Los Rosales

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Ha caído sobre Madrid el invierno de 1944. Los alrededores de la Ciudad Universitaria tienen la dureza limpia de los últimos hielos de enero. Una mañana, Guadalupe Ortiz de Landázuri sale de la Facultad de Químicas con un compañero. Acaba de terminar su licenciatura y estrena el primer trabajo profesional docente en el Colegio de las Irlandesas. Tiene grandes proyectos y amplios horizontes. Le pregunta a este amigo si no conoce a algún sacerdote con el que pueda hablar confiadamente de sus inquietudes espirituales. Por casualidad, el muchacho tiene anotados la dirección y teléfono de don Josemaría Escrivá de Balaguer; se lo ha proporcionado un estudiante de la Facultad.

Y como esta mujer decidida no suele dejar para más tarde lo que puede resolver enseguida, concierta una entrevista y acude, puntualmente, a Jorge Manrique 19. Espera sólo unos brevísimos minutos. Porque, rápidamente, aparece el Padre. La recibe con un saludo cordial.

Hablan un rato y el Padre pone ante sus ojos el horizonte del Opus Dei. Guadalupe comprende que eso es exactamente lo que va buscando. Tiene la seguridad de que Dios respalda las palabras de este sacerdote. Y contesta impulsada por una fuerza superior, por una certeza inexplicable. Durante un breve período de tiempo abre su alma al espíritu del Opus Dei, y el 19 de marzo de 1944 pide la admisión en la Obra.

Juzgada superficialmente, podría parecer una decisión demasiado repentina, con raíces poco profundas. Sólo a la luz de sus consecuencias para toda la vida se puede calibrar este compromiso, superior a toda lógica humana, y que la inunda de seguridad sobrenatural.

Guadalupe Ortiz de Landázuri abandonará sus proyectos personales, y será más adelante motor de la tarea de comienzo y extensión del Opus Dei en México. Con fidelidad a Dios y al Fundador, llevará a buen término los más diversos quehaceres. Pasará sobre las dificultades y la enfermedad. Y morirá, sólo unos días después del Padre, en julio de 1975, con esa paz y sencillez que parecen patrimonio de los santos.

De un modo muy parecido, providencial, irán llegando a la Obra durante los años de 1944 a 1946, Marichu Arellano, María Teresa Echevarría, Carmen Gutiérrez Ríos, Dora Calvo, Josefina de Miguel, María Jesús López Areal, María Jiménez, Victoria López Amo, Sabina Alandes, Raquel Botella, Digna Margarit… y tantas otras que serán columnas firmes para el Padre. Muchas de ellas cruzarán el mundo para extender con su labor profesional la semilla de la Obra. En verdad, la Sección de mujeres ha empezado, por fin, su andadura definitiva.

La procedencia de estas mujeres es muy variada; pero todas han encontrado la huella sacerdotal del Padre en su camino hacia el Opus Dei. Siempre, detrás de los acontecimientos, se descubren el esfuerzo y la abnegación constantes del Fundador. Siempre su fe contagiosa para cuantos se acercan hasta su palabra.

Con la preocupación de que sus hijas tengan una casa en la que puedan dedicarse al estudio, a la preparación profesional seria y también al descanso fuera de las ocupaciones habituales, pasa un día por un pueblo cercano a la capital: Villaviciosa de Odón. Termina el verano de 1944. Se detienen, y el Padre pasea por las calles enarenadas, por el forestal, por la amplia y rectangular plaza. Allí se levanta una casa de noble traza: grandes verjas en los huecos de las ventanas, balconada central y torreón. Dentro, en el vestbulo, muebles castellanos. Olor a madera antigua. Y, alrededor, un jardín espacioso que ahora estrena las tonalidades del otoño. Por una escalera de barandal recio y oscuro se asciende a la primera planta, donde están las habitaciones. Esta casa, próxima a Madrid, bien comunicada y con zona verde para, respirar un aire limpio, resulta adecuada para que sus hijas puedan reunirse, tener cursos de retiro, de formación teológica, y realizar muy diversas tareas. Y también para intensificar la oración y la convivencia que forman el sustrato de la vida de familia en el Opus Dei.

En un rincón del jardín trepan las plantas y las flores. En la mente del Padre surge el nombre que habrá de llevar esta casa: “Los Rosales”.

No tienen ninguna posibilidad económica que les avale para el alquiler del edificio. Como siempre, se empieza con pocos medios humanos y mucha confianza en Dios. Se habla con fe y entusiasmo de las tareas que la Obra ha de realizar en todos los lugares de la tierra. Se pide ayuda con la simplicidad humilde de quien pide para una empresa sobrenatural. Y se comienza como se puede: con carencia material de muchas cosas. Luego, con el amor, el sacrificio y la generosidad de los que han entendido la labor de la Obra, se va instalando la casa, que adquiere el aspecto acogedor, limpio y grato de un verdadero hogar.

Mientras se trabaja en la puesta a punto de la casa, el Padre vendrá casi todos los días a este Centro, en el que ha puesto mucho cariño y esperanza. Algunos de los muebles de su madre vuelven a viajar para cubrir huecos en las salitas de la planta baja. Se preocupa de cada rincón, de cada problema, de cada acontecimiento diario.

En diciembre se celebra la primera Misa en el oratorio de “Los Rosales”. Es muy sencillo, con arpillera en las paredes, friso de pino y altar de madera. Por la ventana, de grandes dimensiones, se oye el murmullo mañanero del pueblo. Allí trabajan y estudian, transformando cada tarea en oración; pasean la alegría de un destino que orienta la vida de cuantas han seguido la llamada de Dios. No tienen dificultad alguna para integrarse en el lugar y compartir las incidencias de la vida local. La vocación a la Obra no las separa ni aísla. Es una vocación a la santidad en medio del mundo. Lo mismo sucederá cuando el Opus Dei se extienda a otros países: en Kenia, en México, en Australia y en cualquier lugar de la tierra, ciudad o aldea donde el Opus Dei llegue a esparcir su espíritu. Nunca formarán sus miembros un quiste aislado o impropio. Han de ser «todo para todos para salvarlos a todos», como escribe el Apóstol Pablo(11).

Hay una gran estrechez económica. Pero la casa se pondrá en marcha, sin que las dificultades empañen el carácter o el gesto. El Padre las anima a mantener el tono humano y el buen humor por encima de todos los obstáculos. Ninguna carestía debe justificar el descuido. Todo lo contrario.

En medio de las dificultades es donde debe acrecentarse el amor que ha condicionado su entrega: «Como los enamorados que construyen un pequeño poema: te quiero mucho, y lo repiten incansables. Después, pasa el tiempo, y muchas veces el poema se olvida porque ha envejecido aquel amor. En cambio, nuestro Amor, hijas mías, es siempre joven, no pasa nunca»(12).

Y en otro momento:

«No hay que buscar cosas extraordinarias: no hacen falta, no las queremos. El gran milagro nuestro, la gran prueba de la divinidad de nuestra empresa, está en que cada uno de nosotros demos con alegría, cada día, los mismos pasos, pero siempre con un sentido nuevo, con una luz distinta, con una vibración sobrenatural renovada: hacer extraordinariamente bien lo ordinario, ése es nuestro programa ascético y apostólico»(13).

No hay oficio, situación o tarea que no se carguen de trascendencia ante este panorama abierto al encuentro de Dios en la esquina de los acontecimientos cotidianos. Y no hay lugar tampoco a la esterilidad en el apostolado, porque esta dinámica tiene la fuerza capaz de mover a los hombres y a las mujeres del mundo:

«Te haces eterna en el corazón de un número incontable de hermanas tuyas…, y eterno se hará tu apostolado en el apostolado de ellas»(14).

Con razón cantarán las guitarras, aprovechando la pausa de cualquier descanso, en el caminar de la Obra por el mundo:

«el árbol crece y crece entre mis manos;
nunca premie su sombra mis sudores,
sirva para albergar a otros hermanos».

Un espíritu inédito

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Desde el primer momento, don Josemaría se entrega de lleno a la misión que le ha sido confiada. A pesar de la claridad meridiana con que ha visto el camino, comprende que su realización implica un fenómeno teológico inédito dentro de las líneas de espiritualidad existentes, en ese momento, dentro de la Iglesia. Y siente una completa repugnancia interior a crear nada nuevo. No le interesa personalmente ser fundador, porque todas las antiguas fundaciones, lo mismo que las de los siglos más inmediatos, le parecen llenas de actualidad y vida. Se siente pequeño, sin medios, sin condiciones, sin relación alguna que le permita abrir la brecha de este arduo caminar que Dios acaba de pedirle.

Confesará, años más tarde: «El Señor, que juega con las almas como un padre con sus niños pequeños –“ludens coram eo omni tempore, luden in orbe terrarum” (Prov VIII, 30); jugando en todo tiempo, jugando por el orbe de la tierra-, viendo en los comienzos mi resistencia (…) permitió que tuviera la aparente humildad de pensar -sin ningún fundamento- que podía haber en el mundo instituciones que no se diferenciaran de lo que Dios me había pedido. (…) Han pasado unos años, y veo ahora que quizá dejó el Señor que padeciera entonces esa completa repugnancia, para que tenga siempre una prueba externa más de que todo es suyo y nada mío » (17).

En múltiples ocasiones expondrá el mismo argumento:

«No olvidéis, hijos míos, que no somos almas que se unen a otras almas, para hacer una cosa buena. Esto es mucho…, pero es poco. Somos apóstoles que “cumplimos un mandato imperativo de Cristo”» (18).

Intentará confirmar repetidamente -con sumisión total a la obediencia- la veracidad, la autenticidad divina del mensaje recibido, permaneciendo en contacto ininterrumpido con la autoridad eclesiástica. Durante algún tiempo, al explicar la llamada universal a la santidad en medio del mundo a otras personas, tendrá que escuchar palabras duras, hostiles. Opiniones que le duelen, pero que nunca consiguen minar su vida interior ni sembrar, en la magnanimidad de su espíritu, la menor duda. De una vez para siempre, decide esperar a que la Iglesia resuelva, sin dar más detalles a los que, sin ningún título, pretenden erigirse en jueces.

Jamás ha sido milagrero. Declarará que le bastan los milagros del Evangelio. Pero, con la misma firmeza, habrá de subrayar ante sus hijos, y ante todas las gentes, la fe y respeto sobrenaturales que exige la Obra de Dios en la tierra:

«En mis conversaciones con vosotros repetidas veces he puesto de manifiesto que la empresa, que estamos llevando a cabo, no es una empresa humana, sino una gran “empresa sobrenatural”, que comenzó cumpliéndose en ella a la letra cuanto se necesita para que se la pueda llamar sin jactancia la Obra de Dios.

“La Obra de Dios no la ha imaginado un hombre” (…). Hace muchos años que el Señor la inspiraba a un instrumento inepto y sordo, que la vio por vez primera el día de los Santos Angeles Custodios, dos de octubre de mil novecientos veintiocho»(19).

Hasta el día de su muerte, no perderá un momento. Irá tras la Voluntad de Dios, en el convencimiento firme de la llamada divina y en busca de las almas que el Señor quiera poner en su camino.

En estos primeros tiempos recibe información sobre nuevas fundaciones aparecidas en Italia y Polonia. Trata de saber si coinciden con lo que Dios le pide. No quiere arrogarse calidad de Fundador si la Providencia ha puesto ya un camino similar en la tierra por medio de otro hombre. Pero pronto se convencerá de que nada se parece a la imagen clara, inconfundible, que le ha sido confiada.

Así es, así tiene que ser el horizonte de tu apostolado: es preciso atravesar el mundo. Pero no hay caminos hechos para vosotros… Los haréis, a través de las montañas, al golpe de
vuestras pisadas» (20)

Cuenta ahora veintiséis años. Ha de desarrollar toda la doctrina teológica, ascética y jurídica del Opus Dei. Se encuentra ante una solución de continuidad de siglos: no hay nada semejante. A los ojos humanos todo ello puede parecer una locura, tanto más cuanto que tampoco tiene influencias sociales de ningún tipo.

Esta empresa divina tiene el apoyo de la gracia del Cielo y un alma fiel, sin medios humanos, que ha secundado siempre los deseos de Dios. Arraiga en un hombre que, desde la adolescencia, ha respondido afirmativamente… «Y esa semilla es hoy (…) un
árbol frondoso, de esbelto tronco, que restaura con su sombra a una legión de almas»(21).


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