“Me llamo Leire…”

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Leire tiene 33 años. Se casó con Rober queriendo formar “un hogar luminoso y alegre”, expresión que aprendió de San Josemaría. Han pasado nueve años y tienen dos hijas con síndrome de Down. Con ellas, su hogar es más luminoso y alegre que nunca.

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Me llamo Leire Zalba, nací en Durango el 26 de octubre de 1975, y soy la más pequeña de seis hermanas. Mis padres nos ayudaron siempre a crecer como cristianos, insistiéndonos en la importancia de querernos en la familia y de querer a los demás. Pienso que esto ha sido fundamental para que ahora, cuando todos hemos madurado, estemos muy unidos, “como una piña”.

Mi infancia fue muy normal. Al acabar el colegio me fui a Bilbao a estudiar Formación Profesional en el Centro Arangoya, que sacan adelante algunas personas del Opus Dei. ¡Qué cinco años! Aquí fue donde Dios tenia dispuesto cambiar mi rumbo, ya que yo venía muy “viva la vida que son dos días” y, realmente así hay que vivirla, pero bien.

Yo, en Arangoya, entendí lo que era el Opus Dei y pedí la admisión como supernumeraria. ¿Qué fue lo que me ayudó? La dirección espiritual, la oración y, otro factor al que yo le doy mucha importancia: el buen humor de la gente que me rodeaba.

En ese mismo año empecé a salir con Rober, el que hoy es mi marido. Como se puede ver, fue un año especial. Al acabar Arangoya tenía muy claro que quería estudiar Enfermería, pero no alcanzaba la nota media suficiente y estudié Educación Especial en San Sebastián. Tengo que reconocer que no empecé con muy bien pie, de nueve asignaturas, aprobé una y me desesperé; menos mal que mis padres en ese momento me animaron y me dijeron: “acaba el curso y después decidirás”. La verdad es que acabé los tres años de carrera con buen sabor de boca.

“Los dos luchamos por vivir un noviazgo cristiano: lo digo porque cuando tienes al lado a la persona que quieres, a veces, puedes hacer locuras. Rezábamos juntos y eso nos ayudaba, porque cuando luchas y respetas a la persona, la quieres más”.

En el último año de carrera, Rober y yo, decidimos casarnos. Acabé en junio y nos casamos el 2 de octubre de 1999. Fue un día precioso y la verdad es que pusimos mucha ilusión en prepararnos. Digo prepararnos, porque los dos luchamos por vivir un noviazgo cristiano, lo digo porque cuando tienes al lado a la persona que quieres, a veces, puedes hacer locuras. Nosotros intentábamos rezar juntos y eso nos ayudaba porque cuando luchas y respetas a la persona, la quieres todavía más. Nuestro plan era formar un “hogar luminoso y alegre”, y nos pusimos manos a la obra.

Al cabo de un año, nació Ander; después tuvimos a Asier; y más tarde, nacieron Nerea y Uribarri. No nos podemos quejar, Dios nos ha bendecido con estas cuatro joyas, cada cual más gorda, y digo esto porque las dos pequeñas tienen Síndrome de Down. Lo que al principio fue una desgracia se convirtió en un regalo de Dios, porque cuando aceptas su voluntad todo se convierte en eso, en un regalo de Dios. Nos apoyamos mucho en la familia y en nuestros amigos, que nos animaron mucho y nos siguen ayudando. San Josemaría Escrivá decía que Dios manda estas criaturas a las familias a las que ama mucho. Por eso Rober y yo nos sentimos muy afortunados de contar con estos hijos que nos ayudan a estar todavía más unidos. Además esta situación nos ha servido para no estar cerrados y abrirnos a otras familias que están en una situación similar.

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En Durango, mucha gente nos admira, otros muchos piensan que estamos locos y les damos lástima por tener tantos niños y, encima, con síndrome de Down. Pero a nosotros nos importa muy poco todo eso, porque sabemos que el fundamento de nuestro matrimonio es agradar a Dios y por ello luchamos todos los días. Presentimos que estas dos niñas van a ser algo grande en esta vida. Son muchos los corazones que están transformando, en nuestra familia y en la gente de Durango.

La verdad es que cuanto más planificas tu vida, el Señor te da sorpresas como ésta y te cambia todo de un plumazo, sin avisar. También pensamos, desde lo más profundo del corazón que, si en alguna familia tenían que nacer estas niñas para ser acogidas y queridas incondicionalmente, era en la nuestra. ¡Esto es lo primero que nos dijimos cuando nos dieron la noticias y nos abrazamos inmediatamente después del parto! Sabemos que detrás de todo esto está la mano de Dios y que, iluminados con su gracia, sabremos afrontar todos los retos futuros.

Sacerdotes, “sólo” sacerdotes

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

El hilo de nuestra argumentación nos conduce a los sacerdotes. Ocupémonos de este clero singular, al que está prohibido ser clerical. El fundador señalaba: «Que nuestros sacerdotes no consientan que sus hermanos les presten servicios innecesarios. Cada uno debe guardar en su corazón los mismos sentimientos que tuvo Jesús, que dijo: “el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir”. Así debe suceder entre vosotros».

Y añadía: «Aunque la vocación es igual para todos, el sacerdote debe luchar por ser el servidor de sus hermanos, sabiendo ser uno más en nuestra Casa; porque efectivamente es como los demás».

Y como cada católico tiene a sus espaldas siglos de clericalismo de un lado, y de alticlericalismo por el otro, en los que no conviene volver a tropezar, insiste: «Los sacerdotes no mangoneen a los laicos, ni estos a los sacerdotes: que no haya entre nosotros sacerdotes que invadan el campo de competencia temporal de los laicos, ni laicos que se entrometan en los asuntos espirituales reservados a los sacerdotes». Y repetía con frecuencia: «el sacerdocio, en el Opus Dei, no es la coronación de una carrera, no es un premio para los mejores: es una llamada a servir a las almas en un modo al mismo tiempo igual y distinto al de los demás miembros».

El «sistema de reclutamiento» del clero de la Prelatura facilita considerablemente el cumplimiento de estas orientaciones. Por su mismo origen, no es ni puede ser una especie de «cuerpo extraño» o de «casta separada» en una institución «laical» como es esta, puesto que todos sus sacerdotes proceden de las filas de los numerarios y de los agregados.

No es infrecuente encontrar en los periódicos titulares que anuncian la ordenación sacerdotal (y no pocas veces de manos del Papa) de algunas decenas de personas de todas las edades, aunque nunca muy jóvenes y a veces ni siquiera jóvenes, que componen un auténtico muestrario de las profesiones más variadas. Algo así como: siete abogados, ocho ingenieros, dos periodistas, tres médicos, cuatro profesores, un notario, dos economistas, un coronel… No es necesario seguir leyendo esas noticias: con toda seguridad son los cuarenta o cincuenta sacerdotes que el Opus Dei, de modo constante y programado, hace ordenar (u ordenan ellos mismos: el anterior Prelado era Obispo, y por consiguiente podía ordenar) para cubrir las necesidades asignadas al «clero de la Prelatura».

En la práctica, las cosas suceden del siguiente modo. Después de algunos años de esfuerzo por «santificar el trabajo y santificarse en él» -que pueden ser muchos: las ordenaciones de personas de más de cincuenta años no son raras-, el Prelado pregunta a algunos numerarios y agregados que cumplen todos los requisitos si están dispuestos a vivir la misma vocación al Opus Dei con un trabajo, un servicio, distintos: el propio del sacerdote.

El interpelado puede aceptar, y también puede rechazar (sin demérito alguno, pues se trata de una materia en la que resulta esencial la más plena libertad). Si acepta, abandona totalmente la profesión civil y (dicen las normas) recibe la formación en los centros que la Prelatura erige con ese fin, de acuerdo con las disposiciones establecidas por la Santa Sede. Se trata, en la práctica, de seminarios propios. Hasta el último momento, todos tienen la posibilidad de interrumpir su camino hacia la ordenación, para volver al mismo trabajo que desempeñaban.

El número de sacerdotes está «programado»; actualmente es algo menos del 2% de los miembros de la Prelatura (1.500 entre un total de 80.000), y está previsto que no supere el 3%. Es decir, los indispensables para las necesidades de la Obra: ni más ni menos. Estos porcentajes confirman la impresión de que el peligro de «clericalización» del Opus Dei, que pudiera comprometer su carácter laical, carece de todo fundamento.

Este sistema de reclutamiento presenta muchas ventajas. La más importante es que, para desarrollar sus tareas de predicación y de dirección espiritual, y lógicamente la administración de sacramentos, es preciso que conozcan por experiencia personal el espíritu de la Obra en el que se han formado. Están llamados a perpetuar ese espíritu, junto con los laicos, pero en una situación objetivamente estratégica, decisiva. Además, su experiencia como trabajadores en profesiones «laicas» es también fundamental, puesto que en torno al trabajo se construye la vida espiritual.

La llamada al sacerdocio les llega en edad adulta, después de años y años de compromiso cristiano, y por consiguiente bien probados, y con garantías de una solidez particular. Los errores de perspectiva de tantos eclesiásticos de hoy, ante lo que creen que son exigencias del «mundo moderno», del «hombre contemporáneo», derivan probablemente de su inexperiencia en esos campos de la vida. Por eso, tantas orientaciones pastorales y parte de la avalancha de «documentos» sobre todo tipo de asuntos producidos por una nueva burocracia eclesial incurren en un generalismo estéril.

Además de esos y de otros aspectos positivos, existe otra ventaja cuya importancia podría pasar inadvertida a quien no conozca los entresijos de la Iglesia institucional, con sus problemas y sus conflictos.

Así lo describe Le Tourneau, con palabras sobrias pero llenas de significado: «Los sacerdotes del Opus Dei salen de la propia Prelatura y se forman en su seno, por lo que el Opus Dei no sustrae a las diócesis sacerdotes ni candidatos al sacerdocio». Casi todos los fundadores de órdenes y congregaciones religiosas, al menos en los tiempos modernos, han tenido antes o después enfrentamientos con el clero local precisamente por este motivo. Cuando los posibles candidatos al sacerdocio comenzaron a disminuir, hasta hacerse escasos en número, no faltaron obispos que sospecharon o incluso acusaron a los institutos de perfección de «robarles» las vocaciones. Por ejemplo, muchos de los graves problemas de Don Bosco y sus salesianos con el arzobispo de Turín tuvieron esa raíz.

El Opus Dei ha decidido «ir por su cuenta». De este modo, no sólo zanja las polémicas de ese estilo, sino que además puede replicar que, lejos de «empobrecer» las diócesis y sus presbiterios, en realidad los potencia, pues pone a disposición de la Iglesia otros sacerdotes que, sin la Obra, no habrían llegado al sacerdocio. Más aún, probablemente no habrían llegado a la Iglesia, ya que no pocos de los numerarios y los agregados que se ordena descubrieron -o redescubrieron- la fe a través de la relación con la Obra.

Este clero depende del Prelado en lo que se refiere a los fines de la Obra, pero para las disposiciones del Derecho canónico está sometido al obispo diocesano (del cual recibe con frecuencia encargos pastorales) y forma parte del presbiterio diocesano.

Sin embargo… ¿no fue Maquiavelo quien señaló que, en la organización de los asuntos humanos, cualquier solución a un problema crea siempre otros nuevos? El rostro institucional de la Iglesia, ese aspecto humano que da cuerpo al misterio y que es esencial en la lógica de la Encarnación, está sometido a las leyes que regulan cualquier organismo social. Por eso, acalladas las sospechas de «robar vocaciones» a las diócesis con ese sistema de «auto alimentación» -algo así como el «hazlo tú mismo» del bricolaje-, surgen otras, como la acusación de querer establecer una «Iglesia paralela», cerrada en sí misma como una secta, e incluso enfrentada al resto de la Iglesia Católica.

Hemos mencionado ya que la misma estructura canónica de Prelatura parece impedir este tipo de peligros, pero será interesante reproducir la réplica de la Obra a este tipo de acusaciones. Escribe uno de sus miembros: «No hay por qué alarmarse ante una posible “Iglesia paralela” si cada cristiano, como individuo, está legitimado -según los críticos- para inventarse su propia Iglesia. Sucede a veces que, en algunas parroquias, los párrocos hacen y disponen a su gusto, con independencia de las normas existentes en materia litúrgica y disciplinar. Es ligeramente farisaico acusar a otros -y además sin base- de lo mismo que hace con frecuencia el crítico. En realidad, “Iglesia paralela” es la formada por la suma de los comportamientos que se separan de la legítima autoridad en la Iglesia: el Papa y los Obispos en comunión con él».

Continúa la misma fuente («de parte», naturalmente): «El Opus Dei, desde 1928 a hoy, ha manifestado su voluntad de adherirse en todo al Papa. En 1967, decía Mons. Escrivá de Balaguer a Time: “Resido establemente en Roma desde 1946, y así he tenido ocasión de conocer y tratar a Pío XII, a Juan XXIII y a Pablo VI. En todos he encontrado siempre el cariño de un padre”. El comportamiento del beato -que inculcó también en sus hijos- fue de total coherencia: a esa paternidad pontificia correspondió (y pidió a todos que correspondieran) con veneración y obediencia filiales. ¿Formar sacerdotes y laicos con semejante planteamiento radicalmente católico es acaso pretender crear una “Iglesia paralela”?».

Como se ve, ante esa acusación reaccionan vivamente, sobre todo en comparación con el habitual tono sofí de la Obra, que procura no enzarzarse en polémicas intraeclesiales. Esa respuesta vigorosa confirma precisamente que la acusación está muy difundida en ciertos ambientes, y que es vista desde dentro como particularmente insidiosa. Más aún, la soportan como una injusticia frente a quien sostiene que la docilidad a los pastores es la base de todo.

¿Cómo deberían ser -cómo pretenden ser- «sus» sacerdotes, según el ideal del sacerdote don Josemaría? Procediendo del mundo del trabajo y ocupándose de la formación espiritual de trabajadores, ¿seguirán el modelo de «sacerdotes-obreros», se atendrán al cliché del «sindicalista consagrado», del cura en jersey que sólo habla de política y de sociología, ese que apoyaba la «lucha de clases», que participaba en huelgas y manifestaciones «contra los capitalistas».

Quien tenga esa idea, que se la quite pronto de la cabeza. Incluso en el aspecto externo tradicional (ya señalé que la sotana o el clergyman son obligatorios), el clero de la Prelatura es justo lo contrario del clérigo en trenka de los años setenta, que proclama su deseo de «ser exactamente igual que los demás», y que quizá juzgue «alienante», o al menos «discriminatorio para los no creyentes», hablar de Dios y de Cristo (salvo como «líder proletario»). De ese tipo de sacerdotes que llama a la misa «asamblea de camaradas», o como mucho, «ágape fraterno», y la celebra en la cocina sobre una mesa cualquiera; que quiere que todo sea «comunitario», incluida la confesión y la absolución de los pecados (los «sociales», que son los unicos pecados verdaderos, y que por ese motivo sólo pueden pecar los «burgueses» y los «capitalistas»).

Con una extraordinaria experiencia sacerdotal a sus espaldas, entre personas de todo el mundo, cuarenta y ocho años después de su ordenación y dos antes de su muerte, Escrivá insistió en lo que, para él, debería ser el sacerdote. Es una especie de «declaración programática» sumamente interesante: un biógrafo la definió como Carta Magna del sacerdocio de hoy y de siempre. (No «del Opus Dei», sino de la Iglesia, como han confirmado las enseñanzas de Juan Pablo II sobre ese sacramento). Se trata, a mi juicio, de un documento significativo, que no puede omitirse en un dossier que pretende descubrir «el secreto de la Obra». Aquí, en sus sacerdotes, reside quizá uno de sus verdaderos «secretos».

Escuchen estas palabras pronunciadas en 1973, cuando el ciclón contestarario azotaba la Iglesia, y se experimentaban esos «nuevos caminos» que convertirían a los cristianos practicantes en una especie en vías de extinción, y en algunos países ya desaparecida (la historia enseña que cuando los clérigos pelean entre sí, pocos son los laicos que se ponen de un lado o del otro: la mayoría se va, juzgando que tienen cosas más importantes que hacer que seguir riñas de sacristía o incomprensibles disputas teológicas, y dejando que los contendientes se las arreglen entre ellos).

«No comprendo -decía Escrivá en aquella homilíalos afanes de algunos sacerdotes por confundirse con los demás cristianos, olvidando o descuidando su específica misión en la Iglesia, aquella para la que han sido ordenados. Piensan que los cristianos desean ver, en el sacerdote, un hombre más. No es verdad. En el sacerdote, quieren admirar las virtudes propias de cualquier cristiano, y aun de cualquier hombre honrado: la comprensión, la justicia, la vida de trabajo -labor sacerdotal en ese caso-, la caridad, la educación, la delicadeza en el trato. Pero junto a eso, los fieles pretenden que se destaque claramente el carácter sacerdotal».

Así quiso que fueran los sacerdotes de su Obra, como lo demostró al formar personalmente casi un millar: fue una de las tareas que colocó siempre en primer lugar, convencido de que «el sacerdote no va nunca solo, ni al Cielo ni al infierno». Y esto es también lo que la gente espera del sacerdote, según Escrivá, «esperan que el sacerdote rece, que no se niegue a administrar los sacramentos, que esté dispuesto a acoger a todos sin constituirse en jefe o militante de banderías humanas, sean del tipo que sean; que ponga amor y devoción en la celebración de la Santa Misa, que se siente en el confesonario, que consuele a los enfermos y a los afligidos; que adoctrine con la catequesis a los niños y a los adultos, que predique la Palabra de Dios y no cualquier tipo de ciencia humana que -aunque conociese perfectamente- no sería la ciencia que salva y lleva a la vida eterna; que tenga consejo y caridad con los necesitados».

«En una palabra -concluía Escrivá-: se pide al sacerdote que aprenda a no estorbar la presencia de Cristo en él, especialmente en aquellos momentos en los que realiza el Sacrificio del Cuerpo y de la Sangre y cuando, en nombre de Dios, en la Confesión auricular y secreta, perdona los pecados. La administración de estos dos sacramentos es tan capital en la misión del sacerdote, que todo lo demás debe girar alrededor».

Esto es, a la postre, lo específico del sacerdote en la perspectiva católica, lo que le hace indispensable, lo que justifica su presencia y su misión. Todo lo demás pueden hacerlo los laicos, e incluso mucho mejor. No es casual que la experiencia -llena de generosidad- de los sacerdotes-obreros acabó o languideció porque los obreros les hicieron entender que gente como ellos era fácil de encontrar: no necesitaban otro obrero, ni un enésimo sindicalista, sino a alguien que anunciase cosas «distintas», que hablase de Dios y no sólo del hombre y de sus necesidades sociales, como ya hacen los demás.

Por mi conocimiento de esos ambientes, les puedo asegurar que este retrato-robot del sacerdote según Escrivá de Balaguer es mucho más que suficiente para hacer saltar los nervios de tantos clericales. O al menos, de los pocos que quedan, después de que sus grandes esperanzas se convirtieran en grandes desilusiones.

Para comprender la hostilidad de cierto clericalismo contra el Opus Dei, es suficiente reflexionar sobre las palabras de Escrivá que he transcrito y sobre sus consecuencias.

Podrán entenderlo también escuchando estas otras que ahora reproduzco, en las que encontrarán una confirmación de que detrás de esa concepción del sacerdocio se encuentra una teología, una eclesiología y una espiritualidad que no puede evitar entrar en conflicto con otras de nuestros días. La lucha sin cuartel contra la beatificación encontró aquí una de sus razones más importantes.

No es casualidad que esa oposición fuera mantenida sobre todo por sacerdotes y ex-sacerdotes, mientras los laicos (como parecen probar las más de 300.000 personas en la plaza de San Pedro y las decenas de miles de relatos de «favores») no sólo no adoptaron una postura contraria, sino que dio más bien la impresión de que les agradaba que se propusiera como «ejemplo» ante toda la Iglesia a un sacerdote como aquél, un sacerdote que quería que los demás sacerdotes fueran así. Empezando por los de su Obra, lógicamente; pero sin detenerse ahí.

Leamos pues estas palabras de Mons. Escrivá que, más o menos en esos mismos años, se lamentaba de que hubiera «sacerdotes que en lugar de hablar de Dios -que es el único “argumentó’ en el que tienen la autoridad y el deber de tratar-, hablan de política, de sociología, de antropología. Y como con frecuencia no saben nada, se equivocan. Y lo que es peor, el Señor no está contento. Nuestro ministerio consiste en predicar la doctrina de Jesucristo, en administrar los sacramentos y en enseñar el modo de buscar a Cristo, de encontrar a Cristo, de amar a Cristo, de seguir a Cristo. El resto no es asunto nuestro».

Según los estatutos, los sacerdotes de la Prelatura tienen libertad de opinión en cualquier materia «opinable»: también en las cuestiones teológicas no definidas por el Magisterio. Pueden pensar como estimen mejor, como les dicte su conciencia, también en política -ejercitan con libertad el derecho de voto, como sus conciudadanos- pero deben guardar sus opiniones para ellos. La prohibición de meterse en política se entiende dentro de esa espiritualidad que propone la Obra: «ser siempre instrumentos de unidad en la Iglesia y entre los hombres, nunca de división». ¿Y hay algo que divida más a los hombres, y con mayor aspereza, que la lucha política? ¿Puede olvidarse acaso que, como expresó Dante, la política es «la palestra que nos hace tan feroces»?

En este sentido, resulta significativo que se exija al sacerdote del Opus Dei que tenga «alma sacerdotal y mentalidad laical». Es característico de cierta mentalidad clerical pensar que «el hombre sagrado» debe intervenir en todo «sacralizando» también lo que pertenece a las decisiones y opiniones dejadas a la libertad de los creyentes. En el fondo, la diferencia entre el clericalismo preconciliar y el posconciliar no es más que una inversión de punto de vista: antes del Concilio, se intentaba sacralizar las «derechas» (o al menos el «centro»; en cualquier caso, una posición política); después del Concilio, se quiso hacer lo mismo pero con las «izquierdas». Antes, se intentaba hacer creer a los católicos que no eran tales si no aceptaban defender la causa de la «reacción»; después, se lanzaba el anatema al creyente que no jurase que lo que Cristo quería era la «revolución».

Creo que así entendía Escrivá la «mentalidad laical»: pedir a los miembros de la Obra que llamaba a la ordenación que se esforzaran por ser «sacerdotes al cien por cien». Y ese compromiso comienza por la obligación de «no ingerencia» en todo lo que no es espiritual, en lo que se refiere al servicio de Dios.

De este aspecto deriva, en mi opinión, una de las características más sorprendentes del Opus Dei: el culto y la defensa a ultranza de la libertad de los miembros. Sorprendente, porque resulta que la realidad no sólo es distinta del cliché, sino incluso su contrario. Escuchemos a este propósito lo que afirma Le Tourneau: «Una de las características del espíritu del Opus Dei, a menudo puesta de relieve por sus portavoces y con mayor insistencia aún por el Fundador, es el amor a la libertad».

«Un amor íntimamente conectado con la mentalidad secular propia del Opus Dei, la cual hace que, en todas las cuestiones profesionales, sociales, políticas, etc., cada miembro actúe libremente en el mundo, con arreglo a lo que le dicte su conciencia, rectamente formada, y asumiendo plenamente las consecuencias de sus actos y de sus decisiones. Eso les lleva no sólo a respetar, sino también a amar, de manera positiva y práctica, el auténtico pluralismo, la variedad de todo lo que es humano; así hacen realidad lo que la Declaración de la Congregación para los Obispos del 23 de agosto de 1982 decía con motivo de la erección del Opus Dei como Prelatura personal: “Por lo que se refiere a sus opciones en materia profesional, social, política, etc., los fieles laicos que pertenecen a la Prelatura -dentro de los límites de la fe y de la moral católicas y de la disciplina de la Iglesia- gozan de la misma libertad que los demás católicos, conciudadanos suyos; por tanto, la Prelatura no hace suyas las actividades profesionales, sociales, políticas, económicas, etc., de ninguno de sus miembros”».

Continúa el autor francés: «Esta opción deliberada a favor de la libertad no es consecuencia de una prudencia humana o de una táctica, sino el resultado lógico de la conciencia clara que todos los miembros tienen de participar en la única misión de la Iglesia: la salvación de las almas. Verdad es que el espíritu cristiano ofrece unos principios éticos comunes de acción temporal: respeto y defensa del Magisterio de la Iglesia, nobleza y lealtad en el comportamiento -con caridad-, comprensión y respeto de las opiniones ajenas, verdadero amor a la Patria -sin nacionalismos estrechos-, promoción de la justicia, capacidad de sacrificio en servicio de los intereses de la comunidad, etc. Ahora bien, sobre la base de estos principios, cada cual determina qué solución le parece más pertinente entre las muchas opciones que existen. A este respecto, Mons. Escrivá concluía: “Con esta bendita libertad nuestra, el Opus Dei no puede ser nunca, en la vida política de un país, como una especie de partido político: en la Obra caben -y cabrán siempre- todas las tendencias que la conciencia cristiana pueda admitir, sin que sea posible ninguna coacción por parte de los directores”. Sólo la jerarquía de la Iglesia puede, si lo estima necesario para el bien de las almas, dictar una norma de conducta determinada al conjunto de los católicos».

Podría sospecharse que con mala fe se oculta la «verdadera» realidad de la Obra, que no sería más que un conjunto de marionetas dirigidas por alguien que, agazapado en la oscuridad, no sólo no respeta sino que coarta su libertad. Pero esa sospecha tendría que explicar el hecho de que la dinámica misma de la institución -con su rechazo del clericalismo, incluso para los sacerdotes- conduce no sólo en teoría sino también en la práctica a quedar al margen de las decisiones temporales de los laicos.

Volviendo al perfil del clero del Opus Dei, señalemos que el numerario o el agregado llamados al sacerdocio abandonan totalmente su profesión «civil», en la que han podido

alcanzar éxito y prestigio. No abandonan por esto el trabajo, sino que a partir de ahora se dedican plenamente a la labor sacerdotal. Este consiste, principalmente, en «colaborar en la formación espiritual de los miembros de la Obra -hombres y mujeres- mediante la predicación, la dirección espiritual y la administración de los sacramentos, sobre todo de la confesión».

A propósito de esto último: ¿está obligado quien pertenece al Opus Dei a confesarse con un sacerdote de su institución? Veamos cómo es el asunto. «El fundador enseñó siempre que los miembros son libres, como cualquier católico, de confesarse con cualquier sacerdote que tenga las debidas licencias. Un miembro del Opus Dei puede utilizar lícitamente esta libertad, dirigiéndose a sacerdotes que no pertenecen a la Prelatura. Sin embargo, es fácil darse cuenta de que esto no será frecuente: si los miembros del Opus Dei se comprometen libremente a perseguir un fin concreto dentro de la Iglesia, es lógico que escojan los medios específicos propuestos por la Prelatura. Y es evidente que los sacerdotes de la Obra, por su conocimiento del espíritu de la Obra y de las obligaciones específicas de sus miembros, pueden ayudar con su orientación a vivir de modo más eficaz el sacramento de la penitencia, que es también un medio de dirección espiritual».

Recogemos aquí esa precisión oficial porque este punto ha sido (y es) polémico: Algunos consideran que la práctica habitual (no obligatoria) de los miembros del Opus Dei, que se confiesan con sacerdotes del Opus Dei -con uno de ellos, ya que no se impone uno en particular-, es una manifestación de mentalidad «sectaria».

No me corresponde a mí defender a nadie ni a nada. Se trata sólo de razonar y de comprender: esta es la línea que, si no me equivoco, me he esforzado y me esfuerzo en seguir. Es preciso admitir que si se mira el asunto con objetividad y sentido común, parece realmente increíble que se polemice sobre este punto. Discusiones que no se dan, como es lógico, cuando un franciscano se confiesa con un franciscano, un barnabita con un barnabíta, un sacerdote diocesano con otro sacerdote de la misma diócesis.

Esas acusaciones confirman la aspereza de los contrastes que esta institución «nueva» -pero que se remite a lo antiguo, a los dos milenios de la Tradición- ha suscitado y sigue suscitando, alimentando sospechas también sobre comportamientos y costumbres aceptados pacíficamente en otras realidades eclesiales. Juzgue el lector si tiene sentido lo que se lee con frecuencia en los alegatos anti-Opus: los miembros deberían confesarse con sacerdotes no pertenecientes a la Prelatura, para «contrastar» de este modo los peligros de indoctrinamiento, de lavado de cerebro, de clausura, que implicaría la formación interna.

La respuesta es obvia: «al Opus Dei se viene impulsado por una vocación libremente aceptada. Con la misma libertad se puede salir, se pueden buscar otros caminos, si se sospecha que la Prelatura transmite venenos que deben combatirse con los antídotos de un confesor externo, que -aun no conociendo la Obra- periódicamente ponga en guardia, “descontamine”».

Para terminar con el origen, misión y espiritualidad de los sacerdotes, es preciso hablar también de otros sacerdotes, aunque coincidan en parte con el clero de la Prelatura: los socios de la Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz. No es un accesorio sin importancia de la Prelatura, como demuestra el hecho de que su nombre completo y oficial en los documentos y en el Anuario Pontificio es «Prelatura personal de la Santa Cruz y Opus Dei», y que sólo por abreviar se dice «Opus Dei».

Sería complicado (para ustedes y también para mí), e incluso poco interesante para nuestros fines, explicar por qué y cómo, de acuerdo con las posibilidades y las exigencias del derecho canónico -conocidas al dedillo tanto por Escrivá como por su inseparable Del Portillo, doctores ambos en la materia- se llegó a semejante nombre. Confieso que no domino suficientemente las sutilezas eclesiásticas como para explicar con palabras mías cómo funciona esa Sociedad y cuáles son sus relaciones con la Prelatura, con la Iglesia universal y con las Iglesias locales.

Por tanto, en una materia tan compleja, donde cada término tiene un significado preciso, me limitaré a reproducir aquí una explicación «oficial» sintética pero, a mi juicio, bastante clara y completa.

Es la siguiente: «La Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz es una asociación de clérigos compuesta por: 1) los sacerdotes del Opus Dei, es decir, por el clero de la Prelatura; 2) por los diáconos y presbíteros, incardinados en una diócesis, que deseen formar parte de la Sociedad, respondiendo a una vocación divina que les llama (y esta es la finalidad de la asociación) a santificar su trabajo profesional: es decir, el ministerio sacerdotal. Para alcanzar esta finalidad, dependen de la Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz sólo en lo que se refiere a la asistencia espiritual (que es un ámbito que corresponde a la esfera de la autonomía personal): lo que significa que cada uno de esos sacerdotes sigue bajo la completa y exclusiva dependencia de su obispo propio».

Sigamos con esa explicación: «Esta Sociedad, creada por Mons. Escrivá en 1943, se adecua al espíritu del Vaticano II, que en el decreto sobre los presbíteros, cuando exhorta a mejorar continuamente la formación sacerdotal, sugiere también la pertenencia a alguna asociación específica. La Sociedad es una asociación con un espíritu que favorece la unidad y que fomenta, de un lado, la unión de cada sacerdote con su obispo, y de otro, la fraternidad sacerdotal. Por tanto, los socios no son del clero de la Prelatura del Opus Dei, sino clero propio del obispo del que dependen. No están, por tanto, bajo la jurisdicción de los directores del Opus Dei. La Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz es jurídicamente distinta de la Prelatura, pero existe entre ambas una completa unidad de espíritu alrededor de lo que es el elemento propio del Opus Dei: la búsqueda de la santidad a través de la santificación del trabajo ordinario».

Creo que, si habéis leído hasta aquí, os habréis dado cuenta de que esta Sociedad responde a una intención clara: conseguir que todos, si son llamados, puedan vivir el mensaje del Opus Dei. Como sólo los laicos pueden entrar en la Obra, porque los clérigos -ya ordenados o en el seminario- están excluidos, la Sociedad sacerdotal permite recibir y vivir la formación del espíritu del Opus Dei a estos sacerdotes que permanecen en su propia diócesis de la que dependen en todo lo que no se refiera a la autonomía personal de cada uno, como la formación espiritual.

Conviene señalar, como quizá se ha apreciado ya en la explicación anterior, el derroche de habilidad y de experiencia para encontrar una fórmula que salvaguardase, por una parte, la posibilidad de que un sacerdote diocesano pudiese vivir la espiritualidad de la Obra, si se siente llamado a ello; y por otra, los derechos del obispo del lugar -«nihi1 sine episcopo» (nada sin el obispo) es el lema programático de la asociación- y el deber del sacerdote de sentirse partícipe a pleno título del clero del que procede y al que continúa perteneciendo.

He aquí otro aspecto de la estrategia general de don Josemaría: proponer a todos, sin excluir a nadie, un training en santidad y apostolado, dejando a cada uno donde se encuentra, cambiando lo menos posible su condición tanto en la sociedad como en la Iglesia.

Mi encuentro con Monseñor Escrivá de Balaguer

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Testimonio de Víctor García Hoz, Catedrático de Pedagogía en la Universidad Complutense de Madrid
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Ocurrió creo un par de años o tres después de conocer a Monseñor Escrivá de Balaguer.

Tenía yo cierta familiaridad con la literatura española mística y ascética, puesto que precisamente había hecho mi tesis doctoral sobre este tema, pero no había entrado, a pesar de todo, en la profundidad del amor de Dios y en cómo Él nos llama a participar de su vida.

Ya me había casado, tenía algún hijo, y me confesaba con Mon­señor Escrivá de Balaguer regularmente. Charlábamos sobre mí vida espiritual, y un buen día, en medio de la charla, me dejó ver­daderamente asombrado con las palabras que me dijo. Poco más o menos, creo que son textuales: «Dios te llama por caminos de contemplación».

Esto para mi fue verdaderamente una cosa tremenda. Como ya he dicho, estoy casado, tenía un hijo y esperaba más, como luego Dios me ha dado hasta ocho. Por otra parte, yo era un hombre modesto, era un doctor en Filosofía y Letras con un contrato en la Universidad que apenas me daba para subsistir, tenia que andar a puñetazos con el trabajo para allegar el dinero necesario para poder vivir.

Que Monseñor Escrivá de Balaguer me hablara de caminos de contemplación fue verdaderamente un descubrimiento.

Cuando me casé tenía ciertos deseos de vivir una auténtica vida cristiana, y necesitaba para ello un director espiritual. Acudí al entonces vicario general de la diócesis, don Casimiro Morcillo, que era muy amigo mío –más tarde sería arzobispo de la diócesis de Madrid–Alcalá–, para que me dijera algún sacerdote, si es que él no quería –yo se lo sugerí–, que se encargara de mi dirección espiritual.

Él me recomendó que buscara a Monseñor Escrivá de Balaguer en concreto. Le busqué: tenía dos direcciones, una donde él vivía y otra donde ejercía su apostolado principalmente, pero resultaba costoso encontrarle: acababa de salir, no había venido, etcétera.

Al ver las dificultades volví otra vez al vicario y le dije: «Mire usted, don Casimiro, este sacerdote debe estar muy ocupado». «Si­gue buscándole», me respondió. Creo que éste es uno de los con­sejos en los que veo más claramente la mano de Dios. Que me indi­cara un sacerdote concreto no tiene nada de particular, pero que después de todas las dificultades me dijera: «Sigue buscándole»…

Y seguí buscándole, hasta que quedamos citados para reci­birme.

Pienso que es el primer rasgo definitorio de la personalidad de Monseñor Escrivá de Balaguer: su extraordinaria disponibilidad, es decir, estar siempre a disposición de quien buscaba su ayuda para ir a Dios. Porque la verdad es que cuando me dio esta cita yo iba un poco miedoso. «Con el trabajo que debe tener este sacerdote –pensaba–, que me ha costado casi dos meses encontrarle, yo le voy ahora con la pretensión de que me dirija espiritualmente, y tam­bién a mi mujer -que más o menos estaba en mis disposiciones–:me va a decir que lo siente mucho».

Sin embargo, mi primer gran asombro fue cuando no puso abso­lutamente ninguna dificultad. Me dijo que estaría encantado de atenderme, de hablar conmigo, de dirigirme espiritualmente, de lo que fuera menester.

Efectivamente, apenas iniciado el trato con Monseñor Escrivá de Balaguer, me causó verdadero asombro su absoluta disponibi­lidad para quienes nos habíamos confiado a su dirección espiritual. Esta actitud se puso de relieve muchísimas veces: por ejemplo, en las molestias que tenía que tomarse para confesar a mi mujer. Para confesarme y hablar conmigo no había ningún problema, pues normalmente bastaba con acudir a la residencia de la calle Jenner. Mas cuando se trataba de mi mujer, la cosa era diferente, ya que Mon­señor Escrivá de Balaguer vivía con exquisito cuidado las normas de la prudencia en la confesión y dirección espiritual de mujeres, que siempre enseñó y exigió a sus hijos sacerdotes.

Don Josemaría se encargaba de buscar una iglesia y un confesionario a la hora adecuada. Y esto no una vez o dos, sino cuantas veces mi mujer acudía, que normalmente era un día a la semana. Varias veces utilizó los confesonarios de las iglesias de San José y de Santa Bárbara.

Por lo que a mí se refiere recuerdo especialmente una ocasión, creo que en el curso 1940- 41 en que andaba agobiado con un problema familiar. Pregunte por el fundador del Opus Dei en la residencia, y me dijeron que estaba dirigiendo una tanda de ejercicios espirituales en el Seminario de Madrid. Acudí allí y apenas terminó la plática, me recibió. Estuve todo el tiempo necesario para hablar de mi problema, sin que diera muestra alguna de impaciencia, ni me insinuara la conveniencia de dejarlo para otra ocasión. Char­lamos durante mucho tiempo y, al final, el problema quedó solucionado.

Esta disponibilidad total era la expresión de una caridad extre­ma que le hacía olvidarse de sí mismo para estar siempre pendiente de los demás. En los primeros años de mi trato con Monseñor Escri­vá de Balaguer, quizá por el año 1941, a la Acción Católica –de cuyo Consejo Superior de hombres formaba yo parte– organizó unos ejercicios espirituales para profesores y graduados universi­tarios. Tenían lugar en el oratorio de Caballero de Gracia, y él diri­gía las meditaciones al final de la tarde.

A los dos o tres días de empezar notamos que hablaba con cierta dificultad. Se le habían inflamado las amígdalas y le supuraban. A pesar de estas molestias fuertes, y además pidiendo perdón por no poder pronunciar completamente bien, continuó predicando la semana entera, dejándonos fuertemente impresionados.

Creo que también se puede decir que el fundador del Opus Dei era realmente un hombre de paz, irradiaba paz. Hay rasgos de su personalidad que se pueden conocer, naturalmente habiéndole tra­tado, pero también viendo su obra.

Los hombres se manifiestan en sus acciones, y la obra que fundó Monseñor Escrivá de Balaguer ahí está, extendida por todo el mun­do. ¿Qué significa esto?

Para mí significa, enlazando con lo que antes decía de la dis­ponibilidad, una inmensa caridad y una enorme fortaleza. Enorme fortaleza en el sentido de que todos la necesitamos para ser cons­tantes en el trabajo, pero es que, además, y esto es fruto de que le conocí y le vi, pienso que Monseñor Escrivá de Balaguer ha sido uno de los hombres que, por su amor a Dios, a la Iglesia, a las almas, más ha sufrido en el mundo.

Y, sin embargo, nunca le vi perder la paz. Irradiaba, al mismo tiempo que un vigor extraordinario para el trabajo y la lucha ascé­tica diaria, una paz contagiosa. Recuerdo que una vez, hacia el año 1942, anduve con muchas vacilaciones y desasosiegos sobre varias posibilidades profesionales y sociales que se me ofrecían.

Hablé con Monseñor Escrivá de Balaguer y tras sus palabras, en las que quedaba claro que la decisión tenía que ser mía, libre y responsable, hice con toda tranquilidad una elección que me devolvió la calma.

En esta ocasión, y en tantas otras desde que empecé a dirigirme espiritualmente con el fundador del Opus Dei, pude darme cuenta de su exquisito respeto hacia mis opiniones, trabajos y aspiraciones profesionales. Su constante empeño era que llegara a vivir la pre­sencia de Dios de un modo continuo, que ofreciera todas las obras, alegrías y dificultades a Dios, rectificando cuantas veces fuera nece­sario la intención, para que el servicio y la gloría de Dios llegaran a ser preocupación dominante; que atendiera a los detalles peque­ños en cualquier quehacer y procurase realizar bien el trabajo, para poder ofrecer algo digno a Dios; que pusiese cada vez más ilusión en la tarea profesional, principal medio de santificación que Dios había puesto a mi alcance; que quisiera cada vez con más ilusión a mi mujer y a mis hijos.

Valencia: un bello recuerdo

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El Padre llega al aeropuerto de Manises el 14 de noviembre. Valencia está brillante, como en sus días de verano. Esta es una tierra que sonríe al mar, que se llena de azahares, que explota de alegría cada marzo y convierte sus barros en cosechas y cerámicas. Aquí llegó la Obra cuando los primeros miembros salieron de Madrid: Samaniego fue la primera Residencia universitaria, y El Cubil un pequeño piso en el que se forjaron las vocaciones levantinas. Aquí ha rezado mucho el Fundador, frente a las playas, en esta ciudad fecunda y trabajadora que se enclava en un circuito de naranjos.

«Con qué anhelo deseé -hace ya mucho, y durante largo tiempo- que el Opus Dei viniera a esta ciudad: hasta que el Señor concedió generosamente a su siervo que también aquí tuviera hijos e hijas; al regresar a Valencia, eran incontables las acciones de gracias a Dios que llenaban mi corazón de Padre feliz… »(39)

Estas frases de alegría forman parte del acta depositada en el altar del oratorio del Colegio Mayor Alameda, consagrado por el Padre durante estos días de 1972.

Una semana vivirá en La Lloma, una Casa de Retiros a muy pocos kilómetros de Valencia por la carretera de Sagunto. En este Centro recibirá a grupos de personas que acuden desde Albacete, Murcia, Alicante, Castellón y Teruel. Ha saludado, nada más llegar a la ciudad del Turia, a Nuestra Señora de los Desamparados; la voz de que el Padre acudirá a la Basílica ha cundido, y muchos de sus hijos esperan dentro de la iglesia. Son espectadores de la llegada y de su oración ante la Patrona de la ciudad.

También tiene una cita importante con un amigo ya fallecido, y el Fundador no puede faltar a ella. Acude a la catedral para hablar con Dios del que fue Arzobispo de la ciudad, don Marcelino Olaechea:

-«He querido con toda mi alma a vuestro arzobispo anterior (…), y él a mí. Tuvo mucho cuidado de que me avisaran, a mí y a dos parientes suyos, cuando se moría, y yo quiero corresponder, escaparme a la catedral, ponerme allí de rodillas donde está enterrado y rezarle con tanto cariño… Más que rezar por él, le rezaré a él, para que me bendiga y bendiga a este pueblo bendito de Valencia»(40).

Una multitud de jóvenes cruzará la llanura sobre la que se alza La Lloma para oír a Monseñor Escrivá de Balaguer durante sus días de estancia en Levante: miembros de los Clubs Collvert, Sorní, Azarba, Estay, Tetuán, Martí y Diemal.

Estos Centros, cuya dirección espiritual está confiada a miembros del Opus Dei, se ocupan de completar la educación de la juventud. Orientan sus métodos de estudio y la elección de sus futuras profesiones; organizan actividades culturales; estimulan la convivencia y el respeto en total libertad. Cuidan de que la dimensión transcendente, cristiana, de la persona, se cultive con conocimientos y prácticas desarrollados en paralelo a su formación profesional. En ellos comparten proyectos e inquietudes, miles de adolescentes en todos los países del mundo. Durante los períodos de vacaciones, este intercambio adquiere dimensiones internacionales.

Igualmente, acuden algunos centenares de sacerdotes de Valencia y diócesis vecinas. Residentes y adscritos del Colegio Mayor Alameda, y más de doscientas universitarias de la Residencia Saomar que van a tener, también, la oportunidad de escucharle.

¿De qué habla el Padre especialmente en esta tierra expansiva y apasionada? De uno de sus grandes amores, que comparte con los valencianos: San José. Un testigo sonriente de la pólvora que la ciudad quema cada año, en un alarde de fuego y música, para festejarle.

«Me habéis dado una alegría al poner en La Lloma esos azulejos con San José, a quien tanto quiero. Lo digo descaradamente, llamándole mi Padre y Señor (…). Le quiero mucho, con toda mi alma, porque es el que más ha amado a Santa María y el que más ha tratado a Dios, el que más le ha amado después de Nuestra Madre. San José era un hombre estupendo, un gran trabajador: estoy seguro de que no se quejó jamás a Nuestro Señor por tener que trabajar tan humildemente, para sostener aquella casa de Nazaret, ni por tener que correr de una parte a otra (…). Cuando me lo encontré allí, detrás de esa reja, me llevé una gran alegría, y le eché dos piropos» (41).

En las reuniones que se celebrarán en el Colegio Guadalaviar, promovido por padres de familia que han encomendado la dirección espiritual al Opus Dei, se contabilizan unas diez mil personas.

Ahora es un profesor de educación física quien aborda al Padre, pidiéndole unas palabras acerca de la deportividad en la lucha interior, y le responde con un recuerdo de las Olimpiadas:

«Veía cómo se acercaban aquellos mozos fuertes, con su pértiga dispuesta para saltar. Se concentraban en silencio hasta que ¡por fin! daba la impresión de que se decidían. Pero no: había pasado una mosca por allí, y se acabó la concentración. ¡Tienen más recogimiento que muchos cristianos a la hora de rezar!

Otras veces no se paraban, querían saltar, pero… no podían. Entonces bajaban la cabeza, se iban de nuevo al punto de partida (…). Luego se lanzaban y, quizá al cuarto o quinto intento, saltaban.

Tú debes decir a tus alumnos que en la vida ocurre eso. Diles que no son animales; que, en estos momentos de violencia, de sexualidad brutal, salvaje, tienen que ser rebeldes. Tú y yo somos rebeldes: no nos da la gana ser unas bestias. Queremos tratar a Dios (…). Para eso es muy bueno saber hacer una gimnasia espiritual, que es muy semejante -paralela por lo menos- a lagimnasia física».(41)

Alguien le pregunta qué han de hacer sus hijos en la Obra para que la pujanza y la frescura y el vigor de los primeros tiempos se mantenga durante siglos. Y el Fundador responde, en serio, pero con tono de broma:

«Que sean humildes (…). A nosotros no nos interesan ni la pujanza ni la frescura… Un poquito de frescura, sí.

Me preguntaba un niño de pocos años: oye, tú, ¿no te da vergüenza estar ahí arriba hablando a tanta gente? De modo que unpoco de frescura también tengo yo; esa frescura hace falta para poder hablar de Dios (…).

Hemos de ser humildes, y el Señor nos ha pedido la humildad colectiva, que algunos se empeñan en no entender. Desde el principio, miles de personas en todo el mundo la han entendido, y ahora, además, la practican, porque forman parte del Opus Dei y no se les va la fuerza por la boca, sino en obras de servicio a los demás, con manifestaciones de amor a las almas (…). Ser humildes no es ñoñería; es hablar con sinceridad, con naturalidad, y después pensar en aquellas palabras de San Pablo: a mí me importa muy poco el pensamiento de los hombres que me critican; me importa el juicio de Dios. ¿Está claro? Me importa el juicio de Dios: todo lo demás me sale por una friolera»(43)

Antes de partir de Valencia, se reúne en la Casa de Retiros La Lloma con un grupo de hijas e hijos suyos, Supernumerarios, que ayudaron a la Obra en Levante desde los primeros tiempos. Algunos hace más de veinte años que no han visto al Padre. La mayoría le conocieron cuando cursaban sus estudios universitarios; aprendieron a entender, a querer al Opus Dei; descubrieron su vocación de mensajeros y testigos de Cristo sin abandonar su profesión, sus ocupaciones, los deberes de su matrimonio, de su vida familiar. Hoy, ya, alguno tiene el pelo encanecido y el rostro surcado por las huellas del tiempo y del trabajo. La reunión es entrañable por los acontecimientos que encierra este gran paréntesis de tiempo, lleno de lealtad, de fe en la Obra de Dios y en el Padre.

«Me da mucha alegría comenzar dándoos las gracias, por varias razones: la primera, porque correspondéis mucho y bien a la gracia divina; la segunda, porque arrimáis el hombro, y eso es muy bueno para la gloria de Dios, para la felicidad vuestra y para el bien de las almas (…). Veis que todos los cristianos tenéis el derecho y el deber de ser santos. Por eso os doy las gracias: porque lo habéis comprendido y lo estáis practicando. Sin vosotros no se podría hacer nada, absolutamente nada; lo hacéis todo vosotros, con la ayuda del Señor»(44).

El Padre habla con ellos de sus hijos, de sus proyectos, de su vida de entrega a Dios… Todos coinciden en haber vivido, junto al Fundador, una jornada inolvidable.

Y para que no falte una expresión cabal del cariño, los valencianos ofrecerán al Padre un castillo de fuegos artificiales acompasados por la banda de música de Mislata.

En la casa de La Lloma, sobre un viejo arcón de madera arrimado a la pared del patio, hay un ejemplar de «Camino». Se apoya en un atril de metal. En la primera página el Padre ha escrito al llegar:

Electi mei non laborabunt frustra. Valentiae, 14-XI-1972 (45). Mis elegidos no trabajarán en vano. Queda como acción de gracias a Dios y a todos aquellos que iniciaron el trabajo del Opus Dei en la ciudad del Turia.

8. Rasgos de vida interior

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

En el punto 107 de Forja el Fundador escribió: El que deja de luchar causa un mal a la Iglesia, a su empresa sobrenatural, a sus hermanos, a todas las almas.

–Examínate: ¿no puedes poner más vibración de amor de Dios, en tu pelea espiritual? –Yo rezo por ti… y por todos. Haz tú lo mismo.

Si el Beato Josemaría nunca daba consejos que antes no hubiese puesto personalmente en práctica, ¿podría decirnos algunas cosas sobre su lucha ascética, sobre su examen de conciencia?

–El último día de 1971 el Padre anotó en su agenda una frase que después repetiría con frecuencia: Este es nuestro destino en la tierra: luchar por amor hasta el último instante. Deo gratias! Son palabras que llevó a la práctica toda la vida, para arrancar cuanto pudiese alejarle de Dios. Y para que no olvidásemos esta enseñanza, quiso que se grabara esta frase en la última piedra de Cavabianca, la nueva sede del Colegio Romano de la Santa Cruz. Sólo después de su muerte fue posible realizar aquel deseo suyo.

Se esforzó incansablemente en ser un instrumento cada vez más dócil a la misión que Dios le había confiado, templando su propio carácter y ejercitándose en la práctica de las virtudes.

A lo largo de su vida, mediante un examen de conciencia delicado, profundo y sincero, fue descubriendo nuevos puntos en los que mejorar. Se proponía metas exigentes para secundar las mociones recibidas de Dios, y su “táctica” consistía en luchar en cosas pequeñas, pues estaba convencido de que la santidad “grande” está en cumplir los “deberes pequeños” de cada instante (Camino, n. 817).

Afortunadamente conservamos algunas anotaciones suyas de 1932, que son un fiel reflejo de su lucha interior:

– No hacer preguntas de curiosidad.

– No quejarme de nada nunca con nadie, como no sea por buscar dirección.

– No alabar, no criticar.

Y, aunque era de carácter abierto y afable, resulta significativo que apuntase también el siguiente propósito:

– Ser amable y hablador en casa.

En 1956 me indicó las preguntas que debía hacerse con frecuencia un alma contemplativa, pues los miembros del Opus Dei somos contemplativos en medio del mundo. El Padre se examinaba personalmente sobre estos puntos:

–¿Busco el trato con Jesús en el Sagrario?

–¿Manifiesto con hechos mi espíritu de proselitismo?

–¿Acudo a la Virgen y a San José, para aprender a tratar a Dios, como Patronos de la Obra?

–¿Cumplo y vivo con cariño las Normas y Costumbres de la Obra?

–¿Saludo constantemente a mi Madre Santa María?

–¿Son mis amigos, mi Angel Custodio y los Custodios de los demás?

–¿Soy generoso en las pequeñas mortificaciones diarias, constantes?

–¿Sé elegir, cuando tengo libertad, lo más desagradable?

–¿Vivo el espíritu de penitencia?

–¿Doy tono sobrenatural a mis conversaciones?

–¿Procuro no discutir, y sé atender las razones de los demás?

–¿Busco mi alabanza o que agradezcan mis servicios?

–¿Pueden encargarme lo que sea, con la confianza de que lo llevaré a cabo y daré cuenta sincera, sin disculpa, de cómo lo he cumplido?

–¿Vivo la caridad, el cariño, también en los ratos de descanso?

–¿Mortifica mi palabra a los demás, por ser cargante o hiriente?

–¿Procuro no dar un trato extraordinario a alguno sólo por motivo de simpatía, haciendo acepción de personas?

–¿Olvido que mi santidad está en la rectificación del deber de cada instante?

–¿Me preparo debidamente para recibir los Santos Sacramentos?

–¿Hago con sinceridad y con valentía mi examen de conciencia a mediodía y por la noche?

–¿Hago también, en la forma debida, el examen particular de conciencia?

Como se ve, casi todas estas preguntas se dirigen a mantener o mejorar la intimidad con Dios.

Con sus palabras y su ejemplo el Fundador del Opus Dei enseñó a no fiarse del propio criterio y a acudir siempre a una prudente dirección espiritual, también en la confesión. ¿Quiénes fueron sus directores espirituales y sus confesores?

–Cuando, entre finales de diciembre del 1917 y comienzos de enero de 1918, en Logroño, el joven Josemaría descubrió aquellas huellas de unos pies descalzos en la nieve, se despertó en su alma una profunda inquietud y la seguridad plena de que el Señor quería algo (eran los barruntos del Amor). Acudió entonces a la dirección espiritual del Padre José Miguel, el carmelita que había dejado aquellas huellas.

Este santo religioso, al observar las excelentes disposiciones interiores del joven, y comprendiendo que, efectivamente, el Señor le llamaba, le sugirió hacerse carmelita descalzo. Esta posibilidad ni le atraía ni le desagradaba; pero, tras haberlo meditado con calma en la oración, también por lo que afectaba a sus deberes familiares, comprendió claramente que no era eso lo que el Señor le pedía, e intuyó que si el Señor quería algo de él, el mejor modo de estar disponible era hacerse sacerdote.

Interrumpió entonces la dirección espiritual con el Padre José Miguel, aunque conservó siempre una sincera gratitud por su trato, así como un afecto muy grande hacia los carmelitas. Veneraba especialmente a Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y Santa Teresita del Niño Jesús: fue asiduo lector de sus obras y en la predicación evocaba a menudo a estos grandes maestros de la espiritualidad y citaba sus escritos, aunque, cuando era necesario, hacía notar los puntos de divergencia con su propio modo de pensar y vivir las relaciones con Dios.

Cuando le contó a su padre la decisión que había tomado de hacerse sacerdote, don José Escrivá le puso en contacto con el Abad de la Colegiata, don Antolín Oñate, para que le orientase convenientemente, y buscó a otro amigo sacerdote que le preparase, tanto desde el punto de vista espiritual como científico; se dirigió a don Albino Pajares, sacerdote castrense, muy piadoso.

Para la dirección espiritual propiamente dicha y la confesión, Josemaría acudió a don Ciriaco Garrido Lázaro, canónigo capitular de la Colegiata y coadjutor de la parroquia de Santa María de la Rotonda, la iglesia a la que solía ir a rezar. En aquel momento este buen sacerdote debía tener en torno a los cuarenta y cinco años. Familiarmente le llamaban “don Ciriaquito”, no sólo por su pequeña estatura, sino sobre todo porque era muy querido en Logroño, tanto, que después de su muerte, en 1949, le dedicaron una calle de la ciudad.

En el Seminario de Zaragoza, donde no había un director espiritual específico, le ayudó sobre todo el Rector, don José López Sierra. Recibió consejos también del propio Cardenal Soldevila, de Mons. Miguel de los Santos Díaz Gómara, y de don Antonio Moreno. Después de su ordenación, fue don José Pou de Foxá quien más le orientó en los primeros pasos de su ministerio, en calidad de amigo leal y noble y bueno, como lo describía el Padre.

En Madrid, nuestro Fundador recurrió a la dirección espiritual del Padre Valentín Sánchez S.J., a quien confió la guía de su alma en el verano de 1930.

Tuvo que interrumpirla cuando el gobierno republicano decretó el 24 de enero de 1932 la expulsión de los jesuitas. En aquellas dificilísimas circunstancias, el Padre acudió al confesonario del Padre Postius, un religioso claretiano. Sin embargo, pese a la expulsión de la Compañía, muchos jesuitas se quedaron en España; así que, en cuanto estuvo disponible el Padre Sánchez, nuestro Fundador volvió a confesarse con él.

Con el estallido de la guerra civil y el inicio de la cruenta persecución religiosa que obligó a los sacerdotes a huir o esconderse para no sufrir martirio, le resultó muy difícil tener un confesor fijo. Mientras estuvo refugiado en la Legación de Honduras, acudió –habitualmente cada semana– al Padre Recaredo Ventosa, que había sido Provincial de la Congregación del Sagrado Corazón y estaba también refugiado en aquel lugar. Después, se confesó también durante un cierto período con don Angel Sagarmínaga.

Cuando logró pasarse a la llamada “zona nacional” y fijó su residencia en Burgos, nuestro Fundador pudo nuevamente tener un confesor fijo; al principio se dirigió con don Saturnino Martínez, un sacerdote muy piadoso, pero de salud frágil; por eso, al poco tiempo, acudió al P. Francisco de B. López Pérez, claretiano.

Después, al regresar a Madrid al término de la guerra civil española, volvió a su antiguo confesor, el P. Valentín Sánchez, hasta 1940, en que se vio obligado a dejarlo.

¿Qué había sucedido? Puedo decirlo con toda exactitud, porque estuve presente en las dos últimas conversaciones de nuestro Fundador con su director espiritual. En 1940 el Padre, ante la insistencia del Obispo de Madrid, había preparado los documentos para la aprobación diocesana de la Obra. Como en la parte relativa al espíritu del Opus Dei no hacía sino exponer el camino ascético que el Señor le hacía recorrer, es decir, su propia vida interior, le pareció oportuno enseñar también estos documentos al P. Sánchez. El Padre siempre distinguió entre lo que se refería a la fundación del Opus Dei –materia que no competía a sus directores espirituales– y lo que se refería a su vida espiritual; por tanto, su intención no era la de pedir una opinión al P. Sánchez sobre el Opus Dei, sino sobre su propia vida interior. Me parece recordar que la entrevista, en la que le entregó estos documentos, tuvo lugar en septiembre de 1940.

Unas semanas después acompañé nuevamente a nuestro Fundador a visitar a su director espiritual. Esta vez, el Padre Sánchez, que hasta entonces siempre le había animado a ser fiel al carisma fundacional, le dijo, con un tono bastante alterado, que la Santa Sede no aprobaría nunca la Obra, y le citó los números de algunos cánones para probar esta afirmación. Le devolvió los documentos y le despidió.

El Padre sufrió de manera indecible en aquella entrevista, pero no perdió la paz. Reafirmó su confianza en que, como la Obra era de Dios, el Señor se encargaría de conducirla a buen puerto. Añadió también, con mansedumbre y claridad, que no podía seguir confesándose con él, porque ya no le inspiraba confianza.

Me parece evidente que el P. Sánchez se sentía fuertemente condicionado, casi coartado, por otros; de otro modo, no se puede explicar un cambio tan radical y repentino. Eran los tiempos en los que se desataba una violenta persecución contra la Obra.

Yo tomé nota de los números de los cánones que el Padre Sánchez había citado. Nada más llegar a casa comprobé con el Padre que los había citado al azar, y no tenían nada que ver con el problema.

Es un suceso muy grave y muy triste, pero que no debe escandalizar, pues muchos santos han sufrido dificultades e incomprensiones de sus confesores. Basta recordar cuánto sufrió Santa Teresa.

El Padre, a pesar de todo, conservó siempre un profundo agradecimiento al P. Sánchez, por el bien que había hecho a su alma. Cuando murió este jesuita, en 1963, nuestro Fundador recordaba, en una carta dirigida al Vicario de la Obra en España, que el P. Sánchez se había alegrado mucho cuando, pasado el tiempo, fue a verle y le informó de que la Santa Sede había concedido a la Obra el decretum laudis.

¿Y a quién acudió, entonces, el Fundador para la dirección espiritual?

Escogió a don José María García Lahiguera, al que siempre consideró un amigo fraterno, y que entonces era director espiritual del Seminario de Madrid; más tarde fue Obispo auxiliar de esta diócesis y, después, Arzobispo de Valencia. Su Causa de canonización se abrirá en cuanto sea posible.

Nuestro Fundador expresó desde el primer momento a su nuevo confesor su intención de dirigirse con un sacerdote de la Obra en cuanto se ordenasen sus primeros hijos. A don José María García Lahiguera le pareció muy lógico. El 26 de junio de 1944, al día siguiente de mi ordenación sacerdotal, el Padre llegó al Centro de la calle Villanueva donde yo vivía. Me preguntó si había escuchado ya alguna confesión; le respondí que no, y exclamó: Pues vas a oír la mía, porque quiero hacer confesión general contigo. Y nos fuimos al oratorio del Centro. Lo menciono porque él mismo lo contó muchas veces en público, incluso con estas mismas palabras. Desde entonces, exactamente durante treinta y un años –murió el 26 de junio de 1975–, confesé habitualmente a nuestro Fundador.

Ya aquella primera vez me dijo que renunciaba al sigilo sacramental que yo debía vivir respecto de sus confesiones, porque quería dejarme las manos libres para ayudarle espiritualmente en cualquier momento, también fuera de la confesión. Por mi parte, gracias a Dios, nunca hice uso de esta facultad, por el amor hacia ese sacramento, que precisamente nuestro Padre me inculcó con tanta intensidad. Me impresionó siempre la humildad con que nuestro Fundador se puso desde entonces en mis manos; yo era un sacerdote recién ordenado y había recibido de él toda la formación espiritual.

Aprovecho la ocasión para señalar que todo lo que estoy contando en esta entrevista, como lo que cuento de nuestro Fundador en otros lugares, se refiere exclusivamente al fuero externo; he evitado y evitaré siempre toda referencia, incluso marginal o indirecta, al sigilo sacramental.

No necesitaba esta precisión, porque ni se me había ocurrido pensar lo contrario, pero se la agradezco, porque ataja cualquier escrúpulo o duda en lectores quizá menos informados.

Le rogaría ahora que abordase algún aspecto de la vida de oración del Fundador.

–Puedo atestiguar que su unión con Dios aumentó año tras año, en un “crescendo” maravilloso, hasta el fin de su vida. Ya en 1935, cuando acababa de conocerlo, vi claramente que sólo pensaba en el Señor y en cómo servirle. Ponía los cinco sentidos en todo lo que hacía; pero, al mismo tiempo, estaba completamente metido en Dios. Vivía lo que solía aconsejar: tener los pies en la tierra, y la cabeza en el cielo; es decir, poner en juego todas nuestras facultades para cumplir los deberes de cada día, en el trabajo profesional, en el ministerio sacerdotal, pero siempre con el pensamiento en el Señor.

Su unión con Dios era tan profunda que, incluso, cuando sufría por la falta de camino jurídico para la Obra, o, sobre todo en los últimos años, por la situación de confusión y desobediencia en que se encontraba la Iglesia, no perdía nunca la alegría, como no la había perdido tampoco ante las numerosas contrariedades por las que hubo de pasar en los años precedentes. Su unión con Dios se alimentaba con tiempos específicos dedicados a la oración mental: habitualmente, media hora por la mañana y media hora por la tarde; estableció esta norma también para todos sus hijos.

En enero de 1973 hizo este comentario: No es bastante que se esté en oración todo el día, como por la gracia de Dios procuramos hacer todos buscando la presencia del Señor en todo momento. No es suficiente, como tampoco sería suficiente que en cada habitación de la casa hubiera los elementos de la calefacción, porque además de éstos se necesita una caldera: y la caldera está constituida para nosotros por las dos medias horas de oración mental.

Por lo demás, las dos homilías tituladas Vida de oración y Hacia la santidad, incluidas en el libro Amigos de Dios, son paradigma elocuente de cómo rezaba. De hecho, las propuso como “falsilla” de la vida de oración de sus hijos.

Precisamente en la homilía Hacia la santidad, el Fundador, después de haber trazado un itinerario de oración que, partiendo de oraciones vocales, pasa por la meditación de la Humanidad Santísima de Cristo, afirma: El corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como el de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las virtudes sobrenaturales! (Amigos de Dios, num. 306). Evidentemente, hablaba desde su experiencia personal.

–No dudo en afirmar que Dios le dio con creces el don de la contemplación infusa. He recordado cómo, muy frecuentemente, durante el desayuno, mientras ambos hojeábamos los periódicos, apenas nuestro Padre empezaba a leer, se quedaba absorto, inmerso en Dios; apoyaba su frente en la palma de la mano y dejaba de leer el periódico para hacer oración. Grande fue mi emoción cuando, después de su muerte, leí en sus Apuntes íntimos esta anotación de 1934, en que plasma con extrema sencillez su diálogo con el Señor: Oración: aunque yo no te la doy (…), me la haces sentir a deshora y, a veces, leyendo el periódico, he debido decirte: ¡déjame leer! –¡Qué bueno es mi Jesús! Y, en cambio, yo…

Llevaría mucho tiempo describir la riqueza de su vida interior, en la que el Espíritu Santo le condujo hacia las altas cimas de la unión mística en medio de la vida ordinaria, atravesando también durísimas purificaciones de los sentidos y del espíritu.

Como les sucede a todas las almas de oración, el Señor permitió que, en algunas épocas de su vida, nuestro Fundador experimentase la aridez. En 1968, por ejemplo, nos confiaba: Ayer por la tarde me encontraba muy cansado y me fui al oratorio a hacer la oración. Me estuve allí, y le dije al Señor: Aquí estoy, como el perro fiel a los pies de su amo; no tengo fuerzas ni siquiera para decirte que te quiero, ¡Tú ya lo ves! Otras veces, a lo largo de mi vida, he dicho a Nuestro Señor: Aquí estoy, como el centinela en la garita, vigilante, para darte todo.

Estos periodos de aridez, más o menos largos, fueron circunstanciales. Se comprueba en las meditaciones publicadas hasta ahora –hay otras inéditas–, que eran oración personal de nuestro Fundador.

Nos enseñó a practicar lo que vivía: a perseverar en la oración mental también cuando estamos cansados, cuando el Señor nos concede consuelos y cuando nos los niega, cuando recibimos luces y cuando nos encontramos en la aridez más completa.

El 17 de mayo de 1970 decía: Vamos a ser piadosos, a enseñar a los demás con nuestras vidas a rezar, a convencer a la gente que hay que rezar. Nosotros debemos llevar todas las cosas a Dios en una continua oración. Ésta fue, en síntesis, su vida: rezar constantemente, reconducir todo al Señor, logrando la plenitud de la contemplación en medio del mundo. Rezó hasta el último momento, hasta que el Señor le llamó a su lado.

Un hogar para la Obra

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Desde que llegó a Madrid, doña Dolores Albás ve a su hijo mayor trajinando de un lado para otro, entre pobres y enfermos, dedicado a múltiples tareas y, especialmente, a la atención de muchachos jóvenes que siguen su dirección espiritual y empiezan a invadir hasta su propia casa. Siente alegría por lo que sabe que es una plena dedicación de Josemaría al sacerdocio, a las exigencias del amor de Dios. Pero, como madre, tiene la obligación -como diría frecuentemente el Fundador años después, refiriéndose también a otras madres y a otras circunstancias- de mirar «de tejas abajo». Y, más de una vez, le comunica su inquietud:

«¿Por qué no haces oposiciones a cátedra?»

Sabe doña Dolores que su hijo tiene capacidad y formación para sacar adelante un alto empeño intelectual. Otras veces, plantea el mismo tema recordándole amistades que pueden allanarle un camino brillante. El propio don Josemaría lo contará en varias ocasiones:

-«Y un obispo de mi familia, que después sería mártir, le decía: Lola, ¿cómo no viene a verme tu hijo? (…). Ella insistía: se te está pasando el tiempo»(1).

Don Cruz Laplana, que ha sido consagrado Obispo de Cuenca, es pariente de doña Dolores. Tiene el título de Maestrante de Zaragoza y fama de hombre santo.

Don Josemaría oye los consejos de su madre con cariño. Pero responde siempre con evasivas: juzga que no ha llegado el momento de explicar a su familia lo que Dios quiere de él. Doña Dolores sigue siendo testigo de la vida de oración, de expiación, de intenso trabajo de su hijo mayor, y le ayuda con su aliento. Su hermano Santiago, jugando por la casa, un día encuentra un instrumento de penitencia en la habitación de Josemaría: lo coge con extrañeza y acude a preguntar a su madre:

-«Fíjate lo que le he “pescado” a Josemaría.

-Déjalo donde estaba.

-¿Y qué es?

-Un cilicio»(2).

Ella conoce las mortificaciones, a veces tremendas, a que se somete su hijo. Y, a través de tantos indicios, llega a intuir que Dios pide a Josemaría un género de entrega que tiene poco que ver con el afán de ascensos en la carrera eclesiástica o en cualquier otra. Por eso, el empeño de doña Dolores se volcará, sin vacilación, sin un desmayo, en secundar la Voluntad de Dios sobre su hijo. Esta dedicación será poco llamativa, pero de tal eficacia que va a convertirse en un factor muy importante para la realidad del Opus Dei.

Martínez Campos 4 será, durante algún tiempo, un lugar de reuniones para los primeros miembros de la Obra. La Abuela, como cariñosamente la llamarán todos de ahora en adelante, agrandará su corazón hasta hacerlo doblemente maternal; tendrá mil muestras de cariño con los que empiezan a seguir de cerca el espíritu del Opus Dei. Les recibe siempre, en su hogar, como a nuevos hijos.

Entre el grupo de muchachos que llega a casa de doña Dolores, algunos pertenecen ya a la Obra. Vienen acompañados de amigos que aumentan poco a poco. El Padre se reúne con ellos y habla de cuanto puede interesarles. La tertulia es tan cordial, tan humana y atractiva, que a ninguno le resulta ajeno el futuro que el Padre extiende ante sus ojos: dispersarse por todas las actividades humanas para poner a Cristo en la cumbre, ganar el mundo entero para ponerlo a sus pies, santificando todas las profesiones y oficios.

Este joven sacerdote, desconocido, sin recursos económicos, les habla de los medios para lograrlo: seguir la Voluntad de Dios, rezar con fe, trabajar seriamente en la propia profesión y ser capaz de sacrificar todo en servicio de los demás.

Y la transparencia de su actitud y de su alma son tales, que ninguno de aquellos hombres que le escuchan duda de que todo se realizará, porque Dios, efectivamente, así lo quiere.

Pero el tono de estas reuniones dista mucho de tener características de plática o sermón vespertino. Todo transcurre en una amable espontaneidad llena a rebosar de proyectos, de seriedad humana y de alegría. Muchas veces, les invita a merendar. Los ingresos de la familia Escrivá de Balaguer son limitados. La casa no es lujosa; pero la distinción humana de sus ocupantes otorga categoría a hechos sencillos. Jamás doña Dolores tendrá un gesto impaciente, ante la llegada habitual de estos chicos que inundan su casa y su intimidad. Había dado mucho, continuaba dando y estaba dispuesta a darse del todo. Sacrificará, incluso, alguno de los gustos que pudiera haber reservado para su hijo pequeño, en función de otros hijos que, no lo dudó nunca, Dios enviaba junto a la palabra y el corazón del Padre.

Cuando Santiago llega del colegio -estudia entonces en los Maristas-, irá a buscar su merienda. Y se queja al descubrir, más de una vez, que las golosinas que él prefiere desaparecen antes de tiempo.

«¡Los chicos de Josemaría se lo comen todo …!»(3).

Este comentario llegó a ser tan conocido que, años más tarde, se confeccionará un        “exlibris” para regalárselo a Santiago. Es un dibujo, con dos manos grandes, abiertas, que dejan caer generosamente un panecillo. Otras manos esperan, en muda aceptación. La leyenda repite aquella protesta infantil: «¡Los chicos de Josemaría se lo comen todo!».

En la casa de Martínez Campos, utilizan una habitación que tiene balcón a la calle, en el segundo piso. Aquí acostumbran a leer, antes de despedirse, un breve comentario sobre textos evangélicos. El Padre coge un misal, lo abre por la Misa del día, y cita una frase. Luego hace una reflexión corta: una brevísima pauta que han de llevarse dentro del corazón. Esta voz les dará fuerzas para mantener a Dios muy cerca en medio de la calle. Y sienten, en verdad, como si Jesucristo, Dios entre los hombres, hubiera venido nuevamente a esta reunión que empieza y termina en su nombre.

Este cuarto está presidido por un pequeño cuadro de la Virgen con el Niño. El dibujo es de tonos cálidos, acogedores. Esta representación va a sobrevivir a todos los avatares históricos que se avecinan. Un día lejano llegará a Roma, cuando la Sede Central del Opus Dei se enclave en la Ciudad Eterna, y ocupará el retablo del oratorio de «Sancta Maria Stella Orientis». En el Acta de Consagración del altar de este oratorio, redactada en latín y fechada el 3 de enero de 1959, se cuenta brevemente su historia. Ella, que protegió los pasos de los primeros de la Obra, conducirá a buen puerto la expansión por tierras del Este de Europa y por las inmensas latitudes del continente asiático. Es la sed de Dios que desbordaba el corazón del Fundador en aquel pequeño piso de una calle madrileña, y que ha logrado ya abrazar el mundo.

Hombre para el futuro

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En el Patronato de Enfermos, hay algunas señoras de la alta sociedad madrileña que prestan su colaboración personal en muchas actividades benéficas. Una de ellas, Carmen del Portillo, es pariente y madrina de un muchacho llamado Alvaro del Portillo, que estudia en la Escuela de Ingenieros de Caminos. En más de una ocasión, esta señora habla con don Josemaría Escrivá de Balaguer de las grandes cualidades intelectuales de su ahijado. Tiene una buena formación religiosa, que debe a su familia, y una piedad sincera. Sin embargo, nunca ha seguido la dirección espiritual de sacerdote alguno.

Desde que conoce este nombre, en 1930, don Josemaría empieza a rezar por Alvaro. Pasan casi cuatro años y, un día del curso 1934-35, dos compañeros de la Escuela de Ingenieros le hablan de un cura muy simpático al que conocen. Desean presentárselo.

Hace unos meses que caminan en buena amistad por los barrios más pobres de Madrid, prestando servicios y repartiendo afecto entre la pobreza y el abandono. Han compartido muchas situaciones con Alvaro y saben que entenderá el espíritu que el Padre imparte entre los estudiantes que frecuentan la Residencia.

Y Alvaro acepta. Acuden a la calle de Ferraz, al Centro que la Obra acaba de abrir. Ahí, en una salita, le saluda, por primera vez, don Josemaría:

-«¿Cómo te llamas?, ¿tú eres sobrino de Carmen del Portillo? » (14)

Recuerda perfectamente los detalles familiares que le contó, hace ya varios años, su tía Carmen hablando de este ahijado suyo. Pasan un buen rato. La amistad es fácil con este sacerdote de treinta y tres años que parece conocer a cada persona desde toda la vida. Al estudiante de Caminos se le ha quedado grabada la entrevista y hace el firme propósito de volver. Pero ya no consigue reunirse con el Fundador del Opus Dei hasta que se avecina el mes de julio. La familia del Portillo está a punto de emprender el veraneo y, antes de abandonar Madrid, Alvaro decide despedirse de don Josemaría. Es el día 6. Sube hacia la Residencia de Ferraz y mantiene con él una conversación larga, íntima. Alvaro oye hablar, como si lo escuchara por primera vez, de vida espiritual, de oración, de presencia de Dios, de amar al que es Amor, al que es la Vida; y de la Obra de Dios que empieza a crecer sobre la tierra. Al final don Josemaría concluye:

-«Mañana tenemos un día de retiro espiritual -era sábado-, ¿por qué no te quedas a hacerlo, antes de ir de veraneo?»(15)

Alvaro no ha hecho nunca un día de retiro. Y, aunque no contaba con emplear el domingo en esta ocupación, se lo pide este sacerdote con tanto interés y cariño que no sabe negarse: acudirá al día siguiente.

El Fundador dirige la primera meditación de la mañana. Varios miembros de la Obra conocen a Alvaro, porque don Josemaría les ha hablado de él, de este hombre joven, que tiene una disposición generosa ante la vida y que puede ser llamado por Dios.

El Padre les aconseja que le hablen de su propia entrega, por la tarde, cuando haya terminado el retiro. Pero uno se adelanta, en la primera ocasión oportuna, por la mañana. Y Alvaro del Portillo dice que sí.

He aquí como lo describe él mismo, años más tarde:

-« Sí: fue un 7 de julio cuando conocí la Obra y cuando pedí la admisión. Statim -como dice el Evangelio de la llamada de los Apóstoles-, inmediatamente, relictis omnibus, dejé todo, para encontrar mucho más. Porque Dios es infinitamente más generoso que nosotros y, si le damos como uno, nos responde como mil» (16).

La decisión cambia sus planes en este caluroso verano de Madrid. Alvaro se quedará para oír y conocer, directamente del Fundador, el espíritu del Opus Dei. Y el Padre, al que habían programado unos días de descanso en la provincia de Salamanca, supera una vez más el agotamiento para abrir el horizonte de la Obra, y la profundidad del Amor de Dios, a este nuevo hijo suyo.

En marzo de 1936 ratificará para siempre su compromiso de fidelidad, cuando aún no ha pasado un año desde que pidió la admisión.

El Padre se ve urgido por Dios para desarrollar el Opus Dei y necesita apoyarse con fuerza en la lealtad de los que le siguen en esta primera hora. El día de San José, 19 de marzo, tiene lugar un gesto entrañable del Fundador, que Alvaro no olvidará.

Conmovido por la generosidad incondicional de estos hombres jóvenes que entregan todo sin titubear, les ha besado los pies, con aquellas palabras de la Sagrada Escritura: «¡qué espléndidos son los pasos de los que anuncian la paz, de los que evangelizan la buena nueva!»(17). En 1975, cuando el Padre haya cruzado los umbrales de la muerte, don Alvaro repetirá este gesto con el Fundador:

«Yo le devolví ese beso en cuanto pude: cuando su alma ya se había ido al Cielo. Si le besé los pies en aquel momento, fue porque me acordé de que el Padre me los había besado a mí, y le devolví el beso. ¡Cómo me iba a olvidar! No era sólo un gesto. No fue solamente una manifestación de fidelidad y de unión, sino(18) mucho más: era entregarme de nuevo»

Desde 1936, don Alvaro permanecerá junto al Padre, con un breve paréntesis durante la guerra civil de España. Y es a partir de 1937 cuando el Fundador comienza a llamarle con el afectuoso nombre de “Saxum”: roca. En una carta fechada durante este año pueden leerse las siguientes líneas de don Josemaría Escrivá de Balaguer:

-«”Saxum”!: ¡qué blanco veo el camino -largo- que te queda por recorrer! Blanco y lleno, como campo cuajado. ¡Bendita fecundidad de apóstol, más hermosa que todas las hermosuras de la tierra! “Saxum”! » (19)

Roca en la que apoyarse. Porque desde el primer día, Alvaro no tendrá una duda. Estará incondicionalmente al lado del Fundador y abrirá, con él, los caminos del mundo para que pueda transitarlos el espíritu de la Obra. Va a compartir con el Padre los trabajos, las contradicciones y alegrías de los años que se acercan. Será testigo de los matices más profundos del Opus Dei y los conservará como se custodia una herencia preciosa, intocable, de origen divino.

Don Alvaro del Portillo, después de ordenarse sacerdote en 1944, será el confesor de Monseñor Escrivá de Balaguer. Dos veces habrá de darle la absolución in articulo mortis; la última, el 26 de junio de 1975, cuando su alma remonta, definitivamente, el camino del Cielo. Tras este acontecimiento, será elegido, por decisión unánime, primer sucesor del Fundador al frente del Opus Dei, el 15 de septiembre de 1975.

Actividades de formación en DYA

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Además de Derecho y Arquitectura, en DYA se daban clases de doctrina católica y los ya referidos círculos de San Rafael. Muchos de los estudiantes que acudían a la academia también tenían dirección espiritual con Escrivá. A menudo el pequeño piso estaba tan abarrotado de gente que Escrivá tenía que confesar en la cocina.

En sus primeras conversaciones con estudiantes, Escrivá hablaba con calor, convicción y claridad sobre las verdades de la fe, sin añadir aires mundanos. Por ejemplo, nada más iniciar su primera entrevista con José Luis Múzquiz, Escrivá dijo con energía, y gran naturalidad a la vez, “no hay amor más grande que el Amor”.

José Ramón Herrero Fontana, estudiante que en esos años se dirigía espiritualmente con Escrivá, describió así su experiencia: “La conversación con el Padre abría un mundo nuevo con horizontes insospechados para la vida interior y el apostolado. Hablaba de cuestiones reales -era muy realista-, pero decía cosas que nadie había dicho hasta entonces: junto a él se sentía con fuerza la llamada de Dios a la santificación en medio del mundo [...]. El encuentro con el Padre me transformó: me descubrió un mundo interior insospechado y unas ansias grandes de acercar a los demás al conocimiento y trato con Nuestro Señor Jesucristo”[1].

Otro estudiante, Francisco Botella, que en otoño de 1935 entró a formar parte del Opus Dei, dijo de su primer encuentro con Escrivá: “Aún tengo en mi memoria su mirada profunda que se me metió en el alma y su alegría que me removió llenándome de gozo y de paz”[2].

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 565, nota. 206

[2] Ibid. p. 565, nota. 206

En el hogar de Escrivá y en los hospitales y chabolas de Madrid

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Además de llevar la dirección espiritual de los miembros de la Obra y de otras personas, Escrivá organizó clases y tertulias informales. Tenían lugar en el piso de la calle Martínez Campos que había alquilado para su familia en diciembre de 1932. Al celebrar dichas reuniones en su casa, donde solían estar su madre, su hermana y su hermano, le resultaba fácil fomentar el espíritu de familia entre aquellos jóvenes. El Opus Dei se convertía, realmente, en una prolongación de su propia familia.

Esto constituía una pesada carga para su propia familia. La llegada de la pequeña tropa de estudiantes no sólo alteraba la paz y tranquilidad del hogar, sino que sus pobres provisiones solían desaparecer al convertirse en merienda de los invitados. “Los chicos de Josemaría se lo comen todo” se quejaba Santiago, de 14 años. Sin embargo la madre de Escrivá, doña Dolores, y su hermana, Carmen, recibían con alegría a los huéspedes y los trataban con tal cariño y afecto que los jóvenes miembros de la Obra, que se referían a Escrivá llamándole Padre, pronto empezaron a llamarlas Abuela y Tía Carmen.

Escrivá invitaba a los jóvenes de la Obra y a otros chicos que se reunían a su alrededor a visitar enfermos en los hospitales y a enseñar el catecismo en barriadas pobres de Madrid. El ambiente cada vez más violentamente anticlerical de los hospitales y chabolas donde daban la catequesis hacía que la tarea fuese dura, peligrosa en ocasiones: en mayo de 1933 un grupo de hombres atacó el colegio de religiosas donde Escrivá y los estudiantes daban catequesis los domingos, en el barrio de Los Pinos. Mientras los hombres echaban gasolina sobre las puertas, un grupo de mujeres les animaba gritando: “Que no quede una viva, son ocho; matadlas a todas”[1]. La policía llegó y dispersó a la muchedumbre antes de que causaran daños, pero sólo los estudiantes más valientes y generosos estuvieron dispuestos a continuar con la catequesis. En los hospitales los incidentes eran menos dramáticos, pero la suciedad y los olores nauseabundos ponían a prueba a los jóvenes, y los pusilánimes y poco generosos dejaban de acudir. El contacto con la miseria, la ignorancia y el sufrimiento enseñaba a los que perseveraban a vivir la caridad, a olvidar sus propias necesidades y a dedicarse a los demás.

Además de acompañar a los estudiantes a los hospitales, Escrivá dedicaba muchas horas a visitar enfermos y a administrarles los sacramentos. Su fe ardiente, su optimismo y buen humor llevaban alegría a aquellos que no tenían otras razones para ser felices. Una de las monjas que trabajaba en el Hospital del Rey recordaba que los pacientes le esperaban con alegría. Cuenta que “cuando venía a confesar y ayudar, con su palabra y su orientación, a nuestros enfermos les he visto esperarle con alegría y esperanza. Les he visto aceptar el dolor y la muerte con un fervor y una entrega, que daban devoción a quienes les rodeábamos”[2]. Otra monja recuerda que, gracias a la ayuda de Escrivá, “los enfermos que morían en el Hospital no tenían miedo a la muerte. La miraban cara a cara y hasta la recibían con alegría”[3]. Su alegría contagiosa hizo que algunas mujeres volvieran a preocuparse por su aspecto, como detalle de atención hacia las demás mujeres del pabellón, peinándose y volviendo a utilizar el maquillaje que habían abandonado en un momento de depresión y desánimo.

Escrivá era consciente de la hostilidad de parte del personal del hospital y del peligro de sufrir el mismo final que don José María Somoano. También corría el riesgo de contraer alguna enfermedad infecciosa al confesar a tantos pacientes tuberculosos. Sin embargo, se lanzó con buen ánimo a su tarea sacerdotal de cuidar a los enfermos y continuamente les urgía a rezar y ofrecer sus sufrimientos por sus intenciones.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 482-483

[2] Ibid. p. 437

[3] Ibid. p. 437

En el hogar de Escrivá y en los hospitales y chabolas de Madrid

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Además de llevar la dirección espiritual de los miembros de la Obra y de otras personas, Escrivá organizó clases y tertulias informales. Tenían lugar en el piso de la calle Martínez Campos que había alquilado para su familia en diciembre de 1932. Al celebrar dichas reuniones en su casa, donde solían estar su madre, su hermana y su hermano, le resultaba fácil fomentar el espíritu de familia entre aquellos jóvenes. El Opus Dei se convertía, realmente, en una prolongación de su propia familia.

Esto constituía una pesada carga para su propia familia. La llegada de la pequeña tropa de estudiantes no sólo alteraba la paz y tranquilidad del hogar, sino que sus pobres provisiones solían desaparecer al convertirse en merienda de los invitados. “Los chicos de Josemaría se lo comen todo” se quejaba Santiago, de 14 años. Sin embargo la madre de Escrivá, doña Dolores, y su hermana, Carmen, recibían con alegría a los huéspedes y los trataban con tal cariño y afecto que los jóvenes miembros de la Obra, que se referían a Escrivá llamándole Padre, pronto empezaron a llamarlas Abuela y Tía Carmen.

Escrivá invitaba a los jóvenes de la Obra y a otros chicos que se reunían a su alrededor a visitar enfermos en los hospitales y a enseñar el catecismo en barriadas pobres de Madrid. El ambiente cada vez más violentamente anticlerical de los hospitales y chabolas donde daban la catequesis hacía que la tarea fuese dura, peligrosa en ocasiones: en mayo de 1933 un grupo de hombres atacó el colegio de religiosas donde Escrivá y los estudiantes daban catequesis los domingos, en el barrio de Los Pinos. Mientras los hombres echaban gasolina sobre las puertas, un grupo de mujeres les animaba gritando: “Que no quede una viva, son ocho; matadlas a todas”[1]. La policía llegó y dispersó a la muchedumbre antes de que causaran daños, pero sólo los estudiantes más valientes y generosos estuvieron dispuestos a continuar con la catequesis. En los hospitales los incidentes eran menos dramáticos, pero la suciedad y los olores nauseabundos ponían a prueba a los jóvenes, y los pusilánimes y poco generosos dejaban de acudir. El contacto con la miseria, la ignorancia y el sufrimiento enseñaba a los que perseveraban a vivir la caridad, a olvidar sus propias necesidades y a dedicarse a los demás.

Además de acompañar a los estudiantes a los hospitales, Escrivá dedicaba muchas horas a visitar enfermos y a administrarles los sacramentos. Su fe ardiente, su optimismo y buen humor llevaban alegría a aquellos que no tenían otras razones para ser felices. Una de las monjas que trabajaba en el Hospital del Rey recordaba que los pacientes le esperaban con alegría. Cuenta que “cuando venía a confesar y ayudar, con su palabra y su orientación, a nuestros enfermos les he visto esperarle con alegría y esperanza. Les he visto aceptar el dolor y la muerte con un fervor y una entrega, que daban devoción a quienes les rodeábamos”[2]. Otra monja recuerda que, gracias a la ayuda de Escrivá, “los enfermos que morían en el Hospital no tenían miedo a la muerte. La miraban cara a cara y hasta la recibían con alegría”[3]. Su alegría contagiosa hizo que algunas mujeres volvieran a preocuparse por su aspecto, como detalle de atención hacia las demás mujeres del pabellón, peinándose y volviendo a utilizar el maquillaje que habían abandonado en un momento de depresión y desánimo.

Escrivá era consciente de la hostilidad de parte del personal del hospital y del peligro de sufrir el mismo final que don José María Somoano. También corría el riesgo de contraer alguna enfermedad infecciosa al confesar a tantos pacientes tuberculosos. Sin embargo, se lanzó con buen ánimo a su tarea sacerdotal de cuidar a los enfermos y continuamente les urgía a rezar y ofrecer sus sufrimientos por sus intenciones.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 482-483

[2] Ibid. p. 437

[3] Ibid. p. 437


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