Otra caricia de la Virgen

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Seguía padeciendo la fuerte diabetes que le habían diagnosticado en El Escorial. Desde un punto de vista meramente humano, se iba enfrentando, en cada época de su vida, con dificultades fuera de lógica: cuando quiso empezar en otras ciudades de España, estalló la guerra civil. Cuando se dispuso a expandir el Opus Dei por el mundo, comenzó la guerra mundial. Y ahora, que impulsaba la labor apostólica en tantos países desde Roma, sufría una enfermedad le provocaba cada jornada una molestia distinta: un día estaba desfallecido; otro, le dolía la cabeza; al siguiente, le fallaba el ojo derecho. Tuvo una infección que le produjo un giro violento en las raíces dentales, y que llegó a tal punto que el dentista tuvo que hacerle una extracción con los dedos, para evitar una hemorragia, fatal en aquellos momentos.

Todo ilógico humanamente, respondía a la misteriosa lógica de Dios, que en un determinado momento le dio la enfermedad; y en otro determinado momento… se la quitó.

Era consciente de la gravedad de su mal. Había hecho colocar un timbre junto a su cama para pedir los sacramentos, por si le llegaba su última hora de forma repentina. Pero no vivía aquella situación de forma dramática: cada noche, antes de acostarse, rezaba confiado: Señor, no sé si me levantaré mañana; te doy gracia por la vida que me des y estoy contento de morir en tus brazos. Espero en tu misericordia.

A comienzos de 1954 el resultado de los análisis semanales era cada vez más negativo. Hasta que el 27 de abril, fiesta de la Virgen de Montserrat, cuando estaba sentado en la mesa, hacia la una de la tarde, sufrió un shock anafiláctico: se dio cuenta que se moría y le dijo a Álvaro del Portillo, que le acompañaba, como de costumbre:

Álvaro, dame la absolución.

—Padre, ¿qué dice? —le preguntó éste, desconcertado.

¡La absolución!

Comenzó a indicarle la fórmula —ego te absolvo…— y se desvaneció sin sentido.

Tras absolverle, del Portillo intentó que tomara azúcar y avisó rápidamente al médico. Este llegó a los pocos minutos, cuando don Josemaría empezaba a recobrarse, aunque se había quedado ciego.

El médico se quedó extrañado por aquella sorprendente evolución. Al cabo de varias horas, don Josemaría se repuso del todo y recobró la vista. Y desde aquel día quedó curado de la diabetes que sufría desde hacía diez años. Fue una nueva caricia de la Virgen en su vida.

Personalmente estaba muy tranquilo —comentaba—, aunque me daba pena irme de vosotros. Pero por todo lo que habéis pedido por mí al Señor, Él os ha oído.

Audiencia en el Vaticano

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Alvaro del Portillo tiene su primera audiencia con el Papa Pío XII. Aún no se ha ordenado sacerdote, y acude a este acto con el traje de gala de Ingeniero de Caminos. Este uniforme azul marino, con galones, botonadura dorada y bicornio, que lleva en la mano, es el entorchado que los profesionales de ingeniería utilizan en las grandes recepciones. Y ésta es, en verdad, una circunstancia de gran envergadura: el Padre se apoya en el corazón y en la palabra de este hijo suyo. Reunidos, como una familia indisoluble, la Obra entera respalda su gestión. Isidoro Zorzano, que ya está muy enfermo, piensa en voz alta desde su cama del sanatorio:

-«Qué suerte tengo: poder ofrecer estas cosas -se trata de su enfermedad y su vida- cuando hay todos estos asuntos pendientes» (2).

La Audiencia quedará enmarcada, también, por la anécdota del momento: no consiguen encontrar ningún coche de alquiler, para ir desde el villino del barrio de Monte Verde Vecchio hasta el Vaticano. Se hace tarde, y no hay más remedio que recurrir al transporte público: un filobús hasta el Lungotevere y, desde allí, la Circolare, el tranvía que lleva a la Plaza de San Pedro.

José Orlandis y Salvador Canals, que le acompañan, son testigos de la admiración que produce su aspecto: «¡Parece imposible, tan joven y ya es un almirante!». Al llegar ante el Portone di Bronzo el centinela da la voz de ¡guardia a formar!… y el pelotón de suizos se alinea a su paso. Alvaro no se inmuta. Es oficial y sabe lo que procede hacer en tales casos: pasa revista a la formación, saluda militarmente a su jefe y sigue adelante por la gran escalinata que conduce a la Sala de Audiencias. Así tiene lugar su primera entrada en el Vaticano. Cuando regrese a España, será portador de las bendiciones del Pontífice para las tareas universales que proyecta el Opus Dei.

La alegría de los santos

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Una constante que subrayan cuantos han conocido a Monseñor Escrivá de Balaguer, en cualquiera de las etapas de su vida, ha sido la alegría y la simpatía arrolladora de su modo de ser y de actuar.

«Jamás le he visto hosco, amargado, agrio, entristecido», afirma Pedro Rocamora, que conoció al Fundador del Opus Dei en los primeros años de su estancia en Madrid(26).

Y las Hermanas de los Hospitales, testigos de su desvelo por tanta enfermedad, pobreza y muerte, comentan:

«Era (…) muy espiritual y sabía entregarse a los demás con una enorme alegría. Yo le recuerdo siempre alegre. Si tuviera que destacar una cualidad de él, creo que me quedaría con ésta: la jovialidad, el gozo que emanaba su persona (…). Nos alegraba la vida con su modo de ser. Estábamos deseando que llegara, en aquella etapa de inseguridad y de probable y próxima persecución (…). No le vi nunca contagiarse de ningún espíritu de derrotismo. Don Josemaría no perdió jamás la serenidad. No hubo acontecimiento alguno que perturbase su alegría»(27).

El mismo escribe en los puntos 657 y 658 de «Camino»:

«La verdadera virtud no es triste y antipática, sino amablemente alegre».

«Si salen las cosas bien, alegrémonos, bendiciendo a Dios que pone el incremento. -¿Salen mal? -Alegrémonos, bendiciendo a Dios que nos hace participar de su dulce Cruz».

Su espíritu y su condición humana están unidos en aquella elevada y cordial afirmación que Pablo, Apóstol de las Gentes, dijera a los Filipenses: “ Iterum dico: Gaudete!”: Yo os digo otra vez: ¡alegraos!`.

«Estad siempre alegres, hijos míos -repetía en múltiples ocasiones- (…). “Servite Domino in laetitia” (Ps XVI, 2); servid al Señor con alegría. ¿Vosotros creéis que en la vida se agradece un servicio prestado de mala gana? No. Sería mejor que no se hiciera. ¿Y nosotros vamos a servir al Señor con mala cara? No. Le vamos a servir con alegría, a pesar de nuestras miserias, que ya las quitaremos con la gracia de Dios»(29).

Esta serenidad de ánimo ante toda situación y acontecimiento, esta alegría que «tiene sus raíces en forma de Cruz»(30), arranca precisamente de su apoyo en la filiación divina. De saber que es Dios quien vela, quien conduce todas las cosas hacia el bien. Por eso, aceptar la Voluntad de Dios, costosa o fácil, con sol o con lluvia, con esfuerzo o con facilidad, es lo que mantiene erguido el mástil luminoso de la alegría humana.

En la Navidad de 1956 comunicaba a sus hijos, en Roma, una receta infalible para estar contento:

«Primero, perdonar; si lo hacemos enseguida, ¡qué alegría! Es algo tan grande, que nos da una paz inmensa, porque el perdón nos hace participar del poder divino: es el Señor quien perdona.

Segundo propósito: aceptar con alegría la voluntad de Dios»(31)

Cuando, a lo largo de su actividad pastoral, alguien le interroga acerca de un problema que le preocupa, suele responder como en aquella tertulia romana con muchachas jóvenes estudiantes de diversos países:

«El espíritu de filiación divina está en la base del espíritu del Opus Dei, porque es lo que da fortaleza y alegría siempre. Quizá en algún momento de tu vida te parecerá que no tienes donde pisar: todo, todo desaparece; te encontrarás muy sola. Si en aquel momento piensas que eres hija de Dios, te sentirás fuerte y capaz de todo» (32).

Y también:

«Tienen más motivo para pasarlo mal las personas que piensan en sí mismas. Cuando se piensa en los demás, en ayudar a los demás, en hacer bien a los demás, en consolar a los demás; cuando se va a visitar a pobre gente, enferma y sin dinero, pobre gente abandonada en un hospital, pobres chiquillos que no saben quién es su padre ni su madre, entonces, no hay penas aquí en la tierra (…). La pena viene casi siempre del egoísmo.

Que prueben, que prueben a hacer esto y tendrán alegría; tienen que conocer la pena de los demás, sentir la pena de los demás, y verán que lo suyo es poco»(33).

No le aterran el dolor y las dificultades presentes, porque, a través de cada una, ha presentido la eternidad:

«Me gusta hablar de eternidad. Nos espera una eternidad de amor, de felicidad, de estar junto al Señor, unidos, siempre en Dios. Es difícil imaginar la maravilla de amor que nos aguarda»(34).

Pero no suele pensar en el Cielo como un simple recurso consolador frente al mundo. Es realista. Su alegría se alimenta de las cosas, de las situaciones, del trabajo, descubriendo la presencia de Dios en medio de las actividades de la tierra. Es más, dice que la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra. Porque se puede sufrir y llorar; se puede tener dolor y enfermedad. Pero también el gozo, la paz de poner todas las cosas en el silencioso amor de Dios.

Siempre repetirá a sus hijos que sean sembradores de paz y de alegría. «Alegría que no es el cascabeleo de la risa tonta, puramente animal. Tiene raíces muy hondas, es algo muy profundo. Pero es compatible con el cansancio físico, con el dolor -porque tenemos corazón-, con las dificultades en nuestra vida interior, en nuestra labor apostólica. Aunque alguna vez parezca que todo se viene abajo, no se viene abajo nada, porque Dios no pierde batallas. La alegría es consecuencia de la filiación divina, de sabernos queridos por nuestro Padre Dios, que nos acoge, nos ayuda, y nos perdona siempre»(35).

Alegría que Monseñor Escrivá de Balaguer sabe salpicar constantemente de humor rotundo, jovial y claro. En 1962 comenta, riendo, durante una tertulia en la Residencia Rosecroft, de Londres:

«Algunos por ahí dicen que hacemos voto de alegría. No me interesan los votos, pero sí la virtud santa de la alegría»(36). Y en otro momento:

«Basta que cada día nos acerquemos al Señor, para decirle que El es “qui laetificat iuventutem meam!”, eres Tú, Dios mío, el que alegras mi juventud. “In manibus tuis tempora mea”, mis años, toda mi vida, la tiene el Señor en sus manos. Esto me llena de dicha y de paz»(37).

Este mensaje que Dios le ha confiado encontrará respuesta en multitud de personas de los cuatro puntos cardinales dedicadas a las más diversas tareas civiles de la vida humana: desde el laboratorio, el quirófano del hospital, el cuartel, la cátedra universitaria, la fábrica, el taller, el campo, el hogar de familia y todo el inmenso panorama del trabajo. Por eso, decía un periodista, después de la muerte del Fundador del Opus Dei:

«Descendió a la calle en busca de santidad; la calle ha sido, más de una vez, implacable con él y con su ardoroso desafío»(38).

Nada podrá doblegar la firme decisión de abrir senderos, a golpe de andadura, por lugares cubiertos de dificultades. Su ánimo es una rotunda afirmación clavada entre la más leal tozudez humana y la más honda convicción sobrenatural: el horizonte sin fin de la esperanza.

Caridad y valentía

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Las Hijas de la Caridad que trabajaron en el Hospital del Rey durante la difícil década de 1926 a 1936, recuerdan con enorme afecto la dedicación, la generosidad, la entrega de estos tres sacerdotes. Después de la muerte imprevista de don José María Somoano, el 16 de julio de 1932, don Lino Vea Murguía caerá fusilado en Madrid al comienzo de la guerra civil. Y solamente don Josemaría Escrivá de Balaguer sobrevivirá al riesgo de persecución y al trabajo agotador que se ha impuesto para cuidar a tantas almas que reclaman su atención sacerdotal.

Tanto la Superiora de la Comunidad como la Hermana encargada de la capilla y las que trabajan en las salas de enfermos infecciosos(4), le ven acudir a pie o en cualquiera de los escasos medios de locomoción habituales; siempre rápido, como quien tiene una importante misión que cumplir en los minutos de cada hora; a la vez, siempre con calma, entregando todo su tiempo a las personas que le reclaman. Muy joven aún, pero con madurez y gravedad en el comportamiento, buscando siempre la gloria de Dios, y valiente, muy valiente para trabajar, en su calidad de sacerdote, de un modo amable y enérgico ante las situaciones más contradictorias.

Los pacientes le esperan con auténtico cariño. Aquellos tuberculosos desahuciados, jóvenes en su mayoría, se confían a este sacerdote alegre que habla de la muerte como el comienzo de la Vida; que les invita a pasar de la esperanza de la tierra a la seguridad de Dios, con una sonrisa; bendiciendo el dolor que les hace hermanos, con mayor predilección, de Jesucristo.

Celebra con frecuencia la Santa Misa en el Hospital del Rey. A la Hermana sacristana le conmueve advertir que reza con particular devoción las oraciones de la Misa, que toma en sus manos con actitud de profunda adoración la Sagrada Eucaristía, que es capaz de revestirse y salir a ejercer su sagrado ministerio al jardín del Hospital, cuando las circunstancias políticas exigen casi ocultarse para rezar y pronunciar el nombre de Dios. Que continúa llegando, cada vez, con su traje talar, sin miedo a las pedradas ni a las represalias que pueden ocultarse tras los desmontes y el descampado que rodean el Hospital. Y que, al mismo tiempo, es capaz de mantener una esperanza que tiene su cimiento, su apoyo inconmovible, en la fe sobrenatural que Dios le otorga. No conocerá el desánimo ni en los últimos años de esta década, cuando todo parece desmoronarse. Su aliento para los enfermos, las Religiosas, los que colaboran en el Hospital y acuden a escuchar sus homilías, será constante.

Algunas veces celebra en una capilla improvisada en un salón de la Comunidad, donde se ha instalado un altar portátil. En el retablo preside la Virgen Milagrosa. Desde allí distribuirá la Comunión a los enfermos que lo solicitan. Jamás le ha retraído el contagio a que se expone frecuentando algunas salas. No tiene miedo a nadie ni a nada. Y los pacientes, que saben apreciar esta actitud, aceptan la enfermedad y la muerte con una entereza y alegría que dan ejemplo de devoción a quienes les rodean. Las monjas llegan a comentar que se lleva a los enfermos al Cielo «en palmitas», con aquel don y atractivo que sabe poner en las cosas de Dios.

La Hermana sacristana le secunda en cuidar todo cuanto se refiere al culto, aun cuando las circunstancias presentes no favorecen el mantener los objetos con la calidad y decoro necesarios. Porque, en medio de la actividad constante que desarrolla, don Josemaría no olvida estas pequeñas grandes cosas en las que se demuestra un detalle de amor con el Señor.

A lo largo de su vida, el Fundador del Opus Dei recordará que «la fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana; los más ignorantes de aquellas barriadas extremas.

Estas son las ambiciones del Opus Dei, los medios humanos que pusimos: enfermos incurables, pobres abandonados, niños sin familia y sin cultura, hogares sin fuego y sin calor y sin amor»(5).

Y muchos de estos enfermos, conscientes de que aquel sacerdote se ha sentido llamado a una alta misión del cielo, y que necesita y valora su ayuda y su oración, se brindan a ofrecer el dolor como la mejor moneda de cambio que poseen para pagar las atenciones de don Josemaría Escrivá de Balaguer. Hay referencias históricas conmovedoras. Entre ellas, la de una mujer joven que ingresa en el Hospital del Rey en 1930. Su tuberculosis es avanzada e incurable. Conoce a don Josemaría y empieza a recorrer el camino sobrenatural que le brinda. Poco después, pide su admisión en el Opus Dei: María Ignacia García Escobar, reza y se adentra en el panorama de filiación divina: entiende que Dios puede estar escribiendo su mejor biografía con la enfermedad; que la necesita para completar con su dolor la Redención del mundo; y ve el amor, misterioso amor de Dios que a veces resulta difícil de aceptar, en el envés de la trama con que el Señor teje los acontecimientos del mundo. Todavía recuerdan sus hermanas, que la acompañaban, frases completas que don Josemaría repite a la enferma en sus momentos de mayor sufrimiento: «A veces puede parecernos que nos trata duramente; no podemos entender las dificultades o las penas que nos envía; pero tampoco el niño pequeño entiende por qué su madre no le deja que juegue con un cuchillo o que acaricie con sus deditos la llama de una vela; y menos entiende por qué, en determinadas circunstancias, le da unos buenos azotes. Sin embargo, todo es para bien»(6).

María Ignacia se agrava, y don Josemaría la visita con frecuencia. Llama por teléfono a las Hermanas de la sala preguntando por su estado. La asiste en su muerte, larga y dolorosa. Lee despacio, ante ese cuerpo llagado y consumido por la enfermedad, la recomendación del alma, con voz pausada, solicitando la ayuda de los grandes aliados de los hombres: los ángeles y los santos. Y preside, afectuosamente, su entierro en el cementerio de Chamartín de la Rosa. Cuando el féretro baja hasta el fondo de la fosa, toma un puñado de tierra, lo besa y lo deja caer sobre la caja que contiene los restos de una mujer generosa que ha comprendido la Obra de Dios y que le ha sabido ayudar con el mejor tesoro que se puede poseer en la tierra: el dolor ofrecido con Cristo. Es el 13 de septiembre de 1933(7).

Biografía de Encarnita Ortega Pardo

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Encarnita Ortega Pardo nació el día 5 de mayo de 1920, en Ponte Caldelas (Pontevedra).

Con Tía Carmen en Roma

Su infancia y juventud transcurrieron en tierras de Galicia y Aragón. En 1941 asistió a un curso de retiro espiritual, dirigido por San Josemaría Escrivá en Alacuás (Valencia) y recibió de Dios la gracia de la vocación al Opus Dei.

Junto con otras jóvenes, puso en marcha la labor apostólica con mujeres, alentada por el impulso del Fundador, que le descubrió el valor santificador del trabajo ordinario. Encarnita incorporó pronto a su vida esas enseñanzas y el trabajo fue para ella forja de virtudes cristianas.

En 1946 se trasladó a Roma y desde allí trabajó en la expansión del Opus Dei por todo el mundo, demostrando fe en Dios y amor a las almas. Su actitud de servicio le llevaba a olvidarse de sí misma para ocuparse del bien espiritual y material de quienes le rodeaban. Volvió a España en 1961 y colaboró en varias iniciativas apostólicas. Los últimos años de su vida residió en Valladolid.

En 1980 se le diagnosticó un cáncer y durante quince años convivió con la enfermedad, sin disminuir el ritmo de intenso trabajo, amando heroicamente la voluntad de Dios y descubriendo a otras personas el valor santificador de la Cruz.

El trato continuo con Dios, a través de una intensa vida de piedad, le llevó a convertir la amistad humana en encuentro con Jesucristo. Se puede decir que han sido innumerables las personas que a través del trato con Encarnita se han acercado a Dios y han encontrado un sentido a sus vidas. Murió santamente en Pamplona el 1 de diciembre de 1995.

Biografía de Tomás Alvira Alvira y Paquita Domínguez Susín

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Fieles al espíritu del Opus Dei, transmitieron a sus hijos y a otras muchas personas un ejemplo de vida cristiana. Con palabras de San Josemaría Escrivá de Balaguer, hicieron de su casa “un hogar luminoso y alegre”

Tomás Alvira Alvira nació en Villanueva de Gállego (Zaragoza) el 17 de enero de 1906 y falleció en Madrid el 7 de mayo de 1992. Doctor en Ciencias Químicas, Investigador del CSIC y Catedrático de Instituto en Ciencias Naturales.

Paquita Domínguez Susín nació en Borau (Huesca) el 1 de abril de 1912 y falleció en Madrid el 29 de agosto de 1994. Era Maestra. Se casaron en Zaragoza el 16 de junio de 1939. Tuvieron nueve hijos, de los que el primero, José María, falleció a la edad de cinco años. La familia se trasladó a Madrid en noviembre de 1941, al incorporaras Tomás a su plaza de catedrático en el Instituto Ramiro de Maeztu.

Fueron ambos Supernumerarios del Opus Dei: Tomás desde el 15 de febrero de 1947 y Paquita desde el 1 de febrero de 1952. Fieles al espíritu del Opus Dei, transmitieron a sus hijos y a otras muchas personas un ejemplo de vida cristiana. Con palabras de San Josemaría Escrivá de Balaguer, hicieron de su casa “un hogar luminoso y alegre”.

Se santificaron en el ejercicio heroico y perseverante de las virtudes cristianas. La Santa Misa constituía el centro y la raíz de su vida interior. Ayudados por la gracia divina y procurando mantenerse en presencia de Dios, supieron llenar de contenido sobrenatural sus quehaceres ordinarios, familiares, profesionales y sociales.

Ambos padecieron dolorosas enfermedades, que llevaron con gran sentido sobrenatural: Tomás falleció a raíz de un proceso canceroso y Paquita entregó su alma a Dios tras una enfermedad cerebral.

Relatos y favores recibidos

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Acudir en caso de necesidad a la intercesión de personas con fama de santidad, es una práctica corriente en la Iglesia. Presentamos una selección de relatos recibidos en la Oficina para la Causa de los Santos de la Prelatura del Opus Dei.

Infección desconocida

Mi nieto llevaba seis días con fiebre. El antibiótico administrado durante los últimos cuatro días parecía no hacerle efecto. De mañana lo ingresamos al hospital con fiebre, diarrea y vómitos, además de un cuadro gripal fuerte. Los exámenes que le realizaron durante el día revelaron una alza grande de glóbulos blancos, pero no encontraban dónde podía estar la infección. Estaba con suero, postrado, con fiebre alta y sin deseos de beber un poco de agua.

El doctor, después del mediodía, nos había manifestado su preocupación. Esa noche, los pediatras tomaron la decisión de suspender todos los medicamentos y observar cómo pasaba la noche. Después de cinco horas de no dormir casi nada, él y su mamá estaban completamente agotados. Los dejé en el hospital pensando en que, sin el auxilio de las medicinas, sería la peor noche. Me fui a casa muy angustiada.

En mi casa, sentí una profunda necesidad de orar. Mi mente voló a la figura del doctor Cofiño. No encontré la estampita que tenía con su oración, pero me puse a rogarle para que intercediera ante Dios Nuestro Señor para que Él iluminara a los pediatras y nos concediera la pronta recuperación de mi nieto.

A la mañana siguiente el cuadro había cambiado por completo. En la noche, había podido dormir bien. Durante el día siguiente, la fiebre cedió, fue disminuyendo la diarrea y volvió a tener apetito. Un día después salió del hospital y, sin ningún medicamento, se restableció rápidamente. Mi agradecimiento al Dr. Cofiño. A. de F.

Bebé esperado

Con mi esposo, estuvimos acudiendo a la intercesión del Dr. Cofiño para que la esposa de mi hijo resultara esperando un bebé. Después de dos meses de pedir, nos comunicaron la alegre noticia de que estaba esperando, favor que agradecemos a Dios y al doctor. C.F.

Relatos y favores recibidos

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Acudir en caso de necesidad a la intercesión de personas con fama de santidad, es una práctica corriente en la Iglesia. Presentamos una selección de relatos recibidos en la Oficina para la Causa de los Santos de la Prelatura del Opus Dei.

No escuchaba consejos

Hace unos meses me llamó mi hermana para decirme que su hija andaba por mal camino. Mantenía un noviazgo que no le convenía. Un día se marchó de casa, pero como es menor de edad, tuvo que regresar. Ha cambiado varias veces de escuela y tiene todos los cursos comenzados, pero sin terminar. Le escribí una carta, pero me dijo mi hermana que la había tirado a la basura: no escuchaba los consejos de nadie.

Hace tiempo que la encomendaba a Montse, pero esta situación me llevó a redoblar mi petición. Le insistía a Montse que dejase al novio y se encaminara. Unas semanas después volví a hablar con mi hermana y me contó con gran alegría que mi sobrina iba a dejar al novio. Solicitó trabajo donde trabaja su hermano mayor y la aceptaron. Además, el turno del trabajo le permitía seguir estudiando. Se lo he agradecido todo a Montse.M.C.

Que mi hija sonría como tú

Mi hija ha tenido depresiones y siempre ha estado muy triste, y siendo joven no quería salir de casa. Esto me preocupaba mucho, y pedía y pedía al Señor verla al menos sonreír.

Un domingo fui a Misa como de costumbre, y a la entrada había un folleto con la foto de una niña, con una sonrisa dulce. En ese momento me acordé de mi hija y al leerlo y al rezar la oración, solamente le pedí que mi hija sonriera como ella. Todos los días rezo la oración y le pido lo mismo.

Ahora, gracias al Señor y a la Virgen por la intercesión de Montserrat Grases, mi hija no sólo sonríe, sino que sale y está alegre a pesar de su enfermedad. Hago este relato, para la beatificación de Montse.

Como por casualidad

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Lucía tiene ocho años, es alumna del colegio Fuenllana; a su edad, ya ha soportado 17 operaciones como consecuencia de una malformación cráneo-cerebral.

Luis, Lucía y Begoña

¿Cómo fue el nacimiento de Lucía?
La primera vez que tuvimos a nuestra hija en brazos fue el momento más feliz de nuestra vida y a la vez el más triste: cuando la vimos, comprendimos que Dios nos había concedido aquella niña para que la sacáramos adelante poniendo todos los esfuerzos que fueran necesarios. Fue un milagro su gestación, fue un milagro su nacimiento con vida y los milagros continúan.

“Si dejas que la niña viva, te prometo que su padre y yo vamos a empeñar nuestra vida en sacarla adelante”

Con 15 días le hicieron la primera operación, con mucho riesgo y escasas posibilidades de que pudiera superarla. Ante esta situación, Begoña le dijo a Dios: “mira, las dos cosas que te he pedido en mi vida me las has concedido, pero ahora te digo muy en serio, Tú nos has mandado a nuestra hija con este problema, y yo te digo: si dejas que la niña viva, te prometo que su padre y yo vamos a empeñar nuestra vida en sacarla adelante, pero si te la quieres llevar hazlo ahora”. A día de hoy Lucía tiene 8 años, hace una vida normal con algunos cuidados especiales que no impiden que tenga una evolución como cualquier niña de su edad.

Podemos decir que, sin cosas extraordinarias, Dios nos ha ido poniendo delante como por casualidad la solución a cada circunstancia concreta y eso ha sido nuestra historia con Lucía: Dios que permite un problema pero inmediatamente te pone la solución delante, y uno sólo tiene que mirar, estar atento y cogerla.

Vista parcial del colegio Fuenllana

¿Qué momentos del crecimiento de vuestra hija recordáis especialmente?
Cuando nos llegó el momento de decidir el colegio de Lucía, pedimos información sobre distintos centros que tuvieran algunos servicios como logopeda o posibilidad de hacer psicomotricidad. Optamos por un centro privado y laico que teníamos cerca del domicilio donde vivíamos.

Nunca pudimos disponer de los servicios de apoyo pedagógico que el colegio nos ofreció en su momento, por lo que tuvimos que ir solucionándolos por otro lado para paliar las dificultades con que Lucía se topaba en su desarrollo. Conscientes de que estos primeros años de la vida eran fundamentales, no quisimos escatimar esfuerzos para que nuestra hija fuera lo más normal posible.

“Me encanta esta escuela”, escribió en su dedicatoria Agatha Ruiz de la Prada, durante su visita al colegio

La responsabilidad de sacarla adelante era ineludiblemente nuestra, pero tuvimos poco apoyo por parte del colegio. Gracias a Dios, conocimos la ONG “Save the children” que nos ayudó durante aquel último curso escolar de infantil, que es imprescindible para poder acceder a la educación primaria porque es en el que se aprende todo el abecedario, los números, formas, conceptos, etc.

“Nos llamó la atención que quienes habían tenido un trato directo con miembros de la Obra eran los que opinaban más favorablemente”

¿Cómo decidisteis el cambio de colegio?
Los motivos se fueron dando la mano unos a otros. La vivienda que ocupábamos entonces era muy ruidosa y el sueño de Lucía se estaba alterando, sin descontar que siempre ha tenido frecuentes dolores de cabeza, y las largas estancias en el hospital contribuían a hacerle más difícil dormir. Noche tras noche nos enfrentábamos a la odisea de no poder dormir hasta que la situación se hizo insostenible.

Nos topamos entonces con otra de las casualidades que han acompañado la vida de Lucía: encontramos una casa perfecta, por sus condiciones y emplazamiento, para el tipo de vida que queríamos hacer. Con sorpresa por nuestra parte vimos que al lado estaban construyendo un colegio concertado que ofertaba los servicios que necesitábamos: se llamaba Fuenllana y era una obra corporativa del Opus Dei, con el que no habíamos tenido ninguna relación directa; como es lógico, preguntamos a nuestros conocidos.

Las alumnas de Restauración con el famoso cocinero Martín Berasategui

Hubo quien nos habló mal y quien bien, pero lo que nos llamó la atención fue que quienes habían tenido un trato directo con miembros de la Obra eran los que opinaban más favorablemente.

Finalmente decidimos pedir plaza y fuimos a Fuenllana, pero la directora no estaba; dejamos nuestros datos y a los pocos días recibimos su llamada, interesándose por Lucía y por nosotros. Al colgar, tuve una sensación que nunca antes había tenido: estábamos acompañados, porque una persona que no sabía quiénes éramos, que nunca nos había visto la cara, me decía que no nos preocupáramos porque iban a hacer todo lo posible para que Lucía estuviera bien en ese colegio. No pueden imaginarse el impacto que nos causó que sin ser alumna del colegio nos llamara y animara.

¿Qué destacaríais del tiempo que lleváis en Fuenllana?

“En cuanto las vio, pegó un salto y se incorporó de la cama, a pesar de que, después de las operaciones, apenas puede moverse por el dolor”

Del colegio no hemos recibido más que cariño y apoyo: en mayo del año pasado a Lucía tenían que hacerle otra operación “de las gordas”. Al día siguiente de la salida de la UVI, vinieron a visitarla su tutora con otra profesora; en cuanto las vio, pegó un salto y se incorporó de la cama, a pesar de que, después de las operaciones, tiene el cuerpo contracturado sin apenas moverse por el dolor… cuando vimos el salto de nuestra hija, los que tuvimos que sentarnos fuimos nosotros. Las profesoras del colegio le traían dibujos que las niñas le habían hecho, un peluche y una fotografía de sus compañeras con el peluche.

No podemos decir si el milagro fue por lo que la gente rezó a San Josemaría, si fue por lo que nosotros le suplicamos a Dios, o si fue el cariño que recibimos, o si fueron las tres cosas juntas, pero lo cierto es que lo que normalmente era una recuperación de semanas en este caso fue de días y sin complicaciones.

Celebración de la fiesta de San Josemaría

Además, antes de la operación recibimos una llamada de la directora del colegio en la que nos decía que estaban rezando para que todo fuera bien, nos animó a que encomendáramos la oración al patrón del colegio, san Josemaria, y nos dio una estampa con una reliquia que le dimos a Lucía para que la llevara durante la operación.

Cuando todo terminó estábamos tan felices, agradecidos y rodeados de cariño y apoyo, que sólo se nos ocurrió hacer llegar nuestro agradecimiento a todos a través de San Josemaría, así que decidimos regalar las flores que decoraron el polideportivo el 26 de Junio en la Misa de su fiesta. Al fin y al cabo todo había llegado a nosotros a través de la Obra, y en concreto de Fuenllana que es el resultado de la fidelidad de San Josemaría.

¿Os ha cambiado entonces la vida “Fuenllana”?
Sí, mucho. Antes éramos una familia unida y luchadora frente al mundo y contra los obstáculos del mundo. Hoy seguimos siendo una familia unida y luchadora, pero ahora no estamos solos, tenemos amigos: todos ellos nos han redescubierto a Jesucristo, a María, al Espíritu Santo… Y aunque el dolor y la lucha continúan y no vemos el final del camino, ahora tenemos más paz, somos más felices y estamos más orgullosos de ser una pequeña gran familia.

Juan XXIII y el fundador del Opus Dei

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‘Gracias, Dios mío, por el amor al Papa que has puesto en mi corazón’. Con estas palabras, mostró san Josemaría el afecto y la unión que sentía hacia cada pontífice. Señalamos algunos textos publicados sobre su relación con el beato Juan XXIII.

Primera audiencia a san Josemaría (5-III-1960)

«El 5 de marzo de 1960, Escrivá acude al Vaticano, llamado a audiencia por Juan XXIII.
Durante la conversación, con humor socarrón y gesticulando muy expresivamente, el Papa le comenta:
—La primera vez que oí hablar del Opus Dei me dijeron que era una institución imponente e che faceva molto bene. La segunda vez, que era una institución imponentissima e che faceva moltissimo bene. Estas palabras me entraron por los oídos, pero… el cariño por el Opus Dei se quedó en mi corazón.

Segunda audiencia (27-VI-1962)

«A la audiencia privada concedida por Juan XXIII el 27 de junio de 1962, le acompañó don Javier Echevarría. Fue una conversación a solas, entre el Papa y el Fundador del Opus Dei. Sé que hablaron largamente sobre el espíritu y la actividad de la Obra en el mundo, y que pocos días después, el 12 de julio de 1962, el Padre escribió una carta a todos sus hijos del mundo entero pidiéndoles que se unieran al agradecimiento que en justicia sentía hacia Juan XXIII, por haberle ofrecido una vez más el honor y la gloria de ver a Pedro».
(Álvaro del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, pp. 16-17)

«En junio de 1962, Monseñor Escrivá de Balaguer será recibido, una vez más, por Su Santidad el Papa. Recordando esta inolvidable audiencia, el Padre escribe con emoción y alegría:
“Os diré, sin embargo, que de este encuentro del hijo con el Padre han quedado guardados en mi mente y en mi corazón todos los pormenores. Más aún: así como el Apóstol Juan conservó un nítido y vivo recuerdo, fruto de un gran amor, de todos lo pormenores de sus encuentros con el Maestro (y este recuerdo llega incluso a precisar la hora de la divina llamada: hora erat quasi decima); del mismo modo yo, en mi modestia, vuelvo con mi recuerdo a esta Audiencia, y guardo de ella hasta el más mínimo detalle: no solamente el día y la hora, sino también la mirada atenta y llena de paterna benevolencia, el gesto suave de la mano, el calor afectuoso de su voz, la alegría grave y serena reflejada en su semblante… Quisiera de verdad, queridísimos hijos, que todos vosotros sintierais la misma alegría que yo y quedaseis inmensamente agradecidos al Papa Juan XXIII por su bondad y benevolencia (…).
El Santo Padre Juan XXIII, Pastor común (…) que además ha sido el Pontífice de la Encíclica Mater et Magistra y será el gran Papa del Concilio Ecuménico Vaticano II, nos tiene a todos en su corazón. Nos conoce y nos comprende perfectamente”».
(Ana Sastre, Tiempo de caminar, p. 458)

Nombramiento como Consultor para la interpretación del Código

«En 1961, Juan XXIII nombró a Monseñor Escrivá Consultor de la Comisión para la interpretación auténtica del Código de Derecho Canónico».
(Peter Berglar, Opus Dei, p. 251)

Declaraciones de san Josemaría sobre Juan XXIII

«Nuestro Fundador me habló muchas veces, con gran admiración, de las virtudes sacerdotales del Papa Roncalli».
(Álvaro del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, p. 17)

Afecto de san Josemaría por Juan XXIII, durante su enfermedad

«Mientras Juan XXIII agoniza, Escrivá reza con fuerte intensidad. Esos días, altera su horario, adelantando la misa para poder ofrecerla por el Papa todavía vivo… o como sufragio madrugador, si falleciera por la noche».
(Pilar Urbano, El hombre de Villa Tevere, pp. 446-447)

«Durante la dolorosa enfermedad de Juan XXIII, Mons. Angelo Dell’Acqua contó al Padre —le manifestó siempre gran confianza— algunos detalles de cómo cuidaba al Papa. Por ejemplo, mientras estaba junto a la cabecera de su lecho, el Papa le tomaba la mano, y cuando hacía gesto de irse y le soltaba, exclamaba: “Angelino, no me dejes”. El Padre se entristecía al pensar en la soledad en que se encontraba el Papa y daba las gracias de todo corazón a Mons. Dell’Acqua, que, con los más íntimos colaboradores de la casa pontificia, atendían con tanto cariño al Papa Juan XXIII durante sus últimos días».
(Álvaro del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, p. 17)

Juan XXIII y el Concilio

«El Padre se alegró mucho por la convocatoria del Concilio Vaticano II y, apenas Juan XXIII la hizo pública, le envió inmediatamente una carta llena de gratitud. Entre otras cosas, preveía que el Concilio colmaría la laguna teológica sobre el papel de los laicos en la Iglesia, como de hecho sucedió.
Pensó que podían convocarle en calidad de presidente general de un Instituto Secular, pues ésa era entonces la configuración jurídica del Opus Dei. En ese caso debería participar como Padre Conciliar junto a otros superiores de Instituciones incluidas en el estado de perfección. Aunque deseaba muchísimo intervenir personalmente en las reuniones conciliares, no le pareció conveniente tomar parte a título de presidente de un Instituto Secular. De hecho podría significar, si no la aceptación de un estatus jurídico inadecuado a la naturaleza de la Obra, al menos un dato que constituiría un precedente poco favorable para la futura revisión del encuadramiento canónico del Opus Dei. Expuso a la Curia los motivos por los que no consideraba prudente participar en el Concilio, y su decisión fue bien comprendida.
Entonces Mons. Loris Capovilla le invitó a intervenir como perito del Concilio, trasladando el deseo del Santo Padre Juan XXIII. Nuestro Fundador reiteró una vez más su disponibilidad total e incondicionada, pero, después de haber agradecido la invitación, explicó las razones por las que preferiría no aceptar, sometiéndose, en todo caso, a la decisión del Papa. En resumen eran éstas: por un lado, no podría dedicar a esta misión todo el tiempo necesario; por otro, varios hijos suyos obispos eran Padres conciliares, y resultaría chocante que interviniese como un simple perito: no se trataba ciertamente de una actitud de vanidad, sino del deseo de evitar malentendidos a la Santa Sede. Si el Fundador del Opus Dei hubiese aceptado el nombramiento de perito, tras haber rehusado el de Padre Conciliar, alguno podría pensar que lo que buscaba era moverse entre bastidores. En cambio, los que no estaban al corriente de la situación podrían pensar que al Opus Dei no se le concedía ninguna importancia eclesial.
Al mismo tiempo, nuestro Fundador ofreció a la autoridad eclesiástica competente la colaboración de toda la Obra y de sus miembros, muchos de los cuales, efectivamente, participaron en la preparación y desarrollo del Concilio.
Por lo que a mí se refiere, me exhortó a aceptar varios nombramientos de diversas Comisiones del Concilio y a poner todo mi empeño en esta tarea. Al comienzo de los trabajos fui nombrado perito conciliar, Secretario de la Comisión para la Disciplina del Clero y el Pueblo Cristiano, dentro de la cual tuve que intervenir muy activamente».
(Álvaro del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, pp. 21-22)


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