Benedicto XVI en Israel

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Principales textos pronunciados por el Santo Padre en su visita a Israel

15 de mayo de 2009

Discurso de despedida del Papa de Israel

Viernes, 15 de mayo de 2009

Opus Dei -

Señor presidente,

señor primer ministro,

excelencias, señoras y señores:

Al disponerme a regresar a Roma, quisiera compartir con vosotros algunas de las fuertes impresiones que me ha dejado la peregrinación a Tierra Santa. He mantenido fecundas conversaciones con las autoridades civiles tanto de Israel como de los Territorios Palestinos, y he sido testigo de los grandes esfuerzos que ambos gobiernos están haciendo para asegurar el bienestar de las personas. He mantenido encuentros con los líderes de la Iglesia católica en Tierra Santa, y me alegra el ver la manera en que están trabajando juntos para atender al rebaño del Señor. He tenido, además, la oportunidad de encontrar a los líderes de varias iglesias cristianas y comunidades eclesiales, así como a los líderes de otras religiones de Tierra Santa. Esta tierra es realmente un terreno fértil para el ecumenismo y el diálogo interreligioso, y rezo para que la gran variedad de testimonios religiosos en la región traiga como fruto un creciente entendimiento mutuo y respeto.

Señor presidente, usted y yo plantamos un olivo en vuestra residencia el día en que yo llegué a Israel. El olivo, como usted sabe, es una imagen utilizada por san Pablo para describir las relaciones sumamente cercanas entre los cristianos y los judíos. Pablo describe en su carta a los Romanos cómo la Iglesia de los gentiles es como un brote de olivo silvestre, injertado en el olivo cultivado, el Pueblo de la Alianza (cf. 11, 17-24). Somos alimentados por las mismas raíces espirituales. Nos encontramos como hermanos, hermanos que en algunos momentos de nuestra historia han tenido relaciones tensas, pero que ahora están firmemente comprometidos por construir puentes de amistad duradera.

Opus Dei -

A la ceremonia en el palacio presencial le siguió uno de los momentos más solemnes de mi estancia en Israel: mi visita al Memorial del Holocausto en Yad Vashem para rendir homenaje a las víctimas de la Shoá. Allí también pude encontrar a algunos de los supervivientes. Esos encuentros, profundamente conmovedores, me recordaron mi visita de hace tres años al campo de la muerte de Auschwitz, donde muchos judíos –madres, padres, maridos, esposas, hijos e hijas, hermanos y hermanas, amigos– fueron brutalmente exterminados bajo un régimen sin Dios que propagaba una ideología de antisemitismo y odio. Este espantoso capítulo de la historia nunca debe ser olvidado o negado. Por el contrario, aquellos oscuros recuerdos deberían reforzar nuestra determinación para acercarnos aún más los unos a los otros, como ramas del mismo olivo, alimentados por las mismas raíces y unidos por el amor fraterno.

Señor presidente, le doy las gracias por el calor de su hospitalidad, sumamente apreciada, y deseo que quede constancia del hecho que he venido a visitar este país como amigo de los israelíes, así como soy amigo del pueblo palestino. A los amigos les gusta pasar tiempo en recíproca compañía y se afligen profundamente al ver que el otro sufre. Ningún amigo de los israelíes y de los palestinos puede dejar de entristecerse por la tensión continua entre vuestros dos pueblos. Ningún amigo puede dejar de llorar por el sufrimiento y la pérdida de vidas humanas que ambos pueblos han sufrido en las últimas seis décadas. Permítame lanzar este llamamiento a todas las personas de estas tierras: ¡Nunca más derramamiento de sangre! ¡Nunca más enfrentamientos! ¡Nunca más terrorismo! Nunca más guerra! Por el contrario, rompamos el círculo vicioso de la violencia. Que pueda establecerse una paz duradera basada en la justicia, que haya una verdadera reconciliación y curación. Que sea universalmente reconocido que el Estado de Israel tiene derecho a existir y a gozar de paz y seguridad en el interior de sus fronteras internacionalmente reconocidas. Que sea igualmente reconocido que el pueblo palestino tiene el derecho a una patria independiente, soberana, a vivir con dignidad y viajar libremente. Que la solución de los dos Estados se convierta en realidad y no se quede en un sueño. Y que la paz pueda difundirse desde estas tierras; que puedan ser “luz para las naciones”(Isaías 42,6), llevando esperanza a muchas otras regiones que son golpeadas por conflictos.

Una de las imágenes más tristes para mí durante mi visita a estas tierras ha sido el muro. Al pasar a su lado, recé por un futuro en el que los pueblos de Tierra Santa puedan vivir juntos, en paz y armonía, sin necesidad de semejantes instrumentos de seguridad y de separación, sino más bien respetándose y confiando mutuamente, renunciando a toda forma de violencia y agresión. Señor presidente, sé lo difícil que será alcanzar ese objetivo. Sé lo difícil que es su tarea, y la de la Autoridad Palestina. Pero le aseguro que mis oraciones y las oraciones de los católicos de todo el mundo le acompañan siempre, mientras usted continúa sus esfuerzos por edificar una paz justa y duradera en esta región.

No me queda más que dar las gracias de todo corazón a todos los que han colaborado de tantas maneras con mi visita. Me siento profundamente agradecido con el gobierno, los organizadores, los voluntarios, los medios de comunicación, y todos los que me han ofrecido hospitalidad y a los que me han acompañado. Podéis estar seguros de que os recordaré con afecto en mis oraciones. A todos vosotros os digo: gracias y que Dios esté con vosotros. ¡Shalom!

Discurso de Benedicto XVI a los líderes religiosos de Galilea

Jueves, 14 de mayo de 2009

Queridos Amigos,

Opus Dei -

Estoy agradecido por las palabras de bienvenida del obispo Giacinto –Boulos Marcuzzo y por su calurosa acogida, saludo cordialmente a los líderes de las diversas comunidades presentes, que comprenden Cristianos Musulmanes, Judíos, Drusos y otros personas religiosos.

Siento como una particular bendición el poder visitar esta ciudad, venerada por los cristianos, como el lugar donde el Ángel anunció a la virgen Maria que habría concebido por obra del Espíritu Santo. Aquí también José, su prometido, vio al Ángel en sueños y le fue indicado de llamar al niño “Jesús”. Luego de estos maravillosos eventos que acompañaron su nacimiento, el niño fue traído a esta ciudad por José y Maria donde “crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él” (Lc 2,40).

La convicción de que el mundo es un don de Dios y que Dios ha entrado en las vicisitudes y en los eventos de la historia humana, es la perspectiva desde la cual los cristianos ven que la creación tiene una razón y un fin. Lejos de ser el resultado de un hecho casual, el mundo ha sido querido por Dios, y revela su glorioso esplendor.

En el corazón de toda tradición religiosa se encuentra la convicción de que la paz misma es un don de Dios, aunque no se pueda alcanzar sin el esfuerzo humano. Una paz duradera proviene del reconocimiento de que el mundo no es nuestra propiedad, si no más bien el horizonte en el cual estamos invitados a participar del amor de Dios y a cooperar en guiar el mundo y la historia bajo su inspiración. No podemos hacer con el mundo todo aquello que nos place; es más, estamos llamados a conformar nuestras decisiones a las complejas y todavía perceptibles leyes escritas por el Creador en el universo y a modelar nuestras acciones según la bondad divina que rebosa el reino de lo creado.

Galilea, una tierra conocida por su heterogeneidad étnica y religiosa, es la casa de un pueblo que conoce bien los esfuerzos exigidos para vivir en armónica coexistencia. Nuestras diversas tradiciones religiosas tienen en si un potencial notable para promover de una cultura de la paz, especialmente a través la enseñanza y la predicación de los valores espirituales más profundos de nuestra común humanidad. Moldeando los corazones de los jóvenes, moldeamos el futuro de la humanidad. De buen ánimo los cristianos se unen a los judíos, musulmanes, drusos y gentes de otras religiones en el deseo de salvaguardar a los niños del fanatismo y de la violencia, mientras los preparamos a ser los constructores de un mundo mejor.

Queridos amigos míos, sé que acogen con gozo y con el saludo de la paz a los numerosos peregrinos que llegan a Galilea. Les invito a que continúen ejercitando el respeto recíproco mientras se empeñan en aliviar las tensiones concernientes a los lugares de culto, garantizando así a un ambiente sereno para la oración y la meditación, aquí y en toda Galilea. Representando diversas tradiciones religiosas, compartan el deseo común de contribuir a la mejora de la sociedad y de testimoniar así los valores religiosos y espirituales que ayuden a sustentar la vida pública. Les aseguro que la Iglesia Católica está comprometida en participar en esta noble empresa. Cooperando con hombres y mujeres de buena voluntad, ella buscará asegurar que la luz de la verdad, de la paz y de la bondad continúe resplandeciendo desde Galilea, y guíe a las personas del mundo entero a buscar todo aquello que promueve la unidad de la familia humana. ¡Que Dios los bendiga a todos!

Homilía de la Misa en Nazaret

Opus Dei -

Jueves 14 de mayo de 2009

Queridos hermanos y hermanas

la Anunciación, el lugar que contempló los años escondidos del crecimiento de Jesús en sabiduría, edad y gracia (cfr. Lc 2,52). Agradezco al arzobispo Elias Chacour sus gentiles palabras de bienvenida, y abrazo con el signo de la paz a mis hermanos obispos, sacerdotes, religiosos y todos los fieles de Galilea, que en la diversidad de sus ritos y tradiciones, dan expresión a la universalidad de la Iglesia de Cristo. Saludo con respeto al presidente de Israel que nos honra con su presencia. Deseo dar las gracias de forma especial a cuantos han hecho posible esta celebración, particularmente a quienes han participado en la planificación y construcción de este nuevo teatro este su espléndido panorama de la ciudad.

Aquí en la ciudad de Jesús, María y José, estamos reunidos para señalar la conclusión del Año de la Familia celebrado por la Iglesia en Tierra Santa. Como signo prometedor del futuro, bendeciré la primera piedra de un Centro Internacional para la Familia, que será construido en Nazaret. Oremos para que este Centro promueva una sólida vida familiar en esta región, ofrezca apoyo y asistencia a las familias en cualquier lugar y las anime en su insustituible misión en la sociedad.

Además tengo esperanza en que esta etapa de mi peregrinación atraiga la atención de toda la Iglesia hacia esta ciudad de Nazaret. Como dijo el Papa Pablo VI todos necesitamos volver a Nazaret para contemplar siempre de nuevo el silencio y el amor de la Sagrada Familia, modelo de toda vida familiar cristiana. Aquí, tras el ejemplo de María, José y Jesús, podemos apreciar aún más la santidad de la familia que, en el plan de Dios, se basa sobre la fidelidad de por vida de un hombre y una mujer, consagrada por el pacto conyugal y abierta al don de Dios de nuevas vidas. ¡Cuánta necesidad tienen los hombres y mujeres de nuestro tiempo de reapropiarse de esta verdad fundamental, que está en la base de la sociedad y cuán importante es el testimonio de parejas casadas en base a la formación de conciencias maduras y a la construcción de la civilización del amor!

En la primera lectura de hoy, tomada del libro del Eclesiástico (Eclo 3,3-7.14-17), la palabra de Dios presenta a la familia como la primera escuela de la sabiduría, una escuela que educa a los propios miembros en la práctica de aquellas virtudes que conducen a la felicidad auténtica y duradera. En el plan de Dios para la familia, el amor del marido y la mujer produce el fruto de nuevas vidas, y encuentra su expresión cotidiana en los esfuerzos amorosos de los padres para asegurar una formación integral humana y espiritual para sus hijos. En la familia cada persona, se trate del niño más pequeño o del familiar más anciano, es valorada por lo que es en sí misma, y no simplemente como un medio para otros fines. Aquí empezamos a observar algunos de los papeles esenciales de la familia como primera piedra de la construcción de una sociedad bien ordenada y acogedora. Además alcanzamos a apreciar, dentro de la sociedad más amplia, el papel del Estado llamado a sostener a las familias en su misión educadora, a proteger la institución de la familia y sus derechos inherentes, y a asegurar que todas las ellas puedan vivir y florecer en condiciones de dignidad.

Opus Dei -

Escribiendo a los Colosenses, el apóstol Pablo habla instintivamente de la familia cuando intenta ilustrar las virtudes que edifican “el único cuerpo” que es la Iglesia. Como “elegidos de Dios, santos y amados”, estamos llamados a vivir en armonía y en paz los unos con los otros, mostrando sobre todo magnanimidad y perdón, con el amor como el vínculo más grande de perfección (cfr. Col 3, 12-14). Como en el pacto conyugal, el amor del hombre y de la mujer viene elevado por la gracia hasta convertirse en compartido, y expresión del amor de Cristo y de la Iglesia (cfr. Ef 5, 32), de modo que la familia, fundada sobre el amor, esta llamada a ser una “iglesia doméstica”, un lugar de fe, de oración y de preocupación amorosa por el verdadero y duradero bien de cada uno de sus miembros.

Mientras reflexionamos sobre estas realidades, en ésta que es la ciudad de la Anunciación, nuestro pensamiento se dirige naturalmente a María, “llena de gracia”, la Madre de la Sagrada Familia y nuestra Madre. Nazaret nos recuerda el deber de reconocer y respetar la dignidad y misión concedidas por Dios a las mujeres, como también sus carismas y talentos particulares. Ya sea como madres de familia, como presencia vital en las fuerzas laborales y en las instituciones de la sociedad, o como en la particular vocación a seguir al señor mediante los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, las mujeres tienen un papel indispensable en la creación de esa “ecología humana” (cfr Centesimus annus, 39) de la que nuestro mundo, y también esta tierra, tienen necesidad tan urgente: un ambiente en el que los niños aprendan a amar y querer a los otros, a ser honestos y respetuosos hacia todos, a practicar las virtudes de la misericordia y del perdón.

Aquí pensamos también en san José, el hombre justo que Dios puso al frente de su casa. Del ejemplo fuerte y paterno de José, Jesús aprendió las virtudes de la piedad masculina, de la fidelidad a la palabra dada, de la integridad y del trabajo duro. En el carpintero de Nazaret vemos como la autoridad puesta al servicio del amor es infinitamente más fecunda que el poder que intenta dominar. ¡Cuanta necesidad tiene nuestro mundo del ejemplo, de la guía y de la silenciosa calma de hombres como José!

Por último, contemplando la Sagrada Familia de Nazaret, dirijamos ahora la mirada al niño Jesús, que en la casa de María y de José creció en sabiduría y conocimiento, hasta el día en el que inició su ministerio público. Aquí querría añadir un pensamiento particular a los jóvenes presentes. El Concilio Vaticano II enseña que los niños tienen un papel especial en hacer crecer a sus padres en la santidad (cfr. Gaudium et spes, 48). Les pido que reflexionen sobre ello y dejen que el ejemplo de Jesús les guíe no sólo mostrando respeto a sus padres, sino también ayudándoles a descubrir con más plenitud el amor que da a nuestra vida el sentido más completo. En la Sagrada Familia de Nazaret fue Jesús el que enseñó algo a María y a José sobre la grandeza del amor de Dios, su celeste Padre, la fuente última de todo amor, el Padre de quien toda familia en el cielo y en la tierra toma su nombre (cfr. Ef 3, 14-15).

Queridos amigos, en la oración colecta de la Misa de hoy hemos pedido al Padre que “nos ayude a vivir como la Sagrada Familia, unidad en el respeto y en el amor”. Renovemos aquí nuestro compromiso de ser levadura de respeto y de amor en el mundo que nos circunda. Este Monte del Precipicio nos recuerda, como lo ha hecho con generaciones de peregrinos, que el mensaje del Señor fue en ocasiones fuente de contradicción y de conflicto con los mismos que le escuchaban. Por desgracia, como sabe el mundo, Nazaret ha experimentado tensiones en los años recientes, que han dañado las relaciones entre las comunidades cristiana y musulmana. Invito a las personas de buena voluntad de ambas comunidades a reparar el daño que ha sido hecho, y en la fidelidad al credo común en un único Dios, Padre de la familia humana, trabajar para construir puentes y encontrar formas de convivir pacíficamente. ¡Que cada cual rechace el poder destructivo del odio y del prejuicio, que asesinan el alma humana antes que al cuerpo!

Opus Dei -

Permítanme que concluya con una palabra de gratitud y alabanza hacia cuantos se esfuerzan para llevar el amor de Dios a los niños de esta ciudad y para educar a las nuevas generaciones por los caminos de la paz. Pienso de manera especial en los esfuerzos de las iglesias locales, particularmente en sus escuelas y en sus instituciones caritativas, para derribar los muros y para ser terreno fértil de encuentro, de diálogo, de reconciliación y de solidaridad. Animo a los sacerdotes, a los religiosos, a los catequistas y a los profesores a que se comprometan, junto con los padres y cuantos se dedican al bien de nuestros muchachos, a perseverar en dar testimonio del Evangelio, a tener confianza en el triunfo del bien y de la verdad, y a confiar en que Dios hará crecer toda iniciativa destinada a difundir su Reino de santidad, solidaridad, justicia y paz. Al mismo tiempo reconozco con gratitud la solidaridad que muchos hermanos y hermanas nuestros en todo el mundo expresan hacia los fieles de Tierra Santa, apoyando los loables programas y actividades de la Catholic Near East Welfar Association.

“Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). ¡Qué la virgen de la Anunciación, que valerosamente abrió el corazón al misterioso plan de Dios, y se convirtió en Madre de todos los creyentes, nos guíe y nos sostenga con su oración! ¡Que obtenga para nosotros y nuestras familias la gracia de abrir los oídos a esta palabra del Señor que tiene el poder de construir (cfr. Hch 20, 32), que nos inspire decisiones valerosas, y que guíe nuestros pasos por el camino de la paz!

Despedida de Belén y de los territorios palestinos

Miércoles, 13 de mayo de 2009

Señor Presidente. Queridos amigos: Os doy las gracias por el gran cariño que me han demostrado a lo largo de este día que he pasado con vosotros, aquí en los territorios palestinos. Agradezco al Presidente, el Sr. Mahmoud Abbas, por su hospitalidad y sus palabras de gracia. Es conmovedor para mí escuchar también los testimonios de los residentes que han hablado con nosotros sobre las condiciones de vida en la Ribera Occidental y en Gaza. Os aseguro a todos vosotros que os llevo en mi corazón y en la esperanza de ver la paz y la reconciliación en todas estas atormentadas tierras.

Ha sido realmente un día más memorable. Desde su llegada a Belén en esta mañana, he tenido la alegría de celebrar la Misa, junto con una gran multitud de los fieles en el lugar donde Jesucristo, luz de las naciones y la esperanza del mundo, nació. He visto los cuidados que se prestan a los niños en el Caritas Baby Hospital. Con angustia, he sido testigo de la situación de los refugiados que, al igual que la Sagrada Familia, han tenido que huir de sus hogares. Y he visto, al lado del campamento y eclipsando la mayor parte de Belén, el muro que invade su territorio, separando vecinos y dividiendo familias.

Aunque los muros pueden ser fácilmente construidos, todos sabemos que no duran para siempre. Pueden también derribarse. En primer lugar, sin embargo, es necesario eliminar los muros que construimos alrededor de nuestros corazones, las barreras que hemos creado en contra de nuestros vecinos. Por eso, en mi partida, quiero hacer un nuevo llamamiento a la apertura y a la generosidad de los espíritus, para que se ponga fin a la intolerancia y la exclusión. No importa qué pueda parecer que el conflicto está tan profundamente arraigado; siempre hay motivos para la esperanza de que pueda resolverse, de que el paciente y perseverante esfuerzo de quienes trabajan por la paz y la reconciliación dará frutos al final. Mi deseo más sincero para vosotros y para el pueblo de Palestina es que esto sucederá pronto, y que, por fin, se puede disfrutar de la paz, la libertad y la estabilidad, que se ha eludido durante tanto tiempo.

Estad seguros de que voy a seguir aprovechando todas las oportunidades que tenga para instar a los participantes en las negociaciones de paz a trabajar hacia una solución justa que respete las aspiraciones legítimas de israelíes y palestinos por igual. Como un paso importante en este sentido, la Santa Sede espera que se establezca en breve, en colaboración con la Autoridad Palestina, la Comisión Bilateral Permanente de Trabajo que se previó en el Acuerdo Básico, firmado en el Vaticano el 15 de febrero de 2000 (véase el Acuerdo Básico entre la Santa Sede y la Organización de Liberación de Palestina, el art. 9).

Opus Dei -

Señor Presidente, queridos amigos, os doy las gracias una vez más, y os encomiendo a la protección del Todopoderoso. Que Dios os mire con amor a cada uno de vosotros, a vuestras familias y a todos vuestros seres queridos. Y que bendiga al pueblo palestino con la paz.

Discurso en el Hospital Infantil de Cáritas en Belén

Miércoles, 13 de mayo de 2009

Queridos amigos: Os saludo cariñosamente en el nombre de nuestro Señor Jesucristo “que murió, resucitó de entre los muertos, y ahora está sentado a la diestra de Dios para interceder por nosotros” (cf. Rom 8:34). Que la fe en su resurrección y su promesa de nueva vida a través de Bautismo llene vuestros corazones de alegría en este tiempo de Pascua!

Agradezco la cálida bienvenida que me da en nombre vuestro el Padre Michael Schweiger, Kinderhilfe Presidente de la Asociación, el Sr. Ernesto Langensand, que concluye ahora su mandato como Jefe Administrador del Caritas Baby Hospital, y la Madre Erika Nobs, Superior de este de la comunidad local de las Hermanas Franciscanas de Padua. También saludo cordialmente al Arzobispo Robert Zollitsch, y al obispo Kurt Koch, en representación, respectivamente, de las Conferencias Episcopales de Alemania y de Suiza, que contribuyen a la misión de Caritas Baby Hospital con su generosa ayuda financiera.

Dios me da la gracia con esta oportunidad para expresar mi reconocimiento a los administradores, médicos, enfermeras y personal de Caritas Baby Hospital por el inestimable servicio que prestan y continuarán prestando a los niños en la región de Belén y de toda Palestina desde hace más de cincuenta años. El padre Ernst Schnydrig fundó esta insitutución con la limpia convicción de que los niños merecen un lugar seguro de todo lo que puede perjudicarles en tiempos y lugares de conflicto. Gracias a la dedicación del Socorro a la Infancia de Belén, esta institución ha seguido siendo un oasis de tranquilidad para los más vulnerables, y ha brillado como un faro de la esperanza de que el amor puede triunfar sobre el odio y la paz sobre la violencia.

A los jóvenes pacientes y a los miembros de sus familias que se benefician de su cuidado, quiero decir sencillamente que “¡el Papa está con vosotros”! Hoy está con vosotros en persona, pero espiritualmente os acompaña cada día en sus pensamientos y oraciones, pidiendo al Todopoderoso que vele por quienes requiere de del cuidado y de la atención.

El Padre Schnydrig describe este lugar como “uno de los pequeños puentes construidos para la paz”. Ahora, después de haber pasado de catorce a ochenta camas-cuna, y del cuidado a las necesidades de miles de niños durante cada año, ¡este puente ya no es pequeño! Reúne a personas de diferentes orígenes, lenguas y religiones, en nombre del Reino de Dios, el Reino de la Paz (cf. Rm 14,17). Os animo vivamente a perseverar en vuestra misión de mostrar la caridad a todos los enfermos, los pobres y los débiles.

En esta fiesta de hoy de Nuestra Señora de Fátima, me gustaría concluir, invocando la intercesión de María antes de impartiros mi bendición apostólica a los niños y todos vosotros. Oremos, pues:

María, Salud de los Enfermos, Refugio de pecadores, Madre del Redentor: nos sumamos a las muchas generaciones que te han llamado “Bienaventurados”. Escucha a tus hijos a quienes te enconmedamos. Tú prometiste a los tres niños de Fátima que “al final, mi Corazón Inmaculado triunfará”. ¡Así será! El amor triunfará sobre el odio, la solidaridad y la paz sobre toda forma de violencia y de división! Que el mandamiento amor que mandó tu Hijo nos enseña a amar a Dios con todo nuestro corazón, fuerza y alma. Qué el Todopoderoso nos muestre su misericordia, nos fortalezca con su poder, y nos llene de sus dones (cf. Lc 1:46-56). Pedimos a tu Hijo Jesús que bendiga a estos niños y a todos los niños que sufren en todo el mundo. Qué reciban la salud del cuerpo, la fuerza de la mente y la paz del alma. Pero sobre todo, que ellos sapan que son amados con un amor que no conoce fronteras o límites: el amor de Cristo que sobrepasa todo entendimiento (cf. Ef 3:19). Amén.

Santa Misa en la plaza del Pesebre de Belén, homilía del Santo Padre

Belén, Miércoles 13 de mayo de 2009

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Opus Dei -

Agradezco a Dios Omnipotente por haberme concedido la gracia de venir a Belén, no sólo para venerar el lugar donde nació Cristo, sino también para estar al lado de ustedes, hermanos y hermanas en la fe, en estos Territorios Palestinos. Agradezco al patriarca Fouad Twal los sentimientos que ha expresado a nombre de ustedes, y saludo con afecto a los hermanos Obispos y a todos los sacerdotes, religiosos y fieles laicos que se empeñan cada día para confirmar esta Iglesia local en la fe, en la esperanza, en el amor. Mi corazón si dirige de manera especial a los peregrinos provenientes de la martirizada Gaza: les pido lleven a sus familias y comunidades mi caluroso abrazo, mis condolencias por las pérdidas, las adversidades y los sufrimientos que han tenido que soportar. Les aseguro mi solidaridad en la inmensa obra de reconstrucción que ahora tienen por delante y mis oraciones para que el embargo sea pronto levantado.

“No teman porque les traigo una gran alegría…Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador” (Lc 2,10-11). El mensaje de la venida de Cristo, venido del cielo mediante la voz de los ángeles, continúa como un eco en esta ciudad, así como hace ecos en las familias, en las casas y en las comunidades del mundo entero. Es una “buena noticia”, dijeron los ángeles, “para todo el pueblo”. Este mensaje proclama que el Mesías, Hijo de Dios e hijo de David nació “para ustedes”: para ti y para mí, y para todos los hombres y mujeres de todo tiempo y lugar. En el plan de Dios, Belén, “tan pequeña entre los clanes de Judá” (Miq 5,1) se convirtió en un lugar de gloria inmortal: el lugar donde, en la plenitud de los tiempos, Dios eligió hacerse hombre, para terminar el largo reinado del pecado y de la muerte, y para traer vida nueva y abundante a un mundo que se había hecho viejo, cansado, y oprimido por la desesperación.

Para los hombres y mujeres de cada lugar, Belén está asociada el alegre mensaje del renacimiento, de la renovación, de la luz y de la libertad. Y sin embargo aquí, en medio de nosotros, ¡cuán lejano pareciera el cumplimiento de esta magnífica promesa! ¡Cuán distante aparece aquel Reino de amplio dominio y de paz, seguridad, justicia e integridad, que el profeta Isaías había anunciado, según cuanto hemos escuchado en la primera lectura (cfr Is 9,7) y que proclamamos como definitivamente establecido con la venida de Jesucristo, Mesías y Rey!

Desde el día de su nacimiento, Jesús fue “un signo de contradicción” (Lc 2,34) y lo continúa siendo, también hoy. El Señor de los ejércitos, cuyos “orígenes son antiguos, desde tiempos remotos” (Miq 5,1), quiso inaugurar su Reino naciendo en esta pequeña ciudad, entrando a nuestro mundo en el silencio y humildad de una gruta, y yaciendo, como un niño necesitado de todo, en un pesebre. Aquí en Belén, en medio de todo tipo de contradicciones, las piedras continúan gritando esta “buena nueva”, el mensaje de redención que esta ciudad, por encima de todas las otras, está llamada a proclamar al mundo. Aquí, de hecho, de un modo que supera todas las esperanzas y expectativas humanas, Dios se mostró fiel a sus promesas. En el nacimiento de su Hijo, reveló la venida de un Reino de amor: un amor divino que se rebaja para traer la sanación y levantarnos; un amor que se revela en la humillación y la debilidad de la cruz, y que triunfa en la gloriosa resurrección a la nueva vida. Cristo ha traído un Reino que no es de este mundo, sino que es un Reino capaz de cambiar este mundo, pues tiene el poder de cambiar los corazones, de iluminar las mentes y de reforzar la voluntad. Al asumir nuestra carne, con todas sus debilidades, y al transfigurarla con el poder de su Espíritu, Jesús nos llamó a ser testigos de su victoria sobre el pecado y la muerte. Y esto es lo que el mensaje de Belén nos llama a ser: ¡testigos del triunfo del amor de Dios sobre el odio, sobre el egoísmo, sobre el miedo y sobre el rencor que paralizan las relaciones humanas y crean divisiones entre los hermanos que deberían vivir juntos en unidad, destrucción donde los hombres deberían edificar, desesperación donde la esperanza debería florecer!

“En la esperanza hemos sido salvados”, dice el apóstol Pablo (Rom 8,24). Pero afirma -con gran realismo- que la creación continúa con gemidos de parto, así como nosotros, que hemos recibido las primicias del Espíritu, esperamos pacientemente el cumplimiento de nuestra redención (cf. Rom 8,22-24). En la segunda lectura de hoy, Pablo extrae una lección de la Encarnación que es particularmente aplicable a los sufrimientos que ustedes, los predilectos de Dios en Belén, están experimentando: “porque se ha manifestado la gracia de Dios”, nos dice, “que nos enseña a que, renunciando a la impiedad y a las pasiones mundanas, vivamos con sensatez, justicia y piedad en el tiempo presente”, mientras aguardamos la feliz esperanza, el Salvador Cristo Jesús” (Tit 2,11-13).

¿No son éstas, quizás, las virtudes requeridas a hombres y mujeres que viven en la esperanza? En primer lugar, la constante conversión a Cristo que se refleja no sólo sobre nuestras acciones, sino también sobre nuestro modo de razonar: la valentía de abandonar líneas de pensamiento, de acción y de reacción, infructuosas y estériles. También el cultivo de una mentalidad de paz basada en la justicia, en el respeto de los derechos y los deberes de todos, y el compromiso de colaborar por el bien común. Y luego la perseverancia, perseverancia en el bien y en el rechazo del mal. Aquí en Belén una especial perseverancia se pide a los discípulos de Cristo: perseverancia en el testimoniar fielmente la gloria de Dios aquí revelada en el nacimiento de su Hijo, la buena nueva de su paz que descendió desde el cielo para habitar sobre la tierra.

“No tengan miedo”. Este es el mensaje que el Sucesor de San Pedro desea entregarles hoy, haciéndose eco del mensaje de los ángeles y de la consigna que el amado Papa Juan Pablo II les dejó el año del Gran Jubileo del nacimiento de Cristo. Cuenten con las oraciones y con la solidaridad de sus hermanos y hermanas de la Iglesia universal y trabajen en iniciativas concretas para consolidar su presencia y para ofrecer nuevas posibilidades a cuantos tienen la tentación de partir. Sean un puente de diálogo y de colaboración constructiva en la edificación de una cultura de paz que supere el actual nivel de miedo, de agresión y de frustración. Edifiquen sus Iglesias locales haciendo de ellas laboratorios de diálogo, tolerancia y esperanza, así como de solidaridad y de caridad activa.

Por encima de todo, sean testigos del poder de la vida, la nueva vida que nos ha donado Cristo resucitado, la vida que puede iluminar y transformar incluso las más oscuras y desesperadas situaciones humanas. Esta tierra necesita no sólo de nuevas estructuras económicas y comunitarias, sino más importante- podríamos decir- de una nueva infraestructura “espiritual”, capaz de galvanizar las energías de todos los hombres y mujeres de buena voluntad en el servicio de la educación, del desarrollo y de la promoción del bien común. Ustedes tienen los recursos humanos para edificar la cultura de la paz y del respeto recíproco que podrán garantizar un futuro mejor para sus hijos. Esta noble empresa les espera. ¡No tengan miedo!

La antigua basílica de la Natividad, que ha experimentado los vientos de la historia y el peso de los siglos, se yergue ante nosotros cual testimonio de la fe que permanece y triunfa sobre el mundo (cf. 1Jn 5,4). Ningún visitante de Belén puede dejar de notar que en el curso de los siglos la gran puerta que introduce en la casa de Dios se ha hecho cada vez más pequeña. Oremos hoy para que por la gracia de Dios y nuestro compromiso, la puerta que introduce en el misterio del Dios viviente a los hombres, el templo de nuestra comunión en su amor, y la anticipación de un mundo de perenne paz y alegría, se abra cada vez más ampliamente para acoger a cada corazón humano y renovarlo y transformarlo. De este modo, Belén continuará siendo eco del mensaje confiado a los pastores, a nosotros, y a la humanidad: ¡Gloria a Dios!

Homilía de la Misa en el Valle de Josafat de Jerusalén

Martes, 12 de mayo de 2009

Opus Dei - Santa  Misa en el Valle de Josafat

Santa Misa en el Valle de Josafat

Queridos hermanos y hermanas en el Señor.

“Cristo ha resucitado, aleluya”. Con estas palabras les saludo con gran afecto. Agradezco al Patriarca Fouad Twal por sus palabras de bienvenida en nombre de ustedes, y ante todo, expreso también mi alegría de estar aquí para celebrar esta Eucaristía con ustedes, Iglesia en Jerusalén. Nos hemos reunido aquí bajo el Monte de los Olivos, donde nuestro Señor rezó y sufrió, donde lloró por amor a esta ciudad y por el deseo de que ésta pudiera conocer “el camino de la paz” (cfr Lc 19,42), aquí donde él regresó al Padre, dando su última bendición terrena a sus discípulos y a nosotros.

Acojamos hoy esta bendición. Él la dona de manera especial a ustedes, queridos hermanos y hermanas, que están unidos en una ininterrumpida línea con los primeros discípulos que encontraron al Señor Resucitado en el partir el pan, que experimentaron la efusión del Espíritu Santo en el cenáculo, que fueron convertidos por la predicación de San Pedro y de los otros apóstoles. Mis saludos los dirijo también a todos los presentes, y de modo especial a aquellos fieles de la Tierra Santa que por varias razones no han podido estar aquí hoy con nosotros.

Como sucesor de San Pedro, he recorrido sus pasos para proclamar al Señor Resucitado en medio de ustedes, para confirmarlos en la fe de sus padres e invocar sobre ustedes el consuelo que es el don del Paráclito. Encontrándome ante ustedes hoy, deseo reconocer las dificultades, la frustración, la pena y el sufrimiento que tantos de ustedes han soportado como consecuencia de los conflictos que han afligido estas tierras, y también las amargas experiencias de desplazamientos que muchas de sus familias han conocido y – Dios no lo permita- pueden aún conocer. Espero que mi presencia aquí sea un signo de que ustedes no son olvidados, que su perseverante presencia y testimonio son de hecho preciosos a los ojos de Dios y son una parte del futuro de estas tierras. Justamente a causa de sus profundas raíces en estos lugares, su antigua y fuerte cultura cristiana y su perdurable confianza en las promesas de Dios, ustedes Cristianos de Tierra Santa, están llamados a servir no sólo como un faro de fe para la iglesia universal, sino también como levadura de armonía, sabiduría y equilibrio en la vida de una sociedad que tradicionalmente ha sido, y continúa siendo, pluralista, multiétnica y multireligiosa.

Opus Dei -

En la segunda lectura de hoy, el Apóstol Pablo pide a los Colosenses que “busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios” (Col 3,1). Estas palabras resuenan con particular fuerza aquí, bajo el Jardín del Getsemaní, donde Jesús aceptó el cáliz del sufrimiento en completa obediencia a la voluntad del Padre y donde según la tradición, ascendió a la derecha del Padre para interceder continuamente por nosotros, miembros de su Cuerpo. San Pablo, el gran heraldo de la esperanza cristiana, conoció el precio de ésta esperanza, su costo en sufrimiento y persecución por amor al Evangelio, y nunca vaciló en su convicción de que la resurrección de Cristo era el comienzo de la nueva creación. Como él nos dice a nosotros: “Cuando se manifieste Cristo, que es nuestra vida, entonces ustedes también aparecerán con él, llenos de gloria” (Col 3,4)!

La exhortación de pablo de “buscar los bienes del cielo” debe continuamente resonar en nuestros corazones. Sus palabras nos indican el cumplimiento de la visión de fe en esa celeste Jerusalén donde, en conformidad con las antiguas profecías, Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros y preparará un banquete de salvación para todos los pueblos” (cfr Is 25,6-8; Hc 21,2-4).

Ésta es la esperanza, esta es la visión que impulsa a todos aquellos que amamos esta Jerusalén terrestre a verla como una profecía y una promesa de aquella reconciliación universal y paz que Dios desea para toda la familia humana. Lamentablemente, bajo los muros de esta misma Ciudad, somos también llevados a considerar cuán lejos esta nuestro mundo del cumplimiento de aquella profecía y promesa. En esta Ciudad Santa donde la vida ha vencido a la muerte, donde el Espíritu ha sido infundido como primer fruto de la nueva creación, la esperanza continua combatiendo la desesperación, la frustración y el cinismo, mientras la paz, que es don y llamada de Dios, continua siendo amenazada por el egoísmo, por el conflicto, por la división y por el peso de las ofensas del pasado. Por esta razón, la comunidad cristiana en esta Ciudad que ha visto la resurrección de Cristo y la efusión del Espíritu debe hacer todo lo posible por conservar la esperanza donada por el Evangelio, teniendo en cuenta el precio de la victoria definitiva de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte, testimoniando la fuerza del perdón y manifestando la naturaleza más profunda de la Iglesia como signo y sacramento de una humanidad reconciliada, renovada y hecha uno en Cristo, el nuevo Adán.

Reunidos bajo los muros de esta ciudad, sagrada para los seguidores de las tres grandes religiones, ¿cómo no podemos dirigir nuestros pensamientos a la universal vocación de Jerusalén? Anunciada por los profetas, esta vocación aparece como un hecho indiscutible, una realidad irrevocable fundada en la historia compleja de esta ciudad y de su pueblo. Judíos, Musulmanes y Cristianos califican juntos esta ciudad como su patria espiritual. ¡Cuánto se necesita hacer todavía para convertirla verdaderamente en una “ciudad de la paz” para todos los pueblos, donde todos puedan venir en peregrinación en la búsqueda de Dios, y escuchar su voz, “una voz que habla de paz” (cf. Sal 85,8)!

Jerusalén en realidad ha sido siempre una ciudad en la cual resuenan lenguas diversas, cuyas piedras son pisadas por pueblos de toda raza y lengua, cuyos muros son símbolo del cuidado providente de Dios para toda la familia humana. Como un microcosmos de nuestro mundo globalizado, esta Ciudad, debe vivir su vocación universal, debe ser un lugar que enseñe la universalidad, el respeto por los otros, el diálogo y la mutua compresión; un lugar donde el prejuicio, la ignorancia y el miedo que la alimenta, sean superados por la honestidad, la integridad y la búsqueda de la paz. No debería haber lugar entre estos muros para la mezquindad, la discriminación, la violencia y la injusticia. Los creyentes en un Dios de misericordia –se califiquen como Judíos, Cristianos o Musulmanes-, deben ser los primeros en promover esta cultura de la reconciliación y de la paz, por cuanto pueda ser lento el proceso y grave el peso de los recuerdos pasados.

Quisiera aquí referirme directamente a la trágica realidad –que no puede nunca dejar de ser fuente de preocupaciones para todos aquellos que aman esta Ciudad y esta tierra- de la partida de numerosos miembros de la comunidad cristiana en los tiempos recientes. Si bien razones comprensibles llevan a muchos, especialmente jóvenes, a emigrar, esta decisión trae consigo como consecuencia un gran empobrecimiento cultural y espiritual de la ciudad. Deseo hoy repetir cuanto he dicho en otras ocasiones: ¡en la Tierra Santa hay lugar para todos! Mientras exhorto a las autoridades a respetar y sostener la presencia cristiana aquí, deseo al mismo tiempo asegurarles la solidaridad, el amor y el sostén de toda la Iglesia y de la Santa Sede.

Queridos amigos, en el Evangelio que apenas hemos escuchado, San Pedro y San Juan corren hacia la tumba vacía, y Juan nos ha dicho, “él vio y creyó”(Jn 20,8). Aquí en tierra Santa, con los ojos de la fe, ustedes junto a los peregrinos de todas partes del mundo que llenan las iglesias y los santuarios, son bendecidos al ver los lugares santificados por la presencia de Cristo, por su ministerio terreno, por su pasión, muerte y resurrección y por el don de su Santo Espíritu. Aquí como al apóstol Tomás, les es concedida la oportunidad de “tocar” las realidades históricas que están en la base de nuestra confesión de fe en el Hijo de Dios. Mi oración por ustedes hoy es que continúen, día a día, a “ver y creer” en los signos de la providencia de Dios de su inagotable misericordia, a “escuchar” con renovada fe y esperanza, las consoladoras palabras de la predicación apostólica y a “tocar” las fuentes de la gracia de los sacramentos y encarnar por los otros la promesa de nuevos inicios, la libertad nacida del perdón, la luz interior y la paz que pueden llevar salvación y esperanza también en las más oscuras realidades humanas.

Opus Dei -

En la iglesia del Santo sepulcro, los peregrinos de cada siglo han venerado la piedra que la tradición nos dice que estaba en la entrada de la tumba la mañana de la resurrección de Cristo. Regresemos frecuentemente a esta tumba vacía. Reafirmemos allí nuestra fe en la victoria de la vida, y oremos para que cada “piedra pesada” colocada en la puerta de nuestros corazones, bloqueando nuestra completa entrega al Señor en la fe, a la esperanza y el amor por el Señor, pueda ser eliminada por la fuerza de la luz y de la vida que, desde el amanecer de la pascua, resplandecen desde Jerusalén sobre todo el mundo. ¡Cristo ha resucitado, aleluya! ¡Verdaderamente ha resucitado, Aleluya!

Discurso de Benedicto XVI en el Cenáculo (lugar de la última cena y de Pentecostés)

Martes, 12 de mayo de 2009

Queridos Hermanos Obispos, Querido Padre Custodio,

Es con gran alegría que les saludo, Ordinarios de la Tierra Santa, en este Cenáculo donde, según la tradición, el Señor abrió su corazón a los discípulos elegidos por El y celebró el Misterio Pascual, y donde el Espíritu Santo el día de Pentecostés inspiró a los primeros discípulos a salir y a predicar la Buena Nueva. Agradezco al Padre Pizzaballa por sus calurosas palabras de bienvenida que me ha dirigido a nombre de ustedes.

Ustedes representan a las comunidades católicas de la Tierra Santa que, en su fe y devoción, son como las velas encendidas que iluminan los lugares santos cristianos, honrado un tiempo por la presencia de Jesús, nuestro Señor viviente. Este privilegio particular les da a ustedes y a su pueblo un puesto especial en el afecto de mi corazón como Sucesor de Pedro.

“Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). El Cenáculo recuerda la Ultima Cena de nuestro Señor con Pedro y los otros Apóstoles e invita a la Iglesia a una orante contemplación. Con este estado de ánimo nos encontramos juntos, el Sucesor de Pedro con los Sucesores de los Apóstoles, en este mismo lugar donde Jesús reveló en la ofrenda de su cuerpo y de su sangre las nuevas profundidades de la alianza de amor establecida entre Dios y su pueblo. En el Cenáculo el misterio de gracia y de salvación, del que somos destinatarios y también heraldos y ministros, puede ser expresado solamente en términos de amor. Porque El nos ha amado primero y continúa amándonos, podemos responder con el amor (cf. Deus caritas est, 2). Nuestra vida como cristianos no es simplemente un esfuerzo humano de vivir las exigencias del Evangelio impuestas a nosotros como deberes. En la Eucaristía somos introducidos dentro del misterio del amor divino. Nuestras vidas se convierten en una aceptación grata, dócil y activa del poder de un amor que nos es donado. Este amor transformante, que es gracia y verdad (cf. Jn 1,17), nos invita, como individuos y como comunidad, a superar las tentaciones de replegarnos sobre nosotros mismos en el egoísmo o en la indolencia, en el aislamiento, en el prejuicio o en el miedo, y a donarnos generosamente en el Señor a los demás. Nos lleva como comunidad cristiana a ser fieles a nuestra misión con franqueza y valor (cf. Hc 4,13). En el Buen Pastor que da su vida por el rebaño, en el Maestro que lava los pies a sus discípulos, ustedes, mis queridos Hermanos, encuentran el modelo de su mismo ministerio en el servicio a nuestro Dios que promueve amor y comunión.

La invitación a la comunión de mente y corazón, así estrechamente unida al mandamiento del amor, y con el papel central unificador de la Eucaristía en nuestras vidas, es de especial relevancia en la Tierra Santa. Las diversas Iglesias cristianas que aquí se encuentran representan un rico y variado patrimonio espiritual y son un signo de las múltiples formas de interacción entre el Evangelio y las diversas culturas. Ellas nos recuerdan también que la misión de la Iglesia es predicar el amor universal de Dios y de reunir de lejos y de cerca de todos aquellos que son llamados por El, de manera que, con sus tradiciones y sus talentos, formen una única familia de Dios. Un nuevo impulso espiritual hacia la comunión en la diversidad en la Iglesia Católica y una nueva conciencia ecuménica han signado nuestro tiempo, especialmente a partir del Concilio Vaticano II. El Espíritu conduce dulcemente nuestros corazones hacia la humildad y la paz, hacia la aceptación recíproca, la comprensión y la cooperación. Esta disposición interior a la unidad bajo el impulso del Espíritu Santo es decisiva para que los Cristianos puedan realizar su misión en el mundo (cf. Jn 17,21).

En la medida en que el don del amor es aceptado y crece en la Iglesia, la presencia cristiana en Tierra Santa y en las regiones vecinas será más vibrante. Esta presencia es de importancia vital para el bien de la sociedad en su conjunto. Las palabras claras de Jesús sobre la íntima unión entre el amor de Dios y el amor al prójimo, sobre la misericordia y sobre la compasión, sobre la humildad, la paz y el perdón son una levadura capaz de transformar los corazones y plasmar las acciones. Los Cristianos en Oriente Medio, junto a las otras personas de buena voluntad, están contribuyendo, como ciudadanos leales y responsables, no obstante las dificultades y restricciones, en la promoción y la consolidación de un clima de paz en la diversidad. Me gusta repetirles a ellos aquello que afirmé en el Mensaje de Navidad del 2006 a los católicos en el Oriente Medio: “Expreso con afecto mi personal cercanía en esta situación de inseguridad humana, de sufrimiento cotidiano, de miedo y desesperanza que están viviendo. Repito a sus comunidades las palabras del Redentor: ‘No temas, pequeño rebaño, porque a su Padre le ha parecido bien darles el Reino’ (Lc 12,32)” (Mensaje de Navidad de Su Santidad el Papa Benedicto XVI a los católicos que viven en la Región del Oriente Medio, 21 de diciembre de 2006).

Queridos Hermanos Obispos, cuenten con mi apoyo y estímulo para hacer todo lo que está en su poder para poder ayudar a nuestros hermanos y hermanas Cristianos a permanecer y a afirmarse aquí en la tierra de sus antepasados y ser mensajeros y promotores de paz. Aprecio sus esfuerzos de ofrecerles, como a ciudadanos maduros y responsables, asistencia espiritual, valores y principios que les ayuden a desenvolver su papel en la sociedad. Mediante la educación, la preparación profesional y otras iniciativas sociales y económicas su condición podrá ser sostenida y mejorada. De mi parte, renuevo mi llamado a los hermanos y hermanas de todo el mundo a sostener y a recordar en sus oraciones a las comunidades cristianas de la Tierra Santa y del Oriente Medio. En este contexto deseo expresar mi consideración por el servicio ofrecido a muchos peregrinos y visitantes que vienen a Tierra Santa en búsqueda de inspiración y renovación sobre las huellas de Jesús. La historia del Evangelio, contemplada en su ambiente histórico y geográfico, se convierte en viva y rica de color, y se obtiene una comprensión más clara del significado de las palabras y gestos del Señor. Muchas experiencias memorables de peregrinos de la Tierra Santa han sido posibles gracias a la hospitalidad y la guía fraterna de ustedes, especialmente de los Hermanos Franciscanos de la Custodia. Por este servicio, quisiera asegurarles el aprecio y la gratitud de la Iglesia Universal y expreso el deseo que, en el futuro, peregrinos en número aún mayor vengan aquí de visita.

Queridos Hermanos, al dirigir juntos nuestra gozosa oración a Maria, Reina del Cielo, pongamos con confianza en sus manos el bienestar y la renovación espiritual de todos los Cristianos en Tierra Santa, de modo que, bajo la guía de sus Pastores, puedan crecer en la fe, en la esperanza y en la caridad, y perseveren en su misión de promotores de comunión y de paz.

La oración Benedicto XVI en el muro de las lamentaciones

Opus Dei -

“Dios de todos los tiempos,
en mi visita a Jerusalén, la Ciudad de la Paz,
morada espiritual para hebreos, cristianos y musulmanes,
llevo ante Ti los gozos, las esperanzas y las aspiraciones,
las angustias, los sufrimientos y las penas de todo Tu pueblo disperso por el mundo.
Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob,
escucha el grito de los afligidos, de los que tienen miedo, de los desesperados,
manda tu Paz sobre esta Tierra Santa, sobre Medio Oriente,
sobre la entera familia humana; ilumina el corazón de todos aquellos que invocan tu nombre a fin de que quieran caminar humildemente sobre el camino de la justicia y la piedad. Bueno es el Señor con el que espera en Él, con el alma que lo busca (Lam 3,25)”.

Benedicto XVI en Jerusalen. Visita a los dos Grandes Rabinos de Jerusalén Centro

Opus Dei -

Martes, 12 de mayo de 2009

Distinguidos rabinos,

Queridos amigos,

Estoy agradecido por la invitación que me han hecho para visitar Hechal Shlomo y a encontrarme con ustedes durante este viaje a Tierra Santa como obispo de Roma. Agradezco al rabino sefardí Shlomo Amar y al rabino Askenazi Yona Metzger por sus calurosas palabras de bienvenida y por el deseo expresado de continuar fortaleciendo los vínculos de amistad que la Iglesia Católica y el Gran Rabinato se han comprometido diligentemente a avanzar en el último decenio. Sus visitas al Vaticano en el 2003 y el 2005 son un signo de la buena voluntad que caracteriza nuestras crecientes relaciones.

Distinguidos rabinos, en reciprocidad ante tal actitud les manifiesto mi personal sentimiento de respeto y estima por ustedes y sus comunidades. Les aseguro mi deseo de profundizar la mutua comprensión y cooperación entre la Santa Sede, el Gran Rabinato de Israel y el pueblo judío en todo el mundo.

Opus Dei -

Un gran motivo de satisfacción para mí desde el inicio de mi pontificado ha sido el fruto producido por el diálogo en curso entre la delegación de la comisión de la Santa Sede para las Relaciones Religiosas con los judíos y la delegación del Gran Rabinato de Israel para las Relaciones con la Iglesia Católica. Deseo agradecer a los miembros de ambas delegaciones por su dedicación y el fatigoso trabajo para perfeccionar esta iniciativa, tan deseada por mi venerado predecesor, el papa Juan Pablo II, como él mismo afirmó en el Gran Jubileo del año 2000.

Nuestro encuentro de hoy es una ocasión muy apropiada para agradecer al Omnipotente por las muchas bendiciones que han acompañado el diálogo conducido por la comisión bilateral, y por mirar con esperanza sus futuras sesiones. La buena voluntad de los delegados para discutir abierta y pacientemente no los solo los puntos de acuerdo, sino también los puntos de discordancia, ha allanado el camino para lograr una colaboración más efectiva en la vida pública. Judíos y cristianos están interesados por igual en asegurar el respeto por la sacralidad de la vida humana, la centralidad de la familia, una sólida educación de los jóvenes, la libertad de religión y de conciencia para una sociedad sana. Estos temas de diálogo representan solo la fase inicial de aquello que esperamos sea un sólido y progresivo camino hacia una mejorada comprensión recíproca.

Una indicación del potencial de esta serie de encuentros se ha rápidamente visto en nuestra preocupación compartida de frente al relativismo moral y a las ofensas que ello genera contra la dignidad de la persona humana. En el acercamiento a las más urgentes cuestiones éticas de nuestros días, nuestras dos comunidades se encuentran ante el desafío de comprometer a las personas de buena voluntad a nivel de la razón, añadiendo simultáneamente los fundamentos religiosos que mejor sostienen los perennes valores morales. Que pueda el diálogo que ha sido iniciado continuar generando ideas de cómo sea posible a los Cristianos y a los judíos trabajar juntos para aumentar la consideración de la sociedad por las contribuciones características de nuestras tradiciones religiosas y éticas. Aquí en Israel los cristianos, desde el momento en que constituyen solamente una pequeña parte de la población total, valoran de modo particular las oportunidades de diálogo con sus vecinos hebreos.

La confianza es, innegablemente, un elemento esencial para un diálogo efectivo. Hoy tengo la oportunidad de repetir que la Iglesia Católica está irrevocablemente comprometida en el camino decidido en el Concilio Vaticano II para una auténtica y duradera reconciliación entre cristianos y judíos. Como la Declaración Nostra Aetate ha aclarado, la Iglesia continúa a valorizar el común patrimonio espiritual a los Cristianos y Hebreos, y desea una cada vez más profunda y mutua comprensión y estima, tanto mediante los estudios bíblicos y teológicos, como mediante los diálogos fraternos. ¡Que los siete encuentros de la comisión bilateral que ya han tenido lugar entre la Santa Sede y el Gran Rabinato puedan constituir una prueba! Soy reconociente de su compartida afirmación que la amistad entre la Iglesia Católica y el Gran Rabinato continuará a crecer en el respeto y comprensión.

Amigos míos, expreso una vez más mi profunda consideración por la bienvenida que me han dirigido hoy. Que nuestra amistad se siga poniendo como ejemplo de confianza en el diálogo para los judíos y cristianos de todo el mundo. Mirando los resultados alcanzados hasta ahora, y extrayendo nuestra inspiración de las Sagradas Escrituras, que podamos apuntar con confianza a una siempre más convencida cooperación entre nuestras comunidades – junto con todas las personas de buena voluntad – en condenar el odio y la opresión en todo el mundo. Oro a Dios, que escruta nuestros corazones y conoce nuestros pensamientos (Sal 139,23), para que continúe iluminándonos con su sabiduría, y así podamos seguir sus mandamientos de amarlo con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas (cf. Dt 6,5) y amar al prójimo como a nosotros mismos (Lv 19,18).

¡Gracias!

Tel Aviv, Lunes 11 de mayo de 2009

Benedicto XVI llegó a las 11,00 hora local (10,00 hora italiana) al aeropuerto Ben Gurion de Tel Aviv (Israel) donde fue recibido por el presidente del Estado de Israel, Shimon Peres y por el primer ministro, Benjamin Netanyahu, además de las autoridades civiles y políticas y los Ordinarios de Tierra Santa.

El Papa agradeció la bienvenida al Estado de Israel, “una tierra -dijo- que para muchos millones de creyentes en todo el mundo es santa; (…) una tierra santificada por los pasos de los patriarcas y los profetas, una tierra que los cristianos veneran especialmente porque fue el lugar de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. (…) Yo, como muchos otros antes, vengo a rezar en los santos lugares, a rezar en especial por la paz, paz aquí en Tierra Santa y en todo el mundo”.

Opus Dei -

La Santa Sede y el Estado de Israel “comparten muchos valores, sobre todo el de dar a la religión el lugar que le corresponde en la vida de la sociedad. La justa ordenación de las relaciones sociales presupone y requiere el respeto de la libertad y la dignidad de todo ser humano que cristianos, musulmanes y judíos creen que ha sido creado por un Dios amoroso y que está destinado a la vida eterna. Cuando la dimensión religiosa de la persona se niega o margina, se tambalean las bases de la justa comprensión de los derechos humanos inalienables”.

“Trágicamente, el pueblo judío ha sufrido las terribles consecuencias de las ideologías que niegan la dignidad fundamental de la persona. Es justo y adecuado que, durante mi estancia en Israel, tenga la oportunidad de rendir homenaje a la memoria de los seis millones de judíos víctimas de la Shoah y de rezar para que la humanidad no vuelva a ser testigo de un crimen de magnitud semejante. Tristemente, el antisemitismo sigue levantando su repugnante cabeza en muchas partes del mundo. Es absolutamente inaceptable. Hay que hacer todos los esfuerzos posibles para combatir el antisemitismo en cualquier lugar y para promover el respeto y la estima por los miembros de todo pueblo, tribu, lengua y nación del mundo”.

“Durante mi estancia en Jerusalén -prosiguió el pontífice- tendré el placer de encontrar a muchos de sus líderes religiosos. Las tres religiones monoteístas comparten una veneración especial por esa ciudad santa. Espero fervientemente que todos los que peregrinan a los santos lugares accedan a ellos libremente y sin restricciones para tomar parte en las ceremonias religiosas y fomentar la digna conservación de los edificios de culto en los espacios sacros”.

Benedicto XVI recordó que aunque el nombre Jerusalén signifique ciudad de paz, “es evidente que durante décadas la paz ha escapado trágicamente de los habitantes de esta tierra santa. Los ojos del mundo están fijos en los pueblos de esta región en su lucha por alcanzar una solución justa y duradera a los conflictos que han causado tantos sufrimientos. Las esperanzas de innumerables hombres, mujeres y niños en un futuro más seguro y estable dependen del resultado de las negociaciones de paz entre israelíes y palestinos”.

“Unido a todas las personas de buena voluntad suplico a sus responsables que exploren todos los caminos posibles para resolver con justicia las dificultades pendientes de modo que ambos pueblos vivan en paz en su propia patria con fronteras seguras y reconocidas internacionalmente. A este respecto, espero y rezo para que se cree pronto un clima de mayor confianza que haga posible que las partes progresen realmente en el camino de la paz y la estabilidad”.

El Santo Padre finalizó su discurso dirigiéndose a los católicos y recordó que presenciará en Nazaret la conclusión del Año de la Familia. “La familia -dijo- es la primera e indispensable maestra de paz y por lo tanto tiene un papel esencial para sanar las divisiones de la sociedad humana en todos los niveles”.

“Hablo ahora a las comunidades cristianas de Tierra Santa: mediante vuestro testimonio fiel de aquel que predicó el perdón y la reconciliación, con vuestro compromiso de defender el carácter sacro de toda vida humana, podéis dar una contribución particular al fin de las hostilidades que han afligido durante tanto tiempo esta tierra. Rezo para que vuestra presencia continua en Israel y en los Territorios Palestinos sea fructuosa para promover la paz y el respeto mutuo entre los pueblos que viven en las tierras de la Biblia”.

Finalizada la ceremonia el Papa se desplazó en helicóptero al helipuerto del Monte Scopus en Jerusalén, donde fue recibido por el alcalde Nir Barkat y desde allí se trasladó en automóvil a la delegación apostólica de Jerusalén para el almuerzo.

El Santo Padre realizará esta tarde una visita de cortesía al presidente del Estado de Israel, Shimon Peres, visitará el Memorial de “Yad Vashem” y se encontrará con los miembros de organizaciones para el diálogo interreligioso en el “Notre Dame of Jerusalem Centre”.

La teóloga Burggraf: “El ecumenismo es cuestión de oración y caridad”

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La teóloga Jutta Burggraf afirma que el ecumenismo no es una cuestión de doctrina teológica ni de colaboración pastoral, sino de oración y de caridad.

Jutta Burggraf es profesora de Teología Sistemática y de Ecumenismo en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra. Zenit ha querido interpelarla acerca de la Semana de Oración para la Unidad entre los Cristianos (18-25 enero).

Burggraf recuerda a que «la esperada unidad no será un producto de nuestras fuerzas, sino «un don que viene de lo alto». Su verdadero protagonista es el Espíritu Santo».

Jutta Burggraf, alemana de origen y profesora en la Universidad de Navarra desde hace años, es autora de «Conocerse y comprenderse. Una introducción al ecumenismo», Madrid 2003, 2ª ed. 2003 y del folleto: «Ecumenismo: ¿Qué es? ¿Cómo se vive?», Madrid 2006.

–¿Por qué es necesaria, la semana de oración para la unidad?

–Burggraf: Durante el octavario, los cristianos católicos, ortodoxos y protestantes de todas las denominaciones –esparcidos por el mundo entero– están invitados «expresamente» a rezar juntos por su unidad. La Semana se celebra cada año del 18 al 25 de enero, día en que la Iglesia conmemora la conversión de San Pablo.

La fecha es significativa: nos recuerda que no podemos acercarnos unos a otros sin una profunda conversión interior, sin buscar cada uno vivir en intimidad con Cristo. Es en él donde nos uniremos algún día.

La esperada unidad no será un producto de nuestras fuerzas, sino «un don que viene de lo alto». Su verdadero protagonista es el Espíritu Santo, quien nos conduce, por los caminos que quiere, hacia la madurez cristiana.

En la oración encontramos sobre todo a Dios, pero de manera especial también a los demás. Cuando rezo por alguien, le veo a través de otros ojos, ya no con aquellos llenos de sospecha o de ánimo de control, sino con los ojos de Dios. De esta manera, puedo descubrir lo bueno en cada persona, en cada planteamiento. Dejo aparte mis prejuicios y comienzo a sentir simpatía por el otro.

Rezar significa, purificar el propio corazón, para que el otro verdaderamente pueda tener sitio dentro de él. Si tengo prejuicios o recelos, cualquiera que entre en ese recinto recibirá un golpe rudo. Tenemos que crear un lugar para los demás en nuestro interior. Tenemos que ofrecerles nuestro corazón como lugar hospitalario, donde puedan encontrar mucho respeto y comprensión.

Si conseguimos esto, será más auténtico el diálogo. A veces, creemos poder disimular fácilmente nuestros sentimientos y pensamientos negativos. Tratamos de guardar las apariencias, y luego nos asombramos que los demás desconfíen de nosotros. La razón es muy sencilla: los demás suelen percibir con gran nitidez lo que pasa en nuestro interior. Notan si los aceptamos o los rechazamos, y actúan en consecuencia. Así vemos la importancia de empezar por nosotros mismos en la búsqueda de la unidad.

–Se insiste mucho en el llamado «ecumenismo espiritual»…

–Burggraf: Con razón, porque el ecumenismo no es, en primer lugar, una cuestión de doctrina teológica ni de colaboración pastoral, sino de oración y de caridad. Así como la falta de amor engendra desuniones, la «santidad de vida»puede considerarse como el «alma»o motor de todo el movimiento ecuménico.

Es significativo que Juan Pablo II haya invitado repetidas veces a una purificación de la memoria a todas las personas y asociaciones.

Sabemos bien que la memoria no es sólo una facultad relativa al pasado; por el contrario, influye profundamente en el presente. Lo que recordamos afecta, con frecuencia, a nuestras relaciones con los demás. Si una herida del pasado queda en la memoria, esta herida puede llevar a una persona a encerrarse en sí misma; puede traducirse en una cierta resistencia a encontrarse de una manera serena entre los demás, y puede dificultar o incluso impedir una amistad.

Teniendo esto en cuenta, Benedicto XVI ha dado recientemente un ejemplo elocuente: cuando, a causa de su famosa conferencia de Ratisbona había llegado a ser la víctima de una campaña organizada por algunos adversarios de la Iglesia, no culpó a nadie; es más, sobrepasó las reglas de la mera justicia y pidió perdón a los musulmanes por las palabras que podrían haberles herido.

Podemos estar seguros de que una persona contribuye más a la unidad de la Iglesia cuando procura transmitir el amor de Dios a los demás, que cuando se dedica a los diálogos teológicos más eruditos con un corazón frío.

–El Papa está demostrando continuamente su compromiso ecuménico. ¿Advierte un celo análogo, entre los católicos en general?

–Burggraf: Benedicto XVI señaló, desde el comienzo de su pontificado, que está dispuesto a «trabajar sin ahorrar energías en la reconstitución de la unidad plena y visible de todos los seguidores de Cristo».

Está realizando una gran labor ecuménica, hecha no sólo de palabras, sino, sobre todo, de gestos fraternos.

Así, por ejemplo, ha donado una considerable cantidad de dinero al patriarcado de Moscú para la reconstrucción de la catedral de la Trinidad en San Petersburgo.

Y, a pesar de las dificultades, que se experimentan actualmente entre anglicanos y católicos por cuestiones de carácter teológico y ético, ha firmado, hace apenas dos meses, una animante declaración conjunta con el primado de la Comunión anglicana.

Los católicos están cada vez más familiarizados con el reto que supone la unidad de todos los cristianos.

A la vez, se dan cuenta –y el Papa insiste también en esto– de que el diálogo tiene distintos niveles o «círculos».

Tiene que comenzar antes, en la «propia casa», entre los mismos católicos, que tienen que conocerse para entenderse bien. No debemos excluir de nuestro interés y cariño a las personas de otras comunidades católicas. Hay mucha variedad en nuestra Iglesia.

No puede ser que las múltiples familias religiosas se cierren unas a otras, que cada una vaya a lo suyo, que quizá haya incluso competencias y rivalidades entre ellas. De este modo, nunca podremos dar a nadie un testimonio convincente de la cercanía de Dios.

Asimismo, los católicos tienen una viva conciencia de que el diálogo va más allá del ecumenismo. Se dirige también a los seguidores de otras religiones y al mundo secularizado. Allí nos espera una inmensa tarea, que sólo podemos afrontar si estamos unidos: con Dios, entre nosotros los católicos y con todos los cristianos.

–Cuando usted explica el ecumenismo y sus pasos desde el Concilio Vaticano II a sus estudiantes: ¿nota interés, recelo, sorpresa?

–Burggraf: En la Facultad de Teología, tengo alumnos de cuatro continentes, que se llevan muy bien entre sí. La pluralidad es riqueza.

En este clima, no es de sorprender que haya interés por el ecumenismo, mucho antes de empezar las clases. Los alumnos están abiertos para conocer la historia, los razonamientos, las costumbres y mentalidades de los otros cristianos, no sólo de modo teórico, sino también práctico: algunos acuden a los encuentros en Taizé, otros hacen –en las vacaciones– una peregrinación a Santiago con algún amigo de otra confesión. Tienen muchas iniciativas personales.

Hay también alumnos que pertenecen a Iglesias orientales católicas y nos explican, en clases especialmente dedicadas a ello, el sentido profundo de su modo tan diferente de celebrar la liturgia.

También en las otras Facultades se ha despertado un cierto interés por el ecumenismo. Los estudiantes de hoy ya no tienen los recelos que, quizás, hayan sufrido otras generaciones. Sin embargo, no conocen muy bien la propia fe; muchos no tienen una clara identidad católica.

Por esto, antes de «dialogar»con otros cristianos, es preciso para ellos descubrir la belleza de su fe. Porque, en un auténtico diálogo, el otro quiere saber quién soy yo, y yo quiero saber quién es él.

Si hacemos amistad con una persona de otra confesión religiosa, nos interesa realmente lo que piensa y cree. Si ignoramos lo que nos separa, creamos un ambiente de confusión que no ayuda a nadie.

Cuando, en cambio, los miembros de las diversas comunidades cristianas siguen cada uno fielmente sus propias creencias, puede parecer, en ciertas circunstancias, que tienen poco en común, que están bastante alejados unos de otros.

Pero interiormente se parecen mucho más que cuando se juntan en acuerdos superficiales y dejan de lado la pregunta por la verdad.

Si cada uno sigue su propia fe, se encuentran unidos en lo más hondo de su ser. Tienen la misma actitud fundamental que es la fidelidad a sus propias convicciones. Existe entre ellos una unidad no plenamente visible, pero sumamente real. Es tan real como el Espíritu de Cristo que actúa en ellos.

Evangelización, proselitismo y ecumenismo

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Artículo de Mons. Fernando Ocáriz, profesor de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz publicado en Scripta Theologica

MONS. FERNANDO OCÁRIZ/ SCRIPTA THEOLOGICA [38 (2006/2) 617-636]

SUMARIO: 1. INTRODUCCIÓN. 2. NECESIDAD DE UNA CLARIFICACIÓN. 3. EL USO DEL TÉRMINO «PROSELITISMO». 3.1. El proselitismo en la Sagrada Escritura. 3.2. El proselitismo en la época patrística. 3.3. La reaparición del término y su significado en las lenguas modernas. 3.4. Conclusión terminológica. 4. PROSELITISMO y ECUMENISMO. 4.1. Iglesia católica e Iglesias no católicas. 4.2. Ecumenismo y proselitismo: conclusión.

Resumen: El proselitismo pertenece a la misión evangelizadora de la Iglesia. La connotación negativa que para algunas personas tiene la palabra no debe hacer desaparecer ni su uso ni la actividad que designa. Así lo muestra un estudio detenido del término en la Sagrada Escritura y en la tradición de la Iglesia. Se deben excluir las formas de proselitismo violento o sectario, pero en el marco del diálogo ecuménico también se debe intentar ayudar a las personas para que lleguen a la plenitud de la verdad en la Iglesia Católica.

Palabras clave: Proselitismo, Evangelización, Ecumenismo.

1. INTRODUCCIÓN

La vida de Jesucristo, redentora en todos sus instantes y dimensiones, se puede resumir en aquellas palabras de San Pablo: «en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo» (2 Cor 5, 19), que San Agustín comentó con la célebre expresión: mundus reconciliatus, Ecclesia1: Cristo, reconciliando al mundo con Dios, edifica su Iglesia. Esta extensión universal de la Redención -contemplada por otros Padres en la Cruz cósmica, que abarca el universo2 se va realizando en la Iglesia. La Iglesia es el mismo mundo en cuanto reconciliado con Dios en Cristo y, a la vez, es la continuación de la presencia reconciliadora, salvífica, del Señor: «la Iglesia es eso: Cristo presente entre nosotros; Dios que viene hacia la humanidad para salvada, llamándonos con su revelación, santificándonos con su gracia, sosteniéndonos con su ayuda constante, en los pequeños y en los grandes combates de la vida diaria» 3.

De ahí que la misión de la Iglesia se pueda, a su vez, resumir en transformar el mundo en sí misma; es decir, en ir incorporando la humanidad al Cuerpo de Cristo que ella misma es. Esta misión puede también expresarse con el término evangelización -que encierra una gran riqueza de contenido, del que «ninguna definición parcial y fragmentaria puede dar razón» 4, entendido en su sentido más amplio, como traditio Evangelii, transmisión del Evangelio en cuanto «fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree» (Rom 1, 16); palabra que anuncia y da la vida eterna (cfr. Jn 6, 68), en la predicación y en los sacramentos. Misión apostólica que el Señor enunció así: «Id por todo el mundo, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado» (Mt 28, 19). Por esto, «el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, es un pueblo que proviene de todos los pueblos. La Iglesia, desde el inicio, es católica, ésta es su esencia más profunda» 5. Catolicidad y universalidad de la evangelización son inseparables.

Como el Señor -que predicó a todos la conversión desde el mismo inicio de su vida pública (cfr. Mc 1, 15)-, la Iglesia ha entendido siempre su misión de transmitir el Evangelio ad gentes como dirigida a la conversión de los hombres. Sin embargo, es bien sabido que, por desgracia, este empuje misional ha sufrido en los últimos tiempos un enfriamiento en no pocos ambientes católicos. De hecho, Juan Pablo II advirtió que la llamada a la conversión «es puesta en discusión o pasada bajo silencio. Se ve en ella un acto de “proselitismo”; se dice que basta ayudar a los hombres a ser más hombres o más fieles a su propia religión, que basta construir comunidades capaces de obrar a favor de la justicia, de la libertad, de la paz, de la solidaridad» 6. La actividad de transmitir el Evangelio, incorporando los hombres a Cristo en la Iglesia, puede designarse -y así se ha hecho con alguna frecuencia- con el término proselitismo. Pero -como apuntaba Juan Pablo II, en el texto citado-, en algunos ambientes, esta palabra ha ido adquiriendo un matiz negativo.

De hecho, no es raro que, con motivaciones de fondo diversas, se pretenda obstaculizar la misión evangelizadora de la Iglesia con la acusación de proselitismo, entendiendo este término en un sentido negativo, es decir como el uso de métodos inmorales (violencia física o moral, engaño) para captar seguidores. En realidad, el Magisterio de la Iglesia ha reprobado siempre la violencia y el engaño. Así, en el contexto de la libertad religiosa, el Concilio Vaticano II lo ha recordado con especial fuerza: «Las comunidades religiosas tienen también el derecho a que no se les impida la enseñanza y el testimonio público oral y escrito de su fe. Pero en la difusión de la fe religiosa y en la introducción de costumbres hay que abstenerse siempre de todo tipo de acciones que puedan tener sabor a coacción o persuasión deshonesta o menos recta, sobre todo cuando se trata de personas incultas o necesitadas» 7. Y, en este mismo sentido, Juan Pablo II afirmaba: «La nueva evangelización no tiene nada que ver con lo que diversas publicaciones han insinuado, hablando de restauración, o lanzando la palabra proselitismo en tono de acusación, o echando mano de conceptos como pluralismo y tolerancia, entendidos unilateral y tendenciosamente. Una profunda lectura de la Declaración conciliar Dignitatis humanae sobre la libertad religiosa ayudaría a esclarecer tales problemas, y también a disipar los temores que se intenta despertar, quizá con el fin de arrancar a la Iglesia el coraje y el empuje para acometer su misión evangelizadora. Y esa misión pertenece a la esencia de la Iglesia» 8.

2. NECESIDAD DE UNA CLARIFICACIÓN

En algunos documentos eclesiásticos posteriores al Concilio Vaticano II, cuando se emplea la palabra proselitismo en sentido negativo, se aclara el sentido que el término no contiene en sí mismo. Por ejemplo, en el Directorio ecuménico de 1967, se exhorta a los Obispos a hacer frente al peligro de proselitismo en relación a la actividad de las sectas, pero se aclara inmediatamente que «por la voz “proselitismo”, se entiende aquí un modo de obrar no conforme con el espíritu evangélico, en cuanto utiliza argumentos deshonestos para atraer los hombres a su Comunidad, abusando, por ejemplo, de su ignorancia o pobreza, etc. (cfr. Decl. Dignitatis humanae, 4)»9. La necesidad de distinguir entre un proselitismo positivo y uno negativo, se hizo también presente en campo ecuménico, por ejemplo en la Tercera relación oficial (1971) del Grupo Mixto Iglesia Católica-Consejo Ecuménico de las Iglesias, en la que se constata que en algunos contextos lingüísticos el término proselitismo «ha adquirido un sentido peyorativo», y se concluye que, si se quiere indicar ese sentido negativo «en otras lenguas o contextos en los que el término conserva su sentido más antiguo de “celo por la difusión de la fe”, se hará necesario especificar siempre “proselitismo en un sentido peyorativo” o alguna otra expresión que denote actitudes y conductas criticables» l0. No es éste, evidentemente, un texto con valor magisterial, pero sí es un testimonio más del hecho de que el sentido negativo o peyorativo no es intrínseco al termino proselitismo.

Años más tarde, Juan Pablo II, en la Carta Mentre si intensificano, de 1991, se refería al «rechazo de toda forma indebida de proselitismo, evitando de manera absoluta en la acción pastoral cualquier tentación de violencia y cualquier forma de presión» 11. Es evidente, también por el contexto, que si hay formas indebidas de proselitismo, existen otras no indebidas.

En otros documentos eclesiásticos, se fue introduciendo el uso del término proselitismo en sentido negativo, especialmente en referencia al «proselitismo de las sectas». En ocasiones, también se ha usado el término para indicar, sin matiz alguno, una actividad injusta. Así, por ejemplo, en un documento de la Comisión Pontificia pro Russia, de 1992, se dice: «Lo que se llama proselitismo -es decir cualquier presión sobre la conciencia-, de quienquiera que sea practicado o bajo cualquier forma, es completamente diverso del apostolado y no es en absoluto el método en que se inspiran los pastores de la Iglesia» 12. En el nuevo Directorio ecuménico de 1993, desapareció el matiz presente en el anterior Directorio, con el que se precisaba el sentido en que se hablaba de proselitismo 13. A partir de entonces, ha sido frecuente que con esta palabra se designen tout court comportamientos dirigidos a forzar, presionar o, en general, tratar en forma abusiva la conciencia de las personas.

Sin embargo, en el ámbito ecuménico no se llegó a prescindir siempre de la distinción entre un proselitismo bueno y uno malo. Por ejemplo, en un documento de 1995 del Grupo mixto Iglesia Católica Consejo Ecuménico de las Iglesias, se aclara que, aunque el término proselitismo «ha adquirido recientemente una connotación negativa cuando se ha aplicado a la actividad de algunos cristianos dirigida a hacer seguidores entre los miembros de otras comunidades cristianas», históricamente este término «ha sido empleado en sentido positivo, como concepto equivalente al de actividad misionera» 14 y se explica que «en la Biblia este término no tiene connotación negativa alguna. Un “prosélito” era quien creía en el Señor y aceptaba su ley, y de este modo se convertía en miembro de la comunidad judía. La cristiandad tomó este significado para describir a quien se convertía del paganismo. Hasta época reciente, la actividad misionera y el proselitismo se consideraban conceptos equivalentes» 15.

En cualquier caso, parece necesaria una clarificación, pues el asunto no es meramente lingüístico, sino que comporta importantes connotaciones doctrinales.

3. EL USO DEL TÉRMINO «PROSELITISMO»

3.1. El proselitismo en la Sagrada Escritura

Como se recordaba en el texto apenas citado, el término prosélytos pasó del judaísmo a la tradición cristiana. Se trata de la traducción griega del hebreo ger, frecuente en la versión de los LXX (77 veces), que designaba principalmente al extranjero que, viviendo establemente en la comunidad hebraica, gozaba de los mismos derechos y deberes que los hebreos 16, participando también en el culto religioso de la comunidad.
Parece que la realidad de los prosélitos, en cuanto categoría institucionalizada, provino de la diáspora en la época del helenismo y comportaba un periodo de preparación que culminaba en la Pascua, antes del cual el prosélito recibía la circuncisión 17.

El término prosélytos aparece sólo cuatro veces en el Nuevo Testamento: una en San Mateo (23, 15) y tres en los Hechos de los Apóstoles (2, 11; 6, 5; 13,43). El texto del Evangelio es en el que se expresa más claramente el alcance del término. Los escribas y fariseos se preocupaban de buscar personas que estuviesen en condiciones de entender y de vivir la fe en el único Dios. En buena parte fue la actividad proselitista lo que permitió sobrevivir al judaísmo después de la destrucción del Templo y la dispersión del pueblo. La mayor parte de los exégetas concuerdan -como, por otra parte, parece bastante obvio- en que el reproche que Jesús dirige a escribas y fariseos no se refiere al hecho de procurar prosélitos sino al modo de hacerlo y, sobre todo, a que hacían después al discípulo «hijo del infierno», dos veces peor que el maestro que le atrajo al judaísmo 18. Ya en la época del protestantismo liberal apareció la tendencia a interpretar Mt 23, 15 como si Jesús hubiese condenado el proselitismo en cuanto tal, pues su actividad se dirigía exclusivamente a Israel, evitando expresamente la misión entre paganos 19. Ciertamente, al menos en dos ocasiones el Señor afirmó que había sido enviado sólo a Israel (cfr. Mt 10, 6; 15, 24), pero no bastan esas referencias para sacar conclusiones generales absolutas: sería superfluo detenemos aquí en mostrar la universalidad de la misión redentora de Jesucristo, que precisamente en San Mateo es particularmente explícita (cfr. Mt 12,41 s; 25, 31 ss; 28,18-20). Se puede ciertamente asegurar que el Señor no sólo no valoró negativamente el proselitismo hebraico en sí mismo, sino que la universalidad de su misión se situó en continuidad con el espíritu proselitista judío; continuidad, dentro de la peculiar continuidad-discontinuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamentos.

El primer texto de Hechos en que aparece el término prosélytos se refiere a los diversos grupos de judíos que se habían congregado en Jerusalén con ocasión de la fiesta de Pentecostés. La expresión «judíos y prosélitos» (Hch 2, 11) no menciona lugares de proveniencia sino que es una indicación de naturaleza religiosa, que constituye como un resumen del enunciado de los diversos pueblos hecho anteriormente 20. En Hch 6, 5, leemos que uno de los primeros siete diáconos es «Nicolás, prosélito de Antioquía». El sentido positivo del ser prosélito es evidente: los siete fueron elegidos por su buena fama, por estar llenos del Espíritu Santo y por su sabiduría (cfr. Hch 6,3). En Hch 13, 42-43 se recoge el final del discurso de San Pablo en la sinagoga de Antioquía de Pisidia. El efecto que sus palabras producen en los oyentes hace que éstos pidan después a Pablo y Bernabé que continúen explicando su mensaje el próximo sábado. Como consecuencia se adhirieron a ellos «muchos judíos y piadosos prosélitos», que eran exhortados a «permanecer en la palabra de Dios». También aquí es evidente el significado positivo de prosélito, que es además subrayado por el adjetivo «piadosos» (sebomenon prosélytos).

Los Hechos de los Apóstoles describen la actividad misionera de la primitiva comunidad cristiana siguiendo las huellas del judaísmo. Como los hebreos intentaban atraer paganos bien dispuestos para que se integrasen en la religión hebrea, así también los primeros cristianos se sentían impulsados a comunicar el mensaje salvífico de Cristo con el fin de «ganar» almas para el Señor (cfr. 1 Cor 9, 19-23; Flp 3,8). Al principio, su actividad estaba dirigida a los judíos, pero «los que se habían dispersado por la tribulación surgida por lo de Esteban llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, predicando la palabra sólo a los judíos. Entre ellos había algunos chipriotas y cirenenses, que, cuando entraron en Antioquía, hablaban también a los griegos, anunciándoles el Evangelio del Señor Jesús. La mano del Señor estaba con ellos y un gran número creyó y se convirtió al Señor» (Hch 11, 19-21). La misión de la Iglesia ad gentes nació, en efecto, como la continuidad cristiana -en el sentido mencionado antes- del proselitismo hebreo.

3.2. El proselitismo en la época patrística

En la Patrística, el término proselitismo aparece en San Justino, en su Diálogo con Trifón21, a propósito de Is 49, 6: «Te he puesto para ser luz de las naciones». Los hebreos, convencidos de la fe en el verdadero Dios, se sentían impulsados a buscar prosélitos, pero San Justino comenta, sin negar la actividad proselitista de los hebreos, que el texto de Isaías se refiere principalmente, en sentido profético, a Cristo ya los cristianos. Más explícitamente escribe en otro pasaje del Diálogo con Trifón: «os queda poco tiempo para haceros prosélitos (prosélyseos krónos) nuestros: si Cristo os precede con su venida, en vano os arrepentiréis» 22. Migne tradujo así al latín: «breve enim hoc vobis relinquitur ad nos accedendi tempus. Si Christus venire occupaverit, frustra vos poenitebit». En esta línea, las traducciones en lenguas vulgares usan expresiones como «uniros a nosotros» («aderirvi a noi», etc.), en lugar de la expresión más literal que sería «haceros prosélitos nuestros» («farvi proseliti nostri», etc.).

También Flavio Josefo, en su Contra Apionem, se refiere a los éxitos proselitistas de los hebreos 23. El proselitismo, como actitud y como actividad, se consideraba eminentemente positivo y meritorio, pues se daba a los gentiles la posibilidad de ser objeto de la elección divina, de formar parte del pueblo elegido. Así, por ejemplo, en el Midrash Rabbah se encuentran afirmaciones de este tipo: «quien se acerca a un pagano y lo convierte debe ser considerado como si lo hubiese creado» 24; «cuando llega un extranjero y se hace prosélito, dale la mano para que sea acogido bajo las alas de la shekinah» 25. En otros autores, como Eusebio de Cesarea, Epifanio de Salamina, Procopio y Teodoreto, el verbo prosélyteio suele tener el significado de «ser extranjero»; también San Juan Crisóstomo lo emplea en este sentido 26.

Naturalmente, hay muchos comentarios patrísticos a Mt 23, 15, en los que se dan sobre todo interpretaciones de por qué el prosélito se hacía peor que su maestro 27. En este contexto, San Agustín considera que hacer prosélitos es como engendrar hijos 28. En cualquier caso, se puede decir que, en los primeros siglos, el uso del término para designar a los conversos al cristianismo y el de su derivado (proselitismo) no tenía connotación negativa alguna.

3.3. La reaparición del término y su significado en las lenguas modernas

Lo mismo puede decirse de los siglos sucesivos. Las conversiones al cristianismo pasan a ser numerosísimas y la cuestión que la Iglesia se plantea, en una Europa que se hace cristiana, no es tanto buscar prosélitos cuanto la organización del catecumenado, la enseñanza de la fe a quienes solicitan el Bautismo. Parece ser que fue poco después de la Reforma protestante, cuando reapareció en el lenguaje cristiano el uso de la palabra proselitismo. Según David Bosch, fueron los jesuitas los primeros en utilizada con el significado de extender la fe cristiana entre los no católicos, incluidos los protestantes 29. En cambio, según el Oxford English Dictionary el término habría reaparecido en 1660 en una obra de H. Hammon 30. En ámbito italiano, se encuentran muy numerosas referencias al proselitismo a partir de 1774 31; en francés, parece que fue Montesquieu en 1715 el primero en usar esta palabra 32, que en cambio no se encuentra en la Encyclopédie de Diderot y d’Alambert.

Por lo que se refiere al significado actual en las diversas lenguas occidentales, prácticamente todos los diccionarios y las enciclopedias más prestigiosas coinciden en definir el proselitismo simplemente como la actividad o la actitud dirigida a hacer prosélitos 33. Es obvio que se trata de una realidad presente en múltiples niveles (religioso, político, deportivo, económico, etc.) y, en principio, plenamente legítima, aunque como cualquier otra actividad pueda desviarse moralmente34. En algunos casos, se menciona un sentido peyorativo del término, como en el alemán Duden-Rechtschreibung(de 1986), donde Proselyt se entiende originariamente como el converso al judaísmo y actualmente como el «nuevo converso», y se añade que el término derivado Proselytenmacherei (proselitismo), implica una idea negativa. Por el contrario, en diversos diccionarios y enciclopedias en otras lenguas, se encuentran sobre todo explicaciones del término en sentido sólo positivo, especialmente en escritos de inspiración cristiana. Así, por ejemplo, en el Lessico Universale Italiano, se afirma que «la actividad misionera es una forma organizada de proselitismo» 35; y, en castellano, en la Gran Enciclopedia Rialp, donde el término proselitismo se entiende en el sentido literal de «celo por ganar prosélitos», se explica que, en sentido más amplio, por proselitismo se entiende «la acción apostólica dirigida a difundir la fe católica para que todos los hombres lleguen al conocimiento de Cristo» 36.

En Internet se pueden encontrar sobre el tema fuentes de todo tipo; sin embargo, es significativo que en una de las más consultadas en todo el mundo -por pertenecer a Microsoft y estar disponible en numerosas lenguas-, el término proselitismo es mencionado en varios artículos y nunca en sentido negativo. Por ejemplo, en el artículo sobre «Libertad de culto», se dice que todos los ciudadanos «pueden profesar libremente el propio credo haciendo, eventualmente, también obra de proselitismo» 37; y, en el artículo «Propaganda», se afirma que este concepto está «inicialmente ligado a la actividad de proselitismo de la Iglesia católica» 38. En este horizonte de libertad se sitúan también algunas posiciones de autores actuales, como la de un político francés que llega a afirmar que «el proselitismo, con tal de que sea moderado, ha sido reconocido como un componente intrínseco de la libertad religiosa» 39.

De todos estos datos se puede concluir que, aunque en algunos idiomas, como el alemán, prevalece actualmente un sentido negativo del término proselitismo, que se separa de su raíz bíblica, en muchas otras lenguas y contextos culturales, expresa una actividad en sí positiva. Como se lee en un Diccionario teológico de hace pocos años, «Según la Sagrada Escritura, el “prosélito” es el no judío que se hace judío, aceptando la fe judía. Es el “temeroso de Dios” que conoce la ley y la observa.
El cristianismo hizo suyo el término analógicamente, de manera que “hacer proselitismo”, difundir la fe cristiana (cristianizar, evangelizar), hasta tiempos recientes se consideraban la misma cosa» 40. El mismo Diccionario añade que, junto a este significado positivo y habitual, el término proselitismo ha comenzado a tener recientemente también uno negativo como consecuencia de las actividades de las sectas de origen protestante 41.

Antes de la aparición de este fenómeno de acentuación negativa del término proselitismo en algunos ambientes, los autores católicos, especialmente en el contexto de la vida espiritual, han usado pacíficamente la palabra proselitismo para referirse a la actividad apostólica o de evangelización: «el término pone de relieve la dimensión personal de la misión apostólica, es decir, la necesidad de realizarlo de persona a persona, con quienes se encuentran al lado» 42. Esta misión la realiza el cristiano muy especialmente en el trato de amistad en su vida familiar, profesional y social. Junto al uso para designar la actividad encaminada a acercar a otros a la Iglesia o a ayudarles a vivir coherentemente con la fe católica, el término proselitismo se ha utilizado también con frecuencia en el contexto de la promoción de vocaciones específicas dentro de la Iglesia (al sacerdocio, etc.). También este uso está claramente inspirado en el sentido bíblico de proselytos.

Un importante ejemplo actual lo encontramos en el libro Camino, de San Josemaría Escrivá de Balaguer, obra de espiritualidad de extraordinaria difusión (hasta ahora, más de cuatro millones y medio de ejemplares, en unos 44 idiomas), donde hay un capítulo que lleva por título precisamente Proselitismo, en el que se emplea el término en su sentido original exclusivamente positivo. Sólo en las ediciones en algunas pocas lenguas, en las que hay una tendencia a valorar negativamente el término (concretamente, en alemán y en inglés), se ha traducido no literalmente sino con expresiones más o menos análogas («Menschen gewinnen»; «Winning new apostles»). Sin embargo, en una reciente edición bilingüe castellano-inglesa, el traductor ha considerado más adecuado traducir proselytism, con «proselitismo», explicando  en una nota el significado positivo que tiene esa palabra.

3.4. Conclusión terminológica

El uso de la palabra proselitismo en un sentido exclusivamente negativo no es algo generalizado ni tampoco, en la mayor parte de los casos, el simple efecto de una evolución del lenguaje. Con frecuencia, la utilización actual de este término como si sólo tuviese un significado negativo no se debe a que por tal palabra se entienda de hecho -contra su significado original- una actitud inmoral (violenta, engañosa, etc.), sino que también se considera negativo el verdadero sentido positivo del proselitismo. Es decir, el problema de fondo es que con la tendencia, que pretende imponerse en algunos ambientes, de usar la palabra proselitismo como algo negativo, se pretende afirmar una actitud relativista y subjetivista, sobre todo en el plano religioso, para la que no tendría sentido que una persona pretendiese tener la verdad y procurase convencer a otras para que la acojan y se incorporen a la Iglesia. La descalificación -presente en algunos ambientes- de la palabra proselitismo, sobre todo cuando se refiere al apostolado cristiano, mucho tiene que ver, en efecto, con esa «dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida solamente el propio yo y sus deseos» 44.

Por esto, es necesario reafirmar que la acción de invitar y favorecer que otras personas -no cristianas o, en otro nivel, cristianas no católicas- se incorporen a la plena comunión en la Iglesia católica, respetando la verdad y la intimidad y libertad de todos, es parte integrante de la evangelización.

En otro orden de cosas, también se está pretendiendo usar la palabra proselitismo en un sentido exclusivamente negativo, para designar la acción apostólica de promoción de determinadas vocaciones dentro de la Iglesia que comportan un serio compromiso (el sacerdocio y otros diversos modos organizados de buscar la plenitud de la vida cristiana). En este caso, las motivaciones son variadas pero no del todo ajenas al mismo relativismo y subjetivismo.

Como es obvio, la evangelización, al igual que cualquier actividad humana, puede realizarse con intención o con métodos inmorales (y de hecho así sucede en no pocas sectas no católicas y no cristianas). Pero sería una gran falsedad histórica afirmar que esto haya sido frecuente en la Iglesia. El verdadero espíritu cristiano siempre ha estado informado por la caridad, como se expresa en estas palabras de San Josemaría Escrivá de Balaguer: «No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con el estudio; nunca con la fuerza, siempre con la caridad» 45. Por otra parte, la posibilidad -y realidad en algunas sectas- de un proselitismo moralmente incorrecto no justifica atribuir al término un sentido negativo. Es más, la coherencia debería llevar a usar la palabra proselitismo sin adjetivo alguno para designar su sentido original positivo, y calificada en cambio de algún modo cuando se trate de una actividad reprobable (por ejemplo, proselitismo negativo, proselitismo sectario, proselitismo violento, etc.), a menos que el contexto lo haga claramente innecesario.

No hay pues motivos suficientes (ni lingüísticos, ni históricos ni, mucho menos, teológicos) para atribuir al término proselitismo un sentido negativo. Y, sobre todo, nada podría justificar la pretensión de que la Iglesia renunciara a la catolicidad de su misión reconciliadora del mundo con Dios, es decir a extenderse ella misma más y más, para gloria de Dios y salvación de todas las almas.

4. PROSELITISMO Y ECUMENISMO

La pretendida descalificación del término proselitismo está teniendo especial relevancia en relación a la actividad de la Iglesia católica en territorios de mayoría ortodoxa. En este contexto, se hace más patente que no estamos ante una simple cuestión terminológica o de evolución del lenguaje. No se trata, en efecto, de que se use el término proselitismo sólo para lo que debería especificarse como «proselitismo abusivo», sino que se considera también reprobable el proselitismo que busque, con pleno respeto de la intimidad y libertad de las personas, la incorporación de cristianos ortodoxos a la Iglesia católica.

Las motivaciones de semejante descalificación son variadas; desde el punto de vista propiamente eclesiológico, el motivo que puede parecer más importante es que los cristianos ortodoxos ya están incorporados a una verdadera Iglesia, como la misma Iglesia católica reconoce, al afirmar, en la Declaración Dominus Iesus, que las comunidades cristianas que, aunque separadas de Roma, han conservado la válida Eucaristía y el Episcopado válido son «verdaderas Iglesias particulares» 46. Pero esta afirmación ha de entenderse en su contexto y significado auténticos.

4.1. Iglesia católica e Iglesias no católicas

Ante todo, es necesario confesar que Jesucristo ha fundado una sola Iglesia, sobre Pedro y con la garantía de indefectibilidad ante las persecuciones, divisiones y obstáculos de todo tipo que habría de encontrar a lo largo de la historia (cfr. Mt 16, 18). Y así ha sido y será siempre: existe una sola Iglesia de Cristo, que en el Símbolo confesamos como una, santa, católica y apostólica 47.

A la vez, con el Concilio Vaticano II -en el n. 8 de la Constitución Lumen gentium-, debemos sostener que «esta Iglesia, establecida y organizada en este mundo como una sociedad, subsiste en (subsistit in) la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él, si bien (licet) fuera de su estructura se encuentren muchos elementos de santificación y de verdad que, como bienes propios de la Iglesia de Cristo, impelen hacia la unidad católica».

Como se sabe, en el esquema que dio lugar después a este texto definitivo, se decía que la Iglesia de Cristo es (est) la Iglesia católica 48. Sobre todo por esto, la célebre expresión subsistit in ha sido después objeto de diversas y contradictorias interpretaciones, sobre las que no es necesario detenemos aquí. En realidad, «la palabra “subsiste” no tiene otro significado que el de “continúa existiendo”. Por tanto, si la Iglesia de Cristo “continúa existiendo” (subsistit in) en la Iglesia Católica, la continuidad de existencia comporta una substancial identidad de esencia» 49. Este significado coincide con el lenguaje común de la cultura occidental y es conciliable con el significado filosófico clásico: subsiste aquello que es en sí y no en otro 50. Y, por esto, «el Concilio quiere decimos que la Iglesia de Jesucristo como sujeto concreto en este mundo se puede encontrar en la Iglesia católica. Esto puede suceder sólo una vez y la concepción según la cual el subsistit se habría de multiplicar no capta precisamente lo que se quería decir. Con la palabra subsistit el Concilio quería expresar la singularidad y la no multiplicabilidad de la Iglesia católica» 51. Por eso, «es contraria al significado auténtico del texto conciliar la interpretación de quienes de la fórmula subsistit in extraen la tesis según la cual la única Iglesia de Cristo podría también subsistir en Iglesias y Comunidades eclesiales no católicas» 52.

Es necesario observar que el n. 8 de Lumen gentium, al afirmar la subsistencia de la Iglesia de Cristo en la Iglesia católica gobernada por el sucesor de Pedro y los Obispos en comunión con él (en el sentido de solo en ella), se refiere explícitamente a la Iglesia en cuanto establecida y organizada como sociedad en este mundo, e inmediatamente después afirma que fuera de su estructura se encuentran muchos elementos de santificación y de verdad. Esto nos remite a considerar la Iglesia no sólo en su dimensión social sino también en su dimensión mistérico-sacramental, como Cuerpo místico de Cristo 53.

El Concilio Vaticano II, siguiendo un uso tradicional, da el nombre de Iglesias a las comunidades cristianas no católicas que han conservado la Eucaristía válida y el Episcopado. Durante la elaboración del Decreto Unitatis redintegratio, uno de los relatores de la respectiva Comisión conciliar explicó que no se pretendía entrar en la cuestión disputada de cuáles son las condiciones para que una comunidad sea Iglesia en sentido teológico 54. Pero esto no significa que ese título, atribuido a esas comunidades no católicas, fuese simplemente honorífico o sociológico, ya que el mismo Decreto afirma que «por la celebración de la Eucaristía del Señor en cada una de estas Iglesias, se edifica y crece la Iglesia de Dios» 55; expresión que hay que interpretar a la luz del n. 8 de Lumen gentium, es decir en el sentido de que en estas Iglesias existen muchos elementos de santificación y de verdad propios de la única Iglesia de Cristo (la Iglesia católica).

Los posteriores desarrollos teológicos y magisteriales sobre este tema, han conducido a atribuir a estas comunidades no católicas que han conservado el Episcopado y la Eucaristía válida el título, ciertamente de naturaleza teológica, de Iglesias particulares 56. Desde el punto de vista magisterial, los momentos más relevantes sobre el tema han sido dos documentos de la Congregación para la Doctrina de la Fe: la Carta Communionis notio, de 1992, que afirma que estas comunidades «merecen el título de Iglesias particulares» 57; y la Declaración Dominus Iesus, ya citada en su afirmación de que son «verdaderas Iglesias particulares» 58.

Se comprende fácilmente que donde Cristo se hace presente en el sacrificio eucarístico de su Cuerpo y de su Sangre, allí está presente la Iglesia, Cuerpo de Cristo mediante el cual el mismo Señor realiza la salvación en la historia. Sin embargo, no toda forma de presencia de la Iglesia constituye una Iglesia particular, sino solamente la presencia con todos sus elementos esenciales; por eso, para que una comunidad cristiana sea verdaderamente Iglesia particular, «debe hallarse presente en ella, como elemento propio, la suprema autoridad de la Iglesia: el Colegio episcopal “junto con su Cabeza el Romano Pontífice, y jamás sin ella” (Lumen gentium, n. 22)» 59. Esto podría parecer un obstáculo insuperable para entender cómo las Iglesias no católicas son «verdaderas Iglesias particulares». Una posible vía de reflexión puede ser considerar la real presencia del Primado petrino (y del Colegio episcopal) en las Iglesias no católicas, en virtud de la unidad del Episcopado «uno e indiviso» 60: una unidad que, desde luego, no puede existir sin la comunión con el Obispo de Roma. Allí donde, en virtud de la sucesión apostólica, exista válido Episcopado, allí estará presente, como autoridad suprema (aunque no sea de hecho reconocida) el Colegio episcopal con su Cabeza. Además, en toda válida celebración de la Eucaristía hay una referencia objetiva a la universal comunión con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia entera 61, independientemente de las convicciones subjetivas. Es necesario, sin embargo, no perder de vista que la ausencia de plena comunión con el Papa comporta una herida en la eclesialidad misma de esas Iglesias 62; herida no sólo de naturaleza disciplinar o canónica, sino también relativa a la no plena profesión de la fe católica. Por esto, a una Iglesia particular no católica no le falta solamente la manifestación visible de la plena comunión para ser plenamente Iglesia 63.

Y, volviendo de nuevo al dato fundamental de la unicidad de la Iglesia de Cristo, es preciso afirmar que las Iglesias particulares no católicas son verdaderas Iglesias por lo que tienen de católicas, y que no son plenamente Iglesias por lo que tienen de no católicas. Su eclesialidad, en efecto, está radicada en el hecho de que da única Iglesia de Cristo tiene en ellas una presencia operante» 64. En otras palabras, reconocer el carácter de Iglesias a estas comunidades cristianas comporta necesariamente afirmar que también estas Iglesias no católicas son -en aparente paradoja- porciones de la única Iglesia, es decir, de la Iglesia católica; porciones en situación teológica y canónica anómala. Aún en otros términos, podemos decir que la suya es una «eclesialidad participada, según una presencia imperfecta y limitada de la Iglesia de Cristo» 65.

4.2. Ecumenismo y proselitismo: conclusión

La Iglesia debe evangelizar ante todo a sus propios miembros, llevando a cada uno la doctrina íntegra del Evangelio y la plenitud de los medios de salvación. Miembros de la Iglesia son también, en el sentido expuesto, los fieles de las Iglesias ortodoxas. En relación a éstos, la Iglesia debe empeñarse en edificar la unidad de fe y comunión; unidad que es fruto de la evangelización y, a la vez, su semilla, según la oración de Jesús: «que todos sean una sola cosa. Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean en nosotros una sola cosa, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,21).

De ahí que la Iglesia ni quiera ni pueda renunciar al empeño ecuménico; empeño que se expresa en múltiples actividades institucionales, pero que no se reduce a éstas, pues es también responsabilidad personal de todos los cristianos 66. Concretamente, cuando un fiel católico se encuentra en contacto con un cristiano no católico, el proselitismo consistente en procurar, como expresión de sincera amistad, ayudarle para su posible paso a la Iglesia católica -respetando plenamente su intimidad y su libertad- no sólo no es algo reprobable, sino una manifestación de caridad auténtica. En su realidad teológica profunda, quien da ese paso no «cambia de una Iglesia a otra», sino que se incorpora plenamente a la Iglesia a la que ya estaba unido imperfectamente: la Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica. En otros términos, es ayudar a una persona, según el clásico adagio de la filosofía griega, a que llegue a ser lo que en realidad ya era 67.

En todos los aspectos del ecumenismo, institucionales y personales, los obstáculos son grandes. Es muy necesaria «aquella “purificación de la memoria”, tantas veces evocada por Juan Pablo II, que es la única que puede disponer los ánimos para acoger la plena verdad de Cristo» 68.

Sobre todo, siempre permanece abierto el espacio para la oración, para la acción de gracias, para el diálogo y para la esperanza en la acción del Espíritu Santo 69.

Mons. Fernando OCÁRIZ

Facultad de Teología

Pontificia Universidad de la Santa Cruz

ROMA

Las religiones deben estar al servicio de la paz

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El teólogo Pablo Blanco analiza el viaje del Papa a Tierra Santa, que “ha relanzado el ecumenismo y el diálogo”

El teólogo y experto en Benedicto XVI Pablo Blanco Sarto expuso hoy en Madrid las claves del viaje del Pontífice a Tierra Santa, que calificó de “valiente”, “claro” y con una “gran trascendencia de futuro”, ya que se trata de “un viaje que tan sólo ha comenzado”, dijo.

“Ahora es momento de reflexionar en sus palabras y concretar sus mensajes”, dijo este especialista, que enfatizó el comentario del Papa sobre la paz y la seguridad como consecuencia de la justicia.

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En un encuentro con periodistas celebrado en la Oficina de Información del Opus Dei en Madrid, Pablo Blanco manifestó que el Papa “ha sido fiel a su estilo, ha ido a la raíz de los problemas, desde la fe, la razón y la ética”.

Diálogo interreligioso
Este autor de tres libros sobre el Papa aseguró que Benedicto XVI habló “con claridad tanto a judíos como a musulmanes”, con los que busca el diálogo sin desmayo.

“El ecumenismo y el diálogo interreligioso se verán relanzados después de este viaje, en el que el Papa ha destacado que las religiones deben estar al servicio de la paz, y que en su día destacó que tanto la razón como la religión deben entenderse y curarse de sus respectivas patologías”, dijo también.

Avance en el diálogo con los ortodoxos
En cuanto al eco de las palabras del Papa en la opinión pública, Blanco Sarto aseguró que “ha tenido amplia aceptación, y que las reacciones de protesta han sido marginales”. “Se habla de un discreto encanto de Benedicto XVI, y a la vez que sus textos enganchan, tienen éxito entre teólogos y un público amplio”.

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En relación al ecumenismo, Pablo Blanco señaló que “los avances con los ortodoxos podrían ir a más”, mientras que con el islam se camina en “la búsqueda de espacios comunes, para que sin renunciar a lo propio se defiendan puntos de vista similares sobre la familia, la mujer, la bioética, etc.”.

Alianza de civilizaciones y de religiones
En su resumen de este viaje-peregrinación, Pablo Blanco dijo que “el Papa alemán habló de libertad religiosa, de diálogo y respeto, de convivencia entre las tres grandes religiones –islam, judaísmo y cristianismo–; pero también de los derechos de la mujer y de los cristianos en países musulmanes, de igualdad de oportunidades para minusválidos e impedidos físicos, de razón y amor en definitiva”.

Señaló también que “no ha dudado tampoco en usar el término y pedir una «alianza de civilizaciones», en cuyo centro estuviera la defensa de la razón y de la libertad religiosa de todos los ciudadanos”.

“El ecumenismo es, en primer lugar, una cuestión de oración y de caridad”

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La teóloga Jutta Burggraf afirma que el ecumenismo no es sólo una cuestión de doctrina teológica ni de colaboración pastoral, sino en primer lugar de oración y de caridad

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Jutta Burggraf es profesora de Teología Sistemática y de Ecumenismo en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra y es autora de «Conocerse y comprenderse. Una introducción al ecumenismo», Madrid 2003, 2ª ed. 2003 y del folleto: «Ecumenismo: ¿Qué es? ¿Cómo se vive?», Madrid 2006.

¿Por qué es necesaria, la semana de oración para la unidad?

Durante el octavario, los cristianos católicos, ortodoxos y protestantes de todas las denominaciones -esparcidos por el mundo entero- están invitados a rezar juntos por su unidad. Lo expresa claramente el lema de este año: «No ceséis de orar».

La Semana se celebra del 18 al 25 de enero, día en que la Iglesia conmemora la conversión de San Pablo. La fecha es significativa: nos recuerda que no podemos acercarnos unos a otros sin una profunda conversión interior, sin buscar cada uno vivir en intimidad con Cristo. Es en Él donde nos uniremos algún día.

“La esperada unidad no será un producto de nuestras fuerzas, sino «un don que viene de lo alto». Su verdadero protagonista es el Espíritu Santo”

La esperada unidad no será un producto de nuestras fuerzas, sino «un don que viene de lo alto». Su verdadero protagonista es el Espíritu Santo, quien nos conduce, por los caminos que quiere, hacia la madurez cristiana.

En la oración encontramos sobre todo a Dios, pero de manera especial también a los demás. Cuando rezo por alguien, le veo a través de otros ojos, ya no con aquellos llenos de sospecha o de ánimo de control, sino con los ojos de Dios. De esta manera, puedo descubrir lo bueno en cada persona, en cada planteamiento. Dejo aparte mis prejuicios y comienzo a sentir simpatía por el otro.

Rezar significa, purificar el propio corazón, para que el otro verdaderamente pueda tener sitio dentro de él. Si tengo prejuicios o recelos, cualquiera que entre en ese recinto recibirá un golpe rudo. Tenemos que crear un lugar para los demás en nuestro interior. Tenemos que ofrecerles nuestro corazón como lugar hospitalario, donde puedan encontrar mucho respeto y comprensión.

Si conseguimos esto, será más auténtico el diálogo. A veces, creemos poder disimular fácilmente nuestros sentimientos y pensamientos negativos. Tratamos de guardar las apariencias, y luego nos asombramos que los demás desconfíen de nosotros. La razón es muy sencilla: los demás suelen percibir con gran nitidez lo que pasa en nuestro interior. Notan si los aceptamos o los rechazamos, y actúan en consecuencia. Así vemos la importancia de empezar por nosotros mismos en la búsqueda de la unidad.

Se insiste mucho en el llamado «ecumenismo espiritual»…

Con razón, porque el ecumenismo no es, en primer lugar, una cuestión de doctrina teológica ni de colaboración pastoral, sino de oración y de caridad. Así como la falta de amor engendra desuniones, la «santidad de vida» puede considerarse como el «alma» o motor de todo el movimiento ecuménico.

Es significativo que Juan Pablo II haya invitado repetidas veces a una purificación de la memoria a todas las personas y asociaciones. Sabemos bien que la memoria no es sólo una facultad relativa al pasado; por el contrario, influye profundamente en el presente. Lo que recordamos afecta, con frecuencia, a nuestras relaciones con los demás. Si una herida del pasado queda en la memoria, esta herida puede llevar a una persona a encerrarse en sí misma; puede traducirse en una cierta resistencia a encontrarse de una manera serena entre los demás, y puede dificultar o incluso impedir una amistad.

Teniendo esto en cuenta, Benedicto XVI ha dado ejemplos elocuentes: cuando, por ejemplo,a causa de su famosa conferencia de Ratisbona había llegado a ser la víctima de una campaña organizada por algunos adversarios de la Iglesia, no culpó a nadie; es más, sobrepasó las reglas de la mera justicia y pidió perdón a los musulmanes por las palabras que podrían haberles herido.

Podemos estar seguros de que una persona contribuye más a la unidad de la Iglesia cuando procura transmitir el amor de Dios a los demás, que cuando se dedica a los diálogos teológicos más eruditos con un corazón frío.

El Papa está demostrando continuamente su compromiso ecuménico. ¿Advierte un celo análogo, entre los católicos en general?

Benedicto XVI señaló, desde el comienzo de su pontificado, que está dispuesto a «trabajar sin ahorrar energías en la reconstitución de la unidad plena y visible de todos los seguidores de Cristo».

Está realizando una gran labor ecuménica, hecha no sólo de palabras, sino, sobre todo, de gestos fraternos. Así, por ejemplo, ha donado una considerable cantidad de dinero al patriarcado de Moscú para la reconstrucción de la catedral de la Trinidad en San Petersburgo.

Y, a pesar de las dificultades, que se experimentan actualmente entre anglicanos y católicos por cuestiones de carácter teológico y ético, ha firmado, hace algo más de un año, una animante declaración conjunta con el primado de la Comunión anglicana.

Los católicos están cada vez más familiarizados con el reto que supone la unidad de todos los cristianos. Comprenden mejor que antes lo que afirma el Cardenal Walter Kasper: “El ecumenismo no es una elección opcional, sino un deber sagrado”. Así, muchos participaron en la “Asamblea ecuménica europea”, celebrada en septiembre del año pasado en Sibiu-Hermannstadt (Rumanía), y juntamente con los diálogos oficiales, tuvieron lugar grandes encuentros de los nuevos movimientos que se dedican a la labor ecuménica, por ejemplo en Stuttgart en 2004 y en 2007.

A la vez, se dan cuenta -y el Papa insiste también en esto- de que el diálogo tiene distintos niveles o «círculos». Tiene que comenzar antes, en la «propia casa», entre los mismos católicos, que tienen que conocerse para entenderse bien. No debemos excluir de nuestro interés y cariño a las personas de otras comunidades católicas. Hay mucha variedad en nuestra Iglesia.

Asimismo, los católicos tienen una viva conciencia de que el diálogo va más allá del ecumenismo. Se dirige también a los seguidores de otras religiones y al mundo secularizado. Allí nos espera una inmensa tarea, que sólo podemos afrontar si estamos unidos: con Dios, entre nosotros los católicos y con todos los cristianos.

Ecumenismo

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Es mucho lo que ya tenemos en común todos los cristianos. Con todo, la división que aún existe es una herida en el cuerpo de la Iglesia. En la Semana para la Unidad de los Cristianos proponemos este artículo sobre el Ecumenismo.

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En la encíclica Ut unum sint, Juan Pablo II señalaba la centralidad de la tarea ecuménica: «el movimiento a favor de la unidad de los cristianos, no es un mero “apéndice” que se añade a la actividad tradicional de la Iglesia. Al contrario, pertenece orgánicamente a su vida y a su acción. Como su antecesor, Benedicto XVI también ha querido poner el máximo empeño en el restablecimiento de la unidad de todos los discípulos del Señor. «Por lo que me concierne, renuevo (…) mi firme voluntad, manifestada al principio de mi pontificado, de asumir como compromiso prioritario el trabajar, sin ahorrar energías, en el restablecimiento de la unidad plena y visible de todos los seguidores de Cristo». Esta honda preocupación por la unidad afecta a todos los católicos. Una aspiración esencial de los cristianos es la comunión plena de todos los hombres con Dios –según la oración del Señor: que todos sean uno– como miembros de la única Iglesia fundada por Cristo, que «continúa existiendo» (subsistit in) en la Iglesia Católica, como enseña la constitución dogmática Lumen gentium.

Para alcanzar la plena comunión entre los cristianos, lo primero es la oración, bien unida a la de Cristo: no ruego sólo por éstos, sino por los que van a creer en mí por su palabra, para que sean uno como nosotros somos uno. Yo en ellos y Tú en mí, para que sean consumados en la unidad . «No podemos “hacer” la unidad sólo con nuestras fuerzas. Podemos obtenerla solamente –dice Benedicto XVI– como don del Espíritu Santo. Por tanto, el ecumenismo espiritual, es decir, la oración, la conversión y la santidad de vida, son el corazón del encuentro y del movimiento ecuménico». En su oración, todos los fieles de la Obra piden cada día con las mismas palabras del Señor: Ut omnes unum sint, sicut tu Pater in me et ego in te: ut sint unum, sicut et nos unum sumus. Movido por el deseo de promover la unidad, san Josemaría exhorta a cada cristiano: ofrece la oración, la expiación y la acción por esta finalidad: «ut sint unum!» –para que todos los cristianos tengamos una misma voluntad, un mismo corazón, un mismo espíritu: para que «omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!» –que todos, bien unidos al Papa, vayamos a Jesús, por María.

EL DRAMA DE LAS DIVISIONES

La misión de la Iglesia –presencia de Jesucristo en el tiempo, que llamamos justamente “tiempo de la Iglesia”– es edificar la unidad de fe y de comunión entre los hombres. «No se debe olvidar –advertía Juan Pablo II– que el Señor pidió al Padre la unidad de sus discípulos, para que ésta fuera testimonio de su misión». En efecto, Jesús mismo señaló la finalidad misionera de esa estrecha unidad: ut mundus credat, para que el mundo crea que Tú me has enviado. La división contradice la voluntad de Cristo y constituye una seria dificultad para la evangelización. En concreto, «la falta de unidad entre los cristianos es ciertamente una herida para la Iglesia, no en el sentido de quedar privada de su unidad, sino en cuanto obstáculo para la realización plena de su universalidad en la historia.

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Los avatares históricos han llevado, sin embargo, a discrepancias y separaciones entre los cristianos a veces no sin culpa de las partes implicadas. Por eso Juan Pablo II invitaba a todos los cristianos –católicos y no católicos- a una «necesaria purificación de la memoria histórica» y a «reconsiderar juntos su doloroso pasado» para «reconocer juntos, con sincera y total objetividad, los errores cometidos y los factores contingentes que intervinieron en el origen de sus lamentables separaciones». Por otra parte, los cristianos que ahora nacen en las Iglesias y comunidades no católicas –como subrayó el Decreto Unitatis redintegratio– no tienen culpa de la separación pasada y son amados por la Iglesia y reconocidos como hermanos.

UN PATRIMONIO COMÚN

Es mucho lo que ya tenemos en común todos los cristianos. Nos une la Sagrada Escritura, la vida de la gracia y de las virtudes, la comunión de oraciones y otros dones espirituales. Se da incluso, entre todos nosotros, creyentes en Cristo, un modo de «verdadera unión en el Espíritu Santo», ya que Él actúa, también, en los cristianos no católicos y «los santifica con sus dones y gracias y, a algunos de ellos, les dio fuerzas incluso para derramar su sangre». De manera principal, la incorporación a Cristo por el bautismo, patrimonio común de todos los cristianos, establece entre nosotros –católicos y no católicos– un vínculo sobrenatural. Todos los cristianos nacen en las aguas del bautismo. Como enseña el Concilio Vaticano II en el Decreto Unitatis redintegratio, «aquellos que creen en Cristo y recibieron debidamente el bautismo están en una cierta comunión, aunque no sea perfecta, con la Iglesia católica». «La fraternidad entre los cristianos –dice Benedicto XVI– no es simplemente un vago sentimiento y tampoco nace de una forma de indiferencia con respecto a la verdad (…). Se basa en la realidad sobrenatural de un único bautismo, que nos inserta a todos en el único Cuerpo de Cristo (cfr. 1 Co 12, 13; Ga 3, 28; Col 2, 12). Juntos confesamos a Jesucristo como Dios y Señor; juntos lo reconocemos como único mediador entre Dios y los hombres (cfr. 1 Tm 2, 5), subrayando nuestra común pertenencia a Él (cfr. Unitatis redintegratio, n. 22; Ut unum sint, n. 42). A partir de este fundamento esencial del bautismo, que es una realidad procedente de Cristo, una realidad en el ser y luego en el profesar, en el creer y en el actuar, el diálogo ha dado sus frutos y seguirá haciéndolo».

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La conciencia de compartir esa riqueza común es el fundamento común del ecumenismo. Esta conciencia es, en efecto, la que nos lleva a una consideración especialmente positiva de las otras confesiones cristianas, y debe suscitar un trato mutuo marcado por la conciencia gozosa de ser unos y otros –todos– cristianos. Por este motivo, «es preciso que los católicos reconozcan con alegría y aprecien los bienes verdaderamente cristianos, procedentes del patrimonio común», que se encuentran en nuestros hermanos separados». Esta valoración es, pues, de gran importancia: redunda en la estima y en el modo peculiar de vivir la caridad con esos hermanos nuestros que no son católicos. Por estar enraizada en la fe común en Jesucristo, el modo de vivir con ellos el amor cristiano tiene, en efecto, rasgos especiales.

Otra es, en cambio, la situación de los no creyentes y de los que no profesan la religión cristiana. Con los no cristianos la Iglesia desea y busca otro tipo de diálogo, el llamado diálogo interreligioso, que es diverso del ecumenismo, porque el punto de partida es radicalmente diverso. En este contexto ocupa un lugar propio, como es bien sabido, la relación de los cristianos con los hebreos, nuestros hermanos mayores, según la expresión utilizada por Juan Pablo II, con quienes el Pueblo de Dios del Nuevo Testamento está espiritualmente unido.

ECUMENISMO Y “CONVERSIONES”: RELACIÓN Y DIVERSIDAD

Como enseña el Concilio Vaticano II, «por “movimiento ecuménico” se entienden las actividades y las iniciativas que, según las diversas necesidades de la Iglesia y las circunstancias actuales, se promueven y se ordenan a favorecer la unidad de los cristianos». El movimiento ecuménico se dirige más a las comunidades que a las personas individuales y responde específicamente a una dimensión de índole “corporativa”: trabajar para que las diversas Iglesias y comunidades cristianas lleguen, en cuanto tales, a la plena comunión en orden a la unidad visible. El punto de partida es esa común identidad cristiana de que hablábamos. A la vez, cada confesión debe ser consciente de sus rasgos propios, pues sólo desde el reconocimiento de la propia identidad se puede dialogar.

Aunque el empeño ecuménico se expresa en múltiples actividades institucionales entre las confesiones cristianas, no se reduce a ellas, pues constituye una responsabilidad personal de todos los cristianos. No se trata de una tarea sólo para especialistas, o de un ámbito lejano de la existencia cotidiana. Se trata de «un imperativo de la conciencia cristiana iluminada por la fe y guiada por la caridad». El ecumenismo es, sencillamente, una dimensión de la existencia cristiana. Por ejemplo, como ya señaló el Concilio Vaticano II, a todos nos afecta la preocupación por «eliminar palabras, juicios y acciones que no respondan, según la justicia y la verdad, a la condición de los hermanos separados, y que, por lo mismo, hacen más difíciles las relaciones mutuas con ellos».

Pero, sobre todo, entre los que han recibido el Bautismo, la primera palabra del diálogo se encamina a fomentar precisamente lo que supone para todos el Sacramento de la regeneración, y llevarlo a sus últimas consecuencias: ser buenos cristianos. En otras palabras, el encuentro de un católico –que sea consciente de su fe– con un ortodoxo, un anglicano o un protestante, tenderá a suscitar en primer lugar que cada uno viva de modo más pleno el cristianismo, o que comience a practicar su fe, si no lo hacía. Es necesario considerar ante todo esta riqueza común de la llamada bautismal a vivir una vida nueva en Cristo. Todos los fieles cristianos están llamados a la santidad. «Recuerden todos los fieles que promoverán e incluso practicarán tanto mejor la unión de los cristianos cuanto más se esfuercen por vivir una vida más pura según el Evangelio. Pues cuanto más estrecha sea su comunión con el Padre, el Verbo y el Espíritu, más íntima y fácilmente podrán aumentar la fraternidad mutua».

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A la luz de esta consideración, salta a la vista lo atractivo que es el mensaje que Dios confió a San Josemaría para su difusión, y las posibilidades tan amplias de acción ecuménica que tenemos. Al mismo tiempo, «los bienes presentes en los otros cristianos pueden contribuir a la edificación de los católicos», que se sentirán llamados a su propia conversión personal, porque todo testimonio auténtico de fe y de amor cristianos incita a una mayor entrega en todos.

En el marco de la relación con los demás cristianos, cabe considerar otra tarea, que es –con palabras de Unitatis redintegratio – «el trabajo de preparación y de reconciliación de las personas singulares que desean la plena comunión católica», es decir, la atención a aquellos cristianos de otras confesiones que desean ser católicos. Es necesario distinguir, como hace el Decreto, la actividad ecuménica y la atención a estas situaciones particulares. La primera –el ecumenismo– se orienta a la unión plena y visible de las Iglesias y comunidades eclesiales como tales. Ahora, en cambio, en esa atención de que hablamos, se trata de algo que afecta a la persona concreta, a la conciencia de las personas que se plantean libremente la decisión de ser católicas. Las dos tareas se fundamentan en el deseo de colaborar con el designio de Dios y, lejos de oponerse, están íntimamente compenetradas. El presupuesto común es siempre el respeto y la estima de las personas, de sus ideas y de la riqueza que poseen por su dimensión religiosa. Por ejemplo, el testimonio de vida de un colega o amigo católico puede suscitar en otro cristiano, con la gracia de Dios, el deseo de una vida realmente cristiana en el seno de la Comunidad eclesial a la que pertenece; pero puede despertar también, en el proceso de la gracia, el deseo de incorporarse a la Iglesia católica. El amigo católico acompañará esa decisión con su oración y su palabra, con pleno respeto de su libertad. De ese modo, manifiesta una amistad sincera, que comporta la confidencia, y brota de la caridad que Dios ha derramado en nuestros corazones: sólo Él, en efecto, puede cambiar nuestro corazón.

De modo genérico, cabría decir que un cristiano que da ese paso en realidad no cambia o retorna de una Iglesia a otra, sino que se incorpora plenamente a la Iglesia, a la única Iglesia, a la que ya estaba unido de manera no plena: a la Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica, que preside desde la Cátedra de Roma el Sucesor de Pedro. Ese amigo llega a ser del todo lo que ya era de modo imperfecto. Por este motivo, quienes se adhieren al catolicismo prefieren en ocasiones no hablar de conversión: para ellos, no sin razón, su conversión es en realidad un proceso de conversiones –caben muchas a lo largo de la vida– que se inicia con el Bautismo, hasta llegar, con un nuevo impulso de la gracia, a dar el paso hacia la plena comunión, hacia el hogar: ¡Roma! Con gran delicadeza hacia estos sentimientos el Concilio Vaticano II sustituyó la expresión “conversión” –más propia, en rigor, de quien acepta por vez primera el cristianismo– por la de “plena incorporación”.

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Ciertamente estas decisiones son motivo de profunda alegría para los hijos de la Iglesia católica, que desean vivamente y trabajan para que todos los hombres alcancen la plena comunión con Dios y con los demás en la Iglesia universal.

PARA ENTABLAR UN DIÁLOGO VERDADERO

Como seres sociales, los hombres necesitan comunicarse con los demás, apoyarse unos en los otros, para superar las dificultades, para gozar del producto de sus afanes y contribuir al conocimiento de la verdad. Dios ha hecho al hombre de tal manera que no puede dejar de compartir con otros su vida, y aspira a que los demás le comprendan y respeten. Por ello, el diálogo es un reconocimiento de la humanidad del interlocutor; en un clima que estará necesariamente empapado de cordialidad, de amistad y de caridad.

La actitud abierta y respetuosa del católico en el diálogo ecuménico requiere un conocimiento y una exposición clara de la fe: «la paridad, que es presupuesto del diálogo, se refiere a la igualdad de la dignidad personal de las partes, no a los contenidos doctrinales». Por eso es muy importante que los católicos conozcan, cada uno según sus propias posibilidades, los documentos del Concilio Vaticano II, el Catecismo de la Iglesia Católica, y otros textos importantes, como por ejemplo la carta Communionis notio, la declaración Dominus Iesus, y las recientes Responsa ad quaestiones emanadas por la Congregación para la Doctrina de la Fe.

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Entablar un diálogo con otros cristianos requiere, además, que puedan apreciar que se está en condiciones de descubrir los valores positivos que tiene la fe que han recibido por medio de su comunidad cristiana, aun en medio de deficiencias. Pero esto nos exige a los católicos formación, estudio, conocimiento profundo de nuestra fe.

Desde el estudio, pues, al diálogo. Los cristianos pueden siempre aprender unos de otros, y llegar a valorar aún más realidades que conocían. También encuentran un acicate al ver con qué profundidad otros ahondan en su fe. Es significativo, por ejemplo, el estudio de la Escritura tan enraizado en la vida de muchos protestantes; la belleza de tantas celebraciones litúrgicas ortodoxas; el amor a la Sagrada Eucaristía y su centralidad en la vida de los católicos, tan atrayente para muchos protestantes. Las enseñanzas de San Josemaría sobre la santificación del trabajo suscitan un gran interés y simpatía en tantos cristianos. Es crucial redescubrir la convergencia que existe en aspectos como éstos, sin perder de vista que sólo la caridad permite superar las divisiones. Tarea del cristiano: ahogar el mal en abundancia de bien. No se trata de campañas negativas, ni de ser antinada. Al contrario: vivir de afirmación, llenos de optimismo, con juventud, alegría y paz; ver con comprensión a todos: a los que siguen a Cristo y a los que le abandonan o no le conocen. –Pero comprensión no significa abstencionismo, ni indiferencia, sino actividad.

«Hace falta, aun antes de hablar, oír la voz, más aún, el corazón del hombre, comprenderlo y respetarlo», decía el Papa Pablo VI. Si no se descubre en el interlocutor un deseo sincero de conocer y comprender, nadie puede sentirse respetado e inclinado a dialogar: nada debe ser más ajeno a la actitud del apóstol cristiano que la arrogancia infatuada o, como ahora suele decirse, el triunfalismo. No es nuestra doctrina el fruto de nuestro esfuerzo, de nuestra perspicacia o de nuestro ingenio, sino palabra de Dios que ha venido a nosotros: no porque fuéramos mejores que los demás o porque estuviéramos más preparados, sino porque el Señor ha querido usarnos como instrumentos suyos (…). Más aún: estamos persuadidos de que esa verdad divina, que llevamos, nos trasciende: que nuestras palabras resultan insuficientes para expresar toda su riqueza, que es incluso posible que no la entendamos con plenitud y que hagamos el papel de quien transmite un mensaje que él mismo no comprende del todo. No somos propietarios de la verdad, no nos pertenece; queremos ser cooperadores de la verdad: cooperatores simus veritatis; tratamos de actuar en la verdad y por ella.

CON LA CARIDAD DE CRISTO

Para que cumpláis como es debido la parte que os corresponde en la misión de la Iglesia, hace falta que no olvidéis el ejemplo de Cristo. No hay verdadero diálogo cristiano, si no es reproduciendo el modo de ser y de obrar del Señor. El ejemplo de Jesucristo nos lleva a dialogar; ese mismo ejemplo nos enseña cómo hemos de hablar con los hombres. Con palabras de San Josemaría, son dos los rasgos fundamentales: fidelidad a la verdad, amistad con los hombres. No puede haber un diálogo fecundo sin que se dé o se cree entre los que dialogan un clima de auténtica amistad, de honradez y de certidumbre.

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Sin amor a los demás no puede haber un ecumenismo verdadero, sino meras estrategias, que por sí solas resultan infecundas: el Señor nos ha llamado en momentos, en los que se habla mucho de paz y no hay paz: ni en las almas, ni en las instituciones, ni en la vida social, ni entre los pueblos. Se habla continuamente de igualdad y de democracia y abundan las castas: cerradas, impenetrables. Nos ha llamado en un tiempo, en el que se clama por la comprensión, y la comprensión brilla por su ausencia, incluso entre personas que obran de buena fe y quieren practicar la caridad, porque -no lo olvidéis- la caridad, más que en dar, está en comprender. Verdadero diálogo es sólo el que nace de un deseo de amistad sincera, de un afán de ayudar y servir a los demás. «El clima del diálogo es la amistad. Más todavía: el servicio».

Los católicos, en la acción ecuménica, deben preocuparse de los hermanos, orando por ellos, tratando con ellos y adelantándose a su encuentro. El amor ha de estar en la raíz de todas las acciones humanas. Con palabras de San Pablo, omnia vestra in caritate fiant: obrad siempre con caridad. Por eso, además de conocimiento mutuo, es necesaria también la estima y el afecto verdadero, que surgen espontáneamente, como percibieron el 7 de octubre de 2002 quienes acompañaban al Patriarca de la Iglesia ortodoxa rumana, al término de la audiencia concedida por Juan Pablo II a los participantes en la canonización de san Josemaría. Este evento ecuménico ha tenido una fuerte repercusión, en personas de Rumanía y en muchas otras; algunas conocían poco el Opus Dei, otras participan en sus apostolados, como manifestaban con inmensa alegría familias de ortodoxos libaneses que asistieron a la ceremonia.

La vida de los santos permite descubrir lo que Dios rea­liza en quienes pertenecen a otras Iglesias y comunidades eclesiales. «Es justo y saludable reconocer las riquezas de Cristo y las obras de virtud en la vida de otros que dan testimonio de Cristo, a veces hasta el derramamiento de sangre: Dios es siempre admirable y digno de admiración en sus obras. Quienes han dado su vida por Cristo constituyen así un punto de encuentro: «Este común testimonio de santidad, como fidelidad al único Señor, es un potencial ecuménico extraordinariamente rico de gracia. «El ecumenismo de los santos, de los mártires, es tal vez el más convincente. La communio sanctorum habla con una voz más fuerte que los elementos de división. El martyrologium de los primeros siglos constituyó la base del culto de los santos. Proclamando y venerando la santidad de sus hijos e hijas, la Iglesia rendía máximo honor a Dios mismo; en los mártires veneraba a Cristo, que estaba en el origen de su martirio y de su santidad. Se ha desarrollado posteriormente la praxis de la canonización, que todavía perdura en la Iglesia católica y en las ortodoxas».

SUSCITAR LA COLABORACIÓN EN SERVICIO A LOS HOMBRES

Crear las condiciones para que surjan actividades conjuntas de cristianos de distintas confesiones, o para que otros cristianos cooperen en actividades de la Iglesia Católica, facilita el conocimiento mutuo y, en la medida en que esa cooperación se realiza, esas actividades nos acercan a la plena comunión de los cristianos.

La colaboración en el campo social es una vía concreta propuesta por el Concilio Vaticano II para el ejercicio del ecumenismo, que los fieles de la Prelatura, como todos los miembros de la Iglesia, debemos secundar. «La cooperación de todos los cristianos pone de manifiesto de un modo vivo aquella unión con la que ya están vinculados y expone con una luz más clara el rostro de Cristo Siervo. Es necesario que esta cooperación, establecida ya en no pocas naciones, se vaya perfeccionando más y más, principalmente en las regiones donde se lleva a cabo un desarrollo social o técnico, tanto en la justa estimación de la dignidad de la persona humana como en la promoción del bien de la paz, en el impulso de la aplicación social del Evangelio, en la penetración de las ciencias y las artes, por el espíritu cristiano, en procurar toda clase de remedios contra las miserias de nuestro tiempo, como son el hambre y las calamidades, el analfabetismo y la miseria, la escasez de vivienda y la injusta distribución de los bienes. Por medio de esta cooperación, todos los que creen en Cristo pueden fácilmente aprender cómo conocerse mejor unos a otros, apreciar a los demás y allanar el camino hacia la unidad de los cristianos».

De modo especial en muchos lugares de Occidente, pero también en el resto del mundo, «la presencia de los cristianos –afirmaba recientemente Benedicto XVI– sólo será eficaz e iluminadora si tenemos la valentía de recorrer con decisión el camino de la reconciliación y de la unidad (…). Todos tenemos una responsabilidad específica (…); es más fácil el encuentro entre los pueblos; hay más oportunidades de aumentar el conocimiento y la estima recíproca, con un enriquecedor intercambio mutuo de dones; se siente la necesidad de afrontar unidos los grandes desafíos del momento, comenzando por el de la modernidad y la secularización. La experiencia demuestra ampliamente que el diálogo sincero y fraterno engendra confianza, elimina temores y prejuicios, supera dificultades y abre a la confrontación serena y constructiva».

*   *   *

Os lo he escrito tantas veces, con las palabras de Pablo: veritatem facientes in caritate (Ef 4, 15), haciendo la verdad con caridad: éste es el modo de dialogar, de dar doctrina. El “encuentro” ecuménico, vivido en la vida secular, es para que todos tratemos de caminar en la verdad y en la caridad y seamos mejores discípulos de Jesucristo, porque todos estamos llamados por el Señor –¡desde el Bautismo!– a la santidad personal. Es el gran mensaje de san Josemaría, reafirmado en el Concilio Vaticano II.

Hoy la Iglesia necesita ese “ecumenismo práctico” que brota también del espíritu de la Obra: el ecumenismo en medio de todas las actividades humanas. Es como ir extendiendo por todas partes redes y redes de cristianos amigos, de discípulos de Cristo, de “amigos de Dios”, para la conversión del mundo. Son las redes del Duc in altum!, las redes del apostolado ad fidem, de las que hablaba San Josemaría; son las redes que recogerán piscium multitudinem copiosam: hombres y mujeres que viven en el paganismo o en el neopaganismo. Y mientras los pescadores cumplen, unidos en amistad humana y cristiana, el mandato de Cristo, el amor de Dios Padre les concederá la plena comunión por la que oró –y ora en el Cielo– su Hijo: ut unum sint, y esto –repitámoslo con Jesús–, ut mundus credat: para que las redes se llenen hasta rebosar.

Todo es posible con esta condición: que no perdáis nunca el diálogo con nuestro Dios, vivo y amante, con el Espíritu Santo, con Cristo, Señor Nuestro, y con María, Reina del Cielo y Madre de la Iglesia. De ahí sacaréis cada día luces de doctrina, deseos de apostolado, afán de almas, caridad universal y delicada.

Pedro Rodríguez

Evangelización, proselitismo y ecumenismo

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Artículo de Mons. Fernando Ocáriz, profesor de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz publicado en Scripta Theologica


Por MONS. FERNANDO OCÁRIZ
©SCRIPTA THEOLOGICA [38 (2006/2) 617-636] [EVANGELlZATION, PROSELYTISM & ECUMENISM]

SUMARIO: 1. INTRODUCCIÓN. 2. NECESIDAD DE UNA CLARIFICACIÓN. 3. EL USO DEL TÉRMINO «PROSELITISMO». 3.1. El proselitismo en la Sagrada Escritura. 3.2. El proselitismo en la época patrística. 3.3. La reaparición del término y su significado en las lenguas modernas. 3.4. Conclusión terminológica. 4. PROSELITISMO y ECUMENISMO. 4.1. Iglesia católica e Iglesias no católicas. 4.2. Ecumenismo y proselitismo: conclusión.

Resumen: El proselitismo pertenece a la misión evangelizadora de la Iglesia. La connotación negativa que para algunas personas tiene la palabra no debe hacer desaparecer ni su uso ni la actividad que designa. Así lo muestra un estudio detenido del término en la Sagrada Escritura y en la tradición de la Iglesia. Se deben excluir las formas de proselitismo violento o sectario, pero en el marco del diálogo ecuménico también se debe intentar ayudar a las personas para que lleguen a la plenitud de la verdad en la Iglesia Católica.

Palabras clave: Proselitismo, Evangelización, Ecumenismo.

Abstract: Proselytizing is part of the mission of evangelization of the Church. The negative connotations that the word has for many people should not lead the disappearance of its use or the activity it refers to. This is obvious from a detailed study of the term in the Scriptures and in the tradition of the Church. Violent or sectarian forms of proselytism must be avoided, but within the framework of ecumenical dialogue we should also give help to people so that they may reach the full truth of the Catholic Church.

Keywords: Proselytism, Evangelization, Ecumenism.

1. INTRODUCCIÓN

La vida de Jesucristo, redentora en todos sus instantes y dimensiones, se puede resumir en aquellas palabras de San Pablo: «en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo» (2 Cor 5, 19), que San Agustín comentó con la célebre expresión: mundus reconciliatus, Ecclesia1: Cristo, reconciliando al mundo con Dios, edifica su Iglesia. Esta extensión universal de la Redención -contemplada por otros Padres en la Cruz cósmica, que abarca el universo2 se va realizando en la Iglesia. La Iglesia es el mismo mundo en cuanto reconciliado con Dios en Cristo y, a la vez, es la continuación de la presencia reconciliadora, salvífica, del Señor: «la Iglesia es eso: Cristo presente entre nosotros; Dios que viene hacia la humanidad para salvada, llamándonos con su revelación, santificándonos con su gracia, sosteniéndonos con su ayuda constante, en los pequeños y en los grandes combates de la vida diaria» 3.

De ahí que la misión de la Iglesia se pueda, a su vez, resumir en transformar el mundo en sí misma; es decir, en ir incorporando la humanidad al Cuerpo de Cristo que ella misma es. Esta misión puede también expresarse con el término evangelización -que encierra una gran riqueza de contenido, del que «ninguna definición parcial y fragmentaria puede dar razón» 4, entendido en su sentido más amplio, como traditio Evangelii, transmisión del Evangelio en cuanto «fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree» (Rom 1, 16); palabra que anuncia y da la vida eterna (cfr. Jn 6, 68), en la predicación y en los sacramentos. Misión apostólica que el Señor enunció así: «Id por todo el mundo, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado» (Mt 28, 19). Por esto, «el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, es un pueblo que proviene de todos los pueblos. La Iglesia, desde el inicio, es católica, ésta es su esencia más profunda» 5. Catolicidad y universalidad de la evangelización son inseparables.

Como el Señor -que predicó a todos la conversión desde el mismo inicio de su vida pública (cfr. Mc 1, 15)-, la Iglesia ha entendido siempre su misión de transmitir el Evangelio ad gentes como dirigida a la conversión de los hombres. Sin embargo, es bien sabido que, por desgracia, este empuje misional ha sufrido en los últimos tiempos un enfriamiento en no pocos ambientes católicos. De hecho, Juan Pablo II advirtió que la llamada a la conversión «es puesta en discusión o pasada bajo silencio. Se ve en ella un acto de “proselitismo”; se dice que basta ayudar a los hombres a ser más hombres o más fieles a su propia religión, que basta construir comunidades capaces de obrar a favor de la justicia, de la libertad, de la paz, de la solidaridad» 6. La actividad de transmitir el Evangelio, incorporando los hombres a Cristo en la Iglesia, puede designarse -y así se ha hecho con alguna frecuencia- con el término proselitismo. Pero -como apuntaba Juan Pablo II, en el texto citado-, en algunos ambientes, esta palabra ha ido adquiriendo un matiz negativo.

De hecho, no es raro que, con motivaciones de fondo diversas, se pretenda obstaculizar la misión evangelizadora de la Iglesia con la acusación de proselitismo, entendiendo este término en un sentido negativo, es decir como el uso de métodos inmorales (violencia física o moral, engaño) para captar seguidores. En realidad, el Magisterio de la Iglesia ha reprobado siempre la violencia y el engaño. Así, en el contexto de la libertad religiosa, el Concilio Vaticano II lo ha recordado con especial fuerza: «Las comunidades religiosas tienen también el derecho a que no se les impida la enseñanza y el testimonio público oral y escrito de su fe. Pero en la difusión de la fe religiosa y en la introducción de costumbres hay que abstenerse siempre de todo tipo de acciones que puedan tener sabor a coacción o persuasión deshonesta o menos recta, sobre todo cuando se trata de personas incultas o necesitadas» 7. Y, en este mismo sentido, Juan Pablo II afirmaba: «La nueva evangelización no tiene nada que ver con lo que diversas publicaciones han insinuado, hablando de restauración, o lanzando la palabra proselitismo en tono de acusación, o echando mano de conceptos como pluralismo y tolerancia, entendidos unilateral y tendenciosamente. Una profunda lectura de la Declaración conciliar Dignitatis humanae sobre la libertad religiosa ayudaría a esclarecer tales problemas, y también a disipar los temores que se intenta despertar, quizá con el fin de arrancar a la Iglesia el coraje y el empuje para acometer su misión evangelizadora. Y esa misión pertenece a la esencia de la Iglesia» 8.

2. NECESIDAD DE UNA CLARIFICACIÓN

En algunos documentos eclesiásticos posteriores al Concilio Vaticano II, cuando se emplea la palabra proselitismo en sentido negativo, se aclara el sentido que el término no contiene en sí mismo. Por ejemplo, en el Directorio ecuménico de 1967, se exhorta a los Obispos a hacer frente al peligro de proselitismo en relación a la actividad de las sectas, pero se aclara inmediatamente que «por la voz “proselitismo”, se entiende aquí un modo de obrar no conforme con el espíritu evangélico, en cuanto utiliza argumentos deshonestos para atraer los hombres a su Comunidad, abusando, por ejemplo, de su ignorancia o pobreza, etc. (cfr. Decl. Dignitatis humanae, 4)»9. La necesidad de distinguir entre un proselitismo positivo y uno negativo, se hizo también presente en campo ecuménico, por ejemplo en la Tercera relación oficial (1971) del Grupo Mixto Iglesia Católica-Consejo Ecuménico de las Iglesias, en la que se constata que en algunos contextos lingüísticos el término proselitismo «ha adquirido un sentido peyorativo», y se concluye que, si se quiere indicar ese sentido negativo «en otras lenguas o contextos en los que el término conserva su sentido más antiguo de “celo por la difusión de la fe”, se hará necesario especificar siempre “proselitismo en un sentido peyorativo” o alguna otra expresión que denote actitudes y conductas criticables» l0. No es éste, evidentemente, un texto con valor magisterial, pero sí es un testimonio más del hecho de que el sentido negativo o peyorativo no es intrínseco al termino proselitismo.

Años más tarde, Juan Pablo II, en la Carta Mentre si intensificano, de 1991, se refería al «rechazo de toda forma indebida de proselitismo, evitando de manera absoluta en la acción pastoral cualquier tentación de violencia y cualquier forma de presión» 11. Es evidente, también por el contexto, que si hay formas indebidas de proselitismo, existen otras no indebidas.

En otros documentos eclesiásticos, se fue introduciendo el uso del término proselitismo en sentido negativo, especialmente en referencia al «proselitismo de las sectas». En ocasiones, también se ha usado el término para indicar, sin matiz alguno, una actividad injusta. Así, por ejemplo, en un documento de la Comisión Pontificia pro Russia, de 1992, se dice: «Lo que se llama proselitismo -es decir cualquier presión sobre la conciencia-, de quienquiera que sea practicado o bajo cualquier forma, es completamente diverso del apostolado y no es en absoluto el método en que se inspiran los pastores de la Iglesia» 12. En el nuevo Directorio ecuménico de 1993, desapareció el matiz presente en el anterior Directorio, con el que se precisaba el sentido en que se hablaba de proselitismo 13. A partir de entonces, ha sido frecuente que con esta palabra se designen tout court comportamientos dirigidos a forzar, presionar o, en general, tratar en forma abusiva la conciencia de las personas.

Sin embargo, en el ámbito ecuménico no se llegó a prescindir siempre de la distinción entre un proselitismo bueno y uno malo. Por ejemplo, en un documento de 1995 del Grupo mixto Iglesia Católica Consejo Ecuménico de las Iglesias, se aclara que, aunque el término proselitismo «ha adquirido recientemente una connotación negativa cuando se ha aplicado a la actividad de algunos cristianos dirigida a hacer seguidores entre los miembros de otras comunidades cristianas», históricamente este término «ha sido empleado en sentido positivo, como concepto equivalente al de actividad misionera» 14 y se explica que «en la Biblia este término no tiene connotación negativa alguna. Un “prosélito” era quien creía en el Señor y aceptaba su ley, y de este modo se convertía en miembro de la comunidad judía. La cristiandad tomó este significado para describir a quien se convertía del paganismo. Hasta época reciente, la actividad misionera y el proselitismo se consideraban conceptos equivalentes» 15.

En cualquier caso, parece necesaria una clarificación, pues el asunto no es meramente lingüístico, sino que comporta importantes connotaciones doctrinales.

3. EL USO DEL TÉRMINO «PROSELITISMO»

3.1. El proselitismo en la Sagrada Escritura

Como se recordaba en el texto apenas citado, el término prosélytos pasó del judaísmo a la tradición cristiana. Se trata de la traducción griega del hebreo ger, frecuente en la versión de los LXX (77 veces), que designaba principalmente al extranjero que, viviendo establemente en la comunidad hebraica, gozaba de los mismos derechos y deberes que los hebreos 16, participando también en el culto religioso de la comunidad.
Parece que la realidad de los prosélitos, en cuanto categoría institucionalizada, provino de la diáspora en la época del helenismo y comportaba un periodo de preparación que culminaba en la Pascua, antes del cual el prosélito recibía la circuncisión 17.

El término prosélytos aparece sólo cuatro veces en el Nuevo Testamento: una en San Mateo (23, 15) y tres en los Hechos de los Apóstoles (2, 11; 6, 5; 13,43). El texto del Evangelio es en el que se expresa más claramente el alcance del término. Los escribas y fariseos se preocupaban de buscar personas que estuviesen en condiciones de entender y de vivir la fe en el único Dios. En buena parte fue la actividad proselitista lo que permitió sobrevivir al judaísmo después de la destrucción del Templo y la dispersión del pueblo. La mayor parte de los exégetas concuerdan -como, por otra parte, parece bastante obvio- en que el reproche que Jesús dirige a escribas y fariseos no se refiere al hecho de procurar prosélitos sino al modo de hacerlo y, sobre todo, a que hacían después al discípulo «hijo del infierno», dos veces peor que el maestro que le atrajo al judaísmo 18. Ya en la época del protestantismo liberal apareció la tendencia a interpretar Mt 23, 15 como si Jesús hubiese condenado el proselitismo en cuanto tal, pues su actividad se dirigía exclusivamente a Israel, evitando expresamente la misión entre paganos 19. Ciertamente, al menos en dos ocasiones el Señor afirmó que había sido enviado sólo a Israel (cfr. Mt 10, 6; 15, 24), pero no bastan esas referencias para sacar conclusiones generales absolutas: sería superfluo detenemos aquí en mostrar la universalidad de la misión redentora de Jesucristo, que precisamente en San Mateo es particularmente explícita (cfr. Mt 12,41 s; 25, 31 ss; 28,18-20). Se puede ciertamente asegurar que el Señor no sólo no valoró negativamente el proselitismo hebraico en sí mismo, sino que la universalidad de su misión se situó en continuidad con el espíritu proselitista judío; continuidad, dentro de la peculiar continuidad-discontinuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamentos.

El primer texto de Hechos en que aparece el término prosélytos se refiere a los diversos grupos de judíos que se habían congregado en Jerusalén con ocasión de la fiesta de Pentecostés. La expresión «judíos y prosélitos» (Hch 2, 11) no menciona lugares de proveniencia sino que es una indicación de naturaleza religiosa, que constituye como un resumen del enunciado de los diversos pueblos hecho anteriormente 20. En Hch 6, 5, leemos que uno de los primeros siete diáconos es «Nicolás, prosélito de Antioquía». El sentido positivo del ser prosélito es evidente: los siete fueron elegidos por su buena fama, por estar llenos del Espíritu Santo y por su sabiduría (cfr. Hch 6,3). En Hch 13, 42-43 se recoge el final del discurso de San Pablo en la sinagoga de Antioquía de Pisidia. El efecto que sus palabras producen en los oyentes hace que éstos pidan después a Pablo y Bernabé que continúen explicando su mensaje el próximo sábado. Como consecuencia se adhirieron a ellos «muchos judíos y piadosos prosélitos», que eran exhortados a «permanecer en la palabra de Dios». También aquí es evidente el significado positivo de prosélito, que es además subrayado por el adjetivo «piadosos» (sebomenon prosélytos).

Los Hechos de los Apóstoles describen la actividad misionera de la primitiva comunidad cristiana siguiendo las huellas del judaísmo. Como los hebreos intentaban atraer paganos bien dispuestos para que se integrasen en la religión hebrea, así también los primeros cristianos se sentían impulsados a comunicar el mensaje salvífico de Cristo con el fin de «ganar» almas para el Señor (cfr. 1 Cor 9, 19-23; Flp 3,8). Al principio, su actividad estaba dirigida a los judíos, pero «los que se habían dispersado por la tribulación surgida por lo de Esteban llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, predicando la palabra sólo a los judíos. Entre ellos había algunos chipriotas y cirenenses, que, cuando entraron en Antioquía, hablaban también a los griegos, anunciándoles el Evangelio del Señor Jesús. La mano del Señor estaba con ellos y un gran número creyó y se convirtió al Señor» (Hch 11, 19-21). La misión de la Iglesia ad gentes nació, en efecto, como la continuidad cristiana -en el sentido mencionado antes- del proselitismo hebreo.

3.2. El proselitismo en la época patrística

En la Patrística, el término proselitismo aparece en San Justino, en su Diálogo con Trifón21, a propósito de Is 49, 6: «Te he puesto para ser luz de las naciones». Los hebreos, convencidos de la fe en el verdadero Dios, se sentían impulsados a buscar prosélitos, pero San Justino comenta, sin negar la actividad proselitista de los hebreos, que el texto de Isaías se refiere principalmente, en sentido profético, a Cristo ya los cristianos. Más explícitamente escribe en otro pasaje del Diálogo con Trifón: «os queda poco tiempo para haceros prosélitos (prosélyseos krónos) nuestros: si Cristo os precede con su venida, en vano os arrepentiréis» 22. Migne tradujo así al latín: «breve enim hoc vobis relinquitur ad nos accedendi tempus. Si Christus venire occupaverit, frustra vos poenitebit». En esta línea, las traducciones en lenguas vulgares usan expresiones como «uniros a nosotros» («aderirvi a noi», etc.), en lugar de la expresión más literal que sería «haceros prosélitos nuestros» («farvi proseliti nostri», etc.).

También Flavio Josefo, en su Contra Apionem, se refiere a los éxitos proselitistas de los hebreos 23. El proselitismo, como actitud y como actividad, se consideraba eminentemente positivo y meritorio, pues se daba a los gentiles la posibilidad de ser objeto de la elección divina, de formar parte del pueblo elegido. Así, por ejemplo, en el Midrash Rabbah se encuentran afirmaciones de este tipo: «quien se acerca a un pagano y lo convierte debe ser considerado como si lo hubiese creado» 24; «cuando llega un extranjero y se hace prosélito, dale la mano para que sea acogido bajo las alas de la shekinah» 25. En otros autores, como Eusebio de Cesarea, Epifanio de Salamina, Procopio y Teodoreto, el verbo prosélyteio suele tener el significado de «ser extranjero»; también San Juan Crisóstomo lo emplea en este sentido 26.

Naturalmente, hay muchos comentarios patrísticos a Mt 23, 15, en los que se dan sobre todo interpretaciones de por qué el prosélito se hacía peor que su maestro 27. En este contexto, San Agustín considera que hacer prosélitos es como engendrar hijos 28. En cualquier caso, se puede decir que, en los primeros siglos, el uso del término para designar a los conversos al cristianismo y el de su derivado (proselitismo) no tenía connotación negativa alguna.

3.3. La reaparición del término y su significado en las lenguas modernas

Lo mismo puede decirse de los siglos sucesivos. Las conversiones al cristianismo pasan a ser numerosísimas y la cuestión que la Iglesia se plantea, en una Europa que se hace cristiana, no es tanto buscar prosélitos cuanto la organización del catecumenado, la enseñanza de la fe a quienes solicitan el Bautismo. Parece ser que fue poco después de la Reforma protestante, cuando reapareció en el lenguaje cristiano el uso de la palabra proselitismo. Según David Bosch, fueron los jesuitas los primeros en utilizada con el significado de extender la fe cristiana entre los no católicos, incluidos los protestantes 29. En cambio, según el Oxford English Dictionary el término habría reaparecido en 1660 en una obra de H. Hammon 30. En ámbito italiano, se encuentran muy numerosas referencias al proselitismo a partir de 1774 31; en francés, parece que fue Montesquieu en 1715 el primero en usar esta palabra 32, que en cambio no se encuentra en la Encyclopédie de Diderot y d’Alambert.

Por lo que se refiere al significado actual en las diversas lenguas occidentales, prácticamente todos los diccionarios y las enciclopedias más prestigiosas coinciden en definir el proselitismo simplemente como la actividad o la actitud dirigida a hacer prosélitos 33. Es obvio que se trata de una realidad presente en múltiples niveles (religioso, político, deportivo, económico, etc.) y, en principio, plenamente legítima, aunque como cualquier otra actividad pueda desviarse moralmente34. En algunos casos, se menciona un sentido peyorativo del término, como en el alemán Duden-Rechtschreibung(de 1986), donde Proselyt se entiende originariamente como el converso al judaísmo y actualmente como el «nuevo converso», y se añade que el término derivado Proselytenmacherei (proselitismo), implica una idea negativa. Por el contrario, en diversos diccionarios y enciclopedias en otras lenguas, se encuentran sobre todo explicaciones del término en sentido sólo positivo, especialmente en escritos de inspiración cristiana. Así, por ejemplo, en el Lessico Universale Italiano, se afirma que «la actividad misionera es una forma organizada de proselitismo» 35; y, en castellano, en la Gran Enciclopedia Rialp, donde el término proselitismo se entiende en el sentido literal de «celo por ganar prosélitos», se explica que, en sentido más amplio, por proselitismo se entiende «la acción apostólica dirigida a difundir la fe católica para que todos los hombres lleguen al conocimiento de Cristo» 36.

En Internet se pueden encontrar sobre el tema fuentes de todo tipo; sin embargo, es significativo que en una de las más consultadas en todo el mundo -por pertenecer a Microsoft y estar disponible en numerosas lenguas-, el término proselitismo es mencionado en varios artículos y nunca en sentido negativo. Por ejemplo, en el artículo sobre «Libertad de culto», se dice que todos los ciudadanos «pueden profesar libremente el propio credo haciendo, eventualmente, también obra de proselitismo» 37; y, en el artículo «Propaganda», se afirma que este concepto está «inicialmente ligado a la actividad de proselitismo de la Iglesia católica» 38. En este horizonte de libertad se sitúan también algunas posiciones de autores actuales, como la de un político francés que llega a afirmar que «el proselitismo, con tal de que sea moderado, ha sido reconocido como un componente intrínseco de la libertad religiosa» 39.

De todos estos datos se puede concluir que, aunque en algunos idiomas, como el alemán, prevalece actualmente un sentido negativo del término proselitismo, que se separa de su raíz bíblica, en muchas otras lenguas y contextos culturales, expresa una actividad en sí positiva. Como se lee en un Diccionario teológico de hace pocos años, «Según la Sagrada Escritura, el “prosélito” es el no judío que se hace judío, aceptando la fe judía. Es el “temeroso de Dios” que conoce la ley y la observa.
El cristianismo hizo suyo el término analógicamente, de manera que “hacer proselitismo”, difundir la fe cristiana (cristianizar, evangelizar), hasta tiempos recientes se consideraban la misma cosa» 40. El mismo Diccionario añade que, junto a este significado positivo y habitual, el término proselitismo ha comenzado a tener recientemente también uno negativo como consecuencia de las actividades de las sectas de origen protestante 41.

Antes de la aparición de este fenómeno de acentuación negativa del término proselitismo en algunos ambientes, los autores católicos, especialmente en el contexto de la vida espiritual, han usado pacíficamente la palabra proselitismo para referirse a la actividad apostólica o de evangelización: «el término pone de relieve la dimensión personal de la misión apostólica, es decir, la necesidad de realizarlo de persona a persona, con quienes se encuentran al lado» 42. Esta misión la realiza el cristiano muy especialmente en el trato de amistad en su vida familiar, profesional y social. Junto al uso para designar la actividad encaminada a acercar a otros a la Iglesia o a ayudarles a vivir coherentemente con la fe católica, el término proselitismo se ha utilizado también con frecuencia en el contexto de la promoción de vocaciones específicas dentro de la Iglesia (al sacerdocio, etc.). También este uso está claramente inspirado en el sentido bíblico de proselytos.

Un importante ejemplo actual lo encontramos en el libro Camino, de San Josemaría Escrivá de Balaguer, obra de espiritualidad de extraordinaria difusión (hasta ahora, más de cuatro millones y medio de ejemplares, en unos 44 idiomas), donde hay un capítulo que lleva por título precisamente Proselitismo, en el que se emplea el término en su sentido original exclusivamente positivo. Sólo en las ediciones en algunas pocas lenguas, en las que hay una tendencia a valorar negativamente el término (concretamente, en alemán y en inglés), se ha traducido no literalmente sino con expresiones más o menos análogas («Menschen gewinnen»; «Winning new apostles»). Sin embargo, en una reciente edición bilingüe castellano-inglesa, el traductor ha considerado más adecuado traducir proselytism, con «proselitismo», explicando  en una nota el significado positivo que tiene esa palabra.

3.4. Conclusión terminológica

El uso de la palabra proselitismo en un sentido exclusivamente negativo no es algo generalizado ni tampoco, en la mayor parte de los casos, el simple efecto de una evolución del lenguaje. Con frecuencia, la utilización actual de este término como si sólo tuviese un significado negativo no se debe a que por tal palabra se entienda de hecho -contra su significado original- una actitud inmoral (violenta, engañosa, etc.), sino que también se considera negativo el verdadero sentido positivo del proselitismo. Es decir, el problema de fondo es que con la tendencia, que pretende imponerse en algunos ambientes, de usar la palabra proselitismo como algo negativo, se pretende afirmar una actitud relativista y subjetivista, sobre todo en el plano religioso, para la que no tendría sentido que una persona pretendiese tener la verdad y procurase convencer a otras para que la acojan y se incorporen a la Iglesia. La descalificación -presente en algunos ambientes- de la palabra proselitismo, sobre todo cuando se refiere al apostolado cristiano, mucho tiene que ver, en efecto, con esa «dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida solamente el propio yo y sus deseos» 44.

Por esto, es necesario reafirmar que la acción de invitar y favorecer que otras personas -no cristianas o, en otro nivel, cristianas no católicas- se incorporen a la plena comunión en la Iglesia católica, respetando la verdad y la intimidad y libertad de todos, es parte integrante de la evangelización.

En otro orden de cosas, también se está pretendiendo usar la palabra proselitismo en un sentido exclusivamente negativo, para designar la acción apostólica de promoción de determinadas vocaciones dentro de la Iglesia que comportan un serio compromiso (el sacerdocio y otros diversos modos organizados de buscar la plenitud de la vida cristiana). En este caso, las motivaciones son variadas pero no del todo ajenas al mismo relativismo y subjetivismo.

Como es obvio, la evangelización, al igual que cualquier actividad humana, puede realizarse con intención o con métodos inmorales (y de hecho así sucede en no pocas sectas no católicas y no cristianas). Pero sería una gran falsedad histórica afirmar que esto haya sido frecuente en la Iglesia. El verdadero espíritu cristiano siempre ha estado informado por la caridad, como se expresa en estas palabras de San Josemaría Escrivá de Balaguer: «No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con el estudio; nunca con la fuerza, siempre con la caridad» 45. Por otra parte, la posibilidad -y realidad en algunas sectas- de un proselitismo moralmente incorrecto no justifica atribuir al término un sentido negativo. Es más, la coherencia debería llevar a usar la palabra proselitismo sin adjetivo alguno para designar su sentido original positivo, y calificada en cambio de algún modo cuando se trate de una actividad reprobable (por ejemplo, proselitismo negativo, proselitismo sectario, proselitismo violento, etc.), a menos que el contexto lo haga claramente innecesario.

No hay pues motivos suficientes (ni lingüísticos, ni históricos ni, mucho menos, teológicos) para atribuir al término proselitismo un sentido negativo. Y, sobre todo, nada podría justificar la pretensión de que la Iglesia renunciara a la catolicidad de su misión reconciliadora del mundo con Dios, es decir a extenderse ella misma más y más, para gloria de Dios y salvación de todas las almas.

4. PROSELITISMO Y ECUMENISMO

La pretendida descalificación del término proselitismo está teniendo especial relevancia en relación a la actividad de la Iglesia católica en territorios de mayoría ortodoxa. En este contexto, se hace más patente que no estamos ante una simple cuestión terminológica o de evolución del lenguaje. No se trata, en efecto, de que se use el término proselitismo sólo para lo que debería especificarse como «proselitismo abusivo», sino que se considera también reprobable el proselitismo que busque, con pleno respeto de la intimidad y libertad de las personas, la incorporación de cristianos ortodoxos a la Iglesia católica.

Las motivaciones de semejante descalificación son variadas; desde el punto de vista propiamente eclesiológico, el motivo que puede parecer más importante es que los cristianos ortodoxos ya están incorporados a una verdadera Iglesia, como la misma Iglesia católica reconoce, al afirmar, en la Declaración Dominus Iesus, que las comunidades cristianas que, aunque separadas de Roma, han conservado la válida Eucaristía y el Episcopado válido son «verdaderas Iglesias particulares» 46. Pero esta afirmación ha de entenderse en su contexto y significado auténticos.

4.1. Iglesia católica e Iglesias no católicas

Ante todo, es necesario confesar que Jesucristo ha fundado una sola Iglesia, sobre Pedro y con la garantía de indefectibilidad ante las persecuciones, divisiones y obstáculos de todo tipo que habría de encontrar a lo largo de la historia (cfr. Mt 16, 18). Y así ha sido y será siempre: existe una sola Iglesia de Cristo, que en el Símbolo confesamos como una, santa, católica y apostólica 47.

A la vez, con el Concilio Vaticano II -en el n. 8 de la Constitución Lumen gentium-, debemos sostener que «esta Iglesia, establecida y organizada en este mundo como una sociedad, subsiste en (subsistit in) la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él, si bien (licet) fuera de su estructura se encuentren muchos elementos de santificación y de verdad que, como bienes propios de la Iglesia de Cristo, impelen hacia la unidad católica».

Como se sabe, en el esquema que dio lugar después a este texto definitivo, se decía que la Iglesia de Cristo es (est) la Iglesia católica 48. Sobre todo por esto, la célebre expresión subsistit in ha sido después objeto de diversas y contradictorias interpretaciones, sobre las que no es necesario detenemos aquí. En realidad, «la palabra “subsiste” no tiene otro significado que el de “continúa existiendo”. Por tanto, si la Iglesia de Cristo “continúa existiendo” (subsistit in) en la Iglesia Católica, la continuidad de existencia comporta una substancial identidad de esencia» 49. Este significado coincide con el lenguaje común de la cultura occidental y es conciliable con el significado filosófico clásico: subsiste aquello que es en sí y no en otro 50. Y, por esto, «el Concilio quiere decimos que la Iglesia de Jesucristo como sujeto concreto en este mundo se puede encontrar en la Iglesia católica. Esto puede suceder sólo una vez y la concepción según la cual el subsistit se habría de multiplicar no capta precisamente lo que se quería decir. Con la palabra subsistit el Concilio quería expresar la singularidad y la no multiplicabilidad de la Iglesia católica» 51. Por eso, «es contraria al significado auténtico del texto conciliar la interpretación de quienes de la fórmula subsistit in extraen la tesis según la cual la única Iglesia de Cristo podría también subsistir en Iglesias y Comunidades eclesiales no católicas» 52.

Es necesario observar que el n. 8 de Lumen gentium, al afirmar la subsistencia de la Iglesia de Cristo en la Iglesia católica gobernada por el sucesor de Pedro y los Obispos en comunión con él (en el sentido de solo en ella), se refiere explícitamente a la Iglesia en cuanto establecida y organizada como sociedad en este mundo, e inmediatamente después afirma que fuera de su estructura se encuentran muchos elementos de santificación y de verdad. Esto nos remite a considerar la Iglesia no sólo en su dimensión social sino también en su dimensión mistérico-sacramental, como Cuerpo místico de Cristo 53.

El Concilio Vaticano II, siguiendo un uso tradicional, da el nombre de Iglesias a las comunidades cristianas no católicas que han conservado la Eucaristía válida y el Episcopado. Durante la elaboración del Decreto Unitatis redintegratio, uno de los relatores de la respectiva Comisión conciliar explicó que no se pretendía entrar en la cuestión disputada de cuáles son las condiciones para que una comunidad sea Iglesia en sentido teológico 54. Pero esto no significa que ese título, atribuido a esas comunidades no católicas, fuese simplemente honorífico o sociológico, ya que el mismo Decreto afirma que «por la celebración de la Eucaristía del Señor en cada una de estas Iglesias, se edifica y crece la Iglesia de Dios» 55; expresión que hay que interpretar a la luz del n. 8 de Lumen gentium, es decir en el sentido de que en estas Iglesias existen muchos elementos de santificación y de verdad propios de la única Iglesia de Cristo (la Iglesia católica).

Los posteriores desarrollos teológicos y magisteriales sobre este tema, han conducido a atribuir a estas comunidades no católicas que han conservado el Episcopado y la Eucaristía válida el título, ciertamente de naturaleza teológica, de Iglesias particulares 56. Desde el punto de vista magisterial, los momentos más relevantes sobre el tema han sido dos documentos de la Congregación para la Doctrina de la Fe: la Carta Communionis notio, de 1992, que afirma que estas comunidades «merecen el título de Iglesias particulares» 57; y la Declaración Dominus Iesus, ya citada en su afirmación de que son «verdaderas Iglesias particulares» 58.

Se comprende fácilmente que donde Cristo se hace presente en el sacrificio eucarístico de su Cuerpo y de su Sangre, allí está presente la Iglesia, Cuerpo de Cristo mediante el cual el mismo Señor realiza la salvación en la historia. Sin embargo, no toda forma de presencia de la Iglesia constituye una Iglesia particular, sino solamente la presencia con todos sus elementos esenciales; por eso, para que una comunidad cristiana sea verdaderamente Iglesia particular, «debe hallarse presente en ella, como elemento propio, la suprema autoridad de la Iglesia: el Colegio episcopal “junto con su Cabeza el Romano Pontífice, y jamás sin ella” (Lumen gentium, n. 22)» 59. Esto podría parecer un obstáculo insuperable para entender cómo las Iglesias no católicas son «verdaderas Iglesias particulares». Una posible vía de reflexión puede ser considerar la real presencia del Primado petrino (y del Colegio episcopal) en las Iglesias no católicas, en virtud de la unidad del Episcopado «uno e indiviso» 60: una unidad que, desde luego, no puede existir sin la comunión con el Obispo de Roma. Allí donde, en virtud de la sucesión apostólica, exista válido Episcopado, allí estará presente, como autoridad suprema (aunque no sea de hecho reconocida) el Colegio episcopal con su Cabeza. Además, en toda válida celebración de la Eucaristía hay una referencia objetiva a la universal comunión con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia entera 61, independientemente de las convicciones subjetivas. Es necesario, sin embargo, no perder de vista que la ausencia de plena comunión con el Papa comporta una herida en la eclesialidad misma de esas Iglesias 62; herida no sólo de naturaleza disciplinar o canónica, sino también relativa a la no plena profesión de la fe católica. Por esto, a una Iglesia particular no católica no le falta solamente la manifestación visible de la plena comunión para ser plenamente Iglesia 63.

Y, volviendo de nuevo al dato fundamental de la unicidad de la Iglesia de Cristo, es preciso afirmar que las Iglesias particulares no católicas son verdaderas Iglesias por lo que tienen de católicas, y que no son plenamente Iglesias por lo que tienen de no católicas. Su eclesialidad, en efecto, está radicada en el hecho de que da única Iglesia de Cristo tiene en ellas una presencia operante» 64. En otras palabras, reconocer el carácter de Iglesias a estas comunidades cristianas comporta necesariamente afirmar que también estas Iglesias no católicas son -en aparente paradoja- porciones de la única Iglesia, es decir, de la Iglesia católica; porciones en situación teológica y canónica anómala. Aún en otros términos, podemos decir que la suya es una «eclesialidad participada, según una presencia imperfecta y limitada de la Iglesia de Cristo» 65.

4.2. Ecumenismo y proselitismo: conclusión

La Iglesia debe evangelizar ante todo a sus propios miembros, llevando a cada uno la doctrina íntegra del Evangelio y la plenitud de los medios de salvación. Miembros de la Iglesia son también, en el sentido expuesto, los fieles de las Iglesias ortodoxas. En relación a éstos, la Iglesia debe empeñarse en edificar la unidad de fe y comunión; unidad que es fruto de la evangelización y, a la vez, su semilla, según la oración de Jesús: «que todos sean una sola cosa. Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean en nosotros una sola cosa, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,21).

De ahí que la Iglesia ni quiera ni pueda renunciar al empeño ecuménico; empeño que se expresa en múltiples actividades institucionales, pero que no se reduce a éstas, pues es también responsabilidad personal de todos los cristianos 66. Concretamente, cuando un fiel católico se encuentra en contacto con un cristiano no católico, el proselitismo consistente en procurar, como expresión de sincera amistad, ayudarle para su posible paso a la Iglesia católica -respetando plenamente su intimidad y su libertad- no sólo no es algo reprobable, sino una manifestación de caridad auténtica. En su realidad teológica profunda, quien da ese paso no «cambia de una Iglesia a otra», sino que se incorpora plenamente a la Iglesia a la que ya estaba unido imperfectamente: la Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica. En otros términos, es ayudar a una persona, según el clásico adagio de la filosofía griega, a que llegue a ser lo que en realidad ya era 67.

En todos los aspectos del ecumenismo, institucionales y personales, los obstáculos son grandes. Es muy necesaria «aquella “purificación de la memoria”, tantas veces evocada por Juan Pablo II, que es la única que puede disponer los ánimos para acoger la plena verdad de Cristo» 68.

Sobre todo, siempre permanece abierto el espacio para la oración, para la acción de gracias, para el diálogo y para la esperanza en la acción del Espíritu Santo 69.

Mons. Fernando OCÁRIZ

Facultad de Teología

Pontificia Universidad de la Santa Cruz

ROMA


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