En absoluta pobreza

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

“Se me saltaron las lágrimas al verle —comentó Antonio Rodilla, un sacerdote amigo suyo, al encontrarle en Burgos en 1938—. Me lo encontré hecho un esqueleto. Estuve allí unos días con él. Vivía en absoluta pobreza”.

Su cuerpo, de una delgadez extrema, y su rostro demacrado acusaban las penalidades de los últimos años. Los que le acompañaban, como Pedro Casciaro o Francisco Botella, pensaron que aprovecharía esa estancia en Burgos para descansar algo. Pero se equivocaron: ni la pobreza ni el quebranto físico inquietaban a don Josemaría. La pobreza era antigua compañera de camino desde los comienzos de la labor apostólica —amo la santa pobreza, gran señora mía, escribió—, y superaba las penalidades materiales con amor de Dios, un amor que “tiraba hacia arriba” de su cuerpo cansado.

Su corazón sólo tenía una inquietud: acercar las almas al Señor, cumplir la misión que Dios le había confiado y seguir el trato con aquel núcleo inicial de “almas vibrantes” a las que había dado a conocer su mensaje.

Fue a visitar a los que pudo. Algunos estaban en ciudades distantes o movilizados en los frentes de guerra. Otros venían a Burgos para verle. Con otros, seguía en contacto por carta. Escribía a uno de ellos, Tomás Alvira, en febrero de 1938:

Querido Tomás: ¡Qué ganas tengo de darte un abrazo! Mientras, te pido que nos ayudes, con tus oraciones y con tus trabajos.

Yo voy corriendo de un lado para otro: acabo de venir de Vitoria y Bilbao. Y antes: Palencia, Valladolid, Salamanca y Avila. Ahora estoy curando un catarro que pesqué en el Norte. Después, voy a León y Astorga.

Tomasico: ¿cuándo harás una escapada, para que nos veamos?

A Tomás, que contraería matrimonio poco después, en junio de 1939, don Josemaría le había mostrado la posibilidad de entregarse plenamente a Dios, con el carisma del Opus Dei, en el matrimonio: pero tuvo que esperar unos años antes de incorporarse definitivamente al Opus Dei, porque no existía todavía un cauce jurídico adecuado para las personas casadas.

El 28 de marzo de 1939, pocos días antes de que finalizase el conflicto, don Josemaría regresó a Madrid. El panorama, desde el punto de vista meramente humano, era desolador: la guerra había dispersado a muchas de las personas que trataba. Algunos habían muerto en los frentes de batalla. La Academia DYA estaba en ruinas. Había que comenzar, otra vez, desde el punto de vista material, desde cero.

No se permitió una queja, ni un desánimo; y en los años siguientes, hasta 1946, siguió difundiendo el mensaje de la llamada universal a la santidad, haciendo el Opus Dei por diversas ciudades de la Península, con fe renovada, utilizando los precarios medios de transporte de un país recién salido de una guerra: Valencia, Barcelona, Valladolid, Zaragoza, Bilbao, Sevilla, San­tiago… Deseaba comenzar en otras naciones lo antes posible, cuando se encontró de nuevo con un obstáculo insuperable: la Segunda Guerra Mundial.

Durante esos años su espíritu de comunión eclesial se hizo especialmente patente. Predicó numerosos ejercicios espirituales, a petición de los obispos, para el clero de las diversas diócesis, que comenzaban a rehacerse tras el conflicto; y dirigió muchos retiros a comunidades religiosas.

Dios le seguía uniendo a la Cruz, a su Corazón llagado. El 22 de abril de 1941, mientras predicaba en Lérida un curso de retiro para sacerdotes, falleció inesperadamente su madre, en Madrid, tras una brevísima enfermedad.

Barcelona, 19 de noviembre de 1937

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

A eso del mediodía, don Josemaría sube al autobús que va a Seo de Urgel. Le acompañan Juan Jiménez Vargas, Pedro Casciaro, Francisco Botella, José María Albareda -el joven doctor en farmacia y química que ha asistido unas semanas antes, en Madrid, a los ejercicios espirituales dados por el Padre, y que ha pedido enseguida formar parte del Opus Dei- y Miguel, un estudiante, antiguo alumno de la Academia DYA.

El Padre viste un pantalón bombacho de franela, un jersey azul de cuello alto y una boina negra. Sus compañeros van equipados, también, con prendas más o menos aptas para andar por el campo.

A medida que el autobús se va acercando a la región montañosa de los Pirineos, los controles se van haciendo cada vez más rigurosos. Por eso, Pedro, Francisco y Miguel, cuya documentación es dudosa, se bajan al llegar a Sanahuja, pueblo situado a unos veinte kilómetros del punto más peligroso, y siguen su camino a pie.

En el cruce de Peramola los demás bajan del autobús; un hombre de unos cuarenta años se aproxima e indica que le sigan. Al cabo de una hora llegan al pueblo y se refugian en una masía, para pasar allí la noche. Pero el Padre no puede dormir: no hace más que pensar en los que se quedaron en Sanahuja, que no llegan…

A la mañana siguiente, reemprenden la marcha, a pesar de todo. A medida que se adentran en el monte, aumenta su inquietud por los que faltan.

Al cabo de un buen rato, llegan a una masía. Nuevo alto. El Padre se da a conocer como sacerdote a algunas personas escondidas por allí y celebra la Santa Misa.

Pasan las horas. Pedro, Francisco y Miguel siguen sin aparecer… Hasta que, por fin, al día siguiente -21 de noviembre- llegan: el guía, extraviado, les había hecho dar mil rodeos.

Por fin, todos juntos, reemprenden la marcha hacia los Pirineos, que pretenden cruzar arriesgándolo todo. Si las cosas salen bien, llegarán a Andorra, y luego, por Francia, pasarán a la zona nacional.

Una difícil decisión

No sin vacilaciones, el Padre había decidido abandonar Madrid. Sus hijos le habían animado a dar ese paso, para salvar su vida. Él se había dejado convencer, pensando que en la otra zona podría proseguir haciendo el Opus Dei con libertad y establecer contacto con tantos estudiantes que luchaban en los frentes. En Madrid, permanecía Isidoro, que seguiría en contacto con los que se quedaban allí y con su familia. En cuanto a Vicente Rodríguez Casado, Álvaro del Portillo y José María González Barredo, continuaban refugiados en distintas sedes diplomáticas.

En Valencia, adonde había llegado el 8 de octubre con objeto de aguardar el momento propicio para trasladarse a Barcelona y desde allí ganar la frontera, el Padre había encontrado a Francisco Botella y Pedro Casciaro, encantados de volverle a ver tras un año largo de separación. Al día siguiente, había tomado el tren para la capital de Cataluña…

Todavía le parece verlos, despidiéndole en el andén de la estación, empequeñecidos por la distancia… A1 arrancar el tren, había introducido discretamente la mano bajo la solapa de la chaqueta y les había bendecido, diciendo mentalmente la fórmula de la bendición de viaje que había compuesto con palabras del libro de Tobías, precedidas de una invocación a la Virgen: “que por la intercesión de Santa Maria tengáis buen viaje. Que el Señor esté en vuestro camino y que sus Ángeles os acompañen”.

La preocupación por todos los que había dejado detrás le había atenazado durante las semanas pasadas en Barcelona…

Unos días más tarde, Juan Jiménez Vargas se había desplazado a Valencia para recoger a Pedro y Francisco. Previamente, habían ido a buscar a Miguel, oculto en Daimiel -provincia de Ciudad Real- desde el comienzo de la guerra.

Don Josemaría había aprovechado su corta estancia en Barcelona para administrar los Sacramentos a algunas personas conocidas que se habían enterado de que estaba allí.

El paso de los Pirineos era peligrosísimo. Un magistrado amigo suyo -lo había conocido en la Facultad de Derecho de Zaragoza- había tratado de disuadirle: “Cuando encuentran fugitivos, los carabineros no los apresan: disparan sobre ellos. Y si por casualidad los detienen, les condenan a muerte…” Y para convencerle, le había hecho asomarse a la sala de audiencias en el momento en que estaban juzgando a algunos. Pero, a pesar de eso, y de los ataques de reumatismo que le daban de vez en cuando, había perseverado en su proyecto…

Una respuesta maternal

El que hace de guía ahora, en este 21 de noviembre, les aconseja no pasar la noche donde están. Pasarán la noche en un horno de pan situado en una casa contigua.

Agotados, todos se duermen enseguida, pero el Padre no puede conciliar el sueño. ¿Ha hecho bien lanzándose a esta aventura y dejando atrás a los que quedan perseguidos? Partir, ¿no es abandonarlos…? Pero, por otra parte, ¿cómo continuar trabajando en lo que Dios quiere…? Una y otra vez, sin descanso, suplica al Señor que le haga ver cuál es su Voluntad. ¿Proseguir o dar marcha atrás…?

Por fin, invoca una vez más a la Virgen y le pide que le muestre el camino a seguir mediante una señal precisa que él mismo sugiere a la Señora.

Por la mañana, muy temprano, se levanta, sale del lugar donde han pasado la noche y, al cabo de un rato, regresa con la cara radiante y una rosa de madera estofada en oro en la mano.

Inmediatamente, pide a los que le acompañan que dispongan lo necesario para celebrar la Santa Misa.

Ante su cambio de actitud -le han oído sollozar por la noche- comprenden que ha sucedido algo extraordinario. Con todo, nadie pregunta nada.

Después de la Misa, reanudan la marcha hacia los Pirineos. El Padre, que lleva con él la rosa estofada, avanza con paso decidido.

Durante una hora larga, caminan por el bosque de Rialp, donde permanecerán escondidos esperando la ocasión propicia para emprender la ascensión. Allí, se unen a ellos otros dos amigos: Tomás Alvira y Manuel Sainz de los Terreros.

Al día siguiente, por la mañana, el Padre celebra Misa sobre un altar improvisado, formado con unas piedras grandes, y les dirige unas palabras.

Durante cinco días, se entrenan para aguantar la prueba que les aguarda: hacen ejercicios físicos, caminan por el bosque… Y para no olvidar sus actividades profesionales, dan charlas, por turno, sobre sus distintas especialidades.

El paso de los Pirineos

El 27 de noviembre -sábado- llega por fin el momento de reanudar la marcha. Han dormido en una cueva para el ganado, en espera de que llegue el nuevo día.

Antes de rayar el alba, un joven aparece. Tiene aspecto decidido y enérgico. Dice que le llamen Antonio y les invita a seguirle.

Al día siguiente, domingo, hacen alto al borde de un barranco y se disponen a pasar unas horas al abrigo del viento, antes de proseguir el camino. Se les han unido otros fugitivos. Don Josemaría anuncia que va a celebrar Misa. La dice de rodillas, utilizando como altar la piedra más plana que encuentra. Reina un recogimiento total. Muchos de los presentes no han podido pisar una iglesia desde julio del 36. Ese mismo día, un estudiante catalán escribe en su diario: “Nunca he oído una Misa como la de hoy. No sé si por las circunstancias o porque este sacerdote es santo”.

Después de distribuir la comunión, don Josemaría coloca unas cuantas Hostias consagradas en la pitillera que utilizaba en Madrid con el mismo fin.

En las primeras horas de la tarde, la expedición vuelve a ponerse en movimiento. Ahora, tienen que escalar una montaña. Todos avanzan en fila india. Juan se coloca detrás del Padre, para sostenerle si desfallece. Pero no es él, sino Tomás, el que sucumbe el primero y don Josemaría tiene que mediar para convencer al guía de que espere un poco… A1 llegar a lo alto, ya es noche cerrada. Algunos de los que forman parte de la caravana blasfeman cuando tropiezan y el Padre, dolorido, decide consumir las Sagradas Formas por respeto a Jesús Sacramentado.

E1 día siguiente lo pasan en el corral de una masía aislada en el monte. Al anochecer, reanudan la marcha, cargando con algunas provisiones para el resto del viaje, las últimas que han podido encontrar. De nuevo, una áspera subida y, al final, un rellano. Finalmente, luego de atravesar un río, emprenden la ascensión del Ares, de 1.500 metros de altitud. Con frecuencia, tienen que sostener al Padre y llevarlo casi en volandas.

Un alto, y de nuevo en camino, hasta que el guía les reúne y les ordena detenerse. Falta alguien y el guía teme que se trate de un confidente de los carabineros. No tardan en descubrir que se trataba de un rezagado, que el guía obliga a continuar a la fuerza, amenazándole con su pistola.

Ahora, ponerse de nuevo en marcha resulta todavía más duro. José María Albareda no puede más, y se tumba en el suelo… Sostenido por sus compañeros, sigue caminando como un autómata.

Todavía de noche, llegan a un corral, que les servirá de refugio durante el día. Cuando amanece, ven que es un sitio llano, con praderas, y que hay dos masías cercanas. El frío es muy intenso… Al anochecer de aquel día -martes 30 de noviembre- reemprenden la marcha. Es la cuarta etapa nocturna desde que salieron de los bosques de Rialp. De vez en cuando, se unen a ellos unos misteriosos individuos que van cargados de fardos… Contrabandistas, sin duda.

El terreno, ahora, es llano. El Padre anima a los suyos a no interrumpir el diálogo con el Señor, a pesar del extremo cansancio.

Con infinitas precauciones, cruzan la carretera que conduce a Noves de Segre y, algo más tarde, la comarcal de Seo de Urgel a Sort, junto al puente del río Arabell. Luego siguen caminando bastante tiempo por el mismo lecho del río. Cuando amanece, se ocultan entre piedras y matorrales, para que nadie les vea y, tras dormir un poco, reanudan la marcha, con objeto de cubrir la última etapa. Empiezan a caer unos copos de nieve.

Es la tarde de l.° de diciembre y va a empezar la última jornada nocturna, que les permitirá alcanzar la frontera; pero se trata del tramo más peligroso, porque los carabineros patrullan por esa zona.

Tras un nuevo ascenso, descienden por las laderas de la Sierra del Burbre. Tropiezan constantemente en las piedras y, cuando éstas ruedan, el guía se incomoda: ¡el silencio debe ser absoluto!

Todavía quedan varios puntos peligrosos: tienen que cruzar una carretera y atravesar un río.

De pronto, el guía ordena que todos se tumben en el suelo y que permanezcan ocultos entre árboles y arbustos mientras él localiza a los carabineros que vigilan la frontera. Cuando, por fin, pueden incorporarse, el Padre está tiritando. Juan le fricciona para que pueda ponerse en pie; luego, se pone en camino a trompicones. Sólo falta subir una ladera para alcanzar la frontera de Andorra; para no arriesgarse, esperan un rato antes de iniciar la ascensión.

Pasan la frontera por fin, pero el guía les ordena permanecer en silencio mientras sigan al alcance de las armas de los carabineros… De pronto, cuando se disponen a iniciar el descenso de una cima, resuenan unos disparos, pero ya están fuera de tiro. Minutos más tarde, el guía les indica el camino que les conducirá al primer pueblo andorrano.

La alegría estalla, incontenible. El Padre y los que le acompañan empiezan a rezar un Rosario. Un poco más allá, el guía y sus ayudantes han encendido un fuego en espera de que apunte el día. Terminan de rezar el Rosario y se acercan a la hoguera para calentarse un poco.

Transcurren unos minutos interminables antes de que las luces del alba empiecen a iluminar la aldea de Sant Julia de Loria. Don Josemaría entona, en voz alta, las primeras palabras de la Salve. Todos le siguen. Es la mañana del 2 de diciembre de 1937.

Llegados a la aldea, entran en la iglesia, la primera iglesia no profanada que visitan desde el comienzo de la guerra. Luego, tras haber repuesto fuerzas en un bar, se dirigen hacia Andorra la Vella.

En la capital del pequeño Principado, don Josemaría descubre un sacerdote y avanza hacia él, con los brazos abiertos. Al día siguiente, en una pequeña capilla que algunas monjas benedictinas de Montserrat habían instalado cerca del hotel donde se han alojado, el Padre, por vez primera después de muchos meses, celebra la Santa Misa en condiciones normales, aunque sus manos están tan hinchadas por las espinas que se le habían clavado al agarrarse a los matorrales, que, al regresar al hotel, Juan tiene que sacárselas una a una. La nevada que les habla amenazado en la última etapa del camino es ahora muy intensa.

En la Misa, el Padre ha dado gracias a Dios con toda su alma por haberles librado de tantos peligros y pide fervorosamente por los que han quedado en Madrid, por los que andan dispersos por las dos zonas de la dividida España (a algunos de los cuales espera ver muy pronto) y por el desarrollo futuro de la Obra de Dios, que el Señor ha querido ver frenado por algún tiempo. Pero no importa: también el agua, al estrellarse contra las rocas, se arremolina o se remansa antes de seguir adelante con renovado ímpetu…

Un recuerdo personal

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Testimonio de Eduardo Poveda, Obispo de Zamora
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Fue en el año 1940. Hacia poco que había ingresado yo en el Seminario Conciliar de Valencia y contaba a la sazón, veinte años. En noviembre llegó el tiempo de los ejercicios espirituales y vino a dirigírnoslos un sacerdote al que no conocíamos, pero que desde el primer momento captó nuestra atención y nos hizo entrar rápi­damente en la vía de la conversión que es propia de los ejercicios. Aquel sacerdote se llamaba don Josemaría Escrivá de Balaguer y había venido a Valencia llamado por la amistad que tenía con cl entonces rector del seminario, don Antonio Rodilla.

Aquellos ejercicios espirituales nos supieron distintos a los demás, a lo que entonces era habitual. Nada de meditaciones tre­mebundas sobre la muerte y el infierno; nada de sentimentalismos facilones; doctrina firme y clara y, sobre todo, exigencias peren­torias para el seguimiento de Cristo.

Los ejercicios de don Josemaría Escrivá quedaron grabados profundamente en la conciencia de todos los que en ellos partici­pamos. Mucho tiempo ha pasado desde entonces y aún conservo vivo su recuerdo. Que Dios se lo haya retribuido en la gloria.

Del recuerdo de aquellos ejercicios quisiera ahora espumar unas ideas fundamentales que ha dejado impresas en su Obra, pero que son doctrina viva y perenne de la Iglesia.

Todo el mundo habla hoy de sus enseñanzas sobre la santifi­cación del cristiano en el trabajo y en el propio ambiente y estado en el que cada cual se encuentra.

A nosotros, seminaristas, nos habló como seminaristas, nos exi­gió como seminaristas, ni siquiera nos hizo mención del Opus Dei que tenía fundado ya desde 1928. Nos habló mucho, recuerdo, de nuestro deber de trabajar, de estudiar, que era nuestra tarea. Sin tomar en serio el estudio ni podríamos ser santos ni buenos semi­naristas. Pero, al mismo tiempo, nos exigía oración, vida de inti­midad con Dios y devoción filial a María.

He aquí una enseñanza de don Josemaría Escrivá que tiene un valor perenne. El tomar en serio el trabajo, el pensar que hacerlo bien glorifica a Dios y nos santifica, es hoy doctrina universal. En cambio, algunos dicen ahora que como el trabajo es oración ya no hace falta que nos dediquemos a hablar con Dios ni a «perder tiem­po» rezando. Don Josemaría Escrivá siempre predicó que eran necesarias las dos cosas. Sin santificar y mejorar nuestro trabajo, la oración es falsa. Pero trabajando no podemos santificarlos si no dedicamos tiempo a la oración. ¡Qué gran verdad elemental y sen­cilla, pero perenne e iluminadora para el cristiano!

Había también otra paradoja en don Josemaría Escrivá que ya en aquellos ejercicios le captamos. Hoy podemos decir que fue un pionero en la tarea de embarcar a los seglares en la obra de la Iglesia. Revalorizó, como pocos, la visión del laicado… Pero amaba pro­fundamente a los sacerdotes. Pocas veces en mi vida he oído hablar con tanto cariño del sacerdocio y pocas veces me han dado unos ejercicios tan llenos de vivencias sacerdotales.

Y es que para don Josemaría Escrivá dignificar al laicado y reconocer su misión específica con la Iglesia no estaba reñido ni con el amor al sacerdocio ni creaba artificiosos antagonismos que últimamente hemos tenido que presenciar. En su amor a la Iglesia en su comprensión amplia, generosa y dilatada del misterio de Jesu­cristo no había lugar para celotipias ni para que la grandeza de unos miembros del Cuerpo de Cristo tuviese que ir en detrimento o en devaluación de otros miembros. Hoy en día esa lección continúa siendo valiosa y necesaria.

Y esto último que acabo de decir fue también una constante del fundador del Opus Dei, su amor a la Iglesia, su amor a la jerar­quía, su amor al Papa.

Poco antes de morir, ya en estos tiempos azarosos, don Jose­maría Escrivá solía decir: «no hay sacerdotes malos». La frase no deja de ser extraña. Él conocía muy bien las miserias que tenemos los ministros de la Iglesia. En aquellos ejercicios y en sus pláticas posteriores habló constantemente de la responsabilidad del sacer­dote y de la cuenta estrecha que tendríamos que dar a Dios en el día del juicio. Sabía que podríamos prevaricar y que muchos, de hecho, prevaricamos. Pero él veía, por encima de todo, que esta Iglesia con sus ministros y fieles era el instrumento de salvación que Cristo nos había dejado en la tierra.

Él no podría distinguir, como algunos hacen ahora, entre Iglesia institucional e Iglesia espiritual o popular, o encarnada. Sabía, eso sí, que el signo de Cristo podría ser peor o mejor hecho por nosotros los cristianos o por los miembros de la jerarquía. Pero sabía también que el Espíritu Santo actúa indefectiblemente a través de esta ins­titución que aun con miembros pecadores es santa porque Jesús la purifica constantemente con su propia sangre.

Todas estas constantes del espíritu de don Josemaría Escrivá son doctrina viva y perenne, doctrina de salvación y, por tanto, necesaria, al mismo tiempo que muy oportunas para ser recordadas en el momento actual.

Por ello, recomendamos a los miembros del Opus Dei que las recuerden siempre. En particular, me atrevería a pedirles en este 50 aniversario que reafirmen esa fidelidad a la Iglesia y al Papa que el padre les dejó como herencia. La Iglesia os necesita mucho hoy, necesita de vuestro trabajo y de vuestra colaboración. Man­tened encendido en vosotros el fuego de este espíritu.

¡Cúmplase!…

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En el mes de abril de 1941 doña Dolores Albás enferma, repentinamente, de neumonía. Tiene 64 años. Ya en su juventud los médicos le recomendaron que no fatigase su corazón. Este corazón que ha tenido que avezarse a tanto dolor, tanto desprendimiento llevado adelante con valor y alegría.

El Padre tiene concertados, desde hace tiempo, unos ejercicios espirituales para sacerdotes diocesanos en Lérida. Conoce el estado de gravedad de su madre, pero los médicos no pronostican una evolución desfavorable. Este día 20 de abril entra a despedirse de ella. Le lleva lejos, como otras veces, la dedicación, el amor que ha profesado siempre a los sacerdotes… En el vestíbulo que comunica con la puerta del dormitorio de la Abuela, se encuentra un grupo de miembros de la Obra que espera la salida del Padre. Está muy conmovido.

Un momento antes de partir, pide a su madre que ofrezca todas las molestias por la tarea que va a realizar. Ella asiente, aunque no puede evitar decir en voz baja:

-¡Este hijo!…

Una vez en el Seminario de Lérida, acude al sagrario de la capilla:

-Señor, cuida de mi madre, puesto que estoy ocupándome de tus sacerdotes(66).

Hacia el mediodía del 22 les dirige una plática en la que habla de la labor sobrenatural, inigualable, que compete a la madre junto a un hijo sacerdote. Cuando termina se queda un rato de oración, arrodillado cerca del sagrario. Y, en ese momento, llega el Obispo Administrador Apostólico y le dice:

-Don Alvaro le llama por teléfono.

El Padre oye la voz de Alvaro a través de la distancia:

-Padre, la Abuela ha muerto (67).

Vuelve a la capilla sin una lágrima. Entiende que Dios ha hecho lo que más convenía. Y después llora, rezando en voz alta -está a solas con Dios- aquella larga jaculatoria que tantas veces recordará a sus hijos en situaciones semejantes:

Fiat, adimpleatur, laudetur et in aeternum superexaltetur iustissima atque amabilissima voluntas Dei super omnia. Amen. Amen.(68).hagase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima voluntad de Dios sobre todas las cosas.

Desde entonces, siempre pensará que el Señor quiso de él este sacrificio como muestra de su cariño a los sacerdotes; y que su madre, especialmente, sigue rezando en el Cielo por ellos. Es el último encargo que pudo hacerle sobre la tierra.

En Madrid esperan su llegada. El desenlace ha sido imprevisto y rapidísimo. Un fallo cardio-respiratorio ha terminado con esta vida quemada en la elegancia de quien da todo y jamás pasa factura. Ha compartido la exigencia, la fe, el sacrificio de Josemaría por la Obra de Dios. Su vocación fue ésta: ser la madre de un hombre elegido para llevar un alto mensaje ante las gentes. En la pared, sigue presidiendo el cuadro de la Virgen con el Niño: los dos parecen mirar la escena de este holocausto silencioso que acaba de concluir.

El cuerpo de doña Dolores se traslada al oratorio de Diego de León. Allí queda instalada la capilla ardiente, en la que se turnarán todos para velar y rezar por ella. Desde Lérida, el Padre viaja en coche hasta Madrid y llega muy tarde. Nada más entrar en la casa abre la puerta del oratorio; se arrodilla ante el sagrario y luego junto al cuerpo de su madre. Llora como un hijo que ha perdido algo insustituible. Después llama a Alvaro y le pide ayuda para rezar el Te Deum. Quiere agradecer a Dios la paz y la alegría en(69) que descansa su madre (69).

Dos días más tarde, el Fundador dirige una meditación en el oratorio de este Centro. Les habla de la Abuela, de lo mucho que ha hecho por la Obra. Descubre la Voluntad de Dios también en las circunstancias de su muerte, estando ausente. Y comenta:

«Aunque se procure que mis hijos estén junto a sus padres cuando mueran, no siempre será posible por necesidades de apostolado. Y has querido, Señor, que en esto vaya también delante»(70).

Creyó que su madre permanecería más años cerca de las mujeres del Opus Dei. Parecía que Dios se lo iba quitando todo. Todo aquello en que cifraba su apoyo y esperanza humanos.

Al fallecer doña Dolores, Carmen Escrivá de Balaguer queda sola para organizar y dirigir el servicio en Diego de León. Sobre ella va recaer la responsabilidad de transmitir una valiosísima experiencia a cuantas van a llegar hasta la Obra en estos primeros Centros de Madrid y de España. Tía Carmen, como la llamarán siempre con afecto, va a seguir poniendo todo el calor que aprendiera en su ambiente familiar. Mantendrá, con dignidad y escasos recursos, a un número elevado de personas que viven ya en la casa. Hará colas interminables, que comienzan de madrugada, para conseguir alimentos indispensables. El combustible es de baja calidad, escaso, y el humo inunda los servicios. Hay que ahorrar y no se enciende la calefacción. Por si fuera poco, siguen frecuentando la casa Obispos, sacerdotes, profesores y personalidades que se interesan por conocer el espíritu de la Obra y es preciso atenderles con esmero.

A base de una entrega ejemplar, logrará llevar adelante, con cariño y reciedumbre -y también con humor aragonés- las dificultades de la empresa. Su hermano tendrá en ella la ayuda inestimable para dar el tono de sobriedad y buen gusto que habrán de tener los Centros del Opus Dei.

Veintiocho años más tarde, cuando Carmen tampoco esté ya sobre la tierra, los restos de don José Escrivá -que habían sido trasladados desde Logroño al cementerio del Este, en Madrid- y los de doña Dolores, que reposaba junto a su marido, serán llevados a la cripta construida en Diego de León. Es todo un símbolo. En los cimientos de la Obra estuvo siempre la familia del Fundador.

Con razón podía decir Monseñor Escrivá de Balaguer, poco después de haber tenido lugar este traslado:

-«Mi madre ha vuelto a su casa»(71).

Ahí, en la paz y el silencio, los miembros del Opus Dei rezan por las familias de todos, cada día.

Muerte de la madre de Escrivá

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En abril de 1941 la madre de Escrivá, a quien los de la Obra llamaban cariñosamente la abuela, enfermó de neumonía. Escrivá tenía que predicar unos ejercicios espirituales a sacerdotes de la diócesis de Lérida, pero se resistía a dejar Madrid. Manifestó a uno de la Obra su inquietud por la enfermedad de su madre, pero, como el médico le aseguró que no había peligro inmediato, concluyó que “están esperando cincuenta sacerdotes y mi obligación es ir a atenderles”[1]. Antes de partir se despidió de su madre y le pidió que ofreciera sus molestias por los sacerdotes a los que iba a predicar. Ella dijo suavemente: “¡Este hijo!”.

Al día siguiente, doña Dolores, contra todo pronóstico, empeoró y falleció en la mañana del 22 de abril de 1941. En cuanto recibió la noticia de su muerte, Escrivá partió hacia Madrid en un coche prestado. El coche se averió por el camino y no llegó a la capital hasta la mañana del día siguiente. Ante su ataud lloró inconsolablemente, según Orlandis, como un niño pequeño que ha perdido a su madre. “Dios mío, Dios mío, ¿qué has hecho? Me vas quitando todo: todo me lo quitas. Yo pensaba que mi madre les hacía mucha falta a estas hijas mías, y me dejas sin nada… ¡sin nada!”[2].

[1] José Orlandis. Ob. cit. p. 126-127

[2] AGP P01 1988 p. 1105

Santidad sacerdotal y caridad pastoral

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Sería superfluo detenerme a considerar que el ministerio exige que el sacerdote sea también un hombre de acción, pues su evidencia salta a los ojos con fuerza de claridad meridiana. Desde el punto de vista de la fe, podemos considerar igualmente evidente que el motor de la actividad pastoral del sacerdote radica exclusivamente en la caridad de Cristo: caritas Christi urget nos 40 , afirma San Pablo. Un amor sobrenatural que brota como fruto de la Cruz, por ser —con palabras de Santo Tomás de Aquino— «una cierta participación de la Caridad infinita, que es el Espíritu Santo» 41. En efecto, sólo la caridad, que sabe mostrarse paciente y benigna, que todo lo excusa, todo lo cree y todo lo soporta 42, puede dar razón no ya del cumplimiento más o menos preciso de unos determinados deberes pastorales, sino de una entrega total al ministerio que se concrete en una incesante actividad por el bien de las almas, más allá de lo que la estricta justicia pudiera exigir del sacerdote con los fieles confiados a su atención pastoral.

También en este aspecto, no puedo menos que evocar la figura entrañable de nuestro Fundador. Para su dedicación incansable al ministerio, nunca fueron excusa la fatiga, la enfermedad o las circunstancias adversas. Esta caridad pastoral, que conduce a una entrega sin condiciones al servicio de las almas 43 , informa necesariamente, con especiales matices, la fraternidad sacerdotal, que es elemento integrante de la comunión, entendida como la unidad afectiva y efectiva procedente de la común participación en los mismos bienes. Una fraternidad sacerdotal que no confunde la unidad con la uniformidad, que respeta la legítima libertad de todos, también en el amplio ámbito de la espiritualidad sacerdotal.

Mucho podría hablar del amor y del servicio, verdaderamente heroicos, del Fundador del Opus Dei hacia sus hermanos los sacerdotes. Recuerdo, por ejemplo, que entre los numerosísmos cursos de retiro que, por encargo de muchos Obispos, predicó a sacerdotes por toda España hasta que marchó a Roma, fue también a dirigir en octubre de 1944 los ejercicios espirituales a la comunidad de Agustinos de El Escorial. El día anterior se puso enfermo: la fiebre le subió a treinta y nueve grados, pero no se detuvo ante ese obstáculo. Yo le acompañé. A pesar de esa fuerte calentura, que al día siguiente había subido a cuarenta grados, predicó completos esos ejercicios, procurando —y consiguiendo— que quienes le escuchaban no advirtiesen su enfermedad.

Muerte de la madre de Escrivá

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En abril de 1941 la madre de Escrivá, a quien los de la Obra llamaban cariñosamente la abuela, enfermó de neumonía. Escrivá tenía que predicar unos ejercicios espirituales a sacerdotes de la diócesis de Lérida, pero se resistía a dejar Madrid. Manifestó a uno de la Obra su inquietud por la enfermedad de su madre, pero, como el médico le aseguró que no había peligro inmediato, concluyó que “están esperando cincuenta sacerdotes y mi obligación es ir a atenderles”[1]. Antes de partir se despidió de su madre y le pidió que ofreciera sus molestias por los sacerdotes a los que iba a predicar. Ella dijo suavemente: “¡Este hijo!”.

Al día siguiente, doña Dolores, contra todo pronóstico, empeoró y falleció en la mañana del 22 de abril de 1941. En cuanto recibió la noticia de su muerte, Escrivá partió hacia Madrid en un coche prestado. El coche se averió por el camino y no llegó a la capital hasta la mañana del día siguiente. Ante su ataud lloró inconsolablemente, según Orlandis, como un niño pequeño que ha perdido a su madre. “Dios mío, Dios mío, ¿qué has hecho? Me vas quitando todo: todo me lo quitas. Yo pensaba que mi madre les hacía mucha falta a estas hijas mías, y me dejas sin nada… ¡sin nada!”[2].

[1] José Orlandis. Ob. cit. p. 126-127

[2] AGP P01 1988 p. 1105

Capítulo 21. Expansión fuera de Madrid (1939-1942)

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Un retiro en Valencia

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En los meses siguientes al fin de la Guerra Civil, el Opus Dei reanudó sus incipientes actividades en Valencia. Escrivá predicó ejercicios espirituales a un grupo de universitarios del 5 al 11 de junio de 1939 en el Colegio del Beato Juan de Ribera, situado en Burjasot a pocos kilómetros de la ciudad. La invitación para predicar los ejercicios vino de su buen amigo don Antonio Rodilla, rector del colegio.

Mientras paseaba por los terrenos del colegio, antes de empezar, los estudiantes se fijaron en un cartelón pintado a mano, abandonado por el ejército republicano, que había ocupado el edificio durante la Guerra Civil. En el cartelón se leía el verso atribuido a Antonio Machado: “Cada caminante siga su camino”. Uno de los asistentes se disponía a romperlo, pero Escrivá le paró, diciéndole que ese lema era un buen consejo. Durante esos días, utilizó repetidamente aquella frase para subrayar la importancia de la libertad en el servicio de Dios.

Este énfasis en la libertad contrastaba radicalmente con la tendencia mayoritaria de la España de posguerra. Uno de los jóvenes, que pidió la admisión en el Opus Dei poco después de la guerra recordaba “aquellos tiempos, en los que no se hablaba especialmente sobre este tema. Se estimaban otros valores como el servicio y el sacrificio por la Patria, la abnegación en los sufrimientos, la heroicidad hasta poner en peligro la propia vida en defensa de ideales nobles”[1].

Lógicamente, Escrivá deseaba vocaciones para el Opus Dei, pero no habló de esto en las meditaciones que predicaba. Durante el retiro, sí charló en privado sobre este tema con varios jóvenes. Al final de esos días de retiro, Amadeo de Fuenmayor, estudiante de Derecho, vio claro que Dios le pedía que le entregara su vida en el Opus Dei. Pocas semanas después, otro de los asistentes, José Manuel Casas Torres, que simultaneaba los estudios de Derecho y Geografía, también pidió la admisión en el Opus Dei.

Escrivá deseaba encontrar gente que pudiera entender y vivir el espíritu del Opus Dei, pero, como director de almas, nunca coaccionaba a nadie, siempre llevaba a cada persona por el camino que Dios tenía previsto. Por ejemplo, a uno de los jóvenes que asistieron a aquellos ejercicios espirituales, aunque le explicó el Opus Dei, le insistió en que se dedicara al apostolado de la Acción Católica. Poco después aquel estudiante, tras consultar a un sacerdote, que era de su misma opinión, decidió renunciar a sus actividades en Acción Católica. Pero cuando consultó de nuevo a Escrivá, éste le aconsejó que siguiera sirviendo a la Iglesia en Acción Católica, según el plan de Dios.

El deseo de Escrivá de ayudar a cada uno a seguir la llamada personal de Dios le llevó a predicar numerosos ejercicios espirituales a sacerdotes diocesanos y religiosos. Nada más concluir el retiro de Burjasot para estudiantes universitarios, empezó otro para sacerdotes de la diócesis de Valencia, que había perdido la cuarta parte de su presbiterio durante la Guerra Civil. La mayoría de los supervivientes había pasado escondida durante los tres últimos años. El arzobispo de Valencia conoció a Escrivá en Burgos; ahora, para rejuvenecer las estructuras de la diócesis, destruidas por la guerra, le pedía que predicara unos ejercicios para párrocos recién nombrados. El retiro de Valencia fue el primero de los muchos que Escrivá predicó al clero diocesano de toda España y a numerosas comunidades religiosas.

[1] José María Casciaro. VALE LA PENA. TRES AÑOS CERCA DEL FUNDADOR DEL OPUS DEI: 1939-1942. Ediciones Rialp. Madrid 1998. p. 98-99

Nuevas pruebas

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La posibilidad de que Escrivá permaneciera en Madrid dependía del estatuto particular del convento de Santa Isabel, Fundación Real. En marzo de 1933 todas las fundaciones reales de Madrid pasaron a la jurisdicción ordinaria de la diócesis de Madrid. Parecía que Escrivá tendría que abandonar la capital, precisamente cuando el Opus Dei empezaba a crecer. Pero en junio de 1933, gracias a su amistad con don Francisco Morán, vicario general de la diócesis, y al apoyo de don Pedro Poveda, pudo renovar sus licencias para ejercer el sacerdocio en Madrid. A pesar de todo, seguía siendo una solución temporal y su situación permanecía inestable.

Desde el momento de su fundación Escrivá nunca dudó del origen divino del Opus Dei. A comienzos de 1932 el padre Postius, su director espiritual, le había advertido de que en algún momento sufriría la prueba de las dudas. Ésta se produjo en junio de 1933, durante unos ejercicios espirituales. Escrivá recordó el suceso: “A solas, en una tribuna de esta iglesia del Perpetuo Socorro, trataba de hacer oración ante Jesús Sacramentado expuesto en la Custodia, cuando, por un instante y sin llegar a concretarse razón alguna —no las hay—, vino a mi consideración este pensamiento amarguísimo: “¿y si todo es mentira, ilusión tuya, y pierdes el tiempo…, y —lo que es peor— lo haces perder a tantos?””[1].

Escrivá respondió inmediatamente con un completo desprendimiento, ofreciendo a Dios aquello que más amaba: “Si no es tuya, destrúyela”, rezó; “si es, confírmame”. La prueba, relató Escrivá, “fue cosa de segundos —dice—, pero ¡cómo se padece!”. Dios respondió a su generoso ofrecimiento con una renovada confianza. “Inmediatamente me sentí confirmado en la verdad de su Voluntad sobre su Obra”[2].

Escrivá también sufría por la desmejorada situación de María Ignacia García Escobar, la paciente de tuberculosis que se había incorporado al Ous Dei en la primavera de 1932. La enfermedad se había extendido a los huesos y otros órganos. Escrivá habló con ella de la muerte y le aseguró que desde el cielo podría trabajar por el Opus Dei con mayor eficacia que desde la tierra. Le llegó a hacer una serie de encargos que pedir a Jesús y a María cuando llegara al cielo, especialmente vocaciones.

Escobar no sólo mantuvo la paz a pesar de los terribles dolores que sufría, sino que, como relataba Escrivá, “contemplaba la muerte con la alegría de quien sabe que, al morir, se va con su Padre”[3]. “Sé”, relató en una carta, “que sufro por Jesús y para Jesús. ¿Habrá palabras en la tierra comparadas con éstas? ¡Dichosa el alma a quien Nuestro Señor concede tal beneficio y sabe aprovecharle. Ayúdeme V. con sus oraciones a alcanzar la más íntima unión con Jesús. Amarle con locura, es mi única ambición en esta vida. Si Él dispone que yo no lo sepa mientras viva en la tierra, ¡no importa! con que lo sepa Él me basta….”[4].

El 13 de septiembre de 1933 Escrivá redactó la siguiente nota para comunicar la muerte de Escobar a los otros de la Obra: “La oración y el sufrimiento han sido las ruedas del carro de triunfo de esta h. nuestra. —No la hemos perdido: la hemos ganado. —Al conocer su muerte, queremos que la pena natural se trueque pronto en la sobrenatural alegría de saber ciertamente que ya tenemos más poder en el cielo”[5].

Escobar era el tercer miembro de la Obra que moría en un año y medio. Además, durante esos mismos meses otras personas, con quienes Escrivá contaba para sacar la Obra adelante, le abandonaron. Sintió su pérdida tan dolorosamente como las muertes de Somoano, Gordon y Escobar.

Visto desde fuera, en otoño de 1933 el Opus Dei parecía no haber encontrado su lugar. A los cinco años de su fundación apenas había frutos visibles que respondieran a tanto trabajo, oración y sacrificio. Sin embargo, se estaba empezando a formar un pequeño núcleo de jóvenes que perseverarían y le ayudarían a desarrollar la Obra. Entre estos primeros se encontraban Zorzano, Jiménez Vargas, González Barredo y Fernández Vallespín. Con su ayuda pronto se abriría el primer centro del Opus Dei.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 499

[2] Ibid. p. 499-500

[3] José Miguel Cejas. Ob. cit. p. 189

[4] Ibid. p. 189

[5] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 627

Capítulo 1. La fundación del Opus Dei (2 de octubre de 1928)

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La fundación del Opus Dei (2 de octubre de 1928)

El martes 2 de octubre de 1928, fiesta de los Santos Ángeles Custodios, era el segundo día de unos ejercicios espirituales organizados para sacerdotes diocesanos en una casa que los Padres Paúles tenían en lo que entonces eran las afueras de Madrid. Los seis sacerdotes que participaban en aquella tanda ya habían celebrado Misa, desayunado y también habían rezado juntos parte del breviario correspondiente a aquella jornada y leído algunos pasajes del Nuevo Testamento. Hacia las 10 de la mañana, el joven sacerdote Josemaría Escrivá, de 26 años, se dirigió a su habitación.

Allí, solo, se puso a revisar y ordenar algunas notas personales de los últimos años que había llevado consigo. En ellas, había escrito una serie de gracias e inspiraciones divinas que Dios le fue concediendo como respuesta a diez años de intensa oración en los que había hecho suyas las palabras que el ciego del Evangelio dirigió a Jesús cuando le preguntó qué quería: “¡Señor, que vea!”. Escrivá tenía la seguridad de que Dios quería de él algo concreto, pero las mociones que tuvo hasta la fecha eran tan incompletas y parciales, que a duras penas podía intuir lo que el Señor verdaderamente deseaba. Con el paso de los años, era frecuente que describiera esas gracias recibidas antes del 2 de octubre de 1928 como “barruntos” de lo que Dios le pedía.

En el preciso instante en que las campanas de la cercana iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles repicaban alegremente para celebrar la fiesta del día, aparecieron de pronto las piezas que faltaban para completar una imagen que ahora veía con nitidez. Escrivá vio cómo Dios quería que hubiera una porción de la Iglesia, compuesta por gente de toda condición, que se dedicara a incorporar a su vida -y lo comunicara a su vez a amigos, vecinos y colegas- el fascinante mensaje evangélico de que Dios llama a todo el mundo a la santidad, sea cual sea su edad, condición social, profesión o estado.

En una anotación recogida por Escrivá en 1930, en lenguaje casi telegráfico, se resume el contenido de la visión que tuvo el 2 de octubre de 1928: “Simples cristianos. Masa en fermento. Lo nuestro es lo ordinario, con naturalidad. Medio: el trabajo profesional. ¡Todos santos!”[1]. El escritor francés Francois Gondrand nos ha legado una versión más poética de la misma idea: “miles, millones de almas que elevan sus oraciones a Dios en toda la superficie de la tierra; generaciones y generaciones de cristianos, inmersos en toda clase de actividades humanas, ofreciendo al Señor sus tareas profesionales y las mil preocupaciones de una vida ordinaria; horas y horas de trabajo intenso, constante, que sube hasta el cielo como un incienso de agradable aroma desde los cuatro puntos cardinales… Una multitud formada por ricos y pobres, jóvenes y ancianos, de todos los países y de todas las razas. Millones y millones de almas, a través de los tiempos y a lo largo del mundo… Un latir invisible que recorre y riega la superficie de la tierra”[2].

No sabemos si la visión que tuvo Escrivá se parece más a la austera nota escrita en 1930 o a la lírica versión recogida por Gondrand muchos años después, pero siempre que hablaba o escribía sobre los sucesos acaecidos aquel 2 de octubre de 1928, sus palabras eran invariablemente breves y esquemáticas. Con frecuencia, el suceso quedaba zanjado con la lacónica expresión: “Vi el Opus Dei”.

En un documento del 2 de octubre de 1931, el más antiguo que se conserva con una referencia a la fecha fundacional, Escrivá comenta: “Recibí la iluminación sobre toda la Obra”[3]. Esa iluminación comprendía una “idea clara general”[4] de la misión encomendada, aunque sin incluir todos los detalles. En otra ocasión Escrivá nos dice: “Dios nuestro Señor me trató como a un niño; no me presentó de una vez todo el peso, y me fue llevando adelante poco a poco. A un niño pequeño no se le dan cuatro encargos de una vez. Se le da uno, y después otro, y otro más cuando ha hecho el anterior. ¿Habeis visto cómo juega un chiquillo con su padre? El niño tiene unos tarugos de madera, de formas y colores diversos… Y su padre le va diciendo: pon este aquí, y ese otro ahí, y aquel rojo más allá… Y al final ¡un castillo!”[5]

Este libro narra la historia de la construcción de ese castillo. Pero antes de adentrarnos en esa historia, es preciso que veamos cómo llegó Escrivá hasta esa visión fundacional del 2 de octubre de 1928.

[1] José Miguel Cejas. JOSÉ MARÍA SOMOANO. EN LOS COMIENZOS DEL OPUS DEI. Ediciones Rialp. Madrid 1996. p. 85-86

[2] François Gondrand. AL PASO DE DIOS. Ediciones Rialp. Madrid 1982. p. 14

[3] Andrés Vázquez de Prada. EL FUNDADOR DEL OPUS DEI (I): ¡SEÑOR, QUE VEA! Ediciones Rialp. Madrid 1997. p. 293

[4] ibid. p. 98 nota 118

[5] José Luis Illanes. DOS DE OCTUBRE DE 1928. ALCANCE Y SIGNIFICADO DE UNA FECHA. Scripta theologica, XIII/ 2-3 (1981) 59. p. 70. Pamplona, 1981


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