La alegría y el dolor

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¿Cómo se puede tener alegría en un mundo como el nuestro, donde está tan presente el dolor y la injusticia?

La Iglesia, en su liturgia, se atreve a cantar con alegría el Misterio de la Cruz de Cristo. El dolor no cancela la alegría, si se vive unido a la entrega de Jesucristo por nuestra salvación. La alegría se agosta por el egoísmo del pecado, por el olvido de amar a Dios y amar al prójimo, junto con la falta de arrepentimiento. Quien vive dominado por un ambiente donde lo principal es el culto de la buena imagen, del éxito, del poder, se deprime ante un fracaso, ante un traspiés económico, incluso ante unas arrugas en la cara. Desde luego, la alegría, para un cristiano, no está ligada a una presunta impecabilidad, que no existe, sino a la disponibilidad para pedir perdón, para arrepentirnos. La alegría es la del hijo pródigo. Cada vez comprendo mejor que el Beato Josemaría Escrivá llamara al sacramento de la Penitencia «el sacramento de la alegría».

Como por casualidad

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Lucía tiene ocho años, es alumna del colegio Fuenllana; a su edad, ya ha soportado 17 operaciones como consecuencia de una malformación cráneo-cerebral.

Luis, Lucía y Begoña

¿Cómo fue el nacimiento de Lucía?
La primera vez que tuvimos a nuestra hija en brazos fue el momento más feliz de nuestra vida y a la vez el más triste: cuando la vimos, comprendimos que Dios nos había concedido aquella niña para que la sacáramos adelante poniendo todos los esfuerzos que fueran necesarios. Fue un milagro su gestación, fue un milagro su nacimiento con vida y los milagros continúan.

“Si dejas que la niña viva, te prometo que su padre y yo vamos a empeñar nuestra vida en sacarla adelante”

Con 15 días le hicieron la primera operación, con mucho riesgo y escasas posibilidades de que pudiera superarla. Ante esta situación, Begoña le dijo a Dios: “mira, las dos cosas que te he pedido en mi vida me las has concedido, pero ahora te digo muy en serio, Tú nos has mandado a nuestra hija con este problema, y yo te digo: si dejas que la niña viva, te prometo que su padre y yo vamos a empeñar nuestra vida en sacarla adelante, pero si te la quieres llevar hazlo ahora”. A día de hoy Lucía tiene 8 años, hace una vida normal con algunos cuidados especiales que no impiden que tenga una evolución como cualquier niña de su edad.

Podemos decir que, sin cosas extraordinarias, Dios nos ha ido poniendo delante como por casualidad la solución a cada circunstancia concreta y eso ha sido nuestra historia con Lucía: Dios que permite un problema pero inmediatamente te pone la solución delante, y uno sólo tiene que mirar, estar atento y cogerla.

Vista parcial del colegio Fuenllana

¿Qué momentos del crecimiento de vuestra hija recordáis especialmente?
Cuando nos llegó el momento de decidir el colegio de Lucía, pedimos información sobre distintos centros que tuvieran algunos servicios como logopeda o posibilidad de hacer psicomotricidad. Optamos por un centro privado y laico que teníamos cerca del domicilio donde vivíamos.

Nunca pudimos disponer de los servicios de apoyo pedagógico que el colegio nos ofreció en su momento, por lo que tuvimos que ir solucionándolos por otro lado para paliar las dificultades con que Lucía se topaba en su desarrollo. Conscientes de que estos primeros años de la vida eran fundamentales, no quisimos escatimar esfuerzos para que nuestra hija fuera lo más normal posible.

“Me encanta esta escuela”, escribió en su dedicatoria Agatha Ruiz de la Prada, durante su visita al colegio

La responsabilidad de sacarla adelante era ineludiblemente nuestra, pero tuvimos poco apoyo por parte del colegio. Gracias a Dios, conocimos la ONG “Save the children” que nos ayudó durante aquel último curso escolar de infantil, que es imprescindible para poder acceder a la educación primaria porque es en el que se aprende todo el abecedario, los números, formas, conceptos, etc.

“Nos llamó la atención que quienes habían tenido un trato directo con miembros de la Obra eran los que opinaban más favorablemente”

¿Cómo decidisteis el cambio de colegio?
Los motivos se fueron dando la mano unos a otros. La vivienda que ocupábamos entonces era muy ruidosa y el sueño de Lucía se estaba alterando, sin descontar que siempre ha tenido frecuentes dolores de cabeza, y las largas estancias en el hospital contribuían a hacerle más difícil dormir. Noche tras noche nos enfrentábamos a la odisea de no poder dormir hasta que la situación se hizo insostenible.

Nos topamos entonces con otra de las casualidades que han acompañado la vida de Lucía: encontramos una casa perfecta, por sus condiciones y emplazamiento, para el tipo de vida que queríamos hacer. Con sorpresa por nuestra parte vimos que al lado estaban construyendo un colegio concertado que ofertaba los servicios que necesitábamos: se llamaba Fuenllana y era una obra corporativa del Opus Dei, con el que no habíamos tenido ninguna relación directa; como es lógico, preguntamos a nuestros conocidos.

Las alumnas de Restauración con el famoso cocinero Martín Berasategui

Hubo quien nos habló mal y quien bien, pero lo que nos llamó la atención fue que quienes habían tenido un trato directo con miembros de la Obra eran los que opinaban más favorablemente.

Finalmente decidimos pedir plaza y fuimos a Fuenllana, pero la directora no estaba; dejamos nuestros datos y a los pocos días recibimos su llamada, interesándose por Lucía y por nosotros. Al colgar, tuve una sensación que nunca antes había tenido: estábamos acompañados, porque una persona que no sabía quiénes éramos, que nunca nos había visto la cara, me decía que no nos preocupáramos porque iban a hacer todo lo posible para que Lucía estuviera bien en ese colegio. No pueden imaginarse el impacto que nos causó que sin ser alumna del colegio nos llamara y animara.

¿Qué destacaríais del tiempo que lleváis en Fuenllana?

“En cuanto las vio, pegó un salto y se incorporó de la cama, a pesar de que, después de las operaciones, apenas puede moverse por el dolor”

Del colegio no hemos recibido más que cariño y apoyo: en mayo del año pasado a Lucía tenían que hacerle otra operación “de las gordas”. Al día siguiente de la salida de la UVI, vinieron a visitarla su tutora con otra profesora; en cuanto las vio, pegó un salto y se incorporó de la cama, a pesar de que, después de las operaciones, tiene el cuerpo contracturado sin apenas moverse por el dolor… cuando vimos el salto de nuestra hija, los que tuvimos que sentarnos fuimos nosotros. Las profesoras del colegio le traían dibujos que las niñas le habían hecho, un peluche y una fotografía de sus compañeras con el peluche.

No podemos decir si el milagro fue por lo que la gente rezó a San Josemaría, si fue por lo que nosotros le suplicamos a Dios, o si fue el cariño que recibimos, o si fueron las tres cosas juntas, pero lo cierto es que lo que normalmente era una recuperación de semanas en este caso fue de días y sin complicaciones.

Celebración de la fiesta de San Josemaría

Además, antes de la operación recibimos una llamada de la directora del colegio en la que nos decía que estaban rezando para que todo fuera bien, nos animó a que encomendáramos la oración al patrón del colegio, san Josemaria, y nos dio una estampa con una reliquia que le dimos a Lucía para que la llevara durante la operación.

Cuando todo terminó estábamos tan felices, agradecidos y rodeados de cariño y apoyo, que sólo se nos ocurrió hacer llegar nuestro agradecimiento a todos a través de San Josemaría, así que decidimos regalar las flores que decoraron el polideportivo el 26 de Junio en la Misa de su fiesta. Al fin y al cabo todo había llegado a nosotros a través de la Obra, y en concreto de Fuenllana que es el resultado de la fidelidad de San Josemaría.

¿Os ha cambiado entonces la vida “Fuenllana”?
Sí, mucho. Antes éramos una familia unida y luchadora frente al mundo y contra los obstáculos del mundo. Hoy seguimos siendo una familia unida y luchadora, pero ahora no estamos solos, tenemos amigos: todos ellos nos han redescubierto a Jesucristo, a María, al Espíritu Santo… Y aunque el dolor y la lucha continúan y no vemos el final del camino, ahora tenemos más paz, somos más felices y estamos más orgullosos de ser una pequeña gran familia.

“El Opus Dei me descubrió que mi trabajo es mi enfermedad”

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Es la primera vez que el periodista entrevista a una persona tumbada sobre la cama. Pero conviene que el entrevistado se encuentre cómodo. Joaquín Romero, barcelonés y arquitecto técnico de 35 años, padece esclerosis múltiple irreversible. Entrevista publicada en el “Diari de Tarragona”.

Joaquín Romero padece esclerosis múltiple, una enfermedad incurable, progresiva y degenerativa. Necesita a veces abandonar la silla de ruedas en la que permanece todo el día y cambiar un poco de posición. El entrevistado, divertido, comenta con una alegría que nunca le abandona: “Me parece estar ante un psiquiatra”. Y el periodista le sigue el juego con una primera pregunta clásica: ¿Quién es Joaquín Romero?

¿Quién es Joaquín Romero?
Yo mismo me lo pregunto a veces. Me digo: “Dios mío, ¿quién es esa persona que ahora va en la silla de ruedas? Yo estudiaba, jugaba al fútbol, hacía una vida normal. Y éste de la silla parece otra persona. Entonces, aterrizo y me digo: eres el mismo, Joaquín, sólo ha cambiado la situación”.

Joaquín Romero entrando a su casa.

¿Qué se siente cuando la enfermedad llama a la puerta?
Es como si te llegara a casa un invitado de honor que se presenta sin haberlo invitado. No sabes si decirle “¡Qué alegría!” o “no hay comida para ti”. Luego hay que aceptarlo porque no puede uno echarle de casa; hay que saber tratarle, hablarle, escucharle, para saber qué quiere, qué le conviene.

¿Se acaba queriendo al invitado previsto?
Sí, pero no por él mismo. El sufrimiento no es un bien en sí, como una casa, un coche, un amigo. Al dolor no se le quiere sin más, hay que apoyarse en algo, en unas muletas. Y entonces, el dolor es el mismo, pero lo la forma de llevarlo es distinta.

¿Dónde has encontrado esas muletas?
En Dios. En mi caso, a través del Opus Dei, para quien los enfermos son un tesoro. Yo pensaba que no podría trabajar ni tener vida social, pero la Obra me descubrió que mi trabajo debería ser mi enfermedad y que sería ocasión para tratar de ser mejor yo mismo y ocasión para acercar a otras personas a Dios, con la sonrisa, por ejemplo. Estuve en Roma, en la canonización del Fundador del Opus Dei. La víspera estaba en la cama, en Barcelona, agotado por el efecto que produce la cortisona que me dieron por un brote reciente de la enfermedad. Pero al día siguiente, pude estar en la Plaza de San Pedro, con mi silla de ruedas abriéndose paso, como otras muchas, entre tanta gente. Fui feliz, aunque me cansé mucho. Mi invitado vino conmigo, como a todas partes.

¿Cuándo llegó el invitado?
A los 22 años. Mi vida hasta entonces había tenido dos momentos especialmente mágicos. El primero fue a los 14 años, cuando acabé octavo de EGB con buenas notas. Me fui a Menorca de vacaciones con mi familia, luego a Italia con unos amigos. Jugaba al fútbol, me gustaba mucho. El segundo, al comenzar la carrera de aparejador. Tenía grandes ilusiones para mi vida: llegar a ser un buen profesional, casarme y tener muchos hijos.

Y de repente irrumpe la enfermedad…
No tan de repente. El primer año lo pasé en manos de médicos que me hacían pruebas. Acabé la carrera, pero los exámenes finales ya no pude hacerlos por escrito porque se me paralizaban las manos.

¿Cuándo llegó la silla de ruedas?
Cuando no hubo más remedio. Primero, utilicé una muleta; luego, dos; y un día, la silla. Quería ir al funeral del padre de un amigo y no me sentía con fuerzas para andar los 50 metros que había desde el aparcamiento hasta la iglesia. Un amigo me llevó en coche y metió dentro una silla de ruedas por si la necesitaba. Intenté andar la distancia con muletas, pero no pude. Entonces mi acompañante sacó del coche la silla, me subí y al llegar a la iglesia creí morirme. Todos me miraban; me sentí apuñalado por tantos ojos.

¿Uno se acostumbra?
Sí, a lo que uno no se acostumbra es que a veces haya gente que, al verte en una silla, te habla como si no fueras normal. En cambio, ves el deseo de ayudar que tienen muchos. Creo que nosotros también les ayudamos a que sean mejores, a que tengan una actitud buena con los demás.

¿Qué hace en esta situación?
Ponerme a trabajar. Con mi hermano Borja, ingeniero de Telecomunicaciones diez años más joven, adaptamos mi vivienda para que yo pueda valerme por mí mismo, para ir desde la cama al baño y a la ducha o pueda abrir la puerta, las ventanas, poner la televisión, hablar por teléfono, escribir en el ordenador, etc.

¿Lo consiguieron?
Sí, y después montamos una empresa con nuestras iniciales –“B & J Adaptaciones”-, y comenzamos a buscar clientes, personas que hayan quedado parapléjicas o tetrapléjicas a causa de alguna enfermedad o accidente. Hablamos con el instituto Guttmann, el de mayor renombre, con otros centros de rehabilitación, asistentes sociales… y ofrecemos adaptar la vivienda o la habitación del minusválido, hacerle un traje a la medida de sus necesidades concretas derivadas de la situación en la que se encuentre y lo hacemos con ayuda de nuestros conocimientos técnicos y de mi propia experiencia.

¿Tienen clientes?
Sí, aunque no es fácil. Hay que vencer, por su parte, la tentación del desánimo. Mi ventaja es que puedo hablarles de silla a silla, no como quien dice ponerse en su sitio desde la distancia.

¿Qué le dice a un cliente de los que vienen a verle que se rebela preguntándose por qué Dios permite su sufrimiento?
Comienzo diciéndole que es muy positivo que se haya hecho esa pregunta, porque ante cualquier pregunta hay que buscar una respuesta. Ante esa, le digo que yo puedo echarle una mano para tratar de encontrarla.

Un motivo podría ser para que nos acordáramos más de Dios, que quizá lo teníamos olvidado. Si fuera así, es una ocasión más para estar cerca de Él, hay que comenzar por tratarle, pedirle perdón, darle un beso a través de la confesión. Le diría también: ve a verle ante el Sagrario, quéjate, háblale y cuando no se te ocurra nada, vete y vuelve otro día. No pretendas conocerle en dos días. Una amistad requiere trato.

¿Qué es el dolor para usted? ¿Cómo lo define?
Es la llave, la respuesta a muchos interrogantes de la persona creyente. No tiene ningún sentido que no pase por la trascendencia. Te enseña a conocerte más a ti mismo, a poner cada cosa en su sitio. Y a conocer mejor a los demás, a ser comprensivo con sus límites. 

“Sin mi conversión, nada tendría sentido”

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“Escribo para contar dos favores que me concedió la Virgen de Torreciudad. Pero antes deseo contar mi conversión, porque sin ella nada tendría sentido. En 1997 era una chica de 15 años, sin bautizar…”. La Virgen ha prestado en Torreciudad favores de madre. Ofrecemos una selección extraída de www.torreciudad.org

Virgen y Cristo del retablo de Torreciudad.

Escribo para contar dos favores que me concedió la Virgen de Torreciudad. Pero antes deseo contar mi conversión, porque sin ella nada tendría sentido. En 1997 era una chica de 15 años, sin bautizar, y que pensaba que algo existía pero sin saber hasta que punto podía haber un Dios.

En el curso académico 97/98 vino a estudiar a mi instituto una chica del Opus Dei que congenió conmigo bastante. Me invitó a hacer voluntariado en el hospital infantil del Niño Jesús y en una de nuestras conversaciones salió que yo no estaba bautizada y que tampoco tenía fe.

Mi amiga me propuso asistir a clases de Catecismo para conocer la fe católica y accedí, aunque sólo fuera por cultura. Poco a poco, fui conociendo las verdades de fe, aprendí a rezar el rosario y la estampa de san Josemaría… Rezaba pidiéndole que Dios me diera la fe y me fui formando. Un día entré en el oratorio del club juvenil por el que asistía y mi amiga me explicó que Dios estaba en el sagrario. Lo primero que hizo fue enseñarme a hacer la genuflexión, entonces, me dijo que, además del gesto, había que acompañarla de algo más y me sugirió que podía decir: “Señor, creo firmemente que estás aquí”. Y así lo hice, creyendo firmemente que estaba en el Sagrario. Dios me dio la fe que le pedía porque empecé a creer aquello que le decía, a hacer oración.

El siguiente paso, era decirle a mi padre que quería bautizarme. Se lo dije y me contestó que no, que esperara a cumplir los 18 años. En febrero de 1999 cumplí 17 años y pedí a mi padre como regalo de cumpleaños mi bautismo, y me dejó decidir. El 3 de abril de ese año me bautizó mons. Antonio Mª Rouco Varela, recibí la Primera Comunión y me confirmé junto con otras nueve personas más en la Vigilia Pascual de la Catedral de la Almudena. Mi familia no asistió a la ceremonia pero estuve muy arropada por las chicas del club.

Antes de bautizarme empecé a trabajar en la administración de un centro de la Obra. Como se hace siempre en el Opus Dei me enseñaron a trabajar ofreciendo a Dios mi labor diaria… y poco a poco mi trabajo me fue gustando cada día más. Dios me fue mostrando mi vocación y le dije a mi amiga que deseaba ser del Opus Dei. En el día de hoy no me cambio por nadie, me apasiona mi trabajo y, por supuesto, mi vocación.

Aquí van los dos favores de la virgen de Torreciudad: El 1 de mayo de 1999, en Torreciudad, escribí por tercera vez al Prelado del Opus Dei para pedir la admisión en la Obra, y digo por tercera vez porque ya le había escrito antes de bautizarme, pidiéndole que me encomendara y, más tarde, para contarle mí bautizo. El otro favor es con motivo de los mareos que sufría en cualquier medio de transporte (metro, autobús urbano, tren, autocar, …); vomitaba y me ponía malísima incluso tomando Biodramina. Le pedí a la Virgen de Torreciudad que me dejara de pasar esto. Desde esa fecha hasta hoy no me he vuelto a marear, e incluso he montado en barco.

Ahora rezo por mi familia, para que encuentren la fe y entiendan un poco la Obra.

* * *

Enfermo y acompañado por la Virgen

A primeros de octubre de 1994 acudí al Santuario de Torreciudad en el día de las Familias y volví a mi ciudad de origen muy removido interiormente, empezando a gozar de una especial devoción hacia Ntra. Sra. de Torreciudad.

A los pocos meses del viaje, en concreto, en abril de 1995, me diagnostican un cáncer de próstata. Recibo la noticia con total tranquilidad y serenidad espiritual, dejando todo en manos del Señor para que Él disponga como mejor le parezca.

He de añadir que dos meses antes a un hermano mío, más joven, le diagnosticaron la misma dolencia sin ninguna esperanza de curación. Falleció al cabo de un año. El 22 de mayo de ese mismo año me operan en el Hospital del Ejército del Aire de Madrid -actualmente cerrado-, situado en la calle de Arturo Soria, por el equipo médico del Dr. Fernando Martín Laborada. Tras casi cuatro horas de quirófano la operación sale satisfactoriamente.

El tratamiento postoperatorio se desarrolla con normalidad hasta que, en la tarde del día 4 de junio, empiezo a sentir diversas molestias y dolores. A la vista de que no se cesan, a las 22 h. aviso al médico de guardia, suministrándome un calmante. Este, no me hace ningún efecto y, por el contrario, aumentan los dolores y molestias, hasta que a las tres de la madrugada no pudiendo soportarlos y dándome cuenta que algo estaba mal por ‘dentro’, decido llamar nuevamente al médico para que tome alguna medida. Al tratar de coger el timbre junto a la cama veo una estampa de Ntra. Sra. de Torreciudad que tenía en la mesilla desde el día que ingresé en el Hospital, y con todo fervor le pido ayuda. De forma inmediata comienzan a desaparecer los dolores y molestias, encontrándome perfectamente a los diez minutos.

A la mañana siguiente, en la exploración que me realizan los médicos encuentran todo normal. A pesar de que no hay ninguna prueba científica tengo total seguridad de que es una intervención de Ntra. Señora. Transcurridos y a los diez días fui dado de alto con algunas secuelas. Hace tres meses he pasado la última revisión y los médicos han considerado totalmente superada la enfermedad.

Gracias, Santo Padre

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Artículo del Prelado del Opus Dei, mons. Javier Echevarría, publicado en “ABC” con motivo de los veinticinco años del pontificado de Juan Pablo II.

En las imágenes del Papa que los medios de comunicación nos ofrecen en estos últimos años hay, me parece, un elemento permanente y otro que cambia: por una parte, reflejan cómo el cuerpo de un hombre se consume inexorablemente con el paso del tiempo; por otra, muestran con igual claridad, pero con más fuerza, un fenómeno que no registra cambio de tendencia: en todos los rincones del mundo, muchedumbres se estrechan en torno a su persona con idéntico fervor.

Muchas explicaciones se han querido dar a este hecho. Por lo general, se ha intentado responder al misterio de ese magnetismo de Juan Pablo II indagando en las expectativas que mueven a tantas personas a dirigirse a él. Por ejemplo, el difundido deseo de paz: Juan Pablo II se interpone en todos los conflictos que ensangrientan el mundo e invariablemente invoca el perdón, con una perseverancia más fuerte que las divisiones, como camino necesario para una paz verdadera. Otros sostienen que lo que mueve a dirigir nuestra mirada al Papa es la sed de verdad, tan viva en una sociedad cansada de mentiras y de modas efímeras: la voz del Papa proclama sin temor una verdad perenne, una moral insobornable, que se alza en defensa de la dignidad del hombre.

Para entender el extraordinario atractivo de Juan Pablo II, entiendo que es preciso profundizar más. Se impone escrutar lo que la teología llama sensus fidei: esa especie de instinto de la fe que palpita en la mente y en el corazón de los cristianos.

Desde este punto de vista, se observa una Iglesia apiñada en torno al Papa, una Iglesia que no puede alejarse de su Pastor supremo porque se sabe incapaz de concebirse a sí misma sin él. Y muestra también un Papa que existe para la Iglesia y en el que la Iglesia busca el rostro de Cristo.

Quien lo escucha siente que habla con una autoridad que procede de arriba: de ese Evangelio que no pasará “mientras no pasen el cielo y la tierra” (Mt 5,18). Junto al Sucesor de Pedro se siente la presencia de un vínculo de comunión más fuerte que cualquier otro basado en motivos de historia o de cultura. Se toca así el misterio que hace de la Iglesia la familia de Dios y de cada hombre un hijo de Dios.

A medida que la edad y el sufrimiento físico debilitan sus fuerzas, la voluntad del Papa se robustece en la unión con la Cruz de Jesucristo, que —salta a la vista— ama con generosidad ejemplar.

Contemplar el rostro de Cristo: es el objetivo que Juan Pablo II ha señalado a la Iglesia para que ésta pueda “asumir con nuevo ímpetu su misión evangelizadora” (Carta apost. Novo millennio ineunte, 2) en el umbral del tercer milenio. Y no podemos dejar de pensar en el Papa, en su misión de Pastor de la Iglesia universal, al leer estas otras palabras suyas: “Los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo «hablar» de Cristo, sino en cierto modo hacérselo «ver». ¿Y no es quizá cometido de la Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer también su rostro ante las generaciones del nuevo milenio?” (ibidem, 16).

Este “contacto” con el Señor se produce también y muy especialmente en el dolor: “La Iglesia está invitada continuamente por Cristo a tocar sus llagas, es decir, a reconocer la plena humanidad asumida en María, entregada a la muerte, transfigurada por la resurrección: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado» (Jn 20,27). Como Tomás, la Iglesia se postra ante Cristo resucitado, en la plenitud de su divino esplendor, y exclama perennemente: ¡«Señor mío y Dios mío»! (Jn 20,28)” (ibidem, 21).

En la unión del Sucesor de Pedro con Jesucristo, que cada uno intuye con mayor o menor hondura, se encuentra, a mi modo de ver, la explicación última de la misteriosa sintonía que existe entre el Papa y la gente. El natural sentimiento de afecto y gratitud que todos los cristianos manifestamos a Juan Pablo II en estos momentos es, en el fondo, el reconocimiento de que el Papa nos ha hecho redescubrir lo mejor de nosotros mismos: nuestra relación personal con el Dios que nos ha creado y salvado en su Amor.

Ya en su primera encíclica leemos que el hombre “es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión”. La razón última de su contacto inmediato con el corazón de los creyentes se forja en que la pasión del Papa por el hombre hunde sus raíces en Dios hecho Hombre. Juan Pablo II se nos muestra cercano, porque nos recuerda que Cristo está muy cerca de nosotros, vive con nosotros y da sentido a nuestra vida. Una certeza tan firme que no necesita más pruebas que la Cruz: esta Cruz en la que todos contemplamos también al Papa.

Resulta muy lógico que en este aniversario de Juan Pablo II consideremos la importancia de su figura, la profundidad de sus enseñanzas, las consecuencias de sus decisiones. Y brota de modo natural también que sintamos la necesidad de expresar nuestro agradecimiento, de todo corazón. Secundando lo que nos acaba de pedir en Pompeya, el día de la Virgen del Rosario, queremos rezar siempre por él, como muestra de afecto filial y de profundo y sincero agradecimiento.

Darse sin pedir nada a cambio

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Seleccionamos algunas intervenciones de diversos sacerdotes de España que recibieron la ordenación del Prelado el  21 de mayo de 2005.

Jóse Fernández Castiella e Iñaki Izco.

Eduardo Díez-Caballero, vitoriano, trabajó en la radio Onda Cero Vitoria antes de viajar a Roma para estudiar Teología. Conserva muchos recuerdos de las horas ante los micrófonos, donde se especializó en retransmisión de encuentros deportivos.

“Para muchos de mis familiares y compañeros de trabajo la sorpresa fue el que dejara mi vida profesional y me viniera a estudiar ¡¡Teología!! a Roma. ‘Pero estás loco’ –me decían–, y yo les contestaba: por supuesto que estoy loco. Igual que cuando decidí estudiar Periodismo. ‘Te morirás de hambre me decían entonces’, y pasaron los años… y no me morí de hambre. Ahora no me dicen que me voy a morir de hambre, menos mal. Esta sorpresa viene acompañada de la oración de todos. Una oración que te sostiene y te da alas para sacar adelante esta vocación al sacerdocio que es una aventura apasionante, darse a los demás por Dios sin pedir nada a cambio”.

Jorge Llop, del País Vasco, relata cómo la enfermedad le preparó para el sacerdocio: “Me trasladé a Roma en septiembre de 1994 con la intención de realizar la licenciatura y el doctorado en Teología Moral en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz. En otoño de 1999 viajé a Pamplona por motivos de salud. Meses antes me había aparecido lo que después fue diagnosticado como una metástasis de melanoma, cáncer de piel, en el estómago y en la pierna. Este periodo de enfermedad y recuperación, de alguna forma, ha servido para una mejor preparación desde el punto de vista interior. Tanto un periodo como otro me han servido para prepararme por un camino no recto a la llamada al sacerdocio”.

Y tiene un recuerdo especial para Juan Pablo II. “Cuando uno ha estado comprometido con una enfermedad grave –continúa- hay algunas cosas que dejan poso, entre otros una cierta sensibilidad por el dolor y la enfermedad ajena. En el caso de Juan Pablo II me permitió unirme más a él, acompañarle en sus últimos días. Algunos enfermos se preguntan por qué me tiene que ocurrir a mi estas cosas o tengo que sufrir esta enfermedad. Cuando se tiene fe, el planteamiento es distinto: qué espera Dios de mí en esta situación que humanamente puede parecer tan dura. En este sentido, me atrevo a decir que ahí esta la respuesta de Juan Pablo II”.

Otros sacerdotes que recibieron la ordenación.

Iñaki Izco, de Pamplona, se refiere al reciente fallecimiento de Juan Pablo II, cuya marcha al Cielo ha marcado a estos nuevos sacerdotes: “La muerte de Juan Pablo II ha sido, particularmente en Roma, una manifestación enorme de fe y de oración, de afecto y gratitud por un Papa que –estaba a la vista de todos- había dado su vida entera por la Iglesia. Y ese clima espiritual ha perdurado en las jornadas del precónclave y del cónclave. Acompañado, lógicamente, de una gran expectación”.

José Fernández Castiella, también de Pamplona, explica que para él el sacerdocio es un servicio: “Antes de venir a estudiar a Roma he participado en algunos voluntariados relacionados con labores sociales. Tengo un recuerdo maravilloso de aquellas horas dedicadas a prestar aquellos servicios, aunque requerían bastante tiempo y esfuerzo. Ninguno de los que participábamos lo considerábamos como una pérdida de tiempo o renuncia a otras actividades. Es más, con este tipo de experiencias uno tiene conciencia clara de que es el primer beneficiario. Creo que con el sacerdocio pasa algo parecido, porque es una dedicación total al servicio de las personas, a quienes se les da “con las dos manos” la gracia de Dios. Creo que la clave es entenderlo así, como una labor en favor de servicio a Dios y a las almas de la que uno mismo es el primer beneficiario”.

“Les sorprende mi alegría al verme en esta silla de ruedas”

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“Tengo cuarenta y cinco años, llevo casi treinta en esta silla de ruedas y más de treinta operaciones a mis espaldas”. Así resume su situación con su sonrisa habitual MªJosé Lostao. Numeraria, reside en un centro del Opus Dei en Pozuelo, Madrid.

“Nací con una complicación de corazón y a los 18 años me puse muy enferma: una meningitis tuberculosa que me tuvo seis meses en coma. Me llevaron al Hospital Ramón y Cajal de Madrid. Mis últimos recuerdos, antes de entrar en coma, fueron los regalos de Reyes, en una habitación del Hospital. Mi siguiente recuerdo es de seis meses después: una luz radiante, esplendorosa, que entraba por la ventana, una luz de verano. Mis hermanos pequeños estaban jugando alrededor de mi cama y al oír la voz del pequeño, Eduardo, me reí. Cuando se dieron cuenta fueron a avisar a mis padres. Volví a caminar con dificultad, me incorporé a la Universidad y logré sacar un curso y medio de Historia del Arte. Cuando todo parecía ir mejor, volví a tener varias recaídas y una de esas múltiples operaciones me afectó a la médula. Dejé de caminar definitivamente.

Ahora, además de no poder caminar, tengo paralizada la mano derecha y la zona derecha de la cara. Esa espasticidad de las piernas, del brazo derecho, etc. me han venido lentamente y eso ha permitido asumirlas con más facilidad. Pienso que Dios cuando me creó dijo: “está chica lo va a pasar mal; por tanto le vamos a dar una buena dosis de humor y una buena dosis de fe para que pueda sobrellevar lo que le va a tocar”.

Y así ha sido. Por eso, puedo decir, de todo corazón, que no pienso que haya tenido unos momentos tremebundos en mi vida: las cosas me han ido llegando poco a poco y eso las ha ido haciendo mucho más llevaderas. Veo que Dios me va llevando de la mano y nunca me he sentido defraudada por Él. Veo Su Voluntad detrás de todo, y espero… ¡que esto me quite purgatorio! Veo claro que Dios no está ajeno a este tinglado, que está al tanto, al loro…

En el Opus Dei me han enseñado a cultivar esa fe y ese sentido del humor que Dios me ha dado y he aprendido a darle sentido al dolor. Muchas veces, en los momentos malos, pienso: “Dios se está enterando de este trance y lo permite. Por tanto, algo bueno sacará de él”.

He aprendido a agarrarme de la mano de Dios y de la Virgen. Nadie me lo ha dicho: lo he aprendido de la fe de San Josemaría. Además, mis limitaciones no me han impedido poder demostrarle mi cariño y agradecimiento: gracias a Dios pude viajar a Roma y asistir a su Beatificación y Canonización.

Vivo en un centro del Opus Dei que reúne todas las condiciones para mi situación. Suelo salir por la mañana, para ir a Misa de doce a mi parroquia, dónde me conoce mucha gente: muchos se sorprenden al verme tan feliz. Yo procuro explicarles que, además de los motivos sobrenaturales, resulta más cómodo para uno mismo estar de buen humor; y para los demás es más agradable que te vean sonreír que estar con cara de víctima… Luego me doy un paseo, hago alguna compra y trato de cultivar una de mis aficiones favoritas que es el arte. Una de las últimas cosas que he hecho ha sido buscar en Internet documentación sobre el arte mozárabe. Y siempre que puedo, procuro escaparme al campo para disfrutar de la naturaleza.

Como una parte importante de mi vocación es hacer apostolado, suelo recibir visitas de jóvenes que participan en los medios de formación que se imparten en los centros de la Obra. Suelo contarles cosas y animarlas a ser generosas para cumplir la Voluntad de Dios. Estoy muy contenta porque antes del verano mi hermano pequeño, Eduardo, al que tengo un especial cariño, me vino a ver para decirme que va a ser sacerdote. Y pienso que quizá alguna culpa de esa decisión generosa tendré yo…”.

“El ejemplo silencioso de mi hermana me ha hecho ver la radicalidad de la vida cristiana”

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Eduardo Lostao de 31 años nos cuenta cómo ha influido en su vida el ejemplo de su hermana Mª José, numeraria del Opus Dei, cuyo testimonio recogimos en esta web y que falleció el pasado 3 de abril.

En mi casa la formación cristiana ha sido algo muy importante. Yo no soy de la Obra, pero siempre he sido consciente de que para mis padres -mi madre es supernumeraria- lo más importante era la fe, y han antepuesto eso a todo. Nos llevaron a un colegio adecuado para que tuviéramos esa formación. Cuando llegan épocas en las que haces tonterías, su ejemplo siempre está ahí. Sabes qué es un verdadero hogar y dónde tienes que volver cuando te descaminas. Es algo con lo que no puedes romper, porque tienes un ejemplo nítido, como el de mis padres y de mi hermana. Yo me podía haber inventado muchas otras teorías sobre el mundo, pero a la hora de la verdad, para mí, el misterio de la vida era la relación de mis padres con mi hermana.

Eso sobrepasaba absolutamente todo. Hay tal cantidad de humillaciones, de dolor y de sufrimiento alrededor de una persona parapléjica que no se puede ni contar. Es la vida en estado puro y ahí te topas con la realidad de que se pueden mantener la fe y la esperanza en Dios y, sobre todo, se puede mantener la alegría de mi hermana, con todo el dolor que soportaba, un dolor que sobrepasaba todo lo imaginable. No hay palabras que puedan expresarlo, porque la gracia y la fe no quitan el dolor. Aquello no era Disneylandia: había dolor para hartarse.

Cuando estás viviéndolo muy de cerca no eres tan consciente, pero luego comprendes que los enfermos son el Señor. Cuando estás en el día a día, y se te estropea la silla y hay que empujarla y te pillas los dedos, y no cabes en el ascensor, quizá no te das cuenta… Luego descubres la ternura y la atracción que puede tener una persona enferma, todo lo que significa acompañarse en el dolor unos a otros, y ves que es algo divino, no es una cosa sólo humana.

Por supuesto, lo primero que tienes que saber cuando estás con una persona así es que el que más aprendes eres tú, que no le estás haciendo ningún favor. Todo eso te está dando luz para ver las cosas, fuerzas, más capacidad de amar.

Me hizo gracia ver, en el testimonio de mi hermana, con qué claridad veía  la vocación de su hermano pequeño. Realmente, uno no sabe nunca cuánta gente ha tenido que rezar para que una persona decida entregarse a Dios como sacerdote. Sé que una de las directísimamente implicadas, en mi caso, ha sido ella.

Cuando empecé a pensar la posibilidad de entregarme a Dios y comencé el proceso de discernimiento, se lo dije sólo a ella, y sé que rezó muchísimo. Nunca me dijo nada directamente, pero en ese momento -y mucho más ahora, tras su muerte- me ha dado muchos regalos en mi relación con el Señor. Estoy convencido de que en estos últimos meses ella me ha alcanzado las gracias necesarias para tomar esta decisión.

Un largo camino

Nunca he podido ver a mi hermana como algo distinto a un tesoro. Para mí María José era un misterio.

Yo dejé de practicar a los trece años y me fui alejando. Tuve la suerte de ir a Pamplona a estudiar Filosofía a la Universidad de Navarra y allí conocí a gente que amaba la Verdad. Para mí eso fue muy importante. Luego estuve en Alemania  donde conocí a un numerario del que me hice muy amigo. Me ha salvado el hecho de poder hablar con él todas las semanas.

Desde el mes de marzo de 2005 retomé en serio la dirección espiritual y empecé a ver claro que quería ser sacerdote. Cuando se lo dije a Mª José se puso muy contenta. Ella nunca me había dicho nada. Había rezado siempre para que me casara y pusiera en orden en mi vida. Eso es lo que me decía a mí;  supongo que rezaría también para que formase parte de la Obra en algún momento.

Al verla me preguntaba, ¿qué hace un inocente, clavado en la Cruz? No podías rebelarte, era un recordatorio. Pensaba al verla: “algún día tendrás que ponerte en paz con esta realidad y aprender que la auténtica vida va de esto”. Ella no me decía nada. Me invitaba alguna vez a hacer una romería a la Virgen, pero normalmente íbamos a ver museos y a tomar algo por ahí, un bizcocho, cuando los médicos no la dejaban engordar.

El ejemplo silencioso de mi hermana Mª José me ha hecho ver la radicalidad del cristianismo, el auténtico sentido de la vida. Yo me he dedicado a la filosofía y a hacer teorías. A estas alturas de mi vida ya me sé unas cuantas, y comprendo la tentación que experimentamos ante la realidad del mal: la de pensar que todo es una porquería y que Dios no puede existir, etc. Estamos muy necesitados de fe. No terminamos de creernos la locura de la Cruz; y para alguien que no tenga fe, comprender la Cruz es muy difícil. Pero sólo en la Cruz de Jesús podemos mirar de frente la realidad de la vida y ponernos en paz con todas las cosas.

Desde el ateismo a la fe

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El 30 de mayo “El Correo Gallego” publicó una entrevista con Daniel Tapia, un joven norteamericano de San Diego, que estudió en Ciencias Políticas y Biología en la Universidad de Harvard.

Al terminar, hizo un master de Teología en Roma, algo poco frecuente en Europa, pero relativamente frecuente en el currículum de muchos estudiantes norteamericanos. En la actualidad prepara su doctorado en Medicina en Chicago.

Tapia nació en el seno de una familia sin convicciones religiosas y decididamente atea. Se convirtió en su juventud y mas tarde pidió la admisión en el Opus Dei como supernumerario. Extractamos algunas preguntas de la entrevista:

“A sus veinticuatro años, Daniel Tapia tiene muy claras sus convicciones religiosas. Es católico y miembro del Opus Dei, a pesar de que vive en un país, Estados Unidos, en el que el catolicismo es una religión minoritaria. Estos días ha estado en Galicia, participando en una convivencia cristiana.

¿Cuál es el motivo de tu visita a Galicia?

He venido a participar en una convivencia cristiana del Opus Dei y también a conocer Santiago y su catedral.

¿Cuándo decidiste hacerte católico?

Cuando tenía ocho años mi madre falleció de cáncer de mama y yo sentí la necesidad de buscar consuelo en la religión. Me ayudó a entender qué es la vida y la muerte. Sin embargo, hasta los trece años no me convertí.”

Aunque esta decisión  no gustó en su ambiente familiar, siguió adelante:

“Sí, porque sentí la llamada de Dios. Así es la vida”.

¿Cómo llegaste hasta el Opus Dei?

Yo iba a Misa todos los domingos, hasta que conocí a un miembro del Opus Dei que me enseñó la doctrina y me hice miembro de la Obra.

Tú has estado un año en Roma. ¿Has encontrado muchas diferencias entre el modo de vivir la fe en tu país y Europa?

Si, en América el catolicismo es una religión minoritaria y los que la practican no hacen diferencias entre liberales o moderados. No hay interpretaciones

Al servicio de mi familia

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“Descubrir mi vocación fue un regalo de Dios”. Son palabras de Marisol Pérez, agregada del Opus Dei en Palencia.

Conocí el Opus Dei cuando tenía 20 años. Estaba pasando las vacaciones en una ciudad del sur de España, cuando una amiga me invitó a una meditación. Nunca había estado en un sitio parecido; el ambiente de la casa, la gente era joven y alegre… Había un oratorio y un sacerdote nos habló de vida de oración y del trabajo bien hecho, que podía ser santificante y santificador… Aquello me resultó tan atractivo que cuando volví a casa pregunté donde podía encontrar un Centro del Opus Dei y, en siete meses, decidí que esa era la vida que quería para mí.

En aquellos momentos mi situación familiar era un tanto complicada, porque a mi madre, que era entonces una mujer joven de 50 años, le habían diagnosticado una artritis progresiva y generalizada. A los pocos meses, tuvo que utilizar una silla de ruedas. Pude cuidarla hasta el final, durante seis años, con una incapacidad que llegó a ser total. También cuidé de mi padre hasta que falleció.

Esta atención continuada, de noche y día, me exigió algunos cambios en mi vida y no pude seguir acudiendo a clase. Me matriculé entonces en la Universidad a Distancia. Luego tuve que interrumpir mis estudios, porque no existía la especialidad de Filología Inglesa.

Cuando murió mi madre, me dediqué durante cinco años a trabajar en la Administración de unas Casas de Convivencias del Opus Dei, para que tuvieran un ambiente cuidado, acogedor, de hogar de familia. Fueron años de trabajo intenso, pero muy creativo y gratificante.

Después regresé a la Universidad. Hice la carrera y preparé las oposiciones de Enseñanza Secundaria. Obtuve la plaza en mi propia ciudad, primero de forma provisional y más tarde definitivamente, lo que me permitió estar al cuidado de mi padre sin sacarle de su ambiente.

“El sentirme y saberme hija de Dios, es la raíz de mi alegría y, por qué no decirlo, del buen humor, que es tan importante en la vida”

Ahora comprendo que, descubrir mi vocación, fue un regalo de Dios. Gracias al espíritu de la Obra, pude afrontar la dura enfermedad de mi madre, ver la voluntad de Dios en el día a día y contribuir a que otros lo vieran. El sentirme y saberme hija de Dios, es la raíz de mi alegría y, por qué no decirlo, del buen humor, que es tan importante en la vida. La oración, el abandono en las manos de Dios, la búsqueda de la santidad en el trabajo, sea el que sea, es siempre una fuente de alegría y satisfacción.

He visto que la vida puede dar mucho de sí. En el libro de San Josemaría,Camino, hay un punto que habla de un muelle comprimido que, cuando se suelta puede llegar lejos. Así me ha ocurrido a mí. He pasado algunos años preparando actividades en el extranjero para que otros colegas los llevaran a cabo. Luego, cuando no tuve compromisos familiares, mi trabajo me ha posibilitado viajar, acompañando a grupos de alumnos en intercambios (en el Proyecto Comenius) o  en actividades de voluntariado por diversos países como Inglaterra, Irlanda, Suecia, Polonia, Estados Unidos o Italia.

Por otra parte, vivir siempre en la misma ciudad, como es mi caso, tiene sus ventajas: conoces a muchas personas y mucha gente te conoce, especialmente cuando el trabajo profesional te obliga a tratar con los alumnos y con sus padres. Hace algún tiempo me pidieron que colaborase en una emisora de radio en una tertulia y acepté. Ahora participo en un espacio de opinión semanal y presido la Asociación Española contra el Cáncer, que tanto ayuda a las personas afectadas por esta enfermedad y a sus familiares.

En cuanto a mi experiencia en el Opus Dei puedo decir que, como todo camino que se elige libremente y que va a durar toda la vida, presenta pruebas, dificultades y dudas, pero cuando se confía en Dios, las oscuridades se desvanecen y tarde o temprano vuelve la luz.


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