5. El Fundador

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El 2 de octubre de 1928 Josemaría Escrivá vio el Opus Dei. Usó siempre este verbo, ver, y lo sucedido forma parte de su relación personalísima con Dios. Sin embargo, también para nosotros y para la vida de la Iglesia es un momento central, porque la santidad del Padre se estructura sobre su carisma de Fundador. Sabemos que aquel día estaba en Madrid haciendo, a solas, unos ejercicios espirituales. Todo entra, evidentemente, dentro de un designio providencial.

–La actitud del Padre, como afirmaría más tarde en muchas ocasiones, no fue nunca la del jugador de ajedrez, que mientras hace una jugada va pensando las siguientes: vivía un confiado abandono en la Voluntad de Dios y procuraba, por todos los medios, no obstaculizarla con inútiles precipitaciones humanas.

Se trasladó a Madrid, con el permiso de su Ordinario, el Arzobispo de Zaragoza, para obtener el doctorado en Derecho en la Universidad Central. Llegó a la capital el 20 de abril de 1927, y apenas una semana después, se matriculó en la asignatura de Historia del Derecho Internacional, y después, a finales de agosto, en la de Filosofía del Derecho.

Pero sus planes se modificaron con la fundación de la Obra: el 2 de octubre de 1928 el Señor cambió el curso de su vida y le hizo ver, con claridad meridiana, que su misión sobre la tierra consistía en hacer el Opus Dei. Madrid fue mi Damasco, le he oído exclamar a veces, con profunda gratitud. No sé si llegó inmediatamente a la conclusión de que debía establecerse de modo definitivo en la capital donde había nacido la Obra, y ofrecía mejores perspectivas para su desarrollo. Desde el principio contó con la autorización eclesiástica del Ordinario del lugar.

Aquel 2 de octubre de 1928 se abrieron para nuestro Fundador los horizontes hacia los que el Señor le llamaba al confiarle el Opus Dei: una movilización de cristianos que, en todo el mundo, en todas las clases sociales, a través de su trabajo profesional desarrollado con libertad y responsabilidad personales, busquen la propia santificación, santificando al mismo tiempo, desde dentro, todas las actividades temporales, en un audaz proyecto de evangelización para llevar a Dios a todas las almas. Es, con unas décadas de anticipación, el mensaje de renovación de la Iglesia querido por el Concilio Vaticano II, que ha proclamado la vocación universal a la santidad para la salvación del mundo, con todas las consecuencias pastorales que de ahí derivan, y que delinean la función eclesial del Opus Dei, mientras, como decía el Fundador, haya sobre la tierra hombres que trabajen.

¿Con quién habló el Fundador, además de, naturalmente, con su confesor?

–Uno de los primeros fue un profesor suyo de la Universidad civil de Zaragoza, don José Pou de Foxá, catedrático de Derecho canónico, muy conocido en España. En los primeros años treinta, don José Pou le pidió: “dime lo que te pasa, porque te encuentro diferente. Tú escribes siempre con mucha alegría, y veo que sigues teniendo alegría, pero te veo como más reservado; te pasa algo: ¿tienes alguna pena?”. Es probable que, como consecuencia de esa pregunta, el Padre le informara de alguna manera sobre su vocación divina; de hecho, poco más tarde, don José Pou afirmó que, por las noticias recibidas, comprendía muy bien por qué nuestro Padre se encontraba tan metido en Dios y tenía un afán tan grande por cumplir su Santísima Voluntad, y añadió: “Tú dices que eres un instrumento inútil e inepto. Menos mal que dices esto: porque en caso contrario querrías hacer una cosa tuya, y no una cosa de Dios. Como estás en esta disposición de considerarte inepto, Dios hará todo y todo será de Dios”.

Nuestro Fundador no habló con nadie más de la misión que había recibido del Señor, aparte de las personas que se acercaban a la Obra y, ya mediado el año 1930, su director espiritual, quien le aseguró muchas veces: “Todo esto es de Dios”.

¿Y ni siquiera habló con su familia? Con su madre vivían Carmen, su hermana, apenas dos años mayor, y Santiago, que en 1928 tenía nueve años.

–Hasta 1934 el Padre no habló claramente de la Obra a su madre ni a su hermana, a quienes, pese a la actitud prudente del Padre, no se les había escapado la intensidad de sus mortificaciones, signo evidente de que algo importante había aparecido en su vida. Me lo contaron ellas mismas. Además, en una carta del 20 de septiembre de 1934, el Padre relataba cómo se desarrolló la conversación: Al cuarto de hora de llegar a este pueblo (escribo en Fonz, aunque echaré estas cuartillas, al correo, mañana en Barbastro), hablé a mi madre y a mis hermanos, a grandes rasgos, de la Obra. ¡Cuánto había importunado para este instante, a nuestros amigos del Cielo! Jesús hizo que cayera muy bien. Os diré, a la letra, lo que me contestaron. Mi madre: “bueno, hijo: pero no te pegues, ni me hagas mala cara”. Mi hermana: “ya me lo imaginaba, y se lo había dicho a mamá”. El pequeño: “si tú tienes hijos…, ¡han de tenerme mucho respeto los muchachos!, porque yo soy… ¡su tío!”. Enseguida, los tres, vieron como cosa natural que se empleara en la Obra el dinero suyo. Y esto –¡gloria a Dios!–, con tanta generosidad que, si tuvieran millones, los darían lo mismo.

¿Y de dónde viene el nombre Opus Dei?

–En sus primeros apuntes autobiográficos el Padre, cuando se refería a la fundación, hablaba siempre de “la Obra”, o de “la Obra de Dios”, pero no pensaba aún en un nombre preciso. Tiempo después, llegó a la conclusión de que éste era el nombre. Lo relata en una extensa relación autógrafa del 14 de junio de 1948, que refiere un episodio sucedido a fines de 1930: Un día fui a charlar con el P. Sánchez, en un locutorio de la residencia de la Flor. Le hablé de mis cosas personales (sólo le hablaba de la Obra en cuanto tenía relación con mi alma), y el buen padre Sánchez al final me preguntó: “¿cómo va esa Obra de Dios?” Ya en la calle, comencé a pensar: “Obra de Dios. ¡Opus Dei! Opus, operatio…, trabajo de Dios. ¡Este es el nombre que buscaba!” Y en lo sucesivo se llamó siempre Opus Dei.

Un joven sacerdote con poquísimos medios, en una situación política de gran tensión, que poco después desembocaría en la guerra civil… El Opus Dei nació pequeño, pero desde el principio con entraña universal.

–Recuerdo muy bien, por ejemplo, que desde el comienzo de mi vocación, en 1935, el Padre me animó a estudiar japonés, y así lo hice aunque con resultados poco fructíferos. Nuestro Fundador tenía una predilección particular por el Extremo Oriente, y cuando, al fin, en la posguerra, fue posible iniciar establemente el trabajo de la Obra allí, se puso contentísimo. Cuando llegó la primera carta de sus hijos de Japón, escribió en el sobre: ¡La primera carta de Japón! Sancta Maria Stella Maris, filios tuos adiuva! Desde entonces, al despachar la correspondencia, si había carta de Japón, abría el sobre y la dejaba aparte. Ponía las demás cartas en un montón y las leía después conmigo. Pero la primera que leía siempre era la de Japón: aquellos hijos ocupaban un lugar especialísimo en su alma, porque estaban en un país maravilloso, con una lengua tan difícil, y en el que la mayor parte de la gente no conoce todavía a Cristo.

Este espíritu universal se llevó a la práctica, en cuanto las condiciones externas lo permitieron, es decir, después de la guerra civil española, y sobre todo, tras la Segunda Guerra mundial. El Padre preparó personalmente el terreno para la expansión de la Obra con frecuentes viajes, y la semilla arraigó vigorosamente.

Sólo recuerdo un país donde la prehistoria realizada por nuestro Fundador no fuera seguida del comienzo de una actividad apostólica estable: Grecia. El Padre fue allí en 1966, y le acompañamos don Javier Echevarría, Javier Cotelo y yo. Deseaba iniciar cuanto antes la Obra en este país y sembró a manos llenas la semilla divina. El 26 de febrero embarcamos en Nápoles. En Atenas y Corinto visitamos los lugares en los que, según la tradición, había predicado San Pablo. El Padre no daba demasiada importancia a la autenticidad de aquella tradición popular; al regreso, explicó: El sitio puede ser o no ser aquél; nada se gana ni se pierde si no lo fuese. Pero, a última hora, sale ganando el que sabe aprovecharlo para acercarse más a Dios. Allí rezamos una comunión espiritual, y encomendamos toda la futura labor en Grecia. Si en ese punto concreto estuvo San Pablo, muy bien; y si no estuvo, muy bien; eso es lo de menos.

Vimos también varias iglesias bizantinas. A veces coincidimos casualmente con alguna ceremonia litúrgica a la que asistían pocos fieles, en su mayoría, mujeres. El Padre rezó por aquel pueblo, separado de la Iglesia Romana. Fuimos a la catedral católica y a la Universidad de Atenas. El 13 de marzo regresamos a Roma.

Llegamos enseguida a la conclusión de que era poco factible iniciar la actividad apostólica en Grecia, entre otras cosas, porque los católicos eran una pequeña minoría. Nuestro Fundador comentó: La impresión mía, es que allí hay poquita posibilidad humana de trabajo. Es casi todo muy menudo…; no sé como decirlo. Aunque para el Espíritu Santo no hay imposibles. No abandonó la esperanza de enviar a alguno de sus hijos cuando las circunstancias fueran más favorales. A este propósito dijo en una ocasión: La labor no será fácil ni tampoco difícil; será como en todas partes. Será fruto de la oración, de la mortificación y del trabajo de todos.

La espiritualidad y los modos apostólicos del Opus Dei coinciden con los de su Fundador. Me gustaría oírselo explicar más claramente, aunque se trate de una exposición forzosamente incompleta.

–El elenco será necesariamente incompleto, porque la espiritualidad del Opus Dei tiende a realizar la unidad de vida, es decir, la unión de acción y contemplación, a través de la práctica de todas las virtudes, humanas y sobrenaturales.

Al contemplar la vida espiritual de nuestro Padre, se pone de manifiesto que su fundamento radicaba, como dijo muchas veces, en el sentido de la filiación divina, que se traduce en un deseo ardiente y sincero, tierno y profundo a la vez, de imitar a Jesucristo como hermano suyo, hijo de Dios Padre. El espíritu de filiación le llevaba a mantenerse siempre en la presencia de Dios, a vivir con absoluta fe en la Providencia, a corresponder serena y alegremente a la Voluntad divina.

Si todos, en cualquier situación y condición, estamos llamados a la santidad –y el Opus Dei ayuda a tomar conciencia de esta realidad y a obrar en consecuencia–, todos estamos llamados a participar de la vida de Cristo. Por tanto, la existencia del cristiano se centra en el Sacrificio eucarístico, donde se da la máxima unión posible del hombre con Cristo.

La profunda percepción de la riqueza del misterio del Verbo Encarnado fue el cimiento sólido de la espiritualidad del Fundador. Comprendió que, con la Encarnación del Verbo, todas las realidades humanas honestas se elevaban al orden sobrenatural: trabajar, estudiar, sonreír, llorar, cansarse, descansar, cultivar la amistad, etc., habían sido, entre tantas otras, acciones divinas en la vida de Jesucristo; podían compenetrarse perfectamente con la vida interior y el apostolado: en una palabra, con la búsqueda de la santidad. Por esto, en su vida –y gracias a su ejemplo, en tantas otras almas–, el esfuerzo por alcanzar la perfección humana en el cumplimiento de los propios deberes se transformó, por obra de la gracia, en oración, en camino de santificación, de ejercicio de las virtudes sobrenaturales y, al mismo tiempo, en fecundo servicio humano, en lucha generosa contra los enemigos del alma.

Por eso, desempeñó siempre sus trabajos con espíritu contemplativo: los ofrecía al Señor al empezar y al terminar, y los regaba de jaculatorias; en suma, transformaba todo en oración.

Como consecuencia, y al mismo tiempo como fuente de la unidad de vida, se alimentaba ininterrumpidamente del sentido de la presencia de Dios y convertía toda la jornada en oración. Solía explicar, ya lo he recordado, que el arma del Opus Dei no es el trabajo, es la oración: por eso convertimos el trabajo en oración. Era un alma contemplativa nel bel mezzo della strada como le gustaba decir en italiano, también cuando hablaba en otra lengua; afirmaba que, para un cristiano corriente, la celda es la calle. Tomaba ocasión de cualquier suceso para elevarlo al orden sobrenatural y convertirlo en tema de su diálogo con Dios. En su plan de vida incluyó, además, lo que llamaba normas de siempre, es decir, algunas prácticas de piedad que penetraban todos los momentos del día alimentando su intimidad con el Señor: presencia de Dios, consideración de la filiación divina, comuniones espirituales, acciones de gracias, actos de desagravio, jaculatorias, que se unían a sus mortificaciones, al estudio, al trabajo, al orden, todo vivido con la alegría de saberse hijo de Dios.

El cuidado de las cosas pequeñas constituye otra línea básica del espíritu del Fundador. Era maravilloso que un corazón tan grande, un alma que voló tan alto y fue protagonista de formidables empresas divinas, fuera capaz de penetrar con tanta intensidad en lo que, como solía decir, se advierte solamente por las pupilas que ha dilatado el amor.

Otros aspectos que completan la fisonomía espiritual del Fundador eran: una piedad doctrinal, alimentada con el estudio de la Fe revelada y con prácticas personales de oración, de sacrificio y de penitencia; una tierna devoción a la Virgen, a San José, a los Santos Ángeles Custodios, a nuestros Patronos y a nuestros Santos Intercesores, a la Iglesia y al Papa; y un profundo respeto a la legítima libertad de los demás.

En la vida de nuestro Padre se unían la oración, la mortificación –oración de los sentidos–, el trabajo y el apostolado: verdaderamente el apostolado era, como enseñaba, superabundancia de la vida interior. Soy testigo de cómo aprovechaba todos los momentos y todas las ocasiones para hablar de Dios; aseguraba que no quería ni sabía hablar de otra cosa.

Afirmaba que la parte más importante y más eficaz de la actividad apostólica de la Obra estaba constituida por el apostolado personal de cada miembro, con su ejemplo y su palabra, en el trato diario con sus amigos y colegas, en el propio ambiente social, profesional y familiar.

Con la Constitución Apostólica Ut sit, del 28 de noviembre de 1982, Juan Pablo II erigió el Opus Dei en Prelatura personal. En conformidad con el carisma fundacional, la Obra fue reconocida por la Iglesia, por tanto, como estructura jurisdiccional secular, de carácter personal –es decir, no territorial–, constituida por un Prelado, sacerdotes incardinados en el Opus Dei y laicos. Con la erección en Prelatura, se cerró un largo iter jurídico, que conoció diversas etapas: en 1941 la Obra fue aprobada como Pía Unión por el obispo de Madrid; en 1943, la erección diocesana de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz permitió la incardinación de sacerdotes procedentes del laicado de la Obra; con las aprobaciones de 1947 y de 1950 como Instituto Secular de derecho pontificio, se aseguró el carácter internacional imprescindible para la expansión apostólica de la Obra.

¿Cómo vivió el Fundador, que no pudo contemplar en la tierra la configuración canónica definitiva del Opus Dei, estos jalones jurídicos de la Obra?

–En el ordenamiento canónico entonces vigente no existía ninguna figura jurídica adecuada a lo que el Señor quería para la Obra, y ni siquiera se entreveía una posibilidad concreta de abrir nuevos caminos. Por esto, nuestro Fundador no se arriesgó en los comienzos a pedir la aprobación formal por parte de la autoridad eclesiástica: en ese caso, al Opus Dei se le habría encasillado, de hecho, dentro de un esquema jurídico inadecuado. Nuestro Fundador se limitó a mantener al corriente de todo al Ordinario de Madrid, y a no dar ningún paso sin su venia y bendición.

La primera aprobación in scriptis se remonta a 1941, y se anticipó en buena medida por la terrible campaña de calumnias desencadenada contra nuestro Fundador después de la guerra civil española. Para deshacer aquellas calumnias, don Leopoldo Eijo y Garay, obispo de Madrid, que ya había intervenido repetidamente de palabra en la defensa del Opus Dei y de su Fundador, decidió comprometer su propia autoridad, y para disipar los equívocos quiso dar una aprobación escrita a la Obra. Con este fin pidió al Padre una copia de los Reglamentos.

Desde el comienzo, el Fundador del Opus Dei se resistió a usar el término “Constituciones” para hablar de los Reglamentos, Estatutos, o Derecho Particular de la Obra; en el lenguaje eclesiástico ese vocablo se utilizaba para designar el ordenamiento propio de los religiosos o del estado de perfección, mientras que el Opus Dei era una realidad eclesial completamente diversa.

Pasaron algunos meses, pero el Fundador no se había decidido aún a comenzar la redacción de los Reglamentos, como le había pedido el obispo. Por fin, ya en 1941, se dio cuenta un día de que, aunque siempre había querido obedecer con lealtad y delicadeza a la autoridad eclesiástica, en esto no estaba obedeciendo a don Leopoldo. Le pidió audiencia inmediatamente y, apenas fue recibido por el Prelado, le explicó: Señor Obispo, me tiene que perdonar, porque le he estado desobedeciendo, sin darme cuenta. Me dijo Vuestra Excelencia que presentase esos papeles y no lo he hecho. No lo he hecho porque no me sentía movido por Dios, pues temo que se pueda causar un perjuicio grave al Opus Dei con una aprobación que no respete su naturaleza teológica, ascética y jurídica. Por otra parte, al comprender que estaba oponiendo resistencia pasiva a esta aprobación, me he llenado de alegría porque pienso que, cualquier fundador que hubiese encontrado tal disponibilidad de su Obispo para aprobar la fundación, se hubiese apresurado a preparar los documentos y a presentarlos. Yo no lo he hecho porque la Obra no es mía, sino de Dios; y si cuando llegue el momento de darle cauce jurídico no está Usted para aprobar la Obra, entonces la aprobará su sucesor. Este episodio me lo contó nuestro Fundador con estas palabras en varias ocasiones.

Sin embargo, el obispo insistió en la necesidad de dar un respaldo oficial a la Obra para defenderla de los ataques de que era objeto; el Padre se sometió a la voluntad del Ordinario, y poco después, el 14 de febrero de 1941, presentó el texto de los Reglamentos para que la Obra fuese reconocida como Pía Unión.

Con esta misma actitud de adhesión a la Voluntad de Dios, nuestro Fundador aceptó las sucesivas configuraciones jurídicas de la Obra, sabiendo conceder, sin ceder, con ánimo de recuperar.

Defendió decididamente el carisma fundacional, obedeciendo a la vez fielmente a la autoridad eclesiástica, y puedo afirmar que la solución definitiva –que, como primer sucesor del Fundador, me ha correspondido llevar a término–, refleja perfectamente las disposiciones que dejó definidas hasta el último detalle.

El principal obstáculo que el Fundador debió superar fue hacer comprender el carácter plenamente secular de la Obra, que de ningún modo puede confundirse o ser asimilado a las órdenes, a las congregaciones, a las asociaciones religiosas. Y esto, no por menospreciar a los religiosos, sino, sencillamente, porque la Obra es, sin ninguna pretensión de exclusivismo, esencialmente distinta de las instituciones religiosas.

–Nuestro Fundador amó siempre, respetó, y en lo que le fue posible ayudó a los religiosos, predicando tandas de ejercicios a religiosos y religiosas, animando a personas que le pedían consejo a seguir la vida religiosa si presentaban síntomas de vocación, y prodigándose por la unidad –que no significa uniformidad– del apostolado, por la que los miembros del Opus Dei rezan a diario.

El Padre no se permitía la menor crítica a otras personas o instituciones de la Iglesia. Desde que le conocí, se lo he oído repetir más o menos con estas palabras: jamás moveré un dedo para apagar una llama que se encienda en honor de Cristo: no es mi misión. Si el aceite que arde no es bueno, se apagará sola.

Entre los miles de episodios que podría citar, me viene a la cabeza que hacia 1940 se presentó en nuestra casa de la calle Diego de León de Madrid, una chica que necesitaba cierta cantidad de dinero como dote para entrar en religión. El Padre comprobó la sinceridad de sus intenciones, y después de hablar conmigo, preguntó a Isidoro Zorzano, que era el administrador, cuánto dinero teníamos en casa; y se lo dio todo a aquella futura novicia.

Por lo demás, los religiosos han comprendido siempre la originalidad pastoral de la Obra. Por ejemplo, sor Lucia, la vidente de Fátima, puso un gran interés en el inicio de nuestra actividad apostólica en Portugal, y ha rezado siempre por la Obra. En 1972 acompañé a nuestro Fundador a ver a sor Lucia, y en aquella ocasión ella le regaló unos millares de folletos que contenían algunas reflexiones sobre la Virgen y el Rosario: el Padre los difundió con gran alegría.

En absoluta pobreza

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

“Se me saltaron las lágrimas al verle —comentó Antonio Rodilla, un sacerdote amigo suyo, al encontrarle en Burgos en 1938—. Me lo encontré hecho un esqueleto. Estuve allí unos días con él. Vivía en absoluta pobreza”.

Su cuerpo, de una delgadez extrema, y su rostro demacrado acusaban las penalidades de los últimos años. Los que le acompañaban, como Pedro Casciaro o Francisco Botella, pensaron que aprovecharía esa estancia en Burgos para descansar algo. Pero se equivocaron: ni la pobreza ni el quebranto físico inquietaban a don Josemaría. La pobreza era antigua compañera de camino desde los comienzos de la labor apostólica —amo la santa pobreza, gran señora mía, escribió—, y superaba las penalidades materiales con amor de Dios, un amor que “tiraba hacia arriba” de su cuerpo cansado.

Su corazón sólo tenía una inquietud: acercar las almas al Señor, cumplir la misión que Dios le había confiado y seguir el trato con aquel núcleo inicial de “almas vibrantes” a las que había dado a conocer su mensaje.

Fue a visitar a los que pudo. Algunos estaban en ciudades distantes o movilizados en los frentes de guerra. Otros venían a Burgos para verle. Con otros, seguía en contacto por carta. Escribía a uno de ellos, Tomás Alvira, en febrero de 1938:

Querido Tomás: ¡Qué ganas tengo de darte un abrazo! Mientras, te pido que nos ayudes, con tus oraciones y con tus trabajos.

Yo voy corriendo de un lado para otro: acabo de venir de Vitoria y Bilbao. Y antes: Palencia, Valladolid, Salamanca y Avila. Ahora estoy curando un catarro que pesqué en el Norte. Después, voy a León y Astorga.

Tomasico: ¿cuándo harás una escapada, para que nos veamos?

A Tomás, que contraería matrimonio poco después, en junio de 1939, don Josemaría le había mostrado la posibilidad de entregarse plenamente a Dios, con el carisma del Opus Dei, en el matrimonio: pero tuvo que esperar unos años antes de incorporarse definitivamente al Opus Dei, porque no existía todavía un cauce jurídico adecuado para las personas casadas.

El 28 de marzo de 1939, pocos días antes de que finalizase el conflicto, don Josemaría regresó a Madrid. El panorama, desde el punto de vista meramente humano, era desolador: la guerra había dispersado a muchas de las personas que trataba. Algunos habían muerto en los frentes de batalla. La Academia DYA estaba en ruinas. Había que comenzar, otra vez, desde el punto de vista material, desde cero.

No se permitió una queja, ni un desánimo; y en los años siguientes, hasta 1946, siguió difundiendo el mensaje de la llamada universal a la santidad, haciendo el Opus Dei por diversas ciudades de la Península, con fe renovada, utilizando los precarios medios de transporte de un país recién salido de una guerra: Valencia, Barcelona, Valladolid, Zaragoza, Bilbao, Sevilla, San­tiago… Deseaba comenzar en otras naciones lo antes posible, cuando se encontró de nuevo con un obstáculo insuperable: la Segunda Guerra Mundial.

Durante esos años su espíritu de comunión eclesial se hizo especialmente patente. Predicó numerosos ejercicios espirituales, a petición de los obispos, para el clero de las diversas diócesis, que comenzaban a rehacerse tras el conflicto; y dirigió muchos retiros a comunidades religiosas.

Dios le seguía uniendo a la Cruz, a su Corazón llagado. El 22 de abril de 1941, mientras predicaba en Lérida un curso de retiro para sacerdotes, falleció inesperadamente su madre, en Madrid, tras una brevísima enfermedad.

Iglesia del Perpetuo Socorro

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei

07 de mayo de 2009

Opus Dei -

Convento de los Redentoristas. Ejercicios

En el convento de Redentoristas que hay junto a esta iglesia de estilo neogótico hizo san Josemaría los ejercicios espirituales en los años 1933 (18-24.VI), 1934 (16-22.VII) y 1935 (15-21.IX).

Iglesia del Perpetuo Socorro. La “prueba cruel”

El 22 de junio de 1933, mientras oraba en una tribuna de esta iglesia del Perpetuo Socorro, contemplando el sagrario, el joven Fundador sufrió lo que llamaría más tarde la “prueba cruel”. Tenía habitualmente la íntima certeza del querer divino: Ni una sola vez se me ocurre pensar que ando engañado — escribió en sus Apuntes el 24 de junio de 1933 — que Dios no quiere su Obra. Todo lo contrario.

…vísperas del Sagrado Corazón, por primera y única vez desde que conozco la Voluntad de Dios, sentí la prueba cruel (…): A solas, en una tribuna de esta iglesia del Perpetuo Socorro, trataba de hacer oración ante Jesús Sacramentado expuesto en la Custodia, cuando, por un instante y sin llegar a concretarse razón alguna -no las hay-, vino a mi consideración este pensamiento amarguísimo: “¿y si todo es mentira, ilusión tuya, y pierdes el tiempo…, y -lo que es peor- lo haces perder a tantos?”

Fue cosa de segundos, pero ¡cómo se padece! Entonces, hablé a Jesús, diciéndole: “Señor (no, a la letra), si la Obra no es tuya, desbarátala ahora mismo, en este momento, de manera que yo lo sepa”.

Opus Dei -

Inmediatamente, no sólo me sentí confirmado en la verdad de su Voluntad sobre su Obra, sino que vi con claridad un punto de la organización, que hasta entonces no sabía de ningún modo solucionar”.

El día siguiente, 25 de junio, san Josemaría escribió:

Hoy he encontrado una nota, escrita en la misma tribuna de la iglesia en el instante de suceder el hecho que va relatado. Dije así al Señor, refiriéndome a la O. de D. (Obra de Dios): “Si no es tuya, destrúyela; si es, confírmame”

El 22 de marzo de 1934 escribió el Fundador: “Hicimos el primer día de retiro de la Obra el domingo último”.

Se reunían en esta iglesia del Perpetuo Socorro con el joven Fundador unos veinte o treinta jóvenes los domingos por la mañana y terminaban el retiro a media tarde.

En esta iglesia concluye esta séptima etapa del recorrido.

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Lugares cercanos

Cerca de la Plaza de España se encuentra la calle Leganitos que se corresponde a la parte trasera de la antigua calle de la Flor, donde estuvo la iglesia de los PP. Jesuitas, incendiada el 11 de mayo de 1931. Por esta calle se entraba a la casa profesa de la Compañía de Jesús, y por la calle de la Flor, a la Iglesia.

En esta casa de la Compañía de Jesús san Josemaría habló por vez primera con el Padre Valentín Sánchez Ruiz, que fue su confesor durante años, y allí se vieron en algunas ocasiones.

La Obra de Dios

Álvaro del Portillo, en su libro Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei cuenta que san Josemaría rememoró por escrito el 14 de junio de 1948 un hecho sucedido a finales de los años 30:

Un día fui a charlar con el Padre Sánchez, en el locutorio de la Residencia de la Flor. Le hablé de mis cosas personales (sólo le hablaba de la Obra en cuanto tenía relación con mi alma), y el buen padre Sánchez al final me preguntó: “¿cómo va esa Obra de Dios?”. Ya en la calle, comencé a pensar: “Obra de Dios. ¡Opus Dei! Opus, operatio…, trabajo de Dios. ¡Este es el nombre que buscaba!” Y en lo sucesivo se llamó siempre Opus Dei.

De Marx a…¡’Camino’!

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Anselmo tiene 51 años y trabaja como cartero en París. En 1974 yo era miembro del PCF (Partido Comunista Francés). Leía a Karl Marx, Georges Marchais, Jean-Paul Sartre y soñaba con el ‘eurocomunismo’. “Con todo, no lograbla aplacar mi sed de justicia y de ideales”, afirma. Entonces, cayó en sus manos ‘Camino’, libro de san Josemaría, que supuso un cambio importante en su vida. “Era lo que estaba buscando. Me di cuenta de que era el ‘libro de los trabajadores’”.

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¿Cómo llegó ese libro a sus manos?
En 1986 hice unos ejercicios espirituales en una casa de caridad de Marthe Robin. Uno de los participantes -que no era del Opus Dei- me prestó ese librito. Lo leí. Lo medité. Me gustaban mucho sus consideraciones espirituales, porque me hablaban de cosas concretas. Mire: yo no soy un intelectual, porque dejé mis estudios a los 16 años. Aun así, me gustó tanto que se lo pasé a una amiga. En seguida, lamenté haberlo hecho: ¡lo necesitaba para rezar! Fui a muchas librerías para poder comprarlo, pero era imposible. Un día, acudí a Notre Dame du Taur (Toulouse) a confesarme, y el sacerdote me habló de ‘Camino’. Le pregunté que dónde podría comprarlo y me dio las señas de un centro del Opus Dei.

¿Y fue?
Sí, pero el libro se había agotado. Tenían que encargarlo. Dos semanas más tarde, cuando el director del centro me entregaba el libro, me preguntó: “¿Le gusta ‘Camino’? Entonces le gustaría también hacer un retiro espiritual”. Tenía razón, porque pronto aprecié el valor de este modo de formación espiritual. Poco después, el mismo sacerdote que me había hablado de ‘Camino’, me preguntó: “¿Has pensado entregar tu vida a Dios por completo?”. Lo pensaba desde hacía mucho, la verdad. Tras pedir consejo al obispo de mi diócesis, solicité ser admitido en el Opus Dei.

¿Pasó del Partido Comunista Francés al Opus Dei?
En 1975, cuando vivía en París en un local que alojaba a jóvenes trabajadores, conocí a un chico, Vinh. Su padre había luchado en el ejército de Vietnam del Sur. Me contó cómo era realmente allí el comunismo. Aquello comenzó a cambiar mi visión. Luego, leí algunos libros de Soltzenistzsin. Creo que aquello fue el inicio de mi cambio.

¿Cómo reaccionó su familia?
Mi padre era agnóstico. Cuando me convertí a los 27 años, le pareció mal. En 1992, mi madre falleció. Durante la misa de funeral, él entró en la iglesia. No me lo esperaba. El sacerdote que había celebrado la Misa se entretuvo charlando con él. Era, sin duda, la primera vez que hablaba con un sacerdote. En 1998 cayó muy enfermo y le animé a prepararse para su encuentro con Dios y aceptó de muy buena gana volver a hablar con aquel sacerdote. Recibió todos los sacramentos y murió algunos días más tarde.

Sus padres eran españoles, un país de amplia tradición católica
Procedo de una familia republicana. Mis padres llegaron a Francia en marzo de 1955. Aquí vivía un tío mío, refugiado político. Mi abuelo había sido miliciano republicano. Durante la guerra civil española, señalando a un sacerdote, había ordenado a sus camaradas: “A ése, matadle”. Era algo que todos tenían la intención de hacer. Cuando acabó la guerra, los testigos de aquel crimen denunciaron a mi abuelo, como ocurre tras todas las guerras. Fue arrestado, torturado y condenado a cadena perpetua, aunque luego permaneció en la cárcel nueve años. Mi abuela murió de pena. Sus hijos -criados en la calle pues eran huérfanos- conservaron un odio profundo hacia la Iglesia, culpable, a su juicio, de la muerte de su madre y de su desgraciada situación. Siendo ya adultos, se exiliaron en Francia.

¿Con una historia familiar así, como reaccionó usted cuando escuchó lo que algunos dicen de que el Opus Dei era franquista?
Cuando conocí la Obra, ignoraba ese calificativo. Pertenezco a una familia que no guarda mucha estima por Franco. Y puedo asegurarle que no he encontrado ninguna señal de franquismo en el Opus Dei.

¿Que queda de sus años en el PCF?
Mi visión de la justicia y de los ideales no ha cambiado. Nunca he estado de parte de los empresarios, salvo si eran buenos en su tarea.

¿En qué le ha ayudado san Josemaría?
Me ha hecho descubrir que el cristianismo se puede vivir en la vida ordinaria. Me ha mostrado también que la unión con Dios no se lleva a cabo simplemente con la oración o en la Iglesia, sino también cuando escribo una carta o cuando estoy en el metro. Es posible tratarle y adorarle en cualquier momento o, más exactamente, en las ocasiones que cada jornada nos pone por delante.

¿Cual es la frase de san Josemaría que más le ha impactado?
“Cristo vive”. Se la oí en una película. Cristo no es un personaje de novela: Cristo vive. Eso lo cambia todo.

Relaciones de Escrivá con Franco

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Capítulo de “El Fundador del Opus Dei y su actitud ante el poder establecido”

François Gondrand

Las relaciones personales de Escrivá con Franco fueron llamativamente escasas. De ellas, únicamente tres tuvieron cierto relieve más allá del mero encuentro protocolario. En mayo de 1946 predicó unos Ejercicios Espirituales a Franco y a su familia por indicación del Obispo de Madrid; y varios años después solicitó dos audiencias con el General, cuando el Fundador residía en Roma.

En 1953 cesaron en todos sus cargos en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas a un miembro del Opus Dei, Rafael Calvo Serer, por haber escrito un artículo muy crítico sobre el Régimen, que apareció publicado en la revista francesa “Ecrits de Paris”. Aparecieron en la prensa española diversas valoraciones sobre sus actitudes políticas. El Fundador, como de costumbre, se mantuvo al margen, hasta que “El Español”, un semanario del Movimiento, intentó denigrar a Calvo afirmando que era “un hombre sin familia”.

Aquel ataque al honor personal, referido a una persona del Opus Dei, dolió profundamente a Escrivá; y quiso hablar personalmente con Franco en el mes de noviembre de aquel mismo año, para aclararle que aquel hijo suyo sí tenía familia: su familia era el Opus Dei, al que pertenecía Calvo desde los años cuarenta. Quiso defender de este modo el honor de aquella persona, independientemente de cuáles fueran sus actitudes políticas; dejándole claro al General que lo que defendía era el honor ultrajado de aquel hijo suyo, no de sus libres decisiones políticas, porque en esas cuestiones no se pronunciaba.

En otra de las audiencias (a las que se refería Escrivá en su carta a Pablo VI), que tuvo lugar años después, en 1960, le pidió a Franco que el Régimen dejara de poner obstáculos al reconocimiento del Studium Generale que había fundado en Pamplona en 1952, como Universidad Católica de pleno derecho.

Para el biógrafo Andrés Vázquez de Prada “las relaciones entre Mons. Escrivá y Franco quedaron ancladas en el necesario respeto entre el Jefe del Estado y un sacerdote que se clasificaba entre los súbditos en voluntario destierro” .

Agradeciendo, agradeciendo

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Francisco Corazón: comienzos del trabajo apostólico en el medio agrario

Córdoba, España, 1916

Nací en Córdoba hace ya algunos años, el 10 de junio de 1916. Estudié en la Escuela de Ingenieros Agrónomos de Madrid. Durante aquellos años, además de estudiar, conocí la pobreza de las gentes que malvivían en los suburbios de la ciudad. Con frecuencia eran campesinos desarraigados que habían tenido que dejar su trabajo en el campo porque no les daba para vivir. Iba de vez en cuando a atender a aquellas personas necesitadas y me preguntaba qué más podría hacer por ellas, sin encontrar respuesta.

La guerra me sorprendió en la capital, con veinte años recién cumplidos. Pasé numerosas penalidades durante aquel tiempo, como tantos hombres y mujeres de mi generación; pero, por los llamados “azares del destino” -que no son otra cosa que la Providencia de Dios-, logré salvar la vida.

Tras la contienda me casé con Lola, mi mujer, y comencé a trabajar en Jaén como funcionario del Instituto Nacional de Colonización. Allí nacieron nuestros dos primeros hijos.

Gracias a Dios, como había recibido de mis padres una buena formación cristiana, vivía algunas prácticas de piedad y cada seis meses venía a Córdoba para hablar con un sacerdote amigo mío que me orientaba espiritualmente. Una vez le dije que tenía deseos de entrega a Dios que no sabía como concretar.

-No te preocupes –me tranquilizó-: ya te lo dirá Dios a su debido tiempo.

Poco después me trasladé a Córdoba y estuve trabajando en algunas empresas privadas, hasta que empecé a compatibilizar mi trabajo con la enseñanza; primero como profesor en la Escuela de Peritos Industriales y más tarde, en la cátedra de Fitotecnia de la Escuela de Ingenieros Agrónomos que se creó en Córdoba en 1963 y comenzó a funcionar en 1968.

Isidoro

A comienzos de los años cincuenta yo conocía muy poco del Opus Dei. Sólo me habían llegado algunas noticias sueltas sobre Isidoro Zorzano, del que sabía tres cosas: que era ingeniero como yo –quizá por eso su figura me llamó la atención-; que había trabajado en la Compañía de Ferrocarriles Andaluces; y que se había abierto su Proceso de Canonización.

Durante ese tiempo, a comienzos de 1954, pensé que me vendría muy bien hacer unos Ejercicios Espirituales en la Semana de Pasión, y reservé plaza en San Antonio, una casa de retiros de la Diócesis que está al pie de la sierra cordobesa, en la falda sur. Me dijeron que iba a dirigir los Ejercicios un sacerdote del Opus Dei. “Estupendo –pensé-: ahora voy a saber en qué consiste”.

El Opus Dei

Y para San Antonio me fui. El predicador nos recibió poco antes de cenar y la primera impresión fue… decepcionante. En vez del sacerdote mayor de aspecto venerable que todos esperábamos, nos encontramos con unsacerdote joven, de veinticuatro años, recién ordenado y sonriente. “¿Y éste nos va a predicar? –pensé para mis adentros, lo mismo que los demás, porque luego lo comentamos-. ¡Pues estamos apañados!” Yo me dije: ¡Mañana mismo me vuelvo a Córdoba!”.

Bien. Después de cenar nos fuimos a la capilla y tuvimos la primera meditación. Me quedé asombrado. Estaba ante un espíritu nuevo, que desconocía. Al día siguiente fui a hablar personalmente con aquel sacerdote. Se llamaba Emilio Bonell.

D. Emilio Bonell

Durante aquellos días de Ejercicios don Emilio no se refirió para nada al Opus Dei; pero yo entendí, gracias a Dios, que tras aquella predicación vibrante latía algo muy especial.

Esto que voy contando puede sorprender al que no lo haya experimentado. Así, calladamente, va creciendo el trigo en el seno de la tierra. Son mociones que el Señor va sembrando en lo hondo del alma, poco a poco. En términos técnicos, esto se llama vocación.

Empecé a intuir que aquello iba a ser importante para mí, sin saber, por supuesto, qué era aquello, ya que don Emilio no me habló de la Obra hasta varias semanas después.

-Si quieres –me dijo un día, cuando nos despedíamos-, la próxima vez que vengas te hablo del Opus Dei, y así, cuando te pregunten sobre la Obra, podrás hablar con conocimiento de causa.

La semana siguiente estuvimos charlando, y como no aludía al asunto, le pregunté:

-Pero don Emilio: ¿no me había dicho que me iba a hablar del Opus Dei?

Fue entonces cuando oí hablar por primera vez de la santificación del trabajo y de buscar la santidad en medio del mundo.

Aquello me entusiasmó. Mi vida cristiana y mi trabajo profesional se llenó de nuevas dimensiones. Mi esposa, Lola, se dio cuenta de mi cambio interior, y comenzó a preguntarme sobre la Obra. Yo le iba explicando lo que iba conociendo: la filiación divina, el amor a la libertad, la unidad de vida… Había un rasgo que me inspiraba una profunda confianza: la profunda devoción mariana del fundador.

Le pedí consejo al sacerdote amigo mío, y le dije que aquel espíritu me estaba atrayendo cada vez más.

-¿Qué quieres que te diga? –me comentó-. Yo no te puedo aconsejar, porque no lo conozco. Actúa con libertad.

El paso

Y actué. Lo recuerdo como si fuera ahora. Fue una tarde de junio de 1954. Estábamos en la sierra, en el chalet, y hacía un calor tremendo. Reinaba cierta tranquilidad en casa porque los cinco niños estaban en la cama con sarampión. Después de atenderlos, estuve rezando un rato en mi cuarto de trabajo y decidí pedir la admisión.

Fue muy sencillo. Nadie me propuso ser del Opus Dei. Sabía que la petición de admisión se hacía por escrito. Fui a mi escritorio y le expresé en una carta mi deseo de formar parte de la Obra. Al día siguiente fui al centro, la entregué y… me la aceptaron. Y aquí estoy, más de medio siglo después, dándole gracias al Señor constantemente por la gracia de la vocación, que ha sido la gran alegría de mi vida.

San Josemaría

Tuve la fortuna, además, de conocer a San Josemaría en octubre de 1960, con motivo de su investidura como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Zaragoza. Aquel viaje, por las carreteras de entonces, fue una aventura: llegamos como pudimos en un dos caballosque se nos averiaba cada dos por tres. Aquella noche, después de aquel viaje agotador, soñé que al día siguiente nos recibía personalmente el Padre… y así fue. Era algo que no esperábamos. Nos preguntó a Lola y a mí por nuestros hijos, le enseñamos una fotografía y los fue bendiciendo uno a uno.

Decía San Josemaría que nos pasaríamos los últimos años de nuestra vida agradeciendo, agradeciendo. Yo le doy gracias a Dios por todo: por Lola, una mujer buena y santa, que falleció hace dieciocho años, tras una generosa entrega como supernumeraria en el Opus Dei. Acercó a muchas personas a Dios, y con frecuencia me encuentro a amigas y conocidas suyas en las que dejó una gran huella cristiana.

Le doy gracias también por mis ocho hijos: algunos han recibido la vocación al Opus Dei. Y por mis diez nietos. Y por el crecimiento de la labor apostólica en todo el mundo y en concreto, en mi patria chica, Córdoba.

Todo nace pequeño

Aquel encuentro con San Josemaría me removió profundamente por dentro. Me planteé: ¿qué más puedo hacer yo, con mi profesión, en mi vida corriente, por el Señor? Sabía que desde los comienzos de la Obra San Josemaría soñaba con iniciativas para elevar el nivel de formación de los campesinos en todos los aspectos: humano, profesional, espiritual; y tuve la fortuna –mejor dicho, la gracia de Dios- de dar los primeros pasos para que aquel sueño –humano, profesional y cristiano- se convirtiera en realidad.

Se me ocurrió la idea de poner en marcha una Granja Escuela de Capataces Agrícolas. Deseaba que se convirtiese en el futuro en una labor apostólica del Opus Dei. Pero en aquellos momentos era una simple idea, un proyecto personal profundamente unido con mis aspiraciones humanas y con mi profesión. Y me puse a trabajar para que aquella idea se convirtiese en realidad, sabiendo bien que la responsabilidad de todo aquello caía enteramente sobre mis hombros.

Ningún comienzo resulta fácil y aquel no fue una excepción a la regla. Además, con ocho hijos y muchas horas de trabajo para sacarlos adelante, no es que me sobrara el tiempo precisamente. Pero poco a poco fui dando los primeros pasos, con la ayuda de algunos amigos y conocidos que se fueron sumando a la idea. Hablé con el Gobernador Civil; viajé a Granada para hablar con unos especialistas en el cultivo del olivo; y como deseaba que la Granja Escuela tuviera un oratorio, le pedí permiso al Obispo, que me lo dio encantado. Luego vino la tarea de instalarlo, y tuve que pedirlo todo prestado: el cáliz, la patena, el misal…

El problema más arduo, como de costumbre, fue el económico. Pensé que el proyecto se podía poner en marcha con treinta personas dispuestas a hacer un donativo de treinta mil pesetas cada una y con un equipo de profesores que dieran las clases… gratis. Y la respuesta fue tan generosa como variada. Un amigo, Bernardo López Baena, me dijo que le pidiese cualquier cosa menos colaborar directamente, porque estaba enormemente ocupado y no tenía tiempo para nada. Y añadió:

-Ah, y por el dinero no te preocupes: toma, treinta mil pesetas.

En aquel tiempo treinta mil pesetas eran una cifra bastante considerable. Otro amigo, Juan Lobera, nos dejó la finca de San Eduardo, donde veraneaba con su familia, para que sirviera de sede de la futura Granja Escuela. Y ellos se fueron a veranear a otra parte. Y así fueron sumándose, una tras otra, numerosas personas al proyecto, como Pepe Guerrero –que tenía muchas amistades en Córdoba- y su primo Andrés, que era Jefe del Servicio de Trigo.

De la Granja Escuela a las EFA

Así, con mucha confianza en Dios y muchas horas de trabajo por nuestra parte, dando primero un paso y luego otro, sin medios, sin recursos, pero con empeño, fue saliendo el proyecto. Yo fui el primer director de la Granja Escuela, en el curso 1962-63.

Al principio pensábamos sólo en la promoción humana de los campesinos andaluces, y en concreto, de los cordobeses. Pero San Josemaría tenía unas miras mucho más universales, y cuando Andrés Guerrero le habló de nuestro proyecto en el Valle del Guadalquivir, le dijo:

-No, hijo mío: tenéis que pensar… ¡en todo el mundo!

Y así ha sido. Con el paso de los años, el proyecto de promoción de la gente del medio agrario fue madurando, perfeccionándose y adaptándose a las circunstancias. José Manuel Gil de Antuñano remodeló la idea inicial, y gracias a la ayuda de muchas personas, como Manolo Verdejo, fue tomando cuerpo.

Tiempo después, apoyándose en esta experiencia y en otras que se habían llevado a cabo en otros países, nacieron las Escuelas Familiares Agrarias, con el mismo deseo de ayudar a las personas del campo, pero con otro planteamiento. Uno de sus impulsores fue Joaquín Herreros, que había conocido en Francia el modelo de Les Maisons Familiares.

Ahora estas iniciativas para las personas del medio rural –con el modelo de las Escuelas Familiares Agrarias o con fórmulas similares- se han multiplicado por los cinco continentes, y miles de campesinos de todo el mundo se forman en ellas humana, profesional y espiritualmente. Es un motivo más para dar gracias a Dios, continuamente, sin cesar.

Un recuerdo personal

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Testimonio de Eduardo Poveda, Obispo de Zamora

Fue en el año 1940. Hacia poco que había ingresado yo en el Seminario Conciliar de Valencia y contaba a la sazón, veinte años. En noviembre llegó el tiempo de los ejercicios espirituales y vino a dirigírnoslos un sacerdote al que no conocíamos, pero que desde el primer momento captó nuestra atención y nos hizo entrar rápi damente en la vía de la conversión que es propia de los ejercicios. Aquel sacerdote se llamaba don Josemaría Escrivá de Balaguer y había venido a Valencia llamado por la amistad que tenía con cl entonces rector del seminario, don Antonio Rodilla.

Aquellos ejercicios espirituales nos supieron distintos a los demás, a lo que entonces era habitual. Nada de meditaciones tremebundas sobre la muerte y el infierno; nada de sentimentalismos facilones; doctrina firme y clara y, sobre todo, exigencias perentorias para el seguimiento de Cristo.

Los ejercicios de don Josemaría Escrivá quedaron grabados profundamente en la conciencia de todos los que en ellos participamos. Mucho tiempo ha pasado desde entonces y aún conservo vivo su recuerdo. Que Dios se lo haya retribuido en la gloria.

Del recuerdo de aquellos ejercicios quisiera ahora espumar unas ideas fundamentales que ha dejado impresas en su Obra, pero que son doctrina viva y perenne de la Iglesia.

Todo el mundo habla hoy de sus enseñanzas sobre la santificación del cristiano en el trabajo y en el propio ambiente y estado en el que cada cual se encuentra.

A nosotros, seminaristas, nos habló como seminaristas, nos exi gió como seminaristas, ni siquiera nos hizo mención del Opus Dei que tenía fundado ya desde 1928. Nos habló mucho, recuerdo, de nuestro deber de trabajar, de estudiar, que era nuestra tarea. Sin tomar en serio el estudio ni podríamos ser santos ni buenos seminaristas. Pero, al mismo tiempo, nos exigía oración, vida de intimidad con Dios y devoción filial a María.

He aquí una enseñanza de don Josemaría Escrivá que tiene un valor perenne. El tomar en serio el trabajo, el pensar que hacerlo bien glorifica a Dios y nos santifica, es hoy doctrina universal. En cambio, algunos dicen ahora que como el trabajo es oración ya no hace falta que nos dediquemos a hablar con Dios ni a «perder tiem po» rezando. Don Josemaría Escrivá siempre predicó que eran necesarias las dos cosas. Sin santificar y mejorar nuestro trabajo, la oración es falsa. Pero trabajando no podemos santificarlos si no dedicamos tiempo a la oración. ¡Qué gran verdad elemental y sen cilla, pero perenne e iluminadora para el cristiano!

Había también otra paradoja en don Josemaría Escrivá que ya en aquellos ejercicios le captamos. Hoy podemos decir que fue un pionero en la tarea de embarcar a los seglares en la obra de la Iglesia. Revalorizó, como pocos, la visión del laicado… Pero amaba pro fundamente a los sacerdotes. Pocas veces en mi vida he oído hablar con tanto cariño del sacerdocio y pocas veces me han dado unos ejercicios tan llenos de vivencias sacerdotales.

Y es que para don Josemaría Escrivá dignificar al laicado y reconocer su misión específica con la Iglesia no estaba reñido ni con el amor al sacerdocio ni creaba artificiosos antagonismos que últimamente hemos tenido que presenciar. En su amor a la Iglesia en su comprensión amplia, generosa y dilatada del misterio de Jesu cristo no había lugar para celotipias ni para que la grandeza de unos miembros del Cuerpo de Cristo tuviese que ir en detrimento o en devaluación de otros miembros. Hoy en día esa lección continúa siendo valiosa y necesaria.

Y esto último que acabo de decir fue también una constante del fundador del Opus Dei, su amor a la Iglesia, su amor a la jerar quía, su amor al Papa.

Poco antes de morir, ya en estos tiempos azarosos, don Jose maría Escrivá solía decir: «no hay sacerdotes malos». La frase no deja de ser extraña. Él conocía muy bien las miserias que tenemos los ministros de la Iglesia. En aquellos ejercicios y en sus pláticas posteriores habló constantemente de la responsabilidad del sacer dote y de la cuenta estrecha que tendríamos que dar a Dios en el día del juicio. Sabía que podríamos prevaricar y que muchos, de hecho, prevaricamos. Pero él veía, por encima de todo, que esta Iglesia con sus ministros y fieles era el instrumento de salvación que Cristo nos había dejado en la tierra.

Él no podría distinguir, como algunos hacen ahora, entre Iglesia institucional e Iglesia espiritual o popular, o encarnada. Sabía, eso sí, que el signo de Cristo podría ser peor o mejor hecho por nosotros los cristianos o por los miembros de la jerarquía. Pero sabía también que el Espíritu Santo actúa indefectiblemente a través de esta ins titución que aun con miembros pecadores es santa porque Jesús la purifica constantemente con su propia sangre.

Todas estas constantes del espíritu de don Josemaría Escrivá son doctrina viva y perenne, doctrina de salvación y, por tanto, necesaria, al mismo tiempo que muy oportunas para ser recordadas en el momento actual.

Por ello, recomendamos a los miembros del Opus Dei que las recuerden siempre. En particular, me atrevería a pedirles en este 50 aniversario que reafirmen esa fidelidad a la Iglesia y al Papa que el padre les dejó como herencia. La Iglesia os necesita mucho hoy, necesita de vuestro trabajo y de vuestra colaboración. Man tened encendido en vosotros el fuego de este espíritu.


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