La expiación

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

El sillar, el cimiento de la expiación fueron las penas y dolores de los enfermos y agonizantes a los que atendía; los sufrimientos de las personas necesitadas a las que ayudaba en lo material, y en lo espiritual, enseñándoles a orar y sufrir con alegría. Iba pidiéndoles —recordaba— que ofrecieran esos dolores, sus horas de cama, su soledad —algunos estaban muy solos—: que ofrecieran al Señor todo aquello por la labor que hacíamos.

Una de las personas que participaban en la labor era Luis Gordon, un ingeniero cervecero, reciamente piadoso, que, además de sacar adelante la fábrica y de realizar un buen trabajo profesional llevó a cabo una intensa tarea social y asistencial con los obreros, entre los que era muy querido.

En una ocasión, cuando acompañaba a don Josemaría en una de sus frecuentes visitas a los hospitales, Gordon tuvo que limpiar un orinal usado como escupidera. Vi que palidecía tremendamente —recuerda el Fundador—, pero se dirigió a un pequeño cuarto del hospital, donde había un grifo y unas brochas para lavar esas cosas. Lo seguí, pensando que podía caerse redondo al suelo, y me lo encontré con la cara radiante de alegría. En vez de utilizar las escobillas, metía la mano para limpiar bien el orinal. Me quedé muy contento y le dejé hacer. (…) Después, me contaba que había pensado: ¡Jesús, que haga buena cara!

Entre los enfermos que atendía estaba una mujer, perteneciente a una de las familias más aristocráticas de España, que había llevado una vida irregular. Me la encontré ya podrida —contaba don Josemaría—; podrida de cuerpo y curándose en su alma, en un hospital de incurables. Había estado de carne de cuartel, por ahí, la pobre. Tenía marido, tenía hijos; había abandonado todo, se había vuelto loca por las pasiones, pero luego supo amar aquella criatura. Yo me acordaba de María Magdalena: sabía amar.

Un día hube de administrarle la Extremaunción (…). Y al ver la alegría de su alma, que consideraba que estaba cerca de Dios, le hice decir: bendito sea el dolor, y ella lo repetía a voz en grito; amado sea el dolor; santificado sea el dolor; ¡glorificado sea el dolor!

Poco después moría, y en el Cielo está, y nos ha ayudado mucho.

Hospital General

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Recorrido histórico de los lugares relacionados con la fundación del Opus Dei en Madrid

Opus Dei - Antiguo Hospital General

Antiguo Hospital General

El Centro de Arte Contemporáneo, en la Plaza de Santa Isabel, 52, en la actualidad es un museo que ocupa las salas del antiguo Hospital General. Exhibe una muestra relevante del arte contemporáneo.

El paseante puede contemplar en su interior la valiosa Colección Permanente y algunas exposiciones temporales. Un paseo por las salas de este Centro de Arte —de entrada gratuita si el paseante se dirige sólo al jardín o la librería— puede servir para evocar las largas crujías llenas de enfermos, a los que atendió el Fundador del Opus Dei desde el 21 de septiembre de 1931 hasta diciembre de 1934.

San Josemaría en el Hospital General

Evocaba el Fundador el fallecimiento de un gitano en este Hospital, al que atendió antes de morir:

“Este hombre se muere. Ya no hay nada que hacer…”

Fue hace años, en un hospital de Madrid.

Opus Dei -

Después de confesarse, cuando el sacerdote le daba a besar su crucifijo, aquel gitano decía a gritos, sin que lograsen hacerle callar:

- Con esta boca mía podrida no puedo besar al Señor!

-Pero, si le vas a dar un abrazo y un beso muy fuerte en seguida, en el Cielo!

…¿Has visto una manera más hermosamente tremenda de manifestar la contrición?

San Josemaría atendiendo a un gitano enfermo

Acompañaban al Fundador en esas visitas jóvenes profesionales, como Luis Gordon; estudiantes, como Manuel Doménech; y artistas, como el escultor Jenaro Lázaro.

Corredores del antiguo Hospital General,
donde acudía san Josemaría
y algunos de los primeros miembros del Opus Dei, como Luis Gordon

Con uno de los primeros hombres del Opus Dei, Luis Gordon

En este Hospital tuvo lugar el suceso que recordó varias veces san Josemaría en su catequesis: un joven empresario, Luis Gordon, al tener que dedicarse a una tarea molesta para atender a un enfermo —limpiar el vaso de noche—, oraba al Señor pidiéndole que no se expresara en su rostro la repugnancia interior que sentía al hacer aquello. Aludió a este suceso en un punto de Camino:

¿Verdad, Señor, que te daba consuelo grande aquella «sutileza» del hombrón-niño que, al sentir el desconcierto que produce obedecer en cosa molesta y de suyo repugnante, te decía bajito: ¡Jesús, que haga buena cara!?

Una imagen que resume aquellos años de su vida

Un día -recuerda Herrero Fontana- me propuso el Padre (San Josemaría):

Opus Dei -

-¿Por qué no me acompañas a visitar a algunos enfermos?

Acepté, y fuimos una mañana al Hospital General, que estaba en Atocha, junto a la Estación de Ferrocarril. Era un caserón enorme, con un gran patio central y techos muy altos. Un edificio frío, triste, desangelado. No podré olvidar nunca la impresión que me causó lo que vi allí dentro.

Era casi dantesco: las salas, inmensas, estaban abarrotadas de enfermos que, como no había camas suficientes, se hacinaban por todas partes: junto a las escaleras, en los pasillos, a lo largo de las crujías, sobre colchonetas, en jergones tirados por el suelo… con fiebres tifoideas, con neumonías, con tuberculosis, que era entonces una enfermedad incurable. En su mayoría eran pobres gentes que habían llegado a la capital, huyendo de la miseria del campo para hacer fortuna, y se encontraban con aquello…

En Madrid no había hospitales capaces para atender a tantos enfermos; y en los hospitales tampoco había personal suficiente para cuidar de ellos… Durante sus visitas, el Padre, además de confesarles, les prestaba pequeños servicios materiales.

Eran tareas que ahora suelen estar resueltas, pero de las que, en aquellos tiempos, en aquella situación de penuria y abandono, no se ocupaba nadie: les lavaba, les cortaba las uñas, les aseaba el cabello, les afeitaba, limpiaba los vasos de noche… No les podía llevar alimentos, porque estaba prohibido, pero siempre les dejaba una buena lectura.

Les pedía a esos hombres y mujeres enfermos, muchas veces desahuciados por los médicos, que ofrecieran sus dolores, su sufrimiento y su soledad por la labor que hacía con la gente joven

Como yo era muy joven todavía, el día que le acompañé me quedé algo atrás, observándole, mientras atendía a los enfermos. Guardo esa imagen grabada en el alma: el Padre, arrodillado junto a un enfermo tendido en un pobre jergón sobre el suelo, animándole, diciéndole palabras de esperanza y aliento…

Esa imagen no se me borra de la memoria: el Padre, junto a la cabecera de aquellos moribundos, consolándoles y hablándoles de Dios… Una imagen que refleja y resume lo que fueron aquellos años de su vida”.

Con temple

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En noviembre de 1972, Antonio Bienvenida -miembro Supernumerario del Opus Dei- sufre la cornada de un toro. Es una de las muchas faenas que rubricó con sangre en su buen hacer de maestro. El Padre anda entonces por España y se interesa vivamente por el torero. Llama a un amigo de Antonio y le insiste:

-«Dile que tenga cuidado, que me he enterado del percance que ha sufrido, y que se cuide»(36)

Antonio lo sabe y, cuando se restablece un poco, va con su mujer a Pozoalbero, la Casa de Retiros de Jerez de la Frontera, para dar las gracias a Monseñor Escrivá de Balaguer. Le lleva, bien puesta en un marco, la mejor fotografía de uno de sus lances: un momento muy arriesgado y muy torero.

Nada más conocer su llegada, el Padre les recibe y les invita a almorzar. Durante la comida, Antonio cuenta anécdotas de toros, situaciones difíciles y brillantes, miedo y triunfo: las dos caras del peligro. La conversación se acompaña de lances figurados, y le explica los sentimientos artísticos que le animan cuando está sobre el albero de la plaza: eso que los taurinos llaman torear con temple, porque, como es un momento de arte que se va, quieren hacerlo muy despacio para retenerlo el mayor tiempo posible (37).

Sin duda, por la mente del torero desfilan momentos de aquel toreo suyo tan puro, tan de verdad. Y el dolor que le ha causado, muchas veces, colocarse tan cerca de las astas. Se acuerda de un 18 de mayo de 1958 con la Monumental de las Ventas llena hasta la bandera: más de treinta mil aficionados. Un toro le cornea y la sangre sale a borbotones. Está a punto de morir. Tanto, que ha de plantearse seriamente el seguir con el oficio y el arte de una dinastía torera o cambiar de profesión.

Cuando recobra la salud, reaparece en la misma plaza, el 16 de mayo de 1959. Lleva un traje de luces idéntico al de la vez anterior. Brinda el toro, desde el centro, a todos cuantos le miran, en silencio absoluto, desde las gradas nuevamente abarrotadas. Y se lanza con más fuerza que nunca, con el mejor valor. Entre la arena y el cielo de Madrid, liga, esa tarde, la más formidable faena de su vida.

Algún tiempo después, el Padre explica ante una tertulia numerosa:

«Una vez, no os diré cuando, oí a un hijo mío al que quiero mucho -es un torero estupendo- que cuando está con el capote y viene el toro -un toro leal, majo, que hasta le da pena pensar que lo va a matar: él al toro, claro-, se recrea en la suerte, y hace despacio con el capote…».

Y aquí el Padre se marca una verónica… Y continúa, bromeando:

-«Yo no lo sé hacer. No he toreado en mi vida (…). Pues sí, recrearse, recrearse en la suerte, como un artista, ¡con amor!. Esto es también lo que hay que hacer con Dios Nuestro Señor»(38).

Este faenar entre lo divino y lo humano tal vez fuera lo que dio contenido a una conversación de Antonio Bienvenida, un día que regresaba de Valencia, junto a un conocido crítico de toros. Este tenía miedo al vuelo en avión, y Antonio bromeaba con ello. De pronto, se puso serio y dijo:

-«La muerte es lo más hermoso de la vida del hombre. A mí me acompaña constantemente. Me es familiar. La llevo dentro de mí como tú, como todos, pero yo la siento más cerca, a veces se palpa cuando se está delante del toro.

-¿Y no te aterra?

-No. Por dos razones muy poderosas: porque estoy acostumbrado a vencerla siempre, y porque tengo una gran fe en Dios, en que esto no se acaba… en que no puede acabarse

aquí… »(39)

En otra ocasión, comentaba:

«El último toro que pienso lidiar -si Dios quiere lo mejor posible- es el de la muerte, a la que estoy acostumbrado a tratar. Quisiera darle una lidia alegre y… templada. Despacio, lo más despacio que pueda, hasta que pueda llegar a poderla besar; a poderla besar con alegría. Por eso la fe es importantísima»(40)

Antonio morirá en una «tienta», de una cornada por la espalda que le da uno de los astados, en un momento de descuido. Es el año 1975 y sólo hace unos meses que se ha retirado definitivamente de las plazas. Ese mismo año ha fallecido el Fundador del Opus Dei. Tal vez no olvidó el torero, en sus momentos de agonía, el consejo afectuoso y sincero que recibía siempre, después de cada encuentro con Monseñor Escrivá de Balaguer: «que me cuidara mucho y que hiciera todo con mucho temple»(41)

En olor de multitud, como en las tardes de triunfo, fue llevado a hombros por la Plaza de las Ventas. Dijeron los comentaristas que se había cerrado un capítulo importante. Lo que ignoraban era que, montera en mano, el espíritu de Antonio brindaba su mejor lance al Dios que ha pintado el color de los alberos. Tal y como le dijo el Padre que había que hacer a lo largo de su oficio: despacio, sonriendo, sin miedo.

Con la fuerza del dolor

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En los últimos años de su vida, el Fundador del Opus Dei recorrió algunos de los países latinoamericanos. Y al hablar en numerosas reuniones, a las que acuden gentes de toda edad, raza y condición, se agolpan en su memoria recuerdos de estos primeros tiempos de Madrid. Sin perder el buen humor y el castizo aire aragonés, que aparecerá siempre en su ingenio y en su peculiar entonación, dirá el 2 de julio de 1974 a un grupo de chilenos:

«… Y ese sacerdote -con 26 años, la gracia de Dios y buen humor, y nada más- después tenía que hacer el Opus Dei. Decían que era loco y tenían razón: estaba loco perdido y continúa loco. Aquí está. Por eso os quiero con toda mi alma; porque estoy loco perdido por el Amor de Cristo. Y ¿sabes cómo pudo? Por los Hospitales. Aquel Hospital General de Madrid cargado de enfermos, paupérrimos, con aquellos tumbados por la crujía, porque no había camas; aquel hospital, del Rey se llamaba, donde no había más que tuberculosos pasados, y entonces, la tuberculosis no se curaba (…). ¡Esas fueron las armas para vencer! ¡Ese fue el tesoro para pagar! ¡Esa fue la fuerza para ir adelante! Y a eso se unió la calumnia, la murmuración, la mentira, la falsía de los buenos, que se equivocaban sin darse cuenta -seguro- y a quienes quiero mucho. El Señor nos llevó por todo el mundo, y estamos en Europa, en Asia, en África, en América y en Oceanía, gracias a los enfermos que son un tesoro. No se me olvidará aquella pobre criatura a quien yo, sacerdote joven, estaba ayudando a morir después de administrarle la Extremaunción y le susurraba al oído: ¡bendito sea el dolor! -eso es liberación-; ¡amado sea el dolor!, y lo iba repitiendo con la voz rota: murió a los pocos minutos. ¡Santificado sea el dolor! ¡Glorificado sea el dolor! Y no he cambiado de parecer. Me daba una envidia loca»(2).

Efectivamente, es en el dolor y en el sufrimiento, en el holocausto de los enfermos, donde don Josemaría Escrivá de Balaguer apoyará los cimientos del Opus Dei. Es en el ejemplo de los pobres, de los abandonados, donde encontrará las armas para vencerse y vencer en esta batalla de amor en la que Dios le ha comprometido.

Las dificultades desbordan su mente y su corazón; los medios parecen nulos. Pero Dios, una vez más, repite la frase que dijo a San Pablo: «Te basta mi gracia»(3). Y confía en la oración y en la palabra del Señor.

Desde mediados de 1931, don José María Somoano, un joven sacerdote de Asturias, es el capellán del Hospital del Rey, que tras el advenimiento de la República cambiará su nombre por el de Hospital Nacional. El 15 de abril de 1932 es cesado del cargo por aplicación de la Ley de Presupuestos. Se queda sólo como capellán de las Hijas de la Caridad y, empujado por su generosidad sacerdotal, sigue atendiendo a los enfermos aunque la Institución ya no puede darle ninguna ayuda económica. El Fundador llegará a tener una grande y profunda amistad con don José María Somoano, que pronto solicitará la admisión en el Opus Dei. Al quedar el Hospital sin capellán, don Josemaría Escrivá de Balaguer llega hasta la Madre Superiora de la Comunidad de San Vicente de Paúl en el Hospital del Rey y se brinda para ayudar al capellán, de día y de noche. En cualquier momento. Sin ningún tipo de remuneración ni de cargo, se ocupará de casos urgentes que reclamen su presencia.

También don Lino Vea Murguía, otro sacerdote joven, aportará su ayuda para atender aquel numeroso centro hospitalario lleno de enfermos graves.

En la Facultad de Derecho

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En 1922, su familia cambia nuevamente de casa en la ciudad de Logroño. Regresan al antiguo edificio de Sagasta. Pero esta vez, don José ha logrado alquilar un segundo piso. Allí permanecerán hasta que los acontecimientos, en su inquieta evolución, vuelvan a empujarles. Josemaría acuerda con su padre la formalización de matrícula en la Facultad de Derecho, en Zaragoza. Tendrá que finalizar primero la formación del Seminario para poderse dedicar al estudio de las asignaturas universitarias. Emplea el tiempo de verano en preparar las materias de la licenciatura de Derecho, robando horas al sueño y al descanso.

En septiembre de 1923 se examina de las dos primeras asignaturas que, con carácter previo, se cursan en la Facultad de Filosofía. Obtiene, una vez más, brillantes califcaciones(9).

Unos meses antes, el 4 de junio de 1923, el Cardenal Soldevila cae bajo las balas de un comando anarquista. Trece disparos, que taladran la parte posterior de su coche, le quitan la vida frente a las Escuelas del Terminillo, atendidas por las Hijas de la Caridad. Josemaría pasa la noche velando el cadáver de su Arzobispo y amigo.

El 13 de septiembre de este mismo año, el General Primo de Rivera, tras un golpe de Estado favorecido por el Rey, inicia en España la etapa histórica conocida con el nombre de «la Dictadura».

Durante el año académico de 1923-24, Josemaría Escrivá se matricula de varias asignaturas correspondientes a los cursos preparatorio, primero, segundo y tercero, en la Facultad de Derecho. Atiende, con responsabilidad, las obligaciones que, como Inspector del Seminario, le competen; concluye su quinto curso de Teología en la Universidad Pontificia(10). El 14 de junio de 1924 y en la iglesia del Real Seminario de San Carlos, recibe el Subdiaconado de manos de don Miguel de los Santos Díaz Gómara, Obispo titular de Tagora(l11).

En el verano de 1924 continúa estudiando con intensidad, y consigue examinarse, en septiembre, de siete asignaturas de Leyes; y en algunas de ellas, como el Derecho Romano y el Canónico, obtiene Matrícula de Honor. Le gusta la vida universitaria. Es ésta una vocación que no le abandonará nunca: el apostolado entre los estudiantes será una de sus apasionadas dedicaciones. Los alumnos que coinciden con él recordarán su presencia con el traje talar, adecuado a su condición: sotana, manteo y teja. Pero su
imagen está siempre adscrita a la de los grupos de estudiantes que se reúnen, en los minutos de descanso, a charlar en el patio de la Facultad, en los pasillos o a la puerta de las aulas. Comparte sus inquietudes, participa de sus conversaciones y sabe cultivar la amistad de todos. También la de algunos que se manifiestan ideológicamente hostiles, solamente por su condición de clérigo. En broma, alguna vez, le llegan a preguntar:

-«¿Por qué no te vas con los curas?».

-«Porque quiero estar con vosotros»(12).

No sermonea ni moraliza, pero su presencia infunde el respeto necesario. Sabe reír, disculpar, cortar una situación molesta con gracia. Y esto hace su compañía agradable y cordial.

Nadie adivinaría, sin pararse en una consideración’ más profunda, que este joven seminarista, alegre y buen estudiante, pasa muchos ratos junto al Altar Mayor de la iglesia de San Carlos; que acude, sin falta, a su cita diaria con la Virgen Patrona de la ciudad aragonesa; y que en su interior se enciende el fuego apostólico cuando convive la jornada cotidiana con sus compañeros de estudios. Desea extender el amor de Jesucristo a todas las almas, alimentar el entusiasmo de aquellos corazones que le rodean; hablar de la llamada y el barrunto de amor que no le cabe dentro. Y, en la intimidad con Dios, sigue diciendo: “Ut videam!… ut videam”! Que tenga luz para saber el qué y el cómo de aquella insinuación divina que le ha llevado al Seminario y al sacerdocio. De esta etapa es una imagen de la Virgen del Pilar, una escayola de reproducción popular, que pertenece a su tío Carlos Albás, y que le ha permitido grabar, en la base y con un clavo: «”Domina, ut sit”! Señora, que sea». Palabras que resumen la petición y afirmación de su entrega.

Algunas autoridades que escribirán, cincuenta años más tarde, la apología de Josemaría Escrivá de Balaguer, serán amigos forjados durante esta etapa que transcurre entre las aulas y el Seminario: don Félix Lasheras, el profesor Legaz Lacambra y Monseñor José López Ortiz. Este último escribirá: «le recuerdo, ya entonces, con todas esas cualidades que tanto me han llamado la atención en él siempre, y que le hacían ganar las simpatías de todos. Era muy piadoso, y en lo humano abierto, expansivo, lleno de vivacidad, de agilidad, muy comunicativo; sencillo, de un gran corazón y una extraordinaria inteligencia»(13).

Sería difícil adivinar, durante estos años de estudio y trabajo intensos, que tiene cerrados todos los caminos humanos, que se encuentra en honda oscuridad interior: la quiebra económica de su padre y la soledad de Zaragoza. Unicamente cuenta con Dios y con la fortaleza de este Pilar sobre el que se entroniza la Virgen de Aragón, junto al que pasa incesante, como una apasionada y continua oración, el río Ebro.

Plaza de Chamberí

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei.

Al igual que tantos sacerdotes de Madrid, san Josemaría padeció insultos y agresiones físicas por su condición sacerdotal durante los años previos a la guerra civil.

Vázquez de Prada cita sucesos parecidos, que san Josemaría anotó en sus Apuntes, como el siguiente:

Continúa la racha de insultos a los sacerdotes [...]. Hice propósito —lo renuevo— de callar, aunque me insulten, aunque me escupan. Una noche, en la plaza de Chamberí, cuando yo iba a casa de Mirasol, alguien me tiró a la cabeza un puñado de barro, que casi me tapó una oreja. No chisté.

Más: el propósito, de que vengo hablando, es apedrear a esos pobres odiadores con avemarías.

Sábado santo, día de silencio y de conversión

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“Cada uno de nosotros puede unirse al silencio de la Iglesia. Y al considerar que somos responsables de esa muerte, nos esforzaremos para que guarden silencio nuestras pasiones, nuestras rebeldías, todo lo que nos aparte de Dios”. Palabras de mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, emitidas por la cadena de Estados Unidos EWTN.

Opus Dei -

Hoy es un día de silencio en la Iglesia: Cristo yace en el sepulcro y la Iglesia medita, admirada, lo que ha hecho por nosotros este Señor nuestro. Guarda silencio para aprender del Maestro, al contemplar su cuerpo destrozado.

Cada uno de nosotros puede y debe unirse al silencio de la Iglesia. Y al considerar que somos responsables de esa muerte, nos esforzaremos para que guarden silencio nuestras pasiones, nuestras rebeldías, todo lo que nos aparte de Dios. Pero sin estar meramente pasivos: es una gracia que Dios nos concede cuando se la pedimos delante del Cuerpo muerto de su Hijo, cuando nos empeñamos por quitar de nuestra vida todo lo que nos aleje de Él.

El Sábado Santo no es una jornada triste. El Señor ha vencido al demonio y al pecado, y dentro de pocas horas vencerá también a la muerte con su gloriosa Resurrección. Nos ha reconciliado con el Padre celestial: ¡ya somos hijos de Dios! Es necesario que hagamos propósitos de agradecimiento, que tengamos la seguridad de que superaremos todos los obstáculos, sean del tipo que sean, si nos mantenemos bien unidos a Jesús por la oración y los sacramentos.

El mundo tiene hambre de Dios, aunque muchas veces no lo sabe. La gente está deseando que se le hable de esta realidad gozosa —el encuentro con el Señor—, y para eso estamos los cristianos. Tengamos la valentía de aquellos dos hombres —Nicodemo y José de Arimatea—, que durante la vida de Jesucristo mostraban respetos humanos, pero que en el momento definitivo se atreven a pedir a Pilatos el cuerpo muerto de Jesús, para darle sepultura. O la de aquellas mujeres santas que, cuando Cristo es ya un cadáver, compran aromas y acuden a embalsamarle, sin tener miedo de los soldados que custodian el sepulcro.

A la hora de la desbandada general, cuando todo el mundo se ha sentido con derecho a insultar, reírse y mofarse de Jesús, ellos van a decir: dadnos ese Cuerpo, que nos pertenece. ¡Con qué cuidado lo bajarían de la Cruz e irían mirando sus Llagas! Pidamos perdón y digamos, con palabras de san Josemaría Escriváyo subiré con ellos al pie de la Cruz, me apretaré al Cuerpo frío, cadáver de Cristo, con el fuego de mi amor…, lo desclavaré con mis desagravios y mortificaciones…, lo envolveré con el lienzo nuevo de mi vida limpia, y lo enterraré en mi pecho de roca viva, de donde nadie me lo podrá arrancar, ¡y ahí, Señor, descansad!

Se comprende que pusiesen el cuerpo muerto del Hijo en brazos de la Madre, antes de darle sepultura. María era la única criatura capaz de decirle que entiende perfectamente su Amor por los hombres, pues no ha sido Ella causa de esos dolores. La Virgen Purísima habla por nosotros; pero habla para hacernos reaccionar, para que experimentemos su dolor, hecho una sola cosa con el dolor de Cristo.

Saquemos propósitos de conversión y de apostolado, de identificarnos más con Cristo, de estar totalmente pendientes de las almas. Pidamos al Señor que nos transmita la eficacia salvadora de su Pasión y de su Muerte. Consideremos el panorama que se nos presenta por delante. La gente que nos rodea, espera que los cristianos les descubramos las maravillas del encuentro con Dios. Es necesario que esta Semana Santa —y luego todos los días— sea para nosotros un salto de calidad, un decirle al Señor que se meta totalmente en nuestras vidas. Es preciso comunicar a muchas personas la Vida nueva que Jesucristo nos ha conseguido con la Redención.

Acudamos a Santa María: Virgen de la Soledad, Madre de Dios y Madre nuestra, ayúdanos a comprender —como escribe San Josemaría— que es preciso hacer vida nuestra la vida y la muerte de Cristo. Morir por la mortificación y la penitencia, para que Cristo viva en nosotros por el Amor. Y seguir entonces los pasos de Cristo, con afán de corredimir a todas las almas. Dar la vida por los demás. Sólo así se vive la vida de Jesucristo y nos hacemos una sola cosa con Él.
Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei.

“No hay que perder la esperanza en una civilización basada en el amor”

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El Prelado del Opus Dei manifestó su dolor por los atentados ocurridos en Madrid y animó a “mantener la serenidad y a no perder la esperanza en una civilización basada en el amor y alejada de la violencia”.

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El Prelado del Opus Dei manifestó su dolor por los atentados ocurridos en Madrid con estas palabras:
“Desde el primer momento, me he unido al inmenso dolor de las familias y del pueblo español, por todas y cada una de las víctimas. Hago sufragios por sus almas, y continuaré haciéndolos en las Misas que celebraré, con el deseo fraterno de hacer llegar a las familias y a los amigos de los fallecidos y de los heridos —con mi honda tristeza— mi afecto y mis oraciones. En particular, rezo a Santa María, Reina de la Paz, para que, en estos momentos, nos ayude a mantener la serenidad y a no perder la esperanza en una civilización basada en el amor y alejada de la violencia”.

“He nacido en Madrid, amo mi ciudad y sus gentes, y la noticia me ha afectado muy profundamente. Pido a Dios por todos los madrileños, por todos los españoles, y también por los culpables. Humanamente, puede resultar difícil rezar por los autores, pero —con el ejemplo que nos han dado el Papa y tantas familias cristianas de víctimas de otros atentados— pienso que es necesario obrar así también ahora”.

“Que el Señor nos ayude a transformar las heridas abiertas por este horrendo acto criminal, en un anhelo grande de fraternidad y de paz -que es consecuencia de la justicia-, un anhelo del que el mundo tiene tanta necesidad en estos tiempos que atravesamos.”

+ Javier Echevarría

Tiempo de rezar

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Declaraciones de mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, al conocer la noticia del fallecimiento de Juan Pablo II.

Opus Dei -

Hoy más que nunca es tiempo de rezar, muy unidos en Cristo, con el corazón lleno de agradecimiento a Juan Pablo II, que se ha gastado —día tras día, hasta el último aliento— para cumplir con su misión de Padre y de Pastor.

La gratitud filial se mezcla hoy con el dolor, un dolor profundo y sereno. A lo largo de estos casi 27 años hemos aprendido a querer a Juan Pablo II con toda el alma, y ahora notamos en nuestro corazón el desgarrón de su ausencia.

Pero sabemos por la fe que Juan Pablo II ha atravesado “el umbral de la esperanza” y nos espera —con su bondad y paz habituales— en la casa del Cielo, que todos anhelamos.
De la fe surge nuestra serenidad sobrenatural: no queremos ni podemos cancelar el dolor, pero lo vivimos con serenidad, convencidos de que Dios ha dispuesto lo mejor para tan fiel servidor de su Iglesia.

Es también el momento de rezar por el próximo Papa, al que los católicos ofrecemos ya desde ahora todo nuestro afecto filial. Pido a Dios que le conceda su gracia y su ayuda, para una tarea de tanta responsabilidad.

Personalmente, acudo con confianza a la protección de Juan Pablo II, siervo bueno y fiel del Señor, y le pido también que interceda ante Dios por su sucesor.

+ Javier Echevarría


Prelado del Opus Dei

Carta del Prelado (septiembre 2008)

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“¿Cómo recibimos lo que nos contraría: la enfermedad, los fracasos profesionales, las ofensas injustas, las dificultades en la vida social o familiar?”, pregunta el Prelado en su carta de septiembre. La respuesta, sugiere, está en la Cruz de Cristo.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Antes de entrar en el tema de la carta, dos palabras para que demos gracias a Dios, porque hemos podido vivir el “omnes cum Petro” hasta físicamente: así, alojándose en su casa —en Kenthurst—, hemos contribuido a la labor del Santo Padre como sucesor de Pedro y a su descanso. Sigamos ayudando al Papa, pidiendo también por sus colaboradores.

Muchas veces ha aludido Benedicto XVI al Apóstol Pablo, y queremos estar en sintonía total con él. Ahora consideramos que, desde que se convirtió en el camino de Damasco, Saulo tuvo clara conciencia de que su vocación y su misión se hallaban íntimamente relacionadas con el misterio de la Cruz. A Ananías, que se resistía a salir a su encuentro para bautizarle, Jesús mismo le explicó: éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre[1].

La existencia de San Pablo fue una constante realización de esas palabras del Señor. Correspondiendo a la gracia sin poner condiciones, sólo se preocupó de conocer y dar a conocer a Jesucristo, poniendo ante los ojos de los nuevos cristianos la figura del Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado por nuestra salvación. En la epístola a los Gálatas, hablando de ese vivir en Cristo a que aspiró desde el instante de su conversión, afirma:Christo confixus sum cruci[2], estoy clavado con Jesús en la Cruz. Y precisamente a consecuencia de esa íntima unión, llegó a identificarse místicamente con Él, en una entrega diaria, total: vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí[3].

Esa unión con Cristo en la Cruz no se redujo a algo meramente “ideal”, teórico, en la vida del Apóstol. En uno de los textos autobiográficos que recoge en sus cartas, expone lo que había significado en concreto, para él, la necesidad de morir con Cristo. Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno, tres veces me azotaron con varas, una vez fui lapidado, tres veces naufragué, un día y una noche pasé náufrago en alta mar. En mis repetidos viajes sufrí peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi raza, peligros de los gentiles, peligros en ciudad, peligros en despoblado, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; trabajos y fatigas, frecuentes vigilias, con hambre y sed, con frecuentes ayunos, con frío y desnudez. Y además de otras cosas, mi responsabilidad diaria: el desvelo por todas las iglesias. ¿Quién desfallece sin que yo desfallezca? ¿Quién tiene un tropiezo sin que yo me abrase de dolor?[4].

Son algunas líneas de la segunda epístola a los Corintios que no se leen sin emoción y gratitud. Porque Pablo, además, recuerda lleno de alegría estos sufrimientos suyos por el Señor, ese estar clavado con Él en la Cruz:con sumo gusto me gloriaré más todavía en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por lo cual me complazco en las flaquezas, en los oprobios, en las necesidades, en las persecuciones y angustias, por Cristo; pues cuando soy débil, entonces soy fuerte[5].

Glosando unas palabras semejantes del Apóstol, Benedicto XVI afirma queSan Pablo ya no vive para sí mismo, para su propia justicia. Vive de Cristo y con Cristo: dándose a sí mismo; ya no buscándose y construyéndose a sí mismo. Ésta es la nueva justicia, la nueva orientación que nos da el Señor, que nos da la fe. Ante la Cruz de Cristo, expresión máxima de su entrega, ya nadie puede gloriarse de sí mismo[6].

En tiempos de San Pablo —y también ahora—, muchas personas buscaban conocimientos esotéricos, doctrinas sensacionalistas, esperando encontrar ahí la salvación; pero el Apóstol les advierte que no va por ahí el designio divino. Él predica verbum crucis[7], la palabra de la Cruz. Y, para que no quedara duda, nos señala a todos: los judíos piden signos, los griegos buscan sabiduría; nosotros en cambio predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados, judíos y griegos, predicamos a Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque lo necio de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres[8].

Palabras de contenido y empuje siempre actuales, que nos viene muy bien meditar especialmente en estos días, mientras nos preparamos para celebrar, el 14 de septiembre, la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Desde antiguo, esa festividad tiene gran raigambre en la Iglesia y, concretamente, en esta parte de la Iglesia que es el Opus Dei. El hecho de estar en un año dedicado a San Pablo, que tanto escribió sobre el misterio de la Cruz, nos invita a prepararnos mejor y a celebrarla con más júbilo. ¿Cómo buscamos cada día la abnegación? ¿Con qué devoción miramos la cruz de palo, que tanto significado encierra? ¿Amamos el sacrificio?

En la vida de San Josemaría, el deseo de identificarse con Cristo en la Cruz estuvo presente desde el 2 de octubre de 1928. Pero ya antes, cuando todavía era muy joven, el Señor le fue preparando con las pequeñas y grandes contradicciones que permitió en sus años de niño y de adolescente. Luego, una vez fundado el Opus Dei, le manifestó claramente que la Obra debía hundir sus raíces en la Santa Cruz. Se lo confió en diversas ocasiones y de modos muy variados; y aunque nuestro Padre a veces no entendía el porqué de esos sufrimientos, siempre fue adelante, convencido de que eran caricias divinas. En 1948, expresándose en tercera persona, refería en una meditación algunos recuerdos de esos años. Sus palabras, autobiográficas, dan mucha luz para entender su reacción ante los encuentros repetidos con la Cruz de Jesús.

El Señor permitía que se abatieran sobre su persona innumerables dificultades, con las que estaba forjando su alma. Me acuerdo de una criatura que iba de una parte a otra por los barrios bajos de Madrid, a solas con su dolor. Aspiraba a cumplir la Voluntad de Dios, pero se encontraba sin medios para cumplir el encargo que había recibido. No tenía otra solución, no conocía otro remedio que la Cruz; y bebía el cáliz del sufrimiento hasta las heces. Y, al decidirse a abrazar el dolor, pudo saborear, como embriagado por la borrachera dulce y amarga del sufrimiento, la alegría de aquellas palabras del salmista: et calix tuus inebrians quam præclarus est! (cfr. Sal 22, 5, Vg); tu cáliz, que me embriaga, ¡qué feliz me hace![9].

Podemos formularnos personalmente otras preguntas que nos ayuden a calibrar cómo es nuestro amor a la Cruz en concreto, con obras. ¿Cómo recibimos lo que nos contraría: la enfermedad, los fracasos profesionales, las ofensas injustas, las dificultades en la vida social o familiar? ¿Cómo reaccionamos ante todo lo desagradable que, sin buscarlo, aparece en nuestra vida? ¿Tratamos de enfocarlo con visión sobrenatural? ¿Es rápida nuestra rectificación, quizá tras un momento inicial de incomprensión o incluso de rebeldía, viendo en todo la Voluntad de Dios, que permite todo eso para nuestro bien? Qué buen momento para repetir, saboreándola, aquella consideración de Camino¿Lo quieres, Señor?… ¡Yo también lo quiero![10].

No se trata de ser insensibles ante el dolor, físico o moral; sino de elevar la mirada por encima de lo contingente, con la ayuda de Dios, que jamás nos faltará. Lo malo es tratar de huir a toda costa de lo que contraría; más aún si la causa de esas contrariedades radica en la fidelidad a la verdad.

Lo apuntaba Benedicto XVI, al inaugurar el año paulino, hablando de la misión de San Pablo. La llamada a ser maestro de los gentiles es al mismo tiempo e intrínsecamente una llamada al sufrimiento en la comunión con Cristo, que nos ha redimido mediante su Pasión. En un mundo en el que la mentira es poderosa, la verdad se paga con el sufrimiento. Quien quiera evitar el sufrimiento, mantenerlo lejos de sí, mantiene lejos la vida misma y su grandeza; no puede ser servidor de la verdad, y así servidor de la fe.

No hay amor sin sufrimiento, sin el sufrimiento de la renuncia a sí mismos, de la transformación y purificación del yo por la verdadera libertad. Donde no hay nada por lo que valga la pena sufrir, incluso la vida misma pierde su valor. La Eucaristía, el centro de nuestro ser cristianos, se funda en el sacrificio de Jesús por nosotros, nació del sufrimiento del amor, que en la Cruz alcanzó su culmen. Nosotros vivimos de este amor que se entrega. Este amor nos da la valentía y la fuerza para sufrir con Cristo y por Él en este mundo, sabiendo que precisamente así nuestra vida se hace grande, madura y verdadera.

A la luz de todas las cartas de San Pablo, vemos cómo se cumplió en su camino de maestro de los gentiles la profecía hecha a Ananías en la hora de la llamada: “Yo le mostraré todo lo que tendrá que padecer por mi nombre”. Su sufrimiento lo hace creíble como maestro de verdad, que no busca su propio interés, su propia gloria, su propia satisfacción personal, sino que se compromete por Aquel que nos amó y se entregó a sí mismo por todos nosotros[11].

En las próximas semanas, la liturgia nos presenta diversas conmemoraciones marianas: la Natividad de la Virgen, el Dulce Nombre de María, sus dolores al pie de la Cruz, Nuestra Señora de la Merced. Afrontemos estas fechas como invitaciones a recurrir a nuestra Madre, a aprender de Ella a seguir muy de cerca a Jesucristo, para así identificarnos con Él.

Cuando rezamos la Salve, decimos: ¡Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre! La Virgen Santísima no sólo nos muestra a Jesús, sino que nos lleva a Él con suavidad y dulzura maternales. Hay dos momentos en los que, de modo especial, el Evangelio nos presenta la figura de María que “nos muestra” a su Hijo. Uno ocurrió al principio de la vida de Jesús, cuando lo ofreció a los pastores y a los magos, para que lo adoraran; otro es el que recordamos el día 15, en el santo escenario del Gólgota.

Con su presencia silenciosa junto a la Cruz, nuestra Madre nos invita a mirar a su Hijo. Dirigir los ojos a Cristo en la Cruz, nos empuja a percatarnos una vez más de que Dios no ha redimido al mundo con la espada, sino con la Cruz. Al morir —decía el Papa en una homilía, Jesús extiende los brazos. Éste es ante todo el gesto de la Pasión: se deja clavar por nosotros, para darnos su vida. Pero los brazos extendidos son al mismo tiempo la actitud del orante, una postura que el sacerdote asume cuando, en la oración, extiende los brazos: Jesús transformó la Pasión, su sufrimiento y su muerte, en oración, en un acto de amor a Dios y a los hombres. Por eso, los brazos extendidos de Cristo crucificado son también un gesto de abrazo, con el que nos atrae hacia sí, con el que quiere estrecharnos entre sus brazos con amor. De este modo, es imagen del Dios vivo, es Dios mismo, y podemos ponernos en sus manos[12].

Con cuánta frecuencia hemos oído decir a San Josemaría, acompañándose con un gesto muy significativo, que Cristo, Sumo Sacerdote, extiende sus brazos para acogernos a todos: a cada una, a cada uno. Nos puntualizaba así que participar de la Cruz de Cristo expresa una señal de predilección divina, aunque quizá cueste entenderlo. No lleves la Cruz arrastrando… Llévala a plomo, porque tu Cruz, así llevada, no será una Cruz cualquiera: será… la Santa Cruz. No te resignes con la Cruz. Resignación es palabra poco generosa. Quiere la Cruz. Cuando de verdad la quieras, tu Cruz será… una Cruz, sin Cruz.

Y de seguro, como Él, encontrarás a María en el camino[13].

Del 12 al 15 de septiembre, Benedicto XVI viajará a Francia con motivo del 150º aniversario de las apariciones marianas de Lourdes. Acompañémosle espiritualmente en su viaje y aprovechemos para rogar con insistencia por todos los que padecen en el cuerpo o en el espíritu, para que el Señor los alivie. Acudamos a la intercesión de la Virgen, Salus infirmorum, Consolatrix afflictorum; también para que les haga comprender que esos sufrimientos —unidos a los de Cristo en la Cruz— se tornan muy eficaces para el bien de la Iglesia y para la salvación de las almas.

¡15 de septiembre! Y el pensamiento se va espontáneamente también al queridísimo don Álvaro, que tomó —con su paz y serenidad habituales— el peso santo de la Obra: ojalá tú y yo sepamos corresponder con la misma generosidad.

No puedo alargarme, aludiendo al viaje que hemos hecho por Oriente. Mucho he pensado en nuestro Padre, en el queridísimo don Álvaro, y también en todas y en todos. ¡Qué trigal nos espera! En India, Hong Kong, Macao, Australia, Nueva Zelanda, Filipinas, Singapur y Malasia, ya se ve esa cosecha; y si todos trabajamos, ¡qué lejos se llegará!

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Solingen, 1 de septiembre de 2008.

[1] Hch 9, 15-16.

[2] Gal 2, 19.

[3] Ibid., 20.

[4] 2 Cor 11, 24-29.

[5] Ibid., 12, 9-10.

[6] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 8-XI-2006.

[7] 1 Cor 1, 18.

[8] Ibid., 22-25.

[9] San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 15-XII-1948.

[10] San Josemaría, Camino, n. 762.

[11] Benedicto XVI, Homilía en la inauguración del año paulino, 28-VI-2008.

[12] Benedicto XVI, Homilía en el Santuario de Mariazell, 8-IX-2007.

[13] San Josemaría, Santo Rosario, IV misterio doloroso.


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