermedad le ha enseñado a pulir el carácter. Ella era de planificar el tiempo con grandes recorridos; ahora sus ambiciones son las mismas, pero el punto de mira se ha acortado. Los planes son de esta mañana para esta tarde o, a lo más, de hoy para mañana.

El pensamiento de la muerte no la sobrecoge: ha visto morir a muchos pacientes y les ha acompañado en el último tramo de su vida. No tiene miedo a su propia muerte porque cree en la vida eterna y porque está convencida de que morir es encontrarse con Dios. A Él le entregó su vida hace más de 40 años y a Él sigue dándosela cada nuevo día. Recibió la Unción de enfermos en mayo del año pasado.

“A veces nos imaginamos cosas que, cuando llegan, no son para tanto… y, si son para tanto, Dios nos brinda su mano amorosa”

Pero Mª Jesús sí tiene miedo a la agonía; sin embargo, confía en los cuidados paliativos. Lucha por ahuyentar los fantasmas de la imaginación que le rondan a menudo por la cabeza, pensando cómo será su muerte, cuándo llegará, y cuánto más sufrirá. Aunque asegura, tajante, que la imaginación no cuenta con la gracia de Dios, pero la realidad, sí. Dios la ayuda en cada momento, en su día a día: ahí está la gracia. “A veces nos imaginamos cosas que, cuando llegan, no son para tanto… y, si son para tanto, Dios nos brinda su mano amorosa”.

Recojo este testimonio pocos días antes de que se marche a Comillas, un pueblo precioso de la costa cantábrica, que le devuelve los veranos de su infancia y adolescencia, que le enamora, dice. Comillas para Mª Jesús es sinónimo de descanso, de paseos por el bosque, de andar sin prisas por la arena del mar, aunque hace tiempo ya que sus manos no la ayudan a hacer lo que más le gusta: coger caracolillos. Mª Jesús ama la vida; esa vida que, asegura, es un regalo de Dios y que aprendió, hace ya muchos años, a ponerla al servicio de los demás.

Buenos días, esperanza

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“Algunos días, cuando me levanto –cuenta Pilar Fernández-Loza, una madre de familia de Asturias (España)- y pienso en la enfermedad de Cayetano, mi marido, me inunda una sensación de tristeza que me recuerda aquella canción de Edith Piaf: Buenos días tristeza. Pero rectifico enseguida y le pido ayuda a Dios para decir: Buenos días, esperanza”.

Bodas de oro

“Acabamos de celebrar las bodas de oro. Por eso tengo la casa más bonita que nunca, con estos ramos de flores y estos regalos de mis hijos. Mi hijo vive en Bilbao y tiene dos hijos, de diecisiete y catorce años. Mi hija vive en Estados Unidos y tiene dos, de trece y ocho años. Durante la celebración, en la que comimos rico y lo pasamos muy bien, mi nieta María me estuvo preguntando por mi boda. Empecé a contarle que el abuelo y yo nos casamos el 12 de octubre de 1956, en Covadonga, junto a la Santina, y fue muy emocionante.  Y también muy divertido, porque cuando salía del Hotel Pelayo y me dirigía hacia la Gruta me avisaron que esperara un ratín, porque estaban poniéndole el manto blanco a la Virgen y colocando los gladiolos blancos sobre el altar, como habíamos pedido. Y durante ese tiempo se me acercó un obispo, muy solemne, con solideo y capa púrpura –vendría de alguna ceremonia, supongo- y me preguntó:

-Pero hija mía, ¿dónde vas vestida así?

Y yo le dije, con todo respeto:

-Pues señor obispo, es evidente: ¡me voy a casar!

En fin; les estuve contando los recuerdos habituales de las Bodas de Oro de cualquier matrimonio que tenga la alegría de celebrarlo.

Nuestras Bodas de Oro han sido, cómo diría yo… algo especiales. Antes pensábamos que cuando fuéramos mayores tendríamos los típicos achaques, la tensión alta o cosas así. Ahora, algunos días, cuando me levanto y pienso en su enfermedad, me inunda una sensación que me recuerda aquella canción de Edith Piaf: Buenos días, tristeza. Pero rectifico enseguida y le pido  ayuda a Dios para identificarme con su Voluntad.

Cayetano lleva enfermo desde hace diez años. El primer síntoma fue en la Navidad de 1996, cuando fuimos a Bilbao a visitar a mi hijo. A la vuelta venía conduciendo y se perdió en dos ocasiones. Yo me quedé extrañada, porque se conocía la carretera como la palma de su mano. A partir de entonces empezó a tener dudas y distracciones. Bajaba, compraba el periódico y lo dejaba sobre la mesa, sin abrir…

- Pilarina (me decía, a la asturiana, aunque él es de Almería), algo me está pasando…

Un día, en la primavera del 98, se puso a hacer la declaración de la renta, como todos los años. Ejercía de auditor de banco y no sabía hacerla… Hasta que dijo: “vamos al médico”.

Era Alzheimer.

Desde entonces ha ido perdiendo progresivamente la memoria, y eso es muy duro, porque está… pero no está. Un día, durante una reunión, comentaban como van cambiando de expresión, de gesto, como van perdiendo la mirada… –“Quizá –les dije yo-. Pero los ojos de mi marido siguen siendo azules”.

“Gracias a Dios hemos sido un matrimonio muy afortunado: nos hemos querido mucho y nos seguimos queriendo, aunque ahora él no pueda expresarl0.

A veces, le acerco mi mejilla a sus labios, y aunque tarda en reaccionar, siempre me acaba dando un beso.

La gracia de la vocación

Hemos sido muy felices en nuestro matrimonio, aunque no nos han faltado penas. Se nos murió un hijo con diecinueve años. Pero hemos tenido siempre la fuerza y el consuelo de la fe. Además, hemos recibido la gracia de la vocación. Somos supernumerarios del Opus Dei desde finales de los sesenta.

Cayetano se decidió poco antes que yo. Ahora siento mucha alegría al recordar que nunca le puse dificultades cuando se iba unos días de curso de retiro, por ejemplo, y yo me quedaba en casa sola con los niños. Yo no era del Opus Dei, pero pensaba: “esto es bueno para él; y si es bueno para él, es también bueno para mí”.

Luego, cuando me hice del Opus Dei, él tampoco me puso ningún obstáculo: al contrario, me ha ayudado siempre en mi vocación, gracias a la cual hemos recibido tantas orientaciones buenas para la educación de nuestros hijos, para nuestra relación humana y espiritual…

Desde luego, la vocación es de lo más maravilloso que nos ha pasado, y si Cayetano estuviera bueno, también lo diría. Esto lo he sabido siempre, pero ahora lo palpo con las manos, sin forofadas de ningún tipo. Estamos recibiendo cariño a raudales. Vienen, me alientan, me animan… Hay un sacerdote que viene a verle con frecuencia, y aunque no se sabe hasta qué punto comprende, su presencia es muy buena para él y para mí. El otro día, para mi aniversario de boda, me trajeron ese ramo de crisantemos y me puse a llorar. “¿Pero, Pilar, por qué lloras?” –me preguntó una. Le expliqué que también se llora de alegría, al ver esas delicadezas que tiene la Obra; esas muestras de cariño que son como si te envolvieran en una bufanda de cachemir…

Son delicadezas de madre: yo perdí la mía a los tres años, y me criaron dos tías que han sido dos madres para mí. Murieron las dos con más de cien años y me estuvieron ayudando y confortando, por medio del teléfono, hasta el último momento. A mí me daba muchísima pena no poder ir a verlas desde Madrid, a causa de mi situación, pero ellas me decían: “No te preocupes: ahora, tu primera obligación es cuidar de tu marido; y la segunda, cuidarte tú”.

Por eso, siempre que acudo a un medio de formación, aunque me planteen metas muy exigentes de vida cristiana, doy las gracias. Cuando me preguntan por qué lo hago, como soy asturiana y me gusta hablar claro, contesto: “¡porque me estáis ayudando!”.

Naturalmente, hay aspectos del espíritu del Opus Dei que me han costado vivir, y cosas que no he comprendido a la primera. También le doy gracias a Dios por eso:  he ido ganando en docilidad a la Voluntad de Dios, y Dios me ha ido preparando para esto…

Me han ayudado a ver el amor de Dios en todo esto, a intentar encariñarme con esta enfermedad; a sonreír y a estar contenta, aunque tenga mis sesiones de llantos, pero sin amargura, con sosiego, con paz. Es mi forma de ser fiel a Dios y de serle fiel a Cayetano en estos momentos.

En mi Asociación

Yo pertenezco a una Asociación de Familiares con Alzheimer, AFAL, y formo parte de un grupo de cuidadores de personas con esta enfermedad, que procuramos ayudarnos entre nosotros, porque nuestra situación es muy difícil y dura. AFAL funciona muy bien: nos orientan, nos confortan, nos dan afecto y nos fijan metas; y contamos con las orientaciones de un psicólogo para el grupo que nos anima a cuidar de nosotros mismos, para transmitirle al enfermo el propio bienestar.

Porque esta enfermedad tiende a aislarte de los demás y las amistades vienen menos a verte, quizá como autodefensa: es tan triste contemplar a una persona se va apagando lentamente…

Santuario de Covadonga

Recuerdos

Yo a Cayetano le hablo mucho, aunque no me pueda contestar y no sepa si me comprende del todo. Y siempre, cuando regresa del centro de día, ayudado por otra persona, salgo a esperarle a la puerta de la calle, como cuando éramos novios.

Ahora, cuando pienso en aquellos años, me da mucha alegría haber tenido un noviazgo cristiano: se lo agradezco mucho a Dios. Me parece que en estos momentos gran parte de la juventud desconoce el verdadero amor. El otro día, cuando mi nieta María me preguntaba por mi boda, le conté algo personal, muy íntimo quizá, pero que refleja el modo de ser de Cayetano. Lo cuento, porque si puede hacer bien a alguna persona. La primera noche tras la boda quisimos pasarla en Covadonga, en un hotel de finales del siglo XIX que tenía una habitación con una ventana desde la que se veía la Santina. Y al acostarme, bajo la almohada, me encontré una carta. Era un detalle de delicadeza muy suyo.

Habíamos sido novios durante cuatro años, y casi todo nuestro noviazgo fue por carta, porque él era de Almería y yo de Gijón, y entonces ni las comunicaciones ni las posibilidades económicas eran las de ahora. Total: que nos habíamos visto relativamente poco, aunque durante cuatro años nos habíamos escrito todos los días: to-dos-los-dí-as. En esa carta, la primera de casado, me manifestaba todo el amor que me tenía, su alegría por haber recibido el sacramento del matrimonio, y su deseo de serme fiel durante toda la vida.

Hace unos años no hubiese contado estas cosas. Pero ahora las digo, porque hay jóvenes que lo reducen todo a pura biología y eso no dura, no puede durar. Nosotros, gracias a Dios, teníamos clarísimo en aquellos momentos, por nuestra formación cristiana, que el matrimonio es un sacramento y un camino de santidad; que nos casábamos para siempre y con todas las consecuencias.

Recuerdo que hace años, cuando vivíamos en Bilbao, Cayetano tenía que viajar mucho a causa de su trabajo, y me contó que, después de hacer una auditoría, no recuerdo ahora en qué ciudad, había ido con el equipo de auditores a tomar una cervecina a un bar. Eran un grupo de solteros y casados. En el bar se encontraron con unas chicas y empezaron a hablar. Unas chicas normales. Todo normal. Al día siguiente, volvieron, y al ver que estaban las mismas chicas, él se despidió. -¿Por qué te vas? –le preguntaron. –Porque yo tengo una mujer que me está esperando en Bilbao, les dijo. Ya digo que no había pasado nada en especial: pero él decía que en esas circunstancias de soledad hay que ser especialmente cautos y saber alejarse a tiempo.

Recuerdo con qué cuidado preparaba las auditorias; quería hacerlas lo mejor posible, para ofrecérselas a Dios. Y siempre, antes de entregarlas, me pedía consejo sobre tal o cual expresión. –“¡Pero si yo no tengo ni idea de banca!” –le decía yo. –“Sí, pero las mujeres sois más delicadas que los hombres –me explicaba-, y sabéis decir lo mismo de forma más amable. Yo quiero decir la verdad, pero sin herir a nadie. Anda, léete esta frase, a ver si se puede decir mejor”.

¿Esto son tonterías? Pienso que no; es coherencia cristiana. ¿Y de dónde salía todo esto? Está claro: de lo que rezaba, del espíritu del Opus Dei que vivía… y que vive ahora, porque esta enfermedad también es Opus Dei, Obra de Dios.

Esto que voy a contar ahora sí que puede parecer una tontería: tengo un bol en la cocina para la sal y un día se me ocurrió escribir en él: “la sal de la tierra”, que es una idea que me gusta mucho. ¡Pues Dios se sirve hasta de estas tonterías! El otro día mi nieta María entró en la cocina y me preguntó: “abuela, ¿y esto que significa? “ Y antes que yo le contestara, su padre le explicó que eran unas palabras del Evangelio. Fue algo muy pequeño, pero yo descubrí que Dios se sirve de cualquier medio, por pequeño que parezca, para remover a los demás. Como esos pequeños detalles de cariño que son tan importantes. “-¿Y le cuidan?”, me preguntó un día mi hijo, refiriéndose a las personas del Opus Dei. “No; -le expliqué –a tu padre le cuido yo, que soy la que tengo que cuidarle. A tu padre le quieren.” ”

“Aprendo mucho de mis pacientes”

Numeraria Auxiliar, familia  Tagged , , No Comments »

La doctora Purificación de Castro trabaja en el departamento de Neurología y Neurocirugía de la Clínica Universitaria de Navarra

Cuando era estudiante, un buen día se presentó en un centro de la Obra para conocer el Opus Dei. Con esa misma actitud de apertura se acerca cada día a sus pacientes,  de los que aprende cómo enfocar la vida y la muerte con serenidad.

Conocí el Opus Dei desde pequeña. Lo conocí mal, o al menos, con cierta controversia, porque junto al convencimiento de que tenía que ser algo bueno, por ser una institución de la Iglesia, oía también comentarios negativos: “sólo interesan los listos…”,son misteriosos…” y sobre todo una advertencia: “¡Cuidado… que tienen mucho gancho!”

Cuando estudiaba Medicina en Santiago, invitaron a una amiga a una meditación. Ella no quería ir, pero la animé: “Voy contigo y así nos enteraremos de qué va la Obra”. Me quedé impactada porque el sacerdote que dirigía la meditación, al mencionar a Dios, hacía un gesto con la mano hacia el Sagrario. Pensé: “este sacerdote cree de verdad que Jesucristo está en el Sagrario… este es un buen sitio para formarme y buscar ayuda espiritual”.

Nadie me invitó, yo fui y seguí yendo. Iba conociendo aspectos del espíritu y de las actividades de la Obra en España y en otros países.

“En muchas ocasiones, son los propios enfermos los que me consuelan a mí, los veo tan serenos y tan fuertes, que pienso que es imposible que ellos solos tengan tanta fortaleza, tienen que tener a Dios muy cerca”

Pedí la admisión. Ser del Opus Dei supone que hay que esforzarse en trabajar muy bien. En mi profesión hacer las cosas bien, en ocasiones, no resulta fácil. Se trata de atender a personas que lo están pasando mal, y aunque quieras hacerlo bien, a veces no eres oportuna y no se sienten comprendidas. Les suelo decir a los médicos jóvenes que están conmigo: “hay que querer hacer las cosas muy bien para que salgan regular, porque si no te esmeras, salen mal seguro”. Además, la delicadeza en el trato –que se deriva de la caridad- es una de las enseñanzas más genuinas de San Josemaría que, en el caso de los enfermos, decía: “¡¡son Cristo, en la cruz!!”

Estar enfermo no es sólo padecer los síntomas y limitaciones físicas o psíquicas de una enfermedad. Puede significar no poder trabajar, no poder llevar la misma vida social, pérdidas económicas, dificultades familiares, incomprensiones. Si encuentro la ocasión, a los enfermos que tienen fe, aunque sea muy débil, les digo lo que me digo a mi misma: “El Señor sabe lo que te está pasando; es el único que te puede comprender y consolar de verdad y no dejes que se pierda nada de tu sufrimiento, acéptalo y ofrécelo por lo que te parezca más necesario”. Si no la tienen y viene al caso, les digo que voy a ser yo la que pida por ellos y le diga a Jesús que recoja sus dolores. En muchas ocasiones, son los propios enfermos los que me consuelan a mí, los veo tan serenos y tan fuertes, que pienso que es imposible que ellos solos tengan tanta fortaleza, tienen que tener a Dios muy cerca.

En la actualidad existe una gran presión hacia la eutanasia que parte de  unas raíces ideológicas y económicas claras y está promovida por personas  sanas. Los enfermos, lo que quieren es curarse -o al menos mejorar- y vivir. Otra cosa muy distinta es que la muerte sea inevitable. Entonces lo que hay que hacer es ayudar a que ese duro momento personal y familiar tenga lugar en el ambiente más sereno posible.

Clínica Universitaria de Navarra

La muerte de las personas se da en circunstancias muy variadas. Si están conscientes hasta los últimos momentos, la Medicina puede conseguir que no tengan dolor ni perciban dificultad respiratoria (esto es ayudar a morir). Si el deterioro por una enfermedad es lento, la Medicina paliativa tiene recursos para aliviar los síntomas, de modo que la situación sea tolerable. La muerte es un trance duro para el paciente y las familias.

Yo suelo decir a los alumnos que la Medicina lo más que puede lograr es una muerte serena. La alternativa real a la eutanasia es aprender a vivir contando con tu propia muerte y la de las personas que más quieres. La eutanasia pretende arreglar el modo de morir, pero ése no es el problema, eso lo arregla la medicina. Pienso honradamente que la esperanza cristiana en la otra vida es la única respuesta válida al sinsentido que supondría nacer para desaparecer.


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