El fundador del Opus Dei y la educación

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San Josemaría Escrivá ha realizado valiosas aportaciones al mundo de la educación: se refieren al espíritu que debe inspirarla, al modo de tratar a la persona y de entenderla.

San Josemaría Escrivá ha realizado valiosas aportaciones al mundo de la educación. Se refieren al espíritu que debe inspirar la educación, al modo de tratar a la persona y de entenderla.

La historia de Tajamar comenzó hace cincuenta años. San Josemaría Escrivá quería que comenzara una labor apostólica de trascendencia social en algún barrio populoso de Madrid. Era algo con lo que había soñado desde sus primeros años de trabajo sacerdotal en los barrios más necesitados de esa ciudad. Enseguida la idea fue tomando cuerpo y el lugar elegido fue Vallecas, un barrio en el había por entonces unos 12.000 chicos sin escolarizar, y era evidente que aquello, además de reducir sus posibilidades profesionales futuras, les llevaba con facilidad a la delincuencia. Era necesario poner en marcha un centro de enseñanza y en 1958 nació Tajamar, la primera labor apostólica de enseñanza del Opus Dei en Madrid.

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Desde entonces ha transcurrido ya medio siglo y Tajamar cuenta hoy con innumerables logros en su labor docente, en el deporte, en la lucha contra el fracaso escolar, en la formación para el empleo, en la relación entre empresa y escuela. Estos aniversarios invitan a hacer balance y a volver la mirada hacia la propia historia, a la deuda que tenemos con quienes han abierto el camino para poder ser lo que ahora somos. Y la primera deuda personal que tiene Tajamar, y la más importante, es con su principal impulsor, San Josemaría Escrivá. Y cabe ahora preguntarse cuál fue su aportación al estilo con que se trabaja en Tajamar.

Si alguien medianamente perspicaz visita con detenimiento Tajamar, o bien otros colegios semejantes a este, advierte enseguida los rasgos de un ambiente y una fisonomía característicos.

San Josemaría Escrivá ha realizado valiosas aportaciones al mundo de la educación. Y las ha hecho sin haberse propuesto escribir ningún tratado sobre el tema, sin crear una escuela pedagógica, sin marcar un estilo pedagógico propio del Opus Dei. No han sido aportaciones de orden técnico o metodológico, sino que se refieren al espíritu que debe inspirar la educación, al modo de tratar a la persona y de entenderla. De ahí que posean un valor permanente frente a los avances científicos o técnicos, y que se expresen en valores que no son propios de una época, ni de un lugar, y que por tanto también manifiestan una enorme diversidad según las personas y las instituciones educativas en las que se presenta.

Por eso, la influencia del espíritu del Opus Dei en una institución educativa es parecida a la influencia de ese mismo espíritu en una persona singular. Entre varias personas del Opus Dei habrá algunas cosas comunes, pero no puede decirse que haya un carácter, un estilo propio de las personas del Opus Dei, pues quien las conoce de cerca sabe que son bastante diferentes.

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Si alguien medianamente perspicaz visita con detenimiento Tajamar, o bien otros colegios semejantes a este, advierte enseguida los rasgos de un ambiente y una fisonomía característicos, que son como un sello que se capta en muchos detalles que, uno a uno, quizá son poco perceptibles. Es un modo de entender la vida, una consideración atenta y fraterna de las personas, una escala de valores orientadora, una impronta eminentemente espiritual. Son valores y rasgos sencillos, ninguno de ellos poseído en exclusividad, pero que en conjunto apuntan hacia un espíritu que alienta todo lo que allí se hace.

Un centro de enseñanza animado por el espíritu del Opus Dei tendrá sus aciertos y sus errores, pero tiene dentro del alma una vocación de servicio a Dios y a los demás.

Y dentro de esos rasgos característicos, el que quizá define mejor la influencia del espíritu del Opus Dei es y ha de ser la búsqueda de la unidad de vida. Es una expresión acuñada por San Josemaría, y que se refiere, por decirlo de una manera sencilla, a la adecuación entre lo que se piensa, se dice, se hace, y lo que se debe ser y hacer. Hay que tener en cuenta que el espíritu que anima a cada uno, el ejemplo de la propia conducta personal, el esmero que se pone en su trabajo, todo eso influye enormemente en la educación. Educar no debe entenderse como una cuestión unilateral ni exclusiva, sino que es una tarea de todos los que de alguna manera participan de la vida del centro educativo, pues todos contribuyen a educar y todos resultan beneficiados. Y muchas veces, lo sabemos bien, las grandes lecciones que recibimos nosotros, tanto los padres como los profesores, solemos aprenderlas de los chicos: de los hijos y de los alumnos.

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Un centro de enseñanza animado por el espíritu del Opus Dei tendrá sus aciertos y sus errores, porque siempre habrá una distancia entre lo que deberíamos ser y lo que realmente logramos llegar a ser, pero tiene dentro del alma una vocación de servicio a Dios y a los demás, que da a la vida un sentido de misión, una aspiración a la santidad en esa tarea diaria.

Las personas deben formarse en libertad, y eso no es nada sencillo, porque educar en libertad no es simplemente dar libertad, que eso lo hace cualquiera, sino enseñar en libertad a utilizar bien la libertad.

San Josemaría subrayó también diversos rasgos característicos que han de presidir cualquier labor educativa. Insistió en su aprecio por la sinceridad, la lealtad y la confianza. Puso el acento en la atención personalizada, en el trato de amistad con los alumnos y con los padres, y entre los profesores, de modo que hubiera una gran consideración hacia las personas y nadie pudiera sentirse sofocado en una masa. El amor al trabajo bien hecho, cuidando los detalles, fue otro aspecto central de su insistencia. Igual que el sentido de servicio y la preocupación social, cuestiones decisivas para que el espíritu cristiano cale verdaderamente en las personas.

El sentido positivo podría señalarse como otro elemento fundamental: es preciso poner “el signo más”, dar un sentido positivo a todo lo que hacemos, para así ver a la gente con buenos ojos, para valorar a cada uno como merece, para creer en ellos: todo eso tiene unos efectos sorprendentemente positivos en las personas.

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El espíritu de libertad ha de ser también otro rasgo característico en una actividad educativa alentada por el espíritu del Opus Dei. Las personas deben formarse en libertad, y eso no es nada sencillo, porque educar en libertad no es simplemente dar libertad, que eso lo hace cualquiera, sino enseñar en libertad a utilizar bien la libertad. Y San Josemaría lo aplicaba también a la educación en la fe. Hablaba a los padres de rezar, de dar ejemplo a sus hijos, de transmitir con la propia vida una formación profunda, de educar en un clima de alegría y de libertad. Y añadía: “No les obligues a nada, pero que os vean rezar: es lo que yo he visto hacer a mis padres y se me ha quedado en el corazón. De modo que cuando tus hijos lleguen a mi edad, se acordarán con cariño de su madre y de su padre, que les obligaron sólo con el ejemplo, con la sonrisa, y dándoles la doctrina cuando era conveniente, sin darles la lata”.

Todo ha de proyectar una imagen y una concepción cristiana de la significación del hombre y de toda realidad: así se compone esa unidad de vida.

Hablaba también de que la identidad cristiana de un centro de enseñanza debía ser algo profundo, constitutivo. No es meter en la vida del colegio unos añadidos, unos suplementos de tipo espiritual o doctrinal, porque eso sería algo postizo. La unidad de vida exige que esa inspiración cristiana se manifieste en todo, y no solamente en las enseñanzas académicas, sino en todos los valores que inspiran la vida diaria del centro, en todas las personas que allí trabajan. Todo ha de proyectar una imagen y una concepción cristiana de la significación del hombre y de toda realidad: así se compone esa unidad de vida, sencilla y fuerte, que predicó incansablemente durante toda su vida.


Artículo escrito por Alfonso Aguiló, director del colegio Tajamar, con motivo del 50 aniversario (1958/2008)

Iroto, un centro de desarrollo para la mujer en Nigeria

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El desarrollo humano y social depende en gran parte de la educación. Compaginar el trabajo, que muchas mujeres africanas deben realizar para mantener la familia, y la formación es el sistema elegido por Iroto para fomentar el desarrollo y la esperanza.

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La Educational Cooperation Society es una organización nigeriana sin ánimo de lucro que tiene como fin poner en marcha proyectos que promuevan la educación, el bienestar social y la dignidad de la persona en conformidad con los principios cristianos. Uno de sus primeros proyectos, Iroto Rural Development Centre, nació hace más de veinte años, cuando los jefes locales de Iloti y de los pequeños poblados de Iroto y Abidagba, que forman parte del Área Municipal de Itamapalo, acordaron asignarle veinte acres de tierra virgen.

“Cuando empezamos en 1986”, relata Jane Ohale, una de las pioneras, “nos dimos cuenta de que teníamos por delante una tarea exigente. La mayoría de las mujeres que viven en el ambiente rural se dedican al cultivo de casabe y el procesamiento de gari. El casabe es el tubérculo del que se hace el gari, alimento básico y fuente de ingresos familiares, pero su cultivo y preparación supone un gran esfuerzo y exige mucho tiempo”.

Opus Dei - Poblado de Iroto. Elaboración del

Poblado de Iroto. Elaboración del “gari”, friendo la “casavva” después de haberla molido.

En efecto, para obtener los resultados esperados, las mujeres deben labrar manualmente la tierra, sembrar y cosechar. Luego viene un largo proceso de pelar, remojar, moler y freír. El calor del clima tropical junto a la humedad, habitualmente del 90%, hacen su cometido aún más difícil. “Se entiende –continúa Jane- que las mujeres recelasen, al principio, de venir a Iroto para recibir clases. Por nuestra parte queríamos introducir otro tipo de cosechas, por ejemplo el cultivo de frutas y verduras, para así mejorar la dieta familiar”.

Las primeras clases, a pesar todo, fueron un éxito. En poco tiempo, en efecto, las alumnas aprendieron manualidades que les permitieron tener más tiempo para cuidar a sus familias y que a la vez la facilitaron la posibilidad de aumentar sus ingresos y de mejorar así su nivel de vida y el de sus familias. Se empezó por impartir lecciones de puericultura y administración del hogar, y más tarde se desarrollaron programas de agricultura y manualidades. Muchas mujeres manifestaron interés por la costura, la fabricación de alfombras, de jabones, de velas, por aprender a tejer cestas y a confeccionar abalorios y variados tipos de adornos. La idea original preveía que las alumnas pudieran realizar estos trabajos en sus casas, para uso propio o para generar ingresos. Para valorar el impacto que tuvo Iroto entre la población, es conveniente conocer la situación socio-económica de esta parte de Nigeria, en la que las mujeres se casan muy jóvenes y los maridos no suelen destacar por un gran sentido de responsabilidad hacia las necesidades familiares: de hecho, por un motivo u otro, las mujeres terminan por hacer todas las tareas del hogar, también las agrícolas o ganaderas.

La ‘Educational Cooperation Society’, a través de la organización ‘Women’s Board’, se comprometió también a dar cursos de inglés –lengua oficial del país y medio imprescindible para poder comunicarse-, de relaciones humanas, de comportamiento social, etcétera. El contenido de estas clases refleja una visión cristiana de la vida, una concepción del hombre que trasciende la mera satisfacción de las necesidades de subsistencia. En el origen y en la raíz de las actividades educativas que se desarrollan en Iroto están las enseñanzas de san Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, sacerdote que predició la llamada universal a la santidad, a una santidad que se persigue mediante el trabajo y las ocupaciones ordinarias realizadas cara a Dios.

A lo largo de estos veinte años de trabajo en el suroeste de Nigeria, a 100 kilómetros de Lagos, las personas que han trabajado en este proyecto educativo han debido superar no pocas dificultades y barreras. El muro más alto ha sido quizá el de la superstición y la sospecha. No fue fácil que las personas nativas aceptaran ser ayudadas. Paula, que ha estado en Iroto desde 1996, ha experimentado estos recelos: “A pesar de hablar el dialecto Yoruba, los primeros años me costó mucho ganarme la confianza y la amistad de la gente. Pero, ahora ya intercambiamos preocupaciones y alegrías, y puedo decir que soy una de ellos”.

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Un pequeño hospital
Entre las necesidades primordiales de la provincia de Itamapako está la salud. Sin ella, otros posibles planes de solidaridad son irrealizables o pierden efectividad. Por eso, en los terrenos del Centro de Desarrollo Rural Iroto se llevó a cabo la construcción de Abidagba, un centro de salud de primeros auxilios y de cura de enfermedades básicas.

Para construir el centro sanitario Abidagba hizo falta dinero, que se consiguió gracias a la generosidad de muchas personas. Entre los benefactores de Abidagba, se cuenta la familia German Dominick, que, al oír hablar de este proyecto, realizó una significativa donación. Por este motivo, el hospital fue construido en honor de su hijo Andreas, fallecido en un accidente de coche en Alemania, que siempre había mostrado un interés particular por África y por los proyectos de solidaridad que se podían llevar a cabo en este continente. También Manos Unidas, una organización española que impulsa proyectos similares en todo el mundo, colaboró con Abidagba.

El Centro de Salud fue inaugurado el 6 de diciembre de 1996. Han sido necesarios varios años para que el personal médico contara con la confianza de la población. En estos años, los pacientes de Abidagba se han multiplicado y es indudable que los índices de sanidad en la zona se han elevado notablemente. Wachera, enfermera keniana que trabaja en el Centro desde su inauguración, sostiene que poco a poco la cultura sanitaria ha ido calando en las familias. “En muchas ocasiones, la principal causa de la desnutrición de los niños y de las infecciones de los jóvenes era la ignorancia. Gracias a las clases y consejos sobre cómo llevar una vida sana, ha disminuido el número de enfermedades por familia”.

Es evidente que esta educación médica es urgente en África. “Cuando la malaria rebrota, por ejemplo, la gente es capaz de reconocer los síntomas, y saben entonces que tienen que ir al centro de salud para recibir el tratamiento. La malnutrición, que era una dolencia corriente cuando comenzábamos nuestro proyecto, ha desaparecido prácticamente gracias a que ahora conocemos mejor las necesidades nutricionales. La población es pobre, pero pueden sobrevivir y mantener sanos a sus hijos con los productos de la tierra. La mejora que apreciamos es realmente esperanzadora”, explica Wachera.

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Muchas historias
Como señala una de las pioneras de Iroto, “la gente aquí, especialmente las mujeres, tiene una vida muy dura. Intentamos darles formación y los medios necesarios para mejorar la calidad de su trabajo y de su vida familiar”. En Iroto, explica, se tiene muy presente que el desarrollo humano y social del entorno depende en gran parte de la mujer y de su nivel educativo. Es en el hogar donde las personas adquieren los hábitos básicos de conducta y se forjan las virtudes cristianas: se aprende a servir y a trabajar por los demás. En Iroto se conocen muchas historias, de personas y de familias que han encontrado armonía y equilibrio.

Oluwakemi Otesoga, una niña indigente, que estaba parcialmente ciega a causa de una retinopatía congénita. La enfermedad empeoró rápidamente y su madre, sin recursos económicos, estaba desesperanzada. Al tratarse de un caso complicado, una enfermera de Abidagba acudió a una escuela para ciegos, que hay en Lagos, e incluso se procuró los medios para el pago de la matrícula: encontró un benefactor, y gracias a él Oluwakemi pudo estudiar dos años allí y ahora vive en la residencia del colegio para ciegos. “Estoy muy contenta, y enormemente agradecida por lo que han hecho por mí. He aprendido a hacer cestos de caña, bolsos, corbatas y otros complementos. Además, puedo escribir y leer en Braille. He realizado prácticas en el Museo Nacional y es posible que encuentre un trabajo bien remunerado cuando finalice mis estudios en diciembre. Todo este proceso me ha ayudado a madurar como persona, y mi familia también se ha beneficiado”.

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Una asociación de mujeres
Otro de los proyectos que han nacido a la sombra de Iroto es una asociación de mujeres. Por el momento, reúne a 25 jóvenes madres. Todas comparten unas circunstancias biográficas difíciles: mantienen económicamente a la familia y han tenido que abandonar la escuela a muy temprana edad. Sienten la necesidad de enseñar a sus hijos algo distinto del cultivo de un trozo de tierra. “Estoy aprendiendo a escribir y a leer”, dice Agnes, “por mí y sobre todo por lo que podré enseñar a mis hijos”. Esta asociación de mujeres organiza cursos muy variados, en los que las asociadas se forman una cultura mínima. Al comienzo aprenden conceptos básicos de higiene, sanidad y cuidado de los bebés; después participan en clases de cocina, confección y costura.

Iroto ha cedido una parte de sus terrenos a esta asociación para que las mujeres que lo deseen puedan también cultivar vegetales, principalmente okro, ugwu y tomates. En esta hacienda en ciernes se han distribuido tareas y cometidos para la buena marcha de la granja. Por los trabajos bien realizados se dan incentivos, y también se premia la puntualidad en las clases y en la realización de los encargos. Juliet, que primero trabajó en la clínica sanitaria de Iroto, y ahora dedica gran parte de su tiempo al desarrollo de la granja, comenta: “Trabajar bien, con diligencia y responsabilidad, pensando en el porvenir de la familia, ha sido para mí una fortuna inmensa. ¡Qué hubiera sido de mí si no hubiera conocido Iroto!”.

También han manifestado su agradecimiento varias personalidades civiles de la región que valoran positivamente el impacto social de Iroto. Una de ellas es el “Kabiyesi” de Oko Ako, gobernador de 33 poblaciones, que ha declarado: “Estamos muy agradecidos al ‘Women’s Board’ por haber escogido nuestra tierra para poner en marcha el Centro de Desarrollo Rural Iroto. Los resultados están siendo óptimos”. Sir J. F. Adelaja, destacada celebridad en Itamapako, añade: “Iroto ha jugado un papel importante en el desarrollo de esta sociedad rural. Nuestra comunidad ha recibido paz, seguridad, bienestar y más vida cristiana”.

Un grito aún más fuerte: ¡Harambee!

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La iniciativa que nació en la canonización de san Josemaría para ayudar al África subsahariana sostiene actualmente 28 proyectos en 14 países. Para dar continuidad al esfuerzo, ha nacido la ONG “Harambee Africa International”, con sedes en Italia, España, Francia, Portugal, EEUU e Irlanda.

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“Harambee Africa International”: 28 proyectos en 14 países, impulsados desde Italia, España, EEUU, Portugal, Francia e Irlanda.

“Confianza en el hombre y amor y cercanía a personas de toda condición. A partir de estos puntos de referencia, fruto de las enseñanzas de San Josemaría Escrivá, ha nacido el programa Harambee por Africa”.

Así ha definido Giovanni Mottini, Presidente de la nueva ONG, el perfil de Harambee Africa International, presentada el 27 de octubre en Roma.

Desde su nacimiento, hace 6 años, Harambee ha crecido y se ha implantado en nuevos lugares, como España, Francia, Portugal, Estados Unidos e Irlanda y ha ayudado económicamente a 28 iniciativas sociales y educativas de 14 países del área sub-sahariana.

La nueva entidad se ha constituido para mejorar las funciones de coordinación internacional del proyecto, que hasta ahora se realizaban gracias al Istituto per la Cooperazione Universitaria.

“En el año 2002, con motivo de la canonización de San Josemaría, nos preguntábamos que podríamos hacer como cristianos para dejar huella de sus enseñanzas -dijo Mottini-. Y comenzamos a ocuparnos de África, evitando una mirada estética, es decir la del que mira al continente pensando sólo en su rica naturaleza, o evitando también la mirada estática típica del que, mostrando indignación hacia sus dramas, queda luego lejos de los problemas”.

Harambee Africa International impulsa más bien una solidaridad concreta, jamás a distancia: la solidaridad de San Josemaría Escrivá.

Opus Dei - De izquierda a derecha: Linda Corbi, Giovanni Mottini y Rosella Villa.

De izquierda a derecha: Linda Corbi, Giovanni Mottini y Rosella Villa.

“Hemos comenzado a ocuparnos de África -continuó Mottini-, preguntándonos no tanto qué necesitan los africanos, sino más bien en qué están pensando, porque estamos convencidos, con el Papa Benedicto XVI, que la pobreza no es sólo material, sino sobre todo de esperanza”.

Ése es motivo por el que Harambee África International ha promovido y sostenido programas en África. “Nos concentramos en la educación, en la mejora de su calidad, porque así cultivaremos la inteligencia y la capacidad de cada uno para mejorar su propio destino”. La solidaridad de Harambee, en definitiva, es menos espectacular, pero muy eficaz.

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“Nos concentramos en la educación, en la mejoría de su calidad, porque así cultivaremos la inteligencia y la capacidad de cada uno para mejorar su propio destino”.

Tras la intervención de Giovanni Mottini, la coordinadora internacional de la nueva Asociación, Linda Corbi, ha mostrado los resultados obtenidos por los proyectos impulsados por Harambee, deteniéndose especialmente en la experiencia de Kenia.

“Acabamos de finalizar unas jornadas de estudio y seguimiento en Nairobi, donde hemos podido experimentar la potencialidad de cambio positivo que hay tras los programas que hemos financiado de ayuda a maestros de escuela, a veces los únicos puntos de referencia para las nuevas generaciones”

TEMA 35. El sexto mandamiento del Decálogo

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Dios es amor, y su amor es fecundo. De esta fecundidad ha querido que participe la persona humana, asociando la generación a un específico acto de amor entre un hombre y una mujer.

1. Hombre y mujer los creó

La llamada de Dios al hombre y a la mujer a «crecer y multiplicarse», ha de leerse siempre desde la perspectiva de la creación «a imagen y semejanza» de la Trinidad (cfr. Gn 1). Esto hace que la generación humana, dentro del contexto más amplio de la sexualidad, no sea algo «puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal» (Catecismo, 2361); y por tanto, es esencialmente distinta a la propia de la vida animal.

«Dios es amor» (1Jn 4, 8), y su amor es fecundo. De esta fecundidad ha querido que participe la criatura humana, asociando la generación de cada nueva persona a un específico acto de amor entre un hombre y una mujer.  Por esto, «el sexo no es una realidad vergonzosa, sino una dádiva divina que se ordena limpiamente a la vida, al amor, a la fecundidad».

Siendo el hombre un individuo compuesto de cuerpo y alma, el acto amoroso generativo exige la participación de todas las dimensiones de la persona: la corporeidad, los afectos, el espíritu .

El pecado original rompió la armonía del hombre consigo mismo y con los demás. Esta fractura ha tenido una repercusión particular en la capacidad de la persona de vivir racionalmente la sexualidad. De una parte, oscureciendo en la inteligencia el nexo inseparable que existe entre las dimensiones afectivas y generativas de la unión conyugal; de otra, dificultando el dominio que la voluntad ejerce sobre los dinamismos afectivos y corporales de la sexualidad.

La necesidad de purificación y maduración que exige la sexualidad en estas condiciones no supone en modo alguno su rechazo, o una consideración negativa de este don que el hombre y la mujer han recibido de Dios. Supone más bien la necesidad de “sanearlo para que alcance su verdadera grandeza”. En esta tarea juega un papel fundamental la virtud de la castidad.

2. La vocación a la castidad

El Catecismo habla de vocación a la castidad porque esta virtud es condición y parte esencial de la vocación al amor, al don de sí, con el que Dios llama a cada persona. La castidad hace posible el amor en la corporeidad y a través de ella. De algún modo, se puede decir que la castidad es la virtud que habilita la persona humana y la conduce en el arte de vivir bien, en la benevolencia y paz interior con los demás hombres y mujeres y consigo misma; pues la sexualidad humana atraviesa todas las potencias, desde lo más físico y material, a lo más espiritual, coloreando las distintas facultades según lo masculino y lo femenino.

La virtud de la castidad no es, por tanto, simplemente un remedio contra el desorden que el pecado origina en la espera sexual, sino una afirmación gozosa, pues permite amar a Dios, y a través de Él a los demás hombres, con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas (cfr. Mc 12, 30).

«La virtud de la castidad forma parte de la virtud cardinal de la templanza» (Catecismo, 2341) y «significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual» (Catecismo, 2337).

Es importante en la formación de las personas, sobre todo de los jóvenes, al hablar de la castidad, explicar la profunda y estrecha relación entre la capacidad de amar, la sexualidad y la procreación. De otro modo, podría parecer que se trata de una virtud negativa, pues ciertamente una buena parte de la lucha por vivir la castidad está caracterizada por el intento de dominar las pasiones, que en algunas circunstancias se dirigen a bienes particulares que no son ordenables racionalmente al bien de la persona considerada como un todo.

En el estado actual, el hombre no puede vivir la ley moral natural, y por tanto la castidad, sin la ayuda de la gracia. Esto no implica la imposibilidad de una virtud humana que sea capaz de conseguir un cierto control de las pasiones en este campo, sino la constatación de la magnitud de la herida producida por el pecado, que exige el auxilio divino para una perfecta reintegración de la persona.

3. La educación a la castidad

La castidad otorga el dominio de la concupiscencia, que es parte importante del dominio de sí. Este dominio es una tarea que dura toda la vida y supone un esfuerzo reiterado que puede ser especialmente intenso en algunas épocas. La castidad debe crecer siempre, con la gracia de Dios y la lucha ascética (cfr. Catecismo, 2342).

«La caridad es la forma de todas las virtudes. Bajo su influencia, la castidad aparece como una escuela de donación de la persona. El dominio de sí está ordenado al don de sí mismo» (Catecismo, 2346).

La educación a la castidad es mucho más que lo que algunos reductivamente denominan educación sexual, y que se ocupa fundamentalmente de proporcionar información sobre los aspectos fisiológicos de la reproducción humana y los métodos anticonceptivos. La verdadera educación a la castidad no se conforma con informar sobre los aspectos biológicos, sino que ayuda a reflexionar sobre los valores personales y morales que entran en juego en lo relacionado con el nacimiento de la vida humana, y la maduración personal. A la vez, fomenta ideales grandes de amor a Dios y a los demás, a través del ejercicio de las virtudes de la generosidad, el don de sí, el pudor que protege la intimidad, etc., que ayudan a la persona a superar el egoísmo y la tentación de encerrarse en uno mismo.

En este empeño, los padres tienen una responsabilidad muy grande, pues son los primeros y principales maestros en la formación a la castidad de sus hijos.

En la lucha por vivir esta virtud son medios importantes:

a) la oración: pedir a Dios la virtud de la santa pureza; la frecuencia de sacramentos: son las medicinas de nuestra debilidad;

b) el trabajo intenso; evitar el ocio;

c) la moderación en la comida y bebida;

d) el cuidado de los detalles de pudor y de modestia, en el vestir, etc.;

e) desechar las lecturas de libros, revistas o diarios inconvenientes; y evitar espectáculos inmorales;

f) ser muy sinceros en la dirección espiritual;

g) olvidarse de sí mismo;

h) tener una gran devoción a María Santísima, Mater pulchrae dilectionis.

La castidad es una virtud eminentemente personal. A la vez, «implica un esfuerzo cultural» (Catecismo, 2344), pues «el desarrollo de la persona humana y el crecimiento de la sociedad están mutuamente condicionados». El respeto de los derechos de la persona, reclama el respeto de la castidad; en particular, el derecho a «recibir una información y una educación que respeten las dimensiones morales y espirituales de la vida humana» (Catecismo, 2344).

Las manifestaciones concretas con las que se configura y crece esta virtud serán distintas dependiendo de la vocación recibida. «Las personas casadas son llamadas a vivir la castidad conyugal; las otras practican la castidad en la continencia» (Catecismo, 2349).

4. La castidad en el matrimonio

La unión sexual «está ordenada al amor conyugal del hombre y de la mujer» (Catecismo, 2360): es decir, «se realiza de modo verdaderamente humano solamente cuando es parte integral del amor con el que el hombre y la mujer se comprometen totalmente entre sí hasta la muerte».

La grandeza del acto por el que el hombre y la mujer cooperan libremente con la acción creadora de Dios exige unas estrictas condiciones morales, justamente por la importancia antropológica que tiene: la capacidad de generar una nueva vida humana llamada a la eternidad. Esta es la razón por la cual el hombre no debe separar voluntariamente las dimensiones unitiva y procreativa de dicho acto, como es el caso de la contracepción.

Los esposos castos sabrán descubrir los momentos más adecuados para vivir esta unión corporal, de modo que refleje siempre, en cada acto, el don de sí que significa.

A diferencia de la dimensión procreativa, que puede actualizarse de modo verdaderamente humano solamente a través del acto conyugal, la dimensión unitiva y afectiva propia de ese acto puede y debe manifestarse de muchos otros modos. Esto explica que si, por determinadas condiciones de salud o de otro tipo, los esposos no pueden realizar la unión conyugal; o deciden que es preferible abstenerse temporalmente (o definitivamente, en situaciones especialmente graves) del acto propio del matrimonio, pueden y deben continuar actualizando ese don de sí, que hace crecer el amor verdaderamente personal, del que la unión de los cuerpos es manifestación.

5. La castidad en el celibato

Dios llama a algunos a que vivan su vocación al amor de un modo particular, en el celibato apostólico.  El modo de vivir la vocación cristiana en el celibato apostólico supone la continencia. Esta exclusión del uso de la capacidad generativa no significa en ningún modo la exclusión del amor o de la afectividad. Al contrario, la donación que se hace libremente a Dios de una posible vida conyugal, capacita la persona para amar y donarse a muchos otros hombres y mujeres, ayudándoles a su vez a encontrar a Dios, que es la razón de dicho celibato.

Este modo de vida ha de ser considerado y vivido siempre como un don, pues nadie puede arrogarse la capacidad de ser fiel al Señor en este camino sin el auxilio de la gracia.

6. Pecados contra la castidad

A la castidad se opone la lujuria, que es «un deseo o un goce desordenados del placer venéreo. El placer sexual es moralmente desordenado cuando es buscado por sí mismo, separado de las finalidades de procreación y de unión» (Catecismo 2351).

Dado que la sexualidad ocupa una dimensión central en la vida humana, los pecados contra la castidad son siempre graves por su materia, y por tanto, hacen perder la herencia del Reino de Dios (cfr. Ef 5, 5). Pueden ser leves, sin embargo, cuando falta advertencia plena o perfecto consentimiento.

El vicio de la lujuria tiene muchas y graves consecuencias: la ceguera de la mente, por la que se oscurece nuestro fin y nuestro bien; la debilitación de la voluntad, que se hace casi incapaz de cualquier esfuerzo, llegando a la pasividad, a la desgana en el trabajo, en el servicio, etc.; el apego a los bienes terrenos que hace olvidar los eternos; y finalmente se puede llegar al odio a Dios, que aparece al lujurioso como el mayor obstáculo para satisfacer su sensualidad.

La masturbación es la «excitación voluntaria de los órganos genitales a fin de obtener un placer venéreo» (Catecismo, 2352). «Tanto el Magisterio de la Iglesia, de acuerdo con una tradición constante, como el sentido moral de los fieles, han afirmado sin ninguna duda que la masturbación es un acto intrínseca y gravemente desordenado». Por su misma naturaleza, la masturbación contradice el sentido cristiano de la sexualidad que está al servicio del amor. Al ser un ejercicio solitario y egoísta de la sexualidad, privado de la verdad del amor, deja insatisfecho y conduce al vacío y al disgusto.

«La fornicación es la unión carnal entre un hombre y una mujer fuera del matrimonio. Es gravemente contraria a la dignidad de las personas y de la sexualidad humana, naturalmente ordenada al bien de los esposos, así como a la generación y educación de los hijos» (Catecismo, 2353).

El adulterio «designa la infidelidad conyugal. Cuando un hombre y una mujer, de los cuales al menos uno está casado, establecen una relación sexual, aunque ocasional, cometen un adulterio» (Catecismo 2380)

Asimismo son contrarias a la castidad las conversaciones, miradas, manifestaciones de afecto hacia otra persona, también entre novios, que se realizan con deseo libidinoso, o constituyen una ocasión próxima de pecado que se busca o no se rechaza.

La pornografía —exhibición del cuerpo humano como simple objeto de concupiscencia— y la prostitución —transformación del propio cuerpo en objeto de transacción financiera y de disfrute carnal— son faltas graves de desorden sexual, que, además de atentar a la dignidad de las personas que las ejercitan, constituyen una lacra social (cfr. Catecismo, 2355).

«La violación es forzar o agredir con violencia la intimidad sexual de una persona. Atenta contra la justicia y la caridad. La violación lesiona profundamente el derecho de cada uno al respeto, a la libertad, a la integridad física y moral. Produce un daño grave que puede marcar a la víctima para toda la vida. Es siempre un acto intrínsecamente malo. Más grave todavía es la violación cometida por parte de los padres (incesto) o de educadores con los niños que les están confiados» (Catecismo, 2356).

«Los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados», como ha declarado siempre la Tradición de la Iglesia. Esta neta valoración moral de las acciones no debe mínimamente prejuzgar a las personas que presentan tendencias homosexuales,  ya que no pocas veces su condición supone una difícil prueba.  También estas personas «están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana» (Catecismo, 2359).

Pablo Requena

TEMA 35. El sexto mandamiento del Decálogo

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Dios es amor, y su amor es fecundo. De esta fecundidad ha querido que participe la persona humana, asociando la generación a un específico acto de amor entre un hombre y una mujer.

1. Hombre y mujer los creó

La llamada de Dios al hombre y a la mujer a «crecer y multiplicarse», ha de leerse siempre desde la perspectiva de la creación «a imagen y semejanza» de la Trinidad (cfr. Gn 1). Esto hace que la generación humana, dentro del contexto más amplio de la sexualidad, no sea algo «puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal» (Catecismo, 2361); y por tanto, es esencialmente distinta a la propia de la vida animal.

«Dios es amor» (1Jn 4, 8), y su amor es fecundo. De esta fecundidad ha querido que participe la criatura humana, asociando la generación de cada nueva persona a un específico acto de amor entre un hombre y una mujer. Por esto, «el sexo no es una realidad vergonzosa, sino una dádiva divina que se ordena limpiamente a la vida, al amor, a la fecundidad».

Siendo el hombre un individuo compuesto de cuerpo y alma, el acto amoroso generativo exige la participación de todas las dimensiones de la persona: la corporeidad, los afectos, el espíritu.

El pecado original rompió la armonía del hombre consigo mismo y con los demás. Esta fractura ha tenido una repercusión particular en la capacidad de la persona de vivir racionalmente la sexualidad. De una parte, oscureciendo en la inteligencia el nexo inseparable que existe entre las dimensiones afectivas y generativas de la unión conyugal; de otra, dificultando el dominio que la voluntad ejerce sobre los dinamismos afectivos y corporales de la sexualidad.

La necesidad de purificación y maduración que exige la sexualidad en estas condiciones no supone en modo alguno su rechazo, o una consideración negativa de este don que el hombre y la mujer han recibido de Dios. Supone más bien la necesidad de “sanearlo para que alcance su verdadera grandeza”. En esta tarea juega un papel fundamental la virtud de la castidad.

2. La vocación a la castidad

El Catecismo habla de vocación a la castidad porque esta virtud es condición y parte esencial de la vocación al amor, al don de sí, con el que Dios llama a cada persona. La castidad hace posible el amor en la corporeidad y a través de ella. De algún modo, se puede decir que la castidad es la virtud que habilita la persona humana y la conduce en el arte de vivir bien, en la benevolencia y paz interior con los demás hombres y mujeres y consigo misma; pues la sexualidad humana atraviesa todas las potencias, desde lo más físico y material, a lo más espiritual, coloreando las distintas facultades según lo masculino y lo femenino.

La virtud de la castidad no es, por tanto, simplemente un remedio contra el desorden que el pecado origina en la espera sexual, sino una afirmación gozosa, pues permite amar a Dios, y a través de Él a los demás hombres, con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas (cfr. Mc 12, 30).

«La virtud de la castidad forma parte de la virtud cardinal de la templanza» (Catecismo, 2341) y «significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual» (Catecismo, 2337).

Es importante en la formación de las personas, sobre todo de los jóvenes, al hablar de la castidad, explicar la profunda y estrecha relación entre la capacidad de amar, la sexualidad y la procreación. De otro modo, podría parecer que se trata de una virtud negativa, pues ciertamente una buena parte de la lucha por vivir la castidad está caracterizada por el intento de dominar las pasiones, que en algunas circunstancias se dirigen a bienes particulares que no son ordenables racionalmente al bien de la persona considerada como un todo.

En el estado actual, el hombre no puede vivir la ley moral natural, y por tanto la castidad, sin la ayuda de la gracia. Esto no implica la imposibilidad de una virtud humana que sea capaz de conseguir un cierto control de las pasiones en este campo, sino la constatación de la magnitud de la herida producida por el pecado, que exige el auxilio divino para una perfecta reintegración de la persona.

3. La educación a la castidad

La castidad otorga el dominio de la concupiscencia, que es parte importante del dominio de sí. Este dominio es una tarea que dura toda la vida y supone un esfuerzo reiterado que puede ser especialmente intenso en algunas épocas. La castidad debe crecer siempre, con la gracia de Dios y la lucha ascética (cfr. Catecismo, 2342).

«La caridad es la forma de todas las virtudes. Bajo su influencia, la castidad aparece como una escuela de donación de la persona. El dominio de sí está ordenado al don de sí mismo» (Catecismo, 2346).

La educación a la castidad es mucho más que lo que algunos reductivamente denominan educación sexual, y que se ocupa fundamentalmente de proporcionar información sobre los aspectos fisiológicos de la reproducción humana y los métodos anticonceptivos. La verdadera educación a la castidad no se conforma con informar sobre los aspectos biológicos, sino que ayuda a reflexionar sobre los valores personales y morales que entran en juego en lo relacionado con el nacimiento de la vida humana, y la maduración personal. A la vez, fomenta ideales grandes de amor a Dios y a los demás, a través del ejercicio de las virtudes de la generosidad, el don de sí, el pudor que protege la intimidad, etc., que ayudan a la persona a superar el egoísmo y la tentación de encerrarse en uno mismo.

En este empeño, los padres tienen una responsabilidad muy grande, pues son los primeros y principales maestros en la formación a la castidad de sus hijos.

En la lucha por vivir esta virtud son medios importantes:

a) la oración: pedir a Dios la virtud de la santa pureza; la frecuencia de sacramentos: son las medicinas de nuestra debilidad;

b) el trabajo intenso; evitar el ocio;

c) la moderación en la comida y bebida;

d) el cuidado de los detalles de pudor y de modestia, en el vestir, etc.;

e) desechar las lecturas de libros, revistas o diarios inconvenientes; y evitar espectáculos inmorales;

f) ser muy sinceros en la dirección espiritual;

g) olvidarse de sí mismo;

h) tener una gran devoción a María Santísima, Mater pulchrae dilectionis.

La castidad es una virtud eminentemente personal. A la vez, «implica un esfuerzo cultural» (Catecismo, 2344), pues «el desarrollo de la persona humana y el crecimiento de la sociedad están mutuamente condicionados». El respeto de los derechos de la persona, reclama el respeto de la castidad; en particular, el derecho a «recibir una información y una educación que respeten las dimensiones morales y espirituales de la vida humana» (Catecismo, 2344).

Las manifestaciones concretas con las que se configura y crece esta virtud serán distintas dependiendo de la vocación recibida. «Las personas casadas son llamadas a vivir la castidad conyugal; las otras practican la castidad en la continencia» (Catecismo, 2349).

4. La castidad en el matrimonio

La unión sexual «está ordenada al amor conyugal del hombre y de la mujer» (Catecismo, 2360): es decir, «se realiza de modo verdaderamente humano solamente cuando es parte integral del amor con el que el hombre y la mujer se comprometen totalmente entre sí hasta la muerte».

La grandeza del acto por el que el hombre y la mujer cooperan libremente con la acción creadora de Dios exige unas estrictas condiciones morales, justamente por la importancia antropológica que tiene: la capacidad de generar una nueva vida humana llamada a la eternidad. Esta es la razón por la cual el hombre no debe separar voluntariamente las dimensiones unitiva y procreativa de dicho acto, como es el caso de la contracepción.

Los esposos castos sabrán descubrir los momentos más adecuados para vivir esta unión corporal, de modo que refleje siempre, en cada acto, el don de sí que significa.

A diferencia de la dimensión procreativa, que puede actualizarse de modo verdaderamente humano solamente a través del acto conyugal, la dimensión unitiva y afectiva propia de ese acto puede y debe manifestarse de muchos otros modos. Esto explica que si, por determinadas condiciones de salud o de otro tipo, los esposos no pueden realizar la unión conyugal; o deciden que es preferible abstenerse temporalmente (o definitivamente, en situaciones especialmente graves) del acto propio del matrimonio, pueden y deben continuar actualizando ese don de sí, que hace crecer el amor verdaderamente personal, del que la unión de los cuerpos es manifestación.

5. La castidad en el celibato

Dios llama a algunos a que vivan su vocación al amor de un modo particular, en el celibato apostólico. El modo de vivir la vocación cristiana en el celibato apostólico supone la continencia. Esta exclusión del uso de la capacidad generativa no significa en ningún modo la exclusión del amor o de la afectividad. Al contrario, la donación que se hace libremente a Dios de una posible vida conyugal, capacita la persona para amar y donarse a muchos otros hombres y mujeres, ayudándoles a su vez a encontrar a Dios, que es la razón de dicho celibato.

Este modo de vida ha de ser considerado y vivido siempre como un don, pues nadie puede arrogarse la capacidad de ser fiel al Señor en este camino sin el auxilio de la gracia.

6. Pecados contra la castidad

A la castidad se opone la lujuria, que es «un deseo o un goce desordenados del placer venéreo. El placer sexual es moralmente desordenado cuando es buscado por sí mismo, separado de las finalidades de procreación y de unión» (Catecismo 2351).

Dado que la sexualidad ocupa una dimensión central en la vida humana, los pecados contra la castidad son siempre graves por su materia, y por tanto, hacen perder la herencia del Reino de Dios (cfr. Ef 5, 5). Pueden ser leves, sin embargo, cuando falta advertencia plena o perfecto consentimiento.

El vicio de la lujuria tiene muchas y graves consecuencias: la ceguera de la mente, por la que se oscurece nuestro fin y nuestro bien; la debilitación de la voluntad, que se hace casi incapaz de cualquier esfuerzo, llegando a la pasividad, a la desgana en el trabajo, en el servicio, etc.; el apego a los bienes terrenos que hace olvidar los eternos; y finalmente se puede llegar al odio a Dios, que aparece al lujurioso como el mayor obstáculo para satisfacer su sensualidad.

La masturbación es la «excitación voluntaria de los órganos genitales a fin de obtener un placer venéreo» (Catecismo, 2352). «Tanto el Magisterio de la Iglesia, de acuerdo con una tradición constante, como el sentido moral de los fieles, han afirmado sin ninguna duda que la masturbación es un acto intrínseca y gravemente desordenado». Por su misma naturaleza, la masturbación contradice el sentido cristiano de la sexualidad que está al servicio del amor. Al ser un ejercicio solitario y egoísta de la sexualidad, privado de la verdad del amor, deja insatisfecho y conduce al vacío y al disgusto.

«La fornicación es la unión carnal entre un hombre y una mujer fuera del matrimonio. Es gravemente contraria a la dignidad de las personas y de la sexualidad humana, naturalmente ordenada al bien de los esposos, así como a la generación y educación de los hijos» (Catecismo, 2353).

El adulterio «designa la infidelidad conyugal. Cuando un hombre y una mujer, de los cuales al menos uno está casado, establecen una relación sexual, aunque ocasional, cometen un adulterio» (Catecismo 2380).

Asimismo son contrarias a la castidad las conversaciones, miradas, manifestaciones de afecto hacia otra persona, también entre novios, que se realizan con deseo libidinoso, o constituyen una ocasión próxima de pecado que se busca o no se rechaza.

La pornografía —exhibición del cuerpo humano como simple objeto de concupiscencia— y la prostitución —transformación del propio cuerpo en objeto de transacción financiera y de disfrute carnal— son faltas graves de desorden sexual, que, además de atentar a la dignidad de las personas que las ejercitan, constituyen una lacra social (cfr. Catecismo, 2355).

«La violación es forzar o agredir con violencia la intimidad sexual de una persona. Atenta contra la justicia y la caridad. La violación lesiona profundamente el derecho de cada uno al respeto, a la libertad, a la integridad física y moral. Produce un daño grave que puede marcar a la víctima para toda la vida. Es siempre un acto intrínsecamente malo. Más grave todavía es la violación cometida por parte de los padres (incesto) o de educadores con los niños que les están confiados» (Catecismo, 2356).

«Los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados», como ha declarado siempre la Tradición de la Iglesia. Esta neta valoración moral de las acciones no debe mínimamente prejuzgar a las personas que presentan tendencias homosexuales, ya que no pocas veces su condición supone una difícil prueba. También estas personas «están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana» (Catecismo, 2359).

Pablo Requena

Vídeos para ver con calma

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En los últimos años de su vida, San Josemaría mantuvo charlas con grupos diversos de personas. En ellas, hablaba de la vida cristiana, y de otras cuestiones que el Fundador

del Opus Dei llevaba en el corazón: amistad, convivencia, paz….

La sección “Vídeos breves del fundador” recoge 52 vídeos agrupados en varios temas: la familia, los sacramentos, el dolor y la enfermedad, la vida ordinaria, etc.

Se trata de extractos breves de las tertulias que mantuvo San Josemaría con muchos grupos durante los viajes que hizo a la Península Ibérica y Sudamérica en 1072 y 1974.

En la biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, se cuentan los entresijos e historias de aquellos viajes, que tanto influyeron en miles de personas:

Viaje por península Ibérica (1972)
“Si sacamos estadísticas, al Padre le salía una media de tres o cuatro reuniones diarias, con crecido número de asistentes, en muchas ocasiones de varios miles de personas. Recibía además continuamente a grupos reducidos y a familias que le visitaban a cualquier hora del día. En total, más de ciento cincuenta mil almas le escucharon en catequesis abierta.

Opus Dei -

“Hacia marzo de 1974, sus hijos empezaron a insinuarle, suavemente, el repetir la correría catequística de 1972; esta vez por tierras americanas. En principio, al Padre le gustó la idea, porque satisfacía su celo de almas, con la posibilidad de confirmar en la fe a muchísimos miles de personas. En contra estaba su íntima repugnancia a ser el centro de la atención general, viéndose expuesto a recibir aplausos, elogios y demostraciones públicas de afecto, como si él fuese un santo. Esto le llenaba de vergüenza y humildad”.

Viaje a Sudamérica (1974)
“Gracias a Dios, de esas tertulias quedaron muchos rollos de película, una espléndida colección de documentos filmados de la catequesis del Padre en América, comenzando con algunas reuniones en Brasil.

Opus Dei -

“Solía hacer el Padre la apertura del acto con unas palabras cordiales o un breve comentario religioso. Era el preludio a la conversación. Inmediatamente surgían las preguntas entre los asistentes. Los micrófonos y un sistema de luces rojas repartidas por la sala indicaban dónde estaba la persona que quería hablar. No se ponía coto a las intervenciones, aunque sí se respetaba la prioridad de quien se hacía con el micrófono. De manera que el Padre era blanco de lo fortuito. No podía hurtarse a las preguntas y contestaba como Dios le daba a entender. Y era evidente que le soplaba el Espíritu Santo, porque sus palabras dejaban paz y alegría en el alma de quienes buscaban solución a sus penas.

“Por lo común, los temas que se trataban eran la familia y la educación de los hijos, la vida de piedad, la claridad de ideas en medio del confusionismo doctrinal, la tarea apostólica, la confesión… En las tertulias generales las preguntas eran más heterogéneas y las historias personales no siempre color de rosa”.

Hay que poner a Cristo en la cumbre

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En Guadalajara, el Prelado del Opus Dei se reunió con familias provenientes de todo el occidente del país, desde Tijuana hasta Colima, y de ciudades de Michoacán.

El domingo 2 de agosto de 2009 Mons. Javier Echevarría se encontró con una entusiasta multitud que lo aguardaba en la Arena VFG. Antes de su llegada, un grupo de mariachis amenizó el ambiente con canciones de amor humano que san Josemaría, Fundador del Opus Dei, solía cantar “a lo divino”. Las notas de La MorenitaChapala se repitieron varias veces durante la mañana.

El Prelado entró al recinto a las 12 y tras agradecer la presencia de todos, dirigió el rezo del Ángelus. Sus primeras palabras fueron para comentar la visita que días antes hizo a la Basílica de Guadalupe, donde había puesto a sus hijas, a sus hijos y sus intenciones en el regazo de la Santísima Virgen. Y recordó que san Josemaría deseaba morir –y de hecho murió– viendo una imagen de la Virgen y que ella le diera una flor: “Vamos a pedirle a ella (a la Virgen de Guadalupe) que nos sostenga en la vida para que de verdad, nuestra vida sea una rosa diaria que podamos presentar al Señor”.

Cuando Mons. Echevarría llegó a la tertulia, se encontró con Micaela Jiménez, una hija suya de 110 años, quien le saludó con gran afecto.

Mons. Echevarría añadió: “Yo le llevé vuestra vida. La vida de todo México. La vida de toda la humanidad. Y sí, sentí que esta Madre del Cielo nos da muchos apapachos… si queremos. Porque como pasa con los niños, a veces queremos ser autónomos y nos apartamos del cuidado de esta Mamá que tanto nos ama. […] Y le di tres besos diciéndole: llévaselos a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo, para que nosotros tengamos conciencia de lo que significa esa misericordia de Dios que quiere vivir con nosotros”.

Durante la tertulia, la gran mayoría de las preguntas que le hicieron se centró en distintos aspectos de la vida familiar y social: la educación; la responsabilidad social; la formación de los padres de familia; cómo compaginar el trabajo con la vida de familia, las implicaciones de la moda; etcétera.

Mons. Echevarría animó a los esposos a ser el camino de santidad para sus cónyuges, a cuidar las cosas pequeñas para mostrar el cariño, a perdonar y a no discutir frente a los hijos. También habló de la oración –a la que calificó como “quitapesares”-, de la devoción a Don Álvaro del Portillo y de la confesión.

Lucía, madre de familia, le preguntó sobre la formación de los hijos en responsabilidad social y le presentó al sacerdote del lugar donde un grupo de familias desarrolla una intensa promoción rural, quien para llegar a la tertulia viajó veinte horas por caminos muy difíciles. Mons. Echevarría le agradeció especialmente el cuidado del Santísimo Sacramento: “Hay que poner a Cristo en la cumbre y en esos pueblitos. ¡Al Señor en la cumbre de todo!”, exclamó.

A Carlos, un mecánico electricista que le preguntó cómo hacer apostolado en su ambiente, le recomendó que aprovechara los pocos momentos de trato con sus clientes para facilitar el encuentro con Dios, a un simple “muchas gracias” agregar un “además he rezado por usted en la Santa Misa”, o “muchas gracias, y he pedido a su ángel custodio que le ayude en la jornada de hoy […] o muchas gracias y le pido que ofrezca las pequeñas molestias que pueda tener por mi esposa y por mí y por mis hijos” .

Antes de impartir la Bendición al final de la tertulia, Mons. Echevarría nos animó: “¡Hala, todos a hacer México!”

Visita a la Basílica de Zapopan

Un día después del encuentro con las familias, el Prelado del Opus Dei visitó la Basílica de Zapopan. Mons. Echevarría rezó durante veinte minutos frente a la Virgen, a quien se tiene gran devoción en esta tierra y a quien también visitó el Siervo de Dios Álvaro del Portillo, primer sucesor de san Josemaría, en un viaje pastoral en 1983.

Olga Marlin: un sueño que ha hecho historia

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Esta es la vida de una mujer del Opus Dei que abandonó el bienestar de Europa para contribuir en el desarrollo de la mujer africana. Su trabajo al frente de Kianda School –un colegio para niñas de todas las razas en Kenia- ha repercutido en todo el continente.

Olga Marlin, con un grupo de niñas de Kianda.

Olga disfruta comiendo ‘nyama choma’ y ‘ugali’ y conoce Kenya mejor que muchos nativos. Ha sido testigo de la transición del país del colonialismo a la independencia bajo Jomo Kenyatta, pasando por Daniel Moi y Mwai Kibaki.

Pero lo más importante ha sido la contribución que ha realizado –sin hacer ningún ruido mediático- a la modernización de Kenia.

A los 27 años, una edad en la que muchas chicas que no han salido de su ciudad ya piensan en fundar una familia y vivir en un apartamento con jardín y una elegante valla, ella prefirió dejar el confort del que disfrutaba en Europa y acompañó a un grupo de ocho mujeres que marchaban a vivir a África.

Aterrizó en Kenya, y el país le cambió. Lo hizo en su propio hogar, fue una ciudadana más, y puso todo su empeño para convertir su nuevo entorno, por aquel entonces agitado a causa de la discriminación racial, en un lugar más justo.

Así era Olga Marlin, una de las impulsoras de Kianda Foundation, una escuela de secretariado multirracial pionera en su área, durante los comienzos de la lucha por las libertades en Kenya.

Olga viajó desde Irlanda en 1960 no por deseos de aventura, sino por una profunda convicción de que Dios quería que ella hiciera algo por Él con su vida.

Ahora, a los 70 años –y aún tan elegante y encantadora como en su juventud- Olga relata con modestia, aunque feliz, su papel en la puesta en marcha de la fundación gracias a la cual miles de africanas son ahora altas ejecutivas en diferentes organizaciones nacionales e internacionales.

“Necesitaban educación para ser libres”
Para Olga, la más joven en una familia de seis hermanos, la mujer africana estaba por aquellos años encerrada en un círculo vicioso. “Necesitaban educación para ser libres, y libertad para recibir una educación”.

Su esfuerzo ha merecido la pena, a juzgar por la lista de antiguas alumnas de Kianda. Allí estudiaron la actual ministra de Sanidad de Kenia, Charity Ngilu; Evelyn Mungai-Eldon, fundadora del Evelyn College of Design; Pamela Mboya, la esposa de Tom Mboya; Gaone Masire-Moyo, la hermana de ex presidente de Botswana, Ketumile Masire; Zipporah Mayanja, diplomática ugandesa en Bélgica… Es una larga lista de mujeres fuertes, que han sobresalido allá donde la vida les ha llegado.

Hasta la fecha, Kianda ha visto entrar y salir a miles de chicas de sus aulas. Lejos están los inicios en una humilde caseta en la avenida Waiyaki con sólo 17 estudiantes.

En los inicios de la escuela.

Olga nació en 1934 en New York. Sus padres se llamaban Ervin Ross Marlin y Hilda Gerarda van Stockum. Viajaron mucho siendo ella una niña, ya que su padre trabajaba en la ONU.

Acudió a la escuela primaria en Washington, antes de que la familia se mudara a vivir a Montreal (Canadá) en 1947, donde finalizó los estudios secundarios. Más tarde, se marchó al Trinity College de Dublin para estudiar un Master en Idiomas Modernos.

“Mi padre siempre quiso que fuese a estudiar al Trinity College porque allí era donde él y mi madre habían estudiado”, explica. Aunque su familia regresó a Canadá, Olga prefirió quedarse en Irlanda, donde su vida había cobrado un nuevo giro tras conocer a unas chicas del Opus Dei, una institución de la Iglesia católica.

“Dios quería que me pusiese a su servicio”
“Jamás había pensado que conocería a un santo”, dice refiriéndose al fundador del Opus Dei. Y continúa entre risas: “Cuando tenía 10 años, le decía a la gente que me casaría y tendría 10 niños”

“Mi actitud hacia la vida cambió radicalmente cuando sentí que Dios quería que me pusiera a su servicio de alguna forma”, señala.

A petición de san Josemaría Escrivá, Olga y otras ocho mujeres se fueron a Kenya. Ella acudió para obedecer con alegría, aunque sabía que no siempre iba a ser fácil.

Pero nadie le había preparado lo suficiente para encajar el golpe de lo que era entonces la realidad keniana. Llegó a Kenya cuando las áreas residenciales estaban separadas (blancos y negros), así como las asociaciones, colegios, restaurantes e incluso los transportes públicos.

Un colegio multirracial
Las relaciones sociales entre personas de distinta raza eran entonces un tabú. Olga y sus compañeras se dieron cuenta de que no sería nada sencillo promover una escuela multirracial en la que las chicas blancas iba a aprender junto a las africanas y asiáticas.

La idea inicial fue impulsar una escuela de formación profesional para ofrecer a las africanas la oportunidad de aprender tareas de secretariado, con el fin de permitirles acceder a mejores trabajos y, por lo tanto, a mejores sueldos. En aquel entonces, la gente pensaba que Olga y sus compañeras estaban locas, pero una mujer de la familia Kenyatta –el presidente del país- les prestó todo su apoyo tras enterarse de que trataban de poner en marcha ese proyecto.

Kianda educa a las niñas y mujeres africanas.

“Habéis llegado en un gran momento para abrir una escuela para niñas. Nuestras mujeres necesitan educación para ganar en confianza, y respetarse a sí mismas y hacerse respetar. Esto sólo ocurrirá cuando sean económicamente independientes. Vuestra escuela les proveerá de los conocimientos necesarios”, les dijo la señora de la familia Kenyatta.

Tras un breve periodo de enseñanza en el Kenya High School, por entonces un colegio sólo para blancos, Olga comenzó a poner en marcha su ilusionante iniciativa.

En 1961, después de varios meses dando clases de música y enseñando a las estudiantes a conseguir algo de dinero, el grupo estaba listo para empezar.

No sin dificultades
Pero había algunos problemas. Una de las estudiantes era Goan (miembro de una comunidad de origen indio asentada en Kenia), por lo que el alcalde no quería oír nada sobre la posibilidad de iniciar las actividades de Kianda. Además, la escuela se situaba en el valle de Arcade –un área residencial de blancos-.

El alcalde les dijo que primero tendrían que solicitar el permiso de los vecinos, que lo denegaron. Marlin estaba desolada: “Aquel fue uno de los peores momentos de mi vida”, explica.

Pronto comprendió que, si quería llevar a cabo su propósito de dar una educación digna a las chicas africanas, tendría que cambiar la escuela de lugar.

Una de las estudiantes le ofreció ayuda. Su padre, Paddy Rouche, poseía una agencia estatal al este de Nairobi, y conocía la existencia de una parcela libre en la calle Waiyaki (actual sede de Kianda School). La parcela colindaba con la embajada japonesa.

Por aquel entonces, el Gobierno había decidido declarar como ‘multirraciales’ algunos terrenos, por lo que Kianda (que significa ‘valle’ en Kikuyu) pudo establecerse por fin. Olga dirigió la escuela hasta 1980.

Esta sería la primera de las muchas iniciativas educativas impulsadas por la fundación Kianda, cuyo fin siempre es elevar los niveles educativos y el bienestar de la mujer keniana.

Registrada en 1961, la fundación ha puesto en marcha escuelas de enseñanza primaria y secundaria, la escuela de hostelería Kibondeni, y el centro de formación técnica Kimlea en Kiambu.

Esta última iniciativa ha salvado a cientos de niñas de la progresiva explotación y degradación infantil en las plantaciones de café de la región.

Cuando Marlin tenía ya un lugar para dar sus clases, aún le esperaba una tarea aún más difícil: convencer a los padres de las niñas que les permitieran inscribirse a un curso de secretariado.

“La mayoría no sabían si permitir o no a sus hijas formarse como secretarias. Temían que las niñas volvieran más revoltosas o que se perdieran por las calles de Nairobi”.

La primera estudiante africana
Al fin, pudieron admitir a la primera estudiante africana -Evelyn Mungai Eldon- quien abrió el camino a otras muchas que vendrían después. Era una chica muy capaz, trabajadora, que supo aguantar el hecho de ser diferente. Olga recuerda que “venía a clase siempre andando, y era muy lista y competitiva en clase”.

Evelyn finalizó brillantemente sus estudios y encontró un trabajo en la East African Community con el que finalizó su año de formación.

Pronto Kianda pasó a ser muy popular, especialmente entre las organizaciones de la zona, debido a la alta calidad de la formación. Atrajo estudiantes y profesores de lugares tan distintos como Grecia, México, España, Estados Unidos, Irlanda, Francia, Egipto, Etiopía, Botswana, Uganda o Tanzania.

Con la independencia, la escuela perdió parte de sus estudiantes de raza blanca, ya que muchas de las familias que temían represalias de la comunidad negra, optaron por regresar a Europa. Pero el número de matriculaciones creció de nuevo y aumentó también la demanda de secretarias en la Kenya independiente y en todo el este africano.

Kianda adquirió tal prestigio que muchas empresas ofrecieron firmar un acuerdo de colaboración con la escuela. Se comprometían a pagar un año de formación de las chicas –e incluso su mantenimiento- si después ellas, tras graduarse, entraban a trabajar en la empresa que les había sostenido. Las chicas que no gozaban de este ‘apoyo empresarial’ y tampoco tenían dinero para pagarse los estudios, accedían a becas.

Mucho antes de que el país lograse la independencia, Olga había forjado profundas amistades entre las esposas de quienes en adelante ocuparían importantes puestos en el Gobierno. Muchos visitaron Kianda, y Olga les pidió que colaborasen con el proyecto.

Aunque muchas de sus compañeras viajaron al extranjero para encontrar subvenciones para Kianda, Olga acudió a las antiguas alumnas. Una de ellas era Pamela, casada con Tom Mboya. Otra era Hannah, la esposa del primer alcalde africano de Nairobi, Charles Rubia.

Olga recuerda una visita al despacho del alcalde: “Fue muy afable y comprendió mi problema y la necesidad de formar a esas chicas. Jamás olvidaré lo que me dijo: ‘Olga, nos conocemos desde que tú y yo no éramos nadie. Claro que te ayudaré”.

También recuerda a Tom Mboya un sindicalista fortachón a quien le intimidaba visitar: “Jemima Gecaga (una hermana del doctor Njoroge Mungai) me presentó a Tom”. La amistad que se forjó entonces ayudó a que el matrimonio Mboya sostuviera económicamente a muchas estudiantes de Kianda hasta el trágico asesinato de Tom.

Antes de morir en 1969, Mboya envió a hablar con Olga a la niña Prisca Ouma. Poco después, él moriría asesinado. Prisca estudió en Kianda. Actualmente, es la alcaldesa de Kisumu (3ª ciudad del país).

“Acostumbrado a vivir con el cinturón más o menos apretado”

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Pablo tiene cinco hijos, trabaja en la Administración Pública y “como a todo el que tiene hijos pequeños lo que más me preocupa es su educación. Han de aprender a usar su libertad de manera responsable: acertar y equivocarse”

En Pirineos

Estudió Derecho en la Complutense, aunque “pasaba bastante más tiempo en la biblioteca de la Autónoma, porque allí estudiaba mi novia”. Se casó con aquella chica, y ahora viven en Madrid y tienen cinco hijos: el mayor pronto cumplirá 8 años.  Él va por la ciudad en un “scooter” coreano de 125 cc., trabaja como “personal laboral al servicio de la Administración del Estado” y ella es abogada especialista en el ámbito bursatil. “Sí, ella gana más que yo, trabaja más que yo, lleva la casa, las “finanzas familiares”, está en todo y lo hace fenomenal; yo hago lo que puedo. Por ejemplo, cocino bastante, y a veces bien, o al menos eso dicen mis hijos, sobre todo cuando les pongo perritos calientes con ketchup, o macarrones –también con ketchup- claro”.

Con mi mujer en Roma

Por supuesto que les preocupa la crisis económica, por supuesto que tienen una hipoteca hasta el año 2040 y por supuesto que “si estás acostumbrado a vivir con el cinturón más o menos apretado, a pasar la mayor parte de las vacaciones en Madrid, a saber disfrutar de todos los juegos que puedes hacer con un simple montón de arena, pues no echas de menos ni la abundancia, ni los parques temáticos. Pienso que la felicidad no está en las cosas sino en hacer felices a las personas”.

Tres de mis hijos en la nieve

Si le preguntas por lo que más le preocupa no menciona primero el Euribor sino que rápidamente habla de la educación de sus hijos: “Arantxa y yo participamos en todo tipo de actividades relacionadas con la educación y la orientación familiar, como profesores o como alumnos, en los colegios de nuestros hijos; pero sobre todo, a lo que procuramos dedicar más tiempo es a estar con ellos, para conocer bien a cada uno, darles buen ejemplo, resolver sus dudas… Y no están en una edad en la que muestren un especial interés por los discursos.

Con mi hija

Educar a los hijos en libertad es apasionante: no puedes sustituirles a la hora de tomar sus decisiones, han de aprender a usar su libertad, han de acertar y equivocarse… ¿Pero cómo se enseña a un niño a ir de la mano de los que no piensan como él? ¿Cómo se consigue que tenga un espíritu cristiano de servicio a los demás? En fin, que es todo un reto… y sin duda son el tipo de cosas que nos preocupan más que el Euribor, que también”.


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